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Dionisio Urbina Martinez (*) Oscar García-Vuelta (**) RESUMEN 1 2 Presentamos cinco fechas radiocarbónicas correspondientes a las fases del Bronce Final e inicios de la Edad del Hierro del asentamiento de Las Lunas (Yuncler, Toledo). Tres de ellas corresponden a los momentos iniciales del poblamiento y se asocian con un destacado depósito de objetos de bronce. Las otras dos remiten a los momentos finales de la ocupación prehistórica del poblado. La coincidencia de las tres primeras fechas sitúa con bastante exactitud la deposición del conjunto metálico a mediados del siglo X a.C., aportando nueva información para el estudio de los contactos a larga distancia de la población del centro de la Península Ibérica durante este período. El conjunto de dataciones evidencia que ya había poblados de gran extensión en un horizonte cultural posterior a Cogotas I y anterior al Hierro I. Este horizonte es prácticamente desconocido en la región. A finales de 2008 una intervención arqueológica en Las Lunas (Yuncler, Toledo) documentó un asentamiento de grandes dimensiones, con una cronología del Bronce Final a inicios de la Edad del Hierro y una ocupación romana posterior, no incluida en este estudio. Los trabajos identificaron un entramado de cabañas con más de 2000 agujeros de poste, in-dividualizándose hasta 22 cabañas de tamaños diversos. Se documentaron tres momentos constructivos. Los dos primeros solo se diferencian estratigráficamente ya que comparten la tipología de las cabañas: plantas circulares, ovales o absidadas, reconocibles por pequeñas zanjas en las que se disponen agujeros de poste. Atribuimos estas huellas a entramados de ramas sujetos por pequeños postes, probablemente revocados con tierra y paja. En torno a las cabañas, o en su interior, se han documentado casi un centenar de hogares. El tercer momento constructivo cuenta ya con alguna estructura arquitectónica de adobe sin zócalos de piedra. El análisis de la mayor parte de los materiales recuperados en esta excavación está en curso, salvo un importante conjunto de piezas de bronce, objeto de un primer estudio en esta revista (Urbina y García-Vuelta 2010) ( 1) (Fig. 2), y depositado en el Museo de Santa Cruz (Toledo). Comprende un total de 20 objetos, completos o no, de ca. 5365 gr de peso, incluyendo 8 herramientas, 3 elementos de adorno, 1 pieza de función desconocida y 8 restos de fundición. Las herramientas son la categoría mejor representada. (1) El hallazgo fue presentado en noviembre de 2009 en la reunión Archaeometallurgy: technological, economic and social perspectives in Late Prehistoric Europe TESME. La mayoría están completas: 2 hachas de talón y dos anillas; 2 hachas planas con una anilla; 1 martillo y 1 punterola de cubo; 1 punzón cuadrangular completo y 1 fragmento de otro. Los objetos de adorno tienen decoración geométrica incisa: 1 fragmento muy deteriorado de brazalete y 2 elementos con motivos similares, una aguja o punzón aparentemente completa y un probable puente de una fíbula de codo de considerables dimensiones. La pieza de funcionalidad imprecisa está completa y tiene forma de manilla o asa y decoración sogueada, con paralelos en la región centro-sur de Portugal y en Cerdeña. Entre los restos de fundición se identifican los conos de llenado de un hacha de talón y, quizás, de un hacha plana, junto a salpicaduras, goterones y restos de colada en molde (Urbina y García Vuelta 2010: 179-183). Los bronces se hallaron en el sector sureste del área excavada, junto al borde de la Cabaña 25, una estancia de tendencia circular perteneciente al primer momento constructivo del poblado. Al no haberse conservado la huella completa de esta estructura, no podemos precisar su planta exacta o su extensión. La mayoría de los objetos se apilaban sobre una superficie arenosa de color ocre (UE238) con las dos hachas de talón en la parte superior y el martillo, la manilla y la punterola ligeramente desplazados del resto (Urbina y García-Vuelta 2010: 178). En 2008 se fecharon por C14 dos muestras de carbón, una perteneciente a los primeros niveles constructivos, asociados con el conjunto metálico, y la otra a los momentos finales de la ocupación prehistórica del poblado (Urbina y García Vuelta 2010: 192-193). Su abandono se produjo en un período bastante mal conocido en la Meseta Sur, como es el inicio de la Edad del Hierro todavía con numerosos problemas cronológicos y evidentes necesidades de estudio (Urbina et al. 2007: 65-71; Torres 2013: cap. 4). En 2012, se analizaron huesos, muy abundantes en el yacimiento frente a los escasos restos de carbones. Ello ha permitido el contraste de resultados entre materiales con diferente longevidad. El objetivo de estas páginas es precisar la cronología y, en especial, la información disponible sobre los primeros momentos, correspondientes al conjunto citado, estudiando de manera conjunta las dos dataciones publicadas y las tres nuevas ( 2). (2) Financió las dataciones el proyecto "Provincias metalúrgicas euroasiática y europea del II milenio a.n.e.: investigación de sus interacciones a partir de métodos científico-naturales" (2011-2012, No referencia 2010RU0086), Consejo Superior de La importancia de las fechas absolutas correspondientes a la primera ocupación del asentamiento es doble. Radica en la posibilidad de profundizar en las interesantes cuestiones de investigación que plantea su relación con el excepcional conjunto de bronces descubierto. Además su procedencia de un contexto habitacional de gran extensión, prácticamente desconocido hasta el momento en la Meseta central, supone una valiosa aportación en el contexto de los estudios del Bronce Final a escala de la Península Ibérica. IDENTIFICACIÓN Y CONTEXTO ESTRATIGRÁFICO DE LAS MUESTRAS DATADAS Las identificaciones antracológicas de las muestras con fechas publicadas (Urbina y García Vuelta 2010) se deben a Mónica Ruiz y las de los restos óseos ahora datados a la dra. Marta Moreno. Ambas pertenecen al Grupo de investigación Arqueobiología (Instituto de Historia, CCHS, CSIC, Madrid), del que la segunda es investigadora responsable, y tienen en estudio el conjunto de la colección arqueobiológica. Los huesos se seleccionaron en lugares del poblado distantes entre sí y, por tanto, son útiles para contrastar la sincronía detectada en sus fases iniciales a partir de la estratigrafía y la tipología de las estructuras constructivas (Fig. 3). Muestras de la primera fase de ocupación La Muestra 1 procede del estrato donde se localiza el conjunto metálico (Beta-311481). Se trata de un fragmento de mandíbula de macromamífero (vaca/ciervo) recuperado en la unidad estratigráfica UE238 apenas a 1 m de la localización del conjunto metálico. Bajo esta unidad están ya los niveles estériles. Está formada por arena dorada, maciza, blanda, entre la que Investigaciones Científicas -Russian Foundation For Basic Research. Los investigadores principales son M.a Isabel Martínez Navarrete (Instituto de Historia, CCHS-CSIC) y Evgenyi Nikolaevich Chernykh (Laboratorio de métodos científico naturales, Instituto de Arqueología, Academia Rusa de Ciencias, Moscú). Conjunto metálico de Las Lunas (Yuncler, Toledo). Herramientas: hachas de talón y planas con anillas, martillo, punterola de cubo, punzones cuadrangulares (completo y fragmentado). Piezas con decoración geométrica incisa: fragmento muy deteriorado de brazalete, aguja o punzón aparentemente completa y probable puente de una fíbula de codo. Función imprecisa: manilla o asa con decoración sogueada. Restos de fundición: conos de llenado de hachas, salpicaduras, goterones y restos de colada en molde (según Urbina y García-Vuelta 2010). aparecen manchas más oscuras y compactadas por efecto del fuego: el hogar UE239. Debe corresponder al nivel de habitación de la estancia asociada (Cabaña 25), aunque no se detectaron indicios de un suelo de tierra apisonada, algo frecuente en el yacimiento. La secuencia se completa con un estrato de arena suelta y polvorienta, blanda y de grano fino, de color ocre con vetas gris-negro (UE236), que cubre tanto los restos del hogar (UE239), como el estrato en donde se tomó la muestra y en el que apareció el conjunto metálico (UE238). Sobre la UE236 se conservan los restos de una estructura de adobe o de tierra endurecida de color grisáceo verdoso, con arena y arcilla apelmazada (UE237). Su factura es similar a la de otros documentados en una estancia rectangular que comentamos más adelante. Sobre dichos estratos quedan, a su vez, algunas manchas de arena dura y compacta de color ocre claro (UE235), aisladas entre trazas de un suelo de tierra apisonada ya de cronología romana (UE217), que ha destruido la mayor parte de ese estrato (Fig. 4). La Muestra 2 corresponde a un contexto de gran fiabilidad estratigráfica, como es el nivel de ocupación de la Cabaña 10 (Beta-314369). Se trata de un maxilar de Sus con tercer molar superior, situado, como señalamos más arriba, directamente sobre el suelo de tierra apisonada de la Cabaña 10 (UE116), un pavimento bien conservado excepcional en el poblado. Dicha cabaña dista más de 50 m de la localización de la Muestra 1. La cabaña es de planta ovalada (ejes de 7 m y 5,5 m) y en ella se distinguen los postes de la entrada, orientados al Este. En su día no pudieron ser identificados pero ahora sabemos que, entre los que quedaron tras tomar la muestra, hay Quercus ilex/coccifera y Quercus sub. quercus, Pinus pinaster y Alnus sp. Se recogieron en un estrato de arena mezclada con arcilla, apelmazada y compacta, de colo-Fig. Plano general del asentamiento de Las Lunas (Yuncler, Toledo). Localización del conjunto de bronces y de las muestras con dataciones las radiocarbónicas estudiadas. Las Lunas (Yuncler, Toledo). Perfil estratigráfico esquemático con la posición del conjunto metálico de la figura 2 y de la Muestra 1. ración verdosa con tonos gris oscuro (UE302). Está situado a la entrada de la Cabaña 20, una estructura absidada, ubicada a unos 16 m al sur del punto de hallazgo del conjunto metálico, en el extremo meridional del área excavada (Fig. 5B). Dado que no se ha hallado ningún hogar asociado a esta cabaña o a su entrada como es común en otras de las estructuras excavadas en el yacimiento, consideramos que los carbones de los que se obtuvo la muestra proceden probablemente de algún poste quemado o de un entramado de ramas relacionado con la propia estructura de la cabaña. Muestras del final de la ocupación prehistórica del poblado La Muestra 4 (Beta-311483) reúne 4 vértebras lumbares de mesomamífero (ovicáprido), que formaban parte de un conjunto de huesos depositado en el pequeño Hoyo 5, aparentemente realizado ex professo. Este hoyo es uno de los ocho con depósitos de huesos distribuidos junto a los muros de la que denominamos "Hab. Esta estancia es un espacio rectangular con tres paredes de adobe sin zócalo de piedra, abierto por el lado noroeste. El espacio interior es de unos 36 m 2 y se superpone a la Cabaña 20, anteriormente descrita (Fig. 5B). En el espacio interior de la "Hab.1" fueron documentados 2 suelos de tierra apisonada, practicándose el Hoyo 5 sobre el más moderno de ellos. Esta estancia es única entre las documentadas en el poblado, quizás gracias a estar en una de las pocas áreas sin ocupación romana, donde se han podido conservar los restos de la Primera Edad del Hierro. El estudio de los abundantes restos cerámicos localizados en dicha estancia está en curso. La Muestra 5 (Beta-251310) constaba de pequeños fragmentos de carbón que no pudieron ser inicialmente caracterizados. El estudio reciente de los que quedaban ha identificado Pinus pinaster, Pinus pinaster sp., Quercus ilex/coccifera y Quercus sub. quercus. Los carbones proceden de uno de los estratos de un pozo (Fig. 6) descubierto en el talud oriental del yacimiento (UE309). El relleno en bolsada tiene una potencia de 25 cm y está formado por series de arcilla blanda, suelta, blanquecina o violácea, con abundantes carbones y ceniza, alguna concha de bivalvo, huesos y cerámica. Parecen los restos de sucesivas limpiezas de hogares, pues hay costras de tierra quemada. Entre los fragmentos cerámicos recuperados predominan los galbos de grandes recipientes con acabados escobillados, algunas bases planas -una de las cuales conserva media flor incisa de 4 pétalos-, así como bordes vueltos y apuntados de cazuelas de carena alta, junto con vasos abiertos troncocónicos y alisados. Destacamos un cuenco semiesférico de borde vuelto saliente casi completo y un embudo. RESULTADOS DE LOS ANÁLISIS Todos ellos han sido realizadas en los laboratorios Beta Analytic Inc. (Miami, Florida, EE.UU) (Fig. 7; Tab. En la primera fase de ocupación del yacimiento, los valores de las muestras que se relacionan cilan de 1210 a 840 cal BC a 2. No es demasiado frecuente encontrar dos dataciones con tanta exactitud (e incluso tres, con las precauciones citadas para la tercera). De esta metálico y la primera fase de ocupación del poblado corresponden al siglo X cal BC. Hay otro dato de especial interés que se deriva de estas dataciones, y que trataremos con más detalle en excavada que es correcta la tipología de las cabañas interpretadas como correspondientes a los inicios de la ocupación del poblado. Las dos dataciones correspondientes a la semayores problemas de interpretación por las intercepciones con las curvas de calibración y los diferentes intervalos de probabilidad que provocan una amplitud cronológica muy elevada. A pesar de dos empleados. Estas oscilaciones e incertidumbres período que abarca del siglo VIII al VI a.C. Se al evento climático denominado 0,85k (Van Geel et al. 1998), que se produce en torno al 2800/2700 cal BP, y que grosso modo nos llevaría a un periodo calibrado entre 850 y 760 cal BC. La vida más corta que el carbón y el intervalo obte- nido es menor que en la 5. Por ello sería lógico lado, se solapa) que nos lleva desde la mitad del se interpretan como inicios de la Edad del Hierro -En resumen, puede establecerse que las taciones de las fases del Hierro I y del Bronce Final estudiadas son estadísticamente similares, y nos aportan un marco cronológico concreto al que referir las tipologías cerámicas, metálicas o constructivas del poblado de Las Lunas. La datación de un conjunto de materiales metálicos como el de Las Lunas, contextualizado arqueológicamente, reviste una especial importancia para el estudio de la cronología del Bronce Final de la Península Ibérica. Nos hallamos ante una situación privilegiada para datar un conjunto heterogéneo, que excepcionalmente agrupa objetos pertenecientes a tipos frecuentes en la Europa atlántica junto a otros de influencia aparentemente mediterránea o de fabricación autóctona (Urbina y García-Vuelta 2010), localizándose además en una región que tradicionalmente se ha mostrado relativamente alejada de las principales áreas de dispersión de estos tipos de materiales. Dejamos al margen, en esta ocasión, la compleja problemática de investigación de cada uno de los tipos representados en el conjunto metálico y las interesantes cuestiones derivadas de su estudio como, por ejemplo, el debate sobre la procedencia foránea o local de los objetos descubiertos. Nos centramos en las tres muestras analizadas para datar el comienzo del yacimiento y la deposición de este conjunto. Las fechas obtenidas, coincidentes a mediados del siglo X a.C., servirán como referencia para futuras discusiones y atribuciones temporales de materiales descontextualizados. Además tienen especial importancia por evidenciar que las poblaciones del centro de Tab. Resultados de las dataciones realizadas en el poblado de Las Lunas (Yuncler, Toledo). la Península Ibérica a inicios del I milenio a.C. emprendieron contactos a larga distancia. Dichos contactos implican el funcionamiento previo de circuitos de intercambio en otros ámbitos, como las costas del mediodía peninsular, avalando su presencia en un período anterior a la colonización fenicia, un tema objeto de debate en la investigación actual (Celestino et al. 2008). Al mismo tiempo, se evidencia que ya existen poblados de una gran extensión (Urbina y Urquijo 2012) de un horizonte cultural posterior a Cogotas I y anterior al Hierro I, un horizonte prácticamente desconocido en el centro peninsular, y que puede ser estudiado con detalle en el poblado de Las Lunas. Sin embargo los resultados de las dos muestras seleccionadas para fechar el momento en el que finaliza este período y arranca la II Edad del Hierro en la zona, no han sido tan precisos como los relacionados con el contexto del conjunto metálico y la primera fase de ocupación del poblado. El asentamiento se caracteriza en sus primeros momentos por construcciones de cabañas, algunas de ellas de notable tamaño. Se desarrolla la agricultura (restos de cereales y dientes de hoz de sílex) y la ganadería (abundantes restos de bóvidos y ovicápridos), que inician su andadura en el siglo X a.C. Poco después, encontramos en el yacimiento una serie de productos metálicos que en lo tipológico parecen reflejar influencias de lugares muy distantes y diversos (Urbina y García Vuelta 2010), pero que pudieron haber sido ya producidos en el propio poblado ( 3). (3) En noviembre de 2013 estaba en evaluación en L'Anthropologie el siguiente manuscrito sobre el tema: Montero Ruíz, I.; Gallart, J.; García-Vuelta, O. y Martínez Navarrete, Ma.I.: "Homogénéité ou hétérogénéité dans le métal des dépôts La ocupación prehistórica de Las Lunas se prolonga durante unos tres siglos. Se observa cierta evolución en la construcción de las cabañas hasta los últimos momentos de este período, cuando aparece una arquitectura que emplea el adobe y las plantas rectangulares. No se documenta en ningún momento cerámica a torno, ni la presencia de hierro. Este trabajo se ha centrado en la discusión de las fechas de C-14 directamente relacionadas con el depósito de materiales metálicos pero el hecho de haber podido tener en cuenta su contexto arqueológico ofrece una oportunidad excepcional para establecer las relaciones temporales de las piezas tanto con el resto de las evidencias materiales como con las manifestaciones constructivas del poblado. Estamos considerando en detalle esos temas en el estudio en curso sobre el conjunto del yacimiento. Agredecemos al Dr. P. Díaz del Río (Instituto de Historia, CCHS -CSIC, Madrid) por sus acertados comentarios respecto a la calibración de las fechas y al tratamiento estadístico de los resultados y a A. Uriarte (Laboratorio de Arqueología del Paisaje y Teledetección, CSIC, Madrid) por su tratamiento de la imagen de la figura 1.
El ajuar funerario de la necrópolis de Palhais (Primera Edad del Hierro) ofrece una oportunidad única para estudiar la introducción de la metalurgia orientalizante en el sur de Portugal. Los metales incluyen objetos destinados al aseo del cuerpo, una fíbula de tipo Alcores y un broche de cinturón, cuya tipología y/o decoración es de inspiración orientalizante. La composición y la cadena operativa de los artefactos se determinaron por EDXRF, Micro-EDXRF, SEM-EDS, microscopía óptica y microdureza Vickers. Las composiciones indican que se trata de bronces con bajo contenido de estaño (4,4 ± 2,4%), debido al uso de chatarra o al uso intencionado de pequeñas cantidades de esta materia prima por razones económicas o tecnológicas. Las microestructuras indican el trabajo del metal mediante forja y recocido, lo que apunta a que estos objetos de ajuar han sido producidos como artefactos funcionales. La comparación con los artefactos de la Edad del Bronce Final y la Primera Edad del Hierro del sur de Portugal muestra que un bajo contenido de estaño es un rasgo común entre los bronces fenicios. Además, la valoración de los metales coetáneos del suroeste de la Península Ibérica identifica otras características de la metalurgia orientalizante como el aumento de los cobres no aleados y de los bronces plomados que se pueden rela-
El trabajo presenta los datos derivados de una investigación arqueológica realizada en el castro de El Pico (Cabrejas del Pinar, Soria). El objetivo de la misma era valorar el registro arqueológico conservado y proporcionar una adscripción cronológica definida al yacimiento, que tradicionalmente se había vinculado a la "Cultura Castreña Soriana" de la Primera Edad del Hierro. Las nuevas evidencias han mostrado una discrepancia entre datos arqueológicos y fechas absolutas. La discusión al respecto ha permitido determinar una adscripción cronocultural diferente para El Pico, relacionándola con el grupo de manifestaciones arqueológicas que configuran el Celtibérico Antiguo (siglos VII-V a.C.). Los datos plantean nuevas vías de análisis en una zona donde confluyen dos conjuntos arqueológicos (los Castros Sorianos y las entidades arqueológicas del Celtibérico Antiguo) que se relacionan con un proceso histórico de transición hacia las sociedades estatales poco definido y escasamente tratado. Tal afirmación se basa en la presencia tanto de cerámica a mano de cocción reductora y restos a torno celtibéricos recogidos en sucesivas visitas al yacimiento como en la presencia del friso de piedras hincadas (Romero Carnicero 1991: 63; Lerín Sanz 1999). Estas mismas evidencias, junto a las características de las fortificaciones (muralla acodada y torre), sustentan opiniones que discrepan de la anterior propuesta y consideran El Pico un hábitat más moderno, cuya ocupación se ceñiría a la Segunda Edad del Hierro (Bachiller Gil 1992: 18; Bachiller Gil y Ramírez Sánchez 1993: 40; Jimeno Martínez y Arlegui Sánchez 1995: 113, 115 y 120; Jimeno Martínez 2011: 248), en sintonía con una propuesta anterior de Taracena (1954: 226-27), quien habla de una línea de castella de vigilancia en las Sierras de Frentes y Cabrejas en los inicios del Hierro II (siglos IV-III a.C.). Las alternativas señaladas no solo remiten a la delimitación cronocultural de las evidencias, sino que ambas tienen implicaciones que inciden en la manera de entender el proceso de "celtiberización" del norte de Soria. La información existente hasta el momento resultaba contradictora y no se estaba en disposición de contrastar de manera concluyente ninguna de las dos hipótesis. En este trabajo presentamos los resultados de la intervención realizada en el castro de El Pico. Su objetivo era ponderar el alcance de las agresiones que había sufrido el yacimiento durante las últimas décadas y, sobre todo, documentar su atribución cultural y adscripción cronológica. El registro arqueológico contextualizado que ha aportado permite contrastar las distintas hipótesis existentes sobre el yacimiento y, además, discutir el proceso de "celtiberización" en la zona. MARCO ARQUEOLÓGICO DE REFERENCIA PARA EL CASTRO DE EL PICO La investigación sobre la Edad del Hierro en el norte de Soria tiene dos marcos de referencia paradigmáticos: el conjunto de castros y poblados del Alto Duero (siglos VII-IV a.C.) y la 'celtiberización' del norte de Soria (siglos IV-III a.C.). Ambos se basan en argumentos arqueológicos descriptivos, utilizando determinados fósiles-directores como elementos clasificatorios. Los castros y poblados del Alto Duero se vinculan a la Primera Edad del Hierro. Taracena (1941) los definió como "cultura castreña soriana" y sus trabajos siguen siendo referentes fundamentales. Forman el grupo emplazamientos en altura con defensas monumentales (murallas reforzadas con fosos, torres y/o barreras de piedras hincadas), que configuran hábitats castreños de reducidas dimensiones, pues raramente superan las 1,5 ha (Romero Carnicero 1984a; Jimeno Martínez 1985; Romero Carnicero 1991; Lorrio 1997: 268). Su articulación interna se conoce poco. En las excavaciones aparece, sobre todo, cerámica a mano, cuya tipología ha sido definida ampliamente por Romero Carnicero (1984aCarnicero (, 1991) ) y es el principal fósil-director junto a los frisos de piedras hincadas. Este parco registro incluye una metalurgia mayoritariamente en bronce, vinculada a adornos y armas (Romero 199l: 303 y 323), y unos medios técnicos de producción no especializados de tradición prehistórica como utillaje sobre láminas de sílex, hachas pulimentadas y molinos barquiformes (Bachiller Gil 1988-1989; Romero Carnicero 1991: 303-05). La información sobre los aspectos económicos es escasa. A pesar de ello, se supone una dedicación preferente a la ganadería (Jimeno Martínez 1985; Romero Carnicero y Misiego Tejada 1995: 73), complementada con la agricultura y la caza, a la luz de la presencia de especies cinegéticas en los yacimientos (Bellver Garrido 1992; Liesau y Blasco 1999). Paralelamente al desarrollo de estos castros, se reconocen en la llanura aluvial soriana las primeras necrópolis de incineración y poblados que se ubican también en altura y son de tamaño algo mayor. La mayoría de estos hábitats se han documentado en prospecciones y se conocen mal. Ello ha provocado una disparidad entre quienes los incluyen en el grupo de los castros (García-Soto Mateos y Rosa Municio 1995: 84-86; Romero Carnicero y Misiego Tejada 1995: 72) y quienes les individualizan como un conjunto distinto relacionado con las manifestaciones arqueológicas del Alto Tajo-Alto Jalón (Revilla Andia y Jimeno Martínez 1986-87; Jimeno Martínez y Arlegui Sánchez 1995; Lorrio 1997; Romero Carnicero y Lorrio Alvarado 2011: 114-118). Investigaciones recientes en la zona norteña abundan en la polémica al reconocerse fortificaciones en un buen número de estos poblados (Alfaro 2005) y necrópolis (Tabernero et al. 2010). El segundo marco de referencia para el estudio del castro de El Pico se relaciona con el proceso histórico denominado "celtiberización". En la zona norte de Soria se ha relacionado con cambios en el registro arqueológico. El primero es el abandono de la mayoría de los castros del Primer Hierro, manteniéndose en algunos la ocupación 'celtiberizada'. Esto coincide con la aparición de poblados de nueva planta (Romero Carnicero 1991; Bachiller Gil 1992; Bachiller Gil y Ramírez Sánchez 1993; Lorrio 1997), emplazados preferentemente en cerros destacados sobre amplias llanuras. Ello, unido a la configuración de la cabaña ganadera (Liesau y Blasco 1999), permite inferir una reorientación de los modelos de producción hacia una agricultura extensiva de cereal. La excavación de alguno de estos poblados ha constatado su organización conforme a un modelo radial, cerrado con una muralla, que sirve de muro trasero a las viviendas. Una segunda novedad es la cerámica a torno, principal referente discriminatorio, que enlaza con la recepción de piezas foráneas con clara influencia ibérica (Jimeno Martínez y Arlegui Sánchez 1995: 120). Con el tiempo la transferencia tecnológica se concretará en la adopción local del torno de alfarero, el horno oxidante y la pintura ornamental en las cerámicas (Jimeno Martínez 1985). No está claro cuando se produce esa adopción, lo que es de lamentar no tanto por el impacto que pudo suponer en las comunidades locales, cuanto por la intensa utilización de las piezas torneadas como fósiles-guía de la "celtiberización". Las piezas a torno encontradas en contextos más antiguos se consideran importaciones procedentes de ámbitos ibéricos (Arenas 1999; Cerdeño et al. 1999). Esa situación es habitual en castros del Alto Tajo-Alto Jalón como El Turmielo, El Palomar o El Ceremeño (Arenas 1999; Cerdeño y Juez 2002). La tercera novedad es el desarrollo significativo de la metalurgia y, principalmente, del trabajo del hierro y bronce (Lorrio 1997), que nutre de un buen número de objetos sobre todo a las necrópolis. En ellas se reconocen armas y adornos, que se relacionan con la demanda de bienes de prestigio consumidos por un grupo de privilegiados, asociado con los guerreros, por la significación de los elementos militares en el registro. No hay muchos más datos sobre la 'celtiberización' en torno a la serranía soriana pero es indudable que ya en el siglo III a.C. el proceso ha culminado. Su expresión más evidente sería la configuración de los primeros oppida, como Numancia, Tiermes o Uxama. En proceso de sinecismo concentran el poblamiento en su entorno y articulan territorios políticos ya claramente jerarquizados. Incluyen asentamientos de mediano tamaño y castella que controlan los territorios fronterizos. Este tipo de organización territorial es ejemplo de un tipo de formación social clasista que se suele relacionar con la etnia de los arévacos (Bachiller Gil 1992; Burillo Mozota 2007: 228-234). INTERVENCIÓN ARQUEOLÓGICA EN EL PICO Metodología de prospección y excavación Las acciones que han afectado de manera negativa al castro de El Pico en las últimas décadas llevaron al Servicio Territorial de Cultura de Soria a promover una actuación arqueológica de urgencia durante 2009. Su objetivo era doble: valorar el alcance de tales afecciones y documentar el potencial arqueológico del castro. Bajo estas premisas se articuló un programa en varias fases. La primera consistió en una prospección sistemática e intensiva para reconocer y documentar las evidencias arqueológicas superficiales. Los métodos de reconocimiento aplicados (teledetección a través de ortoimágenes e inspección directa del terreno) documentaron evidencias de distinta naturaleza que delimitaron el yacimiento con claridad. El levantamiento topográfico posterior registró la primera planimetría del yacimiento y de los vestigios detectados en superficie. En la segunda fase se excavaron 3 sondeos de 3 x 2 m, abiertos en diferentes ámbitos del yacimiento (Fig. 2): el extremo norte, la zona central y las inmediaciones de la muralla. Se siguieron las pautas metodológicas de Harris (1991) y Carandini (1997) sobre las evidencias estratigráficas y sus relaciones. El trabajo se completó con el estudio macroscópico de los materiales cuyas características se integraron en una base de datos en la que se recogieron sus atributos técnicos y tipológicos significativos. El yacimiento se ubica en un espigón orientado al norte de la Sierra de Cabrejas. La sierra discurre en sentido E-O y es el límite natural entre la zona septentrional y meridional de Soria. Atraviesan la sierra varios vallejos (río Muriel, arroyo de la Hoz...) que son pasos naturales de acceso en sentido N-S. Precisamente, en la entrada norte al estrecho valle del arroyo de la Hoz se sitúa el espigón del castro de El Pico. Es una pequeña meseta, delimitada por unos bordes escarpados al Norte, que se van suavizando hacia el Sur. Los métodos de documentación arqueológica identificaron un área triangular delimitada en dos de sus flancos por cortados rocosos y cerrada al sureste por una muralla. Ya Taracena (1941: 45) dio cuenta de las características principales de esta estructura: 68 m de largo aproximadamente, construida a base de canto seco de pequeño tamaño y reforzada por un friso de piedras hincadas con deficiente estado de conservación. Un pequeño pasillo separa ambas estructuras. Taracena Aguirre (1941: 45) señala una posible torre en el flanco oeste de la muralla. La más que notoria acumulación de material constructivo (más de 20 m de anchura y casi 5 m de altura) en este punto (Fig. 2) avala la hipótesis. A la luz de la distribución de los elementos defensivos habría un único acceso al recinto que obligaría a recorrer el pasillo entre la línea de muralla y la de piedras hincadas hasta un hueco localizado en el extremo occidental de la muralla, al borde mismo del precipicio (Romero Carnicero 1991: 62). La excavación de los tres sondeos ha deparado diferentes resultados. En el Sondeo 1 la secuencia estratigráfica revela una antigua construcción de adobe derruida (UE2) sobre restos cenicientos de color oscuro con gran cantidad de material arqueológico (UE3). Todo ello está cubierto por una unidad (UE1) formada por acumulación de cantos calizos, quizá provenientes del arrastre de los materiales de las estructuras (torre, muralla, ¿cabañas?) situadas en la parte más alta del cerro. En el Sondeo 2, en su mitad norte, se localizó una secuencia de 7 unidades estratigráficas (Fig. 3). Todas cubrían a un pequeño zócalo de piedras calizas (UE5) que aprovecha un corte en el terreno natural para su construcción. Parece haber sido la base de un muro de una cabaña construida con paredes de adobe. De ella se conserva un echadizo (UE4) constituido por arcilla muy compacta de coloración rojiza, que puede ser un resto del antiguo suelo. Esta cabaña sufrió un incendio, cuyo testimonio son las potentes cenizas (UE3) de color negro que cubren a la UE4. El fuego destruyó la cabaña, tal y como refleja el derrumbe de los tabiques de adobe (UE2), que sellaron el acontecimiento. Como en el Sondeo 1, la secuencia se cierra con una acumulación de material (UE1) cuya génesis es el desmantelamiento de las unidades más altas del yacimiento. El Sondeo 3 es el menos significativo. No conserva más que el nivel superficial (UE1) con materiales de épocas diversas, aunque mayoritariamente protohistóricos. El grado de rodamiento de ciertas piezas indica la posible erosión a la que se ha visto sometido el yacimiento en este lugar. El único contexto se documentó en la edificación de morfología rectangular del Sondeo 2. En su interior se han recuperado objetos domésticos (cerámica común, molino, etc). Su concentración y particular asociación remiten con bastante probabilidad a un espacio de almacenaje o despensa, por comparación con otros yacimientos donde se aprecia una articulación interna de los espacios domésticos bastante estandarizada (Cerdeño y Juez 2002: 34-44; Valdés 2002). El análisis de la estratigrafía de los sondeos permite distinguir tres fases o periodos: Fase 1 o de ocupación, en ella se incluyen las unidades interpretadas como parte de un suelo y los restos de la pared de una cabaña en el Sondeo 2; Fase 2, que representarían un episodio de incendio que se reconoce en distintos lugares del poblado; por último, una Fase 3, de abandono del recinto, representada en las UUEE 1 de los tres sondeos. En El Pico se han recuperado algo más de 350 piezas cerámicas, que constituyen el elemento arqueológico más abundante. Los fragmentos se pueden agrupar en 233 familias, o casos, divididas en función de su manufactura a mano y a torno (89% del total). Los datos técnicos de las piezas revelan que la mayoría se realizaron en atmósferas controladas, reductoras (116 casos) u oxidantes (71 casos). Ello requiere unos conocimientos técnicos importantes, que se vinculan fundamentalmente a los hornos empleados. El tipo de manufactura matiza estos datos, en varios aspectos llamativos. La cerámica a mano (25 ca-Fig. Plantas y secciones del Sondeo 2 de El Pico (Cabrejas del Pinar, Soria). UE Unidad Estratigráfica. sos) suele ser de cocción reductora (18 casos), con pastas oscuras y acabados en su mayoría bruñidos (17 casos), habituales en este tipo de contextos. También las 208 piezas a torno se han cocido, en general, en ambientes reductores (98 casos), adquiriendo unos tonos que las incorporan al grupo de los recipientes de pastas grises, normalmente considerados de uso "común". Además hay ejemplares oxidantes (67 casos) o mixtos (37 casos) de tonos anaranjados y ocres. La observación macroscópica de las inclusiones confirma las producciones a mano y a torno. En las primeras las pastas presentan una mayoría de inclusiones cuarcíticas (18 casos), de tamaño usualmente medio y ordenación irregular. En las pastas de los ejemplares a torno, son mayoritarias las micas (71 casos), combinadas o no con arenas cuarcíticas (103 casos), de tamaño fino y ordenación equilibrada. No puede estimarse el alcance de esta particularidad por lo limitado de la intervención. En otros contextos se ha propuesto relacionar ambas secuencias de fabricación con una esfera doméstica, a mano, realizada por mujeres y ceñida a recipientes de uso común, y otra especializada, a torno, a cargo de artesanos y que abarca todo el elenco de recipientes (Escudero Navarro 1999: 252). Sea esta hipótesis correcta o no, sí estamos de acuerdo en que la producción de cerámica a torno de características estandarizadas exige un contexto productivo especializado, donde se reconocen por primera vez verdaderos talleres de alcance local (Escudero Navarro 1999; García Heras 1999; Burillo et al. 2008). Desde el punto de vista morfológico, la muestra recuperada es poco numerosa, pero significativa (Fig. 4). En el conjunto no se reconocen las características decoraciones geométricas pintadas. La ausencia de ornamentación y los tonos mayoritariamente grisáceos de las pas-tas determinan que los recipientes documentados se pueden integrar dentro del genérico epígrafe de cerámica celtibérica "común" o "de cocina", en sus dos modalidades, a mano y a torno, cuyos tipos más frecuentes son los vasos a mano y las ollas de morfologías abombadas (Sacristán de Lama 1986: 194-200; Lorrio 1997: 242; Sanz Mínguez 1997: 307-308). En definitiva, morfologías que se pueden vincular al ámbito doméstico. Destacamos dos recipientes singulares: un plato completo y un tronco de copa. El tipo tiene una larga tradición en el sur y levante de la Península Ibérica y su origen se suele remontar a ciertos cuencos o platos abiertos de pastas grises cuyo génesis se reconoce en tipos foráneos, fenicios o focenses (Barrio y Blasco 1989: 235; Ruiz y Molinos 1992: 37-40, 66; Schubart 2002-03). En el ámbito celtibérico se fija su presencia en torno a la segunda mitad del siglo VI a.C. como vaji-Fig. Castro de El Pico (Cabrejas del Pinar, Soria). Cerámicas a mano (arriba) y torneadas: bordes de 'pico de pato', asa bilobulada, tronco de copa, fondo rehundido y plato. lla de mesa, importada desde contextos ibéricos levantinos (Arenas 1999: 302) Los restos faunísticos se han recuperado en cantidad mínima (NR: 26), lo que unido a la posición estratigráfica de la mayoría de ellos (Sondeo 3, UE 1), ha lastrado su análisis. Se han identificado bovinos (NR: 14), ovicaprinos (NR: 2) y aves (NR: 1). La principal aportación corresponde a los huesos procedentes del Sondeo 2 por su papel en la datación absoluta. La documentación de restos de molinos barquiformes ha resultado interesante. Destacamos el recuperado en el Sondeo 2, asociado a una concentración de cerámica que incluía fragmentos de ollas de gran tamaño, que estaban entre los mejor conservados. Durante la prospección y la excavación se han hallado numerosos trozos de adobe que podemos relacionar con los derrumbes de la parte superior de los muros de las viviendas. Muchos están muy alterados por fuego. DATACIONES RADIOCARBÓNICAS DE EL PICO La escasez de materiales arqueológicos recuperados exigía completar la datación basada en el estudio tecno-tipológico con métodos analíticos más precisos. Se intentaba determinar el momento de ocupación de la cabaña (UE4) y el de su destrucción o abandono (UE2). Se dataron por AMS en el Poznan Radiocarbon Laboratory y se calibraron con el programa Oxcal v.4.1.5 (Bronk Ramsey 2010) (Tab. Señalamos, en primer lugar, que las fechas manifiestan la problemática relacionada con la denominada "catástrofe de la Edad del Hierro" (Rubinos et al. 1999: 149). Este término alude al efecto provocado por el desarrollo amesetado de la curva de calibración en el tramo 800 a 400 cal BC (Reimer et al. 2009). Tal circunstancia conlleva la obtención de intervalos calibrados particularmente amplios, incluso cuando la desviación típica es relativamente pequeña, como en El Pico. La meseta afecta en especial a la determinación obtenida en la UE4, cuya distribución de la edad calibrada se extiende en un intervalo de gran amplitud (784-511 cal BC). Esta misma meseta provoca el solapamiento parcial de las fechas calibradas, lo que dificulta determinar su sincronía o diacronía. Su respectiva posición estratigráfica que las vincula a episodios diacrónicos claramente definidos plantea un tiempo probable de separación entre ellas que parece coherente. Lamentablemente no se puede determinar con claridad el rango de esa diacronía. La segunda valoración de las fechas de El Pico atiende a su interpretación y se refiere a su antigüedad respecto a los materiales arqueológicos. Si bien aparece alguna forma cerámica simple realizada a mano, la mayor parte del repertorio son recipientes a torno, entre ellos un pie de copa estriado con una datación relativa del Celtibérico Pleno (siglos IV-I a.C.). El desfase es evidente. En todo caso, el rango cronológico encaja mejor con las dataciones obtenidas en la fase inicial de los "Castros Sorianos" de la I Edad del Hierro (Fig. 5). Siguiendo a Vega Toscano (2002: 127), consideramos las fechas desde un punto de vista crítico, alejándonos del uso mecánico que solo contempla confirmar las derivadas de los métodos tradicionales. Evitamos, así, caer en el error de desechar directamente la validez de las fechas obtenidas por contradecir la datación con técnicas tradicionales. Excluimos que haya un error en la datación pues los huesos estaban en contextos primarios. Además, al ser muestras de vida corta, los resultados son mas fiables que si, p. ej., se hubiera fechado carbón. Por otro lado, no se reconoció ninguna alteración postdeposicional que hiciera pensar que pudieran estar contaminadas ni se reconocieron alteraciones de la secuencia estratigráfica, como hoyos o zanjas, que permitieran suponer movimientos en vertical de materiales. En este sentido, la comparación con los contextos datados por radiocarbono considerados "celtibéricos" remarca la antigüedad determinada para El Pico (Fig. 5). Prácticamente todas las fechas se sitúan en momentos más modernos, encuadrables sin ninguna duda en la Segunda Edad del Hierro. Otras se acercan bastante a la disponible para la UE2 e, incluso, la superan, como las del Castillejo de Fuentesaúco. Particular es la fecha del Alto del Arenal en San Leonardo de Yagüe. Como las de El Pico, remite a momentos bastantes antiguos y las evidencias asociadas son de atribución celtibérica. Por esta razón, ha sido considerada en alguna ocasión como prueba de una ocupación "castreña" anterior, aun sin los correspondientes materiales (Romero Carnicero 1999). Las fechas dejan de ser tan inusuales si las comparamos con otras de zonas anejas al ámbito soriano (Fig. 5) que sitúan las cerámicas torneadas en momentos bastante antiguos. Proceden del centro de la Cuenca del Duero: dos de La Mota en Medina del Campo (vivienda con cerámicas a torno), una del Castillo de Montealegre (celtibérico) y dos de Las Quintanas que los excavadores descartaron por incoherentes debido a su antigüedad. Otra se localiza en el ámbito carpetano, concretamente en la tumba 62 de la necrópolis de Palomar del Pintado (Villafranca de los Caballeros, Toledo) en cuyo ajuar aparece un plato del mismo tipo que el recuperado en la UE3 de la cabaña de El Pico. Además, en el castro celtibérico de El Ceremeño las determinaciones obtenidas para el nivel inferior son prácticamente idénticas a las de El Pico. Fechan viviendas con cerámica a mano y a torno con formas semejantes a las recuperadas en El Pico (Cerdeño y Juez 2002: 63-84). Finalmente, las dataciones de la necrópolis asociada de Herrería III también son equiparables a las obtenidas en El Pico. En consecuencia, los datos reunidos abogan por la verosimilitud de las dataciones obtenidas, las cuales plantean un escenario, que no encaja con el marco arqueológico de referencia ya descrito. DISCUSIÓN: LAS EVIDENCIAS DE EL PICO EN EL MARCO DE LA "CELTIBERIZACIÓN" DE LA SERRANÍA SORIANA La información recuperada en El Pico plantea una discrepancia respecto al panorama arqueológico tradicional por la discordancia entre la datación relativa proporcionada por los materiales arqueológicos y la absoluta, obtenida mediante AMS. Se impone una valoración crítica de la información recuperada. El caso remite a un debate de mayor calado sobre la correlación de la cronología proporcionada por los fósiles-directores y las determinaciones obtenidas por medios analíticos. El recurso a fósiles-directores, como la cerámica torneada en el centro de la Península Ibérica, para la fijación de cronologías está sujeto a problemas importantes si se utiliza de manera mecánica, como ya hemos visto. En este marco, la presencia de materiales torneados en un hábitat fortificado con unas fechas antiguas necesita una explicación. Una hipótesis, plausible, vincula los hallazgos con importaciones del área ibérica en yacimientos de la Cuenca del Duero ( 1) o en el Alto Tajo-Alto Jalón (Martínez Naranjo 1997: 175; Arenas 1999; Cerdeño et al. 1999). Normalmente se trata de unas producciones de pastas claras, amarillentas o rojizas, con pintura roja vinosa dispuesta en gruesas bandas horizontales o círculos concéntricos. El repertorio cerámico esperado se correspondería con una mayoría de recipientes a mano entre los que se pudieran reconocer elementos torneados, que serían los importados, como en El Turmielo (Martínez Naranjo 1997: 175). Como esta situación no se da en El Pico, la explicación debe ser otra. Otra posibilidad es que las dataciones se relacionen con una "celtiberización" más antigua de (1) Blanco González, A. 2009: El poblamiento del Bronce Final y Primer Hierro en el sector meridional de la Submeseta Norte. Universidad de Salamanca. lo que se pensaba para este sector del Alto Duero. Esta hipótesis no sería descabellada puesto que se ha establecido un punto de arranque para tal fenómeno a fines del siglo VII a.C. a partir de las necrópolis del grupo Alto Duero-Alto Jalón (Cerdeño y García Huerta 2001; Lorrio Alvarado 2002) y, recientenemente, de los poblados del sur de Soria coetáneos a los castros de la serranía (Romero Carnicero y Lorrio Alvarado 2011: 114-118). El caso particular de El Pico remite a una cabaña fechada en el hiato 784-395 cal BC. Por tales fechas es altamente probable que se relacione con el horizonte denominado Celtibérico Antiguo (siglo VII-mediados del V cal a.C.), que en su fase B incorpora ya elementos torneados (Martínez Naranjo 1997: 175; Cerdeño Serrano 1999; Jimeno Martínez y Martínez Navarro 1999; Ruiz Zapatero y Lorrio Alvarado 1999; Cerdeño y Juez 2002; López Ambite 2007). Este horizonte se vincula a determinados fenómenos del sector oriental de la Meseta donde la dinámica histórica se materializa en la generalización de los repertorios torneados, las necrópolis de incineración y la metalurgia del hierro, así como en las novedades en los patrones de asentamiento. A pesar de la reiterada presencia de objetos a torno en estos contextos, siguen siendo considerados importaciones. Las dudas respecto a su interpretación como tales en El Pico, ya se han planteado para otros repertorios de esta misma cronología (Cerdeño et al. 1995: 165-167). El aspecto más importante expuesto por la investigación es la coexistencia en un espacio aledaño de evidencias arqueológicas atribuibles a los "castros sorianos" y de otras que poco tienen que ver con este grupo. El registro arqueológico recuperado en El Pico se puede asimilar al conjunto de manifestaciones arqueológicas del Alto Duero-Tajo-Jalón, muy relacionado con otras semejantes del valle del Ebro (Burillo y Ortega 1999: 131). La coetaneidad de las dataciones de los castros sorianos y de El Pico, así como sus divergencias en los aspectos materiales apuntan en esta dirección, es decir, en el reconocimiento de dos conjuntos arqueológicos sincrónicos y diferenciados cuyo límite parece la Sierra de Frentes y Cabrejas. Si admitimos esta hipótesis, el emplazamiento de El Pico adquiere una dimensión distinta. Su campo visual orientado al Norte, vigilando la amplia llanada que discurre entre la Sierra de Cabrejas y los Picos de Urbión, y su La ponderación de los datos recuperados en El Pico abre dos perspectivas distintas. Una, referida al propio yacimiento, establece un potencial interesante para la evidencia arqueológica que aún conserva. Valorar el alcance de las alteraciones era, en efecto, uno de los objetivos de la intervención. La mayoría de ellas ha afectado a un espacio reducido en la zona sur, cerca del borde de la plataforma, donde apenas se conserva potencia estratigráfica. En el resto del cerro se acumulan evidencias (defensas monumentales, estructuras de hábitat, estratigrafía potente) que resultan altamente prometedoras por su estado de conservación y la problemática que anida en su seno. Otra perspectiva pone en relación los datos arqueológicos con su contexto. Desde nuestro punto de vista, aquellos deben ser contemplados en clave histórica, es decir, como elementos susceptibles de proporcionar información sobre los procesos que los generaron. No obstante, sabedores de las limitaciones de las evidencias recuperadas en El Pico, únicamente consideramos algunas de las perspectivas que ofrecen. El marco cronológico proporcionado por las dataciones abre un debate sobre lo que implican las piezas torneadas en un contexto doméstico tan antiguo. Al confrontar su elevado porcentaje en El Pico con otras evidencias queda sugerida una anomalía que la intervención practicada no permite explicar. Sin embargo, la presencia del torno en ambientes del Celtibérico Antiguo está constatada y ha de ponerse en relación con el marco de relaciones sociales que la promueven. Las cerámicas a torno se pueden interpretar como elementos exóticos, expresivos de una do-ble vía de relaciones de intercambio documentadas desde los siglos VII-VI a.C.: con los ambientes orientalizantes del mediodía peninsular y con las poblaciones del Valle del Ebro ( 2), por donde parecen penetrar las primeras producciones, seguramente originales de zonas propiamente ibéricas (Jimeno Martínez y Arlegui Sánchez 1995: 121; Martínez Naranjo 1997: 175; Arenas 1999; Cerdeño 1999: 78). El modo como circulan por las comunidades se relaciona más con dones derivados de intercambios, que con mercancías procedentes del comercio (Cerdeño et al. 1999: 286) ( 3). Para que esto sea posible ha de darse una serie de circunstancias históricas que lo permitan, las cuales enlazan con la emergencia de las primeras jerarquías en el ámbito del Duero, materializadas en el grupo de los guerreros. Este contexto se puede conceptualizar como un periodo de transición entre dos marcos de relaciones sociales distintos: la sociedad de linajes y la sociedad de clases (Vicent 1998; Burillo y Ortega 1999; Ortega 1999). Dicha transición incorpora, como aspectos relevantes, la consolidación del acceso desigual a los recursos en el seno de las comunidades y la competición por el prestigio adquirido o reforzado a través de la posesión y consumo de ciertos bienes. En este marco la emulación y la incorporación de elementos exóticos, es una práctica habitual. En el territorio ubicado en el Alto Duero-Tajo-Jalón, la transición culminará en la consolidación de sistemas tributarios. En efecto, el fenómeno histórico denominado "celtiberización" no es otro que la aparición y consolidación de la sociedad de clases y, por ende, el Estado en un territorio concreto del centro de la Península Ibérica. En este marco, los indicadores arqueológicos establecen una diferencia entre el sur de la Sierra de Cabrejas y la zona serrana, tal y como apuntan Romero y Lorrio (2011) a pesar de que incluyan a El Pico dentro de los "castros sorianos". En la primera, los restos materiales indican que la "celtiberización" se produce en fechas antiguas mientras que al norte su materialización no se observa hasta mediados del siglo IV cal a.C. Esta dualidad da cuenta, desde nuestro punto de vista, de la coexistencia de dos modelos sociales diferenciados que interactúan positiva o negativamente dentro de este escenario concreto que Burillo y Ortega (1999: 131) fricción". Después de esa fecha, el espacio serrano se incorporó a la formación social clasista. En este proceso se dan trasformaciones de orden socioeconómico que han de tener necesariamente su reflejo arqueológico y cuyo reconocimiento todavía es una labor pendiente.
Paula Jardón, Clara Pérez y Begoña Soler (eds.). ISBN: 978-84-7795-638-9. http://www.museuprehistoriavalencia.es/resources/ files/Catalogos/Prehistoria_y_cine.pdf Es de justicia comenzar por felicitar al Museo de Prehistoria de Valencia por esta interesante iniciativa, y en particular a las comisarias de la exposición temporal "Prehistoria y cine", inaugurada en septiembre de 2012, Paula Jardón y Clara Pérez, a su coordinadora, Begoña Soler, y a la directora del Museo Helena Bonet. El interés por el cine histórico, prehistórico en este caso, es algo sorprendente. En septiembre de 2002, el Museo Arqueológico Nacional inició el "Ciclo de Cine Histórico (Noches de Cine)". Durante seis años se abordó la relación entre historia y cine a través de otros tantos ciclos dedicados a todos los períodos históricos, incluido el último "La historia que viene", en el que se hizo una reflexión sobre el cine de ciencia ficción. Los resultados nos dejaron pasmados. Cada proyección y posterior coloquio desbordó todas nuestras previsiones hasta tal punto que una vez llena la sala, quedaban fuera más de 50 personas. No cabe duda de que el matrimonio entre cine e historia siempre ha sido muy bien avenido. Entre los grandes éxitos del cine a lo largo de su ya extensa andadura, el histórico ha proporcionado auténticos iconos y considerables beneficios. Recordemos grandes superproducciones como Quo Vadis, Ben-Hur, Los Diez Mandamientos, Marco Antonio y Cleopatra, Espartaco; o películas de menor presupuesto como Julio César y Escipión El Africano. En unos casos se trataba simplemente de un alarde que mezclaba espectaculares decorados, grandes estrellas de la pantalla, interminables batallas con miles de extras. Pero también encontramos excelentes películas que trasladan al pasado cuestiones de palpitante actualidad. Es el caso de Espartaco y el macarthismo, o de Escipión El Africano y la caótica política italiana de la postguerra. Porque el cine histórico suele ser una reflexión actualizada del pasado, un viaje de nuestras inquietudes hasta tiempos remotos. Sírvanos de ejemplo el planteamiento de una serie de televisión que arrasó en los 1960: Los Picapiedra. Y es que para el cine el hombre siempre ha sido el hombre. Las pasiones, los odios, las traiciones, los héroes y los villanos vienen y van por el cine histórico en un bucle que nos lleva del presente al pasado y del pasado al presente. En el caso del cine dedicado a la Prehistoria nos encontramos con parámetros similares, aunque, eso sí, el número de producciones es mucho menor. El completo listado de películas de ficción prehistórica que incluye este catálogo enumera nada menos que 82, desde Una mirada a la prehistoria (1905), hasta Ao, el último Neandertal (2010). Entre ellas hay películas para todos los gustos, desde las de gran calidad como El hombre de las cavernas de Lewis Mileston (1926), En busca del fuego de Jean-Jacques Annaud (1981), El clan del oso cavernario de Carl Gottlieb (1981), hasta subproductos erótico-festivos como Hace un millón de años de Don Chaffey (1966), o Cuando las mujeres tenían cola de Pasquale Festa (1972). Más o menos lo mismo que ocurre con películas ambientadas en otras épocas históricas. Las películas "prehistóricas" se debaten, en muchos casos, entre la divulgación científica -sobre todo aquellas basadas en novelas de cierta calidad-y el esperpento derivado de los tópicos y creencias sobre el origen de la humanidad que están presentes en el ideario colectivo de cada momento. No es que en ocasiones estén plagadas de errores garrafales en cuanto a las ambientaciones y conductas de sus personajes -circunstancia que se hace extensiva a películas sobre otras épocas históricas-, sino que podemos encontrarnos con aberraciones tales como hombres conviviendo con dinosaurios. Pero si hay algo de lo que debemos olvidarnos en el cine histórico -prehistórico en este caso-es de cualquier exigencia relativa a la fidelidad. El cine es una industria y como tal, prima siempre el espectáculo sobre cualquier otra consideración. Lo cierto es que después de ver muchas películas de este género, y una vez superados nuestra frustración y nuestros prejuicios, uno llega a la conclusión de que la fidelidad histórica es lo de menos. Que en este tipo de cine, como en todos los demás, hay películas buenas y malas, que unas nos proporcionan información, entretenimiento y goce estético, y otras, como mucho, hacen que aflore en nuestros labios una sonrisa condescendiente. Pero volviendo al tema que nos ocupa, debemos comenzar por reconocer que la idea de esta exposición es tan original como sugerente. Su mayor contribución radica en dar a conocer estas producciones cinematográficas, realizando una reflexión muy interesante sobre qué tipo de ideas transmiten a la sociedad, que conocimientos científicos consideran más llamativos y como todo Trab. Se estructuró conforme a importantes interrogantes: ¿cómo podemos comprender este mundo de luces y sombras?, ¿cómo nos representamos el pasado?, ¿qué mitos e ideas ha fijado el cine?, ¿quiénes somos, dónde vivimos y qué hacemos los humanos?, ¿cómo se reconstruye una historia en el pasado? Contestando a estas preguntas nos encontramos con el mito de la caverna de Platón, la contribución de la novela histórica a la clarificación del origen de nuestra sociedad, la plasmación en los guiones cinematográficos de las ideas y mitos sobre nuestro pasado, los elementos de la producción cinematográfica (preparación de los actores, decorados, localizaciones, etc.) que ayudan a dar una visión real o no de nuestro pasado remoto, y cual es la relación interactiva entre investigación y cine. El catálogo incluye unas serie de artículos sobre el tema que contribuyen a una mejor comprensión de este fenómeno cinematográfico: "Estas películas son geniales", "Representación del pasado: ciencia o ficción", "El destino de los neandertales", "Paisaje y fauna: de la arqueología a la pantalla", "La naturaleza humana: la búsqueda del fuego", "¿Eran así las mujeres de la prehistoria?", "Luces en la caverna primitiva", "La banda sonora de la prehistoria", y una estupenda conversación con Jean-Jacques Annaud, posiblemente el mejor director de cine sobre la Prehistoria. La mejora y modernización de las técnicas de excavación y obtención de datos, y la revolución de las nuevas tecnologías, han permitido que nos formemos una visión mucho más fiel y realista de cómo pudo ser la vida de nuestros antepasados. Las maquetas, vídeos e imágenes en 3D han contribuido a realizar espectaculares reconstrucciones de los hábitats y el medio ambiente de la Prehistoria. No tenemos más que visitar yacimientos y museos de sitio como el de la Evolución Humana de Atapuerca. Y todo esto está siendo utilizado por el cine, tal y como podemos comprobar en películas como Su majestad Minor de Jean-Jacques Annaud (2007) o Ao, el último Neandertal de Jacques Malaterre (2010). Curiosamente, todas estas producciones cinematográficas que muestran la evolución de la humanidad han ido creando un cierto desencanto entre buena parte de los espectadores. Como si el largo camino recorrido entre el Australopithecus y el Homo sapiens fuera un itinerario que no nos condujera a ninguna parte, como si un vistazo a nuestro devenir pusiera de manifiesto que el hombre sigue siendo un animal vanidoso y estúpido. Parafraseando al gran humorista gráfico Jaume Perich podríamos decir: "tan cierto es que el hombre desciende del mono que, de hecho, un día de estos, lo hará". La obra que comentamos responde a la pluma de dos distinguidos arqueólogos norteamericanos, Kent V. Flannery y Joyce Marcus, bien conocidos por sus numerosas e importantes investigaciones en la arqueología teórica y de campo de Mesoamérica. Ambos (una feliz pareja desde hace décadas) han desarrollado prácticamente toda su fructífera vida científica en el Museo de Antropología de la Universidad de Michigan, en los EE.UU. El valle de Oaxaca en México -inusualmente rico en antigüedades que van desde el Paleolítico superior o Mesolítico (hace 12-10.000 años) hasta la conquista española en el siglo XVI-sirvió en gran medida como principal "entrenamiento" político para el desarrollo y consolidación de sus ideas generales. A la vez, en sus investigaciones personales se reconoce una especialización: si el profesor Flannery ha contribuido enormemente al estudio de las primeras culturas de Mesoamérica (a partir de los materiales del mismo valle de Oaxaca) y, en particular, ha resuelto con éxito el problema del origen de la agricultura en la Mesoamérica precolombina (Flannery 1971(Flannery, 1973(Flannery, 1976(Flannery, 1986;;Flannery et al. 1981; Flannery y Marcus 1983, 2000) Joyce Markus ha empleado mucho tiempo y esfuerzo en el análisis de las cuestiones más difíciles de la historia de la civilización clásica maya y de las más antiguas ciudades mesoamericanas (Marcus 1981(Marcus, 1983(Marcus, 1992;;Marcus y Flannery 1996). Este libro, aunque basado en la riqueza de la incalculable experiencia científica de ambos autores, tiene un carácter absolutamente distinto. K. Flannery y J. Marcus se han planteado una ambiciosa tarea: trazar a partir de un volumen enorme de datos antropológicos (fuentes arqueológicas, etnográficas e históricas) la evolución de las instituciones sociopolíticas humanas durante los últimos 12-10.000 años, desde las comunidades primitivas igualitarias hasta los estados e imperios despóticos. (1) M. I. Martinez Navarrete tradujo el original del ruso. La trasliteración al español sigue a F. Presa González Presa (ed.) 1998: Historia de las literaturas eslavas. Esta versión fue revisada por el autor. Prehist., 70, N.o 2, julio-diciembre 2013, pp. 385-398, ISSN: 0082-5638 El principio fundamental de este impresionante plan general es la combinación de datos etnográficos (antropología social), para informarse sobre el nivel de desarrollo de los diferentes grupos humanos en las sociedades tradicionales, con los de las culturas arqueológicas de nivel similar (los natufienses de Próximo Oriente, con los cazadores y recolectores arcaicos de Puebla y Oaxaca en México y otros). Señalaré aquí dos puntos importantes. El primero es que cualquier especialista, comprometido con el estudio del pasado, sabe bien qué difícil es combinar materiales arqueológicos y etnográficos en la práctica. En mi opinión, los autores han solventado este reto con bastante éxito. El segundo es que, dada la especificidad de los datos arqueológicos, siempre es más difícil utilizarlos en la búsqueda de criterios fiables para rastrear los cambios en la estructura socio-política de cualquier sociedad antigua. K. Flannery y J. Marcus han escogido como puntos de referencia arqueológicos: "las casas masculinas" (men"s houses, ritual houses) y los templos como indicadores de las diferentes etapas de desarrollo de los grupos humanos; las diferencias en los rituales funerarios (el tratamiento del cadáver, las particularidades de la construcción funeraria, la presencia o ausencia de objetos "de prestigio" etc.) y, por último, la existencia de jerarquías de asentamientos (o la ausencia de ellas). Por mi carrera como arqueólogo, estoy muy familiarizado tanto con la arqueología de Mesoamérica, como con la de Próximo Oriente (durante 12 campañas participé en la expedición arqueológica rusa al noroeste de Irak, entre 1969de Irak, entre -1980, donde investigamos poblados agrícolas iniciales del VIII-IV milenio a.n.e.: Yarim-Tepe I, II, III, Tell Sotto, Tell Magzalia). Por consiguiente solo puedo admirar la grandiosidad del plan de creación de este libro, y el asombroso éxito de su materialización en vida. Se puede afirmar con certeza que la ciencia arqueológica mundial carecía todavía de trabajos de tal escala global. K. Flannery y J. Marcus, al comparar las historias de las sociedades "vivas" y "fósiles" de casi todo el mundo durante los últimos 12.000 años, han trazado de modo convincente el camino largo y difícil de la humanidad desde la igualdad a la desigualdad, desde el orden tribal basado en el parentesco a la jefatura compleja (chiefdom), al estado, al reino y al imperio. No es un secreto que la mayoría de las posiciones teóricas y las reconstrucciones de los sistemas sociales del pasado remoto se basan en los materiales etnográficos de las sociedades tradicionales de Asia, África, Australia y América, obtenidos en los siglos XVI-XIX (en menor medida a principios del XX) por viajeros, funcionarios, monjes-misioneros y, más tarde, por etnógrafos profesionales. Por desgracia al describir las "sociedades vivas" (sistemas socio-políticos incluidos) que aparecían ante su mirada, esta gente prestó menor atención a la concreción material de tales instituciones. Además no siempre podemos garantizar la fiabilidad de las descripciones que son ya de imposible verifica-ción. Por otro lado los ricos materiales arqueológicos, procedentes prácticamente de todos los periodos de la historia de la humanidad y todos los continentes de la Tierra, tienen un carácter informativo limitado (salvo raras excepciones, solo se conserva lo que resistió los estragos del tiempo) y son bastante avariciosos respecto a las conclusiones sociológicas. De ahí el problema inmemorial de "unir" los datos etnográficos y arqueológicos sin cuya resolución también será complicada en muchos aspectos la reconstrucción exitosa de la evolución de las estructuras sociales de las sociedades antiguas. Despiertan especiales discusiones momentos claves del pasado humano como la transición del sistema comunal primitivo (nivel de "jefatura", chiefdom) al estadio del estado y la civilización (nivel del estado "inicial" o "primario"), la definición de los atributos concretos (materiales) de la "jefatura" y "el estado inicial". Recientemente han aparecido trabajos prometedores de científicos rusos como N. N. Kradin, D. M. Bondarenko, A. V. Korotaev y L. E. Grinin ( 2), junto a los de numerosos investigadores extranjeros. Pero, sin duda, el libro de K. Flannery y J. Marcus supera la mayoría de las publicaciones previas por la amplitud de su temática y su profundidad analítica. La investigación combinó, además, de modo bastante armonioso y convincente datos de la Arqueología y la Antropología social. En resumen, me gustaría destacar algunos puntos. Uno no puede disentir de que la producción de excedentes (surplus) sea la principal fuente material y la condición necesaria para la aparición y desarrollo de sociedades complejas estratificadas, desde la jefatura al estado. Los primeros estados (la civilización) aparecen aquí y allá, donde y cuando se alcanza una circulación amplia y una producción sistemática (también una distribución desigual) de un producto excedentario. Las sociedades con un sistema económico de producción basado en la agricultura y la ganadería muestran la vía principal en esa dirección. Por él han pasado todas las "primeras civilizaciones" conocidas: en el Viejo Mundo la sumeria, la egipcia, la de la antigua India (Mohenjo Daro y Jrappa) y la de la antigua China; en el Nuevo la mesoamericana y la peruana. Hay una excepción: la aparición de la desigualdad y de una estratificación social avanzada en sociedades de pescadores, cazadores y recolectores como las tribus indias de la costa del Pacífico de los EE.UU. y Canada, que usaron con habilidad los inagotables recursos biológicos del océano. Sin embargo es indudable que, en la América precolombina, las sociedades indias que durante mucho tiempo y con éxito dominaron las destrezas de la producción agrícola llegaron más lejos en su desarrollo. Prehist., 70, N.o 2, julio-diciembre 2013, pp. 385-398, ISSN: 0082-5638 Precisamente K. V. Flannery en Oaxaca (junto con R. S. MacNeish en el vecino estado de Puebla), gracias a sus complejas investigaciones arqueobotánicas en las cuevas de Guilá Naquitz, Cueva Blanca, gruta Martinez y al descubrimiento del campamento al aire libre Gheo Shih, contribuyó decisivamente a estudiar los orígenes de la agricultura mesoamericana y, como es bastante natural, de las civilizaciones mesoamericanas. Ambos autores señalaron con toda justicia el importante papel del culto a los ancestros en la evolución de las estructuras sociales desde la remota antigüedad. En todos los centros de las futuras civilizaciones, sea la China Shang, el periodo clásico maya, los estados medievales de África, el poder mochica e inca en Perú, la legitimación de la autoridad imperial en muchos aspectos se basaba en el culto a los ancestros reales (Guliaev 1990). Por último, me agradó en especial que los autores (básicamente expertos en arqueología mesoamericana) dominaran con éxito la ingente bibliografía sobre el Próximo Oriente antiguo, incluyendo trabajos con los resultados de las investigaciones de los arqueólogos rusos en el noroeste de Iraq. Está muy claro que, en los próximos años, la obra de K. V. Flannery y J. Marcus será una referencia para todos los científicos dedicados a la historia del desarrollo de las instituciones sociopolíticas humanas en los últimos 12.000 años. Tobias L. Kienlin y Andreas Zimmermann (ed.). A veinticuatro años de la publicación por Cátedra del Neolítico en España (López 1988), la misma editorial ha encargado a tres conocidos especialistas en la materia la coordinación de un nuevo volumen que sirva de manual actualizado, orientado tanto a especialistas como a un alumnado universitario. El nuevo volumen mantiene las mismas dimensiones e incluso el tono de color de las cubiertas, lo que refuerza la continuidad que pretenden transmitir coordinadores y editorial. Se ha hecho, sin embargo, un esfuerzo por actualizar su estructura, entre otras cosas incorporando al previamente olvidado Portugal, así como una importante sección referida al Neolítico europeo, escrito por cuatro renombrados especialistas británicos. A su vez, los capítulos más teóricos o sintéticos del volumen de 1988 se han agrupado y expandido en el primer bloque del nuevo volumen. Los coordinadores han hecho un notable esfuerzo para que los lectores potenciales puedan contextualizar el Neolítico peninsular en su marco europeo mediante cuatro ensayos en castellano de Alasdair Whittle, Paul Halstead, Daniela Hofmann y Julian Thomas. Mientras que el primero repasa las cuestiones de mayor actualidad de la investigación del Neolítico europeo, los otros tres revisan respectivamente los cambios económicos en el sur de Europa, la arquitectura doméstica y los Trab. El trasfondo postprocesual (o "interpretativo", como gusta hoy en día) y los propios intereses de los autores afectan de forma desigual a la orientación pedagógica que pretende el volumen. En este sentido, el capítulo que puede resultar más digerible para un lector universitario es el de Halstead, que presenta un panorama de las prácticas agropecuarias del Neolítico antiguo en la Europa mediterránea de una manera clara y concisa. En todo caso, la responsabilidad de elaborar la contextualización queda en manos del lector: ninguno de los ensayos tiene como objetivo la comparación de las evidencias y procesos peninsulares con los del resto de Europa. Los capítulos más informativos son los cuatro relativos a la agricultura, la ganadería, las primeras formas de hábitat y las prácticas mortuorias del Neolítico peninsular, que cierran la primera parte del volumen. En estos útiles ensayos, los autores han debido hacer un esfuerzo de síntesis comparativa y, por tanto, ofrecen un destilado del estado de la cuestión y de los problemas actuales de la investigación a escala ibérica. Aunque abordados desde distintos enfoques, lo cierto es que todos coinciden en enfatizar de una u otra manera la "variabilidad indómita" (p. 123) del registro arqueológico que conocemos, por utilizar una afortunada expresión de Corina Liesau y Arturo Morales, autores por otra parte del artículo más polémico e inquietante de todo el volumen, en el que cuestionan muchos de los patrones que creemos ver y que tanto nos gustan a los especialistas. Personalmente creo que el volumen habría mejorado sustancialmente si se hubiesen incluido similares síntesis comparativas sobre la cronología, el paleoambiente y las distintas producciones líticas y cerámicas. Estos ensayos sin duda habrían sido culminados con brillantez por algunos de los autores que contribuyen a la monografía y, de paso, habrían descargado los capítulos dedicados a síntesis regionales, que forman parte del segundo bloque del volumen. La zonificación de estas síntesis sigue criterios heterogéneos, lo que en ocasiones genera ciertos solapamientos y ausencias. Los 10 capítulos se organizan por países (Portugal), comunidades autónomas (Galicia, Cataluña, Extremadura, Andalucía), regiones "naturales" (cuencas del Duero y Ebro, región central del Mediterráneo, Meseta sur) y otras cosas ("Cantabria", que además de dicha Comunidad Autónoma incluye a Asturias y País Vasco). El espacio dedicado a cada capítulo es prácticamente idéntico, lo que previsiblemente ha exigido un mayor esfuerzo sintético a quienes abordan regiones extensas o con mayor tradición investigadora. Se estructuran en dos bloques: una síntesis y una selección de 4 ó 5 yacimientos significativos. Todos ellos tratan los aspectos historiográficos, la distribución general de los yacimientos, el paleoambiente, la cronología, las características generales del registro arqueológico y una última sección más interpretativa. Los autores han abordado de manera también heterogénea tanto el registro regional como sus posibles interpretaciones, que muchas veces son inevitablemente de escala peninsular. Sin descrédito a ninguno de los ensayos, todos ellos buenos estados de la cuestión, algunos autores han realizado un mayor esfuerzo en transmitir con claridad lo que desearía (o debería) conocer un estudiante universitario. El libro tiene un buen número de ilustraciones: 40 planos y 178 figuras y tablas. Los editores han homogeneizado con buen criterio los 10 planos que sirven de índice para localizar los yacimientos significativos de cada región. Muchos de los restantes, escogidos por los autores individuales, habrían sido perfectamente prescindibles como, por ejemplo, los mapas mudos de localización de los yacimientos significativos de Extremadura. Desde luego, los especialistas hemos invertido tradicionalmente poco esfuerzo -o hemos tenido poco éxito-en transmitir ideas sintéticas mediante la ilustración, y no me refiero exclusivamente a la recreación, de cuya importancia son muy conscientes y usuarios habituales los editores de este volumen. En general, las plantas y secciones de yacimientos arqueológicos siguen siendo incomprensibles para la mayor parte del alumnado universitario, mientras que las figuras que compendian conjuntos industriales solo son útiles para aquellos que saben en lo que fijarse. Afortunadamente, los autores de este volumen han optado mayoritariamente por fotografías y figuras informativas. Al igual que el volumen de 1988, este también cuenta con una tabla de dataciones de radiocarbono y algunas de TL. Es un considerable trabajo de recopilación que nace inevitablemente anticuado, como sucede con toda lista en este formato. Tiene una discutible utilidad para un estudiante universitario, que como he comentado más arriba hubiera preferido un capítulo dedicado a analizar la cronología del Neolítico a escala peninsular. En cambio, es una clara prueba del relevante esfuerzo colectivo de los investigadores por mejorar la cronología numérica del Neolítico peninsular, que ha pasado de las 93 dataciones de 1988 a las -como mínimo-1043 recopiladas en esta publicación. La bibliografía, una parte importante de todo manual, está muy actualizada. Al contrario del volumen de 1988, el nuevo agrupa al final todas las referencias bibliográficas, lo que tiene ventajas y desventajas. El listado merecería un comentario aparte, dado que deja traslucir otros aspectos, más relativos a las dinámicas de investigación y a la sociología de la ciencia. Resulta curioso ver el escasísimo impacto de los cuatro congresos de Neolítico Peninsular publicados (algo más de 3400 -inabordables-páginas): solo agrupan el 7% de las referencias, de las que únicamente 15 se refieren a aspectos paleoecológicos y 4 (¡cuatro!) a aspectos específicos de las producciones cerámicas o líticas. Con sus virtudes y sus -a veces inevitables-defectos, este volumen es un fiel reflejo de la sociología de la investigación prehistórica tanto en la Península Ibérica como en Gran Bretaña. Expone muchos de los avances de la investigación sobre el Neolítico peninsular de los últimos veinticinco años y, en ese sentido, será un manual universitario de gran utilidad. Uno habría deseado que esta nueva síntesis fuese realmente comparativa pero, ciertamente, y por seguir la máxima volteriana, "lo mejor es enemigo de lo bueno". Desde el estudio pionero que hice con Antonio Gilman (Harrison y Gilman 1977), ha habido numerosos descubrimientos de marfil de diferentes especies animales y criaturas marinas en la Prehistoria ibérica. En los últimos 30 años las excavaciones han recuperado unos 1212 objetos de marfil, situados cronológicamente entre 2800-1650 BC y distribuidos geográficamente por gran parte del tercio meridional de la Península Ibérica. Este estudio de Thomas Schuhmacher coordina todo este material y, junto con un breve estudio de las técnicas de determinación de la procedencia debido a su colaborador Arun Banerjee, facilita este corpus de material a las bibliotecas arqueológicas de Europa. El marfil es interesante ya que, al ser una materia prima no accesible en Iberia, tiene que ser importada en primera instancia del Norte de África, de las ballenas varadas en las costas atlánticas y, quizás también, de elefantes de origen asiático. Su importación ilustra sobre los patrones de cambio a larga distancia entre sociedades que no estuvieron necesariamente en contacto directo. Estas sociedades no estaban al mismo nivel de desarrollo social, lo que se suma al interés intrínseco de los patrones de intercambio. Los estudios sobre el intercambio de materias primas exóticas tienen una larga historia en la arqueología mediterránea, y probablemente son mejor conocidos en los estudios modernos a partir de los trabajos pioneros de Colin Renfrew (en colaboración con científicos y especialistas en materias primas) sobre obsidiana, cobre, mármol y cuentas de fayenza, que inspiraron muchas y afortunadas secuelas. Lo que quedó claro a partir de estos estudios fue que los intercambios tenían una dimensión social que superaba los simples cálculos econométricos y que aspectos como la competición, el engrandecimiento, el alarde y la acumulación de riqueza formaron parte de estos modelos. En el caso del marfil, el trabajo comparativo se retrasó hasta que hubo suficientes objetos identificados correctamente como hechos en marfil y no en hueso y, una vez que esto se consiguió, para empezar a separar los diferentes tipos de marfil: dientes de cachalote, colmillos de narval, morsa e hipopótamo, marfil de elefante fósil y marfil de elefantes que vivieron en el III y II milenio BC en el Norte de Africa y Asia occidental. La inmensa mayoría del marfil identificado por Schuhmacher procede de colmillos de elefante, como indican sus interesantes tablas de distribución: la no 1 (p. 66), muestra 1052 piezas de España, 160 de Portugal e incluye un mínimo de 115 piezas de las colecciones españolas reunidas por Siret ahora perdidas. El peso total de todo el marfil disponible para el estudio fue de 3560 g (p. 5) con un peso medio de 4,8 g por pieza. Considerando que se incluyen piezas sustanciales de materia prima, como las secciones de colmillo de elefante de Matarrubilla (p. 386), uno puede darse cuenta de que muchos de los objetos acabados son pequeños. Los objetos de marfil son variados; adornos como cuentas, botones, brazaletes, alfileres, pendientes, unos pocos peines; pequeños contenedores con tapas (¿quizás para perfumes o drogas?), pomos de cuchillo, objetos del ritual funerario, como las copias de sandalias de la Tumba 12 de Los Millares, y una o dos figuritas humanas. Casi todas estas formas pueden equipararse con objetos fabricados con materiales locales como hueso o caliza. Los talleres o las áreas de taller donde el marfil importado era convertido en esas formas han sido encontrados por toda España, en Valencina de la Concepción, Matarrubilla (Sevilla) El Acequión (Albacete) y, probablemente también, en la Illeta dels Banyets (Alicante). Es claro que el marfil fue importado como una materia prima que se manufacturaba en productos adaptados al gusto de las sociedades de las Edades del Cobre y del Bronce en Iberia y no como piezas acabadas. Schuhmacher cree posible distinguir el marfil de, al menos, tres especies de elefante. El más claramente Trab. Prehist., 70, N.o 2, julio-diciembre 2013, pp. 385-398, ISSN: 0082-5638 identificado era el elefante de sabana africano (Loxodon a. africana), así como dos especies más lejanas: los elefantes asiáticos (o indios) (Elephas maximus) y el elefante del Pleistoceno final europeo (Palaeoloxodon antiquus). El marfil del elefante africano occidental se encuentra principalmente en Portugal, y en los periodos finales en el Sureste español. En el Calcolítico andaluz de Los Millares detecta un marfil similar al de los elefantes del Asia occidental, y propone que hubo un cambio de las fuentes de marfil asiáticas a otras africanas durante el periodo argárico. Si este modelo de cambio de los patrones de abastecimiento se probara, reforzaría el argumento de aquellos arqueólogos que creen que hay contactos, débiles pero existentes, entre el sureste de Iberia y el Mediterráneo oriental. Sin embargo esto todavía tiene que ser demostrado de manera satisfactoria. Separar el marfil africano del asiático no es tan sencillo como uno desearía. 453) cómo los diferentes patrones en la formación de dentina permiten distinguir los marfiles de, al menos, 5 especies diferentes de elefantes, incluyendo al extinto Mammuthus primigenius. Estas estructuras (denominadas las "líneas Schreger") pueden reconocerse a simple vista, y medirse de manera precisa a bajo aumento. Los análisis espectroscópicos apoyan las identificaciones ópticas y sugieren que son suficientes para distinguir las diferentes fuentes de marfil. Sin embargo, las pocas páginas que Banerjee facilita (pp. 451-458) son simplemente un breve resumen de su trabajo publicado sobre el tema desde 2002, y no cuantifican los tamaños de la muestra, los rangos de variación y otros datos básicos para poder juzgar la precisión de las determinaciones de la materia prima. Por ejemplo, no se puede saber cuántas muestras de marfil proceden del noroeste de Africa. Este es un problema que debe abordarse. Es bien conocido a partir de fuentes históricas que muchos elefantes salvajes recorrían el noroeste de África en el Periodo Clásico. Aníbal tenía 37 elefantes de guerra en su invasión militar de Italia en el 218 BC, y solo uno era asiático (su propio animal de gran tamaño). El general romano Nobilior marchó sobre Numancia con 10 elefantes de Guerra en el 153 BC (y los perdió todos). En el Museo del Bardo de Túnez hay también gran número de objetos de marfil, procedentes de contextos excavados fenicios, cartagineses y romanos, que podrían muestrearse para ver el rango completo de variación en la composición del marfil de los elefantes del África noroccidental. Esto sugiere que el marfil habría sido abundante y relativamente fácil de obtener en el África noroccidental durante toda la Prehistoria tardía, y no debería sorprendernos si, en su mayoría, perteneciera al elefante de sabana africano. El corpus de material tiene todas las virtudes de los estudios de este tipo: detallado, preciso, bien ilustrado y repetitivo. Las nuevas fotografías a color son excepcionalmente buenas. Pero es una presentación de datos que a Georg y Vera Leisner les resultaría familiar hace unos 70 años; en resumen, no es lo bastante flexible para el siglo XXI. Se espera que la información de una base de datos moderna pueda cruzarse para poner a prueba los patrones de asociación, distribución, etc, permitiendo descubrir los patrones que eludió el compilador original. También necesita ser abierta, de modo que puedan incorporarse nuevos datos y reforzar el valor del trabajo original. Este corpus sufre de obsolescencia, a falta de un editor riguroso que lo redujera y preparara como una tabla informatizada. Este es un trabajo que el Deutsches Archaeologisches Institut debería haber emprendido, incluyendo una base de datos interactiva de este material en su propio sitio web, accesible a los estudiantes. Después de todo, el sitio web del DAI destaca el trabajo de Schuhmacher, que está incluido en la prestigiosa serie Iberia Archaeologica. Entre los estudios recientes que describen nuestro mundo actual de tecnología de la información está el de Howard Rheingold (2012), donde ofrece formas prácticas de vivir con, y usar de manera provechosa, nuestra nueva "cibercultura". Como arqueólogos, debemos dar la bienvenida al fortalecimiento de estas redes y aprender cómo consumir los medios digitales. Sobre todo tenemos que aprender cómo prestar atención de manera eficiente al exceso de información. Sin embargo, hay que dar la bienvenida a este estudio y agradecer calurosamente al autor su enorme esfuerzo en la búsqueda de tanto material. Sin duda sus conclusiones se discutirán durante las próximas décadas. Apreciar similitudes en aspectos o detalles entre objetos arqueológicos facilita argumentos para relacionar Trab. Si esos objetos distan lo bastante, se entiende que las relaciones involucraron a sociedades distintas. Sin embargo a veces, la rigidez de las materias primas y/o que los objetos sirvieran a tareas básicas y comunes (molinos, machacadores, punzones...) han conformado un acuerdo tácito que disocia afinidades morfológicas y relación entre sociedades, como si los parecidos generales por imperativos físicos o necesidades funcionales fueran ajenos a la identificación de vínculos sociales específicos. Otros objetos, en cambio, gozan de una capacidad especial para señalar relaciones intersociales, como los recipientes cerámicos decorados de la tradición de Cogotas I. Estos pertenecen al conjunto de objetos cuya distribución geográfica excede los territorios delimitados por los artefactos más abundantes y menos cosmopolitas, que definen las entidades arqueológicas que consideramos metonimias de sociedades prehistóricas. Una vez asumida la relación entre sociedades, pueden ocupar a la investigación durante décadas interrogantes como ¿fueron esos objetos el "motor" de la relación o su "resultado"? ( 1) ¿cuál fue la naturaleza e intensidad de la relación, y por qué con tales límites temporales y espaciales? La cerámica de tradición Cogotas I se diferencia de otros objetos distintivos por una doble dimensión: manifiesta relaciones interregionales y define una "cultura" con territorio original y diacronía propia. La tensión entre estos dos papeles en mayor o menor medida, explícita o tácitamente, subyace en los trabajos que integran este volumen. La obra recoge contribuciones presentadas al congreso "Cogotas I: una cultura de la Edad del Bronce en la Península Ibérica" (Valladolid, octubre de 2009), un merecido homenaje a la memoria de Ma Dolores Fernández-Posse, cuya aportación al conocimiento del mundo de Cogotas I resulta básica. Incluye 9 ponencias y 17 comunicaciones. La mayoría de las ponencias se centra en tipos de materiales o en sus dimensiones empíricas. Proceden del "territorio nuclear" de Cogotas I y de su "zona de contacto" periférica, con epicentro en la cuenca media del Duero y extensiones en las del Tajo y el Ebro. Blanco trata la distribución espacial de los asentamientos con cerámica de Cogotas I desde una óptica más narrativa que analítica; Rodríguez Marcos considera la dimensión temporal de los precedentes de Cogotas I y sus etapas iniciales en la cuenca del Duero; Fernández Manzano y Herrán repasan las evidencias de actividad metalúrgica de la Edad del Bronce. Aportan datos analíticos y subrayan el papel de centros como Carricastro. Liesau expone un vaciado exhaustivo y de notable profundidad temporal de los depósitos con ofrendas de animales. Busca inferencias sociológicas a partir de la complicada detección de regularidades empíricas. Delibes, Esparza y Velasco exploran de modo interdisciplinar los contextos funerarios adscritos a Cogotas I, en lo que seguramente, hasta la fecha, es la aproximación más sistemática y extensa de esta clase de evidencias. Solo Blasco opta por presentar una síntesis ordenada de la materialidad de la Meseta durante la vigencia de las cerámicas de Protocogotas y Cogotas I. Otro grupo de ponencias considera las cerámicas decoradas fuera de su hogar original. Lo inaugura Abarquero que, arrancando del territorio nuclear, repasa los hallazgos en otras regiones peninsulares, en busca de las razones que explicarían su amplia aunque heterogénea distribución. Su exploración da sentido a dos trabajos centrados en yacimientos con contextos de habitación estructurados. El de Hernández Pérez presenta las novedades en cronología absoluta y hallazgos del Cabezo Redondo (Alacant), enmarcándolas en el Bronce Tardío del sureste. El de Contreras y Alarcón se centra en Peñalosa (Jaén), cuya última ocupación argárica ha proporcionado cerámicas de estilo Protocogotas en espacios vinculados con una producción metalúrgica especializada. Las comunicaciones acentúan la heterogeneidad de enfoques y objetivos apuntada entre las ponencias. Son mayoría los textos que estudian las evidencias de yacimientos o de conjuntos de yacimientos cercanos entre sí en la Meseta norte. Crespo y Herrán exponen los resultados de las recientes excavaciones en Carricastro (Valladolid); Martín, Marcos, Misiego, Sanz y Redondo en Canto Blanco (León), y Alonso y Jiménez en yacimientos de la comarca del Arlanzón (Burgos) y en el depósito de Los Cascajos (La Rioja). Ese punto de partida empírico, pero centrado en materiales concretos, inspira los trabajos de Fabián sobre la distinción entre tradiciones alfareras en varias comarcas de Ávila y Salamanca; de Fraile y Cruz sobre el molde de fundición de hachas de Soto de Tovilla (Valladolid); de Misiego, Martín, Marcos, Sanz y Ollero en torno a los restos humanos de Tordillos (Salamanca), y de Bellido respecto a la interpretación funcional de varias estructuras de combustión. Mayor amplitud tienen los estudios de Sánchez Polo sobre depósitos rituales de cánidos en el ámbito territorial de Cogotas I y, en especial, el análisis me-Trab. Un talante más interpretativo inspira la propuesta de Arnáiz, Carmona y Montero sobre los usos sociales de los artefactos metálicos, y la reflexión crítica de Bellido sobre narrativas museísticas en torno a Cogotas I. El grupo de aportaciones relativas a regiones "periféricas" comparte con el anterior la pluralidad de enfoques. Entre las que describen artefactos y contextos la de Sesma, Bienes y Ramos refiere el estado de la cuestión sobre la cerámica de Cogotas I en Navarra, el de Ruiz Gil trata los escasos hallazgos en Cádiz, y el de Barrachina se centra en la cronología de las cerámicas decoradas del Pic dels Corbs (València). El trabajo de Martín de la Cruz y Barrios sobre la secuencia del Llanete de los Moros (Córdoba) une a la presentación de corte empírico una destacada dimensión analítico-instrumental. Castro, Escoriza, Masclans y Oltra se aproximan al contexto regional de las cerámicas de Cogotas I en el sureste ("Horizonte de Villena"), combinando distintos tipos de evidencias para ofrecer una síntesis sociológica difícil de rastrear en los restantes capítulos. Si algo puede achacarse a este volumen, dejando aparte la persistencia de errores ortográficos y gramaticales en algunos textos, es una cierta dispersión y heterogeneidad en la presentación de las contribuciones. Se tiene la impresión de que el índice responde más a un criterio formal (Ponencias y Comunicaciones), que significativo para la investigación, ya sea geográfico, temático, analítico o sintético, si bien tal vez una coherencia alternativa no abocara más que en otra formalidad. Si tratamos de abordar temas de fondo, puede ser útil ir a la mayor y preguntarnos a qué nos referimos al hablar de Cogotas I: ¿a una entidad original, bien establecida territorialmente y a la vez dinámica, capaz de afectar a otras sociedades, o a la dimensión estilística de ciertos artefactos cerámicos, indicativa de relaciones entre una multiplicidad de grupos? Las características de la mayoría de los yacimientos en el interior peninsular (escasez de contextos habitacionales y funerarios estructurados con materiales en posición primaria) han limitado la posibilidad de ofrecer respuestas concluyentes. No obstante, tal vez esta materialidad dominada por "hoyos" colmatados con materiales a menudo desarticulados permita algo más que descripciones de contenedores subterráneos, listados de hallazgos fragmentarios, determinaciones taxonómicas, algún análisis elemental o isotópico y, de tarde en tarde, celebrar las deposiciones ordenadas de recipientes completos y de especímenes animales y/o humanos. Cogotas I demanda una vuelta de tuerca al ingenio y una dosis de esperanza en que el pasado no haya borrado todos sus pasos. Cabe suponer que entre la ubicación del "contenedor hoyo" que acabó siendo basurero, casual o intencionado (la estratigrafía arqueológica y el análisis tafonómico juzgarán), y los contenidos que lo colmataron subsistiría cierta relación. Asumiendo esta premisa, sería posible describir el rango de actividades sociales a partir de los contenidos de estructuras o agrupaciones de estructuras. Los análisis podrían tomar en consideración variables cualitativas (p. ej., presencia o ausencia de un tipo de ítem), y cuantitativas de los tipos de materiales y el cálculo de índices capaces de captar relaciones significativas. Se estimaría así la relación entre la producción de "hoyos" (medida en volumen de sedimento desalojado) y la calidad y/o intensidad de las prácticas en o en torno a estos (medida en la calidad y/o cantidad de los restos depositados). Con las salvedades que impone la dificultad para fijar cronologías de uso y amortización, el análisis comparativo de conjuntos nutridos de estructuras en un yacimiento incrementa la posibilidad de obtener conclusiones fiables. Los eventuales resultados permitirían caracterizar mejor las comunidades locales y ciertas relaciones territoriales. Sin embargo, seguiría pendiente responder si "Cogotas I" designa una "cultura" o un elemento compartido por sociedades diversas. Es difícil negar que los yacimientos con cerámicas cogotianas en las "regiones exteriores" correspondieron a sociedades con patrones de asentamiento, arquitectura y artefactos a menudo muy distintos de los de las zonas "nuclear" y de "contacto". Es en estas donde hay más por hacer. Si en la definición de Cogotas I ha sido primordial la decoración cerámica, tal vez habría que atender a lo que Lull (2007: 230) denomina "objetos comunes", cotidianos e imprescindibles para la supervivencia; objetos que "mantienen a la sociedad" y, por tanto, fundamentales para distinguir sociedades. Uno de los objetivos sería la definición tecnomorfométrica de la alfarería de superficies lisas, la más abundante. Comparar la proporción de cerámicas lisas y decoradas por yacimientos y regiones también podría ser interesante. El análisis estadístico a diferentes escalas espaciales y temporales de las secuencias decorativas, combinado con la sistematización morfométrica de los recipientes, abriría otro campo de pesquisas. Avanzar en el estudio del instrumental lítico serviría para delimitar los territorios de aprovisionamiento de unos artefactos cotidianos e imprescindibles y, asimismo, para mostrar usos económicos diversos (Fabián, en este volumen; Abarquero 2005; Cruz 2006Cruz -2007;;Rodríguez Marcos 2007). En suma, un punto de la agenda en torno a "Cogotas I" podría ser definir las entidades arqueológicas en las zonas "nuclear" y de "contacto", según criterios menos dependientes de la decoración cerámica y de los yacimientos de "hoyos". Ello sin detener las investigaciones analíticas, de las que este volumen da buena muestra. Resultarían necesarias para evaluar el grado de estabilidad o apertura de aquellas comunidades y para ahondar en el conocimiento de su organización.
Este trabajo presenta los resultados de la evaluación de las revistas españolas de las áreas del conocimiento Prehistoria y Arqueología, obtenidos a partir de una encuesta a los profesores universitarios y a los investigadores del CSIC. Se obtienen las valoraciones de las revistas categorizándolas según su importancia para la disciplina. Se estudian las referencias citadas en las revistas mejor valoradas. Para facilitar el trabajo se elabora una base de datos. Por último se presenta una tabla de valoración integrada de las revistas de Arqueología y Prehistoria. Se destaca el hecho de que mientras los profesores dicen publicar mayoritariamente en revistas españolas, con frecuencia citan preferentemente a revistas extranjeras. Por otra parte se señala que los distintos indicadores utilizados para evaluar las revistas son complementarios. Dado el papel singular y privilegiado que las revistas científicas cumplen en el circuito de comunicación de la ciencia, la evaluación de la calidad de las revistas ha sido y es un asunto primordial que suscita el máximo interés tanto entre los investigadores como entre los editores científicos, los profesionales de la información científica y los evaluadores y gestores de los sistemas de ciencia y tecnología. Si desde hace décadas los criterios de valoración de la calidad de las revistas están bien asentados y aceptados por la comunidad científica cuando se trata de las Ciencias Experimentales, no sucede lo mismo cuando la valoración afecta a revistas pertenecientes al ámbito de las Ciencias Sociales y Humanas. Las dificultades se han puesto de manifiesto al comprobar una vez tras otra que los criterios de (*) CINDOC-CSIC. (1) Este trabajo es parte de un proyecto financiado por la Dirección General de Universidades (DGU) en el marco del Programa de Estudios y Análisis (Ref.: EA2003-0021). valoración que se empleaban con éxito en el caso de las Ciencias Experimentales no podían ser aplicados con el mismo éxito en el caso de las demás ciencias. Esta constatación de la realidad ha provocado en los últimos años numerosas iniciativas para abordar el problema de la valoración de la calidad de las revistas de Ciencias Sociales y Humanas y para incrementar la visibilidad de las mismas, tanto en los países de Europa Occidental (Kiefer et al. 2004), particularmente en Francia (Henriot y Fleuret 2004) y en Italia, en los países de América Latina (Cetto y Hillerud 1995; Cetto y Alonso 1999), encabezados por Brasil, México, Chile y Argentina. En España, en los últimos años se está asistiendo a una proliferación de iniciativas, unas finalistas (2) y otras, desde una perspectiva investigadora, mas orientadas a desarrollar nuevas metodologías y modelos de valoración. La complejidad de las áreas objeto de estudio, las distintas tradiciones científicas en los hábitos de investigación y publicación, las diferentes herramientas que soportan las investigaciones, la influencia de escuelas de pensamiento o el impacto fuerte de lo local en muchas disciplinas hacen que no sea tarea fácil encontrar procedimientos equilibrados y objetivos para conseguir un sistema de evaluación de las revistas científicas en estas áreas que suscite los suficientes consensos. El trabajo que se presenta ahora se enmarca en este contexto y aspira a ser una propuesta más a tener en cuenta en el debate sobre los sistemas de valoración de las revistas científicas de Humanidades y Ciencias Sociales. Aunque se refiere solo a las revistas especializadas en unas áreas concretas del conocimiento, Prehistoria y Arqueología, puede apuntar un camino por el que avanzar, haciendo extensible la metodología al conjunto de las disciplinas de las Ciencias Sociales y Humanas. Así pues, se pretende aquí describir y analizar los resultados obtenidos por las revistas de Prehistoria y Arqueología en el marco de un modelo de valoración de revistas que el CINDOC ha ido proponiendo en diversas etapas en estos últimos años y que se inscribe en una línea de investigación más amplia en torno a la valoración de las revistas españolas de Humanidades y Ciencias Sociales, que se ha estado desarrollando durante los años 2000 a 2005 y que está orientada a la construcción de un modelo integrado para la evaluación de las revistas, teniendo en cuenta indicadores de calidad de distinta naturaleza. El modelo que se comenta está basado en dos pilares fundamentales: la valoración de la calidad editorial a través de los parámetros diseñados por el sistema LATINDEX (3) y la valoración de la calidad de contenidos analizada a través de los resultados de una amplia encuesta dirigida a los profesores en plantilla de las universidades públicas españolas y a los investigadores del CSIC y que tenía como primer origen la selección de las revistas que serían vaciadas de manera sistemática en la base de datos ISOC. Esta doble valoración cobró un sentido más amplio con ocasión de la demanda dirigida al CSIC por la Dirección de la European Science Foundation (ESF), de enviar una propuesta con las revistas españolas de Humanidades que deberían ser incluidas en un futuro Índice Europeo de Citas en Humanidades (European Citation Index in Humanities) en un plazo de tres meses (abril-junio de 2003) (Kiefer 2004). Esta petición de la ESF fue dirigida igualmente a cada uno de los organismos representantes de los diferentes países miembros. Ante la urgencia de elaborar esta propuesta en tan solo tres meses, el CSIC acudió a su organismo especializado en materia de información científica, el CINDOC, para que con su aportación técnica y una comisión de expertos pudiera ser elaborada la lista en los plazos exigidos. Esta fue la oportunidad para establecer una propuesta construida en torno a los dos pilares fundamentales antes mencionados, singularizando algunos otros elementos complementarios en razón del peso que los criterios exigidos en la demanda de la ESF iban a tener en la elaboración de la lista: a saber, la obligatoriedad de que en las revistas propuestas la selección de los originales se hiciera mediante el sistema de revisores externos, la exigencia de límites para considerar la "actualidad" de las ediciones que excluía a las revistas cuyo ultimo número editado fuera anterior al año 2000, la pre-(2) Ver iniciativas de las universidades catalanas en www. gencat.es/ y de la Junta de Andalucía en (http://www. ucua.es). (3) Sistema Regional de Información especializado en revistas científicas al que están asociados 15 países iberoamericanos, entre ellos España y Portugal, cuyo objetivo es trabajar de forma cooperativa para procurar a las revistas científicas del área iberoamericana un mayor nivel de difusión internacional y una mejor calidad [URL]. Ofrece un Directorio en el que están incluidas todas las revistas científicas editadas en los países iberoamericanos y un Catálogo en el que solo pueden estar aquellas revistas que cumplen con 25 de los 33 criterios de calidad editorial definidos por el sistema. sencia en la calle de al menos tres años, y finalmente los criterios de prestigio internacional. Aunando las exigencias de la ESF con los datos obtenidos de la valoración de las revistas, realizado hasta entonces en torno a los criterios de calidad editorial definidos por Latindex y a las valoraciones de contenido obtenidas de los resultados de las encuestas al profesorado, se construyó un modelo que consideraba los elementos de valoración que se enumeran a continuación y cuyo significado se explica en el apartado 4.2 de este artículo: • Pervivencia o prestigio histórico. • Cumplimiento de las normas internacionalmente aceptadas de publicación. • Existencia de revisores externos para la selección de originales. • Presencia en una o mas bases de datos bibliográficas de prestigio internacional. • Evaluación del contenido científico de la revista. • Cumplimiento de la periodicidad. Partiendo del marco metodológico descrito, en el presente trabajo se profundiza en la metodología y el análisis de los resultados correspondientes a los indicadores que miden la calidad del contenido de una manera directa (valoración de los pares y citas) para concluir presentando, en conjunto, los datos valorativos de las revistas de las dos áreas estudiadas, correspondientes a los diferentes indicadores de calidad analizados. El trabajo ha podido desarrollarse para prácticamente la totalidad de las disciplinas gracias al apoyo de la DGU, durante los años 2002 a 2004 (4). Finalizado el año 2004 y terminadas las valoraciones del profesorado universitario y personal investigador para todas las áreas del conocimiento, excepto para las Ciencias Económicas (5) se espera poder conseguir los apoyos suficientes para ampliar la selección de revistas fuente así como añadir un año más a los analizados hasta ahora (2000 y 2001) con vistas a poder ofrecer un índice de citación como elemento de calidad a añadir a los indicadores contemplados en el modelo de valoración. El análisis de citas como una herramienta susceptible de arrojar luz en la calidad "reconocida" de las revistas españolas de Ciencias Humanas y Sociales no ha podido ser abordado con cierta seriedad hasta hace poco tiempo. Aun hora se están haciendo aproximaciones a este estudio de manera fragmentaria. Existen iniciativas importantes en este terreno en ámbitos de las Ciencias Sociales como las Ciencias Empresariales, la Psicología o las Ciencias Económicas, y en el ámbito de las Ciencias Humanas, las iniciativas, mucho menos numerosas, se centran hasta ahora en la Historia y específicamente en la Historia Moderna. A pesar de la dificultad inherente a este tipo de estudios en campos en los que los hábitos de citación están tan poco normalizados y son tan heterogéneos, la tarea en este terreno es importante pues la posibilidad de discernir, por medio de las citas recibidas, qué revistas gozan de mas reconocimiento entre la comunidad científica o cuales son más utilizadas por los investigadores, puede ser un elemento importante, junto a otros, para poner algo de luz en el enorme conjunto de revistas españolas de Ciencias Sociales y Humanas (más de 2.000 títulos de revistas científicas) a pesar de que estas sólo canalicen un tercio como media de la producción científica total en estas áreas. En cuanto a la aplicación del modelo integrado de valoración, en desarrollo, se han realizado algunos ensayos profundizando el trabajo desarrollado para la ESF con resultados satisfactorios (Alcain y Román 2004; Olcina y Román 2004). VALORACIÓN DE LAS REVISTAS ESPAÑOLAS DE PREHISTORIA Y ARQUEOLOGÍA POR LOS PROFESORES UNIVERSITARIOS DE LAS UNIVERSIDADES PÚBLICAS ESPAÑOLAS Y LOS INVESTIGADORES DEL CSIC Se envió a la práctica totalidad del profesorado universitario en plantilla (6) y a los investigadores del CSIC de las áreas del conocimiento "Prehistoria" y "Arqueología", una relación de revistas para que las valoraran en función de la calidad de su contenido científico. El envío fue hecho a todos los profesores adscritos a las áreas de conocimiento mencionadas. Por tanto la distribución del envío coincidió con el número de profesores en plantilla adscritos a estas áreas por universidad (universidades públicas). Con la tabulación de las respuestas se pudo obtener información sobre cuáles eran las revistas mejor valoradas por el profesorado especializado y por tanto qué revistas se podrían tomar como fuentes para iniciar el análisis de citas. Las respuestas eran anónimas, pero las encuestas estaban codificadas, identificando cada encuesta enviada con un código único de 5 dígitos, de manera que cualquier recepción de encuestas con el código repetido hubiera sido detectada. Se remitió una relación de 95 revistas (7) de Prehistoria y Arqueología a 277 profesores e investigadores de estas áreas del conocimiento. Se incluye la información sobre encuestas enviadas y tasas de respuesta en la tabla 1. Es interesante hacer constar que las respuestas recibidas se distribuyen por su comunidad autónoma de origen, en porcentajes sobre el total de respuestas, de una manera semejante a las encuestas enviadas. Por consiguiente puede estimarse que no se ha producido ningún sesgo en las respuestas. (4) Pueden consultarse los resultados en www.cindoc.es/investigacion/informes.html (5) Se consideró que estas revistas estaban siendo valoradas en diversos proyectos complementarios y por tanto que no era aconsejable duplicar tareas. (6) La DGU facilitó los ficheros con las direcciones de todos los profesores de las universidades públicas españolas adscritos a las áreas del conocimiento pertenecientes al ámbito de las Humanidades y de las Ciencias sociales. Al hablar de la "práctica totalidad" se quiere salvar la posibilidad de que entre la entrega de los ficheros y la recepción de las respuestas haya habido algún cambio en el censo de profesores (por defunción, jubilación, nuevo ingreso...) aunque estos cambios no sean estadísticamente significativos. (7) La relación de revistas se obtuvo a partir de la base de datos ISOC, recogiendo aquellas que publicaron de manera sistemática trabajos de Arqueología y/o Prehistoria a lo largo de los 25 últimos años. La encuesta enviada contenía tres preguntas. En la primera pregunta, la que contenía la relación con los 95 títulos de revistas, se les pedía que clasificaran las revistas que conocieran de la lista en una de estas categorías: A. Muy buena, fundamental para la disciplina, B. Buena, interesante para la disciplina, C. De interés general o D. Sin interés para la disciplina. Si detectaban títulos ausentes de la relación, se pedía que los añadieran a la lista y los categorizaran de la misma manera. En las preguntas dos y tres de la encuesta se les pedía que indicaran respectivamente, donde habían publicado sus tres últimos trabajos y qué revistas, españolas y extranjeras, consideraban las más relevantes para su disciplina. A través de las respuestas a estas preguntas se han podido obtener resultados del porcentaje de profesores que publicaron en revistas españolas y extranjeras así como una relación de las revistas, españolas y extranjeras, consideradas más importantes para la disciplina. A partir de los datos obtenidos de la primera pregunta y con la finalidad de conocer las revistas que resultaron mejor valoradas, se procedió a la elaboración de dos índices, para los que se tuvieron en cuenta solamente las categorías "A" y "A + B". Para elaborar los índices de valoración se ponderaron estas respuestas en función del número de votos recibido por cada revista (porcentaje de votantes del total de los votos emitidos para ese área del conocimiento y que potencialmente podrían haberse expresado sobre ella, pero solo lo hicieron en una proporción determinada). Siendo el objetivo planteado en principio obtener unos índices de valoración para las revistas Muy buenas/buenas, con objeto de extraer las mejores y convertirlas en "revistas-fuente" para el análisis de las citas, solo ha interesado tomar en consideración, para la elaboración de los índices, las categorías A y B. Por tanto, a estos efectos, los datos obtenidos relativos a qué porcentaje de votos calificaron en cada caso a una revista como C o D tenían un interés secundario. Para la elaboración de los índices de valoración (Iv) "A" y "A + B" se han utilizado las siguientes fórmulas: Iv A = Valor de A multiplicado por el porcentaje de los que valoran una revista dada, dividido por 100. Iv A+B = Valor de A + B multiplicado por el porcentaje de los que valoran una revista dada, dividido por 100. Donde: A es igual al número de los que valoran como "muy buena" una revista dada, partido por el numero total de respuestas del área. Corresponde a los valores de la columna "A" que se expresa en porcentajes. B es igual al número de los que valoran como "buena" una revista dada, partido por el número total de respuestas del área. Corresponde a los valores de la columna "B" que se expresa en porcentajes. V es igual al número de respuestas sobre una revista dada, partido por el número total de respuestas del área. Esta "V" corresponde al encabezamiento de la columna "valoran" Para facilitar la comprensión del cálculo de los índices de valoración "A" y "A+B" se ofrecen los valores obtenidos por las primeras 10 revistas en el orden alfabético, en la tabla 2. Dada la limitación de espacio para el presente artículo, no será posible presentar las tablas completas con las valoraciones de todas las revistas evaluadas. Pero todos los datos de las encuestas están disponibles en el Informe que está para consulta pública alojado en la página web del CIN-DOC. A la hora de analizar los datos expuestos a continuación ha de tenerse en cuenta que algunas de las revistas que los profesores de Arqueología y/o Prehistoria valoraron fueron también valoradas por Tab. Encuestas enviadas y respuestas recibidas. otras áreas del conocimiento muy relacionadas, como la Historia Antigua o el Arte, y obtuvieron puntuaciones diferentes, según el colectivo que las valoró (profesores de Arqueología, o de Prehistoria o profesores de Historia Antigua o de Historia del Arte, etc.). En esta ocasión y puesto que el objetivo de este trabajo es analizar la situación de las revistas de Arqueología y Prehistoria, los datos de valoración que se ofrecen son los obtenidos a partir de las encuestas respondidas por los profesores e investigadores pertenecientes a las áreas del conocimiento de Arqueología y de Prehistoria (8), que se pronunciaron sobre las diferentes revistas en función del interés de éstas para su área del conocimiento/disciplina. A continuación se presentan los resultados de la categorización de las revistas valoradas por los investigadores del CSIC y por los profesores de las universidades públicas españolas de las áreas del conocimiento Arqueología y Prehistoria, según los dos índices de valoración (Iv A e Iv A+B). Se presentan en las tablas 3 y 4 los dos índices de valoración, ordenados por uno de los dos índices calculados: el Iv A+B. Por imperativos de espacio, no se han incluido en las tablas las revistas cuyo índice de valoración resultó ser inferior a un tercio de la máxima obtenida en el área. En la tabla 5 se aportan los resultados para el conjunto de las dos áreas. Los valores están calculados teniendo en cuenta los datos de envíos (277 encuestas) y respuestas recibidas en conjunto (120 respuestas, TR 43,2%) aplicando la misma fórmula, pero con valores diferentes, y no simplemente hallando la media de los índices de valoración obtenidos para Arqueología y Prehistoria. Por su interés en orden a apreciar las variaciones que se dan entre los "Iv A" y los "Iv A+B" se aportan dos gráficos (Figs. 1 y 2) con las seis revistas que encabezan los ranking de Arqueología y Prehistoria, que las ponen de manifiesto. Se presentan en la tabla 6 los resultados resumidos de los datos obtenidos en respuesta a las preguntas segunda y tercera de la encuesta. ESTUDIO DE LAS CITAS DADAS POR LOS AUTORES DE LOS ARTÍCULOS PUBLICADOS EN LAS REVISTAS MEJOR VALORADAS POR LOS "PARES" A LAS REVISTAS ESPAÑOLAS DE INTERÉS PARA LA PREHISTORIA Y LA ARQUEOLOGÍA El trabajo que se presenta tiene, en este terreno, un valor de aproximación, especialmente porque el Tab. Datos resultantes de la tabulación de las respuestas recibidas. Ejemplo de las diez primeras revistas en el orden alfabético (Arqueología). (8) Para consultar las valoraciones obtenidas por las revistas en otras áreas del conocimiento/disciplinas pueden consultarse los informes correspondientes en www.cindoc.csic.es//investigacion/ informes.html Tab. Ranking de revistas obtenido sobre la valoración expresada por los profesores del área de Arqueología. Ranking de revistas obtenido sobre la valoración expresada por los profesores del área de Prehistoria. Ranking conjunto de revistas obtenido según la valoración expresada por los profesores de las áreas de Arqueología y Prehistoria. Ordenación por el Iv A+B. número de años cuyas referencias se han analizado es aún pequeño. Un aspecto fundamental de la metodología es establecer cuales serán las revistas consideradas "revistas fuente" pues ellas serán la base del análisis de las citas. En el caso que se describe, la valoración de las revistas por el profesorado universitario y el personal investigador ha sido el primer paso para abordar este estudio. Para la selección de las "revistas-fuente" se ha tenido en cuenta el ranking de revistas que resultaron mejor valoradas en cada disciplina o área del conocimiento. Obtenidos los resultados de la valoración, se decidió establecer unos criterios exigentes de calidad, de manera que sólo se han considerado revistas citantes aquellas cuyo "Iv A" era superior a 40 o cuyo "Iv A+B" era igual o superior a 75. Se ha desarrollado una aplicación informática ad hoc que permite la carga automática tanto de las revistas citantes como de las referencias citadas. La aplicación para el tratamiento de los datos tanto de las revistas citantes como de las revistas citadas se hizo utilizando el programa ACCESS. La base de datos creada, CITAS, se compone de dos partes. Una contiene registros de cada artículo de las revistas seleccionadas de entre las mejor valoradas, y la otra parte contiene los datos de los artículos citados por cada artículo citante. Debido a que el objetivo del estudio es conocer el impacto de las revistas españolas, en los datos de las citas sólo se han recogido los de las citas a revistas españolas. En las base de datos CITAS se han ido cargando todas las citas a las revistas españolas emitidas por las revistas seleccionadas de las diferentes áreas del conocimiento estudiadas hasta hoy. Con este material se piensa en un futuro cercano elaborar un Se ofrecen a continuación los datos obtenidos en el estudio realizado de las referencias citadas en los artículos de las revistas de Prehistoria y Arqueología que resultaron mejor valoradas por el profesorado. Estas revistas han publicado durante los años 2000 y 2001 un total de 150 artículos que representan el 11,08% de la producción total recogida por la base de datos ISOC para esos dos años. De las citas a revistas, las hechas a revistas españolas representan algo más de la mitad (el 52%). Se representan a continuación los datos obtenidos en la tabla 7. Los datos confirman el uso mayoritario que los investigadores de Humanidades hacen de libros, compilaciones etc. en su trabajo de investigación y que se refleja a la hora de citar, pero también pone de manifiesto que, al menos en las áreas de Prehistoria y Arqueología, el uso de revistas como material de trabajo es muy frecuente (las citas a revistas suponen el 41% del total de citas) y que, entre las revistas citadas, las revistas españolas son destinatarias de algo más de la mitad de las citas. Porcentaje de profesores de Prehistoria y Arqueología que publican en revistas españolas y/ o extranjeras y porcentaje de revistas españolas o extranjeras consideradas mas relevantes por los profesores. Se presentan a continuación los resultados provisionales del "Indice de Citas de Ciencias Sociales y Humanas. Año 2000" para las revistas de interés para la Arqueología y la Prehistoria. Ha sido elaborado a partir de la base de datos CITAS que recoge todas las citas obtenidas en los estudios llevados a cabo por el CINDOC durante los años 2002 a 2004 a los que se ha hecho referencia anteriormente. En él están todas las citas emitidas en el año 2000 por las 134 revistas seleccionadas como citantes de entre las mejor valoradas en las distintas áreas del conocimiento. Entre ellas se encuentran las 5 revistas citantes seleccionadas de Prehistoria y Arqueología que aparecen subrayadas. Para cada revista se ofrecen los siguientes datos: total de citas recibidas, total de citas a artículos publicados en el quinquenio 1995-1999, número de artículos publicados por cada revista durante ese mismo quinquenio. En la última columna se ofrece el índice de citación de cada revista, cociente de dividir el número de citas recibido por los trabajos publicados en 1995-1999 entre el número de trabajos publicados por la revista en ese mismo período. Se han eliminado de la lista las revistas que recibieron menos de 3 citas en el período analizado. La información se presenta en orden alfabético de los títulos de las revistas. ANÁLISIS DE LAS REVISTAS ESPAÑOLAS DE ARQUEOLOGÍA Y PREHISTORIA, EN EL MARCO DE UN MODELO INTEGRADO DE VALORACIÓN Aunque la metodología de elaboración en lo que afecta a los parámetros de calidad utilizados para valorar las revistas ha sido ya descrito en la introducción, epígrafe 1 de este trabajo, se profundiza Tab. Citas emitidas por los artículos de las revistas seleccionadas de Prehistoria y Arqueología. ahora en las razones de la elección de unos parámetros concretos así como en la mayor o menor dificultad de apreciación de cada uno de ellos, cuando existe. En el conjunto del modelo se combinan criterios relativos a la normalización, el prestigio histórico de las revistas, los mecanismos de calidad de la gestión editorial, la presencia en bases de datos de prestigio internacional y, finalmente, la calidad de contenidos representada tanto por el índice de valoración obtenido del profesorado como del índice de citación que expresa el nivel de reconocimiento y de uso de las revistas por parte de la comunidad científica concernida. Todo este conjunto de elementos tiene la virtud de presentar un equilibrio entre factores subjetivos/objetivos y a la vez proporcionar información que permite discernir muchos niveles de calidad y desde aspectos muy diferentes. Así habrá, desde revistas de excelencia que cubren con satisfacción todos los aspectos considerados, a revistas buenas en algunos aspectos y en otros menos buenas, dando lugar a un abanico de situaciones muy diferentes que no suponen descalificaciones absolutas -salvo en los casos en que la respuesta es negativa o insuficiente en casi todo-y si pueden incitar y motivar para mejorar aquellos aspectos peor resueltos. Es en definitiva un modelo pensado para inducir mejoras en la calidad de las revistas. En cuanto a los parámetros de calidad utilizados en la valoración, se comenta a continuación la utilidad de cada uno de ellos: • La pervivencia o "prestigio histórico", es indicador de la fidelidad y la constancia de la revista a lo largo de los años. Medido en el número de años que la revista ha salido al encuentro de sus lectores, sirve para apreciar o confirmar la consolidación de una publicación. En general tanto si la revista es muy reciente (menos de 2, 3 años) como si tiene importantes retrasos en su publicación, la valoración de la revista debe de quedar en suspenso, en espera de que la revista esté algo mas asentada, bien para ver si el prolongado retraso es simplemente coyuntural o definitivo. • La calidad en la normalización y gestión editorial se mide en función del número de criterios de calidad, de los 33 definidos por el sistema Latindex que la revista cumple. A partir del cumplimiento de 25 criterios la revista es aceptada en el Catálogo Latindex, lo que es equivalente a tener una buena normalización y cumplir con los usos internacionalmente aceptados en cuanto a la composición de los órganos de gestión de la revista, los procedimientos para la selección de originales para publicar, la apertura de las contribuciones, etc. No se valora ninguna revista que no cumple al menos los 8 criterios definidos por el sistema como "básicos" (9). • La revisión por pares de los trabajos, antes de decidir su publicación, es un elemento de calidad que solo se considera cumplido si reúne tres requisitos: a) los evaluadores deben ser externos a la entidad que edita la revista y en el caso de que la revista sea editada por una asociación científica, ajenos a la directiva de la asociación y al comité editorial de la revista; b) deberán someterse a informe de los revisores todos los artículos que se publiquen y no sólo algunos; c) el sistema de selección de manuscritos con informe previo de expertos externos debe de hacerse constar en todos los ejemplares de la revista, como un elemento mas de las normas de publicación. Es un criterio que goza de un amplio consenso y que incide directamente en la calidad de la revista • Difusión internacional medida en la presencia regular de la revista en alguna base de datos de pres-tigio internacional. Las bases de datos de mayor raigambre y prestigio tiene sus propios filtros para seleccionar las revistas que deciden recoger, y revisan la evolución de esas revistas para decidir si siguen o no incluyéndolas. Por ello la presencia de una revista que es indizada de manera sistemática en una base de datos aporta dos elementos de calidad a tener en cuenta: esa revista está siendo difundida internacionalmente a partir de un medio selectivo y reconocido internacionalmente y ha pasado por un proceso de selección siendo elegida entre otras muchas, lo que en definitiva, avala una cierta calidad. Obviamente no siempre hay coherencia en todas las bases de datos ni todas son igualmente rigurosas en la selección de las revistas. Pero, con carácter general, la presencia de una revista en una base de datos de prestigio es un dato positivo a tener en cuenta. • Cumplimiento de la periodicidad. A este respecto hay que señalar que es importante en primer lugar que las revistas expliciten el número de fascículos que editarán al año o la cadencia periódica de su aparición. Cuando se declara una periodicidad determinada se adquiere un compromiso con los lectores que ha de respetarse al máximo. Es un indicador de seriedad y de buen hacer editorial. Su medición es complicada. En general se tiene el hábito de enviar antes los ejemplares suscritos (pagados, por tanto) que los de canje, por ejemplo. Por ello a veces no basta el control de llegada de los ejemplares a la biblioteca para juzgar el mejor o peor cumplimiento. Esta razón junto a otras es la que lleva a ser algo flexibles a la hora de juzgar el cumplimiento de la periodicidad por parte de las revistas, dándoles cierto margen de tolerancia. • Evaluación del contenido científico de la revista. Se mide a partir de los valores obtenidos por las revistas, expresados en el Índice de Valoración A+B ("Iv A+B") a partir de los datos de las encuestas respondidas por el profesorado universitario y personal investigador. La metodología de obtención de estos índices ha sido suficientemente explicada en el apartado 2.1 de este artículo. Se plantea obtener este índice para, al menos, dos años más. Obviamente los datos de este indicador deben de tomarse como provisionales, pero ha parecido interesante aportarlos pues sirven aquí para dar una idea más completa del modelo que se pretende aplicar. A continuación se presentan los datos obtenidos por las revistas de Arqueología y Prehistoria como resultado de la aplicación del modelo integrado en construcción para la valoración de las revistas (Tab. En la tabla que se presenta no están incluidas: a) las revistas que no cumplen los criterios de calidad editorial denominados "básicos" del sistema Latindex; b) Las revistas cuyo último fascículo editado es anterior al año 2000; c) las revistas con menos de tres años de vida editorial (toma de datos: diciembre de 2003). Los datos evidencian el estado general de las revistas científicas en las áreas estudiadas, al menos en los aspectos analizados. Una primera consideración a hacer es que de las 95 revistas valoradas *BHA: Bibliography of the History of the Art. Valoración integrada de las revistas de Arqueología y Prehistoria (en orden alfabético de títulos). por el profesorado universitario, y sometidas al análisis de cumplimiento de los diferentes parámetros de calidad editorial (Latindex), solo 36 han reunido los requisitos mínimos para ser consideradas en la valoración integrada (un 38%). Es decir, mas de la mitad han sido excluidas bien por no haber editado los fascículos correspondientes al año 2000 a diciembre de 2003, bien por no cumplir los ocho criterios básicos de calidad editorial, bien por ser aun demasiado jóvenes (han nacido con posterioridad al año 2000). Analizando ya los diferentes parámetros, de las 36 revistas que aparecen en la tabla, sólo 16 han logrado cumplir los parámetros de calidad editorial necesarios para ser admitidas en el Catálogo Latindex (44,4%), 17 cumplen con la periodicidad que declaran (47,2%) y sólo 10 someten de manera sistemática los originales al informe de revisores externos a la institución que edita la revista (27,7%). En cuanto a la difusión internacional a través de los grandes sistemas de información, solo 11 revistas aparecen recogidas con cierta regulari-dad en alguna base de datos de prestigio internacional (30,5%). En cuanto a los datos de valoración del profesorado, no se ha planteado ninguna limitación a la hora de incluir las revistas en el modelo. Hay que subrayar una vez más que las valoraciones tenidas en cuenta son las expresadas por los profesores universitarios y los investigadores del CSIC adscritos a las áreas del conocimiento de Prehistoria y de Arqueología. Es importante tenerlo en cuenta ya que la práctica totalidad de las revistas han sido valoradas también por profesores de otras áreas del conocimiento de manera que la misma revista puede simultáneamente haber sido valorada por Arte, por Arqueología y por Historia Antigua y habrá obtenido valoraciones diferentes en cada una de ellas en función del interés que tiene, en opinión de cada colectivo de profesores, para su especialidad. Los datos de la tabla 9 reflejan pues la valoración que cada revista ha obtenido en función de su mayor o menor importancia o centralidad para las áreas de Arqueología y/o de Prehistoria. Por último, y en relación con la columna de la tabla 9 relativa al "Indice de citación" (año 2000) de las revistas, hay que señalar el hecho de que sólo 10 revistas de las 36 incluidas en la tabla hayan obtenido un índice de citación en el año 2000. Se recuerda que se trata solo de un dato indicativo y que es necesario ampliar el Índice de citas al menos dos años más, de manera que pueda tomarse como un elemento que pueda tenerse en cuenta al valorar las revistas. Es importante señalar el hecho de que el modelo permite considerar para cada revista un conjunto variado de elementos, muchos de ellos directamente comprobables en los ejemplares y exentos de toda subjetividad. Aunque podrían establecerse diversos 'ranking' de revistas en función de los diferentes parámetros analizados, solo algunas revistas tienen una valoración positiva en todos y cada uno de los considerados. Eso permite, sin duda, establecer una categorización de revistas. A MODO DE CONCLUSIONES Dado que el 73% de los trabajos publicados en revistas españolas son realizados en la universidad, parecía una opción adecuada, a la hora de abordar la valoración de las revistas por su contenido científico, recurrir al profesorado universitario contando con el apoyo de la DGU. Así fue como se decidió el envío de encuestas a la "práctica totalidad" del profesorado en plantilla de las Universidades públicas españolas pertenecientes a las áreas del conocimiento estudiadas. Y esto se hizo, a pesar del riesgo de subjetividad inherente a cualquier encuesta de este tipo, difícil de obviar, aunque el posible sesgo producido por los que respondieron, intentando favorecer a las revistas que dirigen o en las que publican, ha quedado contrarrestado por el alto número de encuestados y en las áreas objeto de este trabajo por una tasa de respuesta bastante satisfactoria. Por otra parte, es necesario considerar que el dato de la valoración del profesorado, en el modelo que se presenta, es solo uno de los factores a considerar, lo que reduce el riesgo de que los posibles sesgos puedan pesar en el resultado final de la valoración. Es importante señalar que la validez de los resultados que se presentan tiene una limitación en el tiempo: es necesario hacer un seguimiento de las revistas. Afortunadamente la posibilidad, siempre abierta, de mejorar es una realidad comprobable. Por esta razón es importante revisar los datos con cierta periodicidad. En cuanto a las conclusiones que pueden extraerse de los datos aportados resaltaremos las siguientes: Los índices de valoración obtenidos a partir de la encuesta permiten destacar con claridad las revistas que, en cada área del conocimiento gozan de la mayor estima o son consideradas muy relevantes para el área. Esto permite una clarificación importante en el panorama de las revistas, muy numerosas, que se analizan. Por la misma razón, ha hecho tarea fácil decidir qué revistas utilizar como "fuente" para el análisis de citas. En relación con los hábitos de trabajo de los investigadores, la encuesta permite comprobar que tanto los prehistoriadores como los arqueólogos, a la hora de publicar, optan mayoritariamente por las revistas españolas, aunque los arqueólogos incluyen más revistas extranjeras en la relación de las que consideran mas relevantes para su área. Los prehistoriadores, sin embargo, incluyen más revistas españolas que extranjeras entre las que consideran más relevantes. La primera conclusión que destaca a partir del análisis de las referencias hechas a revistas, es que los profesores e investigadores que mayoritariamente publican en revistas españolas, cuando citan, las referencias a revistas que hacen en sus trabajos se distribuyen casi al 50% entre las revistas españolas y las extranjeras con una ligerísima ventaja a favor de las primeras. Las referencias a "otros documentos" constituyen el 59% de todas las referencias analizadas. Los porcentajes de autocitas (citas de la revista fuente a sí misma) sobre el total de referencias dadas son muy bajos, especialmente si se tienen en cuenta los niveles internacionalmente admitidos (en torno a un 10/11 %). Si se consideran las autocitas en relación únicamente con las referencias dadas a revistas españolas los niveles suben algo y son muy variables, oscilando entre el 4,23% (Complutum) y el 12% (Trabajos de Prehistoria). Todos ellos se mueven dentro del nivel internacionalmente admitido. Aunque el índice de citación corresponde solo a citas hechas en revistas editadas en el año 2000, si muestra, en general, bajos índices de citación para las revistas. Los autores que publican en revistas españolas harían bien estimándolas más a la hora de citar, de manera coherente con el hecho de haberlas escogido para publicar. En cuanto al modelo de valoración aplicado, representado en la tabla 9, los datos ponen de manifiesto que para obtener una valoración alta, a una revista, no le es suficiente con conseguir resultados satisfactorios en uno o dos de los indicadores de calidad, sino que todos los contemplados se complementan de alguna manera. Esto hace también que, en este modelo, los riesgos que puedan provenir de sesgos subjetivos queden prácticamente contrarrestados. Por otra parte, las Revistas de Ciencias Sociales y Humanidades y, en concreto en este caso, las de Arqueología y Prehistoria, son fiel reflejo de unos hábitos de trabajo y unas metodologías de investigación muy variadas y complejas, que hacen muy discutibles aquello modelos de evaluación que se basan en criterios de calidad unidireccionales, poco comprobables y/o poco transparentes. Este sistema integrado de valoración ofrece también la posibilidad de establecer "ranking" diferentes en función bien de uno o varios parámetros, bien ponderando de diferente manera cada uno de ellos, según el objetivo perseguido en la valoración de las revistas. En cualquier caso, se presenta como un instrumento que responde, con menores riesgos que otros modelos, a la necesidad de valorar por su calidad las revistas de Ciencias Sociales y Humanas (las de Arqueología y Prehistoria en este caso particular), necesidad siempre compleja y difícil de resolver. Las autoras quieren agradecer a Pablo Perdiguero y a Beatriz Gutiérrez el excelente trabajo realizado en el tratamiento de los textos y la obtención y tratamiento de los datos de las citas, y a Gregorio de Vicente el apoyo informático prestado a lo largo de todo el proceso. Al mismo tiempo quieren señalar que sin el recurso a la base de datos ISOC y el soporte de la colección de revistas españolas disponible inmediata y constantemente en la biblioteca del CINDOC, este trabajo no hubiera sido posible.
Oswald Menghin, Catedrático de Prehistoria del Hombre de la Universidad de Viena entre 1922-1945, fue partidario de la unidad de Austria con Alemania y simpatizante con ideas del NSDAP sobre la necesidad de evitar una mezcla racial entre arios y judíos. Durante su etapa como Catedrático-Residente en la Universidad de Fouad en El Cairo entre 1930-1933, por contacto con Hermann Junker, radicalizó sus puntos de vista y redactó su libro Espíritu y sangre. Principios básicos de raza, lengua, cultura y nación. Su etapa como Rector en el curso 1935-1936 le catapultó a la política como miembro del consejo directivo del partido fascista austriaco, Vaterländische Front, entre 1936-1937 y su posterior nombramiento como Ministro de Educación entre marzo y mayo de 1938, justo después de la invasión de Hitler de Austria. Siendo Ministro, solicitó su ingreso en el NSDAP, que no se aceptó hasta junio de 1940, por su pertenencia previa a organizaciones católicas secretas. Menghin entró en contacto con Martínez Santa-Olalla, después de la celebración del Jubileo del Instituto de Morfología Cultural de Frankfurt en junio y julio de 1938. A raíz de una estancia de investigación de Almagro Basch en Alemania y Austria en enero y febrero de 1942, y la posterior visita a Barcelona de Menghin en junio de 1942, optó por distanciarse de Martínez Santa-Olalla, no visitando Madrid, cortando la relación epistolar e informando negativamente sobre él a las SS-Ahnenerbe. Prisionero en dos campos de concentración norteamericanos entre mayo de 1945 y febrero de 1947, Menghin huyó a la Argentina en 1948, viajando poco después su mujer y su hija. En Argentina fue apoyado por José Imbelloni, director del Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires desde 1947, que lo contrató como investigador sin docencia. También recibió el apoyo de Martínez Santa-Olalla a través del Embajador de España, José María de Areilza, y del profesor de historia en la Universidad de Buenos Aires, Claudio Sánchez-Albornoz. Menghin no pudo impartir docencia hasta 1953 y solo consolidó su puesto una vez su proceso penal fue cancelado en diciembre de 1956, obteniendo en 1957, con 69 años, el puesto de Profesor Interino de Prehistoria de la Universidad Nacional de La Plata y en 1958, la Cátedra de Prehistoria General y del Viejo Mundo en la Universidad de Buenos Aires, donde se jubiló en 1968, con 80 años. Oswald Menghin, Catedrático de Prehistoria del Hombre de la Universidad de Viena entre 1922-1945, es uno de los principales prehistoriadores en Austria y Alemania en esas décadas. El análisis de su trayectoria pretende profundizar en los estudios previos de Urban (1996) o Kohl y Pérez Gollán (2002). Se aprovecha su relación con Julio Martínez Santa-Olalla, Catedrático interino de Historia Primitiva del Hombre en la Universidad de Madrid entre 1939-1954, para valorar la influencia de la ideología nacional-socialista en los 1930, cómo afectó a sus respectivas carreras universitarias y a su interrelación personal y científica. FORMACIÓN Y TRAYECTORIA ACADÉMICA DE O. MENGHIN Comenzó en 1906 su carrera en la Universidad de Viena, con 18 años, donde ingresó también como miembro de la asociación estudiantil Katholische Österreichische Studentenverbindung (K.Ö.St.V.) Rudolfina Wien, integrante desde 1906 de la asociación católica, Cartellverband der katholischen deutschen Studentenverbindungen (Cartel de asociaciones católicas alemanas de estudiantes) (Geehr 1986: 16). Alois admiraba al poeta Richard Kralik von Meyrswalden, defensor de una cultura alemana pura y de la recuperación del Sacro Imperio Romano Germánico. No debe olvidarse en la personalidad de Menghin que también fue poeta y novelista. En 1910, a los 22 años, se doctoró con el trabajo Beiträge zur ältesten Siedelungs-und Agrargeschichte Deutschtirols (Contribución a la Historia Antigua del poblamiento agrario del Tirol alemán). Hoernes tardó 12 años en llegar a la cátedra, pero Menghin solo 5. En 1921 fue propuesto como catedrático de Prehistoria en la Universidad Alemana de Praga (Pittioni 1974: 2) y en 1922, con 34 años, nombrado catedrático u ordentlicher Professor de Urgeschichte des Menschen en la Universidad de Viena. Este cargo supuso también su nombramiento como director del Urgeschichtlichen Institut de dicha Universidad hasta 1930 (Fig. 1). Desde que fue nombrado Profesor Extraordinario en Arqueología Prehistórica en 1918 mostró su orientación política, partidaria de la unión con Alemania. Allí conoció a Arthur Seyss-Inquart, futuro Canciller. 68), año en que empezó a colaborar con el movimiento estudiantil nazi durantes los conflictos universitarios, según indicó en su solicitud de afiliación al NSDAP (Urban 1996: 11, doc. 1). En 1923, al año de ser catedrático, pronunció su primera conferencia sobre "La cuestión judía" en la delegación local del XVIII distrito vienés de Währing del NSDAP, según señalaba en su solicitud de afiliación al mismo en 1938 (Urban 1996: 11, doc. 1). Menghin residía en este distrito, en la calle Eckpergasse 14. Menghin (1942a: 28) participó en 4 de ellas y completó esta investigación en Maadi, actual Uadi el-Tih, hoy en la periferia de El Cairo, junto a Mustapha Amer, Profesor de la Universidad de El Cairo. En 1931 fue nombrado jefe de la Sección de Prehistoria del Naturhistorischen Museum de Viena, cargo que detentó hasta 1935, cuando accedió al rectorado. También en 1931 publicó su trabajo científico más relevante, Weltgeschichte der Steinzeit (Historia Universal de la Edad de la Piedra), que abarcaba la Prehistoria mundial desde el Paleolítico hasta el Calcolítico. Dividía el primero en Protolítico (Paleolítico Inferior y Medio) y Miolítico (Paleolítico Superior), identificando en ambas fases tres grandes círculos culturales: las culturas de las hojas, de las hachas y del hueso. Además, dividía el Neolítico en Protoneolítico, o etapa de la domesticación y el Mixoneolítico (Neolítico Medio-Calcolítico), a su vez, con tres grandes círculos culturales: el de las culturas de las estepas o pastores guerreros, heredera del círculo del hueso; el de las culturas rurales, herederas del círculo de las hachas en la que incluía yacimientos como Beni-Salâme, Almizaraque, Los Millares o el megalitismo europeo; y el de la cultura urbana, heredera de la cultura de las hojas, presente en Susa, Ur, Troya, Cíclades o el Imperio Antiguo egipcio. En 1933, antes de abandonar El Cairo, con 45 años, pronunció otra conferencia sobre 'La cuestión judía' en la delegación local del NSDAP, recogida en la solicitud de afiliación ya citada (Urban 1996: 11, doc. 1). En esta etapa en El Cairo parece experimentar una clara radicalización en sus planteamientos, que plasmó a inicios de 1934 en su libro "Espíritu y sangre. Principios básicos de raza, lengua, cultura y nación" (Menghin 1934a). Entre los 10 ensayos recogidos, destacan el noveno, Über Volkstum (Sobre la nacionalidad) y, en particular, el décimo, Die wissenschaftlichen Grundlagen der Judenfrage (Los fundamentos científicos de la cuestión judía). La influencia de Junker se explica bien a partir de una carta, actualmente en el archivo del Oriental Institute de la Universidad de Chicago, enviada por Georg Steindorff a John Albert Wilson en junio de 1945. El primero, Catedrático de Egiptología de la Universidad de Leipzig hasta 1934 y exiliado a Estados Unidos desde marzo de 1939 por la persecución a los judíos, escribe al segundo, Catedrático de Egiptología de la Universidad de Chicago que: Junker "usó su puesto y el Instituto estatal para promover la propaganda nazi. El Instituto estuvo siempre disponible para reuniones de los nazis, y la casa de Junker estuvo siempre abierta para invitados nazis, principalmente austriacos" (Oriental Institute Research Archive, Chicago). O. MENGHIN Y 'EL PROBLEMA JUDÍO' En las conferencias que impartió en 1923 y 1933, Menghin defendió la necesidad de resolver el problema de los judíos (Urban 1996: 5-8; Fontán 2005: 28-35), "Cuanto más claramente conozcamos las condiciones bajo las cuales ha surgido el problema judío, tanto más sencillamente arribaremos a una decisión vinculante para todos, de cómo tratarlo para poder superar sus efectos perniciosos" (Menghin 1934a: 148). También como católico nacional-socialista, consideraba que "Des de el punto de vista de la religión cristiana, el destino del judaísmo en la dispersión es el cumplimiento de un castigo divino ante cuya tragedia el creyente se inclina con veneración" (Menghin 1934a: 148). Además defendía la primacía de su raza: "Nadie que no esté dispuesto a reconocer la superioridad de la raza blanca sobre todas las demás, tal como sucede en la actualidad, puede discutir con fundamento" (Menghin 1934a: 150). En ella, los germanos tenían una posición preeminente. El "sueco (...) se podría hacer alemán si quisiera, nadie le pondría obstáculos (...) lo racial y cultural del sueco nos es tan cercano que él siempre podrá hallarse en el pueblo alemán (...) a los franceses y españoles se los miraría con mucho más escepticismo (...) Un árabe no sería reconocido como alemán, pero sus hijos y nietos de madres alemanas tendrían posibilidades de ser tomados por alemanes, aún cuando no como alemanes completos (...) Los negros y descendientes de negros podrán ser tomados siempre por cuerpos extraños, aún cuando adopten el idioma y la cultura alemanes" (Menghin 1934a: 167-168). El "campesinado germánico fue un campesinado guerrero. Por lo tanto, la contraposición espiritual entre judaísmo y alemanes es particularmente grande, mucho mayor que entre los judíos y las naciones del sur y oeste de Europa, entre las cuales la cultura urbana y enferma es más antigua y por lo tanto el ser judío llama menos la atención" (Menghin 1934a: 171). Entre "los judíos como mezcla específica de razas (...) la proporción de sangre de las razas del sur europeo tiene un rol preponderante y por el contrario, entre ellos solo se encuentran muy pocos elementos de razas boreales (...) los judíos también han incorporado elementos negroides y otros muy primitivos en medida no despreciable, un hecho que muchas veces se pasa por alto en silencio, pero que no obstante es innegable. Además, el judaísmo del este ha sufrido una influencia mogoloide difícil de estimar" (Menghin 1934a: 150). Por ello, "El hecho de que los judíos son racial y culturalmente algo distinto que las diferentes naciones de Europa es seguro, y del mismo modo lo es que se los percibe como tanto más extraños, cuanto más se va al norte de nuestro continente. Como resultado, "Las tensiones entre los judíos y las naciones europeas aumentan cuanto más se va al norte" (Menghin 1934a: 149). Partidario de la higiene racial, desde su punto de vista, "una nación será tanto más equilibrada y fuerte, cuanto más hayan progresado en ella los procesos de formación racial y viceversa" (Menghin 1934a: 135). Por tanto planteaba "¿Existe un derecho para impedir al judaísmo el ingreso en la comunidad alemana? (...) Cada pueblo tiene no solo el derecho sino también la obligación moral de defender a su nación. La admisión del judaísmo en la nación alemana (...) significaría exponer a la nación alemana al peligro de modificar su idiosincrasia" (Menghin 1934a: 140). Por ello, "sin lugar a dudas, la incorporación del judaísmo a lo alemán (...) tendría por consecuencia el peligro de una modificación del carácter de la nación alemana, un peligro tanto más acuciante, cuanto la peculiar estructura social del judaísmo no permitiría una mezcla homogénea, sino solamente un entrecruzamiento en el estrato superior de lo alemán" (Menghin 1934a: 170-171). Desde esta perspectiva, consideraba "confirmado que cruces entre razas muy distantes desencadenan tensiones peligrosas tanto entre individuos aislados como en la masa, que se deben definir como indeseables" (Menghin 1934a: 141). Por lo tanto, "Si a cada nación le corresponde una mezcla racial específica y esta mezcla determina al menos en parte el alma de la nación, entonces esta nación sin lugar a dudas tiene derecho a tomar las medidas para conservar los fundamentos de sus particularidades" (Menghin 1934a: 142). Esgrimía la audacia de sus planteamientos en una carta de 6 de mayo de 1941, en plenas victorias militares del Tercer Reich: "solo quiero destacar que mi libro Geist und Blut fue escrito en una época [1934] en que una publicación de estas características requería más coraje que hoy" (Fontán 2005: 80, doc. 6). Según su solicitud de afiliación al NSDAP, durante el desempeño de su puesto de Rector, apoyó a estudiantes nazis sancionados (Urban 1996: 11, doc. 1) y un informe del NSDAP de octubre de 1941 indica que "era tratado de 'nazi' en la universidad" (Fontán 2005: 82, doc. 7). O. Menghin, Ministro de Educación (marzo-mayo 1938) y el inicio de la depuración de los judíos en la universidad austriaca El 12 de febrero de 1938 Hitler dio un ultimátum al Canciller Federal austriaco, Kurt Schuschnigg, perteneciente al ala derecha del Partido Social Cristiano, para integrar miembros del partido nazi en el gobierno. El 14 de febrero Arthur Seyss-Inquart, presidente de Liga austro-alemana, entró como Ministro de Interior y Seguridad, al ser el máximo representante de la 'oposición nacional' en la que se incluía Menghin. Ello implicó la excarcelación de muchos militantes del NSDAP, culpables de disturbios y atentados. A las 10 de la noche del 11 de marzo, Hitler ordenó la invasión de Austria. En la madrugada del 12 de marzo de 1938, Arthur Seyss-Inquart, nombrado Canciller, anunció su gobierno con Oswald Menghin como Ministro de Educación, cargo en el cual permaneció hasta el 31 de mayo o inicios de junio. Ni él, ni los ministros Neumayer y Wolf pertenecían aún al NSDAP. El 10 de abril, este nuevo gobierno excluía a los judíos del referéndum convocado para ratificar el paso de Austria a provincia del Imperio Alemán. Dos meses antes del nombramiento de Menghin como Ministro, en un informe del NSDAP vienés de 7 de enero de 1938, se indicaba que "ha actuado con espíritu nacional, se recomienda un posible nombramiento" (Fontán 2005: 70, doc. 2). Ello sugiere que ya se barajaba su nombre para el ejecutivo nacional-socialista por el cual presionaba Hitler. Arthur Seyss-Inquart, en su telegrama a Hitler de 12 de marzo, justificó la entrada de tropas alemanas y la unificación o Anschluss. El día 13 ingresó en el Partido Nacional-Socialista como SS-Gruppenführer (General de División). Ese mismo día Hitler atravesó la frontera entrando en su pueblo natal Braunau am Inn. El 15 dio un discurso aclamado por 250.000 personas en la Heldenplatz (Plaza de los Héroes): "Como Führer y canciller de la nación alemana y del Reich [Imperio], declaro ahora ante la historia la incorporación de mi tierra natal al Reich alemán" (Rosar 1971) (Fig. 3). Menghin, para obviar que firmó la convocatoria del referéndum del 10 de abril, indicó: "no asistí a la reunión de gabinete del 13/3/1938, durante la que se resolvió la Ley de Anexión. En ese momento me encontraba con el presidente federal, Wilhelm Miklas" (Urban 1996: 13, doc. 5). Realmente Seyss-Inquart le envió para que el presidente firmase la Anschlussgesetz pero Miklas prefirió dimitir. Las consecuencias de la unificación se empezaron a notar ya el 26 de marzo cuando se anunció la intención de crear una Viena 'germana' y Hermann Göring indicó en un mitin que con 300.000 judíos no podía considerarse 'germana' (Pauley 1992: 290). En la Universidad de Viena la depuración de estudiantes judíos había comenzado desde el triunfo de Dollfuss y la creación de Vaterländische Front en el curso 1933-1934, acelerándose drásticamente en el curso 1938-1939(Grüttner 1995)). La prohibición fue efectiva antes de iniciarse el curso en septiembre, cuando ya Menghin no era Ministro de Educación. Sin em- bargo fue el quien sentó las bases de su aplicación. Básicamente se trasladaba la normativa alemana que, desde 1933, establecía como máximos un 1,5% de alumnos judíos en el primer año, normalmente con un abuelo o abuela judía, y un 5% en la facultad (Grüttner 1995: 213). Por la depuración simultánea del profesorado (Heiber 1991), perdieron su trabajo unos 200 profesores por ser judíos y unos 130 por sus simpatías izquierdistas hacia socialdemócratas, comunistas y algunos católicos. Se eliminó en torno al 40% del profesorado. Las causas de la salida de Menghin del gobierno de Seyss-Inquart no están completamente definidas. Ello nos aproximaría al 31 de mayo (Geehr 1986: 13), cuando se produjo la citada reorganización ministerial por la que Hans Fischböck pasó de Ministro de Comercio y Trabajo a Ministro de Finanzas y Wilhelm Wolf, Ministro de Asuntos Exteriores, dejó el gobierno. En todo caso, si bien se reincorporó a la Universidad de Viena el 5 agosto de 1938, significativamente, siguió cobrando su sueldo de Ministro en reconocimiento de su ayuda en propagar los "valores culturales del Nacional-Socialismo" (Geehr 1986; Kohl y Pérez Gollán 2002: 565). O. Menghin como miembro del Partido Nacional-Socialista La resolución se alargó hasta el 8 de septiembre de 1939, por haber sido miembro de la asociación católica secreta Deutschen Gemeinschaft entre 1919-1926 y de la Asociación Católica Estudiantil Rudolfina. La primera era la más problemática porque muchos de sus miembros se incorporaron a la asociación católica secreta Der weisse Turm (La Torre Blanca), existente hasta 1938, y "No se ha podido comprobar si el solicitante también perteneció" a ella. El informe interno del NSDAP indicaba que era un católico nacional-socialista, partidario del Anschluss y la unificación con el Tercer Reich, que había pertenecido al Comité de los Siete de la Universidad de Viena, entonces sospechosos de filtrar información al NSDAP. Le define como un "negro nacional", porque según informes de dos Dozentenführers, miembros de la Liga Docente nazi, el Dr. Wolfram Pichler y el Dr. A. Marchett, "se le atribuye ser muy religioso y no poder sacarse la sotana negra", algo no "muy adecuado para un cargo de liderazgo" (Urban 1996: 12, doc. 4). Su capacidad de adaptación a una Alemania victoriosa se muestra en octubre de 1941 en otro informe interno del NSDAP, donde se señala que "Ahora (...) ya no se lo ve en absoluto en la iglesia" y no es un "chupacirios" (Fontán 2005: 82, doc. 7). Otro informe de febrero de 1942 advierte que "A pesar de ser muy religioso y cristiano, ya con anterioridad a la transformación no era considerado un asiduo concurrente a las iglesias" (Fontán 2005: 82, doc. 7). Los informes del NSDAP indican sus excelentes relaciones con las principales jerarquías del Tercer Reich en Austria en febrero de 1942, siendo "una persona de total confianza, íntimo amigo del Gauleiter Dr. [Hugo] Jury y que posee un retrato del ministro del Reich, Dr. El Dr. Hugo Jury, responsable político de la región Niederdonau-Niederösterreich dentro del NSDAP entre mayo de 1938-1945, era Menghin, un mes después de su dimisión, coincidió con Martinez Santa-Olalla en el Jubileo del Forchunginstitut für Kulturmorphologie (Instituto de Morfología Cultural) de Frankfurt celebrado el 29 de junio de 1938, donde el segundo asistía como representante del Gobierno de Burgos y de Falange Española (Narr 1974: 76; Gracia 2009: 292-293). Su conferencia Geist und Boden (Espíritu y Tierra), publicada en la revista quincenal Die Warte (El centinela), nos muestra al Menghin (1938) nacional-socialista. El nombre es próximo al de la principal revista femenina del NSDAP, Die Frauen Warte. Es probable que Menghin invitase a Martínez Santa-Olalla a visitar Viena, e incluso impartir una conferencia, pues durante esa estancia de 1938, a petición suya, le dedicó una fotografía en Viena, que aún conservaba en 1948: "su retrato dedicado en Viena está sobre mi mesa en el Seminario [de Historia Primitiva] en la Universidad" (ASO 20-6-1948). Eso implicaría una estancia significativa: Haithabu-Hedeby, que excavaba Jankuhn, es un asentamiento vikingo en la frontera con Dinamarca; el oppidum céltico de Glauberg está en Hessen, en el centro-sur de Alemania y la cueva paleolítica de Vogelherd en Württemberg, ya en el Sur. Indica que regresó de Frankfurt el 12 de julio, es decir, unas dos semanas después del Jubileo y cayó enfermo varias semanas por el agotamiento del viaje (Fig. 4). La relación entre ambos se constata más tarde en una carta de Menghin (ASO 2-10-1938) donde se muestra como nacional-socialista, ya desde el encabezado "Querido amigo y camarada", despidiéndose con un "Heil Hitler!". En ella justificaba la anexión de los Sudetes por el Führer y destacaba su habilidad al haberlo conseguido sin que estallara una guerra mundial, después del acuerdo de Munich el 30 de septiembre. Menghin fue invitado por el Rector de la Universidad de Barcelona desde 1941, Francisco Gómez del Campillo, y por el Director del Instituto Alemán de Cultura en Barcelona, Dr. Erich Krotz, donde el 17 de junio de 1942 dio la conferencia "La formación del pueblo egipcio a la luz de las nuevas excavaciones alemanas realizadas desde el año 1929 a 1939", publicada en Ampurias (Menghin 1942a). La presentó Almagro Basch y asistieron el Rector, los decanos, el Director de dicho Instituto y el Cónsul de Alemania (Anón. Una vez en Viena, Menghin habló con el SS-Obersturmführer Teniente Kurt Willvonseder, compañero suyo en el Instituto de Prehistoria, quien inmediatamente informó a Sievers que "Menghin ha traído más noticias de España que ponen al Profesor J. Martínez Santa Olalla todavía más en entredicho". El 17 de julio Menghin se entrevistó con el SS-Sturmbannführer, Comandante Herbert Jankuhn, que debía asistir a una segunda campaña de excavación en la necrópolis visigoda de Castiltierra (Fresno de Cantespino, Segovia). El 20 de julio informó al SS-Oberstrumbannführer, Teniente Coronel Wolfram Sievers, que en la primera, realizada entre agosto y septiembre de 1941 (Werner 1946: 46-47), Martínez Santa-Olalla había desplazado a Emilio Camps Cazorla y José María de Navascués, sus excavadores entre 1932-1935; carecía de influencia en el Ministerio de Educación Nacional; peligraba el apoyo que le prestaba José Luis de Arrese, Ministro Secretario General del Movimiento entre 1941-1945, lo que era infundado; García y Bellido no aceptaba viajar a Alemania, mientras lo hiciese Martínez Santa-Olalla, aunque quizá por los bombardeos que ya estaba sufriendo el país; y se sugería a Martín Almagro Basch, Luis Pericot y Antonio García-Bellido como posibles interlocutores para Das Ahnenerbe (Gracia 2008b(Gracia: 15, 2009: 317-318): 317-318). Además de visitar Barcelona, se ha sugerido que Menghin se encontró en Madrid con Martínez Santa-Olalla (Schobinger 1974-75: 323). Sin embargo, esta visita no se produjo por los comentarios negativos sobre el mismo tanto de Almagro Basch, entre enero y febrero de 1942 durante una estancia en Alemania becado por la Humboldt Stiffung des Deutsches Akademisches Autauschdienst (Gracia 2008a(Gracia: 141 n. Dos días después de la conferencia, el 18 de junio de 1941, Martínez Santa-Olalla informaba a Pérez de Barradas que "Menghin no viene", indicando en su diario que "probablemente por manejos de Almagro". Al día siguiente escribía, "Julio se lo tiene bien empleado, por haberle colocado en Barcelona, creyéndolo de confianza" (PB2005/1/24: 93). J. Martínez Santa-Olalla y el Tercer Reich Pero un dato importante que pone de manifiesto su ideología es la continuidad y firmeza de su apoyo al Tercer Reich hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Dos acontecimientos muestran su relación muy estrecha con Hans-Heinrich Dieckhoff, el embajador alemán en Madrid, entre el 30 de abril de 1943 y el 2 de septiembre de 1944. Este desde 1941 era miembro del NSDAP y estaba casado con la hermana del Ministro de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentrop (Taschka 2006) (Fig. 5). El 11 de marzo de 1944 el embajador presidió el acto en homenaje de Martínez Santa-Olalla en el quinto aniversario de la creación de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas (Martínez Santa-Olalla 1945; Díaz-Andreu y Ramírez 2001), a pesar de la presencia de otras altas autoridades como el Director General de Bellas Artes, Marqués de Lozoya, o el Rector de la Universidad Central de Madrid, Pío Zabala (Arriba 12-III-1944) (1). El 29 de marzo de 1944 también presidió la conferencia madrileña de Martínez Santa-Olalla sobre "La arqueología aérea en España" en la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria (SEAEP 29-3-1944; Anón. Pero el mejor testimonio de su ideología nacional-socialista es la carta que le remitió en mayo de 1945 al embajador con motivo de la muerte de Hitler (ASO 2-5-1945): "Señor Embajador: Ante la inmensa desgracia de la muerte heroica y gloriosa del Führer Adolf Hitler, hago llegar a V. mi condolencia más profunda y la reiteración del agradecimiento que como español debo a Hitler juntamente con el Duce Benito Mussolini, ya que si puedo escribir esta carta a ellos lo debo, pues su ayuda nos salvó momentáneamente del comunismo. Ha sonado en Europa y el mundo la hora del comunismo. Triunfa Stalin gracias a la traición anglosajona a las esencias de una civilización multimilenaria. Las hordas soviéticas triunfarán en todos y en todas partes. Un día no lejano sonará la liberación de Europa y con ella del mundo, y entonces Hitler y Mussolini renacerán a una gloria universal y apoteósica. Los que podamos o puedan ver este momento admirarán la fecundidad de unos genios y unas fórmulas de vida civilizada y revolucionaria que habrán triunfado de la revolución negativa rusa. Que Dios haya acogido en su seno a Hitler, Mártir de Europa y de nuestra civilización. Consultado como recorte sin paginar en el archivo del Museo de San Isidro (Madrid). El diario no está digitalizado en ese intervalo de años. Detención, encarcelamiento de O. Menghin y huida a Argentina Menghin, inteligente y previsor, seguramente no veía clara la evolución de la guerra por lo que, probablemente ya avanzado 1943, trató de mejorar su conocimiento del idioma español para emigrar al extranjero. Por primera vez en enero de 1944 (ASO 25-1-1944), envió una carta a Martínez Santa-Olalla con varias frases en castellano y sin utilizar ninguna vinculación militante de partido, ni en el encabezado, "Querido amigo", ni al final, "A sus órdenes". En la fecha de la carta, la situación militar había cambiado completamente. Berlín era constantemente bombardeada, como otras ciudades alemanas; el 4 de enero los rusos habían alcanzado la antigua frontera entre Polonia y la URSS; el 22 de enero los aliados desembarcaban en las playas de Anzio al Sur de Roma y el 24 de enero los rusos finalizaban el sitio de Leningrado. Uno de los primeros colaboradores de Menghin en Argentina, Rex González (2008: 26) ha indicado que, aunque no hablaba del tema, alguna vez comentó que Hitler "era un loco". A Juan Schobinger (2008: 4) una vez le mencionó el enorme error que fue entrar en política, una porquería (schweinerei). Como señala Schobinger (1958-59: 11), tampoco le preguntaban: "¿Por qué había venido a la Argentina? No me interesaba mayormente, y no interesa hoy día en que las dificultades de su país de origen han quedado superadas y relegadas al olvido". La información que trasmitió Menghin no era del todo veraz. Según Schobinger (2008: 4), "El renuncia el mismo día que los alemanes entraron en Austria en conjunto con otros correligionarios de su mismo partido, algo que me corroboró su hija, la Dra. Schwarz (...) como miembro del partido Católico". Sabemos que, al contrario, fue nombrado ministro. La opinión de Menghin sobre su colega y profesor de Etnología en la Universidad de Graz, Hugo Bernatzik, parece reflejar su propia evolución, "Bernatzik fue un gran Nazi en los estadios primeros del Anschluss, pero, como muchos, cambió sus opiniones hacia el fin de la guerra. Pero fue siempre muy moderado, y no ha persecutado a nadie según mi saber" (ASO 26-3-1949). Antes de acabar la Segunda Guerra Mundial el 25 de junio de 1945, Menghin abandonó la Universidad de Viena en marzo de 1945 ante el avance soviético pidiendo permiso para permanecer en Mattsee, Salzburgo (Urban 1996: 9), tras la ocupación de Budapest en febrero. El 25 de junio de 1945 se presentó una denuncia contra Menghin señalando: "Su pronto alejamiento de este gobierno [de Seyss-Inquart] así como el aplazamiento de su solicitud de afiliación al partido nazi [entre 1938-1940], no podrán eximirlo de la adhesión al partido nazi en un cargo de mucha influencia" (Urban 1996: 12, doc. 3). No obstante, ya previamente en mayo de 1945 se había producido su detención por los norteamericanos en Salzsburgo. La modificación en Austria de las leyes de desnazificación, entnazifiziert, en 1947 favoreció la salida de muchos nacional-socialistas. En Alemania y Austria, lo fundamental fue separar los miembros del NSDAP que habían desempeñado cargos orgánicos, 42.000 "contaminados" y aquellos sin antecedentes significativos, 495.000 "ligeramente contaminados" (Blaschitz 2002: n. Los segundos fueron amnistiados para favorecer la recuperación económica y contribuir al establecimiento de un sistema democrático. Menghin conocía bien la región del Tirol austriaco, no solo por su nacimiento, sino también por haber realizado allí trabajos de campo (Menghin 1939(Menghin, 1942b(Menghin, 1949b)). Como otros refugiados con antecedentes nazis, utilizó la población de Nauders, en el distrito de Landeck, junto a la frontera italiana y suiza, para huir. Detenido por la policía italiana, fue extraditado y devuelto a Nauders. La huida le permitía superar los requisitos de la oficina de emigración austriaca para recibir un pasaporte: no ser personal laboral esencial para la economía austriaca, tener pagado el billete de barco en dólares americanos, aunque oficialmente no era posible obtener autorización para conseguir moneda extranjera, y tener un pasaporte válido y un contrato de trabajo antes de aprobarse el visado (Blaschitz 2002: n. Esta huida, basada en documentos policiales, no concuerda con la versión de Alonso del Real (1991: 166), secretario de Martínez Santa-Olalla en la Comisaría General de Excavaciones y catedrático de Prehistoria e Historia Universal Antigua y Media de la Universidad de Santiago de Compostela desde 1955. Según su versión, "Vere Gordon Childe le salvó la vida a Menghin". Se enteró que estaba detenido en un campo de prisioneros de los soviéticos, y tras llamar a Rusia habría conseguido que lo liberasen. La información a Gordon Childe pudo llegar quizás a través de carta de Martínez Santa-Olalla, que estaba informado por Margarete Menghin. Quizás Alonso del Real la transcribiera como secretario, pues indica "tuve alguna intervención en ese asunto". Sin embargo, Menghin estaba detenido en zona norteamericana, y si hubo gestiones fueron realmente con el gobierno americano. En todo caso, su liberación parece coincidir más con la de los "ligeramente contaminados", puestos en libertad en 1947. Por otra parte, Rex González (2008: 26) comenta que a Menghin "la sola mención de Gordon Childe le producía una alergia aguda", algo incomprensible si hubiese propiciado su liberación. Debe tenerse en cuenta que al final de la Primera Guerra Mundial, al entregar el Imperio Austro-Húngaro los territorios meridionales del Tirol, la ciudad de nacimiento de Menghin, Meran, pasó a ser territorio italiano como Merano (Bolzano, Trentino-Alto Adige). Es decir, que formalmente Menghin había nacido en Italia y seguramente viajó con pasaporte italiano. El 27 de marzo de 1945, Argentina había declarado la guerra a las potencias del Eje. Sin embargo, como señaló Perón en 1970, "Les hicimos saber a los alemanes que les íbamos a declarar la guerra para salvar miles de vidas. Intercambiamos mensajes con ellos a través de Suiza y España. Franco entendió de inmediato nuestra intención, y nos ayudó. Según Perón, al finalizar la guerra, "En Nuremberg, se estaba realizando entonces algo que yo, a título personal, juzgaba como una infamia y como una funesta lección para el futuro de la humanidad. Y no solo yo, sino todo el pueblo argentino (...) Ahora estamos dándonos cuenta de que [los aliados] merecían haber perdido la guerra" (Luca de Tena et al. 1976: 85-86). Para trasladarse a Argentina desde Italia, Menghin dispuso de una invitación del gobierno argentino (Blaschitz 2002: n. José Imbelloni, médico y antropólogo italiano nacionalizado argentino, la gestionó por su excelente concepto del trabajo de Menghin. Le comentó a Schobinger (1958-59: 11) que la Weltgeschichte der Steinzeit (Menghin 1931) era "un libro magistral (...) escrito con filosofía". Oswald Menghin pudo viajar a Argentina en abril, quizás para impartir algún curso o conferencias, pues a inicios de mayo de 1948 obtuvo su carnet de identidad, y meses después fue nombrado Profesor extraordinario contratado en el Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires, ya con 60 años (Narr 1974: 73; Schobinger 1974-75: 324 (ASO 22-12-1948). Por otra parte, Imbelloni sólo escribió a Martínez Santa-Olalla informándole de la presencia en Argentina e incorporación a la Universidad de Buenos Aires de Menghin cuando esta se materializó en septiembre (ASO 28-9-48). Tenía un salario de "1650 pesos neto, que es mucho en tiempos y bajo condiciones normales. Pero la inflación paraliza un poco el efecto, siendo mucho caro muebles, tejidos, etc." Schobinger (2008: 6) da la referencia más ajustada a la realidad: Menghin "empezó trabajando con un pequeño contrato que le consiguió Imbelloni para investigar en el Museo Etnográfico". Después de la victoria de Juan Domingo Perón en las elecciones generales del 24 de febrero de 1946, la coyuntura para contratar nuevo profesorado era favorable. Desde el 30 de abril el gobierno intervino en las universidades, designándose para la de Buenos Aires un Vicerrector Interventor, el arquitecto Julio Otaola, nombrado luego rector entre 1949-1952. Se introdujo la elección del Rector por el gobierno y la del Decano solo por el claustro de profesores, limitándose la autonomía del profesorado, en docencia e investigación. A ello se sumó el intento frustrado de Imbelloni de crear una licenciatura en Ciencias Antropológicas a finales de los años cuarenta, para la cual necesitaba nuevos profesores (Guber y Visacovsky 2006: 6). La huida de Menghin de Austria fue planificada, lo que le permitió empaquetar la mayor parte de su colección de libros, "tuve que pagar todo el transporte de los cajones de los míos, conteniendo muchos libros y mis manuscritos científicos. Felizmente tuve un amigo alemán el cual me prestó la suma de 2.500 pesos para este fin. Otros 2.500 pesos debo a una amiga en los USA, etc." Según su correspondencia, primero residió en una habitación, junto a Hugo Dolezalek, Oficina Tracción, Avenida Maipú, 4, Buenos Aires (ASO 20-6-1948). Finalmente, ya con su familia en Buenos Aires, se comprometieron a darle una vivienda próxima a la estación a partir de abril de 1949, mientras que el yerno, su hija y su nieto consiguieron "un buen departamento en combinación con su trabajo" (ASO 24-2-1949). Finalmente, en diciembre, consiguió una vivienda estable, "una casa relativamente barata que me satisface (...) teniendo un jardín que recuerda nuestra casa en Viena y la posibilidad de arreglar mis libros y papeles. El 15 de junio de 1948, Menghin, aún sin su familia, escribió desde Buenas Aires una carta a Martínez Santa-Olalla (ASO 15-6-1948), completamente redactada en castellano, indicándole que "Perdone mi Castellano aun defectuoso. Hago muchos esfuerzos de aprenderlo en el más breve tiempo posible". Señalaba "Aún no tengo una colocación, sino voy buscando un puesto en un museo o una universidad". Sus peticiones más importantes eran "si Usted pudiera proporcionarme una recomendación al embajador español en la Argentina", "¿tiene Ud. relaciones con personas en Argentina, las cuales (...) puedan ayudarme en mis esfuerzos de hallar una colocación satisfactoria?". Asume que deberá "cambiar algo el estilo de mi trabajo científico; por falta de la literatura no podré continuar de escribir artículos de carácter universal (...) En adelante consagraré mi consideración particular a la prehistoria del Mediterráneo, incluido la España (...) Naturalmente espero también de dar con ocasiones de participar en las investigaciones de la prehistoria sudamericana". La rápida respuesta de Martínez Santa-Olalla (ASO 20-6-1948) ofrecía apoyo incondicional indicándole que "le enviaré a V. una carta para la Sra. de Perón, otra para el Embajador de España, otra para el Prof. Sánchez Albornoz, catedrático de nuestra Facultad de Madrid, expatriado, un gran caballero y un gran universitario, que es catedrático en Buenos Aires, otra para el Prof. Imbelloni de la Universidad de Buenos Aires (el hombre de más talento en el campo de la etnología de América española) y otra para el Prof. Márquez Miranda de la Universidad y Museo de La Plata (alumno y doctorando mío en Madrid antes de nuestra Guerra)". Un mes después, Menghin volvió a escribirle (ASO 24-7-1948) avisándole que el "Prof. Miranda ya no está en La Plata". Ello pone en evidencia que Martínez Santa-Olalla desconocía que Márquez Miranda había sido expulsado en enero de 1947 de la Universidad de Buenos Aires y en febrero de la Universidad Nacional de la Plata, aunque mantuvo la Cátedra de Historia en el Colegio Nacional de Buenos Aires, impartiendo clases de Antiguo Oriente. Se había doctorado en la Universidad Central de Madrid en 1936 sobre Arqueología Argentina, bajo la dirección de Obermaier, en cuyo tribunal de tesis participó Martínez Santa-Olalla, impartiendo en febrero de 1936 un curso sobre Arqueología del Noroeste argentino. El contacto más valioso parece haber sido el Embajador de España en Argentina entre 1947-1950, el jonsista y después monárquico, José María de Areilza y Martínez de Rodas, III Conde de Rodas, IV Conde consorte de Motrico y Conse-jero Nacional de Movimiento desde 1946. Bajo la referencia de "confidencial" le señalaba que "ya tengo buenas relaciones con el Embajador de España, que es una personalidad verdaderamente excelente" y "me prometió su ayuda en todos los asuntos" pues "me encontré ante grandes dificultades en este país" (ASO 24-7-1948). La marcha de Areilza de Argentina para dedicarse a sus negocios fue sentida mucho por Menghin, "me enteré con gran duelo que el Conde de Areilza no regresará a la Argentina. Espero que es llamado a un puesto aún más responsable (EEUU?). Areilza, como pronosticaba Menghin, fue nombrado embajador en los Estados Unidos entre 1954 y 1960. Otro contacto importante fue Claudio Sánchez-Albornoz y Menduiña, catedrático de Historia Antigua y Media de España de la Universidad de Madrid hasta 1939, que huyó a Argentina desde Francia cuando los alemanes conquistaron el país. Le califica de "una persona muy impresionante". La buena relación entre ambos no sólo se refleja en la inmediata colaboración desde 1948 en los Cuadernos de Historia de España, que dirigía Sánchez Albornoz (Menghin 1948b), sino que enterado Menghin que su hijo, Nicolás Sánchez Albornoz y Aboín, estaba encarcelado en España, pidió la mediación de Martínez Santa-Olalla, en un gesto que le honra, "su hijo, que parece de haber cometido una grande tontería política. No es posible a Ud. de hacer algo para su liberación? Me falta cada posibilidad de juzgar su delito. Pero repito la oración que escribió Ud. en su carta. Yo también sufrí y me siento más cerca de los que sufren". Sin embargo, un mes después la situación cambió completamente. Nicolás Sánchez Albornoz había sido detenido con otros 13 estudiantes por tratar de reconstruir la FUE, Federación Universitaria Escolar. Encarcelado en Alcalá de Henares y Carabanchel, sufrió Consejo de Guerra el 12 de diciembre de 1947 y fue condenado a 6 años de trabajos forzados, siendo destinado al Destacamento Penal de Cuelgamuros, actual Valle de los Caídos. Allí, después de trabajos forzosos durante 5 meses, consiguió huir con el novelista Manuel Lamana en agosto de 1948. La huida fue preparada por el antropólogo Francisco Benet, miembro de la FUE exiliado en Francia y hermano del novelista Juan Benet, quien envió a recogerlos a una estudiante norteamericana, Bárbara Probst Solomon, entonces residente en París, que los trasladó en automóvil hasta Cataluña, cerca de la frontera francesa, la cual atravesaron a pie durante 3 días. Después de unos meses residiendo en Francia, se embarcó para Argentina (Sánchez-Albornoz 1976) (2). Cuando le contestó Martínez Santa-Olalla en septiembre, le pidió más información sobre el hijo de Sánchez-Albornoz, desconociendo que ya se había fugado del Valle de los Caídos, "Del asunto del hijo que en realidad no conozco me gustaría que el propio padre me dijese si cree puedo hacer algo en que habría de consistir" (ASO 28-9-1948). En cambio, Menghin se mostraba muy molesto por la falta de apoyos de los arqueólogos suizos, suecos e ingleses. "Particularmente la gente de la Suiza se portó muy antipático. Los colegas de Suecia no me dan contestación tras mi liberación y hasta mi antiguo amigo Crawford (...) respondió bastante reservado", señalando con patente escepticismo, "Si consigo a tener nuevos éxitos en el mundo nuevo, hallaré sin duda nuevos amigos, pero de que valor?" Tampoco tuvo respuesta de la italiana Pía Laviosa Zambotti, "no me ha contestado a mi carta que le envié a ella de Buenos Aires" (ASO 8-9-1948) o a veces de Luis Pericot, "No oigo nada de Pericot respecto a varias cartas que le remití. No había recibido aún la carta para Eva Perón y se lo recordaba, "Sobremanera valiosa sería para mi la prometida recomendación a la Sra. de Perón. Es la dama a la cual admiro más (...) Usaría esta recomendación solamente en caso de extrema necesidad para no molestarla" (ASO 24-7-1948). Su objetivo no era un puesto de trabajo, sino buscar alojamiento pues el 27 de agosto informaba que "muy probable llegarán mi esposa, mi hija y mi yerno a medi[ad]os de septiembre a Buenos Aires (...). Especialmente la cuestión del alojamiento es muy difícil acá. Sería extrema[da] mente provechoso para mi, si Ud. pudiera enviarme ahora una recomendación a la Sra. P [erón]., porque el gobierno dispone de aposentos. (2) Sánchez-Albornoz y Aboín, N. 1976: "La doble historia de Nicolás Sánchez Albornoz. "Mi fuga del Valle de los Caídos fue organizada por la FUE". "Llegaron a mediados de se[p]tiembre. Mi hija ha dado a luz aquí el día 24 de nov [iembre]. un varón, así que fue [soy] abuelo de un verdadero argentino" (ASO 22-12-1948). En un informe confidencial del NSDAP de octubre de 1938, se indica que Menghin estaba casado con Margarete Ponzaimer, nacida el 31 de julio de 1894, 6 años menor que él. Su hijo estaba trabajando en la Universidad como "asistente del prof. Franz en Innsbruck" (MAC 14-3-1951). Según los archivos de emigración argentinos, una Margarita Menghin, con pasaporte italiano, pero nacimiento en Dürnkrut (Gänserndorf, Baja Austria), en la frontera con Chequia, embarcó en Génova en el barco Santa Fe en dirección a Buenos Aires. Parece tratarse de la mujer de Oswald Menghin. Junto a ella vino su hija, nacida en Viena, Botraud Menghin de Schwartz, que tendría 25 años en 1948 y usaba el apellido de su marido. La carta a Eva Perón se retrasó por la ausencia de Martínez Santa-Olalla de Madrid, hasta fines de septiembre. "Adjunta la carta para la Sra. de Perón (...) dado el modo de ser de ella es sencillamente pedir audiencia y presentarla la carta, que tal vez a V. germano le parezca de un lirismo raro..." Ya Martínez Santa-Olalla había escrito previamente a Eva Perón solicitándole apoyo para otra persona, "la carta para la Sra. de Perón (...) en la misma que yo aconsejé a un compañero, ha tenido éxito fulminante para cosa análoga" (ASO 31-12-1948). Sin embargo, Menghin no tuvo necesidad de utilizarla, "Yo prometía Ud. entonces usarla solamente en el caso de absoluta necesidad. No ha sucedido esto, porque tuve siempre ciertas perspectivas de obtener un departamento" (ASO 25-2-1949). Un nuevo apoyo le llegó con el traslado durante el curso 1948-1949 de Antonio Tovar Llorente a la Universidad de Buenos Aires como profesor de griego. En 1942 obtuvo la cátedra de Latín de la Universidad de Salamanca. "Estoy muy feliz que Prof. Tovar ha llegado en Buenos Aires. Falta aquí un lingüista. No me re[c]ordé, que Tovar estuvo en Viena durante la guerra y que he presenciado su conferencia en la soc [iedad]. lingüística. Pero él se recordó bien de mí. Habla excelentemente alemán, así que puedo conversar con él sobre cuestiones, que aún no puedo expresar en castellano" (ASO 18-9-1948). Tovar tradujo uno de los primeros trabajos en Argentina de Menghin, una reseña del tomo I de la Historia de España de Menéndez Pidal (Menghin 1948b) y sintió mucho su marcha, "nos abandonó Tovar, con el cual nos reunió una relación muy cordial" (MAC 15-1-1950). Ese año Menghin reseñó el principal libro de Martínez Santa-Olalla (1946), el Esquema paletnológico de la Península Hispánica. Lo consideraba "una de las más hermosas descripciones del pasado prehistórico de un país europeo" (Menghin 1948a: 300), pero incorporaba significativas críticas. No dudó en llamarlo "opúsculo", no libro, pues se trataba de un artículo ampliado (Martínez Santa-Olalla 1941), distanciándose de varios de sus argumentos. Califica de lapsus calami el origen europeo oriental del Magdaleniense por incomprensible. Avisa que los propios términos del Neolítico ibero-sahariano, "ya anticipan distintas ideas sobre el neolítico africano y por eso parecen algo peligrosas". Rechaza su definición del Eneolítico como Bronce Mediterráneo I, prefiriendo el antiguo nombre "mientras no hay certeza de que exista verdadero bronce conteniendo estaño en este tiempo". Acepta que, en la invasión indoeuropea que vincula con el Bronce [Final] Atlántico, "España ha obtenido sus primeros inmigrantes indoeuropeos", pero advierte que "sus centros de formación primitivos en Europa central y occidental reclaman un estudio concluyente y por eso todas las conclusiones basadas en este material tienen solo un valor condicional". Es interesante que Menghin (1948b: 210) atribuya la prueba de esta influencia indoeuropea a Almagro Basch (1940), por su trabajo sobre el depósito metálico de la Ría de Huelva, un "brillante análisis" donde se aprecia "con plena claridad: el predominio lo logra en España la influencia del centro y del occidente de Europa; comienza la indoeuropeización de la Península". También retomó su investigación sobre el Tumbiense africano (Menghin 1925). Martínez Santa-Olalla le indicaba "también nosotros hemos encontrado Tumbiense en Guinea continental española; lo hemos hallado en el Sahara Occidental (en Río de Oro) y también en Tánger" (ASO 21-10-1949) y le pidió un artículo para un número de 1949 de los Cuadernos de Historia Primitiva dedicado solo a África (ASO 9-3-1950). Pero al final prefirió publicarlo en la nueva revista Runa de Imbelloni (Menghin 1949a). A inicios de 1950, Menghin solicitó un pasaporte en la embajada austriaca de Buenos Aires. El embajador notificó al Ministerio de Asuntos Exteriores que "durante su estancia en Buenos Aires su conducta ha sido impecable y su actitud hacia la República Austriaca puede ser vista como positiva" (Blaschitz 2002: n. Informado el Fiscal del Distrito de Viena no consideró a Menghin una "prioridad", ya que solo había sido ministro durante "6 semanas". El 5 de abril decidió no intervenir por los elevados "costes de su extradición", pues "hay suficientes razones para esperar que Menghin será detenido cuando viaje a Austria" (Blaschitz 2002: n. Este dato contradice la afirmación de Alonso del Real (1991: 169) de que la amistad de Margarete, esposa de Menghin, con Eva Perón evitó los intentos de extraditarlo. La amistad es posible que surgiera, pero después, ya que Menghin no necesitó utilizar la recomendación para Eva Perón de Martínez Santa-Olalla. Sí existía una amistad de Imbelloni con Perón, quien le redactó el prólogo al libro Toponimia patagónica de etimología araucana (Perón 1950). A veces, al presentarse sin suficiente contextualización la trayectoria científica y política de Menghin, autores como Demoule (2002: 576) o Junker (2002: 578) se han preguntado por la necesidad de Menghin de emigrar a Argentina cuando su cargo de ministro había sido tan breve. Títulos como el de Fontán (2005) sintetizan una interpretación opuesta, Oswald Menghin: ciencia y nazismo. El antisemitismo como imperativo moral, que sería supuestamente una constante en su obra científica. Pero, cuando esta se lee, la afirmación resulta excesiva. Autor del manual más influyente sobre Paleolítico (Obermaier 1912) obtuvo la cátedra de Historia Primitiva del Hombre en la Universidad Cen-tral de Madrid en 1922 (Mederos 2010-11: 246-249), a la vez que Menghin era nombrado ordentlicher Professor de Urgeschichte des Menschen en su antigua universidad. Su manual "Historia Universal de la Edad de la Piedra" (Menghin 1931), que abarcaba desde el Paleolítico hasta el Calcolítico, lo convirtió en un prehistoriador muy influyente en el ámbito germano y filogermano. Como comentaba Almagro Basch, cuando era becario en Viena, "aquí el libro de Menghin es la 'Biblia" (ASO/6-5 11-12-1935 p. Almagro Basch (1941: 158) declara la elevada consideración que tenía de Menghin, "de todos los hombres de la Gran Alemania que cultivan la arqueología prehistórica el de más elevada visión" y su libro "la más ágil de las grandes síntesis (tal vez la mayor y mejor) de la Prehistoria mundial", lo que no le impidió criticar la reedición de 1941 por falta de actualización. La forma de dirigir las revistas de Martínez Santa-Olalla (Anuario de Prehistoria Madrileña durante la primera mitad de los 1930) o Almagro Basch (Ampurias desde inicios de los 1940) no puede entenderse sin valorar la dirección de Menghin del Wiener Praehistorische Zeitschrift entre 1914-43, y su particular cuidado en las reseñas de libros, noticiario, etc. La gran influencia de Menghin en la arqueología española se debe, no obstante, al papel que asignaba a Egipto en la difusión del Neolítico Final y Calcolítico hacia Europa, siguiendo una ruta norteafricana y penetrando por la Península Ibérica. Presentó los resultados de estas excavaciones en el I Congreso de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas, en la comunicación El asentamiento neolítico de Beni-Salame y su importancia para el desarrollo del Neolítico en Europa Occidental (Menghin 1934b) y más en detalle para la Península Ibérica en un artículo remitido en enero de 1939 a la Corona de Estudios que la Sociedad Española de Antropología, Etnología y Prehistoria dedica a sus mártires (Menghin 1941). Representaba un cambio significativo frente a la fase precedente de Merimde-Beni Salâme, al desaparecer los enterramientos de la zona de habitación, a la vez que se documentaban los primeros útiles de cobre, vasos de piedra y domesticación del asno (Menghin 1942a: 34-39). Desde su punto de vista, la cultura de Maadi, que había excavado en el Delta de Nilo, y su contemporánea Nagada II, eran el origen de la punta de flecha con pedúnculo y talla bifacial que se extendía por el Norte de África y alcanzaba la Península Ibérica. Situaba el contacto más evidente coetáneo con el Imperio Antiguo (Dinastías III y IV, 2800-2500 a.C.), al que hacía contemporáneo de la Cultura de Almería, proponiendo un origen egipcio de los sepulcros redondos, pues "los megalitos no son otra cosa que un reflejo de la magnificencia egipcia en formas más primitivas". Egipto sería también el vehículo trasmisor de la metalurgia del cobre y del oro o de las cerámicas de almacenamiento con cuello tipo El Garcel (Almería) (Menghin 1941: 180-181). Exiliado Obermaier al estallar la Guerra Civil en 1936, Martínez Santa-Olalla y Menghin pasaron a tener una relación personal más directa a partir del Jubileo del Forchunginstitut für Kulturmorphologie de Frankfurt celebrado en junio de 1938. Martínez Santa-Olalla asistió como único arqueólogo español representante del Gobierno de Burgos y de Falange Española (Narr 1974: 76; Gracia 2009: 292-293) y probablemente Menghin invitó a Martínez Santa-Olalla a visitar Viena y quizás impartir una conferencia, donde le dedicó una fotografía suya (ASO 20-6-1948). El estallido de la Segunda Guerra Mundial impidió nuevos contactos personales entre ambos como ha mostrado Gracia (2008aGracia (, 2008b) ) en detalle. Cuando Menghin vino a España en 1942 no lo visitó y la comunicación fue epistolar. Martínez Santa-Olalla (1946: 53) refleja la influencia del trabajo de campo de Menghin en Egipto en su obra principal, en el capítulo del Neolítico Reciente, "Del 3500 al 2000 tenemos el neolítico puro o reciente español (...) Ahora se hace sentir una influencia progresiva del Oriente mediterráneo y de Egipto a través del Norte de África". Más en concreto, entre el 3000-2000 a.C., aparece una cultura con "indudables paralelos con el neolítico sahariano, consecuencia última del neolítico egipcio, especialmente del grupo badariense y culturas asociables (incluyendo (...) de época plenamente dinástica), y que llamamos cultura iberosahariana", la cual "ofrece como gran novedad (...) el conocimiento del metal y la arquitectura con (...) los sepulcros megalíticos" (Martínez Santa-Olalla 1946: 55-56). No obstante, para la Edad del Bronce Final, Martínez Santa-Olalla valoraba más la investigación de von Merhart ya que Menghin no trabajaba el período. Almagro Basch inició su formación en Viena por sugerencia de Obermaier. Menghin fue capturado por los norteamericanos en junio de 1945. Estuvo internado en los campos de prisioneros de Ludwigsburg (Baden-Wurtemberg) y Darmstadt (Hesse) hasta febrero de 1947, cuando fue liberado, pero al seguir abierto un proceso contra él, decidió emigrar a Argentina. Por una parte, él mismo había sido prisionero en campos de concentración franceses durante la Guerra Civil: entre enero y marzo de 1938 en La Morisca (Port Vendres, Pirineos Orientales) y hasta abril en Chomérac (Ardeche). En segundo lugar, su compromiso ideológico con el Tercer Reich hasta el final de la Segunda Guerra Mundial le obligaba moralmente a ayudar a sus camaradas alemanes y austriacos. En tercer lugar, apreciaba la trayectoria científica de Menghin, cuya influencia se plasma en el origen egipcio de su Neolítico Final Ibero-Sahariano. El aprecio se proyectaba al plano personal, conservó la foto firmada por Menghin en 1938 en la mesa de su despacho del Seminario de Historia Primitiva (ASO 24-7-1948) y valoró siempre sus opiniones. La ayuda se plasmó en cartas al Embajador de España en Argentina, José María de Areilza, que apoyó significativamente a Menghin, y a Claudio Sánchez-Albornoz y Menduiña (ASO 20-6-1948), profesor de Historia en la Universi-dad de Buenos Aires, con el que Menghin (1948b) comenzó a colaborar inmediatamente en los Cuadernos de Historia de España. Le remitió también una carta para Eva Perón, relativa al alojamiento familiar (ASO 28-9-1948), que al final no fue necesaria. Según la correspondencia Menghin se apoyó en Martínez Santa-Olalla y probablemente también en Almagro Basch. No hay cartas conservadas con este último antes de 1950, pero Almagro tenía buena amistad con su antiguo profesor, Sánchez-Albornoz y con Areilza de la etapa de la Guerra Civil, cuando era alcalde de Bilbao y Almagro Basch dirigía el diario Hierro. Hacia 1952, Menghin muestra señales de desesperación por la ineficacia de Martínez Santa-Olalla. Le había remitido un artículo para el III Congreso Internacional de Africanistas Occidentales (Nigeria 1949), al que Martínez Santa-Olalla no pudo asistir al no autorizársele salir del país (Mederos 2003-04: 38-39). "Ya le pregunté varias veces sobre el destino de mi manuscrito africano, que Ud. pidió (...) con tanta urgencia"; la paralización durante 5 años de la revista "'Actas y Memorias' después de n[úme] ro. XXII" de 1947(ASO 30-4-1952); el "aplazamiento del [I] Curso de Arqueología de Campo" al que le había invitado, finalmente celebrado el año siguiente en Granada (Alonso del Real 1953-54); la devolución de su manuscrito africano enviado para el congreso en Nigeria "sin una línea de explicación" (ASO 16-8-1952). A ello se añadió el empeño de Martínez Santa-Olalla en traducir un libro de Pía Laviosa Zambotti, la cual le había negado su ayuda tras la guerra (ASO 8-9-1948), "Lo encuentro muy mal, lleno de errores materiales e ideas confusas" (MAC 14-12-1951). En contraposición, Almagro Basch fue ganando enteros con la publicación regular de Ampurias, la mejor revista española de entonces: "Ten-go en mi posesión 'Ampurias' I-IV y IX-XI. Sería posible completar la serie?" A la vez, Almagro Basch siempre le advertía sobre su colega madrileño, "En fin (...) todo lo que venga de Santaolalla tu lo tomes un poco en cuarentena" pues "fue apartado del C [onferencia]. La consolidación de Menghin en Argentina no fue fácil. Aunque contaba con el apoyo de Imbelloni, director del Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires desde 1947, fue contratado desde el 1 de septiembre y no inme dia tamente como se había sugerido. Tampoco pudo impartir docencia hasta 1953, y solo entonces ad honorem en la Facultad y Museo Etnográfico, ya con 65 años. Amplió sus ingresos como investigador al añadir un pequeño contrato en la Facultad y Museo de la Plata desde 1949 para financiar sus investigaciones de campo junto a Rex González. Por la documentación austriaca, no parece que hubiera especial interés en extraditarlo. La Fiscalía de Viena esperaba detenerlo cuando visitase Austria de nuevo. En todo caso, Menghin fue muy cauto. Desde su llegada en 1948 no viajó fuera de Argentina hasta noviembre de 1956, cuando realizó su primera y única salida, invitado por el Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad de Santiago de Chile. La explicación que dio a Martínez Santa-Olalla, que lo había invitado al III Congreso Internacional de Africanistas del Oeste, fue: "no deseo cooperar en instituciones internacionales antes de haber recibido plena reparación por todo lo que tuve que sufrir de los Americanos y los Austriacos. Estoy preparado de trabajar con cualquiera persona particular honrada, pero lo debo a mi honor de rehusar la colaboración con instituciones oficiales e internacionales" (ASO 23-9-1949). La ocupación aliada de Austria finalizó en 1955. Es llamativo que solo al año siguiente, con 69 años, Menghin fuera nombrado Profesor Interino de Prehistoria de la Fa-cultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata. Un año después, con motivo de la creación de una nueva Licenciatura de Ciencias Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, se encargó en 1958 de la Cátedra de Prehistoria General y del Viejo Mundo, donde obtuvo dedicación exclusiva en 1960. La ideología nacional-socialista de Menghin favoreció sus primeros contactos con Martínez Santa-Olalla desde 1938, al exiliarse Obermaier y sustituirle de forma interina en su cátedra de Madrid en 1939. A la vez Menghin se vio obligado a exiliarse en Argentina desde 1948, desapareciendo del panorama académico europeo. En el plano personal, pero también científico, Menghin confió más en su antiguo discípulo en Viena, Almagro Basch, que en Martínez Santa-Olalla, cuya obra científica, desde 1941 fue muy pobre (Mederos 2012a: 71). Ello acabó perjudicándole en su intento de convertirse en el referente en España de los trabajos arqueológicos de las SS-Ahnenerbe (Gracia 2008a(Gracia, 2008b)), no dudando Menghin en hablar en su contra en 1942. Desde un punto de vista científico, Menghin y Martínez Santa-Olalla confluyeron en su interés por las líneas de trabajo que ya les interesaban antes de la guerra: la influencia egipcia en el Neolítico Final ibero-sahariano y el papel clave de la Península Ibérica en la difusión de la metalurgia del cobre y el megalitismo hacia Europa desde Egipto. Las discrepancias científicas también permanecieron como se aprecia en la recensión de Menghin (1948a) al libro de Martínez Santa-Olalla (1946). Finalmente, la relación entre Menghin, catedrático desde 1922, y Martínez Santa-Olalla, catedrático desde 1936, 15 años después, fue siempre jerárquica y desigual. La evidente generosidad del segundo que ayudó a Menghin a instalarse en Argentina tuvo como única correspondencia el envío de dos artículos para su publicación, uno en 1939 (Menghin 1941) y otro que quedó inédito en 1949. A Salvador Quero por su permanente amabilidad en la consulta de la documentación del Archivo Julio Martínez Santa-Olalla (ASO) y a Alberto González por el acceso al Fondo Documental Pérez de Barradas (FD2005), ambos en el Museo de San Isidro de Madrid. Francisco Gracia comentó el texto y nos cedió generosamente las cartas entre Menghin y Almagro Basch entre 1950Basch entre -1956, depositadas en el archivo del Museo Arqueológico de Cataluña (MAC). Agradecemos las sugerencias de los dos evaluadores y del equipo de dirección de la revista. Este trabajo se adscribe al Grupo de Investigación Hum F-003 de la Universidad Autónoma de Madrid, sobre estudios historiográficos, dirigido por Juan Blánquez.
En este artículo se defiende el potencial del análisis tecnológico concebido como práctica eminentemente social. Esta perspectiva combina la información derivada de los análisis de las acciones y gestos técnicos con otros conceptos como el savoir faire tecnológico del grupo, los procesos de aprendizaje, las prácticas tecnológicas socialmente constituidas, etc. Esta estrategia metodológica permite adentrarse en el conjunto de praxis sociales que se van generando en el día a día de la fabricación y uso de los objetos e intervienen, de manera significativa, en La tecnología es, sin lugar a dudas, una compleja práctica social y marca significativamente, una forma muy humana de expresarse en el mundo. Por ello, el estudio de la tecnología ha tenido y tiene un lugar privilegiado en arqueología. Una amplia diversidad de discursos disciplinares han girado en torno al análisis de las técnicas e innovaciones tecnológicas a través del tiempo y del espacio. En este artículo reflexionamos sobre la complejidad de los procesos e interacciones que se vinculan con el concepto de tecnología y analizamos su potencial interpretativo. Si bien la mayor parte de las referencias a estrategias tecnológicas utilizadas en el texto se relacionan con la fabricación, uso y abandono de objetos, en realidad, defendemos un concepto más amplio de tecnología que va más allá de la manera con la que los seres humanos interactúan con los objetos y se extiende al conjunto de estrategias que las comunidades desarrollan a la hora de interactuar, gestionar y modificar los recursos naturales. Sin embargo, entendemos que el proceso tecnológico no es únicamente la secuenciación de acciones físicas de modificación de la materia, sino que implica la presencia de complejos esquemas mentales y sociales que se han ido configurando a través del tiempo dando lugar a una determinada tradición tecnológica. En este sentido, materiales, técnicas y personas se organizan en códigos socialmente construidos por lo que es el espacio social con un marcado carácter contingente quien dota de verdadero sentido a las opciones tecnológicas que se desarrollan. El discurso que proponemos en este trabajo se ha estructurado en cuatro grandes bloques. En los dos primeros se hace un breve repaso a las visiones y perspectivas de análisis arqueológico del hecho tecnológico: las aproximaciones insertas en el Evolucionismo Histórico, en el Historicismo Cultural, en las aportaciones procesuales y, finalmente, en los enfoques postprocesuales. El tercer bloque desarrolla los aspectos y conceptos que, a nuestro modo de ver, permiten construir el andamiaje teórico-conceptual sobre el que asentar una visión de la tecnología como un fenómeno eminentemente social. Esta visión debe parte de su desarrollo a dos líneas discursivas que entendemos convergentes: unas se derivan, desde el ámbito francófono, de la Antropología de las Técnicas y las otras del marco conceptual derivado de la Social Agency Theory. Acabamos este artículo proponiendo algunas de las estrategias metodológicas que permiten avanzar en el estudio de esta visión de la tecnología. Para ello utilizamos como referencia, los procesos de fabricación de la cerámica a mano en ámbitos domésticos. DE "LOS OBJETOS SIN MANOS A LAS MANOS SIN CUERPO". LA PERSPECTIvA TECNOLÓGICA hASTA LA LLEGADA DE LAS CORRIENTES POSTPROCESUALES La tecnología ha tenido un papel fundamental en el desarrollo de las teorías interpretativas en arqueología. Muchas de las primeras periodizaciones cronoculturales (Mortillet, Lubbock, Lartet, Boucher de Perthes, Thomsen, Worsae, Montelius...) han utilizado, como criterio diferenciador, la variable tecnológica en su vertiente tipológica que también posibilitó la seriación y definición de las culturas (Childe 1936(Childe, 1956(Childe, 1988;;Daniel 1987; Trigger 1992). El uso de los conceptos de fósil director y cultura material permitió clasificar, principalmente, los objetos y aso-ciarlos a un complejo cultural determinado. Este se extendió y asimiló después a pueblos, grupos o etnias prehistóricas. En la mayoría de casos, el análisis profundo de los aspectos formales y tipológicos de los objetos, no consideró ni a fabricantes, ni a usuarios. Se olvidaron "las manos" que los había creado y el espacio social donde fueron fabricados y usados. Este enfoque tecnológico también correlacionaba el desarrollo tecnológico de una comunidad y su desarrollo social (Childe 1988; Daniel 1963Daniel, 1967;;Sabloff y Willey 1967; Trigger 1989Trigger, 1992)), reforzando y justificando un discurso que reflejaba el predominio de la "Europa-metrópolis" sobre los territorios que, en ese momento, se estaban colonizando (Hernando 1992). El marco ideológico que inspiraba estas visiones se reflejó, como comentan autores como Fabian (Dobres 2000: 64), en el depósito y exhibición de los "objetos primitivos de los nativos" en los museos de ciencias naturales, y el de los colonizadores europeos en los museos de historia cultural. En cierta manera, se estaba reflejando la idea central en el pensamiento occidental, de que la tecnología permitía "domesticar" la naturaleza. Se polarizaba así la división entre esta y la sociedad (Ingold 1990). Su influjo a la hora de asociar complejidad tecnológica y social fue determinante. Esta correlación potenció el uso del criterio tecnológico como un termómetro válido para el análisis de la complejidad social de los grupos humanos, asimilando la sencillez tecnológica a lo primitivo y la complejidad a lo civilizado. La cultura se concibe como un medio extrasomático de adaptación e interacción con el medio (Binford 1965). A su vez, mediante el análisis de la tecnología, se quiso establecer algún tipo de patrón transcultural que explicase las regularidades observadas en el registro arqueológico. El individuo pasó a considerarse un ente relativamente pasivo, reflejo del medio que lo rodeaba. Aumentó el interés por el estudio de las materias y técnicas asociadas a la fabricación de los objetos, pero sin profundizar en el carácter eminentemente social y activo de la tecnología. "Las manos que fabricaron el objeto" se tuvieron en cuenta, pero no el cuerpo social que estaba tras ellas, ni las consecuencias interpretativas que se derivaban de ello. Toda trasformación cultural se concibió como un resultado adaptativo externo y ambiental. Los componentes tecnológicos estaban fuertemente condicionados además por aspectos funcionales y, a través de ellos, se mejoraba la adaptación de las comunidades a su cambiante entorno. Ello condicionaba una determinada elección tecnológica que, a su vez, de manera bastante hierática, ordenaba las relaciones sociales de producción y uso de la tecnología (Dobres 2000). En este planteamiento positivista subyacían visiones actualistas derivadas de los principios generales del Formalismo Económico. Los conceptos de energía, maximización de esfuerzos, efectividad tecnológica, áreas de captación de recursos, análisis de costes y beneficios, utilizados desde un prisma evolucionista adaptativo para normativizar comportamientos, se convirtieron en herramientas fundamentales en la interpretación. La separación de la tecnología del espacio social donde se generaba estaba en consonancia con dos tendencias claramente definidas en la sociedad moderna: la alienación de las personas respecto a su trabajo y la objetivación de la naturaleza como entidad controlable por la tecnología (Dobres y Hoffman 1994). Estas, a su vez, se relacionan con los postulados epistemológicos que beben del esquema de racionalidad derivado de un contexto cultural industrializado y capitalista. Dicha teoría, a través de un mecanismo unidireccional, explicaba la sencilla organización social de los cazadores-recolectores como resultado de una movilidad que les impedía un alto desarrollo tecnológico. Una variante procesual más sistémica concibió la práctica tecnológica como un subsistema tecnoeconómico (Sabloff y Willey 1967; Thomas 1974; Clarke 1984) donde la cultura se entendía como parte del engranaje que daba cobertura a las necesidades de adaptación y a los demás condicionantes exógenos (Clarke 1984). Los modelos se basaban en el principio de que el análisis funcional de las sociedades requería su partición interna en subsistemas o esferas. Dicha conceptualización articulaba una dialéctica entre sociedad y tecnología, donde ambas eran partes del sistema mediante el cual el grupo se adaptaba al medio cambiante, sin que los agentes que inventaban, fabricaban y usaban la tecnología tuviesen un papel relevante en el proceso de innovación y cambio. Otros autores entendían que los condicionantes sociales imponían dificultades que debían superarse para atender las exigencias tecnológicas (Testart 1982; Hayden 1995Hayden, 1998) ). En esta línea unidireccional de causa-efecto, el análisis tecnológico de los productos, de sus exigencias y de las respuestas adaptativas que generaban sería el camino para analizar la naturaleza de la organización de la producción y las exigencias sociales derivadas de ellas (Torrence 1983; Rice 1987; Roux y Matarasso 1999). El planteamiento se fundamentaba en la premisa de que "la necesidad es la madre de la invención", por lo que una variante surgiría de las demandas medioambientales y otra de las exigencias del propio desarrollo tecnológico (Pfafenberger 1988). La tecnología, entendida como la respuesta más eficaz para gestionar los recursos naturales, estructuró estrategias de investigación que pretendían conocer el grado de control sobre la naturaleza de una cultura y sociedad a través de los objetos fabricados y del modo de hacerlos y usarlos. Para ello se optó por una analítica muy cuantitativa y tecnificada, en teoría, neutra y materialista, circunscrita casi en exclusiva a estudiar los procesos secuenciales que acababan configurando un objeto (Bettinger 1980; Torrence 1983). La tecnología se separaba de la sociedad, de las personas o del grupo en que se insertaba, así como del contexto cronocultural. La obtención de materias primas, la producción y diseño de los objetos, su funcionalidad y morfometría se veían como aspectos básicos y, en muchos casos, exclusivos del análisis tecnológico. Con el acercamiento positivista se incorporaban visiones actualistas formalistas (Leone 1982; Wallace 1986). Desde diferentes aproximaciones teóricas (Marcuse 1968; Habermas 1970; Mitcham 1994; Pippin 1995) se ha puesto de relieve la relación subyacente de los autores que gestaron y construyeron este edificio de base materialista, racionalista e instrumentalista con su entorno cultural. Otra implicación del enfoque fue la separación conceptual entre el agente creador de la tecnología (artesanos y artesanas, sus relaciones sociales, sus valores y creencias, el espacio social que ocupaban, etc.) y los objetos físicos que creaba (Dobres 2010). Esta ruptura se tradujo en una lectura incompleta del fenómeno al no concebir la tecnología como la compleja práctica social que es. LAS "MANOS CON CUERPO Y EL CUERPO CON SENTIMIENTO". En estas últimas décadas una revisión crítica del concepto de tecnología la ha redefinido como una herramienta básica en el estudio de las sociedades pretéritas, pretendiendo, en cierta manera, superar las visiones propias de la centralidad contemporánea de la tecnología. En esta revisión se ha enfatizado su carácter contingente (Leone 1982; Dobres 2010) (1) y se ha profundizado en el análisis de las relaciones estructuradas y estructurantes que se establecen entre objetos y sujetos. Ni los primeros ocupan una posición central, ni se crean divisiones artificiales entre objetos y personas, entre procesos tecnológicos, agentes y espacios sociales, entre género y trabajo, entre valores, relaciones de poder y proceso tecnológico. Todo ello se integra, a su vez, en el quehacer diario de la fabricación, uso, intercambio y abandono de los objetos, cuya praxis influye en una determinada manera de concebir, estructurar, reproducir o subvertir el mundo. Ya el concepto de tecnología de Mauss en los 1930 establecía las bases para analizar este fenómeno como construcción social: technique as an action which is effective and tradicional (Mauss 1979: 104). Según Lemonnier (1992), como para Mauss la tecnología, en tanto que tradición, es transmitida y utilizada por las personas durante un largo espacio de tiempo e incorpora al concepto una clara carga social. La tecnología es usada, aprendida y mantenida como algo inherente a la propia sociedad que la ejecuta. El objeto no es un producto natural o fabricado que permite una mejor adaptación al medio sino que, en sí mismo, está conformado y definido por una realidad social particular (Mauss 1968). La tecnología, concebida como una práctica razonada, se desarrolla Otro precursor de esta acepción de la tecnología sería Leroi-Gourham (1964, 1988, 1989), tanto por su concepción de útil, como por la idea de que el comportamiento tecnológico humano es esencialmente colectivo, en cuanto constituido por la totalidad de las operaciones conocidas y estructuradas socialmente y utilizadas con un fin social. En esta línea de pensamiento son centrales los conceptos de aprendizaje y transmisión de conocimientos en tanto que fenómenos socialmente constituidos. En estas últimas décadas muchas de las aportaciones básicas han surgido bien de las tendencias postprocesuales a través de la Social Agency Theory en el ámbito anglosajón, bien de la escuela de la Antropología de las Técnicas en el ámbito francófono. Como resultado, la tecnología ha adquirido una nueva dimensión. A su vez, entienden que la tecnología está íntimamente ligada a la sociedad o al grupo que la produce, así como a sus esquemas de racionalidad, en una relación estructurada y estructurante, donde el agente o persona que fabrica y usa el objeto en su quehacer cotidiano es el eje articulador del discurso tecnológico. Por influencia del Estructuralismo y luego del Postestructuralismo inicialmente se prestó atención a los símbolos, las ideas y otros signos de representación mental articulados a través de una cultura material, cargada de un inevitable significado cultural. Se asignó un papel central al estudio de los aspectos cognitivos en la interpretación arqueológica. La estrategia de análisis utilizada inicialmente por Hodder, y seguida por otros (Tilley 1989(Tilley, 1991a(Tilley, 1991b;;Shanks y Tilley 1987), fue concebir metafóricamente la cultura material como un texto. Sin embargo, esta estrategia semióticas fue criticada, con posterioridad, por quienes entendían que la cultura material era mucho más que un mero contenedor de aspectos ideológico-simbólicos (Lemonier 1986; Dietler y Herbich 1998; Olsen 2003Olsen, 2010) ). Desde esas fechas de mediados de los 1980, la disciplina arqueológica ha ido incorporando conceptos y planteamientos, utilizados en especial desde la Sociología y la Filosofía, para analizar las interacciones entre las personas, los ob- REPLANTEANDO LA TECNOLOGÍA COMO UN FENÓMENO EMINENTEMENTE SOCIAL Este trabajo parte de la premisa de que las interacciones que se dan en el espacio social entre las estructuras, los objetos y los individuos en el quehacer cotidiano condicionan e influyen en la reproducción o renegociación social. Sin embargo, en este trabajo no pretendemos analizar toda la riqueza conceptual que contienen, ni sus aplicaciones arqueológicas, si no enfatizar algunos aspectos pertinentes en nuestro discurso. Giddens ha analizado en profundidad la estructura y la acción individual. El individuo, en tanto que agente activo en su quehacer cotidiano, tiende a entender, percibir y utilizar las reglas sociales y con ello, las reproduce, modifica y estructura de forma creativa. Es decir, puede reforzar o transformar las reglas de la estructura social a partir de la creatividad y la innovación. Giddens define esta "conciencia práctica" como un conocimiento no discursivo de las instituciones sociales. Con ello, permite la acción del individuo en el seno de la estructura como un elemento sustentante o modificador de la misma, ya que: a) en ocasiones los individuos no son conscientes de ciertos aspectos de sus acciones; b) los agentes aplican a las situaciones un conocimiento incompleto de las normas sociales a partir de una gama diferente de estrategias; c) a menudo las acciones sociales no generan consecuencias directas. En la acción del agente actúan también: a) otros agentes, grupos, afiliaciones, o comunidades; b) el contexto espacial y el entorno mediambiental; c) los condicionantes sociales e históricos precedentes; d) las relaciones de poder establecidas en el espacio social. Esta línea de reflexión es esencial para entender el planteamiento tecnológico que se desprende de nuestra propuesta: excluir la consideración de las personas como autómatas que, inconscientemente, aplican las normas sociales. Otra herramienta conceptual y metodológica utilizada es el concepto de habitus, definido como "estructura estructurante que organiza las prácticas y la percepción de las prácticas" (Bourdieu 1988: 170). Sería un esquema individual de disposiciones internas inconscientes que determinan cómo el individuo percibe y actúa en el mundo y que están estructuradas y estructuran el sistema externo. Mediante este concepto Bourdieu relaciona lo objetivo, la posición en la estructura social, y lo subjetivo, la interiorización de ese mundo objetivo. El habitus no sería una simple serie de normas sociales exteriores a los individuos, sino todo un conocimiento incorporado en cada uno de ellos, compuesto por estructuras que dan forma a las prácticas sociales y a la vez son estructuradas (adquieren forma mediante esas mismas prácticas y por lo tanto pueden ser manipuladas y cambiadas) (Bourdieu 1991: 89). La aplicación del trabajo teórico de Bourdieu al proceso tecnológico ofrece un medio para situar a la cultura material y a las cadenas operativas en el esquema de interacción entre el agente y las estructuras. En el quehacer cotidiano de las personas que fabrican y usan los objetos se van generando rutinas tecnológicas que acaban condicionando su manera de ver y percibir el mundo. Y viceversa, esa visión del mundo y esos esquemas sociales estructuran a los agentes y condicionan la fabricación y uso diario de los objetos. Los procesos tecnológicos, cómo otros fenómenos de la actividad social, se formarían a través del habitus y de la interacción entre objeto, agente y estructura. La implicación es la incorporación de unos patrones de elección cultural a través de la práctica continuada. Las disposiciones, elecciones y percepciones de las posibilidades técnicas, insertas en el conjunto de relaciones sociales y configuradas mediante el habitus, llegarán a ser percibidas como naturales y perfectamente lógicas, más allá de consideraciones de eficiencia o eficacia de técnicas y materiales. La práctica suele verse como predeterminada y estática. En cambio, el concepto bourdiano de habitus la configura como un fenómeno relacional dinámico. Es un producto a la vez histórico y activo en el presente ya que la práctica se materializa por un conjunto de disposiciones aprendidas e interiorizadas que permiten tanto la reproducción de las estructuras sociales, como explicar sus cambios a través de los fenómenos de agencia. La Teoría de la Práctica de Bourdieu nos permite ver los procesos tecnológicos en su contexto social, cómo productos y productores de habitus en una cultura vista cómo un proceso histórico en un mundo de relaciones sociales y económicas contingentes. La relación cotidiana entre objetos, agentes y estructuras que se establece a través del habitus nos permite conocer las fuerzas sociales y las relaciones que condicionan la cultura material (Dietler y Herbich 1998). La estructura y la agencia son mediatizadas por la praxis diaria, y en el caso del proceso tecnológico, por la práctica cotidiana de fabricación, uso, intercambio y abandono de los objetos. La tecnología así concebida se convierte en un fenómeno cultural complejo, inserto en visiones de un mundo históricamente contingente, en acciones sociales estratégicas y en fenómenos de agencia. Los procesos tecnológicos superan el análisis del mero soporte físico para conectarse íntimamente con los fenómenos sociales. En definitiva, desde esta perspectiva, el proceso tecnológico se conceptualiza del modo siguiente: a) El engranaje de relación de los actores sociales con sus condiciones materiales de existencia mediante la práctica diaria; b) el concepto bourdiano de habitus posibilita el análisis de su interacción y engranaje con la producción y reproducción social. Comprende tanto las técnicas concretas de fabricación o uso de un objeto, como la confección de metáforas sobre la interacción social; c) la tecnología engloba las prácticas cotidianas sobre la realidad material, fruto del conjunto de relaciones sociales significadas y negociadas que, a su vez, estructuran dichas prácticas; d) al presentar cierto comportamiento fractal un análisis a escala micro del proceso tecnológico nos aproxima al papel del agente y de los grupos y con ello a las interacciones generadas en el espacio social donde se ubican las actividades diarias. El análisis a escala micro permite una vinculación con las transformaciones sociales a escala macro (Chase 1989; Johnson 1989; Dobres y Hoffman 1994; Dobres 1995), porque posibilita la compresión del proceso de agencia y su relación con las estructuras, incluso en el ámbito de la cultura material arqueológica; e) la aproximación al proceso tecnológico debe ser contextual. Es fundamental analizar los aspectos sociales, políticos, simbólicos, ambientales y económicos en el contexto de las relaciones sociales, las estructuras de poder, los esquemas de racionalidad, así como el funcionamiento de los procesos en la producción y reproducción de los esquemas sociales (Pfaffenberg 1988; Hodder 1994; Dobres y Hoffman 1999; Dobres 2000). Esta línea de trabajo nos permite reubicar conceptos esenciales para el análisis tecnológico como el de secuencias o cadenas operativas y su correlación social y el de procesos de aprendizaje, transmisión de conocimientos y savoir faire. Desarrollada en gran parte por autores que podrían incluirse dentro de la Escuela de la Antropología de las Técnicas (Balfet 1991; Lemonnier 1992Lemonnier, 2004;;Gosselain 1992Gosselain, 2010;;Mahias 1993; Creswell 2010), nos acerca a los esquemas conscientes e inconscientes del proceso tecnológico, al considerar tanto la caracterización físico-química de los objetos, procesos y herramientas como su condición de representación simbólica de otros conceptos intelectuales existentes en la sociedad. Implica un nuevo enfoque tanto en el análisis del propio objeto como en el de la relación existente entre los comportamientos técnicos y sociales. El objeto se considera una construcción eminentemente social y no la simple trasformación de una materia presente en la naturaleza. El enfoque conduce, a su vez, al análisis de fenómenos de estabilidad, reproducción e innovación tecnológica. Promueve el análisis tanto de los aspectos físicos y más obvios de la cultura material, como de los elementos más sociales en relación con su fabricación, uso, intercambio y Se insiste en que el proceso tecnológico no es una mera secuenciación de acciones físicas, sino la incorporación de complejos esquemas mentales aprendidos a través de la tradición. Ello concierne a los materiales con qué se fabrican los objetos, a la manera cómo se producen y usan (incluyendo el conjunto de acciones técnicas, los espacios, los tiempos, etc.), a las personas y a todo el proceso de aprendizaje (Lemonnier 1993). Se compatibiliza con el énfasis en un análisis exhaustivo de las acciones tecnológicas físicas en relación al mundo material, en cuanto estrategia global de estudio de la dimensión material y social del fenómeno. Las técnicas, materiales y formas están organizadas en códigos construidos socialmente por lo que las opciones tecnológicas observadas alcanzan su verdadero sentido en el espacio social donde están insertas. Muchas de las decisiones técnicas no dependen tan claramente de criterios estrictamente funcionales como de los esquemas mentales (symbolic system) o los sistemas socialmente estructurados de organización, secuenciación, definición y transmisión de las acciones técnicas (Pelegrin 1988; Gosselain 1992; Lemonnier 1993). Siguiendo en parte a Lemonnier (1989Lemonnier (, 1992) el proceso tecnológico, y cualquier acción técnica, combina componentes materiales y de significado social. Cuatro se incluyen en el análisis de la trasformación mecánica o proceso técnico y un quinto se relaciona con el conocimiento tecnológico: 1) Las características físico-químicas de la materia o materias primas del objeto, que influyen en el proceso tecnológico, sin olvidar que, siendo percibidas y usadas en el seno de una sociedad, no alcanzan todo su significado sin considerar su constitución social. Es decir que es imprescindible analizar los conocimientos de cada sociedad sobre su entorno y sus recursos y el modo como los interioriza; 2) la energía o fuerzas necesarias para transformar la materia, también socialmente constituida; 3) los objetos realizados y las herramientas utilizadas; 4) los gestos técnicos que se organizan secuencialmente y se analizan mediante las herramientas analíticas derivadas del concepto de cadena operativa, analizando en profundidad los niveles que permiten jerarquizar, estructurar y organizar tanto la secuencia de gestos técnicos como los mismos ges-tos; 5) los conocimientos técnicos necesarios en los procesos de configuración y uso de los objetos son dobles. Consisten en las representaciones mentales de las formas artefactuales a desarrollar y de la materia a transformar y en el registro mental de las modalidades de acción para la consecución técnica. Los agentes que ejecutan las acciones tecnológicas pueden tener conocimientos, a nivel consciente o inconsciente, propios del individuo o del grupo. No son estáticos, sino que van evolucionando a partir de las innovaciones de los agentes, fruto de su experiencia y savoir faire, así como de influencias externas que incorporan nuevos materiales, técnicas, motivaciones socio-económicas o ideológico-simbólicas. A su vez, en los conocimientos técnicos cabría diferenciar el savoir faire del aprendizaje. El primero, también denominado conocimiento operativo y secuencial, resulta de las representaciones mentales y las acciones realizadas sobre la materia. El aprendizaje incluye todos los aspectos que suponen la transmisión y adopción del conocimiento y los saberes técnicos: espacios de aprendizaje, tiempo, forma de aprendizaje, espacio social de actuación, agentes, etc. (Pelegrin 1985). Lemonnier (1983) conceptualizó estos cinco aspectos como Sistemas Tecnológicos, considerando tres niveles: 1) La interacción de todos los elementos a escala interna, en una lógica de la secuencia de acciones y dinámicas técnicas. El constante reajuste de esas múltiples interacciones requiere un análisis conjunto para ser relevante; 2) un análisis de las interrelaciones con el resto de procesos tecnológicos que se generan en una sociedad. El trasvase de conocimientos, soluciones técnicas y materiales de unos procesos tecnológicos a otros es más común de lo que en inicio podría parecer. De ahí que el análisis completo de un proceso tecnológico requiera compararlos todos y, en especial, estudiar su compatibilidad y coherencia. Ello permite incidir en el carácter fractal de la tecnología; 3) la conceptualización de las relaciones como parte de la acción social y, por tanto, imbricadas con otras variables sociales, económicas, ideológicas, etc. Estudiar las relaciones entre la cultura material y la sociedad supone analizar las condiciones de coexistencia y transformaciones recíprocas entre el proceso técnico y la sociedad en la que está inmerso. Los conceptos de elección tecnológica y representation technologique completan nuestra exposición teórica. También se ha establecido que las acciones tecnológicas están conformadas por elecciones significativamente configuradas y relacionadas con las estructuras mentales de los grupos (Levi-Strauss 1986). En paralelo a ambas tradiciones, un amplio abanico de análisis han ido incorporando variables sociales, identitarias y simbólicas y no exclusivamente tecnológico-funcionales o condicionadas por las propiedades fisicoquímicas de los materiales. El proceso de elección exige contar con alternativas (Van der Leeuw 1993) sin descartar que el mantenimiento de los procesos tecnológicos tal y como fueron aprendidos sea una de ellas. El punto de partida de un proceso de selección es, pues, el análisis de las alternativas que deben valorarse en un contexto social determinado que condiciona y delimita cualquier elección (Colomer 1995). Las múltiples opciones viables en teoría, se reducen en la práctica al pequeño grupo considerado por los agentes, muy condicionados por sus contextos de aprendizaje, tradición y espacio social. Sin embargo, no creemos que las secuencias productivas sean rígidas, predictivas y determinadas por la tradición, el espacio social y los contextos de aprendizaje. En cada fase del proceso productivo, se generan variantes, elecciones nuevas y decisiones diferentes a las tradicionales. La elección puede variar en cada fase de la cadena operativa y depender de múltiples factores. Irían desde las condiciones materiales hasta variaciones en los productos finales, fruto de cambios de uso o de costumbres, pasando por variaciones tecnológicas a partir de la experimentación individual tras la etapa de aprendizaje que pueden integrarse en el savoir faire y en el esquema psicomotor colectivo (Gosselain 1992). Esa base permite diseñar estrategias que combinen las variables fisicoquímicas, tecnológicas, sociales, simbólicas, perceptivas, identitarias, etc, en una relación de doble dirección estructurada y estructurante para abordar cuestiones como ¿dónde y en qué tipo de técnicas se observan dichos procesos de elección? ¿Son reales o fruto de la interpretación del investigador? ¿Cuáles son las opciones disponibles? ¿Qué relación hay entre su adopción o rechazo y la coherencia social y cultural?¿Qué consecuencias tecnológicas, eco-nómicas, sociales y simbólicas se derivan de dichas elecciones? ¿Cómo se produce el proceso de elección? ¿Cómo se percibe dicha elección? ¿En qué se basa?, ¿Cómo se resuelve la dicotomía elección y tradición o innovación y resistencia? etc. La elección está intrínsecamente ligada al medio social donde se desarrolla el sistema tecnológico. Como siempre se guía por criterios coherentes socialmente, por lo que no es imprescindible que se relacionen con una gran eficacia tecnológica pero no por ello es adecuado hablar de elecciones tecnológicas arbitrarias. Todas las elecciones son coherentes con el espacio social que ocupan. Cualquier elección, al derivar de una acción social, puede incorporar signos o símbolos que únicamente tienen sentido en el contexto social donde se fabrican, usan, intercambian o abandonan los objetos. Motivos o técnicas decorativas, determinadas formas o uso de materiales, etc., pueden trascender los aspectos funcionales para adentrarse, como planteó Hodder (1982), en el ámbito socio-ideológico-simbólico de una comunidad. Sin embargo, dichos símbolos no tienen por qué reducirse a los aspectos formales o estilísticos de los objetos, sino que también pueden intervenir en el proceso de producción, uso, intercambio y abandono, en una relación de doble dirección entre el mundo material y el ideológico simbólico (Gosselain 1992) (2). Ello explica, en muchos casos, que algunas decisiones técnicas no sean ni las más operativas, ni las más productivas desde un punto de vista funcional y que, desde el punto de vista de la efectividad, puedan considerarse arbitrarias o irracionales. Un análisis estrictamente utilitarista conduciría a un error de interpretación sino se analiza la vertiente social de dicha elección. En ese nivel alcanza su coherencia y estructuración, incorporando las interrelaciones entre agentes, creencias, ideas, relaciones sociales, etc. Ahí radica la importancia del estudio de las elecciones técnicas como fenómenos socialmente estructurados, mucho más allá de la intrínseca lógica funcional o de las características fisicoquímicas de los materiales. La consideración de las relaciones sociales no debe llevarnos a un análisis unidireccional de la acción social versus la decisión técnica. (2) La expresión savoir faire se prefiere a la de knowledge por relacionarse mejor con las fuentes intelectuales de las que parte el discurso. se defiende es que, una elección tecnológica determinada, las características físico-químicas de los materiales, la función y el uso diario exigido al objeto no son elementos neutros, sino de carácter estructurante. De ahí la importancia de conjugar estrategias que vayan, desde el análisis profundo de los materiales, las acciones técnicas y su secuencia, hasta la vertiente social tras cada variable elegida. Finalmente, nos gustaría incluir el concepto de representation technologique nos interesa en sus tres variantes (Lemonnier 1992): 1) Las operaciones mentales, muchas veces inconscientes, que hay en toda acción tecnológica. Sustentan los movimientos, posiciones de las manos, etc., es decir, cada acción de los agentes en el proceso tecnológico. Estas operaciones inconscientes, generadas a partir del habitus tecnológico, tienen un papel fundamental en la transmisión del conocimiento. Esta suele realizarse por un método repetitivo, no normativo, donde los esquemas mentales inconscientes y sus derivaciones psicomotrices se van introduciendo poco a poco, a través de la práctica diaria, en el aprendiz mediante la imitación del maestro; 2) los modelos mentales de la secuencia y ordenación de la acción o acciones tecnológicas, incluyendo los materiales, las herramientas, el espacio destinado a la operación, la posición del agente, la ordenación y la propia secuencia. Muchos de estos modelos no son exclusivos de una acción tecnológica concreta, sino que dependen de factores relacionados con otros procesos tecnoló gicos o con otros esquemas de distribución y organización de los trabajos u otras estructuras sociales; 3) los contenidos o informaciones de tipo ideológico, social o simbólico que contienen las acciones tecnológicas. Dichas informaciones funcionan en un entramado supratecnológico de significados que afecta a la totalidad de los esquemas y modelos de significación y simbología de la comunidad que se analiza. La idea del funcionamiento transversal de los esquemas de significación y de los procesos tecnológicos en el seno de una comunidad nos lleva a un planteamiento fractal de la tecnología, de su imbricación social y de los símbolos o significados que se estructuran con ella. Esto demanda un planteamiento global del fenómeno tecnológico y abre la posibilidad de desarrollar análisis de escala (Marquart 1992) que permitirían completar el estudio del proceso tecnológico y su comportamiento fractal. En este sentido, la dinámica so-cial que opera a escala micro conduce a los procesos a escala macro (Chase 1989; Dobres y Hoffman 1994). La interacción de escalas opera en los ejes vertical y horizontal, pues afecta a cada actividad tecnológica y social de un mismo grupo. Muchos de los elementos incluidos en estos tres niveles del concepto de representation se estructuran de manera inconsciente en diferentes estadios por lo que varía su grado de permeabilidad a los cambios. En ocasiones, actúan como elementos de permanencia o estabilidad tecnológica y por ende social y cultural. Ciertas acciones tecnológicas son menos susceptibles a los cambios que otras que no han sido tan marcadas desde el aprendizaje y, sobre todo, que no se han incorporado con tanta insistencia en los esquemas psicomotrices técnicos requeridos para ejecutarla. El concepto de habitus bourdiano adquiere una especial relevancia en ese aspecto inconsciente del conocimiento, claramente enfatizado por Lemonnier, en tanto herramienta eficaz para el análisis de la elección tecnológica y sus posibles derivaciones sociales. RECAPITULACIÓN Y hERRAMIENTAS INTERPRETATIvAS Nuestro énfasis en el carácter eminentemente social de la tecnología no implica que excluyamos de su interpretación los condicionamientos medioambientales, la función de los productos, la relación coste-beneficio o las exigencias técnicas del propio desarrollo tecnológico. Entendemos que deben analizarse desde la perspectiva de su integración en un contexto social históricamente contingente, donde se da el grueso de las interrelaciones tecnológicas. Lo que confiere sobre todo esa gran capacidad estructurante y estructurada al proceso tecnológico es la rutina cotidiana de fabricación, uso, intercambio y abandono de objetos en un espacio social, repetida por las personas desde la infancia hasta la madurez. De ahí su gran potencial como herramienta interpretativa de las comunidades pretéritas. Una premisa central de este desarrollo teórico es que las personas dan un cierto significado a su mundo y en parte, lo transforman a partir de las experiencias socialmente constituidas generadas en el trabajo diario sobre un determinado material para fabricar y usar un objeto (Dobres 2000(Dobres, 2010) ). La aproximación de los seres humanos a la percepción y estructuración de su mundo sería tan materialista como idealista (Conkey 1993). A través del estudio de los objetos arqueológicos, entendidos desde esta perspectiva, podremos adentrarnos en la compleja práctica social que supone el proceso tecnológico, así como en todas sus implicaciones en relación a los esquemas de racionalidad, a las praxis sociales, a las relaciones de poder, a las bases económicas, etc. Concebimos la tecnología como una construcción social donde la acción tecnológica está enraizada en un universo de comportamientos y significados socialmente establecidos. Mantenemos, pues, una base epistemológica materialista, alejada de las estrategias exclusivamente hermenéuticas (Shanks y Tilley 1987). A partir de la materialidad, ya sea como gesto u objeto, se pueden analizar los esquemas mentales aprendidos a través de la tradición y que abarcan conceptos tan globales como los de uso, fabricación o significado. Proponemos la integración del enfoque analítico sobre el objeto, su fabricación y uso con una postura teórica que profundice en la complejidad de las relaciones bidireccionales entre sociedad y tecnología, entre objetos y personas, entre condicionantes materiales y estructuración de los esquemas de racionalidad y entre estructura y agencia. Dichos aspectos interpretativos no se deducen directamente de la materialidad del registro arqueológico, sino que requieren un engranaje conceptual bien definido, alcanzable, entre otras estrategias, a partir de tres líneas de desarrollo: un análisis contextual, un nuevo concepto de cadena operativa y la inclusión de conceptos específicos de savoir faire, aprendizaje y trasmisión de conocimientos. Estrategias de análisis contextual Hemos optado por una estrategia en red para incorporar los diferentes conceptos a analizar y lograr una rápida conexión entre materialidad, estructuras, agentes y relaciones de agencia. Como ejemplo de un modelo de red de una fase tecnológica, mostramos un análisis de la producción cerámica (Fig. 1). Se valoran los aspectos materiales e inmateriales, ya que ambos se generan simultáneamente y se estructuran en conjun-to. La continua retroalimentación asumida entre materialidad e inmaterialidad obliga a desarrollar enfoques teóricos, metodológicos e instrumentales para analizar el papel activo de ambas realidades e incorporar las conexiones y relaciones que se generan. Por ello, junto a la localización de los restos cerámicos o los tiempos de ejecución, valoramos la identidad, el habitus, los condicionantes de género o aprendizaje, cuyo análisis intrínseco ya requiere una consideración previa de aspectos materiales e inmateriales. El análisis de la materialidad (campos ubicados en la parte superior del esquema) y la interacción estructurante y estructurada entre la producción cerámica y otras esferas del espacio social (campos ubicados en la parte inferior del esquema) van generando las redes y relaciones multidireccionales que permiten analizar la complejidad de elementos que juegan un papel activo en la producción cerámica y en las personas que la llevan a cabo. Más allá del marco general propuesto el carácter históricamente contingente de la concreción de los campos y de las relaciones generadas en la red exige el análisis concreto del proceso tecnológico para acabar dibujando la complejidad o variabilidad de la red. Analizamos ese conjunto de interacciones a través del "proceso tecnológico" o "estrategia productiva". Incluye a) el conjunto de acciones físicas, aprendidas socialmente, que se dan en la secuencia de transformación de la materia seleccionada a la consecución del objeto; b) aspectos relacionados con los espacios y tiempos sociales donde se realizan estas acciones; c) los agentes que intervienen, los procesos de aprendizaje y habitus adquiridos; d) las estructuras sociales, económicas e ideológicas en las que se insertan y e) el conjunto de interacciones estructuradas y estructurantes entre cada uno de estos elementos. Lo esencial de la propuesta es la reubicación de los objetos y las personas en el centro del planteamiento del proceso productivo. Es decir, la relación generada entre la materialidad y las personas que interactúan con ella, la perciben e interpretan. Las personas son centrales porque fabrican, usan, intercambian y abandonan los objetos. Perciben y adquieren experiencias y conocimientos a través de esas actividades. Su quehacer cotidiano va estructurando y modelando el mundo. Interrelacionan las condiciones materiales de fabricación y uso cotidiano de los objetos con valores, esquemas de racionalidad y significados. a) Producción cerámica: obtención y gestión de la materia prima, proceso de modelado y proceso de cocción de la cerámica. Interrelación con las experiencias y conocimientos que se generan en cada uno de los procesos. * Elementos relacionados contextualmente, estructurados y estructurantes y con contingencia geográfica y temporal Con ello, la atención regresa a las relaciones dinámicas en los procesos de transformación material y social y, por ende, de cambio o reproducción, pues las experiencias vitales de las personas, como individuos o colectivo, van cambiando. Además los objetos pueden funcionar, como las personas, como auténticos agentes estructurados y estructurantes (Latour 2008). A través de ellos, creamos, modificamos y concebimos una determinada visión del mundo. Por ello, la cultura material debe ser considerada como parte activa en la reproducción, mantenimiento o subversión de una sociedad. El análisis de agentes y objetos abre la puerta, a través de los conceptos de habitus Bourdiano o de rutinas socialmente aprendidas (estructuradas y normativizadas), a los esquemas de racionalidad, los valores, las relaciones de poder, el espacio social que ocupa la actividad y los agentes, así como a los cambios y resistencias generados. Un nuevo concepto de cadena operativa Definimos la cadena operativa como el conjunto de acciones técnicas y operaciones físicas aprendidas socialmente que se dan en la secuencia de transformación, fabricación, uso y reparación de un objeto, cultural y socialmente estructurado a partir de unos recursos naturales también socialmente concebidos. Así entendida se convierte en la herramienta idónea para el análisis tecnológico ya que correlaciona materia, pensamiento y organización social. Este concepto de cadena operativa incluye la secuencia de gestos y acciones técnicas para fabricar y usar un objeto y, a través de ella, incorpora el bagaje de conocimiento tecnológico necesario, las alternativas técnicas posibles, el propio savoir faire del agente o del colectivo, las decisiones, juicios técnicos y elecciones, así como las rutinas diarias de aprendizaje, práctica y uso, concebidas desde perspectivas de habitus bourdiano. La primera fase de análisis interpreta la secuencia de operaciones físicas de transformación de recursos naturales en objetos y su posterior uso. La interpretación arqueológica partiría, básicamente, de las trazas materialmente observables de dichas acciones en los objetos y de los cambios físico-químicos producidos durante su pro-ceso de fabricación y uso. Esta secuencia de operaciones es fruto de un proceso rutinario de aprendizaje, de la elección de unas opciones técnicas de fabricación y de unos usos socialmente estructurados, así como del espacio social donde se encuadra. Por ello, las acciones técnicas no reflejan únicamente la trasformación física de la materia. Interactúan mediante el aprendizaje, la rutina diaria, el habitus y el espacio social que ocupan con las estructuras económico-sociales e ideológicas del individuo, del grupo y de la comunidad donde se inserta el proceso tecnológico. Dicha interacción, realizada a través del agente, de sus actos y del objeto, está condicionada por aspectos materiales y culturales. El análisis y la comparación de cadenas operativas permiten analizar los procesos técnicos y acciones técnicas y los siguientes aspectos: a) La heterogeneidad, homogeneidad y homología en cada fase de las cadenas operativas que, como se verá, permitirán definir variaciones estructurales o secundarias en las cadenas operativas; b) una aproximación al aprendizaje y a la transmisión de conocimiento a través de variantes como la psicomotricidad interiorizada y las variaciones estructurales o secundarias; c) la elección tecnológica, bien mediante préstamos tecnológicos o fenómenos de agencia d) el concepto de savoir faire y tradición tecnológica y e) el carácter transversal y fractal de las dinámicas tecnológicas del grupo. La inclusión de los conceptos de savoir faire, aprendizaje y trasmisión de conocimientos Como se sabe, una premisa central en nuestro planteamiento es que las personas dan un determinado significado a su mundo y, en parte, lo transforman a partir de experiencias socialmente constituidas, generadas cuando, en su quehacer cotidiano, trabajan un determinado material con el fin de fabricar y usar un objeto. No concebimos una técnica como un mero gesto, sino siempre como una representación física de elecciones y esquemas mentales aprendidos a través de una tradición tecnológica inserta, a su vez, en un contexto social determinado (Lemonnier 1992). Sin embargo, esta tradición tecnológica no es ni mucho menos estable sino que participa de un constante diálogo con fenómenos de cambio y El modelado a mano de la cerámica, seleccionado como caso de estudio, ocurre en contextos domésticos donde las mujeres son las que protagonizan la mayor parte de los estadios de la secuencia operativa de producción. En estos contextos, el conocimiento requerido suele trasmitirse de generación en generación a través de un aprendizaje en el grupo familiar. Desde niña, la alfarera aprende el savoir faire trasferido por la madre, la hermana o una parienta cercana, que a la vez aprendieron de sus madres, y así sucesivamente durante generaciones. El aprendizaje se combina internamente con otros tecnológicos (conocimiento de las prácticas culinarias, agricultura, recolección, etc.) y sociales, así como con los valores éticos y la cosmovisión del grupo. En todos ellos, los fenómenos de habitus actuarían significativamente a la hora de fijar prácticas, conocimientos y valores. En general, la cercana interacción entre maestra y pupila durante el aprendizaje permite la transmisión de los esquemas físico-motores necesarios para adquirir el savoir faire relacionado con el modelado de la cerámica. Esta fase dura hasta que las operaciones manuales, fruto de la práctica cotidiana, se vuelven casi automáticas, y el cerebro del aprendiz adquiere y memoriza un programa psicomotriz preciso. El nivel social del proceso de aprendizaje deriva de que el savoir faire de la maestra engloba el conocimiento tecnológico del grupo. Este no es meramente individual sino de carácter social. En este contexto de transmisión de conocimientos y valores, la innovación gestual no puede aparecer durante el aprendizaje, pues la maestra corrige de inmediato cada gesto no adecuado al patrón propuesto. Los gestos, normalizados a través de la práctica repetida de la actividad, llegan a ser gradualmente incorporados como un esquema psicomotor inconsciente. La innovación o la adopción de otras técnicas es virtualmente imposible, ya que requeriría un proceso de "desaprender" compensado con otro de "volver a aprender", algo difícil de imaginar sin un factor causante de medidas tan drásticas (Gosselain 2002). La fuerte interiorización de algunos gestos motores durante el proceso de aprendizaje expresa intensas dinámicas de habitus, generadoras de un proceso de modelado muy estable con una baja permeabilidad a cambios, préstamos, modas e innovaciones. El profundo enraizamiento de ciertos procesos en las tradiciones tecnológicas, les confiere una enorme estabilidad y resistencia al cambio y a la permeabilidad de nuevas ideas técnicas. La interpretación y el significado de las variables tecnológicas se estructuran identificando las continuidades y rupturas que se dan en los patrones tecnológicos. Dichas variables pueden considerarse individuales o debidas a cambios en una tradición tecnológica. Para analizar estas últimas resulta sumamente eficaz identificar las cadenas operativas a partir de la heterogeneidad entre ellas, de su homogeneidad o incluso de su homología. Las variaciones en las cadenas operativas de fabricación, según su alcance, son estructurales o parciales. Las variaciones estructurales o estratégicas en el proceso tecnológico no pueden suprimirse, cancelarse o remplazarse sin modificar de modo significativo el proceso o el resultado final (Lemonnier 1992). Se corresponden con cambios, cuyas modificaciones profundas en las secuencias de fabricación, condicionan a su vez la introducción de nueva infraestructura tecnológica y alteran el savoir faire aprendido. Por ello, deben correlacionarse con trasformaciones más amplias en el seno del grupo. Las variaciones parciales o secundarias no cambian de manera significativa los procesos de aprendizaje, ni modifican las técnicas, ni exigen adoptar una nueva infraestructura tecnológica. La documentación de unas variaciones u otras supondrá cambios interpretativos substanciales. La identificación de variaciones de tipo estratégico o estructural reflejará cambios profundos en la tradición tecnológica relativos al proceso de modelado, a las infraestructuras y, especialmente, a los esquemas psicomotrices. Es decir, afectará a las estrategias de aprendizaje, al savoir faire del grupo y, en consecuencia, puede implicar modificaciones substanciales en algunos elementos del espacio social donde se fabrican los objetos. En cambio, las variaciones de tipo secundario remitirán a modas, variaciones estéticas, gustos o elecciones más individuales sin implicar necesariamente profundas modificaciones del savoir faire del grupo, ni de los procesos de aprendizaje ni, por consiguiente, del espacio social donde se enmarcan. Explicar las variaciones en las secuencias operacionales equivale a explorar el espacio social en el que se insertan. Ello nos permite identificar los vínculos pertinentes entre fenómenos técnicos y factores de orden social, pues la elección de una acción técnica siempre es lógica en el marco social donde se desarrolla, aunque su eficacia tecnológica parezca mejorable desde fuera del grupo. La estrategia correcta no es considerar la presencia-ausencia de algún rasgo técnico, sino entender el significado de rupturas tecnológicas, que pueden variar de una comunidad a otra o de un periodo a otro. En lugar de interpretaciones mecanicistas, es obligado el análisis contextual de todo el proceso cerámico y de su espacio social. En suma el objetivo de la línea discursiva desarrollada en este trabajo ha sido subrayar como el análisis tecnológico supone ir más allá de identificar los sistemas de fabricación. A partir de la reconstrucción de la tecnología podemos aproximarnos al espacio social y adentrarnos, a través de los conceptos de hábitus, práctica diaria, estrategias de aprendizaje, etc., en fenómenos relacionados con los contactos intergrupales, con cuestiones de género, de identidad, con procesos de resistencia e innovación. Es decir, podemos conocer las dinámicas sociales de los grupos humanos. El bagaje teórico del artículo ha pretendido dar cobertura al deseo de ir más allá de la mera materialidad pero sin obviar el análisis de esa materialidad que nos permite profundizar en nuestras interpretaciones sociales. El artículo es parte de la transferencia de conocimientos del proyecto de investigación "Vivir entre islas: paisajes insulares, conectividad y cultura material en las comunidades de las Islas Baleares durante la Prehistoria Reciente (2500-123 BC)" (HAR 2012 32602) financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad.
Brais X. Currás Refojos (*) RESUMEN La cartografía de usos potenciales de la tierra es una herramienta de gran utilidad en el estudio de las formas de poblamiento y su relación con la explotación de los recursos agrícolas desde el enfoque de la arqueología del paisaje. La digitalización de esta información permite su aplicación sistemática en el análisis del territorio mediante SIG. En este trabajo se presenta el Mapa de usos potenciales de la tierra de Galicia, reclasificado en tres tipos establecidos en función de criterios históricos. Se muestra el procedimiento analítico desarrollado para la selección y clasificación de los tipos de tierra y su sistema de digitalización. Se examina la validez de esta fuente para la investigación arqueológica de las formas agrícolas en la antigüedad desde el punto de vista del análisis del territorio y se ofrece una visión crítica sobre sus ventajas y limitaciones. La relación entre los recursos y las formas de ocupación del territorio es fundamental en el análisis arqueológico del paisaje al aproximarnos al conocimiento de la lógica locacional seguida en las estrategias de poblamiento. Buena parte de los estudios llevados a cabo en el Noroeste de la Península Ibérica han analizado la relación del poblamiento con los recursos desde un punto de vista descriptivo y no sistemático. Comúnmente describen de modo general los recursos de la región, el clima, las condiciones litológicas y los usos de la tierra sin evaluar la interacción de las estrategias de poblamiento con las posibilidades de acceso a los recursos. El espacio productivo aparece como un marco de referencia, una estampa de fondo sin relación con la naturaleza del asentamiento humano y su significación histórica. Cuando la hay es determinista: el poblado ve condicionadas sus posibilidades de existencia por las constricciones que impone el medio (Orejas 1995). En contraposición, una serie de autores ha puesto el acento sobre la relación de cada asentamiento con los recursos potenciales, asumiendo la interdependencia entre la elección del emplazamiento y las posibilidades de explotación del paisaje. El espacio deja de ser el marco que delimita las condiciones de reproducción de los grupos humanos y se convierte en otro de interacción donde las sociedades construyen el paisaje a través de su relación con el medio. De este modo, el estudio ya no se plantea de modo general para toda una región, sino vinculado a las formas de ocupación de un territorio concreto. En este trabajo presento el mapa de usos potenciales de la tierra para todo el territorio gallego, obtenido a partir de una reclasificación controlada con un criterio arqueológico del Mapa de Capacidad Productiva de los Suelos de Galicia (MCPSG) elaborado por F. Díaz-Fierros y F. Gil (1984). La cartografía resultante ofrece una nueva herramienta de análisis con un gran potencial para el desarrollo de estudios arqueológicos que desde una perspectiva territorial afrontan el análisis de las formas de producción agrícola. Esta herramienta es parte de los resultados de mi investigación doctoral sobre las Transformaciones sociales y territoriales en la cuenca del Baixo Miño entre la Edad del Hierro y la integración en el Imperio Romano. Se inserta en la trayectoria del grupo de investigación Estructura Social y Territorio-Arqueología del Paisaje (EST-AP), dedicado de manera primordial al estudio de los espacios y los usos agrícolas en la antigüedad durante los últimos 30 años. Esta aportación tiene un carácter fundamentalmente metodológico. Me centraré en dos cuestiones. Describo el proceso de elaboración del mapa de usos potenciales de la tierra de Galicia, mostrando los criterios seguidos en la selección y reclasificación de los tipos de tierra, así como el procedimiento técnico empleado para su digitalización. De forma simultánea, abordo el examen de las ventajas y limitaciones que ofrece este tipo de fuente de información para el análisis históri- co, en contraposición a otros documentos y enfoques diferentes. LA REPRESENTACIÓN CARTOGRáFICA DE LOS USOS DEL SUELO Y SU APLICACIÓN AL ANáLISIS DE TERRITORIO La cartografía temática para la evaluación del potencial agrícola de una región es un recurso fundamental, que ha sido aplicado con asiduidad al analizar las formas de poblamiento antiguo. Agrupamos esta cartografía en tres clases: mapas de usos del suelo, de clases agrológicas y de capacidades de la tierra y proponemos como alternativa el desarrollo de cartografía específica. Existe una abundante producción cartográfica que evalúa el uso de la tierra desde la perspectiva concreta del momento presente. Las hojas 1:50.000 del Mapa de Cultivos y Aprovechamientos publicadas en España durante los 1980 reflejaban los usos agrario y forestal. En fechas más recientes los proyectos CORINE Land Cover o el Sistema de Información sobre Ocupación del Suelo de España (2) recogen los distintos usos de la tierra en un sentido amplio. Estos mapas ofrecen una imagen estática de esos usos en un momento singular. Es una información geográfica destinada fundamentalmente a la ordenación del territorio, que atiende a las condiciones específicas actuales del uso del suelo. Su utilidad desde un punto de vista histórico es muy reducida ya que ni refleja el uso potencial de la tierra, ni describe las características estructurales de la misma que pudieran servir de apoyo para evaluarlo. Además, la dimensión de los usos actuales de la tierra está obviamente afectada por importantes transformaciones que no permiten establecer comparaciones diacrónicas. Los mapas de usos del suelo basados en la división en "clases agrológicas" se hicieron comunes desde los años 1950. Este sistema jerarquiza los tipos de suelo según su respectiva capacidad. Cada uno de los ocho tipos establecidos en los Mapas de Clases Agrológicas, editados en España a partir de los 1970, siguen estos principios metodológicos. De un uso definido por "la intensidad máxima de explotación a que puede someterse un terreno" se pasa al situado "en el límite económico de la mejora en cuanto a su dedicación a sostener una vegetación herbácea permanente por lo que suelen considerarse como suelos forestales" (Anón. F. Díaz-Fierros y F. Gil (1984: 10) apuntan dos inconvenientes fundamentales en este tipo de trabajos. La tierra no se clasifica por su potencial, sino en función de sus limitaciones para la producción de una forma de cultivo ideal bajo condiciones actuales. Ello de partida resta representatividad a la evaluación de cualquier cultivo cuya producción requiera exigencias o sistemas de explotación distintos. Además, como los Mapas de Clases Agrológicas no permiten ponderar la calidad de la tierra en función de su potencial, no sirven ni para fijar las condiciones óptimas para su uso en diferentes escenarios técnicos, ni para proyectar diacrónicamente formas de uso alternativas. Considerando ambas objeciones cabe concluir que esta cartografía reviste notables inconvenientes en su aplicación al análisis histórico de las formas de explotación de la tierra al dificultar la valoración de las estrategias productivas desarrolladas desde un punto de vista diferente al de la lógica moderna. En los 1970 aparecen los mapas de capacidades de la tierra. Su enfoque se basa en evaluar las cualidades y potencialidad de las tierras, en vez de sus limitaciones. Este estudio analiza la aptitud del suelo para cualquier tipo de cultivo en cualesquiera condiciones a partir de distintas variables en lugar de tomar una forma concreta de cultivo como referente y establecer los factores que limitan su desarrollo óptimo. Sigue las directrices de la land suitability evaluation de la Food and Agriculture Organization (FAO) (Anón. 1976), un análisis multi-variable que evalúa la geología, la edafología, el clima, las condiciones topográficas y geomorfológicas y la hidrología. Este enfoque no investiga los efectos económicos de los obstáculos para el desarrollo de un cultivo de referencia, sino las características estructurales de la tierra y sus cualidades en un sentido potencial. Desde esa base, y mediante criterios de conversión determinados por las condiciones socioeconómicas de la producción, se establecen correlaciones que identifican la capacidad de la tierra para cualquier tipo de cultivo, desde los cultivos forestales menos exigentes, hasta la producción hortícola más intensiva. Como novedad, el concepto de suelo se sustituye por el de tierra, mucho más rico e integrador de los factores ambientales que condicionan la producción (clima, hidrología, relieve, etc.), acción humana incluida (Anón. Los mapas de usos del suelo se basaban en clases agrológicas que reflejaban la actividad en un momento concreto y un uso de la tierra condicionado por los medios técnicos. Por el contrario, en el enfoque de las capacidades de la tierra, esos medios pueden ser analizados desde una consideración histórica. Los mapas de usos y los de clases agrológicas suelen reflejar una optimización de la explotación desde una perspectiva contemporánea. En cambio el nuevo enfoque, que está también orientado a la puesta en práctica de un uso óptimo de la tierra, igualmente permite plantear una valoración de formas sociales distintas de explotación agrícola. La ventaja de emplearlo para el análisis histórico de las formas de producción agrícola es que, al posibilitar un acercamiento más contextual a la comprensión del uso de la tierra, permite valorar formas de agricultura que no se rigen por criterios modernos (Van Joolen 2002). La cartografía generada desde la metodología formulada por la FAO no cierra el uso de la tierra, ni su aptitud para un cultivo determinado en función de unas condiciones técnicas concretas, sino que ofrece una herramienta para la evaluación de la potencialidad de la tierra en diferentes condiciones socioeconómicas. Su ventaja es que permite llevar a cabo estudios diacrónicos de las formas de explotación agrícola. La clasificación de la tierra no es un punto de partida condicionado por los usos y necesidades actuales sino que se establece según criterios históricos. Se elimina así el enfoque presentista que pondera la potencialidad de la tierra en función de su uso óptimo considerado desde la lógica capitalista vigente. Una alternativa a la falta de cartografía temática publicada, basada en análisis formalizados de las capacidades de la tierra, es desarrollar otra específica, fundamentada en los mismos parámetros y circunscrita al área de estudio. Ejemplo de ello es el análisis de A. Orejas (1996: 47, lám. 3) para la cuenca noroccidental del Duero que puso en consideración la pendiente, la edafología, la litología, el clima y la red de drenaje. Fábrega et al. (2005) plantean un desarrollo más avanzado, manejando un análisis computerizado mediante uso de SIG, para los castros de O Neixón que toma como referencia los parámetros de pendiente, red de drenaje e insolación. Esta metodología abre las puertas a analizar la accesibilidad a recursos agrícolas mediante una cartografía de mayor detalle y precisión que la que aportan los mapas existentes basados en el enfoque de la evaluación de las capacidades de la tierra. Sin embargo, su implementación hará necesario incorporar variables irrenunciables como la litología, las condiciones climáticas o el nivel de pedregosidad. Las dos primeras son asumibles sin grandes problemas para Galicia donde hay trabajos sobre la variación climática actual (Martínez Cortizas y Pérez Alberti 1999) y durante el Holoceno (Martínez Cortizas et al. 2009), así como una cartografía específica sobre las características litológicas del suelo (3). En cambio analizar el grado de pedregosidad, la presencia de litosoles, el tipo de suelos o su profundidad, factores determinantes en la evaluación de la tierra, requiere la aplicación de sistemas de teledetección más complejos (Uriarte et al. 2008). PRODUCTIvA DE LOS SUELOS DE GALICIA F. Díaz-Fierros y F. Gil (1984), a partir de la base metodológica desarrollada por la FAO, publicaron el Mapa de Capacidad Productiva de los Suelos de Galicia (MCPSG). Estaba pensado como una contribución al desarrollo agrario de Galicia pero a la vez aportaba una cartografía de ese territorio, susceptible de un análisis diacrónico a partir de criterios históricos y arqueológicos. M. Xusto (1993) X. Carballo (2001), en su investigación de A Terra de Deza, en lugar del MCPSG, tomó como base un estudio comarcal más preciso, pero articulado según principios equivalentes. El MCPSG clasifica la tierra según las cualidades que determinan su potencial productivo. El resultado es una división del territorio en unidades fisiográficas de cualidades homogéneas, identificadas con un código (e. g. B M 74 S ) en donde la primera letra identifica las cualidades estructurales de las tierras, la segunda letra el sometimiento al riesgo de heladas, el primer número el régimen hídrico, el segundo la disponibilidad de nutrientes y la última letra la toxicidad del suelo. La primera variable divide las cualidades estructurales de las tierras en 7 categorías (A-G) en función de la pendiente, la profundidad del suelo, la cantidad de afloramientos rocosos y el riesgo de erosión (Tab. Este parámetro trata de evaluar las posibilidades de implantar una agricultura mecanizada. Su gran valor para estudiar el uso de la tierra en la antigüedad es que las principales Tab. Cualidades estructurales de la tierra en el Mapa de Capacidad Productiva de los Suelos de Galicia. Según el régimen térmico se establecen 5 categorías en función de la duración de la temporada de riesgo de heladas. Se expresa a partir de un tipo de cultivo ideal, cuya producción se hace inviable desde ese nivel: Limonero 9 meses. La variable del régimen hídrico de los suelos se evalúa a partir de 9 categorías. Las tierras con exceso de agua están entre 1 y 4 y las que presentan un déficit de precipitación entre 5 y 9 (Tab. La valoración de las tierras de acuerdo con el régimen pluvial cuenta con 5 categorías que clasifican los suelos bien drenados según el número de días anuales con déficit de precipitación. La disponibilidad de nutrientes de la tierra considera otras 5 categorías según la presencia de los principales macronutrientes (Tab. El criterio de clasificación del MCPSG no se basa en el muestreo y análisis de los suelos, ya que la práctica, habitual en el campo gallego, de incorporar nutrientes artificiales podría restar representatividad a los resultados. Considera la fertilidad potencial dependiente del tipo de suelo, una característica estructural de la tierra que se puede proyectar sin problemas hacia el pasado. Solo se señala la toxicidad debida a salinidad (suelos s) o níquel (suelos n). EL USO POTENCIAL DE LA TIERRA EN GALICIA ENTRE LA PROTOhISTORIA Y LA INTEGRACIÓN EN EL IMPERIO ROMANO El MCPSG aporta de partida una evaluación objetiva de las cualidades de la tierra. Pero esta fuente por si misma no responde a la pregunta de cuáles fueron las formas de explotación del territorio durante la antigüedad. Su utilidad para la valoración de las formas productivas de una sociedad concreta pasa necesariamente por la consideración singular de factores socioeconómicos y tecnológicos determinados. En palabras de Díaz-Fierros y Gil Sotre (1984: 44), "la traducción de las clases de tierras en términos de productividad solo tiene un sentido real cuando se definen los usos específicos de la tierra y con relación a ellos se establecen los distintos grados de aptitud de las mismas". Para manejar los datos del MCPSG en relación con las formas de ocupación y organización del paisaje en época antigua es necesario establecer una reducción de las unidades de tierra a un número limitado de clases que tengan un contenido históricamente significativo. El proceso de modelización que traduce sus valores a los parámetros de la agricultura antigua tiene dos pasos. Primero se definen las condiciones de la práctica agrícola en época antigua y los usos posibles de la tierra. Después se establecen los criterios de conversión del MCPSG para la selección de tipos de tierra acordes con esos usos. Caracterizar la práctica agrícola para la Edad de Hierro y época Romana en el Noroeste de la Península Ibérica es una labor compleja que numerosos trabajos han abordado en detalle (Parcero 2002; Teira 2010a). No me extenderé sobre la cuestión pues me interesa únicamente presentar las formas posibles de producción agrícola. Tomo como modelo la división bipartita establecida por C. Parcero (2002), los trabajos existentes y la consideración del registro arqueológico y carpológico para proponer dos tipos ideales generales de práctica agrícola: intensivo y extensivo. La agricultura de carácter intensivo es de rendimientos constantes con ciclos de rotación complejos que pueden aportar dos cosechas anuales. Se emplea un tipo de suelo rico en nutrientes y con un elevado nivel hídrico, por lo que es difícil de roturar. En varios yacimientos de la Edad del Hierro se ha documentado trigo, cebada, mijo y distintas especies de leguminosas (Parcero 2002). La combinación de cereales de invierno y de primavera permite producir dos cosechas anuales con rotaciones complejas gracias a las leguminosas. Evidencias adicionales de esta agricultura intensiva son el utillaje documentado, incluyendo instrumental de hierro y los indicios de uso del arado (Parcero 2002). La agricultura de carácter extensivo, basada en ciclos largos, es factible en suelos ligeros más fáciles de trabajar y opta por tierras bien drenadas y poco profundas. El uso del fuego en la roturación del monte, probablemente en relación con prácticas de agricultura extensiva, se ha documentado desde el Neolítico (Kaal et al. 2011). Caben clasificaciones más complejas, atendiendo por ejemplo a todas las combinaciones posibles de cultivo y formas de rotación según las especies identificadas en el registro. Sin embargo la inclusión de un elevado número de variables podría oscurecer el análisis y distorsionar la visión de conjunto. Además de las condiciones socioeconómicas y técnicas que definen las formas productivas, se nos escapa un tercer factor que debería ser tenido en cuenta: la percepción de las cualidades de la tierra por las poblaciones antiguas y su capacidad de distinguir sus usos potenciales (Verhagen 2002). Para época romana contamos con el testimonio de los agrónomos para otras zonas del Imperio, pero no podemos saber si los grupos indígenas prerromanos y romanos del Noroeste de la Península Ibérica distinguían uno, dos o más tipos de tierra. A partir de los tipos ideales de agricultura mencionados he establecido una división equivalente de tipos de tierra, ampliada con un tercero de uso nulo, correspondiente a zonas donde a priori cualquier práctica agrícola es imposible. Las tierras de uso intensivo ocupan el fondo de los valles. Son suelos pesados, ricos en nutrientes, sin litosoles ni zonas pedregosas significativas. Permiten el desarrollo de una agricultura intensiva, con ciclos cortos y rotaciones complejas, susceptible de aportar varias cosechas al año. Las tierras de uso extensivo tienen suelos ligeros, bien drenados. Sus limitaciones para una agricultura de ciclos largos están relacionadas con el clima o las características litológicas del suelo. Las tierras no aptas para la agricultura adolecen de importantes deficiencias debidas a la pendiente, las propiedades del suelo y las condiciones climáticas. Como permiten captar recursos silvícolas y cinegéticos se han definido como tierras de captación (Orejas 1996) pero, por mi parte, he mantenido el calificativo de nulo al enfocar el análisis a los usos agrícolas. Este esquema tripartito converge con el de algunos de los principales análisis del territorio del Noroeste que han clasificado la tierra en función de los usos posibles en época antigua. A. Orejas (1996) divide el uso potencial de los recursos entre "secano" (A y B), "regadío" y "captación". El modelo de X. Carballo (2001) se basa en tres tipos de usos: de alta calidad, de baja calidad y no cultivable. El de C. Parcero (2002) los divide en aprovechamiento potencial intensivo, extensivo y nulo. La presente reclasificación del MCPSG se basa estrictamente en las condiciones de producción que se pueden deducir del registro arqueológico. No implica a priori una periodización o una jerarquización entre los usos potenciales, ni mucho menos la identificación de un uso determinado con una etapa histórica o una forma concreta de poblamiento. El hecho de que desde el inicio de la Edad del Hierro pudiera desarrollarse una agricultura intensiva, basada en ciclos complejos y con dos cosechas anuales, nos invita a dejar de lado la explicación de los usos potenciales en un sentido evolutivo. Además, la disponibilidad de medios técnicos para una forma agrícola determinada no exige su puesta en práctica en esos mismos términos. El uso del MCPSG se ha centrado en dicho periodo pero se puede extender al mundo romano y la tardoantigüedad aunque sus formas respectivas de explotación agrícola son muy diferentes. Durante la Edad del Hierro se observa una progresiva intensificación agrícola en los procesos de reducción del polen arbóreo, cuya dinámica arranca en la Edad del Bronce (Aira et al. 1989; Martínez Cortizas et al. 2009). La llegada de Roma supone una ruptura inédita. La intensificación de la producción se refleja en la introducción de nuevos cultivos (Teira 2010b), el fuerte incremento en los procesos de deforestación (Kaal et al. 2011), el aumento proporcional de polen de cereal y el mayor peso de la ganadería (4). Los cambios no son solo tecnológicos si no que también afectan a la estructura socioeconómica al integrar en un sistema tributario a (4) Gran parte de los estudios polínicos llevados a cabo en el Noroeste son on-site (Aira et al. 1989). Los recientes estudios off-site en turberas han aportado una visión mucho más precisa y ajustada para comprender la evolución del paisaje agrario. Paleoambiente y antropización en Asturias durante el Holoceno. Tesis doctoral inédita, Universidad Autónoma de Madrid) ha documentado los cambios relacionados con una intensificación de la producción a partir del cambio de era en Asturias. Es de especial relevancia el estudio de N. Silva Sánchez (2010. Cambios ambientales en los últimos 3000 años en el sector occidental de la sierra del Bocelo a partir de indicadores geoquímicos y palinológicos. Memoria de licenciatura inédita, Universidade de Santiago de Compostela) que revela la gran transformación ocurrida a partir de la conquista romana en O Bocelo donde, aparentemente, la presencia de Roma era menor (Criado 1992). comunidades regidas hasta la fecha por una economía fundamentalmente orientada hacia la autosuficiencia (Orejas y Sastre 1999). La validez del mapa de usos potenciales de la tierra en el análisis del poblamiento a largo plazo reside en recoger un uso potencial, no uno objetivo. Es pertinente su utilización en relación con formas de economía campesina con un grado de desarrollo similar en lo esencial, en comparaciones orientadas a la comprensión de procesos históricos de cambio, comprendidos entre la Edad del Bronce Final y la Alta Edad Media. He elaborado el "Mapa de usos potenciales de la tierra de Galicia" (MUPTGA) (Fig. 1) mediante unos criterios de conversión, basados en la valoración histórica propuesta, que reducen los parámetros de todas las unidades fisiográficas contenidas en la base cartográfica a solo tres de carácter potencial. Siguiendo los criterios de conversión del MCPSG, establezco la reclasificación en 3 usos potenciales en función de la mayor o menor aptitud de las cualidades de la tierra para el desarrollo de cada tipo de agricultura (Tab. Mi referente principal en la valoración son las características estructurales de la tierra: pendiente, porcentaje de afloramientos, profundidad del suelo y riesgo de erosión. Criterios análogos en términos generales a los aplicados por C. Parcero (2002) para la misma fuente y por X. Carballo (2001). Las tierras clasificadas como A B C C suelen presentar mejores condiciones para la agricultura intensiva, las tierras D D E para una agricultura extensiva y las F G son improductivas desde el punto de vista agrícola. Las tierras C y D, originales D y E, se han tomado en su modo mejorado. La documentación de formas de preparación del terreno agrícola tanto en la Protohistoria (Parcero 2002) como en época romana (Ruiz del Árbol 2005; Sánchez-Palencia et al. 2014), permite establecer que el espacio de cultivo sí era susceptible de ser transformado con el fin de mejorar la producción. A pesar de todo, en esta reclasificación las zonas aterrazadas con una pendiente superior al 40% no han sido consideradas como aptas para el cultivo. Las condiciones térmicas no son especialmente desfavorables en Galicia para el desarrollo de la agricultura, salvo donde el riesgo de heladas puede representar un factor limitante. En las tierras de tipo L, M y P es posible el cultivo, frente al tipo N. El tipo M marca las tierras aptas para el maíz. Me parece una valoración muy restrictiva que puede ser válida como criterio de discriminación desde un punto de vista comparado en estudios comarcales concretos (Fábrega 2005) pero que plantea más problemas a escala regional. Casi toda la mitad occidental del territorio se ajusta a un régimen de heladas P o T por lo que, si se toma el tipo M como límite del uso intensivo, se genera una simplificación que elimina los matices en el uso potencial de la tierra. El tipo T constriñe la posibilidad de producir trigo. Son tierras donde la agricultura, al recurrir a especies más resistentes como la cebada o el mijo, reduce -aunque no excluye-la eventualidad de lograr dos cosechas anuales. Así, las tierras clasificadas como intensivas sometidas a un riesgo de heladas superior a los 7 meses al año (tipo T) han sido incluidas en bloque en el rango de tierras de potencial extensivo. Esta circunstancia concurre principalmente en las sierras sudorientales de Galicia, donde la amplitud térmica anual es mayor y la temperatura media menor (Martínez Cortizas y Pérez Alberti 1999). El régimen hídrico no representa en términos globales una restricción considerable en el Noroeste. La mayoría de los suelos tiene unas condiciones adecuadas y un déficit de precipitación en general menor de 90 días anuales (tipos 5, 6 y 7): un margen poco significativo que no afecta al desarrollo de una agricultura de secano. Solo en el extremo sudoriental de Galicia y en la cuenca media del Miño el déficit de precipitación supera los 90 días anuales (tipos 8 y 9) (Martínez y Pérez 1999). Estos tipos suponen una devaluación en la clasificación de la tierra, de modo que un uso potencial intensivo tipo 8 se convierte en un uso extensivo, y un uso extensivo tipo 9 se convierte en un uso nulo. La mayoría de los sue-los están bien drenados (≥ 4) menos en las zonas donde el exceso de agua durante todo o gran parte del año hace inviable cualquier forma de cultivo salvo que se lleven a cabo grandes trabajos de desecación. Por esta circunstancia, propia de las marismas o humedales interiores, pero también de suelos mal drenados, esas tierras se categorizan entre los tipos 1 y 3. A efectos del análisis todas han sido reclasificadas como tierras de uso agrícola potencial nulo. Es pertinente recordar aquí que para las variables climáticas me atengo a los parámetros, modernos, recogidos en el MCPSG. Un análisis más contextual exige en principio una aproximación paleoclimática (Verhagen 2002) que existe con carácter general (Font Tullot 1988) y específico para el Noroeste (Martínez Cortizas y Pérez Alberti 1999; Fábregas et al. 2003; Martínez Cortizas et al. 2009). Sería necesario determinar si las importantes oscilaciones en el régimen térmico y pluvial documentadas desde el 3.500 con el periodo neoglaciar, su final en torno al 1.500 a.C. o el periodo cálido romano iniciado con el cambio de era fueron un factor de alteración sustancial de las formas agrícolas. La disponibilidad de nutrientes es una categoría muy poco significativa. La litología es un factor determinante en la calidad de los suelos, pero es muy poco relevante para el análisis de las tierras de Galicia. En su práctica totalidad son edáficamente pobres debido a su elevado grado de acidez (Ph entre 4,5 y 5). Esta carencia histórica sólo fue compensada en fechas recientes con la introducción del uso sistemático de nutrientes. La excepción es el área noroccidental con una disponibilidad media de nutrientes concentrada en torno al complejo esquistoso de Ordes (tipo 3). Pero la marcada circunscripción territorial de es- Tab. Criterios de conversión del Mapa de Capacidad Productiva de los Suelos de Galicia a la reclasificación en tierras con tres usos potenciales de producción agrícola. tas condiciones desaconseja servirse de este parámetro en la evaluación de los usos potenciales de la tierra. Los criterios de conversión que se han propuesto para el MCPSG pueden aplicarse directamente a cualquier otro mapa de capacidades de la tierra. Esta metodología estandarizada basada en los criterios de la FAO permite acometer tanto estudios comparativos a una escala amplia, como integrales mediante la convergencia de trabajos limítrofes. Por ejemplo, en mi investigación sobre la evolución de las formas de organización del territorio en la cuenca del Baixo Miño entre la Edad del Hierro y la integración en el Imperio romano combiné el MCPSG con la Carta dos solos e da aptidão da terra de entre-Douro e Minho (Anón. Ello permitió un estudio integrado del valle del Baixo Miño, trascendiendo la artificialidad de las fronteras modernas (Fig. 2). LA CARTOGRAFÍA DE LOS USOS DEL SUELO EN GALICIA: UN ANáLISIS COMPARADO La importancia del MCPSG como base para estudiar la potencialidad productiva del territorio en arqueología del paisaje se pone de relieve al compararlo con otras fuentes cartográficas alternativas. Para contrastar las diferencias entre los mapas de clases agrológicas y de usos y la cartografía basada en las capacidades de la tierra, he tomado como ejemplo la hoja 48 (una zona del norte de Lugo) del Mapa Topográfico Nacional, escala 1:50.000 (Fig. 3). No hay ningún criterio válido para reclasificar estos tipos de suelo en clave histórica. Los usos actuales distorsionan la potencialidad real de la tierra y plasman exclusivamente la racionalidad económica y las condiciones tecnológicas de un momento concreto, así como las circunstancias contingentes que le afectan. Se podría argumentar que la identificación del uso actual de las especies más exigentes eventualmente permitiría determinar las tierras de uso potencial intensivo. Sin embargo lo que se iden-tifica en realidad es un uso actual, socialmente determinado, cuya delimitación es circunstancial y no se acomoda necesariamente al potencial real del territorio. La arbitrariedad de los mapas de usos se aprecia con toda claridad al comparar el CLC con los usos del suelo en los 1950. He tomado como referencia la hoja I-48 del Mapa Topográfico Nacional, escala 1:25.000, trazando sobre ella la fotointerpretación de los usos del suelo a partir del mosaico ortorrectificado con la fotografía del "vuelo americano" (5) (ca. Se observan importantes cambios en la explotación de la tierra tanto en la cartografía como en la superficie dedicada a cada uso (Fig. 4). Se puede decir que la práctica totalidad de la superficie se explotaba según el sistema agrario de la Galicia campesina. Incluso las zonas de uso forestal aparecen como pequeñas parcelas distribuidas entre los terrenos de cultivo, destinadas a la explotación silvícola. En la década de los 2000, la transformación de la explotación del territorio causada por los cambios en la estructura socioeconómica se hace evidente. La superficie de uso forestal, muy incrementada con los procesos de repoblación, se ha multiplicado por 15, 2.301,2 ha (18,9%), mientras que las tierras de aprovechamiento agrícola se reducen a 9.880,3 ha, de las que el 35% (3495,2 ha) tienen zonas con vegetación. Ello muestra el progresivo abandono del campo. El Mapa de Clases Agrológicas (MCA) en su hoja 48 define 8 tipos de suelo en función de las limitaciones para el cultivo. Como la misma fuente establece de partida una división en 4 clases, la única reclasificación viable controlada por criterios históricos consiste en reducirla a 3 usos potenciales. Las clases I, II y III correspondientes al "laboreo sistemático" han sido identificadas con el uso potencial intensivo; la clase IV, de "laboreo ocasional", como de uso potencial extensivo y las clases V, VI y VII "no laborables" y la VIII "improductivo", como de uso potencial agrícola nulo. Las zonas cartografiadas como urbanas han sido reclasificadas por extrapolación. Al comparar el MCA con la reclasificación del MCPSG en usos potenciales se observan claramente las diferencias. El Mapa de usos potenciales de la tierra de Galicia (MUPTGA) ofrece una mayor generalización: su escala más amplia contrasta con la mayor definición de las otras dos fuentes. Como contrapartida, su diferenciación mucho más matizada de los tipos de tierra permite valorarlos desde un punto de vista diacrónico. Los criterios económicos presentistas para evaluar la tierra impiden comprender el empleo de lógicas económicas alternas. El análisis de los sistemas productivos de la agricultura de la antigüedad requiere otra óptica que la que busca el desarrollo de una agricultura intensiva con fines de mercado. El MUPTGA presenta una herramienta alternativa orientada a la visión integral del poblamiento y de su relación con los recursos. Su aplicación a las zonas que deberían ser consideradas como de potencial nulo es muy expresiva. Estas tierras muy pesadas, formadas por sue-los cuya elevada acumulación de agua supone un inconveniente para el desarrollo de la agricultura, aparecen como tierras de cultivo en el MCA y el CLC. Sin embargo desde la perspectiva de la agricultura antigua son poco aptas. Al contrario los suelos más ligeros y drenados, poco productivos para la lógica moderna según el MCA y el CLC, se consideran en el MUPTGA especialmente aptos para una economía preindustrial. En resumen, el MCA y el CLC esconden la multitud de usos posibles del suelo por distintas formas económicas. En la zona tomada como ejemplo, el MCA clasifica como improductiva o no laborable una gran extensión de tierra localizada en el cuarto oriental del mapa. Sin embargo allí el MUPTGA recoge importantes áreas con un predominio de pendientes inferiores al 25% y sin restricciones edafológicas destacables en donde sí es posible una agricultura extensiva. Cuantitativamente la superficie total de tierra de uso potencial extensivo es de 11.863,5 ha en el MCA, mientras que en el MUPTGA asciende a: 19.400 ha (Fig. 4). Esta discrepancia tiene su correlato en la evaluación de la tierra de potencial nulo: sólo 7.855,13 ha en el MUPTGA frente a las 15.988 ha del MCA. Es evidente el sesgo presentista de los mapas de clases. PROCEDIMIENTO PARA LA DIGITALIzACIÓN DEL MAPA Una vez determinados los criterios para la conversión del MCPSG en función de sus usos potenciales, procedí a la digitalización y georreferenciación del mapa resultante. La conversión del MUPTGA a un formato digital compatible con el análisis territorial mediante SIG hace posible su aplicación en diferentes estudios territoriales, tanto a una escala local o comarcal, como con un carácter extensivo a nivel de todo el territorio gallego. Escaneé las 19 hojas que componen el MCPSG y las ensamblé dando forma a un mosaico, empleando el software Adobe Photoshop CS4®. Según los criterios establecidos, coloreé cada una de las unidades fisiográficas conforme a un código de tres colores correspondiente con los tres usos potenciales del suelo. El tratamiento mediante el software ArcGis 9.3® permite la vectorización automática de una imagen ráster. Para la vectorización creé una imagen del mapa de usos potenciales de Galicia compuesta por tres únicos valores de píxel, cada uno identificado con un uso potencial. Previamente filtré la imagen original con Adobe Photoshop CS4® hasta eliminar los bordes que en la cartografía delimitan las unidades fisiográficas y establecí una corrección selectiva de elementos como carreteras, núcleos urbanos, toponimia, etc. que suponen un ruido añadido. Como paso previo a la vectorización final de la imagen, mediante una reclasificación con ArcGis 9.3® fijé los tres valores de pixel. La georreferenciación del documento digitalizado presenta varios inconvenientes derivados de la escala de partida del MCPSG: 1:200.000 elaborada a partir de una base original a 1:50.000. Como la escala de los análisis de territorio desde la arqueología del paisaje suele ser mucho menor, se requiere una ubicación precisa de las unidades fisiográficas identificadas en el MCPSG para evitar generar una discordancia entre ambos niveles. Para maximizar la precisión cartográfica del MCPSG, llevé a cabo la georreferenciación sobre el MTN escala 1:25.000 mediante todos los elementos susceptibles de ser ubicados. Empleando el software ArcGis 9.3® me basé el borde del mapa como elemento clave, complementado con la localización de ríos, núcleos urbanos, y embalses. Tomé 310 puntos de control para la georreferenciación con un sistema de transformación de 2.o orden. Ello generó un error cuadrático medio ligeramente superior a los 300 m. Esta desviación, notablemente elevada, se explica por la discrepancia entre la precisión del trazado cartográfico del mapa de partida y la de los elementos tomados como referencia. Por ejemplo, existe una insalvable discordancia entre la representación del borde de Galicia en la cartografía 1:25.000 sobre la que he llevado a cabo la georreferenciación y en el MCPSG, donde posee una ancho de unos 150 m. He intentado reducir la imprecisión derivada de la conversión de la escala original supervisando el control de calidad por la pendiente. Sobre el Mapa Digital de Elevaciones (MDE) de 25 m reclasifiqué el mapa de pendientes, según los mismos intervalos empleados en la selección de tipos de suelo. La pendiente es uno de los factores principales en la determinación de las unidades fisiográficas del MCPSG, por lo que cotejarla con el mapa hace posible establecer una delimitación más precisa de los límites establecidos en las unidades fisiográficas en función de las formas del relieve. La discrepancia entre la base de referencia de escala 1:25.000 y la cartografía de partida de escala 1:200.000 produce una discordancia que se materializa particularmente en los bordes del mapa. La imposibilidad de hacer casar por completo los perfiles de ambas fuentes puede crear puntualmente una reducción o ampliación irreal del suelo accesible. Es cierto que el error por exceso no es un problema real pues los mapas de fricción ya pueden limitar por si mismos la accesibilidad a las partes que rebasan el mapa. Pero, con el fin de evitarlo, ajusté la extensión de la capa de usos del suelo a los límites de Galicia a escala 1:25.0000 y clasifiqué por extrapolación los espacios que quedaban vacíos. Como último paso, añadí una serie de correcciones sobre el mapa base, controladas por criterios históricos: eliminé elementos como los embalses o los núcleos urbanos, limpié la orla costera de transformaciones modernas e introduje elementos hoy desaparecidos, pero de gran peso, como A Lagoa de Antela, cuyos límites fueron fijados recurriendo a la cartografía histórica correspondiente a la primera edición del MTN a escala 1:50.000 (6). El resultado final es un archivo.shp compuesto por polígonos, reclasificados en tres tipos de uso potencial de la tierra. Las reflexiones de carácter teórico que se derivan de la elaboración del Mapa de usos potenciales de la tierra de Galicia pueden ser válidas para cualquier trabajo de análisis del territorio en términos productivos que maneje fuentes cartográficas de usos de la tierra. El MUPTGA no representa la realidad, sino una de sus posibles modelizaciones. Las tres clases de uso potencial de la tierra que incluye tie-nen un carácter estrictamente orientativo. Reflejan solo un uso ideal que nos sirve como referencia para ponderar la lógica seguida por las estrategias de poblamiento en la elección del emplazamiento. El MUPTGA presenta unas condiciones generales que pueden ser estudiadas desde un punto de vista diacrónico: no cartografía el uso concreto de la tierra en un momento específico. Es decir, los resultados de un análisis de accesibilidad basado en el MUPTGA son aproximados. Los datos sólo muestran la orientación productiva del yacimiento en términos cualitativos. La representatividad cartográfica del MUPTGA se debe entender igualmente como una modelización. Su cierto margen de error queda patente cuando se superpone sobre una base más precisa. Sin embargo, el inconveniente de esta escala puede ser obviado hasta cierto punto, al permitir una visión de conjunto e identificar las estrategias de poblamiento en función de unidades territoriales significativas (Mayoral 2004: 76). Como apuntan sus autores (Díaz-Fierros y Gil Sotre 1984: 33), el MCPSG aporta una escala válida a nivel parroquial, por lo que en conjunto puede ser representativo de la estructuración a nivel comarcal de la capacidad productiva de las tierras gallegas. Otra reducida en exceso podría definir unidades de tierra cuyo tamaño podría llevar a una diversificación poco significativa donde los "árboles no dejaran ver el bosque". El MUPTGA es una herramienta complementaria a manejar como parte de una metodología particular de análisis territorial. No tiene un valor aislado, ya que ninguna estrategia de poblamiento se define por un único parámetro. Necesariamente tiene que ser combinada con otras variables planteadas en función de las cuestiones que se derivan de un problema histórico (Fernández y Uriarte 2011). La ponderación del acceso a un tipo de tierra está mediatizada en primer lugar por los criterios que valoran la accesibilidad y las técnicas puestas en juego para la implementación de su cálculo: áreas perimetrales, polígonos de Thiessen, isocronas obtenidas por cálculos de coste establecidos en tiempo, etc. Pero estos resultados por si mismos carecen de valor si no son parte de un programa más amplio de análisis territorial. La arqueología del paisaje integra múltiples variables seleccionadas en función de las preguntas concretas suscitadas por la investigación. En este sentido, el MUPTGA no está concebido como parte de algo parecido a un "protocolo estándar" aplicable a la investigación arqueológica del territorio. El desarrollo tecnológico de los SIG y la consolidación metodológica de la arqueología del paisaje podrían llevar a replicar procedimientos analíticos aplicados a problemas históricos diferentes en momentos distintos, en vez de generar planteamientos metodológicos específicos derivados del problema histórico mismo. La repetición acrítica de una metodología puede conducir en última instancia a una falsa homogeneización de las interpretaciones históricas o simplemente a su replicación geográfica. El MUPTGA, como cualquier otro recurso técnico, no debe ser un factor condicionante del carácter metodológico de la investigación, de tal modo que pueda acabar formando parte de una hermenéutica determinada por los límites que imponen las herramientas, sin potencial para la interpretación histórica. En la investigación en arqueología del paisaje el conjunto de variables analizado y las herramientas necesarias deben estar indefectiblemente supeditados a los problemas históricos concretos. Volviendo al tema que nos ocupa, el MUPTGA puede tener un papel fundamental en la investigación o ser por el contrario una variable irrelevante. El MUPTGA no revela modelos agrícolas o económicos. No expresa las formas de acceso a la tierra de un sistema agrícola determinado, ni sus características específicas. El análisis territorial puede mostrar tendencias a ese respecto por parte de las formas de poblamiento, pero el conocimiento de los paisajes de la producción de un sistema socioeconómico tan solo se muestra cuando se interroga al registro en un sentido amplio y se obtiene una visión global (Parcero 2002). Puede ser significativo aislar un tipo de yacimiento, o un conjunto de yacimientos sincrónicos e identificar una preferencia en sus estrategias locacionales por un determinado tipo de tierra. Sin embargo definir el modelo económico y las formas técnicas con que se desarrolla un sistema agrícola y aportar una interpretación válida del mismo exige combinar distintas fuentes a partir de una lectura integral del registro. El MUPTGA no revela los usos reales de la tierra, sino la potencialidad de la misma. La re-clasificación que incorpora obedece a una idealización que busca ser significativa en el análisis territorial, pero que no tiene por qué corresponderse con los usos reales de un territorio. En realidad, la variabilidad en las formas de uso de la tierra en época antigua es enorme. Por ejemplo, las tierras de potencial intensivo vinculadas a un asentamiento no implican necesariamente que sus habitantes desarrollaran una agricultura compleja. En teoría, tierras de potencial intensivo pudieron cultivarse en un régimen extensivo basado en ciclos largos, y con una sola cosecha al año. Tierras de potencial extensivo o nulo pudieron llegar a ser más productivas por medio de aterrazamientos. Incluso tierras de potencial nulo pudieron ser empleadas por medio de sistemas extensivos. Pienso en el sistema de rozas o estivadas con gran peso en época moderna en gran parte de Galicia (Bouhier 1979) que permitía la explotación de zonas de montaña aparentemente no aptas para la agricultura. Una arqueología de los espacios agrícolas puede revelar las particularidades del uso de la tierra a nivel microespacial (Ruiz del Árbol 2005). El MUPTGA no participa a esta escala, ya que es solo una herramienta que valorando el potencial aspira a detectar posibles estrategias expresadas en la vinculación a un tipo determinado de tierra. El MUPTGA no permite acceder a las características de las formas de explotación de un asentamiento singular. Ese estudio exige trabajar a una escala mucho más reducida en donde este mapa pierde toda su significación. A nivel del yacimiento los mapas de usos potenciales de la tierra, sea cual sea su escala, pueden funcionar en un sentido complementario, pero la investigación exige la puesta en práctica de alternativas más específicas como el uso de fotografía aérea, prospecciones sistemáticas, muestreos y sondeos arqueológicos (Ruiz del Árbol 2005; Orejas y Ruiz del Árbol 2008). Las islas Cíes ilustran este extremo. El MUPTGA las caracteriza en su totalidad por un suelo muy pobre, sometido a fuerte erosión y con un máximo déficit hídrico. Sin embargo, hay en la isla un poblado protohistórico (Carballo et al. 1998) y un poblamiento histórico que llega casi hasta la actualidad, lo que denota la existencia de algún tipo de producción agrícola. La causa fundamental de esta discrepancia entre el MUPTGA y los datos históricos es la escala tan amplia de los datos de partida. Una fotointerpretación de detalle muestra zonas propicias para una agricultura de secano junto con otras donde es posible incluso una agricultura intensiva por medio de aterrazamientos. Por otro lado, la práctica de una agricultura de carácter extensivo pudo haberse adecuado perfectamente a suelos ligeros con altos niveles de pedregosidad. La información del MUPTGA solo tiene sentido en su uso comparado. Los estudios territoriales llevados a cabo desde la arqueología del paisaje no son válidos en su aplicación a un caso concreto aislado, o en la comparación de un número limitado de ellos seleccionados en función de criterios contingentes. La comprensión de los procesos históricos pasa por la evaluación del territorio a escala regional (Orejas 2006). El valor del MUPTGA es relativo ya que no fija en términos absolutos el acceso a un tipo de tierra, sino que muestra tendencias y estrategias territoriales socialmente significativas, que se ponen en evidencia en el análisis comparado de una muestra geográficamente representativa. El MUPTGA cobra sentido en escalas amplias, en estudios territoriales de escala regional en donde el acceso a un tipo determinado de tierras puede ser significativo de un proceso histórico concreto. Hay cuestiones históricamente relevantes sólo accesibles a partir del trabajo con un volumen de información regionalmente significativo. Entre ellas están las relativas a la existencia de un paisaje organizado en un sentido orgánico o mecánico, de relaciones de dependencia o complementariedad económica, de formas de hábitat especializado, de tendencias aislacionistas o integradoras, etc. El MUPTGA aporta la información más esclarecedora en el análisis diacrónico del territorio combinado con la perspectiva comparada. Los procesos históricos de cambio pueden ir acompañados de transformaciones en las estrategias territoriales y en las formas socioeconómicas. El análisis del acceso a la tierra puede ser una herramienta fundamental para detectarlos y explicarlos. Este trabajo se enmarca en los proyectos de investigación "Paisajes de dominación y resistencia. Procesos de apropiación y control social y territorial en el noroeste hispano (PADORE) Clase Régimen hídrico Exceso de Agua 1 (2) Ambos disponibles en el Centro Nacional de Información Cartográfica: http://centrodedescargas.cnig.es/ CentroDescargas/ inicio.do (consulta 11-XII-2013).
En este trabajo se presentan datos inéditos acerca de tres asentamientos al aire libre situados en el llano prelitoral del Penedès (Barcelona) con ocupaciones del Neolítico inicial: el hábitat de Les Guixeres de Vilobí y las agrupaciones de silos-fosas de La Serreta y el Mas d'en Boixos. Se estudian sus materiales cerámicos y 5 fechas radiocarbónicas inéditas en el marco de la discusión sobre el Neolítico antiguo del nordeste de la Península Ibérica y de la neolitización del Mediterráneo occidental. Se propone que esta zona fue clave y con cierta densidad poblacional durante las primeras fases neolíticas y comparable a enclaves emblemáticos como el cercano valle del Llobregat (Garraf-llano de Barcelona y Vallès) o la zona alicantina. La antigüedad de las fechas obtenidas aporta nuevos datos al debate acerca del primer neolítico en la Península Ibérica. INTRODUCCIÓN AL MEDIO GEOGRáFICO El Penedès es uno de los enclaves con mayor concentración de yacimientos del Neolítico antiguo Cardial de la Península Ibérica. Desde la publicación en 1932 de las excavaciones de Martí Grivé en l'Esquerda de les Roques del Pany, se han documentado un total de 26 al aire libre o en cueva/abrigo. La situación geográfica y el contexto geomorfológico de la zona son los principales argumentos para esta densa ocupación. El estudio de los materiales cerámicos ha contado con el rico registro del hábitat de Les Guixeres de Vilobí, en parte publicado a principios de los 1980de los (Mestres 1981de los -1982) ). En el resto de los yacimientos (silos/fosas), con menor número de efectivos, los fragmentos de diferentes estructuras se han reunido para contar con un conjunto más representativo estadísticamente. Las 5 fechas radiocarbónicas publicadas en este trabajo son las primeras que se obtienen para este territorio del Neolítico antiguo. Sobre esta base se pretende actualizar y validar los datos existentes en la zona integrándolos en las discusiones sobre la neolitización peninsular. El Penedès forma parte de la llamada Depresión Prelitoral Catalana, una región natural e histórica, extendida por el litoral y prelitoral central catalán, hasta el Camp de Tarragona. La forman las actuales comarcas del Alt y Baix Penedès y del Garraf. Está integrada en el Sistema Mediterráneo Catalán, cuyas cuatro unidades de relieve son una cordillera prelitoral, una depresión prelitoral, una cordillera litoral o de marina y un llano litoral discontinuo. El artículo se centra en la depresión cuyas cuencas drenan el río Llobregat, a través de su afluente el Anoia, el río Foix y otros menores. Tiene unos 42 km de longitud en sentido NE-SO y unos 15 km de anchura máxima. Es una llanura de relieve bastante irregular donde se alternan superficies horizontales con pequeñas elevaciones, a menudo recortadas por una ramificada red fluvial. Con la división provincial el Penedès, y la depresión citada, quedó repartido entre las de Barcelona (Alt Penedès y Garraf) y Tarragona (Baix Penedès) (Fig. 1). Los yacimientos considerados en el presente artículo se localizan en el territorio siguiendo patrones frecuentes durante la prehistoria reciente. Al aire libre se centran en la Depresión Prelitoral entre 180-340 m.s.n.m. en torno al núcleo de Vilafranca del Penedès (La Serreta y Vinya d'en Pau) sobre todo en la vertiente de suaves elevaciones (303 m.s.n.m.) de la montaña de Sant Pau (Mas d'en Boixos). Las cuevas y abrigos se hallan mucho más dispersos por el territorio pero, en mayor medida, en la Cordillera Prelitoral que en la Litoral a alturas de hasta 800 m.s.n.m. Los asentamientos son heterogéneos, ya que las condiciones de habitabilidad de las cavidades, a excepción de las Covas del Bolet y la Guineu, son escasas BREvE hISTORIA DE LA INvESTIGACIÓN EN EL PENEDèS Las primeras noticias sobre la fase neolítica se relacionan con la publicación de la excavación de Martí Grivé (Baldellou et al. 1989) del emblemático y rico yacimiento de l'Esquerda de les Roques del Pany (Torrelles de Foix) en 1932. Esos trabajos permiten una primera aproximación cronológica al fenómeno cardial, al situar sus elementos materiales en un estrato subyacente a un paquete con cerámicas carenadas (argáricas según Grivé) y campaniformes. En 1972 Vicente Baldellou llevó a cabo una campaña arqueológica en la Cova del Bolet (Mediona). Realizó 5 sondeos de 4 m 2, cuatro en el vestíbulo y otro en el exterior. Solo se recuperó un efectivo cerámico in situ de los niveles más antiguos con una decoración inciso-impresa (E3 estrato II) que recuerda a un horizonte Epicardial. Los restantes efectivos parecen corresponder a ocupaciones postcardiales (Baldellou 1979(Baldellou -1980) ). Sin embargo se conoce un lote de materiales cardiales muy importante de este yacimiento (Giró 1947(Giró -1948)), procedente de excavaciones previas no reguladas. Les Guixeres de Vilobí (Sant Martí Sarroca) es un asentamiento al aire libre emblemático de esta zona, situado en una pequeña elevación de materiales cretácicos a 330 m.s.n.m. Fue excavado durante 1974 y de 1981 a 1984 con metodología moderna: cuadrícula, representación tridimensional del material arqueológico, documentación de estructuras, etc. Se identificaron numerosos estratos y estructuras que se resumen en tres fases de ocupación que comprenden todo el Neolítico antiguo y el Neolítico medio inicial (Cardial, Epicardial y Postcardial Molinot). Probablemente se trate del primer hábitat estricto (campos de silos aparte) de cronología cardial (Baldellou y Mestres 1981; Mestres 1987) definido en la Península Ibérica. Más adelante se profundizará en su análisis. La Cova de la Guineu (Font-rubí) está situada a 800 m.s.n.m. en la cima de la Plana Pineda, al occidente del llano del Penedès. En proceso de excavación desde 1983, su larga secuencia ocupacional se inicia en el Epipaleolítico microlaminar (Equip Guineu 1995; Bergadà et al. 2005). El nivel del Neolítico antiguo Postcardial de facies Molinot parece romper uno previo con cerámicas cardiales lo que, unido a la intensa actuación de animales cavadores, ha impedido hasta el momento documentar in situ la ocupación del Neo-lítico antiguo Cardial. El conjunto de cerámicas impresas es muy importante y se asocia a una interesante industria ósea con punzones, cucharas y anillos. A. Cebrià, J. I. Morales y X. Oms prevén excavar en los próximos años los niveles cardiales intactos aparecidos bajo un gran bloque desprendido de la visera (Fig. 2). La arqueología preventiva desde la década de los 1990 ha permitido documentar nuevos asentamientos con vestigios cardiales o epicardiales. Presentan un máximo de 9 estructuras negativas de tipo silo/fosa, pequeñas y más o menos cercanas. Algunos cuentan con memoria de excavación y otros han sido parcialmente publicados. Destacamos el Mas d'en Boixos (Pacs del Penedès) donde entre 1999 y 2008 se han excavado en campañas preventivas un total de 459 con grandes concentraciones de estructuras postcardiales, de la Edad del Bronce inicial y de la Primera Edad del Hierro. En estos últimos años se han excavado, además, tres silos cardiales y uno epicardial en La Serreta (Vilafranca del Penedès) (Esteve et al. 2012) y otro cardial en la Vinya d'en Pau en el transcurso de obras viarias a su paso por Vilafranca del Penedès. Para este trabajo nos hemos centrado en los asentamientos de Les Guixeres de Vilobí, La Serreta y Mas d'en Boixos por tratarse de yacimientos al aire libre con datos mayormente inéditos. Enclaves emblemáticos del Penedès como la Cova de la Guineu, la Cova del Bolet y l'Esquerda de les Roques del Pany serán tratados en futuros trabajos de contextualización de los ámbitos de la sierra prelitoral. NUEvOS DATOS Para este estudio se han fechado por AMS muestras de cada una de las estructuras cardiales de La Serreta. El material seleccionado fue carbón recogido manualmente durante los trabajos arqueológicos por ausencia de restos zooarqueológicos o carpológicos por flotación. Se intentó la identificación taxonómica de las muestras para elegir las consideradas de vida corta. Solo se logró en las estructuras E61 y E79, donde se utilizaron sendos carbones de ramitas de Arbutus unedo, un taxón que consideramos más adecuado para la datación que otros potencialmente más longevos (Quercus p.ej.). De la estructura E59 se escogió un fragmento de Angiosperma indeterminada. Los silos de Mas d'en Boixos no se pudieron datar porque durante su excavación no se recogieron macrorestos vegetales ni se flotó sedimento (1). Se prefirió no datar restos malacológicos (Tab. Las fechas de La Serreta y OxA-26069 de Les Guixeres muestran cierta homogeneidad. En cambio, OxA-26068 de Les Guixeres es más antigua y sólo coincide en los extremos de la horquilla (a 2σ) con las anteriores. El contexto arqueológico de procedencia de la muestra (estratos basales de la estructura principal) y su naturaleza (vida corta y doméstica) dotan de alta fiabilidad a la datación. Las fechas obtenidas para ambos yacimientos concuerdan de manera óptima con las horquillas asumibles para el Neolítico inicial catalán (Morales et al. 2010) y suponen las primeras obtenidas para esta cronología en el Penedès. YACIMIENTOS ESTUDIADOS: ESTRATIGRAFÍA, ESTRUCTURAS Y CONTENIDO ARqUEOLÓGICO Como recordaremos, en la zona del Penedès se conocen numerosos yacimientos pertenecientes a las primeras fases neolíticas, de los cuales un número importante son al aire libre. Caracterizamos los incluidos en este estudio: Les Guixeres de Vilobí, un hábitat complejo con gran estructura central, fosas y agujeros de poste y los de La Serreta y Mas d'en Boixos con agrupaciones de estructuras negativas de tipo silo. La superficie excavada en Les Guixeres de Vilobí (Sant Martí Sarroca) fue de 127 m 2. Destacamos una gran estructura negativa de 12 m de longitud máxima y 6 m de ancho, con una potencia máxima de 60 cm en la zona central. La funcionalidad primaria de esta depresión no se ha definido. Estaba colmatada por restos arqueológicos heterogéneos, a modo de hábitat abandonado o simple basurero. En su relleno se documentó una estructura de combustión de 150 cm de diá-metro máximo y 25 cm de potencia. En algunos tramos del contacto con el substrato de yesos, estaban incrustados numerosos fragmentos cerámicos planos. Esta gran estructura se relacionaba con otras tres ovales, alineadas, de 50-60 cm de diámetro y 40 cm de potencia, rellenas de bloques e interpretadas como agujeros de poste de gran tamaño, así como con una cuarta, próxima, de tipo silo. La secuencia estratigráfica de todo el yacimiento tiene escasa potencia (70 cm en la zona sin estructuras negativas) y es bastante homogé-nea y relativamente simple. Se reduce a tres fases: un primer horizonte (C) con materiales pertenecientes al Neolítico antiguo Postcardial con cerámicas peinadas (tipo Molinot); un segundo horizonte (B), poco potente, con materiales impresos, incisos y plásticos que se pueden situar bien en un Neolítico Epicardial y un horizonte basal (A) de unos 35 cm de potencia con un rico conjunto de materiales cardiales (Baldellou y Mestres 1981; Mestres 1981Mestres -82, 1987) (Fig. 3). Según el estudio arqueozoológico de las fases más antiguas, predominan los ovicápridos (56,6%) Fig. 3. Cerámicas cardiales del Neolítico Cardial de la comarca del Penedès de Les Guixeres de Vilobí, Horizonte A (dibujo J. Mestres). frente a suidos y bóvidos. Los taxones salvajes, muy minoritarios, se reducen al ciervo (3,77%) y quizá el conejo (c. La industria lítica del Horizonte A es muy numerosa (2073 restos). En su mayoría está realizada sobre sílex, local y foráneo, con presencia puntual de cuarzo, jaspe y cristal de roca. Destacamos la neta superioridad de las lascas (75,1%) sobre las láminas (24,8%). Predominan como soportes las lascas cortas estrechas y cortas anchas. Los núcleos poliédricos y prismáticos (c. 65%) son los más representados. Los 23 geométricos son 1 segmento con retoque abrupto, 4 triángulos con retoque plano bifacial y 18 trapecios simétricos, asimétricos o con lados cóncavos, con retoques planos o abruptos (Mestres 1987). La Serreta (Vilafranca del Penedès) es otro asentamiento al aire libre con 89 estructuras negativas, la mayoría de tipo fosa/silo y pertenecientes al Neolítico Postcardial Molinot y al Neolítico medio (Esteve et al. 2012) (Fig. 4). Las E59, E61 y E79, muy cercanas, de donde proceden las muestras fechadas, son todas estructuras de tipo silo. Contienen cerámicas cardiales y se hallan a cotas entre 180-190 m.s.n.m. La E59 tiene una abertura documentada de 110 cm y una profundidad de 15 cm. El perfil, con una erosión importante, es de tendencia abierta. Se identificaron dos niveles de relleno. Uno estaba repleto de clastos centimétricos quemados. El otro parecía poco antropizado y probablemente era una pared caida. La estructura contenía escasa industria lítica, un fragmento de núcleo y láminas retocadas en sílex, así como fragmentos de macroutillaje. La E61 tenía un diámetro máximo de 85cm, una potencia entre 35-45 cm y sección troncocónica, afectada en un tercio por un servicio telefónico reciente. Se diferenciaron hasta seis unidades estratigráficas, en su gran mayoría muy orgánicas. A pesar de ello, no se recuperaron restos faunísticos y apenas líticos (algún núcleo y láminas en sílex y jaspe). La E79 tenía un diámetro máximo de 135 cm y una profundidad conservada de unos 30 cm. Una de las tres unidades estratigráficas definida era rica en bloques y clastos angulosos, algunos quemados. Entre los materiales no cerámicos destacan fragmentos de molino y alguna lámina en cristal de roca. Del asentamiento de Mas d'en Boixos (Pacs del Penedès) se conocen hasta cinco estructuras con materiales cardiales (Fig. 4). Solo en dos (campaña de Álex Vidal en 2004) no están mezclados con otros de filiación Epicardial y Postcardial. Se trata de la E-299, un silo globular con una potencia de 66 cm y un diámetro máximo de 100 cm y de la E-337, una cubeta de 22 cm de potencia y un diámetro máximo de 93 cm. Además de los restos cerámicos, en la E-299 se recuperaron tres conchas de Cardium y algunas lascas de sílex y en la E-337 un Cardium perforado y un núcleo poliédrico de jaspe. No se hallaron restos arqueozoológicos, ni se conservó sedimento para su flotación (2). LA DECORACIÓN CERáMICA EN LOS YACIMIENTOS ESTUDIADOS El registro cerámico disponible está muy fracturado. Nos hemos aproximado al número mínimo de vasos a partir de criterios macroscópicos (morfología, decoración, cocción, acabados, etc.). En este contexto el recuento de fragmentos decorados depende de que nos refiramos a su número total o al de vasos identificados, ya que varios con la misma o distinta decoración pueden pertenecer al mismo vaso. Lo segundo explica que el total de decoraciones suela ser más elevado que el de fragmentos. En este trabajo, y para poder comparar nuestros resultados con los publicados por la gran mayoría de los colegas en Cataluña, definiremos las decoraciones por número de fragmentos. La impresión cardial supera algo el 81% del conjunto. Aparece sobre un cordón en el 3,91% de los casos. Un fragmento está decorado con gradina (0,4%). Los cordones lisos de escaso relieve (en posición horizontal o vertical) completan con un 14,45% los efectivos. La elevada rotura dificulta el cálculo exacto del número mínimo de vasos (supuesto en más de 1200, casi 300 decorados), así como de los decorados con más de una técnica o motivo. Las estructuras negativas ligadas al Horizonte A disponen de 43 efectivos, de los cuales sólo 2 se 1. ornamentan (cordones lisos). Por su escasa cuantía excluimos este conjunto de los recuentos (Tab. En las tres estructuras tipo silo de La Serreta, se han recuperado 72 fragmentos cerámicos (39,1% decorados), correspondientes a un mínimo de 51 vasos (14 decorados). Los efectivos con decoración cardial (sobre pared y cordón) suponen casi el 65% del total. Los cordones lisos superan el 30%. Otras decoraciones tienen poca representatividad. Del silo E-299 y de la cubeta E-337 de Mas d'en Boixos proceden 57 fragmentos cerámicos, asignados a un mínimo de 21 vasos, de los cuales 19 (33,3%) están decorados (correspondientes a 9 vasos). Solo uno tiene cordones lisos aplicados. Las características de los motivos y las técnicas del conjunto, salvo las excepciones que comentaremos, son las más clásicas del escenario Cardial zonado o franco-ibérico. Predominan las franjas horizontales de impresiones cardiales, a veces intermitentes y de diferente grosor, desde finas y esbeltas a gruesas formaciones que cubren todo el tercio superior del vaso (Figs. Son franjas simples, únicas o dobles paralelas, y en contadas ocasiones más numerosas (Esquerda de les Roques del Pany o vaso 2 de Guineu) (Fig. 2). A veces las forman espigas horizontales o de ellas se desprenden impresiones sueltas en flecos oblicuos. Por último, a partir de las franjas horizontales cardiales se desarrollan otras verticales, con motivos simples o complejos en espiga. Las franjas cortadas formando metopas no son habituales, pero existen en casi todos los conjuntos cardiales del Penedès (en este estudio Les Guixeres Horizonte A, Fig. 3: 1; Mas d'en Boixos, Fig. 4: 6). En general, la decoración cardial se dispone en posición o perpendicular con el borde dentado u oblicua. La impresión pivotante de corto recorrido es ocasional (Les Guixeres, Fig. 3: 14). El cardial arrastrado es muy minoritario en estos conjuntos. Aparece en Mas d'en Boixos E-299, en un efectivo de La Serreta E-59 y en otros contados de Les Guixeres A. Cuando las impresiones cardiales se dan sobre cordón horizontal, suelen oponerse oblicuamente como espigas parciales (Figs. Los cordones lisos (casi siempre aplicados) son de escaso relieve tienen posición horizontal (mayoritaria), vertical o arciforme. Las impresiones no cardiales son escasas. Se hicieron con objetos de punta roma o media caña. Las incisiones y los acanalados están totalmente ausentes. Solo en el fragmento 10 de Les Guixeres A (Fig. 3) la técnica y disposición de las impresiones recuerda horizontes ligures: impresiones verticales desordenadas del frente dentado del Cardium. Unos pocos fragmentos conservan ocre en superficie (Les Guixeres A, Esquerda de les Roques del Pany, Mas d'en Boixos E-299) sin que puedan considerarse pintados (Mestres 1992). El grupo de yacimientos de la fase Cardial situados en las zonas litoral y prelitoral del nordeste de la Península Ibérica presenta una relativa homogeneidad, ya conocida en el grupo Cardial franco-ibérico (Manen 2002). La problemática más acusada es su periodización interna, ya que durante el lapso c. 6600-6100 BP se detecta cierta continuidad de las técnicas cardiales en muchos yacimientos del valle del Llobregat, mientras que en otros territorios, a partir de 6250 BP, otros tipos decorativos hacen acto de presencia (Oms et al. 2012). En el llano del Penedès solo se conocen datos de la fase más antigua del período cardial. Llamada "Cardial antiguo" (Martin et al. 2010) o "Fase I" (Manen 2002), se caracteriza por altos porcentajes de decoración cardial (c. 60%) de diferente tipo (crochet, arrastrado, etc.), seguidos por los de las aplicaciones plásticas (casi en el 90% también decorados con impresiones) y por un uso esporádico de impresiones de instrumento. Esta representación masiva de lo cardial se cumple en Les Guixeres de Vilobí (c. A su vez, esta dinámica es habitual en ámbitos cardiales cercanos (Fig. 5 Las morfologías de los vasos, los temas decorativos y las técnicas predominantes, con ciertas variaciones geográficas, se cumplen de manera relativamente homogénea para el periodo Cardial (Bernabéu et al. 2011) en las producciones del Penedès. El escenario de los motivos y técnicas varía a medida que avanza el periodo. Las producciones con muy buenos acabados y composiciones cardiales simples (aunque puntualmente barrocas) con fechas radiocarbónicas antiguas (Les Guixeres A, Cova de Can Sadurní c18, El Cavet) se confrontan con las de los yacimientos más recientes que poseen una gama más variada LOS hORIzONTES ANTIGUOS DEL NEOLÍTICO INICIAL: DISCUSIÓN Y RECAPITULACIÓN Las fechas radiocarbónicas existentes sobre las primeras fases neolíticas y sus correspondientes grupos culturales dificultan la incorporación del registro material del Horizonte A de Les Guixeres con una fecha 6655 ± 45 BP (OxA-26068). Según las dataciones actuales los conjuntos cardiales netos no deberían superar una antigüedad c. La fecha del Horizonte A de Les Guixeres podría indicar la presencia de una fase precardial amortizada y mezclada con los materiales cardiales o la posible coexistencia de estos últimos con elementos precardiales: los escasos fragmentos cerámicos antes citados. Sin embargo la total sintonía de los materiales de Les Guixeres A con los estándares clásicos cardiales y el carácter anecdótico y poco significativo de los discordantes impiden sustentar tales opciones con suficiente base empírica. La ampliación de la escala geográfica tampoco aporta datos concluyentes. Las filiaciones entre el Cardial zonado y el Cardial tirrénico (Manen y Perrin 2009) siguen en estudio. La notable heterogeneidad de los distintos grupos ligures dificulta el establecimiento de grupos culturales amplios al oeste de Arene Candide (García-Atiénzar 2010). Los datos radiocarbónicos disponibles para el noroeste de Italia, Provenza y Languedoc hacen más difícil explicar la génesis del Cardial franco-ibérico y su relación cronológica con los distintos grupos precardiales (Manen y Sabatier 2003; Binder y Sénépart 2010). El problema reside en la escasez de muestras domésticas datadas de vida corta y en la complicada correlación de las fechas existentes con los yacimientos mejor estratificados. en este trabajo) y las recientes fechas obtenidas sobre taxones domésticos en El Cavet; en el Alto Aragón las de la Cueva de Chaves Ib (6580 BP sobre Ovis aries) (Baldellou 2011); en Alicante la Cova de les Cendres H19 (6510 BP sobre Ovis aries), el Abric de la Falguera f.VI (6510 BP sobre Triticum monococcum) y la Cova de l'Or VIa (6475 BP sobre Ovis aries) (Bernabéu et al. 2009; Martí 2011). Según los datos publicados, la explicación de la mayor antigüedad de las fechas cardiales de la Península Ibérica respecto a las del mediodía francés requiere conseguir otras nuevas en el territorio provenzal. Los datos radiocarbónicos referidos a los materiales de filiación impressa-ligur en la Península Ibérica son poco numerosos. Los materiales y fechas están bien caracterizados y analizados pero faltan precisiones estratigráficas. Los conjuntos cerámicos de los dos últimos son formalmente parecidos al horizonte ligur. En este contexto, los datos en Cataluña (sin vestigios impressa de entidad) indican una rápida y amplia colonización por grupos cardiales tanto del valle del Llobregat (Penedès, Barcelona, Garraf y Vallès) como de la costa de Tarragona en cronologías cercanas a 6600 BP. Las numerosas excavaciones programadas y preventivas de los últimos años lo documentan mediante nuevos yacimientos y dataciones antiguas siempre integradas en el complejo Cardial (Martín et al. 2010). Nuestra aportación, presentando registros arqueológicos fiables y dataciones radiocarbónicas para los yacimientos de Les Guixeres de Vilobí y La Serreta, ha permitido mejorar la integración de los datos acerca del Neolítico antiguo Cardial en la depresión del Penedès en el discurso actual sobre las primeras fases neolíticas. Los conjuntos cerámicos de dichos asentamientos son plenamente incorporables al grupo Cardial franco-ibérico con toda su gama clásica de matrices, formas y motivos decorativos. Además, su producción se ha podido situar entre 5600 y 5360 cal BC, ajustado a 1σ, en los silos de La Serreta y Les Guixeres A. Ello adscribe con claridad el conjunto del Penedès a la parte más antigua de la horquilla cardial y permite reabrir el debate, no exento de problemas y matices, sobre dónde y cuándo llegan los primeros grupos neolíticos al nordeste de la Península Ibérica. El avance en el estudio de los asentamientos neolíticos más antiguos y en su correcta contextualización cronológica proporcionará más datos al respecto. Mapa de localización de los grupos neolíticos en el noroeste mediterráneo. Las estrellas identifican los sitios con cerámica impressa y los cuadrados aquellos con cerámica cardial (subrayados los estudiados en el artículo).
Cronología absoluta del fenómeno campaniforme al Norte del estuario del Tajo: implicaciones demográficas y sociales La complejidad del fenómeno campaniforme en el estuario del Tajo no encaja bien con el modelo de los tres Grupos sucesivos Internacional, Palmela e Inciso. Dicho modelo parece resultar de la naturaleza de los asentamientos más que de su cronología, ya que los tres grupos están presentes durante la segunda mitad del III milenio a.C. Mientras los artefactos del Grupo Internacional predominan en los sitios fortificados, los del Grupo Inciso se encuentran casi en exclusiva en yacimientos al aire libre. El Grupo Palmela parece menos importante, al menos en la región septentrional del estuario del Tajo. La notable antigüedad de la cerámica campaniforme hallada en la cabaña FM de Leceia (segundo cuarto del III milenio a. C., confirmada por datación AMS) tiene paralelos al Norte y Sur de Portugal, así como en España. En consecuencia, concluimos que en la Baja Estremadura (una de las regiones más importantes de Europa para discutir el origen y difusión del "fenómeno" campaniforme), la formación social campaniforme con sus características culturales distintivas coexistió con las culturas calcolíticas locales sin mezclarse nunca con ellas.
Las motillas son asentamientos fortificados cuya planta tiende al círculo y cuenta con doble o triple línea de muralla y, en ocasiones, con una torre central. Se sitúan en llanuras de inundación de ríos, en el centro de antiguas lagunas, en zonas endorreicas o allí donde el nivel freático resulta Fig. 1. Plano general de localización de Castillejo del Bonete y de las motillas (M) en relación a las Unidades Hidrogeológicas y las Masas de Agua Subterránea definidas en este estudio. más accesible. Son arquitecturas complejas de muros superpuestos cuya ruina ha llegado a formar verdaderos tells (García Pérez 1988; Fernández Miranda et al. 1993; Galán y Sánchez Meseguer 1994; Ruiz Taboada 1996; Benítez de Lugo y Mejías 2014; Mejías et al. e. p. Las motillas se establecieron en lugares de fácil acceso al nivel freático y donde el agua no era salina (Fig. 3). No están necesariamente ligadas a cursos fluviales, aunque es notable la coincidencia de la proximidad del nivel freático del acuífero plioceno regional a la superficie. Probablemente, estos asentamientos funcionaron como lugares estratégicos de un territorio al que abastecían y en el que existían otros poblados coetáneos (en llano, en altura, etc.) con los que mantenían estrechas relaciones (Galán y Sánchez Meseguer 2007) (Fig. 4). El área de influencia de los grupos de la Edad del Bronce de La Mancha y de sus motillas gira en torno a dos grandes núcleos, las Tablas de Daimiel y las Lagunas de Ruidera, establecidos entre las cuencas del río Guadiana y sus afluentes Záncara, Gigüela y Azuer, casi todos en la provincia de Ciudad Real. La Motilla del Acequión, construida dentro de la laguna homónima en el actual término municipal de Albacete, está desplazada 68 km al Este de su motilla más cercana, es decir, fuera de los dos núcleos citados (Fernández-Miranda et al. 1993; Fernández-Posse et al. 2008: 20, Fig. A, n.o 61, p. Esta motilla es muy relevante, entre otras cosas, por esa ubicación. Permite intuir que, durante la Edad del Bronce, toda la zona occidental de la provincia de Albacete, por la que se extiende parte del Campo de Montiel, debió encontrarse en la órbita de la Cultura de las Motillas. Los grupos humanos que la integraban no se asentaron solo en las proximidades de los cauces de los ríos o sobre los acuíferos regionales sino allí donde las características geológicas e hidrogeológicas del subsuelo, los niveles endorreicos y su tecnología lo permitían. Cabe entonces preguntarse por qué en el Campo de Montiel, un espacio habitualmente ubicado en esa órbita cultural, hay motillas sobre el cauce del río Guadiana en el área de las Lagunas de Ruidera pero no en la cuenca del Jabalón, otro afluente del Guadiana (Fig. 5). Ambas cuestiones inciden de lleno en dos problemas todavía sin resolver, tras nada menos que tres décadas de investigación: los límites de la Cultura de las Motillas (Martínez Navarrete 1988) y la explicación de los patrones de localización de los asentamientos. Este trabajo supone un avance en ambos aspectos. Hasta el momento, faltaba un estudio que considerara la hidrogeología como la variable principal para explicar el origen y desaparición de las motillas. Este artículo trata el tema en detalle y esclarece también el patrón de distribución de las mismas en el Campo de Montiel y su contraste con el de Castillejo del Bonete. Este yacimiento de tipología inédita, localizado también en esa comarca, se asienta en parte sobre una sima y no está relacionado con explotación hidráulica o geológica alguna. Castillejo del Bonete es una prominencia situada en el borde meridional del Campo de Montiel al sureste de la provincia de Ciudad Real (Fig. 1). Probablemente la ubicación del yacimiento, cercano a otros de la misma época, tuvo en cuenta dos circunstancias: la existencia de una sima y las condiciones de visibilidad del lugar. La sima fue monumentalizada durante la Prehistoria Reciente construyendo sobre ella un complejo tumular con varios corredores (Fig. 6) (planta en Benítez de Lugo 2010: 31; Benítez de Lugo et al. e. p. Desde la ladera orientada al Sur del emplazamiento hay una excelente relación visual con la denominada Vía de los Vasos de Vicarello (Benítez de Lugo et al. 2012; Sánchez Sánchez et al. 2012), un importante corredor natural de comu- nicación entre Levante, la Submeseta Sur y la Alta Andalucía. La situación de los yacimientos de la Prehistoria Reciente en lugares estratégicos claramente se relaciona con ese corredor que da paso hacia el Sur a Sierra Morena y la Alta Andalucía y sigue un patrón ya detectado en Sierra Morena (Murrieta-Flores 2012). Sabemos también que, durante la Protohistoria, Sierra Morena no dividió las comunidades culturales, sino al contrario, aglutinó a los grupos oretanos septentrionales y meridionales en torno a santuarios étnicorurales como Collado de los Jardines y la Cueva de la Lobera-Los Altos del Sotillo. Castillejo del Bonete se encuentra en el supuesto borde meridional de distribución de la Cultura de la Edad del Bronce de La Mancha, cuyas fronteras precisas, como recordaremos, están por definir. Es un yacimiento complejo y singular, donde se han documentado materiales arqueológicos de dilatada cronología. Destacamos los enterramientos con ajuares (Fig. 7) como 3 botones de marfil, decenas de útiles de cobre en excelente estado de conservación (5 cuchillos, 6 flechas del tipo Palmela -las únicas puntas de proyectil halladas-y numerosos punzones) (Montero et al. e. p. 2014) 31 cuentas de variscita (Fig. 8A) o 3 preformatos de moscovita de diferente procedencia, preparados para ser tallados. Predominan las cerámicas clásicas de los asentamientos de dicha cultura, pero hay depósitos con fragmentos decorados con soliformes e incisiones, característicos de fechas calcolíticas. Hay cerámicas campaniformes, en ocasiones, con decoraciones rellenas de pasta blanca elaborada con carbonato cálcico como suele ser frecuente en la Meseta (Odriozola et al. 2012). En las concreciones de alguno de los recipientes se ha identificado ácido acético, presente en productos como aceite, vino, bebidas alcohólicas que contengan etanol, etc. La muestra no contenía ácido tartárico, por lo que se debe descartar que contuvieran vino. Este hallazgo supone el posible uso, al menos de una parte de las cerámicas amortizadas en Castillejo del Bonete, para el consumo de bebidas alcohólicas. Hay adornos personales y numerosos punzones fabricados con hueso (Fig. 9), así como molinos barquiformes con su mano y solera en posición primaria, una maza ofítica (Fig. 8B) e industria lítica tallada, adscribibles a tradiciones calcolíticas del III milenio a.n.e. Se han encontrado restos de fauna en Castillejo del Bonete, testimonio de posibles banquetes, así como partes de animales, depositadas enteras en el lugar, po- La prominencia de Castillejo del Bonete había llamado la atención de los lugareños desde tiempos inmemoriales. Los topónimos "castillejo" ("montoncito" o "fortificación en un alto") y "bonete" (del latín abonnis: "gorro" puesto sobre una cabeza) atestiguan su identificación con algo añadido a la superficie del terreno. Antes de las intervenciones arqueológicas el yacimiento realmente se asemejaba a una potente estructura tumular sobrepuesta al terreno característico del (1) La relevancia de los materiales y construcciones encontradas en Castillejo del Bonete ha supuesto que en abril de 2014 la Dirección General de Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha abriera el expediente para su declaración como Bien de Interés cultural, con la categoría de Zona Arqueológica (Diario Oficial de Castilla-La Mancha 2014). Su aspecto no difería mucho del de una motilla de tamaño medio, aunque no se encuentra en llano ni asociada a vegas, lagunas o cauce alguno. Junto a ese túmulo había otros "majanos" (montones de piedras) menores. Según Marcelino, vecino de Terrinches, "el lugar estaba sembrado de ellos". Las investigaciones arqueológicas desarrolladas en el sitio durante 2012 y 2013 han permitido avanzar una interpretación, según la cual, los niveles de uso detectados no son de hábitat y las arquitecturas registradas se erigieron más en clave monumental que defensiva (Benítez de Lugo et al. e. p. Los potentes muros curvos identificados (Fig. 6) no son los restos de una torre sino una barrera física creada para evitar que las piedras acumuladas en torno a la sima penetraran en su interior. Los amontonamientos de piedra tienen más de 2 m de altura y forman un túmulo al que se adosaron recintos funerarios, como el que contenía la Tumba 4, doble (Fig. 7). Junto al húmero derecho del Individuo 1 fueron encontrados dos botones de marfil con perforación en V de probable procedencia argárica, vinculados a una pieza de tela o piel que no se ha conservado. Los análisis realizados han identificado, en los agujeros del botón, restos de la fibra trenzada de esparto, utilizada para coserlo a la tela. Esta persona se alimentó con proteína marina (Salazar-García et al. 2013). Alrededor de la entrada a la sima sobre la que se construyó el túmulo y en recintos específicos del mismo, se excavaron hoyos de diverso tipo de donde proceden parte de las cerámicas, restos de fauna y metales mencionados. Estos depósitos se rellenaron y taparon con piedras. Los constructores del monumento resolvieron el acceso a la cueva mediante un pasillo descendente de aproximadamente 1,20 m de anchura, flanqueado por una potente muralla de mampostería situada al Este, que conserva hasta diez hiladas de altura (Fig. 10). En la entrada a la sima se identifican una serie de lajas de roca caliza dispuestas de modo descendente con superficie plana que, a buen seguro, funcionaron como escalones. Es posible identificar con claridad, al menos, cuatro que apoyan sobre una roca madre caliza rebajada. El pasillo se prolonga en galerías y espacios acondicionados artificialmente. En el primer vestíbulo de 5,20 x 2 m de planta y 1,70 m de altura puede apreciarse la construcción, a base de mampuestos de caliza, de un apoyo de la bóveda pétrea de roca carbonatada (Fig. 11A, B). Aunque fisurada, se halla bien consolidada sin apreciarse derrumbes recientes, pudiendo considerarse que la estructura interior de la cueva no ha variado sustancialmente desde su ocupación. La altura con respecto al nivel del suelo original debía ser mucho mayor, ya que los sedimentos procedentes del exterior que colmatan la sima ocultan por el momento el contacto con el suelo de la Edad del Bronce (Fig. 11C). De este primer vestíbulo parte una segunda galería de similar longitud a la anterior, que termina en otro vestíbulo de unos 4,20 x 3 m con 1,7 m de altura libre desde el nivel de escombros (Fig. 11D). En su extremo norte se abre en rampa descendente otra galería o sima inaccesible. En la actualidad el fondo de la cueva está cegado por la colmatación. La cueva se cerró durante la Prehistoria Reciente, para no ser reabierta hasta la actualidad. El túmulo edificado sobre la sima dispone de dos grandes corredores de entrada con planta en forma de embudo, orientados al Este y al Oeste. Sobre una de las paredes del occidental se colocó un recipiente cerámico sujeto con piedras. Un tercer corredor de más de 20 m de longitud, construido con lajas de caliza levantadas en vertical desde la roca madre también caliza, conecta este túmulo principal (Fig. 6B, C) con otro de menor tamaño, pendiente aún de excavación arqueológica. Un cuarto corredor similar al anterior parte del túmulo principal hacia el Norte. En la actualidad, se han excavado 8 m del mismo. Parece dirigirse hacia un tercer túmulo, aún no descubierto. Al inicio de la investigación las hipótesis de trabajo sobre el uso que este grupo prehistórico dio a Castillejo del Bonete tenían en cuenta bien la sima (acceso al acuífero del Campo de Montiel, beneficio de algún tipo de metal), bien las arquitecturas y los enterramientos documentados. Ahora sabemos que el sitio fue algo más que un monumento funerario con fuerte carga simbólica. Hasta finales de 2012 habían sido recuperados 6 depósitos, algunos con restos humanos en posición secundaria. Son pocos para un uso que se presume dilatado durante la Prehistoria Reciente. El mejor conservado es la citada Tumba 4, situada al exterior del túmulo principal (Fig. 7). Es probable que esta tumba corresponda a uno de los últimos enterramientos de Castillejo del Bonete.. La datación disponible de la Tumba 4 procede del colágeno del fémur del Individuo 2, probablemente el primero enterrado, corresponde al último tercio del III milenio cal. Este enterramiento doble fue documentado en un recinto con puerta de acceso adosado al túmulo principal. La datación, según los estudios realizados en Motilla del Azuer, se sitúa a caballo entre el Bronce Antiguo y Pleno (Nájera et al. 2010: 77). Se trataría de un enterramiento prácticamente coetáneo (unos noventa años más reciente) al también enterramiento doble de la pequeña cámara circular de piedras (cercana a 1 m de diámetro), adosada al sureste del Túmulo de El Castillejo (Huecas, Toledo). En Castillejo del Bonete se ha fechado también una falange humana, asociada a variscitas (Fig. 8), procedente del interior de la cueva. Podría ser ligeramente anterior, correspondiendo al tercer cuarto del III milenio cal. Se presentan a continuación los resultados de la investigación que lleva a descartar el uso de las galerías de la sima de Castillejo del Bonete como acceso al acuífero del Campo de Montiel o para la explotación minera. Ubicación y análisis hidrogeológico de las motillas La distribución espacial de las motillas muestra dos rasgos hidrogeológicos comunes (Fig. 13) (Mejías et al. e. p. El primero es que, aunque no siempre están asociadas a cauces fluviales en sentido estricto, suelen establecerse sobre depósitos cuaternarios aluviales, fácilmente excavables, en conexión hidráulica con la red de drenaje principal. Ello eleva la probabilidad de interceptar el agua subterránea conectada a los ríos o alcanzar el nivel freático regional.. Las motillas de Albuera y El Acequión se sitúan en entornos con el agua subterránea aflorante o subaflorante, una en las Tablas de Daimiel y la otra en la Laguna de El Acequión, desecada artificialmente en el siglo XVIII. La motilla de Perales, en realidad, la única alejada de cauces o afloramientos de agua, se asienta sobre depósitos cuaternarios de tipo glacis, procedentes de la altiplanicie de Campo de Montiel, que tapizan materiales terciarios carbonatados, donde resulta relativamente sencillo alcanzar el agua subterránea. El segundo rasgo hidrogeológico compartido es la localización del nivel freático a menos de 20 m de profundidad, en condiciones no antropizadas, lo que facilita el acceso al agua subterránea. Este tipo de captaciones, como los pozos actuales situados en las llanuras aluviales, se beneficia de la capacidad de regulación de los acuíferos y de la disponibilidad espacial del agua incluso cuando los cauces principales se secan. Las ventajas de esa regulación aparecen cuando, al estar muy distanciados en el tiempo los eventos de recarga (por lluvia principalmente), los gradientes hidráulicos y la velocidad del flujo subterráneo disminuyen. El nivel freático permite obtener recursos en verano o en periodos secos, procedentes de los episodios de lluvia del otoño o el invierno anteriores. En situaciones de acuíferos muy extensos o con grandes espesores como es el caso de La Mancha occidental, esta inercia puede ser de años, decenas de años o incluso superior. Además, el agua subterránea se puede obtener donde se precise, sin necesidad de conducciones desde los cauces principales. De este modo se pueden primar los condicionantes defensivos, o de cualquier otro tipo, sobre la proximidad a los cauces al plantear los asentamientos de población o las actividades económicas. La figura 14 muestra que el condicionante geológico de las motillas situadas en las unidades hidrogeológicas 04.04, Mancha Occidental, y 04.06, Campo de Montiel, son los depósitos detríticos aluviales de los ríos principales, que se encajan tanto en los sedimentos terciarios de la UH 04.04 como en los materiales carbonatados jurásicos de la UH 04.06. Es decir, desde un punto de vista geológico, todo parece indicar que para construir una motilla las comunidades prehistóricas eligieron terrenos y materiales de excavación manejable y con facilidad de acceso al agua subterránea. Castillejo del Bonete como posible captación de aguas subterráneas La ubicación del yacimiento de Castillejo de Bonete, desde el punto de vista hidrogeológico, se diferencia con claridad de la de las motillas. Se asienta sobre materiales carbonatados jurásicos (dolomías del Lías) de la unidad hidrogeológica 05.65, Campo de Montiel, de la cuenca del Guadalquivir (compartida con la unidad hidrogeológica 04.06 también denominada Campo de Montiel, en la cuenca del Guadiana). Las dolomías son duras, difíciles de excavar y, presumiblemente, el nivel freático se encuentra a mayor profundidad que en los emplazamientos de las motillas. Sin embargo, la cavidad natural allí existente hizo pensar en su posible aprovecha- miento y acondicionamiento para acceder al agua subterránea. Para comprender el funcionamiento hidrogeológico del entorno del emplazamiento y la posibilidad de captación de agua con medios tecnológicos prehistóricos se planteó un estudio hidrogeológico local. Primero se inventariaron los puntos de agua caracterizando la hidrogeología de los materiales aflorantes. Tras seleccionar los puntos más representativos se procedió a su nivelación topográfica y a la toma de datos de caudal en los manantiales, de profundidad del nivel freático en pozos, de profundidad del nivel piezométrico en sondeos y los parámetros físico-químicos (conductividad eléctrica, pH y temperatura). Como resultado, se identificaron dos acuíferos estratigráficamente superpuestos. El superior, jurásico, está constituido por calizas, con recursos de buena calidad química, con conductividades eléctricas entorno a los 550 μS/cm. Representa el acuífero aprovechado en toda la región y en el se desarrolla la cavidad de Castillejo de Bonete. Los materiales del acuífero inferior, triásico en facies Keuper, afloran inmediatamente al sur de los resaltes calizos jurásicos que constituyen el acuífero superior. Aunque en conjunto la litología de las facies Keuper son arcillas de baja permeabilidad con yesos, existen intercalaciones arenosas con espesores que rara vez superan 1,5 m, que dan lugar a pequeños niveles productivos y manantiales. Sus recursos son escasamente aprovechados debido a su mala calidad natural, con conductividades eléctricas próximas a los 2000 μS/cm, debido posiblemente a la alta concentración de sulfatos por influencia de los niveles yesíferos. Por lo tanto, el acuífero objeto de estudio corresponde al Jurásico, asimilando el Triásico al impermeable de base cuyo principal papel es permitir las surgencias del acuífero superior jurásico (manantiales). Una serie de manantiales se originan entorno al yacimiento en las cabeceras de los arroyos y drenan los materiales jurásicos, en su contacto basal con las arcillas triásicas. La figura 14A muestra la posición estratigráfica de los manantiales y de Castillejo del Bonete. Se identificaron un total de 9 surgencias (Fig. 15) con caudales muy reducidos (menores de 0,5 L/s, excepto el pozo del Olmo, con 2,5 L/s en octubre de 2012), pero mantenidos en el tiempo, ya que funcionaban tanto en junio como en octubre de 2012. Ello indica que las descargas se sostienen en el periodo de estiaje del año pluviométrico 2011-2012, que se clasifica en las estaciones termopluviométricas del entorno como de tipo seco, si bien los dos años hidrológicos anteriores fueron de tipo húmedo (elaboración propia a partir de datos de la Agencia Estatal de Meteorología española, AEMET). A partir de las cotas niveladas de las surgencias se ha establecido un esquema piezométrico. En este sector del acuífero jurásico se ha identificado una divisoria de aguas subterráneas, de dirección NE-SO, situada inmediatamente al norte del Castillejo del Bonete. Al N de esta divisoria, el flujo subterráneo se dirige hacia el NO, es decir, hacia la cuenca del Guadiana y al S de la misma discurre hacia el SE, es decir, hacia la cuenca del Guadalquivir. Esta divisoria coincide aproximadamente con la de las aguas superficiales. De este modo, todos los manantiales identificados en el frente jurásico entre Castillejo del Bonete y Albadalejo representan la descarga natural de este pequeño sector del acuífero jurásico de Campo de Montiel (con una anchura de unos 3 km), que drena hacia la cuenca del Guadalquivir. Estos puntos de drenaje se originan en las cabeceras de distintos arroyos tributarios del río Guadalmena, que vierte sus aguas hacia el Guadalquivir. En el entorno inmediato de Castillejo del Bonete, la cota del agua subterránea se puede establecer a partir de las surgencias de la fuente de La Portuguesa, situada 1 km al NO del yacimiento, a cota 978 m s.n.m., el manantial de la Cañada de las Fuentes, situada a 250 m al NNO de Castillejo del Bonete, a cota 963 m s.n.m., y, sobre todo, en un sondeo próximo situado a unos 40 m al sur de la excavación arqueológica. En este último punto, que capta el acuífero jurásico, la profundidad promedio del agua es de 46 m a cota 923 m s.n.m. Estos datos establecen dos aspectos muy significativos para evaluar el acceso al acuífero a través de las galerías de la cueva de Castillejo del Bonete. A menos de 1000 m, en condiciones pluviométricas similares a las actuales, la población contaría con dos surgencias (Fuente de la Portuguesa y Cañada de las Fuentes) activas todo el año. Ello haría innecesario acceder al agua a través de una cavidad, lo que supondría unas dificultades considerables para su transporte a la superficie. En condiciones más secas que las actuales dejaría de manar primero la fuente de La Portuguesaque se encuentra a mayor cota-y, posteriormente, el manantial de Cañada de las Fuentes. Si la cavidad de Castillejo del Bonete tuviera desarrollo vertical -lo que no se sabe por el momentoy tomando como referencia el sondeo anteriormente citado, el agua se encontraría a 46 m de profundidad y a una cota menor que las surgencias naturales. Por ello, en situaciones pluviométricas desfavorables, y cuando los manantiales hipotéticamente dejasen de manar, en el fondo de la cavidad podría seguir existiendo agua a esa profundidad. Sin embargo, el descenso a ella y el ascenso cargándola se presume complicado, ya que debería salvarse una cota vertical equivalente aproximadamente a un edificio de 15 plantas. En conclusión, a pesar de que durante la Prehistoria Reciente pudiese circular agua subterránea por el fondo de la cavidad, el acceso a ella y, sobre todo, su elevación en cantidades aprovechables para el abastecimiento hídrico de una comunidad con cabaña ganadera, exigiría acciones muy complejas y altamente improbables con tecnología prehistórica. Esta consideración es independiente del eventual funcionamiento de los manantiales del entorno durante la Prehistoria Reciente. En la actualidad la incipiente excavación arqueológica en las galerías de Castillejo del Bonete no permite precisar la profundidad de la sima, ni si desciende hasta el nivel del acuífero. Sin embargo, sí resulta posible concluir que el acceso al agua a través de la sima de Castillejo del Bonete, de haberse producido, no tuvo una finalidad subsistencial o de abastecimiento. Castillejo del Bonete como posible mina La hipótesis inicial del eventual aprovechamiento minero de las galerías subterráneas de Castillejo del Bonete consideraba la asociación entre este tipo de explotaciones y asentamientos adscritos a la Prehistoria Reciente en Castellar de Santiago (Morra de El Castellón) y Santa Cruz de Mudela (Noria Olaya) (Benítez de Lugo y Menchén 2010), o la existencia de minas adscritas a esta época en la vecina provincia de Toledo (Montero et al. 1999). En Castillejo del Bonete ha sido recuperada una maza elaborada sobre piedra ofítica, de 122 mm de longitud y con huellas de impacto en sus extremos (Fig. 8B) en uno de los depósitos exteriores, pendiente de una excavación completa. Pudo ser utilizada en trabajos de cantería o, quizá mineros, en el interior de la cueva. Castillejo del Bonete está a unos 100 km al norte de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén), poblado argárico especializado en metalurgia y emplazado en la vertiente opuesta de Sierra Morena (Contreras 2000). A priori, el contexto geológico de Castillejo del Bonete, ubicado en dolomías jurásicas, hace difícil la presencia de yacimientos mineros metálicos. De hecho no constan indicios mineros en esta formación y región. Tras analizar la cartografía metalogenética del Instituto Geológico y Minero de España (IGME, hojas a escala 1:200.000, n.o 70 Linares y n.o 71 Villacarrillo) se observa que los yacimientos de Castellar de Santiago (40 km al oeste de Castillejo del Bonete) y de Santa Cruz de Mudela (53 km también al oeste) están en un distrito minero de entidad mediana, en el que la asociación mineral son sulfuros de antimonio, arsénico y bismuto de tipo filoniano, sin que exista cobre como sustancia susceptible de explotación. La formación encajante son esquistos, cuarcitas y conglomerados devónicos (Paleozoico), y el proceso genético es epitermal, relacionado con la parte culminante de los sistemas ígneos tardi-variscos. No tienen, por tanto, similitud alguna con las formaciones de Castillejo del Bonete y los procesos metalogenéticos del distrito minero en el que se encuentran son absolutamente anacrónicos con las formaciones jurásicas donde se emplaza el yacimiento. Tampoco en Castillejo del Bonete, ni en la sala subterránea de acceso, ni en el tramo descubierto de las galerías se aprecian los indicios de sustancias metálicas aprovechables o de activi-dad minera, habituales en los yacimientos mineros. El conjunto de estos motivos permite también descartar el uso de la cueva de Castillejo del Bonete para la captación de mineral. Su utilización ha de explicarse bajo otros parámetros. La investigación interdisciplinar presentada ha analizado la hidrogeología de los manantiales del acuífero de Campo de Montiel y del interior de la sima de Castillejo del Bonete tanto para la caracterización arqueológica de este yacimiento como para estudiar la distribución espacial de las motillas, asentamientos típicos de la cultura de la Edad del Bronce de La Mancha. Los resultados del trabajo permiten reforzar la relación entre el sustrato hidrogeológico y el emplazamiento de las motillas. Para su construcción las gentes de la citada cultura eligieron terrenos excavables sin gran esfuerzo con tecnología prehistórica y con fácil acceso al agua subterránea. Esto ocurre en la Mancha Occidental pero no en el Campo de Montiel. Será preciso esperar al desarrollo de futuras investigaciones arqueológicas en otras motillas diferentes a la del Azuer (Figs. 2, 3B y 4) para comprobar si se generaliza la presencia de pozos, como los datos disponibles parecen apuntar. En definitiva, la ausencia de motillas en el Campo de Montiel, fuera del ámbito de la ribera del río Guadiana, puede ser explicada en clave hidrogeológica y tecnológica, más que cultural. La construcción de estos monumentos hubo de realizarse en un prolongado momento de sequía que, desde luego, excede el estío anual durante el cual las aguas corrientes superficiales desaparecieron de esta comarca manchega (Fig. 16). 2450-1950 cal. a.C.), dentro del período Subboreal; es decir, en la transición del Calcolítico a la Edad del Bronce en la zona. Es uno de los eventos climáticos holocenos de aridez más extrema, registrado a escala mundial. Otra conclusión de esta investigación es que la frecuentación de la sima de Castillejo del Bonete, en el Campo de Montiel, durante la Prehistoria Reciente, no iba destinada ni a extraer agua subterránea, ni a explotar mineral (dos de las hipótesis inicialmente planteadas). La maza ofítica encontrada debió ser usada probablemente en labores locales de cantería. El acceso al nivel freático a través de las simas de Castillejo del Bonete, sin estar completamente descartado, es poco probable. Finalmente, la continuación de los trabajos arqueológicos y la aparición en diciembre de 2012 en el interior de la cueva de restos humanos, asociados a varias decenas de cuentas de variscita (Fig. 8B) y más piezas metálicas, abona una tercera hipótesis interpretativa: su condición de monumento funerario y simbólico. Consideramos Castillejo del Bonete como una reserva arqueológica de interés para avanzar en el conocimiento de la transición entre el Calcolítico y la Edad del Bronce en el interior de la Península Ibérica. Este singular monumento fue utilizado durante la Prehistoria Reciente en un territorio tradicionalmente adscrito a la cultura de la Edad del Bronce de La Mancha. Está fechado en la primera mitad del II milenio a.n.e. pero sus orígenes están en el III milenio a.n.e., según la evidencias materiales recuperadas en el lugar. Sería una pervivencia, al sur de la Meseta y sin paralelos conocidos, de las ancestrales creencias, rituales y usos sociales que impulsaron desde tiempos neolíticos a enterrar ofrendas y a algunos difuntos bajo imponentes túmulos que monumentalizaron el paisaje en puntos estratégicos, de amplia visibilidad y vinculados a corredores naturales de paso. María Isabel Martínez Navarrete, Ignacio Montero Ruiz, Susana Consuegra Rodríguez, Pedro Díaz-del-Río Español y Marta Moreno García (IH-CCHS, CSIC, Madrid), Gonzalo Aranda Jiménez y Margarita Sánchez Romero (Universidad de Granada), Primitiva Bueno, Rodrigo de Balbín y Rosa Barroso (Universidad de Alcalá de Henares) y Antonio Gilman (California State University) su asesoramiento o apoyo público expreso a esta investigación. Algunas de sus sugerencias, así como las de los evaluadores externos de TP, están recogidas en este texto. Los errores u omisiones son exclusivamente de nuestra responsabilidad. Al personal del Ayuntamiento de Terrinches y especialmente a su Alcalde, D. Nicasio Peláez Peláez, sin cuyo apoyo institucional, económico y logístico la investigación sobre Castillejo del Bonete no habría sido posible. Al Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA) de la Guardia Civil, que por iniciativa propia incorporó a Castillejo del Bonete en sus rutas de inspección.
Tecnología, tipología y cronología de las fíbulas de codo antiguas del "tipo Monachil" y sus relaciones mediterráneas En una reciente investigación (Carrasco et al. 2013) hemos delimitado la fíbula de "tipo Monachil" en el tradicionalmente considerado "grupo sículo" de codo antiguas de la Península Ibérica. Actualmente estaría constituido por unos treinta ejemplares que comparten un codo centrado. Los brazos del puente suelen ser lisos, aunque algunos presentan decoraciones incisas y buriladas con motivos geométricos. En este extenso y relativamente homogéneo grupo fibular, hemos distinguido subtipos que parecen responder a variaciones tipológicas, cronológicas y conectadas con las aleaciones empleadas para su fundición (Fig. 1). En la fase arcaica (A) tienen cabida las fíbulas que, según criterios tecnológicos y tipológicos, consideramos más antiguas. El registro arqueológico ofrece escasas asociaciones contextuales para estas fíbulas, como sucede también con los casos considerados antiguos fuera de la Península Ibérica. Pero otros elementos pueden ayudarnos con ciertas garantías a situar, de forma más precisa, este tipo de imperdible en horizontes culturales de la Edad del Bronce, tanto peninsulares como externos. En este artículo proponemos el estudio pormenorizado de la tipología original y el análisis de la tecnología utilizada en su elaboración que por primera vez realizamos, junto con la investigación de la procedencia de las materias primas a partir de las cuales se fundieron, además de algunos otros datos novedosos sobre sus cronologías absolutas. REGISTRO ARqUEOLÓGICO Y TIPOLOGÍA Se han caracterizado, al menos, cinco ejemplares de fíbulas de la fase arcaica (A) del "tipo Monachil" (Fig. 2). Se encontraron en cuatro grandes asentamientos prehistóricos granadinos (Fig. 3), no todos excavados y, en ningún caso, se han localizado las necrópolis del Bronce Final, por lo que, en principio, podemos asegurar su procedencia exclusiva de hábitats. En tres de ellos, hay evidencias directas o indirectas de metalurgia local y tres de las fíbulas son inéditas. Cerro de la Encina de Monachil: dos fíbulas (tabla 1) provienen de este importante enclave (Cabré 1922; Arribas et al. 1974; Molina 1977Molina y 1978)), cuya amplia secuencia cultural discurre desde una Edad del Cobre evolucionada con campaniforme hasta época protohistórica. La IIa.1 (Fig. 2), conocida desde antiguo (Schüle 1969), está depositada en el Museo Arqueológico de Granada. Solo le falta la aguja y media espira del resorte. Los brazos presentan estrechas fajas decorativas paralelas y rellenas de incisiones oblicuas. Canto Tortoso de Gorafe: está situado en una amplia meseta en la confluencia de los ríos Fardes y Guadiana Menor, en un área de gran tradición arqueológica, especialmente durante la Prehistoria reciente. Es un asentamiento extenso y sin excavar, conocido por su horizonte protohistórico (González et al. 1995). En superficie se recuperó una fíbula de codo inédita (Fig. 2: IIb), que evidencia una ocupación más antigua. Conserva solo la mitad derecha del puente (tabla 1), con restos del codo, un resorte de espira y media y un fragmento de aguja. Su sección es filiforme. Las Muelas de Alamedilla: es un gran yacimiento sin excavar, localizado en la parte nororiental del término municipal de Alamedilla, muy cerca ya de los límites administrativos de la provincia de Jaén. Se sitúa sobre una serie de altozanos calizos (muelas), algunos por encima Fig. 2. Fíbulas arcaicas (A) de "tipo Monachil" de la provincia de Granada: IIa1 y IIa.2 Cerro de la Encina, Monachil; IIb Canto Tortoso, Gorafe; IIc Las Muelas, Alamedilla; IId Cerro de la Mora, Moraleda de Zafayona. Localización en la Península Ibérica de los hábitats con hallazgos de fíbulas "tipo Monachil": Cerro de la Mora (1); Cerro de la Encina (2); Canto Tortoso (3) y Las Muelas (4). de los 900 m.s.n.m., dominando tierras de secano y regadío, pertenecientes a la cuenca del río Guadahortuna que, junto con la del Guadiana Menor, es la más importante de esta comarca. Desde antiguo se conocen hallazgos superficiales adscribibles a toda la secuencia de la Edad del Bronce y tiempos posteriores. De aquí procede una fíbula inédita completa (Fig. 2: IIc, Tab. 1), con el codo centrado y sección filiforme. Cerro de la Mora de Moraleda de Zafayona: este extenso conjunto arqueológico dispone de una gran secuencia habitacional, desde época argárica hasta tiempos alto medievales, con énfasis en las ocupaciones del Bronce Final, Fenicia y Protoibérica. Las excavaciones (fines 1970-inicios 1990) proporcionaron una gran variedad de elementos broncíneos, elaborados en talleres metalúrgicos del propio enclave arqueológico. Destacaron, entre otros, los artilugios relacionados con la implementa de vestir, como fíbulas y botones. El yacimiento, dada su extensión, fue dividido, grosso modo, en tres sectores: bajo, alto y aledaños. De estos últimos, en concreto del Cerro de la Miel, dimos a conocer una fíbula de codo de tipo Huelva y una espada de lengua de carpa (Carrasco et al. 1985; Carrasco et al. 1987). De las campañas de excavación en el núcleo principal del sitio, se obtuvieron fíbulas estratificadas: en el sector alto, en contextos del Bronce Tardío y Final, cuatro de "tipo Monachil" y una de pivote; en el sector bajo, con una impresionante secuencia estratigráfica, al menos cinco fragmentos más de fíbulas "tipo Monachil" y, en horizontes posteriores, numerosas de doble resorte. De momento, por su muy mala conservación no han sido analizadas, aunque seguimos valorando hacerlo antes de que su deterioro sea com-pleto. De este importante conjunto antiguo de fíbulas, solo consideramos aquí un ejemplar (Fig. 2: IId) aparecido en un contexto del Bronce Final Antiguo, durante los trabajos de septiembre de 1983. Por morfología, estratigrafía y cronología, quizás pueda iniciar el grupo antiguo (A) de la secuencia fibular (Carrasco et al. 2013) estudiada en el Cerro de la Mora (Fig. 1). Está mineralizada y deformada, su sección es filiforme, faltándole parte de los brazos, resorte, aguja y mortaja salvo su inicio (Tab. 1) y conservando el codo cen trado. La estética de las cinco fíbulas documentadas es similar, con perfiles en forma de triángulo isósceles y bases mayores que las alturas. Los codos están centrados y las secciones son básicamente filiformes. Su elaboración, como posteriormente se comprobará, siguió un mismo patrón por deformación plástica y un acabado con terminación de forja y "limado". Un tipo de manufactura del que no cabe esperar fíbulas con similares dimensiones, terminaciones, complejas decoraciones, etc. La pericia del artesano fue determinante en el resultado final, lo que representa un inconveniente para una posterior y exhaustiva comparativa entre ellas. El primer subconjunto de la fase arcaica (A) de la serie "Monachil" (Fig. 1) evoluciona hacia formas con secciones más fusiformes, donde poder desarrollar motivos decorativos de mayor complejidad. En otros ejemplares las secciones se hacen más globulosas, empleándose moldes para su fundición, quizás algunos a la cera perdida. El resultado final es heterogéneo, pero se conserva el modelo original de codo centrado y perfil de triángulo isósceles, conformando caracterizaciones y evoluciones estudiadas recientemente de Ese número, cercano a los treinta ejemplares, es en cierta forma ficticio. La mayoría son hallazgos superficiales y aislados, procedentes de hábitats prehistóricos de gran potencial arqueológico sin excavar, pero que a veces y con suerte han podido ser documentados. Su escasa cuantía contrasta con el gran conjunto de otros tipos identificados en ambientes del Mediterráneo Central y Oriental, generalmente procedentes de las extensas y monumentales necrópolis de finales de la Edad del Bronce, ya excavadas de antiguo. En cambio, en la Península Ibérica hasta ahora vienen siendo escasos o inexistentes los conjuntos funerarios excavados de esa época, desconociéndose el potencial que podrían aportar estas fíbulas en un futuro más o menos lejano. MANUFACTURA: METODOLOGÍA DE ESTUDIO La tecnología de manufactura de objetos de base cobre se ha investigado, mayoritariamente, a partir del análisis de la composición elemental. De modo minoritario, aunque creciente en los últimos años, se ha incorporado la metalografía y la identificación de huellas de trabajo o uso en diversos tipos de objetos. Los mecanismos de oxidación y corrosión que afectan al metal de base cobre han sido un factor determinante para el análisis de las huellas de uso en su investigación (Soriano y Gutiérrez 2009; Dolfini 2011; Li et al. 2011), a diferencia de lo que ha sucedido en los metales nobles (Perea y García 2012). Las investigaciones sobre las fíbulas, centradas en la clasificación tipológica, cronológica y en la composición elemental, apenas cuentan con acercamientos relacionados con sus técnicas de fabricación (Rovira 1987). Dada la excepcionalidad y novedad de las fíbulas que se estudian en este trabajo, consideramos que investigar la manufactura de una de ellas, junto con el resto de datos que aportamos, ayudaría a un conocimiento más exhaustivo de estas piezas. Ello ha sido posible, gracias al excepcional estado de conservación de la fíbula inédita IIc (Fig. 2), cuyo tosco acabado ha permitido reconstruir en primicia el proceso tecnológico de elaboración de estas arcaicas fíbulas de "tipo Monachil". Las cinco fíbulas seleccionadas se han observado macroscópicamente y con una lupa binocular (0-80x). Además, las imágenes microfotográficas de sus diferentes partes han permitido un cotejo exhaustivo entre ellas. Como algunas técnicas dejan sobre el metal huellas no directamente relacionables con una cierta herramienta o proceso, se han realizado tests experimentales para su contrastación. La praxis comparativa, entre el proceso de trabajo del pasado y del presente, se basa en la aplicación arqueológica de la analogía, método de análisis que permite especificar cuán similares o diferentes son los procesos que se comparan (Morgado y Baena 2011). Este concepto, basado en métodos de investigación de la etnología tecno-económica, y aplicado mayormente a la producción lítica tallada, puede hacerse extensivo a cualquier proceso tecnológico, pues define la ordenación secuencial de las técnicas empleadas en la elaboración de un útil, desde la materia prima en bruto hasta su abandono. En el objeto metálico estudiado, la cadena operativa se muestra a partir de la fíbula mejor conservada (Fig. 2: IIc), haciendo referencia a las similitudes o disimilitudes observadas en las otras piezas del conjunto. LA MANUFACTURA DE LAS FÍBULAS ARCAICAS "TIPO MONAChIL" La sencilla apariencia que puede transmitir la observación superficial directa de las fíbulas oculta objetos complejos. Su elaboración a partir de un elemento simple, como una varilla o un alambre de bronce o cobre, resulta de aplicar determinadas técnicas que se han podido reconstruir y ordenar de forma seriada. A continuación, describimos cada fase de la cadena operativa de la manufactura, aludiendo a las huellas superficiales observadas en las piezas y a la relación secuencial entre ellas. Las preformas: las fíbulas son artefactos compuestos. Su elaboración se inicia a partir de un trozo de metal alargado, que puede obtenerse mediante diferentes procedimientos. Pero la identificación del tipo de soporte es complicada. En el conjunto estudiado se han definido dos: una varilla rectangular (Fig. 2: IIc) y un alambre circular (Fig. 2: IIa.1, IIa.2, IIb). La utilización del alambre, o "alambre estirado", ha sido planteada, especialmente por S. Rovira (1987), pero, ¿cómo se elabora un alambre circular de bronce? La solución más sencilla es obtenerlo en un molde mediante fundición. También cabe cortar un trozo de varilla de una placa que, por limado o abrasión, se transforma en un alambre circular (Fig. 4: 4). Discernir entre estos procedimientos ha sido imposible en el conjunto estudiado, pero las secciones de algunas piezas nos permiten afir-mar que algunas se elaboraron a partir de un alambre circular (Fig. 5: 1, 4 y 3). Sin embargo, la utilización de una varilla rectangular también se ha podido comprobar en la fíbula mejor conservada y, en nuestra propuesta, más arcaica (Fig. 2: IIc). Las huellas en su cara A sugieren que se trata de una varilla recortada de una placa de mayores dimensiones (Fig. 4: 1 y 2). Una incisión longitudinal cortó la barra, desgajada tras un trabajo de flexión, como muestra la rebaba de metal que el limado no pudo eliminar (Fig. 5: 2 y 4). El pulido con limado parece anterior al proceso de deformación plástica, porque si fuera posterior se habrían suprimido fácilmente esos defectos superficiales. Por ejemplo, en la zona del bucle se observa que el interior del alambre está pulido, cuando en esa posición final no parece posible introducir una lima. Pie o mortaja: se configura en la primera fase de la manufactura (Fig. 4: 3) con técnicas de deformación plástica por forja, o combinándola con ciclos de recocido. Estas técnicas se basan en propiedades mecánicas del metal como la maleabilidad y la ductilidad. Un martillo configura la forma alargada y oblonga del pie. Sus impactos continuos generan huellas fácilmente reconocibles en la superficie del metal como depresiones y ondulaciones (Fig. 6: 6). La técnica empleada, para elaborar las fíbulas que conservan las mortajas (Fig. 2: IIa.1, IIa.2 y IIc), ha sido siempre el martilleado de la preforma (Fig. 6: 4). Resorte: tiene una cierta funcionalidad móvil, ya que es la parte mecánica que facilita que la aguja entre y salga de la mortaja con un ligero movimiento. La maleabilidad del metal permite este cambio de posición, sin alterar sustancialmente la forma. Las espiras se realizaban con ayuda de un eje sobre el que la varilla o alambre se enrollaba sobre sí mismo, hasta formar el bucle o muelle deseado (Fig. 4: 4). La torsión del metal sobre ese eje producía fisuras superficiales en las partes curvas del resorte. Ello indica que, en ocasiones, se superaba el umbral de ductilidad (Fig. 4: 2 y 1). El martilleado, para configurar la morfología fusiforme de los brazos, también debió llevarse a cabo tras elaborar el resorte (Fig. 5: 3 y 2). Aguja: es la última parte de la secuencia funcional. Se elaboraba, mediante el aguzamiento progresivo del diámetro de la varilla o del alambre, hasta adquirir forma de aguja. Es complicado reconocer la técnica empleada. El análisis visual Fig. 4. Esquema del proceso de manufacturación de una fíbula de codo de "tipo Monachil", a partir del modelo de Las Muelas (Alamedilla, Granada): preformas (1-2); preparación de la mortaja (3); realización del resorte (4); Afilado de la aguja (5); doblado del codo y de la mortaja (6); comprobación dimensional de la posición centrada del codo (7). de la superficie de las agujas puso de manifiesto el uso de una herramienta dentada, que eliminaba el metal como una lima actual. Las trazas son estrías de fondo cóncavo distribuidas de forma regular y uniforme (Fig. 5: 7 y 8). La falta de referentes arqueológicos sobre este tipo de herramientas en la Edad del Bronce justificó la realización de pruebas experimentales para la contrastación arqueológica de ese tipo de huellas. Como elementos abrasivos sobre una placa de cobre puro se aplicaron limas para metal de diversos granulados (Fig. 7: 1 y 2), calcarenitas de grano grueso (Fig. 7: 3) y arenisca de grano fino (Fig. 7: 4). La observación con lupa binocular muestra una clara concordancia entre las huellas dejadas por las limas actuales (Fig. 7: 1 y 2) y las arqueológicas (Fig. 6: 7 y 8). Las diferencias observadas, entre las trazas resultantes de las piedras con capacidad abrasiva y las limas, son nítidas. Estas últimas eliminan el metal dejando surcos profundos y regulares (Fig. 7: 1 y 2), mientras que los abrasivos, en vez de suprimirlo, lo arrastran de modo anárquico, formando rebabas en los bordes Fig. 6. Fíbula de las Muelas (Alamedilla, Granada) (II): trazas arqueológicas de manufacturación y situación de las mismas (A-B): fracturas por torsión en el resorte (1 y 2); restos de limado en el arranque de la aguja (3); rebaba residual de la obtención de la varilla (4); detalle del codo con la inflexión de la varilla (5); evidencias de martilleado sobre la mortaja (6); estrías de limaduras sobre la aguja (7 y 8). Trazas experimentales sobre placa de cobre puro: limas de granulado variable (1-2), calcarenita de grano grueso (3) y arenisca de grano fino (4). Observación macroscópica y con lupa binocular entre 0 y 80 aumentos. Con esto no estamos planteando que hubiera limas como las actuales en el Bronce Final, pero sí algún utensilio de similares características, capaz de dejar parecidas huellas al usarse. La cuestión habrá de comprobarse o reconocerse en futuras investigaciones, especialmente a partir de análisis más intensivos de útiles similares o de diferente tipología del Bronce Final. El codo: es una de las partes más características de las fíbulas antiguas, como en el "tipo Monachil", siendo un elemento decorativo, no funcional. Se hacía incurvando, hasta alcanzar 180.o, el alambre o la varilla por la parte central del puente (Figs. Esa disposición es de gran trascendencia tipológica: en cuatro piezas el codo aparece vertical y centrado respecto de los brazos y, solo en la IIc, inclinado hacia el brazo izquierdo (Fig. 2). Según el estudio métrico, esa peculiaridad se debió a un "fallo" del artesano, no a una característica tipológica. El codo siempre se elaboraba en la última fase del proceso de manufactura. Su conjunción con el puente tenía que estar muy equilibrada, para que coincidiera con el tamaño de la aguja y esta pudiera recogerse en la mortaja, sin excederla ni quedar corta. Al configurar un puente demasiado largo en la fíbula IIc, la mortaja sobrepasaba el tamaño real de la aguja. La sencilla solución del artesano a este problema funcional fue flexionar e inclinar el codo hacia su izquierda, para reducir el tamaño del brazo y la mortaja, ajustándolo a la medida original de la aguja (Fig. 4: 7). Las decoraciones: solo aparecen en la IIa.1 (Fig. 2). En cada brazo se realizaron tres franjas rayadas, incisas con algún útil afilado o abrasivo. La distribución asimétrica de las franjas, y su acabado, podrían indicar que se añadieron después de elaborar la fíbula. De forma sintética, la cadena operativa de las fíbulas arcaicas "tipo Monachil" comprende seis fases: 1) preformas sobre una varilla rectangular o un alambre circular; 2) configuración de la mortaja mediante martilleado; 3) elaboración del resorte; 4) afilado de la aguja por abrasión o limado; 5) realización del codo; 6) decoraciones mediante incisiones aleatorias. Indicamos para finalizar este apartado que, según el análisis de tan singular conjunto de fíbulas, podemos reconocer una evidente similitud tecnológica, con leves variaciones, entre las formas más antiguas del "tipo Monachil". A falta de otros acercamientos, este estudio debe servir de referencia para generar, en futuros trabajos, explicaciones tecno-tipológicas y de otro tipo que permitan un conocimiento más exhaustivo de la variabilidad de las fíbulas del Bronce Final en la Península Ibérica. Se ha analizado la composición de cinco fíbulas de Monachil, Canto Tortoso, Las Muelas y el Cerro de la Mora. Los resultados obtenidos en esta última, afectados por su pésimo estado de conservación, no son representativos de la aleación original (bronce) por lo que no se han incluido en la tabla 2. Los análisis de los ejemplares procedentes de Canto Tortoso y Las Muelas se han complementado con otros por Microscopio Electrónico de Barrido (MEB) y Espectrometría de Masas con fuente de Plasma de Acoplamiento Inductivo (MC-ICP-MS) Los análisis del MEB se han realizado en el Microlab del Instituto de Historia del CSIC (Madrid) con un Microscopio Electrónico de Barrido de presión variable (VP-SEM) Hitachi S3400 n, type II, mediante un microanálisis por dispersión de energías de rayos-X (EDX) acoplado. Los análisis MC-ICP-MS se han efectuado en el Servicio de Geocronología de la Universidad del País Vasco. Estos precisan mejor los elementos minoritarios que no pueden detectarse en el MEB y, en especial, permiten averiguar la presencia/ausencia de estaño en la fíbula de Las Muelas, cuyo resultado inicial en el MEB fue cobre con arsénico. Los análisis ICP han confirmado la ausencia de estaño (25 ppm), reduciendo las opciones de que fuera un metal reciclado donde suelen quedar siempre restos de estaño (Montero 2008: 502-503). En consecuencia, la fíbula se elaboró de manera intencionada con cobre sin alear y sobre metal nuevo. Consideramos que, por tecnología, tipo de metal, contexto arqueológico y por las altas cronologías de este subgrupo, la fíbula de Las Muelas es una de las más antiguas del Mediterráneo Occidental. Su manufactura en cobre sin estaño sería aún propia de los últimos momentos argáricos. No se conoce nada similar entre las fíbulas de codo del Bronce Final de la Península Ibérica, ni tampoco de Italia (Hook 2007; Giumlia-Mair et al. 2010). De igual forma, las medias porcentuales de los análisis realizados por Craddock (1976), en fíbulas griegas del Protogeométrico y Geométrico, indican porcentajes medios de estaño (Sn 7,66% y 8,32%) alejados de los resultados obtenidos en el "tipo Monachil" antiguo (A). Las fíbulas de Monachil 2, Canto Tortoso y Las Muelas tienen una aleación de bronce binario con porcentajes medio-bajos de estaño en torno al 6-7%, muy similares a los de otras fíbulas de codo antiguas del "tipo Huelva" y "Monachil", principalmente de Andalucía Oriental (Carrasco et al. 1999). El arsénico (As) es el oligoelemento mayoritario. Las muestras para los análisis de isótopos de plomo de esas tres fíbulas (Tab. 3) se extrajeron mediante limadura del metal, empleándose limas diferentes para cada una. La técnica de alta precisión (MC-ICP-MS) escogida es necesaria para poder conseguir una información comparable a análisis previos (Santos et al. 2004), minimizando los márgenes de error y de interpretación en la asignación de campos isotópicos con base geológica. Los resultados obtenidos (Fig. 8) parecen indicar un origen diferente para cada fíbula, aunque en estos momentos es difícil proponer una procedencia más exacta, principalmente por faltar datos de las mineralizaciones de cobre de la propia provincia de Granada para la comparación. Ahora mismo, con la información geológica disponible, solo podemos apuntar una relación de la fíbula Monachil 2 con la mineralización de la Faja Pirítica de Huelva y nos parece dudosa. Hay elementos en esta comparación que no acaban de encajar perfectamente, sugiriendo que la signatura isotópica pueda resultar de una mezcla de procedencias diferentes. Este aspecto debe valorarse en el futuro, dada la característica composición de bronce pobre que esta fíbula presenta en el análisis elemental. Lo que sí se puede afirmar es Tab. Análisis de isótopos de plomo por Espectrometría de Masas con fuente de Plasma de Acoplamiento Inductivo (MC-ICP-MS) de las fíbulas de codo "tipo Monachil", procedentes de la provincia de Granada estudiadas. Gráfica de procedencia de las fíbulas granadinas estudiadas, en cuanto a las evidencias isotópicas de plomo contrastadas en la Península Ibérica. que el metal de las fíbulas no procede de las minas del Valle de la Alcudia en Ciudad Real, ni de las de Linares en Jaén, ni del área de Los Pedroches en Córdoba, ni de las minas de Murcia y Almería, hasta ahora caracterizadas. En este último sentido, existen otras muchas referencias sobre recopilación de datos geológicos de la Península Ibérica, cuya relación y peculiaridades pueden contrastarse en otro sitio (Bartelheim et al. 2012). Un amplio estudio que llega a considerar cerca de ochocientas muestras, incluyendo otras inéditas que se han obtenido de proyectos de investigación vigentes y en los que existe una directa responsabilidad de uno de nosotros (I. Montero). En general, las tradicionalmente denominadas "fíbulas sículas" de la Península Ibérica no han tenido un tratamiento específico y, menos aún, cronológico, englobándose de modo sesgado entre las del tipo antiguo, con o sin codo. Su cronología ha dependido de las de "tipo Huelva" y de las alternativas experimentadas por la investigación sobre los bronces de la Ría de Huelva a lo largo de los años. Los modelos interpretativos de Almagro Basch sobre la dependencia de estas fíbulas lisas respecto de las sículas italianas, brillantes en su momento, se han mantenido incomprensiblemente sin alterar durante más de setenta años. A ello contribuyó el que no se comprobara la reconstrucción de la fíbula lisa de la Ría de Huelva, cuyo codo descentrado dio credibilidad a unas aparentes relaciones con fíbulas similares de ambientes sicilianos. Además, se creó una posterior y consistente literatura sobre la llegada de estos imperdibles a la Península Ibérica a través del comercio, o incluso por la arribada de poblaciones procedentes del Mediterráneo Central, especialmente de Sicilia y del sur de Italia. No vamos a incidir sobre las investigaciones, por otra parte escasas, de este tema. En realidad, el referente en cualquier oportunidad al publicar algún hallazgo fibular de codo, contextualizado o no, ha sido siempre, sin excesivos problemas, el "modelo sículo" de Almagro Basch y el horizonte siciliano de Pantalica II, e incluso III, de la Protohistoria italiana; todo, para argumentar las cronologías y orígenes extra-peninsulares de los imperdibles. En trabajos directos recientes hemos ido exponiendo la dificultad de seguir manteniendo, esencialmente por tipología y cronología, el modelo sustentado sobre el origen sículo de las fíbulas peninsulares de codo "tipo Monachil" (Carrasco et al. 2012(Carrasco et al., 2013) ). Estudios previos de investigadores italianos como Eles Masi (1986), M. Turco (2000) y especialmente F. Lo Schiavo (2010) han fortalecido, en cierta manera, nuestras hipótesis al respecto. Sin embargo, no los tomamos como definitivos, especialmente en lo referente a las imprecisas dataciones de las fíbulas, cuyo parentesco con las españolas se ha forzado. Valoramos que documentan de modo exhaustivo la globalidad de las fíbulas italianas, lo que ha permitido compararlas con las españolas consideradas similares. Sobrepasan la decena de millar las fíbulas procedentes de Italia, de las que resultan de especial interés las documentadas en su parte meridional y Sicilia, que hemos visualizado y contrastado exhaustivamente. En principio y en síntesis, reafirman lo ya publicado respecto de los ejemplares descritos de la fase antigua del "tipo Monachil" (Monachil, Las Muelas, Canto Tortoso y Cerro de la Mora): sin que haya, durante el Bronce Reciente y Final en toda Italia, un solo modelo o tipo para su entronque tipo-cronológico, ni tradición alguna sobre estos imperdibles. Huelga, pues, toda especulación que pudiésemos efectuar sobre similitudes. Otras consideraciones tampoco tendrían más finalidad que adentrarnos en lo meramente erudito e historiográfico. Grosso modo, hemos fechado nuestro grupo A entre los siglos XIII-XI a.C. Esta cronología, muy amplia y poco precisa, podría justificarse por las características morfométricas y tecnológicas de las fíbulas que lo componen, al margen de lo aportado por nuestra propia experiencia sobre este tipo de artilugios paradigmáticos del final de la Prehistoria Reciente. Pero también podemos ofrecer una datación absoluta para el ejemplar del Cerro de la Mora que, aunque problemática por su amplio intervalo cronológico, está bien avalada por el contexto arqueológico en el que se exhumó. Aunque antes de discutir su importancia, valoraremos sucintamente las escasas dataciones absolutas que en el ámbito peninsular han sido relacionadas con fíbulas de codo antiguas. En principio, son las recién publicadas del yacimiento de Las Lunas en Yuncler, Toledo (Urbina y García 2010, 2013), las que fechan el contexto de un depósito broncíneo con un extraordinario ejemplar de codo descentrado, junto a las problemáticas de la Ría de Huelva (Almagro-Gorbea 1978), San Román de Hornija (Delibes 1978) y Cerro de la Miel (Carrasco et al. 1985; Carrasco et al. 1987), relacionadas con ejemplares del "tipo Huelva". Esta escasa base de fechaciones no ha sido óbice para que la investigación peninsular haya montado en los últimos años un entramado cronológico en el que ha tenido cabida, de manera forzada, todo el conjunto fibular peninsular. No se han discriminado tipos, ni diferencias morfo-tipológicas que, evidentemente, pueden responder en origen a múltiples tradiciones y cronologías. Incluso se han elaborado mapas de distribución de lo más variopinto, dentro de un gran confusionismo. Pero, además, se ha propuesto la posible llegada de estas fíbulas desde el Mediterráneo central, o a través de intermediarios desde otras áreas geográficas más alejadas del Mediterráneo oriental. Las mismas dataciones absolutas del depósito de la Ría de Huelva han sido envejecidas continua y reiteradamente sin ningún reparo ni, menos aún, estrictos y fiables argumentos novedosos. Así, sus iniciales cronologías absolutas del siglo IX a.C., que databan la madera conservada en algunos regatones del heterogéneo depósito, se generalizaron al resto de los bronces sin tener muy en cuenta su posible cronología de origen. Entre ellos estaban las fíbulas, clasificadas según paralelos mediterráneos y extra-mediterráneos de la más diversa etiología, pero cuyas cronologías tampoco eran más nítidas que las de los ejemplares que pretendían precisar. Posteriormente, ese mismo proceso de envejecimiento afectaría a otros ejemplares peninsulares. Lo mismo se databa un tipo ad occhio que un "tipo Huelva" o de codo descentrado, etc., importando solo su mejor adecuación a los marcos temporales utilizados ad usum privatum. Mediante esta imparable subida temporal, sin excesivos argumentos fiables se llegó al siglo X e incluso al XI a.C., cuando ya no se databan las fíbulas "tipo Huelva", o incluso las sículo lisas o "tipo Monachil", documentadas en la Ría de Huelva, sino una amplia gama de diferenciadas tipologías y desarrollos de escasas y dudosas relaciones en origen y sin contextos precisados. En este ascenso de las cronologías de las fíbulas de codo, especialmente las del "tipo Huelva", han sido determinantes las dataciones absolutas obtenidas en San Román de Hornija y Cerro de la Miel, donde existían trasfondos arqueológicos, pero cuya amplitud cronológica fue objeto de críticas poco justificadas en su momento. Todo este galimatías cronológico y tipológico de las fíbulas de codo españolas se sustentó, con mayor o menor éxito, en hallazgos realizados en otros ámbitos próximos o lejanos del Mediterráneo. Las de "tipo Monachil", objeto de este estudio, solo lo han sido de forma tangencial. Por lo que debe acentuarse su originalidad e independencia en origen y su relación con las que situamos en la fase antigua A de las denominadas "sículas". Los posteriores desarrollos o evoluciones del "tipo Monachil", grupos B, C y D (Fig. 1), podrían admitir alguna relación aislada con las fíbulas sicilianas. Pero, en cualquier caso, no implicaría que estas fueran su modelo. Por su escasez, rareza y falta de tradición no conformarían ningún grupo claramente definido y cuentan con una ambigua cronología relativamente tardía. La datación C14 que vamos a considerar, 2990 ± 90 BP (González et al. 1987), fue obtenida sobre carbón extraído del fondo de una cabaña circular del Bronce Final antiguo con numerosas cerámicas, excavada en 1986 en la extensa secuencia del Cerro de la Mora. La tabla 4 muestra los resultados de la calibración con el Programa Calib. El intervalo de calibración es elevado, en especial por su alta desviación estándar (± 90 años), propia de las dataciones obtenidas en la década de 1980 por el Laboratorio de C14 de la Universidad de Granada (UGRA). Lo mismo ocurre con las otras trece muestras analizadas de esa secuencia, aunque todas ellas son progresivas y de una gran coherencia. Esa circunstancia intrínseca a las dataciones no nos impide considerar aceptable la cronología de la segunda mitad del siglo XIII a.C., avalada especialmente por el contexto arqueológico fiable del Bronce Final I, bien estratificado del Cerro de la Mora. La data C14 mencionada, aplicable a la fíbula documentada en el yacimiento, marca un hito cronológico entre los imperdibles de codo, sea cual sea su tipo, de la Península Ibérica. Hemos adelantado de forma sucinta, que nuestras fíbulas antiguas "tipo Monachil", siglos XIII-XI a.C., no tienen similitudes morfo-técnicas con las conocidas de esta cronología en otros ambientes mediterráneos. Existe una gran dificultad para sistematizar la multitud de fases culturales y dataciones absolutas y relativas del final de la Prehistoria italiana, pero puede corresponder -o acoger-lo que se denomina generalmente Bronce Reciente (BR), 1.o Orizzonte dei ripostigli y fase Pantalica I del Bronce sículo, entre el siglo XIII y la primera mitad del XI a.C. Todas las fíbulas antiguas que se constatan entonces, en la Italia continental e insular, son variantes del tipo violín y posteriormente de arco simple. Sus tipologías son muy diferentes de las antiguas de la fase A del "tipo Monachil" de la Península Ibérica y sin visible relación genética entre sí. Podríamos adjudicar a ese tipo fibular, sobre todo por su arcaica morfo-tipología y su alta cronología, mayor antigüedad que al resto de fíbulas de codo documentadas en la Península Ibérica. La única excepción podría ser la fíbula de arco de violín, publicada por Delibes (1981), conocida por un dibujo y cuya procedencia de El Berrueco no es segura. De ser cierto su origen, y dado su carácter único peninsular, podría justificarse su presencia por algún comercio desconocido, antiguo o moderno, pero sin relación con la procedencia de las antiguas fíbulas de "tipo Monachil". Estas últimas podrían completar el espacio entre los siglos XIII-XII a.C., poco conocido en la Península Ibérica y que no rellenan fíbulas como las de "tipo Huelva", ad occhio, codo descentrado, etc., que, en los ámbitos italianos y orientales, sí cubren las variantes fibulares de violín y arco simple. En el sur de Italia y Sicilia, la mayoría de las fíbulas fechadas desde finales del siglo XI y siglo X a.C. son de codo o bucle descentrado, al contrario de lo que sucede con los ejemplares peninsulares tardíos, al margen de tener una cro-nología similar, o incluso más tardía que ellos. Corresponden al Bronce Final I-2, Fase Pantalica II del Bronce sículo y Pantalica III/I Hierro del siglo IX a.C. y, en cierta forma, pueden relacionarse con formas más tardías del "tipo Monachil". Asimismo, las escasas fíbulas italianas con codo centrado, tipos 290.1 y 290.2 de Lo Schiavo (2010: 603), no han sido bien interpretadas por la autora en relación con las españolas, por utilizar fuentes de segunda mano y una documentación limitada sobre las fíbulas de la Ría de Huelva (Ruiz-Gálvez 1995). La investigadora italiana, al comparar con ellas los motivos decorativos de sus fíbulas sículas, indica que la documentación primaria de Almagro Basch (1940a) sobre las fíbulas onubenses es insuficiente. Salva solo una de procedencia desconocida de la Meseta, conservada en el Museo de Barcelona, que parece confundir con ellas. Menciona la decoración incisa de las onubenses para relacionarlas con las de Cassibile, cuando no existe una relación tipológica nítida con las de "Huelva": las molduraciones de los brazos del puente de las hispanas faltan en los ejemplares sicilianos y estos, a su vez, tienen siempre codos claramente descentrados. Quizá, si Lo Schiavo hubiese consultado los trabajos originales de Almagro (1940aAlmagro (, 1940b)), habría advertido que la única fíbula que puede tener alguna relación en origen con las sicilianas sería su famosa sícula de brazos "amorcillados", cuya fina decoración incisa tampoco fue apreciada por Ruiz-Gálvez. De todas maneras, ninguna de estas fíbulas sicilianas guardaría una directa relación con las del "tipo Huelva". La primera, lisa y de codo centrado, se localizó en la tumba 8 de la necrópolis de Cassibile, con una cronología ambigua del Bronce Final 3, de fines de la fase Pantalica II, entre los siglos X-IX a.C. La segunda, ya re- ferida (Carrasco et al. 2012(Carrasco et al., 2013)), es una pequeña fíbula sin mortaja, que tendría el codo centrado y el puente decorado con finos trazos incisos paralelos sobre el puente. Es muy similar a la de El Coronil (Sevilla) y tiene evidentes relaciones formales con el ejemplar liso de la Ría de Huelva y con otro semejante del Cerro de la Agujetas en Pinos Puente (Granada). La pieza sícula procede de un depósito de bronces de Castelluccio (Ragusa), fechado en el III Orizzonte dei ripostigli (BF 3-I Fe IA) que se incluiría en la Fase Pantalica III, básicamente del siglo IX a.C. Estos imperdibles difieren de las demás fíbulas de puente asimétrico italianas, pero son tan escasos que no permiten configurar un tipo, existiendo más ejemplares en la Península Ibérica que en Sicilia para definirlo. Una fíbula de la tumba 54 de Cassibile, asignada sin precisión a Pantalica II (Lo Schiavo 2010: 745) y la I Edad del Hierro, entre los siglos IX/VIII a.C. (Turco 2000), guarda una cierta similitud con la antigua fíbula de Las Muelas por el perfil del puente, aunque el codo es más asimétrico. En cambio, sus mayores dimensiones y su elaboración, sobre una amplia pletina de 9/10 mm de anchura y 3 mm de grosor (Lo Schiavo 2010: tavola 526, n.o 6697), la diferencian ostensiblemente de la granadina. En resumen, el actual registro fibular antiguo no justifica que las denominadas fíbulas lisas arcaicas del "tipo Monachil" llegaran a la Península Ibérica en relación con poblaciones, comercio, conexiones, etc., desde el sur de Italia y Sicilia u otros ambientes conectados con ellas. Es posible que, desde la segunda mitad del siglo X y en el IX a.C., existiera cierto nexo entre la península y el sur de Italia por la presencia en ambas de formas fibulares, más o menos comunes, aunque no totalmente similares, conectadas con tipos diferentes al de "Monachil" o muy evolucionados respecto del mismo. Por ejemplo, la fíbula tardía de puente descentrado y origen desconocido del Servicio de Investigación Prehistórica de Valencia (Almagro 1957, 1966) puede tener alguna relación con alguna de las documentadas en las necrópolis sicilianas de Cassibile o haber sido importada desde esos ámbitos, no suficientemente conocidos, en una fase antigua o como parte de una transacción más moderna. Debe recordarse que todas las fíbulas ad occhio peninsulares tienen el bucle centrado, no así las sicilianas. Además, la cronología de algunas, especialmente las procedentes de Perales del Río (Blasco 1987) y Soto de Tobilla (Quintana y Cruz 1996), podría incluso ser más antigua que la de las propias sicilianas. En definitiva, comprobamos la escasa o nula relación de las fíbulas de la fase antigua de "tipo Monachil" con las italianas, especialmente con las denominadas sículas. Buscar sus orígenes o paralelos en otras regiones mediterráneas, como las paradigmáticas regiones orientales, nos llevaría, conociendo el registro actual, a conclusiones parecidas. La media docena de fíbulas orientales que podríamos paralelizar con las del "tipo Monachil" también son insuficientes para conformar un tipo, pero no impide reconocer afinidades entre algunas fíbulas de perfil alto en forma de triángulo isósceles y codo centrado, constatadas desde antiguo en Chipre y Palestina, y las antiguas del "tipo Monachil". Sin embargo, cuando estas fíbulas orientales, consideradas arcaicas, se analizan en detalle, se advierten rasgos significativos que las alejan de las peninsulares. Entre ellos están los brazos de puente moldurados y una cronología sensiblemente inferior, atestiguada en las chipriotas de Kourion en la Colección Cesnola, Amathus 243 y 523, antigua de Larnaka, etc., y en las palestinas de Samaria-Sebarte y Megiddo Va, controvertidas y de amplia bibliografía (Carrasco y Pachón 2006c). También, aunque algo alejado de este contexto oriental, el ejemplar liso de Lefkandi, en la isla griega de Euboia (Carrasco y Pachón 2006c), aunque es de perfil bajo y cronología más reciente. Se realizó sobre una amplia pletina de oro con codo centrado, pero recuerda alguna elaboración sícula tardía, como la fíbula de la tumba CS54 de Cugno Spineta de Cassibile (Turco 2000), correspondiente al tipo 369.1 de Lo Schiavo (2010: tavola 526, n.o 6697). El número conocido de fíbulas de este grupo oriental no se ha incrementado en los últimos años, por lo que pueden considerarse piezas aisladas entre los tipos mayoritarios de violín y arco simple con sus múltiples variantes. La ausencia de nuevos hallazgos no ha impedido seguir especulando con la cronología de alguna de las fíbulas conocidas: por ejemplo, la fíbula de Megiddo Va, objeto de innumerables controversias por su dudosa ubicación estratigráfica y problemática cronología. La polémica a este respecto puede ayudar a una mejor comprensión de la fecha adjudicada a las que componen la antigua fase (A) del "tipo Monachil". Recientes trabajos sobre la cronología de la Edad del Hierro en el Mediterráneo (Bruins et al. 2011vs. Fantankil et al. 2011) recogen, comentan y corrigen las nuevas cronologías absolutas de las fíbulas de Megiddo Va, Achziv, Torre Galli, Ría de Huelva, etc. Estas cronologías, tangencialmente sirven para valorar la obtenida en el Cerro de la Mora para el "tipo Monachil". En síntesis, una data absoluta para Megiddo H5 (IVB-VA) del 2817 ± 23 BP, apoyada en cuatro dataciones por C14 (Sharon et al. 2007: 36, table 7), aseguran su famosa fíbula hacia la mitad del siglo X a.C. Otras indagaciones (Plicht et al. 2009), en base a las seis dataciones por C14 del depósito de la Ría de Huelva obtenidas por Almagro Gorbea (1978), sitúan en el 2815 ± 30 BP la cronología de su depósito broncíneo y, por ende, de sus fíbulas. Al asignar la misma fecha a la documentada en la tumba 1 de Achziv, se establece un doble paralelismo cronológico: entre el Hierro Antiguo II israelí y los momentos finales del Bronce Final en España y entre las fíbulas de Megiddo Va, Achziv y las onubenses. La argumentación resulta muy coherente sobre el papel, pero olvida que, en Huelva, se fechó la madera conservada en el interior de unos regatones, recogidos entre una gran variedad de objetos, en un conjunto broncíneo abierto de muy dispar tipología y, por supuesto, cronología. En suma, se están paralelizando fechas que corresponden a tipos diferentes: regatones y fíbulas. Fuimos pioneros al señalar las analogías y posibles relaciones entre la fíbula de Achziv y algunos ejemplares del "tipo Huelva" (Carrasco y Pachón 2006c). En su momento, E. Mazar (2004: fig. 28,1) situaba el ejemplar israelita en el periodo inicial de ocupación de la cámara funeraria donde se localizó: siglo X e inicios del IX a.C. La fecha actual ya comentada, hacia mediados del siglo X, no afecta lo que en su momento expusimos al situarla, por sus características morfométricas y cronológicas, "en una posición avanzada de nuestro desarrollo tipológico, por lo que la datación aportada por la excavación de referencia sería un apoyo de indudable valor para nuestros planteamientos, aunque no tanto para el origen del tipo fibular" (Carrasco y Pachón 2006c: 79). Es decir, ya sea de principios del siglo IX o de mediados del X a.C., no altera nuestra visión de que es una forma evolucionada dentro de nuestra secuencia tipológica del "tipo Huelva". En cierta forma, Bruins et al. (2011) justifican y documentan las nuevas cronologías absolutas del Hierro Antiguo II, que correlacionan la fachada mediterránea oriental y otros ámbitos de la centro occidental (España, Italia) con fases finales del Bronce Final/Hierro I, asumiendo una cronología similar para las fíbulas orientales de Megiddo VA, Achziv, Samaria, Kourion, Amathus 523, las sicilianas de Tre Canalli y las españolas de la Ría de Huelva. No sabemos a ciencia cierta, si su disposición en la tabla o figura (Bruins et al. 2011: fig 1) implica una secuencia cronológica o tipológica, que iría desde la de Achziv/Megiddo Va hasta las sicilianas de Tre Canalli, pasando por las de Samaria, Ría de Huelva y las chipriotas de Kourion y Amathus 523 y 125. Si fuera así, no reflejaría, a nuestro entender, ninguna realidad arqueológica: difieren en la tipología y, probablemente en algunos casos, en la cronología. En conclusión, estas fíbulas orientales, como las italianas e incluso griegas, no tienen correspondencia cronológica ni tipológica nítida con las de "tipo Monachil" y menos aún, como hemos tratado de exponer, con las más antiguas de su fase A.
La presencia fenicia en la Este trabajo da a conocer los primeros resultados de la investigación de los autores en el enclave fenicio del Cabezo Pequeño del Estaño de Guardamar (Alicante). Dichos trabajos, consistentes en la revisión de los materiales exhumados en los años noventa y en el estudio arquitectónico con motivo de unas recientes tareas de consolidación, ayudan a definir más claramente el primer impacto de los agentes comerciales orientales en la costa levantina de la Península Ibérica y a comprender el desarrollo urbano del área del Bajo Segura que arrancó en época arcaica (siglos VIII-VII a.C.). El análisis de fotografías antiguas, anteriores a la destrucción parcial del enclave, ha permitido reconstruir su dimensión original (superior a una hectárea) y buena parte de su lienzo amurallado. Estos datos permiten considerar, además, el carácter urbano del yacimiento, anteriormente publicado como un pequeño fortín. En paralelo, los materiales arqueológicos procedentes de su última ocupación, fechados a finales del siglo VIII a.C., nos llevan a considerar que se trató del primer enclave colonial del Bajo Segura, abandonado en esas fechas por una población que se trasladó a un enclave de mayor tamaño y ubicado en mar abierto, conocido por el topónimo moderno de La Fonteta. Palabras clave: Hierro I; Mediterráneo occidental; Desembocadura del río Segura; Patrón de asentamiento; Línea de costa; Fortificación de tipo próximo-oriental; Casamatas. El presente trabajo recupera y revaloriza científica y socialmente, un yacimiento protohistórico de primer interés el Cabezo Pequeño del Estaño/ Cabeço Petit de l'Estany (1) (en adelante, CPE), (1) Los términos "estaño" castellano y "estany" catalán, aluden a "laguna" y derivan del vocablo latino stagnum. El topónimo clarifica, como veremos, el carácter que tuvo el asentamiento y su entorno. Este todavía es inundable a pesar de las desecaciones realizadas desde el siglo XVIII para ganar tierras cultivables. (*) Museo Arqueológico de Guardamar. Correo e.: agarciamenarguez.com (**) Departamento de Prehistoria, Arqueología, Historia Antigua, Filología Griega y Latina. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Alicante. emplazado en la desembocadura del río Segura (Fig. 1), en el actual término municipal de Guardamar del Segura (Alicante). Tras un parón de casi una década en las investigaciones sobre la presencia colonial en la zona, estamos asistiendo a un revival del interés por el tema. Su principal reflejo ha sido la publicación de las excavaciones en la ciudad fenicia de La Fonteta por parte de los dos equipos científicos responsables (Rouillard et al. 2006; González 2011) y la exposición "Guardamar, Arqueología y Museo" en el Museo Arqueológico Provincial de Alicante (MARQ), en 2010. Su éxito de visitantes propició la publicación de un magnífico catálogo que retoma y pone al día los estudios previos (García Menárguez 2010) y es la base sobre la que se deberían cimentar nuevas propuestas, como la que el lector tiene en sus manos. Además nos parecen de enorme interés la celebración de congresos y la publicación de obras con nuevos planteamientos sobre la implantación fenicia en Occidente y su relación con el mundo tartésico apoyados en la heterogeneidad y diversidad de las distintas comunidades implicadas. Queremos sumarnos a este debate científico mostrando un ejemplo de esa implantación y de su relación con el mundo indígena: el CPE. Por la escasa difusión de su investigación (p.e. Álvarez 2011), ha quedado muchas veces eclipsado por otros yacimientos fenicios o ibéricos del entorno, mucho mejor conocidos, enclavados incluso en el término municipal de Guardamar del Segura. El CPE mantiene abiertas cuestiones como el estudio en detalle de su arquitectura y sus técnicas constructivas y una cronología más precisa de sus momentos iniciales. Igualmente habrá que averiguar si, como parece, a finales del siglo VIII a.C., la zona aún hoy inundable de los "Estaños" era navegable (Ferrer 2010: 44) y se colmató de forma definitiva provocando, junto a un progresivo aumento demográfico, el abandono del emplazamiento. A la vez, los estudios arqueológicos previos han desempolvado algunos aspectos (García 1994; González y García 2000) que ponemos al día para servir de anticipo en el debate científico de la Protohistoria hispana en general y de las colonizaciones mediterráneas en particular. EL CABEzO PEqUEÑO DEL ESTAÑO COMO LABORATORIO DE ANáLISIS DE LA PRESENCIA FENICIA EN EL BAJO SEGURA Los propios avances de la arqueología de campo y la reflexión teórica profunda de los investigadores en la última década sobre la colonización fenicia en el sureste de la Península Ibérica (algunos en García et al. 2008) hacen que el CPE pueda convertirse en un laboratorio óptimo para revisar la comprensión tradicional de los fenicios (dinámicos) y de sus relaciones con los nativos (estáticos) en el marco del discurso colonial occidental (Said 1978). Puede poner en cuestión, a partir de razonamientos postcoloniales, el binomio colonizador-colonizado que, desde una perspectiva simplista, había ocultado la heterogeneidad que caracterizó a estas sociedades en contacto y la existencia de posibles "conductas de resistencia" (Van Dommelen 1998, 2006). Aunque no estamos del todo de acuerdo con algunas propuestas teóricas acerca del carácter del yacimiento, considerado indígena (p.e. Vives-Ferrándiz 2005: 183), quizás por la falta de pu- El Bajo Segura y su denso registro material fenicio (Fig. 1) han estimulado un intenso debate histórico plasmado en una abundante bibliografía. El CPE se inserta por derecho propio en el mismo al localizarse en un escenario clave para aclarar el proceso histórico de la colonización fenicia: la conexión de la costa con la Alta Andalucía. La fachada costera de este escenario estuvo rodeada de sierras presididas por algunos de los asentamientos indígenas más significativos para interpretar el proceso colonial: Los Saladares (Orihuela), Caramoro II (Elche), Tabaià (Aspe) o Peña Negra (Crevillente). En cambio, hay otros eminentemente costeros como el CPE o La Fonteta (González 2010a, 2010b) y una ocupación rural de las tierras llanas intermedias, localizada en excavaciones de urgencia en torno a Elche, que presenta algunos materiales fenicios (Soriano et al. 2012). Diversos investigadores han tratado de entender y dar sentido, en el proceso colonial, a un enclave como el CPE, costero, pero no al borde del mar, e interior, aunque ubicado sobre un marjal inundable. Desde una valoración de lo colonial, se ha enmarcado entre los "enclaves de cohabitación". También se le ha incluido en la expansión secundaria y más tardía del Círculo del Estrecho y de la costa fenicia de Málaga, que generó unos modelos de tipo port of trade de carácter híbrido y multiétnico (González y García 2000; González 2010a), o considerado producto de la expansión comercial que se produjo hacia estas costas tras la llegada de los fenicios a Baleares (Aubet 1994: 289). Teniendo en cuenta los postulados teóricos, en los próximos años, habrá que entender el papel del CPE, un centro fortificado de carácter complejo y urbano, en el marco de la Protohistoria del Bajo Segura (Fig. 2), atendiendo a todos los elementos del registro. El paisaje, en concreto, debió ser muy propicio para la reproducción de los patrones de asentamiento fenicios, ya que son más canónicos en este caso que los que suelen observarse en otros ejemplos. Las lecturas culturalistas han presidido buena parte de las interpretaciones que sobre los fenicios y su mundo y su interacción con los indígenas se han publicado en las últimas décadas, incluyendo las centradas en el Bajo Segura. Ambos se categorizaron como grupos humanos distintos, desarrollados gracias a estímulos comunes de ida y vuelta. Sin embargo los indicadores arqueológicos revelan una integración humana en todo el área que siempre estuvo habitada gracias a su transformación temprana en una zona productora muy próspera. La población fue basculando de un lugar a otro desde la Protohistoria hasta casi la actualidad, pero ocupó de modo constante el mismo entorno costero junto a los valles de los ríos Vinalopó y Segura, las dos vías fundamentales de comunicación con el interior. El patrón de asentamiento del CPE, su modelo defensivo, su estructura urbana y su ocupación, durante apenas un par de generaciones, inducen a interpretarlo desde una perspectiva plenamente colonial. Parece más sencillo explicar el sometimiento de la sociedad autóctona a partir de la implantación de un modelo de expansión y dominio apoyado en el control militar, en la coerción ideológica, en criterios demográficos, en la ex- pansión territorial, en el aprovechamiento y explotación de los recursos naturales y en el oportunismo económico, que a partir de un intercambio desigual entre nativos y fenicios. No todos los casos permiten fácilmente deconstruir los paradigmas coloniales, ni rechazar el discurso de "dominación y resistencia" que ha presidido buena parte de la investigación sobre los fenicios de Occidente. Partimos de una evidencia soslayada: la población de asentamientos fenicios como el CPE fue tan mestiza en origen como debió de ser la de las flotas orientales que llegaron a las costas peninsulares. En ningún caso atribuimos al elemento fenicio -alóctono-toda la capacidad de dominar y transformar la situación colonial. Se trata de contextualizar un modelo de ocupación costero y un conjunto de elementos arquitectónicos, domésticos y defensivos, desconocidos hasta el momento en el entorno. Los habitantes del CPE, como los agentes comerciales fenicios que pudieron fundarlo, nunca fueron miembros de comunidades aisladas. Pero no se defiende un modelo de corte difusionista. Tratamos de observar con detalle los datos que el análisis arqueológico de este asentamiento ofrece en el marco de una relación dinámica entre sociedades de distinta procedencia. Aspectos como la posición del yacimiento, su naturaleza, su arquitectura, su función o su carácter urbano serán clave para comprender las relaciones comerciales en el área del Bajo Segura, al menos desde la segunda mitad del siglo VIII a.C. si no antes. El carácter urbano del CPE se deduce de sus elementos estructurales y de la materialización de cierta apropiación del entorno, paradigmática respecto a su propia proyección territorial y en relación con otros enclaves cercanos (Damgaard et al. 1997). Aunque queda mucho por investigar sobre el yacimiento, es probable que nos encontremos ante otro modelo del "urbanismo sin ciudad" o "difuso", definido para otros centros fenicios arcaicos (González 2007: 60). La presencia mayoritaria entre las cerámicas del CPE de formas repetitivas, generalmente de cocina, de fabricación local a mano, supone la preservación de las costumbres tradicionales, sobre todo culinarias. Calificamos como un hecho "colonial", que pudieran ser realizadas por la misma mano de obra -probablemente femeninaque transformaba los alimentos, al menos en este primer momento del encuentro colonial. Después nacerían culturas híbridas, diversificadas en el trabajo, en un Bajo Segura que funcionó como un perfecto "espacio intermedio" donde se establecieron relaciones complejas con fines comerciales y de mutuo beneficio (Gosden 2004: 26 y tab. Caracterizar al CPE como asentamiento del primer momento colonial fenicio no supone su interpretación unidireccional a partir de las tesis de la aculturación o de los sistemas-mundo. Su base cultural, mestiza en origen, desemboca en unos rasgos no vistos hasta ese momento en la Península Ibérica. Ello no menoscaba la creatividad de los nativos que se reflejó en una cultura brillante durante la Edad del Bronce, sobre todo en el área que nos ocupa, límite septentrional de la relevante Cultura del Argar (Hernández y Hernández 2004; Hernández 2010). Las tesis postcoloniales subrayan la posibilidad de influencias recíprocas (Ashcroft et al. 1998) que generan respuestas plurales (Aranegui y Vives-Ferrándiz 2006). Estas se aprecian bien en La Fonteta que, como veremos, pudo significar un segundo episodio dentro del encuentro colonial que puede explicar las sucesivas interpretaciones vertidas sobre la naturaleza de este centro en las últimas décadas. Las estelas de tofet reutilizadas en la muralla de Fonteta IV (González 2010b: 73) reflejan la nueva realidad "híbrida" que, pasadas tres o cuatro generaciones, permitió eliminar un espacio religioso de primera importancia, darle otro sentido, desacralizarlo y aprovechar sus elementos más característicos como mero material de construcción. La Fonteta, si realmente culminó ese proceso, será clave para conocer en detalle las transferencias a partir de la cultura híbrida generada en un "encuentro" colonial, quizás con el CPE como primer protago nista. Nuestro estudio trata de describir el registro de un asentamiento peculiar sin apriorismos, sin distinguir entre el "colonizador" y el "otro", sin entender el proceso colonial como una mera oposición entre dominados y dominadores. Creemos que la homogeneidad era material y demográficamente imposible. Compartimos las tesis de la "criollización", señalada por M. E. Aubet (2007: 95), que responsabiliza a la historiografía española de la tradicional perspectiva indígena en el estudio del periodo colonial. No nos parece correcto ni atribuir etiquetas étnicas fijas, ni tampoco conceptuales según modas o tendencias de la investigación. Proponemos analizar cada asenta-miento y su entorno de forma específica, estudiando las prácticas y los usos en cada proceso histórico. El CPE ha de ser leído a partir de la cronología que ofrece su registro estratigráfico, de su emplazamiento costero al borde de un marjal seguramente navegable en el momento de su fundación y de sus características arquitectónicas nada desdeñables. Ello unido a la consideración de los diferentes criterios conceptuales sobre la colonización que configuran un marco teórico, a veces poco resolutivo históricamente hablando, nos permitirá responder las cuestiones pendientes. Primero el emplazamiento escogido para un asentamiento como este, con un imponente bastión, con una muralla de casamatas de tipo oriental de una enorme complejidad y una trama habitacional canónicamente modulada que responde a un plan urbano preconcebido. Después justificar su temprano abandono, quizás, debido al éxito más absoluto de la empresa colonial. La potente defensa del CPE de estructura arquitectónica y técnicas constructivas exógenas (Fig. 3) subraya que el nativo, desconocemos si beligerante en este momento, aunque intuimos que si, no abandonó su forma de vida ni se integró, inicialmente, en lo que debió ser una cultura colonial dominante. No observamos influencias recíprocas, ni siquiera teniendo en cuenta la relación, ya aludida, entre la importante presencia de cerámica de cocina y una actividad alfarera y culinaria a cargo de mujeres procedentes del entorno próximo, que serían una clave fundamental para el nacimiento, el éxito y la continuidad del CPE. Las mujeres no fenicias aportarían a los enclaves coloniales no solo fuerza de trabajo o lazos sexuales y reproductivos, sino información decisiva sobre recursos, caminos, lenguas y costumbres (Delgado y Ferrer 2007: 34). La segunda generación mestiza pudo establecer ya una especialización en el trabajo ya que la fabricación de cerámicas a mano varió por completo. Aparecen nuevas formas y productos, elevándose los porcentajes de cerámicas a torno como se aprecia en Fonteta I y II (González 2011: 107 y 108). Sabemos la dificultad de emplear la cerámica como indicador étnico. Pero advertir la presencia reiterada de cerámica de cocina no implica ampararnos en el binomio "cerámica a torno= etnia fenicia vs cerámica a mano= etnia indígena", sobre todo cuando tratamos con recipientes sin carga simbólica o ideológica. Al menos durante la Edad del Bronce Final, parece evidente que un grupo "extraño" culturalmente hablando se estableció en este marjal inundable, deshabitado, y lo fortificó minuciosamente siguiendo patrones (métricos y tipológicos) orientales. Las actuaciones organizadas de este nuevo grupo modificaron el paisaje cultural, durante un primer estadio de coexistencia con la población nativa, previo a la posterior hibridación. Esta actuación implicó cambios demográficos, ambientales, económicos, culturales y, necesariamente, conductuales, observables en este asentamiento y en centros indígenas como Saladares o Peña Negra (Arteaga y Serna 1975; González 2010b). Ello podría explicar, como se ha defendido, el entierro de las élites autóctonas en urnas fenicias en la fase II de la necrópolis de Les Moreres (González 2002: 108) subrayando desde intercambios de bienes de prestigio hasta procesos de emulación o mimesis. Del establecimiento costero del CPE se infieren las bases del proceso económico, político y social de finales del siglo VIII y principios del VII a.C. El grupo fenicio se mezcló con las comunidades indígenas que residían un paso al interior, en las elevaciones que enmarcan los valles del Segura y el Vinalopó y que, por lo que se observa en el registro, ya eran socialmente heterogéneas. Esta hibridación generó una nueva identidad, mestiza que, quizá, sería la de La Fonteta, el nuevo centro de carácter urbano y mayor tamaño enterrado hoy bajo las dunas de Guardamar. EL CABEzO PEqUEÑO DEL ESTAÑO: UNA ARqUITECTURA SINGULAR DE PERFIL COLONIAL La llegada de los fenicios a la Península Ibérica a partir del siglo IX a.C. hubo de modificar de modo sustancial la arquitectura indígena. Cambió el uso de las técnicas constructivas con los aparejos de tipo oriental, así como la distribución urbanística de los asentamientos y de las fortificaciones. Esa transformación arquitectónica nos permite penetrar en la personalidad, eminentemente mediterránea, del pueblo fenicio (Díes 2001; Prados 2003). La construcción de fortificaciones protegiendo asentamientos de carácter comercial es el mejor indicador arqueológico de la consolidación del proyecto político y comercial fenicio y de su relación con las élites indígenas. Los modelos arquitectónicos de las estructuras habitacionales y defensivas del CPE se distinguen, principalmente, por ejecutar planes preconcebidos, modulados y muy funcionales de acuerdo con lo que debió ser un primer intento de establecer una factoría comercial. Las características tecnológicas y tipológicas de la única manzana de casas excavada hasta el momento (véase más abajo) la vinculan con modelos constructivos fenicios visibles en diferentes lugares del Mediterráneo central y occidental. A su vez las fortificaciones, como ya hemos defendido, materializaron la única proyección arquitectónica fenicia que desarrolló las novedades técnicas instauradas en Oriente desde el Bronce Final en lugar del habitual conservadurismo y arcaísmo formal (Prados y Blánquez 2007). Entre las novedades observables en el CPE están las torres huecas o divididas y las murallas dobles rectangulares con acceso lateral con casamatas, casernas o compartimentos, ya que desconocemos su función real o primera. En cualquier caso, el grado de complejidad de las espectaculares defensas del CPE concuerda con las necesidades concretas que trataremos en las siguientes líneas (Figs. La fortificación del CPE como elemento emblemático Los recintos amurallados y fortificaciones de acceso o complejos defensivos de tipo "mastio" respondieron a las necesidades socioeconómicas e ideológicas de cada lugar. Su construcción, por lo general, conllevó numerosas actuaciones para garantizar la estabilidad de las ciudades y de otros asentamientos menores, además de para establecer límites físicos e ideológicos (Garlan 1992). La organización defensiva de los enclaves coloniales requirió una participación social muy coordinada. Solo una estructura política y económica muy fuerte y desarrollada pudo canalizar los esfuerzos requeridos en la ejecución de unas obras de carácter colectivo y con un empleo imprescindible de mano de obra local. Las murallas destacan sobre las demás estructuras defensivas por su complejidad técnica y arquitectónica, su coste económico y sus valores sociales e ideológicos. Por su significado ideológico reflejaron y proyectaron la mentalidad y personalidad colectiva de un pueblo. Las constantes habituales en las fortificaciones fenicias son la funcionalidad, la inmediatez y el aprovechamiento de los materiales de construcción del entorno. En el CPE se manifiestan: a) en el grado de adaptación al terreno de la línea muraria, siguiendo más de 100 m la curva de nivel del espolón a 20 m.s.n.m., b) en la ausencia de lienzo construido donde la propia morfología del terreno lo hace innecesario (Fig. 3, a la izquierda) y c) en la puesta en funcionamiento de una arquitectura sísmica pasiva con taludes, riostras y contrafuertes. Pero, como se observa siguiendo el actual lienzo oriental, su combinación de casamatas y torres no la hizo del todo invulnerable a los temblores de tierra, tal y como se aprecia en el sinuoso muro interno (Fig. 3). La fortificación cubrió la demanda de protección de los bienes de prestigio y de las materias primas y fue también una barrera ideológica frente a las poblaciones nativas. Además la construcción, como en Oriente, mantuvo vivo e intacto el binomio religión-economía tan propio del mundo fenicio (Leriche 1992: 173). Esto se comprueba fácilmente en las fortificaciones occidentales, como la de Toscanos, relacionadas con centros de mercado regidos por autoridades sacras que sancionaban las transacciones, repartían los excedentes y controlaban el trasiego de mercancías a larga y media distancia (Aubet 2000: 31). Algo similar debió suceder con los espacios accesibles de las casamatas del CPE, muy adecuados para el almacenaje de mercancías. Las imponentes defensas del CPE y su emplazamiento sobre un cerro recortado en el horizon-te del antiguo estuario forman parte de una puesta en escena del poder colonial, más notoria en su fachada sur, aquella que da acceso a las tierras del interior. Anticipa la monumentalización, casi escenográfica, de la zona de acceso terrestre que después veremos, por ejemplo, en la cercana muralla ibérica de El Oral (Abad y Sala 2009: 501). El lienzo sur del CPE, revestido y seguramente pintado, y los lienzos adosados al exterior de las casamatas con los taludes casi a modo de "glacis" de sustentación (véase más abajo), debieron plasmar una doble concepción defensiva y coercitiva, de ahí su monumentalidad. Este modelo de defensa torreada y con "glacis" adosado por el exterior, con una obra de mampostería en talud, enlucida y pintada, se podría encuadrar en el "tipo A" de la clasificación de J. L. Escacena (2002: 84 y 85), con paralelos en las murallas andaluzas de Tejada, Aznalcóllar, Castillo de Doña Blanca, Puente Tablas o el Cerro de las Cabezas de Fuente Tójar. La cuestión es que la primera fase del CPE presenta unos muros verticales, "a plomada", que solo en un segundo momento fueron reforzados con esos taludes. Los modelos difusionistas, apoyados en un ex oriente lux tecnológico, son un debate recurrente al estudiar las fortificaciones mediterráneas. Tradicionalmente la clasificación de las murallas de la Prehistoria reciente hispana partía de una evolución directa de modelos surgidos en el Calcolítico. En cambio, desde la década de 1960, tras la generalización de los estudios sobre el mundo fenicio occidental, se han venido aceptando modelos teóricos difusionistas para explicar muchas cuestiones relacionadas con su evolución arquitectónica. Los aspectos que se destacan fundamentalmente son los nuevos materiales de construcción, la generalización de la planta cuadrangular o el trabajo de cantería. También hay quienes apenas ven novedades técnicas en las fortificaciones peninsulares de tipo oriental respecto a las construidas en el mismo ámbito desde el Bronce Final (p.e. Pero algunos aspectos considerados por las propuestas "autoctonistas" se podrían explicar también por el uso sistemático de materiales de construcción del entorno y mano de obra local. Ello emparentaría técnica, pero no tipológicamente, a las fortificaciones orientales con las autóctonas. Otro modelo defiende una lectura en clave de "arqueología evolutiva" para las murallas del ter-cio sur peninsular derivada de la aplicación de las tesis de C. Darwin (Escacena 2002). Este planteamiento se basa en un razonamiento denominado "efecto fundador darwinista", según el cual, la llegada de una nueva especie a un territorio -en este caso, los comerciantes fenicios a la Península Ibérica-no exigió reproducir el conjunto de características que esa población tenía en su tierra de origen. Coincidimos con Escacena (2005: 201) en que uno de los principales problemas es buscar en las colonias "réplicas fieles" de los modelos arquitectónicos desarrollados en las metrópolis próximo orientales. Si renunciamos a ello, podríamos explicar por qué en la Península Ibérica y en otros ámbitos mediterráneos encontramos modelos parecidos a los fenicios pero no idénticos. Pensamos en las defensas del CPE o las del Cerro del Castillo de Chiclana (Cádiz), hasta ahora, una de las más próximas tipológicamente (Bueno y Cerpa 2008). Además, la sencillez de las obras defensivas en Occidente puede atribuirse a la intervención de una mano de obra fundamentalmente local, dirigida por arquitectos orientales que eligieron el modelo más propicio para cada caso. Por ello nos encontramos ante una arquitectura diseñada según patrones metrológicos orientales, pero de una factura y calidad inferior, como se observa en otros ejemplos arquitectónicos inmersos en un proceso orientalizante similar (Prados 2010: 268). Esta situación explicaría, a su vez, algunas similitudes técnicas de la fortificación del CPE con la muralla nativa de Caramoro II, en Elche (González y Ruiz 1992; González y García 1998: 15) (2) si bien comparando su aspecto final y no su fase inicial, pues ya hemos visto que en origen la muralla del CPE no presentaba taludes y que estos fueron añadidos después para paliar problemas estructurales. Estos taludes llegaron a cegar incluso los accesos a las casamatas, variando por tanto la concepción espacial planificada inicialmente. Hasta el momento la alternativa citada es la mejor para comprender la tipología y la morfología constructiva de las defensas del CPE. Sus únicos paralelos plausibles están en la costa medite- (2) Esta muralla de Caramoro II es similar a la primera planimetría publicada del CPE, anterior al descubrimiento de los compartimentos y del bastión dividido (García 1994(García, 1995) ). En todas son comunes las murallas de casamatas, un rasgo que se podría definir como identitario (Mazar 1995). Recientemente en el citado Castillo de Chiclana de la Frontera (Cádiz) se han excavado restos de una fortificación de casamatas de pequeño tamaño similares a las del CPE y que pudieron ser erigidas ya en el siglo VIII a.C. (Bueno y Cerpa 2008: 177). Otro dato a favor de esa alternativa es que en Cerdeña y la costa atlántica africana, donde nadie duda de la notable presencia cultural fenicia, las fortificaciones combinan rasgos de las tradiciones defensivas indígenas y elementos tecnológicos aportados por los grupos humanos recién llegados. Incluso en la propia Fenicia convivieron poblaciones cuya arquitectura defensiva mezcló elementos cananeos propios con otros tomados de las fortalezas urbanas asirias y persas, así como de los recintos fortificados del sur de Siria y de Egipto (Mazar 1990). Los modelos resultantes fueron sucediéndose en los asentamientos de Chipre, del norte de África, de las islas del Mediterráneo central y de la propia Península Ibé rica. Este trasfondo explica las pautas comunes de las fortificaciones fenicias del Bajo Segura: a) se busca la funcionalidad e inmediatez en las construcciones, tratando de cubrir las necesidades de protección de los elementos de comercio de manera instantánea, b) se normaliza el aprovechamiento de los materiales del entorno para ahorrar gasto y tiempo, c) se aprovecha la experiencia y conocimiento de la mano de obra indígena y d) se adaptan de modo eficaz a un terreno costero y abrupto, en general inestable, de fácil inundación o de elevada sismicidad (Prados y Blánquez 2007: 60). La elaboración de lienzos cosidos entre sí -muros de compartimentos, contrafuertes o tirantes-y el empleo de materiales poco costosos, como los adobes o la posidonia usada como estabilizante entre otros elementos, mostrarían bien esa adaptación flexible de la arquitectura al espacio geográfico, cuyo ejemplo casi paradigmático sería el CPE. Las defensas del CPE, apreciables en la cuarta parte del poblado no destruida por la cantera ilegal (Fig. 2), consisten en un lienzo monumen-tal abierto al mediodía (véase más abajo) y una estructura de unos 4 m de anchura. Está realizada mediante compartimentos o casamatas a partir de dos lienzos paralelos unidos por riostras equidistantes. Configuran unos cuartos rectangulares alargados de 1,55 x 4,70 m, correspondientes al patrón métrico fenicio de 3 x 9 codos de 0,52 m, con un acceso directo emplazado en el extremo norte. Las fotografías del "vuelo Ruiz de Alda" y del "vuelo americano" de 1956 (fotograma 3225) (3) muestran que este sector cubriría todo (3) El "Vuelo Ruiz de Alda", realizado entre 1928 y 1932 fue encargado por la Confederación Hidrográfica del Segura al aviador Julio Ruiz de Alda, para documentar fotográficamente el cauce del río hasta su desembocadura. El llamado "Vuelo Americano" de 1956 es producto de la cooperación entre el ejército español y el de los EE.UU. de América para la producción de cartografía topográfica. Ambos han sido consultados en la Cartoteca de la Universidad de Alicante. el lado occidental del poblado, quizás antecedido de un foso con una longitud total lineal de 115 m (Fig. 4). Su sorprendente modulación y cadencia constructiva alterna grupos de tres casamatas (que miden en conjunto 15,60 m = 30 codos) separadas por un bastión hueco (cuyo frente mide 7,60-7,80 m = 15 codos). Al considerar la medida interna de cada casamata (1,55 x 4,70 = 3 x 9 codos) se advierte que la muralla asocia sistemáticamente módulos de 3 y sus múltiplos, desde las medidas menores a la propia combinación de casamatas y torres (3 x 1). La foto del "vuelo Ruiz de Alda" muestra, al menos, 6 torres en el lienzo occidental (Fig. 4). Un dato importante es que las dos torres visibles presentan una estructura interna y la llamada T2, incluso un espacio habitable con un banco corrido (Figs. Hasta el momento, el modelo defensivo del CPE carece de parangón en Occidente. Recordaremos que sus mejores paralelos están en la cos- El lienzo sur: coerción ideológica y militar Lo que llamamos "lienzo sur" es, en realidad, un enorme dispositivo defensivo del CPE y uno de sus aspectos más espectaculares (Fig. 6A). Es un bloque erigido de una vez que se yergue aún, en un magnífico estado de conservación, acotando el acceso al espolón donde se asienta el poblado desde el sur, el más adecuado para llegar por tierra firme. Considerando su trazado y las instalaciones de corte industrial (un horno de cal y varios metalúrgicos) que lo jalonan en el área periurbana, debió ser utilizado durante la ocupación protohistórica, y aún después, tras un largo hiato temporal, por el asentamiento rural de época romana. El lienzo remata las defensas complejas en forma de letra π, con un frente alzado a plomada en pequeño aparejo y reforzado con un talud en la base. El frente mide unos 16 m y, supeditado a terminar la excavación, pensamos podría tener 30 codos (unos 15,60 m) a tenor del patrón empleado. En origen todo el lienzo estuvo enlucido y seguramente pintado. Mide unos 5 m de anchura en su parte superior. Dos muros paralelos unidos por otros dos gruesos dividen su zona central, y riostras secundarias de un módulo menor los espacios intermedios. El relleno de estos últimos configuró una monumental estructura maciza de gran estabilidad. Esta estructura y su composición indican que se proyectó con un alzado de, al menos, medio cuerpo sobre el que hoy se mantiene en pie. La construcción debió suponer una inmejorable carta de presentación de la nueva comunidad allí establecida que buscó con ella asegurar algo más que su función militar defensiva. El dispositivo recuerda estructural y compositivamente a la llamada "ciudadela" de Hazor (Fig. 7), en concreto al área occidental de la upper city o "Área B", edificada entre los siglos X y IX a.C. (Yadin 1975). Es una estructura defensiva compleja de carácter monumental de la que parten dos brazos oblicuos, en similar disposición al caso que nos ocupa, constando asimismo de casamatas o compartimentos (Geva 1989). La llamativa similitud entre ambos modelos permite insistir, sin abandonar la prudencia, en el carácter eminentemente foráneo, oriental y arcaico del ejemplo guardamarenco. Como sabemos, los datos arqueoarquitectónicos del CPE responden a un patrón bien conocido: adaptación flexible a la topografía, recurso a materiales locales de construcción y a una mano de obra nativa supervisada por un constructor/arquitecto oriental según un plan preconcebido que se adecuó a las necesidades concretas de las incipientes relaciones coloniales. El tamaño y la monumentalidad de esta enorme defensa acarrearon problemas estructurales. En la planta (Fig. 5) y en las imágenes (por ejemplo en la Fig. 6 B y C) se observa el reforzamiento de todo el lienzo con taludes al exterior y contrafuertes al interior. Posiblemente, ya en un segundo momento, motivaron la construcción de un enorme muro-tirante que unió los dos lienzos de casamatas para tratar de paliar los empujes en sentido Sur-Norte. Este muro, adosado a las murallas por el interior (Figs. 3 y 5), amortiza el vano de acceso a una de las casamatas y cierra la ciudadela que había sido confundida, por este cierre, con un fortín. En este complejo que parece presidir el acceso al poblado, no se constata ninguna puerta. Quizás haya que buscarla en el pequeño espacio sin excavar entre el bastión y la ladera que cae a plomo o en el área destruida por la cantera. Allí la imagen tomada por Ruiz de Alda constata una vaguada entre los salientes de las posibles torres 4 y 5 (Fig. 4). Como, por razones topográficas, el ingreso debió encontrarse junto a este gran bastión, cabe asumir también la propuesta del acceso a este tipo de fortificaciones mediante rampas de tierra o madera, fáciles de desmontar durante los episodios de asedio, y que sobrepasaban la muralla sin necesidad de vanos de entrada (Escacena 2002: 85). Las estructuras de habitación El modelo de arquitectura doméstica documentado en las excavaciones es similar al de otros centros fenicios arcaicos como Chorreras o el Morro de Mezquitilla, en la costa oriental de Málaga (Schubart 2006: 115; Arnold y Marzoli Fig. 7. A la izquierda, ensayo de restitución (Museo Arqueológico de Guardamar del Segura, 2010) y planta del enclave. A la derecha, estructura tipo four rooms típica del siglo IX a.C. en Israel y ciudadela de Hazor, de similar disposición (a partir de Kempinski y Reich 1992). Las unidades domésticas del CPE comparten con ellos la estructura arquitectónica (Fig. 8), las técnicas constructivas y una modulación similar. Además, como en Chorreras, el hábitat tiene una única facies cultural, explicable por un abandono temprano (véase abajo), contrastante con las expectativas que justificaron tal inversión. La construcción de las estructuras domésticas del CPE se planificó con cuidado eligiendo el lugar óptimo. Una es de planta cuadrangular de unos 9 x 9 codos (4,60 x 4,60 m) con un banco corrido en la parte occidental, que pudo usarse como espacio comunal con un pequeño hogar. Se le adosa una estructura doméstica de planta en tridente y 9,45 m de fachada (18 codos), habitual en otros contextos fenicios o en la propia Fonteta (Rouillard 2010: 87). Los muros perimetrales de 1 codo de anchura y los medianeros de 1/2 codo, dado el nivel de arrasamiento superficial, solo conservan en pie el zócalo de mampuestos. La modulación de esta manzana (Figs. 5 y 7), de cada uno de los espacios y de los muros perimetrales y medianeros es canónica y fiel reflejo del patrón de medida estándar fenicio usado en los siglos IX y VIII (Barresi 2007: 33). Este empleó un codo de 0,52 m en módulos agrupados en 3 y sus múltiplos, patrón igual al indicado en los compartimentos de la muralla. Además la manzana está perfectamente orientada Norte-Sur al contrario que la estructura defensiva. Ello refuerza la idea, por un lado, de que las defensas se adaptaban a la topografía del cerro y, por otro, de que el hábitat respondía a un plan claramente preconcebido y diseñado de carácter urbano. Al respecto cabe señalar que todos los vanos (casamatas, torres, casas) presentan una medida estándar de 80 cm (1 codo y 1/2), muestra de la uniformidad de la obra. La realidad arqueológica en la que se apoya la idea de un prematuro abandono del enclave colonial son los pocos materiales hallados en las intervenciones de excavación y prospección en el CPE, una escasez que interpretamos como indicio de un abandono voluntario del lugar y un traslado a un centro mayor y más favorable. Otro indicio es la falta de restos de un hábitat residual posterior al traslado. Hay varias razones para explicar ese abandono. La primera pudo ser un éxito en la absorción de población que lo dejara pequeño en pocas generaciones. Alternativamente su población pudo ser atraida por otro centro mayor (Aubet et al. 1979; Schubart 2006). En nuestro caso, La Fonteta, aunque fuese por breve tiempo, pudo incorporar la población del CPE quedando este después dentro de su periferia urbana. La fecha absoluta es imprecisa por falta de dataciones, pero los materiales la ubican hacia finales del siglo VIII a.C. o muy principios del VII (ánforas T 10.1.1.2., urnas Cruz del Negro, pithoi E13, platos de ala de barniz rojo...) Esta basculación de unos centros a otros es un proceso que se da con frecuencia en el marco de la colonización fenicia. Uno de los mejores ejemplos es el Cerro del Villar que pasa de ser "un enclave colonial" a formar parte de la "periferia urbana" de Malaka (Aubet 1995; Delgado 2008). En tercer lugar la colmatación definitiva del área lacustre de los "Estaños" pudo traer consigo la búsqueda de un fondeadero más próximo a mar abierto para la carga y descarga de mercancías. Intentaremos poner a prueba esta hipótesis mediante sondeos geoarqueológicos que completen los ya realizados (Barrier y Montenat 2007; Ferrer 2010). Finalmente pudieron actuar los problemas estructurales, quizás sísmicos, sugeridos por los taludes, contrafuertes y el enorme murotirante que cose ambos lienzos, construidos siempre a posteriori. PROPUESTAS PRELIMINARES DE INTERPRETACIÓN FUNCIONAL Las propuestas sobre la función del CPE han venido generalmente determinadas por su coexistencia, aunque por un breve lapso de tiempo, con La Fonteta. Este centro de mayor tamaño, y en perfecta conservación al estar cubierto por las dunas, presenta rasgos inequívocos de una gran complejidad urbana, materializada en la construcción de una potente fortificación de arquitectura simple pero muy funcional. El CPE se emplaza en un marjal (Fig. 4), una zona a la que se ha atribuido un significado simbólico de confín, de frontera y de conexión entre dos mundos en otros centros fenicios como el malagueño Cerro del Villar, ya citado (Delgado 2008: 71). Estos humedales, espacios neutrales de alto simbolismo y de carácter sacro, sirvieron en la fenomenología colonial para realizar intercambios (Ruiz-Gálvez 1995: 130). Mientras el Cerro del Villar pasó de enclave comercial en un área de marisma a asentamiento en la periferia urbana de Malaka, el CPE pudo depender de La Fonteta, aunque fuera por un brevísimo lapso de tiempo. A continuación, vamos a recuperar algunas de las propuestas realizadas hasta el momento para identificar el carácter y la naturaleza del CPE y la función que debió desempeñar en la desembocadura del río Segura. Planteamos también los problemas principales que presentan esas propuestas y las nuevas que deberán ser confirmadas con el avance de la investigación. ¿Un poblado indígena en un vado del Segura? Inicialmente se interpretó el CPE como la respuesta indígena a la presencia fenicia en La Fonteta, enfrentando, de algún modo, ambos centros cuyos materiales del llamado Bronce Final Reciente indicaban un momento de coexistencia. La fortificación del CPE, realizada con pequeño aparejo y taludes, reflejaría el dominio de los indígenas sobre la vía fluvial gracias a un complejo sistema defensivo (García 1994: 269), definido incluso como tartésico (Poveda 1994: 489), contrapuesto al horizonte colonial que mostraba La Fonteta. No cabe duda que desde el Bronce Final se aprecia en el sureste de la Península Ibérica una reestructuración del poblamiento indígena. La población se interesará más por las zonas costeras y emplazará algunos centros de importancia en las divisorias de aguas de las sierras (Fig. 1), controlando visualmente tanto los pasos hacia el interior como la plataforma litoral. Por ejemplo, la temprana presencia fenicia en Peña Negra IB, donde hubo con toda probabilidad un foco de población extranjera, impulsó enormemente el circuito comercial en un proceso definido entonces como de interacción / aculturación. Durante ese proceso, las poblaciones locales incorporarán novedades técnicas como el torno o la producción metalúrgica, nuevas tipologías arquitectónicas, así como productos y bienes de prestigio. Peña Negra II se transformó desde este momento en una floreciente "ciudad orientalizante" de unas 32 ha de espacio urbanizado con una pequeña factoría con talleres alfareros y orfebrería fenicia (González 1983). Junto a la idea de que el CPE sería esa "avanzadilla" comercial establecida junto al tramo final del río Segura, su arquitectura defensiva ha sido definida también como "indígena" y sus formas y técnicas (uso del pequeño aparejo, de taludes y contrafuertes) vinculadas a las observadas en asentamientos como Caramoro II (Moret 1996: Fig. 9. Cerámicas a torno de la fase de abandono del poblado (finales del siglo VIII a.C.). 1 y 2, platos de barniz rojo; 3, ánfora fenicia T 10.1.2.1; 4, pithos E13, 5, borde de urna; 6, asa de ánfora del grupo T 10; 7, fragmento de pared de vaso tipo Cruz del Negro con decoración bícroma; 8, fragmento de pared y hombro de ánfora fenicia indeterminada. De nuevo atribuimos el segundo nexo a la falta de publicación de la planta completa del recinto fortificado o de un estudio en detalle de las estructuras domésticas del CPE. Otro factor radica en las dataciones confusas de los centros, sobre todo, de los ubicados más al interior con influencias orientales. También la aparición mayoritaria de cerámicas a mano se ha esgrimido para hablar de evoluciones internas desde las etapas finales de la Edad del Bronce. El argumento deja de lado que el torno no se generalizó, como poco, hasta el siglo VI a.C. (Lorrio 2008: 323) y lo que estudiamos son centros fortificados configurados desde finales del siglo VIII a.C. cuando la cerámica a mano tenía aún mucho peso porcentual. Pero el patrón de asentamiento es el aspecto que nos parece más concluyente. Si el CPE fuera una respuesta indígena al proceso colonial, sería el primer recinto de sus características, emplazado en un pequeño cerro de elevación moderada, junto a la costa. Hasta el momento, en toda la órbita fenicia del Mediterráneo, no hay asentamientos indígenas similares. Estos se sitúan, como norma general, en el área circundante del emplazamiento colonial o en las laderas o las divisorias de agua de las sierras litorales, manteniendo un "diálogo" comercial directo, pero a cierta distancia. Estarían representados en nuestro área de estudio por Los Saladares o Peña Negra y en el área mediterránea andaluza por el Cerro de los Infantes de Pinos Puente, el Cerro de la Mora, Teba o los Castillejos de Alcorrín. Incluso la distancia de 2 km entre el CPE y la línea de costa actual sería en origen menor, dada la colmatación paulatina del estuario del Segura y a las ya citadas desecaciones artificiales de la zona desde el siglo XVIII. ¿Un fortín avanzado fenicio? Queda aún cierto margen de estudio del CPE, a pesar de que la cantera lo destruyera en gran parte (Figs. La excavación del depósito de las casamatas iluminará con toda probabilidad muchas de las dudas planteadas y, sobre todo, permitirá ajustar el momento de fundación del enclave. Pero los materiales exhumados, aunque escasos, permiten interpretar ya el carácter y la función del yacimiento. Hubo una actividad de producción metalúrgica, constatada a partir de algún pequeño horno de fundición, una tobera y fragmentos de litargirio/plomo para la transformación de la galena argentífera procedente de las sierras cercanas. Su hinterland es un área de gran riqueza en metal, destacando el cobre, el estaño y el plomo de la sierra de Crevillente, la minería del área de La Unión, así como la plata, según se desprende de los hallazgos de Punta de los Gavilanes en la bahía de Mazarrón (González 1983; Ros 1993). La muralla de casamatas/compartimentos del CPE es de mayor potencialidad defensiva que su coetánea de La Fonteta I, tan solo una empalizada de madera a tenor de los huecos de poste hallados en los dos sectores de la excavación. La defensa del flanco suroccidental del cabezo, el más accesible, se completó, además, con la construcción de un gran lienzo de planta rectangular. Todo el paramento interno a plomada del recinto está reforzado con grandes contrafuertes equidistantes, buena muestra de una arquitectura planificada y adaptada a un terreno inestable. Entre los contrafuertes se documentan los accesos, hoy colmatados, a los cuartos internos de la muralla. Las torres huecas, el muro corrido reforzado con contrafuertes y la conservación de los accesos a las casamatas reflejan un modelo fortificado, típicamente oriental, y no una muralla de cajones estructurales. Todo ello apunta a una enorme dedicación de tiempo y esfuerzo. A su vez, las unidades de habitación "recuerdan las viviendas pluricelulares de enclaves fenicios como el Morro de Mezquitilla o Sa Caleta" (González 2010a y 2010b: 61). Se ha propuesto que este asentamiento fenicio en el curso final del río Segura sirviese de centro avanzado dependiente o subsidiario de la colonia de La Fonteta (González y García 1998: 99; González 2005: 51; González 2010a: 61). Pero pudo funcionar también como una plaza de armas o un gran recinto para resguardar la población dispersa del Bajo Segura, junto con su cabaña ganadera, en momentos de peligro (crecidas del río, subida de nivel del agua del marjal, inestabilidad social). Pensamos que la coincidencia cronológica entre la construcción del CPE y la fase no fortificada de la factoría costera de Fonteta I no exige que sus habitantes fundaran una avanzadilla militar para protegerla de unos indígenas del interior supuestamente "belicosos". En ese momento, la población local ya estaba muy orientalizada y convivía con colonos semitas en sus propios núcleos urbanos, como se observa, en los cercanos y ya citados yacimientos de Peña Negra o Los Saladares. Se ha solido tomar como superficie total del CPE el área conservada y visible de unos 3600 m 2, una especie de acrópolis delimitada por estructuras defensivas (Moret 1996: 485), que apenas da para hablar de un fortín. Los cálculos se han realizado a partir de las fotografías aéreas o de satélite y de las aplicaciones que se manejan comúnmente (4) sin tener en cuenta otras fotos, como la ya citada del vuelo Ruiz de Alda, ni los restos aún visibles sobre el terreno que señalan dimensiones mucho mayores (Fig. 4). Todo el espolón, defendido en buena parte por la fuerte pendiente natural, mide en torno a 1 ha. La superficie corresponde a la de un pequeño asentamiento de tipo colonial, como los de las factorías malagueñas y gaditanas mencionadas, con casas juntas y alineadas (Arnold y Marzoli 2009: 454). Rectificamos ahora el error en que incurrió uno de nosotros (Prados y Blánquez 2007) al incluir el CPE en el modelo de "recintos amurallados" por su "pequeño" tamaño, añadiendo que era un ejemplo "único" de fortín avanzado fenicio. Lo relevante es que el emplazamiento del yacimiento solo tendría sentido por sí mismo e independiente de otro ubicado en primera línea de costa. Ya mencionamos como las potentes murallas del CPE completarían de algún modo la defensa del enclave de La Fonteta, carente de fortificación en sentido estricto en su momento inicial. Además parece más lógico situar una avanzadilla militar en un lugar más elevado. Este pudo haber sido la cumbre de la sierra de Moncayo, mucho más propicia y óptima para la vigilancia y el control militar. Tal avanzadilla tampoco presentaría las características urbanas e industriales citadas, ni un modelo complejo de fortificación con (4) Google Earth, Sistema de Información Geográfica de Identificación de Parcelas Agrícolas, portal Sistema de Información Geográfica Nacional de España, GeoNet-Alicante. muchos metros cuadrados susceptibles de uso militar y de almacenaje. Acudamos una vez más a los ejemplos orientales. La mayoría de los centros se emplazan sobre las rutas comerciales marinas o terrestres y sus murallas de casamatas están concebidas con una doble función militar y de almacenaje de cientos de contenedores anfóricos (Ben-Tor 1992). Estas cuestiones nos parecen claves para no reducir la función del CPE a la de simple fortín militar. El CPE ¿una factoría fenicia primigenia? Según Avieno, "los fenicios fueron los primeros en habitar estos lugares..." (Ora Maritima 459-460) mientras la incómoda e inestable línea costera nunca habría sido del agrado de la población autóctona. El CPE se eligió por su ubicación junto a la costa, pero en un lugar protegido y con un fácil atraque para embarcaciones de poco calado como las que también nos describió el poeta latino. La presencia de actividad metalúrgica, de ánforas importadas, de restos de bóvidos o la cuidada arquitectura doméstica y defensiva parece encajar a la perfección con un modelo colonial de primera época. El hinterland del CPE con una gran explotación agropecuaria y las explotaciones salineras cercanas indican su uso para el almacenaje aunque no podamos asegurarlo de momento. Este patrón de asentamiento se repite a menudo por su eficacia. Solo en un segundo momento, y por un desmesurado crecimiento demográfico, se pudo trasladar el núcleo primigenio a un espacio óptimo para la fundación de un centro de mayores dimensiones y carácter mestizo, apreciable en los elementos muebles y en la propia arquitectura. La presencia de fenicios en época arcaica en el Bajo Segura puede explicarse a partir de la idea de M.a E. Aubet relativa al control que ejercieron sobre el comercio en el Mediterráneo occidental y a la repercusión que el asentamiento en Ibiza debió tener en la colonización de las regiones costeras de la Península Ibérica. Aubet (1994: 290) remarcó que el comercio fenicio en la costa alicantina precedió a la fundación ibicenca de Sa Caleta, por lo que no se podrían relacionar entre sí. Los poblados del Bronce Final de este área (Saladares, Peña Negra, Castellar de Librilla) re-cibieron ya en la segunda mitad del siglo VIII a.C. importaciones fenicias (ánforas y cerámica de barniz rojo) que, nos parece, responden a algo más que a una frecuentación "precolonial" de la zona costera. Veamos ahora qué papel desempeñaron los asentamientos fenicios de la costa en ese momento incipiente del comercio con el interior, en el que se debería integrar al CPE. Es lógico su interés por la sal. Además en cada uno de los asentamientos nativos señalados ese interés parece responder a un perfecto conocimiento, asentado en una o dos generaciones de contactos. Los fenicios buscaron explotar, sin lugar a dudas, las fuentes económicas de la región: el hierro de Castellar de Librilla, la producción de armas y elementos de tipología atlántica/tartésica de Peña Negra o los recursos agrícolas de Los Saladares, entre otras (Arteaga y Serna 1975; González 1983González, 2005: 43;: 43; Ros 1988Ros, 1989) ). A mediados o incluso principios del siglo VIII a.C. un primer establecimiento fenicio en la costa pudo vertebrar los intercambios de productos y bienes entre colonos y nativos, atraídos los primeros por la organización espacial y poblacional consolidada de los segundos y por su riqueza metalúrgica. Es difícil pensar que La Fonteta ya canalizase, en su primera fase, esa obtención de riquezas y de productos, considerando su incipiente desarrollo arquitectónico, sobre todo de corte defensivo. El potencial recinto murado de esa época aún no ha sido detectado (González 2005: 50). En cambio, el asentamiento del CPE y su fortificación puede relacionarse con los intercambios de productos de procedencia tartésica y atlántica, ya visibles en el periodo Peña Negra IB (725 a.C.). Algunos pudieron llegar hasta esta colonia costera por mar y no por rutas terrestres. El abandono del CPE se produce cuando una nueva generación, aparentemente mestiza, comienza a fortificar y reestructurar el urbanismo del centro costero de La Fonteta. Se amortiza un espacio sacro como el tofet y sus estelas de tipología arcaica se emplean como material de construcción en la muralla erigida en la fase Fonteta IV, ya avanzado el siglo VII a.C. Ese traslado, ya planteado por los excavadores de La Fonteta (González 1999: 33), coincide con una exitosa intensificación en el comercio de la zona. Las mercancías del interior hispano se canalizaron hacia las Baleares y el Mediterráneo central como se aprecia, por ejemplo, en el cargamento del pecio de Bajo de la Campana hallado en el Mar Menor (Roldán et al. 1995). Además del CPE hay otros emporios comerciales adscribibles a este modelo como Almuñécar, Chorreras (Schubart 2006: 15) o Morro de Mezquitilla en la costa granadino-malagueña, ocupados desde mediados del siglo VIII a.C. y ubicados en promontorios próximos a la línea de costa (Schubart 1986; Schubart 2006: 57). Estos centros arcaicos comparten el patrón de asentamiento y un tamaño casi estándar que no supera la hectárea como el Cerro del Prado (San Roque, Cádiz), Chorreras o el Morro de Mezquitilla. H. Schubart (2006: 138) afirmó que el "enclave colonial" del Morro de Mezquitilla, por su emplazamiento con un pequeño puerto en el estuario del Algarrobo, sus dimensiones y su elevación, "cumplía todos los requisitos necesarios para la fundación de un asentamiento fenicio entre los que contaban, además de su proximidad al mar, la existencia de un hinterland rico y accesible". CONSIDERACIONES FINALES Y PERSPECTIvAS DE ESTUDIO Como reza el resumen, este trabajo busca abordar el estado de la cuestión del CPE y avanzar alguno de los primeros resultados de los estudios que el Museo Arqueológico de Guardamar y el área de Arqueología de la Universidad de Alicante han retomado recientemente. Muchas de nuestras propuestas se verán confirmadas o no según avance la investigación, el estudio de los materiales, los nuevos levantamientos planimétricos y topográficos y la toma de muestras para análisis. Paralelamente, se prevén sondeos geoarqueológicos en la landrona o azarbe de los Estaños. Esta zona, situada en la cota actual de encauzamiento del río Segura o incluso 1 m por debajo de ella, todavía se inunda con facilidad (fuente GeoNet Territorial SA de Alicante 2012). Quedó fuera de los estudios geomorfológicos auspiciados por el equipo franco-español de La Fonteta (Barrier y Montenat 2007). Recientes propuestas de reconstrucción de la línea de costa (Ferrer García 2010: 45; Soler y López 2010: 49) plantean que llegase al "Alto de la Arena", una "barra de media bahía" conservada aún hoy como duna fosilizada. Esto convertiría Los Estaños en una pequeña ensenada o rada que pudo ser puerto natural aún en el siglo VIII a.C. En el siglo V a.C. cerrarían esta zona el aporte sedimentario continental y la progradación del río en un ambiente lagunar, mantenido casi hasta el siglo XVIII (Ferrer 2010: 44 y fig. 4b). El poblamiento arcaico del Bajo Segura, dependiente de su posición costera, ocupó sistemáticamente la franja sur del estuario la última en colmatarse. Toda la orilla norte quedó desocupada hasta la aparición de los poblados ibéricos de El Rebollo, El Oral y La Escuera (Abad y Sala 1993Sala, 2001Sala, 2009) ). Además se deberán solventar los problemas de conservación que padecen las áreas excavadas y hoy visibles del asentamiento. En el plano más estrictamente arqueológico, se requieren sondeos estratigráficos puntuales para alcanzar los niveles de fundación de las estructuras. Su fin es recuperar materiales datantes y muestras radiocarbónicas que definan mejor el inicio del enclave colonial. Las nuevas fechas calibradas para enclaves como Sexs-Almuñécar y otros sitúan a fines del siglo IX a.C. los niveles iniciales de los asentamientos fenicios arcaicos (Mederos y Ruiz 2006: 130) con el mismo elenco cerámico que el CPE. Los estudios en curso y previstos en los yacimientos citados se proponen confrontar esas dataciones con las sugeridas por las cerámicas. No olvidemos que el lote cerámico conocido hoy en el CPE es similar al de La Fonteta I con una salvedad cultural importante: el primero procede del nivel de abandono del poblado y el segundo del de urbanización. Para concluir, consideramos que el paisaje marismeño que rodeó el CPE, como en otros casos, refuerza la idea de que la fundación de este enclave fue una apuesta económica, basada en la experiencia adquirida. Entre los factores que hemos ido viendo están las poblaciones autóctonas circundantes con las que se podían practicar intercambios regulares, las vías de comunicación terrestres y fluviales con el interior, el aprovechamiento de óptimos recursos naturales terrestres y marinos, la explotación salinera y una posición estratégica en la ruta de navegación costera. El grupo fenicio debió ganar la apuesta, desde luego, habida cuenta del temprano y pacífico abandono de un enclave como el CPE y de la concentración de población en La Fonteta. La inestabilidad geológica del cabezo y los episodios sísmicos también pudieron tener que ver con el abandono. Recordemos como la arquitectura sísmica de "carácter pasivo" del CPE (contrafuertes, refuerzos adosados, siempre posteriores a los problemas estructurales) se contrapone a la arquitectura sísmica "activa" de La Fonteta (tirantes y núcleos de adobe en el interior de la muralla diseñados en origen). Ello subraya la puesta en práctica de experiencias adquiridas durante el primer episodio colonial. La concentración de población en La Fonteta, ya a lo largo del siglo VII a.C., convierte este nuevo núcleo en el principal eje urbano del Bajo Segura y en la cabecera de un nuevo escenario geográfico y económico que perduró al menos dos siglos más. Investigación realizada bajo los auspicios del Excmo. Ayuntamiento de Guardamar del Segura y enmarcada en el Proyecto RYC2011-08222 "Transferencias culturales en el Mediterráneo Antiguo" del Ministerio de Economía y Competitividad. Los autores agradecen los comentarios y sugerencias de los evaluadores anónimos que han sido incorporados en la medida de lo posible contribuyendo a mejorar la calidad final. Cualquier error u omisión que se pueda detectar es únicamente responsabilidad de los autores.
La reactivación de la actividad arqueológica española a partir de los años 1950, especialmente prolífica en algunas regiones como Cataluña, incorporó algunos yacimientos clave para el conocimiento de los grandes procesos culturales del pasado. Es el caso de las cuevas del Toll y Font Major cuyas colecciones de cerámica cardial, por su cantidad y calidad, han sido de referencia para el Neolítico antiguo en distintos momentos. En cambio cuentan con pocos o nulos datos contextuales debido a los métodos que se emplearon en esas prime-ras intervenciones. En este trabajo se presentan los resultados de las realizadas entre 2006 y 2011 en ambos yacimientos. La combinación de nuevos materiales encuadrables en distintas fases del Neolítico antiguo cardial con fechas radiocarbónicas de muestras de vida corta nos permite retrasar sensiblemente la fase cardial de la Cova del Toll, así como fechar por primera vez La dilatada trayectoria de estudio del Neolítico cardial en el nordeste de la Península Ibérica se inicia con la publicación de los primeros resultados de las excavaciones de 1922 en Cova Gran y Cova Freda de Montserrat (Colomines 1925). Las cerámicas impresas ahí documentadas fueron denominadas montserratinas, desconociéndose todavía su posición en la secuencia cronocultural. Unos años más tarde se excava otra de las cavidades clásicas del periodo, l'Esquerda de les Roques del Pany. En el nivel inferior el mismo tipo de cerámicas impresas subyacía a niveles con cerámicas carenadas y campaniformes (Grivé 1933). La publicación de los datos estratigráficos de Arene Candide (Bernabó 1946) permitió situar la cerámica procedente de las cuevas de Montserrat en la primera fase de los grupos neolíticos del occidente mediterráneo. Sin embargo los datos acerca del Neolítico cardial no aumentaron sustancialmente hasta la década de 1970, y los programas científicos no tuvieron continuidad hasta los 90. Numerosos yacimientos se publicaron pero sin profundizar en su estudio. Es el caso de las cuevas del Toll y Font Major de las que nos ocupamos en este trabajo. Su renombre en la historiografía de la arqueología del Holoceno en el nordeste peninsular nunca ha contado con datos científicamente contrastados hasta su reciente excavación en el marco de proyectos arqueológicos de diferente índole. J. I. Morales, A. Rodríguez-Hidalgo y A. Cebrià han dirigido las excavaciones en la Cova del Toll entre 2006 y 2011 como parte de una investigación encaminada a valorar el grado de conservación del registro holoceno y a caracterizar las dinámicas tafonómicas de su importante secuencia pleistocena (1). A su vez M. Fontanals y P. Martín En J. Rosell, E. Baquedano, R. Blasco, E. Camarós (eds.): Programme and Abstracts of Hominid-Carnivore interactions International Congress (Salou, Tarra-dirigieron la única intervención arqueológica en la Cova de la Font Major propiciada en 2011 por unas obras, derivadas del nuevo proyecto museográfico en su interior, que podían afectar la secuencia arqueológica todavía conservada (Fig. 1). La Galería Sur de la Cova del Toll ha sido objeto de repetidas intervenciones arqueológicas desde que en 1954 se liberara la entrada principal (Bergadà y Serrat 2001). Las primeras exploraciones consistieron en una gran trinchera que la recorría en su totalidad. Durante ellas la importante cantidad de materiales arqueológicos y paleontológicos recuperados desde el Neolítico antiguo cardial hasta la Edad del Bronce inicial permitieron establecer un esquema tipológico relativo de la ocupación holocena de la cavidad. Este trabajo se basó principalmente en la revisión de materiales descontextualizados (2). (2) Marcet, R. 1976: El yacimiento neolítico de la Cova del Toll (Moià). Memoria de licenciatura inédita, Universitat Autònoma de Barcelona. logía moderna. Su objetivo fue establecer la secuencia cronocultural del yacimiento y compararla con las secuencias francesas de referencia para el Neolítico antiguo. El depósito holoceno de la Galería Sur (de unos 120 m de longitud) había desaparecido en su tramo central, existiendo únicamente restos de la serie original en los laterales. Por este motivo la excavación tuvo que limitarse a sondeos puntuales en diferentes localizaciones (Guilaine et al. 1979). Lamentablemente sus resultados han quedado en gran parte inéditos. Se pueden resumir en la publicación de las dataciones radiométricas (Guilaine et al. 1979) y de su contexto cultural (Guilaine et al. 1981), la presentación de algunos datos contextuales integrados en un enfoque territorial (Guilaine et al. 1982), la revisión de las fechas radiométricas y algunos apuntes inéditos sobre su contexto (Martín 1986) y en detalles sobre el estudio de los "suelos" del yacimiento (Brochier 2002). En 1982 las fuertes lluvias reactivaron el curso fosilizado del torrente interno de la cueva, inundando toda la Galería Sur. Los testigos laterales que todavía permanecían intactos fueron parcialmente desmantelados. M. A. Petit (2001) coordinó las labores de limpieza de la cavidad durante el año 1985, publicando los materiales más significativos, una vez más, sin contexto estratigráfico. El 1995, un nuevo equipo dirigido por H. de Lumley y D. Serrat limpió la Cata B, uno de los profundos sondeos abiertos durante las intervenciones en los 1950. El estudio estratigráfico y paleoambiental del yacimiento fue uno de los capítulos de la tesis doctoral de M. M. Bergadà (3), que publicó los datos micromorfológicos con más detalle (Bergadà y Serrat 2001). Finalmente, D. Campillo estudió los restos antropológicos de los enterramientos del Neolítico medio y de la Edad del Bronce recuperados durante los 1950 (Campillo et al. 2005). Desde el año 2003 se excava de manera sistemática en el complejo cárstico de las Coves del Tesis doctoral, Universidad de Barcelona. Toll dentro del proyecto de excavación "Compartiendo el espacio: la interacción entre homínidos y carnívoros en el NE Peninsular" que afecta principalmente a la vecina Cova de Teixoneres (Rosell et al. 2010a; Rosell et al. 2010b). El objetivo principal de los trabajos en la Cova del Toll era documentar la secuencia pleistocena de notable importancia paleontológica (Villalta 1963) y estudiar las posibles evidencias de ocupación humana durante este periodo (Ripoll y Lumley 1965). La excavación se ha centrado en el tramo exterior de la Galería Sur, en algunos de los testigos situados a ambos lados del mencionado pasillo central. En uno de estos sondeos se localizó una estructura negativa parcialmente seccionada al Norte por la cata C de los 1950, al Sur por la excavación de J. Guilaine y al Este por el camino central. Fue posible ubicarla en los cuadros P16 y P17 de las excavaciones de los 1970 por haberse recuperado la cuadrícula original de las mismas al plantear la nueva campaña. Fue denominada estructura 2b por su posición estratigráfica. El depósito contenía un pequeño conjunto de material arqueológico muy homogéneo atribuido al Neolítico antiguo cardial y compuesto exclusivamente por cerámica y restos óseos y malacológicos. La colección cerámica consiste en 26 fragmentos: 20 son informes (5 decorados) y 6 permiten identificar la forma (4 decorados) (Fig. 2). Por sus medidas y grosor corresponden a vasos medianos y grandes. Tienen cocciones irregulares y acabados alisados salvo uno, pulido y de cocción reductora. Al menos hay 6 vasos decorados. Los motivos representados son la franja horizontal, la franja vertical y las impresiones independientes. Solo el vaso 1 combina la impresión cardial y de instrumento en una banda horizontal con franjas verticales con impresión cardial perpendiculares a la primera. El vaso 3 tiene decoración simple cardial y el vaso 2 de cordón. En el vaso 4 una franja horizontal rodea un asa horizontal. Las impresiones cardiales se realizan mediante el borde dentado de la concha, preferentemente en posición perpendicular. Las morfologías de los vasos, sus motivos y técnicas sitúan el conjunto en el grupo cardial zonado o franco-ibérico (Manen 2002). El registro faunístico del nivel 2b, muy fragmentado, ha proporcionado 48 restos pertenecientes a macromamíferos. Pese su escasez, el conjunto cuenta con gran variabilidad taxonómica. Oryctolagus cuniculus tiene el mayor Número de Especímenes Identificables (NISP = 10) y de individuos (NMI = 4), seguido de Ovis/Capra sp. Los demás taxones (Bos sp., Equus ferus, Cervus elaphus, Capreolus capreolus, Ursus sp., Vulpes vulpes, Meles meles) son testimoniales. Entre los restos no identificados dominan los de animales de talla pequeña (40% NR) que asignamos fundamentalmente a ovicaprinos. La representación anatómica está dominada por los elementos apendiculares seguidos de los craneales. Las delineaciones curvas, ángulos oblicuos y superficies suaves, mayoritarias en los paños, indican una fracturación en fresco (Villa y Mahieu 1991), probablemente de carácter antrópico. La tafonomía se define por marcas de corte, impactos, abrasiones, estigmas de percusión y termo-alteraciones, atribuibles a huesos quemados y hervidos (Binford 1981: 320; Blumeschine y Selvaggio 1988; Stiner et al. 1995). La mayoría aparecen sobre restos de ovicaprinos y cérvidos (C. elaphus y C. capreolus). Al haberse localizado cremaciones y mordeduras humanas sobre los restos de O. cuniculus nos decantamos por su origen antrópico que, además, coincide con el mayoritario en la acumulación donde los taxones salvajes y domésticos están equilibrados. Los restos de Ursus, Equus podría relacionarse tanto con intrusiones desde los niveles pleistocenos durante la excavación de la estructura negativa, como con el nivel 2b, puesto que ambos géneros están presentes en el entorno en momentos post-glaciales. El conjunto faunístico se completa con moluscos marinos (Columbella rustica y Nassarius cuvieri). Están transformados en elementos de a dorno y se hallaron formando una pequeña acumulación in situ, lo que sugiere su pertenencia al mismo ornamento. Según la documentación conservada, desde el primer acceso al interior de las galerías de la cueva a mediados del siglo XIX las exploraciones son numerosas. Fue aprovechada, por ejemplo, para dotar de agua potable a la población o como polvorín a finales de la Guerra Civil. Cerámicas del Neolítico cardial, nivel 2b, de la Cova del Toll (Moià, Barcelona) 1. Borde combinando con impresiones cardiales en franja horizontal y flecos verticales; 2. pared con improntas cardiales oblicuas en franja horizontal; 3. cuello con arranque de asa; 4. asa con perforación vertical e improntas cardiales oblicuas en franja horizontal; 5. borde con cordón liso horizontal perforado para convertirlo en asa. tras varias expediciones espeleológicas, se descubrió la entrada actual al sistema cárstico. En 1957, durante un reconocimiento arqueológico, se recuperó un pequeño lote de materiales, compuesto principalmente por monedas y cerámica. Pese al cierre de la entrada para proteger el yacimiento y evitar el acceso de furtivos, estos lo saquearon reiterada y paulatinamente, hasta que en 1963 el Ayuntamiento de la villa lo tapió. A partir de ese momento el acceso a la Cova de la Font Major se restringe a expediciones espeleológicas, que documentan casi 4000 m de galerías, y a perforaciones del Ayuntamiento para suministrar agua a la población en épocas de carestía. A fines de los 1950 e inicios de los 1960, Salvador Vilaseca intervino en diferentes puntos de la cavidad, recuperando un abundante registro arqueológico. Durante los 1990 se trabajó sobre los materiales encontrados durante las intervenciones anteriores y también sobre los continuos hallazgos, aislados, en su interior. También en los 1990, durante las actuaciones para la primera musealización de la cueva, se descubrieron restos de fauna asociados a un canto de cuarzo presuntamente tallado. Estos hallazgos propiciaron una intervención de urgencia que ni proporcionó nuevos materiales, ni una columna estratigráfica de referencia. Los restos aparecidos fueron atribuidos a la transición entre el Paleolítico inferior y medio en base a las especies documentadas (Genera 1995; Genera y Carreras 2007). En la misma década se identificaron materiales líticos adscritos unos al Paleolítico medio y otros al Epipaleolítico (Carreras 2002). En 1997 se realizó un muestreo arqueoestratigráfico en varios puntos de la cueva para obtener una secuencia cronoestratigráfica con dataciones radiocarbónicas (Genera y Carreras 2007). Hasta el momento los resultados no han sido publicados. En 1999 unas trincheras de control arqueológico abiertas con motivo de la instalación de nuevos recursos museográficos en el interior de la cueva tampoco localizaron niveles in situ. La intervención arqueológica de carácter preventivo se hizo durante el verano en el marco de la ejecución del nuevo discurso museográfico de la cueva. El proyecto proponía recuperar la circulación entre las Coves de la Vila y de la Font Major, aisladas tras un derrumbe parcial sucedido a inicios del Holoceno. Ello solo era viable al norte de la cavidad, en un punto muy próximo a la conexión entre ambas por el exterior. Se desmontó un muro contemporáneo, excavando el paquete sedimentario subyacente y eliminando parte de la pared natural de conglomerado habilitando un paso para la circulación de los visitantes. Los trabajos arqueológicos documentaron una secuencia estratigráfica de 2 m de potencia formada por 8 niveles arqueológicos. Los niveles superiores estaban muy afectados por las intervenciones previas. Se conservaban únicamente en las secciones adosadas a las paredes de la cavidad y no se recuperó más de una decena de elementos. Los dos inferiores, denominados Ig y III, al hallarse por debajo del nivel de circulación, estaban mejor conservados. En el nivel Ig, entre 20 y 30 cm de potencia, se recuperaron más de un millar de restos arqueológicos, principalmente industria lítica (N=445), cerámica (N=314) y fauna (N=255) (Fig. 3). El nivel III corresponde al lecho fluvial de la cavidad por lo que las piezas están algo rodadas. Son piezas, procedentes de otros puntos de la cueva, vueltas a trabajar por lo que, de momento, se han excluido del estudio. La colección cerámica comprende un total de 314 fragmentos, en su mayoría del nivel Ig (305). Predominan las cocciones oxidantes (43,8%) con buena representación de reductoras (30,1%) e irregulares (26%). Los vasos de tamaño medio son los más habituales. Los vasos pequeños están bien representados y los de gran tamaño son escasos. Hay similares acabados alisados y pulidos, siendo minoritarios los demás. Como avance tipológico preliminar proponemos: 12 recipientes cilíndricos, 12 ovoides, 7 hemisféricos y 5 compuestos con cuello destacado. Según el estudio en 1. asa con botón inferior y dos cordones lisos horizontales; 2. borde apuntado con cresta horizontal bajo el labio e impresiones cardiales oblicuas; 3. fragmento con cresta horizontal y franja ancha de cardial arrastrado; 4. arranque de asa con cardial arrastrado en pared y cúspide del asa; 5. borde con cordón liso horizontal; 6. borde con cresta horizontal; 7. borde con mamelón vertical de suspensión; 8. borde con cardial arrastrado; 9. borde con cordón liso al exterior y cresta al interior con improntas simples independientes; 10. fragmento con decoración cardial arrastrado; 11. fragmento con franja horizontal de cardial arrastrado limitada por impresiones cardiales perpendiculares; 12. borde con cordón horizontal impreso con cardial arrastrado y oblicuo; 13. asa de la que arrancan dos cordones arciformes; 14. fragmento impreso con cardial arrastrado y pivotante; 15. borde con cordón liso horizontal. Imágenes obtenidas a partir de modelos 3D (J. I. Morales) curso, los motivos cardiales son los mayoritarios (24 sobre pared, asa o cordón). Hay 17 cordones lisos (horizontales, verticales y ortogonales) y 7 impresiones no cardiales y 1 combinación cardial/impresión. El conjunto lítico incluye 473 efectivos (Fig. 4). La materia prima del 90% es el sílex, completada con el cuarzo y el cristal de roca. Pese a la reducida superficie excavada hay una buena representación de núcleos y productos de talla y algo me-Fig. Materiales líticos del nivel Ig de la Cova de la Font Major (L'Espluga de Francolí, Tarragona). Avanzamos la documentación de, al menos, tres estrategias de explotación diferenciadas a partir de los núcleos (N=19) y los productos. La primera es la estrategia laminar estandarizada de tipo unipolar longitudinal. Consiste en seleccionar una arista natural a modo de lámina d'entame y crear crestas antero-laterales para controlar la anchura de la superficie de explotación. En ocasiones también se documenta la apertura de un segundo frente opuesto para rectificar la convexidad longitudinal del frente de explotación. La segunda es explotación unipolar longitudinal sin preparación de los núcleos. Estos generalmente son pequeños y proporcionan productos cortos y anchos. La tercera es la explotación de fragmentos pequeños e irregulares mediante talla sobre yunque. El grupo de configurados incluye 22 elementos. Destaca un conjunto de armaduras geométricas compuesto por 2 segmentos a doble bisel, 1 trapecio microlítico, 1 triángulo con retoque alterno y 1 truncadura hipermicrolítica. Los denticulados y buriles, ambos tipos sobre lasca, son mayoritarios entre los demás morfotipos. Además se hallaron dos azuelas pulimentadas y gran cantidad de restos de ocre de tamaños diversos. La fauna procedente del nivel Ig comprende 201 restos. Ovis aries y Capra hircus son las especies cuantitativamente mejor representadas por NR (27) y NMI (6). La representación anatómica de ambas especies es muy completa, incluyendo restos del esqueleto craneal, axial y apendicular. Las otras especies identificadas, solo por elementos del esqueleto axial, son salvajes: Cervus elaphus (NR=12 NMI=2), Capra pyrenaica (NR=5; NMI=2) y Lagomorpha (NR=3; NMI=2). No han podido ser identificados a nivel específico los restos de gran bóvido (NR=8) y de suido (NR=1) por la elevada fracturación de la muestra y/o su pequeño tamaño. Las principales alteraciones tafonómicas analizadas son de origen antrópico: fracturación y trazas asociadas con ella como lascas, impactos, abrasiones (77% del total de restos), procesamiento culinario (quemado y hervido) y marcas de corte. Todas se han identificado tanto en restos de especies domésticas como salvajes, lo que asegura el origen antrópico del conjunto. Entre los elementos malacológicos, destacamos un ejemplar de Columbella rustica con perforación antrópica, una valva de Cerastoderma edule, y otra, posiblemente de Glycimeridae, pulida y redondeada por completo. La Cova del Toll cuenta con dos dataciones de carbono 14 realizadas sobre molares de fauna doméstica (ovicápridos), procedentes del interior de la estructura 2b (Tab. Los resultados, estadísticamente idénticos, certifican el uso de la estructura durante un espacio temporal corto. Ambas fechas son sensiblemente más antiguas que las obtenidas en el pasado para el mismo periodo (Guilaine et al. 1981). En la Cova de la Font Major, se ha fechado también un molar de Ovis aries procedente del nivel Ig (Tab. A día de hoy es la primera datación conocida de la cavidad, y su resultado permite concretar la cronología de los materiales cardiales que Salvador Vilaseca y Josep María Miró estudiaron. Las fechas de datos de carbono 14 obtenidas a partir de taxones domésticos de vida corta sitúan las cuevas del Toll y la Font Major en el mapa de la neolitización. La primera cae en el tramo más antiguo de la horquilla cardial y es asimilable a los depósitos de Can Sadurní c18 (Edo et al. 2011), Can Roqueta II (Carlús et al. 2008) o a las nuevas fechas, inéditas, obtenidas para el Cavet (Fontanals et al. 2008) y Guixeras de Vilobí. La datación de la Cova de la Font Major corresponde a un momento algo más avanzado de transición hacia el episodio cardial final clásico, establecido a partir de 6300 BP en base a modelos decorativos continuistas. Su importancia radica en ser la primera fecha cardial existente para el interior del ámbito tarraconense, un territorio con escasas evidencias de este periodo, salvando el asentamiento litoral del Cavet. La reciente revisión del contexto radiocarbónico del episodio cardial en Cataluña (Morales et al. 2010) ha establecido un lapso c. Las últimas fechas disponibles, a partir de muestras de vida corta, ajustan mejor la horquilla sin cambiar sustancialmente el horizonte cronológico (Tab. De hecho, el nordeste peninsular es una de las zonas con mayor información radiocarbónica del Neolítico inicial en número de yacimientos y fechas sobre muestras de vida corta. La escasa muestra disponible complica la inserción de los materiales cerámicos de la Cova del Toll en la esfera cardial. Sin embargo la preponderancia de motivos sencillos (franjas horizontales y verticales/horizontales) realizados mediante impresiones perpendiculares con el borde dentado, unida a la escasa combinación de técnicas nos permite adscribirlos a las primeras fases del cardial catalán, con ejemplos bien definidos en les Guixeres de Vilobí, la Cova de Can Sadur- La industria lítica está ausente de la estructura del nivel 2b de la Cova del Toll. En cambio, en la Font Major es amplia con una importante variedad de tipos de talla y un pequeño grupo de geométricos, donde destacan los segmentos a doble bisel. Estos morfotipos son muy habituales en las fases cardiales antiguas en el valle medio del Ebro (Cava 2000) y en Cataluña a partir de las fases cardiales avanzadas con importantes conjuntos en la Draga, Sant Pau del Camp y la Cova del Vidre (Bosch et al. 2000; Borrell 2008; Bosch en prensa). La fauna predominante en ambos yacimientos es doméstica (oveja/cabra), aunque la salvaje está bien documentada. Estos datos concuerdan con la tradición cardial sobre todo en lo que respecta a las ocupaciones en cueva. La escasez de restos en la Cova del Toll impide profundizar en las características del registro. La alta representación de partes anatómicas indica una probable explotación in situ y su grado de procesamiento antrópico unos patrones de explotación intensivos. La pobreza en restos de taxones domésticos ha impedido establecer parámetros válidos sobre la edad de sacrificio. En los salvajes pueden existir patrones de transporte diferencial. La ausencia de restos carpológicos entre los sedimentos excavados en ambas cuevas es poco habitual. Podría relacionarse con hábitats esporádicos donde no se almacenaba o bien deberse a factores tafonómicos como una escorrentía hídri-(4) Bosch, J. en prensa: "La Cova del Vidre (Roquetes, Bajo Ebro): asentamiento del Mesolítico y del Neolítico antiguo en la cordillera costera catalana meridional". En V Congreso del Neolítico Peninsular (Lisboa 2011). ca que pudiera haber arrastrado a los materiales ligeros. A modo de resumen final, los datos actuales obtenidos en las Covas del Toll y la Font Major documentan asentamientos cardiales en zonas interiores catalanas fuera del foco clásico (Llobregat-Vallès-Penedès). La Cova del Toll se sitúa en las estribaciones montañosas al norte del llano prelitoral del Vallès, relativamente cerca de los yacimientos al aire libre de Can Roqueta II, Turó de Can Bellsolà o Can Banús, así como la Cova del Frare y la Balma de l'Espluga, y por tanto, de un foco de concentración de asentamientos cardiales (Martín et al. 2010). En cambio, el escenario geográfico de la Cova de la Font Major es muy distinto. En las comarcas centromeridionales de Cataluña hay pocos yacimientos cardiales: en el litoral de Cambrils los asentamientos de El Cavet (Fontanals et al. 2008) y los ejemplos de Mas de l'Isidre y Vilagrassa (Oms y Morales 2009). En el prelitoral más meridional de Cataluña, en Roquetes, se conocen los datos referentes a la Cova del Vidre (5). En las zonas interiores, los datos son muy escasos y proceden de noticias aisladas (Cova de l'Aume diella o Cova III de les Quimeres) y por ese motivo, la Cova de la Font Major supone probablemente un punto clave para la neolitización de las zonas interiores del sur del nordeste peninsular. En este trabajo se han presentado los datos de dos intervenciones puntuales en yacimientos emblemáticos que se habían considerado perdidos para la disciplina. Estos asentamientos, clásicos en la historiografía cardial, proporcionan por primera vez fechas radiocarbónicas válidas, estudios de la cultura material y aportaciones a la economía de los grupos neolíticos. Estos resultados, sin embargo, solo son un pequeño ejemplo del potencial de ambos yacimientos, siendo un buen acicate para los resultados de nuevas campañas así como para el nuevo estudio de los materiales antiguos. Estos estudios se enmarcan en los proyectos HAR2008-01984/HIST ("Cambios tecno-culturales y de paisaje en la transición Pleistoceno -Ho-
especialmente el Arqueológico, desde 1985 hasta la actualidad en España. El trabajo se ha basado en el análisis de la gestión que realiza en este campo cada una de las Comunidades Autónomas. Entre los resultados destacan algunos aspectos que deben ser motivo de reflexión como el gran aumento de intervenciones arqueológicas, la descoordinación entre administraciones y la desigualdad territorial en su tratamiento. El conocimiento y valoración de los bienes que integran el patrimonio histórico ha ido aumentando en las últimas décadas y nuestra sociedad acepta, prácticamente de manera generalizada, que los vestigios del pasado tienen un especial valor y son dignos de ser conservados al constituir parte de nuestra propia idiosincrasia. Los restos arqueológicos juegan un papel importante en este concepto puesto que remiten a tiempos remotos que es interesante rememorar pues supuestamente es en ellos donde hunden sus raíces nuestros actuales valores y por su lejanía son fáciles de mitificar y tienden a ser considerados retazos de un mundo mejor y más equilibrado del que puede recuperarse al menos una parte. Paralelamente al valor que se otorga a los restos históricos, también se ha desarrollado en la sociedad moderna una especial sensibilidad hacia el Medio Ambiente al ser otro de los bienes amenazados por los nuevos modos de vida y por la rapidez del progreso técnico. Ya hace medio siglo que se empezó a alertar sobre el deterioro a que se le estaba sometiendo y a las irreversibles consecuencias que ello podía tener para un desarrollo sostenible, todo lo cual ha ido fraguando una nueva mentalidad que trata de conjugar el crecimiento y avance imparable de la sociedad moderna con el respeto y conser-(1) Este trabajo es un breve resumen del proyecto de investigación, del que las autoras son colaboradoras, financiado a través del Convenio de Investigación no 19.08/03, firmado entre el CE-DEX (Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas, de los Ministerios de Fomento y Medio Ambiente) y la Fundación Agustín de Betancourt de la ETS de Ingenieros de Caminos de la UPM. *(*) Dpto. de Prehistoria. Facultad de Geografía e Historia. (**) Dpto. de Ideación Gráfica y Arquitectura. Universidad Politécnica de Madrid. Correo electrónico: aliciacast. net. vación del Patrimonio Cultural y Natural que la rodea. Todas estas actitudes han ido quedando plasmadas en las legislaciones propias de cada país, especialmente los occidentales donde tiene una mayor trayectoria este proceso ideológico que ha ido formando nuestra actual concepción sobre los bienes patrimoniales. La idea de un Patrimonio Integral, en el que se aúna el interés por localizar los vestigios históricos y el entorno o paisaje en que se encuentran, está resultando muy efectiva y ha propiciado que se desarrolle una amplia normativa que intenta garantizar su protección, acrecentamiento y transmisión a las generaciones futuras. Fue a partir de los años ochenta, una vez asentado el nuevo sistema político en España, cuando empezaron a elaborarse una serie de leyes que sustituían a otras ya antiguas o introducían a nivel normativo nuevos conceptos. Destaca en primer lugar la Ley del Patrimonio Histórico Español (Ley 16/ 85 y RD 111/86, 64/94 y 162/02) y la posterior legislación propia promulgada por cada Comunidad Autónoma, así como las normas de ordenación territorial que también afectan a los bienes culturales, especialmente a los arqueológicos o las variadas disposiciones municipales particulares. Pero, sobre todo, subrayamos el Real Decreto legislativo de Evaluación de Impacto Ambiental (1302/86) y su posterior reglamento (RD1131/88) al haber contribuido a la progresiva concienciación ciudadana de la necesidad y posibilidad de evaluar y conservar gran parte de los bienes patrimoniales. La regulación sobre la Evaluación de Impacto Ambiental (EIA) se introdujo en España en 1985 a partir de una directiva de la Unión Europea en la que se exponía la obligación de evaluar en diversos proyectos de obras las afecciones al Medio Ambiente, considerándose al Patrimonio Cultural como parte de él. Un año después, nuestro Estado emitió legislación propia al respecto en la que explícitamente se hacía mención a los bienes arqueológicos como objeto de consideración en la citada Evaluación (Art. 2.b y 6 respectivamente). Quizás por ello, la Ley de Patrimonio Histórico Español, promulgada con anterioridad a la de Evaluación Ambiental, no incluyó ningún articulado sobre la materia y fue tiempo después, desde los años 90 hasta la actualidad, cuando la mayoría de las Comunidades Autónomas han elaborado sus leyes sobre Patrimonio Histórico en las que sí se contempla la EIA (Tab. Ello coincide en el tiempo, con una mayor preocupación por estos temas en todo el resto de Euro-pa donde se han firmado numerosos documentos entre los que podemos recordar, por su importancia para el Patrimonio Arqueológico (PA), el Convenio Europeo de Malta (1992) que no ha sido ratificado por España, pero en el que se trata expresamente la consideración de los yacimientos arqueológicos en las citadas evaluaciones (Art. Aún a riesgo de abusar de las citas legales, hay que insistir en que toda esta legislación ha tenido una repercusión directa en el tratamiento del Patrimonio y están surgiendo debates y publicaciones que abordan el tema desde diversos ángulos (Willians y Parcero 1999; Cabeza 2001). En el ámbito de la Arqueología española, las reflexiones sobre la EIA giran en torno a dos líneas principales que se retroalimentan: por una parte la gestión del PA y los procedimientos que conlleva la citada Evaluación y, por otra, los nuevos modelos de intervenciones causadas por la aplicación de esta normativa (Querol 1993; Tallón 1993; Muñoz 1996; Ramos 1999; Barreiro et al. 1999; Criado et al. 2000; Ramos y Osuna 2001). Aunque cada vez proliferan más las publicaciones sobre el tema, especialmente desde la perspectiva de las intervenciones arqueológicas y sus resultados (Baquedano y Caballero 1999; Vidal 1999; Mesiego y Etxebarría 2003), sorprende el gran desconocimiento que existe de todo ello entre especialistas que también trabajan en la EIA desde perspectivas ajenas a la Arqueología, como pueden ser la Ingeniería Civil o la Arquitectura, siendo prácticamente inexistentes en España (ver p.e. en Francia VVAA, 1994) los debates o reuniones comunes entre distintos profesionales, con excepciones recientes como las Jornadas sobre Arqueología en obras lineales (Cañas 2004). Es precisamente este último hecho el que motivó que desde la Escuela de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid se nos invitara a colaborar en un proyecto de investigación que intentara evaluar las relaciones existentes entre las grandes obras, la EIA y el Patrimonio Histórico (PH) en España. Para conocer las repercusiones que la EIA tiene sobre el Patrimonio, se recopiló información de cada Comunidad Autónoma a través de un cuestio- nario que fue enviado a los servicios centrales de cultura -direcciones generales, consejerías, etc.responsables directos del PH en las 17 Autonomías y a las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla. También se envió la encuesta a cada provincia en los casos de comunidades muy grandes como Andalucía o Castilla y León (Fig. 1). La obtención de los resultados requirió una labor de campo que incluyó la visita a la mayor parte de las regiones y que se desarrolló entre los meses de noviembre de 2003 y enero de 2004. Normalmente, el trabajo consistía en una entrevista con personal técnico de la Administración para que respondiera al cuestionario pero, en algunas ocasiones, se efectuaron consultas a archivos y documentos para extraer directamente los datos. La encuesta constaba de veinte preguntas, relativas a los siguientes temas: -Planificación de cada Comunidad: emisión de normativas propias y tipos de proyectos sometidos a EIA, coordinación entre administraciones competentes, personal destinado al procedimiento, etc. -Control de las afecciones sobre el PH: proceso de emisión y contenido de los informes elaborados por la Administración competente para incluir en los estudios de Evaluación, cumplimiento de las medidas estipuladas, realización de intervenciones sobre Bienes, etc. -Afecciones que los proyectos de obras sometidos a EIA tienen sobre el PH. -Valoración de las personas encuestadas sobre el procedimiento de EIA. A pesar de que se consiguió información de toda España, debe tenerse en cuenta que el grado de respuesta no ha sido igualitario y ello ha dificultado las comparaciones de carácter cuantitativo entre unas Comunidades y otras. La principal razón para esta situación es la falta de informatización y a veces de organización de los archivos de las Administraciones. Como se observará más adelante, algunas de nuestras preguntas precisaban para su respuesta la consulta de expedientes arqueológicos generados desde los primeros años de aplicación de la legislación actual de PH y de EIA, es decir, desde mediados de la década de los 80. En muchos casos, esta información no estaba disponible en bases de datos o formatos electrónicos. Estos problemas hacían compleja la contestación de algunas cuestiones, por lo que queremos agradecer desde aquí la ayuda facilitada y el tiempo prestado por parte del personal técnico que nos atendió en las distintas administraciones. Esquema del procedimiento administrativo de la EIA con respecto al Patrimonio Arqueológico Aunque nuestra investigación abarca todo el Patrimonio Histórico, de hecho son los bienes del Patrimonio Arqueológico, Etnográfico y Paleontológico los que se ven más afectados por las obras sometidas a Evaluación de Impacto Ambiental pues es más difícil que sobre inmuebles de otro tipo, por ejemplo un palacio o una iglesia, pasen nuevos trazados viales o se ubiquen nuevas construcciones. Lógicamente, estos otros tipos de bienes también son contemplados al realizar la Evaluación pero, salvo casos excepcionales, rara vez corren peligro o requieren medidas que impliquen su traslado. Como ejemplo de ello, mencionamos el caso de Murcia en la que durante el período 1989-2003 se realizaron 259 intervenciones por causa de la EIA, de las cuales 253 fueron sobre el Patrimonio Arqueológico y sólo 6 respondían a actuaciones sobre otros tipos de Patrimonio Histórico. Para entender la aplicación de las normativas vigentes, recordamos el proceso administrativo que deben seguir los proyectos presentados para poder ser evaluados correctamente desde el punto de vista ambiental y cultural, aunque no sea exactamente igual en todas las regiones. Ello justifica en gran medida que este texto trate sobre las relaciones de la EIA y el PA y que la explicación sobre las fases del procedimiento ambien- tal -desarrollada a continuación-esté enfocada desde este tipo de Patrimonio. Informativa o de consultas: La entidad interesada (pública o privada) realiza una memoria-resumen del proyecto de obra o actividad que piensa llevar a cabo y se pone en contacto con el Órgano Ambiental, que es el competente en la Evaluación de Impacto Ambiental. A su vez, éste inicia la fase de consultas a otras instituciones entre las cuales se encuentra la responsable en Patrimonio Histórico. Dicha administración debe informar sobre las medidas correctoras a adoptar en caso de que existieran afecciones sobre los Bienes que gestiona. Los equipos técnicos, en los que suele haber especialistas en Arqueología, realizan un informe preliminar sobre los daños que el proyecto pueda causar al Patrimonio Arqueológico, basándose en la consulta de las Cartas Arqueológicas o de los Inventarios de Bienes Culturales. A veces, cuando se dan varias opciones, se puede informar eligiendo aquella propuesta o variante de la ejecución de la obra que sea menos dañina para el Patrimonio. También, si se estima necesario, se exigirá un estudio más amplio que puede incluir prospecciones y sondeos y que suele ser costeado por la entidad interesada en la ejecución de la obra. En la práctica, esa misma entidad interesada puede ser la que envíe la memoria-resumen de su proyecto directamente a la Administración responsable del Patrimonio Histórico. Igualmente, puede haber incluido en la memoria un primer estudio histórico de la zona afectada por la obra e incluso presentar una propuesta de intervención o proyecto arqueológico a dicha Institución. Estudio de Impacto Ambiental: Tras la fase de consultas, la entidad interesada elabora el Estudio de Impacto Ambiental para lo que contará con profesionales que realicen la parte correspondiente al Patrimonio Arqueológico e Histórico. En este Estudio, se incluirá también la información y determinaciones proporcionadas por la Administración competente en Patrimonio Histórico, adjuntando, si ha sido necesario, los resultados de las intervenciones arqueológicas especificadas por dicha Administración (normalmente prospecciones y sondeos). Aunque en casos de afecciones sobre Bienes muy evidentes podría haberse indicado ya en la primera, es en esta fase cuando se deberían plantear los cambios de localización y otras medidas preventivas para evitar daños al Patrimonio Arqueológico o informar negativamente a la ejecución del proyecto. Por último, el Estudio de Impacto Ambiental es enviado al Órgano Ambiental que lo valora y que puede volver a pedir consultas a todas las instituciones implicadas. Este Estudio también debe pasar un período de información pública, normalmente de 30 días hábiles, durante los cuales será accesible a cualquier persona u organización que desee consultarlo y presentar alegaciones o sugerencias. Declaración de Impacto Ambiental (DIA): El Órgano Ambiental recoge las conclusiones del período de información pública, del Estudio de Impacto Ambiental y de los informes realizados por las distintas instituciones emitiendo finalmente la DIA. Ésta será publicada en el Boletín Oficial del Estado o en los Boletines de las Comunidades Autónomas. En la DIA constarán las condiciones sobre las posibles afecciones al PA y las medidas correctoras que deben ser adoptadas en caso de ejecutarse el proyecto. Este informe se incluirá dentro del programa de vigilancia ambiental que se realizará para su ejecución. Como vemos en el resumen, ante una DIA positiva y si el proyecto se llega a ejecutar, las prescripciones que imponga la Administración competente en Patrimonio Histórico deberán respetarse. Si en primera instancia no hay ningún yacimiento afectado, lo normal es que se realice una vigilancia y control de las obras con seguimientos arqueológicos. No obstante si algún yacimiento se viera afectado o se descubriese durante la ejecución de la construcción, se harán las correspondientes intervenciones para protegerlo (ya sea trasladarlo, adecuar sus accesos con respecto a la obra, etc.) o documentarlo (realizando excavaciones). Todas las intervenciones arqueológicas tienen que ser autorizadas por la Administración competente en PH y dirigidas por profesionales especializados en Arqueología. Así, los expedientes generados por las intervenciones, suponen otro procedimiento paralelo al de la EIA por parte de la citada Administración y que es el común a cualquier tipo de actuación arqueológica -presentación de proyecto, concesión de autorización, presentación de informe arqueológico, resolución parcial, entrega de memoria y materiales, resolución final-pero que en la tabla 1 no hemos mostrado. No obstante, consideramos importante anotarlo por la complejidad técnica y administrativa de la aplicación de todos estos procedimientos. Como también se conoce, estas intervenciones son costeadas por la entidad interesada (promoto-ras, consultoras, Ministerio de Fomento, etc.), aunque en algunos casos puede hacerlo la Administración o mediante acuerdo económico entre ambas. Finalmente, debemos recordar que los proyectos de obras o actividades sometidas a la EIA son muy variados y se especifican en los anexos de cada ley. Observamos que existen variados proyectos, desde grandes obras lineales, como carreteras, autopistas, líneas de ferrocarril, etc., hasta parques eólicos o construcción de granjas porcinas. A lo largo de los años, tanto en las directivas de la Unión Europea como en las legislaciones nacionales y autonómicas se ha ido aumentando la lista de proyectos que deben someterse a este procedimiento. Los resultados pormenorizados del estudio hacen compleja su valoración, puesto que las respuestas a la encuesta han sido heterogéneas. No obstante, existen varios aspectos significativos que agrupamos en dos apartados, correspondientes a las distintas fases del proceso administrativo: el primero trata las cuestiones relativas al procedimiento de la EIA con respecto al PA y el segundo cuestiones sobre la Arqueología Preventiva que se deriva de la citada Evaluación. Procedimiento de EIA respecto al PA Desde que en 1988 se aprobó el reglamento de la Ley de EIA, el procedimiento descrito en el apartado anterior debería haberse generalizado en todas las Comunidades Autónomas, pero en la práctica no ha sido así ya que, al menos para el PH, ha tardado más de una década en normalizarse por toda España. Todavía se pueden mencionar casos como el de Baleares, Canarias y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, donde apenas se han realizado EIA en las que se incluya el Patrimonio Histórico (2). (2) Las Administraciones competentes en Patrimonio Histórico de Baleares (Menorca), Ceuta y Melilla, emitieron por primera vez un informe para la EIA en 2003, mientras que Canarias lo hizo en 2002 con tres informes y en 2003 con otros dos. Esquema del Procedimiento de Evaluación de Impacto Ambiental con respecto al Patrimonio Arqueológico. DIA: Declaración de Impacto Ambiental. Por supuesto que se realizan intervenciones arqueológicas y existe un control sobre el PA en estos lugares, incluso motivados por proyectos de carreteras, planeamientos urbanísticos, etc., pero los mecanismos legales que los generan no han tenido que ver con la EIA sino con otras normas, como las urbanísticas, que también recogen la necesidad de intervenir antes de las obras. En el resto de Comunidades (Tab. 2) hasta mediados los años 90 no se comenzó a generalizar la consideración del Patrimonio Histórico dentro de los Estudios de Impacto Ambiental y, a partir de ese momento, ha habido un aumento vertiginoso del número de proyectos que recibe la Administración de Patrimonio Histórico para ser informados. Aún así, existen múltiples excepciones e incluso en las Comunidades con más de una provincia, como por ejemplo en Andalucía, el aumento de proyectos sobre los que se informa es significativamente mayor en unas que en otras. Se confirma en casi todos los territorios que existe una relación directa entre el aumento del número de proyectos sometidos a EIA que son informados por la Administración competente en Patrimonio Histórico y la promulgación de legislación autonómica propia. Por otra parte, aunque la mayoría de las Autonomías poseen ley propia de Patrimonio Cultural y normativa sobre EIA (ya sea en forma de ley o decreto), en algunas de ellas no se hace referencia explícita a que el PH tenga que estar sometido a dicha evaluación. Por el contrario, también existen leyes de Patrimonio Cultural que no contemplan en ninguno de sus artículos la EIA. Es el caso de Ara- En esta línea de mayor vinculación entre el Medio Ambiente y el PH, intentamos conocer también la coordinación existente entre el Órgano Ambiental y la Administración de Patrimonio Histórico a la hora de llevar a cabo el procedimiento de la EIA, comprobando que no existe ningún mecanismo estandarizado, por lo que suele existir descoordinación a la hora de realizar las distintas gestiones. El ejemplo más claro de esta descoordinación es que, en algunas Comunidades, el Órgano Ambiental no envía la totalidad de los proyectos sometidos a EIA para que sean informados por la Administración de Patrimonio Histórico. Además, las modificaciones que se introducen en los proyectos u obras subsidiarias y no figuran en el proyecto original, pocas veces son enviadas a la Administración de PH para que informe al respecto. También es frecuente que las Declaraciones de Impacto Ambiental no se remitan a dicha administración, que muchas veces desconoce el estado final en el que ha quedado el proyecto. Al no existir mecanismos de coordinación, la mayoría de las veces es la actitud personal de los profesionales de las Administraciones públicas la que propicia la aplicación de la EIA en relación al PA. Hay ocasiones en las que, dependiendo del talante del personal técnico que supervisa el procedimiento en el Órgano Ambiental, se envían/solicitan o no informes a la Administración competente en Patrimonio Histórico para incluir en el estudio de EIA. Esta falta de rigor se ha detectado a veces en la propia Administración Central (Ministerio de Medio Ambiente, Fomento, etc.) puesto que en algunas obras públicas de su competencia, que deben someterse a EIA, no se ha tenido en cuenta el Patrimonio Histórico que pudiera verse afectado. Este hecho ha generado problemas interadministrativos y paralizaciones de obras públicas que no contemplaban al PA en el estudio previo a la Declaración de Impacto Ambiental. Otro factor distorsionante observado es que los proyectos sometidos a EIA llegan a la Administración competente en PH desde distintas manos (promotoras, Consejería de Medio Ambiente, Obras Públicas, etc., ver Tabla 3) y ello provoca la duplicación de tramitaciones que con frecuencia impide saber cuál es la fase en la que se encuentra el procedimiento en cada momento. Igualmente, los proyectos se pueden remitir a la Administración competente en Patrimonio Histórico durante las distintas fases del procedimiento; bien con anterioridad al Estudio de Impacto Ambiental, bien en el período de información pública, incluso se han llegado a dar casos en los que se hacen Declaraciones de Impacto Ambiental positivas sin el informe previo de la citada Administración. Esta irregularidad incide directamente en un deficiente tratamiento preventivo, menos intervencionista, sobre el PA. Es inevitable que a veces se descubran restos durante la ejecución del proyecto, pero no es lo mismo realizar el estudio arqueológico en fase de consultas o en la de Estudio de Impacto Ambiental, donde una adecuada investigación y planificación puede evitar la intervención o hacer que ésta se realice sin las prisas de la obra, que realizar dicho estudio con posterioridad a la Declaración, que implica muchos más riesgos y costes a la hora de proteger el Patrimonio que pudiera verse afectado. También hay que destacar, que la Declaración de Impacto Ambiental rara vez es negativa por motivo del Patrimonio Histórico y menos aún por causas relacionadas con el PA. En la mayoría de las ocasiones se obliga a que se lleven a cabo actuaciones arqueológicas oportunas y si el proyecto oferta diversas alternativas a la obra, se escoge la que en principio es menos perjudicial para el Patrimonio Histórico, pero muy pocas veces se consigue la modificación de trazados. Arqueología preventiva y Evaluación de Impacto Ambiental Una de las principales consecuencias que ha tenido la generalización en el uso de la EIA es la multiplicación de las actuaciones arqueológicas en España. Aunque este hecho puede interpretarse de manera negativa, pues supone la destrucción constante de PA, también deben destacarse aspectos positivos y que hasta hace muy pocos años eran impensables en la gestión arqueológica. Es en este segundo sentido, en el que entendemos que la EIA está aportando novedades interesantes en el campo de la arqueología preventiva. En muchos casos la Administración de Cultura informa y, aunque la actuación sometida a EIA nunca llegue a ejecutarse, se hará el Estudio de Impacto correspondiente tal como contempla el procedimiento. En consecuencia, aquellas Administraciones que optan por exigir en ese Estudio la realización de actuaciones arqueológicas, normalmente prospecciones superficiales que no implican la posterior excavación y destrucción de los restos, han incrementado en gran medida el conocimiento del PA de su territorio, lo que redunda en una mayor protección de éste. Lógicamente, también ha aumentado otro tipo de trabajos arqueológicos al ejecutar la obra ya que como mínimo, en todas las Comunidades, siempre que haya constancia o se presuma la existencia de PA, en la Declaración de Impacto Ambiental se exigirá el seguimiento arqueológico de la actuación. Esto también es muy importante, porque muchas veces en las prospecciones superficiales, incluso en aquellas que implican sondeos, no se detectan los yacimientos arqueológicos. Así, a través del seguimiento se puede controlar mejor y evitar la destrucción de PA antes de que, al menos, esté documentado. Este incremento en el número de intervenciones arqueológicas es valorado positivamente por la mayoría de Administraciones competentes en la materia, pues ayudan a conocer mejor la riqueza patrimonial de la región y no siempre implican su destrucción. Desde el punto de vista de la Arqueología preventiva es evidente, y así ha sido valorado por el personal técnico entrevistado, que es fundamental adelantarse a la Declaración de Impacto Ambiental con trabajos de campo. Desafortunada-mente, esto no ocurre siempre y a veces se exige la intervención arqueológica una vez que ha comenzado la obra. Por ejemplo, esto ocurría en la Comunidad de Madrid con demasiada frecuencia (3), si (3) A. Castillo (e.p) "Patrimonio Arqueológico y Medio Ambiente en la Comunidad de Madrid: viejas y nuevas medidas para la protección arqueológica" IV Congreso de Arqueologia Peninsular (Faro 2004). Tesis bien actualmente cada vez son más numerosos los proyectos de obras con valoraciones previas sobre el PA en el Estudio de Impacto Ambiental. Otra situación destacable es que el aumento de las actuaciones arqueológicas ha provocado que de forma paralela se acreciente el trabajo que se realiza en la Administración responsable del Patrimonio Histórico. Pensemos que debe informar de todos los proyectos sometidos a EIA y tiene que gestionar los trámites que conllevan las propias intervenciones arqueológicas, ya sean prospecciones, excavaciones o seguimientos. Ello ha requerido un mayor número de profesionales liberales y empresas dedicadas a la Arqueología que atienden estas actuaciones, pero no ha tenido el mismo efecto en el número de personal técnico de la Administración competente en Cultura para supervisar estas intervenciones. Sólo algunas Comunidades, por ejemplo Castilla-La Mancha, han reforzado la plantilla arqueológica de sus Servicios, mientras que otras la mantienen igual e incluso se dan casos, como Navarra, en los que se han reducido los recursos humanos. Estos hechos explican en parte las deficiencias observadas en la tramitación de los procedimientos de EIA respecto al PA. Una de las medidas adoptadas que sirve para optimizar recursos, normalizar la entrada de estudios arqueológicos y facilitar el control de los resultados por parte de la Administración, es la adoptada por Galicia, que ha sido el desarrollo de pliegos de prescripciones técnicas para realizar este tipo de valoraciones sobre el PA. Otras Comunidades como Extremadura también trabajan en esta línea. Finalmente, mencionamos el sistema de financiación de las intervenciones arqueológicas debidas a la EIA. Ya sabemos que son las entidades privadas o las administraciones que promueven las obras las que suelen correr con los gastos y quisimos conocer si también se habían destinado fondos procedentes del denominado "1% Cultural" en los trabajos arqueológicos derivados de las grandes obras públicas. Como se recordará, en las construcciones públicas que superen determinadas cuantías económicas, la legislación nacional y de las CCAA, exige que al menos el 1% del dinero que cuesta la obra, se destine "a financiar trabajos de conservación o enriquecimiento del Patrimonio Histórico Español o de fomento de la creatividad artística, con preferencia en la propia obra o en su inmediato entorno" (Ley de Patrimonio Histórico Español, Art. Esta financiación puede tener un carácter directo, es decir, que el capital sea invertido sobre Bienes afectados por la obra pública o, por el contrario, que recaiga en la propia Administración competente en Patrimonio y que sea ella la que luego lo reinvierta en el tratamiento de los Bienes que estime oportunos, estén o no afectados por la citada obra. Aunque desde los primeros tiempos de aplicación de las legislaciones actuales se ha usado la inversión directa -por ejemplo en Ávila para la actuación en el castro prerromano de Las Cogotas (Mariné y Ruíz 1988)-, son muy raros los casos en los que estos fondos se han utilizado directamente para financiar las intervenciones arqueológicas generadas por los proyectos sometidos a EIA. Aunque hemos documentado algunos trabajos costeados a través de este porcentaje, por ejemplo prospecciones en Salamanca y la excavación de varios yacimientos en Aragón y León, podemos concluir que no hay un aprovechamiento generalizado del 1% para la protección e investigación del PA afectado por las obras o actuaciones urbanísticas sometidas a EIA. Los datos obtenidos durante la realización de este trabajo son abundantes, como decíamos al principio, heterogéneos y pueden ser contemplados desde diferentes perspectivas, que resumimos en los siguientes puntos: 1) La entrada en vigor de la normativa sobre la EIA ha supuesto una mayor atención hacia el Patrimonio Arqueológico que ha pasado a ser un valor medioambiental más, algo necesario y a tener en cuenta para el desarrollo sostenible y la calidad de vida ciudadana. También es importante que la citada Evaluación contemple todos los bienes integrantes del Patrimonio Arqueológico, sin necesidad de que exista una protección singularizada sobre ellos (Bien de Interés Cultural, Zona Arqueológica, Bien Inventariados o Inscrito, etc.). Como consecuencia directa de la aplicación de la EIA se ha producido una multiplicación de los trabajos sobre el Patrimonio que puede tener varias lecturas, algunas de ellas merecedoras de reflexión. Se ha aumentado considerablemente el conoci-miento arqueológico de las zonas que pudieran verse afectadas por las obras, algo que a su vez permite adoptar medidas preventivas y evitar la destrucción de yacimientos en futuras actuaciones urbanísticas. Igualmente, se ha conseguido intervenir en yacimientos en los que sin esta ley -al no ser conocidos o no estar administrativamente computados (en inventarios, declaraciones, cartas arqueológicas, etc.)-nunca hubieran sido objeto de atención. Debemos pensar que la regularización de todo el procedimiento de EIA con respecto al PA tiene apenas dos décadas. Ello supone que muchas de las obras de grandes infraestructuras no han tenido una evaluación de daños desde el punto de vista arqueológico. La experiencia de estos últimos años está mostrando cómo, tras una serie de valoraciones arqueológicas, especialmente en las obras lineales, rara es la ocasión en que no se localiza algún elemento patrimonial. Por tanto y como en otros casos, se está consiguiendo detener, a través de este procedimiento, la pérdida de riqueza arqueológica o, al menos, documentarla antes de que sea destruida. Se debe tener en cuenta que cada día se mejora la calidad de las intervenciones, así como el posterior procesamiento administrativo y técnico de la información que se obtiene. Actualmente en algunas Comunidades existen pliegos de prescripciones técnicas de obligado cumplimiento. Estos pliegos se exigen en trabajos que se realizan con anterioridad a la Declaración de Impacto Ambiental y serán determinantes para el informe que emita la Administración competente en Patrimonio. Existen también otros aspectos negativos, como que muchos Servicios de Arqueología de las Comunidades Autónomas se están viendo colapsados ante el incremento de trabajo que supone la tramitación de tanta documentación originada por la EIA. En alguno de ellos se ha llegado a tramitar casi mil expedientes durante los primeros cuatro meses del año. Entendemos que el refuerzo del personal vinculado a estos centros debería realizarse de acuerdo a la realidad de los hechos. No basta con incluir a más personas en la plantilla, sino que el procedimiento ambiental es merecedor de profesionales de la administración dedicados en exclusiva a tramitar esta faceta y analizar, para así poder mejorarla, su repercusión sobre el tratamiento del Patrimonio. Una alternativa, no sólo por esta última situación, es que se redujese drásticamente el número de intervenciones que suponen la incidencia directa sobre bienes del PA, pues no es suficiente localizar un yacimiento y excavarlo antes de que la obra se realice, sino que habría que conseguir que hubiera más Declaraciones de Impacto negativas motivadas por la protección y salvaguarda del PA, que evitarían muchas intervenciones. Tras varios años de aplicación, quizás pueda pensarse que la normativa referida a la EIA para garantizar la correcta protección del Patrimonio Arqueológico debería ampliarse, sin embargo, es aceptable la referencia genérica que desde la legislación medioambiental se hace sobre los bienes del PA. Esto ha supuesto aplicar el procedimiento a un mayor número de proyectos de obras, ampliar el tipo de información que incluye el estudio de Impacto (por ejemplo, que no sólo se valore el efecto inmediato de la obra, sino también lo que supondrá en un futuro esa nueva construcción, etc.) y obligar a realizar evaluaciones para planes y programas, especialmente los urbanísticos municipales. Por el contrario, son las Leyes de Patrimonio Histórico las que deben incidir y desarrollar más sus alusiones a la normativa medioambiental pues algunas Comunidades Autónomas ni si quiera han recogido en su ley la referencia a la EIA. Esta falta de desarrollo legal ha favorecido situaciones irregulares como que se produzca cierta descoordinación entre administraciones y personas o entidades implicadas, con repercusión negativa en la protección del PA. Esto ha hecho necesaria la búsqueda de acuerdos entre las entidades implicadas en la EIA. Existen algunas experiencias interesantes en este sentido, como la de la Junta de Andalucía, cuyos Servicios Centrales de Patrimonio facilitaron un cuestionario similar al nuestro a sus Delegaciones Provinciales para intentar normalizar el procedimiento de la EIA en todo su territorio. También la Comunidad de Valenciana y la de Madrid quieren crear convenios entre los organismos culturales y medioambientales implicados en la EIA y en el caso del País Vasco se pretende legislar de manera más detallada sobre esta coordinación interadministrativa. 2) Uno de los aspectos observados tras la realización de este estudio ha sido el desigual tratamiento que recibe el Patrimonio Histórico a escala nacional. Las diferencias a la hora de aplicar las normas vigentes no sólo se aprecian entre Comunidades Autónomas, sino que también existen entre provincias e incluso entre municipios, dependiendo en gran medida de la sensibilidad que los administradores públicos tengan sobre la materia. Las varia-das respuestas a nuestro cuestionario son una evidencia de ello. Hemos podido observar que los problemas claves en el procedimiento de la EIA con respecto al PA son similares en la mayoría de Comunidades Autónomas pero paradójicamente constatamos el desconocimiento de gran parte del personal técnico de cada Comunidad respecto a lo que ocurría en el resto de las regiones. Es decir, que el trasvase de información entre las diferentes autonomías es escaso y creemos que este es un punto negativo que debería solventarse. Deberían crearse encuentros y debates entre los cuerpos técnicos en arqueología que, además, estuvieran abiertos a otros colectivos implicados y a especialistas en otras materias. Igualmente, sigue siendo una asignatura pendiente la poca difusión que tienen todos estos trabajos sobre el PA y en consecuencia, su escasa repercusión social y científica. Desde el punto de vista de la ciencia, cada vez hay más publicaciones sobre estos temas -por ejemplo, las que se han realizado sobre la Autopista del Camino de Santiago, tramo León-Burgos (por ejemplo, Vidal 1999; Mesiego y Etxeberría 2003)-, pero lo cierto es que son insignificantes para el volumen de trabajos que se realizan cada año. También es especialmente escasa la musealización de restos intervenidos como consecuencia de estas obras y la realización de exposiciones o cualquier otro tipo de actividad divulgadora. Volvemos a insistir en esa necesidad de trasmitir y sensibilizar a la sociedad en el conocimiento sobre el Patrimonio Histórico que se está generando gracias a estas intervenciones, en lo importante que es salvaguardarlo y en justificar, en cierta manera, las inversiones y esfuerzos que se hacen al respecto. 3) La implicación que la Evaluación de Impacto Ambiental tiene sobre la Arqueología es uno de los aspectos que atañen a esta disciplina y precisamente uno de los que más amplia repercusión social tiene debido al papel relevante que ha pasado a ocupar el Patrimonio Histórico en su conjunto. La consecuencia más directa de ello ha sido el nuevo tratamiento y las nuevas formas de gestión de la Arqueología, que ha salido de los ambientes académicos para pasar a constituir una preocupación política. Para cumplir los objetivos programados por las administraciones fue necesaria la aparición de nuevas figuras profesionales, cada vez más numerosas, como los arqueólogos de gestión que en general son especialistas contratados por los entes autonómicos para atender las gestiones y procedimientos. Paralelamente se fue desarrollando el ejercicio libre de la profesión arqueológica, todo ello como respuesta a la demanda de atender el gran número de actuaciones derivadas de estas nuevas leyes que obligan a realizar evaluaciones, peritajes, prospecciones o excavaciones encaminadas a conseguir la localización, información y posterior protección de los bienes arqueológicos. Sobre todo a partir de los años ochenta, este nuevo tipo de actuaciones se percibían como algo diferentes a los habituales planteamientos de trabajo diseñados en el ámbito académico y se quiso ver una cierta dicotomía entre la denominada "arqueología de gestión" y la "arqueología de investigación", provocando un debate teórico que ha pasado por diferentes fases y que quizás no pueda darse por concluido (4). La normativa existente sobre el desarrollo y control de las intervenciones arqueológicas es amplia y, al menos en teoría, garantiza una correcta ejecución, aunque convendría analizar los objetivos finales de esta política garantista e intervencionista y repensar cuál podría ser la mejor manera de planificar y gestionar estos bienes, como ya hace tiempo que se reclama desde distintos foros (Antona et al. 1997: 115). Conviene recordar que casi el 90% de los trabajos arqueológicos se llevan a cabo sobre yacimientos que desaparecerán como consecuencia de las obras que motivaron su localización, que el resultado de esas intervenciones queda reflejado en un Informe que archiva el organismo administrativo competente, que no siempre facilita su posterior consulta y que los materiales encontrados pasan a engrosar los almacenes del Museo correspondiente sin que sean objeto de un análisis pormenorizado. Resulta inevitable pensar que muchos de los materiales procedentes de las actuales intervenciones serán el objeto de estudio de los trabajos de investigación de estudiantes de futuras generaciones, que se enfrentarán a ellos como colecciones de piezas quizás bien catalogadas pero fuera ya de su contexto original y sin posibilidad de volver a él. La necesidad de efectuar reajustes, de ir perfeccionando la normativa específica y la forma de llevarla a la práctica, así como de llevar a cabo una reflexión profunda del valor del Patrimonio Histórico, no empaña la valoración básicamente positiva que puede hacerse de la promulgación y aplicación de nuevas leyes que, como la de Evaluación de Impacto Ambiental, están contribuyendo al mejor conocimiento y posterior conservación de los bienes que integran nuestro legado común. Legislación principal sobre Patrimonio Histórico y Evaluación de Impacto Ambiental.
La prospección e intervención arqueológica en el yacimiento de Ca l'Arnella motivadas por las obras del gaseoducto Martorell-Figueres propiciaron la localización y excavación de dos hipogeos funerarios con inhumaciones individuales del Neolítico medio (finales del V milenio e inicios del IV milenio cal AC). Las estructuras, inhumados y materiales documentados son estudiados en este trabajo. Un geométrico hallado junto a las vértebras lumbares de uno de los inhumados pudo estar alojado en el interior del cuerpo y muestra estigmas típicos de su uso como proyectil, por lo que tal vez estemos ante una de las pocas evidencias de violencia durante este periodo. El análisis de los datos arqueológicos contextuales aportó varias líneas de evidencia que apoyan esta posibilidad. Ca l'Arnella se sitúa entre el torrente de la Batzuca y la carretera BV-1248 en el límite con el término municipal de Sabadell (comarca del Vallès Occidental). Es un llano con ligera pendiente hacia el sur que conserva su función agrícola. El yacimiento, alzado a 355 m.s.n.m., se asienta sobre un manto aluvial del Pleistoceno formado por arcillas carbonatadas, limos y gravas. Se conocen muchos contextos en esta comarca de la Prehistoria reciente, ya desde el Neolítico antiguo. Ello se debe básicamente a las óptimas condiciones del territorio para la implantación y desarrollo de las prácticas agropecuarias. El asentamiento de Can Roqueta (Sabadell) con una ocupación casi continuada desde el Neolítico hasta época medieval (González et al. 1999) es ejemplo de ello. Las prospecciones, dirigidas por la empresa ATICS S.L. entre diciembre del 2011 y enero del 2012 para evaluar el impacto ambiental tanto del 4art cinturó como del gasoducto, tuvieron por objetivo delimitar los yacimientos arqueológicos. Se documentaron 12 estructuras negativas: 5 fondos de silo (uno de ellos de época romana y el resto de cronología indeterminada), 3 fosas ovaladas prehistóricas (posiblemente neolíticas) cuya función desconocemos, 1 estrato de arcillas con material cerámico de la Edad del Bronce Inicial, 1 zanja de viña subactual y 2 tumbas hipogeas (1) En el Catàlogo de l'Inventari del Patrimoni Arqueològic de Catalunya. http://cultura.gencat.cat/invarque/index.asp (consulta 15-V-2013). del Neolítico medio, situadas a escasa distancia una de otra, que estudiamos en el presente artículo. LOS hIPOGEOS NEOLÍTICOS: CONSTRUCCIÓN Y DISPOSICIÓN DE LOS INhUMADOS Son estructuras complejas con pozo de acceso y cámara lateral. El pozo de acceso del hipogeo CCA-2 tenía una banqueta inicial de planta cuadrangular y estaba colmatado de piedras. La cámara lateral absidial había sido excavada unos 45 cm por debajo de la base del pozo (Fig. 2: 1). Se orienta Noroeste-Sureste y tiene forma circular (1,85 m de diámetro). La bóveda de dicha cámara había cedido. Bajo sus escombros un estrato de arcilla marrón más suelta cubría los restos esqueléticos, localizados en la base de la cámara. Se halló un individuo articulado en decúbito supino, orientado NO-SE, con el cráneo a SE (Fig. 2: 2). Presentaba flexión de codo izquierdo, antebrazo cruzando la zona torácica-abdominal y elementos de la mano desarticulados por encima del coxal derecho y sacro. También mostraba extensión de las extremidades inferiores, con una lateralización izquierda de ambos pies. El cráneo, la mandíbula y el húmero derecho se situaban cerca de la pared opuesta al acceso. A excepción de esos tres elementos desplazados, la forma de las articulaciones anatómicas era estricta (hombro izquierdo, coxofemorales, rodillas, tobillos) o ligeramente laxa (muñeca izquierda, sacroilíacas, peroneotibial superior izquierda), sugiriendo una colmatación bastante rápida de la sepultura, previa a la total descomposición de los tejidos blandos (Ubelaker 1989; Duday et al. 1990). La posición del cráneo, mandíbula y húmero a una cota superior a la del resto del esqueleto hace improbable un rodamiento por gravedad. Esos elementos podrían haber sido movidos de forma voluntaria cuando se encontraban en fase esquelética, ya que no hay indicios de desmembramiento intencional ni marcas en las superficies peri-articulares afectadas. Es interesante remarcar que, según los estudios sobre la secuencia de desarticulación y los procesos conexos, cráneo y Fig. 2. CCA-2: 1. entrada a la cámara; 2. disposición de la mujer con ajuar a su izquierda y secciones de la sepultura; 3. vaso globular con cuatro aplicaciones. CCA-3: 4. cráneo del varón; 5. disposición del esqueleto y sección de la sepultura; 6. la flecha en la zona coxal localiza la posición del geométrico de sílex. mandíbula, debido al tipo de articulación y a su relativa cantidad de tejido blando, son los primeros elementos que pierden su conexión articular. El cráneo pudo estar, en origen, a una cota más alta, si la cabeza descansaba sobre un apoyo. Precisamente, allí se localizó un sedimento más suelto, con numerosos carbones (de los que se recogieron muestras), que podría demostrar la preparación de esta zona con materias vegetales. El estado de preservación esquelética es del 100%, a pesar de que existen alteraciones tafonómicas en la cortical ósea que afectan de forma importante a los elementos de cintura escapular y pélvica (Armentano et al. 2012). El ajuar funerario se localizó al Oeste de la cámara, justo delante de la entrada. Constaba de dos punzones de hueso, un radio de ovicaprino no trabajado, una plaqueta de variscita y un vaso cerámico. En el pozo de acceso, en el nivel de colmatación de piedras, había restos del cráneo de un cánido. El hipogeo CCA-3 tenía un pequeño pozo de acceso y cámara lateral (de 1,90 m de largo por 1,50 m de ancho) orientada NO-SE. El pozo y la bóveda de la cámara habían cedido y se encontraban rellenas de piedras. En su interior había un individuo adulto, articulado en decúbito supino, orientado NO-SE, con el cráneo al SE. Se observó lateralización izquierda de cráneo, abducción de extremidades superiores, semi-flexión de codos, manos al nivel de la cintura (pronación de la derecha y desarticulación de los elementos de la izquierda). También presentaba extensión de las extremidades inferiores. La mitad superior del cuerpo tenía una ligera lateralización izquierda y la mitad inferior lateralización derecha. Todas las articulaciones anatómicas se mantuvieron de forma muy laxa, sugiriendo una descomposición de los tejidos blandos con la sepultura en espacio vacío. Es coherente con ello la diástasis sacro-ilíaca bilateral, la desarticulación bilateral de la cabeza del fémur y las desarticulaciones de las rodillas y de algunos elementos de manos y pies (Ubelaker 1989; Duday et al. 1990). El hecho de haber hallado las clavículas paralelas y siguiendo el eje longitudinal del cuerpo puede sugerir que el individuo se enterró con los hombros encogidos. El estado de preservación esquelética es del 100% (Armentano et al. 2012), a pesar de que la conservación del material es mediana por alteraciones tafonómicas generalizadas (fisuras, irregularidades y rugosidades la cortical ósea). Presenta fracturas post-mortem a nivel craneal y una importante degradación de los elementos del esplacnocraneo. Se observó una posición forzada de la parte inferior de hemitórax izquierdo: las costillas izquierdas 8-11 mantenían una posición desplazada hacia la derecha y por encima de los cuerpos vertebrales. Además la desarticulación de las últimas vértebras dorsales y las dos primeras lumbares era importante. La entrada de bloques en la cámara tras el hundimiento de la cámara y del pozo de acceso pudo desplazar algunas partes del individuo. En el interior de la sepultura solo se halló un trapecio de sílex situado entre la tercera vértebra lumbar y el margen superior del ala ilíaca izquierda, junto a la piedra que presiona las costillas (Fig. 2: 6). Los restos corresponden a dos individuos de edad adulta de sexo femenino (CCA-2) y masculino (CCA-3). El estudio de la determinación de edad esquelética indica que los dos murieron con más de 30 años, siendo la mujer un poco mayor que el varón (Lovejoy et al. 1985; Krogman e Iscan 1986; Buikstra y Ubelaker 1994). Las alteraciones tafonómicas de las superficies auricular y sínfisis púbica de coxal y de los extremos costales no han permitido precisar más la edad. Los huesos de ambos individuos en general son gráciles. Debido a una marcada remodelación diafisaria los huesos largos presentan aplanamientos importantes (platibraquia, platimeria y platicnemia). La talla de la mujer, estimada a partir de las fórmulas de regresión de Pearson sobre los datos antropométricos del fémur y el húmero, es de 153,55 cm (mesosoma). La mujer tiene un cráneo alargado en norma superior, con un importante número de huesos wormianos. Las suturas craneales se presentan libres. A nivel postcraneal se observa la apertura septal bilateral en húmeros, y carillas accesorias en la epífisis distal de tibias (Brothwell 1987). El varón destaca por la morfología robusta de la mandíbula, con un margen inferior grueso, y un mentón grande y prominente (Olivier 1960). Como patología ambos individuos muestran una calcificación de los ligamentos amarillos en las últimas vértebras dorsales, y corona osteofítica en los cuerpos dorsales y lumbares. La mujer presenta una lesión lítica en el tercio proximal de húmero, a nivel del surco bicipital, y exóstosis entesopáticas bilaterales al margen superior de la cara anterior de las rótulas. En el varón las exóstosis están en la cara posterior de los calcáneos. En los dos esqueletos se han observado lesiones de etiología microtraumática, redondeadas, bien definidas de entre 4 y 8 mm, compatibles con las habituales osteocondritis. En el varón esta lesión aparece a nivel de la epífisis distal del radio izquierdo, y en la mujer a nivel del radio derecho (Isidro y Malgosa 2003). En ambos un desgaste dentario avanzado va acompañado de retroceso alveolar generalizado (Chimenos et. al 1999). La mujer tiene cúmulos de sarro y una fístula (a nivel del primer molar superior derecho). El varón se caracteriza por una malposición dental mandibular de las piezas anteriores derechas, una caries (a nivel del primer molar superior derecho) y un desgaste desigual de los primeros molares respecto a los posteriores, siendo el desgaste de las primeras piezas molares mucho mayor que el resto de piezas dentales. En los estratos de colmatación del pozo y la cámara del hipogeo CCA-2 se recuperaron algunos fragmentos cerámicos informes y, como parte del ajuar, un vaso de cuello diferenciado, cuerpo globular y cuatro pequeñas aplicaciones diametralmente opuestas situadas en la inflexión del cuello y el cuerpo. Mide 14,2 cm de altura, 8,2 cm de diámetro y el grosor de las paredes oscila entre 0,4 y 0,8 cm. La cocción es neutra con predominio de la oxidante. El acabado interior y exterior es alisado, configurando un buen acabado. Las paredes del cuello son ligeramente cóncavas y el labio recto. Estos vasos son habituales en sepulturas contemporáneas de necrópolis vecinas como Camí de Can Grau (Granollers, Barcelona) y Can Gambús (Sabadell, Barcelona) (Pou et al. 1994; Roig et al. 2010). A falta de estudios sobre la composición de las pastas, se ha considerado que fueron producidos bajo la influencia de tradiciones técnicas típicas del Chassey francés. En Camí de Can Grau se relacionan exclusivamente con el tipo constructivo 5b, fechado en torno a 3600-3500 cal AC (2), el más reciente de las morfologías funerarias en fosa del Neolítico medio. Los recipientes contendrían la ofrenda propiamente dicha, algún tipo de bebida utilizada en el ritual funerario. También se ha hallado una plaquita de variscita de 12 x 6 x 4 mm de forma ovalada y sin perforación. Parece la sección de una cuenta de collar tuneliforme, pero no observamos los rastros de su típica perforación longitudinal. Se localizaba entre el radio de ovicaprino y dos punzones de hueso de los que vamos a hablar a continuación. El radio, derecho y entero, es de un ovicaprino juvenil, sin evidencias de procesado antrópico, ya sea con fines productivos o de consumir el animal. La edad, entre 12 y 24 meses, se estimó a partir del grado de fusión ósea de las epífisis: en la proximal es completa y la distal aún está por fusionar. Si bien no es posible precisar con seguridad si es de oveja o cabra, por la gran similitud morfológica de ambas especies, podría ser de oveja considerando su tuberosidad bicipital con tendencia redondeada. Los dos punzones óseos conservan la mitad de la epífisis distal. Han sido estudiados con un enfoque tafonómico, tecnológico y de huellas de uso (Buc 2001; van Gijn 2005). El primer punzón es un metápodo de un bóvido adulto con una longitud de 279 mm, una anchura en su bisectriz transversal de 18 mm y un espesor en el mismo punto de 8 mm (Fig. 3). La sección es de tendencia cuadrangular aplanada en la zona distal, y de tendencia ovalada y aplanada en la proximal. En superficie hay alteraciones producto del agua filtrada y de la acción de las raíces. Presenta dos ranuras tecnológicas. Una en la parte proximal derecha tiene 1-1,5 mm de anchura y unos 10 cm de longitud y en su interior se observan estrías longitudinales largas y anchas (2) Dataciones realizadas en la necrópolis de Camí de Can Grau publicadas por Martín (2009: 57). La otra, en la parte medular, es de unos 4 cm de longitud e idéntica anchura. Las estrías generadas durante el proceso de fabricación cubren la superficie. Unas son longitudinales y largas (más de 2 cm), paralelas entre sí y agrupadas en haces. Otras son más cortas (menores de 1 cm) y dispuestas oblicuamente al eje del útil. Unas y otras se generaron de manera sucesiva con instrumentos líticos: útiles tallados para raspar o yunques para abrasión. Junto a estas estrías de origen tecnológico, otras muy finas, longitudinales y transversales, próximas al ápice de la pieza, pudieron formarse al perforar con el punzón. Sus peculiaridades no nos permiten definir la materia trabajada. El segundo punzón, elaborado a partir de un metápodo de ungulado de talla pequeña, mide 174 mm de longitud, 14 mm de anchura y 5 mm de espesor. La sección es de tendencia cuadrangular, aplanada en la zona distal y semicircular en la proximal. Ha sufrido igualmente alteraciones tafonómicas atribuibles a la acción disolvente de la humedad y los agentes químicos que transporta el agua de los sedimentos. Entre los estigmas de fabricación advertimos un ligero adelgazamiento del ápice y un conjunto de estrías de varios tamaños y direcciones, localizadas en distintas zonas del punzón. Un grupo de estrías oblicuas y cortas se concentran en el ápice y en los biseles de fractura de la zona cercana a la epífisis, en la cara medular. El redondeamiento de su topografía disminuye a medida que nos alejamos del ápice, lo que puede vincularse con su utilización. Gracias a la observación microscópica pudimos asociarlo a otras modificaciones producto del uso. Un pulido concentrado en las zonas altas asociado a estrías de diverso tamaño, transversales y longitudinales al eje del soporte (Fig. 4), sugiere su empleo para perforar una material animal, como una piel. Como recordaremos, el único instrumento hallado en el hipogeo CCA-3 es un geométrico de sílex de morfología aparentemente triangular. Tenemos ciertas dudas de que fuera la original por las intensas fracturas que ha sufrido buena parte de su perímetro. Su localización en la zona lumbar del varón nos llevó a pensar que pudiera proceder del interior del cuerpo. Para determinarlo realizamos, junto a la Policía Científica dels Mossos d'Esquadra, un análisis dirigido a la detección de hemoglobina. Este tipo de análisis está en una fase muy experimental, ya que por el momento desconocemos las condiciones y duración de conservación de la hemoglobina. Era una oportunidad excepcional, ya que el geométrico había sido guardado en una bolsa individual y sin limpiar y la limpieza con agua o detergente habría eliminado los restos de sangre. Empleamos un kit Hexagon OBTI, que permite reconocer mediante la reacción de determinadas proteínas la existencia de restos de hemoglobina de primates (Hochmeister et al. 1999). Desconocemos por qué los resultados fueron negativos. Si el geométrico efectivamente estuvo en el cuerpo, el tiempo transcurrido, el tipo de sedimento o la humedad pudieron facilitar la desaparición de la sangre. Para aproximarnos a la función de la pieza estudiamos a escala macro y micro su superficie. Adquirimos una ínfima información del análisis microscópico por el intenso lustre de suelo del sílex. Este hecho nos impidió detectar modificaciones apreciables a altos aumentos (>100X) como estrías y micropulidos. En la observación macroscópica identificamos fracturas en la parte apical y en el filo corto sin retocar, resultantes del uso del geométrico como proyectil. Este tipo de fracturas solo se genera cuando el sílex entra en contacto de manera violenta con una materia muy dura, como un hueso (Gibaja y Palomo 2004). Hemos observado una fractura de morfología aburilada en uno de los vértices, entre el filo largo no retocado y uno de los laterales retocados. Esta fractura ha suprimido gran parte del filo retocado (Fig. 5: 1). Con esta fractura apical se asocia otra también aburilada que nace del filo corto. Posiblemente es resultado del fuerte contragolpe contra el astil. Estas roturas son muy habituales cuando el golpe es muy intenso (Fig. 5: 2). La morfología de algunas melladuras en el filo largo sin retocar tiende a orientarse en diagonal al filo. Esa direccionalidad nos permite suponer que el eje de la pieza no era paralelo al del astil si no ligeramente diagonal (Fig. 5: 3). Desconocemos el origen del residuo del ápice contrario al fracturado (Fig. 5: 4) cuya naturaleza merecería un futuro análisis. En otros yacimientos neolíticos del noreste peninsular (Gibaja y Palomo 2004), hemos documentado muchos geométricos con residuos negruzcos pertenecientes al mastique empleado para enmangarlos. Este conjunto de modificaciones nos permiten afirmar que el geométrico fue empleado como proyectil y enmangado probablemente como punta o barbelure. Cuando hablamos del Neolítico medio en Cataluña (finales del V milenio e inicios del IV cal AC) es obligado remitirnos a los contextos funerarios. Durante este periodo, el registro arqueológico está caracterizado por sepulturas y silos/fosas de desecho. Sólo se conocen estructuras de hábitat en el complejo minero de Gavà (Barcelona), donde también se han hallado inhumaciones. Ca l'Arnella aporta dos hipogeos excepcionales, CCA-2 y CCA-3, que conservan toda la estructura y se han excavado de manera cuidadosa con métodos actuales. Ello nos ha permitido determinar que son sepulturas "monumentales" del tipo 5b de Pou et al. (1994) y Pou y Martí (1997). Uno de los aspectos más singulares es la localización de un geométrico de sílex cerca del coxal izquierdo y de las vértebras lumbares del varón del hipogeo CCA-3. Aunque no se observan sig-Fig. Geométrico de sílex documentado en la zona coxal del varón inhumado en el hipogeo CCA-3: fracturas aburiladas 1. en ápice y 2. en filo corto; 3. melladuras en filo largo sin retocar; 4. posibles residuos de mastique. nos traumáticos en la superficie del coxal o de las vértebras lumbares, el geométrico presenta significativas fracturas de impacto producidas por su uso como elemento de proyectil. Para saber si tales fracturas reflejan el alojamiento del geométrico en el individuo hay que evaluar ciertos aspectos. La ausencia de traumatismos en los restos óseos debe tener en cuenta que la conservación de los mismos no es excelente. El geométrico podría haber impactado en la periferia de algún hueso, sin que tal lesión fuera detectable en la actualidad. Las claras fracturas de impacto en el geométrico no suelen constatarse en otros contextos funerarios contemporáneos. Por lo general, los geométricos se depositaron sin usar o con un uso que solo implicó pequeñas roturas. Las comunidades neolíticas no solían incorporar al ajuar proyectiles fracturados. Lo común no es encontrar un solo microlito como en CCA-3 si no varios asociados, a veces incluso con otros proyectiles como las puntas. Menos habitual todavía es que un geométrico sea la única pieza hallada en una tumba. Por ejemplo, hemos estudiado tres de las mayores necrópolis neolíticas catalanas: Bòbila Madurell (67 tumbas, 12 de las cuales tienen geométricos), el Camí de Can Grau (25 sepulturas, 9 con geométricos) y Can Gambús 1 (47 sepulcros, 16 con geométricos) y en los enterramientos con geométrico este siempre se asocia con otros elementos de ajuar. El varón de CCA-3, a pesar de estar en decúbito supino extendido, sugiere una disposición original ambigua, por la colocación de las costillas izquierdas y lumbares, de las extremidades inferiores y de la cintura pélvica respecto la parte superior del cuerpo. No está asociado a ningún ajuar. Podemos encontrar en otros yacimientos contemporáneos tumbas sin ajuar, pero ello sucede con mayor asiduidad en los enterramientos parcial o totalmente destruidos. Por último, la localización de un geométrico aislado entre la tercera vértebra lumbar y el margen superior del ala ilíaca izquierda es un dato altamente relevante. Lo habitual (Gibaja 2003) es encontrar depositados los geométricos en los laterales del inhumado y, en ocasiones, agrupados en tanto que formaban parte de un conjunto de flechas o estaban almacenados en algún tipo de recipiente, desaparecido por estar elaborado en una materia perecedera (piel, fibras vegetales, corteza). Todos estos aspectos nos hacen pensar que efectivamente el varón del hipogeo CCA-3 pudo haberse inhumado con un proyectil alojado en su interior. Los análisis del utillaje lítico y óseo se han realizado en el marco del proyecto de investigación I+D financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad: "Aproximación a las primeras comunidades neolíticas del noreste peninsular a través de sus prácticas funerarias" (HAR2011-23149, http://sepulturasneoliticas.blogspot.com.es/2013/03/presentacion-objetivos-de-nuestro. html consulta 8-I-2014), dirigido por J. F. Gibaja Bao. Agradecemos a la Policía Científica dels Mossos d'Esquadra su ayuda en el análisis de la detección de hemoglobina en el geométrico.
Núria Armentano (*) Xavier Jordana (**) Assumpcio Malgosa (*) RESUMEN La tafonomía ofrece un marco teórico y metodológico para comprender la transición desde la muerte de los organismos hasta su hallazgo. Así ayuda a interpretar el gesto funerario de las sociedades del pasado. Este trabajo analiza los efectos tafonómicos, observados in situ y en el laboratorio, de los restos humanos procedentes de la Cova de Montanissell (Lleida), en el noreste de la Península Ibérica, en relación con los resultados paleogenéticos, paleopatológicos y radiocarbónicos. La cavidad fue utilizada por una comunidad de la Edad del Bronce para enterrar 8 individuos en sucesivas inhumaciones de carácter primario. La interacción de agentes y procesos tafonómicos sobre los esqueletos condujeron a una historia compleja pero de baja intensidad, que ha permitido una muy buena preservación del tejido óseo. La integración de los resultados procedentes de las diferentes líneas de investigación ha sido fundamental para discutir sobre la intencionalidad o no de los entierros, de la disposición de los individuos, y su relación de parentesco. Sin embargo pocas veces se incluye el análisis tafonómico de los restos antropológicos como vehículo para la interpretación del gesto funerario en el pasado. Etimológicamente "tafonomía" procede del griego τάφος, taphos, entierro y νόμος nomos, ley. Estudia los procesos químicos, físicos y biológicos que sufren los cadáveres durante la transición de los organismos desde la muerte hasta su hallazgo. En antropología biológica y forense abarca todo lo relacionado con la descomposición, transformación, manipulación, conservación, transporte, desgaste y cualquier alteración de los restos humanos, desde su muerte hasta su completa desintegración o conservación, ya sea natural o artificial, o hasta su fosilización (Shipman 1981; Reverte 1991; Lyman 1994). La tafonomía, por lo tanto, sistematiza la información y ofrece un marco metodológico para comprender los sucesos acaecidos desde la muerte del individuo hasta su hallazgo. El desarrollo de trabajos con esta orientación ha permitido entablar un debate en torno a la tafonomía como vehículo para interpretar las prácticas funerarias y el tratamiento de la muerte en el pasado. El presente trabajo evalúa los procesos tafonómicos ocurridos en el conjunto antropológico de La Cova de Montanissell a partir de la identificación in situ y en el laboratorio de los efectos tafonómicos macroscópicos que presentan los restos, distinguiéndolos de las eventuales alteraciones patológicas. La identificación y sistematización de tales efectos tiene el fin de interpretar el tratamiento de los miembros de esta comunidad prehistórica tras su muerte. Esta cavidad, de difícil acceso y cerrada, se empleó para un entierro colectivo que estuvo preservado sin apenas alteraciones hasta su descubrimiento el año 2004 (López et al. 2005). La cavidad forma parte de un complejo kárstico de más de 2 millones de años de antigüedad situado en la Sierra de Sant Joan de Montanissell, paralela a la Sierra de Boumort, en el Pre-pirineo catalán. Se abre en la cara sur de la sierra, en el término municipal de Sallent, a 1557 m.s.n.m. Se desconoce el acceso original al espacio donde se efectuaron los entierros durante la Edad del Bronce: una cubeta recóndita a 28 m de profundidad que ocupaba unos 20 m 2. La cubeta es una "habitación funeraria" delimitada de forma natural por un caos de grandes bloques desprendidos del techo de la galería en tiempos previos a la frecuentación humana (Armentano et al. 2006). La inaccesibilidad del lugar es indiscutible. Sin embargo se hallaron los restos de tres ovicápridos articulados (F3, F4.1 y F4.2), fechados entre el 370 ANE y el 530 DNE, que probablemente murieron de inanición en los rincones cercanos a la cámara sepulcral. Estos animales, así como las visitas incontroladas posteriores al descubrimiento, son factores a tener en cuenta para interpretar correctamente la posición y el estado de los restos humanos (Armentano et al. 2008: 58). Los elementos de cultura material sitúan el periodo de uso de la cavidad como sepulcro entorno a la Edad del Bronce medio: la base fragmentada de un vaso cerámico polípodo a mano, una aguja de hueso, cuentas de dentalia, cuentas tubulares de bronce, dos brazaletes en espiral y una diadema de bronce. También se ofrendan partes anatómicas de caprinos. El entierro comprende 8 individuos: un hombre y una mujer acompañados por 6 subadultos (Fig. 2). Sus restos tenían buena conservación y consistencia y un alto grado de conexión anatómica. El conjunto sugiere una familia nuclear pero el análisis genético indica que los individuos corresponden a un mínimo de 5 linajes mitocondriales distintos, es decir, sin relación materna (Simón et al. 2011). El análisis detallado de la posición de cada individuo, del tipo de conexiones anatómicas, del estado de la superficie cortical de los huesos y de sus fracturas se presentan como efectos tafonómicos claves. El estudio de los restos humanos regresa como elemento fundamental para la interpretación de la práctica funeraria y la reconstrucción de la historia tafonómica del conjunto (Duday et al. 1990). MARCO TEÓRICO Y METODOLÓGICO La reconstrucción tafonómica del grupo humano de la Cova de Montanissell se ha basado en el análisis secuencial de las alteraciones macroscópicas de los restos esqueléticos en diferentes eventos tafonómicos. Dicha reconstrucción es necesaria, y previa, a cualquier análisis microscópico. Los "agentes tafonómicos" son la causa física de la modificación producida a un hueso o conjunto óseo, los "procesos tafonómicos" la acción de un agente y los "efectos tafonómicos" el resultado de la alteración sufrida por el hueso o conjunto óseo (Johnson 1985; Gifford-González 1991; Lyman 1994; Nawrocki 1995; Aguirre 1997; Armentano et al. 2012). Antes del análisis tafonómico, se detalló la posición de cada individuo respecto al espacio sepulcral y a los otros esqueletos (Brothwell 1987; Duday 2009). También se calcularon los índices de preservación (IP) esquelética (Walker et al. 1988; Armentano et al. 2012) que establecen la preservación de determinadas agrupaciones óseas -sin considerar su conservación-, en función de la ecuación: IPn= Σ (elementos preservados) / Σ (elementos considerados) x 100. El IP considera 22 elementos: 12 de las extremidades (húmeros, radios, cúbitos, fémures, tibias y peronés), los huesos de las cinturas (escápulas, clavículas, coxales y sacro) y las tres regiones craneales (neurocráneo, esplacnocráneo y mandíbula). Para la edad de los subadultos se tuvieron en cuenta principalmente la erupción de piezas dentales y su grado de desarrollo (Cretot 1978; Ubelaker 1989), así como el grado de maduración y crecimiento de los elementos óseos (Alduc-Le Bagouse 1988; Scheuer y Black 2000). En los individuos adultos, se priorizaron los cambios en la sínfisis púbica y en la superficie auricular del coxal (Todd 1920; McKern y Stewart 1957; Gilbert y McKern 1973; Lovejoy et al. 1985). Secundariamente también se utilizaron los criterios basados en los cambios morfológicos en el extremo esternal de la cuarta costilla (Isçan et al. 1984; Krogman e Isçan 1986), el grado de desgaste de las piezas dentales (Brothwell 1987), y el grado de sinostosis de las suturas craneales (Vallois 1960). Para el diagnóstico sexual de los esqueletos subadultos se han considerado las características morfológicas de cráneo, mandíbula y hueso coxal (Krogman e Isçan 1986; Schutkowski 1993; Scheuer y Black 2000). A nivel genético se analizó el gen de la amelogenina y el SRY (Simón et al. 2011). La estatura se estimó a partir de las fórmulas de Trotter y Glesser (1952) y Pearson (Olivier 1960). El análisis tafonómico considera tres formas de alteraciones tafonómicas macroscópicas (Armentano et al. 2012): a) Cambios físicos y químicos observables en la superficie cortical del hueso que modifican su morfología normal como fisuras, grietas, erosiones, descamaciones, exfoliaciones, acción de las raíces, perforación por la acción de carnívoros y roedores, manchas, alteraciones del color, etc. (Behrensmeyer 1978). Deben ser reconocidas y distinguidas claramente de las eventuales patologías esqueléticas. b) Fracturas óseas: presencia o ausencia de las mismas, forma y tipología. Pueden ser fracturas limpias, con márgenes bien delimitados, fácilmente reconstruibles en el laboratorio, o resultar irreconocibles, cuando el registro está muy fracturado. La presión secular de la tierra, las raíces de la vegetación cercana o la eventual actividad de carnívoros pueden deformar y fracturar los esqueletos pero, a menudo, una actividad continuada en la zona es la causa principal de sus fracturas post mortem. c) Alteraciones que afectan la distribución espacial original de los elementos esqueléticos: continuidad articular o no de los elementos y tipología de la articulación (estricta o laxa). Es preciso evaluar si la desarticulación anatómica se debe a posibles movimientos durante la descom-posición de los tejidos blandos o a la reutilización funeraria, la ocupación sucesiva del espacio, la acción de la vegetación, animales, etc. Una vez reconocidos los efectos tafonómicos macroscópicos, se evalúan los agentes y procesos responsables de tales alteraciones. La recogida de datos en el campo combinó la fotografía digital y el dibujo con fichas antropológicas de registro para cada individuo, buscando documentar toda la información arqueológica, tafonómica y antropológica disponible sobre el mismo. El material esquelético estudiado corresponde a 8 inhumaciones primarias (Armentano y Malgosa 2003), depositadas directamente sobre la superficie del suelo de la habitación funeraria, cuyo espacio ocupan de forma amplia y repartida (Fig. 2, Tab. Los esqueletos estaban libres de sedimento pero los más cercanos a la pared oeste de la habitación estaban recubiertos por una capa de calcita (espeleotema) de 2-20 mm de grosor, que reproducía perfectamente la forma de los huesos (1) (Fig. 3A y B). La mayoría se relacionaban con grandes bloques de piedra y ajuares. A priori no se observaron acciones antrópicas de épocas posteriores, ni procesos postdeposiciona-(1) En el laboratorio de antropología se extrajo la capa calcárea de forma manual para poder observar y estudiar correctamente el material esquelético. les que hubiesen alterado de forma significativa la posición original de los cuerpos. El entierro E1 ocupa la parte central de la habitación funeraria. Está asociado con el ajuar más notable del conjunto: 2 brazaletes de bronce en espiral a nivel de los antebrazos, 1 collar mixto de cuentas tubulares de bronce y Dentalium y 1 diadema de bronce (Figs. La diadema se localizó en la parte inferior-izquierda del cuerpo. El esqueleto, articulado en parte, tenía una preservación esquelética del 100%. Corresponde a una mujer adulta de 40-45 años de edad, grácil, con una estatura estimada en 154 cm. Como alteración cortical en las vértebras cervicales, los radios y los cúbitos aparece una coloración verdosa intensa (Fig. 3C). También hay otras compatibles con lesiones patológicas, sin correspondencia con alteraciones tafonómicas: signos de osteoartrosis leves a nivel de la columna dorsal y lumbar; una lesión compatible con una osteocondritis bilateral en la articulación proximal de la I falange medial de los pies; osteófitos bilaterales en la cara externa de las rótulas y una reacción perióstica focal en la cara interna del tercio distal de la tibia derecha. Estas lesiones pueden tener una etiología degenerativa producto de la edad avanzada del individuo o ser de origen micro-traumático. Entre las patologías estomatológicas se observaron caries en las piezas maxilares y mandibulares, procesos fistulosos en la mandíbula, y líneas de hipoplasia del esmalte dentario (Chimenos et al.1999). Los huesos mostraban un estado de fracturación importante, en especial, en la región craneal y los huesos largos de las extremidades. Dataciones de la Coba de Montanisell (Alt Urgell, Lleida). La caracterización del sexo viene determinada por la interpretación conjunta de los datos morfológicos y genéticos (Simón et al. 2011: 407). yoría son fracturas antiguas. Una es de tipo espiroidal, de trazo helicoidal (Ortner 2003; Roberts y Manchester 2005; Jordana et al. 2009) del tercio proximal de la diáfisis de húmero derecho (Fig. 5). Es típica de caídas con intento de parar el golpe. Los márgenes de esta fractura son lisos sin signos de regeneración ósea, indicando que se produjo en hueso fresco sin tiempo para regenerarse, es decir, en un momento muy cercano a la muerte. Los dos fragmentos fracturados de húmero tienen diferente coloración, debido a la oxida-ción del metal del ajuar. Este aspecto podría indicar que su separación fue previa a la reducción esquelética del cadáver. Los restos se encontraron en un estado de remoción importante, aunque algunos como la región cervical, los antebrazos, la extremidad inferior derecha y los elementos del pie derecho mantenían una conexión anatómica laxa. De estas conexiones se infiere que la mujer fue inhumada en decúbito lateral izquierdo, con la parte superior izquierda del cuerpo descansando sobre un Fig. 3. Cova de Montanissell (Alt Urgell, Lleida): detalles de las inhumaciones primarias de la Edad del Bronce Medio: A. Cráneo de la niña de 12 años (E11) depositada en el extremo norte-oeste del espacio funerario; B. Cintura pélvica de la misma. Parte de los restos de los individuos quedaron completamente recubiertos por una fina capa calcárea. C. Mujer adulta (E1), depositada en la parte central de la habitación sepulcral, con un ajuar de bronce consistente en una diadema, dos brazaletes en espiral y un collar mixto de cuentas tubulares metálicas y Dentalium. bloque de piedra, los brazos cruzados a nivel torácico, la pierna derecha medio flexionada y la izquierda flexionada. Otras hipótesis compatibles resuelven que el cuerpo se mantuvo amortajado o atado en posición sentada o medio incorporada, apoyado dorsalmente en el bloque de piedra hasta su descomposición. La posición cruzada de los antebrazos puede reforzar esta posibilidad. Esta posición original podría explicar la mayor remoción esquelética de los restos. El entierro E2 está situado en la parte más suroriental de la habitación sepulcral, en la zona de paso a su acceso actual, y alejado de las restantes inhumaciones. El esqueleto se encontró articulado con una preservación esquelética del 86%. Es un niño de 7 años (± 6 meses). Las alteraciones a nivel cortical aparecen en la parte inferior del esqueleto, ligeramente recubierta por una fina capa calcárea (Fig. 6A). Tienen la forma de porosidades compatibles con marcadores inespecíficos de estrés ambiental, como son las cribras orbitarias y del cuello de fémur (Fig. 6B). Se observaron fracturas recientes, afectando especialmente la región craneal. En la exhumación los restos esqueléticos se hallaron articulados en decúbito supino, con una rotación derecha de la cintura escapular y pélvica y las extremidades superiores e inferiores en semiflexión. El brazo izquierdo y el antebrazo derecho estaban desplazados y la columna dorsal en parte desarticulada. El hallazgo de falanges, metacarpianos y piezas dentales, encima de una piedra situada a su derecha, indica que en origen el cuerpo fue depositado con la cabeza y las manos apoyados sobre ella (Fig. 6A). Esta posición explicaría los desplazamientos de las extremidades superiores y de otros conjuntos anatómicos relacionables con movimientos gravitacionales durante la reducción esquelética del cuerpo. El entierro E5 se relaciona con la inhumación situada en la zona central de la habitación, muy cerca de E1. El esqueleto, sin articular, estaba preservado en un 86%. Es una niña de 7 años (± 6 meses) de edad. Se le estima una estatura de 130 cm. Junto a ella también se recuperaron fragmentos de un vaso cerámico. Como alteración cortical en el temporal derecho, la escápula derecha, la epífisis proximal del húmero derecho, las costillas derechas, la II falange distal de la mano derecha y el axis aparece una coloración verde intensa. También se observan alteraciones, en forma de porosidades, y que son compatibles con marcadores inespecíficos de estrés ambiental como las cribras orbitarias y del cuello del fémur, y las líneas de hipoplasia del esmalte dentario. Los restos se encontraron en un estado de fragmentación importante, afectando en especial la región craneal y los huesos largos de las extremidades. Entre estas se distingue una fractura antigua a nivel diafisario del fémur izquierdo es peri mortem de tipo espiroidal y trazo helicoidal. Sus características son muy similares a las descritas en el esqueleto E1: márgenes de fractura lisos y sin signos de regeneración ósea (Fig. 7). También en este caso, el traumatismo del fémur pudo estar relacionado con la causa o las circunstancias de la muerte. Las fracturas perimortem descritas de la mujer y la niña resultan de una fuerza de torsión como la que se podría producir en una caída, pero no por un golpe directo en la zona de fractura (Krenzer 2006). Los restos esqueléticos se encontraron muy removidos y con articulación limitada a los dos coxales y las vértebras cervicales. No fue posible reconstruir la posición original de la niña en el espacio sepulcral. Probablemente los bloques de piedra cercanos a sus restos pudieron servir de apoyo a su cuerpo. El entierro E7 corresponde a la inhumación situada al norte de la habitación sepulcral: un esqueleto articulado de un varón adulto de 45-50 años de edad. Se estima una talla de 160 cm y una constitución de robustez mediana. A nivel de cráneo se recuperó una aguja o punzón de hueso. Una fina capa de calcita recubría algunos huesos de la parte superior del esqueleto (Fig. 8A). En el cráneo, junto al plano sagital de la pared externa del frontal, a 3 cm del bregma (Fig. 8B), se observó una cavidad ovalada de 15 mm de diámetro con los márgenes limpios y ondulados. La cavidad afecta a la tabla externa y presenta los márgenes regenerados. En la cara interna hay un pequeño orificio sin signos de remodelación ósea. La mayoría de las lesiones capaces de originar erosiones craneales son de etiología traumática y tumoral. La más plausible en este caso es un quiste dermoide exocraneal (Campillo 1977). A nivel del tercio proximal del húmero unas alteraciones líticas y bilaterales de la cortical son compatibles con lesiones no tafonómicas, relacionadas con el desarrollo de la musculatura del brazo. Otras anomalías de carácter patológico afectaron las vértebras cervicales y las extremidades inferiores y remiten a una patología osteoarticular degenerativa. Como patología bucal, destaca la malposición del incisivo lateral inferior derecho situado en la cara lingual de la mandíbula, y del canino inferior izquierdo, impactado en el cuerpo mandibular bajo el incisivo lateral inferior izquierdo. Se observó también la pérdida ante mortem del segundo premolar superior izquierdo, retroceso alveolar, cálculo dental e hipoplasia generalizada del esmalte. Las fracturas antiguas y recientes son numerosas. Las primeras son claramente post mortem. Algunas están recubiertas por la capa de calcita, lo que refuerza su antigüedad. Los restos esqueléticos estaban en articulación anatómica estricta o laxa coherente. La remoción de la región craneal fue reciente a juzgar por su impronta en el sedimento. Las articulaciones de la parte derecha del esqueleto, y la región lumbar y pélvica se mantienen de forma laxa. El esqueleto mostraba una posición en decúbito supino con rotación izquierda de las cinturas escapular y pélvica. La extremidad superior derecha reveló una flexión completa, mientras la izquierda estaba en semiflexión apoyándose en el bloque de piedra situado a la izquierda del varón. Las extremidades inferiores se hallaron en semiflexión. El entierro E8 se relaciona con la inhumación situada en la zona suroccidental de la habitación, completamente recubierta por una capa de calcita (Fig. 9). El esqueleto es de una mujer joven de 20 ± 1 años. La robustez es mediana. La talla, baja, se estima en 147 cm. Se le asocia un collar mixto de dentalia y cuentas tubulares de bronce. Se han apreciado alteraciones de la cortical a nivel craneal, en la columna vertebral, en el fémur derecho y en el pie, que corresponden a alteraciones patológicas. En el parietal derecho, a nivel de Fig. 8. Cova de Montanissell (Alt Urgell, Lleida): restos esqueléticos del individuo de E7. A. Detalle de la posición de la parte superior del esqueleto en decúbito supino y la extremidad superior izquierda en flexión, cerca del bloque de piedra; B. Alteración patológica a cráneo del individuo de E7. Se puede observar la depresión de forma ovalada, con un pequeño orificio que traviesa el díploe a la zona derecha del frontal. la línea temporal superior y a 10 mm de la sutura coronal, se vió un crecimiento de 13 mm de diámetro anómalo y no tafonómico, compatible con un osteoma sésil con un círculo central de 55 mm más elevado y pigmentado. Los osteomas son neoplasias benignas, en general de dimensiones reducidas, y localizados frecuentemente en la bóveda craneana y sin sintomatología (Campillo 1977). Tenía una malformación congénita consistente en la hemi-sacralización derecha de la quinta vértebra lumbar. El fémur derecho presentaba una reacción perióstica focalizada, también patológica, en la cara posterior de la metáfisis distal, probablemente secundaria a una sobrecarga de esta zona. La articulación metafalángica de la I falange proximal del pie derecho mostraba una erosión compatible con una osteocondritis, lesión de etiología microtraumática. Como patología bu-cal, se advierte retroceso alveolar a nivel de premolares y molares inferiores derechos, e hipoplasia generalizada del esmalte dentario. Las fracturas eran post mortem y su recubrimiento por la capa calcárea muestra que fueron previas a la deposición mineral. En el astrágalo izquierdo se identificó una "fractura de los pastores" en el margen posterior de la articulación subastragalina. El pequeño fragmento desprendido ante mortem no se volvió a unir al astrágalo y en el margen fracturado se observa una pseudoartrosis. El nombre de este defecto óseo se debe a su frecuencia entre individuos que caminan la mayor parte del tiempo por terrenos irregulares (Johnson et al. 1984; Nasser y Manoli 1990). Los restos se hallaron en parte removidos, y en una posición anatómica muy forzada. El es- queleto estaba en decúbito prono, con el cráneo ligeramente apoyado sobre el macizo facial izquierdo, las extremidades derechas articuladas y la parte izquierda del cuerpo desplazada. La extremidad superior derecha se encontró en aducción de 90° y extensión, cruzando por debajo el tronco, y la superior izquierda algo desplazada hacia el lado izquierdo del eje del cuerpo. La extremidad inferior derecha permaneció en aducción de 90° y la rodilla en semiflexión, mientras los huesos de los pies se encontraron bajo los restos de E9, el esqueleto en posición perpendicular a E8. El coxal y el fémur izquierdo, completamente desplazados, se hallaron sobre los restos del entierro E9. La tibia estaba en la zona norte de la habitación sepulcral, a la altura de los restos de E11. El pie izquierdo, se halló junto al pie derecho articulado, también bajo los restos del individuo de E9 (Fig. 10). La posición del esqueleto, inferida a partir de sus restos articulados, es muy forzada. Probablemente se deba a movimientos postdeposicionales del cadáver cuando no había completado la reducción esquelética y conservaba algunas partes blandas. Es muy posible que desde el depósito inicial hasta la intervención arqueológica, esta joven sufriera remociones en diferentes momentos. La reconstrucción de la posición original del cuerpo sugiere un decúbito lateral derecho con las extremidades inferiores en semiflexión. Un primer movimiento postdeposicional cuando aún mantenía tejidos blandos debió consistir en una rotación izquierda del eje del cuerpo, quedando en posición prona. Probablemente se produjeron otras remociones posteriores, en una fase de reducción esquelética total, y previas al depósito calcáreo. Los movimientos postdeposicionales de los restos de E8 podrían estar relacionados con la deposición de las inhumaciones posteriores de E9 o E10. El entierro E9 corresponde a la inhumación situada en la zona occidental de la habitación sepulcral. Los restos están articulados y pertenecen a una joven de 14-15 años. El esqueleto es más bien robusto. En relación a este entierro se localizaron los restos de un vaso cerámico situado a nivel de los pies. Una fina capa de calcita recubría casi todos los huesos del esqueleto. Hay alteraciones de carácter no tafonómico en algunos huesos de las extremidades superiores e inferiores. En los húmeros se advirtió una calcificación a nivel de la tuberosidad deltoidea. Se trata de una entesopatía relacionada con actividades repetitivas que implican esta zona muscular. A nivel del cóndilo lateral del fémur derecho una depresión redondeada que deja al descubierto el hueso subcondral es compatible con una osteocondritis dissecans. Esta alteración es producto de microtraumatismos de repetición que arrancan parte de la superficie articular. A nivel de la tuberosidad tibial de la misma pierna se advirtió una probable lesión de "Osgood-Schlatter", consecuencia del arrancamiento del tendón rotuliano por la tracción de los cuádriceps (Aufderheide y Rodríguez-Martín 1998; Ortner 2003). Esta lesión, que se da antes de la completa osificación del tercio proximal de la tibia (14 años), puede estar relacionada también con una sobrecarga. Esta puede explicar igualmente la reacción perióstica focal en el tercio proximal de la cara posterior de los peronés. Otras alteraciones de origen patológico inespecífico a nivel de la superficie cortical son las cribas femorales y las líneas de hipoplasia del esmalte dentario, habitualmente agrupadas con el nombre de marcadores de estrés (Stuart-Macadam 1989; Campillo 1994; Isidro y Malgosa 2003). Se apreciaron fracturas post mortem antiguas a nivel craneal y mandibular recubiertas por la formación de una capa calcárea. En la exhumación, los huesos, especialmente los de la parte derecha del cuerpo, estaban removidos y recubiertos por la capa de calcita, indicando que la remoción es antigua y anterior a la formación calcárea. Sin embargo la columna y las extremidades izquierdas se mantuvieron articuladas de forma estricta. Un fragmento proximal de cúbito derecho, el maxilar y la apófisis mastoides izquierdos se hallaron desplazados hacia la zona norte de la habitación. El fragmento de cúbito se localizó bajo el fémur izquierdo de E7, y la apófisis mastoides a nivel de las tibias. Bajo la cintura pélvica de los restos de E9 estaban los pies en conexión del individuo E8. De las conexiones observadas se infiere que la joven se dispuso atravesada sobre los pies de E8, en decúbito lateral izquierdo, apoyada dorsalmente en la piedra situada a su espalda, con las extremidades superiores flexionadas, la derecha en aducción y la izquierda paralela al cuerpo y las extremidades inferiores en semiflexión. Los desplazamientos y las superposiciones óseas indican una probable secuencia temporal de inhumaciones, siendo el entierro de E9 posterior al de E8 y anterior al de E7. El entierro E10 es la inhumación situada en la zona sureste de la habitación funeraria. Los restos esqueléticos están articulados y son de un subadulto de sexo indeterminado de 10 ± 1 años de edad El grado de preservación esquelética es del 95% La capa calcárea recubría casi todos los huesos, apareciendo en algunas zonas anatómicas como un depósito mineral muy grueso. Había alteraciones porosas de la cortical de carácter patológico en el techo de las órbitas, y líneas de hipoplasia generalizada del esmalte dentario. En la carilla superior articular izquierda del axis y en los cóndilos mandibulares presentaba una depresión redondeada compatible con osteocondritis. Son huellas de la patología micro-traumática. No se observaron fracturas. Los restos se encontraron articulados en una posición anatómica muy forzada, en decúbito prono, con una flexión máxima de las extremidades superiores e inferiores a nivel de los codos, la cadera y las rodillas (Fig. 11). La posición de los restos sugiere que el cuerpo fue amortajado para conseguir y mantener esta posición de máxima flexión. El entierro E11 es la inhumación situada en la zona noreste de la habitación funeraria. El esqueleto, articulado, es de una niña de 12 ± 1 años. Los restos esqueléticos están recubiertos por una capa calcárea tan gruesa que ha sido imposible separar las epífisis de los huesos largos y algunos cuerpos vertebrales del bloque de espeleotema (Fig. 12). Se han observado alteraciones en forma de reacción perióstica bilateral estriada y fina a nivel de la metáfisis distal de fémur, de probable etiología microtraumática. Entre las lesiones de origen inespecífico están las cribas orbitarias bilaterales y las líneas de hipoplasia del esmalte dentario (Hengen 1971). En la exhumación solo se observaron ligeras desarticulaciones a nivel de la mandíbula, el fémur derecho, o la parte dorsal de la columna vertebral. En origen el cuerpo estaría articulado en decúbito supino, con una ligera rotación izquierda de la cintura escapular. El brazo derecho se encontraba en paralelo al cuerpo, con flexión máxima de antebrazo, y el izquierdo en semiflexión sobre el cuerpo. Las extremidades inferiores también estaban semiflexionadas. hISTORIA TAFONÓMICA DEL CONJUNTO En la cueva de Montanisell se exhumaron los restos de 8 individuos que compartían un mismo espacio sepulcral, en una recóndita habitación de una de las galerías. Los esqueletos tenían buenos porcentajes de preservación, y en general buena conexión anatómica, aunque conservada de forma laxa. Estos aspectos permitieron identificar el A pesar de que se ha retirado la capa calcárea de prácticamente todo el esqueleto, algunos elementos (costillas, coxal, y antebrazo derechos) no han podido separarse del bloque de espeleotema. carácter primario de las inhumaciones (Armentano y Malgosa 2003) que ocuparon toda la zona funeraria respetando en general el espacio e integridad de cada una de ellas, ya que no se observan remociones ni arrinconamientos de huesos. Los individuos fueron depositados mayoritariamente en decúbito supino, con una ligera rotación de cintura escapular y pélvica, o también en decúbito lateral, y siempre con las extremidades superiores e inferiores semiflexionadas. La orientación probablemente estuvo en función del espacio asignado a cada inhumación. Se observó una relación entre la posición de los individuos y los grandes bloques de piedra, así como entre el ajuar de bronce y los individuos femeninos E1, E8. La coloración verde que presentan algunos elementos esqueléticos de E1 y del cercano E5 se justifica por la oxidación de los elementos de bronce. Es notable la disposición diferenciada del individuo infantil de la E10, en posición prona y completamente plegado. Este aspecto indica que fue amortajado para mantener esta posición anatómicamente tan forzada. Otros yacimientos con este tipo de inhumaciones (Armentano et al. 2012) confirman que la postura se utilizó durante la Prehistoria reciente para enterrar y/o transportar a los muertos. En este caso no se observaron caracteres antropológicos especiales que sugirieran una práctica funeraria diferenciada para este individuo. Las alteraciones a nivel de la cortical corresponden a dos tipologías principales: tafononómicas, la formación calcárea de una capa de espeleotema, y no tafonómicas, las alteraciones patológicas que caracterizan el grupo. El espeleotema se debe al efecto aerosol que provoca la humedad y la filtración de aguas. Puede formarse en un espacio de tiempo corto, sin exigir grandes cambios climáticos o alteraciones de la temperatura (Armentano et al. 2006). Esta capa mantuvo la conexión anatómica de los individuos, y permitió reconocer las características articulares de los restos cuya descomposición tuvo lugar sin sedimento ni cubrimiento alguno. La ausencia de fauna carroñera y la presencia de esta capa justifican la buena continuidad anatómica de los individuos y el mantenimiento estricto de algunas de las articulaciones. Además sugieren que la cueva estaba cerrada o era poco accesible al paso de la fauna al interior. Las alteraciones patológicas son anomalías frecuentes en el registro antropológico antiguo (periostitis, osteocondritis, lesiones entesopáticas, tumoraciones, etc.), pero destaca el elevado número de lesiones. El hecho de que los restos nunca hayan estado enterrados, ni expuestos a la intemperie, ha favorecido probablemente su buen estado de conservación que, a su vez, ha facilitado la observación y el examen externo. Los incluidos, en un momento de su historia postmortem, bajo la capa de calcita han conservado mejor si cabe, su aspecto y su superficie cortical. El efecto tafonómico más importante del registro de la Cova de Montanissell ha sido, sin duda, la alteración en forma de desplazamientos y movimientos óseos. El estudio detallado de la posición de los esqueletos, así como la distribución espacial de los diferentes elementos óseos, sugieren que los individuos fueron depositados cuidadosamente en este espacio de forma sucesiva durante un período de tiempo no muy largo. Este rango cronológico comprende un mínimo de unos pocos años a partir del análisis tafonómico, y un máximo de 100 a partir de las dataciones de C14. Se han interpretado como 8 inhumaciones primarias sucesivas, pero no se descarta que algunas fueran simultáneas, por ejemplo los dos enterramientos centrales, E1 y E5. Los primeros cadáveres depositados no se apartaron ni se arrinconaron con las nuevas inhumaciones. Las evidencias de movimientos puntuales de restos son explicables en el curso de una práctica funeraria de inhumación sucesiva. El proceso postdeposicional que afectó significativamente a los esqueletos fue la reutilización del espacio sepulcral durante su funcionamiento como cementerio. Los pocos huesos hallados sin conexión anatómica y desplazados indican que el lapso temporal entre dos enterramientos sucesivos fue suficiente para una reducción esquelética parcial del cadáver anterior. El tiempo necesario para conseguir la total descomposición cadavérica varía mucho en función de variables que aceleran o retrasan el proceso de putrefacción ( Haglund y Sorg 1997). Algunas de ellas son la causa de la muerte, el estado de nutrición del individuo antes de morir, las sustancias ingeridas, las prendas que lo cubren, la temperatura exterior, la humedad en torno al cadáver, la estación del año en que se efectúa la inhumación, las influencias atmosféricas y la acción de los insectos necrófagos, entre otras. Parece que en una cueva cárstica, con un elevado grado de humedad, la descomposición de los tejidos blan-dos sería notable en pocos meses (DiMaio y DiMaio 2001). Los efectos tafonómicos no antrópicos, y posteriores al período de uso de la Cova de Montanissell como espacio sepulcral, como la formación calcárea de espeleotema que afecta sobre todo la zona oeste de la habitación, las corrientes de agua o la acción eventual de fauna, etc. no fueron suficientemente importantes ni capaces de alterar de forma significativa la posición original de los individuos. Los movimientos y fracturas post mortem recientes identificadas corresponden sin duda al descubrimiento de la cavidad: están concentradas en la zona de acceso actual al espacio sepulcral y afectan al entierro central de la mujer adulta que tenía el ajuar más relevante. Los efectos tafonómicos en forma de fracturas también confirman la manipulación vinculada con la reutilización del espacio sepulcral para inhumaciones sucesivas. Se distinguieron casos de fractura post mortem y en la mujer E1 y la niña E5 fracturas peri mortem que pudieron estar vinculados con la causa o las circunstancias de su muerte. Se ha elaborado dos secuencias hipotéticas de deposición de los 8 cadáveres a partir de los datos tafonómicos y considerando que el grado de conexión anatómica de las primeras inhumaciones debería ser menor que el de las posteriores. En la primera secuencia la mujer E1 y la niña E5, especialmente distinguidas por su ajuar, habrían protagonizado un entierro, cuya posición inicial en la serie se justifica por su mayor remoción esquelética. A su alrededor se depositaron otras tres personas que, según la superposición de elementos esqueléticos, fueron primero la mujer joven E8, después la joven de 14 años E9 y, por último, el hombre adulto E7. Parece lógico pensar que los entierros del probable niño E10 y la niña E11 (10 y 12 años respectivamente) fueron posteriores a la mujer joven de E8, cuya posición más forzada, sería resultado de las perturbaciones y remociones debidas al paso de nuevos entierros. La segunda hipótesis propone como primeros enterramientos los de la parte más occidental de la habitación sepulcral, que habrían mantenido mejor la posición original del esqueleto gracias a que la capa de espeleotemas los cubrió y protegió a lo largo del tiempo. La secuencia lógica entonces se iniciaría con el entierro de E8, o E10, seguido por el de E9 o E11, los de E1 y E5, finalizando con los de E2 y E7 (Fig. 12). Ambas secuencias son compatibles con la hipótesis de un enterramiento colectivo y con la de inhumaciones primarias sucesivas. Tampoco se descarta que algunas inhumaciones, como las de la mujer E1 y la niña E5, hubiesen sido simultáneas. El que ambas presenten fracturas peri mortem, vinculables con eventos accidentales vitales puede reforzar esta hipótesis. La historia post mortem de cada persona se resume, primero, en su propia descomposición, después en la eventual alteración provocada o no por una nueva inhumación y, por último, en la formación calcárea que afectó gran parte de los restos. Este estudio antropológico, integrando el estudio tafonómico y genético, junto con las dataciones radiométricas y datos arqueológicos, ha permitido esbozar el panorama de la secuencia de enterramientos que realizó este grupo de hombres y mujeres en la Edad del Bronce. Sin duda este estudio holístico ha ofrecido una imagen muy distinta a la que previamente aparecía como la más probable: el enterramiento simultáneo de los integrantes de una familia después de algún tipo de catástrofe. El análisis de la intencionalidad o no de las posiciones de los enterrados, la sucesión de los entierros, el estudio de lesiones óseas y el grado de parentesco entre los enterrados, ha mostrado un grupo que repetidamente y durante años enterraron a sus seres queridos en la cueva. En resumen, la reconstrucción de la historia tafonómica de los restos indica que, en un corto espacio de tiempo fijado por 8 dataciones radiocarbónicas entre el 3200 y el 3300 BP, parte de la Cova de Montanissell se utilizó para enterrar sucesivamente 8 personas de, al menos, 5 linajes maternos distintos (ADN mitocondrial). Probablemente los difuntos fueron atados o amortajados para poder ser transportados hasta la habitación sepulcral. Allí fueron colocados en semiflexión en un rincón determinado, acompañados de sus ajuares. Cuando el grupo volvía a la cavidad para enterrar a otro miembro de la comunidad, pudieron, a propósito o no, tocar alguna parte anatómica o desplazar el cuerpo. Los cadáveres en fase de reducción esquelética pudieron perder la conexión de algún elemento óseo, mientras que los que mantenían parte de tejido blando, con la manipulación, adoptaron una posición más forzada. Cuando la cueva dejó de usarse, una formación de calcita recubrió los restos fijando la escena durante siglos. La primavera de 2004 un equipo de bomberos aficionados a
El libro de David Barreiro Martínez es una obra sobre la Arqueología, más que una monografía arqueológica. Se trata de un trabajo para comprender, analizar y orientar a aquellas personas que tengan interés en nuestra profesión. Se trata también de un punto de partida para un debate entre quienes trabajamos con el Patrimonio Arqueológico. En los últimos treinta años, la Arqueología como práctica y como ciencia ha cambiado de tal forma que un estudio de esta transformación se hace necesario, y cada vez más, porque vivimos tiempos de cambio. Después de una evolución, la situación ha sufrido un estancamiento por los mismos procesos económicos que han afectado a la baja tantas actividades en nuestro mundo contemporáneo y de los que la Arqueología tampoco ha podido escapar. Se hace preciso saber cómo hemos llegado a este punto y de qué manera hay que enfrentar esta nueva época para no dar pasos atrás en la producción de Patrimonio Arqueológico. De ello se ocupa este libro en gran medida. La obra se divide en cuatro bloques: la Arqueología hoy: apuntes para un diagnóstico; la Arqueología aplicada como tecnociencia; el contexto de la Arqueología aplicada; la producción de conocimiento en la Arqueología aplicada. En primer lugar, conviene citar uno de los principios fundamentales de este libro "una arqueología que solo se oriente a la generación de conocimiento histórico y no se ocupe de cómo se produce, gestiona y socializa el patrimonio arqueológico es una arqueología insuficiente" (p. Esta reflexión debe ser tenida en cuenta, porque es muy poco común que en el mundo académico se otorgue la importancia debida a este asunto. El autor señala, con acierto, que toda la arqueología debiera ser así y, en efecto, desde esta posición propone un proyecto común que concreta en las páginas de este libro. Es una propuesta para compartir y que, de hecho, compartimos con el autor en más de un lugar y situación. En un primer bloque, se analizan y describen las distintas esferas en las que la actividad arqueológica se desarrolla: profesionales independientes, Administración y Academia. Este diagnóstico publicado en el 2013 ha sufrido, y está sufriendo en la actualidad, "recortes" incesantes que no anulan la validez de las descripciones del autor, pero que habrá que revisar en los nuevos escenarios que el presente nos manifiesta. Pensamos en los cambios legislativos donde la Administración pierde capacidad de control y donde, por tanto, el sector profesional va adelgazando su presencia hasta casi desaparecer. El autor ya había abordado esta temática en otras publicaciones (Barreiro 2006). Quizás este volumen de 2013 que estamos analizando no es un estado actualizado de la situación, aunque las claves de nuestro presente estuvieran anunciadas en el momento del diagnóstico. Los tres sectores en que divide la profesión, si bien discutibles en su denominación, han sido descritos y analizados por otros autores (Querol y Martínez 1996; Llavori 1998; Rodríguez Temiño 1998), que también han buscado comprender las dinámicas que han contribuido a mejorar la disciplina arqueológica. Las opiniones de Barreiro son coherentes con su experiencia más próxima: Galicia y el grupo de investigación del que procede, el Laboratorio de Arqueología del Paisaje (Santiago de Compostela). En cualquier caso, interesa en su relato la descripción de la situación de la Arqueología hoy, aunque es casi ayer, y su voluntad explícita de trascender una mera descripción o una definición de posición a favor de unos u otros. Nos propone unas consideraciones más generales y pertinentes, tales como "¿Puede contribuir la Arqueología como práctica tecnocientífica a extender una conciencia patrimonial no cosificada y, por lo tanto, a configurar una racionalidad diferente, una racionalidad que anticipe y siente las bases de un modelo social y económico alternativo?" (p. Un segundo capítulo aborda el tema de la Arqueología como tecnociencia, indagando en los límites del conocimiento científico y sus aplicaciones técnicas. Se nos propone un nuevo horizonte, donde se desdibujan los rígidos compartimentos de las actuales prácticas arqueológicas. El enfoque de la tecnociencia nos remite a una racionalidad crítica comprometida con la acción social. La alternativa a la situación actual debe partir de una revisión en profundidad de las funciones hasta ahora asignadas a cada grupo: pensar, hacer y decidir no pueden, no deben, seguir siendo tareas aisladas. En el tercer capítulo, el autor encuadra a la Arqueología aplicada en el contexto del llamado "Desarrollo Sostenible", entendido como una meta global. El último ilustra formas alternativas de producción del conocimiento científico y de transmisión del mismo mediante distintos casos de Arqueología aplicada. Para terminar se enumeran las bases de un futuro programa de investigación, que se nos propone como guía para la práctica de la Arqueología en distintos escenarios administrativos, políticos y sociales. Los ejemplos seleccionados se nos presentan como casos modelo, aunque claramente en conjunto definen un proceder diferente al mayoritario. La lectura de este texto nos abre una posibilidad de conocer una Arqueología, que personas y grupos distintos estamos empeñados en mostrar desde varias situaciones institucionales, políticas y personales. El autor se describe a sí mismo como un técnico que se hizo investigador, y que quiere seguir contribuyendo a materializar una Arqueología aplicada, comprometida con los problemas reales y concretos sin renunciar a la posibilidad del conocimiento científico. Su iniciativa resulta, cuando menos, interesante desde la perspectiva del diseño de nuevos modelos y políticas de intervención en la producción de Patrimonio Cultural. Sus ejemplos, sus bases epistemológicas y conclusiones son fruto de un trabajo coral donde Felipe Criado, Matilde González y Eva Parga-Dans tienen destacada importancia. Realmente muchos de los acordes de esta sinfonía no se entienden sin escuchar (o leer) las propuestas de estos y otros miembros del grupo gallego. Treinta años de reflexión y experiencia se acumulan en estas páginas. Como señala con honestidad el autor, su origen está en la redacción de su tesis doctoral, lo que ayuda a comprender la forma final del texto. Este surge en Bellaterra Arqueología como un segundo volumen tras las Arqueológicas. La Razón Perdida de F. Criado (2012) (recensión en TP 70, 1: 204-206) y como contrapunto a sus alternativas: seguir reflexionando hasta perder la razón o establecer un camino, tener una idea sobre cómo poner en marcha proyectos "sostenibles". Las inspiraciones no difieren, de hecho este trabajo es deudor del anterior, pero lo que se plantea, lo que se puede discutir (compartir o criticar) es mucho mas abarcable y concreto en las Arqueológicas de Barreiro. El éxito del programa propuesto va a depender del desarrollo de la crisis generalizada actual. Lo indudable es que la Arqueología del mañana no tendrá la vana apariencia de aquella que recibimos y estará tejida con los hilos que en este libro se detallan. La discusión está abierta y reflexiones de este tipo hacen disciplina y contribuyen a visualizar un futuro que es presente y que nos compromete a cada una de las personas que creemos que la Arqueología es una ciencia necesaria para mejorar nuestra conciencia. Es una lástima que su coordinador y autor principal apenas haya podido conocer su recepción y participar en las discusiones que va a generar. Alain Testart falleció en septiembre de 2013, pocos meses después de su publicación. Nos deja una extensa obra de cuño esencialmente antropológico, pero que apuesta fuerte por el diálogo con la sociología, la historia comparada o la arqueología. Es una idea atractiva que un prestigioso antropólogo aborde un problema que ha estado bastante confinado en los parámetros disciplinares de la arqueología. De hecho, los datos que Testart maneja y el contexto académico en el que sitúa su discusión siguen siendo en buena medida los de nuestra disciplina. El libro surge de dos encuentros celebrados en Bibracte en 2011, en los que participaron otros 19 investigadores, aunque este resultado final refleja un intenso trabajo posterior. Todo el volumen está en francés y la mayoría de los participantes pertenecen a la órbita francófona, con alguna aportación germánica y británica. El prólogo de Testart lanza dos propuestas sugerentes. En primer lugar, la deposición de armas en las aguas es un tema de interés relativo y el problema de fondo que se quiere abordar es metodológico: la necesidad de un método para interpretar. En segundo lugar, la hipótesis principal manejada por la arqueología para explicar el fenómeno -la ofrenda o sacrificio de armas a las aguas-es poco verosímil ya que carece de paralelos históricos y etnográficos. El libro se estructura en cinco secciones, un apartado de anexos y una bibliografía unitaria que consta de 630 referencias (aunque tres se repiten por error). Dos contextos de procedencia son protagonistas principales: el sitio de La Tène y el río Saona. La primera sección comprende dos capítulos historiográficos. El de von Nicolai se ocupa de la interpretación de los hallazgos de armas en las aguas desde el siglo XIX a la actualidad. Por su parte, el de Kaeser se centra en el yacimiento de La Tène que, situado en el borde del lago de Neuchâtel y descubierto en 1857, tendrá un papel notable en la discusión del fenómeno y en la periodización de la Edad del Hierro. Ambos autores destacan un hecho interesante: contra lo que cabría esperar, las primeras interpretaciones del sitio tienen un carácter profano. Una de las principales teorías, que se trate de un hábitat lacustre, contribuye a extender en la Europa del momento la idea del palafitismo. La principal visión alternativa, la "teoría de la ofrenda", es propuesta desde 1866 por el danés Worsaae a partir de los hallazgos en turberas de la Europa nórdica, pero tardará en abrirse camino. En su impulso desempeña un papel relevante Raddatz con un artículo publicado en 1952. Las aportaciones que surgen desde mediados del siglo XX suponen un cam-Trab. prehist., 71, N.o 1, enero-junio 2014, pp. 173-184, ISSN: 0082-56 bio radical de perspectiva al asumir el origen intencional de los hallazgos en medio acuático. Estas reflexiones historiográficas avanzan asuntos que recorren todo el libro. Por ejemplo, la naturaleza parcial y contingente de la documentación disponible. La inmensa mayoría de los hallazgos son fruto de la casualidad, están mal documentados y se asocian con frecuencia a obras de infraestructura modernas. Al mismo tiempo, las armas son más visibles, se conservan mejor y ejercen una fascinación superior a otros materiales, como objetos metálicos de menor tamaño, huesos y otros restos de naturaleza orgánica, etc. Otra pauta es la omisión sistemática de la Península Ibérica. La única obra que se cita en la síntesis de von Nicolai -únicamente para constatar la rápida difusión de las ideas de Bradley-es la monografía sobre la ría de Huelva editada por Ruiz-Gálvez (1995). La segunda sección se dedica a presentar y discutir información arqueológica. Se abre con un escueto capítulo sobre el yacimiento de La Tène (Kaenel y Reginelli Servais), que requeriría un mejor apoyo gráfico. Deja abierta la cuestión interpretativa, pero se ofrecen datos cronológicos muy relevantes: la sorpresiva datación dendrocronológica hacia 658 a.C. de una de las principales estructuras de madera, el pont Desor, en cuyo entorno se concentran muchos de los hallazgos; y la horquilla muy reducida, en torno al 200 a.C., en la que cabe situar la mayor parte del material metálico. Los restantes capítulos son dos estudios sobre los vados del Saona (Dumont y Nieloud-Muller), otros dos sobre la Edad Media en Francia y Europa central (Scholz, Rivière), y los dedicados a la Edad del Hierro de Europa central (Schönfelder), el Bronce Final y la Edad del Hierro de las Islas Británicas (Hunter) y la antigüedad escandinava (Pauli Jensen). La tercera sección incluye seis estudios históricos y etnográficos. El primero y más general, a cargo de Testart, insiste en la debilidad de la hipótesis de la ofrenda. Siguen capítulos sobre los cascos tipo Spangelhelme (siglos V-VI d.C.) (Testart), las razones por las que podrían encontrarse armas en las aguas en la Edad Media (Rivière), la legendaria espada Excalibur (Testart) y finalmente dos sobre las ofrendas en el mundo romano (Cazanove), uno de ellos publicado ya en 1991. Así, el rastreo histórico y etnográfico se limita al ámbito europeo, lo cual no deja de resultar frustrante en una obra que se presenta como interdisciplinar y que quiere abordar un problema de amplio espectro. Un vistazo a la bibliografía final confirma este enfoque restringido. Cuesta creer que no existan en otros continentes datos y literatura interesantes. En las secciones cuarta y quinta Testart lleva el peso principal. La cuarta se dedica a la exposición de hipótesis. Algunas son amplias y con matices, como la hipótesis de la ofrenda a la divinidad, que admite hasta seis variantes; otras más sencillas, como la ofrenda en un santuario ubicado en tierra que luego termina en las aguas. Se contemplan también opciones como rituales de celebración de la victoria, ritos funerarios, pérdidas accidentales, destrucción ostensiva de riquezas, hábitat palafítico, etc. La quinta sección, redactada por Testart casi en su totalidad con la colaboración crítica de Boulestin y Deyber, se titula Arguments et contre-arguments y contiene 24 análisis de situaciones y casos particulares: espadas con vaina, armas miniaturizadas, rotura o deformación ritual, asociación con restos óseos humanos o animales, etc. Esta sección se cierra con las conclusiones y figuran luego cuatro anexos: dos muy útiles con textos grecolatinos relevantes y otros dos que analizan conceptos (ofrenda, trofeo, etc.). Algunas cuestiones de estrategia investigadora son cruciales. Frente a la propuesta habitual de analizar conjuntamente depósitos en medio húmedo y terrestre, Testart aboga por separar ambas realidades: si el tema es complejo, mejor fragmentarlo que intentar abordarlo en su totalidad. Añade que la idea de la "repartición complementaria" -depósitos acuáticos y terrestres, depósitos acuáticos y tumbas, etc.-no constituye un argumento a favor de una u otra hipótesis (pp. 392-394). Su argumentación no me convence. Una cosa es que la repartición no apoye una hipótesis concreta y otra muy distinta que sea irrelevante. En el libro hay capítulos (Schönfelder, Hunter) que muestran la conveniencia de analizar el consumo del metal de manera integrada o la coincidencia cronológica de la disminución de los depósitos con el auge de los ajuares en tumbas. Otras decisiones de estrategia intelectual merecerían también discusión. El libro habla de ríos, lagos, pantanos e incluso pozos y fuentes, pero ignora los ambientes litorales, caso de playas o acantilados, que poseen un indudable potencial. Cabría interrogarse con mayor profundidad sobre los problemas de analizar las armas al margen de otros objetos metálicos que también se depositan en medios húmedos. La flagrante ausencia de referencias al registro de la Península Ibérica parece difícil de explicar si no es desde divisiones y fronteras artificiales que siguen lastrando las tradiciones investigadores europeas (Moore y Armada 2011). No me mueve ningún afán chovinista: entre los hallazgos peninsulares se encuentra uno de los más importantes de Europa occidental -el de la ría de Huelva-y no deja de aparecer bibliografía pertinente. Sin embargo, solo 3 de las 630 referencias corresponden a autores españoles (Blasco Vallès, Menéndez Pidal y Ruiz-Gálvez) y no he encontrado ninguna portuguesa. También echo en falta trabajos relevantes de autoras francesas como B. Quilliec o M. Mélin. Testart concluye abogando por la combinación de varias hipótesis explicativas: un ritual funerario consistente en depositar los cadáveres en embarcaciones, todo tipo de pérdidas, ocultación de armas en tiempos Trab. prehist., 71, N.o 1, enero-junio 2014, pp. 173-184, ISSN: 0082-5638 inestables y combates en entornos acuáticos. Resulta lícito preguntarse si para este viaje se necesitaban semejantes alforjas. Mi opinión es afirmativa. Es positivo volver a fondo sobre viejos problemas y creo que estamos ante un buen libro, resultado de un notable esfuerzo intelectual. Si bien las ciencias sociales se construyen en una dialéctica constante entre lo general y lo particular, el tema que nos ocupa todavía requiere bastante de lo segundo: casos concretos, revisiones de material y de antiguos contextos, etc. En este sentido, es oportuno definir el libro con una metáfora que Foucault popularizó al aplicarla a su propia obra: una "caja de herramientas" con datos, hipótesis y conceptos para abordar un problema que, en cualquier caso, nunca dejará de constituir un reto metodológico e interpretativo. El volumen recoge 36 aportaciones de más de un centenar de colegas a la Mesa Redonda celebrada en el Museu d'Arqueologia de Catalunya (Barcelona, 21-22 noviembre 2008). Los convocantes plantearon la conveniencia de revisar viejos hallazgos a la luz de un renovado registro funerario incinerador, contrastando resultados y enfoques teóricos y metodológicos en un marco geográfico amplio, del Ebro al Tíber, trascendiendo distintas tradiciones disciplinares. El riesgo de una excesiva heterogeneidad étnica y cultural quedaba atemperado por el factor mediterráneo y por un marco cronológico relativamente estrecho, Bronce Final III-Primera Edad del Hierro, siglos IX a VI a.n.e., que, eso sí, a cambio, renunciaba a los testimonios más antiguos de incineración y dejaba en el límite la etapa inicial de la civilización ibérica. Las aportaciones se presentan agrupadas en cuatro partes, las tres primeras correspondientes a las grandes entidades territoriales, I. Ebro-Pirineos, II. Alpes-Tíber; mientras que la última, IV. Aspectos metodológicos y temáticos, recoge colaboraciones varias. El título de la monografía ya anuncia un enfoque básicamente normativo y empírico, si se nos permite la frivolidad, "a la francesa". Al parecer, agotado el pensamiento -que no la práctica-de la arqueología de la muerte procesual, tampoco aparece la arqueología posmoderna contextual o "del sentido", más allá de resonancias como, por ejemplo, el interés por los ritos de comensalidad o la tendencia, más o menos explícita, a atribuir a las practicas funerarias centralidad y protagonismo en la creación de nuevas formas de estructuras sociales y del poder y de nuevas identidades etno-territoriales. Nos resulta imposible valorar una a una las ponencias sobre el litoral mediterráneo francés ofrecidas por Mazière y Dedet y su análisis de la gestualidad funeraria, de una minuciosidad extrema. Lo mismo ocurre con las dedicadas a las comunidades de la península itálica, de la Liguria al Lacio. Sin embargo, queremos dedicar una mayor atención al primer bloque Del Ebro a los Pirineos, sobre el que nuestra valoración, acaso resulte más interesante, con ponencias dedicadas a la zona meridional, la costa central y el nordeste; por razones no imputables a los editores, el volumen no recoge la cuarta dedicada al interior leridano. La investigación protohistórica catalana es especialmente activa en las comarcas del curso bajo del Ebro (Montsant, Ribera d'Ebre, Terra Alta) y del Matarranya. Una enorme cantidad de información fue recogida durante el siglo pasado por Bosch Gimpera, Vilaseca o Maluquer; desde los años 1980 se excavó Coll del Moro (Gandesa), se revisó el Calvari (el Molar) y se ha publicado Milmanda (Vimbodí), y en estos últimos años, se han dado a conocer Santa Madrona (Riba-roja) y Sebes (Flix). El panorama funerario es muy complejo, dado que se trata de una zona alcanzada por el comercio fenicio, relacionada con otras áreas, Bajo Aragón y Segre, en la que confluyen diferentes tradiciones funerarias, enterramientos en fosa simple y enterramientos tumulares, y en la que se debate sobre cuestiones tan dispares y relevantes como el origen y cronología del urbanismo y de los asentamientos fortificados, el protagonismo del comercio fenicio, las famosas casas-torre, la crisis del ibérico antiguo, el posible desplazamiento de grupos iberos meridionales, la importancia de la economía de bienes de prestigio, fiestas y banquetes, la entidad de los recursos mineros de la plata del Priorat, la aplicabilidad de los modelos etnohistóricos (big men, jefaturas...), las palancas del cambio (intensificación, demografía, conflicto, tecnología...) y un etcétera tan largo como se quiera. Rafel, Belarte, Graells y Noguera presentan un completo estado de la cuestión para acabar relacionando la "crisis" del paso del 1.o al 2.o cuarto del siglo VI a.n.e. -interrupción de la tradición tumularia y presencia masiva de hierro-con procesos de transformación social en los que "el factor mediterráneo es fundamental". López Cachero y Rovira nos presentan el mundo funerario en la costa central catalana, hasta hace poco mal conocido, pese a haber sido Can Missert (Terrassa), el referente para su estudio. El salto cuantitativo y cualitativo espectacular se produce, a partir de los años 90, con la excavación de necrópolis como El Pla de la Bruguera (Castellar del Vallès), Can Piteu/Can Roqueta (Sabadell) y El Coll (Llinars del Vallès). Los autores pueden trabajar hoy con más de 15 yacimientos y unas 1500 tumbas, la gran mayoría de Can Piteu/Can Roqueta. Urnas alojadas en sencillos loculi nos alejan de las tradiciones tumulares meridionales o interiores. Llaman la atención los empedrados, que cubren enterramientos y poco después son recortados por otros, y que no parecen ser símbolos de ostentación o poder, sino agrupaciones de individuos de diferente edad y, seguramente, sexo, relacionados por parentesco (cf. Carlús, López Cachero, Villena). Durante el Bronce Final, el pobre registro funerario sugiere a los autores, pequeñas comunidades agrícolas, probablemente igualitarias y organizadas en base al parentesco, descritas como granjas dispersas. Con la presencia de los primeros objetos metálicos mediterráneos (fíbulas de pivote y de doble resorte, hierro) discurre la transición, para acelerarse los cambios sociales durante la Primera Edad del Hierro, según se deduce del gran aumento de los vasos de ofrenda o de los objetos metálicos. Su amplio reparto entre las tumbas no puede ser leída directamente -se nos advierte-como riqueza o expresión de grandes disimetrías sociales, caso de los cuchillos -125 en 92 estructuras-y las fíbulas serpentiformes de hierro, asociación casi estandarizada (40% en ajuares metálicos de Can Piteu); hecho que, no obstante, coexiste con algún conjunto excepcional o con la presencia de objetos singulares como broches de cinturón, asadores, simpula y frenos de caballo y -atención-con el enterramiento (tumba 677) de un perinatal de entre 6 y 12 meses junto a un ajuar excepcional, lo que parece una de las evidencias más claras de jerarquización social (Rojo, Yubero). La generosidad de los depósitos funerarios no oculta los problemas de interpretación -ni los autores lo pretenden, claro-lo que les obliga a moverse, dicho suavemente, entre afirmaciones contradictorias, del tipo, la estructura social no parece haber experimentado muchos cambios y, a continuación, sugerir que el control de los intercambios y la redistribución de las mercancías favorecería la formación de una incipiente clase clientelar y de nuevas élites y líderes que se asocian a actividades como banquetes. Y la situación empeora al alcanzar el siglo VI a.n.e., cuando cambia la arquitectura funeraria (sic) y se habla de inversión de mano de obra en la construcción de los enterramientos, monumentalización, tumbas excepcionales y cultos heroicos e incluso, aunque tímidamente, de caballería, cuando la realidad nos remite a tumbas tan mal conocidas como escasas y a la aparición de los enterramientos/silos, que más bien parecen corresponder, como se reconoce, a reaprovechamientos (Pedro et al.). Pero el siglo VI a.n.e. alumbrará el mundo ibérico y hay que describirlo, por tanto, en términos de complejidad creciente, de continua y progresiva materialización de diferencias sociales, de transformación impulsada por el dinamismo interno de las propias comunidades y el impulso mediterráneo. Parece que al discurso interpretativo se le impone una determinada lógica, por encima de la desigual información arqueológica. Sí, se han producido cambios, ha desaparecido el comercio fenicio -de hecho muy poco relevante en la zona-y, en el registro funerario, sin apenas necrópolis, emerge la figura del guerrero y sus atributos materiales; pero está teniendo lugar otro cambio aún más significativo, un nuevo modelo de poblamiento, poblados construidos en piedra, emplazados en alto y siempre más o menos fortificados sustituyen a las granjas dispersas. Aun admitiendo, como hacen López Cachero y Rovira, la heterogeneidad de los diferentes desarrollos entre las comunidades costeras y, no digamos, entre costa e interior, no deja de sorprender que esto ocurra a fines del siglo VI a.n.e. y que en la etapa precedente se nos presente el territorio con un poblamiento disperso articulado en base a las necrópolis, cuando en los llanos occidentales y el Segre, un siglo y medio antes ya han comenzado a constituirse territorios presididos por fortalezas, centros residenciales de jefaturas como Els Vilars (Arbeca) y Molí d'Espígol (Tornabous). Los muy escasos enterramientos conocidos durante el siglo VI a.n.e. (Can Piteu se abandonará a finales de la centuria), que parecen corresponder a las nuevas élites aristocráticas guerreras, serán los últimos. ¿Por qué no se fundan nuevas necrópolis ni aparecen en la zona durante la época ibérica plena, salvo la excepción tardía que suponen las de la Vall de Cabrera, Turó dels Dos Pins, Can Rodó de l'Hort...?. ¿Cambio de men-Trab. prehist., 71, N.o 1, enero-junio 2014, pp. 173-184, ISSN: 0082-5638 talidad en una sociedad que preferirá ahora destacar y honrar el estatus social del difunto mediante otro tipo de celebraciones funerarias, como apuntan los autores?, o ¿es la expresión de una radical apropiación del ritual funerario por parte de un segmento muy reducido de las élites aristocráticas que residen en las ciuitates (Burriac, Ullastret), que se vincula directamente con la divinidad y desarrolla una ideología de estado que excluye a la población, como se ha sugerido repetidamente? Hay un grave problema en el desconocimiento del mundo funerario ibérico al norte del Ebro e ignoramos por qué su comportamiento ante la muerte fue tan diferente del de los pueblos levantinos y meridionales. La problemática, en cualquier caso, excedía los límites cronológicos marcados por la organización. E. Pons nos ofrece una síntesis del nordeste catalán a la luz de novedades recientes como Pi de la Lliura, Vidreres, la revisión de las 475 tumbas de Can Bech de Baix, Agullana o la necrópolis de Vilanera (l'Escala), la más destacada entre todas por su perduración y número de enterramientos, por la presencia de tumbas de fosa, de cubierta tumular y grandes túmulos con cámara, por las importaciones fenicias, y por su situación entre los antiguos estuarios del Ter y del Fluvià, donde se ubican también la necrópolis Parallí y la agrupación de cabañas de Sant Martí d'Empúries y donde se establecerá el emporion foceo, a la primera etapa del cual corresponde la necrópolis de la Muralla Nordeste. Resulta importante conocer el desarrollo paralelo de la aldea de Sant Martí y la necrópolis de Vilanera, entre el Bronce Final y la primeras incineraciones de ambiente alto-ampurdanés mailhaciense y el Hierro Inicial y las relaciones mediterráneas que preceden al mundo ibérico. De todo ello se ocupa la comunicación del equipo del Museu d'Arqueologia de Catalunya-Empúries y permite ofrecer una renovada visión de la realidad indígena preexistente a la fundación del emporion foceo. Las evidencias del comercio fenicio están presentes en el 15% de los enterramientos excavados y la variedad es considerable: vasos con decoración pintada bícroma, pithoi, 1 vaso tipo Cruz del Negro, 1 copa, 1 botellita oil-bottle, cuencos-trípode, huevo de avestruz recortado, 1 fíbula de doble resorte. Las importaciones, su asociación a objetos metálicos de prestigio y las grandes tumbas tumulares, parecen indicar unas estructuras sociales que tienden a la jerarquización. Los directores del volumen acaban la introducción expresando una esperanza y un deseo: que las actas publicadas se conviertan en una referencia y que constituyan un punto y seguido. Las actas no pueden sino, en el mejor de los casos, reflejar el estado actual de la investigación y, en este sentido, son lógicos los desequilibrios y las disimetrías, la existencia de aspectos poco o nada tratados, y el hecho de que, a menudo, las síntesis aparezcan más parapetadas sobre buenos registros que dispuestas a lanzarse sobre nuevas propuestas interpretativas. Como también lo es que, si bien las diferentes aportaciones que componen el grueso volumen comparten la temática -la incineración-y el trasfondo -unas comunidades que se incorporan al concierto de las civilizaciones mediterráneas-, los procesos histórico-arqueológicos concretos se plantean e intentan resolver en cada una de las zonas. Salvo en casos como el mundo mailhaciense o ibérico, compartidos a uno y otro lado de los Pirineos, y favorecidos además por la tradicional relación entre la investigación catalana y francesa, la reflexión no alcanza a contrastar y teorizar los distintos procesos de cambio social. Dos breves reflexiones para acabar. Leídas las 451 páginas, el recensor, que es iberista, constata con desazón que ahondan ese foso de desconocimiento que escinde el mundo funerario del norte del Ebro de los siglos IX a VII, incluso VI a.n.e., de los de plena civilización ibérica, siglo V en adelante. Y por último, un recuerdo. ¿Dónde están los Campos de Urnas? Aparecen únicamente mencionados en las introducciones historiográficas. En otros escenarios ya no sería novedad, pero en la investigación peninsular sí: han desaparecido discretamente por la puerta de atrás. Como muy bien se explicita en el título de este esperado volumen de Brigitte Quillard, se trata de la tercera entrega dedicada a completar el corpus de orfebrería cartaginesa, iniciado en la década de los 1970. Pero eso es solo una parte de la realidad, ya que es una síntesis basada en el manejo de una ingente cantidad de datos en torno a las diferentes producciones orfebres fenicias en todo el Mediterráneo. En efecto, en 1979 aparece el primer volumen que recoge los elementos de collar cartagineses procedentes del Museo del Bardo y del Nacional de Cartago (Quillard 1979), seguido de un segundo dedicado a los anillos, colgantes y amuletos (Quillard 1987). Desde entonces la arqueología fenicia ha cambiado, no solo en lo re-Trab. prehist., 71, N.o 1, enero-junio 2014, pp. 173-184, ISSN: 0082-56 ferente a sus paradigmas científicos, sino en cuanto a los temas de interés que constituyen la agenda de investigación. Esta puesta al día no ha significado romper con la metodología, exhaustiva, rigurosa y ordenada que la autora vuelve a utilizar ahora, por mor de la eficacia y para facilitar a los lectores la consulta de los distintos volúmenes, evitando así las repeticiones innecesarias. El volumen se organiza en torno a cuatro grandes capítulos y siete anejos de documentación sintetizada en tablas, índices, mapas y cuadros recopilatorios que facilitan la rápida consulta de la información, una información de carácter muy variado y complejo en donde el lector se puede perder con facilidad. El capítulo primero recoge el grueso de la base documental manejada y el estudio comparativo del material -oro y plata-resaltando adecuadamente las novedades incorporadas entre 1979 y 2009 para aquellos lectores familiarizados con las publicaciones anteriores. Los capítulos segundo y tercero incorporan dos nuevas categorías tipológicas, la de los sistemas de suspensión y sustentación, que no habían sido tratadas con anterioridad, de gran interés por las posibilidades de aportar información de carácter cronológico. Finalmente, el capítulo cuarto recoge las conclusiones generales que abarcan temáticas tan variadas como la cuantificación (que ya se calcula por millares) de las colecciones fenicias actuales en los distintos ámbitos del Mediterráneo, fundamentalmente Cartago, Tharros y Cádiz; la nueva documentación contextual, extraida muchas veces directamente de la lectura de los diarios de excavación del siglo XX; los repertorios iconográficos, enriquecidos y completados; los marcadores cronológicos, y el nuevo ordenamiento temporal obtenido para los distintos tipos; la identificación de talleres, en el sentido amplio del término; la semántica y multifuncionalidad de la orfebrería en el marco de las poblaciones feno-púnicas; para terminar con las cuestiones pendientes que habrá que abordar en el futuro. En una addenda se recogen los nuevos hallazgos y la bibliografía publicados entre la finalización del trabajo de investigación y la aparición del presente volumen, es decir, entre 2009 y 2013. Por su parte los siete anejos no solo facilitan la consulta o búsqueda de piezas y referencias, sino que contienen información de las colecciones tratadas y de todo el repertorio comparativo en el Mediterráneo. En definitiva, el aparato crítico y documental de la obra es realmente impresionante. Desde el punto de vista formal la única crítica que nos atrevemos a plantear es la escasa calidad de algunas de las ilustraciones, disculpable por el difícil acceso a un material de alto valor económico y museístico como el que se maneja y a que muchas veces se encuentra conservado en instituciones con escasos recursos económicos y técnicos, cuando no en colecciones particulares. Para darnos cuenta de la pertinencia de este libro podemos decir que en la década de los 1990 calculábamos en poco más de 350 los objetos de oro publicados procedentes de las excavaciones de Cartago y Útica (en Perea 1997 se recoge toda la bibliografía hasta la fecha), mientras que la autora cuantifica actualmente en cerca de 1500 los objetos-joya solo en el Museo Nacional de Cartago, y en un número igualmente considerable los que se conservan en el Museo del Bardo. La obra de Brigitte Quillard no pretende romper moldes, pero el espíritu crítico que destilan muchos de los temas tratados hacen que su lectura se desarrolle con un interés constante. Es necesario explicar que la autora se atiene a un esquema tradicional, en el que la tipología y la búsqueda de paralelos formales son parte importante de la metodología de investigación. Pero también es necesario añadir que, trascendiendo una lectura superficial o apresurada, el contenido de la obra presenta una dimensión novedosa, puesto que pretende adentrarse en la interpretación de la norma que rige este tipo de producciones -en su doble sentido de estandarización del diseño para la producción y acuerdo social con la tradición y lo establecido (Perea 2010)-y una vez desvelada, poder determinar aquello que la une o la separa de otras producciones mediterráneas, para extraer argumentos de carácter ideológico, económico y social. La carga iconográfica de estos objetos, su carácter fundamentalmente identitario, y el aspecto apotropaico e incluso mágico, caracterizan una orfebrería que la autora define como austera, sobria, de un conservadurismo atávico, muy alejada de las veleidades ornamentales y la exhibición técnica a que nos tienen acostumbrados las orfebrerías "orientalizantes" etrusca o tartésica. Siempre me he preguntado, desde la arqueología, porqué la cultura material de los metales preciosos se ha tratado desde la óptica más banal y esteticista. Esta circunstancia ha tenido como consecuencia que no existan verdaderos corpus o repertorios completos de los yacimientos fundamentales para el estudio de la arqueología fenicia y púnica, como Tharros y Cádiz, que escasamente cuentan con obras generales de referencia, salvo honrosas y escasas excepciones (Barnett y Mendelson 1987). La segunda consecuencia es que a la hora de citar este material arqueológico, de incuestionables implicaciones ideológicas y económicas, haya que recurrir a los catálogos de las grandes exposiciones recopilatorias -recogidos en un apartado bibliográfico independiente en el presente volumen-que son fuente de innumerables errores debido a las necesarias concesiones de una actividad pensada para el gran público. La tercera consecuencia, que contrasta con otras categorías materiales de la arqueología fenicio-púnica, es el problema de la terminología, puesto que carecemos, una vez más, de un acuerdo para la simple descripción de tipos, formas, y técnicas que faciliten los estudios comparativos y eviten las interpretaciones y paralelismos erróneos, recogidos y enmendados pacientemente por la autora. En cuanto a las tareas pendientes, queda para un futuro el estudio tecnológico de este material, porque si bien la autora hace comentarios valiosísimos sobre técnicas y procesos referidos a objetos concretos, no se ha acometido el estudio arqueométrico sistemático que hoy en día no puede faltar (observación topográfica óptica y electrónica, análisis elemental del metal, análisis de soldaduras y otros procesos técnicos como los dorados, identificación de gemas y pasta vítreas, isótopos del plomo para los objetos de plata, y un largo etc) para añadir perspectiva y profundidad al panorama de la producción cartaginesa y poder abordar algunos temas relativos a la organización artesanal y a las supuestas importaciones orientales. Hay que ser conscientes, sin embargo, que abordar un estudio así probablemente no sea tarea fácil, ni siquiera posible de realizar en las instituciones de tutela, pero no debemos renunciar a ello. Hablando con un colega y amigo sobre la aparición de esta obra me preguntó si era un libro bonito. Yo le contesté: "Efectivamente, es un libro útil". Nuestro agradecimiento a la autora y enhorabuena a todos los que tengan la oportunidad de acercarse a él. La reunión pretende actualizar el estado de la cuestión sobre el tema, algo no siempre accesible en las revistas científicas, comprometiéndose a publicar las sesiones y discusiones antes del año en CRC Press/ Balkema, Taylor & Francis Group (Leiden). Las sesiones ("Tumbas y catacumbas", "Cuevas" y "Carteles") se completaron con visitas al Antiquarium sevillano y a la necrópolis romana de Carmona. La relevancia patrimonial de los casos presentados permitía valorar las complejidades de la conservación en perspectiva histórica. La Sesión 1 incluyó la conferencia inaugural de J. M. Galán (Centro de Ciencias Humanas y Sociales-CSIC) sobre la cámara sepulcral de Djehuty (ca. 1470 a.C. Luxor) y 4 comunicaciones por tres equipos italianos y uno español sobre arquitectura funeraria etrusca y romana: los hipogeos pintados de Chiusi y Sovana (Toscana), la necrópolis de la Via Triunfalis y las catacumbas de San Calisto y Domitila, en Roma, y la necrópolis de Carmona. La Sesión 2 dedicada a varias cuevas franco-cantábricas y a la de Nerja resultaba de especial actualidad tras la recientísima entrada en Altamira del primer grupo de visitantes del "Programa de Investigación para la conservación preventiva y régimen de acceso" del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (2012)(2013)(2014). Dos miembros de la Red explicaron los últimos proyectos en Altamira. S. Sánchez-Moral (Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC), responsable de las 4 fases de investigación del sistema kárstico entre 1997-2012, sintetizó los resultados del registro medioambiental, interno y externo. El Ministerio de Cultura estableció en 1982 un régimen de visitas según los parámetros definidos por E. Villar et al. (1984: 104-110) pero sin la monitorización asociada. En 2002 se interrumpieron al identificar Sánchez-Moral comunidades microbianas en el techo de la Sala de los Polícromos. En los primeros 4 años de su estudio se registró el impacto estacional e interanual de 900 grupos (5.400 personas) y su carácter acumulativo. En los siguientes, ya cerrada la cueva, se investigó el microambiente bajo condiciones próximas a las naturales. Según el equipo del CSIC los umbrales de riesgo para acceder a Altamira estaban superados hacía tiempo. El informe está pendiente de publicación por el Ministerio como monografía del Museo y Centro de Investigación. J. A. de Lasheras (MN y C de IA) glosó la voluntad permanente de los responsables de la gestión de la cueva de lograr un equilibrio entre el interés por la contemplación de las pinturas y el deterioro provocado por la interacción de público y adecuación de la cueva a la visita con factores naturales (escorrentía, inestabilidad de la roca, ventilación...). Altamira debía ser accesible al mayor número posible de gente, siempre que ese número no fuera un factor de deterioro apreciable y resultara de estudios científicos. A partir de los actualmente en curso se establecerá un régimen de visitas, compatible con su preservación. R. Ontañón (Museo de Prehistoria y Arqueología, Santander) explicó la gestión autonómica de las cavidades cántabras con especial mención a aquellas con arte (8 en la lista del Patrimonio Mundial desde 2008). El control de los factores de riesgo facilitará los argumentos necesarios para el eventual cierre. J. M. Geneste (Centre National de Préhistoire, Perigueux) contrapuso las estrategias de la administración francesa en las cuevas de Lascaux (1940) y Chauvet (1994). En Lascaux, por influencia de H. Breuil, se priorizó la visita sobre la excavación y el estudio del arte. Las amplias modificaciones para el acceso de un público masificado provocaron su cierre en 1963. Le sucede una investigación multidisciplinar, fundamento de la decisión técnica y política de clausurarla salvo para su monitorización. Chauvet inaugura un modelo de actuación alternativo inspirado en la investigación y actual referente mundial. Esta cueva, intacta, preserva de modo excepcional las grafías paleolíticas y las trazas de ocupación humana y animal. Para garantizar cualquier investigación futura se ha regulado el tiempo de estancia de los investigadores y su número. La necesaria "sacralización" de los entornos aleja réplicas y centros explicativos de las cuevas, garantizando la formación del visitante sin poner en riesgo el patrimonio. La Cueva de Nerja plantea, según R. del Rosal y otras, retos específicos de conservación por su gran extensión, su triple patrimonio (geológico, prehistórico y biológico) y su protagonismo en la industria turística regional. Los parámetros de seguridad de la UE para la visita y la reacción de cada especie informan las alternativas al biodeterioro. Los 22 carteles ampliaban la participación (67 autores de 10 países europeos), la cronología (hasta hoy), la geografía (Europa central, los Urales) y los elementos patrimoniales (minas, vías de agua). El arte rupestre y los geositios UNESCO se reforzaban por 3 carteles sobre Kapoba y 2 de karst eslovenos. Los amplios equipos españoles e italianos (hasta 10 especialistas) presentaban 16, algunos en asociación o con colegas de otros países. Solo 4 autores eran ajenos al sistema ciencia-tecnología. Los deterioros bióticos y abióticos eran la temática fundamental pero también se estudiaba la biodiversidad, previa a la antropización e inducida por ella, las estrategias de limpieza y la composición de minerales y pigmentos. Se manejaba espectrometría, microscopia, difracción RX, luminiscencia visible e inducida. C. Sáiz Jiménez abrió el debate final del Seminario preguntando por la realización de modelos 3D en Altamira y otras cuevas cántabras. El caso introducía un tema de fondo: el deseable balance entre el conocimiento previo, el debido a una nueva tecnología, el impacto ejercido sobre el bien, la gestión de los datos generados y la financiación pública, habitualmente elevada, de empresas privadas. Sin topografía o con una centimétrica, otra más precisa ¿es pertinente? A su vez, una respuesta de J. M. Geneste reconociendo la dificultad de aplicar las medidas de Chauvet a las cuevas ya "en el circuito" permitió subrayar que los microorganismos ocupan las cavidades de modo natural, ajenos a los deseos de administradores y expertos. La repetición de proyectos de investigación es improbable que doblegue su resistencia hasta compatibilizar el número de visitantes que reclama la industria turística con la conservación del patrimonio subterráneo. Según varias intervenciones no se conoce tanto el efecto de las comunidades microbianas sobre guías, público e investigadores. Demandar a los gestores la consideración explícita o el refuerzo responsable de los aspectos sanitarios parece razonable, aunque desanimara las visitas de grupos vulnerables, habitualmente familiares. Los participantes del Seminario, actores del sistema ciencia-tecnología-empresa, han solido atribuir la decisión última sobre el patrimonio a factores políticoadministrativos. Pero también, por ejemplo, los proyectos financiados, las publicaciones de impacto por intervenciones en bienes incluidos en el Patrimonio Mundial, la visibilidad social, las cuentas de resultados amplían los responsables de que "patrimonio" sea, o no, una palabra que remita al futuro. Su principal objetivo fue fomentar el estudio y la conservación del patrimonio histórico metalúrgico, así como facilitar el conocimiento de dicho patrimonio a historiadores, académicos, conservadores y al público en general. En este sentido, la HMS fue una de las pioneras en el Reino Unido, formando un importante archivo documental y realizando encuentros y conferencias anuales. Publicaba el Bulletin of the Historical Metallurgy Group que en 1974 se transformó en la revista Historical Metallurgy, también semestral, con evaluación por pares y, además, la revista informal cuatrimestral Historical Metallurgy Newsletters, actualmente The Crucible. Desde su fundación, la HMS ha ido evolucionando de forma dinámica hasta convertirse en el referente que es hoy. En sus comienzos, el estudio del hierro y el acero en épocas históricas del Reino Unido tenía un peso central, probablemente debido a la influencia de Charles Richard Blick, uno de sus miembros fundadores, que trabajó para la United Steel Company y la British Steel Corporation. La colaboración inicial de R. F. Tylecote (Burgess y Tylecote 1967), de H. H. Coghlan (1968) y del propio C. R. Blick (1991) contribuyeron al estudio de la metalurgia prehistórica del Reino Unido, algo que se ha ido ampliando paulatinamente. En la actualidad, además de los archivos y una amplia biblioteca especializada, la HMS es una de las pocas instituciones que alberga dos importantes colecciones de escorias. Una es la de Tylecote que incluye sus cuadernos de notas. La segunda es la Colección Nacional de Escorias, que abarcan de época romana en adelante. Fue compilada gracias a las donaciones de algunos de los miembros de la HMS, catalogándose en febrero de 2009. En el Congreso Internacional celebrado con motivo de su 50 aniversario los días 14 y 16 de junio en Londres se dieron cita arqueólogos, metalurgos, conservadores, docentes, estudiantes etc. de diferentes países e instituciones. La HMS demuestra así que tras 50 años continúa siendo reconocida (y con razón) como una herramienta útil que permite crear y consolidar redes internacionales de colaboración entre diferentes sectores dedicados a la investigación, conservación y difusión del patrimonio metalúrgico. Aquí no describiré el contenido concreto de las ponencias (el libro de abstracts puede descargarse en la web de la HMS) si no las principales cuestiones que, a mi modo de ver, pusieron de manifiesto la situación actual de la investigación metalúrgica. La estructura del congreso evidenció la ampliación espacial y cronológica de la HMS durante estos 50 años: el eurocentrismo que suele reflejarse en los congresos organizados por instituciones europeas pareció superarse pues acudieron colegas de Europa, América, Japón o Australia. Las presentaciones, además, abarcaban desde la primera metalurgia prehistórica a la era industrial, y desde la metalurgia andina a la del sudeste asiático o China. Incluían tanto el trabajo en base cobre, como el de los metales nobles y por supuesto el hierro. No obstante, como señaló Th. Rehren, perviven ciertas "restricciones" en determinadas áreas geográficas: prácticamente todas las contribuciones de metalurgia africana se centraban en la producción de hierro, las de China y el sudeste asiático en el bronce, mientras que la gran mayoría de las contribuciones sobre metalurgia de América central y del Sur se siguen focalizando en la producción de metales nobles. Hay que destacar la colaboración internacional, la notable presencia de mujeres (40% de las contribuciones) y la de jóvenes investigadores que, junto a los más reconocidos, presentaron el desarrollo de nuevos proyectos. El 12% de comunicaciones, fruto de la colaboración internacional, evidencia la paulatina consolidación de redes transnacionales de investigación metalúrgica para abordar estudios de interés común. Herramientas y encuentros internacionales como el de la HMS sin duda contribuyen a consolidar estas redes de colaboración. La estructuración del programa y el perfil de los organizadores de las sesiones muestran el carácter preeminentemente arqueológico de la HMS en la actualidad. Hubo cuatro temas principales: "Los orígenes de la metalurgia", presentado por P. Craddock y Th. Rehren, "Los continentes del Sur" por V. Serneels y M. Martinón-Torres, "Los continentes del Norte" a cargo de D. Bougarit y J. Bayley y "El futuro de la Metalurgia Histórica y Arqueológica" por D. Dungworth. En los temas tratados observamos lo que P. Craddock definió como "carácter pendular de la investigación metalúrgica". Asistimos a una vuelta a dos de los principales debates arqueometalúrgicos de los 1990 que, en la Península Ibérica, se abordaron principalmente a través de los análisis emprendidos por el "Proyecto de Arqueometalurgia". El primero trata la primera metalurgia como consecuencia de un desarrollo autónomo o de un proceso de difusión Este-Oeste. Este debate, reabierto recientemente a nivel internacional (Roberts et al. 2009; Radivojević et al. 2010; Murillo-Barroso y Montero-Ruiz 2012), cristalizó tanto en la presentación de la metalurgia del sudeste asiático (T. O. Pryce) como en la del origen de la metalurgia en los Balcanes (M. Radivojević et al.). El segundo debate reabierto fue el de la intencionalidad o no de los cobres arsenicados a partir de las nuevas evidencias de dichas producciones en Turquía (L. Bosher et al.). Fue muy satisfactorio observar que las comunicaciones no se centraron en los aspectos más estrictamente tecnológicos -en el "cómo"-, si no que incorporaron el trasfondo social -los "quién", "por qué", "para qué" y "para quién"-en gran parte de ellas, pues el objeto de estudio arqueometalúrgico no es sólo el determinar las condiciones y procesos tecnológicos concretos. En general, las comunicaciones orales y los posters mostraron la importancia de la investigación arqueometalúrgica a nivel internacional y la de combinar una gran variedad de aproximaciones metodológicas así como las últimas técnicas analíticas, cuando sea necesario. La participación de conservadores, estudiantes, metalurgos o arqueólogos permitió aproximarse a un mismo tema desde puntos de vista diversificados y
El libro, escrito en ruso con resúmenes en inglés, reúne 17 capítulos de 24 autores vinculados a universidades, institutos de la Academia de Ciencias, así como centros públicos y empresas privadas que gestionan parques arqueológicos. Sus sedes (Novosibirsk, Tiumen, Tomsk, Moscú, Samara, Ulianovsk, Voronez) muestran la amplitud del interés por la arqueología experimental en Rusia y Ucrania (Alchevsk, Kiev). Se abordan desde cuestiones teórico-metodológicas y organizativas sobre los parques-museos arqueológicos (3) hasta el tratamiento a los diferentes artesanos en una docena de sistemas mitológicos de Eurasia (1). La mayoría, sin embargo, valoran experiencias tecnológicas. La peor representada es la talla de la piedra (1). La información sobre alfarería a mano de recipientes (preparación de la pasta, modelado, decoración, cocción) (5), toberas y crisoles (1) está equilibrada con los experimentos de producción de hierro (2) y de fundición y fusión del cobre, incluyendo el moldeado a la cera perdida y la creación de un catálogo preliminar de patrones de microestructuras de bronce fundido (4). Los datos de la composición química de los materiales y las condiciones físicas de los experimentos completan a menudo las numerosas y expresivas fotografías de su desarrollo. La obra permite adentrarse en el contexto científico y social de la arqueología experimental practicada en este amplio territorio y, a la vez, conocer los materiales de las culturas que lo ocuparon entre el Neolítico y la Edad Media. El libro se divide en tres partes. La primera trata aspectos diversos pero fundamentales para entender la Prehistoria, como los cambios en el clima, las transformaciones sociales, las innovaciones tecnológicas como la domesticación, la cerámica o la metalurgia sin olvidar los aspectos simbólicos. La segunda parte se centra en la Comunidad de Madrid donde, a través de los yacimientos más representativos, se desarrollan diversos aspectos de la vida de la Prehistoria Reciente: poblados, aldeas, ritos funerarios, relaciones sociales, etc. En la tercera y última se recomiendan algunos de los sitios arqueológicos visitables de Madrid y del conjunto del Estado. Se incluye un breve glosario final. La obra es amena y atractiva para un público no especializado. El contenido justo y riguroso incorpora resultados de las últimas investigaciones arqueológicas. Destacan también las esmeradas reconstrucciones cuyas escenas evocadoras proporcionan el atractivo necesario para un público cada vez más habituado a soportes audiovisuales. MSE Criado Boado, Felipe; Martínez Cortizas, Antonio y García Quintela, Marco Virgilio. Petroglifos, paleoambiente y paisaje. Estudios interdisciplinares del arte rupestre de campo Lameiro (Pontevedra). Traballos de Arqueoloxía e Patrimonio (TAPA) 42, Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit), Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El acceso puede ser limitado para las bibliotecas afiliadas a e-libro.
Los pies de las figs. 4 (p.
En el encabezamiento de las páginas impares figura entorno en lugar de en torno. La tabla.1 que se muestra a continuación y su pie sustituyen a la tabla.
En este artículo se presentan los resultados de la revisión de los materiales arqueológicos procedentes de la excavación realizada en 1973 en la Cueva del Niño (Aýna, Albacete) correspondientes a ocupaciones del Paleolítico Medio. Esta revisión se realizó fundamentalmente mediante el análisis tecnológico de la industria lítica, el estudio arqueozoológico y tafonómico de los restos de macromamíferos y el análisis de los restos carpológicos. Además, se presentan las dataciones obtenidas para los niveles revisados. Estas dataciones sitúan la ocupación de la cavidad a finales del MIS3. A pesar del reducido número de restos arqueológicos disponibles, la información resultante permite situar el yacimiento de la Cueva del Niño en el contexto del final del Paleolítico Medio del sureste de la Península Ibérica, y aportar nuevos datos a la problemática de la desaparición de las últimas poblaciones neandertales. La Cueva del Niño (municipio de Aýna, Albacete) es conocida principalmente por ser uno de los pocos yacimientos en el interior de la Península Ibérica que conserva pinturas rupestres paleolíticas fuera de los principales núcleos cantábrico y levantino (Garate Maidagan y Gar-cía Moreno 2011). Las evidencias de ocupaciones epipaleolíticas y neolíticas han sido también tratadas con cierta profundidad (Martí Oliver 1988; Rodríguez González 2008; García Atiénzar 2011). Sin embargo la presencia de niveles paleolíticos se ha mantenido prácticamente inédita 40 años después de las excavaciones (Higgs et al. 1976; Davidson 1986), al no haberse publicado en su totalidad la tesis doctoral de Davidson (1). Los niveles del Paleolítico Medio tienen especial interés por la importancia de la sucesión de ocupaciones y por la propia localización de la cueva. Los restos líticos, faunísticos y botánicos conservados nos aproximan al poblamiento neandertal en esta región de la Submeseta Sur en diferentes momentos del período y nos permiten evaluar su vinculación con otros ámbitos cercanos como la Bética o la zona levantina (Serna López 1999; Cortés Sánchez 2007a, 2011; Zilhão y Villaverde 2008). El yacimiento se sitúa en una zona crucial para estudiar la transición del Paleolítico Medio al Superior y la extinción de los neandertales, un tema sobre el que en los últimos años se ha mantenido un interesante debate por la probabilidad de pervivencia de grupos de neandertales hasta ca 30 ka BP en áreas refugio del Sur de la Península Ibérica (Soffer 2000; Zilhão 2006; Finlayson et al. 2006; Finlayson et al. 2008; Walker et al. 2008contra Wood et al. 2013). El objetivo de este trabajo es revisar el material lítico, faunístico y botánico recuperado en los niveles musterienses excavados en 1973 y obtener un encuadre cronológico para las ocupaciones humanas de la cavidad. El que la industria lítica y la cronología sean asociables a Homo neandertalensis nos permitirá poner en valor este yacimiento e integrarlo en el debate científico sobre la evolución del Paleolítico Medio en el sureste peninsular. Ello hará posible apuntar algunas ideas, aunque necesariamente limitadas dado lo fragmentario del registro, acerca de los procesos de transformación de las sociedades neandertales y de su eventual desaparición. LOCALIZACIÓN, DESCRIPCIÓN DEL YACIMIENTO E HISTORIA DE LAS INTERVENCIONES Como eslabón más septentrional de la Cordillera Bética sirve de transición entre esta última cadena y la llanura manchega. El emplazamiento se enmarca en un tramo de la cuenca media del río Mundo, afluente del río Segura, que discurre entre cañones excavados en las calizas del Jurásico, conformando un paisaje abrupto caracterizado por un relieve de gran energía. Los cañones se abren sobre sedimentos del Liásico fuertemente plegados, resultando en un paisaje ondulado de penillanuras salteadas por colinas y masas calcáreas de cierta entidad, como los picos de la Peña de la Albarda (1.254 m) y el Pico del Halcón (1.230 m), bajo el que se encuentra la cueva. En esta región con grandes contrastes físicos, los espacios abiertos se alternan con entornos típicamente serranos cortados por barrancos y cañones, dando lugar a una importante diversidad paisajística y ecológica. La cueva está situada al pie de la pared norte del Barranco del Infierno (Fig. 2). Se abre en el extremo sur de un abrigo rocoso de unos 10 m de longitud, orientado al Este, la visera tiene unos 3 m de longitud y la altura máxima es de unos 2 m. A medida que nos alejamos de la boca, el abrigo va estrechándose y perdiendo ángulo con respecto a la alta pared vertical hasta que llega a confundirse con ella. La cavidad presenta unos 30 m de desarrollo, de morfología ovalada. Una importante formación estalagmítica central permite distinguir dos salas. La primera es de forma semicircular, unos 15 m de diámetro y bastante amplia, ya que el techo va ganando altura desde la entrada. El suelo es regular, formado por un sedimento arcilloso muy suelto y polvoriento de color rojizo. En la pared izquierda, en una zona de penumbra, está el principal panel de pinturas paleolíticas (Garate Maidagan y García Moreno 2011). Una potente formación estalagmítica separa esta sala de la interior. Es de dimensiones similares pero con suelo mucho más irregular por la presencia de grandes bloques y un cono de derrubio que buza hacia el noreste con una fuerte inclinación. El segundo panel de pinturas (Garate Maidagan y García Moreno 2011) se encuentra en un pequeño divertículo lateral izquierdo de la sala. El yacimiento se dio a conocer en 1970 con el descubrimiento y posterior publicación de su conjunto de pinturas rupestres paleolíticas y de estilo levantino (Almagro Gorbea 1971, 1972). En 1973 un equipo de la Universidad de Cambridge, dirigido por I. Davidson, sondeó la cavidad (Higgs et al. 1976; Davidson y García Moreno 2013) y prospectó la cuenca media del río Mundo, documentando yacimientos fundamentalmente del Paleolítico Medio y el Epipaleolítico (Davidson 1986; Serna López 1990). Las excavaciones consistieron en dos trincheras y un sondeo en el abrigo exterior y una cata en el vestíbulo. La secuencia principal se definió en las Trench 1 (2×4 m) y Trench 2 (2×3 m), excavadas en paralelo al exterior frente a la entrada de la cavidad. Los excavadores llegaron hasta algo más de 3 m de profundidad, identificando un total de 11 unidades estratigráficas (Fig. 3), diferenciadas fundamentalmente por sus características sedimentológicas y contenido arqueológico. I. Davidson (2) las describió de techo a muro: Nivel I: superficial, de tierra suelta y grisácea con manchas cenicientas y de arcilla rojiza. Nivel II: en gran medida indistinguible del I salvo por algunos lentejones marrones. Nivel III: tierra arcillosa compacta bajo los niveles grisáceos superiores. Hacia la parte inferior destacan los éboulis. Aparece intercalado en el IV. Nivel IV: sedimento rojizo con abundantes plaquetas, formadas por fragmentos planos de caliza, probablemente procedentes del techo del abrigo. Nivel V: sedimento arcilloso y muy compacto, de color rojizo, las plaquetas son sustituidas por rocas de mayor tamaño. En la base reaparecen algunas plaquetas. Nivel VI: lentejones de sedimento rosáceo con plaquetas. Nivel VII: sedimento arcilloso de color rojo oscuro con moteados de carbón. Vista de la boca de la Cueva del Niño, donde puede apreciarse el abrupto paisaje donde se encuentra el yacimiento. Nivel VIII: sedimento compacto de color rojizo con abundantes cantos redondeados completamente diferentes a los clastos de niveles superiores. Probablemente fueron depositados por agua. Hay manchas cenicientas intercaladas en el nivel. Nivel IX: arenoso y rocoso de color anaranjado con algunas manchas grisáceas, que probablemente correspondan a depósitos de ocupación. Nivel X: similar al VII, pero sin moteados de carbón. Una fina capa de sedimento rosáceo le separaba de los estratos superior e inferior. Nivel XI base la secuencia: lentejones de color rojizo-grisáceo con una matriz de éboulis y algunas rocas de mayor tamaño. En un primer momento, a partir de esta estratigrafía se identificaron tres períodos de ocupación de la cavidad (Higgs et al. 1976): la mitad inferior (Niveles XI a VII inclusive) correspondería al Paleolítico Medio y los dos primeros niveles al Epipaleolítico y/o Neolítico-Calcolítico ya de época holocena. Más problemática resultó la asignación crono-cultural de los Niveles III y IV, planteándose su posible correspondencia con un momento indeterminado del Paleolítico Superior. El análisis sedimentológico previsto durante la excavación (y para el que se tomaron las muestras correspondientes) no pudo ser completado (Davidson, com. pers.), a la vez que el relleno de las trincheras tras finalizar la intervención impide valorar in situ la secuencia. No obstante, la revisión de la industria lítica recuperada permite asignar al Paleolítico Medio toda la secuencia (Niveles III-IV al XI), salvo los niveles superiores. Ambos pertenecerían al Neolítico en función de los restos cerámicos (3) (Martí Oliver 1988), aunque les acompañaban restos líticos masivos de aspecto arcaico. Las (escasas) evidencias del uso de la cavidad durante el Paleolítico Superior quedarían restringidas a su interior (Garate Maidagan y García Moreno 2011). La excavación en las diversas áreas del yacimiento (Higgs et al. 1976; Davidson y García Moreno 2013) proporcionó un total de 617 restos líticos (además de algunos recuperados en superficie sin adscripción estratigráfica), 121 cerámicos (30 procedentes de recogidas superficiales) y 1.963 fragmentos óseos de los que 318 1), pp. 50-55. fueron identificados a nivel taxonómico y anatómico en el estudio preliminar (4). Aquí se presentan los resultados de la revisión y del análisis multidisciplinar de los hallazgos de los niveles asignados al Paleolítico Medio, es decir, procedentes de las dos trincheras mencionadas. El conjunto lítico musteriense (Niveles III-XI) comprende 137 restos. La mayoría se concentran en los Niveles IV y XI, la base de la secuencia. El conjunto ha sido analizado desde una perspectiva integral (Rios Garaizar 2007, 2012) que pretende una lectura económica de cada uno de los conjuntos y una visión diacrónica de la evolución del comportamiento de los grupos neandertales con respecto al aprovisionamiento tecnológico y a la función del yacimiento. No obstante el limitado número de restos (Tab. 1) y la reducida ex- El Nivel III-IV proporcionó un total de 74 restos líticos: 61 de cuarcita y 13 de sílex. La cuarcita es una materia ultra-local, presente en conglomerados localizados a escasos metros de la cueva. Hemos identificado 4 variedades de cuarcita a partir del color, el grano y el córtex. El sílex se introduce en útiles ya conformados lo que, unido a su gran variabilidad material, induce a pensar que procediera de localidades distantes, como los afloramientos existentes en torno al Campo de Hellín, distantes unos 37 km (López Campuzano y Jordán Montés 1995; Jiménez Lorente et al. 1995-1996). El conjunto está dominado por las lascas simples, desbordantes y en menor medida de decorticado. No se han recuperado núcleos y las evidencias de conformación y mantenimiento de utillaje son muy escasas, aunque esta imagen puede estar sesgada por la escasa muestra disponible. Se han identificado tres series de remontajes en cuarcita incluyendo 11 restos (14,8% del total recuperado). Estas series, unidas a la escasa variabilidad de tipos de cuarcita identificados, sugieren que solo unos pocos cantos fueron importados y tallados in situ. Dos de las series de remontados se han realizado sobre la misma variedad de cuarcita (Fig. 4). La talla se orienta a la obtención de lascas corticales de sección asimétrica y de gran tamaño, encuadrables en los sistemas tipo Quina (Bourguignon 1996). La ausencia de algunos elementos en la secuencia podría indicar que parte de las lascas se usaron en otros puntos del abrigo o fuera de él. Otros restos de esta misma variedad de cuarcita presentan características tecnológicas semejantes. Componen la tercera secuencia de remontado dos lascas de cuarcita de una variedad más fina. Refleja un episodio de producción de lascas desbordantes, tipo punta Pseudolevallois, mediante un esquema de producción Discoide cordal. Estas lascas tienen planta triangular, talones diedros asimétricos, ángulos de talla superiores a 110o y negativos directos y oblicuos. El análisis tecnológico del resto de la muestra en cuarcita ha permitido distinguir dos tipos de producción: Quina y Discoide. El sistema de tipo Quina da lugar a lascas corticales de sección asimétrica con negativos previos unipolares u oblicuos y con talones lisos o diedros asimétricos. Son lascas con módulo cuadrangular y cierta tendencia al alargamiento. La cadena operativa de la producción de tipo Discoide está algo más fragmentada. Los restos corticales son escasos. Las lascas tienen negativos centrípetos, ángulos de talla inclinados y talones facetados y diedros asimétricos. La alta frecuencia de soportes desbordantes sugiere un esquema de tipo cordal. Resulta más complicado definir el sistema de producción en el sílex por el alto grado de fragmentación de la cadena operativa de la muestra. Sin embargo la morfología de los restos, los negativos unipolares y centrípetos y la alta frecuencia de talones preparados (facetados y diedros) sugieren un método de fabricación de tipo Levallois. En el Nivel III-IV, el utillaje retocado es muy escaso (N=4) (Fig. 5). En sílex hay una punta musteriense alargada (Tip Cross Section Area: 62,5 mm 2 ), una raedera simple convexa y una raedera doble recto-cóncava y en cuarcita una lasca truncada. Tan solo se ha documentado una lasca de reavivado (tipo 2 sensu Bourguignon 1996), realizada en sílex evaporítico, lo que sugiere actividades poco intensas de conformación de utillaje o de mantenimiento. El utillaje bruto es más abundante destacando las lascas asimétricas tipo gajo de naranja o las puntas Pseudolevallois de cuarcita. Según estas características tecnológicas y tipológicas existen 3 modalidades principales de fabricación: a) una de tipo Quina que se realiza in situ sobre cuarcita; b) una a partir de núcleos centrípetos de tipo Discoide cordal o Levallois ejecutada en cuarcita, probablemente fuera del sitio y c) una Levallois en sílex gestionada fuera y, posiblemente, a cierta distancia del yacimiento, para producir útiles que se desplazan por el territorio. En el entorno del yacimiento son corrientes los hallazgos superficiales de núcleos y soportes de tipo Levallois y Discoide en cuarcita asignables a la segunda modalidad de producción (Serna López 1990, 1999). Los datos de la muestra, aunque contados, parecen indicar una ocupación efímera en el Nivel III-IV. La baja densidad de restos y de intensidad en las actividades de fabricación, acondicionamiento y, aparentemente, uso del utillaje lítico apuntan en este sentido. Su gestión indica también que son grupos que se desplazan por el territorio con parte del utillaje necesario. El resto del utillaje se realiza in situ o en puntos cercanos a partir de las materias primas locales y, parece, sin incorporarse de manera significativa a los circuitos de desplazamiento de los grupos neandertales una vez se abandona la Cueva del Niño. Se trata de un pequeño conjunto cuyas características tecno-tipológicas son consistentes con una atribución al Paleolítico Medio y, en parte, se comparten con los conjuntos del final del Paleolítico Medio de las regiones vecinas: aumento del uso de materias primas locales, presencia de talla Levallois y Discoide o escasa importancia de las raederas (Vega Toscano et al. 1988; Fernández Peris et al. 1997; Galván Santos et al. 2001; Villaverde Bonilla 2001; Cortés Sánchez 2007b; Walker et al. 2008; Zilhão y Villaverde 2008; Lorenzo et al. 2012; Pacheco et al. 2012). Los Niveles VII y VIII parecen resultado de ocupaciones efímeras de la cueva, dados los 12 efectivos recuperados. Del Nivel VII proceden 9 lascas: 1 de decorticado secundario (Fig. 6: 1) y 1 desbordante, ambas de cuarcita; 3 simples, dos de cuarcita y una de sílex; 4 de reavivado dos de cuarcita (tipos IV y V sensu Bourguignon 1996) y dos de sílex (tipos II y V). Entre los soportes hay ejemplos claros de talla Levallois con talones facetados y negativos directos o centrípetos. Los retocados son 2 raederas (Fig. 6: 2) y 1 denticulado. Del Nivel VIII, en cuarcita, hay 1 raedera Clactoniense y 1 pico (Fig. 6: 3) y, en sílex, 1 fragmento de útil. El Nivel X está separado del VIII por una capa estéril y del XI por otra de sedimento grosero de color rosado. Se han recuperado 12 restos (Fig. 6): 1 núcleo Discoide de cuarcita y el resto lascas. Hay 2 corticales de cuarcita; 4 desbordantes, dos de cuarcita y dos de sílex, 2 simples de cuarcita y 3 de reavivado Clactonienses de sílex (2 tipo IV y 1 tipo V). Hay evidencias de talla Discoide y Levallois y otros elementos que aluden a fases de desbastado inicial de núcleos de cuarcita. Los soportes de sílex están muy explotados, son de tamaño reducido y evidencian tecnologías con un uso prolongado en el tiempo. El Nivel XI es el más rico de los estratos inferiores: 40 restos. Este nivel es el único donde el sílex es la materia prima más representada y donde hay más variedad de rocas. Entre ellas hay Fig. 6. Utillaje lítico de los niveles inferiores de la Cueva del Niño. Nivel VII: 1 raedera recta; 2 lasca de decorticado secundario. Nivel VIII: 3 pico Pseudoasturiense. Nivel X: 4 raedera cóncava; 5 punta Levallois; 6 denticulado. Nivel XI: 7 limace; 8 raedera recta; 9 lasca de reavivado con retoque discontinuo; 10 núcleo de microlascas. Dibujo J. Rios Garaizar. cuarcita. Se introducen en el yacimiento como útiles retocados, son objeto de un intenso mantenimiento y sirven como matrices para una producción ramificada de tipo Quina. Esta producción se complementa con un uso más anecdótico de materias estrictamente locales como margas o cuarcitas de peor calidad. El nivel muestra características propias de una ocupación intensa y corta, realizada por unas poblaciones de gran movilidad. El reducido tamaño de la muestra manejada de la Cueva del Niño no ha impedido determinar la variabilidad tecnológica a lo largo de la secuencia musteriense. El análisis de los Niveles musterienses (III-IV, VII, VIII, X y XI) ha puesto de relieve algunos elementos comunes, pero fundamentalmente permite plantear la existencia de cierta variabilidad en los tipos de ocupación, actividades realizadas, uso de materias primas y estrategias de aprovisionamiento y mantenimiento del utillaje (Tab. En los cinco niveles la escasez de restos posiblemente refleja ocupaciones poco intensas que cuestionarían el papel de la Cueva del Niño como centro referencial (Galván Santos et al. 2001) durante el Paleolítico Medio. Se observan algunas diferencias en el uso de materias primas entre la base de la secuencia donde la cuarcita, materia prima local, pierde importancia; los niveles intermedios donde domina claramente y el Nivel III-IV con un aporte más intenso de materia prima local, objeto de una explotación in situ, y al que el sílex llega bajo formatos muy concretos. En todos los niveles se documentan estrategias relacionadas con la movilidad pero algunas varían. En el Nivel XI están destinadas a favorecer el aporte de materias primas de calidad, mientras en el III-IV se aportan algunos útiles ya conformados y se fabrican los útiles necesarios, aprovechando las materias primas locales. Estas diferencias se traducen también en una gestión ramificada de la producción en el Nivel XI, muy relacionada con los sistemas de tipo Quina, y unas estrategias de fabricación fundamentalmente Discoide y Levallois en los niveles superiores. El análisis arqueozoológico completa el trabajo inicial de Iain Davidson realizado tras la excavación de la Cueva del Niño en 1973. Davidson se centró sobre todo en la identificación anatómica y taxonómica de los restos óseos recuperados. El estudio actual revisa ese mismo material e incorpora un análisis tafonómico detallado para conocer secuencialmente las actividades antrópicas realizadas, así como las alteraciones postdepósito acontecidas en el yacimiento. La revisión y estudio del material faunístico se hizo en el Grahame Clark Laboratory de la Universidad de Cambridge, donde estaba depositado. Se ha aplicado la metodología utilizada por Marín Arroyo (2010). Los restos se identificaron con ayuda de las colecciones de referencia del Grahame Clark Laboratory y del Natural History Museum de Londres. Los que no pudieron identificarse taxonómica, pero sí anatómicamente se agruparon por su talla en la categoría de 'mamíferos grandes' (equino y bovino),'medios' (ciervo y cabra) y 'pequeños' (corzo). Se creó la categoría de 'Megafauna' para restos de la talla del rinoceronte. Para la cuantificación del conjunto se calcularon los índices: Número de Restos (NR), Número Mínimo de Individuos (NMI) y Número Mínimo de Elementos (NME). Este último, por la escasez y fracturación de la muestra, no aportó información relevante para entender el tipo de transporte de los taxones representados. Para cuantificar el grado de homogeneidad y diversidad de la muestra taxonómica, relacionada con la amplitud de la dieta y el grado de aprovechamiento antrópico del medio, se obtuvo el Inverso del Índice de Simpson cuyo valor aumenta con el número de especies consumidas y con la uniformidad en sus capturas (Marín Arroyo y González Morales 2009: 54). Las características de la muestra impidieron estimar la estacionalidad de la ocupación. Para reconocer la actividad antrópica en la cueva el análisis tafonómico se centró en las marcas de carnicería, el patrón de fracturación y las huellas de termoalteraciones. Entre las modificaciones bioestratinómicas cabe señalar la actividad de carnívoros, mientras que entre las diagenéticas, la principal alteración ha sido la disolución producida por períodos de encharcamiento dentro de la cueva. La reducida muestra ósea aconseja cautela en la interpretación del conjunto. El Nivel XI contiene la mayor diversidad y cantidad de restos de fauna (81%). Debido al mal estado de conservación de la muestra, solo ha sido posible identificar taxonómicamente un 8% de la misma, mientras que en un 63% se ha identificado únicamente la talla del mamífero y un 30% pertenece a esquirlas indeterminables de menos de 2 cm. El número de identificaciones taxonómicas en los demás niveles, realmente escaso, dificulta la valoración del conjunto. El que los huesos identificados en los Niveles III-IV y X-XI como 'mamífero medio' sean probablemente de cérvidos y cápridos permite una aproximación parcial a las estrategias de subsistencia de los grupos neandertales. El Oryctolagus cuniculus aparece representado por elementos de todo el esqueleto, mayoritariamente en los Niveles X y XI, pero su importancia paleoeconómica es inapreciable. Los carnívoros identificados se restringen a cánido en el Nivel III y lince y úrsido en el XI. Los 5 restos con identificación taxonómica de los Niveles III-IV son una falange próximal de Canis sp., un húmero y un fémur de Capra sp., un metápodo lateral de Cervus elaphus y un metatarso de Oryctolagus cuniculus. Los demás huesos identificados anatómicamente (90%) eran fragmentos dentales y esquirlas (entre 1 y 5 cm) atribuibles a mamíferos de talla media por el tamaño de la cortical y su morfología. Los niveles inferiores, sobre todo el XI, cuentan con un mayor número de restos y de diversidad de especies (Tab. En el X y el XI cápridos y cérvidos son los ungulados más frecuentes, si bien un 61% corresponden a mamíferos de talla media y un 26% a esquirlas indeterminables de menos de 2 cm. El limitado total de huesos no excluye una representación proporcionalmente importante de mamíferos de gran talla, sobre todo Equus sp. en el Nivel XI y Bos primigenius en el X. Llama la atención el hallazgo de restos dentales de Dicerorhinus sp. en estos niveles inferiores, ya apuntado por Davidson (5), así como la relativa importancia de carnívoros en el Nivel XI, fundamentalmente Ursus sp. (varios metatarsos, falanges y un calcáneo) y Lynx sp. (epífisis proximal de un radio). Las alteraciones bioestratinómicas de los restos faunísticos correspondientes a los niveles musterienses no incluyen marcas de corte, aunque sí evidencias de percusión directa y patrones de fracturación en fresco en un 3% de los huesos de 'mamífero medio' en los Niveles IV, X y XI. Por último, en el Nivel XI un 8% de los huesos presentaban huellas de termoalteración pero solo uno aparecía quemado en el Nivel IV. La acción de carnívoros se ha identificado en un 0,7% de los huesos de la Trench 2: cinco habían sido digeridos (Niveles III y XI) y uno tenía marcas (Nivel XI). Las alteraciones diagenéticas han producido un gran deterioro en los huesos. La disolución ha deteriorado un 80% de su superficie externa e interna (Fig. 7) por los continuados períodos de encharcamiento en la cueva, antes y después de la depositación. Estas alteraciones han impedido observar posibles alteraciones de carácter antrópico, como marcas de carnicería. En definitiva, el grado de fracturación de la muestra es tan elevado que ha limitado cuantitativamente su identificación taxonómica y anatómica. La figura 7 muestras como la longitud media de la mayoría de los fragmentos óseos de huesos largos (N=583) de los Niveles III, IV, X y XI no supera los 2 cm. El escaso número de restos recuperados y sus problemas de conservación han dificultado en gran medida la correcta valoración del espectro faunístico del Paleolítico Medio de la Cueva del Niño. No obstante puede realizarse una aproximación al mismo. El único taxón presente en toda la secuencia musteriense es Capra sp. Presupo-nemos que pertenecen a esta especie, junto a cérvidos, gran parte de los restos de ungulados de talla media que suponen el 63% del total de la muestra en Trench 2. Este dominio de la cabra no es de extrañar, ya que el yacimiento se sitúa en un entorno de roquedo, donde este animal es muy común aún hoy en día. La preponderancia de la cabra en el espectro cinegético indicaría un aprovechamiento preferente de los recursos locales por parte de los ocupantes de la cavidad. Puede plantearse una cierta divergencia en la evolución diacrónica del conjunto entre los niveles inferiores de la secuencia (X y XI) y los superiores (III-IV). Faltan los restos pertenecientes a mamíferos de gran talla en los niveles más recientes que, en cambio, sí están en los más antiguos. Ello podría estar indicando una explotación estrictamente local de los recursos en la fase final del Paleolítico Medio. En los Niveles X y XI el caballo, predominante, aparece junto al uro y el rinoceronte. Ello podría estar indicando unas estrategias de subsistencia menos locales, aunque siempre supeditadas al dominio abrumador de los ungulados de talla media, principalmente cabras y algún ciervo. El Inverso del Índice de Simpson a partir del NR de los ungulados identificados desde el Nivel III hasta el XI en la Trench 2 muestra un valor de 2 en los niveles inferiores y de 1,47 en los superiores. Este índice parece corroborar la hipótesis de una estrategia de subsistencia más diversificada en los niveles más antiguos, sucedida por una mayor restricción de la dieta con el consumo de especies próximas al yacimiento en momentos más recientes del Musteriense. La presencia del conejo en los Niveles X y XI no ha podido relacionarse con el consumo humano ni con su introducción por otros depredadores, dada la ausencia de huellas de manipulación antrópica y alteraciones de carnívoros. Los estudios de carporrestos en contextos pleistocenos son muy escasos. En la Península Ibérica solo se han publicado los de las cuevas de Gorham's y Vanguard en Gibraltar (Gale y Ca-rruthers 2000), la cueva de Nerja en Málaga (Badal García 1998), la cueva de El Juyo en Cantabria (Crowe 1985) y la cueva de Santa María en Alicante (Aura Tortosa et al. 2005). Esto es resultado de una combinación de factores que se retroalimentan. Los restos, si existen, suelen ser escasos, por lo que muchas veces no se emplean estrategias adecuadas de recuperación. Se recuperan pocos y por casualidad. Ello no impide que los restos carpológicos puedan ser muy útiles para la reconstrucción de la paleovegetación y de las actividades humanas. Un total de 17 carporrestos (además de varios fragmentos de reducidas dimensiones) procedentes del Nivel XI fueron seleccionados a simple vista. La observación con lupa binocular (Leica S8APO) de sus caracteres morfológicos y su comparación con especímenes actuales de la colección de referencia del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria y fotografías SEM (Matsutani 1987; Messager et al. 2008; Simchoni y Kislev 2011) ha permitido establecer su pertenencia a la misma especie. La comparación con ejemplares actuales es viable gracias a que no ha habido cambios drásticos en la flora desde el Plioceno. La evolución de los ecosistemas ha consistido básicamente en respuestas migratorias a los ciclos glacial-interglacial. Algunos de los carporrestos son ejemplares completos, otros son mitades regulares y fragmentos irregulares de endocarpo de fruto. Su iden tificación es clara a nivel de género Celtis spp: son endocarpos de tendencia globular, de unos 5 mm de diámetro, con paredes gruesas (±750 μm) (Fig. 8). Sin embargo, en la bibliografía faltan criterios específicos consistentes de identificación. Además esta puede complicarse por hibridaciones (Simchoni y Kislev 2011): algunos autores consideran el tamaño como criterio diagnóstico (Messager et al. 2008) y otros el reticulado (Matsutani 1987; Zarafshar et al. 2010; Simchoni y Kislev 2011). El fuerte reticulado de la parte exterior del endocarpo, con un patrón muy marcado de 4 líneas rectas equidistantes de ápice a base y otro polígonal isodiamétrico poco denso y un poco menos prominente, indica que se trata de Celtis tipo australis. En cambio, según el tamaño, que suele ser un criterio discutible para la identificación de ejemplares fósiles, es ligeramente in-ferior a cualquiera de los propuestos como diagnósticos. En la actualidad, solo hay una especie del género Celtis en la Península Ibérica (Navarro y Castroviejo 2005), el almez (C. australis L.), que aparece de forma dispersa en la zona de estudio (López Vélez 1996). Sin embargo, no es descartable que en tralis son dulces y comestibles en crudo o en forma de licor (Renfrew 1973; Tardío et al. 2006). Las semillas (situadas en el interior del hueso o endocarpo) también son comestibles en crudo o cocinadas y se las puede extraer el aceite con fines culinarios (Fern 1992(Fern -2010)). Las hojas de C. australis también son comestibles (Hanelt 2001). La madera es apreciada para usos múltiples por su elasticidad y duración (Navarro y Castroviejo 2005; Simchoni y Kislev 2011). En la Sierra del Segura, está documentado su consumo esporádico en la alimentación tradicional (Verde López et al. 2003; Rivera Núñez et al. 2004). Los endocarpos de este género son muy resistentes dado que, por su composición, se mineralizan con facilidad. Por ello, han sido recuperadas en numerosos yacimientos euroasiáticos desde el Pleistoceno Inferior hasta el Holoceno (Matsutani 1987; Messager et al. 2008; Simchoni y Kislev 2011). Algunos autores consideran que, en hallazgos pocos numerosos, los endocarpos pudieron ser aportados por aves migratorias, método de reproducción para el que está adaptado el género (Simchoni y Kislev 2011). Los roedores también pudieron aportarlos como provisiones de semillas; sin embargo, en los endocarpos estudiados, no hay huellas de roído evidentes a bajos aumentos. Parece razonable suponer que, en la Cueva del Niño, el aporte es antrópico y evidencia un aprovechamiento de los recursos alimenticios locales. Es poco probable que una planta con tantos usos posibles para cada una de sus partes pasara por completo desapercibida para los grupos neandertales y que su relativa abundancia en el yacimiento fuera totalmente accidental. CRONOLOGÍA DE LOS NIVELES DE PALEOLÍTICO MEDIO En un primer momento, se atribuyó a una filiación musteriense (véase más abajo) la secuencia comprendida entre los Niveles VI a XI a partir de los ratios de sedimentación de varios yacimientos, así como de criterios tipológicos y tecnológicos de la industria lítica. No obstante, para concretar la cronología de la secuencia se seleccionaron muestras de varios niveles para su datación radiocarbónica (AMS sin ultrafiltración y AMS mediante ultrafiltración) y mediante racemización de aminoácidos (AAR). Para la datación radiocarbónica por ultrafiltración, un tratamiento previo destinado a eliminar posibles contaminaciones de la muestra, se seleccionaron 22 huesos, procedentes de los Niveles VII a XI de la Trench 2. Ninguna de ellas pudo fecharse: la escasa cantidad de nitrógeno que contenía el hueso implicaba la ausencia de colágeno requerido para la datación (Brock et al. 2012). Las muestras seleccionadas para su datación por 14C AMS en el Centre for Applied Isotope Studies (CAIS) de la Universidad de Georgia (EE.UU.), también de la Trench 2, fueron un fragmento de hueso (unos 3 gr de peso) del Nivel IV y varios (18 gr en total) del III. Al resultar demasiado pobres en colágeno para su datación a partir de molécula proteica se trataron con ácido diluido para eliminar el carbonato secundario y obtener bio-apatito purificado (Cherkinsky y Chataigner 2010). Este tratamiento permitió obtener dataciones de ambas muestras a pesar de su alto grado de degradación. Teniendo en cuenta la filiación musteriense de las industrias asociadas a estos niveles, el rango cronológico de las fechas obtenidas resultó sorprendentemente reciente (entre 33.470 y 31.975 calBP, Tab. Estas fechas podrían llegar a encajar entre las manejadas en otros conjuntos mus- terienses tardíos identificados en la Península Ibérica (Zilhão 2006; Baena et al. 2012) pero su fiabilidad es baja debido al posible rejuvenecimiento de las muestras por la absorción de carbonatos (Cherkinsky y Chataigner 2010). Se decidió emplear el método de racemización de aminoácidos (AAR) ante la probabilidad de que fuera imposible datar los niveles más antiguos de la secuencia mediante 14C. El método se basa en la transformación de los L-aminoácidos a D-aminoácidos tras la muerte de todo ser orgánico (Hare et al. 1980). La datación fue realizada en el Laboratorio de Estratigrafía Biomolecular del Departamento de Ingeniería Geológica e Ingeniería Química y Combustibles de la ETSI de Minas de la Universidad Politécnica de Madrid. Se seleccionaron 6 restos dentarios de Equus y 1 de Capra procedentes de los Niveles X y XI. De los niveles superiores de la secuencia se escogieron una pieza dentaria de Capra y otra de Equus (Nivel I) y dos piezas dentarias de Equus (Nivel II). Solo se obtuvieron datos coherentes en tres de los 11 restos analizados: uno del Nivel XI y las dos muestras del Nivel II. En el resto la abundancia de los diversos enantiómeros de los aminoácidos estaban por debajo del nivel de detección mínimo y, por lo tanto, los valores no eran fiables. La edad de las muestras se determinó introduciendo los valores D/L del ácido aspártico en el algoritmo de cálculo de edad establecido para el colágeno de la dentina de osos fósiles de la Península Ibérica (Ursus deningeri y Ursus spelaeus) (Torres et al. 2002). La racemización es un proceso género-dependiente pero se ha comprobado que las diferencias de racemización en el colágeno de mamíferos son despreciables para los propósitos de datación. La datación del Nivel XI arrojó una fecha 55.5 ka BP y las dos muestras del Nivel II resultaron en sendas estimaciones de 100.31 ka BP y 73.81 ka BP (Tab. La fecha del Nivel XI parece perfectamente coherente con su posición estratigráfica y asignación cultural. En cambio, las dataciones del Nivel II sorprenden al tratarse del estrato superior de la secuencia, asignado al Neolítico Antiguo por la aparición de cerámicas de tipo cardial (Martí Oliver 1988). Esto podría indicar un problema en la datación por AAR o tener una explicación tafonómica. La explicación de este aparente desfase cronológico podría estar en el aporte a los estratos superiores de la secuencia de materiales antiguos, procedentes de una actuación furtiva realizada justo a la entrada de la cavidad antes de la excavación de 1973. En imágenes de prensa del año 1970 (diario ABC, domingo 11 de Octubre) ya aparece este profundo sondeo. En este sentido, debe tenerse en cuenta que el Nivel II es prácticamente superficial y en él aparecen materiales propios del Paleolítico Medio, como lascas Levallois, bifaces o núcleos de tipo Levallois y Quina, mezclados con otros claramente post-paleolíticos, como microlitos geométricos. Podría tratarse por lo tanto de un nivel post-pleistoceno, en el que se habrían colado materiales más antiguos, aunque no se documentó ninguna alteración del depósito durante el proceso de excavación. De momento resulta imposible esclarecer esta problemática. La datación de los diversos niveles de ocupación antrópica de la secuencia estratigráfica de la Cueva del Niño resultó problemática, impidiendo una valoración exhaustiva y precisa de la evolución de la ocupación paleolítica de la cavidad. A modo de hipótesis, cabe una aproximación genérica a la cronología de las ocupaciones del Paleolítico Medio, sin olvidar ni las evidencias de adscribirles a otros períodos paleolíticos y postpaleolíticos (que no serán tratadas en este artículo), ni tampoco el reducido número de dataciones disponibles por el momento y las limitaciones de los métodos de datación empleados. La obtención de fechas en torno al 29 ka BP para los Niveles IV y III por bio-apatito podría ser interpretada como la pervivencia en la región de un Paleolítico Medio tardío y, por lo tanto, de las poblaciones neandertales supuestamente asociadas a dichas industrias. Ello estaría en línea con lo propuesto para otros lugares del sur de la Península Ibérica, como el cercano sitio de El Palomar (6), Zafarraya (Hublin et al. 1995; Michel et al. 2003), Gorham's Cave (Finlayson et al. 2006), Carihuela (Vega Toscano et al. 1988; Fernández et al. 2007), Cueva Negra o Caldeirão (Zilhão 2006), entre otros (Baena et al. 2012). Sin embargo, al igual que ha sido apuntado en esos casos (Zilhão y Pettitt 2006; Maroto et al. 2012; Wood et al. 2013) pudiendo haber sufrido un proceso de rejuvenecimiento (Cherkinsky y Chataigner 2010). La datación por AAR ha sido también problemática. El resultado de la del Nivel XI en torno al 55 ka BP sería consistente con su posición estratigráfica, pero la correspondiente al Nivel II, el superior de la secuencia, lo sitúa en contextos de Paleolítico Medio Antiguo. Llama la atención la evidente discontinuidad entre los Niveles III-IV y el suprayacente Nivel II, cuya cronología, descontando los elementos intrusivos más antiguos, probablemente remita al Neolítico. Este hiato en la secuencia podría deberse a un episodio erosivo, quiza por reactivación kárstica, que habría afectado a los estratos correspondientes al Pleistoceno Superior. A la espera de nuevas excavaciones que permitan verificar esta hipótesis carecemos de elementos que aclaren esta discontinuidad. La Península Ibérica es un escenario fundamental para estudiar la evolución y posterior desaparición de las sociedades neandertales. Una de las principales cuestiones a tener en cuenta al abordar esta problemática es la enorme diversidad de comportamientos que se deducen del análisis del registro arqueológico, derivada tanto de la evolución histórica de las sociedades neandertales como de la propia variabilidad biogeográfica de la Península Ibérica (Vaquero et al. 2006). En este sentido, la Cueva del Niño ofrece elementos para aproximarnos a las distintas formas de organización económica y social de las poblaciones neandertales a lo largo del tiempo, es decir, cómo dichas sociedades las ejecutaron en un área geográfica concreta. El limitado registro arqueológico del yacimiento obliga a ser cautelosos en su interpretación, pero pueden apuntarse cambios entre el conjunto de niveles inferiores de la secuencia, fundamentalmente el Nivel XI, y las últimas ocupaciones musterienses de la cavidad, localizadas en el paquete formado por los Niveles III-IV. En ambos casos los ocupantes de la Cueva del Niño aparecen integrados en redes de movilidad amplias que podrían incluir el acceso tanto a la Meseta Sur como a la costa mediterránea (Davidson 1986; Serna López 1997) y la explotación de los recursos locales que ofrece el variado ecosistema circundante. Sin embargo di-fieren notablemente las estrategias de subsistencia y de aprovisionamiento de instrumental lítico desarrolladas en cada momento. Esto puede observarse incluso a pesar de lo reducido del registro disponible, puesto que la evidencia procedente de los dos paquetes estratigráficos es claramente diferente. En los niveles inferiores la estrategia se orienta a favorecer la disponibilidad de utillaje fabricado en materias primas de calidad como el sílex. pendencia del entorno. En definitiva, las ocupaciones del yacimiento a lo largo del Paleolítico Medio parecen caracterizarse fundamentalmente por su carácter esporádico y baja intensidad. Esta imagen podría derivarse en parte del escaso registro arqueológico pero se observan cambios en las estrategias de explotación del medio. Así en la parte alta de la secuencia los recursos estrictamente locales, tanto minerales como cinegéticos, tienen una importancia capital, mientras que en los momentos más antiguos hay un aporte más sistemático de recursos exógenos. Pensamos por ello que las ocupaciones de los Niveles X y XI de la Cueva del En el contexto general de la Península Ibérica estos cambios en los patrones de asentamiento, la gestión de recursos y las estrategias de subsistencia han sido interpretadas como una crisis entre las poblaciones neandertales de finales del Paleolítico Medio, que muestran una menor movilidad, un uso más intensivo de las materias primas líticas locales y la ocupación preferencial de áreas marginales. Dichas transformaciones parecen indicar una ruptura de las redes de movilidad que puede ser causa o efecto de una fragmentación poblacional que, intuimos, pudo afectar de manera inexorable a las posibilidades de supervivencia de las poblaciones neandertales en la Península Ibérica (Banks 2008contra Jennings et al. 2011). La cronología de este proceso se está discutiendo en la actualidad no solo por los problemas existentes de definición estratigráfica y cultural (Zilhão 2006) sino por los avances en el tratamiento de las muestras de radiocarbono que están llevando a reconsiderar buena parte de las dataciones más recientes del final del Paleolítico Me-dio (Maroto et al. 2012; Wood et al. 2013, Highman et al. 2014). Estas reservas no impiden constatar un desfase entre las fechas Auriñacienses más antiguas del Norte de la Península Ibérica (37-36 kyr BP) y las del Sur (33-30 kyr BP) (Zilhão et al. 2010b; Maroto et al. 2012). En este intervalo podríamos situar cómodamente algunas de las fechas más recientes obtenidas en niveles musterienses de Cueva Antón, Sima de las Palomas o Gorham's Cave (Zilhão et al. 2010a). Los problemas encontrados en la datación de la secuencia de la Cueva de El Niño también impiden valorar el contexto cronológico de las ocupaciones musterienses y los cambios apuntados en las estrategias de subsistencia que se enmarcan al final del Paleolítico Medio y/o durante la sustitución de unas poblaciones humanas por otras. A pesar de estas limitaciones, la secuencia aporta nueva evidencia sobre la variabilidad de los procesos de cambio producidos en el seno de las sociedades neandertales. Nos referimos a la aparente disgregación y aislamiento de los grupos neandertales y a su propuesta mayor continuidad en el sur de la Península Ibérica al final del Paleolítico Medio. Además la localización de la Cueva del Niño en el contacto entre el Levante, la Meseta Sur y la región andaluza permite incorporar sus datos a la caracterización particular de los ritmos de las dinámicas de cambio de las sociedades neandertales de la mitad meridional de la península. En definitiva, y asumiendo las limitaciones de los métodos de datación empleados, el yacimiento de la Cueva del Niño constituye una nueva fuente de información sobre el Paleolítico Medio, un crucial período de la Prehistoria de la Península Ibérica, que habrá de ser ampliada en futuros trabajos. El programa de "Ayudas a la Investigación" del Instituto de Estudios Albacetenses "Don Juan Manuel" en 2010 hizo posible la revisión, estudio y datación de los materiales arqueológicos procedentes de las excavaciones de 1973 en la Cueva del Niño. Iain Davidson colaboró de modo fundamental en la revisión del yacimiento, al informar sobre los trabajos de excavación en el mismo. El Museo de Albacete, y en especial Blanca Gamo, prestaron su ayuda y disponibilidad para la consulta del material allí depositado. Jesús Moreno del Museo Etnográfico-Oficina de Turismo de Aýna ayudó también en la investigación. ABMA hizo el estudio arqueozoológico durante el disfrute de una Beca Postdoctoral concedida por el Gobierno Vasco en la Universidad de Cambridge. Jessica Ripengal nos ayudó en el Grahame Clark Laboratory del McDonald Institute for Archaeological Research (Cambridge). AGM realizó este trabajo durante su contrato postdoctoral en la Universidad de Cantabria en el IIIPC. ILD es becaria predoctoral de dicha Universidad. Agradecemos a Rachel Wood (Nacional University of Australia) su interés por datar los niveles musterienses del yacimiento y a los revisores anónimos sus comentarios y aportaciones. Niveles III-IV VII VIII X XI Núcleo de lascas sobre lasca 1 Cueva del Niño Nivel III-IV Cueva del Niño Nivel XI Yacimientos al aire libre
En este trabajo ofrecemos, por primera vez, los resultados obtenidos hasta el momento en las excavaciones en L'Hort de la Boquera, situado en Margalef de Montsant (Tarragona). El yacimiento forma parte del proyecto de investigación que llevamos a cabo sobre el poblamiento prehistórico del curso medio del río Montsant desde 1979. Los avances se centran en el estudio industrial, de paleoecología, de paleoeconomía, en las dataciones radiocarbónicas y, lo más novedoso, en el del arte mueble, así como en su adscripción a un Paleolítico superior final cuyas características particulares le diferencian del Magdaleniense clásico. INTRODUCCIÓN: SITUACIÓN Y MARCO GEOLÓGICO En este trabajo pretendemos ofrecer una visión global de los resultados obtenidos, hasta el momento, en el asentamiento de L'Hort de la Boquera. Forma parte del proyecto sobre el "Poblamiento prehistórico en el valle medio del río Montsant (Priorat, Tarragona)", que nuestro equipo está desarrollando desde el año 1979 en este y otros yacimientos pertenecientes al Paleolítico Medio (el Planot), al Paleolítico Superior (Els Colls, Cova del Boix o l'Hort de la Boquera), al Epipaleolítico (El Filadot) y al Neolítico (niveles superiores de La Bauma de l'Auferí). En la zona hay aún otros asentamientos que están por exca-var y donde pensamos realizar algún tipo de intervención para tener una visión más amplia y global de su poblamiento prehistórico. L'Hort de la Boquera (Fig. 1) se localiza en el valle medio del río Montsant, en la comarca del Priorat (Tarragona) y, más concretamente, en el municipio de Margalef de Montsant, a unos 300 m aguas arriba del pueblo, en la orilla derecha del río y sobre la terraza fluvial que denominamos T2 (20-25 m) (Garcia-Arguelles et al. 1993). Este abrigo de más de 9 m de longitud acogió un asentamiento humano. Los 4 m más alejados del fondo del abrigo han sido totalmente destruidos por la caída de un bloque de la visera. El yacimiento en sí tiene unos 5 m de longitud, 4 m de profundidad y 1,70 de altura (Fig. 2). El valle medio del río Montsant constituye la parte más septentrional de la Sierra del Montsant integrada, a su vez, en la sierra Prelitoral catalana. Esta sierra, situada al sudoeste de la Depresión Central Catalana, tiene una longitud de 19 km y alturas que llegan a los 1.163 m. La Sierra del Montsant contiene sedimentos de diversas épocas geológicas. La zona principal es el resultado de la acumulación y compactación de un sistema fluvial que aportó cantos y otros materiales de menor entidad hasta una cubeta marítima que se fue llenando durante el Oligoceno. La presión cimentó esta masa que la orogenia posterior elevó, dejando al descubierto los conglomerados que alternan con materiales más blandos, areniscas, arcillas rojas y capas de yeso. La dureza diferencial de estas formaciones ha facilitado la aparición de numerosos abrigos, aprovechados por el ser humano durante las etapas intermedias de la Prehistoria. Gracias a la estructura geológica de la sierra del Montsant, aún encontrándose en un contexto árido, las fuentes y las surgencias de agua son muy abundantes, lo que, en su momento, facilitó la ocupación humana. La zona se aleja del clima mediterráneo de baja montaña y encaja mucho mejor en los mediterráneos continentales de baja altitud: claro período de sequía estival y un mes claramente invernal, con temperaturas iguales o inferiores a 5.o Todo esto se conjuga con una inversión térmica en el valle del Montsant que da lugar a microclimas muy característicos. HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES L'Hort de la Boquera fue descubierto en 1979, durante unas prospecciones arqueológicas en la zona, iniciadas en el curso del programa de investigación, dirigido por uno de nosotros (JMFP), donde destaca la excavación del yacimiento epipaleolítico de El Filador. En una de las terrazas del río Montsant, a unos 300 m del pueblo de Margalef de Montsant, se abría un pequeño abrigo que cerraba unos de los aterrazamientos artificiales construidos para plantar olivos. Unas informaciones de los vecinos del pueblo orientaron nuestras prospecciones a la superficie que se extendía delante del mismo, hallando abundantes materiales líticos, entre los que destacaban numerosos raspadores, elementos de dorso rebajado y núcleos. El sedimento se extendía a ambos lados de una incipiente cavidad, principalmente en el occidental, donde el sedimento superaba el límite actual del techo del abrigo (unos 12 m 2 ). Un corte estratigráfico para intentar encontrar una seriación estratigráfica y cronológica distinguió 4 niveles. El nivel I, estéril, tenía unos 4 cm y el sedimento era una aportación moderna. El nivel II (33-36 cm de potencia), arqueológico, era de coloración gris y muy compacto. El nivel III (38-31 cm), estéril, tenía coloración amarillenta. El nivel IV correspondía a la terraza del río (Fullola 1978). La atribución cronológica no estaba muy definida. Algunas piezas tenían una apariencia auriñaciense (raspadores carenados y en hocico). En cambio la abundancia de elementos de dorso rebajado indicaba un momento más avanzado, propio bien de industrias que, entonces, consideramos como de la tradición gravetiense de la zona, bien de un Epipaleolítico microlaminar antiguo. Al poco de su descubrimiento, una de nosotros (PGAA) delimitó una extensión de 6 × 6 m, donde recogió la totalidad del material en superficie. El estudio del conjunto de 1007 piezas, formado por lascas, núcleos, fragmentos, piezas retocadas y restos de talla, integró su tesis de licenciatura (1) y diversos artículos publicados por el equipo. En estos trabajos se consideró que el asentamiento formaba parte del Epipaleolítico microlaminar, sincrónico al que estábamos excavando en el cercano abrigo del Filador. Pero, a medida que profundizabamos en el análisis de las industrias y teníamos otros elementos de comparación en la zona, caso del abrigo de Els Colls (Fullola 1990), (1) Garcia-Argüelles, P. 1983: Los talleres de sílex de superficie en el curso medio del río Montsant (Margalef de Montsant, Priorat), Universidad de Barcelona. se empezó a apuntar una atribución al Paleolítico Superior final. Durante el verano de 1990 incluimos nuestra investigación en L'Hort de la Boquera en el programa Trobades amb la Ciència (Encuentros con la Ciencia) creado por la Generalitat. Se recogió el material arqueológico superficial en 10 m 2 de la terraza sita delante del yacimiento, definiendo la estratigrafía en un perfil dejado por las labores agrícolas. El estudio constató que el sedimento pertenecía a la terraza T2 del río Montsant y el desarrollo de un paleosuelo en su parte superior. También se apuntaba, en Cataluña, una dualidad cultural en el Paleolítico Superior final: un Magdaleniense clásico en los yacimientos de El Parco (Alòs de Balaguer) o Bora Gran (Serinyà) y una facies menos clásica, que ya Jordá denominó Epigravetiense, caracterizada por la perduración de la tecnología y tipología del Gravetiense anterior (Bech et al. 1991). En 1992, nuestro equipo hizo un sondeo aprovechando el perfil del año 1979, cuya estratigrafía trataremos en profundidad en el siguiente apartado. Según el laboratorio la muestra contenía mucha fracción húmica por lo que la fecha era más reciente de lo esperado. Esta información fue parte importante de una tesis doctoral posteriormente publicada (Bergadà 1998). Los resultados de 1992 nos impulsaron a incluir L'Hort de la Boquera en 1998 en nuestras excavaciones programadas. En 1997, tras finalizar las 19 campañas ininterrumpidas en el abrigo del Filador (García-Argüelles et al. 2005), creímos que L'Hort de la Boquera proporcionaría interesantes datos complementarios, cronológica y culturalmente, de la secuencia fundamental de El Filador. Primero se abrieron los cuadros visibles tras la caída de la visera (10 m 2 ) y, a partir de 2007, los 2 m de profundidad que quedaban ya propiamente bajo la visera del abrigo. Así en estos últimos años estamos excavando 19 m 2 en extensión (Fig. 2B). MICROESTRATIGRAFÍA, SECUENCIA EDAFOSEDIMENTARIA Y PALEOCLIMÁTICA La secuencia del abrigo de L'Hort de la Boquera que presentamos en este artículo se basa principalmente en el estudio estratigráfico y sedimentario de campo y en el análisis micromorfológico de los perfiles de la cuadrícula E-7 ( Bergadà 1998). Ello se ha completado con microscopía electrónica de barrido (ESEM-EDX) aplicada, en especial, a los niveles II y I. La base de la secuencia descansa directamente sobre el depósito de terraza fluvial -T2-del río Montsant a 24,7 m sobre el lecho de su cauce actual (García-Argüelles et al. 1993; Bergadà et al. 1997; Bergadà 1998). Su techo alcanza en el sector E-7 hasta el estrato de conglomerado que configura la visera del abrigo. Allí la potencia supera 1,50 m, mientras en otros ámbitos del yacimiento las tareas agrícolas recientes la han reducido. El registro comprende los siguientes niveles de muro a techo (Fig. 3): Nivel IV: potencia 18 cm vistos. Está formado mayoritariamente por cantos y gravas cuya litología predominante son calizas, cuarcitas y esquistos de morfología redondeada, procedentes del río Montsant. Los cantos, de 1 a 6 cm, aparecen con cierta imbricación en dirección O. Se localizan ligeras trazas de concreción carbonatada. Su geometría es tabular. Nivel III: potencia 12 cm. En contacto neto con el anterior nivel, está compuesto principalmente por arenas finas de color marrón (10 YR 6/6) y gravas redondeadas de 2 mm a 1 cm de la misma litología que el nivel anterior, con una geometría ligeramente en forma de cuña. Contiene algún resto carbonoso y fragmentos de sílex. Nivel II: potencia 47 cm. Está constituido por una matriz de limos arenosos de color gris-pardo (10YR 5/2) con un 5% de cantos dispersos de 1 a 2 cm, en su mayoría, calizas de morfología redondeada a subredondeada, con ligeras concreciones de CaCO 3. Se localizan trazas de carbonatación en forma de pseudo-micelios. El contacto con el nivel III es neto, y su geometría apunta también ligeramente a la forma de cuña. Contiene abundantes carbones, fragmentos óseos y de sílex. Nivel I: se subdivide en dos. El subnivel Ib tiene 45 cm de potencia. Se dispone en contacto erosivo con el nivel II. Domina la matriz de limos arenosos de color marrón (10YR 6/4) con cantos subangulosos de 1 a 4 cm de conglomerado y de caliza, con algún bloque procedente de la visera del abrigo. Se localiza actividad biológica, especialmente de raíces y de fauna. Disminuye considerablemente la presencia de carbones. El subnivel Ia de 42 cm de potencia, se dispone en contacto erosivo con el subnivel Ib. Respecto a Ib, disminuye la fracción de cantos que ahora aparecen muy concrecionados. La matriz sigue siendo de limos arenosos de color marrón (7,5 YR 6/4). La actividad biológica se acentúa. El análisis micromorfológico sistemático abarca toda la secuencia (nivel IV a nivel Ia) en el sector E-7. Además, en el nivel II realizamos otro muestreo complementario, en extensión, en el cuadro I-6 para contrastar algunos datos extraídos del perfil en estudio y también por sus rasgos edafosedimentarios y antrópicos que le confieren una atención más detallada. Se ha extraido un total de 10 muestras con un protocolo consistente en la introducción de unas cajas recubiertas de yeso en el sedimento con los que obtenemos bloques cm sin alterar la estructura y disposición del depósito (Bergadà 1998). El Departamento de Medio Ambiente y Ciencias del Suelo de la Universidad de Lleida hizo las láminas delgadas de 13,5 × 5,5 cm. Su descripción e interpretación sigue a los autores de referencia (Bullock et al. 1985; Courty et al. 1989; Stoops 2003; Stoops et al. 2010). Los rasgos más característicos de cada nivel son: Nivel IV: está formado básicamente por cantos de conglomerado, caliza micrítica y bioclástica y esquisto, de morfología redondeada y tabular, y por arenas medianas y finas de cuarzo, feldespatos y calcita de morfología subangulosa. No aparecen componentes de origen antrópico. Destacan las cristalizaciones en forma de fibrasagujas de calcita, de tamaño submilimétrico, que aparecen mayoritariamente en huecos, y algún resto de raíz. Atribuimos este nivel al aluvionamiento del río Montsant, en un régimen de fuerte intensidad, que configura el depósito T2. El rasgo edáfico más característico son esas fibrasagujas de calcita (NFC-Needle fibre calcite), cuyo origen estaría relacionado con un proceso de biomineralización de hifas de hongos (Bajnóczi y Kovács-Kis 2006; Durand et al. 2010). Nivel III: está compuesto por una matriz arenosa con fracción fina dominante. La litología y la mineralogía son como las del nivel IV. Hay carbones de morfología tabular subredondeada y nodular de color negro-rojizo, fragmentos de raíces y alguno de sílex. En los procesos edáficos, destacan las acumulaciones secundarias en forma de revestimientos de material fino y carbonoso alrededor de las partículas arenosas. También hay cristalizaciones de calcita en forma de fibrasagujas en los huecos, y trazas de la actividad biológica que se expresa principalmente como porosidad cavitaria. Este nivel también es de origen fluvial, pero en un régimen de menor intensidad que el anterior. Las circulaciones hídricas causan la disgregación del material carbonoso y su removilización alrededor del material detrítico. Las biomineralizaciones aparecen como cristalizaciones de calcita en los poros. Nivel II: está constituido por una matriz de limos arenosos, junto a cantos de morfología redondeada y subredondeada. La fracción gruesa presenta trazas de disolución (contornos irregulares). La composición mineralógica y litológica es como la de los anteriores niveles. Algunos fragmentos detríticos tienen, especialmente en las M.3 y M.4, numerosas trazas de combustión como la fragmentación y opacidad del material calizo y las impregnaciones de óxidos e hidróxidos de hierro (Fig. 4A). La porosidad es mayor que en los niveles anteriores, y la microestructura va de granular a prismática. Aumentan los restos carbonosos (250 μm-1 mm) de morfología tabular con una estructura celular leñosa bien visible (Fig. 4B) y con algún resto calcítico, que también conserva su estructura celular original (ceniza de origen vegetal), disperso por la masa basal (Fig. 4C). Igualmente aparecen, en cantidad considerable, residuos de materia orgánica (50 a 125 μm), en especial raíces con distintos grados de descomposición (Fig. 4D y E), algún resto de ceniza (Fig. 4F), huesos con distintas trazas de combustión, sí como fragmentos de sílex con impregnaciones de óxidos e hidróxidos de hierro. En los procesos edáficos, se acentúa la presencia de fibras-agujas de calcita en los canales de materia orgánica (Fig. 5A y B), asociadas a hiporrevestimientos calcíticos de 125 a 300 μm de grosor (Fig. 5C). Las acumulaciones secundarias de material fino con carbones y residuos de materia orgánica rodean al material detrítico como hiporrevestimientos y revestimientos. Este nivel funcionaría principalmente como llanura de inundación del río Montsant con tasa de sedimentación baja. Este rasgo, junto a la concentración de materia orgánica procedente en su mayoría de raíces, lleva a la formación de un horizonte edáfico (Bech et al. 1990). Todo ello, junto al desarrollo de una fuerte actividad antrópica manifestada por varios episodios de combustión, conlleva el color oscuro de la matriz. La asociación de hiporrevestimientos calcíticos (impregnaciones de calcita en la matriz del suelo alrededor de los poros) con revestimientos en huecos de fibras-agujas de calcita indicaría la presencia de plantas superiores en dicho horizonte (Bajnóczi y Kovács-Kis 2006). El subnivel Ib está compuesto por una matriz de limos arenosos con cantos y bloques de conglomerado que aparecen en contacto con el nivel II. Los cantos de morfología subangulosa son de caliza con algunas fisuras y trazas de disolución (contornos irregulares) (Fig. 5D). Aparecen costras sedimentarias de limos arenosos. Disminuyen considerablemente los carbones y los restos de materia orgánica (raíces). En los procesos edáficos destacan las acumulaciones de CaCO 3 -micrita-junto a material detrítico pendents bajo la fracción gruesa de 250 a 750 μm de grosor (Fig. 5 E), y los gránulos de calcita biogénica de 600 μm a 1,5 mm (Fig. 5F). Aparecen, también, agregados y cámaras originados por la actividad de la fauna del suelo. El subnivel Ia está formado por una matriz de limos arenosos. Disminuye considerablemente la fracción de cantos y hay un aumento sensible de componentes de origen antrópico, como carbones y fragmentos de sílex. En los procesos edáficos, aparecen los mismos rasgos que en el subnivel Ib. Este nivel está formado por procesos de arroyadas, corroboradas por las costras sedimentarias con alguna caída de bloques de la visera del abrigo, en especial en el subnivel Ib. Destacamos la fisuración de los cantos, en algún caso, acentuada por la intrusión de raíces, así como las acumulaciones de micrita junto a material detrítico muy fino bajo la fracción gruesa. Dichas precipitaciones se deberían a circulaciones de aguas enriquecidas en carbonatos que, junto a material detrítico, precipitarían sin una orientación de la cristalización de la calcita, muy posiblemente en un medio húmedo indicador de una mejora de las condiciones climáticas (Durand et al. 2010). Los gránulos de calcita biogénica aparecen con morfología esférica o elipsoidal, según sean seccionados transversal o longitudinalmente en lámina delgada. La disposición de las cristalizaciones de calcita de forma radial es propia de lumbrícidos (Durand et al. 2010). Discusión: caracterización edafosedimentaria y antrópica En la secuencia del abrigo del Hort de la Boquera se han distinguido 4 episodios edafosedimentarios (Fig. 3): Boquera D, cantos y arenas: comprende el nivel IV, con una sedimentación de fuerte energía, con cantos rodados y arenas. Está sin duda ligado al segundo nivel (T2) de terrazas fluviales del curso medio del río Montsant que alcanza entre 20 y 25 m de altura respecto al lecho actual del cauce (Bergadà 1998). Boquera C, arenas finas: se caracteriza por un aporte sedimentario fluvial, donde el régimen hídrico disminuye de intensidad con arenas medianas y finas que constituyen el nivel III. Hay indicios de ocupación antrópica, como carbones y fragmentos de sílex. En la actualidad no podemos concretar más ya que la intervención arqueológica en curso se centra en los niveles superiores del yacimiento. Boquera B, limos arenosos de color gris oscuro con restos carbonosos y de materia orgánica: el nivel II representa este episodio caracterizado por un depósito de llanura de inundación, junto a restos de materia orgánica, principalmente procedente de raíces en distintos fases de humificación, y algunas de ellas con trazas de com- bustión. Dada su concentración dicho nivel se considera un horizonte edáfico -Ab-de color oscuro y con estructura bien desarrollada. La documentación de biomineralizaciones de calcita en forma de fibras-agujas como proceso pedogenético indica un episodio de estabilidad y de acumulación orgánica que ha propiciado la actividad biológica principalmente de hongos. Su asociación con hiporrevestimientos calcíticos a lo largo de la secuencia de este horizonte puede vincular los hongos con plantas superiores. El rol de los hongos, según Verrecchia et al. 1994, podría conectarse con la descomposición de la materia orgánica putrefacta de las raíces. En cambio Wright (1986) los considera parásitos de las plantas o en relación simbiótica con ellas. En definitiva, la formación de dicho paleosuelo podría responder a un período de estabilidad, con reducida sedimentación y unas condiciones climáticas relativamente húmedas. Desde el punto de vista antrópico, en las muestras 3 y 4 se distingue una mayor concentración de restos de carbones de tipo leñoso, con algún resto de ceniza, huesos y elementos de sílex también con fisuraciones propias de combustión. Sus características sugieren que dicho horizonte responde a distintos episodios de quema, los cuales quedaron algún tiempo en superficie y fueron colonizados por plantas. Sus manifestaciones son los bioporos de origen vegetal con signos de combustión. Todo ello dificulta el aislamiento de las distintas ocupaciones. Boquera A, limos arenosos con cantos subangulosos: este episodio, nivel I, muestra un cambio muy importante respecto al anterior. Su contacto es irregular y de tipo erosivo. La formación responde a procesos de arroyadas, con alguna dis- Hemos calibrado las fechas radiocarbónicas de L'Hort de la Boquera mediante la curva Cal-Pal2007-Hulu (Weninger y Jöris 2004) para precisar en la escala cronoestratigráfica global del Pleistoceno superior y el Holoceno sus episodios edafosedimentarios. Hemos comparado las curvas de probabilidad acumulada de las fechas calibradas con los eventos propuestos por el GIC005 (Lowe et al. 2008) 1. Además, para enmarcar dicha secuencia, hemos contrastado sus resultados con las dataciones del abrigo de Els Colls, adscritas al Paleolítico superior final, y con las correspondientes a los niveles del Epipaleolítico microlaminar del abrigo de El Filador (Tab. L'Hort de la Boquera, por su cronoestratigrafía, se situaría a finales del Pleistoceno superior final, es decir, en las postrimerías del MIS 2 (Fig. 6). La secuencia sedimentaria se inicia con el episodio Boquera D (nivel IV) de tipo fluvial, del que no contamos con evidencias arqueológicas. Tras un hiato, le sucede el episodio Boquera C (nivel III), también de génesis fluvial, pero con un régimen hídrico de menor intensidad. Por el momento, no podemos concretar su adscripción cronocultural. Tras otra interrupción, el registro continúa con el episodio Boquera B (nivel II). Ello es un claro reflejo de una sedimentación lenta, propia de llanura de inundación. La formación de un horizonte A con un elevado contenido de materia orgánica procedente de vegetación de plantas superiores denota, ya de por sí, una estabilidad geomorfológica. Se le añade una importante actividad antrópica, documentada por varios episodios de combustión o muy posiblemente incendios. Cronoestratigráficamente, se iniciaría en la primera pulsación templada GI 1e o Bölling, y continuaría hasta el GI 1c, en el Alleröd inicial. Una discontinuidad estratigráfica separa el nivel II del I (episodio A). Un contacto erosivo procedente de un aporte de ladera, quizás como resultado de la pulsación fría del GI 1b, marcaría el final de la secuencia. A partir de este episodio, el poblamiento del sector del valle medio del río Montsant se localiza en el abrigo del Filador, en los niveles 8-9, con industrias correspondientes al Epipaleolítico y enmarcadas en el GI-1a o Alleröd (Fullola et al. 2012). LAS EVIDENCIAS DE LA OCUPACIÓN HUMANA Como hemos indicado en la descripción estratigráfica, el nivel II es el único con material arqueológico y muy rico. La excavación en extensión de sus primeros 30 cm nos ha permitido identificar varios momentos de ocupación, con sus respectivas estructuras, y comenzar a estudiar la distribución espacial de los restos arqueológicos aparecidos. Como es habitual en los yacimientos del área del Montsant, la industria lítica es la más característica y abundante de la ocupación. Los 20 m 2 en curso de excavación han proporcionado 24.182 elementos de sílex, pizarra y calcárea. El sílex con pátina blanca es muy frecuente en la zona. Las alteraciones térmicas principales en las piezas (6%) son las cúpulas. Predominan las lascas (42,3%), con talón liso en su mayoría, los fragmentos (elementos líticos informes) también tienen un porcentaje apreciable (25,1%). Las lascas fragmentadas (lasca rota que conserva el talón) y los fragmentos de lasca (elemento con morfología de lasca, pero sin la parte proximal que contiene el talón) tienen porcentajes menores. Hay córtex, en general marginal en un 18,2% de los elementos líticos estudiados (Tab. Los buriles representan solo el 2,2% y el retoque sobreelevado el 1,6%. Truncaduras (7%) y denticulados (8,8%) son significativos. 7 y Según M. Langlais (2010) las materias primas utilizadas proceden del entorno inmediato del asentamiento. Las minoritarias (esquisto, lidita, cuarzo,...) se utilizan para el macroutillaje y el sílex para el resto de la industria, que se fabrica en el propio yacimiento. Se buscaba obtener pequeñas láminas, estrechas y rectilíneas, de morfología triangular, sin excluir otros tipos de soporte como lascas laminares y láminas. Para las puntas de dorso se escogen láminas pequeñas, para los raspadores láminas retocadas y para las muescas alargadas. Durante todo el proceso se utiliza el percutor duro, bien identificado en la excavación. Este esquema de talla, algo alejado de la norma del Magdaleniense final al uso que le corresponde por las dataciones (véase más abajo), se ha constatado en otros yacimientos del Paleolítico superior de la zona como la cova de Els Colls (Fullola et al. 1993). Destacamos el hallazgo de tres plaquetas de pizarra. Dos de forma redondeada con los bordes biselados y caras planas tienen toda una serie de trazos paralelos, perpendiculares, etc. Sus medi-Fig. Dataciones de Els Colls, L'Hort de la Boquera y Filador, y sus curvas de probabilidad obtenidas a partir de la calibración CalPal2007-Hulu y su comparación con las curvas de variación de δ 18 O de los sondeos de NGRIP y GRIP según GICC05 Age Model (Lowe et al. 2008). La tercera de pequeñas dimensiones (58×42×10 mm) y con superficies de roce está alterada por el fuego. Al estar en estudio no podemos aportar más datos sobre su utilidad o significado. Hay varias zonas de talla y, por el momento, dos estructuras de combustión. Son de forma irregular, casi ovalada, delimitada por estructuras de piedra. Las dataciones radiocarbónicas, ya citadas en el epígrafe anterior, se realizaron en el Research Laboratory for Archaeology and History of Art de la Universidad de Oxford. La conservación de la materia orgánica es muy deficiente en todos los yacimientos de la zona del Montsant. Nuestros análisis arqueobotánicos (antracología, fitolitos) y faunísticos (mamíferos y moluscos terrestres y marinos) para conocer la evolución paleoecológica del yacimiento no dieron resultados definitivos. Los estudios antracológicos se basan en los carbones identificados en las campañas de 1998, 2003 y 2008, por lo que consideramos los resultados como representativos del panorama paleovegetal de la zona. Los resultados muestran un conjunto homogéneo, con 13 fragmentos de Pi- nus tipo sylvestris, 1 de Juniperus y 2 indeterminables. El primero agrupa tres especies de montaña Pinus uncinata (pino negro), Pinus sylvestris (pino albar) y Pinus nigra (pino negral) distribuidos en la actualidad a diferentes altitudes (Blanco et al. 1998). Por la semejanza de sus características anatómicas utilizamos una única categoría para su identificación. Hoy en el Montsant encontramos Pinus nigra ssp. salzmanni y Pinus sylvestris. El género Juniperus también agrupa especies indistinguibles a partir de su estructura celular. En la zona encontramos Juniperus oxycedrus y Juniperus phoeniceae. Pinus tipo sylvestris es el taxón más común y recurrente en las secuencias pleistocenas del noreste de la Península Ibérica (Allué 2009; Allué et al. 2012a). Las comunidades forestales de pino se extienden desde el litoral hasta el Pirineo durante algunas fases del Pleistoceno superior (Allué et al. 2012b; Daura et al. 2013). La mejora climática a partir del Tardiglaciar reduce la extensión de coníferas a favor de taxones mesotermófilos. Sus comunidades se caracterizan principalmente por la presencia de Prunus, Rhamnus cathartica/saxatilis y Acer. La xericidad en las zonas meridionales del noreste peninsular, situadas en el interior, parece mayor que en las septentrionales o litorales (Allué et al. 2007). Los datos antracológicos de secuencias próximas a L'Hort de la Boquera, como las de Els Colls, Molí del Salt, Font Voltada o Filador, muestran de forma más clara como las formaciones de Rosaceae y, principalmente, del género Prunus desplazan a las de Pinus t. sylvestris como taxones más significativos. Las prunoideas se presentan en formaciones arbóreo / arbustivas de carácter pre-forestal, cuya expansión tendrá lugar en la transición Pleistoceno-Holoceno, con un incremento notable a partir del Holoceno (Allué et al. 2012; Allué et al. 2012b; Henry et al. 2013). Los datos antracológicos obtenidos en Molí del Salt y Els Colls nos permiten sugerir que durante el Paleolítico superior de L'Hort de la Boquera las formaciones forestales de Pinus tipo sylvestris todavía son dominantes. Además otros datos paleoecológicos insinúan otras formaciones vegetales, como bosques de ribera o zonas abiertas ocupadas por herbáceas, reflejo de un paisaje en mosaico (Bergadà 1998; Burjachs 2009). En este contexto ambiental, paleoecológico, los recursos forestales se explotaban según su abundancia y disponibilidad en el entorno inme-diato. La leña se recogía probablemente para un uso inmediato de carácter fungible. La selección del pino, un buen productor de biomasa muerta de fácil acceso, es recurrente durante buena parte del Pleistoceno. El incremento de taxones mesotermófilos, en buena medida productores de especies comestibles, modificará las estrategias de explotación del combustible. Esto se refleja de forma clara en el Mesolítico. En cambio, en fases anteriores los registros antracológicos son más homogéneos y con escasa variabilidad taxonómica. La presencia de fitolitos se probó en una muestra cercana a 1 gr, recogida en la parte superior del nivel arqueológico de la zona más externa del yacimiento. Pero el número de fitolitos por gramo de AIF (fracción no soluble al ácido), unos 16.000, era excesivamente bajo. Tampoco se ha identificado su morfología en una cantidad suficiente para interpretar de modo fiable los restos vegetales (Albert, R. M. y Weiner, S. 2001). Se concluyó que la ausencia de fitolitos no se debía a su disolución durante el tratamiento del sedimento, sino a la ausencia de vegetales en la muestra. Solo presentamos la relación de algunas especies aparecidas (mamíferos y malacofauna continental y marina), y su contextualización respecto a las identificadas en yacimientos próximos y de cronología similar, dado el reducido número de elementos faunísticos recuperados. Durante estos años se han recuperado un total de 99 elementos en el yacimiento: 23 (23,23%) son determinables desde el punto de vista tafonómico y 76 (76,76%) no. El estado de conservación es muy precario y las alteraciones diagenéticas importantes. Las medidas de los restos no determinables nos han aproximado a su identificación. Hay 2 de herbívoros (dentición), 27 de macrofauna de tamaño medio, 41 de macrofauna sin más precisión, 2 de mesofauna y 4 restos que no se pueden identificar en absoluto. Esta distribución y su comparación con los restos determinables sugieren que los herbívoros y los restos de macrofauna de tamaño medio podrían pertenecer a pequeños bóvidos. Ningún resto de macrofauna se puede atribuir, con seguridad, a équidos, grandes bóvidos o grandes cér- vidos. También destaca la irrelevancia de la mesofauna, es decir, de animales con tamaño similar al de los lepóridos. El número de especímenes identificados (NISP) es 6 Capra pyrenaica, 13 pequeños bóvidos y 4 Oryctolagus cuniculus con un solo individuo por taxón. El material aparece totalmente fragmentado, salvo un astrágalo de cabra montés. Las astillas recuperadas tienen de promedio 2 cm de longitud máxima. La primera causa de la fragmentación es la intervención antrópica. El máximo aprovechamiento de los recursos alimentarios supone la destrucción de los huesos para la extracción del tuétano y para la obtención de grasas y colágeno, actividades muy corrientes en los yacimientos de cazadores-recolectores (Binford 1978). La segunda son los fenómenos fosildiagenéticos, como una fuerte deshidratación y carbonatación del material. A ambas se añade el alto grado de alteración térmica del conjunto faunístico: la coloración de numerosos restos calcinados supone temperaturas superiores a los 600 °C (Stiner et al. 1995). Es casi imposible identificar las partes anatómicas. La mayoría del conjunto son piezas dentarias. El esqueleto postcraneal está representando solo por un fragmento de radio y un astrágalo. De todas maneras nos parece que las carcasas pudieron llegar completas al yacimiento. La malacofauna continental cuenta con 486 elementos: 87 están enteros y 328 son fragmentos que, en 71 casos corresponden a individuos irrepetibles. Por este motivo, el NMI se fija en 158 elementos. Este recuento debe estar afectado por el proceso sedimentario fluvial, que transporta con gran facilidad las conchas, muy ligeras y con una cámara de aire interior que aumenta su flotabilidad, así como por los procesos diagenéticos y de recuperación durante la excavación. Todo ello complica establecer la importancia de la malacología continental en la dieta de las comunidades prehistóricas ocupantes de L'Hort de la Boquera. Además no todas las especies identificadas tienen valor culinario: pueden descartarse los taxones que no corresponden al grupo de los grandes helícidos. La distribución taxonómica de los restos es la siguiente Cepaea nemoralis 464, Pomatias elegans 1, Rumina decollata 12, Xeroplexa sp 7 y Chondrinae 1. Rumina decollata o Pomatias elegans son especies con comportamientos excavadores y, en nuestro caso, no tenemos la certeza de su sincronía con la formación del nivel geológico. Centramos nuestro estudio en Cepaea nemoralis. El elevado grado de fragmentación podría hacernos sospechar un origen no antrópico, pero el número de ejemplares enteros es significativo. La población es polimorfa y de medidas muy homogéneas (25-27 mm de diámetro máximo de la concha y 16-19 mm de altura). Algunos biólogos interpretan este modelo, que tiende a oscurecer la superficie de la concha, como una adaptación a ambientes más forestales. No es una conclusión muy clara (Jones et al. 1977). De hecho, no coincide mucho con los datos paleobotánicos antes mencionados. Sí parece observarse un cierto gradiente latitudinal en los conjuntos de Cepaea nemoralis del Pleistoceno final-Holoceno inicial: mientras en los yacimientos septentrionales (sur de Francia o los Pirineos) las conchas de dichos caracoles tienden a carecer de bandas (Dourgne, Arques, Balma de la Margineda) en las latitudes medias hay un cierto equilibrio entre las que las presentan y las que no (Balma del Gai) (Lloveras et al. 2011). En L'Hort de la Boquera, como se ha mencionado, todas las tienen. Esta homogeneidad nos hace pensar en áreas de captación muy concretas. Actualmente Cepaea nemoralis no abunda mucho en la solana donde se sitúa L'Hort de la Boquera, siendo habitual en los valles menos soleados de la sierra del Montsant. En cambio en la zona del yacimiento predomina hoy en día Sphinterochila candidissima, especie mucho más termófila. De momento solo tenemos un ejemplar de malacofauna marina: un fragmento de valva del género Glycymeris, indicador de algún tipo de conexión con la costa. Este género aparece en yacimientos cercanos de cronología similar (Molí del Salt). Consideramos interesante plantearse el significado simbólico y lingüístico de Glycymeris para las comunidades prehistóricas de finales del Pleistoceno en la zona interior de Tarragona. Uno de los hallazgos más significativos de la campaña de excavaciones del 2011 fue un riñón calizo con motivos grabados de tipo figurativo, que enriquece el exiguo registro de arte mobiliar del final del ciclo paleolítico, conocido hasta la fecha en el noreste de la Península Ibérica. El riñón es de morfología irregular y bordes redondeados. Los 5 motivos identificados se concentran en la cara de superficie más regular. La técnica es el grabado simple de tipo modelante. Destaca la representación naturalista y completa de un ave orientada hacia la derecha, que ocupa el centro del dispositivo gráfico. El modelado de la figura central recoge los detalles anatómicos más característicos de la silueta de un ave. La cabeza es pequeña, definida con trazos redondeados, detallando el pico y la línea de mandíbula. El cuello es alargado y sinuoso y el cuerpo macizo y redondeado. Se presta especial atención al plumaje de la cola, corta. Las patas largas, en disposición paralela, rematan en dedos poco naturalistas. El único detalle anatómico interno es el plumaje de las alas (Fig. 9). Está en curso un estudio amplio de la pieza, incluyendo la descripción de la serie de motivos grabados, de menor tamaño y naturalismo, que rodean el ave, así como su posible interpretación y valoración en el contexto regional y global. Avanzamos algunos resultados respecto a su identificación taxonómica. Las representaciones de aves en el arte paleolítico son pocas: no superan el centenar. Abundan más en el arte mueble que en el parietal (Crémades et al. 1997). Según Nicolau-Guillaumet (2008), un 35% corresponde a aves acuáticas, incluyendo anátidas y zancudas, un 9,5% a las rapaces, un 6% a los paseriformes, principalmente córvidos, y poco más de un 1% a las galliformes. La taxonomía de un 48% de las representaciones sería inidentificable. Seguramente entre las "zancudas" el autor incluye aves de comportamiento no estrictamente acuático, o incluso especialmente terrestre, como muchas especies del orden de las gruiformes, al que ciertamente corresponde el grabado de L'Hort de la Boquera. Las representaciones paleolíticas asignadas a este orden suelen clasificarse como avutardas (familia Otididae) o grullas (familia Gruidae). Serían avutardas las representaciones de Gourdan, La Madeleine, Puy de Lacam, un ave de Laugerie-Basse y Lortet y, en cambio, grullas las de Arancou, la Vache, un ave distinta a la ya citada en Laugerie-Basse, Gargas y Belvis (Crémades et al. 1997). Las avutardas tendrían cabezas más grandes, picos más puntiagudos, cuellos más cortos y gruesos y patas también algo más cortas y gruesas que las grullas. Por su parte las cabezas de las grullas serían más pequeñas con picos algo más alargados y cuellos y patas más estrechos y largos. Los cuellos largos, estrechos y serpentiformes también caracterizan una representación de anátidas de Gourdan y otra de Teyjat, clasificadas como cisnes. Estos parámetros restringirían la taxonomía del ave de L'Hort de la Boquera a dos familias: Otididae y Gruidae. El pico de las otídidas, en especial de las avutardas, es relativamente más corto que el resto de la cabeza. El cuello, aunque largo, es substancialmente más corto que el cuerpo y se engrosa sobre todo en la base, por la llamada gola. Las patas son largas pero de relativa robustez al ser animales de comportamiento muy terrestre. Los pies acaban en tres dedos. Los machos, barbados, extienden el plumaje pectoral y de la cola en la fase de exhibición (Alonso y Fig. 9. Fotografía y calco de los grabados centrales de l'Hort de la Boquera (Priorat, Tarragona). Destaca un ave modelada con el estilo del final del ciclo artístico paleolítico. Las grullas son de complexión más grácil. Las proporciones de cabeza y pico son más equilibradas. Difieren de las otítidas en que el cuello y las patas son más largos que el cuerpo. El cuello puede adoptar una sinuosidad serpentiforme. Hoy en día, en Europa, las Otididae son la avutarda (Otis tarda), el sisón (Tetrax tetrax) y la hubara (Chamydotis undulata). Las Gruidae incluyen la grulla común (Grus grus) y la grulla damisela (Anthropoides virgo) (Peterson et al. 1967) y, como especies fósiles pleistocenas, Grus primigenia, Grus bohatshevi y Grus melitensis (Arribas 2004). Sobre la base de la comparación de los criterios biológicos y de la tradición clasificatoria del arte paleolítico creemos que el grabado central del bloque de L'Hort de la Boquera representa un espécimen de la familia de las grullas. Queda mucho trabajo por hacer, y más campañas de excavaciones, en el asentamiento de L'Hort de la Boquera, pero podemos ofrecer una serie de conclusiones. El valle medio del río Montsant adquiere un especial interés arqueológico al ubicarse en ese espacio ese asentamiento y otros ya conocidos y publicados, total o parcialmente, como Els Colls, El Filador, El Planot, Cova del Boix, Bauma de l'Auferí o Cova de la Taverna (Fullola 1990; Adserias et al. 1996), que documentan un poblamiento que va desde el Paleolítico Medio hasta el Neolítico. En L'Hort de la Boquera, según los resultados actuales, solo hay un estrato arqueológico, aunque en las proyecciones se pueden apreciar dos niveles de ocupación, separados por un pequeño hiatus a los 60 cm de profundidad, respecto a nuestro nivel 0. Estos niveles de ocupación son muy ricos en material arqueológico. La industria lítica muestra un claro binomio raspador-elementos de dorso (aquí incluimos láminas, puntas y elementos de dorso truncados). Encontramos elementos típicos del Paleolítico superior final, como las laminitas de dorso rebajado rectangulares, un porcentaje no despreciable de buriles, entre los que encontramos buriles diedros, y también numerosas truncaduras. La contraposición entre estas características industriales y el gran tamaño de las piezas se explica por la cercanía a las fuentes de materia prima, situadas en el término de Ulldemolins, a poco más de 6 km de distancia. A su vez, la tecnología utilizada para la fabricación de las piezas no sigue las pautas que se observan para el Magdaleniense final clásico. La ausencia de industria ósea, por el momento, se compensa por la presencia de arte mueble sobre soporte lítico. Es un hallazgo excepcional en el Paleolítico superior catalán, tanto por su temática, la representación de un ave, como por la escasez de ejemplares, limitados a las placas grabadas del yacimiento del Molí del Salt. El estilo del grabado de L'Hort de la Boquera se corresponde con el estilo del final del ciclo artístico paleolítico, que dará paso a la fase no figurativa del Epipaleolítico / Mesolítico con ejemplos tan claros como la serie de La Cocina o el más cercano guijarro con seis líneas pintadas del abrigo de El Filador (Fullola y Couraud 1984). Los estudios paleovegetales efectuados muestran que, en toda esta zona de la Cataluña meridional, las formaciones de Pynus silvestris siguen siendo la vegetación dominante junto con bosques de ribera y zonas abiertas de herbáceas. El estudio arqueofaunístico proporciona otros resultados interesantes aún escaseando los restos. Entre los vertebrados el principal recurso cinegético es la cabra montés siguiendo una tendencia ya evidenciada en los yacimientos de cazadores-recolectores del Paleolítico superior final y del Epipaleolítico del valle del Monsant. Seguramente la explotación serían estacional, muy probablemente aprovechando el movimiento de las manadas entre el valle y los puntos culminantes de las sierras circundantes. Ello explicaría también la concentración, parece que estratégica, de los yacimientos en las convergencias de los barrancos laterales con el río Montsant (Garcia-Argüelles et al. 2005). L'Hort de la Boquera es uno de los yacimientos del Paleolítico superior final, asociados a una orografía abrupta, donde la preferencia por cazar la cabra montés se contrapone a la opción por el ciervo propia de los situados en la montaña baja (Fullola et al. 2012). La presencia de gasterópodos terrestres, en concreto de la especie Cepaea nemoralis, generalizada como recurso alimentario en yacimientos de cronología posterior, da al yacimiento un toque de modernidad respecto a otros del Paleolítico superior final en Cataluña, canónicamente magdalenienses según sus industrias. Este tipo de yacimientos, que comprende L'Hort de la Boquera, Els Colls (Fullola et al. 1993) y el Molí del Salt (Vaquero 2004), evidencia la diversificación de los recursos alimentarios que caracterizará el Epipaleolítico cuando aumentan de modo progresivo los gasterópodos terrestres y las presas pequeñas como los lepóridos y inician su presencia los restos carbonizados de frutos silvestres (Allué et al. 2010). Las dataciones de yacimientos típicamente mag dalenienses como Parco y Montlleó se concentran en el GS 2a i GS2b, mientras que las de L'Hort de la Boquera, Els Colls y Molí del Salt se agrupan en torno a GI-1 (Fullola et al. 2012), como ya se ha comentado. En conclusión, L'Hort de la Boquera es un asentamiento del Paleolítico superior final con unas características propias de la zona meridional catalana, en concreto de las comarcas centrales de Tarragona. Otras fuentes de financiación proceden del Servei d'Arqueologia i Paleontologia de la misma Generalitat de Catalunya que las ha venido asignando, sin interrupción desde 1998, dentro de las programaciones plurianuales de excavaciones presentadas por el Seminari d'Estudis i Recerques Prehistòriques (SERP) de la Universitat de Barcelona (UB) y aprobadas por dicho organismo. El sr. Ramón Álvarez, dibujante del Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la UB ha reproducido la industria lítica. También expresamos nuestro agradecimiento a l'Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA) de la Generalitat de Catalunya y a los Centros Científicos y Tecnológicos de la Universidad de Barcelona (CCiT-UB) por la utilización del Servicio de Microscopía electrónica (ESEM-EDAX) y a la dra. Rosa M. Poch del Departamento de Medio Ambiente y Ciencias del Suelo de la Universidad de Lleida por sus comentarios y sugerencias sobre las biomineralizaciones de fibrasagujas de calcita.
Este artículo presenta los resultados de las campañas realizadas desde 2001 a 2010 en áreas de alta montaña del Pirineo axial occidental de Catalunya, que han generado unos registros arqueológicos extensos y detallados, así como diversos análisis paleoecológicos de turberas y contextos lacustres. Gracias a las 27 fechas radiocarbónicas obtenidas, se documenta la secuencia del poblamiento prehistórico en medios alpinos y subalpinos desde las primeras evidencias de su ocupación, en el Mesolítico, hasta el inicio de la Edad del Bronce, fundamentalmente. Se proponen nuevas hipótesis para su ex-plicación. Se ha prestando especial interés a los procesos de colonización postglacial de estos espacios, a la introducción de prácticas ganaderas e, hipotéticamente, agrícolas y a su evolución. Se han considerado además actividades complementarias como la minería, la producción de carbón y la extracción de madera, así como las relaciones de las comunidades humanas de ámbitos de montaña con las de otras áreas geográficas. diferentes períodos de la Prehistoria del norte de la Península Ibérica. La cordillera ha sido vista como zona de tránsito de grupos humanos y prácticas culturales hipotéticamente definidas por las sucesivas poblaciones prehistóricas del nordeste peninsular (Ruiz Zapatero 1995). Por otra parte, por sus características geográficas, los Pirineos han sido considerados clave, como otras áreas de montaña, en la configuración de las redes de trashumancia a partir del Neolítico y hasta épocas históricas (Llovera et al. 1994; Martín y Vaquer 1995; Gardes 1996; Esteban 2003). Sin embargo, apenas se había generado un registro arqueológico que permitiera evaluar la viabilidad de estas propuestas. A finales del siglo XX, el conocimiento del poblamiento prehistórico de las zonas axiales de la cordillera se basaba en hallazgos puntuales, como el depósito de bronces de Llavorsí, en la comarca del Pallars Sobirá (Lleida) (Gallart 1991; Rapalino et al. 2007), y en la excavación sistemática de yacimientos, situados en el Principado de Andorra, entre los que destacan la Feixa del Moro de Juberri (Llovera 1986), la Balma Margineda (Guilaine et al. 1985; Guilaine y Martzluff 1995) y la tumba de Segudet de Ordino (Yàñez et al. 2002). Esto se materializaba en un auténtico desierto de evidencias empíricas en las áreas alpinas y subalpinas de la cordillera, justamente donde se habría podido desarrollar a partir del Neolítico una parte importante de las prácticas económicas, como la supuesta ganadería estacional (Gassiot y Jiménez 2006). En los últimos años este panorama ha empezado a cambiar gracias a la consolidación de proyectos de investigación arqueológicos y paleoecológicos dirigidos a documentar las actividades humanas en medios de alta montaña a lo largo del tiempo; principalmente en Andorra (Palet et al. 2008; Ejarque et al. 2009; Ejarque et al. 2010), la Cerdanya (Rendu 2003; Bal et al. 2010), los Pirineos atlánticos (Gardes 1996; Galop et al. 2007) y el Pirineo axial occidental de Catalunya Este artículo presenta los resultados de las campañas realizadas desde 2001 a 2010 en el Pirineo axial occidental de Catalunya, que han generado unos registros arqueológicos extensos y detallados, así como análisis paleoecológicos de turberas y contextos lacustres. Estos trabajos han documentado la secuencia del poblamiento prehistórico en medios alpinos y subalpinos durante la mayor parte del Holoceno, proponiendo nuevas hipótesis para explicarla. Se ha prestado especial atención a los procesos de colonización postglacial de estos espacios, a la introducción de prácticas ganaderas (Galop et al. 2007) e, hipotéticamente, también agrícolas (Galop et al. 2003; Galop 2006; Miras et al. 2007; Pèlachs et al. 2007) y a su evolución. Una parte de la academia conecta el poblamiento de las áreas de alta montaña con grupos humanos relativamente marginales a los desarrollos sociales de su época y, en gran medida, reticentes al cambio. A esta premisa se le suma la visión de los espacios de alta montaña como ambientes poco aptos para unas poblaciones forzadas a ocupar estos espacios 'marginales' por las situaciones generadas en zonas vecinas (excedente demográfico, áreas de refugio en tiempos de inestabilidad política y conflictividad social, etc.) y fuertemente condicionadas por las características del medio ambiente (Pons 1994; Ruiz Zapatero 1995; Jiménez 2006). A menudo se ha recurrido a fuentes indirectas, principalmente históricas y etnográficas, para informarse sobre las poblaciones y prácticas sociales de los últimos siglos que con frecuencia se han trasladado a diferentes épocas, generando una visión ahistórica (Violant i Simorra 2001). Estas interpretaciones han podido introducir sesgos, como asumir que las prácticas ganaderas estacionales de finales del siglo XIX reflejan, fosilizadas en el tiempo, la gestión de los rebaños y de la fauna doméstica desde el Neolítico. Nuestra línea de investigación propone dos puntos de partida para superar estas visiones apriorísticas. El primero es reconocer las potencialidades de los medios alpinos y subalpinos para la población y analizar el cambio temporal de los ecosistemas de montaña por factores naturales, principalmente climáticos (Catalán et al. 2001; Pla y Catalán 2005; Pèlachs et al. 2011) y antrópicos (Miras et al. 2007; Pèlachs et al. 2007; Bal et al. 2011; Rodríguez Antón 2011; Gassiot et al. 2012b). El segundo asume la modificación temporal de las formas de vida de los pobladores de esos ecosistemas en el seno de procesos loca- les o de dinámicas de amplio alcance geográfico (Gardes 1996; Molist et al. 2003; Galop et al. 2007; Gassiot et al. 2010b). Los innovadores trabajos en curso en el norte de la Cerdanya (Rendu 2003; Bal et al. 2010) y en las áreas axiales del Pallars (Soriano et al. 2003; Cunill et al. 2012) demuestran que los datos históricos directos, en su caso, la etnografía y los estudios paleogeográficos y paleoambientales (Nadal et al. 2009; Pelachs et al. 2012) son necesarios para obtener representaciones más fiables del poblamiento prehistórico (Gassiot et al. 2010a). ÁMBITO DE ESTUDIO Y MÉTODOS DE LA INVESTIGACIÓN Los resultados que se exponen en este trabajo derivan principalmente de las investigaciones arqueológicas realizadas en el Parc Nacional d'Aigüestortes i Estany de Sant Maurici (a partir de ahora PNAESM), su área periférica y zonas adyacentes, y en el cercano Parc Natural del Alt Pirineu (a partir de ahora PNAP) (Fig. 1). El estudio comprende la región pirenaica axial occidental catalana, cuyas cimas están entre los 2.750 y los 3.150 m de altitud. La mayoría de las poblaciones actuales se concentra en los fondos de valle, una parte reducida del territorio por debajo de los 1.500 m de altitud. El relieve es marcadamente abrupto y rocoso por su geomorfología postglacial (Bordonau 1992), aunque su configuración depende de si el sustrato dominante es el granito o el esquisto (Soler et al. 1995). El trabajo de campo se ha centrado en las áreas de alta montaña, sobre todo alpinas y subalpinas entre los 1.700 y los 2.800 m de altitud que comprenden las cabeceras de los valles. El clima está muy condicionado por la altitud, que implica notables contrastes en función de la altura y orientación de las vertientes y valles. En las partes más elevadas la precipitación supera los 800 mm/año, con una media de entre 1.000 y 1.300 mm/año, llegando incluso hasta los 2.000 mm/año en la zona del Estany Gento (Vall Fosca, cuenca del Flamisell). En el fondo de valle las precipitaciones anuales pueden ser inferiores a 700 mm/año, como en Esterri d'Àneu (Alt Àneu, cabecera de la Noguera Pallaresa). La temperatura media anual oscila entre 2 o y 9 °C en las zonas alpinas y los 9 o y 12 °C en los fondos de valle (Martín Vide 1992). Los pisos bioclimáticos altitudinales definen la vegetación (Montserrat 1992). En las áreas alpinas (más de 2.300 m de altitud) hay un paisaje de roquedos y canchales con praderas de gramíneas (Poaceae, Artemisia, Festuca) y algunos arbustos, principalmente enebro (Juniperus communis L.), rododendro (Rhododendron ferrugineum L.) y piorno serrano (Genista balansae (Boiss.). En las áreas subalpinas (entre 1700 y 2300 m de altitud), se conforman bosques de coníferas, sobre todo de pino negro (Pinus mugo subsp. uncinata (Ramond) Domin), abeto (Abies alba Mill.) y pino silvestre (Pinus sylvestris L.), con presencia de caducifolias, como abedul (Betula pendula Roth) y avellano (Corylus avellana L.) La composición del paisaje y de los diversos taxones vegetales dominantes está en función de la formación de los suelos, la humedad y la orientación de las vertientes (Ninot y Ferré 2008). Las actuaciones arqueológicas realizadas desde el año 2001 han consistido en una prospección intensiva del territorio y en la excavación de algunos yacimientos de singular relevancia para la comprensión del poblamiento prehistórico de las áreas de montaña. Las prospecciones no han excluido ningún área por su morfología, siempre que fuera accesible a pie y estuviera entre 1.500 y 2.900 m de altitud. Se ha organizado en transectos, adecuados a la visibilidad, accesibilidad y condiciones del terreno, cubriendo la práctica totalidad de los fondos de valle y circos glaciales del PNAESM y su área periférica, así como una parte del PNAP. Se han documentando los vestigios humanos visibles en superficie, con independencia de su cronología, salvo cuando ya figuraban en la cartografía existente. Los contextos arqueológicos han sido registrados en detalle, integrándose en sistemas de información geográfica (GIS). La limpieza ocasional de estructuras arquitectónicas y los sondeos estratigráficos limitados (entre 0,4 y 1 m 2 ) tenían una doble finalidad. La primera era evaluar la potencialidad arqueológica y secuencia estratigráfica de los contextos. La segunda era obtener materiales arqueológicos para la datación absoluta de los niveles identificados, determinando así los intervalos de ocupación de los espacios de hábitat. Este último aspecto es de especial relevancia, ya que la prospección superficial no suele ofrecer elementos diagnósticos de la cronología de las ocupaciones (1) a menudo con diversas fases, en especial en los abrigos rocosos pero también en algunos espacios a cielo abierto (Gassiot et al. 2005a; Gassiot et al. 2006). La información arqueológica del área de estudio se ha completado con excavaciones en extensión en tres de los yacimientos identificados. La Font dels Coms, situado a 1.850 m de altitud en una vertiente elevada del valle de Baiasca, es un sepulcro megalítico prehistórico compuesto por una cista y un túmulo, reutilizado en época romana para emplazar un horno de reducción de hierro (Celma 2009; Augé et al. 2012). El Abric de l'Estany de la Coveta I es una pequeña cavidad situada en la cabecera del valle del río Peguera, a 2.433 m de altitud. Tiene una secuencia de ocupación holocénica de larga duración (Gas- a dos razones. La primera es la orientación del programa de investigación, que presta especial atención a los períodos prehistóricos y protohistóricos, buscando establecer la secuencia completa de las ocupaciones en el área de estudio durante todo el Holoceno. La segunda explicación es más 'práctica': la contextualización de la muestra obtenida para una datación en sondeos de muy reducida extensión es mucho más arriesgada e imprecisa en yacimientos al aire libre, a menudo con depósitos de derrumbe arquitectónico, superposición de fases constructivas y una sedimentación tafonómica posterior muy tenue. Pese a todo, se han datado algunos contextos prehistóricos al aire libre, como la Coma d'Espòs, que se discutirá más adelante. ANÁLISIS ARQUEOLÓGICO Y PALEOECOLÓGICO DE LOS MATERIALES Los yacimientos de alta montaña no proporcionan, en general, numerosos materiales artefactuales en comparación con los localizados en fondo de valle o llanura (Molist et al. 2003). Si tenemos esto en cuenta, la cantidad hallada en las excavaciones en extensión realizadas en el PNAESM ha sido relevante. Predominan los artefactos líticos (Gassiot el al. 2012a). Ello unido a la mala conservación de los restos cerámicos y óseos, convierte el estudio de los recursos minerales y de las industrias líticas en una etapa fundamental para la interpretación económica y social de las poblaciones prehistóricas de la zona. Las industrias líticas analizadas (Fig. 2) proceden mayoritariamente de la Cova del Sardo de Boí y del Abric de l'Estany de la Coveta I, ambos situados en el PNAESM. El objetivo principal de su estudio ha sido la reconstrucción de los procesos de adquisición y gestión de los recursos minerales y su amortización en los procesos económicos de subsistencia y producción (Gijn 1990; Clemente 1997; Terradas 2012). Para ello se ha recurrido a la caracterización petrográfica, tecnológica y funcional de los materiales. Los datos arqueológicos obtenidos se han contrastado con otros paleoecológicos (arqueobotánicos y de materia orgánica y elementos traza). Proceden de 3 columnas sedimentarias tomadas en el Estany de la Coma de Burg. Este paleolago, que actualmente ha formado una turbera (Pèlachs 2005; Pèlachs et al. 2007; Pèlachs et al. 2011), se sitúa en el área suroriental de estudio, en la cabecera de un pequeño valle orientado Este-Oeste, subsidiario del Noguera de Cardós (Fig. 1). El primer sondeo (CMB-I 6,57 m de sedimento) extrajo un testigo de la parte central del paleolago con una sonda edáfica Eijkelkamp de tipo manual. Los resultados del análisis polínico cubren los últimos 10.600 años (Fig. 3), es decir, la práctica totalidad del Holoceno, según han determinado las 4 dataciones de C14 AMS obtenidas (Pèlachs et al. 2007). La secuencia definida, basada en 13 dataciones (Pèlachs et al. 2012), ha completado los datos polínicos previos y ha sustentado el análisis de macro-carbones (Pèlachs et al. 2012), materia orgánica (Lost-on-ignition LOI) (Pèlachs et al. 2011) y metales pesados (Fig. 4) (Gassiot Para el análisis palinológico las muestras de sedimentos obtenidas en columnas y catas fueron sometidas a procesamientos químicos. Estos incluyen la reducción por oxidación química de la muestra mediante ácido clorhídrico (HCl al 10%), hidróxido de potasio (KOH al 10%) y ácido fluorhídrico (HF al 40%). La separación densimétrica y extracción del polen se realizó con un líquido pesado (2.0 g/cm 3 ). A continuación se añadieron tabletas de Lycopodium al sedimento para estimar la concentración de los valores de polen (granos/ cm 3 ) (Burjachs et al. 2003). Una vez montado en láminas con glicerol (C 3 H 8 O 3 ), el polen fue identificado mediante una lupa binocular, usando colecciones de referencia, claves de determinación estándar y atlas fotográficos. Los resultados están expresados en porcentajes relativos, excluyendo esporas e hidrófitas en la suma del polen. Las curvas polínicas no representan las muestras de polen con porcentajes bajos. El gráfico izquierdo refleja la suma de índices polínicos arbóreos (con distinción de Abies y Pinus) y el derecho la curva de herbáceas (Poaceae) (identificando Cerealia) (Fig. 3). Para cuantificarlos se extrajo un cm 3 de sedimento por cada cm de profundidad. Cada muestra fue sumergida en una disolución de hipoclorito de sodio (NaOCl) con hidróxido de potasio (KOH al 15%), durante 3 horas a 70 °C y una vez secadas se cribaron en una malla de 150 μm. Los fragmentos se clasificaron por tamaños, según su diferencia exponencial. El número de carbones fue combinado y dividido por el volumen de la muestra, para calcular el área de concentración. Las evidencias de carbones proceden de incendios producidos en torno al lago, así como del transporte desde largas distancias por la acción de agentes erosivos como el agua o el viento. Sorprendentemente, las acumulaciones de carbones continúan durante los años sin incendios (Whitlock y Millspaugh 1996) generando una señal diferenciada. En todos los casos, la evidencia de concentración permite comparar las muestras de incendio con el polen y la materia orgánica. Las muestras ponderadas (entre 3/4 g) de materia orgánica y elementos traza fueron transferidas a vasos de polipropileno y secadas lentamente, a 60 °C, durante 48 horas, para calcular el contenido de agua. Después fueron pulverizadas en un mortero de ágata. La composición mineral se determinó por difracción de Rayos X. Los análisis de LOI se llevaron a cabo mediante los procedimientos estándares (Dean 1974), con una primera fase de combustión a 550 °C y una segunda a 950 °C durante otras 4 horas. Unos 0,2 g provenientes de estas muestras fueron analizados buscando las mayores concentraciones de elementos traza. Para ello se trataron hasta su total disolución por el método de digestión ácida, usando ácidos nítrico (HNO3), hidrofluorídrico (HF) y perclórico (HClO 4 ) en el laboratorio de datación U/Th del Institut de Ciències de la Terra Jaume Almera (ICTJA CSIC). La calidad de las muestras se aseguró mediante blancos de reactivo, muestra de réplicas y materiales de referencia estándar para evaluar la exactitud y la precisión de los análisis. Se usó un equipo ICP-MS para el análisis y la cuantificación de los elementos traza. RESULTADOS E INTERPRETACIÓN: LA SECUENCIA DE POBLAMIENTO Hasta 2011 han sido documentados en el área de estudio 324 yacimientos (2) (Fig. 1) y 139 puntos con vestigios arqueológicos, dispersos por todas las zonas prospectadas. Son vestigios arquitectónicos de diferentes morfologías y magnitudes (de cabañas o cercados aislados a grandes conjuntos con decenas de recintos y más de 0,35 ha de extensión), hallazgos de materiales en superficie, pequeños abrigos, cavidades con indicios arqueológicos de ocupación humana, zanjas mineras y, puntualmente, muestras de arte rupestre. Esta diversidad morfológica y funcional se traduce en una elevada variedad en los emplazamientos. Una parte considerable de los asentamientos con arquitectura están próximos a los fondos de valle o bien en los circos glaciares, pero también se han documentado hallazgos arqueológicos en crestas y lugares cercanos a cimas, así como en laderas abruptas y canchales. Los contextos arqueológicos documentados (Fig. 1) se han fechado mediante dataciones absolutas (Tab.1) y, puntualmente y con las debidas precauciones, a partir de las características tipológicas de algunos materiales (Fig. 5). Presencia mesolítica en espacios de alta montaña (c. La ocupación en los espacios de alta montaña, aunque tenue, se constata en la zona a principios del Holoceno (c. Por los estudios existentes para la región pirenaica, consideramos que corresponde a sociedades cazado- y una lasquita de cuarzo. Sus dimensiones nunca superan los 17 mm de largo. Los estudios funcionales sugieren el uso de estos instrumentos en actividades vinculadas al procesamiento de pieles de animales (Gassiot et al. 2008). Los datos, aunque escasos y fragmentarios, apuntan a una frecuentación, al menos puntual, de las zonas de alta montaña del Pirineo axial central, incluso a más de 2.000 m, por grupos humanos mesolíticos. Su presencia anterior solo había sido arqueológicamente documentada en fondos de valle cercanos a los 1.000 m de altitud, principalmente en la Balma Margineda (Guilaine et al. 1985; Llovera et al. 1994). Durante el VI milenio cal AC se constata un establecimiento continuado o permanente de las primeras poblaciones humanas en zonas subalpinas. Documentamos básicamente esta ocupación en la Cova del Sardo de Boí durante las campañas de prospección y sondeo de 2004. Está a 1.790 m de altitud y a unos 60 m por encima del fondo de valle de Sant Nicolau, orientada al sur sobre un pequeño aterrazamiento natural entre dos conos de deyección laterales. En el sondeo de 1 m 2 se documentó la potencia estratigráfica y cronológica de las ocupaciones del abrigo. Se definieron tres fases históricas (siglos XVIII-XIX, XV-XVI y IX-X) (Planet et al. 2008) y una serie de ocupaciones de época prehistórica comprendidas entre 5607 y 2493 cal AC (Tab. La primera fase (Nivel 9), datada entre el 5607 y 5374 cal AC (KIA-37689), consiste únicamente en un pequeño hogar en cubeta de sección semicircular localizada en el extremo occidental de la cueva, bajo la cornisa (Fig. 4). Posiblemente refleja un uso muy puntual de la cavidad, quizás un único evento. Esta datación es dos o tres siglos posterior a las de los yacimientos más antiguos con cerámica de la vertiente sur de los Pirineos y Prepirineos: Balma Margineda (Guilaine y Martzluff 1995), Cueva Chaves (Baldellou 1985) y Forcas II (Utrilla y Mazo 1999), pero no se ha recuperado ningún resto cerámico sino escasos fragmentos líticos tallados. La segunda fase (Nivel 8) tiene 6 dataciones: 2 proceden de sendas estructuras de combustión del interior de la cavidad; 1 de un carbón tomado en una acumulación de residuos de mantenimiento del espacio interior de la cornisa y 3 de un pequeño aterrazamiento. Está contenido por un muro frontal y un zócalo posterior dispuesto en paralelo a la entrada de la cornisa, en la ladera exterior de la cavidad (Fig. 4). Su depósito, excavado en parte, tiene unos 15 cm de espesor. Cubre unos 5 m 2 y está formado por numerosos carbones, algunos grandes, cenizas y contados artefactos líticos. La muestra de carbones analizados ilustra una escasa diversidad taxonómica: Pinus es el taxón predominante, seguido por caducifolios como Salix y Corylus (Obea et al. 2011). Se desconoce la función de este espacio claramente acondicionado donde se quemó leña de forma continuada durante uno o dos siglos. De estas dataciones inferimos que uno de los hogares de debajo la cornisa y la terraza exterior fueron coetáneas, mientras la otra estructura de combustión del interior de la cavidad es uno o dos siglos anterior (4825-4600 cal AC) (KIA-37690) (Tab. En esta fase los materiales líticos y cerámicos son escasos y están muy fragmentados. Entre los restos líticos destacamos los geométricos, en su mayoría asociados a armaduras para proyectiles cinegéticos, y un posible elemento de hoz con el típico lustre de uso producido por la siega de cereales (Fig. 5). Los estudios carpológicos y polínicos muestran algunos elementos relevantes sobre el aprovechamiento de los recursos vegetales y del entorno. Destaca la identificación de una semilla de cebada desnuda (Hordeum vulgare L. var. nudum Hook. f.) que indica que los habitantes de la cavidad consumieron allí cereales cultivados. Según el polen y los restos carpológicos existió un entorno vegetal relativamente abierto en las cercanías de la cavidad con taxones de ruderal y márgenes de bosque junto con coníferas, así como más especies mesotermófilas que en los períodos posteriores (Gassiot et al. 2012b). Este escenario indicaría una degradación y/o apertura del bosque por la acción humana en el entorno del yacimiento en unas condiciones climáticas más atemperadas que las actuales, señaladas en otros análisis polínicos en el mismo valle (Catalán et al. 2001). En el depósito se superponen capas de carbones y cenizas con fragmentos de diáfisis quemadas, dispersas por toda la superficie bajo la cornisa. Aumentan los restos líticos y cerámicos, sobre todo pequeños cuencos hemisféricos y jarras globulares. Los análisis de palinomorfos no polínicos y la micromorfología de suelos sugieren una sucesión de breves ocupaciones y períodos de abandono (Gassiot et al. 2012b). Se siguen identificando distintas áreas de combustión: en cubetas circulares, delimitadas por círculos de piedras y sin aparente preparación del espacio. Por desgracia, la pésima conservación de los restos óseos y su gran fragmentación dificultan inferir a partir de ellos actividades ganaderas o cinegéticas. Sin embargo el análisis tecno-funcional de los materiales líticos y la procedencia de sus materias primas permiten extraer algunas pautas muy sugerentes. Tanto en esta ocupación como en el resto de la secuencia neolítica se hallaron láminas de sílex y geométricos, en general, introducidas ya manufacturadas en el yacimiento (Fig. 5). Suelen proceder del exterior del área axial de la cordillera, sobre todo, de la cuenca media y baja de ambas Nogueras, cuenca de Tremp y valle del Ebro. El porcentaje de productos líticos locales, tallados habitualmente de forma más expeditiva, es reducido. El análisis funcional y el programa de experimentación en curso parecen señalar el empleo de algunas láminas sobre productos vegetales a ras del suelo. Muchas piezas están muy reutilizadas, y algunas también modificaron su morfología o se reavivaron. En todo caso no intervinieron en actividades de producción o procesamiento de productos cárnicos. Estos primeros resultados replantean la importancia de los trabajos sobre productos vegetales, sea el acopio o recolección de plantas silvestres o domésticas, sean usos económicos (combustible, material constructivo, alimento para el ganado, materia prima, etc.) El uso de los geométricos como puntas o armaduras de proyectiles evidencia la permanencia de las prácticas cinegéticas. El conjunto de datos indica que las primeras poblaciones neolíticas que ocuparon el abrigo no eran exclusiva, o especialmente, ganaderas si no que también practicaban la caza y la agricultura. El incremento de yacimientos del final A partir del 3300 cal AC y durante el siguiente milenio, los yacimientos fechados pasan de uno (Cova del Sardo de Boí) a nueve en la zona del PNAESM: Cova del Sardo, Abric de l'Estany de la Coveta I, Abric del Portarró, Coma d'Espòs, Obagues de Ratera, Covetes, Cova de Sarradé y Lac Major de Saboredo II (Tab. La ocupación del interior de la Cova del Sardo se interrumpe entre el 3400 y 3000 cal AC pero en el exterior se realiza una construcción de madera cuyo techo probablemente apoyaba en la cornisa. Diversos fragmentos de troncos rectos de pino de hasta 10 cm. de diámetro se disponían en perpendicular al frente del resalte rocoso, cubriendo el área de ocupación con materiales líticos tallados y escasos fragmentos cerámicos (Gassiot et al. 2012b, Mazzucco et al. 2013). En un segundo abrigo, a unos 25 m sobre la Cova del Sardo, un sondeo detectó un único estrato con abundante carbón, fauna quemada y una lámina de sílex retocada. A partir del 3000 cal AC hay un notorio incremento de cavidades con ocupaciones arqueológicas, materializadas en áreas de combustión y en pequeños conjuntos cerámicos y líticos tallados en fondos de valle subalpinos y en las cabeceras de los circos glaciares. Son los abrigos del Portarró (3006-2694 Esas evidencias se atribuyen al incremento de la presencia humana en toda la zona durante el final del Neolítico y los inicios del Calcolítico. El patrón de asentamiento se define por ocupaciones reiteradas de las cavidades mayores situadas en las laderas de solana del piso subalpino (entre 1.700 y 2.000 m de altura), próximas al fondo de los valles principales como el de Sant Nicolau (Cova de Sarradé, Covetes y Cova del Sardo). Esta dinámica de poblamiento se complementa, durante este período (3300-2300 cal AC), con una frecuentación de menor entidad de pequeños abrigos en las cabeceras de las cuencas, en zonas alpinas (a más de 2.200 m de altitud). La documenta un utillaje lítico, principalmente sobre sílex, con presencia de soportes laminares (Fig. 5), y restos cerámicos con predominio de recipientes de gran tamaño. La Coma d'Espòs ilustra la existencia de hábitats al aire libre con construcciones parcialmente en piedra, una novedad en el contexto del final del Neolítico en Catalunya (Molist et al. 2003). Los restos de herramientas líticas hallados entre 2.700 y 2.800 m.s.n.m., donde faltan las evidencias de niveles de hábitat, indicarían también la frecuentación de las zonas más elevadas de la cordillera, incluyendo crestas, pasos y collados, como áreas de caza y/o de control de rebaños y de tránsito entre valles. En conclusión, los datos arqueológicos muestran un territorio en creciente proceso de antropización y explotado de modo integral. Esta visión concuerda con la de otros trabajos en la vertiente septentrional de los Pirineos, donde abundan con-textos datados en la misma época (Galop 2006; Rendu 2003). El vacío de contextos de hábitat durante la Edad del Bronce y Hierro (c. A partir del 2300 cal AC aproximadamente se abandonan los asentamientos en cuevas y abrigos que solo volverán a ser ocupados reiteradamente en época tardorromana y altomedieval. Sorprende que se haya localizado solo un contexto de hábitat que haya aportado dataciones radiocarbónicas del II milenio cal AC: una fase de ocupación en el pequeño Abrigo de l'Estany de Xemeneia, datado en 1714-1435 cal AC (BETA-278789). Lo mismo sucede en los yacimientos con arquitectura de piedra al aire libre. Salvo la datación mencionada de Coma d'Espòs, las más antiguas (Cabana del Lac deth Mei I, entre los siglos III y I a.C.) se sitúan en época romana o iberorromana. Además del Abric de l'Estany, algunas estructuras funerarias de cronología desconocida (Dolmen de la Font del Coms, Túmulo de la Pleta d'Erdo), muy probablemente son de este período (3). Asimismo, pueden adscribirse a ese intervalo cronológico (2300-300 cal AC) recipientes cerámicos enteros cuya tipología remite al II milenio cal AC: dos grandes vasijas con cordón aplicado, una olla de tamaño mediano, un vaso troncocónico con asa y otro hemiesférico con base plana y asa (Fig. 2). Se hallaron en oquedades de canchales o en grietas de pequeños abrigos (Gassiot y Jiménez 2006). En el único lugar con depósito excavable, el Abric de l'Estany de la Coveta I, la intervención no documentó ninguna otra evidencia de ocupación relacionada con el período que demarca la tipología de la cerámica (Gassiot et al. 2008). Ello contrasta con la asunción tradicional del cierto incremento demográfico y de la intensificación de las actividades agroganaderas, durante el II y I milenio cal AC en los Pirineos (Ruiz Zapatero 1995). Su prueba serían las reutilizaciones de sepulcros megalíticos durante la primera parte del período y la aparición de las Una lectura restringida al registro arqueológico sugiere que, con posterioridad al 2300 cal AC, las zonas altas de los Pirineos occidentales catalanes experimentaron un proceso de despoblamiento. Sin embargo, los pequeños depósitos de materiales (Fig. 2) muestran que la práctica desaparición de los hábitats no se correlaciona con el abandono del territorio. Los indicadores paleoambientales señalan un incremento de la deforestación y de la antropización del bosque y de los pastos alpinos y subalpinos, a partir del 2500 cal AC (Pèlachs et al. 2007; Gassiot et al. 2010a) (Fig. 3). Los datos polínicos globales de la región pirenaica apuntarían también en esta dirección, observándose una intensificación general de la presión antrópica sobre los medios de alta montaña en ambas vertientes de la cordillera (Galop et al. 2007). La columna sedimentaria de 16,5 m obtenida en el Estany de la Coma de Burg está permitiendo una aproximación multidisciplinar al paleoambiente del Tardiglacial y el Holoceno (Pèlachs et al. 2007; Pèlachs et al. 2011; Pèlachs et al. 2012). Los resultados disponibles de los análisis palinológicos, de recuento de macrocarbones y geoquímicos cubren en parte los períodos cronológicos que discutimos. Una breve revisión de los mismos puede ayudar a ampliar y clarificar algunas inferencias derivadas de los registros arqueológicos. Una de las grandes incógnitas abiertas es el alcance de las prácticas agro-silvo-pastorales como quema y roza, apertura y mantenimiento de zonas de pastoreo, acondicionamiento de posibles áreas de cultivo, aprovechamiento y transformación de los bosques, etc. en zonas de media y alta montaña y su incidencia en la transformación del paisaje. Los indicadores polínicos (Pèlachs et al. 2007; Pèlachs et al. 2012) y los datos arqueológicos señalan una intensificación de la explotación del territorio de alta montaña al final del período Neolítico y, en especial, entre el 3000 y el 2500 cal AC (Molist et al. 2003, Gassiot et al. 2010a). La geoquímica de los últimos 5 m de la columna sedimentaria muestra tres episodios con un incremento marcado y sostenido en el sedimento de algunos metales pesados (cobre, zinc, arsénico, cromo, cadmio) durante el III milenio cal AC (Fig. 6). Los dos episodios entre 3000 y 2500 cal AC coinciden con el máximo de yacimientos fechados en época prehistórica en el PNAESM. Este hecho no puede atribuirse en exclusiva al efecto reservorio de la materia orgánica, ya que otros niveles con un elevado contenido de la misma ni muestran esa anomalía, ni se vinculan a los sedimentos de limos que lo caracterizan. El incremento de limos debe atribuirse a un proceso de movilización de las acumulaciones de arsenpiritas descritas en la región (Soler et al. 1995). Además, al relacionarse a menudo la asociación de cobre, zinc y arsénico con polución generada por la metalurgia de cobre y bronce, cabe explicar, o al menos correlacionar, el incremento de asentamientos en la región detectado entre el 3000 y 2300 cal AC con una hipotética metalurgia calcolítica incipiente combinada, por ejemplo con la ganadería (Galop et al. 2007). La hipótesis deberá contrastarse con investigaciones orientadas a documentar contextos directamente vinculados a estas actividades, por ahora desconocidos. Sin embargo es sugerente que la construcción de la Coma d'Espòs, datada en este período, esté en una zona de contacto entre un substrato granítico y otro de esquistos, en la que son frecuentes los filones de cobre (Soler et al. 1995; Gassiot et al. 2010b). Los factores derivados de la presión antrópica no explican todos los cambios en el paisaje, probablemente resultantes de su combinación con las variaciones climáticas de mediados del Holoceno (Galop 2006; Galop et al. 2007; Pèlachs et al. 2007; Pèlachs et al. 2011). Los registros paleoecológicos disponibles lo evidencian cuando tratamos de aislar aquellos fenómenos que pueden reflejar las pautas de ocupación y explotación humana del entorno. En la columna sedimentaria del Estany de la Coma de Burg el primer incremento de esa presión se detecta en la marcada presencia de carbones en torno al 4600 cal AC, pasando a máximos relativos menores en los siguientes 1200 años. Estos fenómenos cronológicamente coinciden primero con la intensificación de la ocupación neolítica de la Cova del Sardo y después con el incremento de yacimientos documentados a partir del 3300 cal AC. La concordancia entre ambas secuencias puede estar mostrando un proceso de apertura del bosque, vinculado a un mayor aprovechamiento de las zonas de alta montaña para prácticas ganaderas. Sin embargo, tras el 3100 cal AC, y coincidiendo con el incremento de la ocupación del territorio al final del Neolítico, los microcarbones disminuyen muy sensiblemente y únicamente se aprecian pequeñas quemas muy puntuales (Fig. 3). Es posible que este hecho esté reflejando un paisaje algo abierto, mantenido mediante una explotación de tipo agro-silvo-ganadera, donde las quemas para la apertura de nuevos pastos o campos se han reducido (Galop et al. 2003; Galop et al. 2007). A partir del II milenio cal AC los indicios de impacto humano en la vegetación procedentes del registro polínico se intensifican claramente. Tanto en el Estany de la Coma de Burg (Pèlachs et al. 2007; Pèlachs et al. 2012) como el Estany Redó (Catalán et al. 2001; Pla y Catalán 2005) a partir de la segunda mitad del III milenio y especialmente entre el 1200 y el 600 cal AC cae la biomasa forestal en general y de los principales taxones arbóreos (Pinus), se expanden los vinculados a pastos (Poaceae, Cyperaceae) y a zonas de vegetación arbustiva (Juniperus) y, solo en la Coma de Burg, aumenta el polen de Cerealia (Fig. 3). Al final del período, alrededor del 900 cal AC, hay un fuerte incremento de microcarbones, que alcanzará magnitudes muy superiores a las de los máximos precedentes durante el siglo VIII cal AC para luego mantenerse en niveles más bajos hasta el 300 cal AC y durante la primera mitad del período romano. En época tardorromana, un nuevo incremento de los microcarbones en el sedimento se correlaciona con una fuerte caída en la biomasa forestal y una expansión máxima de las zonas de pastos y cultivos entre los siglos VII y X. Las grandes áreas de pasto persistieron durante la alta Edad Media (siglos XI-XIII), cuando las señales de quemas son mucho menores (Fig. 3) (Bal et al. 2011). Los recientes análisis realizados a partir de la columna sedimentaria extraída del Estany de la Llebreta (1.700 m.s.n.m.) en el Valle de Sant Nicolau (Catalán et al. 2013), situado a menos de 1 km de distancia de la Cova del Sardo, corroboran y amplifican las tendencias documentadas en el Estany de la Coma de Burg (1.821 m.s.n.m.) Los análisis polínicos procedentes de los depósitos sedimentarios del Holoceno medio del Abric de l'Estany de la Coveta I y de la Cova del Sardo (Gassiot et al. 2012b) precisan los cambios de la vegetación en su entorno. A inicios de la secuencia (entre 7000 y 5400 cal AC) se constata un paisaje forestal cerrado, dominado por los taxones arbóreos (Pinus, Corylus), incluso en la Fig. 6. Variación en los índices de sedimentación de metales, en relación con los índices de materia orgánica, en las columnas extraída del Estany de la Coma de Burg (1.821 m.s.n.m.), durante los últimos 6500 años. Los 4 picos anómalos no parecen debidos a factores climáticos sino, posiblemente, antrópicos. cabecera de los valles, sobre los 2.500 m.s.n.m., con bosques de ribera en los fondos del valle (Salix, Alnus, Ulmus, Corylus y Fagus). Ello es coherente con la imagen general de la vegetación en la primera mitad del Holoceno en el área (Catalán et al. 2001). Sin embargo, los datos polínicos procedentes del nivel 8 de la Cova del Sardo (Fig. 4), datado entre 4800 y 4300 cal AC, muestran un aparente primer impacto antrópico en el paisaje, caracterizado por una disminución del bosque (descenso de Pinus) a favor de zonas de pasto (Poaceae, Asteraceae). Ello puede estar indicando la presencia de de ganadería y la apertura de pequeñas áreas de pasto alrededor de la cavidad (Gassiot et al. 2012b). A grandes rasgos, los datos expuestos permiten afirmar la necesidad de estudiar la evolución del poblamiento prehistórico desde un enfoque multidisciplinar y una metodología que integre las evidencias arqueológicas en el territorio y considere los cambios en el paisaje (Soriano et al. 2003; Ejarque et al. 2009; Ejarque et al. 2010; Gassiot et al. 2010a; Rodríguez Antón 2011). En el caso que presentamos se comienza a detectar la presión humana sobre las zonas de alta montaña ya desde el Neolítico antiguo (5500-4500 cal AC), a partir de la expansión de las prácticas de quema y pastoreo. Estas se documentan en las columnas sedimentarias como niveles de incendio (Bal et al. 2010; Bal et al. 2011) y en los estudios polínicos como cambios en la representación de los taxones arbóreos (Pèlachs et al. 2007; Pèlachs et al. 2012) y descensos localizados de la masa forestal a favor de las herbáceas (Gassiot et al. 2012b). Estas prácticas están destinadas a la introducción de la ganadería en las zonas más elevadas, mediante la apertura del bosque y la extensión de nuevas zonas de pasto (Cunill 2010; Cunill et al. 2012). Paralelamente, se documenta la aparición de taxones domésticos (Cerealia, Hordeum) (Miras et al. 2007; Gassiot et al. 2010a; Gassiot et al. 2012b), implicando un proceso de transformación más intensiva del paisaje, que podría incluir prácticas agrícolas en fondos de valle (Galop et al. 2003), simultáneas al pastoreo en las zonas altas (Galop et al. 2007; Gassiot et al. 2010b). Los datos arqueológicos, aunque más discontinuos que los procedentes de sondeos lacustres, indican una correlación notable entre las tendencias observadas en los índices polínicos y en los niveles de incendio. Las primeras fases de incendio e indicios de modificación del paisaje, observadas en torno al 4200 cal AC, coinciden con la ocupación reiterada de la Cova del Sardo entre el 4000 y el 3500 cal AC (Tab. El incremento de los yacimientos ocupados entre el 3000 y el 2300 cal AC y su distribución tanto en zonas alpinas como subalpinas se correlaciona con un fuerte cambio en el paisaje en toda la región pirenaica, que implica apertura del bosque, descenso altitudinal del timberline, descenso global de la masa arbórea y, sobre todo, un retroceso generalizado de los taxones de caducifolios, a favor de las coníferas (Pinus y Abies) en zonas subalpinas (Pèlachs et al. 2007). En paralelo, aumenta el índice de herbáceas en relación con la mayor extensión de las praderas y pastizales alpinos y subalpinos (Cunill et al. 2012), así como la señal polínica de plantas domésticas (Cerealia principalmente) y la frecuencia e intensidad de las fases de incendio (Galop 2006; Galop et al. 2007; Pèlachs et al. 2011; Pèlachs et al. 2012) (Fig. 3). Este proceso está sobre todo relacionado con la explotación intensificada de las zonas de montaña, pero también con el cambio climático de inicios del Subboreal, caracterizado, a grandes rasgos, por una menor continentalidad, con veranos más fríos y un descenso generalizado de las precipitaciones (Catalán et al. 2001; Pla y Catalán 2005; Pèlachs et al. 2011; Catalán et al. 2013). Debemos reconocer, no obstante, la necesidad de explicar la falta de contextos de hábitat desde el 2300 al 300 cal AC, un hiato que contrasta con la evidencia paleoecológica que, paradójicamente, señala un continuo aumento en la antropización del medio. Probablemente sea debido más al cambio hacia asentamientos al aire libre que a la disminución de la ocupación humana en estas zonas de alta montaña. La segunda correlación entre los datos arqueológicos y los paleoambientales se da en época tardorromana y a inicios de la Edad Media, cuando los índices de deforestación alcanzan un máximo histórico en el Pirineo. Ello es consecuencia de la explotación realmente intensiva de una amplia gama de recursos. No es de extrañar que justamente en este período se observe un aumento exponencial del número de yacimientos arqueológicos en abrigos y al aire libre, en toda el área estudiada (Gassiot et al. 2008). En conclusión, destacamos el enorme potencial metodológico de esta línea de investigación pluridisciplinar, basada en integrar de modo diacrónico los estudios arqueológicos y paleoambientales, y en su aplicabilidad a otros casos. Esta integración facilita tanto la investigación de los cambios en el poblamiento y en la gestión de las áreas de montaña por parte de las sociedades humanas, como la comprensión de la transformación y dinámica de los paisajes socio-ecológicos, como mínimo, durante los últimos diez mil años. También se ha contado con aportaciones directas del Parc Nacional d'Aigüestortes i Estany de Sant Maurici entre los años 2004 y 2012 y de otras entidades de ámbito regional. Los comentarios de dos evaluadores anónimos han mejorado sensiblemente el texto. Las lagunas y errores en los que se pueda haber incurrido, no obstante, son responsabilidad exclusiva de los autores. Lab Lab N o Fecha BP ± Fecha cal AC (2Σ) Material δ13 C Yacimiento Fase/Nivel Contexto
Se presentan los resultados de tres campañas etnoarqueológicas llevadas a cabo entre los Berta, Gumuz, Mao y Kwama de Etiopía. El trabajo se centró en la recogida de datos generales sobre la cultura material de la región de Benishangul-Gumuz y en particular en la cerámica y la arquitectura vernácula. Aquí se tratan los datos relativos a la producción, distribución y consumo de cerámica. Los pueblos estudiados se organizan en comunidades igualitarias y practican una agricultura de roza y quema. Entre el año 2001 y el 2003 un equipo del Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense dirigido por V. M. Fernández Martínez llevó a cabo trabajos arqueológicos y etnoarqueológicos en la región de Benishangul-Gumuz, en el oeste de Etiopía (Fig. 1). Desde el punto de vista arqueológico, el objeto de la investigación era conocer el origen de las sociedades productoras en el Cuerno de África y en particular, las relaciones entre la llanura sudanesa y el altiplano etíope, regiones ambas conectadas por el Nilo Azul. Fruto de los trabajos de prospección y excavación ha sido el descubrimiento de varios abrigos con ocupación paleolítica y mesolítica/neolítica, caracterizada esta última por la presencia de cerámicas de tipo sudanés -Dotted Wavy Line y Rocker, entre otras (Fernández Martínez 2004)-. Estos elementos, sin embargo, no parecen haber penetrado mucho más allá del escarpe que sirve de frontera entre Sudán y Etiopía actualmente. Independientemente del proceso por el cual los cazadores-recolectores de la zona comenzaron a desarrollar la producción de alimentos, lo cierto es que entre las comunidades fronterizas las prácticas recolectoras poseen un papel todavía relevante en su subsistencia y, por lo que se refiere a la caza, en su mundo social y simbólico (1). La intención de este artículo es dar a conocer parte de la información de carácter etnoarqueológico, en concreto la cerámica, recogida en las tres campañas mencionadas. El estudio etnoarqueológico de la cerámica en el cuerno de África se halla escasamente desarrollado, al contrario de lo que sucede en el oeste del continente (MacEachern (*) Stanford Archaeology Center. (1) Las fuentes abisínicas transmiten la existencia de animales domésticos desde el siglo XIII, que se pagaban como tributo a los reyes de las Tierras Altas (Huntingford 1989: 93). Las únicas contribuciones destacables son las realizadas recientemente por Arthur (2002), entre los Gamo del suroeste de Etiopía. Aunque en este artículo trataremos fundamentalmente con datos referentes a la etnia berta, hemos querido ofrecer la información recogida sobre otras etnias, con objetivo documental, dado el escaso conocimiento que se posee de estos grupos en Occidente. Precisamente por el escaso desarrollo de la investigación antropólogica en la zona, uno de las metas de este trabajo es proporcionar una primera aproximación a la cultura material de estos pueblos. El objetivo, en sentido más amplio, es contribuir a la reflexión sobre el carácter de la producción, la distribución y el consumo de la cerámica entre los grupos prehistóricos, especialmente aquellos que desarrollaron una alfarería generalmente identificada como "doméstica". Por lo tanto, no parto de un problema arqueológico específico -por ejemplo, cómo diferenciar la cerámica doméstica de la especializada o las huellas de uso de una vasija-, sino que trato de descubrir qué es lo que una tradición alfarera premoderna llevada a cabo por una comunidad igualitaria de agricultores de roza puede decirnos sobre la alfarería prehistórica y, por qué no, sobre la propia sociedad viva en estudio. Estoy de acuerdo con la opinión de Stark (1993: 94) cuando afirma que "la etnoarqueología no debe limitarse a comprobar modelos que relacionen la variabilidad del comportamiento humano con trazas materiales" (mi cursiva). La línea aquí seguida es la que propugna David (1992b: 352) cuando escribe: "el principal servicio de la etnoarqueología es despertar la conciencia analógica de los arqueólogos -muchos de los cuales todavía prefieren que su cultura esté muerta-, sensibilizarlos respecto a las dimensiones de la variabilidad y riqueza de las relaciones entre los seres humanos y sus artefactos, incluidos sus propios cuerpos. Necesitan, aunque sea de segunda mano, experimentar realidades culturales diferentes a la suya propia con el objetivo de combatir el etnocentrismo que tiñe los argumentos y distorsiona las inferencias" (su cursiva) (cf. también González Ruibal 2003a: 12-14). En este estudio Fig. 1. A. Ubicación de Benishangul en Etiopía y África. B. Región de Benishangul-Gumuz: mapa de las weredas y atribución étnica (aproximada). Capitales de las principales weredas mencionadas en el texto: 1. parto, por supuesto, de una amplia tradición de estudios etnoarqueológicos sobre cerámica, teóricamente heterogéneos (aunque con más frecuencia procesuales), los cuales inevitablemente han influenciado la recogida y elaboración de los datos. El período de estancia en el campo ha sido de 14 semanas, en el cual se combinó trabajo arqueológico y etnoarqueológico. Es necesario subrayar algunos problemas relacionados con el método. En primer lugar, el idioma. Hemos tratado con comunidades que hablaban cuatro lenguas distintas, mutuamente incomprensibles, y que, con mucha frecuencia, desconocían el idioma oficial de Etiopía (amhárico). La traducción se hizo, por lo general, de la lengua nilo-sahariana en cuestión al amhárico y del amhárico al castellano -contábamos con un traductor bilingüe amhárico-español-. Pese a las muchas desventajas de no dominar las lenguas locales, existe al menos una ventaja, como ha señalado Davies (1999: 77): el hecho de que sea necesario expresarse en una lengua extraña al traductor y al informante obliga a reflexionar más sobre el contenido del discurso y realizar una mayor elaboración de los conceptos. Las entrevistas fueron en todos los casos -con productores o consumidores de cerámica-semi-estructuradas, aunque contábamos con una serie de preguntas básicas (vide infra). Aparte de las cuestiones más directamente relacionadas con la cerámica, se realizaron otras entrevistas destinadas a profundizar en aspectos de tipo social y simbólico con determinados informantes especialmente privilegiados por su posición dentro de la comunidad -brujos, ancianos-o especialmente dispuestos a ofrecer información sobre su comunidad. Un problema evidente lo ha supuesto el uso de traductores masculinos e informantes femeninos, un problema que sólo ha sido suplido parcialmente cuando las informantes podían comunicarse directamente en amhárico con nuestro traductor que, al no ser local, no se veía obligado a realizar una interpretación culturalmente ortodoxa del discurso de las mujeres. Es socialmente significativo que sea más elevado el número de varones capaces de hablar otras lenguas o pidgins, que el de mujeres -lo que obviamente las sitúa en una situación de inferioridad-. Resulta difícil saber hasta que punto la información transmitida no se encuentra reelaborada por los traductores. No obstante, y pese a que ninguna respuesta es inocente, muchas de las preguntas que hasta el momento hemos realizado resultan escasamente conflictivas. Además del trabajo de campo etnográfico, se ha realizado una recopilación exhaustiva de todas las fuentes existentes respecto a Benishangul-Gumuz, especialmente para los siglos XIX y XX (relatos de viajes, notas etnográficas, estudios lingüísticos e historiográficos). Si bien esto ofrece una perspectiva histórica que muy raramente tienen en cuenta los trabajos etnoarqueológicos, también es cierto que las referencias relativas a la cerámica son mínimas. No obstante, algunos autores, como el holandés Juan Maria Schuver (James, Bauman y Johnson 1996) en el último cuarto del siglo XIX o Vinigi Grottanelli (1940Grottanelli (, 1948) ) en los años 30, sí ofrecen interesantes datos sobre cultura material en general. Por otro lado, estos trabajos poseen el interés de ofrecernos información relevante sobre la organización social, el mundo simbólico y el devenir histórico de los grupos nilo-saharianos de la frontera etio-sudanesa, de modo que sirven para complementar y contrastar nuestros propios datos. En este mismo sentido, la prospección de despoblados berta de menos de dos siglos de antigüedad nos ha permitido comprobar las concomitancias y diferencias con la cerámica que actualmente fabrican las alfareras de este grupo étnico. Para la documentación de la cultura material se realizaron inventarios de bienes y planimetrías en 31 estructuras, 25 de las cuales eran berta y el resto gumuz, mao, kwama y amhara. Además, se llevaron a cabo inventarios específicos de cerámica, mediante fichas estandarizadas. En total se catalogaron unos 200 recipientes de distinto tipo de los cuales se dibujaron 60. Se visitaron los tres principales centros productores de cerámica berta en un radio de 50 km en torno a Asosa (weredas de Asosa, Menge y Komosha). Asimismo, se comprobaron las coincidencias tipológicas y tecnológicas de la cerámica berta en la práctica totalidad de Benishangul. Respecto a las transcripciones, dado que este trabajo no está destinado a lingüistas, se ha decidido optar por la mayor simplificación. Se usan por tanto signos alfabéticos y no fonéticos, con excepción de la velar N, que suena aproximadamente como el grupo -ng-en "pongo". Se utilizan, asimismo, las cinco vocales del castellano únicamente. LA REGIÓN Y SUS HABITANTES Benishangul-Gumuz es un territorio de 51.832 km 2, una superficie equivalente a todo el norte de España de Galicia al País Vasco, ambos incluidos. Se extiende junto a la frontera sudanesa y se encuentra dividido en dos grandes regiones: Benishangul, al sur del Nilo Azul, y Metekel, al norte de ese río. La investigación se centró en la zona meridional, aunque se realizó una breve visita al otro lado del río, que sirvió, al menos para comprobar la identidad compartida de los gumuz a una y otra orilla del Nilo Azul. Las superficies de ambos territorios son semejantes. Benishangul-Gumuz se creó como región autónoma en 1992, tras la caída del régimen comunista el año anterior y la reorganización del país con criterios étnicos. La capital de la región es Asosa, que posee unos 8.000 habitantes. Toda la región se encuentra dividida en weredas, que serían equivalentes administrativos a los municipios españoles. Asosa, Bambasi, Menge, Komosha, Sherkole y Mao and Komo Special Wereda son algunos de los más importantes, a los que haremos mención a lo largo del texto. Hasta 1897 Benishangul-Gumuz no perteneció a Etiopía y en los siglos anteriores estuvo oscilando entre la independencia y la sumisión, más nominal que efectiva, a distintos gobiernos locales (Sultanato de Sennar), nacionales (Mahdi sudanés) y supranacionales (Egipto, Imperio Otomano). No sólo políticamente, sino también geográficamente, Benishangul-Gumuz es un lugar marginal y fronterizo: se extiende entre el Sahel sudanés -en torno a 600 m sobre el nivel del mar-y las elevadas montañas etíopes (2.400-2.800 m). La mayor parte del territorio de Benishangul se encuentra por debajo de los 1.500 m y por encima de 800. En él encontramos vegetación de sabana, como acacias, árboles del incienso, baobabs y palmeras, junto a especies propias de zonas más húmedas y elevadas (ficus, juníperos) y densos bosques de ribera, especialmente en torno a los dos grandes ríos de la zona: el Nilo Azul y el Dabus, este último frontera oriental para la región. Como la mayor parte de Etiopía, se trata de un terreno accidentado que no facilita en modo alguno su integración con otras zonas. Buena parte de la superficie se halla cubierta de bosque tropical seco y bambú. Desde un punto de vista cultural, Benishangul-Gumuz se encuentra habitada por un complejo mosaico de culturas. En realidad, su número es considerablemente más reducido si tenemos en cuenta sólo aquéllas cuya entidad no es meramente testimonial. Podemos distinguir tres grupos en atención a su pertenencia a grandes familias lingüísticas y culturales: semíticos, cuchíticos y nilo-saharianos. Los semíticos están masivamente representados por los amharas que, al igual que los cuchíticos Oromo, proceden de las Tierras Altas etíopes y han llegado a la zona bien como resultado de los desplazamientos forzosos llevados a cabo entre 1974 y 1985 por parte del gobierno comunista (Derg), bien por la expansión histórica de estos pueblos hacia las tierras bajas. Los oromo son un grupo procedente en origen del sur de Etiopía y el norte de Kenya. Desde el siglo XV se han ido extendiendo hacia el norte y actualmente son la etnia mayoritaria del país, con más de 20 millones de individuos, distribuidos en diversos subgrupos. La cultura amhara (semítica) y oromo (cuchítica), y en particular la cultura material, resultan muy semejantes. Ambos comparten modelos de vivienda, vestidos y cerámica y practican la religión cristiana o musulmana. En ambos casos practican una agricultura intensiva con arado (única en África) y se organizan políticamente en jefaturas y Estados. La diferencia fundamental es la lengua. Aquí nos referiremos a ellos conjuntamente como los pueblos de las Tierras Altas. Su expansión, y en particular la de los oromo, ha empujado al tercer gran grupo, el de los nilo-saharianos, a las zonas más insalubres y marginales del oeste de Etiopía: las cuencas del Nilo Azul, el Dabus, el Yabus, el Didessa y el Beles. Al contrario que los semíticos y los cuchíticos, los nilo-saharianos de Etiopía centro-occidental, denominados en su día "prenilóticos" (Grottanelli 1940(Grottanelli, 1948(Grottanelli, 1966)), no hablan la misma lengua y los elementos culturales compartidos, considerados arcaicos (Grottanelli 1948), parecen deberse más que a un fondo común, a complicados procesos históricos, en los cuales la emigración constante, la marginalidad y la resistencia ante formaciones estatales parecen haber desempeñado un papel destacado (James 1988; Jedrej 1995). En cualquier caso, se advierten muy significativas diferencias con sus vecinos nilóticos (Nuer, Dinka, Shilluk), tales como la inexistencia de grupos de edad, la escasa importancia social del ganado, la ausencia de marginación social de los artesanos, la existencia de elementos matrilineales, etc (Grottanelli 1948). Los propios nilóticos tienen relatos de origen comunes que no incluyen a los "prenilóticos" (Butt 1952: 23), lo que sucede a la inversa con algunos "prenilóticos" respecto a los nilóticos (Jedrej 1995: 3-5). Los nilo-saharianos etíopes se caracterizan por su organización social igualitaria, la práctica de una agricultura de roza y quema, la relevancia de la caza, la pesca y la recolección, y la pervivencia entre ellos de religiones tradicionales o al menos elementos significativos de éstas. Viven en poblados por lo general no muy extensos, con casas circulares de bambú y paja, en medio de zonas boscosas (González Ruibal y Fernández Martínez 2003). Los lingüistas han propuesto distintos grupos englobables dentro de la familia nilo-sahariana. Por lo que se refiere a los pueblos que habitan la zona fronteriza entre Sudán y Etiopía, se ha señalado una subfamilia denominada koman, que incluiría el uduk, komo, kwama y shita. En ocasiones se incluye aquí el gumuz y se habla en consecuencia de una amplia familia komuz (Bender 1994). El berta carece de relaciones con el grupo komuz, y no tiene vínculos claros con ningún otro grupo lingüístico de la zona. En este artículo trataremos especialmente de los berta, seguidos de los grupos pertenecientes a la familia komuz (gumuz, kwama) y mao. Los berta son la etnia prenilótica dominante en Benishangul-Gumuz, con un 26,7 % del total de la población, les siguen los gumuz, con un 23,4%. mao y komo poseen una representación muy reducida, con un 0,6% los primeros y un 0,2 % los segundos. Se habla aquí de kwama para hacer referencia a los hablantes de esta lengua que viven al sur de Benishangul -con frecuencia denominados komo-. En cuanto a los mao, se trata del subgrupo septentrional, que mantiene su lengua y parte de las costumbres, pese a vivir entre oromo, al contrario que el meridional (Grottanelli 1966). Decíamos que uno de los elementos de identidad compartida para todos estos grupos ha sido su carácter marginal. Desde que existe documentación histórica, los pueblos de la frontera entre Sudán y Etiopía han sufrido las razzias de sus vecinos estatales que acudían a sus tierras en busca de esclavos (Pankhurst 1977; Ahmad 1999). En el caso de los prenilóticos sudaneses, como los uduk o los ingessana, la presión ha sido tanto de los árabes baqqara, shukriyya y rufa'a como de los nilóticos dinka y nuer (McHugh 1995: 157). En el caso etíope, el reino abisinio se ha beneficiado desde la Edad Media de las reservas humanas que suponían los gumuz. Desde inicios del siglo XVI hay referencias casi anuales a expediciones a tierra de los shanquilla ("esclavos"). La estrategia de los grupos agredidos ha sido tradicionalmente la huída hacia lugares inhóspitos y montañas inaccesibles. El propio nombre de Benishangul, según etimología popular, vendría de Beni Shanquilla, "Hijos de los Esclavos". El nombre original era Bela Shangul, "Piedra de Shangul", una roca sagrada de los berta que aún existe y es venerada por este pueblo (Triulzi 1981a, b). El carácter fronterizo -en los márgenes del Estado-, la complejidad de los procesos históricos y el mosaico de etnias de muy diverso tipo hacen de esta zona un lugar privilegiado para analizar cuestiones como la relación entre centro y periferia, los procesos de contacto cultural, conquista y resistencia y las relaciones interétnicas en el registro material. El estudio emprendido en 2001 tenía básicamente como objeto tomar contacto con estos grupos y la realidad cultural de la zona y realizar una primera aproximación a su cultura material que permitiese, en adelante, aproximarnos a cuestiones etnoarqueológicas más complejas como las mencionadas. Se tratarán aquí los datos referentes a la producción, la distribución y el consumo de cerámica entre los grupos prenilóticos y en particular de los berta. FORMA Y FUNCIÓN DE LA CERÁMICA Toda la cerámica de la zona está fabricada a mano, con un predominio de perfiles simples abiertos. Existe una gran afinidad de formas y funciones entre las vasijas de los grupos estudiados. Sin embargo, el abanico tipológico difiere de unos grupos a otros: de los tres grupos que conocemos mejor, kwama, gumuz y berta, los primeros son los que poseen un repertorio más variado de formas cerámicas (Fig. 2). Hemos contabilizado 15 denominaciones para recipientes de barro -uno de los cuales, ele, es oromo (Grottanelli 1940: 200)-, las cuales servirían para las siguientes 10 funciones: almacenar agua (paya o pal:a iya) (2), fermentar la pasta de la cerveza (paya shue), almacenar y fermentar cerveza (paya selía, koKo shue), almacenar y fermentar hidromiel (koKo), cocinar la torta de cereal (ele*), cocinar salsa (shake kelem, wal paya kelem), servir la torta (shake k'esen, legada), servir la salsa (hulu kelem, shake t'asos), guardar y fermentar la pasta el cereal con que se hace la torta (paya (2) La transcripción pal:a la dan Siebert et al. (2002: 23). Nosotros hemos escuchado paya igualmente. En realidad, algunos recipientes son virtualmente idénticos, es sólo el adjetivo que se da al nombre genérico de cerámica (paya), lo que define al recipien-te. A tenor de una fotografía que presenta Corfield (1938: fig. 4) y de una sumaria descripción de las vasijas para agua (Corfield 1938: 155), los shita parecen poseer un elenco cerámico muy semejante al de los kwama. Sin embargo, el término para "cerámica", ti (Corfield 1938: 159), carece de relación con el kwama, paya. Nuestros datos provienen de dos conjuntos de habitación pertenecientes a dos familias diferentes (Zebsher, Mao and Komo Special Wereda). Los berta son, en cambio, los que poseen un elenco cerámico más reducido (Figs. 3-6): pese a que es el pueblo con el que hemos realizado un trabajo más intensivo temporalmente y amplio geográficamente, tan sólo hemos recogido ocho nombres -uno de los cuales, ela, es oromo (Grottanelli 1940: 200). Estos nombres se corresponden con otras tantas funciones: almacenar agua (hulili), fermentar la pasta de la cerveza ('is' u), almacenar y fermentar la cerveza (awar), cocinar la torta de cereal (gei o gehi, ela*), cocinar salsa (eñish), servir la torta (algada), servir la salsa (algore), guardar y fermentar el cereal con que se hace la torta ('is' u). Los nombres y funciones provienen de numerosas aldeas de toda la geografía de Benishangul, especialmente de las weredas de Asosa, Menge y Komosha. Los gumuz con toda seguridad se acercan más a los kwama que a los berta. Sin embargo, nuestra información es más incompleta (Fig. 7). Tan sólo recogimos tipos y funciones de forma sistemática en una vivienda (Berkasa, Sirba Abbay), al sur del Nilo. Éstas son almacenar agua (kuliya), fermentar la pasta de la cerveza (kuliyisa), almacenar y fermentar la cerveza (koga), cocinar la torta de cereal (mishikwa), cocinar la salsa (nsekuNgwa), servir la torta (legada), servir la salsa (¿?), guardar y fermentar el cereal con que se hace la torta (kuli'Nga). La visita no sistemática a otras viviendas y aldeas tanto de la zona de Sirba Abbay como de Pawe (al norte del Nilo Azul) permitieron comprobar la existencia de otros recipientes cuyas funciones y nombres no han sido recogidos. Por último, el trabajo con los mao se redujo igualmente a un solo conjunto de habitación, en las cercanías de Bambasi. Se trata de un grupo cuyos miembros, en mayor medida que los otros de los tres mencionados, viven en estrecha convivencia con otras etnias (oromo, amhara y berta). El poblado de Mut'sa Mao en que trabajamos es de carácter multiétnico, cosa que no sucede en ninguno de los demás poblados analizados (Asosa es multiétnica, pero trabajamos en un barrio exclusivamen-Fig. Repertorio de cerámica kwama. Este carácter se advierte bien en la cerámica de los mao, en que se documentan productos de diversas etnias, curiosamente ninguno de ellos propiamente mao (Fig. 8). Los recipientes son los que siguen: cocinar la torta de cereal (gamecho), cocinar salsa (ilishe), presentar la salsa (algora), fermentar la pasta de cereal ('is:a), almacenar y fermentar cerveza (kawe; Siebert et al. [2002: 23]: Grottanelli (1940) los mao cuentan con un recipiente denominado shocho para almacenar la miel. A estos recipientes se puede añadir la cerámica relacionada con la ceremonia del café (cafetera, incensario, bandeja para tostar el grano), de introducción reciente, como producto de la influencia de las Tierras Altas etíopes -quizá de forma indirecta a través de Sudán en el caso berta-. Jedrej (1995: 20) señala la introducción del café entre los ingessana sudaneses -vecinos de los berta-a fines del siglo XIX procedente de Etiopía. Una sola forma parece de origen "prenilótico": se trata de la algalaya de los berta, un cuenco bajo, abierto y exvasado idéntico al gei pero de menor tamaño -mao: batto (Grottanelli 1940: 195). Aquí se tuesta el café, mediante la introducción de los granos y trozos de carbón. Existe un recipiente de madera que hace la misma función y recibe el mismo nombre. La cafetera, de color rojo intenso y superficie bruñida, se conoce con el nombre árabe de jebena (Fig. 9). El incensario se denomina hut'ani. Existe una versión berta, semejante a la cerámica local en color y acabado, de la que sólo hemos visto un ejemplar (en un oratorio bajo un abrigo rocoso). Además, existen recipientes para el agua, semejantes a botijos, que reciben la denominación, igualmente árabe, de albrik. Desde un punto de vista técnico y formal, es muy semejante a la jebena y los incensarios. Significativamente, esta cerámica, que es la única que podríamos denominar de representación, es de introducción reciente. Hasta la generalización de la ceremonia del café, todas las vasijas presentaban un aspecto muy semejante, tanto por lo que se refiere a su cadena operativa como a las vasijas que poseían los distintos grupos domésticos. En cambio, con la aparición de las jebenas se ha producido un interesante proceso de individualización. Al contrario que la cerámica tradicional, las cafeteras pueden encargarse al ceramista: se solicita un determinado tamaño y, sobre todo, unos motivos particulares. Es por ello que encontramos algunas jebenas de gran tamaño y gran elaboración ornamental, frente a otras lisas y de reducidas dimensiones. Con todo, hay que señalar que las mayores jebenas suelen tener un uso colectivo, por lo general religioso -se utilizan en las mezquitas. Una buena parte de los recipientes cerámicos prenilóticos se emplean para fermentar cereal, para guardar productos fermentados o para servirlos. La base de la comida prenilótica, las gachas de sorgo, mijo o maíz, se hacen con la pasta del cereal una vez fermentado. Las bebidas alcohólicas, hidromiel de influencia abisínica y, sobre todo, cerveza, implican también la fermentación de cereal. Ahora bien, resulta imposible distinguir, sea por procedimien-Fig. Repertorio de cerámica gumuz. 1. kuliNga; 2. nse-kuNgwa; 3. mishikwa; 4. koga; 5. kuliyisa; 6. kuliya. tos visuales (degradación de la superficie del cacharro) análisis químicos u otro tipo de estudios (fitolitos, sedimentos, etc), si el producto fermentado estaba destinado al alimento diario o a la preparación de bebidas alcohólicas (cf. Arthur 2002: figs. 5 y 7). Sirva esto de llamada de atención a los análisis que identifican con demasiada facilidad cerveza en contextos prehistóricos. Curiosamente, el aspecto formal de la cerámica en sí y especialmente la decoración -como en otras zonas, p.ej. Gosselain (2000b: 118)-es de mayor utilidad que cualquier otro para decidir el uso de las vasijas: la decoración más elaborada se corresponde, casi sin excepción, con los recipientes destinados a elaborar cerveza. La decoración en las cerámicas prenilóticas resulta más bien parca. Se atestigua incisión en casi todos los grupos (zigzags, líneas paralelas oblicuas o verticales), impresión simple, digitaciones y mamelones (con función más funcional que estética). La decoración ocupa una parte reducida de la vasija y no suele ser muy visible -especialmente tras unos pocos meses de uso. Esto, unido al hecho de que las cerámicas raramente salen del interior de la vivienda, corrobora la idea de que el estilo -y en concreto la decoración-se dirige ante todo a los propios miembros del grupo (Sterner 1989), más que a indicar a otros la adscripción étnica de uno. La impresión con cuerda posee especial interés (Lám. Se trata de una técnica mayoritariamente berta -aunque también la practican los kwamay aparece en recipientes relacionados con el almacenaje o elaboración de bebidas (awar, hulili e 'is' u). Esta decoración se realiza mediante la aplicación de una cuerda que se hace girar con la palma de la mano extendida sobre la pared de la vasija. Se produce un resultado semejante al que encontramos en la cerámica neolítica sudanesa -que se realizaba a peine-. Solamente la impresión de cuerda tiene un carácter visible y una ocupación importante de la superficie de la vasija. Estructuralmente, los motivos impresos de este tipo resultan bastante más complicados y su organización contrasta vivamente con el resto del elenco decorativo. Pese a las diferencias señaladas entre berta y demás "prenilóticos", la cerámica "prenilótica" en conjunto resulta muy semejante y contrasta claramente con la tradición alfarera de las Tierras Altas. El hecho de que existan coincidencias incluso en la denominación de las vasijas (como 'is' u/'is' a, algore/alkore, etc.), indica las estrechas relaciones entre los distintos grupos. Los prenilóticos, como decíamos, parecen reconocer una afinidad general entre ellos cuando se contraponen a los árabes, los nilóticos o los abisinios y esa idea de una difusa identidad compartida tendría su reflejo en la propia cultura material que utilizan. CENTROS DE PRODUCCIÓN ALFARERA, PROCESOS DE FABRICACIÓN Sólo hemos tenido ocasión de analizar con cierto detenimiento la realización de la cerámica entre los berta, aunque el proceso de fabricación parece semejante en todos los grupos, a tenor de los productos acabados. Los datos que a continuación se exponen se refieren a alfarería berta, a no ser que se especifique lo contrario. Toda la cerámica berta es de tipo especializado, dado que sólo unos pocos individuos la producen (Gallay y Huysecom 1991: 143). Mujeres y hombres se dedican a la fabricación de la cerámica, pero Lám. I.A. Alfarera berta decorando un hulili; B. decoración a cuerda en un koNo kwama. la inmensa mayoría de la producción corre a cargo de las mujeres, como es normal en la mayor parte de las sociedades preindustriales donde no se utiliza el torno. Los hombres sólo fabrican cafeteras (jebena), significativamente un objeto importado de Sudán, que no se parece en absoluto a las vasijas locales, posee un alto valor social y un precio considerablemente elevado en comparación a la vajilla de cocina y almacenaje. Las cafeteras no sólo se fabrican por separado, sino que se venden igualmente en sitios distintos dentro del mercado. Así como las productoras de eñish o gei se suelen situar juntas en la misma zona, los vendedores de jebenas se colocan aparte y venden exclusivamente este producto. Las alfareras reciben el nombre de gojin en berta y realizar cerámica se denomina huhu. Al contrario que en otras zonas de Etiopía y Sudán (Tobert 1985; Freeman y Pankhurst 2001), las alfareras no están marginadas, como no lo está ningún otro artesano. No obstante, en los mercados adonde acuden a vender sus productos se sitúan en zonas periféricas, fuera del recinto de la feria propiamente dicho y por lo general al sol. En Obora se nos explicó este hecho por razón de género, a partir de las reglas del Islam. Sin embargo, mujeres que venden otros productos, como verduras, especias o bienes elaborados, se mezclan sin problemas con hombres en el interior de las ferias. La cerámica se produce sobre todo en la estación seca. En la estación de las lluvias también se fabrica cierta cantidad, pero resulta más difícil secar y cocer los cacharros, lo cual puede tener consecuencias negativas en el producto acabado (Arnold 1985: 63), además de la mayor dificultad que supone trabajar la arcilla (González Urquijo et al. 2001: 11). Todas nuestras informantes, tanto mujeres como hombres, consumidoras o fabricantes, coincidieron en este punto: nosotros mismos tuvimos ocasión de observar la intensidad del trabajo alfarero en los tres años que hemos realizado trabajo de campo en Benishangul, siempre en enero y febrero, plena estación seca. Contrasta esto con la nota de Corfield (1938: 155) respecto a los komo, en la que afirma que la cerámica se fabrica en la estación de las lluvias. Las piezas se dejan a secar siempre con la boca hacia arriba, es decir, en su posición de uso. Se suele señalar la necesidad de darle vueltas a la vasija para que se seque completamente por todas partes (Arnold 1985: 62), pero probablemente en un clima seco y cálido como el de Benishangul en invierno el proceso puede llegar a buen término sin necesidad de que se muevan los cacharros. Existen al menos tres puntos de producción alfarera importantes en la zona central de Benishangul (Fig. 10): Ura, al norte de Asosa; Obora, entre Menge y Komosha, y la zona de Undulu-Sheloko, a orillas del Dabus. En los poblados donde se fabrica cerámica un porcentaje elevado de las mujeres se dedica a la alfarería. En Obora, se nos informó que había más de 20 alfareras, sobre un total de unos 200 habitantes. En Ura buena parte de la población femenina se dedica igualmente a la producción alfarera: tanto aquí como en las aldeas de Undulu se pueden observar recipientes dejados a secar en la mayor parte de las viviendas. Undulu posee un número menor de alfareras que Obora, según nos informaron las alfareras de esta última localidad. Por las características del poblamiento Berta no se puede señalar siempre con exactitud un punto productor de cerámica. El caso más evidente de ello es la zona de Undulu: en realidad, existen alfareras dispersas por el amplio territorio que incluye desde las orillas del Dabus (Fudindu) hasta Undulu propiamente dicho -unos 10 km lineales-. Se trata de una ocupación que Brooks y Yellen (1987) definirían como poco redundante y poco congruente, lo que es muy característico de la mayor parte de los grupos de agricultores de roza y quema. Este hecho hace difícil calcular los desplazamientos de los productores a la zona del mercado y a los núcleos de recepción: no es lo mismo una habitante de Fudindu, que tiene que andar diez kilómetros hasta el mercado, que una alfarera que trabaje en las afueras de Undulu. Sin embargo, la gente considera esta zona como un solo núcleo de producción alfarero, como puede serlo Obora, que se extiende menos de un kilómetro lineal. La tipología de la cerámica es muy semejante en toda la zona ocupada por los berta: esto se debe, entre otras cosas, al hecho de que las alfareras se desplazan a los poblados de sus maridos un año después de casarse, llevando consigo sus conocimientos técnicos. Así, en Obora tuvimos ocasión de hablar con una alfarera que había nacido en Undulu y vivido en el lugar hasta un año después de su matrimonio. Según la costumbre matrimonial de los berta, los hombres deben pasar al menos un año en el poblado de sus suegros, período que pasan trabajando para ellos y en los que se espera que la pareja conciba un hijo. Existe especialización en la producción cerámica en los tres núcleos. Pese al reducido elenco formal y a la escasa complejidad técnica de las vasijas, ninguna alfarera fabrica todos los tipos de recipien- te. Así, una mujer realiza sólo awar y hulili, que son los recipientes de mayores dimensiones y requieren, al menos, una arcilla especial y unos tratamientos superficiales diferentes (incluyendo la decoración). Otras mujeres fabrican recipientes abiertos (gei y algalaya) y un tercer grupo se especializa en recipientes globulares, eñish e 'is' u. Con frecuencia, las alfareras fabrican tanto recipientes abiertos como globulares, pero no grandes contenedores. Quienes producen awar y hulili hacen también 'is' u de cerveza. Al preguntárseles por qué no fabrican otro tipo de vasijas, la respuesta, invariablemente, es que no saben hacer más que el modelo que realizan (3). (3) Las preguntas realizada a las alfareras son las siguientes: 1) cuánto tiempo lleva trabajando como alfarera; 2) de quién aprendió el oficio y cómo fue la relación con su maestra; 3) cuándo empezó a aprender; 4) cuánto tardó en aprender; 5) qué tipo de También se realizaron preguntas a las consumidoras de cerámica, para determinar el grado de conocimiento que poseen de la tecnología en cuestión, así como sus preferencias y las decisiones que toman a la hora de adquirir un recipiente. De las tres alfareras entrevistadas en Obora, dos de ellas ofrecieron respuestas muy similares, las respuestas divergentes correspondieron a la única alfarera especializada en awar. El rango de edad de la mayor parte de las alfareras de Obora se situaba entre los 17 años y los 45 años. De las entrevistadas, dos de ellas estaban casadas y con hijos, la más joven permanecía soltera -la edad media de matrimonio entre los Berta es de unos 20 años para las mujeres-. El aprendizaje de la cerámica no comienza demasiado pronto: se produce entre los 10 y los 15 años. El proceso de aprendizaje dura entre uno y tres años, aunque probablemente con este lapso temporal se refieran las artesanas al período en el cual carecen de independencia productiva. Un lapso equivalente se atestigua en otras tradiciones alfareras (González Urquijo et al. 2001: 18). El oficio se transmite de madres a hijas o de abuelas paternas a nietas. Tanto la forma de transmisión como la edad de aprendizaje es semejante a la conocida en otras tradiciones alfareras subsaharianas [URL]. El proceso de trabajo El trabajo alfarero se lleva a cabo de forma sincronizada por parte de las alfareras, dado que el objetivo de todas ellas es tener la producción lista justo para el día de mercado (cf. un caso semejante en González Urquijo et al. 2001: 14). Sin embargo, todas las tareas se llevan a cabo de forma individual: no parece que la realización de cerámica suponga un motivo de fortalecimiento de las solidaridades femeninas, aunque las relaciones entre las artesanas son, según su testimonio, buenas. El proceso de realización, desde que se recoge el barro hasta que la pieza está lista para la venta, ocupa unos seis días, independientemente del tipo de vasija que se fabrique. Modelado, secado y cocción lleva unos tres días. El barro se obtiene en los alrededores del poblado: cerca de Keshaf -que se encuentra a unos 30 minutos andando al oeste de Obora: en Atololo, a 25 minutos al norte, y en Ababejer, a 15 minutos al sur de Obora. El hecho de que las tres alfareras coincidieran con exactitud en el tiempo empleado en llegar a las diversas fuentes de materia prima indica que los cálculos son fiables. La materia prima suele almacenarse en 'is' u o eñish grandes que se encuentran en un estado inservible para cocinar. Estos contenedores se disponen en torno a la vivienda de la alfarera, bajo la sombra que ofrece el voladizo del techo de paja (Lám. Las calidades de los barros son diferentes y se distinguen por el color ("rojo" o "negro", según las apreciaciones locales). El barro de Keshaf sólo se utiliza para realizar grandes recipientes (hulili y awar). El uso diferencial de arcillas está atestiguado en otros contextos (González Urquijo et al. 2001: 10). Mientras que la única alfarera que fabrica hulili y awar en Obora considera que no deben mezclarse las arcillas, el resto de las alfareras sí lo hacen. Esto puede deberse al hecho de que se trata de tierras diferentes en los dos casos. Una de las alfareras dijo utilizar la arcilla de los termiteros, que, como es bien sabido, posee una gran calidad por hallarse muy decantada. La preparación del barro requiere entre dos y tres días, en los cuales se depura, se mezcla con agua y paja y se deja reposar. La mayor parte del desgrasante se añade a la hora de hacer la pella. El moldeado se realiza en un período corto de tiempo: un eñish pequeño se puede hacer en menos de 15 minutos. Sin embargo, no tiene sentido incrementar la producción puesto que son las propias mujeres a pie Lám. Barro sin usar y sin mezclar en un 'is' u reutilizado. cerámicas sabe fabricar y fabrica; 6) qué tipo de barro utiliza y dónde lo obtiene. Distancia de la fuente de materia prima; 7) cuántos recipientes de cada tipo es capaz de realizar al día y a la semana; 8) cuánto tiempo tarda el proceso entero de fabricación de cada tipo de recipiente; 9) Dónde vende su cerámica y por qué la vende en dicho(s) lugar(es); 10) qué ingresos obtiene de dicha venta; 11) su relación con otras alfareras; 12) tabúes, proscripciones, rituales que intervienen en la confección de vasijas. quienes deben llevar las vasijas al mercado. Su fuerza física y los límites que impone la seguridad de los recipientes condicionan el número total de artefactos fabricable. No se realizan más de ocho vasijas a la semana, cifra que corresponde a la cantidad de eñish pequeños que se pueden llegar a modelar. Según el tamaño de las piezas, se pueden realizar seis eñish grandes a la semana, o tres gei, o dos gei y un 'is' u o dos gei y dos eñish. Cuando se trata de piezas de grandes dimensiones (awar o hulili), se fabrican uno o dos recipientes exclusivamente. La cantidad total debe mantenerse dentro de ciertos parámetros impuestos por el peso y el tamaño de las vasijas. El método del modelado corresponde al conocido como "excavar (o perforar) la pella". Se modela una pella con suficiente barro para realizar el recipiente del tamaño deseado y se mezcla con más paja que hay por el suelo (Lám. No se utiliza desgrasante mineral, excepto para las cerámicas de tipo sudanés (albrik, jebena, etc.). Una vez que se obtiene una bola de arcilla regular se procede a realizar un hoyo en el medio y, a partir de ahí, a levantar las paredes. No se usa en nin-gún caso colombinos ni ningún otro tipo de montaje por partes -aunque James (1979: 32) señala el uso de colombinos entre las uduk-. Tampoco se ha atestiguado el recurso a yunques o moldes. Para evitar que el barro se reseque, se rocía ligeramente con agua de vez en cuando. Para obtener unas paredes lisas se utiliza un trozo de calabaza húmeda. El interior de la vasija se alisa concienzudamente, en cambio el exterior se deja rugoso. Una vez que las paredes se han levantado suficiente, se moldeada el borde con el dedo y se repasa con el trozo de calabaza. A continuación la pieza, que tiene un color ocre pálido o grisáceo, según el barro empleado, se deja a secar junto a la cabaña, protegidas por lo general bajo el voladizo del techo. Tiene que permanecer ahí durante dos o tres días (Lám. Al tercer día se cuece. Las tapaderas de los hulili son la única pieza que no recibe cocción. Las hogueras se realizan al lado mismo de la vivienda de la alfarera (Lám. Como se puede suponer, no existe ningún tipo de horno u otro tipo de estructura para la cocción. Esta tarea se realiza sobre la superficie del terreno, a veces ligeramente ahondada, en una hoguera. Para ello se colocan varios troncos de maderas duras sobre el suelo directamente; encima se disponen varios haces de bambú, a continuación las cerámicas y todo el conjunto se recubre de bambú. La cocción se realiza siempre por la mañana, hasta la una de la tarde. El número de cerámicas cocidas por hoguera es equivalente al de las cerámicas moldeadas: cada alfarera suele realizar una sola hoguera de cada vez, aunque en ocasiones puede hacer más de una. La manera que tienen las alfareras de saber que una pieza está suficientemen-Lám. Una mujer modela una pella de barro con paja en Ura. Un conjunto de eñish y alqore dejados a secar junto a una cabaña de Obora. te cocida es que adquiera un color "rojizo", según las artesanas. Sin embargo, tal y como salen de la hoguera no se pueden comercializar. Una vez cocida, la cerámica presenta un color rosado al exterior y al interior, con manchones de quemado. Si se observa una sección de la pared, se aprecia perfectamente una pasta mixta: oxidante irregular la parte exterior e interior y el alma de color negro. El color rojizo denuncia la mala calidad de una vasija. Se considera que se rompe con facilidad o no es suficientemente impermeable. Resulta por lo tanto necesario proceder a un tratamiento superficial, que da a los recipientes un aspecto negro brillante. Para dicho tratamiento se fabrica una sustancia con barro quemado -con frecuencia procedente de antiguas vasijas que se pulverizan en un mortero-, agua, paja y la corteza de un árbol, igualmente pulverizada, denominado dilt'sen. La parte interna de la pared es la que recibe un tratamiento superficial más intenso con la sustancia descrita, aunque parte del líquido suele salpicar la parte exterior, lo que recuerda a los vitrificados parciales de la cerámica tradicional española. La unión del preparado más el fuerte alisado al que se había sometido antes de la cocción da como resultado una superficie negra brillante, de aspecto metálico (Lám. Los recipientes destinados a conservar líquido, como el hulili y el awar, no suelen recibir tratamiento superficial, al contrario que los utilizados para cocer alimentos, una tendencia bien comprobada en la alfarería de zonas vecinas (Magid 2003: 361-62). Espacio doméstico y trabajo Respecto al espacio de producción de la cerámica, como ya se ha señalado, la escasa intensidad de la producción y la flexibilidad de las tareas suele dar como resultado una mínima visibilidad arqueológica (Arnold 1991: 100-101): las hogueras es difícil que dejen traza alguna en el suelo, entre otras cosas porque no se suelen hacer unas sobre otras y porque raramente se llega a quemar la tierra, por la propia estructura de la hoguera y su escasa entidad. La ausencia de hoyos tampoco favorece la preservación de huellas. No existe ninguna estructura específica y nunca tiene lugar el almacenaje de numerosas vasijas, cuya rotura frecuente pudiese dejar huellas. Más interesante que esta escasa perceptibilidad arqueológica, tantas veces señalada, resulta la organización del espacio en que se realiza la alfarería. Pese a la aparente anarquía de hogueras, zonas de modelado y almacenaje, existe una estructura repetida y considerablemente rígida que, en cierta manera, se puede explicar por principios de orden simbólico subyacentes. Así, todas las tareas se realizan en la parte de enfrente de la casa (Fig. 11): las hogueras se sitúan a unos pocos metros enfrente de la puerta de la vivienda, de forma que existe una relación visual directa entre ambas. La cerámica que reserva se sitúa a la derecha o a la izquierda de la puerta y el modelado se realiza delante de la entrada de la vivienda, en el espacio que se barre con más frecuencia. Para los berta, la puerta, y por extensión la parte delantera de la vivienda, se conoce como la "zona de la boca" -haNdu ndu o indu Lám. V. Tres gei y un 'is' u recién cocidos, sobre las cenizas que han quedado de la hoguera (Obora). Tres eñish tras el tratamiento superficial (Obora). También en la puerta se encuentran los "ojos" (are) de la casa, que son los dos postes que flanquean la entrada. Por otro lado esos "ojos" de la puerta ("boca") pueden ser los "incisivos" (indu-are). Los ojos se relacionan con el conocimiento: "sabio" se dice are-p'adiya, lit. "fuerte de ojos" (Bender 1993: 304). La parte delantera es la parte más importante desde un punto de vista simbólico. En ella se realizan toda clase de rituales, por parte de sus habitantes o de los brujos (Neri), como la inauguración de la vivienda, el ahuyentar a los malos espíritus, la petición de lluvia, etc. Es también una zona social, donde se reúnen los vecinos, especialmente las mujeres, a charlar o trabajar. Por su importancia y a la vez por su permeabilidad -la boca está abierta, por ella pueden penetrar enfermedades-, es una zona crítica, que debe protegerse contra los malos espíritus (shuman), el mal de ojo y las enfermedades. Por ello se advierten con frecuencia elementos apotropaicos colgando de la puerta o de sus inmediaciones (González Ruibal y Fernández Martínez 2003); por ello, quizá también, es la zona de la vivienda que se limpia más a menudo (una o dos veces al día), mientras que el interior o la parte trasera raramente se tocan. En oposición a esta área delantera, el resto de la pared se conoce como thashul-gundi, la "espalda de la casa". Aquí no se realizan rituales que no sean negativos: las mujeres que menstrúan deben orinar en la parte de atrás de la vivienda, por ejemplo, y es allí donde se entierran a los bebés de menos de tres meses, es decir, los seres no socializados. No por casualidad, pues, en toda la pared que rodea la casa, excepto la inmediata a la puerta, no encontramos cerámicas, calabazas, herramientas o cualquier otro elemento de cultura material. Por la misma razón tampoco se almacena cerámica ni tierra junto a la pared. La teoría de la práctica de Bourdieu (1990) resulta esclarecedora de esta situación: una alfarera nunca expresaría de forma discursiva su relación con la parte frontal de la vivienda como yo lo he hecho, pero en su comportamiento -en la práctica-se encuentra inconscientemente inscritos los principios culturales expuestos, que regulan y dan forma no sólo su relación con la tecnología que producen, sino con el mundo en general. "La mujer kabila, dice Bourdieu (1990: 96), sentada ante su telar no está representando un acto de cosmogonía; está simplemente sentada delante de su telar pensado con una función técnica. Lo que sucede es que, dado el equipamiento simbólico disponible para ella para pensar de forma práctica su propia práctica, en particular su lenguaje (...), sólo puede pensar lo que está haciendo en la forma encantada, es decir, mistificada, que el espiritualismo (...) encuentra tan encantadora" [mi cursiva]. De la misma forma, la alfarera berta que fabrica cerámica delante de la puerta de su vivienda no está representando simbólicamente el orden berta del mundo, la vida y la muerte, lo privado y lo público, lo sucio y lo limpio, pero dado el lengua- je y el juego de metáforas en que se halla inmersa, se halla realizando su labor en la "boca" de la casa, en la zona limpia, de la vida, de lo social, en una zona también liminal y frágil. Y porque vive inserta en este sistema de oposiciones, no puede concebir fabricar la cerámica en la parte trasera de la vivienda como no podría concebir hacerla en el bosque. Por otro lado, el espacio doméstico berta refleja la coherencia práctica que se espera de él como sistema simbólico, de modo que "es el producto de prácticas que pueden cumplir sus funciones prácticas sólo en tanto que implementan, en estado práctico, principios que no son solamente coherentes (...), sino también prácticos, en el sentido de convenientes, es decir, fáciles de dominar y usar..." Con este ejemplo queda de manifiesto la importancia de los principios culturales de orden en la configuración tanto del espacio como de las actividades que se realizan, incluidas las labores de carácter tecnológico. Podemos volver así a mirar, con nueva luz, la idea de que las actividades espacialmente flexibles no se encuentran confinadas a una localización específica (Arnold, P. 1991: 100). Sí lo están, aunque de forma más sutil: sólo una aproximación que tenga en cuenta los valores morales del espacio puede llegar a descubrir estas condiciones. Desde este punto de vista, existe una cierta visibilidad arqueológica del proceso: debido a que todas las actividades que realizan los berta, y en particular las mujeres, se concentran masivamente en la parte frontal, cabe esperar una mayor presencia de restos -desecho primario residual o microdesecho, en su mayor parte (Hayden y Canon 1983)-, frente a su ausencia en la parte trasera. La especialización y su significado El proceso de producción de todas las cerámicas resulta bastante semejante. Sin embargo, como se indicó, existe una clara distinción entre quienes realizan awar y hulili y las demás alfareras. La afinidad se produce no sólo por el proceso técnico sino también por la función que cumplen los productos acabados. Aunque la realización de grandes recipientes, como awar o hulili, requiere unas habilidades particulares, que no poseen el resto de las alfareras, ha de hacerse notar que quienes fabrican estos contenedores también elaboran otros de menores dimensiones (los 'is' u de cerveza) que, si bien se emplean en el proceso de elaboración de la bebida alcohólica -como el awar-, tecnológicamente no resultan afines a aquellos recipientes. Así, un eñish resulta muy semejante formal y tecnológicamente a un 'is' u de cerveza y en cambio, un 'is' u de cerveza y un awar muestran diferencias muy sustanciales. Sin embargo el 'is' u de cerveza y el awar los realiza la misma persona. Por lo tanto, es el contexto social de consumo y no el contexto tecnológico de producción el que decide la realización de determinados productos por determinadas alfareras. Tampoco la función es determinante: el 'is' u en el que se fermenta el cereal con el que se prepararán después las gachas (t'uka) es idéntico -salvo en la ausencia de decoración-al 'is' u en el que se fermenta el cereal que se empleará en la cerveza, como idéntica es la función (fermentar pasta de cereal). Lo que realmente cambia es el contexto en que se consume la cerveza y las gachas. La cerámica de cocina se utiliza de forma cotidiana, tiene una alta tasa de reemplazamiento y carece de decoración; la cerámica de cerveza se utiliza de forma extraordinaria -fiestas, bodas, funerales, circuncisión, trabajo comunal (maha)-, tiene una bajísima tasa de reemplazamiento y posee decoración. El hecho de que las grandes vasijas se utilicen de forma excepcional y, por lo tanto, se rompan poco, explica que sólo una entre más de veinte alfareras se dedique a fabricar este tipo. Esto tiene importantes implicaciones arqueológicas. Se ha señalado ya que para seriar son más importante los recipientes de menores dimensiones que tienen una mayor tasa de sustitución (González Ruibal 2003a: 42-43). A esto hay que añadir que cabe esperar una mayor homogeneidad en las producciones con un alto valor social y con un escaso uso que en aquéllas que se producen en gran número, puesto que toda la producción se debe a unas pocas manos y que el conocimiento y las decisiones técnicas dependen, igualmente, de un grupo reducido de artesanos. La producción total de cerámica es considerablemente reducida. Si calculamos un promedio de seis recipientes semanales por alfarera, tendríamos unas 120 vasijas semanales en Obora, es decir, 5.760 recipientes al año, considerando una producción constante. Si tenemos en cuenta que en la estación de las lluvias (unos cinco o seis meses) se produce menos cantidad, y dividimos por dos el número de cerámicas que se fabrican durante la estación seca, tendríamos un total de 4.320 recipientes. Si multiplicamos esto por las tres aldeas productoras principales del centro de Benishangul, obtendríamos 12.960 vasijas, que incluirían sólo las de tipo berta (ni met'ad amháricos, ni jebenas, albrik, etc. sudaneses). Como sabemos que sólo los berta consumen cerámica berta y conocemos la cantidad de población aproximada de esta etnia en las weredas de Asosa, Komosha y Menge (Census 1996), unas 93.000 personas, podemos calcular la relación entre vasijas e individuos. El resultado es una vasija anual por cada 7,15 personas. El número de individuos por unidad familiar en Benishangul es de cuatro personas (Census 1996: 202), lo que nos daría una cifra de reemplazamiento de menos de un recipiente cada 1,5 años aproximadamente. Sin embargo, hay que tener en cuenta que las unidades de habitación con menos individuos suelen pertenecer a parejas o individuos jóvenes o mayores, que en ocasiones se alimentan dentro del conjunto de habitación de otros familiares (vide infra). Por otro lado, debe igualmente tomarse en consideración que la vasija con mayor coeficiente de reemplazo es la fuente para cocer las gachas o torta de cereal (gei), que en un número elevado de hogares berta se compra a alfareras amhara (met'ad). Si tenemos en cuenta los cálculos de nuestros informantes, probablemente la tasa de reemplazo más verosímil ronde una pieza al año por conjunto familiar. La inmensa mayoría de nuestros informantes de Asosa y Fulederu ofrecieron cifras por encima de dos años para la sustitución de la mayor parte de las vasijas -el gei/met'ad oscila entre 1 y 3 años-. Significativamente, las edades medias de vida calculadas en el ámbito rural (Fulederu) son más breves que en ámbito urbano (Asosa), lo cual se debe indudablemente a las mayores facilidades de sustitución de los recipientes en las áreas próximas a los centros de produccción, así como al uso más intenso de la cerámica, ante la ausencia de sucedáneos industriales -que menudean, en cambio, en las barriadas de Asosa-. Las piezas que tienen un nivel de sustitución más bajo son, como se ha señalado, los grandes recipientes para la preparación de cerveza. Por lo que se refiere a la distribución de los productos, podemos señalar dos formas fundamentales: regalo, intercambio o herencia entre familiares y amigos, y venta en los mercados. La primera, que se correspondería con distintos modos de reciprocidad positiva, se da, por ejemplo, entre las propias alfareras: una experta en eñish puede cambiar una de sus vasijas con una experta en gei del mismo poblado. Regalar cerámica a una joven pareja que se acaba de casar es también algo muy habitual por parte de las alfareras. La herencia, por último, afecta fundamentalmente a los grandes recipientes de uso social: los 'is' u que se emplean en las bodas, funerales o fiestas de trabajo (maha), por ejemplo. En este mismo grupo entra, por supuesto, la cerámica relacionada con la fabricación de la cerveza. En el poblado de Gize Atara (Menge wereda) conservaban un conjunto de vasijas de cerveza (awar e 'is' u) que tenía veinte años, según su dueña. En Gundul (Asosa) en uno de los conjuntos de habitación se guardaban unos grandes 'is' u heredados de la abuela por la actual cabeza de familia, que tenían -en su opinión-más de cuarenta años. Las vidas medias de otros recipientes no hacen posible que se puedan heredar. La venta de los productos en el mercado es la forma más habitual de distribución de las cerámicas. Existen mercados de distinta importancia en Benishangul (Fig. 10). El más importante por su tamaño es el de Asosa, que además cuenta con un pequeño mercado diario. A continuación se encuentran los de Bambasi, Komosha y Menge. Keshaf, Undulu, Abejendu y Ura poseen ferias de dimensiones más modestas y carácter más local. La elección del lugar en que se comercializarán los productos depende de varias cuestiones: -La cercanía al lugar de producción. -El tamaño del mercado y, en consecuencia, el número potencial de compradores. -El día que se celebra el mercado. -La fuerza física de la persona que acude a vender al mercado, que suele depender de la edad (las alfareras de más de 40 años no suelen desplazarse lejos). -La existencia de mal de ojo o fuerzas malignas ligadas a una determinada localidad. Las cerámicas se llevan al mercado andando, lo cual, como dijimos, condiciona considerablemente la distancia máxima de comercialización del producto y la cantidad de productos transportados. Nunca hemos visto que se transporte cerámica en burros, a excepción de las jebenas -producto masculino-. Las ferias de Keshaf y Menge se encuentran a una hora andando con carga. El mercado de Komosha se encuentra más lejos: se tarda unas dos horas y media pero merece la pena el esfuerzo por-que acude mucha gente. Allí acuden principalmente las alfareras más jóvenes, que son las que tienen fuerza para hacer el trayecto cargadas. La alfarera de awar dice acudir al mercado de Keshaf, que se encuentra a menos de una hora andando, pero las otras alfareras prefieren evitarlo, debido a que atrae a menos gente y es más difícil vender la mercancía. Algunas alfareras visitan la feria de Abejendu, que es de dimensiones reducidas, como Keshaf. Sin embargo, la mayor parte también lo evita. Una de las artesanas dijo no ir a Abejendu porque tenía miedo al mal de ojo: se puede hacer daño en una mano y no poder moldear más cerámica o se le pueden romper las vasijas, por ejemplo. El mal de ojo puede impedir también que consiga vender cerámica alguna. Estos temores son compartidos por la mayor parte de las alfareras, no sólo a la hora de vender, sino también de fabricar la cerámica: suelen rezar antes de comenzar a trabajar, cuando van a por arcilla y cuando van a cocer las vasijas. Todas ellas llevan estuches de amuletos. La alfarera de más edad dijo que sólo vendía cerámica en Menge porque no tenía fuerzas para ir más lejos -en realidad se tarda lo mismo a Keshaf, pero el número potencial de compradores es menor-. Así pues, parece que se prefiere ir a sitios más lejanos pero en los cuales concurra más gente, que a sitios cercanos, donde, además, se considera que actúan fuerzas malignas. Por otro lado, es posible que en Abejendu sea más difícil la venta puesto que han de competir con las alfareras de la zona de Undulu-Sheloko, mientras que en Menge o Komosha venden ellas en exclusiva -criterios de competencia influyen en la distribución de la cerámica gzaua, por ejemplo (González Urquijo et al. 2001: 17). La alfarera de awar/hulili lleva un solo contenedor que le reporta 3 birr, es decir, 0,3 euros (el birr es la moneda de Etiopía).'Is' u de cocina se pueden llevar dos, a dos birr cada uno (4 birr = 0,48 euros). Existe una gran coherencia en el número de cerámicas que dicen vender y su precio entre las distintas alfareras, los consumidores y lo que nosotros mismos hemos podido comprobar en los mercados en las weredas de Komosha y Menge. En cambio, los precios que nos dijeron nuestras informantes de Asosa eran de dos a tres veces mayores que los recogidos en otras weredas. Es cierto que los precios en Asosa resultan ligeramente más elevados -quizá porque el trayecto desde las zonas productoras es mayor-, pero desde luego no tanto como aseguran las informantes. Si las alfareras acuden a dos ferias a la semana y venden toda la producción pueden ganar un máximo de ocho birr (casi un euro). Como elemento de comparación podemos decir que con 1 birr se puede llegar a comprar un kilo de plátanos. Especias y otros productos alimentarios (sal, ajos, jenjibre) que no se producen siempre dentro de la unidad doméstica se pueden adquirir por menos de un birr generalmente. La parte metálica de un hacha de hierro cuesta unos 3 birr. Frente al escaso precio de la cerámica femenina, las jebenas pueden llegar a alcanzar hasta 6 birr (el precio medio son 3 birr), pese a su reducido tamaño. Los berta aseguran que la cerámica de las tierras altas es más cara que la suyaalgunos recipientes llegan a costar 10 birr-, lo cual, en su opinión, no se traduce en una mayor calidad. Debido a esta economía autárquica y de subsistencia, existe un número escaso de productos industriales en la mayor parte de los poblados berta. El lado dramático de esta economía, en todo caso, no es que no permita adquirir objetos, en la mayor parte de los casos superfluos, sino que, ante la ausencia de un servicio de sanidad público, impide que las personas reciban servicios médicos básicos. También se puede comercializar el producto en la propia aldea en que se fabrica: así sucede en Obora, pero especialmente en aquellos lugares que además de contar con artesanas disponen de un mercado. En Undulu, como ya señalamos, hay un mercado y en los alrededores, hasta el río Dabus, se fabrica cerámica. En Ura se da una coincidencia exacta entre feria y centro de producción: las alfareras viven a escasos minutos de la feria, que posee unas considerables dimensiones (Lám. Mujeres vendiendo gei en el mercado de Ura. Fotografía de Christoff Hermann. fareras de Ura, además, se desplazan al gran mercado de Asosa. La cerámica de Obora llega hasta Asosa, puesto que la gente de esta localidad adquiere cerámicas en el mercado de Komosha -quizá a través de hitos intermedios-. En la propia Asosa se nos dijo que existía una zona alfarera (Begi Safer), pero no pudimos encontrarla, seguramente porque ya no está en activo. A tenor de los datos expuestos, se puede considerar el radio primario de dispersión de los productos alfareros de unos 15 km, lo cual coincide con la cifra más baja del radio de 15-50 km que se considera habitual en la distribución de cerámica preindustrial, teniendo en cuenta, además, que las cifras bajas son las más habituales (Stark 2003: 209). Curiosamente, ese rango de 15 km coincide con la distancia habitual de desplazamiento en los matrimonios berta, lo cual también se ha atestiguado en otros grupos (Stark 2003: 209). A esto hay que sumarle el desplazamiento de los compradores a los núcleos de venta, con lo que tendríamos un radio de 35 km, que es la distancia lineal que separa Asosa de Obora. Si a ello añadimos el hecho de que algunas alfareras proceden de Undulu -20 km lineales de Obora-, tenemos una red de relaciones que afectan a toda la zona de Benishangul. Hay que tener en cuenta que el relieve es por lo general abrupto: entre Komosha y Asosa, por ejemplo, hay una sierra de cierta envergadura, y el desnivel entre Obora y Komosha es de unos 500 m de altura. Los desplazamientos de compradoras y productoras -tanto a los mercados como a otras áreas de residencia-explican la homogeneidad de la cerámica berta en Benishangul. Quienes acuden al mercado a comprar -aunque por lo general todos los compradores son vendedores y viceversa-pueden caminar hasta 15 km o tres horas desde su aldea de residencia. Un ejemplo elocuente lo constituyen los mercados de Bambasi y Asosa, que distan unos 32 km lineales uno de otro y ambos se celebran el sábado. Al ir de una localidad a otra, se advierte que más o menos a la mitad del camino la gente que se dirige al mercado deja de caminar en una dirección y lo hace en la opuesta. CONSUMO: ASPECTOS SIMBÓLICOS, SOCIALES Y ECONÓMICOS En los conjuntos de habitación berta encontramos una media de 9 vasijas. En los conjuntos gumuz el número ronda las 12 piezas y en las casas kwama 15 recipientes de barro es una cifra habi-tual. Al menos entre gumuz y kwama se puede encontrar un número equivalente de contenedores de calabaza. Entre los berta la proporción es algo menor. Estas medias son meramente orientativas: el número de habitantes del conjunto, la edad de sus miembros, el carácter más o menos rural del poblado, entre otros factores, influyen en el número total de recipientes de barro empleados (cf. Arnold 1985: 156). Así, una mujer mayor que no pueda valerse por sí misma, pero que viva en una cabaña independiente, no reemplazará ya sus cacharros, al menos los de cocina, pues lo más probable es que cocinen para ella en otra unidad doméstica. No parece que en las casas de las alfareras se encuentre un número sustancialmente mayor de piezas que en las viviendas del resto de la gente -al menos en el ámbito rural-. Sí que parece advertirse una menor diversidad de tipos cerámicos en casa de las artesanas, lo que puede deberse a que fundamentalmente se autoabastecen. Además de las cerámicas en uso, suele haber dos o tres vasijas rotas que pueden estar abandonadas o reutilizadas -para dar de beber a los animales, para tapar otras vasijas, para mezclar arcilla y agua con que enlucir las paredes, para servir de base a la cerámica recién moldeada que se deja a secar, etc.-. Este fenómeno, que se encuentra muy extendido entre los grupos tradicionales, causa indudables problemas a los arqueólogos (Stark 2003: 210). Las jebenas rotas se reutilizan como elementos mágicos: hincadas en lo alto de un poste sirven para ahuyentar a los malos espíritus. La presencia de cerámica rota en fragmentos pequeños y sin uso en las viviendas resulta común: por norma general aparece fuera de su contexto de uso habitual. La cerámica se encuentra en la mayor parte de los conjuntos de habitación de berta, kwama, gumuz y mao situado al fondo de la vivienda, con frecuencia detrás de un tabique (Fig. 12). La forma de construir y organizar el espacio es extraordinariamente similar en todas estas etnias y ello se refleja en el modo en que se distribuyen los artefactos. Indudablemente, el espacio doméstico, como sucedía con el espacio exterior de trabajo, es flexible, en el sentido de que no existen apenas elementos divisores o delimitadores del espacio y que por lo tanto no se dan marcadores materiales que indiquen dónde puede o dónde no puede colocarse una cerámica. Pero como sucedía con el espacio del trabajo, también aquí están funcionando principios culturales de orden que, de forma invisible, condicionan la distribución de actividades y artefactos, así como los movimientos del cuerpo y la relación de éste con los objetos -como ha señalado Bourdieu (1990: 271-83) en la casa kabyla-. Las casas berta suelen tener dos hogares, uno delante y otro detrás del tabique (katia) que divide el interior de la casa. Los objetos que se sitúan delante, como sucedía con la parte frontal de la casa, se relacionan por lo general con la actividad social: allí se prepara el café y es por lo tanto donde se suelen situar las jebenas y los incensarios. Detrás del tabique, por el contrario, se realiza la comida y es donde se sitúa la mayor parte de la cerámica ordinaria (Fig. 12). No deja de ser significativo que la preparación de la comida se lleve a cabo en la zona sucia, invisible y no-social de la vivienda, en la "espalda de la casa" (tha-shul-gundi). En las viviendas kwama la organización es similar, aunque lo más habitual es que no exista más que un hogar (Lám. VIII), al igual que en los hogares gumuz. Generalmente, se ha señalado que los mayores recipientes, como grandes contenedores de líquidos y de áridos, suelen ocupar una posición relativamente fija en las viviendas, con muy escaso movimiento (Arnold 1985: 154). Esto explica su escasa tasa de rotura y el menor reemplazo. Sin embargo, vasijas menores que se pueden mover -y de hecho se mueven-con frecuencia y sin problemas, se encuentran igualmente fijas en el espacio: la distribución de los materiales dentro de las cabañas claramente señala la tendencia de los objetos a aparecer continuamente en los mismos lugares. Es decir, en la ubicación de las vasijas no funcionan sólo principios de tipo físico o funcional, sino también principios culturales que rigen el orden en la vivienda. En relación con el carácter simbólico de la arquitectura y su vínculo con la cerámica, es interesan- te señalar, en la cerámica gumuz, la presencia de una cerámica (nsekuNgwa) con dos pares de mamelones que recuerdan pechos femeninos. Los mismos pechos se encuentran en los graneros, denominados kuNgwa (Lám. Esta misma palabra se utiliza para denominar el pecho femenino (4). Los pechos tienen especial importancia simbólica entre los gumuz, por su relación con la reproducción: la abundancia de escarificaciones que presentan las mujeres en esta parte del cuerpo así lo corrobora. La relación entre sexo, cerámica y granero se encuentra en otras culturas del África subsahariana (David 1992a: 193) y revela la relación estrecha que se da entre las distintas actividades que garantizan la reproducción biológica del grupo (Gosselain 2000a: 95-6). Las decisiones que llevan a los individuos a adquirir vasijas de determinado tipo o de determinada tradición alfarera dependen de multitud de factores -culturales, étnicos, comerciales, religiosos, sociales, etc-. Entre las cuestiones que influyen en la configuración del repertorio cerámico presente en un conjunto doméstico se encuentra, también, el carácter del asentamiento, rural o "urbano", entendiendo por esta última denominación aglomeraciones con algunos atributos administrativos, comerciales, religiosos, etc., como Asosa o las capitales de wereda (cf. González Ruibal y Fernández Martínez 2003). Teniendo en cuenta este primer condicionante, enunciaremos brevemente algunos de los factores implicados en la configuración del repertorio cerámico (5): Factores de tipo cultural. Una tradición alfarera implica una tradición gastronómica: algunos tipos de alimento sólo se pueden cocinar en un determinado tipo de recipientes: las gachas berta (t'uka) sólo se pueden cocinar en el gei, la torta amhara (enjera) únicamente en el met'ad. Cuando un recipiente alógeno permite elaborar comida local, es más fácil que se generalice (ele oromo). Cómo reconocieron las alfareras de Obora, los etíopes de las Tierras Altas sólo compran cerámica berta cuando no les queda más remedio: así, quienes forman parte de los cuerpos docentes o administrativos del estado etíope y se encuentran en capitales de wereda alejadas, como Menge. Y aún en este caso -siempre según las alfareras de Oboralas vasijas que adquieren a las artesanas berta son las más parecidas a las abisinias y las que les permiten reproducir con mayor facilidad la comida a la que están acostumbradas -el ele oromo-. Entre los berta, sin embargo, el consumo de la torta abisinia se está generalizando. En Asosa, el met'ad amhara (17% sobre el total de cerámica empleado) supera en número al gei berta (3%) en el barrio berta de Gundul, mientras que en Fulederu poseen el mismo porcentaje (13%) y en el poblado rural y alfarero de Obora no se usa el met'ad. Este cambio es paralelo a la generalización de la enjera de las Tierras Altas en Benishangul, en detrimento de las gachas tradicionales. Las familias e individuos más involucrados en relaciones sociales poseen mayor cantidad de elementos relacionados con la ceremonia del café. Que el número de cafeteras e incensarios crezca en contextos urbanos se puede explicar por las mayores posibilidades -y necesidades-de interacción social que las existentes en núcleos rurales aislados y con un reducido contingente demográfico. En Asosa jebenas, algalayas e incensarios suponen el 51% de la producción total de cerámica. La explicación a priori más sencilla es que el número más elevado de Asosa se debe a la existencia de más recipientes industriales, que sustituyen a la cerámica de cocina. Esto es indudablemente cierto. No obstante, el número total de jebenas sigue siendo notablemente mayor en Asosa que en las otras localidades. En Obora y Fulederu la mayor parte de los conjuntos domésticos tienen una o dos jebenas y una algalaya. En Asosa algunas casas poseen hasta media docena de jebenas. El factor de la disponibilidad -tener un mercado bien (4) Nse, en gumuz, es el nombre que se da a la salsa que acompaña a las gachas de cereal. (5) Las observaciones aquí propuestas deben entenderse como tendencias, no como leyes generales del comportamiento, y se encuentran obviamente condicionadas culturalmente. Pechos modelados en un granero gumuz (izquierda) y en una cerámica (derecha). surtido cerca-y el poder adquisitivo seguramente estén en relación con el acceso a un mayor número de jebenas, pero el carácter de las relaciones sociales también es importante. En las zonas rurales es más habitual que se reúnan las jebenas de todos los habitantes del pueblo para celebrar ceremonias colectivas (Lám. X), mientras que en la ciudad la unidad doméstica gana protagonismo sobre el poblado. La negociación de una identidad sudanesa o islámica en general lleva a un uso más elevado de cerámica de tipo sudanés (jebenas, especialmente), así como recipientes esmaltados de esta procedencia, por lo general decorados con motivos islámicos (medias lunas, estrellas, color verde), que tienden a suplantar a la cerámica local -en concreto algadas y otros recipientes para presentar el alimento-. Quizá no por casualidad, el individuo que, en el barrio de Asosa que estudiamos, poseía un mayor número de jebenas, era también el que tenía una casa cuadrada, con un remate en media luna, y quien profesa-ba más claramente una adscripción a los valores ortodoxos islámicos. Tampoco es casual que se utilice una jebena y un albrik para expresar metafóricamente las relaciones de amistad entre Benishangul y Sudán (Lám. Probablemente estas dos vasijas sean las que se utilizan de forma más activa para negociar algún tipo de identidad y significativamente su producción y consumo se encuentran fundamentalmente en manos masculinas. Por otro lado, la adopción de una identidad islámica implica la desaparición de las vasijas relacionadas con la fabricación y consumo de cerveza. La introducción del Islam ha tenido un carácter traumático en Benishangul, debido a su asociación a la esclavitud y la invasión de extraños (McHugh 1995: 173). Ese carácter traumático puede explicar el visceral rechazo que muestran muchos berta hacia su cultura tradicional, una actitud que puede tener un carácter destructivo con su propia cultura material, al menos con aquella más directamente ligada a un pasado pagano -de modo semejante al enfrentamiento en-Lám. Recuerdo conmemorativo de una reunión etio-sudanesa en Benishangul, con representación de cerámica sudanesa usada por los berta: albrik, algalaya y jebena. X. Ceremonia colectiva del café en Azido (Sherkole). tre modernidad y tradición que he tenido ocasión de analizar en España (González Ruibal 2003b)-. Así por ejemplo, allí donde existe una islamización más profunda -en torno a las capitales de wereda y los caminos principales-se produce un abandono mayor de la cultura material "pagana", ejemplificada especialmente en los contenedores para cerveza. En el barrio estudiado en Asosa no se conservaba un solo awar y los 'is' u de cerveza estaban reaprovechados como 'is' u para gachas. En una zona multiétnica como Benishangul y especialmente las weredas de Asosa y Bambasi, el consumo de una tradición cerámica implica mostrar una identidad étnica: los amharas nunca compran cerámica berta y los berta sólo compran aquellos productos que no tienen paralelo en su propia tradición (met'ad, hornillos). Los matrimonios interétnicos son extraordinariamente raros y los poblados y barrios en estas weredas tienen un claro carácter étnico. Pese a que las poblaciones no se mezclen, ello no implica en modo alguno una situación de tensión. La propia tradición de los grupos "prenilóticos" al menos desde el siglo XIX muestra la admisión de grupos extraños, sin mezcla pero sin conflicto (James 1986: 124). No obstante, existen diversas actitudes observables en la cerámica: mientras los berta que viven junto a gentes de Wollo usan su propia cerámica y sólo met'ad amharas, los mao septentrionales emplean cerámica komo, berta y amhara. Esta heterogeneidad no indica que no tengan una identidad étnica bien diferenciada ni que se mezclen con los berta, amhara u oromo. Al contrario, los mao septentrionales se cuentan entre los grupos que con más énfasis marcan su identidad (James 1980). Simplemente, la cerámica no se considera un terreno para su discusión, al contrario que la lengua, el matrimonio, la tradición de la caza o el espacio doméstico. De disponibilidad (factores "comerciales"): si no existe la posibilidad de comprar cerámicas del grupo étnico al que se pertenece se adquiere cerámica distinta. En las zonas donde se da una mayor concentración de diferentes etnias o donde existen mercados grandes multiétnicos los elencos cerámicos son más variados: así, en Asosa, encontramos la mayor variedad de tipos cerámicos (11) entre los berta, por el uso de materiales sudaneses y abisinios. Por otro lado, si un determinado artefacto se realiza de forma masiva en una tradición ajena y sólo de forma excepcional en la tradición propia, resulta esperable que se adquiera el objeto ajeno: este es el caso de los incensarios. Frente a la omnipresencia de los incensarios amhara en los mercados, apenas se venden incensarios berta, seguramente por el reducido número de individuos que los fabrican. Además constituye una ventaja que las mismas alfareras que fabrican cerámica de almacenaje y cocina (gan, dëst), moldeen y vendan también incensarios, cosa que no sucede entre las berta. Relación productos industriales-no industriales. La adquisición de productos industriales afecta a la diversidad y cantidad de cerámicas empleadas. Se reduce el número de cerámicas y éstas se recluyen en espacios de bajo estatus (cocinas) y pierden visibilidad. En Asosa, las casas que poseían un mayor inventario de cerámica tradicional eran las de las ancianas y la del brujo (Neri) -depositario por excelencia de la tradición-. En el caso de los matrimonios jóvenes, los productos de plástico y en especial los de metal de origen sudanés, ocupan un lugar destacado -por lo general sobre un mueble-, mientras que las cerámicas se vuelven invisibles (González Ruibal 2003a: 44, Fig. 10). La relación es la opuesta a la anterior. Si un mayor número de productos industriales se relaciona, como parece obvio, como individuos de zonas urbanas, mayor poder adquisitivo y una identidad menos tradicional, las calabazas indican un carácter más tradicional y rural del usuario. Las calabazas hacen las veces de contenedores cerámicos; sin embargo, un mayor número de calabazas suele corresponderse con un mayor número de cerámicas, puesto que ambos recipientes son característicos de grupos que mantienen una forma de vida menos afectada por la modernidad. Dado que el cultivo de las calabazas está extendido y la alfarería, en cambio, se encuentra en manos de unas pocas, el uso de contenedores vegetales supone al mismo tiempo un ahorro y una reafirmación de la autonomía económica de la unidad doméstica. A partir de los datos recogidos en las tres campañas etnoarqueológicas realizadas en Benishangul podemos proponer algunas lecciones interesantes para arqueólogos: -Una actividad artesanal poco intensa, escasamente exigente y espacialmente flexible se encontrará, sin embargo, siempre condicionada por principios culturales. Esto influye necesariamente en la organización del espacio de trabajo, así como en el proceso tecnológico. De la misma forma, un espacio aparentemente sencillo y no compartimentado no deja de organizarse a partir de principios culturales que determinan la distribución de artefactosp.ej. las cerámicas-. -El hecho de que una cerámica posea un proceso de fabricación poco complejo, que el elenco tipológico sea reducido, que la alfarería sea una ocupación a tiempo parcial y que reporte unos ingresos muy limitados no significa: a) que no exista una especialización en determinados artefactos -es decir, que todas las alfareras sepan hacer todos los recipientes-. b) que todos los conjuntos domésticos, ni siquiera un porcentaje importante, sean capaces de autoabastacerse de cerámica. c) que la cerámica tenga un radio de dispersión limitado al poblado de fabricación y su área más inmediata. -La especialización alfarera no tiene por qué estar relacionada con la forma, la función o la tecnología requerida para el recipiente, sino que puede estarlo con el contexto social de uso. La cerámica empleada en fiestas o relacionada con bebidas alcohólicas es probable que la realice la misma persona, pese a que el empleo (fermentación de cereal, p.ej.) sea el mismo que el de la cerámica ordinaria ('is' u de cerveza /'is' u de gachas). -El número de vasijas fabricado se encuentra en directa relación con el número de productos distribuibles, teniendo en cuenta que los desplazamientos a los mercados se realizan siempre a pie. Pero también funcionan principios sociales: en una sociedad igualitaria, la obtención de ingresos extras mediante el incremento de la producción no se contempla. -Como sucede con la dualidad torno/mano, la dualidad tradición alfarera berta/sudanesa tiene un sesgo de género evidente: una vez más se demuestra que las tecnologías y artefactos de mayor prestigio, individualizados y con relevante función social -más, si cabe, que las tecnologías lucrativas (Stark 2003: 205)-se encuentran ligadas a los varones. -La tasa de reemplazo de cerámica es de en torno a una vasija al año por familia nuclear entre los berta y el número medio de vasijas por unidad do-méstica ronda la decena, sin contar los recipientes inservibles. El número de habitantes de una unidad doméstica y su edad determina el número total de vasijas existente. -El consumo de cerámica -cantidad, tipo, tradición artesana-depende de múltiples factores: de carácter cultural, social, identitario (religioso y étnico) y "comercial" (disponibilidad), así como de su relación con otro tipo de recipientes (industriales, vegetales). Ni siquiera en una sociedad sumamente compleja desde un punto de vista étnico, como la de Benishangul, se puede explicar el consumo diferencial de cerámica entre los distintos grupos exclusivamente a partir de principios étnicos. La identidad que se negocia, en cualquier caso, no es sólo étnica, sino que tiene que ver también con la religión o la "civilización" (islámica/ cristiana, árabe/abisinia), la tradición y la modernidad, etc. Algunos materiales de esta investigación fueron presentados como trabajo de tercer ciclo para la obtención del DEA en el Dpto. de Prehistoria de la Universidad Complutense (junio 2002), bajo el título Etnoarqueología y cultura material de los pueblos prenilóticos etíopes. Objetivos y primeros resultados del proyecto etnoarqueológico en la región de Benishangul-Gumuz (Etiopía occidental). El trabajo fue dirigido por el prof. Dr. Víctor M. Fernández Martínez, a quien quiero agradecerle que me permitiese colaborar en el proyecto que él dirige. Por otro lado, los diálogos que hemos mantenido sobre etnoarqueología y teoría han sido siempre sumamente fructíferos. La investigación habría sido imposible sin la ayuda de Geremew Feyissa, que actuó como traductor en la campaña de 2002 y 2003. Las principales alfareras entrevistadas fueron Al-Hamam Feri, Asiya Toka y Zeineb Hudur en Obora. Mohammed Ahmed, Mustafa Hamid y especialmente Awed Abdullah nos ofrecieron su colaboración como traductores e informantes. La información sobre el consumo nos fue ofrecida, fundamentalmente, por diversas mujeres de Gundul (Kebele 03, Asosa) y Fulederu -conjunto de habitación de Isa Muhammad-. Durante el año 2001 contamos con la colaboración de Tesfaye Oli. El trabajo entre los gumuz en el año 2002 se benefició de la inestimable labor traductora de Mamecha. En la recogida de los datos participaron Al-
Para comprender mejor el paisaje sociopolítico de la Extremadura portuguesa durante el Neolítico Final/Edad del Cobre se han llevado a cabo excavaciones interdisciplinares en Bolores (Torres Vedras), en el valle del río Sizandro. Bolores es una tumba hipogea que fue utilizada principalmente entre 2800 y 2600 cal BCE como enterramiento colectivo para adultos, adolescentes y niños (NMI=36). Los datos arquitectónicos, bioarqueológicos y de cultura material analizados hasta la fecha sugieren que Bolores albergó los restos de un grupo social distintivo compuesto de individuos locales que marcaban sus diferencias con otras poblaciones funerarias del Sizandro y Extremadura portuguesa mediante la cultura material y la arquitectura funeraria. Las diferencias sociales en la población de Bolores fueron señaladas espacialmente y marcadas mediante las ofrendas de bienes materiales. Sin embargo, no se aprecia una estratificación social significativa que sugiera una sociedad de nivel estatal: no hay enterramientos infantiles ricos, ni disparidades en la salud o dieta de esta población funeraria o entre esta población y otras en la región de Torres Vedras.
Sitios en altura y vasijas rotas: reconsiderando la etapa de 'plenitud' de Cogotas I (1450-1150 cal AC) en la Meseta Hilltop sites and broken vessels: rethinking the later phase of the Cogotas I Culture (1450-1150 cal BC) in the Iberian Meseta En las últimas décadas el estudio del final de la Prehistoria Reciente en la Meseta ha gozado de cierto vigor interpretativo. La información arqueológica es muchas veces desconcertante o se recuperó para responder a cuestiones crono-culturales, mucho menos ambiciosas. Sin embargo, ello no ha impedido avanzar sugerentes y atrevidas lecturas en clave funcional y social. La dualidad entre numerosas ocupaciones en las llanuras y unos pocos sitios elevados es clave en tales propuestas. El acusado contraste entre los 'lugares centrales' y las anodinas estaciones de las planicies estaría marcando los diferentes roles de unos y otros. A los poblados en relieves conspicuos habría fluido el excedente agrario, almacenado en silos, y ciertas materias primas (granito, mineral de cobre) en cantidades que sugieren una producción y abastecimiento a escala regional. Esos sitios ofrecen además indicios de artesanías como la fundición de metales o la preparación y acumulación de molinos, por lo que se ha sugerido su papel aglutinador en el consumo y redistribución de productos básicos. Pero este modelo explicativo, pensado para la Edad del Bronce del sureste (Lull et al. 2010) ¿realmente se compadece con lo conocido en la Meseta?, con la escueta información disponible ¿existe margen para plantear lecturas socio-políticas en tales términos?, ¿pudiéramos estar alcanzando "más interpretación de la que puede hacerse" (Fernández-Posse 1998: 127)? Frente a esta línea interpretativa mayoritaria apenas han surgido visiones alternativas. Díaz-del-Río (2001: 294-298) recordó la falta de nexo causal entre lugares encumbrados y complejidad social, al tiempo que los consideraba dentro de una estrategia de diversificación de los recursos agroforestales y como hitos de agregación social. González Ruibal (2006/07: 95-118) relaciona los sitios arriscados del Bronce Final con preferencias culturales y una nueva fórmula de cohabitar. Recientemente se ha denunciado el desconocimiento de las actividades desempeñadas en tales emplazamientos o la laxitud de su sincronía con las 'alquerías' satélites del llano (Bellido Blanco 2012: 479; Blasco Bosqued 2012: 190-191). Otros autores han señalado la parcialidad de las lecturas consensuadas (Arnáiz Alonso et al. 2012: 517) o han llamado la atención sobre el sorprendente parecido entre ciertos sitios en alto y sus asentamientos subordinados (Crespo Díez y Herrán Martínez 2012: 393). En este artículo se revisan de manera autocrítica algunos pilares de las referidas interpretaciones sobre el final de Cogotas I en la Meseta. Se defiende que tales planteamientos están débilmente imbricados con las estrategias de estudio hasta ahora aplicadas y se insiste en las dificultades de método que debe afrontar su verificación. Además se señalan las limitaciones de la propia evidencia factual y se apuntan algunas vías de avance con resultados prometedores. Ello resulta oportuno porque: 1) es un tema encorsetado en parámetros tradicionales, difíciles de abandonar y que adolece de una elevada dosis de indefinición y ambigüedad; 2) las lecturas formuladas para esta etapa no consideran adecuadamente las peculiaridades del registro arqueológico y asumen premisas que exigen un escrutinio más riguroso; 3) existe un notable volumen de información inédita procedente de excavaciones, muchas de ellas de urgencia, así como un marco cronológico más preciso, a partir del C14 por espectrometría de acelerador de masa (AMS), que conviene integrar en la discusión y 4) el examen preliminar de cuestiones hasta ahora inéditas, como la formación de lo que ha quedado de Cogotas I o el ciclo de uso y descarte de su cerámica están ofreciendo pistas para reorientar tales hipótesis de trabajo. Dos serán los protagonistas de este recorrido: las conocidas cerámicas decoradas y los lugares encaramados. Primero se revisarán los problemas de la inacabada clasificación del repertorio alfarero de Cogotas I. Se recalcará la dificultad que entraña seguir empleando fósiles-directores para distinguir sus últimas alcallerías. Se hará una somera pero ineludible referencia al reciente reajuste de su esquema trifásico: Protocogotas à Cogotas I Pleno à Cogotas I 'Evolucionado'. Tan novedosa perspectiva temporal sugiere repensar los conjuntos cerámicos de 'plenitud' y 'evolucionados' en un escenario de posible convivencia. Sus propiedades físicas y pautas de abandono permiten intuir diferencias entre ambos: un carácter más ubicuo y habitual entre los primeros y un matiz restrictivo, para ocasiones especiales, entre las vasijas más barrocas, hasta ahora consideradas epigonales. Los lugares enriscados donde comparecen tales cerámicas centrarán el consiguiente análisis. La información contextual obte-nida en los últimos años -principalmente en la Submeseta Norte-ha reconocido fosas y niveles de ocupación ricos en desperdicios domésticos y artesanales, junto a esporádicas cabañas o cercas de piedra. Una mayor atención a cómo se formaron tales contextos deposicionales ayudará a subrayar su naturaleza problemática. Los sitios en cumbres parecen el resultado de diversas actividades, que de manera discontinua pero repetida han ido dando forma a los restos encontrados. Por último, se recalca la intervención de ciertos convencionalismos en la manipulación de esos desechos, que han condicionado su visibilidad. La observación minuciosa de varias vasijas ha permitido rastrear los avatares experimentados tras su rotura, añadiendo pruebas para difuminar las diferencias entre los campos de hoyos de llanura o en alto. LA INDEFINICIÓN DEL FINAL DE COGOTAS I Cerámicas de 'plenitud' y 'avanzadas' Los testimonios prehistóricos aquí considerados cuentan con una trayectoria de estudios casi centenaria. Prescindiendo de hallazgos puntuales a finales del siglo XIX en poblados argáricos del sureste peninsular, las primeras cerámicas decoradas de Cogotas I (Fig. 1) fueron recogidas desde los años 1920 en lugares arriscados como Cancho Enamorado (Salamanca) o Las Cogotas (Ávila) (Cabré Aguiló 1929), junto a ejemplares de los areneros aluviales de Valdivia y Martínez (Villaverde, Madrid) (Blasco Bosqued y Lucas Pellicer 2002: 208-216). En los años 1980 una serie de particularismos decorativos fueron dotados de significado temporal para completar así la demarcación interna de esta cultura, según una secuencia trifásica con reminiscencias biológicas: infancia, juventud y madurez (Fernández-Posse 1986/87). Tales atributos formales han per- mitido reconocer esa etapa aparentemente postrera (Tab. Así, entre el repertorio fino se suele invocar la presencia de tipos inusuales como rodetes, copas o jarras polilobuladas, la prolijidad de las decoraciones, el predominio de la excisión frente al papel auxiliar del Boquique y la incisión o el empleo ocasional de pasta roja (Tab. En este artículo dicho material cerámico será denominado 'avanzado' para distinguirlo del de 'plenitud'. Distinguir la alcallería 'plena' de la 'avanzada' ha sido siempre un problema. Aunque la cuantificación de técnicas y motivos ornamentales se ha incrementado y hoy se presta mayor atención al elenco liso y común (Rodríguez Marcos 2007: 338-349), la distinción entre ambos repertorios sigue recayendo en matices ornamentales criticados por estar poco formalizados (Quintana López y Cruz Sánchez 1996: 15-20; Abarquero Moras 2005: 34) y ser minoritarios (Díaz-del-Río 2001: 64). La usual comparecencia de tales cerámicas en hoyos (Delibes de Castro 1978: 237; Almagro-Gorbea y Fernández Galiano 1980: 125) ha dificultado el reconocimiento de relaciones estratigráficas con las que secuenciarlas. 1) dificulta asimismo el deslinde. Por último, el propio tratamiento historiográfico de estas cerámicas reproduce dicha ambigüedad: la primera ilus tración gráfica de cerámicas de la Fase Media o de 'plenitud', y 'avanzada' (Fernández-Posse 1986/87: 234, fig. 2) mezclaba ambas (Fig. 1). En suma, el final de Cogotas I está protagonizado por dos repertorios alfareros, el de 'plenitud' y el 'avanzado', mal definidos, compareciendo muchas veces en los mismos sitios y sin clara superposición estratigráfica. Es posible clasificar motivos decorativos aislados, pero cuesta caracterizar colecciones amplias. Una alternativa al esquema tripartito lineal, especialmente usada en la cuenca del Tajo (Blasco Bosqued y Lucas Pellicer 2002: 205-216; Blasco Bosqued et al. 2007), consiste en incluir las últimas producciones de Cogotas I en un grupo de 'plenitud' solo bien desmarcado de Protocogotas (Rodríguez Marcos 2007: 336-376). La periodización trifásica y sustitutiva de Cogotas I fue tildada ya por su artífice de poco rigurosa (Fernández-Posse 1998: 95) por fundarse en impresiones visuales intuitivas (Fernández-Posse 1998: 238-239). Pese a la denuncia de tales inconsistencias (Díaz-del-Río 2001: 52-74) la comodidad de esa plantilla clasificatoria y las dificultades para refutarla explican su aceptación y vigencia. La revisión del significado de la variabilidad ornamental en esta alfarería es hoy una tarea necesaria. Aquilatando la secuencia interna de El esquema trifásico de Cogotas I fue formulado antes de que el corpus de información cronológica y contextual alcanzara suficiente entidad, y se soporta en razonamientos asociativos y tipológicos, los únicos entonces disponibles (Fernández-Posse 1986, 1986 198; Blasco Bosqued 2012: 192). Sin embargo, semejante escalonamiento crono-tipológico no era tan sólido como aparentaba. En los últimos años la propuesta lineal trifásica de Cogotas I ha suscitado serias dudas, que afectan especialmente al final de la misma. Ciertas mejoras de la datación radiocarbónica -empleo asiduo de la técnica AMS-y una selección más exigente de las muestras a fechar están en la base de tal cuestionamiento. El rigor del muestreo para radiocarbono de los años 1980 difiere de los protocolos actuales; aquellas dataciones emplearon mayoritariamente carbón vegetal (Castro (1) Las fechas C14 referidas en el texto se han calibrado con el programa OxCal 4.2 usando la curva Intcal13 (Reimer et al. 2013) y salvo otra indicación se expresan a 2 sigma. Martínez et al. 1996: Apéndice VI), cuya problemática -efecto de la madera vieja, reciclaje, procesos post-abandono-es hoy mejor conocida. Así, la datación rutinaria de residuos erráticos en hoyos ha conllevado una correspondencia lábil entre la muerte de la muestra orgánica y los eventos arqueológicos a fechar (Abarquero Moras y Delibes de Castro 2009: 204, n. Mederos Martín (2012) tras examinar aquellas dataciones más tardías bien contextualizadas, concluye que no existen testimonios firmes de Cogotas I más modernos de ca. Así lo ha confirmado una nueva batería de muestras radiocarbónicas AMS directas -de vida corta-y de gran calidad -reducida desviación estándar-sobre restos humanos, que ha permitido acotar ambas fases de 'plenitud' y 'avanzada' entre 1450-1150 cal AC (Esparza Arroyo et al. 2012a: 267-269) (Fig. 2). La fase 'avanzada' ha sido la más afectada por este reajuste temporal de Cogotas I (Fig. 2). El sitio vallisoletano de La Requejada está resultando crucial en semejante replanteamiento: su material cerámico se considera representativo de los últimos momentos de esta cultura (Delibes de Castro et al. 1990; Quintana López y Cruz Sánchez 1996: 15-20 yo et al. 2012a: 313). Así pues, las cerámicas 'avanzadas' comprendidas en el relleno del propio hoyo (Fig. 3), consideradas previas al episodio fúnebre (Castro Martínez et al. 1995: 81; Galán Saulnier 1998: 216), quedarían envejecidas dos siglos frente a la cronología que se les venía adjudicando (Fig. 2). Los argumentos estadísticos y contextuales para plantear la sincronía entre los materiales 'plenos' y 'avanzados' (Tab. 2) son objeto espe-cífico de un proyecto de investigación en curso (Esparza Arroyo et al. 2012a) y no pueden discutirse aquí con la profundidad exigida. Tan solo se añadirá que el arco temporal hoy barajado para la fosa fúnebre de La Requejada no es discordante con los valores ofrecidos por otras muestras bien contextualizadas asociadas a materiales ce- En el aspecto cronológico son aún muchos los problemas que quedan por resolver, pero pudiera estar cumpliéndose el pronóstico de Fernández-Posse (1998: 97) para quien es "el propio método de datación el que a la larga va a desmontar esos enmarques cronológicos". El perfecto acomodo entre fechas absolutas y seriación tipológica, antes que reflejar la corrección del método mostraba más bien la inercia de unos esquemas preconcebidos. La incorporación de determinadas formas o decoraciones cerámicas pudo ser consecutiva y carecemos aún de suficiente resolución temporal para acotarla. Sin embargo, la información adelantada (Esparza Arroyo et al. 2012a) obliga a considerar un escenario inadvertido, más complejo y rico en matices. Las manifestaciones propias de la 'plenitud' y aquellas 'avanzadas', que se venían considerando posteriores (Fig. 2), en realidad pudieran haber convivido durante varios siglos a finales del Bronce Medio y durante el Bronce Final I y II del marco cronológico extrapeninsular. El inicio de la vajilla más barroca se alejaría del año 1000 cal AC (Abarquero Moras y Delibes de Castro 2009: 206) para acercarse inusitadamente a mediados del II milenio AC. "En rigor, a lo largo de Cogotas I deberían reconocerse solo dos fases, Protocogotas y Plenitud, y el hecho de que en la segunda se recurra (...) a una mayor o menor sofisticación en la decoración cerámica, sería algo a interpretar al margen del factor tiempo" (Esparza Arroyo et al. 2012a: 313). EL REGISTRO MATERIAL DEL FINAL DE COGOTAS I Explorando la distribución de las cerámicas Plantear la coexistencia de las cerámicas de 'plenitud' y 'avanzadas' requiere una mínima evaluación de los datos disponibles. Un simple cotejo numérico de ambas atribuciones tipológicas a nivel territorial ofrece ya un primer panorama. Ello, a pesar de las deficiencias de tal clasificación, basada en atributos minoritarios según un discutible criterio de presencia/ausencia, sobre muestras muy desiguales y sin ponderar la variabilidad debida a preferencias regionales. Así, el estudio de Quintana López y Cruz Sánchez (1996: 64-68) sobre la provincia de Valladolid arrojaba el cómputo de 67 sitios de 'plenitud' frente a 9 con materiales 'avanzados'. En la 'zona nuclear' de Cogotas I, Abarquero Moras (2005: 86, fig. 17) reconocía la presencia de 188 lugares de Cogotas I Pleno frente a 22 con material 'avanzado', mientras que en las 'zonas de expansión' el repertorio 'clásico' o de 'plenitud' se identifica en 80 sitios frente a los 22 con material 'avanzado' (Abarquero Moras 2005: 467, fig. 105). Los datos actualizados para toda la Submeseta Norte que manejamos aquí confirman tal desproporción: en 377 localizaciones se reconocen mate riales 'plenos' frente a 34 casos 'avanzados' (Fig. 4B). Es decir, por cada 11 lugares con material de 'plenitud' encontramos 1 sitio con cerámicas'avanza- das'. A escala peninsular la proporción es de 8 a 1, con 457 conjuntos de 'plenitud' frente a 56 yacimientos con cerámicas 'avanzadas'. No existe pues correspondencia entre la topografía del lugar y la tipología del material cerámico. ¿Qué albergaron los lugares encumbrados? Hasta hace poco los sitios enriscados (Fig. 5) se conocían por datos de superficie (Cruz Sánchez 1997Sánchez, 2006/7/7) o por discretos sondeos estratigráficos realizados en los años 1980. Es el caso del Ecce Homo (Alcalá de Henares, Madrid) (Almagro Gorbea y Fernández Galiano 1980: 17-25) con apenas tres 'fondos' conocidos del Bronce Final, muy afectados por alteraciones post-abandono (Díaz-del-Río 2001: 271-274). Las excavaciones en La Muela (Alarilla, Guadalajara) (Méndez Madariaga y Velasco Steigrad 1984: 8-12) reconocieron hoyos y también "grandes estructuras de habitación para la última fase de Cogotas" (Méndez Madariaga 1994: 122). Por entonces también se intervino en El Castro (Ardón, León), documentándose de nuevo fosas (Celis Sánchez 2007: 140-147). Mayor interés presenta Los Castillejos (Sanchorreja, Ávila) (Figs. Sin embargo, ni su funcionalidad ni su cronología resisten un análisis actual. Trabajos más modernos tampoco confirmaron la presencia de verdaderas cabañas. En 1981 se exhumaron en el sector IV dos estructuras superpuestas en apenas 12 m 2, cabaña Sa18, con una secuencia de cuatro niveles con materiales mezclados de Cogotas I y del Hierro Inicial ya desde la base. Solo el nivel IVc correspondería al suelo de preparación de la 'vivienda inferior', atribuida al Bronce Final (González-Tablas y Domínguez Calvo 2002: 37-45, figs. 26 y 27). Tan parca e incompleta información no respalda el destino de los fondos como viviendas, ni asegura su apertura y condena durante el Bronce Final. En la cumbre del Cerro del Berrueco (El Tejado, Salamanca) (Fig. 4B: 17), Maluquer de Motes (1958b: 30-33, fig. 5) excavó entre 1953 y 1956 las chozas Be1 a Be6, tres en cada sector contiguo de la plataforma superior: la Casa del Santo a occidente y Cancho Enamorado a oriente (Fig. 6). La campaña de 2003 (2) permitió reubicar siete catas: Be4, Be5 y Be6 en el extremo oriental de Cancho Enamorado y cuatro, incluyendo Be1, B2 y Be3, en la plataforma inferior, en la vertiente meridional del cerro (Fig. 6C). Solo Be1 y Be2, en la falda mejor resguardada y soleada, son verdaderas estructuras de hábitat, tal como interpretó Maluquer de Motes Recientemente se han excavado otros lugares en alto con materiales propios del final de Cogo- 3) y el control arqueológico de la zanja lineal para albergar el cableado que los conecta (Fig. 7). Solo se encontraron hoyos cavados en el sustrato calizo, distribuidos por las 12 has de la cima plana del yacimiento: 46 fosas en las cinco catas y un centenar al supervisar la remoción mecánica de la zanja. La densidad de pozos aumenta hacia el extremo meridional del cerro, un espigón estrecho y plano con una espléndida vista sobre la confluencia de los ríos Carrión y Pisuerga (Fig. 7). En este sector V se excavó el hoyo 23, que rindió un conjunto de vasijas que trataremos después. Del contiguo sector IV, el hoyo 18 deparó un fragmento de chapa de bronce, probablemente de un caldero (4) y la fosa S-38 restos de dos personas: un infante muerto en el intervalo aquí considerado, y un adulto fallecido varios siglos antes (Esparza Arroyo et al. 2012b: 120) tario. Las plataformas calizas están salpicadas por hoyos tallados en el sustrato, también documentados en los riscos graníticos. Se confirma la existencia de cabañas en Cancho Enamorado (López Jiménez y Martínez Calvo 2006) y se sostiene su presencia en La Muela de Alarilla (Méndez Madariaga 1994: 122), mientras que en Los Castillejos (González-Tablas y Domínguez Calvo 2002: 37-45) y Carricastro (Crespo Díez y Herrán Martínez 2012: 386-387) las pruebas aportadas son aún insuficientes. Los voluminosos muros de piedra en seco, que cabe llamar cercas mejor que murallas, en Cancho Enamorado o Los Castillejos perpetúan un tipo de estructura reconocida durante la fase Protocogotas (Rodríguez Marcos 2007: 434-436). Pero estructuras y fosas siguen siendo esquivas sin una mínima referencia a los ritmos y las lógicas de uso y descarte de restos en tales lugares. ¿Cómo se formaron los sitios en alto? El ciclo formativo (Jiménez Jáimez 2008) de los contextos que estamos discutiendo ha sido un aspecto hasta ahora desatendido. Una primera cuestión a tratar es la duración de las ocupaciones y la cadencia de sedimentación seguida. En Pico Castro una costra grisácea en las paredes de algunos hoyos se ha interpretado como resultado de la meteorización de la caliza y mostraría cierto lapso temporal transcurrido entre su apertura y relleno. La ausencia de intersecciones entre fosas prueba además el reconocimiento de las existentes y una mínima ordenación espacial (5). En cambio, en Carricastro la clausura de los hoyos pudo ser más rápida, y los numerosos recortes indican sucesivas fases de actividad sin recuerdo de los depósitos previos (Crespo Díez y Herrán Martínez 2012: 384, 387-389, fig. 4). He estudiado el material de los sectores IV y V de Pico Castro, distantes 230 m entre sí (fig. 7), con la metodología ensayada con éxito en sitios prehistóricos británicos de similar problemática (Brudenell y Cooper 2008). Seis de las 14 fosas comprendidas en el sector V contenían fragmentos de los mismos recipientes, por lo que pudieron usarse a la par y finalmente se rellenaron con sedimentos y materiales compartidos. Siguiendo este criterio, solo unos pocos hoyos fueron clausurados en cada fase de actividad. En ese extremo meridional del teso (Fig. 7) numerosas piezas cerámicas casan entre sí y presentan fracturas frescas, por lo que fueron descartadas poco antes de su incorporación a los hoyos. Pero también hay material erosionado y menudo, claramente secundario e incluso terciario, es decir desechado, recuperado y redepositado de nuevo (Morris y Jervis 2011: 70, n. La dinámica de colmatado de pozos en el sector IV fue distinta, con una mayor proporción de fragmentos 'huérfanos' (Schiffer 1987: 298-302) y material residual, lo cual indica acciones de clausura independientes en zonas relativamente próximas del yacimiento (Fig. 7). Algo similar se observó en Cancho Enamorado (Fig. 6C): en la Casa del Santo (sondeo CA-B) "los materiales parecen depositados, en muy buen estado de conservación" mientras que la fauna de CB-A presenta afecciones tafonómicas distintas (López Jiménez y Martínez Calvo 2006). En segundo lugar, necesitamos caracterizar la génesis de los contextos deposicionales en tales sitios (6). Para ello, frente a planteamientos demasiado restrictivos (Schiffer 1987) nos aproximaremos a la rica variabilidad del registro arqueológico tratando de caracterizar sus 'historias deposicionales' (Brudenell y Cooper 2008; Morris y Jervis 2011; Garrow 2012). Tal enfoque comparativo pretende evitar selecciones a priori y abordar con mayor flexibilidad los procesos antropogénicos y naturales que concurrieron en un mismo lugar (Brudenell y Cooper 2008). Ello permite reconocer una gradación de situaciones entre dos extremos ideales o arquetípicos (Garrow 2012: 94 y 106): 1) los resultantes de prácticas de descarte asimiladas y rutinarias, reproducidas de manera expeditiva e inconsciente, y 2) aquellos conjuntos fruto de gestos ejecutados con conciencia explícita, persiguiendo un resultado físico premeditado. La mayoría de los contextos reconocidos en los lugares encumbrados estarían más próximos al primer tipo. Son vertidos resultantes de actividades de remoción y refacción antrópicas, muchas veces repartidas en un tiempo laxo: niveles de terraplenado, cimentación y erección de estructuras y rellenos de fosas que con-(6) Para una excelente discusión actualizada sobre los temas aquí tratados cf. Lucas 2012. tienen material residual de arrastre o desechos inadvertidos redepositados (Schiffer 1987: 28-32). Tales acumulaciones de despojos, que incluyen materiales con diversa temporalidad, podrían comprenderse mejor desde conceptos del mundo de la tafonomía y los procesos formativos arqueológicos, como los de 'palimpsesto' o 'colecciones temporalmente promediadas' (time averaged assemblages, Lucas 2012: 91-123). Ciertos conjuntos cumplen además dos criterios de la noción de 'agregados de desechos secundarios' (Wilson 1994: 44-45): a) extraídos de su contexto funcional o primario y b) distinguibles por su frecuencia y densidad. El carácter desplazado de dichos restos ha quedado probado en el nivel de preparación de la cabaña en la Casa del Santo, cata CA-B, y en la gruesa cerca de cierre de ese sector, sondeo CA-A (Fig. 6C), al emplear abundantes cerámicas erosionadas, esquirlas de fauna y once molinos barquiformes amortizados (7). Respecto a la frecuencia del material en tales depósitos, en Cancho Enamorado se registraron 7.622 fragmentos cerámicos en los 65 m 2 exhumados en 2003 (8), en su inmensa mayoría del Bronce Final. Estas cantidades de cerámica con decoración 'avanzada' representan un notable contraste frente a lo conocido en los sitios de llanura, donde tales colecciones escasean (Blasco Bosqued et al. 2007: 72; Sánchez Polo 2012: 86). Otros contextos deposicionales minoritarios se situarían en el polo opuesto (Garrow 2012), al responder a un mayor grado de intencionalidad. Es el caso de hoyos tan peculiares como el 23 o el S-33 de Pico Castro, según veremos. Este supuesto también es aplicable a ciertos niveles de ocupación asociados a las cabañas mencionadas, que son producto de complejos procesos de adición y reducción de sedimentos y restos de cul- tura material (Jiménez Jáimez 2008: 128-133). En tales espacios se reconocen indicios de abandono pautado, como los recipientes completos y los restos humanos sobre el suelo de la cabaña de la Casa del Santo (López Jiménez y Martínez Calvo 2006). La inclusión de tales materiales no parece casual: la manipulación de restos humanos sueltos, tanto en Cancho Enamorado como en Pico Castro, constituye una práctica cultural distintiva, dentro de un fenómeno de circulación de reliquias ancestrales, tal como ha confirmado el C14 en Pico Castro (Esparza Arroyo et al. 2012a: 272; Esparza Arroyo et al. 2012b: 120). Tampoco parece azarosa la presencia de un lote de útiles de bronce sobre el pavimento de la cabaña de CB-B en Cancho Enamorado (López Jiménez y Martínez Calvo 2006) (Fig. 6C). No sólo los productos finalizados fueron abandonados de este modo: los residuos de diversas fases de elaboración de artesanías como el tejido, la molienda, la talla lítica o la metalurgia parecen haber sido descartados siguiendo unos convencionalismos destinados a singularizar dichas tareas (Sánchez Polo 2012: 85-87). En definitiva, estamos ante ritmos y dinámicas de acumulación heterogéneos. Los lugares encumbrados parecen fruto de trayectorias singulares, resultado de la compleja interacción de factores naturales y culturales (Schiffer 1987; Chapman y Gaydarska 2007: 71-79; Rosenwig 2009: 3). En conjunto, las tasas de sedimentación observadas en Carricastro (Crespo Díez y Herrán Martínez 2012: 389), Cancho Enamorado (López Jiménez y Martínez Calvo 2006) y Pico Castro indican ocupaciones breves pero reiteradas. Tales sitios serían pues el efecto acumulativo, no planeado, de actividades de uso, acopio, descarte, reuso y redeposición de materiales diversos, repetidas durante los tres siglos considerados. Si bien la intervención antrópica en tales depósitos es indudable, su temporalidad y el grado de intencionalidad y formalismo involucrados varían (Brudenell y Cooper 2008; Morris y Jervis 2011; Garrow 2012). Cerámicas, fauna, huesos humanos, metalistería, sedimentos cenicientos o molinos de granito comparecen mayoritariamente como residuos manipulados en distintas etapas, resultantes de actividades previas cuyo contexto utilitario original ha quedado gravemente desfigurado. Pero ciertos materiales, utensilios completos o restos óseos articulados abandonados en hoyos o sobre los pavimentos de las cabañas, siguieron otro ciclo formativo: fueron depositados premeditadamente conforme a costumbres prescritas. Vasijas rotas: explorando la 'biografía cultural' de la cerámica La premisa de este enfoque es simple: al participar en interacciones sociales las cosas son dotadas de significados culturales y dichas connotaciones, lejos de ser estáticas, suelen cambiar con las circunstancias (Sterner 1989: 453; Gosden y Marshall 1999: 170; Jones 2002: 84). El estudio biográfico de un objeto trata de identificar aquellos episodios de su itinerario de uso o 'vida social' que han dejado algún rastro legible. Se trata de reconstruir una narración discontinua y a menudo parcial, pero siempre enriquecedora, del ciclo de existencia de una cosa (Joy 2009). El ya mencionado hoyo 23 del sector V de Pico Castro (Fig. 8) contenía un raro conjunto de vasijas cerámicas completas o semicompletas, algunas profusamente decoradas, que invitaba a ensayar una aproximación biográfica (Blanco González 2014). Esta fosa era de perfil acampanado irregular, ensanchada en su fondo plano, con unos diámetros de 165 cm de boca y 185 cm de base por 75 cm de profundidad (Fig. 8C). Se colmató con dos niveles de arcillas, inicial y basal, y un lentejón ceniciento intercalado. El vaso 1 (Fig. 8: A1 y A2) presenta metopas con zigzag verticales mediante incisiones y técnica de Boquique delimitadas por bandas excisas. Es un recipiente ejecutado con gran destreza, colocado completo e invertido junto a la pared oriental del pozo (Fig. 8C). En el extremo occidental de la fosa se halló el vaso 3, incompleto y también bocabajo (Fig. 8C). Este alterna metopas con posibles motivos astrales, soles y lunas (?), y zigzags horizontales (Fig. 8: A7 y A8). Entre otros cacharros parciales, se recuperaron varios trozos contiguos de una ollita ovoide incompleta de fondo plano y labio digitado (Fig. 8B) y una gran orza de 53 cm de alto y 24 cm de diámetro en la boca, que portaba ocho tetones y yacía recostada sobre su panza junto a la pared norte (Fig. 8C). Por último, diseminadas por el centro de la fosa y en torno a la orza (Fig. 8C) aparecieron varias porciones del vaso 2 que permiten recomponer gran parte de su mitad inferior y todo el borde continuo (Fig. 8: A6). Su perfil (Fig. 8 El rastreo minucioso de las marcas de uso, tafonomía y patrones de fragmentación y representación de estas vasijas ha procurado datos de interés sobre sus 'vidas sociales'. Los tres vasos troncocónicos fueron probablemente usados, como indican sus tiznes exteriores de hollín (Fig. 8: A2, A5, A8), también presentes al interior del 2 (Fig. 8: A6). La forma de romperse los cacharros ha resultado crucial en la comprensión del conjunto. El vaso 1 se abandonó completo y su rotura fue post-deposicional, natural e in situ, como consecuencia del peso soportado, ya que todos sus fragmentos -de tamaños homogéneos y sin lagunas-se recuperaron en conexión y exhiben fracturas frescas. En cambio los vasos 2 y 3 se rompieron en un momento pre-deposicional, fuera del hoyo y las porciones recuperadas -de tamaños considerables, que difícilmente habrían pasado desapercibidas-hubieron de ser recogidas e incluidas en él adrede. Esta hipótesis permite explicar sus lagunas: trozos ausentes que no han aparecido en el relleno del hoyo 23 ni en otras fosas excavadas en el sector V. Además pedazos contiguos de ambos recipientes muestran alteraciones dispares, adquiridas tras su rotura, pues abarcan fragmentos completos y alcanzan a las propias fracturas. En el reducido espacio del hoyo 23 tales restos pudieron haber experimentado afecciones muy puntuales, tanto biológicas (actividad bacteriana, raíces) como químicas (cloruros, calcificaciones), algunas de ellas efectivamente reconocidas, como los desconchados por la acidez del sedimento (Fig. 8: A3) (C. Caple, J. Vuković com. pers.). Sin embargo, ciertos fragmentos también han revelado indicios de su paso por diversos estadios antes de su definitiva in-corporación al hoyo. El vaso 3 exhibe una inesperada y compleja biografía pos-rotura: partes intensamente erosionadas por meteorización o desgaste casan con otras frescas; trozos negruzcos y claros conciertan entre sí y se reconocen concreciones de diversas tonalidades (blancuzcas, amarillentas y rojizas) adheridas antes de incorporarse al hoyo (Fig. 8: A8 y A9). ¿Cómo acabaron juntos tales pedazos? Tras experimentar distintas afecciones, dichas porciones pudieron haber sido concertadas y adheridas con alguna sustancia desaparecida, como resina o brea (Elburg 2010: 6). Finalmente, la vasija así recompuesta pudo ser colocada invertida, emulando el intacto vaso 1, de forma que al ser levantada por el arqueólogo dejó un 'flan de arena' moldeado (R. Martín Vela com. pers.). En el vaso 2 una única porción -precisamente aquella que comprende un soliforme y un zigzag-también exhibe una coloración externa más oscura (Fig. 8: A5 flecha) y una costra blanquecina interior (Fig. 8: A6 flecha). La exposición al fuego de ciertos trozos contiguos y su posterior recolección y deposición se confirma como una pauta característica, pues también se reconoce entre los fragmentos de la ollita ovoide recuperada en el mismo nivel basal (Fig. 8B). La rotura no significó el final de la 'vida social' de tales vasijas. Los fragmentos sufrieron nuevos avatares que han dejado rastro: se volvieron a usar, se desecharon o manipularon de forma dispar, resultando quemados varios de ellos. Por último, estas cerámicas, lejos de ser tratadas como basura inerte y desactivada, recibieron un abandono estipulado culturalmente: algunos trozos de la ollita ovoide y el vaso 2 fueron recolectados y arrojados a la fosa, mientras que el remendado vaso 3 y los intactos vaso 1 y la gran orza fueron delicadamente colocados allí. El manejo de material cerámico fragmentario y su probable reunión y deposición selectiva en pozos también se verifica en campos de hoyos en la llanura. En 1998 se excavaron en el Cerro de la Cabeza (Ávila) (9) (Fig. 4B: 20) unas pocas y dispersas fosas correspondientes al final de Cogotas I en un extenso lugar, frecuentado entre el Neolítico y el Hierro Inicial (Fabián García et al. 2010). El hoyo 1 del cuadro 26-S, cuadrícula VII-E, contenía un relleno peculiar: 14 pellas de barro, 11 fragmentos óseos de fauna, 1 lasca de cristal de roca, 1 goterón metálico y 39 fragmentos cerámicos correspondientes a 10 recipientes. Uno de ellos pudo recomponerse salvo la base y, de nuevo, conforma una cazuela troncocónica de tipo 9C (Rodríguez Marcos 2007: 344) con una (9) Sanz García, F. J. 1998: Trabajos Arqueológicos en la circunvalación de Ávila. Excavación Arqueológica en el Cerro de la Cabeza-Bascarrabal. Documento inédito consultable en el Servicio Territorial de Cultura de Ávila. Lo peculiar del caso es que 14 de esos fragmentos componen una buena porción del recipiente y son de color negruzco, frente a la tonalidad clara de los 4 fragmentos contiguos (Fig. 9). Es inevitable relacionar el contenido de esta fosa -que parece acoger testimonios de distintas sustancias-con otra deposición extraordinaria en la misma cuadrícula: la fosa 1 del cuadro 27-R, que contenía un adolescente y una mujer joven con sendas pulseras broncíneas, caso único hasta hoy. Este enterramiento doble se había situado en un contexto ligeramente posterior (Fabián García et al. 2010), pero recientes dataciones AMS de ambos individuos permiten ubicarlo con garantías en los últimos siglos de Cogotas I (A. Esparza, com. pers.). Por último, en el ya mencionado sitio de Mucientes/San Lázaro (Fig. 4B: 10) se excavó en 2012 el hoyo UE 430, un depósito con abundante cerámica 'avanzada' junto a dos molinos de granito y un hacha plana de apéndices laterales (Aratikos 2012: 12-13, láms. Esta fosa incluía varias vasijas incompletas que pudieron ser restituidas en diverso grado. Entre las mejor rehechas hay una urna bitroncocónica, una olla con digitaciones y parte de un borde de labio impreso cuyas porciones, aun concertando entre sí, presentan distinto grado de erosión, contrastes de color y pátinas diferentes (Aratikos 2012: lám. 5, nos. Una vez examinada la evidencia material, señaladas sus limitaciones y presentadas algunas líneas de indagación iniciadas, es momento de reconsiderar la interpretación actual de dos temas clave sobre el final de Cogotas I: a) los repertorios cerámicos de 'plenitud' y 'avanzado' y b) la dualidad entre sitios encaramados y lugares del llano. En el terreno del material cerámico nos enfrentamos a un panorama complejo. La tradición alfarera Cogotas I viene siendo pensada como una sucesión sustitutiva de 'subestilos' (Castro Martínez et al. 1995; Fernández-Posse 1998). Sin embargo, esa equiparación directa entre fases crono-culturales y repertorios cerámicos genera contradicciones. Según Fernández-Posse (1998: 100) "la secuencia y la cronología de Cogotas I están todavía lejos de ser cuestiones cerradas en tanto no se prescinda de ese desarrollo lineal de su cerámica". Hoy día, gracias a un empleo más riguroso y crítico del radiocarbono (Esparza Arroyo et al. 2012a) comenzamos a rebatir el esquema trifásico tradicional. Así, el reconocimiento de materiales propios de una fase póstuma, distinta y posterior a la etapa de 'plenitud' resulta discutible. La mezcla de materiales de 'plenitud' y 'avanzados', el empleo de los mismos recursos ornamentales y la ausencia de relaciones estratigráficas dificultan el deslinde de ambos repertorios alfareros (Quintana López y Cruz Sánchez 1996: 15-20; Rodríguez Marcos 2007: 373). Desde la novedosa perspectiva proporcionada por el C14, tales notas pudieran leerse en otro sentido: como prueba de la estrecha vinculación entre ambos elencos tipológicos, creados, usados y desechados por las mismas gentes. No faltan ejemplos etnohistóricos de contrastes en la cultura material que no responden a diferencias temporales ni a su distinta atribución étnica, sino a otras cuestiones. "Allí donde pueden reconocerse repertorios materiales solapados, es posible que éstos se relacionen no con distintos grupos de gente, sino con la misma gente haciendo cosas distintas en distintos momentos" (Thomas 1999: 121). Alcanzar una comprensión más satisfactoria de la producción alfarera en el intervalo 1450-1150 cal AC en la Meseta requiere esbozar esos contextos de uso y abandono. Los datos aquí recopilados permiten avanzar algunos matices importantes: las vasijas de la 'plenitud' aparecen repartidas por todo el ámbito geográfico de Cogotas I (Fig. 4B), responden a un elenco tipológico variado (Rodríguez Marcos 2007: 338-349), conforme a unos códigos decorativos compartidos en territorios amplios (Abarquero Moras 2005) y no se reconocen patrones de descarte distintivos, con concentraciones diferenciales. Por contra, el repertorio 'avanzado' se define por unos perfiles más estandarizados y restrictivos (Delibes de Castro et al. 1990), ocasionalmente complejos -delicadas jarras, copas y cazuelas inestables, cuencos de bordes tan cerrados que merman su utilidad-y exhiben una decoración más singularizada o idiosincrática, representativa de regiones o incluso de sitios particulares. Además, tales vasijas parecen haberse abandonado solo en algunos pocos sitios (Fig. 4). Nuestro análisis biográfico se ha centrado en algunas de aspecto 'avanzado' desechadas en fosas, tanto en lugares en alto como en el llano. Ello ha permitido reconocer secuencias de gestos similares entre la rotura de esos recipientes y su descarte definitivo, conllevando el quemado de ciertas porciones y su ulterior incorporación al mismo hoyo. Tales comportamientos cuadran bien con la expectativa de hallar prácticas ritualizadas entre estas sociedades (Blanco González 2011a). En vista de todo ello, podría entenderse el elenco 'pleno' como el servicio utilitario cotidiano, elaborado, usado y desechado de forma menos protocolaria que la vajilla 'avanzada', cuyo énfasis ornamental parece asociado a unas prácticas de consumo y descarte más formal, posiblemente de tipo festivo y comunitario. Pero tal planteamiento reproduce un dualismo artificioso y torpe entre servicios domésticos/habituales versus ceremoniales/sacros (Immonen 2002), inoperante para interpretar Cogotas I. Los referidos gestos pautados de abandono no son exclusivos de la vajilla 'avanzada'; también afectan a recipientes de cocina y almacenaje como los de la fosa 23 de Pico Castro (Fig. 8B). Estas observaciones desaconsejan usar categorías excluyentes del tipo esotérico versus profano o extraordinario versus cotidiano para aproximarnos a dichas prácticas sociales. De momento, poco podemos aclarar lo que pudieron haber hecho las gentes del final de Cogotas I con ambos repertorios en diferentes contextos (Thomas 1999: 121). Los epígrafes anteriores sugieren asimismo reconsiderar las restricciones de la documentación disponible a la hora de apoyar lecturas en clave socio-política. Sin embargo, la dualidad del poblamiento, un argumento clave en tales interpretaciones, debe matizarse. En tal sentido se asemeja a la engañosa dicotomía entre recintos fosados y campos de hoyos sin foso del III milenio AC (Márquez Romero y Jiménez Jáimez 2010). El parecido entre los sitios en alto y aquellos en llano ha sido ya señalado (Díaz-del-Río 2001: 296; Crespo Díez y Herrán Martínez 2012: 393) y aquí pueden añadirse otras observaciones a su favor. Sin embargo, tres fuentes de incertidumbre nos llevan a reevaluar tales indicios: 1) la frecuente descontextualización de los hallazgos; 2) la desatención a su ciclo formativo, y 3) un probable sesgo cultural, que ya en época prehistórica hizo más visibles ciertos resultados imperecederos (Blanco González e.p.). Los riscos graníticos efectivamente acogieron cabañas, como las de Cancho Enamorado (López Jiménez y Martínez Calvo 2006), y en los sectores mejor abrigados de dichos promontorios habrá más casos (de momento se desconocen en las parameras calizas). Pero, siguiendo la tónica de la huella arqueológica de Cogotas I, las cabañas son excepcionales (Blanco González 2011b), y la función residencial no explica por sí sola la ocupación de tales lugares. Cancho Enamorado a 1.553 m.s.n.m. o Sanchorreja a 1.354 m.s.n.m. difícilmente serían habita-dos todo el año. Si estamos tratando con campos de hoyos en altura, entonces deben aplicarse las mismas cautelas interpretativas que a estos, evitándose toda estimación demográfica sobre su extensión total (Blasco Bosqued 2012: 190-191). Unas dinámicas de ocupación de carácter episódico, basadas en el descarte masivo de restos de manera repetida, emergen como principios más plausibles que expliquen su génesis. Parecidas precauciones deben contemplarse al tratar la gama de actividades artesanales reconocidas en tales sitios (Delibes de Castro et al. 1995: 56; Delibes de Castro et al. 2007: 120-123). Así, la reunión de bloques graníticos en Carricastro se ha enarbolado como prueba de la confección in situ de molinos de ese material alóctono (Delibes de Castro et al. 2007: 123), pero poco sabemos de su contexto arqueológico (Crespo Díez y Herrán Martínez 2012: 380). De la notable acumulación de molinos de granito en la superficie de la Mesa de Carpio (Cruz Sánchez 2006/7) no se colige la existencia de unos talleres de procesado de cereal a una escala supradoméstica (Lull et al. 2010: 19-24). Esa misma imagen -de prospección superficial-podría deberse a la remoción reciente de piezas reunidas allí a lo largo del tiempo y amortizadas individualmente en fosas (Blasco Bosqued et al. 2007: 45) et al. 2012: 512-514). Pero nada sabemos de los obradores. Los únicos contextos bien documentados arqueológicamente para el trabajo metalúrgico son, una vez más, las fosas (Fraile Vicente y Cruz Sánchez 2012). En suma, las huellas de tales artesanías consisten en residuos secundarios, bien redepositados inadvertidamente o bien, como comenzamos a corroborar con más datos, incorporados de forma deliberada a la fracción de restos conservados. Su visibilidad en el registro material parece responder a la voluntad de remarcar esos quehaceres, tal vez en relación con la muerte de quienes los desempeñaron (Sánchez Polo 2012: 86). Se reconocen además gestos ritualizados similares en el descarte de ciertas vasijas, tanto en sitios elevados como de planicie. Las cerámicas presentadas aquí sugieren incluso unas inusitadas secuencias de gestos reglamentados, con resultados premeditados y diferidos en los que intervino el fuego. Los lugares encumbrados pudieran adquirir mayor sentido a la luz de otros casos coetáneos conocidos en la mitad septentrional peninsular. En todos ellos destaca la fisonomía elegida: montes isla en el dominio granítico (Fig. 5A y B) o lenguas de páramo y cerros testigo entre las estructuras tabulares sedimentarias (Fig. 5C y D). Sus condiciones defensivas resultan dudosas ante escarceos entre grupos poco numerosos. La visibilidad desde ellos es variada y su alcance y efectividad real inverificables. Nunca falta en tales sitios su prominencia como referente visual a media y larga distancia, y sobre todo la presencia de superficies elevadas bien definidas. Al respecto, conviene subrayar ahora algunas particularidades. En Sanchorreja encontramos dentro del primer recinto un espacio restringido al punto más alto de la plataforma superior (González-Tablas y Domínguez Calvo 2002: 47-51) demarcado por la vieja cerca erigida en el Bronce Antiguo (González-Tablas y Domínguez Calvo 2002: 226). Algo parecido se rastrea en la Casa del Santo, en la cima del Cerro del Berrueco (Fig. 6C), donde se deslindó un área cerrada por un parapeto de piedra "lo suficientemente alto como para ocultar de la vista el ámbito así delimitado y segregado" (10). Así pues, en ambos sitios se eligieron plataformas planas en los puntos más elevados, demarcándose allí unos "espacios segregados, vinculados a nociones de secretismo y acceso privilegiado" (Armada Pita 2008: 144; cf. González Ruibal 2006/07: 113) ley (2007: 232-235) ha interpretado ciertos lugares en alto con grandes muladares y abundantes restos faunísticos y de producción artesanal broncística y textil como focos para una población amplia, reunida allí durante fiestas periódicas para intercambiar bienes y elaborar objetos. Los casos de Cogotas I aducidos podrían pues constituir el precedente de otros palcos escenográficos del siglo VIII AC asociados a banquetes comunitarios de carne y sustancias psicoactivas, conllevando la rotura y deposición de metalurgia exótica (Armada Pita 2008, 2011). Lo testimonia la acrópolis de Chao Samartín (Villa Valdés y Cabo Pérez 2003; Villa Valdés 2010) fuera del ámbito cogoteño, o la propia reutilización de Sanchorreja y su 'sector necrópolis' durante el Hierro Inicial, donde se concentran centenares de trozos de toréutica atlántica y mediterránea (González-Tablas 1990). Atendiendo a tal cúmulo de evidencias, los lugares encaramados del final de Cogotas I podrían haber sido una prolongación de los sitios 'amurallados' de la fase Protocogotas, unos'hitos visibles de cohesión, agregación grupal o identidad colectiva' (Díaz-del-Río 2001: 297) donde habrían convivido diversas comunidades durante fechas señaladas (Rodríguez Marcos 2007: 427 y 430). Tales reuniones festivas habrían consistido en la celebración de banquetes, la manufactura de artesanías y el intercambio de bienes, personas y animales. Dichas sedes, sobre hitos destacados del paisaje, serían campos de hoyos a mayor altitud que el resto, dispersos presidiendo física y simbólicamente el discurrir cotidiano en derredor (Fig. 4B). Los restos domésticos encontrados en ellas pudieran compadecerse con el concepto de 'poblado sucedáneo o de sustitución' (Bernardini 2004: 335): sitios mantenidos por grupos dispersos, con el ánimo de simbolizar la idea de la comunidad ausente (Márquez Romero y Jiménez Jáimez 2010: 511). La frecuencia de restos previos en los promontorios ocupados durante el Bronce Final y su propia perdurabilidad y visibilidad respaldarían su papel como sedes ancestrales, sostén de relatos cosmológicos e identidades (González Ruibal 2006/07: 102-112). Antes que poblados estables serían nodos alrededor de los cuales gravitarían los grupos locales: "los encuentros suelen ser los momentos más oportunos para renovar, subrogar o modificar efectivamente los límites del paisaje, las relaciones sociales y los derechos de acceso sobre los recursos" (Márquez Romero y Jiménez Jáimez 2010: 488). Esta línea interpretativa se adecúa bien al hipotético funcionamiento sociológico de las comunidades meseteñas: unidades familiares de carácter efímero, abocadas a su disolución a la muerte del progenitor, concluyendo con ello las alianzas, prerrogativas y derechos de sus miembros (Blanco González 2011b: 402-404). Precisamente el repertorio de Cogotas I 'avanzado' pudo emplearse de forma análoga a como J. Thomas (2010: 1) ha concebido el papel de la Grooved Ware en el III milenio AC, como "el medio para construir nuevas formas de afinidad colectiva". De hecho, los contextos en que se empleó la cerámica 'avanzada' de Cogotas I contribuirían a modelar o reforzar esos vínculos identitarios inestables. Ciertas vasijas pudieron elaborarse con motivo de las referidas fiestas, y su decoración parece enfatizar las raíces comunes de los grupos involucrados (Blanco González 2011a: 134-137): empleando pasta blanca y motivos campaniformes y emulando el Boquique de las alfarerías neolíticas "con tintes de 'revival', o de regreso a patrones en gran medida perdidos" (Delibes de Castro et al. 1990: 86). El principal objetivo del trabajo ha consistido en reclamar una mayor atención sobre las limitaciones inherentes a la evidencia arqueológica como requisito previo a cualquier inferencia funcional o social. Para ello se han explorado dos líneas de trabajo novedosas: a) el ciclo formativo de los contextos deposicionales (Jiménez Jáimez 2008), caracterizando los ritmos y dinámicas de acumulación de los desechos y b) la 'biografía cultural' (Kopytoff 1986) del material cerámico, atendiendo a su grado de fragmentación, erosión y representación. Ambos enfoques han proporcionado unas bases preliminares para releer de forma crítica el final de Cogotas I (1450-1150 cal AC) en la Meseta. En este artículo no se ha pretendido rebatir las lecturas socio-políticas formuladas, sino llamar la atención sobre su inadecuado engranaje con el tipo de evidencia aducida hasta ahora en su apoyo. El acopio de residuos de actividades recientes, junto a la remoción de otros desechos previos, y su mezcla y redeposición a veces selectiva y premeditada, configuraron las principales dinámicas formativas de un registro material sesgado ya desde hace 3.000 años. Cualquier lectura arqueológica debería considerar tales interferencias antes de pronunciarse sobre cuestiones de mayor calado teórico. La evidencia material de Cogotas I tiene mayor potencial informativo sobre otro tipo de acciones del pasado: las referidas al uso y gestión de los desechos encontrados (Blanco González e.p.). Aquí se ha sugerido la hipótesis de encontrarnos ante unos ciclos de uso y descarte distintivos para los repertorios cerámicos 'plenos' y 'avanzados'. Sin embargo, tanto las vasijas como los sitios de la época no encajan en clasificaciones dualistas y simplificadoras del tipo ceremonial/sacro versus ordinario/profano o central versus subordinado. Es necesario evaluar el grado de formalismo y voluntad en el abandono de los restos en diversos contextos deposicionales. Ello será posible caracterizando sus 'historias deposicionales' (Brudenell y Cooper 2008; Garrow 2012), así como caracterizando las 'biografías culturales' de los materiales allí incorporados (Kopytoff 1986; Gosden y Marshall 1999). En las sedes agregativas encaramadas, y posiblemente también en el llano, se hallarán depósitos voluminosos de restos domésticos (fauna consumida, desechos de artesanías estimadas socialmente, restos de vasijas vinculadas a episodios o seres) descartados de manera simultánea, producto de reuniones festivas multitudinarias. Se requieren estudios científicos de la cerámica, que ayuden a caracterizar las conjeturas aquí esbozadas sobre el empleo de ciertas vasijas en tales rituales. Resultaría muy revelador reconocer pautas selectivas de vertido. La exclusiva incorporación de trozos colindantes del borde o la base de recipientes rotos, en ocasiones con diversas trayectorias pos-rotura, podría ser un buen indicador de cierta premeditación en las maneras de abandonarlos. Pero, mayoritariamente, la evidencia parece fruto de unas prácticas de descarte rutinarias y despreocupadas, sin pretensión explícita de deshacerse de los desechos según reglas tan estrictas. Su más precisa definición permitirá comprender mejor tales hábitos consuetudinarios (Garrow 2012) entre las sociedades aquí estudiadas. Trabajo realizado dentro del proyecto posdoctoral Past Fragments financiado por la Comisión Europea (Marie Curie Intra-European Fellowship 298285) y enmarcado en el programa de investigación "Nuevos hallazgos y nuevas perspectivas en el estudio de los restos humanos del grupo Cogotas I" (HAR 2009-10105 Ministerio de Ciencia e Innovación, Investigador Principal Á. M. Crespo (codirector de la intervención en Pico Castro) y R. Martín Vela (excavador del hoyo 23 del mismo) me proporcionaron documentación e informaciones para interpretar ese hallazgo. El personal de los museos de Palencia y Ávila me facilitó el estudio de los materiales referidos. López Jiménez y J. Sanz García me procuraron documentación de sus respectivas excavaciones. (2σ) Material cerám. asociado
Afonso do Paço (Paço et al. 1959) clasificó como foicinhas una serie de piezas de sílex con formas ovales y retoque plano, invasor y cubriente, presentes en gran parte de los yacimientos del III milenio BC de la Estremadura portuguesa. Eduardo da Cunha Serrão (Serrão 1978) criticó esta atribución funcional y propuso denominarlas lâminas de faca (hojas de navaja) con filo convexo, en base a una analogía etnográfica con los Ipiutak, esquimales de Alaska, de inicios del I milenio DC (Larsen y Rainey 1948) y sin comparar los respectivos contextos socioeconómicos. de Olelas y Negrais concluyendo que no presentaban huellas relacionadas con la siega de cereales (Serrão 1978: 18). Más de treinta años del inicio de esta 'ingenua' polémica ha sido posible destacar la importante función económica desempeñada por este tipo de instrumento, un buen indicador de la identidad sociocultural de la formación social calcolítica de la Estremadura portuguesa. Los elementos de hoces ovoides, o foicinhas, así como la identificación de elementos de trillo están indicando la importancia de las prácticas agrícolas en una economía agropecuaria productora de excedentes. Estas foicinhas, incluidas en el grupo de piezas foliáceas, podrían representar el útil más característico del Calcolítico de la Estremadura portuguesa (Carvalho 1996; Amaro 2004Amaro /2005)). Por lo general están manufacturadas a partir de lascas grandes o láminas cortas de sílex, talladas por percusión directa y retocadas bifacialmente por presión tras un calentamiento del soporte. El macro grupo de los foliáceos suele dividirse en: foicinhas, puntas de seta y otros tipos que incluyen alabardas y puñales. Estas últimas son piezas con una esmerada elaboración y poco frecuentes. Podemos observar la evolución diacrónica del grupo tecno-tipológico de los foliáceos en la secuencia estratigráfica del sitio de Leceia (Cardoso et al. 1983(Cardoso et al. /84, 1996) ) desde la segunda mitad del IV milenio hasta mediados o el tercer cuarto del III milenio cal BC. La primera constatación es la estabilidad de la estructura tecno-tipológica de la industria lítica tallada durante las tres fases principales de la dinámica ocupacional del sitio: Neolítico final (2.a mitad del IV milenio BC), Calcolítico antiguo (1.a mitad del III milenio cal BC) y Calcolítico pleno (mediados/3 er cuarto del III milenio cal BC). El grupo de foliáceos aparece al final del Neolítico con el 7,9% de las piezas retocadas: 5,8% corresponden al subgrupo de foicinhas y 2,1% al de puntas de seta. En la 1.a mitad del III milenio, en el Calcolítico antiguo, se registra su máximo desarrollo con el 25,3% de los retocados, siendo un 20,3% foicinhas y un 5% puntas de seta. Al parecer los instrumentos dedicados a la agricultura cuadruplican los dedicados a actividades cinegéticas o guerreras. A partir de mediados del III milenio las piezas foliáceas se reducen a un 15,8%, de las cuales un 10,3% son hoces. En el último cuarto del III milenio, en el Bronce Antiguo, las foicinhas entran en desuso y cambiando la morfología y tecnología de los elementos de hoz documentados. El estudio de la industria lítica de la ocupación del sitio del Pedrão (Setúbal, Portugal), datada a inicios del III milenio (Calcolítico antiguo), mostró una fuerte presencia del grupo de foliáceos. Eran el 36,4% de la totalidad de los artefactos retocados: 31% pertenecen al subgrupo de puntas de seta; 4,7% al de foicinhas y 0,7% al de alabardas (Soares y Tavares da Silva 1975). Los resultados de los análisis de las industrias líticas de los sitios de Leceia (Península de Lisboa) y de Pedrão (Península de Setúbal) establecen una relación porcentual entre puntas de seta y foicinhas, generalizada en Estremadura desde finales del IV y durante el III milenio cal BC. Esa relación permite acercarnos a los aspectos económicos del contexto analizado. La principal innovación que se presenta en este trabajo es la determinación funcional de las hoces y de sus cambios en forma y manufactura desde el Calcolítico antiguo hasta el Bronce Antiguo en el sitio de Chibanes. EL POBLADO FORTIFICADO DE CHIBANES El poblado fortificado de Chibanes (Fig. 1) se localiza en la Pre-Arrábida (Portugal), rodeado de suelos de elevada calidad agrícola, arcillosos y espesos, resultantes de la descomposición de calcarenitos miocenos. Para su explotación debió de usarse el arado (Soares 2003). La vocación agrícola, de silvicultura y pastoril de Chibanes queda también documentada por la información arqueobotánica. Esta procede de muestras de la ocupación de la 1.a mitad y mediados del III milenio cal BC del poblado, el período de máximo desarrollo de las foicinhas (Tereso 2014: 173-180), así como de los diagramas polínicos (zona polínica CAR C) obtenidos en las turberas de las lagunas de Estacada e Apostiça en la Península de Setúbal (Queiroz 1999). Ambas series de datos permiten reconstruir un territorio de agricultura intensiva instalada a partir de extensas deforestaciones en los alrededores de Chibanes. Existirían también manchas de sotobosque de tipo esclerófilo mediterráneo donde el madroño (Arbutus unedo) parece haber sido favorecido antrópicamente dado su predominio en las muestras de antracología analizadas. La presencia de habas (Vicia faba) en la fase IA1 puede expresar un cultivo de alternancia en una agricultura supuestamente de base cerealista. Los factores topográficos influyeron también en la ubicación escogida para el poblado que se asienta en la propia cima de la Sierra del Louro, dominando visualmente los estuarios de los ríos Tajo y Sado. En este lugar se levantaron tres fortificaciones en discontinuidad estratigráfica: calcolítica, de la Edad del Hierro y romano-republicana (Tavares da Silva y Soares 1997Soares, 2012)). Nos interesa en este trabajo la fortificación más antigua con ocupaciones del Calcolítico y Bronce antiguo (Tavares da Silva y Soares 2014). Se inicia en el 1 er cuarto del III milenio cal BC con la construcción de una fortificación arqueada, reforzada por baluartes, que se extendió por 1 ha (fase IA1). El poblado se cierra por el Norte mediante una muralla reforzada por bastiones; en su límite meridional aprovecha un escarpado natural inexpugnable. Como recordaremos, los elementos de hoz ovales (foicinhas) tienen su mayor desarrollo durante el Calcolítico de Estremadura, cuyo modelo socioeconómico decae a partir de mediados del III milenio. Ese declive se documenta en los primeros derrumbes de la muralla y sus correlativos incendios (fase IA2). Un seísmo regional, también reconocido en otros sitios coetáneos como Leceia y Zambujal, desencadenó la catástrofe. No parece haber influenciado en el abandono del poblado aunque coincide con las primeras señales de agotamiento del modo de producción calcolítico de la Estremadura portuguesa (Soares 2003). Algunos tramos derrumbados de la muralla no fueron reparados. La fase IB del Calcolítico pleno de mediados del III milenio se caracteriza por la divulgación de la metalurgia de cobre y por una cerámica profusamente decorada con motivos de 'hoja de acacia' y 'crucífera'. La fase IC, datada en la transición entre el III y último cuarto del III milenio cal BC, corresponde al colapso del modo de producción calcolítico (Soares y Tavares da Silva 2010; Soares 2014) y al florecimiento de la cerámica campaniforme de estilo Palmela (Soares y Tavares da Silva 1984). Los instrumentos en piedra tallada pierden importancia y los de tipo foicinha son residuales en algunos contextos, más conservadores, como parece haber sido el sitio de Chibanes. Durante la fase ID de Chibanes, a finales del III e inicios del II milenio cal BC, continúa el abandono del poblado. La población se dispersa por las tierras bajas de la Estremadura portuguesa, territorios más extensos que excluyen la expresión del conflicto intergrupal a escala local. En esta zona se desarrolla la cerámica campaniforme de estilo Palmela evolucionado o 'epicampaniforme' muy rica en decoración incisa. El registro funerario documenta otra estrategia de organización sociopolítica, más jerarquizada, con concentración de poder en manos de 'jefes' guerreros. Se evidencia cómo en el Bronce antiguo surgen nuevas realidades políticas de tipo jefatura que abren paso al estado arcaico. En Chibanes los elementos de hoz tipo foicinhas son sustituidos por denticulados sobre fragmentos de láminas y/o lascas. Estos artefactos aparecen ya en la fase anterior (Grupo Palmela del Horizonte Campaniforme) y prosiguen en el Bronce final en hábitats cuyos pobladores basaron su economía en el cultivo de cereales. En Tapada de Ajuda en Lisboa (Cardoso et al. 1986), se asocian a la siega y al trillado de cereales. También están presentes, aunque en menor densidad en el Alentejo, en el litoral como en Cerradinha (Tavares da Silva y Soares 1978) o en el interior como Casarão da Mesquita 3 (Santos et al. 2008). El estudio traceológico se basa en una muestra de 14 artefactos de características tecnomorfológicas similares. Estos representan tan solo el 6,5% del total (215) de los artefactos recuperados durante las excavaciones de los contextos del III milenio cal BC de Chibanes (fases 1A-D). Estos materiales están depositados en el Museu de Arqueologia e Etnografia do Distrito de Setúbal. Las piezas por fases eran insuficientes para extraer conclusiones estadísticamente consistentes. En los contextos de la 1.a mitad del III milenio (fase IA) y del principio de la segunda (fase IB) hay 64 artefactos, de los cuales 25 son retocados. El grupo tipológico de foliáceos tiene 16 de los que 11 son de tipo foicinha. De la ocupación del final de la 2.a mitad del III milenio cal BC (fases IC y ID) proceden 151 artefactos. Entre los 58 retocados solo hay 9 ejemplares (15,6% de los retocados) del grupo tipológico de los foliáceos. Un fragmento sin rastros de uso corresponde al tipo foicinha. Los instrumentos estudiados tienen forma tendente a rectangular y, mayoritariamente, retoque plano y profundo en ambas caras. La formatización de estos instrumentos parte de una lasca grande extraída del núcleo por percusión directa tratada térmicamente antes del retoque. De las fases IA y IA2 (1.a mitad del III milenio cal BC) proceden diez de los instrumentos estudiados (Fig. 2: 1-10); un par de la fase IC, nivel campaniforme o grupo Palmela (2.a mitad del III milenio cal BC) (Fig. 2: 11-12) y otro par de la fase ID (final del III inicios del II milenio cal BC) o Bronce antiguo (Fig. 3). El tratamiento térmico se documenta en los negativos de los retoques bifaciales, planos y profundos que se disponen por regla general en ambos filos de los artefactos. Este retoque se realiza presionando desde el vértice del filo hacia el in-terior de la pieza con un retocador hasta ahora indeterminado. El tratamiento térmico reduce la fuerza que hace falta aplicar para conseguir retoques de esa profundidad y la pérdida de materia en cada reavivado del filo. El tratamiento térmico se refleja en el brillo intenso y graso que ocupa toda la superficie de esos negativos (Figs. En cambio otras alteraciones térmicas como cambios de coloración, manchones negros de resinas, fracturas, resquebrajaduras y 'cúpulas térmicas' (Clemente-Conte 1995, 1997; Gibaja-Bao y Clemente-Conte 1997) son posteriores al tratamiento térmico, retoque y uso de los instrumentos. El que las 'cúpulas' o levantamientos térmicos corten y fracturen los negativos prueba su carácter fortuito. Se producen al abandonar o depositar las piezas en fuentes de calor u hogares. Hemos documentado rastros relacionados con el corte de plantas no leñosas a modo de hoz (cuchillo/hoz) en la mayoría de los artefactos analizados. Sin embargo varían la distribución de rastros y la intensidad de uso. Dos carecen de cualquier alteración por uso. Probablemente se fracturaron en el proceso de formatización y se abandonaron. Sin embargo en 01-2445 se observan probables rastros de una acción transversal en el filo derecho y en 02-2700 (Fig. 2) huellas en ambos filos de haberse utilizado en una acción transversal sobre una materia rígida de dureza media, probablemente madera. El retoque plano y profundo que formatiza los filos se realizó antes de que se enmangaran y utilizaran. Al tratarse de soportes con filos rectos y largos, entre 5 y 6 cm, podrían haber sido enmangados individualmente o de dos en dos en la punta de un mango recto o ligeramente inclinado. En el extremo de algunos filos de estos instrumentos se registran rastros mucho más abrasivos que en el resto. En 99-360 (Fig. 4), ambos filo presentan rastros típicos del corte de plantas (cereales) pero en uno tienen aspecto más rugoso y el brillo más mate por abrasión con elementos minerales de la tierra (Clemente-Conte y Gibaja-Bao 1998). Les atribuimos al corte de la paja del cereal al ras del suelo (Gibaja-Bao y Clemente-Conte 1996; Gibaja-Bao et al. 1997). Ya habíamos documentado esos rastros en instrumentos de yacimientos neolíticos para cortar tallos de paja sobre el suelo y/o para utilizarse como trillos (Anderson e Inizan 1994; Clemente-Conte y Gibaja-Bao 1995, 1998; Clemente-Conte et al. 1999; Gurova 2001; Anderson et al. 2004). Así pues en Chibanes, durante el Calcolítico antiguo, también se intentaron cortar los tallos a ras de suelo con las hoces. Otro aspecto interesante de las hoces es el reavivado de sus filos con extracciones largas obtenidas por presión. Gracias a ella los filos mantienen el ángulo plano que les hace de nuevo efectivos. Cuando se vuelven a embotar, el reavivado emplea extracciones más cortas y en ángulo más abrupto. La reiteración de esta secuencia hace que el filo sea cada vez menos cortante hasta dejar de utilizarse o girarse para cambiar el lado enmangado. Hemos detectado el reavivado en la mayoría de los filos activos (Fig. 5) y en el izquierdo de 01-2453 en dos momentos distintos. Obsérvese como el filo se escalona mientras, en el derecho, el retoque, en cara ventral, es simple de extracción única (Fig. 6). Tras el reavivado en los negativos de las extracciones se observa con claridad un lustre térmico fresco (Fig. 6: 1). Tras el uso la fricción altera de nuevo la superficie y redondea las aristas (Fig. 6: 2). Un contacto más intenso con los tallos de la planta cubre completamente la superficie de un micropulido brillante, liso y de trama compacta (Fig. 6: 3). Además, en una zona cercana al filo izquierdo de la misma hoz, hemos documentado unas 'manchas' de pulido en espejo (Fig. 6: 4) o de tipo 'G' (Moss 1987) relacionables con el contacto y/o fricción con el mango (Rots 2010), entre otros aspectos. Destacamos que el filo derecho de este instrumento ha sido formatizado por retoque antes de ser enmangado. Así se consigue un filo recto y tal vez el grosor necesario para el tipo de enmangue previsto. Dos instrumentos de la fase IA muestran rastros de uso que se relacionan con el trillado de la mies (Anderson e Inizan 1994; Clemente-Conte 1997; Clemente-Conte y Gibaja-Bao 1998; Fig. 5. Foicinha sobre lasca de sílex retocada (Chib.96-1961), correspondiente al Calcolítico del poblado fortificado de Chibanes (término municipal de Palmela, Portugal): 1 lustre térmico en negativo de retoque; 2 y 3 micropulido de corte de plantas no leñosas con distribución en negativos de reavivados. Se advierten "cúpulas térmicas". 01-2453), correspondiente al Calcolítico del poblado fortificado de Chibanes (término municipal de Palmela, Portugal): 1 superficie con lustre térmico; 2 diferencia entre superficies con micropulido (derecha) y con lustre térmico por reavivado del filo (izquierda); 3 micropulido por el uso como hoz; 4 pulido tipo 'G' o en espejo atribuido al enmangue de la pieza. Estos instrumentos (Fig. 2: 7 y 8; Fig. 7) son diferentes entre sí: uno es una lasca sin retoque y el otro tiene un filo formatizado pero sin tratamiento térmico. Los filos activos son muy abruptos, no son cortantes. En las aristas fuertemente redondeadas se desarrolla un pulido rugoso con algunas zonas más lisas donde se observa mejor el contacto con la materia vegetal (Fig. 7). Se han analizado también dos instrumentos pertenecientes al nivel campaniforme, o Grupo Palmela, del 3 er cuarto del III milenio cal. Uno es un cuchillo cuyo filo derecho cortó un recurso animal blando (piel-carne). Es una lasca sin calentamiento térmico (Fig. 2: 12). El otro sí presenta el típico lustre térmico en un retoque plano y profundo (Fig. 2: 11), pudiendo indicar la continuidad de la técnica tecnológica de tratamiento térmico de las lascas. Como en el Calcolítico, cuando se fracturan esas lascas durante la elaboración, no se emplean para cortar plantas si no que pueden pasar a ser instrumentos de trabajo de otros procesos productivos y/o a no utilizarse en ninguno de ellos. Por último, dos artefactos denticulados de los niveles del Bronce antiguo (final del III-inicios del II milenio cal. BC) muestran claros rastros de su empleo como elementos de hoz (Fig. 3). El denticulado es producto de los distintos reavivados de los filos. Su forma coincide con la de los elementos de hoz estudiados en niveles del Calcolítico/Edad del Bronce de la Meseta y sureste de la Península Ibérica (Clemente-Conte et al. 1999; Gibaja-Bao et al. 2012). Estos elementos de hoz denticulados seguirán registrándose en contextos del II milenio. Tendrán una amplia distribución geográfica, especialmente en el suroeste de la Península Ibérica (Ramos Muñoz et al. 2010: Fig. 6). El análisis de los instrumentos líticos de Chibanes relacionados con prácticas de siega y procesado de cereales ha documentado un cambio interesante en los mismos entre el Calcolítico y la Edad del Bronce. En la 1.a mitad del III milenio BC las hoces o elementos de hoz son grandes soportes (lascas) calentados (Tratamiento Térmico) para practicarles un retoque profundo y plano. Este retoque, previo al enmangue y primer uso de los filos activos, se sigue aplicando para reavivarlos cuando se embotan por el trabajo. Su finalidad es conseguir extracciones más largas con menor fuerza de la necesaria sin el calentamiento previo. Normalmente, su aplicación para el retoque y/o la talla exige controlar la temperatura a la que se somete el soporte para evitar alteraciones (fracturas, resquebrajaduras,'cúpulas' térmicas etc.) que inutilicen el instrumento. Todos ellas, registradas en la mayoría de estos soportes arqueológicos, son debidas al contacto con el fuego una vez abandonados o descartados. Normalmente los artefactos líticos enmangados con ayuda de almácigas o colas con resinas, como las hoces y las puntas de flecha, se reemplazan calentándolos para desprenderlos del mango. Si el reemplazo es definitivo suelen abandonarse en el fuego donde se ha realizado esa actividad. En la 2.a mitad del III milenio cal. BC parece que las hoces continúan haciéndose como en la fase precedente, es decir, usando el tratamiento térmico para aplicar retoques planos e invasivos en las lascas. Sin embargo, a finales del III milenio e inicios del II milenio, en la Edad del Bronce antiguo, la morfología de las hoces cambia al utilizarse lascas con un filo denticulado. El uso suele ser muy intenso, pues los filos activos aparecen muy redondeados y los pulidos muy desarrollados. En dos de las piezas analizadas de la fase calcolítica de Chibanes, como ocurre en otros yacimientos de la Meseta ibérica, se documenta el uso del trillo (tribulum) para la separación del grano. Probablemente el trillo era un instrumento compuesto por numerosas lascas de sílex cuya conservación o almacenamiento pudo haberse hecho en otras áreas del sitio. Estos elementos de trillo se diferencian claramente de los utilizados como hoces: no se aplica el tratamiento térmico y la parte activa no resulta tan aguda y cortante sino que es mucho más roma. Sin embargo, uno de ellos presenta un trabajo secundario del filo contrario, así como de la parte proximal y distal que recuerda a los elementos de trillo etnográficos y a los arqueológicos de la zona de Bulgaria (Gurova 2001). También se han documentado trabajos muy específicos de los soportes usados a modo de trillo tanto a inicios del III milenio en Próximo Oriente (Anderson e Inizan 1994) como en el Calcolítico de la provincia de Valladolid en el interior de la Península Ibérica (Gibaja-Bao et al. 2012). La exposición de este trabajo ha dejado patente que el análisis funcional de algunos de los materiales líticos de Chibanes ha determinado actividades relacionadas con los procesos productivos de los cereales. Su identificación como instrumentos de producción permite relacionarlos con la intensidad e importancia de la agricultura durante el Calcolítico y la Edad del Bronce. Además se ha identificado un cambio o evolución de estos instrumentos en los distintos períodos históricos analizados. Al personal técnico del museo de Setúbal por la acogida y constante ayuda durante la estancia en sus instalaciones para el análisis de los materiales arqueológicos. A Fernanda de Sousa por la calidad de los dibujos que presentamos en las figuras de este trabajo y a las personas encargadas de evaluar este trabajo ya que sus aportaciones y correcciones realizadas han supuesto una mejora en el resultado final.
El yacimiento amurallado de media hectárea de Las Mesas se ubica en la margen oeste del río Guadiana (La Fuente, Badajoz, España). El análisis de la cultura material recuperada en prospecciones de superficie remite a un arco cronológico que va desde el Neolítico Final (ca. Las excavaciones han revelado una muralla polibastionada y un espacio habitacional en el centro del asentamiento con tres fases de uso, diferentes áreas funcionales y un hoyo votivo adscrito a la segunda fase. En un hoyo ritual efectuado en la segunda fase se ha recuperado una cornamenta de cérvido que ha sido datado mediante AMS-14C. Se analizaron por Luminiscencia Ópticamente Estimulada (OSL) muestras de un nivel de uso de suelo asignado a la segunda fase (UE-9/10) y de la base de un horno asociado a la primera fase. Se aplicó un procedimiento de Dosis Única Regenerativa (SAR) sobre la fracción de granos de cuarzo de 90-160 μm. La datación y el perfil luminiscente indican que el nivel superior (UE-1B) pertenecería probablemente al Bronce Final (ca. 1000 AC), pero que el resto de la secuencia estratigráfica se corresponde con una ocupación del Neolítico Final-Edad del Cobre. Se detectan vacíos de ocupación entre la fase I y II, y entre la fase II y la ocupación del Bronce Final (fase III). Indicando que el asentamiento fue abandonado y reocupado en dos ocasiones, una en la Edad del Cobre y una en el Bronce Final. Las fechas luminiscentes y radiocarbónicas combinadas muestran que el asentamiento de Las Mesas fue ocupado durante la colonización agrícola del territorio que tuvo lugar en el Neolítico Final, abandonado durante la Edad del Cobre y reocupado en el Bronce Final. Los vacíos poblacionales registrados podrían relacionarse con las evidencias de quemado y destrucción parcial de la muralla del asentamiento, y su posterior reconstrucción y consolidación.
Miguel Ángel Lechuga Chica (*) Marcos Soto Civantos (*) M.a Oliva Rodríguez-Ariza (*) Se presentan los resultados de la excavación arqueológica realizada en el poblado calcolítico "Venta del Rapa", localizado durante las prospecciones previas a la construcción de la Autovía del Olivar en el término municipal de Mancha Real, Jaén. El poblado tiene un foso en la parte más alta que delimita un área de 0,5 ha. Tanto en su interior como en su exterior se ubican cientos de estructuras excavadas en la base geológica, abarcando 2 ha. Entre ellas destacan tres tumbas colectivas de inhumación sin ajuar, cuyas dataciones radiocarbónicas, fechan su ocupación en el Calcolítico Pleno-Final (2350-2000 Cal. INTRODUCCIÓN: METODOLOGÍA Y RESULTADOS El Instituto Universitario de Arqueología Ibérica (Jaén) ha coordinado los trabajos de investigación arqueológica en la Autovía A 316 o del Olivar (Jaén), en el marco de las medidas correctoras propuestas para esta infraestructura. A lo largo del tramo de estudio de 35 km lineales se ha intervenido en 19 yacimientos, entre ellos el de "Venta del Rapa". La mayoría se vinculan claramente a la ruta de La Campiña de Jaén que discurre hacia el Valle del Guadalquivir y la Comarca de La Loma. Como el trazado de esta vía de comunicación tradicional es casi idéntico al de la actual autovía, la intervención arqueológica ha analizado una vía de comunicación histórica, vigente hasta nuestros días. El poblado se asienta sobre el límite noreste de un glacis cuaternario cuya roca del substrato es blanda, compuesta principalmente por margas. En el entorno del poblado destacan los Regosoles Calcáricos/Litosoles y Cambisoles Cálcicos, suelos normalmente con una calidad media-media baja, con un contenido medio en materia orgánica, moderadamente ácidos y una potencialidad de cultivo media-baja (1). La ubicación del poblado no depende tanto del control visual como de su proximidad a cursos de agua, a zonas potencialmente aptas para las actividades agropecuarias, así como de la existencia (1) López Garrido, A. C. 1971: Geología de la Zona Prebética al NE de la Provincia de Jaén. Tesis doctoral, Facultad de Ciencias, Universidad de Granada, Departamento de Geología. de un substrato geológico fácilmente excavable y la cercanía a recursos explotables como salinas. Podríamos denominar el emplazamiento 'ecotono' (Díaz del Río 2003:64), una zona de contacto entre dos ecosistemas, las estribaciones septentrionales de Sierra Mágina y la Campiña Alta de la Depresión del Guadalquivir, con amplia diversidad de recursos y donde concurren paisajes distintos. La amplia distribución de los restos materiales en "Venta del Rapa" y la ausencia de estructuras emergentes aconsejó una doble limpieza de la superficie, previa a la excavación. Primero el cazo de una excavadora retiró la cubierta vegetal en unas 2 ha, comprendidas en los márgenes de la actuación proyectada. Después se limpiaron y delimitaron a mano las 905 estructuras detectadas, documentando y georreferenciando cada una. Las 704 estructuras restantes (14000 m 2 ) se protegieron mediante geotextil y quedaron soterradas bajo las infraestructuras asociadas a la autovía. La muestra excavada resulta, pues, representativa de la evolu-ción espacial de la ocupación del poblado (Fig. 1). Primero se excavó una mitad del depósito hasta la base geológica para leer y dibujar los perfiles estratigráficos (Fig. 2) (Harris 1991) y después, en algunas estructuras, la otra mitad. Las características especiales del foso o zanja delimitado, requirieron la realización de 13 sondeos para documentar su sección, estratigrafía y accesos (Fig. 3). Planta general del poblado calcolítico "Venta del Rapa" (Mancha Real, Jaén), situando los tipos de Estructuras de Hábitat respecto al foso (Tipo 1) y presentando su morfología y perfiles: 1. Distribución espacial de las Estructuras de Hábitat Tipo 2 en A. Fotografía planta final E.13 incluida en el Tipo 2; 2. Distribución espacial de las Estructuras de Hábitat Tipo 3 y 4, en B. Fotografía planta final E.68 incluida en el Tipo 4; 3. Distribución espacial de las Estructuras de Hábitat Tipo 4, en C. Fotografía con la delimitación inicial de E.141 incluida en el Tipo 2. Las características especiales de este tipo de poblados prehistóricos, cuya estratigrafía apenas es visible en superficie, hacen que las estructuras subterráneas sean prácticamente los únicos restos constructivos para la definición espacial de la ocupación (Lizcano 1991: 73). Resulta muy difícil establecer la secuencia de estructuras construidas durante un mismo momento de ocupación, en general sin conexión estratigráfica directa, y don-de el depósito arqueológico solo se conserva en el interior de las mismas. Tampoco podemos establecer una relación directa de coetaneidad entre las estructuras localizadas al interior y exterior del foso ante la ausencia de relaciones estratigráficas. Sin embargo podemos reconocer agrupaciones espaciales de estructuras definidas por criterios morfológicos, basados en parámetros cuantificables (dimensiones, superficie de la base, potencia conservada, anchura de la boca y de la base, situación respecto al foso), así como deter-Fig. Planta general del foso del poblado calcolítico "Venta del Rapa" (Mancha Real, Jaén) con la localización de las secciones realizadas. minar su funcionalidad cuando el estudio estratigráfico y de materiales lo permitía. Se definieron un total de 10 tipos atendiendo a criterios morfológicos y constructivos, rara vez matizados por criterios funcionales, dada la ausencia generalizada de contextos deposicionales. El Tipo 1 es el foso. Asignamos alrededor del 20% del total de estructuras excavadas, a los Tipos 2, 4, 5, 10, interpretados como espacios de hábitat o cabañas. Los Tipos 3, 6, 7, 8 y 9 se asociarían con otros usos (almacenaje, molienda, despiece, hogares), en su mayoría difíciles de determinar. Las Estructuras de hábitat. Son cabañas de morfología circular con diámetro de la base siempre mayor que el de la boca y sección acampanada más o menos acentuada. El diámetro medio de la base es de unos 2 m y el de la boca ronda el 1,6 m. La profundidad media conservada es de 1,3 m. La base es plana y de una superficie media de unos 3,8 m 2. Se abren principalmente al exterior del foso, en dos núcleos situados en las laderas septentrional y meridional, lo que sugiere que el foso no fue un factor decisivo de localización (Fig. 2:1A). Los Tipos 4 y 5 (fondos de cabaña, estructuras emergentes), muy parecidos morfológicamente, tienen ciertas diferencias. En el Tipo 4 incluimos 5 estructuras excavadas en parte en la base geológica. Su potencia oscila entre los 40 y los 90 cm y la superficie media de la base en torno a los 4 m 2. Tienen una morfología irregular de tendencia ovalada con los extremos redondeados y, en su mayoría, sección en 'U'. La base suele estar escalonada, siendo mayor el escalón más profundo. La presencia habitual de hoyos de poste en torno a la boca, sugiere su empleo para sustentar una cubierta de entramado vegetal. Este tipo de estructuras se localiza dentro del foso en su zona occidental, concentrándose en unos 150 m 2. Al Tipo 5 se adscriben 15 estructuras de morfología irregular y clara tendencia ovalada. La superficie de la base ronda los 3,3 m 2. La potencia conservada suele estar entorno a los 30-40 cm. Presentan sección en 'U'. Suponemos que tenían alzado y cubierta formados por un entramado vegetal, del que no se han conservado restos, ni marcas en la base geológica. Hemos asignado al Tipo 10 solo 4 estructuras emergentes de surco perimetral. Los restos conservados escasean al haberse construido las cabañas en superficie con materiales perecederos salvo los hoyos de poste y el surco de 'cimentación'. Este delimita un espacio circular, entre 5 y 6,8 m de diámetro, cuya superficie interior oscila entre los 20 y los 37 m 2. En su trazado hay algún hoyo de poste circular entre 10 y 20 cm de diámetro que reforzaría el alzado de la estructura. El acceso al interior está marcado por un espacio sin surco de 0,5-1,1 m de anchura, delimitado por dos hoyos de poste. Este acceso se suele situar en el límite oriental o sureste (Fig. 2:3C). Al menos dos de ellas se reconstruyen o estructuran de nuevo, lo que atribuimos a la fragilidad de su construcción que requeriría sucesivas ocupaciones y reforzamientos. Los alzados de estas estructuras no se conocen. En poblados cercanos de la misma época como Marroquíes Bajos se ha propuesto que consistieran en un cuerpo bajo cilíndrico y cubierta cónica, formada por un entramado de madera y ramajes flexibles, reforzado con algunos postes en el perímetro y la entrada y con un posible cubrimiento de barro para mejorar el aislamiento. La concentración de las 4 estructuras fuera del foso (Fig. 2:3) puede estar determinada por su pésima conservación. Numerosos hoyos de poste (Tipo 9), distribuidos dentro y fuera del foso, podrían formar parte de cabañas similares cuyos restantes elementos han desaparecido. El trazado de la antigua carretera A-316 dividió el poblado y el foso en una Zona Este y otra Oeste. En cada zona abrimos en el foso 2 y 11 secciones respectivamente (Fig. 3). El foso o zanja está excavada en la base geológica, ubicada en la parte más alta del poblado. De morfología circular ligeramente irregular y tendencia hexagonal mide unos 70 m de diámetro. Su perímetro de algo más de 235 m está segmentado por los accesos al recinto y abarca una superficie de 4450 m 2. Su anchura varía entre 1 y 3 m. Tiene sección en 'U' y una potencia entre 0,3 y 1,6 m. El foso estaba colmatado por niveles postdeposicionales naturales y vertidos de posible origen antrópico. La presencia de adobes en varios niveles y en el trazado superficial del foso apunta a su empleo en la construcción de un pequeño murete o reborde interior en la mayor parte del recorrido. Los 5 accesos al interior del recinto tienen entre 3 y 6 m de anchura. Se sitúan a distancias regulares sin excluir que hubiera al menos otro destruido por los antiguos desmontes de la Carretera A-316. La planta general (Fig. 3) muestra una serie de 'salientes' o pequeños bastiones de tendencia semicircular con diámetro entorno a los 2 m. Situados a 10-12 m de los diferentes accesos, remarcan los giros que dan al foso su característica tendencia circular. La funcionalidad del foso tendría un matiz ideológico y cultural más que defensivo, ya que sus dimensiones no sugieren que fuera un elemento infranqueable. Descartada también una función hidráulica, pudo actuar como barrera efectiva y simbólica probablemente delimitando el espacio del grupo. Además su funcionalidad debió estar estrechamente relacionada con el importante papel que la ganadería jugaba en la pequeña comunidad que lo habitaba, actuando como 'barrera o cerca' donde resguardar la cabaña ganadera. Su construcción requirió un esfuerzo comunal mediante un proceso de agregación de varios grupos familiares. El foso actuaría así como medio de afirmación de la cohesión interior de la comunidad. Entendemos el foso de "Venta del Rapa" como elemento vertebrador de la distribución espacial de las estructuras contemporáneas a su creación y uso hasta que, en un determinado momento de la ocupación, perdió su función original. Entonces, se permitió y favoreció su colmatación e, incluso una vez concluida, se construyeron algunas estructuras sobre su trazado, como ocurre en el Foso 0 del citado Marroquíes Bajos de dimensiones y morfología parecidas pero de cronología más temprana (Rodríguez-Ariza et al. 2005: 591, 2006: 289). Nos ha sido complicado asignar un uso a las estructuras agrupadas en los Tipos 3, 6, 7, 8 y 9. Las del Tipo 3 corresponden a almacenes o silos de sección acampanada. Solo 4 de las 24 estructuras incluidas en esta categoría se localizan en el foso. En cambio la funcionalidad de los Tipos 6, 7, 8 y 9 es imposible de determinar. Son pequeñas fosas de tendencia circular de menos de 1 m de diámetro con diferentes profundidades. Contienen un reducido número de artefactos (restos de sílex, fragmentos de molinos o almagra) en posición estratigráfica secundaria. Ante la elevada presencia de material cerámico recuperado en la excavación, planteamos la necesidad de realizar el estudio específico de este tipo de material. La muestra seleccionada comprende 533 fragmentos cerámicos provenientes de los tipos definidos como estructuras de hábitat. En su amplia mayoría proceden de niveles postdeposicionales, por lo que los materiales se analizaron por estructuras, con independencia de su origen estratigráfico. Pocas publicaciones profundizan en el tema de la cerámica prehistórica en la provincia de Jaén. Falta una tipología clara asociada a cronologías precisas. En este trabajo, tras revisar varias (Otero 1985; Murillo et al. 1991; Cámalich y Martín 1999; Fernández 2008), se optó por tomar como base la tipología del poblado de Los Castillejos de Montefrío (Granada) (Arribas y Molina 1979), introduciendo también los criterios funcionales definidos en el estudio tipológico de la Parcela C de Marroquíes Bajos (2). El Tipo I comprende todo tipo de piezas decoradas (incisas, impresas, pintadas, etc.). Los fragmentos son muy escasos: 8 están pintados a la almagra (1,50% del total) y 7 incisos y con trazos impresos (1,31% del total). Los últimos forman espigas u hojas de acacia, habitualmente en el fondo de los cuencos, o puntillados y formas geométricas incisas, mayormente triángulos rellenos de puntillado, en vasos carenados (Fig. 4). En los Tipos II (cerámicas con las superficies tratadas) y III (sin tratamiento de las superficies) el 4. Cuenco de casquete semiesférico. Cuenco grande de casquete semiesférico. Vaso de carena media. Vaso de Perfil en "S". Plato de perfil sencillo. Plato de borde engrosado indicado en ambas caras. Plato de borde engrosado indicado en la cara externa. Plato de borde engrosado indicado en la cara interna. Fuente no carenada de borde simple. Fuente de borde engrosado y labio plano. Fuente no carenada de borde engrosado indicado en ambas caras. Fuente no carenada y borde engrosado en la cara interna. Fuente no carenada y borde engrosado en la cara externa. Fuente plana con borde engrosado y saliente. Fuente plana con borde indicado en la cara externa. Olla o cuenco de borde ligeramente entrante. Olla con borde marcadamente entrante. Olla con borde vertical ligeramente vuelto hacia el exterior. Olla con borde saliente. Ollita de borde saliente y cuello marcado. Orza de borde ligeramente entrante. Orza de borde saliente. Orza con borde ligeramente vuelto al exterior. 99,43% de los fragmentos corresponden a formas abiertas. Prácticamente la mitad son cuencos, especialmente de casquete semiesférico y esférico, acompañados por ollas y orzas de bordes saliente o ligeramente entrante, fuentes y platos de labio engrosado, vasos, etc. (Fig. 4). La mayoría de las pastas son oscuras con cocciones oxidantes y reductoras y desgrasantes de tamaño medio. Las superficies suelen estar alisadas en la cara interna en el caso de cuencos, fuentes, platos y vasos y en ocasiones en ambas. En general las fuentes y platos se hicieron con algún tipo de molde vegetal, ya que presentan improntas en la base. Las superficies bruñidas destacan entre las que cuentan con algún tratamiento. Estos bruñidos aparecen más en los cuencos que en las fuentes y platos y, en absoluto, en los vasos, ollas y orzas. Los bruñidos son más bien leves y se hacen sobre pastas negras y cocciones reductoras. Además se crearon tres grupos funcionales distintos. El de cocina agrupa vasijas, como las ollas, destinadas a la elaboración y manipulación de alimentos. El de consumo engloba los cuencos, las fuentes, los platos y los vasos, utilizados para servir y contener los alimentos. El de almacenamiento incluye, entre otras, las orzas dedicadas a la contención y el transporte de los alimentos. Porcentualmente hay evidentes diferencias entre los grupos funcionales (Fig. 5). Destacan las piezas destinadas al consumo (69,65% del total), sobresaliendo los cuencos (50,09% del total) frente a las fuentes y platos (2,75%). Los fragmentos cuyas formas no han permitido identificar claramente el uso de los ejemplares de los que proceden represetan el 15,83%. Además en el poblado se han documentado crecientes de arcilla cocida. Estos objetos en forma de rollo arqueado con los extremos perforados se interpretan como pesas de telar (Serrano et al. 2011: 105), indicativas de una actividad textil en el poblado. Destaca un fragmento documentado en un nivel de uso de la Estructura 13. En un nivel postdeposicional (US2A) de la misma, se recuperó parte de una figurilla ginecomorfa de terracota de 5 cm de altura. Tiene ambos extremos (supuestos pies y cabeza) engrosados y una zona central más estilizada con pechos claramente identificables que destacan sobre la uniformidad de la pieza (Fig. 6). El material lítico de la intervención es escaso, apenas19 piezas. Las herramientas asociadas a tareas agrícolas son 2 azuelas y 1 hacha, todas pulimentadas (15,78%). Hay 6 molinos (3 completos), asociados al procesado de cereal (36,84%), 1 destinado al procesado de almagra y 1 mano de molino o machacador. Representación gráfica por número de fragmentos de los grupos cerámicos del poblado calcolítico "Venta del Rapa" (Mancha Real, Jaén), según tipología y porcentaje de los grupos funcionales definidos. Figura ginecomorfa en arcilla procedente de un nivel postdeposicional (US2A) de la Estructura 13 del poblado calcolítico "Venta del Rapa" (Mancha Real, Jaén). Fuera del foso se documentaron 3 estructuras funerarias de morfología similar a las del Tipo 2. Son fosas excavadas en la base geológica de sección acampanada más o menos acentuada. La Estructura Funeraria 125 se localiza a 35 m al Norte del foso. Presenta una morfología circular, sección ligeramente acampanada, diámetro en la base de 1,8 m y potencia conservada de 1,3 m. En la parte superior de las paredes dos entrantes, enfrentados, posiblemente sirvieron para sustentar algún tipo de cierre de la fosa. Hemos diferenciado hasta 3 estratos de inhumaciones. El primero (US6) descansa sobre la base y presenta restos escasos e indeterminados de fauna (3). Según el estudio antropológico (4) existe un Número Mínimo (NM) de 10 individuos. Solo un varón maduro está en clara conexión anatómica, en posición fetal. De los restantes solo aparecen fragmentos óseos inconexos (Fig. 7:1). En el segundo nivel de inhumaciones con un NM de 13 Individuos se reconocen 6 en conexión anatómica, también en posición fetal. Al menos aparecen dos cráneos aislados junto a las paredes de la estructura (Fig. 7:2). En el tercer nivel de inhumaciones se determina un NM de 13 individuos. Su estado de conservación es más deficiente, pero en casi la mitad de ellos se intuye una conexión anatómica en posición fetal (Fig. 7:3). Algunos individuos presentan conexión anatómica, pero la mayoría no, posiblemente por el uso continuado de la estructura y por su funcionalidad como osario al que solo se trasladarían algunos restos de los fallecidos. Universidad de Granada) realizó el estudio arqueozoológico (inédito) (2010). (4) J. Sebastián Martín Flórez y Zita Laffranchi (Laboratorio de Antropología Física, Universidad de Granada) elaboraron el estudio paleoantropológico (inédito) (2010). de elementos de ajuar, asociados al nivel de inhumaciones, bien porque no los poseyeran, bien porque fueran artefactos/ecofactos que no se han conservado. La Estructura Funeraria 179D se localiza en la vertiente meridional, a escasos 5 m del foso. Presenta una morfología circular, diámetro en la base de 2,1 m, potencia conservada de 1,6 m, sección acampanada y fondo plano. En la parte alta de las paredes hay diferentes marcas de postes posiblemente utilizadas para sustentar algún tipo de cierre o cubierta. Sobre la base se suceden un pequeño nivel de tierra (US6), una capa homogénea de piedras y otra de sedimento sobre la que se realizan 6 inhumaciones y se deposita un cánido. El estado de conservación de los individuos no es óptimo pero permite intuir la conexión anatómica de los restos en posición fetal con los cráneos junto a las paredes de la estructura. Es destacable la ausencia de cualquier tipo de ajuar. Los restos óseos aparecen cubiertos por una capa de la base geológica descompuesta. La estructura es de morfología circular, sección acampanada y fondo plano, con un diámetro en la base de 2,5 m y 1,9 m en la boca y una potencia conservada de 1,4 m. Esta estructura presenta un primer nivel de habitación asociado al hábitat (US8) sobre el que se documenta una capa de piedras, principalmente en torno a las paredes pero sin distribución homogénea. Sobre ella se depositan 19 individuos inhumados, así como restos de, al menos, dos perros. Los individuos se disponen en posición fetal, normalmente con el cráneo junto a las paredes. Sobre las inhumaciones se documenta un nivel de piedras 'sellando' la estructura. Tampoco en esta tumba hay elementos de ajuar asociados al nivel de inhumaciones. El estudio antropológico ha determinado 61 individuos en las tres tumbas (Tab. Se han determinado 18 individuos no adultos: 12 son Infantil II, 5 Infantil I y 1 Infantil sin especificar. La esperanza de vida de esta comunidad se situaría entre los 25 y los 35 años, con un elevado índice de mortalidad en las edades más tempranas. Solo un reducido número de sus miembros alcanzaría más de los 40 años. La distribución por sexo es casi paritaria en conjunto, pero no por tumbas. En conclusión, gran parte de los miembros de la comunidad eran inhumados en tumbas colectivas, carentes de ajuar, sin diferencias entre individuos y acompañados por perros en dos de las tres tumbas, un elemento 'ritual' común en el Alto Guadalquivir (Lizcano 1993: 112). El enterramiento múltiple, característico del Calcolítico de la zona, es interpretado comúnmente como resultado de la preponderancia del sentimiento de pertenencia al grupo (Lomba et al. 2009:156). En la muestra analizada ambos sexos y todos los segmentos de edad están representados en amplias proporciones, lo que parece indicar que es-tamos ante la inhumación de gran parte de la comunidad y no de una selección de la misma. Sin embargo, la diferente distribución de sexos en dos de las tumbas nos plantea alternativas como que responda a una composición aleatoria de los grupos familiares enterrados o a una agrupación en base al sexo o a un acceso diferencial al enterramiento colectivo. Estas cuestiones que se han planteado en yacimientos cercanos como el Polideportivo de Martos (Cámara 2001) o más alejados como el del Camino de las Yeseras en la provincia de Madrid (Blasco y Ríos 2012) y esperamos poder ir definiéndolas en un futuro próximo. La presencia de cánidos, relacionada con la ganadería (Cámara 2001: 66), puede estar reco-Fig. Sepultura E.125 del poblado calcolítico "Venta del Rapa" (Mancha Real, Jaén) con los tres niveles de inhumaciones y el perfil estratigráfico documentado. Tabla con la distribución de inhumados por tumbas, según sexo y edad del poblado calcolítico "Venta del Rapa" (Mancha Real, Jaén). Serie de gráficos de probabilidad de las calibraciones de dataciones C 14 de muestras procedentes del poblado calcolítico "Venta del Rapa" (Mancha Real, Jaén). RR HH Restos Humanos. nociendo el valor de este tipo de actividad económica en el seno de las comunidades calcolíticas del último tercio del III milenio a.C. Su inclusión en el sepulcro podría valorarse como un auténtico bien de prestigio. La horquilla cronológica que arrojan las dataciones absolutas de las estructuras funerarias podría avalar la propuesta de que hubiera existido muchas más que albergarían los restos de la mayor parte de la población. Gracias a la colaboración con el Proyecto de Investigación (HAR2008-04577), "Cronología de la consolidación del sedentarismo y la desigualdad social en el Alto Guadalquivir", dirigido por J. A. Cámara, hemos datado por AMS 15 muestras de restos óseos humanos y faunísticos. El análisis fue realizado en el Laboratorio de la Uni-versidad de Uppsala (Suecia). La ocupación del poblado, según los materiales documentados y las muestras datadas, se encuadraría en el Calcolítico Pleno-Final (Fig. 9). La fecha más antigua disponible para el poblado, procede de la Estructura 2, localizada en el foso: Una vez fijada la escala temporal global, las dataciones nos permiten ahondar en la intrahistoria y observar el desarrollo de algunos de los acontecimientos más relevantes del poblado. BC), procede de restos de cuernas, que procedían del estrato de abandono (US2) de una estructura de hábitat. BC), durante el cual se depositó en la base de la tumba un bóvido casi completo, en conexión anatómica, así como restos de suidos y cérvidos. Son las estructuras más antiguas datadas que, posiblemente, inauguran y legitiman el poblado y probablemente la construcción del foso. Según las muestras datadas, E301 y 179D conviven como tumbas colectivas donde se siguen realizando inhumaciones durante los últimos momentos de ocupación del poblado. BC), sitúa el fin del poblado en el tránsito entre el III y el II milenio a.C. La planificación y ejecución de una serie de medidas correctoras en las obras de la autovía del Olivar (A-316) ha permitido una gestión integral del poblado calcolítico "Venta del Rapa". Su destrucción parcial, en la ejecución de la antigua carretera, no ha impedido documentar la extensión casi total del mismo. Cientos de estructuras excavadas en la base geológica que fueron protegidas y soterradas tras la modificación puntual de ciertas actuaciones proyectadas para la construcción de la autovía. Solo se excavó lo que, finalmente, iba a ser afectado por los desmontes del tronco de la autovía. Somos conscientes que es complicado establecer un uso coetáneo de las centenares de estructuras durante toda la ocupación del poblado, sin embargo hemos identificado diferencias morfológicas y constructivas en las estructuras de 'hábitat', que podrían indicar su evolución temporal. El foso o zanja sobresale como estructura más emblemática del poblado. Con una morfología de tendencia circular de unos 70 m de diámetro delimitaba un espacio de casi 0,5 ha. Es similar al Foso 0 de Marroquíes Bajos (Rodríguez Ariza et al. 2005: 587, 2006: 286), aunque con una cronología más reciente. Su construcción exige el esfuerzo conjunto de la pequeña comunidad que lo construye, producto de un proceso de agregación de varios grupos familiares. De este modo, el foso estaría actuando como medio de afirmación de la cohesión interna de la comunidad. En este momento ya no se fundan asentamientos con fosos y solo algunos de los mayores de la etapa precedente experimentan una actividad constructiva (Márquez y Jiménez 2010: 206) En la base económica y subsistencial del poblado, la ganadería jugó un papel muy por encima de la incipiente agricultura, con un predominio del ganado porcino y vacuno sobre el ovicáprino. La importancia de la ganadería pudo favorecer desplazamientos estacionales de parte de la comunidad en busca de pastos por un territorio más o menos restringido. La existencia de, al menos, una estructura con una deposición intencional de restos de fauna, nos plantea la práctica de rituales en el poblado (Cámara et al. 2008:79), destinados, tal vez, a cohesionar el grupo, legitimar el poblado y afirmar la comunidad. El rito funerario de la comunidad carece de elementos de ajuar en las tres tumbas colectivas documentadas, en uso durante varias generaciones. Ello puede estar reflejando unidades familiares extensas (¿clanes?). Tampoco hay indicadores de un inicio de desigualdad o jerarquización aunque debemos destacar la presencia de canes con los inhumados en dos tumbas. Planteamos que el sistema de relaciones sociales del grupo humano que habitó 'Venta del Rapa' no era estratificado, ni tan siquiera jerarquizado (excluyendo lo que pueda derivarse por los estatus de edad y género). Se basaba exclusivamente en el parentesco, donde lo comunal y lo colectivo tienen una importante función como soporte del esquema de relaciones sociales. El grado de cohesión y compacidad internas de las unidades familiares es tan alto que la ideología predominante impone que los individuos de una generación sean enterrados en las mismas estructuras funerarias (probablemente ya osarios en realidad) que los de las generaciones anteriores. En la esfera de las relaciones sociales de producción, este grupo humano de las etapas finales de la Edad del Cobre asume un esquema basado exclusivamente en el parentesco y de base comunal en el que el producto circula mediante mecanismos de redistribución, sin apropiación diferencial por parte de un segmento de la comunidad.
Un molde lítico para puñales fue localizado en un contexto funerario fechado mediante C14 en c. 1850 cal ANE en el asentamiento de la Edad del Bronce de Camp Cinzano (Vilafranca del Penedès, Alt Penedès, Barcelona). Se estudian la tipología y materia prima del molde y las características del artefacto metálico moldeado en el, relacionándolas con la metalurgia del II milenio del nordeste de la Península Ibérica. Se exponen los escasos paralelos de moldes para puñales existentes en la Península Ibérica y en el Mediterráneo Occidental, así como las posibles razones de su ausencia en el registro arqueológico. Los datos sugieren dos lugares de origen para el molde estudiado, el Levante ibérico y el norte de Italia (grupos de Polada). Esta última zona mantiene mayores relaciones e interacciones en el ámbito metalúrgico con el nordeste de la Península Ibérica. ESTRUCTURAS ARQUEOLÓGICAS, MATERIALES Y CRONOLOGÍA El yacimiento de Camp Cinzano se localiza a levante de Vilafranca del Penedès, villa situada en el centro del pasillo natural que forma la Depresión Prelitoral que discurre desde los Pirineos hasta el valle del Ebro (Fig. 1). La zona arqueológica es un solar de 2 ha de forma aproximadamente triangular, localizado entre el muelle de descarga de vagones de RENFE (al este de la estación de Vilafranca) y la carretera de Barcelona N-340 (Fig. 2A). Entonces se documentaron restos del Neolítico Medio (Sepulcros de Fosa), así como del Bronce Inicial (Bronce Antiguo-Medio) (1). De esta última fase se excavó el llamado 'Sepulcro 1', una cista con una losa de cubierta (107 × 90 cm) trabajada en los laterales. Un extremo apoyaba sobre otra losa (110 × 75 cm), puesta en posición vertical y sujeta por bloques más pequeños, y el opuesto apoyaba directamente sobre el mismo suelo de la fosa. La inhumación, colocada en posición fetal sobre su lado derecho y con la cara mirando hacia el Sur, descansaba sobre un lecho de cantos planos. El ajuar consistía en una punta de flecha de cobre de cuerpo romboidal sin aletas y con pedúnculo corto (2), un punzón de hueso y un vaso troncocónico con incisiones sobre el labio (Giró 1954; Muñoz 1965: 111-115). En esta primera intervención los callejones de servicio del lado oriental de la fábrica ni se prospectaron, ni se excavaron. Ello sucedió a finales del año 2004 y principios del 2005, durante unos rebajes para la construcción de viviendas, tras la demolición de la fábrica. Entonces se sacó a la luz parte de un asentamiento al aire libre perteneciente al Bronce Inicial. Los resultados de las 3 dataciones C14 disponibles sitúan su utilización c. Se engloba entre los asentamientos agrícolas en llanura cuyos ejemplos más conocidos en la Depresión Prelitoral catalana son el cercano de Mas d'en Boixos-1 (Pacs del Penedès) (Bouso et al. 2004) y el complejo de Can Roqueta (Sabadell) (Carlús et al. 2008), ambos en la provincia de Barcelona. (1) El término 'Bronce Inicial', empleado en el nordeste de la Península Ibérica, nació en los 1990 y todavía sigue en uso. Surge ante la imposibilidad de distinguir el Bronce Antiguo del Bronce Medio, quedando el Bronce Final como un período aparte vinculado a los Campos de Urnas (Maya 1991(Maya, 1992(Maya, 1997;;Maya y Petit 1994). Ese período inicial de la Edad del Bronce engloba más de mil años, aparentemente, sin cambios remarcables detectables. En la actualidad gracias a la disponibilidad de un número relevante de fechas C14 y de yacimientos excavados con metodología arqueológica se está revisando esta periodización. En este artículo mantenemos de modo provisional la genérica denominación de Bronce Inicial. Son puntas sin aletas, de morfología romboidal o foliácea, pedúnculo corto y un grado de esbeltez (long. máxima/ anch. máxima) entre 3 y 3.5. El otro ejemplar de esta variante procede de Cova del Batllevell (Pontons, Alt Penedès), yacimiento muy cercano a Camp Cinzano. ra del área prelitoral son el Institut de Batxillerat Antoni Pous (Manlleu, Barcelona) (Boquer et al. 1995), el Camí dels Banys de la Mercè (Capmany, Girona) (Palomo 2006) y los leridanos de Minferri (Juneda) (Equip Minferri 1997) o la Vinya del Corb (Basella) (Piera 2008). Las estructuras pertenecientes a este horizonte cronocultural de Camp Cinzano están a unos 50-60 m al este del Sepulcro 1 excavado en 1952. Son 8 silos de almacenaje, 2 silos/fosas, 2 grandes estructuras con recortes ovalados en el fondo Fig. 1. Localización de Camp Cinzano (n.o 1) (Vilafranca del Penedès, Alt Penedès, Barcelona) en la Península Ibérica. Distribución en el nordeste de los yacimientos con puñales de remaches que coinciden morfométricamente con la matriz del molde estudiado: 2. Cova de les Grioteres (Vilanova de Sau, Osona). y 1 fosa ovalada de función indeterminada. A la vista de la distribución de las estructuras y de los espacios estériles que las rodean, Camp Cinzano parece un asentamiento que combinaría estructuras aéreas de habitación y de producción con una decena (quizás más) de estructuras subterráneas de almacenamiento, concentradas en un área de unos 50 m de diámetro. El gran recorte E-5, interpretado como punto de extracción de materia prima para la construcción de cabañas, habría ocupado el núcleo central. Presumiblemente los rebajes realizados en 1952 habrían destruido parte de su lado occidental. La estructura fue posteriormente rellenada hasta cierto nivel con tierras orgánicas y escombros para su reaprovechamiento bien para una producción indeterminada (tal como indican los restos de tres hogares en un mismo nivel de uso), bien como hábitat. La construcción de hábitats de tierra y entramado vegetal queda atestiguada en Camp Cinzano por los numerosos restos de torchis amortizados en los silos con otros materiales. Los torchis aparecen frecuentemente en yacimientos contemporáneos relativamente cercanos (3) (Pancorbo y Piera 2006). Los silos E-6, E-7 y E-18 se reutilizaron como tumbas individuales sin ajuar de personas de diferentes edades y sexos. Entre los materiales arqueológicos recuperados en todo el ámbito del asentamiento destaca la cerámica genérica del Bronce Inicial con un número mínimo de más de cien individuos. Hay decoraciones incisas; cordones lisos, incisos e impresos, y lengüetas y mamelones sobre recipientes, en general, de morfología ovoide y cilíndrica con base plana. Destaca un fragmento de vaso geminado, al que más adelante haremos referencia, así como la falta de decoraciones epicampaniformes y de vasos con apéndice de botón. La industria lítica se reduce a unas pocas láminas de sílex, un fragmento de molino y varios alisadores y/o percutores. La ósea se limita a un punzón y a un alisador para el curtido de la piel. Además de la punta de flecha del Sepulcro 1 hay un punzón metálico de sección cuadrada procedente del nivel de uso de los tres hogares de la estructura E-5. No obstante, la capacidad de producción metalúrgica del asentamiento queda atestiguada por la presencia del molde lítico para puñales de remaches objeto de este estudio (Amorós 2008). El contexto del hallazgo El molde fue hallado en la fosa/silo E-18, perteneciente al denominado Grupo Sur de estructuras. En origen era un silo de sección ovoidal reaprovechado tras su amortización como lugar de enterramiento (Fig. 2B). El inhumado, cuyo sexo no ha podido ser determinado, tenía entre 15 y 20 años. Se descompuso en espacio colmatado según se deduce de la disposición de las Manresa, 2004. articulaciones y la posición aparentemente forzada del cuerpo, con las piernas apoyadas en la pared vertical de la fosa. Esta postura inusual ha sugerido que sujetaron al cadáver por los pies colgándole desde el exterior y soltándole cuando la cabeza y la espalda tocaron al suelo. El que fuera un estrato de superficie plana y prácticamente estéril favorece la idea de que sirviera como lecho deliberado para acoger el cadáver. La causa de la muerte parece haber sido una enfermedad aguda (Subirà 2008), quizás infecciosa o de efectos letales tan rápidos que obligó a la comunidad a depositar rápidamente el cuerpo sin otro cuidado especial. No se encontró ajuar. Una datación C14 sitúa su muerte c. El molde, como el resto de materiales documentados, se halló en el estrato de arcillas grisáceas que cubría la inhumación. Entre los abundantes restos domésticos amortizados que contenía destacan un diente de ovicáprido, un percutor de caliza y un borde de vaso troncocónico muy parecido al encontrado en el Sepulcro 1 (Fig. 2C), materiales que, evidentemente, no pueden ser considerados un ajuar funerario. Este estrato debe datarse en un momento muy cercano a la inhumación, ya que los huesos humanos no presentan desplazamientos que indiquen una descomposición en vacío (Subirà 2008). Los datos disponibles sobre estructuras negativas de este período, excavadas en el área de estudio, también constatan el carácter sincrónico de la inmensa mayoría de los estratos que las rellenan (Bouso et al. 2004). La fecha absoluta obtenida en la estructura puede suponerse, por tanto, cercana al momento de uso del molde. Esta fecha coincide con las obtenidas para otros moldes y evidencias metalúrgicas del nordeste de la Península Ibérica (Tab. DESCRIPCIÓN, CARACTERÍSTICAS Y ANÁLISIS El molde lítico de Camp Cinzano es el único de sus características conocido hasta el momento en el área catalana (Fig. 3). Ello se debe a su peculiar matriz, que adopta la morfología de un puñal de remaches y de la que hablaremos más adelante. El molde es univalvo cerrado o de alimentación vertical. Es un tipo compuesto por una única valva con la matriz tallada del objeto a obtener y una tapa lisa ajustable (Fraile 2011: 171). El ejemplar aquí descrito es de morfología paralelepípeda. Solo conserva la valva, fragmentada por las partes superior e interior. Sus dimensiones conservadas (en mm) son 76 de long., 69 de anch. máxima, 33 de esp. y 3 de profundidad de la matriz (Fig. 4). Está depositado en el VINSEUM -Museo de las Culturas del Vino de Cataluña (n.o inv. CZ/E18/18) con el resto de materiales de Camp Cinzano. Este tipo de moldes debe colocarse necesariamente en posición vertical durante el vertido. El bebedero suele coincidir con la parte proximal del objeto a obtener, en este caso la lengüeta del puñal. Como solo se ha conservado la parte central del molde, no podemos afirmarlo con rotundidad. La pieza pudo sostenerse e inmovilizarse según métodos no excluyentes entre sí: la intro- ducción en un orificio excavado en el suelo, el empleo de arena o piedras o la sujeción con ataduras posiblemente de origen vegetal. Algunos de estos sistemas han sido constatados en yacimientos de la Edad del Bronce como Peña Negra (Crevillente, Alicante) (4), Forat de la Tuta (Riner, Lleida) (Soriano 2011: 40) y Lède du Gurp en Grayan-et-l'Hospital (Aquitania, Francia) (Roussot-Larroque 1997: 44). El material empleado es la arenisca con propiedades muy adecuadas para estos útiles metalúrgicos. Esta piedra relativamente blanda, poco quebradiza, permite acabados muy depurados y abunda en la naturaleza. Su gran resistencia al impacto térmico contrasta con la rápida velocidad de enfriamiento, característica poco adecuada para conseguir útiles con buenas propiedades mecánicas (Ottaway y Wang 2004: 81-84). Para solventar este problema el molde se calienta antes del vertido, introdu-ciéndolo en un lecho de brasas, carbón o arena caliente. La termoalteración presente en el interior (alrededores de la matriz) y en el exterior del molde estudiado podría relacionarse con este procedimiento. Los datos experimentales han demostrado que la termoalteración en los moldes es un buen indicador de su uso. Sin embargo, su ausencia no excluye su empleo, dado que la alteración puede desaparecer con el paso del tiempo (Craddock et al. 1997). En general, los moldes de piedra son más duraderos que los de arcilla, lo que permite su sucesiva reutilización. El molde de Camp Cizano no difiere por su tipo (univalvo cerrado), ni por la materia prima empleada (arenisca) de los 20 documentados en el nordeste de la Península Ibérica (Rovira Hortalà et al. 2007; Soriano 2013b: 66-70). No se puede decir lo mismo de la matriz para puñal de remaches. Las demás corresponden invariablemente a hachas, varillas o cinceles/escoplos. La excepcionalidad de la de Camp Cinzano no genera dudas sobre su identificación. La morfometría de la matriz ha sido comparada con la de los objetos metálicos contemporáneos y la coincidencia se reduce a la de los puñales de remaches, en su gran mayoría de bronce. Se detecta una gran similitud con los ejemplares de Cova de Mas Vilà (Sta. Maria de Miralles) y Cova de les Grioteres (Vilanova de Sau), ambos en la provincia de Barcelona (Fig. 4). El reciente estudio de los puñales de remaches en el área catalana no ha detectado variabilidad en las proporciones (relación long. máxima/ anch. máxima) aunque sí en las dimensiones absolutas (Soriano 2013b: 107). Esta consideración hace altamente probable la obtención de uno o ambos puñales en el molde señalado. La distancia de Cova de Mas Vilà respecto a Camp Cinzano es escasa, pero la de Cova de les Grioteres alcanza casi los 100 km. Desconocemos si el molde presentaba orificios o elementos en positivo vinculados a la introducción de remaches, aunque creemos más plausible que no los tuviera. Los ejemplos que conocemos de moldes univalvos de puñales carecen de orificios mientras que su presencia es más común en los bivalvos (véase infra). A falta de otros datos nos decantamos por una producción a posteriori de los remaches, perforando la hoja con un útil de mayor dureza que el metal. Los remaches deberían ser más dúctiles que el objeto remachado, tanto para facilitar su alojamiento en frío como para sujetar correctamente la hoja sin llegar a dañarla o romperla (Coghlan 1975: 117). Los escasos remaches metalografiados y/o con pruebas de microdureza de la Península Ibérica no aportan datos concluyentes. Muchos muestran tratamientos postfundición de endurecimiento similares a los del objeto remachado, pero la dureza es menor en los remaches que en su respectiva hoja (Rovira y Gómez 2003; Aranda Jiménez et al. 2012: 159-161). El único remache analizado en el nordeste procede de un contenedor de bronce del Bronce Final encontrado en Cova G del Cingle Blanc (Arbolí, Tarragona) y su composición es igualmente cobre puro (Rovira et al. 1997: 363). Cabe esperar que fuera similar en los remaches empleados en los puñales. Para detectar evidencias del metal vertido en la colada hemos analizado por fluorescencia de rayos X (ED-XRF) la superficie de la parte externa y de la matriz del molde. Se ha empleado el espectrómetro INNOV-X Alpha equipado con tubo de rayos X, instalado en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Los tiempos de adquisición se fijaron en 40 seg. y los valores cuantitativos fueron calculados a partir de patrones certificados. Nuestra hipótesis era que mostraría un bronce relativamente rico en estaño de composición similar a la de los puñales de remaches del nordeste. Los resultados han sido negativos, no se ha detectado indicio alguno de metal. En nuestra opinión ello no demuestra, en modo alguno, que el molde no se empleara en la fundición. Los datos actuales de experimentación con moldes metalúrgicos prueban las limitaciones de este tipo de análisis. En las coladas de bronce vertidas en moldes de arcilla, el cobre aparece en valores sensiblemente menores que los originales y el estaño puede incluso no detectarse (Kearns et al. 2010). A la vez, los resultados del análisis de moldes arqueológicos con evidencias de uso son dispares: se obtienen datos negativos para moldes sin ninguna duda empleados (Craddock et al. 1997). Todos los investigadores recomiendan multiplicar los estudios en este campo. Las termoalteraciones identificadas en el molde de Camp Cinzano así como su correspondencia morfomé-trica con dos puñales de remaches apoya la propuesta de su utilización para la fundición durante el Bronce Inicial. MOLDES EN LA PENÍNSULA IBÉRICA. La amplia representación de objetos metálicos cortantes en la Península Ibérica contrasta con la parquedad de datos referentes a sus moldes. Las matrices para puñales están igualmente poco representadas. Además del ejemplar de Camp Cinzano, hemos documentado cuatro más. Todos ellos proceden de asentamientos, son de arenisca y están fragmentados. Dos son del tipo univalvo, desconocemos si abierto o cerrado, y el otro par bivalvos (Figs. El molde de Mola Alta de Serelles (Alcoi, Alicante) es el más parecido al ejemplar catalán, a pesar de que la matriz únicamente conserva la punta del puñal. Su contexto estratigráfico es impreciso, pudiendo ubicarse en algún momento del Bronce Antiguo-Medio. Los indicios de producción metalúrgica son abundantes: ocho moldes más y fragmentos de escoria. Otro posible paralelo se localizó en el interior de una naveta en Can Roig Nou (Felanitx, Mallorca). Es un molde con dos matrices en caras opuestas: una para posible puñal u objeto punzante y otra para un artefacto alargado acabado en punta (Roselló 1974). A diferencia del molde alicantino, tanto su tipología como los materiales recuperados en el contexto lo sitúan en un momento tardío (Naviforme II.A, c. Dicha cronología no concuerda con la adscrita a los puñales de remaches baleá-(5) Excluimos del listado un molde univalvo cerrado con su correspondiente tapa procedente de El Argar (Antas, Almería). La morfología de la matriz se acerca más a la de algunas hachas planas o incluso a la de los cinceles/escoplos argáricos. La localización del canal de vertido en la parte distal del posible puñal, y no en la proximal, tampoco concuerda con los moldes que conocemos para este tipo de objetos. ricos, que se sitúan durante el Bronce Antiguo y Naviforme I (c. Ello, unido al carácter fragmentario de la matriz, sugiere que quizás nos encontremos ante un molde para lanza de espigón y hoja triangular, objeto más común en este período en las Islas Baleares (B. Salvà, com. per.). El primer molde bivalvo que consideramos procede de Las Anchuras (Totana, Murcia) y carece de contexto estratigráfico (Siret y Siret 2006: 124). La matriz corresponde a un puñal de lengüeta con un remache central, cuyo orificio se obtiene mediante un botón o protuberancia en positivo en la única valva recuperada del molde. En origen puede que existiera otro remache alineado verticalmente: tales puñales están documentados (véase infra) y el molde está fragmentado. Sin negar una posible adscripción calcolítica (Montero 1999: 341), hay puñales de morfología similar con una o dos perforaciones en contextos plenamente argáricos, como el yacimiento epónimo (Brandherm 2003: 171-177, láms. De Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén) proceden dos ejemplares y un molde con una cronología más precisa: c. Un puñal con un remache formaba parte del ajuar funerario de la tumba 15a o de la 15b, ambas en urna con un individuo infantil de 3-4 años (complejo estructural IIIB). Otro con dos remaches alineados verticalmente se localizó en un pasillo asociado con las viviendas VIIA y VIIB (complejo estructural VIIj) (Contreras 2000: 218.31, 287.27). La matriz del puñal presenta nervadura central y tres agujeros para remaches que la atraviesan, características que demuestran su carácter bivalvo aun faltando la otra pieza. Fue localizado en un espacio destinado a la transformación y el almacenamiento de alimentos, pero donde otros moldes y mineral de cobre documentaron también labores metalúrgicas (complejo estructural XA) (Contreras 2000: 218.35; Moreno y Contreras 2010: 65). En la Península Ibérica antes del Bronce Final únicamente se documentan los moldes de un conjunto muy concreto de objetos. Hachas, varillas y cinceles son los artefactos metálicos más representados, mientras que los moldes para puntas de flecha, punzones, brazaletes y cuentas son anecdóticos o inexistentes (6). Los datos metalográficos agravan esta problemática, ya que más de 200 piezas peninsulares analizadas habrían sido moldeadas (Hunt 2003: 380-385 ción caben dos hipótesis en parte compatibles: el acabado mediante forja de las preformas metálicas y el uso de moldes fabricados con arena compactada. Los moldes para varillas podrían facilitar las preformas, mas tarde martilleadas en frío hasta alcanzar la morfología deseada. Creemos que esta hipótesis solo sería aplicable para artefactos con poco trabajo postfundición, es decir, con cuerpo formado por un vástago. Los puñales y puntas de flecha quedarían excluidos. Según los datos metalográficos y experimentales actuales hay límites para el conformado mediante forja en frío. El cobre puro, incluso con cantidades importantes de arsénico, no puede modificarse más allá del 85% de su tamaño original, reduciéndose la transformación en el bronce hasta el 30-45% (Lechtman 1996; Ottaway y Wang 2004: 64). El metal resultante requeriría, inevitablemente, sucesivos recocidos reparadores para evitar su rápida rotura. Sin embargo las metalografías indican que la gran mayoría de los puñales de lengüeta y una parte importante de los de remaches y de las puntas de flecha no fueron recocidos. De hecho, la "receta" metalúrgica más empleada en la Península Ibérica fue la fundición seguida de la forja en frío (Rovira y Gómez 2003: 170-175). La otra posible solución (Ottaway y Seibel 1998) (Fig. 7) implica fabricar moldes univalvos abiertos, rellenando un marco de madera con arena fina tamizada con una proporción específica de arcilla y agua. La matriz de los objetos se imprimiría con un alma de madera, hueso o incluso un objeto metálico preexistente. Tras su alimentación horizontal, la fuerte degradación del molde lo inutilizaría para sucesivos usos. La experimentación constata que la fabricación de nuevos moldes es rápida, sencilla y muy versátil (Ottaway y Wang 2004: 9-11; Soriano y Gutiérrez 2009). Los indicios arqueológicos del uso de estos moldes son limitados, dado que generan pocos residuos. En el ya citado asentamiento metalúrgico de Lède du Gurp con fechado absoluto c. 1650-1500 cal ANE, se identificaron pequeñas cantidades de arena extremadamente fina y termoalterada, diferente a la disponible localmente (Roussot-Larroque 1997: 38), y quizá procedente de la disgregación de moldes de arena tras el vertido. Otros indicios de gran interés son las almas de madera. Todas coinciden con artefactos metálicos contemporáneos y se interpretan como modelos para realizar moldes de arcilla pero igualmente podrían haber sido empleadas en moldes de arena. Son datos excepcionales y no concluyentes pero creemos que suficientes para considerar su uso como posible explicación de la ausencia de moldes para determinados objetos metálicos. UNA MIRADA HACIA EUROPA. RELACIONES E INTERACCIONES DURANTE LA EDAD DEL BRONCE En el contexto más amplio de Europa Occidental los moldes para puñales son igualmente minoritarios en relación a los existentes para otros objetos. Varían la tipología de sus matrices y su materia prima. Proceso experimental de fabricación y uso de un molde de arena compactada de tipo univalvo abierto: 1. a 3. Recubrimiento con arena de almas de madera en una coquilla metálica; 4. y 5. Aspecto del molde con las almas de madera y una vez extraídas; 6. Apariencia de los objetos metálicos tras el vertido y proceso de degradación del molde; 7. y 8. Objetos metálicos finales tras un proceso de desbastado, forja, recocido y pulido (bronce al 5% y 12% de estaño respectivamente) (fotografías Ignacio Soriano). Nos detenemos más en los que muestran cierta afinidad cronocultural con el ejemplar estudiado (Fig. 5 y 8). En nuestra opinión los datos justifican abrir un debate sobre el probable origen de estos moldes en el nordeste de la Península Ibérica. Los moldes más antiguos y, a la vez, alejados del área de estudio provienen del Egeo, específi-camente de Creta. El asentamiento minoico de Poros Katsambas presenta las primeras evidencias de producción metalúrgica de la isla: crisoles, restos de fundición y moldes. Hay 6 ejemplares bivalvos de arcilla para puñales con y sin nervadura central (4 y 2 respectivamente). Las matrices concuerdan con puñales metálicos de remaches ampliamente documentados en la isla. Los contextos de hallazgo se sitúan a inicios de la Edad del Bronce o período Prepalacial, es decir, entre finales del Minoico Antiguo I e inicios del Minoico Antiguo IIA (c. En un momento algo posterior, en el norte de Italia se constata algún molde de puñal vinculado con los grupos calcolíticos de Remedello (c. No hemos documentado ningún ejemplar asociado con los posteriores grupos campaniforme (2400-2200 cal ANE) y Polada (c. Sin embargo no descartamos que hubieran existido, dadas las relaciones constatadas en el ámbito metalúrgico entre Italia y el Egeo (véase infra) y su continuidad en la tecnología metalúrgica de las Terramaras (Carancini 2004). Citamos tres casos con cierta afinidad tipológica con el molde estudiado. Todos son bivalvos de piedra y proceden de la región de Módena (Emilia Romaña). Los dos primeros, recuperados en Gorzano (Maranello), podrían corresponder a una única pieza. En la matriz de uno solo se ve un fragmento del filo pero en la del otro se observan con claridad los botones en positivo para la posterior colocación de dos remaches. El tercero procede de Puglia di Redù (Nonantola) y presenta dos matrices para puñales, una con idénticos botones para los remaches (Le Fèvre-Lehöerff 1992: 161; Marzatico 1997: 580). No conocemos casos en Cerdeña. En Córcega la mayor parte de los moldes para puñales suelen situarse a finales de la Edad del Bronce o ya en la Edad del Hierro. El primero (MC-62-14-11) probablemente fue recuperado en el asentamiento turriforme de Nebbiu (Filitosa, Córcega del Sur). La matriz, realizada en granito, podría corresponder a la parte medial de un puñal, muy similar al de Camp Cinzano, aunque no es descartable que perteneciera a un hacha plana del Bronce Antiguo. El segundo de esteatita procede del hábitat fortificado de Castellu di a Marza (Corscia, Alta Córcega). Muestra la parte proximal de un puñal con nervadura central. Su tipología se ha puesto en relación con la de los puñales de remaches distribuidos por Italia durante toda la Edad del Bronce, aunque también en la Primera Edad del Hierro (Peche-Quilichini et al. e.p.). Según los datos actuales sobre el Bronce Inicial en el nordeste de la Península Ibérica estamos ante un período de amplias relaciones e interacciones con otros grupos peninsulares y de otras zonas europeas. Estas superan la producción metalúrgica, abarcando otros ámbitos de la cultura material y de las prácticas sociales (Soriano 2013b: 155-160). No sorprende, pues, localizar el origen de la tecnología del molde de Camp Cinzano a cierta distancia del área de estudio. Consideramos que existen argumentos suficientes para proponer dos zonas hipotéticas de llegada de dicha tecnología: el Levante de la Península Ibérica y el norte de Italia. El conjunto de datos y, especialmente, su cronología nos hacen decantarnos por la segunda hipótesis. Ya se ha expuesto la similitud morfológica y cronológica entre el molde de Camp Cinzano y el levantino de Mola Alta de Serelles. En dicho asentamiento se recuperaron varios vasos geminados, tipo cuya máxima concentración y posible origen se sitúa en la actual provincia de Valencia, pero documentado desde Alicante hasta Navarra (Sesma et al. 2007(Sesma et al. -2008)). Esta cerámica también aparece en el nordeste, siempre al sur del río Llobregat. Además del ejemplar de Camp Cinzano, se conocen en yacimientos cercanos (Cova Verda, Cova dels Assedegats) (Maya 2002: 23-24). Su cronología se sitúa c. Dicha decoración, típica del Bronce Inicial en el área de estudio, abarca aproximadamente los mismos siglos. Su distribución supera las fronteras de Cataluña y se extiende hasta Huesca con ejemplares por la costa valenciana. Existen otras cerámicas muy presentes en el Levante cuya aparición en el nordeste se atribuye a las relaciones entre sus poblaciones. Nos referimos a las cerámicas con impronta basal de estera vegetal y a los vasos con cazoleta interna al lado del asa. Ambas se asignan por cronología arqueológica al II milenio cal ANE y se documentan, entre otros, en yacimientos cercanos al estudiado (Cova Verda, Esquerda de les Roques del Pany, Cova Fonda de Salomó) (Rovira Port 2006a, 2006b). Los materiales óseos y metálicos aportan datos menos concluyentes. Los botones prismáticos de sección triangular y perforación en 'V', situados en el III y II milenio cal ANE, se ubican principalmente en Cataluña, Baleares y sur de Francia y, de modo ocasional, en el Levante, valle del Ebro, Sudeste o Submeseta Sur (López Padilla 2006). Algunos investigadores interpretan parte de estos adornos como elementos foráneos llegados desde el nordeste (Uscatescu 1992: 74-83). En relación al metal, la Cova d'Aigües Vives (Olius, Barcelona) es un ejemplo paradigmático de yacimiento con artefactos de procedencia muy diversa (Soriano 2013a: 102-105). Destacamos un puñal de remaches de cobre y una punta de flecha de bronce. El puñal es el único de todo el nordeste sin esta composición, típica de los objetos metálicos de la Edad del Bronce en Cataluña y el Valle del Ebro. En contrapartida, en los grupos contemporáneos del Levante, Sudeste o Suroeste los puñales sí son mayoritariamente de cobre puro (Rovira et al. 1997; Simón 1998: 246-253). La punta de flecha de tipo cónico pedunculado es otro elemento atípico tanto en el área de estudio como en la Península Ibérica. Solo conocemos un ejemplar similar, en cobre o bronce, de procedencia desconocida, perteneciente a la colección Cazurro del Museo de Prehistoria de Valencia (n.o inv. Había permanecido inédito en sus fondos hasta fecha muy reciente (Soriano 2013b: 118). Las demás piezas que nos constan son óseas. Algunas se localizan en cavidades catalanas sin contexto estratigráfico. Otras proceden de la Cueva del Moro (Ólvena, Huesca) y se sitúan en cronología absoluta en el primera mitad del II milenio cal ANE (Rodanés 1987: 89-94). Finalmente fuera de la Península Ibérica se documentan en metal en el grupo de las Terramaras del norte de Italia (Provenzano 1997). Hay indicios probados de las interacciones entre los grupos de Polada y, posteriormente, Terramaras de Italia septentrional con los del área de estudio. Corresponden fundamentalmente al ámbito metalúrgico. La aguja con cabeza discoidal decorada de Cova del Toll (Moià, Bages), única en toda la Península Ibérica, tiene paralelos evidentes en los grupos de Polada aunque también en los centroeuropeos de Unetice y grupo del Ródano (Soriano 2013b: 139). Las hachas de rebordes son un elemento menos controvertido. Se conocen desde Francia a Europa Central y en Italia desde los grupos calcolíticos de Remedello y Rinaldone (Carancini 2004). En la Península Ibérica los ejemplares se concentran en el nordeste y raramente sobrepasan el límite del Ebro. Otros útiles, cada vez más identificados en el área de estudio en los últimos años, son los crisoles con pico vertedor y enmangue. Este es de dos tipos: con perforación para introducir un mango de madera y con un pie macizo de base plana. Los primeros se han recuperado en Minferri (Juneda, Lleida) (Soriano 2013b: 66-67), Cantorella (Maldà, Lleida) (Escala et al. e.p.) y Can Roqueta II (Sabadell, Barcelona) (Rovira Hortalà et al. 2007). Respecto a los segundos, existe un ejemplar en este último yacimiento y otro, en proceso de estudio por uno de nosotros (I. S.), en Can Mur (Valldoreix, Barcelona), un asentamiento inédito que fue parcialmente afectado en los años 1970 durante las obras de una vivienda particular. Sus paralelos son similares a los propuestos para el molde de Camp Cinzano. Los paralelos más próximos adscritos a la Edad del Bronce están en el norte de Italia, en el asentamiento poladiense de Fiavè 3 (Trentino, Alto Adagio) (Perini 1987: 35). Otros ejemplares más tardíos se vinculan con las Terramaras o provienen del ya comentado asentamiento de Lède du Gurp en el sur de Francia (Marzatico 1997: 585; Cierny et al. 2002). En la Península Ibérica los únicos crisoles similares proceden de Peña de la Dueña (Teresa, Castellón). Corresponden al primer tipo y han sido fechados por cronología arqueológica en un momento avanzado del II milenio cal ANE, a finales del Bronce Pleno o inicios del Bronce Tardío (Simón 1998: 317-321). La problemática de la introducción de la tecnología del bronce en el área de estudio se añade a la confluencia de similitudes expuesta. La reciente revisión del tema ha evidenciado que la metalurgia del área catalana y del Valle del Ebro es mayoritariamente broncínea, en contraste con la de la mayoría de los grupos peninsulares de inicios de la Edad del Bronce (Soriano 2013b: 160). Las fechas más antiguas de su producción se vinculan al grupo campaniforme y proceden de Balma del Serrat del Pont (Tortellà, Girona). Son restos de colada y fragmentos de un mínimo de 18 vasijas de reducción, lisas y con decoración campaniforme, aunque en este caso la aleación es accidental, fruto de las mineralizaciones empleadas (Alcalde et al. 1998: 92-97). La datación C14 de estas evidencias podría situarse c. Hasta el Bronce Inicial no aparecen las primeras evidencias de producción intencionada de bronce (Tab. Ligeramente más tardías son las de Monte Aguilar (Bárdenas Reales, Navarra), yacimiento donde se recuperaron restos de fundición y varios objetos de bronce (Sesma y García 1993-1994; Fernández-Miranda et al. 1995: 63). La ausencia de datos que indiquen un proceso previo de experimentación así como la documentación de instrumental metalúrgico en Minferri sugieren la introducción foránea de esta aleación. En otras regiones de la Península Ibérica como la Submeseta Norte también hay indicios de su uso temprano, caso del par de punzones de bronce de Cueva Maja (Cabrejas del Pinar, Soria) (Samaniego et al. 2001: 85-87). En el resto de Europa desde mediados-finales del III milenio cal ANE emplean el bronce diferentes grupos con relaciones metalúrgicas atestiguadas. Las regiones más cercanas al área de estudio son el norte de Italia (grupos de Remedello, Rinaldone y posteriormente Polada) y el oeste de Francia (Túmulos Armoricanos) (Pare 2000: 23-25). También se conocen objetos de bronce aislados en el sur de Francia durante el Bronce Antiguo. Se trata del hacha plana de Tout de Faure (Lot, Mediodía-Pirineos) y de varios puñales de remaches de sepulcros megalíticos del mismo departamento y del de Pirineos Atlánticos (Aquitania) (Fernández-Miranda et al. 1995: 60-62). Con el sur del país galo el nordeste comparte, además de los citados botones prismáticos triangulares con perforación en 'V', la cerámica epicampaniforme de tipo barbelé (Lemercier et Trab. prehist (Cert 2000). Creemos plausible que, si esta tecnología se introdujo atravesando tierras francesas, procediera del norte de Italia y, en concreto, de los grupos de Polada. Es muy notable que en el nordeste la primera metalurgia del bronce coincida, cronológica y espacialmente, con el uso de moldes de piedra y crisoles con orificio para el enmangue y pico vertedor. Los dos utensilios están estrictamente relacionados por la versatilidad en el manejo que aporta un crisol de estas características y la precisión que exige el vertido en un molde de alimentación vertical con un bebedero estrecho. El empleo sincrónico de ambos y del bronce está constatado en los grupos norditalianos de inicios de la Edad del Bronce. El molde para puñales de Camp Cinzano constituye un elemento atípico y excepcional de la metalurgia de la Edad del Bronce. La datación absoluta de su contexto de hallazgo permite fecharlo c. 1850 cal ANE, próximo a las restantes evidencias metalúrgicas del territorio. Los paralelos documentados en la Península Ibérica son escasos. El más afín procede del yacimiento alicantino de Mola Alta de Serelles. Durante este período se detectan numerosas relaciones entre las comunidades del nordeste y del Levante peninsular a través de objetos cerámicos y, de forma menos concluyente, artefactos óseos y metálicos. Del mismo modo se constatan interacciones entre el área de estudio y el norte de Italia, quizás incluyendo el sur de Francia como zona de paso y teniendo el Egeo como antecedente más destacable. Dichas evidencias, focalizadas en el ámbito metalúrgico, se refieren a la introducción de la aleación de bronce, de los crisoles con sistema de enmangue, de los moldes líticos y de ciertos objetos metálicos. Su cronología más antigua en la Península Italiana apunta a que, con mayor probabilidad, debamos ubicar allí el origen de la tecnología del molde estudiado. Es posible que las relaciones constatadas con el Levante fueran las responsables de la llegada desde el nordeste de este tipo de molde y, quizás también, de los crisoles con perforación de Peña de la Dueña. Esperemos que en el futuro pueda profundizarse en esta y otras problemáticas vinculadas con determinados útiles metalúrgicos prehistóricos, existentes en la Península Ibérica. A Ignacio Montero (Centro de Ciencias Humanas y Sociales, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid) por su colaboración y soporte técnico. A Vicente Lull y Nicolás Escanilla (Universidad Autónoma de Barcelona), Dirk Brandherm (Queen's University Belfast), Kewin Peche-Quilichini (Université de Provence, LAM-PEA-UMR 7269 CNRS) y Bartomeu Salvà (Universitat de les Illes Balears) por la información y comentarios proporcionados. A Jordi Farré, conservador del VINSEUM -Museo de las Culturas del Vino de Cataluña, por las facilidades prestadas en el estudio del molde. A los dos evaluadores anónimos por la revisión y comentarios a este artículo. CÓDIGO LAB VALOR BP VALOR CAL ANE MUESTRA CONTEXTO BIBLIOGRAFÍA
La aplicación de técnicas no destructivas para el estudio arqueológico del paisaje ha experimentado un enorme desarrollo. Son numerosas las obras recientes focalizadas en disciplinas como la teledetección (Lasaponara y Massini 2012), la Arqueología aérea (Lodewijckx y Pelegrin 2011) o el Lidar (Cowley y Opizt 2013). Algunas recopilaciones recientes son guías de "buenas prácticas" para cada procedimiento (Corsi et al. 2014) pero, en general, se centran en la investigación europea. La obra editada por Comer y Harrower complementa las ya citadas. Para empezar, casi todos sus casos de estudio se localizan en Asia y América, con condiciones geográficas y desafíos obviamente muy diferentes. En segundo lugar, enfatiza las diferencias entre tradiciones de investigación en Arqueología del paisaje. La práctica europea del análisis regional o incluso micro-regional, contrasta con una escuela norteamericana orientada a la cobertura de enormes espacios con métodos más extensivos. El libro recopila trabajos del Space Archaeology Workshop (Universidad Johns Hopkins 2011), patrocinado por un programa específico de la NASA sobre esta temática. Se organiza en cinco bloques temáticos, encabezados por una contribución general sobre los fundamentos de cada técnica empleada, seguida de los casos de estudio. Leisz ofrece una visión de conjunto de la detección remota que arranca con imágenes históricas de la fotografía aérea convencional. Reitera el alto potencial de las imágenes del LANDSAT, cuya elevada resolución temporal y disponibilidad, compensa su reducida resolución espacial más que suficiente en multitud de aplicaciones arqueológicas. Las imágenes desclasificadas del satélite espía norteamericano Corona protagonizan los casos de estudio. Su utilidad para estudios de paisaje en el Próximo Oriente ha sido enorme, permitiendo la detección y cartografía de innumerables asentamientos antiguos y de las rutas de conexión entre ellos. Esta capacidad de abarcar grandes espacios remite a la esencial cuestión de las escalas de prospección. 55) la lentitud y escasa cobertura de las técnicas convencionales. Cabe plantearse qué clase de imagen nos devuelve esta toma de datos masiva desde el espacio, y hasta qué punto puede considerarse representativa de las múltiples y complejas formas de construir el paisaje. Otros aspectos a destacar en los casos se refieren a la comunicación y la difusión. Casana y Cothren enfatizan la necesidad de compartir en la Red estos bancos de documentación. Por su parte Li Mi demuestra la utilidad de las fotografías del Corona en proyectos educativos para entender las transformaciones del paisaje. La segunda sección de la obra aborda el uso de sensores multiespectrales e hiperespectrales. La introducción de Abrams y Comer es clara y exhaustiva. El capítulo añade un valioso enfoque crítico hacia visiones en exceso centradas en la detección por sí misma. Aboga por el empleo de los recursos tecnológicos para comprender la lógica locacional de los asentamientos humanos. Completan la sección dos casos de estudio localizados en Jordania. Comer se centra en la capacidad de la teledetección para valorar, de un modo bastante determinista, la relación entre la disponibilidad de tierra arada en el desierto y el desarrollo de una arquitectura estable y campos de cultivo durante el período de apogeo del reino nabateo. Por su parte Savage, Levy y Jones se centran en el poco transitado campo de la teledetección hiperespectral a escala paisaje para localizar y caracterizar antiguas zonas de procesado del mineral. Entre ambos capítulos se inserta el único caso europeo de la obra. Megarri y Davis muestran cómo incluso en la zona más intensamente estudiada es posible detectar nuevos indicios. Aporta la información la combinación del Lidar con la teledetección, que es además de gran utilidad para optimizar el empleo de técnicas como la geofísica. El tercer gran bloque del libro está dedicado al Radar de Apertura Sintética (SAR). Chapman y Blom arrancan exponiendo casos bastante espectaculares de aplicación, para describir luego con bastante detalle el funcionamiento del radar. Sin embargo en los demás capítulos la atención se centra en otras técnicas o en la explotación secundaria de los modelos digitales generados con el SAR. Se reconoce el enorme valor del SAR para resolver el problema de discriminar la cubierta vegetal, admitiendo que, en este caso, los resultados fueron poco concluyentes. La temática central del capítulo de Golden y Davenport es la aplicación del SAR en cálculos de visibilidad. A ello se añade, en el capítulo 13, la detección de zonas arqueológicas en función de la interacción de las bandas del sensor con las condiciones del terreno. Quizás este trabajo hubiera encajado mejor en la sección sobre modelado predictivo, donde se incluye otro caso de la misma temática y área geográfica. White abre la cuarta sección del libro mostrando de manera global los fundamentos y posibilidades de la tecnología Lidar. La cara más espectacular de la revolución que ofrecen estos medios se muestra en los entornos tropicales. Chase, Chase y Weishampel revelan la capacidad del Lidar para producir modelos del terreno eliminando toda la cobertura vegetal. Se hace visible así un complejo paisaje humano de viviendas, terrazas de cultivo, carreteras etc. Sin duda en esos medios tan difíciles el logro, en sí mismo, es enorme. Sin embargo la explotación se centra en un análisis visual de los datos que contrasta en general con el tratamiento de los mismos en estudios europeos (Doneus 2013). La última sección del libro aborda los modelos arqueológicos de predicción. Es un cierre con buen criterio, ya que nos permite apreciar la compleja interacción de los recursos comentados antes. El capítulo inicial de Harrower se centra en la fiabilidad de los modelos. Plantea aspectos controvertidos que afectan a la mayoría de los casos incluidos en el libro y se refieren al dilema entre captura masiva de datos y detección automática versus prospección sistemática de cobertura total. Surgen cuestiones críticas como la dudosa entidad del concepto de "sitio", la necesidad de explicar las ausencias de hallazgos, así como los sensibles efectos de modificar los límites, escalas y categorías de trabajo. Esto último lleva en suma, a señalar el peso abrumador de las variables medioambientales en detrimento de las de carácter social y cultural. Salvo el 19 (que encajaría más en un bloque dedicado a la caracterización de sitios arqueológicos complejos), los restantes capítulos definen un conjunto bastante compacto y coherente. Menze y Ur ofrecen un interesante diálogo entre la visión aportada por la teledetección y la prospección superficial para cartografiar los "antrosuelos" del noreste de Siria. Tilton y Comer exploran el potencial predictivo de los datos SAR y de las imágenes multiespectrales. Chen et al. profundizan en esa línea con un capítulo muy técnico sobre los fundamentos de un modelo de detección a partir de las imágenes Worldview-2. Finalmente, Harrower et al. ofrecen un ejemplo de detección automática de túmulos funerarios en Yemen y Oman. En cuanto al formato del libro, el material gráfico es en general de excelente calidad. Aspectos mejora-bles son la falta de normalización de los mapas básicos de localización y, a veces, la resolución de las figuras que complica la lectura de leyendas y la interpretación de las imágenes. En conclusión, la obra cubre un amplio espectro de las posibilidades de la teledetección en Arqueología ofreciendo, a la vez, el interesante contrapunto de llevarnos a escenarios no europeos. El enfrentamiento a medios extremos asiáticos y americanos amplía la galería de resultados: desde espectaculares revelaciones hasta experimentos fallidos. En ello reside una parte de la grandeza de los afanes de la investigación arqueológica. No obstante, a nuestro entender un asunto crítico es el papel asignado a estas aportaciones en la construcción de nuestro discurso sobre el pasado. Podemos quedarnos en una versión high-tech del registro como un objetivo en sí mismo, o plantear maneras imaginativas de utilizar estos recursos para entender el legado cultural en el paisaje. Podemos hablar de una "revolución geoespacial" que reduzca dramáticamente el tiempo necesario para cubrir grandes áreas (p. Sin embargo nunca nos liberaremos de la ardua y lenta tarea de "bajar a la verdad terreno" para alcanzar una imagen más cualitativa de lo que puede observarse desde el espacio. La práctica científica de la Etnoarqueología es, todavía, una actividad marginal en el contexto de las universidades españolas, sobre todo en comparación con su desarrollo en el ámbito anglosajón, francófono o latinoamericano. Por este motivo la publicación de este libro puede ser considerada per se como algo ciertamente excepcional en el actual panorama investigador de este país. Como suele suceder con la mayoría de los (pocos) etnoarqueólogos encuadrados en las universidades españolas, J. García Rosselló y M. Calvo Trías, profesores de la Universidad de les Illes Balears, iniciaron su investigación como interesados en la Protohistoria balear. Su dedicación al estudio antropológico de las tecnologías cerámicas, sin embargo, les ha llevado a desarrollar proyectos de investigación entre comunidades con tradiciones alfareras de modelado en países como Chile, Ghana, Egipto, Túnez, etc. Este libro, producto de su amplia trayectoria en el trabajo de campo, arranca con una revisión teórica, centrada en lo que podríamos considerar como una Historia del concepto de "cadena operativa", desde sus primeras definiciones, pasando por la, ya clásica, propuesta de los trabajos de Lemmonier sobre la formulación del concepto de sistema tecnológico, hasta entroncar con los presupuestos de las teorías de la práctica y la llamada social agency theory (pp. 8-12). En esta última parte se incluyen todas las citas y mantras teóricos habituales (Bourdieu, Giddens, Latour, etc.) pero se echa de menos la reelaboración y adaptación propia de muchas de estas definiciones, algo que sí se produce en relación con concepciones como la de los componentes metodológicos de la cadena operativa (pp. 27-32; también vid. TP 71 (1) 2014: 7-22). El cuerpo central del libro se inicia con la explicación de una propuesta de clasificación para el análisis pormenorizado de las técnicas de modelado cerámico. Esta sigue un esquema secuencial de categorías, donde cada tipo queda clasificado dentro del proceso de modelado sobre la base de una escala jerárquica. Dicha escala está elaborada en función del tiempo empleado y del área de extensión sobre la que actúa en la superficie total de la pieza. De este modo, los autores proponen 5 categorías principales: 1) fase, que incluye 2) procesos tecnológicos marco, que incluye 3) procesos tecnológicos pormenorizados o técnicas, que incluye 4) operaciones técnicas, que incluye 5) gestos técnicos. Esta clasificación es fundamental ya que el núcleo del libro, identificado claramente con el capítulo IV (pp. 90-318), constituye un complejo catálogo de todas las macrotrazas registradas por los autores en sus estudios etnográficos, experimentales y arqueológicos sobre tecnologías cerámicas. Este capítulo central está redactado con un evidente ánimo pedagógico. La explicación de cada técnica, así como la categoría a la que se adscribe en la cadena operativa, a menudo se asemeja a un diccionario con definiciones y múltiples referencias a fuentes etnográficas, muy útiles para los interesados en ciertos procesos, técnicas o gestos técnicos. Cada una de estas entradas incluye, además, un apabullante número de referencias a casos de estudio publicados que convierte a este libro en un gran instrumento documental. La última parte del texto aplica los conceptos analíticos ya expuestos a una serie de ejemplos etnográficos, experimentales y arqueológicos de piezas cerámicas (pp. 319-423). La "validación" de los protocolos metodológicos expuestos supone un modelo de gran interés para ilustrar las posibilidades documentales de este tipo de estudios. El nivel de detalle empleado en el cotejo de sus casos de estudio me sugiere un problema: la viabilidad de aplicar esos mismos protocolos a conjuntos cerámicos, cuantitativamente significativos, en contextos arqueológicos normales. Estos matices, sin embargo, no restan valor a la propuesta metodológica expuesta en este libro, que habrá de convertirlo en un hito historiográfico para todos aquellos interesados en el análisis tecnológico de las cerámicas modeladas. No cabe sino felicitar a los autores por ello. Las décadas de 1980 y 1990 en el estado español constituyeron un período muy importante en la renovación teórica, metodológica y técnica de la Arqueología. La apertura de las universidades y centros de investigación a las tendencias científicas supusieron un salto cualitativo en el afianzamiento de estas disciplinas. Pero esta profunda transformación, creemos que se materializó, especialmente, en dos aspectos: por un lado, en una considerable mejora en la cualificación y especialización de las nuevas generaciones de arqueólogos/as, formados tanto en las universida-Trab. prehist., 71, N.o 2, julio-diciembre 2014, pp. 386-395, ISSN: 0082-5638 des españolas, como europeas y, por otro, por el desarrollo en paralelo, de diversas posiciones teóricas -renovado historicismo acrítico, procesualismo y postprocesualismo-, entre las que sigue destacando la denominada arqueología social o marxista. Esta posición teórica se viene proyectado en diversos grupos de investigación españoles, adquiriendo sus trabajos un destacado reconocimiento científico, incluso en el ámbito anglosajón, tan alejado de las teorías explicativas de la realidad social manejadas desde el materialismo histórico (Chapman 2010). En este contexto, uno de los territorios mejor conocidos de la Península Ibérica en el que se ha analizado el desarrollo social desde todas las posiciones teóricas, pero especialmente desde la arqueología social, es el Sureste (Chapman 1991(Chapman, 2010;;Arteaga 2000; Lull et al. 2009). Las numerosas excavaciones que desde la década de 1960 se han venido efectuando en diversos asentamientos calcolíticos y argáricos, algunos tan reconocidos como Los Millares o Fuente Álamo, han posibilitado proponer diversas hipótesis sobre el grado de desarrollo social alcanzado por las sociedades del III y II milenio cal BC, así como las causas y consecuencias de su desarrollo socioeconómico (Lull et al. 2011). Entre las bases arqueológicas que han contribuido al estudio de la Prehistoria reciente en el Sureste peninsular, destaca el asentamiento del Cerro de la Virgen de Orce (Granada). Las excavaciones emprendidas entre 1963 y 1970 por W. Schüle y M. Pellicer sirvieron para dar a conocer un asentamiento de considerable tamaño y larga secuencia de ocupación, desde -en aquellos momentos-el período precampaniforme al argárico. Del mismo se ha valorado la presencia de diversas líneas de muralla y de una acequia o canal para la conducción de agua. No obstante, y a pesar de haberse publicado un amplio número de estudios que atañen, tanto a la materialidad, como a su arquitectura, paleoecología, registro funerario o dataciones absolutas (Delgado-Raack 2013: 8-9, Fig. 3.4), todavía se adolecía del estudio de algunos complejos artefactuales, además de la siempre necesaria monografía de síntesis. En este sentido, el volumen de Selina Delgado-Raack viene a cubrir algunas de las carencias señaladas. No en vano, esta autora aúna los dos aspectos antes citados: cuenta con una excelente formación en Arqueología y Prehistoria, adquirida en diversas universidades y complementada con una considerable especialización en aspectos geológicos y litológicos y, además, viene desarrollando su acción investigadora en el marco de la arqueología social y en el seno del Grup de Recerca d'Arqueoecologia Social Mediterrània (ASOME) de la Universitat Autònoma de Barcelona. Así, no es de extrañar que la primera versión de este trabajo, fuese tutelada por los profesores Roberto Risch y Andreas Zimmermann y defendida en el marco de la Magistratura en Prehistoria de la Universidad de Colonia. Para finalizar, nos gustaría dejar constancia de que en esta publicación, además del estudio del material macrolítico, se realiza un enorme esfuerzo en sintetizar la producción científica publicada sobre el asentamiento; en concretar la periodización y las fases arquitectónicas diferenciadas; en señalar los problemas relacionados con la calidad de la información y en contextualizar el yacimiento, mostrando un consistente manejo bibliográfico. Con todo, el libro constituye un referente obligado para cualquier estudio que analice los instrumentos líticos de la Prehistoria reciente y pretenda abordar el proceso histórico en el III y II milenio cal BC en las tierras del Sureste de la Península ibérica. Este libro de Marisa Ruiz-Gálvez Priego es el último de la colección dirigida por Maria Eugenia Aubet en la editorial Bellaterra y la obra no desentona de la calidad a la que la editora catalana nos habituó. Siendo la autora un nombre ineludible en los estudios de Protohistoria de la Península Ibérica, hay siempre una gran expectativa en torno a cualquier obra suya. Una vez más, la expectativa no se frustró, resultando imposible no mencionar también el hecho de que Marisa Ruiz-Gálvez sea una persona multifacética y de sensibilidades variadas, con una cultura musical y literaria inusual, hecho que este libro, como otros trabajos suyos, deja trasparentar. Al ser alguien que se dedicó sobre todo al mundo atlántico, investigando Cerdeña en el marco de ese "atlantismo", podría parecer extraña la inversión en el mundo mediterráneo. Sin embargo, como está debidamente explicado en la Introducción "no podría entender los procesos de transformación que se producían en la Europa atlántica sin mirar a Centroeuropa y al Próximo Oriente, mundos claramente interconectados" (p. El libro aborda, en 6 capítulos, las realidades humanas, económicas, sociales y políticas del Mediterráneo durante la Protohistoria. El capítulo 1 es una excelente síntesis de los sistemas económicos, y de los contextos políticos que los caracterizan, observados en el Mediterráneo oriental, llamados "estados territoriales" (Hatti, Egipto, Carchemish, Mittani, Elam, Babilonia e Asiria) y "pequeños estados comerciales" (Ugarit, Tiro, Biblos, Sidón, pero también Micenas, las ciudades chipriotas y otros casos) (p. La estructura política de estos sistemas es analizada en detalle, insistiéndose además en las modalidades de las transacciones comerciales. La insistencia en el tema de las unidades de peso y de su relación con la escritura no sorprende, porque sabemos que es algo querido por la autora que tiene ya una vasta bibliografía publicada al respecto. Pero polémico es, en nuestra opinión, pretender que, en ciertas circunstancias y en casos concretos, sus contextos remitan a la existencia de un comercio privado, paralelo al estatal, controlado por los palacios, incluso que se Trab. prehist., 71, N.o 2, julio-diciembre 2014, pp. 386-395, ISSN: 0082-5638 pueda admitir la aparición de élites (o grupos próximos a ellas) que inician formas de consumo propias de los miembros del palacio. La verdad es que los ejemplos arqueológicos y textuales presentados no me parecen suficientemente convincentes para asumir, sin duda alguna, una "clase" de comerciantes privados, que intercambian, sobre todo cerámicas, dejando para el palacio las transacciones de metales. El colapso de los sistemas palaciales se pone en duda en el capítulo 2, por lo menos tal como las tesis tradicionales suelen presentarlo. Insistiendo, y bien, en la complejidad de los fenómenos que alcanzaron el Mediterráneo oriental en la segunda mitad del II milenio a.n.e., no omite la gran diversidad de la realidad que podría haber originado distintas respuestas para los mismos acontecimientos. Como bien advierte, el denominado Sistema Palacial asume modelos organizativos distintos, no siendo comparable, por ejemplo, el del mundo micénico con el de Egipto. Es evidente que no niega en absoluto la "invasión" de los "Pueblos del Mar", también porque los textos hititas, ugaríticos y egipcios son claros a ese respecto, pero no deja de alertar, en la estela de S. Sherrat, Artzy y Voskos y Kanpp, contra la exageración de su dimensión, justificada por la necesidad de engrandecer el poder de Ramsés III. En consecuencia hay otras causas plausibles para un declive del Mediterráneo oriental a partir del 1.200 a.n.e., en concreto, las propias contradicciones internas de las sociedades analizadas, cuya distinta organización social y política no se corresponde con una unidad absoluta. La defensa de una estructura social y política de base parental, tipo las "Sociedades de Casa", definidas por Levi-Strauss para otras geografías y cronologías, para ciertas realidades particulares mediterráneas es, quizá, una de las propuestas más innovadoras y, a la vez, mas polémicas de la obra que aquí discutimos. Ambos calificativos son aplicables también a la propuesta de que el colapso de los palacios diera lugar a la "liberalización" del comercio y a la "independencia" de los artesanos especializados. Las alteraciones sociales y políticas verificadas en el Mediterráneo oriental tras los llamados "siglos oscuros" (término que la autora descarta, y bien, siguiendo a Ridgway; Mulhy y Sherrat) o "sombríos" son grandes y originan la llamada Edad del Hierro, caracterizada por la generalización de la técnica de reducción del hierro, el uso de los telares verticales y por el consumo, en banquetes, de carne asada en pinchos, entre otras particularidades. Esta Edad del Hierro se presenta y discute en el capítulo 3, donde se analiza pormenorizadamente el Próximo Oriente, en general, y Tiro en particular, además de Chipre, Creta y Grecia. La información arqueológica de todas las áreas está muy bien sintetizada, permitiendo un conjunto de observaciones certeras, algunas polémicas. Entre estas destaco la defensa de unos "empresarios independientes" (p. 119), consolidados con el colapso de las economías palaciales, aunque la autora reconozca que "una poderosa oligarquía mercantil independiente" (p. 121) estaba, en último término, representada por los reyes de Tiro y Sidón, incluso si los palacios no fueran ya, como habían sido en la Edad del Hierro, los centros políticos, administrativos y económicos absolutos. La importancia atribuida a Chipre como vehículo del comercio micénico en el Mediterráneo, ya defendida para la Edad del Bronce, es renovada ahora hasta el final del II milenio a.n.e., igual que se insiste, una vez más, en una organización social y política de "Sociedades de Casa" para el mundo de Próximo Oriente y del Egeo que no desaparece como las instituciones estatales. Los datos del Mediterráneo central, más específicamente de la Península Itálica y de las islas, se discuten en el capítulo 4 con una atención particular a los que corresponden al mundo etrusco y sardo. Con ellos, la autora argumenta una continuidad entre los sitios que evidencian comercio micénico y posterior y los asentamientos coloniales del I milenio a.n.e. Además se verifica la libre actuación de los comerciantes próximo orientales y chipriotas en el seno de las comunidades autóctonas. La Península Ibérica es el tema central del capítulo 5, en cuya segunda página la autora expresa claramente su arranque de las tesis de María Eugenia Aubet sobre el modelo de colonización fenicia, donde la presencia oriental "... es una empresa mercantil emprendida por compañías familiares pertenecientes a la burguesía tiria" (p. Como muchos saben, esta no es mi opinión sobre el, ciertamente complejo, proceso de colonización de la Península Ibérica. Además de que el propio concepto de "burguesía", como el de clases sociales, parece efectivamente anacrónico y su utilización para la Antigüedad puede discutirse, creo que el palacio y el templo seguramente habrán tenido protagonismo en la expansión hacia Occidente. Los datos compilados en este libro aportan, me parece, argumentos en favor de cualquiera de las hipótesis, pero los que recientemente se encontraron en las excavaciones del Cine Cómico en Cádiz, sobre todo las crétulas (Gener Basallote et al. 2012) pero también de algún modo la epigrafía (Zamora et al. 2010), desde mi perspectiva, inclinan la balanza hacia la segunda. A lo largo del capítulo la autora recopila información sobre las presencias orientales en el Extremo Occidente, comenzando por las cerámicas micénicas de Montoro y otras a torno de la misma cronología encontradas en sitios parecidos. El Bronce Final "post-micénico" se recuerda también a través de datos concretos, mereciendo destacarse el actual territorio portugués. Los sistemas ponderales son de nuevo traídos a colación para justificar la integración de las comunidades peninsulares de los siglos XI-IX a.n.e. al universo mediterráneo, a través de la ruta Norte de Siria/Este de Chipre/Este de Grecia/Italia/Cerdeña. El nexo entre la Península Ibérica Trab. prehist., 71, N.o 2, julio-diciembre 2014, pp. 386-395, ISSN: 0082-5638 y Cerdeña está justamente destacado, asumiéndose que la isla funcionó como "intermediario" entre ambos extremos del Mediterráneo, pero, digo yo, eventualmente también como filtro. Mucho más problemático es defender que la escritura del Sudoeste ibérico se inscribiera en este movimiento y ruta y, por lo tanto, en esta cronología, tesis que la autora viene defendiendo desde hace ya algunos años. Pero ninguna evidencia permite asumir esta hipótesis, todo lo contrario. Faltan, hasta el momento, epígrafes anteriores al siglo VII a.n.e. en el territorio portugués y español. En el capítulo 6, Marisa Ruiz-Gálvez sintetiza sus tesis con mucha convicción. Lo que me queda por decir de este libro es que es de lectura obligatoria e indispensable en cualquier biblioteca. Tratándose de una visión única y personal, a veces provocadora, es, sobre todo, inspirador, porque nos inquieta y nos transforma. Registro, con mucho gusto, que es un libro tan interesante como su autora: enérgico, valiente, provocador, polémico. En consecuencia está a la altura de las tres grandes damas de la arqueología del Mediterráneo (Michal Artzy, María Eugenia Aubet y Susan Sherrat) a las que está dedicado. De la familia a la etnia. Protohistoria de la Galia Oriental. Bibliotheca Archaeologica Hispana 41, Real Academia de la Historia. El estudio de la Historia es, desde siempre, un esfuerzo por comprender la alteridad y su "ser en el mundo", pero es verdad que el énfasis en las formas de identidad ha proporcionado visiones nuevas de los procesos históricos. Es el caso de este libro, que estudia la relación entre identidad y poder durante la Edad de Hierro centroeuropea, a partir del caso del área de Hunsrück-Eifel (en pleno corazón del mundo de La Tène). El libro aborda de manera diacrónica las formas de cohesión comunitaria a través del estudio material y simbólico del poblamiento (asentamientos, santuarios, necrópolis), trazando modelos de "ethoi colectivos" (p. 265) para acercarse a las formas de percibir el mundo de las comunidades del Hierro. Se basa en una relación equilibrada y fructífera entre reflexiones teóricas y análisis de caso y tiene además un importante peso historiográfico. Recoge, por un lado, un estado de la cuestión sobre la relación entre arqueología e identidad. Y, por otro, lleva a cabo una revisión crítica de los principales estudios arqueológicos centroeuropeos (franceses, alemanes, holandeses...) de enorme utilidad para acercar al lector a un conjunto de obras en general de difícil acceso. La lectura permite generar ideas nuevas, tanto por provocar inspiración como por suscitar desacuerdos. Debo agradecer al autor que sus propuestas me han permitido refinar algunas ideas y tener en cuenta nuevas perspectivas para abordar otras cuestiones. Me centraré en los desacuerdos, para demostrar el potencial de la obra como generadora de discusión científica. Concretamente, es el tratamiento del contacto intercultural el que me suscita una mayor reflexión. Se parte de una innecesaria sumisión de la arqueología con respecto a las fuentes literarias. El autor conceptualiza las sociedades del Hierro utilizando términos latinos (civitas, pagus, oppidum) propios de la Historia Antigua. El problema que plantea el uso de estos conceptos no es equivalente en absoluto al de otros como "etnia" o "estado", abordados en general por las ciencias sociales. El autor se limita a atestiguar que cuando César utiliza esta terminología se refiere a realidades sociales diferentes a las de las ciudadesestado mediterráneas, sin tener en cuenta que César, y cualquier otro autor romano, está conceptualizando una realidad cambiante de acuerdo con los referentes de su propia sociedad, como no puede ser de otra manera. El término civitas aplicado a los galos significa exactamente lo mismo que aplicado a los romanos, a saber (y siguiendo a su contemporáneo Cicerón, López Barja 2007): la reunión de personas sometidas a las leyes y en función del bien común; el núcleo habitado (oppidum o urbs) y el territorio rural (pagi y vici), y el conjunto de los bienes comunes que administra esa comunidad. Todo esto (leyes, gobierno y territorio) en unos casos responde a "maneras civilizadas" (la ciudad clásica) y en otros casos, no. Precisamente César hace uso de referentes más civilizados o más bárbaros/ exóticos con el objetivo de que la narración sea lo más favorable posible a sus propios intereses personales en Roma. No es admisible, por lo tanto, el uso de estos términos "con independencia de las acepciones de los mismos en el mundo clásico" (p. 71), sobre todo cuando se considera esencial la "autopercepción". Curiosamente, al mismo tiempo que se acepta la prioridad de la información escrita, se insiste en considerar "prerromanas" las sociedades aludidas. Esto nos mete de lleno en la cuestión de la etnicidad, tema en el que mi escepticismo se ve ratificado por el propio autor, que alerta ante la dificultad de rastrear la "autoconsciencia de grupo" mediante la arqueología. A veces es imposible distinguir entre "identidad étnica" e "ideología aristocrática" y los supuestos procesos de "etnogénesis" parecen responder a formas de control que buscan la cohesión social para consolidar un orden social desigual. A pesar de su alegato final sobre la necesidad de echar luz sobre los "olvidados" y los "invisibles" (p. 300), el autor adopta un enfoque que prioriza el papel de las élites como actores del proceso histórico (p. ej. en pp. 176-177). Se hace hincapié en formas verticales de organización (faccionalismo) y se analizan los mecanismos de construcción de comunidades (definidos como "etnogénesis") dejando a un lado la división social. Por ejemplo, los oppida son creaciones de las élites y al mismo tiempo "elementos de identificación colectiva". La relación entre lo uno y lo otro no debería ser tan automática, porque da a entender que lo aristocrático es asumido por toda la comunidad de una manera "natural", transportando al ámbito de las comunidades del Hierro la "pasividad histórica" atribuida a los "bárbaros" frente a los romanos. No interesan, por lo tanto, las formas de resistencia y se califica de "anacrónico" el concepto de "lucha de clases" (p. Tal vez este desinterés en la desigualdad explica que el uso de algunos referentes antropológicos sea un poco decepcionante. A pesar de la aparente novedad de la distinción entre "economías políticas" y "economías morales" se vuelve al modelo de linaje segmentario ligeramente depurado (p. 94), a los esquemas de las kin-based societies y del evolucionismo tradicional (p. 267), y al funcionalismo (crecimiento de la población, presión sobre los recursos, p. En esto influye también mucho, sin duda, el enorme peso dado a las fuentes clásicas como elemento de referencia esencial. Se echa en falta una re-evaluación del papel de las relaciones con las sociedades mediterráneas, no sólo la expansión romana, sino también los contactos previos. Sorprende que no se le preste más atención a fenómenos como que las aristocracias locales desde los inicios del período incorporen objetos mediterráneos a su expresión identitaria, etc. La etnicidad (y la identidad en general) no es posible sin "el otro" y los procesos de etnogénesis son producto de la interacción cultural (y no solo, ciertamente, de la expansión capitalista). Parte el autor de un posicionamiento marcadamente antidifusionista y da una visión muy peyorativa de los planteamientos exógenos (p. ej. en pp. 81, 131, 183). Pero que se hayan aplicado estas connotaciones anticientíficas no justifica la eliminación del contacto intercultural de la interpretación histórica (p. Cuando el autor estudia la época galorromana hace reflexiones interesantes sobre los procesos de asimilación cultural y de resistencia, los revival de realidades indígenas reinterpretadas, los cambios culinarios y de vestimenta, la diferencia entre élites y campesinado. ¿Por qué no es posible valorar e interpretar la influencia mediterránea durante todo el período de La Tène en claves de investigación semejantes, que obviamente tengan en cuenta la especificidad de cada momento histórico? Una de las razones tal vez sea que se marca un límite rígido entre el ámbito de la Protohistoria y el de la Historia Antigua (a partir de la conquista), como si el proceso de cambio que supone la influencia de Roma tuviera su pistoletazo de salida en ese momento y no antes. Se habla de un auténtico "cambio ontológico" (p. 283), como si antes de la conquista la única referencia fuera lo indígena, y después, se impusiera una forma de ver el mundo netamente "romana". Un ejemplo práctico de ello puede verse en las pp. 236 y ss: la tumba de Clemency, que tiene una cantidad ingente de restos de ánforas, no merece reflexión sobre la influencia romana, pero sí la de Goebling-Nospelt que se data en las décadas posteriores a la conquista. Es curioso cómo, a pesar de que las obras actuales tienen un enorme poso de lecturas y de reflexión teórica, se sigue cayendo en el error básico de que la influencia romana sólo es identificable o bien a través un registro arqueológico "romano" clásico (militaria, sigillata, pinturas murales, técnicas constructivas...) o bien con "pervivencias". Sin embargo, la "romanización" es en definición de Roymans (1996: 99, citado por el autor en p. Esto es perfectamente aplicable al Hierro Final, sobre todo cuando hablamos de las aristocracias. La heterogeneidad reivindicada frente a la falaz homogenización de las perspectivas tradicionales de la "romanización" no es solo una cuestión de diversidad espacial, sino también temporal. Si bien las culturas "provinciales" no existen antes de la conquista (implican sometimiento y tributación), sí hay culturas "híbridas" (por usar un término al parecer clarificador para los autores postprocesuales). Y es de acuerdo con estos parámetros que deben interpretarse los procesos de la Edad del Hierro, no limitándolos a una cuestión de meros intercambios comerciales. Esto no implica en absoluto minusvalorar la capacidad de actuación, o la agencia de las sociedades del Hierro, sino todo lo contrario. Trab. prehist., 71, N.o 2, julio-diciembre 2014, pp. 386-395, ISSN: 0082-5638 El libro es, por lo tanto, el resultado de una investigación minuciosa y de alta calidad, que proporciona reflexiones profundas sobre procesos históricos relevantes, y que permite al lector aprender y disfrutar de los conocimientos del autor. Sin duda se convertirá en una obra de cita obligada para los estudios de la Edad de Hierro europea. Mis comentarios no desmerecen para nada los resultados de la investigación.
Trabajos de Prehistoria ha pasado a ser una de las dos o tres revistas más importantes del ámbito europeo. Es una gran responsabi- lidad seguir tales pasos. En el proceso de consolidación de la revista ha sido clave el creciente peso de la evaluación de los manuscritos. Los miembros del Consejo Asesor han efectuado muchas y crecientes evaluaciones a medida que lo hacía el de manuscritos recibidos. El trabajo voluntario y generoso de los evaluadores en general y del Consejo Asesor en particular ha garantizado la calidad de la revista. Tras el cuatrienio en ejercicio del actual Consejo de Redacción se publicará la relación nominal de estos colegas salvo su desacuerdo expreso. Es una oportunidad de reconocer su compromiso anónimo con la excelencia científica y de atender a las recientes orientaciones de la directiva de la Editorial CSIC que han forzado al Consejo de Redacción a proponer el nombramiento de un nuevo Consejo Asesor que excluye a quienes tanto nos han ayudado. En septiembre de 2014, cuando el Director de la Editorial CSIC solicitó la renovación de los Consejos Asesores de todas las revistas de la institución para el periodo 2015-2018, el Consejo de Redacción propuso a 37 personas, de las que 26 ya estaban en el previo. Estos colegas incluían la mayor parte de los investigadores extranjeros que trabajan en la Península Ibérica más una selección de españoles y portugueses para cubrir los diversos períodos y especializaciones de la Prehistoria de Iberia. En ese momento la Comisión de Publicaciones de la Editorial CSIC dispuso que el Consejo Asesor se limitara a 25 miembros sin capacidad de evaluación. Mi primer deber como Director entrante fue solicitar a la directiva de la Editorial CSIC un retraso en la aplicación de esta decisión, basándome en la cortesía debida a los colegas que generosamente habían accedido a dedicar su tiempo a la revista durante años. Como la petición fue denegada, el Consejo de Redacción de Trabajos de Prehistoria decidió proponer un Consejo Asesor totalmente nuevo y reducido en número. No deseamos hacer odiosas distinciones entre colegas, todos los cuales nos han ayudado, a los que estamos muy agradecidos y con los que esperamos mantener la colaboración. 2 La situación puede considerarse expresiva del momento actual, donde las valoraciones de expertos basadas en un conocimiento especializado no informan la toma de decisiones. Un ejemplo, sobre el que una revista de la importancia de Trabajos de Prehistoria no debe dejar de pronunciarse, es la decisión de abrir al público, aunque sea de forma restringida, la cueva de Altamira, en contra de la opinión de los científicos que han trabajado allí entre 2002 y 2012 y de gran parte de la comunidad científica (1). No sólo los desempleados y desahuciados tienen razones para indignarse. Sea como sea, mi compromiso como Director de Trabajos de Prehistoria es hacer todo lo posible para mantener la revista en la trayectoria exitosa impuesta por mis predecesores. Para ello contaré con un equipo de prestigiosos colegas. Se procurará publicar la documentación complementaria (bases de datos, etc) de los manuscritos impresos en la edición electrónica. Se intenta satisfacer un compromiso científico, al permitir el acceso a la información primaria que los sustenta. Pero es asimismo un compromiso ético: la distribución en abierto por una institución pública, como el CSIC, de una información mayoritariamente resultado de una financiación también pública. Sólo cabe esperar que la política científica recupere su prioridad y con ella el apoyo financiero, técnico y de gestión que la Editorial CSIC ha venido prestando a mis antecesores y que es imprescindible para el éxito de cualquier programa futuro.
Este artículo presenta un perfil intelectual de Pedro Bosch Gimpera. Revisa su formación académica, el ambiente social e intelectual en el que se desarrolló, su papel en la institucionalización de la arqueología catalana, su perspectiva teórica y su influencia a largo plazo incluso tras su exilio. PRESENTACIÓN DEL CONSEJO DE REDACCIÓN AL PRESENTE ARTÍCULO M.a Dolores Fernández-Posse ("Pachula") escribió este texto en febrero de 2003 como parte de la serie Cursos y Conferencias 4, "Historiografía de la Arqueología Española. Las personalidades", celebrada en el Museo de San Isidro (Madrid) ese año. El organizador del ciclo, D. Salvador Quero (Jefe de la División de Exposiciones y Difusión en el Ayuntamiento de Madrid y Conservador en Museos municipales) tenía previsto publicarlas siguiendo el formato de las del año 2001 ( 1). El retraso en la edición coincidió con los recortes presupuestarios debidos a la crisis, con una nueva política municipal sobre las publicaciones en línea y con la jubilación de Salvador Quero en 2014. Esas circunstancias llevaron al Museo a abandonar el proyecto. El éxito en las gestiones con Javier Sánchez-Palencia para disponer del manuscrito y con el Museo de San Isidro para recabar la pertinente autorización (11-IX-2014) permite ahora publicar esta reflexión sobre la trayectoria de este Maestro catalán, cuyas responsabilidades excedieron el ámbito de la arqueología en un momento crítico de la Historia de España. Al hacerlo, rendimos homenaje a nuestra admirada y querida compañera a la vez que refor-(1) http://www.madrid.es/UnidadWeb/Contenidos/Publicaciones/TemaCulturaYOcio/SanIsidro/HistArqueologia/cat.pdf (consulta 5-VIII-2014). zamos una de las líneas editoriales tradicionales en Trabajos de Prehistoria. La tarea editorial ha consistido: en la organización del texto en secciones; en la incorporación del resumen y palabras clave, de notas y agradecimientos y en la revisión bibliográfica y tipográfica para adaptarlo a las normas de presentación de originales de la revista. La invitación que amablemente me hizo en su momento Salvador Quero para hacer, dentro de este interesante ciclo de historiografía de la Arqueología española, una semblanza sobre Pedro Bosch Gimpera (Barcelona, 22 de marzo de 1891-Ciudad de México, 9 de octubre de 1974) es sin duda un encargo agradable. Se trata de una figura no sólo relevante en la historia de la disciplina, sino que ha suscitado siempre simpatías entre los arqueólogos. No en vano fue un personaje "progresista" que, además de ser un gran investigador, trabajó en la gestión de la arqueología pública, es decir, contribuyó a su institucionalización y su profesionalización. Además es un autor bastante bien documentado. Cuenta con textos autobiográficos, un biógrafo, el mejicano Juan Comas (1963Comas (, 1976)), y numerosas referencias debidas a aquellos que se consideraron sus discípulos y se integraron en lo que ha sido reconocido, quizás con algo de optimismo y bastantes tópicos, como la Escuela de Barcelona. Por otra parte no se ha terminado de escribir sobre él. Sigue siendo glosado en vida y obra por autores como Jordi Cortadella (1988Cortadella (, 1991)), atendido por investigadores jóvenes como Alfredo Mederos (1999) o citado por autoridades del prestigio de Colin Renfrew (1990). Va a ser poco menos que imposible, con tantos datos a disposición, abarcar en una charla toda la figura de Bosch. Yo misma escribí hace unos años (Fernández-Posse 1998: 41-42) que había dos Bosch: uno para los investigadores que trabajan en Prehistoria reciente, que miran con agrado la evolución autóctona que propuso para algunas de las culturas peninsulares y que, por tanto, optara por posiciones contrarias a las formulaciones difusionistas y colonialistas que predominaron en la Prehistoria española hasta bien entrados los años 1980. El otro Bosch era el de los investigadores que trabajan sobre la Edad del Hierro que, tras décadas de matizar, o incluso de prescindir de sus oleadas de invasiones de gentes europeas, asisten en la actualidad a un resurgimiento de esos componentes étnicos, o por mejor decirlo, de esa lectura étnica de los complejos arqueológicos en la que, al igual que Bosch, se buscan las raíces históricas de la Península Ibérica. Pero además de esos dos Bosch hay muchos más: el becario, el docente, el traductor -y, por tanto, el divulgador de teorías y conocimientos sobre la Antigüedad-el catedrático, el investigador, el director de museo, el político, el exiliado, etc. De esta forma me he visto obligada a elegir algunos de esos Bosch y, en consecuencia, a renunciar a otros; como también deberé detenerme sólo en algunos tramos de su extensa obra para caracterizar su pensamiento. Es evidente la imposibilidad de glosar en poco tiempo su figura y sus contribuciones. Mi justificación está en que, pese a las muchas anotaciones, propias y ajenas, antiguas o recientes que se disponen sobre Bosch, no deja de ser un investigador de historiografía complicada y también -es preciso decirlo-, en ocasiones llena de generalizaciones. Por otro lado, al componente ideológico y político de sus reconstrucciones históricas hay que sumar la utilización, muchas veces sesgada o dirigida, de su figura y su labor; y a ese doble condicionante ha de añadirse el de mi propia visión. Pero de una u otra forma este es "mi" Pedro Bosch Gimpera. En primer lugar, examinaré dos de los factores que permiten entender su pensamiento arqueológico y su trayectoria vital: la formación recibida y el ambiente en que se desenvolvió en su juventud. Esos dos factores son en Bosch tan determinantes como en cualquier otro intelectual, pero en su caso llegan a ser complementarios, algo que no es tan corriente ni manifiesto en otros investigadores. Antes de nada quisiera subrayar esa circunstancia: Bosch fue el intelectual que necesitaba un ambiente concreto y supo actuar en consecuencia. Sólo así puede entenderse su precoz e irresistible promoción a una brillante carrera lo que, además, le proporciona una de sus características más interesantes: su representatividad. Esa cualidad que le dotó de un indudable papel protagonista en la arqueología española anterior a la Guerra Civil es precisamente la que trata de ser prolongada y aprovechada por su supuesta heredera, la Escuela de Barcelona. PRIMERA JUvENTUD y FORMACIÓN Los episodios de juventud de Bosch son muy conocidos y siguen siendo objeto de atención. Como ejemplo de ello podemos citar a Mederos (1999: 9), un autor igualmente joven, que sostiene que fue en ese periodo en el que el profesor catalán hizo sus aportaciones más significativas. Todos sabemos de sus estudios en el Instituto Balmes, sus cursos de idiomas, sus dos carreras universitarias -Derecho y Letras-en Barcelona y sus doctorados correspondientes en Madrid. También sabemos, con evidencia, que a los 20 años se consideraba un filólogo clásico. El propio Bosch (1980: 51) y también Luis Pericot (1963: XIX) han comentado bastante extensamente el desprecio o la indiferencia, cuando no la total inexistencia, de que eran objeto la Arqueología y la Prehistoria en el ambiente académico de ese momento. Esas explicaciones o comentarios, por más que sean anecdóticos, no sólo son inciertos sino que son interesados. Basta recordar que en 1905 comenzaban las excavaciones en Numancia, fecha en que los hermanos Henri y Louis Siret (Siret y Siret 1887) habían dado ya a conocer amplios repertorios de la Prehistoria del sureste y circulaban obras generales, como por ejemplo la de Émile Cartailhac (1886), sobre la Península Ibérica. En esos años, además, el Marqués de Cerralbo ( 2) y Juan Cabré ( 3) excavaban intensamente las necrópolis de la Meseta y sus trabajos comenzaban a ser apreciados en Europa. El patrimonio arqueológico iniciaba su institucionalización con la Ley de 1911 y la constitución de la Junta Nacional de Excavaciones y Antigüedades; y Ampurias, tan cercana a Barcelona, llevaba ya varias campañas de excavación. Pero estamos precisamente en 1911 cuando, con recomendación de Francisco Giner de los Ríos, Bosch viaja a Berlín como becario, pensionado como se decía entonces, de la Junta de Ampliación de Estudios. Un destino que no era precisamente el más solicitado, pero que sí era Es en el seminario de Frickhenhaus donde Bosch toma realmente contacto con la Arqueología, algo que se refleja en su correspondencia con el organismo patrocinador de su beca, la Junta de Ampliación de Estudios, donde comenta que dedica su tiempo a la Filología y la Arqueología por igual (Díaz Andreu 1995: 81). De hecho en ese seminario conocerá tanto los grandes yacimientos mediterráneos de la época (Troya, Tirinto, Knossos, etc.), que la memoria de la prórroga de su pensionado versará sobre Grecia y la civilización cretomicénica (Bosch 1914). Para ese su segundo pensionado le aconsejan que asista a un curso práctico de Arqueología, es decir, de clasificación y catalogación de materiales, que impartía un conservador del Museum völkerkunde de Berlín, Hubert Schmidt, que será Esa reorientación de la Filología clásica a la Arqueología -que algunos de sus biógrafos achacan a motivos casuales-ha sido planteada también como un cambio poco traumático e, incluso, nacido de la toma de conciencia, y disgusto consiguiente, por parte de Bosch al ver la Prehistoria española en manos extranjeras, atribuyéndole quizás una excesiva visión de futuro. Independientemente de esas opiniones, creo que ese viraje tuvo entre otros muchos motivos unas razones decisivas y, como es habitual en la vida de casi todo el mundo, más accidentales y pragmáticas. Las vemos, por ejemplo, en el hecho de que Bosh aprovechara su beca berlinesa para preparar oposiciones al Cuerpo General de Archivos, Bibliotecas y Museos, para lo que forzosamente tenía que saber Numismática, Epigrafía y Arqueología, entre otras cosas; resultaba pues muy oportuno seguir algunos semestres en esas materias. Pero el episodio determinante que le avocó a la especialidad de Arqueología sucedió en el curso de esa visita a Puig i Cadafalch a la que he aludido anteriormente y que tuvo lugar al final de su primera estancia en Berlín. En esa ocasión Puig, como Vicepresidente del Institut d'Estudis Catalans, le ofreció la dirección de un futuro Servicio de Investigaciones Arqueológicas similar a los ya existentes de Arte o de Literatura. Pero se la ofreció con varias condiciones: tendría que compartir ese cargo con Josep Colominas, que sería director técnico; debía volver de Berlín y, sobre todo, tenía que completar su formación arqueológica e histórica. Y Bosch hace exactamente eso. Corta su beca de Filología para estudiar Historia, sección que, por otra parte, acaba de instituirse en la Universidad de Barcelona y que ofrece posibles plazas de profesor. Es evidente que la Arqueología, con esa entrada en la Universidad y el generoso ofrecimiento de Puig i Cadafalch, presentaba excelentes expectativas y hacen que Bosch se decida finalmente por ella. Sin embargo, como todos los autores que han escrito sobre él, no podemos menos que preguntarnos la razón de esa espléndida oferta a un jovencito de 20 años que no había excavado en su vida y todavía no había publicado nada. Sobre todo si tenemos en cuenta que la finalidad del Servicio ofrecido era potenciar las excavaciones y estudiar y publicar sus colecciones arqueológicas. Creo también que a Bosch debió sorprenderle el ofrecimiento tanto como a sus biógrafos. La razón, con evidencia, no estaba en los conocimientos o experiencia de Bosch en arqueología catalana, ni siquiera en esas primeras y muy valoradas conexiones alemanas, no en vano Alemania era entonces la élite de la "academia" europea. La razón estaba en el ambiente, en el contexto intelectual y social al que Bosch pertenecía. Y no me refiero estrictamente a esa dimensión catalanista que siempre tuvo, sino que para ese catalanismo -no sólo intelectual, sino también político-era un hombre de confianza, lo que podría expresarse como "uno de los nuestros". Sobre este particular Cortadella (1991: 165) sugiere, como le contó Alberto Balil, que Bosch conocía a Joan Maragall -quizás más razonable sería pensar que Maragall conocía a Bosch-por haberle traducido algunos de los cantos homéricos para un proyecto que pone en evidencia la importancia que se le otorgaba a la Antigüedad clásica en ese ambiente catalanista de principios de siglo. Volveremos más adelante sobre ese ambiente intelectual y político del que ya desde tan joven forma parte Bosch. Ahora lo que interesa es señalar que la dirección del Servei le pareció un ofrecimiento en firme y cursó de inmediato la carrera y el doctorado en Historia. La importancia de esa oportunidad queda muy bien reflejada en las propias notas autobiográficas de Bosch, sobre la que aporta además unas cuantas anécdotas. Más que ellas nos importan esa segunda tesis y Trab. Ese doctorado, que defiende en 1913, se titula significativamente "El problema de la cerámica ibérica". Bosch la fecha -porque el problema a que hace referencia el título se centraba en el origen y cronología de esa cerámica-por debajo del siglo V a.C. y la considera indígena. Lo que no es poco teniendo en cuenta que Paris (1903) y Pijoan (1908: 262) la consideraban del siglo XII a.C. y emparentada con lo micénico. Aunque también había otras opiniones como la de Siret (1907) que la creía púnica o la de José Ramón Mélida Alinari (1883) -que fue precisamente el director de la tesis de Bosch-que la pensaba celtibérica. Habla de ese trabajo con Schulten en Erlangen durante una visita que le hace en la segunda etapa de su beca alemana; habla de esa cerámica pero también de Etnología antigua. Es decir, fue Schulten quien despertó su interés por el que terminaría siendo el tema central de su investigación -la paleoetnología o la formación de los pueblos-, por más que, contrariamente a lo que suelen comentar algunos autores, nunca fue su profesor. A raíz de este contacto, todavía en 1914, Bosch comienza a traducir algunos de los libros de Schulten (p. ej., Schulten 1920) e inicia una relación que, desde el punto de vista intelectual, fue importantísima. Pero, por decisiva que sea, no es ésta la única visita o viaje. Bosch no fue un becario sedentario y de biblioteca. Antes al contrario, tuvo una beca bastante azarosa. Viajó a muchas capitales europeas y vio muchos museos, pero sobre todo en esta segunda estancia fue introduciéndose en algunas sociedades o asociaciones berlinesas de la disciplina. En el marco de esa apertura de relaciones es admitido en un seminario de Prehistoria que dirigía Kossinna. Uno no puede menos que preguntarse si fue consejo de Schulten, porque en aquel momento Kossinna -que estaba en la cincuentena-era un prestigioso y famoso profesor, una verdadera figura para el país al que prestaba las bases históricas que hacían de la Arqueología una ciencia nacional pangermana, muy al contrario que su tercer profesor alemán, el conservador de museos Schmidt. Éste trabajaba en el ámbito opuesto -el mediterráneo-que Kossinna intencionadamente ignoraba. Mederos (1999: 18) relata bien esos enfrentamientos o diferencias académicas. Sea como sea, fue este famoso profesor -más que Schulten-quien le hizo ver claras a Bosch las posibilidades de la Arqueología, ya que la teoría y la metodología de aquellas clases van a estar presentes en toda su obra hasta el final: el idealismo histórico, los grupos culturales con contenido étnico, su fijación por medio de objetos seleccionados como marcadores culturales y, más que la difusión cultural, las invasiones, las masivas emigraciones de pueblos centroeuropeos, generalmente más avanzados y desde un origen concreto, que podían contrastarse mediante los citados marcadores. Bosch también aprendió que las secuencias arqueológicas se pueden convertir en desarrollos propios de etnias concretas. De hecho lo reconoce así -aunque lo dice a posterioriadjetivándolo como un gran profesor y maestro: "aprendí qué eran los círculos de cultura y su relación con los pueblos" (Bosch 1980: 65). En definitiva, Bosch se trajo de Alemania -y en ese sentido era razonable que alcanzara ese protagonismo, ese carácter de hombre providencial al que antes aludimos-las ideas, los conceptos que necesitaba la construcción de una arqueología propia de su ambiente. En ese sentido no pudo ser más oportuno. Sobre todo, ese particularismo que, unido al idealismo histórico propio de su época, permite establecer una prolongada continuidad cultural, de forma que un pueblo puede mantener su esencia racial, su "alma permanente" a lo largo de la Historia. Algo que casaba muy bien con el catalanismo, con el nacionalismo catalán. Todo ello es, en cierto modo, y si se me permite la expresión, "puro" Kossinna, autor de mala fama -bien merecida si se atiende a la nefasta proyección que tuvo su pensamiento en la formación y establecimiento del nazismo-, del que suele admitirse la influencia que sus ideas tuvieron en Bosch aunque rodeándola de reservas y aclaraciones a mi juicio innecesarias. Porque podemos recordar que Childe, un genio fuera de toda sospecha, entendía la Prehistoria en términos de difusionismo y de círculos culturales y eso no le impidió ser un materialista histórico; algo que, por más que consideremos a Bosch una figura progresista, y no hay duda que por ello sufrió el exilio del franquismo para el que era simplemente un "rojo", jamás profesó. Aunque expuesto de forma breve, con lo anterior podemos hacernos una idea de lo que aportaba Bosch como producto de su etapa alemana. Ahora, también de forma obligadamente EL AMBIENTE SOCIAL E INTELECTUAL DE SU JUvENTUD El contexto intelectual, social, cultural y político de Bosch, con el que tan bien casaba lo aprendido en Alemania, era el catalanismo conservador. No en vano en ese rápido repaso sobre su periodo de primera juventud y formación han aparecido los nombres de dos de sus dirigentes más señalados: Maragall y Puig i Cadafalch. Este nacionalismo conservador era, en esos años juveniles de Bosch, un movimiento y partido político perfectamente caracterizado y establecido, de composición muy homogénea; tanto como para detentar hegemónicamente el poder durante las primeras décadas del siglo XX. Esta Lliga Regionalista, como partido político que arrasó en las elecciones de ese primer año del siglo, era el resultado final de la depuración de un movimiento más amplio y difuso que se desarrolló sobre todo en la segunda mitad del XIX: un "sentimiento" colectivo de recuperación de la identidad nacional. Se trata de la lengua y la cultura catalana (lo que se conoce como la Renaixença), pero también es mucho más. Es el teatro popular de Federico Soler, la proliferación de periódicos, el movimiento excursionista con la exaltación del conocimiento y valoración de un arte, una historia y un folclore propios. Son las numerosas formaciones de canto coral, los orfeones que recuperan la canción tradicional, son las también numerosas escuelas de sardana, etc; todo un despliegue de asociacionismo como escuela de patriotismo y afirmación de la identidad. Y ahí está la diferencia: fue la sociedad civil, las bases populares de la sociedad catalana, la verdadera protagonista de esta recuperación de una conciencia nacional, obligadamente perdida desde el siglo XVIII. Un componente popular que vemos igualmente en otros nacionalismos europeos del momento. A ese contexto general nacionalista pertenecía la familia de Bosch, o al menos sus padres, comerciantes que dieron a su hijo único, según nos relata el mismo, una educación propicia para llegar a ese medio burgués y culto donde gustaban ver integrarse al joven intelectual de la familia y donde pronto comenzó a desenvolverse y a escalar puestos. que el mismo relata en sus textos autobiográficos cuando comenta que la primera vez que oyó hablar de cerámica ibérica fue en una conferencia de Pierre Paris organizada, precisamente, por Puig i Cadafalch en 1909 o 1910. Es evidente que en esas fechas no le interesaban todavía ni esa ni ningún otro tipo de cerámica. Estaba allí porque pertenecía a ese ambiente, al igual que en otros actos similares que se celebraban en tales instituciones (como las Academias, tipo la de las Bones Lletres, el Ateneo y sobre todo Estudis Universitaris Catalans) que proliferaban en la Barcelona de principios del siglo XX y cuyos programas reflejan claramente su elevado nivel. Las gentes que constituían esa élite intelectual y cultural, relacionadas con la Lliga Regionalista en el poder, y entre las que menudeaban historiadores, juristas, filólogos, etc., además de políticos, se servían de ellas como trampolín para la vida pública. En Cataluña la Arqueología se hacía precisamente en ese tipo de organismos y no, como podría pensarse, en la Universidad. La expresión escrita de los trabajos era ya el Anuari del Institut d'Estudis Catalans y funcionaba muy bien la Junta de Museos de Barcelona, patrocinada conjuntamente por la Diputación y el Ayuntamiento, cuya máxima realización eran las excavaciones en Ampurias. Bosch pertenecía, pues, a ese ambiente y siguió en él hasta su exilio. Un ambiente, se podrá objetar, similar a otros muchos que se dieron en Europa en el cambio de siglo. Pero en Cataluña había esa clara diferencia ya anotada: un mayor peso del componente político que supera con creces esa "sensibilidad catalanista" que le atribuyen, algo eufemísticamente, algunos autores. En mi opinión era consciente de su compromiso desde el principio (aunque no firmase Bosch i Gimpera) y, por ello precisamente, serán esas instituciones de marcado carácter nacionalista y poseedoras de un proyecto de futuro en el que la valoración del pasado podía cumplir un importante papel, quienes le van a prestar todo el apoyo. No en vano ese interés, más o menos político y también más o menos retórico, por el pasado estaba ya en el Romanticismo tardío o crepuscular del que se nutrieron los movimientos resurgistas y todos los nacionalismos del XIX y aún del XX. Entre ellos estaba el catalanismo político que, además de esa importante base popular a la que he hecho referencia, tenía otra característica que hoy nos interesa particularmente porque es casi un paradigma arqueológico en Bosch. Es ese componente clásico, representado en esos cantos homéricos que traduce y versifica Maragall o en las mismas excavaciones en Ampurias, que se integraba en la tradición indígena vernácula en una dialéctica, bien aplicada por Bosch al registro arqueológico, de influjos externos de carácter civilizador que van a aparecer siempre en sus reconstrucciones históricas. LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA ARQUEOLOGÍA CATALANA El resultado de todos estos factores, su particular formación y ese característico ambiente catalanista, a los que evidentemente hay que añadir su propia valía y la tenacidad que el mismo se atribuye como un rasgo distintivo de su carácter (Bosch 1980: 189), es su irresistible ascensión que, con el fuerte apoyo institucional ya mencionado, hace que en escasos años y aún siendo muy joven acapare numerosos puestos y representaciones. De esta manera, recién llegado en 1914 a Barcelona y tras realizar, ese mismo verano, trabajos arqueológicos, sus primeros trabajos de campo, en Aragón y en Ampurias, tal y como no esperaba menos de él Puig i Cadafalch, se incorpora a la prometida dirección del nuevo Servei de Investigaciones Arqueológicas del Institut d'Estudis Catalans. En dicho Servei cuenta con dos ayudantes, Durán y Colominas, y comienza a impartir un curso de Arqueología catalana. Se prepara, además, para la cátedra de esa nueva sección de Historia de la Universidad de Barcelona, donde en 1916 da sus primeras clases en Historia Universal Antigua y Media. Ese joven profesor, con indudable éxito entre sus alumnos, recluta para el Servei a tres jóvenes de 18 años que llenarán varios decenios de la Prehistoria española: Luis Pericot, Josep de C. Serra i Ràfols y Alberto del Castillo. El primero de ellos, que guarda un recuerdo hagiográfico de Bosch como profesor, relata, sentimental, esos primeros momentos del Servei y el entusiasmo que le produjo la primera conferencia de su maestro (Pericot 1963: xxi.xxiii Y podríamos seguir. Aunque prefiero fijar la atención en dos cosas. La primera es que, en la etapa autonómica de la República, la Generalitat demuestra en las gentes elegidas para gestionar la arqueología, incluido Bosch, la sintonía política con el Institut d'Estudis Catalans. La segunda, que se ha señalado en más de una ocasión, es que Bosch llegó a dirigir y a coordinar todas las instituciones vinculadas al tratamiento del patrimonio arqueológico. Yo diría más, cubrió todas las dimensiones de la arqueología oficial: la investigación, la conservación y difusión desde los museos, y su tutela y gestión desde los cargos políticos, amén de su enseñanza desde la Uni-versidad. Su protagonismo, de hombre proverbial, que señalábamos al principio como una de sus características, estaba justificado. Aunque aquella época, como durante las décadas posteriores del franquismo, era proclive a estos acaparamientos de puestos en torno a una actividad, todos recordamos al Profesor Almagro Basch, por ejemplo. TEORÍA, METODOLOGÍA E IDEOLOGÍA DE BOSCH GIMPERA Ahora me voy a permitir un pequeño salto hacia atrás hasta aquellos primeros años de los seminarios en el Servei, para tratar un tema al que ya he aludido: la Escuela de Barcelona que ha sido siempre considerada como una herencia directa de Bosch y uno de los pocos fenómenos de ese tipo que se han dado en la Prehistoria española. Uno de aquellos jóvenes primeros colaboradores de Bosch, tanto en la Universidad como en el Instituto, Luis Pericot, la define o caracteriza como aquella que revaloriza los aspectos históricos de los temas arqueológicos, que procede con ambición y prudencia en las hipótesis, que muestra preferencia para la explicación del cambio cultural más por la difusión que por la convergencia y que está dotada de cierto matiz panmediterráneo (Comas 1976: 37). Dicha definición podemos completarla con otros comentarios que proporciona el mismo Pericot (1963: XXIV) sobre lo que llama el "método prusiano", implantado por Bosch en el Servei: gran detalle en los diarios de excavación e inventarios, así como otra serie de cuestiones que, ya no Pericot, sino otros de los muchos autores que han tratado sobre su pensamiento mencionan. Ese método prusiano no es otra cosa que el afán catalogador y tipologista en que desemboca siempre el positivismo más plano, aunque algunos miembros de su supuesta escuela no fueran precisamente un modelo de rigor y llegaran a defender algunas cuestiones con un más que precario apoyo empírico. Positivismo propio de la Arqueología española durante el franquismo, donde los datos no sólo son lo importante sino que terminan por convertirse en el único objetivo de la investigación. De igual manera que el concepto de círculo cultural que Bosch importa de Alemania desemboca en el normativismo más o menos acusado de la tradición histórico cultural Trab. Lo mismo sucede con el "invasionismo", que no es otra cosa que un difusionismo exacerbado. Todo lo anterior combinado, pese a lo paradójico de la combinación, con repuntes de idealismo y principio de autoridad. Ese es, a grandes rasgos, el único soporte teórico que funciona en España en las décadas centrales del siglo XX. Con esta simplificación de la arqueología franquista lo que quiero indicar es que si las características de la Escuela de Barcelona son las que Pericot definió y sintetizó para la posteridad, a dicha Escuela pertenecieron, o pertenecimos, la gran mayoría de los investigadores españoles hasta no hace muchos años. Incluso en esa visión simplificada se dejan ver las diferencias en los esquemas conceptuales que separan a Bosch de los que se titularon de su escuela y de la Arqueología de casi todo el siglo XX. Sin embargo creo que puede afirmarse que Bosch determina de forma fehaciente la investigación arqueológica hasta el final del siglo pasado. Por otro lado, esas diferencias son más marcadas entre Bosch y los que con él se alinearon en el sentido de que los segundos no llevaron ni su ideario ni su metodología, es decir, su construcción arqueológica, a sus últimas consecuencias. Por el contrario, desproveyeron a su pensamiento de lo que tenía de original y olvidaron sus fines. Desde ese punto de vista tienen razón aquellos autores que opinan que la obra de Bosch culmina y termina en ese libro de 1932 Etnología de la Península Ibérica o en su versión mejicana de 1945 sobre La formación de los pueblos de España. En esos libros y en el conjunto de su obra están presentes dos componentes teórico-metodológicos, señalados por todos los autores que han escrito sobre él, pero que quedan bien formalizados tanto en Cortadella (1988) como en Martínez Navarrete (1989). De un lado, el empirismo tal y como había sido desarrollado en Centroeuropa durante el XIX y, de otro, los esquemas etnológicos de la escuela histórico-cutural en su interpretación más alemana. Hay que añadir un tercer elemento que es su claro encuadre político en un catalanismo consolidado y conservador y de no menos claro corte federal. Pero esos tres componentes no están siempre presentes con la misma intensidad ni en la misma proporción. De forma que cuando se analiza a Bosch como primer sintetizador de la Prehistoria peninsular -que lo fue-se puede afirmar, como lo hace Martínez Navarrete (1989: 251), que es un buen ejemplo de la "visión normativista de la cultura"; e incluso observar en su discurso repuntes evolucionistas (Pasamar 1991: 308) o, por lo menos, no-difusionistas para explicar algunos cambios en el registro prehistórico. Pero cuando habla de pueblos prerromanos, ese registro empírico le importa relativamente mucho menos (Fernández-Posse 1998: 44-45), y es precisamente en ese último milenio antes del cambio de Era, entre pueblos de nombres citados por las fuentes antiguas, en el que Bosch parece desenvolverse con mayor gusto. De hecho, con excepción de un trabajo sobre la Cultura de Almería para la revista Pyrenae de 1969, es sobre lo que continuó escribiendo hasta el final de su vida. Sin embargo, y ahí está la cuestión, Bosch "tenía" que tratar todo el pasado por dos razones: la primera es que un Maestro que, como él llegó a serlo muy pronto, debía obligatoriamente hacer una obra de síntesis y contenido general, fuera sólo sobre su país o de toda Europa. Y eso pudo hacerlo Bosch, también muy pronto, porque en el propio Servei del Institut se había actualizado el registro de las principales manifestaciones culturales peninsulares. En segundo lugar, porque para hablar de "pueblos" era necesario remontarse a los primeros fondos étnicos, es decir a la Prehistoria reciente. En una palabra, la Cultura de Almería era el lógico punto de inicio para Bosch al igual que la cerámica de bandas y cordada era el de Kossinna. Este hilo del presente que lleva al pasado más remoto es el que conforma el componente más determinante de su pensamiento: su idealismo histórico. Los "pueblos" de España se conforman en ese pasado remoto. Y todos ellos dejan leer su "alma permanente" a través de su historia. Esto que más que un enfoque es una doctrina, fue común en la Europa de su época y su producto fue esa revalorización y reconocimiento de un pasado propio que, a otra escala y camuflado de positivismo ingenuo, falsamente apolítico en los trabajos más técnicos y patente en las obras de carácter más divulgativo, sobrevive ejemplarmente en el franquismo como intuye claramente Gilman (1988Gilman (, 1995)). De hecho, hace pensar a autores como Cortadella (1988) o García Quintela (1990) que la imagen de España de Bosch -donde sus conjuntos regionales, sus particularismos históricos, se corresponden con la posterior distribución de los reinos medievales y con la conformación de Trab. Para comprender esa visión histórica de España en Bosch, o mejor sería decir su "idea" de España, hemos de tener en cuenta su "esencialismo", es decir, su creencia en la permanencia a lo largo de la Historia de unos valores esenciales portados por los diversos pueblos hasta el siglo XX. Algo que va más allá de ese "particularismo histórico" que suelen atribuirle y que responde, evidentemente, a una concepción de la Historia siempre ligada a la búsqueda de una respuesta a un problema de identidad colectiva, sea mayor o menor su contenido político o de clase. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en su visión de la conquista romana. Los pueblos prerromanos que estaban ya estructurados como "naciones", en el sentido que le dio el catalanismo de principios del siglo pasado, reaparecen casi intactos y en su misma diversidad tras el largo periodo que la Península Ibérica formó parte del Imperio Romano. Y eso sucede, igualmente, con otras interrupciones -interferencias históricas las denomina Cortadella (1988: 19)-como pueden ser los visigodos, los árabes y, en el caso de Cataluña, los Borbones. Esa idea de una romanización de baja intensidad, minimizada, es muy propia de ese esencialismo racial de Bosch, por más que se mantuviera en autores franquistas y esté también presente en la visión indigenista con que a veces se aborda el estudio de las culturas prerromanas -particularmente las del Norte-en la actualidad. En ese esquema boschiano de la Historia de España no está, por lo tanto, sólo la idea de esa diversidad ancestral y permanente y el concepto de "nación" de Prat de la Riba, sino que hay otro planteamiento más profundo. Siempre se conjugan dos elementos contrapuestos. Uno es siempre indígena, el de contenido racial, y otro exterior. Y esto que tiene mucho de obviedad cuando se habla de tiempos históricos no lo es para la Antigüedad, es decir para esa formación de los pueblos de España que es el tema central de su investigación. Lo podemos ver en uno de los episodios históricos más atendidos y controvertidos de la investigación de su época: Tartesos. Y hablar del Tartesos de esa época es volver a hablar de Schulten. Ya hemos aludido a ese primer contacto entre ambos y cómo Bosch se encarga de traducir algunas de sus obras. Traduce primero Hispania -donde incluye un apéndice sobre la arqueología de los pueblos prerromanos-y luego, desde 1922, las Fontes Hispanie Antiquae (Schulten y Bosch Gimpera 1922) que serán los textos clásicos que utilizará Bosch a lo largo de su obra, y además, en el convencimiento que las fuentes literarias permiten una reconstrucción histórica que puede completarse con el registro arqueológico (Fernandez-Posse 1998: 44). Por otro lado, ambos autores compartían una matriz historicista e incluso cierta proclividad a creer en la legitimidad, para aquellos periodos que poseen tales fuentes literarias o etnofilológicas o lingüísticas, de que fueran la base del discurso histórico. Pese a que la construcción schultiana se adoba con mayores dosis de exaltación de un sistema de valores permanentes y de juicios de valor (Plácido 1991: 227), es esta visión de las formaciones sociales y étnicas antiguas la que hizo ya entonces comentar a Ortega y Gasset que Bosch no era aburrido, evidentemente en comparación a otros colegas arqueólogos más apegados a los datos. Pero esta relación Schulten-Bosch dio lugar a una circunstancia cuyas secuelas en la investigación sobre Tartesos se señala en la reciente y brillante tesis doctoral de Álvarez Martí-Aguilar ( 4), en la que se desarrolla la imagen de la cuestión tartésica en la historiografía española. Este joven historiógrafo remarca, en efecto, como Schulten debe a Bosch el reconocimiento académico de su concepto de Tartesos. Acepta su carácter indígena, su consideración de cultura "superior", su importancia y focalidad en el desarrollo de la protohistoria peninsular y sobre todo valida ante la comunidad científica la Ora marítima de Avieno como documento clave para su estudio. Este respaldo hace que sea la imagen del Tartesos de Schulten la que termina por fijarse en las obras generales durante décadas ( 5). Paradójicamente, la visión tartésica de Bosch era bien diferente de esta más popular schultiana. No sólo comienza recortando los excesos del alemán sino que terminará siéndole antitética. Y no tanto por la (4) M. Álvarez Martí-Aguilar. La imagen de Tartesos en la historiografía española (siglos XVI-XX). Fernández-Posse manejó el texto en prensa. Se publicó años mas tarde (Álvarez Martí-Aguilar 2005). cronología, más razonable y basada en el registro arqueológico, que situaba en el VII a. C., sino por la propia localización de la supuesta capital que, desde la Isla de Saltés, trasladaba al interior del valle del Guadalquivir donde los trabajos de Bonsor la arropaban en una realidad arqueológica (Bosch 1928: 336-337). En definitiva, privaba al Tartesos de Schulten de todos los elementos legendarios y románticos y, sobre todo, de las posibilidades prefenicias o precoloniales que tanto complacían a la ideología del profesor alemán. Todo lo que rechaza Bosch lo hace, y esto es lo interesante, por falta de pruebas arqueológicas a las que califica en alguna ocasión de las más objetivas (Bosch 1929: 75). Eso no impide que lo siga considerando un reino indígena peninsular en un apriorismo ya fijado con anterioridad a Schulten y que permite vincularlo a lo fenicio. Pero lo interesante de toda esta operación de desmontaje realizada por Bosch en el curso de varios años, todo hay que decirlo, es señalar que mientras Schulten quería un "imperio occidental", es decir, europeo, del que alardear frente a las clásicas civilizaciones orientales y donde los púnicos no tenían mucho que añadir, el Tartesos de Bosch -más cercano en el tiempo y siempre en relación con las alteraciones provocadas por sus oleadas célticas-es una "confederación" de pueblos, algunos de ellos anteriores a la Edad del Bronce, formada en el siglo VI según las informaciones de la Ora Marítima (Bosch 1945: 157-148). Las palabras claves, en esta contraposición que realiza Álvarez-Martí-Aguilar ( 6), entre el autor "alemán" y el "catalán" serían "imperio" y "confederación" para sus respectivos Tartesos. La visión del Tartesos de Bosch no por más razonable o más arqueológica deja de ser un buen ejemplo de ese historicismo esencialista que antes le atribuía. Es más, el elemento de influencia exterior, pese a poder serlo, tampoco era fenicio. En este caso se trata de griegos, clásicos y refinados, que llegan a una solución de compromiso con los cartagineses (Bosch 1945: 157). Por otro lado, estos tartesios le servían a Bosch para otra cuestión: demostrar que tenían una organización social compleja, donde encuadraba a monarcas, aristocracias, pueblo y esclavos, que contrastaba con la que poseían los íberos -a los que compara (6) Véase n. 284 y ss. con los bereberes-que conservaba en su mayor primitivismo esencias democráticas. De esta manera las poblaciones del litoral levantino eran independientes e igualitarias aunque proclives a formar federaciones ocasionales. Es claro que el vacío arqueológico para plantear estas cuestiones era el mismo para ambos autores y las informaciones de la Ora Marítima tan ambiguas como lo son ahora, pero no es menos cierto que, como dice Álvarez Martí-Aguilar ( 7), los valores esenciales de los indígenas íberos se plantean como precursores de "lo catalán". Los tartésicos con esa estructura monárquica y autoritaria quedan al margen de esos valores esenciales ibéricos. Con este ejemplo vemos como esa singular psicología de los pueblos, por utilizar la expresión de Peiró y Pasamar (1990: 29), está tanto en el historicismo narrativo de Schulten, y es un claro subtexto en las historias oficiales del franquismo, como en la obra de Bosch. Por ejemplo, la predisposición de algunos pueblos al heroísmo y a la resistencia al invasor que tanto gustaba a un romántico tardío como Schulten y a las más retóricas historias de la dictadura franquista. Pero también la predisposición de los íberos, considerados como unos catalanes atemporales, a la democracia igualitaria propuesta por Bosch no deja de ser una idealización de exactamente el mismo nivel ( 8). Por más que estos días la democracia tenga, en nuestra escala de valores, mucho más crédito que la guerra. Tras este tema de íberos que tan bien expresa el pensamiento arqueológico de Bosch y para completar eso que hemos llamado su idea de España, quizás resulte práctico aludir a lo que fue una de sus últimas manifestaciones arqueológicas antes del exilio. Se llama significativamente Espanya y fue su discurso para la inauguración del curso 1937 en la Universidad de Valencia. Hemos pues de imaginarnos las circunstancias y la intención de este texto, en plena Guerra. En él sintetiza lo que en su Etnología proponía de forma más argumentada pero también más confusa: un modelo federal -y por lo tanto contrario al dogma "ortodoxo" de la unidad de España-que muestra su fuerza en el renacer de su complejidad una y otra vez, porque sus unidades étnicas se recomponen tras cada episodio protagonizado por un componente de influencia o dominio exterior. Complejidad que se convierte en atributo eterno y tema central del discurso histórico de lo que puede ser considerado su "testamento" en el que la correlación de los grupos prerromanos y primeros reinos cristianos es tan directa como, por ejemplo, la que puede establecerse entre tartesios y reinos taifas y de esta forma hasta los pueblos modernos. EPÍLOGO: DEL EXILIO A LA ACTUALIDAD Pero volviendo otra vez a su biografía diremos que tras esos intensísimos años de producción bibliográfica pero también y sobre todo de presencia y acción permanente, de capitalización de la Arqueología, Bosch, como tantos otros españoles, ha de exiliarse. Todos sabemos de sus estancias en Oxford, su puesto de Director de Filosofía y Humanidades de la UNESCO en París, entre 1948 y 1952, y sus contactos con colegas en algunos encuentros y seminarios; pero finalmente recala en Méjico y comienza en España su rápida transformación en una figura del pasado, porque pese a esa presencia permanente en la mente de los arqueólogos españoles de postguerra que suele atribuírsele, lo hace ya a la manera de los autores desaparecidos. Debido en parte a que se trata de un periodo de reconstrucción de las instituciones en cuyo marco se desarrollaba la Arqueología donde, además, se lucha por su control. Durante esos años confusos Bosch es perfectamente asimilado, por más que de los componentes metodológicos de su trabajo se prime aquello que sea más conveniente y su idealismo histórico se haga o más ambigüo o más retórico. Pero está claro que el panceltismo europeista de Martínez Santa Olalla (1946) sólo fue posible gracias a las incontables páginas que Bosch había escrito sobre movimientos de pueblos, sobre las sucesivas oleadas de grandes masas de celtas que, como el mismo admite en las conclusiones de El poblamiento antiguo y la formación de los pueblos de España, casi consiguen dar un carácter general a toda la península, por más que no llegaran a unificar la población. En esta "dominación" céltica, Bosch no sólo permite supervivencias y grupos indígenas intactos sino que considera que alcanza de forma diferente al cada vez más complejo conglomerado de etnias preexistente. Es fácil sobre los detalles de este esquema general y disponiendo de casi un milenio para fijar la multiforme sedimentación, por decirlo con típicas expresiones boschianas, primar las intensidades de unos u otros grupos étnicos, sobre todo cuando algunos, como los celtíberos, se fijaban por la Arqueología y siempre en relación a los íberos, otros, como los vascos, por la Lingüística, y la gran mayoría, por las fuentes antiguas. Además el propio Bosch modificó muchas veces su esquema, lo que permitió a Mata Carriazo (1947) ironizar sobre ello en la Historia de España que podemos calificar de oficial en la postguerra, la dirigida por Menéndez Pidal, cuyo tomo I ve la luz en 1947, o a Pericot (1976: 25) comentar de forma algo cándida que la tendencia de Bosch por perseguir las raíces remotas de los pueblos con nombre histórico duró hasta su muerte. De una u otra forma Bosch está en el fondo de todo lo que se escribió sobre pueblos prerromanos hasta bastante avanzado el siglo XX, cualquiera que fuera el enfoque o la ideología del autor. Pero quiero terminar enumerando dos de sus planteamientos, casi paradigmas, que quedaron integrados en toda la investigación posterior. La primera es esa simplificada imagen de las dos Españas que posibilita tratarlas como dos grandes unidades que, de forma totalmente antiarqueológica, permiten hablar de rasgos y caracteres culturales contrapuestos: la céltica y la íbera. Aunque esa simplificación proviene de la tradición histórica multisecular, anterior a Bosch, es él quien la fija en la historiografía. Esta dualidad, con un claro componente étnico, fue establecida por disciplinas como la Lingüística y no deja de ser solamente una propuesta filológica. Sin embargo, los arqueólogos tratan durante años de adaptar a ella el registro; es más, aún lo intentan, como es patente, por ejemplo, en algunos trabajos de Almagro Gorbea (Almagro y Ruíz Zapatero 1992; Almagro 1994). Por el contrario, Burillo (1998) en un todavía reciente libro sobre los celtíberos, donde reúne y da una visión crítica de todo lo escrito sobre uno de los problemas que más preocuparon a Bosch -la iberización de los celtíberos o la celtiberización de los íberos-, permite ver los términos drásticos, y aún dramáticos, con que se aborda la contraposición de estos dos supuestos ámbitos étnico-culturales. El segundo de los planteamientos de Bosch que muestra que su pensamiento está en el fondo del que se alimenta parte de la producción historiográfica actual es esa idea en la que ya he insistido: la dinámica histórica, sea cual sea su escala, se presenta mediante una dicotomía: aborígenes y extranjeros. Espero haber dejado clara la indudable calidad de Maestro de Pedro Bosch Gimpera, no sólo de la Escuela de Barcelona sino de toda la Arqueología española, a la que vertebró y dotó de una primera proyección social. Pero quizás lo que encierra una verdadera lección historiográfica es que de Bosch se puede decir aquello de que todos somos hijos de un lugar, de una época y de sus ideas, pero algunos más que otros. Javier Sánchez-Palencia nos facilitó el manuscrito original de M.a Dolores Fernández-Posse. Carmen Herrero Valverde, Directora del Museo de San Isidro (Madrid), autorizó su publicación (11-XI-2014) dado su gran interés para la comunidad científica y como forma de participar de alguna manera en este homenaje del Consejo de Redacción de Trabajos de Prehistoria a M.a Dolores Fernández-Posse.
PRIMITIVA BUENO RAMÍREZ (*) ROSA BARROSO BERMEJO (*) RODRIGO DE BALBÍN BEHRMANN (*) Se aportan datos y reflexiones a la discusión sobre el papel del campaniforme en las costumbres funerarias del interior peninsular, en el marco de un proyecto de investigación que ha demostrado la continuidad poblacional durante la Prehistoria Reciente en la Meseta Sur. Las propuestas más extendidas actualmente, que abogan por entender las famosas cerámicas decoradas como la visualización de la individualidad frente al colectivismo megalítico, presentan serios problemas de generalización cuando necrópolis tan caracterizadoras del horizonte de incisas meseteño como Ciempozuelos, pueden interpretarse como agrupaciones de cuevas artificiales. Precisamente estas estructuras, además de cámaras con falsa cúpula, son las que definen la necrópolis de Valle de las Higueras, reiterando asociaciones características de las necrópolis calcolíticas del Oeste. Desde mitad del III milenio cal BC. se incorporan a los destacados ajuares cerámicas campaniformes, situando los estilos incisos en una relación cronológica cada vez más próxima con el resto de los estilos. La asociación campaniforme / mundo funerario ha marcado en la literatura dedicada a este fenómeno una fuerte tendencia a su interpretación, casi exclusiva, en relación con el ritual de la muerte. Ámbito funerario e individualidad frente a colectivismo, vendrían a definir la ritualidad en el uso de unas vasijas consideradas la evidencia simbólica del inicio de la jerarquización. Al igual que muchas otras grandes cuestiones arqueológicas, la cerámica campaniforme se valora como una novedad que irrumpe en el decurso de la Prehistoria Reciente europea. Pero lo cierto es que la constatación de producciones culturales generales al marco geográfico europeo, en el que puede incluirse sin mucha dificultad el Norte de África, no es una novedad exclusiva del campaniforme, ni siquiera de la Prehistoria Reciente. El Arte Paleolítico y las manifestaciones culturales que a él se asocian, los asentamientos de concheros, el neolítico cardial o el megalitismo, son evidencias innegables de un background atlántico de larga tradición, una de cuyas explicaciones estriba en el reconocimiento de fuertes interrelaciones en el área que nos ocupa. El campaniforme se integra, pues, en un ambiente previo de redes establecidas que sufrieron una intensificación manifiesta a partir del establecimiento generalizado de la agricultura y la domesticación, con las implicaciones de generación de excedentes que estos sistemas más sedentarios comportan. No parece necesario establecer aquí una perspectiva historiográfica desarrollada sobre las posturas teóricas aplicadas al campaniforme. Una buena síntesis acaba de darse a conocer por lo que respecta al campaniforme europeo (Salanova 2000), y trabajos más concretos, centrados en la Península Ibérica (Alday 1996; Garrido 2000), argumentan los parámetros y referencias básicas para la zona que ahora nos interesa. Nos referimos al área interior de la Península Ibérica en uno de sus sectores más emblemáticos, la provincia de Toledo, en el centro de lo que A. del Castillo (1922) denominó "estilo Ciempozuelos". Desde una raza de buhoneros vendedores de metal, hipótesis que aún mantiene partidarios (Brodie 1994), hasta las versiones más actuales que sitúan el campaniforme como un package de objetos de lujo indicador del poder de individuos destacados, son muchas las interpretaciones. Con sus matices, siempre cuentan con la ineludible referencia a la asociación de las famosas cerámicas decoradas con enterramientos individuales. Pretendemos reflexionar sobre esa realidad como definición generalizable para la ritualidad campaniforme en la Meseta española, donde el escaso conocimiento de estructuras megalíticas ha inclinado de un modo muy marcado la balanza hacia la conexión directa campaniforme/enterramientos individuales, especialmente en las últimas interpretaciones (Garrido 2000). El enfoque que proponemos contempla los datos obtenidos de una necrópolis, Valle de las Higueras (Toledo) (Fig. 1), que refleja una estabilización poblacional notable. Podemos fijar dicha estabilización a partir de los datos con los que hasta el momento contamos, en el Neolítico Medio, como sucede en otros ámbitos de la cuenca interior del Tajo (Valera 1998). Arrancando, pues, del V milenio cal BC, los datos proporcionados por la necrópolis de Valle de las Higueras se enmarcan en una población asentada en el valle con una tendencia al alza de la demografía constatada. Los sepulcros muestran enterramientos colectivos, vasos campaniformes, metal y adornos suntuosos, junto con cerámicas lisas y algunas piezas de hueso. Un sólo yacimiento no puede cambiar la sólida historiografía generada en torno al campaniforme meseteño, pero no hay que olvidar que el argumento básico para la interpretación de la facies Ciempozuelos era la necrópolis epónima, que documentada en el siglo XIX (Riaño et al. 1894), ha sido la referencia constante para valorar la "individualidad " de los sepulcros con campaniforme. Una relectura de la misma sitúa Ciempozuelos como una necrópolis de cuevas artificiales a sumar a las que podemos analizar en el ámbito interior (Bueno et al. 2000: 72). A los datos de enterramientos en cistas y fosas, clásicos de los ajuares con cerámicas Ciempozuelos, se añaden túmulos de poca entidad arquitectónica, y cuevas artificiales a partir de nuestros trabajos en Huecas, lo que abre perspectivas diferentes a la interpretación del ritual funerario del III milenio cal BC en la Meseta Sur. No se trata de destacar sólo un hecho arqueológicamente demostrable, sino apuntar hacia una realidad más profunda desde el punto de vista cultural. La cerámica campaniforme se incorpora al ritual de los ancestros como un elemento de prestigio más en el conjunto de los items que acompañan a personajes destacados. Los gestos desarrollados en torno a la muerte reiteran parámetros antiguos, entre ellos el de ofrecer comida y bebida a los acompañantes y a los depositados en el panteón de la estirpe que organiza y paga el funeral. Continuidad ritual y reiteración simbólica puestas al servicio de nuevas organizaciones sociales que destacan la estirpe, lo familiar, por encima del grupo, pero que se valen de las referencias de la tradición para justificar su estatus. Uno de los problemas básicos para valorar las dedicaciones económicas en la Meseta Sur ha sido la asunción generalizada de la escasez demográfica lo que no pudo dar lugar más que a grupos marginales, fundamentalmente pastores y nómadas. Esta situación planteaba enormes contradicciones al aplicarse a la "cultura Ciempozuelos", que se entendía como la ostentación de bienes de prestigio por parte de un conjunto destacado socialmente, de carácter casi principesco (Delibes 1995) o destacados líderes (Garrido 2000: 26), tras negar la más mínima complejidad social a los grupos neolíticos y calcolíticos del interior meseteño. La llamativa escasez de analíticas corrientes en otras áreas peninsulares como el estudio de pólenes fósiles o la carpología, se explicaba en el mencionado prejuicio ganadero. Se consideraban "inútiles" en una interpretación que hacía de la Prehistoria Reciente interior el refugio de los mencionados pastores nómadas hasta más allá del Bronce Final, como ha sido criticado recientemente (Barroso 2002: 123; Fernández-Posse 1998: 117). En ese panorama desolador, sólo el trabajo de Díaz del Río (2001) ha intentado aportar, de modo global, pues existen afortunadamente aportaciones parciales, una perspectiva más amplia que introduce el factor agrícola como uno de los componentes económicos de los grupos calcolíticos y de la Edad del Bronce en la región. Nos parecía especialmente necesario suplir este tipo de carencias para afrontar con cierta objetividad la disyuntiva "agricultores", en tanto que culturas sedentarias susceptibles de complejidad social y "ganaderos", en tanto que pequeños y desestructurados grupos. Disyuntiva, como bien criticaba Leroi-Gourhan (1971: 117), más propia de la ciencia decimonónica que de propuestas posteriores a la historia materialista, que ha demostrado con creces la variabilidad de respuestas culturales de los grupos humanos. Hemos argumentado el conocimiento de la agricultura del trigo y las leguminosas en yacimientos del Neolítico Medio y estamos finalizando el trabajo de documentación de las dedicaciones económicas del poblado de Los Picos, en el mismo Valle de Huecas, que incluye además de la agricultura y la domesticación del cerdo, la extracción de sílex, sal, y manufacturas metálicas. Nos ha parecido igualmente importante establecer parámetros analíticos aplicables a la necrópolis con campaniforme de Valle de las Higueras. Con este fin, se han hecho análisis polínicos de los sedimentos de las tumbas, parte de ellos en curso, y de los incluidos en las vasijas, casi enteras. Hemos realizado y continuamos realizando un programa de análisis de sus contenidos. Está en fase de estudio la paleodieta de los enterrados, y ya tenemos resultados de los restos depositados en el túmulo del Castillejo, en momentos contemporáneos a los de la necrópolis de cuevas artificiales de Valle de las Higueras. Poseemos una serie de fechas C14 que esperamos seguir completando, con objeto de fijar el tiempo de la desigualdad en el valle de Huecas, en aras a plantear propuestas aplicables a un interior que ya nunca más podremos definir como marginal y retardatario respecto a los núcleos de Lisboa o de Los Millares, por poner los ejemplos clásicos que han venido definiendo las secuencias de la Prehistoria Reciente peninsular. Contamos pues, con la valoración de los datos paleoeconómicos obtenidos hasta el momento en habitats y contextos funerarios, sumados a un análisis territorial para el que tenemos en curso una prospección intensiva bastante avanzada. Todo ello sin dejar de lado una realidad, no por poco valorada, menos indicativa, que es la presencia de marcadores gráficos en el ámbito del Tajo (Bueno y Balbín 2000a; Bueno et al. 2004). Pinturas, grabados y esculturas del III milenio cal BC reiteran los parámetros conocidos durante el V y IV milenio cal BC, señalando la pervivencia de la simbología tradicional en grupos cada vez más jerarquizados que se valen de los argumentos de la tradición para justificar su posición preeminente. Paleoeconomía, territorio, simbología, redes comerciales y datos paleodemográficos proponen una imagen del ritual funerario del III milenio cal BC, en el que el campaniforme Ciempozuelos es uno de los items que se incluyen en ajuares, a veces muy destacados, en un proceso de intensificación económica enraizado en secuencias anteriores. ARQUITECTURAS MEGALÍTICAS Y CAMPANIFORME EN LA CUENCA INTERIOR DEL TAJO Desde las primeras referencias a las necrópolis de cuevas artificiales del estuario del Tajo, los vasos campaniformes se asociaban a ellas (Soares 2003), sin que se precisara mucho acerca de su ubicación en los ajuares de estos contenedores funerarios, de claro uso colectivo. Una visión global posiciona la vajilla campaniforme en cámaras con corredor de gran tamaño, de pequeño tamaño, en sepulcros de falsa cúpula, en túmulos con escasa estructura arquitectónica, en cuevas naturales, y artificiales, en fosas asociadas a áreas de habitación o en enterramientos individuales. Como otros parámetros del ritual megalítico, la presencia de campaniforme no goza de una sistemática globalizadora, sino que presenta variables notorias. En algunos monumentos los depósitos con campaniforme ocupan posiciones individualizadas sobre el túmulo y encajan bien en reutilizaciones de espacios funerarios más antiguos, lo que no invalida una amplia realidad en la que éstos aparecen como un continuum, en la utilización de los grandes sepulcros (Delibes y Santonja 1987). Pero, insistimos, la variabilidad es una de las notas destacadas en las arquitecturas y ritualidades del megalitismo atlántico. Los ajuares campaniformes no escapan a esta dinámica.En lo que ahora nos ocupa, su papel en ámbitos funerarios colectivos de la cuenca interior del Tajo y la fuerte incidencia de ubicaciones "conservadoras", en el sentido del mantenimiento de antiguos rituales, es claramente destacable.Muchas de las arquitecturas de la zona Azután se corresponden, casi totalmente, con el primer uso de la cámara de mampostería TVH en la necrópolis de Valle de las Higueras. En los inicios del III milenio cal BC se sitúan algunos de los depósitos del túmulo del Castillejo, de los de las cámaras con corredor o sin él del Occidente, de las cuevas artificiales de Palmela, o del sepulcro de falsa cúpula de Praia das Maças (Cardoso y Soares 1995; Soares 1997) (Fig. 3). La coincidencia con enterramientos en cueva (Jordá y Mestres 1999), con y sin campaniforme se construyeron en el V milenio cal BC. Otras se realizaron en el IV y en el III cal BC, apuntando a un largo decurso en el ritual de los ancestros de origen neolítico, similar al documentado en extensas áreas europeas. Entre las más antiguamente construidas, las ocupaciones campaniformes son tanto más abundantes cuanto más representativo volumétricamente es el monumento. Entre las construcciones de fecha más avanzada, su posición es variada, pero en general se observa una cierta tendencia a protagonizar ocupaciones bien delimitadas en cámaras y corredores. Dicha hipótesis, la de la construcción de sepulcros megalíticos por grupos que se enterraron con vasos campaniformes, posee en el Suroeste una interesante fecha C14: la del anta de Joaninha, 3840 + 170 BP (Sac.1381) (Oliveira 1997: 235), muy próxima geográfica, arquitectónica y artefactualmente a las necrópolis con vasos campaniformes analizadas por nosotros en Alcántara (Bueno et al. 2000a: 149) (Fig. 2). Necrópolis con sepulcros de falsa cúpula y monumentos de pequeño tamaño como la del Canchal, en la Vera (Bueno et al. 2000b), grandes arquitecturas (Veiga Ferreira et al. 1975), y necrópolis de cuevas artificiales (Paço y Ribeiro 1964; Soares 2003), siempre en el marco del Tajo, son testimonios claros de la construcción de arquitecturas megalíticas durante el III milenio cal BC. Otros ámbitos peninsulares (Lazarich 2000; Chapman 1991), apuntan también a que el ritual colectivo no desaparece drásticamente con los depósitos campaniformes. Más aún, muchas necrópolis megalíticas son adjudicables a los momentos que nos ocupan. 1), la variedad es manifiesta. Junto a los admitidos enterramientos individuales en fosa y en cista, hay dólmenes con ocupaciones campaniformes, cuevas naturales y artificiales. A la par que se está usando el túmulo del Castillejo, se realizan depósitos en el dolmen de Azután y en otras grandes arquitecturas del interior de la cuenca, como el dolmen del Tremedal I, en Montehermoso (Cáceres) (Ruiz-Gálvez 2000). Las fechas más antiguas del IV milenio cal. BC del dolmen de informa, desde la perspectiva del uso de las cuevas naturales, del fenómeno de continuidad ritual que intentamos destacar. Las cronologías de mitad del III milenio cal BC sitúan en el mismo momento los depósitos de las cuevas artificiales de Valle de las Higueras, y los de las cámaras con corredor o sin él, de mayor o menor envergadura de algunas necrópolis occidentales (Bueno 1994(Bueno, 2000;;Oliveira 1997).La confluencia de sepulturas de mamposteria y cuevas artificiales reproduce la de necrópolis como Alcalar (Parreira y Serpa 1995) que, en el ámbito del Guadiana, recuerda la profunda relación entre los rituales y la organización de las necrópolis occidentales y del interior peninsular. Quizás la mayor novedad es que el interior presenta arquitecturas y fechas comparables a las de la desembocadura del Tajo y a las de las producciones culturales de todo el Suroeste, lo que concuerda con las cronologías de otros parámetros recientemente conocidos (Díaz del Río 2001). Por tanto, las diferencias establecidas entre las versiones costeras y las interiores a lo largo de la Prehistoria Reciente son tanto menos amplias cuanto mayor es nuestro conocimiento. El arraigo del megalitismo en el Occidente no está tan alejado en fechas, en arquitecturas o en rituales, de lo que hoy conocemos del interior de la Península. La concreción de este panorama constante de uso de necrópolis colectivas tiene en el valle de Huecas uno de los mejores ejemplos del interior peninsular. En el compacto núcleo de asentamien-Tab. Enterramientos calcolíticos de la provincia de Toledo. tos y necrópolis localizado en el Valle (Fig. 4), aparecen dos tipos de enterramientos que incluyen vasos campaniformes en sus ajuares: el Túmulo del Castillejo y la necrópolis de Valle de las Higueras. A los laterales del Valle de Huecas, las «mesas» -afloramientos calizos con inclusiones de sílex de buena calidad-, flanquean grandes áreas de habitación, de las que hasta el momento hemos excavado dos: la que se asocia al Túmulo funerario del Castillejo de cronología neolítica y la que, 500 m al Sur, muestra indicios de manufacturas metálicas datables en las primeras centurias del III milenio cal BC (Bueno et al. 1999a). El Túmulo del Castillejo es una elevación de unos 2 m de altura. En su sector más alto se ubicó una «cámara» de 3 m de diámetro, delimitada por piedra pequeña con inserciones de piezas mayores, de en torno a 60 cm, de altura, como es la que ahora yace tumbada sobre el yacimiento. Las más consistentes estaban hincadas en el terreno, mientras que el resto formaría parte de un paramento a seco que seguro fue recrecido con adobe y madera.Una auténtica «casa funeraria» con entrada al Este, que se utilizó un tiempo importante. La fecha más reciente de la cámara principal del Túmulo del Castillejo se obtuvo de uno de los enterrados a la entrada, como si éste se hubiese depositado ya bien cumplida la ocupación de la misma, coincidiendo con la ocupación del área habitacional próxima (Bueno et al. 2004). Al Sureste de la cámara, otro círculo, de en torno a 1 m. de diámetro albergó los cadáveres de un hombre mayor y de un joven de 18 años, a los que acompañaba cerámica campaniforme y posiblemente metal. El joven varón es un enterramiento primario datado por C14 en 3810 + 70 BP (Beta 145274), mientras que el más anciano es un enterramiento secundario en un paquete que sitúa los huesos largos debajo del cráneo. A la falda Sur de una de las mesas que delimitan el Valle de Huecas por el Este, la de Valle de las Higueras, se localiza la necrópolis del mismo nombre. Hemos excavado hasta el momento cuatro cuevas de enterramiento y dos en las que se han realizado extracciones sistemáticas de sílex, además de una cámara de mampostería, al pie de las cuevas 3 y 4, que hemos denominado TVH. La convivencia entre áreas sepulcrales y actividades económicas no es única en el contexto peninsular, siendo de destacar la idéntica función de extracción de sílex de ejemplos tan clásicos como Alcaide, en Málaga (Marqués et al. 2004: 243) datada en momentos similares y también con campaniforme inciso. Nuestra necrópolis se dispone a lo largo de una superficie de 500 m. Sobre el espolón Oeste, y en el punto de mayor visibilidad hacia el Valle de Huecas, por tanto hacia el túmulo del Castillejo y las áreas de habitación anejas, se localiza Cueva 1. Hacia el Este, en el sector de menor altura se construyó Cueva 5. La diferencia de fechas entre las dos hace atractiva la hipótesis de que el extremo oriental de la necrópolis sea el más reciente. La zona de menor altura reúne las características más convincentes para el desarrollo de un hábitat. Algunas piedras con cierta disposición, restos de sílex y de cerámica, nos permiten sospecharlo sin que hayamos tenido oportunidad de confirmarlo, mediante los sondeos correspondientes. Pese a la diferencia con el destacado emplazamiento de las cuevas 1 a 4, el área que describimos mantiene una posición señalada respecto al valle de las Higueras, que reitera las ubicaciones mayoritariamente documentadas en los hábitat campaniformes de la región (Rojas 1988). La constatación de campaniforme en algunas estructuras habitacionales anexas al Castillejo y en la superficie de los poblados prospectados en el Valle de Huecas propondría la sincronía de poblados en altura y en fondo de valle, que también conocemos en otras zonas interiores (Blasco et al. 1994: 70-73). La visibilidad de todas las cuevas hacia el amplio valle del Tajo es grande, del mismo modo que la intervisibilidad en lo que, hasta el momento, puede definirse como el sector central de la necrópolis: Cuevas 3 y 4, y cámara TVH. Las arquitecturas han sido talladas en la caliza del terreno. Se trabajó una mitad excavando en el soporte natural, la más interior, y la exterior se terminó con mampostería a seco, obteniéndose cuevas artificiales mixtas que, con marcada tendencia a orientaciones Sureste, muestran diversa complejidad. Reiterando las clásicas plantas de cámaras amplias con antecámara, la Cueva 1 presentaba un nicho al que se accedía por la pared oeste de la cámara principal (Bueno et al. 2000). Los pequeños ortostatos que recubren el frente tallado de la caliza se continúan hacia el Sur constituyendo la base de un paramento de mampostería que cerraría con falsa cúpula. Siendo esta estructura la más espectacular desde el punto de vista arquitectónico, aparecía muy removida, aunque pudimos recuperar un resto del nivel original (Lám. Este nos permitió ratificar la posición del campaniforme en los primeros depósitos, asociado a enterramientos concretos.El individuo datado en 3890 + 40 BP (Beta145275) presentaba un collar de cuentas verdes y ámbar, además de un cuenco campaniforme inciso. Una sustancia roja brillante que cubría parte de los depósitos, especialmente dos espectaculares puntas de flecha con pedúnculo y aletas, ha sido identificada como cinabrio. Las vasijas (Fig. 5) certifican la más que probable presencia de conjuntos de vaso y cuencos campaniformes junto con piezas lisas, tal y como hemos podido certificar en la excavación de las Cuevas 3 y 5. El metal de Cueva 1 es el más destacado de toda la necrópolis: un puñal y una punta Palmela (Barroso et al. 2003: 91), además de una pequeña arandela documentada en nuestra excavación. Según el descubridor de la cueva, R. Félix, el puñal y la punta procedían de la antecámara, pero nuestra intervención no pudo fijar la asociación de estos materiales con los cerámicos y adornos, ampliamente documentados en la cámara principal y en su nicho occidental. Junto a esta cueva de enterramiento, la Cueva 2 sirvió para extraer nódulos de sílex. La Cueva 3 estaba compuesta por una cámara principal, una antecámara situada al Este y tres nichos. El más occidental o nicho 3a, el central que se corresponde con la zona interior de la cámara central y el nicho 3b, en la parte interior de la antecámara. La entrada se realizó por el Sureste de la cámara principal marcándose con un umbral y quizás, cerrada por una puerta de madera. Entre ésta y la antecámara existía un estrecho corredor. La zona construida lo fue con piezas calizas de buena calidad y tamaño medio, trabadas con barro. Sólo el cierre presentaba piedras de notable tamaño y un cierto aspecto turriforme, que lo haría visible desde el exterior. El fenómeno de recarstificación propio del substrato supuso que al inicio de nuestras excavaciones macizas tablas de calcreta cubrían la práctica totalidad del enterramiento, a excepción de los sectores más externos del cierre de la cámara central y el paramento Sur de la antecámara. La cámara central, delimitada por piedra y barro y excavada en el suelo, contenía 10 individuos en general muy bien conservados: 2 mujeres, 2 hombres y un individuo juvenil, siendo el resto adultos de sexo no definible, y las piezas dentales de un niño que nos hacen pensar que el número de enterrados fuera mayor. Las acumulaciones óseas se establecían sobre dos "camas" de piedra perfectamente definidas de 1 m × 0,80 m. La "cama" Este era la más abundante en depósitos con 6 individuos (M10, M9, M8, M6, M4 y M2 por orden de deposición). Dicha separación no se correspondía con nada semejante por lo que se refiere al ajuar, pues a excepción de M9, una mujer adulta que ostenta adornos personales, cuentas de collar de variscita además de una gran concha de Margarita auricularia a la altura de sus brazos, se puede hablar de un ajuar colectivo. Las piezas que lo componen definen un depósito francamente ordenado en su concepción global. Al Sur, un ajuar cerámico con restos de comida y de bebida y entre las vasijas, cuatro punzones de cobre. Al Norte, la delimitación se había establecido mediante cinco puntas de flecha de sílex acompañadas de dos vasijas, una de ellas con grasa animal, posiblemente una conserva del tipo de los tradicionales confitados. Éstas se colocaron originalmente en pie, aseguradas por pequeños calzos de piedra y pellas de barro, unas junto a otras y unas sobre otras. Componen el marco en el que se insertan todos los enterramientos, lo que no es incompatible con que los mencionados vasos se hayan ido depositando en momentos diferentes. El vaso VH/3c/8 cubría los restos del cráneo de M6, señalando que el uso inicial de la fosa ocupó toda su anchura mientras que los usos posteriores fueron restringiendo el espacio del lateral Sur con la acumulación de vasos y punzones. Ello nos ratifica en la idea del cerramiento en falsa cúpula que obliga a la reducción del espacio, a medida que se avanza en altura. Son 12 piezas lisas, de diversas capacidades con las que hemos iniciado una sistemática de analíticas polínicas y de contenidos, en la idea de contrastar los datos para valorar posibles alimentos, hipótesis que nos resultaba francamente convincente. Los análisis polínicos de las tierras del interior de las vasijas han constatado pólenes de cereal en los vasos 1, 3, 4 y 5, evidencia de campos de cultivo próximos. En la 2, el porcentaje de 13,2% de pólenes se corresponde con el resultado del estudio de contenido que plantea la presencia de espigas de trigo, bien como relleno específico, bien como base de algún elemento sólido. El nicho occidental, o nicho 3a, recogía los restos de dos niños en un espacio de tendencia rectangular delimitado por pequeñas piedras y barro. Al interior, tanto los restos humanos como el ajuar yacían sobre una superficie aplanada de arcilla con cinabrio, quedando sujetos, de nuevo, por barro y pequeñas piedras. El más completo, un niño de entre 5 y 9 años llevaba un collar de cuentas de hueso hechas sobre omóplatos de bóvido. A su espalda se depositó un conjunto de vaso y dos cuencos incisos, de estilo Ciempozuelos, uno sobre otro (Fig. 7). El nicho de la cámara central, al fondo de ésta, también era un espacio rectangular delimitado por piedra pequeña y barro. En su interior un adulto femenino, a la altura de cuya cadera aparecía un niño de en torno a 7 años. Algunos dientes y un pie verifican otro depósito infantil de entre 2 y 4 años, colocado sobre el niño anterior. Además de delimitado por piedra, el nicho estaba ligeramente excavado en el terreno y en el límite Este, contorneando la fosa, la cazuela y el cuenco y, junto a la cabeza, el vaso, todas ellas piezas lisas. El análisis del cuenco VH00/3/1 reveló el mismo contenido en grasas animales que el citado recipiente de la zona Norte de la cámara central. El vaso no dió ningún resultado. La antecámara se dibujaba como una forma rectangular de lados redondeados, con acceso por el interior del pasillo entre ambas cámaras y con una delimitación junto a la pared Sur en la que no había restos humanos sino una vasija, muy fragmentada. Al contrario que en la cámara central, los restos aparecían aquí en paquetes más o menos amplios, algunos de ellos secundarios. Así M11 literalmente depositado sobre un gran plato cerámico. Pero, como en la cámara central, los ajuares cerámicos, líticos y metálicos, flanqueaban la totalidad de los restos, siendo escasos los que contaban con adornos adjudicables a título personal. También habían sido depositados sobre camas de piedra, originalmente en el centro de la cámara y, con posterioridad en el fondo y los laterales de la misma. Algunas agrupaciones son de interés como M3, M4 y M5, un adulto masculino, otro femenino y un recién nacido que se hallaban muy próximos entre sí y eran de los pocos que presentaban adornos: un collar de Trivia arctica, acompañado de cuentas de variscita, de ámbar y un ejemplar de clinocloro, procedente de la Sierra de Guadarrama. Un punzón de cobre se localizó en el esqueleto postcraneal de uno de los adultos proponiendo su uso como sujeción de alguna vestimenta o del sudario que los envolvía. De los 21 vasos documentados, la mayoría se situaban en la pared Este de la antecámara. Todos ellos son lisos y las analíticas realizadas hasta el momento han documentado hidromiel en el vaso 23, una forma globular pequeña y un guiso con escamas de pescado, quizás barbo, acompañado de grasa animal en el plato 19. Junto con los vasos enteros, detectamos dos grandes fragmentos utilizados para compartimentar algunos depósitos. Los resultados de la paleodieta de los enterrados ponen en evidencia una ingesta notable de pescado lo que vendría a corroborar, con otros parámetros, el guiso de pescado que revela el contenido de la vasija 19. El nicho de 3b contenía los restos de un varón joven y otro de más edad, junto con ellos un cuenco campaniforme, un fragmento de vaso y un cuenco liso. El contenido del cuenco campaniforme era cerveza. La Cueva 4 nos fue dada a conocer por R. Félix y ya estaba muy trastocada (Bueno et al. 2000: 61). De ella procede otro puñalito, una gran vasija lisa, cuentas de collar de variscita y algunos fragmentos cerámicos más recogidos en la campaña del 2004, todos ellos sin decoración. Su reconstrucción como una cueva con cámara y antecámara de menores dimensiones que la Cueva 1 sería factible, pero no podemos aventurar mucho más ante lo exiguo de los restos localizados. La Cueva 5 es una cámara con acceso por el Este, excavada en la arcilla del terreno en su base, tallada en la caliza en su paramento interno y delimitada por piedra a seco en su paramento externo. Como la Cueva 3, su cierre era consistente y debió ser la parte visible del enterramiento, una vez que se procedió a su clausura. Al exterior del mismo se depositaron tres vasijas lisas de tamaños decrecientes, lo que nos parece traduce una cierta relación con las "vajillas" campaniformes. El análisis de la mayor dio como resultado semillas trituradas de Gordolobo, planta que tradicionalmente se ha venido utilizando en la zona como veneno para pescar. El análisis del contenido de otra de las vasijas de este trío no produjo resultado positivo. Al interior, una cámara de 1,50 m × 1 m con una compartimentación rectangular de piedras pequeñas y barro como las de los nichos de Cueva 3, contenía los restos de un individuo adulto en posición forzada, muy encogido, con notorios restos de cinabrio. Al Norte se colocó otro individuo, delimitado con barro y que también presentaba restos de cinabrio. El ajuar se situaba sobre y al Norte de M2 y estaba constituido por una cazuela de gran diámetro, en cuyo interior había un vaso liso y un vaso y dos cuencos decorados. Vaso y cazuela poseen un diseño común. La última estructura documentada es la cámara TVH, excavada en el verano del 2004. Su posición prácticamente en el Valle, bajo las Cuevas 1, 3 y 4, resulta próxima a la descrita en el túmulo del Castillejo: una elevación destacada en el Valle, lo que no quita realidad a su ubicación en el fondo del mismo y no en las alturas dominantes de la Mesa.Es una cámara de mampostería con acceso Sureste, en la que el barro ejerció un papel constructivo del mismo modo que en los recrecimientos de las paredes de la ya descrita Cueva 3. Muy arrasada en el sector Sureste, conservaba un resto del depósito original en el cuadrante Noroeste. Puntas de flecha, cuentas de nácar, algo de cobre y cerámica lisa se asocian a restos humanos, uno de los cuales posee una fecha AMS de 4470 + 40 BP (Beta 194602), que viene a confirmar la antigüedad de las arquitecturas con mampostería al interior de la Península Ibérica, idéntica a la de éstas en todo el occidente peninsular y su realización en momentos anteriores a la inclusión de ajuares campaniformes en sus depósitos. EL RITUAL DE LA MUERTE EN LAS NECRÓPOLIS DE HUECAS Y SUS CONEXIONES CON EL RITUAL DE LOS ANCESTROS: COLECTIVIDAD E INDIVIDUALIDAD Utilizamos el concepto de "ritual" como la evidencia de un conjunto de gestos conectados con el paso entre la vida y la muerte que revisten modos repetitivos. Se trataría, pues, de una norma que identifica a los grupos o conjuntos sociales que la practican y que puede observarse empíricamente, a partir de pautas que poseen constatación arqueológica: arquitecturas, objetos de prestigio, tipos y asociaciones de las deposiciones, etc. (Cámara 2002:132). La documentación de distintos contenedores sepulcrales con cerámica campaniforme en un espacio tan pequeño y bien delimitado, como el Valle de Huecas, plantea una primera reflexión sobre el significado de la convivencia de distintas versiones arquitectónica. Parte de las hipótesis para comprender estas diferencias arquitectónicas y de uso de los espacios funerarios, se han centrado en la posibilidad de décalage cronológicos entre unas y otras formas, o en la especialización regional. En Huecas, podemos afirmar que ni una, ni otra explicación funcionan. El C14 asegura la convivencia del pe-queño túmulo del Castillejo con la fase álgida de uso de la necrópolis, y la proximidad entre ambas formas descarta la hipótesis de la regionalización. La proliferación de campos de túmulos de poca envergadura con depósitos campaniformes es un hecho de reciente constatación en los sectores interiores de la Península (Estremera y Fabián 2002; Fabián 1992Fabián, 1995;;Jiménez 1997) que, a nuestro entender, reitera la que se venía manifestando desde las primeras construcciones funerarias, en las que la convivencia de cámaras poco destacadas y de arquitecturas pétreas, es un hecho. Las fechas y asociaciones de individuos de los túmulos de Aldeagordillo, en Ávila, son muy conectables con lo que propone el Castillejo, pero no solventan la explicación a estas variabilidades en espacios como el que nos ocupa de Toledo. No dejamos de lado el evidente significado de asociarse espacialmente al depósito de los ancestros que preside el Valle de Huecas, denotando el valor social de los dos individuos allí enterrados, que reivindican su directa relación con ellos (Barret 1998; Garwood 1991). El pequeño túmulo anexo a la cámara del Castillejo albergó un enterramiento muy semejante en la asociación adulto-juvenil, y en ajuar, tanto al nicho de 3b como a la Cueva 5. Como en todos los casos mencionados, con la dificultad de establecer este hecho en el de 3b por cuestiones de conservación de los restos, el tipo juvenil constituye el enterramiento primario, siendo el individuo mayor un enterramiento secundario que aparece como un paquete de huesos. Los enterramientos secundarios de la necrópolis de Valle de las Higueras se suman a indicios como el de la fosa de Valdeprados (Gómez y Sanz 1994), contribuyendo a relativizar la hipótesis de que el ritual campaniforme implica un depósito único y definitivo para los huesos de los líderes, que no son descarnados, ni trasladados. Tampoco habrían reposado en estructuras accesibles abiertas durante un tiempo, como sería el caso en las Cuevas 1 y 3 (Sherratt 1991: 60). El uso de piedra mediana y barro nos hace pensar en una camarita cerrada por aproximación de hiladas. Este espacio y los mencionados en Cueva 3 (nichos 3a, 3c y 3b) o la cámara única de Cueva 5, podrían sostener la hipótesis de que el campaniforme ha sido diferenciado en las arquitecturas funerarios colectivas que nos ocupan. Pero no fue ésta la posición del campaniforme en todas las cuevas, pues el resto del nivel original excavado en Cueva 1, argumenta que los depositados en su cámara se acompañaron de cerámica campaniforme o, cuando menos, una buena parte de los enterrados, según se deduce del cómputo de piezas de esta cueva. Una comparación con los materiales de cuevas artificiales del Oeste, apunta en la misma dirección (Soares 2003). Aunque el campaniforme acompañó a algunos enterramientos delimitados, éste aparece igualmente formando parte del ajuar de los individuos depositados en las cámaras. Es decir, en lo que entendemos como espacios de uso colectivo, si bien las precisiones a este término son muchas. El mismo hecho de asociar directamente segregación, en tanto que individualización, frente a colectividad valorada como agrupaciones de restos, presenta problemas en el registro megalítico de la fachada atlántica. La más evidente es la configuración general de los sepulcros que destaca la cámara mediante la propia definición arquitectónica de los espacios y mediante la ubicación de las grafías (Bueno y Balbín 1992, 2003).Ciertamente esta delimitación afecta a un conjunto relativamente amplio de difuntos, pero evidencias como los dos enterrados en la cámara con puerta de Alberite I (Ramos y Giles 1996), datada en el V milenio cal BC, son buena prueba de la individualización fáctica de algunos depósitos. Además, éstas segregaciones pudieron existir en materiales perecederos. Los trabajos llevados a cabo en enterramientos colectivos de Soria, señalan inclusiones pétreas en el interior de algunos túmulos poco destacados con fecha neolítica (Rojo et al. 2003), al igual que nosotros hemos podido constatar en la cámara principal del Castillejo (Bueno et al.1999a). Las lajas pétreas de la cámara del Anta Grande de Zambujeiro (Soares 2003: 37) vienen a sumarse a las estructuras en forma de "caja", de algunos dólmenes salmantinos (Morán 1935), del de Azután (Bueno et al. 2004a), o de la Beira (Gomes 1996), estos últimos bien datados en el V milenio cal BC, sin olvidar las "cistas" de parecida cronología del túmulo de la "Peña de la Abuela" (Rojo et al. 2005). Datos recientes obtenidos por Parreira y Serpa (1995: 239) en la necrópolis del Alcalar fijan las delimitaciones internas de las construcciones alcalarinas a fines del IV/principios del III milenio cal BC. La eclosión de sepulcros en la mencionada necrópolis a lo largo del III milenio cal BC, multiplica estas segregaciones que, si bien suponen la individualización de algunos enterramientos con materiales destacados, no siempre se trata de indivi-duos con campaniforme. Ese es el caso del nicho Oeste de nuestra Cueva 1 con cuentas de piedra verde y cerámicas lisas como ajuar. Y posiblemente del de la Cueva 4, con un puñalito de cobre y cerámicas lisas. Las segregaciones de determinados enterramientos, ya sea con estructuras patentes, ya con estructuras latentes de carácter simbólico, existieron a lo largo de todo el megalitismo, aunque su visualización más amplia concurre a lo largo del Calcolítico. Y esto es así en la Península Ibérica y en todo el Sur de Europa (Masset y Soulier 1995). Próxima a nuestra necrópolis, la ya destruida de Yuncos (Ruiz Fernández 1975) presentaba realces internos en el suelo de las cámaras, como los descritos en algunas sepulturas de la necrópolis de Palmela. La valoración de estas compartimentaciones del espacio funerario resulta más compleja que la mera individualización de restos, como creemos se deduce de la excavación de la Cueva 3. Más allá de la evidencia de los nichos ya descritos, la cámara y la antecámara de la Cueva 3, dejaron a la luz las estructuras ovales que hemos definido como "camas". Tanto en la cámara central como en la antecámara, éstas son dobles lo que propone cierto agrupamiento parental que consideramos especialmente sugerente en el marco de las reconstrucciones sociales para nuestra necrópolis. Más aún de considerar en el plano simbólico (Bueno et al. 2001; Martínez 2004), que el factor de la herencia, visible a partir de grafías de significado genealógico, manifiesta un claro incremento en contextos de Neolítico Final y Calcolítico. En cada una de estas "camas", se agrupan hombres mujeres y niños que, en más de un caso, son enterramientos secundarios, especialmente en la antecámara de 3b. Si a ello añadimos que tanto el depósito secundario del Túmulo del Castillejo, como el de la Cueva 5, son adultos mayores, resulta muy sugerente proponer el marcado interés de los enterrados con campaniforme o sin él, por asociarse a sus mayores, en la más genuina expresión de la exhibición del factor hereditario. La posibilidad de diferenciación de los restos "campaniformes" ha sido igualmente propuesta como un parámetro ritual respecto a los "megalíticos" que constituirían una amalgama de huesos, a los que adjudicar ajuar sería imposible (Garrido 2000: 33). Los trabajos de los últimos años en la Meseta (Delibes 1995; Bueno et al.1999) han demostrado que estas generalizaciones son insostenibles. En el propio Valle de Huecas, los enterramien-tos antiguos del Túmulo del Castillejo son perfectamente individualizables y adjudicar un ajuar a cada uno de los individuos es posible, con el interés de que sólo algunos presentan objetos destacados como las espátulas tipo San Martín-El Miradero. La variabilidad de sexos y edades insiste en otro aspecto, el de selección de los enterrados, de honda repercusión en el megalitismo europeo. De entender que los megalitos eran el depósito final de varones de gran prestigio social a la circunstancia actual, en la que hombres, mujeres y niños comparten los sepulcros colectivos desde sus más antiguas construcciones, la situación ha cambiado sustancialmente. Estos cambios se han centrado en una cierta evolución acerca del contenido y significado simbólico de los megalitos y, sobre todo, en la evidencia de una mayor sofisticación en los sistemas analíticos aplicados a las identificaciones de sexos y edades, que argumentan la presencia de niños y mujeres (Barandiarán 1990: 280; Bueno 1991; Bueno et al. 2004; Delibes 1995; Masset 1999: 10). En la Meseta Sur, el estudio paleoantropológico de los restos del dolmen de Azután y de los enterrados en el Túmulo del Castillejo confirma ese rango amplio de sexos y edades a lo largo del Neolítico. Por tanto, su verificación en las sepulturas de Valle de las Higueras se inserta en una dinámica antigua de selección de enterrados que no implica sexos y edades, sino, muy probablemente, linajes o estirpes, como sucede en otros contextos europeos (Kinnes 1975: 26). Las ofrendas de vajilla campaniforme a niños y mujeres en la necrópolis de Valle de las Higueras abundan en la misma cuestión, planteando la existencia de poderosas organizaciones familiares que, al estilo de la sociedad argárica, entierran a sus mujeres y niños con objetos de prestigio derivados de su posición social y no de su estatus sexual o de su edad. Valorar la cantidad de enterrados en nuestras cuevas, esencialmente en la Cueva 3 por su buena conservación, como base para una reconstrucción paleodemográfica es muy atractivo. Pero nos faltan muchas evidencias para proponer hipótesis de este tipo. No obstante, no nos resistimos a señalar la gran acumulación de estaciones habitacionales que jalonan todo el Valle de Huecas y las que conocemos en la zona visible del valle del Tajo, que se controla desde la necrópolis de Valle de las Higueras: Calaña, Burujón (Carrobles et al. 1994) Las cuevas de Valle de las Higueras señalan otra de las evidencias tradicionalmente adjudicadas a los megalitos atlánticos. Nos referimos a la documentación de cierres, en algún caso con depósitos rituales a su entrada. Su presencia relativiza la idea de que las cuevas artificiales son la arquitectura megalítica con menores intenciones de visibilidad o, incluso, con aspiraciones de ocultación (Cámara 2001: 57-58). A los datos conocidos en recientes excavaciones de megalitos construidos durante el Neolítico con cierres notorios, hemos de añadir los procedentes de cuevas naturales, señalando, una vez más, la enorme concomitancia ritual entre diversos contenedores. Ya G. Delibes (1977: 139) recogió noticias antiguas de potentes cierres artificiales, en cuevas naturales con depósitos campaniformes en los yacimientos de Santibáñez y Castroserna, en Segovia. Sabemos que estos cierres existen en algunas cavidades sepulcrales valencianas (Mesado 2001:167) y de Ciudad Real (Gutiérrez et al. 2000). Especialmente interesantes son los de la cornisa cantábrica y el País Vasco, donde también hay vasijas a la entrada (Armendáriz y Etxeberría 1983: 344). Los cierres con vasijas en su exterior son un parámetro ritual que posee referencia en sepulturas argáricas, relación destacable ante la contemporaneidad entre las fechas antiguas del Argar y las del Campaniforme inciso. Buen ejemplo de ello son las cistas de la necrópolis de Los Cipreses, en Lorca, con un espacio abierto anterior a la cámara, en el cual se encontraba una gran vasija lisa (Eiroa 2004: 108-109). La organización interna de los ajuares supone una planificación previa de los depósitos cerámicos, metálicos y líticos, además de un respeto asumido durante años por todos los que frecuentaron el recinto. Organizaciones de este tipo son verificables en otros contextos megalíticos (Bueno et al. 2000a: 146), proponiendo la existencia de personas encargadas de mantener y respetar el ritual de los ancestros. Las analíticas del contenido de las vasijas junto con la ya citada paleodieta de los restos humanos, además de constituir una base inédita para deducciones paleoconómicas, aportan interesantes novedades a la reconstrucción del ritual megalítico. Los vasos analizados tenían comidas y bebidas. Las primeras relacionadas con el uso, manufactura y conservación de los productos del cerdo. Las segundas, con el alcohol, entroncando con las hipótesis que relacionan el campaniforme con un ritual alcohólico (Fig. 8). A la presencia de restos de fauna en megalitos con cronología neolítica, se suma el contenido en leche y miel de vasijas de la cueva de Segudet (Yañez et al. 2002) o bellota en una sepultura neolítica del Pont Nou (Molist y Clop 2000), corroborando nuestra hipótesis de que comida y bebida constituyeron parte de las ofrendas tradicionales a los ancestros. Las conservas cárnicas y guisos de pescado en Huecas, amplían este abanico de alimentos, que se parece mucho a lo esperable en los ámbitos cotidianos. Los antecedentes más próximos al uso de agua con miel los tenemos en el mismo Toledo, en la cabaña localizada bajo el túmulo del dolmen de Azután, por tanto, también en un ambiente habita-cional y con una fecha de 5250 + 40 BP (Beta 157731) (Bueno et al. 2002). La cerveza ha sido uno de los parámetros básicos para el análisis del alcohol en los enterramientos campaniformes europeos. Pero ésta, al igual que venimos señalando para otros elementos del ritual de los ancestros, se utilizó desde fechas neolíticas y también en poblados lo que la aleja de su uso exclusivo en el ritual funerario. Estos grupos tuvieron capacidad de intercambio desde el V milenio cal BC (Bueno et al. 1999a), con un incremento notorio a lo largo del III milenio cal BC, integrado en la intensificación evidente de intercambios que conocemos en toda Europa en estas fechas (Orozco et al. 2001). En ese proceso se explica la presencia de cinabrio en los enterramientos, además de la de objetos de adorno procedentes del área atlántica, como las Trivia arctica o las cuentas de variscita, sin que podamos asegurar de dónde procede el ámbar, aunque está excluida su procedencia báltica. El cinabrio formó parte del ritual neolítico (Martín et al.1994) y posee un protagonismo notorio en nuestra necrópolis. Los restos de cueva 1, cueva 3 y los más abundantes de Cueva 5, así lo certifican. Las cuentas verdes se encontraban entre los objetos prestigiosos de las sepulturas megalíticas del interior desde fechas antiguas. Así la cuenta del dolmen de Navalcán (Bueno et al. 1999), las del dolmen de Entretérminos (Losada 1976) y la cueva del Rebosillo (Díaz del Río 1996), en la Meseta Sur o las documentadas en megalitos de la Meseta Norte (Delibes 1988). Ámbar hay en la Velilla (Delibes y Zapatero 1996), en los monumentos de Larrarte y Trikuatxiki (Mujika y Armendáriz 1991), en el dolmen de Alberite ( Ramos y Giles 1996) y en otros megalitos occidentales (Veiga Ferreira 1966; Vilaça et al. 2002) (Fig. 9). Papel menos conocido poseen las conchas marinas, de las que la Trivia se presenta como un exótico ejemplo de origen atlántico. La Velilla tiene algunos ejemplares (Delibes y Zapatero 1996), así como el sepulcro de corredor de las Arnillas, en fechas más recientes (Delibes et al. 1982). Todo un esfuerzo de ostentación de bienes exóticos que, acompañados en algunos casos de campaniforme y de metal, visualizan la posición preeminente de las organizaciones familiares que sostuvieron la construcción y uso de estos enterramientos en la Meseta Sur. EL PACKAGE CAMPANIFORME EN LAS NECRÓPOLIS DE HUECAS Las fechas de la necrópolis de Valle de las Higueras sitúan sus inicios en el tránsito entre el IV y III milenio cal BC. Entonces, las cerámicas campaniformes no aparecen, pero sí adornos como cuentas de nácar y posiblemente el cobre, como se desprende de los datos obtenidos en la excavación de TVH (Tab. Los primeros depósitos en las cuevas son los realizados en Cueva 1, en los nichos de la Cueva 3 y en la antecámara 3b.Todos ellos mantienen una gran proximidad con el depósito campaniforme del Túmulo del Castillejo. Las fechas más recientes son las proporcionadas por Cueva 5 y las de la cámara central de Cueva 3. Igualmente, parece claro que los nichos de Cueva 3 son los primeros espacios ocupados en esta estructura, junto con la antecámara, sin que podamos descartar usos en el mismo momento de la cámara central, pues aún tenemos en estudio más muestras AMS (1). Un mínimo análisis de las asociaciones del cam-paniforme en la necrópolis de Valle de las Higueras comienza por las propias vasijas decoradas que encajan en la definición del grupo Ciempozuelos, grupo inciso que, como ya avanzó Barandiarán (1975Barandiarán (, 1978)), tiene fuertes contemporaneidades con los marítimos y los puntillados. Sus fechas en torno al 2400 cal BC, reiteran las del tholos de la Sima, con marítimos y puntillados. Todas ellas apuntan a otra realidad más contundente, cual es la progresiva antigüedad de los estilos "avanzados" del campaniforme ibérico, igualando las cronologías de unos y otros, como sucede con el campaniforme europeo (Salanova 2000:18). Delibes (1977) consideró las tríadas Ciempozuelos como una "vajilla", realizada y depositada como tal conjunto. Así podemos asegurarlo en el nicho 3 a, en el que los dos cuencos, uno mayor y otro menor aparecieron dentro del vaso o, en el caso de Cueva 5, donde todas las piezas se colocaron al interior de la cazuela. A ello se suma que las decoraciones de los tales conjuntos juegan con los mismos diseños, consolidando la idea de que se trata de "vajillas" expresamente realizadas (Garrido 2000: 35). La sustitución de cazuelas por cuencos mayores en las mencionadas tríadas, se observa en parte del ajuar de Cueva 5 y en algunos de los conjuntos de Cueva 1. Por eso nos parece interesante señalar que la tríada de vasos "Protocogotas", recogidos en la misma necrópolis, repite idéntica asociación y sugiere un uso más dilatado en el tiempo. Un estudio detallado de la capacidad de todos los vasos, incluidos los lisos, está llevándose a cabo en este momento por parte de A. Vázquez Cuesta, Becario de Investigación de la UA, pero merece la pena señalar el diámetro de la cazuela de Cueva 5, 41 cm, la mayor de todas las localizadas hasta el momento en la Meseta. La relación que algunos autores han propuesto entre vasos de gran contenido, más de dos litros, y enterramientos adultos, mayoritariamente masculinos (Case 1995: 60), se cumple en la Cueva 5. Al igual que la propuesta de que los enterramientos infantiles tienden a concentrar los vasos de menores proporciones (Brodie 1994). Los diseños responden a los clásicos, predominando incisiones en bandas rellenas de motivos impresos, o pseudoexcisos, como los de algunas piezas de Cueva 5 (Fig. 10).Algunos detalles decorativos son de interés. Así las incisiones al interior del borde adjudicadas a las comarcas del reborde montañoso de la Meseta Norte, al igual que fondos con rellenos cuadrangulares, que son un hecho en nuestras vasijas, hasta el momento, considerado extraño al panorama toledano (Garrido 2000: 121).Otros patrones, como los triángulos incisos continuos separados por líneas de bandas horizontales, rellenas de verticales paralelas, se consideran poco comunes en esta zona y se adjudican al Sureste (Garrido 1996).Las interacciones con la Meseta Norte o con el Levante que ya habíamos observado en los materiales neolíticos del Valle (Bueno et al. 1999a; Bueno et al. 2002), continúan. La constatación analítica de la identidad de pastas entre las lisas y las decoradas de la necrópolis, es también del mayor interés y ratifica el componente local de las vasijas campaniformes, además de su constante asociación con formas lisas, como sucede en el resto de Europa (Besse 1996; Dias et al. 2000; Salanova 2000). La relación del campaniforme en nuestra necrópolis con adornos o metal, puede resumirse en una tendencia hacia la disociación del mencionado "paquete", si lo entendemos como ajuar individual, mientras que ésta se diluye si valoramos el conjunto de los depósitos realizados contemporáneamente en el mismo sepulcro (Fig. 11). La posible asociación con el ajuar del Castillejo de un punzón no es descartable y la ausencia de adornos personales coincide con la de los enterra- dos en los nichos de Cueva 3, menos los niños, y en Cueva 5. En Cueva 1, el único nicho existente contenía cuentas de collar de piedra verde sin campaniforme. Por el contrario el campaniforme detectado en la cámara se asociaba a cuentas de variscita y ámbar. Las armas más destacadas de la necrópolis, proceden de esta cueva. La identificación de sus restos como adultos masculinos coincide con que la generalidad de las armas, al igual que el ámbar y el oro de enterramientos europeos se atribuyen a varones, al igual que enterramientos individuales en la Meseta, entre los que destacamos Fuente Olmedo por su representatividad (Martín y Delibes 1989). La otra evidencia armamentística de la necrópolis, el puñal de cueva 4 se asocia a cuentas de variscita y cerámicas lisas. En Cueva 3, al contrario que en cueva 1, todos los ajuares campaniformes se sitúan en sectores delimitados, si bien ninguno se asocia de modo directo a metal. Por el contrario, metal y adornos son relativamente abundantes en los depósitos que, en la misma Cueva 3, se sitúan en su cámara central y en la antecámara. Interesante disociación que permitiría plantear la escasa incidencia del campaniforme en ajuares tan prestigiosos como el de la "familia" (M3, M4 y M5) detectada en la antecámara, con collares de ámbar, Trivia y cuentas verdes, además de metal. La presencia de alcohol en vasijas lisas de esta zona, contribuye a relativizar el papel del campaniforme como único depositario del ritual de comidas y bebidas realizado con motivo de los entierros de personajes prestigiosos. Algo similar podemos decir de Cueva 5, que con un espectacular ajuar campaniforme asociado a vasijas lisas, no posee ni adornos, ni metal. Realizar afirmaciones contundentes no es fácil, pero sí parece posible reflexionar sobre la generalizada asociación del campaniforme meseteño con individuos masculinos adultos (Blasco et al. 1994), y con el resto de los elementos que se asocian al "paquete" ritual: metal y adornos. Si valoramos el perfecto orden que mantienen los depósitos de Cueva 3 y la evidencia de los depósitos realizados al exterior de los cierres, surge la hipótesis de entender los sepulcros que nos ocupan como espacios fuertemente ritualizados, cuya organización interna responde a parámetros conocidos por sus usufructuarios y cuyas segregaciones quizás han de entenderse en el marco de la colectividad. A la vez que se depositaron los ajuares de los nichos, se realizaron los ricos enterramientos de la antecá-mara, lo que asocia campaniforme, metal y adornos desde el punto de vista cronológico y, probablemente, también simbólico. Es la familia o linaje que ocupa el sepulcro la que dota a sus ancestros de diversas evidencias de su poder. La cerámica campaniforme es una más de estas evidencias, pero no la única. El paralelismo con otras organizaciones sociales contemporáneas como el Argar es igualmente interesante. Nichos cerrados con madera, piedra y barro que recuerdan algunas de las pequeñas cuevas utilizadas en los enterramientos argáricos (Molina et al. 2003) y, sobre todo, niños y mujeres con ajuares ostentosos que revelan su posición social y las reiteradas asociaciones joven-adulto este último en posición secundaria, aducen el valor de los "avúnculos", es decir de los factores de la herencia y del prestigio de familias o linajes, como sentido último de los gestos rituales. Como en el epígrafe anterior, no podemos negar la realidad de "paquetes" campaniformes bien documentados al interior de la Península, pero éstos no constituyen la realidad total del campaniforme interior que, en Valle de las Higueras, Yuncos, Ciempozuelos y otras necrópolis de carácter colectivo, se presenta como un item de prestigio añadido a los que desde el V milenio cal BC venían caracterizando enterramientos destacados. CAMPANIFORME, COLECTIVIDAD Y RITUALES ALCOHÓLICOS Los sucesivos argumentos que hemos ido desgranando proponen la integración del campaniforme en el marco de los objetos de prestigio asociados al ritual de los ancestros.El peso específico de estas cerámicas decoradas en relación con su utilidad en libaciones alcohólicas de nuevo cuño, presenta ahora referencias para ejercer una crítica con nuevos parámetros. Estas son fundamentalmente peninsulares, de manera que a partir de los trabajos en la necrópolis de Valle de las Higueras, en los dólmenes del Tajo, cuyos resultados esperamos en breve, en las necrópolis sorianas, en Cataluña y los que sabemos se están realizando en otros yacimientos peninsulares, la interpretación de los contenidos asociados a las vasijas campaniformes se enriquece sensiblemente y, lo que es más valorable, se incluye en costumbres funerarias de raíces tan antiguas como el propio megalitismo. Los ejemplos que en el resto de Europa han ava-lado el "campaniforme" como un ritual nuevo que expresaba el poder individual mediante libaciones alcohólicas, consumo de drogas y exhibición de armas (Sherratt 1991: 60), no han estado exentos de una vuelta a argumentos orientalistas que parecían superados tras la verificación de actividades metalúrgicas tempranas en Europa. En más de una ocasión parece que se refieren sólo a análisis polínicos e incluso a apreciaciones de visu. Son pocas las fechas C14 asociadas estos datos y las que se conocen son más recientes que las ibéricas. A día de hoy es la Península Ibérica la que cuenta con más evidencias valorables y, precisamente aquí, los usos antiguos de estos rituales alimenticios aparecen cada vez mejor contrastados (Tab. Otros contenidos poseen buenas referencias en las vasijas lisas de contexto megalítico recogidas por Moita (1966) en dólmenes del Alentejo, con restos óseos en su interior, mientras que láminas de sílex y otras piezas líticas aparecen en el nivel de base del dolmen de Maimón 2, en Alcántara (Bueno et al. 2000a). Los datos de cerveza sobre vasos y cuencos neolíticos y campaniformes certifican el largo recorrido, casi dos milenios, de estas producciones alcohólicas en el registro peninsular y, sobre todo, su presencia continuada en el ritual de los ancestros. La documentación de drogas también desde el V milenio cal BC (Sanches 1996) invalida los argumentos generalistas acerca de la exclusiva conexión alcohol-drogas-campaniforme. A ello hemos de añadir el protagonismo de vasijas no decoradas contemporáneas al campaniforme y en los mismos contextos funerarios como recipiente de estos contenidos alcohólicos. En el momento en que estos protocolos de análisis se implementen de modo amplio, el ritual alimenticio que incluye bebidas como hidromiel, cerveza y posiblemente leche, se verificará desde fechas tan antiguas como las más antiguas del megalitismo, si nos atenemos a lo que los datos que ahora disponemos parecen apuntar. Los planteamientos de cambios notorios en el ritual funerario (Sherratt 1991: 60) pierden mucho peso al valorar la cerámica campaniforme como un objeto de prestigio más dentro del ritual colectivo y como un contenedor, entre otros, de bebidas alcohólicas que tuvieron su protagonismo desde las fases más antiguas del ritual de los ancestros. La variabilidad arquitectónica y ritual de los yacimientos funerarios con campaniforme es la misma que la que se ha demostrado para los enterramientos neolíticos, en los que también concurren ajuares con items de prestigio, asociados a individuos concretos. Túmulos con escasa envergadura arquitectónica, cámaras con o sin corredor, sepulturas de mampostería, cuevas artificiales y cuevas naturales, cistas o fosas expresan el mencionado polimorfismo. En esa dinámica, el campaniforme se añade a los objetos destacados, no constituyendo ni el único de entre ellos y, en más de una ocasión, ni siquiera la más rica de las ofrendas. Más aún, proponiéndonos serias dudas, como ya han expresado otros autores (Salanova 2000), acerca de la realidad de un paquete ritual compacto, en el que armas, adornos y vasijas evidenciarían la capacidad adquisitiva de élites guerreras. En una visión diacrónica del ritual colectivo, el campaniforme no es el primer ajuar estandarizado. Contenedores cerámicos, armas (puntas de flecha o microlitos), adornos y útiles pulimentados, constituyen un conjunto básico que con sus variaciones tipológicas (Bueno 2000: 63), puede rastrearse en todos los ajuares megalíticos. Contenedores cerámicos, ahora con una bella decoración, armas (puntas, puñales...etc) y adornos, constituirían la evolución del ajuar estandarizado asociado al ritual de los ancestros desde el V milenio cal BC. Como en los megalitos, las armas asociadas a los enterramientos campaniformes han suscitado diversas opiniones. La definición de elite guerrera se basaría en estas asociaciones que en los megalitos se han conectado igualmente con la caza y con la guerra. Las decoraciones figuradas presentes en algunas vasijas tienen su mejor relación ideológica en todo el conjunto del Arte esquemático peninsular (Blasco y Baena 1996; Garrido y Muñoz 2000) y, desde luego, en los vasos decorados que desde el VI milenio cal BC visualizan una misma simbología y, quizás, contenidos similares (Gavilán y Vera 1993). La decoración de los espacios sepulcrales documentada en toda la fachada atlántica desde las primeras arquitecturas megalíticas, sigue siendo referencia simbólica en contextos funerarios del III milenio cal BC. El elemento protagonista es la figura humana. Entre éstas, la asociación con "armas" u objetos que definen el poder del personaje es un hecho desde el V milenio cal BC. Este dato unido a la presencia de ajuares individualizados que contienen objetos de prestigio, nos permite afirmar que la individualización es una tendencia desde los primeros megalitos en los que se ejerce la segregación de un grupo respecto al total, por su significado para el conjunto de la población. La progresiva intensificación económica sitúa a los representantes del poder de los ancestros, a los linajes más sólidos, en una posición ideológicamente preeminente que se sustenta en la reinterpretación de la tradición (Mullin 2001).Las estatuas o estelas del III milenio cal BC, se asocian entonces a armas metálicas, alabardas y cuchillos, amparándose ideológicamente en las imágenes de los ancestros (Bueno 1995). El III milenio cal BC, supone el incremento manifiesto de las representaciones de grabados al aire libre (Bueno y Balbín 2000; Peña y Rey 2001) y de pinturas (Martínez 2004). Lo mismo sucede con el Arte Megalítico, especialmente abundante en necrópolis construidas en esas fechas. El campaniforme se explica sin problemas en esa implementación de recursos ideológicos, desarrollada en un marco de intensificación económica notoria que enriquece los circuitos de conexión entre toda la fachada atlántica. Continuidad que entendemos en el sentido de utilización de los recursos ideológicos a favor de élites cada vez más consolidadas. Las grafías son las mismas, sus asociaciones y disociaciones también, pero su significado ha ido evolucionando para adaptarse a la justificación de un orden social cada vez más conflictivo. Insistir en la individualización como explicación básica para el papel del campaniforme en los sectores interiores de la Península Ibérica es apartar de nuevo el interior de las ricas secuencias costeras, en las que la pujanza de las tradiciones megalíticas es una certeza que obliga a propuestas más complejas. Poblados fortificados y abiertos, campaniforme en estructuras individuales, en estructuras colectivas y en poblados y manufacturas metalúrgicas, se imbrican, también en el interior de la Península, en una amplia secuencia ocupacional en la que los grupos que la protagonizaron ocuparon un papel destacado, posiblemente por su perfecta situación geográfica para controlar el intercambio de todo tipo de objetos e ideas, sin descartar las evidencias, cada vez más amplias, sobre su capacidad de generar excedentes y materias primas de interés. El proyecto de investigación que venimos desarrollando en Huecas ha estado apoyado por la Comunidad de Castilla -La Mancha, la Diputación de Toledo y el Ayuntamiento de Huecas. Nuestro agradecimiento a las familias. En él colaboran alumnos licenciados y doctores de las Universidades de Alcalá, Castilla -La Mancha y Cáceres. Para su desarrollo hemos contado con los análisis polínicos realizados por J.A. López y P. López del Laboratorio de Arqueobotánica del CSIC, con los de fitolitos y contenidos de las vasijas de J. Juan y J.C. Matamala de la Universidad de Barcelona, con los de fauna realizados por B. Sánchez del Museo de Ciencias Naturales del CSIC y C. Liesau de la Universidad Autónoma de Madrid. Las conchas han sido identificadas por R. Araujo de dicho museo. Los estudios paleoantropológicos y forenses han sido realizados por F. Etxeberría y L. Herrasti de la Universidad de País Vasco y por A. González y M. Campo de la Universidad Autónoma de Madrid. La paleodieta ha sido analizada por G. Trancho y B.
¿Por qué la arqueología oculta la importancia de la comunidad? La arqueología y la etnoarqueología están contribuyendo a legitimar la deriva social que está experimentando nuestra sociedad, pues hasta ahora han formado parte del 'régimen de verdad' (en términos de Foucault) del orden capitalista. Comenzaron considerando a los 'otros' del pasado (y del presente) como inferiores a los europeos, para valorarles después como supuestos iguales. Sin embargo, en ninguno de esos casos, reconocían el derecho a su diferencia, ni por tanto, la igualdad de sus derechos. Esto sucede porque nuestra sociedad no reconoce que la pertenencia a una comunidad y los vínculos humanos, ambos vectores claves de la identidad de esos 'otros', constituyen la base de la seguridad ontológica en nuestra propia sociedad. La Arqueología debe prestar atención a la evidencia de las dinámicas comunitarias procedentes del pasado no sólo con el fin de entender sus procesos culturales, sino también para dejar de legitimar el deshumanizado orden social que estamos construyendo en el presente. Vivimos un importante momento de cambio en la historia de occidente. Asistimos al derrumbamiento de un orden cultural, de una cierta manera de construir las relaciones sociales, la idea de representación, el concepto de poder. El individuo y la lógica de la máxima rentabilidad económica se están convirtiendo en las claves a través de las cuales diseñar las nuevas políticas, que cada vez están más lejos de contemplar las verdaderas dimensiones de la complejidad humana, tanto de la social y sus desigualdades como de la personal y sus necesidades emocionales. Esas claves son expresiones de una lógica guiada por la 'creencia' de que lo que confiere seguridad a nuestro grupo y le hace sentir superior a los demás es que hemos desarrollado la razón, la ciencia, la tecnología y la individualidad (y sus consecuencias, como la democracia) en mayor medida que ningún otro grupo humano. La idea ilustrada de que el individuo es esencialmente "una voluntad usando un intelecto", capaz de generar un pensamiento "imparcial, desapegado, racional e impersonal" que le conducirá a estadios sucesivos de progreso es uno de los tantos mitos con los que opera nuestra cultura (Midgley 2004: 127 y 130). Es el mito que guía la imagen que seguimos reproduciendo del pasado, en el que sólo nos preocupamos por descubrir y dar valor a las expresiones culturales que demuestran el avance de ese progreso, a las evidencias del aumento de individualidad, desarrollo tecnológico, poder o riqueza. Ese mito constituye el marco de saber que es coherente con el orden capitalista y patriarcal en el que vivimos, pero no reproduce la realidad de lo que nos sucede a las personas. Porque por más que hayan desarrollado la ciencia, la tecnología o la individualidad, si las personas no tienen una vida emocional sana, con vínculos bien construidos, con familias, parejas, amistades, afectos, con vínculos estables a grupos de pertenencia, no sienten seguridad ontológica. La angustia y la sensación de sinsentido vital les invade. Esto quiere decir que hay algo que falla en el discurso que hacemos y que contribuimos a reproducir a través de nuestra docencia y de nuestra investigación, y a través, en general, del discurso que seguimos reproduciendo cuando hablamos de la sociedad. Como si la sociedad fuera una cosa y las personas otra. Como si pudiera diferenciarse lo que da seguridad a la sociedad y lo que se la da a las personas que la componen, cuando la sociedad no existe al margen de las personas (Elias 1990). El problema parece residir, por tanto, en que el discurso que nos gobierna oculta una parte de lo que somos, que es la parte que tiene que ver con las necesidades de vínculo, pertenencia y afecto para sentirnos seguros, con la necesidad de pertenecer a una comunidad. En este texto quiero reflexionar sobre el modo en que los arqueólogos estamos colaborando en la construcción de ese discurso, y en consecuencia, de un sistema del que muchos nos quejamos, sin darnos cuenta de que el conocimiento que generamos constituye un instrumento clave para su cimentación. Propongo pensar sobre el contenido que hay en el fondo del conocimiento que producimos, sobre la mentalidad que lo rige, los valores o prioridades que ayudamos a reforzar. Propongo analizar la imagen general que transmitimos sobre cómo eran los habitantes del pasado, los aspectos que destacamos y los que ignoramos cuando interpretamos sus culturas. Confío en que, al hacer este análisis, podamos convenir que el 'sistema' en que vivimos no se construye porque una mano negra nos oprime y nos dirige, sino porque todos y cada uno de nosotros colaboramos en la elaboración y reforzamiento de la lógica que lo rige, sin ser conscientes de ello la mayor parte de las veces (Hernando 2012a(Hernando, 2012b)). De ahí que no tenga sentido que protestemos en manifestaciones, declaraciones o huelgas sobre la deriva que están tomando nuestras instituciones, servicios públicos o prioridades del gobierno si somos nosotros mismos quienes contribuimos a construir y a divulgar socialmente los valores que dan sustento a esa deriva. Para comenzar la reflexión, debemos aceptar que cada estructura político-económica se sostiene en una cierta estructura de conocimiento. Cuando nos situamos en el centro de esa estructura no es fácil ver cómo opera, porque en el centro no pueden verse las resistencias, expropiaciones y contradicciones a través de las que lo hace, que en cambio quedan plenamente visibles cuando nos situamos en los márgenes. La arqueología es una disciplina indisociable de la modernidad y, por tanto, vinculada a Europa y el mundo occidental (Thomas 2004; González Ruibal 2013). No existe en ningún otro ámbito cultural y, sin embargo, para su construcción ha sido esencial contar con información traída desde los márgenes de este ámbito, allí donde se producía la colonización o dominación de poblaciones que habrían de servir como fuentes de analogía para pensar en los 'otros' del pasado. Al principio, la arqueología utilizó la Etnología como fuente de analogía, pero posteriormente desarrolló una disciplina, la Etnoarqueología, que bien seguía siendo utilizada como fuente de analogías para conocer el pasado occidental, o bien aplicaba la metodología arqueológica para conocer distintos aspectos de esas culturas que existían en los márgenes del sistema. Analizar cómo han operado ambas disciplinas en relación a esas poblaciones da claves importantes para entender la relación que existe entre la estructura de conocimiento que estamos reproduciendo y la crisis social que estamos viviendo. Para analizar esa relación, resulta interesante acudir a los estudios que examinan de forma crítica la relación entre conocimiento y poder. A través de ellos, intentaré analizar qué tienen que ver nuestras disciplinas (arqueología y etnoarqueología) con el régimen de poder actual, y qué podemos hacer por ayudar a construir una sociedad más igualitaria. Me ceñiré a las propuestas de dos autores, de particular interés: el concepto de 'régimen de verdad' o'régimen de saber-poder' de Michael Foucault, y el análisis de la relación entre capitalismo y el concepto de 'raza' de Aníbal Quijano. Utilizándolas como premisas teóricas, intentaré desarrollar el argumento que constituirá el núcleo central de este texto. RELACIÓN ENTRE CONOCIMIENTO y PODER 1: MICHAEL FOUCAULT Pero fue Michael Foucault quien propuso, por primera vez, analizarlo desde la perspectiva de su relación con el tipo de conocimiento al que se asocia, generando un concepto, el de 'régimen de verdad' o'régimen de poder-saber', de profundo calado teórico, epistemológico y ético (Foucault 1980(Foucault, 1985)). Foucault consideraba que, en general, se maneja una "visión negativa, estrecha, esquelética" del poder, una visión que lo asocia a lo represivo y autoritario (Foucault 1980: 182) que no permite explicar por qué puede imponerse. Si el poder consistiese sólo en este constante "decir no", la gente se resistiría. Si la gente lo acepta, es porque el poder también constituye una fuerza que "produce cosas, induce placer, forma saber, genera discursos" (Foucault 1980: 182). Cuando se participa del poder se siente 'potencia', y esta capacidad creativa es la que agarra y atrapa, la que lleva a la gente a sustentar el poder. Pero para participar de este poder-potencia es necesario creer que son verdad los principios en los que se sostiene, es decir, participar de lo que Foucault llama su 'régimen de verdad'. Imaginemos, sin ir más lejos, las dinámicas de publicaciones del mundo académico dentro de nuestra propia disciplina. Parece claro que tiene muchas más posibilidades de publicar artículos quien participe de los principios teóricos de la Arqueología procesual que quien se sitúe en otro universo explicativo (Domínguez Rodrigo 2008), por el simple hecho de que ésta es la línea teórica mayoritaria de las principales revistas científicas, y por tanto de quienes participan en sus comisiones editoriales y evaluadoras. Y esto es así porque esas personas consideran con toda honestidad que el conocimiento que se genera desde los presupuestos positivistas de la arqueología procesual es más 'objetivo' o 'verdadero' que el generado desde cualquier otra línea teórica, lo que derivará en que tendrán más posibilidades de tener publicaciones de impacto y en consecuencia, de ascender en la escala de poder académico, quienes sean procesuales. Y estos, al llegar a sus puestos de poder, reproducirán de nuevo toda la dinámica porque 'creen' en ella. La cuestión es que esa línea teórica sostiene una determinada idea sobre qué es la sociedad y sobre lo qué es importante valorar en una cultura que es coherente con los principios por los que se rige nuestro orden socioeconómico actual, lo que hace que al reproducir una visión del pasado procesual se estén reforzando correlativamente determinadas líneas de fuerza en el presente. Es decir, un determinado tipo de saber sobre el pasado se asocia a unas dinámicas de poder en el presente que tienen que ver con dinámicas de poder del mundo académico. Pero éste, a su vez, al seleccionar y filtrar determinado tipo de conocimiento para redistribuirlo a la sociedad, va consolidando la prioridad de los valores en que se sostiene el poder político. Ésta es la dinámica del poder político o social en general, para Foucault. El verdadero poder es aquel que se sostiene porque la sociedad considera que son verdaderos los principios en los que se fundamenta, lo que lleva a su vez a alcanzar el poder a quien cree verdaderos esos principios, potenciándose así el 'régimen de verdad': "la verdad está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen, y a los efectos de poder que induce y que la acompañan" (Foucault 1980: 189). Desde este punto de vista, por tanto, quien produce el conocimiento que es considerado 'verdadero' en una sociedad está construyendo el núcleo alrededor del cual se sostiene el poder. Ésa es la tarea de los intelectuales, en opinión de Foucault (1980: 187-188), entre los que de una manera muy destacada se encuentran los profesionales del mundo académico. La pregunta que, en (2000: 202) ha defendido que, a partir de la colonización de América, comenzó a desarrollarse el concepto de 'raza', que antes no existía. Esta categoría biológica se asoció desde el principio a formas de trabajo determinadas, ya que sólo la 'raza blanca' se consideraba merecedora del privilegio del 'trabajo asalariado', cuyas relaciones definen el capitalismo (Quijano 2000: 207). Comenzó a establecerse así una clara separación entre el trabajo asalariado, privilegio de la raza blanca -concepto que pasaría a convertirse a partir del siglo XVIII en el de 'los europeos' (Quijano 2000: 205)-y el trabajo no-asalariado, que definía la relación entre la raza blanca y las demás en los territorios de colonización (Quijano 2000: 208) ( 1). Esta "colonialidad del control del trabajo" decidió la geografía social del capitalismo, ya que el capital, en tanto que relación social de control del trabajo asalariado, era el eje en torno al cual se articulaban todas las demás formas de control del trabajo (Quijano 2000: 208). De esta forma, Europa y lo europeo se constituyeron en el centro del mundo capitalista, lo que a su vez reforzó su poder y le permitió imponer su dominio colonial sobre casi todo el resto del planeta. Esto no sólo significó la imposición de una lógica de mercados a la que llamamos 'globalización', sino también un proceso de're-identificación histórica' de las poblaciones colonizadas, pues desde Europa se les (1) Óbservese que Aníbal Quijano no tiene en cuenta a las mujeres en su argumentación, fallo frecuente en los análisis históricos. No queremos incidir en este punto en el presente texto, porque nos llevaría por otros derroteros, pero parece obvio que las relaciones sostenidas en Europa entre hombres y mujeres de raza blanca han sido, hasta llegar a la modernidad, de trabajo no asalariado. Sobre este punto puede verse Federicci (2010) y un desarrollo extenso en Hernando (2015). atribuyeron nuevas identidades, coherentes con/ legitimadoras de su posición subordinada (Quijano 2000: 209). Así por ejemplo, se inventó la categoría de 'oriente' (Said 1978) o la de 'latino', categorías de heterodesignación que uniformizan, simplifican y enmascaran las complejas realidades de los territorios colonizados, porque al simplificar al 'otro' se justifica su dominación. Esto significa que en el campo de las subjetividades y del conocimiento se dio la misma relación entre los territorios extra-europeos y los europeos que la que se había dado en términos del control del trabajo: la incorporación de tan diversas historias y culturas a un único mundo dominado por Europa significó que todas ellas quedaron regidas por lo que Foucault calificaría como un mismo'régimen de poder-saber-verdad', por un régimen de producción de conocimiento dominante, que era el europeo. Desde Europa se redefinía a esas nuevas poblaciones incorporadas de forma forzosa a su órbita de actuación para que esa definición legitimara la dominación que Europa ejercía sobre ellas. De esta forma, para Aníbal Quijano, la 'colonialidad del poder' se asoció inevitablemente a una 'colonialidad del saber', imprescindible para legitimar al primero. Pero la expresión de esa 'colonialidad' fue cambiando a lo largo del tiempo, manifestándose al principio de forma explícita y brutal a través de la esclavitud y el colonialismo propiamente dicho, y pasando después a expresarse a través de la llamada 'globalización', dinámica de expansión y explotación en la que nos encontramos ahora. Dada la relación existente entre colonialidad del poder y del saber, según Quijano, y dado que a cada tipo de poder corresponde un tipo de saber, según Foucault, podemos suponer entonces que la definición de las poblaciones colonizadas habría ido cambiando también en el discurso europeo para legitimar esas sucesivas formas de dominación. En términos de Quijano, podría decirse que cada forma de control del trabajo establecida entre el mundo occidental y los territorios adonde ése expandía el capitalismo exigía una definición del 'otro' que justificara esa forma de control, formando ambas parte del mismo 'régimen de verdad'. Y esto nos lleva a suponer que, por tanto, en la construcción de ese régimen de verdad han tenido que estar implicadas las disciplinas que tienen como objetivo la definición de los 'otros' (del presente o del pasado). En efecto, tanto la Arqueo-logía como la Etnoarqueología han participado activa y fundamentalmente en la construcción del'régimen de saber-poder' de la Modernidad (Trigger 1984; Schnapp et al. 2004; Thomas 2004; David 2005; González Ruibal 2013). De ahí que quepa preguntarnos qué relación existe entre la Arqueología y Etnoarqueología que en este momento hacemos y el tipo de dinámica económica y social en la que estamos insertos; qué tiene que ver nuestra práctica disciplinar con la crisis financiera, cultural y de valores que sufrimos actualmente en el mundo occidental. Para entender mi argumentación, propongo analizar la construcción que la Arqueología y la Etnoarqueología han hecho de los 'otros indígenas' en cada una de las etapas del capitalismo. Con ello, intentaré demostrar la indisociabilidad de ambos procesos y la responsabilidad que, por tanto, cabe a nuestra disciplina en el sostenimiento del orden económico y cultural al que nuestra sociedad parece abocada a precipitarse. La colonización americana marcó el inicio del capitalismo en Europa, que alcanzaría un punto de inflexión fundamental con la revolución industrial en el siglo XIX. En esta primera etapa, las formas de control del trabajo eran las de la esclavitud o de la explotación colonial, para justificar las cuales se hacía necesario elaborar una imagen del otro como alguien inferior, salvaje, menos humano, no sujeto a los mismos derechos que el europeo colonizador. De hecho, cuando se produjo el contacto colonial, en el siglo XVI, Europa comenzó a encarnar en personas reales esa categoría de 'salvajes' que ya existía en el imaginario europeo desde época clásica, como estrategia a través de la cual poder definir, por contraposición, nuestra condición de 'civilizados'. Roger Bartra (1996Bartra (, 1997) ) demostró hace tiempo que la imagen del salvaje existía en la mitología e iconografía clásica (en las figuras de faunos o centauros) y medieval (en la del Homo silvestris, caracterizado por vivir desnudo y cubierto de pelo y por no controlar los fluidos corporales) y que el encuentro con los cazadores-recolectores americanos simplemente permitió superponer a una población real todos esos prejuicios ya existentes. En prueba de ello, ese autor muestra imágenes de las renacentistas escaleras de la Universidad de Salamanca (Bartra 1997: fig. 42), en donde aparecen representaciones de Homo silvestris (cubiertos de pelo) pero llevando ya arco y flechas. Esto quiere decir que desde el momento de la colonización se atribuyó a los cazadores-recolectores la condición de 'salvaje', preexistente en el imaginario europeo, convirtiéndolos en los 'otros' de los europeos y justificando así su dominación. A partir de las ideas de la Ilustración, en el siglo XVIII, esta oposición se graduó, estableciendo una línea de 'progreso' que partía de la naturaleza (de la animalidad) y finalizaba en Europa, localizando en diversos puntos de esa trayectoria a las poblaciones que, poco a poco, se iban colonizando. Esta graduación sería confirmada científicamente por Morgan (1877) cuando publicó su Ancient Society or Researchers in the Lines of Human Progress from Savagery through Barbarism to Civilization, y aplicada a nuestro propio pasado, a través de la Arqueología, cuando ésta comenzó a utilizar analogías etnográficas para ilustrar los estadios que nuestra 'civilización' ya había dejado atrás (Fabian 2002). A su vez, el progreso era visto como el paso de la minoría de edad a la madurez de la humanidad, de un estado de dependencia colectiva, pereza y cobardía de los seres humanos a otro donde la razón permitía a los hombres (no a las mujeres) asumir la responsabilidad de su propio destino (Kant 1996). Se implementaron, por tanto, dos estrategias discursivas para completar el régimen de saber que tenía como función legitimar el capitalismo inicial (Quijano 2000: 211): 1) "la idea-imagen de la historia de la civilización humana como una trayectoria que parte de un estado de naturaleza", comunidad e inmadurez y culmina en la madura civilización europea, regida por individuos que se "atrevían a pensar" (en términos de Kant 1996: 58), y 2) el recurso de "otorgar sentido a las diferencias entre Europa y no-Europa como diferencias de naturaleza (racial) y no de historia de poder" (Quijano 2000: 211). Transmitir la idea de que los grupos colonizados vivían en una condición cultural cercana a la 'animalidad' evi- taba tener que justificar social o políticamente los abusos que la explotación económica y humana ejercía sobre ellos, por lo que se mantuvo hasta mitad del siglo XX con la contribución de todas las disciplinas encargadas de construir el saber de la época, y se expandió desde Europa a todos los territorios del llamado 'mundo occidental'. Y es que naturalizar las diferencias para justificar la relación de esclavitud y explotación que caracterizó al siglo XIX fue el primer objetivo de las estrategias de saber asociadas al capitalismo de ese momento. De ahí por ejemplo, la reclusión de Ota Benga, un pigmeo del llamado Estado Libre del Congo junto a la jaula de orangutanes y chimpancés en el Zoo del Museo de Historia Natural del Bronx (Nueva York), como "evidencia viva" de los distintos eslabones de la evolución humana (Thuram 2011: 148-9); o la exhibición en museos de cuerpos disecados de personas procedentes de culturas lejanas. Entre los más famosos casos se encuentran el conocido como 'el negro de Banyoles', procedente de la actual Botswana y exhibido en el Museo Darder (Banyoles, Gerona) desde 1916 hasta 1992 (Solana 2001; Moyano 2011). Y el de Sarah (Saatjie) Bartmann (apellido que tomó tras su bautismo en Manchester), una mujer con esteatopigia ( 2), nacida en Sudáfrica en 1789, que fue traída a Inglaterra en 1810 y sometida a toda clase de abusos y vejaciones en circos y exhibiciones privadas. Tras su muerte, se exhibieron su cerebro y sus genitales por un lado, y su esqueleto y un molde corporal de cera por otro, hasta 1976, en el Museo del Hombre de París (Samuelson 2007; Boëtsch y Blanchard 2008; Willis 2010). Pero este dispositivo de saber-poder que clasificaba a los seres humanos según su grado de cercanía a la naturaleza, a la 'animalidad', tuvo su más clara expresión en las llamadas "exhibiciones antropo-zoológicas" (Schneider 2011: 136) y en las Exposiciones Coloniales que se organizaron en las principales capitales europeas durante el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX. (2) Aunque es conocida como la 'Venus Hotentote', el término 'hotentote' tiende a evitarse en la actualidad, pues era el término despectivo con el que los colonizadores denominaban a los bosquímanos Khoikhoi, pertenecientes al grupo Khoisan (Fausto-Sterling 2002; Willis 2010: 5). El objetivo inicial era conocer y clasificar animales, con el fin de poder controlarlos, al igual que sucedía con el propio colonialismo, que utilizaría la antropología para el mismo fin (Schneider 2011: 130). Sin embargo, de forma muy poco inocente, esta exhibición de animales se asoció desde el principio a las culturas existentes en los territorios de donde esos animales procedían, y así, por ejemplo, el zoo de Berlín construyó en 1871 una casa oriental para alojar a un rinoceronte (Schneider 2011: 130). De aquí sólo quedaba un paso para exhibir también a la gente que habitaba en esos territorios, lo que sucedió por primera vez en el llamado Jardín Zoológico de Aclimatación de París en 1877, adonde se llevaron 14 africanos denominados 'nubios' junto a los camellos, jirafas, elefantes, avestruces, etc. capturadas en Somalia y Sudán. El éxito de estas exhibiciones fue tal que poco a poco fue aumentando el número de personas traídas de lugares lejanos. A final de siglo XIX varios estados europeos (sobre todo Inglaterra, Francia y Bélgica) decidieron utilizar estas exhibiciones para su propia propaganda colonial, sacando a los seres humanos de los zoológicos y haciéndoles formar parte de las Exposiciones Coloniales que, a partir de ese momento, constituirían una parte importante de las Exposiciones Universales (Schneider 2011: 143). Junto a los desarrollos tecnológicos más avanzados, el estado mostraba así su capacidad de control colonial, incentivaba a sus ciudadanos a ocupar las tierras recién dominadas y justificaba la apropiación de tierras y bienes y la explotación de las personas mediante, entre otras estrategias, esta cosificación del 'otro', al que seguía mostrando en recintos y escenografías de cartón piedra. Este tipo de estrategias, en donde se conectaba un tipo de dominación (la esclavitud, la explotación) con una cierta manera de entender a los 'otros', formaba parte de todo un dispositivo que actuaba en todos los niveles en los que se generaba el conocimiento y las 'verdades' de ese momento. Obviamente, por tanto, como decíamos antes, podríamos suponer que las disciplinas encargadas de definir a los 'otros' estarían orientadas en la misma dirección. Y, en efecto, si analizamos el discurso de la Arqueología, comprobamos que en sus desarrollos iniciales, durante el final del siglo XIX y hasta más allá de mitad del siglo XX, nuestra disciplina ofreció una justificación 'científica' a esa ordenación de los grupos humanos desde el estado de salvajismo (asociado a la vida en grupos) hasta el de civilización (asociado a la individualidad). Aunque la Etnoarqueología tardaría en aparecer, la Prehistoria nació indisolublemente vinculada a la Etnología como fuente de analogías para el estudio del pasado, lo que hizo que desde el comienzo se identificara a los grupos humanos que estaban siendo colonizados con una etapa pasada de nuestra propia trayectoria. El propio título del que puede considerarse el primer manual de Prehistoria, publicado por Sir John Lubbock (1865), es significativo a este respecto: Pre-historic Times: As Illustrated by Ancient Remains, and the Manners and Customs of Modern Savages. De forma 'natural' y explícita, Lubbock consideraba que las 'costumbres de los modernos salvajes''ilustraban' el pasado prehistórico, lo que por concatenación lógica colocaba a los 'antiguos salvajes' prehistóricos en una posición tan 'inferior' respecto de nuestra cultura como la que se atribuía a los salvajes modernos. Esta idea se mantuvo durante toda la primera mitad del siglo XX. Baste recordar que Gordon Childe (1936) utilizó en Man makes himself el esquema evolucionista de Morgan (1877) para dotar de contenido cultural y de rasgos socioeconómicos a las fases de la prehistoria. Al final, entonces, el resultado era el mismo que el de la exhibición en los zoológicos o en las Exposiciones Coloniales, donde el varón europeo se arrogaba la posición de sujeto observador, destino final de un proceso de civilización sólo culminado en él, y de una forma tan arrogante como equivocada, juzgaba la cultura de los demás seres humanos desde los valores y rasgos de la suya propia. La Arqueología iba construyendo una visión del pasado en la que quienes nos habían antecedido representaban etapas embrionarias de nuestro propio estado adulto, y por la misma regla, se calificaba de 'primitivos' a los indígenas actuales (Fabian 2002; Hernando 2006), expropiándoles de esa manera un presente a cuyos recursos y territorios sólo tenía derecho el civilizado 'hombre' occidental. Para expropiarles el espacio se les expropiaba también el tiempo (McNiven y Russell 2005). Al colocar a los indígenas actuales en el pasado, el mundo occidental liberaba todo obstáculo moral para apropiarse de sus bienes o fuerza de trabajo, pero para esa categorización temporal era necesaria la 'científica' aportación de la Pre-historia y la Arqueología. Éstas confirmaban que, en efecto, todos quienes no éramos nosotros mismos eran deficitarios, inmaduros (desde el punto de vista personal y cultural),... inferiores. La vida en comunidad (bandas, tribus, clanes, etc.) representaba un paso superado por la civilización, y se asociaba a todos esos valores que Kant (1996) había atribuido a ese 'estadio' inicial: la dependencia, la falta de coraje o la pereza. De esta forma, la Arqueología contribuía a ese discurso evolucionista que justificaba la colonización (Trigger 1984), al tiempo que iba creando un corpus de conocimientos que nadie cuestionaba y constituía la base conceptual para la reproducción del régimen de saber que convenía a las ansias expansionistas del capitalismo económico. Sin embargo, hacia mitad del siglo XX, este tipo de consideración del 'otro' como un ser 'inferior' comenzó a chocar con el avance de la legislación sobre derechos humanos y con un cambio de mentalidad general. La valoración de las mujeres como sujetos en igualdad de derechos con los hombres, los derechos de la infancia, de los animales, la ecología, etc., etc., fueron poco a poco imponiéndose en una sociedad que aplicaba una lógica capitalista en la que ya no cabía la esclavitud o la salvaje explotación colonial. Habíamos entrado en otra fase, la de la globalización, que exigía un nuevo'régimen de saber-poder', una nueva designación del 'otro' para legitimar las nuevas formas de explotación capitalista. 2a FASE: EL CAPITALISMO 'GLOBALIZADOR'. EL OTRO COMO UN 'IGUAL'. ARQUEOLOGÍA y ETNOARQUEOLOGÍA PROCESUAL y POSPROCESUAL Los años 60 contemplaron la expansión y profundización de un orden capitalista renovado a través de redes comerciales y financieras que iban alcanzando todos los rincones del planeta. La Antropología constituyó una vía de penetración y conocimiento de esos reductos de población aún no sometidos a la lógica globalizadora, al contactar y hacer accesibles aquellas poblaciones que hasta entonces habían permanecido al margen de las redes de comercio internacional. Entrábamos en un proceso de expansión capitalista conocido como 'globalización' que, a diferencia de la expansión colonial, parece partir de la premisa de que no es el mundo occidental quien impone su lógica a otras poblaciones consideradas inferiores en tanto que diferentes, sino que, muy por el contrario, son esas poblaciones quienes tienen el deseo de participar de las redes que el mundo occidental ha creado, porque todos los seres humanos somos...'iguales'. El mundo occidental no trata ya de imponerse a otras poblaciones de la tierra, sino que simplemente les facilita que participen en esas dinámicas socioeconómicas que se han creado en Europa o Estados Unidos, pero de las que se entiende que es 'natural' que quiera participar también cualquier otro grupo, dado que los deseos, motivaciones y actitudes de todos los seres humanos son las mismas. El discurso europeo ya no presenta su explotación de recursos y personas como un derecho derivado de la natural diferencia y consecuente superioridad de los hombres occidentales blancos sobre todos los demás seres humanos, sino como la generosa expansión del derecho a participar en el sistema capitalista occidental a todos los grupos de la tierra (Hardt y Negri 2005). Lo 'natural' ahora no es la inferioridad de esos grupos, sino su 'igualdad'. Esta nueva versión del capitalismo tenía que legitimarse, por tanto, a través de un nuevo 'régimen de verdad' que retratara a esos otros grupos humanos como portadores de los mismos rasgos culturales que nos definen a nosotros. Y en ello se esforzaron las nuevas propuestas de la arqueología y la etnoarqueología. La premisa de que todos los seres humanos somos iguales cumple con todos los requisitos de lo 'políticamente correcto' y es, aparentemente, una declaración solidaria con los otros del pasado y del presente. En consecuencia, es asumida como 'verdadera' por la mayor parte de la sociedad occidental y de los arqueólogos, que son parte de los agentes que se dedican, precisamente, a construir esa 'verdad'. Sin embargo, en mi opinión, esta 'verdad', que guía nuestros trabajos etnoarqueológicos y arqueológicos y deja tranquilas nuestras conciencias, constituye la principal trampa del'régimen de saber-poder' del capitalismo actual. La trampa a la que me refiero se entenderá mejor si analizamos cuál es la imagen de nosotros mismos que proyectamos a los demás cuando los consideramos 'iguales', cuál es el discurso que reproducimos sobre lo que es importante en nuestra cultura, y por tanto, en las culturas de los demás. Cuando decimos que los 'otros' son iguales, proyectamos a los demás esa parte que asociamos en nosotros mismos a la potencia y el control, que es la única parte de nuestra identidad que nuestro discurso social reconoce: la que tiene que ver con la individualidad, la razón, la competitividad, la búsqueda del triunfo personal, del bienestar material, del enriquecimiento económico. Y en consecuencia, buscamos en el registro arqueológico evidencias de cómo han ido avanzando las posiciones de poder, los conflictos, los intercambios comerciales, la riqueza, la tecnología, la diferencia social... De esta forma, entramos en una argumentación cíclica que rastrea las genealogías de los rasgos que, según nuestro discurso, definen lo que somos en la actualidad y con ello, legitima el orden sociopolítico del presente. Generamos así una idea sobre el pasado que contribuye a confirmar que la 'lógica de los mercados' rige todo el comportamiento humano, que es la única lógica cultural, la verdadera lógica humana. Este 'régimen de verdad' comenzó a construirse en Arqueología y Etnoarqueología en la década de 1960, paralelamente a la llamada 'globalización'. Aunque había habido algunos precedentes a final de los años 50, entre los que cabe destacar el estudio de Maximine Kleindienst y Patty Joe Watson en aldeas neolíticas de Irán en 1959 (David y Kramer 2001), la Etnoarqueología no comenzó a conformarse como disciplina hasta final de la década de los 60. Desde entonces y en los años que siguieron, la Arqueología hizo un gran esfuerzo por demostrar la universalidad de las dinámicas humanas, proyectando a todas ellas los rasgos que se asocian a la individualidad moderna. Caldwell (1959) publicó en Science "The New American Archaeology", en donde señalaba que el objetivo de la Arqueología debía ser el estudio de los procesos a largo plazo, asumiendo que la identidad de todos los seres humanos es la misma, convicción continuada por Binford (1965Binford (, 1972) ) en sus iniciales textos programáticos. Consideraban que la dimensión identitaria (es decir, quiénes son los otros, qué desean, qué motivaciones pueden o pudieron tener) no era un tema que se pudiera estudiar (Binford 1965: 204); en consecuencia prescindían de él y universalizaban los rasgos de la identidad del presente. En el mismo año S. R. Binford y L. R. Binford (1968) publican New Perspectives in Archaeology, Clarke (1968) su Analytical Archaeology y Lee y DeVore (1968) editan Man the Hunter, primer congreso americano donde se intenta entender qué tienen en común distintos procesos de transformación cultural. En concreto, en ese caso, las formas de vida de distintos grupos de cazadores-recolectores. A él acudieron antropólogos y arqueólogos que expusieron casos culturales tanto de población viva como del pasado, intentando encontrar leyes uniformizadoras de transformación, dando por sentado que todas esas poblaciones pueden juzgarse a través de la lógica del presente porque se partía de la premisa de que el comportamiento humano se rige siempre por las mismas pautas. Este mismo presupuesto guió los congresos que le siguieron: The domestication and explotation of plants and animals (Ucko y Dimbleby 1969) sobre el inicio de la agricultura y Man, settlement and urbanism (Ucko et al. 1972), sobre los orígenes de la vida urbana. Un año después, Renfrew (1973) editó The explanation of cultural change, donde, desde un punto de vista positivista y funcionalista, distintos autores reunidos en un seminario en Sheffield en 1971, encontraban en los procesos universales de adaptación y reajuste de la cultura, en busca siempre de la maximización de los resultados (que guía la economía moderna), las claves universales de transformación de las culturas. A través de esos congresos se iba estableciendo un nexo indisociable entre los habitantes del pasado, los 'otros' del presente, y nosotros mismos, pues se proyectaba a todos ellos los mismos códigos de comportamiento y deseo que caracterizaban el discurso social de los arqueólogos que hacían el estudio. Esta etapa vino definida en Arqueología y Etnoarqueología por la Nueva Arqueología y su posterior flexibilización procesual, que ignoraba los aspectos cognitivos e identitarios de los 'otros', limitándose a estudiar los aspectos materiales y socio-económicos de sus culturas, atribuyéndoles el mismo sentido común del presente (véanse los paradigmáticos ejemplos de estudios etnoarqueológicos de Yellen 1977; Binford 1978Binford, 1980;;Gould 1978; Orme 1981; David y Kramer 2001, etc). Seleccionaban en los grupos en donde trabajaban aquellos aspectos computables de la cultura material (las dimensiones de las estructuras, las medidas de los objetos, las acumulaciones de basuras, las calorías consumidas,...) y los exponían de forma aparentemente aséptica, pero que en rea-lidad estaba completamente teñida de contenido ideológico: la única lógica humana era la lógica del presente, individualista y capitalista. En general se considera que la Arqueología posprocesual de los años 1980 y 1990 constituyó una transformación de estos presupuestos, introduciendo la importancia de las emociones, las mujeres, la agencia o el mundo simbólico en ese universo previo tan cuantitativo. Sin embargo, a los efectos de este texto, la corriente posprocesual (particularmente la norteamericana) no supuso ninguna transformación del discurso social. De hecho, incluso hay autores como Hegmon (2003: 233) que defienden que ni siquiera supuso una transformación de la epistemología procesual, limitándose a añadir diversos ingredientes (además de los nombrados cabría citar nuevas formas de conceptualizar lo social o una nueva lectura de la cultura material) que generaban una apariencia de dinamismo teórico (Schiffer 2000; Hodder 2001) y flexibilizaban las rígidas posturas procesuales iniciales, pero sin cambiar, en realidad, los planteamientos más profundos. En lugar de posprocesual, él prefiere utilizar el término "procesualplus" (Hegmon 2003). Aunque coincido con Hegmon en que la mayor parte de los arqueólogos no ha transformado sus planteamientos teóricos positivistas y modernos, sí creo que existió en la arqueología norteamericana un intento de desarrollar posiciones postmodernas. A diferencia de aquellas modernas, que en el binomio'razón universal-sujeto' conceden la prioridad al primer polo -la razón universal-, confiando en la existencia de verdades universales, las posiciones postmodernas se definen por dar prioridad al segundo -el sujeto trascendental-. En los años 90 se generó una corriente hermenéutica en el mundo anglosajón que depositaba en las condiciones particulares del sujeto observador (el arqueólogo) las claves de interpretación o lectura de los restos arqueológicos (Tringham 1991; Shanks 1992; Meskell 1999; Hodder 2003), con el resultado de que el individuo del presente pasaba a constituir la referencia y la medida para reconstruir el pasado. Lejos de dar valor a las dinámicas comunitarias o solidarias, aquellos intentos posprocesuales ahondaban aún más en el valor absoluto que se concedía al individuo en la lectura de la realidad. Por eso, frente a lo que suele pensarse, la arqueología posprocesual americana contribuyó a (Tringham 1991; Knapp y Meskell 1997; Meskell 1999; Moore 2000; Hodder 2003; Knapp y Van Dommelen 2008) se llega a expresar la idea de que asumir que otros seres humanos no tienen el mismo tipo de individualidad que nos caracteriza a nosotros supone 'desvalorizarles', estableciendo así de nuevo, con una modalidad diferente pero un trasfondo común, que la norma e ideal de todo comportamiento humano es el que nos caracteriza a nosotros, sin darse cuenta de la enorme trampa que esta interpretación implica. Porque entender que si se atribuye a alguien rasgos identitarios distintos de los nuestros se le quita valor, es justamente la premisa que impide aceptar la diversidad cultural en términos de igualdad. Desde esta posición sólo se respeta a quien es como nosotros, lo que constituye una versión distinta, pero de igual contenido que la de aquella primera fase del capitalismo colonizador. Sin embargo, en general, se trata más de describir casos concretos o de defender la inadecuación de la aplicación de las categorías modernas al pasado que de construir una heurística para pensar en esas 'otras' sociedades. En todo caso, estos estudios pueden considerarse como la excepción de la norma procesualposprocesual, cuyos representantes han considerado que sólo existe una lógica humana, un mismo 'sentido común' (individualista, productivista y racionalizador) que es de aplicación a todas las sociedades humanas. Y el problema es que ese 'sentido común' que utilizan para reconstruir los procesos históricos no sólo no se corresponde con el de la lógica que siguen otros grupos humanos en el presente y que debieron seguir los del pasado (Geertz 1974; Ong 1982; Olson 1994), sino que ni siquiera nos caracteriza a nosotros mismos. Es decir, identifica a la persona con un sujeto autónomo, que puede elegir, guiado por su voluntad, establecer conexiones emocionales de variado tipo con el mundo, pero que básicamente constituye una unidad enfrentada al resto de su sociedad y al universo en general. Se considera que su seguridad ontológica, la convicción de que va a sobrevivir, se deriva de su capacidad de comprender racionalmente el mundo, de su asertividad y de su voluntad. Nuestra sociedad vive regida por un discurso en que los valores y actitudes asociados a la individualidad (como la autonomía, la posibilidad (y obligación) de elegir entre opciones distintas de vida, la abstracción racional o la búsqueda del cambio) se asocian a la sensación de potencia, de liderazgo, de éxito y de madurez. Muchos arqueólogos (especialmente muchos procesuales anglosajones)'creen' en este discurso, sin llevar a sus argumentos la importancia que en sus vidas tienen su familia, sus amigos, sus equipos deportivos o religiosos, o su pertenencia a colectivos académicos o profesionales de cualquier tipo; sin preguntarse si se sentirían tan autónomos y potentes si perdieran todos sus vínculos, y realmente se quedaran solos. En otro lugar he defendido que la individualidad es una fantasía (Hernando 2012a), una fantasía de potencia que no se corresponde con lo que cada uno de nosotros sabe que sucede en la vida real. LA IMPORTANCIA DE LA COMUNIDAD Se trata de la contraparte cognitiva de la especialización del trabajo y la división de funciones. Cuantas mayores diferencias existen en las actividades y conocimientos de las personas, y por tanto entre sus trayectorias vitales, más alejamiento emocional siente cada una de ellas respecto de los demás miembros de su grupo, y más se va formando la idea del yo (Elias 1990(Elias, 1993)). Por su parte, cuanta menor es la división de funciones y por tanto, la capacidad de controlar tecnológicamente el mundo, menor es el grado de individualidad y más visible es la identidad relacional de las personas. Esta se construye a través de los vínculos emocionales con el grupo, lo que hace que la persona sepa quién es sólo en tanto que se siente parte de una unidad mayor, una comunidad humana. Cada cual es quien es porque es padre, o hijo, o hermana o parte del clan de otras personas. La persona es sólo un término de relación, sin que le sea posible concebirse de forma autónoma o aislada (Hernando 2002). Esta identidad no se construye reflexionando sobre sí misma. Si una persona es padre o madre, esa persona adquiere un lugar en el mundo, adquiere identidad por ese vínculo que da sentido a su existencia, sin que sea necesario reflexionar sobre él. Uno es quien es porque hace lo que hace y porque tiene los vínculos que tiene (Ong 1982; Olson 1994). Esta identidad permite a la persona considerarse como uno más de los componentes de una unidad mayor que sí misma, lo que refuerza su sensación de fuerza y seguridad frente a un universo para enfrentarse al cual no ha desarrollado ninguna tecnología especializada. Podríamos decir que es una identidad asociada a la impotencia. La individualidad, por el contrario, es una identidad asociada estructuralmente a la potencia, a la sensación de controlar el mundo en alguna medida porque se entienden racionalmente sus dinámicas y se controlan tecnológicamente algunos de sus fenómenos. Uno sabe quién es través de la introspección y la conciencia de deseos para sí. En la individualidad sabemos quiénes somos porque nos visualizamos como el resultado de un proceso de transformaciones, de deseos cumplidos, de determinaciones y elecciones. De hecho, la autobiografía y el diario íntimo se asocian in-disolublemente a su desarrollo, por lo que no es casual que el primer diario que se puede considerar verdaderamente íntimo fuera escrito por el funcionario y político inglés Samuel Pepys entre 1660 y 1669 (Tomalin 2002), en el mismo siglo en que el concepto de 'individuo' comenzó a identificarse con el de persona (Elias 1990: 185; Mauss 1991: 307-33; Weintraub 1993: 49). La Arqueología mainstream ha asumido dos principios ilustrados que resultan contradictorios: por un lado, la unidad psíquica de todos los seres humanos (esto es, la universalidad de la individualidad), y por otro, la convicción de que el 'progreso' consistió en ir abandonando la importancia que tenía la comunidad y la relación emocional con el mundo para ir depositándola en el individuo y la razón (Kant 1996). De hecho, las clasificaciones evolucionistas de la Arqueología Social organizaron a las sociedades sobre un esquema básico inicial de banda, tribu, jefatura y Estado (Service 1971), que asumían que la progresiva fragmentación de las unidades sociales es la característica principal de la evolución. La inconsistencia de la Arqueología en la reflexión sobre las dinámicas humanas ha sido tan grande, que no se tenía en cuenta la contradicción que ambas asunciones implican, ya que si una sociedad está organizada en bandas es porque no existe división de funciones ni especialización del trabajo, ni por tanto, las personas se pueden concebir diferentes entre sí, porque no hacen cosas diferentes, lo que se expresa en el hecho de que en todos los casos conocidos actuales, adoptan una apariencia y una cultura material similar. Es decir, las sociedades que no tienen el grado de división interna de la nuestra no pueden estar integradas por personas individualizadas como nosotros. Ni, por tanto, se les puede atribuir nuestra misma lógica o 'sentido común', lo que sin embargo, no es asumido por muchos de los estudios relacionados con el tema de la identidad, y no sólo en nuestra disciplina (véase, por ejemplo, Sampson 1988; Ewing 1990; Cohen 1994; Sökefeld 1999; Machin 2009). De hecho, la mayor parte de los estudios antropológicos y culturales que hacen alusión a la identidad de grupos de escasa complejidad socioeconómica, coinciden en destacar la importante base relacional, colectiva o interdependiente de todas ellas (Read 1955; Geertz 1974; Price-Williams 1980; Strathern 1988; Markus y Kitayama 1991; Kashima et al. 1995; Bird-David 1999). Algunos aceptan que, dependiendo del grado de complejidad, en muchos de esos grupos se conjugan componentes relacionales e individuales en la constitución de la identidad personal (Shweder y Bourne 1982; Spiro 1993; LiPuma 2000), lo que, como vimos, también empieza a ser reconocido en arqueología por algunos estudios ajenos al contexto norteamericano (Brück 2001; Thomas 2004; Fowler 2005; Chapman and Gaydarska 2007; Voutsaki 2010). No me interesa entrar ahora, sin embargo, en la cuestión de la identidad de estos grupos, o al menos, no de forma directa. Lo que me interesa destacar aquí es que, aún en estos casos, se sigue considerando como un axioma el principio ilustrado que asume que, en nuestra trayectoria histórica, se fue pasando desde esa identidad relacional que caracteriza a las sociedades de menor complejidad socio-económica a la individualidad (Morris 1987; Elias 1993; Thomas 2004). Esto significa que, aún en el caso (excepcional en arqueología e historia, insisto) en que se acepte que la gente del pasado pudo ser diferente de nosotros, la Arqueología mainstream -frente a la que se sitúan estudios excepcionales como el de González Ruibal (2014: 26-33)-sigue viendo ese modo de identidad relacional como una etapa superada por la de la individualidad. No existen estudios que definan al sujeto individualizado moderno como expresión también de componentes relacionales. Y en este sentido, la lógica ilustrada permanece intacta. El punto que quiero defender en este texto es que, en contra de lo pretendido por la Ilustración, la identidad relacional no fue desapareciendo a medida que se desarrollaba la individualidad, sino que fue la base sobre la que la individualidad se fue construyendo. Porque si las personas no hubieran mantenido la vinculación con un grupo de pertenencia y la conexión emocional con el mundo, si realmente se hubieran ido quedando cada vez más desconectadas y solas, la angustia existencial derivada de la impotencia frente al mundo se habría ido haciendo cada vez más presente, y esto habría impedido que se desarrollara la complejidad socioeconómica (y la individualidad). Si esa angustia no creció a medida que se desarrollaba la individualidad es porque en realidad nunca se abandonó la identidad relacional. Lo que pasaba es que, como ésta no es una identidad consciente de sí, autorreflexiva, sino que simplemente se actúa, a medida que se desarrollaba la individualidad sólo esta última forma de identidad pasaba a formar parte del discurso de verdad de quienes detentaban el poder. Por otra parte, debe recordarse que la identidad relacional está tanto más presente cuanta mayor impotencia frente a los fenómenos de la naturaleza caracteriza al grupo, por lo que a medida que aumentaba la especialización tecnológica, y mayor sensación de poder tenían los hombres, menos podían reconocerse en un modo de identidad asociado a la impotencia. Y sin embargo, la realidad es que los seres humanos somos básicamente impotentes frente al universo, aunque no podemos tener siempre presente esa impotencia, porque entonces la angustia bloquearía nuestra capacidad de supervivencia. Sabemos que la sociedad no avanzaría si sólo estuviese regida por la lógica de la razón, la tecnología, la individualidad y el poder, porque para las personas no tendría sentido vivirla. Que si tiene sentido es porque se siente, porque hay emociones que gratifican pese a las dificultades, redes de apoyo que neutralizan los obstáculos, los esfuerzos, la dificultad. La sociedad no se habría transformado si, como pretendió el discurso ilustrado, la razón hubiera ido sustituyendo a la emoción y la individualidad a la comunidad,... porque la vida habría ido perdiendo sentido. Si no lo hizo, si fuimos cambiando, es porque nunca se abandonó la importancia de los vínculos aun cuando se desarrollaba la individualidad, ni perdió importancia la emoción a pesar de que aumentase la racionalización del mundo. Todos lo sabemos, porque en nuestras vidas reales seguimos dando importancia suprema a los vínculos emocionales y a la pertenencia a grupos de afecto y/o identidad común, incluidas aquellas personas que lideran la economía de mercado. Sin embargo, el discurso que hacemos sobre lo que somos en tanto que sociedad, no lo reconoce. De hecho, en la modernidad la pertenencia a una comunidad no sólo es imprescindible porque las redes de alianza y afecto generan seguridad ontológica (Giddens 1987), sino además, porque el valor social del individuo ya no deriva de su estatus socioeconómico, sino del reconocimiento que obtenga de los demás en redes de interacción (Baumann 2007; Illouz 2010). Luego tanto en el pasado como en el presente, la pertenencia a una comunidad es imprescindible, y esa pertenencia se expresa a través de una materialidad compartida (vestimentas similares, objetos de prestigio común, uniformidad en los elementos de comida, bebida, ritos de pertenencia...). En otros textos me he ocupado de entender cómo los hombres 'actuaron' históricamente esa identidad relacional, a la que no reconocían ni daban valor social, pero que les era imprescindible. Mi argumento es que, hasta llegar a la modernidad, utilizaron dos mecanismos fundamentales: las relaciones de género y las relaciones entre pares (la 'homosociabilidad'). Por un lado, habrían impedido que las mujeres se individualizaran (prohibiéndoles formarse en la lectura y la escritura, por ejemplo), y de este modo, a través de relaciones heterosexuales normativas, ellos se habrían garantizado el sostenimiento de vínculos emocionales, ya que ellas los necesitaban establecer para construir su identidad relacional (lo que ahora conocemos como 'identidad de género femenina'). Y por otro lado, de forma simultánea, los hombres se habrían asociado en grupos de pares masculinos (desde ejércitos a equipos deportivos) como forma complementaria (y de igual modo, no reconocida) de construir identidad relacional (Hernando 2012a(Hernando, 2012b(Hernando, 2013)). La Arqueología tiene evidencias de ambos mecanismos, aunque no los haya sabido interpretar. Cuando se ha interesado por los procesos de individualización y el aumento de las posiciones de poder protagonizados por los hombres, sólo ha dado importancia a las evidencias que indicaban su progresiva diferenciación del grupo, pero no el simultáneo establecimiento de relaciones de género o la construcción de grupos de pares. A la Arqueología no le han interesado las dinámicas comunitarias del pasado que afectaban al proceso identitario de los hombres (salvo excepciones muy recientes como Aranda Jiménez 2015), aunque no ha tenido problema en que la Arqueología del Género los identificara en las mujeres, bien a través del estudio de los llamados trajes regionales o 'trajes de identidad', a partir de la Edad del Bronce (Sørensen 1997; Hernando 2005; Bergerbrandt 2007; Haas-Lebegyev 2012) o de las actividades de mantenimiento (Montón Subías y Sánchez Romero 2008; Montón Subías 2010). Nuestra disciplina reconoce sin problemas la existencia de estos rasgos en las mujeres porque en el orden patriarcal (que rige el discurso que nos rige), la identidad de las mujeres representa para los hombres lo mismo que la de los indígenas para el mundo europeo en el orden evolucionista: una etapa identitaria ya superada. Según el discurso ilustrado, los hombres superaron el estadio de in-madurez que caracteriza a las mujeres y a los niños gracias a su capacidad de uso de la razón (Kant 1996: 63, n. 1), lo que vino a 'naturalizar' Linneo cuando diferenció a nuestra especie de cualquier otra por esa capacidad de los varones (Homo sapiens). Dado que nuestro discurso científico sigue regido por las pautas ilustradas, la Arqueología puede aceptar que las mujeres encarnan o han encarnado identidad relacional (la 'identidad de género'), pero entiende que los hombres solo la representaron en su etapa de máxima inmadurez cultural, cuando aún se situaban en el estadio que hoy día caracteriza a los cazadores-recolectores. Y como el discurso no reconoce esos rasgos en los hombres, los arqueólogos que se socializan en su 'verdad' no aprenden a interpretar sus evidencias en el registro arqueológico. En los escasos estudios en los que se alude a la individualización masculina en la Prehistoria en relación a la aparición de las primeras élites (Treherne 1995, por ejemplo), sólo se reconocen las evidencias de individualización, aunque una mirada 'liberada' del discurso ilustrado (y patriarcal) permitiría ver también las de identidad relacional. Simplemente me limitaré a recordar la llamativa y evidente uniformización que presentan entre sí los representantes de las primeras élites de la Prehistoria europea, a la que, sin embargo, no se ha dado ninguna explicación satisfactoria. Es un hecho que las primeras personas que se fueron diferenciando de su grupo por desarrollar alguna función diferente u ostentar algún grado de poder, empezaron a mostrar tantas diferencias respecto de la apariencia común de su grupo de origen como semejanzas entre sí. Del mismo modo, se ha llamado la atención sobre el inicio de la uniformización y ritualización de las prácticas de comensalidad (comida y bebida) entre las nuevas élites y grupos guerreros de la Edad del Bronce y del Hierro (Dietler 1996 Aranda 2008; Ruiz-Gálvez y Galán 2013), que demuestran prácticas relacionales en grupos de pares, sin que, sin embargo, hayan sido interpretadas en estos términos identitarios. La cultura material es un instrumento fundamental para el estudio de la identidad, porque expresa la totalidad de lo que somos, y no sólo la parte reconocida por el discurso social. Como se dijo más arriba, la identidad relacional se muestra a través de la uniformidad de la apariencia, lo que se comprueba simplemente observando la importancia que tiene cualquier adorno facial o decoración corporal específica en los grupos cazadores-recolectores. Hacer lo mismo que los demás y parecerse a los demás son estrategias de construcción de la propia identidad relacional, que como decía, no pasa por la introspección y la racionalización, sino por la mera acción, los vínculos, la semejanza de la apariencia y el uso de determinada cultura material común. En el caso de las primeras élites europeas, parece claro que los hombres que iban diferenciando su función social, abandonaban simultáneamente la identificación material con su grupo, adoptando una apariencia y una cultura material diferente, que sin embargo, los identificaba entre sí. Es decir, sólo podían abandonar un grupo (el de origen) a cambio de incorporarse a (de identificarse con) otro: grupos de jefes, de guerreros, de sacerdotes, de profesionales, etc. Sin embargo, los arqueólogos, que expresan abiertamente su sorpresa por la uniformización de la apariencia de esos primeros hombres algo individualizados y por tanto, con poder (o viceversa), o que reconstruyen sus nuevas prácticas de consumo de comida y bebida, no han interpretado esa evidencia en términos de identidad relacional. Es decir, no interpretan esa evidencia como muestra de la necesidad que tienen esos hombres de seguir manteniendo vínculos con un grupo de adscripción, con una comunidad de pertenencia. Porque, como decía más arriba, nos socializamos en un discurso que niega el valor social de los vínculos humanos y de la pertenencia a una comunidad, y por tanto, no nos enseña a interpretar manifestación material. Esto ocurre porque las dinámicas comunitarias o relacionales ponen de manifiesto una parte de lo que somos que el discurso social no quiere reconocer como parte de la identidad masculina desde la modernidad: la parte que tiene que ver con el reconocimiento de la fragilidad y la impo-tencia esencial del ser humano, de su necesidad de apoyo y ayuda, de su incapacidad para controlar un mundo que le supera en todas sus dimensiones. Esta parte se satisface en las interacciones comunitarias y se calma a través de los vínculos, que refuerzan y potencian. Y a su vez, es la base principal de las dinámicas culturales de los grupos de menor complejidad socioeconómica, donde no existe el desarrollo tecnológico que nos caracteriza a nosotros, ni la división de funciones, ni por tanto, nuestro grado de individualización. Esto significa que existe una correlación intrínseca, esencial, entre la negación que hacemos de la importancia que tienen los vínculos, las emociones y la pertenencia a una comunidad dentro de nuestra propia cultura y la imposibilidad de (interesarnos por y de) reconocer en términos de igualdad las dinámicas culturales que caracterizan a los grupos indígenas del presente y que caracterizaron a quienes nos precedieron en la prehistoria. Porque es necesario aceptar que la pertenencia a una comunidad humana y los vínculos emocionales generan en sí mismos seguridad ontológica para poder aceptar que existen formas culturales que son cognitivamente igual de complejas y maduras que la nuestra, que generan en quienes las protagonizan la misma sensación de seguridad ontológica que tenemos nosotros, pero que no tienen como última instancia de identidad al individuo sino al grupo, y que no hacen derivar su seguridad del conocimiento racional de los fenómenos del mundo, sino de la conexión emocional (mítica) con ellos. Es decir, si no aceptamos la 'diferencia' de los 'otros' en términos de igualdad es porque no concedemos la misma importancia a la emoción y a la comunidad que a la razón y al individuo dentro de nuestros propios mecanismos culturales ( 3). La aproximación historicista asumió la inferioridad y el atraso de las dinámicas comunitarias. Por su parte, tanto la aproximación procesual como la posprocesual han aplicado una idea de que el 'otro es igual a mí', que sólo tiene en cuenta la parte individualizada de nuestra identidad. Lo que niega, lo que deja oculto, lo que no reconoce nuestra disciplina es justo esa parte del ser humano que tampoco reconoce la lógica de los (3) De hecho, ésta es la misma razón que explica por qué nuestra sociedad sigue siendo patriarcal, tema en el que no podemos entrar aquí (Hernando 2012a). mercados y de la globalización. Se trata de un régimen de saber-poder que naturaliza, convierte en 'verdad' la idea de que el ser humano está regido por dinámicas de comportamiento donde sólo tiene lugar la competitividad individualista, la falta de solidaridad, el deseo de control, el desarrollo de la razón o el afán por la mejora tecnológica. Atribuir esta manera de ser a los 'otros', al tiempo que se considera que son 'iguales' a nosotros, constituye sólo una estrategia más de reafirmación y naturalización del régimen de verdad del capitalismo financiero y globalizador. Cambiar esa valoración, aceptando que el otro no es igual a nosotros, porque ni siquiera nosotros somos iguales al discurso que hacemos sobre nosotros mismos, implicaría la construcción de un nuevo régimen de verdad, que ya no legitimaría la explotación de los otros, ni tampoco la dinámica neoliberal y economicista que rige nuestro presente. La Arqueología y la Etnoarqueología han contribuido de manera fundamental a la construcción de un discurso de verdad en el que se niega la importancia de la comunidad y los vínculos humanos para la supervivencia del ser humano. Este discurso constituye la base del régimen de podersaber que se asocia al capitalismo, que está acentuando su tendencia insolidaria y neoliberal en los últimos años. Cada forma de control del trabajo exige una construcción determinada de la idea del 'otro' sobre el que se ejerce ese control, por lo que las disciplinas encargadas de definir a los otros colaboran de forma activa en la legitimación de las formas de control económico. La mayor parte de los arqueólogos y etnoarqueólogos no somos conscientes del alcance de nuestro trabajo, de la profundidad de las implicaciones que tiene nuestra manera de entender las culturas que analizamos e interpretamos. Pero no por ello nuestro trabajo deja de tener la responsabilidad que Foucault atribuyó a los intelectuales en la construcción del 'régimen de verdad' de nuestra sociedad. El discurso en que nos socializamos (y que reproducimos en nuestras clases y nuestra investigación) nos ha enseñado a leer las dinámicas relacionadas con lo comunitario y lo relacional bien en clave de inferioridad, como propias de una etapa que nuestra sociedad ya superó y dejó atrás (Arqueología historicista y analogía etnográfica), o bien a no verlas (Arqueología y etnoarqueología procesual y, en muchos casos, también posprocesual). En todos esos casos, nuestro discurso sobre el pasado no es sino una proyección de nuestro discurso sobre el presente, y en ambos casos, el discurso que corresponde al régimen de verdad, o régimen de saber-poder que caracteriza al capitalismo financiero que nos rige. En este texto he querido proponer que, para dejar de colaborar con el sostenimiento de este 'régimen de verdad', es necesario reconocer que esas otras lógicas (que pivotan alrededor de la imprescindible pertenencia a una comunidad) son tan importantes para la supervivencia como las de la razón-tecnologíapoder, y que de hecho, son clave para entender los comportamientos de la gente del pasado. El trabajo académico tiene una trascendencia fundamental en la construcción del destino de nuestro grupo y en el diseño de nuestro futuro, porque establece las 'verdades' que legitiman el poder que lo rige. Sólo cuando tomemos conciencia de la responsabilidad última de nuestro trabajo, podremos, tal vez, intentar colaborar en la construcción de un orden distinto, de un futuro diferente, donde se reconozcan las verdaderas necesidades del ser humano, su fuerza y su fragilidad, su capacidad y su miedo, su contradicción y su complejidad. Sólo cuando se acepte que los 'otros' estudiados por la arqueología y la etnoarqueología están regidos por dinámicas distintas de la lógica de mercado, donde la pertenencia a una comunidad sólo podía abandonarse a cambio de pasar a pertenecer a otro tipo de comunidad y que esto no les hace inferiores, estaremos en condiciones de aceptar que esas dinámicas siguen operando en nuestra propia cultura, cambiando así el discurso de verdad. O tal vez deberíamos decirlo a la inversa: sólo cuando reconozcamos el valor que las emociones y la pertenencia a una comunidad tiene en nuestra cultura, estaremos en condiciones de hacer una arqueología y una etnoarqueología diferente, definida por el verdadero respeto a la diferencia del otro.
Torralba es un yacimiento del Pleistoceno medio, con dataciones numéricas que le sitúan en el MIS 7 (191/243 ka). Su industria, que procede de niveles fluviales y se encuentra fundamentalmente en posición secundaria, fue elaborada sobre materias primas introducidas desde distancias que pueden alcanzar varias decenas de kilómetros. El estudio tecno-económico de las series industriales obtenidas en las excavaciones realizadas por el marqués de Cerralbo (1909-1913) y Clark Howell (1961-1963) confirma la identidad achelense de la industria y la realización de procesos de producción, configuración y mantenimiento en el yacimiento, aunque al menos una parte del macroutillaje fue introducida ya configurada en el mismo. Se identifican aspectos tecnológicos singulares en el contexto del achelense europeo, como el uso frecuente del sílex en la elaboración de hendedores. Los resultados de estos trabajos han sido objeto de valoraciones recientes (Santonja et al. 2005; Aguirre 2005) ( 1) que nos evitan entrar aquí en pormenores y permiten centrarnos en la estratigrafía y el estudio de las series líticas reunidas en ambas etapas en los sectores excavados del yacimiento. Hay elementos para situar de forma aproximada el sector excavado por el marqués de Cerralbo ( 2) en Torralba, pero no resulta posible establecer con exactitud sus límites. Tras sus dos primeras campañas situaba la zona intervenida en paralelo a uno de los edificios principales de la estación de ferrocarril ( 3). En concreto indicaba que la esquina SE de la excavación se encontraba a 10,8 m de este edificio y a 34 m del siguiente, y que limitaba al NO con una tubería que llevaba agua a la estación, conducción que aún se conserva. En esas mismas páginas se estimaban en 200 m 2 la superficie hasta entonces abierta. En la campaña de 1961 Howell estableció a partir de una serie de sondeos los posibles límites del yacimiento, dibujando una planta oval que comprendía una superficie aproximada de 3800 m 2. En ésa y las siguientes campañas de 1962 y 1963 pudo reconocer sedimentos removidos por el marqués de Cerralbo que ayudaban a localizar la posición de sus excavaciones (Howell et al. 1962: fig.5, p. El conjunto de indicios referido hace posible identificar el entorno en que trabajó el marqués de Cerralbo, concretamente en la parte oriental del área delimitada por Howell (Fig. 1). (1) Sánchez-Cervera Valdés, B. 2009: Estudio de la industria lítica del yacimiento de Torralba (Soria). Memoria de Licenciatura inédita. (2) Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo 1911: Páginas de la Historia patria por mis excavaciones arqueológicas I, Torralba. Consultado en el Museo Arqueológico Nacional. El marqués de Cerralbo no llegó a excavar la totalidad de esa extensión, pero sin duda la superficie abierta en las seis campañas que llevó a cabo sería muy superior a los 200 m 2 mencionados en 1911. Solo una limpieza a fondo de los vertidos que en la actualidad cubren gran parte del yacimiento podría permitir establecer un cálculo preciso. De las excavaciones del marqués de Cerralbo proceden un total de 552 piezas líticas depositadas actualmente en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (330), el Museo Arqueológico Nacional (193) y el Museo Numantino de Soria (29). Otras 8 piezas reflejadas en el inventario del antiguo Museo Celtibérico no se han conservado ( 4). Fuera de España hay 4 bifaces y dos retocados en el Peabody Museum (Cambridge, EEUU) y 2 bifaces en el British Museum de Londres, cedidos por el Marqués de Cerralbo a alguno de sus visitantes (Howell et al. 1962: 33). Es un conjunto de materiales sin atribución estratigráfica definida, obtenido en todo caso en la secuencia reconocida por Pedro Palacios en la zona excavada hasta 1911( 5). A tenor de lo observado después en las áreas colindantes excavadas por Howell, la casi totalidad de esta industria procedería de los niveles que Palacios describe como un depósito arcilloso de 50-90 cm de potencia con nódulos y subniveles de gravas calcáreas (cf. Howell et al. 1962: 4-5, apoyado en descripciones de Obermaier y Mac Curdy). A partir de 1960 Howell continuó la investigación de Torralba. La metodología aplicada comenzaba a cimentarse en los yacimientos al aire libre del Este de África, excavaciones con apoyo geológico y paleontológico que en Europa resultaban una novedad (Santonja y Vega 2002). Durante la primera campaña Butzer (Howell et al. 1962) acometió un estudio geológico y estratigráfico del yacimiento en profundidad (Butzer 1965) que permitió situar los niveles arqueo-paleontológicos y definir una teórica Formación Torralba, integrada por cinco unidades sedimentarias. La Fase II, constituida por niveles de gravas y arenas de carácter claramente fluvial, contenía en efecto la mayor parte de la industria Trab. Otras veces se mencionan 887 piezas, de las cuales 102 se consideran inútiles Fig. 1. Yacimiento de Torralba (Soria). Equidistancia de curvas de nivel: 25 cm. para el estudio tecnológico por su avanzado estado de rodamiento (Freeman 1975: 668 ss.). En los fondos del Museo Arqueológico Nacional, destino de los materiales procedentes de estas excavaciones, el total de 977 piezas conservado es superior al incluir posiblemente algunas fuera de estratigrafía. De ellas 29, sin estigmas claros de talla, pueden ser incluidas en la fase de captación. La complejidad del sistema de siglado utilizado ( 6) hace imposible la atribución estratigráfica sistemática de todos estos materiales, forzando, como en el caso de la colección marqués de Cerralbo, su análisis integral. Hasta ahora sólo se disponía de estudios parciales de la industria lítica procedente de las excavaciones del marqués de Cerralbo y Howell. Otras veces se ha trabajado sobre totales menores, como Mosquera (1995) que analiza 782 piezas de la colección Howell. Los últimos estudios citados aplicaron el denominado Sistema Lógico Analítico. Esta metodología de uso no generalizado (Vega 1997) no facilita equivalencias para conceptos (p.e. métodos levallois, discoidal, Quina, conformación, debitage) y términos (raedera, bifaz, hendedor, etc.) normalizados básicos. Tampoco aporta elementos suficientes para comprender los procesos tecnológicos en el marco aquí adoptado de la cadena operativa. Otros trabajos sobre la industria de Torralba han considerado la procedencia de las materias primas, demostrando que todas las rocas cuarcíticas y silíceas e incluso parte de las calizas son intrusivas (Freeman 1991; Santonja y Pérez-González 2001; Parcerisas 2006). Las cuarcitas parecen proceder de los conglomerados del Buntsandstein de Miño, 6 km al NO de Torralba. Los sílex, bastante variados, tendrían fuentes diversas y más lejanas, en un radio de 50 km (6) Véase n. (7) Enamorado, J. 1992: Aprovechamiento del entorno por los grupos humanos del Pleistoceno Medio en la Península Ibérica. Madrid. en torno al yacimiento. Únicamente las calizas, presentes en los afloramientos cercanos del Trías superior (Formación de Imón) y del Jurásico, serían prácticamente locales. Se ha especulado con una hipotética captación de todas estas materias primas en el arroyo Mansegal ( 8) (Mosquera 1998). Sin embargo desde perspectivas geológicas y geomorfológicas (Pérez-González et al. 2005) esta posibilidad carece de fundamento. En la cuenca drenada por el Mansegal no existen afloramientos de cuarcitas y los de sílex son muy limitados, reducidos a algunas nodulizaciones esporádicas intercaladas en las calizas y dolomías jurásicas (Parcerisas 2006). Pudieron aprovecharse ocasionalmente pero en ningún caso aportar la gran variedad de sílex observada en Torralba. INTERPRETACIONES ESTRATIGRáFICAS DE TORRALBA EN ÉPOCAS DEL MARQUÉS DE CERRALBO y F. C. HOwELL El marco interpretativo propuesto en las etapas del marqués de Cerralbo ( 9) y de Howell (Butzer 1965) respecto a la edad y la implantación de Torralba en el paleopaisaje, defendía un idéntico ambiente y su simultaneidad con Ambrona a 2,5 km al Norte. Ambas localidades eran situadas en las orillas de un mismo lago y consideradas estrictamente contemporáneas. Esas conclusiones no se ajustan en absoluto a los conocimientos actuales (Pérez-González et al. 2005). Las edades de Torralba y de Ambrona han sido precisadas en estos últimos años mediante dataciones numéricas, coherentes con las posiciones geomorfológicas donde ambos se encuentran (Fig. 2). Para la unidad estratigráfica media de Ambrona se ha obtenido una fecha de c. 350 ka ESR/U series (Falguères et al. 2006) que permite estimar una edad en torno a 400 ka para la unidad inferior de esa localidad. Este conjunto de fechas demuestra que los yacimientos no son contemporáneos, dibujando una secuencia de ocupaciones. Torralba, en el fondo de valle del río Mansegar, quedaría situado hacia el MIS 7. En cambio las unidades estratigráficas inferior y media de Ambrona corresponderían respectivamente al MIS 11 y al MIS 10 ó 9, en posiciones relacionadas con la red de drenaje y las pequeñas charcas, que se sucedieron en el fondo del poljé de Conquezuela. El conocimiento estratigráfico actual sobre Torralba no es tan completo como el de Ambrona (Pérez-González et al. 2005). Las formaciones más antiguas sobre las que se asientan los depósitos pleistocenos de Torralba, como sucede en Ambrona, están formadas por las arcillas rojas y yesos del Keuper y las más recientes carbonatadas de edad Triásico-Jurásico (Bascones y Martínez 1981). A pesar de la gran extensión del yacimiento la única estratigrafía de detalle es la sección N-S publicada por K. W. Butzer (1965), levantada en el sector oeste del área excavada (Figs. Es un perfil estratigráfico compuesto que comienza con facies coluvionares rojas (red colluvium) apoyadas sobre el Keuper, con un espesor mayor de 3-4 m. Estos depósitos desaparecen hacia el Norte. La secuencia continúa con arenas grises en las que se intercalan facies de gravas angulosas y subangulosas de composición carbonatada, con tamaños de 1-3 cm de eje mayor. Su espesor máximo, 1 m, se alcanza en la mitad septentrional del perfil. En este sector del yacimiento los niveles pleistocenos, al igual que el Keuper, están afectados por fallas inversas con desplazamientos superiores al metro. En estas facies fluviales de gravas y arenas se situaban las principales concentraciones de fauna e industria registradas en las excavaciones de F. C. Howell. A techo se sitúa una unidad muy continua de marga gris-verdosa, algo más arenosa en la base, con potencia máxima de unos 2 m. Sobre esas facies, de carácter lacustre somero, todavía se superpone un depósito aluvionar-coluvionar rojo (red alluvium) entre 0 y 1,5 m de espesor conservado. En el primer sector excavado en la parte oriental del yacimiento por el marqués de Cerralbo en 1909-1911 (Fig. 1) Pedro Palacios describió una sección de 4 m de potencia en la que diferenciaba 6 unidades. A muro señalaba dos niveles, uno con aglomerados y otro de brechas de cantos carbonatados a los que seguirían tres horizontes de margas grises, muy rico el inferior en grava fina carbonatada, finalizando con otro aglomerado de clastos de grava de color rojizo ( 10). La co- rrelación de términos entre los depósitos descritos por Palacios y por Butzer no es muy evidente, pero parece probable que los aglomerados y brechas basales puedan corresponderse con el red colluvium de Butzer. Las margas grises con gravas finas representarían entonces las facies fluviales, mientras que la marga gris a techo puede ser equivalente a la marga gris, y el aglomerado calizo con matriz rojiza sería el depósito coluvionar-aluvionar rojo que erosionaría la secuencia en todo el yacimiento. La industria y la fauna tanto de las excavaciones del marqués de Cerralbo como de Howell se localizan en los términos fluviales, los cuales pueden estar asociados a capas arcillosas de llanura de inundación. ESTUDIO DE LA INDUSTRIA Metodología y objetivos del estudio Presentamos a continuación el primer estudio tecnológico detallado realizado sobre la totalidad de las series industriales conservadas en el Museo Numantino de Soria, Museo Nacional de Ciencias Naturales y Museo Arqueológico Nacional procedentes de las excavaciones del marqués de Cerralbo y Howell en Torralba. En nuestro análisis utilizamos términos tipológicos clásicos (Bordes 1961), si bien estructurados en torno a la noción tecno-económica de cadena operativa, conforme a conceptos básicos definidos para el Paleolítico antiguo europeo (Boëda et al. 1990; Inizan et al. 1995). La desconocida posición estratigráfica de las series estudiadas limita la aplicación de esta metodología, en especial la interpretación de los resultados, puesto que los materiales no son estrictamente sincrónicos y se integran para su estudio en el marco teórico de una cadena operativa. La situación sería equivalente, aún conociendo la procedencia estratigráfica, puesto que no estaríamos ante elementos registrados en posiciones autóctonas que pudieran integrarse en procesos unitarios de gestión. La posible excepción es la pequeña parte de la industria procedente de margas acumuladas en procesos de nula o baja energía. La mayor parte de la industria de Torralba procede de unidades fluviales más o menos tractivas, medios que pudieron determinar desplazamientos, selecciones por forma, peso y tamaño y reorganizaciones de intensidad variable. Tales fenómenos impiden aceptarlas a priori como conjuntos homogéneos. La procedencia de la industria, depósitos fluviales situados en secuencia estratigráfica, implica en todo caso proximidad temporal. En estas circunstancias aplicamos la noción de cadena operativa para intentar reconocer y alcanzar conclusiones respecto a la importancia relativa de las distintas fases de gestión tecnológica representadas en el yacimiento. Este planteamiento permite acumular en el estudio ambas colecciones, que proceden de las mismas unidades estratigráficas, siempre teniendo en cuenta que los distintos métodos de excavación aplicados por el marqués de Cerralbo y Howell dieron lugar, como comprobaremos, a sesgos notables y diferenciados. Por ello partimos de un primer examen independiente de cada serie para después valorarlas en conjunto en la discusión. Seguiremos en los estudios tecnológicos respectivos el orden derivado de las etapas comprendidas entre la fase inicial de captación de materias primas y las fases finales de mantenimiento y abandono, pasando por las etapas de producción. A partir de los resultados obtenidos pretendemos discutir el nivel de representatividad de estos conjuntos en el marco de las intervenciones realizadas y proponer conclusiones acerca de la gestión de las materias primas, la naturaleza tecnológica de la industria y la intensidad de la actividad humana en Torralba. Nuestro objetivo final es contrastar si estamos ante conjuntos industriales achelenses, como habitualmente se viene considerando, o si es posible detectar elementos extraños a dicho tecnocomplejo, situación que permitiría introducir matices o plantear una interpretación alternativa. Composición básica de las series estudiadas La estructura de la colección desde la perspectiva de la cadena operativa (Tab. 1) acusa discontinuidades marcadas que pueden responder en buena medida a los métodos de excavación. Eso parece indicar el elevado porcentaje de lascas retocadas, anómalamente superior al de no retocadas. También el de configurados achelenses (bifaces, hendedores y picos), que constituye más de la cuarta parte del total de la serie. La falta de productos menores también resulta sintomática. En contraposición la colección Howell (Tab. 1) sí los incluye y ofrece una proporción algo más equilibrada entre lascas en bruto y retocadas (2:1), una presencia de configurados achelenses menos llamativa (8,5%) y una compensación mayor entre núcleos y lascas (chunks y productos menores excluidos), 1:11 o 1:5 si incluimos en la correlación todos los configurados. Estas dos últimas proporciones en la colección del marqués de Cerralbo se reducían a 1:5 y 1:1.5 respectivamente. La segunda resulta especialmente desequilibrada, ya que nos indicaría un palpable déficit de productos, solamente tres por cada dos soportes tallados. En ambas series se emplean las mismas rocas, calizas, sílex, cuarcitas y cuarzo (Tab. 2), aunque en diferentes proporciones. El sílex representa algo más de la mitad de la industria en ambas colecciones. Le siguen cuarcitas y calizas, si bien la diferencia entre ambas es notable y mutuamente compensada. En la del marqués de Cerralbo hay un 14% más de caliza y en la de Howell se da una diferencia semejante a favor de la cuarcita. El recurso al cuarzo es muy limitado, en especial en la primera. La superficie de las piezas muestra una ausencia casi total de filos y aristas frescos en los dos conjuntos, algo esperable en procedencias de depósitos fluviales. En cerca del 80% de ambas series las huellas de rodamiento son observables a simple vista. El desgaste en las piezas de caliza es más intenso, en relación con su mayor fragilidad frente al sílex y cuarcita, rocas de mayor dureza. Estudio de la colección del marqués de Cerralbo La fase de captación carece de elementos en cuarcita o en sílex y no está claramente representada en la serie. Hipotéticamente hemos adscrito a esta fase 25 cantos calcáreos sin estigmas de talla, valorando exclusivamente su tamaño superior a los clastos naturales de los niveles de procedencia (Tab. El marqués de Cerralbo pudo conservarlos atendiendo a una morfología especial que hiciera pensar en su introducción intencionada en el yacimiento para algún uso esporádico. La ausencia de elementos en materias primas con procedencia de zonas alejadas del yacimiento contrasta con lo observado en la colección Howell y también en paleoambientes próximos comparables, como la unidad estratigráfica inferior de Ambrona (Santonja y Pérez-González 2001). En ambos casos es clara la introducción de cantos de cuarcita en bruto y su uso como percutores. Ello sugiere que su falta en la colección del marqués Cerralbo es una anomalía. Es posible que descartara este tipo de piezas. 1), que representan el 68,1% del total, se adscriben inicialmente a la fase de producción: 311 lascas y fragmentos de todas las categorías, 65 núcleos y 4 chunks. Insistimos de nuevo sobre la ausencia de esquirlas, cuyo reconocimiento sería prácticamente imposible con los sistemas de excavación de la época. Los productos de lascado están integrados fundamentalmente por lascas ordinarias, de tendencia cuadrangular, con unas dimensiones medias de 51 x 46 x 16 mm. La mayoría son de sílex (64,3%) y cuarcita (23,8%). Predominan de forma neta las lascas no corticales o parcialmente corticales, mientras que sólo se han visto 5 lascas con todo su anverso cortical. Hay un componente interesante de puntas seudolevallois y lascas desbordantes, mientras que es curiosa la falta de alguna con dorso natural. Ninguna de las 6 lascas obtenidas a partir de la superficie ventral de lascas-soporte responde en sentido estricto a un método kombewa (extracciones únicas o aisladas en una cara bulbar), ya que todas ellas presentan restos de varios negativos en la superficie más antigua. Ello no permite descartar su origen en la conformación de hendedores o bifaces sobre lasca. No se han observado lascas de reavivado de utensilios retocados, que podría constituir una característica tecnológica a tener en cuenta. Los únicos productos de acondicionamiento de superficies de extracción reconocidos con nitidez son 28 lascas desbordantes, derivadas probablemente de núcleos discoides. Otros productos característicos serían 5 puntas seudolevallois. No hay lascas con morfología levallois clara. Los talones, con una primacía clara de morfologías lisas, y minoritariamente diedros (11,3%), facetados (6,5%) y lineales (2,1%), hablan de una preparación somera y discontinua de los planos de percusión en los núcleos. En el macroutillaje se registran al menos 43 piezas, entre hendedores y bifaces, configurados a partir de lascas. 4) y las de los negativos observados en los núcleos de la serie, de los que obviamente no pueden proceder. Se han identificado 61 núcleos, casi la mitad de sílex, seguidos de otros de caliza (34%) y cuarcita (18%). Los soportes mayoritarios identificados son cantos rodados, nódulos de sílex y cantos angulosos calcáreos. Hay 10 núcleos sobre lasca, un porcentaje notable. La explotación fue en general muy intensa, especialmente en los soportes en materias primas de mayor calidad. Hay 22 ejemplares completamente agotados, en 9 de los cuales no es identificable el método de explotación. La explotación de los cantos calizos es más somera a través de esquemas elementales, con grados de aprovechamiento reducidos. Igualmente se observan diferencias en los sistemas de explotación en función de las materias primas. Los 9 cantos y placas calizas fueron mayoritariamente explotados siguiendo esquemas elementales o muy elementales: una o dos extracciones aisladas o series de hasta tres extracciones que parten de planos de percusión sin preparar. Esquemas simples -no extracciones únicas kombewa sensu stricto-se aplicaron también en la explotación de las superficies ventrales de 6 lascas. En los soportes en sílex y cuarcita se aplicaron con frecuencia esquemas multipolares y discoides. Hasta 18 piezas muestran un esquema multifacial, con un alto número de extracciones organizadas en tres o más superficies, respondiendo a estrategias de extracción rotatorias. Con unas dimensiones medias de 58 x 59 x 60 mm, algunos presentan superficies jerarquizadas de explotación y de percusión. Estas en general son periféricas -no invasoras-y parciales. Dos núcleos podrían responder a una concepción levallois inicial, si bien habrían sido explotados otra vez con esquemas discoidales. Uno muestra restos de una posible extracción preferencial muy recortada en un plano horizontal. Otro de pequeño tamaño (38 x 31 x 20 mm), con configuración periférica, está intensamente explotado según un esquema recurrente centrípeto, con restos de cuatro negativos en un plano horizontal. En todos los demás la explotación es de clara tendencia centrípeta en planos tangenciales, mostrando entre 13 y 4 negativos. La intensa explotación de los núcleos se observa también en un ejemplar bifacial de cuarcita (64 x 53 x 27 mm) con restos de 32 negativos. La mayoría de la colección del marqués de Cerralbo está constituida por elementos transformados mediante retoque. El grupo está integrado por utensilios sobre lasca (204) y otras piezas de tamaño y morfología comparable elaboradas sobre núcleos en avanzado estado de explotación (6) o sobre cantos (2). El macroutillaje achelense conformado cuenta con menos ejemplares, pero es el componente más llamativo de esta colección. Comprende 122 bifaces y 20 hendedores, a los que cabe sumar un par de cantos tallados (Tab. El peso de esta fase en la colección del marqués de Cerralbo, 356 piezas (64,5% del total), es tan elevado para lo habitual en conjuntos del Paleolítico antiguo al aire libre, que es imprescindible considerarlo resultado de una conservación selectiva. Torralba: 1. punta de bifaz; 2-5 lascas de talla de bifaz (3 retocada en denticulado); 6 núcleo discoidal bifacial; 7-9 hendedores de tipo II: 7 reavivado y con retoque de raedera inversa en el lado derecho; 8 con retoque somero en el filo; 11 con retalla inversa importante para mantenimiento del filo; 9 bifaz de filo transversal, conseguido mediante coup de tranchet inverso; 10 raedera cóncava doble más raspador atípico en un núcleo discoidal parcial sobre lasca; 12 núcleo bifacial. El primer gran grupo que se reconoce en esta fase comprende el utillaje retocado sobre lasca (204 piezas), sobre pequeños cantos (2) y en núcleos agotados (6 piezas), que marcan una leve tendencia a la ramificación de la cadena operativa. Se observa un uso diferenciado de las materias primas. La más empleada fue el sílex, 72,2%, porcentaje que en las lascas no retocadas se reduce al 48,9%. Las lascas de caliza retocadas no llegan al 10% y las no retocadas alcanzan el 16%. En cuarcita se observa una tendencia similar: son el 17,6% de los utensilios sobre lasca y el 34% de las lascas no retocadas. El tipo y formato de lasca por lo general es no cortical, de dimensiones muy ligeramente superiores a las lascas no retocadas, lo que implicaría una leve tendencia a seleccionar los soportes mayores (Tab. La intensidad del retoque suele ser limitada, aunque a veces llega a penetrar y puede formar ángulos casi rectos, produciendo frentes retocados abruptos o semiabruptos. En ocasiones se observan secuencias repetidas de retoque que dan lugar a frentes escaleriformes. Implican actividades de reavivado o mantenimiento que deben haber producido lascas características de pequeño tamaño que no se han conservado. El patrón normal de retoque es de carácter simple, directo, y sin excesiva modificación de los filos de la lasca soporte. Tipológicamente priman las raederas sobre lasca: un total de 118 (55,7% del conjunto de retocados). Suelen ser raederas laterales simples (49) y transversales (28). Junto a ellas una gran variedad de raederas dobles (12), con dorso adelgazado (7), alternas (5), sobre cara plana (4), bifaciales (4), convergentes (4), desviadas (3) y con retoque abrupto (2) (Fig. 5: 1). Hay 6 núcleos que se retocaron creando utensilios afines a las raederas (Figs. 5: 5 y 3), con tamaños comparables con las elaboradas sobre lasca. También 2 cantos de cuar-cita, uno de tamaño grande (132 x 103 x 61 mm), recibieron retoque de raedera en un borde. En número inferior, se registran también denticulados y lascas con un retoque somero (46), insuficiente para configurar una raedera o un denticulado. Destacan algunos instrumentos de carácter progresivo como raspadores netos (4) y otros más atípicos (3), además de un tranchet bien definido (Fig. 5: 6) y utensilios compuestos (8), que combinan frentes de raedera con otros denticulados, o bien perforadores o becs (Tab. Como ya se ha destacado, el utillaje conformado de carácter achelense (26,1%) es el conjunto más significativo de la colección del marqués de Cerralbo. Comprende fundamentalmente bifaces (122, incluyendo 4 fragmentos) y un número significativo de hendedores (20, 1:6 respecto a los bifaces) y piezas afines (2). Asimilamos 2 cantos con talla amplia a los conformados no achelen- ses, aunque su naturaleza como utensilios no sea totalmente evidente. La utilización de caliza compacta local es particularmente significativa en los bifaces (en 52). De manera equivalente se recurrió al sílex (46), mientras el uso de cuarcita fue más reducido (24). El equilibrio formal de estas piezas y en especial la relación espesor/anchura (Fig. 6), está determinado en gran medida por los soportes empleados, ya que la reducción no suele ser tan intensa como para modificar sus volúmenes por completo. Cuando el soporte es una lasca (26) se consiguen piezas menos gruesas, con relaciones mayores entre anchura y espesor. Otros soportes identificables son nódulos de sílex ( 12), placas calizas (20) y cantos rodados de caliza (10) y cuarcita (10). Predomina la talla mediante percutor duro, con una intensidad que parece variar en función de la materia prima. A veces se observan regularizaciones finales producidas con percutor blando. La intensidad de talla es más alta en los soportes de mayor calidad -sílex y cuarcita-hasta con 26 extracciones por superficie. La talla de placas y cantos calizos es más somera. Cumple de manera elemental el objetivo de conseguir un equilibrio bilateral y en menor medida bifacial. Entre las piezas con morfología mejor definida predominan las formas espesas de tendencia apuntada: amigdaloide (Figs. Las siluetas ovalares también son frecuentes, y en menor medida las elípticas o limandes (Bordes 1961). Es muy significativa la presencia de bifaces de filo transversal, cuyos equilibrios formales enlazan además con los de los hendedores. De hecho hay una clara transferencia entre ambos conceptos de conformación: hendedores con filos reavivados y bifaces sobre lasca con filos obtenidos mediante coup de tranchet con proporciones equiparables (Fig. 4: 9). Los bifaces más planos (16), con m/e >2.35 (Fig. 6) están casi siempre elaborados a partir de lasca, por lo que esta proporción es propia del soporte y no viene determinada por la reducción bifacial. Al margen de estas formas más regulares se registra un alto porcentaje de bifaces nucleiformes (9), y parciales o en proceso de elaboración (45), más del 60% de ellos sobre soportes calizos. En estos casos la configuración tanto bifacial como bilateral es muy somera: la talla, limitada, no supera las 5-6 extracciones por superficie. Una parte de estas piezas pueden conceptuarse como preformas, bifaces abandonados en pleno proceso de producción. Sin embargo 5 piezas de sílex, recibieron retoque específico para crear en sus filos frentes de raedera. Una decena de ejemplares es definible como bifaces-soporte de útil (Boëda 2001) por tener sectores de filo transformados mediante retoque. La mayoría son de sílex y el retoque, a veces hecho con percutor orgánico, establece unidades tecno-funcionales específicas, casi exclusivamente raederas (Fig. 7: 5). Aparte de estos bifaces-útiles otros 41 verdaderos bifaces presentan retoque final de configuración cuyo objetivo es definir de modo preciso su simetría bilateral. Junto a las preformas mencionadas, la presencia de fragmentos característicos como puntas (Fig. 4: 1) y al menos 5 lascas de sílex procedentes de la elaboración de bifaces (Fig. 4: 2-5) permite reconocer actividades de uso, conformación y mantenimiento de estas piezas en el propio yacimiento. En la serie del marqués de Cerralbo hay también verdaderos hendedores (20) y piezas de aspecto formal y dimensiones semejantes confeccionadas sobre cantos aplanados (Fig. 9: 5). El uso de sílex, dominante (60%) en el grupo, es una peculiaridad interesante del yacimiento ya que lo habitual en el Achelense del interior peninsular (Querol y Santonja 1979) es el empleo de cuarcita. En Torralba esta roca y la caliza compacta jurásica se emplean en cuatro casos (20%) cada una por la similaridad en su respuesta a la confección de hendedores. Por lo general la configuración de los hendedores de la serie es intensa, materializada en tallas bifaciales profundas, mediante percutor duro. Pueden casi eliminar los caracteres de la lasca soporte, aproximando parte de estos artefactos al tipo V de Tixier (1956). Salvo dos ejemplares sobre lasca cortical de cuarcita, encuadrables en los tipos 0 y I de Tixier, el resto de los hendedores con soporte determinable de la colección del marqués de Cerralbo (18) corresponden al tipo II, sobre lasca ordinaria. El ejemplar de tipo 0 (Fig. 9: 2) es de gran tamaño (192 x 141 x 48 mm) y el de tipo I esta reavivado en su cara inferior, igual que ocurre en otros ejemplares del tipo II (Figs. Seis hendedores de tipo II se elaboraron sobre lascas rectangulares muy regulares, obtenidas en núcleos discoidales de tamaños sensiblemente superiores a los registrados en el yacimiento (p. e. En otros ocho la reducción bilateral llega casi a borrar el anverso de la lasca soporte (Figs. 5: 2 y 9: 3), lo que podría permitir considerarlos tipos intermedios entre II-V (Querol y Santonja 1979). También en los hendedores se observa un retoque transformativo en sectores periféricos que da lugar a utensilios específicos, en particular raederas (Fig. 4: 7). Estudio de la colección Howell Al contrario de lo que sucede en la colección del marqués de Cerralbo, y sin duda efecto de la metodología de excavación aplicada, la fase de captación de materias primas sí se reconoce en la serie formada en las excavaciones de los años sesenta. Además de material tallado se conservaron 6 cantos rodados, uno de caliza y cinco de cuarcita, con huellas de impacto derivadas de su empleo como percutores. Junto a ellos también se recogieron un total de 29 cantos, fundamentalmente de cuarcita (20), pero también de caliza (7) y de cuarzo (2), sin evidencias de acción antrópica, pero que sugieren su posible introducción intencionada en el yacimiento. El tamaño de los cantos calcáreos (Tab. 3) es el principal apoyo para esta suposición: Por su parte los cantos de cuarcita y cuarzo no son locales y forzosamente debieron ser introducidos. A esta fase corresponden 761 piezas (Tab. La colección Howell cuenta además con 104 pequeños debris y lascas de talla inferiores a 10 mm. Estos restos menores carecen de atribución estratigráfica, lo cual sugiere que probablemente fueron obtenidos al cribar el sedimento excavado. Estas tareas no eran habituales a principios de siglo, lo que explica su ausencia en la serie del marqués de Cerralbo. Las lascas ordinarias son el elemento dominante. Los productos con dorso y, en especial, los corticales son claramente deficitarios, man-teniéndose la estructura observada en la colección del marqués de Cerralbo. Mayoritariamente encontramos lascas no corticales (70,7%) o con escasos restos corticales (23,5%) de clara tendencia cuadrangular y dimensiones medias de 35 x 35 x 16 mm, excluyendo las grandes lascas-soporte empleadas en la configuración de bifaces y hendedores (Tab. Las materias primas mayoritarias del lascado son el sílex (57,3%) y la cuarcita (37,6%). La caliza es menos frecuente que en la serie del marqués de Cerralbo (3.8%). El cuarzo (1,3%) tiene nuevamente una representación muy marginal. Tan solo se han identificado 14 lascas corticales, y entre los productos de acondicionamiento 18 lascas con dorso desbordante. Hay hay 2 lascas con dorso natural y 2 puntas pseudolevallois, una retocada (Fig. 5: 7) procedentes de núcleos discoides. De nuevo se constata la falta de productos levallois. La morfología de los talones refleja, como en la serie anterior, una preparación elemental de las superficies de percusión, con hegemonía de formas lisas (63,6%) y algunos talones corticales (8,1%) y diedros (5,6%). Se reconocen talones facetados en 28 piezas (4,1%) y ocasionalmente lineales (1,9%) y puntiformes (0,3%). En las restantes lascas (16,4%) el talón ha sido suprimido o se ve afectado por retoque impidiendo apreciar la morfología original. Cinco lascas de sílex fueron obtenidas a partir de caras ventrales de lascas mayores. Solo dos de ellas responderían quizás al método kombewa, al tratarse de extracciones únicas susceptibles de predeterminación por el abombamiento de la cara bulbar de la lasca soporte, pero pudieron originarse en el avivado de hendedores o en la conformación bifacial de unidades sobre lasca. El total de 63 núcleos es similar al reconocido en la colección del marqués de Cerralbo, pero su porcentaje sobre el total de la colección es inferior (7,2%, productos menores excluidos). Los de caliza son más escasos (19,0%) y más aún los de cuarzo (3,2%), pero es una incidencia llamativa ya que esta materia prima es aún menos habitual entre los productos de talla del yacimiento. Como soporte se recurrió con preferencia a cantos más o menos angulosos (26). En 11 casos se trata de lascas: 5 de cuarcita, 4 de sílex y 2 de caliza. Ninguno de estos núcleos puede considerarse Kombewa, ya que la explotación sobre la superficie ventral asocia varias extracciones, aunque en general escasas. En las 26 piezas restantes el soporte no puede ser identificado. Los sistemas casuales o elementales son más frecuentes en caliza. En cuarcita hay casi equilibrio entre explotación elemental y sistemas más organizados como el bifacial (Fig. 4: 6), multipolar y discoide, que son dominantes en sílex. La intensidad de la explotación fue más acentuada en las rocas de mayor calidad. En 9 casos, la mayoría en sílex, el avanzado grado de explotación impide reconocer el esquema operativo aplicado. El esquema de explotación discoide, identificado en 16 piezas, es el más representativo de la colección. Son núcleos sometidos a una explotación a veces no invasora pero siempre de clara tendencia centrípeta. En un caso se conserva parte de una extracción central en un plano paralelo al plano principal de simetría que sugiere que podría tratarse de un núcleo levallois ultra explotado. Sin embargo en el estado final corresponde a un sistema de explotación discoidal bifacial, sin jerarquización de superficies (Fig. 9: 8). Los tamaños medios de los núcleos de esta serie (58 x 49 x 28 mm) se observan en todas las materias primas, incluso uno en caliza y otro en cuarzo (Tab. En la colección Howell 336 piezas se modificaron mediante retoque o talla de conformación. Son 256 lascas retocadas, 4 núcleos con retoque (Tab. 6), 76 conformados, la mayoría macroutillaje achelense (60 bifaces, 12 hendedores y afines, 2 picos triédricos) y 2 cantos tallados. Utensilios retocados y configurados suponen el 38,5% del total de la serie excluidos productos menores. El porcentaje parece algo elevado, por ejemplo en el nivel inferior, AS1, de Ambrona es el 27,2% (Santonja y Pérez González 2001). Sin embargo es casi la mitad del que hemos registrado en la colección del marqués de Cerralbo. Dominan los utensilios retocados sobre lasca, a los que se pueden añadir 3 raederas y 1 escotadura sobre núcleos agotados (Tab. La selección de materias primas es muy clara: el 76% están configuradas en sílex y el 22% en cuarcita. Hay 4 piezas retocadas en caliza y 1 en cuarzo. Las dimensiones medias de los utensilios sobre lasca son significativamente superiores a las de los productos sin retocar (Tab. La ligera tendencia hacia formas alargadas también puede considerarse un patrón de selección. Incluyen elementos de cierto tamaño, como algunas raederas convergentes (Fig. 5: 8), también observadas en la colección del marqués de Cerralbo. El tipo de retoque identificado es mayoritariamente simple, directo y no muy penetrativo, regularizando el trazado de los filos pero sin producir excesivas modificaciones en el contorno de la lasca soporte. En las raederas abruptas, se reconoce un retoque de mayor intensidad. También con carácter minoritario se han observado retoques de tipo bifacial, y en una raedera desviada un frente escaleriforme formado por dos generaciones sucesivas de retoque. En el catálogo tipológico las 128 raederas suponen casi la mitad de los retocados (Tab. Se utilizaron de manera no intensiva, habitualmente con generaciones únicas de retoque, pero tan variadas como las de la colección del marqués de Cerralbo (Fig. 5: 2 y 7-9). Los 21 denticula- dos (Fig. 5: 5), incluyen una punta de Tayac. Los elementos progresivos son prácticamente inexistentes, cabe mencionar 3 raspadores, si bien atípicos (Fig. 5: 4), 3 perforadores y 7 utensilios compuestos. Estos combinan frentes de raedera, de denticulado, escotaduras y becs. El utillaje conformado de carácter achelense no alcanza la dimensión que tiene en la serie del marqués de Cerralbo pero también aquí destaca. Los bifaces son más de las tres cuartas partes de las piezas conformadas y la relación hendedores/bifaces es de 1:6.7, casi idéntica a la de la colección del marqués de Cerralbo. Se observa también en esta serie un patrón similar en el uso de las materias primas: calizas compactas preferidas a sílex y menor utilización de cuarcita. La mayoría de los 35 bifaces en caliza presenta configuraciones bifaciales y bilaterales parciales, equilibrándose mediante una mínima intensidad de talla. Las piezas en sílex (16) y en cuarcita (9) fueron sometidas a procesos de reducción más intensos, produciendo ejemplares volumétrica y bilateralmente equilibrados, en especial si se utilizaban lascas como soporte. 4), aunque la variabilidad de tamaños es notable, observándose valores máximos de 218 mm de longitud y 151 mm de anchura (Fig. 8). El percutor duro, poco pesado (Fig. 7: 12) se aplicó casi exclusivamente en la talla o, con cierta frecuencia, para el retoque de los filos. El retoque de regularización del contorno se usó, al menos, en 38 piezas y en 5 ejemplares definió unidades funcionales específicas, raederas en general, dando lugar a verdaderos bifaces-soporte de útil (Boëda 2001). En las formas bien definidas predominan las siluetas espesas, fundamentalmente amigdaloides (Fig. 7: 3 y 6), lanceoladas y ovalares (Fig. 7: 1 y Fig. 7. Tipología de los bifaces de Torralba (1-10): 1-2 ovalar y ovalar estrecho espesos; 3 amigdaloide alargado; 4 ficron lanceolado; 5-6 amigdaloides (5 con retoque que conforma una raedera recta en el lateral izquierdo de la superficie principal; 6 con fractura antigua en la punta); 7 amigdaloide alargado; 9 ovalar parcial; 10 de filo transversal con morfología de hendedor; 12 de filo transversal y contorno ovalar acabado en parte con percutor blando; 8 núcleo discoidal bifacial; 11 placa con filo transversal y morfología de hendedor. Es llamativa la presencia de 5 bifaces de filo transversal (Fig. 7: 12), con equivalencias formales claras con los hendedores (Fig. 9: 6). Las proporciones entre anchura y espesor (Fig. 8) marcan la existencia de bifaces definibles como planos (Bordes 1961). Insistimos en que la relación viene impuesta por las medidas del soporte -lascas o cantos calcáreos aplanados-y no resultan de una reducción bifacial intensa. Junto a estas formas regulares, fundamentalmente sobre soportes de materias primas de gran calidad, hay bifaces parciales (Fig. 7: 9) y preformas, piezas abandonadas en el proceso de elaboración, mayoritariamente en caliza pero también en sílex (Fig. 7: 11). Los 9 hendedores registrados responden a parámetros técnicos similares a los de la serie del marqués de Cerralbo, aunque en la de Howell los ejemplares de cuarcita (6) dominan frente a los de sílex (3). Son piezas en general con talla de intensidad media que, si bien supone una modificación bilateral significativa, incluso alta en algunos casos (Figs. 9: 2 y 6), siempre permite reconocer el tipo de lasca soporte. Siguiendo el criterio clasificatorio antes aplicado (Tixier 1956) se ha identificado 1 ejemplar de tipo 0 sobre lasca cortical (Fig. 9: 3), 7 hendedores de tipo II, sobre lascas ordinaria y uno de tipo VI sobre lasca Jano (Fig. 9: 4). Como en la serie del marqués de Cerralbo, alguno de los hendedores del tipo II se realizaron sobre lascas de contorno rectangular bastante simétricas, procedentes de núcleos discoidales. En conjunto esta categoría de macroutillaje presenta unas dimensiones medias de 133 x 85 x 45 mm, alcanzando en un caso 19 cm de longitud (Fig. 9: 1). Estos tamaños no encuentran correspondencia en los de las lascas de la serie. Sumamos finalmente a los hendedores 3 piezas configuradas sobre canto de sílex, cuarcita y caliza (Fig. 7: 11). No responden al concepto de hendedor en sí pero se definen por un equilibrio formal similar y por la búsqueda de un filo transversal sin retoque. El macroutillaje conformado incluye 2 picos triédricos y 2 cantos trabajados. Los picos triedrícos tienen una punta de sección triangular definida por talla bifacial opuesta a una base espesa. Los cantos trabajados son de cuarcita (82 x 82 x 55 mm) y caliza (130 x 110 x 35 mm), el primero con filo convergente distal y el segundo sobre una placa con extracciones bifaciales periféricas. Las series industriales de Torralba estudiadas alcanzan un total de 1529 piezas: 552 de la colección del marqués de Cerralbo y 977 de la colección Howell (en adelante SC y SH respectivamente). La falta de información respecto a su posición estratigráfica solo permite valoraciones globales. Cada serie aporta matices que afectan a su composición estructural y han sido tomadas en consideración. La estructura de ambas colecciones desde la perspectiva de la cadena operativa acusa claras discontinuidades, más acentuadas en SC, que parecen derivar de recogidas incompletas y de una conservación selectiva. Las dos series presentan la misma variedad de materias primas (Tab. 2), calizas obtenidas cerca del yacimiento, si bien no estrictamente locales, y cuarcitas, algo de cuarzo y sílex introducidas desde distancias mayores (Freeman 1991: 77-83; Parcerisas 2006). En ambas en torno a la mitad de las piezas se elaboraron en sílex. En la otra mitad las proporciones de cuarcita y caliza son inversas: en la SC dominan las calizas y en la SH las cuarcitas son más frecuentes. Podría tratarse de una diferencia real, propia de las zonas excavadas en uno y otro momento. En unas excavaciones de principios del siglo XX resultaría más lógico que se hubiera manifestado la tendencia inversa, conservándose con mayor facilidad utillaje en cuarcita que en caliza. La introducción de materia prima en bruto queda atestiguada en SH por los cantos rodados de cuarcita con estigmas de percusión. Su ausencia en SC puede perfectamente obedecer a que este tipo de materiales no fuera conservado en la intervención del marqués de Cerralbo. La existencia de núcleos en las dos series sugiere el desarrollo de procesos de debitage en el propio yacimiento. Sin embargo introduce algunos interrogantes el que los índices de corticalidad, que pueden revelar la ejecución in situ de las primeras fases de reducción de soportes naturales, sean bajos. Las lascas totalmente corticales son insignificantes en ambas series. En SC solamente hay 5 sobre un total de 311 lascas de todas las categorías. Sin embargo si atendemos a las lascas con restos de córtex las proporciones resultan más normales: 88 (28%) en SC y 160 (24%) en SH. El déficit de productos totalmente corticales apuntaría más bien, entonces, a conservaciones selectivas del registro tanto en una época como en la otra. La alternativa sería la ejecución de los procesos más iniciales de reducción fuera del yacimiento, o en áreas distintas a las excavadas. La fase de producción es mayoritaria en las dos colecciones: el 68% en SC y el 87%, aún sin considerar productos menores, en SH. Atendiendo a las lascas, el elemento mayoritario, las rocas del grupo sílex (64,7% y 57,3%) y las cuarcitas (22,9% y 37,6%) se emplearon de manera comparable en SC y SH. La caliza, como reflejaban las proporciones globales, sigue estando bastante menos representada en SH (3,8%) que en SC (11,6%). Ello refuerza la impresión de que pueda tratarse de un rasgo propio de la industria procedente de dos zonas distintas del yacimiento. El mayor recurso a la caliza en SC podría influir en que los tamaños medios distinguidos en los productos de esta colección sean sensiblemente mayores (Tab. Pero conviene tener en cuenta que la ausencia total de esquirlas en SC sugiere que las piezas de menor tamaño no se recogieron o no fueron conservadas en las excavaciones de principios del siglo XX, lo cual se estaría acusando en las diferencias de tamaño observadas en el lascado de las dos series. Los patrones de explotación de los núcleos son totalmente similares en ambas colecciones. Se reconocen acciones poco organizadas, extracciones aisladas oportunistas o adaptadas a los volúmenes naturales especialmente en las piezas en caliza y métodos más organizados, multipolares y discoides bien desarrollados, en nódulos de sílex, cantos de cuarcita y ocasionalmente sobre lascas de una y otra materia prima. La proporción de núcleos y chunks en la fase de producción es considerablemente mayor en SC que en SH (17% frente a 10%). También lo es, como valoraremos a continuación, la de macroutillaje. En consecuencia la relación entre bases explotadas (núcleos más configurados) y lascas resulta más desequilibrada en SC: 3 lascas por cada dos soportes tallados. Esto refuerza la impresión de que, en aquellas primeras excavaciones, se aplicó una conservación selectiva de las piezas mayores y más elaboradas en detrimento de las menores y más elementales, no solo esquirlas sino también lascas pequeñas y corticales. En los núcleos de ambas series la utilización de materias primas acusa proporciones y tendencias que solo coinciden parcialmente con las observadas en las lascas (Tab. El sílex deja de ser el recurso mayoritario en SH, reemplazado por la cuarcita, mientras crece en las dos el recurso a las calizas. Los porcentajes de sílex y cuarcitas guardan en SH y SC una proporcionalidad similar en lascas y núcleos, pero las calizas, cuyo porcentaje entre las lascas triplicaba en SC al de SH, en los núcleos es solo 1.7 veces mayor. Este aparente desfase podría revelar ausencias en la conservación de núcleos calcáreos en SC o de lascas de esta roca en SH. Alternativamente podría quedar explicada por una superior producción de lascas de los núcleos calcáreos de SC, que traduciría un uso diferenciado de las materias primas en uno y otro espacio. Sin embargo las dos series comparten una intensidad comparable en las secuencias de explotación de los núcleos, acentuada sobre las rocas de mayor calidad. Las diferencias en el rendimiento de las calizas no pueden por tanto haber sido significativas. Los desajustes entre las dos colecciones resultan más acentuados en el peso relativo que en cada una presentan los elementos retocados y conformados, nada menos que el 64,5% en SC y poco más de la mitad, el 38,5% en SH. Para el segundo es posible encontrar referencias aproximadas en conjuntos excavados bien controlados, mientras para el de SC solo se podrían hallar paralelos en colecciones achelenses de yacimientos al aire libre. La proporción de lascas retocadas respecto a la producción total, elevadísima también en SC (66,2%) y Fig. 9. Hendedores (1-6): 1, 5 (retallado) tipo II; 2-3 tipo 0; 4 tipo VI; 6 con talla bifacial intensa pero insuficiente para considerarlo tipo V; 7 preforma de bifaz; 8 canto tallado con filo transversal afín a hendedor. Materias primas: cuarcita (1-4, 6, 8), sílex (5, 7). puede que algo elevada en SH (37,5%), refuerza también la impresión de que SC acusa fuertes sesgos selectivos, que resultarían menos patentes en la formación de SH. En las dos colecciones se prefiere retocar lascas de sílex, sin que haya una especial elección de soportes en cuarcita con esta finalidad. En cambio, los tamaños no se comportan igual. En SC coinciden los de lascas retocadas y no retocadas mientras en SH son claramente mayores los utensilios. Recordando el déficit en los productos de menor tamaño observado en SC, se concluye que el resultado obtenido en SH parece más pertinente como rasgo definitorio de la industria de Torralba. La naturaleza y los resultados del retoque resultan más comparables. En SC y SH prevalece el retoque directo, simple y poco penetrativo. Las piezas afectadas por retoque intenso que permitan suponer avivados sucesivos son minoritarias. En las dos series las raederas, variadas por igual (Tab. 6), son el componente mayoritario, de forma algo más acentuada en SC que en SH (59,4% y 49,2%). Los utensilios de carácter progresivo, como perforadores típicos o raspadores, son poco numerosos pero existen en ambas colecciones. Lo mismo sucede con los núcleos retocados, sin que en ninguna halla una tendencia acusada a la ramificación. El elevado porcentaje de macroutillaje achelense en SC (25,7%) debe aceptarse también como resultado de sesgos selectivos. Su proporción en SH (8,5%) debe estar menos alterada, si bien resulta interesante observar que la relación bifaces/hendedores guarda en ambas un valor similar: 6,1 en SC y 6,7 en SH. Los bifaces son con claridad el componente principal, pero los hendedores característicos son frecuentes en ambas series. La presencia de picos triédricos -2 en SH-y de cantos trabajados resulta por el contrario irrelevante. En SH la caliza es la materia prima claramente preferida en la elaboración de bifaces, y en SC también domina ligeramente sobre el sílex. La cuarcita, minoritaria tanto en SH como en SC en los bifaces domina sin embargo en los hendedores de SH. Ese papel, anómalo -si lo evaluamos en el contexto general del achelense ibérico (Santonja y Pérez-González 2010)-corresponde al sílex en SC. Con independencia de que los sesgos reconocidos en la formación de SC impidan elevar a categoría esta observación, el hecho cierto es que en Torralba se recurrió con meridiana continuidad al sílex para fabricar hendedores. Las medidas y el equilibrio dimensional del macroutillaje difieren poco en ambas series: tamaños medios en torno a 12 cm de longitud y máximos de hasta 22 cm, algo mayores en SC (Tab. Entre los bifaces se observan ejemplares aparentemente planos (Bordes 1961), con una relación anchura/espesor superior a 2.35 (Figs. La proporción está determinada por la elección del soporte (lascas y cantos calcáreos aplanados) y en escasa medida por la intensidad de la reducción bifacial que, en general, fue más intensa en las piezas de sílex y cuarcita. En la configuración de bifaces y hendedores se empleó fundamentalmente percutor mineral, pero no es infrecuente observar la aplicación de percutores orgánicos o poco pesados en los acabados finales (p. e., Fig. 7: 12). Las formas apuntadas -lanceoladas y amigdaloides-son más frecuentes que las ovalares y que los bifaces con filo transversal. Predominan en cualquier caso los bifaces parciales, sobre todo en caliza, con siluetas poco regulares. En las dos series cierto número de bifaces con retoque transformativo en sectores limitados del filo encajan en el concepto de bifaz-soporte de útil definido por Boëda (2001). En los hendedores el soporte preferido son lascas ordinarias rectangulares, con el eje técnico perpendicular a la dimensión mayor, en uno de cuyos extremos se sitúa el filo del utensilio. Con frecuencia estas lascas proceden de núcleos discoidales de tamaños mayores que los registrados en cualquiera de las dos colecciones estudiadas. Esta elección constituye otra peculiaridad de Torralba frente al recurso más común a lascas corticales en las series achelenses de la Meseta (Querol y Santonja 1979). Torralba es un yacimiento del final del Pleistoceno medio, probablemente del MIS 7 a tenor de las dataciones numéricas obtenidas en el propio yacimiento y en formaciones fluviales del Alto Henares correlacionadas. La industria achelense de Torralba sería por tanto más reciente que la de las dos unidades reconocidas en Ambrona; posterior tanto a los niveles inferiores con materiales atribuidos también al tecnocomplejo Achelense como a los intermedios, con series Achelense superior encuadradas en el Paleolítico medio (Santonja y Pérez-González 2001, 2006; Santonja et al. 2014). Los niveles de los que procede la industria de Torralba estudiada en estas páginas son de origen fluvial. El material arqueopaleontológico que contenían pudo experimentar movimientos proporcionales a su forma y tamaño, efecto acusado en el rodamiento que muestran las aristas de las piezas líticas, en ocasiones intenso. La información que aporta el estudio tecnológico que aquí presentamos y todas las estimaciones referidas a las características espaciales del yacimiento deben entenderse desde esta perspectiva. De acuerdo con la planimetría propuesta por Howell en 1961 y con nuestras propias observaciones, las intervenciones realizadas por el marqués de Cerralbo y por el equipo norteamericano habrían prácticamente agotado dos terceras partes del yacimiento en los sectores oriental y central del mismo (Fig. 1). En esas zonas solo cabe esperar que subsistan limitadas superficies sin excavar, conservadas gracias a la irregularidad de las catas del marqués de Cerralbo. En la zona occidental, si la delimitación establecida por Howell en la campaña de 1961 se confirma, podrían llegar a 1500 m 2 de yacimiento. Se desconoce la superficie exacta intervenida en las campañas de 1909-1913 y es obvio que la cantidad de restos conservada es inferior al contenido real de los niveles excavados. Aun teniendo en cuenta los dos factores la densidad de industria registrada en Torralba en el conjunto de las excavaciones no resulta elevada. En la primera campaña de Howell las cifras son parejas. Probablemente constituye la parte de las series antiguas de Torralba con menores sesgos selectivos. En todo caso, como ya señaló Freeman en 1991, las densidades globales por m 3 no serían muy superiores a 1 pieza en ningún sector del yacimiento. Densidades tan bajas sugieren presencias humanas esporádicas e intervenciones muy puntuales o de baja intensidad, pero el patrón de captación de materias primas se mantiene en líneas generales a través de la secuencia estratigráfica y parece implicar constantes en el uso del territorio. Se captan cuarcitas en la zona de Miño, rocas tipo sílex en un territorio considerable, quizás más de 50 km alrededor del yacimiento, y calizas compactas muy seleccionadas en un entorno más inmediato. Será en todo caso importante profundizar y llegar a un conocimiento más exacto de las pautas de aprovisionamiento registradas en Torralba. La comparación con las referencias equivalentes -mismo territorio de captación-que pueden aportar las distintas unidades del inmediato yacimiento Ambrona cubriría un rango temporal en torno a 200 ka en el tercio final del Pleistoceno medio. Ciñéndonos a las dos colecciones estudiadas las variaciones observadas en el uso de materias primas, condicionadas insistimos por los sesgos selectivos introducidos, no parecen revelar diferencias sustanciales, salvo quizás el sorprendente mayor recurso a rocas calizas detectado en el área oriental del yacimiento. La existencia de núcleos y lascas de variadas categorías demuestra en todo caso que en la localidad se talló a partir de soportes de cuarcita y sílex introducidos desde el exterior. La carencia de lascas corticales en las dos series sugiere que se pudo llevar al yacimiento materia prima sometida previamente a procesos iniciales de reducción. A su vez la ausencia de núcleos con tamaño suficiente para proporcionar las lascas-soporte de algunos bifaces y de los hendedores evidencia que este utillaje debió introducirse ya configurado. Bifaces y hendedores permiten integrar la industria de Torralba en el tecnocomplejo Achelense. Sin embargo también se observan en Torralba elementos tecnológicos progresivos, en especial bifaces y hendedores soporte de útil, que plantean la necesidad de contrastar si en alguno de los niveles de Torralba existen tradiciones tecnológicas encuadrables en el Paleolítico medio, como es el caso de Ambrona (Santonja y Pérez-González 2010). En un contexto general del Achelense europeo resulta en cualquier caso importante subrayar la presencia en Torralba de verdaderos hendedores en sílex, ya que existe alguna tendencia a vincular de manera estrecha estos utensilios con la disponibilidad de cuarcita. Este yacimiento demostraría que la elaboración de tales artefactos no está tan condicionada por la materia prima. Teniendo en cuenta las cronologías numéricas obtenidas, el tecnocomplejo achelense habría estado presente en la zona desde el MIS 11 (AS1, Ambrona) hasta el MIS 7, cronología de Torralba. En etapas intermedias, MIS 9 o 10, otras tradiciones industriales vinculadas al Paleolítico medio (AS6, Ambrona) tienen presencia en el área. Torralba constituiría uno de los yacimientos achelenses de fecha más reciente identificados en el sur de Europa, con edad comparable a otros conocidos en el Jarama-Manzanares, cuenca del Duero y Aquitania (Santonja et al. 2014). Los resultados que presentamos están basados en el trabajo de investigación realizado por BS-CV en el Programa de doctorado del Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense en el año 2009. Su actualización y discusión se enmarca en el Proyecto CEN186A12-1 de la Junta de Castilla y León. Agradecemos los permisos concedidos por el Museo Numantino de Soria, el Museo Arqueológico Nacional y el Museo Nacional de Ciencias Naturales para estudiar las colecciones de industria lítica de Torralba (colecciones del marqués de Cerralbo y Howell) a su cargo, así como la información y facilidades prestadas por Carmen Cacho y Juan Antonio Martos (Departamento de Prehistoria, MAN), Patricia Pérez Dios (Departamento de Colecciones, MNCN) y Elías Terés y Marian Arlegui (MN de Soria). Muy en especial agradecemos la colaboración desinteresada de Raquel Rojas Mendoza en la realización de los dibujos de industria lítica. Colección marqués de Cerralbo Colección Howell
En este artículo se presenta el primer estudio tecnológico de los conjuntos líticos de la cueva de la Mallada (Perelló, Tarragona) y el abrigo de l'Areny (Vilanova d'Escornalbou, Tarragona), ambos incluidos en el Paleolítico superior final. Tras definir sus similitudes y diferencias, se han comparado con otros yacimientos con dataciones localizados principalmente en el sur de Cataluña e incluidos en este periodo cronológico. Los resultados ponen de manifiesto la variabilidad de las estrategias de explotación de núcleos al final del Paleolítico Superior. La secuencia cronocultural del Paleolítico superior final (PSF) en la vertiente mediterránea de la Península Ibérica se ha venido ordenando a partir de la distinción entre un Magdaleniense superior (MS) y un Epipaleolítico microlaminar (EM) definidos por Fortea (1973) como dos tecnocomplejos diferenciados. El MS estaría caracterizado por la talla laminar, una industria ósea típica en la que destacan los arpones, una relación buril/raspador equilibrada o favorable a los buriles y una buena presencia del utillaje microlaminar. El EM era resultado de una evolución industrial a partir del Magdaleniense, del que se diferenciaba por el aumento de los raspadores, el descenso de los buriles y la menor complejidad de la industria en hueso. No obstante, la continuidad de la industria lítica de estos dos tecnocomplejos dificulta establecer una línea de separación bien definida entre ellos. Esto ha provocado que se dude de la conveniencia de seguir considerando el EM como un periodo distinto al MS. En este contexto, Aura (1995) redefinió el MS y estableció tres fases. Las dos primeras, MS A y B, mantienen las características anteriormente descritas. La fase C correspondería al EM y se define por el predomino de los raspadores sobre los buriles, la microlitización de la industria, la reducción de la variabilidad de los elementos microlaminares y la simplificación de la industria ósea. Esta problemática se debe a la gran variabilidad tecnológica y tipológica del PSF. Para explicar esta variabilidad se ha hecho hincapié en la fragmentación regional: los diferentes grupos humanos habría adaptado la industria a las necesidades económicas de los pequeños territorios ocupados. La variabilidad resultaría de los diferentes modelos de adaptación al medio (Aura y Pérez 1995; Villaverde y Martínez 1995; Casanova et al. 2008). En estas dinámicas adaptativas, las estrategias de producción de artefactos líticos constituyen un aspecto fundamental de la organización tecnológica y, como consecuencia, en la variabilidad de los conjuntos. Según algunos autores las estrategias de reducción de núcleos distinguen también el MS y el EM, sugiriendo que en el EM los procesos de talla, y en concreto la laminar, no son tan complejos y elaborados como en el MS (Domènech 1998; Soler et al. 2009). Sin embargo, los estudios tecnológicos de conjuntos del PSF mediterráneo son todavía relativamente escasos y no permiten evaluar la incidencia de los fenómenos de variabilidad regional en las dinámicas de cambio tecnológico características de este período. La documentación disponible impedía por com-pleto localizarlos con exactitud en el paraje con pequeñas cuevas y abrigos a lo largo de decenas de metros donde se encuentran. Los dos fueron excavados en los 1950 por Salvador Vilaseca e incluidos en el PSF. Desde entonces las revisiones del material siempre han sido tipológicas ya que los retocados son los elementos que, atendiendo a las propuestas de Fortea, permiten situar un conjunto dentro del MS o EM. Siguiendo estos criterios tipológicos, se ha considerado el yacimiento de la Mallada más antiguo ya que se sitúa dentro del MS, mientras que l'Areny se incluye en el EM. Nuestro estudio del material lítico, depositado en el Museo de Arqueología Salvador Vilaseca de Reus, no se basará en los retocados sino que se analizará todo el material, centrándonos en los núcleos ya que son los elementos que permiten definir los procesos de talla. Tras el análisis se compararán ambos conjuntos para definir sus similitudes y diferencias e intentar dilucidar si se simplifican las estrategias de talla como algunos autores han defendido y mantenido para el PSF, o por el contrario se mantiene la misma tradición. Por último, se buscarán paralelismos con otros yacimientos del PSF localizados sobre todo en el sur de Cataluña con dataciones radiométricas y se discutirá la conveniencia de seguir manteniendo la distinción entre MS y EM. PRESENTACIÓN DE LOS yACIMIENTOS La cueva de la Mallada La cueva de la Mallada se localiza en el término municipal del Perelló (Baix Ebre, Tarragona) (Fig. 1). Está situada a 6 km al NO-O del núcleo urbano, a los pies de la sierra del Boix y a 200 m del abrigo con pinturas de arte levantino de Cabra-Feixet. A los pies de los dos yacimientos discurre el barranco de les Nines, que a su vez recibe otros como el de la Mallada. La cavidad tiene 20 m de longitud, 8 de profundidad y de altura y está orientada al Norte. La Mallada fue descubierta en el verano de 1953 por excursionistas que recogieron 627 restos de sílex que depositaron en el Museo de Tortosa. Vilaseca se interesó por este yacimiento y un año después lo excavó. El área excavada (12 m 2 ) se encontraba en el extremo oriental de la cueva. Se definieron 4 niveles: a, b, c, d. El c es el nivel arqueológico aunque el b también proporcionó algo de material (Fig. 1). Como no se observó ninguna diferenciación en el nivel arqueológico, toda la industria lítica junto a la recuperada por los excursionistas, fue considerada como un único conjunto homogéneo. Vilaseca y Cantarell (1956) lo publicaron prestando especial atención a los retocados, entre los cuales abundan los raspadores y destacan los buriles y los dorsos. En un primer momento incluyeron el material arqueológico en una edad anterior al MS en el Paleolítico superior, y más tarde Vilaseca (1961) lo atribuyó a un Epiauriñacoperigordiense algo avanzado. Fortea (1973) en su primera revisión del material no le asignó cronología, aunque después lo situó en el MS (Fortea et al. 1983). Otras publicaciones situaron la Mallada en el Magdaleniense medio (García-Argüelles y Fullola 1987; Fullola et al. 1993), pero en la última revisión se incluyó en los momentos iniciales del MS (García-Argüelles y Nadal 1996). Vilaseca y Cantarell (1956) mencionaron que había una abundante cantidad de restos óseos y dentarios faunísticos, que correspondían en gran parte a los géneros Capra y Cervus. En la última revisión, García-Argüelles y Nadal (1996) determinaron taxonómicamente 20 de los 181 restos disponibles sin poder identificar elementos del género Capra: 15 pertenecían a Cervus elaphus y 5 a Oryctolagus cuniculus. El abrigo de l 'Areny El abrigo de l' Areny se encuentra en Vilanova d'Escornalbou (Baix Camp, Tarragona), a 2 km al suroeste de esta localidad y a 175 m.s.n.m. Está rodeado por el Norte, Sur y Oeste por unos acantilados de 20 m de altura formados por conglomerados y areniscas rojas del Trías inferior (Vilaseca 1961). En ellos se formaron dos grandes abrigos por erosión de las areniscas. El que nos ocupa se sitúa en la parte más meridional. Está orientado al Este y tiene 25 m de anchura, 10 de alto y 7 de profundidad. El depósito estaba parcialmente destruido por la extracción de arenas para la fabricación de vidrio. Vilaseca inició una intervención arqueológica que acabó en 1958 en la zona intacta, es decir, en 4 m 2 de la parte noroeste del yacimiento, en el fondo central del abrigo (denominado sector 5) y en el saliente de un roquedo que quedaba por encima del nivel I (sector 6), también en el fondo central. A raíz de estos trabajos, Vilaseca definió una estratigrafía con una potencia de 2,5 m y 5 niveles que descansaban sobre la roca natural. El nivel I era el superficial y resultó estéril, mientras que los otros cuatro (II, III, IV y V) contenían restos arqueológicos (Fig. 1). También se cribaron los depósitos situados al sudeste del abrigo y formados durante la extracción de arenas. En ellos, divididos en los sectores Pedrol y Soler, se recuperó industria lítica y cerámica. La sedimentación fue rápida y uniforme salvo en zonas con finas capas calcáreas discontinuas que sirvieron de referencia para delimitar los niveles. A partir de la disposición de las capas, Vi-Fig. Localización de la cueva de la Mallada y del abrigo de l'Areny en la Península Ibérica. Planta y perfil de la cueva de la Mallada extraído de Vilaseca y Cantarell (1956); 2. Planta y alzado del abrigo de l'Areny extraído de Vilaseca (1961) Se recuperaron 2487 piezas de sílex, siendo los niveles III y V los más ricos. En todos los niveles dominan los raspadores, los elementos de dorso son importantes y los buriles son escasos. Vilaseca (1961) pensó que l'Areny no tenía filiación cultural con el Magdaleniense y que podría incluirse dentro del Epipaleolítico mediterráneo leptolítico, aunque al final afirmó que podía pertenecer a un Perigordiense evolucionado o bien a un Epiauriñaco-perigordiense avanzado. En la misma publicación, Laplace aseveró que debía incluirse en el Epiperigordiense final. Fortea (1973) volvió a revisar el material, agrupó los niveles III y IV y obvió el recuperado en los sectores Pedrol y Soler. Obtuvo resultados similares e incluyó l'Areny en el EM. Revisiones posteriores también lo sitúan en este periodo (Fullola y García-Argüelles 1987). Vilaseca atestiguó la presencia de Cervus, Capra y Oryctolagus. Posteriormente, Nadal (1) 1 identificó 24 restos de los 83 disponibles que pertenecían a Cervus elaphus, Ovis aries, Sus sp, Oryctolagus cuniculus, Meles meles y otros pequeños bóvidos y roedores. Descartó los restos de oveja por ser una especie doméstica. METODOLOGÍA DE ANáLISIS 2 El estudio del material lítico de la Mallada y l'Areny se ha centrado en aspectos morfotécnicos y tipométricos planteados en diversas propuestas metodológicas, además de determinar las materias primas utilizadas y la categoría a la que pertenece cada objeto dentro de la cadena operativa. En el análisis morfotécnico de los núcleos se han utilizado las propuestas de Vaquero (2) y Guilbaud (1995) que permiten definir su organización volumétrica como el número de planos de intervención y su disposición con respecto a los planos del objeto (horizontal, transversal y sagital). Sobre esa base se definen los procesos de talla y las posibles relaciones de continuidad entre estos procesos. La idea principal es que las diversas estrategias pueden compartir características técnicas y que la continuidad de la explotación puede originar una nueva organización del volumen que sugiera otro tipo de estrategia. Para las lascas se han seguido las propuestas del Sistema Lógico Analítico (Carbonell et al. 1992). Se ha analizado el tipo y preparación del talón y si este conservaba córtex, el tipo de bulbo y la corticalidad de la cara dorsal. De los retocados se ha tenido en cuenta el modo de retoque, clasificando los grupos tipológicos y tipos primarios según Laplace (1974). También se han considerado las alteraciones térmicas y si estas se produjeron antes de su configuración, como se hizo en yacimientos del PSF como el Molí del Salt (Vimbodí i Poblet, Tarragona) (Vaquero et al. 2012). Si la configuración se produce tras la exposición al fuego se puede observar macroscópicamente un brillo grasiento en el sílex. Sin embargo, el problema es diferenciar cuando la exposición es posterior al abandono de las piezas o parte de la estrategia para mejorar las cualidades del sílex y facilitar el retoque. Determinar esta intencionalidad no es sencillo y la quema accidental no se puede descartar. Eso sí, el tratamiento térmico parece superfluo para fabricar útiles del Paleolítico superior ya que, en general, no requieren complejidad técnica y, por tanto, la distribución tipológica de los retocados tras la alteración puede informar sobre el uso intencional del tratamiento térmico. Siguiendo las pautas planteadas en el Molí del Salt, para estimar el grado de importancia del reciclaje se ha calculado el índice mínimo de reciclaje (MRI) que corresponde al porcentaje de útiles quemados que fueron retocados después de la alteración. El análisis tipométrico se ha realizado sobre lascas y retocados sobre lasca (soportes enteros) siguiendo los planteamientos de Laplace (1974). Primero se ha calculado el área (longitud por anchura) para clasificar los objetos en módulos volumétricos delimitados por intervalos de 500 mm 2 que van del "Muy pequeño" al "Muy grande". También se ha calculado el área de los núcleos. A continuación, se ha calculado el índice de alargamiento ya que permite ver el nivel de presencia de productos laminares. Este índice relaciona longitud y anchura, y a partir de aquí clasifica los objetos en módulos de alargamiento utilizando intervalos de 0,5. Se consideran productos laminares los incluidos a partir del módulo L5 ya que la longitud dobla la anchura. También se ha calculado el índice de carenado a partir de la relación entre la menor de las dos dimensiones planas (longitud o anchura) y el grosor. A partir de aquí los productos se distribuyen en módulos con intervalos de 1, considerando elementos carenados o espesos los incluidos dentro de los módulos C1-C4 y estrechos a partir del C5. La industria lítica de la Mallada Se han analizado 1662 restos líticos, incluidos los recuperados por los excursionistas ya que ni su estado de conservación, ni ningún otro indicio desestiman su inclusión en este estudio. La materia prima dominante es el sílex (91,5%), seguido del ágata (8,5%). Un elemento sobre cristal de roca es testimonial (Tab. Las categorías más representadas son los fragmentos de lasca y las lascas (dos tercios del total). Se ha de destacar el estado de conservación del material. En el 56,3% una pátina blanca de alteración afecta a la parte externa e interna. La superficie en muchos casos aparece desintegrada y alterada provocando la pérdida de materia. García-Argüelles y Nadal (1996) hablan de deshidratación, pero esta alteración también podría ser producto de la desilificación provocada por el agua, por la composición del terreno o por las propiedades de la materia prima ya que las impurezas favorecen esta alteración (Font et al. 2010). La causa de la alteración no queda clara pero es evidente que afecta mucho más al sílex (60,3%) que al ágata. Además una cuarta parte del sílex muestra un alto grado de alteración y pérdida de materia. En cambio, sólo el 12,8% de elementos sobre ágata han sido alterados y solo uno ha perdido materia. Las alteraciones térmicas afectan al 45% del material y son más relevantes en el ágata (61%) que en el sílex (43,6%). Se han recuperado 22 núcleos de dimensiones reducidas: 14 se incluyen en el módulo "Pequeño", 2 en el "Muy pequeño", 3 en el "Grande", 2 en el "Muy Grande" y 1 en el "Mediano". Esta distribución y el momento de la secuencia de talla en que se ubica cada uno nos aproximan al grado de reducción. Hay 11 núcleos en la fase de explotación plena, 9 en la final y 2, los más grandes y sin una organización volumétrica definida, en la inicial. Los datos indican que el grado de explotación es muy alto. Estos 22 núcleos presentan 31 planos de intervención con 15 núcleos unipolares, 5 bipolares y 2 con tres planos. El plano transversal es el más utilizado con 19 seguido del horizontal con 8 y del sagital con 4. Este uso diferencial del plano transversal es coherente ya que en el PSF la talla laminar juega un papel relevante, y la explotación de este plano permite obtener productos alargados donde se maximiza la longitud sobre la anchura. Distribución de los restos líticos de cueva de la Mallada por categorías y materias primas. La explotación en superficie y en volumen no son formas de explotación independientes ya que en un mismo proceso técnico se podría utilizar una y otra sucesivamente. La aplicación de una u otra ayuda a explicar la variabilidad en la organización volumétrica de los núcleos. Dicha organización y la disposición de las extracciones ha permitido diferenciar 5 modelos con una variabilidad interna definida por el número y la disposición de los planos de intervención y el tipo de extracciones. Estos modelos tampoco han de ser vistos como independientes ya que pueden compartir características y en algunos casos se puede ver una línea de continuidad entre núcleos con una organización del volumen diferente. El modelo de organización volumétrica más destacado presenta una explotación longitudinal con jerarquización facial (n=11) (Fig. 2). En este caso se estructura el volumen del núcleo con dos caras opuestas separadas por un plano de intersección y ortogonales a los planos de intervención. Una de las caras presenta los negativos de los productos obtenidos, pero no la opuesta y en algunos casos conserva parte cortical. Son 11 núcleos sobre sílex, salvo los números 3 y 8 sobre ágata: 8 son unipolares, 6 explotados desde el transversal, 2 desde el sagital y 3 son bipolares. Un bipolar es explotado desde el horizontal y sagital, otro desde el horizontal y transversal (Fig. 2: 1) y en el tercero sobre ágata se utilizan los dos transversales (Fig. 2: 8). La mayor utilización del plano transversal favorece que las extracciones sean laminares o de tendencia laminar. Además, en todos los casos se observa una única serie de extracciones unidireccionales y paralelas. Estos 11 núcleos reflejan una talla en superficie aunque en los números 4 y 8 ya se intuye una talla en volumen aprovechando la arista que separa ambas caras. En los núcleos 3 y 5 si se hubiese continuado la reducción desde el mismo plano de intervención se hubiese pasado a la talla en volumen. En los números 1, 2 y 6 se produce la explotación de lascas espesas. El 6 presenta una talla laminar iniciada desde el flanco derecho aprovechando la propia arista de la lasca (generada por la unión de la cara ventral y dorsal) como guía para facilitar la primera extracción, y a partir de aquí continuar las extracciones laminares de derecha a izquierda que quedan reflejadas en la cara ventral. El segundo modelo incluye los núcleos con explotación longitudinal y talla en volumen (n=4): 3 desde el plano transversal y 1 desde el sagital (Fig. 3: 1-4). Todos ellos presentan una explotación casi total del perímetro que define los planos de intervención y evidencian una talla laminar que ha provocado que tengan una morfología piramidal. En el número 1 se observan pequeños levantamientos para configurar una arista guía y generar una lámina de cresta que permita iniciar esta talla laminar. El número 2 carece de extracciones a lo largo de su volumen ya que hay una parte tallada en contraposición con otra no tallada y, por tanto, refleja una continuidad con los núcleos con jerarquización facial. El tercer tipo es de estructura discoidal con extracciones centrípetas (n=1) (Fig. 3: 5). La talla es en superficie, su estructura viene definida por dos planos opuestos separados por otro de intersección y las extracciones se realizan desde el plano horizontal. Es un núcleo bifacial ya que tiene extracciones centrípetas en ambas caras. Se pretende obtener lascas sin necesidad que sean laminares. Los modelos restantes son los núcleos poliédricos y los expeditivos, explotados de forma oportunista y sin una organización volumétrica definida o simplemente sin intención por parte del tallador de preparar el volumen. Se han determinado 2 núcleos poliédricos con tres pla- nos de intervención y extracciones en diversas caras (Fig. 3: 6-7). Uno es explotado desde los dos transversales y un horizontal (Fig. 3: 6) y el otro desde los dos horizontales y un transversal (Fig. 3: 7). En ambos casos la mayor parte de las extracciones se realizan desde el plano transversal y presentan una tendencia laminar, mientras que desde el horizontal son levantamientos cortos. Hay 4 núcleos expeditivos (Fig. 3: 8-10): 2 unipolares (uno desde el transversal y otro desde el horizontal) y 2 bipolares (uno desde los dos transversales y el otro desde el transversal y horizontal). La talla en estos núcleos no está orientada a obtener productos laminares o con tendencia laminar si no productos rápidos y sin esfuerzo. Estos levantamientos son más bien cortos salvo el número 8, el cual se encuentra en una fase inicial y muestra extracciones de grandes dimensiones. Lo expuesto pone en evidencia el papel destacado de la talla laminar en las estrategias de talla, como reafirma la presencia de tres láminas de cresta y diversas lascas con sección triangular muy abrupta que se generan aprovechando la arista natural formada por la unión de dos planos y que permiten el inicio de la talla laminar. El análisis de las lascas ha excluido la de cristal de roca. Respecto a sus características tipométricas, la media de las tres dimensiones es ligeramente superior en las lascas de ágata, lo cual se corrobora con la distribución por módulos volumétricos (Tab. El 90,7% de las lascas se incluyen en los dos módulos más pequeños con el 60,5% en el "Muy pequeño" donde hay más lascas sobre sílex que sobre ágata. En los módulos "Grande" y "Muy grande" sólo se ubican lascas sobre sílex, aunque su presencia es poco significativa. Los productos laminares representan el 18% del índice de alargamiento (Tab. Sin embargo, si se tuviesen en cuenta las lascas fracturadas y los fragmentos de lasca, así como los retocados, este índice laminar aumentaría. Además, la mitad de las lascas presentan características propias de las láminas como los filos paralelos y la sección triangular o trapezoidal. El índice de carenado permite concluir que las lascas son más bien espesas o carenadas ya que sólo el 17,1% se pueden considerar estrechas (Tab. Las lascas estrechas sobre sílex son ligeramente superiores a las lascas sobre ágata. El análisis morfotécnico de las lascas muestra que, en general, el talón es no cortical, unifacetado y el tipo que predomina es la plataforma (58,3%) sobre el talón lineal (30,4%) y el puntiforme (11,3%). En la cara ventral destaca el bulbo difuso (63%) sobre el marcado (37%). Domina la cara dorsal no cortical (69,6%). Las lascas con la mayor parte cortical o enteramente corticales sólo llegan al 9,3%. Las diferencias significativas entre Fig. 3. La Mallada: 1-4. núcleos con explotación longitudinal y en volumen; 5. núcleo centrípeto con estructura discoidal; 6-7. núcleos poliédricos; 8-10. núcleos expeditivos (fotografías Sergio García). las lascas de sílex (28,8%) y de ágata (45,1%) permiten inferir que los nódulos de ágata serían aportados al yacimiento menos desbastados que los de sílex. De ellos 42 están configurados sobre lasca, 14 sobre lasca fracturada y 73 sobre fragmento de lasca. La tipometría se ha estudiado en los elaborados sobre lasca y la media de sus tres dimensiones evidencia valores superiores a los de las lascas no retocadas, lo que sugiere que el tamaño era un criterio importante a la hora de seleccionar los soportes para ser configurados. Esto se corrobora si se observa la distribución por módulos volumétricos (Tab. Los módulos "Muy pequeño" y "Pequeño" representan un 59,5% de los retocados en contraste con el 90,7% de las lascas, mientras que en los módulos "Grande" y "Muy grande" se encuentran el 19,1% de los retocados en contraposición con el 3,2% de lascas. El test del x 2 reafirma estadísticamente que hay una tendencia a seleccionar soportes más grandes para la configuración (x 2 =50,96; gl=4; P<0,05). El índice de alargamiento muestra que el 9,6% de retocados se incluyen en los módulos laminares frente al 18% de las lascas (Tab. Sin embargo, si tuviéramos en cuenta todos los retocados este porcentaje subiría al 28% ya que los dorsos están fracturados a excepción de dos. Según el índice de carenado sólo 4 piezas (9,5%) se pueden considerar estrechas (Tab. Si se compara con el de las lascas, este porcentaje baja diez puntos. Es decir, se buscan soportes más bien espesos a la hora de configurar pero la mayoría de dorsos no aparecen reflejados. Distribución de los tipos primarios de la Mallada y de l'Areny por grupos tipológicos. Artefactos retocados recuperados en la Mallada: 1. Elementos de dorso (fotografías Sergio García). El retoque semiabrupto (10,3%), intermedio entre los dos primeros, configura raspadores y un denticulado. En los tipos primarios predomina el raspador frontal simple (G11), la lámina de dorso profundo (LD21), el buril sobre fractura (B12) y la muesca (D21) (Tab. Tras la alteración térmica se retocaron 5 (MRI del 9,8%): 2 denticulados, 2 raspadores y 1 artefacto doble formado por una muesca y un raspador donde sólo la muesca se ha configurado después de la alteración. Parece que se utilizan soportes quemados para manufacturar útiles que no requieren un alto nivel técnico, lo que sugiere un reciclaje de carácter expeditivo. Se ha de tener presente que el MRI subestima la importancia real del reciclaje en la Mallada por el estado de conservación del material que dificulta ver con claridad el lustre. Si únicamente nos atenemos al MRI, el reciclaje en la Mallada es menor que en Molí del Salt (Vaquero et al. 2012), donde el MRI llega al 20,4% y el reciclaje también es expeditivo. El estudio se ha centrado exclusivamente en la industria recuperada en los niveles arqueológicos ya que el registro restante aparece junto a cerámica y fuera de contexto. Como las características del material de estos niveles son homogéneas se ha considerado un único conjunto. Se han estudiado 2003 piezas talladas casi todas de sílex y alguna de ágata (Tab. Las cuarcitas, calizas y esquistos forman parte, salvo 2 lascas sobre cuarcita, de los fragmentos y las bases naturales utilizadas como percutores. Si obviamos los restos inferiores al centímetro de longitud, las categorías Tab. Distribución de los restos líticos del abrigo de l'Areny por categorías y materias primas. más representadas son las lascas (23,9%) y sus fragmentos (22,7%). El 65,5% del material está patinado pero sin llegar al grado de alteración de la Mallada, y el 52,1% presenta evidencias de alteración térmica. Se han contabilizado 30 núcleos (29 sobre sílex y 1 sobre ágata) de dimensiones reducidas: 15 se ubican en el módulo "Pequeño", 11 en el "Mediano", 2 en el "Muy pequeño" y 1 en el "Grande" y "Muy grande". Estos núcleos están en una fase de explotación plena (n=18) o final (n=12), es decir, reflejan una secuencia de explotación avanzada, con un aprovechamiento máximo de la materia prima. Se han determinado 43 planos de intervención: núcleos unipolares (n=18), bipolares (n=11) y 1 con tres planos. El plano más utilizado es el transversal con 28, el horizontal con 9 y el sagital con 6, lo que favorece la obtención de láminas o productos donde destaca la longitud sobre la anchura. Estos núcleos evidencian una talla en superficie y en volumen. A partir de su organización volumétrica y la disposición de las extracciones se han definido 4 modelos. El más destacado incluye los núcleos con una explotación longitudinal y jerarquización facial (n=12) (Fig. 5). La talla es en superficie y sigue la misma organización volumétrica expuesta en los núcleos de la Mallada. El plano de intervención más utilizado es el transversal con 11, el sagital con 4 y el horizontal con 1. De estos núcleos hay 8 unipolares, 4 explotados desde el transversal (Fig. 5: 1-3) y 4 desde el sagital (Fig. 5: 4-6), y 3 bipolares opuestos explotados desde los planos transversales (Fig. 5: 7-9). El núcleo restante es bipolar ortogonal con el plano de intervención horizontal y el transversal, perpendiculares entre sí (Fig. 5: 10). Los unipolares y bipolares presentan levantamientos unidireccionales y paralelos en una serie o dos series opuestas respectivamente. Los levantamientos laminares se observan en los núcleos 1, 4, 5 y 8. En el resto se busca la obtención de lascas más largas que anchas. El segundo modelo de talla en superficie engloba los núcleos con estructura discoidal y extracciones centrípetas (n=4) (Fig. 6: 1-4): 3 son explotados desde el plano horizontal (Fig. 6: 1, 3 y 4) y 1 desde los dos transversales y el horizontal, aunque la mayoría de las extracciones se realizan desde los transversales (Fig. 6: 2). La organización volumétrica sigue el mismo patrón que el modelo anterior. Presentan dos caras opuestas separadas por un plano de intersección pero, a excepción del número 2, son núcleos bifaciales sin jerarquización facial. Por tanto, parece haber continuidad entre este modelo y el anterior, aunque en este caso los núcleos están destinados a la obtención de lascas sin ningún interés por maximizar la longitud. También se observa esta continuidad con los núcleos bipolares opuestos que se comentarán a continuación. El tercer modelo abarca los núcleos explotados de forma longitudinal y en volumen (n=8), los cuales pueden ser unipolares (n=4) o bipolares opuestos (n=4). Los unipolares son explotados desde el plano transversal y reflejan una talla laminar (Fig. 6: 5-8). El perímetro de todos los planos de intervención está muy explotado y las extracciones son abruptas o semiabruptas, lo que confiere a los núcleos morfologías piramidales. Además, el número 6 presenta pequeños levantamientos distales para conservar la morfología adecuada y continuar obteniendo láminas. Estos núcleos unipolares mantienen una continuidad con los núcleos con jerarquización facial ya que podrían resultar de continuar la talla en estos núcleos jerarquizados. Todos los bipolares opuestos (Fig. 7: 1-4) explotan los dos planos transversales. En el número 1 hay pequeños levantamientos para crear una cresta o acondicionar la superficie de talla para facilitar posteriores extracciones. En estos núcleos se evidencia una talla laminar. Los últimos levantamientos han sido fallidos ya que hay muchos reflejados que han provocado su abandono. Estos núcleos mantienen una relación de continuidad con los unipolares explotados en volumen, como se ve sobre todo en los núcleos 2 y 4. El cuarto modelo incluye los núcleos expeditivos (n=6) (Fig. 7: 5-8). Son explotados de forma oportunista, sin preparación del volumen. Todos son unipolares: en 3 se utiliza el transversal, en 2 el sagital y en 1 el horizontal. Las extracciones son pocas y sin intentar obtener productos laminares o con tendencia laminar. Las series de levantamientos son cortas salvo en el número 6 con extracciones en gran parte de su perímetro. Estos núcleos evidencian que la talla laminar ocupa un lugar destacado en los procesos de producción y se ha llevado a cabo sobre diferentes estructuras volumétricas. Reafirman la importancia de esta talla cuatro láminas de cresta y varias lascas con sección triangular pronunciada. Los núcleos discoidales y los explotados en volumen tienen un papel más destacado que en la Mallada. La media de las tres dimensiones indica que las lascas sobre ágata son ligeramente más largas, más estrechas y más delgadas que las producidas sobre sílex. Las de cuarcita tienen dimensiones muy superiores. En la clasificación de las lascas en módulos volumétricos, de alargamiento y de carenado no ha intervenido la materia prima por la poca representatividad del ágata y de la cuarcita. Los módulos "Pequeño" y "Muy pequeño" suponen un 85,1% y los dos que implican las mayores dimensiones un 6% (Tab. Los productos laminares son un 22,8% (Tab. 9), pero el porcentaje aumentaría si se incluyeran los productos fracturados y los retocados. Según el índice de carenado se prefieren las lascas espesas ya que las delgadas suponen sólo un 29,5% (Tab. Las características morfotécnicas de las lascas indican que el talón es no cortical, unifacetado. Distribución de las lascas y los retocados sobre lasca de l'Areny por módulos volumétricos. El 67,4% de la cara dorsal de las lascas no presenta córtex, en el 7,7% domina la parte cortical y en el 4,6% es totalmente cortical. Por tanto, la materia prima es introducida al yacimiento ligeramente desbastada. Los artefactos retocados están configurados sobre sílex salvo 4 sobre ágata. Hay 61 retocados sobre lasca, 13 sobre lasca fracturada y 85 sobre fragmento de lasca. Para el estudio tipométrico no se han separado los objetos por materias primas. La media de las tres dimensiones muestra valores superiores a los que reflejan las lascas, lo que sugiere que el tamaño era un criterio importante a la hora de seleccionar los soportes a configurar. Por módulos volumétricos los más pequeños representan el 73,8% y, al contrario de lo que sucede con las lascas, domina el "Pequeño" (Tab. En los módulos "Mediano", "Grande" y "Muy Grande" el porcentaje es mayor en los retocados que en las lascas. Si comparamos esta distribución con la de las lascas las diferencias son significativas (x 2 =14,84; gl=4; P 0,05). Hay que tener presente que la mayoría de dorsos no aparecen por estar fracturados, por lo que el componente laminar sería mayor si se hubiesen recuperado enteros. El índice de carenado muestra que el 13,1% son configurados sobre soportes delgados (Tab. 10), y si se compara con las lascas, hay más elementos espesos entre los retocados. Por tanto, el espesor parece otro criterio para seleccionar soportes, pero no hay que olvidar que la mayoría de dorsos no están representados. Distribución de las lascas y los retocados sobre lasca de l'Areny por módulos de alargamiento. Distribución de las lascas y los retocados sobre lasca de l'Areny por módulos de carenado. Artefactos retocados recuperados en l'Areny: 1. raspadores; 2. buriles; 3. elementos de dorso (fotografías Sergio García). El retoque semiabrupto se da en un 9,82%. Los porcentajes del resto de tipos son pequeños, caso de los buriles. En los tipos primarios (Tab. 6) de los raspadores domina el raspador frontal simple (G11). Entre los denticulados no destaca ningún tipo aunque la muesca (D21) y la raedera denticulada (D23) son los más representados. La lámina de dorso profundo (LD21) y la punta de dorso total (PD23) son las más frecuentes. La alteración térmica se da en el 24,5% de los retocados sin haber podido establecer con seguridad que los retoques se hicieran tras dicha alteración y, por tanto, determinar la práctica del reciclaje. El estudio de estos conjuntos pone de manifiesto que comparten la mayor parte de las características tecnológicas y tipológicas y que las diferencias son mínimas. Los núcleos muestran un grado de explotación similar, utilizando planos de intervención según un mismo patrón con predominio del plano transversal. Los núcleos más representados son los de jerarquización facial, los explotados en volumen y los de estructura discoidal, cuya presencia es mucho más destacada en l'Areny. En ambos yacimientos la talla laminar ocupa un lugar destacado en los procesos de producción con más peso en la Mallada y sigue tres procedimientos sin que se pueda determinar el predominio de ninguno. Se puede configurar una arista guía que permita la primera extracción (lámina de cresta), utilizar una arista natural formada por la intersección de dos planos o explotar lascas espesas. Las lascas tienen características tipométricas y morfotécnicas muy similares. La diferencia más significativa es que son más estrechas y el índice laminar es mayor en l'Areny. En ambos conjuntos para la configuración de los retocados se seleccionan soportes mayores que las lascas. Además, y dejando a un lado los dorsos, se buscan soportes espesos pero no laminares. Predomina el modo de retoque simple, sobre todo en l'Areny. La gran diferencia entre ambos conjuntos está en que los buriles son significativos en la Mallada y escasos en l'Areny. Los grupos tipológicos predominantes son el de los raspadores y los dorsos, ambos más representados en l'Areny. El tercero con mayor presencia es el buril en la Mallada y los denticulados en l'Areny. Ambos conjuntos difieren en tecnología y tipología. Usan los mismos procesos de producción y no se evidencia una simplificación de estos procesos. La diferencia reside en que la talla laminar domina en la Mallada y las producciones de láminas y lascas comparten protagonismo en l'Areny. La diferencia tipológica reside en la importante presencia de buriles en la Mallada que favoreció su inclusión en el MS y su escasez en l'Areny que la incluyó en el EM. esquemas más simples ya que se aprovecha la intersección de dos planos y, en algún caso, se configura una arista guía. Por tanto, en ambos yacimientos los procesos con mayor dificultad técnica pasan a un segundo plano en favor de los más simples. Dada la mayor antigüedad otorgada a la Mallada con respecto a l'Areny, cabría esperar que esta simplificación tecnológica pudiera determinarse. Sin embargo, tras analizar los núcleos y productos obtenidos y definir los procesos de producción, llegamos a la conclusión que dicha simplificación no se produce. Hay una continuidad tecnológica entre ambos yacimientos y no se pueden establecer diferencias en la complejidad de estos procesos. También se observa esta continuidad tecnológica en los conjuntos B y C del abrigo de la Cativera (El Catllar, Tarragona), los cuales se incluyen dentro de la secuencia MSF/ EM (Fontanals et al. 2009) ( 3). Otros casos para evaluar si se produce esta continuidad o hay una simplificación de las estrategias de producción podrían ser los conjuntos A y B del Molí del Salt (Vaquero 2004; García 2007; García et al. 2013), pero faltan suficientes datos para el conjunto B. En esta misma disyuntiva se sitúan los niveles E, EJ y K de la Balma Guilanyà (Navès, Lleida), incluidos en el Aziliense (Casanova et al. 2008; Martínez-Moreno y Mora 2009). Los niveles EJ y K cuentan con poco material y no han permitido establecer si hay continuidad tecnológica con el nivel E. Otros conjuntos que permitirían ver esta posible continuidad son los niveles II y IV dels Colls (Margalef de Montsant, Tarragona) (Fullola et al. 1993; Fullola et al. 1995; Fullola et al. 2012) y los niveles I, II y III del Tossal de la Roca (Vall d'Alcalà, Alicante) (Cacho et al. 2001), pero en las diversas publicaciones no se hace referencia a las estrategias de talla. Tras el análisis tecnológico de la Mallada y l'Areny, en la bibliografía publicada se han buscado paralelismos con otros yacimientos del sur de Cataluña y algunos situados más al Norte con dataciones radiométricas incluidas en el PSF (Tab. Se han dejado de lado conjuntos arqueológicos datados pero con escaso material como el ni- (3) Morales, J. I. 2010: La Cativera (Tarragona): la tecnología lítica de los últimos cazadores-recolectores en el Noreste de la Península Ibérica. Tesis de Máster inédita. Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. vel IIB de Picamoixons (Picamoixons, Tarragona) (García et al. 2009), el nivel 21 de la cueva de Can Sadurní (Begues, Barcelona) (Fullola et al. 2011) y los niveles EJ y K de Guilanyà. El conjunto de la Mallada permite establecer paralelismos con el nivel II del Parco y los niveles II y IV dels Colls. El nivel más próximo a la Mallada es el nivel IV dels Colls ya que domina el retoque simple y los raspadores son los más representados. En los otros dos niveles el dominio del retoque abrupto favorece que los dorsos sean los más representados. En cambio, l'Areny se asemeja sobre todo al conjunto A del Molí del Salt, a los conjuntos B y C de la Cativera, Font Voltada (Montbrió de la Marca, Tarragona) (Mir y Freixas 1993), al nivel II del Hort de la Boquera (Margalef de Montsant, Tarragona) (Mangado et al. 2010; Fullola et al. 2012), a la parte inferior del nivel 1 de la Balma del Gai (Moià, Barcelona) (García-Argüelles et al. 2009) y al nivel IIIa de la cueva de la Guineu (Font-Rubí, Barcelona) (Equipo Guineu 1995). Hay otros conjuntos con las mismas características que l'Areny que difieren solo en la mayor presencia del retoque abrupto, el cual se equipara al simple e incluso lo supera: Clot de l'Hospital (Roquetes, Tarragona) (Genera 1993; Esteve 2000), los niveles 1 y 2 de la cueva del Vidre (Roquetes, Tarragona) (Bosch 2001; Esteve 2000), el nivel 8/9 del abrigo del Filador (Margalef de Montsant, Tarragona) (García-Argüelles et al. 2005), el nivel E de Guilanyà o el conjunto B del Molí del Salt. Para finalizar, haremos referencia a la supuesta mayor antigüedad de la Mallada con respecto a l'Areny. Hay conjuntos arqueológicos con escasos buriles (conjunto B del Molí del Salt o nivel II del Hort de la Boquera) que muestran dataciones similares y tan antiguas como los yacimientos con una buena presencia de este tipo de retocados. Por ello resulta arriesgado asegurar la mayor antigüedad de la Mallada sin disponer de dataciones radiométricas. En general, los yacimientos incluidos en el MS y EM presentan las mismas características tecnológicas y tipológicas. Las pequeñas diferencias entre ellos formarían parte de la variabilidad propia del PSF y no bastan para definir dos periodos cronoculturales distintos. En consecuencia, pensamos que no es necesario mantener la distinción MS-EM. En resumen, los conjuntos líticos de la Mallada y l'Areny presentan una continuidad tecno- Mallada sería más antiguo que el de l'Areny. En principio, ello es aceptable ya que los conjuntos arqueológicos con una buena representación de buriles suelen tener dataciones más tardías que los que tienen pocos. Pero hay excepciones, conjuntos con escasos buriles y dataciones tan antiguas como los conjuntos con buena presencia de estos retocados. Por ello la supuesta mayor antigüedad de la Mallada sobre l'Areny habría que ponerla en entredicho hasta que se puedan obtener dataciones fiables, lo que por ahora no ha sido posible. Al personal del Museo Arqueológico Salvador Vilaseca de Reus, y en especial a Jaume Massó, que nos ha facilitado la revisión de los materiales arqueológicos depositados en el museo y toda la documentación escrita referente a los dos yacimientos estudiados. pequeño Pequeño Mediano Grande Muy grande Total
Las manifestaciones funerarias documentadas en El Hundido pertenecientes al Neolítico Final y Calcolítico aportan interesantes novedades al conocimiento de los rituales funerarios del inicio de la Edad de los Metales en la Península Ibérica y de las conexiones culturales entre la Meseta y la cuenca alta y media del Valle del Ebro. La tumba colectiva, que acogió a casi un centenar de individuos, es un excepcional ejemplo de monumento funerario tanto por su estructura como por el complejo ritual en ella practicado, que culminó con su destrucción premeditada mediante cremación. CONTEXTO GEOGRáFICO y ARQUEOLÓGICO DEL yACIMIENTO El yacimiento El Hundido se localiza en el municipio burgalés de Monasterio de Rodilla, en la comarca de La Bureba, una zona de media montaña perteneciente a la unidad estructural de la Depresión del Duero, en la línea de ruptura entre las cuencas hidrográficas del Duero y del Ebro (Fig. 1). La morfología del paisaje está representada por un páramo elevado entre cuyas plataformas destaca la denominada Alto de Rodilla, donde se extiende un extenso yacimiento en cuyo borde meridional se localiza este enclave. Las ocupaciones de la Edad del Hierro y romana representan la principal impronta arqueológica del Alto de Rodilla, en correspondencia con la ciudad autrigona posteriormente romanizada de Tritium Autrigonum. Sin embargo, destacamos en el borde meridional de la plataforma dos tumbas individuales neolíticas en fosas situadas muy cerca de El Hundido, una de ellas portadora de un interesante ajuar (Alonso y Jiménez, e.p.). El Hundido es en esencia una tumba colectiva calcolítica donde más tarde, a mediados del III milenio cal BC, cuando todavía era reconocible, fueron practicados tres enterramientos intrusivos campaniformes (Alonso 2013). La tumba colectiva ejemplifica una forma de enterramiento utilizado durante el Neolítico Final-Calcolítico, en el marco de un ritual que será abandonado a finales de este último periodo en beneficio del enterramiento individual. Es una tumba monumental de carácter no megalítico clausurada mediante fuego, en la que el carácter colectivo es su seña de identidad. Ambos aspectos se conjugan en el ritual utilizado en la Península Ibérica (Rojo y Kunst 2002) y en otros ámbitos europeos occidentales (Joussaume y Tarrête 2010; Meller 2013) en el mismo marco cronológico, que se manifiestan con un variado elenco de tipologías constructivas. CONSTRUCCIÓN, USO y CLAUSURA DE LA TUMBA COLECTIvA Elección del emplazamiento y fase de construcción El Hundido se localiza en un pequeño espigón de páramo de unos 1.130 m 2 de superficie integrado en la amplia plataforma de Alto de Rodilla, concretamente en su borde suroriental, a 986 m de altitud ETRS89). Tiene una destacada posición topográfica y un amplio control visual en todas las direcciones excepto hacia el oeste, donde se desarrolla la paramera. Desde su emplazamiento se domina un amplio territorio, por lo que la tumba colectiva era manifiestamente identificable en el paisaje tanto desde la vega como desde las plataformas de páramo circundantes. Se acomoda en la zona más elevada del relieve, si bien ocupa una pequeña depresión del terreno conformada por una grieta natural abierta en el sustrato rocoso calizo, de orientación noroeste-sureste. Elegida la grieta natural como lugar de emplazamiento, se procedió a la construcción de la tumba (Fig. 2A). Para ello se entallaron los perfiles naturales, particularmente en el corredor, en las paredes oriental y meridional de la zona central de la cámara y posiblemente también el suelo, aunque en esencia se conservó la planta polilobulada del relieve original (Fig. 2B). Como resultado, se consiguió una superficie con orientación noroeste-sureste de planta irregular y profundidad variable, de unos 11 m de longitud y 4 m de anchura máxima. El ámbito septentrional es el más profundo, coincidiendo con el entallado en la roca, donde se sitúa lo que podríamos denominar la cámara principal (A) y en cuyo extremo fue construido un pequeño corredor. En la zona meridional (B) la grieta se conservó en su estado primigenio, presentando un desarrollo más irregular y estrechándose progresivamente. La división de ambos espacios no es únicamente de carácter morfoestructural, sino que también obedece a una importante diferenciación de tipo ritual (Fig. 3). Ambas zonas tienen una superficie muy similar: unos 6 m 2. La profundidad en la septentrional (A) alcanza los 66 cm. En la meridional (B), donde únicamente la zona central y más profunda fue utilizada con carácter funerario, es de 20-45 cm. No se observan acondicionamientos previos en el suelo más allá del mencionado entallado, de modo que los inhumados fueron depositados directamente sobre el sustrato rocoso. Tras el acondicionamiento de la superficie, en los flancos de la cámara septentrional (A) se construyeron dos muros longitudinales de piedra caliza procedente del entorno inmediato. Sus restos aparecieron durante la excavación arqueológica en forma de un conglomerado de hidróxido de cal compactado de 55 cm de anchura y hasta 32 cm de potencia (Fig. 4). En el extremo norte se construyó un pequeño corredor que daba acceso a la cámara, coincidiendo con la zona más profunda de la grieta. Es un espacio rectangular con orientación noroeste-sureste de 2,5 m de longitud, 1,7 m de anchura y 50 cm de profundidad máxima. Los flancos fueron revestidos por piedras de hasta 68 Fig. 2. El Hundido (Monasterio de Rodilla, Burgos), tumba colectiva. A. Vista general tras su excavación. En primer plano, corredor modificado en cista campaniforme; B. La grieta natural seleccionada para la construcción de la tumba fue entallada con el fin de regularizar su superficie. cm de altura, sin superposición, contribuyendo a aumentar la amplitud del corredor al superar la altura de los perfiles de la grieta. Posteriormente, algunas fueron reutilizadas para la construcción de una cista funeraria campaniforme intrusiva, por lo que únicamente fueron encontradas en posición primaria siete, aunque se aprecian con claridad las huellas en negativo que dejaron las sustraídas. Ni en el corredor ni en la cámara se han documentado evidencias claras de la cubrición de la tumba. Pudo ser de material ligero de tipo vegetal, al menos en la zona meridional (B), ya que la ausencia de conglomerado de hidróxido de cal indica que no debió contar con refuerzos calizos. Además, es el único ámbito donde han aparecido restos de madera carbonizada. La ausencia de carbón en la zona septentrional (A) puede deberse al uso de otro tipo cubierta, quizá de piedra en forma de falsa cúpula, aunque tampoco hay restos en este sentido. No hay que descartar que la falta de evidencias relacionadas con la cubrición, ya fuese de piedra o de madera, se deba al desmantelamiento posterior de sus restos. La tumba fue utilizada durante un dilatado periodo de tiempo. Si tenemos en cuenta que el número mínimo de individuos (NMI) asciende a 91, debió extenderse a varias generaciones. La estimación, realizada a partir la porción petrosa del hueso temporal, determina una distribución de 61 individuos en la zona principal de la cámara, 16 en el sector meridional (B) y 14 en el corredor. Esta valoración, sin embargo, es relativa ya que, como se verá, los restos óseos fueron recuperados removidos y fragmentados, y la reordenación intencionada de determinadas partes del esqueleto durante el uso de la tumba, particularmente de cráneos, finalmente alteró la posición inicial de los restos. En la zona septentrional (A) se concentra el 70% de los restos óseos, en la zona meridional (B) el 19% y en el corredor el 11%. Este último porcentaje es muy elevado, ya que su superficie útil es de poco más de 2 m 2. Antes de abordar el complejo ritual documentado, aludiremos brevemente a las alteraciones físicas que han sufrido los restos óseos a lo largo del tiempo. Ya durante la fase de utilización inicial de la tumba, la intensa remoción de los restos derivada de las prácticas rituales ocasionó una importante fragmentación (Fig. 3A). Después, durante la fase de clausura, las altas temperaturas produjeron deformaciones y nuevas fragmentaciones en los huesos. Además, el calor transformó en óxido de cal la roca caliza de los muros longitudinales y vitrificó la arena con la que finalmente fue rellenada la cámara principal, cimentando todo el conjunto. Sin embargo, estos factores no han impedido determinar con bastante precisión el tratamiento que se dio a los inhumados en cuanto a la distribución de los restos óseos, a su sexo y edad de muerte. Destacamos agrupamientos de piedras calizas y cuarcíticas tendentes a alinearse en las zonas septentrional de la cámara (A) (U.E. 375) y meridional (B) (U.E. 510), que podría indicar la compartimentación del espacio (Fig. 3B), aunque en esta última tendrían más bien una función de sustentación de los restos. Lo cierto es que todos los inhumados se removieron en un momento dado y, en muchos casos, parte de sus restos se trasladaron y ordenaron de manera intencionada. El estudio antropológico ha revelado que cuando esto sucedió en algunos individuos no se había completado la pérdida de tejidos blandos y que, en el momento de la clausura, había tanto restos óseos antiguos o 'secos' como recientes o 'frescos'. Todo indica que los cuerpos fueron inicialmente inhumados en la zona septentrional (A) de la cámara, la más profunda y también la mejor protegida por los dos muros longitudinales. En este momento podemos hablar de inhumación primaria, aunque cuando a medida que se iban introduciendo nuevos cuerpos se removían los anteriores para habilitar espacio. Como resultado, los huesos aparecieron amontonados y tan entremezclados que las conexiones anatómicas son muy excepcionales (Fig. 5). Posteriormente algunos de los restos fueron seleccionados y reordenados en la propia zona septentrional (A), o trasladados a la meridional (B). Esta constante remoción explica la fracturación, primero como resultado de la introducción de nuevos cuerpos y finalmente por los procesos de traslado y reorganización. Los restos trasladados a la zona meridional (B) fueron seleccionados y agrupados, ya que mayoritariamente el conjunto está integrado por huesos largos agrupados en haces y por 'nidos de cráneos'. Se observa cierta distribución lineal y una cuidada colocación, a lo que contribuyen los agrupamientos de piedras y la morfología de la grieta abierta en el sustrato calizo. Los cráneos fueron depositados y orientados de modo diverso sin que se aprecie una predilección en la norma, pero nunca volteados. Las conexiones anatómicas documentadas se limitan a vértebras cervicales asociadas a algunos cráneos, lo que implica que en el momento de su traslado aún existían tejidos blandos. El Hundido (Monasterio de Rodilla, Burgos), proceso de excavación de la tumba colectiva. Por efecto de las altas temperaturas la piedra caliza de la estructura se transformó en óxido de cal, y vitrificó la arena que cubría los restos óseos. En la zona meridional (B) se han individualizado 28 cráneos, aunque la contabilización de porciones petrosas del hueso temporal determina un NMI de 16 en este sector, ya que los cráneos no están completos, tratándose en realidad de calotas. Los fragmentos que faltan, incluidas muchas de las porciones petrosas, debieron quedarse en el interior de la zona septentrional de la cámara (A). Esto explicaría, por ejemplo, por qué junto al cráneo no 375-25 han sido recogidas porciones petrosas de 10 individuos. Todo indica que pueden tratarse de actos de rotura intencionada similares a los realizados sobre los denominados 'cráneos copa', aunque ninguno ha aparecido en esta posición. Por otra parte, 13 cráneos fueron depositados junto con fragmentos de mandíbula que no conservan restos de maxilar. En la zona septentrional de la cámara (A) han sido individualizados 49 cráneos, aunque las porciones petrosas recuperadas determinan un NMI de 61. También aquí se aprecian ciertas agrupaciones, si bien la elevada fragmentación ha dificultado particularmente su identificación. Se puede hablar de una tendencia general a su agrupación en el tercio meridional, donde se localiza en torno a la mitad. Destaca un 'nido' formado por siete cráneos justo en la entrada del corredor. Esta posición indica que debieron ser agrupados poco antes de la clausura de la tumba ya que, de lo contrario, habrían sido removidos con la intro-ducción de nuevos cuerpos. Posiblemente la agrupación de cráneos en el momento de la clausura también ocurrió en el corredor, donde el NMI es 11, muy elevado en proporción al volumen total de huesos recuperados (14,6 kg). Como no hay ningún individuo en posición primaria, cabe pensar que cuando la tumba fue clausurada se esperó a que el cuerpo del último inhumado estuviera descompuesto para ser posteriormente desmembrado. Todo apunta que pudo tratarse del no 375-40, una mujer de edad de muerte superior a 40 años que presenta algunos restos óseos en conexión anatómica. Fue documentada en una zona próxima al corredor y centrada con respecto a la cámara, y las alteraciones térmicas observadas sugieren que los huesos estaban frescos en el momento de la clausura. Parece evidente que únicamente ciertos individuos de los inicialmente inhumados en la zona septentrional de la cámara (A) contaron con el 'privilegio' de que algunos de sus restos fueran trasladados a la zona meridional (B). Lo sencillo sería recurrir a los clásicos argumentos de rango social para explicar esta parte del ritual, pero a falta de otras evidencias sería especulativo. No sabemos si eran o no individuos destacados en el grupo pero, si lo eran, sus cuerpos tuvieron que seguir siendo identificables tras ser depositados en la zona septentrional de la cámara para evitar 'traslados erróneos' a la zona meridional tras su descomposición. Por otro lado, exceptuando algunas piezas líticas y pequeños fragmentos cerámicos, destaca la ausencia de ajuares en la zona septentrional. Ello puede estar relacionado con la permanencia temporal de los restos, o al menos de una parte de ellos, en este espacio, lo que quizá puede explicarse por entender el funeral como un rito de paso (Metcalf y Huntington 1991: 84). El material recuperado en el corredor y en la zona septentrional está integrado por 31 piezas de industria en sílex, 144 fragmentos cerámicos, 2 cuentas de collar líticas y 1 fragmento de punzón de hueso. La distribución topográfica evidencia una notable concentración de materiales en el corredor, de donde procede más de la mitad de la industria lítica y de la cerámica así como las dos cuentas de collar. Sin embargo, en la zona meridional han sido localizados varios recipientes cerámicos en el extremo sur, en coincidencia con el máximo estrechamiento de la grieta, fuera del ámbito destinado a los restos humanos. No se aprecian alteraciones térmicas, lo que puede deberse a que fueron depositados tras la clausura de la tumba o a que su posición marginal con respecto al foco de calor les liberara de sus efectos. Todo el conjunto óseo, al margen de su localización, muestra en mayor o menor grado pequeñas tinciones de color anaranjado de origen mineral que sugieren el uso de pigmentos durante el ritual funerario. Este mismo material está presente en el sedimento de cubrición de los restos en forma de pequeñas intrusiones, aunque no parece formar parte de su composición mineral natural. Distribución en función del sexo y edad de muerte La tumba acogió a personas de ambos sexos y de todos los rangos de edad. La localización de las 77 calotas documentadas no permite hablar de agrupamientos u ordenaciones en base a la edad (Fig. 6A). Sin embargo, la distribución del conjunto de restos óseos perteneciente a individuos de edad de muerte inferior a 14 años, muestra su ausencia casi total en la zona meridional de la cámara (B) y en los flancos este y oeste de la septentrional (A). En general, los restos de individuos infantiles de hasta 6 años de edad de muerte aumentan a mayor proximidad al centro de la cámara y del corredor, aunque las únicas tres calotas individualizadas presentan una localización perimetral. Por otro lado, los restos de individuos infantiles entre 7 y 14 años de edad de muerte se distribuyen por sectores orientales, mientras que en el corredor existen restos de ambos grupos. En la zona meridional (B) la presencia de restos infantiles es testimonial. Se limita a una calota y a los restos de un fémur identificados entre calotas de los individuos adultos, por lo que pudo ser extraído de la zona septentrional de manera no intencionada junto con otros huesos largos. La ordenación por sexos se aprecia en dos casos, el primero particularmente evidente. Se trata de los siete cráneos (no 375-43 a 375-49) localizados justo en la entrada del corredor a los que ya se ha hecho referencia, pertenecientes a mujeres entre 21 y 40 años. Además, su localización coincide con el ámbito donde los restos infantiles abundan más. Fase de clausura: condenación de la tumba y segunda fase ritual La clausura de la tumba colectiva debió producirse cuando en la zona septentrional de la cámara (A) y el propio corredor no quedaba espacio para nuevos enterramientos, aunque la superficie libre de la zona meridional (B) todavía era considerable. Entonces, se procedió a la colmatación total de la zona septentrional mediante cuatro capas sedimentarias sucesivas: tres de arena y una de arcilla. Si la cubierta hubiese sido vegetal, esta labor se habría visto facilitada al poder retirarla con comodidad. Cubierto todo el conjunto, se procedió a su clausura definitiva mediante un fuego controlado, cuya intensidad y duración bastó para transformar el carbonato cálcico de la roca caliza de los muros longitudinales en óxido de cal y vitrificar la arena que cubría los restos óseos. Los signos de la rubefacción se evidencian en la intensa coloración anaranjada de los sedimentos de cubrición de la zona septentrional de la cámara (A). En la zona meridional (B), donde en general las temperaturas alcanzadas fueron inferiores, se produjo una combustión reductora que ennegreció el sedimento de manera más o menos intensa (Fig. 7). Como se verá más adelante, la coloración de los restos óseos ha permitido estimar la temperatura alcanzada en cada zona de la cámara (hasta 1.000o C). El aporte de agua necesario para transformar el óxido de calcio en hidróxido de calcio y provocar su cimentación pudo ser voluntario o fortuito, por acción de la lluvia, pero contribuyó decisivamente al sellado de la estructura una vez arruinada. La localización de determinados materiales arqueológicos indica que tras la condenación de la tumba se realizó un nuevo ritual que incluyó el depósito de ofrendas. Si exceptuamos los recipientes cerámicos documentados en el extremo sur de la zona meridional (B), sobre la superficie de la tumba y su entorno inmediato han sido recogidas 32 piezas líticas, 128 fragmentos cerámicos, 2 cuentas de collar, 2 percutores y 1 fragmento de hacha pulimentada. Hay que tener en cuenta que el laboreo agrícola, realizado posiblemente desde época romana y hasta hace tan solo unas décadas, ha podido contribuir a su desplazamiento, aunque el material aparece principalmente sobre la superficie tumular y su entorno inmediato. Caso diferente es el de los recipientes cerámicos concentrados al sur de la cámara meridional (B) (Fig. 8). Se trata de 11 cuencos y 1 cazuela que aparecieron en el interior de pequeñas oquedades existentes en la grieta natural: la cazuela y dos de los cuencos en solitario, uno de ellos junto a un percutor, y el resto en dos grupos de tres y seis recipientes distanciados apenas 20 cm. Podrían estar relacionados con la práctica de ofrecer alimentos a los muertos, aunque algunos aparecieron boca abajo. De ser así las ofrendas debieron ser principalmente vegetales o líquidos, ya que la presencia de restos faunísticos durante la excavación ha sido Fig. 7. El Hundido (Monasterio de Rodilla, Burgos).Vista desde el sur de la tumba colectiva. La coloración está relacionada con el tipo de combustión: oxidante en la zona septentrional y reductora en la meridional. Se redujo a un astrágalo de ovicáprido y a un calcáneo de zorro en la zona meridional de la cámara (B), y a algunos molares de ovicáprido situados en el corredor pero que también pudieron ser introducidos en la fase campaniforme. Comprenden piezas de sílex, cerámicas, rocas duras y elementos óseos. Se presentarán primero sus características tecnológicas y tipología y después su distribución y aspectos funcionales. En total 63 piezas están asociadas a la tumba colectiva, aunque únicamente 31 tienen una relación directa con el nivel funerario. El resto fueron depositadas con posterioridad a la clausura de la tumba y han sido recogidas sobre la superficie tumular o en el ámbito inmediato. Las piezas están realizadas sobre sílex, excepto una lámina tallada sobre cuarcita. El sílex es de buena calidad, siempre de granulometría fina y por lo general de aspecto opaco, con preferencia de color blanco y gris. No se evidencian signos de desilificación, aunque sí alteraciones térmicas producidas por la acción del fuego en los materiales procedentes del interior de la cámara. En este sentido, los cambios de coloración (del gris claro al negro) afectan a la totalidad de la pieza, por lo general en forma de manchas con distintos matices cromáticos. También son frecuentes las pátinas blanquecinas, las superficies craqueladas y la pérdida del brillo natural de la materia prima. La elevada temperatura también ha sido responsable de algunas fragmentaciones. Estas alteraciones térmicas, que hacen su aparición cuando el sílex experimenta temperaturas superiores a 350o C (Terradas y Gibaja 2001: 33-36), faltan en el resto del material lítico, depositado tras la clausura de la tumba o lo suficientemente alejado del foco de calor como para no verse afectado por el. Es clara la preferencia por los soportes laminares (70,97%) sobre las lascas (20,97%) y las lascas laminares (8,06%), y la ausencia de núcleos. Destaca la buena factura de los soportes laminares y su tendencia a filos paralelos y secciones trapezoidales. En cambio, en las piezas retocadas las armaduras completas son testimoniales: un perforador (Fig. 9:1) y una punta foliácea (Fig. 9:2). Atendiendo a aspectos tipométricos, como resultado del elevado índice de fracturación solo 6 piezas superan los 30 mm de longitud. El rango de la mayoría oscila entre 11 y 26 mm. Por su anchura, han sido clasificadas como laminillas las piezas donde ésta es igual o inferior a 12 mm, y láminas aquellas que superan la medida. Como resultado, de los 44 soportes laminares en sílex el 57% son laminillas y el 43% láminas. Solo seis de estas últimas superan los 15 mm de anchura y ninguna sobrepasa los 20 mm (Fig. 10A). Las lascas y lascas laminares simples suman 17 (26,98% de la colección). Las demás piezas pueden clasificarse en una amplia tipología (Fig. 10B). Las mejor representadas son las láminas y laminillas simples (36,51% del total), lo que supone que el 63% de las piezas no están retocadas. Las láminas y laminillas retocadas ascienden a 11,11% con 5 ejemplares de dorso y 2 de doble dorso (Fig. 9: 4). El retoque predominante es el modo simple, bien marginal o profundo, y casi siempre directo, con un ejemplo alternante. En las muescas (7,94%) y denticulados (4,76%) predominan las laminillas sobre las láminas, y el modo simple de retoque, aunque una muesca y un denticulado (Fig. 9: 5) muestran retoque abrupto profundo. Se han recuperado 3 puntas: una sobre laminilla de doble dorso con retoque simple y profundo (Fig. 9: 6) de 26 mm de longitud y 11 mm de anchura y dos con retoque plano de tipo foliáceo (Fig. 9: 2) y pedunculado (Fig. 9: 3). La foliácea de retoque bifacial está muy afectada por la acción térmica. Mide 30 mm de longitud conservada y 12 mm de anchura máxima. Está retocada por una de sus caras y mide 11 mm de longitud y 14 mm de anchura. Las dos bitruncaduras recuperadas son trapecios (3,17%) con retoque abrupto directo de forma recta. Uno tiene la base menor retocada (Fig. 9: 8) y mide 36 mm de longitud, 12 mm de anchura y 6 mm de grosor. El otro trapecio es algo más corto y delgado. Además hay un perforador, una truncadura oblicua y un diente de hoz (1,59% en cada caso). El soporte laminar del perforador (Fig. 9: 1) es el más largo de los documentados: mide 52 mm de longitud y 20 mm de anchura y apareció fracturado por la acción térmica, tiene forma puntiforme ligeramente desviada y ambos dorsos retocados, el izquierdo plano y el derecho simple de tendencia a plano. El soporte de la truncadura (Fig. 9: 9) es una laminilla de 12 mm de longitud y 10 mm de anchura, contando con retoque abrupto directo. El diente de hoz está realizado sobre lasca de talón cortical. En relación a la distribución topográfica de las piezas depositadas con carácter previo a la clausura de la tumba (Fig. 11B) únicamente se observa una concentración en el corredor, donde han sido recuperadas más de la mitad de las piezas (51,61%). El resto se distribuye de manera dispersa en el ámbito septentrional (A) (38,71%) y meridional (B) (9,68%) de la cámara. En el primero únicamente seis piezas han estado en contacto con los restos óseos, procediendo las demás de los diferentes sedimentos de relleno. De aquí proceden los dos trapecios, la punta foliácea y el perforador de retoque plano. Las 32 piezas depositadas tras la clausura de la tumba carecen de distribuciones y agrupamientos concretos (Fig. 11A). Hay que tener en cuenta que la mayoría han sido recuperados en la cobertera vegetal, y que el laboreo de este ámbito ha debido contribuir a modificar su posición. No obstante, se observa una clara tendencia a ocupar la superficie tumular y su entorno inmediato. Entre las piezas están la punta pedunculada, la truncadura y el diente de hoz. Por último, parece que el conjunto lítico fue fabricado con carácter meramente ritual, dada la ausencia de huellas de uso al menos a partir de la observación macroscópica. Únicamente hay una excepción: el elemento de hoz manifiesta el característico brillo de cereal. El conjunto cerámico asciende 956 fragmentos, pertenecientes a un número máximo estimado de 31 recipientes. Entre ellos hay cinco perfiles completos y siete perfiles superiores recuperados en la zona meridional de la cámara (B) que integran los depósitos votivos. La tecnología es bastante homogénea. Se han empleado arcillas sedimentarias con cuarzo y mica de granulometría fina y en ningún caso abundante, aunque la presencia de otro tipo de granulometrías y desgrasantes permite establecer otros dos tipos de pastas con igual representación: una con abundante contenido en cuarzo y otra con carbonatos de calibres gruesos que definen un característico aspecto 'aturronado'. En las primeras, son frecuentes las manchas negruzcas o grisáceas. El tratamiento superficial mayoritario es el alisado más o menos depurado, con algún espatulado o pseudobruñido siempre inferior al 10%. Los recipientes son de tamaño mediano (entre 12 y 21 cm de diámetro), con paredes de 4-8 mm de grosor. El elenco formal está representado por perfiles simples basados en la esfera, de tendencia globular o hemisférica, los primeros con bordes de tendencia cerrada y abierta los segundos. Los labios son redondeados (46,88%), planos (21,88%) y afinados (31,25%), estos últimos con una característica inflexión justo en su inicio. Fuera de esta norma existe un pequeño fragmento de borde perteneciente a un perfil ligeramente sinuoso de cuello insinuado, recuperado en la cobertera vegetal. Los fondos son de tres tipos: planos aunque de arista redondeada, cóncavos y uno ligeramente umbilicado (Fig. 12: 9). El número de piezas decoradas (21%) se puede considerar alto en relación a la mayoría de los conjuntos calcolíticos. Sin embargo, el elenco de técnicas y motivos es muy escueto: decoración aplicada, un caso de impresión -labio con una sucesión de segmentos-y otro de incisión -línea que circunda el labio de un cuenco-. Las aplicaciones, mediante finas orejeras que en ocasiones se alargan hasta formar estilizados cordoncillos, se localizan siempre bajo los labios. El repertorio formal comprende una cazuela y al menos 23 cuencos que pueden englobarse en dos tipologías: perfiles globulares cerrados de fondo cóncavo o plano y perfiles hemisféricos abiertos de fondo cóncavo, plano o umbilicado. Entre los perfiles globulares cerrados destaca una cazuela de labio y fondo planos (Fig. 12: 1) por su interesante decoración a base de finos cordoncillos biselados localizados bajo el labio y dispuestos dos a dos, en un caso en forma de cruz y en vertical en el otro. Entre los cuencos (12-16 cm de diámetro), cabe mencionar uno de labio redondeado y fondo cóncavo decorado con dos finas orejeras contrapuestas localizadas bajo el labio y aparentemente una tercera, en este caso impar, en la zona inferior de la panza (Fig. 12: 3). A este mismo tipo de perfil pertenecen otras piezas decoradas con orejeras (Fig. 12: 2 y 4), en algunos casos en disposición perpendicular y con afinamiento de las paredes a la altura del labio (Fig. 12: 8 y y 10). Entre los perfiles hemisféricos abiertos (diámetros de 14-22 cm), destaca uno completo de fondo plano y labio afinado (Fig. 12: 11), muy similar al la pieza de fondo ligeramente umbilicado (Fig. 12: 9). En ocasiones el afinamiento de los labios determina una marcada inflexión en su unión con la pared de cuenco (Fig. 12: 2). Por último, también hay piezas de borde redondeado (Fig. 12: 5 y 7). En la distribución destaca el elevado número de fragmentos localizados en el corredor (Fig. 11B). Aparecen en posición derivada, porque primeramente fueron extraídos para construir la cista campaniforme y nuevamente utilizados como material de relleno. Parte de su fragmentación se puede atribuir a estas acciones, pero todo parece indicar que fue previa a su introducción ya que sólo se cuentan cuatro bordes entre los 80 fragmentos. Representan el 55,5% de las piezas asociadas directamente a la tumba antes de ser clausurada. En la zona septentrional (A) de la cámara se observa una dispersión de pequeños 64 pequeños fragmentos, que también se extiende a la zona más próxima de la meridional (B). En la zona septentrional solo nueve estuvieron en contacto directo con los restos óseos, mientras que los demás formaban parte de las diferentes capas de relleno. También aquí podemos afirmar que el material ya estaba fragmentado cuando fue depositado. Circunstancia muy distinta sucede en el resto de la zona meridional de la cámara, donde la ausencia de fragmentos es total y sin embargo han sido documentados hasta 12 recipientes completos o prácticamente completos. Estos recipientes, posiblemente portadores de ofrendas, se localizaron en el extremo de la grieta natural y es probable que fueran depositados en el momento de la clausura de la tumba o bien a posteriori. Por encima del nivel de clausura han sido recuperados 128 fragmentos y, como sucede con la industria lítica extractiva, sin distribuciones ni agrupamientos concretos (Fig. 11A). En la superficie, junto con algunos materiales romanos, se observa una dispersión general, lo mismo que en la cobertera vegetal, aunque en este caso con agrupamientos en los cuadros de excavación A1 (ámbito del corredor) y J5, en el entorno donde fue recuperado el cuenco umbilicado. En este grupo destaca el hallazgo en superficie de un fragmento distal de hacha pulimentada pequeña realizada en ofita, materia prima fácil de encontrar en territorios relativamente cercanos al yacimiento. De la zona meridional de la cámara proceden 2 percutores realizados sobre guijarros naturales de cuarcita y 1 pieza de sílex fragmentada por efecto de la alta temperatura, que en esta zona debió situarse entre 550 y 600o C. De hecho, presenta un tipo de roturas de morfología poliédrica y angular, que se producen a partir de una exposición térmica superior a 500o C (Terradas y Gibaja 2001: 36). En origen pudo tener forma esférica y unos 6 cm de diámetro, presentando talla poliédrica sin restos de córtex. En el interior del corredor ha sido recuperado un fragmento de cuenta de collar realizada sobre Antalis inaequicostalum (Fig. 9: 13) con signos de carbonización. Además han sido recogidas tres cuentas de collar cilíndricas de piedra de 25, 21 y 13 mm de longitud. Una procede del corredor (Fig. 9: 10) y las otras dos de la cobertera vegetal: una fuera de la superficie tumular (Fig. 9: 12) y otra en su zona suroriental (Fig. 9: 11). En el interior de la cámara, en el ámbito septentrional y en contacto con los restos óseos, ha sido recuperado el extremo distal de un punzón óseo de sección circular. Procede de una zona que estuvo sometida a una temperatura superior a 650o C, de ahí que presente el característico color blanco de calcinación. Finalmente, no ha sido recuperado ningún objeto metálico, pero sí un peroné y una falange humanos cuya superficie de color verdoso, aparentemente producto de la transferencia por contacto de objetos de cobre. Conservación y grado de representación El estado de conservación de los restos óseos viene determinado por el lugar que ocuparon dentro de la cámara, observándose diferencias considerables entre los situados en la zona septentrional (A) y la meridional (B). En ambos casos fueron sometidos a diferentes variables antes de la clausura de la tumba, durante este proceso y posteriormente. Como se ha visto en el apartado dedicado a los aspectos rituales, antes de la clausura los situados en la zona septentrional (A) fueron sistemáticamente removidos, por lo que ya en ese momento debieron sufrir numerosas fracturas. Sin embargo, los situados en la zona meridional (B) fueron seleccionados y ordenados, con menor grado de fracturación. La temperatura alcanzada durante la fase de clausura combinada con la diferente humedad de los huesos, originaron respuestas físicas distintas. Como el calor alteró su color en función de la temperatura de exposición, las diferencias cromáticas permiten determinar con bastante precisión los grados alcanzados en cada zona de la cámara. Siguiendo la clasificación cromática de los huesos propuesta por Etxeberría (1994), se han establecido seis fases de combustión. Los restos localizados en el corredor, prácticamente la totalidad de los de la zona septentrional de la cámara y de un pequeño sector de la meridional (Fig. 13A), estuvieron sometidos a temperaturas superiores a 650o C (Fase VI) y, considerando que se produjo la transformación del carbonato cálcico en óxido de cal, la temperatura llegó en muchas zonas a unos 1.000o C. La mayoría de los huesos han tomado aspecto mineralizado y cristalino, adquiriendo considerable dureza y elevado peso específico. Muestran el característico color blanquecino, excepto los situados en contacto con el suelo en los flancos oriental y occidental, los cuales son de color gris azulado y están más próximos a la carbonización que a la incineración. En cambio, los inmediatamente superiores también son de color blanco. La temperatura alcanzada fue inferior en la zona meridional de la cámara (B), descendiendo progresivamente con la distancia al foco principal de calor. En una amplia franja la temperatura debió situarse entre los 550-600o C (Fase V), afectando marginalmente a los restos de la zona septentrional (A) y a buena parte de los situados en la meridional (B). A partir de esta amplia franja se suceden de manera radial y en dirección sur-sureste otras dos. En la primera, de unos 20 cm de anchura, la coloración negruzca de los restos indica que la temperatura se situó entre los 300-350o C (Fase IV). En la siguiente, de mayor anchura, el color marrón es propio de temperaturas situadas entre los 250-300o C (Fase III). En su extremo meridional se observa un repunte de temperatura entre 550-650o C (Fase V), en concreto en las cuadrículas H4 e I4, ámbito que coincide con la existencia de dos bloques de conglomerado. Sus características geológicas pudieron contribuir puntualmente a una mayor conservación de la temperatura, aunque en esta zona también pudo haber un fuego secundario. Por último, se suceden dos nuevas franjas de las Fases III y IV, a la par que se observa un pequeño ámbito donde la temperatura alcanzó entre 200-250o C (Fase II). Los únicos restos óseos sin alteración térmica (Fase I) forman un pequeño grupo localizado fuera de la cámara, entre los cuadros de excavación I5-J5. La respuesta física del hueso varía en función de su contenido en humedad en el momento de exposición a la fuente de calor. La temperatura produce fragmentaciones transversales al eje en el hueso fresco y longitudinales en el seco. En este caso se ven reacciones propias de los dos tipos, ya que en el momento de la clausura al menos el 17% de los cráneos estaban frescos y el 23% secos (Fig. 13B). Además, abundan las torsiones, estallamientos y fusiones entre huesos amalgamados junto con el sedimento, contribuyendo a la elevada fragmentación de la colección. Por último, todas las coronas de las piezas dentales estallaron al experimentar temperaturas superiores a 300o C. Tras la clausura de la tumba los huesos han estado sometidos a diferentes agentes alteradores, como cambios de humedad o la agresión derivada de la propia composición química de los sedimentos y de la acción de las raíces, una de las más perjudiciales al producir disoluciones en forma de malla irregular. Esta alteración se observa mayoritariamente en los huesos de la zona meridional (B). Todos los huesos del cuerpo humano están representados, incluyendo los del oído y el hueso hioides, con algunas diferencias entre la zona septentrional (A) y la meridional (B). En la primera la representación porcentual es acorde con el NMI documentado, mientras en la zona meridional, donde los restos responden a una selección premeditada, se registra un elevado número de restos de cráneo seguido de huesos largos, porcentajes muy inferiores de costillas y vértebras y prácticamente testimoniales de pelvis y huesos del carpo/tarso. Número mínimo de individuos (NMI), edad de muerte, sexo y valores osteométricos El NMI ha sido estimado a partir de los huesos largos, de calotas y de porciones petrosas del hueso temporal. En los huesos largos, el NMI se ha estimado a partir de las diáfisis proximales derechas de 44 ulnas, la fracción ósea mejor representada. Únicamente se han contabilizado como calotas las 77 que han podido ser individualizadas con precisión, ya que la fragmentación y dispersión de los restos puede derivar en duplicidades. Sin embargo, el rasgo más clarificador ha sido, sin duda, la por-ción petrosa del hueso temporal con un NMI de 91 (82 porciones derechas y 91 izquierdas). La edad de los individuos se ha establecido en base a los grupos descritos por Knußmann (1988: 134). La estimación en individuos juveniles, adultos y maduros ha sido realizada sobre 73 de las 77 calotas documentadas, ya que las otras cuatro pertenecen a infantiles. Considerando la práctica total ausencia de conexiones anatómicas, es imposible asociar a un mismo individuo otros restos óseos con factores diagnósticos. Por este motivo, y cuando se pudo, el criterio fundamental de valoración ha sido el grado de obliteración de las suturas craneales. El desgaste de las coronas de Fig. 13. El Hundido (Monasterio de Rodilla, Burgos): A. temperatura alcanzada en la tumba colectiva durante el proceso de condenación; B. distribución de las calotas identificadas en función de su estado con carácter previo a la condenación de la tumba. las piezas dentales asociadas a las calotas tampoco ha podido valorarse ya que, por efecto del calor, solo las conserva el cráneo no 510-01, situado en una zona que no superó los 250o C de temperatura. En los individuos infantiles han sido valorados otros aspectos. A partir del número de epífisis proximales de ulnas derechas, se han identificado al menos 8 individuos infantiles: 1 neonato, 5 infantiles I y 2 infantiles II. Con mayor precisión ha podido ser estimada la edad de un conjunto de restos mandibulares y maxilares hallados en la cámara, que aparecieron junto con otros huesos pero sin ninguna conexión. En función del desarrollo de la dentición definitiva, pertenecen a dos individuos de unos 3 y 5 años. Por último, solo un húmero se asocia con certeza a un neonato. Por lo tanto, la edad de muerte se ha estimado en los 8 individuos infantiles y las 73 calotas de juveniles, adultos y maduros. El resultado de estos 81 individuos se expone en la tabla 1. Se advierte la presencia de todos los grupos de edad, incluidos neonatos, excepto individuos seniles. En general el 15% de los individuos murieron antes de cumplir los 20 años, alcanzando la madurez solo el 10%. Llama la atención el reducido porcentaje de individuos infantiles. Posiblemente se deba a su peor conservación o a la elección de otro lugar y/o forma de enterramiento, observándose una mayor probabilidad de muerte antes de los 7 años. Por otro lado, la posibilidad de fallecer durante la juventud se puede considerar baja. La determinación del sexo en las 73 calotas de individuos de más de 15 años se ha basado en rasgos de dimorfismo sexual. La dificultad de aplicar este procedimiento reside en que prácticamente ninguna de ellas conserva todos los caracteres. Por ello, el número de individuos atribuibles a uno u otro sexo se ha reducido a 53, siendo relativamente elevadas las atribuciones posibles (26%). Por porcentajes, se observa la presencia ligeramente inferior de mujeres (47,16%), con respecto a la de hombres (52,83%). La esperanza de vida entre las mujeres es inferior a la de los hombres (Tab. 2), posiblemente por los fallecimientos vinculados a procesos de gestación, parto y posparto. No deja de ser significativo que los tres individuos juveniles cuyo sexo ha sido determinable sean mujeres. También cabe atribuir a esta misma causa las pocas mujeres que alcanzaron la edad madura frente al número de varones. Los índices osteométricos sólo han podido calcularse en el único hueso completo recuperado: un húmero derecho atribuible a una mujer adulta. Como los huesos se reducen por efecto del calor y el húmero estuvo sometido a una temperatura no inferior a 650o C, la reducción puede estimarse en un 10-12% (Wahl 1982: 21). Tomando como base comparativa las medidas e índices del húmero para mujeres calcolíticas andaluzas y de otras regiones europeas de S. A. Jiménez ( 1), se aprecia que, una vez sumado el 10% a los valores (1) Jiménez Brobeil, S.A. 1987: Estudio antropológico de las poblaciones neolíticas y de la Edad del Cobre en la Alta Andalucía. Tesis doctoral inédita, Universidad de Granada. Grupo No de individuos (%) El Hundido (Monasterio de Rodilla, Burgos). Relación entre sexo y edad de muerte de los individuos inhumados en la tumba colectiva. iniciales, la longitud (268 mm) se encuentra entre la mínima y la máxima andaluza (245-311 mm), aunque ligeramente por debajo de la media (278 mm), y considerablemente por debajo de la media europea (297 mm). Por su parte, los valores referentes al perímetro y al diámetro no alcanzan los mínimos de las poblaciones andaluzas analizadas. Como resultado, el índice diafisario (68,75) está en la media, pero no así el de robustez (15,29). Si el de Andalucía se puede considerar mediano (18,88), aunque inferior al de la media europea (19,5), en El Hundido es bajo. Prácticamente no se han documentado piezas dentales que conserven al menos en parte las coronas, por lo que ha sido imposible constatar casos de caries dental. Sí se observan pérdidas de piezas dentarias ante mortem gracias a la conservación de alvéolos con signos de reabsorción, aunque no parece posible determinar si la causa fue de tipo infeccioso o traumático. Las pérdidas observadas solo se dan en molares y premolares, aunque en algunas mandíbulas afectan a su totalidad existiendo reabsorción alveolar completa. Entre las enfermedades metabólicas se han identificado dos casos de criba orbitaria en fragmentos de hueso frontal pertenecientes a un individuo adulto y a otro juvenil. Ninguno conserva ambas órbitas, por lo que no es posible determinar si es bilateral. La mayoría de los autores relacionan este tipo de osteoporosis con las anemias, que suelen considerarse una de las primeras manifestaciones de la enfermedad y se documentan con mayor frecuencia en individuos muy jóvenes (Isidro y Malgosa 2003: 69, 145). También ha sido reconocido un proceso de osteólisis en el frontal y en el parietal de un cráneo, tal vez relacionado con una afección metabólica. Se trata de un individuo adulto, quizás una mujer, de 25-35 años de edad de muerte. El estudio de los marcadores de actividad o de estrés ocupacional ha aportado interesante información sobre el estilo de la vida. Se manifiestan frecuentemente en forma de enthesopatías que, por su fragilidad y pequeño tamaño, en El Hundido pueden haber desaparecido debido a las varias alteraciones a las que han sido expuestos los restos óseos. Aún así, han sido identificados varios marcadores, en su mayoría en las extremidades superiores, como en un húmero izquierdo femenino con elevado desarrollo de la tuberosidad deltoidea acompañado de enthesopatías. El músculo deltoides hace funciones de aproximación, separación, retroversión y rotación medial y lateral, a la par que soporta el peso del miembro superior. En este caso, la aparición de enthesofitos se debe al sometimiento habitual del brazo a un esfuerzo físico elevado. También se observan altos desarrollos de la tuberosidad bicipital del radio, con o sin formación de enthesofitos. La tuberosidad bicipital es el punto de inserción del músculo bíceps braquial, principal responsable de la flexión del codo, por lo que los marcadores descritos suelen estar asociados al transporte de cargas pesadas con los codos flexionados (Isidro y Malgosa 2003: 229). Son reseñables los abundantes osteofitos en la inserción muscular del tendón de Aquiles de un calcáneo, en relación con una actividad física importante vinculada a recorrer largas distancias por lugares agrestes. En poblaciones medievales castellanas este marcador se ha relacionado con la actividad pastoril (Galera y Garralda 1993: 247). También existen enthesopatías en la superficie ventral de una rótula y en varias falanges de carpo y tarso. Un fragmento de costilla con osteoartritis en las superficies articulares vertebrales es un caso de patología asociada a la reiteración de movimientos intensos de elevación de objetos pesados. Algunos autores la han identificado en mujeres que acarrean a sus hijos a la espalda (Isidro y Malgosa 2003: 228). Por último, la presencia de nódulos de Schmörl en algunas vértebras suele obedecer a una patología traumática relacionada con esfuerzos físicos, donde el colapso superior e inferior origina herniaciones intervertebrales del disco. A parte del estrés mecánico producido por cargas axiales, su aparición puede deberse a otras causas de tipo traumático, infeccioso o metabólico, aunque hay autores que defienden que el reiterado levantamiento y soporte de cargas pesadas es la principal actividad que induce la aparición de esta lesión ( 2). (2) Casas, M. J. 1997: Principales marcadores óseos macroscópicos de estrés físico en poblaciones humanas: su validez como indicadores de gestos repetitivos. Tesis doctoral inédita, Universidad Complutense de Madrid, Madrid. caso, las lesiones están acompañadas del hundimiento de discos vertebrales y de artrosis. Un fragmento de parietal procedente del corredor muestra lesiones relacionadas con el ambiente físico y cultural. Presenta una perforación de forma triangular, de 0,52 mm x 0,22 mm, situada entre el borde occipital y el temporal, a pocos milímetros del asterion. A juzgar por su forma y dimensión, podría tratarse del impacto de una punta de flecha. Como el hueso está muy afectado por las altas temperaturas y por la acción de las raíces, no se puede confirmar con total seguridad los aparentes signos de osteólisis, que indicarían que la lesión se produjo pre mortem y no peri mortem. También ha sido identificada una rótula izquierda a la que le falta buena parte del polo supero externo, circunstancia compatible con una rótula bipartita tipo III según la clasificación de Saupe (1943), el tipo más frecuente. Sin embargo, es posible que la pérdida de la porción ósea se deba a una fractura. Entonces, la presencia de una espícula visible en el borde lateral podría formar parte del tejido óseo neoformado en el proceso de consolidación o bien indicar una afección artrósica o enthesopática del ligamento rotuliano. La artrosis se identifica en varios huesos a nivel vertebral, en las extremidades superiores y en la articulación coxo-femoral. Como patología vertebral destaca un conjunto de cervicales dorsales y lumbares halladas sin conexión anatómica, pero pertenecientes al mismo individuo, que presentan sindesmófitos proyectados a las vértebras vecinas, aunque sin fusión entre ellas, asociado a espondilitis. En las articulaciones de las extremidades superiores han sido identificadas artrosis a nivel de la circunferencia articular en dos ulnas derechas, en la articulación radiocubital distal. A nivel de la articulación coxo-femoral cabe mencionar procesos artrósicos, identificados en el borde del acetábulo de un fragmento de pelvis y en un cóndilo femoral. Por último, se constatan variaciones genéticas que no suelen cursar sintomatología en los individuos que las padecen y suelen pasar inadvertidas a lo largo de la vida. Además del posible caso de rótula bipartita ya citado, cabe mencionar la presencia de proceso supracondíleo en un húmero izquierdo, una variación que aparece con mayor frecuencia en las poblaciones prehistóricas (Campillo y Subirá 2004: 140) y un caso de tercer trocánter en el fémur izquierdo de un individuo juvenil. La tumba colectiva de El Hundido en su contexto regional Las manifestaciones funerarias documentadas en la tumba colectiva El Hundido permiten confirmar una vez más las claras conexiones culturales entre esta comarca y la cuenca alta y media del Valle del Ebro, aspecto constatado en las tumbas campaniformes intrusivas construidas quinientos años después (Alonso 2013) y en dos tumbas neolíticas individuales en fosa documentadas en las proximidades (Alonso y Jiménez e.p.). En estas relaciones culturales jugará un papel fundamental el corredor natural junto al que se localiza el yacimiento, de trascendental relevancia histórica en la conexión de las cuencas altas del Ebro y del Duero. Esta conexión desde el Pirineo occidental, cruza el extremo del paso natural del Sistema Ibérico, con el desfiladero de Pancorbo como hito reseñable y, por el otro lado, remonta el curso del Ebro. Ya en época histórica estas mismas rutas serán la base del trazado de las vías romanas I y XXXIV, ambas confluyentes en la cercana localidad de Briviesca, y también de los dos principales itinerarios del Camino de Santiago. Gracias a su estratégica localización, el yacimiento mantiene importantes similitudes desde el punto de vista ritual y de la cultura material con otros de las provincias de La Rioja, Navarra, Álava y Soria, ya que su situación fronteriza en el límite septentrional de la Meseta propició la introducción de las novedades culturales de las gentes que utilizaron el Valle del Ebro como vía de tránsito y difusión. La tumba colectiva de El Hundido se enmarca en la forma de enterramiento utilizada durante el Neolítico Final-Calcolítico en la Península Ibérica y en otros ámbitos europeos occidentales, abandonada a finales de este último periodo en beneficio del enterramiento individual. En esta afirmación genérica cabe un amplio abanico de matices dado el complejo repertorio de manifestaciones funerarias conocidas (Fabián 1995: 105 y ss.), pero grosso modo pueden clasificarse en tumbas monumentales, dolménicas o no, y cuevas sepulcrales. El Hundido viene a ser un ejemplo de tumba monumental colectiva de carácter no megalítico clausurada mediante fuego. El carácter colectivo es su seña de identidad, necesario en el momento de su construcción y clausura, en forma de esfuerzo conjunto por parte de los miembros de la comunidad y presente en las diferentes fases rituales. Los eventos de clausura más cercanos de tumbas monumentales asociados en mayor o menor medida al fuego han sido constatados en el conjunto soriano del Valle de Ambrona (Rojo et al. 2005), en El Miradero de Villanueva de los Caballeros, en Valladolid (Delibes et al. 1987) Por sus características constructivas, el ejemplo más próximo a El Hundido es el riojano de Portillo de los Ladrones, en Viguera. La mayor similitud reside en su carácter semirupestre: en el caso riojano la cámara se habilitó mediante la excavación de una fosa en el suelo rocoso (López 2002: 242), mientras que en El Hundido se partió de una grieta natural en el terreno que a su vez fue retallada, de manera que en los dos casos quedaba bajo la cota de la superficie. En ambos monumentos la cubierta parece que fue realizada a partir de materia vegetal, un aspecto coincidente con la tumba soriana de La Tarayuela (Rojo et al. 2005: 232). En el caso riojano el calor vitrificó la sílice (Narvarte 2005: 221), y en el soriano se formó una costra parcial de cal. Ambas reacciones químicas han sido constatadas en El Hundido, cuya calcificación parcial debe atribuirse a la ausencia de cubierta pétrea como parece constatado en la tumba soriana (Rojo et al. 2005: 193). Estos dos ejemplos, próximos a nuestro yacimiento en cuanto a tipología estructural y condenación, están encuadrados en un contexto cultural neolítico, en el segundo tercio del IV milenio en fechas calibradas para el caso de La Tarayuela (Rojo et al. 2005: 195) y sin dataciones absolutas en Portillo de los Ladrones. Por último, la tumba colectiva condenada por fuego más próxima, en esta ocasión calcolítica, es la de Villayerno-Morquillas (Arnáiz et al. 1997), a tan solo 15 km de distancia y en el ámbito de influencia del corredor natural mencionado. Es de lamentar que, por su mala conservación, durante su excavación fue imposible determinar las características estructurales y no cuenta con dataciones absolutas. Según las dataciones aportadas por la cueva segoviana de La Vaquera (Estremera 2003: 188), el inicio del Calcolítico se sitúa entre el 3300 y el 2800 en fechas calibradas, no muy alejadas de las propuestas por F. Fabián (2006: 447) (3000-2800 cal BC), por lo que la condenación de la tumba estaría enmarcada culturalmente en momentos aún iniciales del Calcolítico. Sin duda, los primeros enterramientos debieron tener lugar tiempo atrás, quizás en el Neolítico Final, como parecen estar indicando ciertos materiales arqueológicos. Al mismo tiempo, al proceder la muestra de la madera utilizada en la fase de clausura y no ser de vida corta, podría estar retrasando la cronología de manera artificial en función de la edad del combustible. Ello implicaría una condenación del monumento en fechas más avanzadas. El rito funerario como símbolo de colectividad El Hundido fue un monumento identificable en el paisaje gracias a su destacada posición en un borde de páramo, símbolo del predominio del sentimiento de pertenencia al grupo frente al individual. De hecho, la mezcla de los restos óseos serviría para reafirmar la identidad colectiva. La destrucción del sepulcro debe ser entendida como parte de un complejo ritual que incluyó la práctica de depósitos selectivos (agrupamiento de cráneos y haces de huesos largos) fuera de la cámara principal. La parte del ritual, durante la que se espera la descomposición de los cuerpos para recibir Lamentablemente otra muestra realizada sobre restos óseos no contenía fracción de colágeno sepultura definitiva, ha estado muy extendida en diversas culturas desde la Prehistoria hasta la actualidad. Tiene su explicación en el entendimiento del funeral como un rito de paso, que requiere esperar hasta que desaparezca la carne para que el alma abandone definitivamente el mundo de los vivos y viaje al más allá (Metcalf y Huntington 1991: 84 y ss). En los megalitos de La Lora burgalesa han sido identificadas algunas de estas prácticas, destacando el agrupamiento de cráneos y huesos largos documentado en el dolmen de Las Arnillas (Delibes et al. 1993: 58). Las características estructurales y rituales de El Hundido tienen en este caso un singular valor. El ritual culminaría con la condenación de la estructura mediante cremación, acto en el que se vería implicada gran parte de la comunidad que debió avivar el fuego durante varios días, completado con el depósito de ofrendas colectivas. Estas han llegado a nosotros como recipientes cerámicos situados fuera de la cámara y sin asociación a individuos concretos, una nueva muestra de la preponderancia de lo colectivo. La proporción similar de ambos sexos y la presencia de todos los grupos de edad son indicativas de que, al menos, muchos de los miembros integrantes de la comunidad debieron ser enterrados en este lugar. El número mínimo de individuos constatados y el carácter acumulativo de las inhumaciones, que determina una formación mediante eventos sucesivos muy presente en este tipo de ritual (Schwarz 2013), indican que el proceso debió prolongarse durante varias generaciones. En base a la aceptación general del carácter transterminante de las poblaciones calcolíticas en la región, lo lógico es suponer que no todos sus miembros fallecieron en este lugar. La utilización del sepulcro debió tener un arco temporal superior condicionado por entierros puntuales durante la permanencia del grupo en las cercanías. Sin duda, el lugar de enterramiento cambiaría en función de la movilidad de sus miembros. Ello dota de especial relevancia a la tumba de Villayerno-Morquillas (Arnáiz et al. 1997), que cumpliría la misma finalidad a 15 km de distancia de El Hundido. Precisamente, este largo uso puede explicar la presencia de ciertos materiales arqueológicos considerados frecuentemente ajenos al Calcolítico, que sirven para retomar el capítulo del en-cuadre cronológico de la tumba. Entre ellos están dos trapecios, uno de ellos con la base menor retocada, asociados a la fase de utilización y recuperados en el corredor y en la cámara. Atendiendo al estudio de este tipo de materiales en las tumbas del Valle de Ambrona (Alegre 2005: 301), los geométricos trapezoidales son las formas dominantes del Neolítico Final. Tal afirmación permitiría situar el primer uso de la tumba en ese momento cultural, cuando los geométricos, que conviven con puntas de flecha con retoque plano, también representadas en el yacimiento, son ya una tipología en retroceso. Ello explicaría su discreta presencia y haría más que probable la posibilidad de que la tumba tuviera su origen en el Neolítico Final. La excavación arqueológica en El Hundido fue financiada por GENESA-NEOENERGÍA (EDP Renovàveis).
La mujer en el registro funerario campaniforme y su reconocimiento social El trabajo analiza las tumbas campaniformes con inhumaciones femeninas de tres yacimientos próximos entre sí localizados en la región de Madrid, destacando su presencia en unos contextos que tradicionalmente se han considerado básicamente masculinos. Se registra también la variabilidad de estos contextos, en sus ajuares y en los rituales de inhumación, sean individuales o colectivos y en posiciones primarias o secundarias. Así mismo, se revisan sus asociaciones a individuos masculinos adultos y /o a infantiles, y se discute la asociación de mujeres en tumbas relevantes con puñales. Aunque la muestra es cuantitativamente insuficiente, la variedad del registro nos permite, al menos, desmontar ciertas afirmaciones que se han venido repitiendo sin ningún apoyo empírico sobre la rotunda superioridad numérica de tumbas campaniformes con inhumaciones masculinas. Pero más allá de la recopilación de estos datos es importante reflexionar sobre el porqué de la menor presencia de mujeres con respecto a los hombres en las manifestaciones funerarias de los grupos campaniformes cuando en las tumbas coetáneas no campaniformes es precisamente la mujer la que suele estar mejor representada. Uno de los episodios de la Prehistoria Reciente de la Península Ibérica que más literatura científica ha generado es el fenómeno campaniforme y, en particular, sus enterramientos. Sin embar-go, la mayoría de los estudios se han dedicado a los elementos que componen los ajuares, en especial a su singular cerámica decorada, los objetos metálicos y otros elementos ornamentales, siendo extensísima la bibliografía disponible a tal efecto (Riaño et al. 1894; Castillo 1928; Delibes 1977; Harrison 1977; Blasco 1994; Blasco et al. 1998; Garrido 2000; Rojo et al. 2005a). Pero es cierto que "en Arqueología en tanto que Ciencia Social, buscamos el rastro de los sujetos sociales no una inexistente vida propia de los objetos" (Escoriza 2008: 20). En consecuencia, ya en fechas tempranas se hicieron importantes esfuerzos en el estudio de los restos antropológicos donde el interés en los mismos iba dirigido a caracterizar racialmente los grupos campaniformes, poniendo un especial énfasis en la osteometría y morfología craneal (Antón 1897; Deselaers 1917; Gerhardt 1953; Bubner 1976). Ya en su día A. del Castillo (1928: 201, 202) indicó "que había que esperar a que los estudios antropológicos estén más maduros, al ser la Antropología la clave para interpretar esta delicada cuestión", refiriéndose a si se trataba de un fenómeno de "extensión cultural o movimientos étnicos". En las últimas décadas, los estudios sobre los restos humanos han avanzado considerablemente en la caracterización de las poblaciones prehistóricas. Los enfoques abarcan campos más específicos y cuestiones menos conflictivas que la búsqueda de "pueblos o razas braquicéfalas campaniformes". Sin embargo, las nuevas líneas de investigación -paleogenética, morfologías dentarias, paleodietas, marcadores de estrés ocupacional, etc.-ofrecen ya datos puntuales, además de alguna que otra discusión, en relación con los diferentes aportes arqueométricos, bioantropológicos o paleopatológicos que permitan definir mejor las características entre las poblaciones de finales del Neolítico y/o Calcolítico y las posibles diferencias que presentan aquellos individuos que adoptan el ritual campaniforme (Grupe et al. 1999; Price et al. 2004; Desideri y Besse 2010, 2012; Lee et al. 2012). Las numerosas intervenciones arqueológicas en el ámbito madrileño han permitido exhumar nuevas tumbas campaniformes, pero los estudios antropológicos se enfrentan a varios problemas. El primero a destacar es que los trabajos antropológicos publicados siguen siendo escasos y al estar siempre relegados a un segundo plano, se ha dado por hecho que las tumbas más importantes pertenecen a varones destacados sin incidir en los restantes miembros de la comunidad: mujeres, infantiles y el resto de la población masculina. Un segundo problema que limita la obtención de nuevos datos en las excavaciones recientes son las condiciones desfavorables del terreno. La gran profundidad de algunas tumbas en contacto con el nivel freático, o al contrario, su proximidad a la superficie, alterada frecuentemente por las labores agrícolas, no ofrecen ni la cantidad ni la calidad de contextos requeridos por los nuevos estudios. Los esqueletos suelen estar en un estado tan deplorable que, en ocasiones, ni siquiera los especialistas en Antropología pueden identificar de forma fiable el sexo o la edad de los inhumados. Además los procesos posdeposicionales provocan una pérdida tan sustancial del colágeno en los huesos que su datación o estudio paleogenético, entre otros, resulta inviable. Otra cuestión de no menor envergadura es la práctica vinculada a este horizonte consistente en la reapertura posterior de algunas tumbas para sustraer tanto los ajuares, como las porciones esqueléticas más representativas de los inhumados. Aunque no se trata de casos aislados en el ámbito madrileño, se ha prestado escasa atención a este aspecto cuyo interés obliga a realizar una lectura tafonómica de los enterramientos in situ y limita considerablemente la interpretación cronológica de contextos alterados o con depósitos secundarios (Clop 2010; Liesau et al. 2014). Estas circunstancias desfavorables nos alejan de poder disponer de visiones de conjunto de los espacios funerarios con tumbas campaniformes. En consecuencia, tampoco nos permiten relacionarlos con los de otros grupos cuyos enterramientos o no contienen estos ajuares o no se identifican con lo que tradicionalmente se ha definido como "set campaniforme", es decir la triada de vaso, cazuela y cuenco, como "equipo ritual" (Delibes 1977: 90; Harrison 1977: 19; Strahm 2004: 202) para preparación y consumo ritual de ciertas bebidas en algunos casos (Guerra Doce 2006; Rojo Guerra et al. 2006; Delibes y Herrán 2007: 197). Sin embargo, empieza a haber un estimable número de contextos que aportan nuevos datos para aproximarse a un conocimiento más profundo de estas sociedades, pero somos conscientes de lo difícil que resulta ese acercamiento por la ausencia de datos estadísticamente relevantes. El análisis (2011: 21) definió en su día como la "mitad invisible" de la población, la mujer, cuyo peso en la sociedad campaniforme resulta indispensable valorar dentro del marco general de la Prehistoria. Otro objetivo es discutir la aparente homogeneidad de ajuares en el horizonte campaniforme Ciempozuelos, que a la luz de los recientes descubrimientos, muestran un espectro formal muy amplio en estructuras y contenidos. Esta variabilidad sugiere la necesidad de visibilizar una sociedad plural y sus diferentes formas de liderazgo que hasta la fecha parecía reflejarse solo en los registros funerarios y no en los habitacionales. LAS MUJERES EN LOS CONTEXTOS FUNERARIOS CAMPANIFORMES: TUMBAS y ASOCIACIONES Se tiene asumido que "a medida que avanzó la complejidad socioeconómica, los hombres comenzaron a ocupar posiciones diferentes y a desarrollar el poder, lo cual quiere decir que comenzaban a desvincularse de los demás miembros de su grupo y a proyectar su deseo hostil también dentro de su propio grupo..." La situación se identifica precisamente con el Horizonte Campaniforme al interpretarse que los ajuares depositados en las principales tumbas individuales están constituidos por objetos de lujo y prestigio. Éstos incluyen adornos de vestimentas "masculinas", como botones o adornos realizados con materias primas exóticas y de alto coste como el oro o el marfil. No obstante, esta hipótesis ha empezado a ser cuestionada por algunos autores que dudan de que todas las tumbas campaniformes pertenezcan a varones, ya que el tradicional planteamiento para explicar el campaniforme como un fenómeno ligado a enterramientos individuales, primarios, de individuos masculinos no sirve para describirlo (Bueno et al. 2005) en cuyo caso ¿cómo se reconocen entonces los enterramientos de las mujeres y de los hijos de estos personajes? (Kunst 2001: 86) Resulta indispensable recelar de esta visión teórica del campaniforme que se deriva de "divagaciones ideales" (Castro et al. 2003) y realizar un esfuerzo con trabajos arqueológicos de investigación sobre casos reales y no ficticios que tengan en cuenta una sociedad global (Castro et al. 2006). La única vía directa de la que se dispone es acometer un estudio analítico de los inhumados lo más exhaustivo posible que nos acerque a su identificación sexual y de edad, así como a sus características físicas, al grado de parentesco entre ellos, a su esperanza de vida, dieta o dolencias. Un riguroso estudio de los ajuares puede acercarnos a la posible posición social de los individuos inhumados y a la función de hombres y mujeres en el grupo, pero también es cierto que los ajuares "constituyen un poderoso conjunto de símbolos materiales que aluden a sus relaciones familiares o de alianzas, más que su estatus social" (Thomas 2005: 131). Sin duda alguna, trabajar en estos objetivos ayudaría a caracterizar mejor a la sociedad campaniforme, cuando en otros ámbitos culturales de nuestra Prehistoria reciente se ha avanzado sustancialmente, gracias al amparo de los estudios de género realizados en las últimas décadas. En ellos se ha comenzado a poner el acento en el papel que la mujer debió jugar en todas las sociedades prehistóricas, tanto por su aportación esencial a la subsistencia del grupo como fuerza de trabajo, como por su papel fundamental en la reproducción, la "transmisión genealógica" (Cámara 2001: 56) y su esencial aportación en el contexto familiar y del cuidado de los hijos (Sánchez 2006; Bueno et al. 2012). Para abordar el tema del posible papel de la mujer entre los grupos campaniformes hemos tenido en cuenta los datos proporcionados por las tumbas femeninas singulares, en parte sincrónicas, localizadas en tres yacimientos calcolíticos madrileños, donde conviven enterramientos con y sin campaniforme: Camino de las Yeseras (San Fernando de Henares), Humanejos (Parla) y La Magdalena (Alcalá de Henares) (Blasco et al. 2011; Heras et al. 2014) (Fig. 1). En este trabajo se reflexiona sobre los datos aportados por diferentes estudios analíticos con especial incidencia en los resultados de informes antropológicos realizados (Gómez et al. 2011), así como los obtenidos por Trancho y Robledo (2011) sobre las paleodietas para los yacimientos de Camino de las Yeseras y Humanejos. De La Magdalena se manejan los resultados publicados por Heras et al. (2011Heras et al. ( y 2014)), que aun siendo preliminares, añaden novedades de interés. En Camino de las Yeseras se han excavado y estudiado un total de 8 tumbas con ajuares campaniformes, localizadas en 3 áreas funerarias y una doble fosa que han aportado restos correspondientes, al menos, a 19 individuos más otros tantos como depósitos secundarios, actualmente en estudio. En Humanejos se han excavado un total de 6 tumbas de las que se han recuperado restos de 15 individuos (Gómez et al. 2011). A ellas hay que sumar las 4 tumbas campaniformes con un total de 11 inhumaciones procedentes del yacimiento de La Magdalena de las que sólo tenemos datos muy parciales (Heras et al. 2011) Tumbas colectivas o múltiples con inhumaciones primarias y/o depósitos secundarios Dos de las cuatro tumbas campaniformes de Camino de las Yeseras analizadas donde se han inhumado mujeres son enterramientos dobles de hombre y mujer, un dato que podría indicar que, al menos en algunos casos, su acceso a este grupo podría haberse producido por consanguinidad si bien las observaciones tafonómicas y las aso-ciaciones permiten suponer que pudieron existir otras causas. Una de las tumbas del Área Funeraria 3 (antes cabaña 5, según Blasco et al. 2005) de Camino de las Yeseras es una covacha/hipogeo (Fig. 2a) con restos de cuatro cuerpos según los últimos informes antropológicos. Estaba abierta en el zócalo de una amplia estructura. En su base quedaron alojados los restos reducidos de dos varones, uno de ellos maduro. Por encima se localizó un esqueleto de mujer en posición primaria, con las piernas flexionadas y orientación E-O. Ella estaba parcialmente infrapuesta a un varón adulto, en decúbito supino con los brazos cruzados orientado en dirección O-E y colocado, por falta de espacio, en la propia entrada de la tumba (Fig. 2b). Ambos individuos poseen ajuares aparentemente modestos, algo más importante el del varón: la mujer se asocia a una cazuela con una escueta decoración campaniforme que cubre sólo la cara exterior de la boca (Fig. 3a), a un vaso liso y a un mortero de arenisca (Fig. 4c), pero el varón posee dos cuencos y un vaso con decoración campaniforme, además de un molino. Se recuperó también un punzón de cobre (Fig. 5e), inicialmente asignado como ajuar al varón (Blasco et al. 2005: 461-462), pero no descartamos que pudiera corresponder a la mujer por la superposición parcial de los cuerpos y por la falta de localización exacta de la pieza. La modestia de estos ajuares podría ser más aparente que real pues la presencia del mortero y el molino, ambos realizados en arenisca (Blasco et. al 2007(Blasco et. al -2008:761):761), en los ajuares de esta pareja, podría estar en relación con la hipótesis de que "la emergencia de élites en los grupos humanos implicó, con frecuencia, la apropiación de parte de la producción relacionada con las actividades de mantenimiento, apropiación que se usó para asentar las bases de la jerarquización social. Se trata de materiales arqueológicos normalmente ligados al ámbito doméstico, como fusayolas, pesas de telar, molinos de mano, etc., [que] empiezan a aparecer en lugares que, por su situación o su forma de construcción, están asociados a otras esferas de la acción social, como la política, la religiosa o la del intercambio a escala no local" (González Marcén et al. 2007: 176). La segunda tumba en covacha (Fig. 2c) con restos de tres individuos se encuentra en el Área Funeraria 1 del mismo yacimiento de Camino de las Yeseras (Liesau et al. 2008; Blasco et al. 2009). En este caso sólo se recuperó, junto a un fragmento de órbita infantil, parte del esqueleto de un varón maduro depositado formando un paquete de varios huesos largos cubriendo el cráneo, todo ello colocado cerca de la entrada de la covacha. La ausencia de gran parte del esqueleto permite deducir que se trata de un depósito secundario. Dicho depósito se produjo junto a la cabeza de un adulto de entre 20-30 años de edad en inhumación primaria en decúbito lateral izquierdo quien entre sus piernas exhibía dos cuencos superpuestos (Fig. 3b) y a su espalda otro (tal vez el ajuar del varón en posición secundaria). Desgraciadamente el estado de conservación del esqueleto era tan deplorable que no ha sido posible sexar esta última inhumación, aunque por la gracilidad del cráneo y del esqueleto postcraneal parece ser una mujer. También el tipo de ajuar podría confirmar esa posibilidad. En tal caso, ¿fue ella la que propició la construcción de esta tumba singular? Por otra parte, con el fin de mantener al varón en su posición original en el centro de la tumba, la mujer se dispuso en parte por encima de él evidenciando tal vez una supeditación en la colocación del cuerpo femenino en un lateral con respecto al sujeto principal del enterramiento. El hecho de ser introducidos en la misma tumba parece indicar una relación directa, ¿fue un vínculo de consanguinidad? La precaria conservación de los esqueletos femeninos en las tres tumbas comentadas nos ha impedido extraer datos concluyentes sobre la calidad de vida de estas mujeres, a excepción de una antigua fractura de clavícula de la mujer de Humanejos. Tampoco se ha podido comprobar que existiera una muerte violenta. Sea como sea, si en el primer caso se confirmara que se trata de una mujer, evidencia que fue merecedora de una tumba singular. En los otros contextos su papel parece limitarse al de acompañante del personaje principal, si aceptamos que un ajuar rico y/o singular es un indicio de prestigio que se asigna a un líder (Andrés 2005(Andrés: 181, 2012: 33): 33). En la tumba doble de Humanejos, el ajuar suma a una significativa panoplia, un espectacular lote de vajilla y materiales exóticos como marfil y cinabrio. Enterramientos dobles: ¿dos mujeres adultas? En este apartado hay que incluir una de las tumbas de La Magdalena con dos fases de inhumación en bien diferenciados. El primero de ellos se documentada en la base de la fosa está representado por restos muy parciales e inconexos pertenecientes individuo adulto femenino en clara posición secundaria, bien por una remoción de la tumba, bien por su traslado desde otro lugar. Este conjunto fue sellado por un nivel de relleno con una potencia de alrededor de 1 m. Pero lo más extraordinario de esta fosa resulta la presencia, sobre el conjunto descrito y a una profundidad de unos 0,76 m, de otras dos mujeres, una senil y otra adulta joven, sin ajuar, con las piernas flexionadas y con sus cuerpos en paralelo y orientados hacia el Sur. Ambos esqueletos presentan la misma singularidad: les falta el cráneo y las primeras vértebras cervicales (C1-C4) (Heras et al. 2011: 19) (Fig. 7). La ausencia de dataciones nos impide determinar el tiempo transcurrido entre ambos depósitos y si el segundo se practicó cuando se produjo la remoción o el traslado de los restos del nivel inferior. Además, no ha sido posible comprobar si las mujeres fueron decapitadas o la retirada de los cráneos fue postdeposicional, una vez esqueletizados sus cuerpos. Enterramiento doble: mujer e infantil El Área Funeraria 2 de Camino de las Yeseras muestra una fórmula diferente. La mujer yacía en decúbito lateral izquierdo, en posición contraída (Fig. 8a), mirando hacia el interior de la estructura funeraria y bajo sus pies se localizó un niño cercano al año, datado en 3525 + 40 BP (Ua 35021) con una calibración a 2σ de 1960-1740 cal BC. El ajuar de ambos consiste en tres cuencos campaniformes (Fig. 3c) con decoraciones similares. Se colocaron el más pequeño bocabajo junto al infantil y los otros dos superpuestos entre el brazo y el costado izquierdo de la mujer. En el mismo recinto funerario se excavaron otras dos tumbas: una segunda covacha y un hipogeo. En la primera se inhumó un varón adulto y en el segundo se depositó un varón joven embadurnado con cinabrio, acompañado por una extraordinaria cazuela de estilo Ciempozuelos con una decoración simbólica de ciervos y posiblemente ciervas o machos con el asta mudada. Además se recuperaron numerosos ornamentos, uno de ellos un posible tocado realizado con una veintena de cuentas de oro y dos placas del mismo material, al que se suman un posible collar de cuentas de marfil y tres botones con perforación en V, también de marfil (Blasco et al. 2009; Blasco y Ríos 2010; Liesau y Moreno 2012). Parece lógico pensar que la mujer estuviera emparentada o íntimamente relacionada con los individuos enterrados en la misma estructura funeraria a modo de panteón familiar aunque no compartiera tumba con ellos. Por otra parte, resulta relevante la deformación craneal piriforme de la mujer, causada en la infancia y producida por haber tenido fuertemente presionada su cabeza con vendas o tablillas. El efecto visual y distintivo de aquella modificación intencional la hacía, sin duda alguna, diferente a otras mujeres. La excepcionalidad de este caso, junto con la ausencia de fuertes inserciones musculares en los brazos que están reiteradamente presentes en las mujeres sin ajuar campaniforme parecen ser suficientes indicios para suponer que su condición social le pudo proporcionar una calidad de vida exenta de las duras tareas realizadas habitualmente por buena parte de las mujeres sin campaniforme coetáneas del mismo asentamiento. Enterramiento individual de mujer En Camino de las Yeseras, tan sólo se ha documentado una tumba individual femenina en covacha con ajuar campaniforme localizada en el Área Funeraria 3 (denominada "Cabaña 5" en Blasco et al. 2005) (Fig. 8b). El cuerpo de la mujer se encontraba en la habitual posición contraída en decúbito lateral derecho, y asociada a un modesto ajuar compuesto por una cazuela y un vaso con una escueta e incluso desmañada ornamentación campaniforme (Fig. 3d). Al encontrarse el enterramiento en la exposición permanente del Museo Arqueológico Regional de Madrid no ha sido posible obtener una muestra para su datación. Desconocemos cual pudo ser la relación de esta mujer con los personajes de la inhumación colectiva a la que nos hemos referido en el apartado 2.1, pero no pasa desapercibido el que ambas tumbas estuvieran prácticamente adyacentes, dejando libre el resto de la amplia estructura en cuyos zócalos fueron excavadas. Cabe destacar que se trata de una adulta de entre 20 y 30 años. Su ajuar no es extraordinario, ni por la calidad de los recipientes, ni por su estilo decorativo, pero el hecho de haber sido inhumada de forma individual y que sostenga entre sus brazos o manos un vaso, es un detalle que suele ser habitual en las posturas deposicionales masculinas, como la del varón adulto de la covacha del Área Funeraria 2 o la de un individuo de Ciempozuelos, cuyo sexo evidentemente se desconoce. Los restos óseos de una de sus manos permanecían adheridos a la base de una de las cazuelas incisas e impresas (Riaño et al. 1894: lám. 4; Castillo 1928: lám. XVIII,1). Mujeres sin vajilla campaniforme pero con su metalurgia distintiva Existen dos tumbas femeninas del yacimiento de Humanejos que resultan excepcionales por poseer los ajuares más destacados de entre las féminas, aún sin incluir la característica vajilla campaniforme (Fig. 9). Ambas fueron sometidas a un ritual propio de los grupos campaniformes, como es la colocación de los cuerpos en decúbito lateral con las piernas flexionadas y la inclusión de elementos y materias primas reservadas a sus líderes: posibles mortajas con prendas impregnadas de cinabrio y/o espolvoreado de los cuerpos con este colorante además de portar ornatos elaborados con piedras verdes que en necrópolis campaniformes próximas, como la del valle de las Higueras están asociadas con vajilla campaniforme (Bueno et al. 2005(Bueno et al.: 74, 2012)). Lo más interesante es que con ellas se amortizaron objetos de cobre: un puñal foliáceo y dos punzones en un caso; un puñal de lengüeta y un punzón, en otro. En definitiva, unas donaciones que se encuentran en las tumbas campaniformes más destacadas. La única diferencia sustancial es que la vajilla funeraria de los ajuares se compone de recipientes lisos de morfologías sencillas y sus ornatos personales no están realizados ni en oro ni en marfil. Una de estas dos tumbas de Humanejos, UE 1701, pertenece a una mujer joven de alrededor de 20 años, inhumada individualmente en una fosa amplia y poco profunda (Fig. 9a, b). Está colocada con todo cuidado en decúbito lateral izquierdo con las piernas contraídas, además de estar cubierta de cinabrio y adornada con un collar de cuentas de piedras verdes (Fig. 4b). Sostenía en una mano un puñal foliáceo de cobre (Fig. 5b) y completaba el ajuar con dos punzones también de cobre (Fig. 5f, g), varios recipientes, entre ellos una gran olla o tinaja además de una N. inferior: 1 gran vaso Ciempozuelos 1 olla lisa 1 cuenco liso Tab. Relación de tumbas campaniformes con mujeres discutidas en el presente trabajo con indicación de la edad, colocación y orientación de los cuerpos, restos de otros individuos y ajuares asociados. piedra de afilar (Fig. 4a). La esqueletización del cadáver debió de producirse en un espacio sin colmatar lo que explica un cierto desplazamiento de algunos huesos torácicos hacia los pies que pudo producirse en los primeros momentos de la descomposición del cadáver y antes de que la fosa quedara sellada con tierra de manera definitiva. El segundo caso es de otra mujer joven (UE 1166), de entre 18 y 20 años que se inhumó, acompañada de tres individuos infantiles de corta edad, en una gran fosa de planta circular y escasa profundidad (Fig. 9c). Los enterramientos, posiblemente simultáneos, se realizaron siguiendo un estricto y ordenado guión que consistió en depositar los cuerpos en decúbito lateral y perfecta alineación en paralelo en el centro de la estructura. Para ello el enterrador/es debió de bajar a la fosa y depositarlos cuidadosamente en el punto prefijado. El traslado se hizo sujetando los cuerpos en posición horizontal, quizás envueltos en un sudario o simplemente atados con cuerdas o ligamentos. Además, se encontraron escasos restos de otro individuo adulto del que no se ha podido determinar ni edad ni No sabemos si corresponden a un traslado desde otra tumba o a una inhumación en la propia tumba que se removió al realizarse los cuatro enterramientos primarios documentados. Los individuos infantiles en decúbito lateral derecho, se encontraban mirando hacia el Norte, mientras que la mujer estaba también en decúbito lateral derecho pero con la cabeza vuelta al Sur, mirando hacia los niños. Salvo una ligera desviación del eje del cuerpo de la adulta, todos fueron colocados con la cabeza orientada en dirección NE, aproximadamente hacia el solsticio de invierno. Tanto la mujer como los infantiles de menor edad, 18 meses y cuatro años respectivamente, tenían restos de cinabrio. El ajuar estaba compuesto por diferentes recipientes colocados a los pies de cada uno de los cuerpos, pero es de destacar que el infantil de 4 años poseía un punzón de cobre (Fig. 5h), además de un collar de piedras verdes. Más destacable es el ajuar de la mujer que sostenía en sus manos un punzón (Fig. 5d) y un puñal de cobre (Fig. 5a), en coincidencia con la donación de la mujer antes descrita. La tabla 1 resume las tumbas con mujeres seleccionadas para este estudio. LAS MUJERES y SU RECONOCIMIENTO SOCIAL Las características físicas de las mujeres campaniformes y lo que nos cuentan sus contextos Los estudios paleoantropológicos se enfrentan a dificultades como la problemática conservación de los huesos, el carácter de urgencia de las intervenciones y, sobre todo, la necesidad de realizar numerosos análisis que den cuenta de la gran complejidad y variabilidad social de los individuos inhumados. En este marco a medida que estos estudios se han ido incorporando a la Arqueología funeraria en general y a la del horizonte campaniforme en particular, el número de tumbas femeninas individuales, o acompañadas de niños o de varones adultos, ha ido aumentando exponencialmente como evidencian nuestros estudios en los 3 yacimientos madrileños. De ellos destacamos los siguientes aspectos: Según se desprende del estudio de Gómez et al. (2011), reflejado en la selección de tumbas de la tabla 1, en las del Camino de las Yeseras al menos 4 de los 20 individuos con ajuares campaniformes son mujeres lo que supone alrededor de un 20%, el 45% son varones (8) y el 35 % restante son infantiles (3) y adultos (4) sin asignación sexual. Si se eliminan las dos últimas categorías, no deja de sorprender que los individuos masculinos campaniformes sólo duplican a las féminas inhumadas. En cambio en Humanejos, tomando los resultados del mismo estudio, los infantiles suponen cerca del 25% y los varones alcanzan casi el 53% y las mujeres un (22%) una de ellas inhumada algún tiempo después de haberse enterrado el varón a quien se dedicó la importante cámara en la que se encuentra. En el extremo opuesto destaca la proporción de mujeres en La Magdalena (Alcalá de Henares). Allí las inhumaciones existentes en las 5 tumbas excavadas han entregado un total de 11 cuerpos y, "al contrario de lo que ocurre en los yacimientos mencionados, el grupo...está principalmente formado por mujeres" (Cabrera et al. 2012: 37), afirmación que se podrá argumentar con mas solidez cuando finalicen los estudios antropológicos. En otros trabajos de síntesis sobre el campaniforme en Francia, también se ha constatado una presen-cia femenina desigual en el ámbito funerario que es un 25% inferior a la de los hombres (Salanova 2011: 135-137). Así mismo, en los análisis antropológicos del nivel III (campaniforme) del túmulo de La Sima los únicos restos que han podido ser sexados pertenecen a dos mujeres (de 18-30 años y 25-40 años respectivamente) (Rojo et al. 2005b: 172). En la todavía más próxima necrópolis de Las Higueras, en la provincia de Toledo, las mujeres están presentes en enterramientos múltiples de marcado carácter familiar, en particular en el conjunto de la cueva 3 (Bueno et al. 2005(Bueno et al., 2012) ) certificando la constante presencia femenina en tumbas campaniformes incluso, como en este caso, con importantes ajuares. En la misma línea inciden los datos de 4 tumbas campaniformes de La Vital: dos masculinas, una femenina y una de un individuo no sexado (Roca de Togores 2011 y García Puchol et al. 2013: 268). Los estudios antropológicos confirman, por tanto, que también las mujeres son beneficiarias de pompas fúnebres vinculadas al campaniforme aunque su presencia puede variar de unos yacimientos a otros, siendo las tumbas individuales, excepcionales. No descartamos que estas diferencias puedan tener un carácter local, familiar e incluso cronológico (Andrés 2012). A la espera de los resultados antropológicos definitivos del yacimiento de La Magdalena, hay que señalar la superioridad numérica de las mujeres (Heras et al. 2011) que añadiría una visión distinta a los conceptos sobre la sociedad campaniforme tradicionalmente asumidos. En general, es también destacable, la diferencia de edad en las inhumaciones realizadas en pareja donde los varones son adultos maduros, edad que sólo alcanzan de forma excepcional las mujeres, pues la mayoría de ellas rondan los 20-25 años. Estos resultados son también válidos para los cuatro individuos recuperados en la famosa necrópolis de Ciempozuelos, dos de los cuales, al menos, 2 son mujeres jóvenes y uno es un varón maduro (Sampedro y Liesau 1998). Esta esperanza de vida es muy similar a la de la población femenina sincrónica sin campaniforme (Gómez et al. 2011). La frecuencia de mujeres asociadas a infantiles apunta a una mortandad vinculada a problemas de parto o a procesos de rápida evolución derivados de las etapas posteriores relacionadas con el período de lactancia y con una edad de procreación muy temprana, coincidente con la edad fértil (Esparza et al. 2012: 307). Todos ellos son aspectos habituales en las poblaciones preindustriales. Los campaniformes comparten esa circunstancia con sus coetáneos no campaniformes donde también son frecuentes las asociaciones de enterramientos de mujeres con los varones adultos, infantiles o con ambos. Es decir se quiere mantener unidos a determinados miembros de la unidad familiar con la mujer como centro. Incluso en el caso campaniforme hay mayor insistencia a este respecto, debido a los depósitos secundarios incompletos de hombres junto a mujeres, que evidencian un proceso de esqueletización en otro lugar. Aún siendo todavía muy parciales los resultados de los estudios de paleodietas, el muestreo en una docena de individuos de Camino de las Yeseras indica que la alimentación de los no campaniformes se caracteriza por un mayor consumo de cereales y escasez de lácteos. Pero también entre los campaniformes se observan diferencias llamativas como que todos los individuos del Área funeraria 1 (hombres y mujeres) son los mayores consumidores de carne. Así mismo, los dos varones campaniformes inhumados en los hipogeos de ambas áreas, es decir en las tumbas que han requerido una importante inversión de fuerza de trabajo y con los ajuares más ricos, destacan por una mayor ingesta de lácteos. Los otros campaniformes tienen, en general, una dieta vegetal más rica y variada que los no campaniformes (Trancho y Robledo 2011: 148). Las diferencias de alimentación entre individuos de un mismo grupo han sido también detectadas en comunidades calcolíticas de otras zonas, como las abulenses (Fabián 2006: 440), certificándose la variabilidad de las dietas ya documentadas en la necrópolis de las Higueras (Bueno et al. 2012: 65-68). Si la edad del óbito no distingue a las mujeres con o sin campaniforme, en Camino de las Yeseras parece advertirse algunas diferencias en sus tareas cotidianas: las fuertes inserciones musculares se encuentran con frecuencia en los brazos de las mujeres sin campaniforme, no se observan entre la población femenina con campaniforme. En cambio en La Magdalena, sí son apreciables "tanto en los hombres como en las mujeres" campaniformes y no campaniformes (Cabrera et al. 2012: 38). ¿Se trata de evidencias que pueden indicar distintos hábitos locales? o ¿responden a la práctica de actividades físicas diferenciadas según el nivel y las circunstancias sociales de cada una de las mujeres? También en relación con el estatus campaniforme, se desconoce si ellas pudieran portar algún atuendo específico, al no recibir en los ajuares funerarios elementos de adorno imperecederos como los botones de marfil o hueso con perforación en V. Un ejemplo singular es el de la mujer de Camino de las Yeseras (Área Funeraria 2) que muestra una deformación craneal intencionada producida por un entablillamiento a la altura del frontal para obtener un ensanchamiento lateral del cráneo de forma piriforme. La excepcionalidad del caso no permite, de momento, llegar a mayores inferencias en los criterios que pudieran indicar la motivación de este acto intencionado, aunque sí deja patente una marcada diferencia en el aspecto de esta mujer (Blasco et al. 2009; Gómez et al. 2011). De todas formas, en el horizonte campaniforme, se han documentado otros actos relacionados con la manipulación de la cabeza, como el de la necrópolis de Ciempozuelos donde se pudo documentar una trepanación craneal en vida de un varón maduro (Liesau y Pastor 2003). Otro aspecto interesante a destacar es la retirada y traslado de restos esqueléticos de unas tumbas a otras, incluso posibles reaperturas de las tumbas para introducir nuevos cuerpos. Son manifestaciones en general poco tratadas que requieren estudios exhaustivos e intervenciones de los yacimientos en extensión. En numerosas ocasiones resulta imposible discriminar en las tumbas alteradas, si su estado se debe a meros expolios, o a aperturas posteriores de los propios grupos campaniformes con la intención de retirar objetos y huesos de sus ancestros que posteriormente son incorporados a otros contextos. Este tipo de prácticas no son novedosas. Se constatan desde el Neolítico y Calcolítico peninsular (Andrés 2005; Clop 2010), pero parecen tener también una especial incidencia en el horizonte campaniforme europeo (Gibson 2004), limitando los resultados de los estudios antropológicos. Estas sustracciones y recolocaciones han sido practicadas de forma sistemática en Camino de las Yeseras, se trata sobre todo de traslados parciales de esqueletos masculinos mientras que las cuatro féminas documentadas corresponden a inhumaciones primarias intactas (Liesau et al. 2014) (Tab. En la Magdalena ocurre todo lo contrario. En el nivel inferior de una de las tumbas, sólo hay restos parciales de dos cuerpos, al menos uno de ellos femeninos, debido a su traslado o remoción con expolio. Tras ello, fue nuevamente sellada, depositándose en un nivel superior dos cuerpos femeninos, cuyo cráneo fue probablemente retirado un tiempo después (Fig. 7). Ninguna de las mujeres fue merecedora de ser depositada en las estructuras tumbales más monumentales, como los hipogeos que por sus magnitudes, profundidad y costosos sistemas de cierre, marcan claras diferencias en relación con las demás tumbas agrupadas en las áreas funerarias campaniformes (Camino de las Yeseras). Cuando son inhumadas de forma individual o con un infante, las mujeres se encuentran en pequeñas covachas y, en menor medida, en tumbas de fosa colectivas (Humanejos y La Magdalena). Por el contrario, cuando están subordinadas a destacados varones, con ajuares significativos, se inhuman en tumbas más monumentales (Humanejos). No obstante, los ajuares funerarios de las mujeres campaniformes destacan frente a otras tumbas femeninas no portadoras de dicha cerámica, al ser poseedoras de un tipo de vajilla (Fig. 3) más o menos costosa y de objetos relacionados con unos rituales específicos, vinculados muchas veces a alimentos transformados (Guerra Doce 2006; Rojo et al. 2006). Estos rasgos se asocian a la identidad campaniforme, si es que "la construcción de las identidades"...es parte de un grupo de individuos que se identifican y reafirman constantemente en sus propias prácticas sociales y no en las de los/as otros/as" (Escoriza 2007: 206). Aún siendo prematuro establecer categorías asociadas en función de los tipos y calidad de las vajillas campaniformes, al menos para Camino de las Yeseras podemos constatar que en las inhumaciones femeninas hay una mayor frecuencia de cuencos, incluso superpuestos, siendo excepcionales los vasos. Así mismo, la mayoría de los recipientes de ajuares funerarios destacan por una baja calidad de las pastas, acabados toscos y las escasas o nulas decoraciones (Blasco et al. 2005;2009; Vega et al. 2010). Estas observaciones pueden ser discordantes con algunas opiniones en las que se propone que las diferentes técnicas de fabricación y variantes decorativas en las cerámicas campaniformes se debían fundamentalmente a que fueron elaboradas por mujeres y su distribución a escala local o regional podía estar determinada en función de los intercambios, alianzas matrimoniales, etc. (Brodie 1997). Otros manifiestan que la cerámica debe ser considerada como un elemento fundamentalmente vinculado a las exequias, mientras el resto de los objetos, como el mortero, la piedra de afilar (Fig. 4a, c) o los punzones (Fig. 5c-h) pudieron haber sido utilizados en vida por los difuntos. Sin duda alguna, los punzones serían objetos de gran valor por estar realizados en cobre, siendo frecuente su incorporación a las tumbas femeninas, como lo son durante la Edad del Bronce, concretamente en el ámbito argárico donde ya E. Siret y L. Siret (1890: 184) reconocieron su vinculación a inhumaciones femeninas. La presencia de elementos de molienda en tumbas femeninas, campaniformes y no campaniformes se ha justificado por el hecho de que "la emergencia de la desigualdad política se canalizó a través de formas de trabajo y prácticas de relación social preexistentes y que, probablemente, exigió nuevas formas de presión sobre quienes, tradicionalmente, realizaban estas actividades: básicamente, sobre las mujeres...[pues] cualquier cambio dirigido a la intensificación en las formas de producción relacionadas con las actividades de mantenimiento, incluyendo las relacionadas con la creación de la vida, ha implicado un cambio y presión directos sobre las mujeres que las realizaban" (González Marcén et al. 2007: 176). Las observaciones realizadas en los ajuares femeninos nos permiten en cierta medida proponer para las tumbas campaniformes una categorización similar a la que se ha observado para las argáricas. Como en ellas, la mayoría de las mujeres pueden adscribirse a la categoría 3 (Lull y Estévez, 1986, 450), al incluir generalmente un punzón y vasija/s o sólo estas últimas, pero habitualmente, con la característica ornamentación campaniforme. Parece, por tanto, que su situación no sería muy diferente a la propuesta para las féminas argáricas. Como ellas, también pueden estar excepcionalmente asociadas a varones de máximo rango o consideración, caso de la cámara UE 1853 de Humanejos. Ajuares singulares: mujeres sin vajilla campaniforme y con puñales (Figs. En este conjunto de tumbas femeninas destacan dos del yacimiento de Humanejos que no poseen vajilla campaniforme, pero su ritual de enterramiento y algunos de los componentes del ajuar muestran estrechas relaciones con las praxis campaniformes. Nos referimos a los punzones, cinabrio/colorante rojo, y sobre todo a las armas cuya presencia merece una discusión más amplia. Como se ha indicado, "en Prehistoria, lo que se denomina armas se ha asociado casi siempre a los hombres, incluso sin conocer el sexo de los cadáveres asociados a las mismas. El mero hecho de aparecer un instrumento bélico permitía considerar masculino al acompañante del ajuar. Ciertamente los hombres estuvieron vinculados a las armas en muchas ocasiones, pero es preciso contar con evidencias sólidas, ya que en algunos casos las mujeres también fueron protagonistas de episodios de lucha" (Sanahuja 2007: 194). En efecto, en Humanejos podemos confirmar que, al menos dos de las mujeres inhumadas fueron poseedoras de "armas convencionales". Por otra parte, Lemercier apunta que la presencia de armas no es una seña de identidad de los campaniformes, puesto que sólo algunos individuos las poseen y tampoco es una regla general que esté vinculada a los ajuares más destacados. Plantea dos preguntas fundamentales "¿se trata de armas y podemos por tanto hablar de guerreros? O ¿La actividad ligada a las armas no podría ser otra diferente como es la caza? ¿Estas armas son funcionales? ¿Se trata únicamente de marcadores de estatus o de objetos destinados para ser entregados en el ajuar funerario?" Son enfoques a los que se podrían añadir puntos de vista manejados por otros autores, como concebirlas simplemente como una forma de amortizar el metal, en cuyo caso el horizonte campaniforme tendría mayor capacidad que cualquier otro grupo del Calcolítico y la Edad del Bronce en las tierras del interior peninsular (Carmona et al. 2010). También al tratarse del primer horizonte en el que aparentemente se documenta una actividad metalúrgica significativa, el metal puede tener una connotación especial y quizás una utilización, si no exclusiva, al menos fundamentalmente funeraria. Aunque la presencia de "armas" en tumbas femeninas no representa una novedad, sí es destacable que nos encontramos ante algunos de los ejemplos más antiguos en los que las armas metálicas forman parte de ajuares funerarios de mujeres que, por las similitudes que ofrecen, pueden ponerse en relación con los argáricos de los que pudieron ser un precedente. En dichos contextos las "armas" femeninas se han justificado por "la bisexualidad de los puñales/cuchillos" (Lull y Estévez 1986). La introducción de armas en tumbas femeninas tiene sus paralelos en contextos no campaniformes tanto europeos como peninsulares de inicios del II a.C. Del ámbito argárico son bien conocidos los hallazgos de puñales en inhumaciones masculinas, pero también femeninas, tanto que en algunos yacimientos como Fuente Álamo aparecen indistintamente en inhumaciones de ambos sexos, preferentemente a la altura de la cintura, y en el caso de las mujeres, suelen estar asociados a punzones y corresponder a inhumaciones de mayor rango social (Schubart 2012: 72). En El Argar, El Oficio, Gatas o Peñalosa alguno de los puñales presenta incluso adornos o remaches de plata (Siret y Siret 1890; Lull 1983; Alarcón y Sánchez 2012). Fuera de la Península también se han recuperado puñales en ajuares de enterramientos pertenecientes a las mujeres "mejor dotadas" (Elbiali 2011: 211; Peška 2013: 64). En este contexto no resulta raro que algunas de las tumbas campaniformes femeninas incorporen un puñal en su ajuar, si bien como ocurre en otros ámbitos, siguen siendo minoría si las comparamos con las tumbas masculinas que las poseen (Lemercier 2011: 131). Otra cuestión distinta es si las "armas" tienen el mismo significado en manos de mujeres o de hombres. En caso afirmativo, "algunas mujeres, al menos las de las clases superior e intermedia, también fueron inhumadas con ellas. Pero "si los puñales en tumbas femeninas no se pueden considerar armas, se debe dejar de clasificar [también] a estas piezas como armas en el caso de estar asociadas a enterramientos masculinos y denominarlas cuchillos en los femeninos" (Sanahuja 2007: 199). En este horizonte, las armas parecen tener un significado distinto para hombres y mujeres; en los ajuares masculinos son frecuentes las panoplias que incluyen puñales, puntas de flecha, brazales y, excepcionalmente alabardas, mientras que a las mujeres se les entrega un puñal y, en ningún caso vinculado a otras armas, salvo a los punzones. Pero la adscripción de los punzones como ajuar femenino tampoco es exclusiva como lo demuestra un hallazgo reciente de un punzón asociado a un varón campaniforme del yacimiento burgalés de El Hundido (Alonso 2013). En casos similares documentados en las Islas Británicas han sido interpretados de forma muy pragmática, argumentando que los punzones representan instrumentos de artesanos dedicados al trabajo de la piel. Sin embargo, Brodie discute ese "énfasis en asignar esta tarea a una actividad masculina" y matiza acertadamente que "si los punzones se emplearon para tales menesteres tan sólo demuestran que también fueron utilizados en actividades meramente domésticas" (Brodie 1997: 304). Queremos insistir algo más en esta funcionalidad múltiple de los punzones pues, no sólo se emplearían en el trabajo de diferentes materiales orgánicos, sino también en otras tareas domésticas importantes como es el despiece de animales de talla media y grande. Algunos puñales pueden cumplir también esa función. Igualmente, ambos objetos se utilizarían en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Precisamente los punzones destacan por sus puntas aguzadas y no descartamos su empleo eficiente como armas letales incisas. Independientemente de su uso, en este horizonte se perfila su gran estima y/o valor simbólico para convertirse durante siglos en un ajuar funerario distintivo de lo femenino, además de revelar su carácter hereditario como evidencia el equipo funerario de uno de los infantes campaniformes de Humanejos. Durante la Edad del Bronce la disimetría entre ajuares masculinos y femeninos se manifiesta de una manera todavía más evidente en su reflejo de la reafirmación del guerrero con la ampliación de las panoplias (espadas, puntas de lanza (Elbiali 2011: 215). En paralelo, algunas mujeres mantienen la inclusión del puñal o el cuchillo y excepcionalmente la alabarda, objetos que serían "marcadores de estatus social y quizás religioso, aunque no se puede descartar una función defensiva" (Elbiali 2011: 217). Destacar también que las tumbas de mujeres con armas es un fenómeno de amplio recorrido cronológico y geográfico y del que todavía conocemos ejemplos actuales como en la Albania rural o Afganistan donde en ciertos casos la pérdida de un varón provoca que una de las mujeres asuma ese rol en la familia para que ésta pueda subsistir en esa sociedad patriarcal (Prados 2012a: 10). La Península Ibérica cuenta con los mejores ejemplos en el mundo funerario aristocrático de la Cultura Ibérica "a partir del tránsito del s. V al IV a. C. que culminarán con la visibilidad de la mujer aristocrática a través de sus enterramientos" (Prados 2012b: 238), pese a los problemas que plantea la identificación del género en las tumbas de cremación. El mejor y más espectacular ejemplo, aunque no el único, es el de la conocida tumba de la Dama de Baza, con hasta cuatro panoplias de armas, una manifestación que se ha puesto en el contexto de prácticas similares en otros ámbitos europeos a partir del inicio de la Edad del Hierro (Quesada 2011(Quesada, 2012)). ¿Cómo interpretar estas dos tumbas de Humanejos sin vajilla campaniforme pero con ritual y metalurgia campaniforme? ¿se trata de un fenómeno que quizás tenga una mayor amplitud que el registrado hasta ahora? En ambos casos cabe preguntarse si estas dos féminas pertenecieron a un grupo campaniforme o procedían de otro círculo en el que algunas mujeres tienen ajuares que incluyen armas. Pero si es así, ¿por qué tanto las tipologías de los puñales son campaniformes? ¿Se trata de personajes pertenecientes a los grupos no campaniformes que convivieron con ellos en los que la mujer pudo ostentar el liderazgo y estamos ante un fenómeno de emulación? Lo cierto es que el ritual otorgado a estas dos mujeres: depósito, posición, coloración de los cuerpos y la riqueza del ajuar, sigue un protocolo específico de las comunidades campaniformes que las diferencia de los grupos con los que conviven pero no pertenecen a ellos (Carmona et al. 2010), ¿por qué entonces no exhiben la vajilla campaniforme? La ausencia de esta vajilla no es una excepción ya que también existen otros enterramientos que han sido interpretados como pertenecientes a este horizonte por poseer un puñal de tipología campaniforme, aunque no les acompañe la característica cerámica decorada. Es el caso de una tumba de la necrópolis de Bernières-sur-mer que ha sido atribuida a un personaje campaniforme a pesar de que, como en las tumbas que nos ocupan, no tiene la característica vajilla y se encuentra en un yacimiento donde también hay ajuares con cerámicas campaniformes y sin ella (Nöel 2011: 51, fig. 31, 2). Aunque en el yacimiento francés no se ha podido determinar el sexo del individuo inhumado, en nuestros dos casos, lo llamativo es que las destinatarias de tales exequias y donaciones son precisamente mujeres que han quedado excluidas de los enterramientos campaniformes clásicos más destacados del yacimiento. UN APUNTE MáS: ¿PODEMOS SEGUIR HABLANDO DE UNOS PATRONES HOMOGÉNEOS EN LAS PAUTAS FUNERARIAS CAMPANIFORMES? Se ha manifestado en no pocas ocasiones que cuando las condiciones de estudio de los rituales funerarios campaniformes resultan algo más favorables para poder profundizar en las posibles diferencias sociales éstos "constituyen un conjunto de tipos que se repite, independientemente del contexto cultural en el que se sitúe, simultáneamente en gran parte de Europa (Hernando 2002: 160-161). Es decir, "el campaniforme 'unifica' a quien se asocia a él. Pero resulta paradójico que quien empieza a diferenciarse de su grupo utilice, sin embargo, elementos que le identifiquen a/con otros... Así pues, si se empezaba a manifestar alguna diferencia con los del propio grupo, sería imprescindible manifestar semejanzas con otros. Y la semejanza está implícita entre quienes disfrutan de las mismas diferencias entre sus grupos respectivos, es decir entre las distintas jerarquías del mundo europeo occidental" (Hernando 2002: 160-161). Desde este supuesto, los grupos campaniformes pretenden diferenciarse de sus convecinos, un empeño que se materializa en los rituales y ajuares funerarios mediante la donación de determinados objetos y materias primas singulares y, con frecuencia, costosos. Es cierto que estos ajuares son similares a los pertenecientes a las élites de grupos alejados a grandes distancias geográficas, pero no se ha llamado la atención sobre en qué medida esta diferenciación afecta por igual a hombres y a mujeres. Otro aspecto a destacar es que esta homogeneidad de los grupos campaniformes debe ser asumida con ciertas reservas ya que podría ser más aparente que real. Empieza a observarse que no en todas las necrópolis campaniformes los enterramientos "más ricos" o simplemente los "más singulares" se identifican con los mismos objetos, ni tampoco con el mismo número de elementos y riqueza, si por riqueza entendemos número y rareza de determinados ajuares. Está sobradamente contrastado que tampoco en una misma necrópolis todos los enterramientos ostentan un rango similar al asociarse a ajuares y tumbas de "coste" muy asimétrico, tanto por la inversión en fuerza de trabajo en la elaboración de la propia tumba como por la rareza de los objetos o materias primas amortizadas. El hecho de pertenecer a ese grupo destacable no parece ser sinónimo de ser merecedor de un determinado nivel estándar de objetos. Ello parece lógico pues no todos sus componentes presentan el mismo prestigio o influencia social, de manera que las donaciones probablemente se ajustan al mérito, rango y/o oficio de cada individuo. Mucho más llamativa es la importante variabilidad que se advierte entre los diferentes cementerios campaniformes como puede observarse en los tres yacimientos que nos sirven de apoyo a este trabajo. Así mientras en Humanejos se construyen auténticas cámaras independientes de grandes dimensiones, en La Magdalena las tumbas, también aisladas unas de otras, son más modestas y en Camino de Las Yeseras, conviven hipogeos y covachas asociadas dentro de grandes estructuras que podrían tener un carácter de panteón familiar o grupal. De todo ello se desprende que la aludida homogeneidad es más aparente que real, ya que incluso entre las propias "élites" marcan diferencias que llegan a ser tan notables como las que pueden existir entre campaniformes y no campaniformes contemporáneos. Ni siquiera el liderazgo parece manifestarse de manera similar, aunque a primera vista la variabilidad queda minimizada por la reiteración de los modelos formales y decoraciones de la cerámica y por el tradicional protagonismo de las panoplias metalúrgicas y elementos ornamentales. Por otra parte, cabe señalar que pocas veces se ha tenido en cuenta que, junto a las posibles diferencias sexuales, hay condiciones de vida distintas entre las mujeres de un mismo grupo, dependiendo del estatus social por razones hereditarias o de consanguinidad, que pueden llegar a ser incluso más notorias que las que se derivan de las existentes entre varones y féminas. La supuesta similitud parece, por tanto, quedar reducida a la presencia de un determinado tipo de recipientes, especialmente los cuencos y en menor medida los vasos y las armas. Pero tampoco podemos afirmar de manera rotunda que todos los objetos de "lujo y prestigio" que identifican a los líderes campaniformes, de entre el resto del grupo, sean exclusivamente masculinos, como se ha dicho (Hernando 2007: 172). Queda por tanto comprobado a partir de los yacimientos estudiados, que la mujer fue parte integrante de los grupos campaniformes con ciertos derechos y que, al menos algunas de ellas, disfrutaron de unas condiciones de vida privilegiadas. No obstante, falta por entender si su menor presencia se debe a la parcialidad de las excavaciones, a la falta de estudios antropológicos, a la imposibilidad de asignación sexual o a un factor significativo real, a la hora de aproximarnos a su relevancia social. Otro aspecto a considerar, y que puede influir decisivamente en la obtención de resultados concluyentes, es que parece probable que no todos los miembros del grupo campaniforme tuvieran entre los componentes del ajuar la vajilla que los identifica, bien porque en su sepelio no se celebraran las libaciones y/o banquetes en los que se usaban, bien porque no hubiera disponibilidad en el momento de la inhumación y se sustituyera por recipientes comunes o por piezas realizadas en madera o en otros materiales de origen orgánico, sin descartar que los rituales fúnebres de algunas mujeres pudieran seguir otras pautas que no requieren vajilla decorada antes de su cocción. De todos estos ejemplos recopilados en los yacimientos de Camino de las Yeseras y Humanejos se desprende que aunque los varones, tanto jóvenes como seniles, fueron objeto de un mayor reconocimiento, manifestado a través de amplias y valiosas donaciones, también algunas mujeres desempeñaron un papel destacado dentro del grupo, llegando a ser merecedoras de objetos de cierto valor como son los punzones en calidad de ajuar funerario de prácticas posteriores. Aunque hasta ahora faltaban en los ajuares femeninos armas en cobre, lotes importantes de vajillas y, sobre todo el empleo de cinabrio o los adornos de marfil. El registro de las tumbas de las dos mujeres de Humanejos y de una de las exhumadas en La Magdalena, transforman de manera sustancial la visión tradicional de la mujer campaniforme. ¿Estamos ante un tratamiento diferenciado por razón de género y también pudo haber mujeres que alcanzaron la cúspide social? o lo que es más relevante ¿estamos ante una consideración distinta de la mujer entre los grupos no campaniformes que entre los campaniformes? Si este segundo supuesto fuera el correcto, no cabe duda que los rituales campaniformes fueron considerados como propios de los personajes más relevantes y sus vecinos trataron de emularlos para ensalzar también a sus lideresas. Somos conscientes que esta aproximación de enorme interés requiere mayor atención desde los trabajos de campo y los estudios de laboratorio para poder definir si la mujer tuvo el mismo significado entre los campaniformes y sus vecinos o, lo que es lo mismo, si entre la población que se muestra "más tradicional" la mujer llegó a desempeñar el papel destacado que los campaniformes asocian a los varones. En segundo lugar, hay que saber hasta qué punto la jerarquía campaniforme tuvo su continuidad en las siguientes generaciones y si se prolongó el manejo de las armas como argumento de poder. Por último, conviene averiguar si el fenómeno campaniforme mantuvo unos comportamientos sociales similares durante su medio milenio de vigencia, especialmente en la consideración de la mujer, o si ésta con el tiempo fue ganando relevancia en los rituales funerarios. Trabajo financiado por el projecto I+D+i HAR2011-28731: "Las sociedades calcolíticas y su marco temporal en la región de Madrid. Una revisión a la luz de nuevos datos". Ministerio de Economía y Competividad. Agradecemos igualmente a Jorge Vega y Roberto Menduiña de la empresa Argea S.L. el habernos facilitado la documentación y los materiales de la campaña de excavación del 2006/07 de Camino de las Yeseras.
Las comunidades argáricas han sido consideradas como la culminación de un largo proceso de creciente complejidad que condujo hacia formas sociales cada vez más asimétricas e identidades más individualizadas. El presente trabajo explora no tanto las causas que desencadenaron este proceso como los fenómenos de resistencia a estas dinámicas sociales y económicas. Si tenemos en cuenta los cambios y continuidades que se produjeron a lo largo de la Edad del Bronce, estos fenómenos deben ser considerados como exitosos. En este sentido, la desaparición de los enterramientos individuales y la generalización de los colectivos, la continuidad en la reutilización de sepulturas megalíticas, la escasa división de funciones y especialización artesanal que caracterizaría al Bronce Tardío y Final o la vuelta a una arquitectura dominada por formas circulares y ovaladas, son algunos de los aspectos que marcarían el cambio hacia formas sociales menos complejas donde primarían la colectividad y las identidades relacionales. El análisis del origen de la complejidad social es sin duda uno de los grandes temas de investigación de la Prehistoria Reciente y probablemente una de las más importantes aportaciones de nuestra disciplina a la sociedad actual. ¿Por qué las comunidades abandonan relaciones sociales y económicas esencialmente igualitarias?, ¿cuáles son las causas que desencadenan el proceso de jerarquización social? o ¿qué conduce a determinados sectores sociales a aceptar una situación de desventaja social y económica? son algunos de los interrogantes que ha generado una enorme bibliografía no sólo arqueológica o antropológica sino en las humanidades en general. A nadie se le escapa la enorme actualidad de estas preguntas. De cómo encaremos su análisis y del tipo de respuesta que seamos capaces de proporcionar dependerá el que estemos favoreciendo uno u otro tipo de discurso político y de intereses particulares en no pocas ocasiones contrapuestos. Ni las preguntas ni las respuestas son inocentes, muy al contrario están cargadas de importantes implicaciones que dan sentido a nuestro trabajo. Quizás uno de los elementos comunes en las diferentes aproximaciones al origen y desarrollo de la desigualdad social sea el reconocimiento de que se trata de complejas dinámicas resultado de procesos históricos de largo recorrido. En este sentido, los diferentes modelos de evolución social han destacado tradicionalmente todos aquellos elementos relacionados con el cambio, enfatizándose trayectorias históricas que conducían desde lo simple a lo complejo (Service 1962; Fried 1967; Childe 1936 entre los modelos más conocidos). Los diferentes niveles de complejidad socioeconómica, habitualmente definidos como bandas, tribus, jefaturas y estados, han sido tratados como diferentes etapas de un mismo proceso, al margen de las causas propuestas para su explicación. La Península Ibérica no ha sido ajena a estos debates, muy especialmente en las últimas décadas. Sirva como ejemplo de este interés la reciente publicación The Prehistory of Iberia. Debating Early Social Stratification and the State (Cruz Berrocal et al. 2013), donde un nutrido grupo de investigadores e investigadoras aborda el debate sobre el origen de la desigualdad social y la aparición del estado. En este contexto, el objetivo del presente trabajo no es tanto el análisis de las dinámicas sociales que conducen a formas asimétricas de organización social como el estudio de los fenómenos de resistencia a aquellos procesos históricos que tratan de establecer y consolidar determinadas desigualdades sociales. La investigación de estos procesos ha tenido una exigua relevancia en el análisis de las sociedades prehistóricas a pesar de su importancia en la teoría social y política de autores clásicos como Weber o Gramsci o en el desarrollo de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (Miller et al. 1989). En los últimos años, sin embargo, el estudio de estos fenómenos ha comenzado a adquirir una cierta relevancia gracias especialmente al desarrollo de la denominada como Arqueología Postcolonial (Lydon y Rizvi 2010). La reivindicación del papel activo de los "colonizados" ha estimulado el estudio de complejos procesos donde la emulación, la hibridación, la dominación y la resistencia han pasado a ocupar un lugar preeminente en las nuevas narrativas (Gosden 1999(Gosden, 2004;;Van Dommelen 2008, 2011). Especialmente la resistencia puede ser considerada un elemento consustancial a todas la sociedades humanas. Alterar o modificar las condiciones de vida siempre implica un riesgo ya que sólo manteniendo los sistemas culturales conocidos se tiene confianza en una supervivencia exitosa. De esta forma, el rechazo al cambio genera formas pertinaces de resistencia y sociedades muy estables a largo plazo. En realidad, la noción de que los seres humanos tienden a mejorar sus condiciones de vida a través de la innovación tecnológica forma parte del pensamiento ilustrado y no de la realidad de la mayor parte de las sociedades pasadas en las que el cambio no ha sido querido ni deseado (Hernando 2002). No obstante, la voluntad de mantener determinadas formas culturales no significa inmovilismo, es decir, la resistencia no debe considerarse como la antítesis del cambio, al contrario, la resistencia implica una actitud activa y dinámica en la que el cambio está presente, eso si los cambios se realizan para mantener las formas de vida no para transformarlas (Parcero y Criado 2013). Numerosos ejemplos etnográficos ilustran este principio: "cuando los indios descubrieron la superioridad productiva de las hachas (metálicas) de los hombres blancos, las quisieron, no para producir más en igual tiempo, sino para producir tanto como antes en un tiempo diez veces menor" (Clastres 2010: 208). La resistencia como principio estructurador de las sociedades humanas adquiere formas diferenciadas dependiendo del grado de complejidad cultural. El desarrollo de sistemas sociales basados en una creciente división de funciones y especialización genera una fragmentación social donde la percepción del cambio comienza a ser considerada de forma diferente dependiendo de cada grupo social y del grado de individualización alcanzado (Hernando 2002(Hernando, 2012)). Las tensiones que provoca en el seno de una comunidad la convivencia de tendencias sociales más conservadoras frente a otras más transformadoras estimula formas cada vez más elaboradas tanto de resistencia como de imposición de nuevas percepciones de la realidad. Como recientemente han enfatizado investigadores como James Scott (2003), la institucionalización de la explotación social y económica intensifica los fenómenos de resistencia. En cualquier proceso de jerarquización, las cada vez más elaboradas formas de coerción física e ideológica, que en los casos más avanzados adoptan la forma de ejército e instituciones religiosas, serían un claro ejemplo de los mecanismos de imposición de un nuevo orden social aunque a la vez un reconocimiento indirecto de la importancia que adquieren las prácticas de resistencia. En otras palabras, la necesidad de "persuadir" a la población de la "bondades" del sistema socio-económico evidenciaría las fuertes tensiones sociales existentes entre colectivos favorecedores del cambio frente a aquellos otros grupos partidarios de mantener formas culturales tradicionales. Complejidad social y resistencia pueden ser consideradas las dos caras de una misma moneda. Por tanto, es previsible que situaciones sociales cada vez más desiguales e individualizadas generen prácticas de resistencia igualmente más intensas y elaboradas. En este contexto, propongo como caso de estudio la Edad del Bronce del sureste de la Península Ibérica, cuyas etapas iniciales han venido siendo consideradas como la culminación de un largo proceso de complejidad social que se inicia a finales del IV milenio cal BC. De la diversidad de trayectorias históricas reconocibles en las diferentes regiones peninsulares, la Prehistoria Reciente del sureste posiblemente sea el ejemplo más claro, al menos el más intensamente investigado, de evolución hacia formas sociales cada vez más asimétricas. Parece, por tanto, un contexto especialmente propicio para el estudio de los fenómenos de resistencia. La aproximación que proponemos supone el análisis del rol de estos fenómenos en el cambio que se produce en la Edad del Bronce con el colapso de las sociedades argáricas, el final de sus elaboradas formas de asimetría social y la aparición de lo que parece ser un proceso de clara involución social hacia formas sociales menos complejas donde primaría la colectividad frente a individualidad. La argumentación que a continuación desarrollo asume que la evolución social no es lineal y que, por tanto, la complejidad es un fenómeno de "ida y vuelta", donde las trayectorias históricas evolucionan y cambian de múltiples formas, sin un plan predeterminado. Estructuralmente los grupos sociales se mueven entre la tendencia a la división o fragmentación, que crea oportunidades para la desigualdad, y a la resistencia, que trata de inhibir o contrarrestar las dinámicas que favorecen esta división social, manteniendo formulas organizativas mucho más colectivas (Vicent 1998). De cómo en cada momento histórico estas tendencias opuestas se resuelvan dependerá que se produzca la formación de sociedades con diferentes grados de complejidad. COMPLEJIDAD SOCIAL EN EL SURESTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Los años 1970 trajeron a la Prehistoria española nuevos aires de renovación teórica y metodológica que supusieron el abandono de los modelos de evolución social basados en desplazamientos poblacionales o en influencias procedentes de lugares lejanos. Desde entonces, es en las dinámicas internas de las comunidades asentadas en la península donde se han buscado las razones de los procesos de cambio cultural. Así, las profundas trasformaciones protagonizadas por las comunidades que conocemos como Culturas de Los Millares y de El Argar han sido consideradas como diferentes etapas de un proceso que conducía hacia formas cada vez más jerarquizadas de organización social. La Edad del Cobre del Sureste de la Península Ibérica (c. 3200-2200 cal BC) supuso el inicio de un proceso de creciente complejidad social caracterizado por la conjunción de varios factores: crecimiento demográfico y concentración poblacional, una adscripción cada vez más intensa de grupos sociales a territorios específicos, asentamientos de grandes dimensiones fuertemente monumentalizados, el desarrollo de la metalurgia del cobre, la intensificación de redes de intercambio regional y suprarregional y complejas prácticas rituales que incluían una gran diversidad en la forma, tamaño y localización de sepulturas megalíticas y cuevas artificiales y naturales. En términos generales, se asume que estos cambios se producen en una organización social de carácter segmentario donde las relaciones con- sanguíneas y de parentesco eran el elemento de referencia que estructuraba las diferentes formas de identidad. En este contexto, las dinámicas sociales de III milenio cal BC pondrían constantemente a prueba los principios de solidaridad y reciprocidad inherentes a estas formas organizativas. Construcciones monumentales en piedra o las diferencias en la forma, tamaño y ajuares documentados entre sepulturas megalíticas son algunas de las evidencias propuestas para apoyar unas incipientes asimetrías sociales. En cualquier caso, los intentos por consolidar y reproducir estas diferencias toparían constantemente con la oposición a "trabajar para otros" y con la división y fragmentación de la comunidad si fuera necesario. En palabras de P. Clastres (2010: 166) en sociedades no-estatales "a un jefe que quisiera hacer de jefe, se le abandonaría". Las sociedades calcolíticas experimentarían, de esta forma, una contradicción entre los cambios anteriormente indicados, que ofrecen posibilidades para la diferenciación social, y un orden social basado en el parentesco y en la reciprocidad. Un vistazo a lo que sucede durante la Edad del Bronce en la Península Ibérica confirmaría que la resistencia a "trabajar para otros" fue exitosa. Ciertamente, la fragmentación social, la diversidad de trayectorias y la interrupción en el desarrollo de formas culturales cada vez más complejas parecen ser características habituales en estas comunidades. Esta tendencia general posee, sin embargo, una clara excepción. Se trata de las sociedades del sureste peninsular conocidas como Cultura de El Argar (c. 2200-1550 cal BC), en donde se produjo el fenómeno contrario: una profundización en las desigualdades sociales que aparentemente inhibió los mecanismos de división característicos de las sociedades parentales, creando nuevas estructuras de poder. Pero, ¿por qué el sureste?, ¿cuáles son las causas que estimularon lo que parece un salto cualitativo en las formas de relación social? La inversión en infraestructuras agrícolas (sistemas de irrigación) habría abierto la puerta a los mecanismos de explotación social y económica. La extorsión promovida por determinados líderes sociales sería aceptada por el resto de la población ya que los costes para hacer frente a las demandas de excedentes serían inferiores al abandono de las inversiones realizadas. Otros investigadores han preferido, sin embargo, situar en la especialización metalúrgica la causa principal que transformaría las relaciones sociales en época argárica (Lull 1983; Lull et al. 2009Lull et al., 2010Lull et al., 2011)). Estos modelos interpretativos son actualmente objeto de una importante controversia científica. En cualquier caso, parece existir un cierto acuerdo en que el proceso de evolución social iniciado a finales de IV milenio cal BC habría alcanzado en época argárica su "punto culminante", bien con la aparición del Estado como garante de una clara situación de explotación social y económica (Lull y Risch 1995; Arteaga 2001; Contreras y Cámara 2002; Chapman 2003; Lull et al. 2009Lull et al., 2010; Cámara y Molina 2011), bien con la consolidación de un sistema de jefaturas, socialmente asimétrico pero políticamente mucho más inestable (Gilman 1981(Gilman, 2001(Gilman, 2013;;Ramos Millán 1981, 2013; Bartelheim 2012). Al margen del debate sobre el grado de jerarquización social y la forma política que adoptan las comunidades argáricas, parece evidente con la documentación disponible que durante este periodo se habría producido un incremento en la complejidad social en comparación con las previas comunidades calcolíticas. Veamos algunos de los elementos centrales que en mi opinión fundamentan este profundo y rápido cambio. El inicio de El Argar coincidió con el abandono de la mayoría de los asentamientos calcolíticos y la fundación de otros nuevos. La reordenación del poblamiento supuso un elemento distintivo de las sociedades argáricas donde los poblados en altura alcanzan un enorme protagonismo. Su habitual localización en lugares elevados y el uso frecuente, incluso masivo, de mampostería en sus construcciones enfatizaría su relevante dimensión paisajística. La ocupación de escarpados cerros mediante un urbanismo compacto, donde las edi- ficaciones se disponen de forma escalonada en terrazas, provoca que la atención se focalice en las viviendas. Frente a las grandes obras colectivas calcolíticas (sepulturas megalíticas, grandes fosos o complejas estructuras murarías), el énfasis en la nueva narrativa paisajística argárica se sitúa ahora en los poblados, en la imagen de fragmentación en múltiples unidades que ofrecería la visión de diferentes viviendas sobre una superficie de forma cónica. La casa argárica supone una auténtica revolución, no sólo por situarse en el centro de una nueva realidad paisajística, sino también por los profundos cambios que se produjeron en su forma, diseño y características constructivas. Efectivamente, frente al hábitat calcolítico de cabañas circulares, exentas y distribuidas de forma dispersa, ahora se generalizan las viviendas de planta rectangular, trapezoidal o absidal que se yuxtaponen unas a otras creando un denso caserío (Fig. 1). Los espacios abiertos y de uso colectivo entre cabañas o conjuntos de cabañas, característicos de los poblados calcolíticos, quedan reducidos a estrechas callejuelas que apenas si permiten la circulación interna. La nueva casa argárica se configura como un espacio cerrado y compartimentado mediante tabicaciones que crean un sentido de "privacidad" ausente en las construcciones circulares calcolíticas. Esta nueva concepción urbana enfatiza la fragmentación y el acceso restringido, eliminado el sentido de colectividad presente en los espacios abiertos y en la idea de circularidad. Todos estos cambios apuntarían hacia una nueva realidad social donde la unidad doméstica se erigiría como el espacio social por antonomasia integrando no sólo a los vivos sino también a los muertos, o al menos a una parte de ellos ( 1). Sin duda, uno de los cambios más profundos que acontecieron en época argárica fue la inclusión de las sepulturas en el interior de los poblados, habitualmente bajo los pisos de las viviendas, y el abandono de las prácticas de inhumación colec- (1) La cantidad de tumbas documentadas en los asentamientos mejor conocidos, con la excepción, quizás, de El Argar y sus aproximadamente 1000 enterramientos, sugiere razones de naturaleza cultural en la elección de los individuos que finalmente recibían sepultura. Los cálculos realizados apuntan a una tasa de enterramientos del 20% de la población (Chapman 1991) o, para caso concretos como el asentamiento de Fuente Álamo, incluso inferior, no superando el 14% del potencial número de fallecimientos (Bartelheim 2012). tiva por otras individuales. La integración de los enterramientos en el espacio doméstico reflejaría la nueva situación de fragmentación y división so- cial. Son ahora las relaciones familiares y genealógicas de los individuos que forman la casa las que quedarían representadas en las sepulturas. El abandono de prácticas rituales basadas en la desarticulación y agregación de huesos humanos y su sustitución por otras individuales y que mantienen los cuerpos articulados indicaría el desarrollo de rasgos de individualización en la identidad de las personas, que se irían haciendo visibles a costa de ocultar los vinculados con la identidad relacional o colectiva (Hernando 2002(Hernando, 2012)). El proceso de fragmentación social e individualización estuvo igualmente acompañado de otro importante cambio consistente en la reorientación de las actividades en las que los excedentes son ahora invertidos. Este es el caso del proceso de intensificación de la producción metalúrgica (Montero 1993(Montero, 1994)). Los objetos metálicos se multiplicaron casi por cinco con respecto al periodo calcolítico destacando, muy especialmente, los adornos que supusieron más de la mitad de los objetos manufacturados y su creciente demanda estimuló significativas innovaciones, caso del desarrollo de la metalurgia de la plata (Bartelheim et al. 2012; Murillo-Barroso 2013) y de la introducción a partir del c. El importante desarrollo de los adornos personales realizados en metal y su asociación a individuos concretos (Fig. 2) define a un grupo de hombres, mujeres y niños/as con una identidad relacional diferenciada del resto de la sociedad argárica que no tiene acceso a estos bienes de Fig. 2. Detalle del enterramiento masculino de la sepultura 21 del Cerro de la Encina con indicación de la localización de 2 pulseras asociadas al radio-cúbito derecho y de un pendiente al hueso temporal. consumo. Pero incluso dentro de este selecto grupo, que define a las denominadas élites argáricas, el proceso de individualización se manifiesta muy especialmente en las relaciones de género. Los hombres se asocian a espadas, alabardas y hachas y las mujeres a diademas y punzones, dos formas diferenciadas de expresión de la identidad. En el primer caso, son auténticos símbolos de ostentación al alcance sólo de reducido grupo de hombres. En el segundo, las diademas tendrían igualmente un sentido de exclusividad, dado el escaso número de ejemplares conocidos y su concentración geográfica. En cambio, los punzones cuantitativamente son abundantes y, además, aparecen asociados a mujeres de diversas categorías de edad y posición social. Este hecho enfatizaría la relevancia que mantendrían los mecanismos relacionales en la construcción de la identidad femenina, aparentemente menos individualizada que la masculina (Montón-Subías 2007, 2010; Sánchez-Romero 2008; Aranda et al. 2009). Otro ámbito donde los excedentes subsistenciales son ahora invertidos consistiría en su consumo conspicuo en acontecimientos sociales de naturaleza competitiva como las prácticas de comensalidad asociadas al ritual funerario (Aranda y Esquivel 2007; Sánchez- Romero et al. 2007; Aranda 2008Aranda, 2010; Aranda y Montón-Subías 2011). Originalmente, este tipo de prácticas pudieron ser utilizadas por su capacidad de resistencia a la división social ya que se enfatizan valores colectivos como la hospitalidad o el compartir los bienes producidos, impidiendo de esta forma su acumulación. No obstante, las diferencias registradas en estas ceremonias dependiendo de la posición social del difunto o difunta (por ejemplo, el consumo de carne de bóvido se asocia exclusivamente a las élites sociales), nos situarían ante un tipo de ritual que trasciende el principio de reciprocidad para convertirse en un modo de representar y legitimar las asimetrías sociales. El excedente invertido en estos rituales se transformaría en bienes intangibles como el sentimiento de débito, miedo o inferioridad ante tal despliegue de riqueza, lo deseable de mantener relaciones de alianza con el organizador/es, la capacidad de atraer a aliados o de impresionar a los invitados. El consumo de bienes de alto valor social implicaría la inversión de capital económico en capital simbólico, lo que se traduce en la capacidad de influencia, reconocimiento del prestigio y del estatus (véase Dietler 2001; Hayden 2001Hayden, 2009)). La fragmentación social argárica descansaría precisamente en la capacidad de determinadas familias e individuos de mantener e incrementar el capital simbólico. En época argárica parece producirse, por tanto, una relajación del sistema de obligaciones y solidaridad que rige las estructuras de parentesco calcolíticas paralela a la importancia que adquiere la casa como unidad social básica. La tendencia a la fragmentación social y al creciente individualismo estaría directamente relacionada con la progresiva división de funciones, creciente especialización en actividades como la producción metalúrgica y en el consumo conspicuo de los excedentes en fiestas funerarias. Si valoramos el proceso de evolución social en su globalidad desde finales del IV milenio (c. 3200-1550 cal BC) parece evidente que el balance final indicaría un claro aumento en la complejidad. Si es así, y parece que existe un amplio acuerdo en la comunidad científica sobre este aspecto, deberíamos ser capaces de identificar y caracterizar las estrategias de resistencia que son inherentes a cualquier intento de explotación social y económica. A ello dedicaré el siguiente apartado. PRáCTICAS DE RESISTENCIA DURANTE EL BRONCE ARGáRICO El análisis de los fenómenos de resistencia apenas sí ha tenido cabida en los relatos sobre la complejidad social del sureste de la Península Ibérica. Las causas deben buscarse en la profunda influencia evolucionista en las narrativas sobre las sociedades pasadas, donde se han destacado todos aquellos elementos relacionados con el cambio, ya sea tecnológico, económico o social, marginando e invisibilizando los fenómenos de continuidad o resistencia cultural e ideológica, los denominados por James Scott (2003) como discursos ocultos. La sucesión ordenada de manifestaciones arqueológicas, periodos y culturas ha constituido el eje del discurso histórico de la Modernidad (Hernando 2002(Hernando, 2012)), al que no han escapado las sociedades analizadas en este trabajo. No sorprenderá, por tanto, que las diferentes propuestas de explicación de los cambios que acontecieron en época argárica, ya sea desde posicionamientos difusionistas o autoctonistas, hayan compartido el énfasis en el análisis de las discontinuidades culturales, con el consiguiente olvido de aquellas dinámicas que pudiesen implicar la pervivencia de tradiciones anteriores. La transición respecto al periodo calcolítico se ha considerado como un proceso de sucesión ordenada -casi "natural" en ocasiones-entre grupos sociales culturalmente homogéneos. Es más, cualquier evidencia arqueológica que implicara cierta continuidad ha sido considerada como propia de comunidades marginales o "retardatarias", en proceso de desaparición o aculturación, que necesariamente terminarían ante el "empuje cultural", léase progreso cultural, de las sociedades argáricas, siguiendo, de esta forma, milimétricamente el discurso dominante de la Modernidad (Hernando 2012). Recientemente, sin embargo, he cuestionado la sucesión ordenada y la pretendida unicidad cultural en la que se han basado la mayoría de los relatos sobre las sociedades argáricas, explorado la continuidad de formas culturales calcolíticas durante el II milenio cal BC (Aranda 2013, 2014; Aranda y Lozano 2014). Aunque se han comenzado a analizar tentativamente contextos domésticos de naturaleza hibrida donde se combinan elementos materiales característicos de tradiciones culturales diferenciadas (Aranda et al. 2015), han sido las prácticas de reutilización y permanencia en el uso de espacios funerarios característicos de época neolítica y calcolítica las que han ofrecido la información más cualificada para el estudio de estos fenómenos (Aranda 2013, 2014) ( 2). Lejos de la consideración residual que habitualmente ha tenido el uso de estos espacios rituales en época argárica, el análisis de la documentación disponible muestra que al menos 63 contextos funerarios, entre sepulturas megalíticas y cuevas naturales y artificiales distribuidas por todo el sureste, fueron objeto de una intensa actividad ritual. Su distribución territorial afecta a las más importantes necrópolis megalíticas del sureste peninsular, a los principales conjuntos de cuevas artificiales conocidos, así como a un numeroso grupo de cuevas naturales que tienden a concentrarse en aquellas comarcas donde el fenómeno megalítico posee menor entidad Este es el caso de determinados territorios murcianos, jienenses o granadinos, en donde parece documentarse una cierta separación espacial entre contenedores funerarios megalíticos y en cueva. Desafortunadamente, la investigación sobre este tipo de espacios rituales cuenta con algunas deficiencias relevantes. Al poco interés que su indagación ha suscitado en las últimas décadas se une el expolio al que recurrentemente se han visto sometidos, la antigüedad de la mayoría de sus excavaciones y la no publicación o publicación parcial de las más recientes. Todo ello redunda en que la calidad de la información actualmente disponible para su estudio no sea la deseable. La materialidad que identifica a las prácticas de reutilización ha consistido en la documentación de ajuares funerarios de tipología argárica cuyas características formales y tecnológicas son indistinguibles de los que aparecen en las sepulturas del interior de los poblados. Se trata fundamentalmente de recipientes cerámicos, entre los que destacan formas clásicas como las copas, y objetos metálicos como los puñales de remaches, punzones, brazaletes, cuentas, anillos y pendientes (Fig. 4). Sorprende la intensidad y persistencia con la que algunas de estas sepulturas fueron reutilizas. Este es el caso de diferentes tumbas megalíticas de necrópolis granadinas como Los Eriales, Las Peñuelas (Leisner y Leisner 1943) o El Pantano de los Bermejales (Arribas y Ferrer 1997) donde los ajuares de tipología argárica se cuentan por decenas. Estos ajuares acompañan a inhumaciones que fueron depositadas en el interior de cuevas o sepulturas megalíticas. Donde ha sido posible documentar prácticas de reutilización con metodología arqueológica es habitual la presencia de importantes secuencias de enterramientos cuyos restos antropológicos aparecen en diferente grado de articulación. No obstante, también se han registrado algunos casos singulares. Por ejemplo, en la sepultura 5 de la necrópolis megalítica de El Barranquete (Nijar, Almería) (Almagro Gorbea 1973), se documentaron dos enterramientos individuales en fosa situados en su túmulo y no en la cámara funeraria como es habitual. Igualmente excepcionales son varias sepulturas megalíticas de Las Peñas de los Gitanos (Montefrío, Granada), donde no sólo se reutilizaron las cámaras sepulcrales sino que se modificaron sus dimensiones para adaptarlas a las proporciones de una cista (Mergelina 1941-42). Para entender mejor la dimensión temporal y la intensidad en la reutilización de estos espacios funerarios el análisis tipológico presenta algunas limitaciones importantes. La indefinición cronológica y cultural de determinados elementos materiales que poseen una larga perduración sin modificar sus características formales o tecnológicas es una de ellas. Además, desde el análisis tipológico, no es posible considerar todas aquellas prácticas sociales que hayan podido suponer enterramientos sin ajuares o que, resultado del expolio continuado de estos espacios, no se hayan conservado. De esta forma, un conjunto potencialmente importante de rituales realizados en momentos culturales posteriores a los fijados por la investigación tradicional para este tipo de sepulcros han podido quedar completamente ocultos tras nuestras limitaciones analíticas. Las dataciones radiocarbónicas sobre restos antropológicos emergen como una posible alternativa para intentar solventar algunas de estas limitaciones. Con este objetivo en mente hemos recientemente desarrollado un programa de dataciones en dos fases. En una primera fase el propósito principal consistió en contrastar la tradicional asunción que limitaba la reutilización de estos espacios funerarios a los momentos más antiguos de la Edad del Bronce. Para ello se realizaron 7 nuevas dataciones: tres correspondientes a la sepultura 11 de la necrópolis megalítica de El Barranquete (Níjar, Almería), tres a la sepultura 8 del Pantano de los Bermejales (Arenas del Rey, Granada) y una procedente de las excavaciones realizadas en la cueva de Las Ventanas (Piñar, Granada). Todas ellas fechaban prácticas de inhumación realizadas durante la Edad del Bronce. La suma de estas nuevas dataciones con las ya conocidas (Fig. 5) mostraba un uso funerario continuado desde finales del IV milenio hasta los últimos siglos del I milenio cal BC, manteniéndose incluso en época histórica. En lo referente al tiempo argárico, la continuidad y frecuentación de estos espacios funerarios quedada fuera de toda duda (Aranda 2013(Aranda, 2014)). A partir de estas conclusiones hemos realizado una segunda fase de dataciones con el objetivo de poder medir la importancia de estas prácticas en la globalidad de los rituales realizados en una sepultura y contar con una serie radiométrica estadísticamente significativa con la que poder generar modelos cronológicos (Aranda y Lozano 2014). Para ello hemos datado el número mínimo de individuos de la sepultura 11 de la necrópolis de El Barranquete; en total 12 individuos que se distribuyen a lo largo de los diferentes niveles de excavación identificados por sus excavadores. Los resultados muestran un uso continuado de la sepultura desde mediados de III milenio hasta al menos finales del II milenio cal BC (Fig. 6). De las 12 dataciones cinco, algo más del 40%, fechan prácticas rituales pertenecientes a la Edad del Bronce, muy especialmente al Bronce argárico. La escala e intensidad en la reutilización de esta sepultura es ciertamente notable y aunque estos datos no sean extrapolables a otras tumbas o necrópolis sí que evidencian una realidad hasta hace poco tiempo difícilmente imaginable. La reutilización de espacios funerarios característicos de época calcolítica debe considerarse, por tanto, una fenómeno habitual en época argárica. Superada la consideración marginal de estas prácticas rituales, la recuperación de la agencia de estos grupos sociales permite avanzar en nuevas formulaciones sobre la complejidad social. En este sentido, he planteado recientemente que la reutilización de espacios megalíticos y cuevas naturales y artificiales podría formar parte de estrategias de resistencia ante el proceso de diferenciación social que caracterizó a las comunidades argáricas (Aranda 2013(Aranda, 2014)). La respuesta a los intentos de explotación social y económica consistiría en el mantenimiento y reivindicación de la tradición y de formas culturales ancestrales, mediante las que se ensalzaría a la comunidad y reclamaría el principio de indivisión social frente al proceso de individualización argárico. Los espacios rituales colectivos se convertirían, de esta forma, en el escenario perfecto para manifestar la oposición al principio de "trabajar para otros" que hábilmente intentaban consolidar las élites argáricas, reorientando la inversión del excedente hacia su consumo conspicuo en prácticas comensales o al desarrollo de una metalurgia dirigida a la creación de toda una simbología de la individualidad. En el intento de acentuar el sentido de colectividad presente en las prácticas de reutilización, resulta ciertamente significativa la ausencia de aquellos ajuares que denotarían un mayor grado de exclusividad e individualización. Nos referimos a elementos como las alabardas o diademas, completamente desconocidos en estos contextos, o a espadas y hachas cuya presencia en sepulturas megalíticas y cuevas es completamente testimonial ( 3). La incorporación de ajuares argáricos a sepulturas colectivas parece seguir estrategias que suponen la exclusión de los símbolos más genuinamente asociados al poder, aquellos que identificaban a hombres y mujeres como los miembros más destacados entre las élites sociales argáricas. No parece casual que de la variedad de ajuares funerarios los únicos ausentes en las prácticas de reutilización sean justo los que se relacionan con la construcción de aquellas identidades más individualizadas que ocuparían la cúspide de la pirámide social. Las prácticas de reutilización enfatizarían un tipo de conmemoración basado en los ancestros donde el enterramiento formaría parte del propio ritual, de forma sustancial si se quiere, pero no sería el elemento central que las define (Barrett 1988). La invocación al pasado, a la memoria colectiva ocuparía, sin embargo, un lugar preeminente que conecta con formas comunitarias de comprensión de la realidad y de legitimidad social. Frente a esta situación, los rituales funerarios específicamente argáricos estarían especialmente centrados en el enterramiento. El ritual gira ahora en torno a la inhumación donde el individuo pasa a ser el protagonista. Obviamente, no significa que en estas prácticas no se realicen invocaciones a un pasado y a unas genealogías específicas, simplemente el acento se ha trasladado a otros (3) Sólo se conoce un hacha de tipología argárica documentada en la sepultura megalítica de Los Eriales 10 (Laborcillas, Granada) (Leisner y Leisner 1943). El único ejemplar de espada contextualizado procede de la cueva de Las Ventanas (Riquelme et al. 2001; Riquelme 2002). aspectos de la realidad social que interesa exhibir y naturalizar. Se produce, de esta forma, una contradicción entre las formas culturales argáricas basadas en la individualidad y aquellas otras que defienden un identidad relacional; contradicción porque las primeras tratan de superar a las segundas creando nuevas estructuras sociales basadas en la emergencia de un grupo social separado del cuerpo social y las segundas ofrecen una pertinaz resistencia a este proceso. En época argárica se produciría, por tanto, una importante tensión social, resultado de la convivencia de sectores sociales caracterizados por formas sociales cada vez más asimétricas y aquellos otros que contraponen el uso de espacios rituales colectivos y su conexión con los ancestros como mecanismo de resistencia frente a los intentos de establecer un nuevo orden social. Pero, ¿cómo se resolvió esta tensión?, ¿el proceso de individualización supuso la ruptura definitiva de las relaciones parentales?, ¿se mantuvieron en el tiempo las prácticas de reutilización o desaparecieron de forma drástica como sucedió con las formas culturales argáricas? Para intentar dar respuesta a estos interrogantes, en el siguiente apartado, trataré de analizar cuáles son las principales características de las comunidades posteriores, agrupadas tradicionalmente en el denominado Bronce Tardío y Final del sureste. LAS SOCIEDADES DEL BRONCE TARDÍO y FINAL DEL SURESTE Aproximarnos al estudio de las sociedades posteriores al Bronce argárico supone enfrentarnos a la que podríamos denominar como "la hermana pobre" de la Prehistoria Reciente del sureste. Frente al considerable volumen de investigación desarrollado, especialmente en los últimos 40 años, en torno a las sociedades de las Edades del Cobre y Bronce argárico, el conocimiento sobre las comunidades de Bronce Tardío y Final (c. Esta falta de interés y consiguiente vacío de investigación no nos sorprende ni pensamos sea inocente, especialmente si consideramos la perspectiva evolucionista que ha inspirado el discurso histórico de la Modernidad. El foco de atención ha quedado, de esta forma, centrado en los grupos sociales que protagonizaron el proceso histórico que conducía hacia formas sociales y económicas cada vez más complejas, quedando fuera de la agenda de investigación aquellas otras comunidades que no encajaban en este discurso. Este sería el caso, por ejemplo, del Bronce Final, considerado como con un periodo de transición o formativo de las posteriores sociedades de la Edad del Hierro, una especie de paréntesis histórico entre las elaboradas formas de asimetría social argárica y las aristocracias ibéricas. Efectivamente, el colapso de las sociedades argáricas supuso el final de sus características prácticas sociales y económicas. Aunque posiblemente no todos los cambios se produjeron de manera simultánea en el extenso territorio argárico, sí es cierto que en torno al c. 1550-1500 cal BC se habría prácticamente abandonado el elemento cultural más definitorio de estas comunidades, su ritual de enterramiento en el interior de los poblados. Otras relevantes transformaciones supusieron el abandono o reestructuración de los poblados de acuerdo con nuevos principios arquitectónicos y la desaparición de algunos de los materiales cerámicos y metálicos más característicos de época argárica. Todos estos cambios condujeron a un proceso de fragmentación social y económica del sureste que en torno al c. 1300 cal BC dio paso a las comunidades del Bronce Final. A pesar de la anteriormente mencionada exigua investigación desarrollada para este periodo, sus principales aspectos culturales apuntan hacia formas sociales y económicas de menor complejidad donde la colectividad y las identidades relacionales parecen imponerse. Este sería el caso de las nuevas formas arquitectónicas y urbanísticas. Especialmente durante el Bronce Final, se generaliza un tipo de vivienda de planta circular u ovalada con alzados de tapial o adobe, habitualmente sobre zócalos de piedra, y sin ningún tipo de compartimentación interna (Fig. 1). Estas cabañas aparecen exentas y se distribuyen de forma dispersa con amplios espacios abiertos entre ellas. El abandono del urbanismo compacto, basado en construcciones rectangulares y compartimentadas, y la generalización de la arquitectura circular y exenta evidenciarían el importante cambio experimentado en las formas de representación de la realidad y en la instauración de un nuevo orden social y económico. La fragmentación y división social argárica y su materialización arquitectónica fue sustituida por formas urbanísticas que dificultan la compartimentación y favorecen la integración e inclusión social. Junto a los cambios urbanísticos, la enorme relevancia que adquirió la metalurgia argárica en el desarrollo de las asimetrías sociales queda ahora reducida a una actividad de menor envergadura. Durante el Bronce Tardío o Postargar la interrupción de las prácticas funerarias al interior de los poblados supuso igualmente una importante reducción en la producción de los objetos metálicos, especialmente de aquellos relacionados con las nuevas formas de identidad argáricas. Durante este periodo, se registran fundamentalmente herramientas como punzones, cinceles o puntas de flecha. También son habituales las evidencias relacionadas con el proceso de manufactura. Este sería el caso de crisoles, moldes y escorias hallados en poblados como Fuente Álamo, Gatas o Murviedro (Castro et al. 1999; Risch 2002; Pujante Martínez et al. 2003). Todo ello apuntaría hacia una metalurgia de tipo doméstico orientada a la producción fundamentalmente de útiles y herramientas destinadas a un consumo local ( 4). Por su parte, la metalurgia del Bronce Final supuso la introducción de nuevos objetos con características formales y tecnológicas diferentes. En estos momentos se produjeron mayoritariamente objetos de adorno como brazaletes, torques, anillos, pendientes, cuentas de collar, fíbulas, botones, eslabones etc. en algunas ocasiones, especialmente en los brazaletes, decorados con motivos geométricos (Lorrio 2008(Lorrio, 2011)). La presencia de otros metales como las puntas de flecha, punzones, agujas, espadas o hachas en sus diferentes variantes tipológicas fue mucho más testimonial (Molina 1978). El bronce es el metal usado habitualmente, aunque también se han registrado cobres, cobres arsenicados y aleaciones ternarias. Sin embargo, el empleo del oro y la plata fue completamente excepcional (Montero 2008). Las evidencias relacionadas con el proceso de producción son muy fragmentarias, destacando la documentación de algunos moldes de fundición (4) El poblado de Cabezo Redondo y la orfebrería tipo Villena (tesoros de Cabezo Redondo y Rambla de Panadero) (Soler 1965(Soler, 1987;;Hernández Pérez 2012) representan un fenómeno excepcional a esta situación que, en cualquier caso, quedaría fuera del territorio argárico clásico (Jover Maestre y López Padilla 1995Padilla, 1999)). (Molina 1978) y el reciente hallazgo de un taller metalúrgico en Guadix, aunque de cronología muy tardía (Carrasco et al. 2002). Los espacios funerarios se convirtieron de nuevo en el contexto principal donde se depositaron los objetos metálicos, muy especialmente los adornos. Frente al proceso de intensificación de la producción metalurgia argárica, durante el periodo tratado en este apartado (c. 1550-900 cal BC) se produjeron relevantes cambios que apuntan hacia una menor división de funciones y especialización artesanal. El exiguo volumen de objetos producidos ( 5) y la escasez de evidencias relacionadas con el proceso de manufactura nos sitúan ante un tipo de metalurgia con una baja escala de producción, integrada, en cualquier caso, dentro de amplias redes de intercambio. A diferencia de época argárica, el sureste pasó a formar parte de circuitos mediterráneos, atlánticos y peninsulares de distribución de objetos metálicos y probablemente materias primas. Otro importante cambio consistió en la práctica desaparición de la orfebrería, especialmente de la plata que había alcanzado un muy relevante grado de desarrollo en época argárica. Sorprende, igualmente, la escasez tanto de armas especializadas ( 6) como de herramientas, algunas de ella tan características como los cuchillos/puñales argáricos que durante el Bronce Final no son sustituidos por ningún otro objeto metálico. La metalurgia, especialmente de la etapa final, estuvo orientada hacia la producción de objetos de adorno que debieron formar parte de nuevas formas de identidad, muy posiblemente de tipo relacional o colectivo si tenemos en cuenta el tipo de práctica ritual del que formaron parte, tal y como a continuación se valorará. Las prácticas funerarias de este periodo (c. Algunas sepulturas de carácter colectivo combinaron prácticas de incineración e inhumación caso por ejemplo de Qurénima, Barranco Hondo, Cabezo Colorado y Caldero de Mojácar o únicamente de inhumación como en Campos o Loma de la Gorriquía, todos ellas en (5) El peso total de los objetos metálicos documentados en las sepulturas del Bronce Final apenas supera los 2 kg (Lorrio 2008), lo que contrasta con los 2,7 kg sólo de los adornos argáricos realizados en plata (Murillo Barroso 2013) y los aproximadamente 96 kg de metal argárico (Montero 1992). De forma más excepcional, también se han documentado sepulturas exclusivamente de incineración aisladas o formando pequeñas necrópolis, caso de Parazuelos (Mazarrón, Murcia), Ballabona (Cuevas del Almanzora, Almería) (Siret y Siret 1890; Siret 2001; Lorrio 2008Lorrio, 2011) ) o el hallazgo más reciente de Llano de los Ceperos (Lorca, Murcia) (Ros Sala 1985). No parece que las nuevas sepulturas o necrópolis típicas de estos momentos fueran una práctica muy extendida y, en cualquier caso, se trata de enterramientos territorialmente concentrados en las comarcas litorales de Almería y Murcia. Sin embargo, el tipo de ritual más recurrente y extendido geográficamente a las diferentes comarcas que configuran el sureste consistió en la reutilización de sepulturas megalíticas y en menor medida de cuevas naturales y artificiales. La inhumación y, de forma más excepcional, la cremación en el interior de estos espacios de enterramiento colectivo se convirtió en la práctica funeraria más habitual de este periodo ( 7). Al margen de la variabilidad en las prácticas funerarias de este periodo, existen varios elementos comunes a todas ellas: el carácter fundamentalmente colectivo de los enterramientos, su localización al exterior de los poblados y el tipo de ajuar, compuesto de forma prácticamente invariable por objetos de adorno realizados en metal aunque también en otras materias primas como el hueso, la pasta vítrea, el ámbar y la piedra ( 8). Si valoramos diacrónicamente los cambios y continuidades que se produjeron a lo largo de la (7) Según Alberto Lorrio (2008Lorrio (, 2011) ) de los 58 conjuntos funerarios adscritos al Bronce Final 40, el 69%, pertenecen a reutilizaciones de sepulturas megalíticas. (8) Aunque en algún caso las vasijas cerámicas pudieron haber formado parte de los ajuares, la mayoría de ellas deben considerarse como recipientes funerarios (urnas y tapaderas) (Lorrio 2008). Edad del Bronce podríamos concluir que el fenómeno de resistencia al proceso de individualización social argárico fue exitoso. Así, las tensiones sociales que se producirían en época argárica entre las formas de identidad social individualizada y aquellas otras más colectivas y relacionales se resolverían a favor de estas últimas. Si atendemos a las características culturales de las comunidades del Bronce Tardío y Final, las relaciones de parentesco y los principios de solidaridad y reciprocidad parece que de nuevo se convirtieron en dominantes ( 9). Varios argumentos apoyan esta valoración. a) La drástica desaparición de los enterramientos individuales en el interior de los poblados y de los símbolos característicos de las élites argáricas (p.e. la orfebrería de la plata), lo que se contrapone con la continuidad e intensidad en la reutilización de sepulturas megalíticas y, en menor medida, de cuevas naturales y artificiales. Además, el uso de estos espacios rituales es la única práctica funeraria identificada en amplios territorios del sureste. b) El enterramiento colectivo se impone como práctica generalizable a todo el sureste, no sólo gracias a la reutilización de sepulturas megalíticas o cuevas sino también en aquellos otros enterramientos que fueron construidos en estos momentos. Este es el caso, muy especialmente, de las sepulturas que combinan en el mismo espacio inhumaciones e incineraciones y que son características sobre todo de la cuenca de Vera. La vinculación con el pasado, la memoria y los ancestros situaría de nuevo a la comunidad y a las identidades relacionales en el centro de las formas de compresión de la realidad. Lo individual quedaría de esta forma diluido en lo colectivo. c) La acumulación de excedentes subsistenciales y su inversión en otras actividades o bienes de consumo parece sufrir un importante retroceso en estos momentos. Durante el Bronce Tardío y Final no hay nada parecido a las construcciones monumentales calcolíticas (complejos sistemas (9) No debe confundirse la resistencia y la reivindicación de lo colectivo con la inexistencia de formas diferenciadas de acceso a los bienes producidos sino simplemente una sociedad ordenada por el parentesco y, por tanto, condicionada por unas relaciones de reciprocidad que limitan y restringen las posibles desigualdades sociales (Vicent 1988). Sólo algunas evidencias, caso de determinadas cerámicas, objetos metálicos o elementos de adorno realizados en ámbar o pasta vítrea, reflejarían la inversión de excedentes en la adquisición de bienes procedentes de otros ámbitos culturales. En cualquier caso, el volumen de objetos con estas características indicaría una escasa participación de las comunidades del sureste en las redes de intercambio. La estructura socioeconómica de este periodo (c. 1550-900 cal BC) se caracterizaría por una escasa división de funciones y especialización en el trabajo. d) El éxito de las nuevas identidades colectivas y relacionales tendría una de sus manifestaciones más significativas en la vuelta a la idea de circularidad. En la organización del espacio terminó imponiéndose una arquitectura dominada por formas circulares y ovaladas tanto en las casas como en las sepulturas que se reutilizan o construyen en estos momentos. El sentido de compartimentación y privacidad de los momentos culturales previos dio paso una nueva percepción del orden social y económico donde la circularidad puede ser considerada como metáfora de una realidad donde las partes sólo son comprensibles desde el todo, de una realidad indivisa y cíclica. El proceso de recuperación de formas mucho más colectivas de organización social, basadas en estructuras socioeconómicas con escasa división de funciones, y el énfasis en nuevas identidades de tipo relacional parecen imponerse a lo largo de la segunda mitad del II milenio. Así, el proceso de jerarquización social argárico y su correlato político, estatal o no, supuso una particular trayectoria histórica que terminó con su disolución ante formas sociales más igualitarias y menos jerarquizadas. No va a ser hasta la Edad del Hierro cuando el desarrollo de las aristocracias ibéricas permita plantear para el sureste peninsular un nuevo orden social y económico. Tal y como planteábamos al comienzo del presente trabajo los discursos sobre el pasado no son inocentes y, por supuesto, no lo es el que acabamos de realizar. El análisis de las sociedades de la Prehistoria Reciente del sureste peninsular, un caso de estudio paradigmático sobre el origen y desarrollo de la complejidad social, muestra cómo los procesos resistencia ante los intentos de opresión y coerción socioeconómica pueden ser exitosos. La vuelta a formas de organización mucho más igualitarias y de menor complejidad se presenta como un camino no sólo deseable sino posible. Las sociedades de la Edad del Bronce son un buen ejemplo de cómo valores como la individualidad o desigualdad fueron sustituidos por otros como la solidaridad y la reciprocidad. Mi más sincero agradecimiento a los comentarios y sugerencias de la primera versión de este trabajo realizados por Almudena Hernando Gonzalo, Paloma González Marcén, Leonardo García Sanjuán, Antonio Blanco González y Margarita Sánchez-Romero. El presente artículo ha sido realizado en el marco del Proyecto de Investigación "Innovación, continuidad e hibridación. Las sociedades de las edades del cobre y bronce en el sur de la península ibérica" (HAR2013-42865-P) y del Grupo de Investigación "GEA Cultura material e identidad social en la Prehistoria Reciente en el sur de la Península Ibérica" (HUM-065).
José yravedra Sainz de los Terreros (******) David Uribelarrea del val (***) RESUMEN 1 2 3 4 5 6 Presentamos los resultados de los sondeos del yacimiento de Las Vegas, Huecas (Toledo). Se trata de un área abierta, junto al arroyo y al pie de la necrópolis de Valle de las Higueras. Un fuerte depósito de coluvión sepulta el yacimiento. Sin evidencias en superficie, su detección se realizó mediante prospección geofísica. Carece de estructuras y está formado por un único estrato, un depósito secundario que contiene campaniforme Ciempozuelos y metal, con una fecha C14 de la 2a mitad del III milenio a.C. La cerámica es el material más abundante. tudio macroscópico y mediante fluorescencia de rayos X (FRX) avala su producción local, la rápida formación del depósito y su larga exposición en superficie. Planteamos que el depósito procede de la limpieza y mantenimiento de un área de ocupación anexa. El patrón de poblamiento parece seguir las tierras bajas del valle con ocupaciones cuyas producciones cerámicas difieren de las de los contextos funerarios. Palabras clave: Península Ibérica; Meseta; Calcolítico; Campaniforme; Yacimiento al aire libre; Geoarqueología; Patrón de poblamiento. INTRODUCCIÓN: CAMPANIFORME y áREAS DE OCUPACIÓN EN EL NÚCLEO CIEMPOZUELOS DEL TAJO El Área de Prehistoria de la Universidad de Alcalá de Henares (UAH) realiza, desde hace tiempo, un proyecto de investigación en el Valle de Fig. 1. Localización de Huecas (Toledo) en la Península Ibérica. Situación de los yacimientos neolíticos y calcolíticos excavados en el valle del arroyo de Huecas y señalización del área de Las Vegas prospectada mediante geofísica, sobre foto aérea de febrero 2013 del SigPac. En el lateral izquierdo, imagen obtenida en la prospección electromagnética y abajo la interpretación de las anomalías masivas, de alta conductividad (rojo) y alteraciones de rellenos de menor densidad (amarillo) (imágenes de Gipsia S.L.). Huecas (Toledo), en la perspectiva de conseguir datos sobre la dimensión de los rituales funerarios en la Prehistoria reciente del interior de la Península Ibérica. Las excavaciones en el Túmulo del Castillejo (Bueno et al. 1999) y en la necrópolis de Valle de las Higueras (Bueno et al. 2000; Bueno et al. 2005) prosiguieron con sondeos en el área de habitación de Los Picos (Bueno et al. 2009), situada en el torno de las necrópolis, y de una prospección intensiva ( 1) del término municipal de Huecas. La concentración de enclaves junto al arroyo de Huecas, con abundante material en superficie, se contrastó con un programa de detección geofísica electromagnética. Así localizamos el yacimiento de Las Vegas al pie de la necrópolis de Valle de las Higueras. Sin pretender un repaso exhaustivo, el entorno de Las Vegas, en el tramo interior del Tajo, muestra escasas evidencias para caracterizar las ocupaciones no funerarias con campaniforme. Los datos procedentes de los contextos funerarios son los más abundantes mostrando una variabilidad (Bueno et al. 2005(Bueno et al., 2011)), por el momento, sin contraste en el registro de los asentamientos. Ni siquiera las grandes extensiones abiertas desde la arqueología de gestión en Madrid y Toledo han permitido muchos avances en este sentido. Las novedades afectan mayoritariamente a los yacimientos de fondos de cabaña. En la capital, los poblados calcolíticos muestran su ocupación permanente y una planificación en la distribución de los espacios habitacionales y productivos (Díaz del Río 2001) aquilatándose la existencia de cabañas, talleres y, en especial, fosos (Díaz del Río 2003). Sobre los usos y remodelaciones de estos últimos sabemos que se construyen durante el III milenio a.C. y ya se han amortizado cuando la cerámica campaniforme está presente en muchos de los yacimientos (Díaz del Río 2003: 69; Ríos 2011: 391). Por lo apuntado en el poblado madrileño de Camino de las Yeseras (San Fernando de Henares), hay viviendas fechadas a la par que los enterramientos campaniformes, situadas próximas a éstos y fuera de los recintos que definieron el poblado. (1) Alicia Prada y Elena Utrilla, junto a alumnos de la Universidad de Alcalá y Extremadura, realizaron la prospección. La única propuesta sobre la dinámica y evolución de ese poblamiento calcolítico en su ocupación final plantea su reorganización en núcleos más numerosos y de menor tamaño a partir de yacimientos tan emblemáticos como El Ventorro (Blasco 2004: 358). A sus tres estructuras de habitación y más de una veintena de silos (Priego y Quero 1992), se suma la inusual acumulación de restos de su estructura 013 interpretada como evidencia de festín (Díaz del Río 2001: 247-250), que hace del yacimiento una referencia obligada. La morfología de los poblados, la homogeneidad aparente de un registro, en realidad, muy variable y la falta de fechas son algunas de las cuestiones que dificultan una buena caracterización de las áreas de habitación en el momento en que los enterramientos con campaniforme son cruciales para analizar la complejidad social calcolítica (Garrido 2000). En definitiva, evidencias tecnológicas y socioeconómicas parceladas de lo que fue el final del ciclo histórico calcolítico en el interior peninsular. En Toledo, las numerosas excavaciones en La Sagra proporcionan una información igual de limitada y en su mayoría funeraria, tal es el caso de la necrópolis campaniforme de Las Mayores (Perera et al. 2010). Los únicos yacimientos campaniformes destacables pertenecen a la cuenca del Guadiana. Se abrieron en relación a la Autovía de los Viñedos, en La Mancha, y no llegaron a ser delimitados en su totalidad: Casa de Antoñón II y Varas del Palio, en Camuñas. Del primero se conocen 0,2 ha con sectores diferenciados: silos relacionados con alguna actividad de combustión y un área de habitación con dos cabañas. Varas del Palio presentaba una ocupación larga y un sector bien delimitado, adscrito a este momento, con estructuras ordenadas de forma circular y elementos campaniformes interpretados como de carácter ritual (Gómez et al. 2010). Lejos quedan, por tanto, debates como los abiertos en el suroeste de la Península Ibérica. Allí, la percepción inicial de fortificaciones ya arruinadas en el momento de aparición del campaniforme ha sido revisada ante la pluralidad de comportamientos observados. Estos incluyen tanto discontinuidades arquitectónicas y socioeconómicas como continuidades claras del registro, si bien se impone la idea de una contracción de las áreas de habitación con el trasfondo de una población menor (Hurtado 2005: 333; Soares y Tavares 2010: 255-257). La misma diversidad acontece en el caso de la construcción y uso de los recintos de fosos durante todo el Calcolítico. Las fechas confirman que algunos fosos aún están abiertos a finales del III milenio a.C. e incluso a comienzos del II (Valera 2013). El Tajo interior carece hasta el momento de una mecánica definida, si la hubo, para el final del Calcolítico. Colaborar en su caracterización justifica la presentación en este trabajo de un depósito material único, con campaniforme y metal, al pie de la necrópolis hipogea del III milenio a.C. de Valle de las Higueras. PLANTEAMIENTO y TRABAJO DESARROLLADO EN LAS vEGAS Nuestro proyecto sobre el decurso de la Prehistoria Reciente en el Valle de Huecas tiene un propósito de trabajo integral, dando cabida a datos sobre palinología, carpología, paleodieta o residuos orgánicos dentro del marco clásico aplicado al estudio de las necrópolis. Contrastar estas evidencias con la de los registros de habitación nos parece básico para analizar con rigor las diferencias o relaciones entre el mundo funerario y los establecimientos cotidianos. En esta estrategia se integra la documentación arqueológica de Las Vegas. Sondear en Las Vegas resultaba fundamental pues era el registro más próximo a la cueva 1 y a la cámara TVH de la necrópolis de Valle de las Higueras (Bueno et al. 2009). Las sepulturas se sitúan a cotas muy diferentes: la primera en la falda del promontorio donde se agrupa el grueso de la necrópolis y la segunda, más abajo, en el borde del valle. Las Vegas, en el área llana y abierta de la zona baja, relaciona los indicios de ocupación y enterramientos del valle con las sepulturas levantadas en altura. de sedimentación. Los restos materiales se concentran en un estrato bioturbado de 45-50 cm de espesor apoyado sobre un nivel estéril que alcanzamos en un pequeño sondeo (11BS) hasta los 2,40 m. La salinidad y humedad de las arcillas que lo forman contribuyeron a la mala conservación del hueso o al avanzado estado de corrosión del metal. Encontramos cerámica e industria lítica tallada, pulimentada, metal, fragmentos de carbón, barro con improntas de caña y restos faunísticos (vertebrados y malacofauna). J. Yravedra ha contabilizado 415 fragmentos óseos en muy mal estado de conservación (de menos de 3 cm), muchos con huellas de exposición al fuego. Taxonómicamente sólo identificó restos craneales de Ovis/ Capra. De los cortes centrales fueron recogidos 20 litros de sedimento para flotación ( 2) con el pobre resultado de parte de una arista de Avena sp. y de escasos fragmentos de materia vegetal sin identificar. Por tanto, los restos, orgánicos o no, responden a la variedad esperada en un área doméstica. Sin embargo, no hay concentraciones de carbón, vestigios de cierres o paredes ni estructuras excavadas y las acumulaciones materiales son leves y poco significativas. Con estas premisas decidimos obtener una referencia cronológica absoluta y centrarnos en la Fig. 3. Foto y croquis del sector excavado del yacimiento calcolítico de Las Vegas (Huecas, Toledo) con los porcentajes de restos cerámicos lisos y decorados por volumen de sedimento. Representación gráfica de la curva de calibración de la fecha C-14 obtenida. cuantificación y estudio de los materiales. El resultado de la fecha sobre carbón (Beta -286226: 3810 ± 40 BP) es acorde con la cerámica encontrada e idéntica a uno de los eventos funerarios de la cueva 3 de Valle de las Higueras, fechado a partir de hueso (Bueno et al. 2005: 76). Precisamente el papel notorio de la cerámica nos llevó a profundizar en su identificación. Uno de los firmantes (C. Odriozola) ha estudiado la caracterización química de sus pastas. Avanzamos aquí los primeros resultados pues tenemos previsto continuar con más técnicas de análisis y materiales de varios yacimientos del valle. ESTUDIO DE LOS RESTOS MATERIALES Todo el material prehistórico se aglutina en el mencionado nivel arqueológico. El más numeroso es la cerámica. Se localizaron 4621 fragmentos cuya distribución por sectores muestra una ligera concentración al noreste del área abierta (Fig. 3). El 69% de los fragmentos son lisos y 129 tienen decoración campaniforme, sin agrupación destacada alguna. A nivel macroscópico la cerámica lisa y la decorada presentan dos matrices arcillosas bien diferentes: oscuras, grises o negras y rojizas. En ambas predominan las texturas porosas y son visibles inclusiones líticas, a veces de grano medio, y superficies alisadas de baja calidad. Las dos comparten un importante grado de fragmentación, sin fracciones de gran tamaño. Esto excluye una fragmentación in situ. Además, como varios fragmentos de los mismos recipientes aparecieron próximos entre sí, se infiere un previo descarte de los de mayor tamaño. Los bordes son rectos (31%), exvasados (29%), entrantes (13%) y en el 24% restante fue imposible establecer su orientación. Solo se pudo determinar el diámetro de boca en 39 bordes, de los cuales más de la mitad miden entre 15 y 25 cm. Hay, por tanto, restos de recipientes grandes y no sólo de recipientes menores, que podrían quedar mucho más fragmentados. Además la gran variabilidad de los grosores de las paredes es propia de vajilla de mesa y de almacenaje. No es posible elaborar una serie morfológica del yacimiento, salvo intuir la presencia de perfiles globulares, semiesféricos y algún recipiente sinuoso. Entre los fragmentos decorados (Fig. 4) se identifica un cuenco de 245 mm de diámetro de boca, y la pared de un vaso, pero presumiblemente estamos ante los usuales tríos campaniformes que conocemos en los contextos funerarios del valle, incluyendo piezas lisas como las de cueva 3 (Bueno et al. 2005). Varios fragmentos decorados superan 1 cm de grosor por lo que también es factible la presencia de recipientes campaniformes de almacenaje (Garrido 2000: 99). En la decoración no hay elementos en relieve, sólo Campaniforme de estilo Ciempozuelos realizado mediante incisiones y excepcionalmente, impresiones. En contadas piezas el tratamiento es más cuidadoso que en las cerámicas lisas. La fragmentación impide determinar patrones decorativos mas allá de las franjas de motivos combinados en horizontal con las composiciones recargadas propias de ese estilo. Encontramos bandas y retículas, oblicuas o rectas, triángulos rellenos de líneas y motivos estrellados o de líneas concéntricas entorno a ónfalos. La lista de motivos (Garrido 2000: 118-119) se ha ido incrementando en los últimos años por lo que interesa más destacar esquemas menos frecuentes como líneas cosidas, dos fragmentos con ojos-soles al interior (Fig. 5) y otro con un asta de cérvido. Once fragmentos tienen decoración interior, alguna de cierta anchura y complejidad. Los fragmentos decorados son sólo el 2,79% de la cerámica, pero el importante despliegue decorativo contrasta con la sobriedad de los contextos funerarios del valle (Bueno et al. 2005). Entre lo usual y singular, se reúnen la mayor parte de los motivos conocidos en los enclaves de la provincia de Toledo (Garrido 2000). Es difícil determinar con cuántos recipientes decorados contamos. Las diferencias en la pasta, su grosor, el acabado de las superficies y los motivos sugieren, al menos, una muestra de 43, amplia para el reducido sector excavado. Muestreamos cerámica (decorada y lisa) y sedimento de Las Vegas (n = 101) para conocer su perfil geoquímico mediante fluorescencia de Fig. 5. Cerámica campaniforme con ojo-soles. Las Vegas (Huecas, Toledo). Foto y dibujos de A. Vázquez. rayos X (FRX) ( 3). El criterio de selección fue la variabilidad en grosores y texturas afectando la muestra lo menos posible, de existir, al motivo decorativo. Los valores de composición elemental obtenidos se sometieron a un procesado estadístico para cuantificar las agrupaciones composicionales existentes en el conjunto de datos. Después se estudió la relación entre las agrupaciones observadas mediante estadística multivariable, asumiendo con Hall (2004) que: 1. Si el conjunto cerámico carece de diferencias composicionales, las vasijas habrán sido realizadas con materiales geoquímicamente similares y se habrán procesado de manera similar. Si tales diferencias existen, las vasijas podrían haber sido trasladadas desde otro yacimiento como fruto de redes comerciales, de intercambio o de relaciones personales entre asentamientos o grupos dentro de la comunidad. El objetivo de las técnicas estadísticas de análisis manejadas es agrupar las muestras en función de su concentración elemental. Para ello utilizamos procedimientos estándar descritos por el MURR (Glasckoc 1992). Tras la pertinente transformación logarítmica de los valores para obtener una distribución multivariable normal, el análisis de los conglomerados jerárquicos acumulativos nos clasifica preliminarmente las series de individuos en subgrupos. Estos grupos y subgrupos se comparan con los procedentes del análisis factorial de las componentes principales (Glasckoc 1992; Baxter 1994Baxter, 2003)). Finalmente los datos se someten a un análisis discriminante lineal para confirmar que las agrupaciones observadas son correctas. Como resultado se advierten (Fig. 6) tres conjuntos compactos de cerámicas de Las Vegas con claras diferencias en sus composiciones, que implicarían que la arcilla ha sido seleccionada en entornos distintos de la zona o procesada de forma distinta (diferentes recetas). Un cuarto grupo posee un elevado conte-(3) Se utilizó el espectrómetro WDXRF (Wavelength Dispersive X-ray Fluorescence) Pananalytical AXIOS, equipado con un tubo de rayos X SST-mAX de 4 kW, ánodo de Rhodio y ventana frontal de Be disponible en el Centro de Investigación Tecnología e Innovación de la Universidad de Sevilla (CITIUS). Las condiciones de excitación varían dependiendo del elemento a analizar (voltaje entre 30 y 60 kV y amperaje entre 50-100 mA). Para minimizar los efectos de superficie la muestra rota, durante la medida, a una velocidad de 0,5 rpm. Las muestras, pulverizadas en molino planetario de bolas de ágata se disponen sobre soporte a base de ácido bórico. nido en Pb, cuya receta no coincide con las locales. Su anómala concentración pudiera corresponder a un proceso de contaminación postdeposicional, con una contaminación derivada de su uso o, simplemente, al empleo de otras arcillas o desgrasantes. Las agrupaciones reúnen cerámica lisa y decorada de varios sectores del área excavada por lo que no podemos asociar la cerámica campaniforme a una arcilla diferente, por selección o procesamiento, de la utilizada en las cerámicas lisas del yacimiento. Un proceso análogo, analítico y estadístico, se realizó sobre cerámicas de la necrópolis de Valle de las Higueras (n=25). No procede exponer sus resultados pero sí señalar que, introducidos sus datos junto a los de Las Vegas, puede descartarse cualquier relación entre las cerámicas de ambos yacimientos. La producción lítica, mayoritariamente tallada, está presente en toda el área excavada. La materia prima dominante es el sílex, aun cuando en la zona y en propio depósito abundan los restos de cuarcita y cuarzo, incluyendo un pequeño prisma. Hay también numerosos restos de sílex tabular y algunos nódulos craquelados por el fuego e inservibles para la talla. De los 705 restos recuperados el 72,3% son restos de talla con escasas huellas de proceder de labores de descortezado. Hay un 63,9% de Chunks frente a un 8,3% de debris, a pesar de la sistemática recuperación realizada. Predominan los soportes sobre lasca (13,7%) frente a las láminas (1,9%). Hay 10 núcleos agotados, orientados a la producción de lascas, salvo uno del que se obtuvieron laminitas, y 7 flancos y tabletas resultantes de su acondicionamiento. La variedad tipológica de los útiles (9,5%) es escasa: 5 raederas, 39 raspadores, 11 lascas retocadas, 1 escotadura sobre lasca, 1 bec, 1 pieza astillada, 1 buril diedro sobre truncadura, 6 fragmentos de láminas y 1 laminita. La reducida presencia de debris y de huellas de descortezado y configuración de los nódulos de sílex muestran la escasa evidencia del acondicionamiento de los núcleos y la talla. Hay también una reducida industria laminar y poca variedad de útiles, mayoritariamente raspadores. Establecemos tres claras agrupaciones en la producción lítica a partir de las diferencias en conservación, tipología y valoración macroscópica de los restos: Restos muy fragmentados, con fuertes pátinas y alteraciones mecánicas. Son fácilmente identificables como material antiguo de tipología paleolítica, procedente de la terraza fluvial. Incluyen raederas y alguna lasca grande con claros signos de deshidratación. Esta es completa en los núcleos que tienen las aristas muy erosionadas. Una amplia muestra de raspadores. Suelen ser sobre lasca, pequeños, circulares, con retoque directo continuo de cierta amplitud y realizados en sílex melados y grises de la zona. Muchos podrían estar hechos sobre productos de acondicionamiento, lascas de reavivado de núcleos o provenir del reciclado de piezas anteriores. Seis láminas de sílex blancos o rosáceos que poco tienen que ver con los del resto de la industria. La mayoría son fragmentos mesiales de sección trapezoidal y bordes muy variados entre los que hay tramos de filo natural, retoques marginales o simples profundos. Tienen buena calidad y conservación. Su asociación al campaniforme tiene referentes en la propia necrópolis de Valle de las Higueras. La industria pulimentada se reduce a fragmentos de granito, entre ellos un elemento de molienda, y un peso de red sobre cuarcita con un inicio de perforación y restos de colorante rojo en una de sus caras. De metal hay dos fragmentos localizados muy próximos: uno distal de punzón de bronce y otro de recorte del filo de un hacha de cobre sin alear, analizados por I. Montero (Tab. Es evidente la dificultad de caracterizar un yacimiento como Las Vegas sin estructuras que contrastar. Al no haber llegado a delimitar la extensión del estrato arqueológico, no está de más recordar la presencia de grandes estructuras, zanjas y fosas, en varios yacimientos del suroeste de la Península Ibérica a mediados del III milenio a.C. (Márquez y Jiménez 2010: 208). A ellas se suman las evidencias de otros tantos poblados madrileños de fondos de cabaña, excavados en los últimos años, en los que, además de fosos, se han detectado estructuras de amplia extensión. Eso sí, suelen ser estratificadas, de mayor profundidad, pero la mayoría se conocen poco al no haberse excavado por completo. Este yacimiento alcalaíno tiene la misma situación topográfica que Las Vegas: tierras inundables por el curso bajo del Henares, con algunas de sus estructuras bajo más de un metro de sedimento. En su área C se localizó una gran estructura de 6,40 x 12 m de largo con una primera fase de colmatación sobre la que se dispone una compleja estratigrafía de sedimentos y estructuras domésticas con abundantes restos cerámicos. Este material, muy fragmentado, procedente de los 23 m2 excavados, se interpretó como residuo doméstico resultado de la limpieza y uso continuado del área como suelo de ocupación (Díaz del Río 2001: 234) (Fig. 7). En Las Vegas, además de la extrema fragmentación de la cerámica, que no es la tónica de los yacimientos calcolíticos (Ríos 2011: 428), llama la atención su monotonía decorativa. Sólo hay campaniforme Ciempozuelos, con una gran variedad de motivos y procedente de un buen número de recipientes. El porcentaje de piezas decoradas respecto a las lisas es similar al de otros yacimientos madrileños: es idéntico al de El Ventorro (2,47%) (Priego y Quero 1992: 378) y comparte, a su vez, con este último, La Esgaravita y Camino de las Yeseras, decoraciones de soles. La comparación de la industria lítica de Las Vegas con la de yacimientos próximos con campaniforme como El Espinillo, El Ventorro o El Campo de Futbol de la Fábrica de Ladrillos muestra coincidencias y diferencias que afectan a la riqueza/pobreza tipológica. Sólo en El Ventorro el notorio porcentaje de restos de talla y núcleos se explica por una actividad de taller en el yacimiento (Priego y Quero 1992: 144), que estaría alejada del espacio doméstico en el resto. Finalmente destacamos la precoz presencia del bronce al interior de la Península Ibérica, en paralelo a otros ámbitos peninsulares (Alcalde et al. 1998), conviviendo con el cobre. Conocíamos contextos campaniformes con bronce (Bueno et al. 2002: 251) y ahora disponemos de la referencia cronológica absoluta de Las Vegas que ayuda a consolidar otras anteriores como Cueva Maja (Samaniego et al. 2002: 86), en el cambio de milenio, o La Loma del Lomo (Guadalajara). En Huecas los restos de bronce del valle, hasta ahora, se reducían a un hacha encontrada en unas obras próximas al pueblo (Barroso et al. 2003: 96). Las Vegas es un depósito secundario de restos acumulados en superficie, que procederían de la limpieza y mantenimiento de un área de ocupación anexa. Lo limitado de la excavación nos impide precisar su localización. Sin embargo, como la formación coluvial que cubre el estrato arqueológico apenas incorpora material prehistórico, descartamos la extensión del yacimiento hacia la ladera de la necrópolis, siendo factible su desarrollo en las tierras bajas, con un patrón de poblamiento que seguiría la línea del valle. Los materiales localizados son los tradicionalmente generados por actividades domésticas. Son los comunes en los yacimientos de fondos de cabaña de la zona, mayoritariamente rellenando estructuras negativas sin embargo, en Las Vegas, carecen de esa estrategia de ocultación. No hemos encontrado evidencia de estructura alguna, subterránea o aérea. Al no haber establecido los límites del estrato arqueológico, no podemos descartar totalmente que el área forme parte de una estructura grande, como las que se vienen delimitando en algunos poblados del interior, pero la mala conservación de los restos respalda su exposición en superficie durante algún tiempo. El registro posee, además, otras singularidades. Los restos superan la producción esperable de una unidad familiar, es decir, responden a una gestión comunitaria de los residuos, no obstante, la homogeneidad material sugiere su formación en un tiempo breve. El abandono y la falta de premeditación serían esperables, pero no hay que olvidar la fragmentación material y posible limpieza y expurgo de los restos de mayor tamaño, propia de suelos de ocupación. Estos indicadores sugieren una preparación y un trabajo de traslado comparable al de colmatar estructuras subterráneas. El material mejor representado, la cerámica, es de producción local. La presencia campaniforme es paralela a la de la necrópolis de Valle de las Higueras a cuyo pie, en las tierras del valle, se asienta Las Vegas. El radiocarbono ratifica eventos simultáneos en ambos yacimientos. Sin embargo, las analíticas diferencian las cerámicas de Las Vegas de las depositadas en las tumbas de la necrópolis. Ello requiere matizar la asociación entre ambos que, inicialmente, nos parecía evidente. O bien la producción funeraria responde a otra "receta" de fabricación cerámica, o bien estamos ante varios segmentos de población del valle con elaboraciones materiales distintas. Esta cuestión es interesante también en el propio depósito de Las Vegas, cuya variabilidad cerámica puede atribuirse bien a la producción artesanal, bien a la formación del depósito. Los yacimientos calcolíticos conocidos hasta el momento en la zona integran fosos, viviendas, silos, áreas de consumo comunitario, talleres, tumbas e incluso "vacíos" cuyo sentido sin duda va más allá de nuestras definiciones tradicionales entre espacios domésticos y rituales, públicos o privados. Se trata de un espacio organizado con componentes físicos, socioeconómicos e ideológicos (Valera 2007: 402-408) lo suficientemente variados como para que lo excavado, hasta el momento, en Las Vegas sea difícil de situar y vincular a una actividad. El secado y recuperación de áreas próximas al río, sometidas a encharcamiento e inundaciones, nos parece una cuestión a tener en cuenta, si bien no explica todas las características del depósito. Obviamente es necesario ampliar las excavaciones de Las Vegas para resolver las dudas que suscita el yacimiento. Sin embargo, ante la imposibilidad de retomar los trabajos arqueológicos en el valle tras la campaña del 2010, consideramos necesario publicar los datos obtenidos hasta el momento. La compacidad material del depósito y su cronología ratifican la presencia de manifestaciones con cerámica campaniforme en el ámbito territorial de distribución del tipo Ciempozuelos, en este caso al pie de la necrópolis de Valle de las Higueras con el mismo tipo de material. Más aun, creemos importante recalcar la localización del yacimiento junto al fondo de valle. Su formación sedimentaria alerta sobre las posiciones igual de invisibles que podrían ocupar numerosos enclaves holocenos, en superficies hoy cultivadas del interior peninsular. El proyecto de investigación realizado en el Valle de Huecas ha contado siempre con el apoyo de la Consejería de Cultura de Castilla-La Mancha, la Diputación de Toledo y el Ayuntamiento de Huecas. En la excavación de Las Vegas participaron alumnos de la Universidad de Alcalá de Henares (UAH) y personal contratado del Servicio Público de Empleo de Castilla-La Mancha (SEPECAM). A todos ellos nuestro agradecimiento, igual que al Ayuntamiento de Huecas, y a su alcalde, José Julio Sánchez Ramos, que nos cedieron instalaciones municipales para la flotación y lavado de material, así como a Rodolfo Félix, siempre nuestro mayor colaborador. Javier Alcolea y Manuel Alcaraz nos han ayudado con el material lítico. Ignacio Montero (CCHS-CSIC) analizó desinteresadamente los objetos metálicos. Las diversas analíticas han sido asumidas por los proyectos: "Investigación y formación en los yacimientos arqueológicos del Valle del Arroyo de Rielves en Huecas" de la Diputación de Toledo, y "Aplicaciones analíticas para el estudio del campaniforme en el interior de la Península Ibérica: Las Vegas, Huecas (Toledo)" de la UAH (2011/019).
Los resultados confirman y corroboran las hipótesis, planteadas tras los trabajos de campo de 2003 en la cuenca del Rumblar (Jaén), de que la mina tuvo, al menos, dos periodos de explotación: uno en la Prehistoria Reciente (Edad del Bronce) y otro en época romana. Hasta el momento, la mina es la primera del sureste de la Península Ibérica excavada y datada en la Edad del Bronce por carbono 14 y por el material cerámico recuperado. Además se han hallado restos del proceso de reducción metalúrgica (escoria y un fragmento de vasija horno), constatado sólo en tres minas peninsulares más. of Doña Eva/José Martín Palacios (Baños de la Encina, Jaén). En la última década, un equipo multidisciplinar de investigadores de las Universidades de Granada y Jaén, dirigido por Francisco Contreras, llevó a cabo prospecciones arqueometalúrgicas en el moderno distrito minero de Linares-La Caroli-na (Jaén) ( 1). Como resultado se documentaron numerosos vestigios mineros y metalúrgicos de época antigua, medieval y moderna aún intactos, gracias a que algunas zonas no fueron explotadas intensamente en época industrial. Destaca la documentación, por primera vez, de las rafas ( 2) (1) Estos trabajos de campo se enmarcan dentro del Proyecto Peñalosa (2a Fase): "Las sociedades estratificadas de la Edad del Bronce en el Alto Guadalquivir" financiado por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía. (2) El término rafa es un sinónimo de trinchera minera muy utilizado entre los mineros de Sierra Morena y el sur de la Península Ibérica. de Los Atalayones (Linares), Cerro el Chantre (Linares) y el Polígono (Baños de la Encina), las cuevas mineras de Las Torrecillas (La Carolina), la fundición romana de Fuente del Sapo (Linares) y, sobre todo, la mina de José Martín Palacios/ Doña Eva (Baños de la Encina) (Fig. 1), objeto de este trabajo (Contreras et al. 2005; Arboledas 2010; Contreras y Dueñas 2010). Ante el descubrimiento de estos vestigios mineros antiguos, el Proyecto Peñalosa se centró en la excavación del poblado argárico de Peñalosa y en el estudio de las minas del Polígono y José Martín Fig. 1. Localización de la mina prehistórica de José Martín Palacios/Doña Eva (Baños de la Encina, Jaén) y distribución de las principales minas antiguas y yacimientos arqueológicos de la Prehistoria reciente del distrito minero de Linares-La Carolina (elaboración propia a partir de IdeaVisor, Junta de Andalucía). Palacios/Doña Eva, dos de las explotaciones con evidencias de explotación prehistórica situadas en sus cercanías (Arboledas et al. 2006; Arboledas y Contreras 2010). El objetivo era investigar todo el proceso minero y metalúrgico de obtención del cobre llevado a cabo por las poblaciones argáricas, desde la extracción del mineral hasta el objeto final. La mina de José Martín Palacios se localiza en la actual finca de Doña Eva en el término municipal de Baños de la Encina (Jaén), a unos 3 km de distancia sobre plano de esta localidad y a poco más de 2 km del yacimiento argárico de Peñalosa (Fig. 1). Se documentó en 2003, durante la prospección arqueometalúrgica en la cuenca media y alta del río Rumblar (Contreras et al. 2005). En 2005 se llevó a cabo el levantamiento topográfico del cerro y una prospección del subsuelo mediante tomografía eléctrica ( 3). El objetivo era observar la disposición de los diferentes elementos que componen la mina y obtener imágenes del subsuelo que identificaran (3) Peña, J. A. y Teixidó, T. 2005: Tomografía eléctrica en la 'Mina de Doña Eva'. Informe inédito, Dpto. de Prehistoria y Arqueología, Universidad de Granada. posibles excavaciones subterráneas. Los magníficos resultados obtenidos indicaban la explotación de la mina en época antigua, al menos durante la Edad del Bronce y en época romana (Arboledas et al. 2006; Arboledas et al. 2008). También confirmaban su explotación en época argárica los resultados de los análisis de isótopos de plomo realizados a restos metalúrgicos localizados en contextos domésticos del poblado de Peñalosa y a muestras del mineral recuperado en la mina. A su vez la consistencia entre los resultados analíticos de los diferentes grupos de muestras recogidas en el poblado minero-metalúrgico Peñalosa con los de las cercanas minas de El Polígono y José Martín Palacios sugería que sus habitantes se abastecieron allí de mineral (Jaramillo 2005; Arboledas et al. 2006; Hunt et al. 2011). La corroboración arqueológica de estos resultados se logró en agosto de 2013 gracias a la intervención en la mina de José Martín Palacios enmarcada dentro del Proyecto General de Investigación de la Junta de Andalucía que estamos ejecutando y financiada por el Ministerio de Economía y Competitividad (proyecto I+D, HAR2011-30131-C02-01) y el Ayuntamiento de Baños de la Encina. Consistió en la excavación de 5 sondeos de diferentes dimensiones en el cerro y la limpieza de uno de los pozos documentados en la prospección (Fig. 2). Los Sondeos 1, 2 y 5 se alinearon en un eje longitudinal con dirección N-S, separados por testigos de 2 m en la ladera sur del cerro y cortando parte de la escombrera y de una rafa minera. El objetivo era obtener una lectura estratigráfica completa de la cultura material recuperada en la excavación de la rafa, el relleno y la escombrera para caracterizar cronoculturalmente esta explotación minera. El Sondeo 3 se planteó sobre la misma escombrera asociada a la entrada del pozo y el 4 justo en su boca para determinar la relación entre este pozo y la rafa minera, así como su cronología. LAS LABORES MINERAS DE LA MINA DE JOSÉ MARTÍN PALACIOS La mina se ubica en un pequeño cerro adehesado de más de una hectárea, entre los arroyos de la Plata al Este y del Murquigüelo al Oeste, en la falda nororiental de la elevación granítica del Navamorquin y muy cerca del cortijo de la finca que le da nombre (Fig. 3) (UTM: 428431/4229603). Esta área se enmarca en el distrito minero de Linares-La Carolina, en las estribaciones más orientales de Sierra Morena. Geológicamente, el cerro ocupa una zona de contacto entre los granitos del Navamorquin (batolito de los Pedroches) y los esquistos-pizarras del Primario (Ordovícico, Silúrico y Devónico). En la superficie afloran areniscas metamorfizadas (o meta-arenitas) con esquistos y pizarras alteradas intercaladas cuyo buzamiento es aproximadamente vertical y una dirección E-O. En las mismas labores se observan las vetas de composición cuarzosa de grosor variable, encajadas en las pizarras. Los materiales aflorantes presentan pátinas superficiales de malaquita y azurita. Las pizarras contienen altas concentraciones de malaquita paralelas a los planos de exfoliación. La mineralización siempre se disemina de manera discontinua sobre la roca de caja y la veta (Contreras et al. 2005: 28). La morfología del paisaje adehesado de esta finca, dedicado al pastoreo de ganado bovino, no ha sido nunca alterada ni por labores agrícolas, ni por explotaciones mineras posteriores a las estudiadas. Gracias a ello, durante los trabajos de campo previos a la excavación, se han documentado en superficie de Este a Oeste del cerro hasta 7 labores mineras antiguas que explotaron este pequeño filón en toda su longitud (Contreras et al. 2005; Arboledas et al. 2008) (Fig. 2). La primera es una importante rafa de más de 30 m de longitud por unos 3 m de anchura media situada en la falda oriental del cerro (Fig. 2). Está totalmente colmatada y mimetizada en el paisaje por procesos postdeposicionales naturales y antrópicos. En superficie se identifica por una inflexión en el terreno y un afloramiento de esquitos de la pared sur de la trinchera. Ladera arriba, contactando con la anterior, hay un pequeño pozo con una boca de planta rectangular muy irregular de 1,80 m por 1,20 m. Estaba casi colmatado de escombros y chatarra. Su limpieza pretendía reconocer la morfología del pozo y de las posibles galerías asociadas, así como documentar posibles restos arqueológicos y huellas de explotación que ayudaran a caracterizar esta labor minera. De momento, la intervención, concentrada en la retirada de la basura y escombros que colmataban el interior, ha permitido reconocer su trazado hasta una profundidad de 11,50 m. Seguramente continúe en profundidad y conecte con alguna galería como parece indicar la humedad de los rellenos en este punto y los resultados de la tomografía eléctrica practicada en este cerro en 2005. El trazado del pozo es muy irregular desde su entrada. Su planta e inclinación varía según los tramos, intercalando anchurones con rampas casi verticales. Esta traza es producto de una explotación anárquica del recorrido del filón en profundidad, posiblemente en diferentes momentos históricos. En las paredes, se observan las improntas de mineralización de cobre, huellas de pico y un orificio posiblemente producto de un puntero. El material arqueológico recogido en la escombrera revela que fue excavado en época romana pero tal vez su origen se remonte a la Edad del Bronce, al igual que las rafas. Siguiendo el filón hacia el Oeste se documentó una explotación a cielo abierto, de más de 3 m de ancho por casi 15 m de longitud, colmatada por completo e integrada en el paisaje (Fig. 2). Sobre esta trinchera se planteó un sector de excavación, cuyos resultados analizaremos extensamente en el siguiente apartado. La siguiente labor, a 10 m al Oeste en la cima del cerro, es una depresión circular superficial de 3 m de diámetro que puede ser un pozo totalmente colmatado o un pequeño socavón o calicata (Fig. 2). Otra calicata de similares características se localiza en la ladera Oeste del cerro, a 10 m al Oeste de la primera pareja de pozos pareados (Fig. 2). Además de las trincheras, destaca el hallazgo de dos parejas de pozos de planta cuadrada (Fig. 2). La primera estaba formada por dos pozos (1,5 m de lado) excavados sobre el filón y separados del mismo por un testigo de poco más de un metro. Las paredes muestran pizarras altamente meteorizadas en cuyos planos de exfoliación hay lentes de cuarzo con malaquita. La segunda pareja de pozos (poco más de un metro de lado) se sitúa en la otra margen del Arroyo del Pilar. Al contrario que los anteriores se disponen de forma perpendicular al filón. Actualmente, se encuentran totalmente cegados y no se observan en superficie (Contreras et al. 2005: 29). Este tipo de pozos, conocidos como gemelos o pareados, se han adscrito a época romana. Son muy comunes en la Faja Pirítica Ibérica, donde se han documentado importantes concentraciones como las más de 800 parejas en el paraje de Cabezas del Pasto (Sotiel Coronada, Huelva) y las 245 del Cabezo de los Silos (La Zarza, Huelva) (Domergue 1983(Domergue: 15-16 y 158-161, 1990)). Esta tipología es menos frecuente en Sierra Morena aunque existen algunos ejemplos en la provincia de Córdoba, como en Las Tobosas (Hinojosa), La Solana (Belacázar), Chaparro Barrenado (Alcaracejos) y Calamón (Posadas) (García Romero 2002: 266). Hasta el momento, las dos parejas de pozos gemelos de la mina de José Martín Palacios son las únicas constatadas en el moderno distrito de Linares-La Carolina (Arboledas et al. 2008). Por último, una escombrera de grandes dimensiones, esparcida por la ladera sur y este del cerro, se asocia a estas labores mineras. En los terreros se observan materiales procedentes de la roca caja (esquistos, areniscas metamorfizadas y pizarras) y de la veta (cuarzo, barita, malaquita, azurita y óxidos de hierro). Durante los primeros trabajos de campo se recuperaron dos martillos mineros y cantos de río de un material no muy común en el entorno, empleados tanto para las labores de extracción como en el procesado del mineral extraído (Arboledas et al. 2008). RESULTADOS DE LA EXCAvACIÓN. LOS RESTOS MINEROS PREHISTÓRICOS Los objetivos generales de la intervención eran dos. El primero, conocer la forma y trazado en profundidad del pozo y la rafa 1 de la mina de José Martín Palacios y documentar evidencias arqueológicas (huellas en la roca de las herramientas, materiales empleados como piedra, cerámica, metal, etc.)-que permitieran definir y datar las fases de explotación. Y el segundo determinar las técnicas extractivas empleadas en cada momento. Rafa minera 1 y escombrera, Sondeo 1 El Sondeo 1 de planta rectangular (10,50 x 3 m de lado), planteado en la zona superior de la ladera sur del cerro, ha documentado un sector de la rafa 1 y de la escombrera asociada (Fig. 4A). La cerámica y martillos mineros recuperados y los resultados de carbono 14 han corroborado la excavación de esta trinchera minera al menos durante la Edad del Bronce. El sector excavado de la rafa es de unos 9 m 2. No se profundizó más allá de los 5 m por proble-mas de seguridad. La trinchera minera es de sección en V hasta los 3 m de profundidad con una anchura máxima de 3,40 m en superficie y de 1,84 m a base. A partir de aquí, la trinchera profundiza de forma sinuosa con una anchura máxima de 1 m. Esta traza tortuosa y estrecha es consecuencia del vaciado y explotación total del filón encajado entre la roca caja. Es probable que la rafa, a esta profundidad, no continúe hacia el Este, debido a que el filón en este punto se estrecha y se vuelve estéril. En cambio, sí parece seguir con una cierta anchura hacia el Oeste (Fig. 4). El trazado bastante alterado e irregular, con entrantes y salientes, de las paredes de la roca caja se deben a la explotación de las zonas mejor mineralizadas del filón (Fig. 4B). En superficie no se han observado huellas de herramientas, como por ejemplo de picos, quizás por su alteración. Una pigmentación/coloración oscura bajo un saliente podría corresponder a huellas de empleo de fuego para la extracción del mineral más que a óxidos de hierro. En la pared sur, los restos de pequeñas vetas de baritas mineralizadas de cobre e hierro conservados prueban la existencia de un filón mineralizado y certifican a su vez claramente que la explotación minera es antigua. Diferentes estratos con una potencia y granulometría diversa colmataron la rafa. Posiblemente los mismos mineros irían depositando allí los residuos a medida que profundizaban para evitar subirlos al exterior. La granulometría de cada nivel se corresponde con los residuos de los procesos de trituración y selección que se llevarían a cabo a pie de mina. Bajo el nivel superficial se suceden hasta 7 estratos, compuestos básicamente por gravas. Varios de ellos contenían grandes bloques de esquistos mineralizados de cobre de la roca caja (Fig. 5). En el perfil estratigráfico se observa diferente grado de buzamiento en los estratos. En general, en la mitad sur su deposición es bastante horizontal, mientras que en la zona norte, fundamentalmente en los niveles inferiores, buzan algo hacia el N. Esto indicaría que, sobre todo la parte más profunda de la rafa, se fue colmatando desde el lado norte de la mina por el vertido de los residuos, así como por los procesos postdeposicionales naturales. En todos los rellenos aparece gran cantidad de mineral de cobre desde pequeños fragmentos a grandes bloques de esquistos, abandonados por su peso en la parte inferior de la rafa. Además en los niveles intermedios cerca de la superficie se han recuperado 1 fragmento de cerámica a mano, 1 base de orza típica de época argárica (UEN 9) (Fig. 6A, 4) y 5 fragmentos de martillos mineros de piedra con parte de la ranura central (UEN 2) (Fig. 6B, 10-13). Dichos restos confirman una fase inicial de explotación de la mina en los primeros momentos de la Edad del Bronce, ateniéndonos a la fecha de C14 de la escombrera (abajo). 1) con fecha calibrada entre el 543-366 cal BC para los niveles medios e inferiores excavados indican la colmatación de parte de la rafa en época ibérica. Posiblemente se estuvieran localizando filones metalíferos por esta zona en relación con los poblados ibéricos del borde de la Depresión Linares-Bailén. Sí parece clara la reanudación de la explotación en época romana como certifican algunas cerámicas rodadas comunes y los pozos gemelos. La escombrera, excavada en un sector de 12 m 2 justo en las inmediaciones de la trinchera, sólo presentaba 50 cm de potencia, en contra de lo esperado a tenor de las dimensiones de la Fig. 5. Mina prehistórica de José Martín Palacios/Doña Eva (Baños de la Encina). Sondeo 1: perfil oeste de la trinchera minera 1 y la escombrera. explotación minera. Los estratos buzan hacia el sur siguiendo la pendiente de la ladera. Como se ha indicado, puede que su escaso grosor se deba a que los mineros, redujeran esfuerzo y tiempo, vertiendo el material sobrante, alguno de grandes dimensiones, sobre la misma rafa. En la secuencia estratigráfica se diferencian bien 3 estratos de desecho de explotación con gran cantidad de mineral de cobre. Destaca sobre todo el último, un estrato compacto de tierra limo-arcillosa que cubre la roca y correspondería al nivel superficial prehistórico y antiguo de inicio Fig. 6. Cerámica (1 y 4-8) y material lítico (2, 3, 9-13) de la Edad del Bronce de la mina de José Martín Palacios/Doña Eva (Baños de la Encina): 1, 6, 8 fragmentos indeterminados, 3 lasca de silex, 4 base de orza, 5 fragmento de vasija de reducción, 7 borde plano de olla, 2 bola de piedra pulimentada, 9-13 martillo minero con acanaladura y fragmentos de otros. Se han recuperado del mismo dos fragmentos indeterminados de cerámica a mano de la Edad del Bronce (Fig. 6, 1-2) y dos muestras de carbón de arbustos de la familia de las rosáceas. 1), es decir, en una fase antigua de la Edad del Bronce. En definitiva, la propia tipología de esta pequeña labor minera (trinchera), los martillos recogidos durante la prospección y posterior excavación, los análisis de isótopos de plomo de los minerales y, sobre todo, la fechas de C14 y la cerámica a mano procedente de la escombrera y del interior de la rafa demuestran claramente su apertura y explotación en época argárica. Tras su abandono la mina se fue colmatando de manera antrópica y natural. En época ibérica se encontraría parcialmente colmada como corrobora una de las fechas de C14. El hallazgo de cerámica romana indica la explotación del filón y la frecuentación de este cerro durante esta época. Escombrera antigua, Sondeo 2 El Sondeo 2 está alineado con el 1 del que le separa un testigo de 2 m. Ocupa 10,5 m 2 en la escombrera, buscando completar la sección de la rafa y recabar datos sobre la formación del desmonte (Fig. 2). Se confirmó la escasa potencia del vertedero de esta mina (menos de 50 cm) y el vertido de residuos del proceso de extracción del mineral. En este sondeo se han diferenciado los mismos tres estratos que en el anterior. En el primer estrato se halló un martillo minero de piedra con ranura central para el enmangue. En el nivel inferior de limos se recuperó un pequeño fragmento perteneciente a una vasija de reducción con la superficie interior escorificada, igual a los numerosísimos ejemplares hallados en los diversos ámbitos excavados de Peñalosa (Fig. 6A, 5). La presencia de este fragmento de vasijahorno típica de la Edad del Bronce y de otro con escoria adherida en la cima del cerro son pruebas evidentes de que, al menos a pie de mina, se realizaban ensayos metalúrgicos previos al transporte del mineral a los poblados. Hasta el momento es la primera vez que se evidencia esta práctica en una mina prehistórica del sur peninsular: en la zona de Sierra Morena oriental sólo se conocía en el interior de los poblados. La cronología de este material está en consonancia con la del hallado en el Sector 1 y con la fecha de C14. Los Sondeos 3 y 4 se trazaron sobre una escombrera asociada a un pozo para determinar su relación con la posible rafa de la ladera este del cerro, además de esclarecer su cronología (Fig. 2, afloramiento). Antes de excavar se retiraron los escombros de la entrada de este pozo para tener una visión más completa de su relación con la escombrera, documentar posibles huellas de trabajo, recoger el material arqueológico si lo hubiera, etc. La escombrera cubría parte de esta segunda rafa y estaba formada por 4 niveles de desechos mineros procedentes de la excavación del pozo. El nivel inferior que sellaba la rafa, mucho más limoso y compacto que el resto, cubría la roca y sellaba la rafa. Correspondería al estrato superficial formado tras el abandono y amortización de la trinchera y previo a la explotación del pozo. De esta escombrera del pozo proceden 1 fragmento de molino romano, 1 borde de cerámica común de un/a jarrito/jarra de cuello estrecho y borde recto con labio ligeramente engrosado al interior, varios indeterminados de cerámica común romana y 9 fragmentos de cerámica de pasta beige, con decoración a peine de bandas paralelas muy típica de la cerámica ebusitana, de época tardo-antigua/ bizantina (segunda mitad siglo VI y siglo VII d.C.). En conjunto, el material nos proporciona una cronología poco concreta para la escombrera que se extiende desde el Alto Imperio a época tardo-antigua. El Sondeo 4, debajo de la escombrera del pozo, documenta un tramo de la rafa minera 2 de 1 m de anchura máxima en el flanco Este. Hacia el Oeste se estrecha hasta cerrarse junto al pozo debido a que el filón se vuelve estéril, mientras 1 m más al Oeste vuelve a estar fuertemente mineralizado siendo explotado a través de un pequeño pozo minero (Fig. 7). Por su parte, la trinchera continua hacia el Este, ladera abajo, ensanchándose como se ha comprobado en el Sondeo 3 y en la inflexión que el afloramiento de esquistos dibuja sobre el terreno. Las paredes de la trinchera, a pesar de la alteración que han sufrido, presentan aún restos de mineralización de cobre, fundamentalmente, malaquita. El interior de la rafa, excavado hasta 1 m de profundidad, estaba colmatado por 3 depósitos de gravas y canchales de pequeños clastos, entre los que se documentaron numerosos fragmentos de mineral de cobre. Los estratos, identificados por sus diferentes tonalidades de marrón, buzan ligeramente siguiendo la pendiente de la ladera. Son estériles arqueológicamente por lo que desconocemos cuando cesó y se colmató la explotación. La datación por C14 de una pequeña muestraa de carbón (no 4006-UEN-6) recogida en el último estrato excavado sitúa la colmatación de la parte media/alta de la trinchera entre 903 cal BC -805 cal BC, en el Bronce final-periodo orientalizante. En resumen, y a tenor del material arqueológico recuperado, la excavación del pozo en época romana formó este vertedero y selló la rafa previa, seguramente, de la Edad del Bronce. Con este periodo se relacionan otros restos mineros de similares características, como la rafa del Sondeo 1. La trinchera estaría colmatada antes de la explotación del pozo en época romana como demuestra la fecha de carbono 14 de uno de los estratos del interior y la ausencia de material arqueológico en los rellenos. Evidencias de ocupación, Sondeo 5 Planteamos el Sondeo 5 de 9 m 2, en la cima del cerro, alineado con el 1 y el 2 (Fig. 2). El objetivo era comprobar si había evidencias de una posible ocupación estacional de los mineros que laboraban estas minas. La excavación alcanzó la roca natural a unos 70 cm y ofreció algunos datos relevantes, aunque el material arqueológico fue exiguo. Las 3 unidades sedimentarias registradas, nada tenían que ver, ni en composición ni en textura, con los estratos excavados en los restantes sondeos. Bajo la cobertura vegetal superficial, había 2 niveles limo-arcillosos, muy compactos (UENs 2 y 3), que rellenaban los huecos de la roca aflorante y regularizaban la superficie. En ambos se recuperaron restos de cultura material: fragmentos pequeños de mineral de cobre, dos trozos muy pequeños de galena, una lasca de sílex (Fig. 6A, 3), una bola de piedra pulimentada (Fig. 6A, 8) y un fragmento amorfo de cerámica a mano (Fig. 6A, 6). En la cerámica de época argárica destaca un borde plano de una olla típica del periodo (Fig. 6A, 7) y un fragmento de vasija de reducción con restos de escoria adheridos. A nivel estructural, no se han identificado restos arqueológicos interpretables como estructuras positivas o negativas. Sin embargo planteamos la posibilidad de que estos niveles fueran superficies de uso/trabajo en época argárica por la gran compacidad de ambos estratos, su disposición horizontal sobre una base rocosa tan irregular y su contenido arqueológico. Todo ello nos viene a demostrar al menos la frecuentación/ocupación de este cerro durante la Edad del Bronce, ya sea como campamento estacional en relación con los trabajos mineros o como espacios productivos de los mineros procedentes de los yacimientos argáricos cercanos. En este caso, el poblado más próximo es El Castillejo, situado escasamente a 1,5 km al Oeste. ANáLISIS DE LOS RESTOS MINERO-METALÚRGICOS Hasta el momento se han analizado mediante microscopio electrónico de barrido ( 4) un resto de mineral de cobre y un fragmento de vasija (4) Los análisis MEB han sido realizados por Salvador Rovira, Auxilio Moreno y Martina Renzi en los laboratorios del Museo de Ciencias Naturales del CSIC de Madrid utilizando un microscopio Fei Inspect con detector de electrones secundarios, electrones retrodispersados y un detector de Catodoluminiscencia Mono CL Gatan, y que dispone de un sistema de análisis integrado Oxford Instruments Analytical-Inca. El equipo ha sido operado por la microscopista Marta M. Furió. cerámica con escorificación interna, recuperados durante la excavación: El fragmento de mineral del Sondeo 4 (no 4007) es ferrocuproso (5) 5 (Fig. 8A) con inclusiones de óxidos de hierro-estaño y baritina (Fig. 8B). La proporción de estos elementos aún no ha sido determinada por análisis cuantitativos de las muestras. Si bien una de las inclusiones observadas en la muestra a través del MEB contiene un 30,3% de hierro y un 60,7% de estaño. El análisis de la ganga identifica rocas de cuarzo y barita, algo que ya se preveía al observar restos de estas vetas, apenas mineralizadas, en las paredes de la rafa 1. Este tipo de ganga, muy frecuente en los filones mineralizados de esta zona minera de Sierra Morena, servía como fundente durante el proceso de fundición sin que fuera necesario añadirlo de forma intencionada como se (5) Aunque por convención internacional el cobre se analiza como CuO, en realidad se encuentra en forma de otros compuestos químicos oxídicos (cuprita, malaquita, etc.). El MEB no permite diferenciarlos pero sí la microscopía óptica por el color, combinando campo claro y campo oscuro. Mineral ferrocuproso procedente del interior de la rafa minera 2-Sondeo 4 de la mina de José Martín Palacios/ Doña Eva (Baños de la Encina). A. Aspecto general de la muestra. Las rocas de color gris oscuro son ganga de cuarzo. La matriz blanca continua es predominantemente óxido de cobre. Las zonas blancas porosas son óxidos de hierrocobre. Se ha detectado una inclusión de óxidos de hierro-estaño; B. Detalle de las zonas cupríferas donde se aprecian inclusiones de baritina en color blanco. documenta en periodos posteriores en esta zona (Arboledas 2010). Es un pequeño fragmento amorfo de cerámica que tiene adherida en su pared interna una generosa capa de escoria que ha dado resultados muy interesantes para la comprensión del proceso de transformación del mineral extraído de esta mina en concreto (Fig. 10). Las características formales del fragmento son como las documentadas en Peñalosa y otros poblados argáricos que jalonan el valle del Rumblar. Sin embargo contiene algunos aspectos raramente observados antes en los yacimientos estudiados y que merece la pena destacar. La estructura fayalítica difiere de los piroxeninos habituales de las escorias y escorificaciones calcolíticas y de la Edad del Bronce de la Península Ibérica, lo que, por otra parte, casaría perfectamente con la muestra de mineral analizado. Este mineral ferrocuprífero, y por tanto autofundente, contiene la proporción de óxido de hierro necesaria para reaccionar con la ganga silícica y dar fayalita. Sin embargo, y pese al uso de este Fig. 9. Fotos de ambos lados del pequeño fragmento de vasija cerámica de reducción recubierto de escoria procedente del Sondeo 5 de la mina de José Martín Palacios/ Doña Eva (Baños de la Encina). Muestra de la vasija de reducción procedente del Sondeo 5 de la mina de José Martín Palacios/Doña Eva (Baños de la Encina): A. Bola de cobre puro recubierta por una gruesa capa de sulfuro de cobre. Se aprecian segregados de bismuto en color blanco; B. Detalle de la superficie de la escoria. La corrosión ha destacado los cristales de fayalita, probablemente por disolución del vidrio de relleno intersticial; C. Detalle de una zona con abundante magnetita y bolas de metal de diferente tamaño. tipo de mineral, las condiciones de trabajo de la vasija de reducción son demasiado inestables para aprovechar esa ventaja. La superabundancia de magnetita refleja una ambiente excesivamente oxidante. Eso se traduce en que, si bien la matriz fayalítica estaba fundida a unos 1.150o C, la magnetita era una carga sólida que aumentaba considerablemente la viscosidad global de la escoria y, como consecuencia, el cobre neoformado no conseguía separarse fácilmente por gravedad. Si las condiciones hubieran sido más reductoras no se habría formado magnetita y el óxido ferroso hubiera reaccionado con toda la ganga y con los silicatos de la cerámica para dar fayalita y liberar el cobre. Ello lejos de parecer un aspecto negativo, es una evidencia más de que la tecnología de la vasija de reducción cumplía ampliamente sus necesidades. Las mejoras tecnológicas que supone el empleo de minerales autofundentes o fundentes de manera intencionada no se constata hasta la llegada de los fenicios a las costas de la Península Ibérica. Se piensa que la utilización de fundentes debió de ocurrir en la Prehistoria de Oriente Próximo, aunque por el momento no existan evidencias arqueológicas. En consecuencia, la muestra jienense es un ejemplo más de la utilización, por los metalúrgicos de la Edad del Bronce, de minerales autofundentes sin que por ello haya que entenderla como una acción intencionada para facilitar el proceso de fundición. Los resultados de la excavación en la mina de José Martín Palacios confirman las hipótesis planteadas tras los primeros trabajos de campo (Arboledas et al. 2008) y los análisis de isótopos de plomo practicados a minerales de esta mina y restos metalúrgicos de Peñalosa (Hunt et al. 2011). Esta mina fue explotada al menos en dos periodos diferentes, la Prehistoria Reciente (Edad del Bronce) y la época romana, mediante dos sistemas bien diferenciados: las labores a cielo abierto (trincheras y rafas) y los pozos y galerías respectivamente. La explotación de este pequeño filón se iniciaría durante la Prehistoria Reciente con la excavación de trincheras a cielo abierto (la del Sondeo 1 y la de los Sondeos 3 y 4), beneficiándose, básicamente, los afloramientos superficiales del filón, ricos en minerales de cobre. Hasta donde se detuvo la excavación, las dimensiones de las dos trincheras difieren mucho en función de la potencia del filón en esas zonas del cerro. Este sistema de laboreo se caracteriza por ser una práctica minera simple, sencilla y muy rentable, "de rapiña". Esta técnica perduraría durante la Antigüedad, sobre todo, en época romana republicana, e incluso la practicarían también las pequeñas cuadrillas de mineros de Sierra Morena hasta los años 1960. En la extracción del mineral se emplearían diferentes herramientas de madera, hueso y piedra. Es probable que también se utilizara el fuego. El sistema consistía en calentar la roca a temperaturas muy elevadas para después enfriarlas con agua lo más rápido posible, produciendo grietas y fisuras en la pared, gracias al principio de dilatacióncontracción. El empleo de esta técnica (Moreno et al. 2010) se confirma en el yacimiento de Peñalosa donde los fragmentos de mineral procedentes de la mina El Polígono tienen evidencias de haber estado expuestos al fuego, así como en otras minas prehistóricas de la Península Ibérica como La Profunda (León) (Blas 1996(Blas, 2007(Blas -2008)). Normalmente, en el registro arqueológico sólo se conservan útiles líticos, como machacadores sobre cantos de río y martillos mineros, recogidos en las escombreras vinculadas a estas labores y en el relleno de las mismas. Los martillos suelen ser de una roca dura como la diorita u ofita y tener ranura central para enmangar un cabo de madera unido por un cordaje. Por todo el sur peninsular encontramos numerosos mazos como los documentados en estas minas que se han adscrito a la Edad del Bronce por sus similitudes con los hallados en el yacimiento de Peñalosa. Su tipología no varía desde la Prehistoria Reciente hasta época romana republicana pero, en la mina de José Martín Palacios, aparecen asociados estratigráficamente a niveles argáricos. Los fragmentos de cerámica a mano y bruñida, típica de la cultura argárica, así como los de vasija-horno, hallados en las escombreras y el interior de las labores sí son un fósil guía indiscutible para asociar estos vestigios a la Edad del Bronce. Otro elemento indicativo de esta época es la lasca de sílex recuperada en el Sondeo 5. En tercer lugar, los resultados de los análisis de isótopos de plomo realizados a minerales de esta mina y a restos metalúrgicos de Peñalosa determinaron su consistencia, confirmando que esta mina junto a la del Polígono fueron dos de las que abastecerían de mineral a este yacimiento metalúrgico de la Edad del Bronce (Hunt et al. 2011) ( 6). Por último, el análisis de C14 de la muestra procedente de la parte inferior de la escombrera corrobora esta cronología. Las otras dos muestras de C14 indican que se colmataron a partir del Bronce Final y época ibérica, una vez explotadas estas labores mineras en época prehistórica. Pero no sabemos hasta qué punto se trata de unos rellenos de colmatación antrópicos, producto de la frecuentación/ explotación de esta mina en estos periodos, o de un rellenado natural del interior. Por la textura de los estratos y la ausencia de material arqueológico parece corresponder con estratos naturales de derrumbes y sedimentación. Hasta el momento, las minas de José Martín Palacios y del Polígono (Arboledas y Contreras 2010) son las únicas de Sierra Morena, e incluso del sureste de la Península Ibérica, adscritas fehacientemente a la Prehistoria Reciente tanto de forma directa por la cultura material recuperada en los trabajos de campo (cerámica, martillos de piedra), como a través de las analíticas realizadas (isotopos de plomo y dataciones de C14). En el resto de la península se conocen muy pocos ejemplos de minas que con cierta seguridad fueran explotadas antes de la Edad del Hierro. A estas se pueden sumar la mina de Moçissos (Portugal) (Hanning et al. 2010: 289), la galería de Riner en Lérida (Montero Ruiz 2010) o la mina de La Turquesa en el Priorato tarraconense (Montero et al. 2012). En territorio español no peninsular, se ha documentado recientemente otra pequeña explotación en Sa Mitja Lluna, en la Illa d'en Colom (Es Grau, Menorca) (Llull et al. 2012; Perello et al. 2013). En el resto de Europa destacan entre otras las explotaciones mineras prehistóricas de Kargaly (Chernykh 2004; Rovira y Martinez Navarrete 2005), del Macizo Central francés, como las minas de la región de Cabrières (Ambert 1994; Ambert et al. 1998) o las minas (6) Según los resultados analíticos existiría una tercera mina como fuente de recursos en Peñalosa aún no localizada. irlandesas de Ross Island (O'Brien 2004) o galesas de Copa Hill (Timberlake 2003: 72). Por último, la mina de Chinflón, en Huelva, que algunos autores situaban en el Bronce Final (Blanco y Rothenberg 1981: 36-51) y otros en época calcolítica (Acosta 1995), según la reciente revisión de Craddock (2013: 420-423) de las dataciones de carbono 14, se explotaría en el Bronce Final a principios del I milenio a.C. La excavación de la mina de José Martín Palacios ha proporcionado otros datos relevantes como evidencias del proceso metalúrgico a pie de mina, en concreto dos fragmentos de vasija de reducción, típica del registro argárico, como los de Peñalosa. Son las primeras constatadas en una mina prehistórica del sur peninsular y, por lo investigado hasta el momento, se completarían con las fases metalúrgicas realizadas en los propios poblados como los de El Castillejo o Peñalosa (Contreras 2000). Los otros testimonios de actividad metalúrgica en la Península Ibérica proceden de las minas de Moçissos (Portugal), de la Sierra del Aramo (Asturias) y del campamento minero de Loma de la Tejerías en Albarracín (Teruel). En Moçissos se documentaron varios fragmentos de crisol entre la escombrera de la mina explotada desde el Calcolítico hasta el siglo XIX (Hanning et al. 2010: 289). En "La Campa les Mines" (Riosa) de la Sierra del Aramo, el ingeniero A. Dory recuperó numerosos trozos de escoria y de crisoles de arcilla refractaria con restos adheridos en su interior de "menas incompletamente reducidas" (Dory 1893: 337 y 362). Dicha información ha sido implementada en los últimos años tras los trabajos de investigación del equipo de M. de Blas. Pese al deterioro del paraje por la actividad minera industrial, se han definido estructuras datadas entre el III y II milenio ANE, como cubetas, suelos de uso/trabajo y estructuras de combustión que se vinculan tanto con el hábitat y/o estacionamiento como con el procesado del mineral de cobre (trituración y reducción) en el lugar (Blas et al. 2013). Por último, en el campamento turolense de Loma de las Tejerías, junto a una pequeña explotación minera aledaña, se halló una gota de cobre producto de la reducción de mineral de cobre (Montero y Rodríguez 2008: 163). En el resto de Europa, una de las minas mejor estudiadas con restos de metalurgia de la Edad del Bronce es la de Ross Island (Irlanda) (O'Brien 2004). Los contados fragmentos de vasijas de reducción hallados en la mina de José Martín Palacios, incluso a sabiendas de que la superficie excavada es exigua (un 10% de la potencia de la mina), nos permiten aventurar que proceden más bien de pruebas experimentales sobre los minerales obtenidos que de una práctica habitual y sistemática. Ello estaría en consonancia con los restos de vasijas-horno encontrados en Peñalosa y demás poblados diseminados en la zona oriental de Sierra Morena. En estos poblados sabemos que esta fase del proceso de producción metalúrgica, como las de fundición y acabado de las piezas metálicas, se realizaban por completo en los diversos ámbitos habitacionales (Contreras 2000). Sin embargo, y hasta la obtención de nuevos datos, cabe la posibilidad igualmente que la práctica de esta actividad a pie de mina dependiera de la cercanía o no de la mina a uno u otro poblado. En definitiva, estamos ante una cuestión compleja de la que se tienen escasos datos arqueológicos que esperamos la excavación en extensión de esta mina y de otras de la Península Ibérica vaya aclarando en el futuro. La explotación de las minas de cobre de Sierra Morena oriental, entre ellas la de José Martín Palacios, y la transformación del mineral en metal supuso una intensa ocupación de este territorio durante la Prehistoria Reciente. En concreto, durante la Edad del Bronce se constata una auténtica "colonización" de la cuenca del Rumblar y del entorno de Linares. Se incrementan los asentamientos respecto a los de la Edad del Cobre, cuando se limitaban a los bordes meridionales de Sierra Morena (Nocete et al. 1987; Lizcano et al. 1990). La explotación del mineral parece conformar la base de la distribución y correlación entre los asentamientos en determinadas áreas que muestran una fuerte jerarquización y cierta especialización funcional. Encontramos fundamentalmente poblados metalúrgicos de mediano tamaño, como Peñalosa, La Verónica o Cerro de las Obras, donde se ha documentado arqueológicamente el proceso completo de transformación del mineral en metal. Son típicos poblados argáricos asentados en cerros escarpados de difícil acceso con un amplio control del territorio y de sus pasos naturales. Están interconectados visualmente directamente o a través de pequeños fortines, como el de Piedras Bermejas, que jalonan toda la cuenca fluvial, como la del Rumblar (Fig. 1). Su ubica-ción parece vincularse más bien con el control del territorio y el procesamiento y distribución del metal (Jaramillo 2005: 458 y 474) que con la distribución espacial de las minas y su explotación. Sin embargo hay poblados que se asientan en cerros muy próximos a las explotaciones mineras, como el Castillo de Burgalimar (Baños de la Encina) a la del Polígono. El de El Castillejo, el más cercano a la mina de José Martín Palacios, está escasamente a 1 km al Oeste, sobre el espolón que sobresale de la ladera de la mole granítica del Navamorquin. Las prospecciones realizadas en este valle documentaron varios fragmentos de vasijas metalúrgicas que demuestran su relación con el trabajo metalúrgico. El Sondeo 5 en la mina de José Martín Palacios, situado en la cima del cerro, mostró un posible suelo o nivel de paso junto a material cerámico. Se podría asociar con un área multifuncional en la que los mineros de los poblados argáricos cercanos, desarrollarían actividades tanto cotidianas (descansar, alimentarse...), como relacionadas con los ensayos del proceso de transformación del mineral durante su trabajo estacional. En nuestro caso no tenemos evidencias arqueológicas que nos permitan hablar de la existencia de un campamento minero al estilo de los hallados en la Loma de la Tejería (Albarracín, Teruel) (Montero y Rodríguez 2008) o en "La Campa les Mines" de Sierra del Aramo (Riosa, Asturias) (Blas et al. 2013). Ahora bien los modelos de ocupación y explotación del territorio de esos territorios son totalmente diferentes al que se constata en la cuenca del Rumblar, como recordaremos, intensamente poblada durante la Edad del Bronce. Una vez analizado el cómo y cuándo se explotaron estas minas del Polígono y de José Martín Palacios (Baños de la Encina), sería interesante analizar la cuestión de quién las explotó. Sabemos por los resultados de isótopos de plomo que el mineral de estas minas fue transformado en el poblado de Peñalosa. Pero una cuestión fundamental sería determinar si los mineros de otros asentamientos argáricos como El Castillejo, se aprovisionan igualmente allí. Otra sería documentar si el acopio de mineral, y por tanto el tiempo de laboreo, era estacional en función de las necesidades de los mineros o si existieron grupos "especializados" encargados de extraerlo y hacer el posterior reparto entre los diversos poblados. Lo segundo necesariamente obligaría a prolongar la estancia en la mina. La información arqueológica procedente de la excavación de esta mina y del estudio de la del Polígono sugiere una frecuentación humana vinculada con su explotación durante uno o varios días y no con la presencia de un campamento o asentamiento temporal (estacional durante la época estival por ejemplo), como en el caso de Loma de las Tejería o de otras minas de Europa. Los numerosos yacimientos argáricos localizados a menos de 3 km hacen que nos inclinemos más por la hipótesis de que fuera una práctica diaria de los habitantes de estos poblados que volverían a su lugar de origen, sin establecer un campamento. Esto no descarta que de manera puntual se instalaran varias personas durante varios días a pie de mina. Se ha señalado anteriormente la posibilidad de que una misma mina abasteciera a más de un poblado. Los datos con que contamos, pendientes de corroboración analítica, parecen confirmarlo. La mina de José Martín Palacios abasteció de mineral a Peñalosa y es probable que también a otros poblados como El Castillejo, considerando su cercanía y el hallazgo de restos de actividad metalúrgica. También podemos afirmar que los habitantes de estos poblados se aprovisionaron en más de una mina. Los análisis de isótopos de plomo y elementales de minerales de José Martín Palacios y el Polígono confirman que los pobladores de Peñalosa se nutrieron del mineral de ambas y, al menos, del de otras dos más aún por identificar. En este caso concreto, la del Polígono sería la principal proveedora de mineral transformado en dicho poblado ( 7). Hasta cierto punto esto es lógico dada su cercanía (poco mas de 1 km) al poblado. Ello nos lleva a pensar que la mina de José Martín Palacios fuera la principal proveedora de El Castillejo. Se viene a corroborar así lo apuntado desde los inicios del Proyecto Peñalosa: la importancia del mineral y metal de cobre en esta formación social de la Edad del Bronce. Su desarrollo en este territorio viene marcado por una explotación a gran escala del mineral, extraído de los filones y transformado en útiles y lingotes que se move-(7) La galena encontrada en el yacimiento de Peñalosa proviene de los sulfuros de plomo localizados en la mina del Polígono. rán posiblemente por todo el sur de la Península Ibérica (Moreno y Contreras 2010). Por último, esta mina como la gran mayoría de los filones de esta región, tras un hiato, volvió a ser explotada en época romana como demuestra el hallazgo de material arqueológico y la documentación de dos parejas de pozos gemelos. La cerámica recuperada no nos permite afinar su cronología pero, seguramente, como la mayoría de las labores en la región, se situaría entre los siglos II a.C. y II d.C., los momentos de mayor esplendor de esta actividad productiva. El hallazgo de cerámica ebusitana evidencia la frecuentación de este cerro en época tardoantigua/bizantina, posiblemente asociada con la reexplotación de la mina. Por el momento también es difícil determinar si este filón fue explotado durante el Bronce Final y la etapa ibérica ya que no contamos con evidencias arqueológicas como para los otros dos periodos. El artículo se enmarca en el Proyecto General de Investigación de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, "La minería romana en Sierra Morena oriental: formas de estructuración de un territorio a partir de la producción, consumo y distribución de los metales" (PGI, 2012(PGI, -2017)), dirigido por Luis Arboledas Martínez, y en el Proyecto I+D+i, "La minería en el Alto Guadalquivir. Formas de construcción histórica en la antigüedad a partir de la producción, consumo y distribución de los metales" (HAR2011-30131-C02-01), dirigido por Francisco Contreras Cortés. Asimismo, este trabajo se ha realizado gracias al contrato como Investigador JAE doc postdoctoral de Luis Arboledas Martínez, cofinanciado por el Fondo Social Europeo. En este punto es justo y necesario dar las gracias a una serie de personas y entidades que de una y otra forma han facilitado el desarrollo de esta intervención: al Ayuntamiento de Baños de la Encina y a su Alcalde, D. Antonio de las Heras Cortés por su gestión y apoyo logístico y la financiación de tres operarios; al propietario de la Finca de Doña Eva, D. Pablo Vallejo Navarro, y al guarda de la misma, D. Alfredo Limón, por permitirnos la realización de la excavación, facilitarnos el acceso a la propiedad y ayudarnos en todo lo necesario; a D. José Dueñas, D. Antonio Ángel García, D. José Susi, miembros del Colectivo Proyecto Arrayanes, y D. Álvaro Gómez García por ayudarnos en la exploración del pozo y por realizar la topografía del cerro; a nuestra amiga y compañera Dña. Margarita Sánchez Romero por llevar a cabo la digitalización del dibujo arqueológico; por último y no por ello menos importante, a Salvador Rovira Llorens por su inestimable colaboración en la interpretación de los resultados analíticos de los restos minero-metalúrgicos de la mina de José Martín Palacios-Doña Eva.
Durante los trabajos de campo, realizados en el área del restaurante del Jardim das Portas do Sol, se documentaron, por primera vez en Alcáçova de Santarém, niveles conservados del final de la Edad del Bronce, inmediatamente infrapuestos a los de la Edad del Hierro. Su excavación permitió recoger un conjunto de materiales cerámicos que incorpora varios fragmentos decorados por impresión e incisión, que pueden ser fácilmente relacionados con el universo cultural de Cogotas 1. Las decoraciones bruñidas con surcos en la superficie interna y con franjas al exterior son mucho menos frecuentes. El repertorio formal no difiere del conocido para el Bronce Final del centro y sur de la Península Ibérica.
RECENSIONES Y CRÓNICAS CIENTÍFICAS La última publicación sobre Pincevent no es una monografía al uso dado el volumen del registro arqueológico presentado, fruto de treinta años de excavación en una superficie de 4.500 m 2 del nivel IV20. La magnitud de información manejada hace que este libro no pretenda ser un estudio en detalle, sino una aproximación de carácter sintético a este campamento, como una unidad en el tiempo y en el lugar, y al conjunto de las actividades desarrolladas durante las estancias periódicas en el mismo lapso de tiempo muy breve del Magdaleniense superior. Se trata de una obra colectiva en la que participan más de treinta especialistas de diferentes disciplinas con sus contribuciones que van más allá de la mera exposición de los resultados, coordinando sus interpretaciones de manera conjunta, tarea que no siempre resulta fácil, y que hace de este trabajo un referente en la investigación interdisciplinar. La estructura del libro es clara con unos primeros capítulos que encuadran este asentamiento en su contexto geomorfológico, estratigráfico, cronológico y paleoclimático, junto con una reconstrucción de su paisaje vegetal a partir de los datos de otros sitios tardiglaciares muy cercanos, dado el escaso número de pólenes recuperados en este yacimiento. Pincevent es, sin duda, un lugar excepcional por sus extraordinarias condiciones de preservación. Sus particulares características topográficas y sedimentarias, asociadas a unas condiciones climáticas muy favorables, facilitaron la acumulación en este lugar, a la orilla del Sena, de limos de inundación durante las crecidas del río, que cubrieron rápidamente los vestigios del campamento instalado por los grupos magdalenienses. La segunda parte se inicia con la presentación de las concentraciones de vestigios del nivel IV20. Demostrar la contemporaneidad de estas estructuras es fundamental para las interpretaciones que más adelante se hacen y queda bien justificada por el remontaje de los núcleos y soportes laminares, así como de los fragmentos de piedras calentadas de los hogares. Pero, además, el hallazgo en distintas unidades de fragmentos de huesos largos y mandíbulas de un mismo ejemplar de reno que remontan, sólo puede explicarse por su distribución en un período de tiempo relativamente corto y redunda en la idea de la sincronía de estas estructuras. La razón fundamental por la que acuden regularmente los grupos humanos a Pincevent es la caza del reno, una especie animal de fácil captura en este lugar a comienzos del otoño, momento en que se reagrupan las manadas para la emigración. Pero no puede considerarse un lugar de caza, como el cercano yacimiento de Verberie (Debout et al. 2012), sino un asentamiento residencial en el que se practicaban además otras actividades. Contaban para esto con un buen número de recursos naturales en su territorio (madera, ocre, sílex y rocas para acondicionar los hogares...), junto con otros de procedencia lejana (conchas fósiles o ciertos tipos de sílex). Estos últimos podrían ser fruto de expediciones puntuales de una pequeña parte del grupo fuera del territorio, o bien de intercambio. Cabe también la posibilidad de que el asentamiento fuese un lugar de reunión de varios grupos provenientes de regiones mas alejadas que justifique la presencia de estos productos. En cualquier caso ninguna de estas hipótesis es excluyente. El repertorio de objetos recuperados se aborda en el siguiente apartado y es similar al de otros yacimientos magdalenienses de la cuenca parisina: puntas o armaduras para la caza, útiles domésticos, elementos de adorno, colorantes y utensilios de uso diverso sobre piedra (yunques, percutores, retocadores y bloques o cantos para acondicionar los hogares), entre otros. Pero la proporción de algunos de estos conjuntos difiere por sus distintas funcionalidades. Así, si se compara con Etiolles (Pigeot 2004), la producción de sílex es bastante menor, ya que la actividad principal de Pincevent es la caza especializada del reno y el trabajo del sílex juega un papel secundario. Aun así, se presta una especial atención a las diferentes estrategias de talla y grados de pericia en la gestión de la materia prima. Se observan hasta cuatro niveles de destreza de los talladores, desde el aprendiz hasta el maestro. El siguiente paso en el análisis es la cuantificación del número de individuos de cada grupo, autores de estas performances. A pesar de que esta actividad se ha realizado durante un breve período de tiempo, el cálculo estimativo de un máximo de 25-30 personas para el Trab. La numerosa industria ósea contrasta con su escasa representación en otras ocupaciones magdalenienses de la región. La causa es la gran cantidad de renos abatidos en Pincevent que permitió acceder a las astas de los machos adultos, una materia prima de excelente calidad para la fabricación de útiles muy frecuentes en este yacimiento, como las puntas de proyectil, los bastones perforados o las agujas. Sorprende, por el contrario, la penuria de las manifestaciones artísticas, compartida con Etiolles, y que se muestra como un rasgo específico del Magdaleniense reciente en la cuenca parisina, muy diferente en este aspecto al del Sur de Europa con sus ricas series de arte mueble. Como ocurre con otras monografías del equipo de Leroi-Gourhan, la aportación más interesante es el estudio espacial del asentamiento y de las actividades desarrolladas. Estas se abordan desde una perspectiva paleoetnográfica cuyo objetivo último es profundizar en el conocimiento del grupo y de su organización social. La depurada metodología de su excavación (Leroi-Gourhan y Brezillon 1972), ejemplo para tantos otros yacimientos paleolíticos en los 1960-70, junto con una minuciosa recogida de datos y su posterior tratamiento con SIG, han facilitado un análisis exhaustivo de las concentraciones y una suma ingente de datos asociados. Diferencias en las densidades y tipos de objetos representados llevan a los autores a proponer un modelo de organización del hábitat que se ha aplicado a otros grandes yacimientos al aire libre de la cuenca parisina, como Verberie y Etiolles (Debout et al. 2012). Este modelo incluye unas unidades centrales de habitación o residencia, articuladas en torno a un hogar central y ocupadas por un núcleo familiar para realizar sus actividades domésticas (consumo de alimentos, fabricación y renovación de sus armas de caza...). En estrecha vinculación hay otros espacios anexos de uso común, periféricos, dedicados a actividades técnicas como preparación y tratamiento de la piel, producción lítica complementaria o fabricación de enmangues. Hay que felicitar a los autores por el esfuerzo interpretativo en el estudio de este nivel, que se ha visto enriquecido por la participación de una parte del equipo en un programa de etnoarqueología en Siberia. Esta experiencia ha facilitado la identificación de numerosas tareas realizadas en el campamento, algunas poco documentadas, como la impermeabilización de las pieles, la elaboración de caldos para su consumo o el almacenaje de madera para los hogares en las zonas vacías. Pero en ocasiones las explicaciones funcionales de ciertos espacios, aunque muy sugerentes, son meras hipótesis sin datos que las confirmen. Este es el caso de una zona sin indicios de actividad productiva, en una de las unidades periféricas. Se interpreta como un área de juego infantil, donde un nódulo de sílex de aspecto antropomorfo es entendido como una posible muñeca. Otros casos serían cómo y dónde estarían situadas las cubriciones (¿tiendas?) de las estructuras de residencia. Al estar construidas en materiales perecederos que no se han conservado, se ha recurrido a analogías con los cazadores de reno de Siberia. Muy atractivos resultan los comentarios sobre la organización del grupo social, formado por varias familias que de manera reiterada ocupan Pincevent, y como serían sus relaciones de parentesco o económicas, evaluadas a partir del análisis de tránsito de los materiales. No hay que negar la valentía de algunas de sus conclusiones, "atrevidas", como reconocen los propios investigadores. Así, la atribución del género y edad a los miembros de estos cuatro núcleos familiares a partir de las tareas realizadas y del grado de habilidad, o la diferenciación jerárquica entre ellos por la distinta organización de su espacio no dejan de ser suposiciones difíciles de contrastar científicamente. En cualquier caso parece existir una fuerte cohesión social en el grupo, confirmada por la intensa circulación entre las diferentes unidades de habitación de categorías de objetos, como las presas cazadas, el sílex y otras piedras de uso diverso. Otra cuestión abordada es la movilidad territorial de los grupos al final del Paleolítico, un objeto de debate frecuente estos últimos años en la bibliografía. El campamento del nivel IV20 de Pincevent es considerado un asentamiento residencial, donde se reúnen cuatro familias durante 6-8 semanas de la estación de otoño para la caza del reno. Este grupo abandona el lugar con la llegada del frío, pero recientes investigaciones hacen pensar que algunas de estas familias se reencuentran en Pincevent IV0, durante la estación invernal, o en otros campamentos (D110 y T125) que cubren el resto de las estaciones. Una explicación posible es que haya ocupaciones reiteradas de Pincevent IV que abarquen todas las estaciones del año, pero los autores prefieren decantarse por una ocupación continua del yacimiento. Esta conclusión no es compartida por otros investigadores que consideran necesario un análisis microcronológico de este nivel, antes de plantear la hipótesis de unos modos de vida semisedentarios para los grupos magdalenienses (Debout et al. 2012). Sí parece claro que los núcleos familiares que se desplazaban por la cuenca parisina al final del Pleistoceno tenían una movilidad territorial moderada, al menos en algunos periodos del año en que ocupan los asentamientos durante varias semanas o meses. Esto sugiere diferentes episodios de reunión y dispersión de los grupos durante el año en función de las estaciones y el tipo o tácticas de caza. La publicación se completa con una abundante documentación gráfica y numerosas ilustraciones a color de excelente calidad. Prehist., 72, N.o 1, enero-junio 2015, pp. 188-205, ISSN: 0082-5638 En definitiva, esta obra es un magnífico ejemplo de cómo una cuidadosa recogida de datos en el campo, seguida de un minucioso análisis del registro arqueológico y muchas horas de reflexión y debate entre los especialistas han permitido reconstruir la vida de este campamento magdaleniense y las diferentes tareas realizadas por el grupo de cazadores de renos que lo ocupó, así como aproximarnos a su organización social. La Cuenca del Duero siempre ha sido un área difícil de estudiar, en la que las condiciones predominantes de cuenca sedimentaria hacen difícil la prospección de los pequeños materiales que caracterizan el Paleolítico Superior, por lo que daba una cierta impresión de desierto. Desde finales del pasado siglo, sin embargo, comenzó a aparecer un rico horizonte de hallazgos de arte rupestre que nos confirmaba que esta región no era un desierto sino que los citados obstáculos en el descubrimiento casual de los materiales de pequeño tamaño asignables a momentos finales del Paleolítico complicaban su identificación. Los que hemos tenido la "fortuna" de enfrentarnos a su búsqueda somos muy conscientes de lo elusivo de estos materiales. Si la parte central de la cuenca presenta los problemas citados nos queda la periferia montañosa cuyas condiciones, si bien por otras razones, fundamentalmente geológicas, no son especialmente favorables. En la vertiente sur, en la provincia de Segovia se encuentra uno de los contados yacimientos en los que podemos situar una población correspondiente a este periodo, la Peña de Estebanvela. Este yacimiento ya fue dado a conocer en una importante publicación en 2007 (TP 67 (1) 2010: 250-252) y aquí comentamos el segundo libro, complementario en algunos aspectos y de presentación de los resultados de las últimas campañas. En primer lugar deseamos felicitar a la Dra. Cacho y su equipo por el formato elegido: la publicación electrónica. Es este un sistema que abre una nueva época, caracterizada por facilidad de edición, de distribución y la facilidad de su manejo. Entrando en la publicación, la primera parte caracteriza el yacimiento y su entorno. El estudio geoarqueológico permite confirmar los rasgos locales de los materiales existentes en el yacimiento y la similitud de las condiciones de formación y depósito con las presentes. Este carácter de permanencia de las condiciones climáticas parece marcar el fin del Pleistoceno Superior ya que de alguna forma es la conclusión de los siguientes estudios, dedicados a la antracología, la malacología continental, la ictiofauna, la herpetofauna, la avifauna, y los micromamíferos. En general nos muestran un espectro de faunas muy semejantes a las actuales, incluso incluyendo endemismos de la zona ya en estos momentos finipleistocenos. Una conclusión muy interesante planteada por algunos trabajos sería la posición del yacimiento en el límite entre la zona mediterránea y la euroasiática, lo que aumenta el interés del lugar no solo desde el punto de vista arqueológico. Los siguientes apartados estudian los restos faunísticos identificados en el registro arqueológico. El primero se centra en los ungulados de evidente importancia económica. Estos son Equus ferus, E. hydruntinus, Sus scrofa, Cervus elaphus, Rupicapra pyrenaica y Capra pyrenaica, lo que de nuevo nos lleva a condiciones climáticas actuales. Desde nuestro punto de vista más septentrional es curiosa la ausencia de los corzos y grandes bóvidos, cuando estos últimos están muy presentes en el registro artístico. Las condiciones del lugar sugieren, como también confirman otros parámetros, una ocupación en la "buena estación" de la primavera al otoño. El estudio de la industria no cambia mucho con relación a los materiales publicados en la anterior memoria. Se trata de una industria realizada mayoritariamente en sílex, fuertemente laminar, en la que sin embargo se siguen obteniendo lascas por esquemas centrípetos. Como avance se presentan algunos de los resultados de las prospecciones orientadas a la identificación de la procedencia del sílex que cuando se terminen ofrecerán un marco de referencia espacial, y nos darán luz acerca de los espacios recorridos por estos grupos. La industria retocada, como es normal, es mayoritariamente de hojitas retocadas a las que se unen los raspadores y los buriles. El estudio tecnológico sigue los criterios de la "cadena operativa" y se Trab. Como complemento se ofrece un análisis funcional de los raspadores dedicados en su mayoría al trabajo de la piel y menos abundante en el asta, el hueso o la madera. Un interés especial tiene una serie de piezas líticas ajenas a la cadena operativa. En su mayoría son placas de esquisto o fragmentos de ellas que tienen en común una perforación. Su funcionalidad no está clara. Pueden ser elementos tanto de redes dedicadas a la pesca, pues hay una buena representación de trucha en los diferentes niveles, o para cazar aves con red cuya presa serían los diferentes tipos de perdiz encontrados. En cualquier caso es un nuevo elemento a seguir y valorar y que, como siempre, abre más cuestiones que resuelve. Junto a estos elementos está bien constatado el uso de materias duras animales tanto para fabricar instrumentos como elementos de adorno dentro de la más típica panoplia Magdaleniense. A pesar de encontrarnos en sus momentos finales faltan los arpones colocándose cerca de la tradición mediterránea. Más interesante es el descubrimiento de un más que importante conjunto de arte mueble. Esta serie de hallazgos, de los que ya teníamos noticia por la primera memoria, es revisado y complementado. Junto a motivos lineales sencillos y algunos naturalistas, englobables en cualquier conjunto tanto mediterráneo como cantábrico se presenta otro conjunto peculiar. Estas piezas se caracterizan por una decoración linear paralela afrontada repetida en la parte superior de pequeños cantos sin paralelos en la Península Ibérica y cuyo referente se haya en el abrigo de Rochedane (Francia). Esta sorprendente relación se debe ver unida a los otros elementos presentes que nos hablan de la existencia de una mayor relación entre los grupos finipaleolíticos que la que tradicionalmente se supone. Nunca hemos sido partidarios de la reducción de relaciones en estos momentos, ya que si bien los conjuntos se simplifican y sus materiales se vuelven más locales, esto no es reflejo de un aislamiento sino de un pragmatismo en la fabricación y uso de los instrumentos. Como se ve en los tipos y las tradiciones del arte mueble los intercambios de información en este momento alcanzan todo el suroeste de Europa y serán claves para entender la diversidad epipaleolítica. El volumen se cierra con un "A modo de con-clusión..." que revisa las novedades que los distintos análisis aportan al conocimiento de la Peña de Estebanvela. Vemos así un yacimiento ocupado estacionalmente en varios momentos escalonados a finales del Pleistoceno superior por grupos portadores de una fuerte tradición presente tanto en la homogeneidad de su "cadenas operativas" como en su producción artística. Se sitúa en un espacio geográfico del que no teníamos información y que sin embargo es clave para conocer las relaciones entre las distintas áreas de la pe-nínsula, ya que la existencia de una ocupación estacional implica la necesidad de otro lugar de hibernada. La publicación se cierra con dos textos de presentación de las actividades orientadas a la conservación y difusión del yacimiento, aspectos que cada vez se deben valorar como continuación del propio trabajo arqueológico. En general debemos felicitar a la Dra. Cacho y su equipo por este volumen, que cubre como hemos expresado varias lagunas en la investigación, especialmente al dar a conocer un lugar que no dudamos será referente en los estudios de Paleolítico Superior y como estación clave en las relaciones entre las distintas regiones ibéricas. Felicitación, de nuevo, extensiva al formato elegido sencillo, útil y de fácil distribución de una obra que no dudamos ocupará un lugar destacado en nuestro disco duro. Área de Prehistoria, Universidad de León. La edición de este grueso libro nos parece muy oportuna en los tiempos que corren. La Arqueometalurgia es una disciplina sólidamente asentada. Cada año produce un gran volumen de información nueva, canalizada a través de crecientes publicaciones periódicas especializadas, actas de reuniones científicas y monografías, que resulta casi inabarcable incluso para el investigador más meticuloso y constante en la pesquisa de nuevos datos. La especialización se ha impuesto también en la propia disciplina al irse profundizando en los aspectos tecnológicos y su impacto social en el amplio espectro cronológico-cultural y territorial donde se desarrolló la metalurgia en el pasado. Por eso es tan importante y beneficioso recopilar periódicamente la información, sistematizarla, filtrarla y ofrecerla en síntesis que faciliten una rápida puesta al día, amén del acceso a repertorios bibliográficos extensos y actualizados sobre temas concretos. En esa tesitura se sitúa la oportunidad de este libro donde B. W. Roberts y Ch. P. Los doce primeros capítulos van desde la naturaleza de los minerales metalíferos hasta el estudio de los objetos metálicos acabados, pasando por todos los eslabones intermedios del proceso metalúrgico, los estudios de procedencia, métodos de análisis, etc. En el 2, From Ores to Metals, D. Killic describe todos los minerales accesibles al metalúrgico (prehistórico y posterior), sus propiedades y las características de los procesos de transformación. Su exposición de temas tan candentes como el nacimiento de las aleaciones cobre-arsénico y cobre-estaño recoge todas las hipótesis propuestas sobre esas cuestiones, sin tomar partido. 3, Metals, M. R. Notis hace un estudio pormenorizado de la estructura cristalina de los elementos metálicos, sus comportamientos en aleación (diagramas de fases) y su relación con las propiedades mecánicas resultantes, así como los efectos de los tratamientos mecánicos y térmicos. El magisterio de D. A. Scott en cuestiones de metalografía aplicada a objetos arqueológicos está sólidamente acreditado en sus precedentes artículos y manuales sobre esta técnica. La misma claridad expositiva y ejemplos didácticos rezuma su Cap. 4, Metallography and Microstructure of Metallic Artifacts, con un preciso recorrido por la metodología e interpretación de imágenes microscópicas, muy ilustrado con ejemplos ad hoc. A. Hauptmann se ocupa en el 5 de la metodología para investigar las escorias metalúrgicas y, en especial, las más antiguas, que plantean más problemas de interpretación y que durante muchos años han sido una especie de asignatura pendiente o mal entendida. Notable es el esfuerzo de M. Martinón-Torres y Th. 6 para sistematizar la terminología de las cerámicas metalúrgicas, aclarando tanto su función como las estructuras pirometalúrgicas a las que se asocian. Nos ha parecido en particular interesante y pertinente su reflexión sobre el uso del término horno (pp. 110-111), que en metalurgia de obtención de metales habría que restringir a las estructuras productoras de escoria. Ello deja fuera de juego, en la Península Ibérica, todas las estructuras de fuego que con excesiva ligereza se han venido denominando hornos calcolíticos y de la Edad del Bronce, cuya mínima producción de escoria no parece que las haga candidatas a ser denominadas hornos, una opinión que venimos defendiendo desde hace muchos años. Ya Hauptmann había aludido antes a esa metalurgia del cobre sin cantidades apreciables de escorias en las etapas más tempranas (p. 7 T. Stöllner aborda la investigación de la minería en sus aspectos más teóricos y metodológicos. El autor no trata de recorrer las técnicas de extracción de mineral, como parece engañosamente sugerir el título (Methods of Mining Archaeology. Montanarchäology), sino de reflexionar con su gran experiencia de campo y de laboratorio, integrando armónicamente aspectos puramente descriptivos-arqueológicos entendidos en su amplia implicación espacial y temporal, con inferencias económicas y sociales. J. Heeb y B. S. Ottaway abordan el capítulo dedicado a la experimentación. El esfuerzo de las autoras por contemplar todos los aspectos experimentales, que van desde la minería y las herramientas mineras a la obtención de metales, aleaciones y objetos metálicos, incluyendo el debatido tema de las huellas de uso, se traduce en una comprensiva síntesis que pone en su justo valor más de treinta años de trabajos de simulación orientados a comprender, en última instancia, la tecnología minero-metalúrgica sugerida por la analítica del vestigio arqueológico. Sería inabordable en una recensión como esta desmenuzar, siquiera mínimamente, el contenido de cada capítulo de esta primera docena. Además de los ya mencionados temas, hay acertadas síntesis críticas sobre estudios de procedencia de metales (E. Pernicka), análisis químico e isotópico (A. M. Pollard y P. Bray), aproximaciones etnoarqueológicas (L. Illes y T. Childs) e incluso un estudio de metales desde la perspectiva del restaurador (D. Schorsch). Todos ellos constituyen un bloque integrado, repleto de complementariedades, que bien podría constituir un manual de Arqueometalurgia de altos vuelos. Los estudios regionales ocupan el resto del libro (más de 600 pp.) y le confieren su carácter globalizante: menos Australia y Oceanía, de los que poco o nada se puede decir sobre el tema de la obra, los demás continentes están bastante proporcionalmente representados. Decimos lo de "proporcionalmente" porque el potencial investigador de las pasadas dos décadas mas o menos se ha decantado por la problemática metalúrgica de Anatolia, Oriente Próximo y Medio y sus entornos, y eso se traduce en el predominio de trabajos dedicados a esa zona geográfica. No en balde uno de los editores (Ch. P. Thorton) lleva mucho tiempo trabajando en ella. Así, novedades nos trae la apretada síntesis de A. Courcier sobre la metalurgia inicial en el Cáucaso (Cap. 22) proponiendo (entre otras aportaciones) la revisión, al menos en esa área, de la asentada tesis de E. Chernykh sobre las Provincias Metalúrgicas en las que divide las dilatadas estepas euroasiáticas. Sobre el tema concreto del impacto social de la metalurgia en dichas estepas reflexiona un grupo numeroso de colegas encabezado por R. Doonan (Cap. 26), aportando los nuevos datos de las recientes excavaciones en Stepnoye al sur de los Urales, de la cultura Srubnaya. Sus restos metalúrgicos sugieren separar en al menos dos fases la obtención de cobre, una primera ejecutada a pie de mina o en sus cercanías y otra final en poblados más o menos distantes de los recursos. A veces no se aportan nuevos datos y el interés reside en la revisión bibliográfica y la formulación de más hipótesis. 21), el autor especula sobre la trascendencia social del empleo de cobre más o menos puro (pueblo llano) o de aleaciones complejas (élites), barajando una vez más los datos analíticos conocidos. Más interesante, desde nuestro punto de vista, es la aportación de Ch. P. Thornton a partir de nuevos hallazgos en la meseta iraní (Cap. Los análisis de las escorias de Tepe Hissar, con escasas pérdidas de cobre, demuestran que la tecnología local se diferenciaba notoriamente de su contemporánea del Levante mediterráneo (Abu Matar, Shiqumim, etc.), rompiendo o al menos poniendo en un aprieto, el vigente paradigma que asume una gran pérdida de metal en las escorias tempranas de cobre. Científicamente nada se opone a que un paradigma sea sustituido por otro, pero en este caso parece que ambos coexisten (lo que quizás pusiera los pelos de punta a Kuhn, si es que en verdad fueran paradigmas). La coexistencia de dos modelos tecnológicos diferentes es evidente y posiblemente identifiquemos en el futuro otros más aunque, por ejemplo, en la Península Ibérica, hasta donde sabemos, la primera metalurgia sigue el modelo levantino (sólo que con casi dos mil años de retraso). El quid de la cuestión está en determinar la trascendencia social y económica de la tecnología de Tepe Hissar y otros sitios iraníes porque, según parece, tanto el Levante como la meseta iraní muestran rasgos sociales similares. Con ello el modelo tecnológico en sí no sería, en nuestra opinión, el motor principal de la evolución social; simplemente estaríamos ante dos soluciones tecnológicas distintas para el mismo requerimiento económico-social: la obtención de cobre. Bien pudiera darse una inversión de factores, de modo que no fuera la tecnología la que modeló la sociedad sino ésta la que demandó y forzó cambios tecnológicos. Extrapolando, las consecuencias del posible cambio de magnitud en la importancia social de un rasgo metalúrgico nos alerta sobre los riesgos y caducidad de ciertos modelos en exceso especulativos. Por razón de vecindad, la revisión y planteamientos de A. Dolfini acerca de la metalurgia en el Mediterráneo central (Cap. 18) tiene su trascendencia al aglutinar y ordenar un panorama un tanto disperso en artículos publicados en los últimos años que estudian escorias, minería y metales del IV y III milenios a.C. de la Península Itálica (Artioli, Pearce, Bourgarit, Cierny y el propio Dolfini, entre otros). Nos parece suficientemente bien asentada la idea de una primera metalurgia basada en la explotación de los depósitos minerales alpinos de sulfuros y fahlerz (no parece que hubiera otros a mano). Pero nos gustaría alguna aclaración que, desde el punto de vista físico-químico, es pertinente cuando nos estamos refiriendo a esta metalurgia temprana: no se trataría del beneficio de sulfuros en puridad (que requieren procesos metalúrgicos complejos al parece sin explorar hasta el Bronce Final) sino de los afloramientos meteorizados donde junto a los sulfuros yacen sus formas oxidadas, resultando mezclas naturales de fácil reducción. El libro incluye atractivos estudios sobre América, Asia y África, contribuyendo a la construcción de una obra de consulta imprescindible para quienes nos aproximamos a la Arqueometalurgia, tanto desde la perspectiva tecnológica como de sus implicaciones sociales y económicas. Uno podrá estar de acuerdo o no con determinadas hipótesis pero ello no resta valor al conjunto de la obra. Museo Arqueológico Nacional, Madrid (jubilado). La necrópolis de Tútugi o Galera configura con una serie de necrópolis cercanas, uno de los registros arqueológicos funerarios más interesantes del mundo ibérico de la Alta Andalucía. Descubiertas de manera casual en la primera mitad del siglo xx, fueron objeto inicialmente de intervenciones no controladas. Las primeras publicaciones (Cabré y Motos 1920; Cabré 1925; Fernández Chicarro 1955) constataban, a pesar de las estructuras y materiales perdidos, que la información rescatada constituía un registro de gran interés para el estudio de la cultura ibérica del Alto Guadalquivir. Además, sus ricas colecciones de materiales se dispersaron entre distintas instituciones, lo que no contribuyó positivamente a su valoración por las generaciones de investigadores posteriores. En las Primeras Jornadas sobre el Mundo Ibérico (Jaén 1987) y en el Congreso sobre las Necrópolis Ibéricas (Madrid 1992), se presentaron distintos proyectos de investigación donde la revisión y análisis del registro arqueológico de las necrópolis "antiguas" del Alto Guadalquivir seguía siendo una fuente de información de primer orden. En Galera, Toya y Castellones de Céal se estaban revisando los materiales depositados en diferentes instituciones, y se habían diseñado proyectos de excavación arqueológica en varios de estos yacimientos "agotados", que proporcionaron algunas sorpresas. En la necrópolis de Céal las campañas de excavación documentaron nuevas estructuras funerarias, áreas de cremación y alguna inhumación infantil, publicándose los resultados de las antiguas campañas y las recientes (Chapa et al. 1998). Gracias a la revisión de los materiales de Galera depositados en el Museo Arqueológico Nacional se valoraron mejor los ajuares funerarios en sus aspectos tipocronológicos (Pereira et al. 2004). Prehist., 72, N.o 1, enero-junio 2015, pp. 188-205, ISSN: 0082-5638 embargo el estado de conservación de las estructuras funerarias de este yacimiento, salvo hallazgos puntuales en la década de los 60 (Schüle y Pellicer 1963), no permitía abrigar demasiadas esperanzas sobre sus aportaciones al ámbito funerario de la cultura ibérica. La celebración en 1998 de la Exposición Internacional "Iberos: Príncipes de Occidente" permite constatar el interés que para los ciudadanos europeos tienen las manifestaciones más importantes del registro arqueológico ibérico. En el ámbito de la Alta Andalucía se plasma en el proyecto de difusión y revalorización "El Viaje al Tiempo de los Iberos". En este marco, un artículo de la autora y coordinadora de este volumen supone toda una declaración de intenciones. Frente a la sugerencia de los editores de que se reflejara la necrópolis de Galera como un patrimonio arqueológico perdido, su estudio vio la luz desde otra perspectiva: un patrimonio recuperable (Rodríguez-Ariza 1999). El Proyecto, iniciado en el 2000, tenía como objetivos principales completar el conocimiento del registro arqueológico publicado, acondicionar para los visitantes el espacio de la necrópolis y revalorizarlo insertándolo en un proyecto de turismo rural y cultural. En 2006 la documentación dos fases constructivas en la excavación de la emblemática tumba 20 (Rodríguez-Ariza et al. 2008) llevaron al replanteamiento definitivo del proyecto que estructura la presente publicación. Esta tiene dos apartados complementarios sobre soporte bibliográfico y digital. La autora ha contado con un importante número de colaboradores (J. C. García de los Reyes, F. J. García Tortosa, S. González Reyero, M. Montejo Gámez, L. Nieto Albert, D. Olgoso Moreno, D. Parras Guijarro, M. Pérez Gutiérrez, N. Ramos Martos, A. Sánchez Vizcaíno, A. Tapia Espinosa, J. A. Tuñón López y L. Valero Martín) El CD presenta primero los resultados de los trabajos arqueológicos centrándose en la excavación y estudio de los materiales de l8 tumbas seleccionadas. El segundo apartado revaloriza el espacio de la necrópolis a partir de tres actuaciones: la consolidación y restauración de las estructuras funerarias y la reintegración volumétrica de los túmulos de la Zona Ia; la creación de infraestructuras de accesibilidad para visitantes y la señalética de la necrópolis. En el tercer apartado unos estudios específicos complementan los capítulos del primer apartado, como el de Gonzalez Reyero sobre las bases y los protagonistas de la interpretación de la cultura ibérica en el marco de la Protohistoria peninsular de principios del siglo xx. Los restantes desarrollan las soluciones adoptadas en los trabajos de consolidación y restauración de las tumbas y en los soportes que informarán a los visitantes. La información compendiada en el primer apartado tiene dos aspectos que conviene resaltar. El primero no tan evidente es el esfuerzo implícito en las campañas arqueológicas en un territorio como las altiplanicies granadinas, caracterizado por una climatología extremada de tipo continental. El segundo es el detallado y delicado trabajo de documentación, que ha permitido conocer la formación del registro arqueológico de cada estructura tumular, además de los procesos postdeposicionales previos y posteriores a su localización, expolio y excavación durante el siglo xx. Los resultados del primer y tercer apartado son también la evidencia más significativa del protagonismo que tiene la investigación en la gestión del patrimonio arqueológico. Demasiados ejemplos de fracasos jalonan esa gestión en España por la desconexión entre los resultados de la investigación y el resto de las fases de los proyectos. El texto en formato libro, de menor extensión, tiene ilustraciones que en algún caso pierden un poco de calidad y precisión por su formato pequeño. Su función, que presenta una cierta novedad con respecto a la estructura habitual en las monografías de investigación, es ofrecer como primera lectura, bien estructurada amena y ampliamente ilustrada, el resumen y conclusiones de los apartados primero y tercero del proyecto. De esta manera el lector accede de manera directa a sus principales características y resultados, condensados en un índice que recoge el marco geográfico, la excavación y técnicas constructivas de la necrópolis, el estudio tipocronológico de los materiales, la revisión y propuesta de interpretación de la necrópolis y su revalorización. Destaca por las novedades que proporciona, el capítulo dedicado al análisis del espacio funerario, articulado en tres bloques: la necrópolis en el ámbito territorial del oppidum al que debió pertenecer; la periodización y análisis espacial del ámbito funerario y por último las sepulturas y ajuares que propone relaciones socioculturales en la Zona Ia, una de las áreas emblemáticas de la necrópolis. El estudio de los ajuares funerarios y su distribución lleva a la autora a distinguir allí tres niveles de enterramiento: el integrado por las sepulturas 11, 20 y 34, las más antiguas con elementos simbólicos tanto en su construcción y ajuares; el formado por sepulturas de menor tamaño con elementos de prestigio como las armas y la cerámica ática y el tercero con sepulturas de tamaño similar al anterior sin elementos de prestigio. Sobre el origen de las sepulturas del primer nivel se plantean dos interpretaciones alternativas En una la sepultura 20 es el lugar de enterramiento de la pareja fundadora del linaje. Las demás (2, 11 y 34) pertenecerían a los aristócratas vinculados a la pareja fundadora (Molinos y Ruiz 2007). Según la segunda las tumbas 20 y 11 son las de cada miembro de la pareja fundadora del linaje. Su relación se establece por la orientación de dichas tumbas, enfrentadas visualmente, y su adscripción de género por los ajuares. El personaje femenino es el enterrado en la tumba 20, donde apareció la Diosa de Galera, y el personaje masculino el de la tumba 11 con armas y dos bocados de caballo. A partir de esta interpretación se propo-Trab. El texto concluye con un apartado excesivamente resumido de las estrategias de conservación y difusión de los resultados en la revalorización de la necrópolis de Tútugi. El apartado de conservación y difusión, desarrollado con mayor detalle en el archivo digital, presenta una serie de novedades para hacer comprensible con los datos más interesantes la visita a las estructuras funerarias que han sido seleccionadas, restauradas y acondicionadas. Esperemos que este último objetivo del programa de gestión tenga resultados tan satisfactorios como el de investigación ya que el propósito de ambos coinciden con el párrafo final del preámbulo de la Ley de Patrimonio Histórico Español: todas estas actuaciones cobran sentido si los integrantes de la sociedad pueden acceder, conocer y disfrutar del patrimonio. Correo e.: Juan.Pereira.es Crónica del Workshop Dando sentido a la prospección arqueológica. Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica (Jaén, 13-14 noviembre 2014) La prospección de superficie se ha convertido en una fuente de primer orden para la investigación y protección del patrimonio arqueológico. Sin embargo, son aún muchos los interrogantes y desafíos que plantea el desarrollo de métodos de trabajo fiables y homogéneos. El objetivo de este encuentro, coorganizado por el Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica, la Universidad de Alicante y el Instituto de Arqueología-Mérida (CSIC-Junta de Extremadura) (IAM), fue fomentar la puesta en común y el intercambio de experiencias en torno a esta cuestión. Se pretendía por encima de todo incidir en la experimentación y puesta a prueba de nuevos procedimientos, sin perder por ello de vista la fundamentación teórica de estas prácticas, así como su sentido en el contexto global del estudio arqueológico del paisaje. Tal y como expresó en la ceremonia de apertura Arturo Ruiz, un encuentro de estas características se hacía necesario en el contexto de la investigación española. Ha transcurrido un largo tiempo desde reuniones como la celebrada en Soria en torno a las cartas arqueológicas (Anón. Esta carencia está sin duda relacionada con el estatus inferior que se ha conferido a menudo en España a la prospección superficial, frente a los trabajos de excavación como fuente primaria de conocimientos. La situación contrasta vivamente con otras tradiciones de investigación en Europa. Destaca entre ellas la desarrollada por diversas universidades de Inglaterra y los Países Bajos, y que tiene su plasmación en una red internacional sobre prospecciones en el Mediterráneo que suele organizar dos reuniones científicas anuales. Fue precisamente uno de los encuentros de dicha red, organizado en Madrid en 2011 por el Centro de Ciencias Humanas y Sociales y el Instituto de Arqueología, el que reavivó el interés por promover una reunión que permitiera conocer el estado de esta disciplina en España. Con carácter previo a la cita se plantearon a todos los ponentes preguntas concretas, que fueron de bastante utilidad para estructurar mejor los debates e identificar los puntos de acuerdo o divergencia. Estas cuestiones se orientaron en primer lugar hacia una clarificación de los objetivos generales de la prospección. En función de ello se preguntó por los métodos seleccionados en cada caso y su justificación, valorando en lo posible aspectos como la duración de los trabajos, los sistemas de registro empleados o los problemas de visibilidad del registro. Se llamó igualmente la atención sobre problemas interpretativos como la definición de los sitios arqueológicos o la valoración de las evidencias off-site. La reunión contó con más de 30 participantes, agrupados en 21 presentaciones. Hubo tanto profesionales independientes como grupos de investigación del Instituto Catalán de Arqueología Clásica (ICAC), el CSIC o el propio centro anfitrión, entre otros. En cuanto al formato, se concibió como una discusión a partir de trabajos de prospección recientes o en curso, pero más allá de las particularidades de los casos de estudio presentados y privilegiando el tiempo destinado al debate. Para estimular este último se contó con una serie de moderadores: Francisco Burillo (Universidad Zaragoza), Manuel Molinos y Arturo Ruiz (Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica) y Peter Van Dommelen (Brown University). Peter Van Dommelen dió una visión introductoria general del papel de las prospecciones en el estudio arqueológico del paisaje con el contexto mediterráneo como principal referente. El desarrollo de las sesiones quedó estructurado en dos grandes bloques dedicados respectivamente a los trabajos extensivos en el paisaje y la prospección a escala de sitio. No obstante las interconexiones y puntos comunes fueron abundantes en todo el encuentro. Se puso de manifiesto el papel creciente de la prospección geofísica como complemento del trabajo en superficie. César Carreras y Joan Oller (Universidad Autónoma de Barcelona) y José Luis Peña y Teresa Teixidó (Instituto de Geofísica de Granada) aportaron la muy necesaria perspectiva y percepción de los especialistas para el adecuado tratamiento e interpretación de este tipo de datos. Aunque no intervino en ese mismo bloque, Carlos Odriozola (Grupo de Investigación ATLAS, Universidad de Sevilla) mostró un caso de estudio de confrontación entre prospección geofísica y superficial en la Peña de los Enamorados (Antequera). Un nutrido grupo de comunicaciones abordaron de manera directa cuestiones de orden metodológico sobre prospección pedestre. Todas ellas compartieron un alto nivel en la puesta en práctica de propuestas formales para incrementar la calidad del registro, así como una notable pericia para aprovechar el potencial de las tecnologías geoespaciales, tanto en el trabajo de campo como en el análisis posterior. Se abordaron cruciales problemas como el efecto de la resolución espacial o el sistema de muestreo elegido en la toma de datos (Luis Sevillano, IAM), o la representatividad de los resultados en función de los sistemas de cuantificación (Jesús García Sánchez sobre los asentamientos de época romana). Pablo Paniego ofreció un buen ejemplo de los problemas que puede plantear en determinados tipos de terreno la delimitación y la caracterización espacial interna de concentraciones de material superficial. Cristina Charro mostró el potencial de la prospección en el estudio de las áreas de captación de asentamientos antiguos y los muy reales problemas de la puesta en práctica de este tipo de estrategias. El trabajo de Juan Pedro Bellón y José Valderrama ofreció un interesante contrapunto a las contribuciones previas, en la medida en que el tiempo y el espacio al que intentan aproximarnos no se corresponde a ocupaciones prolongadas y prácticas repetitivas, sino a un episodio tan efímero como puede ser un combate: el campo de batalla de Baecula. Varias comunicaciones mostraron el avance conseguido en la implementación de las tecnologías de la información para el desarrollo de sistemas de registro en campo. Agustín Diez Castillo (Universidad de Valencia) mostró la utilidad de estos procedimientos en las prospecciones desarrolladas en La Canal de Navarrés (València), incidiendo especialmente en la existencia de numerosas alternativas a los productos comerciales basadas en el software libre. Por su parte, José Luís Serrano Peña (Grupo de Investigación del Patrimonio Arqueológico en Jaén) expuso la metodología adoptada mediante unidades de teléfonos móviles en la prospección de los términos municipales de Jaén y Torredelcampo. En esta dirección Antonio Uriarte contribuyó con la ya acrisolada experiencia del Instituto de Historia del CSIC y de la Universidad de Castilla-La Mancha en los paisajes del Bajo Guadarrama (Bargas, Toledo). Un tema recurrente en presentaciones como la de Pablo Garrido González (Universidad de Sevilla) fue la necesidad de un equilibrio entre "cantidad y calidad". La captura de una información de alta resolución acarrea el recurso a métodos de documentación que exigen cada vez más esfuerzo para documentar espacios cada vez más pequeños. La referencia a la famosa "miopía mediterránea" (Blanton 2001) se tradujo en numerosas diapositivas fuera de foco, y potenció de manera transversal una comparación de los tiempos invertidos en los trabajos de campo presentados. Hubo en fin, ejemplos del lugar que puede ocupar la prospección como parte de un estudio integral del paisaje en periodos concretos. Varios de ellos se centraron en el período ibérico: las intervenciones de Ignacio Grau, (Universitat d'Alacant) sobre la Contestania, de Luis María Gutiérrez en torno al oppidum giennense de Giribaile, o de Sebastián Ramallo Trab. Prehist., 72, N.o 1, enero-junio 2015, pp. 188-205, ISSN: 0082-5638 (Universidad de Murcia) y Francisco Brotons (Museo Arqueológico de Caravaca) valorando las recientes prospecciones para el conocimiento de los santuarios del sureste de la Península Ibérica. David Duque, Ignacio Pavón y Alonso Rodríguez (Grupo de Investigación Pretagu, Universidad de Extremadura) comentaron resultados recientes del análisis territorial en torno a los asentamientos protohistóricos de Aliseda y La Ayuela, en la penillanura cacereña. En una línea afín, quien escribe estas líneas trató aspectos más específicos como la variabilidad en el registro de la actividad off-site y sus implicaciones en el estudio de los paisajes agrarios. Siguiendo con la diversidad de paisajes como eje articulador, fueron interesantes los ejemplos de prospección en entornos de montaña, donde el registro de superficie es sumamente difícil de detectar y sistematizar. Son los "paisajes ocultos" (van Leusen et al. 2011) alejados de la tierra arada foco por décadas de los proyectos de prospección en el Mediterráneo. Arnau García presentó experiencias recientes del Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje del ICAC en el Pirineo catalán y el macizo del Montseny. David González Álvarez (Universidad Complutense) intervino en nombre del Grupo de Investigación de Arqueología de los Paisajes Agrarios, para exponernos el trabajo desarrollado en los pastos de altura de la Cordillera Cantábrica. Alfredo Maximiano se aproximó también a este tipo de espacios desde el modelado predictivo, un tipo de estudios con poca implantación entre los investigadores españoles. Como conclusión puede decirse que el encuentro provocó un estimulante intercambio de experiencias, y puso de manifiesto que en nuestro ámbito más cercano existe un vivo interés por la prospección de superficie como fuente para el conocimiento histórico de los paisajes agrarios antiguos. Se hizo palpable la incorporación de métodos de registro que se aproximan a los estándares actualmente vigentes a escala internacional. En consonancia con ello, se demostró una extensa pe-netración de las tecnologías geoespaciales, que agilizan el trabajo y dependen cada vez menos de la disponibilidad de grandes recursos o conocimientos muy especializados. Sin embargo, tal y como Manuel Molinos remarcó en la sesión de cierre del workshop, en la utilización de estas innovaciones tecnológicas persiste a veces una focalización excesiva en el "cómo", que puede conducir a la confusión entre medios y fines, y alejarnos de la indagación que en última instancia es sustantiva: la del porqué se prospecta. Despertar una actitud crítica entre las nuevas generaciones de investigadores es precisamente una de las funciones beneficiosas de encuentros como este, que esperamos tengan una continuidad a corto plazo.
Se realiza una revisión de las evidencias de los trabajos siderúrgicos y de los objetos de hierro de los castros asturianos, así como de la relación entre éstos y las posibles zonas de minería. A todo ello se añaden datos inéditos de recientes sondeos efectuados en dos estaciones castreñas del municipio de Teverga así como del estudio sobre el terreno de las áreas de captación de un importante número de yacimientos de la Edad de Hierro. Se proponen unas hipótesis de trabajo sobre las interpretaciones sociales de la paleometalurgia. Los estudios relacionados con la minería castreña en Asturias han estado casi siempre centrados en la explotación aurífera, de gran importancia económica y social, y responsable de una monumental huella sobre el paisaje del occidente regional. Ello ha situado en un segundo plano las investigaciones sobre otras actividades extractivas, como el hierro, estaño, cobre o cinabrio. Esta realidad académica ha mantenido, durante los últimos treinta años, una serie de hipótesis de trabajo que defendían un origen de los castros en época romana, y su vinculación con la explotación y transformación del mineral de oro, todo ello basado en un primer momento en las observaciones de Jordá (1984:12) en el occidente de la región: "...Estas sociedades pastoriles se agrupan comunalmente por primera vez en los castros, organización urbana de tipo defensivo, basados sin duda en las nuevas condiciones de vida impuestas por la minería del oro"; y posteriormente, en la continuidad de los hallazgos cronológicos de aquel sector regional, procedentes de nuevas excavaciones arqueológicas (Carrocera 1994). La persistencia de esta escuela en años posteriores demuestra el fuerte eco de la actividad minera en la interpretación del registro arqueológico y los planteamientos históricos asturianos, siendo ejemplos significativos de ello los estudios de poblamiento castreño comarcal (Camino 1995), donde en algún caso se llega a observar rasgos de romanización y minería del oro en áreas cuyos castros carecen de cronologías probadas de época romana, y donde no existe la posibilidad geológica de hallarse tal mineral, como es el bajo Nalón (García 1995). Los novedosos e importantes resultados de las últimas investigaciones del occidente asturiano (Villa 2002) confirman la existencia de un panorama cronológico, cultural y económico de una mayor complejidad, tal como algunos investigadores habían asumido durante décadas (Maya 1989), insertando la realidad castreña asturiana, y en concreto la metalurgia del hierro, en el panorama protohistórico de las regiones circundantes. En pocos años hemos pasado de las tesis romanistas a poder fechar los primeros castros del solar asturiano en el siglo VIII a. C. Con respecto a la metalurgia del hierro también contamos ahora con novedosos datos de recientes excavaciones y con algunos análisis metalográficos (Criado, Martínez y Bravo 2002; Gómez 1996; Rovira y Gómez 2001). Sin embargo, todavía es muy frecuente que no se diferencien las escorias de bronce de las de hierro en las publicaciones y que no se ofrezcan cronologías de los restos. Las interpretaciones sociales de las evidencias metalúrgicas son ciertamente escasas. CRONOLOGÍA Y EVIDENCIAS DE LA METALURGIA DEL HIERRO Los primeros objetos de hierro en la Península Ibérica son importaciones datadas en el Bronce Final, fruto de contactos precoloniales desde el Mediterráneo oriental (Almagro Gorbea 1993). Los ejemplos más cercanos a Asturias son los del norte de Portugal (Grupo Baioes-Santa Luzia), como el caso de un escoplo/cincel de hierro con enmangue de bronce del depósito de Nosa Senhora de Guia, Baioes (Almagro Gorbea 1993: 84), los cuchillos afalcatados de Monte do Frade o una pieza de Moreirinha (González Ruibal 2003a: 68), pero sobre todo la azuela/martillo de enmangue directo que apareció junto al caldero de remaches de Lois (León) (Delibes de Castro y Fernández Manzano 1983: 49-50), de especial relevancia debido a la frecuencia con la que estos calderos aparecen en el territorio asturiano, tanto en contextos del Bronce Final como en castros de la Primera Edad del Hierro. Habría que esperar a las primeras colonias fenicias del Levante peninsular en el s. VIII a. C. para encontrar las primeras producciones locales, siendo precisamente el comercio llevado a cabo por ellas el principal difusor de la tecnología del hierro a nivel peninsular, ya asumida en el mundo tartésico, así como en los Campos de Urnas tardíos del NE, a partir del s. VII a. Mientras que para su difusión hacia la Meseta se ha planteado la vía del valle del Ebro (Ruiz Zapatero 1992: 110-112), hemos de pensar que en el NO sea la vía marítima, de nuevo a través del comercio fenicio y sustituyendo a las relaciones atlánticas previas, la que tenga mayor relevancia, lo que explicaría las producciones siderúrgicas -hoja de hoz con enmangue contrario al filo-en poblados de la primera Edad del Hierro como Torroso (Pontevedra), en torno al s. VII a. 1), que combina la hoja de hierro con el enmangue y la contera de bronce. Sin embargo, debemos de ser cautos ante esta fecha tan alta ya que en la vecina Galicia los puñales de antenas con hoja de hierro y mango de bronce -Santa Trega, Lebosandaus y San Cibrán de Las-pertenecerían a la 2a Edad del Hierro, así como las conteras encontradas similares a la del puñal asturiano -Borneiro, Viladonga, Fozara- (González Ruibal 2003a: 186-187, 358). En el Castillo de Camoca (Villaviciosa) apareció tan sólo una varilla de hierro (Camino 1995b: 122) que, atendiendo a la equivalencia estadística de las fechas radiocarbónicas tomadas en dicho yacimiento (Camino 1999: 156), podría datarse como muy tarde en el s. VI a. Sin embargo, el vecino asentamiento del Picu Castiellu de Moriyón muestra objetos de hierro "irreconocibles" desde el nivel más antiguo, previo a la construcción de la muralla (Camino 1992: 140). Si bien esta "incierta fase" se supone similar a las de la Primera Edad del Hierro de Camoca (s. VIII-VI cal AC) más adelante se data readiocarbónicamente como muy pronto en el s. IV a. C., siendo además esta fecha el terminus post quem para la construcción de la muralla de módulos (Camino 1999: 158-160). Otro testimonio antiguo de uso de hierro en la región asturiana es un punzón en el nivel fundacional de la Campa Torres, fechable en el s. VI a. El uso y fabricación del hierro se generalizó a partir del s. IV a. Un buen conjunto de objetos de hierro lo encontramos en el Picu ́l castru de Caravia: picos, un puñal tipo Monte Bernorio, azuela, fragmento de martillo, navajas de afeitar, trozos de hoces, puntas de flecha, puntas de lanza, etc. (Adán Álvarez 1998: 273-285; Escortell en Rios y García de Castro 1998: 56). El puñal Monte Bernorio se trata seguramente de una importación meseteña, pero debemos considerar la fabricación in situ del resto de los objetos de hierro, ya que su excavador ofreció datos sobre lingotes, escorias y herramientas de herreros, así como sobre las cercanas minas de hierro del Fitu (De Llano 1919: 48-72). Las analogías entre las cerámicas aparecidas en este yacimiento con el cercano Picu Castiellu de Moriyón podrían datar los aperos y armas de hierro descritos a partir del s. IV a. Precisamente es el Picu Castiellu de Moriyón (Villaviciosa) el castro que ofrece el segundo mejor lote de materiales de hierro en Asturias: hoces, hachas, puñales, una lanza, regatones, alcotanas, azuelas, enganches de tahalí, grapas y la caramillera de un hogar (Camino 1995b: 122-123;1996:32) en un nivel asociado a la muralla de módulos, que podría datarse entre los siglos IV y III a. Debemos suponer unas fechas similares para el fragmento de pared de horno aparecido en este yacimiento (Gómez Ramos 1996: 149). Más reducido, y confuso, es el conjunto de objetos muebles realizados en hierro de la Segunda Edad del Hierro en el castro de Llagú (Oviedo). Restos de hierro aparecen en una fíbula de caballito realizada en bronce, de la que se desconoce el contexto estratigráfico, pero que tipológicamente podría ser más antigua que las de la Campa Torres y Caravia. Un objeto del cual no se encuentran paralelos tipológicos, y del que también se desconoce cuál fue su ubicación estratigráfica, es un puñal de hierro con el mango de bronce del que se dice que también pudo haber sido una punta de lanza. Pese a todo ello, se adscribe a un momento prerromano. Los mismos problemas existen para varias chapas y un bocado de caballo (Berrocal, Martínez-Seco y Ruiz 2002: 186-194). Respecto a los trabajos metalúrgicos en Llagú destacan los restos relacionados con el trabajo del bronce, en el que parece estar especializado el asentamiento. Dichos trabajos se concentran en zonas específicas del castro, en las que también hay evidencias de la reducción de hierro, como son algunas escorias y un posible horno. También se alude a toberas fragmentadas y piqueras de aireación. Hor-nos exentos, toberas y piqueras pudieron servir tanto para la producción de bronce como para la de hierro. De hecho se expone que la metalurgia pudo abarcar al bronce y al hierro o bien que la presencia de hierro se deba al uso de fundentes férricos para beneficiarse del cobre (Berrocal, Martínez-Seco y Ruiz 2002: 198, 320), práctica frecuente en la metalurgia avanzada de base cobre (Rovira 1993: 58). El panorama en el yacimiento gijonés de la Campa Torres es parecido, ya que la metalurgia del bronce rebasa por mucho a la del hierro. Sin embargo, en este poblado costero contamos con claras evidencias del trabajo siderúrgico en la Segunda Edad del Hierro. Destacan los puñales, de dorso recto y afalcatados, arrancando los primeros desde el s. IV a. C. y situándose los segundos en el s. I a. C. Otros útiles aparecidos son un podón, un hacha, un gancho, unas herramientas con filo denominadas "navajas de afeitar", varias barritas de hierro, entendidas como materia prima para los metalurgos, y otros útiles enmangados de difícil clasificación, que grosso modo podemos situar entre los siglos IV y II a. C. Es también llamativo que los dos regatones recuperados en la Campa Torres tengan unas fechas tardías (s. II-I cal AC), al igual que los cuchillos afalcatados, las otras evidencias claras de armas (Maya y Cuesta 2001: 146-154). Dentro del amplio repertorio de fíbulas de la Campa Torres, hay algunas que están realizadas en hierro, siendo la mayoría las de bronce. De las de hierro una es tipo La Tène con resorte bilateral y pie rematado en forma de cabeza de serpiente, pero sin contexto cronológico claro al aparecer en una zona removida por una excavadora, mientras que otra tipo La Tène con el pie fusionado al puente sí que se encaja en un nivel del s. II-I cal AC. Tendríamos que añadir una fíbula anular de la que se desconoce la ubicación exacta y dos enganches de tahalí, situándose uno de ellos entre los siglos II-I a. En este yacimiento gijonés destacan las cubetas prerromanas de la zona interior destinadas a crear lingotes de bronce mediante vasijas-hornos/vasijas de reducción, actividad para la que también se utilizarían las toberas encontradas (Maya y Cuesta 2001: 91-98). No obstante, algunas de estas toberas y, sobre todo, una pared de horno del s. I a. C. y diferentes escorias de hierro procedentes de hornos pequeños de cubeta sin sangrado de escorias, confirman la metalurgia del hierro en fechas prerromanas (Maya y Cuesta 2001: 239; Rovira y Gómez 2001: 380-383). También de fines de la Segunda Edad del Hierro deben ser el regatón, la punta de lanza y los dos fragmentos de cuchillo de sección triangular (Escortell y Maya 1972: 43, 47-48) -posiblemente afalcatados-del Picu Castiellu de Siero, si nos guiamos por los paralelos de la Campa Torres. En el castro de Mohías, en el occidente asturiano, encontramos un posible taller metalúrgico ubicado en la "casa 3". La disposición subcircular, más gruesa -50 cm-y tosca de sus muros, así como el hallazgo en su interior de un gran hogar elevado, de moldes de fundición, de escorias de hierro, de objetos de hierro como cuchillos, de restos de pared quemados y de una conducción de agua que procede del exterior de la estructura y muere junto al hogar, revelarían este uso artesanal (Martínez 1970: 132-137), que pese a la pobre descripción ofrecida podríamos considerar como una fragua. Si bien en la contigua "casa 1" las dos escorias de hierro y el pequeño objeto de hierro encontrado parecen de época histórica al estar asociados a un suelo de ocupación con "cerámica romana" (Martínez y Junceda 1968: 196, 198), más dudas albergamos sobre la cronología del taller metalúrgico ya que los "restos industriales" aparecieron a un metro de profundidad mientras que los "útiles personales y la cerámica" lo hicieron 50 cm más arriba (Martínez 1970: 135). Estos dos niveles, con tipologías cerámicas diferenciadas, también se aprecian en el basurero encontrado entre las casas 1, 2 y 3. Por todo ello es posible que todo este conjunto de estructuras domésticas y artesanales arranque de época prerromana. Problemas parecidos presenta el cercano Castelón de Coaña. Sabemos que en el interior de alguna de las cabañas aparecieron escorias de hierro (Flórez 1878: 15), y también que los objetos de hierro son escasos (García y Bellido 1941: 208), pero con los datos disponibles es difícil precisar si se trata de materiales de la fase prerromana o de la fase romana del yacimiento. Sin embargo, sabemos que en el castro mejor excavado del occidente asturiano, el Chao Samartín (Grandas de Salime), los objetos de hierro son frecuentes a partir del s. IV a. Aparte de la Campa Torres y los castros de Villaviciosa también contamos con evidencias de metalurgia de hierro en otros castros costeros. Ya Madoz aludió a mediados del s. XIX a escorias y objetos de hierro en el castro de O Corno (Castropol) (en Camino 1995a: 41). En el Castelo del Esteiro (Tapia de Casariego) hay noticias de escorias y mineral de hierro, así como de un tubito de hierro (Labandera 1969: 491) que se identifica con un regatón (Camino 1995a: 56). También se exhumó un horno, al que se vinculan escorias, cenizas, carbones y fragmentos irregulares de arcilla roja, y al año siguiente más estructuras de pizarra entre las que apareció algún objeto de hierro (Camino 1995a: 57). En el Castiechu (Valdés) los vecinos del lugar dan fe de la aparición de "escorias de fragua" en el recinto del castro (Camino 1995a: 98), mientras que en el castro de la Punta'l Castiellu (Gozón) aparte de una pequeña torta de fundición de hierro (Camino 1995a: 122) es destacable la aparición de abundantes escorias de hierro, de mineral en bruto para fundir y de fragmentos de crisoles, todo ello en superficie (Álvarez 2002: 21). Se ha defendido el origen romano de los castros costeros, por ciertos materiales evidentemente romanos -Terra Sigillata, monedas altoimperiales-y por poseer sistemas complejos de defensa, como es la sucesión de fosos (Camino 1995a: 164, 209-213). En el grupo de los castros costeros y multivallados podemos introducir a O Corno, al Castelo del Esteiro, al Castiecho y, en menor medida, a la Punta ́l Castiellu (Camino 1995a: 160). Argumentos a favor de una fase prerromana en estos sitios los encontramos en los propios tipos cerámicos "indígenas". Sólo por citar algunos ejemplos podemos aludir al borde de la vasija de Os Castros (Castropol) -de cocción reductora, exvasada y degrasante cuarcítico y micáceo grueso-, que Camino (1995a: 209) fecha en un periodo claudio-flavio y asocia a otro borde del ya mencionado castro de O Corno, pero que, sin embargo, tiene sus paralelos más evidentes en los bordes facetados que desde el s. IV a. C. son frecuentes en amplias zonas del NO (González Ruibal 2003a: 410), especialmente en la zona cantábrica, con un buen repertorio en la Campa Torres (Maya y Cuesta 2001) y en el interior de Galicia, con numerosos ejemplos en el pontevedrés yacimiento de Castrovite (González Ruibal y Carballo 2001). Lo mismo ocurre con las vasijas de perfil flexionado y borde exvasado, como la obtenida del Castelo del Esteiro, que si bien primero se califica como "una olla de cocción de producción indígena" (Camino 1995a: 54), más adelante se le otorga al poblado una fecha claudio-flavia (Camino 1995a: 210). Respecto al tema de las defensas complejas basadas en fosos, terraplenes y murallas en castros costeros existen multitud de ejemplos marítimos en la región atlántica -como en Galicia y Bretaña (González Ruibal 2003a:444) o en Cornualles, Gales, oeste de Escocia y oeste de Irlanda (Cunliffe 2001:362-363)-muy similares a los asturianos y que arrancan en la Segunda Edad del Hierro. No debemos caer en el error, ya anunciado por Aurelio de Llano hace casi cien años, de datar los castros en su última fase de ocupación -que en la mayoría suele ser romanasin haber hecho excavaciones metódicas (De Llano 1919: 48). De hecho Jorge Camino (2002: 141-142) ha corregido su propia tesis y recientemente ha propuesto el origen prerromano de la mayoría de los castros, apuntando también a su comprobación mediante excavaciones. Los ejemplos del occidente de la región serían especialmente confusos ya que algunos de ellos florecieron en época romana por la minería del oro. También es complejo datar una escoria de hierro (1) recogida recientemente en superficie en el Castiellu de Fozana (Siero) (Lám. Uno de nosotros ya propuso fechas romanas y alguna reocupación medieval por la aparición de cerámicas como TSH y un fragmento con decoración peinada (Fanjul 1998-99: 374). La morfología general del castro, y la aparición de manos de molinos barquiformes, algún fragmento de cerámica a mano de cocción reductora y de una fíbula de caballito (2) nos hace plantear, no obstante, el origen prerromano de este yacimiento. Quizás con más seguridad podamos otorgar fechas de la Segunda Edad del Hierro para una gran escoria plano-convexa (Fig. 1) proveniente del castro de las Torres de Tremao (Cangas del Narcea), y actualmente en poder de un vecino del lugar, quien también cuenta con un amplio lote de materiales, destacando la cerámica indígena, debido a las reiteradas labores agrícolas en el interior del poblado. En los recientes sondeos efectuados en el castro de La Garba (Teverga, noviembre del 2004), realizados dentro de un estudio global basado en la revisión territorial de los castros del valle del Trubia (Fanjul 2003), han aparecido nuevos e interesantes datos sobre paleometalurgia del hierro. Ubicado en un promontorio en ladera que controla la totalidad del valle de Teverga, a 869 metros de altura, La Garba es un castro de grandes dimensiones, estructurado en hasta cuatro terrazas fortificadas a diversa altura, a las que se accede después de atravesar un sistema defensivo complejo formado por un enorme antecastro, fosos y contrafoso central excavado en la roca. Dichos sondeos, aparte de aclarar el uso habitacional en diversas épocas de las terrazas fortificadas, han dado con la muralla exterior del poblado, que viene a ser por su longitud entre 300 y 400 metros, una de las murallas castreñas prerroma- (1) Se trata de una escoria de hierro, de 228.8 g de peso, procedente de la reducción de mineral de hierro. Sus medidas son: longitud 90 mm, anchura máxima 63.5 mm y grosor máximo 30.5 mm. Se observan, además, adherencias vegetales una vez lavada, concentraciones de hierro reducido y concentraciones de pirita, que a veces aparecen en las escorias como contaminantes residuales de la mineralización original. También se aprecian pequeñas oquedades propias del enfriamiento posterior a la reducción del mineral. Ma Jesús Rodríguez de la Esperanza este análisis preliminar (2) Un vecino del lugar nos dio la noticia de que su abuelo sacó un caballito de bronce hace unos cien años en el lugar del castro, a todas luces una nueva fíbula de caballito que debe sumarse al catálogo de las ya conocidas en el territorio asturiano. I. Escoria de hierro del Castiello de Fozana (Siero). nas más extensas de Asturias. Adosado a la zapata externa de esa línea de muralla exterior, exhumamos el relleno de un hoyo, de estructura ovoide, excavado en la roca caliza y de casi un metro de profundidad (Lám. En su interior aparecieron numerosos carbones, fauna y escorias de hierro, así como gotas de fundición de bronce, ayudándonos todo ello a fechar los momentos en que esa línea defensiva estaba en pleno uso. Las posibles interpretaciones como cubeta metalúrgica, al modo de los de la Campa Torres, como basurero de un taller metalúrgico cercano o como horno para la reducción de hierro, hipótesis que vendría avalada por los numerosos restos de arcilla rubrefactada unidos a las escorias de hierro, pero que se encuentra con el inconveniente de la excesiva profundidad de la solera, hay que tomarlas con precaución ya que sólo ha sido desenterrada una parte mínima de la estructura por ubicarse justo en la esquina del sondeo practicado. Junto a estas evidencias también hallamos algunos restos del despiece de areniscas ferruginosas con mineral de hierro, que demuestran un proceso por el cual las areniscas con más mineral de hierro serían transportadas en pequeños bloques hasta el poblado, y allí se realizaría su progresiva separación. Del castro de Charón (3) (Cangas del Narcea) sabemos que apareció un fragmento de hierro en la cimentación de una cabaña circular del sector 1 cuya vida debió alcanzar el periodo romano, ya que en el basurero contiguo apareció el único fragmento de TS localizado en las intervenciones efectuadas (Maya y De Blas 1983: 162). Aparecieron otros objetos de hierro irreconocibles en otros sectores de este yacimiento, que parece que estuvo ocupado, por la tipología de los materiales obtenidos, desde comienzos de la Edad del Hierro hasta el periodo altoimperial. Los frenos y piezas de grupera encontrados en una cueva del Pueblo Bajo de Lledías (Llanes) son asumidos vagamente como "astures" (Maya y Cuesta 1995: 72). Ya vimos más arriba cómo el bocado de caballo de Llagú no arroja luz a esta imprecisión cronológica. En este último yacimiento podemos decir que sí es conocida la cronología de numerosos clavos de cabeza plana circular, de un martillo/yunque de posiciones múltiples y de un cincel, ya que se exhumaron en cabañas de fechas julio-claudias y flavias, y en un "vertedero romano" en el caso del cincel (Berrocal, Martínez-Seco y Ruiz 2002: 186-194). Las escorias de hierro recogidas en este yacimiento se adscriben globalmente también a los niveles romanos (Criado, Martínez y Bravo 2002: 310-312). No sabemos si las escorias recogidas en la "casa Estrabón" del castro de San Chuis son producto de la metalurgia del hierro o de la del bronce, pero si es clara su cronología a partir del s. I d. C. puesto que aparecieron junto a Terra Sigillata, cerámica a la barbotina y cerámica de engobe rojo (Jordá 1994: 154). En general parece que en San Chuis destacan los objetos de hierro por encima de los de bronce, y en concreto aquellos materiales relacionados con la carpintería y la construcción como clavos y escarpias, aunque también aparece algún cuchillo y "escorias vidriadas" (Adán y otros 2000: 18). Una punta lanceolada de lanza y enmangue tubular y un cuchillo con espiga para el enmangue y arito de bronce para sujetar el mango del Chao Samartín, encontrados en contexto doméstico, se fechan en el s. I d. Hoyo con restos metalúrgicos en la cara externa de la muralla del recinto exterior del castro de La Garba (Teverga). (3) El nombre de este castro aparece habitualmente como Larón, y otras como Llarón, sin embargo, consideramos oportuno mantener el topónimo original en su versión asturiana occidental. Parece que en este castro occidental hay un aumento cuantitativo de objetos de hierro en época romana, representado en diversos útiles asociados a la vida cotidiana, como pueden ser los miles de clavos o los goznes de la puerta de madera de la gran plaza junto a la puerta del poblado (Villa 1998a: 15, 22). De hecho se asume la presencia de herreros entre los artesanos que trabajaron en los dos primeros siglos de la era en este lugar (Villa 1998b: 38). La única escoria de sangrado de la que hay noticias en Asturias es la de Carcedo (Valdés) en el occidente de la región, obtenida en prospección y catalogada como de tiempos históricos ya que esta tecnología era desconocida, en líneas generales, en la protohistoria peninsular (Gómez Ramos 1996: 152). CASTROS Y MINAS EN ASTURIAS Son tres los principales aspectos problemáticos en la relación entre castros, minas e industria metalúrgica. Por un lado, aparte de desconocer la cronología de muchos de los emplazamientos fortificados, como vimos más arriba, aún no se ha conseguido fechar en la Edad del Hierro ningún lugar de extracción de mineral de hierro; además, algunas de las referencias a escorias de fundición podrían corresponder a restos de metalurgia de base cobre y, finalmente, existe la ya mencionada dificultad de interpretar como minería férrica muchos de los túneles y trincheras existentes, sobre todo en el sector occidental, donde podrían ser restos de minería aurífera -como ocurre en las cercanías de As Croas de Castro y As Croas de Salcido, en San Tirso de Abres. El mineral de hierro se encuentra generalizado en todo el territorio asturiano en diversos modos, ya sea en bolsadas dentro de la caliza o mezclado con areniscas ferruginosas u otros materiales (Aramburu y Bastida 1995). Las principales áreas de concentración del mineral en la región son las siguientes: el Monte Naranco -con limonita-, Teverga, Somiedo -especialmente el Valle del Pigüeña-, Lena, Ponga... y en general las calizas de la montaña central, el Valle del Narcea -en lugares como Bisuyu-, el Valle del Navia -con limonita-, la sierra del Sueve y diversos puntos de la costa central -Aboño y Gozón-y occidental -como la siderita de Castropol o la ghoetita de Valdés-(Aramburu y Bastida 1995; Maya 1990: 197). Respecto a los yacimientos vinculados a explotaciones férricas se puede observar en el mapa de la figura 2 que existe una mayoría de puntos ubicados en el sector central de la región. Esto no es sólo debido a un mayor conocimiento del poblamiento de este sector (Fanjul y Menéndez 2004), sino a la mayor dificultad que existe en la vertiente occidental para identificar correctamente antiguas explotaciones de hierro. Al estar encajado el mineral de hierro en la cuarcita y la pizarra, a veces con escasa potencia, las huellas que permiten su identificación como áreas de extracción son mucho más escasas y, en ocasiones, cuando permiten observar sistemas de túneles, al estar anexos a zonas de posible explotación aurífera, suelen ser identificados como restos de minería de oro de época romana. Entre esos sistemas de explotación también es posible encontrar una amplia diversidad de huellas en el paisaje, entre las que destacan las ya mencionadas galerías. Además encontramos minería de superficie, trincheras, frentes rocosos, socavones en bolsadas y pozos verticales (Gutiérrez y otros 1999: 18). Algunos autores consideran que la explotación de minerales de hierro mediante pozos verticales y galerías no pudo darse en tiempos protohistóricos (Esparza 1986: 233), mientras que otros sólo asumen como posibles en época antigua las pequeñas explotaciones a cielo abierto (Berrocal, Martínez y Ruiz 2002: 30). Sin embargo, el reciente hallazgo de pozos de sílex neolíticos de hasta 20 m de profundidad y completamente verticales en el yacimiento de Casa Montero (Madrid) (Consuegra, Gallego y Castañeda 2004) o las referencias de minería mediante galerías entre grupos de tecnología sencilla y desarrollado igualitarismo socioeconómico, como son los de la región de Phalaborwa en Sudáfrica (Van der Merwe y Scully 1971: 181), nos hacen pensar que estas formas extractivas fueron perfectamente viables en la Edad del Hierro asturiana, y que su negación para este periodo proviene de ciertas concepciones evolucionistas de la tecnología. De hecho dos dataciones radiocarbónicas claramente prerromanas sobre restos de madera encontrados entre 13 y 50 m de profundidad en el complejo minero de Boinás (Belmonte de Miranda, Asturias) lleva a Ángel Villa (1998c: 178) a plantear "la práctica de algunas formas de minería compleja por parte de poblaciones indígenas...". Las explotaciones de mineral de hierro de Cabarga (Cantabria), trabajadas al menos desde la Primera Edad del Hierro, también comprenden todas las formas posibles: galerías, ampliación de grietas, seguimiento de filones superficiales y pequeños pozos o socavones (Torres 2003: 273-274). La documentación de estos yacimientos de minerales de hierro, aparte de las referencias a explotaciones antiguas en la bibliografía minera (Fuertes 1884), proviene mayoritariamente de un análisis intensivo de la toponimia local, donde los términos mayoritarios de "Venero", "Lavadero", "Ferrero" o "Mina" (Argüello 1996) nos ayudan a localizar antiguas áreas de explotación o transformación del hierro, como en los ejemplos de Los Castros y El Castro, en Los Oscos. Aun así, con una base documental de estudio compuesta por un grupo de yacimientos con clara vinculación a la minería o transformación del hierro, podemos apuntar diversas consideraciones respecto al paisaje castreño. En primer lugar, la mayoría de los asentamientos que disponen de escorias de hierro distan siempre menos de 1 ́5 -2 Km. a las áreas de extracción, coincidiendo además entre ambas, siguiendo los casos que disponemos, vías naturales que facilitan la comunicación. Algunos ejemplos los tenemos en el castro de Peña Constan-cio (Santo Adriano) -donde la carta arqueológica local da noticias de la aparición de una escoria de hierro-con respecto al valle minero de Lavares, en donde se encuentran bolsadas de mineral de hierro en galerías (Lám. III); en el ya citado Castiellu de Lám. Castro de Peña Constancio (Santo Adriano), anexo al valle minero de Lavares y en donde apareció en superficie una escoria de hierro. Fozana con respecto a la sierra de la Grandota, en la que se han localizado minas en galería, y donde se corrobora la vía prehistórica, transversal a una posterior vía de paso romana, por la densidad de yacimientos en ese eje (Fanjul 1998-99: 376); o el Picu Castiellu de Melendreros de Bimenes con una mina en galería de hierro en la sierra de Peñamayor a menos de 1 Km. en línea recta (Lám. Pese a la cercanía evidente entre numerosos yacimientos costeros y algunas de las vetas de mineral de hierro más importantes de la costa cantábrica, así como las noticias de hallazgos de escorias férricas y huellas de trabajos metalúrgicos mencionados más arriba, algunos autores no consideran oportuno tener en cuenta estas referencias por la falta de un claro contexto cronológico y funcional de las mismas (Camino 1995: 191). Sin embargo, parece bastante probable que el mencionado castro de La Punta'l Castiello de Gozón explotara los veneros de las inmediatas Playa Negra, Playa de Portazuelos y del yacimiento de Llumeres (Álvarez 2002: 20-21). En el caso de la Campa Torres, la riqueza en minerales de hierro de la inmediata ría de Aboño tampoco sería desconocida para sus habitantes. También José María Flórez (1878: 11) reconoció restos de "óxido de hierro" en el mismo monte en el que se sitúa el Castelón de Coaña. Del mismo modo el Picu'l castru de Caravia debió explotar la riqueza férrica del Fitu, en la cercana sierra del Sueve (De Llano 1919: 66). Respecto a Llagú, sus excavadores reconocen filones de hierro cercanos a la vía romana que discurre en el entorno del yacimiento, pero se descarta, sin motivos aparentes, su explotación antigua (Berrocal, Mar-tínez y Ruiz 2002: 29-30). Dentro del mayoritario paisaje calizo que rodea el castro de La Garba, adosado a la pared occidental de la sierra de la Sobia y a menos de un kilómetro del yacimiento, hemos localizado un barranco con numerosas grietas naturales de escaso tamaño, conocido en la zona como Las Fuercigas (García Arias 1993) (Lám. V), que viene a ser la única área de todo el entorno de 5 kilómetros alrededor del yacimiento donde se puede extraer el tipo de arenisca que encontramos como desecho, dentro y alrededor del hoyo con restos metalúrgicos comentado más arriba. La cercanía entre castros y explotaciones antiguas de mineral de hierro se percibe también en algún yacimiento muy cercano a los castros de Teverga, pero ya en territorio leonés, como es el caso de la Collada de Aralla (Gutiérrez 1986-87: 330-331), zona con la que el territorio tebricense tiene excelentes comunicaciones a través del paso natural del puerto de Ventana. A menos de 5 km. de los castros se encuentran las mineralizaciones de hierro en otras zonas de León, como demuestran los ejemplos de la Corona de Corporales y del Castrelín de San Juan de Paluezas (Fernández-Posse y otros 1993: 215). En el caso del noroeste de Zamora parece que hay una fuerte vinculación entre los castros y el afloramiento del mineral de hierro, con numerosos ejemplos en los que éste aflora en el propio poblado. Se plantea incluso la existencia de poblados especializados en la minería y la metalurgia del hierro (Esparza 1986: 233-234). También en la vecina Cantabria hay numerosos ejemplos de vinculaciones de yacimientos a explotaciones de hierro, siendo los casos más evidentes los castros que, como Castilnegro, se sitúan en Peña Cabarga Lám. La sierra de Peñamayor, en la que se localizan varias minas de hierro, incluyendo una en galería, vista desde el Pico Castiello de Melendreros (Bimenes). V. Posibles explotaciones antiguas de mineral de hierro de Las Fuercigas vistas desde el castro de La Garba (Teverga). Esta sierra podría corresponderse con el altísimo monte cercano a la costa y formado todo por hierro, que Plinio menciona (Torres 2003: 273). En general parece que la costa de Cantabria, donde últimamente se están localizando multitud de castros, es muy rica en hierro (Peralta 2000: nota 712). En otros muchos casos la presencia de minas de hierro es mucho más inmediata, incluso a menos de 300 metros del poblado, siendo la existencia de vetas de mineral un posible factor más en la elección de la ubicación del poblado. Es lo que ocurre en los ejemplos de la Cogolla de Cesa en Nava, del Picu Castiellu de la Collada en Siero o de Peñacova en los Oscos. Otro grupo de yacimientos, sin disponer de grandes vetas en sus cercanías, parece que aprovechan pequeños filones que surgen en sus entornos cuarcíticos, igualmente en la misma base geológica donde se localiza el poblado -caso de El Picu'l Cogollu de las Cuestas, Oviedo-, hallándose en algunos de estos lugares marcas de cuñas metálicas que nos indican su método de extracción -como las encontradas en un filón a 300 m de El Cerco la Pumará, Laviana, de unos 5 cm de longitud-(Fanjul y Menéndez 2004: 91). La concentración del poblamiento castreño en torno a los a cursos fluviales debió aumentar las posibilidades de obtención de mineral, debido tanto al hecho de que a veces el hierro aparece en bloques individuales en los ríos -el caso más significativo en el bajo Trubia-, como por la ayuda que significa la erosión hidráulica en la base de peñas rocosas que disponen de mineral. No nos debe extrañar este modo de obtener la materia prima ya que en numerosos ejemplos africanos se constata cómo se suele recurrir al hierro de los pantanos, de peor calidad pero de obtención mucho más sencilla (González Ruibal 2003b: 42). Respecto a la tecnología empleada para la reducción del hierro, diversos autores creen que en la Protohistoria peninsular los hornos con sangrado de escoria serían una excepción. Se proponen dos tipos de horno básicamente, el de cubeta y el de chimenea, cuyas diferencias radican en las diversas proporciones entre altura y anchura. Ambos son tipos pequeños, con la solera excavada en el suelo, y no pasarían de 50 cm de diámetro y de un metro de altura, aunque en las excavaciones es difícil diferenciarlos porque no suelen quedar partes estructurales (Gómez 1996: 147; Rovira 1993: 59), ya que para la extracción de la esponja férrica se suelen desmontar las paredes del horno, que suelen tener unos 10 cm de grosor (González Ruibal 2003b: 48; Nosek 1985: 166). Como vimos más arriba aparecen restos de paredes de hornos en la Campa Torres y el Picu Castiellu de Moriyón, además de las vagas noticias del Castelo del Esteiro. De todos modos no se debe descartar la posibilidad, especialmente en aquellos casos en los que las zonas de extracción de mineral de hierro están muy próximas a los castros, de que la reducción del mineral se hiciera en el entorno inmediato de dichos lugares. En este sentido podrían interpretarse unas estructuras localizadas en un monte denominado El Castiello, a unos 300 m del mencionado castro de El Cerco la Pumará (Laviana). En aquel lugar se observa una antigua explotación de mineral de hierro en un frente de entre 30 y 50 m mediante la técnica de seguir el filón, pero siempre a cielo abierto y sin restos de galerías o túneles (Lám. Las toberas de aireación, de las que tenemos ejemplos variados en la Campa Torres (Maya y Cuesta 2001: 239), se situaban muy cerca del suelo exterior del horno y solía haber un pequeño agujero en la cara opuesta de éste para la salida de los gases (Nosek 1985: 168, figs. 2-7). Es a la altura de las toberas donde la temperatura alcanzada es mayor y donde, siempre que se sobrepasen los 800o C, se forma la esponja férrica embebida en escorias (Rovira 1993: 58-59) (Fig. 3). Aurelio de Llano ya adelantó que por la oxidación de los materiales podría tratarse de "hierro dulce" el encontrado en el Picu'l castru de Caravia (1919: 66-68). No obstante este método visual se considera actualmente muy poco fiable, especialmente con hierros dulces y aceros que llevan más de dos mil años de corrosión. Hoy sabemos que el hierro dulce es el que se produjo mayoritariamen-Lám. Frente rocoso de la extinta veta de hierro del lugar conocido como el Castiello, en las cercanías del castro el Cerco de la Pumará (Laviana). te en los tiempos protohistóricos peninsulares debido al uso de combustible vegetal en lugar de carbón mineral, lo que imposibilitaba llegar a la temperatura de fusión del hierro (1560o C) (Gómez Ramos 1996: 146), y también por las propias estructuras de los hornos y las condiciones termoquímicas del trabajo. Sin embargo se conocen algunas lupias protohistóricas con amplias zonas aceradas en yacimientos celtibéricos (p. ej. Rovira y Burillo 2003: 465). El hierro dulce, caracterizado por tener menos del 0.02 % de carbono, es más duro que el cobre, pero menos que el bronce de calidad (Rovira 1993: 62). Pero solían ser frecuentes los procesos de carburización en la Edad del Hierro con el posterior trabajo del hierro dulce en la fragua, lo que aumentaba la dureza de los útiles (Rovira 1993: 64-65). De hecho, el puñal Monte Bernorio de Caravia nos hace plantear la hipótesis de la arribada a Asturias de técnicas metalúrgicas tan desarrolladas como son el DCH o "revestimiento chapado de hierro con soldadura intermedia de bronce, sobre un núcleo de hierro" que parecen estar presente en numerosos puñales y tahalíes de este tipo de la necrópolis alavesa de La Hoya -s. Lo que sí parece seguro es que los conocimientos tecnológicos del Bronce Final fueron los suficientes como para que se adoptara la tecnología del hierro sin muchos proble-mas, algo que se corroboraría con la similitud de los primeros objetos de hierro con los de bronce (Junyent 1992: 23). METALURGIA Y SOCIEDAD: HIPÓTESIS DE TRABAJO Seguramente la tecnología de la metalurgia del hierro fuese conocida desde comienzos de la Edad del Hierro en el área cantábrica por los broncistas de cada poblado, como denotarían los tempranos restos -escorias de hierro y posible horno de reducción en niveles del s. VII a. C.-en el castro de Castilnegro (Valle y Serna 2003: 363, 376) y los numerosos restos de escorias de este mismo metal en el castro de comienzos de la Edad del Hierro de La Garma (Pereda 1999: 76), ambos en Cantabria. Hay una escoria de hierro datada radiocarbónicamente en el siglo IX a. También es conocida la tecnología siderúrgica en fechas tempranas en el NO, como revelan los abundantes objetos de hierro de Torroso (Pontevedra) del s. VII a. C. (De la Peña 1988), los restos informes de Castrovite (Pontevedra) fechados radiocarbonicamente entre los siglos VIII-VI a. C o los pequeños fragmentos que se localizaron en el castro de la Primera Edad del Hierro de Neixón Pequeno (González Ruibal 2003a: 198-199). Del s. VI y principios del V a. C. parecen ser los escasos objetos de hierro encontrados en estaciones soteñas del NO de la Meseta (La Mazada, Valencia de Don Juan, Villacelama, Gusendos de los Oteros y Manganeses de la Polvorosa). Entre los objetos reconocibles destacan los puñales -uno de ellos afalcatados-y un hachita plana (Celis 2002: 115). No contamos aún con pruebas concluyentes para asegurar la existencia de metalurgia del hierro en la Primera Edad del Hierro en Asturias, pero visto el panorama de las regiones circundantes y la presencia de objetos del nuevo metal en niveles antiguos de diversos castros asturianos podemos deducir que medió poco tiempo desde que llegaron los primeros objetos de hierro -seguramente por contactos con la Meseta puesto que no se atestigua presencia mediterránea más al norte de las Rías Baixas hasta el s. V a. C.-hasta que la nueva técnica fue asumida por los broncistas de cada poblado. No obstante da la sensación de que en Cantabria la importancia de la metalurgia del hierro en fechas tempranas fue mayor que en los yacimientos al oeste del río Sella, que por el momento es la zona asturia-Fig. Zonas de potencial explotación de mineral de hierro (trama rayada) en un radio de 2 Km. alredeor de tres castros (gris oscuro) en los que hay evidencias de metalurgia de hierro. Arriba los marítimos Campa Torres (izquierda) y Gozón (derecha) y abajo La Garba. na donde contamos con poblados de comienzos de la Edad del Hierro. De hecho se ha propuesto para la zona del Alto Ebro la posibilidad de entrada de estos conocimientos tecnológicos a través de los pasos del Pirineo occidental en momentos precoloniales (Junyent 1992: 27). Como vimos más arriba sería a partir del s. IV a. C. cuando se desarrolla definitivamente la metalurgia del hierro, por lo que para los escasos objetos de hierro de la Primera Edad del Hierro podemos suponer una escasa repercusión social. Sin embargo, no se constata un proceso homogéneo en el territorio asturiano. La zona oriental, con yacimientos como Moriyón o Caravia, destaca claramente por la cantidad y diversidad de sus lotes de objetos de hierro. Básicamente se trata de herramientas (azuelas, hachas, martillo, hoces, caramillera) y de objetos que tienen que ver con el mundo masculino de la representación de la violencia y con la construcción social del cuerpo masculino (puñales, puntas de lanza, regatones, puntas de flecha, enganches de tahalí, fíbulas). Es evidente que el conjunto de herramientas de hierro tiene una clara conexión con la explotación más intensiva del medio. Sin embargo, la ubicación de los dos yacimientos citados (Camino 2002: fig. 5) pone de manifiesto que en la Segunda Edad del Hierro se sacrifican las mejores tierras agrícolas a cambio de ubicaciones más conspicuas en el paisaje. Por lo tanto no se materializa en esta zona un "paisaje cóncavo" (Criado, dir. 1992: 250) o una "conquista del valle" (González Ruibal 2003a: 226), como ocurre en el occidente de Galicia, sino que más bien el modelo se asemeja al de otras zonas montañosas que basan su riqueza en la ganadería de bóvidos como Tras-os-Montes (González Ruibal 2003a: 229). Es posible que el control de los yacimientos de óxidos férricos (Camino 1995b: 125), así como de pastos para el ganado bovino, esté detrás de las nuevas ubicaciones en altura, y que la metalurgia del hierro supusiera un modo de suplir el menor rendimiento agrícola de estos terrenos, sin descontar el posible uso de muchos de estos útiles -hachas, hoces-para clarear el bosque y ganar terrenos de pradera (Romero Masiá 1987; Teira Brión 2003). En general, el conjunto de herramientas de hierro de los castros asturianos revela una menor evidencia de las labores agrícolas, que pudieron seguir realizándose con tecnología de madera como ha sido frecuente en el campo tradicional asturiano hasta hace bien poco -layas, arado de madera, mesories-, y también una menor variedad tipológica si lo comparamos con los ejemplos gallegos (Teira Brión 2003), especialmente los de la costa occidental que es donde la intensificación agrícola fue mayor. Si podemos relacionar los útiles de hierro con el aumento de productividad tanto agrícola como ganadera también se constata el prestigio de esta tecnología en lo que a la acumulación de capital simbólico (sensu Bourdieu 1994) se refiere, especialmente en relación al mundo masculino. Casos como el Picu'l castru de Caravia, con su cinturón de casas tras la línea de muralla, de tamaños semejantes y construidas con materiales perecederos, y sin evidencias de acumulación de excedentes -características muy similares a las de Moriyón (Camino 2002: 146)-no revelan una sociedad jerarquizada sino más bien una de tipo comunal o segmentaria, pese a que algunos autores justifiquen vagamente una "jerarquización social" por la mera presencia de metalurgia (Camino y Viniegra 2002: 31). Ello no quiere decir que no existan las desigualdades sociales, ya sea en el sentido de las heterarquías propuestas por Sastre (2002) o en el de la creciente desigualdad de género. El conjunto de los hombres del poblado, aquellos agricultores y ganaderos que a la par son guerreros, consolida una ideología belicosa en la Segunda Edad del Hierro que le hace acumular poder y distanciarse del otro gran grupo social, el de las mujeres, también agricultoras y ganaderas, como no puede ser de otro modo en grupos pequeños y de escasa diferenciación social, que comienza a encontrarse cada vez con un menor espacio social, pero en cuyas manos aún sigue estando la producción de la cerámica, realizada "a mano" o rotación lenta hasta la romanización. Armas, fíbulas y enganches de tahalí aparecen en contextos domésticos tanto en Caravia (De Llano 1919:44) como en Moriyón -por ejemplo el regatón de la cabaña 2-(Camino 1996: 28), así como en el Chao Samartín. Ello indica no sólo la total asimilación de la nueva tecnología siderúrgica en las prácticas cotidianas, cuyo exponente más evidente es la caramillera del hogar de la cabaña 2 del Picu Castiellu de Moriyón (Camino 1996:28), sino también la naturalización de una nueva construcción social del cuerpo masculino, como cuerpo político y guerrero. Esta mayor atención al cuerpo de los hombres también se constata por el creciente número de elementos de adorno del cuerpo masculino en los siglos finales de la Edad del Hierro (González Ruibal 2003a: 344), como pueden ser los distintos tipos de fíbulas, la mayoría de bronce -un buen repertorio lo encontramos en la Campa Torres-, o los tor-ques en el occidente de la región, en contraposición a alguna arracada y brazalete, presumiblemente joyas femeninas. El carácter doméstico de las armas revela la configuración de un nuevo habitus y la asimilación de una hexis corporal diferencial para hombres y mujeres. Este proceso se aceleró a partir del s. II a. C., como revelan las puntas de lanza, regatones y cuchillos afalcatados así fechados en la Campa Torres. En general la panoplia guerrera se compone de lanzas y puñales -de antenas en la zona occidental, afalcatados en el resto de Asturias y un ejemplo Miraveche-Monte Bernorio en Caravia-. La ausencia de espadas largas, y por tanto de una posible lucha aristocrática como en el Bronce Final, casa bien con la escasa jerarquización social de estos grupos y con las noticias que arrojan las fuentes clásicas sobre el modo de guerrear de estas gentes, mediante la guerrilla y la emboscada principalmente. Si bien en los castros orientales la siderurgia ganó terreno respecto a la metalurgia de bronce, que se siguió dando tanto en Caravia como en Moriyón, y en un marco de intercambio heredado del Bronce Atlántico (Camino 2002: 149), en castros del centro de la región como Campa Torres o Llagú la metalurgia del bronce continuó ostentando un puesto de importancia en la producción artesanal, con unos materiales de gran calidad, casi siempre dentro de los objetos de adorno y prestigio, como ya adelantó Maya (1988/89). De hecho da la sensación de que los objetos de bronce tienen en la zona central de Asturias el valor social que debió tener el oro en el occidente de la región y en otras zonas del NO. La Campa Torres es el mayor de los castros asturianos, destacando con sus 8.5 hectáreas habitables (Camino 1995: 129) en un panorama donde es raro el castro que supera la hectárea. El elevado número de importaciones mediterráneas, los excelentes puertos naturales a los pies del yacimiento y el carácter de hito referencial del Cabo Torres para los marineros actuales hace pensar a sus excavadores que la orientación básica del yacimiento es comercial y que precisamente son los objetos manufacturados de bronce los que usarían los habitantes del castro para sus intercambios (Maya y Cuesta 2001: 252-256). Es evidente que la producción metalúrgica de este yacimiento supera la escala de autoconsumo o de intercambio local. Más bien encontramos un aumento y especialización de la producción, algo que también comprobamos en otros casos del NO como Coto do Mosteiro (Orero Grandal 1988), por lo que recientemente se ha in-terpretado este castro orensano como un suministrador de objetos metálicos a los castros vecinos (González Ruibal 2003a: 261). El carácter especial de la metalurgia de la Campa Torres también se corrobora por la mayor ubicuidad de sus restos metalúrgicos. Frente a la localización en una zona concreta del poblado, que es lo habitual en el resto de ejemplos asturianos, como veremos más abajo, en la Campa Torres se procesó el metal tanto en la zona de las murallas como en la llanada interior (Maya y Cuesta 2001: 238). El caso de Llagú es muy parecido, pues parece haber restos metalúrgicos por todo el yacimiento, aunque también destaquen los localizados en el sector sudoeste, junto a la muralla (Berrocal, Martínez y Ruiz 2002: 195-200). La situación de Llagú como comunidad de paso entre los yacimientos cupríferos de la sierra del Áramo y las vías de comunicación del centro de la región, así como el control de los vados de Puerto-Caces, podría explicar la alta producción broncínea del poblado y su clara orientación metalúrgica (Berrocal, Martínez y Ruiz 2002: 27-30). Común a la Campa Torres y a Llagú es el hecho de que la metalurgia del hierro, si bien está presente, tiene un papel muy pequeño con respecto a la del bronce. Seguramente las producciones de hierro fueron orientadas al consumo interno, en los sentidos mencionados más arriba, y no tanto al intercambio, como ocurriría con las piezas de bronce. También comparten ambos yacimientos la necesidad de contactos a larga distancia para obtener el cobre y el estaño. Para Llagú se ha propuesto el Áramo, a unos 10 km., para la obtención del cobre (Berrocal, Martínez y Ruiz 2002: 27). Para la Campa Torres se asumen también las minas de esta montaña, así como las del Sueve, a unos 35/40 km. en línea recta hacia el oriente, mientras que para el estaño habría que irse a unos 50 km. en dirección a Galicia (Maya y Cuesta 2001: 239). Respecto a las explotaciones de cobre del Áramo debe anotarse que de momento sólo se han corroborado éstas para la Edad del Bronce y que también fue perfectamente factible la explotación de los filones de cobre en caliza dispersos en la montaña central asturiana. Como queda de manifiesto no se pueden aducir determinismos geológicos para esta metalurgia diferencial bronce/hierro. Al menos para estos dos yacimientos no sirven los modelos propuestos para los castros del NO en los que se entiende que son comunidades cerradas sobre si mismas que se autoabastecían de materias primas (Sastre 2002; Fernández-Posse y Sánchez Palencia 1998). Otros au-tores aluden también a estas redes de intercambio para el caso de las cerámicas, puesto que Moriyón, Caravia y la Campa Torres comparten las mismas decoraciones (Camino 2002: 150), lo que de nuevo corrobora el contacto entre la costa central asturiana con la cordillera del Sueve en su vertiente costera. Las labores metalúrgicas se suelen concentrar en zonas concretas de los poblados y cercanas a las murallas. Aparte de los ejemplos ya tratados de la Campa Torres y Llagú, tenemos los casos de Moriyón, en donde los hornos metalúrgicos parecen concentrarse en el sector norte del poblado (Camino 1999: 158). Lo mismo podemos decir de las escorias localizadas en el Castiellu de Fozana (Fanjul 1998/99), concentradas en un sector de difícil orografía para el hábitat. También se señaló más arriba cómo en el castro de La Garba se han localizado recientemente restos metalúrgicos en la cara externa de lo que parece la muralla exterior del poblado. Pero sin duda los casos más llamativos son los del occidente asturiano. Así en el Chao Samartín se descubrieron dos hornillos fechados entre los siglos IV-III a. C., de pequeño tamaño y relacionados con la metalurgia del bronce, en un pequeño pasillo entre la muralla y las estructuras C-1, C-9 y C-13. En ellos aparecieron carbones, escorias y fragmentos de crisol. En un angosto pasillo muy cercano al descrito, y frente a la puerta SE del poblado, también se descubrieron crisoles, lingoteras y un molde de sítula, todo ello asociado a cerámica y también fechado en el s. IV a. C. En el suelo de la inmediata estructura C-10 aparecieron 2,4 kg. de cobre en 24 tortas plano-convexas en una olla bajo el suelo. El posible horno metalúrgico del castro de Mohías se encuentra junto a las defensas del poblado, en la zona donde seguramente se encontraba la puerta de entrada, también en la zona SE del yacimiento (Martínez y Junceda 1968). Este tipo de localizaciones se repite también en Galicia. En Coto do Mosteiro la mayor parte de los 300 moldes de fundición así como escorias de hierro se localizaron en el relleno del foso, aunque éstas también se localizaron en otros sectores del yacimiento (Orero Grandal 1988: 8). En el coruñés castro de Borneiro, las abundantes escorias de bronce y hierro, los fragmentos de crisoles y diversos objetos de bronce y hierro se encontraron en un pasillo entre la estructura 11 y la muralla, en el lado oriental del poblado. Allí también 3 hogares exteriores, algún agujero de poste y abundantes restos de cerámica y huesos (Romero Masiá 1984: 55). En el sector C del castro de A Forca (Pontevedra), el más próximo a la muralla y en el lado sur del poblado, aparecieron varias estructuras pétreas, circulares y rectangulares de esquinas redondeadas, entre las que se encontraba un patio enlosado. Sobre este patio, y también dentro de la estructura A, se descubrieron restos de crisoles, moldes y escorias (Carballo 1987: 16-22). En el valle del Támega, en el norte de Portugal, destacan los restos de un horno de reducción de hierro y las escorias de hierro y bronce en una cabaña de material perecedero junto a la cara interna de la muralla en el castro de Muro da Pastoria (Soeiro 1985/86: 24-25). La tesis tradicional ha explicado estas ubicaciones periféricas por cuestiones funcionales como son evitar los humos y alejar el riesgo de incendios (Maya y Cuesta 2001: 238; Calo 1993: 159). Desde la Etnoarqueología algunos también explican estas localizaciones en los límites de los asentamientos por la necesidad de colaboración entre los artesanos especializados (Bernus y Echard 1985: 77). Sin descartar dichas hipótesis ciertos indicios nos hacen sospechar que la localización liminal de los trabajos metalúrgicos dentro de los poblados pueda responder también a cuestiones simbólicas. La localización de estas artesanías en lugares espe- cíficos de los yacimientos lo que sí revela es que la metalurgia en la Segunda Edad del Hierro comenzó a especializarse y tener un reconocimiento social particular. En algunos lugares como Baroña, el taller se ubica en el exterior de la muralla interna, y en otros como la citania de Sanfins (Portugal) el taller del metalurgo se ubica en la casa X a, en la esquina interior de la primera línea de muralla, pero físicamente en el centro del poblado (Silva 1986: 47), por lo que la marginalidad de los metalurgos sería más social que funcional (González Ruibal 2003a: 417), como se puede corroborar en diferentes ejemplos etnoarqueológicos (por ejemplo Tobert 1985: 279-280). Esos lugares liminales -murallas-además pueden tener otros significados según la orientación en la que estén. Hingley (1997: 12-13) propone que las orientaciones al Este -como Borneiro y Muro da Pastoria-y Sur -como Baroña y Corona de Corporales-sería por la relación de la metalurgia con la fertilidad. Estas orientaciones las comparten en Asturias especialmente los castros occidentales -Mohías y el Chao Samartín-como vimos más arriba. En estos dos casos, además, se encuentran en lugares con tanta carga simbólica como son las puertas de acceso al poblado, y en el caso del Chao el carácter simbólico y ritual del lugar se refuerza con la presencia de una gran cabaña comunal y de una sauna rústica (Villa 2002a: 166). El papel del metalurgo dentro de la sociedad es un tema ampliamente debatido. Pese a ello, en casi todas las interpretaciones se suele atribuir a estos especialistas, sin muchos motivos según Fernández-Posse, Montero y Rovira (1993: 205), cierto prestigio y poder dentro del grupo al que pertenecen. No obstante, en los ejemplos etnoarqueológicos africanos, encontramos posiciones muy variadas del metalurgo dentro de la sociedad, desde respeto y posición destacada hasta desprecio. Lo que sí parecen compartir casi todos los grupos en los que se da este tipo de producciones es la asociación de éstas, y de los especialistas que las desarrollan, con ciertos elementos míticos como son la muerte, el fuego, la procreación, el peligro, la violencia, la magia... Los conocimientos especializados del artesano metalúrgico le convierten en muchas sociedades prácticamente en un semimago (Ruiz Gálvez 1998: 130). Por ello es absurdo, como recientemente se ha criticado para el caso asturiano (Camino 2003: 165), seguir manteniendo las tesis de la teoría económica formalista en nuestros estudios sobre paleo-metalurgia. La perspectiva formalista de la economía se basa en concebir todas las organizaciones económicas, incluso las prehistóricas, como si se tratara de economías de mercado basadas en las leyes de la oferta y la demanda, y donde los individuos intentan optimizar beneficios con el menor costo posible. Desde esta perspectiva se separa lo económico del resto de facetas sociales (Dalton 1976). El riesgo de todo ello es que nuestras interpretaciones poseen un claro sesgo presentista y etnocéntrico, ya que se proyectan hacia el pasado las formas económicas del capitalismo europeo (Rowlands 1986: 745). Este tipo de interpretaciones las podemos observar, por ejemplo, en la perplejidad que supone la "poco rentable" práctica de añadir fundentes silíceos en los hornos de bronce de la Campa Torres cuando este procedimiento sólo es útil en los hornos de hierro (Rovira y Gómez 2001:382-383). Sin embargo este dato, además de corroborar que las labores metalúrgicas del hierro y del bronce estarían a cargo de los mismos especialistas, algo que, por otro lado, ya suponíamos al ver como ambas evidencias suelen aparecer en los mismos lugares, revela la necesidad de no estudiar la tecnología separada de la sociedad en la que se da pues aquella está inmersa y es inseparable de la experiencia de sujetos particulares en la creación de cosas particulares (Ingold en González Ruibal 2003b: 28). En este sentido es útil el concepto de "cadena operativa" entendida como el conjunto de decisiones tecnológicas que están en relación con las características de una sociedad dada (Lemonnier 1986: 149-152). Respecto a las características de las sociedades protohistóricas en Asturias podríamos decir que es muy poco probable que los especialistas metalurgos se aplicaran a tiempo completo en la producción de útiles metálicos, sino que más bien se trataría de ocupaciones estacionales, lo que suele ser habitual en sociedades sin grandes diferencias sociales y en las que no hay evidencia de producción de excedentes (Rowlands 1971: 212-213). Quizás la excepción sea el pueblo de los Cilúrnigos ("caldereros"), que es el que habitó en la Campa Torres en la Segunda Edad del Hierro según la epigrafía, ya que al menos sus producciones broncíneas parecen incentivadas por las demandas comerciales a través de las vías marítimas. Las evidencias metalúrgicas también revelan una clara división sexual del trabajo, puesto que en la mayoría de las sociedades estos trabajos son exclusivamente masculinos y suponen una serie de tabúes y normas, en muchas ocasiones de carácter sexual (González Ruibal 2003b: 50-51). La perduración de la cerámica a mano en Asturias hasta la romanización revelaría que al menos esta artesanía no sería monopolizada por los hombres, como ocurrió a partir del siglo II a. C en ciertas zonas del NO, como es el área bracarense (González Ruibal 2003a: 420), y, en líneas generales, en todas las formaciones sociales meseteñas de la Segunda Edad del Hierro. Tampoco debemos descartar la posibilidad del trabajo infantil, especialmente en la minería, ya que el tamaño de los niños les permite acceder a lugares angostos como galerías. Respecto a las connotaciones del metalurgo dentro del poblado no hay datos concluyentes que nos hagan ver que éstas fueran negativas. No obstante, algunos autores creen que en sociedades donde lo pastoril tiene mucho peso -como es el caso de los castros asturianos-y también en las que la metalurgia lleva relativamente poco tiempo -recordemos que el desarrollo de la siderurgia en Asturias es a partir del siglo IV a. C.hay más posibilidades de que se considere de un modo negativo a estos artesanos (Rowlands 1971: 216). Los castros asturianos revelan evidencias del conocimiento y desarrollo de la tecnología siderúrgica desde la Primera Edad del Hierro. Sin embargo, el desarrollo de esta nueva tecnología parece desarrollarse en la Segunda Edad del Hierro, por lo que el panorama resultante es muy similar al de las regiones limítrofes. En la mayor parte de los casos se han constatado explotaciones antiguas de minerales de hierro, de muy diversa tipología, en las cercanías de los castros, casi siempre a menos de 2 km. del poblado. Ello es posible en Asturias debido a la frecuencia con la que aflora el mineral de hierro, por lo que se propone que la cercanía de posibles explotaciones tuviera un peso importante a la hora de erigir nuevos asentamientos, especialmente aquellos que arrancan en la Segunda Edad del Hierro, que podríamos fechar a partir del siglo IV a. C. Ello pudo ayudar a un proceso de cierto aislamiento político y económico de cada castro, aunque no en todos los casos, ya que algunos ejemplos de la zona central asturiana reflejan el peso de la metalurgia del bronce hasta el periodo romano, lo que les obligó a seguir manteniendo redes de intercambio a larga distancia. Aparte del peso que seguro tuvieron las herramientas de hierro en la explotación del medio, tanto en la agricultura como en la ganadería, se puede observar también cómo los objetos de hierro supusieron un modo de acumular capital simbólico por parte de los hombres, reforzando su papel guerrero en la sociedad, especialmente a partir del siglo II a. C., además de ser una artesanía especializada que con casi toda seguridad fue desarrollada por hombres también. La metalurgia del hierro seguramente fue asumida por aquellos especialistas que ya trabajaban el bronce, ya que poseemos ejemplos de zonas de trabajo compartidas, de útiles que combinan los dos metales y de características tecnológicas de marcado carácter cultural presentes en ambas metalurgias. Además, el trabajo metalúrgico se concentró en determinadas zonas de los poblados, especialmente en las cercanías de las murallas, lo que lleva a pensar en un trabajo especializado -lo cual no se debe confundir con dedicación a tiempo completo-que debió tener una consideración social particular. Se plantea la hipótesis de la marginalidad más social que funcional de los metalurgos por cuestiones simbólicas y de una posible concepción ambigua, más que negativa, de su trabajo. Quizás no sea casual que en las leyendas asturianas se conciba a los herreros como personajes sanadores que contactan con la divinidad, es decir, como la clásica figura del brujo o chamán (De Llano 1993[1925]: 308).
fenómeno de dimensiones únicas en todo el panorama de la orfebrería prehistórica europea. Se trata de tres tipos diferentes de depósitos: los que contienen espirales o cadenas de espirales; los que contienen torques tipo Sagrajas/Berzocana; y los que contienen brazaletes tipo Villena/Estremoz. Analizamos algunos aspectos de la producción, distribución y consumo de este material áureo, sobre todo aquellos referentes a procesos de fabricación y fenómenos de transmisión del conocimiento, lo que nos ha permitido definir distintos ámbitos tecnológicos y sus formas de interactuación en el momento en que un tercer ámbito, de origen mediterráneo, entra a formar parte del escenario. Finalmente, proponemos un marco diacrónico de relaciones entre los tres ámbitos. Los momentos que los arqueólogos llamamos de transición se resisten a ser definidos con nuestras categorias teóricas, simples y nítidas. Una formación social puede verse impelida a acometer cambios estructurales por causas de coherencia interna, o por estímulos e interacciones exteriores que no controla directamente. Tanto en un caso, como en otro, el registro arqueológico reflejará esa circunstancia de diversas formas, en función de una serie de variables complejas, muchas de las cuales pasan desapercibidas, o no dejan huella en el registro. Puede servir de ayuda plantear modelos simpli-ficados que faciliten la comprensión de esos fenómenos sociales complejos, en el caso que nos ocupa la transición de las comunidades indígenas del Bronce Final, en el cuadrante suroeste peninsular, hacia modelos sociales que por sus características ya incluímos en la Edad del Hierro; o lo que es lo mismo, que nos ayuden a comprender el cambio social. El fenómeno que se ha venido considerando motor exterior del cambio es la interacción con los grupos de origen mediterráneo que llegan inicialmente a la costa. Un paso previo a la elaboración del modelo debería tener en cuenta, con los datos de partida, las probabilidades que existen de que una transición transcurra de determinada forma, porque ello nos va a dar la medida de la complejidad del fenómeno que estamos intentando comprender. Un cálculo simplificado, realizado a partir de cuatro variables, supone un total de 48 modelos distintos posibles para una transición: -Ancha/Estrecha: ámbito espacial en el que puede ser detectada la transición. -Larga/Corta: variable temporal del fenómeno que debe ser referida en términos de generación porque es esa unidad la que indica la permanencia o desaparición de la memoria social o histórica, con independencia del tiempo real transcurrido. -Homogénea/Heterogénea: si afecta a todos o a alguno de los individuos, sectores, segmentos o clases sociales de la formación. -Suave/Áspera: refleja el grado de violencia, física, económica o ideológica, ejercido sobre el sector, segmento o clase social afectada por el cambio, o en su caso sobre la formación social completa. Partimos del presupuesto que, debido precisamente a esa variabilidad transicional, existen materiales arqueológicos con mayor capacidad que otros para aportar información sobre aspectos concretos de las formaciones sociales en estudio, aún sabiendo el sesgo que implica la consideración de un solo aspecto sobre la totalidad. El aspecto que vamos a tener en cuenta aquí es el tecnológico y está referido a la metalurgia del oro. La hipótesis es la siguiente: la transición Bronce Final-Hierro en el Suroeste peninsular fue en términos globales ancha, corta, heterogénea y relativamente suave, con cierto grado de violencia o coerción ideológica y económica, por más que se puedan detectar casos puntuales y áreas concretas con características peculiares por darse circunstancias que aquí no podemos contemplar. Para ver cómo se comporta el modelo analizare-mos algunos aspectos de la producción, distribución y consumo de objetos fabricados en oro antes y después de la transición. En definitiva, proponemos analizar los mecanismos de construcción de poder y de acumulación de riqueza que tendrán como resultado la aparición de una sociedad altamente jerarquizada, aristocrática y mercantilista, es decir, el momento en el que empiezan a detectarse comportamientos de mercado (Perea 2000), con independencia de que realmente esté funcionando un juego oferta-demanda tal y como lo entiende la economía liberal; lo que no quiere decir que dejen de practicarse otras formas de intercambio arraigadas y sancionadas por la práctica en el conjunto de la sociedad, o que incluso sean las dominantes. Estos mecanismos son: la identidad, la acumulación de bienes, los intercambios de objetos e intereses, y el componente ritual. La identidad es un producto del entorno social y cultural del ser humano que le permite ordenar su entorno y hacerse cargo de la realidad, ya que éste es incapaz de comprender el caos; no existen identidades naturales, sino que se construyen activamente (Hernando 2002). La creación de una identidad como forma de diferenciación intra e intergrupal es una necesidad tanto del individuo, como del propio grupo. Mi punto de partida está en que para las sociedades jerarquizadas, el surgimiento de las élites lleva aparejada la necesidad de construir su propia identidad como grupo diferenciado y la posibilidad de utilizar políticamente los mecanismos identitarios para generar o consolidar el poder (un buen ejemplo en Porter 2004), lo que significa romper con la tradición para intentar crear otra nueva, que quedará sancionada si es capaz de incorporarse al bagaje normativo del grupo; este comportamiento es cíclico y se repetiría continuamente con distinto ritmo, más acelerado en los momentos que llamamos de transición o crisis. Creemos que a lo largo de la Edad del Bronce surgen y se construyen nuevas identidades de poder en las distintas formaciones sociales de la fachada atlántica peninsular, diferentes a las que habían servido en la etapa anterior; el proceso, una vez iniciado, tuvo que adaptarse a la eventualidad de unas circunstancias como fueron los contactos con gentes, ideas, costumbres y objetos materiales ve-nidos del Mediterráneo. Pero hacemos hincapié en que el inicio del proceso fue interno. Desde el Calcolítico asistimos a la utilización de materiales costosos, exóticos o diferentes en los ajuares funerarios como marcadores de una identidad diferenciada del resto de la comunidad que se enterraba en el mismo espacio, argumento que se utilizó para defender una incipiente estratificación en las sociedades igualitarias (Perea 1991a). Reflejo de las relaciones sociales del grupo o marcador del desarrollo de un concepto de identidad más que de individualidad, el oro ha formado parte de esta serie de materiales valiosos y diferenciadores desde entonces, con ejemplos excepcionales como el ajuar de la tumba portuguesa de Quinta da Água Branca, Viana do Castelo (Inventario 1993: 36-37), o las empuñaduras de Alange, Badajoz (Lám. Precisamente es su carácter excepcional el rasgo que nos interesa destacar aquí porque resulta característico de esta primera etapa formativa en la identidad de los grupos de poder. A partir del Bronce Pleno (Bronce I y II o Antiguo y Medio), surgen ya comportamientos estandarizados en lo que se refiere a la producción, distribución y consumo de oro. Entonces encontramos una serie de depósitos ampliamente distribuidos por la fachada atlántica, compuestos por objetos que responden a un código semántico aparentemente normalizado y ampliamente aceptado: se trata de los depósitos de oro con espirales, o cadenas de espirales fabricadas a partir de un alam-Fig. Mapa de dispersión de depósitos con espirales y materiales asociados. Olivar del Melcón, Badajoz; 12. Lora del Río, Sevilla; 21. Otros hallazgos dudosos no incluidos en el mapa: a) Gibraltar, Covilhâ; b) Castelo Reigoso, Folgosinho; c) Toén, Ourense. bre fino de oro o de una barra maciza con los extremos ligeramente engrosados (Fig. 1). Desde el punto de vista tecnológico son objetos relativamente simples, y es posible que su variabilidad formal pueda relacionarse con diferencias cronológicas, pero la falta de contextos y asociaciones fechables no permite de momento asegurar nada excepto que las espirales de barra con extremos engrosados, más pesadas que las de hilo, y rígidas, habría que situarlas en el Bronce Final. Desconocemos el significado preciso que tienen estos depósitos, que presentan una gran variabilidad en su composición: puede aparecer desde una o dos espirales aisladas, hasta conjuntos de cadenas con un número variable de ellas, o en asociación a brazaletes, y en el caso de Olivar del Melcón y Mérida, una sóla cadena asociada a pequeñas tobilleras y brazaletes (Lám. II) por lo que han sido interpretados como ajuares femeninos infantiles (Rodríguez y Enríquez 2001: 98). Tampoco se trata de un fenómeno exclusivamente peninsular porque, aunque mucho menos frecuentes, conocemos alguna cadena de espirales en Francia, dentro de la serie de túmulos armoricanos, como el de Quimperlé (Carnoët, Finistère) (Eluère 1982: fig. 143). Igualmente podrían relacionarse con los llamados composite and spiral rings de Gran Bretaña (Taylor 1980: 56-57). Las espirales ensartadas unas en otras tiene connotaciones de medida y de partibilidad, es decir, son objetos fragmentarios y fácilmente divisibles que circulan por un amplísimo territorio, con idependencia del tiempo que haya durado ese tipo de circulación; pero lo que es más importante, parece que todos los grupos entienden ese lenguaje, como si el valor y su manifestación se hubieran universalizado. Por ello pienso que estos hallazgos responden a contactos e intercambios entre grupos restringidos o personas que estan construyendo su propia identidad diferenciadora, lo que no quiere decir que estas espirales deban ser interpretadas como los ring money de circulación atlántica, una forma de pre-moneda, sino todo lo contrario. Esta identidad parece que se construye según un modelo fractal. Siguiendo algunos estudios antropológicos, la diferencia entre personas y objetos no estaría tan delimitada y separada como en nuestra cultura actual individualizada e individualizadora; la cosificación de personas y la personificación de objetos es un fenómeno frecuente en etapas relativamente recientes de nuestra protohistoria. Igualmente el concepto de grupo y el de indivuduo es mucho más ambiguo e intercambiable en sociedades tradicionales no occidentales: el grupo es el individuo y el individuo es el grupo. Según un reciente trabajo de Lám. I. Empuñadura de puñal encontrada en Alange (Badajoz). Museo Arqueológico de Badajoz. Depósito de Mérida, compuesto por una cadena de espirales, una tobillera y dos brazaletes. T. P., 62, n. o 2, 2005 Fowler (2004: 48 y ss.) que recoge varios estudios sobre sociedades tradicionales en India y Melanesia, existe un concepto fractal del mundo y de la persona: la totalidad corporal de un individuo es a la vez parte de un cuerpo más complejo, por ejemplo la familia, el grupo, el clan o el propio cosmos, y está compuesto por elementos menores que forman ellos mismos unidades independientes y completas. Esta fractalidad se manifiesta sobre todo en las actividades de intercambio entre personas o grupos, y es el tipo de intercambio el que va a determinar un deslizamiento de la personalidad desde el objeto-persona a la persona-objeto; por ejemplo, en La Odisea queda reflejado claramente que los regalos que intercambian los aristócratas son algo más que compromisos adquiridos para el futuro, porque el objeto regalado es realmente una parte de la persona que lo ha donado; por el contrario, cuando bajamos en la escala social, el intercambio de personas secuestradas en las razzias se hace como compraventa de esclavos, es decir, la persona ha dejado de ser tal para convertirse en objeto despojado de todas sus atribuciones humanas anteriores (Perea 2003). La personalidad fractal permite que tanto el individuo como los objetos puedan ser divisibles sin perder por ello su plenitud y esencia, sino todo lo contrario ya que se considera enriquecedor el intercambio de personalidades a través de los objetos. Pero también se puede dar el caso contrario, cuando la identidad se va construyendo a través del atesoramiento de objetos-persona. En términos antropológicos estos dos mecanismos identitarios se denominan encadenamiento y acumulación (Fowler 2004: 66). Planteamos como modelo explicativo que a lo largo de toda la Edad del Bronce ha predominado el mismo concepto fractal de la persona y los grupos, pero mientras que en la primera etapa las élites emergentes desarrollaron una estrategia identitaria relacionada con el encadenamiento, es decir con el establecimiento de redes de relaciones, a partir del Bronce final se produce una tensión entre aquella estrategia y la de acumulación. En ambos casos los objetos intercambiados son hasta cierto punto inalienables y riqueza a la vez. Según este modelo la cadena de espirales sería el objeto-persona que, fragmentable en sus distintas unidades, puede ser transferido a lo largo de una red de intercambios de alto nivel en los que aceptar y recibir significa incorporar una riqueza de relaciones sociales permanentes a lo largo de un amplio territorio y durante largos periodos de tiempo porque es en sí misma un objeto fractal perfecto; el intercambio inmediato es de corto alcance, y probablemente se limitase al territorio y los grupos vecinos, pero el sistema tiene una enorme potencialidad para alcanzar con el tiempo una gran amplitud geográfica, como parece desprenderse del mapa de dispersión de hallazgos de estas cadenas (Fig. 1). La tensión se produce cuando el encadenamiento de relaciones deja de ser eficaz como estrategia identitaria y se adopta una nueva estrategia de acumulación de riqueza de objetos menos divisibles y de tecnología más compleja, de tal manera que su fabricación y obtención no sean de fácil acceso. Las identidades requieren visibilidad y ocasionalmente ostentación. De nada sirve una identidad si permanece oculta o pierde su eficacia discriminatoria. Algunas de las causas de esta pérdida puede ser el acceso fácil al objeto-persona identitario; bien porque su fabricación no presente dificultades técnicas; bien porque el acceso a la materia prima o al proceso de producción no estén controlados. Pero las causas últimas estan siempre en un cambio de las condiciones del entorno económico y social. Según Ruiz Gálvez (1992; 1995) las condiciones de intensificación de la producción que hicieron posible la llamada segunda revolución agrícola durante el III milenio en Europa, se vuelven a repetir en la fachada atlántica peninsular a partir del Bronce final. Es entonces, cuando se observa un incremento de población que, además, se hace más estable gracias a una sinergia que podríamos llamar tecnológica en la que factores como la introducción del arado ligero, los nuevos cultígenos, o la explotación de salinas para la conservación de alimentos, se unen a otros tales como nuevas posibilidades de transporte fluvial y marítimo que ampliaron la capacidad de intercambio y promocionaron los contactos con el Mediterráneo. Bajo estas circunstancias los antiguos símbolos identitarios de poder, pero sobre todo el mecanismo de encadenamiento, que había tejido una red de relaciones sociales a lo largo y ancho de todo el territorio, estaba dejando de ser eficaz porque el cosmos se había ampliado de forma inusitada; podríamos situar en este momento el inicio de la llegada de material mediterráneo que va a ser igual-mente utilizado como símbolo identitario, por ejemplo en las etelas (Galán 1994; Celestino 2001; Harrison 2004). Las nuevas estrategias que se pusieron en práctica se basaron igualmente en un tejido de relaciones, pero ahora se incrementan los controles, primero sobre el territorio, segundo sobre los recursos no subsistenciales y tercero, sobre los procesos de producción. La consecuencia es una mayor definición y presencia de las élites, que no sólo detentan el poder, sino que acumulan riqueza y la ostentan, intercambiándola entre un círculo restringido de personajes. Podríamos decir que se pasó de una estrategia basada exclusivamente en el intercambio a otra de consumo, entendido como la apropiación de objetos que se convierten así en atri-butos de la personalidad individual y social del propietario (Gell 1986: 112-113). El registro arqueológico apoya este modelo si tenemos en consideración los depósitos con oro que se distribuyen por la fachada atlántica peninsular, la complejización/diversificación de las técnicas metalúrgicas de producción del oro, y la normalización de los conjuntos acumulados que el arqueólogo se encuentra en forma de depósitos: son los depósitos con torques y brazaletes tipo Sagrajas/Berzocana y los depósitos con brazaletes tipo Villena/Estremoz. Cada uno de ellos representa, desde el punto de vista tecnológico dos ámbitos diferenciados, y desde el social y étnico, probablemente también dos identidades distintas que sólo en la transición a la Edad del Hierro van a intentar un encuentro frustrado, finalmente, por los acontecimientos políticos. Este fenómeno, cuya importancia queda reflejada por la cantidad y amplitud de los hallazgos (Figs. 2 y 3), el peso del oro acumulado y la complejidad técnica, es un fenómeno estrictamente peninsular, que no tiene parangón en Europa. El depósito tipo S/B, normalizado, está compuesto por uno o dos torques anulares macizos, abiertos, con decoración incisa de tipo geométrico que se concentra en la zona central y en los extremos, ocasionalmente rematados por un engrosamiento, o pieza de cierre machihembrado (Lám. III); pueden ir acompañados de brazaletes del mismo tipo, que no suelen presentar decoración, o lin-gotes anulares en forma de brazaletes; muy raramente aparece material de deshecho. Todos estos objetos metálicos pertenecen a lo que hemos denominado ámbito tecnológico S/B (Perea 1995;1999), definido por el empleo de la deformación plástica como técnica fundamental de fabricación, a partir de una forma previa vaciada probablemente en molde abierto; todos los objetos son macizos y muy pesados. En este mismo ámbito tecnológico hay que situar otros torques que sin pertenecer al tipo canónico S/B, cumplen buena parte de sus características técnicas, como ser piezas anulares, abiertas, macizas, de gran peso, y fabricadas por deformación plástica. Son tipos no normalizados, o cuya normalización no nos resulta tan aparente; se trata de torques con extremos en ojal o en gancho y pieza de cierre de alambre (Inventario 1993: no 14 a 17); uno de estos últimos tipos aparece asociado al torques doble de Sagrajas (Armbruster 2000: lám. 91,4-7), aunque no fue reconocido como tal (Lám. IV), sino que se describió como brazalete porque apareció enrollado en espiral y con el alambre de cierre roto en varios fragmentos (Almagro-Gorbea 1977: 21; Perea 1991b: 97). También habría que incluir en este ámbito los torques con aro de sección romboidal y ornamentación incisa de triángulos como los ejemplares de Bélmez (Armbruster 2000: lám. 32, 1-3), Azuaga (Pingel 1992: no 24) y un fragmento del Alentejo (Inventario 1993: no 21). Finalmente, se incluyen todos los brazaletes anulares, macizos y lisos, que aparecen aislados o formando parte de depósitos con torques tipo S/B, que se dispersan ampliamente por el territorio atlántico peninsular. El depósito normalizado V/E se compone de uno o dos brazaletes cilíndricos (Lám. V) que presentan una gran variabilidad en el tamaño y en la complejidad de la ornamentación al combinar de forma diversa tres elementos estructurales: molduras, púas y calados (Armbruster y Perea 1994). No suelen presentar ningún otro material asociado salvo en aquellos casos en que el depósito se localice fuera de su ámbito geográfico de producción, es decir la fachada atlántica; así los de Abía de la Obispalía en Cuenca, y los de Villena y Cabezo Redondo en Alicante, suponen excepciones a la regla. Todos los brazaletes de este tipo pertenecen al denomina-do ámbito V/E definido por la técnica de la cera perdida y un proceso de fabricación que incluye la utilización de un torno de rotación alterna para la fabricación del modelo de cera y en la fase de acabado. El dato que hay que tener en cuenta a la hora de valorar estos depósitos, que ocupan grosso modo territorios contiguos, es que ningún objeto del ámbito S/B ha sido encontrado junto a otro objeto del ámbito V/E. Sin embargo sabemos que coexistieron porque se han encontrado objetos fabricados a partir de deshechos de piezas de ambos, como el torques de Sintra (Lám. VI), cuya pieza de cierre está fabricada a partir de un fragmento de brazalete tipo V/E (Armbruster 1995); y conocemos el caso excepcional de una pieza mixta, el brazalete de Lám. Torques B del depósito de Berzocana (Cáceres), compuesto por otro torques simple y una patera de bronce de origen mediterráneo. Torques con cierre de alambre del depósito de Sagrajas (Badajoz), compuesto por otro torques doble y cuatro brazaletes. V. Brazalete tipo Villena/Estremoz con decoración de molduras, púas y calados, perteneciente al depósito de Villena. Museo José María Soler. T. P., 62, n. o 2, 2005Cantonha, fabricado a partir de dos brazaletes tipo S/B y uno del tipo V/E, unidos por la técnica del vaciado adicional, única que comparten los dos ámbitos tecnológicos (Armbruster y Perea 1994: 75, lám. II). Todo esto quiere decir que durante el periodo de uso de los tipos S/B y V/E no hubo transmisión tipológica ni tecnológica entre los dos ámbitos, por lo que sospechamos que el sistema de producción, distribución y consumo de uno y otro estaban controlados desde entidades de poder diferentes. Que hubo control en el proceso económico lo prueba el hecho que acabamos de comentar de la ausencia de transmisiones y mestizajes. Otro argumento de peso es que tampoco se produjeran transmisiones tecnológicas entre los procesos de fabricación de bronces y los del oro, como había ocurrido en las fases más tempranas de la metalurgia; la cera perdida fue una técnica que escasamente se utilizó con bronces excepto en un momento ya muy avanzado del Bronce final y su introducción es consecuencia de la llegada de material metálico de origen mediterráneo a la Península (Armbruster y Perea, e.p.). De qué forma se realizó ese control, es algo sobre lo que únicamente podemos especular, pero podemos sospechar la existencia de una sacralización del conocimiento tecnológico, o al menos alguna forma de ritualización del proceso, si no de la persona en posesión del conocimiento o de su control. Una prueba del control estricto sobre la producción y distribución dentro del ámbito tecnológico S/B la tendríamos en el grupo de torques simples, macizos, con pieza de cierre machihembrado. Pues bien, según el estudio topográfico y los datos analíticos de los dos conservados (2), podemos decir que fueron fabricados por el mismo taller -en el sentido de modus operandi transmitido generacionalmente-y lo mismo podría plantearse como hipótesis para el ejemplar de Penela, de manera que esta producción se habría concentrado en el espacio temporal de dos o tres generaciones como mucho. El modelo que acabamos de proponer no contradice otras interpretaciones más cotidianas que se han realizado sobre estos depósitos. Por ejemplo, para Ruiz Gálvez (1988) los torques tipo S/B serían regalos que sellaban pactos políticos, aunque posteriormente los interpreta como dotes de mujeres (Ibid. Tampoco veo contradicción con las más recientes teorías que aplican modelos mercantilistas para los que el metal trabajado respondería a patrones metrológicos de origen mediterráneo (Galán y Ruiz-Gálvez 1996). Nuestra explicación va más allá del uso concreto del objeto para buscar la razón última del fenómeno que estamos observando. Desde la perspectiva tecnológica existe claramente un momento de inflexión en el que detectamos un cambio o pérdida de significado de los objetos de oro que habían funcionado como indicadores identitarios, momento que hay que situar cuando los contactos entre la población indígena y Lám. Torques triple de Sintra (Lisboa). (2) Los análisis de composición elemental realizados por Hartmann (1982: Au 3148, Au 3653) muestran que los contenidos en Ag y Cu de ambos torques son muy similares, perfectamente compatibles con la hipótesis planteada. El hecho de la identidad entre los torques de Portel y Penela no pasó desapercibido a Mario Cardozo (1930: 27): «Parecem saídos da mesma mão; distíngue-os apenas a diferença de pêso (190 gr.) e ligeiros detalhes ornamentais no toro que serve de fecho. Un fragmento de la pieza de cierre de un cuarto torques, conservado en el Museo de Lisboa (Inventario 1993: no 23), procedente de un hallazgo en el Alentejo, presenta igualmente una composición muy similar a la de los anteriores (Hartmann 1982: Au 2726-27). la población de origen mediterráneo han tomado ya carta de naturaleza y se ha producido una primera normalización de las relaciones; sería en este momento cuando el material de importación fenicio empieza a convertirse en nuevo símbolo identitario de las élites (Jiménez Ávila 2002) sin que los anteriores desaparezcan por completo. Este fenómeno de pérdida y sustitución es aparentemente contradictorio y se refleja en una serie de objetos en los que el cambio y la persistencia establecen su propia dialéctica. El depósito de la Herdade do Álamo, en Moura, Beja, está formado por dos torques, uno simple y otro de aro triple, del tipo S/B; un collar rígido atípico; y dos brazaletes también atípicos (Inventario 1993: no 18, 19, 20 y 67). El torques simple pesa 171 gr y está fabricado en hueco, a partir de una lámina enrollada en tubo y soldada. Sin embargo, su aspecto exterior no se diferencia en nada del resto de los torques simples tipo S/B macizos cuyos pesos oscilan entre las cifras siguientes: Senhora da Guia A, la soldadura y ornamentación en filigrana, entre otras. No existe posibilidad real de una evolución propia, dentro del ámbito tecnológico S/B, hacia técnicas de fabricación similares a las detectadas en el ámbito mediterráneo. La trayectoria de un ámbito siempre guarda coherencia tecnológica interna, excepto cuando entra en contacto con otro ámbito diferente, entonces se producen fenómenos complejos de transmisión y cambio. Cuando las técnicas son complejas, como es el caso de las mencionadas, su transmisión no puede realizarse por simple observación del objeto terminado, sino que es necesaria la visualización y comprensión -precientífica por supuesto-del proceso tecnológico. Los torques de Álamo no son piezas que indiquen torpeza o inexperiencia en un proceso recientemente asimilado, sino más bien todo lo contrario. La explicación de este hecho sólo puede estar en la existencia de contactos directos y personales; quizá una forma de intercambio de artesanos entre las élites locales y las de origen mediterráneo, como cortesía política para el establecimiento de relaciones de tipo comercial; no es una práctica extraña. Otros dos hallazgos son los ya mencionados de Cantonha y Sintra que presentan peculiaridades significativas. El primero, un brazalete fabricado expresamente a partir de un brazalete tipo V/E y dos del tipo S/B, prueba la sincronía de los dos ámbitos, probablemente al final de una etapa de uso individualizado, cuando estas dos producciones han sido despojadas ya de sus significados originales. Además, se le añadieron rasgos morfotécnicos nuevos: varios hilos de filigrana torsionados, aparecen soldados entre las molduras centrales, una tecnología de ámbito mediterráneo incorporada al conjunto. La segunda peculiaridad se refiere a los extremos de los brazaletes tipo S/B que se remataron en forma de pequeña copa con punta interior mediante la técnica del vaciado adicional. VI) presenta problemas más complejos de interpretación tecnológica (Armbruster 1995) y simbólica, por ser el único cuyo contexto era funerario (Perea 1991b: 108, donde se recoge toda la bibliografía). Se partió de tres torques simples S/B, fabricados individualmente y quizá previamente utilizados, que se unieron mediante vaciado adicional por la parte de los extremos dejando perforaciones para enganchar una pieza de cierre fabricada a partir del fragmento de un brazalete tipo V/E. Parece probable que este fragmento hubiera sido desechado y reaprovechado por carecer del significa-do que pudo haber tenido en su momento de uso, pero es que además, a todo el conjunto se le añadieron mediante remaches cuatro elementos en forma de grandes copas con punta interior, fabricadas con tecnología V/E, es decir, a la cera perdida con ayuda de un torno para el modelado de la cera (Lám. Como vemos, el caso de Sintra no presenta ningún elemento tecnológico de ámbito mediterráneo, al contrario que el de Cantonha que presenta hilos de filigrana y uniones por soldadura. Los elementos en forma de pequeña copa con punta interior, fabricados con tecnología V/E y unidos al cuerpo mediante vaciado adicional, caracterizan igualmente tres brazaletes anulares de un supuesto depósito procedente de Herdade das Cortes, en Alvito, Beja (Inventario 1993: no 60, 61; Armbruster 2000: 87, lám. 49, 4-6), por lo que deben estar cronológicamente relacionados con el brazalete de Cantonha. Será una morfología dotada de especial significado si nos atenemos a su larguísima perduración; por ejemplo, vuelve a aparecer en los grandes extremos del brazalete de Torre Vâ, Beja (Inventario 1993: no 69; Armbruster 1995: 159, lám. IV), una pieza que sin duda hay que situar entrada ya la Edad del Hierro pues presenta técnicas del ámbito mediterráneo tan sofisticadas como el granulado, y adelanta algunos rasgos que caracterizarán el ámbito castreño, desde la fase más antigua hasta la romanización. Finalmente, queremos señalar que entre la producción de oro tradicionalmente fechada dentro de un amplio Bronce final, encontramos objetos que podríamos calificar de «imitaciones» de una tecnología visualizada pero no asimilada. Detalle de los elementos en forma de copa con punta central añadidos al torques de Sintra (Lisboa). el disco no 16857 del MAN presenta unos remates con lo que aparentan ser hilos de filigrana, pero está todo él fabricado a la cera perdida (Armbruster 2000: 77-85). FINAL Desde Cantonha y Sintra, hasta el disco del MAN, existe una producción continuada de objetos de oro en la fachada atlántica que documenta un proceso con fases de aislamiento, contacto, transmisión y asimilación tecnológica entre los tres centros de producción que hemos definido a través de sus respectivos ámbitos tecnológicos: S/B, V/E y Mediterráneo. La normalización que había caracterizado los dos ámbitos atlánticos se rompe en favor de una producción híbrida, a veces «monstruosa», porque las identidades se están disolviendo dentro de un escenario de poder focalizado en torno a la desembocadura del Guadalquivir, con el surgimiento de una economía en pleno desarrollo, que actúa de fuerza centrípeta a la que no pueden sustraerse las pequeñas, fragmentadas y dispersas élites atlánticas. Esta producción, convive y compite con los nuevos mecanismos identitarios integrados ya en la esfera de poder colonial. Es en torno al valle del Guadalquivir donde se ha documentado una completa integración tecnológica, un proceso que no debió durar más de una generación porque la memoria tecnológica pervive entre las últimas producciones atlánticas del ámbito V/E y las primeras llamadas orientalizantes, como ha quedado patente en la producción que reflejan los depósitos de El Carambolo (Perea y Armbruster 1998), Lebrija y El Coronil (Perea et al. 2003; Almagro-Gorbea et al. 2004:179-182), los dos primeros tenidos por la arqueología tradicional como la quintaesencia de la orfebrería tartésica que suponía, entonces, una ruptura total con respecto a la producción indígena anterior. El cuadro de la Figura 4 quiere resumir la complejidad en las relaciones cronotecnológicas de un mundo en transición. BIBLIOGRAFÍA: El Bronce Final y el Periodo Orientalizante en Extremadura. Antigüedades Españolas I. Real Academia de la Historia. Catálogo del Gabinete de Antigüedades. ARMBRUSTER, B. y PEREA, A. 1994: "Tecnología de herramientas rotativas durante el Bronce Final atlántico. El depósito de Villena". CELESTINO, S. 2001: Estelas de Guerrero y Estelas Diademadas. La precolonización y formación del mundo tartésico. GALÁN, E. 1994: Estelas, Paisaje y Territorio en el Bronce Final del suroeste de la Península Ibérica. GALÁN, E. y RUIZ-GÁLVEZ, M. 1996: "Divisa, dinero y moneda. Aproximación al estudio de los patrones metrológicos prehistóricos peninsulares". En M.A. Querol y T. Chapa (eds.): Homenaje al Profesor Manuél Fernández Miranda. HERNANDO, A. 2002: Arqueología de la Identidad. JIMÉNEZ ÁVILA, J. 2002: La Toréutica Orientalizante en la Península Ibérica. Real Academia de la Historia.
Lydia Zapata, un recuerdo sentido a una excelente investigadora y compañera inseparable Lydia Zapata: a heartfelt remembrance of an excellent scholar and an inseparable companion Leonor Peña-Chocarro (*) Xavier Terradas (**) Conocí a Lydia hace ya 25 años, cuando llegó al Instituto de Arqueología de Londres con una beca de la Association for Cultural Exchange del propio instituto, mientras yo (LPCH), con otra beca, descubría el infinito mundo de la arqueobiología. De la mano de Gordon Hillman, nuestro gran maestro, aprendimos juntas los misterios de la arqueobotánica y la pasión por una disciplina que entonces se iniciaba en la Península Ibérica. Las clases, seminarios, conferencias, las inagotables lecturas, así como las interminables horas delante del microscopio, observando, explorando, forjaron en las dos el deseo tenaz de dedicarnos a la investigación. Fue un año rico de experiencias, de incontenibles ganas de hacer cosas, desarrollar proyectos y planear futuros. Desde el primer día supimos que nuestros caminos transcurrirían juntos, y así fue, hasta el pasado 4 de enero cuando un maldito tumor cerebral nos la arrebató a los 49 años. lógicos co-dirigida por sus maestros I. Barandiarán y J. Loidi. Este trabajo, publicado en 2002 en Kobie, constituyó un importante hito para la Prehistoria vasca contribuyendo de forma importante a reformular las entonces imperantes teorías sobre la tardía adopción de la agricultura en la región. En él abordaba también la importancia de la recolección en la subsistencia humana, un tema que desarrolló con mayor intensidad en los últimos años, y que en su tesis esboza de manera prometedora. Al estudio de los restos carpológicos, Lydia añadió el de los carbones, con un magnífico análisis sobre la antropización del medio y la evolución de los bosques holocenos y de su aprovechamiento por parte de las comunidades prehistóricas. La combinación de la carpología y la antracología ha sido una de las características de su investigación, demostrando su excelente formación y la capacidad para trabajar con diferentes tipos de materiales botánicos. Tal fue su empeño en desarrollar conjuntamente estas dos líneas de investigación que con frecuencia impuso ambas a los numerosos estudiantes que pasaron por su laboratorio. Lydia desde Bilbao, yo desde Madrid, iniciamos entonces nuestra campaña personal para implantar la recogida de muestras arqueobotánicas en los yacimientos de amigos y colegas. Visitamos muchos lugares, recorrimos miles de kilómetros con nuestras máquinas de flotación y procesamos toneladas de sedimento. Desde la Universidad del País Vasco y, en concreto, desde su Laboratorio de Arqueobotánica, Lydia participa entonces en numerosos proyectos de investigación sobre la transición mesolítico-neolítico, los orígenes de la agricultura, la evolución del paisaje y, en general, sobre la subsistencia de las comunidades humanas, convirtiéndose rápidamente en un punto de referencia internacional. Durante dos años Lydia realiza una estancia post-doctoral en la Universidad de Cambridge y posteriormente se incorpora como becaria a la UPV. A esto le sigue un breve paso por el CSIC con un I3P, un contrato Ramón y Cajal, y finalmente una plaza de profesora titular en la UPV en 2007. Son años intensos, inmensamente felices, en los que participamos en muchos proyectos, y en lo que nos apuntábamos a lo que nos parecía inte-resante... que era casi todo. Recorrimos la Península Ibérica y Marruecos a la búsqueda de trigos prehistóricos y agriculturas pre-industriales en unos viajes que, a menudo, recordábamos y que nos dejaron una huella indeleble. Horas infinitas de conversación en lo alto de un monte, de trabajo etnográfico con nuestros agricultores, o como remarcaba siempre Lydia, nuestras agricultoras. Asturias (Fig. 1), Marruecos, las serranías andaluzas nos ofrecieron la posibilidad de explorar el uso de las plantas entre las comunidades rurales y descubrir, de primera mano, el enorme potencial de la investigación etnográfica para interpretar el registro arqueológico. La fascinante experiencia de los días y semanas pasados con mujeres recolectoras, agricultoras, artesanas y ceramistas nunca le abandonó, y a menudo revivíamos las infinitas anécdotas, muchas demenciales, de aquellos años. Compartimos ilusiones, ideales, muchas risas. Trabajar junto a ella ha sido la más grata de las experiencias (LPCH). La guerra en Siria interrumpió su participación en los proyectos de investigación internacionales que se desarrollaban en Homs, al Oeste de Siria y, sobre todo, en la llanura basáltica de Leja, al Sur de Siria. Allí tuvo la oportunidad de trabajar con poblaciones de cereales silvestres y de estudiar muestras de los primeros trigos domésticos en el yacimiento de Qarassa. Aunque nos conocíamos desde unos años antes y pese a disfrutar de amigos comunes, nunca antes habíamos tenido la oportunidad de trabajar juntos (XT). Congeniamos enseguida, nuestras mutuas circunstancias personales propiciaron que nuestros caminos se encontraran y se unieran ineludiblemente. Desde Jeftelik tuve el privilegio de compartir la vida de Lydia, sus anhelos personales y científicos, su amor, compañía y complicidad. Más allá de su valía científica, nunca dejó de sorprenderme la estima que despertaba entre sus colegas de cualquier país, institución y formación científica, lo que habla mucho y claro de sus cualidades humanas, más allá de su valía profesional y científica. Por todo ello siempre me sentí como un ser privilegiado. Los meses en los que estuvo convaleciente no dejó de sorprenderme su capacidad de lucha, la entereza con la que afrontó sus/nuestros miedos y, pese a la incertidumbre de su salud, que siempre tuviera una sonrisa y unas palabras afables y cariñosas para los que la acompañamos en su enfermedad. La investigación de Lydia ha estado, fundamentalmente, orientada al estudio del aprovechamiento de los recursos vegetales durante la Prehistoria con trabajos también de periodos posteriores como nuestra investigación sobre el puerto romano de Irún o su estudio de la Catedral de Vitoria. Además de seguir investigando sobre las primeras comunidades campesinas, en los últimos años, dedicó tiempo y esfuerzo a indagar sobre la dieta vegetal de los cazadores-recolectores, un tema que le llevó a solicitar un magnífico proyecto al prestigioso European Research Council (ERC), que consiguió de manera brillante a finales de 2013, culminando, a pesar de las dificultades, una trayectoria investigadora impecable y de enorme impacto tanto en la Península Ibérica como en el ámbito internacional. Directora de 4 tesis doctorales, autora de más de 100 trabajos de los que gran parte han sido publicados en revistas internacionales, directora de varios proyectos de investigación entre los que destaca su último logro europeo, así como directora de excavaciones como Pico Ramos, Koba Ederra o Baltzola, Lydia nos deja un legado científico modélico, difícilmente superable, de gran rigor científico. Pero, sobre todo, Lydia deja un vacío irremplazable, un recuerdo inolvidable y una profunda huella en quienes tuvimos la inmensa suerte de entretejer nuestra vida con la suya. Su entusiasmo por cada nueva aventura, su proximidad, complicidad y calidez humana, su amor, su amistad profunda y gran generosidad han sido un regalo mágico. Más allá del dolor y el vacío de su pérdida, nos reconforta el haber compartido tantas y tan imperecederas vivencias con ella. Zuganako maitasunak bizirik iraungo du betiko gure gogoan (Hasta siempre Lydia, te seguimos queriendo y no te olvidamos).
Se intentan reconstruir los modos de uso funerario neolíticos y calcolíticos de los principales megalitos de Cameros (La Rioja): Peña Guerra II, Collado del Mallo, Fuente Morena y Collado Palomero I. El análisis del registro combina los diversos parámetros arqueoantropológicos (perfiles osteológicos, conexiones anatómicas, remontajes, alteraciones tafonómicas, manipulaciones) con los datos de campo. Los resultados muestran una realidad compleja donde la inhumación primaria parece predominante, acompañada de labores de reacomodo (nidos de cráneos, haces de huesos) y tal vez de ciertas limpiezas puntuales. No obstante, las deposiciones secundarias, en forma o no de cremaciones, pudieron desempeñar también un papel relevante. Los contextos sepulcrales representan una problemática muy particular en los estudios arqueológicos ya que sólo a través de una aproximación que privilegie la reconstitución conjunta de los gestos funerarios y los procesos tafonómicos puede llegar a reconocerse su funcionamiento (Crubézy et al. 1990; Duday 2005). Obviamente, lo ideal es que estas observaciones sean recogidas directamente sobre el terreno. Sin embargo, en la mayoría de los casos los especialistas en restos humanos han de enfrentarse al estudio de colecciones ya excavadas (muchas veces hace décadas), lo que supone una importante limitación de partida. Recomponer las condiciones del depósito exige del antropólogo contrastar los resultados obtenidos en el laboratorio con la documentación gráfica y escrita generada en los trabajos de campo, muchas veces en la confianza de que las apreciaciones del arqueólogo sean correctas (Duday et al. 1990). Pese a esta coyuntura habitual, los restos óseos -incluso ya en parte descontextualizados-siguen irguiéndose como el resultado material más directo de los tratamientos practicados y los procesos tafonómicos acaecidos en las sepulturas. Sometidos a un examen sistemático pueden aportar información muy relevante, a veces incluso detallada, sobre los comportamientos funerarios (Fernández-Crespo 2010). Bajo esas premisas, este estudio pretende arrojar nuevos datos sobre la dinámica sepulcral de las tumbas de la estación megalítica riojana de Cameros a través de una serie de protocolos definidos por la Anthropologie de terrain (Duday et al. 1990). Las tumbas seleccionadas al efecto (Peña Guerra II, Collado de Mallo, Fuente Morena y Collado Palomero I) fueron excavadas a finales del siglo pasado utilizando una metodología moderna que permitió la recuperación y registro sistemáticos de todos los restos humanos y culturales ( 1). Prueba de ello es la amplia documentación disponible sobre los contextos y materiales exhumados, la cual permite completar y afinar el discurso ofrecido por la Antropología física ( 2). El grupo megalítico de Cameros se sitúa en el tramo medio de la Cuenca del Ebro, en el sur de la actual Comunidad Autónoma de La Rioja (Fig. 1). Es una estación serrana, cuyas tumbas se localizan a gran altitud (950-1.240 m.s.n.m.). Resulta complicado encontrar un denominador común en la ubicación de los sepulcros pero parece apreciarse una manifiesta predilección por altozanos de amplia visibilidad relacionados con accesos naturales entre valles. Una de las características más definitorias de la arquitectura de los monumentos del grupo es su marcado polimorfismo frente a otros núcleos cercanos como el de Rioja Alavesa-Sonsierra, donde la tónica habitual es la reiteración de los tipos'de (1) López de Calle, C. 1993: Los sepulcros megalíticos de Cameros (La Rioja). El propio autor nos la facilitó amablemente. (2) Fernández-Crespo, T. 2012: Antropología y prácticas funerarias en las poblaciones neolíticas finales y calcolíticas de la región natural de La Rioja. Universidad del País Vasco. En Cameros, junto a soluciones recurrentes como los dólmenes simples (Fuente Morena) o los de corredor (Peña Guerra I y Collado del Mallo), aparecen otras de tipología menos usual como un sepulcro bicameral (Peña Guerra II) o un dolmen con atrio (Collado Palomero I), entre otros. Su contenido es también diverso. Es difícil establecer un número mínimo de individuos estándar, ya que la horquilla de inhumados puede variar desde la decena escasa hasta casi el medio centenar. Lo mismo ocurre con el ajuar. La ocupación de los sepulcros durante siglos y la consiguiente introducción de ofrendas permite distinguir fases de uso (neolíticas finales, calcolíticas precampaniformes) que no tienen por qué ser semejantes en todos los casos, como veremos (López de Calle y Tudanca 2005). Todo el protocolo metodológico, desde las técnicas antropológicas convencionales (Fernández-Crespo y de la Rúa 2015) hasta las propias de la Anthropologie de terrain (Duday et al. 1990), se ha orientado y adaptado minuciosamente a la comprensión del funcionamiento de las sepultu- ras, desde su construcción hasta su clausura o abandono. El estudio de las osamentas no es por tanto un fin en sí mismo, pero sí constituye una fuente esencial de información. El inventario exhaustivo de todos los restos esqueléticos ha constituido el pilar fundamental del trabajo (Chambon 2003). La base de datos creada al efecto sigue las pautas establecidas por J. Buikstra y D. H. Ubelaker (1994), recogiendo la identificación y descripción pormenorizada de cada pieza según diferentes criterios (porción, lateralidad, caracteres métricos y no métricos, signos patológicos, alteraciones tafonómicas, etc.). Igualmente y, siempre que ha sido posible, se ha incluido la estimación de la edad y el sexo de los restos (Fernández-Crespo y de la Rúa 2015). Este sistema de registro ha facilitado, entre otras cosas, el cálculo del número mínimo de individuos (NMI) (White y Folkens 2005: 339) y la observación de los desequilibrios en la representación de una u otra parte anatómica mediante la elaboración de un perfil osteológico plasmado en histogramas estandarizados. Se han seleccionado once piezas para ofrecer una visión sintética de su representatividad: cráneo, mandíbula, escápula, húmero, cúbito, coxal, fémur, rótula, tibia, calcáneo y astrágalo. Éstas forman parte de las principales articulaciones del cuerpo y nada hace sospechar en principio que puedan verse afectadas por una recogida diferencial durante los trabajos de campo, como podría ocurrir con piezas menores (vértebras, costillas, huesos de manos y pies). Dada la habitual fragmentación de los restos, se ha contabilizado la porción mejor representada de cada pieza para ambas lateralidades. Además se han registrado las huellas que los procesos tafonómicos han dejado en los restos (Behrensmeyer 1978; Botella et al. 2000; Stodder 2008). Las alteraciones en la superficie cortical del hueso producidas por fenómenos físico-químicos de la meteorización (fisuras, grietas, erosiones, descamaciones o exfoliaciones), por la acción de raíces y/o pequeños roedores y carroñeros (improntas vegetales, marcas de dientes) o por el contacto con el fuego, materias colorantes u hongos, han sido documentadas a través de un minucioso examen macroscópico. Igualmente, el registro de fracturas óseas ha sido una constante. No en vano, la alta fragmentación, en general post-mortem, es parte inherente de la naturaleza de los restos estudiados. El movimiento de los huesos respecto a su posición original es extremadamente difícil de reconstituir dado que el propio carácter colectivo y acumulativo de los sepulcros ofrece una impresión general de desorden y dispersión de los huesos. No obstante, la localización en el laboratorio de remontajes y de conjuntos de huesos que por sus características (edad, complexión, concordancia articular, patologías) pudieran pertenecer a un mismo individuo (lo que se ha denominado liaisons de deuxième ordre) ha resultado clave para identificar conexiones laxas que durante el trabajo de campo pudieron pasarse por alto. El examen de la documentación gráfica y escrita generada por los excavadores también ha sido esencial en la discusión de la formación de los contextos. Ha sido de especial interés la observación de conexiones articulares (liaisons de premier ordre), sobre todo las de tipo lábil (cervical, torácica, temporo-mandibular, escápulo-clavicularesternal, costo-esternal, carpo-falángica, rotuliana o metatarso-falángica), que se mantienen durante un tiempo muy corto tras la defunción (Canci y Minnozzi 2005: 73). Su presencia basta para definir el carácter primario de una inhumación, si bien no es posible excluir por completo la existencia de inhumaciones secundarias en un conjunto mayoritario de huesos dislocados (Crubézy et al. 1990: 43). Su ausencia, por el contrario, no comporta necesariamente la asimilación del depósito con una inhumación secundaria. Esta circunstancia puede deberse, por ejemplo, a distintas labores de remoción y ordenación del espacio interno. La aparición de articulaciones persistentes (atlantooccipital, húmero-cubital, lumbar, lumbo-sacra, tibio-femoral, astrágalo-tibial o tarsal) tampoco debe interpretarse como indicador distintivo de una deposición primaria, dado que éstas pueden durar meses o incluso años y soportar articuladas los traslados propios de depósitos en plusieurs temps (Bocquentin 2003: 62). Mucho más difícil resulta asegurar la existencia de un depósito secundario basándose en argumentos 'negativos' como el carácter incompleto de los esqueletos (en particular cuando escasean las piezas de pequeño tamaño), la selección diferencial de piezas 'nobles' (como cráneos y huesos largos) o un aparente desorden en la disposición de los restos (Bellido y Ascensión 1996: 146). Además, rara vez la fortuna permite identificar manipulaciones (p. ej. marcas propias de la descarnación activa de los cadáveres) que afiancen la posibilidad de un enterramiento secundario (Botella et al. 2000). En la cámara principal, de unos 4 m2, se identificaron dos episodios funerarios, separados por un suelo de piedras y con un largo hiato cronológico entre ambos. La cámara principal de Peña Guerra II parece responder a un enterramiento eminentemente primario múltiple acumulativo en dos fases cuyas señas de identidad son la casi total desarticulación y la alta fragmentación. En el nivel calcolítico campaniforme se registraron 585 esquirlas y 242 restos identificables, de los que 18 son huesos enteros, 196 fragmentos de hueso y 28 piezas dentarias aisladas. Entre las alteraciones tafonómicas destacan descamaciones debidas a la meteorización y muy numerosas fracturas postmortem antiguas y recientes. Estas últimas, concentradas especialmente en los cráneos, son más habituales en el nivel superior. No se observan por el contrario marcas compatibles con la actividad de roedores u otros pequeños carnívoros. Estas evidencias pueden en general vincularse con una activa frecuentación y gestión del espacio sepulcral en el nivel inferior. En el superior, en cambio, podrían deberse también a ciertas remociones clandestinas, en buena parte responsables de su aspecto actual. Abundando en su carácter posiblemente primario, no es baladí mencionar las conexiones documentadas en el proceso de excavación ( 3). El nivel inferior ofreció varias relaciones lábiles costales y vertebrales, una agrupación bastante completa de extremidades inferiores y una conexión húmero-cubital, además de algunos casos de patente proximidad e incluso articulación de cráneos y mandíbulas. El nivel superior también aportó un bloque costal-raquídeo en posición parcialmente laxa. A su vez es importante hacer referencia a su perfil osteológico. La representación del nivel neolítico no es óptima, dada la elevada fragmentación de los huesos, pero sí puede considerarse bastante equilibrado (Fig. 4). Además, el gran número de piezas pequeñas (vértebras, huesos de manos y pies) y la presencia de conexiones anatómicas de naturaleza endeble parecen avalar un depósito eminentemente primario. No obstante, el perfil ligeramente irregular no permite descartar puntuales desalojos o limpiezas. El nivel campaniforme, por su parte, ofreció pocos restos y mal conservados, por lo que el perfil osteológico no parece muy representativo. La utilización funeraria de la cámara principal parece que fue relativamente profusa durante el Neolítico final cuando, al menos, 12 individuos fueron sepultados (3 subadultos y 9 adultos: 5 masculinos, 3 femeninos, 1 indeterminado). Tras un periodo de 'abandono', fue puntualmente reutilizada durante el Calcolítico campaniforme para inhumar sólo a 3 sujetos (1 subadulto y 2 adultos: 1 femenino, 1 indeterminado) (Tab. La muestra de la cámara secundaria se encontraba también desarticulada y notablemente fragmentada. Se localizaron un total de 857 es-quirlas y 2502 restos identificables, de los que 211 eran huesos enteros (la práctica totalidad huesos cortos), 2230 fragmentos de hueso y 61 piezas dentarias. En ella destacan las múltiples fracturas antiguas post-mortem pese a la alta consistencia de las piezas a nivel cortical, si bien los huesos largos presentan gran pérdida de tejido esponjoso. Algunos restos estaban teñidos de ocre, el cual ha podido ser definido físico-químicamente como goethita (un óxido de hierro) mediante Espectroscopía Raman. En este caso, según C. López de Calle y J. A. Ilarraza (1997: 314), el enterramiento podría corresponderse con un posible depósito secundario y simultáneo (Neolítico final) de un mínimo de 26 sujetos (10 subadultos y 16 adultos: 6 masculinos, 7 femeninos, 2 alofisos y 1 indeterminado) (Tab. Los autores establecen dicha hipótesis sobre las siguientes evidencias: a) el tamaño francamente pequeño de la cámara, b) la morfología poco apta para una apertura periódica, c) el agrupamiento de la práctica totalidad de los restos en menos de 40 cm de potencia estratigráfica sin piedras que los hayan sometido a presión (como ocurre en el recinto central), d) la manifiesta diferencia de sus ajuares con respecto a los de la cámara principal, e) la completa desconexión de los restos salvo ejemplos minoritarios de relación entre maxilares y cráneos (Fig. 4), y f) la clara ordenación diferencial de éstos, ya que buena parte de los cráneos se apilaban en el sector meridional de la cámara, protegidos por losas laterales, mientras que haces de huesos largos aparecían concentrados en la zona occidental. Dichas evidencias parecen bastar por sí solas para abogar por el carácter secundario de la cámara excéntrica. Sin embargo, la presencia de algunas conexiones lábiles, la citada abundancia de huesos de pequeño tamaño y la correcta representación del perfil osteológico (mejor incluso que la resultante del análisis de la principal) -en nuestra opinión y pese a lo esperado-ofrecen argumentos suficientes para no inclinarse, al menos con tanta certeza, por un depósito de naturaleza secundaria (Fig. 5). El rito funerario practicado en la cámara principal del dolmen de Peña Guerra II fue muy posiblemente el de inhumación primaria múltiple acumulativa (al menos en su mayor parte). El material aparece en general inconexo, pero se han localizado conjuntos (algunos de ellos lábiles) en posición anatómica en ambos niveles, el perfil osteológico puede considerarse correcto y se conservan multitud de huesos cortos que muy rara vez se trasladan a depósitos secundarios. Más complicado es dilucidar las circunstancias del depósito de la cámara secundaria. Como referían C. López de Calle y J. A. Ilarraza (1997: 314), el tamaño, la morfología y la potencia de la cámara parecen poco aptas para una inhumación primaria de tantos cadáveres. Por otro lado la completa desconexión y la cuidada ordenación espacial de algunos restos no tienen por qué relacionarse necesariamente con un depósito secundario, pudiendo vincularse también con ceremonias o labores de aprovechamiento espacial. Del mismo modo, la diferencia en la composición de los ajuares de ambos espacios sepulcrales puede responder sencillamente a razones fortuitas en vista de lo poco abundante de los conjuntos y la indefinición del package funerario prototípico del Neolítico final (si es que existió algo así). Sin un paralelo claro en el entorno, a partir de los comentarios de J. Clottes (1977) sobre las ar- quitecturas dobles de Quercy (Francia), C. López de Calle y J. A. Ilarraza (1997: 314) proponen tres hipótesis para explicar la presencia de la cámara excéntrica: "un traslado corto desde la cámara principal (...) con vistas a obtener espacio suficiente para nuevos enterramientos, el traslado de restos desde otro lugar cuando ya se está usando la cámara principal y, por lo tanto, el apaño de una solución arquitectónica improvisada ante una necesidad imprevista en el diseño original de la sepultura, la ubicación de restos humanos procedentes de una estructura anterior en un mismo espacio tumular pero dentro de un recinto de subrayada individualidad, suficiente para contener huesos pero inapropiado para un uso continuado". Los tres supuestos presentan el relleno de dicha cámara como un acontecimiento único (con lo que se niega un discurrir cronológico paralelo al uso de la cámara central) fruto de la convergencia de tres circunstancias: adaptación funcional, remodelación arquitectónica y clausura de un área de depósito. Pese a que los tres razonamientos esbozados son perfectamente posibles, los autores admiten que el tercero les parece el más sugerente. Sin embargo, desde un punto de vista antropológico esta última hipótesis es objetable, primero, porque la presencia de gran cantidad de huesos pequeños es muy poco habitual en depósitos en plusieurs temps. En segundo lugar, la 'adecuada' representación de todas las porciones anatómicas (con solo un ligero predominio de cráneos y de huesos largos) sería también excepcional de tratarse de un enterramiento secundario. En tercer lugar, existen algunos ejemplos de relación cráneo-mandibular, una conexión en principio muy significativa a nivel tafonómico por ser de tipo lábil. Sin embargo, según C. López de Calle, dicha relación no sería demasiado significativa porque se trata de la articulación más fácil de reconocer y su correspondencia podría repararse ocasionalmente en el acto de un reordenamiento ( 4). Estamos de acuerdo en que los restos se beneficiaron de un complejo trabajo de reacomodación en este reducido recinto y en que tal vez las bóvedas craneales fueran depositarias de un cuidado especial. Sin embargo, es imposible imaginar la correcta recomposición de las relaciones cráneo-mandibulares a no ser que pensemos en un traslado de (4) Véase n. 258. los huesos realmente meticuloso y espacialmente corto, quizá desde la cámara principal. La presencia de huesos pequeños y la esperable representación de todos los segmentos corporales parecen orientarse en el mismo sentido, pues sólo son posibles si abogamos por un 'barrido' minucioso desde la cámara principal. De hecho, es casi imposible hallar una recogida tan escrupulosa de restos en depósitos secundarios. Estas tres observaciones invitan a rechazar la hipótesis de un enterramiento secundario comunal, en el sentido estricto del término, y a decantarse si no por un enterramiento primario (poco probable dadas las características del habitáculo excéntrico), sí por una acumulación de huesos fruto de la necesidad de generar más espacio en la cámara principal. Según López de Calle ( 5), éstos conformarían "un osario (...) producto de una monda de la cámara principal, ahora ya vacía y dispuesta para recibir nuevas inhumaciones". Podríamos englobar la práctica en lo que se ha convenido en denominar labores de acondicionamiento espacial, ya documentadas en yacimientos como el dolmen portugués de Monte Canelas I gracias, entre otros factores, a una cuidada labor de remontaje (Silva 1997: 243-245). Esa labor, en nuestro caso, no ha podido llevarse a cabo con éxito por la alta fragmentación del material y la ausencia de siglado o fichas identificativas en muchas de las piezas. Aún así, esta hipótesis nos parece la más plausible, ya que explicaría lo restringido de las dimensiones del habitáculo excéntrico, el importante NMI acogido, que dobla el del nivel neolítico de la cámara principal, y la aparente mayor antigüedad de los vestigios humanos en vista de las dataciones radiocarbónicas. Collado del Mallo (Soto de Cameros, Pese a cier- La cámara medía entre 7 y 8 m2 y tenía una hendidura natural de alrededor de 1 m de profundidad en su sector meridional. Su contenido apareció gravemente alterado (Fig. 6). En cambio, la zona de acceso, compuesta por un corredor de 7 m de longitud y la zona de unión con los límites exteriores del túmulo, reveló una estratigrafía intacta y una gran complejidad formal (López de Calle 1994: 13). Allí aparecieron un hogar, dos grandes bloques exentos en posición vertical y un conjunto de huesos humanos quemados, entre otras soluciones menos llamativas. Su estudio permitió identificar una secuencia de uso funerario plasmada en diversas fases y/o espacios (López de Calle et al. 2001: 74). La primera ocupación del Neolítico avanzado corresponde a la fase pre-constructiva y primer uso sepulcral del monumento (López de Calle 1994: 15) y se reconoce claramente en el nivel inferior o C del primer tramo del corredor (el que enlaza con la cámara) y bajo un empedrado hallado en el segundo tramo del mismo, con fechas de 4430±70 BP (3339-2916 cal. BC, 2σ; Beta-89.986) respectivamente, y también bajo el cuadrante nororiental del túmulo. La segunda etapa de uso, atribuida al Calcolítico temprano se identifica en las cotas inferiores de los pocos sectores de la cámara que permanecían inalterados, con dataciones de 3860±70 BP (2561-2136 cal. La tercera y última fase, del Calcolítico reciente se detecta en las cotas superiores del tramo segundo del corredor, a la que corresponden el empedrado y las evidencias de cremación de la zona de acceso, y de la cámara (nivel A), fechada en 3840±70 BP (2477-2049 cal. Desafortunadamente, la parquedad de la información aportada por las fichas de campo que acompañaban a los restos impidió todo conato de distribución de éstos por niveles en el laboratorio. Las alteraciones más habituales derivan de los efectos de la intemperie, como descamaciones y grietas, y sobre todo del alto número de fracturas antiguas y recientes. Abundan también las improntas de raíces, cuya introducción en las diáfisis de los huesos largos llega a veces a estallarlos. Hay evidencias de infección por organismos saprofitos debido a la deficiente transpiración de las bolsas de plástico en que se conservaban los restos. Finalmente, el registro de un pequeño número de fragmentos quemados corrobora las informaciones obtenidas sobre el terreno. El depósito parece responder a un enterramiento eminentemente primario, pese a no reconocerse conexiones anatómicas de interés (López de Calle 2002: 234). Así permiten avalarlo, al menos, los numerosos huesos de pequeño tamaño recuperados. El perfil osteológico no tendría en nuestra opinión demasiado poder diagnóstico, dado el pésimo estado de conservación de toda la colección (Fig. 7). Coincidimos con C. López de Calle en que "el gran desorden [y, podría añadirse, fragmentación] observado en los restos óseos es producto, por un lado, de una intensa reutilización del sepulcro, con el consiguiente desbaratamiento de las conexiones anatómicas, y, por otro, de agrupaciones intencionadas de huesos largos en determinadas zonas" (López de Calle 1994: 14), y no fruto de depósitos secundarios generalizados, como podría sugerir el mencionado hallazgo de restos óseos quemados en la zona de acceso. No en vano, tras la valoración antropológica de tales evidencias, sólo 12 fragmentos (de los cerca de 250 que componían el conjunto recogido en dicha área) se han visto realmente afectados por el fuego. Los restantes vestigios de cremación son realmente excepcionales en el yacimiento, reduciéndose a 43 evidencias: un fragmento de bóveda craneal, parte de un maxilar superior, 5 fragmentos dentarios y 36 esquirlas. El escaso poder diagnóstico de esta docena de esquirlas hace imposible extraer conclusiones sustanciosas respecto al estado de los huesos en el momento de la quema, aunque sí revela una exposición a temperaturas medias de entre 200 y 600 oC a partir de su coloración marrón-negruzca y poco homogénea (Hummel et al. 1988). Sin embargo y pese a la yuxtaposición de dos acciones relacionadas con el uso del fuego (huesos cremados y un hogar junto a ellos) en el área de acceso, los datos antracológicos excluyen cualquier relación entre ambas circunstancias. El estudio de los macrorrestos vegetales sugiere la clara asociación entre los huesos humanos quemados y carbones de avellano (92% de la muestra) (López de Calle et al. 2001: 78-79). En cambio, los materiales leñosos recuperados en el hogar corresponden a madera de tejo (López de Calle 2002: 237). Parece plausible, por tanto y en este caso, la correspondencia de estos restos con la introducción puntual de pequeños paquetes secundarios. Finalmente, la población inhumada incluye un NMI de 31 individuos (12 subadultos y 19 adultos: 10 masculinos, 5 femeninos, 4 indeterminados) en todo el conjunto del depósito, dada la ya comentada imposibilidad de distribuirlos por niveles (Tab. El rito funerario realizado en Collado del Mallo fue muy posiblemente el de inhumación pri- maria, al menos en su mayor parte, pese a que el material se encontraba inconexo, sin orden anatómico y en ciertas áreas, en apariencia, agrupado intencionalmente. Coincidimos con C. López de Calle (1994: 14) en que es más correcto interpretar esta evidencia como un tratamiento o cuidado funerario -tal vez orientado al intenso aprovechamiento del espacio sepulcral-que como resultado de complejas y masivas prácticas de inhumación secundaria, a falta de otras evidencias que apoyen esta hipótesis, como podrían ser serias anomalías en la representatividad de los huesos pequeños. Sin embargo, la existencia de una pequeña muestra ósea sometida a la acción del fuego y su casi exclusiva asociación con carbones de avellano invita a pensar, al menos para este conjunto, en un fenómeno no meramente accidental. C. López de Calle ( 6) propone atribuirla a una acción simultánea sobre los restos de varios individuos, sin descartar una introducción periódica de restos sometidos uno a uno a los efectos del fuego, o incluso, una combinación de ambos gestos. Para nosotros, honestamente, esto resulta imposible de precisar. Para terminar, el reconocimiento de estratos previos a la construcción de la sepultura (nivel inferior o C) pueden sin muchas dudas ser interpretados como consecuencia de la implantación del sepulcro megalítico sobre un área funeraria anterior. En ellos, "los restos humanos asociados a elementos neolíticos intactos yacen bajo el empedrado del corredor, dentro de los límites de un espacio que podemos juzgar como apropiado o habitual para la deposición fúnebre. Pero el nivel discurre, sin solución de continuidad, bajo el túmulo, al menos en el cuadrante nororiental" (López de Calle e Ilarraza 1997: 316). Fuente Morena (Montalvo de Cameros, Fuente Morena fue descubierto en julio de 1986 por P. y C. Álvarez Clavijo, J. Ceniceros y M. L. Carrillo, y excavado ese mismo mes en una (6) Véase n. 236. única campaña dirigida por C. L. Pérez Arrondo. El sitio podría definirse como un sepulcro simple. El desplome de la mayor parte de las losas no permitió establecer si contaba con algún sistema de acceso con límites definidos, si bien propició que una buena porción de la zona central de la cámara se preservase inalterada, estando el resto del depósito removido desde antiguo. BC, 2σ; CSIC-968)( 7), lo que permite atribuirlo al Neolítico final. La muestra de Fuente Morena comprende un total de 1804 esquirlas y 955 restos identificables, de los que tan sólo 24 son huesos enteros, 779 fragmentos de hueso y 152 piezas dentarias aisladas. Como en otros sepulcros, la muy elevada fragmentación de los restos es la alteración tafonómica más sobresaliente, acompañada de descamaciones e improntas vegetales. El depósito parece responder a priori a una inhumación primaria en vista de la existencia de un sujeto en conexión anatómica parcial al que "la caída de una losa de la cámara, en un momento no determinado de la historia de sepulcro, había aplastado completamente sin llegar a desbaratar su posición original" (López de Calle 1992: 37), manteniéndose intactas tanto la relación entre brazo y antebrazo como la posición del conjunto vertebral. La distancia a la que aparece el cráneo (aplastado y con la mandíbula conectada) y, sobre todo, la disposición del raquis, permiten estimar una posición replegada. No obstante, el colectivo inhumado asciende a un mínimo de 8 individuos (3 subadultos y 5 adultos, de los que 3 son masculinos, 1 femenino y 1 indeterminado) (Tab. 3) y, pese al hallazgo de dicho sujeto parcialmente conectado, ha de señalarse la inusual escasez de elementos de pequeño tamaño, como huesos de pies y manos, piezas vertebrales o fragmentos costales, y la sobrerrepresentación de cráneos y huesos largos (Fig. 8). El rito funerario practicado en Fuente Morena bien pudo ser el de inhumación primaria, al menos en parte, como evidencia el sujeto en conexión parcial. Sin embargo, la abrumadora escasez de huesos cortos y elementos costo-vertebrales (y la profanación de parte de la cámara) nos deja en duda sobre la naturaleza total del sepulcro. Esta circunstancia podría deberse a labores habituales de gestión del espacio sepulcral, como las limpiezas selectivas. A este respecto, resulta significativa la observación durante los trabajos de campo de restos de materias colorantes rojizas de naturaleza indeterminada en algunos sectores del fondo de la cámara ( 8), que bien pudieran tener una función (8) Véase n. 233. profiláctica vinculada con dichas prácticas, pese a no haber llegado a teñir los restos humanos. Tampoco conviene descartar la posibilidad de un enterramiento secundario. La escasa colmatación documentada en el monumento (tan sólo un mínimo de 8 individuos) no parece requerir ese tipo de prácticas, en principio motivadas por la necesidad de liberar espacio. La cámara, de entre 7 y 8 m2, estaba totalmente profanada, ofreciendo restos humanos mínimos, dispersos y muy fragmentados. Por su parte, la supuesta zona de acceso o atrio se halló intacta. La línea de unión entre esta zona y la cámara podría parecer dudosa en un principio, por existir una piedra de cierre entre ambas (Fig. 9). Sin embargo, su menor alzado respecto a las losas camerales y la existencia de lajas que parecen arropar el camino hacen pensar en su concepción como medio de ingreso a la cámara. Los datos obtenidos en la excavación de esta área han permitido proponer la existencia de rario) tiene 5 estructuras artificiales: a) una alineación elíptica de piedras (Fig. 10A) que encerraba escasos vestigios; b) tres hogares, asociados a restos humanos, ajuares y fragmentos óseos animales de cronología neolítica, datados en 4730±30 BP (3635-3377 cal. BC, 2σ; CSIC-952) gracias a una muestra de carbón (Fig. 10B) y c) un pequeño hoyo relleno de piedras, algunas de ellas con rastros de fuego. El Nivel B2, Calcolítico precampaniforme, presenta restos humanos escasos e inconexos, unos teñidos de ocre amarillo y otros con señales de fuego. BC, 2σ; CSIC-970), colocados bajo lajas planas de buen tamaño sobre las que se disponía un interesante ajuar campaniforme. La muestra del atrio de Collado Palomero I, recordemos el total expolio de la cámara, se compone en el nivel B1 de 719 esquirlas y 43 restos identificables que incluyen 3 huesos enteros, 36 fragmentos óseos y 4 fragmentos de diente. En cuanto a los procesos tafonómicos, destacan las múltiples fracturas antiguas postmortem y la notoria alteración en la superficie cortical de los huesos por efectos de la intemperie y por la acción de raíces y pequeños roedores. También aparecieron algunos restos con señales de fuego en todos los niveles. En cambio, no se halló ninguna evidencia de coloración ocre en los huesos del nivel B2, impidiendo certificar las informaciones recogidas en los trabajos de campo. Los depósitos no parecen responder a un enterramiento eminentemente primario, pese a haberse reconocido posibles conexiones anatómicas en los niveles calcolíticos durante la excavación. Así parece avalarlo, al menos en el nivel A1, el predominio de piezas nobles y el anómalo perfil osteológico (Fig. 11), no siendo posible valorarlo en los niveles B2 y B1 debido a la exigüidad de los conjuntos. Sin embargo, recordemos que apenas se dispone de datos sobre el contenido de la cámara, lugar donde verdaderamente habría que valorar la naturaleza del monumento. Son de gran interés a este respecto los fragmentos óseos con huellas innegables de acción ígnea procedentes de B2 y A1, mientras en B1 la afectación es muy dudosa pues la muestra se limita a un diente y cuatro esquirlas. Las pequeñas dimensiones de dichos fragmentos, de aspecto generalmente negruzco o ahumado (una coloración propia de una combustión entre los 200 y los 600 oC), no permiten distinguir el estado del hueso (fresco o seco) en el momento de la quema. Dichas evidencias se refieren a elementos craneales y huesos largos de forma abrumadora, siendo notable la escasez de costillas, vértebras y otros huesos pequeños localizados en el sepulcro (sobre todo en A1). Por ello no es nada improbable que la cremación se hubiera efectuado sobre restos procedentes de una selección previa, siendo en tal caso plausible su llegada al sepulcro en 'seco', esto es, ya descarnados. De la población inhumada (Tab. 4) en el nivel B1 (Neolítico final) tan sólo pudo estimarse con seguridad la presencia de un sujeto adulto femenino, a partir de las piezas localizadas en la supuesta estructura individualizante. El resto del nivel, compuesto básicamente por esquirlas, no Distribución del número mínimo de individuos de Collado Palomero I (Viguera, La Rioja) según nivel y grupos de edad. permite definir con seguridad otros individuos. En el nivel B2 (Calcolítico precampaniforme), también con restos humanos muy escasos, se estimó un número mínimo de 2 individuos: un infantil II y un adulto joven de sexo indeterminado. En el nivel A1 (Calcolítico campaniforme), pese a la referencia en los trabajos de campo a la localización de cerca de quince calotas craneales (López de Calle 2002: 234), la intensa fragmentación que manifiestan los restos y la ausencia de individualización de cada conjunto craneal en bolsas independientes hacen imposible identificar en el laboratorio un número tan elevado. De hecho, solamente se han podido identificar 6 bóvedas craneales adultas de sexo indeterminado. Junto a esto, debemos señalar: 1 infantil I, 1 infantil II y 1 juvenil. Es decir, un mínimo de 9 sujetos. Es muy posible que el rito realizado en el interior del sepulcro de Collado Palomero I sea el de deposición secundaria, al menos en el nivel A1. Parecen erguirse como argumentos difícilmente cuestionables las serias irregularidades detectadas en la representatividad de las partes anatómicas. Al abrumador predominio de fragmentos de bóveda craneal y porciones, sobre todo mediales, de huesos largos se opone la práctica inexistencia de elementos del esqueleto axial y huesos cortos. La dicotomía se antoja demasiado significativa para pensar en una eliminación intencional de piezas pequeñas durante labores ocasionales de limpieza, en vez de en una, más probable, introducción o acumulación intencional de piezas 'nobles'. Algo más incierto es el caso de B2, dada la carestía y las penurias en la conservación de las piezas halladas, aunque para C. López de Calle es probable que también respondan a este tipo de inhumación ( 9). Respecto a los fragmentos óseos con signos inequívocos de haber sido sometidos a la acción del fuego hallados en sendos niveles, no es descartable que fuesen trasladados al propio depósito cuando ya habían perdido los tejidos blandos y previa selección (especialmente en A1), aunque el mal estado de conservación de la muestra no permite corroborar esta hipótesis. Finalmente no es improbable que la estructura elíptica de piedras hallada en B1 también conforme un enterramiento secundario, en este caso individual. La conjetura es algo arriesgada al no ser las piezas localizadas (una clavícula, un calcáneo, varias falanges y fragmentos de costillas) en absoluto frecuentes en este tipo de depósitos, pero adquiere cierta solidez a tenor de la escasa entidad y representatividad de los vestigios en el resto del nivel. No es imposible que esa construcción haya salvaguardado de manera especial la integridad de tales huesos, de ahí el desigual estado de conservación con el resto del conjunto, pero tampoco lo es que la muestra ósea conservada no responda al total del conjunto inicialmente depositado. A este respecto, es remarcable la aparente coherencia entre el sexo y la edad del sujeto allí inhumado y las piezas de cultura material asociadas a él (un punzón y una piedra volandera de molino). Dicha suerte tiene paralelos en el entorno, como la estructura subcircular del dolmen navarro de Aizibita, que acogía los restos de, al menos, un adulto y un infantil junto a una considerable concentración de elementos líticos y adornos (Beguiristain 2007/08: 709). M. T. Andrés (1997: 432) sugiere que el contenido del óvalo pétreo, basándose en su anterioridad al sepulcro y en las estructuras de combustión del nivel B1, podría ser producto del 'olvido' de algunos huesos por parte de la comunidad asentada en aquel paraje, cuando abandona el lugar y traslada los restos de sus antepasados. La ex- plicación tiene ciertos cabos sueltos como "que, sin ser restos muy significativos, desde luego no son invisibles y, sobre todo, que el pequeño óvalo de piedras se asienta sobre el suelo y en una cota ligeramente superior que los hogares (...), de forma que la relación entre vivos y muertos, en la hipótesis de la profesora Andrés, sería la de pura convivencia" (López de Calle 2002: 240). Sin embargo resulta bastante plausible, más aún si pensamos en los testimonios de estratos subtumulares con signos de actividades domésticas en monumentos funerarios de áreas tanto peninsulares como extrapeninsulares (Delibes et al. 1997). Como hipótesis alternativa para explicar las evidencias localizadas en esta área de acceso, C. López de Calle (2002: 237) planteaba en sus últimos artículos la relación de tales estructuras con una contundente clausura del sepulcro. La idea, sin demasiado eco, quedaría refutada tras la obtención de fechas radiocarbónicas que situaban al nivel B1 como el más antiguo del sepulcro. No obstante, coincidimos con él en que es "la historia arquitectónica del sepulcro y no un hipotético antecedente de habitación lo que explica satisfactoriamente los hogares de Collado Palomero I" (López de Calle 2002: 237). Proponemos que sea un acto de 'inauguración' o apertura y no de clausura o disfuncionalización, como defendía este autor, lo que explique la presencia de estas estructuras en la zona de la entrada. Esta suposición se vería avalada tanto por la posición estratigráfica de los hogares y su datación absoluta como por la carencia de indicios de estructuras en la apertura de un corte tumular en la zona norte. Tampoco casaría mal con la presencia de restos animales, fragmentos cerámicos y útiles en sílex relacionables, como ya decía C. López de Calle, con la celebración de un supuesto banquete ritual. El análisis del material lítico confirma que los límites del atrio sirvieron como lugar de talla, "quizá como actividad inherente al consumo alimenticio o a la preparación y descuartizamiento de las piezas consumidas (...) in situ" (López de Calle 2002: 240-241). A esta circunstancia (que siendo fieles a la verdad tampoco desentonaría con lo esperado en un hábitat) han de sumarse otras dos. Al parecer, las hogueras fueron "tapadas muy poco después de su último uso, ya que conservaban restos de materiales leñosos carbonizados cuya desintegración al aire libre es bastante rápida". Además los restos cerámicos, "muy fragmentados y, en lo poco que se puede saber, correspondientes todos a recipientes de pequeña talla, permiten imaginar que no se usarían como cacharros de cocina y que su fractura, muy acusada pero sin señales de rodamiento, sería quizá intencional". Imbricado en todo este escenario estaría el pequeño receptáculo pétreo donde fueron depositados los exiguos restos humanos que el estudio antropológico ha permitido estimar como pertenecientes a una mujer adulta. Siendo éste el único conjunto fúnebre de cierta entidad detectado en B1, ¿por qué no plantear su asimilación con un depósito fundacional? No queremos ocultar, sin embargo, que "bajo el túmulo en sentido estricto (estrato 6, infrayacente), se recogerían también restos de animales y piezas cerámicas de las que lo más llamativo son tres fragmentos de cerámica impresa" (López de Calle 2002: 238-239), un descubrimiento que, en principio, vendría a apoyar la opinión de M. T. Andrés. No obstante, la estrecha relación estilística y artesanal de dichos fragmentos con otros hallados en la cercana Cueva Lóbrega (Torrecilla de Cameros), en un contexto Neolítico antiguo datado en torno a 6220±100 BP (5465-4911 cal. Nosotros, en realidad, no desmentimos que hubiera un lugar de hábitat previo, sencillamente planteamos que las cinco estructuras halladas en el atrio se debieran a actos ceremoniales vinculados a la propia naturaleza funeraria del sepulcro y no a una coyuntura adventicia previa a su erección. Por el contrario, sí creemos más correcto conectar el proceso de condenación del monumento con la ampliación del túmulo y la colmatación de ese sistema de acceso mediante una única capa desde el suelo (mientras el resto del túmulo estaba constituido por cinco capas alternas de tierra y piedras). EN TORNO A LA DINÁMICA SEPULCRAL CAMERANA Los megalitos de Cameros son espacios funerarios de gran complejidad. Su carácter deviene de cambios en el uso del espacio, en el reclutamiento de los inhumados, en la introducción de los de-pósitos materiales e incluso en la interpretación del lugar durante su periodo de uso. Éste no es el lugar para tratar de esbozar pautas concretas de uso funerario de las sepulturas estudiadas, configuradas a base de pinceladas más o menos firmes en las páginas precedentes. En cambio tal vez lo sea para valorar los principales episodios que parecen marcar la vida de los megalitos cameranos, desde su concepción primigenia a su último empleo como espacios funerarios. Estratos previos o subtumulares El reconocimiento de estratos subtumulares ha conformado tradicionalmente la base empírica para proponer la fidelidad en la reiterada ocupación de determinados parajes. Esta circunstancia ha llevado a ciertos autores a "suponer un cambio en la ocupación de esos territorios que en el Mesolítico previo serían de habitación y explotación económica, y que coincidiendo con la neolitización y tal vez con cambios climáticos, decaen como preferencia habitacional y se transforman en el lugar de residencia de los antepasados que allá permanecerán en la perdurable tumba dolménica, significando la posesión del territorio" (Andrés 2009: 18). Otros investigadores aducen, en cambio, que en ciertos casos "sea la implantación de sepulcros funerarios sobre áreas funerarias anteriores lo que los origine" (López de Calle e Ilarraza 1997: 316), lo que, en nuestra opinión, cobra pleno sentido en la estación megalítica de Cameros. En Collado del Mallo el hallazgo de un empedrado infrayacente al túmulo y corredor bajo el que aparecieron restos humanos asociados a elementos neolíticos ha sugerido a los investigadores que hubiera un área funeraria previa a la erección del sepulcro. Del mismo modo, bajo el túmulo de Collado Palomero I se recogieron restos de fauna y cerámicas que bien podrían ser testigo de otra "habida cuenta de las condiciones poco propicias para el asentamiento del lugar" (López de Calle e Ilarraza 1997: 316). En su diversidad, los megalitos surgirán donde y cuando sean posibles y necesarios. Explicar su proceso de adopción y adaptación en La Rioja exige conceder el protagonismo a la difusión cultural, en "un compromiso razonable entre la impregnación de la idea dolménica y su realización física, la cual dependerá de sus condicionantes autónomos" (Andrés 1997: 434). Estos condicionantes quedan materializados en la variabilidad estructural de los monumentos, donde se dan soluciones tan variadas como dólmenes simples (Fuente Morena), de corredor (Collado del Mallo), bicamerales (Peña Guerra II) y con atrio (Collado Palomero I). En cualquier caso, y pese a que ignoremos las razones concretas por las que aquellas gentes decidieron erigir un monumento 'no perecedero' y utilizar un diseño específico, una idea común debió subyacer, posiblemente una creencia religiosa tal vez ligada a una referencia astral, dada la normalizada orientación de los dispositivos (Andrés 2009: 18). La inhumación y sus sistemas No arriesgaríamos demasiado si dijéramos que la inhumación primaria parece ser el modo dominante en el periodo de uso 'normativo', esto es, durante el Neolítico final y el Calcolítico inicial. Ello no implica negar la existencia de otros sistemas más elaborados, que pudieran corresponderse con depósitos secundarios (como el de Fuente Morena), cuando la sobrerrepresentación de piezas 'nobles' y el déficit de otros segmentos menos representativos del esqueleto son acusados. También parece ser común en momentos antiguos el hallazgo de 'nidos de cráneos' y haces de huesos largos en ciertos lugares perimetrales de los sepulcros (cámara secundaria de Peña Guerra II, Collado del Mallo). Este gesto habitual en dólmenes del entorno (Múgica y Armendáriz 1991; Narvarte 2005) puede entenderse como resultado de despejes para favorecer el tránsito por la cámara y habilitar espacio para nuevos enterramientos o quizá de otras labores de trasfondo más ideológico que práctico. Las prácticas destinadas al aprovechamiento espacial nos permitirían plantear que se hicieran limpiezas y mondas con el mismo objetivo en las tumbas donde, a pesar de las irregularidades en el perfil osteológico, se documenta multitud de huesos pequeños, en general, de todos los segmentos que componen el esqueleto humano (Peña Guerra II, Collado del Mallo). Sin embargo, la disparidad porcentual entre diferentes huesos puede ser explicada asimismo por una conservación diferencial debida a la propia consistencia del hueso, a factores tafonómicos, a la acción de clandestinos o incluso al azar. En cualquier caso, si se hicieron labores de limpieza, parece que no fueron demasiado sistemáticas. Finalmente, hay gestos y modificaciones de origen antrópico que alteran la apariencia de los huesos. Destacan el empleo del fuego y del ocre en las sepulturas. En la estación camerana las cremaciones podrían estar relacionadas en la práctica totalidad de los casos con depósitos en plusieurs temps (Collado del Mallo, Collado Palomero I). En cambio las impregnaciones de ocre, de aceptar su naturaleza antrópica, podrían estar vinculadas a la conservación de los cuerpos por sus cualidades profilácticas, sin descartar otros posibles trasfondos simbólicos. Los enlosados pétreos que separan los diferentes niveles de inhumación en Peña Guerra II y Collado del Mallo resultan complejos de interpretar a este respecto. En rigor ni siquiera sabemos si los responsables de disponer estas capas desean cerrar un ciclo (Narvarte 2005: 217) o, por el contrario, abrir uno nuevo (Pérez Arrondo 1987: 166). Lo dilatado del uso megalítico hace que no tengan por qué ser necesariamente los mismos. No obstante la mayoría de los autores parece coincidir, como nosotros, en que estas actuaciones expresan el deseo de 'protección' de los restos por parte de sus contemporáneos (López de Calle e Ilarraza 1997: 313). Aceptando esta hipótesis, lo más probable es que estas soluciones tuvieran un origen esencialmente práctico, ligado al aumento de la capacidad del sepulcro a través de reorganizaciones, de puntuales limpiezas o del propio arreglo estructural. La compleja construcción y secuencia de gestos funerarios evidenciada en los sepulcros cameranos suele ir seguida con frecuencia de la sorprendente destrucción intencionada de los mismos. En Collado Palomero I la clausura conlleva, como ya se ha mencionado, "el cubrimiento total del edificio, incluido naturalmente el atrio, con sus tres hogares y con la pequeña estructura que contenía restos humanos" (López de Calle e Ilarraza 1997: 317). Otras veces, sin embargo, estas mismas zonas son inhabilitadas mediante soluciones que 'impermeabilizan' la cámara respecto al espacio de acceso. Así en Collado del Mallo el corredor estaba absolutamente enmascarado por un potente empedrado. Finalmente, en el sepulcro bicameral de Peña Guerra II, la cámara secundaria o excéntrica fue rellenada con tierra apelmazada quedando oculta en el túmulo mediante la colocación de grandes piedras en superficie. La inhabilitación fue tan efectiva que la cámara "probablemente pasó desapercibida para los últimos ocupantes del sepulcro ya que no se recogieron elementos recientes dentro de sus límites" (López de Calle e Ilarraza 1997: 313). Es posible que esta a priori inesperada y premeditada inhabilitación del espacio funerario tenga su explicación en una 'interrupción' en el uso de los lugares megalíticos. Una ruptura que podría encontrar respuesta en factores si no demográficos, al menos ideológicos, plasmados en cambios en el comportamiento funerario. En efecto, sólo hace falta atender a las nuevas formas dolménicas que aparecen en Navarra (Álvarez 2006) o al uso de nuevos espacios sepulcrales (cuevas, abrigos, fosas,...) (Fernández-Crespo 2010), para comprender que el Calcolítico inicial del Valle del Ebro es un periodo de gran efervescencia poblacional y variabilidad funeraria. Desde el Calcolítico pleno y final la utilización dolménica en el Valle Medio del Ebro parece por lo general decaída. Al igual que en gran parte de Europa, se empieza a recuperar la forma de los enterramientos individuales, en general asociados al campaniforme. En este contexto, emerge sin embargo un curioso fenómeno de reutilización de dólmenes antiguos pese a haber sido clausurados, abandonados o destruidos hace tiempo, conformando una reinterpretación no forzosamente ajustada al 'mensaje' megalítico original (Delibes 2010: 46). Tales reocupaciones son un hecho claro en Peña Guerra II (nivel superior de la cámara principal) y Collado Palomero I (nivel A1), donde se hallaron, respectivamente, tres y nueve sujetos en total desconexión y acompañados de un interesante ajuar campaniforme. Así las cosas y pese a los pocos casos bien documentados, son llamativos el desorden y los anómalos perfiles osteológicos en estos niveles. En ciertos contextos podrían inculparse a actividades clandestinas (Peña Guerra II), pero en otros (Collado Palomero I) parecen responder a procedimientos verdaderamente sepulcrales, dejando la puerta abierta a suponer una gran variabilidad en las formas de deposición tardías. Este hallazgo vendría así a sumarse a otros indicios peninsulares de enterramientos secundarios (como los de la necrópolis toledana de Valle de las Higueras y, tal vez, los de la fosa abulense de Valdeprados), "contribuyendo a relativizar la hipótesis de que el ritual campaniforme implica un depósito único y definitivo para los huesos de los líderes, que no son descarnados, ni trasladados" (Bueno et al. 2005: 78). Al mismo tiempo, las diversas inhumaciones presentes en estos niveles, algunas infantiles como ha revelado el estudio antropológico, invitan a pensar que estos enterramientos hicieran hincapié, más que en la propia individualidad o posición social, en la importancia de la estirpe o de la familia, para establecer un vínculo -real o no-con los antiguos moradores (Andrés 2005: 261-262). El análisis arqueoantropológico realizado sobre las sepulturas megalíticas cameranas de Peña Guerra II, Collado del Mallo, Fuente Morena y Collado Palomero I ha permitido la detección de gestos y comportamientos funerarios realmente diversos. Los meticulosos ordenamientos, las posibles mondas, los potenciales paquetes secundarios, cremaciones depósitos de ocre invitan a suponerlos beneficiarios de un ritual más elaborado que el sugerido por la literatura tradicional, pese a que la inhumación primaria se propone como el modo funerario predominante. Si a ello le sumamos la aparente complejidad de sus arquitecturas y secuencias funerarias, las cuales distan mucho de ser semejantes en los casos estudiados, se hace necesario entender estas estructuras como sepulturas dinámicas y polisémicas. A pesar de esta heterogeneidad, parece que el espíritu 'colectivizador' que los primeros enterramientos evocaban en cierta medida, dio paso con el tiempo a formas de racionalidad diferentes (de ahí los diversos arreglos, finalizaciones de ciclo y clausuras) amparadas por nuevas necesidades, pasando en última instancia a ser concebidos y reutilizados como potenciales instrumentos legitimadores de poder. Ignacio Barandiarán y Concepción de la Rúa, co-directores de la Tesis Doctoral (véase n. 2), de la cual deriva este artículo, su asesoramiento y constante apoyo. Al Dr. Carlos López de Calle su buena disposición y amabilidad a la hora de facilitarnos el acceso y la consulta de su Tesis Doctoral y del material gráfico a ella asociado (véase n. Por último, a los SGIker (UPV/EHU, MI-CINN, GV/EJ, FSE) y, en especial, al Dr. Alfredo Sarmiento, por el apoyo técnico y humano en el análisis por Espectroscopía Raman.
En la campaña de excavación de 2009 en el poblado argárico de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén) se halló un objeto singular por sus características morfométricas inusuales y también por aparecer en un contexto doméstico y no funerario. Es una espada de grandes dimensiones, típicamente argárica por la forma, que bien podría haber estado destinada al ajuar funerario de algún personaje de elevada posición social si no fuese por su probable abandono por alguna acuciante circunstancia. La investigación en Peñalosa sugiere que un potente incendio produjo el abandono del poblado al final de la fase IIIA, debido quizás a un seísmo de relativa intensidad, atestiguado por bruscos desplazamientos en gran parte de los muros por la fractura de las pizarras que los forman. Este suceso se traduce en la estratigrafía en los potentes niveles de derrumbe de las paredes y techos de las estructuras tras el incendio (Contreras et al. e.p.). Gracias a ello se han conservado gran parte de los ajuares domésticos y de las estructuras internas de los diferentes espacios. acrópolis se sitúa a unos 4 m sobre este espacio, emergiendo sobre un farallón pizarroso delimitado por un cierre amurallado bajo el que se irán distribuyendo los diferentes ámbitos del poblado sorteando las pendientes de ambas laderas mediante calles y zonas de paso, adaptadas a las curvas de nivel. El conjunto, la acrópolis y el resto del poblado, está bordeado a su vez por una línea de muralla que va estrangulando el espacio habitable en sentido noreste-noroeste. Aquí la inaccesibilidad al interior del poblado está asegurada por el impresionante cortado en vertical sobre el que se asienta (Contreras 2000; Contreras y Cámara 2002). Por debajo de ese farallón encastillado se articula el Complejo Estructural XIVa como lugar de circulación, producción y almacenamiento que conecta con otros espacios semejantes: hacia el noroeste (CE XIVb) mediante un tramo de escalones y hacia el suroeste (CE XIVc y XIVd) a través de un vano de puerta (Fig. 2). La acrópolis y áreas superiores serían accesibles por el extremo sureste, a través de escalones trabajados sobre la propia roca pizarrosa. El sector 45, con una superficie aproximada de 32 m 2, está delimitado en su parte trasera por esa misma pared de pizarra y en su frente delantero por el muro de aterrazamiento de la Terraza Superior. El acceso a esta zona se hace desde la entrada principal norte, a través de un espacio que funciona como distribuidor y que conecta con diversas estancias. A rasgos generales la estratigrafía del sector 45 revela dos fases de ocupación, III0 y IIIA. Básicamente nos encontramos con dos bancos corridos, longitudinales al eje mayor del espacio, uno en la parte delantera (al norte) y otro en la trasera (al sur), sobre los que se disponen estructuras que contendrían grandes orzas de cereal, como es habitual en el poblado, junto a numerosos molinos de pequeño tamaño asociados a manos de molino. La zona central, delimitada por ambos bancos, sería un lugar de tránsito al estar pavimentada con grandes lajas de pizarra sobre un nivel compactado que regularizaría el sustrato natural. Los planos de distribución de los materiales y las características del propio sedimento nos hacen pensar que en gran parte quedaría al descubierto o a lo sumo con algún techado liviano. Además se han documentado en este suelo de ocupación restos de un hogar en el frente norte de la estancia y los de la sepultura 29 en el banco corrido sur. Localización del poblado de Peñalosa en la Península Ibérica. Vista aérea con el sector 45 sombreado, en cuyo Complejo Estructural XIVa apareció la espada con un puñal de dos remaches (a la derecha localización de ambos). Contenía como ajuar una pequeña tulipa junto a restos de fauna en proceso de estudio. La espada apareció en ese contexto (Fig. 1) bajo restos de grandes vasijas de almacenamiento de cereal, volcadas y aplastadas por el proceso de derrumbe, con el consiguiente derramamiento del grano que estaba quemado. Muy cerca de la espada había un puñal de dos remaches en cobre y un fósil utilizado como colgante. Este ajuar metálico, por sus características tipológicas (Lull 1983; Lull et al. 2005), podría haber pertenecido a un individuo de prestigio en la comunidad y que por tanto gozaría del reconocimiento inquebrantable del grupo. Entre los objetos materiales hallados sobre el suelo de ocupación, cerca del banco donde presumiblemente reposarían la espada y el puñal, había un conjunto de 6 fichas en pizarra, iguales a las recuperadas en otros ámbitos junto a planchas de pizarra reticuladas y relacionadas con un juego (Contreras 2000). La secuencia de lo ocurrido al producirse la destrucción violenta del espacio CE XIV pudo derivar en la imposibilidad de recoger la espada y el resto de objetos depositados sobre el banco sureste de la estancia. DESCRIPCIÓN DE LA ESPADA Y DEL AJUAR ASOCIADO La espada de Peñalosa (Fig. 3) aparece pues sepultada por el nivel de derrumbe, en posición horizontal, algo inclinada hacia el noroeste y con el extremo proximal al oeste. La placa de enmangue quedaba medio oculta por los fragmentos de una gran vasija de almacenamiento colmada de cereal calcinado. La conservación del arma y de los elementos de sujeción de la empuñadura es francamente buena a pesar de las condiciones de su lugar de aparición y de su ocultamiento bajo filtraciones constantes del agua de lluvia. Los filos de la hoja de la espada (BE_45130) son apuntados y convergentes hasta alcanzar el extremo distal suavemente apuntado. La sección es lenticular. La sección longitudinal no es del todo recta sino que se curva ligeramente más o menos desde la mitad hasta el extremo distal. Siendo difícil esclarecer sus causas, nos parece que no tienen que buscarse en la fabricación de la pieza sino, por ejemplo, en haber soportado el peso considerable del derrumbe de la estancia donde se encontró. Dibujo de la espada de Peñalosa y sus complementos. Microestructuras de la hoja en la que se aprecian los granos maclados sin deformar (X50) y del filo donde se distinguen granos rotos en tamaños más pequeños que en la anterior como producto de un martilleado más intenso (X20). Imagen de las huellas de uso en el filo y en la hoja. La placa de enmangue, diferenciada y de cabeza algo redondeada, conserva 5 de los 6 remaches originales en plata (BE_45130-1 al 4 y BE_45173): 4 alineados en arco y por debajo 2 más pequeños en cada extremo, uno de los cuales falta (Fig. 4). Los remaches son de sección facetada redondeada y cabeza aplanada en ambos extremos por el tratamiento mecánico para sujetar las cachas de la empuñadura, presumiblemente de madera. También se conservaban los 4 clavos (BE_45171, 1 al 4) que sujetarían ambas cachas, dispuestos a lo largo de la parte central del hueco dejado por la empuñadura. Se hicieron a partir de una varilla de plata de sección circular facetada, cortada en fragmentos. Una vez colocada cada varilla en los taladros, se ajustaría a las cachas mediante un único y contundente golpe de martillo. El estudio macroscópico muestra que los extremos no han sido cuidadosamente redondeados, como los remaches, sino tan solo doblados. Dos de ellos se han alargado sobre cada una de las caras de las cachas para ajustar la empuñadura, rematada en un pomo (BE_45172) hecho a partir de una lámina rectangular cerrada, igualmente de plata, adaptada a la forma ovalada de la madera. El pomo fue hallado junto a los clavos y por tanto, en posición. Si bien en la Península Ibérica, sobre todo en el área argárica, hay abundantes ejemplos de armas y de elementos ambivalentes ( 1) con roblones de plata, son excepción los que presentan los clavos o el pomo de la empuñadura también en este metal. Gómez Ramos (2001: 24), al hablar del debate sobre el uso simbólico o no de las armas con empuñaduras y/o remaches en metales como plata y oro, cita un elemento en plata, procedente de la sepultura en cista 7 de Fuente Álamo. Los hermanos Siret (1890: 259) lo describían como "una especie de vasito de plata que sirvió sin duda, de pomo de algún mango". Según Gómez Ramos, se correspondería más, por su pequeño tamaño y similitud, con el arriaz hemisférico de la espada de Guadalajara y con algunos restos gráficos en estelas alentejanas. También L. Siret (1913) fue consciente de la singularidad de este elemento, el único de esas características hallado tras su intenso paso por el Sureste peninsular. (1) Nos referimos a armas que pudieron también tener un uso como herramientas como los puñales. No podemos afirmar pese al buen estado de la espada que el tipo de enmangue fuese en doble arco (ya sea de herradura, medio punto o rebajado), como suele suceder en las espadas peninsulares del entorno argárico, al faltar las correspondientes huellas (Fig. 4). Al descubrirse la placa de enmangue se observó que dos de las perforaciones que alojan los roblones estaban rotas. Faltaba el otro, más pequeño, desprendido quizá estando el arma aún en uso. El peso total del metal de la espada es de 635,38 g, de los que 12,68 g corresponden a los elementos en plata (Tab. La relación longitud/ peso traduce un arma equilibrada para su uso aunque haya otras, como la de la Perla, de mayor peso (723 g) y longitud menor (53,3 cm) (Fernández de Castro 2001). Desconocemos a ciencia cierta si la espada estuvo o no enfundada. Pudo mantener una contera de cuero que cubriría unos 7-8 cm de la punta (Fig. 4) considerando la diferente coloración en esta zona y su aspecto. Según el análisis de las adherencias de esta zona, muy compactadas y diferentes a la tierra suelta de relleno que la cubría, no se trata de materia orgánica sino de tierra ( 2). Sin embargo no sería descabellado pensar que este tipo de armas ( 3) tuviera cantoneras que resguardasen el filo. Junto a la espada había otros dos objetos significativos: un puñal de cobre arsenical de dos remaches (BE_45169), localizado en el mismo nivel de derrumbe y cota que la espada al oeste y a un metro aproximadamente de ella, y un fósil en limonita usado como colgante (BE_45197). Los remaches son de cobre y de sección facetada redondeada. Están remachados por un extremo y aplastados mediante martilleado por el otro. Aún sin apreciarse tan bien como en la espada, permite asegurar el trabajo sobre un yunque de piedra. La empuñadura sería de madera a juzgar por los restos adheridos y estaría colocada a unos (2) La identificación fenotípica se hizo en los laboratorios del Dpto. de Biología Celular de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada y la caracterización de la muestra en la Facultad de Biología de la Universidad de Sevilla. (3) La espada granadina de La Herradura conserva una adherencia sobre su punta casi igual a La de Peñalosa. Sus investigadores plantean, sin analíticas, que correspondiera "a una contera de protección de la punta" (Ruiz Morales y Molina Poveda 1996: 177). 2,75 cm del extremo proximal en base a la huella claramente remarcada. El fósil, hallado entre la espada y el puñal, es un Tetragonites del Cretácico Inferior. Su singularidad radica en ser el único recuperado por ahora en el yacimiento, y en la belleza que irradia al estar formado en limonita. Las zonas más cercanas de posible proveniencia se concentran al sur del Guadalquivir (Cabra de Santo Cristo, Jódar o Santiago de Calatrava). RESULTADOS ANALÍTICOS Y DISCUSIÓN La espada es singular por la escasez de piezas semejantes recogidas en contextos arqueológicos o en hallazgos casuales. El análisis elemental indica que es de bronce con una cantidad apreciable de estaño (Tab. El resto son cobres y cobres arsenicales y algunos con contenidos de estaño siempre inferiores al 1%. Además un puñal de 6 remaches procedente de la colección Muñoz Cobos (Contreras 2000) tiene contenidos de 10,8% de Sn en la hoja y los remaches. El bronce y plata de la espada la convierten en un objeto exclusivo, de lujo, inaccesible a los miembros de la comunidad que ni merecieran un (4) S. Rovira e I. Montero han utilizando, en los análisis por Fluorescencia de Rayos X (FRX), un espectrómetro portátil de tipo no-destructivo INNOV-X serie ALpha, equipado con tubo de rayos X (laboratorios del Museo Arqueológico Nacional, Madrid). M. Bode realizó la digestión química de las muestras y los análisis químicos por ICP-SFMS de la hoja de la espada con un espectrómetro Thermo Scientific Element XR (Centro de Investigación Arqueología y Ciencia de los Materiales, Deutsches Bergbau-Museum, Bochum, Alemania). trato especial, ni por ende objetos especiales. Estos datos nos implican en un debate creciente y actual que cuestiona que este metal aportara mejoras físicas y mecánicas frente al cobre arsenical y pone en entredicho la teoría tradicional que atribuye a la nueva aleación un desarrollo funcional o productivo (Murillo-Barroso et al. e.p.;Aranda et al. 2012). Las series analíticas, en general metalografías y microdurezas, junto a la caracterización y cuantificación de los compuestos sobre un abanico amplio de piezas con aleaciones de cobre arsénico o cobre estaño, revelan que sus propiedades mecánicas son muy similares. La dureza depende de los procesos finales de manufactura, térmicos y mecánicos, y no tanto de la composición de la aleación (Murillo et al. 2011). La manufactura de bronces, en su inicio cuando los metalurgos no son todavía expertos, estaría más relacionada con cualidades propiamente estéticas -color, brillo, etc.-, que con una mayor eficiencia funcional. Además la menor cantidad de recursos minerales de estaño o mineralizaciones polimetálicas con altos concentrados de ese elemento en el Sureste peninsular provocaría, en las clases de mayor significado social, el ansia de poseerlo. Ello elevaría este metal a la escala superior de lo simbólico impregnando correlativamente al que lo poseyera. Es curioso observar que los objetos de bronce de época argárica, cuando se registran los primeros aleados con estaño, suelen estar destinados al adorno personal o a piezas exclusivas como la espada que presentamos, mientras que la mayoría de los útiles y armas siguen siendo de cobre o de cobre arsenical (Montero 1994). Hay que decir también que la relación directa esperable entre la tipología/funcionalidad de un objeto y el trabajo térmico o mecánico dedicado al estadio final de la cadena operativa no está en absoluto estandarizada, aunque las series más complejas de esa cadena aumenten en proporción a las observadas en la Edad del Cobre (Rovira 2004)( 5). Podemos suponer que estas poblaciones tendrían el conocimiento empírico necesario para obtener aleaciones cobre-estaño y para intuir los beneficios tecnológicos alcanzables con la nueva aleación. Sin embargo como estos beneficios no fueron explotados de forma generalizada cabe pensar que o bien no sabrían cómo obtenerlos o sencillamente no les resultarían necesarios (Rovira 2004: 26). La Península Ibérica tiene importantes criaderos de casiterita (bióxido de estaño) pero más localizados que los cupríferos, de ahí que un número importante de poblados argáricos no se aprovechasen de estos recursos por su lejanía. Las evidencias más antiguas de la producción de bronce ("la nueva aleación") en la península se remontan al parecer al Bronce Antiguo. Su análisis sugiere una tecnología similar a la de la vasija de reducción (Rovira e.p.): la correducción de casiterita y malaquita en un crisol. Contamos con el análisis de microdureza del mismo remache (Tab. Su dureza es de 39,9 HV con una media, bastante homogénea, en cada una de las 58 incisiones practicadas sobre el eje longitudinal (desviación típica 6,9). Ello se traduce en una pieza maleable, poco apropiada, según algunos investigadores, para un arma de estas características, pese a presentar "algunas marcas que podrían relacionarse con deformación por el uso..." A nuestro entender (véase más abajo), para determinar su utilidad tendríamos que ponderar el número total de remaches y su acoplamiento con la hoja junto con la respuesta física de la empuñadura en relación al uso concreto del arma (estocada o mandoble). Estos valores se alejan notablemente del resto de remaches de cobre arsenical de objetos de Peñalosa muestreados como se aprecia en la tabla 4, y en general también de otros iguales de base cobre de algunos yacimientos argáricos del Sureste, como El Argar. El análisis metalográfico ( 8) del remache muestra un tratamiento de forja (F) bastante intenso seguido de un recocido final (Fig. 5). Para M. Murillo (2013: 298-299) el recocido (R) pudo ser fortuito y posterior a su fabricación al quedar en contacto con una fuente de calor. Ello podría coincidir con el incendio generalizado que pro-(7) I. Montero hizo los Test de Microdureza en los Laboratorios del CCHS-CSIC (Madrid) y S. Rovira, M. Renzi y A. Moreno los análisis. Se emplearon para la Fluorescencia de Rayos X (FRX) un espectrómetro Metorex XMET-920, con fuente 241Am de 20m Ci (Museo Arqueológico Nacional, Madrid) y para la Microscopía Electrónica de Barrido un microscopio FeiInspect con detector de electrones secundarios, electrones retrodispersados y un detector de catodoluminiscencia Mono CL Gatan con sistema de análisis integrado Oxford Instruments Analytical-Inca (Laboratorio del Museo de Ciencias Naturales-CSIC, Madrid). (8) En el laboratorio del CCHS-CSIC de Madrid S. Rovira, M. Renzi y A. Moreno hicieron las metalografías bajo un Microscopio Óptico Marca Leica, Modelo DMLM equipado con cámara digital DFC480, e I. Montero y M. Murillo, las de la espada y su remache (BE_45130 y BE_45173) y el puñal (BE_45169). vocó a su vez el derrumbe de estructuras bajo el que se halló la espada. En nuestra opinión las metalografías pueden no ser representativas de las cabezas del remache en las que debería apreciarse una deformación en frío correspondiente a la operación de remachado. No puede pensarse que un recocido, después de colocado el remache, pudiera dar lugar a esta microestructura, puesto que la empuñadura debía ser de un material orgánico inflamable y el recocido debería afectar también a los filos de la espada lo que, como veremos, no ocurrió ( 9). En uno de los extremos del remache se aprecian algunas fracturas producidas por el proceso de martilleado (Murillo-Barroso 2013: 319). No podemos establecer ( 10) si los mismos metalurgos del poblado de Peñalosa fabrican la espada a partir de lingotes de cobre ya aleado con el estaño, foráneos y adquiridos por redes de intercambio o, por el contrario, se adquiere la pieza completa y ya terminada. Sea un caso u otro, y en tanto se confirman los resultados analíticos, una espada de aspecto dorado, hecha de un metal inusual, y además "adornada" con elementos de plata, otro metal "raro", estaría al alcance de un sector reducido de la sociedad con atributos especiales (rituales y/o simbólicos), añadidos a los puramente sociales. Los resultados de los análisis de microdureza (Tab. 4) y microestructuras dejan claro el escaso control en la producción de útiles de bronce. La microdureza de la espada se mueve en un rango de entre 175HV, como valor máximo en el filo (confirmando un mayor trabajo de forja), y 120HV conforme nos aproximamos a su parte central donde la intensidad de la forja decrece de forma sustancial. Estos valores medio-altos están superados, entre otros, por tres elementos de cobre arsenical catalogados como armas: dos puñales (9) Comunicación personal de S. Rovira. (10) Hasta ahora faltan en el poblado vestigios (moldes de tales tamaños, minerales, restos de escoria, lingotes, etc.) para afirmar la producción local de bronce. ). Al compararla con la hoja de un puñal (BE_25040) con proporción semejante de estaño (9,40% Sn) y un forjado algo más intenso y regular que la espada, resulta que su valor medio de 183,9 HV (DT 40,6) la supera. Salvo el puñal BE_45169, los materiales comparados presentan una misma cadena operativa en la que, tras una forja en frío (FF), y un recocido no uniforme, aparece una nueva forja en frío por lo general bastante más intensa en el filo. En la metalografía practicada a la espada se ven pequeñas burbujas gaseosas bien distribuidas que indican que el metal no ha llegado a desgasear bien en el molde. Su microestructura revela un tratamiento térmico de recocido que no se completó (11) Es uno de los fortines que permite el control visual entre los poblados de época argárica que jalonan la cuenca del río Rumblar, entre ellos Peñalosa, y el control de las rutas de mineral. de modo adecuado seguido de un tratamiento mecánico no homogéneo, mucho más intenso en la punta, profusamente afilada (Fig. 3), que en el resto. Esta microestructura, muy maclada, solo puede ser consecuencia de la reacción al calor de un material ya muy deformado. El tratamiento de recocido es insuficiente para conseguir unos granos perfectamente recristalizados y sin tensiones internas residuales. Ello no significa necesariamente poca pericia del metalúrgico, sino quizás todo lo contrario. La recristalización perfecta hubiera dejado un material blando, pero en el estado en que se encuentra, la tenacidad (dureza) es bastante mayor. Esta diferencia operatoria observada entre la mayor parte de la hoja (F+FF+R) y la zona de los filos (F+FF+R+FF) respondería a la práctica del metalurgo de la Edad del Bronce que viene sin embargo de mucho antes: el arma tiene un núcleo de metal relativamente flexible (estructura recristalizada) y unos filos endurecidos y frágiles protegidos de la rotura por el núcleo sobre el que se anclan. Lo que resulta una combinación mecánica elemental pero eficaz ( 12). Como se comprueba, el trabajo final en la cadena operativa otorgado a la espada refleja la dureza alcanzada en sus diferentes zonas. En la radiografía (RX) de la espada ( 13) sin embargo, puede ser normal no detectar estos pequeños defectos de colada observados en su microestructura. En otros ejemplos donde estas porosidades son más visibles, el producto final pudo haberse mejorado homogeneizando el metal tras un último trabajo mecánico. En todo caso supone asumir las deficiencias al moldear un ejemplar de estas dimensiones y el empeño en subsanarlas. La falta o no de "control" sobre el producto final es independiente por tanto del porcentaje de estaño que contengan y quizás dependa más, como en toda actividad, de la pericia y experimentación del propio maestro artesano. Un ejemplo de ello se aprecia en un conjunto de objetos de bronce (puñales, hachas, etc.), fechados en el Bronce Medio, del Noroeste peninsular, con un contenido medio de más del 15% de Sn, junto con otras impurezas. En su mayoría se fabricaron a partir de forja seguida de un recocido final (12) Comentario personal de S. Rovira. (13) La sección radiográfica se realizó en el Instituto de Patrimonio Andaluz (Sevilla). para homogeneizar la estructura (Comendador y Bettencourt 2007). El proceso de producción de las espadas merece reflexión. Lo normal sería que hubiesen sido fabricadas en un molde univalvo o a lo sumo bivalvo con cubierta plana, pese a la falta de evidencias de estos tipos de moldes, al menos en el área argárica. Sin embargo también pudieron forjarse a partir de hachas o bloques de metal, como ya sugirió Coles (1977), lo que quedaría patente a nivel metalográfico por un intenso trabajo de forja sobre la totalidad de la pieza. Durante la Edad del Bronce Medio y atendiendo a la tecnología metalúrgica, nos encontraremos con que la mayor o menor dureza o el porcentaje de estaño de las espadas es aleatorio en todo caso y no depende ni de su tipología ni incluso de su cronología. A fines ya de la Edad del Bronce a la par que se incrementa la calidad de la fundición de las espadas, irá decreciendo la intensidad del trabajo posterior (Mödlinger y Ntaflos 2009). Será cuando se aprecie un mayor control de las aleaciones entre bronces, coladas de mayor calidad y tratamientos finales más depurados en donde el metal resultante tiende a ser bastante más homogéneo. Coincide también con la aparición de la mayoría de los moldes de espadas. Del puñal BE_45169 destacamos su aspecto en origen plateado por la alta concentración de arsénico (algodonita en este caso) dispuesto en finas capas en los bordes. El puñal BE_28880 tendría ese mismo aspecto ya que los filos aparecen con segregados de arsénico. Ello reforzaría la idea de la importancia del aspecto externo de ciertos útiles, como las armas, aparte o no del estrictamente funcional/social ( 14). En este mismo sentido deben valorarse complementos en plata como los clavos, remaches y el pomo de la espada. PARALELOS PENINSULARES DE LA ESPADA DE PEÑALOSA Al tratar de establecer alguna comparativa entre la espada de Peñalosa y el resto de las conocidas hasta el momento en el territorio peninsular, (14) Se conocen bastantes ejemplos de este enriquecimiento superficial de arsénico para dar un aspecto plateado a las armas (Briard y Mohen 1974; Rovira y Gómez Ramos 2003). pertenecientes a la Edad del Bronce, la disparidad en los datos recogidos es tal que queda poco margen de maniobra para aportar algo más de lo ya publicado (Gómez Ramos 2001; Delibes et al. 1982; Lull 1983; Brandherm 2003). Por tanto, haremos solo una somera comparación con aquellas espadas que por tipología o por cronología, dentro del Bronce Medio, se parecen más a la de Peñalosa (Fig. 6 y Tab. 5), básicamente las del Tipo II de la clasificación formal de Almagro Gorbea (1972). Son más largas, más estilizadas y de bordes más rectos que las del Tipo I, más cortas y anchas, del que derivan. El Tipo II tiene 7 subtipos dependientes de variables como altura, grado de estrangulamiento de la placa de enmangue con respecto a la hoja, forma de ésta o disposición de los remaches. 3: 1,2,3 y 4) y posiblemente las de Cabeza Gorda y La Herradura; la variante IIa/b la de Villaviudas II (Rodríguez et al. 1988: 220, Fig. 1) y el Tipo IIc las de Cea, el Argar 824 y quizás la espada de Cueva Ruchana. A diferencia de la de Peñalosa, todas las argáricas proceden de contextos funerarios. Fuera de este ámbito, la excepción es la de la Cueva de la Ruchana encontrada en una galería inundada, sin restos de esqueletos asociados (Almagro Gorbea 1976)( 15). Nuestra intención era centrarnos en las espadas hispanas, pero queremos resaltar la de Horta Do Folgão (Serpa, Portugal) por su semejanza con la de Peñalosa. Procede del hipogeo 3 y formaba parte del ajuar de un individuo adulto masculino, junto a un vaso carenado. Según Valério et al. (2012: 207) el empleo de cobre arsenical, además de dotarla de una mayor dureza por martilleado, pretende conferirle una superficie más plateada adecuada a su condición de objeto de prestigio. Para estos autores, su microestructura (F+FF+R) reforzaría la idea de un arma plenamente funcional a la vez que de prestigio. En resumen, las características más sobresalientes de las espadas de la Edad del Bronce (15) Excluimos la espada de tres remaches y 32 cm de longitud de la sepultura 41 de la acrópolis del Castellón Alto (Galera, Granada) por sus diferencias formales con la de Peñalosa. Medio son su distribución por toda la Península Ibérica con cuatro zonas de máxima concentración: a) el área nuclear argárica (Almería, Murcia) y su expansión interior, hacia Granada y Jaén, con ejemplares algo más distanciados (Sevilla); b) Cantabria; c) el noroeste portugués y el Algarbe y d) la zona centro (Cuenca, Palencia, Guadalajara, Ciudad Real, Madrid)( 16). Según los principales esquemas publicados (Almagro Gorbea 1972; Brandherm 2003) por su tipología se podrían encuadrar en dos grandes grupos en uso a lo largo del Bronce Medio al margen de la longitud de la espada y de la disposición y número de remaches que ajusten su empuñadura. Integran el primero espadas de hoja triangular de sección aplanada, o a lo sumo lenticular aplanada, con un claro estrangulamiento en el tercio superior, algo más abajo del inicio de la placa de enmangue, por lo que la parte central de la hoja suele ser bastante más ancha que las del grupo siguiente. La cabeza del enmangue es ancha, achatada y bastante redondeada (ejemplares de Cuevallusa, Santa Olalla de Bureba o la Perla). Se podrían identificar con las del Tipo I de Almagro (1972). El segundo grupo tiene espadas de hoja plana, en forma más bien recta, o a lo sumo de filos ligeramente convexos, sección lenticular, placa de enmangue por lo general rectangular rematada en arco más o menos acusado y estrangulamiento marcado en la zona de enmangue (las de Peñalosa o las que se incluyen en la tabla 5). La empuñadura se supone siempre de madera. Puede estar revestida por láminas de oro o plata. Los remaches son del mismo metal que la espada o de plata. A veces hay piezas de hueso o marfil que decoran el puño o lo rematan (pomo). El número de remaches suele oscilar poco. Se sitúan 4 en línea en la parte superior, bordeando el arco o en línea recta un poco más abajo, y otros 2 por debajo, uno en cada extremo, o con 1 más en medio. Según P. Gómez (2001: 14) un rasgo específico de las espadas hispánicas sería decorar la base de la empuñadura con dobles arcos ya sean de herradura, medio punto o rebajados, en coexistencia (16) Véase la distribución geográfica de las espadas con improntas de empuñadura en dobles arcos o rebajados en Gómez Ramos (2001: 13-14) y la de las espadas en general en Brandherm (2003). ** El análisis de los dos remaches (rem.) revela un promedio de 12,79% Sn y 7,38% Sn (Almagro Gorbea 1976: 458-459). Análisis de la composición de las espadas de la figura 6. Denominación No Análisis Cu con ejemplares con empuñaduras lisas. No se sabe bien donde surge esta moda, dada la cronología común a todos, pero la mayoría de investigadores se decanta por un foco en el Sureste a partir del cual se expande por todo el territorio. Siguiendo a este autor, en el resto de Europa y del Mediterráneo oriental ya desde el Bronce Antiguo habría empuñaduras de un solo arco de herradura. D. Brandherm (2003: 46) corrige los postulados de esa singularidad hispánica al dar a conocer algunos ejemplares fuera del ámbito peninsular. Las espadas pueden estar fabricadas en cobre, cobre arsenical o bronce ( 17). Durante la Edad del Bronce Medio el proceso de producción de estos bronces pudo ser aleatorio, resultado de menas polimetálicas cobre/estaño, aunque no habría que descartar una posible aleación intencionada de minerales de cobre y de estaño (Rovira 2004). Los restos de moldes hallados son muy escasos todavía, aunque las piezas sean moldeadas. El trabajo final está representado por las cadenas operativas de F+FF+R+FF, las más usuales en este periodo, aunque abundan también la de F+FF y F+R. Pero incluso en la operación se nota cierto descontrol, es decir, no supieron aprovechar las potenciales mejoras de los tratamientos térmicos y mecánicos. Al final, la dureza que adquiera el arma vendrá determinada por el tratamiento y su intensidad más que por la composición del metal. Las espadas, como elementos de defensa y de prestigio, remarcan el estatus social del individuo, siempre un varón, al que pertenecen. Esto es así en el ámbito argárico, donde las espadas aparecen de manera generalizada en las sepulturas, y en el resto del territorio peninsular. Tratar de establecer paralelos de los elementos ornamentales, como el pomo de plata, supone todo un reto. Existen algunos, escasos, ejemplos de láminas en oro que recubrirían empuñaduras de madera, como las dos de la cueva de Abía de la Obispalía (Cuenca), que son parte de un tesoro de 14 elementos en oro y cuyo contexto, por desgracia, se desconoce (Brandherm 2003(Brandherm: taf. Otros sólo consideran bronces las aleaciones con un 2% o más de Sn (S. Rovira, opinión personal). En estos casos pomo y empuñadura formarían una sola pieza. En algunos otros solo figura el pomo. Igual de escasos son ciertos elementos en metal que pudieran servir como pomos -el aro encontrado en la cueva de Abía de la Obispalía-o como ornamentos de la empuñadura -como uno procedente del cerro del Castillo de Alange (Badajoz) (Brandherm 2003(Brandherm: taf. Los demás pomos recogidos en la bibliografía, por lo general, son de marfil y se sujetan a la empuñadura mediante clavos. Uno se localizó en una pequeña vasija de la casa X de El Oficio: "una especie de mango con cubo rectangular, atravesado por dos agujeros: una clavija de metal se halla pasada por uno de ellos" (Siret y Siret 1890: 243-244, lám. 62, 1). Otro, un aro de marfil con ambos extremos recortados en zig-zag, procede del ajuar funerario de una sepultura doble de la Illeta dels Banyets (Simón García 1999; López Padilla 2006). Este elemento pudo estar colocado en algún lugar de la empuñadura, "tal vez en contacto con el pomo". Estaba asociado a un puñal de tres remaches y a un botón con perforación en "V" (Hernández Pérez et al. 2010: 329, Fig. 58). Otro par apareció como ajuar en enterramientos del yacimiento argárico de San Antón (Orihuela, Alicante). Se relacionan con la posible empuñadura de madera de sendos puñales (López Padilla 2010: 133). Uno de ellos, "elaborado a partir de una porción de rodaja de colmillo de jabalí" (Hernández Pérez et al. 2010: 327, fig. 55), es muy similar al de El Oficio. También en la sepultura 3 de Los Cipreses (Lorca, Murcia) había una parte del pomo, posiblemente de un puñal, que con diversos elementos líticos acompañaba como ajuar a un individuo conectado (18) En origen, la empuñadura de esta espada era de madera. Posteriormente se revistió de láminas de oro hasta tener el aspecto que muestra en la actualidad. Museo Arqueológico Nacional pieza del mes. Las armas: defensa, prestigio y poder. con el acabado de las piezas metálicas (Delgado Raack y Risch 2006). Este tipo de accesorios no es exclusivo del mundo argárico. Entre los precedentes calcolíticos están el pomo en marfil de casquete esférico y con perforación central de la sepultura 12 de los Millares (Leisner y Leisner 1943: lám. 11). No tenemos constancia del empleo de clavos para sujetar las cachas de la empuñadura como en la espada de Peñalosa, a menos que puedan reconocerse como tales algunos de los más finos de entre los que aparecen sueltos en sepulturas argáricas (El Argar por ejemplo) o recogidos tras su expolio ( 19). Sí estamos seguros de que la lámina cerrada de plata que definimos como pomo fue usada como tal y no colocada en cualquier otro sitio de la empuñadura. Prueba de ello son su propia disposición en el momento del hallazgo y sus dimensiones internas que nos dibujarían en ese caso una empuñadura muy delgada y nada práctica. La revisión de este tipo de ornatos evidencia que si bien las empuñaduras de madera comenzaron teniendo una función ergonómica sobre todo en puñales, espadas y alabardas, paulatinamente, y parejo a una mayor jerarquización político-social coincidente con la eclosión de "lo argárico", se les añade un nuevo valor ritual, simbólico, etc. al adornarlos con oro o plata y marfil, materiales más apreciados por escasos o exóticos para precisamente hacerlos únicos y accesibles solo a unos pocos. Otros elementos cargados también de un carácter especial aparecen a menudo en ciertas sepulturas de elevado rango social, como el punzón de la tumba 2 de Gatas (Cuevas de Almanzora, Almería), que tenía una tira de plata, sujeta por cuatro pasadores de cobre, enrollada sobre el enmangue en madera (Siret y Siret 1890: lám. 59). Se ha sugerido que las armas con roblones de plata pudieron servir más como artículos de prestigio que como útiles de combate. Su menor resistencia/dureza en comparación con sus equivalentes en cobre o cobre arsenical, bajo unas mismas condiciones de trabajo final (cadena operativa), debilitaría la empuñadura, restando efectividad al (19) El ajuar excepcional de la sepultura 17 del yacimiento argárico del cerro de San Cristóbal (Ogíjares, Granada) incluye 83 pequeños clavos de cobre. Según sus investigadores, pudo formar parte de "algún objeto realizado en material orgánico como el cuero o la madera" (Aranda Jiménez et al. 2012: 154), como sería el caso de los adornos de un cinturón con funda del pequeño puñal que acompaña también al inhumado. arma en acciones violentas (Gómez Ramos 2001; Murillo Barroso 2013). El hecho puede ser evidente, aunque inexacto si no se tienen en cuenta las leyes de la cinética del sistema. El número de remaches se relaciona con la longitud y peso de la espada y está destinado a fijar mejor la empuñadura, en consecuencia, indica su uso como arma y no simplemente como un objeto ritual. A su vez las perforaciones anuladas por rotura y repuestas ( 20) y los sucesivos reavivados de filos y punta sugerirían su empleo no solo como un objeto de prestigio y lujo. Eiroa (2004) lo señala al describir la espada de Bagil y los Siret (Siret y Siret 1890: lám. 34) al referirse a los roblones de la placa de enmangue de la espada de la tumba 429 que "debieron ser cambiados de su posición primitiva, causándole con esto algún deterioro a la hoja". Según Gómez Ramos (2001) el metal en que están fabricadas la mayoría de las espadas argáricas peninsulares que ensamblan hoja y guarda mediante remaches de plata podría servir para apostillar su carácter ceremonial. El empleo de cobre o cobre arsenical frente a los escasos ejemplos de espadas en bronce conduciría a la pérdida de resistencia y eficacia del arma. A la vez las armas con hojas planas serían menos efectivas en combate que las de nervadura central ( 21), ya fabricadas en ese periodo. Como en tantos otros debates en torno a temas de singular importancia como este, nos parece prudente distanciarnos y apostar por un mayor esfuerzo en experimentar con reproducciones ajustadas al valor de ese tipo de armas, para llegar a conclusiones más cercanas a la realidad pasada. ¿ES LA ESPADA UN ARMA EN LA SOCIEDAD ARGÁRICA? La metalurgia como proceso de producción y los objetos como producto final de ese proceso están inmersos en distintos debates. Gracias a la investigación actual conocemos los mecanismos (20) Si observamos con detenimiento una por una todas estas espadas, salta a la vista que a muchas les falta o tienen rota alguna de las perforaciones que alojan los remaches. Suele ser, curiosamente, la de un extremo, e incluso las de ambos, resultado lógico de usarse para dar un golpe seco. (21) En Peñalosa un molde de punta de lanza tiene nervadura central (Contreras 2000). de transformación de los minerales en metal y los procesos por los que ese metal se convierte en objetos de uso. Sin embargo crece el debate en cuanto a la funcionalidad de objetos como las armas, cuando, en realidad, lo que ignoramos es la idea o la intención tras su fabricación. Hay autores cuya consideración de la espada difiere de la que se tenía hasta el momento. Se admite como arma ( 22), pero se le despoja de sus atributos bélicos al otorgarle un valor más social a partir de su presencia mayoritaria como ajuar funerario. Las élites masculinas, sus únicas portadoras, podían exhibirlas, reforzando así el carácter ideológico de la asimetría social existente entre las poblaciones argáricas. Una de las variables que se tienen en cuenta es el porcentaje de producción metálica usada para fabricar armas respecto a la empleada en piezas consideradas más bien instrumentos como, por ejemplo, los cuchillos y puñales. Se valora la posibilidad de un uso prolongado por reavivado reiterado de los filos. Otra variable es el número de alabardas y espadas halladas hasta el momento o la escasez de restos humanos con marcas provocadas por objetos afilados. Ambas llevan a la conclusión de que las armas como tales no parecen representar un elemento relevante en la producción metálica argárica. En consecuencia tuvieron que ser utilizadas con fines más de tipo social, como elementos cargados de atributos simbólicos (exhibición) que, al mismo tiempo, provocasen el respeto y vasallaje del resto de la población (Aranda et al. 2009; Aranda Jiménez 2012). Dichas aseveraciones entran en conflicto con el mayoritario carácter defensivo de los poblados argáricos, encastillados sobre el terreno. La ubicación estratégica sobre cerros prominentes de estas comunidades, frente a la de la época precedente, no estaría justificada solo por el control de una amplia extensión de terreno, incluyendo las vías de distribución de objetos intercambiables o las materias primas básicas para su subsistencia productiva. El objetivo prioritario de construir y mantener una muralla es la defensa de la población contra cualquier tipo de violencia exterior. Ello exige contar con armas que hagan efectiva la defensa en el contacto cuerpo a cuerpo. El conocimiento creciente del motivo de la localización estratégica de los poblados y del cambio sustancial de la trama urbana -ahora en general sobre aterrazamientos en las laderas de los cerrossiempre se ha ligado a la importancia, en número y tipos, de las armas encontradas. Es de suponer que este incremento de armas continuara en el Bronce Final, aunque la escasa investigación sobre este periodo en el sur peninsular y los cambios en los rituales funerarios todavía no lo confirmen. El argumento de la exclusividad en la posesión y manejo de espadas o alabardas, las armas más significativas desde nuestro punto de vista, por parte de cierto número de individuos en relación a su status social alto, se basa en su escasez en el repertorio metálico hallado en los yacimientos y en su aparición mayoritaria en determinadas sepulturas como parte del ajuar que acompaña al inhumado. Las características de ejecución y localización de las sepulturas nos alertan a su vez de que el primer hecho no debe disuadirnos de contemplar la realidad de forma diferente. La escasez de este tipo de armas no implica que no hubiese actos violentos. Pudo haber otras sin huella en el registro como hondas, palos con puntas afiladas a modo de lanzas.... portadas por el grueso de la población. Las pocas armas metálicas halladas, con total probabilidad no todas las reales, tampoco contradicen la propuesta. Se ha demostrado que ni todos los individuos que componen la comunidad se entierran ni todos los útiles que aparecen en las excavaciones son los que realmente existieron. Basta reconocer los desplazamientos en bloque de la población que se producen en esta época por motivos diversos -desastres naturales, incendios, agotamiento de recursos, etc.-con acarreo de pertenencias, entre las que las armas figurarían de manera prioritaria. Buena parte de las espadas peninsulares adscritas a época argárica se adornan con metales preciosos como el oro o la plata. Una característica que, si se combina con el hecho de que la mayoría son de cobre o cobre arsenical, sin recurrir por tanto al ya conocido bronce, podría determinar ese carácter simbólico y de prestigio más que combativo, semejante al de otros ejem-plos extra peninsulares de sobra conocidos. A nuestro parecer, en toda la península y no solo en el Sureste permanece una tecnología arcaica en la fabricación de espadas de combate. Esto se debe a la falta de motivación para el cambio más que a un desconocimiento de la técnica: aleación intencionada cobre/estaño, empleo de una cadena operativa más efectiva, o duplicar la dureza con nervaduras centrales. De ello deducimos que, si la mayoría de esas pocas espadas conocidas hasta ahora combina la austeridad de sus hojas (todas simples, sin nervadura central) con metales más preciados (oro, plata), probablemente fue por conjugar en un sola pieza (espada, puñal, p. ej.) rasgos para hacerla distintiva (simbólica, de prestigio) con otros funcionales como su aptitud para el combate. Las contadas evidencias de restos óseos humanos con signos de violencia por armas metálicas (Aranda et al. 2009) no contradice que se fabricaran para algo más que para disuadir. Todas las armas ofensivas -puñales, cuchillos, espadas...-fueron martilleadas hasta otorgarles una punta y filos con los que pinchar y cortar, es decir, para ejercer la violencia. A ello se suman las marcas en algunas de ellas, señal de su uso y no precisamente para cortar madera (Lull et al. 2009). En esta tarea el análisis macroscópico de las piezas metálicas bajo lupa binocular y los estudios de huellas de uso, reservados hasta hace apenas una década a elementos líticos, están siendo ahora reveladores, aun contando con ciertas dificultades propias del material objeto de estudio. De nuevo, la contrastación experimental, ligada a estos estudios, será clave en este proceso. De momento, hemos de conformarnos con lo hecho hasta ahora. De sobra son conocidos los resultados de la experimentación con una réplica de la espada de la Perla (Carrión et al. 2002), aunque al haberse usado cobre y cobre arsenical y no bronce su efectividad sobre varios materiales puede ser muy diferente a la de armas con altas tasas de estaño ( 23) y trabajadas bajo condiciones favorables como señalábamos en párrafos anteriores. En general las huellas en esas réplicas no parecen arrojar mucha luz sobre su uso por toda una serie de factores y variables a valorar. La precisión funcional sólo se logrará perseverando en la experimentación (Gutiérrez Sáez y Soriano Llopis 2008)( 24). De todas formas es harto complicado ahondar en la intencionalidad del maestro que conforma una espada y sabe de antemano el uso que tendrá. Como cada una podría ser única, la experimentación debería contar con una réplica también única, que recogiera las características elementales de la original, lo que complica sobre manera el trabajo y esfuerzo de los investigadores que desarrollan esta línea de trabajo. En este nivel de estudio, las huellas que recorren el cuerpo de la espada delatan muescas sobre ambos filos cortantes, quizás producidas por el uso. Su estudio bajo lupa binocular pone de relieve una serie de estrías paralelas de afilamiento sobre ambos filos (Fig. 3), junto a pequeñas muescas visibles en la parte media, provocadas por golpes, presumiblemente sobre otros materiales de mayor dureza, propios del uso de un arma ( 25). La espada de la Perla tiene en el filo otras parecidas, posiblemente también funcionales (Gómez Ramos 2001). De este estudio se podría concluir, con las debidas reservas, que el arma fue pensada para pinchar y tajar. Las armas incorporadas como ajuares en las sepulturas no suelen hacerse ex profeso para el ritual de la muerte y acompañan al inhumado como un símbolo que engloba sus atributos. Por ello pensamos que debieron formar parte también de su vida activa. Su uso se refleja sobre todo en el trabajo continuo de reavivado de los filos de la mayoría de ellas que pueden ver reducido drásti-(23) Los estudios traceológicos experimentales de C. Gutiérrez tienen como soporte hachas planas y puñales/cuchillos de bronce (al 5, 10 y 15% de Sn respectivamente). Que sepamos no se ha experimentado por el momento con espadas pero sí con alabardas (Blesa 2010; Brandherm 2012). (24) Los procesos de reconstrucción de las huellas de fabricación y de uso en una serie de armas del Bronce Final de tipo atlántico sí parecen haber ofrecido datos concluyentes (Quilliec 2007). (25) La imposibilidad de experimentar con un arma de estas características, nos impide asegurar el origen de las huellas registradas en la espada de Peñalosa. Si bien podemos apuntar hacia recientes publicaciones que están tratando el tema de las huellas de uso en espadas (Molloy 2011; Horn 2013). camente su tamaño. En principio los filos de estas armas pueden estar desconectados de episodios de violencia, pero contabilizándolas en relación con los escasos personajes que pudieron poseerlas, no nos imaginamos que las blandieran únicamente a modo de bastón de mando o cetro. Querámoslo o no, la historia nos demuestra que el poder está detrás de la violencia. Vemos durante todo el Bronce Final el desarrollo natural del empleo de este tipo de armas. Las espadas de tipo atlántico no dejan de aumentar desde el 1300 al 800 B.C. Se documentan casi desde Escocia hasta Andalucía, en contextos muy diversos y no precisamente en sepulturas o espacios de habitación (Quilliec 2007). El artículo se enmarca en el P.G.I. de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía "Peñalosa" y el Proyecto I+D+i "La minería en el Alto Guadalquivir. Formas de construcción histórica en la antigüedad a partir de la producción, consumo y distribución de los metales" (HAR2011-30131-C02-01) que dirige Francisco Contreras Cortés. Los informes de las metalografías se deben a S. Rovira y el estudio traceológico de la espada a Charles Bashore.
El objetivo de este artículo es ofrecer un acercamiento sintético a las formas de hábitat en Córcega entre el Bronce final (BF) y la primera Edad del Hierro (F1), a escala de la microrregión montañosa de la Alta Rocca, ubicada en el sur de Córcega en el corazón de la cuenca occidental del Mediterráneo. La problemática de estudio de los asentamientos protohistóricos sin fortificar es reciente en la isla, sin embargo, en los últimos años los estudios se han multiplicado y dan cuenta de la complejidad estructural y evolutiva de los espacios habitados, permitiendo así un primer análisis comparativo. El razonamiento se apoya esencialmente en la aportación de las excavaciones del gran hábitat de Cuciurpula, iniciadas en 2008 y todavía en curso, así como en la explotación de los poblados de Puzzonu y de Nuciaresa, sondeados en 2012. La cronología de los sectores estudiados permite abarcar un arco cronológico completo entre el siglo XII y el siglo
La Bastida de les Alcusses (Moixent, Valencia) es un oppidum ibérico ocupado entre finales del siglo V a.C. y el tercer cuarto del siglo IV a.C. La muralla, las entradas fortificadas, los viales preparados para la circulación de carros, las manzanas de viviendas y los edificios públicos, como un lugar para reuniones y un gran almacén colectivo, indican su carácter de espacio del poder y residencia de élites. La muralla es un perímetro de forma aproximadamente elíptica de tendencia sinuosa. Tres puertas (Oeste, Norte y Sur) se abren en la parte occidental y una en el Este (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011) (Fig. 1). Como acceso principal en el frente de muralla la Puerta Oeste debió tener un carácter especial. De hecho, sobre el pavimento de su primera fase se documentó, en 2010 y 2011, un depósito de varios centenares de objetos incluyendo herrajes, maderas, armas, cerámica, semillas, frutos, restos de fauna y elementos constructivos. Este trabajo presenta, primero, los resultados de la excavación y del estudio de los materiales y, después, la reconstrucción de la secuencia ritual y varias líneas de interpretación de este contexto. Los primeros trabajos de excavación y consolidación de la Puerta Oeste y de la muralla se llevaron a cabo en 1998 (Díes 2005). Ante la importancia de este hecho, el sondeo se amplió a un área de 2,60 x 2,30 m delimitada por el umbral, los muros de la puerta y una gran fosa en la parte posterior de cronología más reciente (UE 1051). En 2011 la excavación prosiguió en la parte exterior del umbral (Fig. 1). Desde entonces, y hasta el momento de redac-tar estas líneas, estamos documentado una compleja historia constructiva en el sector oeste del asentamiento con, al menos, cuatro fases. Dos corresponden, respectivamente, a la construcción y renovación de las estructuras defensivas de la muralla, de las torres y de la propia Puerta Oeste. Se fechan entre finales del siglo V y mediados del siglo IV a.C. Una fase anterior y otra posterior a estas construcciones están actualmente en estudio. La excavación de 2010 comenzó documentando la UE 1054, que es un paquete de tierra con abundante material arqueológico cuya potencia oscilaba entre 50 y 90 cm. Amortizaba la primera fase de la puerta y, a su vez, servía de pavimento de la segunda fase. Destacaban los restos carbonizados de madera de diverso tamaño, incluyendo grandes piezas trabajadas y troncos de gran calibre. Además se evidenciaba la presencia de fragmentos de lanzas, cerámica y restos constructivos. El área se cuadriculó (50 x 50 cm) y se recogió todo el sedimento. Al excavar 1066 se identificaron, entre el material depositado sobre el pavimento, cinco lotes de objetos a partir de la presencia de una falcata en cada uno de ellos (conjuntos 1-5) aunque el quinto, ubicado en el centro geométrico del pasillo de la entrada, está formado sólo por una falcata. Las piezas de la UE 1054 están a pocos centímetros de distancia de los conjuntos, pero su asociación a alguno de ellos, aunque probable, no puede garantizarse. La fase inicial de la Puerta Oeste está formada por dos grandes muros paralelos (UUEE 1046/1056 y 1053), dispuestos en sentido suroeste-noreste. Fueron construidos con bloques calizos locales escuadrados con cuidado sobre un relleno de margas (UE 1101) que regulariza los desniveles de la roca. El pavimento está formado por tierra apisonada con grava (1-2 cm de tamaño) y piedras pequeñas (4-5 cm de tamaño). Buza algo hacia el exterior de la entrada. En esta parte, el relleno que lo cubre es la UE 1050. Equivale a 1054 porque amortiza también los muros de la entrada, pero difiere de ella en que aquí no hay el mismo volumen de objetos. En la parte anterior de la entrada se documentó un vano de 2,65 m y un umbral formado por una alineación de piedras medianas y pequeñas cubiertas en parte por el pavimento (UE 1108). Los mampuestos están quemados y protegen un tronco de sección cuadrangular (no 43 y 44) que se ha conservado parcialmente carbonizado in situ. En los extremos del umbral dos estructuras de planta pseudocircular (UUEE 1103 y 1104), formadas por mampuestos medianos sin trabajar y trabados con barro, se interpretaron como bases para alojar los montantes de las hojas de la puerta. La UE 1104 tenía abundantes restos de carbones asociados (no 46) y los mampuestos mostraban evidentes señales de haber sufrido la acción del fuego in situ. En la parte exterior del umbral se constata un paquete poco potente de tierra (UE 1075) equivalente a la UE 1066, pero de la que difiere por su escaso contenido arqueológico. Es decir, el umbral delimita claramente el espacio reservado al depósito ritual en el interior de la entrada. Herrajes de carpintería de hierro Son los objetos metálicos mayoritarios recuperados. Corresponden a 58 objetos que pueden agruparse en tres tipos: remaches, pletinas remachadas y clavos. Los remaches de cabeza hemisférica y placa romboidal son 35 (17 de ellos completos). La tija o vástago de sección cuadrada parte de la cabeza. En el otro extremo de la tija hay una chapita o plaquita de forma romboidal. Su centro está perforado y atravesado por el extremo final de la tija, que está remachado a golpes (Fig. 3: 1 y 2). Los 19 remaches medibles se agrupan en dos medidas de luz, equivalentes al espesor total de las piezas de madera a unir: seis remaches tienen una medida interior de 10 cm y 13 de unos 15 cm. Su forma es inédita entre los 204 conocidos en el asentamiento hasta la fecha. La principal diferencia estriba en que el tipo hallado en la Puerta Oeste tiene la cabeza redonda solidaria a la tija mientras que los otros están formados por una varilla de sección cuadrada que se corta a la medida necesaria y se remacha a golpes. Mientras estos últimos son fácilmente adaptables a cualquier espesor de madera, el primero no, por lo que es un tipo de pieza fabricado ad hoc. Las pletinas remachadas son de dos tipos: en forma de U y rectas. Las primeras son 6 láminas curvas con un extremo abierto y el otro cerrado en U, dispuestas en paralelo para unir tablas. Su morfología indica que siempre se coloca en el extremo de la puerta o tablero a unir. La distancia interior de las pletinas varía entre 5,1 y 5,6 cm y equivale al grosor de la madera a unir. Dos o tres remaches se disponen longitudinalmente (Fig. 3: 4). Este tipo se ha documentado en otros contextos del asentamiento, sobre todo asociado a las puertas (Tortajada 2011: 81). Las medidas varían según se considere todo el contorno de la hoja (hasta 120 cm) o las tablas del montante o larguero en el que está el pivote. Es tradicional el uso de herrajes similares para reparar puertas pivotantes en las zonas debilitadas por la humedad, como la del pivote, que está en contacto directo con el suelo. Contamos con un ejemplar completo de pletina recta plana y seis fragmentos de otras. El primero mide 26 cm de longitud y 5 cm de anchura. La atraviesan tres remaches de cabeza redonda en la parte de la pletina y un remache romboidal en la otra (Fig. 3: 3). Proponemos que es un elemento de reparación de los batientes de la puerta en algún punto débil, uniendo las tablas verticales y alguna de las traviesas. Se han documentado 6 clavos triangulares planos (Fig. 3: 5), 5 de cabeza redonda (Fig. 3: 6) y 1 de dos puntas. El primer tipo es una lámina aguzada en su punta y ensanchada en su cabeza por los golpes para alojarlos. La forma laminar de este clavo, casi como una fina cuña, responde a un uso diferente al de los de tija de sección cuadrada: los clavos triangulares se clavan en el sentido de la veta de la madera sin apenas abrirla o deformarla. El tipo suele estar asociado a las llantas de rueda de carro por lo que es sugerente relacionar los ejemplares hallados con un posible fragmento de llanta de carro (véase más abajo), aunque no había ninguna conexión física directa entre ellos. Otro herraje, hallado en la UE 1054 (no 123), es un fragmento que identificamos como una llanta de hierro para rueda de carro (Fig. 3: 7). En las unidades que nos ocupan abunda la madera carbonizada, entre la que se ha podido individualizar troncos y piezas labradas así como Fig. 3. Selección de materiales hallados en la Puerta Oeste. A la derecha propuesta de reconstrucción de una de las hojas de la puerta (dibujo A. Sánchez). un sedimento muy rico en carbones de diverso tamaño, restos de la fragmentación de esas piezas, así como otros dispersos por el suelo. Se han distinguido y analizado 50 fragmentos, grandes piezas trabajadas y troncos de gran calibre. La identificación botánica de las maderas ha revelado la presencia casi exclusiva de pino (carrasco, excepto quizá un fragmento de pino piñonero) y unos pocos ejemplos de carrasca. Este panorama coincide con la madera de pino carrasco y de carrasca-coscoja predominante en la construcción en otros contextos del yacimiento, de modo que estas especies debieron de constituir la base del material de carpintería. El uso de los pinos y, concretamente, del pino carrasco, está ampliamente documentado en la construcción en yacimientos ibéricos ( 1) por sus propiedades físicas y mecánicas y por su disponibilidad y abundancia. La morfología de la madera de origen ha sido casi imposible de determinar dado el alto índice de fragmentación por fuego. Hemos discernido si se trataba de troncos o ramas de menor calibre observando la curvatura de los anillos de crecimiento (menor cuanto más nos acercamos a la parte externa de un tronco de gran calibre), la presencia de corteza y/o médula y, en unos pocos casos, el reconocimiento de piezas con lados escuadrados, fruto del labrado humano de este material. Estas últimas son siempre de pino carrasco y algunas están asociadas además a clavos y pletinas. También había ramas de menor calibre, algunas de las cuales conservaban la corteza, lo que nos da su calibre real (en general menor de 5 cm de diámetro). Estas ramas con corteza nos informan, además, de la estación de tala de la planta. La madera varía su morfología a lo largo del año, ya que su crecimiento radial no es uniforme en las diferentes estaciones. La posición de la corteza en contacto con lo que se llama "madera final" nos dice que todas se cortaron durante la estación desfavorable para el crecimiento del árbol, esto es, entre el final de la primavera y el final del verano. En general, las maderas tienden a una alta fragmentación. Sin embargo la acción heterogénea del fuego ha dejado sin carbonizar parte (1) Grau, E. 1990: El uso de la madera en yacimientos valencianos de la Edad del Bronce a época visigoda. Datos etnobotánicos y reconstrucción ecológica según la antracología. de ellas por lo que ofrecen un amplio abanico de estados de conservación, además de las que probablemente han desaparecido por completo. De algunas piezas apenas se conservaba una impronta en el sedimento mientras de otras quedaba la parte externa afectada por el fuego pero no el interior degradado por completo. Hubo fragmentos de madera depositados en estado fresco que al pudrirse dejaron como único rastro una alineación de remaches (véanse los cuadros A-B/3-5, Fig. 2). Los insectos y microorganismos xilófagos, algunos de los principales agentes de la degradación de la madera, son frecuentes en las piezas del depósito. Una valoración conjunta de la presencia de estos agentes descomponedores y del calibre de las maderas ha revelado que la alteración es sensiblemente más frecuente en las de gran calibre, mientras las ramitas están más sanas (Fig. 4). Esto puede relacionarse con el uso de dos tipos de madera: unas pertenecientes a estructuras y/u objetos muebles que pueden haber permanecido expuestas a la intemperie y atacadas durante el periodo de uso; otras maderas "frescas" (ramas principalmente) cortadas específicamente como combustible para la quema del conjunto. Sin embargo, poco sabemos del combustible utilizado. Se recogieron de forma separada las piezas de madera y el sedimento directamente depositado sobre el suelo (UUEE 1066 y 1075), que contenía numerosos restos orgánicos, entre ellos carbones, de tamaño y morfología variable (Tab. De nuevo el predominio de pino, y carrasca-coscoja en segundo lugar, es absoluto quizá porque los carbones procedan de la fragmentación de las piezas anteriormente descritas, aunque aquí sí podemos observar la presencia de ramitas de pequeño calibre. Otras especies de matorral, como las jaras o el romero, podían ser restos del combustible utilizado. La madera asociada a objetos metálicos es un documento excepcional. Durante el proceso de excavación se observó esa asociación pero pocos restos orgánicos ofrecían garantías. Sí hemos podido documentarla durante la restauración en el laboratorio. El estado de conservación es muy variable, desde restos parcialmente carbonizados hasta madera fresca y/o mineralizada, a veces con incrustaciones metálicas de la oxidación de las piezas, en cuyo caso resultó especialmente difícil la identificación botánica. La importancia de identificar estas pequeñas muestras orgánicas reside en la posibilidad de documentar las maderas utilizadas para la elaboración de útiles, en estos casos, fundamentalmente armas y algunas piezas de construcción. Salvo en condiciones muy específicas (Carrión y Rosser 2010), esta información se pierde con la degradación natural de la madera. La tabla 2 muestra los resultados del análisis de estas maderas o carbones en relación a las piezas metálicas. Nos parece coherente el uso de madera de pino (y esporádicamente de carrasca) asociado a las pletinas y clavos, es decir, piezas de carpintería que son los elementos de gran calibre referidos arriba. Es llamativo que se emplee madera de sauce-chopo en sendos escudos hallados, o probablemente de madroño en una vaina, ya que son maderas escasas o ausentes en otros contextos del poblado, lo que reforzaría la idea de su uso específico para la elaboración de estos objetos. Gran parte de los herrajes y los restos carbonizados de madera descritos pueden relacionarse con los batientes de la entrada (Fig. 3). La información recuperada sugiere que la entrada tendría dos hojas abatibles de 1,30 m de anchura cada una. No podemos determinar la altura de las hojas pero es probable que rondara entre 2,5 y 3 m de altura. La estructura estaría basada en módulos de madera de pino. Cada batiente tendría unas seis tablas verticales de 18/20 cm de anchura y 5 cm de grosor unidas con traviesas (6,5 cm de anchura y 5 y 10 cm de grosor) solapadas en el interior mediante remaches de chapa romboidal, situadas a unos 27 cm de distancia, con la cabeza redonda al exterior y la chapa romboidal al interior. Las pletinas en U son reparaciones. Al menos en una se utilizó carrasca, una madera más resistente, como indica la madera oxidada identificada en una pletina (no 47) y que, sin duda, es madera en contacto con la pieza, a diferencia de los carbones recuperados junto a la misma pletina y que son de pino (Tab. Embutido en el pavimento y entre los quiciales se documentó un tablón de pino de sección cuadrada de 15 cm de anchura (no 43). Como no se han hallado restos de quicios metálicos, ni chumaceras o quiciales de piedra ni ningún otro elemento de articulación de las hojas, cabe pensar que los quicios estarían labrados en la madera del montante de la puerta (quizás de carrasca a juzgar por los carbones no 45 y 46) y girarían en gorroneras talladas en el tablón embutido en el pavimento. No tenemos datos acerca del sistema de cierre pues no han aparecido huellas de trancas ni en los muros ni en la roca que aflora en el suelo, pero es factible que hubiera algún tipo de tranca interior. Análisis tipológico de las armas Se han documentado falcatas, elementos de vaina, soliferrea, moharras de lanza/jabalina y regatones, elementos de escudo y cuchillo afalcatado. Cuatro de ellas tienen empuñaduras del tipo A, cabeza de ave, variante 1 de Cuadrado (1989), y una del tipo B, cabeza de pseudocaballo, variante 2c de Cuadrado. Conservan los remaches para las cachas: discos planos con resaltes en las falcatas 27 y la 48 y en forma de estrella con lados cóncavos en la 31 y 33. Ninguna falcata tiene restos visibles de decoración damasquinada. Excepto la falcata 33, están inutilizadas mediante plegado de los extremos distales (punta) y las hojas curvadas en 'S', unas de manera suave y otras más marcadas. La falcata 27 es la única que tiene un mellado sistemático del filo, al menos, en cinco puntos y la 31 tiene doblada intencionalmente la lámina plana de la empuñadura. Las falcatas forman un lote muy homogéneo. Si tenemos en cuenta la extrema variabilidad en los tamaños, formas, orientaciones y detalles de las falcatas, resultado de su forja artesanal (Quesada 1997: 90; Quesada et al. 2000: 15), este lote, salvo quizá la falcata 31, es tan próximo como para suponer que lo fabricó un mismo taller y en un margen de tiempo reducido. Solo la falcata 31 no se asocia a otras armas, y se separa del resto tipológicamente, ya que cuenta con guarda basal de barra maciza y tiene una empuñadura con cabeza de caballo, o de 'pseudocaballo'. Quizá sea el ejemplar más reciente del conjunto, dentro de su gran homogeneidad, o simplemente una versión de otro herrero contemporánea de las otras. La homogeneidad observada no quiere decir que necesariamente se forjaran pensando en su utilización en estos depósitos. Si atendemos a sus medidas, están en los valores medios del foco alicantino septentrional y valenciano meridional, que forman una unidad en cuanto a panoplia se refiere en comparación con lo que ocurre al norte de dicho curso fluvial (Quesada 1997: 32 y 622-623). En conjunto, las falcatas de La Bastida se pueden datar casi con seguridad en la primera mitad del siglo IV a.C., y probablemente en torno a la parte más antigua de dicha horquilla. Junto al conjunto 2, pero ligeramente por encima (UE 1054/115, Fig. 5: 10), apareció otra pieza de vaina, en este caso una embocadura del tipo Cuadrado 1b, con un lado más alto que otro. En el conjunto 3 se recuperó un fragmento de primera o segunda guarnición de falcata (1066/64, Fig. 5: 13) ya que se aprecia la curvatura para el cuchillo afalcatado, pero no los extremos, donde reposarían una o dos anillas. Además de los restos asociados directamente a cuatro de las cinco falcatas, contamos con un lote de otras guarniciones de vaina. En conjunto, los elementos recuperados pertenecen a un mínimo de 3 vainas diferentes, y quizá hasta cinco. Sólo en los conjuntos 1 y 5 hay restos suficientes para pensar en que fueran vainas completas, quemadas y dañadas antes de la deposición. En los conjuntos 3 (con seguridad) y 2 (posiblemente) se hallaron piezas aisladas. Junto con las falcatas, los soliferrea forman el lote más numeroso de armas (Fig. 5: 2 y 22-25). Todos están cizallados y las puntas dobladas. El resto de los fragmentos asimilables a soliferrea proceden de la UE 1054 por lo que no se pueden asociar directamente a ninguno de los conjuntos, aunque alguno, muy cercano en el plano horizontal o vertical, pudo pertenecer a ellos (puntas 1054/89, 90, 98 y 1050/3, algunas con claros pa- ralelos en el poblado, Fig. 5: 22-25). Ambas son más cortas y sobre todo más estrechas que las anteriores. Una categoría diferente de armas ofensivas de astil es la formada por lanzas y jabalinas (Fig. 5: 26-30). En el lote hay algunos fragmentos de punta que deben pertenecer a esta categoría. En contra de lo habitual ni conservan los cubos, ni siquiera sus arranques, lo que no debe ser casual. Por ello hay incertidumbre sobre la función de alguna de las piezas que pudiera pertenecer a la categoría de armas arrojadizas pesadas (soliferrea y pila) con moharras inusualmente grandes. Todas son puntas de nervio marcado circular (Tipo Quesada 1) o cuadrado (Tipo 2), con moharra variante VIB, la más común en el poblado. El regatón es el tipo más frecuente de objeto asociado a armamento en el oppidum (aunque véase Quesada 2010a: 207) pero en el conjunto sólo se ha documentado uno (1066/148, Fig. 5: 35), además exageradamente ancho, más de contera de bastón que de lanza. Las 4 manillas para escudo circular (Fig. 5: 3, 9 y 12) se asocian significativamente a los cuatro primeros conjuntos, aunque una de ellas (1066/62 del conjunto 4) estaba por completo deshecha e irrecuperable. Las tres aletas completas, todas con dos puntos de sujeción y una apertura para la anilla soporte del telamon, son consistentes con una datación de la primera mitad del siglo IV (1066/26, 51 y 49) (Quesada 1997: 502 ss.) y su tipología está muy próxima a la de los escasos ejemplares encontrados en el interior del oppidum. En nuestro contexto puede ser simplemente la 'navaja multiusos' que se embute en la vaina de las falcatas (Cuadrado 1989: 75-76). Esta connotación no puede despreciarse en la Puerta Oeste, sobre todo a la vista de los otros materiales documentados que sugieren la presencia de ofrendas animales y vegetales. Los conjuntos de armas y su valoración global Las armas se agrupan en cinco conjuntos que forman lotes de llamativa similitud con ajuares funerarios ibéricos del sureste peninsular al sur del Júcar. Los elementos son coherentes entre sí, y lo primero que llama la atención es la homogeneidad basada en el trío espada + arma de astil + escudo. Es probable que algunos fragmentos y puntas de soliferrea correspondieran originalmente a los lotes identificados, pero sin una asociación directa o inmediata. Son panoplias funcionales aunque faltan las lanzas, habituales en las necrópolis. Pero también son lotes simbólicos, con un arma ofensiva personal y un arma defensiva como los únicos elementos constantes. No estamos ante ofrendas simples donde un arma valga como pars pro toto que es lo más habitual: en 700 tumbas hay o una sola falcata (no 82, 11,7% del total) o un arma de astil (no 114, 16,4%). Son más bien panoplias elaboradas y muy homogéneas entre sí: ninguna destaca jerárquicamente del resto por la presencia de armas de lujo, como puñales o cascos, o por la colocación de arreos de caballo. Volveremos al final sobre esta cuestión. Las armas de este contexto son datables entre c. 400/350 a.C. Son comparables en su tipología, clase por clase y tipo por tipo (Quesada 2011) a las halladas en el interior del poblado, destruido violentamente quizá en el tercer cuarto del siglo IV a.C. (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 254-255), aunque quizá algo más antiguas. Sin embargo, si comparamos las categorías de armas del interior del poblado con las de este lote (Fig. 6), vemos una notable diferencia en la composición porcentual por clases. Esa composición en las casas, patios y calles de la Bastida comparte con la de otros poblados ibéricos (Quesada 2010a) una baja proporción de armas defensivas y de espadas, y una elevada proporción de armas de astil, arrojadizas o no, utilizables tanto en la caza como en la guerra (se detalla en Quesada 2011: 214-218). En cambio, la composición de las armas halladas en la Puerta Oeste se asemeja a la de los conjuntos de ajuares en necrópolis por su elevada proporción de espadas (armas ofensivas exclusivamente militares, y de costosa fabricación) y escudos, además de armas de astil de diversos tipos. Si nos fijáramos sólo en los cinco conjuntos definidos, la diferencia se hace aún más marcada. Está muy fragmentada y dispersa por ambas unidades estratigráficas, aunque se concentra es-pecialmente en los cuadros ubicados entre los conjuntos 1, 4 y 5. Los 1118 fragmentos cerámicos recuperados no han permitido reconstruir ni un vaso. La cerámica fina o Clase A (638 fragmentos) es más frecuente que la de cocina o Clase B (459 fragmentos) y ambas están mucho más representadas que las importaciones (21 fragmentos). Estas últimas son siempre piezas de vajilla ática de barniz negro y figuras rojas. En la UE 1054 predomina la cerámica fina (349 fragmentos) sobre la de cocina (87) y las importaciones (19), mientras que en la UE 1066, sobre el suelo, la cerámica fina desciende a 289 fragmentos, aumenta considerablemente la de cocina con 272 y hay sólo dos fragmentos de la importada. La tipología de las piezas ibéricas documenta formas ya conocidas en los contextos domésticos de la Bastida (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 148-165). Los recipientes cerrados de cerámica fina son 10 tinajas y tinajillas de pequeño y mediano tamaño, una de ellas con pico vertedor, 1 gran lebes y 1 botellita. Las formas abiertas son 4 bordes de páteras y escudillas y 1 plato de pescado. Como cerámica de cocina, hay 6 ollas, dos de ellas con pico vertedor, y 1 tonel. Sorprende la escasa presencia de grandes recipientes (ánforas, tinajas), de vasos de beber o de servir y la ausencia de morteros, microvasos, fusayolas o pesas de telar. Las cerámicas directamente vinculadas a los conjuntos de armas son pocas y muy fragmentadas (Fig. 7). En el conjunto 1, el más completo en cuanto a armas se refiere, hay 2 ollas y 1 gran tejuelo, parcialmente quemado, depositado en el centro de la panoplia. En el conjunto 2 tenemos 1 borde de tinaja de cerámica fina, 1 gran fragmento de tonel de cerámica tosca y 2 tejuelos. En el conjunto 3 se hallaron fragmentos de un gran recipiente bajo la espada. El conjunto 4 sorprende con 7 tejuelos, uno de ellos de ánfora púnicoebusitana, 1 pico vertedor de cerámica tosca y 1 borde de lebes, quemado y fragmentado en 16 trozos que resulta ser la pieza más completa de todo el depósito. En el conjunto 5 se contabiliza 1 tejuelo, 2 bordes de tinajillas y 2 de olla y 1 pico vertedor también de cerámica tosca. Hay 4 vasos áticos de barniz negro (un borde y un asa de dos copas diferentes, un borde de escifo y una base de pátera F. 25 Lamb.) y 2 cráteras de campana de figuras rojas que se fechan en el segundo cuarto del siglo IV a.C. En las cráteras se representan escenas dionisíacas: en una de ellas se ve un hombre y una mujer con restos de una piel (¿un sátiro? 1054-6, Fig. 8: 5) y en la otra hay una mujer y un sátiro con tirso en un fragmento y, en otro, un Eros y una cabeza femenina con el pelo recogido en una sphendóne, lo que es típico del pintor de Toya (1054 y 1066-25; Fig. 8: 6). Los fragmentos de crátera aparecieron dispersos entre los conjuntos 3 y 5. Trece son de cerámica fina, nueve de cerámica de cocina y uno de ánfora púnico-ebusitana. Su proporción varía en los cuatro conjuntos de procedencia: uno en el conjunto 1, otro en el 5, dos en el conjunto 2 y siete en el conjunto 4. Los tejuelos se han interpretado como fichas de juego o pesos de telar y, sobre todo, como sistemas de cómputo pues aparecen formando series, en su mayoría en ámbito doméstico (Depto. 97 de la Bastida o Deptos. Son escasos en las necrópolis pero también debieron tener alguna significación simbólica a juzgar por su depósito en contextos rituales como éste o como el depósito votivo con 18 ejemplares de El Amarejo (Bonete, Albacete, Broncano 1989: 107). En el muestreo del sedimento se han recuperado restos de semillas y frutos. Todo el material está carbonizado pero no muy alterado, por lo que la temperatura osciló entre 200 y 250 oC. Los taxones documentados no difieren de los reconocidos en las áreas de hábitat y basureros del resto del poblado. Destacan las cariópsides de trigos desnudos (Triticum aestivum-durum) y, en menor medida, de cebada vestida (Hordeum vulgare subsp. vulgare). Entre las leguminosas hay sobre todo vezas (Vicia sativa) y en menor media habas (Vicia faba) y entre los frutales higos (Ficus carica) y aceitunas (Olea europea). Las especies silvestres son escasas. Hay taxones que pueden desarrollarse como malas hierbas en los campos de cereales y otros de tipo arbustivo que debieron haber sido utilizados como combustible. Los trigos desnudos representan más del 90% de los restos. El registro de este depósito y el del resto del poblado (Pérez Jordà et al. 2011) difiere en las frecuencias o número de restos de algunas especies y en los taxones presentes. Los cereales documentados son los que predominan en todas las áreas del poblado. La cebada vestida suele tener unos índices de frecuencia superiores pero en este caso se han seleccionado los trigos desnudos, sobre todo atendiendo al número de restos (Fig. 9). Una situación comparable respecto a las especies representadas y a sus proporciones se observa con las leguminosas y los frutos, salvo en el caso de la aceituna: hay más huesos en la Puerta Oeste que en todas las muestras del resto del poblado. Destaca la falta de uva, un frutal cuyos valores suele ser mayores o, en todo caso, comparables a los de los higos, en los contextos domésticos. Las especies silvestres son difíciles de interpretar. Las de plantas de porte arbóreo o arbustivo como el lentisco (Pistacia lentiscus) y el enebro (Juniperus oxycedrus) podrían haberse empleado como combustible. Sin embargo, al no haberse documentado entre los carbones de este contexto (Tab. 1), ni aparecer con frecuencia los frutos de ambos taxones en el poblado, cabe pensar en un aporte intencional de los mismos, ambos de un llamativo color rojo. Los otros cuatro taxones identificados pueden ser malas hierbas que cre-cen entre los campos de cereales, pero Adonis sp. y Fallopia convulvulus faltan en los contextos excavados hasta la fecha en el yacimiento. La documentación de Adonis sp. por primera vez en el País Valenciano sería explicable no como algo accidental sino voluntario por su flor. En la misma planta suelen convivir flores abiertas con otras anteriores cuyas semillas han acabado de madurar. La segunda especie aparece asociada a conjuntos de cereales en poblados de la Edad del Bronce ( 2) con suelos arenosos en el entorno, caso de la Bastida de les Alcusses. No produce flores de gran tamaño sino en racimos, por lo que es razonable que su presencia sea accidental a diferencia de Adonis sp. Finalmente, la condición de Galium sp. y la gramínea como malas hierbas se refuerza por su asociación a concentraciones de trigo y cebada. La distribución de los materiales (Fig. 9) en la UE 1066 no muestra diferencias entre el registro recuperado sobre el nivel donde estaban los depósitos, y el resto de este estrato. En cambio el estrato que lo cubre (UUEE 1050 y 1054) tiene una menor diversidad taxonómica y una densidad de restos muy inferior. En los materiales distribui- La composición taxonómica de los restos carpológicos es similar en los cinco conjuntos. Destacan los cereales, aunque en el 2 y el 3 el volumen de restos es muy escaso. El resto de taxones varían: las vezas se asocian a los conjuntos 2, 4 y 5; los higos son exclusivos del 4 y de su entorno; las aceitunas de los conjuntos 1 y 5 y de cuadros adyacentes, y solo hay lentisco en el 1. Los dos taxones ausentes de estos depósitos pero presentes en alguno de los cuadros son Adonis sp. y el enebro. No hay casi diferencias entre los conjuntos y el material recuperado en los cuadros, más allá de los pocos taxones identificados sólo en algunas muestras (las habas en los cuadros C8 y D8). Parece observarse una distribución diferencial de los cereales. En la parte frontal de las filas 7 y 8 (cuadros y conjuntos) aumenta la cebada vestida, lo que equilibra este taxón, y los trigos desnudos. En las filas centrales de los cuadros, las 3, 4 y 5, el predominio de los trigos desnudos es muy relevante. Se ha analizado un conjunto de 102 huesos y sus fragmentos. El resto (79,41%) son astillas de entre 0,5 y 4 cm pertenecientes a huesos largos de mesomamíferos. Los taxones identificados son la oveja (Ovis aries), el ciervo (Cervus elaphus), el conejo (Oryctolagus cuniculus), malacofauna terrestre, un anfibio indeterminado y una costilla de micromamífero. El estado de conservación del material es muy deficiente. En general muestra una seria afección debida al proceso de fosilización durante la fase postdeposicional, debida a la vegetación, los ácidos húmicos y el propio Ph del sedimento. Estas alteraciones se suman a las producidas durante el manejo de los restos óseos en las operaciones de cocinado y consumo antes de depositarse. Un fragmento de diáfisis de un hueso apendicular de mesomamífero muestra una marca de carnicería. En 4 restos hay evidencias de combustión: el fragmento lateral de un astrágalo de oveja totalmente calcinado y tres fragmentos de hueso largo, menores de 2 cm con extremos quemados de coloración marrón. Varía su respectivo grado de combustión. Los ovicaprinos son el grupo de especies mejor representado aunque sus restos están muy fragmentados: 2 dientes sueltos, 3 fragmentos de diáfisis de húmero, 2 diáfisis de fémur, 1 diáfisis de tibia, 1 fragmento lateral de astrágalo, 1 fragmento de metapodio y 1 tercera falange. Hemos podido identificar tres restos de oveja: dos molares con desgaste propio de un ejemplar juvenil y un fragmento calcinado de astrágalo. Se han identificado animales silvestres. De ciervo hay 7 fragmentos de un mismo metatarso izquierdo de una hembra o de un animal juvenil. Su gran afección cortical por la acción de los agentes edáficos impide observar marcas indicativas de su consumo. Hay un fragmento proximal de primera falange de conejo, una vértebra de anfibio, una costilla de un micromamífero indeterminado y cuatro caracoles terrestres. El grupo de no identificados está formado por 79 fragmentos de huesos de animales de talla media y otros 2 de mayor complexión como los équidos (caballo/asno), los bovinos (vaca/toro) y el ciervo. En el grupo de mesomamíferos destacamos 3 restos quemados de entre 1 y 2,5 cm con algún extremo de color marrón. En el grupo de macromamíferos hay un fragmento de diáfisis de 9 cm cuyo grosor de paredes sugiere sea una tibia de un bovino o un équido (no 146). El conjunto de restos óseos analizados del yacimiento procede principalmente de basureros y desperdicios alimenticios. En comparación con ese conjunto, el grado de fragmentación de los restos de la Puerta Oeste es mayor. También hay menos variedad de especies: una doméstica (la oveja) y dos silvestres (el conejo y el ciervo). Por número de restos ovejas y cabras son el principal grupo de especies en el poblado (54,18%). El conejo y el ciervo son especies muy minoritarias (2,69% y 0,5% respectivamente) (Pérez Jordà et al. 2011). Los restos se distribuyen por los cuadros B, C, D y E con una mayor densidad alrededor del conjunto 5 (Fig. 2) pero su número es tan reducido que no podemos dar demasiada significación a este dato. El tipo de alteraciones que presentan sugiere que su historia tafonómica es heterogénea. Un grupo numeroso de fragmentos indeterminados, formado mayoritariamente por astillas de diáfisis de mesomamíferos con la cortical muy alterada y las aristas romas, podría ser material rodado. Esta tipología es frecuente en contextos de rellenos y su elevado grado de alteración habla de una exposición prolongada a los agentes de modificación. Podrían ser restos integrados en el sedimento y ajenos a los materiales depositados durante el ritual. Cuatro tienen señales de combustión en diferente grado: un fragmento de astrágalo calcinado (600-800 oC) y tres de diáfisis quemados con coloración marrón negruzca (230-300 oC). Como marcas de carnicería solo hemos identificado un corte sobre un fragmento de 2 cm (UE 1066-C2). Este hueso con marcas, los huesos de ovicaprino así como los restos alterados por una combustión podrían formar parte del conjunto de material relacionado con los desperdicios de un asado. La identificación de huesos calcinados y quemados, quizás generados durante una comida, se constata también en otros contextos rituales (Iborra 2012(Iborra, 2014)). Elementos de barro y conglomerado Se han estudiado 10 muestras de visu con ayuda de la lupa binocular. Cuatro son cantos de conglomerado y calcita y seis son fragmentos de barro. Estos últimos constituyen un variado conjunto de tipologías asociadas a elementos constructivos según un modelo propuesto previamente (Ferrer García 2010). Proceden de margas beige terciarias, arenas silíceas y formaciones edáficas pleistocenas que afloran en torno al yacimiento, junto con cantos y gravas de las propias laderas del promontorio de la Bastida. Las muestras están termoalteradas, formando agregados resistentes. Los interpretamos como resultado de una combustión somera (menos de 300 oC) que al movilizar el carbonato cálcico consolida el sedimento, sin alterar apenas sus rasgos cromáticos (March 1995). Los posibles elementos decorativos poseen dos tonos a partir de una misma litología y textura, uno beige-ocre y otro gris oscuro, resultado de unas condiciones de combustión con diferente aireación. Los cantos son fragmentos de conglomerados con bordes angulosos y cristales de calcita. Proceden de antiguas formaciones sedimentarias de Trab. Todos evidencian una termoalteración muy intensa. Los cristales de calcita parecen ahumados, lo que exigiría una temperatura de más de 500 oC (Soler 2003). Los limos están rubefactados y los cantos que engloban están muy alterados, sin llegar a calcinarse. Identificamos dos útiles de herrero o yunques de pequeñas dimensiones. El primero (1054-127, Fig. 3: 8) es una pieza maciza de hierro de forma troncocónica con rebabas y evidencias de golpe en su cara más ancha, su plano de percusión. Posiblemente iría incrustado en algún pie de madera. Es una placa de hierro de forma rectangular algo trapezoidal con un agujero central. El lado ancho debió funcionar como plano de percusión, pues hay rebabas de golpes. Como la pieza anterior sería un pequeño yunque o una herramienta de percusión indirecta, como un encajador de carpintero o un cortafrío. No parece casual que se hallara junto a la falcata 27 que tiene la hoja mellada con varios golpes, quizás realizados con este objeto. Hay dos cuentas de pasta vítrea fragmentadas. Una es una cuenta de ojos (UE 1066-D7, Fig. 3: 11) de color azul con los ojos formados por puntos azules rodeados de puntos blancos, tipo que se documenta por primera vez en la Bastida. También se han recuperado varios fragmentos muy mal conservados de un posible rallador, una lámina de bronce con perforaciones (UE 1054-124, Fig. 3: 12). Las características del conjunto excavado, el tipo de materiales, su tratamiento y la deposición final y amortización conforman los restos físicos de un complejo ritual. Las secuencias de actuaciones implicaron elementos con enorme relevancia social como la puerta principal del oppidum, las armas de personajes de alto estatus, los restos de comida y la vajilla de importación. Con los datos disponibles podemos precisar que el ritual ocurrió hacia el segundo cuarto del siglo IV a.C. durante el verano, como indican la estación de corte de la madera y las semillas y frutos de lentisco, enebro y Adonis sp. Las unidades estratigráficas distinguidas en la excavación (1054 y 1066) son inseparables a la hora de interpretar el conjunto, como demuestran por ejemplo los fragmentos de un mismo vaso cerámico presentes en ambas unidades. No parece que la deposición de los objetos siguiera un orden establecido: por ejemplo, en el conjunto 1 hay dos remaches (1066/24 y 72) bajo todas las armas, mientras en el conjunto 4 hay tablones quemados con remaches cubriendo la falcata (no 11 y 12). La cerámica está cubierta por armas en el conjunto 1 o 3 pero cubre a las armas en el 4. La gran formalidad en la deposición de armas, fragmentos cerámicos y herrajes, colocados en conjuntos sobre el suelo de la entrada, refuerza la simbología de la actuación ritual. En el conjunto 3 la manilla y la espada se colocaron juntas y paralelas entre sí, algo muy habitual en las necrópolis ibéricas, como Cabecico del Tesoro, Cigarralejo o Jumilla. Lo más llamativo es la colocación de manilla de escudo y espada en ángulo recto, formando una cruz (conjuntos 1, 2 y 4), lo que implica que previamente su cuerpo de madera había desaparecido o se había arrancado o quemado. La distribución específica de restos de fauna, frutos y semillas, herrajes y cerámicas por el suelo de la entrada también es intencional. Luego se cubrieron rápidamente con un paquete de restos quemados en una pira junto con tierra, elementos de cons-trucción y otros objetos incluidos en un material de relleno diverso. Sólo así se explica que haya fragmentos de fauna muy rodados o metales muy fragmentados como el resto de llanta de carro o las anillas y fragmentos de herrajes. De entrada, sorprende que absolutamente 'todos' los objetos fueran alterados o destruidos mediante diferentes tratamientos como el fuego, la fragmentación o la inutilización. Cremación y rotura caracterizan muchas acciones rituales en objetos (Bradley 2005: 142 y 151) pero no son universales. En muchas cosmogonías el fuego es un elemento transformador de la sustancia. Aquí hemos identificado, al menos, dos cremaciones de distinta intensidad. Se hizo fuego en la misma entrada como indican el umbral de madera y piedras quemados y los elementos constructivos de barro termoalterados in situ. Como las muestras de barro moldeado están afectadas de manera desigual, el fuego de unos 300 oC que las alteró se produjo cuando formaban parte de estructuras. Otra cremación a 700-1000 oC tuvo lugar en el promontorio, quizás no lejos de la misma entrada. Afectó intensamente a elementos labrados de madera de la puerta, con herrajes incluidos, a algunos restos de fauna y cerámicas. No podemos precisar si los restos menores de madera carbonizada (Tab. 1) están in situ y son parte del combustible utilizado en esta pira o en el otro fuego. Evidencias indirectas de esta gran pira son los cantos quemados del suelo rocoso natural, incorporados con otros materiales, al paquete de amortización del depósito sobre el suelo. Debido a ello las maderas de gran tamaño quedaron fragmentadas y mezcladas con tierra y con el resto de materiales. Las semillas y huesos de fauna, quemados a unos 200-300 oC, pudieran proceder de una parte de la pira donde la temperatura no fue muy elevada o de otros fuegos menos intensos de documentación insegura. Otros objetos se depositaron sin quemar o apenas afectados por el fuego como algunos tablones de madera, quemados en parte, y otros remachados degradados por completo, a juzgar por algunas alineaciones de remaches sobre el suelo. Las armas, las cráteras de figuras rojas, algunos tejuelos cerámicos e incluso un resto de ciervo no están quemados. Los pequeños restos de madera fresca documentados en algunas piezas (Tab. 2) podrían indicar que la madera se mineralizó después, durante el proceso de oxidación del metal. El grado de fragmentación depende del tipo de objeto. La cerámica y la fauna aparecen muy fragmentadas pero otros objetos no. El 98% de los fragmentos cerámicos es inferior a 10 cm y el 36% a 3 cm. Las lanzas y las vainas se rompieron. Las espadas se depositaron enteras pero con las hojas alteradas. Los mangos de escudo se depositaron enteros pero arrancados de su cuerpo de madera. Diferentes partes del mismo objeto están representadas desigualmente. En las vainas, lo que más falta son trozos de las varillas plegadas en 'u' del armazón. Estas ausencias son consistentes con (a) la deposición de elementos rotos de la vaina como pars pro toto; (b) una previa cremación a alta temperatura de los objetos que destruyera los elementos más frágiles y los perecederos; o (c) una combinación de ambas, en un ritual bien definido realizado a corta distancia pero no in situ. Sólo hallamos la punta de las lanzas y soliferrea. Sorprende la ausencia de conteras en unas y de las varillas del astil en los otros que llegan a medir unos 200 cm (Quesada 1997: 310). Si en el ritual se emplearon como mínimo hasta seis soliferrea, y quizá incluso nueve, no se depositaron completos (doblados o no, rotos o no) en el área excavada. Este hecho no es explicable por la durabilidad o conservación de las partes dado que hay piezas más frágiles conservadas. Una interpretación plausible es que cada parte del arma tuviera su propio significado a la hora de su deposición. En la secuencia ritual también hubo actos de comensalía, constatada en la fauna con marcas de consumo y cocinado y en instrumentos como las ollas o el rallador para la preparación. La connotación sacrificial de las falcatas y del cuchillo afalcatado no debe ignorarse (Quesada 1997: 162-171), pues son usos complementarios y no excluyentes con su carácter de armas. El resto casi completo de metatarso de ciervo, una especie minoritaria en el poblado y presente en un conjunto de fauna tan reducido, debe tener un significado simbólico. Restos de ciervo se han identificado en algunos contextos rituales de yacimientos del País Valenciano (Iborra 2004: 367). Las semillas y frutos pudieron ser asimismo alimentos y ofrendas. A excepción de Adonis sp., todas las especies ya se conocían en los contextos domésticos del asentamiento. Las diferencias residen en una cierta selección de los trigos desnudos, un peso más relevante de las aceitunas y la ausencia de la uva. A modo de hipótesis, planteamos que ofrendas vegetales, como los frutos del lentisco y el enebro y las flores de Adonis sp., se seleccionaran por sus llamativos colores, En síntesis, se utilizaron alimentos y artefactos cotidianos si bien imbuidos de énfasis y especial significación, como en muchos otros actos de ritualización (Bradley 2005: 119). Por ejemplo, el rallador podría relacionarse con la preparación de bebidas como la descrita en La Ilíada (XI, 638-641) donde se mezcla vino, harina y queso de cabra rallado. Esta práctica también se ha identificado en rituales funerarios itálicos en el siglo VII a.C. (Ridgway 1997) y quizás tuvo un alcance mediterráneo duradero en el tiempo. La comida estuvo limitada a un reducido número de personas, dado que la vajilla no supera los diez ejemplares, entre copas y platos, y hay pocos restos de animales procesados. Algunas de estas actuaciones rituales exigieron trabajos precisos y experimentados de artesanos y especialistas vinculados a las élites: herreros para inutilizar las armas, carpinteros para desmontar la puerta y personas con experiencia para procesar animales, preparar comida y bebida o controlar los procesos pirotecnológicos que requieren las cremaciones. El trabajo de los herreros debió tener un especial significado, pues los dos pequeños yunques se incluyeron en las ofrendas. UN RITUAL PÚBLICO Y SU SIGNIFICADO POLÍTICO La relevancia de este contexto para nuestro conocimiento de las sociedades de la Edad del Hierro radica, en primer lugar, en su escala y dimensión pública. El ritual tiene lugar en la puerta principal del oppidum, un espacio público de enorme relevancia para la identidad de la comunidad. Ocurre en un momento de reconstrucción de la entrada y la muralla que fechamos entre 375-350 a.C. Los fragmentos de barro recuperados coinciden en sus rasgos morfológicos y texturales con elementos constructivos, tales como adobes, enlucidos, encalados, enfoscados y elementos decorativos, quizás de la propia entrada. Esta ceremonia pública que sanciona un acto de regeneración de estas construcciones también puede verse como uno de transformación por fuego. Re-cordemos que los mismos batientes de la entrada fueron desmontados, quemados y enterrados con los demás objetos (Fig. 3). Además es un ritual de memoria, pues toda el área del depósito se señalizó con tres losas y dos piedras hincadas, visibles cada vez que se pasaba por la nueva entrada (Díes 2005: 74, Fig. 2). Es decir, la entrada principal se utilizó como escenario para construir la memoria colectiva del grupo que habitaba el oppidum. En el oppidum de Burriac pasa algo parecido en el siglo II a.C.: bajo una de las piedras del enlosado de la entrada meridional, y asociado a su refacción, se halló una espada de tipo La Tène doblada en V en su vaina de hierro y quemada, así como restos de un ovicaprino (García et al. 1998: 313 y 323). Otros ejemplos de depósitos rituales en puertas y murallas, sin armas pero con restos animales, como en el Molón (Lorrio et al. 2014: 221, de nuevo asociado a una renovación de la muralla) o en el Cabezo de Azaila (Alfayé 2007), pueden leerse en esta línea de rituales de memoria colectiva. Los restos carpológicos en rituales fuera de necrópolis no se han documentado hasta la fecha. Otro aspecto destacable es la violencia implícita que sugiere la deposición de las armas y el protagonismo ideológico de los asuntos de la élite guerrera en la sanción de los ciclos vitales del oppidum, así como de nuevas situaciones políticas y sociales. La inutilización de las armas reproduce claramente el tratamiento que conocemos en las tumbas y en contextos rituales no funerarios, como el ya referido de Burriac, el depósito de una falcata junto a otros hierros y bronces tras el templo B de la Illeta dels Banyets (Olcina et al. 2009: 135) o el soliferreum doblado ritualmente en el patio de entrada de Cancho Roano antes de su abandono (Kurz 2003: 301). En la Puerta Oeste podemos excluir que estemos ante tumbas de personas, pues durante la excavación no se halló ni un solo resto humano. No obstante, hay estrechos paralelos con los rituales funerarios como el tratamiento de las armas, el uso del fuego para cremar ofrendas o la señalización mnémica con losas y estelas del depósito (visibles en la segunda fase de la puerta). Un contexto muy parecido a éste, por el volumen de armas hallado, es la célebre tumba 155 de la necrópolis de Baza (Granada), donde 19 armas se agrupan en cuatro panoplias completas en el ajuar funerario de una mujer (Quesada 2010b). El significado de las armas como símbolos de autoridad prestigiosa guerrera y política entre los guerreros ibéricos -hombres libres con un estatus significativo en tanto que tales-nos lleva a concluir que quizás representen a cinco grupos de poder, encarnados en la figura de cabezas de familia o de grupos corporativos. Esta interpretación no se contradice con la organización social de las casas en el oppidum (Vives-Ferrándiz 2013). En definitiva, es una actuación colectiva de la élite y no tanto la acción de un personaje poderoso con sus grupos clientelares dependientes. Con todo, las diferencias en la composición de cada panoplia y en el modo como se depositaron indican, precisamente, la heterogeneidad de la élite que cooperó en la celebración. Una acción colectiva de este carácter invita a pensar que el oppidum se rigió por relaciones sociales colaborativas y por acuerdos entre los cinco grupos representados por las cinco panoplias con derecho a tener un papel político y ser representativos de la comunidad. A MODO DE CONCLUSIONES El conjunto excavado en la Puerta Oeste de la Bastida de les Alcusses es una significativa novedad arqueológica. Apenas conocemos casos similares bien documentados en el ámbito ibérico y ninguno tiene su complejidad. El estudio interdisciplinar nos ha permitido identificar los restos de un ritual importante que, en torno al 375-350 a.C., conmemoró la renovación de la entrada principal y de las estructuras defensivas del oppidum. Como primera conclusión este trabajo reivindica los equipos y estudios multidisciplinares como vía para una mejor comprensión del registro arqueológico, complejo y variado por definición. Los materiales estudiados (herrajes, madera, armas, cerámica, semillas, frutos, fauna, elementos constructivos y herramientas...), junto a un detallado registro estratigráfico durante la excavación, nos han aportado información relevante para la comprensión de este contexto. El ritual se nos revela como secuencias de actuaciones y prácticas con un efecto material reconocible. En este caso incluye el desmonte de las estructuras de la puerta, la construcción de una pira para cremaciones rituales, actos de comen-salía, la destrucción ritualizada de los objetos por fragmentación o incineración y su deposición formalizada. Este hallazgo nos sugiere varias reflexiones en el contexto de la Edad del Hierro en la Península Ibérica. Por un lado, resaltamos el significado social de ciertos espacios públicos, como la entrada principal, sobre todo para construir memoria a través de rituales bajo el control de las élites urbanas. Por otro lado, ciertas prácticas reconocidas hasta ahora en los rituales funerarios (cremación, inutilización de armamento) sin duda permearon otros contextos fuera de las necrópolis, lo que abre una vía de trabajo sobre las relaciones entre el mundo de los vivos y los muertos. Finalmente este ritual implica, en última instancia, la acción colectiva de una élite que obliga a replantear algunos de los paradigmas establecidos sobre la estructura social y la distribución del poder en las sociedades ibéricas. Las investigaciones en la Bastida de les Alcusses tuvieron el apoyo financiero del Museu de Prehistòria de la Diputación de Valencia. En 2013 contaron con una ayuda a la investigación de la Mediterranean Archaeological Trust (Oxford). El artículo resume varios años de trabajo en cuyas diferentes etapas han participado Josep Ahuir, Gonzalo Almela, Iván Amorós, Aurora Bellver, Laia Caballer, Isabel Ferrándiz, Ma Isabel Fuentes, Ma Consuelo Laguna, Mireia López, Sonia Machause, Raúl Navas, Trinidad Pasíes, Ma Amparo Peiró, Sergio Peral, María Perales, Pedro Ramos, Tamara Renau, José Manuel Torregrosa y Alicia Vendrell. Guillermo Tortajada y Alicia Vendrell dibujaron los materiales. Carmen Sánchez Fernández nos ayudó en la identificación de las escenas de las cráteras y nos puso sobre la pista de los paralelos con el pintor de Toya. Alfayé, S. 2007: "Rituales relacionados con las murallas en el mundo celtíbero".
Gruta Nova da Columbeira es uno de los conjuntos del Paleolítico medio más relevantes de la Estremadura Portuguesa y uno de los pocos yacimientos portugueses con restos de neandertal. En este trabajo se presentan los resultados del análisis zooarqueológico y tafonómico de los restos óseos de los macromamíferos recuperados en los niveles 6, 7, 8 y 9 de la excavación arqueológica llevada a cabo en 1962. Este estudio aporta información sobre el uso de la cavidad, el tipo de ocupación y las actividades desarrolladas en la misma. La cueva fue utilizada indistintamente por homínidos y carnívoros. Además, se han identificado otros agentes tafonómicos no antrópicos que han intervenido en la formación del registro óseo. Estos datos junto con los resultados de las dataciones aportadas por Zilhão y otros (2011) nos lleva a considerar que no es posible mantener Gruta Nova (Columbeira, Portugal) (Fig. 1), excavada en 1962, contiene diferentes niveles arqueológicos con una importante acumulación de restos líticos, debido a las actividades desarrolladas por grupos de neandertales (Raposo y Cardoso 1997, 1998; Cardoso et al. 2002). Este trabajo pretende identificar, a través del estudio zooarqueológico de los restos óseos de los ma-Trab. Ahora bien, debemos tener presente que la metodología de excavación aplicada en Gruta Nova difiere considerablemente de la actual. En los 1960 el interés se centraba casi exclusivamente en los artefactos líticos. Los estudios dedicados a los restos óseos eran de carácter paleontológico. Lo habitual era seleccionar entre ellos los que fueran fácilmente identificables anatómica y taxonómicamente para elaborar listados taxonómicos. En consecuencia, se descartaban elementos de pequeños tamaño o esquirlas de huesos indeterminados anatómicamente. Este hecho, unido a la ausencia de planimetrías y de ubicación tridimensional de los fósiles, ha limitado aproximaciones como las de los estudios arqueoespaciales. Un buen ejemplo del método excavación llevado a cabo en Gruta Nova hace medio siglo lo encontramos en el propio diario de campo (Cardoso 1993; Cardoso et al. 2002), donde se describe el empleo de cargas explosivas en los sectores de los niveles que presentaban mayor dureza. EL YACIMIENTO GRUTA NOVA DA COLUMBEIRA Gruta Nova se localiza al oeste de la Península Ibérica, a unos 80 km al norte de Lisboa, en las proximidades de la aldea de Columbeira y de la localidad de Bombarral, entre las Sierras de Montejunto y Candeeiros (Fig. 1). Es una cavidad cárstica situada en las calizas del jurásico superior y en la vertiente norte del Valle do Roto, por donde discurre la ribera del Columbeira, afluente del río Real. Gruta Nova es estrecha y con planta irregular. La entrada actual da acceso a una galería amplia que progresivamente se va estrechando. Al final se abre la cámara principal que da paso a un estrecho corredor que termina en una chimenea. Corresponde a la entrada original de la cueva y está colmatada por un depósito todavía sin excavar (Cardoso 1993; Cardoso et al. 2002) (Fig. 2A). Gruta Nova fue descubierta accidentalmente en 1962 durante unos trabajos de explotación de una cantera. Por este motivo la entrada actual de la cueva se corresponde con el extremo opuesto del acceso original. El descubrimiento de dientes de rinoceronte provocó un gran interés científico, y ese mismo año Octávio da Veiga Ferreira de los Servicios Geológicos de Portugal inició su excavación, prolongada durante un mes. De esta primera fase procede la secuencia estratigráfica (Tab.1, Fig. 2B), así como la totalidad del registro arqueológico (Cardoso et al. 2002). La cueva fue excavada, desde la entrada actual hasta el fondo o acceso original, en sectores de un 1 m transversales al eje mayor de la cavidad. La secuencia estratigráfica con 3 m de potencia comprende 11 niveles, numerados de techo a base. Seis de ellos son arqueológicamente fértiles: niveles 4 al 9 (Tab. En la parte superior del nivel 9, en contacto con el nivel 7, en una zona donde no se identificó el nivel 8, se halló un M1 humano. Ferembach (1964-65) lo describió como el germen (aún no emergido ni terminado Trab. Una segunda intervención de Jean Roche en 1971 aporta las dataciones conocidas (Roche 1972; Delibrias et al. 1986) y nueva información sobre la secuencia estratigráfica (Cardoso et al. 2002) (Fig. 2B). Zilhão y otros (2011) han revisado la fiabilidad de las muestras y las recientes dataciones aportando nuevos datos (Tab. En su exhaustivo estudio concluyen que Gruta Nova presenta en determinadas zonas cierta inversión estratigráfica, no advertida por los expertos que la excavaron, que explicaría la juventud de las dataciones obtenidas. En consecuencia, según Zilhão y otros, su secuencia no puede ser utilizada para contrarrestar la existencia de un Auriñaciense tardío en la región meridional y occidental de la Península Ibérica. En Gruta Nova las investigaciones efectuadas hasta este momento revelan un importante registro arqueológico formado por restos líticos, óseos y coprolitos, además del resto óseo de neandertal (Cardoso et al. 2002; Antunes et al. 2000). Raposo y Cardoso (1997, 1998; Cardoso et al. 2002) han estudiado en profundidad los primeros (NR Total= 5874), descritos como un Musteriense de denticulados, rico en raederas, de talla y facies levallois, donde el sílex, cuarzo y cuarcita constituyen los grupos dominantes (Tab. A lo largo de la secuencia hay un progresivo aumento del sílex y una disminución correlativa del cuarzo, mientras que la cuarcita se mantiene estable. Tampoco varía el patrón de captación de materias primas. Su obtención no requería de desplazamientos excesivos, ya que se localizan en las inmediaciones de la cueva (Cardoso et al. 2002) (Tab. El primer estudio preliminar del registro óseo de Gruta Nova se debe a Roche (1972). Dos décadas después Cardoso (1993) efectuó un análisis taxonómico centrado en los niveles 6, 7 y 8, identificando diferentes especies de carnívoros y de herbívoro, ampliadas poco después por Jiménez et al. (1998) con la identificación de tortuga (Testudo hermanni). Frecuencia absoluta (F. ab.) y frecuencia relativa (F. rel.) de grandes categorías tecno-tipológicas (total de industria): (a) según recuento esencial (sistema Bordes); (b) bloques probados, fragmentos inclasificables, manuports, etc. cientemente el registro se ha completado con los análisis de los restos de avifauna por Figueiredo (2010). Los numerosos restos de lagomorfos y coprolitos se encuentran aún en estudio. El análisis del registro de macromamíferos de Gruta Nova ha seguido la metodología de la zooarqueología (Lyman 1994; Reitz y Wing 1999). La integridad de la muestra se ha evaluado tras la identificación anatómica y taxonómica de los restos con el cálculo de los parámetros: NEI (número de especies identificadas), NME (número mínimo de elementos), NMI (número mínimo de individuos). Los restos óseos no identificados anatómica y taxonómicamente han sido agrupados siguiendo criterios anatómicos en: 1) huesos largos (estilopodios, zigopodios, metapodios y falanges); 2) planos (esqueleto axial, craneal y cintura pélvica y escapular); 3) y articulares (carpales, tarsales y patellas), y taxonómicos siguiendo el trabajo de Bunn (1986): 1) animales de talla muy pequeña o talla 1, incluyendo 1a y 1b ( 1000 kg). Como en la mayoría de los conjuntos arqueopaleontológicos, los restos óseos se encuentran fragmentados. Para establecer el agente de fracturación del conjunto faunístico se calculó el índice de fragmentación (Bunn 1993) y se clasificaron los planos de fractura de los huesos siguiendo a Villa y Mahieu (1991): 1) la delineación de la fractura (transversales, curvadas, y longitudinales; 2) el ángulo (oblicua, recta, mixta), y su superficie (suave o irregular). Los restos óseos han sido observados microscópicamente con el uso de lupas binoculares (Nikon SMZ-1 hasta 40 aumentos y Motic Quantific hasta 80 aumentos), detallando las diferentes alteraciones superficiales. Se han identificado alteraciones producidas por la actividad antrópica como marcas de corte. Las incisiones son el tipo de estrías más identificadas. Las incisiones se caracterizan por mostrar una sección en forma de V, con una microestriación interna (Potts y Shipman 1981). En algunos casos, se observan conos hercinianos (Bromage y Boyde 1984), el efecto shoulder y barbas (Shipman y Rose 1983). Las marcas de corte se analizan teniendo en cuenta su localización (la talla de peso y la porción del hueso), el número de estrías y su distribución en la superficie del hueso (aislada, concentrada, cruzada), su orientación respecto al eje mayor del hueso (oblicua, longitudinal o transversal) y su delineación (recta o curvada). También se consideran elementos diagnósticos de fracturación antrópica como los conos de percusión, los contragolpes, los estigmas de per- Otras alteraciones tafonómicas identificadas en los restos óseos son las producidas por los carnívoros, la abrasión hídrica y las raíces de las plantas. La acción de los carnívoros se ha identificado en la superficie de algunos fragmentos principalmente en forma de depresiones y surcos, y ocasionalmente asociada con la fracturación del hueso (Haynes 1980(Haynes, 1983a(Haynes, 1983b;;Binford 1981; Stiner 1994; Blumenschine 1995; inter alia). Se han tomado medidas de la anchura mínima de las depresiones y los surcos y se han comparado con los datos obtenidos por diferentes investigadores (Andrews y Fernández-Jalvo 1997; Selvaggio y Wilder 2001; Domínguez-Rodrigo y Piqueras 2003) con el fin de identificar el tipo y tamaño del carnívoro que ha intervenido en el conjunto. La acción del agua se ha observado en forma de pulido y redondeamiento en algunos restos óseos. Estos elementos, dependiendo de la energía de las corrientes hídricas permanecen inmóviles o son transportados. La abrasión hídrica se ha clasificado siguiendo a Cáceres ( 1) (Tab. La acción de las raíces de las plantas se corresponde con surcos irregulares con fondos en U. Otras alteraciones identificadas se deben al óxido de manganeso y/o a los agrietamientos (Fernández-Jalvo y Andrews 2000; Marín Arroyo et al. 2008). Las primeras aparecen como una pigmentación negruzca del fragmento óseo que puede afectarle de forma aislada, concentrada o generalizada. La producen ambientes húmedos con un pH cercano a neutro. Los restos de macromamíferos (NR = 700) de los niveles 6, 7, 8 y 9 que estudiamos proceden en su totalidad de la campaña de excavación de 1962. Tiene 1 m de potencia y es el más extenso y más brechificado de todos los niveles arqueológicos, en especial, en el torno de la entrada original de la cueva (Cardoso et al. 2002) (Tab. Un 65% del total ha podido ser determinado a nivel específico. El conjunto muestra una amplia variedad específica con un mínimo de 11 taxones representados. Taxonómicamente estos individuos se reparten principalmente entre Cervus elaphus (NMI= 10), Equus caballus (NMI= 4) Dicerorhinus hemitoechus (NMI= 4), Capra pyrenaica (NMI= 2) y Crocuta spelaea (NMI= 2). El resto de taxones cuenta con un individuo. Hay una importante variedad en los grupos de edad pero predominan los individuos adultos e inmaduros (infantiles y juveniles) (Tab. En los herbívoros la representación esquelética está muy sesgada. (1) Cáceres, I. 2002: Tafonomía de yacimientos antrópicos en karst. Complejo Galería (Sierra de Atapuerca, Burgos), Vanguard Cave (Gibraltar) y Abric Romaní (Capellades, Barcelona). Tesis Doctoral inédita, Facultad de Letras, Universitat Rovira i Virgili. Pulido Grado Redondeamiento P0 Ausencia de pulido. R0 Ausencia de redondeamiento. Bordes de fractura ligeramente brillantes. Bordes de fractura y superficie del hueso suaves y brillantes. Bordes de fractura y superficie del hueso redondeada. El hueso está completamente pulido llegando a perder su morfología original. El hueso está completamente redondeado, perdiendo su morfología original. Categorías de abrasión hídrica (pulido y redondeamiento) identificadas en la superficie de los restos óseos según Cáceres (2002, inédito) P0 pulido grado 0; P1 pulido grado 1; P2 pulido grado 2; P3 pulido grado 3; R0 redondeamiento grado 0; R1 redondeamiento grado 1; R2 redondeamiento grado 2; R3 redondeamiento grado 3. son los más frecuentes, sobre todo piezas dentales aisladas y maxilares y mandíbulas. Los animales de gran tamaño (équidos, bóvidos y rinocerontes) solos están documentados por piezas dentales, mientras de los de talla media y pequeña (cérvidos y caprinos) se recuperan elementos de las extremidades proximales, metapodios y falanges. En todas las tallas falta el esqueleto axial. Los carnívoros cuentan con uno o dos restos pertenecientes al esqueleto apendicular, excepto Crocuta spelaea que aparece con una leve mayor variedad de elementos, en especial apendiculares y piezas dentales (Tab. Los restos óseos aparecen fragmentados y, en general, son de pequeñas dimensiones es decir ≤ 2 cm de longitud. Sólo 13 están completos: 5 acropodios de herbívoros y 8 metapodios y basipodios de carnívoros. Se ha determinado la fracturación de los huesos a partir del análisis de un total de 160 planos de fractura. Pre dominan las delineaciones curvadas, con ángulos oblicuos y bordes de fractura suaves, lo que nos indica un predominio de fracturación en fresco. La actividad antrópica sobre las carcasas de los animales se ha identificado como marcas de corte en un 2% del total y como puntos de impacto y estigmas de percusión en un 4% del total (Tab. Los 13 fragmentos con marcas de corte corresponden principalmente a cérvidos. Aparecen especialmente sobre las diáfisis de elementos del esqueleto apendicular, lo que se ha relacionado con la descarnación y la extracción de piel. También destacan las estrías identificadas en fragmentos axiales taxonómicamente indeterminados (Tab. Las evidencias de fracturación antrópica, puntos de impacto y estigmas de percusión, se han identificado en 3 huesos largos. En este nivel no se han recuperado conos o lascas de percusión (Fig. 4E). La acción de los carnívoros está constatada por sus restos óseos (Tab. 7) y por la identificación de mordeduras en las diáfisis y en los bor- Número de restos (NR) y el número mínimo de elementos (NME) expresado entre paréntesis del nivel 6. tg talla grande; tm talla media; tp talla pequeña; Indet. des de fractura de algunos huesos largos (Tab. Los valores máximos obtenidos, tanto para las depresiones como los surcos, superan los 0,8 mm (Tab. El rango de medidas obtenidas se corresponde con carnívoros de talla grande (Domínguez y Piqueras 2003). Otras alteraciones tafonómicas identificadas en los restos son el trampling, en un 3% del total, y las modificaciones producidas por el óxido de manganeso y las concreciones que afecta a un elevado porcentaje de la acumulación, un 78,6% y un 4,3% del total respectivamente. En cambio las alteraciones producidas por la acción hídrica (16%) no son en comparación tan abundantes. Los restos con redondeamiento y pulido presentan solo grado 1 (Tab. Es el nivel de menor potencia (20 cm) y mayor concentración de restos óseos (NR= 219) en comparación con el resto de niveles analizados (Tab. El porcentaje de identificación anatómica y taxonómica del conjunto óseo es de un 40,3%. Estos individuos suelen repartirse taxonómicamente entre los Equus caballus (4) Cervus elaphus (3) y Capra pyrenaica (2). Los demás taxones cuentan con un individuo. En la edad de muerte predominan los individuos inmaduros (infantiles y juveniles) sobre los adultos y seniles (Tab. En los herbívoros hay un fuerte sesgo en su representación esquelética, dominada fundamentalmente por el esqueleto craneal, en especial por piezas dentarias aisladas (NR=59). Sólo de los cérvidos hay además acropodios y basipodios. Los restos esqueléticos de carnívoros son escasos y se corresponden con fragmentos del esqueleto postcraneal sobre todo con metapodios y falanges (Tab. En general, los restos óseos aparecen fragmentados. Sólo 13 están completos: 8 pertenecen a carnívo- Tab. Frecuencia relativa de las alteraciones tafonómicas identificadas en los restos óseos por niveles arqueológicos. Alteraciones tafonómicas identificadas en el registro óseo de Gruta Nova: a. marcas de corte; b. marcas de corte interrumpidas por mordeduras de carnívoros; c. marcas de corte identificadas en un pisiforme infantil de Ursus arctos; d. fragmentos de huesos largos con evidencias de fracturación antrópica; e. conos de percusión; f. fragmentos de hueso largo con mordeduras de carnívoro. Restos óseos con marcas de corte identificadas en los niveles arqueológicos (niveles), elemento anatómico (elemento), especie (Cervus e. Ursus arctos; indet. indeterminado), tipo de marca de corte (inc. incisiones), grupo (grupos de marcas de corte) y número de estrías de corte por grupos (núm.), localización (localiz.) en la superficie del hueso (diáf. diáfisis; metaf. metáfisis), distribución (distrib.) de las estrías (ais. aisladas; conc. concentradas), orientación (orient.) respecto al eje mayor del hueso y funcionalidad de la estría. Actividad: descarn. descarnación; extrac.piel extracción de piel; desart. desarticulación); H. hueso. Los elementos afectados se corresponden con metapodios y huesos largos de la talla media. Evidencias de la intervención de los carnívoros en el conjunto son las mordeduras en las diáfisis y en los bordes de fractura (Tabs. 8 y 10) de un húmero y un radio de Cervus elaphus y un hueso largo de edad indeterminada. Las dimensiones máximas de las depresiones y surcos identificadas alcanzan los 0,8 mm, es decir, como en el nivel 6, corresponde a un carnívoro de talla grande (Tab. Otras alteraciones tafonómicas identificadas en algunos elementos son el pisoteo de los huesos o trampling con un 0,9% del total, y las modificaciones postdeposicionales asociadas a la presencia de medios húmedos y encharcados como la precipitación de óxidos de manganeso (61%) y las concreciones (34%). Por último señalamos la presencia en los restos de redondeamientos y pulidos en grado 1 (6% del total) (Tab. Tiene una potencia de 30 cm y ha proporcionado 140 restos de macromamíferos (Tab. El porcentaje de identificación anatómica y taxonómica es de un 70,2%. Taxonómicamente los individuos más representados en el conjunto son Cervus elaphus (7), Equus caballus (4) y Bos primigenius (2). El resto de taxones aparecen con un individuo. Existe una amplia variabilidad, y con valores similares en todos los rangos, en la edad de muerte de los animales (Tab. En la línea de los niveles precedentes la representación esquelética de los animales muestra fuertes ausencias. Se ha identificado principalmente piezas dentales aisladas, metapodios y falanges. Los cérvidos son los únicos animales que muestran una ligera mayor integridad esquelética. El resto de taxones solo cuentan con uno o varios elementos. Los carnívoros también están presentes por uno o dos restos óseos que se corresponden básicamente con el esqueleto postcraneal (Tab. La fragmentación de los restos es elevada, documentándose sólo 8 restos completos. Todo ellos son acropodios y basipodios de cérvidos. En el análisis de los 59 paños de fractura se ha observado que sobresalen especialmente los planos con delineaciones curvadas, ángulos oblicuos y bordes suaves, por lo que éstos se fracturaron cuando aún estaban frescos. La actividad de los homínidos sobre los animales se identifica a través de las marcas de corte. Presentan estrías antrópicas 8 restos, un 5,7% del total. Se documentan sobre todo en los cérvidos, aunque también aparecen en el équido y el úrsido. Por su identificación en las diáfisis y, en menor medida, en las metáfisis de elementos del esqueleto apendicular se ha relacionado con la descarnación y el desollado de los animales (Tab. Entre estos elementos destaca el pisiforme de úrsido infantil. Las marcas de corte se localizan en su metáfisis y se disponen de forma concentrada, paralelas entre sí, y transversales con respecto al eje mayor del hueso. Estas estrías se relacionan con la extracción de la piel del animal (Tab. La superposición de marcas, antrópicas y de carnívoros, se ha identificado en un fragmento indeterminado anatómica y taxonómicamente. Las marcas de corte, en varios grupos, se disponen oblicuas al eje longitudinal del fragmento, paralelas entre sí, y de forma generalizada por toda su superficie. Una de estas estrías aparece interrumpida por una depresión producida por un carnívoro (Tabs. En este nivel la actividad de los carnívoros se constata en 4 restos (0,7% del total) (Tab. Los elementos intervenidos pertenecen a cérvidos, identificándose depresiones y surcos en elementos apendiculares y un fragmento de coxal. Las dimensiones máximas de las mordeduras (0,6 mm), como en los niveles previos, apuntan a un carnívoro de talla grande (Tab. Otras alteraciones tafonómicas identificadas en los restos y que afectan en grado elevado al conjunto son las ocasionadas por el óxido de manganeso (81% del total). La actividad de agua ha afectado a un 12% del conjunto. Los restos con redondeamiento y pulido se incluyen en el grado 1 (Tab. El registro óseo del nivel 9 asciende a un total de 140 restos (Tab. Se ha identificado anatómica y taxonómicamente un 15,6%. El NMI Para determinar el estado de fracturación de los restos se han analizado 129 planos de fractura. Destacan las delineaciones curvadas, de ángulos oblicuos y superficies suaves, indicativas de un predominio de fracturación en fresco. La actividad de los homínidos se ha observado como marcas de corte en un 5,6% de los esqueletos y como estigmas de percusión en un 2,8% (Tab. Los primeros pertenecen en su mayoría a elementos axiales de talla indeterminada. Se identifican en la cara externa de algunos fragmentos de costillas, una vértebra y un coxal. Las marcas se han asociado básicamente con la descarnación (Tab. La fracturación de elementos se ha registrado en un 2,8% de huesos largos con estigmas de percusión (Tab. No se ha identificado modificaciones en los huesos producidas por los carnívoros. Como en los niveles precedentes, hay alteraciones producidas por medios húmedos y concentraciones de agua como la precipitación de óxidos de manganeso (59,4%) y las concreciones (25,1%). Además la abrasión hídrica se aprecia en forma de redondeamiento y pulido en los restos. Esta alteración ha afectado en grado 1 a un 17,5% del total de restos localizados (Tab. El conjunto óseo analizado procede en su totalidad de la excavación llevada a cabo en 1962. Durante esos años la metodología y las técnicas de excavación aplicadas difieren de las habituales en las últimas décadas. Según se desprende del diario de excavaciones (Cardoso et al. 2002), el registro se documentaba y recuperaba por sectores, utilizando cargas explosivas donde resultaba compleja la extracción de los materiales. A todo ello se añade la ausencia de la ubicación tridimensional (x, y, z) de los restos que nos impide conocer su posición exacta y, por tanto, analizar las posibles asociaciones entre elementos o ciertos espacios de la cavidad. Al quedar excluidos los estudios espaciales, carecemos de la dimensión temporal de la formación de los conjuntos óseos en los distintos niveles estudiados. Cabe la posibilidad de que los excavadores seleccionaran el registro óseo, ya que en esos años era habitual la recogida íntegra del material lítico, pero no del óseo. Se solían obviar los ele- Número de restos (NR) y número mínimo de elementos (NME) expresado entre paréntesis del nivel 8. tg talla grande; tm talla media; tp talla pequeña; Indet. indeterminados. Número de restos (NR) y número mínimo de elementos (NME) expresado entre paréntesis del nivel 9. tg talla grande; tm talla media; tp talla pequeña; Indet. mentos considerados indeterminables anatómica y taxonómicamente o de pequeñas dimensiones. Se tendía a seleccionar aquellos fósiles más "llamativos", es decir fácilmente identificables, como piezas dentales, elementos completos, esqueletos en conexión anatómica completa o parcial, etc. En el diario de excavación no hay información de este tipo, pero a priori una posible ausencia de materiales no es descartable dada la intervención arqueológica realizada. Partiendo de esta premisa, examinaremos detenidamente el registro óseo de los niveles 6, 7, 8 y 9 para intentar identificar el agente u agentes responsables de la formación de la secuencia de Gruta Nova. En general, presenta características similares. En todos ellos se ha recuperado una importante variabilidad específica de herbívoros y de carnívoros. Básicamente se repite a lo largo de la secuencia, aunque desciende progresivamente desde el nivel 6. Entre los carnívoros están presentes los hiénidos (Crocuta spelaea), excepto en el nivel 9. Los cánidos (Canis lupus) se combinan con los úrsidos (Ursus arctos) en los niveles 6 y 8 y con los félidos (Lynx pardina y Felis silvestris) en los niveles 6 y 7. Aproximarnos a su grado de actuación en el registro óseo requiere considerar las pautas etológicas de estos carnívoros y las características de sus presas (tamaño, edad, y elementos esqueléticos) (Capaldo 1997(Capaldo, 1998)). Las acumulaciones generadas por las hienas muestran una amplia variedad específica y suelen incluir en abundancia sus propios restos (Cruz-Uribe 1991; Fosse 1995aFosse, 1995b;;Pickering 2002). Los elementos anatómicos suelen indicar un sesgo importante del esqueleto axial por su capacidad destructiva (Pokines y Kerbis-Peterhans 2007). Los conjuntos se componen principalmente de elementos del esqueleto craneal y apendicular. Estos segmentos pueden variar en función de la talla de peso del animal. Los restos suelen estar muy fragmentados y abundan los cilindros diafisarios. Las mordeduras suelen abundar. Los lobos, por su parte, se alimentan de ungulados de talla mediana y pequeña como ovicápridos, suidos, cérvidos, etc., aunque también se ha registrado su actuación sobre tallas grandes como los équidos. Los lobos son carnívoros muy sociales que utilizan estrategias de caza caracterizadas por la cooperación en grupo. Tras la cacería suelen repartir el cadáver entre ellos y transportar piezas de la carcasa o pequeñas presas hasta sus cubiles. Los elementos esqueléticos son principalmente apendiculares y los restos suelen tener múltiples fracturas (Haynes 1983b; Stiner 1994). Los félidos de tamaño medio (niveles 6 y 7), como el lince o el gato montés, se alimentan básicamente de lepóridos, aunque esporádicamente pueden llegar a cazar algunos ungulados de pequeño tamaño e individuos inmaduros como Cervus elaphus. Estos animales pueden llegar a trasladar sus presas a sus cubiles durante la época de cría para la alimentación de sus cachorros. No suelen dejar un número elevado de marcas sobre los huesos por su incapacidad de fracturar los huesos con su apartado masticatorio (Stahl y Leger 1992)( 2). Los úrsidos (niveles 6 y 8) no tienen la carne como principal elemento en su dieta pero pueden cazar o carroñear herbívoros como complemento nutricional. No suelen transportar las piezas y La incompatibilidad de un uso simultáneo de la cavidad por los diferentes actores -homínidos incluidos-introduce una dimensión temporal que la arqueoestratigrafía nos impide descifrar dada la perdida, ya apuntada, de la posición espacial de los fósiles. En consecuencia, presuponemos que los diferentes predadores se alternaron en las ocupaciones o intrusiones puntuales, esporádicas a la cueva. Ahora bien ¿cuál es el papel jugado por los homínidos en Gruta Nova? Acabamos de señalar en todos los niveles una importante variedad taxonómica de carnívoros y herbívoros. En los herbívoros la determinación específica es elevada, gracias sobre todo a la presencia de piezas dentarias aisladas y de elementos completos o casi íntegros de las extremidades distales, como los basipodios y los acropodios. Entre los taxones sobresalen los cérvidos seguidos, en menor número (NMI), por los équidos, que se combinan con los bóvidos y los rinocerontes en la talla grande, y los caprinos en la talla pequeña. La edad de muerte de los animales en los niveles 6 y 8 muestra valores similares, destacando los individuos inmaduros, en especial los infantiles. En cambio en el nivel 7 y 9 predominan los adultos y seniles en todas las categorías de talla. Los carnívoros suelen atacar a los individuos inmaduros o seniles sin respuesta defensiva normal ante una agresión. Este comportamiento también podría haber sido desarrollado por los homínidos. La integridad de los esqueletos, entre los herbívoros, es similar. La excepción es Cervus elaphus en los niveles 6, 7 y 8 del que se conoce casi todo el esqueleto, salvo el axial. Los demás taxones sólo están representados por uno o dos elementos del esqueleto craneal, sobre todo piezas dentarias aisladas, y/o elementos distales de sus extremidades, una representación tan baja que es casi anecdótica. Esto nos impide inferir la historia tafonómica de estos animales, es decir el agente o agentes que pudieron introducir sus carcasas y los procesos que han padecido. Los pocos restos taxonómicamente indeterminados se corresponden con fragmentos mediales de costillas, vértebras y sobre todo con elementos indeterminados de pequeñas dimensiones. El patrón observado entre los carnívoros no difiere prácticamente del anterior. Se caracteriza también por la baja integridad de sus esqueletos, representados por uno o varios elementos pertenecientes a piezas dentarias aisladas y elementos distales del esqueleto apendicular. Sólo la hiena aumenta algo su representación en el nivel 6. Como los huesos no muestran evidencias de su consumo por los homínidos u otros carnívoros, es posible que su presencia se corresponda con muertes naturales. No obstante el porcentaje de elementos dista mucho de la recuperación habitual en sus cubiles, caracterizados por la presencia de sus restos o de esqueletos completos o casi completos de sus crías (Cruz-Uribe 1991; Brugal et al. 1997; Pickering 2002). En consecuencia ¿a qué se debe esta ausencia de elementos tanto en los herbívoros como en los carnívoros? El registro óseo nos informa que las condiciones ambientales en la cavidad debieron ser similares a lo largo de la secuencia. Los datos tafonómicos, las abundantes concreciones y deposiciones de óxidos de manganeso en los restos, sugieren un ambiente húmedo. Los bajos grados de redondeamiento y pulido nos indican circulaciones hídricas de baja intensidad o probablemente la formación de zonas encharcadas, así como un ambiente adecuado para el crecimiento de la vegetación, posiblemente en zonas próximas a la entrada de la cueva. Los restos óseos, en general, se conservan en buen estado. Son frecuentes las fisuras y los agrietamientos resultantes de la expansión y contracción de las arcillas. La fragmentación de los huesos y el análisis de los paños de fractura muestran índices similares en los cuatro niveles. Esta se produjo en su mayoría en fresco, siendo anecdóticos los que se fracturaron en estado seco o por presión de los sedimentos. Los elementos completos son escasos en todos los casos, y se corresponden, como señalamos, con basipopodios y acropodios pertenecientes a carnívoros y herbívoros. Por tanto, la baja representación esquelética en los distintos taxones no parece responder a la acción de procesos postdeposicionales de orden geológico. Las condiciones de habitabilidad de la cavidad debieron ser aptas para su ocupación, a juzgar por el registro óseo y la actividad antrópica relacionada con los restos líticos (Raposo y Cardoso 1997, 1998; Cardoso et al. 2002). El estudio del conjunto lítico nos indica un importante aporte de distintas materias primas y la configuración de instrumentos líticos. Lo confirma la identificación de núcleos, lascas, pequeñas esquirlas, etc. Estos recursos abióticos se incluyen en un área de captación local (Raposo y Cardoso 1997, 1998; Cardoso et al. 2002), por tanto los homínidos no necesitaban grandes desplazamientos para su obtención y aprovisionamiento. Los taxones identificados también se encontrarían en las inmediaciones del yacimiento. La cabra montés se situaría en los relieves calcáreos de la Sierra de Candeeiros y el resto de especies en espacios abiertos y menos áridos, como las zonas boscosas y los ambientes más húmedos de las zonas más bajas adyacentes a Gruta Nova. En consecuencia, ni los homínidos, ni los carnívoros requerían excesivos desplazamientos para la obtención de los recursos faunísticos (Zilhão 2001). Las especies identificadas en Gruta Nova son habituales en los yacimientos portugueses de este periodo (Brugal y Valente 2007). La actividad antrópica de carnicería se identifica en los cuatro niveles. Las marcas de corte se documentan en todos, aunque se concentran en el 6 y el 8. En ambos la localización de las estrías nos permite inferir acciones asociadas con el descarnado en elementos proximales del esqueleto apendicular y fragmentos de coxales, y la extracción de piel en los acropodios y los basipodios de los cérvidos. También se documenta la extracción de piel en los équidos (niveles 6, 8) y en el úrsido (nivel 8). Las actividades de descarnación se han identificado sobre fragmentos de vértebras y costillas de taxón indeterminado en todos los niveles. La ausencia de elementos postcraneales del resto de herbívoros nos impide conocer si recibieron un tratamiento similar al identificado en los cérvidos, o si por el contrario fueron introducidos por los carnívoros. Los carnívoros, generalmente, acceden a las carcasas de los animales por la caja torácica y los paquetes musculares proximales de las extremidades. En consecuencia, si los homínidos hubiesen accedido a los cérvidos en forma secundaria no encontraríamos marcas de corte en estos segmentos (Bunn y Kroll 1986; Bunn y Ezzo 1993; Bunn 2001). Por tanto, este taxón parece responder a un acceso primario por parte de los homínidos. Además, en el nivel 8 la superposición de marcas de corte a mordeduras de carnívoro nos indica un acceso posterior por parte de estos últimos (Shipman y Rose 1984; Capaldo 1998). En consecuencia podemos constatar, pese a la escasa cantidad de elementos con evidencias de actividad antrópica, la importante variedad de tareas desarrolladas en la cavidad al menos con los cérvidos: la explotación intensiva de la carne, la grasa y su piel mediante el desollado, el descarnado y la fracturación de los huesos. En el nivel 8 las marcas sobre el elemento carpiano de oso nos indican un aprovechamiento como mínimo de la piel de este animal. En cambio apenas podemos interpretar como este carnívoro fue obtenido. Es probable que utilizara la cueva (niveles 6 y 8) durante su período de hibernación y, como se ha detectado en otros yacimientos del Paleolítico Medio, podría haber sido aprovechado por los homínidos (e.g., Bonifay 1989; Auguste 1995). Los elementos modificados por los carnívoros, probablemente por las hienas y los lobos como indican las dimensiones de las mordeduras, han afectado sobre todo a algunos metapodios y extremidades superiores de los cérvidos (niveles 6, 7 y 8). Las evidencias son escasas para señalar o descartar una aportación de carcasas o de ciertos elementos de estos individuos, como los infantiles y seniles, por estos predadores. Debemos tener presente el elevado NMI estimado para los herbívoros y el fuerte sesgo que presentan sus esqueletos. En definitiva, resulta complejo inferir, dada también la ausencia de datos espaciales si todos los individuos, por ejemplo en el caso de los cérvidos, son aportados por los homínidos o si por el contario provienen de la alternancia de los actores presentes en la cavidad. Una alternativa es considerar una sucesión de eventos de ocupación de homínidos y de carnívoros temporalmente continuados con el carroñeo de los restos antropizados y abandonados como en el nivel 8. Otra es pensar en eventos aislados temporalmente, puesto que, por ejemplo, la presencia de basipodios y acropodios no es habitual en los cubiles o madrigueras de los carnívoros. En definitiva, la combinación de diferentes patrones de comportamiento de los homínidos y los carnívoros en la obtención de los animales (transporte, procesado, aprovechamiento, consumo, confrontación espacial, etc.), dan lugar a un palimpsesto difícil de interpretar con los datos presentes. Las características del conjunto en todos los niveles apuntan a una muy posible selección de elementos óseos por las técnicas de excavación aplicadas. No obstante, como describíamos previamente, podemos inferir un cierto grado de complejidad en el comportamiento de los homínidos que ocuparon el entorno de la cueva, con el desarrollo de distintas estrategias en la obtención de los animales que pasa por la caza, el oportunismo, y la posible recolección de animales lentos como las tortugas (Jiménez et al. 1998; Cardoso et al. 2002), lo que implica el conocimiento y la adaptación al entorno de la cueva. En Gruta Nova las características del registro óseo en los distintos niveles nos sugieren una alternancia de ocupaciones de homínidos y de carnívoros, que se configuran como palimpsestos. Es decir habría diferentes episodios o eventos de distinto carácter, con una temporalidad indefinida, difíciles de secuenciar con la muestra representada y con la ausencia de datos arqueoestratigráficos, como consecuencia de la técnicas de excavación aplicadas en su momento. Las evidencias antrópicas, caracterizadas por un importante conjunto lítico (Raposo y Cardoso 1997, 1998; Cardoso et al. 2002) y por la identificación del procesado y el consumo de taxones como los cérvidos y los équidos, nos sugieren la práctica de actividades cotidianas de fabricación de útiles y de aprovechamiento y consumo de animales en la cavidad. Estas actividades identificadas en todos los niveles se combinan de forma puntual, en el nivel 8, con el consumo y/o aprovechamiento de la piel del úrsido y también posiblemente como se ha sugerido con el consumo de tortuga (Jiménez et al. 1998; Cardoso et al. 2002). Estos eventos se alternan con la visita y/u ocupación de carnívoros de distinto tamaño para carroñear los restos abandonados por los distintos predadores, o bien para el consumo de sus presas, utilizando la cueva de forma esporádica o como cubil. La ausencia de datos espaciales en el registro óseo nos impide inferir el tipo y modo de ocupaciones de estos animales y su alternancia con los homínidos. Estos datos junto con los resultados de las dataciones aportadas por Zilhão y otros (2011) nos lleva a considerar que no es posible mantener que Gruta Nova sea uno de los últimos vestigios de la permanencia de los neandertales en el sur de la Península Ibérica, como se ha venido haciendo hasta ahora (e.g., Cardoso et al. 2002), en el contexto regional de los yacimientos de Lapa dos Furos (nivel 3), Gruta do Caldeirão (nivel K) y Gruta da Oliveira (nivel 8) (Zilhão 2006) en Portugal, o en España en Bajondillo (Cortés Sánchez et al. 2005), Carigüela (Vega et al. 1988; Vega 1990), Zafarraya (Barroso 2003) y Gorham's Cave (Finlayson et al. 2006). Su datación exacta, por tanto, sigue siendo desconocida, pudiendo la alternancia de ocupaciones de los homínidos y carnívoros ser de un momento anterior a la de la existencia, y posible permanencia, de los últimos neandertales ibéricos. A Simon Davis, Marta Moreno-García y Carlos Pimenta por facilitar la colección de referencia de Centro de Investigação Paleo-Ecologia Humana e Arqueo-Ciencias (Belém) y Claudia Manso y Museo Municipal de Bombarral por la ayuda prestada.
dos en las pautas funerarias y en la cultura material de los grupos humanos, especialmente en los ajuares y lugares de enterramiento. Durante el Neolítico medio-reciente son típicas las inhumaciones primarias individuales en fosas con ajuares de cuentas de variscita, sílex melado, vasos cerámicos y puntualmente obsidiana. Por el contrario, durante el Neolítico final se generalizan las inhumaciones colectivas y sucesivas en cuevas y abrigos con ajuares que se caracterizan por la gran disminución de la variscita, sustituida por una gran variedad de colgantes y cuentas en piedra, concha y hueso. Ahora también aparecen las grandes láminas y los puñales de sílex, en ocasiones de procedencia extrapeninsular. La Cova de l'Avi representa en la actualidad el yacimiento cronológicamente más antiguo (c. 4700 BP) en el que se documentan estos nuevos comportamientos funerarios. El Neolítico medio-reciente en el Nordeste de la Península Ibérica (c. 4200-3400 cal BC) se caracteriza por una marcada regionalización, visible especialmente en las pautas funerarias. La zona que ocupa la Depresión Prelitoral Catalana (Vallés-Penedés) se ha definido básicamente por sepulturas individuales en fosas, las cuales llegan a formar grandes necrópolis (Gibaja 2003; Roig et al. 2010). Esta zona se corresponde con el grupo denominado Vallesiense, que se enmarca en un engranaje cultural de intercambios y relaciones a largas distancias (Martín y Villalba 1999; Gibaja 2003) donde intervienen otros territorios y grupos, tales como el Chassey francés y eventualmente el Cortaillod suizo y el Vaso a Bocca Quadrata italiano. Los ajuares cuentan con sílex melado del sureste francés (Vaquer 2012), obsidiana de la isla de Cerdeña (Gibaja et al. 2014; Terradas et al. 2014), rocas de tipo alpino (Vaquer et al. 2012) y vasos de boca cuadrada de filiación norte o centroitaliana (Bosch y Gómez 2009). Las cuentas de variscita, procedente de Can Tintorer (Villalba et al. 2011), también son habituales. Por motivos que aún se desconocen, este sistema y sus redes se colapsan y desaparecen a partir de 3600-3400 cal BC, dando lugar a un Neolítico final (c. 3500 -2300 cal BC) caracterizado por cambios sustanciales en aspectos económicos, de hábitat y también en las pautas funerarias (Martín 2003). Se generalizan los sepulcros megalíticos, los hi-pogeos y el uso de las cavidades naturales como sepulcros colectivos. Algunos de los elementos que habían marcado culturalmente los ajuares hasta ese momento desaparecen por completo, otros disminuyen y son sustituidos por otros nuevos indicativos de nuevas redes de intercambio (Vaquer 2012). En el Neolítico final se documentan, entre otras, grandes láminas de sílex de la cuenca de Apt-Forcalquier (Alta Provenza, Francia) e influencias cerámicas del sudeste francés, de los grupos Treilles y Ferrières, Saint-Pons y en menor medida Fontbouïsse. De igual modo, surge todo un conjunto de colgantes y cuentas confeccionadas a partir de una gran variedad de conchas marinas, minerales, rocas y hueso (Petit y López-Cachero 2011; Cebrià et al. 2013). La Cova de l'Avi, por su cronología, es uno de los primeros yacimientos donde se documenta este cambio de pautas funerarias en el nordeste peninsular, especialmente en lo que se refiere a (i) lugar de enterramiento, (ii) tipo de sepultura y (iii) ajuar. Resulta llamativo que cuando la Cova de l'Avi se utiliza como lugar de inhumación, todavía existen enterramientos que siguen las pautas anteriores (Martí et al. 1997; Roig et al. 2010). La cueva se desarrolla sobre una grieta producida por la fractura de las calizas así como por la descompresión y el retroceso del escarpe. Las aguas meteóricas han utilizado este conducto como canal preferente y han modelado la disposición alargada de la cavidad. El acceso se encuentra 9 m por encima de la base del escarpe y requiere la utilización de medios espeleológicos (Fig. 1.7 y 1.8). Tras flanquear un resalte (R) ascendente se pasa a la galería principal (GP) (Fig. 1.8 y 1.9), relativamente estrecha, que desemboca en una sala más espaciosa (S) de planta circular y sin luz directa (Fig. 1.10). Los miembros del Centre Excursionista de Vallirana (CEV) la descubrieron en los 1960, excavando la GP y S. La cavidad permaneció prácticamente inédita hasta nuevos estudios es-Fig. 5: Planta con el área excavada en la intervención del Centre Excursionista de Vallirana. 7: Cavidad vista desde el exterior. 8: Acceso a la cavidad y sector R. 9: Vista de la Galería Principal (GP) desde la entrada. 10: Vista de la S desde la GP. En el presente trabajo se estudian los materiales arqueológicos procedentes de ambas colecciones. RESTOS ÓSEOS HUMANOS Y CRONOLOGÍA Los restos óseos humanos ascienden a 667, presentan un deficiente estado de conservación y un tamaño reducido. La metodología empleada en su estudio ha seguido procedimientos estándares. La edad se ha determinado a partir de la erupción de las piezas dentarias, del grado de sinostosis de las suturas craneales y de los cambios en la sínfisis púbica, mientras que, para el sexo, se han considerado los caracteres morfológicos del cráneo y de la pelvis, así como funciones discriminantes. Se ha establecido un NMI de 12: 5 subadultos y 7 adultos (4 masculinos y 3 femeninos). En líneas generales, las características de esta población son similares a las de los grupos humanos del Neolíti-co del nordeste peninsular (Gibaja et al. 2010). La población es joven, con un 41,6% de mortalidad infantil. Sólo un adulto supera los 40 años. El dimorfismo sexual está muy acentuado y es diferenciable visualmente y cuantificable métricamente. Los individuos masculinos son más robustos con gran desarrollo de las entesas musculares. La repetición de caracteres epigenéticos observable en el esqueleto podría sugerir una posible relación de parentesco entre los individuos. En cuanto a la salud y la enfermedad el gran desgaste en los dientes, sobre todo en los molares, indicaría una dieta muy abrasiva. De las 262 piezas analizadas un 2,6% tienen caries, una frecuencia inferior a la mayoría de las series neolíticas de nordeste peninsular (Subirà et al. 2014). Uno de los individuos presenta enfermedad periodontal con un retroceso alveolar provocado por la inflamación de la encía. Esta patología puede estar causada por bacterias, cálculos, enclavamiento de alimentos u otros agentes externos. Como enfermedades osteoarticulares se ha detectado artrosis en las vértebras lumbares y también en las articulaciones inferiores de dos individuos masculinos. De etiología metabólica se han identificado bandas de hipoplasia en el 7,7% de las piezas dentarias, frecuencia inferior a la de otros contextos contemporáneos (Subirà et al. 2014). Al menos 4 individuos de la población sufrieron estos episodios entre el primer y el segundo año de vida (Goodman y Rose 1990), posiblemente, provocados por deficiencias nutricionales causadas por el destete. Se ha reconocido un caso de periostitis (engrosamiento) en la parte posterior de la epífisis distal de una fíbula, cuyo origen podría estar relacionado con alguna infección sistémica, traumas, tumores o procesos vasculares. Por último, una mujer madura presenta un pequeño traumatismo ante mortem que afectó a la tabla externa y al diploe en la parte derecha del frontal. En el Neolítico, el uso de armas contundentes, cortantes y punzantes deja lesiones identificables en los restos esqueléticos registradas en otras series neolíticas (Vegas 2007). La cronología del yacimiento se basa en dos dataciones de 14 C sobre dos dientes humanos extraídos de dos mandíbulas diferenciadas, realizadas en la Oxford Radiocarbon Accelerator Unit (ORAU). Se presentan calibradas (Tab. Ambas se sitúan a mediados del IV milenio cal BC y son estadísticamente iguales. Los materiales arqueológicos comprenden punzones óseos, ornamentos de piedra y hueso, cerámica e industria de sílex. La industria ósea se ha analizado tipo-tecnológicamente y estudiado mediante microscopio estereoscópico modelo Olympus SZ61 (entre 10x y 45x). Comprende 4 punzones, uno en asta de corzo (Fig. 2.4) y tres en hueso de ovicaprino (metápodo Fig. 2.3; tibias Fig. 2.1 y 2.2). Este último soporte es de uso recurrente durante toda la Prehistoria reciente (Camps Fabrer et al. 1990), mientras que el asta no es tan habitual (Llobera 1986; Camps Fabrer y Ramseyer 1990). Todos los punzones reflejan las mismas concepciones técnicas. En los soportes en hueso se ha fracturado la diáfisis por percusión directa junto a las epífisis, reservando las epífisis distales como zonas de prensión. Esta intervención comporta un plano de fractura oblicuo en relación al eje longitudinal del hueso regularizado en parte durante la fase de confección del objeto. La extensión del raspado se limita a la zona medio-distal que permite apuntar la parte activa del útil. Desde el punto de vista funcional su aplicación no resulta imprescindible y puede responder tanto a una regularización más cuidadosa, como a una elección cultural. El punzón en asta (Fig. 2.4) muestra dos fracturas en lengüeta a la altura de una de las puntas de la corona y de la percha. El plano de fractura está asociado a un arrancamiento en flexión, aunque la secuencia técnica completa no es identificable. Carece de acondicionamiento ya que su configuración natural hace innecesario modificar el soporte. En relación al uso, los soportes en hueso presentan en la zona distal un lustre asociado a estrías, sin embargo es complicado diferenciar entre sí las funcionales, tecnológicas y de reavivado. En las fracturas distales (dos en lengüeta y una en dientes de sierra) son frecuentes las originadas por presión. En el punzón de asta la serie de incisiones oblicuas en la zona distal asociada a lustre puede haberse producido tanto por procesos de trabajo por perforación como por el propio animal. Los ornamentos recuperados son 7. Uno es un incisivo inferior de suido (Sus sp.) (Fig. 2.5) perforado para acondicionar un sistema de suspensión tipo colgante de gargantilla (Ambert 2003). Tras el pulido de la pieza se encajan 8 ranuras semiperimetrales a lo largo de la raíz (Fig. 2.5b). La morfología de las estrías indica que con toda probabilidad se ejecutó por frotación repetida con un cordel empleando posiblemente arena como material abrasivo. La perforación está fracturada de antiguo. Es circular, de sección bicónica y se localiza en la zona oclusal (Fig. 2.5a) que, previamente, se adelgazó por abrasión. Como sucede en muchas de estas piezas dentarias, la perforación se efectuó por rotación continua bifacial con arco. El segundo colgante (Fig. 2.6) está realizado sobre un fragmento de concha de un gran gasterópodo (Strombus bubonius o Charonia sp.). Tiene dos perforaciones unifaciales ejecutadas desde la cara superior del objeto. Por encima de ellas se observa una depresión correspondiente a sendas perforaciones fracturadas de antiguo. En la cara superior se disponen de forma transversal una serie de incisiones muy finas presentes longitudinalmente en la cara inferior. Los orificios son circulares y parecen ejecutados por rotación continua posiblemente con empleo de arco. La morfología bífida de la parte inferior sugiere que el artesano recortó así la concha para cambiar parte de su morfología natural. Además hay 5 cuentas de collar con perforación central bipolar: 4 minerales y 1 sobre fragmento de concha. La cuenta discoidal de concha es de la familia de las cardidae (Cardium sp) (Fig. 2.13). Las minerales (Fig. 2.14-17) son de color negro y forma discoidal-circular. El empleo de un difractograma de rayos-X (DRX) (Fig. 2.14) permitió identificar la materia prima de una de ellas como enstatita. Es un piroxeno de silicato de magnesio de dureza 5-6 asociado a rocas magmáticas, como las basálticas y otro tipo de plutónicas (Roscian et al. 1992) aunque algunos autores proponen que puedan ser el resultado de una manufactura intencional a partir de esteatita (Panei et al. 2005). Las trazas tecnológicas muestran un proceso de abrasión multidireccional que, en la cuenta de concha, se hizo contra una superficie de grano fino y en las de mineral, contra una piedra de grano grueso que no consiguió erradicar irregularidades de la materia prima. En todas las cuentas se ven las estrías concéntricas del orificio central de suspensión, producto de la perforación con una punta lítica en un soporte a modo de trépano giratorio rotativo (volante de inercia). El acabado bruñido de la concha se hizo, posiblemente, contra una materia tipo cuero. El lustre por fregamiento diferencial reiterado en zonas de la superficie cercana al contorno se debe a que las cuentas debían ir suspendidas o ensartadas en un cordel o tendón. El conjunto cerámico comprende 14 restos: 4 bordes (dos de un mismo vaso), 2 bases y 8 informes que pertenecen a tres vasos distintos. El primero es de borde secante e inclinado hacia el exterior con labio oblicuo al interior y acabado alisado (Fig. 2.7). El segundo es un cuenco hemisférico bruñido con borde secante e inclinado al exterior, labio adelgazado, y base cóncava (Fig. 2.8). El tercero tiene un borde secante algo inclinado al exterior de perfil rectilíneo, labio redondeado y acabado rugoso (Fig. 2.9). Dos fragmentos informes de acabado rugoso están decorados con un cordón impreso digitado, dispuesto en horizontal (Fig. 2.10), y con impresiones unguladas (Fig. 2.11). Una de las bases es plana y con acabado tendente al bruñido (Fig. 2.12). La elevada fragmentación y escasez de restos del conjunto dificulta su contextualización. El único perfil completo restituible es un cuenco que puede considerarse típico de ciertos contextos funerarios del Neolítico. No obstante las decoraciones descritas son ajenas a un contexto de la segunda mitad del IV milenio, en el que tampoco son frecuentes las bases planas ni los bordes muy exvasados (Fig. 2.7). Todos estos elementos son más propios de la Edad del Bronce inicial e incluso las decoraciones unguladas podrían remontarse a una etapa evolucionada de la misma. En general, es habitual la escasez de vasos cerámicos asociados a conjuntos funerarios del Neolítico Final precampaniforme en la zona del Garraf-Penedés (Petit y López Cachero 2011) y por extensión en el Nordeste peninsular. En caso de haberlos, los cuencos suelen ser una de las formas habituales. El conjunto lítico está compuesto por 4 grandes láminas, 5 puntas de flecha y 1 puñal. Las láminas se han descrito morfológica y tecnológicamente. El sílex se ha observado siempre a grandes aumentos (≤ 40x). Una lámina (Fig. 3.9) está realizada en sílex continental-lacustre con vestigios de tallos de algas del género Chara (Fig. 3.9a) atrapadas en el gel de sílice. Estas características macroscópicas son las del denominado sílex de la cuenca de Apt-Forcalquier (Francia). La segunda (Fig. 3.6) presenta bioclásticos de ostrácodos y probables secciones de tallos de algas carofíceas. Los parámetros técnicos indican su obtención mediante percusión indirecta a partir de un núcleo configurado de manera frontal bidireccional. La tercera (Fig. 3.8) está configurada en un sílex blanquecino, azoico y traslúcido de origen indeterminable que muestra tratamiento térmico (lustre cerúleo). Se observan algunos desgastes y rastros de reavivado. La cuarta (Fig. 3.7) está fragmentada en cuatro y completamente patinada. Su estado de conservación no permite ninguna aproximación. La materia prima de todas las puntas de flecha corresponde a materiales silíceos propios de cuencas evaporíticas. En todas se observa lustre céreo, característico del tratamiento térmico tecnológico. Tres (Fig. 3.1-3) son puntas foliformes simétricas de base apuntada, tipo PF5 de Cabanilles (2008). La cuarta (Fig. 3.4) es foliácea pero de morfología losángica. La quinta conserva solo un pedúnculo y aletas incipientes (Fig. 3.5). El puñal de sílex es la pieza más significativa del yacimiento. Es de tipo Châtaigniers (Vaquer et al. 2014) con retoque dorsal en bufanda y dorso ventral pulido (Fig. 3.10). Todas las características observadas a la lupa binocular, concuerdan con la definición macroscópica de los sílex oligocenos del valle del Largue, y de manera más precisa aún, con las facies de la zona de Pary, en Saint-Michel-l'Observatoire, en los Alpes de Alta Provenza, que pertenecen a los de la cuenca oligocena de Apt-Forcalquier (Renault y Bressy 2007). La cadena operativa implica la talla de la preforma sobre un fragmento de hoja gruesa. Después se lleva a cabo el pulido integral de ambas caras del soporte, salvo una pequeña parte cortical en la base de la lengüeta. Considerando la longitud de la pieza, es probablemente un relicto cortical de la parte distal del soporte. Las hojas con córtex distal son frecuentes en los contextos provenzales del Neolítico final y del Calcolítico. Durante el pulido se ha invertido el sentido de la pieza en relación al eje de la talla, para que la punta del puñal sea más gruesa que la base. Seguidamente, la cara dorsal, más convexa, ha sido retocada por presión, de manera que cada nuevo levantamiento recortara parte del anterior. El retoque en bufanda ha progresado en sentido horario, como se observa por el recorte de las respectivas lancettes. Esta misma progresión se ha documentado en otros puñales de retoque en bufanda en sílex de Forcalquier del Mediodía francés (Vaquer et al. 2014). Seguidamente los filos se regularizaron de modo marginal y oblicuo con un compresor fino creando pequeñas denticulaciones. Los materiales de la Cova de l'Avi son homogéneos pero debe tenerse en cuenta antes de cualquier conclusión que perdieron su contexto de procedencia y que la representatividad de las dos fechas obtenidas a partir de un par de individuos es limitada, ya que eran doce en total. Ello no impide que la antigüedad de las mismas (c. 4700 BP) de pie a reflexionar sobre su significación en el contexto del Neolítico final precampaniforme. Son pocos los yacimientos considerados como Neolítico final tipo veraciense o Neolítico final precampaniforme que dispongan de fechas tan antiguas en el nordeste de la Península Ibérica. Las dataciones en la mayoría de ellos son de baja fiabilidad debido a que las muestras combinan varios carbones de un mismo nivel, como en el Coll y la Font del Molinot, o distintos huesos humanos en la Cova del Toixó (Martín y Mestres 2002) (Fig. 4). Yacimientos con muestras únicas, como la Cova de les Agulles (Gómez et al. 2011) o la Cova del Pantà de Foix (Cebrià et al. 2013), nos remiten asimismo a un IV milenio algo más avanzado. Ambos registros y la Cova de l'Avi serían indicativos de que, en el nordeste peninsular, ya hay contextos propios del Neolítico final en un momento de disolución del Neolítico medio-reciente (Vallesiense), fase transicional que algunos autores han denominado como Neolítico reciente (Martín y Villalba 1999; Martín y Mestres 2002; Martín 2003). Es decir, mientras en la Cova de l'Avi se realizarían enterramientos colectivos todavía, la perduración de sepulturas individuales y dobles estaría atestiguada en las necrópolis de Can Gambús y de Bòbila Madurell (Martí et al. 1997: Roig et al. 2010) en torno a 4700-4500 BP. El conjunto material de la Cova de l'Avi, de ser cronológicamente homogéneo, podría caracterizar este momento transicional entre el Neolítico medio-reciente y el final. Ello nos daría pie a reflexionar sobre la significación de la cultura material en base a la analogía con registros arqueológicos similares. El conjunto cerámico resulta prácticamente banal, salvo el cuenco hemisférico bruñido que podría formar parte del ajuar funerario por lo que conocemos en otros yacimientos sepulcrales de la región (Petit 2001; Cebrià et al. 2013). En cambio el resto de las formas y decoraciones cerámicas se sitúan en un horizonte cronológico más avanzado. El utillaje lítico, especialmente las grandes láminas y las puntas de flecha, así como las cuentas de collar y los punzones óseos se integran bien en los conjuntos funerarios colectivos del Neolítico final. Alguna de las láminas presenta posibles reavivados, quizás, de uso. Sus materias primas Trab. El sílex lacustre de una de las láminas podría relacionarse con la cuenca sedimentaria endorreica surpirenaica. En cambio hay otros dos sílex extrarregionales con afloramientos localizados en la cuenca de Apt-Forcalquier. La presencia de éstos últimos ma-teriales en el Nordeste peninsular no es extraña, pero está poco documentada (Vaquer 2012). La tipología de las puntas de flecha (foliáceas, menos una con pedúnculo y aletas incipientes) de la Cova de l'Avi no es diagnóstica desde el punto de vista cronológico en el nordeste penin- (Vegas 2007). En el Nordeste, sólo las puntas de perímetro serrado se asocian al Campaniforme. Los demás tipos se encuentran ya desde el Neolítico medio (Martín y Mestres et al. 2002; Juan Cabanilles 2008). Finalmente, el puñal en bufanda de tipo Châtaigniers (Vaquer et al. 2014), tradicionalmente se relaciona con cronologías más recientes, concretamente con niveles calcolíticos del Mediodía Francés (Fig. 5). En el Nordeste de la Península Ibérica, hay puñales similares en contextos parecidos al de la Cova de l'Avi (c. 4700 -4500 BP), es decir, procedentes de excavaciones antiguas donde es difícil contextualizar los fósiles directores. El actual registro estratigráfico complica la resolución del desajuste cronológico de 700-1000 años entre los puñales documentados a uno y otro lado de los Pirineos. Los tipos de punzones en hueso recuperados en la Cova de l'Avi son recurrentes durante toda la Prehistoria reciente de la Península Ibérica (Maicas 2007) y de Francia (Camps Fabrer 1990). Los punzones sobre asta de corzo son poco conocidos en el nordeste peninsular (Llobera 1986) y comunes en el grupo Saint-Pons del Neolítico final francés (Ambert 2003). Los adornos de la Cova de l'Avi tienen analogías con los de otros grupos. El único paralelo del colgante bífido procede del Mediodía francés (Claustre y Guilaine 1981), aunque la fractura que afecta a la pieza peninsular impide conocer con exactitud si comparte idéntica forma. El colgante sobre diente se asocia en el sur de Francia al grupo Saint-Pons (Ambert 2003) y en el nordeste al contexto Veraza-Ferrières (Oms et al. 2010). Las cuentas de collar sobre Cardium sp. corresponden a un tipo de adorno común con amplia dispersión cronocultural en el nordeste peninsular: desde localidades con el mismo marco cronológico a otras cercanas con ajuares del III y II milenio (Oliva 2006). También hay ejemplares regionales similares de las cuentas sobre mineral, aunque carecen de análisis físicos (Martín et al. 2002). En la Cova de l'Avi se ha podido identificar, por primera vez, la enstatita, un tipo de roca ultrabásica poco común en contextos sepulcrales franceses (Roscian et al. 1992) que aflora tanto en la pro-vincia de Girona como en las pegmatitas de los altos macizos del Ariège y en los Altos Pirineos (Roscian et al. 1992). La analogía de ciertos materiales con el grupo Saint-Pons es difícil de definir por la ausencia de vasos cerámicos de dicha filiación. Por ello, no es descartable que los materiales líticos en sílex de Forcalquier, el punzón sobre asta, el colgante bífido en concha y el del diente de suido pudieran deberse a intercambios directos o indirectos. El grupo Saint-Pons se inicia c. 4700 BP (Ambert 2003) en un espacio limitado al norte del Languedoc occidental y representa la transición entre el Chassey y el Veraza. 4500 BP), junto con las de otros yacimientos del Nordeste de la Península Ibérica (Fig. 4), se sitúan entre las más antiguas de las cuevas sepulcrales, siendo coetáneas a las últimas sepulturas del Neolítico medio-reciente (Vallesiense). Además, nos indican que, a mediados del IV milenio cal BC, las redes de intercambio del Neolítico medio son substituidas por otras. Su mejor exponente sería el sílex de alta calidad de Apt-Forcalquier, fruto probable de la presencia de un artesanado especializado, que en el Mediodía francés tiene su máxima eclosión en el Calcolítico pleno (2800-2500), cuando los puñales de cobre aún son raros. Estos elementos circularían como objetos de prestigio, formando parte de algunos escasos enterramientos como marcadores de distinción de las élites. Valorar el porqué de este cambio tan profundo en las pautas de vida/muerte debe ser el objetivo de futuros trabajos. La excavación de urgencia ha sido sufragada por el Servei de Arqueologia a través de la empresa ATICS y las
Sin embargo sólo se conocen tres afloramientos de este mineral verde con evidencias de minería antigua. Estas páginas presentan los resultados de las prospecciones en uno de ellos, el complejo minero de Pico Centeno (Encinasola, Huelva), donde se han documentado 7 puntos de extracción y 4 minas de tipo trinchera acompañados de utillaje minero prehistórico. La excavación de la mina PCM2 nos permite indagar cómo funcionó la explotación y advertir una tecnología minera diferente a la conocida para otras materias primas como sílex o cobre. La utilización de elementos de adorno es una constante en todas las culturas humanas, y se entiende en amplio consenso como una práctica destinada a la expresión codificada de las múltiples facetas de la identidad de su portador: edad, filiación grupal, estado conyugal, posición social, nivel de riqueza, etnicidad, etc. (Kuhn et al. 2001; Wright y Garrard 2003; Kuhn y Stiner 2007; Thomas 2011). Por ello el estudio de los adornos puede ofrecer una sustanciosa información para aproximarnos a las formas de organización social de las culturas ágrafas y especialmente los elaborados sobre materias primas raras o exóticas son un excelente indicador de la exhibición de desigualdades sociales. En casi todos la cuestión de la procedencia es el objetivo fundamental. En cambio, apenas se documentan las fórmulas de extracción de estas materias primas. Se concibe la recogida en superficie de las conchas y algún otro material, pero el resto muy probablemente requirió una explotación minera clásica. El único ejemplo conocido de minería de un material dedicado en exclusiva a elaborar adornos personales era Can Tintorer (Gavà, Barcelona, Villalba et al. 1986; Bosch y Estrada 1994; Bosch y Borrell 2009). Las evidencias de minería antigua son la citada de Can Tintorer, Las Cercas-La Cogolla (Palazuelo de las Cuevas, Zamora, Arribas et al. 1971) y Pico Centeno en Encinasola, Huelva. CONTEXTO ARQUEOLÓGICO DE PICO CENTENO: PROSPECCIONES Las mineralizaciones que analizamos se localizan en Pico Centeno, en el municipio de Enci-nasola (Huelva). Se tenían noticias de carácter geológico de la existencia de variscita (Moro et al. 1991; Moro et al. 1992 ( 1); Fernández Caliani y Requena Abujeta 1992) y se había documentado en 1999 tres minas prehistóricas de trincheras (Nocete y Linares 1999), sin embargo el complejo minero había permanecido inédito hasta nuestra incursión en 2010. Entonces se empezó de forma sistémica a caracterizar las fuentes y los productos con el fin de establecer los mecanismos de intercambio y patrones espaciales de distribución del mineral (Odriozola et al. 2010; Odriozola 2014). A la vez se planteó una prospección que permitiera una primera aproximación a la extensión del laboreo prehistórico de variscita en el Sinforme de Terena. Los depósitos de aluminofosfatos verdes onubenses están asociados a niveles de liditas y/o cherts y ocasionalmente a los de pizarras ampelíticas, cineritas silíceo sericíticas y pizarras silíceas de época silúrica, intercalados con los primeros (Moro et al. 1992). Se suelen localizar en las zonas cercanas a los cabalgamientos rellenando fracturas anamastosadas de las rocas silíceas enca- jantes, dada su particular paragénesis mediante la deposición directa de aguas subterráneas fosfatadas a lo largo de fisuras de la roca encajante rica en aluminio (Larsen 1942). Estas mineralizaciones tienen un color verde traslúcido característico y presentan una estructura masiva, compacta y brechoidea con un tamaño de grano fino (Moro et al. 1991; Moro et al. 1992). Tras el estudio de la geología y la tectónica se determinaron unas zonas donde se dan estas condiciones idóneas para la formación de aluminofosfatos verdes, objeto de nuestra prospección: Pico Centeno o Cerro Centeno, Los Barreros, Sierra Concha I y II, El Tejar, Barrancos, Sierra de la Lapa y La Carvajera. La prospección en Pico Centeno o Cerro Centeno nos permitió localizar en las laderas sureste y oeste las tres trincheras (PCM1, 2, 3, Fig. 2) ya conocidas (Moro et al. 1992; Nocete y Linares 1999; Nocete 2004). En las escombreras asociadas, formadas por los residuos derivados de la explotación y la manufactura de mineral, eran numerosos los útiles mineros. Además por todo el cerro se advierten evidencias de laboreo de superficie como escombros consistentes en fragmentos de pizarras blancas, chert gris y mineral verde con marcas tecnológicas de útiles de piedra. El mineral verde aparece en las inmediaciones de las minas como residuos de la extracción, así como en los frentes de explotación y cubriendo el cerro en forma de afloramiento laminar interestratificado y/o en forma masiva. Sin embargo, las mineralizaciones filonianas más abundantes y de mayor tamaño se concentran en la ladera sureste del cerro coincidiendo con las minas PCM2 y PCM3. Allí los nódulos superan incluso los 5 cm. Son de textura masiva, micro-criptocristalina y color entre el verde esmeralda y el verde pálido. La mina PCM1 tiene dos trincheras que concluyen en un frente de extracción, formando una oquedad de 10 por 6 m y hasta 1,75 m de profundidad. La mina PCM2 es una gran trinchera. La mina PCM3 mide 18 m de longitud, 8 m de anchura máxima y hasta 4 m de profundidad en el frente de extracción. Sus morfologías cuentan con tres elementos recurrentes en la tecnología extractiva de trinchera a cielo abierto: área de acceso, zona central de tránsito y frente de extracción. Estas características aparecen en otras minas de Europa Occidental, relacionadas con la explotación de materias primas como malaquita, azurita, rocas silíceas para la talla, etc. (Craddock 1995) y en trincheras prehistóricas del propio suroeste peninsular (Blanco y Rothenberg 1981; Hunt 2003). Además de las minas, en Pico Centeno se documentaron 7 puntos con dos tipos de evidencias de extracción prehistórica de mineral verde (Fig. 1): laboreo en superficie (Los Barreros, Sierra Concha, el Tejar) y minería de galería, pozo o trinchera (Barrancos, Sierra de La Lapa, La Carvajera). Su caracterización mediante difracción de rayos X, según metodología ya publicada (Odriozola et al. 2010; Odriozola 2014), indica que es variscita (Tab. Es posible que la mayoría de los restos superficiales sean resultado de las labores agrícolas y no residuos de producción prehistóricos. El mineral verde es variscita (Tab. El mineral verde es mayoritariamente variscita (Tab. Barrancos (677716,41; 4225575,62, ETRS89 / UTM 29N) es un afloramiento en cuya ladera sureste hay una explotación en superficie, socavones y un frente de extracción con restos de mineral verde caracterizado como variscita junto al que se recuperó un útil de piedra (Fig. 1). En la Sierra de la Lapa (Fig. 1) se tienen noticias de minados del siglo XIX en la cueva de La Lapa siguiendo (681539,26; 4221992,71, ETRS89 / UTM 29N) "[...] los afloramientos desde la superficie formando largas rafas y cuando el crestón está muy duro se emplean pozos y galerías para bajar unos metros en busca de carbonatos de hierro" (Pérez Macías 2011: 5). Según Pérez Macías (2011), en La Lapa se localizan filoncillos con óxido de hierro y crestones de hierro azufronado con indicios de pirita y, en 1883, un socavón cortó pizarras ampelíticas con concreciones de azufre y magnesio. La caracterización del mineral verde recuperado en Sierra de la Lapa es variscita (Tab. Se ubica en la ladera noroeste del cerro. En sus proximidades hay una perforación moderna para extraer mineral de cobre. Se recuperó mineral verde (óxido de hierro y un sulfuro de cobre, Tab. 1) y utillaje lítico. La prospección y la excavación -véase sección 3.-han recuperado más de medio centenar de útiles de entre 10 y 20 cm sobre cuarcitas locales, similares a las que hay a menos de 1 km junto al río Múrtigas. En el conjunto hay dos tipos de artefactos. Uno es el simple'canto sin mo-dificar' (Class 1, Unmodified) de Pickin (1990), que supone aproximadamente un tercio del total. Dada la presencia de visibles huellas de uso en los extremos de la mayor parte de ellos, entendemos empleadas a modo de cincel fundamentalmente en pequeñas extracciones de roca por apalancamiento (Fig. 4). EXCAVACIÓN ARQUEOLÓGICA DE PICO CENTENO. La intervención en Pico Centeno se centró en la mina PCM2, donde se realizaron 5 sondeos (Fig. 5). Su finalidad era detectar y definir las áreas funcionales de la explotación para después obtener una lectura cronoestratigráfica del sitio. Los sondeos A y E se plantearon en la zona de acceso a la trinchera con un doble objetivo: conocer el funcionamiento de la zona de acceso a la mina y determinar si existe una zona de procesado posterior a la extracción del mineral. Destacan la identificación de un posible 'suelo de uso' horizontal (UE 9) asociado al frente de extracción del sondeo B y de una rampa excavada en la roca para facilitar el acceso a la trinchera. Se recuperaron 15 útiles para la extracción minera. La mitad eran cantos sin modificar y la otra cuñas y picos. Se concentran en las UU.EE 3 y 4, localizadas inmediatamente sobre el 'suelo de uso' (UE 9). Se han recogido numerosos fragmentos de mineral de pequeñas dimensiones con evidentes marcas concoideas y aristas propias del golpeo mediante herramientas líticas romas. Podríamos considerar que estos restos son residuos de producción y mineral a medio procesar. El sondeo B se plantó en el frente de explotación que parece más antiguo. Se documentó un frente y un pozo, así como dos hogueras (Fig. 5). El pozo se aprecia en planta desde la superficie y corta la estratigrafía desde la UE 0 a la UE 11. La UE 11, un nivel horizontal, compacto y de escasa potencia, se interpreta como un 'suelo de uso' asociado al frente de extracción y ofreció numerosos útiles líticos que suponen c. 15% del total aparecido en la excavación. A nivel de mineral, es la UE que mayor volumen del mismo atesora en este sondeo. A la UE 11 se le superponen varias UUEE (10-5) de deposición natural que no contienen útiles líticos ni mineral. A ellas se les superponen un nivel de uso en el que se localizan dos hogueras (UUEE 6 y 25-26) y abundantes restos de mineral y útiles líticos. En la base de la estratigrafía del pozo (Fig. 6) encontramos varias UUEE (21-24) horizontales. Sobre éstas aparecen otras UU.EE de deposición oblicuas, de carácter antrópico e intencional, que han ido rellenando el pozo con grandes bloques de piedra de roca encajante. El Sondeo C se planteó en el frente de explotación a priori más moderno. Aquí se llegó hasta el nivel geológico (Fig. 5) y se documentó un frente de extracción. Escasean los artefactos mineros: se recogieron 1 pico y 1 cuña. Todas las UU.EE horizontales. Desde la base de la estratigrafía a techo se suceden: UU.EE 13-8 probablemente antrópicas (las 10-8 con los útiles líticos y los restos de mineral); UU.EE 7-5 niveles de escombros con gran abundancia de bloques de roca medianos y grandes que han ido rellenando la zona; UU.EE 4-3, un nivel horizontal compacto y, por último, las UU.EE 2-1 de deposición natural. Hay huellas de los útiles en las paredes del frente y pequeñas capas milimétricas de carbón y cenizas en las zonas de la base próximas al frente de explotación (Fig. 6). El sondeo D pretendía documentar y explicar el funcionamiento de las zonas de escombrera y recuperar el utillaje utilizado y desechado en la explotación. Aquí se agotó la estratigrafía hasta llegar al nivel geológico (Fig. 5). Como en el sondeo A, aparecieron numerosos útiles líticos con la diferencia de que sólo hay un canto sin modificar en el total de 12 útiles con UTF-CT de tipo filo (cuñas). La estratigrafía del sondeo D se compone en general de unidades antrópicas de escombros. Cuenta con abundantes rocas de mediano y gran tamaño procedentes de los frentes de extracción y el pozo, así como con fragmentos de rocas del desbastado del mineral. La orientación de las primeras sugiere que los mineros las arrojaron desde la mina ladera abajo y que la propia pendiente natural configuró la estratigrafía. A tenor de la cantidad de cuñas recuperadas cabría pensar que este útil es el que más desperfectos sufre durante el proceso de extracción y el que más reemplazos necesita. TECNOLOGÍA DE EXPLOTACIÓN, UTILLAJE LÍTICO Y RESIDUOS DE PRODUCCIÓN Los frentes de extracción del sondeo C presentan un aspecto suave, redondeado y numerosas concavidades de tendencia oval propias de instrumentos líticos romos, además de alguna marca de picos, puntas y punterolas metálicas, que bien podrían ser de época romana o contemporánea. El pozo localizado en el sondeo B es sin duda más moderno que la explotación del frente, y podría estar relacionado con la fiebre del cobre del siglo XIX (Pérez Macías 2011). En los sondeos B y C los restos de carbones adheridos al frente de extracción y sobre su nivel de base bien podría ser evidencia del uso de fuego para el fracturado. Esta técnica ha sido utilizada desde la Prehistoria Reciente hasta el siglo XX en todo el planeta (Craddock 1992; Willies 1994; Weisgerber y Willies 2000). Las herramientas estrictamente mineras documentadas son cantos, cuñas y picos. De hecho destaca la ausencia de cinceles de hueso o picos de asta de ciervo que suelen aparecer en muchas minas europeas (Villalba et al. 1986; Craddock 1992Craddock, 1995; Timberlake y Craddock 2013) o de materiales como cerámica, lítica, etc. no estrictamente relacionados con la explotación del mineral. El número elevado de útiles de tipo cuña o pico contrasta con la habitual omnipresencia de martillos entre el utillaje pétreo de la minería prehistórica peninsular (Blanco Freijeiro y Rothenberg 1981; Hunt 2003; Blas Cortina 2011). Ello nos estaría indicando diferencias técnicas entre la explotación de mineral de cobre y de aluminofosfatos. Quizás tal circunstancia se deba a la naturaleza del material a minar puesto que la variscita debe ser extraída lo más intacta posible para su adecuado aprovechamiento al contrario que los minerales metálicos. Según Villalba et al. (1986) y Noain Maura (1996) las fases de procesado de la variscita son: 1) la extracción primaria de un bloque de roca con el filón del mineral; 2) el desbastado de los bloques extraídos para eliminar la roca encajante, concreciones u otros materiales adheridos al mineral mediante un cincel y un percutor y 3) configuración de un pre formato del adorno mediante percusión o presión, para después pulimentarlo, obtener la forma definitiva deseada y perforarlo. El volumen y tipo de los útiles líticos (cantos sin modificar) y los numerosos residuos de procesado hallados nos permiten proponer que el acceso y la zona inmediatamente aledaña a los minados se han dedicado al desbastado y preformateado de la variscita. Algunas de las escasas minas excavadas de la Prehistoria del sur peninsular, como Chinflón, han aportado restos cerámicos que han permitido su datación más o menos precisa (Blanco Freijeiro y Rothenberg 1981). Sin embargo por norma general las explotaciones de pequeña escala prospectadas como Pico Centeno no suelen aportar materiales que las ubique en un contexto cronológico concreto. Segun Hunt (1996Hunt (, 2003) ) la tipología de la mina, las características del laboreo, las marcas tecnológicas y la naturaleza del instrumental minero recuperado ubican la explo- tación en una horquilla temporal amplia, desde el inicio de la Prehistoria Reciente hasta el I milenio cal ANE (Shepherd 1980; Domergue 1990; Craddock 1995). Los aluminofosfatos verdes no han gozado del mismo grado de atracción durante toda la Historia. La variscita fue empleada con profusión en dos periodos: el Neolítico-Calcolítico (Rocian et al. 1992; Villalba et al. 2001; Querré et al. 2012) y la época romana (Sanz Mínguez et al. 1990; Gutiérrez Pérez et al. 2015) y de manera puntual durante la Edad del Bronce (Schubart et al. 2004), el siglo XVIII (García-Guinea et al. 2000) o la época contemporánea. El utillaje pétreo de Pico Centeno se vincula muy probablemente a la Prehistoria Reciente, la primera etapa de uso de la variscita, sin descartar su posible explotación en momentos posteriores. Según algunos análisis de procedencia, Pico Centeno es el origen de adornos de variscita de yacimientos datados a finales del IV y durante el III milenio cal ANE como La Pijotilla o Perdigões (Odriozola et al. 2008; Valera et al. 2014). En la Península Ibérica estos adornos abundan en sepulcros en fosa, megalitos y poblados y tumbas calcolíticos, ubicándose sus ejemplares conocidos más antiguos en el VI milenio cal ANE (Baldellou et al. 2012) y más modernos en el segundo tercio del III milenio cal ANE (Bueno Ramírez et al. 2005). Entendemos, por tanto, que esta es la cronología de las explotaciones del distrito minero de Pico Centeno con utensilios mineros prehistóricos, tanto PCM2 como, muy probablemente, el resto (Sierra Concha, Sierra de la Lapa, etc.). Hay una relación directa entre la geología de la zona, las mineralizaciones de variscita, la ubicación de las minas y los sistemas de extracción practicados en Can Tintorer y el Sinforme de Terena. La orientación, concentración y tamaño de las mineralizaciones de fosfatos en este último han determinado la ubicación de las minas y de los puntos de extracción en la intersección de fallas. Entre estas zonas de gran enriquecimiento y concentración de fosfatos destaca la ladera sureste de Pico Centeno, sobre todo las inmediaciones de las minas 2 y 3, donde se aprecian filones con los nódulos de gran tamaño. La tecnología practicada no se restringe solo a una explotación a cielo abierto de tipo trinchera. Además encontramos evidencias de laboreo en superficie que generan socavones y pozos como los de La Lapa o Barrancos. La morfología de las labores está condicionada por la dirección y niveles de concentración del mineral. La explotación se inicia en uno o varios filones seguidos sistemáticamente hasta su agotamiento. La longitud, anchura y profundidad de las minas estarían determinadas por la naturaleza de la mineralización. En Pico Centeno, como en la explotación cuprífera de Cabrières (Castaing et al. 2005) o en las de rocas metamórficas de Gales e Irlanda (Craddock 1992), la roca encajante es muy dura, por lo que posiblemente el uso del fuego era una solución técnica para facilitar la labor del utillaje pétreo. La tipología de la explotación, los útiles líticos recuperados y las fechas radiocarbónicas de los contextos con cuentas de collar de variscita indican que pudo ser explotada entre el VI y III milenio cal ANE.
gran parte del paleosuelo que aflora en el sector occidental del islote han quedado destruidos recientemente. Estos procesos se enmarcan en el contexto de las dinámicas litorales actuales y del aumento de los eventos climáticos extremos, que tienen como resultado la exposición, erosión y destrucción del patrimonio litoral a escala global. Por un lado, la reciente puesta en marcha de procedimientos de registro de la erosión contribuye al conocimiento y preservación de las ocupaciones del islote. Por otro, la revisión, ampliación e interpretación de la cerámica de la Edad del Bronce permiten aclarar la cronología del conjunto. El presente artículo da cuenta del estado de la cuestión sobre las ocupaciones de Guidoiro Areoso a la luz de los primeros resultados de estos trabajos. Como consecuencia, se pone de manifiesto la relevancia que el estudio del islote y las metodologías de registro y análisis propuestas adquieren en el contexto de la investigación de las ocupaciones litorales del occidente peninsular y de la fachada atlántica europea. En el marco del debate actual sobre patrimonio y cambio climático [URL]. Erlandson 2008), el estudio de las áreas litorales de la fachada atlántica europea está adquiriendo un creciente protagonismo. Desde una perspectiva geológica, arqueológica e histórica sabemos que estos procesos climáticos y sus efectos sobre la configuración de las áreas costeras han existido siempre. Desde la perspectiva de su estado actual de conservación, los cambios que observamos están afectando de forma irreversible a una parte importante de nuestro patrimonio cultural. Las previsiones a corto y medio plazo sobre la subida relativa del nivel del mar y el incremento en la frecuencia de eventos climáticos extremos plantean un escenario de erosión creciente (Stocker et al. 2013(Stocker et al.: 1205)). Varias regiones europeas se han dotado desde hace décadas de herramientas específicas para el estudio de la erosión (Ashmore 1994; Anónimo 1997; Daire et al. 2012), mientras otras las están adoptando sólo de forma tardía. En la Península Ibérica destaca en particular el caso de Galicia que, a pesar de su relativo pequeño tamaño, es la región española con más kilómetros de costa (c. En este sentido, la conceptualización de la ocupación humana del litoral de la región como un problema de investigación específico está aportando datos de enorme interés sobre el patrimonio, su erosión y su vulnerabilidad, tanto a nivel cualitativo como cuantitativo (Ballesteros-Arias et al. 2013; López-Romero et al. 2013; López-Romero et al. 2014; Ayán Vila y López-Romero 2014). La excepcionalidad de los yacimientos arqueológicos anteriores a la Edad del Hierro, localizados en la actual línea de costa gallega, se debe tanto a su escasez como a las óptimas condiciones de conservación de los macrorrestos orgánicos que contienen, algo extraordinario en territorios con suelos mayoritariamente ácidos como Galicia. En este marco el islote de Guidoiro Areoso se está convirtiendo en un espacio sorprendente en el contexto de la fachada atlántica de la Península Ibérica por el número de estructuras que conserva y la cultura material que está revelando. Su superficie es muy pequeña (c. En la más estrecha las mareas más vivas han llegado a dividirlo en dos en los últimos años. Su altitud máxima sobre el nivel del mar es de 9 m, por lo que está sometido por completo a la acción eólica y marina, que juega un papel determinante en su morfología. En el islote se distingue bien la zona norte, cubierta por una duna activa apenas vegetada, y la sur, en la que numerosos afloramientos rocosos se mezclan con una duna vegetada y aparentemente inactiva. Durante los años 1980 se tuvo noticia de la presencia en el islote de una cámara megalítica y un suelo antiguo enterrado bajo las dunas en el que ocasionalmente se localizaban cerámicas prehistóricas, algunas de perfiles campaniformes y otras con decoración impresa (Rey García 1991). A finales de esa década uno de nosotros (JMRG) dirigió un proyecto de investigación durante tres campañas (Rey García 2011). La primera comprendió una prospección superficial, seis sondeos de 1 m 2 y la limpieza de dos perfiles. Se documentaron dos túmulos megalíticos (mámoas) y se confirmó la fertilidad arqueológica del sector sur de la isla. En las dos siguientes se excavó uno de los túmulos y se amplió en área el sondeo que había aportado más material. Allí se localizó una tercera estructura tumular a la que se superponía una ocupación de la Edad del Bronce Inicial. Todas estas evidencias se hallaban en la zona inter-mareal, ya que el interior estaba (y sigue estando) completamente cubierto por arena. En los 25 años trascurridos desde la última campaña de excavación el islote de Guidoiro Areoso ha sufrido una importante alteración. La acción conjunta de las mareas y las tormentas está provocando una pérdida dramática de arena: la duna norte se ha visto limitada de forma significativa en altura y extensión, mientras que las playas están reducidas a su mínima expresión. En la zona del istmo, una de las mejor documentadas, sólo entre 2007 y 2013 ha desaparecido más de un metro de altura de arena y sedimentos. Este proceso erosivo obligó a construir en el año 2011 un muro de protección para la cámara de una de las mámoas que había en el islote, que estaba totalmente expuesta a la acción del mar. En paralelo, nuevas estructuras han salido a la luz en los años subsiguientes, como dos nuevas cámaras megalíticas, dos pequeñas cistas y una gran extensión de paleosuelo en la que se recuperan abundantes materiales arqueológicos (Rey García y Vilaseco Vázquez 2012). En 2011 se iniciaron diversos trabajos de seguimiento y registro sistemático de los yacimientos y de la cultura material en superficie. La revisión del conjunto de materiales existente y su ampliación -incluyendo los que estaban en manos de particulares -están permitiendo la reinterpretación del marco cronológico, económico y cultural de las ocupaciones prehistóricas del islote. La relevancia del estudio de Guidoiro ha de ser entendida desde la perspectiva del análisis de las ocupaciones prehistóricas del noroeste de la Península Ibérica en su sentido geográfico más amplio, por un lado, y de las aproximaciones al estudio de la vulnerabilidad del patrimonio litoral atlántico europeo, por otro. A su vez, los resultados del estudio cerámico contribuyen de forma esencial, como veremos, al debate sobre el lugar que las poblaciones del entorno de la Ría de Arousa ocuparon en los procesos de intercambio de ideas y objetos manufacturados con otras áreas durante el Neolítico y la Edad del Bronce. En el presente trabajo abordaremos el estudio multidimensional de estas cuestiones analizando las estructuras arqueológicas documentadas (escala local), la cultura material cerámica (escalas local, regional e interregional) y la erosión y preservación digital del conjunto (escalas local e interregional). EL CONJUNTO ARQUEOLÓGICO DE GUIDOIRO AREOSO En el Noroeste de la Península Ibérica la monumentalidad prehistórica es esencialmente tumular y predomina en contextos de interior. Se conocen múltiples agrupaciones tumulares en zonas elevadas próximas a la costa, pero no es común encontrar monumentos en zonas bajas y en contacto más directo con ésta, caso de los de Chafé y Eireira (Viana do Castelo, Portugal) y los de Guidoiro Areoso. Una de las características que más llama la atención de las mámoas (M) del islote es su escaso tamaño, una circunstancia que se manifiesta especialmente en las dos excavadas en los años 80, situadas en playa sureste. M1 (Fig. 2), de hecho, casi parece la maqueta de un monumento megalítico. Tiene una pequeña cámara de planta poligonal abierta de sólo 108 cm de anchura y 113 cm de longitud conformada por seis losas de granito -sólo tres en su posición primigeniaque se rodea por un túmulo de tierra de 5,8 m de diámetro y escasa altura cubierto por una coraza pétrea. M2 estaba sepultada por un espeso sedimento arenoso de más de 2 m de potencia en el centro de la playa. Sin paralelos conocidos en el noroeste peninsular, es también de exiguas dimensiones. Su túmulo, recubierto por una coraza de piedras imbricadas entre sí, apenas alcanza los 7 m de diámetro máximo. En su centro, una veintena de pequeñas losas graníticas de entre 20 y 50 cm de anchura conforman una cámara de planta levemente oblonga (173 x 150 cm). Ésta parecía haber sido expoliada en época prehistórica. Entre su contenido, esparcido por el exterior, destacan diversos vasos con decoración inciso-metopada (Penha). La pérdida de arena de los últimos años en la playa sureste ha dejado al descubierto la M3, muy alterada y apenas a 4,5 m del borde de la excavación realizada en su día para M2. Ello da idea tanto del pequeño tamaño que debe tener este nuevo túmulo (menos de 10 m) como de la merma del arenal en el tiempo transcurrido desde entonces. Cuatro losas verticales de granito afloran del terreno entre 50 y 60 cm, en disposición subcircular con diámetro interior de algo más de 1 m. Dos están aún imbricadas entre sí, dos están desplazadas de su posición original y el ápice de una quinta empieza a aflorar en la arena. Inmediatamente al sur de ellas, en plena zona intermareal, se aprecia un conjunto de numerosas piedras de mediano tamaño, ausentes en el resto de la playa, que seguramente son parte de la coraza de la mámoa. La acción del mar ha hecho también desaparecer la mitad del diámetro de la tercera mámoa, renumerada como M4, documentada pero no ex-Fig. Principales elementos arqueológicos identificados en el islote de Guidoiro Areoso: monumentos megalíticos (mámoas M1 a M5), cistas (C1 y C2) y zona de afloramiento de paleosuelo (P). Elaboración propia a partir de la imagen PNOA (edición 2010) y de los datos LiDAR (edición 2011) para la zona (modelización y DAO. E. López-Romero). cavada en la intervención de los años 80. Entonces fue detectada su coraza lítica asomando en el perfil oeste del islote. Desde el año 2010 se aprecia uno de los laterales de la cámara megalítica de forma alargada (2,60 m de largo y 1,50 de alto). La anchura es desconocida, ya que su mitad sur sigue cubierta por el túmulo y la duna. La forman varias losas de granito. La que hace de cabecera está dispuesta con una importante inclinación para soportar el peso de las 3 que ocupan el lado expuesto. Una quinta parece cerrar el sureste, donde probablemente se situaría la entrada. También conserva la cubierta de 1,80 m de largo, aparentemente rota por el peso de la duna que la cubre (Fig. 3). Por detrás de la losa de cabecera se observa una sección del túmulo, compuesto de tierra negra y recubierto por una capa simple de piedras de mediano tamaño a modo de coraza. Su planta es regular y no debe de ser muy grande, unos 10 m de diámetro. Su altura parece menor que la de la cámara, que entonces afloraría en su centro. La configuración es similar a la que se aprecia en muchos de los grandes dólmenes de corredor gallegos (Criado Boado y Fábregas Valcarce 1989) y ha sido documentada en Monte de Romea 1, un monumento más pequeño sin corredor (Prieto Martínez 2007). Aparentemente M4 no había sido expoliado, pero la acción del mar acabó por vaciar parte de su interior. Para intentar contener la degradación del conjunto, en el año 2011 se construyó un muro de protección gracias a la colaboración entre el Servicio Provincial de Costas de Ponte-vedra del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, entidad gestora del dominio público marítimo-terrestre, y la Dirección Xeral do Patrimonio Cultural de la Xunta de Galicia. La protección está funcionando, pero este tipo de infraestructuras de contención de la erosión tienen una eficiencia y una durabilidad limitada. De hecho, en la primavera de 2014 quedó a la vista, en una de las esquinas del muro, un potente conchero, posado directamente sobre la coraza del monumento, en el que destaca la presencia de Ostrea y Patella junto con espinas de pescado y cerámicas prehistóricas. M5 se encontraba muy próximo al istmo del islote. Al menos desde 2005 la parte superior de dos losas de granito clavadas en vertical, y apoyadas una contra otra, se podía ver aflorando de la arena. En el verano de 2011 la erosión había expuesto la totalidad de la estructura megalítica, que se apreciaba en la zona intermareal. Junto a las dos losas citadas (la mayor de 1,25 m de alto) había otros cuatro ortostatos de granito caídos que se situaban en el centro de un anillo de piedras pequeñas, algunas aún imbricadas entre sí, que formarían un túmulo de 8,50 m de diámetro. En el verano de 2013 la estructura había sido completamente destruida por la erosión. Los vestigios de ocupación prehistórica En la excavación de finales de los 80 se documentó, superpuesta a la mámoa 2, una ocupación de la Edad del Bronce Inicial. No se identificaron estructuras pero sí abundantes materiales arqueológicos, quizá relacionados con una ocupación temporal. Los restos de hollín sobre los recipientes cerámicos, entre los que hay campaniformes, delatan su exposición al fuego. La parca industria lítica estaba integrada por cuatro útiles pulimentados, una pequeña lámina de sílex y varias piezas de granito con una cazoleta en una o ambas caras. Completan el conjunto un pequeño punzón de hueso y dos pequeños y alargados punzones de cobre con porcentajes de estaño en torno al 10% (Comendador et al. 2008). Pero esta ocupación también albergaba el conchero más antiguo conocido hasta el momento en Galicia (Fernández Rodríguez 2010). Las principales especies de moluscos consumidas son dos bivalvos -Ostrea edulis y Mytilus galloprovincialis-y un univalvo -género Patella-. Además había algunos restos de peces y aves y fauna doméstica en la que predomina el ganado vacuno sobre el porcino y ovicaprino. Su calibración empleando el ΔR, calculado para un yacimiento de la Edad del Hierro de la propia Ría de Arousa, sitúa la ocupación en 2225-1950 cal BC (2 σ) (Rey García y Vilaseco Vázquez 2012). Un resultado similar, con un mayor arco temporal, se obtuvo en el Laboratório de Radiocarbono do ITN portugués (Comendador y Bettencourt 2011). Pero además, por toda la zona intermareal del sector sur del islote, incluido el entorno del istmo, afloran bajo la duna o la arena de la playa considerables extensiones de suelo antiguo enterrado en las que se recupera abundante material arqueológico, fundamentalmente restos de cerámica, de fauna y bases de molino. En 2011 una superficie de unos 200 m 2 de este paleosuelo quedó expuesta pocos metros al norte de M5; en los años siguientes, a medida que desaparecía la arena de la playa, la superficie expuesta ha alcanzado casi los 100 m de longitud, pero también se ha ido erosionando. Son numerosos los materiales recogidos por nosotros y por aficionados. Entre estos últimos destacan varios fragmentos óseos de una calota craneal de un niño y una de las valvas de un molde de fundición para un hacha. Para complicar aún más todo este registro, en este paleosuelo se han localizado también dos pequeñas estructuras cistoides, posiblemente funerarias, sin evidencias de túmulo, una de las cuales ha quedado recientemente destruida. Una densidad de ocupación funeraria y doméstica tan alta en un islote tan pequeño puede extrañar si no tenemos en cuenta los profundos cambios que ha sufrido la línea de costa a lo largo de la Historia. La reciente reconstrucción de la subida relativa del nivel del mar en el noroeste peninsular durante el Holoceno (Alonso Millán y Pagés Valcarlos 2010) muestra que dicho ascenso fue extremadamente rápido hasta c. BC, momento en el que el nivel medio se estabilizó en torno a 5-7 m por debajo del actual. Esta situación se mantuvo hasta c. BC y un período de 500 años de estabilización antes de la subida final. La Isohipsa de -5 m rodea el islote y la propia Illa de Arousa, por lo que es bastante probable que en el Holoceno Medio ambos se encontrasen unidos al continente formando una península (Rey García y Vilaseco Vázquez 2012). Esta situación se mantendría no sólo durante el período de construcción y uso del conjunto megalítico, sino también durante la Edad del Bronce Inicial. Ello explicaría la presencia del ganado consumido en el asentamiento en esta época sin necesidad de recurrir a un acceso por navegación. recuperaron 248 piezas. Predomina de nuevo la cerámica pero, como veremos, las características de los materiales coinciden con los momentos prehistóricos de uso más tardíos. Una secuencia relativa de funcionamiento del islote a partir de la cerámica permite identificar tres o, quizás, cuatro grandes periodos cronológicos durante la Prehistoria Reciente (Fig. 4). Se trata de un Neolítico final con cerámicas tipo Penha (c. primera mitad del III milenio cal. Aquí se enmarcan los materiales de la primera fase de uso de M2 y, posiblemente, los documentados en M1, a pesar de las dificultades para su correcta caracterización derivadas de su escasez, fragmentación y ausencia de decoración. Esta cerámica mantiene la tradición alfarera (sólo a nivel morfotécnico) de fases neolíticas anteriores (Prieto Martínez 2009, 2010): predominio de morfologías simples de perfiles abiertos para las lisas y cerrados para las decoradas, y pastas de manufactura tosca en ambas variantes. Salvo dos recipientes de un total de 35, las vasijas de esta fase tienen la decoración de tipo geométrico, propia del Noroeste peninsular. Uno comprende piezas con decoración metopada con diseños reticulados separados por líneas verticales cubriendo buena parte del cuerpo del recipiente (vasos R5, R3, R33, R10). R10 posee una gran riqueza en la técnica decorativa empleada: se registran cuatro tipos de acanalado combinados en los distintos motivos y diseños más sencillos con reticulados (R14, R28, R30). Las decoraciones más complejas aparecen sobre todo en recipientes hallados en contextos funerarios megalíticos de Galicia (Prieto Martínez 2009) Tab. Relación cuantitativa de los materiales recuperados en las intervenciones arqueológicas realizadas en el islote de Guidoiro Areoso (en gris material de prospecciones recientes)(elaboración P. Prieto y M. Rey). El segundo subconjunto, menos frecuente, tiene triángulos rellenos con puntos impresos. En Guidoiro Areoso su presencia es también escasa (vasijas R11 y quizás R59). Una vasija sustituye los puntos impresos más típicos del relleno por una sucesión de líneas finas horizontales incisas superficiales, que parece esgrafiada (R16), de la que no se dispone de paralelos por el momento. Esta decoración es más frecuente en los yacimientos portugueses ya citados. Este conjunto se asocia a comunidades de la Edad del Bronce, incluyendo la vajilla campa-niforme (Rey García 2011) y una actividad de tipo doméstico asociada a un conchero. A este conjunto, de larga perduración en la región (mediados del III milenio a mediados del II milenio cal. Atribuimos 25 vasijas a este grupo, de las cuales 16 son lisas. Hay dos categorías de decorados: campaniformes y con mamelones o cordones horizontales dispuestos bajo el borde. Destacamos 8 vasijas de dos tipos. En el conjunto campaniforme hay 4 vasijas, cuya morfología exacta se desconoce, que tienen las características técnicas habituales en la zona (Prieto Martínez 2011). R39, R41, R51 son fragmentos inferiores a 3 cm. La decoración La banda inferior, de mayor anchura y localizada en la mitad superior de la panza, presenta un doble zig-zag cuyos extremos superior e inferior se unen a las líneas rectas que lo acotan con líneas paralelas verticales, impresas con un instrumento dentado. La impresión de concha es frecuente en el campaniforme gallego (Salanova y Prieto Martínez 2011). Un segundo conjunto consta de 4 vasijas con elementos accesorios en el perfil. Entre ellos destacan un recipiente de orejetas (R9) y pastas muy toscas con paralelos de nuevo en Francia (Omonville-la-Petite; Carozza y Marcigny 2007), algún recipiente con mamelones de perfil plano (R8 y R54), con paralelos en el citado Fraga do Zorro y un único recipiente con cordón superior (R35) frecuente en los asentamientos gallegos. Se han identificado 6 recipientes. La presencia de algunas piezas lisas se puede relacionar con el Bronce Final, entendido en una cronología amplia (segunda mitad del II milenio BC; Prieto Martínez 2005) (R64 y R65). Las vasijas no decoradas son poco diferenciables de las acompañantes del campaniforme, si bien las pastas son de manufactura algo menos tosca y con una mayor homogeneidad en la fase de preparación. Una novedad en esta fase son las pastas grisáceas (R18). Las piezas procedentes de excavación (R56, R12) no son muchas pero son relativamente frecuentes las halladas en prospección (GUL01). R56 es una vasija de pastas semejantes a las lisas, con incisiones acanaladas horizontales y diseños incisos de líneas oblícuas formando zigzags verticales delimitados por líneas horizontales. La segunda vasija (R12) es un largo bordo horizontal (en lo sucesivo LBH) documentado durante las excavaciones. Posee un cuerpo de cuenco que remata en un borde exvasado de orientación casi horizontal. Presenta una decoración estampillada con semicírculos e impresa que la hace excepcional por sus diseños únicos entre los más de ochenta recipientes conocidos en el noroeste ibérico (Nonat et al. 2015). Rey (2011) consideró que el LBH podría estar asociado a la cerámica campaniforme dada su posición estratigráfica. Sin descartar su proximidad cronológica con aquél, otras interpretaciones defienden una separación entre los dos conjuntos, basándose en la ausencia de contextos estratigráficos conocidos que asocien campaniforme-LBH en la región. Además la cronología de los pocos yacimientos con LBH datados muestran un amplio abanico entre el 1700 y 900 BC (Nonat et al. 2015 caso del campaniforme con impresión de espina dorsal podríamos hablar de una transferencia técnica procedente del oeste de Francia (en este caso cultura Duffaits, Gomez de Soto 1995), dado que los resultados analíticos de la pieza muestran una composición mineralógica local (granodiorítico), coincidente con la que conforma el islote (Tab. GUL01 es un fragmento de panza de un recipiente de perfil compuesto cerrado, tipo cazuela, con decoración geométrica (motivos de espinas de pez impresas), líneas horizontales y en zigzag (con técnica de boquique) rellenos de puntos (impresión de punzón) y espacios vaciados por excisión (Mañana-Borrazás et al. 2015). Este recipiente responde a la tradición decorativa Cogotas I, tan característica de la Meseta y de otras zonas peninsulares (Blanco González 2011). El fragmento de Guidoiro podría por lo tanto ser contemporáneo del LBH o ligeramente posterior, lo que correspondería a un cuarto momento de actividad prehistórica. La pieza, hallada en marzo de 2014 durante las tareas de registro fotogramétrico (v. infra), es la primera noticia sobre cerámica tipo Cogotas en Galicia, donde la técnica de boquique había sido identificada en unos pocos recipientes del Neolítico antiguo (Prieto Martínez 2010) y que entronca con una tradición neolítica extendida a escala peninsular (Alday Ruiz 2009). Según los resultados analíticos GUL01 tiene una concentración elevada de clorita (10%), mineral característico de rocas metamórficas ácidas. Esto hace más probable que la cerámica fuese elaborada a partir de materiales derivados de esquistos ácidos más que de otras fuentes de materiales de tipo granítico. Hay materiales de tipo esquistoso a 6 km en línea recta por agua en el Barbanza, o bien a unos a 30 km al SE. No se puede, sin embargo, descartar un origen en zonas esquistosas más alejadas, como las existentes al Norte del Río Duero. Los yacimientos más próximos con cerámicas tipo Cogotas I distan unos 200 km hacia el Sur (p.e. El estudio en detalle de la pieza nos permite afirmar que su proceso de producción no coincide con la producción alfarera gallega de la Edad del Bronce Final: las pastas son muy finas y bien decantadas con un acabado alisado medio de color rojizo-ocre homogéneo y una fractura bícroma oxidante en el exterior y reductora en su interior. Su materia prima se localiza lejos del yacimiento y las técnicas decorativas son foráneas. LA EXPOSICIÓN Y EROSIÓN DEL PATRIMONIO ARQUEOLÓGICO DEL ISLOTE: ESTRATEGIAS DE REGISTRO Y MONITORIZACIÓN Como ha quedado de manifiesto, la revisión de las ocupaciones y cultura material del islote, su contextualización a la luz de los debates actuales sobre la Prehistoria reciente de la Península Ibérica y atlántica y la realización de nuevos trabajos han sido posibles 'gracias' a la erosión del conjunto. Esta es la gran paradoja de los procesos erosivos asociados al patrimonio: los mismos mecanismos que habilitan el hallazgo de elementos inéditos son los responsables de su alteración y eventual destrucción. El estudio de la evidencia arqueológica de Guidoiro Areoso y su proyección futura de investigación deberán abordar este problema. En este contexto, y como parte esencial de un proyecto internacional más amplio (López-Romero et al. 2014), se planteó un programa de registro y monitorización de los monumentos y su entorno. Este programa adoptó dos formas: una prospec- ción geofísica del subsuelo y la utilización de la fotogrametría para la preservación digital, análisis y seguimiento de las estructuras. Se trata en ambos casos de métodos de estudio no destructivo (documentación sin contacto). La prospección geofísica tenía como objetivo principal proporcionar datos sobre las estructuras arqueológicas potencialmente preservadas en el subsuelo, con el fin de evaluar su extensión, planificar futuros trabajos y prever su gestión. Esta técnica había sido utilizada con anterioridad, con resultados positivos, en el estudio de otros conjuntos tumulares (López-Romero et al. 2013). Cualquier prospección geofísica en el islote está fuertemente condicionada. Casi la mitad del área de interés arqueológico está en la zona intermareal y, al alcance del oleaje, buena parte del espacio restante. Los bañistas que frecuentan el islote dejan objetos metálicos que contaminan los resultados de cualquier prospección magnética. La extensión y profundidad del suelo son muy limitadas, como corresponde a un islote que en algunos sectores es básicamente rocoso. A la vez estas dificultades lo convierten en un lugar óptimo para evaluar el uso en contextos costeros de técnicas de prospección geofísica extensivas y poco costosas (Jones 2008). Con esto en mente, empleamos un gradiómetro de tipo fluxgate de doble sensor, modelo Bartington Grad 601 capaz de realizar mediciones con una sensibilidad de 0,1 nanoteslas (nT). Elegimos como unidades de muestreo rectángulos de 50 x 25 cm, adaptadas al nivel de precisión requerido y a la fiabilidad y agilidad en la toma de datos sobre el terreno. La prospección geomagnética no permite la documentación precisa de pequeñas estructuras, ya que el tamaño de la unidad mínima de información (25 x 25 cm) supera el de las estructuras más pequeñas (p.e. tipo poste). Sin embargo, esta técnica es idónea para documentar estructuras lineales o detectar concentraciones de metales o áreas de combustión. En el caso que nos ocupa las áreas de interés arqueológico están muy localizadas, y separadas entre sí por accidentes del terreno que hacen imposible plantear una superficie de prospección continua de más de 40 m. Se planteó la prospección de siete cuadrículas de 20 x 20 m cada una, repartidas en tres áreas (norte, centro y sur) (Fig. 5), que cubren unos 2.600 m 2. Las cuadrículas fueron georreferenciadas con precisión subcentimétrica para, llegado el caso, replantear sobre el terreno los resultados de la prospección con precisión. Los resultados fueron procesados con el programa Archeosurveyor. En todo momento se procuró anular el efecto enmascarante de las fuentes de contaminación magnética detectadas sin por ello deformar o sobrerrepresentar otras anomalías. Con este fin descartamos tan sólo las fuentes de contaminación más evidentes (i.e. más allá del rango de los +/-310nT). Analizaremos los resultados de la prospección agrupándolos en las 3 áreas citadas. El área norte ocupa 3 cuadrículas que denominaremos, de Norte a Sur, cuadrículas 1, 2 y 3. Se extiende unos 15 m al Este de donde se ubicaba la M5, no detectándose anomalías relacionables con la presencia de estructuras arqueológicas enterradas. En el momento de la prospección una gruesa capa de algas cubría el sector NO de la cuadrícula 1, lo que explica, creemos, la práctica inexistencia de anomalías magnéticas aquí. El resto del área está ocupado, y posiblemente ensombrecido, por numerosas fuentes de contaminación magnética (expresada en un conjunto de intensos dipolos)( 2) mayoritariamente causadas por los desperdicios metálicos dejados por los bañistas. El área centro ocupa las cuadrículas 4 y 5 (de Este a Oeste). La cuadrícula 5 sólo pudo ser prospectada en su mitad sur. Un elevado talud ocupaba la mitad norte. En el área prospectada observamos un pequeño grupo de anomalías de escasa intensidad (no superior a los 60 nT) relacionados con el sustrato rocoso. También el sustrato impidió la prospección del sector oeste de la cuadrícula. La cuadrícula 4 presenta en el cuadrante noroeste una clara anomalía de signo negativo (con unos valores en torno a -35 nT) que coincide con la ubicación de la masa tumular de la mámoa 4. Creemos que esta anomalía refleja la presencia de la coraza, enterrada bajo la duna, que cubre la superficie del túmulo. (2) Denominamos dipolo al efecto de intensa anomalía que genera en el campo magnético un objeto de alta susceptibilidad magnética, ensombreciendo otras anomalías más débiles. Gráficamente los observamos como puntos donde se localiza una fuerte bipolaridad, expresada en valores en nanoteslas muy elevados. disposición y dimensiones de esta anomalía coinciden con lo esperado para el sector del túmulo aún conservado, a juzgar por los vestigios de coraza ya exhumados. En el resto de la cuadrícula y del área no registramos otras anomalías reseñables. El área sur, en el extremo suroeste del islote, ocupa las cuadrículas 6 y 7 (de Este a Oeste). El conjunto de cantos de piedra y otros objetos traídos por la marea al sudeste del área prospectada se evidencia por pequeñas pero intensas fuentes de contaminación magnética. En el extremo noroeste del área se registra una anomalía de signo positivo que refleja el arranque del acantilado. Pero las anomalías más significativas se ubican en el sector central de la cuadrícula 6. Allí se aprecian con claridad dos anomalías rectangulares de signo negativo, de unos 4 m de lado, adosadas en dirección nordeste, que corresponden a las calicatas excavadas en los años 1980 e invisibles en superficie. Por otra parte se aprecia una mayor intensidad en las fuentes de contaminación (dipolos) ubicadas a lo largo de una banda orientada al noreste en el sector sudeste del área de prospección que coincide con el nivel mareal y el arenal costero. Por el contrario, los dipolos ubicados en el área noroeste son menos intensos y no siguen un patrón bandeado. Esto se debe, creemos, a que estos últimos no están cerca de la superficie, sino enterrados bajo la duna y cubiertos de vegetación. No debemos descartar que alguno de ellos corresponda a pequeñas estructuras y materiales arqueológicos, como concentraciones de cerámica o áreas de combustión. Monitorización y restitución tridimensional por fotogrametría El trabajo de monitorización tenía como finalidad la obtención de un registro fotográfico y topográfico detallado de los elementos arqueológicos visibles en el islote, la preservación digital de dichos elementos por medio de la elaboración de modelos fotogramétricos tridimensionales y la obtención de datos cuantitativos sobre la evolución de su erosión. Se planificaron tres campañas de campo, con intervalos de 6 meses entre sí. Esto nos permitía obtener una visión de la evolución del conjunto en momentos concretos del ciclo anual: septiem-bre de 2013, febrero-marzo de 2014 y septiembre de 2014. Se puso especial atención en la documentación de las estructuras susceptibles de proporcionar una mayor información científica: cista 2, mámoas 3 y 4. No obstante, se documentó el estado de destrucción de la mámoa 5 así como distintas estructuras de pequeño porte visibles en el área noroccidental del islote. Del mismo modo, se registraron las áreas de dispersión de materiales en superficie -y asociados espacialmente al paleosuelo que aflora en la zona del itsmo -, recogiéndose aquellos elementos de la cultura material que podían tener un carácter diagnóstico para la comprensión de la secuencia de ocupación. En este contexto fue localizado el fragmento de Cogotas 1 GUL01. Para el registro se utilizaron dos cámaras réflex (NikonD300 con receptor GPS, y Canon EOS700D) y una compacta (CanonG10). Se instalaron una estación base de referencia y cinco estaciones topográficas en zonas destacadas del islote con la ayuda de una estación total (Leica TCRP1203) y de un equipo GPS diferencial (DGPS, Leica GPS1200). Dichas estaciones permitieron la obtención de puntos de control, en coordenadas absolutas, que serían utilizados para el ajuste de los distintos modelos fotogramétricos obtenidos. Los modelos fueron generados con el software Agisoft Photoscan v.1.0.4.; las tareas de edición, análisis y comparación de los distintos modelos están siendo realizadas con los programas open source MeshLab v.1.3.3. y CloudCompare v.2.6.0. Si bien los planteamientos, objetivos y etapas del proceso de monitorización por fotogrametría estaban perfectamente definidos y respondían a las necesidades planteadas, pronto constatamos que una extensión del procedimiento nos permitiría mejorar la visión general sobre la erosión a escala microespacial del conjunto arqueológico. En efecto, el proceso de monitorización estaba lógicamente limitado por la fecha de inicio de los trabajos de campo. En la M5, esta limitación resultaba especialmente significativa puesto que el yacimiento ya había sido destruido por la erosión en el momento de la primera salida de registro fotogramétrico. Teniendo presente la metodología que estábamos empleando para la obtención de modelos tridimensionales de los yacimientos, así como algunos trabajos recientes sobre restitución foto-gramétrica a partir de imágenes de archivo (De Reu et al. 2013: 1114-1116; Aparicio Resco et al. 2014; López-Romero 2014), nos planteamos la recopilación de fotografías y videos anteriores al inicio del trabajo de monitorización. Para lograr este objetivo se solicitó la colaboración de colegas de profesión y ciudadanos que, estando en posesión de este tipo de documentos, quisiesen hacérnoslos llegar colaborando de este modo con el proyecto. Ello nos ha permitido disponer de un banco de imágenes de los yacimientos y obtener modelos métricos tridimensionales de alguno de ellos antes de su destrucción (Fig. 6). El estudio de los productos obtenidos durante este trabajo de registro y monitorización, así como la iniciativa "Guidoiro Dixital", aún no han finalizado y serán objeto de una publicación específica. Los resultados disponibles por el momento nos permiten no obstante apuntar una serie de dinámicas sobre la evolución del conjunto. El caso de Guidoiro Areoso no es único a pesar de haber saltado a los medios por la riqueza y espectacularidad de los yacimientos que alberga. Se enmarca en las dinámicas de alteración ya observadas en otros lugares de la fachada atlántica europea. Al ritmo de erosión sostenida producida por las dinámicas costeras habituales (régimen de mareas, cambios estacionales...) se une la incidencia de eventos excepcionales como precipitaciones cuya intensidad y/o duración aceleran de forma crítica los procesos erosivos en el islote. El contexto sedimentario predominantemente dunar del mismo facilita que dichos procesos sean especialmente dañinos para la integridad de los yacimientos. Como ya mencionamos, la estructura de protección del monumento M4 no garantiza la total salvaguarda de los restos conservados. La extraordinaria sucesión de temporales del invierno de 2013-2014 (borrascas y ciclogénesis Dirk, Christina, Nadja, Qumaira, Petra, Ruth, Stephanie, Ulla) ha dañado los laterales del área protegida, provocando una pérdida significativa de sedimento eólico y exponiendo una parte del conchero asociado al monumento. Los restos de la coraza pétrea expuestos en el sector noroeste del túmulo han sufrido también alteraciones significativas en el ciclo temporal estudiado. Estas alteraciones no afectan por el momento a la estabilidad de la estructura ortostática del monumento, pero dicha Fig. 6. Restitución fotogramétrica de la Mámoa 5 (M5), destruida en 2013, a partir de imágenes de 2011 recuperadas por medio de la iniciativa "Guidoiro Dixital" (modelización y DAO E. López-Romero). situación puede verse modificada muy rápidamente si eventos climáticos similares se repiten a corto plazo. La pequeña cista situada en el oeste de la zona norte del islote a pesar de su aparente fragilidad respondió bien a los empujes de los citados temporales, tal y como pudimos verificar en nuestra visita de marzo de 2014. Sin embargo, el registro realizado en septiembre de 2014 pone de manifiesto el desplazamiento reciente de varias de las lajas que la conforman. El análisis de la ocupación humana de los espacios litorales se ha desarrollado generalmente desde una perspectiva 'de interior' que ha dejado de lado cuestiones claves para su comprensión. Entre ellas, la singularidad de los territorios costeros a lo largo de la Historia, los efectos que la evolución de la línea de costa tiene sobre las comunidades que ocupaban estos espacios (Van de Noort 2013), y las consecuencias que esta evolución tiene para la preservación del patrimonio en la actualidad. Estos aspectos, si bien han sido objeto de trabajos puntuales, no han sido tratados desde su globalidad ni percibidos como prioritarios. El deterioro (léase la evolución) de los espacios litorales, puesto ahora de actualidad por los informes internacionales sobre cambio climático, ha estado no obstante siempre presente. Por sus características el islote de Guidoiro Areoso es un magnífico ejemplo de esta situación, convirtiéndose en un caso de estudio excepcional en el occidente europeo tanto para el análisis de la erosión como para el conocimiento de las estrategias de ocupación prehistórica de los espacios litorales. La movilización ciudadana en defensa de la protección del patrimonio del islote es, además, un caso de estudio per se que varios de los firmantes hemos intentado canalizar a través de la iniciativa "Guidoiro Dixital". La insularidad, la presencia de la duna y la escasa superficie del islote no han facilitado la instalación de infraestructuras ni actividades de larga duración en épocas recientes, contribuyendo así a la preservación de los yacimientos. Al margen de la explotación de algunos afloramientos para cantería, sólo la reciente y estacional actividad turística, cuya huella puede verse en la contami-nación metálica identificada con la prospección geofísica, parece estar cambiando esta dinámica. Dicha prospección refleja también los efectos de la erosión marina sobre el conjunto. La ausencia de registro de nuevas estructuras arqueológicas puede obedecer al efecto enmascarante de objetos depositados por la marea y los bañistas, pero también a su pérdida por la erosión. La identificación del túmulo de M4 y de los sondeos de los años 1980 confirman, pese a ello, la validez del método. Las principales causas de dicha erosión siguen siendo medioambientales, tal y como el protocolo de monitorización y las distintas observaciones de campo ponen de manifiesto. En este sentido, el uso de mecanismos de estudio como los aquí expuestos se presenta como una solución efectiva para el análisis, preservación digital y gestión de yacimientos vulnerables. El estudio de los contextos litorales merece mayor atención (López-Romero 2013: 85-86) y los trabajos realizados recientemente han permitido afianzar nuestro conocimiento sobre estas áreas. En un nivel cuantitativo, los resultados de nuevas prospecciones [URL]. Ballesteros-Arias et al. 2013) y el estudio de Guidoiro demuestran que el conocimiento sobre este tipo de ocupaciones es muy parcial. En un nivel cualitativo, se confirma la buena preservación de macrorestos orgánicos en varios yacimientos, con las implicaciones que esto tiene para el estudio de los aspectos subsistenciales, paleobiológicos y antropológicos de las sociedades de la Prehistoria. A nivel interpretativo, los datos de que disponemos nos permiten relacionar los procesos socioculturales de la Prehistoria regional con los de otras áreas peninsulares y europeas. Si bien es pronto para plantear cuáles serían los mecanismos de circulación, no cabe duda de que la costa gallega, y sobre todo las Rías Baixas, han tenido relevancia en este sentido. Así, Guidoiro Areoso dispone de un material cerámico excepcional, no tanto por su abundancia como por la presencia de piezas que permiten presentar esta zona como punto de comunicación con regiones lejanas, aunque no podamos conocer todavía la intensidad, la naturaleza o frecuencia de los contactos, como se viene observando para la fase campaniforme en el territorio gallego (Salanova y Prieto 2011). A escala peninsular, la tecnología del fragmento del horizonte de Cogotas I, diferente a la conocida para la región, apunta a su carácter foráneo. A escala europea, destaca la posible vinculación con el oeste y noroeste de Francia, algo que es posible proponer a partir de algunas piezas identificadas como excepcionales tanto en Guidoiro como en otros puntos del noroeste (Pétrequin et al. 2012). El debate sobre la naturaleza y modalidades de dichos contactos copará sin duda la investigación en los próximos años. El estudio de las ocupaciones de Guidoiro Areoso contribuirá de forma clave, si la erosión lo permite, a dicho debate. Al grupo Pandulleiros por la entrega de los materiales por ellos recogidos, a Pablo Iglesias y a la "Confraría de pescadores da Illa de Arousa" por el apoyo para desplazarnos al islote, a Manuel Gago por señalar la primera cista, a Tomás Álvarez por el molde de hacha, a Antonio Blanco (Durham University) por la identificación inicial del fragmento de Cogotas y a Anxo Rodríguez (Incipit, CSIC) por el dibujo de la cerámica. El análisis digital y monitorización se realizan desde el proyecto eSCOPES (Evolving spaces: coastal landscapes of the Neolithic in the European land's ends; Marie Curie-IEF, IP. Gracias a Chris Scarre (Durham University) y a quienes colaboran con "Guidoiro Dixital". La prospección geofísica ha sido financiada por el "Programa de Investigación en Tecnologías para la conservación y revalorización del Patrimonio Cultural", CSD2007-00058, Consolider-Ingenio 2010 (IP. Oscar Lantes Suárez (RiaiDT, Campus Vida de la USC) analizó las cerámicas en el marco del proyecto "Isótopos de Pb y Sr en cerámicas arqueológicas de Galicia: estudio de la procedencia y el acceso a las materias primas" (EM2012/054, 2012-PG217, 2012-2015; convocatoria de Ayudas a Proyectos de Investigación a Investigadores Emergentes del Plan Gallego de I+D+I; IP. Carlos Fernández y Ma Natividad Fuertes (Universidad de León) muestrearon el conchero localizado en 2014 para su estudio. Olalla López (USC) está estudiando los restos humanos hallados en el paleosuelo. Gracias igualmente a los revisores anónimos de la revista, cuyas diferentes propuestas han contribuido a mejorar el presente trabajo.
principales y su sujeción a características como la frontalidad, la axialidad o la direccionalidad. El análisis permite constatar un proceso evolutivo de carácter lineal que se interpreta en términos de privatización simbólica de este espacio idiosincrásico. Este proceso se atribuye a transformaciones ideológicas relacionadas con la función del complejo monumental. El yacimiento arqueológico de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) fue descubierto para la Ciencia hace ahora 27 años. Su excavación y estudio crítico a lo largo de todo este tiempo han permitido sentar las bases iniciales para el conocimiento de las postrimerías de la Primera Edad del Hierro en el tramo extremeño del Guadiana, y de las transformaciones económicas y sociales que experimentaron las poblaciones de estos territorios en aquella época. Cualquier dato sobre el siglo V a. C habría supuesto una absoluta novedad en el yermo paisaje de la arqueología protohistórica extremeña de finales de los setenta (Almagro-Gorbea 1977). Pero nada hacía presagiar que las manifestaciones culturales de la Baja Extremadura post-orientalizante pudieran alcanzar la monumentalidad arquitectónica y la riqueza material que han puesto de manifiesto los trabajos arqueológicos llevados a cabo en las últimas décadas. Cancho Roano está formado por un conjunto de edificaciones estructuradas en torno a un edificio central, elevado sobre una terraza de piedra, que aparece rodeado por una serie de largas y estrechas naves articuladas en pequeñas habitaciones. Todo ello, a su vez, es circundado por un ancho foso excavado en la roca que delimita un espacio de unos 2.000 m 2 que, sin duda, alberga uno de los más sobresalientes hallazgos de la Arqueología española del último cuarto del siglo XX. En consonancia, su equipamiento mueble no es menos sorprendente: joyas de oro finamente trabajadas, vajilla de bronce local y de importación, marfiles de diversas tradiciones, objetos de pasta vítrea y una nutrida colección de cerámica entre las que destacan los vasos áticos, que permiten fechar el abandono del asentamiento hacia finales del siglo V a. C. Tal vez por (*) Instituto de Arqueología de Mérida. todo esto, durante la mayor parte del tiempo transcurrido desde su descubrimiento, el análisis histórico de este Complejo Monumental se ha realizado desde su propia singularidad, con especial dedicación a la publicación de los resultados de las excavaciones y a la apertura de un debate sobre su naturaleza palacial o "santuarial" que ha generado una ya amplia bibliografía (Celestino ed. 1996: 353-356; con posterioridad: Celestino 1994con posterioridad: Celestino, 1997con posterioridad: Celestino, 2001con posterioridad: Celestino, 2003 ed.) ed.). No ha sido sino hasta fecha más reciente que el yacimiento de Cancho Roano ha podido ser valorado dentro de una perspectiva geográfica más amplia, gracias al descubrimiento de una serie de formaciones tumulares de gran tamaño que se pueden emparentar con construcciones similares, y que se extienden por toda la provincia de Badajoz, afectando, incluso, al norte de Córdoba (Jiménez Ávila 1997). La condición de edificaciones protohistóricas de algunos de estos sitios ha sido confirmada por nuevas excavaciones arqueológicas (Rodríguez ed. 2004), o por hallazgos superficiales bien significativos (Jiménez y Domínguez 1995). La proliferación de este tipo de asentamientos en la Baja Extremadura obliga a entender el "fenómeno Cancho Roano" como un hecho histórico generalizado dentro de los parámetros regionales contemplados. Las primeras aproximaciones de conjunto permiten caracterizar estos yacimientos como enclaves aislados en el campo, sin relación aparente con hábitats concentrados inmediatos, lo que obliga a examinarlos bajo un prisma eminentemente rural: se trataría de residencias aristocráticas que actúan como centros gestores de la producción agropecuaria del entorno. La apropiación del excedente agrario provocaría la monumentalidad arquitectónica y la acumulación de riqueza que albergan como reflejo de la diferenciación social de sus moradores, siendo discutible el papel de intermediarios comerciales que en ocasiones se ha propuesto. El esquema organizativo que representan estas residencias, disociadas de los núcleos de población concentrada, permite diferenciar el Valle del Guadiana post-orientalizante de los territorios con que se ha vinculado algunas veces el complejo de Cancho Roano: el mundo Ibérico del Sureste o la Andalucía tartésico-turdetana. Estos territorios tienen en el núcleo concentrado la unidad básica de población y, lo que es más importante, de poder político, como demuestran la presencia de espacios diferenciados en el interior de los hábitats o su asociación a necrópolis aristocráticas. Sin embargo, se detectan más afinidades con el modelo poblacional y socio-económico que se implanta coetáneamente en el Bajo Alentejo, presidido por una serie de pequeñas construcciones aisladas -mucho menos monumentales que las del Guadiana-en las que se observan elementos que permiten identificarlas como residencias aristocráticas de carácter rural, en la misma línea que los Complejos Monumentales extremeños (Jiménez Ávila 2001a). También se han valorado algunas analogías entre los sistemas funerarios del Bajo Alentejo y los aún mal conocidos del Guadiana Medio, como síntoma de que ambas zonas compartieron una serie de rasgos arqueológicos que permiten bosquejar una cierta homogeneidad cultural entre estos territorios suroccidentales a fines de la I Edad del Hierro (Jiménez Ávila 2001a(Jiménez Ávila, 2001b(Jiménez Ávila, 2003)). A pesar de que todos estos recientes descubrimientos y valoraciones permiten ir entendiendo el fenómeno de los Complejos Monumentales dentro de un contexto geográfico e histórico mejor definido, los datos arqueológicos que alimentan nuestro conocimiento siguen procediendo, fundamentalmente, de las ruinas de Cancho Roano. Durante los últimos años las excavaciones del "Palacio-Santuario" se han centrado en la exhumación de las fases más antiguas. Hasta ahora se han establecido 4 horizontes ocupacionales correspondientes a tres edificios (llamados A, B y C del más reciente al más antiguo) que presentan bastantes afinidades en cuanto a sus sistemas constructivos: todos son de trazado cuadrangular, están realizados con paredes de adobe y se dotan de pavimentos de arcilla roja de tonalidades muy vivas (Celestino 1994(Celestino, 1997(Celestino, 2001)). Con anterioridad a la primera de estas edificaciones existía en el solar de Cancho Roano una estructura maciza de piedras de planta oval (Fase D) que constituye la evidencia ocupacional más antigua detectada hasta la fecha (Celestino 2001). La superposición de estructuras hace que, a medida que se va profundizando en la estratigrafía, los datos empiecen a menudear (Celestino 2001). No obstante, es todo un lujo poder contar con una seriación arquitectónica como la descubierta y estudiada en Cancho Roano y con el nivel de análisis que permite la conservación de las estructuras constructivas. Dadas las características idiosincrásicas de los sucesivos edificios construidos, esto es especialmente importante para analizar y comprender los principios de funcionalidad y, sobre todo, los teóricos y simbólicos, que rigieron la organización del espacio edificado y que debe corresponder a planteamientos ideológicos y organizativos más amplios. Lo que se pretende con este trabajo es una aproximación de carácter diacrónico a estos conceptos basada en el estudio secuencial de la organización del espacio en cada fase histórica. Se prestará especial atención a tres aspectos básicos y a las transformaciones que experimentaron a lo largo de la secuencia ocupacional registrada en las excavaciones: la frontalidad, la axialidad de los accesos principales y su relación entre sí, y la accesibilidad al edificio y a sus espacios más importantes, entendida ésta, lógicamente, en la esfera de lo conceptual y de lo perceptivo, y no en la de la praxis. Los fundamentos metodológicos aplicados se aproximan a los que inspiran los análisis de espacios internos en la Arqueología de la Arquitectura, en sus vertientes más semánticas (Kent ed. 1990; Steadman 1996), si bien la naturaleza marcadamente ideológica del espacio estudiado plantea problemas y soluciones específicas, al disociarse de los ámbitos propiamente domésticos sobre los que este tipo de análisis suele proyectarse, y al presentar una secuencia diacrónica bien conocida. Los recientes trabajos que sobre la fase A-3 de Cancho Roano se han realizado bajo perspectivas metodológicas semejantes serán también objeto de atención, a pesar de que sus pretensiones son estrictamente sincrónicas (Celestino et al. 2003). LA SECUENCIA CULTURAL DE CANCHO ROANO: UN ENSAYO DE LECTURA ARQUITECTÓNICA Las fases Cancho Roano D y C El horizonte ocupacional más antiguo de los hasta ahora reconocidos en Cancho Roano está representado por la denominada fase D. Las construcciones de esta etapa se reducen a una estructura de piedras de forma oval, de unos 3 m de diámetro mayor, que se ubica bajo el ángulo NO de lo que posteriormente sería el edificio principal (Celestino 2001: figs. 4 y 5). La función y significado de esta estructura es difícil de desentrañar, si bien su constitución a modo de plataforma maciza no favorece su reconocimiento como unidad de habitación, a pesar de que inicialmente se la ha identificado con una posible cabaña (Celestino 2001: 22). En cualquier caso, las posibilidades de proyectar sobre estos restos antiguos técnicas de análisis funcionales de carácter espacial son restringidas, por no decir inexistentes. Algo similar cabe decir de la denominada Fase C, que constituye el primer programa arquitectónico de cierta envergadura. En la línea de la inversión de volumen de datos y antigüedad de los mismos anteriormente referida, es la etapa peor conocida de toda la secuencia habitacional. Uno de los principales problemas que plantea esta fase es el de su indefinición cronológica. Los materiales adscribibles a este período, al tiempo que escasos, son poco significativos. Los rasgos más destacables son el incremento porcentual de las cerámicas a mano (que suman en torno al 40%) y la gran similitud con las formas de las fases más recientes, que obligan a pensar en una relativa proximidad temporal entre una y otras (Celestino ed. 1996: 251-252). Los restos más sobresalientes de este horizonte están representados por una estructura moldeada en el suelo de una gran habitación provista de un pavimento de arcilla y delimitada por paredes de ladrillos de adobe (Lám. Se conforma esta estructura mediante un ligero resalte de sección abocelada elaborado sobre el pavimento y con su mismo material arcilloso, que adquiere la forma de un círculo adosado a un triángulo de amplia base, en cuyo interior se instala un vaso cerámico elaborado a mano (Celestino 1997: 372-373; lám. IV). Un hecho destacable de esta moldura es su infraposición directa a una estructura de adobes que, de forma análoga a ésta, preside una habitación similar en la fase posterior (B). También se ha señalado la ausencia de paralelos peninsulares para esta forma y su similitud con el signo egipcio chen, que a su valor como símbolo de eternidad añade una carga profiláctica aplicable, sobre todo, a personajes de condición real. Este valor semántico alcanza su máxima expresión cuando el anillo chen se desarrolla y transforma en el famoso cartucho que envuelve (protege) el nombre del faraón (Lurker 1974; Wilkinson 1992). Este signo anular fue ampliamente representado en el arte egipcio, de donde lo tomarían los fenicios, quienes lo trasladaron a Occidente en la época de la colonización. Da fe de ello su aparición en un conocido brazalete áureo hallado en Tharros (Cer-deña) fechable en el siglo VI a. C., donde lo hallamos sostenido por las garras de un Horus-jeper tetráptero, en disposición cercana a modelos nilóticos (Parrot et al. 1976: 234). Es importante hacer todas estas constataciones porque en la iconografía fenicia los seres alados desarrollan también una función protectora de la realeza, lo que nos lleva a admitir la posibilidad de que, dentro de este mismo contexto iconológico fenicio, el signo chen mantuviera su valor semántico originario en tanto que elemento preservativo de la figura regia. Si ello es así, lo más posible es que la adopción de ese emblema para conformar el altar de la fase C de Cancho Roano revista esta significación de protección del poder real y, consecuentemente, que debamos considerar la existencia de una intencionalidad de marcar la condición regia y aristocrática -en todo caso dotada de un fuerte componente ideológico-de este espacio sacro desde sus primeras fases constructivas. La fase Cancho Roano B Sobre los restos constructivos de la Fase C se disponen los de un nuevo edificio que da cuerpo a la denominada Fase B. Para este momento se cuenta con un acervo de datos algo más voluminoso. Los materiales arqueológicos, como era de esperar, se asemejan aún más a los de la última fase, con aparición de elementos típicos, como las asas de cesta o los motivos pintados (Celestino ed. 1996: 252 y 270-274). Recientemente se han reconocido restos de copas cástulo de primera generación procedentes de los sedimentos de esta etapa, lo que obliga a situar la amortización del edificio B con posterioridad al 475 y, muy probablemente, al 450 a.C. (Jiménez Ávila y Ortega 2004: 125-128). Para la fase B de Cancho Roano conocemos, además, los primeros datos sobre la organización espacial de las construcciones, gracias a la loable celeridad con que se van difundiendo los resultados de las más recientes excavaciones efectuadas en el yacimiento (Celestino 2001). Esto nos permite hacer ya para esta fase unas primeras observaciones acerca de la organización del espacio construido de cara a su estudio secuencial. A partir de lo hasta ahora publicado, y a pesar del carácter preliminar de los datos y de que gran parte de las estructuras se han visto afectadas por las edificaciones posteriores, se deduce la existencia de un edificio de planta simétrica, constituido por una nave de tendencia rectangular de la que sobresalen dos cuerpos destacados hacia el Este, originando una familiar disposición en "U" (Celestino 2001: Fig. 16). En este esquema aparecen ya dos ámbitos que perdurarán a lo largo de toda la secuencia y cuya concepción e interrelación interesa especialmente de cara a nuestro estudio. El primero es el patio delantero, que queda definido por la planta en "U" del edificio, y que actuaría como zona de acogida, ante la fachada oriental. El segundo es la habitación que denominaré 'estancia principal', que aparece dispuesta en eje con el patio, y en situación central respecto al resto de las compartimentaciones interiores (Fig. 1). Como en Cancho Roano A esta habitación, que sobresale por su mayor tamaño, está provista de elementos que le confieren un carácter especial. En este sentido, destaca una ya célebre estructura de adobes, situada en la parte central de la sala, que adopta en su forma la peculiar silueta de una piel de toro extendida. Esta estructura se superpone directamente a la moldura anular de la Fase C y se lee, como aquélla, en tér-minos cultuales, identificándose con un segundo altar (Celestino 1994). Redundando en la importancia de la situación topográfica, este altar de la fase B subyace directamente al pilar que preside la habitación H-7 del último horizonte ocupacional. En este caso, la construcción de dicho pilar provocó la destrucción parcial del altar preexistente (Celestino 1994: fotos 3 y 4). Parece, por tanto, que existe una clara intencionalidad en diferenciar este espacio a lo largo de toda la secuencia constructiva. Pero la situación topográfica no es el único elemento simbólico que provee de especial significación a esta estructura: su configuración en forma de rectángulo de lados cóncavos, que le otorga el aspecto de una piel de toro extendida (o de un típico lingote chipriota) es igualmente significativa. Ya ha sido reconocido el valor semántico de esta forma en el Mediterráneo Oriental desde el Bronce Reciente, donde adquiere una significación religiosa (Lagarce y Lagarce 1997), así como la abundancia de representaciones que adquieren esta peculiar silueta en diversos contextos del Hierro peninsular (Prieto 2002). A elementos ya clásicos, del tipo de las joyas de El Carambolo, han venido a agregarse evidencias más recientes, como el altar hallado en el Cerro de San Juan de Coria del Río (Escacena e Izquierdo 2001) o las estructuras del propio Cerro del Carambolo (Fernández y Rodríguez e.p.), en contextos interpretados como espacios sacros adscribibles al Período Orientalizante. Sin embargo, no hemos de olvidar la vinculación de esta forma con personajes socialmente destacados desde las primeras manifestaciones habidas en suelo peninsular, como pone de manifiesto un inusual objeto cerámico incluido en la tumba de la Casa del Carpio (Belvís de la Jara, Toledo), que se encuentra entre los referentes más antiguos de enterramientos diferenciados del I milenio a.C. en la península (Pereira 2002: Fig. 6, 3). Este mismo contexto funerario, asociado a tumbas destacadas, es el que conviene a la mayor parte de hallazgos peninsulares de representaciones en forma de piel de toro extendida, que se sitúan geográfica y cronológicamente dentro de los límites de la Cultura Ibérica. Es el caso del pavimento de guijarros del mausoleo turriforme de Pozo Moro, que adquiere especial importancia en este discurso, pues, este monumento, a través de su iconografía, refleja las transformaciones ideológicas y sociales que se están produciendo en el seno de la sociedad ibérica de finales del siglo VI, que podríamos resumir sintéticamente en el paso de la legitimidad sa-cra a la legitimidad heroica (Almagro-Gorbea 1996). A partir del conjunto de Pozo Moro podemos comprender cómo estos símbolos, de contenido originariamente religioso, han pasado a asociarse a los aristócratas ibéricos del siglo IV, lo que explica su aparición en algunas tumbas de las necrópolis de Baza, Los Villares de Hoya Gonzalo o Baños de Fortuna, correspondientes a personajes desprovistos ya de las prerrogativas propias de la monarquía sagrada (Prieto 2002). Pero la extensión de esta forma no se limita al área ibérica, donde también aparece en poblados como El Oral (Abad y Sala 1993). En menor medida, se constata su presencia en el área púnica (Siret 1906: lám. XX, 7), en el valle del Tajo (Ortega y Valle 2004) y, desde luego, en el Suroeste, donde se sitúa el ejemplar que aquí nos ocupa. En este contexto geográfico, tal vez el conjunto que mejor contribuye a explicar la presencia de este símbolo en Cancho Roano es el hallazgo acaecido en el yacimiento de Neves I (Castro Verde, Portugal), con el que le unen otras concomitancias significativas, tales como su coetaneidad o el modelo de hábitat aislado que representa (Jiménez Ávila 2001a). Bajo el nivel de suelo del edificio de Neves I se hallaron superpuestos, pero separados por un pavimento, dos objetos cerámicos con la característica forma de piel de toro asociados a (o conteniendo) cenizas y esquirlas óseas. Estos vestigios se han interpretado como la evidencia de sendas cremaciones de personajes diferenciados, subyacentes a las estructuras de habitación (Maia 1987), algo que podemos relacionar con los procesos de legitimación basados en el culto a los ancestros que se constatan en el cuadrante suroccidental durante toda la I Edad del Hierro (Jiménez Ávila 2002-03). Pero, al margen del interés de estas apreciaciones de carácter simbólico, de cara a nuestros propósitos de análisis espacial, interesa destacar, sobre todo, la concepción axial y frontal del ingreso al edificio de la Fase B, que se sitúa en la fachada este, y que se hace desde el patio, así como la interconexión directa que se establece entre éste y la estancia principal. De este modo, en el muro que define la fachada exterior se reconoce la existencia de un vano ajimezado que conectaría con el patio (Fig. 1). Este acceso debía ser el único practicado en el frontis del edificio, debiéndose la interrupción que se aprecia en el mismo muro, un poco más al norte, a procesos destructivos posteriores. Este único vano ocuparía además una situación central en la fachada, coincidente con la posición de la estancia principal. La situación central queda hoy camuflada en la planta reconstruida a partir de las estructuras excavadas, debido a la conservación diferencial de las mismas, que es producto, a su vez, de la interposición de las construcciones monumentales de Cancho Roano A. De este modo, se aprecia una cierta simetría en la situación de este acceso respecto de los espacios cuadrados definidos por gruesos machones que se sitúan a ambos lados del pasillo longitudinal y que generan los cuerpos proyectados, que parecen estar internamente compartimentados, generando la sensación de un cierto descuadre. En cualquier caso, lo que sí resulta confirmado es la existencia de un segundo vano afrontado a la entrada ajimezada. Este segundo vano traspasa la pared occidental del pasillo y comunica directamente con la estancia principal que, atendiendo a la concepción de la planta, sería "visible" y fácilmente "accesible" desde el exterior. El propio altar se encuentra en el mismo eje longitudinal del edificio participando de estas mismas condiciones de visibilidad y accesibilidad del resto de la estancia. Este segundo vano, que nos permite establecer en el edificio de la fase B este elevado índice de axialidad y de accesibilidad (entendida ésta, recordémoslo, en términos de concepción abstracta transferida a la planta) se ha conservado de manera providencial, pues la mayor parte del muro ha sido destruido por las gruesas cimentaciones de la fase A que son bien visibles, precisamente, en la zona de la puerta, como se aprecia aún in situ y en algunas fotografías publicadas (Celestino 1997: lám. IV, 1). En definitiva, la disposición de los accesos principales del edificio Cancho Roano B puede caracterizarse por su frontalidad, su disposición axial y por la facultad de acceder fácilmente a la estancia principal, a la que se llega directamente desde el patio exterior, circunstancia que se ve posibilitada por la situación afrontada de los vanos. La fase Cancho Roano A-2 Bajo este epígrafe se agrupan las transformaciones arquitectónicas correspondientes a las fases denominadas A-1 y A-2 del yacimiento de Cancho Roano (Celestino ed. 1996) que, a efectos de organización de los accesos y de situación de espacios, no manifiestan diferencias significativas de cara a nuestros propósitos. Ambas representan los primeros momentos de la fase A o fase final del complejo arquitectónico. Una fase que, en conjunto, se caracteriza por la monumentalización de las edificaciones y por una frenética actividad constructiva desarrollada en un espacio de tiempo no superior a 30 ó 40 años. La monumentalización del edificio central, que se dota de una potente terraza de piedras, aparejó la elevación del nivel de suelo en torno a un metro sobre el de la fase anterior, lo que ha posibilitado la conservación de las estructuras de Cancho Roano B en un magnífico estado. La planta del edificio central en la fase A mantiene algunas de las características organizativas esenciales de la edificación de la fase B. Nos interesa destacar especialmente su simetría, la presencia de una zona de acogida definida por un patio abierto al Este y la existencia de una estancia principal, situada en eje con el patio, que ocupa la zona central del edificio (Maluquer et al. 1987: fig. 14). No es fácil correlacionar entre sí las múltiples subfases constructivas que se aprecian en las distintas zonas del complejo monumental a lo largo de toda esta gran fase final. Sin embargo, a esta primera etapa A-1 se adscribe una larga nave rectangular articulada en pequeñas habitaciones que flanquea el edificio principal por su lado Sur (Celestino ed. 1996: 236). Esta nave puede considerarse el antecedente de las habitaciones perimetrales que posteriormente rodearán todo el edificio, aunque en este momento solo se documenta su existencia en el sector meridional. La extrema proximidad de estas habitaciones de la fase A-1 con la terraza del edificio principal induce a pensar que el acceso a las mismas se realizara desde el lado sur y que, consecuentemente, el foso aún no existiera. Habría sido, por tanto, la excavación del foso (que anularía la posibilidad de acceder por la parte externa), lo que obligó a separar las naves perimetrales del edificio principal, generando entre ambos espacios un pasillo suficientemente transitable en el que se colocarían los nuevos accesos. Esta operación, además, habría coincidido con la ampliación de la serie de habitaciones a tres naves adyacentes situadas primero en los lados secundarios (S, O y N) y, finalmente, cerrando también el frente oriental, que corresponde a fachada principal del complejo. La posibilidad de que hubiera sido la construcción de la terraza lo que habría obligado a desplazar las estancias perimetrales como consecuencia del estrechamiento del pasillo me parece menos creíble. La organización de los accesos en esta fase supone algunas modificaciones respecto de lo que hemos observado en el edificio B, si bien algunas otras características se mantienen en vigor y otras se matizan sustancialmente. La frontalidad y la axialidad continúan siendo los rasgos que más obviamente perduran en esta etapa, pues el acceso sigue realizándose a través de un vano situado en el centro del muro occidental del patio, que daría entrada al corredor H-2 (Fig. 2). Este vano, posteriormente cegado, fue descubierto en los años 90 durante los trabajos de limpieza y planimetría del edificio principal, al constatarse en el paramento una ruptura en los ladrillos de adobe, que dejaban de estar colocados a matajunta, para definir una línea vertical continua correspondiente a una jamba (Celestino ed. 1996: 300). Este acceso habría requerido de la existencia de una escalera previa a la banqueta que actualmente ocupa el fondo oeste del pasillo y que, como el resto de las banquetas del patio, no se construyó conjuntamente con la terraza. La percepción de este acceso principal, por tanto, queda mediatizada por su situación elevada respecto del suelo del patio, como consecuencia del proceso de monumentalización ya comentado. Esta elevación, que naturalmente no se traduce a la planta, establece matices en la visibilidad potencial del interior del edificio desde el patio y en la concepción de la edificación principal como un espacio diferenciado y jerarquizado respecto de lo que conocemos para la fase B, donde el acceso se sitúa prácticamente al nivel del suelo exterior. Pero la transformación arquitectónica más significativa de esta fase se refiere al acceso a la habi-tación principal H-7, que se superpone a la estancia principal de CR-B, heredando algunas de sus características diferenciales más destacadas, como su mayor tamaño (es la estancia más grande de la fase CR-A); su situación axial y la presencia de una construcción central de adobes en forma de pilar de planta cuadrada, cuya ubicación coincide con la del altar en forma de piel de toro del edificio inmediatamente subyacente, como ya he señalado. Ninguna de las cuatro paredes que cierran la estancia H-7 presenta interrupciones o huellas de haber tenido puertas ni otro tipo de vanos. Esto es algo que se aprecia especialmente bien en el muro occidental del pasillo H-2, que es uno de los paramentos mejor conservados de todo el edificio, y donde, consecuentemente, con mayor grado de certeza se puede verificar la existencia o inexistencia de posibles entradas. Esta circunstancia fue ya advertida por Maluquer desde las primeras campañas de excavación en el yacimiento, y fue uno de los argumentos que le llevaron a proponer que el acceso a la habitación principal H-7 se realizaría desde la planta superior, lo que reforzaría el carácter especial de este ámbito, para el que adoptó el concepto de adyton con el que aparece en las primeras memorias (Maluquer 1983: 13-15). La bien constatada ausencia de puertas entre H-2 y H-7 es, por consiguiente, el rasgo de mayor novedad en la disposición de los accesos de la fase A respecto de la fase anterior. La habitación principal deja de tener comunicación con el corredor y pierde enormes cotas de accesibilidad y visibilidad. El acceso a este espacio diferenciado no solo se distancia del patio y de la entrada principal, a la que tan vinculado estaba en la etapa precedente (por su situación a poco más de dos metros de distancia y por su disposición axial, afrontada a la misma) sino que se traslada a una planta distinta, de acceso presumiblemente restringido. Estas operaciones, que suponen una modificación significativa en los planteamientos formales de accesibilidad a distintas zonas del edificio, pueden interpretarse en términos de privatización simbólica del espacio principal definido por la habitación H-7, y constituyen las primeras evidencias arqueológicamente constatables de un proceso gradual que culminará en la fase final (A-3) y que afectará a todo el complejo. Resulta difícil determinar si a estas transformaciones en los esquemas de acceso y circulación de la fase A-2 se añaden otros elementos interpretables en la misma línea de evolución ideológica que, por el contrario, en las etapas posteriores se perciben de forma mucho más diáfana. En este sentido, se han suscitado algunas dudas acerca del papel cultual de la construcción prismática que se instala en la parte central de la estancia H-7 correspondiente a esta última fase, habiéndose propuesto en algunas ocasiones la posibilidad de que desarrollara una función meramente tectónica (Maluquer 1983: 22; Celestino 1994: 296). Este "pilar", de planta cuadrada, se eleva directamente sobre los restos del altar en forma de piel de toro de la fase B, buscando de manera consciente el contacto físico con él, por debajo de los niveles de suelo, al punto que la construcción del pilar destruyó parcialmente la estructura subyacente. El hecho de que esta superposición reproduzca la misma situación que se da entre los altares de los edificios C y B, así como las notables diferencias que se aprecian entre la habitación 7 y el resto de las estancias del edificio (situación axial, mayor tamaño, acceso superior, concepción constructiva a modo de cripta...) sugiere una continuidad en la función cultual de este elemento, que otorgaría a H-7 el mismo rango de espacio diferenciado que poseían las estancias homólogas de los edificios anteriores. Esta diferencia se explicaría entonces por la permanencia del carácter sagrado de este ámbito central. No obstante, hay que constatar que se produce una simplificación de la forma constructiva de este nuevo soporte cultual, que se ve reducido a un simple cubo, así como reiterar que el espacio de culto queda ostensiblemente aislado del sistema de circulación principal del edificio y, especialmente, del exterior. La Fase Cancho Roano A-3 La fase A-3 es la mejor conocida de la secuencia constructiva del complejo monumental de Cancho Roano, hecho derivado de su condición de momento final. Es la fase cuya planta definitiva ha podido irse completando a través de los sucesivos trabajos realizados desde entonces, que se han ido extendiendo a partir el edificio central hasta el extremo del foso que rodea todo el conjunto (Fig. 3). Sobre la ordenación arquitectónica de esta fase se han realizado algunos trabajos recientes incluidos en el último volumen de estudios sobre el yacimiento (Celestino et al. 2003). Aunque estos análisis son de carácter sincrónico merecen ser comentados, ya que afectan a conceptos que aquí interesan especialmente, como la accesibilidad o la privacidad de los espacios. El índice de publicidad que se obtiene, por ejemplo, del análisis de visibilidad interna realizado en el edificio principal resulta, a mi juicio, desmesuradamente elevado. Esto es algo que debe achacarse a las peculiaridades con las que se han aplicado las rutinas metodológicas del sistema, ya que al trazarse visuales desde todos y cada uno de los umbrales de acceso, la práctica totalidad del espacio resulta absolutamente visible. De este análisis surgen, además, otros resultados calificables de anómalos, como el hecho de que el corredor H-2, uno de los espacios más transitados de todo el edificio, sea el que presente mayores cotas de privacidad (Celestino et al. 2003: 334). Un análisis de visibilidad más acorde a los procedimientos metodológicos del sistema original desarrollado por Sanders (1990), plantea una distribución bastante más moderada de los índices de publicidad, que permite establecer hasta 5 niveles distintos, resultando que el nivel de máxima privacidad se acerca al 40% del total de la superficie analizable (Fig. 4). Aún más rotundo es el resultado que se obtiene al aplicar este mismo procedimiento a las estancias perimetrales, si bien aquí es necesario reivindicar previamente la lectura arqueográfica que se propuso en las memorias de excavación, según la cual, el acceso se realizaría individualmente a cada una de ellas desde el pasillo perimetral (Celestino y Jiménez 1993; Celestino ed. 1996), y no la reinterpreta- ción que se hace en el mencionado trabajo, que propone el tránsito continuo entre unas y otras (Celestino et al. 2003: 330). Los criterios arqueológicos para pensar en accesos independientes de espacios incomunicados fueron expuestos en las memorias de excavación a partir de las observaciones realizadas in situ, por lo que no es necesario reiterarlos con detalle. Baste añadir, como uno más de los muchos argumento posibles, la disposición del depósito mueble de N-6, que imposibilita el tránsito a la vecina N-5 (Celestino y Jiménez 2003: fig. 11, lám. VIII). En cualquier caso, resulta problemático realizar análisis de visibilidad en estas naves a las que se accede directamente desde el exterior, pues es difícil definir el umbral del espacio distribuidor desde el que trazar las visuales, debido a su peculiar organización arquitectónica. Pero, obremos como obremos (incluso estableciendo varios de estos umbrales, como se propone en la figura 4), el índice de visibilidad de estas estancias es prácticamente nulo (inferior al 1%). Finalmente, si sumamos los resultados de los dos edificios (central + naves perimetrales) el índice de máxima privacidad alcanza el 70%, magnitud que podemos considerar bastante elevada (Fig. 4.2). Similares conclusiones se obtienen del análisis gamma (Hillier y Hanson 1984) que, entiendo, debe realizarse de forma disociada entre el edificio cen-tral y la nave perimetral, siguiendo el criterio de ser espacios cubiertos y discontinuos, dotados de accesos independientes. Podemos manifestar un cierto acuerdo en que el análisis global del espacio de Cancho Roano no se atiene a los esquemas arquetípicos de las áreas residenciales (basta observar el regular pero anómalo árbol obtenido del análisis gamma de las habitaciones perimetrales), algo que debemos atribuir a la condición idiosincrásica e ideológica del espacio que estamos tratando (Fig. 5.3). Sin embargo, no es menos cierto que el esquema que corresponde al interior del edificio central (Fig. 5.2) no se aleja mucho del que conocemos para espacios residenciales que han sido objeto de estudios parecidos situados en el ámbito ibérico, como la casa 2 del oppidum giennense de Puente Tablas (Sánchez 1998), que se interpreta como la vivienda de una familia de rango aristocrático (Ruiz y Molinos 1997). Tampoco creo que sea asumible (al menos indiscutiblemente asumible) que el estudio de privacidad que se obtiene del análisis gamma sea divergente del que se deriva de la distribución de materiales arqueológicos. De hecho, las estancias que mayor grado de alejamiento presentan (H-5 y H-6) son pródigas en hallazgos relacionables con el ámbito de lo privado (como los juegos de azar), y en el estudio de distribución de materiales, los elementos relacionados con la esfera del 'ocio' son mayoritarios -o, incluso, exclusivos-en estas estancias (Celestino et al. 2003: 316-317). A este resultado tampoco se oponen los primeros análisis de funcionalidad realizados por M. Almagro-Gorbea y sus colaboradores a principios de los años 90, que vinculaban este área del edificio como la zona residencial de un ámbito de naturaleza palacial (Almagro-Gorbea et al. 1990). En cualquier caso, la propia organización del espacio en Cancho Roano y su estudio secuencial obligan a matizar algunos de los conceptos relacionables con la visibilidad o la privacidad deducibles a partir únicamente del análisis de las plantas. La interposición de un batiente o una cortina pueden establecer niveles en el grado de privacidad real que no siempre son detectables en las planimetrías. En este sentido, se puede señalar el hallazgo de un grupo de canutillos de plomo atribuidos por Maluquer al dobladillo inferior de una cortina en la estancia H-5, lo que, de confirmarse, podría contribuir a acrecentar el aislamiento visual de determinados ámbitos (Maluquer 1983: 85). Del mismo modo, espacios que presentan índi- ces equivalentes de visibilidad o profundidad en el análisis de la planta pueden haber desarrollado un grado de publicidad diferente en distintos momentos de la vida de un edificio. En el caso que nos ocupa, por ejemplo, las habitaciones H-3 y H-8 presentan el mismo nivel de profundidad en el análisis gamma (Fig. 5.2) y aquélla un mayor índice de visibilidad que ésta (Fig. 4.1), lo que puede resultar sorprendente si se tiene en cuenta que la estancia H-3 antecede a los espacios privados H-4 a H-6. Sin embargo, esta situación podría explicarse como consecuencia de las transformaciones realizadas en el sistema de acceso y circulación del edificio que aquí estamos estudiando, y que en la fase A-3 se centran en la lateralización de la entrada principal, como posteriormente precisaré. Esta modificación supone un cambio sustancial en el sistema de circulación interna del edificio principal, unificando en un recorrido único a través de todo el corredor H-2, lo que en la fase anterior habría sido un recorrido bifurcado en dos direcciones (Fig. 6). Este planteamiento inicial, de carácter dual, podría entenderse en términos de privacidad/ publicidad (siempre que aceptemos que la distribución interior del edificio en la fase A-2 coincidiría en líneas generales con la de la fase A-3). En esta tesitura, el recorrido norte definiría el área privada: las habitaciones H-3 a H-6 y H-1, que permite el acceso a la planta superior, que también sería restringido. Por el contrario, el tramo meridional sería más público en la medida en que por él transitarían personas ajenas a la intimidad del edificio: servidores que abastecerían las despensas situadas en la zona SW o quienes pudieran acceder al espacio diferenciado H-11, que posiblemente actuaría como sala de recepción. Tal vez no por casualidad en este recorrido "público" se intercala la habitación H-8, que por la abundancia de hallazgos de bronce de distinta naturaleza (arreos ecuestres, vajilla ritual...) podría identificarse con un tesoro de carácter exhibitorio. La reconducción del acceso al edificio a través de H-1 altera esta separación, lo que ya de por sí puede entenderse en términos de privatización del espacio, al reagruparse las dos zonas antes diferenciadas en un único recorrido continuo. Tal vez, el hecho de que la habitación H-3 se hallara prácticamente vacía pueda explicarse como consecuencia de la necesidad de recuperar las cotas de privacidad perdidas con estas modificaciones en el recorrido, actuando así como barrera visual o antesala de los espacios más privados. Pero con ser importantes los cambios sufridos en la circulación interna del edificio principal, de cara a nuestros propósitos de análisis secuencial interesa destacar, sobre todo, las modificaciones que experimenta el sistema de accesos al mismo que, como ya he adelantado, se concretan en la oclusión de la puerta central del fondo del patio y en la apertura de una entrada sustitutoria en el cuerpo saliente situado al norte -el que alberga H-1-(Fig. 7). Esta lateralización del acceso principal rompe definitivamente con el principio de axialidad que había caracterizado la situación de la entrada desde el inicio de la secuencia arquitectónica, y matiza sustancialmente la frontalidad del edificio. No obstante, el conjunto arquitectónico, globalmente contemplado, mantiene aún un cierto grado de frontalidad, al permanecer en su situación axial el patio, que persiste en su función de espacio de acogida, dentro del recorrido general de acceso al complejo (Fig. 3.5). La disposición lateral de la única entrada que presenta el edificio central en esta fase resulta tan anómala, dentro de la concepción simétrica y axial de su organización arquitectónica, que cuando esta puerta fue descubierta en las primeras excavaciones, antes de exhumar la parte meridional del montículo, Maluquer propuso una reconstrucción de la planta que contemplaba una puerta contrapuesta en el ala sur, recuperando así la simetría del conjunto (Fig. 3.1). La interpretación de esta puerta lateral como el resultado de un proceso gradual de transformaciones arquitectónicas contribuye a comprender mejor esta "anomalía". Conjuntamente con las transformaciones que se producen en el trazado de los accesos se asiste en este momento a otras actuaciones constructivas que contribuyen a modificar el aspecto externo del complejo monumental de Cancho Roano, y que pueden entenderse en términos de aislamiento simbólico del entorno. En este sentido, destaca la construcción del foso y de la serie oriental de las estancias perimetrales, que ocultan la fachada del edificio principal. No obstante, y aunque todos los procesos son de carácter lineal, no es fácil determinar la relación secuencial de cada una de las actividades con las demás. La excavación del foso debió anteceder al cierre de las estancias por el Este, pero no es posible correlacionar estas dos obras con la lateralización del acceso al edificio nuclear, que pudo tener lugar antes, durante o después de las mismas. De cualquier manera, estas actuaciones externas contribuirán a generar la percepción de espacio fortificado o protegido que parece adquirir el complejo en sus momentos finales (Celestino ed. 1996: 345), algo que ha llegado a suscitar el uso, a mi juicio inadecuado, de términos propios de la poliorcética (murallas, torres...) para la identificación arqueográfica de algunas de sus unidades (Celestino 2001: 45). Otros elementos que pueden relacionarse con este mismo proceso de repliegue y "fortificación" es la construcción de un pozo en el centro del patio H-12, actividad que se atribuye a este momento (Celestino ed. 1996). El pozo, que por su situación interfiere también la axialidad del antiguo acceso al edificio, permitiría la aguada del yacimiento sin necesidad de salir del entorno constructivo, a pesar de la proximidad del arroyo Cagancha, lo que es más propio de los espacios fortificados que de los abiertos. Por último, es importante señalar la posibilidad de que, en este momento anterior a la destrucción definitiva, la habitación principal H-7 estuviera completamente amortizada, como se ha indicado en algunas ocasiones (Celestino 1997: 368). De confirmarse este dato, deberemos pensar que el espacio cultual, que se ha mantenido en el mismo lugar a lo largo de toda la secuencia arquitectónica, estaría ya fuera de uso, aunque no se reutilizara para funciones prosaicas, manteniendo así aún un cierto rango de ámbito inviolable o, al menos, especial. A lo largo de la secuencia arquitectónica del yacimiento de Cancho Roano se producen una serie de transformaciones significativas en su organización espacial que afectan a la disposición de los accesos, a la permeabilidad de la estancia principal (definida por la presencia de estructuras cultuales) y a su relación con el patio o área de acogida. La fase B, la primera que es susceptible de ser analizada con este tipo de criterios, puede definirse por el trinomio [Frontalidad + Axialidad + Direccionalidad], ya que la entrada exterior se sitúa en la fachada principal del edificio, en su eje central, y queda afrontada directamente a la puerta de la estancia principal, lo que otorga un elevado índice de accesibilidad y visibilidad a este ámbito diferenciado. La situación del patio, prácticamente al mismo nivel topográfico que el piso del edificio, favorece Fig. 7. Cancho Roano A-3: situación de la entrada desvinculada del eje de simetría del edificio, que queda alterado por la presencia del pozo. la percepción del conjunto como un espacio próximo, fácilmente accesible. La Fase A-2 viene definida por los rasgos [Frontalidad + Axialidad], desapareciendo la accesibilidad a la estancia principal, que queda drásticamente distanciada de la entrada exterior, ya que el único acceso posible a la misma se situaría en la planta alta, tras un largo recorrido interno. El acceso principal al edificio sigue siendo frontal y axial, si bien el proceso de monumentalización que experimenta el complejo en esta fase, que sobreeleva en más de 1 m el piso del edificio principal, modifica sustancialmente elementos como la visibilidad y la proximidad (en términos de percepción) respecto al patio. Finalmente en la fase A-3 el acceso principal se lateraliza, desapareciendo como consecuencia de ello la disposición frontal y axial que había presidido las fases anteriores, aunque la idea de frontalidad se mantenga en cierto modo, si consideramos el sistema de acceso a todo el complejo en su conjunto, y no solo el del edificio principal. El proceso, que se representa esquemáticamente en la figura 8, es de tipo gradual y lineal, pues parece encaminado a la pérdida progresiva de los elementos arquitectónicos relacionables con la accesibilidad y la publicidad de los espacios y, por consiguiente, puede ser leído en términos de privatización simbólica de los mismos. Así invita a pensar también la serie de transformaciones arquitectónicas que paralelamente modifican el aspecto externo del conjunto, y que contribuyen a percibirlo como algo cada vez más hermético y aislado de su entorno: la construcción de las estancias orientales, la excavación del foso, etc. Finalmente, y en estrecha relación con todos estos procesos, se detectan indicios que sugieren la pérdida de importancia de los referentes simbólicos que de modo tan fundamental habían determinado la situación (y la propia existencia) de las primeras construcciones: las estructuras cultuales se simplifican; los espacios rituales se apartan de los recorridos principales y, en última instancia, hasta es posible que unas y otros llegaran a anularse por completo. Hay que entender que el proceso de privatización que documentan todas estas transformaciones fue de carácter simbólico o conceptual y no real. El espacio debió ser privatizado desde sus orígenes, mediante la apropiación y la sacralización de referentes simbólicos de carácter ancestral, como la estructura de Cancho Roano D -tal vez también la estela decorada-por parte de individuos o familias emergentes. Pero para justificar esta apropiación inicial fue necesario revestir con rasgos de publicidad los edificios representativos de estas incipientes estirpes, concibiéndolos con un cierto grado de proximidad y accesibilidad, de modo que desde ellos fuera más fácil transmitir los principios ideológicos sustentadores del sistema. La progresiva consolidación del modelo político, que queda de manifiesto a través de la creciente monumentalización del complejo, permitiría ir reduciendo paulatinamente la apariencia de publicidad y accesibilidad de las edificaciones, así como la importancia de los referentes simbólicos del culto ancestral, procesos que hemos podido documentar, sobre todo, a partir de las modificaciones realizadas en el sistema de acceso. No obstante, también es posible que en estos procesos haya incidido la incorporación de elementos ideológicos de corte militar, como se desprende del progresivo aspecto de casa fuerte o fortaleza que fue adquiriendo el complejo en sus fases finales. Esto es algo que puede explicarse por la alteración de las circunstancias socioeconómicas reinantes o por una adecuación a planteamientos ideológicos más propios de la ya cercana Segunda Edad del Hierro, circunstancias que, por otro lado, no resultan en absoluto incompatibles. El seguimiento de todos estos procesos arqueológicos, a los que se debe atribuir una motivación esencialmente ideológica, puede contribuir a explicar los problemas que ha suscitado la interpretación funcional de Cancho Roano desde los inicios de su investigación. La reiterada aparición de estructuras de signo cultual, a medida que se iban desenterrando las fases más antiguas de la estratigrafía, ha sido complacientemente acogida por los partidarios del carácter primordialmente religioso del sitio como refuerzo de sus hipótesis explicativas. Sin embargo, en buena lógica, la lectura del proceso histórico debe realizarse en orden cronológicamente inverso al de los hallazgos. Y lo que parece derivarse de la secuencia arquitectónica aquí analizada es que los elementos cultuales fueron perdiendo importancia a lo largo del tiempo, y que su función primigenia fue la de legitimar el arraigo al espacio de una familia aristocrática, a través del mecanismo ideológico del culto ancestral, y no el de reproducir actividades religiosas de carácter público, como sería propio de un santuario, espacio que difícilmente podría haber protagonizado un proceso de privatización semejante al que aquí hemos estudiado. Por tanto, habría sido la necesidad de comunicar eficazmente los principios ideológicos del sistema lo que hizo que, en origen, se proveyera de una cierta apariencia de publicidad y accesibilidad a las arquitecturas representativas de un espacio de poder que, en realidad, nunca debió ser público ni accesible. Señalaba en la introducción cómo durante casi dos décadas los trabajos de investigación sobre Cancho Roano se centraron de manera exclusiva en la excavación y en el estudio pormenorizado del yacimiento, concebido desde la óptica de su propia excepcionalidad. Esta actitud, justificable por el desconocimiento del contexto histórico y arqueológico de la Extremadura de finales del siglo V, ha provocado la percepción de Cancho Roano como un fenómeno aislado. Trabajos más recientes han puesto de manifiesto la proliferación de yacimientos que presentan grandes afinidades con el comple-jo monumental de Zalamea y que se sitúan en su entorno geográfico y cultural más inmediato: el Valle Medio del Guadiana, dando cuerpo a la hipótesis de que este tipo de espacios ideológicos constituyen una de las fórmulas habituales de ocupación del territorio puestas en práctica por determinados sectores de las poblaciones de la Edad del Hierro de la zona (Jiménez Ávila 1997). Uno de los yacimientos que en mayor medida ha venido a corroborar esta hipótesis es el complejo arquitectónico de La Mata (Campanario, Badajoz) por ser el único que en los últimos años ha sido objeto de excavaciones extensivas (Rodríguez y Ortiz 1998; Rodríguez ed. 2004). El conjunto de La Mata está situado a 25 km de Cancho Roano (Fig. 9) y presenta enormes concomitancias con él, que se traducen tanto en la monumentalidad de los restos como en la distribución arquitectónica de las estructuras, o en el modelo de ocupación territorial que representa -el hábitat aislado-. Bien es cierto que también existen algunas diferencias significativas, destacando la ausencia de referentes simbólicos del tipo de los altares superpuestos situados en estancias diferenciadas. Estas ausencias, no obstante, podrían justificarse a través de los mismos procesos ideológicos que aquí se estudian, como a continuación expondré. La Mata, por lo tanto, no es solo el mejor exponente de que disponemos para ilustrar la generalización del fenómeno de los Complejos Monumentales en el Guadiana Medio, sino el único lugar en el que, hoy por hoy, podemos verificar si los procesos de privatización que he creído detectar en Cancho Roano tuvieron también un carácter más global. Por lo que a la disposición arquitectónica se refiere, el edificio principal de La Mata presenta una planta en "U" definida por dos cuerpos salientes -impropiamente denominados bastiones-que anteceden a un núcleo de planta rectangular, formado por un corredor longitudinal y varios espacios transversales de forma alargada en los que aparecen diversos tipos de estructuras y compartimentos internos (Fig. 10). El edificio se dota en tres de sus lados de un contrafuerte ataludado realizado en adobe y se rodea de un muro irregular de frágil aparejo. Todo ello, finalmente, es delimitado por un foso de escasa profundidad (Rodríguez ed. 2004). Todos estos elementos han sido ya referidos por los editores del yacimiento como claras evidencias de las analogías arquitectónicas que se pueden establecer entre este complejo y el cercano conjunto monumental de Cancho Roano. Sin embargo, no parecen haber reparado en igual medida en otras de las semejanzas que pueden establecerse entre ambas edificaciones, que son especialmente relevantes de cara a nuestros propósitos de análisis de las transformaciones sufridas en la distribución de los espacios y de su significación ideológica. Me refiero de forma destacada a la estancia designada como E-3 en la nomenclatura del yacimiento, y a la enorme similitud que guarda con el patio H-12 que articula la zona de entrada a lo largo de toda la secuencia arquitectónica de Cancho Roano. Como aquél, la estancia E-3 se orienta al Este, punto al que se abre lo que, a la luz de la dis-posición de los cuerpos salientes, podríamos considerar como la fachada principal del edificio (estas coincidencias en la orientación de las arquitecturas tampoco deben ser atribuidas al azar). La situación de este espacio entre los mencionados cuerpos salientes es otra de las coincidencias en ambos programas constructivos. Por otro lado, y de nuevo como en H-12, el pavimento de E-3 se presenta completamente enlosado con lajas de piedra constituyendo, en el caso de La Mata, el único ambiente excavado que goza de esta particularidad. Finalmente, como en H-12, aparecen en E-3 banquetas de sillarejo adosadas a las paredes (en este caso solo una) que se adhiere al muro occidental, que es el que conecta con el núcleo principal del edificio a través del pasillo E-4. Es precisamente la conformación de esta banqueta lo que me lleva a conjeturar que el edificio de La Mata sufrió procesos de transformación en su organización espacial equiparables a los que he descrito para el caso de Cancho Roano, y que, como aquí, éstos deben corresponder a condicionantes de orden ideológico. La mencionada banqueta se interrumpe regularmente a 1,60 m del "bastión" meridional, dejando un hueco de la misma anchura en cuya base se han construido dos escalones, cuya cota superior coincide con la del suelo del interior del edificio en esa zona, igualando así el desnivel existente entre el interior y el exterior (Lám. Todas estas circunstancias permiten, verosímilmente, interpretar este hueco como una puerta obliterada y posteriormente enlucida, que en algún momento habría comunicado el patio enlosado E-3 con el corredor E-4, tal y como sucede en las primeras fases de Cancho Roano. Las dimensiones de este hueco (1,60 m) no están alejadas de las de la Lám. Vista del espacio E-3 del edificio de La Mata con la interrupción de la banqueta occidental y los escalones del antiguo acceso (foto A. Rodríguez). Sería por tanto un acceso principal que, si bien no gozaría de una situación axial, sí ocuparía una disposición frontal en la concepción arquitectónica del edificio. La presencia de esta puerta obligaría a introducir algunas correcciones en la secuencia propuesta para la organización del espacio en el edificio de La Mata a lo largo de su ocupación, estableciendo una fase en la que este acceso frontal habría estado funcionando. Esta etapa podría coincidir con la construcción de los cuerpos salientes, que condenan las dos puertas principales P-1 o P-2 en tanto que accesos exteriores, pues no parece lógico pensar que la monumentalización de la fachada oriental con la construcción de los cuerpos salientes (que además subrayan notablemente su frontalidad), coincida con la lateralización del acceso principal. Pero también podría ser anterior a las mencionadas puertas, en cuyo caso habría que pensar que éstas se habrían abierto ex novo para permitir el acceso al interior de los nuevos espacios E-5 y E-10, pudiendo atribuirse el "estrechamiento" del vano que se aprecia en P-2 al propio proceso constructivo, y no a la preexistencia de una puerta anterior que sería exageradamente ancha (2,5 m de luz). Para poder verificar estas posibilidades sería necesario, no obstante, conocer bien las relaciones estratigráficas entre los distintos elementos implicados (1). Sea como fuera, sí parece constatado que la organización del sistema de accesos en el edificio de La Mata sufrió importantes alteraciones a lo largo de su historia que presentan significativas concomitancias con lo que coetáneamente aconteció en Cancho Roano. De este modo, la oclusión del acceso exterior entre E-3 y E-4 rompió la concepción frontal del edificio de manera aún más marcada que en el "Palacio-Santuario" de Zalamea, al tener que situarse la puerta sustitutoria en el flanco septentrional del "bastión" norte (Fig. 10). La fachada oriental abandonó así su rango de frente principal y antiguos espacios públicos, como el patio enlosa-do, quedaron al margen del recorrido originario de acceso. Este patio, además, perdió su condición de espacio abierto y zona "de acogida" al cerrarse mediante un doble muro que lo convirtió en una dependencia de acceso externo, en difícil recodo, sin ningún elemento diferenciador, pues es posible que el suelo enlosado se recubriera finalmente con una capa de arcilla apelmazada (Rodriguez y Ortiz 1998: 212). Estos procesos se subrayan con otra serie de actividades constructivas que, como en Cancho Roano, hacen coincidir el proceso de privatización con un proceso paralelo de aislamiento simbólico del entorno, como la elevación de un muro alrededor del sitio (de escasa utilidad funcional) y, probablemente también, y en última instancia, la excavación del foso. No es extraño que, como antes señalaba, en este contexto avanzado del proceso de privatización de los espacios y de las transformaciones ideológicas que aparejan estén ya ausentes los referentes simbólicos del tipo de los altares que aparecen en las fases antiguas de Cancho Roano -no debemos olvidar que, a estas alturas, la habitación H-7 de Cancho Roano probablemente estaría amortizada-sin que sea descartable que en fases anteriores hubieran existido estos elementos y que con posterioridad hayan sido desmontados o, incluso, que aún subyazcan bajo los actuales pavimentos. A lo largo de la secuencia constructiva del complejo monumental de Cancho Roano en sus distintas fases pueden detectarse una serie de transformaciones significativas que afectan a la disposición de los accesos y a la permeabilidad y visibilidad de sus espacios principales. De este modo, atributos que en origen podemos vincular a un cierto grado de publicidad en el diseño arquitectónico del complejo, como la frontalidad, la axialidad o la direccionalidad en los vanos, van desapareciendo progresivamente conforme a lo que puede interpretarse como un proceso de privatización del espacio, entendido en su dimensión simbólica o conceptual. Estos cambios en la accesibilidad perceptiva del edificio coinciden con otras actividades constructivas que pueden leerse en la misma línea de comportamiento simbólico. Así, la edificación de la serie oriental de estancias perimetrales, que ocultan la visión de la fachada principal, o la excavación del foso, que rompe estructuras de fases anteriores, (1) La escasa atención que se presta en la publicación de La Mata a las relaciones estratigráficas entre los distintos elementos constructivos (no se enumeran ni se describen las unidades ni se establece en forma de matriz la relación existente entre ellas, como es propio de la metodología arqueológica de finales del siglo XX) dificulta que estas constataciones puedan realizarse a través de los datos publicados (Rodríguez ed. 2004). Desgraciadamente, las agresivas reconstrucciones que se han llevado a cabo en el edificio, al mismo tiempo que se realizaba la excavación, tampoco favorecen la posibilidad de realizar lecturas alternativas in situ, al haber quedado ocultas, a veces de forma irreversible, muchas de estas relaciones. y que contribuyen a percibir el conjunto arquitectónico como un espacio cada vez más hermético e inaccesible. Estos cambios, que adquieren un carácter lineal y gradual, pueden ser entendidos en términos de evolución ideológica, al constatarse la naturaleza idiosincrásica del edificio y su vinculación con personajes o grupos sociales que ejercen el poder. Paralelamente a estas tendencias, la estratigrafía de Cancho Roano acusa un creciente grado de monumentalización de las estructuras y un progresivo abandono de los elementos simbólicos de carácter cultual que tan destacado papel habían jugado en la justificación de su origen, algo que hallaría mayor respaldo arqueológico si pudiera verificarse que la amortización del espacio H-7 es anterior -significativamente anterior-al abandono definitivo del edificio, pero que, en cualquier caso, resulta coherente con el proceso ideológico que aquí he propuesto. El estudio detallado de estos procesos contribuye a comprender mejor la naturaleza de las construcciones monumentales de Cancho Roano desde sus inicios, así como a indagar en los problemas que ha planteado su interpretación funcional a la investigación arqueológica de los últimos 25 años. Cancho Roano encarna desde sus más tempranas fases constructivas un modelo de espacio ideológico de carácter aristocrático, pudiendo interpretarse como la sede de una dinastía rural que encuentra en el culto a sus ancestros -reales o ficticios-el mecanismo más eficaz para su legitimación política. Este recurso es frecuente entre los grupos aristocráticos de la Primera Edad del Hierro en la Península Ibérica y cuenta con abundantes ejemplos en el contexto del Suroeste durante el siglo V a.C., algunos de los cuales, por su gran similitud con lo que sucede en Cancho Roano, resultan especialmente evidentes. La necesidad de legitimación resulta tanto más acuciante cuanto más débilmente se manifieste el arraigo de la ideología en el seno del grupo social de referencia, de ahí que en las fases iniciales del proceso este arraigo deba fortalecerse intensificando la comunicación de los principios sustentadores del poder, algo a lo que contribuye la creación de espacios de poder "abiertos" y "accesibles", concebidos con atributos como la frontalidad o la axialidad en los accesos y en las zonas de acogida, que inspiran un cierto carácter público o participativo (si bien hay que reiterar que es ésta una publicidad que afecta a la concepción arquitectónica y a la percepción de los edificios, y no, necesariamente, a su uso). Del éxito del planteamiento y de su capacidad de proyección da fe la vertiginosa monumentalización que experimentaron las arquitecturas de Cancho Roano en sus sucesivas fases históricas, y el enriquecimiento material de que participaron sus moradores, si bien es cierto que en estos procesos, junto a la eficacia del discurso ideológico, debieron incidir de manera decisiva favorables condicionantes de orden económico. Una vez consolidado (o presuntamente consolidado) el modelo político de las aristocracias rurales representado por los Complejos Monumentales del Guadiana, se detecta a través del análisis arquitectónico realizado en Cancho Roano una tendencia lineal y progresiva a privatizar los recursos de carácter ideológico. Es posible que, en última instancia, los referentes simbólicos del culto dinástico no solo se hayan privatizado, sino que, incluso, se hayan eliminado también de puertas hacia adentro. En Cancho Roano esto último es algo que está pendiente de confirmación arqueológica, pero la aproximación a la evolución arquitectónica del edificio de La Mata, un espacio con el que guarda enormes concomitancias de todo tipo, apunta en esta misma dirección. La última fase constructiva de La Mata representa estadios más avanzados del proceso de privatización que los reconocidos en Cancho Roano. La ruptura con la frontalidad del edificio y la anulación de antiguos espacios públicos o de recepción es allí muy superior, pues en Cancho Roano el patio H-12 siguió constituyendo una zona de paso obligado y área "de acogida" hasta el último momento. En la última fase de La Mata la pérdida de referentes simbólicos relacionados con el culto dinástico (los altares superpuestos) es absoluta, al punto de que un posible papel de santuario para este complejo ni siquiera se plantea. La reiteración de un proceso de privatización de características similares al estudiado en Cancho Roano en la secuencia arquitectónica de La Mata permite constatar, además, que estas tendencias debieron tener un carácter más amplio, como lógico reflejo de unas condiciones históricas generalizadas. En este punto final surge la pregunta de si este proceso de transformación ideológica y la pérdida de referentes simbólicos que conlleva (o su sustitución por planteamientos de otro tipo, como antes he sugerido) se situaría entre las causas que pusieron fin al sistema político y social representado por los Complejos Monumentales del Guadiana a finales del siglo V antes de nuestra Era. La respuesta que a priori se me antoja, aunque sea solo a título de hipótesis, sería afirmativa, pues parece reiteradamente constatado a lo largo de la Historia que un sistema político que deja de proyectar al cuerpo social a que pertenece la ideología que lo sustenta está irremisiblemente condenado a la extinción. NOTA FINAL Y AGRADECIMIENTOS Las ideas fundamentales de este trabajo fueron expuestas en un seminario sobre Arquitectura Orientalizante en la Península Ibérica organizado por el CSIC y celebrado en Madrid en abril de 1998. La proliferación de trabajos de campo y de edición sobre el tema con posterioridad a esa fecha ha obligado a actualizar el texto, aunque los planteamientos básicos son esencialmente los mismos. Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que leyeron y comentaron el manuscrito y a Julia Sánchez por sus indicaciones sobre los métodos de análisis en Arqueología de la Arquitectura. ESCACENA, J.L. e IZQUIERDO, R. 2001: "Arquitectura civil y religiosa en un 'barrio fenicio' de la Caura tartésica". FERNÁNDEZ FLORES, A. y RODRÍGUEZ AZOGUE, A. 2005: "Nuevas excavaciones en el Carambolo Alto, Camas (Sevilla). En S. Celestino y J. Jiménez Ávila (eds.): El Período Orientalizante en la Península Ibérica. Actas del III Simposio Internacional de Arqueología de Mérida (Mérida Mayo de 2003). Anejos de Archivo Español de Arqueología XXXIII. JIMÉNEZ ÁVILA, J. 1997: "Cancho Roano y los Complejos Monumentales del Guadiana". Complutum 8: 141-159. -2001a: "Los complejos monumentales post-orientalizantes del Guadiana y su integración en el panorama del Hierro Antiguo del Suroeste Peninsular". Madrid: 193-226. -2001b: "La necrópolis de 'El Jardal' (Herrera del Duque, Badajoz): elementos para el estudio del ritual funerario del Suroeste peninsular durante la I Edad del Hierro". En torno al fenómeno tumular en la Protohistoria peninsular". En Homenaje a la Dra. Boletín de la Asociación Española de Amigos de la Arqueología 42: 81-118. -2003: "La Necrópolis de El Jardal (Herrera del Duque, Badajoz): Elementos para una revisión cronológica de las Necrópolis de la I Edad del Hierro del Sur de Portugal". JIMÉNEZ ÁVILA, J. y DOMÍNGUEZ de la CONCHA, C. 1995: "Materiales protohistóricos de El Turuñuelo (Mérida, Badajoz)". JIMÉNEZ ÁVILA y ORTEGA, J. 2004: La cerámica griega en Extremadura.
En este artículo se dan a conocer las primeras dataciones radiocarbónicas directas para la orfebrería castre-
La obra que nos ocupa emana de la edición de un ciclo de cuatro conferencias sobre arte paleolítico asturiano celebrado en conmemoración del centenario del descubrimiento científico de las pinturas rupestres de la cueva de la Peña, en San Román de Candamo. La década de los años diez del siglo pasado supuso un momento de gran incremento de los trabajos de prospección y de excavación, en el paleolítico cantábrico en general y en el asturiano en particular, de la mano de aficionados, de mecenas y de los primeros profesionales, nacionales y extranjeros, que pusieron en el primer plano internacional la zona septentrional de la Península Ibérica en este campo de estudio. En el prefacio que sirve de presentación y de justificación del libro el editor del mismo, el Dr. Miguel Ángel de Blas Cortina, desgrana la peripecia historiográfica que llevó al descubrimiento y puesta en valor de las pinturas de lo que hoy todos conocemos como la Peña de Candamo. Siempre es interesante recordar cuán positivas fueron las iniciativas de particulares concienciados por el tema para el arte rupestre en particular. En este caso se trató de don Francisco Garriga y Palau, antiguo profesor del Instituto de Segunda Enseñanza de Oviedo, que fue el que dió a conocer el descubrimiento a Eduardo Hernández Pacheco, que excavaba, aquel verano de 1913, en la cueva de La Paloma en Soto de las Regueras, cerca de San Román. En el prefacio también se justifica el tema explícito en el título del libro, el de los cursos fluviales como eje vertebrador, no ya del arte paleolítico de la zona, sino de la ocupación del territorio por parte de los grupos de cazadores-recolectores del Paleolítico superior que vivieron en el área central y oriental del actual Principado. Si la geografía siempre ha condicionado y condicionará al ser humano, en este caso los valles que corren desde las altas montañas hasta la costa cantábrica marcan territorios muy concretos (no nos atrevemos a decir "cerrados"), definidos, según algunos autores, por "manos" de pintores o por estilos de elementos muebles. Esta idea da pleno sentido al planteamiento efectuado a los cuatro autores de cada una de las conferencias en el momento de plasmarlas en un texto. Los 4 capítulos se articulan alrededor de los principales valles centro-orientales asturianos, los del Nalón, el Sella, el Deva y el Cares, y de las cuevas con arte paleolítico, tanto el parietal como el mueble, derivado este último de las numerosas excavaciones realizadas en la zona durante más de un siglo de investigaciones. Los autores seleccionados son reputados conocedores del arte paleolítico asturiano y de las sociedades que lo crearon, pese a la confesión de uno de ellos de que su dedicación al tema se produjo "en época juvenil" (p. 11), sin que ello haya que considerarlo, en absoluto, un demérito. No cabe, por lo tanto, más que citar sus nombres para tener la certeza de un conocimiento profundo y de una calidad indudable. Por orden de publicación en el libro, tenemos a la Dra. M.a Soledad Corchón, de la Universidad de Salamanca, que trata el área del valle del Nalón. El Dr. Rodrigo de Balbín, de la Universidad de Alcalá de Henares, expone los elementos principales del valle del Sella. El Dr. Marco de la Rasilla, de la Universidad de Oviedo, nos acerca a las cuencas del Cares y del Deva y finalmente el Dr. Miguel Ángel de Blas, de la misma universidad y editor del libro, nos da a conocer los principales hallazgos del sector marítimo del interfluvio Sella-Deva. Son de alabar dos hechos que dan más relevancia a la obra. El primero, y no podía ser de otra manera, la edición en color de un numeroso conjunto de fotografías que ilustran con detalle y precisión cada uno de los capítulos. El segundo, la extensión de cada uno de ellos: desde las 26 páginas del capítulo del Dr. Balbín hasta las 50 del de la Dra. Corchón, pasando por las 35 del Dr. Rasilla o las 40 del Dr. de Blas. Esta generosa concesión de espacio permite ofrecer mucha información que en otras síntesis aparece fragmentada u oculta en gráficos y tablas. A las ya comentadas fotografías se les unen mapas, calcos y superposiciones que ayudan en gran manera a la mejor comprensión del corpus de elementos a considerar. Al mismo tiempo los autores pueden hacer amplias interpretaciones del significado territorial que atribuyen a las zonas particulares de cada cuenca estudiada y a la relación de éstas con el entorno menos inmediato. La idea motora de la obra, que también aparece claramente en el título, se trasluce, pues, en cada uno de los cuatro trabajos que componen el libro. En unos casos la descripción y los aspectos cronológicos priman, mientras que en otros se profundiza más en interpretaciones simbólicas y territoriales de mayor complejidad. Pero el conjunto resultante tiene una homogeneidad más que suficiente como para justificar con creces el título del volumen. Su utilidad será indudable, pues el lector encontrará no solamente textos de contrastada solvencia junto a imágenes y dataciones recientes, sino también las últimas aportaciones y la valoración de los antiguos hallazgos. Quizás lo que pudiera haber complementado la estructura general, mejorándola, hubiese sido una síntesis final del tema, un texto del editor o de algún otro autor que hubiese resumido las aportaciones individuales de los cuatro autores en cuatro zonas o territorios diferentes. En cierto modo, y de forma muy resumida, se apuntan algunas ideas en el prefacio, pero hubiese sido muy de agradecer ese colofón a una buena obra. También cabría haber esperado, dentro de este espíritu sintético final, un buen mapa general con la situación precisa de los valles y con la distribución global de los yacimientos citados. Para los conocedores de la zona nos resulta un tema obvio, y cada capítulo, a su manera, incluye estos datos; pero un mapa de conjunto ilustraría mejor la realidad expuesta y serviría incluso para visualizar con más precisión las reflexiones que cada autor hace respecto del territorio circundante. Todo ello no obsta para que sea altamente recomendable el conocimiento del libro, por su enfoque actual y por el amplio corpus de datos de todo tipo que ofrece en relación con el arte de los grupos cazadores-recolectores que ocuparon el centro y el oriente asturiano durante el Paleolítico superior. El título de un libro puede ser fiel reflejo de su contenido, como en el caso que nos ocupa. Pero un título no describe necesariamente todo el significado y planteamientos que el autor imprime a su trabajo. Wiliam O ́Brien es bien conocido entre los investigadores de la Prehistoria Reciente de Europa por su trabajo en las minas irlandesas de Mount Gabriel y Ross Island y en este libro no trata sólo de sintetizar los conocimientos disponibles sobre un tema muy concreto como es la minería del cobre en Europa. La minuciosa recopilación de datos tiene como objetivo final entender cómo se organiza y articula la extracción del mineral ante la demanda de una materia prima básica en la producción metalúrgica. Los condicionantes geológicos de su presencia en un territorio son superados por las comunidades prehistóricas que deciden en cada momento que es lo adecuado para atender sus necesidades y son capaces de innovar o adaptar su tecnología para conseguir su objetivo. Esta perspectiva abierta y dinámica es la impresión general que se obtiene tras su lectura, en la que cada mina conocida e investigada aporta datos e información complementaria. Cohesionar esa diversidad en un discurso integrado hace que la lectura de este libro aporte una importante perspectiva para los estudios sobre la metalurgia y sus vínculos con la complejidad social en Europa, y muy especialmente para los conceptos manejados en la Península Ibérica. Es precisamente ese planteamiento social el que, tras los capítulos iniciales del libro necesariamente marcados por su carga descriptiva agrupando las minas por regiones geográficas, el lector encuentra en los dos capítulos finales: Mining, community and environmnet y Mining, economy and society. Aquí está el verdadero significado del libro y el concepto de arqueología que ha guiado al autor en sus trabajos de campo en las minas irlandesas. O ́Brien se interesa por la minería porque quiere comprender, no solo la tecnología que posibilita la explotación y su tratamiento metalúrgico, sino la sociedad en su conjunto, los que extraen el mineral y lo producen, pero también los que los consumen y comercian con él. En esa perspectiva se cuestionan principios que se han asumido sin rigor por la investigación. La explotación permanente de las minas suele ser la excepción en Europa, predominando los grupos que trabajan a tiempo parcial. La intensidad de la explotación depende de muchos factores, siendo la demanda el fundamental, pero para conocer la demanda debemos conocer el significado o valor del cobre tanto en términos económicos como sociales (p. Otro gran mito actualista es el del impacto sobre el ambiente y especialmente la deforestación. La síntesis que el libro ofrece es el de su impacto localizado, no siempre fácil de distinguir de otras posibles causas vinculadas a la actividades agrícolas o las necesidades domésticas de madera que sostienen a las propias comunidades mineras (p. Resulta llamativo que en casi ningún momento se recurra a la explicación oportunista del agotamiento de recursos para explicar el abandono de una mina y el inicio de explotación de otras, pero en cambio sí es recurrente a lo largo del texto la valoración de la escala extractiva, siempre en relación con las necesidades de metal. Esta perspectiva global en la que están presentes Trab. Prehist., 72, N.o 2, julio-diciembre 2015, pp. 383-392, ISSN: 0082-5638 las explotaciones a gran escala como las de Kargaly en los Urales, o en determinadas fases de la Edad del Bronce en los Alpes, junto al aprovechamiento de explotaciones de bajo rendimiento como las de Mount Gabriel, permite valorar con unos parámetros de referencia la escala de la explotación, y a la vez la escala de la producción metalúrgica. La identificación de minas prehistóricas es compleja y ello se explica en el desarrollo historiográfico del capítulo 1, pero una de las realidades que ahora conocemos es que no sólo las grandes minas fueron las explotadas durante la Prehistoria. Muchas pequeñas minas pudieron abastecer la demanda de materia prima y por tanto es mucho lo que queda por descubrir y conocer. Esta perspectiva era impensable hace 30 años y la prueba del cambio es el libro que se está reseñando. Además hoy contamos con otra herramienta como son los análisis de isótopos de plomo que reflejan una realidad compleja y diversa, en la que para su interpretación hacen falta más minas aún por identificar. Los resultados presentan modelos de cambio en el abastecimiento según los diferentes periodos prehistóricos y zonas geográficas y evidencian que hay muchos materiales que no encajan en los campos isotópicos hoy conocidos, es decir, el de las principales minas y zonas mineras modernas. Quiero recordar un simple ejemplo que ilustra el cambio de perspectiva. A finales del siglo XX los primeros análisis de isotopos de plomo de objetos de la isla de Menorca (Stos Gale et al. 1999) se interpretaban buscando una relación con el Suroeste de la Península Ibérica, es decir con una de las áreas mineras más importantes a escala mundial como es la Faja Pirítica, ignorando directamente la posibilidad del aprovechamiento de los pequeños recursos locales en la propia isla. Hoy día contamos con pruebas de la explotación durante el II milenio AC de una de esas pequeñas minas, la de cobre de Sa Mitja Luna en la isla Colom en Menorca (Hunt et al. 2014) y se puede proponer que un grupo de objetos de las cuevas de Carritx y Mussols cuyo metal se buscaba en el Suroeste en realidad encaja con el campo isotópico de esta mina de cobre. Mi último comentario va destinado al papel jugado por las dataciones de radiocarbono para concretar las fases de explotación de las minas prehistóricas. Algunas de ellas solo se trabajaron en momentos muy concretos, pero otras muchas presentan diversas fases con distinta intensidad. En la síntesis que William O ́Brien nos ofrece queda claro que son las dataciones las que han permitido avanzar la investigación en minería prehistórica dada la escasez de registro material que permanece vinculado al trabajo en la mina, y que cuando aparece no tiene un carácter cronológico diagnóstico, como es bien conocido con los martillos o mazas de piedra. Por tanto, no es exagerado vincular la investigación de la minería prehistórica con el desarrollo del uso de la datación por Carbono 14. Gracias a esa posibilidad de confirmar la antigüedad de las explotaciones la inversión del trabajo arqueológico ha dado grandes frutos. Este libro probablemente irá quedando desactualizado con el paso de los años y la identificación de nuevas minas, si nuestros comentarios anteriores son acertados, sin embargo el valor de su síntesis y su perspectiva integradora serán determinantes para que la minería prehistórica ya no vuelva a abordarse desde una óptica de vacío contextual y aislada del desarrollo histórico. Hunt El desarrollo de la metalurgia está determinado por diversas innovaciones, que afectan al conjunto del ámbito cultural. En primer lugar se trata de descubrimientos tecnológicos aunque, como se afirma en el editorial del libro, technology is deeply embedded in its social context and, therefore, the latter must necessarily be explored with the former. La cita resulta programática para esta excelente obra de conjunto, que no analiza procesos monocausales, sino las interrelaciones entre (1) La traducción del original en aleman se debe al Dr. Manuel Fernández-Götz (School of History, Classics and Archaeology, University of Edinburgh). Su objetivo es reunir y contrastar importantes casos de estudio sobre tecnologías innovadoras y sus consecuencias socio-económicas. Además de su diversidad se señalan diversas regularidades. En estos estudios comparativos es esencial distinguir lo propio y lo extraño, influencias externas y dinámicas internas, difusión versus evolución endógena. Un buen ejemplo de desarrollo apenas influenciado desde el exterior es Egipto. Por ello resulta lógico encontrar un estudio sobre "Raw material supply and social development in Egypt in the 4 th millenium BC" al inicio de la serie de casos particulares. U. Hartung indica ya desde el principio que la posición aislada de Egipto es ideal para investigar evoluciones endógenas. No obstante es una impresión en parte condicionada por la naturaleza de las fuentes disponibles. En el IV milenio a.C. el abastecimiento de materias primas se estaba garantizado principalmente por sistemas de intercambio. Sólo en la cultura de Naqada tardía materiales costosos como piedras extrañas o minerales se empezaron a adquirir de forma dirigida a través de expediciones, si bien el cobre no jugaba ningún papel. Sólo resultó posible organizar este tipo de abastecimiento de materias primas en el marco de una creciente complejidad de las estructuras de poder. El artículo de F. Klimscha, por su parte, pone de relieve que el Levante meridional ha sido hasta la fecha demasiado poco considerado en las síntesis generales sobre las consecuencias sociales de los inicios de la metalurgia. Esto se debe a que la atención se concentraba en descubrimientos y hechos puntuales. El autor subraya las implicaciones sociales de la producción de objetos de metal, al principio used as prestigious items to demonstrate personal status, y que copiaban axe heads, maceheads needles and awls already known in stone. En el contexto de una "reestructuración de la sociedad" aumentó la cualidad y la cantidad de los objetos. Las interrelaciones entre necesidades de la sociedad y desarrollo de la metalurgia se resaltan de modo convincente. La contribución de A. Hauptmann y I. Löffler está dedicada al distrito de Faynan, especialmente favorable para la metalurgia del Levante meridional, como one of the best preserved prehistoric mining districts of the world (p. Allí el desarrollo de la metalurgia está perfectamente documentado. Los autores prueban de forma convincente el uso inicial de minerales de cobre para la fabricación de colorante y cuentas de adorno, el "modo de producción doméstico" en el Calcolítico y un incremento de la producción en el III milenio a. C. cuando Faynan entra en la esfera de intereses entre Egipto y Canaán. La reconstrucción de los procesos tecnológicos tiene un peso especial. De gran interés son los indicios de una regresión en la Edad del Hierro, atribuida por los autores a dificultades en la extracción así como a influencias económicas. Una visión más general pone de manifiesto las concordancias con las fases de evolución de la metalurgia ya descritas por Hauptmann y Strahm. K. Pfeiffer resalta la importancia de los centros periféricos -que a menudo informan sobre las relaciones con los centros de innovación-en su contribución sobre la arqueometalurgia en el Sinaí, región que atesora ricos depósitos de mineral de cobre. Aunque la extracción de minerales es muy temprana, sólo hay moldes de fundición a partir del 3600 a.C., al parecer como resultado de una transferencia tecnológica desde el Levante. Sin embargo, mientras allí dicha tecnología se interrumpe a mediados del IV milenio a.C., en el Sinaí continúa y sólo será sustituida a finales de dicho milenio por los wind powered furnaces. Esta importante innovación podría ser uno de los sorprendentes descubrimientos endógenos del Sinaí, donde se documenta antes que en Egipto o en el Levante, y lleva a una evolución propia. La meseta central de Irán, rama oriental del cinturón metalogenético euroasiático, es rica en depósitos minerales. Por ello no sorprende que en esta zona nuclear del Creciente Fértil además del desarrollo agrario haya una evolución metalúrgica diferenciada, bien documentada y descrita por B. Helwing en su artículo. También aquí sobresale la interdependencia entre evolución tecnológica y social. Se destaca la independencia de la metalurgia de esta región, pero llaman la atención los paralelismos con el desarrollo observable en otros centros de producción. En un principio los minerales se usaron para tinte hasta que en el Neolítico final se buscó cobre nativo para transformarlo en sencillos artefactos. La fundición pirotécnica fue de la mano de la producción de la cerámica en hornos, concentrándose el trabajo en el cobre-arsénico proveniente de regiones lejanas. Un fuerte incremento en el número de hallazgos se documenta en el V y IV milenio a.C. al producirse objetos estandarizados para la élite, pero el punto culminante se alcanzó sobre el 3350 a.C. con el desarrollo de los wind powered furnaces. Cristalizó así una metalurgia intensiva con explotación organizada y procesamiento controlado en centros urbanos con amplios contactos comerciales en una sociedad con división del trabajo. El sudeste de Europa ha focalizado la investigación metalúrgica al menos desde las tesis de C. Renfrew a favor de un desarrollo autónomo de la metalurgia en la región. Por ello el artículo de S. Hansen sobre "Innovative metals: gold and silver in the Black Sea region and the Carpathian Bassin" tiene un especial papel en la obra. De modo correcto el autor parte de la importancia de los materiales singulares, incluidas conchas y minerales, como adornos que distinguían a personajes destacados. El trabajo sobre minerales Trab. Los materiales están imbuidos asimismo de poderes sobrenaturales que pueden ser reclamados por un grupo de parentesco. Esto lleva a que la élite se distinga con insignias de cobre, oro y plata. El autor deja muy claro que el desarrollo de la metalurgia no es la única causa para el incremento de la complejidad social, sino que ésta se encuentra además condicionada por otros factores, y tiene que encontrarse preparada por un nuevo social dispositif. De forma acertada se cuestiona toda interpretación (neo)evolucionista. En cualquier caso, también cabe reconstruir de forma convincente evoluciones similares a escala supraregional, pudiendo afirmarse que dissemination of certain metal types was achieved through the establishment of supra-regional exchange networks. La expansión de la metalurgia carpática más allá de Europa sudoriental es especialmente bien reconocible en el área noralpina gracias al buen estado de la investigación. M. Bartelheim presenta el proceso de forma clara en su artículo "Innovation and tradition. The structure of the early metal production in the north alpine region", donde destaca la existencia de una evolución continuada. Los primeros pero discutidos hallazgos de minerales de cobre fundidos corresponden a finales del V milenio a.C., aunque esta fase temprana se caracteriza sobre todo por los escasos objetos importados. No fue hasta el IV milenio a.C. cuando aumenta el número de hallazgos, seguramente ligado a un trabajo de cobre-arsénico. Una explotación minera autóctona no está atestiguada. El descenso en el Neolítico tardío es llamativo, aunque para Bartelheim puede estar condicionado por la visibilidad de las fuentes. En el Neolítico final el trabajo metalúrgico es más amplio, pero desempeña un rol económico menor. Al igual que en el Neolítico inicial la mayor parte de los artefactos debió tener un valor de prestigio. Los ricos depósitos de los Alpes sólo juegan un papel significativo a partir del Bronce inicial. La base económica para la explotación del mineral y el intercambio de metales proviene de la meseta suiza, región agrariamente muy desarrollada, lo que llevaría al establecimiento de sociedades complejas. M. Kunst dibuja una imagen muy distinta sobre el desarrollo de las sociedades calcolíticas en la Península Ibérica en su artículo "The innovation of copper metallurgy on the Iberian Peninsula". Como bien indica, la definición de los distintos periodos está marcada por una visión evolucionista de la Historia, que sin embargo presenta contradicciones a la hora de desarrollar una evolución coherente. Así, pone la atención en la minería neolítica de Gavá, anterior a la extracción del cobre. Esto es correcto pero: ¡también en el Paleolítico existía explotación subterránea de sílex! Precisamente este ejemplo muestra que los mencionados esquemas no tienen validez general y solo pueden aplicarse (como en el caso de la evolución metalúrgica) a un determinado proceso. La acertada crítica pone de manifiesto que sigue faltando un trabajo taxonómico preliminar y una sistematización arqueológica para elaborar una síntesis concluyente. Los hallazgos mostrados en forma de tabla son un buen comienzo en dicha dirección. El artículo de R. Gauß "The developement of metallurgy on the Iberian Peninsula" está dedicado al mismo tema que el anterior. Partiendo de la evidencia arqueológica, discute las diferencias con respecto a la secuencia centroeuropea. Dejando de lado las debatidas evidencias más tempranas, está ampliamente aceptado que en la Península Ibérica la metalurgia del cobre sólo representó una innovación rompedora con amplia difusión en el III milenio a.C., manteniéndose luego hasta finales de la Edad del Bronce en un estadio calcolítico sin llevar al desarrollo de una sociedad compleja. Se reconoce una leve estratificación social pero no a través del metal, sino de la posesión de materiales escasos de alto valor. Es interesante la explicación del autor, según la cual la ampliamente difundida riqueza minera de la península y el fácil procesamiento del mineral llevarían a que la metalurgia no representara un impulso para la diferenciación social. Ello difiere de la situación observable en el resto de Europa, donde el acceso restringido a los depósitos y una eficiente producción metalúrgica habrían llevado al desarrollo de las jerarquías de la Edad del Bronce. En este contexto resulta útil discutir el modelo de las etapas metalúrgicas de evolución, que a pesar de las diferencias parece ser aplicable a la Península Ibérica. En la tercera contribución sobre España, S. Rovira e I. Montero-Ruiz describen el desarrollo de la metalurgia desde el punto de vista de la tecnología. Sus tesis arqueometalúrgicas suponen un complemento esencial y constituyen la base para la interpretación socio-histórica. Resulta importante el hecho de que el cobre-arsénico no fuera utilizado desde el III milenio a.C. únicamente por la frecuente cercanía de los minerales de arsénico y los depósitos de cobre; más bien la conexión arsénico-cobre tuvo que ser intencionada. La amplia recopilación incluida en el volumen se cierra con tres interesantes estudios sobre la metalurgia en la Península Ibérica durante el periodo romano. Estos trabajos ponen en su contexto histórico, la enorme importancia de dicha industria metalúrgica para el conjunto del Imperio. Los comentarios críticos realizados no menoscaban el valor de este libro. Refleja el estado actual de la investigación e incorpora gran cantidad de nuevas informaciones, erigiéndose así en referencia ineludible para futuras investigaciones arqueometalúrgicas. Hasta comienzos del presente siglo, la Prehistoria Reciente de la Península Ibérica había estado caracterizada por una arquitectura visible y rotunda que se manifestaba tanto en la vieja tradición de los túmulos neolíticos, como en la construcción de los muros que empezaron a defender, y/o monumentalizar, los asentamientos humanos ya desde el Calcolítico. Hablamos de una arquitectura definida por lo vertical y lo evidente; por huir de lo efímero y por dar consistencia al espacio público con bloques ya fueran ortostáticos, ya modestos mampuestos dispuestos con hábil maçonnerie. Las memorias científicas y monografías del siglo XX han recogido infinidad de plantas y alzados de esta arquitectura 'de lo positivo'. Pero desde hace apenas tres lustros el panorama ha cambiado considerablemente. Así, de forma inopinada, han irrumpido en el registro arqueológico peninsular los denominados "recintos de fosos" como una manifestación tan abundante como relevante de la arquitectura primitiva. De tal forma que, hoy en día, pocas son las revistas especializadas que no incluyen, en sus últimos números, estudios en los que se localizan, caracterizan o datan alguno de estos yacimientos. Pero cabe preguntarse ¿por qué aquí y por qué ahora? Entre las posibles causas de esta mudanza se pueden apuntar, al menos, dos que nos parecen muy evidentes. En primer lugar, se ha producido un cambio en la percepción de una realidad arqueológica que, desde los primeros descubrimientos de los grandes fosos de Valencina, Papa Uvas o La Pijotilla, había pasado desapercibida enmascarada dentro de la tradicional categoría de poblado fortificado. Sólo cuando el término "recinto de fosos" ha tomado carta de naturaleza, cuando se los ha reconocido como la variante ibérica de la tradición europea de los ditched enclosures se ha empezado a 'pensar' de otra manera estos yacimientos fosados. En segundo lugar, y estrechamente relacionado con lo arriba apuntado, se ha producido un cambio metodológico también sin precedentes. No excavamos yacimientos, excavamos conceptos, y al cambiar el concepto se debe modificar sustancialmente los modos y las estrategias para acercarse a ellos. Y en este escenario apuntado hay que entender la monografía que, dentro de la serie Studia Archaeologica, acaba de publicar la Universidad de Valladolid. Se trata de una importante síntesis sobre el tema en la que se concretan y formalizan trabajos y aportacio-nes previas (p.e. Así, hay que buscar la génesis de esta obra en la series de fotos aéreas que en su día realizara Julio del Olmo en el sector central de la Comunidad de Castilla y León (Olmo 1999). En ellas, junto a la localización de todo tipo de yacimientos, se advirtió la presencia de lo que se identificarían como los primeros "recintos fosados" localizados en la comunidad (Delibes 2000-01: 301). Ahora, el equipo de la Universidad de Valladolid está en condiciones de depurar esa información inicial y nos presenta un detallado inventario de 18 yacimientos de este tipo, localizados todos ellos en el Valle Medio del río Duero. Resulta ejemplar como a partir de las citadas fotos aéreas iniciales, el uso combinado de las imágenes del "vuelo americano" de 1956-1957, las ortofotos obtenidas del Plan Nacional de Ortofotogrametría Aérea (PNOA) o las imágenes provenientes de sondeos geomagnéticos e intervenciones arqueológicas puntuales en algunos de estos yacimientos, los autores nos presentan una imagen muy aproximada de estos lugares. La tarea, realmente muy compleja, la completan con una labor primorosa de ortorrectificación de las primitivas fotografías oblicuas y finalmente mediante su georreferenciación con software SIG. En último lugar, la adscripción cultural, en su mayoría de la Edad del Cobre en su momento precampaniforme, la concretan tras las pertinentes prospecciones sobre el terrero y la caracterización de la cultura material en ellas obtenidas. Así, de cada uno de los yacimientos, se nos presentan detalladamente su emplazamiento y entorno, la descripción de las estructuras fosadas que lo configuran y una selección de los más significativos materiales recuperados. En definitiva se ofrece a la comunidad científica un completo inventario que, sin lugar a dudas, incorpora la cuenca media del Duero al panorama, cada vez mejor conocido, de los recintos de fosos peninsulares. La segunda parte de la obra aborda la complicada tarea de la interpretación funcional de estos yacimientos, auténtico nudo gordiano que es necesario desatar antes de realizar cualquier lectura histórica. En esta coyuntura, y por infrecuente hay que reseñarlo, los autores sitúan correctamente la discusión en el marco europeo. Abandonan el autismo que ha dominado estos estudios en nuestro país y se posicionan en la discusión de forma argumentada. Su postura es, en palabras de los propios autores, conciliadora. Y es que reconocen que los recintos de fosos son poblados en los que las actividades que se pueden vincular con esferas sobrenaturales sirven para sancionar, precisamente, la vida diaria y el orden social de sus ocupantes (p. De lo que se desprende que los fosos no tuvieron una función defensiva sino que monumentalizaban estos yacimientos demarcando un espacio interior socializado y otro exterior natural (pp. 2 y 126-128). Es decir, se decantan Trab. Prehist., 72, N.o 2, julio-diciembre 2015, pp. 383-392, ISSN: 0082-5638 por la tesis de los "poblados monumentalizados con fosos" que cada día parece tener más predicamento en nuestro país, alejándose de forma equidistante, tanto de la tesis clásica de los "poblados fortificados con fosos" como de la más rupturista que los reconoce como "lugares de encuentro". Esta asunción, la que identifica los recintos de fosos como asentamientos, predispone el análisis locacional que se realiza en el sexto de los capítulos, uno de los más extensos y documentados de toda la obra. En él, entre otros factores, se valoran la accesibilidad, la visibilidad, altura relativa o proximidad a terrenos aptos para el cultivo de estos yacimientos. Todo lo cual les lleva a identificar hasta cinco configuraciones distintas de la explotación del medio en los 18 recintos analizados, lo que es interpretado como resultado de diversas estrategias de supervivencia como, según los autores, cabría esperar en asentamientos al uso. No obstante, al no incluir en el análisis los valores comparativos obtenidos en otros tipos de yacimientos, es decir, asentamientos no fosados, fuentes de materia prima o, por ejemplo, enterramientos, los resultados nos parecen algo sesgados e incompletos. En cualquier caso, y aunque nos parece que a lo largo de toda la obra existe cierta ambigüedad entre lo que es un "campo de hoyos" y lo que es un "recinto de fosos", la propuesta interpretativa final es clara y da un paso más allá en la incorporación de estos yacimientos en las lecturas de la Prehistoria Reciente. Vemos con demasiada frecuencia como el término recinto de fosos sustituye mecánicamente al de poblado sin que en las memorias arqueológicas se argumente el alcance real de dicho cambio terminológico ni se asuman las consecuencias históricas de tal mudanza. Afortunadamente, no ocurre así en este caso. Cabe apuntar, para finalizar, que la edición de la obra es muy correcta. No son los recintos de fosos unos yacimientos agradecidos a la hora de su publicación, por lo que resulta gratificante la buena calidad de la reproducción de las imágenes aéreas y las ortofotos. De igual modo, son notables los dibujos de Ángel Rodríguez que, tras eliminar la información superflua que aportan las fotografías, favorecen una percepción clara y didáctica de cada uno de estos complejos yacimientos. Como señala Gonzalo Ruiz Zapatero en el prólogo de este libro, la Prehistoria Reciente de la Península Ibérica ha sido durante décadas la Cenicienta del panorama académico europeo. Los autores de este ensayo pertenecen a ese colectivo de profesores universitarios españoles con fuerte proyección internacional y ganas de trabajar que poco a poco están cambiando tal imagen. Esta obra condensa de manera muy clara y sintética -pensando especialmente en un público internacionallos aspectos definitorios de la arqueología del Bronce Antiguo y Medio en el Sureste de la Península Ibérica. Es un placer leer el libro; su redacción es sencilla, la organización temática por capítulos impecable y las ilustraciones muy acertadas y -como corresponde al mundo argárico-espectaculares. El volumen se centra en las principales líneas de investigación del tema, siendo los tres autores protagonistas de varias de ellas. A lo largo de seis capítulos, cada uno con su listado bibliográfico, se recorre la trayectoria investigadora sobre la cultura de El Argar, desde el difusionismo decimonónico al autoctonismo procesual (Capítulo 1); se revisa su definición espacial -cuestionando la dicotomía entre la 'zona nuclear' de la Cuenca de Vera (Almería) y las Trab. Prehist., 72, N.o 2, julio-diciembre 2015, pp. 383-392, ISSN: 0082-5638 áreas de expansión interiores-y temporal -enfatizando la contribución del radiocarbono calibrado a partir de muestras de vida corta-(Capítulo 2); se caracteriza la peculiar ocupación y explotación del territorio, con grandes aldeas encumbradas y pequeñas alquerías en derredor, en unos paisajes crecientemente degradados (Capítulo 3); se resumen los conocimientos actuales sobre las prácticas agropecuarias, la metalurgia, la alfarería y otras artesanías (Capítulo 4); se presenta un estado de la cuestión sobre el mundo funerario y la ritualidad, incluyendo resultados preliminares sobre paleodemografía, paleopatología, movilidad y paleodieta (Capítulo 5); y finalmente se revisan diversas lecturas sociopolíticas, desde la hipótesis estatal o de las jefaturas argáricas hasta nuevas narrativas en clave de género, sobre el papel de la infancia, los ritos de comensalidad o la belicosidad de estas comunidades (Capítulo 6). Las ideas novedosas recogidas en el libro no son inéditas, pero su presentación coherente, relacionando unas con otras, permite comprenderlas mejor. Se trata de interpretaciones arriesgadas y valientes, discutibles pero necesarias para que avance la disciplina, y referidas tanto a nuevos hallazgos como a viejas observaciones hasta ahora arrinconadas. Frente a lecturas demasiado restrictivas, la obra enfatiza la rica variabilidad del mundo argárico, previene contra extrapolaciones a partir de las tierras llanas de Almería y Murcia, y reivindica aspectos aún inexplorados. Ante un tema tan tratado por la historiografía, es un acierto la inmediatez del discurso: los autores entran a discutir directamente puntos candentes en los debates actuales, con la vista siempre puesta en el futuro de la investigación. La bibliografía es muy completa y actualizada. Si acaso, al tratar los paisajes argáricos se echa en falta alguna referencia al programa de análisis territorial de finales de los 1980 en el noroeste murciano (López García 1991). En una síntesis que abarca tanto, el tratamiento de cada tema es necesariamente conciso. Sin embargo, a algunos lectores nos dejan con las ganas de aprender más. Un tomo no muy voluminoso -no llega a 200 páginas-hubiera permitido algo más de detalle, y mayor toma de partido en asuntos sobre los que el experto y meditado parecer de estos tres investigadores resulta especialmente valioso. Por ejemplo, recogen las críticas a la interpretación de las osamentas de caballo y ganado en la cumbre de Peñalosa o en el 'bastión' del Cerro de la Encina como prueba de consumo diferencial elitista (Antipina y Morales 2006), pero no aclaran cómo deben entenderse semejantes acumulaciones óseas inusuales en esos contextos domésticos (pp. 74-75). ¿Tendrían alguna relación con las ofrendas cárnicas en conjuntos funerarios, para las que sí defienden un simbolismo sociopolítico (pp. 165-168)? Los autores señalan el marcado sesgo cultural implícito en el registro antracológico (p. 63) -es decir, unas maderas seleccionadas en el pasado-o los fac-tores tafonómicos y deposicionales que condicionan la representatividad de la muestra arqueofaunística (p. 75), pero al tratar el material arqueológico no se plantean interferencias parecidas. Para ellos, determinados repertorios cerámicos muestran una amalgama cultural al margen del canon argárico. Se trataría de los enseres usados por 'los Otros', grupos que se resisten a integrarse en el modelo social argárico y prolongan costumbres millarenses como su alfarería característica o las reutilizaciones de sepulcros calcolíticos (Aranda 2013). Pero la génesis de dichos 'contextos híbridos' en ciertos poblados argáricos (pp. 19-23) precisa una caracterización más exigente. En Peñalosa (Contreras y Alarcón 2012) o en el Cerro de San Cristóbal (Aranda et al. 2012) los restos calcolíticos locales y campaniformes -algunos de tipo Dornajos meseteños-difícilmente habrían terminado allí por los mismos cauces que los predominantes desechos argáricos. ¿Cómo son y en qué estado comparecen unos y otros?, ¿los fragmentos calcolíticos, argáricos y Protocogotas proceden todos de vasijas elaboradas, usadas y rotas en el mismo contexto espacio-temporal, o debemos barajar otras posibilidades, como su carácter de residuos o reliquias? Sin evaluar tales variables tecnológicas y tafonómicas, la hibridización cultural se atisba entre las alfarerías argáricas y cogoteñas, y con más dificultad respecto a los restos millarenses y campaniformes. El libro se propone integrar en una visión más inclusiva aquellos casos atípicos, al margen de la norma argárica, según la estrategia heurística propuesta por Montón-Subías (2011). Esto se consigue magistralmente con rarezas como las leznas argénteas, interpretadas como símbolos femeninos de alto rango. Sin embargo, otras muchas excepciones aducidas -pequeños asentamientos de llanura, enterramientos fuera del hábitat, vasijas torpemente modeladas, reuso de monumentos ancestrales-resultan ser espejismos historiográficos. Es decir, son testimonios tradicionalmente ignorados, pero al saber buscarlos demuestran no haber sido ni minoritarios ni extravagantes, por lo que el análisis de lo idiosincrático, de la actuación contingente (agency) se diluye de alguna forma. Por contra, otras genuinas anomalías, como las murallas de Peñalosa o La Bastida de Totana (Lull et al. 2014), quedan pendientes de ser exprimidas. Si hemos de matizar la hipótesis belicista y tomar conciencia de nuestro sesgo androcéntrico, como defienden los autores, entonces casos tan inusuales requieren lecturas extraordinarias. Tales interpretaciones deberán reconsiderar, en la línea avanzada en esta obra, por qué del abanico de expresiones culturales posibles, las comunidades argáricas erigieron precisamente tales construcciones poliorcéticas y forjaron las primeras armas metálicas especializadas -espadas y alabardas-, enfatizando su carácter disuasorio en un probable contexto de violencia latente. En definitiva, esta obra establece las bases de futuras líneas de trabajo y se adelanta a la discusión de Trab. Escribir un libro así debe de haber supuesto un verdadero reto intelectual para sus artífices. Se abordan los temas clásicos, pero desde perspectivas innovadoras, articulando en su visión holística documentación heterogénea, trabajando a muy distintas escalas de resolución y con registros cuya representatividad no siempre ha sido bien comprendida por la tradición disciplinar. Ahí reside, en mi opinión, una de las claves del buen sabor que deja su lectura: estamos ante Investigación con mayúscula; esa que traslada a cualquier lector la excitación de la arqueología; esa que consigue que veamos muros, utensilios, paisajes o esqueletos con nuevos ojos. Con libros como éste, la Cenicienta ibérica sin duda consolidará su presencia por derecho propio en el banquete internacional de la academia. La metalurgia del yacimiento fenicio de la Fonteta (Guardamar del Segura, Alicante). Bibliotheca Praehistorica Hispana XXIX, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Con las 700 páginas de esta publicación, basada en su excelente tesis doctoral dirigida por el distinguido investigador Dr. Ignacio Montero y leída en la Universidad Complutense en el año 2012, Martina Renzi llena un vacío que había en la investigación fenicia. El elevado número de objetos analizados con excelente metodología interdisciplinar atestiguan el proceso completo de la elaboración de metales en La Fonteta, ciudad portuaria y fortificada fenicia de los siglos VIII y VII a.C., situada en la desembocadura del río Segura (Guardamar del Segura, Alicante). Las condiciones de estudio de dichos materiales fueron inmejorables, gracias al excelente trabajo de campo de la sección excavada bajo la dirección de Alfredo González Prats, que con su impecable estratigrafía facilitó una investigación minuciosa de los contextos, perfectamente datados, y de las actividades metalúrgicas de este emplazamiento, proporcionando la base para la obtención de resultados innovadores de gran alcance en el área de la investigación de la arqueología fenicia occidental. La investigación de Martina Renzi ofrece mucho más que una perspectiva bien fundada del desarrollo de la metalurgia en la transición del Bronce final a la Primera Edad del Hierro en la Península Ibérica. En concreto la autora pudo diferenciar los componentes autóctonos y foráneos de la metalurgia de La Fonteta, ya que consiguió determinar la procedencia de las innovaciones tecnológicas y la integración de las tradiciones locales. También es una novedad su comprobación de la adaptación de las tecnologías fenicias a las condiciones locales, dando lugar a posteriores desarrollos. De especial relevancia es el resultado del amplio radio de contactos de relaciones suprarregionales de La Fonteta (como ejemplo cabe citar la sierra de Cartagena-La Unión y Mazarrón, proveedores de plomo, cuyo proceso de elaboración continuaba en La Fonteta). Con ello la dra. Renzi no solo da testimonio de la red marítima suprarregional de una economía fenicia altamente especializada, sino que también proporciona importantes puntos de referencia sobre su interacción con la economía local. Además en lo relativo al análisis espacial, es decir, a la distribución de los talleres metalúrgicos en La Fonteta, se ha obtenido resultados innovadores. Estos indican una diferenciación y especialización de las distintas metalurgias dentro del propio poblado. El proceso de elaboración del hierro y el de otros metales no ferrosos se realizaba al mismo tiempo, pero en espacios Trab. Basándose en los análisis de la elaboración del cobre, la autora reconoce la conexión con las tradiciones autóctonas, y en cuanto a la de la plata, sobre todo debido la técnica de copelación, reconoce el nexo con las tradiciones del Próximo Oriente. Los resultados en sí mismos no son nuevos, aunque sí actuales, pero lo especial de sus afirmaciones radica en que ambas tradiciones conviven en un único y mismo lugar, y muestran como la combinación de elementos locales e innovaciones importadas conducen a una industria económicamente productiva. La autora no solo pudo documentar las técnicas en La Fonteta, sino también otras comparables en el Cerro del Villar (Málaga) y en otros emplazamientos fenicios de las costas de la Península Ibérica, como el proceso de licuación para extraer plata de minerales cuproargentíferos, que hasta ahora en estas regiones solo se conocía en la época romana. Otro aspecto a destacar es la documentación conseguida sobre el desarrollo de estas técnicas que en La Fonteta, como es lógico, está documentado únicamente en las fases más antiguas del poblado, mientras que el uso de plomo-argentífero está probado en la fase más reciente, porque evidentemente era más rentable. También se ha hecho un destacable trabajo al estudiar la cerámica técnica, como las toberas, crisoles y moldes de fundición, con la descripción de su función, tradición y desarrollo. Sobre todo se convertirá en una referencia el estudio tipológico, tecnológico y de materiales de las toberas, gracias a su ejemplar minuciosidad. La presente publicación también aporta avances decisivos para la comprensión de la elaboración del hierro, técnica introducida por artesanos fenicios. Martina Renzi ha comprobado la especial técnica de elaboración y el uso de minerales de tipo complejo en los cuales el hierro va acompañado de cantidades considerables de níquel, arsénico y plomo. Mineralizaciones de este tipo, así se desprende del texto, no hay en el entorno de La Fonteta, pero sí en la provincia de Málaga. El material podría proceder de esta región que está a unas 300 millas náuticas y fortalecería aún más la posición de La Fonteta como centro de complejas redes comerciales. No hay que olvidar la experiencia profesional de la autora al hablar de la calidad de la publicación, de la experiencia internacional y del alto nivel adquirido en el curso de sus años de formación, en instituciones como el Deutsches Bergbaumuseum de Bochum, la Escuela Española del CSIC en Roma, el Museo Arqueológico Nacional y el Instituto de Historia del CSIC en Madrid, en la Universidad de Alicante y en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. La publicación en su conjunto y temáticamente hablando está bien estructurada. La parte gráfica tiene una calidad buena, excepto algunas fotos que, en cualquier caso, cumplen con su función informativa. La obra tiene algunos puntos débiles, aunque no sean cuestiones muy relevantes. Se echa de menos -aunque podría deberse a exigencias editoriales-un capítulo introductorio sobre los recursos mineralógicos y las tradiciones metalúrgicas de la Península Ibérica, y la integración de La Fonteta en el desarrollo diacrónico de la metalurgia de la península entre finales del II y mediados del I milenio a.C. Naturalmente en la valoración arqueológica se establecen comparaciones con otros yacimientos, pero con frecuencia parece que solo se ha recurrido al uso de literatura secundaria, es decir, no a los informes de excavaciones sino a obras generales. También comentar que los fenicios aparecen considerados como una unidad, aún cuando la Arqueología ha puesto en claro la gran variedad de características regionales expresivas de la expansión fenicia. Llegados a este punto, el lector observa una cierta contradicción, ya que la autora misma demuestra, basándose en sus estudios arqueometalúrgicos, la existencia de características particulares, también en La Fonteta. Una confrontación más detallada con las otras investigaciones sumamente interesantes sobre esa ciudad, llevadas a cabo tanto en el marco de las excavaciones españolas dirigidas por Alfredo González Prats (Universidad de Alicante), como de las excavaciones francesas, a cargo de Pierre Rouillard (Sorbona y Casa de Velázquez), habría aumentado más si cabe el interés de la obra, aunque quizás habría sobrepasado el tema en cuestión. En su conjunto hay que catalogar la obra de excelente. El libro se convertirá en referencia internacional para la investigación fenicia y para la metalurgia. Su publicación como primer volumen en formato digital de la prestigiosa serie Bibliotheca Praehistorica Hispana del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, dirigida de forma ejemplar por la Dra. Alicia Perea, le proporciona una base excelente para ello.
En este artículo se presentan los resultados obtenidos tras la caracterización arqueopetrológica de los materiales líticos del yacimiento al aire libre de Montlleó (Prats i Sansor, Lleida). El estudio desarrolla una observación macroscópica, microscópica y geoquímica para conocer las características texturales, petrográficas y micropaleontológicas, así como la composición mineralógica de los tipos de sílex explotados. Los resultados de este trabajo confirman que el yacimiento de Montlleó fue una encrucijada de caminos transitados reiteradamente al fin del Paleolítico superior, evidenciando la inexistencia de barreras geográficas que imposibilitaran la movilidad entre ambas vertientes del área pirenaica centro-oriental. El estudio de las materias primas líticas desde la disciplina arqueopetrológica es indispensable si se pretende conocer mejor a los grupos humanos que las emplearon. Esta analítica investiga las características petrológicas de los elementos líticos recuperados en los yacimientos arqueológicos y las intenta identificar en las eventuales formaciones geológicas de procedencia. Además, al concebir el útil como elemento portador de una información de carácter natural y cultural, define los rasgos culturales implícitos en la gestión de dichos recursos. En las últimas décadas venimos asistiendo a un importante desarrollo de la disciplina arqueopetrológica a escala cuantitativa, con el incremento de este tipo de estudios, y cualitativa al innovarse las técnicas de caracterización físico-química de ¿De dónde vienen? Aprovisionamiento de rocas sedimentarias silíceas en el yacimiento magdaleniense al aire libre de Montlleó (Prats i Sansor, Lleida) los materiales líticos (Bressy 2003; Tarriño 2006). Así, cada vez son más habituales las caracterizaciones de la composición mineralógica de los sílex por Difracción de Rayos X (Roy et al. 2013; Soto et al. 2014) o de composición elemental por Fluorescencia de Rayos X (Gauthier et al. 2012), por Espectrometría de Masas por Plasma Acoplado Inductivamente (Speer 2014) o por Espectroscopía de Infrarojos por Transformada de Fourier (Olivares et al. 2009; Hassler et al. 2013; Parish et al. 2013). En la Península Ibérica, y en concreto en el Pirineo y Prepirineo centro-oriental, el descubrimiento reciente de yacimientos arqueológicos acrecienta este auge del análisis de las materias primas líticas. La excavación de nuevos asentamientos ha documentado una ocupación humana de este área montañosa al menos desde el Paleolítico medio (Mangado et al. 2010; Utrilla et al. 2010). Al sur del Prepirineo oriental a los descubrimientos del Magdaleniense de fines del siglo XIX y principios del XX en la Bora Gran d'en Carreres (Serinyà, Girona) (Soler 1976), en los últimos decenios se han sumado otros en yacimientos del sector oscense y leridano con características y dataciones atribuidas a diferentes fases de ese periodo cronocultural (Mangado et al. 2010; Utrilla et al. 2010; Fullola et al. 2012) (Fig. 1). Al primer sector corresponden los hallazgos de la cueva de Chaves (Bastarás) (Utrilla et al. 2010), la Fuente del Trucho (Asque-Colungo) (Utrilla et al. 2014), el Abrigo de Forcas I (Graus) (Utrilla y Mazo 2014) y la Cova Alonsé (Estadilla) (Montes y Domingo 2013) y al Prepirineo leridano los de la Cova del Parco (Alòs de Balaguer) (Mangado et al. 2014) y Cova Gran (Santa Linya) (Mora et al. 2014). Completa este conjunto el yacimiento al aire libre de Montlleó (Prats i Sansor, Lleida) (Mangado et al. 2015), ubicado en pleno Pirineo centro-oriental. El hallazgo y datación de estas ocupaciones magdalenienses a lo largo del Pirineo y Prepirineo centro-oriental es un importante marcador territorial y temporal que indica la existencia de un territorio frecuentado al fin del Paleolítico superior. El análisis de las materias primas líticas se entrevé como una importante herramienta para conocer mejor el tipo de frecuentación del territorio y la relación de estos grupos humanos con su entorno. Nuestra voluntad en este artículo es dar a conocer los resultados del estudio arqueopetro-lógico efectuado en el yacimiento magdaleniense al aire libre de Montlleó (Prats i Sansor, Lleida). La caracterización macroscópica, microscópica y geoquímica obtenida permite definir la ocupación de Montlleó como una encrucijada de caminos de ocupación reiterada al fin del Paleolítico superior. EL YACIMIENTO MAGDALENIENSE DE MONTLLEÓ Contexto geológico y geográfico El yacimiento al aire libre de Montlleó está en el término municipal de Prats i Sansor, en la comarca de la Cerdaña, en el límite nordeste de la provincia de Lleida. Se sitúa a 1.134 metros s.n.m., en el lugar conocido como Coll de Saig, junto a la carretera que desde Bellver de Cerdaña lleva a Prats, y a unos 250 m de distancia del río Segre. El asentamiento se localiza alrededor de un pequeño afloramiento de conglomerados de edad postmiocena, probablemente Villafranquiense. El valle de la Cerdaña donde se ubica es una depresión orientada NE-SO en la parte oriental de la zona axial pirenaica. El valle tiene como peculiaridad una estructura dividida en dos unidades morfológicas: la montaña y el llano. Está rodeado por una red de macizos montañosos del Paleozoico. Entre sus cimas destacan el Puigpedrós, la Tossa o el Carlit, éste último con 2.921 m. Por la gran explanada de origen cuaternario y con una suave inclinación en dirección E-O discurre algo más de 40 km el río Segre que nace entre las cimas del Puigmal y Finestrelles (Fig. 1). El Sr. Jordi Grimao, aficionado a la arqueología y gran conocedor del lugar, descubrió en 1998 el yacimiento de Montlleó tras exhaustivos trabajos de prospección. Gracias a ellos observó restos líticos y faunísticos in situ que afloraban en un corte erosivo del terreno provocado por movimientos recientes de desestabilización de la vertiente. Estos movimientos se relacionaban con la explotación a cielo abierto de una mina de lignito que estuvo en funcionamiento en las inmediaciones del sitio hasta finales de la década de los ochenta. La posterior remoción de tierras, orientada a reducir el impacto visual de la mina sobre el paisaje, puso en peligro la integridad del yacimiento. El Sr. Grimao comunicó el hallazgo al director del Museo Ceretano de Puigcerdà, quien contactó con el Seminari d'Estudis i Recerques Prehistòriques (SERP) de la Universidad de Barcelona. La primera impresión fue que se trataba de un yacimiento de cronología paleolítica, tanto por las características tecnotipológicas del material lítico, como por la fauna asociada. Tras diversas campañas de excavación arqueológica en el mismo, se han recuperado otros vestigios también datados por radiocarbono (Tab. Los trabajos arqueológicos en el yacimiento comenzaron en 2000, y se han sucedido anualmente hasta 2013. Desde su inicio se establecieron los sectores de excavación A, B y C a lo largo del corte estratigráfico donde se localizó el yacimiento (Fig. 2), destacando especialmente el material arqueológico proporcionado por los dos últimos. En el sector B las intervenciones arqueológicas han sido continuas. Se han excavado 38 m 2 que han aportado el material arqueológico más numeroso. El nivel I, documentado en todo el sector, posee una potencia variable, adaptada a la pendiente natural del yacimiento (NE-SO). Se caracteriza por un sedimento de coloración marrón oscura relativamente blando, que forma agregados con gravas y gravillas de morfologías diversas y algún bloque. Bajo este horizonte se halla el nivel II, con un sedimento muy fino y duro con presencia de precipitación de nódulos de carbonato cálcico. Es arqueológicamente estéril como ha confirmado un sondeo en profundidad. Dataciones radiocarbónicas de Montlleó con su calibración. Su análisis sedimentario y micromorfológico identificó 5 niveles sedimentarios (Mangado et al. 2011: 37). El presente estudio emplea la metodología de análisis de la Arqueopetrología, que recurre a las descripciones y nomenclaturas propias de las Ciencias de la Tierra, como la Petrología, para caracterizar, definir y denominar las rocas utilizadas por las sociedades del pasado. La caracterización del material lítico ha combinado dos análisis sucesivos a diferentes escalas: el macroscópico y el petrográfico. Con el primero, el nivel básico de observación, se ha examinado todo el conjunto retocado y una muestra aleatoria de restos de talla. Se han definido una serie de subgrupos en función del contenido micropaleontológico y de inclusiones, específicos de cada medio de sedimentación. En el estudio se ha utilizado una lupa binocular modelo OLYMPUS SZ61 (de 6.7 a 45 aumentos) y una fuente de iluminación complementaria, en función de las muestras de sílex, de luz fría transmitida modelo OLYMPUS TH4-200. Las instantáneas se han efectuado con una cámara fotográfica acoplada modelo OLYMPUS SC30. La caracterización petrográfica y micropaleontológica de los materiales, al tratarse de una técnica destructiva, se ha efectuado sobre una selección de piezas del conjunto no retocado estudiado macroscópicamente. Las láminas delgadas (de entre 25 y 30 μm) han sido elaboradas en el Servei de Làmina Prima de la Universidad de Barcelona y analizadas con un microscopio petrográfico modelo OLYMPUS BX41 (de 40 a 400 aumentos). Las instantáneas de los elementos descritos se han tomado con una cámara fotográfica acoplada modelo OLYMPUS SC30. En paralelo se ha contextualizado geográfica y geológicamente el área de estudio para localizar las formaciones donde afloran las materias primas explotadas en el yacimiento. Los depósitos secundarios pudieron ser los más frecuentados por los grupos de cazadores-recolectores de la Prehistoria pero los afloramientos primarios donde el sílex está en su lugar de formación original permiten observarlo in situ. Una vez definidas sobre un mapa las áreas potencialmente portadoras de sílex, se salió al campo para documentar y muestrear los depósitos. Se ha elaborado una caracterización precisa (que incluye láminas delgadas) de las muestras geológicas recuperadas en las tareas de prospección, destinada a compararlas con las muestras arqueológicas. Los resultados permiten interpretaciones de carácter arqueológico relativas al aprovisionamiento y gestión de las materias primas líticas por parte de los grupos humanos que ocuparon el yacimiento al aire libre de Montlleó. Además, la consulta de la Lithothèque de Roches siliceuses del laboratorio TRACES de la Universidad de Toulouse -Jean Jaurès nos permitió conocer las características de los principales tipos de sílex que afloran en la vertiente norte del Pirineo. Posteriormente se ha realizado una primera caracterización de la composición mineralógica de las variedades de sílex identificadas, así como de las formaciones susceptibles de haber sido explotadas, mediante Difracción de Rayos X. Los análisis se han llevado a cabo en el Laboratorio de Arqueometría del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) en Burgos. Se ha utilizado un difractómetro PANalytical X'Pert PRO con geometría Bragg-Brentano en configuración -, porta-muestras de carga trasera, radiación de Cu-Kα (1.541874 Å) y rendija de divergencia variable, rendija antiscatter de 7,5 mm. Las muestras geológicas y arqueológicas se han sometido a las mismas condiciones analíticas (Step de 0,02o, rango de 2 de 10o -75o, excitación a 45 kV, y 40 mA). En los análisis semi-cuantitativos se ha seguido el método Chung (1974). Definición de tipos de sílex De ese total se excluyen los ejemplares procedentes de caídas de corte, recogidas generales y niveles superficiales. No obstante, muchas otras litologías fueron empleadas para la elaboración del utillaje lítico (Tab. 1 Se incluyen sílex, jaspes, calcedonias, liditas, calizas silicificadas y silicificaciones de contacto De los 19.901 elementos que configuran la industria lítica, un total de 1.777 piezas son tipos primarios según la tipología Laplace (1974), lo que supone un 8,93% del total2. En la cubeta neógena de la Cerdaña no aflora sílex en posición primaria o subprimaria y las prospecciones han evidenciado que tampoco lo hace en posición secundaria. Las formaciones con sílex más cercanas al yacimiento se han localizado al otro lado de la sierra del Cadí (Formación Corones), a escasos 10 km al sur de Montlleó. Son sílex estratificados y nodulares altamente tectonizados y cuya aptitud de talla consideramos mediocre. En las cumbres situadas al norte de la Cerdaña afloran liditas estratificadas, también fuertemente tectonizadas, en niveles del Silúrico (IGME 1995). Debido al importante uso de las rocas no sedimentarias silíceas por los grupos de cazadores-recolectores en el yacimiento, hemos creído indispensable dedicar algunas líneas a estas litologías. El sílex está ausente en los alrededores del yacimiento, pero el resto de las litologías explotadas en Montlleó son muy habituales en depósitos primarios o secundarios (coluviones, aluviones...). En las proximidades del Coll del Pendís, a pocos km al SO del yacimiento, ha sido localizado un afloramiento de riolitas del Pérmico cuyas características a escala macroscópica son idénticas a las de las halladas en los niveles arqueológicos de Montlleó. Además, en las cercanías del yacimiento afloran filones de cuarzo y de pórfido y granitos, todos ellos del Carbonífero, cuarcitas y pizarras del Ordovícico, y formaciones con areniscas, calizas, esquistos y filitas, entre otros. Así, aún a falta de análisis precisos, podemos intuir un origen local, próximo al yacimiento, para estas rocas distintas de las sedimentarias silíceas. Confirmar esta hipótesis requiere manejar la geoquímica en una escala de análisis más precisa (mineralógica y de composición elemental) que corrobore las similitudes entre las formaciones geológicas y las evidencias arqueológicas. Como ya comentamos, el sílex, pese a no hallarse de manera natural en los alrededores inmediatos del yacimiento, fue el material más utilizado para la confección del utillaje retocado. Su estudio nos ha permitido diferenciar seis tipos de sílex, además de una variedad jaspeada (Fig. 3, Tab. Se han adscrito a esta variedad 357 elementos del conjunto de núcleos y útiles retocados (29,83%). Este tipo posee una alta aptitud de talla. La coloración oscila entre el marrón y el marrón muy oscuro. El córtex, cuando se conserva (17,37%), es de litología caliza con tendencia a margosa y con un contacto neto con la masa silícea. La textura heredada es heterogénea con inclusiones abundantes de óxidos y relictos carbonatados. El contenido bioclástico es muy abundante y está representado por secciones de algas carofitas y en menor medida de gasterópodos y ostrácodos (Fig. 4: T.1). En proporciones muy reducidas (0,84%) aparecen estructuras anulares (anillos de Liesegang). Podemos definir estos sílex por sus características como procedentes de una facies sedimentaria de tipo continental lacustre. A escala microscópica este tipo de sílex posee un mosaico de microcriptocuarzo como textura principal. En proporciones muy inferiores se identifican otras formas de la sílice (calcedonia de elongación negativa y morfología esferulítica y botroidal). Los componentes no silíceos son cuantiosos, siendo los más abundantes los carbonatados, previos a la silicificación, no esqueléticos (micrita) y esqueléticos (secciones de algas carofitas, gasterópodos y ostrácodos en proceso de silicificación). Las paredes de algunos de estos componentes esqueléticos han sido micritizadas (Fig. 5: T.1). Los óxidos metálicos poseen morfología granular y se disponen zonalmente y los componentes terrígenos en forma de gránulos subangulosos de cuarzo detrítico aparecen de modo testimonial. Las formaciones geológicas con sílex de características similares a escala macroscópica y microscópica se sitúan a más de 100 km del yacimiento, hacia el nordeste y al otro lado de los Sílex Tipo 2 Sílex Tipo 3 Sílex Tipo 4 Sílex Tipo 5 Sílex Tipo 6 Jaspe Cuadro resumen con las principales características de las variedades silíceas analizadas en Montlleó. ) y alga carofita con pared micritizada e interior silicificado con nícoles cruzados (dcha.). Tipo 2: Pseudomorfos lenticulares de yeso con luz paralela (izq.) y nícoles cruzados (dcha.). Tipo 3: Bioclasto silicificado con nícoles cruzados. Tipo 4: Textura general con inclusiones de óxidos en luz paralela (izq.) y nícoles cruzados (dcha.). Tipo 5: Textura general en luz paralela (izq.) y nícoles cruzados (dcha.). Publicada en color en la edición electrónica. En las muestras analizadas por Difracción de Rayos X (Tab. 4) se observa una diversidad entre las formaciones geológicas susceptibles de haber sido explotadas y ningún paralelo directo con la muestra analizada del sílex del tipo 1. La muestra arqueológica presenta un contenido en cuarzo del 99,5%, con un aporte muy reducido de calcita (0,5%). Es un sílex muy puro y con bajo contenido de impurezas. La muestra del macizo de Corbières está constituida por cuarzo (86%), dolomita (8%) y posible moscovita (6%). Ubicación del yacimiento de Montlleó y de las formaciones susceptibles de haber sido explotadas para obtener los principales tipos de sílex identificados en el mismo. El sílex del Maastrichtiense posee cuarzo (94%), posible moscovita (5%) y algo de calcita (1%). La muestra del Rupeliense tiene cuarzo (87%), posible moscovita (7%) y calcita3 (6%). Por último, el sílex oligoceno de Tartareu-Alberola posee el porcentaje más alto en cuarzo (96%) de las muestras geológicas y un 4% de calcita. A nivel mineralógico el sílex tipo 1 se asemeja más a la muestra del sílex oligoceno de Tartareu-Alberola. Sin embargo, esta similaridad no es tan acentuada si observamos las láminas delgadas o las descripciones a la lupa binocular. En este momento de la investigación no podemos precisar más el lugar de aprovisionamiento de este tipo de sílex y un estudio mineralógico completo, así como de composición elemental, se entrevé necesario para poder aportar nuevos datos. Es un sílex originado en facies de sedimentación continental lacustre evaporítica y caracterizado por la ausencia de contenido bioclástico. Tiene una aptitud alta para la talla, coloraciones claras y generalmente translúcidos. El córtex, cuando se conserva (22,58%), es de litología caliza y escasamente rodado, con un contacto algo difuso con la masa silícea. La textura heredada es bastante homogénea y el contenido en inclusiones muestra óxidos metálicos y pseudomorfos lenticulares de yeso (Fig. 4: T.2). En algunos casos se identifican recristalizaciones de megacuarzo. Al microscopio petrográfico los sílex del tipo 2 tienen características similares con proporciones variables en función de la lámina delgada analizada. La textura principal se compone de un mosaico de microcriptocuarzo. Están presentes otras formas de la sílice como los mosaicos de megacuarzo, que aparecen testimonialmente, y la sílice fibrosa, de elongación tanto negativa como positiva, en ambos casos de morfología esferulítica (Fig. 5: T.2). La observación de ambos tipos de elongación de la calcedonia es un factor indicativo de un cambio en las condiciones de silicificación durante la diagénesis. Los componentes carbonatados en forma de micrita son abundantes en algunas láminas, aunque generalmente están en proporciones muy inferiores. Los óxidos metálicos como gránulos de hematites suelen ser abundantes, así como los testimonios evaporíticos en forma de pseudomorfos lenticulares de yeso (Fig. 5: T.2). En alguna lámina se han detectado porosidades de tipo intergranular. Las formaciones geológicas con sílex de similares características a las del tipo 2 se hallan a más de 100 km del yacimiento de Montlleó. En concreto, dos de ellas son susceptibles de haber sido explotadas por los grupos humanos que durante el Magdaleniense se asentaron en el yacimiento (Fig. 6). A algo más de 100 km al suroeste del mismo, en el Prepirineo centro-oriental, afloran las calizas del Garumniense con sílex (Mangado (Simonnet 1999) cuyo aspecto a la lupa binocular y al microscopio petrográfico es muy similar al de los sílex del tipo 2. La composición mineralógica (Tab. 4) de la muestra analizada del tipo 2 se compone exclusivamente de cuarzo (100%) siendo un sílex sin impurezas. Si observamos los datos para las dos formaciones susceptibles de haber sido explotadas, notaremos la correlación existente entre el tipo 2 y los sílex Bleu del Paleoceno de la vertiente norpirenaica, también constituidos exclusivamente por cuarzo. Los sílex de la Formación Tremp, en cambio, además de poseer entre un 90% y un 96% de cuarzo, contienen posible moscovita (entre 4% y 10%). Así, según pone de manifiesto el estudio por Difracción de Rayos X, los sílex del tipo 2 se corresponderían con los sílex del Paleoceno, orientándose de este modo el aprovisionamiento hacia la vertiente norpirenaica. Se le han atribuido 151 elementos del conjunto de útiles retocados y núcleos (12,61%). Este tipo de sílex presenta una alta aptitud de talla. El córtex, cuando se conserva (13,25%), es de litología caliza y suele aparecer escasamente rodado con un contacto neto con la masa silícea. La coloración general es marrón clara con motas rojizas debido a la alta presencia de óxidos. La textura heredada es heterogénea con abundancia de óxidos y cristales de cuarzo detrítico como principales inclusiones, así como de posibles espículas de esponja (Fig. 4: T.3) y bioclastos, generalmente indeterminados. En determinadas ocasiones se han identificado secciones de grandes foraminíferos como posibles Omphalocyclus macroporus, Orbitoides y Siderolites (Fig. 4). El contenido bioclástico y el tipo de inclusiones presentes en este sílex definen su facies sedimentaria como marina. Al microscopio petrográfico se observa una textura principal de mosaico de microcriptocuarzo. En proporciones muy reducidas aparece sílice fibrosa de elongación negativa y morfología botroi-dal. Los componentes carbonatados son previos a la silicificación y se observan tanto esqueléticos, con la pared micritizada y el interior en proceso de silicificación, como no esqueléticos (micrita) (Fig. 5: T.3). En proporciones muy escasas aparecen óxidos metálicos granulares y componentes terrígenos (granos de cuarzo detrítico subangulares). Los sílex adscritos al tipo 3 presentan paralelos con dos formaciones del Cretácico superior que afloran en la vertiente norte del Pirineo central (Fig. 6). Son los sílex del Flysch de Hibarette -Montgaillard, datados del Campaniense-Maastrichtiense (Barragué et al. 2001), y los sílex del Maastrichtiense que afloran en las calizas Nankin en las proximidades de Montsaunès (Séronie- Vivien et al. 2006). Ambas silicificaciones comparten abundancia de óxidos, cristales de cuarzo detrítico y espículas silíceas de esponja. Su única diferencia es que los grandes foraminíferos bentónicos clásicos del Maastrichtiense solo se atestiguan en los sílex de Montsaunès (presencia de Lepidorbitoides socialis, Omphalocyclus macroporus, Siderolites y Orbitoides) (Bilotte y Andreu 2006: 311). Todos los sílex adscritos al tipo 3 presentan los caracteres comunes observados en ambas formaciones, pero en determinadas piezas también se han identificado Orbitoides, Siderolites y Omphalocyclus. El análisis por Difracción de Rayos X del tipo 3 revela una composición mineralógica compuesta principalmente por cuarzo (99%, calcita 1%). A nivel mineralógico prácticamente no se observan distinciones entre los sílex de Montgaillard (cuarzo 92%, posible moscovita 8%) y Montsaunès (cuarzo 93%, posible moscovita 7%) (Tab. Por todo lo expuesto, a día de hoy proponemos ambas formaciones como susceptibles de haber sido explotadas por los grupos que ocuparon Montlleó para abastecerse de lo que hemos denominado sílex tipo 3. Sabemos que algunas piezas con seguridad proceden del Maastrichtiense de Montsaunès. Las que no presentan macroforaminíferos podrían proceder bien de esta misma formación, bien de la de Hibarette -Montgaillard. Se trata, por tanto, de un sílex exógeno cuyas fuentes de aprovisionamiento conocidas se sitúan a unos 110 km en línea recta del yacimiento para los sílex de Montsaunès y a más de 170 km para los sílex del Flysch de Hibarette -Montgaillard-. La presencia de este tipo de sílex en Montlleó constituye el primer indicador inequívoco de la existencia de contactos con la vertiente norpirenaica. Se le han adscrito hasta 102 elementos del conjunto de útiles retocados y núcleos. La aptitud de talla de este tipo de sílex oscila entre alta y muy alta. La coloración es oscura con tonalidades de gris a negro, aunque también aparecen algunas piezas de tonos marronáceos. El córtex, cuando se conserva (17,65%), es de litología caliza y generalmente con escaso rodamiento y un contacto neto con la masa silícea. A la lupa binocular se ha identificado una textura heredada heterogénea con abundantes inclusiones de óxidos metálicos, cuarzo detrítico y cristales romboédricos de calcita o dolomita. El contenido bioclástico es también cuantioso. Está compuesto de espículas de esponja, calciesferas y pequeños foraminíferos, entre los que se han determinado globigerínidos y textuláridos (Fig. 4: T.4). El contenido de inclusiones y bioclastos determina un origen marino para este sílex tipo 4. Al microscopio petrográfico, presentan un mosaico de microcriptocuarzo como textura principal, siendo la única forma de la sílice observada. En porcentajes reducidos se documentan componentes carbonatados (micrita y componentes esqueléticos, éstos en proceso de silicificación). Los óxidos son abundantes, de morfología granular y distribuidos en toda la lámina. No aparecen porosidades ni tampoco cementaciones. Espículas de esponja y secciones de globigerínidos son el principal contenido micropaleontológico observado al microscopio petrográfico (Fig. 5: T.4). El sílex tipo 4 posee paralelos con los sílex de la Formación Agua-Salenz, que aflora al sur del macizo del Turbón, así como su equivalente lateral, la Formación Pardina, que aflora en la cuenca de Sopeira (Caus et al. 1993(Caus et al., 1997;;IGME 2009). Los afloramientos más cercanos al yacimiento de Montlleó se encontrarían a 110 km en línea recta hacia el oeste. Estos serían accesibles descendiendo por el río Segre y remontando por el Noguera Ribagorzana o bien cruzando las elevaciones montañosas que conectan los valles del Segre, el Noguera Pallaresa y el Noguera Ribagorzana hasta llegar al valle del Lierp, donde junto al afloramiento primario y subprimario fue localizado un taller de sílex4 (Fig. 6). A nivel mineralógico (Tab. 4), la muestra analizada del sílex tipo 4 tiene similitudes con la perteneciente a la Formación Agua-Salenz, pese a observarse en ambas algunas diferencias. Así, el sílex tipo 4 está constituido por un 97% de cuarzo y un 3% de calcita. En cambio, la muestra geológica posee un 94% de cuarzo, un 5% de calcita y un 1% de dolomita. Se le han asignado 10 piezas (0,84% del total), caracterizadas por una coloración marronácea clara, pero con una alta opacidad. La aptitud para la talla de este tipo de sílex es alta. El córtex, conservado en un 30% de las piezas, es de litología caliza y presenta evidencias de rodamiento. A la lupa binocular se identifica una textura heredada heterogénea compuesta por inclusiones de óxidos y grandes foraminíferos, entre los que es posible discernir secciones de alveolinas y assilinas (Fig. 4: T.5). Se ha determinado un origen marino para este tipo de sílex por su contenido micropaleontológico. La escasez de restos, sumado al hecho de que mayoritariamente son tipos primarios, ha imposibilitado la elaboración de láminas delgadas para una caracterización microscópica de estos elementos. A escala macroscópica este tipo no tiene paralelos con los sílex estudiados de ambas vertientes de la cordillera pirenaica. Estamos, por tanto, ante un aporte puntual que llega al yacimiento fruto quizás de un intercambio entre grupos. Se le han atribuido 16 elementos (1,34% del material retocado analizado). Es un sílex de aptitud entre media y baja para la talla, pues se observan con frecuencia fisuras, de origen tectónico. Son sílex de coloraciones oscuras dentro de la gama de los negros. Solo una pieza conserva el córtex, sin signos de rodamiento y de litología caliza margosa con un contacto difuso y sociales. Barcelona. con la masa silícea. La textura heredada es heterogénea con inclusiones de óxidos, abundantes relictos carbonatados y cristales romboédricos de calcita o dolomita en proceso de disolución (Fig. 4: T.6). Ha sido posible identificar algunas secciones bioclásticas, cuya determinación no ha sido factible. La escasez de restos atribuibles a este tipo de sílex y sus dimensiones ha impedido elaborar láminas delgadas. No obstante, las particulares características que presenta nos han permitido relacionarlo con los sílex de la Formación Corones, que emergen a lo largo de la Sierra del Cadí y cuyos afloramientos localizados más próximos al yacimiento de Montlleó se sitúan a tan solo 11 km al SO del mismo, en la parte alta de la Sierra del Cadí (afloramiento del Comabona) o en las faldas de ésta (afloramiento de Riugréixer) (IGME 1994; Calvet et al. 2007) (Fig. 6). Así, pese a ser afloramientos localizados en lo que se considera un radio de aprovisionamiento local (inferior a 10 km), cabe tener en cuenta que para acceder a ellos se debe solventar la Sierra del Cadí, con elevaciones superiores a los 2.000 m. Hasta 14 piezas retocadas fueron elaboradas sobre jaspe. Se trata de una silicificación de aptitud media para la talla con un lustre algo brillante. El elevado contenido en inclusiones de óxidos metálicos confiere a las piezas una coloración fundamentalmente rojiza y anaranjada (Fig. 4: T.7). Se trata de una silicificación muy opaca, por lo que la determinación textural macroscópica resulta complicada. La observación al microscopio petrográfico de las láminas delgadas de algunos jaspes recuperados en Montlleó ha permitido identificar una textura heredada en la que el componente mayoritario no es la sílice sino los óxidos metálicos (Fig. 5: T.7). Integran los componentes silíceos un mosaico de microcriptocuarzo y en proporciones más reducidas cristales de megacuarzo subeuhedrales dispuestos en mosaico en el relleno de antiguas porosidades. Los componentes carbonatados previos a la silicificación también existen y siempre son no esqueléticos (micrita). Se ha observado una porosidad intergranular de tipo primario. Esta variedad jaspeada tiene sus paralelos en una silicificación de radiolaritas conocidas en el sinclinal de Vilafranca de Conflent, junto al macizo del Canigó. Afloran en posición secundaria en las terrazas del río Têt, a la altura de Vinça, en forma de grandes bloques rodados y, en menores cantidades, desde Millas hasta Canet en Rosellón5 (Fig. 6). A escala macroscópica y microscópica las características de los jaspes del Canigó son idénticas a las observadas en los ejemplares de Montlleó, por lo que podríamos estar ante una aportación de sílex extra-regional en la que los afloramientos más cercanos se situarían a más de 60 km del yacimiento. Relación de datos tras la caracterización arqueopetrológica El análisis arqueopetrológico de la industria lítica retocada de Montlleó ha aportado otras características de interés que exponemos a continuación. Se refieren a la presencia de córtex, las alteraciones o el peso y al modo como afectan o se presentan en cada uno de los seis tipos de sílex diferenciados. El córtex puede ser un importante indicador del tipo de gestión del material y de la litología de la formación encajante. Si obviamos el tipo 5 (solo 10 piezas), el tipo 2 presenta el porcentaje cortical más elevado 25% (Fig. 7). Mayoritariamente son córtex marginales (19,35%). Por el contrario, los menores porcentajes corticales (86% de No Corticalidad) corresponden a los sílex de tipo 3. Los porcentajes de No Corticalidad de los tipos 1 y 4 superan el 82%. Estos bajos porcentajes corticales son habituales en útiles retocados y núcleos. La presencia reducida de córtex es un indicador de la llegada al yacimiento tanto de nódulos parcialmente desbastados y de pequeñas dimensiones como de soportes ya configurados. Este dato concuerda perfectamente con los resultados del estudio tecnológico de una parte del material retocado de Langlais (2010), donde dio a conocer diversas cadenas operativas líticas para la configuración del utillaje retocado. Las láminas llegarían ya talladas al sitio, y sería en el yacimiento donde se producirían las laminitas a partir de núcleos de tamaño reducido (Langlais 2010). Además, si tenemos en cuenta que las distancias de las fuentes de abastecimiento al yacimiento superan los 100 km (salvo las del tipo 6) el material llegaría mayormente como núcleos ya configurados. Los primeros estadios de la cadena operativa lítica (decorticado y primera configuración del soporte) se habrían realizado previamente en otro lugar. Las principales alteraciones determinadas tras el análisis macroscópico del material han sido la pátina blanca y las de carácter térmico, ambas dependientes del tipo de sílex (Fig. 7). Por lo general el conjunto lítico está bastante alterado, lo que podría relacionarse con el tipo de asentamiento, al aire libre, y con procesos fundamentalmente postdeposicionales. La diferencia de afectación entre tipos podría estar en relación con la mayor o menor porosidad de las silicificaciones. Los sílex del tipo 2, originados en una facies sedimentaria de tipo continental lacustre evaporítica, poseen texturas más gruesas y algunas fisuras relacionables con una mayor porosidad, comportando una mayor alteración por pátina blanca. En cambio, los sílex del tipo 4, con unas superficies lisas y homogéneas, serían menos porosos. Las alteraciones térmicas afectan a los tipos 1, 2, 3 y 4 con porcentajes que oscilan, en cambio, entre el 1 y el 3% en función del tipo de sílex. Las principales son las cúpulas térmicas y los craquelados. El peso sirve de indicador de la cantidad de material aportado al yacimiento y, por tanto, es un elemento importante en el estudio arqueopetrológico. Al dividir el peso de cada tipo de sílex por el total de sus respectivos elementos se han obtenido resultados bastante homogéneos (Fig. 7), comprendidos entre 1 y 3 g. El tipo 2 poseería un peso teórico por efectivo más alto (3,80 g), posiblemente por tratarse de un tipo de sílex de peor calidad que llega al yacimiento en forma de soportes de dimensiones mayores y cuyos núcleos no se llegan a agotar. Los resultados del tipo 5 (6,02 g) con solo 10 efectivos no pueden tenerse en cuenta. De todo ello se desprende que las estrategias de gestión empleadas en los diferentes tipos de sílex explotados en el yacimiento fueron similares y destinadas, por lo general, a obtener soportes de dimensiones reducidas. Relación entre tipos de sílex y análisis tecno-tipológico Con el objetivo de conocer mejor las estrategias de explotación de recursos empleadas en los diferentes tipos de sílex explotados hemos relacionado los datos con los del análisis tecno-tipo-lógico previo (Laplace 1974), efectuado durante las campañas de excavación. Junto a similitudes entre tipos de sílex existen también ciertas diferencias interesantes (Fig. 8). En los sílex lacustres del tipo 1 observamos el predominio marcado de los elementos de retoque abrupto (52%). El segundo grupo son los núcleos (24%) y los elementos de retoque simple (20%), seguidos por buriles (1,4%), écaillés (0,3%) y foliáceos (0,3%). Hay pocos (2%) útiles dobles (perforadores, raederas y raspadores-buril fundamentalmente). Los elementos de retoque abrupto también son mayoritarios (34%) en los sílex continentales lacustres evaporíticos de tipo 2 pero están mucho más igualados con los núcleos (33,6%). Los útiles de retoque simple (22%), los écaillés (6%) y los buriles (3%) completan el conjunto. En los sílex del tipo 3, los útiles de retoque abrupto son mayoritarios (51,6%). Los núcleos (24,5%) y los elementos de retoque simple (20,5%) forman un segundo grupo, seguido a distancia por buriles (2%), écaillés (0,7%) y útiles dobles (0,7%). Los sílex marinos del tipo 4 se emplean, sobre todo, para elementos de retoque abrupto (54%) y, en segundo lugar, para núcleos (29%). Les siguen los elementos de retoque simple (12%) y, finalmente, contados écaillés (3%), buriles (1%) y útiles dobles (1%). La escasez de materiales en los tipos 5, 6 y jaspes (algunos núcleos, elementos de retoque abrupto, de retoque simple y ciertos buriles) nos hace pensar que estamos ante aportes puntuales de núcleos previamente configurados y trabajados in situ. Análisis de una muestra aleatoria de material no retocado Los resultados de relacionar el estudio arqueopetrológico del material retocado sobre rocas sedimentarias silíceas con sus correspondientes datos tecno-tipológicos se han completado con el análisis de una muestra aleatoria de un 10% del no retocado. Para llevar a cabo esa selección se volcó todo el material en una base de datos de Microsoft Excel a la que aplicamos la fórmula de selección aleatoria. La base constaba de algo más de 10.000 piezas, una vez excluidas las procedentes de recogidas superficiales y caídas de corte. En la caracterización macroscópica se han hallado diferentes tipos de sílex, cuya determinación no ha sido posible (29,52%) o que se correspondían con los tipos de sílex definidos previamente en el conjunto retocado. Un total de 291 elementos (28,17%) se vinculan al sílex lacustre del tipo 1, el grupo mayoritario en la muestra seleccionada. El estudio arqueopetrológico de la muestra de material no retocado pone de manifiesto la inexistencia de otras silicificaciones en el conjunto. Es decir, las estrategias de gestión y aprovechamiento de los distintos tipos de sílex son similares a las identificadas en los tipos primarios previamente analizados. El estudio arqueopetrológico del conjunto de Montlleó aporta nuevos datos que complementan el conocimiento que hasta el momento teníamos sobre las estrategias de gestión y captación de recursos líticos de las comunidades de cazadoresrecolectores que, al fin del Paleolítico superior, se asentaron en el Pirineo centro-oriental. El análisis nos ha permitido diferenciar la aportación al yacimiento de seis tipos de sílex y una variedad jaspeada cuyos orígenes son variados y fundamentalmente exógenos (Fig. 6). El tipo 1, integrado por sílex formados en una facies sedimentaria continental lacustre, presenta paralelos con diversas formaciones geológicas situadas en un radio de unos 100 km de Montlleó. En estos momentos no es posible precisar de entre las formaciones posibles cuáles fueron explotadas por los grupos humanos que se asentaron en Montlleó, pues enfrentamos un problema de convergencia de facies silíceas. Es decir, estamos ante sílex de formaciones distintas y, en este caso, lejanas geográficamente, cuyas características similares a la lupa binocular y al microscopio petrográfico son indiferenciables en esta escala de análisis. Sea como fuere y como los rasgos de los sílex del tipo 1 no son ni mucho menos uniformes, debemos pensar que pudo explotarse más de una de las formaciones analizadas. No obstante, entre las cinco formaciones lacustres susceptibles de haber sido explotadas, las correspondientes a los sílex del Oligoceno de Corbières y del Rupeliense de la Serra Llarga, y su extensión al Este y Oeste, pese a su falta de homogeneidad a nivel mineralógico, parecen asemejarse más entre sí a la lupa binocular y al microscopio petrográfico que las otras tres formaciones. Ambas formaciones se localizan en un radio superior a los 100 km del yacimiento en sentidos opuestos. Al nordeste los sílex oligocenos de Corbières serían fácilmente accesibles cruzando el paso de la Percha y siguiendo el eje del río Têt. Al suroeste los sílex rupelienses de la Serra Llarga, se podrían alcanzar siguiendo el curso del río Segre por las sierras prepirenaicas hasta el contacto con la Cuenca del Ebro. Posiblemente la lejanía de las fuentes de aprovisionamiento explica que este tipo de sílex llegara a Montlleó como soportes preconfigurados y pequeños núcleos que fueron trabajados in situ. Sin embargo su importancia numérica en el registro arqueológico y su uso para elaborar todo tipo de útiles nos inclina a pensar que fuera un sílex recurrentemente explotado. Es de suponer que las fuentes de aprovisionamiento se encontraran en un territorio frecuentado reiteradamente para permitir la adquisición de un material que de manera habitual aparece en el registro arqueológico. El tipo 2 posee paralelos directos con los sílex del Paleoceno que afloran fundamentalmente en los Petites Pyrénées, y cuyos afloramientos más cercanos se encuentran a 100 km al noroeste del yacimiento, a tenor de la idéntica composición mineralógica obtenida por Difracción de Rayos X. Es, por tanto, un sílex exógeno que, sin embargo, llega al yacimiento en cantidad durante toda la secuencia estratigráfica. Por ese motivo podemos precisar que estamos ante un tipo de sílex recurrente, que llegaría fundamentalmente como soportes y módulos ya configurados. En Montlleó se desarrollarían los últimos estadios de la cadena operativa lítica para la obtención de laminitas. La gran cantidad de material asociado a esta variedad silícea en un indicador de que las fuentes de aprovisionamiento se encontraban en un territorio frecuentado de manera recurrente, en el que el acceso a los recursos fue accesible si no permanentemente, la mayor parte del tiempo. Los paralelos geológicos del tipo 3, se han identificado en los sílex maastrichtienses de Montsaunès y en los sílex del Flysch del Cretácico superior que afloran próximos a las localidades de Hibarette y Montgaillard. Ambas formaciones, localizadas en el Pirineo francés, son depósitos en posición primaria y subprimaria junto a los que aparecen talleres de sílex frecuentemente utilizados durante la Prehistoria (Barragué et al. 2001). Estos afloramientos se sitúan a poco más de 200 km al noroeste del yacimiento de Montlleó. La mayor lejanía de estos sílex junto a su continuada presencia en el registro arqueológico sin cambios aparentes, ni en la estratigrafía ni en su uso, nos lleva a pensar que estamos ante un aporte recurrente de material pero en menores cantidades. Ello podría relacionarse con una menor frecuentación de ese territorio por los grupos de cazadoresrecolectores que se asentaron en Montlleó. Se ha establecido una relación directa entre el tipo 4 y una formación geológica localizada en el Pirineo y Prepirineo aragonés. Es la formación Agua-Salenz, que aflora en el valle del Lierp, al sur del macizo del Turbón, y que más al Este aflora de nuevo con nódulos de sílex bajo el nombre de Formación Pardina. Los sílex de ambas formaciones presentan idénticas características. Los afloramientos de la Formación Pardina están algo más próximos al yacimiento de Montlleó pero en estos momentos nos inclinamos por la explotación de los sílex de la Formación Agua-Salenz en sus afloramientos del valle del Lierp. La razón principal es el hallazgo de restos de talla pertenecientes a un antiguo taller junto al depósito primario de sílex. Además, en los afloramientos que a día de hoy se conocen de la Formación Pardina en la Cuenca de Sopeira, el sílex aparece altamente encajado y su extracción es difícil. Igualmente, los últimos trabajos de prospección en la zona parecen indicar que no hay afloramientos de este tipo de sílex más al este de la cuenca de Sopeira. Sea como fuere, ambas formaciones y los afloramientos que hoy se conocen (valle del Lierp y cuenca de Sopeira) están a más de 120 km de distancia del yacimiento, siendo por tanto sílex exógenos. En el registro arqueológico los sílex del tipo 4 se distribuyen a lo largo de la secuencia estratigráfica para elaborar utillaje diverso. No obstante, más del 50% del sílex de este tipo sirvió para la confección de elementos de dorso (actividades cinegéticas), posiblemente debido a la alta aptitud para la talla que generalmente presenta. Llama la atención el reducido porcentaje de núcleos, muy inferior al del resto de variedades silíceas. Parece que el sílex llega al yacimiento en forma de soportes y módulos ya configurados, realizándose actividades de talla in situ pero con menos frecuencia que las efectuadas con los tipos 1, 2 y 3. Los sílex del tipo 4 son aportados recurrentemente pues aparecen de manera continuada en la estratigrafía del yacimien- to. Como ya se ha apuntado para el caso anterior, su menor cantidad puede explicarse por ubicarse en un territorio menos frecuentado por los grupos humanos que se asentaron en Montlleó. A día de hoy no se conocen las fuentes de aprovisionamiento del único elemento no retocado del tipo 5, pues no presenta paralelos con las formaciones estudiadas al sur y norte de los Pirineos. Pensamos que es un aporte puntual, posible fruto de un intercambio entre grupos y cuyo origen haya que buscar en radios mucho más alejados a los que aquí se plantean. Los sílex del tipo 6 se relacionan con los sílex de la Formación Corones, que aflora a lo largo del Pirineo centro-oriental y en las proximidades del yacimiento, en la Sierra del Cadí. Sus afloramientos más cercanos se sitúan a tan sólo 11 km de Montlleó, pero su aparición entre el conjunto retocado y en la muestra aleatoria es testimonial. Esto puede deberse a varias razones. Estamos ante un sílex cuya aptitud para la talla es mediocre por la alta tectonización de los nódulos, por lo que su explotación resulta dificultosa. Además, si bien la cercanía de los afloramientos permitiría definirlo como un sílex local, para llegar a ellos es necesario cruzar la Sierra del Cadí, con elevaciones que superan fácilmente los 2.000 m. La hipótesis que planteamos en este momento sobre el abastecimiento del tipo 6 es que su explotación fuera puntual, quizás expeditiva. Pudo llegar algún nódulo de sílex a alguno de los cauces que desde el Cadí bajan al río Segre, y posteriormente ser recolectado en posición secundaria por los grupos humanos, que a su vez se abastecieron de otras litologías locales (liditas, cuarzo, cuarcitas y riolitas). Como segunda hipótesis planteamos que, buscando un paso alternativo para llegar al Sur, se cruzara la Sierra del Cadí por alguno de los pasos naturales e históricos [URL]. el Pas dels Gosolans, que conecta el valle de la Cerdaña con el valle de Gósol) donde afloran sílex de la Formación Corones. En este caso hay que valorar también el clima severo que acompañó a los grupos magdalenienses de Montlleó, cuando muchos de estos pasos (por encima de 2.000 m) estarían bloqueados por la nieve y el hielo gran parte del año. Finalmente, la variedad definida como jaspeada, escasamente representada en el registro arqueológico analizado, tiene paralelos directos con los denominados Jaspes del Canigó, una silicificación hidrotermal que aflora junto al maci-zo del Canigó y que está en posición secundaria en las terrazas del río Têt. Los afloramientos de esta variedad jaspeada se hallarían a algo más de 70 km al este del yacimiento y serían fácilmente accesibles siguiendo el eje del río Têt al cruzar el paso de la Percha. La escasa aparición de esta silicificación en el registro arqueológico debería relacionarse con sus superficies rugosas y su baja aptitud para la talla. Llegaría al yacimiento de manera puntual fruto quizás de una recogida en un depósito secundario en el transcurso de un desplazamiento para otro tipo de actividad (¿cinegética?) aprovechado para una talla ocasional. La localización en el mapa de Montlleó y de las diferentes zonas de captación de recursos líticos susceptibles de haber sido explotados muestra el yacimiento está "en una zona de paso". Esa expresión no debe considerarse sinónima de ocupación puntual del territorio. Montlleó es un asentamiento ocupado en diversos momentos durante un mismo periodo cronocultural y seguramente (como muestran las dataciones obtenidas por C14) por sucesivas generaciones. Sin embargo, las características propias del yacimiento y los fenómenos postdeposicionales han conllevado la formación de un único nivel arqueológico, que se presenta uniforme y sin vacíos ocupacionales en su desarrollo vertical, asociado a una tipología lítica que concuerda con las dataciones absolutas obtenidas, que lo adscriben al Magdaleniense inferior. La ubicación del yacimiento es clave para hacer hincapié en la idea de que está en zona de paso. Sobre un pequeño montículo en el valle de la Cerdaña, Montlleó se sitúa en uno de los lugares más accesibles para cruzar la Cordillera Pirenaica, con suaves elevaciones que permiten, siguiendo los ejes de los ríos Têt y Segre, solventar las elevadas cumbres que rodean la comarca para conectar con otros valles próximos. La identificación de las zonas de procedencia de las materias primas líticas nos informa o sobre la zona de procedencia de los grupos humanos que se asentaron en el yacimiento, o sobre por dónde y con qué frecuencia transitaban por el territorio en sus recorridos. El peso de los tipos de sílex identificados, el tipo de útiles elaborados en cada uno de ellos, así como el número de núcleos es significativo a ese respecto. No obstante, debido a la convergencia de facies silíceas que presentan una parte de los materiales, no somos capaces de determinar -en el actual estado de nuestros conocimientos-los sentidos generales de las marchas. La circunstancia citada no excluye el gran valor para la interpretación arqueológica de haber hallado evidencias de jaspes del Canigó, de sílex del Flysch del Cretácico y de sílex Bleu del Paleoceno entre el material arqueológico de Montlleó, pues son indicadores seguros de una de las direcciones tomadas por estos grupos humanos. Del mismo modo, desde el paso de la Percha se accede al valle del Têt y fácilmente es posible alcanzar la zona de Corbières y así explotar el sílex lacustre que tanto abunda en el registro arqueológico. Si cruzado el paso de la Percha, se toma el valle del Querol, en pocos kilómetros se alcanza la región del Ariège, donde se ubican importantes yacimientos arqueológicos con niveles magdalenienses, donde están presentes el sílex Bleu del Paleoceno y el sílex del Cretácico superior que aparecen en el registro de Montlleó. Se manifiesta así una tradición cultural en el empleo de estas variedades mantenida durante el Magdaleniense. Hacia el Sur, la explotación de los sílex de la Formación Agua-Salenz (tipo 4) pone de manifiesto la existencia de un contacto al sur del macizo pirenaico y hasta el Pirineo central, fácilmente accesible siguiendo las elevaciones que conectan los ríos Segre y Nogueras. Al descender por el valle del Segre estos grupos humanos pudieron explotar los recursos silíceos que ofrecían las formaciones del Rupeliense (tipo 1) y conectar con estas primeras sierras prepirenaicas, donde también ha quedado en evidencia la tradición de una ocupación desde el Magdaleniense inferior al superior final. Montlleó podría ser el primer referente cronocultural de un comportamiento de movilidad territorial por el río Segre que se desarrolla a lo largo de todo el Magdaleniense. La escasa aparición de sílex de la Formación Corones entre el material arqueológico del sitio debe entenderse como un indicador de que, si bien puntualmente pudo cruzarse la Sierra del Cadí para enlazar con el curso del río Llobregat, éste no fue ni el trayecto principal ni el habitual de los grupos que se asentaron en Montlleó. El estudio arqueopetrológico de Montlleó prueba el contacto entre ambas vertientes del Pirineo ya en el Magdaleniense inferior. La aparición en el registro arqueológico de material con esa procedencia es con seguridad el ejemplo más claro que podamos poseer de la ausencia de barreras orográficas y culturales al fin del Paleolítico superior en el Pirineo centro-oriental. La falta de barreras bien podría extenderse a la totalidad de la Cordillera Pirenaica y a lo largo del Paleolítico superior, según ponen de manifiesto los recientes estudios arqueopetrológicos de Tarriño y Elorrieta (2012) que, para el Gravetiense de Alkerdi (Urdax, Navarra) y el Auriñaciense y Gravetiense de Aitzbiarte III (Landarbaso, País Vasco), identificaron sílex de tipo Chalosse, cuyas fuentes de aprovisionamiento se ubican en la vertiente norpirenaica. El análisis de otros complementarios, como los desarrollados por Langlais (2010) sobre aspectos tecnoeconómicos de la industria lítica de numerosos yacimientos magdalenienses del ámbito pirenaico, entre los que se incluyen materiales de Montlleó, pone de manifiesto la existencia de una homogeneidad tecno-tipológica en el Pirineo centro-oriental al fin del Paleolítico superior (Langlais 2010). Sin duda alguna, el estudio intensivo de la composición elemental de los distintos tipos de sílex explotados en Montlleó y sus posibles áreas de captación, sobre el que trabajaremos próximamente, se entrevé como prometedor. Éste análisis, unido a la revisión de estudios arqueopetrológicos de yacimientos de similar cronología del ámbito pirenaico, permitirá una mejor comprensión de las estrategias de aprovisionamiento y gestión de los recursos líticos empleadas por los grupos humanos que al fin del Paleolítico superior se asentaron en el Pirineo centro-oriental. Esta publicación ha sido posible gracias a un contrato predoctoral FPU del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte del que M. Sánchez es beneficiaria. El trabajo se inscribe en los proyectos HAR 2011-26193 del Ministerio de Ciencia e Innovación y SGR 2014-108 de la Generalitat de Catalunya, dirigidos por el Dr. Josep Maria Fullola, al que agradecemos su apoyo. Asimismo agradecemos los comentarios de los evaluadores anónimos, que han enriquecido el trabajo.
En este trabajo se presentan y evalúan las 10 dataciones disponibles para los niveles neolíticos de la Balma Margineda (Andorra). Después de analizar la naturaleza de las muestras y sus contextos arqueoestratigráficos de procedencia, consideramos que únicamente tres de ellas, realizadas recientemente, son aceptables. Éstas confieren una horquilla mucho más rejuvenecida de la ocupación de la que se proponía en base a las dataciones antiguas. En este nuevo escenario se analiza el material cerámico y lítico de los niveles in situ, para situar adecuadamente el yacimiento en el marco actual del conocimiento del Neolítico antiguo en esta región pirenaica. La Balma Margineda es un abrigo de dimensiones medias a unos 970 metros s.n.m., situado en el desfiladero del río Valira, en la localidad andorrana de Aixovall (Fig. 1). Pere Canturri inició las excavaciones en este yacimiento en los años 1950. En ellas colaboró en algunos momentos Joan Maluquer de Motes (1962), quien publicó los primeros resultados. La información arqueoestratigráfica extraída de esas intervenciones es enormemente escasa, por no decir casi inexistente. A partir de 1979, un equipo encabezado por Jean Guilaine y Michel Martzluff retoma los trabajos arqueológicos que finalizaron en 1991. Poco después publicaron la primera monografía del yacimiento en 3 volúmenes con los resultados completos de las actuaciones efectuadas en a Seminari d'Estudis i Recerques Prehistòriques (SERP, 2014SGR-108) los niveles neolíticos y mesolíticos (Guilaine y Martzluff 1995a). Las dataciones muy antiguas obtenidas y unos materiales que se asociaban mal con el denominado "Paradigma Cardial" se convirtieron en una referencia para el estudio del Neolítico antiguo de la región pirenaica. Eso provocó la inclusión del yacimiento en el grupo del entonces llamado "Neolítico Pericardial" (Guilaine 1993). Este grupo se caracterizaba por unas fechas antiguas, pocas cerámicas con morfología y decoración típicas del Neolítico Cardial y conjuntos faunísticos donde los taxones salvajes eran mayoritarios. Otros ejemplos paradigmáticos de este grupo eran el Abri de Jean Cros (Guilaine et al. 1979) y el Abri de Roc de Dourgne (Guilaine et al. 1993). En los últimos años, los trabajos en distintas áreas del Pirineo proponen que sean simplemente registros culturalmente poco representativos, con problemas y resultados dudosos de las fechas radiocarbónicas debido a las muestras datadas (Manen y Guilaine 2010; Oms et al. 2012; Valdeyron et al. 2013). Las dataciones disponibles de la Balma Margineda sirvieron además para explicar la rápida llegada de colonos con cerámica cardial a la Cueva de Chaves, proponiendo una vía de entrada neolítica por el Languedoc francés, cruzando la región de la Cerdanya y avanzando por el río Segre hacia el Cinca hasta los territorios oscenses (Baldellou y Utrilla 1999; Petit 2001; Alday et al. 2012). Según trabajos posteriores esta vía de entrada, quizá probable, no se podía sustentar en la información de la Balma Margineda por las diferencias significativas de su registro arqueológico (sobre todo por las características formales y decorativas de la cerámica) y por la calidad de las dataciones realizadas (Oms et al. 2012). ESTRATIGRAFÍA Y CULTURA MATERIAL (CERáMICA E INDUSTRIA LÍTICA) La Balma Margineda es un yacimiento cuya compleja estratigrafía abarca desde una cronología histórica (estratos superficiales y nivel C1) al final del Paleolítico superior -Aziliense-(Guilaine y Martzluff 1995a; Guilaine et al. 2008). Los niveles del Neolítico antiguo (C3), abordados en este trabajo, tienen múltiples variaciones según tramos. En la secuencia más elemental se suceden las fases C3a (más reciente), C3b y C3b base (más antigua), lo que se observaba bien en el tramo sur del yacimiento, por ejemplo en el perfil entre los cuadros E-F/26-27 (Fig. 2A). La variabilidad lateral era tan amplia, que pocos metros hacia el centro del área excavada, en el perfil I-F/22-23, esta secuencia ya no se documentaba. La afectación de las excavaciones antiguas de Canturri y diversas estructuras negativas alteraron la estratigrafía. Por ello en este tramo se usó la nomenclatura C3F 1, C3F 2 y C3F 3 (Fig. 2B), correspondiente a los estratos que están en contacto con la gran fosa C3F. La descripción de los niveles y las estructuras más destacables es la siguiente (Guilaine y Martzluff 1995b): Nivel C2: es prácticamente estéril y cierra la secuencia prehistórica. De naturaleza detrítica, está compuesto por arenas y gravas heterométricas. Nivel C3a: cronológicamente perteneciente al Neolítico antiguo, se caracteriza por limos grisáceos con un componente arcilloso casi inexistente. En su base se suceden carbones y cenizas que oscurecen este tramo. Estaba alterado por actuaciones no reguladas, por lo que sólo pudo ser excavado adecuadamente en unos pocos tramos. Se han documentado dos estructuras de combustión y dos agujeros de poste. Como el nivel inferior C3b, estaba afectado por la fosa C3f y quizá también la C3F, aunque dicha determinación era compleja en algunos tramos. Nivel C3b: presenta una matriz de limos y arenas con gravas heterométricas de coloración marrón. Estaba alterado por las grandes fosas C3f y C3F. Se distribuía por una zona menor que la del nivel C3a. Ocupaba el tramo oeste, el más protegido por el abrigo, y su ocupación fue intensa. Se reconocieron una estructura de combustión (con avellanas carbonizadas) y una concentración de carbones y cenizas, probablemente un hogar desmantelado o lavado. Nivel C3b base: apenas contiene restos cerámicos pero fue considerada la capa neolítica más antigua del yacimiento. Presenta bloques decimétricos y gravas incluidas en limos carbonosos de coloración marrón. Se describe como el resultado de una ocupación de poca intensidad. Aparece en toda la superficie del abrigo. Entre un lecho de bloques se hallaron dos estructuras de combustión y una acumulación de plaquetas enrojecidas por la acción del fuego. Está constituida por una matriz de limos polvorientos de color marrón. En su tramo superior había otra estructura negativa, más pequeña. Se excavó desde el nivel C3a y llega hasta los niveles mesolíticos. Fosa C3F: las dimensiones máximas son 145 x 110 x 130 cm. Su relleno es heterogéneo con numerosos bloques y clastos de distribución y tamaños variables. La matriz es limosa y la coloración marrón rosada. En algunos cuadros corta parte de los niveles neolíticos C3b y C3b base y de los mesolíticos subyacentes. Probablemente está cubierto por el nivel C3a. Sin embargo, en otros tramos (Fig. 2B) esta estructura se desarrolla junto a una estratificación no típica, definida como C3F 1, C3F 2 y C3F 3, que son sus estratos de contacto. Su cultura material la sitúa cronológicamente en el Neolítico antiguo. En estos niveles, el material arqueológico procedente de los estratos in situ es relativamente pobre. Analizaremos brevemente los restos cerámicos y el utillaje lítico, incluidos en dos tesis doctorales1 recientemente defendidas. Su análisis se encuadra en una lectura actual del proceso de neolitización y es muy útil para comprender el yacimiento, así como para interpretar el origen de dicho proceso en el noreste de la Península Ibérica. Es un material relativamente abundante en la Balma Margineda, pero los fragmentos decorados son muy pobres y no siempre proceden de los niveles considerables in situ. Sin embargo, aún siendo muy escasos, son enormemente representativos de este periodo. Mediante analogía y similitudes el resto puede relacionarse, con ciertas reservas, con los niveles C3a, C3F y C3f. Hemos dispuesto de estos escasos datos para correlacionarlos con las dataciones (Fig. 3 y Tab. El nivel C3b tiene 17 fragmentos de los que solo 4 corresponden a vasos decorados. Tres pertenecen a otros tantos vasos de pequeño tamaño dadas las claras diferencias en su pasta, morfología y tipología de la impresión decorativa. P. Canturri recuperó el cuarto vaso, más completo, mayoritariamente fuera de contexto. Sin embargo, conocemos su procedencia por haberse hallado un fragmento del mismo in situ en el nivel C3b de las excavaciones de Guilaine y Martzluff. Su morfología es esférica con borde de tendencia entrante y labio redondeado. el acabado es pulido y la cocción irregular (Fig. 3.10). La decoración combina las impresiones sucesivas mediante una herramienta simple (punzón, caña de hueso) y las impresiones cardiales mediante concha pequeña o recortada, en posición oblicua. El esquema decorativo consta de una franja horizontal de impresiones simples debajo del labio, limitada por impresiones cardiales. Del cuerpo central descienden franjas verticales con la misma estructuración. La estructura C3F cuenta con 11 vasos decorados (89 fragmentos en total): 1 combina la técnica cardial con impresiones simples (Fig. 3.1), 4 solo muestran esas improntas (Fig. 3 7), 3 presentan un cordón impreso y 1 tiene un cordón liso. Destacamos dos vasos con decoración boquique. En la estructura C3f solo hay 7 vasos (65 fragmentos): un par de acanalados, un par de cordones lisos (Fig. 3.5), cordones impresos, incisiones y la combinación de cardial e impresión simple en un único recipiente. Por último, en los 16 vasos (71 fragmentos) del nivel C3a la impresión simple se aprecia en 5 efectivos. Los vasos con acanalados e incisiones suman 4 elementos y los cordones lisos 3. Cerámicas de la Balma Margineda. Las técnicas cardial y peine se emplean sólo en un vaso. La industria lítica tallada Jean Guilaine y Michel Martzluff recuperaron 1.153 restos líticos tallados en los niveles neolíticos de sus excavaciones. Sólo 106 piezas están retocadas (Tab. Una gran parte de este conjunto son fragmentos de rocas metamórficas, cuarzo y cristal de roca. El utillaje en sílex tiene una escasa representatividad. Guilaine y Martzluff (1995c) describen en detalle estas diferentes litologías en el capítulo correspondiente. A nivel tecnológico, las rocas se explotaron para la obtención de lascas pequeñas. Sólo los escasos productos laminares, muchos fragmentados, están confeccionados en sílex. La escasez de núcleos y de productos de mantenimiento en esta roca sugiere que solo un parte de la producción se llevó a cabo in situ. Probablemente la población de Balma Margineda llevó al asentamiento los núcleos ya preformados. El análisis funcional se ha centrado en un conjunto de 90 piezas. Incluye la práctica totalidad de lascas y láminas en sílex y una pequeña muestra de productos sobre otras litologías, principalmente cuarzo y cuarcita. Su objetivo fue adquirir nue-vos datos sobre las actividades paleoeconómicas realizadas mediante el utillaje lítico tallado. Los resultados no han sido óptimos por las intensas alteraciones post-deposicionales sufridas por el material en superficie. No hemos podido analizar todas las piezas seleccionadas, ni siempre fue posible diagnosticar con precisión las huellas de uso observadas. Así del conjunto analizado hemos podido detectar rastros de utilización en 25 piezas (correspondiente a 26 zonas usadas, pues una presenta dos filos usados). Los microlitos geométricos son los instrumentos sobre los que hemos podido obtener más información. La mayoría son triángulos: el 44% (n. 11) del conjunto de materiales con huellas de uso. Las fracturas de impacto nos confirma que se emplearon como elementos de proyectil. El resto de útiles se destinaron al tratamiento de la piel, probablemente en estado seco (n. 5; 20%) y al raspado de alguna materia vegetal, sea plantas no leñosas o madera (n. Finalmente, el estado de conservación de 7 piezas (28%) y el escaso desarrollo de los rastros en las mismas nos han impedido determinar con exactitud sobre qué materia actuaron pero sí aproximarnos a su dureza (materia blanda, semidura o dura). PROBLEMAS ESTRATIGRáFICOS VERSUS DATACIONES RADIOCARBÓNICAS La calidad de las dataciones se ha convertido en los últimos años en uno de los aspectos más relevantes en las interpretaciones arqueológicas. En nuestro caso, y siguiendo a Bernabéu (2006) y Zilhão (2011), hemos evaluado la muestra datada, la seguridad del contexto arqueológico y la relación con el material documentado. Más allá de las problemáticas propias de las dataciones radiocarbónicas y de las seriaciones establecidas a partir de la cerámica, la Balma Margineda tiene un problema común a todas las estratigrafías complejas en cueva o abrigo. Los niveles holocenos del yacimiento tienen una matriz muy suelta y polvorienta, además de numerosos hogares y estructuras negativas (fosas de diferente tamaño y agujeros de poste), así como madrigueras y cicatrices erosivas de diferente magnitud. Esto provocó, sin duda, una transmisión de materiales, tanto vertical (entre niveles) como horizontal (en un mismo nivel), como demuestra la presencia de semillas domésticas y cerámica en los niveles adscritos al Mesolítico (Marinval 1995). Muchas variables antrópicas (durante la ocupación), post-deposicionales y tafonómicas provocan que aquello que denominamos por convención "nivel", sea a menudo un palimpsesto resultado de numerosas ocupaciones. En la Balma Margineda, tales variables antrópicas y tafonómicas se tradujeron en una estratigrafía muy compleja, con numerosos lentejones laterales y tramos con un desarrollo estratigráfico muy diferenciado (Guilaine y Martzluff 1995b). LAS DATACIONES DE LA BALMA MARGINEDA Este yacimiento, desde la publicación de sus niveles neolíticos en el año 1995, se convirtió en un punto clave para explicar las ocupaciones de alta montaña por las primeras comunidades agricultoras y pastoras. Lo arcaico de las dataciones obtenidas y los discursos teóricos que se plantearon, centrados en explicar un tránsito local entre las comunidades mesolíticas y neolíticas (Pallarés et al. 1997; Bosch et al. 1998), favorecieron su conversión en referencia obligada en la época. Las 10 dataciones radiocarbónicas disponibles proceden de la primera monografía del yacimiento (Guilaine y Martzluff 1995a), de un artículo que analiza nuevas problemáticas sobre los materiales datados (Martins et al. 2015) y del proyecto I+D: "Aproximación a las primeras comunidades neolíticas del NE peninsular a través de sus prácticas funerarias (HAR2011-23149)" en cuyo marco se han realizado expresamente para este trabajo. La primera serie de dataciones Las dataciones holocenas de la Balma Margineda publicadas en la monografía (Guilaine et al. 1995b) caracterizaban las capas más fiables a nivel arqueológico (C3a y C3b), el tránsito hacia el Mesolítico (C3b base y C3/4) y las capas propiamente mesolíticas (C4, C5 y C6). El resultado de la correlación de estas dataciones era mayoritariamente coherente (Tab. Al emplearse el sistema radiométrico convencional para cada datación fueron necesarios entre 10 y 30 g de carbón. La cantidad se intentó reunir con carbones de un solo cuadro (Guilaine et al. 1995b: 93). Sin embargo las estructuras negativas identificadas desde su apertura removieron y mezclaron diferentes horizontes, lo que no aseguraba la procedencia exacta del material datado. Este hecho, en una estratigrafía tan compleja como la Balma Margineda, debió suponer la inclusión fortuita de carbones de varias procedencias, quizás de niveles distintos, para lograr la cantidad requerida para la datación. Las tres fechas de los niveles neolíticos proceden de muestras recogidas del interior de las Cabe puntualizar que las estructuras de combustión de donde proceden estas primeras fechas no han vuelto a ser datadas. Segunda serie de dataciones En el curso del desarrollo de una tesis doctoral enmarcada en el proyecto The Neolithic in the Mediterranean Basin (SFRH/BD/44089), se tomaron muestras de yacimientos ibéricos y norteafricanos, entre los cuales se encontraba la Balma Margineda (Martins et al. 2015). Fueron seleccionadas tres muestras arqueobotánicas (Tab. 4): una Leguminosae, procedente del contacto entre los niveles 4 y 5 (Mesolítico) y dos fragmentos de avellana (Corylus avellana) de los niveles C3b y C3a, ambos del Neolítico antiguo. La datación mesolítica es muy parecida a las disponibles para estos niveles en la primera serie por lo que no haremos mayores comentarios. En cambio, las dataciones del Neolítico antiguo muestran un claro rejuvenecimiento respecto a las anteriores. El problema es que reflejan una inversión estratigráfica: el nivel más reciente, el C3a, posee la fecha más antigua. Además, ambas presentan episodios estadísticamente distintos, lo que en efecto implica una inversión real. La monografía no menciona que los restos de avellana pertenezcan a alguna estructura del nivel C3a, pero sí su dispersión en el mismo (22 restos en total). La avellana es una muestra de vida corta, que forma parte de los recursos recolectados habitualmente consumidos en el Mesolítico y cuyo consumo desciende durante el Neolítico (Marinval 1995: 69). El análisis antracológico también documenta Corylus avellana tanto en los niveles mesolíticos como neolíticos (Heinz y Vernet 1995: 40). Más allá del problema de la inversión estratigráfica, desde el punto de vista cultural destacamos la total incompatibilidad entre el tipo de cerámica y la datación de C3a. Esta es demasiado antigua y sólo relacionable con otros conjuntos precardiales de tipo Impressa-ligur, ausentes en la Balma Margineda. De ahí la impresión de que el nivel C3a pudiera haber sufrido problemas de contaminación de sedimentos de distintos niveles a raíz de la excavación de la estructura C3f. En conclusión, rechazamos la datación de C3a por su antigüedad y por el problema de la inversión estratigráfica. En cambio, consideramos válida la de C3b, más reciente y obtenida sobre una muestra segura: una concentración de avellanas en una estructura de combustión. Tercera serie de dataciones Su selección no fue sencilla porque la escasa cuantía de los restos y su fragmentación nos impidió en muchos casos determinar no sólo el tipo de hueso, sino especialmente la especie a la que correspondía. Se intentó, en la medida de lo Una de ellas debió desecharse por deficiencias en la calidad y cantidad del colágeno pero los resultados de las restantes fueron positivos (Tab. El resultado, muy reciente, no se puede hacer corresponder con el nivel C3a. Podría tratarse de una polución posterior dado que se encuentra en contacto con el nivel C2, por lo que la datación CNA-2680.1.1 debe ser rechazada, aunque probablemente se relacione con la última frecuentación neolítica del abrigo. Cubría esta estructura un nivel neolítico con registro material poco caracterizado. Los autores propusieron que esta fosa fue excavada en el nivel C3a, pero con limitaciones, ya que, como se ha dicho, no se encontró en este tramo del yacimiento. Posteriormente fue cubierta por un lentejón lateral poco representativo del nivel C3a. El valor de δ13C es extraordinariamente elevado para este tipo de muestra, lo que podría indicar algún tipo de contaminación. A pesar de ello, consideramos el resultado de la datación aceptable de manera preliminar, gracias a los factores de orden estrati-gráfico y su relación con los resultados obtenidos en otros yacimientos (Oms et al. 2013; Polo et al. 2014). En este tramo del abrigo sí que se constata la estratigrafía clásica antes citada. Consideramos que esta datación es plenamente representativa, tanto por la muestra utilizada y su contexto, como por la relación con el material recuperado. Esta estructura está parcialmente excavada en el nivel C4. El resultado obtenido (7401±37 BP, 6390-6216 cal BC a 2σ) nos hace proponer que el molar datado perteneciera a los estratos mesolíticos y fuera incorporado al sedimento neolítico durante la excavación de la fosa. Por tanto, esta datación no puede ser aceptada. Un nuevo escenario cronológico La revisión y valoración crítica de las dataciones obtenidas en Balma Margineda, así como nuestras nuevas fechas sobre muestras de vida corta (fauna doméstica), creemos que cambian sustancialmente la concepción y el marco cronológico que se conocía hasta ahora. La datación de C3b (Beta-325682) resulta mucho más reciente que las ya conocidas para ese nivel y se integra perfectamente en el contexto de las dataciones más antiguas del cardial en el NE peninsular (Morales et al. 2010; Oms et al. 2014). Este nivel se forma después de un importante hiato sedimentario posterior a la ocupación mesolítica (Brochier 1995). Después de otro abandono, también certificado por los estudios geoarqueológicos (Brochier 1995), se abre en el estrato cardial la estructura C3F, probablemente junto a otras estructuras negativas. Por último, el nivel C3a sella la estructura C3F y se extiende en una gran extensión del abrigo, con numerosas estructuras de combustión, agujeros de poste y nuevas fosas. Las tres ocupaciones datadas de la Balma Margineda, a través de un análisis de X 2, no fueron próximas en el tiempo. A la vista de la pronta explotación agropastoril de este lugar, podemos deducir que la ocupación fue mucho más continuada. Sin embargo, las matrices sedimentarias ayudaron a que cada ocupación alterara la anterior. Así, la cardial afectó a los niveles mesolíticos, la gran fosa C3F afectó a ambas y el nivel C3a a los anteriores. Reflejamos las dataciones que, hasta el momento, consideramos plenamente válidas para los inicios del Neolítico de Balma Margineda, en las figuras 4 y 5 y en la tabla 6. LA NUEVA SECUENCIA CRONOLÓGICA Y EL REGISTRO MATERIAL El registro cerámico descrito, si se analiza en conjunto, permite detectar ciertos elementos que requieren de una reflexión a tenor de las nuevas dataciones obtenidas. En esta fase, las grandes concentracio- nes de yacimientos se dan en los territorios del litoral y prelitoral central y meridional (Martín et al. 2010). Fuera de estos ámbitos, los contextos arqueológicos se suelen encontrar aislados. Además de la Balma Margineda, en Catalunya cabe citar los casos de la Balma del Serrat del Pont (Alcalde et al. 2002), en el prepirineo de Girona, y la Cova de la Valldan, en el valle del Segre (Castany et al. 1992). En estos últimos, los conjuntos cerámicos cardiales son muy po-bres: 3 vasos con este tipo de decoración en la Balma del Serrat del Pont y en la Cova de la Valldan, fuera de contexto, sólo 8. Otro ejemplo a comentar es el asentamiento al aire libre de la Font del Ros, en la comarca del Berguedà, zona prepirenaica. Aunque la información publicada sobre la cultura material es escasa, parece ser que la cerámica cardial está más representada (Pallarés et al. 1997). Al norte de los Pirineos, los conjuntos franceses de Grotte de Camprafaud, C3b (nivel) Grotte Gazel I y Abri de Jean Cros siguen una dinámica similar2 (Guilaine et al. 1979). La Cueva de Chaves, en el valle del Ebro, es el único yacimiento con un registro cardial muy extenso y bien datado, con fechas que oscilan entre c. En esta fase antigua, también hay restos de cerámicas cardiales en el Abrigo de las Forcas II. En los niveles IV y V de este yacimiento existen 4 fragmentos junto con algunos geométricos de doble bisel (Montes 2014). El problema radica en que en estos niveles no se han documentado restos de especies de animales y vegetales domésticos. En general, y a partir de muestras datadas de vida corta, esta fase con cerámicas cardiales tendría una horquilla c. En la fosa C3F, con una datación de 5207-4849 cal BC, la técnica cardial es residual y son predo-minantes las impresiones simples con la presencia de boquique y recipientes con cordones impresos. Contemporáneos de esta fase, encontramos numerosos yacimientos en la zona Segre-Pirineos, en ocasiones, en contextos geográficos similares al de la Balma Margineda (Oms et al. 2012). Así, los registros de la Cova Colomera (Oms 2008), la Cova Gran de Santa Linya E9 (Polo et al. 2014) y la Cova del Parco (yacimiento recientemente revisado por nosotros 3 ) tienen claras analogías con esta estructura C3F. Algo más lejanos, otros registros como la Cova dels Trocs, la Cueva del Coro Trasito o la Cueva del Moro de Olvena también presentan esas mismas características (Ramón 2006; Rojo et al. 2013; Clemente et al. 2014). En el sur de Francia, este tipo de registro está bien documentado yacimientos como Grotte Gazel B (Manen 2002), Roc de Dourgne c5 (Guilaine et al. 1993) y Grotte de Camprafaud (Rodriguez 1984) entre otros. El nivel C3a, con conjuntos cerámicos similares al nivel anterior, cuenta con una datación algo más reciente. Esta fase es especialmente interesante, puesto que se dispone de escasa información 3 Véase n. 1. cultural de otros yacimientos de la región durante la primera mitad del V milenio cal BC. Sin embargo, y tal como se observa en Balma Margineda C3a (y también en Trocs, fase II), la continuidad en los tipos de decoración es muy evidente, incluso con la presencia -testimonial-de cerámica con decoración cardial. En este sentido, los materiales de C3a y de C3F se asemejan más a las colecciones del valle del Ebro y del interior del Languedoc, que no al típico epicardial de las zonas litorales y prelitorales del Mediterráneo. En la misma Andorra, durante la segunda mitad del V milenio cal BC, las decoraciones impresas son muy escasas a favor de decoraciones plásticas ortogonales y/o arqueadas (Martínez et al. 2012), algo que no sucede en Trocs fase II, con la pervivencia de las impresiones hasta c. Por lo tanto, esta fase de cerámicas impresas, con presencia de cardial y/o boquique tendría su máxima representación entre c.5300-4700 cal BC (Fig. 6 y Tab. 7), alargándose puntualmente en algunos ámbitos hasta c.4300 cal BC. Desde el punto de vista de la industria lítica, el único elemento que nos puede ofrecer algunas pautas a nivel crono-cultural son los microlitos geométricos. Del conjunto analizado (18 geométricos), cuatro se pueden asimilar a las puntas de 'Jean Cros', objetos que se sitúan en una franja cronológica amplia, entre el 5200 y el 4400 cal BC (Guilaine 1979). Se trata de microlitos alargados, simétricos, de forma triangular, modelados por un retoque inverso, abrupto o semi-abrupto y, en la cara opuesta, un sucesivo retoque directo, cubriente o semi-cubriente. Junto con las puntas de 'Montclus', del que las'flechas de Jean-Cros' representan una variante con lados rectilíneos o convexos (Guilaine 1979; Oms et al. 2012), son proyectiles característicos del neolítico del sur y sur-oeste de Francia (Binder 1987). Son habituales en yacimientos como Roc de Dourgne y Grotte Gazel (Guilaine 1979). Sin entrar en el origen de dichas tipologías, es destacable que son morfologías más bien raras en el panorama del cardial y epicardial del litoral catalán o del valle del Ebro, donde las formas más características se relacionan con los llamados "segmentos de doble bisel", caracterizados por un retoque plano bifacial, más o menos invasivo (Alday et al. 2012; Gibaja y Clop 2012). De todas formas, algunos elementos triangulares con estilo y forma parecidos a las flechas "Jean Cros" han sido reconocidos en las industrias de Cova de les Cendres (García-Puchol 2009) y Cueva de Cocina (Fortea 1973). Sin embargo, podríamos catalogar su presencia como esporádica. Además de los elementos de tipo "Jean Cros", en la Balma Margineda encontramos también puntualmente elementos triangulares con doble bisel de forma alargada. Morfologías, en este caso, más cercanas a algunos microlitos que se conocen en contextos aragoneses como los hallados en el nivel V del abrigo de Forcas II (Utrilla y Mazo 2014) y en el nivel cardial de la Cueva de Chaves (Ib) (Cava 2000). En todo caso, la Balma Margineda se caracteriza por la notable variabilidad de formas de los microlitos geométricos, sean segmentos, trapecios o triángulos. En la Balma Margineda, tanto los elementos más similares a las flechas "Jean Cros" (Fig. 7ac), como los triángulos de doble bisel (Fig. 7de), aparecen distribuidos de forma uniforme entre las diferentes unidades estratigráficas (C.3a, C.3b, C.3b base y C.3f y C.3F). En definitiva, los microlitos geométricos de la Balma Margineda indican la existencia de tradiciones y esquemas técnicos compartidos con otros contextos arqueológicos de toda el área pirenaica y zonas adyacentes. En todo caso, los diversos tipos y variantes no son exclusivos de ninguna región. Desde el año 1995 hasta la actualidad, en la Balma Margineda se han realizado 10 dataciones radiocarbónicas con el fin de caracterizar cronológicamente las primeras ocupaciones neolíticas. Sin embargo, tanto por el método empleado en el pasado (datación convencional), como por las dificultades tafonómicas advertidas en el yacimiento, solamente tres fechas podemos considerarlas válidas en relación a este periodo. Por ese motivo es de vital importancia detectar los problemas de conservación del registro arqueológico, elegir muestras de vida corta, preferiblemente domésticas (C3F y C3a) o recolectadas, y procedentes de una torrefacción en una estructura de combustión (C3b). Las dataciones realizadas por nosotros en el último año han rejuvenecido la cronología en una media de 500 años para cada nivel. Ello invalida la correlación de la Balma Margineda con cualquier tipo de continuidad de poblamiento entre el Mesolítico y el Neolítico antiguo y otras propuestas basadas en su excesiva antigüedad inicial. Al mismo tiempo, demuestran que la Balma Margineda se correlaciona con otros asentamientos aislados del Neolítico cardial pleno y cardial final-epicardial antiguo de la segunda mitad del VI milenio cal BC y proporciona los primeros datos de la región sobre su ocupación alrededor del V milenio cal BC. Además, a pesar del rejuvenecimiento de su cronología, la Balma Margineda sigue representando uno de los asentamientos más antiguos del Neolítico antiguo cardial en la cordillera pirenaica. Posteriormente, este mismo yacimiento continuará ocupándose con grupos cuya cerámica está caracterizada por la decoración impresa y bo-quique. Paralelos podemos encontrarlos en las ya mencionadas Cova de Els Trocs (Rojo et al. 2013) y Cova Colomera (Oms et al. 2013), así como en el abrigo de Coro Trasito (Clemente et al. 2014) y la Espluga de la Puyascada (Mazzucco et al. 2013), ambos situados en valles secundarios de la cuenca del Río Cinca. Todas estas ocupaciones presentan unos niveles con cronologías comprendidas aproximadamente entre c. Se trata de yacimientos que nos hablan de ocupaciones de carácter estacional, cuyos depósitos sedimentarios se han formado como resultado de breves y reiteradas frecuentaciones. Su funcionalidad, en todo caso, parece vincularse a prácticas pastoriles, con ciertas diferencias en función de las actividades del ciclo ganadero llevadas a cabo (reproducción, cría, engorde y faenas del ganado). Al margen de dichas prácticas, se registran otras actividades, vinculadas por ejemplo al almacenamiento, al consumo de productos animales y vegetales o a la caza, que, a pesar de representar una actividad secundaria y no especializada, se documenta a partir del registro lítico y/o faunístico. En definitiva, el nuevo cuadro cronológico propuesto por la Balma Margineda, parece encajar de forma más coherente con las dinámicas humanas y culturales actualmente documentadas en el Pirineo Central y Oriental. El yacimiento atestigua una ocupación que se relaciona con probables prácticas de estabulación, de matanza y consumo del ganado, especialmente caprino, en un momento en el cual se evidencia una incipiente presión antrópica sobre las zonas de media y alta montaña en toda la cordillera. Tanto a nivel artefactual como a nivel económico, el yacimiento muestra una coherencia con los contextos de la región, puesto que comparten tradiciones técnicas y decorativas, tanto para aquellos situados al sur como al norte de los Pirineos. Patricia Martín eligió y determinó las muestras zooarqueológicas usadas para datar el yacimiento. Las fechas radiocarbónicas del Centro Nacional de Aceleradores presentadas aquí se han llevado a cabo en el marco del proyecto "Aproximación a las primeras comunidades neolíticas del NE peninsular a través de sus prácticas funerarias" (HAR2011-23149). Agradecemos al Departament de Patrimoni Cultural de Andorra (Àmbit de Recerca Històrica) el permiso para realizar las dataciones y las facilidades para poder analizar el material cerámico y lítico. Las correcciones propuestas por los revisores anónimos han mejorado enormemente la calidad de este trabajo. Capa 3 Restos de talla % restos de talla Reto- cados Arma- duras
Se presentan los presupuestos y resultados de un proyecto de investigación orientado a caracterizar los ciclos formativos del registro arqueológico en la Prehistoria Reciente meseteña. Frente a las lecturas generalistas predominantes se propone una aproximación inductiva y particularista, de microescala. El análisis, diseñado como un estudio de caso múltiple, se aplicó a las colecciones cerámicas de ocho sitios (asentamientos, campos de hoyos, monumentos) cubriendo del Neolítico Antiguo al Bronce Final (c. 10.800 fragmentos de variados contextos (pozos, foso, tumba, túmulos, cabaña) fueron evaluados conforme a variables tafonómicas (tamaño, erosión, vasijas representadas) informativas de sus dinámicas de descarte y abandono. Una lectura diacrónica y comparativa permite apreciar prácticas sociales transculturales (rotura, circulación y ocultación de sustancias). Se reconocen dos tipos de ciclos antropogénicos: a) una mayoría de efectos resultantes de procesos muy heterogéneos, implicando la manipulación despreocupada de desechos; y b) una minoría de productos planeados, más fácilmente reconocibles. Entre 1990 y 2010, la investigación arqueológica en la Península Ibérica ha avanzado enormemente gracias a estrategias académicas y preventivas, que ofrecen resultados de resolución y escala muy desiguales y difícilmente compatibles. Contamos con unas pocas ventanas abiertas a realidades locales desgranadas minuciosamente, enmarcadas por extensas zonas conocidas de forma más selectiva e imprecisa. Sobre esta documentación, distintas formas de hacer arqueología en la Península Ibérica han adoptado, casi unánimemente, un enfoque generalista. Así, las aproximaciones deterministas, materialistas y procesuales han ido esbozando en prácticamente todas las regiones las grandes tendencias de evolución tecnológica, sociopolítica y cultural durante la Prehistoria Reciente. Sin embargo, el avance en otros frentes, desde enfoques alternativos y operando a distinto nivel de detalle, comienza a advertir cierta desconexión entre datos e interpretaciones (e.g. Se acumulan las contradicciones entre lo que esos modelos hipotético-deductivos prevén y lo que en realidad encontramos (Barroso et al. 2014: 119). La inferencia arqueológica no siempre ha reunido las necesarias garantías, y conviene abordar el registro arqueológico desde otros frentes, reconociendo las limitaciones de nuestros instrumentos de observación y conceptos interpretativos. En este artículo se exponen el planteamiento y los resultados de un proyecto de investigación dedicado a revisar tales cuestiones en la Prehistoria Reciente de la Meseta (c. El epígrafe 2 esboza el marco teórico y metodológico: el problema abordado es nuestra dificultad para generar conocimiento a partir de unos testimonios prehistóricos muy complejos y poco elocuentes. Se presenta el enfoque de microescala adoptado; frente al predominio deductivo-generalista y las grandes narrativas, aquí se propone inferir inductivamente, es decir, proceder desde lo particular escrutado minuciosamente para caracterizar unos ciclos formativos (Jiménez Jáimez 2008) desconocidos. Se define la estrategia de muestreo seguida como un estudio de caso múltiple (Yin 2003) y se detalla el protocolo de tafonomía cerámica aplicado. El apartado 3 presenta una exploración diacrónica y comparativa de esas observaciones, entendidas como microhistorias (Ginzburg 2013; Magnússon y Szijártó 2013). MARCO TEÓRICO Y METODOLÓGICO Apenas comprendemos a qué responden las acumulaciones de desechos encontradas. Reconocemos intuitivamente los restos de actividades cotidianas (desperdicios de comida, cenizales, utensilios y subproductos de tareas, etc.), pero identificar áreas de actividad o 'niveles de ocupación' no es sencillo ni obvio (Matthews 1993). En la Prehistoria Reciente europea los desperdicios domésticos fueron a menudo trasegados (Rídký et al. 2014); son materiales secundarios o terciarios (Butzer 2007: 110-111) o responden a celebraciones sociales -depósitos de inauguración o clausura de asentamientos-distintas al discurrir cotidiano (Waddington 2014: 90-92). Identificar una estructura como vivienda no garantiza que su relleno resulte de actividades domésticas allí desarrolladas (Hayden y Cannon 1983). Como veremos, la más reciente investigación peninsular minimiza la contribución de los factores naturales en unos contextos prehistóricos primordialmente antropogénicos. Un 'depósito pompeyano' (Schiffer 1985) contendría desechos de facto no descartados, es decir, enseres aprovechables atrapados por el desplome de paredes y techo (Tab. Sin embargo, la experiencia etnohistórica y la arqueología de campo muestran que tal circunstancia fue excepcional y que podemos encontrar otras muchas situaciones, apenas consideradas: a) los suelos de las estancias frecuentemente se limpiaban y sólo quedaron microdesechos (VVAA 2003; Jiménez Jáimez 2008: 129); b) los cúmulos de detritos que colmatan algunas viviendas pudieron arrojarse tras su abandono (Cameron y Tomka 1993; LaMotta y Schiffer 1999: 22-24); y c) el ámbito doméstico a menudo acogió restos de ceremonias u ofrendas, tanto fundacionales como terminales (Walker 1995; Waddington 2014). Tampoco es prudente etiquetar a priori aquellos materiales no domésticos que destacan por su rareza, completitud o carácter deliberado (Robb 2007: 74). Cualquier resto humano no es automáticamente funerario, es decir, resultado del tratamiento escatológico de un recién difunto (Leclerc 1990: 14-16); existen muchas otras costumbres mortuorias (Thomas 2000: 655-666; Liesau et al. Variables Depósito 'pompeyano' Producto deliberado Efecto fortuito Tipo de hallazgo Desecho de facto (Schiffer 1987) = cosas aún usables abandonadas prematuramente, sin experimentar descarte convencional. Depósito = elementos abandonados con formalidad, según preceptos culturales distintos a los que rigen en el descarte ordinario de desechos anodinos. Material culture patterning (Garrow 2012) = agregado acumulativo y azaroso de ítems prosaicos, efecto despreocupado (incluso inadvertido) fruto de costumbres habituales. Situación dentro del ciclo formativo y temporalidad Conjunto 'sistémico' en uso (Schiffer 1987) Múltiples combinaciones de factores naturales y antrópicos. Los procesos de adición y merma pudieron entremezclarse, resultando en la compleja configuración de la fracción material superviviente. Localización y relaciones espaciales Los ítems conservan su ordenación espacial original. Los fragmentos de una misma vasija yacen próximos. Los restos retienen los patrones espaciales del contexto original. Las partes de un mismo objeto colocado entero yacen próximas. Patrón espacial original severamente deformado e irremediablemente perdido, por lo que las actividades primarias (si las hubo) apenas pueden ser rastreadas. Completitud y pautas de rotura Mayoritariamente objetos rotos, pero reconstruibles completos: vasijas sin lagunas (excepto pequeñas partes destruidas o extraviadas en la excavación). Contiene tanto objetos enteros como parciales. Rotura natural y gradual de vasija (por peso sorportado): las partes yacen próximas y punto de impacto ausente. Rotura deliberada de vasija (arrojada): punto de impacto y fracturas de patrón radial. Principalmente objetos fragmentarios, rotos en otro lugar. Puede haber artefactos completos, descartados y abandonados. 1 [1] Escenarios deposicionales arquetípicos y valores tafonómicos asociados. 18), tanto manipulando conscientemente seres o cosas muertas (con fines mágicos o esotéricos), como implicando huesos fragmentarios inadvertidos (Brudenell y Cooper 2008: 24-30; Weiss-Krejci 2012: 130). Ni todas las roturas de artefactos fueron accidentales, ni cualquier conjunto de cosas desordenadas, incompletas, desgastadas u ordinarias fue basura en el pasado. En resumen, al enfrentarnos al registro prehistórico conviene poner en cuarentena los estereotipos que esperamos hallar ('niveles de ocupación','tumbas','depósitos especiales' o 'basureros') y no asumir sin suficiente escrutinio su génesis, ni finalidad. Estrategia de enfoque: inducción, paradigma indiciario y estudio de caso Desde los años 1980 la renovación teóricometodológica en el sur de la Península Ibérica ha dinamizado el debate y confrontación de perspec- Según la temporalidad de los restos cuando entraron en el contexto. Múltiples alteraciones heterogéneas pudieron afectar a los ítems de diversa manera. Fragmentos de una misma vasija tienden a ser homogéneos. Entre la vajilla común predomina el tamaño medianogrande. Fragmentos de una misma vasija tienden a ser homogéneos y de talla mediana-grande (excepto si hay punto de impacto = materia desaparecida y orla de pedazos menores). Gran heterogeneidad, incluso entre fragmentos de la misma vasija, debido al desgaste posrotura. Los tamaños pequeños pueden predominar. Restos que casan entre sí Alta frecuencia de fragmentos concertantes. Variable según el grado de completitud del objeto cuando fue depositado. Reducido número de fragmentos que casan. tivas, facilitando así alcanzar narrativas sofisticadas y autocríticas (Lull et al. 2014; Aranda et al. 2015). Por contra, en el interior y norte peninsular, salvo excepciones (p.e. Colomer et al. 1998; Rojo et al. 2005Rojo et al., 2008; Criado Boado 2012) la práctica arqueológica se basa en visiones consensuadas, que a menudo generan información redundante y lecturas uniformes. En todas partes los enfoques deductivos y generalistas, superadores del historicismo previo, se han consolidado como corriente predominante. Su aproximación científico-natural y experimental (Fig. 1) asume que en los fenómenos estudiados rigieron unos principios reconocibles; se enuncian (formulan) hipótesis explicativas y se prevén (deducen) unas consecuencias arqueológicas, que tratan de verificarse (contrastarse) (Criado Boado 2012: 62-71). Este procedimiento hipotético-deductivo sustenta un análisis social 'desde arriba' (Gamble 2002: 87-93 y 202-207) que explica regularidades abstractas de gran escala (procesos, formaciones sociales, estructuras) (Montón-Subías 2010: 3-4) (Fig. 1). Al privilegiar visiones panorámicas de largo recorrido temporal, la rica variabilidad interna de los fenómenos analizados necesariamente pierde resolución (Ginzburg 2013: 188-190). Convendría confrontar tales lecturas 'macro' con otras aproximaciones operando a distinto nivel y sobre líneas de evidencia independientes, en un intento de articular narrativas multiescalares (Robb 2007; Robb y Pauketat 2013; Lillios 2015). Tal cotejo permitiría calibrar o redimensionar los relatos establecidos y no meramente completarlos o matizarlos (Wylie y Chapman 2015: 2). Para ello esta investigación se propuso recorrer el camino inferencial inverso (Fig. 1): inducir para caracterizar regularidades 'desde abajo', comprendiendo las causas a partir de los efectos, desde lo particular accesible hasta lo general desconocido (Gamble 2002: 89-95). Así hace la microhistoria, al reducir su enfoque para captar testimonios anodinos de la vida social, cuyo rastro escapa a la documentación convencional (Magnússon y Szijártó 2013). La microhistoria se basa en el paradigma indiciario o conjetural, surgido a finales del siglo XIX como alternativa al positivismo: el análisis meticuloso de pormenores inconscientes y en apariencia triviales, pero diagnósticos (pistas, síntomas, rastros), le permite adentrarse en aspectos no directamente observables (Ginzburg 2013: 183; Lucas 2012: 26-29). Semejante descripción densa o "estrategia de saturación" ha sido aplicada con éxito a la Prehistoria (Robb 2007: 23). Las concomitancias entre microhistoria y razonamiento evidencial en arqueología (p.e. La microhistoria permite además integrar lo excepcional en arqueología (Montón-Subías 2010: 1-4). Así el caso de Menocchio (Ginzburg 2001) ilustra cómo un ejemplo límite puede ser representativo: en sentido negativo contribuye a delimitar lo que debe considerarse más frecuente, y en sentido positivo "permite circunscribir las posibilidades latentes de algo que se advierte sólo a través de documentos fragmentarios y deformantes" (Ginzburg 2001: 22). Fragmentos 'huérfanos' (sin remontaje local) Este planteamiento se implementó mediante un estudio de caso. En Arqueología es cada vez más común referirse a tal procedimiento1, si bien como mero sinónimo de ejemplos analizados. Sin embargo, el estudio de caso es un método de investigación inductivo, idiográfico y cualitativo muy utilizado en ciencias sociales (Stake 1995; Gillham 2000; Yin 2003) y aplicable en Arqueología dentro de tal aproximación si consideramos sus requisitos y limitaciones. Esta herramienta persigue la comprensión contextual (en circunstancias singulares) de fenómenos sociales mediante la generalización analítica de proposiciones teóricas (Yin 2003: 10). Es decir, en lugar de obtener muestras estadísticamente representativas de unas poblaciones desconocidas, parte de ejemplos singulares de la realidad objeto de análisis. La descripción exhaustiva de los casos y su cotejo con los presupuestos iniciales intenta expandirlos, matizarlos o desmentirlos. Los fenómenos estudiados deben cumplir ciertas condiciones (Gillham 2000: 1-14; Yin 2003: 12-15): a) de los que conocemos poco y lo que creemos saber es revisable; b) que no admiten experimentos y cuyo entorno de recogida de datos no es controlado por el investigador; c) configurados por múltiples variables, de las cuales sólo podemos analizar una selección; y d) que requieren diversas fuentes de información concurrentes. Su empleo en investigación es uno de los mayores retos en ciencias sociales (Yin 2003: 1); el diseño del estudio y la interpretación de los casos no pueden trivializarse; deben ser rigurosos y verificables, y no discrecionales e intuitivos como hacemos en arqueología. El área de estudio elegida abarca las Cuencas del Duero y el Alto Tajo (Fig. 2), ya que debía ser amplia y contar con un nivel uniforme de trabajo de campo. En esta zona la información, recuperada mediante estrategias intensivo-académicas y extensivo-preventivas, pudiera considerarse una muestra cuasi-aleatoria, pero no puede establecerse el universo completo del que procede. Como alternativa al muestreo probabilístico del enfoque experimental (Fig. 1), se optó por un estudio de caso múltiple (Yin 2003: 46-55), que permitir replicar las observaciones, bien para predecir resultados similares o para hallar resultados divergentes bajo otras condiciones (Yin 2003: 47). Se eligieron estratégicamente ocho sitios datados entre el Neolítico Antiguo (c. 1100 cal AC), que incluían variados contextos deposicionales2 (cabaña, tumba, monumento, fosas) para facilitar la comparación de resultados (Tab. Esos contextos debían contar con: a) excavación completa de los mismos; b) registro estratigráfico y documentación de calidad; c) recogida exhaustiva de materiales, accesibles para su estudio en museos; y d) que plantearan aspectos a aclarar. Entre los casos están representadas numerosas fosas o estructuras negativas, por ser los contextos más frecuentes y más difíciles de interpretar. Los ámbitos fisiogénicos estables (campiñas, valles fluviales y páramos) en que se localizan los sitios (Fig. 2) han conllevado débiles perturbaciones posdeposicionales naturales (escorrentía superficial, bioturbación) (Schiffer 1987: 121-133; Butzer 2007: 142-159). Estamos ante depósitos eminentemente antropogénicos (c-transforms) (Schiffer 1987: 25-98) en cuya configuración los factores naturales (n-transforms) contribuyeron a escala mucho menor y una vez ya formados los sedimentos. Hay consenso en que hoyos, cubetas y fosos se rellenaron relativamente rápido con detritos vertidos por humanos; los depósitos de objetos o cadáveres y su colmatado tampoco se dilataron en el tiempo, mientras que la génesis de las cabañas prehistóricas, con la información publicada, resulta oscura. Metodología de análisis: tafonomía cerámica y arquetipos deposicionales Para caracterizar las dinámicas de formación de los contextos estudiados las observaciones estratigráficas son insuficientes y su información geoarqueológica irrecuperable. Por ello se recurrió a los materiales hallados en sus matrices de sedimento, entre los cuales destaca la cerámica, el material imperecedero más frecuente, cuya capacidad informativa está infrautilizada. Este objetivo quedaba en una 'tierra de nadie' metodológica. El estudio actualista de la alfarería mediante etnoarqueología permite relacionar huellas de uso y residuos orgánicos con costumbres culinarias (Skibo 1992). En el caso de la vajilla prehistórica, tal enfoque traceológico queda limitado a circunstancias óptimas de conservación, debido a su desgaste preabandono (reciclado, pisoteo, meteorización, etc.) (cf. Stark 2003: 210; Chapman y Gaydarska 2007: 73-77), más perturbación química y biológica posdeposicional, que encubren o eliminan tales indicadores. Así pues, el enfoque necesario está más próximo de la tafonomía, y así se ha comenzado a denominar (Wolfram 2013). Ante la falta de criterios consensuados de caracterización tafonómica y de remontaje cerámico (Brudenell y Cooper 2008; Rídký et al. 2014), se diseñó un protocolo propio, que tras su ensayo con la cerámica de El Ventorro (Blanco-González 2014a) se aplicó sistemáticamente al resto de colecciones. Se adoptó como unidad de análisis el fragmento cerámico (n=10.797), y se estudiaron todos los fragmentos hallados en los 40 contextos deposicionales de seis sitios, mientras que se seleccionó una muestra de El Ventorro y El Cerro (Tab. Se registraron numéricamente una serie de variables3 según los criterios expuestos y discutidos detalladamente en el mencionado trabajo (Blanco-González 2014a: 93-95) (Tab. El tamaño (expresado en cm 2 ) se midió con una plantilla con celdillas preestable- cidas a partir del mencionado estudio preliminar (Blanco-González 2014a: tabla 2); la variable ordinal erosión se codificó evaluando la afección de los cantos y superficies de las piezas (Tab. 2); el número de trozos huérfanos o sin remontaje local y de piezas que conciertan consideró tanto las asociaciones seguras como posibles; el número mínimo de recipientes es una estimación muy a la baja, a partir del total de porciones asociadas a una misma vasija. A partir del conocimiento actual de los procesos formativos (Schiffer 1987 ) se esbozaron algunos supuestos ideales y sus valores tafonómicos asociados (Tab. 1) con los que cotejar los resultados obtenidos (Tab. Esos arquetipos ayudan a comprender la rica casuística arqueológica resultante de la vida social prehistórica (Fig. 3). Para adentrarnos en este terreno, conviene distinguir primeramente entre 'productos', que conservan asociaciones significativas entre sus componentes y 'efectos' derivados o agregados aleatorios de restos. Evito el término 'depósito estructurado' (structured deposition) porque es equívoco (Garrow 2012) y añadiría más confusión que ventajas. Los 'efectos' acumulativos (Fig. 3A2) ocurrieron al tratar de alcanzar otros propósitos. Garrow (2012: 109-113) los llama material culture patterning y en este estudio constituyen el principal escenario creador de registro arqueológico, a pesar de lo cual sabíamos muy poco sobre ellos (Garrow 2012: 105), por lo que al avanzar en esta investigación consideré prioritario caracterizarlos. Por otro lado, los correlatos materiales no planificados (Fig. 3B) ocurridos de la vida social rutinaria (Criado Boado 2012: 271, n. 323) también pueden ser 'productos' (Fig. 3B1) o 'efectos' derivados, no considerados aquí (Fig. 3B2). RESULTADOS: MICROHISTORIAS A PARTIR DE PISTAS CERáMICAS Debido al alto número de materiales estudiados, su presentación aquí ha priorizado los resúmenes numéricos (en porcentajes) referidos a los yacimientos en bloque (Tab. 2), en lugar de a sus contextos deposicionales individuales (fosas, UUEE). Una sencilla exploración estadística permite valorar a qué responde la muestra analizada, que no cumple los exigentes criterios de las pruebas paramétricas (simetría de variables, normalidad de la población). Así, considerando toda la cerámica estudiada (n = 10.797 fragmentos de los 60 contextos) independientemente de si son selecciones parciales (NR est. = 11 -100%), se recurrió a pruebas no paramétricas para comprobar si los resultados del remontaje (fragmentos que no casan) dependen del tamaño de las muestras (NR est.) El test del coeficiente de correlación ρ de Spearman permite rechazar la H 0 y afirmar una fuerte asociación lineal entre ambas variables (ρ =,905 y p =,002). Un análisis de regresión simple, siguiendo experiencias previas de caracterización del contenido de hoyos prehistóricos (Díaz-del-Río 2001: 53-59), muestra una correlación lineal significativa que explica el 93% de la variabilidad (Fig. 4). Es decir, el número de fragmentos huérfanos depende del tamaño de la muestra en todos los casos salvo en Fuente Lirio, un tipo de contexto -cabaña-que claramente responde a otra dinámica formativa. En suma, podemos afirmar que en las poblaciones originales de las que proceden estas muestras no hay diferencias por épocas, pero sí entre tipos de contextos deposicionales, y salvo casos particulares, cuanta más cerámica estudiemos, más fragmentos huérfanos encontraremos. A continuación se examinarán algunos aspectos destacados por épocas. Tras un mayor peso de la arqueología de la muerte (megalitos de finales del V y todo el IV milenio AC) a expensas de la arqueología de los asentamientos, actualmente los testimonios neolíticos meseteños abarcan mayor casuística y un arco temporal envejecido (Díaz-del-Río 2001; Bueno et al. 2012a; Garrido Pena et al. 2012b). Las ocupaciones, al aire libre y en cuevas (Jiménez Guijarro 2010: 592-593), son mayoritariamente del Neolítico Antiguo (c. Respecto a los testimonios mortuorios, además del megalitismo del Neolítico Medio y Final, desde mediados del VI milenio AC se conocen restos humanos en fosa, tanto articulados (Garrido Pena et al. 2012a: 148-150) como desmembrados (Weiss-Krejci 2012: 129-130), siguiendo costumbres muy extendidas en otras regiones europeas (p.e. La alfarería fue crucial entre las más tempranas comunidades agropastoriles. Su decoración cerámica se ha relacionado con el almacenaje de alimentos (Jiménez Guijarro 2010: 595), pero la estima cultural de algunos recipientes sobrepasaría tales fines instrumentales (cf. Robb 2007: 161-186). La Lámpara (Soria) (Fig. 2, no 6) fue un campamento temporal visitado durante la segunda mitad del VI milenio AC (Rojo et al. 2008). Regresión lineal entre las variables de tamaño de la muestra (NR est.) y fragmentos huérfanos (Frag. no casan). Intervalo de predicción de la media al 95%. los 18 hoyos descubiertos algunos fueron silos, y todos ellos finalmente se colmataron con desechos de actividades cotidianas. La rotura deliberada de vasijas y el depósito selectivo de materiales fueron gestos característicos en su clausura (Rojo et al. 2008: 375-378). La revisión tafonómica de la cerámica (Tab. 2) confirma tales extremos. La mayoría de la cerámica (el 83%) exhibe una buena conservación -fue desechada poco antes. Seis de las fosas están vinculadas por fragmentos concertantes. La alta proporción de fragmentos de tamaño pequeño-medio (78%) indican su pisoteo durante sucesivas reocupaciones. El entierro de una anciana en el hoyo 1 (Fig. 5A) involucró ciertas formalidades (Rojo et al. 2008: 81-86 y 379-393): a sus pies se colocó un jarro antropomórfico sin cuello (Fig. 5B), roto adrede -fractura neta, su pesado fondo carece de las marcas de impacto frecuentes en roturas accidentales (Tab. Se reconocieron más gestos deliberados en la clausura del hoyo 1: en el sedimento que cubría el cadáver se hallaron 246 fragmentos cerámicos con roturas frescas, de los que 126 conciertan con otros y pertenecen a unos 21 recipientes, todos parciales y probablemente rotos o 'matados' (VVAA 2003: 97-115) durante la ceremonia funeraria (Rojo et al. 2008: 388). La presencia en los hoyos de porciones de las mismas vasijas, a veces con llamativos contrastes de alteración pos-rotura, planteó si se asociaron a propósito. El análisis petrográfico de pares de trozos supuestamente del mismo recipiente aclaró este aspecto (Blanco-González et al. 2014). En el hoyo 13 aparecieron dos fragmentos señeros por su tamaño y decoración plástica (Fig. 5C), sensatamente publicados como de una misma orza (Rojo et al. 2008: 140, Fig. 115, no 1); sin embargo, procedían de dos vasijas. Pudiera ser casualidad, pero ambas porciones difícilmente pasaron desapercibidas para quienes las descartaron. El III milenio AC en la Península Ibérica ha legado un rastro mucho más visible e investigado que el precedente. Hay indicios de una acentuación de la actividad humana, como el abrupto incremento de fechas de radiocarbono c. Se conocen poblados al aire libre, recintos fosados, múltiples fórmulas funerarias, arte rupes- En Fuente Lirio (Ávila) (Fig. 2, no 12) se documentó una cabaña de 6 m de diámetro con hogar y dos fases de ocupación (Fabián 2006: 128-155). La colección cerámica (n > 2.800) permitió reconocer unos 140 cuencos, ollas y orzas en perfecto estado (92%), predominando los tamaños medianos y grandes (86%) y casi la mitad conciertan entre sí (Tab. Este resultado cuadra bien con lo esperable en un repertorio comensal roto y abandonado en un intervalo corto, pero no responde a un 'depósito pompeyano' (Tab. 1): el 8% de las piezas están algo o muy erosionadas pos-rotura y pese a la excavación completa de la cabaña, el 52% son trozos huérfanos. Es decir, que ni los recipientes se rompieron in situ ni son desechos de facto. Además este conjunto tiene menos fragmentos huérfanos que los previsibles según el modelo lineal que explica el 95% del total de cerámicas estudiadas (Fig. 4). Este patrón distintivo cabe interpretarse como una inusual acumulación de vasijas, tal vez empleadas en la celebración de clausura de esta cabaña (LaMotta y Schiffer 1999: 22-24; Jiménez Jáimez 2008: 130-131; Waddington 2014); pudieron romperse fuera de la vivienda (proporción anómala de fragmentos sin remontaje) y finalmente fueron arrojadas a la misma poco tiempo después (porciones grandes y no erosionadas). Esta imagen contrasta vivamente con la 'cabaña 013' de El Ventorro (Madrid) (Fig. 2, no 9). La 'cabaña 013' fue interpretada inicialmente como una sucesiva acumulación de suelos de ocupación limpiados periódicamente (Priego y Quero 1992: 118). De ser así, apenas encontraríamos unos pocos microdesechos (LaMotta y Schiffer 1999: 21). Las observaciones tafonómicas (Tab. 2) muestran un agregado heterogéneo de restos: un 60% son de reciente rotura y sólo el 3% son trozos grandes. El estudio de caso múltiple muestra aquí su uti-lidad, al cotejar contextos bajo condiciones supuestamente homogéneas (Yin 2003: 47). Así, en Fuente Lirio el 7% eran piezas pequeñas frente al 55% en El Ventorro, y los residuos erráticos en el primero rondan el 8% frente al 40% en el segundo (Tab. Valores tan divergentes entre tales 'efectos' de prácticas sociales (Fig. 3A2) sugieren condiciones de formación y temporalidades muy distintas. La 'cabaña 013' parece ser un segmento de foso (Díaz-del-Río 2001: 249) colmatado con desechos cuyo patrón de tafonomía cerámica (mezcla de materiales con muy diversas historias deposicionales) es comparable al de otros fosos monumentales neolíticos (Rídký et al. 2014: 595-596). En todo caso, el modelado bayesiano de las dataciones radiocarbónicas del cercano recinto de Camino de las Yeseras (Fig. 2, no 8) sugiere un uso y amortización de los fosos en periodos de hasta 40 años (Balsera et al. 2015: 153). Así pues, en El Ventorro ciertas vasijas campaniformes pudieron haber sido usadas y rotas durante banquetes (Garrido Pena et al. 2011) celebrados por una misma generación de comensales. Un detalle es llamativo; la cuarta parte de esos fragmentos campaniformes -algunos con motivos esquemáticos como soles y ciervos considerados simbólicos (Garrido Pena y Muñoz 2000)-están tan degradados como el resto de desperdicios. Así pues, en su fase terminal tales bienes de prestigio no recibieron ningún trato distintivo. La fosa de Valdeprados (Ávila) (Fabián 2006: 353-362) es un enterramiento campaniforme extraño, con los restos reducidos de un varón y elementos de prestigio como una chapita de oro, un puñal de lengüeta y tres puntas Palmela. De 254 fragmentos cerámicos hallados, el 69% son huérfanos (Tab. Se reconstruyeron casi completos un vaso campaniforme (Fig. 6A) y un cuenco lisos, cuyos patrones de fractura -grietas radiales desde un punto de impacto (cf. Tab. 1)-indican que se rompieron por un golpe violento y allí mismo. Hay otros recipientes parciales, como medio cuenco (Fig. 6B) o una porción de vasija común con sus cantos pulidos, tal vez reusada como cucharón (Fig. 6C). El intenso desgaste de los 30 pedazos de tres vasos campaniformes Ciempozuelos (Fig. 6D) cuestiona que se usaran en la ceremonia mortuoria (contra Garrido Pena et al. 2011: 125); parecen residuos con afecciones más dilatadas e intensas. Ciertas formalidades detectadas en Valdeprados se reprodujeron también en un hoyo de La Calzadilla (Valladolid) (Fig. 2, no 4): restos humanos y animales desmembrados comparecen junto a cinco mitades de cuencos (Liesau et al. 2014b: 94). La destrucción deliberada e in situ de campaniformes queda atestiguada en un pozo del sector 1F de Molino Sanchón II (Zamora) (Fig. 2, no 1), al que se arrojó un gran vaso carenado (Fig. 7) (Abarquero et al. 2012: 332). La recuperación de restos fragmentarios de vasijas campaniformes y su (re)deposición selectiva está bien atestiguada en túmulos como El Alto III (Soria) (Fig. 2, no 7) (Rojo et al. 2014: 33-34) o Los Tiesos I y El Morcuero (Ávila) (Fig. 2, no 11 y 13); estos dos últimos con numerosos restos huérfanos (> 75%) y muy desgastados (~ 30%) (Tab. 2), indicando su rotura fuera del túmulo y un prolongado desgaste. Por último, algunos recipientes campaniformes parciales también sugieren su destrucción intencional con otros fines. En Humanejos (Madrid) (Fig. 2, no 10), un espectacular hipogeo y una gran fosa fueron saqueados y sus contenidos destrozados y dispersados en época campaniforme, tal vez en un intento de anular la memoria de los allí enterrados, en un contexto de disputa entre facciones (Flores-Fernández y Garrido-Pena 2014). En la Meseta el II milenio AC está representada por Cogotas I, cuya impronta material es más tenue que la precedente (Barroso et al. 2014: 122-123). Los testimonios de actividades domésticas se reducen a restos redepositados en los hoyos que salpican la mitad norte peninsular (Colomer et al. 2008: 58). La costumbre de desmantelar las viviendas, reciclar y dispersar los desechos (Fernández-Posse 1998: 241) condicionó su rara conservación. El ritual normativo de la exposición del cadáver (Esparza et al. 2012b) también nos ha privado del grueso de la evidencia osteológica (Barroso et al. 2014: 122). Además, la suma de probabilidades del radiocarbono calibrado dibuja una curva descendente, muy acusada desde c. En ausencia de tumbas y viviendas normativas, acercarse a las formas de vida de tales grupos demanda estrategias no convencionales (Blanco-González 2015). El Cerro (Burgos) es un campo de hoyos Protocogotas en la llanura (c. 1700-1500 cal AC) (Fig. 2, no 5), incluido aquí por sus inusuales hallazgos: restos de al menos una cabaña, tres niños enterrados y cerámicas neolíticas y campaniformes en contextos del II milenio AC (Sánchez-Polo y Blanco-González 2014). La mayoría de los 14 hoyos estudiados (Tab. 2) parecen 'efectos' de prácticas sociales (Fig. 3A2, cf. Tab. 1): se rellenaron con cerámicas recientemente rotas (72%) y de pequeño tamaño (47%). Otros contextos esporádicos parecen 'productos' intencionales que conservan asociaciones significativas (Fig. 3A1). Destaca la estructura 29 (Sánchez-Polo y Blanco-González 2014: 11-12), un rebaje alargado colmatado con detritos del II milenio AC, en cuya capa más superficial (UE 2901) se encontraron una jarrita en miniatura (¿un juguete?) y un escondrijo de 15 fragmentos de una misma olla acanalada del Neolítico Antiguo (cf. Rojo et al. 2008: 148-155) con lañados (Fig. 8A). A 15 m de allí se documentó una cabaña (estructura 23) y el hoyo 10 con tres individuos infantiles; su datación por radiocarbono (AMS) y el análisis de ADN antiguo confirman la inhumación simultánea de tres hermanos (Esparza et al. 2012a: 280 y 307; Sánchez-Polo y Blanco-González 2014: 7-9). Una hipótesis sugerente es que parte de lo encontrado en El Cerro fuera la respuesta improvisada por aquel pequeño grupo familiar ante un episodio inesperado y de fuerte impacto emocional. La muerte pudo desencadenar el abandono del lugar (LaMotta y Schiffer 1999: 22-24), implicando la deposición de reliquias ancestrales (Lillios 1999): porciones de campaniformes y una vasija neolí-tica, posiblemente extraída de un contexto 3000 años más antiguo y guardada, incluso reparada (Fig. 8B), hasta su abandono definitivo. Pico Castro (Palencia) (Fig. 2, no 3) es una lengua de páramo, un típico lugar encaramado de la fase final de Cogotas I (1450-1150 cal AC). El predominio de fragmentos huérfanos (81%) indica que lo encontrado en las fosas es un subconjunto muy disminuido del repertorio original, bien filtrado naturalmente o seleccionado (intencional o despreocupadamente) por los ocupantes del cerro. Las proporciones de pedazos incorporados a las fosas poco después de romperse (66%) o ya algo rodados (29%), sugieren varias trayectorias deposicionales. Fragmentos concertantes del mismo hoyo presentan afecciones muy distintas (Fig. 9); ello indica cierto lapso temporal y la exposición, reuso o trasiego de piezas rotas antes de ser definitivamente reunidas. Los valores obtenidos en ambos sectores presentan peculiaridades que indican dinámicas independientes, coherentes con la hipótesis de un lugar de reunión revisitado ocasionalmente durante siglos. De nuevo, la mayoría de las fosas se rellenaron con desperdicios del procesado y consumo alimenticio. También se reconocen 'productos' con diverso grado de orden e intencionalidad: desde arrojar porciones de una jarra incompleta dentro del mismo hoyo (Fig. 10); hasta colocar cosas cuidadosamente, como el conjunto cerámico del hoyo 23 (Blanco-González 2014b: 318-320, Fig. 8). Nuevas líneas de trabajo están avanzando en una caracterización más detallada de lo que sobrevivió de Cogotas I, permitiendo comprender mejor ciertos gestos, algunos identificados hace tiempo. Es el caso de la rotura deliberada de cacharros de Cogotas I (Barroso et al. 2014: 128). Así, en la fosa de enterramiento triple de La Requejada (Fig. 1, no 2) la mitad de un recipiente fue arrojado al pozo, mientras que la porción restante ha desaparecido. Tal comportamiento se ha relacionado (Esparza et al. 2012a: 309) con el encadenamiento simbólico (Chapman y Gaydarska 2007) entre los muertos y los vivos. Algunas de tales singularidades podrían hallar acomodo entre una racionalidad de tipo animista y una actitud apegada a los ancestros (Blanco-González 2015). Esta mentalidad habría comportado la manipulación habitual y el inusual depósito de sustancias o restos parciales de los antepasados (Esparza et al. 2012a: 274 y 277; Barroso et al. 2014: 126), entre los cuales se contarían algunas vasijas cerámicas. Las grandes narrativas disponibles no consideran adecuadamente cómo ha llegado hasta nosotros lo encontrado o los inconvenientes de pensar el pasado según nuestro marco cultural. Tras tres décadas de investigación sistemática y moderna en la Península Ibérica hay contextos abundantes y elocuentes y lagunas que no pueden explicarse sólo por sesgos de destrucción/ocultación o insuficiencias del trabajo de campo. Convendría abordar tal gama de escenarios con mayor equidad y distancia crítica. El Neolítico aún conserva entre nosotros algo de su alteridad, pero durante el Calcolítico el aumento cuantitativo (más sitios, mayor acumulación de desechos) y cualitativo (contextos domésticos y mortuorios variados y mejor conservados) nos lleva a considerar unánimemente una realidad demasiado obvia y familiar: cabañas y talleres reflejarían las condiciones materiales de la vida, y las sepulturas con sus ajuares transmitirían las creencias y organización social del pasado (cf. Thomas 2000: 657-658). Sherlock Holmes nos recuerda que "no hay nada más engañoso que un hecho evidente" (Doyle 2007: 487). Lo hallado es una fracción ínfima de lo que existió y necesitamos comprender mejor cómo llegó a convertirse en lo que es; no hay cabida para actitudes injustificadamente confiadas e indulgentes. Si los métodos convencionales no permiten confrontar nuestras premisas de partida y apenas adquirimos conocimiento sustantivo, es hora de cambiar las preguntas (Robb 2007: 36). En la senda de líneas ya consolidadas de investigación tafonómica con material óseo (Weiss-Krejci 2012; Liesau et al. 2014a), este artículo ha explorado lo que podemos aprender al respecto observando la cerámica. En el punto de partida de esta investigación, los ciclos formativos (Jiménez Jáimez 2008) de la Prehistoria Reciente meseteña eran una realidad opaca. Para comenzar a disiparla se siguió un procedimiento inductivo e idiográfico basado en un estudio de caso múltiple, que permitiera alcanzar observaciones rigurosas y replicar los resultados (Yin 2003: 46-48). El análisis tafonómico muestra que la mayoría de los contextos evaluados serían correlatos de prácticas sociales (Fig. 3A). Los 'efectos' o material culture patterning (Garrow 2012: 109-113) ocurridos de perseguir otros fines son los casos más frecuentes aquí (Fig. 3A2). Del cierre de fosas o estructuras con sedimentos homogéneos y material abundante con frecuentes remontajes podemos afirmar su clausura antrópica relativamente rápida. Algunos están promediados temporalmente; la relación entre la formación de la matriz sedimentaria y la longevidad de los residuos incorporados a ella es arbitraria (Lucas 2012: 108-109), como el relleno de ciertas fosas de La Lámpara, El Cerro y Pico Castro o el túmulo de Los Tiesos I (Tab. En otros casos el uso, rotura y abandono de vasijas fueron episodios vinculados por quienes participaron en ellos. Esto pudo ocurrir en el tramo de foso ('cabaña 013') de El Ventorro, posiblemente en el intervalo de una o dos generaciones (< 40 años), o en la auténtica cabaña de Fuente Lirio con una menor duración (< 10 años) (Tab. La correspondencia con escenarios ideales (Fig. 1) no es importante; de hecho, tales arquetipos reproducen el problema de la 'equifinalidad' o posible generación de resultados similares mediante dinámicas muy distintas. Los casos estudiados muestran una enmarañada combinación de tales mecanismos. Lo crucial es considerarlos resultados no planificados, ocurridos de la repetición de hábitos corrientes: manipulación, trasiego, reutilización casual y vertido minoritario de desperdicios (Fig. 3A2). Tales tareas consuetudinarias muy posiblemente se encauzaron mediante preceptos y tabúes sobre cómo debían hacerse, normas que no inhibieron (¿ocasionalmente incluso favorecieron?) el empleo oportunista y a menudo inadvertido de restos de actividades previas. Nos enfrentamos a palimpsestos de material redepositado (en posición secundaria o terciaria), fruto de dinámicas antropogénicas y naturales acumulativas. Tomar conciencia de ello conlleva considerar tales contextos deposicionales como muy problemáticos para recrear unas actividades prehistóricas gravemente desfiguradas. Así pues, fueron las rutinas de la cotidianeidad prehistórica, reproducidas despreocupadamente (sin conciencia discursiva) las que contribuyeron decisivamente a generar la fracción conservada. A menudo se prescinde del contenido de las fosas ('basura caótica') para fijarse en las dimensiones o localización del continente (hoyo o superficie interfacial en sí). Al proceder así se minusvalora la capacidad informativa de los rellenos como 'efectos' de la acción social (Criado Boado 2012: 271) y se suplanta con esquemas abstractos (sistemas de almacenaje de excedente) referidos a un supuesto uso primigenio (silos) frecuentemente inverificable (Nocete 2001). Frente a tal opción, es necesario exprimir al máximo la parca información disponible, desde planteamientos más flexibles e inclusivos de cuantas líneas de trabajo sean posibles. Así, desde enfoques generalistas y deductivos hay excelentes contribuciones que integran el relleno de los hoyos en sus interpretaciones (Díaz-del-Río y Vicent 2006). Por otra parte, era crucial suplementar la imagen proporcionada por los 'efectos' de prácticas habituales (Fig. 3A2) con aquella de los 'productos' o correlatos físicos previstos (Fig. 3A1). Entre ellos cabe reconocer contextos normales y casos divergentes de la media: serían episodios anómalos o discrepantes, testimonios genuinos de la capacidad de actuación contingente (agency) (Robb 2007; Aranda et al. 2015: xxiii). Los ejemplos extremos o estridentes han sido a menudo objeto de estudios de caso únicos (Yin 2003: 47), pero aquí era crucial confrontarlos con ejemplos normales e impersonales para poner a prueba y matizar o desechar lo que creemos conocer (Montón-Subías 2010). Además, tales episodios límite de la vida social ofrecen información resolutiva sistemáticamente ignorada por las lecturas sociales 'desde arriba' (Fig. 1), al difuminarse entre las grandes tendencias y los procesos generales. Se trata de lo 'excepcional normal' que tan buenos resultados ha procurado a la microhistoria (Ginzburg 2001; Magnússon y Szijártó 2013). La rotura, dispersión, recuperación, manejo y deposición final de cerámica y otras sustancias fueron algunas de tales prácticas sociales transculturales. Los contextos resultantes, menos frecuentes que los 'efectos', se detectan arqueológicamente por regularidades en el orden, coherencia o completitud de los elementos que los integran. Frente al agregado aleatorio de los 'efectos' (Fig. 3A2), los 'productos' (Fig. 3A1) transmiten alguna asociación espacial significativa (Lucas 2012: 89): el hoyo 1 de La Lámpara, el escondrijo de cerámicas anacrónicas en la estructura 29 de El Cerro o el hoyo 23 de Pico Castro. El análisis no ha contemplado ningún contexto resultante de pérdidas o accidentes ocurridos en el transcurso de la vida social (Criado Boado 2012: 271, n. Tal supuesto no puede descartarse, y comienza a ser más frecuente a partir del Hierro Inicial. Todos los resultados de prácticas sociales, tanto 'productos' como 'efectos' (Fig. 3A), ocurrieron de dedicar esfuerzo (manipular tal cosa de tal forma) para alcanzar unos fines circunstanciales e irrecuperables, pues somos incapaces de reconstruir su subjetividad original (Criado Boado 2012: 204-214). Tampoco responderían a nuestras categorías estereotipadas de instrumentalidad y causalidad moderno-occidentales (Brück 1999: 320-322). Pudieran entenderse mejor como correlato físico de una inabarcable gama de motivaciones coyunturales y polisémicas (Suárez Padilla y Márquez Romero 2014: 220). En última instancia, esos hábitos constituyeron medios clave para la reproducción social a través de su continua reelaboración (Jones 2012: 22-28 y 127). Al actuar de determinada manera para lograr algo más, lo crucial pudo ser la recreación reglada de unos preceptos (leyendas, moralejas4, relatos cosmogónicos, etc.) en episodios comunitarios de interacción social. El resultado imperecedero sería algo secundario; en ocasiones dio lugar a contextos que comparten regularidades obvias (como Valdeprados y La Calzadilla) pero las similitudes suelen ser más laxas. A veces incluso pudo haberse improvisado ante eventos inesperados, como en El Cerro. Esos propósitos últimos no eran fijos y fueron cambiando con el tiempo. Por ejemplo, para la rotura deliberada de vasijas cerámicas se han sugerido distintas lógicas singulares: deformar el jarro de La Lámpara para realzar su antropomorfismo (Rojo et al. 2008: 378); eliminar la memoria de una facción contraria en Humanejos (Flores-Fernández y Garrido-Pena 2014: 166); hacer una ofrenda votiva como agradecimiento y compensación por el beneficio de la sal en Molino Sanchón II (Abarquero et al. 2012: 332); clausurar una ceremonia en La Calzadilla (Liesau et al. 2014a: 95) o encadenar a los muertos y los vivos en La Requejada (Esparza et al. 2012: 309). Parece sensato extremar las cautelas y no extrapolar nuestros esquemas de racionalidad. La manipulación de restos parciales resulta paradigmática: fue una tradición exitosa a lo largo de la Prehistoria Reciente, que implicó diversas sustancias y desafía categorías rígidas y dicotómicas. Para comprenderla mejor conviene aparcar nuestro antropocentrismo y reconocer el mero carácter accesorio de los huesos humanos en determinados contextos (Márquez Romero 2004: 126 y 134; Márquez Romero y Jiménez Jáimez 2014: 152-153). Así, desde el Neolítico se constata la manipulación (descarnado, quemado) y desorden de restos humanos sueltos en cuevas (Weiss-Krejci 2012: 129-130) y sepulcros de corredor (Delibes 1995). Todo ello se ha venido explicando en clave funeraria: como sepulturas y ajuares alterados por diversos avatares. Aquí se ha señalado la muy posible manipulación selectiva de porciones cerámicas ya desde mediados del VI milenio AC y cómo tales gestos contribuyeron a la fracción conservada. Durante el Calcolítico parece obvio el uso fúnebre de monumentos, es decir, el tratamiento escatológico de difuntos recientes y su acompañamiento con ajuares y objetos personalizados (Rojo et al. 2005; Guerra et al. 2009; Bueno et al. 2012b). Pero casos discrepantes como los aquí revisados pudieran matizar lecturas tan uniformes y cercanas a nuestra cultura: las sepulturas pudieron ser sólo un aspecto minoritario, aunque arqueológicamente muy visible, dentro de prácticas mortuorias (de manipulación de cadáveres) más generalizadas. Porciones esqueléticas bien reconocibles (cráneos y huesos largos) son ahora objeto de ciclos de recuperación, manipulación y exhibición como reliquias ancestrales (Liesau et al. 2014c: 141-147). Incluso se manejaron reliquias de animales, como un cráneo de uro muy meteorizado de La Calzadilla (Liesau et al. 2014b: 92-94). En Valdeprados, El Ventorro y varios túmulos se ha confirmado que porciones de vasijas campaniformes sufrieron un trasiego comparable al de los huesos. Así pues, los recipientes campaniformes y otros elementos del ajuar normativo (metales, sustancias exóticas) pudieron ser cosas valoradas por sus cualidades intrínsecas (pericia de ejecución, rareza, origen lejano), pero sobre todo por connotaciones extrínsecas y mutables (biografías, asociaciones a otros seres o lugares), adquiridas y en ocasiones perdidas. Su asociación fúnebre o mortuoria a personas concretas pudo referirse a esos significados contextuales, y no sólo a la posición social (relevancia en vida) de los finados (Brück y Fontijn 2013), auténtico tópico en la arqueología ibérica. Por último, en la Edad del Bronce la costumbre atávica de manipular restos fragmentarios resulta más perceptible (Barroso et al. 2014: 126), representando casi el 40% de los individuos estudiados en la Submeseta Norte (Esparza et al. 2012a: 284-285). Tales prácticas, posiblemente mortuorias, se integraron en el ritual funerario normativo bajo determinadas condiciones (Esparza et al. 2012a: 284-285). Así, ciertos restos esqueléticos de óbitos corrientes, y por tanto expuestos al aire libre, habrían sido recuperados para acompañar en los hoyos a muertos recientes en circunstancias inusuales (Esparza et al. 2012b: 114-120). En conjunto, el tratamiento de cerámicas, animales y cuerpos humanos sugiere que tales grupos no distinguieron netamente entre seres animados e inertes, ni entre personas, animales y objetos (Blanco-González 2015). El registro material del centro y norte ibéricos, muy incompleto y elusivo como el de otras prehistorias no convencionales (p.e. Robb 2007) obliga a extraer el máximo de información posible. Su parquedad permite observar, con las herramientas adecuadas, fenómenos desvanecidos en otras regiones por el exceso de documentación (Criado Boado 2012: 317-318). La desigual huella humana en el intervalo temporal estudiado contribuye a desmentir el supuesto empirista de que toda la vida social quedó uniformemente reflejada en el registro arqueológico (Blanco-González 2015). El planteamiento aquí defendido sirve para iluminar cuestiones básicas desatendidas. El análisis se ha sustentado en un estudio de caso múltiple (Yin 2003) abarcando unos 10.800 fragmentos cerámicos, siguiendo un procedimiento que ha permitido evaluar exhaustivamente una serie de variables tafonómicas en apariencia irrelevantes, exploradas en términos del paradigma indiciario como síntomas relacionados con los avatares terminales de ocho yacimientos. Su lectura diacrónica y comparativa permite comprender mejor ciertas prácticas sociales (rotura, acopio, reuso, conservación y deposición de porciones, etc.) responsables de las huellas reconocidas en las cerámicas. Si bien la muestra ha abarcado desigualmente la variabilidad documentada en los yacimientos prehistóricos meseteños, sus principales tipos de contextos deposicionales han quedado representados. Entre las acumulaciones de desechos encuestadas es posible diferenciar dos tipos de ciclos formativos antropogénicos: a) aquellos mayoritarios y muy heterogéneos que resultaron de manipular desperdicios de manera inconsciente (aquí denominados 'efectos'); y b) algunos pocos casos de ocultaciones conscientes ('productos'), cuyos patrones de afección cerámica son mucho más restrictivos y fácilmente reconocibles. Entre los primeros, tanto las fosas, como los túmulos, o el relleno de fosos y otras estructuras afines parecen el resultado de múltiples combinaciones de procesos de reducción y dispersión de restos; sólo el caso de la cabaña de Fuente Lirio muestra un patrón marcadamente distinto. La cerámica ha demostrado su enorme potencial como material idóneo para análisis cruzados: tanto transculturales, como integrando transversalmente documentación heterogénea recuperada con diversas estrategias de campo. Los resultados presentados son fácilmente verificables, y el método ensayado podrá aplicarse en el futuro a las toneladas de cerámica (mucha sin estudiar) que tras la 'burbuja constructiva' aguardan en los museos ibéricos, para replicar o desmentir las interpretaciones aquí esbozadas. La interpretación ha recreado una historia social 'desde abajo' (Gamble 2002; Montón-Subías 2010), que a través de "documentos fragmentarios y deformantes" (Ginzburg 2001: 22) trata de integrar en el análisis histórico las frecuentes rutinas de manipulación y descarte de desechos cerámicos anodinos y otros episodios deliberados más excepcionales. Dichas prácticas culturales, desdeñadas por la investigación tradicional, tuvieron tanta vigencia temporal y extensión geográfica como las abstracciones que protagonizan los macrorrelatos generalistas: la neolitización, el megalitismo, el campaniforme, etc. El nivel 'micro' permite pues calibrar localmente esas grandes narrativas, aportando una necesaria apoyatura en los retazos de vida social rastreables en el registro material (Montón-Subías 2014: 549; Robb 2007). Las conclusiones de ambos enfoques, el deductivo-generalista y el inductivo-particularista, no son intercambiables ni sirven para desmentirse, pues "tienen estatutos empíricos diferentes, niveles de existencia totalmente distintos" (Criado Boado 2012: 294-295). Este proyecto ha aspirado a contribuir al avance disciplinar entrelazando estrategias flexibles y complementarias que, operando a diversas escalas (Robb y Pauketat 2013; Willey y Chapman 2015), ayuden a dinamizar la imaginación arqueológica (Gamble 2002: 188-190).
Se presentan los primeros resultados del proyecto de investigación tunecino-español en Utica (Túnez). En concreto se estudia un complejo formado por un pozo de agua vinculado a un edificio excavado en parte. El pozo posiblemente fue clausurado y cegado de forma ritual. El contenido de su interior ha aportado, además de abundantes restos faunísticos, un depósito de cerámicas fenicias, griegas geométricas, sardas, libias, villanovianas y tartesias, principalmente formado por vajilla de mesa y ánforas, que testimonian tempranas redes de intercambio fenicias en el Mediterráneo Central y Occidental así como un temprano asentamiento fenicio. Las dataciones de C14 obtenidas con semillas del interior del pozo aportan una cronología hacia 925-900 cal AC al conjunto material, idéntica a las de tempranos asentamientos fenicios en la Península Ibérica como Huelva, El Carambolo y La Rebanadilla. En conjunto definen el horizonte más antiguo de la colonización fenicia en el Mediterráneo Central y Occidental. LAS INVESTIGACIONES EN UTICA La antigua Utica fue, según las fuentes clásicas, una de las más antiguas fundaciones tirias en el Mediterráneo Occidental. De acuerdo con el Pseudo Aristóteles (Mir Ausc 134), una fuente del siglo III a.C., la fundación de Utica tuvo lugar 285 años antes de la fundación de Cartago, siguiendo las propias tradiciones fenicias, esto es c. Posteriormente, Veleio Paterculo (I, 2, 3), que escribió su obra en 30 d.C. anota que Utica se fundó poco después de la fundación de Gadir, la cual tuvo lugar 80 años después de la caída de Troya, en 1103 a.C. (Sánchez Manzano 2001: 50). Por su parte Plinio el Viejo (Nat. XVI, 216) recoge la tradición de la gran antigüedad de las vigas de cedro del templo de Apolo en Utica, el primer edificio erigido en la ciudad, que cifraba en 1178 años antes de que él escribiera, esto es, hacia 1110 a.C., pues Plinio murió en 79 d.C. (Serbat 1995: 23). A pesar de la antigüedad atribuida por las fuentes clásicas, las excavaciones efectuadas en Utica en los siglos XIX y primera mitad del XX no aportaron datos que se remontasen más allá de finales del siglo VIII a.C., concretamente los ajuares funerarios de las necrópolis fenicio-púnicas excavadas por Cintas (1951Cintas (, 1954) ) y Colozier (1954). Los cambios en la configuración del promontorio de Utica, situado en la Antigüedad en el hoy desaparecido estuario del río Bagradas (Paskoff y Trousset 1992) (Fig. 1), en su relieve original y sobre todo, las modificaciones efectuadas en el mismo por los programas del urbanismo romano no hicieron sino complicar la localización del núcleo fenicio original. Asimismo los trabajos de Lézine (1968: 103) en la ciudad romana revelaron restos constructivos de época tardopúnica y le permitieron localizar un área del hábitat antiguo con niveles del siglo VI a.C. en el foro. Posteriormente, a partir de los años 80, se realizaron excavaciones y sondeos por parte de Chelbi y Redissi que permanecen inéditas, salvo un estudio sobre la fase más antigua de las excavaciones de Redissi en 2005-2007 (Ben Jerbania y Redissi 2014). El proyecto tunecino-español en Utica En 2010 se reinició la investigación en Utica con el desarrollo de un proyecto internacional auspiciado por el gobierno tunecino a través del Institute National du Patrimoine (INP). En el participan un equipo tunecino-británico del INP y la Universidad de Oxford, centrado en la investigación de la ciudad romana de Utica (Hay et al. 2010) y en la localización del puerto romano, otro tunecino-francés del INP y la Universidad de la Sorbona-París IV dedicado a la localización del antiguo puerto fenicio (Monchambert et al. 2013) y un equipo tunecino-español que estudia la ciudad fenicio-púnica, formado por investigadores del INP y de diversas universidades españolas agrupados en el Centro de Estudios Fenicios y Púnicos. El proyecto continuará hasta 2016 y puede renovarse por periodos de tres años. Los trabajos se iniciaron en 2010 con una campaña de prospección geofísica mediante GPR (radar de subsuelo) efectuada por el Instituto Andaluz de Geofísica de Granada en tres zonas del yacimiento (López Castro et al. 2010), que resultaron de una extraordinaria utilidad para plantear las campañas de excavación de 2012, 2013 y 2014 centradas en dos zonas, las denominadas I y II (López Castro et al. 2014). En este trabajo presentamos los primeros resultados de la excavación aún en curso del complejo constructivo de la fase por ahora más antigua de la Utica fenicia, descubierto en los cortes 20 y 21 de la Zona II (Fig. 2), en concreto los relativos al contenido de un pozo con abundante material cerámico fenicio, griego geométrico, sardo y libio del que se ofrece una selección representativa. Asimismo, por su interés para la cronología de la presencia fenicia en el Mediterráneo centro occidental y los inicios de la Edad del Hierro en este área geográfica, damos a conocer una serie de tres dataciones absolutas de C14 obtenidas a partir de muestras del mismo contexto arqueológico. Estado actual de la investigación Las campañas de excavación efectuadas en Utica en 2012, 2013 y 2014 han localizado en la Zona II de la prospección geofísica un complejo arquitectónico fenicio de gran antigüedad, aún en fase de excavación, en los cortes 20 y 21, situados a escasos 100 m de la antigua línea de costa, en el límite norte de la colina del yacimiento (Fig. 2). Los trabajos agrícolas, el trazado de una vía férrea que lo recorre y el expolio al que ha sido sometido históricamente debieron destruir las edificaciones romanas y fenicio-púnicas, que sin embargo sí se localizan en los alrededores y de las que apenas quedan trazas de cimentaciones y fosas de expolio en el área de los cortes 20 y 21. El complejo constructivo se encuentra en una cota muy superficial, y está alterado por las intervenciones mencionadas. Está formado por un edificio que está aún por excavar, parcialmente delimitado al Sur por un muro con orientación Noreste-Suroeste (UE 21085) (Fig. 3). Al interior de la construcción se documentó un pavimento (UE 21088/21094) de cantos rodados y piedras de pequeño tamaño cortado al Norte por una gran fosa romana (UE 21081) que sigue aproximadamente la orientación del edificio y destruyó parte de la estratificación existente. Al Sur del edificio, por debajo de los estratos UE 21003 y 21061, y sus equivalentes UE 20003 y 20011, que señalan el fin del uso de esta construcción, se abre un profundo pozo de planta aproximadamente circular, de unos 3 m de diámetro, excavado en el sustrato natural arcilloso. El pozo, cuya excavación aún no ha concluido, alcanza los 3,94 m de profundidad desde la superficie (1,18 m s.n.m.) Áreas de investigación del proyecto tunecinoespañol en Utica y localización de áreas de prospección geofísica (gris) y cortes arqueológicos (negro). Equidistancia de curvas 1 m. 2,46 m s.n.m., lo que obliga a trabajar extrayendo el agua a diario mediante una bomba. La parte superior del pozo estaba cubierta por la base de mampuestos de un pavimento de una construcción posterior, quizá fenicio-púnica (UE 20012), así como por grandes sillares de piedra (UE 20093 y 20094) y por una fosa reciente (UE 20005) (Fig. 5), relacionada con la ocupación temporal del yacimiento por la población local allí refugiada, a causa de las grandes inundaciones de 1981. Desde el inicio de su excavación el pozo mostró un abundante contenido antrópico formado por cerámicas fenicias, sardas, griegas geométricas, villanovianas y locales, así como numerosos restos faunísticos y algunos constructivos de es- casa entidad como adobes y restos de cal. Todo ello estaba compactado con tierra manchada por cenizas y carbones. Fragmentos de los mismos vasos se depositaron a diferentes profundidades dentro del pozo como un plato fenicio (Fig. 6: 10) cuyas partes integrantes aparecieron entre los 3,69 y los 3,54 m o un skyphos (Fig. 7: 7) fragmentos del cual se recuperaron de los 4,09 a los 3,48 m de profundidad. Además se documentaron restos óseos en conexión anatómica. Todo ello unido a la gran homogeneidad cronológica del conjunto cerámico nos está indicando que el pozo se rellenó intencionadamente en un corto lapso de tiempo. La funcionalidad de la mayor parte de los vasos cerámicos depositados, principalmente contenedores de líquidos y servicio de mesa, junto con la naturaleza del conjunto faunístico (restos de bóvidos, ovicápridos y suidos consu-midos 1 ), apunta a la vinculación del pozo con actividades rituales. La hipótesis que cobra más fuerza en el estado actual de la investigación del complejo es que posiblemente se trataría de un pozo para la obtención de agua dulce, un water pit de la tipología de Groenewoud (2001: 146) dada la naturaleza del sustrato geológico. Por causas desconocidas, tal vez su salinización con motivo de una sequía y de su proximidad al estuario del Bagradas, se clausuró. 1 El profesor Doctor Joâo Luis Cardoso (com. pers.) de la Universidade Aberta de Lisboa ha estudiado la fauna de mamíferos. El conjunto uticense de cerámicas fenicias del interior del pozo del corte 20 está formado principalmente por vajilla de mesa y de almacenamien-to, y en menor medida por cerámicas comunes y de cocina. Del poco más del millar de fragmentos cerámicos recuperados en la campaña de 2012, hemos calculado una distribución porcentual según la procedencia de las producciones cerámicas a partir del número mínimo de individuos (Fig. 8). Las cerámicas autóctonas libias modeladas a mano forman el conjunto mayoritario con un 56,78%: el 37,97% son producciones de tipología local y el 18,81% imitaciones de formas fenicias. Las cerámicas fenicias, con un 26,95% componen el segundo, seguidas por las cerámicas importadas sardas con el 9,83%, y las producciones griegas geométricas con el 4,24% del total. Los vasos de producción villanoviana representan un 1,19% y los de producción tartésica apenas el 0,51% del conjunto. Esta distribución, aun siendo represen- Trab. Entre las cerámicas de almacenamiento destacamos un fragmento de borde de ánfora decorada con engobe rojo (Fig. 6: 1) que por la forma del borde pertenecería al tipo 9 de Tiro, con paralelos tipológicos en los estratos IV, V-VII y VIII-IX (Bikai 1978: 45-46, pl. XIV: 13; XVIII: 12; XXI: 13). Un paralelo cercano al ejemplar uticense podría ser el ánfora con engobe rojo en toda la superficie, con borde exvasado y engrosado de Kuntillet Ajrud (Ayalon 1995: 165, fig. 13: 5). Otro fragmento de ánfora de almacenamiento (Fig. 6: 2) conserva el inicio del cuerpo de tendencia recta, la carena, parte del hombro y del asa. Un fragmento de tipología similar procede de las excavaciones tunecino-francesas de Utica, próximas al corte 20, si bien de contextos secundarios (Ben Jerbania 2013: 47, fig. 42: 12). Aparece también un fragmento de jarrito (Fig. 7: 4) del tipo juglet 3 de Tiro por su cuerpo ovoide, documentado casi desde el inicio de la secuencia hasta Tiro VI, con mayor presencia en Tiro XIII y Tiro X (Bikai 1978: 42, pl. XCIII, 3). Destacamos un fragmento de borde exvasado de crátera (Fig. 6: 3) con decoración de finas bandas verticales negras en su parte superior. Este tipo de decoración y la tipología del borde aparecen inicialmente en cráteras chipriotas del Chipro-Geométrico III (Gjerstaad 1960: fig. 17). Por último, entre las cerámicas comunes, hay lucernas monocórnicas con engobe rojo (Fig. 6: 5), ampliamente extendidas en los conjuntos cerámicos orientales, lisas o decoradas con pintura o engobe rojo. En Tiro su aparición es significativa desde el estrato VIII en adelante donde el tipo 1, el más extendido, es especialmente abundante en los estratos V y IV (Bikai 1978: 18-20). El grupo de vajilla de mesa está formado principalmente por platos y jarras de engobe rojo, platos de fine ware y algunos vasos menos habituales. Entre los platos de engobe rojo tenemos un borde (Fig. 6: 7) que recuerda al tipo 7 de Tiro, donde aparece desde el estrato VI y es más abundante en los estratos V y IV (Bikai 1978: 23). Otros platos documentados con engobe interior y exterior (Fig. 6: 9) o sólo exterior (Fig. 6: 8) podrían acercarse al tipo 9 de Tiro, presente en buena parte de su secuencia y abundante en Tiro VI-V (Bikai 1978: 21, 24), si bien nuestras piezas tienen el borde apuntado, sin estar engrosado. Sin embargo, los ejemplares tirios carecen de acanaladuras incisas bajo el borde, como los del estrato VIII de Hazor (Yadin et al. 1960: pl. LV: 10, 11, 28). Una de las formas menos corrientes en los conjuntos orientales es una copa con pie bajo de engobe rojo interior y exterior (Fig. 6: 6) que recuerda el chalice del estrato XVI de Tiro (Bikai 1978: pl. XVLIIA: 5). Un plato de engobe rojo, con pie más alto que el de Utica y perfil más anguloso, procede del estrato III de Tell Abu Hawam y ha sido interpretado como incensario (Herrera y Gómez 2004: 104, 246; lám. XIX: 171). Es mucho más parecido a la copa uticense un chalice más tardío del estrato Ia de Hazor (Yadin et al. 1961: pl. CCLXXIII: 2). Otra pieza particular registrada en Utica es un plato del tipo bar handled, con asa de barra o asa tubular (Fig. 6: 10), documentado en el Periodo II de Tiro-Al Bass (Núñez 2014: 76, fig. 9b), así como entre las formas del pottery period I de Samaria (Crowfoot et al. 1957: 99, fig. 1 Period I: 3). Esta forma se conoce también en el estrato VIId de Tell-el-Fâr'ah (Chambon 1984: 65, pl. 56: 4-6) y en los estratos IX a VI de Hazor con diferentes tamaños y bordes con un paralelo de la pieza uticense en el estrato VII (Yadin et al. 1961: pl. CLXXIII: 32). En términos tipológicos y cronológicos, el conjunto de cerámica fenicia que hemos analizado podríamos situarlo, según las más recientes sistematizaciones de la cerámica fenicia oriental (Núñez 2010: fig. 1, 2014: fig. 1), en el Periodo II de Tiro Al Bass. Su final se data con anterioridad a finales del siglo IX a.C., coincidiendo con la primera mitad del horizonte de Salamis definido por Bikai (1983: 68-69) y con los estratos X/IX a VI de la estratigrafía de Tiro. Entre las cerámicas del pozo del corte 20 destaca un conjunto de cerámicas griegas geométricas. Las más numerosos son los skyphoi, el vaso del servicio para beber más popular desde comienzos del Geométrico Medio (Coldstream 2008: 18). Con diferentes decoraciones, en su mayoría de procedencia eubea o de tipo eubeo, los ejemplares uticenses parecen situarse por sus formas y su repertorio decorativo en el horizonte del Geométrico Medio II. Los más numerosos son los bordes y fondos de skyphoi monócromos de influencia ática con barnices pardos y negros al interior y al exterior (Fig. 7: 12) o sólo al exterior (Fig. 7: 3). En Eretria los skyphoi monocromos más antiguos suelen ser globulares, lisos salvo las bandas de reserva al borde (Verdan et al. 2008: 72), como algunos ejemplares de Utica (Fig. 7: 3, 5). Otros fragmentos uticenses presentan bandas de reserva en el interior y en el exterior del borde (Fig. 7: 5-6, 9), como suele ser habitual en las copas eubeas del Geométrico Medio (Andrioménou 1985: 55-61, 69). Los skyphoi decorados con semicírculos colgantes de tradición protogeométrica son también producciones eubeas. Tenemos un fragmento de borde con barniz negro y hombro marcado (Fig. 7: 11) que, a pesar del mal estado de conservación, permite reconocer el arranque bajo el borde de siete semicírculos de pintura roja. Asimismo, dos fragmentos de Utica parecen pertenecer a la parte inferior del cuerpo de un skyphos decorado al menos con cinco semicírculos colgantes y una banda barnizada inferior de delimitación (Fig. 7: 13), con un paralelo muy parecido en Calcis (Andrioménou 1985: 53, no 12, fig. 8). Entre las producciones de estilo aticizante hay dos skyphoi decorados con chevrons. En uno (Fig. 7: 7) están delimitados por barras verticales que ocupan la zona reservada entre las dos asas, como es común en los vasos del Geométrico Medio (Coldstream 2008: 25, pl. 4: c). El otro sólo conserva un fragmento de la parte alta del vaso con chevrons en la banda central reservada (Fig. 7: 8). En Occidente vasos con esta decoración del Geométrico Medio II están presentes en la Península Itálica, sobre todo en la necrópolis Pontecagnano, así como principalmente en Cumas y Veio (Boitani 2005; Kourou 2005). En la Península Ibérica, aunque no se conocen en Huelva, skyphoi con chevrons del Geométrico Medio se documentan en La Rebanadilla (Sánchez et al. 2012: 75, fig. 12). Otros dos fragmentos de skyphoi de Utica (Fig. 7: 1-2) tienen un tipo de decoración no documentada hasta ahora en Occidente. Son triángulos seguidos de bandas semicirculares en el cuerpo, el segundo de los cuales está cuadriculado. Por último, la decoración con dots o puntos en el borde aparece en dos fragmentos uticenses (Fig. 7: 4, 10): el primero con interior monócromo, borde y cuerpo con bandas y líneas verticales en la parte central, formando una metopa en cuyo interior se dispone un hourglass. El segundo carece de cuerpo. Los puntos aparecen en el Geométrico Medio I, en particular en los bordes de los skyphoi, y las líneas de dots se extienden ya en el Geométrico Medio II (Coldstream 2008: 19, 24; Verdan et al. 2008: 74). En la Península Ibérica se conocen estos motivos en un fragmento de skyphos del Geométrico Medio II procedente de la fase IV de El Carambolo, superpuesta a la fase fundacional (Escacena et al. 2007: 16, fig. 14). El motivo de hourglass o clepsidra se extiende desde el Geométrico Medio II a comienzos del Geométrico Tardío por el Ática, Cícladas y Eubea (Gimatzidis 2010: 141). Las cerámicas nurágicas sardas en Útica son principalmente recipientes vinculados con el consumo del vino, tanto las ánforas, que debían tener una capa de resina vegetal en su interior para impermeabilizarlas (Botto 2007: 16-19, 22), como pequeñas jarros o askoi. Por los análisis realizados sobre una brocca askoide del Nuraghe Bau Nuraxi di Triei, se han detectado en su interior trazas de vino (Sanges 2007), al igual que en otra brocchetta askoide del nuraghe Funtana di Ittireddu (Campus y Leonelli 2012: 159 n. 54), planteándose que servirían para sellar acuerdos entre marinos sardos y élites locales (Botto 2011: 43). Las ánforas son quizás la forma más abundante en Utica, donde también se documentan en las excavaciones tunecino-francesas en contextos secundarios del sondeo I-3, con algunos tipos similares a los que presentamos (Ben Jerbania 2013: 25-30, 47, fig. 43). Cronológicamente las ánforas son menos definitorias porque los tipos se mantienen, al menos desde fines del siglo IX a.C. en que se datan en Sant'Imbenia (Oggiano 2000: 240), hasta el primer cuarto del siglo VII a.C. en Cartago. De la forma zentral-italische Amphoren, o ZitA 1-2 (Docter et al. 1997), denominadas después Nurágica 1-2 al ser identificadas en Sant'Imbenia, con desgrasantes de cuarzo y mica, que a veces tienen engobe rojo o marrón claro al exterior, tenemos varios ejemplares en el pozo del corte 20 (Fig. 9: 1-4), algunas con engobe (Fig. 9 Las grandes asas de cinta vertical a veces son sobreelevadas y aparecen en cuencos con base plana o attingitoi (Campus y Leonelli 2000: 209, 250 lám. 145: 8). El asa de cinta vertical más fina en la parte superior y que se ensancha en la parte inferior, a nastro stretto, es típico de recipientes nurágicos (Campus y Leonelli 2000: 626, 656, lám. 378: 1) (Fig. 9: 7). Al askos o brocca askoide, que probablemente servía para contener una bebida más densa y de mayor graduación, al estilo del actual licor sardo de mirto rosso (Myrtus communis), corresponde el asa más típica con círculos concéntricos impresos en línea vertical (Campus y Leonelli 2000: 623, lám. 373: 4, 7 y 11), del que tenemos un fragmento en Utica (Fig. 9: 9). En el Mediterráneo Oriental esta decoración se documenta en el asa de la broccheta askoide de la tumba 2 de Khaliale Tekke, en Creta (Vagnetti 1989: 356-359), que comienza a usarse en el Protogeométrico. Es una forma que se pensaba que aparecía en la última fase del Bronzo Finale, paralelamente al apogeo de la producción de bronces sardos (Lo Schiavo 2005: 112) el Bronzo Finale II, entre los siglos X-IX a.C. (Campus y Leonelli 2006: 390-391, fig. 3a/10). En la Península Ibérica se conoce en la fase III de La Rebanadilla en Málaga (Sánchez et al. 2012: 73, fig. 9: 4). También la encontramos en fechas más tardías en Cartago, en el nivel IIIa1 de la casa 2 de las campañas de la Universidad de Hamburgo (Kollund 1992-93: 211, fig. 5). Finalmente, en Utica tenemos fragmentos más excepcionales (Fig. 9: 11) de asas con pequeños botones realzados y alineados verticalmente o pastiglie. Entre los materiales importados que presentamos en este artículo, la cerámica villanoviana está relativamente bien representada en el pozo 20017 y se conocen algunos fragmentos uticenses de las excavaciones tunecino-francesas en contextos secundarios del sondeo I-3 (Ben Jerbania 2013: 25-30, 48-49, fig. 44). Como la inmensa mayoría del material recuperado en este depósito, la cerámica villanoviana corresponde a vasos destinados al servicio y consumo de alimentos. Contamos con dos copas de la característica dark polished ware con una y dos asas (Fig. 10: 2-3). Relacionamos las dos piezas restantes (Fig. 10: 4-5), a pesar del escaso tamaño conservado, con formas cerradas como jarras o botellas por el acabado de la pieza (ordinary ware) y la decoración (Hencken 1968: 26). En el Sur de Italia se documentan en las necrópolis de La Rota, Canale-Ianchina, Patariti y Scorciabove (Locri, Calabria) (Pacciarelli 2006: 48-52). Las dos jarras (Fig. 10: 4-5) se decoran con peine de 3 y 4 puntas respectivamente. Las de tipo Cabezo de San Pedro suelen diferenciarse de los tipos del Bajo Guadalquivir por tener un borde más alargado y carena más marcada. En la pieza de Utica, la carena algo más suave, el bruñido al interior, el tipo de pasta y la coloración, más castaña clara frente a los tonos negros o grisáceos oscuros de Huelva, apuntan a una procedencia del Bajo Guadalquivir (Ruiz Mata 1995: 267-268). En esta área ya se conocían estas cazuelas en los niveles IV y III de la denominada Cabaña de El Carambolo, con algún ejemplo idéntico al uticense (Carriazo 1973: 534, fig. 382). Su pervivencia asociada a cerámicas fenicias, otras con decoración de tipo Carambolo, ánforas T-10 y platos de engobe rojo (Gómez Toscano et al. 2009: 621, fig. 5: 1) se puede observar en un fondo de cabaña de Huelva, sector Vista Alegre-Universidad. En Utica también hay en contextos secundarios del sondeo I-3 un fragmento de un borde divergente de cazuela con triángulo exterior grabado (Ben Jerbania 2013: 25-30, 49, fig. 22). La decoración, bien representada en el Bajo Guadalquivir (Casado 2011: 100, fig. 2: CAR-2199-102), amplía el repertorio de importaciones ibéricas en el Norte de África, pues ya se habían documentado en contextos antiguos de Cartago (Mansel 2011). Las cerámicas a mano autóctonas son de tipología local o imitan formas fenicias. Sus paralelos están en estratos del periodo Numídico Antiguo de Althiburos, con dataciones de C14 de los siglos X-IX cal AC (Ramón y Maraui 2011: 154, n. 26) y de Cartago, fechados en el siglo VIII a.C. Entre la primera clase destaca una olla de perfil en "s" con cuerpo globular, borde marcado y asas paralelas al borde y verticales (Fig. 11: 1). Una forma muy similar de Cartago, en lugar de asas presenta mamelones (Mansel 1999: 237, Abb. En este asentamiento un fragmento de vasija horno con borde marcado, bajo el que se disponen digitaciones, es similar a uno uticense (Fig. 11: 2). Por último señalaremos la presencia de cuencos lenticulares con mamelones en el borde (Fig. 11: 5). Se imitan las lucernas fenicias monocórnicas (Fig. 11: 7). En Cartago hay también lucernas de imitación más tardías, en algún caso de tres picos (Mansel 2007: 436, Abb. Además hay platos con decoración a barniz rojo que imitan platos fenicios del tipo 10 de Tiro (Fig. 11: 8), similares a los de Cartago (Mansel 2007: 437, Abb. Por último, un cuenco profundo (Fig. 11: 9) podría seguir una tipología local documentada en Cartago (Mansel 1999: 237, Abb. 4, 38), aunque el borde interior decorado en rojo podría ser por influencia fenicia. 2) es también comparable con la de Utica (Tab. 1), a pesar de que no se trata de un contexto primario que, como señala Gilboa (2011: 321), puede incluir varios niveles diferentes. Estas dataciones también se mueven en una banda cronológica similar, ligeramente más reciente, 834 cal AC, 828 cal AC, y 827, 998-827 cal AC, con un 95% de probabilidad entre inicios del siglo X al tercer cuarto del siglo IX cal AC, y los puntos de intercepción en la curva de calibración señalan un 915-845 cal AC. 1), recogida de una fina capa de herbáceas carbonizadas probablemente en la preparación del terreno para la construcción. Los yacimientos fenicios más antiguos de la Península Ibérica (Huelva, La Rebanadilla y El Carambolo) presentan un mismo horizonte arqueológico, definido por la asociación de importaciones tirias, griegas del Geométrico Medio, sardas nurágicas y en el caso de Huelva villanovianas, con dataciones radiocarbónicas similares. En Utica documentamos dataciones absolutas calibradas semejantes a las de estos asentamientos junto al mismo horizonte de importaciones mediterráneas, además de producciones de la Península Ibérica. Aun dejando a un lado las dataciones de Huelva Méndez Núñez por las condiciones de recuperación de la muestra, resulta evidente que la serie radiocarbónica de Utica refuerza la de La Rebanadilla (Málaga). Ambas series de dataciones nos parecen suficientemente precisas por ser excavaciones recientes, en dos áreas geográficas distintas, bien contextualizadas arqueológicamente, sobre muestras de vida corta por AMS (en el caso de Útica) y procedentes de dos laboratorios distintos, Centro Nacional de Aceleradores (Sevilla) y Beta Analityc. Las series de dataciones de Utica y La Rebanadilla vienen a proponer unas fechas del último cuarto del siglo X cal AC, o en todo caso en un pleno siglo IX cal AC, para este horizonte inicial Las excavaciones del proyecto tunecino-español en Utica aportan datos muy interesantes sobre el horizonte inicial de la colonización fenicia en el Mediterráneo Central y Occidental, en concreto los procedentes de un pozo de agua asociado a un edificio en curso de investigación. El análisis preliminar del conjunto cerámico depositado en el interior del pozo 20017 muestra que se trata de una deposición bastante homogénea y muy poco separada en el tiempo. La funcionalidad de la cerámica, determinada mayoritariamente por vasos para contener, servir y consumir, así como los abundantes restos de fauna, podrían estar indicando que el pozo se rellenó con restos de banquetes. La presencia de numerosas cerámicas importadas testimoniaría el carácter excepcional de la deposición, que posiblemente formara parte de un ritual de clausura, constatado en otros pozos fenicios de Motya ya mencionados. La asociación de cerámicas registrada en el pozo 20017 de Utica es extraordinaria y constituye hasta ahora el conjunto más numeroso y variado de cerámicas egeas y fenicias orientales conocido en el Mediterráneo Central y Occidental. Además es la colección más amplia de vasos del Geométrico hallada fuera de Grecia, seguida por Tiro en Oriente. En Utica están presentes muchas de las decoraciones del geométrico ático, así como las eubeas de semicírculos colgantes y los vasos monócromos, no muy comunes en Occidente. También hay una facies decorativa como los triángulos cuadriculados, desconocida hasta ahora en Occidente. El hallazgo de cerámicas griegas con decoración del Geométrico Inicial o Medio junto a copas decoradas con semicírculos colgantes del Subprotogeométrico eubeo se registra en Utica, a semejanza de Huelva y Veio. La existencia de platos con semicírculos colgantes en Tiro, Chipre y Huelva, una forma casi inexistente en Grecia, para Coldstream (2011) indica una producción específica destinada exclusivamente a ambientes fenicios, seguramente a través de Tiro. Este hecho, junto a la variada composición del conjunto de cerámicas geométricas y subprotogeométricas de Utica, nos hace reflexionar sobre el papel esencial de los fenicios en la distribución de las cerámicas geométricas del Geométrico Medio y el Subprotogeométrico en Chipre, Etruria meridional, Campania, Norte de África, Cerdeña y la Península Ibérica, al menos hasta la fundación de Pithecoussa. En este tráfico, Utica debió desempeñar un lugar muy destacado. Las producciones villanovianas que aparecen en Utica formando parte de este contexto, también están en Huelva, mientras que en Utica se conocen cerámicas del Bajo Guadalquivir que no llegan a Italia, aunque sí al norte de Cerdeña: nuraghe de Santu Antine (Torralba) (Madau 1986: 95-96, tav. Todo ello incide en la atribución de un papel relevante o director de Utica en los circuitos de relaciones entre ambos extremos del Mediterráneo. La presencia de abundantes producciones sardas relacionadas con el consumo de bebidas resulta muy significativa del papel de Cerdeña en las relaciones de intercambio fenicias más tempranas. Ya señalaban su protagonismo el hallazgo de Sant'Imbenia o la difusión en la Península Ibérica de producciones sardas (Botto 2011). La inclusión en el conjunto del pozo 20017 de cerámicas libias autóctonas, así como la temprana imitación local de formas fenicias y no de otra procedencia aparentemente, podría estar apuntando a unas relaciones estrechas y consolidadas entre fenicios y libios en Utica en una fecha temprana. La cronología del conjunto, en términos convencionales, podría llegar al último cuarto o a finales del siglo IX a.C., considerando además por separado las dataciones de cada una de las clases de producciones cerámicas en sus áreas de procedencia. El contexto que actualmente se investiga en Utica resulta, en consecuencia, aproximadamente unos 75 o 100 años más antiguo que la fecha tradicionalmente atribuida a la fundación La antigüedad de Utica, que precede un centenar de años a la de Cartago, se repite también en las dataciones absolutas del pozo 20017, que vienen a ser contemporáneas con las series de dataciones de C14 de Huelva, a pesar de sus problemas contextuales, y con las bien estratificadas de La Rebanadilla y El Carambolo. En conjunto definen los inicios de la colonización fenicia en fechas muy antiguas como un fenómeno de gran alcance que se constata en Túnez y la Península Ibérica y que integra Cerdeña y Etruria meridional y Campania en la Península Itálica. Las implicaciones cronológicas de la asociación de materiales arqueológicos de Utica y La Rebanadilla a sus respectivas fechas son de una gran relevancia, no sólo para la datación de los inicios de la colonización fenicia, sino también para revisar la correlación de las cronologías de la cerámica geométrica del Geométrico Medio en el Mediterráneo. Diferentes investigadores han venido sugiriendo esa necesidad en los últimos años. Asimismo, las series de dataciones absolutas de Utica y La Rebanadilla invitan a revisar la correlación habitual de la cerámica griega con la estratigrafía de Tiro. Han propuesto ya su revisión cronológica al alza Schreiber (2003: 208) y Mederos (2005: 333-335 tabla 16), así como Bikai (2003: 234) para los estratos VI-VII, fechados en un siglo IX a.C. avanzado y IV-V que pasaría a 800-750 a.C. La posibilidad de ampliar los resultados arqueológicos y obtener nuevas dataciones radiocarbónicas confiere una alta potencialidad a las aportaciones del proyecto en curso en Utica, al debate cronológico y al conocimiento del periodo de la primera presencia fenicia estable en el Mediterráneo central y occidental. Este trabajo se enmarca en las actividades del Campus de Excelencia Internacional CEI-Mar.
Se analizan los materiales cerámicos prehispánicos del yacimiento de La Cerera en Gran Canaria (siglos VII-XIII D.C.). Se integra la clasificación morfotécnica y funcional, y la caracterización instrumental mediante fluorescencia de rayos X (FRX), difracción de rayos X (DRX), petrografía óptica (PO) y microscopía electrónica de barrido (MEB) relacionando cada nivel de estudio aplicado. Como resultado se detectaron diferentes cadenas operativas, conectadas con la función de los vasos y su cronología. Además se observaron importantes cambios diacrónicos en las características del material. Estos parecen coincidir con otros identificados en el registro del propio yacimiento y en otros sitios de la isla. También se discuten los posibles efectos de la intensificación de la producción sobre la homogeneidad de las fábricas cerámicas. Gran Canaria fue habitada por pobladores de origen amazige que, tras su llegada desde el continente africano, desarrollaron en la isla la organización social más compleja de todo el archipiélago (Tejera Gaspar y González Antón 1987; Onrubia Pintado 2003; Velasco Vázquez y Alberto Barroso 2005). Su fin coincide con la conquista de la isla por la Corona de Castilla a finales del siglo XV. La cronología de la llegada de esta población es motivo de revisión en la actualidad. Se cuenta con dataciones radiocarbónicas anteriores al cambio de era para diversas islas del archipiélago (por ejemplo, Galván Santos et al. 1999; Martín Rodríguez 2000; Atoche Peña 2013). En cambio en Gran Canaria las dataciones más antiguas se han criticado, bien por inconsistencia en las mediciones procedentes de diferentes laboratorios (Santana Cabrera 2011-2012, Santana Cabrera et al. 2012), bien por el tipo de material datado (Pino Curbelo 2014; más adelante en este trabajo). Teniendo esto en cuenta, puede considerarse que actualmente no se cuenta con fechas fiables anteriores a los siglos III-IV cal AD (Martín Rodríguez 2000), y si nos atenemos únicamente a las dataciones sobre materiales de vida corta publicadas, no tendríamos referencias claras para antes del siglo VI cal AD (Tab. La alfarería, como el resto de las manufacturas, ha jugado un papel relevante en la definición de las relaciones sociales indígenas de Gran Canaria, en especial en aspectos como la defensa de niveles de especialización laboral. Los trabajos sobre la cultura material indígena son muy escasos, y a veces contradictorios, a pesar de la importancia otorgada a la producción y distribución de los bienes de consumo en esos modelos sociales. Esto último ocurre con la cerámica entre quienes sugieren que hubo extensas redes de distribución (Rosenfeld 1963; González Antón 1973; Martín de Guzmán 1984) frente a los partidarios de la elaboración y consumo local de los vasos (Fabbri y Maldera 1989). Además la falta de espacios identificados como posibles alfares obstaculiza el análisis de los patrones de distribución. Sobre ellos sólo se conocen noticias antiguas de hallazgos de superficie (Grau-Bassas 1881), y algún espacio excavado recientemente, como el yacimiento de La Cerera (González Quintero et al. 2009). Este trabajo se propone abordar el análisis tecnológico y de proveniencia de las producciones prehispánicas del citado yacimiento de La Cerera con los siguientes objetivos: (1) definir grupos tipológicos que puedan estudiarse diacrónicamente; (2) establecer patrones de selección de materias primas y recetas de pastas que puedan identificar si hubo una o más tradiciones cerámicas en la isla y (3) estudiar los procesos de cambio tecnológico y contextualizarlos con la información arqueológica disponible. Para ello se analizan los recipientes de una manera integrada, combinando el estudio arqueológico de los vasos con las Trab. El yacimiento de La Cerera La cueva de La Cerera (Fig. 1) destaca por sus peculiaridades en el registro arqueológico de Gran Canaria. Tiene una de las series cronoestratigráficas más amplias de la isla. Además, el elevado número de recipientes recuperados y la presencia de instrumental lítico empleado en alfarería (Rodríguez-Rodríguez 2009) han llevado a identificar el yacimiento como un taller cerámico (González Quintero et al. 2009). La cueva (Fig. 2, superior) se localiza en la vertiente sur de la montaña de Arucas, a una cota de 285 m s.n.m., en las proximidades de una casa prehispánica con depósitos tan alterados que impidieron su estudio. Ambas debieron formar parte del denominado poblado de Arehucas, uno de los principales asentamientos isleños en los momentos previos a la conquista castellana, según las fuentes etnohistóricas (Morales Padrón 2008: 515). Este poblado se ubicaría en uno de los entornos más favorables para la explotación agraria, base del modo de producción indígena, gracias a unos suelos altamente productivos (Sánchez Díaz 1995) y a su cercanía a la hoy desaparecida laguna de Arucas (Jiménez Medina et al. 1996). El yacimiento se excavó en dos campañas, 1995 y 2004, durante las cuales se identificaron 53 unidades estratigráficas (U.E.), diferenciando rellenos naturales de suelos de origen antrópico. Las unidades se organizaron en tres fases de ocupación denominadas de mayor a menor antigüedad: Cerera III, Cerera II y Cerera I. Estos trabajos y los estudios preliminares de materiales han sido publicados en González Quintero et al. (2009) (Fig. 3). La serie estratigráfica del yacimiento ha sido convenientemente datada (Tab.1), si bien las fechas radiocarbónicas obtenidas aconsejan algunas puntualizaciones. Como las muestras proceden de la misma U.E. atribuimos la diferencia a su respectivo material, considerando la última la más fiable (McFadgen 1982; Zilhão 2001; Quiros 2009). Según esto la primera ocupación de la cueva se produjo en torno al siglo VII cal DC, cuando se acondiciona el espacio construyendo un muro paralelo a las paredes naturales. En su interior se llevaron a cabo actividades domésticas, organizadas en torno a unidades de combustión sin grandes preparaciones. Un nivel de derrumbe generalizado (U.E. 28) marca el final de la fase. En Cerera II (U.E.14/17-U.E.9), hay indicios de actividad humana por toda la cueva, sin una estructuración del espacio tan clara como en Cerera III, y con niveles de menor potencia. Aun así la ocupación es prolongada, como muestra el continuado uso y mantenimiento de una de las estructuras de combustión. Estos cambios coinciden con señales de intensificación económica en el aprovechamiento de recursos vegetales, marinos y líticos. Se vinculan con una mayor presión sobre el entorno, la ampliación de la extensión de los cultivos y la explotación de especies leñosas (Machado Yanes 2009). Estos datos se han interpretado como un cambio en el rol de la cueva dentro del poblado, posiblemente más marginal frente a un mayor desarrollo de las estructuras al aire libre. El final de esta segunda fase de ocupación queda marcado por un proceso de nivelación (U.E.9) entre los siglos X y XI cal DC (BETA-302328). Las nuevas dataciones han afinado la interpretación de la dinámica sedimentaria de la cueva. La intercalación de derrumbes y suelos de ocupación parecen ser la causa del desfase entre la datación obtenida para la U.E.9, considerada el límite superior de Cerera II y la U.E.6.1 (BETA-302327), interpretada como parte de Cerera I por el hallazgo de un objeto de metal, propio de momentos de contacto con europeos. Es posible que esta discrepancia se deba a procesos de alteración de la unidad 6.1, ya advertidos en la zona de la entrada de la cueva, tal vez relacionados con la nivelación que precede al inicio de la ocupación de Cerera I y que pueden haber afectado también al resto de la unidad. En cambio la U.E.9, sin este tipo de alteraciones, es el referente más fiable para datar las transición entre los dos últimos momentos de ocupación. Cerera I (U.E.20-U.E.1) tiene una única datación (BETA-317655) que la sitúa entre los siglos XI y XII cal DC, aunque la ocupación se prolongaría hasta la presencia de europeos en la zona, no antes del siglo XIII. En sus niveles subsisten los indicios de intensificación económica, y las señales de actividades domésticas, destacando la preparación de alimentos (Fig. 2 inferior). Aun así la progresiva acumulación de sedimentos en la cueva había limitado ya sensiblemente el espacio habitable en esta fase, sugiriendo su posible uso marginal. El entorno geológico de Cerera es eminentemente volcánico, como el resto de la isla. La cavidad se inserta en el material escoriáceo del volcán de Arucas (Fig. 1) de composición tefrítico-fonolítica, parte del Ciclo eruptivo Reciente y cuyas emisiones siguieron la pendiente del cono hacia el Norte hasta alcanzar la costa (Balcells et al. 1990; Ancochea et al. 2004). En general los materiales se caracterizan por su homogeneidad composicional, con las diferencias texturales típicas entre lavas y piroclastos. A nivel mineralógico estas emisiones destacan por la abundancia de fenocristales de haüyna, un tectosilicato del grupo de la sodalita poco frecuente, que las convierten en un caso peculiar en la geología insular. La litología de los materiales que rodean las coladas del volcán de Arucas es muy variada. Entre ellos se encuentran las coladas fonolíticas de Ciclo volcánico Antiguo de la isla, algunas de ellas ignimbríticas. Al Este del cono se encuentran depósitos miocenos del miembro superior de la Formación detrítica de Las Palmas, formada mayoritariamente por fragmentos de composición basanítica y tefrítica. En la zona se localizan, además, afloramientos de basalto olivínico-piroxénico y de brecha volcánica asociados al ciclo Roque Nublo. Esta última está formada por una matriz microcristalina que incluye fragmentos de basalto, basanita, traquibasalto y vitrófidos basálticos. Asimismo son abundantes en el área los materiales correspondientes al ciclo Post Roque Nublo: rocas de composición basanítica, basáltica y tefrítica, tanto en forma de lavas como de piroclastos. Se conocen afloramientos puntuales de materiales de este ciclo en la propia montaña de Arucas, aunque en general las formaciones correspondientes a este tipo de emisiones se encuentran fuera de los límites del cono. Por último, también se hallan en la zona depósitos aluviales recientes, transportados por el sistema radial de barrancos característico de la isla. MATERIAL, MÉTODOS Y TÉCNICAS DE ESTUDIO La primera fase del estudio cerámico se centró en la observación macroscópica y mesoscópica de los fragmentos, del tratamiento de las superficies (Balfet et al. 1992), las técnicas decorativas (Caro 2006), la morfología (Shepard 1980) y de las posibles marcas funcionales, en especial de actividades de cocina (Skibo 1992). Se definió el número de recipientes de morfología determinable que se considerarán en este trabajo y se llevaron a cabo las primeras observaciones de las pastas empleando una lupa binocular Nikon SMZ1000 (8 -80X). Se hizo un muestreo de los grupos tecnológicos y funcionales resultantes para el análisis instrumental, tomando ejemplares que se consideraron representativos. Se prepararon 46 muestras para su análisis químico y mineralógico mediante FRX y DRX (Tab. Para la caracterización por FRX, primero se retiraron mecánicamente las capas superficiales de los fragmentos, y posteriormente se molturaron y homogeneizaron en un molino de cartucho de carburo de tungsteno. Los elementos mayores y menores se determinaron preparando perlas (dilución 1/20) de 0,3 g de espécimen en fusión alcalina con 5,7 g de tetraborato de litio (Li2B4O7), que fueron fusionadas en un sistema Perl'X-3 de PANalytical a una temperatura de 1125 oC. Los elementos traza se determinaron mediante pastillas, empleando 5 g de espécimen mezclados con 2 ml de una solución de resina sintética n-butil metacrilato (Elvacite 2044, en 20% de acetona). La cuantificación se ha efectuado con un espectrómetro Axios mAX -Advanced PANalytical con fuente de excitación de Rh utilizando una recta de calibración configurada con 56 patrones (Estándares Geológicos Internacionales). Las interferencias han sido tomadas en consideración y los efectos matriz han sido corregidos usando el software PANalytical Pro-Trace. Así, se han determinado los elementos: Fe2O3 (como Fe total), Al2O3, MnO, P2O5, TiO2, MgO, CaO, Na2O, K2O, SiO2, Ba, Rb, Mo, Th, Nb, Pb, Zr, Y, Sr, Sn, Ce, Co, Ga, V, Zn, W, Cu, Ni y Cr. La pérdida al fuego (PAF) se calculó mediante calcinaciones de 0,3 g de espécimen seco a 950 oC durante 3 h. Una detallada descripción de las condiciones analíticas, la precisión y la exactitud ha sido publicada anteriormente (Hein et al. 2002). Los resultados del análisis químico fueron tratados estadísticamente mediante la transformación de las concentraciones elementales en logaritmos de razones, con transformación clr (Aitchison 1986(Aitchison, 2005;;Buxeda i Garrigós 1999, 2008; Barceló-Vidal et al. 2001). Asimismo, parte de la subcomposición determinada no fue tenida en cuenta para este análisis, debido a indeterminaciones e imprecisiones analíticas (Sn y Mo), a contaminaciones durante la preparación (W y Co) y posibles alteraciones postdeposicionales (P2O5). Tampoco se ha incluido en los cálculos la pérdida al fuego. Para el tratamiento estadístico se empleó el lenguaje y software informático R (R Core Team 2012). La composición mineralógica de estos individuos ha sido estudiada mediante DRX utilizando el polvo sobrante. Se ha usado un difractómetro de geometría Bragg-Brentano PANalytical X'Pert PRO MPD Alpha-1 (radio = 240 mm), trabajando con la radiación Kα del Cu (λ= 1.5418 Å) (45 kV -40 mA) equipado con un detector X'Celerator con longitud activa de 3.347o. Las mediciones han sido realizadas de 5 a 80o2θ con una medida de paso de 0.026o y un tiempo de conteo de 50 s. Las fases cristalinas presentes en atmósfera de alto vacío. Para las observaciones se empleó un microscopio Jeol JSM-6510 con voltaje de aceleración de 20 kV y microanálisis de 100 s. La definición de los grupos morfotécnicos y funcionales Durante el estudio se reconstruyeron 88 recipientes. Advertimos que la cantidad de material recuperado en cada una de las fases del yacimiento difiere en gran medida, aumentando sensiblemente en las dos más recientes. Esto, unido al alto grado de fragmentación de los materiales (por lo general entre 2 y 4 cm), ha condicionado sus posibilidades de clasificación, afectando al número de individuos reconocidos y a la diversidad detectada en cada momento de ocupación. Los vasos reconstruidos fueron organizados en diferentes grupos y subgrupos que atendían a aspectos tecnológicos y funcionales. Dentro de cada subgrupo, en los casos necesarios, se determinaron también divisiones menores a partir de la morfología de los recipientes (Figs. El Grupo I (n=36) comprende contenedores con señales de exposición al fuego, asociadas a su empleo como cerámica de cocina. El acabado exterior consiste en raspados y pulidos facetados, que en muchas ocasiones conviven en la superficie de un mismo vaso. La decoración está casi siempre ausente, si bien se han documentado composiciones sencillas, como almagrados o bandas en Fig. 4. Ejemplos de recipientes asignados a los diferentes grupos y subgrupos definidos en el texto. Subgrupo Ia, casquete esférico-elipsoide horizontal (a-b); Subgrupo Ib, tendencia esférica y cuello hiperboloide (c-d); Subgrupo Ic elipsoide horizontal simple (e), elipsoide horizontal con cuello hiperboloide (f); Subgrupo IIa, esfera (g), elipsoide horizontal (h); Subgrupo IIb, cónica (i-k), cilíndrica (l), elipsoide vertical (m), esfera (n) e hiperboloide (ñ). Autores: Yasmina Cáceres y Jorge de Juan. torno al labio. Se diferenciaron: Subgrupo Ia: casquetes esféricos y elipsoides horizontales, formas no restringidas; Subgrupo Ib: tendencia esférica asociada a cuello, generalmente hiperboloide y Subgrupo Ic: cuerpo elipsoidal horizontal, simple o asociado a cuello, generalmente hiperboloide. Componen el Grupo II (n=52) recipientes sin señales de exposición al fuego y sin raspados externos. Presentan diversidad en sus acabados, aunque suelen estar pulidos, distinguibles por su grado de homogeneidad. La diversidad tecnológica de los recipientes llevó a establecer diferencias entre: Subgrupo IIa: vasos generalmente abiertos, identificados con casquetes esféricos y elipsoides horizontales, con exteriores caracterizados por la presencia de pulidos facetados. Carecen de motivos decorativos salvo almagrados. Los recipientes del Subgrupo IIb tienen formas diversas. Los acabados más comunes son pulidos homogéneos. Sus superficies suelen presentar composiciones decorativas complejas, formadas por motivos geométricos. Integran el Subgrupo IIc grandes contenedores, con decoración escasa o ausente. La superficie exterior está pulida y la interior alisada. El grosor de las paredes supera 1 cm. No se pudieron determinar formas. Desde el punto de vista tecnológico y funcional se observan algunas diferencias entre las fases, con una mayor proporción de recipientes con señales de exposición al fuego en los niveles de Cerera III, aumentando los recipientes decorados en los momentos más recientes (Fig. 4c). Algunas variantes morfológicas están presentes en las tres fases, como los casquetes esféricos y los recipientes de tendencia esférica del Grupo I (subgrupos Ia y Ib) y del subgrupo IIa. Algunas formas son exclusivas de Cerera II como una pieza elipsoide horizontal del subgrupo IIa. Además presenta apéndice de sujeción, un elemento ausente en los recipientes esféricos del subgrupo (Fig. 4h). Formas de esta fase, como los recipientes cónicos y cilíndricos, continuarán en Cerera I. En esta última fase aparecen nuevas morfologías. Una corresponde al subgrupo Ic y otras al subgrupo IIb: un individuo elipsoidal vertical, uno hiperboloide y un ovoide. Por último, aunque con cierta incertidumbre debido a la escasez de datos, podría añadirse a los ejemplares ya comentados otro procedente de Cerera II. Es un gran contenedor del subgrupo IIc caracterizado por el grosor de sus paredes y sin señales de exposición al fuego. La imposibilidad de reconstruir su forma dificulta una asignación más precisa. El grosor variable de las paredes de los recipientes elaborados a mano también aconseja ser cautos al respecto, por lo que no ha sido incluido en los recuentos anteriores. Resultados del análisis geoquímico En primer lugar se llevó a cabo una matriz de variabilidad composicional con las concentraciones elementales retenidas antes de su transformación en logaritmos de razón (Buxeda i Garrigós 1999). El valor de variabilidad total obtenido ha de ser considerado alto (vt = 2,53), propio de conjuntos poligénicos (Buxeda i Garrigós y Kilikoglou 2003). En función de estos datos el elemento que arroja una menor variabilidad al conjunto es el Fe2O3 (vt/τ.i= 0,95), por el contrario las concentraciones elementales más variables, por encima de 0,5 en sus valores vt/τ.i, son las de K2O (vt/τ.i = 0,48), Y (vt/τ.i = 0,47), Na2O (vt/τ. i= 0,47); y sobre todo las de Cu (vt/τ.i= 0,34), Sr (vt/τ.i = 0,27), Ni (vt/τ.i = 0,26) y Cr (vt/τ.i= 0,17), con valores vt/τ.i inferiores a 0,4 (Buxeda i Garrigós 1999). Las muestras se han agrupado sobre los componentes retenidos para el tratamiento estadístico, con transformación clr, empleando la distancia euclidiana al cuadrado y el algoritmo aglomerativo del centroide (Egozcue y Pawlowsky-Glahn 2011). En el dendrograma resultante, la mayor afinidad composicional se representa con puntos de fusión a menor altura. En la figura 6 se han marcado dos zonas, identificadas como 1 y 2. La zona 1 muestra en sus componentes valores más elevados de elementos como Fe2O3, MnO, TiO2, MgO, CaO, V, Ni y Cr. Por el contrario, las muestras localizadas en la zona 2 tienen concentraciones mayores de Al2O3, Na2O, K2O y SiO2. En cada zona se han definido dos grupos químicos, etiquetados como A, B, C, y D (GQ-A, GQ-B, GQ-C y GQ-D, respectivamente), junto a otros individuos sin asignación (Fig. 7, Tab. Los ejemplares que no han podido ser asignados a uno de los grupos anteriores muestran una composición química heterogénea. Aunque guardan cierta distancia con respecto a los individuos que lo integran y tienen diferencias químicas muy significativas, lo cierto es que la mayor parte de ellos (CER1, CER2, CER15, CER25, CER30 y CER36) poseen mayor similitud composicional con GQ-C y GQ-D que con respecto a los grupos de la zona 1 del dendrograma. Un caso aparte lo representa CER46, cuya composición es más similar a GQ-A y GQ-B. Ahondando en ello, las muestras sin asignación, localizadas en el extremo derecho del dendrograma presentan una estructura de sus fusiones muy diferente a la observada en el resto del conjunto, reflejando una elevada diversidad. En general estos ejemplares muestran valores normalizados altos de SiO2 y bajos de elementos como Ba y Sr, con la salvedad de CER25 en este último caso. En cuanto a CER46, muestra valores sensiblemente más altos de MgO, SiO2, Cu, Ni y Cr que los grupos de la zona 1 del dendrograma, mientras que por el contrario las concentraciones de Fe2O3, Al2O3, TiO2, Ba, Rb, Th, Nb, Zr, Y, Sr, Ce, Ga y V son menores que las de aquellos. Estas diferencias parecen ser la causa de su distanciamiento del resto de las muestras (Tab. Análisis petrográfico de las muestras Se identificaron tres grupos petrográficos mayoritarios, cuyos componentes se corresponden en gran medida con GQ-B, GQ-C y GQ-D, junto Tab. a uno menor de dos ejemplares (GQ-A) y una muestra que no pudo asignarse a una de las agrupaciones anteriores (CER25) (Tabs. Sin embargo la correspondencia con los grupos composicionales no es total, ya que los individuos sin asignación química han podido relacionarse con el resto de las muestras petrográficamente. Los ejemplares correspondientes a GQ-A han sido incluidos en el grupo Material máfico de grano fino, que presenta un alto porcentaje de minerales ferromagnesianos y fragmentos de basalto olivino-piroxénico (Fig. 9a), aunque muy raros también se identificaron algunos cristales de titanita. Además es el subgrupo que cuenta con un tamaño de grano medio menor. El grupo Rocas máficas, carbonatos y rocas alteradas comprende los individuos de GQ-B junto a CER46. De esta última no pudo obtenerse un nú-mero de puntos significativo para contemplarla en el análisis modal, aunque las observaciones a lámina delgada mostraron importantes similitudes con el resto de los componentes de este grupo. Su componente principal son fragmentos de basalto, con fenocristales de olivino iddingsitizado, asociados a mesostasis microcristalina y vítrea de tonos oscuros (Fig. 9b). Aunque en un pequeño porcentaje, se detectaron fragmentos de roca con signos de alteración, que incluían cristales de zeolita. Asimismo, este grupo petrográfico presenta una granulometría media sensiblemente mayor a la del anterior. Todos los componentes de GQ-C han sido incluidos en el conjunto Tefritas-fonolitas con haüyna, junto a CER30. En él predominan los fragmentos de roca de composición félsica con fenocristales de haüyna, clinopiroxeno sódico, a menudo zonado, y anfíbol con señales de reabsorción (Fig. 9c). Los individuos correspondientes a GQ-D, así como otros sin asignación como CER1, 2,15 y 36, componen el grupo Rocas félsicas. Estos mostraron un alto porcentaje de cristales de anortoclasasanidina y fragmentos de roca de composición félsica, a veces con textura bandeada, en la que esos mismos minerales aparecen como fenocristales (Fig. 9d). Como elemento característico presenta cristales de biotita. Tiene además la granulometría media mayor de los tres grupos mayoritarios, sólo superada por CER25. Por último, CER25 cuenta con fragmentos de roca alterada como desgrasante principal (Fig. 9e), junto a cristales de zeolita en ocasiones en formas arriñonadas a partir de los límites de las vacuolas de la roca (Fig. 9f). Aunque en menor porcentaje, también se han identificado en esta lámina fragmentos de roca y minerales de composición diversa. Las únicas excepciones son parte del grupo Tefritas-fonolitas con haüyna (CER24, 30, 43), donde se observó una matriz de escasamente activa a inactiva, con señales de vitrificación en algunas zonas (Fig. 9g). Los huecos tienen en general formas alargadas (micro a mega planares), paralelos u oblicuos a la orientación de las paredes, en especial en las zonas más cercanas a la superficie, con algunos redondeados en las zonas más próximas al núcleo de la fractura. La mayor diferencia se observa en los componentes de Material máfico de grano fino, donde los huecos presentan formas de cavidad y vesícula. Por otra parte, si bien la mayoría de las inclusiones identificadas son de origen mineral, un caso particular es CER43 con fragmentos de madera carbonizada, procedentes al menos de dos tipos de maderas diferentes, de una monocotiledónea y una angiosperma, sin poder determinarse las especies (Fig. 9h). Análisis mineralógico y microestructural Los resultados de la caracterización química evidencian que las pastas cerámicas han de ser consideradas tecnológicamente como poco calcáreas (CaO < 5% -6 %) (Tab. Diagrama combinado de barras apiladas y líneas. Las barras representan la proporción de las categorías de desgrasante aplicadas en el conteo de puntos, sin tener en cuenta los porcentajes de matriz y poro. El porcentaje de estas dos últimas variables están representadas por las líneas horizontales. de la geología local, islas oceánicas de origen volcánico. También se relaciona con ello que el cuarzo no sea siempre la fase mineral principal de las fábricas, así como el hecho de que no se hayan observado minerales o fragmentos de roca que contengan este mineral en el análisis petrográfico. Ello parece deberse a que su presencia en las islas se detecta sobre todo en la fracción fina de los depósitos sedimentarios, asociada a aportes aéreos procedentes del continente africano (Menéndez et al. 2007). Asimismo, en varias muestras se ha observado un desarrollo pobre de las reflexiones basales que en ocasiones enmascara los picos de illita-moscovita en torno a 8.74o2θ. Este comportamiento se debe a la presencia de vidrio volcánico y materiales con un grado de cristalinidad bajo, y no se ha tenido en cuenta en el análisis tecnológico. En líneas generales, los datos mineralógicos coinciden con los resultados anteriores. Los dos componentes de GQ-A han mostrado una composición mineral muy similar (Fig. 10a), con clinopiroxeno y hematites de origen primario, asociados a la presencia de componentes basálticos y las altas concentraciones de Fe 2 O 3 de la fábrica. Las observaciones a MEB (Fig. 11a) han permitido estimar una temperatura de cocción equivalente (TCE) inferior a 750 oC, sin señales de sinterización (Buxeda i Garrigós et al. 2003). En GQ-B (Fig. 10b) se observa la presencia de analcima, mucho más desarrollada en CER50 que en el resto. Esto coincidiría con las observaciones petrográficas, donde en ocasiones se encontraban rellenando vacuolas de fragmentos de roca de composición máfica, un proceso común en la isla (Rodríguez et al. 2012) Tab. Resumen de características de los grupos petrográficos identificados. Abreviaturas: NP nícoles paralelos; A: activo; I: inactivo; Mo: moda. Las categorías de frecuencia empleadas para las inclusiones se definieron únicamente a partir de las categorías de desgrasantes del análisis modal, sin contemplar los resultados correspondientes a "matriz y "poro". Micrografía de representantes de cada uno de los grupos petrográficos con nícoles paralelos, los componentes significativos aparecen indicados. a-e Vista general de la pasta. f Detalle de fragmento de roca alterada con cristales de zeolita. g Detalle de zona de matriz vitrificada. h Detalle de inclusión vegetal carbonizada. Etiquetas: blanco con borde negro desgrasante; negro con borde blanco minerales característicos incluidos en fragmento de roca. Abreviaturas para minerales según Whitney y Evans (2010): Amp, anfíbol; Bt, biotita; Cal, calcita; Cpx, clinopiroxeno; Fsp, feldespato; Hyn, haüyna; Ol, olivino; Opq, opaco; Ttn, titanita; Zeo, zeolita. Para los fragmentos de roca: Bas, basalto; Fon, fonolita; FRA, fragmento de roca alterada; FRF, fragmento de roca Tef-fon, tefrita-fonolita. Publicada en color en la edición electrónica. que se trata de minerales presentes originalmente en las materias primas. La mayor intensidad de los picos de analcima en CER50 explicaría a su vez las mayores concentraciones de Na2O y su distanciamiento del resto de componentes de GQ-B. Las observaciones por MEB muestran un estadio de no vitrificación que permiten estimar una TCE inferior a 750 oC (Fig. 11b). En GQ-C (Fig. 10c) se han observado algunas diferencias entre sus componentes. En la mayoría de los individuos se percibe la presencia de illita-moscovita, pero en CER24 (Fig. 10d) está ausente. Igualmente el pico de analcima de la posición 15.769o2θ casi no se aprecia en CER24 y CER43, que presentaban además una escasa actividad óptica en el análisis petrogáfico. En el difractograma de CER24 también se ha detectado un pico sin asignación, posiblemente debido al grado de molturación de la muestra. Esta variabilidad presentada por un mismo individuo explicaría la diversidad de patrones en la intensidad de los picos de illita-moscovita y analcima, que podría depender de cómo estén representadas en la muestra analizada las zonas más o menos alteradas por el efecto del fuego, al ser homogeneizadas para el análisis. En este sentido, la desaparición rápida de los picos de analcima se debe a su descomposición a temperaturas relativamente bajas (Madrid i Fernández 2005), siendo por tanto parte de las materias primas empleadas, tal vez como producto de alteración de las tefritasfonolitas (Balcells et al. 1990: 72). En relación a las observaciones de GQ-C, en CER30 los picos asociados a feldespato potásico (anortoclasa) son de mayor intensidad. Esta muestra presenta además picos de clinopiroxeno peor definidos que los componentes del GQ-C, lo que relacionaría con su menor contenido en elementos como Fe 2 O 3 y mayores concentraciones de Al 2 O 3. Los componentes de GQ-D carecen de diferencias en su mineralogía (Fig. 10e), con una microestructura característica del estadio de no vitrificación (Fig. 11d). La muestra CER25 (Fig. 10f) cuenta con un pico principal de analcima claramente definido, y señales menos intensas pero igualmente apreciables de clinopiroxeno. Teniendo en cuenta las observaciones petrográficas, como ocurre en los otros casos, parece tratarse de minerales presen-tes originalmente en las materias primas, por lo que concluimos que se trata igualmente de una cocción a baja temperatura. Las muestras sin asignación química fueron relacionadas petrográficamente con el grupo de Rocas félsicas. El análisis mineralógico arroja patrones similares a GQ-D, siendo el más diferente CER1, con picos más intensos de feldespato potásico, lo que puede relacionarse con los mayores porcentajes de mineral félsico del conteo de puntos. En el resto de los casos, la comparación con las muestras de GQ-D señala picos menos intensos y peor definidos de plagioclasa, lo que podría explicar las diferencias composicionales determinadas. La relación entre los datos arqueométricos y morfotécnicos Se pueden definir cinco fábricas cerámicas en el yacimiento, combinando las denominaciones de los grupos químicos y petrográficos: A-Material máfico de grano fino; B-Rocas máficas, carbonatos y rocas alteradas; C-Tefritas-fonolitas con haüyna; D-Rocas félsicas y CER25-Rocas alteradas. Estas fábricas muestran una relación muy diferente con los grupos morfotécnicos y funcionales, que parece conectada con la granulometría de sus desgrasantes (Tab. La fábrica con una granulometría media menor (A-Material máfico de grano fino) sólo está formada por individuos del subgrupo IIb; por el contrario, aquellas con los valores granulométricos medios más elevados están formadas por individuos del Grupo I y subgrupo IIa, pero nunca por los del IIb (D-Rocas félsicas y CER25-Rocas alteradas). Algo similar ocurre con la fábrica B-Rocas máficas, carbonatos y rocas alteradas, donde los representantes del subgrupo IIb están ausentes. La relación más compleja la muestra la fábrica C-Tefritas-fonolitas con haüyna, que en la fase Cerera II se encuentra únicamente relacionada con el subgrupo IIb, mientras en Cerera I aparece igualmente en las pastas del Grupo I y del subgrupo IIb. La relación general entre las fábricas y grupos morfotécnicos y funcionales parece estar conectada asimismo con las proporciones medias de los grupos petrográficos de desgrasantes (entendidas como las diferentes categorías de líticos, minerales y vidrio volcánico), matriz y porosidad (Tab. Para analizar esta conexión se llevó a cabo el tratamiento estadístico de los datos procedentes del análisis modal de las láminas delgadas. Cabe destacar que estos también son datos composicionales, al igual que los de la composición química. En este caso, es claro que el principal problema existente es la aparición de ceros de redondeo (Martín-Fernández et al. 2011). Para solucionar este problema, se ha utilizado la técnica de imputación de reemplazamiento multiplicativo substituyendo estos ceros por un valor que sea el de 2/3 del valor mínimo determinado en dicha columna con ceros (van den Boogaart y Tolosana-Delgado 2013). Cabe destacar que, habitualmente, los datos de matriz, porosidad e inclusiones se trabajan amalgamando, o sumando, las diversas variables que se han definido para las inclusiones, algo que produce problemas en la geometría del simplex que siguen los datos composicionales. La alternativa para poder agrupar diversas partes, reduciendo la dimensionalidad de modo compatible con esta geometría es el uso de una partición secuencial binaria de los componentes originales para proporcionar unas bases ortonormales (Egozcue y Pawlowsky-Glahn 2005, 2011; van den Boogaart y Tolosana-Delgado 2013), siendo un caso especial de las transformaciones isométricas de logaritmos de razón (ILR), cuyas coordenadas se establecen a partir del cálculo de balanzas (Egozcue et al. 2003). El dendrograma CoDa (Fig. 13) resume la información existente en las balanzas calculadas. La variabilidad total (vt) en los datos de la tabla 4, una vez imputados los ceros, es de 5,76, que es, evidentemente, el valor de la traza de la matriz de covarianzas de las nuevas balanzas. En el dendrograma CoDa la varianza asociada con cada balanza se ilustra por su trazo vertical. Es fácil observar cómo este trazo es mayor en las balanzas que oponen las inclusiones cristalinas félsicas y máficas (con una varianza de 2,75, que es el 47,68 % de la vt) y el vidrio volcánico y las inclusiones cristalinas (con una varianza de 0,76, el 13,16 % de la vt), mientras que es menor en el resto, mostrando su relación con los grupos petrográficos. El trazo horizontal de las uniones representa gráficamente los valores de estas coordenadas, en el intervalo -4 a +4. Los diagramas de caja y bigotes señalan la distribución de dichos valores. De esta manera, se puede apreciar cómo los valores de matriz influyen de manera negativa en los valores de esta primera balanza. En cualquier caso, la mayor dispersión se observa en la balanza que opone las inclusiones félsicas con las máficas. Así, como cabía esperar, una mayor dispersión en los valores de una balanza corresponde a una mayor varianza. Utilizando las coordenadas de estas balanzas, cuyas bases son ya ortonormales, se puede observar el diagrama de dispersión de las coordenadas de la balanza de Matriz vs No Matriz, en abscisas, y Poros vs Inclusiones, en ordenadas (Fig. 14). De acuerdo con estos valores C-Tefritas-fonolitas con haüyna, aunque presentan cierta variabilidad, tienen en general una proporción menor de porosidad que el resto frente a los valores de matriz. Al contrario que en la anterior, en la fábrica D-Rocas Félsicas los valores son mayores en abscisas y menores en ordenadas. Finalmente, las fábricas B-Rocas Máficas y A-Material Fino presentan los mayores valores en abscisas, pero también en ordenadas, mientras el individuo CER25 (de la fábrica de Rocas Alteradas) ocupa una posición intermedia. Cabe destacar la ubicación particular del individuo CER16, que le confiere una posición completamente diferenciada al resto de individuos. El resultado parece señalar, pues, la búsqueda de ciertas características de las pastas cerámicas, relacionadas con el tamaño de los desgrasantes y su grado de porosidad, muy vinculadas además a la función final de los recipientes, y con una selección similar que parece ser independiente de la composición de las materias primas empleadas. El estudio de las producciones cerámicas recuperadas en el yacimiento de La Cerera ha mostrado la existencia de patrones morfológicos y tecnológicos consistentes y que parecen ser el resultado de estrategias productivas bien definidas. La principal oposición se ha encontrado entre los recipientes del Grupo I y subgrupo IIa con respecto al subgrupo IIb. Estas diferencias son visibles en el tratamiento de las superficies, en los patrones decorativos y en la variabilidad morfológica de sus componentes, y además parecen ser el resultado de estrategias de selección de materias primas y preparación de pastas muy diferentes. Las características de los vasos del Grupo I y subgrupo IIa son las que se atribuyen a recipientes empleados en la preparación de alimentos, con o sin exposición al fuego (Henrickson y McDonald 1983). Algunos de sus atributos, como la menor diversidad morfológica, la ausencia de motivos decorativos y el tipo de acabados, han sido identificados en diferentes contextos como elementos clave en el diseño de recipientes destinados al procesado y cocción de alimentos (Schiffer 1990; González Ruibal 2005; Nodarou 2011). Lo contrario ocurre con los recipientes decorados del subgrupo IIb, cuyas características apuntan a una relevancia más acusada de su función social, haciéndolos más sensibles a los cambios estilísticos (Gosselain 1992b). Esta división entre el Grupo I-subgrupo IIa y el subgrupo IIb se asocia también a otros aspectos de las cadenas operativas. Destaca el empleo de pastas con una granulometría mayor para el Grupo I y subgrupo IIa, una elección que parece mantenerse a lo largo de toda la ocupación. Esta elección no parece casual, pues es conocida la influencia de la proporción y tamaño de los desgrasantes en el desarrollo de la macroporosidad en las fábricas cerámicas, y su efecto sobre la capacidad de los vasos para afrontar los episodios de estrés térmico y mecánico (Kilikoglou et al. 1998; Vekinis y Kilikoglou 1998; Hein et al. 2008; Müller et al. 2015), a los que serían sometidos los recipientes de cocina de manera cotidiana. Asimismo, es de destacar el mantenimiento de tradiciones cerámicas durante largos periodos de tiempo en el yacimiento, si bien estas sufren cambios. Esto se percibe en una importante diferencia en la homogeneidad composicional de los ejemplares de la fábrica D-Rocas félsicas, que podría indicar diferencias en las estrategias de captación de recursos o de preparación de pastas, al aumentar la homogeneidad de manera paralela al número de recipientes recuperados (Blackman et al. 1993). En segundo lugar, el empleo de la fábrica C-Tefritas-fonolitas con haüyna en prácticamente todos los grupos funcionales identificados en Cerera I podría estar indicando el desarrollo de nuevas pautas culturales diferentes a las fases anteriores. Esto nos recuerda que la selección de las materias empleadas en cada tipo de recipiente debió seguir en tiempos aborígenes unas normas sociales que en ningún caso fueron estrictamente técnicas (Lemonnier 1993; Gosselain 1998). Entre los condicionantes que pudieron influir en esta variación durante la última fase de ocupación podrían estar también los cambios introducidos por la presencia de europeos en la isla, con los que el poblado de Arehucas mantuvo una relación antagónica. Menos diferencias se han hallado en aspectos tecnológicos como las temperaturas de cocción, donde la irregularidad en el grado de sinterización de algunas muestras puede explicarse mediante el empleo de estructuras sencillas asociadas a cocciones rápidas y con un escaso control sobre las temperaturas máximas (Gosselain 1992a; Livingstone Smith 2001; Buxeda i Garrigós et al. 2003). De igual manera, la aparición de desgrasantes vegetales en un caso (CER43) es anecdótica y puede deberse a un episodio accidental. Por otra parte, la preponderancia de poros alargados siguiendo la orientación de las paredes indicaría el ejercicio de presión con el fin de regularizar y adelgazar las paredes de los vasos (Lindahl y Pikirayi 2010), lo que podría relacionarse con los útiles líticos identificados en el recinto (Rodríguez-Rodríguez 2009). A falta de estudios más detallados, la comparación de las fábricas con la cartografía geo-lógica de la zona permite considerar las materias primas empleadas como locales, ya que existen afloramientos rocosos similares como mucho a 1 -2 km del yacimiento, incluyendo los ejemplares de rocas con alteración zeolítica (Balcells et al. 1990). Esta cercanía de los recursos no significa necesariamente que la propia cueva sirviera como taller. La presencia de útiles de alfarería en el recinto durante los tres periodos de ocupación sí puede estar indicándonos sin embargo cierta relación con la actividad alfarera. Aun así, no se han hallado estructuras que se puedan asociar a la producción cerámica, así como tampoco materiales sin procesar o a medio procesar que den pistas certeras sobre el desarrollo de esta actividad en ella. Por el contrario, el alto nivel de variabilidad composicional obtenido en el análisis de las fábricas apunta a la existencia de más de un posible origen, y la distinta representación de las fábricas detectadas en este estudio podría estar indicando varios grados de interacción entre la cueva y los orígenes de cada una de ellas. A pesar de la dimensión local de sus producciones, los cambios en La Cerera no son un comportamiento aislado, procesos similares como el aumento de las piezas decoradas se han registrado en otras zonas (Navarro Mederos 1990). Sin embargo los datos para contextualizar y dar una explicación histórica a los resultados de este trabajo son escasos. Así, los procesos de intensificación en la producción de alimentos y el aumento de la presión demográfica apreciados en La Cerera se repiten en fechas similares en otros yacimientos de la isla (Morales Mateos 2010; Santana Cabrera et al. 2012). Ello parece coincidir además con otros signos de diferenciación social, como la construcción de estructuras tumulares en los espacios sepulcrales (Martín de Guzmán et al. 1992; Alberto Barroso y Velasco Vázquez 2008; Santana Cabrera et al. 2012), y la constatación de un acceso diferencial a determinados alimentos (Delgado-Darias et al. 2006). A tenor de su comparación con estos otros datos, creemos que posiblemente los cambios en La Cerera reflejen otros más profundos en las estructuras económicas y sociales aborígenes. En este sentido, es conocido el importante papel otorgado al consumo de alimentos en la justificación de las diferencias sociales en el seno de la comunidad indígena (Onrubia Pintado 2003; Velasco Vázquez y Alberto Barroso 2005). Ese consumo parece estar claramente reglado en los actos públicos de comensalía, que tendrían lugar en unos espacios destinados al efecto, y para los que por el momento sólo contamos con fechas tardías, a partir del siglo XIII (Ascanio Padrón et al. 2004). Es posible que los cambios en la estructura de la producción, observados en La Cerera a través de aspectos como la homogeneidad de las fábricas y el volumen de materiales estén influenciados por la consolidación de esas relaciones asimétricas. Al mismo tiempo cabría preguntarse cómo esa relevancia social otorgada al consumo de alimentos contribuiría al aumento de la importancia de los recipientes del subgrupo IIb en los momentos más recientes, y sobre todo de aquellas variedades morfológicas bajas de bordes amplios, como hipérbolas o cilindros, cuyo uso parece exceder del consumo individual de alimentos. Dentro de las producciones cerámicas de los antiguos canarios se han detectado grupos claramente individualizables. Sin embargo, es necesario considerar que los resultados obtenidos en La Cerera trascienden de la caracterización de los propios recipientes. Los cambios morfológicos y tecnológicos observados nos indican los tiempos en los que se produjeron las grandes transformaciones políticas y sociales en la isla antes y durante la presencia europea, y cómo aquellos pudieron verse reflejados en la organización de los procesos productivos y las relaciones sociales establecidas. Aun así, la contextualización de estos datos supone una empresa complicada en la actualidad, debido a la falta de otros trabajos con los que llevar a cabo una comparación. En líneas generales los cambios definidos son sincrónicos a los observados en otras partes del registro material, aunque también coinciden con episodios de destrucción y abandono de poblados cercanos que en la actualidad no podemos explicar. Es de esperar que la continuación en el análisis de los procesos productivos pueda dar más información sobre los cambios políticos y las relaciones espaciales establecidas entre los asentamientos de la isla, y que ello permita en el futuro dar luz sobre estos procesos de interacción. Miguel del Pino disfrutó de una ayuda predoctoral de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información (ACII-SI), cofinanciada en un 85% con fondos del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER). La investigación se inserta en los proyectos "Las relaciones sociales de producción en la isla de Gran Canaria en época preeuropea y colonial. Dos procesos de colonización y un mismo territorio" (HAR2013-41934-P) e "Impacto tecnológico en el Nuevo Mundo colonial. Cambio cultural en arqueología y arqueometría cerámica" (HAR2012-33784) del Ministerio de Economía y Competitividad, Gobierno de España. Xavier Clop y Carmen Machado colaboraron en la identificación de las inclusiones carbonizadas. Agradecemos también su cooperación al personal de El Museo Canario. El análisis de las muestras de FRX, DRX y MEB se llevó a cabo en los Centres Científics i Tecnològics de la Universitat de Barcelona.
En este trabajo presentamos el estudio arqueológico, paleontológico, tafonómico, cronológico y geoquímico de una valva de ostra hallada en la cueva de La Pileta. El ejemplar procede de depósitos fosilíferos neógenos distantes más de 10 km del yacimiento. Una vez adaptada, la concha fue empleada como lámpara portátil. La cronología 14 C/AMS de la costra carbonatada que sellaba la cubeta nos remite al periodo Gravetiense. Según diversos indicios en la lámpara, durante su vida útil se procesaron o almacenaron pigmentos. Los datos aportados informan sobre la dispersión del simbolismo del Paleolítico Superior Inicial hasta el extremo sudoccidental europeo, así mismo, suma nuevos elementos al debate sobre la existencia de una fase presolutrense en el arte parietal de La Pileta y, por ende, de La Asamblea General de Naciones Unidas declaró 2015 "Año Internacional de la Luz y las Tecnologías Basadas en la Luz" (A/RES/68/221), como reconocimiento de la importancia que la luz tiene en la existencia humana. The El segundo podríamos vincularlo al control de su portabilidad. Los primeros indicios arqueológicos de este último desarrollo serían los datos directos de antorchas y lámparas hallados en lugares recónditos, como cavernas (Beaune 1987), o indirectos, como evidencias arqueológicas de circulación humana por zonas de total oscuridad (icnitas, restos arqueológicos o antropológicos depositados intencionalmente, etc.). En la península ibérica, las primeras lámparas portátiles se encuadran en el Paleolítico Superior (Tab. 1) y, básicamente, proceden de la cornisa cantábrica (Rasilla et al. 2010). Más al sur, los escasos ejemplos son de atribución cronocultural imprecisa o carecen de datos tafonómicos concluyentes. La Cueva de La Pileta (Fig. 1) es un yacimiento emblemático para las manifestaciones simbólicas de las comunidades prehistóricas del sur de Iberia, en particular del Paleolítico Superior. Además, en 2015 se cumple el centenario de la primera pu- blicación científica sobre la cavidad (Breuil et al. 1915). Con esa procedencia se encuentra depositado en el Museo de Málaga un objeto singular (no de inventario 232) que ha sido analizado de forma interdisciplinar y es un ejemplo de uno de los más antiguos hitos de iluminación portátil en el extremo sudoccidental de Europa. La pieza 232 de La Pileta (Fig. 2) ha sido analizada siguiendo criterios paleontológicos, taxonómicos, arqueológicos y tafonómicos. Para su lectura se ha empleado una lupa binocular de hasta 120 aumentos y un microscopio digital Sony Fig. 2. Lámpara de La Pileta, Ostrea edulis fósil, orientada según su uso. interface DFW-X 700 con apoyo de iluminación de luz fría de tipo fibra óptica. La documentación gráfica se ha realizado con una cámara digital de 18 megapíxeles. Las adherencias inorgánicas se han caracterizado mediante fluorescencia de rayos X portátil Oxford Instrument XMET-7500. Para la cuantificación se ha utilizado el programa calibrado de fábrica SOILS LE, basada en el método de parámetros fundamentales. Éste es el más adecuado para calcular la composición química cuando no existe otro basado en patrones primarios o se quiere analizar un gran número de elementos (Beckhoff et al. 2006: 403), como es nuestro caso. Recientemente se ha demostrado que, utilizando parámetros atómicos actualizados, se alcanzan errores ca. 1% para los elementos mayoritarios en materiales certificados (Elam et al. 2004), caso del citado programa SOILS LE. El arte paleolítico de La Pileta se ha abordado según criterios tecnoestilísticos y de secuencia gráfica, también se ha tenido en cuenta para la discusión los datos sobre la arqueología del yacimiento (Cortés y Simón 2007) y el estado de la cuestión del Paleolítico Superior Inicial en el sur de Iberia. Formaba parte de un conjunto de materiales recogidos en superficie por Tomás Bullón, guarda de La Pileta, recabados por Juan Temboury (Delegado de Bellas Artes en Málaga) para integrar la colección fundacional del futuro Museo Arqueológico de Málaga. Este conjunto fue catalogado en 1939 por Simeón Giménez Reyna. Su estado de conservación es excelente. Es de gran talla (diámetros umbo-paleal de 178,81 mm y antero-posterior de 129,73 mm), robusta, gruesa e inequilateral. Es una valva izquierda, aplanada, ligeramente convexa, oval-redondeada y alargada en dirección umbo-paleal. El umbo es pequeño y opistogiro. La valva conserva adherida en la cara dorsal (Fig. 3.3) una matriz arenosa con algún fragmento de esquisto que impide visualizar su ornamentación. En los bordes, lateralmente, se observan láminas concéntricas de crecimiento. Su interior es liso y sólo se observan las impresiones musculares y del ligamento (Fig. 3.1). La charnela es disodonta, el ligamento interno muestra un área ligamentaria amplia y alargada (48,12 mm de ancho y 47,37 mm de alto), formada por líneas longitudinales. El resilifer central está delimitado anterior y posteriormente por dos amplios bureletes (Fig. 3). Se observa anachomata en el margen lateral posterior. La impresión muscular única, de forma arriñonada, muestra unos márgenes laterales y ventral lisos. Una serie de rasgos e indicios tafonómicos en la ostra permiten identificarla como fósil y articular una cadena operativa específica, así como identificar su funcionalidad: 1) Fase de captación: las características de la valva de ostra y la matriz conservada en la superficie dorsal se corresponden con los clásicos depósitos sedimentarios del Neógeno en la provincia de Málaga (Fig. 1). 2) Fase de configuración: en un lugar indeterminado se modificó puntualmente la valva para facilitar su uso: a) Creación de un asidero más cómodo, mediante percusión directa con percutor duro y una técnica similar a la del retoque en industrias líticas talladas para desprender pequeños fragmentos de los márgenes y charnela (Figs. b) Desbastado y pulido posterior de la matriz sedimentaria adherida a la cara dorsal de la valva (Fig. 3.3 y 4.7, 11-13), que adopta una morfología de tendencia semiesférica (Fig. 3.2). c) Creación, mediante repiqueteado, de una pequeña depresión en el ápice de la matriz arenosa (Fig. 4.7,(11)(12)(13). Su función pudo ser la 'fijación' o estabilización de la lámpara sobre algún resalte del terreno (ápice de estalagmita, protuberancia, etc.) o calzo pues tiende a bascular hacia la parte distal de la valva, drenando el contenido del área paleal (Fig. 2D). La presencia de esta concavidad, el volumen y peso (1,152 g) de la ostra o la morfología de la cubeta de la lámpara apuntarían a su traslado apagada para facilitar la progresión por la caverna y su encendido una vez estabilizada. d) Hay huellas del uso de filos cortantes, posiblemente de algún artefacto lítico tallado, quizás dejadas accidentalmente por el mismo instrumento con el que se regularizó la matriz sedimentaria, o vinculado con una actividad indeterminada (Fig. 3.1,12). 3) Fase de utilización como lámpara y durante la manipulación de pigmentos: todo el procesado de la valva iba encaminado a ese fin. El análisis permite identificar los siguientes episodios: a) Encendido de algún tipo de mecha alimentada por un combustible, no identificado por el momento, entre los márgenes ventrales del área ligamentaria y de la impresión muscular (Fig. 3). La acción de la fuente de calor ocasionó la termoalteración y craquelación de la cara interna de la valva y una rubefacción suave de las zonas aledañas, que se va perdiendo a medida que nos alejamos de ella (Fig. 4.2,10). b) La actividad de la lámpara dejó asimismo una serie de residuos en forma de trazas de carbón y manchas subcirculares de aspecto grasiento (Fig. 4.2,10). Estas últimas pudieran interpretarse también, en primera instancia, como residuos de un aglutinante de los que se solían añadir al pigmento (Balbín y Alcolea 2009). Sin embargo, su disposición y las características de los indicios tafonómicos de la pieza (vid infra) nos inducen a relacionarlas más probablemente con el chisporroteo de la llama en contacto con la materia grasa empleada como combustible. c) Entre las actividades desarrolladas en el entorno de la lámpara está el uso de pigmento rojo, cuyas trazas aún son apreciables en distintas zonas de la valva (Fig. 4.1, 4, 9), y amarillo (Fig. 4.10). Este último es perceptible en el entorno de la zona que presumiblemente sirvió para la sujeción de la lámpara. Las manchas parecen así estar ligadas a la impregnación de los dedos con una sustancia amarillenta que fue trasferida al sujetar la concha (Fig. 4.3,5). Una veladura de carbonatos cubre las manchas grasientas y otros residuos lo que nos ha impedido, por el momento, analizar su composición por medios no destructivos. La pieza carece de indicios que permitan identificar su uso como molino [URL]. pérdidas de materia por abrasionado o repiqueteados) o como recipiente para preparar/contener pigmentos (acumulaciones/impregnaciones de colorante en el área paleal/cubeta o termoalteración de la zona exterior o dorsal) entre otros. Por todo ello y en resumen, los datos tafonómicos permiten apuntar que la valva de ostra fue adaptada y utilizada como lámpara de canal abierto, empleando para ello el área en el que se situaban las branquias del animal, justo bajo el pasaje cloacal (Fig. 3). La cubeta de la lámpara (Fig. 4.6,10) estaría delimitada longitudinalmente por el margen ventral del área ligamentaria y el margen ventral de la impresión muscular (86,31 mm). Trasversalmente, queda definida esta cubeta por los márgenes laterales internos del área paleal (75,60 mm), siendo la profundidad medida desde el punto más profundo del área paleal hasta el plano axial de la valva de 28,09 mm. 4) Fase 4 de abandono: la pieza quedó apoyada sobre la cara dorsal, en algún lugar donde se produjeron sucesivos episodios de goteo y evaporación de agua durante un periodo capaz de generar el depósito de carbonatos de 2 cm de espesor que recubre la cazoleta y la veladura de carbonatos de toda la cara interna de la concha. A tal efecto, la ostra debía estar estabilizada, dado que su tendencia natural es, como hemos expuesto, a bascular hacia la parte distal/ margen ventral (Fig. 2D), dado que el contenido de la cubeta se drena a través del área branquial hasta el pasaje cloacal y margen ventral de la ostra. Ello impediría la acumulación de agua en la cubeta/área paleal que generó el depósito de carbonatos y que ha dejado un levísimo reborde en la cubeta que dibuja el nivel alcanzado por el agua retenida. Así mismo, el que la pieza no tenga adheridos depósitos de carbonatos mucho más generalizados o potentes en la cubeta induce a pensar que se encontraba reservada en algún lugar de goteo esporádico de carácter ocasional y no junto a alguna zona de recrecimiento litoquímico muy activo. Estas deducciones sintonizarían con la idea generalizada de que las lámparas solían 'almacenarse' en lugares escogidos, a modo de escondrijos, al objeto de ser reutilizadas a lo largo del tiempo. La carbonatación existente en la cazoleta ha sido muestreada con ayuda de una Dremmel empleada a baja revolución. La edad corresponde a la medición del proceso de desintegración del CO 2 existente en la atmósfera y que es fijado en el proceso de carbonatación. El análisis mediante fluorescencia de rayos X se ha efectuado sobre cinco puntos de la superficie de la ostra y ha permitido identificar dos áreas con una coloración amarillenta muy nítida (Fig. 4.3,5) que presentan un gran contenido en hierro (>95% at.), probablemente óxido de hierro (M3-4, Tab. 3 y Fig. 4.3,5), datos que contrastan con la composición calcítica de la concha (CaCO 3 ) (M1, Tab. Un tercer punto corresponde a una fina película de carbonatos cálcico-magnésicos (M2,5, Tab. Los trazos de coloración rojiza distribuidos en distintas áreas de la lámpara no han podido ser analizados. Al contrario de lo constatado en el ocre amarillo (semilíquido), las trazas dejadas por el pigmento rojo parecen evidenciar un estado sólido (Fig. 4.1). La ostra analizada procede de un depósito fosilífero Neógeno. Aunque no es descartable un origen en niveles pliocenos ubicados en la costa de Málaga (Fig. 1), estos fósiles están también con frecuencia asociados a niveles miocenos. La cuenca sedimentaria fosilífera más cercana (a unos 10 km) es la de Ronda (Fig. 1). La cara interna de la ostra no muestra indicios de erosión vinculados al transporte en medio hídrico o a fracturas mecánicas naturales, producidas por desplazamiento gravitacional, ni tampoco indicios de erosión subaérea. En consecuencia, es probable que la pieza fuera recogida en el propio depósito fosilífero o en sus inmediaciones, antes de que aquellos procesos dejaran una huella nítida sobre la concha. Por tanto, podemos postular que la pieza fue transportada, como mínimo, unos 10 km. La identificación funcional como lámpara se basa en el escrutinio al que ha sido sometida la valva respecto a los requisitos requeridos para ser considerada como tal (Beaune 1987: 12, 151-152). Así, la ostra dispone de una marcada concavidad o cubeta, a la que se circunscriben inequívocos indicios de termoalteración (Figs. Existen residuos orgánicos en la zona activa y bordes de la pieza (Fig. 4.10) y contamos con la adecuación intencional de la valva mediante extracciones con percutor duro para facilitar la sujeción (Figs. Las lámparas paleolíticas son artefactos poco frecuentes. Para todo el Paleolítico Superior en Francia, apenas se superan los 300 ejemplares, en tanto que en la Península Ibérica sólo tenemos inventariadas 15 piezas (Tab. Las lámparas francesas muestran dos grandes agrupaciones cronoculturales: en el Magdaleniense (71,8%) y en el Paleolítico Superior Inicial (13,1%) (Beaune 1987: 36), en especial en el Gravetiense, con el que encajaría la fecha del ejemplar de La Pileta. Beaune (1987) cataloga la recolección y uso de fósiles o fragmentos de roca conservando fósiles visibles: un Pecten en Trois Frères, cuatro ostras (Badegoule, Flageolet, Jaurias y Moulin-Neuf) y un molusco, no determinado taxonómicamente, en Liveire. Los corales aparecen en cuatro lugares (Le Puy-de-Lacan, Laussel, Richard y, posiblemente, Teyjat), junto con casos sin asignación taxonómica [URL]. Vidon con un gran fósil en el reverso o el molde de un gran bivalvo en un ejemplar de Enlène 1). Además aparecen fósiles de menor tamaño, visibles en superficie, en cinco piezas (Flageolet I, Labatut y dos de La Madeleine y otra en Jaurias). Más interesante es el porcentaje de yacimientos donde hay alguna pieza con estas características. 19%) de los 195 emplazamientos citados por Beaune (1987) se eligen soportes con fósiles, lo que resulta más significativo. Si añadimos también los elementos geológicamente exóticos, como geodas y minerales y rocas vistosos (esteatita, areniscas, etc.), el número de piezas crece significativamente. En este contexto, parece obvio que las características de cualquier concavidad natural [URL]. cavidades medulares u órbitas) son idóneas para servir de lámpara, aunque a la hora de escoger la materia prima para este tipo de artefacto probablemente participasen criterios vinculados con la singula- Composición elemental expresada en porcentaje atómico de cinco puntos de la superficie de la ostra, localizados en la figura 2.1,3,5,10 (*M1 a 5). Datos obtenidos por fluorescencia de rayos X. ridad y el exotismo, como la presencia de "seres vivos petrificados" en las rocas. Existe cierto consenso sobre la frecuente asociación de las lámparas paleolíticas con ámbitos con una fuerte carga simbólica y cavidades con manifestaciones artísticas paleolíticas (Rasilla et al. 2010), circunstancias que concurren en La Pileta. En resumen, parece probable que la pieza de La Pileta se empleara para tareas de iluminación de las zonas interiores y que, por los indicios de manipulación de colorantes, quizás estuviera asimismo vinculada con los primeros momentos de expresión simbólica representados en la cavidad (fase preparatoria, ejecución, visualización, etc.). En el contexto del sur de Iberia, las lámparas atribuidas al Paleolítico son fijas y portátiles. La existencia de las primeras se ha propuesto en Ardales, La Pileta y Nerja (Cantalejo et al. 2006; Medina et al. 2012); y para las segundas, un ejemplar en Malalmuerzo y otro en Ardales (Cantalejo 1983; Cantalejo et al. 2006). Más incertidumbre suscitan las valvas de Pecten documentadas en Navarro y Nerja (Medina et al. 2012), debido a que no detallan la caracterización tafonómica que conduce a tal identificación. El segmento cronocultural al que se puede atribuir el uso de la lámpara de La Pileta se encuentra dentro de la problemática del tránsito Paleolítico Medio-Superior en el sur de Iberia situado, hasta hace poco, en torno a 30 cal ka BP. Esta edad haría factible que la ostra fósil hubiese incluso podido ser recolectada, transformada y usada como lámpara por los neandertales, cuyos vestigios, recordémoslo, también están presentes en el yacimiento (Cortés y Simón 2007). En este sentido, la recogida de fósiles o el empleo de pigmentos parecen suficientemente documentados entre los neandertales (vid. p.ej. Soressi y d'Errico 2007; Zilhão et al. 2010), aunque ninguna de estas prácticas ha sido constatada aún entre los del sur de Iberia. Los argumentos más sólidos para descartar la asignación de la lámpara de La Pileta al Paleolítico Medio los encontramos en cuatro conjuntos de datos: La revisión de las cronologías tardías para el Paleolítico Medio en el sur de Iberia, que apuntan a unas cronologías >39 cal ka BP para los momentos finales, en sintonía con los expresado en Europa occidental (Higham et al. 2014). La consolidación de la secuencia cronocultural del Paleolítico Superior Inicial de la región, en especial para el Gravetiense (Cortés 2007 b; Cortés et al. 2012), La datación 14 C/AMS directa del carbonato de la cazoleta de la lámpara de La Pileta, que coincide con el rango cronológico del Gravetiense, al menos, en tres yacimientos del sur de Iberia (Fig. 5, Tab. Aún así, habría que considerar la fecha como una edad mínima, relacionada con el depósito del carbonato. Éste pudo, posiblemente, haber sido contemporáneo a la amortización de la lámpara, aunque tampoco podemos descartar que, entre ambos episodios, existiese un lapso de tiempo -no necesariamente dilatado-imposible de evaluar con los datos disponibles (para poder responder a esta pregunta habría que intentar datar la materia orgánica conservada en la cazoleta de la lámpara). Casi la totalidad de las lámparas pleistocenas caracterizadas en el occidente de Europa aparecen en el Paleolítico Superior estando vinculadas, en muchos casos, con actividades de iluminación en cuevas con arte. En resumen, los datos disponibles apuntan a que la lámpara de La Pileta fue empleada por humanos modernos durante el Gravetiense. Los indicios de colorantes presentes en la lámpara de La Pileta permiten una reflexión sobre el arte paleolítico de La Pileta, aunque para poder correlacionar los pigmentos presentes en la ostra con los de las pinturas de la cueva sería necesario analizarlos y compararlos, algo inviable por el momento. No obstante, resulta sugerente la posibilidad de vincular la lámpara con la ejecución de uno de los primeros horizontes gráficos de La Pileta en contextos gravetienses. En este sentido, si el Gravetiense parece que constituye el momento de consolidación del poblamiento de las comunidades de humanos modernos y del Paleolítico Superior en el sur de Iberia (Cortes et al. 2012), se antoja lógico pensar que estas comunidades traen consigo, además de las industrias líticas talladas características, buena parte del acervo cultural que las caracteriza en otras regiones y no sólo los artefactos líticos tallados de este tecnocomplejo. En tal sentido, el mundo simbólico Gravetiense en este área cuenta con pruebas de manufactura y uso de colorantes y adornos en Nerja (Aura et al. 2010) y Vale Boi, este último también con ejemplos inéditos de arte mobiliar (Bicho et al. 2010: 229), o la aquí tratada recolección y uso de fósiles en La Pileta, por lo que resultaría extraña la ausencia de grafismo rupestre. Así pues, en ausencia de dataciones de los vestigios gráficos parietales de La Pileta, deberemos recurrir a criterios tecnoestilísticos. En este último sentido cabe reseñar que el horizonte artístico más antiguo de La Pileta ha sido, por lo general, atribuido al Solutrense (Sanchidrián 1997), aunque diversos autores han propuesto la existencia de un horizonte previo. El primero fue Breuil (Breuil et al. 1915) quien encuadraba su "horizonte de serpentiformes amarillos" (Galerías de las Cabras y de las Serpientes) en el "ciclo auriñacoperigordiense". Con posterioridad, Fortea (2005), en el marco de una revisión del arte presolutrense ibérico, identifica un horizonte amarillo de trazos digitales y pigmentos pastosos con los que se realizan algunos zoomorfos [URL]. cabras y rinoceronte) y determinados meandriformes. Complementa la lectura del panel del tramo final de la Galería de las Cabras, reseñando un conjunto de manos en positivo que no habían sido valoradas. Por último, pone de manifiesto sus paralelismos en yacimientos del Mediterráneo francés, como Baume-Latrone (Francia), asociados también a manos en positivo que en la actualidad se encuadran dentro del Gravetiense. Los serpentiformes ejecutados con pigmentos amarillos y con una técnica tan particular en contextos anteriores al Solutrense ya fueron apuntados por Breuil (Breuil et al. 1915), al comentar el paralelismo entre La Pileta, Gargas y Hornos de la Peña. Motivos afines aparecen también en Baume-Latrone o Llonín (Fortea 2005). A estos ejemplos cabe añadir los bloques grabados con este tipo de motivos y cúpulas del Abri Pataud recuperados en contextos del Gravetiense medio (Jaubert 2008). Todo ello sin olvidar que la lámpara de La Pileta creemos que demuestra la manipulación contemporánea de colorantes de distinto cromatismo en el Gravetiense. Ello nos induce a ser cautos a la hora de reducir los horizontes gráficos antiguos de La Pileta al pigmento amarillo o de recurrir a superposiciones de diferente color, sin una ico- En resumen, la edad y los indicios de los pigmentos asociados a la lámpara analizada podrían apoyar los criterios técnicos y cronoestilísticos propuestos por Breuil y Fortea. Los datos taxonómicos y tafonómicos obtenidos en el análisis de la valva de ostra ponen de manifiesto que se trata de un ejemplar fósil, recolectado a una distancia de >10 km. Los indicios y microvestigios conservados (alteraciones térmicas, residuos de la mecha y el combustible, Fig. 4.2 y 10) permiten identificar su uso como lámpara. También indican la utilización de colorantes (rojo, amarillo y, quizás, negro, Fig. 4.8) en el entorno inmediato de la lámpara. El óxido de hierro amarillo (Fig. 4.3, 5 y 10) se encontraba diluido e impregnaba los dedos y mano de alguno de los usuarios, quedando transferido a la lámpara en las zonas de sujeción, mientras que el colorante rojizo dejó una traza propia de una forma sólida (Fig. 4.1). Estas evidencias sugieren que la lámpara estuviera vinculada a la preparación de pigmentos y/o a la aplicación de los mismos sobre las paredes de la cueva, aspectos sobre los que resulta imposible profundizar por el momento. Tiempo después de ser apagada la lámpara y abandonada en superficie, la cubeta quedó sellada por una costra carbonatada (Fig. 4.6,10), cuya edad está encuadrada en el desarrollo del Gravetiense antiguo regional. En este sentido, se trata del elemento de iluminación portátil con datación directa más antiguo conocido para Iberia (Tab. La fecha AMS obtenida parece confirmar la frecuentación humana de La Pileta durante el Paleolítico Superior Inicial, como apuntaban ya algunos indicios tecnológicos (Cortés y Simón 2007) y abre una nueva dimensión en la comprensión de la ocupación y uso de La Pileta durante este periodo. Este trabajo es una contribución a los proyectos de investigación HAR2013-44269-P (Ministerio de Economía y Competividad), "Grupo HUM-949. Prehistoria y Arqueología en el sur de Iberia, Interdisciplinary Center for Archaeology and the Evolution of Human Behaviour" (Universidade do Algarve, Portugal), "Estudio de materiales procedentes de la Cueva de La Pileta de Benaoján depositados en el Museo de Málaga" (IDPH/ JT/18/05/PU/MA), autorizado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía a uno de los autores (MCS). A la familia Bullón agradecemos sus atenciones e información inédita sobre La Pileta.
Los huesos quemados han sido tradicionalmente considerados "una suerte de material inclasificable más, ocupante de espacios siempre escasos en almacenes, cuando no simple desecho" (Gómez Bellard 1996: 55). En las últimas décadas, de modo aún infrecuente pero fiable, la Arqueología ha comenzado a apreciar el valor de las cremaciones como fuente de información de distintos aspectos poblacionales y sobre todo rituales de las sociedades pretéritas (Rojo y Kunst 2002). TRABAJOS DE PREHISTORIA 73, N.o 1, enero-junio 201673, N.o 1, enero-junio, pp. 128-146, ISSN: 0082-5638 doi: 10.3989/tp.2016.12167.12167 Así las cosas, este artículo pretende analizar a través de protocolos definidos por la experimentación forense la presencia de huesos humanos quemados en cinco abrigos con depósitos funerarios neolíticos finales/calcolíticos iniciales de la Sierra de Cantabria y sus estribaciones (Las Yurdinas II, Los Husos I, Los Husos II, Peña Larga y La Peña de Marañón,) con el fin de determinar el carácter accidental o deliberado (sea ritual o no) de los hallazgos. El Neolítico final/Calcolítico inicial de la Sierra de Cantabria y sus estribaciones (ca. BC) se caracteriza esencialmente por la presencia de tumbas megalíticas y por la proliferación de enterramientos bajo roca (Fig. 1). El modelo incluido permite observar si la correspondencia de las fechas -por su cercanía-con una fase o periodo relativamente restringido se sostiene estadísticamente, mostrando en este caso un nivel de aceptación muy alto tanto desde un punto de vista general (A model = 98%) como en lo que respecta a cada una de las fechas por separado ("A:x"). El modelo tiene además en cuenta el posible envejecimiento de las fechas obtenidas sobre carbón (indicado mediante la expresión "O:100/100"). especialización pastoril como excelente medio de explotación de esos territorios, en la ya asentada economía productora (Andrés 2009: 20). En este contexto, abrigos y cuevas actúan como depósitos eminentemente primarios, acumulativos y definitivos -al igual que los dólmenes (Fernández-Crespo y de la Rúa 2005)-, pese a que los restos óseos que acogen se encuentren a menudo en estado desordenado y fragmentario y muestren signos de cremación. La cultura material asociada (fragmentos cerámicos lisos o con decoración poco elaborada, herramientas líticas -puntas de flecha, raederas, piezas de hoz...-, algún objeto óseo -generalmente punzones y espátulas-y contados elementos de adorno) y las dataciones absolutas disponibles no dejan lugar a duda sobre la adscripción del episodio funerario de todas ellas al mencionado periodo (Fig. 2). La correcta interpretación del papel del fuego en los abrigos sepulcrales de la Sierra de Cantabria y sus estribaciones a través del estudio de los restos óseos humanos es compleja. Los aspectos más ampliamente tratados para resolver este interrogante han sido, además de obvias observaciones de campo relativas a la identificación de conexiones anatómicas lábiles o el correcto equilibrio entre piezas anatómicas (Duday et al. 1990), el estudio del estado de los restos en el momento de su exposición al fuego ("en fresco", es decir, con tejidos blandos o recientemente descarnados; y "en seco" o totalmente esqueletizados) y la estimación de la temperatura alcanzada durante la combustión. La morfología de las fisuras y las deformaciones son consideradas por la mayoría de los autores como los mejores criterios diagnósticos del estado de los huesos, pese a no aparecer siempre claramente definidas en aquéllos calcinados (Baby 1954; Gejvall 1969; Binford 1972; Thurman y Willmore 1981; Shipman et al. 1984; Ubelaker 2007). En esencia, puede decirse que la superficie de un hueso quemado "en fresco" o con carne adoptará un aspecto liso y vítreo y un sonido especial al ser golpeado (casi metálico) y mostrará deformaciones pronunciadas, una alta intensidad de fragmentación y una muy particu-lar localización de estrías y fracturas (Baby 1954; Binford 1972). Grosso modo, seguirán patrones: a) transversales y de tendencia curvilínea o concéntrica al eje mayor en los huesos, a veces también longitudinales de morfología irregular; b) paralelos, pentagonales y estriados por grietas profundas en las superficies convexas y c) estriados en las cóncavas y planas y en zonas de menor resistencia (Reverte 1991). Autores como M. Thurman y L. J. Willmore (1981: 281) proponen las mismas diferencias entre el hueso fresco y el seco, pero añaden una nueva categoría: el hueso recientemente descarnado o "en verde" que, según éstos, básicamente exhibirá un patrón de agrietamiento y deformidad similar al del hueso fresco pero menos pronunciado. Otros, en cambio, creen poco fiables estos criterios y erigen como único rasgo verdaderamente distintivo entre el material calcinado "en verde" y "en fresco" la observación de anillos concéntricos -principalmente en la región poplítea del fémur-(Buikstra y Swegle 1989: 256) o de secuencias de grietas de apariencia curvilínea (Symes et al. 2008: 43) en el tejido óseo, entendiéndolas como resultado de distintos procesos de retracción de los tejidos blandos y el periostio del hueso durante la cremación. Estas observaciones, sin embargo, rara vez pueden ser percibidas macroscópicamente sobre el material antropológico. Por ello es metodológicamente más sencillo asumir una sola categoría que incluya tanto aquellos Fig. 3. Principales zonas de menor resistencia del hueso al fuego -loci minoris resistentiae-(modificado a partir de Reverte 1991: 861). restos afectados por el fuego cuando conservaban tejidos blandos como aquéllos que lo fueron recientemente esqueletizados. Considerando que en ambos casos queda implícita la cercanía entre el momento de la muerte y la aplicación del fuego, sólo se hablará de hueso quemado "en fresco" en el presente trabajo. En cambio, un hueso quemado "en seco" adquirirá un aspecto harinoso (que pue-de llegar a ser pulverulento) y manifestará fisuras y grietas profundas y longitudinales, con craquelados superficiales y/o de tipo paralelo-transversal, sin deformación o torsión de la estructura (Fig. 3). Al estimar la temperatura de combustión, la mayoría de los autores ven cierta concordancia entre la coloración de los huesos y la temperatura a la que fueron sometidos (Shipman et al. 1984; Fig. 4. Relación entre temperatura de combustión (oC) y coloración resultante en los huesos a partir de diferentes trabajos de experimentación forense. Herrmann 1988), pese que unos pocos (Dutour et al. 1989: 23-28) han puesto en duda esta relación apoyándose en experiencias, todo sea dicho, basadas en una muestra muy limitada. La sucesión de colores observada es muy diversa, en esencia, natural-amarillento, rojizo, marrón, marrón oscuro, negro, gris azulado, gris claro, blanco. ABRIGOS SEPULCRALES Y SIGNOS DE FUEGO. VALORACIÓN E INTERPRETA-CIÓN DE LOS HALLAZGOS Las Yurdinas II (Peñacerrada, álava) Las Yurdinas II es un abrigo localizado en las estribaciones septentrionales de la Sierra de Cantabria donde se identificaron dos pinturas rojas que representan una mujer y un bóvido (Sáenz de Buruaga et al. 1991Buruaga et al. /1992) y en cuya pared norte se abre una sima que guardaba un depósito funerario. Durante las campañas de excavación se identificó un único nivel arqueológico, dividido en tres capas (I a III) (Fig. 5a), que acogía los restos de casi un centenar de sujetos en un estado de casi total desorden y mínimamente afectados por el fuego (Fig. 5b). En los escasos ajuares recuperados destacan casi una veintena de puntas de flecha y algunos adornos sobre concha y piedra. La cronología absoluta se basa en tres muestras óseas humanas de la capa superior, media y base del depósito tomadas durante los trabajos de campo y datadas respectivamente en 4390±80 BP (3339-2891 cal. Las Yurdinas II acoge un enterramiento múltiple acumulativo. La presencia de todas las porciones anatómicas (excepto ciertos pequeños huesos de la cara y el oído) y de segmentos óseos relativamente lábiles (como el vertebral) en conexión abogan por un muy probable tratamiento primario. Como suele ocurrir en estos casos, la alta fragmentación y la desarticulación generalizada del material antropológico, junto a la incidencia de determinados procesos tafonómicos (destacando los depósitos cálcicos y los signos de fuego en los huesos), han sido los máximos responsables de las limitaciones en el proceso de identificación ósea. El número mínimo de 90 individuos (NMI) se ha estimado mediante el recuento de las escápulas para los infantiles I y II (0-6 años y 7-12 años, respectivamente), y de las mandíbulas para los juveniles (13-19 años) y adultos (> 20 años). Por la morfología de los maxilares inferiores (Ferembach et al. 1980) se reconocieron 17 varones y 30 mujeres entre los adultos y juveniles (siendo el resto alofisos o intederminados). Se han hallado evidencias de fuego en menos del 20% de los cerca de 40.000 elementos óseos identificables que componen la colección de Las Yurdinas II. Los huesos están afectados de modo mínimo y muy desigual, apreciándose manchas negruzcas, en mayor o menor intensidad, y también algunas parduscas, vinculables a una quema somera a temperaturas no muy altas. El análisis del proceso pirolítico aboga por una quema "en seco" de los restos, una vez perdidas sus partes blandas (Guillon 1986). Muy posiblemente fue accidental, dado el aspecto pulverulento, la coloración propia de temperaturas no muy altas, las escasas contracción y fragmentación, y el patrón de fracturas, en general paralelo/transversal al eje mayor que evidencian. Este hecho, según J. Fernández Eraso (2003: 39), "no parece tener relación con costumbres similares, detectadas en otros yacimientos de la misma época, destinadas a la higiene del lugar" o a otras prácticas burocrático-rituales, y podría entenderse como posible resultado de "una tea arrojada en época no muy antigua, que llegó a prender sólo en las materias vegetales localizadas bajo la grieta" afectando a la parte de los huesos no cubierta por el sedimento. Los Husos I (Elvillar, álava) El abrigo de Los Husos I se abre a los pies de un gran farallón calizo, en la vertiente sur de la Sierra de Cantabria. El uso funerario del sitio se circunscribe al nivel III, excavado por el primero y dividido en dos subniveles A y B. Del subnivel IIIB se dató un trozo de madera carbonizada en 4730±110 BP (3763-3114 cal. En él se depositaron casi una veintena de individuos, cuyos restos se encontraban muy fragmentados, desordenados y en ocasiones quemados, junto con varias puntas de flecha y otras herramientas líticas, algunos fragmentos cerámicos y una espátula de hueso, entre otros. La muestra recuperada en Los Husos I responde a una inhumación múltiple con algunos materiales con signos de haber sido sometidos a la acción del fuego. En el estrato IIIA lo lógico es pensar en un depósito primario y de naturaleza acumulativa, donde los cuerpos se depositarían en un primer momento en el centro para luego ser reordenados y dispersados. Además, se constatan hogueras (Fig. 6a), de las que han quedado claros rastros en los cuadros D3, E3, F3 y adyacentes, y cuya acción es desconocida en las demás zonas (Apellániz 1974). En cambio, en el estrato IIIB es evidente que la totalidad del área excavada ha sido dedicada a enterramientos. Los únicos rastros de fuego conocidos son unas piedras colocadas irregularmente en los cuadros D3/C3, junto a las que aparecen varios fragmentos informes de cerámica y contados huesos humanos calcinados en contacto con el estrato anterior. En el nivel IIIA se ha estimado un NMI de 11 a través de porciones esqueléticas postcraneales (un radio, un fémur y varios coxales) para los subdultos y de los coxales para los adultos. Se contabilizaron 7 subadultos (1 infantil I, 1 infantil II y 5 juveniles) según su desarrollo esquelético (Scheuer y Black 2000), y 4 adultos (3 maduros, dos masculinos y uno femenino, y 1 senil masculino) según las características dimórficas de los coxales (Ferembach et al. 1980). En el nivel IIIB se calculó un NMI de 7 a partir de diferentes piezas postcraneales para los subadultos (varios fragmentos de costillas y vértebras y tres cabezas de húmero) y de la región sinfisaria de mandíbula para los adultos. De éstos, 2 eran subadultos (1 infantil I, 1 infantiles II y 2 juveniles) según el desarrollo esquelético (Scheuer y Black 2000), y 3 adultos (2 jóvenes, un varón y una mujer, y 1 maduro femenino) según sus los caracteres de los maxilares inferiores (Ferembach et al. 1980). En torno al 25% de los cerca de 500 elementos identificables conservados del nivel IIIA de los Husos I están quemados. En cambio, en el nivel IIIB, los tres fragmentos craneales con signos de pirólisis no dejan de ser anecdóticos. Desafortunadamente, los fragmentos óseos no ofrecen buenas cualidades diagnósticas respecto a su quema "en fresco" o "en seco". No muestran patrones claros de alteración ígnea más allá de su coloración, predominantemente negruzca u ocre (y sólo en ocho casos gris-blanquecina), seguramente por su escasa exposición al fuego. Tan escasa exposición puede deberse a dos mecanismos: una cremación "en seco", seguramente somera y de tipo accidental, que provocaría un ligero chamuscado o "ahumado" propio de quemas entre 300 y 645 oC (Ubelaker 2007: 57); o una cremación "en fresco" (intencional o no) por debajo de los 800 oC que ocasionaría una combustión incompleta de la materia orgánica y en que los tejidos blandos evitarían la calcinación de los huesos (Baby 1954: 2). ¿Puede entonces saberse si los fragmentos con signos de fuego hallados en el nivel IIIa mantenían tejidos blandos cuando se quemaron? La respuesta se antoja difícil. Entre todo el material estudiado, sólo se ha localizado una esquirla con claro valor diagnóstico. Es un pequeño fragmento de esqueleto axial que muestra lo que J. M. Reverte (1991: 334) denominó efecto "S" o "efecto sándwich", es decir, zonas carbonosas negras intercaladas entre zonas calcinadas blancas. Esta peculiaridad es propia de una cremación en la que existiría materia orgánica sin combustionar (Etxeberria 1994: 114) (Fig 6b). En cambio, otros fragmentos craneales muestran sólo afectada la zona interna de la bóveda, sugiriendo que ya estuvieran rotos y completamente descarnados cuando se efectuó la quema (Fig. 6c). A este respecto, J. E. Buikstra y M. Swegle (1989) creen posible usar la uniformidad del ahumado para distinguir entre seco y fresco en fragmentos óseos carbonizados. Sin embargo, la importante diversidad de la muestra con ejemplares que vendrían a sumarse a las dos categorías, no permite responder, ni mucho menos, a la pregunta antes planteada. Dada la aparente contradicción entre estos datos debemos recordar que la naturaleza acumulativa y, por tanto, dilatada supuesta a este tipo de enterramientos múltiples hace probable que hubiese huesos desecados y otros que no lo estuvieran. J. M. Apellániz interpretaba el fuego como resultado de una cremación ritual dado que los hogares identificados en el nivel no cubrían toda la superficie funeraria, aglutinándose, para mayor dificultad interpretativa, en el contacto con la zona no excavada de la cueva (cuadros D3, E3, F3 y adyacentes). Su actividad se habría dado de manera "organizada (...), con los hogares y fuegos en un mismo lugar durante mucho tiempo" (Apellániz 1974: 134). En nuestra opinión, nin- guna de estas evidencias basta para justificar una cremación ritual. La leve y marginal afectación que presentan casi todos los fragmentos, fueran quemados "en seco" o no, apoyaría una quema accidental, limitada a los huesos en contacto con las hogueras. La presencia de huesos quemados fuera del área de hogares es explicable por la dispersión posterior de los restos, muy aceptable si se considera el estado de remoción de todo el nivel. No es imposible que "las hogueras, restos de cremación y dispersión de huesos pudieran ser resultado de un deseo de acondicionar el lugar para ser habitada nuevamente, desplazando e incluso intentando quemar los restos pertenecientes a la anterior etapa" (Andrés 1979: 19). No en vano, no hay vestigios de realimentación funeraria en los niveles posteriores y los hogares mencionados se localizan en la parte superior del nivel, al cual curiosamente se superpone un nivel de habitaciónredil (IIc) en que sobresale la presencia de hogares (Apellániz 1974: 67). El uso funerario queda limitado al nivel III, un pequeño dispositivo en forma de hoyo cilíndrico de base cóncava, situado en la zona suroeste del cuadro C1. Mide en la boca 47 por 38 cm y su profundidad es de 61 cm. Se muestra como una intrusión en la masa del nivel IV que conforma el único testimonio claro de uso del depósito en época calcolítica, quizá por arrasamiento del resto del mismo por las gentes tardoantiguas (Fig. 7a, 7b). En su interior se recuperaron abundantes huesos humanos totalmente calcinados pertenecientes a cerca de 20 individuos, entremezclados con fragmentos de sílex, una concha de Trivia sp. perforada a modo de colgante y una espátula de hueso. Durante la campaña de 2003 se recogieron varias muestras en el nivel III, que fueron remitidas al laboratorio Beta Analytic Inc. de Miami (EE. UU.) para su análisis mediante C14. La muestra de Los Husos II responde a una cremación múltiple recogida en un hoyo localizado en un abrigo bajo roca: un dispositivo excepcional en el Calcolítico peninsular y con escasos referentes de cierta similitud a escala europea (Blaizot et al. 2001). El estado de conservación de los restos óseos era muy deficiente, por un elevado índice de fragmentación seguramente provocado por la alta incidencia del fuego en la práctica totalidad de los mismos: con un 92% aproximadamente con coloraciones blancas y grisáceas y con el 8% restante también quemado pero con tonalidades negruzcas u ocres. Siguiendo las directrices de H. Duday, G. Depierre y T. Janin (2000) para facilitar el cálculo del NMI, se procedió al cómputo de las casi 6.000 evidencias óseas localizadas, en su mayoría fragmentarias, y a su agrupación por regiones anatómicas. Se estableció un NMI de 18 sujetos, a partir de diversos fragmentos de fémures, isquiones y maxilares para los subadultos y de la región sinfisaria de la mandíbula para los adultos. El examen del material antropológico ha puesto de manifiesto, como ya anunciábamos, la calcinación de la mayoría de los restos óseos recu-perados en el dispositivo en hoyo de Los Husos II. Ello abogaría por una combustión muy intensa. El resto, algunos fragmentos de costillas y vértebras, varias falanges, un navicular, tres dientes y dos huesos largos infantiles procedentes de los cuadros C3, C5 y B3 entre las cotas -205 y -230 cm, mostraba unas coloraciones negras o tendentes a marrón, típicas de temperaturas bajas, quizá por su lejanía del foco del fuego. Dado que los trabajos de campo constataron la secuencia aparentemente no alterada del hoyo, habría que dar por hecho que allí se realizó la quema utilizando un combustible vegetal (de taxón aún sin especificar) del que se conservan grandes masas carbonosas. Se ha comprobado que una parte muy significativa de la colección (pues no todos los restos muestran las mismas cualidades diagnósticas) exhibe patrones de alteración morfológica compatibles con una cremación "en fresco": a) fracturas de tendencia curvilínea o concéntrica de morfología irregular y estrías en forma de uña o recorte de pulgar, laguna desecada y arañazos de gato (Reverte 1990: 334); b) reducción de algunas porciones óseas (Herrmann et al. 1990); c) aspecto cristalino y friable (Etxeberria 1994: 114); d) sonido característico (Botella et al. 2000: 147); e) retorcimiento de estructuras (Baby 1954; Binford 1963; Thurman y Willmore 1981); f) deformidades en las zonas de menor resistencia del hueso (loci minoris resistentiae) con la forma y dirección esperadas, especialmente destacadas a lo largo de los bordes fracturados en los huesos largos y en los fragmentos de calota, abarquillados y torsionados por el calor (Reverte 1991); g) ejemplos de fragmentos con zonas carbonosas negras intercaladas entre zonas calcinadas blancas ("efecto sándwich"), especialmente en el diploe, y multitud de piezas dentarias que han perdido la corona por estallido de la cavidad pulpar a nivel del cuello, quedando sólo las raíces dentro de sus alvéolos en los maxilares y mandíbulas (y conservándose las coronas de forma muy anecdótica) (Reverte 1990: 334) (Fig. 8). La mayoría de los autores parecen relacionar los patrones enumerados con una cremación lenta en que tras la afectación inicial de los tejidos blandos, el hueso quedaría expuesto y comenzaría a sufrir cambios en su estructura y composición. Finalmente el componente mineral superviviente soportaría diversos procesos de contracción y deformación (Mays 1998; Trancho 2010). No obstante, el tamaño francamente pequeño y la morfología bastante profunda y no especialmente ancha del hoyo de Los Husos II, donde según los trabajos de campo se habría realizado la quema in situ de los restos (J. Fernández Eraso, com. pers.), son condiciones a priori incompatibles con la introducción de grandes segmentos articulados. Debe presumirse, por tanto, que se encontraran recién descarnados cuando fueron sometidos a la acción del fuego. No tenemos absoluta certeza, pero creemos bastante posible que los cuerpos se trasladaran completos hasta el abrigo, dada la notable cantidad de piezas menores, huesos cortos y fragmentos costo-vertebrales identificados, poco habituales en los enterramientos secundarios. Allí conformarían un depósito de inhumación múltiple -posiblemente acumulativo-, donde fueron perdiendo sus partes blandas progresivamente. En un momento indeterminado, pero muy posiblemente cercano a su esqueletización, se decidió su quema, para lo cual los restos fueron introducidos en un hoyo estrecho y profundo. Dada la composición del hoyo (multitud de huesos de pequeñas dimensiones, algunos restos de fauna doméstica y salvaje también quemada, tierra, piedrecillas, restos de carbón y algunas piezas de ajuar) y el aparente tímido buzamiento de la secuencia, parece más adecuado pensar en un barrido hacia el hoyo con una pala o herramienta similar que en una recogida selectiva (pick-up). Resulta difícil explicar esta práctica. De deberse a un comportamiento ritual, cabe preguntarse por qué se esperó para cremar los cuerpos a tener tal concentración de individuos (presumiblemente, en desigual proceso de descomposición) en vez de quemar cada cadáver al depositarlo. Tampoco parece probable que el fuego tuviera una finalidad sanitaria como medida de erradicación de ciertas enfermedades epidémicas (Zammit 1991: 72). De ser así, tendríamos que pensar en una epidemia no selectiva, un depósito prácticamente simultáneo y una quema "en fresco" de todo el material, lo que a priori no se amolda a lo documentado. También ofrece dudas relacionar la quema con un deseo de acondicionar el lugar para un nuevo uso por gentes de cronología diferente a las que realizaron el enterramiento (aunque del mismo episodio cultural). Esta hipótesis planteada por J. Fernández Eraso (2007/2008: 681), elocuente en abrigos cercanos como Los Husos I y Peña Larga, donde enterradores y cremadores bien pudieron ser grupos cronológicamente distintos, no parece ajustarse tan bien a los datos antropológicos de Los Husos II. Recordemos que el patrón de alteración térmica observado durante nuestro estudio vincula el grueso de la colección con una afectación cuando los restos conservaban tejidos blandos o acababan de esqueletizarse, lo que no parece posible transcurridas varias décadas. En nuestra opinión y asumiendo que las gentes que realizaron la quema fueron si no las mismas, absolutamente contemporáneas a las que llevaron a cabo el supuesto depósito de los cadáveres, podemos plantearnos la cremación como: a) una actividad de acondicionamiento que persiguiera la reducción del volumen del depósito para obtener un espacio libre para nuevas inhumaciones (Guillot y Le Goff 1995: 114) o para sanear el recinto (Andrés 1998: 95 y 122); b) el resultado puntual de un acto punitivo de condenación por parte de Fig. 8. Restos óseos de Los Husos II con evidencias que apuntan a una quema "en fresco": A) fracturas longitudinales y deformaciones en las zonas de menor resistencia de los huesos largos; B) grietas en forma de laguna desecada y arañazos de gato en regiones cóncavas y convexas; C) "efecto sándwich"; D) deformidad notoria y reducción de huesos planos y largos; E) estrías transversales en forma de uña en huesos largos. otra comunidad, o c) una cercenación de la trayectoria funeraria del abrigo nacida en el seno del grupo que lo utilizaba, tal vez por mera necesidad/ practicidad o por abandono del lugar, por ejemplo. En cualquier caso, todo ello queda ya en el campo de la especulación. El arrasamiento en época romana de la secuencia inmediatamente posterior al uso funerario del hoyo impide observar lo ocurrido en el siguiente episodio, fuera un intento de realimentación funeraria o un uso totalmente diferente al descrito, como el citado en Los Husos I donde se instaló un redil y una zona de habitación con hogares. Para terminar, ha de referirse la existencia de otros dos hoyos de mayor tamaño no excavados. Presumiblemente coetáneos al estudiado y visibles en el perfil estratigráfico contienen también huesos quemados en una estratigrafía de quema in situ perfectamente ordenada. Un estudio de micromorfología sedimentaria de los mismos1 ha puesto de manifiesto la exposición de los huesos a la intemperie durante un tiempo indeterminado antes de su cremación dado que, en el momento de la quema, los restos óseos portaban bacterias que también se vieron afectadas por el fuego. También se ha constatado el inmediato ocultamiento de los dispositivos con tierra, una vez los huesos fueron sometidos a la acción del fuego. Así las cosas, se antoja posible que la práctica de introducir los huesos en hoyos, quemarlos y cubrirlos con sedimento respondiera a la voluntad de utilizar el abrigo con otra función distinta a la que se le presumía y cercenar por tanto su trayectoria funeraria. El abrigo de Peña Larga se sitúa en la vertiente sur de la Sierra de Cantabria, al resguardo de un estrecho espolón calizo. Descubierto en 1984, J. Fernández Eraso (1997: 28-29) dirigió la excavación que comenzó al año siguiente y se prolongó durante cuatro campañas. La estratigrafía puso de manifiesto varios niveles arqueológicos de cronología prehistórica. El uso funerario del depósito se limitaba al nivel III, donde se depositaron al menos 30 individuos junto con diversos fragmentos cerámicos, tres puntas de pedúnculo y aletas y varios punzones óseos. La muestra de Peña Larga responde, muy posiblemente, a un enterramiento múltiple acumulativo en abrigo en que casi la mitad del conjunto óseo humano presenta signos de alteración térmica (Fig. 9a). El conjunto óseo está revuelto, como es habitual en este tipo de dispositivos. Peña Larga: A) corte estratigráfico donde se aprecia el nivel funerario o III de color negro por la abundancia de carbones y restos humanos quemados (modificado a partir de Fernández Eraso 1997: 44); B) vista en planta de uno de los esqueletos en conexión del nivel III (modificado a partir de Fernández Eraso 1997: 44); C) mandíbula con deformación y estrías compatibles con una quema "en fresco"; D) fragmentos de hueso plano con "efecto sándwich". obstante, "en los cuadros C-1 y C-2, los más próximos a la pared Norte y dentro de la especie de hornacina semicircular que forma la pared del abrigo, se localizaron dos esqueletos completos en conexión anatómica (Fig. 9b). En otros cuadros, A-3, B-1, aparecen, tan sólo, extremidades en conexión anatómica pero nunca formando parte de un esqueleto completo" (Fernández Eraso 1997: 42). El NMI de 30 individuos se estimó recontando restos mandibulares y postcraneales para los subadultos y las mandíbulas, en concreto la región del tercer molar izquierdo (aunque las sínfisis también ofrecieron una muy buena representación), para los adultos. De éstos, 12 eran subadultos (7 infantiles I, 2 infantiles II y 2 juveniles), según el desarrollo dental y esquelético (Ubelaker 1989; Scheuer y Black 2000) y 18 adultos en su mayoría de edad indeterminada (7 femeninos, 3 masculinos y 8 de sexo indeterminado) (Ferembach et al. 1980). El análisis de las alteraciones térmicas ha identificado algunos ejemplares con signos de contracción, deformidad o agrietamiento. Otros fragmentos, generalmente de diploe, blancos en la cortical y con coloraciones azuladas en el interior permiten vincular una pequeña parte del material con una cremación posiblemente "en fresco" (Fig. 9c, 9d). Las piezas más afectadas se localizan en los cuadros A1, B1, B2 y C1 y C2 (con profundidades entre -230 y -245 cm), que reúnen casi el total de los fragmentos con coloraciones blancas (excepciones en C3 y Z2). Las coloraciones de los demás restos afectados por el fuego (45% de los más de 7.000 elementos óseos identificables) son en general marrones o negras. No evidencian contracción ni reducción de peso frente al efecto calorífero, o lo hacen mucho menos. Además, no muestran deformidades apreciables y su intensidad de fragmentación es sensiblemente más reducida, exhibiendo patrones de fractura normalmente paralelo/transversales al eje mayor de los huesos largos: características típicas de una quema "en seco". Se aboga, por tanto, por una quema prioritariamente efectuada sobre material antropológico seco y en parte cubierto ya por sedimento. No en vano, en el tramo más superficial del nivel III se localizaron abundantes huesos "bien carbonizados, bien totalmente calcinados", mientras que bajo él sólo estaban "carbonizadas las partes más sobresalientes o elevadas" de los huesos (Fernández Eraso 1997: 41-42). Lo difícil es explicar que haya piezas cuyo patrón de afectación ígnea es compatible con una cremación cuando los sujetos aún conservaban tejidos blandos. Parece probable que, en cierto momento de la historia del lugar, los huesos, previsiblemente descarnados (según los resultados antropológicos) y ya medio ocultos por el sedimento aportado, se cubrieran con ramas de avellano y encina, como sugiere el hallazgo de carbones atribuidos a dichos taxones y de cáscaras carbonizadas de avellana en la capa superior del nivel (Fernández Eraso 1997; Pérez Díaz et al. 2010). Tras prenderles fuego, y con la superficie aún candente, se les revestiría con una capa de piedras (Fernández Eraso 1997: 174). Resulta curioso que los esqueletos articulados (muy posiblemente, de los últimos inhumados en el lugar) apenas se vean afectados por el fuego, quizá por resguardarlos la especie de hornacina pétrea en que se hallaban. Esta operación es atribuible a gentes del mismo periodo cultural dada la presencia de algunos restos quemados posiblemente "en fresco" y la inmediata cronología atribuida al nivel posterior. Ello nos lleva a relacionar el uso del fuego en este dispositivo "con una mera cuestión de higiene" o clausura del depósito funerario motivada por una "reutilización del lugar con fines opuestos al uso anterior", concretamente como refugio temporal en el nivel II (Fernández Eraso 2007/2008: 681). La decisión de ocupar un yacimiento funerario con otra finalidad "nos cuestiona sobre la naturaleza sacra de los lugares de enterramiento" (Fernández Eraso 2007/2008: 681). Sin embargo la propia forma de clausura de su trayectoria (cremación), a menudo tildada de gestión purificadora, y la construcción de un empedrado crean una frontera definida entre ambos usos que bien podría estar indicándonos no sólo un protocolo higiénico sino cierta deferencia o consideración con respecto al primero. La Peña de Marañón (Marañón, Navarra) El abrigo de La Peña de Marañón se localiza en el barranco de Roñes dominando el curso del río Ega, en las estribaciones nororientales de la Sierra de Cantabria. Fue descubierto casualmente debido a una extracción de gravas en la zona y excavado de urgencia en 1983, dada la inestabilidad del sedimento, durante dos campañas bajo la dirección de A. Cava y M. A. Beguiristain (1991A. Beguiristain ( /1992)), identificándose una ocupación entre el Mesolítico y la Edad del Hierro. El nivel c, correspondiente culturalmente al Neolítico o más probablemente a inicios del Calcolítico (las muestras enviadas a datar no tenían colágeno), fue el único funerario identificado en la secuencia. La zona más arrinconada y protegida del abrigo (Fig. 10) se escogió para depositar unos 30 individuos. Sus restos mostraban alteraciones por remoción -sobre todo una intensa fragmentación-y claros signos de cremación, junto con un escaso ajuar en que destaca una punta de flecha foliácea y contados adornos personales en concha y piedra. El rito realizado en el interior de este abrigo fue muy posiblemente la inhumación múltiple acumulativa. La representación de todas las porciones anatómicas confirma la naturaleza primaria del depósito. El estado de fragmentación y de cremación parcial de los restos sugiere un depósito escalonado de los cadáveres, donde la introducción sucesiva de los individuos remueve en profundidad los anteriores (Cava y Beguiritain 1991/1992: 126). El NMI de La Peña se ha estimado mediante el recuento de las porciones mandibulares, salvo para un individuo subadulto identificado por otras piezas postcraneales. La cifra de 16 sujetos adultos (10 femeninos, 1 masculino y 5 de sexo indeterminado) (Ferem-Fig. La Peña de Marañón: A) vista del abrigo en la actualidad desde el sur; B) corte estratigráfico del depósito indicando la posición del nivel funerario (c1/4) al fondo del abrigo (modificado a partir de Cava y Beguiristain 1991/1992: 128). bach et al. 1980) se calculó a partir de la región del primer molar derecho. Ya el primer análisis antropológico realizado en La Peña de Marañón indicaba que "buena parte de la colección había sido afectada por el fuego que la deforma y altera" (Basabe 1991(Basabe /1992: 165): 165). El presente, además de corroborar tal manipulación en cerca del 80% de los más de 4.000 restos humanos identificables estudiados, evidencia la quema "en fresco", es decir, conservando tejidos blandos o recién esqueletizados, de una parte importante de la colección. Éstos proceden en su mayoría de la última capa (c1) del nivel funerario y son huesos "de aspecto blanquecino, profundamente alterados en su forma y composición habiendo perdido parte de su peso y produciendo a la percusión un sonido casi metálico" (Cava y Beguiristain 1991/1992: 127). Abundan en este nivel huesos largos con llamativas deformidades y grandes grietas, longitudinales y transversales en las diáfisis y de tendencia concéntrica en las epífisis y otras zonas cóncavas, así como fragmentos de bóveda craneal "abarquillados por el calor" (Basabe 1991(Basabe /1992: 165): 165). Estos rasgos son típicos en huesos quemados poco después del deceso con o sin tejidos blandos conservados. Tampoco son raras las piezas con zonas carbonosas negras y calcinadas blancas intercaladas entre si, que ciertos autores denominan "efecto sándwich". Comúnmente se relaciona con "una cremación en la que existiría materia orgánica sin combustionar" (Etxeberria 1994: 114) (Fig. 11), lo que sugiere una relativa cercanía temporal entre la deposición de los últimos cadáveres y su cremación. Durante el análisis antropológico se localizaron conexiones anatómicas entre piezas procedentes de los mismos contextos estratigráficos, las denominadas liaisons de deuxième ordre por la Anthropologie de terrain. Los casos más claros son los de una mandíbula, una escápula, un húmero, un cúbito y un radio izquierdos pertenecientes a un sujeto perinatal; una clavícula, un cúbito y un radio derechos de un individuo de 2 años de edad; y sendos coxales de un mismo subadulto. Creemos muy posible que muchos de los restos se hallaran aún conectados o en proceso de descomposición en el momento de la quema. Parece bastante plausible, como interpretación de los signos de alteración térmica, que "las cremaciones parciales que afectan en distinto grado y aspecto a los huesos pueden ser fruto de labores de higienización periódica del covacho entre unos enterramientos y otros (...); o al final de todo el proceso de enterramientos por parte del grupo humano que se estableció sobre ellos para iniciar una nueva etapa de habitación" (Cava y Beguiristain 1991/1992: 127). No en vano los huesos de c1 son precisamente los más afectados por el fuego y, quizá con contados ejemplares procedentes de zonas altas de c2, los únicos de la serie que parecen haber sido quemados cuando aún conservaban parte de sus tejidos blandos o se encontraban recién descarnados. El papel del fuego en las cavidades sepulcrales no ha sido suficientemente debatido pese a ser una evidencia relativamente repetida como se denunciaba en la "Reunión Internacional sobre el significado del fuego en los rituales funerarios del Fig. 11. Huesos de La Peña de Marañón con señales de haber sido sometidos al fuego "en fresco": A) "efecto sándwich" en huesos largos y piezas dentarias; B) grietas concéntricas y en forma de laguna desecada o arañazo de gato en regiones cóncavas y convexas; C) estrías en forma de uña y fracturas serradas en huesos largos; D) deformación de huesos largos y planos; E) coloración variable de huesos dependiendo del contacto con el fuego. El carácter abierto de cuevas y abrigos y sus habituales largas secuencias de utilización propician la atribución de los restos con signos de alteración térmica a causas accidentales producidas en momentos posteriores al de su uso como depósitos funerarios, especialmente cuando los huesos quemados son escasos y sobre todo si se hayan en el estrato más superficial o sobre el sedimento. En general se entienden como producto de actividades propias de la Edad del Hierro o resultado de fogatas de pastores. En su revisión del material óseo procedente de algunas cavidades funerarias vascas, a partir de las cuales la literatura arqueológica tradicional mantenía la convivencia del ritual inhumatorio con el de cremación aunque en diferente proporción, A. Armendáriz2 halló un fenómeno bastante dudoso, o al menos, menos frecuente de lo que se había supuesto. Por ejemplo, en Las Pajucas, Getaleuta, Txotxinkoba y Kobeaga I no se observaban huesos quemados, aunque los había ennegrecidos de un modo natural, lo que había podido llevar a confusión. En Gerrandijo y Aldeacueva los había tanto humanos como animales pero en pequeña cantidad. En Los Zorros había abundantes, pero lo más probable era que fueran resultado de su uso prolongado como refugio en épocas recientes. En Arratiandi bastantes huesos presentaba signos de cremación, pero también parte del ajuar, lo que según los autores resultaba raro. Además, el yacimiento, o buena parte de él, se hallaba revuelto en época reciente, lo que podía hacer dudar de la ritualidad de las mencionadas cremaciones. En Gobaederra la incineración parecía deberse a la acción de una hoguera, ya que solo 34 del total de 4.899 huesos tenían signos de cremación. Otros ejemplos, también en el País Vasco, tienen un escaso número de huesos cremados, cuya quema en general se atribuye a causas fortuitas: Lacilla, Txispiri, Marizulo, Lamikela, Pico Ramos y Ozakar3. Salvo excepciones, la información disponible es bastante inespecífica. Como bien se ha seña-lado no distingue "entre las posibles alteraciones térmicas sufridas por el material (p. e. calcinación, combustión), el número de individuos afectados, el tipo de hueso afectado y su frecuencia, el nivel de articulación que presentaba la pieza al momento de ser expuesta al fuego o la brasa, entre otras características" (Baraybar y de la Rúa 1995: 167). No obstante, el presente estudio ha demostrado que estas señales de fuego en depósitos funerarios en cuevas del Neolítico final/Calcolítico inicial, además de no ser inhabituales, tienen cierta entidad en el caso de las de la Sierra de Cantabria y su entorno, como ya se había documentado en otras regiones del noreste (Agustí 2002), el centro (Gutiérrez et al. 2002) y el sudeste (Idáñez 1984) de la península ibérica. A partir de distintos protocolos surgidos de la experimentación forense, se ha establecido la quema "en seco" y, probablemente accidental, de los restos humanos procedente de los abrigos de Las Yurdinas II y Los Husos I y, tal vez, de Peña Larga (con algunas piezas dudosas, cuyos signos podrían ser compatibles con una quema "en fresco"). El número de piezas con signos de actividad ígnea, salvo en Peña Larga, es bajo. Presentan un color negruzco (propio de un ligero chamuscado) con fisuras y grietas profundas y longitudinales, craquelados superficiales y sin deformaciones estructurales (Tab. En cambio, en Los Husos II y La Peña de Marañón, el mecanismo parece ser diferente. La práctica totalidad de los restos de ambos depósitos muestra una coloración mayoritariamente blanquecina o grisácea, y está profundamente alterada en su forma y composición, generando llamativas deformidades y fracturas transversales y de tendencia curvilínea, habiendo perdido parte de su peso y produciendo a la percusión un sonido casi metálico. Ello, unido a la presencia de zonas oscuras intercaladas entre superficies blanquecinas, invita a pensar en una cremación "en fresco" sobre huesos recientemente descarnados o incluso en proceso de pérdida de sus partes blandas. En ninguno de los dos sitios se identificaron conexiones anatómicas claras que avalen una cremación de cadáveres completos, sino piezas y fragmentos desordenados propios de un fenómeno funerario acumulativo y de larga data. Se sugiere así relacionar los testimonios de fuego en ambos casos con una manipulación postdeposicional puntual del uso funerario del abrigo y no con un tratamiento en sí mismo, entendiendo éste como un rito realizado durante el depósito de los sujetos. La motivación de tal práctica no resulta fácil de precisar. Podría tratarse del intento por cercenar la trayectoria secular de ambos sitios, al ser el último episodio funerario documentado en ellos. En Los Husos II es especialmente sugerente el enterramiento de los huesos en un pequeño hoyo para su quema, lo que avala la pérdida de gran parte de los tejidos blandos, y su inmediato ocultamiento posterior con sedimento, según el estudio microsedimentológico de otros hoyos funerarios coetáneos del mismo abrigo (A. Polo, com. pers.). En La Peña de Marañón, donde se detectaron varios finos niveles de cenizas, la cremación puede vincularse a una medida higiénica o práctica. No obstante, el que la última capa funeraria (c1) sea sin duda la más afectada por el fuego podría indicar un mecanismo semejante al propuesto para Los Husos II. Este recurso al fuego, relacionado con frecuencia con la clausura del nivel funerario de los abrigos bajo roca, puede tener su explicación en factores si no demográficos (movimientos debidos, por ejemplo, a una elevada presión demográfica), al menos ideológicos, plasmados en cambios en el comportamiento funerario (Andrés 2005). Si atendemos a las nuevas formas dolménicas que aparecen en Navarra o al uso de nuevos espacios sepulcrales (pudrideros, casas de muertos, fosas), se percibe que el Neolítico final/Calcolítico inicial en el valle medio del Ebro es un periodo de gran efervescencia poblacional y variabilidad funeraria (Fernández-Crespo 2015). El estatus aéreo de los depósitos múltiples en abrigos bajo roca ha conllevado durante décadas el menosprecio de los signos de alteración térmica en los restos humanos, atribuyéndoles un origen variopinto y no en pocas ocasiones accidental (actuaciones clandestinas, incendios forestales, usos posteriores,...) que no siempre se corresponde con la realidad. El recurso en la presente investigación a parámetros definidos a partir de la experimentación forense ha permitido proponer una curiosa cercanía temporal entre el depósito y la cremación de los cuerpos o restos en algunas cavidades sepulcrales neolíticas finales/calcolíticas iniciales de la Sierra de Cantabria y sus estribaciones, y desplegar un abanico de posibles interpretaciones. Para Los Husos II y La Peña de Marañón en base a los datos del estudio de sus restos, se propone relacionar el uso del fuego con procesos de interrupción o clausura de la trayectoria funeraria vinculados con posibles movimientos poblacionales y/o cambios en el ritual funerario. En cambio para el resto de los abrigos, se aboga por atribuir las señales de fuego a acciones fortuitas o accidentales una vez el depósito funerario deja de utilizarse. Ignacio Barandiarán y Concepción de la Rúa, codirectores de la Tesis Doctoral inédita de la autora, titulada Antropología y prácticas funerarias en las poblaciones neolíticas finales y calcolíticas de la región natural de La Rioja (Universidad del País Vasco, 2012), de la cual deriva en parte este artículo, su asesoramiento y constante apoyo. Javier Fernández Eraso y Ana Cava por facilitar el acceso a las colecciones estudiadas y por las informaciones y materiales inéditos aportados.
Las últimas excavaciones efectuadas en el poblado protohistórico de Ses Païsses en la isla de Mallorca han permitido a los autores recuperar series estratigráficas y radiométricas que por primera vez sitúan cronológicamente la construcción de las murallas que identifican a los poblados talayóticos baleares. Amén de enumerar los distintos tipos de enclaves que aparecen amurallados en ambas islas, se describen las técnicas edilicias de las murallas, los elementos que las componen, así como su tipología, prestando especial atención a los descubrimientos inéditos efectuados en Ses Païsses. La cronoestratigrafía analizada permite afirmar la construcción de la muralla pétrea entre los siglos VIII y VI a.C., posiblemente en la parte más reciente del arco cronológico. Finalmente, se interpreta la eclosión del fenómeno y la función de las murallas en relación con las transformaciones económicas y sociales de las que hay indicios, proponiéndose un nuevo esquema evolutivo tripartito del poblado talayótico, desde su antecedente navetiforme. Las murallas talayóticas, por su monumentalidad y espectacularidad, integradas de forma indeleble en el paisaje balear, han atraído secularmente la atención de viajeros e impactado en el imaginario popular (Lám. Los asentamientos de los que forman parte se asocian a la consolidación de la sociedad talayótica, una formación social presente en Mallorca y Menorca en el primer milenio a.C. con una estructura social y territorial segmentada, pero en proceso de jerarquización y, con una economía mixta, basada en el cultivo de cereales y en la ganadería de ovicápridos, bóvidos y cerdos, que presenta en sus siglos finales una notable apertura a los intercambios comerciales con las zonas próximas, especialmente con la vecina Ibiza (Fig. 1.1). A pesar de su interés para explicar algunos aspectos de esta cultura, su monumentalidad y elevado número de restos conservados, sorprende en gran manera el desconocimiento que en la actualidad poseemos de los recintos amurallados, aunque la propia historia de la investigación puede ayudar a comprenderlo. Las excavaciones en las Baleares se orientaron en sus inicios, como en todas partes, a la búsqueda de materiales de valor artístico, pecuniario o museológico, que se hallaban preservados en las cuevas de enterramiento y en los santuarios, y que además requerían un moderado esfuerzo para su recuperación. Incluso un elemento que denomina a la propia cultura, como es el talayot, y que ha producido una literatura ingente, sólo ha sido investigado arqueológicamente en los últimos decenios y, aún hoy, los excavados son pocos y casi todos de una de sus variantes, los de planta circular. Un programa pionero que contempló la excavación de distintos yacimientos, incluyendo unidades de habitación y poblados, como el de Josep Corominas entre el 1915 y 1920, tuvo una repercusión científica muy limitada por la falta de publicaciones exhaustivas y los avatares políticos de la época, con la ulterior ruptura producida por la Guerra Civil Española. En este contexto, la planimetría de Watelin del poblado de Can Daniel Gran, realizada en 1909, por su detallismo, es un trabajo meritorio que no contó con continuadores hasta la publicación del plano del poblado de S'Illot (Rosselló y Frey 1966) (Fig. 2.1). Pero, ni siquiera desde entonces, abunda la publicación de planimetrías más o menos completas de poblados o conjuntos talayóticos. Puerta monumental de acceso al poblado de Ses Païsses por el SE. La puerta SE por el interior. A la derecha, se observan los peldaños de la escalera de acceso a la muralla (sector PE/S). Turriforme central del poblado de Ses Païsses. prestado más atención a los monumentos singulares que a los conjuntos o yacimientos extensos. De esta manera, aunque en la actualidad contamos con croquis de todos los recintos amurallados localizados (Aramburu 1998), sólo se han publicado, aparte de los ya citados, planos más detallados de parte del recinto de Son Fornés (Gasull et al. 1984) o Antigors (Pons 1999) y, en Menorca, Torre d'En Gaumés, Trepucó o Son Catlar (Plantalamor 1991). La documentación fotográfica publicada y los estudios específicos son también escasos. Las escasas dataciones radiocarbónicas han sido obtenidas en casi todas las ocasiones alejadas de las murallas, siendo la fecha de Es Pou Celat (Porreres) la única excepción, aunque sin publicarse el contexto estratigráfico (Van Strydonck et al. 2002). Esta falta de datos cronológicos ha motivado que diferentes autores hayamos realizado propuestas acerca del modelo de desarrollo de los poblados talayóticos y de los fenómenos históricos que llevaron a su creación y evolución que, a la luz de los datos que ahora presentamos, procedentes de las excavaciones que realizamos en el poblado de Ses Païsses (Artà, Mallorca) desde el año 1999 necesariamente han de revisarse (Fig. 1.2, 6 y 7, Láms. No es sólo la construcción de las murallas, sino también la erección de talayots y otros edificios sociales, la extensión y morfología de las aglomeraciones emergentes, la interrelación entre los distintos elementos y, más allá, las bases económicas, la estructuración social y los cambios socioeconómicos que deben conjugarse en una explicación hipotética general. La interpretación de los recintos amurallados debe de situarse en el conocimiento general que poseemos de la economía y sociedad que los produce y no a la inversa. LOS DATOS ARQUEOLÓGICOS PROCEDENTES DE LAS MURALLAS TALAYÓTICAS Se localizan lienzos murarios en yacimientos funcional y tipológicamente distintos. En la actua- 1) Poblados. Parece que casi todos los de Mallorca estuvieron amurallados: son más de un centenar los que conservan vestigios de su perímetro y casi todos los restantes se encuentran en un nivel tal de arrasamiento que la muralla puede darse por desaparecida. Pueden existir algunas excepciones, como Oriolet (Alcúdia) y Es Figueral (Llucmajor). Éste último es un poblado sin amurallar situado en la ladera de un monte, en cuya cima se encuentra un recinto amurallado ciclópeo, en el que no hay cerámica ni habitaciones (Puig de Ses Roques). En este caso parece existir una disociación en la función defensiva entre el Puig de Ses Roques y el poblado de Es Figueral. En Menorca, la cuestión de si estuvieron o no amurallados no se puede dar por zanjada. Hay casos claros de muralla ciclópea como Son Catlar, Egipte-Santa Rosa o Torre Llafuda, a los que hay que añadir Trepucó, con otro tipo de muralla, posiblemente posterior. En otros casos se puede discutir si se trata de murallas o bien la parte exterior de monumentos, como sucede en Talatí, Torre d'En Gaumés, Biniaiet-Sant Vicenç d'Alcaidús o Sant Agustí, aunque en algunos casos pudieron haber tenido funciones poliercéticas (2). En el resto, más de una cincuentena de poblados, no hay ni rastro de murallas. Resulta difícil pensar que las labores agrícolas hayan destruido hasta la última piedra de las murallas, respetando otro tipo de construcciones, cuando en Mallorca es habitual que se conserven algunos metros de lienzos o bien que las paredes modernas reproduzcan el trazado de la muralla. En cualquier caso, sólo estudios de detalle en distintos poblados menorquines permitirán aclarar esta duda. Se trata de amurallamientos sin estructuras interiores visibles. No se puede descartar que, en su interior, hubieran existido estructuras menores de materiales perecederos. Con certeza sólo puede atribuirse a época talayótica, sin más precisiones, el Cap de Forma (Menorca) ( Plantalamor et al. 1999). Los demás carecen de materiales en su interior, debiendo ser asignada su cronología por tipología constructiva. Disponen de muralla típicamente talayótica Es Puig (Alaró), Puig de Ses Roques (Llucmajor), Puig de s'Àguila (Capdepera) y Morro des Penyal (Alcúdia), los cuatro próximos a poblados. Muralla de hiladas horizontales de bloques más o menos regulares se documentan en Cals Reis (Escorca), Es Morro d'en Palou (Palma), Macarella (Ciutadella) y Cales Coves (Alaior). Topográficamente se disponen siempre apoyados en mesas rocosas acantiladas, de forma que la muralla sólo cubre el lado accesible. En ocasiones tienen doble línea de muralla (Es Puig, Puig de Ses Roques) separadas entre sí varias decenas de metros. Existen también algunos recintos amurallados en los que es difícil discernir si realmente tuvieron estructuras interiores, como Sa Mola (Felanitx). Es frecuente que las plataformas escalonadas situadas en las montañas tengan un cierre amurallado, que puede alcanzar los 50 m de longitud, como sucede en el Puig de Santa Magdalena (Inca) o en el Puig des Sindriar (Palma). Normalmente está formado por grandes piedras colocadas verticalmente, alternadas con otras colocadas irregularmente. En ocasiones, la magnitud de estos restos ha llevado a confundirlos con poblados. También algunos túmulos como Tres Putxets (Capdepera) tienen muralla, en este caso un círculo completo. No suelen estar amurallados, aunque hay alguna excepción de amurallamiento parcial: Ses cases de Sa Canova (Artà), Es Baus (Santanyí) y Capocorb (Llucmajor), que presenta una muralla a base de hiladas de bloques dispuestos irregularmente. Según su desarrollo, las murallas talayóticas pueden ser cerradas, como en los casos de Ses Païsses (Artà), Antigors (Ses Salines) o Son Catlar (Ciutadella), o bien de barrera, apoyada normalmente en un escarpe inaccesible, como sucede en Almallutx (Escorca). Sólo en el caso de S'Illot (Sant Llorenç) el amurallamiento es abierto sin apoyo en accidentes naturales, por lo que puede pensarse que estamos ante un caso de muralla inacabada, si no es que ha sido destruida. La forma en planta suele tender al círculo o al óvalo, pero hay alguna excepción como Son Catlar, con planta en "L". Las categorías extremas son minoritarias, con menos del 9 % de los poblados en cada una de ellas. es el más complejo arquitectónicamente por la presencia de distintos elementos (torres, acceso con corredor acodado, con trazado en dientes de sierra, casamatas). En Mallorca, la muralla con mayor longitud conservada es la de Ses Païsses, con 374 m de desarrollo. Sin embargo, el poblado de Antigors conserva 310 m, pero con toda probabilidad tuvo un perímetro de 400 m. Otros poblados de Mallorca tenían una muralla entre 350 y 400 m, como Sos Sastres (Capdepera), Ses Talaies (Santanyí), Es Pedregar (Llucmajor) o Es Cap Sol (Campos), pero los tramos conservados no suelen alcanzar la mitad del perímetro original. El poblado con desarrollo menor es Sa Blanquera (Sant Llorenç), con 145 m, de los que conserva 75 m. Aparte se encuentran los que se apoyan en En Menorca, se han podido medir 31 poblados en base a la superficie ocupada por restos de construcciones y dispersión cerámica. La ausencia de murallas, pues, introduce cierto elemento de indefinición respecto de los límites de los poblados menorquines, que, sin embargo, son claramente más grandes que los de Mallorca. La media de su superficie es de 13.000 m 2, que es la superficie del mayor poblado de Mallorca. El más extenso es Son Catlar (36.000 m 2 ), que también desniveles naturales, ahorrándose lienzos de muralla, como Son Simó (Alcúdia), que pudo tener 150 m de muralla, de los que conserva 120 m, Sa Mola (Felanitx) con 180 y 160 m respectivamente, Son Parera Vell (Muro), con 150 y 70 m y el Puig Ses Coves (Santa Eugènia), con 100 m teóricos y 85 conservados. En Menorca, la muralla con desarrollo mayor corresponde al poblado de Son Catlar, con 800 m, que conserva casi completos. El siguiente es Egipte/Santa Rosa que conserva los 400 m de su perímetro. Trepucó conserva 240 m, aunque pudo tener, de estar completamente amurallado, unos 560 m. Estructuralmente, las murallas suelen consistir en una sola línea, pero hay algunos ejemplos de doble muro. En estos casos se trata de recintos situados en lugares agrestes, fáciles para su defensa, como sucede en Es Puig (Alaró), Puig de S'Àguila (Capdepera) o en Sa Morisca (Calvià). Los constructores talayóticos tenían a su disposición, básicamente, dos tipos de piedras: caliza y arenisca. Ambas fueron utilizadas para construir estructuras, pero para levantar las murallas sólo utilizaron la caliza, de superior dureza. El uso de la madera no ha sido apreciado (por ejemplo, por la presencia de oquedades dejadas en los paramentos para el encaje de vigas de soporte, que excepcionalmente sí se han conservado en los talayots de Capocorb y Sant Agustí), así como tampoco el de adobe y tapial. Los paramentos de las murallas de los poblados disponen, en esencia, porque el estudio de detalle revela una mayor complejidad, de tres capas: el forro exterior, con piedras más grandes y retocadas o trabajadas, el relleno de piedras y el forro interior, normalmente con hiladas de bloques más pequeños y escuadrados. La anchura de los muros puede llegar hasta los 4 m de Ses Païsses, aunque en la zona de los corredores de acceso puede llegar hasta los 4,6 m (Es Baus) y casi siempre es superior a los dos metros. Respecto a la altura, es difícil de estimar, pero en Ses Païsses alcanza una altura máxima de 3,50 m en la puerta sudeste, aunque normalmente los restos conservados, incompletos, no suelen superar los 2 m (3). A menudo los paramentos se conservan en la actualidad apoyándose directamente sobre la plataforma de la roca de base. Sin embargo, en Ses Païsses se ha documentado también un recorte o Lám. En primer término, la habitación R-20 en el sector PE/N. Al fondo, sector PE/S. 2. Espacio abierto en el sector PE/N. A la derecha peldaño de la escalera de acceso a la muralla (Hecho 3). Al fondo, muro (hecho 2) de la habitación R-20. Escalera de acceso a la muralla del sector PE/S. trinchera en un estrato arcilloso, en cuyo interior se dispuso la primera hilada (Lám. El tipo de aparejo exterior empleado permite distinguir tres tipos fundamentales de murallas: 1) Con aparejo ciclópeo, es decir de grandes bloques acuñados con la ayuda de pequeñas piedras. En casi todos los poblados existe un zócalo de piedras de tamaño pequeño y mediano sobre el que descansan los bloques ciclópeos (Es Pou Celat, Son Homar, Crist Rei). La primera hilada de éstos se encuentra dispuesta en sentido vertical. Seguramente, debido a sus dimensiones y al hecho de que se trate del mismo tipo pétreo, arrancados de la roca de base circundante, a menudo, se encuentran poco desbastados. En ocasiones, en cambio, se hallan muy bien trabajados, haciendo que encajen todas sus aristas (Mola de Santa Eugènia), de manera que tuvieron que retocarse una vez puestos, siendo el encaje con los bloques superiores de tipo poligonal. Donde se conserva altura suficiente, las hiladas superiores presentan bloques de dimensiones lógicamente menores (S'Illot, Ses Païsses, Es Rossells, Es Cap Sol, Es Velar de Son Herevet, Es Boc Vell). En muchos casos estas piedras menores regularizan las anteriores y forman un piso muy bien nivelado para la tercera hilada. Este tipo de aparejo no es exclusivo de los poblados, puesto que algunos monumentos rituales también lo incorporan, encontrándose, por ejemplo, en la muralla que rodea el túmulo de Son Boscà (Mancor). 2) Bloques dispuestos en hiladas horizontales (Son Oliver, Sa Canova). En Sa Canova son bloques sin desbastar. En Son Oliver, paralelepípedos de gran tamaño (circa 1,5 m). En Es Pedregar sur son bloques de hasta 1 metro, al igual que en Almallutx (Fernández-Miranda et al. 1971: 8 y 112), donde se combinan con bloques de menor tamaño. También se encuentra en parte del recinto fortificado del Morro d'En Palou (Palma), en el tramo de muralla noroccidental de Son Fornés (Gasull et al. 1984: lám. 2) y en Trepucó. 3) Bloques de tamaño diverso, sin apenas trabajar, dispuestos unos encima de otros sin otro dispositivo que presentar la cara exterior más o menos plana. Entre ellos se intercalan, en ocasiones, losas verticales. Se encuentra en Can Daniel Gran (Pollença), Puig de Sa Morisca y en casi todas las murallas que circundan plataformas escalonadas. Es el aparejo de los talayots. El aparejo interno se conserva en pocos casos porque el tamaño de sus bloques era siempre inferior al del paramento externo. En Antigors, Ses Païsses y Almallutx (Fernández-Miranda et al. 1971: lám.7.2) son bloques paralelepípedos pequeños o medianos, dispuestos en hiladas irregulares. Otros elementos de las murallas 1) Bastiones o torres de planta rectangular o cuadrada. Aparecen en Son Catlar o Trepucó. Las torres de Son Catlar son claramente adosamientos a la línea original del muro, posiblemente muy posteriores. Son pocos los casos en que puede contarse el número de puertas: En Es Baus (Santanyí) son 3, aunque un costado está acantilado; en Ses Talaies se conservan 2, pero pudieron ser más. En Menorca, Son Catlar tuvo al parecer una sola puerta de acceso al recinto (Nicolàs 1995) (4). Formalmente, podemos distinguir dos tipos: en uno de ellos, la base, sobre la que descansan las jambas, es continuación de la hilada de base de la muralla, formada por bloques de tamaño mediano. Las jambas son monolitos, al igual que el dintel. Se conservan en Ses Païsses, en Filicomís (Lloseta) y en Son Catlar (dintel recolocado en 1959). En cambio, en el poblado de Antigors las jambas son polilíticas. La anchura de las puertas era escasa: en Es Baus oscila entre 1,35 y 1,60 m. A la puerta le seguía un corredor de acceso cubierto con losas, que se conservan, caídas, entre otros, en Ses Païsses y Es Baus. La puerta de Son Catlar, situada a NE, da paso a un corredor que pre-senta paramentos construidos con técnica de aproximación de hiladas y está cubierto por losas. Este corredor continúa con muros adosados a la construcción original que siguen una línea zigzagueante y que presentan paramentos de bloques más pequeños y desbastados, que podrían ser contemporáneos a los bastiones adosados a la muralla. Ninguno de esos elementos ha sido datado, pero se detectó un nivel de circulación, relacionado con el acceso que delimitan dichos muros, datado en los siglos II-I a.C. (Juan et al. 1998). La existencia de poternas -como puertas de dimensiones inferiores a las principales-no se ha podido documentar. La excepcional muralla de Son Catlar en Menorca proporciona un elemento único en el tramo N -NO del recinto. Por esta parte la muralla no está colmatada por el interior con derrumbes, hecho que permite observar al menos dos accesos a cámaras rectangulares en el interior de la muralla (5). La cubierta de falsa cúpula ha cedido en parte y se aprecia perfectamente que los espacios delimitados no conectan entre sí. En la Península Ibérica tan sólo se conocen dos ejemplos tardíos de murallas púnicas con casamatas (Castillo de Doña Blanca y Cartagena) y una sola fortificación indígena de inspiración griega -en la órbita de Emporion-, datada a mediados del siglo IV a.C. (Turó del Montgròs, El Brull, Barcelona) (Moret 1996: 213). 4) Con talayots integrados. Son numerosos en Mallorca: Aubenya, Son Simó, Puntxuat, Es Cap Sol, Ses Sitjoles, Garonda, Es Pedregar, etc. En otros se puede suponer, como Sa Canova. En Menorca, se observa en Trepucó y en Son Catlar, donde el talayot NE se integra a la fortificación, cerca de un recodo de casi 90 o de la propia muralla, reforzado por un bastión. 5) Apoyada en otras estructuras. En Ses Païsses, la muralla, en su parte sudoeste, se adosa a una gran habitación (R-10), mientras que por la parte sureste se apoya en otra gran habitación (R-24) excavada por nosotros en 2004. En Can Daniel Gran (Pollença) se observa también lo mismo. En Talaies de Can Jordi se apoya en una estructura de difícil adscripción que podría corresponder a un navetiforme. No se ha documentado la existencia de fosos, excepto quizá un tramo en el poblado de Sa Mola (Felanitx). La pre-(4) En cualquier caso, los adosamientos modernos que todavía permanecen en algunos tramos escondiendo la línea de muro original y la destrucción de la muralla en otros puntos, y a falta de un estudio urbanístico y arquitectónico del conjunto, añaden cierta incertidumbre a esta apreciación. (1965), revisado por Aramburu-Zabala, incorporando las áreas excavadas en 1999 y 2000 y otras estructuras no documentadas con anterioridad. Con atribución de funcionalidad. (5) Serra Belabre se refería a "cuatro o cinco casamatas insertas" (Juan et al. 1998). sencia de líneas dobles de muralla ya ha sido señalada con anterioridad (Es Puig, Puig de Ses Roques, Puig de S'Àguila). A parte de Ses Païsses, se conocen en el Morro des Penyal (Alcúdia), aunque es sin duda la falta de excavaciones el factor que nos impide citar otros ejemplos. Se trata de grandes losas parcialmente insertas en el paramento interno. Se conocen también en otras construcciones talayóticas (talayot 2 de Son Fornés). ría un acabamiento singular, y nos hallaríamos sin duda ante el piso original de la muralla. Como ya apuntamos, la muralla de Ses Païsses alcanza una anchura de 4 m. En cuanto a la altura, por la parte del corral (Fig. 7) se han descubierto 2 m de paramento en sentido longitudinal por su base. Presenta en este punto 7 hiladas, que alcanzan 190 cm de altura. Hasta el momento es el tramo de muralla (hecho 10) que cuenta con más hiladas y más profundidad, si bien es cierto que conocemos todavía pocos metros lineales de su paramento interno. Ello es debido no a una mejor conservación de su parte superior sino al declive de la roca de base en este lugar, que se halla a una cota inferior con respecto del portal y de la zona PE/N. La muralla descansa sobre la roca de base. Sigue las irregularidades de la misma en el sector PE/N. Se ha documentado una pequeña trinchera, realizada seguramente con la intención de regularizar el suelo, buscando el afloramiento rocoso sobre el que asentar la muralla. Se localiza en el interior del sector corral, en la zona PE/S (Lám. El aparejo interior es irregular (Lám. Aunque las hiladas tienden a la horizontalidad, combinan piedras de distinto tamaño, por lo que presentan alturas variables y a menudo se desdoblan. Así, el número de bloques que conforman el paramento a una misma altura, puede variar en pocos metros. En cambio el aparejo exterior es ciclópeo (Lám. I.1), es decir de grandes bloques acuñados con la ayuda de pequeñas piedras. El encaje es poligonal. Donde se conserva altura suficiente, las últimas hiladas presentan bloques de dimensiones menores. En el tramo investigado no se ha documentado ningún turriforme -torre o talayot-que hubiera sido englobado en el lienzo murario, reforzándolo, como ocurre en otros poblados (p.e. En cuanto a las defensas complementarias no se ha documentado la existencia de líneas de muralla dobles, ni de fosos. Son tres las puertas hasta ahora identificadas, situadas una opuesta a la otra, dos de ellas al SE (de ahora en adelante PE) y al NO. Aunque otros investigadores han señalado hasta dos puertas más, el examen detenido del recinto murario sólo nos ha permitido detectar, de momento, la denominada por Lilliu Porta de l'Acqua al S (Fig. 6). Insertadas en el paramento interno de la zona excavada denominada PE/S, tal y como se observó durante la segunda campaña de 1999, existen los peldaños de una escalera de acceso a la muralla, paso de ronda o primer piso, caso de existir un segundo, construido con madera. Tal observación confirmó de manera rotunda la entidad de la escalera detectada en el paramento interno de la muralla por la parte N de la puerta SE (Hecho 3) (Lám. II.2), y permitió documentar una disposición geométrica de ambas, ya que la escalera N se orienta de S a N (de la base a la parte superior) mientras que la escalera S tiene la orientación inversa, de N a S (Fig. 7). Este diseño, junto a cierta regularidad en ambos paramentos internos, construidos con bloques de tamaño grande y mediano, pero sin los megalitos característicos del paramento externo, nos hacía apuntar al clasicismo de la construcción y sugerir una cronología de fundación mucho más baja de las que se han manejado hasta la fecha. La escalera S consta por el momento (excavada hasta la cuarta hilada de la muralla), de 4 peldaños (Lám. Los tres primeros desde la base están fragmentados en varios bloques, aunque todos in situ, por lo que se puede pensar que ha sido la presión del derrumbe de la propia muralla la que ha ido partiendo las losas. La cuarta se encuentra entera, y por encima de ella existe un fragmento de otro peldaño, trabado en el paramento por su última hilada conservada, que por este punto se encuentra notablemente dañado y derruido. Los peldaños, al menos por la parte que sobresale de la cara de la muralla, tienen unas dimensiones muy similares: 0,70-0,80 m. Es precisamente en este lugar, en el que la escalera debía alcanzar el piso de la muralla, que se haya, como se acaba de mencionar, un desprendimiento importante de bloques. Aquí se observa un giro marcado de la línea de muralla, que discurriendo aproximadamente de N a S, adopta una dirección más marcada al SO, tal inflexión también se había notado en el Hecho 3. El sedimento adosado por esta parte corresponde a la UE 74 (en excavación) y al tapiado (UE 49) del Hecho 6 (Fig. 8.2). Relación con el hábitat Se trata obviamente de un recinto que encierra el propio poblado, no de una estructura disociada y complementaria. El eje principal SE-NO que organiza el espacio interno del hábitat, une las dos entradas principales practicadas en el recinto murario. Más que la existencia de un intervallum, la topografía del yacimiento excavado sugiere, que el recinto englobó originalmente un espacio mayor al inicialmente habitado. Paulatinamente la necesidad de espacio construido debió favorecer la aparición de edificios adosados a la muralla. Esto al menos es lo que parece indicar la estratigrafía de la habitación 20 (R-20) (vide infra) (Fig. 7, Lám. Arquitectura preexistente a la muralla Por la parte SE, excavada por nosotros, se ha localizado una habitación (R-24) de grandes dimensiones (similar a R-10 o R-11), de la que se conservan la hilada de base y parte de la segunda hilada, formada por grandes bloques, que aparecieron derrumbados, a excepción de aquellos que se hayan insertos en la muralla, que se le adosa. En cambio, por la parte SO, ya se conocía un edificio que fue excavado durante las excavaciones antiguas ("habitación" 10 de la numeración de G. Lilliu) (Fig. 6). Este autor consideró simultáneas la edificación de la habitación y de la muralla (Lilliu 1965: 122) Por nuestra parte, no hemos podido observar una relación clara entre ambas estructuras, aunque la muralla parece efectivamente trabada con el recinto 10 (R-10). Dicha relación estratigráfica sólo podrá ser investigada después de una limpieza a fondo del sector. No parece demasiado consistente con la planificación de la muralla de Ses Païsses que se trate de una edificación contemporánea, puesto que hace perder solidez al conjunto, al substituir la misma en una superficie importante por una estructura más endeble. De hecho, el R-10 podría ser hipotéticamente tanto anterior como posterior a la construcción de la muralla. En el segundo caso, aunque parece improbable, se hubiera destruido parte de la misma para edificar un recinto monumental periurbano. Los grandes bloques de la edificación, podrían ser los mismos que los de la muralla desmantelada. De todas formas, plantea el mismo problema al debilitar el recinto, que no parece que perdiera nunca cierta función defensiva, como muestra el hecho de que no se construyeran barrios extramuros adosados a la muralla. Además, es difícil pensar que después de la construcción de la muralla, ésta se demo-liera para encajar un edificio que tuvo primero una ocupación de tipo doméstico o comunal y que más tardíamente fue utilizado como necrópolis, tal y como atestigua el registro arqueológico, y todo ello en un lapso de tiempo relativamente corto. En el caso de tratarse de una edificación anterior al recinto, el hecho de que R-10 se halle en una vertiente del terreno plantea diversas posibilidades: • que la muralla hubiera englobado enteramente el edificio: Eso hubiera obligado a desviar el trazado haciendo pasar la línea muraria por una cota inferior, lo cual quizá también hubiera obligado a aumentar la altura de aquel tramo; • que lo hubiera dejado completamente fuera: Esa opción tampoco parece plausible en relación a la propia seguridad del edificio, al acceso al mismo, y también a la efectividad de la propia muralla, que se hubiera visto mermada por tener una construcción monumental adyacente; • que se hubiera demolido la construcción; • que, tal y como se resolvió, la muralla se le adosara, aprovechando una construcción sólida preexistente. La documentación de R-24 en la campaña de 2004, claramente anterior a la muralla, refuerza la posibilidad de que R-10 sea también anterior. Además debe de tenerse en cuenta que ambas se encuentran, en perfecta simetría, en extremos distales, una al este y la otra al oeste del poblado. Las muestras de la zona Puerta Este Sur (PE/S) La muralla de Ses Païsses parece una construcción unitaria, aunque su investigación dista mucho de ser completa. En cualquier caso, la parte investigada, la puerta SE, es un tramo significativo ya que se sitúa en el eje principal que atraviesa el recinto delimitado de SE a NE, siendo actualmente además el portal más monumental del asentamiento (Lám. Si bien no podemos demostrar que no hubiera existido un recinto más antiguo, de dimensiones menores, una muralla más endeble, o un tramo anterior que cerrara una parte del poblado, sí que podemos afirmar que la parte de la muralla excavada se relaciona con unas obras que marcaron una reordenación importante del asentamiento. Además, al menos el tramo excavado se construyó de manera unitaria y se tienen que descartar refacciones en este punto, que hubieran variado el sentido de la contextualización de las muestras datadas. Las muestras de fauna empleadas en el análisis fueron extraídas de las UU EE 75-77 y de la UE 72, situadas en el sector corral de la zona PE/S (Fig. 7 y 9, Lám. Se trata de muestras "de vida corta", consideradas más fiables que las "de vida larga", como las de carbones o fragmentos de madera, que datan la tala del árbol pero no el uso de la madera, ya que, especialmente si se trata de vigas, en algunos casos pueden haberse reaprovechado de unas construcciones a otras (Alcover et al. 2001). La UE 72 se sitúa a la misma cota de la primera hilada de la muralla, a la que se adosa. Su composición es de tierra arcillosa de color marrón claro. El sedimento, bastante compacto, contenía piedra pequeña fragmentada en abundancia, fauna y cerámica mayoritariamente talayótica, casi en exclusiva ollas de bordes vueltos con desgrasante mineral. La cerámica de importación se reduce a un solo borde de ánfora ebusitana T-8.1.1.1., acompañado de unos cuantos fragmentos informes ebusitanos y uno de ánfora suditálica. El material arqueológico se rarificaba a medida que el estrato, de 30-40 cm de potencia, ganaba en profundidad. Existen dudas sobre el carácter instrusivo de estas importaciones o sobre la correcta definición de este nivel como un estrato único, derivada de la citada rarificación de los materiales a cotas inferiores y de la disparidad cronológica entre la datación cerámica (siglo IV a.C.) y radiocarbónica (como muy moderno siglo V cal. En cualquier caso este extremo debería ser aclarado en futuras excavaciones, que ampliaran la zona de excavación adosada a la muralla por la parte S. En cualquier caso, la UE 72, es un estrato posterior a la construcción de la muralla, que rellena en parte el gran desnivel existente en esta zona del yacimiento por la erupción abrupta de la roca de base, que se eleva más de un metro en este punto en dirección al interior del poblado por el oeste. Un dato de carácter palinológico (7) de una muestra procedente de la UE 72 parece indicar una gran proximidad cronológica entre la formación del estrato y la construcción de la muralla, así como la ausencia, en aquel momento, de otras construcciones cercanas. Así, la ausencia de esporas de Pteridófitos -presentes en las muestras analizadas proceden-tes de otros niveles-sería indicativa de la inexistencia de construcciones en las que pudieran enraizar estas plantas (8). Bajo este estrato se identificó claramente la UE 79, caracterizada por su composición arcillosa (Fig. 9). En la interfacies con la UE 72 contenía todavía piedra pequeña y alguna de tamaño mediano, seguramente procedentes del estrato superior, y hundidas en la UE 79 por su propia naturaleza arcillosa y el peso del sedimento que tuvo que soportar encima. En el recorte (UE 76), que afecta a este estrato longitudinalmente a la línea de la muralla y que conforma la trinchera de cimentación de la muralla, se observa la composición arcillosa, sin piedras de la UE 79. Pendiente de excavación, es el estrato sobre el que parece asentarse el Hecho 14, restos estructurales por el momento de difícil adscripción, y que constituye el nivel de uso en el que se practicó la trinchera de cimentación de la muralla (Fig. 8.2 y 9, Lám. La trinchera (UE 76) se separa de la línea de muro entre 12 y 14 cm por el extremo S y por el centro, ampliándose a 34 cm por la parte N, junto al corte de la cata (Fig. 8.2). Como se ha indicado, recorta las arcillas de la UE 79, y los afloramientos de la roca de base, por allá donde ésta aparece. La oquedad que dejó este recorte (UE 76) se rellenó con un sedimento de color marrón claro (UE 75=77), que contenía alguna piedra de tamaño pequeño con otras de tamaño mediano, que contrasta con las piedras de tamaño pequeño del estrato inmediatamente superior (UE 72) (Fig. 9). La UE 75=77 está en contacto con los bloques de la primera hilada del paramento interno de la muralla. Contiene materiales arqueológicos escasos, 2 fragmentos de cerámica de factura indígena y restos óseos. su calibración a 68.2% de probabilidad o una sigma (1 σ) se muestra en la cuarta y, al 95.4% o dos sigmas (2 σ), en la quinta fila. La muestra de la UE 72 (KIA-11890) (9) era un fragmento de pelvis probablemente de ovicáprido (Lám. Para la UE 77 (KIA-11867) se envió a datar un fragmento de mandíbula de ovicáprido con dos dientes (Lám. Los amplios intérvalos que ofrece la calibración, e incluso más de uno por fecha radiocarbónica, es debido a que ésta cae en la parte plana de la curva calibratoria, en la que muestras con el mismo contenido de carbono 14 se han datado en años de calendario, por dendrocronología, en fechas distintas. Las muestras de la zona Puerta Este Norte (PE/N) Los restos óseos procedentes de las UU EE 60 y 62 tienen el mismo valor como muestras para obtener dataciones radiocarbónicas de la muralla en la zona PE/N, que las mencionadas para la zona PE/S. La cronoestratigrafía precisa del sector R-20 en cambio permite precisarlas. En este sector, se ha excavado una habitación (R-20) de planta semioval, adosada a la muralla (Fig. 7). El nivel de uso-abandono (UE 25) ha sido datado por la presencia exclusiva de ánfora ebusitana T-1.3.2.3. y numerosos fragmentos de una copa ática del tipo Cástulo en la segunda mitad s. V a.C. -inicios siglo IV a.C (Sanmartí et al. 2002: 122. Por debajo del nivel de uso y pavimento, en el que se documentó un hogar y una estructura de arcilla y lajas de piedra en una esquina, de función indeterminada, se documentó un estrato (UE 38), que contenía restos de fauna de grandes herbívoros y cerámica mayoritariamente de factura local, dispuestos de forma plana. Para este nivel se ha propuesto una cronología de siglo V a.C., a pesar de no disponer de formas concretas. En un estrato inferior (UE 44), adosado a la primera hilada de cimentación del muro 2 de la casa, la cerámica, ya exclusivamente indígena, y la fauna se rarificaban. Éste nivel corresponde sin duda alguna a una preparación del pavimento, si se considera UE 38 como el primer pavimento de la habitación. En caso contrario, ambas unidades estratigráficas formarían un nivel de preparación a la UE 25. En cualquier caso, se ha observado una similitud tipológica y de composición -con desgrasante vegetal-entre las cerámicas de las UU EE 25 y 38, cosa que no sucede con respecto a las de la UE 44. Dataciones radiocarbónicas en las que se apoya la datación de la muralla. La tercera columna se refiere a la media de las dos primeras. La estratigrafía presente implica en primer lugar la deposición de la hilada inferior del muro (Hecho 2) y a continuación su cubrimiento con sedimento (UE 44) hasta alcanzar la cota superior de dicha hilada, ocultándola, por tanto, a la vista. Está compuesta por bloques de piedra sin desbastar, mucho más irregular que la segunda hilada, en la que los bloques ya muestran trazas de desbastado. No se ha observado trinchera de cimentación. Por debajo de la primera hilada se excavó un estrato de color marrón claro y amarillento, de composición arcillosa, que contenía piedra pequeña y grava (UE 56). Rellenaba las grietas de la roca de base, y un posible recorte (UE 61) (Figs. 10 y 11) en el sedimento natural de arcillas ocres/rojas (UE 82), que formaba una gran oquedad delante de la muralla, enfrente del espacio que ocupó con posterioridad la casa R-20. Contenía fauna de grandes herbívoros y cerámica talayótica. Este relleno debió de estar motivado por la necesidad de regularizar el suelo y ésta puede estar relacionada con la construcción de la muralla, ya que es la única actividad antrópica de entidad registrada en dicho punto por la excavación. Con más seguridad, puesto que existe contacto físico entre estos estratos y la estructura defensiva, las UU EE 60 y 62 parecen formarse con clara intencionalidad de regularizar y aplanar el suelo adyacente a la muralla. La UE 60 está formada por una sola losa plana, trabada por piedras más pequeñas (Fig. 8.1, Lám. Se sitúa por la parte NE de R-20 por debajo de su pavimento y de la UE 44, que se interpreta como preparación del pavimento y se haya en contacto con la cimentación de la habitación. Limitado al O por el afloramiento de la roca de base, se adosa por el E a la primera hilada de la muralla. La UE 62 está compuesta por un conjunto de losas pequeñas dispuestas planas, localizada bajo el nivel de uso y cimentación del muro 2 de R-20, en el ángulo que forma, a una cota superior, dicho muro y la muralla (Hecho 3), contra la que se adosa (Fig. 8.1, Lám. Por el O, queda delimitada por la roca de base. Así, ambos estratos se configuran como un nivel de regularización en relación al uso y circulación por el espacio adyacente a la muralla, claramente anteriores a la construcción y uso de la casa (Fig. 8.1, 7 y 8). La edificación de la muralla, es pues la única actividad documentada con anterioridad a la construcción de R-20 seguramente en el siglo V a.C. La sedimentación entre los estratos que documentan cada hecho es escasa por lo que sugiere cierta cercanía en el tiempo. II.2), que son las pri- meras documentadas entre R-20 y el portal de entrada E, en una fecha baja como es el siglo IV a. C., no es del todo fiable, no sólo porque los fragmentos cerámicos que apoyan tal datación son muy escasos, sino porque es plausible que una zona como la entrada se mantuviera relativamente limpia de despojos y su constante tránsito alterara la poca sedimentación depositada. Las intrusiones, pues, son de esperar en tales estratos, por lo que se ha preferido no datar radiométricamente muestras procedentes de tales unidades estratigráficas. La datación de la UE 60 se realizó, pues, con posterioridad a las de las UU EE 72 y 77, como contraprueba de los resultados de aquellas, en el sector PE/N de la muralla. La muestra (KIA-14319), que consistía en un fragmento de hueso de una especie animal. Discusión de las dataciones A partir de las dataciones calibradas, se obtienen dos momentos en los que la muralla podría haberse construido. En cualquier caso, aunque radiométricamente cualquiera de los dos momentos son válidos, como ya se ha comentado la estratigrafía del sector parece apoyar la cronología más baja. La fecha anteriormente mencionada del relleno de la muralla de Es Pou Celat, Porreres (Mallorca) (KIA 15713) arroja como resultado 2405 + 30, que una vez calibrado a 2 σ cubre el intervalo 750 -397 BC (Van Strydonck et al. 2002), siendo, por tanto, coincidente con las fechas de Ses Païsses. LA APARICIÓN DE LAS MURALLAS EN EL CONTEXTO SOCIAL Y ECONÓMICO TALAYÓTICO Transformaciones sociales y económicas Fenómenos de naturaleza distinta acompañan o preceden la construcción de la muralla, que deben de entenderse como una respuesta a las propias necesidades de las comunidades: La expansión de-mográfica es un fenómeno que ocupa un periodo mayor del que se venía considerando. Desde la época pretalayótica se dan señales de aumento de la población que se nucleariza en poblados de naviformes de cierta entidad. La fase talayótica representa un salto cuantitativo muy importante en cuanto a asentamientos, aunque desgraciadamente hay pocos datos para periodizar la mayoría de ellos con cierto detalle. La construcción de talayots y otros monumentos (turriformes) representa un jalón significativo en el proceso, como indicador de una implantación espacial que ocupa más densamente el territorio. Se relaciona directamente con una densidad demográfica mayor que sostiene dicha expansión territorial a la búsqueda de recursos para mantener una población creciente y la obtención de stocks que requiere el nuevo entramado social. La demografía expansiva se mantiene a en fechas posteriores a la ola constructiva de talayots, ya que entre el 700-550 a.C. se da, al parecer, la reorganización espacial de los poblados y la construcción de las murallas. 2.-Multiplicación de los núcleos de habitación. La nuclearización de la población en asentamientos estables, entendida como concentración de la población en poblados, se documenta en Mallorca a partir de la fase pretalayótica en la segunda mitad del II milenio a.C. Mientras que el incremento de la misma se puede detectar con el auge de la cultura talayótica a partir del 900 a.C., no hay indicios de que se acompañara de una jerarquización de los asentamientos, como defienden otros autores (Lull et al.1999: 60-61), puesto que los poblados tienen unas dimensiones similares, se encuentran a distancias homogéneas y todos parecen tener los mismos tipos de construcciones (Aramburu 1998: 173 y ss.). 3.-Estructuración de una superficie delimitada y organización del espacio habitado. Este fenómeno, que se observa desde el periodo naviforme, se hará más complejo a lo largo de la primera mitad del I milenio a.C. 4.-Desarrollo de una economía mixta basada en la agricultura y la ganadería, con aportes de actividades cinegéticas y pesqueras, suficiente para mantener una población en expansión sin déficit nutricional (Aramburu 1998: 90-103, Hernández-Gasch et al. 2002). 5.-Desarrollo tecnológico (ampliación de la tipología de utillaje metálico de bronce e introducción del uso del hierro). 6.-Aumento de los excedentes que permiten una división del trabajo (especialización artesana) y la amplificación de los intercambios. 7.-Diferenciación social en el acceso a los recursos y posesión de bienes (atestiguado en las necrópolis), cambios en el ritual funerario. 8.-Posible aumento de la conflictividad. La introducción del hierro aparece ligada a la importación tanto de objetos de uso personal/simbólico (espirales, Hernández 1995) como de armamento (espadas de antenas, etc.). En el mismo arco cronológico que marca la calibración de las dataciones radiocarbónicas de Ses Païsses se encuentran una serie de dataciones procedentes de la necrópolis de Son Real, en concreto de tumbas que contienen armamento (Hernández-Gasch 1998). Precisamente de este cementerio provienen los restos de un individuo que según el estudio pionero en España sobre paleopatología de Campillo (1977) presenta distintas heridas por instrumento cortante que le causaron la muerte. Interpretación del significado de la muralla talayótica En el contexto que hemos descrito de apropiación y control del territorio, aumento de los excedentes, los recintos deben de entenderse como un elemento de protección de las personas, pero sobre todo de los bienes de consumo e intercambio. La arquitectura monumental de murallas, talayots y edificios ligados al culto, expresa el enraizamiento de una comunidad en un territorio, cara a los grupos indígenas vecinos, y muy pronto, frente a los agentes coloniales. Se trata tanto de una operación con finalidades políticas aunque revestida de un componente simbólico, definidor de identidades, la de una comunidad contra las otras. Como apuntan Johnson y Earle (2002: 133-134), "para propósitos defensivos y para definir grupos sociales, los poblados o la aldeas pueden rodearse de empalizadas", en nuestro caso, murallas. La concurrencia entre grupos, en una dinámica demográfica en auge, viene sugerida por una ocupación del territorio intensiva (Aramburu 1998), por los datos de la evolución demográfica en ciertas necrópolis (Hernandez-Gasch 1998) y quizá por el fenómeno del mercenariado, que puede ser resultado de un excedente poblacional. El estrés demográfico sobre un territorio, que roza su techo ecológico en relación a la tecnología y estrategias de producción existentes, puede expresarse en migra-ciones de tipo colonial en el contexto mediterráneo de la época, o búsqueda de recursos exógenos en actividades de tipos comercial, corsario, o mercenario. En este sentido las fuentes literarias son recurrentes en relación al mercenario balear ya desde la primera guerra púnica, mientras que la piratería fue el motivo oficial recordado por los historiados para la intervención romana en las islas que acabó con su conquista en el 123 a.C. (Morgan 1969). Al mismo tiempo que defensivo, las murallas adquieren una función de ostentación. Este aspecto ha sido recurrentemente repetido en las interpretaciones sobre el carácter de fortificaciones de distintas épocas, señalándose, más allá de una función de prestigio, incluso el de control y coerción de la propia población o, más precisamente, de unas clases dominantes respecto a las dominadas. En Mallorca ha sido un elemento puesto de relieve por distintos autores (Hernández 1998, Guerrero 1999), señalándose que la ausencia de aditamentos poliercéticos, tipo torreones, fosos, o corredores en zigzag, indica una funcionalidad alejada de las fortificaciones planificadas para conflictos de alta intensidad (Guerrero 1999: 42-43). En cualquier caso, cabe recordar que los ejemplos más elaborados en los contextos vecinos son más tardíos. A finales del siglo VI a.C. las murallas del Midi francés reflejan el estímulo sobre tecnología, materiales y logística, irradiado por las fortificaciones griegas de Marsella y Adge. La utilización de adobe y la torres cuadrangulares son prueba de ello. Estos autores consideran que las murallas de esta área sólo adquieren una función ostentativa a partir del siglo III a.C., con la construcción precisamente de torres dispuestas a intervalos regulares, situándose una de ellas en un punto culminante y por tanto divisada a lo lejos, y con la cuidadosa construcción de paramentos pseudoisodomos. Hipótesis sobre la evolución del poblado y la aparición de la muralla de Ses Païsses A partir de los nuevos datos de las excavaciones de Ses Païsses, especialmente el jalón cronométrico aportado, y teniendo en cuenta las investigaciones precedentes en otros poblados, proponemos, a modo de hipótesis de trabajo, la secuencia siguiente: La primera ocupación (SP 1) se daría en torno al turriforme (Fig. 6). Es allí donde se concentra una potencia estratigráfica mayor y se puede observar la superposición de estructuras adosadas al mismo. No existen dataciones para este tipo de estructuras. BC), ambas sobre carbones, provienen en realidad del nivel de incendio de una construcción, quizás una naveta, que se halló en su base (Frey 1968), por lo que son fechas anteriores a la construcción del turriforme (Fig. 2.1). Según nuestra hipótesis el poblado de Ses Païsses en esa época sería formalmente similar al poblado de S'Illot. Este último podría haber sido abandonado justo en el momento de construcción de la muralla, quizás por su cercanía al mar: por algún motivo son escasísimos los poblados talayóticos costeros, mientras que son mucho más abundantes los naviformes. Así, en torno a un turriforme se adosaron habitaciones arriñonadas, cuya parte exterior sirvió de defensa. Éste es el núcleo central de construcciones de Ses Païsses, a cierta distancia del cual se habrían erigido en un momento aún por determinar, aunque probablemente antiguo (vid. infra), edificaciones importantes de carácter monumental (R-10, R-11 y R-24), prefigurando los límites ulteriores del poblado. Cabe suponer que todo este complejo estaría rodeado por alguna suerte de cerca para resguardar, al menos, al ganado. La única datación procedente de las excavaciones antiguas de Ses Païsses (Gif-1247 2900 ± 100 BP, 1400-800 BC calibrado a dos sigmas y 1270-950 BC calibrado a una sigma), sobre una muestra de carbón procedente de un nivel de incendio del recinto 12, es mucho más antigua que las obtenidas por nosotros en relación a la fundación de la muralla, e indicaría una primera implantación talayótica muy anterior (10), máxime teniendo en cuenta que dataría la destrucción del recinto, no su construcción. La deficiente publicación de la excavación debe precavernos, sin embargo, de identificar esa datación con la habitación actualmente visible, puesto que podía tratarse de una ocupación anterior. La R-12 no aparece en ninguna de las publicaciones de Lilliu y, por exclusión, tan sólo cabe sospechar que es la habitación situada entre el turriforme y la R-10 y R-11 (Fig. 6), ya que del resto de habitaciones se conoce su numeración. Sin embargo, esa habitación no parece, tipológicamente, tan antigua y entre los materiales cerámicos que en el Museo de Mallorca llevan referencia a la habitación no 12 se encuentran ánforas ebusitanas T-8.1.1.1., T-8.1.3.1. y T-8.1.3.2., que se encuadran entre los siglos IV y II a.C. (según tipología de Ramon 1995) (11). Además se trata de una muestra de vida larga, con los problemas que ello acarrea (Alcover et al. 2001). La reciente publicación de una excavación de los años 80 (Castro et al. 2002(Castro et al. y 2003) ) arroja cierta luz sobre las grandes edificaciones tipo R-10, R-11 y R-24 mencionadas anteriormente. Así, el yacimiento de Puig Morter de Son Ferragut (Sineu, Mallorca) presenta, en la parte más elevada, un posible recinto amurallado y, a cotas inferiores, 3 grandes construcciones, una de las cuales se excavó, el llamado edificio Alfa. Éste está construido con muros de doble paramento, con un aparejo exterior de grandes ortostatos dispuestos en hiladas horizontales sobre un zócalo, presenta planta de paralelogramo y ocupa cerca de 300 m 2, parte de este espacio corresponde a un patio porticado y el resto a dos habitaciones. Las dos dataciones radiocarbónicas realizadas para fechar la construcción del edificio alfa se remontan a circa 790/780 cal BC ( 12), el abandono se sitúa circa 525-475 cal. Pensamos que la guía de referencia debe ser la revista Radiocarbon publicada por The American Journal of Science, de la Universidad de Yale. Según esta publicación los resultados referidos corresponden a una muestra recibida en el laboratorio en el año 1968 (cinco años después de la referencia de Lilliu) y corresponde a la casa 12. (11) La revisión de los materiales de las excavaciones de Lilliu, depositados en el Museo de Mallorca, que hemos realizado en los últimos años, han permitido encontrar en esta habitación un elemento que se correspondería con la datación tan elevada que proporciona la calibración de la fecha radiocarbónica. Se trata de una tapadera de hueso perforada de cerca de 4 cm de diámetro que presenta dos perforaciones para su sujeción y una decoración con 8 conjuntos de círculos, cada uno con 3 círculos concéntricos y un punto central. Dos ejemplares similares se hallaron en la necrópolis de Son Matge (Waldren 1982: fig. 78), uno de ellos con una sola perforación central y el otro con dos, como el ejemplar de Ses Païsses, aunque es en Menorca donde son más abundantes (Lull et al. 1999: 314-338), sobre todo en cuevas y navetas funerarias, pero también en poblados. Las dataciones absolutas en la isla vecina indican que fueron utilizados en algún momento del abanico temporal entre 1200 y 850 cal. De presentar una datación parecida, los edificios R-10, R-11 y R-24 se habrían construido al final de esta primera etapa (SP 1). Con posterioridad (SP 2), el crecimiento del poblado quedó delimitado con la erección de la muralla. No sabemos aún si una de las casas (R-23) identificadas cerca de la misma es anterior o posterior a dicha delimitación, pero sin duda en la zona existían habitaciones anteriores (R-24: hecho 12), que el recinto busco proteger, aunque no aprovechó con finalidades poliercéticas. Existen dudas de si se amplió el área del poblado, respecto de los límites que marcan las construcciones que parecen más antiguas, ya que al menos en los extremos del eje E-O existen habitaciones del primer momento (R-10 y R-24), que marcan también los límites del poblado amurallado. Sin embargo, parece claro que se construyeron nuevos espacios, dejando también zonas intramuros sin construir en previsión de un crecimiento edilicio o quizá para dedicarlas a otros usos (estabulación de ganado, huertos, espacios de reunión al aire libre, mercado...), aunque con el tiempo acabaran edificadas (R-20, R-23 y corral) (Fig. 7, Lám. Además, los datos procedentes de las prospecciones arqueológicas de uno de los autores (J.A.-Z.) así como una revisión de la bibliografía existente sostienen la hipótesis de que en el momento de su construcción las murallas no definieron las nuevas aglomeraciones protourbanas ex novo, sino que forman parte de la fortificación de núcleos preexistentes. Un poblado que podría corresponder a la fase 1 de SP, y que nunca fue fortificado, siendo quizá abandonado, es Coll d'en Petro, también en el municipio de Artà. Conserva un turriforme con habitaciones adosadas y no tiene cerámicas de importación en superficie. Un turriforme central en el interior del recinto se documenta en Ses Païsses, Es Baus y S'Heretat siendo más frecuente la existencia de uno o varios talayots circulares, como en Sa Cova, Antigors, es Pedregar. Dicha visión, todavía demasiado esquemática por carencia de datos, ha sido parcialmente anticipada por otros autores, aunque no encaja totalmente con la de ninguno de ellos. Así, Rosselló (1973:106), como ya hiciera mucho antes Watelin (1909), consideró al talayot como la primera manifestación arquitectónica de la cultura homónima. En un segundo momento los talayots pasarían a formar parte de recintos fortificados, como demostraba la integración de los mismos para "ahorrarse" tramos de muralla, o se construyeron poblados de nueva planta, con murallas independientes de los monumentos preexistentes. Otra teoría distinta defendida por uno de nosotros (Aramburu 1998) y recogida por otros autores (Guerrero 1999) describe la aparición de los poblados talayóticos como organizada alrededor de turriformes, aunque asume una construcción coetánea de murallas y poblados, al menos para S'Illot y Ses Païsses, que al menos en el último caso, los datos procedentes de las recientes excavaciones han demostrado errónea (13). Si bien ambas formulaciones manifiestan un hecho evidente, que es el de la anterioridad de los talayots a las murallas, que en algunos casos se les adosan, y otro comprobado que es el del adosamiento de estructuras alrededor del talayot en cronologías altas, es arriesgado tomarlo como el primer modelo de asentamiento talayótico, puesto que desde 1998 las rectificaciones de Van Strydonck et al. sobre las dataciones de los talayots de Son Oleza -rectificaciones recogidas por Lull et al. (1999: 62)-han puesto en evidencia que por el momento no se puede remontar más allá del 900/850 cal. BC la construcción de talayots circulares, mientras que núcleos habitacionales con un nuevo tipo de implantación y nuevos tipos de casa existen con anterioridad a esa fecha (S'Illot, Ses Païsses). De esta manera, ni los propios talayots son la primera manifestación arquitectónica de la cultura talayótica, ni el modelo de los recintos fortificados es ni mucho menos antiguo, al menos a tenor de los datos de Ses Païsses, en relación con los primeros patrones de asentamiento talayóticos sin fortificar. CONCLUSIONES: LA EVOLUCIÓN DEL POBLADO TALAYÓTICO Por el momento, la morfología de los primeros asentamientos talayóticos dista de ser clara. Las posibilidades que se abren son las siguientes: Existencia de turriformes, alrededor de los cuales se articula la nueva implantación habitacional, sin murallas (14). Sin embargo, la falta de dataciones en tales monumentos impide por el momento comprobar la hipótesis. Este sería el caso de S'Illot o Ses Païsses, con un monumento en lo alto y las casas agrupadas a su alrededor. Este modelo tendría un precedente en Es Figueral de Son Real, que parace ser un poblado de transición, con casas navetiformes que aparecen agrupadas alrededor de un monumento alto (Rosselló y Camps 1972), presentando el conjunto la sección cónica de un poblado talayótico (Fig. 2.2). En este momento de transición, buena parte de la población debió seguir viviendo en navetas; la perduración de la ocupación del naviforme del poblado de Clossos de Can Gaià apunta en este sentido (Calvo y Salvà 1999). En cualquier caso, independientemente de la morfología de los primeros núcleos culturalmente talayóticos, un segundo momento importante en la implantación territorial del modelo viene dado por la construcción de talayots circulares, que por el momento se data alrededor del 900/850 cal. Al igual de lo que podría haber sucedido con los turriformes con anterioridad o contemporáneamente, algunas de las torres articulan otras dependencias a su alrededor, unas de carácter ritual y función social y política, otras pertenecientes a la esfera doméstica. En algunos casos se encuentran muy próximos entre sí (Es Pedregar, Els Antigors) y sugieren un nuevo modelo de poblado, en el que las torres adquirieron una marcada idiosincrasia. Así, pudo haber existido una concepción del poblado en el momento de levantar los talayots. Por otra parte, se hace difícil pensar que no hubiera ningún tipo de cerca alrededor del los talayots, a fin de estabular los animales. Los talayots circulares, juntamente con los turriformes y túmulos escalonados no sólo se levantaron formando parte de poblados. También aparecen aislados o constituyendo conjuntos cuya función dista de estar clara pero que en todo caso fue ceremonial o social. Estos centros ceremoniales acabaron integrando, en un momento cronológico toda-vía incierto, talayots cuadrados, santuarios y otras edificaciones hasta convertirse muchos de ellos en conjuntos más monumentales y extensos que los propios poblados, como sucede en Sa Pleta de s'Aguila (Llucmajor), Sa Pleta de Son Vidal Nou (Palma) o Ses Talaies d'En Mosson (Santanyí). En este momento, a juzgar por las dataciones de un edificio similar excavado en el Puig Morter de Son Ferragut -situadas en una amplia horquilla calibratoria que abarca, teniendo en cuenta la secuencia datada, desde finales del siglo IX a mitad del siglo VII cal. BC-se podrían haber construido las grandes habitaciones -R-10, E-11 y R-24-que, a cierta distancia del núcleo central, prefiguran los límites del poblado, consagrados después por la erección de la muralla. Finalmente estos poblados se amurallarían, aunque en la actualidad todavía faltan datos para evaluar si se puede realizar un corte neto entre las dos últimas fases o si ambas se solapan. La construcción de la muralla de Ses Païsses es posterior a la eclosión de la construcción de las torres, aunque por la perduración del fenómeno, podría también ser estrictamente contemporáneo a su uso. En cualquier caso, lo que aparece como nuevo es la muralla pétrea tal y como ha perdurado, siguiendo una concepción de poblado originada en el momento de levantar los talayots. También parece evidente que ello comporta un cambio en la concepción funcional del talayot, perdiendo propiedades poliercéticas, en aquellos casos en que la planta de las fortificaciones incluyen talayots dentro de su recinto muy cercanos a la muralla pero sin aprovecharlos como torres (Son Catlar). En otros casos, por el contrario, el talayot inserto en la muralla sirvió de torre a la muralla (Talaia Joana (Ses Salines), Son Danús Nou (Santanyí) o Garonda (Llucmajor). El trazado pudo ser en parte nuevo y ampliar el terreno considerado como propio del poblado. Así, la peculiar forma de algunas plantas parecen unir las torres más periféricas con tramos de lienzo rectilíneos, adoptando una forma línea curva allá dónde no existen talayots a fin de englobar una superficie suficientemente extensa (Antigors, Es Pedregar). Por otra parte, existen otros talayots que se hayan fuera del recinto pero muy cercanos, como sucede en Es Pedregar, Es Racons o Gomera (Llucmajor), aunque éstos parecen cumplir funciones (14) Los poblados pre-muralla se habrían defendido con los propios muros de las casas (caso de S'Illot), aunque pudo haber existido algún tipo de cercado. distintas (de tipo ritual, puesto que las puertas se hayan orientadas a túmulos o enfrentados entre sí) y formarían parte de centros ceremoniales próximos a los poblados. En S'Illot no habría habido ningún problema en englobar el supuesto talayot externo, que queda, sin embargo, fuera por un metro, seguramente por ser un elemento ritual, orientado al túmulo de Sa Gruta. En el caso de Son Fornés, según el equipo que lo investiga (Gasull et al. 1984, Lull et al. 2001), los talayots y gran parte de las habitaciones que se les adosan (que presentan un flanco que las fortifica y amuralla el sector) son contemporáneos. En cualquier caso, en el momento en que se levanta la muralla de técnica ciclópea, estos talayots quedan fuera del recinto que delimita claramente una zona de poblado. El problema de nuevo es la falta de conocimiento integral del yacimiento, ya que esta muralla no está investigada ni datada. En cualquier caso, destaca el hecho que la propia planta cuadrada de las habitaciones no parece indicar un momento antiguo y la muralla que los cierra no es la típica talayótica, más bien se trata de las paredes engrosadas de las propias casas. Hiladas de la muralla (Hecho 10) y sedimento (UE 72). El detalle ampliado muestra el fragmento óseo datado radiométricamente. Muestras de la UE 72 para su datación radiocarbónica. Muestra de la UE 77 datada radiométricamente. UE 62 del sector PE/N. A la izquierda, muro Hecho 2 del recinto R-20. Abajo, hilada de la muralla (Hecho 3). UE 60 del sector PE/N. Abajo, hilada de la muralla (Hecho 3).
Trabajos recientes han descrito la existencia de diferencias sexuales y de edad en la anchura de las crestas epidérmicas en huellas dactilares humanas. El potencial forense de esta característica es muy amplio y se ha empezado a utilizar para obtener información a partir de las huellas encontradas tanto en el lugar del crimen como en objetos cerámicos antiguos. El objetivo de este estudio es determinar el sexo y la edad aproximada del autor de los dermatoglifos encontrados en un fragmento cerámico de La Canal dels Avellaners, Berga, Cataluña. Las huellas fueron comparadas con una muestra de población española contemporánea que incluía individuos de entre 6 y 58 años. Los resultados indican que el artesano fue un hombre adulto y demuestran que este tipo de investigaciones informan sobre la persona que las dejó y, por tanto, presenta un gran potencial en estudios sobre aspectos sociales de la elaboración de cerámicas en culturas antiguas. Los dermatoglifos son las impresiones de las crestas epidérmicas o crestas papilares y de los surcos interpapilares de dedos (huellas dactilares), manos (huellas palmares) y pies (huellas plantares) que se generan cuando cualquiera de ellos entran en contacto con otro objeto. Como resultado de ese contacto, la morfología de las Trab. Son una herramienta clave en las investigaciones criminales, ya que permiten la identificación individual. Los dermatoglifos son características poligénicas con una posible influencia ambiental en los primeros meses de vida intrauterina (Holt 1968; Loesch 1983). Una vez formadas y en ausencia de lesiones profundas de la dermis, las crestas que forman las huellas permanecen invariables durante la vida del individuo. Se han realizado numerosos estudios sobre la diversidad de los dermatoglifos en distintas poblaciones humanas, pero la mayoría se han basado en características del dibujo o del trayecto y dimensiones de la cresta. Otras características interesantes como la anchura de las crestas se han investigado con menos asiduidad. En los últimos años, varios equipos de investigación se han interesado, precisamente, en aspectos como la densidad de la cresta, con el objetivo de inferir el sexo de los individuos en la población española (Gutiérrez-Redomero et al. 2008), la población americana de ascendencia europea y africana (Acree 1999), la egipcia (Eshak et al. 2012), la india (Nayak et al. 2010a), la china y malaya (Nayak et al. 2010b), la argentina (Rivaldería et al. 2016), la filipina (Taduran et al. 2015) o la del grupo indígena amerindio Mataco-Mataguayo (Gutiérrez-Redomero et al. 2011). Estas investigaciones han puesto de manifiesto diferencias en la densidad de las crestas (y, por tanto, en su anchura) entre sexos (Ohler y Cummins 1942; Mundorff et al. 2014), diferencia entre dedos y entre zonas de un mismo dedo (Cummins et al. 1941). Otros estudios han explorado las diferencias entre poblaciones (Gutiérrez-Redomero et al. 2013a, b) y las existentes entre individuos de distintas edades (David 1981). Los patrones de las huellas no cambian durante la vida, pero la distancia entre las crestas aumenta con el tiempo, incrementándose durante la infancia y estabilizándose en la edad adulta. Algunas investigaciones incluso sugieren que ciertas edades presentan una anchura estándar entre crestas (David 1981; Kamp et al. 1999). Teniendo en cuenta la gran cantidad de información que se puede recuperar de los dermatoglifos, los estudios de huellas sobre objetos antiguos (paleodermatoglifos) han comenzado a tomar relevancia, siendo diversos los materiales que pueden conservarlas. En concreto la cerámica es un material ideal para la producción y preservación de dermatoglifos. Es suficientemente plástica para la impresión y tras la cocción se transforma en un material duro y estable que conserva las huellas durante largos periodo de tiempo. Además, cualquier pieza de cerámica manufacturada ha estado en contacto directo con manos humanas y esto la convierte en un medio potencial de transferencia. Cummins (1941) dividió las huellas en cerámica en dos grupos: (1) intencionadas (firmas o diseños decorativos y con significado) y (2) accidentales, resultado fortuito del modelaje. La mayoría de las huellas halladas son accidentales y, por tanto, pequeñas y fragmentarias. Su presencia en la cerámica prehistórica no es muy común, ya sea porque pasan desapercibidas al no observarse los fragmentos meticulosamente o porque el lavado riguroso de los mismos, muchos de cocción defectuosa, impide identificar los dermatoglifos. Las huellas en cerámica son el negativo de las crestas epidérmicas humanas. Sin un patrón dermatoglífico aparente no existe evidencia cierta de que una marca en la cerámica sea una huella dactilar. No obstante algunos marcadores (anchura de la cresta estable, presencia de minucias y rugosidad a lo largo de las crestas), bajo condiciones concretas, pueden identificar incluso las huellas más pequeñas (Králík et al. 2002). El estudio de las huellas antiguas en objetos de cerámica ha permitido determinar, en algunos casos, la edad de las personas que participaron en su creación (Kamp et al. 1999; Jägerbrand 2007). La anchura media de la cresta epidérmica (Mean Ridge Breath, MRB) observada en cerámicas se puede utilizar como un indicador de edad (desde el nacimiento hasta la madurez) y del sexo (en edad adulta) del posible fabricante del artefacto (Králík y Novotný 2003). Algunos investigadores han probado que los niños participaban en la producción de objetos de cerámica durante la Edad de Bronce (Jägerbrand 2007; Alarcón García 2015). El objetivo de este trabajo es determinar la edad aproximada y el sexo del fabricante de una cerámica con dermatoglifos encontrada en La Canal dels Avellaners (Sierra de Queralt, El Berguedà, Catalunya) mediante el estudio de la anchura de las crestas y su comparación con una muestra de individuos de la población española actual. La cavidad rocosa llamada La Canal dels Avellaners (Berga, El Berguedà, Cataluña) (Fig. 1) contiene restos arqueológicos de varias culturas como el fragmento cerámico en estudio. Se abre a una altura de 995 m s.n.m. en la Sierra de Queralt formada por un anticlinal con materiales calcáreos del Cretácico, Oligoceno y Eoceno. El desprendimiento de una gran roca de la mole calcárea dejó habitable la pequeña superficie de 22 m 2 donde se localiza el yacimiento. La propia configuración rocosa la resguarda de lluvias y vientos y actúa como una chimenea natural cuando se hace fuego en su interior. Estas características motivaron una ocupación casi sin interrupción desde el Neolítico medio hasta la época medieval. La cavidad está actualmente oculta por una exuberante vegetación. El yacimiento tenía un potencial de sedimentos de 5,20 m repartido en 16 estratos, 12 de ellos fértiles y 4 estériles. El estrato fértil VII nivel J, situado a 2,18 m de profundidad y con una potencia de 65 cm, y correspondiente a la Edad del Bronce contenía el fragmento con dermatoglifos. Dicho fragmento se encontró en la parte inferior del estrato, junto a restos de vasos con asa de botón y otros restos de jarra con decoración ungular en toda la superficie de la pieza, muy típica de la Edad del Bronce medio, c.1500 años aC. El fragmento pertenece a una jarra con borde exvasado y un pezón de prensión a 6 cm del borde. Bajo el borde se identificaron los dermatoglifos (Fig. 2). Unos tres centímetros por debajo empieza una decoración de pequeños surcos horizontales, posiblemente a peine. La pasta de arcilla contiene un desgrasante muy fino, no muy habitual en cerámicas prehistóricas que suelen contener piedrecitas de hasta 5 mm (Carreras 1990). El valor arqueológico de la pieza cerámica ha exigido su estudio mediante métodos no invasivos. Las huellas dactilares en cerámicas se detectan gracias al contraste entre luces y sombras en un negativo tridimensional. En este caso se han analizado mediante macrofotografía (Nikon D700 Fig. 1. Localización de la cavidad La Canal dels Avellaners en la Sierra de Queralt, en el noreste de la Península Ibérica. Mapa extraído de maps.stamen.com. La escala en el mapa inferior izquierdo es de 100 km. Fig. 2. A. Fragmento de la jarra cerámica de La Canal dels Avellaners, decorada posiblemente a peine, con huellas dactilares (izquierda) y subdivisión en 5 regiones (derecha). B. Esquema de las huellas a partir del cual se han determinado las regiones. C. Imagen de las medidas tomadas en las 5 regiones. con lente macro) con iluminación halógena de incidencia oblicua. Se han observado y medido 5 huellas. 1) definió la anchura real de la cresta como "la distancia entre el centro de un surco epidérmico y el centro del siguiente surco, definiendo una línea que forma un ángulo recto con la dirección del surco". La anchura real es indeterminable por métodos directos, por lo que se han utilizado los indirectos. En las huellas en objetos antiguos, Králík y Novotoný ( 2003) definieron la anchura de la cresta como la distancia perpendicular entre el margen de una sombra y el mismo punto en el margen de la siguiente (Fig. 3). La cocción y secado contraen la cerámica y pueden reducir la anchura de las crestas hasta un 20% sin que sea posible su cuantificación exacta. En este estudio, la corrección ha sido del 7,5% por ser el valor que ha estimado mejor la anchura de la cresta en estudios previos1. El sexo y la edad aproximada del individuo al que pertenecían los paleodermatoglifos de la cerámica se han determinado por comparación con la población actual. Se han recogido las huellas de una muestra de 222 individuos de padres y abuelos españoles de entre 6 y 58 años, compuesta por un número semejante de hombres (104) y mujeres (118) tanto en individuos adultos (>25 años) como en individuos jóvenes e infantiles (≤25 años) (Tab. Existe una correlación significativa entre el desarrollo de las crestas epidérmicas y el tamaño de la palma, así como entre la anchura del espacio entre crestas y el tamaño del esqueleto en general, el grueso dérmico alrededor de la falange distal y la longitud de los metacarpos (Babler 1990; Loesch y Lafranchi 1990). La anchura de las crestas aumenta durante el crecimiento hasta alcanzar un máximo en la edad adulta, cuando deja de variar (David 1981; Kamp et al. 1999). Por ello todos los individuos mayores de 25 años se han considerado en conjunto. Las huellas de la población actual se han obtenido mediante toma posada, impregnando la epidermis con grafito y recuperando el dibujo con un papel autoadhesivo (Aase y Lyons 1971). Todos los individuos participantes de la investigación han cedido voluntariamente las muestras utilizadas. Los consentimientos informados de los individuos menores de 18 años han sido firmados por sus padres o representantes legales. La variabilidad intraindividual se ha evaluado recogiendo muestras de los dedos pulgar e índice, derecho e izquierdo. Al ser los más utilizados al manipular objetos (Almécija 2009) tienen más probabilidad de quedar grabados en Ehrman 1994) y en la muestra no hay diferencias significativas entre la anchura de las crestas de los pulgares (Wilcoxon: Z=-0'275; N=217; p>0'05) y de los índices (Wilcoxon: Z=-1'095; N=206; p>0'05) de ambas manos, la comparación de las huellas en la cerámica se ha limitado a las muestras de los dedos pulgar e índice de la mano derecha. Para medir la anchura de la cresta y, dada la variabilidad entre las regiones del dedo, se han definido tres zonas de análisis: distal (I), lateral (II) y medial (III) (Fig. 4). Como se buscaba obtener datos incuestionables se han usado solo las huellas claramente legibles. Ello ha llevado a desestimar algunas, sobre todo, de individuos infantiles, afectando al número final de datos considerados. En las medidas sobre muestras de huellas en tinta o grafito, la anchura de la cresta se puede determinar trazando una línea transversal a un número concreto de crestas y dividiendo la medida obtenida por este número (Fig. 5). En este caso, la anchura mínima medida ha sido de 6 crestas, llegándose hasta las 10 siempre que fue posible. Los datos se han analizado mediante el test de Kolmogorov-Smirnov. Los resultados indican que no todas las variables presentan una distribución normal, por lo que se han manejado pruebas no paramétricas en los análisis estadísticos. Las tres medidas de cada dedo se han comparado mediante el test de Friedman para muestras relacionadas. En los análisis posteriores, se han utilizado las medias de las medidas de cada dedo. Para la determinación de diferencias entre pulgar e índice se ha recurrido al test de Wilcoxon para muestras relacionadas. Para precisar la relación entre anchura de la cresta y edad del individuo, se han realizado regresiones logarítmicas. Por último, para testar las diferencias sexuales en los individuos adultos, se ha empleado el test de Mann-Whitney para muestras independientes. Los resultados obtenidos a partir de la base de datos de la población de referencia se han comparado con las huellas encontradas en la cerámica para determinar la edad y el sexo del autor potencial. Primero se ha determinado la edad aproximada del individuo a partir de la regresión obtenida con los datos de la población actual. Seguidamente se han realizado análisis discriminantes para determinar el sexo. Todos los test estadísticos se han realizado con el programa IBM SPSS Statistics 21 (2012). Huellas de la cerámica Se han determinado un mínimo de 5 huellas diferentes y potencialmente medibles en la cerá-mica a partir de la direccionalidad y la separación entre ellas (Fig. 2A, B). Considerando la longitud y conservación de las huellas se han efectuado dos medidas de la anchura de las crestas para las regiones 1, 2 y 3 y una medida para las regiones 4 y 5 (Fig. 2C). Para el análisis de las tres primeras, se han utilizado los valores medios de las dos medidas (Tab. Los resultados obtenidos para toda la muestra indican que existen diferencias significativas entre las medidas de las diferentes zonas en el dedo pulgar (test de Friedman: X 2 =6'668; N=185; p<0'05) y en el dedo índice (test de Friedman: X 2 =6'215; N=158; p<0'05), siendo las crestas de la zona I las mas anchas (Fig. 6). La media de la anchura de las tres zonas del dedo pulgar es significativamente mayor que la media de las del dedo índice (test de Wilcoxon: Z=-2'984; N=210; p<0'005) (Fig. 6). Estimación de la edad del individuo El mejor modelo para analizar la relación entre edad y anchura de la cresta en la muestra de individuos de referencia ha sido la regresión logarítmica. Las regresiones son significativas para los dos sexos únicamente en los individuos de 25 años o menos. No se puede descartar que esta falta de asociación en los mayores de 25 años, en ambos dedos (Tab. 3; Fig. 7), esté en parte afectada por el tamaño de la muestra en este grupo. Según estos resultados se puede predecir la edad aproximada Tab. Resultados de las regresiones logarítmicas derivadas de la población de referencia para el pulgar y para el índice. de una persona de la población de referencia si las huellas son de individuos infantiles y jóvenes, pero no de mayores de 25 años, ya que no se observa aumento de la anchura de la cresta en la madurez. La medida más pequeña hallada en la cerámica (0,0557 cm) es mayor que cualquiera de las medidas encontradas en individuos de entre 6 y 25 años. Por ello, es muy probable que las identificadas en la cerámica pertenezcan a un individuo adulto cuya edad exacta no se puede estimar. Estimación del sexo del individuo En individuos mayores de 25 años hay diferencias significativas entre sexos en el MRB en pulgar (test de Mann-Whitney: Z=-2'195; N=31; p<0'05) e índice (test de Mann-Whitney: Z=-2'293; N=31; p<0'05), presentando los hombres valores más elevados (Fig. 8). Por ello se han realizado análisis discriminantes para determinar el sexo de las huellas de la cerámica. La proporción de variabilidad total debida a las diferencias entre grupos queda recogida en el valor de correlación canónica. Contrariamente, la lambda de Wilks es la proporción de variabilidad no explicada por el modelo. Es elevada para el pulgar y el índice, pero los p-valores indican que el modelo es útil para hacer clasificaciones. Los valores son similares en los dos dedos que presentan, por tanto, un nivel de distinción sexual similar (Tab. Se ha calculado la exactitud de la clasificación sexual en la muestra de población española (Tab. 5) utilizando las funciones discriminantes obtenidas. El 71% de los individuos se clasifican correctamente, tanto para el dedo pulgar como para el índice, pero en hombres, en una propor-Fig. Población actual de referencia (mayores de 25 años). Diagramas de caja para la anchura media de la cresta epidérmica (Mean Ridge Breath, MRB) de pulgar e índice para cada sexo. ción menor que en mujeres (60% vs. 81,15% en pulgar y 66,67% vs. 75% en índice) (Tab. La validación cruzada jackknife, donde cada caso se vuelve a clasificar según una nueva función discriminante calculada sin tenerlo en cuenta, da los mismos valores de exactitud que la validación no cruzada. Estas funciones se han usado para hacer la estimación del sexo de las huellas encontradas en la cerámica. A partir de las medidas de la cerámica, se obtiene un valor de y concreto que permite clasificar la medida en el grupo hombre o mujer, según un punto de corte que también aporta el modelo (Tab. En este caso, todas las medidas obtenidas en la cerámica han sido clasificadas en el grupo de hombres con más de un 91% de probabilidad, utilizando la función discriminante correspondiente a ambos dedos (Tab. Para aportar más robustez a los resultados y dado el elevado valor de la anchura de las huellas encontradas en la cerámica, se efectuó otro análisis discriminante para cada uno de los dedos, utilizando las medidas de la zona I en las huellas de la población de referencia, ya que son las que muestran el valor más alto de todas las zonas. Los valores de la lambda de Wilks y de la correlación canónica son similares a los obtenidos empleando las medias de las medidas de cada dedo (Tab. Los p-valores en este caso también indican que los modelos son útiles para la clasificación. La exactitud resultante con validación no cruzada y validación cruzada jackknife es de 64,5% para el pulgar (Tab. En el índice, la clasificación correcta se produce en un 79,3% de los casos mediante validación no cruzada y en un 75,9% mediante validación cruzada jackknife (Tab. La exactitud es menor en hombres que en mujeres (60% vs. 68,75% en pulgar por cualquier validación; 71,43% vs. 86,67% en índice con validación no cruzada y 64,29% vs. 86,67% en índice con validación cruzada), tal como ocurría considerando la media de las medidas en cada dedo. Nuevamente, las medidas obtenidas en la cerámica se han clasificado siguiendo el modelo dentro del grupo de hombres con más de un 87% de probabilidad en todos los casos (Tab. Resultado de la clasificación sexual de las huellas de la cerámica de la Edad del Bronce de La Canal dels Avellaners realizada a partir de las funciones discriminantes obtenidas con las medidas medias de cada dedo. Los resultados de este estudio concuerdan con investigaciones previas que indican que la anchura de las crestas epidérmicas puede ser utilizada para inferir la edad aproximada y el sexo de individuos que dejaron sus huellas en cerámicas antiguas (Kamp et al. 1999; Králík et al. 2002; Králík y Novotný 2003). Estos estudios permiten hacer buenas estimaciones pero, normalmente, implican una cierta dificultad, dado que las huellas antiguas son fragmentarias y pequeñas. El hecho de encontrar pocos paleodermatoglifos además de parciales, en una misma cerámica puede suponer un problema. El MRB varía considerablemente entre las regiones de la huella de un individuo e incluso entre las zonas o secciones de una región particular (Králík y Novotný 2003), de manera que un conjunto con huellas pequeñas y poco representativas no es una buena muestra de análisis. Además, el proceso de fabricación de la cerámica puede distorsionar las crestas. El riesgo de error aumenta si solo hay una huella antigua (Králík et al. 2002). En la cerámica de La Canal dels Avellaners este problema no se da, pues hay varias. No obstante, se podría haber producido una distorsión en la huella de la región 3, donde las medidas superan bastante las de las otras regiones. La distorsión podría haber sido fruto de un contacto entre dedo y cerámica con diferente intensidad. Králík y Novotný (2003) defienden que las huellas dejadas en las cerámicas difieren según las acciones que las originen: tocar y sujetar no es como modelar con las puntas o los márgenes de los dedos. Otra explicación de este hecho podría ser que esta huella concreta perteneciera a otra región del mismo dedo, a otro dedo, a la palma de la mano o bien a otro individuo con mayor anchura de las crestas. No obstante, la variabilidad intrapersonal es poco probable, ya que la diferencia entre la región 3 y el resto es muy marcada. Así mismo, la variabilidad interpersonal tampoco es muy probable: las medidas de esta huella son excesivamente grandes y ni siquiera comparables a las de ningún individuo de la población actual. Además, en cerámicas y otros objetos antiguos, algunas regiones dermatoglíficas están preferentemente representadas (Kamp et al. 1999). La homogeneidad en los valores del MRB se debe al uso de los mismos dedos y de regiones concretas de la palma en el proceso de modelaje (Králík y Novotný 2003). Ninguna explicación es descartable por completo pero la distorsión de la huella es la más probable. La estimación de la edad y el sexo en las huellas antiguas encontradas se basa en dos supuestos básicos. El primero es aceptar un valor concreto para la contracción del material cerámico durante el proceso de cocción. En la cerámica de La Canal dels Avellaners, se ha utilizado una corrección del 7,5% por sus buenos resultados en estudios previos (Králík y Novotný 2003; Králík, comunicación personal). Los valores de las medidas de las huellas de esta cerámica eran tan elevados que, incluso sin corrección, se habrían clasificado en el grupo de hombres. Gracias a esta característica particular se ha descartado esta fuente de error existente en otros casos. No obstante el grado de contracción se debería determinar en cada material cerámico particular. El segundo supuesto consiste en aceptar que el MRB en la población de la Edad del Bronce es el mismo que se da en la población española actual. La variabilidad en las huellas tiene un componente poblacional. Jantz y Parham (1978) estudiaron la anchura de las crestas en estudiantes Yoruba (Nigeria), ingleses y judíos, demostrando diferencias sustanciales en ambos sexos. También se ha observado que la anchura de la cresta covaría con otras características dermatoglíficas. En esta investigación se ha intentado minimizar esta variabilidad, comparando las huellas antiguas con individuos de la población actual de la misma región geográfica (España). No obstante, los resultados de algunos estudios recientes muestran que los métodos de predicción de sexo mediante huellas tienen un éxito parcial cuando la muestra problema es de la misma población que la de referencia, éxito que se reduce con poblaciones no relacionadas (Galeta et al. 2014). Este problema queda minimizado en la cerámica estudiada gracias a los valores muy altos del MRB en sus huellas. La anchura de las crestas está relacionada con la medida de la palma, la longitud de los metacarpos y la medida del esqueleto en general (Babler 1990; Loesch y Lafranchi 1990). Algunas investigaciones han evidenciado la tendencia a un aumento generacional de la altura en las poblaciones (aumento secular de la estatura) por la mejora en la alimentación y en las condiciones ambientales en general (Valls 1980; Subirà y Malgosa 1988). Por tanto, en la población de la Edad de Bronce, los individuos muy probablemente serían más pequeños (Angel 1984; Hermanussen 2003) y sus huellas dactilares tendrían una menor anchura que en los individuos actuales, considerando que pertenecen a la misma población. Si comparásemos las huellas encontradas en la cerámica con las de la población de la Edad de Bronce, seguramente las clasificaríamos como masculinas con una mayor probabilidad que la obtenida en la comparación con población actual. No se ha podido determinar a qué dedo concreto pertenecen las huellas que se encuentran en la cerámica. En este estudio, el MRB del dedo índice en adultos es ligeramente superior al de pulgar, pero esto se debe, muy probablemente, al tamaño de muestra. No obstante, en estudios previos con población caucásica española, tanto en hombres como en mujeres, el pulgar y el índice muestran una menor densidad de las crestas (y, por tanto, una mayor anchura) en las zonas de análisis, siendo el pulgar el de mayor anchura de cresta (Gutiérrez-Redomero et al. 2008). Dada la gran anchura de las huellas reconocidas, lo más posible es que los paleodermatoglifos pertenecieran a uno de estos dedos, probablemente al pulgar. Tampoco se puede descartar una huella palmar, ya que investigaciones previas observan que la anchura media de cresta para hombres de población caucásica española es de 0,0520 cm (Gutiérrez-Redomero y Alonso-Rodríguez 2013), mientras la anchura menor encontrada en este estudio de 0,0557 cm. Muchos casos de estudio de paleodermatoglifos han determinado que las dimensiones de las huellas sobre cerámicas y otros artefactos entraban en el rango de variación de mujeres o niños (Králík et al. 2002; Králík y Einwögerer 2010). La frecuencia de huellas, sobre todo de adolescentes, al demostrar su participación en este tipo de tareas, ha repercutido en la interpretación del arte paleolítico en general (Králík y Einwögerer 2010) y en la creación de las cerámicas antiguas en particular. Durante la Edad de Bronce, se han demostrado colaboraciones entre niños y adultos (Jägerbrand 2007). Sin descartar por completo otras hipótesis, las evidencias sugieren que las huellas reconocidas en la cerámica de La Canal dels Avellaners pertenecen a un único individuo, muy probablemente un hombre adulto. Sin embargo, no se puede asegurar que las huellas encontradas sean del alfarero y no de una persona que tocó la cerámica durante el proceso de manufactura. La mayoría de las huellas dactilares presentes en objetos antiguos pasan desapercibidas, a pesar de que su estudio puede aportar mucha información sobre la persona que los fabricó o en última instancia, que tuvo contacto con ellos. Las determinaciones de este tipo son de gran importancia no sólo en la investigación arqueológica, sino también en la forense, ya que es posible determinar el género, la edad aproximada e incluso la etnia de un individuo a partir de huellas de origen desconocido. El Museo Comarcal de Berga cedió la pieza y la Unidad de Inspección Ocular de los Mossos d'Esquadra las imágenes de la cerámica. Miroslav Králík nos asesoró. También agradecemos la colaboración de Annick Labeeuw del Centro de Regulación Genómica de Barcelona y la participación en el proyecto de la Escola Pia de Caldes, la Escola Pia de Terrassa, la Escola Joan Roca de Barcelona, la Escola Sol i Lluna de Castellar del Vallès, el Institut Barri Besós del Barcelona y todos los demás voluntarios.
Este artículo da a conocer un crisol con pie macizo inédito procedente del asentamiento de la Edad del Bronce de Can Mur (Valldoreix, Barcelona). Se describen sus características tipológicas y se aportan datos composicionales de las adherencias de base cobre (FRXp). Se exponen los crisoles sincrónicos con sistema de prensión existentes en la Península Ibérica y, tras detallar los paralelos en el Próximo Oriente y Europa, se propone su llegada a través del Mediterráneo Occidental vinculados a otras innovaciones metalúrgicas. Finalmente se detallan las características materiales, D. Andreu Mur, quien nos comunicó su existencia y facilitó este estudio. Paralelamente a la descripción y análisis de la pieza, hemos considerado fundamental recoger el resto de crisoles de la Península Ibérica con sistema de prensión, dada la singularidad de los mismos. Nuestro interés no radica en establecer un catálogo definitivo de estos útiles sino en interpretarlos en el contexto de la metalurgia del Bronce Inicial en el nordeste de la Península Ibérica y, en concreto, en valorarlos dentro de un período de intensas relaciones y contactos con otros grupos del Occidente europeo. EL YACIMIENTO DE CAN MUR Situación geográfica e historia del hallazgo Can Mur se localiza en el núm. 35-37 de la calle Moreneta de Montserrat, en el barrio de la Colonia Montserrat (Valldoreix, Vallès Occidental, Barcelona), justo en el límite administrativo con el término municipal del Papiol (Baix Llobregat, Barcelona)1. Esta zona se ubica en el sector noroeste del Parque Natural de la Sierra de Collserola, al sur de la Serralada Litoral catalana (Fig. 1). Geológicamente dicha sierra está formada en su mayoría por rocas metamórficas (esquistos, pizarras) asentadas sobre un zócalo granítico. En las cercanías del yacimiento hay abundantes recursos hídricos (Torrent d'En Llobet, Torrent de Can Badal, Torrent de les Flors, Torrent de la Rierada). En el año 1972 se acondicionó el jardín de la vivienda situada en dicha dirección 2, rebajando más de un metro de tierra para dividir la antigua propiedad en dos parcelas. El resultado fue la aparición de materiales arqueológicos en una tierra de aspecto ceniciento. Entre ellos abundaban los restos óseos (desconocemos si humanos o faunísticos) y cerámicos. Desgraciadamente el Fig. 1. Localización de yacimientos con crisoles con sistema de prensión, según el grupo en el que se clasifican y enumeración en el texto: 1. Minferri (Juneda) y 4. Castellaro del Vhò (Piadena, Cremona) y Montale (Castelnuovo Rangone, Módena); 14. Kastri (Syros), Kephala (Ceos), Phylkopi (Melos), islas Cícladas, Lerne IV (Argólida) y Sesklo (Tesalia); 20. Terrina IV (Aléria) y Alo-Bisughjè (Bilia), Córcega; Beaussement (Ardèche, Rhône-Alpes). Los que presentamos en este estudio son los únicos conservados. El yacimiento nunca fue documentado ni cuenta con más datos que los aludidos 3. Casi de inmediato tras su descubrimiento se tapó el rebaje con el mismo sedimento extraído, edificando sobre él un muro de delimitación de las parcelas, que se conserva en la actualidad. Materiales y cronología relativa La colección se limita a cinco fragmentos de cerámica correspondientes a varios contenedores (Fig. 2.1 a 4), un molino de tipo barquiforme (Fig. 2.5) y el crisol del que nos ocupamos más adelante. La cerámica concuerda con la genérica del Bronce Inicial. La hemos descrito siguiendo a Petit 4, indicando entre paréntesis los paralelos según su propuesta tipológica: Corresponde a un gran contenedor del tipo urna de fondo plano (no 44, 45, 48 o 49 del Bronce Antiguo) o a un vaso troncocónico (no 20 del Bronce Medio). Lengüeta horizontal plana estrecha con inicio de labio exvasado (Fig. 2.2). Vaso subtroncocónico o gran contenedor del tipo urna de fondo plano (no 25 y 48 del Bronce Antiguo). Pezón circular sobre carena (Fig. 2.3). Superficie bruñida y cocción reductora. Vaso carenado de 14 cm de diámetro máximo, con fondo umbilicado (no 34 del Bronce Antiguo) o convexo (no 23 del Bronce Medio). Superficie alisada y cocción reductora. Las formas cerámicas enumeradas están ampliamente documentadas en otros yacimientos del Bronce Inicial, en su gran mayoría asentamientos agrícolas en llanura del tipo "agrupación de fosas". No conocemos ningún estudio que haya relacionado los tipos cerámicos con las fechas C14 disponibles, para discernir la vigencia de cada uno de ellos. Por ello nos es imposible precisar más la cronología de los materiales cerámicos de Can Mur. Creemos que proceden de una estructura negativa amortizada, quizás un silo de almacenamiento o un fondo de cabaña, perteneciente a un asentamiento del tipo "agrupación de fosas". El crisol presenta tendencia hemisférica, ancho pie circular de base plana y pico vertedero (Fig. 3). La cerámica, de cocción oxidante, está ennegrecida debido a su uso metalúrgico y fue restaurada de forma no profesional empleando adhesivo epoxy (Araldit) para unir los diferentes fragmentos así como cemento para restituir las partes no conservadas. El pico vertedero es ligeramente oblicuo con el fin de mejorar la precisión del vertido. El espesor de las paredes va aumentando conforme se acerca al fondo, con el objetivo de favorecer la resistencia ante las altas temperaturas. La funcionalidad de esta pieza como crisol está atestiguada por la presencia de pequeños restos de óxido de cobre en el pico vertedero (Fig. 3B) así como la evidente termoalteración de toda su superficie. Además la morfología de la pieza, con piquera y sistema de prehensión, no deja lugar a dudas. La primera es esencial para facilitar el vertido del metal en el molde mientras que el segundo mejora sensiblemente la manipulación del crisol. Ambos elementos son específicos de este tipo de útiles y están ausentes en las vasijas de reducción debido a su propio funcionamiento. Sin embargo no se trata de características documen-tadas en todos los crisoles. A título de ejemplo en la Península Ibérica algunos crisoles contemporáneos del Sudeste presentan únicamente pico vertedero, mientras que los documentados en el Valle del Ebro y Levante carecen de ambos elementos (Montero 1999: 344-345; Rodríguez de la Esperanza 2005: 61-63). En el ejemplar de Can Mur el pie funcionaría como agarradero en el que afianzar el dispositivo empleado como mango. Siguiendo ejemplos arqueológicos, etnográficos y experimentales, podrían haberse usado dos varillas de madera verde, previamente mojadas, a modo de pinzas. Éstas deberían ser sostenidas entre dos personas, cruzándolas entre sí y quedando el crisol aprisionado en el centro, tal y como muestra el fresco egipcio de la Tumba de Rekhmire (Tebas, Imperio Nuevo, c. Otro método potencial consistiría en la torsión en forma de "U" de ciertas especies vegetales para atenazar el crisol, de manera similar al enmangue empleado en los picos de minero (Coghlan 1975: 97-98). Los datos experimentales han demostrado que la temperatura alcanzada por el crisol en su parte externa sería algunos centenares de grados menor que la interna, lo que posibilitaría los sistemas descritos para su manipulación (Freestone 1989: 157). Tampoco sería descartable el recubrimiento con arcilla de dichos elementos vegetales (Tylecote 1976: 18). Con el objetivo de corroborar la funcionalidad propuesta así como obtener datos de la colada metálica se ha analizado la composición química en varios puntos de la pieza. La técnica empleada ha sido la espectrometría portátil de fluorescencia de rayos X (FRXp), mediante un espectrómetro INNOV-X Alpha equipado con tubo de rayos X instalado en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Los tiempos de adquisición se fijaron en 40 ss y los valores cuantitativos fueron calculados a partir de patrones certificados. Los puntos de análisis corresponden tanto a áreas con restos visibles de metal o que pudieron entrar en contacto con el mismo (bordes, piquera) como a zonas que, teóricamente, no lo hicieron (base del pie). Los resultados obtenidos, aunque no pueden considerarse concluyentes, muestran una proporción de cobre ligeramente mayor en las primeras áreas en detrimento de la segunda, ausencia de estaño y presencia de hierro, este último vinculado a la composición de la pasta cerámica (Tab. Sin embargo no podemos establecer si el metal fundido fue cobre puro o bronce. Los experimentos realizados con crisoles y moldes indican que la proporción de los elementos detectados puede diferir sensiblemente de la colada original, de manera que los resultados deben interpretarse con cautela (Dungworth 2000: 85; Kearns et al. 2010: 55). El estaño deja pocos restos, a veces cercanos al límite de detección, incluso en las coladas de bronce más ricas. El cobre, en cambio, se detecta con claridad aunque muy a menudo en una proporción menor a la original. Los datos actuales sobre la metalurgia del Bronce Inicial en el nordeste indican que el bronce constituye la aleación más comúnmente empleada. Ésta se usa de forma exclusiva en hachas de rebordes, puñales de remaches, puntas de flecha y ornamentos (cuentas, espiraliformes, brazaletes) y de forma mayoritaria en hachas planas y punzones (Soriano 2013: 155, anexo 3). Los resultados composicionales de los crisoles y restos de colada de Minferri y Can Roqueta II muestran también el empleo de bronce (Rovira et al. 1997: 254; Rovira Hortalà 1998: 244). De esta manera podemos apuntar, en base al contexto regional y a título de hipótesis, el uso del crisol en la obtención de bronce, aunque sin poder descartar totalmente la fundición de cobre puro. campaniforme en Bauma del Serrat del Pont (Alcalde et al. 1998: 91). Los demás pertenecen al Bronce Inicial y se concentran en tres únicos asentamientos del tipo "agrupación de fosas" donde aparecen de forma sincrónica crisoles con y sin sistema de prehensión. Hay un cuarto yacimiento peninsular con crisoles similares ubicado en la parte norte de la fachada levantina. En todos ellos hay evidencias metalúrgicas de fundición y acabado de objetos metálicos pero no de reducción de mineral (Figs. Localizado en la Depresión Prelitoral catalana, el paraje de Can Roqueta muestra un uso conti-nuado desde el Neolítico Antiguo hasta la actualidad. La ocupación del Bronce Inicial comprende casi 200 estructuras de tipo habitacional (fosas/silos, fondos de cabaña, estructuras de combustión) y funerario (fosas, cámaras con pozo de acceso). Las evidencias de producción metalúrgica se concentran en el sector de Can Roqueta II. Son fragmentos de un crisol hemisférico con paredes lisas y adherencias metálicas en su interior. Se desconoce el número de restos de fundición y de moldes metalúrgicos recuperados, todos de tipo monovalvo cerrado. Se constata con seguridad un ejemplar para hacha y objeto indeterminado (¿varilla/lingote?) y dos más para varillas. Dataciones absolutas relacionadas con la producción metalúrgica en el nordeste de la Península Ibérica (programa empleado Calib Rev. El valor calibrado es el resultado de la media de la datación calibrada a 1 σ ponderada por cada uno de los rangos de valores probables existentes (Soriano 2013: 5). Obj. met.=objetos metalúrgicos; Lab.=Laboratorio; (*)=Datación con desviación típica demasiado amplia que aconseja excluirla. otros dos para varillas pendientes de corroborar por su estado fragmentario y la posibilidad de que fueran afiladores o pulidores. Los análisis de residuos de fundición y de objetos metálicos muestran que siempre se empleó bronce; y los metalográficos la aplicación de procesos de forja en frío y recocido, y de forja en frío + recocido + forja en frío (Rovira Hortalà 2006: 141, Fig. 5). La única datación C14 vinculada con la metalurgia, en concreto con el molde para hacha y objeto indeterminado, está situada c. A estos datos hay que sumar un crisol con pie macizo y fuertes afinidades con el ejemplar de Can Mur, y dos con perforación para el enmangue (Fig. 4.4-6) (Rovira Hortalà 2006: 140; Rovira et al. 2007). Los tres tienen adherencias metálicas y son de tendencia hemisférica. Su estado fragmentario no permite afirmar si dispondrían de pico vertedero. El primero está compuesto por un pequeño receptáculo ovoide de paredes lisas, sostenido por un pie macizo de base plana umbilicada. Procede del estrato 1 de la fosa/silo CRII-654, rellena con tres estratos de material de desecho. El segundo conserva en la base parte de la perforación para el enmangue, de sección cuadrangular. Se halló en el estrato 6 de la fosa/silo funeraria CRII-644, el estrato más antiguo situado en la base de la estructura, sin vinculación alguna con el uso funerario de la misma. En el tercero no hay rastro de ella, razón por la que fue publicado como carente de sistema de prehensión (Rovira et al. 2007: 507). Sin embargo el ancho espesor de la pieza en su parte inferior apunta, en nuestra opinión, a un crisol de este tipo. Su contexto de aparición fue la fosa/silo con material de desecho CRII-44, rellena con un único estrato6. Minferri (Juneda, Lleida) 7 Localizado en el llano de Lleida, se han documentado cerca de 450 estructuras de tipo similar a las ya citadas para Can Roqueta. El yacimiento cuenta con una ocupación durante el Calcolítico Antiguo (3 dataciones, c. 3450-3100 cal BC) y otra, de mayor envergadura, que se extiende a lo largo del Bronce Inicial dentro del lapso temporal c. Los datos sobre la producción metalúrgica son los más completos de toda el área de estudio y se reparten por más de 40 estructuras. Se documentan (Rovira Hortalà 1998; Soriano 2013: 64-70, 77, 106) 8: una cubeta metalúrgica; 10 moldes del tipo monovalvo cerrado, para hachas, cinceles/ escoplo y varillas; abundantes restos de fundición; un posible martillo o yunque de forja; y un mínimo de 27 crisoles hemisféricos, además de fragmentos de tres o cuatro crisoles con perforación para el enmangue. Los objetos metálicos se limitan a un fragmento distal de puñal de remaches y a dos punzones. Los análisis efectuados hasta el momento, tanto en adherencias metálicas en crisoles como en restos de fundición y objetos de metal, revelan que se fundió bronce en todos los casos (Rovira et al. 1997: 254). Los crisoles con perforación para el enmangue comparten características similares (Fig. 4.7-9)9: morfología hemisférica, amplio engrosamiento en la base con una perforación que atraviesa el vaso y se va estrechando ligeramente, y ausencia de decoración. Todos son materiales de desecho procedentes del interior de fosas/silos. Los dos crisoles mejor conservados tienen perforación de sección cuadrangular y ovalada respectivamente. Provienen del mismo contexto (SJ-286 UE-8397) y tienen gotas metálicas sobre su superficie. El primero conserva restos de un pico vertedero. Desconocemos si los demás lo tendrían también. El tercer ejemplar se recuperó en el estrato UE-7126 de la estructura FI-159 y muestra restos de la perforación en la base, que sería de sección cuadrangular. El último caso (SJ-299 UE-8413) podría, quizás, incluirse en este tipo de crisoles. Como ocurría en un ejemplar de Can Roqueta II, el engrosamiento de su parte inferior parece remitir al sistema de prensión, actualmente no conservado. La alta fragmentación de estas piezas y el hecho de que ese sistema solo pueda identificarse si se localiza la parte perforada abre la posibilidad a que algunos de los clasificados como hemisféricos dispusieran, en realidad, de sistema de prensión. Es posible que su uso fuera complementario, quizás vinculado a diferentes actividades metalúrgicas o a la obtención de objetos de diverso tamaño, tal y como apuntan las grandes diferencias existentes en su capacidad (Rovira Hortalà 2006; Soriano 2013: 66, 156, Fig. 9). Las dataciones C14 asociadas con la producción metalúrgica se sitúan c. Localizado en la Vall del Corb, en el llano de Lleida, presenta estructuras idénticas a los anteriores. Se carece de dataciones C14 pero los materiales permiten establecer una ocupación en el Calcolítico sensu lato y otra en el Bronce Inicial, con 69 y 47 estructuras adscritas respectivamente. Más de un centenar de estructuras prehistóricas quedan pendientes de asignación (Escala et al. 2014). Los únicos elementos vinculados con la metalurgia son dos crisoles de morfología hemisférica y un engrosamiento en la base, donde se ubica la perforación de sección cuadrangular (Fig. 4.2-3). La ausencia de los bordes impide saber si presentarían pico vertedero y/o algún tipo de decoración. La perforación del primero se va estrechando has-10 Véase n. 8. ta atravesar completamente la pieza. El segundo presenta un engrosamiento macizo de perfil cilíndrico y base plana, con ciertas similitudes con los ejemplares de pie macizo de Can Mur y Can Roqueta II pero perforado. Los crisoles proceden de dos fosas/silos diferentes y carecen de análisis arqueometalúrgicos. Peña la Dueña (Teresa, Castellón) Asentamiento en altura en el Valle del Palancia. Presenta una muralla de piedra seca que defiende el acceso y varios muretes que delimitan espacios habitacionales. En una de estas habitaciones se documentaron tres sepulturas individuales acompañadas de pequeñas vasijas lisas y, en un caso, un molino de mano. La presencia de crisoles con sistema de prensión, debido a su "complejidad tecnológica" (Simón 1998: 181), ha justificado la ubicación del yacimiento a finales del Bronce Pleno o inicios del Bronce Tardío. Consideramos esta atribución, aceptada por uno de nosotros recientemente (Soriano y Amorós 2014b: 380), carente de justificación. Los materiales, aún desprovistos de contexto estratigráfico, remiten al Bronce Antiguo -Medio: grandes contenedores con cordones incisos, vasos carenados, cerámica de cocción reductora con superficie espatulada, etc. (Alcocer Grau 1945: 151-158; Palomar Macian 1995: 146-148). Como elementos metalúrgicos se recuperaron escoria metálica (no analizada), un fragmento de crisol de borde recto y morfología indeterminada y dos crisoles con perforación para el enmangue. Sus características son idénticas (Fig. 4.9 y 10): morfología hemisférica, paredes gruesas, bordes rectos decorados con impresiones digitales, pico vertedero y ligero engrosamiento en la base con una perforación de sección ovalada que alcanza la mitad del vaso, sin llegar a atravesarlo. Del interior de los tres crisoles se obtuvieron adherencias metálicas, igualmente sin analizar (Simón 1998: 181). A modo de resumen, para el nordeste contamos con un total de dos crisoles con pie macizo, procedentes de Can Mur y Can Roqueta II, y siete/ ocho crisoles con perforación para el mango loca-lizados en Can Roqueta II, Minferri y Cantorella. Del resto de la Península Ibérica únicamente conocemos los dos crisoles con perforación de Peña la Dueña. A pesar de ello, y como se ha visto en Minferri, no podemos obviar la posibilidad de que otros crisoles fragmentados, cuya morfología nos es desconocida, tuvieran originariamente algún sistema de prensión similar a los expuestos. En el nordeste la cronología de estos crisoles, aun disponiendo de pocas dataciones C14, puede situarse de forma orientativa en la primera mitad del II milenio cal BC (c. Todas las piezas provienen de contextos de desecho en asentamientos en "agrupación de fosas". A falta de mayor número de análisis, los datos actuales sugieren que el metal fundido es bronce. En el Levante nos es imposible situar con precisión el momento de aparición de estos útiles pero la información disponible apunta hipotéticamente a su adscripción al Bronce Antiguo -Medio. El único contexto que conocemos corresponde a una estructura habitacional en piedra en un asentamiento en altura (Peña la Dueña) y carecemos de datos analíticos de las adherencias metálicas de los crisoles. CRISOLES CON SISTEMA DE PREHENSIÓN EN PRÓXIMO ORIENTE Y EUROPA Los crisoles con sistema de prensión están documentados desde el IV milenio cal BC en numerosos yacimientos de Próximo Oriente y Europa. No es nuestro objetivo realizar un catálogo exhaustivo de todos ellos sino únicamente reseñar los que muestran semejanzas tipológicas con los casos de la Península Ibérica. Por ello, nos centraremos en los que tienen una perforación para el enmangue y/o un engrosamiento en la base (Figs. Un crisol con pie macizo fue recuperado en el yacimiento de Cheshmeh Ali (Teherán). La pieza, que presenta adherencias metálicas en su interior, se fecha c. De Tepe Ghabristan (Gazvin) proceden dos crisoles de cuerpo hemisférico con pico vertedero y engrosamiento en forma de pedestal, pero ade-más con perforación para insertar el mango. El conducto es oval y desconocemos si atraviesa o no toda la base del crisol. Estas piezas están fechadas c. Crisoles idénticos se localizan en asentamientos como Arisman y Tepe Sialk (Kashan) en una cronología algo posterior (c. Contemporáneamente a la evidencia de Tepe Ghabristan se documentan otro tipo de crisoles en Qaleh Gusheh (Natanz). También son de tipo hemisférico pero la perforación para el mango se sitúa en un apéndice lateral en vez de en la base del crisol como los anteriores. Dicha perforación es cuadrangular y, lógicamente, no atraviesa la cerámica en su totalidad. Se constatan, pues, tres conjuntos de crisoles diferenciados: con pie macizo, con engrosamiento en la base donde se localiza la perforación para el enmangue y con apéndice lateral con perforación para insertar el mango. El grupo con pie macizo es el más antiguo mientras que los dos restantes son un poco más tardíos y sincrónicos. Son estos dos últimos grupos los que se constatan con posterioridad en diferentes yacimientos europeos y, de forma similar a los iraníes, conviven a lo largo de varios milenios. En el contexto europeo, el segundo grupo es el más coincidente con los documentados en el área de estudio. Presenta cuerpo hemisférico, pico vertedero y un engrosamiento en la base en el que se localiza la perforación para insertar el mango. Tanto la morfología de dicho engrosamiento como la sección de la perforación (cuadrangular u oval) varía, sin que se haya podido observar un patrón específico. La presencia o no de pico vertedero es difícil de constatar debido a la fragmentación de las piezas (Figs. Los más antiguos provienen del Mediterráneo Oriental. Dos ejemplares de las tumbas 10 y 45 de la necrópolis minoica de Aghia Photia (Siteia, Creta) presentan pico vertedero y un orificio de sección cuadrangular que los atraviesa por completo (Fig. 5.3) (Betancourt y Muhly 2007). El análisis de las adherencias metálicas indica la fundición de cobre. Los contextos de hallazgo se sitúan en el periodo Prepalacial, entre finales del Minoico Antiguo I e inicios del Minoico Antiguo IIA (c. En este yacimiento abundantes evidencias denotan conexiones e influencias con las islas Cícladas, área donde aparece el segundo conjunto de crisoles (véase infra). En un momento posterior se conocen ejemplares similares en el norte de Italia. No tenemos constancia de su presencia entre los grupos de Polada (c. En Castellaro del Vhò (Piadena, Cremona, Lombardía) se han recuperado fragmentos de siete ejemplares aunque no es posible asegurar que todos correspondan a este tipo concreto (Fig. 5.4). Los mejor conservados tienen base plana y perforación de sección oval mientras que en otros el pico vertedero es visible. El contexto está datado en el Bronce Medio 2, c. Menos claro es el ejemplar de la terramara de Montale (Castelnuovo Rangone, Módena, Emilia Romaña) (Fig. 5.5). Su morfología es de tipo copa, con pico vertedero y perforación de sección cuadrangular que atraviesa todo el útil. Muestra un orificio circular vertical de función desconocida. La pieza carece de contexto y, según las dataciones C14, el yacimiento se ocupa durante todo el lapso temporal de las Terramaras (Marzatico 1997: 585-586). En la costa atlántica francesa, en el asentamiento metalúrgico de Lède du Gurp (Grayanet-l'Hòspital, Gironde, Aquitania) se localizan cuatro ejemplares más (Fig. 5.6). Dos muestran engrosamiento en la base (de morfología indeterminada) y otro un apéndice con perforación para el enmangue de sección oval, sin atravesar completamente la pieza. El fragmento perteneciente al cuarto ejemplar no permite identificar su morfología. Estos datos indican que, o bien son crisoles de diferentes tipos (con engrosamiento en la base -perforado o no-y con apéndice lateral perforado) o bien se trata de un tipo mixto, con base engrosada y perforación localizada en un apéndice lateral. Dos de los crisoles presentan adherencia metálicas. El análisis de una de ellas indica bronce. Dos dataciones C14 ubican el yacimiento en el Bronce Medio (c. El tercer grupo de crisoles, con apéndice lateral perforado, es el más numeroso y su morfología se diferencia con claridad de la de los anteriores. Además del apéndice presentan cuerpo hemisférico y pico vertedero. Este conducto puede, de nuevo, ser tanto de sección oval como cuadrangular y la presencia o no de pico vertedero es difícil de afirmar en piezas fragmentadas (Figs. En el Mediterráneo Oriental se constatan en islas del Egeo como Thermi (Lesbos), Héraion (Samos) o en el archipiélago de las Cícladas: Kastri (Syros), Kephala (Ceos) y Phylkopi (Melos) (Oberweiler 2011: 439). En todos estos yacimientos hay un único ejemplar con perforación de sección cuadrangular excepto en Sesklo, que es oval. Los crisoles de las islas del Ego se emplean durante el Minoico Antiguo y el de Lerne en torno al Heládico Medio (c. En Suiza un ejemplar con perforación de sección oval del estrato 3 de Mozartstrasse (Zurich) se asocia con el grupo Horgen (c. Los crisoles de Lago di Ledro y Fiavé (Trento, Tentino-Alto Adigio), en el norte de Italia, vinculados a los grupos de Polada (Fig. 6.4-5) no están demasiado alejados. En el primer yacimiento se recuperaron fuera de contexto ocho crisoles con orificio de sección cuadrangular y pico vertedero en los estratos IV a I, fechados en el Bronce Antiguo-Medio pero con evidencias también del Calcolítico (Battaglia 1943). De la capa IV del segundo yacimiento procede un ejemplar, con perforación de sección cuadrangular, fechado de forma relativa a inicios del Bronce Medio (Perini 1987: 34). De Cerdeña provienen dos crisoles con perforación de sección oval y restos de cobre de Monte d'Accodi (Sassari) fechados en la fase Filigosa (c. En Córcega, en Terrina IV (Aléria), contamos con fragmentos de veinticinco crisoles más, con orificio de sección cuadrangular (Fig. 6.7). Proceden de una fosa/silo con materiales de desecho. Destacan una tobera, restos de colada y un punzón metálico. Una reciente revisión de las dataciones C14 de este yacimiento sitúa el contexto, de forma aproximada, entre c. En la misma isla, en el asentamiento turriforme de Alo-Bisughjè (Bilia), se halló un ejemplar con perforación oval (Fig. 6.8). Según las fechas C14 se ocupó desde finales del Bronce Antiguo hasta el Bronce Final (c. Este crisol y otros tres de morfología hemisférica y sin sistema de prensión carecen de contexto. Sobre la base del estudio cronotipológico del material cerámico todos ellos se han situado entre finales del Bronce Antiguo y mediados del Bronce Medio (Peche-Quilichini 2014: 130-131) 11. El último crisol del que tenemos noticia procede del asentamiento francés de Beaussement (Ardèche, Rhône-Alpes) (Fig. 6.9). La pieza, con perforación de sección oval, presenta adherencias metálicas y se fecha c. En resumen, ambos grupos de crisoles son contemporáneos incluso desde el momento de su surgimiento (desde el IV al II milenio cal ANE). Además su sincronía es espacial, como atestiguan el Egeo y el norte de Italia. El primer metal fundido fue el cobre (ejemplares del Calcolítico de Aghia Photia, Monte d'Accodi, Terrina IV) mientras que en la Edad del Bronce se documenta bronce (Castellaro del Vhò, Lède du Gurp, Minferri o Can Roqueta II). Estos crisoles pudieron estar en uso a la vez que otros sin sistema de prensión, tal y como apunta el yacimiento corso de Alo-Bisughjè o el de Minferri en la Península Ibérica. Aquí su distribución se concentró en el nordeste sin que haya evidencias más hacia el interior. Por ello debemos rastrear su origen siguiendo la costa del Sur de Francia o las islas occidentales del Mediterráneo Finalmente, los crisoles con pie macizo y sin perforación solo se documentan en el V milenio cal BC en Irán. Su constatación en el nordeste puede interpretarse como una solución local a los crisoles con engrosamiento en la base y perforación para enmangue que se extienden por Europa y el Mediterráneo durante dos milenios. Tampoco debemos olvidar que el crisol de Cantorella con pie de base plana y una perforación constituye otro caso atípico o intermedio. ORGANIZACIÓN E INNOVACIÓN TECNOLÓGICA. LA METALURGIA DEL BRONCE INICIAL EN EL NORDESTE La organización de la producción metalúrgica durante el Bronce Inicial muestra diferencias relevantes respecto a la del Calcolítico. Durante el Bronce Inicial se observa por primera vez una segmentación e interdependencia geográfica del proceso metalúrgico. La extracción del mineral, su reducción y la fundición del metal se llevan a cabo en diferentes asentamientos o enclaves. Su interrelación es altamente plausible, ya que en cada uno se documenta una única fase del proceso metalúrgico. Estas relaciones se extienden al ámbito de la distribución, al constatarse el movimiento de productos finales entre asentamientos distantes. Estos datos indican la existencia de una extensa red metalúrgica de producción y circulación de metal durante el II milenio cal BC (Soriano 2013: 155-157). Dado que gran parte de estos ya han sido expuestos nos limitaremos a esbozarlos (Fig. 7). Las actividades extractivas de cobre, a cielo abierto, se llevan a cabo en varias minas de la cuenca del Montsant (Tarragona). Los indicios de explotación proceden de la Solana del Bepo (Ulldemolins) y de la Mina de la Turquesa (Cornudella de Montsant). La primera presenta unos ochenta útiles líticos de minero, en su mayoría picos con enmangue en forma de "T", y la segunda cerca de un centenar de herramientas, algunas con idénticas modificaciones. La mina de Barranc Fondo (Cornudella de Montsant) es otra potencialmente explotada (Montero-Ruiz et al. 2012). Según la caracterización mediante isótopos de plomo de estas explotaciones, el metal empleado en vasijas de reducción y objetos de cobre y bronce coincide con la de yacimientos cercanos. Estos datos, unidos a paralelos con otras minas europeas, apuntan hacia la datación de la Solana del Bepo en algún momento de la Edad del Bronce, mientras que el aprovechamiento de la Mina de la Turquesa se constata desde el Calcolítico y podría continuar después (Rafel et al. 2014; Rafel et al. 2016; Soriano et al. 2014). La reducción de cobre se desarrolla en cuevas y abrigos de pequeñas dimensiones, todos ellos muy cercanos a las minas. Para todo el nordeste, y excluyendo las vasijas de reducción con contexto claro en el Calcolítico Reciente, contamos con ocho ejemplares sin contexto procedentes de cinco yacimientos (Calcolítico -Bronce Inicial): Coveta de l'Heura, Balma del Duc (dos ejemplares), Cova del Cartanyà (Vilaverd), Cova del Buldó (Rojals) y Cova Josefina (Escornalbou) (tres ejemplares) (Soriano 2013: 62-64). Estas cavidades permitían llevar a cabo, de forma intermitente o estacional, las actividades de reducción a resguardo de las inclemencias del tiempo. Su proximidad a las minas sería un argumento a favor de su sincronía. La cercanía entre áreas de extracción y de reducción, así como el empleo de cavidades para la segunda función se documenta durante el Bronce Antiguo -Medio en yacimientos del sur de Francia (Gattiglia y Rossi 1996; Barge 2003; Carozza et al. 2010). Las labores de fundición se distribuyen por todo el nordeste y nunca se asocian con reducción o procesado de mineral, a pesar de la cercanía ocasional de menas metalíferas. La mayoría proceden de asentamientos en "agrupación de fosas" inequívocamente del Bronce Inicial, concentrados en el llano de Lleida (Minferri y Cantorella) y en zonas al norte (Can Roqueta y Can Mur) y sur de la Depresión Prelitoral catalana (Camp Cinzano y El Bordellet12 en Vilafranca del Penedès) (Soriano y Amorós 2014b). Otras evidencias sin contexto, ubicadas en el sudeste de la Depresión Central, se adscriben tipológicamente a este periodo (Soriano 2013: 70). Por último hay que citar la tumba del Forat de la Tuta (Riner, Lleida), recientemente reinterpretada como de metalúrgico, donde se recuperaron tres moldes y restos de mineral de cobre (Soriano 2011). En los asentamientos con indicios de fundición se han documentado pocos o ningún objeto metálico relacionado con la distribución. Paralelamente la morfometría de varios objetos metálicos (hachas planas, hachas de rebordes, puñales) coincide con la de los moldes metalúrgicos donde, probablemente, se fundieron. Esta coincidencia conecta asentamientos separados, a veces, más de 150 km y refuerza la idea de que existió un sistema metalúrgico de circulación y/o distribución (Soriano 2013: 96-100; Soriano y Amorós 2014b). Finalmente hay datos adicionales no metalúrgicos que respaldan lo expuesto hasta ahora. El reciente estudio de la industria lítica tallada de Minferri, así como del cercano asentamiento de Pla de Tabac I (Montoliu de Lleida), sin evidencias metalúrgicas pero con un objeto metálico, indican que una parte importante del sílex empleado procede de la cuenca del Montsant (Palomo et al. 2013; Esteve et al. 2015). Cabe pensar en un escenario donde la explotación del cobre y, quizás también del estaño, se vería acompañada de la recogida de sílex y del procesado in situ de estas materias (reducción del metal, talla lítica). Este proceso incluiría el aprovechamiento, entre otras, de madera como combustible y/o para el enmangue de los útiles mineros, sin excluir otros posibles recursos potenciales. El metal, una vez reducido y en forma de lingote o preforma, se trasladaría a los centros metalúrgicos fundidores para la producción de objetos metálicos que luego serían distribuidos entre diversos asentamientos. Interacción e innovación tecnológica La metalurgia calcolítica y la del Bronce Inicial varían en la organización de la producción y en las propias características del proceso metalúrgico. En el primer periodo, y aunque los datos son escasos, el crisol de Bauma del Serrat del Pont, el único documentado, por sus pocas diferencias con las cerámicas comunes podría tratarse de un contenedor reutilizado (Alcalde et al. 1998). Tampoco se constatan moldes pero su empleo es indiscutible: los datos metalógráficos atestiguan el uso de estos, que quizás prodrían haberse fabricado mediante arena compacta y ser de tipo monovalvo abierto (Rovira y Gómez Ramos 2003; Ottaway y Wang 2004: 64). Como contrapartida durante el Bronce Inicial se introducen una serie de importantes innovaciones. Los crisoles se fabrican ex profeso. Pueden incluir elementos de prensión y/o piquera, que favorecen su manipulación y permiten un vertido más preciso, básico para los moldes de tipo monovalvo cerrado. Son la segunda novedad de este periodo y sirven para obtener útiles destinados a la percusión directa o indirecta (hachas, cinceles/ escoplos). El resto de artefactos (punzones, puntas de flecha, brazaletes) se producen en moldes de arena y, quizás, empleando crisoles sin sistema de prensión (Soriano 2013: 71). La tercera innovación es la aparición y uso mayoritario y/o exclusivo del bronce en útiles y ornamentos, con una proporción de estaño relativamente elevada (entre 6-15%) (Rovira et al. 1997; Soriano 2013: anexo 3). Esta situación, compartida con el Valle del Ebro (Fernández-Miranda et al. 1995; Rodríguez de la Esperanza 2005: 69-70), se da incluso en los momentos más antiguos y es una diferencia remarcable respecto a los restantes grupos peninsulares, que emplean cobre puro. Las novedades acontecidas en este período carecen de precedentes en el Calcolítico que justifiquen un descubrimiento autónomo e independiente. Algunas de ellas requerirían de un proceso previo, no detectado, de conocimiento y experimentación. La ausencia de tales evidencias y la confluencia de varias innovaciones tecnológicas en un mismo momento sugieren una transferencia de conocimiento. Contamos con datos cronológicos y tipológicos que conectan el nordeste con el Valle del Ebro y el norte de Italia, regiones que, a nuestro entender, aportan explicaciones para afrontar esta cuestión. Los primeros nexos detectados son con los grupos de Polada y, posteriormente, con los de las Terramaras. Como hemos expuesto, los principales paralelos para los crisoles con sistema de prensión proceden del Egeo, norte de Italia y ciertas islas del Mediterráneo Occidental (Córcega, Cerdeña). Recientemente en estos mismos territorios, y en similar cronología, han sido localizados moldes para puñales análogos al ejemplar de Camp Cinzano, un tipo de molde con escasos paralelos en la Península Ibérica (Soriano y Amorós 2014b). Del mismo modo, tres grupos de objetos metálicos muestran similitudes destacables con dicha región (Soriano 2013: 155-160). El primero son las hachas de rebordes. En la Península Ibérica solo se localizan al norte del Ebro y se documentan por vez primera en los grupos calcolíticos de Remedello y Rinaldone (c. 3300-2400 cal BC) y, posteriormente, a lo largo de la Edad del Bronce en el norte de Italia, Francia y Europa Central. El segundo es una aguja de bronce con cabeza discoidal decorada (Cova del Toll), cuyos paralelos más cercanos están en Polada. El tercero es una punta de flecha de tipo cónico pedunculado (Cova d'Aigües Vives), con ejemplares similares en las Terramaras y, sobre hueso, tanto en el nordeste como en el Valle del Ebro. Por último un tipo cerámico tan característico de los grupos de Polada como los vasos con asa de apéndice de botón se localiza en la Península Ibérica únicamente en el nordeste, escaseando en el Valle del Ebro (Espejo 2000(Espejo -2001)). El origen de la metalurgia del bronce es una conexión que se añade a las expuestas. Dejando de lado la producción accidental de bronce en contexto campaniforme de Bauma del Serrat del Pont (c. En Galicia y norte de Portugal se conocen casos similares aunque los primeros indicios de producción no remontan más allá de c. En el suroeste los primeros objetos se sitúan c. En el área argárica un bronce pobre aparece c. Ambos convivirán de forma minoritaria con el cobre arsenical hasta c. Todo apunta a que la introducción del bronce en la Península Ibérica fue un proceso complejo y diverso donde, probablemente, intervinieron diversos factores y grupos arqueológicos. Las primeras evidencias de su producción y generalización se localizan sin ninguna duda en el nordeste y en el Valle del Ebro, en los yacimientos de Minferri (c. En el resto de Europa las regiones más cercanas con bronce son el norte de Italia (grupos de Remedello, Rinaldone y, posteriormente, Polada) y oeste de Francia (Túmulos Armoricanos) (Roberts 2014: 434; Valério et al. 2014: 69). En su mitad sur se conocen objetos aislados en yacimientos de Mediodía Pirineos y Aquitania (Fernández-Miranda et al. 1995: 60-62). Las interacciones entre el sur de Francia y el nordeste -Valle del Ebro están constatadas en ciertos tipos cerámicos (epicampaniforme de tipo barbelé) y óseos (botones prismáticos triangulares de perforación en "V") (Uscatescu 1992: 74-83; Lemercier et al. 2007). Es, pues, plausible que la metalurgia del bronce, que se introdujo en el nordeste a través de tierras francesas por las mismas vías de transmisión que la cerámica y los objetos metálicos, se originara en el norte de Italia. Los crisoles con sistema de prensión de Can Mur, Can Roqueta II (Rovira Hortalà et al. 2007), Minferri 13 y Cantorella (Escala et al. 2014) son útiles metalúrgicos con un elevado grado de desarrollo tecnológico. Estos coinciden con otras innovaciones surgidas en la producción metalúrgica 13 Véase n. 8. durante el Bronce Inicial, como son la aparición de moldes de piedra de tipo monovalvo cerrado y el empleo generalizado de bronce. Dichos útiles se contextualizan en una producción fuertemente segmentada e interdependiente entre asentamientos, vinculados cada uno y de forma excluyente con una fase de la producción metalúrgica. La distancia, a menudo elevada, entre ellos así como la constatación de la circulación de productos metálicos por todo el territorio demuestra la existencia de una extensa red metalúrgica durante el II milenio cal BC. Los paralelos constatados para este tipo de crisoles y otros útiles metalúrgicos (un molde para puñales) y objetos metálicos (veinticuatro hachas de rebordes, una aguja de cabeza discoidal, una punta de flecha cónica pedunculada) se sitúan inequívocamente en el norte de Italia, vinculados con los grupos de Polada (2200-1600 cal BC) y, posteriormente, las Terramaras (c. Sin embargo recordemos que los crisoles morfológicamente más similares (tipo con base engrosada y perforación, procedentes de Castellaro del Vhò y Montale) pertenecen ya a las Terramaras. De esta manera consideramos que en esta región debe situarse el origen de gran parte de las innovaciones metalúrgicas expuestas. A pesar de ello no podemos desdeñar que zonas como el sur de Francia y ciertas islas del Mediterráneo Occidental (Cerdeña, Córcega) hubieran desempeñado un papel que iría más allá del de meras zonas de paso. En la actualidad carecemos de datos suficientes para proponer un área única de dispersión para este tipo de crisoles. Posteriormente y desde el nordeste, algunas de estas innovaciones habrían alcanzado el Levante (crisoles de Peña la Dueña, molde de Mola Alta de Serelles), gracias a unos intercambios fluidos entre ambas regiones en otros ámbitos de la cultura material (Soriano y Amorós 2014b). Puede que una parte del Valle del Ebro recibiera influencias similares a las del nordeste, con la llegada de la metalurgia del bronce (Navarra) o de las hachas de rebordes (Huesca, Zaragoza). Sin embargo, y a la vista de las abrumadoras similitudes registradas entre ambas regiones (Soriano y Amorós 2014a), tampoco podemos descartar una transferencia indirecta a través del nordeste. Esperemos que trabajos posteriores permitan arrojar más luz sobre estas cuestiones. SISTEMA DE PRENSIÓN EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Los crisoles son herramientas escasas en el área de estudio. Hay un ejemplar de cronología
El papel del profesor Jean Guilaine en la configuración del conocimiento de la Prehistoria Reciente del Mediterráneo europeo es incuestionable. Su influencia en la interpretación del Neolítico cardial y del Calcolítico es una evidencia constante desde aquella vieja publicación sobre el Portugal neolítico de los años 70, que todos los investigadores ibéricos hemos consultado alguna vez. Pese a formar parte de una generación en la que proliferaba el trabajo individualista, siempre ha primado la colaboración con diversos colegas y de modo muy especial, el esfuerzo en la divulgación de calidad. La asociación entre Errance y Guilaine es probablemente una de las más productivas para la arqueología europea, al margen del liderazgo anglosajón del que parece tan difícil escapar y, desde luego, superar. Volúmenes como éste nos recuerdan aquellos tiempos en nuestro país donde aún se podía publicar en gran formato y en color. Y nos animan a creer que aún hay recorrido para un tipo de publicaciones que, orientadas a un público interesado, no necesariamente han de mantener niveles casi infantiles para resultar vendibles. La estructura del volumen conserva la descripción de lo existente, y su interpretación como los ejes en los que se incluyen los factores más clásicos y más modernos de la Prehistoria. En el primero, la descripción, la recogida de la historiografía francesa que genera algunas de las terminologías y adscripciones que aún siguen en vigor; en el segundo la interpretación, la realidad de un marco amplio para afrontar un estudio de este tipo de sepulturas, los hipogeos, más allá de repertorios de paralelos formales. Magistralmente explicado queda el papel de las fuertes personalidades que asentaron el conocimiento de la Prehistoria del sur de Francia, Protohistoria en la terminología francesa. En especial el panorama de una historiografía en la que los argumentos de autoridad, como sucede con otros casos de la época, se erigen en evidencias. Disponer del conjunto de datos, planos, dibujo y fotografía de materiales, descripción de excavaciones antiguas y recientes, e ilustraciones de calidad, es un lujo. Para ello Guilaine cuenta con el concurso de uno de los mejores expertos en el tema, Sauzade, además de con las imágenes de Azéma, el 3d de la Grotte des Fées de Magrit o la experiencia en conservación de Golvin. Sin duda solo por la calidad e interés de la documentación aportada, el volumen será una referencia. El DVD añade un componente ineludible en la situación actual: una información visual de alta calidad que ha sido Premio de Divulgación Científica en Francia en el 2014. La clarificación del primer capítulo es contundente. Su repaso pone al día un repertorio tradicionalmente ligado de modo exclusivo al Mediterráneo más oriental, e injustamente relegado de las consideraciones sobre el megalitismo europeo. Si aceptamos que éste ha de incluir fórmulas como los túmulos de Passy y otros monumentos construidos sin piedras, por el hecho de reflejar un culto a los ancestros basado en el enterramiento colectivo, no parece coherente relegar los contenedores en piedra por el mero hecho de ser hipogeos. Sobre todo cuando bastantes de las arquitecturas clásicas del Occidente lo son. No hay más que analizar una gran parte de las galerías del área bretona y parisina (pp. 229 y ss.), con interesantes trasuntos peninsulares. Ese relegamiento explica, al menos en parte, el escaso interés que han suscitado recientes documentaciones en la Península Ibérica. Comenzando por la antigüedad de los hipogeos gaditanos, que reporta a casos bien documentados de los sepulcros de fosa y probables indicios en el interesante yacimiento navarro de los Cascajos. Pero quizás el dato más interesante es su fuerte implantación en áreas plenamente megalíticas, en tanto que ortostáticas, como el Algarve, Andalucía o el interior peninsular, en cronologías del IV y III milenio cal BC, totalmente contemporáneas de los clásicos dólmenes. Nuestras reflexiones deberían incluir, pues, la presencia de dólmenes de arquitecturas diversas, de estructuras no pétreas con contenido colectivo, de cuevas naturales y, ahora sabemos, que también de hipogeos, para valorar las costumbres funerarias de la Prehistoria Reciente del sur de Europa. Pese al esfuerzo de recogida de evidencias en Europa, e incluso algunas muy novedosas en Cataluña, la distribución que recoge el mapa p. Ciertamente, las ausencias son mutuas, pues algunas interpretaciones de estructuras peninsulares se explican en el desconocimiento de las arquitecturas mediterráneas. Es el caso de los hipogeos con diversas cámaras y patio distribuidor que podrían deducirse de algunas estructura del Camino de las Yeseras, o el de monumentos cuya arquitectura interna tiene interesantes referencias mediterráneas caso de Menga, Viera o Soto. El estudio de los ajuares repite constantes compartidas en el megalitismo reciente atlántico, muy especialmente la riqueza de los adornos: cuentas en piedra verde, ámbar, oro, etc. que aquí aparecen dibujados y fotografiados, en montajes que no siempre acaban de ajustar bien texto y tamaño de las figuras. Análisis de procedencia parecen fundamentales, presentándose como una línea abierta (p. Nos quedan por establecer mecanismos sociales para explicar el enorme despliegue funerario en necrópolis que suelen sobrepasar los números de enterrados más comunes en el megalitismo más antiguo. Esos mecanismos han de ser compatibles con la realidad del protagonismo de los depósitos de cerámicas campaniformes, un ítem que ha venido proponiéndose como la evidencia de la individualidad. El trabajo que analizamos, así como los datos recientemente obtenidos en la Meseta Sur y en el suroccidente portugués apuntan por el contrario hacia el protagonismo de estas cerámicas decoradas en rituales colectivos (Bueno et al. 2005). Precisamente este protagonismo es el que durante mucho tiempo definió la cronología del hipogeismo mediterráneo (pp. 200 y ss). La calidad de los trabajos recientes en hipogeos franceses, caso de Vaucluse (Bizot y Sauzade 2014), reitera otra de las constantes del megalitismo europeo. Muchos de estos contenedores no sólo se utilizaron a lo largo de tiempo, sino que tuvieron acondicionamientos y refacturas, comportándose como elementos activos de relación entre el mundo de los vivos y el de los muertos, hasta que se decidió finalizar su actividad. Ese 'movimiento' incluyó los restos humanos que aparecen en posiciones primarias y secundarias. Estos comprenden episodios de violencia, selección de cadáveres o de porciones craneales en una lectura muy sugerente afincada en los trabajos de Masset y Duday que tanto han influido también en la investigación de los contextos funerarios de la Prehistoria Reciente ibérica. Los datos de este tipo de registro se apuntan en un capítulo específico, al igual que las carencias que se asumen en un epígrafe final en el que se insiste en la necesidad de profundizar en las líneas que abre este volumen. Resulta especialmente positivo el hecho de incluir estelas, menhires y decoración de las áreas funera-rias, en una propuesta cuyo objetivo es ofrecer una valoración lo más amplia posible del conjunto de los hipogeos de Arlés y Fontvieille. La presencia de ortostatos grabados en el mismo estilo que algunos de los documentados en Cataluña, y de menhires indicadores de los monumentos, como es el caso del identificado en la Grottes des Fées, es un dato muy valorable a la hora de establecer nexos ideológicos en la adecuación de los espacios funerarios. Grupos de agricultores asentados en el valle de Castelet, aislado entre las marismas del entorno, debieron mantener vínculos de linaje entre sí, siendo los monumentos un modo de hacerlos visibles. Entre ellos la posición de la Grotte des Fées indicaría una función más allá de la funeraria. Guilaine recoge así la hipótesis de templo megalítico que, en el panorama científico del megalitismo occidental, desarrollaron L'Helgouach y Le Roux para algunas evidencias del megalitismo bretón, y que se ha extendido de manera notable en las lecturas más postprocesualistas. Tanto el tema de este volumen, como su tratamiento y, sobre todo, la incorporación de material gráfico de calidad en versiones multimedia, hacen de él una referencia incuestionable para cualquier análisis en profundidad de los enterramientos colectivos hipogeos. Más aún en la Península Ibérica que está aportando algunas de las más ricas evidencias de este género de necrópolis en zonas hasta hace escasos años, totalmente inéditas en este tipo de registros. María Pilar Prieto y Laure Salanova (eds.). Todos los interesados en la historia de la sal deberían tenerlas en cuenta. Salt in Prehistoric Europe es una obra con información arqueológica de conjunto, muy bien ilustrada y editada. Su autor, A. Harding, ha desarrollado importantes trabajos de investigación sobre el tema en los últimos años. El libro refleja un panorama desigual al sintetizar los estudios que están en curso sobre la sal en la Europa prehistórica. Su principal valor y utilidad es su exhaustividad. Aporta una visión global de todos y cada uno de los temas de actualidad, así como una bibliografía bastante completa y al día de las investigaciones sobre la sal en la Prehistoria europea. Archaeology of Salt es el resultado de varias reuniones científicas organizadas por sus editores, R. Brigand y O. Weller, unas de las personas más activas en el estudio de la sal en la última década. El libro reúne doce estudios regionales, en su mayoría europeos (tres de los capítulos están dedicados a China, Colombia y Japón), que corresponden a realidades sociales y épocas muy diferentes. Esta diversidad apenas se encaja en los cuatro apartados que lo articulan: estudios etnográficos, técnicas de producción, la sal en las primeras sociedades agro-pastoriles y la explotación de la sal en época romana. Los trabajos inéditos son muchos menos que los que aportan datos ya publicados (los capítulos de Weller sobre el Neolítico, el de Brigand y Weller sobre Moldavia...). La editorial holandesa Sidestone ha producido ambos títulos en versión electrónica e impresa y su contenido es de acceso libre desde su página web, una decisión que es de agradecer. Le Sel dans l'Antiquité se basa en la lectura de las fuentes escritas antiguas. Los datos aportados por la Arqueología, fundamentalmente relativos a las técnicas, ocupan un papel menor dentro del programa de la obra. Esta aproximación filológica se alinea con los trabajos de C. Carusi (2008 Il sale nel mondo greco) y J. Mangas y M.a R. Hernando (2011 La sal en la Hispania romana), sin aportar nada nuevo a lo publicado por otros historiadores de la Antigüedad. Sin embargo, es útil porque recoge y sistematiza los temas principales tratados por las fuentes. La obra se divide en cuatro partes bien definidas: un análisis de las técnicas de producción; una geografía de la sal; una recopilación de los usos de la sal y, por último, una enumeración de los elementos simbólicos y sociales que los rodean. El vaciado exhaustivo de todas las menciones a la sal en las fuentes textuales hace de esta obra una referencia inexcusable para quienes aborden su estudio desde la Historia Antigua. Lamentablemente se han dejado de lado otras cuestiones como la propiedad de las salinas o los sistemas fiscales relativos a las mismas. Ambas exigen analizar las fuentes epigráficas, prácticamente ausentes en la obra. En cambio, sí se incluye un catálogo muy útil de los "paisajes de la sal" en el Mundo Antiguo. Sería del todo deseable que en una reedición futura se localizaran en un mapa de mayor precisión que el actual. Las diferencias entre los tres libros nos brindan la posibilidad de reflexionar sobre lo que se ha dado en llamar la "arqueología de la sal" desde una perspectiva amplia. Podemos valorar los avances en el conocimiento sobre el significado de la sal en la producción local y regional durante la Prehistoria y la Antigüedad. A la vez advertimos las carencias y desafíos planteados en el estado de la cuestión. En primer lugar subrayamos el peligro de reducir la "arqueología de la sal" a una mera historia de la tecnología salinera. Pensamos que la historia de la explotación de los recursos naturales es indisociable de la de las sociedades que la protagonizan. Estos trabajos muestran que la sal es un factor histórico clave para la comprensión de la articulación y la explotación de muchas regiones, en diversas etapas y periodos. Ha jugado un papel esencial en el surgimiento de importantes centros territoriales y de redes de intercambio interregionales, tanto en la Prehistoria como en la Antigüedad. Por ejemplo, la sal jugó un papel decisivo en los orígenes de Roma, como refleja el control temprano de las salinas de Ostia y de las rutas por las cuales la sal del mar Jónico se distribuía a Italia central (Grossi et al. en Archaeology of Salt,p. Sin embargo, muchas veces se aísla la producción de la sal de los diferentes contextos sociales y económicos que le dan sentido en una formación social específica (caso del libro de Moinier y Weller cuando se analiza la Antigüedad en bloque). El estudio de la sal en abstracto se debe en parte a la asunción generalizada (las tres obras comentadas incluidas), omnipresente y reiterada de que "la sal es imprescindible para la vida". Hay quienes tímidamente empiezan a cuestionar esta idea. 15) el necesario aporte de sodio se puede obtener de los alimentos y Weller (Archaeology of Salt, p. 78) reclama superar los presupuestos biológicos. Reivindicamos una comprensión de la aparición de la producción de sal que supere la idea estrictamente funcionalista de que responde a una necesidad biológica: suplir la carencia nutricional atribuida al cambio en la dieta a partir del Neolítico. Todavía está por explorar la aportación al tema de los estudios sobre las "sociedades sin sal". O paradojas como que en una misma región algunos periodos conozcan una mayor intensificación de la producción frente a otros en la que esta producción es inexistente (pregunta sin responder, por ejemplo, en el capítulo sobre Japón de T. Kawashima en Archaeology of Salt). Pensamos que convendría comprender la dimensión cultural específica de la producción salinera en las diferentes formaciones sociales. Como segunda explicación del hincapié de la "arqueología de la sal" en aspectos tecnológicos desligados de su contexto social apuntamos el enorme peso combinado de los enfoques "sectoriales" en el estudio de las economías antiguas y la aplicación de visiones modernizadoras al análisis de la explotación del territorio. La misma consideración de una "arqueología de la sal", que por definición prefigura un carácter sectorial, es una negación de la Arqueología como una forma de saber histórico que busca comprender la totalidad en un sentido integrador. Precisamente superar las nociones anacrónicas y distorsionadoras sobre el trabajo o la productividad en las sociedades del pasado es esencial para comprender el papel real de la actividad salinera en las mismas. Sin duda, es importante identificar y comprender los medios de producción de la sal, su evolución y su diversidad. El libro de Harding es una gran aportación en este sentido. Sin embargo no se pueden dejar de lado las relaciones de producción que hacen posible ese producto. La investigación de la sal debe abordar la forma de organización de la producción y sus implicaciones en la estructura social en el seno de cada formación social. ¿Hubo un artesanado especializado? ¿Se producía en el ámbito doméstico? ¿Su producción estaba controlada por élites sociales o fue un bien accesible para todo el cuerpo social? ¿La producción de sal está generando relaciones de dependencia? Estas preguntas tienen tantas respuestas como sociedades salineras existen. El libro de Harding (y desde una perspectiva diferente también el de Moinier y Weller) se centra en las cuestiones tecnológicas y pasa de puntillas por los aspectos sociales (pp. 121-124). Esta ausencia se puede entender en una obra que resume los avances en la investigación de la sal en el conjunto de la Prehistoria europea. Se echa de menos sin embargo un capítulo que profundice en el papel que la sal pudo haber jugado en las diferentes formaciones sociales que aparecen desde el Neolítico hasta la Edad del Hierro en el territorio de Europa. En cambio, Archaeology of Salt sí incluye estudios de caso desde aproximaciones más contextuales, aunque faltan prospecciones intensivas y sistemáticas que apoyen las conclusiones a escala regional (por ejemplo, el texto de Lazarovici sobre Transilvania). La focalización de la "arqueología de la sal" en la tecnología de producción ha conducido a la falta de estudios territoriales en buena parte de Europa. La consideración de los componentes de la cadena productiva ha dejado de lado su relación con las formas de poblamiento a escala comarcal. Uno de los vacíos más clamorosos -y un buen ejemplo de lo que ha ocurrido en otras regiones -es el estudio de la explotación de la sal en Centroeuropa, especialmente en Polonia. Los trabajos de los años 1970 y 80 (una síntesis en Bukowski "1985 Salt production in Poland in prehistoric times") no han sido continuados y son raras las contribuciones recientes. En general en Europa, y en concreto para el mundo romano, faltan buenos estudios sobre la explotación, producción y distribución de la sal y su relación con la estructura del poblamiento, aunque algunos autores plantean interesantes cuestiones (así T. Saile en Archaeology of Salt considera el papel potencial de la demanda romana en la distribución estratégica de los lugares de producción). Los tres libros muestran tanto una clara diferenciación metodológica entre la Prehistoria y la Historia Antigua en la forma de aproximarse a la sal como la urgencia de abordar, en los estudios tradicionales de la Antigüedad clásica, análisis que aúnen la Arqueología y la Historia (en la línea de trabajos recientes como el de E. García Vargas y J. Martínez Maganto 2009 "La sal de la Bética romana",) o C. Alonso et al. 2007 "Geoarqueología y arqueometría de la sal"). Es preciso integrar los avances de la Arqueología en la investigación de la sal con la lectura de las fuentes literarias y epigráficas. Hay que abordar problemas que siguen sin respuesta, como la organización de la producción de las salinas romanas, las formas de propiedad y tributación, y el papel desempeñado por la producción de la sal en las sociedades provinciales. En definitiva, estos tres libros muestran la vitalidad que ha alcanzado el estudio de la producción de sal en la Prehistoria y la Antigüedad en los últimos años. Tras la lectura de estas obras entendemos que estamos ante un campo de estudio con un prometedor futuro y es de esperar la aparición de novedades bibliográficas que continúen estas líneas de trabajo. A la vez que celebramos este impulso a la investigación de la sal, reclamamos avanzar en una dirección más contextual e histórica, que de sentido a los progresos en la caracterización tecnológica de esta producción. Brais X. Currás Refojos. Correo e.: [EMAIL] María Ruiz del árbol Moro. Arqueología y procesos sociales, GI Estructura social y territorio. Arqueología del Paisaje (EST-AP). Instituto de Historia, Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC. Correo e.: [EMAIL] La aparición de este número de Trabajos de Prehistoria (julio de 2016) coincidirá con la presentación pública a la comunidad científica el 22 de septiembre de 2016 en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid) de la "versión beta" de IDEArq, un nuevo sistema de información concebido para la difusión en Internet de datos arqueológicos a través de su dimensión geoespacial [URL]. El objetivo de esta plataforma en línea es ofrecer un acceso sencillo a resultados de investigación arqueológica producidos por grupos pertenecientes al Instituto de Historia del CSIC (Madrid). IDEArq es una iniciativa institucional vinculada al compromiso del CSIC, signatario en 2006 de los acuerdos de Berlín de 2003, con la política de acceso abierto al conocimiento científico producido por la financiación pública. En esta misma línea, IDEArq está basada íntegramente en tecnologías de código abierto. La plataforma es producto de la colaboración entre el Laboratorio de Arqueología del Paisaje y Teledetección (LabTel) y el Grupo de Investigación Prehistoria Social y Económica (GIPSE), ambos del IH, y la Unidad de Sistemas de Información Geográfica (uSIG) del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC (CCHS). El trabajo se inició en el marco del proyecto CONSOLIDER INGENIO 2010 "Investigación en tecnologías para la valoración y conservación del Patrimonio Cultural", CSD2007-00058. IDEArq es una Infraestructura de Datos Espaciales (IDE) diseñada según las normativas internacionales que definen las condiciones de interoperabilidad de conjuntos de datos georreferenciados: la directiva Infrastructure for Spatial Information in the European Community (INSPIRE) de la Unión Europea, la serie de normas ISO 19100 y los estándares del Open Geospatial Consortium (OGC). Es decir, además de permitir la consulta directa de los conjuntos de datos a través de un navegador de Internet, estos serán accesibles a través de aplicaciones informáticas, como Sistemas de Información Geográfica, o consumidos por otros sistemas de información on line. La versión inicial que ahora se presenta, ofrece acceso a dos conjuntos de datos: la Base de Datos de Dataciones de C14 de la Península Ibérica y el Corpus de Pintura Rupestre Levantina del CSIC. Más adelante se incorporarán otros conjuntos aportados por diferentes grupos de investigación y laboratorios del IH. Una característica importante de IDEArq es que estos conjuntos, y los que se incorporen en el futuro, son independientes entre sí, pero están estructurados de acuerdo con modelos de datos que son extensiones a su vez del Modelo de Datos de Patrimonio Histórico, propuesto como una extensión de la especificación de datos de Lugares Protegidos de INSPIRE (Fernández Freire et al. 2014). Este marco de referencia hace que todos los conjuntos de datos incluidos en la plataforma sean conceptualmente coherentes y compatibles. El núcleo de la plataforma es un visualizador cartográfico que permite el acceso a los datos temáticos mediante su localización espacial, así como a breves descripciones de sus contextos arqueológicos, articuladas a partir de descriptores normalizados y referencias bibliográficas básicas que conducen al usuario a las fuentes primarias de información. En su versión actual IDEArq comprende tres "capas" de información: una básica ("Capa de Yacimientos") que da entrada a los datos y su contexto, y dos "capas temáticas" (C14 y arte rupestre). La información temática se obtiene directamente desde el visualizador mediante operaciones sencillas de navegación sobre el mapa de la Península Ibérica. Los yacimientos arqueológicos se representan por símbolos que enlazan con las tablas de datos. Los sitios pueden ser seleccionados individualmente o creando conjuntos mediante filtros basados en descriptores funcionales (tipos de sitios) o crono-culturales. La capa de yacimientos está formada por aquellos sitios arqueológicos para los que existen datos en alguna de las capas temáticas integradas en la plataforma. Actualmente tiene 1840 referencias, distribuidas por todo el territorio peninsular. No se incluyen los territorios insulares españoles ni portugueses, aunque los primeros se incorporarán en el futuro. La información complementaria se limita a contextualizar los datos temáticos: denominación del yacimiento, demarcaciones administrativas territoriales en las que se encuentra y descriptores tipológicos y cronoculturales genéricos de sus fases de uso de acuerdo con listas normalizadas. Además hay breves descripciones, citas textuales u otras observaciones de interés asociadas a los datos temáticos, que se visualizarán, en su caso, en las ventanas de presentación de los mismos. Toda esta información proviene de la bibliografía asociada. Los editores de IDEArq se han limitado a sintetizarla y seleccionar las cuestiones consideradas relevantes para la interpretación de los datos temáticos. Es decir, las asignaciones de yacimientos a tipos (hábitat, funerario, etc.) y a épocas crono-culturales (Neolítico, Calcolítico, etc.) reflejan el contenido de las publicaciones de las cuales se tomaron pero no la opinión de los editores de IDEArq. Estos sólo han intervenido para seleccionarlas según su representatividad en la bibliografía de cada sitio y la conexión directa de los autores con la investigación arqueológica realizada en el mismo. Las referencias bibliográficas se muestran en el visualizador en formato abreviado (autor[es], fecha de publicación) y pueden encontrarse completas en listas bibliográficas a las que se puede acceder desde el propio visor. La dimensión geoespacial es el eje central de IDEArq. Por ello se han cuidado especialmente los procesos de geolocalización de los yacimientos y la normalización en la presentación final de la información. Se utiliza el sistema de referencia geodésico ETRS89 en coordenadas geográficas en grados sexagesimales (EPSG:4258). La localización de los yacimientos se ha atenido a las siguientes fuentes de información, según fueran disponibles: a) registros oficiales (p. ej., bases de datos de los servicios de patrimonio de las diferentes entidades administrativas, cartas arqueológicas, etc.); b) referencias geográficas precisas incorporadas a la bibliografía de referencia; c) geolocalización sobre las ortofotografías del PNOA, en general a través del visualizador IBERPIX, a partir de informaciones imprecisas (descripciones y/o croquis) presentadas por la publicación consultada. El método de localización ha consistido en el cotejo de estas fuentes con objeto de conseguir la aproximación más precisa posible. Aunque las coordenadas almacenadas en las bases de datos temáticas se han establecido con los niveles de máxima precisión y estos son utilizados en las operaciones internas, la presentación de los datos a través del visualizador asume un umbral de escala, para garantizar la seguridad de los yacimientos arqueológicos. Con este fin, la escala de máxima aproximación en el visualizador equivale a una escala cartográfica 1:200.000, además de mostrar, tanto en los servicios como en el visor, las coordenadas redondeadas a 1 km. La Base de Datos de dataciones radiocarbónicas de la Península Ibérica (IDEArq-C14) recoge hasta el momento unas 8000 fechas de C14 de contextos arqueológicos. Este repertorio se basa en la recopilación crítica iniciada en 1982 por Antonio Gilman (California State University-Northridge, EE.UU.) como parte de sus investigaciones sobre la Prehistoria reciente de la Península Ibérica. Gilman ha actuado como editor principal de la base de datos. Su labor ha combinado la localización de los recursos bibliográficos con la lectura crítica de la información publicada, la resolución de contradicciones y ambigüedades, el cotejo de las diversas fuentes en un número muy elevado de casos, etc. Gilman ha supervisado, igualmente, la sistematización y normalización necesarias para incorporar sus notas a una base de datos. La mayor parte de la información recogida en la base de datos proviene de las fuentes bibliográficas, por lo que refleja el estado de la cronología radiocarbónica de la Península Ibérica aceptado por la comunidad científica. Sólo un pequeño porcentaje de datos inéditos procede de los archivos del extinto Laboratorio de C14 del Instituto de Química Física Rocasolano del CSIC. La generosidad de Antonio Rubinos Pérez, responsable de dicho Laboratorio hasta su cierre en 2014, hizo posible su consulta e incorporación. Hay que subrayar que, por la propia naturaleza de las fuentes de información manejadas, el contenido de la base de datos es forzosamente irregular, como lo son los niveles de detalle y calidad de la información bibliográfica utilizada. Creemos, sin embargo, que es un punto de partida útil para el desarrollo futuro de una base de datos más sistemática y uniforme. En su estado actual, IDEArq-C14 no es un repertorio exhaustivo de la cronología radiocarbónica de la Península Ibérica. Se restringe a la Prehistoria Reciente y la Protohistoria, es decir, a los periodos comprendidos entre el Epipaleolítico/Mesolítico y la Edad del Hierro. Eventualmente incorpora dataciones previas (Paleolítico) o posteriores (épocas romana y medieval) en el caso de yacimientos que presentan estas fases de ocupación además de las incluidas en el ámbito propio de la base de datos. Se ha procedido así para proporcionar a los usuarios la totalidad de los contextos cronológicos de estos yacimientos. La mayoría de las dataciones incluidas se distribuyen en el intervalo de fechas convencionales entre el 10.000 y el 1.500 BP. El ámbito geográfico provisional es el territorio peninsular de los países ibéricos (véase arriba). A través del visualizador los usuarios podrán consultar las dataciones disponibles a partir de la localización de los yacimientos. Cada datación está caracterizada por los siguientes atributos básicos: identificadores (laboratorio y número de serie), fecha en años de C14 antes del presente con su correspondiente desviación, material de la muestra, método de determinación e información contextual (estratigrafía, referencia bibliográfica y observaciones). Las citas bibliográficas proporcionan a los usuarios la posibilidad de acceder por sus propios medios a la información primaria. Actualmente, está en desarrollo un interfaz de consulta temática que hará posible consultas más complejas a la base de datos, así como el acceso a informaciones contenidas en ella que no se muestran en el visualizador. El Corpus de Pintura Rupestre Levantina (CPRL) es la versión electrónica del Corpus de Arte Rupestre Levantino (CARL). Martín Almagro Basch, a la sazón director del Instituto Español de Prehistoria (IEP) del CSIC, dirigió este inventario fotográfico de las manifestaciones rupestres postpaleolíticas de la vertiente mediterránea de la Península Ibérica entre 1971 y 1976. El fotógrafo D. Fernando Gil Carles lo concibió y realizó con su equipo, razón por la cual los especialistas lo conocen como "Archivo Gil Carles" (un estudio detallado en Cruz Berrocal et al. 2005). El CARL reúne documentación fotográfica de los motivos rupestres y entornos de 95 estaciones distribuidas en las comunidades autónomas de Aragón, Cataluña, Comunidad Valenciana, Castilla-La Mancha y Región de Murcia. Contiene dos series paralelas de fotogramas, en color y blanco y negro, de diversos Trab. En 1994 el CSIC inició un programa de conservación y valorización de los originales fotográficos y documentos asociados que concluyó en 1999. Se abordó una nueva catalogación de los fondos, la digitalización de las fotografías, la limpieza y tratamiento de conservación de los fotogramas originales y su traslado a soportes acordes con la normativa internacional sobre conservación de material fotográfico. En paralelo se desarrolló una base de datos on line que permite la consulta de los fondos gráficos y las referencias documentales contenidas en las "fichas arqueológicas" y descripciones. Esta base de datos se diseñó para crear un análogo digital del CARL. Por ello se mantuvo la estructura del modelo de datos original, organizando los fondos gráficos a partir de las referencias contenidas en las "fichas arqueológicas". El conjunto (base de datos y banco de imágenes digitales) se denominó Corpus de Pintura Rupestre Levantina (CPRL) para distinguirlo del original analógico (CARL), y fue publicado en 1999: http://www.prehistoria.ceh.csic.es/ AAR/. Además, se creó una base de datos bibliográfica, asociada a un nomenclátor toponímico, que recoge la mayoría de las publicaciones previas al año 2000 sobre pintura rupestre levantina y esquemática (http://www. prehistoria.ceh.csic.es/AAR/frames3.php). Los fondos originales fueron depositados en la biblioteca Tomás Navarro Tomás del CCHS-CSIC. La incorporación del CPRL al proyecto IDEArq pretende facilitar el acceso a unos fondos fotográficos de gran valor documental, ofreciendo la posibilidad de consultarlos a partir de la localización geográfica de las estaciones. El modelo de datos original se ha simplificado y adaptado al general de IDEArq. Así, se muestra únicamente la documentación gráfica, con los datos contextuales imprescindibles para su identificación, incluyendo las referencias bibliográficas. Contiene aproximadamente 3000 fotogramas en color de las pinturas, así como las fotografías en blanco y negro de las estaciones y sus entornos. Respecto al desarrollo futuro, IDEArq es y será un proyecto en proceso de renovación y ampliación constante, tanto en lo que se refiere a los contenidos cuanto a las herramientas de acceso. Se han mencionado ya algunas de las mejoras en las que el equipo de IDEArq está trabajando (interfaces temáticos de consulta avanzada, incorporación de los territorios insulares españoles). Además está ya avanzada la incorporación del Archivo de valores isotópicos de la Península Ibérica δimP. Se trata de una base de datos georreferenciada de valores isotópicos de estroncio, oxígeno, carbono y nitrógeno obtenidos de restos humanos y animales recuperados en contextos arqueológicos de la Península Ibérica. El archivo inicial es un resultado del proyecto HAR2013-47776-R. δimP, pero nace con la intención de convertirse en la plataforma de referencia en su materia. Otros conjuntos de datos procedentes de los proyectos de investigación en curso y futuros se irán integrando para lograr una red cada vez más densa de información científica compartida de acuerdo con la filosofía del "acceso abierto" que está en la raíz de la iniciativa. Esta orientación, derivada de la forma de acceso a la información y de los posibles modos de interacción con los usuarios, es uno de los rasgos más importantes de IDEArq. Por esta razón, entre los futuros desarrollos se prevé la creación de canales de interacción que permitan a la comunidad científica contribuir a mejorar la plataforma y sus contenidos, corregir los errores, llenar las omisiones y añadir nuevos datos a medida que aparezcan. IDEArq se publica ahora en su versión experimental, precisamente con la idea de que esta interacción con los usuarios mejorará sus inevitables defectos. Sus equipos técnico y científico animan a los lectores de Trabajos de Prehistoria a participar en la experiencia, comunicando sus observaciones, críticas o sugerencias sobre el visor y sus contenidos a través de la dirección de correo electrónico habilitada al efecto. En este sentido, hacer pública la plataforma no es un mero acto de publicidad. Forma parte del propio proceso de creación, y se desarrollará en varios ámbitos, culminando con la presentación formal, ya citada, en el Museo Arqueológico Nacional.
Díaz-Guardamino, Marta; García Sanjuán, Leonardo y Wheatley, David.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. El pasado 18 de enero de 2016, en la ciudad de Friburgo (Alemania), poco antes de que hubiera cumplido 100 años de edad, ha fallecido el Sr. Prof. Dr. Edward Sangmeister, un maestro de maestros reconocido por varias generaciones de prehistoriadores europeos y en particular de la Península Ibérica. Formado como especialista de las Culturas Neolíticas en el sur de Alemania, ha destacado como uno de los investigadores pioneros en el estudio sistemático del Fenómeno Campaniforme y los inicios de la metalurgia del cobre en Europa. Su principal vocación científica estuvo centrada en el perfeccionamiento de los métodos de la Prehistoria y en especial de la arqueología de campo. Sus reflexiones metódicas aportaron a la investigación arqueológica de la Prehistoria en España y Portugal unos novedosos impulsos a partir de mediados del pasado siglo XX. Habiéndose doctorado bajo la dirección de Gero von Merhart en la Universidad de Marburgo sobre Fundstoff und Verlauf des Neolithikums im hessischen Kernland, se incorporó como Asistente en el Departamento de Prehistoria de aquella institución en 1950, donde obtuvo la acreditación de su habilitación como profesor universitario en 1954. Con motivo de la reapertura del Instituto Arqueológico Alemán (DAI) de Madrid bajo la dirección de Helmut Schlunk, experto en arte paleocristiano y visigodo, y junto con Helmut Sichtermann de la Arqueología Clásica, Edward Sangmeister se integra en el DAI-Madrid como especialista en Prehistoria (01/03/1954). En este nuevo cargo despliega durante dos años una fulgurante colaboración con afamados arqueólogos españoles y portugueses, con los cuales coincide en el IV Congreso Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas de Madrid (21-27/04/1954). El experto y meticuloso arqueólogo alemán no tardó en percatarse en la Península Ibérica de las carencias propias de una época todavía caracterizada por la necesidad de unas prácticas arqueológicas de campo y laboratorio medianamente sistemáticas. Eran requeridas entonces sobre todo en la búsqueda de unas estratigrafías fiables, que respecto de distintas épocas y regiones ayudaran a establecer cronologías relativas para la correcta interpretación de unos materiales y paralelos, que desde los tiempos de Luis Siret y Jorge Bonsor pasando por los de Pedro Bosch Gimpera seguían siendo en los años 40-50 deudores de viejas excavaciones y de las comparaciones tipológicas prestadas por unas selectivas colecciones particulares. Durante su corta permanencia en el DAI-Madrid (1954-1956) su actividad científica se desarrollaría de una manera intensa y con una magistral trascendencia a partir de haber sido a Dpto. de Prehistoria y Arqueología. Facultad de Geografía e Historia. Con este bagaje y el conocimiento que tenía de experiencias similares a las desarrolladas por Georg y Vera Leisner, en marzo de 1956 deja el DAI-Madrid para con no menor ilusión ocupar en la Universidad de Friburgo (Alemania) la cátedra de nueva creación de Pre y Protohistoria. Primero con el status de Extraordinario y a partir de 1959 como Catedrático después de renunciar a un ofrecimiento de la Universidad de Kiel. Su apasionada vocación docente la desarrollaría durante 25 años hasta su jubilación en 1981, siendo nombrado en el curso académico 1959-1960 Decano de la Facultad de Filosofía. A su sucesor en el cargo propuso la moción de nombrar a Vera Leisner Doctora honoris causa. La emotiva laudatio (26/11/1960) de Sangmeister se haría otra vez patente en un acto celebrado en el DAI-Madrid poco después, donde V. Leisner manifestando su agradecimiento expresaría que el honor del título pertenecería también a su fallecido marido y con ello era extensivo a toda su obra en común. La fecha del año 1960 resulta sumamente importante para comprender las fructíferas e intensas relaciones hispano-alemanas que en el campo de la Arqueología y para la Prehistoria en particular continuaron cultivando por un lado las investigaciones modélicas del DAI-Madrid y, por otro lado, las de aquellas escuelas que con unas metodologías afines en España y Portugal siguen desarrollando nuevas generaciones de investigadores hasta nuestros días. Muchos de los que por fortuna pudimos conocer su capacidad de trabajo en la arqueología de campo tuvimos también la oportunidad de comprobar que como docente superaba con creces cuánto cabía esperar de un especialista en temas relativos a la Prehistoria. Su maestría estaba apoyada en la ontología dialéctica que desplegaba en sus diálogos, empeñado en enseñar los rudimentos básicos del oficio del arqueólogo como historiador: sin confusión de la técnica con la ciencia, ni el método de observación con la teoría, ni la teoría del conocimiento con la realidad. En los años 40-50, mientras que las lenguas clásicas y la Arqueología del Mundo Antiguo estaban cobrando una importancia inversa a la que perdía la Filosofía, la Prehistoria de Sangmeister aunque inmersa en los debates del historicismo cultural discurría por unos derroteros epistemológicos difíciles de agotar en el caldo de cultivo intelectual que en el estado español fomentaban las enseñanzas neoescolásticas y que a duras penas la juventud estudiantil soportaba ante el trance de una academia impositiva. No olvidar que por entonces, como también se sabe, la Arqueología continuaba plagada de 'verdades absolutas' y de afirmaciones apodícticas, enarboladas desde posiciones doctrinarias, como bases indiscutibles del conocimiento, cuando en realidad adoleciendo de errores metodológicos fundamentales resultaban ajenas a unas evidencias empíricas propias, que cuando menos sirvieran para evitar de entrada el pábulo que desde el difusionismo extremo se daba al evolucionismo receptor hispano. Cabe decir, en honor de la didáctica de Sangmeister, que cuidando no imponer al estudiante sus conclusiones, se decantaba por una docencia abierta, que marchando a la expectativa de la investigación hiciera que las inferencias extraídas de las aulas quedaran a disposición como hipótesis de trabajo susceptibles de someterse a un proyecto de verificaciónfalsación en el campo y en el laboratorio. Sin que en los años 70 se hubieran disipado las penumbras universitarias dominadas todavía por un respeto en extremo absurdo, entre el maestro que habla y el discípulo que escucha, comentaba una vez el profesor Arribas, buen amigo y conocedor del talante científico y amable de Sangmeister, que en cuanto a su sabiduría podíamos asomarnos sin temor a un pozo sumamente profundo pero, en lugar de oscuridad, con un manantial de luces esperándonos en el fondo. No siendo una persona con falta de carácter, destacaba por su trato afable, pero riguroso en cuanto a la franqueza sincera que reclamaba de entrada incluso a los discípulos de otros maestros, para acotar pronto con una responsabilidad manifiesta los temas que en concreto requerían su ayuda. Las discusiones más fructíferas eran de este modo aquellas que sobre unas lecturas previamente propuestas eran llevadas a unas tertulias distendidas, fuera del aula. Donde por cierto su docencia resultaba sumamente amena y concurrida, aparte de ser por costumbre muy madrugadora. La base de este interés estaba en que no solamente disfrutaba enseñando, sino mostrando cómo se puede 'aprender para enseñar mejor' a través de unos diálogos de reflexiones cordiales. Una dialéctica ejemplar que también hacía posible como alternativa llevar a un mismo plano de debate los razonamientos de unas posturas teóricamente contrarias, con el objeto de plantear una disyunción lógica de sus conceptos esclareciendo las diferencias de sus enfoques y controversias. Una actitud al menos distinta a la mantenida por los paradigmas cerrados definidos por Thomas S. Kuhn, y que en términos más bien de Imre Lakatos nos consta que intentaba abrir al debate interdisciplinar con otras instancias epistemológicas el profesor de Friburgo. Entre las remembranzas que se refieren a la presencia del querido maestro en Andalucía queremos destacar su lúcida participación, a una edad avanzada, en dos encuentros que de una manera entrañable mantuvo en la memoria para siempre. Uno es el Coloquio sobre la Civilización Atlántica-Mediterránea de la Época del Cobre. Homenaje a los eméritos investigadores de la Edad del Cobre de la Península Ibérica: Profesores E. Sangmeister, A. Arribas Palau, B. Clayre Blance, H. Schubart (1997). La reunión se organizó en la Universidad de Sevilla en colaboración con el DAI-Madrid, en la oportunidad de presentar por Michael Kunst un balance de los resultados hasta entonces obtenidos en las excavaciones de Zambujal (Fig. 1), y por mi parte las nuevas perspectivas de investigación del Centro de Poder de Valencina-Castilleja, así como la puesta en valor de su gran dimensión occidental. El segundo es el III Simposio de Prehistoria Cueva de Nerja. Las primeras sociedades metalúrgicas en Andalucía. En el acto inaugural Sangmeister pronunciaría unas emotivas palabras laudatorias haciendo patentes sus recuerdos al lado de Beatrice Blance y el homenajeado en la campaña de 1955 en Los Millares. Con un historial de medio siglo de vibrantes experiencias nos decía que debíamos asumir como investigadores y docentes universitarios un compromiso frente a las pretensiones del "fin de la Historia" que Francis Fukuyama auguraba para el siglo XXI. Estábamos los presentes sumidos en un elocuente silencio. No por la vieja noción de un respeto inopinable, sino por todo lo contrario: reflexionando cómo de una manera verdaderamente consecuente con su magisterio podríamos intentar contribuir como su persona a la mejora del mundo en que vivimos. En esta corta semblanza, por supuesto, se trasluce con admiración el afecto que compartimos muchos de los estudiantes de aquellos todavía difíciles años 60 y 70 en la Península Ibérica, y que agradecidos no podemos menos que poner de relieve que la mejor enseñanza de Edward Sangmeister estaba en inculcarnos el afán de buscar de una manera constante los conocimientos que permitan entre todas las ciencias encontrar el método de una sociedad realmente humana. Nunca olvidaremos este empeño. Querido profesor, maestro y amigo, que descanses en paz porque en la memoria que es Historia para siempre vivo estás.
The new readings of the Uan Derbuaen paintings allow to suggest a staging and grand representation of matrimonial arrangements, the final travel of the brides. rESUMEN La cordillera montañosa del Tasili n'Ajer es bien conocida por su fenomenal riqueza en abrigos y cuevas pintados. Generaciones de investigadores han prospectado, cartografiado, dibujado y discutido diferentes facetas de estas pinturas del Tasili. La diversidad y versatilidad de las tradiciones pictóricas del Tasili hace difícil cualquier intento de generalización directa ya sea estilística o temática. Cada estación pintada parece ser única y expresiva de sugerencias propias que deben ser estudiadas extensa y sistemáticamente. En el enfoque esbozado en este artículo, un enfoque iconográfico, las pinturas son consideradas como series complejas de "artefactos" organizados por las mentes creativas de los artistas reales. ¿Cómo desarrollaban sus habilidades esos artistas? ¿Qué elementos icónicos escogieron para la representación y por qué? ¿Cómo y por qué esos elementos seleccionados se organizaron y combinaron? La nueva lectura de las pinturas de Uan Derbuaen permite sugerir una puesta en escena y una gran representación de los arreglos matrimoniales, el viaje final de las novias.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Palabras clave: Recintos de fosos; Edad del Cobre; Edad del Bronce; Datación radiocarbónica; Modelización bayesiana. Los denominados como recintos de fosos se han convertido en una de las grandes novedades de la investigación prehistórica de la Península Ibérica en las últimas décadas. Hasta hace muy pocos años la escala y complejidad de este fenómeno era prácticamente inimaginable (Jiménez-Jáimez 2015). Es más, si tenemos en cuenta los últimos hallazgos que se están produciendo en la cuenca del Guadiana (Valera 2012(Valera, 2013a(Valera, 2013c;;Valera et al. 2015) o en el valle del Duero (García García 2013; Delibes et al. 2014) posiblemente aún estemos lejos de poder comprender este fenómeno en toda su profundidad. Pero no solo por su escala o complejidad los recintos de fosos se han convertido en uno de los grandes temas de investigación actual, sino que su estudio y análisis suponen un auténtico reto ya que algunas de sus principales características (morfología, dimensiones, localización, estructuras relacionadas, tipos de depósitos asociados etc.), en no pocas ocasiones se alejan del área de confort funcionalista en la que habitualmente se mueven la mayor parte de las narrativas sobre estas sociedades. La recurrente presencia de los denominados como "depósitos estructurados o semi-estructurados" o la dificultad de definir en términos defensivos los recintos de fosos ha abierto el debate a interpretaciones alternativas basadas en la idea de monumentalización bien de lugares de hábitat (Díaz-del-Río 2001, 2003; Delibes et al. 2014), bien de espacios de encuentro ocupados de una forma no sedentaria y donde se desarrollarían prácticas sociales de diferente naturaleza (Márquez y Jiménez-Jáimez 2010; Márquez 2013). Desde el inicio de las investigaciones de los recintos de fosos su temporalidad ha sido reconocida como un aspecto clave para su correcta compresión. La naturaleza específica de este tipo de yacimientos formados habitualmente por diferentes recintos concéntricos en cuyo interior se documentan multitud de estructuras negativas de diferente forma y tamaño ha generado extensas estratigrafías horizontales, auténticos palimpses-tos de complicada secuenciación. El análisis de las características tipológicas de los materiales asociados ha sido y sigue siendo uno de los procedimientos habituales para su adscripción temporal. No obstante, el grado de precisión de esta metodología apenas si permite valoraciones generales que imposibilitan profundizar en la temporalidad de estos complejos yacimientos. Alternativamente, las dataciones radiocarbónicas se han convertido en el mejor procedimiento para aproximarnos a su temporalidad. No obstante, lejos de ser una panacea, existen importantes limitaciones que deben ser tenidas en cuenta. A las propias del método, recordemos por ejemplo que no tratamos con dataciones absolutas sino con intervalos de probabilidad, hay que sumar las específicas del objeto de estudio. Aproximarnos a la temporalidad de los recintos de fosos entraña varias dificultades. En primer lugar, desconocemos la distancia temporal entre la construcción de los fosos y su posterior relleno sedimentario. Por tanto, argumentar, como habitualmente se hace, que las dataciones asociadas a la base de los fosos fechan su construcción implica asumir que las primeras deposiciones se realizaron inmediatamente después de su construcción. Además, también desconocemos si un mismo foso fue construido y posteriormente colmatado en uno o dos momentos acotados temporalmente o si por el contrario es el resultado de prácticas culturales que se extienden a lo largo de amplios periodos. Ambas posibilidades no son excluyentes sobre todo si tenemos en cuenta la diversidad de formas y tamaños que ofrecen los recintos de fosos, desde perímetros como escasas decenas de metros hasta alcanzar, caso del foso 1 de Perdigões, 1,5 km de longitud (Márquez et al. 2012: 577). El estudio de varias series radiométricas de diferentes tramos de un mismo foso podría ayudarnos a eliminar algunas de estas incertidumbres. Otra limitación surge de las preguntas ¿qué es lo que realmente estamos datando?, ¿pueden realmente las dataciones fechar el contexto deposicional en el que se documentan? Dado que habitualmente las dataciones se realizan sobre materiales procedentes de contextos secundarios, en realidad desconocemos la distancia temporal entre la muerte del organismo que se fecha y el acto de deposición. Asumimos que esta distancia es corta o irrelevante si se consideran los intervalos de probabilidad de las dataciones. En cualquier caso, la documentación de materiales cronológicamente antiguos en contextos sedimentarios más recientes, por ejemplo en los fosos 1 y 4 de Perdigões (Valera y Silva 2011; Márquez et al. 2013), en el foso 2 de Porto Torraõ (Valera 2013b) o en el foso 4 de Marroquíes Bajos (véase más abajo) nos alerta sobre los problemas de asumir acríticamente la contemporaneidad entre el acto de deposición y los materiales asociados. Una forma de paliar esta limitación pasa por seleccionar muestras de deposiciones primarias, como partes anatómicas de personas o animales articuladas, o cuando esto no sea posible, por efectuar estudios tafonómicos que determinen con precisión la biografía de los materiales que vayan a ser objeto de datación. Una de las principales características de los recintos de fosos es la complejidad de las secuencias estratigráficas que colmatan su interior donde habitualmente se superponen deposiciones naturales con otras antrópicas, sean éstas primarias o secundarias, y se entremezclan con los denominados recutting o reexcavaciones realizadas sobre los rellenos sedimentarios previos (Márquez y Jiménez 2010). Este hecho hace realmente difícil asumir que una o dos dataciones permitan establecer la temporalidad de un foso o lo que es aún más problemático plantear relaciones de contemporaneidad o sucesión entre fosos. Parece evidente que sólo a partir de amplias series radiocarbónicas es viable aproximarnos a la temporalidad de estas complejas arquitecturas. Con estas dificultades y limitaciones en mente, el presente trabajo tiene como objetivo el estudio de la temporalidad de los fosos del yacimiento de Marroquíes Bajos a partir del denominado como Foso 4. Para ello se analizará en primer lugar la secuencia estratigráfica y materiales asociados del tramo de foso estudiado, posteriormente se valorará la serie radiocarbónica obtenida integrándola con las dataciones disponibles para otros fosos y finalmente se discutirá la temporalidad de Marroquíes Bajos en el contexto de los recintos de fosos prehistóricos peninsulares. El yacimiento de Marroquíes Bajos se ha convertido en uno de los hallazgos más relevantes de la Prehistoria Reciente del sur de la Península Ibé-rica desde que en 1995 comenzarán las primeras excavaciones arqueológicas (Hornos et al. 1998; Zafra de la Torre et al. 2003). Las causas de su descubrimiento como parte del desarrollo urbano de la ciudad de Jaén han resultado a la vez una de sus principales debilidades. Cientos de excavaciones arqueológicas a cargo de diferentes equipos de investigación han generado una enorme literatura gris de complicada gestión1. De hecho, a día de hoy uno de los problemas básicos para su investigación pasa por conocer el número, localización y características de las intervenciones. Parece urgente una obra que reúna y sistematice toda esta información. No obstante y a pesar de estas dificultades, es necesario destacar el compromiso con la tutela del patrimonio de investigadores/as como Narciso Zafra de la Torre, Francisca Hornos Mata y Marcelo Castro López quienes, más allá de sus obligaciones profesionales en la gestión de la denominada como Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos, han realizado una meritoria labor de ordenación espacial y secuencial de la compleja y fragmentada información generando trabajos de síntesis de gran valor (Hornos et al. 1998; Zafra de la Torre et al. 1999; Zafra de la Torre et al. 2003, 2010; Castro et al. 2008; Zafra de la Torre 2012). Posiblemente, una de sus principales aportaciones haya sido precisamente situar a Marroquíes Bajos en el contexto de los grandes yacimientos de recintos de fosos peninsulares y europeos. Para época prehistórica, objeto de este trabajo, se han identificado 6 fases que en términos crono-culturales abarcarían desde el IV mileno hasta finales del II milenio cal BC. Estructuralmente, estas 6 fases se han asociado a tres grandes momentos constructivos: las fases más antiguas se caracterizarían exclusivamente por fosas de diferente forma, tamaño y naturaleza, posteriormente se generalizarían las denominadas cabañas de surco perimetral y hoyos de poste y en la última fase de ocupación el elemento distintivo serían los recintos de mampostería y adobe que delimitan complejas unidades domésticas que incorporan construcciones de diversa naturaleza y funcionalidad (Zafra de la Torre et al. 1999Torre et al., 2003)). Esta secuencia constructiva aparece relacionada con hasta seis fosos para los que se ha sugerido un trazado concéntrico siguiendo el patrón habitual en este tipo de yacimientos (Fig. 1). No obstante, la identificación de los seis fosos debe considerarse como una aproximación dado que cada foso ha sido definido mediante la agrupación de diferentes tramos aislados e inconexos. Ciertamente, si valoramos recientes trabajos de prospección geofísica y teledetección (Valera 2013a; Delibes et al. 2014), los numerosos recintos de fosos documentados mantienen en todos los casos la idea de circularidad. Sin embargo, también muchas veces presentan trazados sinuosos e irregulares, tramos rectilíneos que no parecen formar parte de recintos o diferentes fosos que se cortan unos a otros o que se unifican en uno solo. La evidente complejidad de este fenómeno hace previsible que en Marroquíes Bajos el número y trazado de sus fosos experimente futuras modificaciones. En cualquier caso, parece indudable la existencia de diferentes recintos de fosos que conforman uno de los yacimientos prehistóricos de mayores dimensiones de la Península Ibérica. Teniendo en cuenta el trazado teórico del recinto más externo o Foso 5 se ha calculado una extensión de al menos 113 has de las que 34 has se corresponderían con la zona considerada estrictamente como poblado (Zafra de la Torre et al. 1999; Zafra de la Torre et al. 2003Torre et al., 2010)). En términos generales, los fosos excavados en Marroquíes Bajos se caracterizan por la diversidad en sus formas y tamaños. Secciones en U y V se alternan con otras en forma de artesa, en ocasiones escalonadas, y las dimensiones oscilan entre 1,5 y 20 m de anchura y entre 1 y 5m de profundidad. Asociadas a los fosos se han descrito diferentes tipos de estructuras, muros de adobe y piedra, empalizadas, paramentos de mampostería, estructuras de madera, etc., que no han escapado a la tradicional interpretación defensiva de este tipo de construcciones (Zafra de la Torre et al. 1999; Zafra de la Torre et al. 2003; Lizcano et al. 2004; Sánchez Vizcaíno et al. 2005). La correlación temporal entre las fases culturales, la secuencia constructiva y los fosos está lejos de ser resuelta. La definición de un marco cronológico donde encajar a los distintos tipos de estructuras y depósitos asociados (tramos de fosos, fosas de diferente forma y tamaño, sepulturas, construcciones de mampostería, adobe, etc.) entraña una enorme complejidad, dado que se trata de auténticos palimpsestos donde prima la estratigrafía horizontal frente a la vertical. Las propuestas de ordenación temporal parten de escasas dataciones radiocarbónicas y, muy especialmente, de la tipología de los materiales asociados. Se han planteado dos fases sucesivas de construcción, uso y abandono de los fosos. La más antigua se correspondería con los Fosos 0 y 1, los más internos, que se situarían entre el ca. En la fase más reciente (ca. 2450-2125 cal BC) se construiría el resto (Fosos 2, 3, 4 y 5) de forma que antes del cambio de milenio estarían colmatados y, por tanto, amortizados. En este segundo momento se considera que la construcción de todos los fosos fue simultánea, dado que funcionarían como un complejo sistema de captación y redistribución de recursos hídricos utilizados, básicamente, para una agricultura de regadío (Zafra de la Torre et al. 2010: 530). Todo este armazón cronológico e interpretativo se basa en solo seis dataciones radiocarbónicas lo que, como apuntábamos más arriba, es manifiestamente insuficiente para construir una temporalidad robusta. La Ciudad de la Justicia El denominado solar de la Ciudad de la Justica, con más de 13.000 m 2 excavados entre 2006 y 2007, ofrecía una excelente oportunidad para abordar el complejo fenómeno de los recintos de fosos y estructuras asociadas (Fig. 1). Su notable superficie ha facilitado la excavación en extensión de un importante sector de Marroquíes Bajos, proporcionando una visión de conjunto nada habitual si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría de las intervenciones han afectado a parcelas mucho más reducidas. La ocupación prehistórica del sitio se caracteriza por un complejo, y en ocasiones denso, palimpsesto de estructuras tipo fosa, hipogeos, cabañas de surco perimetral y hoyos de poste y estructuras de mampostería mal conservadas y de difícil interpretación (Fig. 2) (Barba y Navarro 2010). Todas estas estructuras se organizan a partir de dos tramos de foso que discurren paralelos entre sí con una dirección este-oeste y que delimitan un espacio con una anchura de entre 110 y 120 m. Ambos fosos, situados en la mitad sur y norte de la parcela, han sido identificados como parte de los Fosos 3 y 4 respectivamente. El trazado del Foso 3 es continuo e irregular con una anchura entre 10 y 13 m, una profundidad máxima de 2,6 m y una sección en U. El trazado del Foso 4, en cambio, es más regular con una anchura de 8 m, una profundidad máxima de 4 m y una sección igualmente en U (Fig. 3). El elemento estructural posiblemente más significativo en su trazado sea una interrupción a modo de puerta o acceso. Como suele ser habitual en este tipo de recintos, se trata de un espacio no excavado en la matriz geológica que facilita la comunicación entre recintos. Varios tramos de estructuras de mampostería de una o dos hiladas, asociadas al límite exterior del foso, deben relacionarse con la mejora en su solidez y consistencia (Barba y Navarro 2010: 79). Las características generales de los dos tramos del Foso 4 y de la puerta de acceso suponen una clara anomalía que cuestiona la interpretación general propuesta para este recinto. El Foso 4 se ha considerado clave en la configuración de la denominada "macro-aldea" de Marroquíes Bajos ya que limitaría la zona habitada, o al menos de concentración de la mayoría de la población, siendo a la vez la fortificación más importante de todo el sistema de fosos. La documentación en varios tramos de muros de adobes y/o piedra interpretados como murallas y bastiones se ha generalizado considerando que el Foso 4 se asociaría a una muralla de 2 m de grosor y 3 m de altura en todo su trazado (Zafra de la Torre et al. 2003Torre et al.: 85, 2010: 529): 529). En la Ciudad de la Justicia no se han documentado evidencias de muralla, ni de bastiones, ni de ningún otro tipo de estructuras que fortificaran la puerta, un área especialmente sensible en cualquier sistema defensivo. Parece, por tanto, evidente que no existe una uniformidad en la configuración espacial y estructural del Foso 4, situación que, como posteriormente se analizará, también se constata en su temporalidad. Palimpsesto de fosas, hoyos de poste y cabañas de surco en el tramo de la Ciudad de la Justicia (Marroquíes Bajos, Jaén). Estudio de Arqueología s.l. Planta del Foso 4 en el tramo de la Ciudad de la Justicia (Marroquíes Bajos, Jaén). Elaborado por Agueda Lozano Medina a partir de la documentación de excavación. Nuestro estudio del Foso 4 se ha centrado en el tramo localizado en el denominado sector 69, cuya estrategia de excavación se ajustaba mejor a los objetivos del presente trabajo. La figura 4 muestra la secuencia de Unidades Estratigráficas (UEs) que colmatan el interior del foso. En sus complejas dinámicas deposicionales alternan unidades de origen natural con otras de naturaleza antrópica. Las primeras (por ejemplo las UEs 8, 22, 25 ó 26) se caracterizan por una matriz limo-arcillosa con escasas o nulas inclusiones siempre de pequeñas dimensiones. Su origen debe relacionarse bien con la erosión de las paredes del foso o bien con depósitos asociados a la circulación hídrica. Las UEs de naturaleza antrópica tienen mayor variabilidad en su forma, tamaño y en la relación entre la matriz y las inclusiones. Estas últimas suelen ser pequeñas y medianas y de disposición aleatoria. En todos los casos, la matriz contiene a las inclusiones excepto en la UE 29, una concentración de mampostería mantenida sin excavar lo que generó el testigo interno apreciable en la figura 4. La geometría de los depósitos sedimentarios tiende a la horizontalidad en capas que a medida que se aproximan a las paredes del foso adquieren la forma de artesa. Precisamente, esta geometría en artesa se acentúa en las UEs del tercio superior del foso donde además conviven con unidades con forma de lentejón. De este patrón se alejan las evidencias de posibles recutting o reexcavaciones realizadas sobre depósitos sedimentarios previos como las fosas colmatadas con las UEs 14, 15 y 16 y con la UE 20. En cuanto a la cultura material asociada (Fig. 5), las evidencias más habituales son los fragmentos cerámicos y restos faunísticos que aparecen a lo largo de toda la secuencia. Los instrumentos líticos son más excepcionales: un percutor, un molino y varias hojas de sílex (Fig. 5: 14-18), además de un fragmento de pesa de telar (Fig. 5: 13). El conjunto cerámico se caracteriza tipológicamente por formas semiesféricas y ovoides. Dominan los cuencos y las ollas/orzas de paredes entrantes (Fig. 5: 2-10), aunque también hay vasijas con el cuello marcado y borde saliente. Los bordes suelen ser redondeados y en algún caso engrosados al exterior (Fig. 5:1). Son cerámicas modeladas a mano con pastas compactas y un tratamiento de las superficies mayoritariamente alisado y excepcionalmente bruñido. También es habitual la presencia de concreciones calcáreas de origen natural. El conjunto faunístico procedente del Foso 4 no fue incluido en el estudio general de la Ciudad de la Justicia (Riquelme 2010) y se incorpora ahora 2. Conjunto de materiales cerámicos y líticos procedentes del Foso 4 en el tramo de la Ciudad de la Justicia (Marroquíes Bajos, Jaén). número total de restos analizados asciende a 296 fragmentos de los cuales 264 corresponden a mamíferos terrestres y 2 a restos de ave no identificable. De los primeros un total de 198 (67%) restos se han determinado a nivel de especie mientras que los otros 96 (33%) se han englobado en las categorías de macro y mesomamíferos. La fauna doméstica domina con claridad: el 95,11% del número de restos determinados frente al 4,89% de fauna salvaje (Tab. Las especies identificadas han sido bóvidos, ovicaprinos, suidos, cánidos, ciervo y corzo3. En las tres variables analizadas, Número de Restos Determinados (NRD), Número Mínimo de Individuos (NMI) y peso, los bóvidos destacan muy especialmente frente a las demás especies: el 67,67% del NRD son bóvidos, el 12,6% suidos y el 10,6% ovicaprinos. Además, la distribución de especies por UEs mantiene la preponderancia de los bóvidos de forma mayoritaria. En cuanto a las partes anatómicas predominan los restos procedentes del esqueleto apendicular (72%) frente a los fragmentos de cráneo (18%) y del esqueleto axial (10%). El estudio tafonómico muestra dos aspectos de especial interés (Tab. El primero es la documentación de marcas producidas durante el despiece de las carcasas animales. Destacan fundamentalmente los cortes en las epífisis de hue-sos largos, en un cóndilo mandibular de bóvido o en el axis de un ciervo. De especial interés ha sido el hallazgo de una escápula izquierda de bóvido a la que se asocia un fragmento de metal circular de 75 mm de diámetro, muy posiblemente relacionable con su despiece. El segundo aspecto reseñable son las marcas de meteorización y, en menor medida, de mordida de otros animales, evidencia de una prolongada exposición al aire libre de determinados restos óseos antes de su deposición definitiva en el interior del foso. El grado de meteorización es medio (estadios 2 y 3 según Behrensmeyer 1978), afectando principalmente a huesos largos (33,33%), escápulas (50%) y mandíbula (16,67%) de bóvido, corzo y cánido. Las evidencias de meteorización se concentran en la mitad superior del foso faltando en las UEs 21-26 y 35-38 localizadas en su parte inferior. Las marcas producidas por carnívoros se han identificado en una pelvis izquierda de bóvido, en un frontal de suido y en dos huesos largos. Esta variedad de situaciones muestra la compleja y diversa biografía de los restos faunísticos que fueron depositados en el interior del foso. Esta complejidad en las prácticas conductuales también queda de manifiesto en los restos óseos humanos, muy fragmentados y con evidencias de meteorización, depositados en la UE 30. Pertenecen a un NMI de dos, ambos adultos jóvenes con una edad de muerte comprendida entre los 17-25 años y uno de sexo posiblemente femenino. Las dataciones radiocarbónicas del Foso 4 El estudio bioarqueológico ha sido el punto de partida para el programa de dataciones radiocarbónicas. Las características específicas del conjunto faunístico analizado han condicionado la selección de muestras. La presencia/ausencia y cantidad de restos registrados en cada una de las UEs es sin duda una de las limitaciones. Las UEs con restos osteológicos son (de más antigua a más reciente) las siguientes: 24, 20, 19, 18, 13, 10, 9, 30 y 7 (Fig. 4), las demás UEs carecen de posibilidades de datación radiocarbónica por la falta de materiales de naturaleza orgánica. La ausencia de restos óseos articulados tampoco ha favorecido la estrategia de muestreo. Como ya se ha indicado, siempre que sea posible es preferible datar contextos primarios que aseguran la contemporaneidad entre la fecha obtenida y el acto deposicional. Asumidas estas restricciones la selección de muestras para su datación radiocarbónica ha tenido en cuenta los siguientes objetivos específicos: a) analizar la temporalidad de las complejas dinámicas de deposición muestreando la secuencia estratigráfica que colmata el foso. b) contrastar la superposición estratigráfica con la secuencia temporal mostrada por las dataciones para determinar si existe o no correspondencia entre los primeros depósitos de colmatación y las fechas más antiguas y viceversa. c) comprobar si en un mismo acto deposicional los materiales asociados pertenecen a un intervalo cronológico similar o, por el contrario, se mezclan materiales alejados temporalmente. d) asegurar que las muestras seleccionadas pertenecen a especies, o a individuos de una misma especie, diferentes entre sí, para de esta forma no datar a un mismo individuo más de una vez. Las 20 muestras seleccionadas se distribuyen a lo largo de toda la secuencia estratigráfica. Dos muestras pertenecientes a las unidades inferior y superior, UE 7 y 24 respectivamente, fueron divididas para datación doble con el objetivo de contrastar los resultados con más de un laboratorio y ajustar los intervalos de probabilidad de los extremos de la secuencia mediante combinación estadística. Además, se escogieron los dos individuos humanos identificados en la UE 30 para medición radiocarbónica. De las 20 muestras, 16 fueron enviadas al Centro Nacional de Aceleradores (CNA). No fue posible datar 3 de ellas, dos por insuficiente colágeno y una por un problema de procesado. Las 4 restantes, dos réplicas y las dos muestras humanas, fueron enviadas al laboratorio Beta Analytic. Una de las muestras humanas tampoco proporcionó suficiente colágeno para su medición. En total la serie radiométrica consta de 16 dataciones radio- Tab. Dataciones radiocarbónicas del Foso 4 de Marroquíes Bajos en el tramo de la Ciudad de la Justicia. carbónicas4 medidas todas ellas por Espectrometría de Masas con Aceleradores (AMS) (Tab. Una primera valoración de visu de la serie radiocarbónica muestra como todas las fechas se concentran en la segunda mitad de III milenio a excepción de la datación sobre hueso humano que se sitúa en los primeros siglos del II milenio cal BC. No obstante, si se correlacionan las dataciones con las Unidades Estratigráficas emerge una situación mucho más compleja caracterizada por lo que parecen dos fases de deposición claramente diferenciadas (Fig. 6). En la primera que incluye los depósitos sedimentarios más profundos (desde la UE 26 a la 17), todas las dataciones son estadísticamente consistentes (T' = 5,4; T' (5%) = 11,1) (Ward y Wilson 1978), sugiriendo que la colmatación de hasta aproximadamente la mitad del foso pudo realizarse en un periodo relativa-mente breve dado que todas las fechas se sitúan en un intervalo temporal muy similar. En cambio, en la segunda fase (desde la UE 13 en adelante), la relación entre UEs y dataciones es mucho más heterogénea sin que se correspondan la secuencia estratigráfica y cronológica. Así, dataciones más recientes aparecen en depósitos más profundos y viceversa. Incluso en una misma UE, como la 30, las diferencias cronológicas son apreciables entre sus dataciones radiocarbónicas (T' = 32,5; T' (5%) = 6,0). La colmatación de la segunda mitad del foso parece ser claramente diferente, incluyendo en el mismo acto de deposición materiales alejados temporalmente o alternando secuencialmente materiales más recientes en UEs más profundas con otros más antiguos en UEs más superficiales. Para precisar más las diferencias temporales entre estas dos fases se ha utilizado la estadística bayesiana que reduce los intervalos de probabilidad combinando la cronología absoluta con otra información cronológica como, por ejemplo, la secuencia estratigráfica (Aranda y Lozano 2014). Además, esta técnica crea estimaciones probabilísticas para el comienzo y final de las fases o eventos donde las dataciones son agrupadas y cuantifica en años la duración de cada fase (Bronk Ramsey 1995; Bayliss et al. 2007). La modelización bayesiana también incorpora un estadístico denominado índice de correlación (index of agreement) que mide la consistencia entre las dataciones radiocarbónicas y la información cronológica introducida en el modelo. Si este índice se sitúa por debajo del 60% el modelo posee una baja coherencia interna y debe ser revisado (Bronk Ramsey 1995: 427-8). Para el caso que nos ocupa, la modelización bayesiana se ha basado en la secuenciación de dos fases que, como se indicaba anteriormente, responderían a dos conductas deposicionales diferenciadas (Fig. 7). El índice de correlación general (Aoverall 86,3%) es consistente con la información secuencial considerada. Según la modelización bayesiana la primera fase de colmatación del foso se iniciaría entre el 2510-2310 cal BC (al 95% de probabilidad_Boundary Start), probablemente entre el 2475 y el 2375 cal BC (al 68% de pro-babilidad_Boundary Start). Su final se produciría entre el 2445-2280 cal BC (al 95% de probabili-dad_Boundary end) o si consideramos el intervalo al 68% de probabilidad entre el 2400-2305 cal Esta modelización se ha contrastado mediante un segundo análisis bayesiano en donde se han eliminado las dataciones inconsistentes con la secuencia estratigráfica (outliers, en la bibliografía especializada). Los resultados son similares a los antes descritos. Tampoco son significativas las diferencias en los intervalos de probabilidad para el final de la fase 1 e inicio de la fase 2 entre ambos modelos. LA tEMPORALIDAD DE LOS RECIntOS DE FOSOS DE MARROQuÍES BAJOS La temporalidad de Marroquíes Bajos se ha considerado como un elemento clave para su correcta interpretación, sin embargo la datación radiocarbónica ha sido un recurso escasamente utilizado. Como se analizaba anteriormente, la propuesta de ordenación de los recintos de fosos en dos fases consecutivas solo se ha apoyado en seis dataciones, dos asociadas al Foso 0 más interno, dos al Foso 4 y dos al Foso 5, careciendo los Fosos 1, 2 y 3 de medición radiométrica (Zafra de la Torre et al. 2003Torre et al., 2010)). A este panorama se han sumado recientemente dos nuevas dataciones también del Foso 4 (Cámara et al. 2012) (Tab. El exiguo número de dataciones, unido a las limitaciones que le son propias a la datación de este tipo de contextos (véase más arriba), condiciona las posibilidades comparativas. Son las únicas dataciones de la primera mitad del III milenio. Todos los demás fosos fechados se sitúan en la segunda mitad de III milenio y primeros siglos del II milenio cal BC. El Foso 4 tiene el mayor número de dataciones: a las 16 fechas presentadas en este trabajo se suman 4 procedentes de dos tramos diferentes. Si asumimos que todos estos tramos pertenecen efectivamente al Foso 4 se pueden establecer varias consideraciones relevantes. En primer lugar, es posible descartar una de las asunciones tradicionales en el estudio de la temporalidad de los recintos de fosos, a saber, que las dataciones procedentes de los depósitos arqueológicos basales datan su construcción. En el tramo de la Ciudad de la Justicia, la modelización bayesiana marca el inicio de su colmatación entre el 2510-2310 cal BC a 2σ, periodo que difiere sustancialmente de la datación de este mismo evento en el Paseo de la Estación entre el 2020-1880 cal BC a 2σ. Es más, el inicio de la actividad deposicional en el Paseo de la Estación coincide con el final de la colmatación del Foso 4 en la Ciudad de la Justicia entre el 2115-1795 cal BC a 2σ. Incluso sin considerar la deposición de restos antropológicos cuya fecha se aleja del resto de las dataciones, la colmatación del Foso 4 en la Ciudad de la Justicia habría concluido entre el 2200-2005 cal BC cal BC a 2σ, por tanto con anterioridad al intervalo 2020-1880 cal BC a 2σ. Sea como fuere, la pretensión de fechar la construcción de los fosos a partir de la datación de los depósitos asociados a su base queda invalidada o al menos seriamente cuestionada. La distancia temporal en los procesos de colmatación de diferentes tramos de un mismo foso también nos enfrenta a otro asunto de gran relevancia. Nos referimos a si realmente la construcción, uso y abandono de estas construcciones ocurrió en un mismo momento o a lo largo de periodos más o menos dilatados en el tiempo. La constatación en el Foso 4 de Marroquíes Bajos de dos tramos cuya colmatación parece haberse producido en momentos temporalmente distantes entre sí, apoyaría la segunda opción. De confirmarse estas diferencias sería plausible interpretar estos recintos no como el resultado de una construcción unitaria y planificada sino como un agregado de construcciones realizadas en momentos temporalmente diferenciados (Díaz-del-Río 2003, 2010, 2013). LOS FOSOS DE MARROQuÍES BAJOS En EL COntEXtO DE LA PEnÍnSuLA IBÉRICA Al igual que sucedía en el apartado anterior, el exiguo número de dataciones disponibles limita Tab. Dataciones radiocarbónicas de los recintos de fosos de Marroquíes Bajos (excepto Ciudad de la Justicia). las posibilidades de comparar la temporalidad de los fosos de Marroquíes Bajos con la del resto de recintos de fosos prehistóricos peninsulares. Realmente solo la serie radiométrica del Foso 1 de Perdigões con 9 dataciones (Márquez Romero Otro elemento reseñable es la similitud en la distribución de las dataciones en ambas secuencias estratigráficas (Fig. 8). En ellas se identifica una primera fase más antigua que concentra todas las dataciones en un mismo intervalo temporal y una segunda fase más reciente con una distribución mucho más heterogénea y sin correspondencia entre la serie radiométrica y la secuencia estratigráfica. En ambas secuencias los depósitos más profundos con dataciones recientes alternan con depósitos recientes con fechas más antiguas. Sin nuevas series radiocarbónicas es difícil establecer si las similitudes entre ambas secuencias crono-estratigráficas son el resultado de un patrón conductual. En un segundo nivel de análisis hemos comparado mediante la suma de probabilidades 5 las dataciones de Marroquíes Bajos con los yacimientos de recintos de fosos peninsulares cuyo número de dataciones fuera igual o superior a tres 6 (Fig. 9). Solo se han tenido en cuenta las dataciones cuya desviación estándar fuera igual o inferior a 80 años para, de esta forma, reducir el efecto negativo que las amplias desviaciones tienen en el intervalo temporal resultado de la suma de probabilidades. La muestra resultante son 9 yacimientos: 4 de la cuenca del Guadiana (Juromenha I, Porto Torraõ, Perdigões y Bela Vista 5: Valera 2013c), 3 de la Meseta (Camino de las Yeseras: 5 La suma de probabilidades es una herramienta ampliamente utilizada en la literatura arqueológica para medir la duración e intensidad de los fenómenos analizados (Ottaway 1973; Aitchison et al. 1991). No obstante, presenta varias limitaciones que deben ser tenidas en cuenta en la valoración de los resultados. El método no contrarresta la dispersión estadística intrínseca a las dataciones radiocarbónicas por lo que la duración de los fenómenos depende del número de dataciones y de su desviación típica (Bayliss et al. 2007). Además la forma específica que la curva de calibración adquiere en cada tramo posee una clara influencia en la mayor o menor extensión del intervalo temporal (Michczyn ́ski y Michczyn ́ska 2006). 6 Todas las dataciones consideradas en la suma de probabilidades pueden ser consultadas en la base de datos de acceso libre CronoloGEA http://www.webgea.es/dataciones/ (consulta 15-VII-2016). Obviamente las limitaciones de este tipo de estudios comparativos son numerosas, al dispar número de dataciones para cada yacimiento se une el exiguo tamaño de la muestra (n=74) y la desigual distribución de dataciones entre los diferentes recintos de fosos de un mismo yacimiento, Marroquíes Bajos sería un buen ejemplo. En cualquier caso, pueden apuntarse algunas tendencias generales que deben considerarse solo como una aproximación. Como ya se ha destacado (Balsera et al. 2015: 149), la cronología más antigua correspondiente a la segunda mitad del IV milenio cal BC se documenta en yacimientos de la cuenca del Guadiana como Juromenha I, Porto Torraõ o Perdigões. En los dos últimos, la actividad en las deposiciones en el interior de los fosos alcanza los últimos siglos del III milenio aunque parece existir un intervalo de menor actividad en la primera mitad del III milenio cal BC. Precisamente en la primera mitad de este III milenio aparecen los primeros recintos de fosos en la Meseta y valle del Guadalquivir aunque con diferentes ritmos e intensidades. Destacan especialmente yacimientos meseteños como Camino de las Yeseras, Gózquez de Arriba y El Casetón de la Era II que se mantienen hasta los primeros siglos de la segunda mitad del III milenio cal BC. En la parte más reciente de la secuencia se sitúa Marroquíes Bajos que, aunque inicia su actividad en la primera mitad del III, es durante su segunda mitad cuando adquiere la mayor intensidad, prolongándose las deposiciones en el interior de sus fosos hasta los primeros siglos del II milenio cal BC. Para contrastar si estas tendencias son consistentes, hemos agrupado todas las dataciones de recintos de fosos cuya desviación estándar fuera inferior a 80 años (n=84) en tres áreas geográficas: cuencas del Guadiana y Guadalquivir y Meseta (Fig. 10). La suma de probabilidades confirma que, en efecto, la ocupación de los yacimientos del Guadiana es la más prolongada con dos periodos de intensa actividad separados por un intervalo de ca. En la Meseta, aunque las dataciones de Las Pozas (Val 1992) sugieren la posible aparición de los recintos de fosos en los últimos siglos del IV milenio, es en la primera mitad del III milenio donde se concentran las prácticas de deposición. Finalmente, el valle del Guadalquivir mantiene la tendencia apuntada confirmándose como la región donde los recintos de fosos perduran hasta épocas más recientes. La temporalidad del conjunto de fosos de Marroquíes Bajos está lejos de ser resuelta. El estudio del Foso 4 de la denominada "Ciudad de la Justicia" ha permitido establecer algunas valoraciones ciertamente relevantes, siendo quizás una de las más destacadas la constatación de la enorme complejidad de este fenómeno. Efectivamente, el caso que nos ocupa se caracteriza por complicadas di- námicas deposicionales donde alternan unidades de origen natural con otras de naturaleza antrópica junto a recutting o reexcavaciones de depósitos sedimentarios previos. Los conjuntos de materiales asociados, sobre todo vasijas cerámicas y restos faunísticos, también evidencian complejas y dispares biografías. Los estudios tafonómicos muestran la coexistencia de materiales sin evidencias de exposición al aire libre junto a otros con marcas de meteorización y mordidas de animales. A su vez la deposición de restos antropológicos, al menos dos individuos, enfatiza igualmente la variedad y diversidad de prácticas sociales que se desarrollaron en los fosos. La temporalidad del Foso 4 no escapa a esta tendencia general, todo lo contrario, la serie radiocarbónica obtenida muestra al menos dos conductas deposicionales diferenciadas. Las dataciones de, aproximadamente, la mitad inferior del foso comparten un mismo intervalo temporal, indicando un periodo de colmatación relativamente rápido. La situación de la parte superior del foso, sin embargo, es mucho más heterogénea alternando dataciones más recientes con otras más antiguas. Se constata incluso, en un mismo acto de deposición, materiales alejados temporalmente entre sí. La secuencia cronológica del Foso 4, modelada mediante estadística bayesiana, sitúa el inicio del proceso de colmatación entre el 2510-2310 cal BC a 2σ y su final entre el 2115-1795 cal BC a 2σ, convirtiéndose de esta forma en el más reciente de los fosos peninsulares. La comparación de estos intervalos con las dataciones existentes para otros tramos del Foso 4 añade un nuevo grado de complejidad. El inicio de la actividad deposicional en el tramo documentado en el Paseo de la Estación entre el 2020-1880 cal BC a 2σ no sólo se aleja del intervalo de inicio de la Ciudad de la Justicia sino que además coincide con su final. Obviamente, esta disparidad cronológica en el comienzo de los procesos de colmatación cuestiona seriamente la pretensión de fechar la construcción de los fosos a partir de las dataciones obtenidas en los depósitos basales. Además, el hecho de que un tramo de foso esté prácticamente colmatado cuando se inicia la colmatación de otro tramo apuntaría hacia estrategias donde los fosos serían más el resultado de agregados de segmentos que diseños ejecutados y abandonados en un mismo momento temporal (Díaz-del-Río 2003, 2010). También las características arquitectónicas del Foso 4 confirmarían la heterogeneidad en la configuración de cada tramo de foso. La ausencia de cualquier construcción defensiva asociada al Foso 4 en la Ciudad de la Justicia rompe con la imagen generalizada para todo su perímetro como recinto fuertemente fortificado con murallas y bastiones (Zafra de la Torre et al. 2010). Junto a tramos con construcciones de mampostería y adobe hay otros sin estas evidencias. Si tanto la temporalidad en las dinámicas de colmatación como la forma, dimensiones y estructuras asociadas difieren de un tramo a otro del mismo foso parece evidente que nos enfrentamos a un fenómeno de una complejidad inadvertida previamente. La interpretación tradicional de los recintos de fosos de Marroquíes Bajos bien como fortificaciones o bien como un sistema de captación y redistribución de agua requiere de formulaciones alternativas. Quizás en el desarrollo de estrategias identitarias basadas en prácticas colectivas de naturaleza relacional podamos encontrar la respuesta a un fenómeno tan complejo y extendido como el de los recintos de fosos. En sociedades donde las relaciones consanguíneas y de parentesco parecen estructurar las diferentes formas de identidad, el trabajo colaborativo en construcciones monumentales afianzarían los vínculos emocionales y la adscripción social de los individuos. De esta forma, diferentes grupos sociales construirían identidades basadas en relaciones de interdependencia y reciprocidad generando la necesaria sensación de protección y seguridad que la comunidad ofrece frente al mundo (Hernando 2012(Hernando, 2015)). Los agregados de segmentos de foso, resultado quizás de prácticas sociales tipo work feasts (Hayden 2001(Hayden, 2015;;Dietler y Herbich 2001), facilitarían mediante la movilización de trabajo la creación de redes sociales, lazos, obligaciones de solidaridad y, eventualmente, relaciones de naturaleza competitiva. La extensión y frecuencia que alcanza el fenómeno de los recintos de fosos formaría parte de estrategias sociales donde la recurrencia, la acción reiterada, la ausencia de variación en el tiempo, y por tanto, la sensación de un ciclo permanentemente repetido caracterizaría la percepción de la realidad. La idea de circularidad presente de forma insistente en los recintos de fosos actuaría como metáfora de una realidad cíclica, indivisa y en donde las partes solo son compresibles desde el todo. Como indicábamos en la introducción de este trabajo la escala, forma y características de los recintos de fosos en no pocas ocasiones se alejan del área de confort funcionalista en la que se mueven la mayor parte de las narrativas sobre las sociedades del pasado. El Foso 4 de Marroquíes Bajos es un claro ejemplo de prácticas sociales que difícilmente pueden ser analizadas y comprendidas desde modelos de racionalidad actualistas basados en la separación entre acciones que tienen un sentido simbólico y aquellas otras que tienen una finalidad práctica (Brück 1999). Solo superando los principios del pensamiento ilustrado que tienden a la diferenciación entre culturanaturaleza, sujeto-objeto y ritual-profano (Aranda 2015; Aranda et al. 2015) podremos aproximarnos a la complejidad de este fenómeno desde nuevas perspectivas. El presente trabajo forma parte de los proyectos de investigación "Innovación, continuidad e hibridación. Las sociedades de las Edades del Cobre y Bronce en el sur de la Península Ibérica" (HAR2013-42865-P) y "Bioarqueología de las sociedades de la Edad del Cobre y Bronce en el sur de la Península Ibérica" (Campus de Excelencia Internacional en Patrimonio. Ambos proyectos se enmarcan en el Grupo de Investigación "GEA. Cultura material e identidad social en la Prehistoria Reciente en el sur de la Península Ibérica" [URL]. Agradecemos al Museo de Jaén las facilidades para el estudio de los materiales de la Ciudad de la Justicia y a los evaluadores/as anónimos sus aclaradores comentarios y sugerencias.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. La caracterización de la textura de las pastas cerámicas resulta esencial para poder estudiar ciertas elecciones tecnológicas de los alfareros en el pasado. Este artículo aborda la importancia que tienen los análisis texturales en el estudio de la cerámica así como algunas de las técnicas y metodologías utilizadas para caracterizar la textura de las vasijas. Como estudio de caso se aporta la caracterización textural con análisis de imagen de 132 cerámicas de diversos yacimientos la Edad del Bronce y del Hierro de Mallorca. Gracias a la combinación de los resultados con diversos análisis estadísticos ha sido posible dividir el registro en grupos texturales relacionados con diversas elecciones tecnológicas. Un análisis diacrónico de estos grupos ha permitido conectarlos con cambios en las recetas y tradiciones tecnológicas a lo largo de la prehistoria balear. Los estudios texturales se ocupan de ambos componentes de la fracción gruesa de la pasta, clasificándolos y dividiéndolos según su frecuencia, tamaño, ordenación y grado de esfericidad. Muchos manuales centrados en el estudio de la cerámica (p. ej. Echallier 1984; Rice 1987; Gibson y Woods 1990; Orton et al. 1993; Velde y Druc 1999; Albero 2014a) señalan la trascendencia de determinar el tipo, la cantidad y el tamaño de los componentes de la fracción gruesa en los análisis de pastas efectuados en cerámicas arqueológicas. La textura de las vasijas se relaciona con el uso de materias primas arcillosas con granulometrías características. Además nos informa de las técnicas aplicadas por los alfareros en la preparación de las arcillas. Los análisis texturales nos aproximan al modo como gestionaron determinados recursos del entorno y al desarrollo de ciertas acciones técnicas a lo largo del espacio y el tiempo. Nos permiten abordar aspectos como la depuración de las arcillas o la adición de desgrasantes de naturaleza mineral o vegetal que alteran la granulometría de las materias primas. Todas estas acciones técnicas van cargadas de un fuerte significado social, pues responden a tradiciones tecnológicas, formas de hacer y estrategias de aprendizaje y de transmisión de conocimiento cuyo carácter contingente, propio de cada cultura, permite estructurar socialmente a las comunidades alfareras (Albero 2014a). Así mismo, gracias al estudio de la textura de las cerámicas podemos entender desde un punto de vista funcional otras fases del proceso de producción y el uso de la cerámica. Por ejemplo, las texturas gruesas suelen ser comunes en la confección de vasijas a mano de gran tamaño, ya que suelen requerir abundantes antiplásticos para consolidar la estructura de la pasta cuando se modela la pieza. Estos antiplásticos también evitan la aparición de fracturas durante las fases de secado y cocción, siendo indispensables para que la vasija conserve la forma. En este sentido, la textura influye en las propiedades físico-químicas de la pasta, las cualidades de la vasija y su comportamiento ante determinadas situaciones. El estudio de la textura, junto con otras variables como la tipología o el análisis del contexto de uso y deposición, nos puede proporcionar información relevante para determinar si los alfareros promovieron intencionalmente una adaptación de la pasta a determinadas funciones. Gracias a él se pueden conocer las cualidades de la cerámica respecto a variables como la resistencia a la abrasión y al impacto o su efectividad calorífica (Bronitsky y Hamer 1986; Skibo y Schiffer 1987; Albero 2014a). Finalmente, el análisis de la textura de la fracción gruesa tiene también un objetivo taxonómico al precisar diferencias o semejanzas granulométricas entre cerámicas con composición mineralógica análoga, clasificándolas en consecuencia. Las variaciones en el tipo, tamaño, forma y proporción de los antiplásticos nos pueden ayudar a agrupar cerámicas con un origen similar o realizadas con técnicas y materias primas muy parecidas. El estudio de texturas va a resultar especialmente eficiente y significativo en conjuntos cerámicos cuyas fábricas tengan texturas sensiblemente diferentes (Darvill y Timby 1982; Middleton et al. 1985; Gibson y Woods 1990). Como puede apreciarse, el análisis textural constituye un aspecto importante en la caracterización de las pastas de las cerámicas arqueológicas por múltiples y diversos motivos. En este trabajo se exponen algunos de los métodos y estrategias tradicionalmente utilizadas para explicar después la aplicación del análisis de imagen a los estudios texturales y abordar la tecnología de las cerámicas arqueológicas. Esta es una técnica relativamente novedosa que ha tenido escasa implantación en nuestro país para analizar la fracción gruesa de las pastas. Se escoge como caso de estudio un conjunto de cerámicas de la Edad del Bronce y del Hierro de la isla de Mallorca. Análisis textural de pastas cerámicas: breve estado de la cuestión El análisis textural suele ser habitual y rutinario en la gestión de los conjuntos cerámicos recuperados en las excavaciones, recurriéndose a diversos procedimientos y estrategias. Ya desde los años 1980 diversos autores revisaron el potencial de los análisis texturales y reflexionaron sobre los procedimientos empleados. Hasta la reciente aparición del análisis de imagen, los pro-cedimientos de estudio de la textura de las pastas cerámicas han sido fundamentalmente dos. Uno de carácter cualitativo procede del campo de la sedimentología y se basa en el establecimiento de tablas comparativas (p. ej. Matthew et al. 1991; Barraclough 1992). El segundo, semi-cuantitativo, parte de un tedioso proceso de recuento y medida manual e individual de un número determinado de granos del fragmento cerámico. La rutina consiste en dividir la muestra en segmentos o cuadrantes para después estimar la cantidad de granos de diferentes tamaños presentes en cada uno. La cantidad de granos que deben ser medidos para dotar de significación y validez al análisis ha sido algo controvertida. El problema de este método radica en el tiempo requerido para la medición de la ingente cantidad de granos que suelen contener las cerámicas, especialmente si se considera un número elevado de ellos. Por eso muchos investigadores han optado por analizar sólo una muestra (Streeten 1982), triturar los fragmentos con el objetivo de extraer los granos para contarlos (Capel 1986) o dibujarlos para después medir su frecuencia (Hamilton 1977). Tradicionalmente se han considerado más significativas las mediciones que contaban con un número elevado de granos, especialmente a partir de 200 individuos. Otra estrategia para caracterizar la fracción gruesa de la pasta consiste en establecer los rasgos texturales de cada mineral o tipo de roca de modo individual. Esta estrategia es altamente informativa, pero exige recurrir al microscopio petrográfico y a la preparación de láminas delgadas, ya que la lupa binocular resulta muy limitada para esta finalidad (Buxeda et al. 1991; Olaetxea 2000; Soltman 2001). Un inconveniente adicional es que el seccionamiento de la pieza durante la preparación de las láminas delgadas puede reducir los granos de mayor tamaño, especialmente si son mayores que las láminas delgadas, afectando a la representatividad de la sección (Orton et al. 1993). Otros autores (p. ej. Polvorinos et al. 2002; Albero 2011) optan por analizar la distribución del tamaño de los granos considerando los antiplásticos de la sección en conjunto, al margen de su composición mineralógica y distinguiendo sim-plemente los de tipo orgánico o vegetal y mineral. Para ello se emplea la lupa binocular normalmente sin demasiadas dificultades. El importante desarrollo de la ciencia computacional y su aplicación generalizada al campo de la arqueología desde los 1990 han permitido la implementación de nuevas metodologías y rutinas analíticas más precisas y menos costosas para abordar el estudio de la cultura material. Gracias a ello los materiales y sus atributos se han caracterizado desde una óptica esencialmente cuantitativa, facilitando un registro más minucioso y completo de los artefactos, así como una comparación más precisa de los datos obtenidos. Algunos autores conscientes del potencial de este tipo de aproximaciones desarrollaron los primeros estudios texturales utilizando métodos computacionales (Middleton et al. 1985; Fieller 1991; Tucker 1991; Whitbread 1991). Sin embargo ha sido en los albores del siglo XXI cuando estas estrategias han cobrado importancia con la irrupción del análisis digital de imagen en el estudio de las texturas de materiales arqueológicos. Sus bases teórico-metodológicas consisten en acoplar un captador de imagen a un microscopio petrográfico o binocular y elaborar los resultados utilizando un software especializado de análisis de imagen. Todos han demostrado sus ventajas al proporcionar de forma rápida y eficaz una descripción numérica completa referida, entre otros aspectos, al tamaño, la forma, el color y la posición de los objetos que se registran en la imagen. Los datos generados mediante esta técnica permiten una comparación estadística de las muestras que relaciona los rangos de tamaño y los porcentajes de antiplásticos presentes en las pastas. El cálculo de parámetros texturales cuantitativos -tales como porcentaje, área y perímetro de las partículas-deja de ser un mero complemento del estudio petrográfico tradicional para adquirir valor por sí mismo. Además de caracterizar texturalmente las pastas cerámicas, el análisis de imagen se muestra un método potencialmente eficaz para determinar si se ha utilizado más de una arcilla en la fabricación de una pieza o para detectar la presencia de desgrasantes y engobes a partir de particularidades en el tipo, tamaño y frecuencia de los antiplásticos (Velde 2005; Albero 2011; Albero et al. 2012). El análisis automatizado de la textura de las pastas facilita datos más precisos para la reconstrucción de las tradiciones tecnológicas ligadas a la cerámica prehistórica, pero su aplicación no resulta válida per se. Como cualquier análisis textural, requiere que el investigador tenga conocimientos precisos acerca de la tecnología cerámica para poder determinar la significación de los resultados obtenidos. Nos referimos, por ejemplo, a la posibilidad de distinguir entre matriz arcillosa y antiplásticos, o entre antiplásticos orgánicos y minerales, una capacidad que difícilmente podrá ser automatizable. En resumen, los procedimientos y estrategias para determinar la textura de las cerámicas en arqueología tienen ventajas e inconvenientes y requieren diferente grado de preparación de las muestras, de formación del investigador y de recursos materiales. Gran parte de los estudios desarrollan estos análisis con lámina delgada y microscopio petrográfico, mientras otros utilizan lupa binocular directamente sobre el propio fragmento. Los datos obtenidos pueden ser cualitativos, semi-cuantitativos o cuantitativos. A continuación, evaluamos las posibilidades del análisis de imagen para el estudio de ciertas problemáticas ligadas a la producción y la tecnología cerámica de la Edad del Bronce y del Hierro de Mallorca. MEtODOLOGÍA Y SELECCIÓn DE MuEStRAS Se ha analizado la textura de 132 vasijas cerámicas observando directamente un corte fresco, a veces hecho mediante un disco, de cada fragmento. Esta estrategia ha permitido ampliar el número de cerámicas analizadas, reducir el tiempo de preparación de las muestras y evitar el coste de hacer láminas delgadas de todas ellas. Además, al utilizar el propio fragmento se ha podido trabajar con secciones de la cerámica de mayor tamaño, aumentando la representatividad del análisis. Para el análisis de imagen se ha adaptado un captador de imagen a un microscopio binocular de hasta 60x. Este último instrumento, a pesar de sus limitaciones, permite una primera sistematización de las pastas de las vasijas, de su estructura y textura (Cuomo Di Caprio 1985). El examen óptico preliminar de las pastas se ha completado con un análisis cuantitativo de la textura de las piezas acoplando al microscopio binocular un software analizador de imagen y contemplando los antiplásticos minerales contenidos en las muestras como una sola fase. La identificación de la composición mineralógica de las piezas mediante análisis petrológico y difracción de rayos X evidencia que la amplia mayoría de los antiplásticos minerales detectados con este procedimiento son de naturaleza calcárea (fundamentalmente calcita espática). Estos minerales mayoritarios han podido ser identificados además mediante microscopio binocular (Albero 2014b). Gracias al análisis de imagen se ha obtenido una representación de la textura de la pasta asociable, básicamente, con las fases minerales mayoritarias detectadas en previos estudios arqueométricos. La estrategia de análisis ha limitado el estudio textural a una única fase mineral, excluyendo el análisis individualizado de las diferentes fases mineralógicas que conforman las fábricas. Estas se estudiaron de modo cualitativo mediante análisis petrológico en muchas de las muestras. Es decir, en el análisis textural que se presenta no es prioritario identificar los minerales contenidos en la pasta, sino averiguar la frecuencia, distribución y ordenación granulométrica de las partículas en conjunto, distinguiendo entre antiplásticos de origen mineral y vegetal. Este procedimiento resulta más rentable y se ajusta mejor a las necesidades analíticas de la muestra estudiada. Usando estas variables se pueden registrar determinados aspectos texturales de las pastas que luego pueden cruzarse con otros conjuntos de datos obtenidos de los análisis químicos, mineralógicos y petrológicos efectuados en estas mismas cerámicas. Un gran número de muestras cerámicas tiene fibras de materia vegetal añadidas intencionalmente a la pasta. El desgrasante vegetal es identificable en lámina delgada, mediante lupa binocular o incluso macroscópicamente por los negativos resultantes de su combustión. La medición de estos poros permite determinar el volumen original del desgrasante vegetal (Steponaitis 1984; Velde y Druc 1999). El área que ocupan en la sección de la cerámica nos aproxima a la cantidad de desgrasante orgánico presente en la pasta, así como a su morfología y dimensiones. Como se indicó, la lámina delgada resulta poco indicada para el estudio de este tipo de antiplásticos, ya que el tamaño de los desgrasantes puede superar la sección representada impidiendo observar, en muchos casos, la totalidad de los componentes. Así la presencia de este tipo de desgrasante en la pasta y sus características, se ha estimado trabajando a bajos aumentos con microscopio binocular. Para el análisis de imagen se ha empleado una cámara digital Leica DFC-320 y un software de tratamiento de imagen Leica Qwin. La cámara se acopló a una microscopio binocular Heerbrugg Wild con lentes que comprenden entre 6 y 50x, y una lámpara alógena incorporada Volpi Intralux 5000 que favorece la obtención de micrografías en condiciones estandarizadas de luz. Como los fundamentos de la técnica de análisis de imagen ya han sido descritos por muchos investigadores (p. ej. Sonka et al. 1994; Gose et al. 1996; Barceló et al. 2001), nos limitaremos a describir el procedimiento empleado en este análisis. La rutina analítica consiste en tomar fotografías digitales calibradas de una sección limpia de la cerámica. Para la determinación porcentual de ciertos parámetros texturales y granulométricos se han empleado imágenes digitales con una resolución de 2000 ppp. Una vez adquirida la imagen se han detectado los píxeles relacionados con los objetos que nos interesa medir. Los píxeles pueden corresponderse con diferentes combinaciones de escalas de grises o colores RGB. Como ciertos componentes de la cerámica (p. ej. desgrasantes, huellas en negativo, matriz fina) presentan colores de interferencia característicos, podemos seleccionar sólo los píxeles asociados a elementos relevantes para el análisis textural. En este estudio son los antiplásticos minerales. Este procedimiento permite individualizar los píxeles asociados a objetos como, por ejemplo, los desgrasantes calcáreos, de los relacionados con objetos no deseados, como la matriz fina. Para mejorar su detección en ocasiones se han alterado las imágenes a mano en el momento de su adquisición o bien una vez adquirida la imagen mediante operaciones matemáticas y aritméticas que modifican, principalmente, la luz y el color de los componentes de la misma. Algunos componentes por su alto contraste visual han sido fáciles de identificar y detectar, mientras otros han requerido un mayor tratamiento manual o automatizado de la imagen. Esto ha sucedido sobre todo cuando los objetos tenían una gama cromática parecida o no resaltaban respecto a la matriz en la que se insertaban (García del Amo 2000; Livingood y Cordell 2009). La medición de los poros dejados por la combustión de la materia orgánica no ha podido automatizarse. Cada poro identificado en la sección se ha registrado usando las herramientas de dibujo que incorpora el software de análisis de imagen. Una vez detectados y editados los objetos se ha segmentado la imagen según un procedimiento basado en la lógica binaria que permite extraer una nueva imagen donde solo aparecen los píxeles asociados a los objetos seleccionados. Sobre esta imagen binaria, una vez individualizados los objetos por el software, se puede medir un amplio número de variables de modo automatizado. Como en otros estudios (Polvorinos et al. 2002), las variables consideradas son la superficie, el perímetro, la longitud, la anchura, la elongación y la redondez de cada grano mineral, así como de cada negativo atribuido a materia orgánica. El tamaño aparente de la partícula se ha estimado a partir del principio de Delesse que infiere el porcentaje de volumen a partir del área de la partícula. Según ese principio, el porcentaje que corresponde al área de una determinada fase en el plano de una imagen equivale al porcentaje en volumen de dicha fase. Los problemas derivan de las diferencias existentes en imágenes 2D y 3D entre medidas aparentes y reales (Zähle 1990). La cantidad de antiplásticos se ha calculado a partir de su porcentaje en la pasta en términos de volumen siguiendo la fórmula especificada en García del Amo (2000). El valor de superficie específica de una fase se determina en función de un área de referencia que vendrá determinada por la resolución del píxel y el área de la totalidad de la imagen tratada. La resolución de cada píxel varía con los aumentos utilizados. En nuestro caso, las imágenes se han adquirido calibrando el analizador y el microscopio binocular utilizando 6x y obteniendo una resolución de 1 píxel = 5.51 μm. La utilización del microscopio binocular nos ha permitido trabajar a bajos aumentos, lo que favorece la digitalización de una área mayor de la sección de la cerámica incrementando el número de antiplásticos considerados en el análisis (Polvorinos et al. 2002). El área de la fase se obtiene directamente a través de las operaciones estándar del analizador de imagen en base al área de todos los objetos que conforman la fase contabilizando el número total de píxeles detectados en cada objeto. El valor de cada fase vendrá dada por la fórmula: %Vv = píxeles (fase) x 100 /píxeles (totales) La granulometría de los antiplásticos es una variable de gran importancia en los estudios texturales de cerámicas. La estimación de la distribución unimodal, bimodal o polimodal de los tamaños de grano existentes en las pastas se considera un método utilizable, a veces, para identificar la adición de desgrasantes (Quinn 2013). Esa determinación exige combinar este parámetro con variables como la angulosidad y la cantidad de desgrasante presente en la pasta (Maggetti 1982; Gibson y Woods 1990; Velde 2005). Ya se ha señalado la gran controversia que existe en los estudios de texturas sobre la cantidad de granos que deben ser medidos para que el resultado posea significación. En nuestro caso, al disponer de medios automatizados, por regla general, se detectan todos los granos de la imagen y, por tanto, se recuenta el máximo número de granos posible en cada muestra. La aplicación de esta técnica ha proporcionado tablas con una cantidad ingente de individuos, obligando a su agrupación en una serie de intervalos de tamaño que facilitan la presentación y el tratamiento adecuado de los datos. La gran dispersión de los individuos ha aconsejado aplicar una escala logarítmica entre 50 y 4.000 μm con el fin de representarlos a todos. Según el procedimiento aplicado en otros estudios (Middleton et al. 1985), se han excluido los granos inferiores a 50 μm de diámetro relacionados con limos muy finos. La variable "longitud máxima" registra la dimensión de los granos que componen la fracción gruesa. Es una variable usada tradicionalmente, tanto en los estudios de lámina delgada como en las clasificaciones que utilizan tablas comparativas. De este modo se favorece la comparación con los resultados obtenidos en otras clasificaciones texturales. Es decir, en cada imagen se han tenido en cuenta los granos de más 50 μm de longitud. Para establecer los desgrasantes adscritos a cada intervalo de tamaño, se ha calculado el porcentaje de área que ocupan respecto al total de la fase. El cálculo de volumen que ocupan en la matriz las inclusiones de cada intervalo (Vi) de tamaño viene determinado por la fórmula: %Vi = píxeles (intervalo) x 100 /píxeles (fase). Al final del proceso obtenemos un diagrama de dispersión, un histograma y una imagen mapeada en la que aparecen los antiplásticos minerales de la pasta clasificados en función del intervalo de tamaño al que se adscriben. Finalmente, para comparar con más facilidad la textura de las distintas muestras hemos agrupado los intervalos establecidos anteriormente en tres categorías: grano fino 0,8 mm. Las 132 formas cerámicas muestreadas proceden de cuatro yacimientos mallorquines cuyos niveles arqueológicos, en conjunto, abarcan desde la Edad del Bronce Antiguo (1750 a.C.) hasta prácticamente el cambio de era (50 a.C.). El examen macroscópico preliminar de las pastas sugiere importantes diferencias texturales que deben ser estimadas con mayor precisión. Se han seleccionado 11 formas cerámicas del Navetiforme I del poblado de Closos de Can Gaià. Proceden de niveles relacionados con la fase previa a la construcción del navetiforme en el Bronce Antiguo (c. 1750 a.C.), de la primera fase de uso de la estructura en el Bronce Medio tras su construcción en el c. De la Torre I de Puig de Sa Morisca se han seleccionado 48 cerámicas. Proceden de niveles de la Edad del Bronce Final (c. 750 a.C.) y la mayoría de la primera fase de la Edad del Hierro Final (Postalayótico I, siglo IV a.C.) Finalmente, se han analizado 36 vasijas del Turó de les Abelles, un asentamiento próximo al anterior, iniciado a finales del siglo III a.C., ocupado durante la segunda fase de la Edad del Hierro Final (Postalayótico II) y abandonado en la primera mitad del siglo I a.C. (Camps y Vallespir 1998). La estrategia diacrónica del muestreo con la selección de muestras de amplia distribución cronológica iba destinada a establecer los cambios en las elecciones tecnológicas adoptadas por los alfareros de la prehistoria mallorquina. Como resultado se han analizado 4 vasijas de la Edad del Bronce Antiguo, 20 vasijas del Bronce Medio y Final (Bronce naviforme), 10 vasijas de la Edad del Hierro Inicial (Talayótico), 42 de la primera fase de la Edad del Hierro Final (Postalayótico I) y 56 de la segunda fase de la Edad del Hierro Final (Postalayótico II). Los resúmenes descriptivos obtenidos del análisis textural evidencian una gran variabilidad en las pastas dependiendo de la cantidad de fase mineral, del tamaño de los granos y del porcentaje de materia orgánica presente en las muestras (Tab. Hay numerosas piezas que apenas tienen desgrasante vegetal, mientras otras lo tienen en abundancia. Lo mismo ocurre con las inclusiones minerales. La gran variabilidad de texturas observadas en el registro sugiere establecer di-versos grupos texturales (GT) en el conjunto de datos para favorecer su lectura e interpretación arqueológica. Estos GT permitirán, posteriormente, obtener información sobre ciertos parámetros de la cerámica que son importantes para abordar cuestiones relacionadas, principalmente, con la tecnología y la funcionalidad de las piezas. Los GT se han definido mediante un análisis multivariante de conglomerados jerárquicos utilizando agrupación al centroide y distancia euclidiana al cuadrado. El criterio de la abundancia es uno de los que suelen manejarse en los estudios texturales para determinar la adición de desgrasante a las piezas, aspecto con especial relevancia tecnológica y funcional (Gherdán y Kovath 2009: 273). Cuanto más mineral tiene una pieza más probabilidades hay de que se haya añadido de modo artificial. Por ello se ha creído conveniente que el análisis de conglomerados fijara prioritariamente las aglomeraciones a partir de la cantidad de desgrasante mineral de las pastas. Para dar mayor peso a esta variable se han multiplicado x10 sus valores. De este modo, el clúster considerará en segundo término el tamaño del desgrasante y la cantidad de materia vegetal para definir los distintos grupos. Este procedimiento pretende evitar agrupaciones, basadas fundamentalmente en el tamaño de los antiplásticos, que comprendan piezas con pocas y muchas inclusiones o desgrasantes pero cuyo tamaño mayoritario sea parecido. La razón estriba en que no se consideran útiles para definir una clasificación de GT eficaz en posteriores aplicaciones relativas a la tecnología y la potencialidad morfológica o funcionalidad de las piezas. Otro motivo para considerar el desgrasante vegetal en un segundo nivel es la alta variabilidad y dispersión observada en los valores de este ma- terial (C.V. = 0,92), así como su escasa correlación con la cantidad de antiplásticos de origen mineral (correlación r Pearson = -0,523). Ello daba lugar a multitud de agrupaciones donde se asimilaban piezas con cantidades muy divergentes de fase mineral, dificultando el establecimiento de GT que tuvieran el carácter comprensible, práctico y comunicador que debe perseguir cualquier propuesta clasificatoria. Como resultado en cada GT se han introducido subgrupos a partir de agrupaciones jerárquicas en función de la cantidad de materia orgánica identificada en las muestras. Las agrupaciones resultantes son representativas de las texturas del conjunto analizado y constituyen un marco adecuado de referencia para futuras clasificaciones de la textura de pastas cerámicas prehistóricas de las Islas Baleares. Se ordenan principalmente atendiendo a la cantidad de desgrasante mineral y el tamaño que predomina en la muestra y, en segundo término, a la cantidad de materia orgánica. Tras el análisis estadístico las muestras cerámicas se han clasificado en cuatro grandes GT según la cantidad de antiplástico mineral y su tamaño. En el dendograma se observan además variantes en algunos grupos que responden a la cantidad de poros asociados a la materia orgánica (Fig. 1). Las muestras de textura gruesa se agrupan arriba y las de textura fina abajo. Los atributos de los grupos obtenidos en el dendrograma se ven claramente en un gráfico de dispersión que representa el porcentaje de antiplásticos minerales en la pasta respecto al porcentaje de granos de más de 300 μm (Fig. 2A). Estas diferencias texturales se constatan también en las curvas granulométricas (Fig. 2B). Las curvas de los GT-A y B son muy semejantes y reflejan una coincidencia del tamaño de grano. Sin embargo difieren en la /cantidad de antiplásticos minerales presentes en las muestras. Las curvas de ambos grupos se diferencian con claridad de las correspondientes a los GT-C y D. Se confirma así que las agrupaciones logradas en el análisis de conglomerados jerárquicos responden básicamente a la cantidad de desgrasante mineral y a su tamaño de partícula. El clúster ha constatado el empleo de pastas gruesas con abundantes antiplásticos minerales (GT-A, GT-B2 y GT-D) y escasa materia orgánica, así como de otras de carácter más fino con más importancia del desgrasante vegetal que mineral, siendo este de granulometría variable (GT-B1 y GT-C). Esta- mos básicamente ante dos tipos de fábricas texturalmente diferenciadas. Se caracterizan de forma sintética los cuatro GT establecidos (Fig. 3): a) Grupo Textural A (GT-A): consta de 32 piezas con cantidades altas de antiplásticos de origen mineral (14-22%), principalmente de tamaño grueso-medio o medio (>300 μm). El desgrasante vegetal suele ser nulo o residual: inferior al 5% casi en todas ellas. Incluye cerámicas de cronología diversa, donde abundan las de los periodos de la Edad del Bronce Final, Talayótico y Postalayótico I. Las del Postalayótico II son meramente testimoniales. b) Grupo Textural B (GT-B): constituido por 17 piezas con cantidades medias de desgrasante mineral (8,5-13%), en general de tamaño grueso-medio o medio (>300 μm). La cantidad de desgrasante vegetal varía mucho. Está ausente en algunas y en otras aparece en cantidades muy altas. Las segundas corresponden al periodo postalayótico, el mejor representado, aunque la composición cronológica es variada, habiendo algunas piezas del Bronce Final. La granulometría de las muestras permite establecer distintos subgrupos. El GT-B1 presenta un tamaño de grano grueso/medio (86% >300 μm) con una distribución seriada de los granos y una cantidad media/alta de desgrasante vegetal (5,8-12,2%). Los antiplásticos, en especial los de origen vegetal, están pobremente homogeneizados en la matriz. En el GT-B2 la fase mineral se ordena en una fracción media-fina (85% <800 μm) según una distribución seriada. La cantidad de desgrasante orgánico es, como ya señalábamos, muy variable entre 1 y 18%. En el GT-B se constata una variante secundaria formada por dos piezas del Bronce Final (CLG-1233; SM-475), una del Talayótico (TSF-1082) y una del Postalayótico II (TSF-57) sin este desgrasante. c) Grupo Textural C (GT-C): engloba 80 piezas. Se opone claramente en el dendrograma a los GT-A y B. Estas cerámicas tienen cantidades medias (5-9%) y en especial bajas de fase mineral (<3%), siendo la granulometría principalmente de tamaño medio (300-800 μm) y fino (<300 μm). Faltan las texturas gruesas y la cantidad de desgrasante vegetal es extremadamente variable. En algunas piezas es residual o muy escaso y en otras aparece en muy altas concentra-Fig. Detalle de los atributos de los grupos texturales obtenidos en el dendrograma (Fig. 1). A. Gráfico de dispersión señalando su distribución en función del porcentaje de antiplástico mineral y el porcentaje de granos mayores de 0,3 mm presentes en la pasta. B. Curvas granulométricas acumulativas en función del porcentaje de área de cada intervalo de tamaño de grano ajustado a una escala Phi. ciones (<21%). En este gran grupo están la mayoría de las cerámicas del Postalayótico I y II, así como las escasas piezas que se analizaron del Bronce Antiguo. Las del Bronce Final y Talayótico son muy minoritarias y se asocian al GT-C3 que tiene las texturas más gruesas del grupo. En el dendrograma se distinguen cuatro subgrupos definidos por la cantidad y el tamaño del antiplástico mineral. El GT-C1 engloba piezas con escasas inclusiones minerales (<1,5%) muy bien ordenadas en su fracción más fina (90% <300 μm) y una cantidad media/alta de materia vegetal (10-14,5%). El GT-C2 se asemeja al anterior en la cantidad extremadamente baja de fase mineral (<3,5%) que, sin embargo, se ordena en una fracción fina-media (96% <800 μm). En las piezas del GT-C3 la cantidad de antiplástico mineral es baja-media (3,5-9,3%) y ordenada según una distribución normal en una fracción media/fina (86% 300 μm). Suelen ser muestras con textura fina, sin apenas antiplásticos de origen mineral y con una distribución bimodal, donde algún grano aislado supera las 500 μm. d) Grupo Textural D (GT-D): comprende dos piezas de la Edad del Bronce Medio/Final, separadas de las de los demás grupos establecidos en el dendrograma por su textura con una cantidad muy alta de desgrasante mineral (27-28%) de un tamaño grueso-medio (83% >300 μm) y ordenado de forma seriada. Estas pastas no poseen desgrasante vegetal. Algunos de sus rasgos texturales están muy relacionados con los constatados en el GT-A. Los cuatro GT evidencian diferentes elecciones tecnológicas de los alfarero/as en relación a las materias primas utilizadas en la producción y/o las estrategias seguidas en la preparación de las pastas. Como se ha comentado, algunos de estos grupos presentan abundantes antiplásticos de tamaño medio o grueso. Ambas variables, así como la esfericidad de los granos, se consideran indicadores de la adición de materia mineral a las pastas cerámicas (Albero 2014a). Para constatar este aspecto se ha calculado un índice que expresa la abundancia de desgrasante de tamaño medio o grueso en las piezas. Se ha formulado sumando los intervalos de tamaño (I t ) referidos a granos de más de 260 μm de longitud y dividiendo el valor obtenido por la cantidad de mineral registrado en la pasta. Las piezas con valores más bajos en el 'índice de tamaño y cantidad de desgrasante' (I tc ) serán las de texturas más gruesas y, por tanto, con más probabilidades de contener desgrasantes añadidos. El cálculo de este índice se resume en la siguiente ecuación: I tc = (It4+It5+It6+It7) / % antiplástico mineral. Al aplicar este índice, la dispersión de los valores de I tc en GT-A, B y D contrasta con la observada para GT-C. En este grupo es muy variable, pero notablemente más elevado que en los anteriores (Fig. 4), evidenciando que las probabilidades de tener abundantes desgrasantes añadidos intencionalmente son menores en las piezas de GT-C. Considerando la dimensión tecnológica de las agrupaciones y las apreciaciones realizadas a partir del I tc vale la pena plantear si los tipos de pastas constatados se relacionan o no con la temporalidad. Un análisis diacrónico nos puede informar si las tradiciones tecnológicas y el uso de recetas de pastas variaron durante la Edad del Bronce y del Hierro. Las variables texturales por periodos indican el tipo de pasta que predomina en cada fase (Fig. 5A). Se completa con un diagrama de cajas expresivo de la dispersión en torno a la media del I tc en los distintos periodos (Fig. 6A). Ambos gráficos reflejan tendencias en la textura de las pastas en función de la cronología de las vasijas. Las cerámicas de la Edad del Bronce Antiguo muestran una clara ruptura con las del Bronce Medio. La textura de las primeras se asocia al GT-C, con escasos antiplásticos de origen mineral y vegetal. Abundan pastas de textura media con granos inferiores a 800 μm. Esta textura poco gruesa se materializa en un alto I tc. Las piezas del Bronce Medio se asocian a pastas de los GT-A y D con un incremento notable del desgrasante mineral de tamaño grueso (> 800 μm) y, por tanto, un bajo I tc. Si bien este cambio en las texturas resulta significativo, el escaso número de muestras analizadas de este periodo exige la confirmación futura de esta hipótesis. La tendencia observada en el Bronce Medio se mantiene durante el Bronce Final y la época talayótica, donde predominan pastas del GT-A con numeroso desgrasante mineral y un bajo I tc. En estos periodos predomina un tamaño de grano más homogéneo, ordenándose progresivamente en una fracción preferentemente sub-milimétrica (Fig. 5B). En menor medida se detectan pastas tipo GT-B con texturas menos gruesas y, marginalmente, pastas tipo GT-C. La textura gruesa de la amplia mayoría de las cerámicas estudiadas de este periodo debe relacionarse con la generalización de una receta cerámica en las Islas Baleares consistente en la adición de importantes cantidades de calcita espática a las arcillas. Durante el Postalayótico se observa una progresiva disminución del porcentaje de antiplástico mineral y las pastas cada vez muestran más partículas de grano fino (<300 μm). Ello se traduce en un incremento de la dispersión de los valores del I tc, evidenciando un número mayor de individuos con I tc altos. Por un lado, en el Postalayótico I siguen teniendo especial importancia las piezas asociadas al GT-A, sin embargo hay un importante incremento de pastas tipo GT-B2 con una granulometría media. Diversos estudios petrológicos lo han relacionado con la continuidad en el uso de la receta basada en la adición de calcita espática en las cerámicas al menos hasta finales del siglo IV a.C., así como de otras rocas calcáreas o de chamota como desgrasante (Palomar 2005; Albero 2011; Albero 2014b; Albero et al. 2014). Por otro lado, la cantidad de desgrasante vegetal se incrementa progresivamente a medida que avanzamos hacia el cambio de Era (Fig. 5A). Como indican varios autores, a partir del siglo V a.C. las piezas que antes estaban desgrasadas sólo con calcita espática empiezan a incorporar desgrasante vegetal (Waldren 1982; Aramburu y Hernández 2005: 121; Palomar 2005; Albero 2011). Esta variación en la tradición insular se documenta exclusivamente en Mallorca, donde su uso es generalizado. La introducción de este desgrasante comportó cambios estructurales en los procesos de fabricación y uso de las vasijas. La adición de importantes cantidades de materia orgánica alteró las propiedades fisicoquímicas del material y su comportamiento durante el secado y la cocción (Albero 2010). Además debió afectar también a aspectos como la durabilidad o la funcionalidad potencial de las vasijas (Albero 2011). En esta fase empiezan a fabricarse también piezas con texturas finas asociadas al GT-C (Fig. 6B). Finalmente, las piezas del Postalayótico II contienen más materia orgánica y una textura más fina con escaso desgrasante mineral. En muchas aparecen algunos granos aislados de tamaño grueso, a veces, en distribución bimodal. Las pastas tipo GT-A son muy marginales. La mayoría de las piezas fueron modeladas con pastas tipo GT-C, donde se observa además un grupo muy fino (GT-C1), exclusivo de este periodo. También existen bastantes piezas fabricadas con pastas tipo GT-B con un ligero incremento de la materia mineral de tamaño medio. El I tc es mucho más alto que en épocas anteriores, tanto en la media como en los valores máximos, lo que resulta indicativo del incremento de pastas con textura más fina en el registro. Este cambio en la textura de las cerámicas evidencia otras alteraciones importantes en las elecciones tecnológicas de los alfareros. Como se ha propuesto en otros trabajos (Aramburu y Hernández 2005; Albero 2011; Albero et al. 2014), parece ser que a partir del siglo III/II a.C. se abandonan los desgrasantes de naturaleza carbonatada. Esta tendencia general explica el predominio de pastas de textura fina. Sin embargo, en esta fase se aprecia también el uso de pastas con diversos tipos de texturas. Este hecho nos remite a la multiplicidad de soluciones tecnológicas y de estrategias de fabricación que caracteriza a toda la Edad del Hierro Final II y en especial al registro cerámico de los siglos III-I a.C. de Mallorca (Albero 2011; Albero et al. 2012; Albero et al. 2014; Albero y Weiss 2015; Albero et al. e. p.). En este artículo se ha valorado la importancia de los análisis texturales a la hora de caracterizar la cerámica y abordar diversos aspectos tecnológicos como la selección de la materia prima, la preparación de las pastas e incluso la aplicación de ciertos tratamientos de superficie como los engobes. Se han sintetizado los métodos y rutinas analíticas de uso habitual en la caracterización de la textura de las cerámicas desde los años 1980 hasta la actualidad recalcando el potencial de técnicas como el análisis de imágenes digitales. Se han expuesto los fundamentos básicos de este método, aplicándolo a un caso de estudio centrado en la prehistoria balear. Se ha calculado el porcentaje de antiplásticos de origen mineral y vegetal y se ha medido la longitud de los granos en 132 muestras cerámicas de la Edad del Bronce y del Hierro de diversos yacimientos de Mallorca. El procedimiento empleado, combinado con análisis multivariantes, ha permitido clasificar el registro estudiado en una serie de grupos y subgrupos texturales con rasgos propios dependiendo de la cantidad y la granulometría de los antiplásticos. Un análisis diacrónico de los grupos texturales ha reconocido importantes cambios en las pastas producidos a lo largo de la prehistoria balear. Las pastas de la Edad del Bronce Antiguo han mostrado una textura fina, con escasos desgrasantes o inclusiones, carente de materia orgánica. En el Bronce Medio y durante el Bronce Final y Hierro Inicial (Talayótico) la situación cambia. Se desarrollan pastas de carácter grueso con abundantes desgrasantes de tamaño considerable con una ordenación polimodal que a lo largo de estos periodos tendrá tendencia a ser submilimétrica. Este tipo de texturas tendrá todavía un peso notable en el Hierro Final I (Postalayótico I), aunque la mayor presencia de piezas del GT-B revela un ligero descenso en la cantidad de antiplásticos minerales de las muestras. Así mismo, a diferencia de periodos anteriores, en este se generalizan texturas con importantes poros originados por la combustión de la materia orgánica contenida en las muestras y aparecen algunas piezas de textura fina adscritas al GT-C. En el Hierro Final II (Postalayótico II) casi de-saparecen las piezas de textura gruesa vinculadas al GT-A y se desarrollan pastas muy finas con escasas inclusiones minerales y cantidades más elevadas de materia orgánica. Los cambios observados en la textura de las cerámicas han podido relacionarse, gracias a la información arqueométrica disponible, con la aparición y el abandono de determinadas recetas utilizadas para preparar las pastas en la producción de cerámica de las Islas Baleares y en concreto de Mallorca. Especialmente significativas son las elecciones tecnológicas de los alfareros consistentes en la adición de rocas calcáreas (sobre todo calcita espática) y de materia orgánica como desgrasante a las arcillas. De este modo, se ha detectado como la textura de las muestras nos informa de las tradiciones tecnológicas puestas en práctica por los alfareros. Este tipo de análisis favorece una aproximación multidimensional a la cerámica, en la que diversas metodologías nos proporcionan información de diversa índole complementaria entre sí. El trabajo es parte de la transferencia de conocimientos del proyecto de investigación I+D "Archipiélagos: Paisajes, comunidades prehistóricas insulares y estrategias de conectividad en el Mediterráneo occidental. El caso de las Islas Baleares durante la Prehistoria" (HAR2015-67211-P) financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad. Los análisis texturales con análisis de imagen se realizaron en el Laboratorio de Arqueometría Dr. A. Arribas del Dpto. de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada. Agradezco profundamente a la Dra. J. Capel y al Dr. F. Molina el haberme facilitado el acceso a dichas instalaciones, así como al instrumental necesario para desarrollar este trabajo. Manuel Calvo Trías y Jaume García Rosselló, así como el equipo director del "projecte Closos", pusieron a mi disposición las muestras cerámicas recuperadas en los yacimientos de Closos de Can Gaià y el Turriforme escalonado de Son Ferrer.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Se presenta un análisis arqueoastronómico de la orientación definida por los muros del santuario de entrada del oppidum ibérico Cerro de las Cabezas (Valdepeñas, Ciudad Real), situado en la Oretania septentrional, así como de otros recintos pertinentes para el análisis. El resultado más relevante es que dos de los muros perimetrales del santuario están orientados hacia el amanecer en los equinoccios y en el solsticio de verano respectivamente. Como en otros santuarios ibéricos, se encuentra que la salida del Sol en los equinoccios se produce sobre la cumbre de una de las montañas más distantes del horizonte. También planteamos la posibilidad de que otros muros del mismo santuario puedan estar orientados hacia ortos de varias de las estrellas más brillantes del cielo. Se constata que el eje este-oeste de la trama urbana de la parte meridional del oppidum (donde se localiza un recinto de carácter cultual para algunos autores) se orienta aproximadamente hacia el orto en el solsticio de invierno. Finalmente documentamos un posible alineamiento entre el santuario de entrada, la necrópolis descubierta al este del oppidum y el punto del horizonte donde se produce el orto del solsticio de invierno. cuencias temporales de distinta duración como el ciclo día-noche, el de las fases de la Luna (origen del mes), o el ciclo del movimiento del Sol (base del año solar). Está claro, y posiblemente así lo ha sido para el ser humano desde la más remota antigüedad, que el ciclo solar anual regula el ciclo vegetativo de la naturaleza, por lo que la ordenación y previsión de las tareas agrícolas y ganaderas pasa, necesariamente, por la familiarización con los movimientos periódicos del Sol sobre la bóveda celeste. La necesidad de un calendario no obedece sólo a razones fundamentales para la supervivencia de una sociedad, como la ordenación de la actividad económica y productiva, sino también a razones religiosas, rituales y como herramienta de demostración de poder y de "control" de la naturaleza por parte de las jerarquías políticas y religiosas. Por medio de la Arqueología y las fuentes escritas sabemos que la cultura ibérica era una sociedad compleja, dominada por una élite principesca, cuyas actividades económicas principales eran la agricultura y la ganadería. Por otra parte, su génesis se debe al contacto directo con culturas orientales como la fenicia y la griega que disponían de calendarios y de un notable conocimiento astronómico (mucho mejor conocidos en el caso del mundo griego). Por todo ello, es posible considerar, como hipótesis de partida, que la cultura ibérica adquirió unos ciertos conocimientos astronómicos, bien por desarrollo propio o por influencia de los colonizadores desde época orientalizante. Es probable que, si los aspectos astrales formaron parte del mundo religioso y ritual ibérico, éstos se vieran incorporados de alguna forma al diseño de sus ciudades, construcciones religiosas y necrópolis, como de hecho se ha constatado en diferentes culturas de la Antigüedad. El presente trabajo pretende verificar esta hipótesis en la Oretania septentrional. La historiografía tradicional y la investigación actual coinciden en situar al pueblo oretano en diversas zonas de las actuales provincias de Ciudad Real, Albacete y Jaén, a partir de la lectura e interpretación de las fuentes clásicas y de su comparación con los datos toponímicos, epigráficos y arqueológicos. Los oretanos ocuparon un territorio amplio y variado desde el punto de vista geográfico, vertebrado en torno a Sierra Morena, un espacio de excepcional importancia económica durante la Protohistoria y la Edad Antigua de la Península Ibérica. El térmi-no "Oretania septentrional" designa tradicionalmente, con fines meramente utilitarios y connotaciones geográficas (nunca culturales o étnicas), a las comunidades oretanas ubicadas al norte de Sierra Morena, en el área sur de la Meseta meridional (Benítez de Lugo et al. 2004). En la Oretania septentrional existen varios oppida objeto de excavaciones arqueológicas sistemáticas. Sólo en Alarcos (Ciudad Real) y Cerro de las Cabezas se han realizado programas de conservación que permiten examinar con detalle y rigor las construcciones exhumadas. Precisamente en estas ciudades se han detectado edificios identificados como santuarios (Almagro Gorbea y Moneo 2000). No se conocen en el territorio oretano septentrional santuarios extraurbanos pero sí otros ubicados en el interior de Sierra Morena, como los jienenses de Collado de los Jardines (Santa Elena) y Cueva de La Lobera (Castellar), utilizados tanto por los oretanos del norte como los del sur por su situación central. El edificio interpretado como santuario en Alarcos es una construcción rectangular de piedra con cuerpo superior de adobes, flanqueado por una calle solada y por otros pavimentos. Este edificio está en buena parte arrasado por la construcción de una gran muralla medieval. Por ello los estudios arqueoastronómicos se han centrado únicamente en las construcciones del Cerro de las Cabezas. El Cerro de las Cabezas se encuentra ubicado en la margen izquierda del río Jabalón, al sur de La Mancha y de la Meseta Sur (Fig. 1). El asentamiento protohistórico ocupa una superficie aproximada de 14 ha en la ladera oriental de un cerro de una altitud ortométrica de 805 m, con pendientes pronunciadas al norte y oeste, y suaves al este y sur. La posición del asentamiento es claramente estratégica. Está situado en la arteria de comunicación este-oeste que constituye el Jabalón, con hitos de población protohistórica importantes próximos, como Laminium (Alhambra), Cerro Domínguez (Granátula de Calatrava) o Alcubillas, todos en Ciudad Real. Está próximo al paso hacia el valle del Guadalquivir a través del río Despeñaperros, del Guarrizas o del Puerto del Muradal, con el importante hito intermedio del Santuario de Collado de los Jardines. También es significativa su cercanía al corredor natural de La Mancha, que permite la salida del mineral oretano y las relaciones hacia el norte. El yacimiento está en excavación desde 1985, habiéndose puesto al descubierto una notable superficie del asentamiento protohistórico en la parte más baja de la ladera, distinguiéndose varias fases de ocupación, que comprenden la totalidad de la Protohistoria, desde la Edad del Bronce Final hasta el periodo ibérico pleno. En estas campañas se han detectado tres piezas arqueológicas que parecen representar estrellas, algo desconocido en Alarcos. Un fragmento de placa de terracota con una escena figurativa excisa e incisa muestra una estrella de cinco puntas y una cabeza de ave que picotea una flor de loto (según Benítez de Lugo 2004: 43-44) (Fig. 2A). La se-gunda pieza es un galbo estampillado con la figura de un carnassier o bestia depredadora carnívora, situado bajo dos astros (según Benítez de Lugo 2004: 45-46) (Fig. 2B). Se ha identificado este mismo motivo en una probable urna funeraria en Madridejos (Toledo) (Rodríguez y Palencia 2014: 13). La tercera pieza es un anillo argénteo con un sello decorado con un grifo entre astros (según Benítez de Lugo 2004: 51 y 55) (Fig. 2C). Se había propuesto una orientación astronómica, pendiente de caracterización, al denominado "santuario de entrada" del Cerro de las Cabezas, enfrentado intramuros a un acceso principal del poblado, al noreste del mismo (Moneo et al. 2001; Benítez de Lugo y Moraleda 2013: 227) (Fig. 3A). Esta dependencia es una especie de capilla perteneciente a una construcción doméstica mayor. Los elementos más interesantes que hay en su interior son tres irregulares estelas de cuarcita no talladas, que han sido identificadas como betilos. Están hincadas directamente en el suelo de la habitación y calzadas, bajo el nivel del suelo, con piedras pequeñas y medianas. Unas potentes piedras esquineras o guardacantones evitaban que las ruedas de los carros dañasen los expuestos vértices de este edificio religioso, situado a la entrada de la ciudad, en medio del vial de acceso. El conjunto ha sido fechado en el siglo III a.C. En la calle en los alrededores del edificio, se halló una gruesa capa de cenizas de 20 cm de potencia asociada a cerámicas de diversa tipología con decoración geométrica pintada y estampillada característicamente oretana, fragmentos de piedras volcánicas utilizadas como soleras o volanderas de molinos de mano, pesas de telar cocidas y sin cocer, una ficha, fragmentos amorfos de útiles de hierro, una falcata de hierro bien conservada con acanaladuras en la empuñadura y algunos huesos, así como un cráneo y las astas de un cérvido. Las cenizas mencionadas pueden proceder de la actividad desarrollada en el horno metalúrgico presente en otra de las estancias del edificio (Benítez de Lugo allí mismo un fragmento del labio de un kylix ático de figuras rojas perteneciente al Grupo de Viena 116 (Moneo et al. 2001: 133-134, figs. 5 y 7-10). Es interesante reseñar que la puerta de esta estancia fue tapiada con mampostería y que la forma de su planta es pentagonal y se orienta, en lo más inmediato, hacia la puerta de entrada al oppidum. Además del santuario de entrada, existe en este poblado otro edificio analizado con motivo de este estudio. Se trata del "Santuario Sur", así denominado por los directores de las excavaciones arqueológicas (Carmona 2003; Vélez y Pérez Avilés, 2008, 2010) (Fig. 3B). En cambio para otros investigadores, adscritos a diferentes universidades, no debe asignársele un carácter cultual o sacro, sino más bien relacionado con el control del almacén ubicado dentro del bastión anejo (García Huerta y Morales 2009: 183; Benítez de Lugo y Moraleda 2013: 233-234 y 236). Esta edificación cuenta con una planta rectangular de 10 x 4 m, que ha sido fechada a principios del siglo III en base a los materiales asociados: abundantes cerámicas (una urna globular de cerámica común, borde exvasado y decoración pintada geométrica), una piedra de molino, un pequeño cuchillo de hierro afalcatado y diversos materiales orgánicos (cuerdas y esparto carbonizados). Sus muros se levantaron con adobes dispuestos sobre zócalo de mampostería cuarcítica irregular, trabada con barro. Esta estancia se construyó sobre una puerta de corredor de acceso al poblado de 9 m de largo y 2,30 m de ancho, que resultó cegada al edificar esta estancia. El interior del recinto contaba con un suelo de arcilla apisonada. Todo el interior se revocó con una fina capa de barro que estuvo encalada. En el centro de la habitación se conserva un hogar rectangular de 110 x 80 cm. que presenta un cordón o borde redondeado en su perímetro exterior. En su interior se encontraron carbón y cerámicas quemadas. Cercano al hogar se aprecian los restos de un pequeño horno ovalado. Frente a estas estructuras y adosado al muro sur se conserva un banco o poyo corrido, compuesto por cuarcitas revocadas y encaladas. En la esquina suroeste la fosa de fundación contenía dos pulseras confeccionadas con pequeñas fusayolas envueltas en paños de lino asociadas a cerámicas del siglo IV a.C., lo que ha sido interpretado como un rito fundacional. La estancia fue usada hasta el momento de abandono de la ciudad, tapiándose también su puerta con piedras tras su último uso y quedando todos los materiales en su interior. Este fenómeno se aprecia en muchos otros recintos de la ciudad. Los excavadores asignan a este lugar un carácter sacro sobre todo a partir del hogar central, su "elemento más significativo" (Vélez y Pérez Avilés 2010: 29) que estaría "orientado astronómicamente" (Vélez y Pérez Avilés 2010: 33), aunque no especifican qué astros guiarían su construcción. Más cercanamente en el espacio, dicho hogar está orientado al poyo frente al cual se encuentra, como otros muchos hogares centrales hallados en otras estancias del poblado para las cuales no se ha defendido ni una orientación astronómica ni un carácter sacro. El presente artículo es el primer trabajo arqueastronómico realizado hasta la fecha en la Oretania septentrional. Se centra en los santuarios en yacimientos bien conservados, por ser en los que puede detectarse si la astronomía jugó un papel importante en la localización, diseño y orientación de algunas construcciones. Ello estaría en relación directa con el grado de importancia que tuviesen los aspectos celestes en el rito y en la religión de sus constructores, algo que todavía se desconoce. MÉtODO DE tRABAJO Y OBtEnCIÓn DE DAtOS El trabajo de campo se centró en la medida de la orientación de distintos elementos arquitectónicos de varios edificios del oppidum de Cerro de las Cabezas en algún momento interpretados como de uso cultual, así como de rasgos topográficos destacables del horizonte que les rodea. El instrumental utilizado fue un teodolito, una brújula de precisión, un receptor GPS de navegación y una cámara fotográfica digital. El santuario de entrada presenta una planta pentagonal irregular, carece de un eje de simetría definido y sus paredes no forman ángulos rectos entre sí, por lo que nos limitamos a medir la orientación de los distintos muros del edificio. El edificio que conforma el denominado "Santuario Sur" es rectangular, y al contrario que el caso anterior, tiene ejes de simetría bien definidos, por los que la orientación de sus muros y sus accesos coincide con las de sus ejes de simetría. La orientación (acimut 1 ) de cada uno de los muros perimetrales de los edificios se midió con la brújula de precisión. El teodolito se colocó en el centro del santuario de entrada y se utilizó para medir las coordenadas horizontales: acimut (A) y altura sobre el horizonte (h), de varios elementos topográficos relevantes del horizonte oriental (el occidental corresponde a la ladera del propio cerro donde se sitúa el yacimiento y no presenta rasgos destacables). Los ángulos horizontales medidos con el teodolito se transformaron a acimutes referidos al norte geográfico mediante medidas de la posición del centro del disco solar cronometradas con el GPS (que también proporciona el Tiempo Universal preciso). Los acimutes de los elementos topográficos seleccionados se compararon con los ángulos horizontales medidos con la brújula para esos mismos puntos y la diferencia promedio nos proporcionó la declinación magnética, que resultó ser de −2° 2. Esta es la magnitud que hay que sumar algebraicamente para transformar a acimutes los ángulos medidos con la brújula. Posteriormente, con dicho valor de la declinación magnética corregimos las medidas de las orientaciones de los muros del santuario (en Esteban y Escacena Carrasco 2013 una descripción más detallada). A partir del par de coordenadas acimut y altura de los puntos del horizonte medidos con el teodolito y conocida la latitud (obtenida con el GPS), calculamos la declinación celeste 3 (δ) del astro que tiene su orto u ocaso por dicho punto a través de una sencilla ecuación de transformación de coordenadas (ecuación 5 de Esteban y Moret 2006). En la figura 4A mostramos una vista general del santuario de entrada al oppidum del Cerro de 1 Ángulo horizontal respecto al norte geográfico. 2 La brújula empleada presenta una deriva sistemática de −1° respecto a la declinación magnética que proporciona el Centro Nacional de Información Geográfica (IGN), que es de −1° (1° hacia el oeste) para el lugar y fecha que nos ocupan. 3 La declinación corresponde al ángulo sexagesimal entre un astro y el ecuador celeste medido a lo largo del círculo máximo que pasa por los polos celestes y dicho astro. Es una de las coordenadas ecuatoriales (junto con la ascensión recta) que se utilizan para localizar los astros sobre la esfera celeste, el rango de valores posibles varía de +90° a -90°. las Cabezas desde el oeste donde se señalan los muros cuya orientación se midió con la brújula. Cada muro viene determinado por un número y una flecha. Como la dirección de un muro puede definir dos sentidos opuestos, hemos escogido siempre el que apunta a la parte despejada del horizonte, es decir, a su mitad oriental (los extremos de las flechas representadas en la figura 4 indican ese sentido). En la tabla 1 mostramos los valores de acimut correspondiente a dichas orientaciones, la altura angular del punto del horizonte hacia donde apuntan los muros (que se midió con el teodolito) y la declinación celeste del astro que tendría su orto por dichos puntos. La incertidumbre típica de las medidas es de 1o en acimut, 0,1o en altura y 1o en declinación, en el caso del muro 5, la incertidumbre es algo mayor (del orden de 3o en declinación) porque contiene la puerta de acceso al recinto y la orientación de los dos tramos del muro a ambos lados del acceso difiere unos 2,5o. La incertidumbre en altura es mucho menor que en acimut debido a que la primera coordenada se midió con el teodolito y la segunda con la brújula. El resultado más interesante de los mostrados en la tabla 1 es que los dos muros contiguos al número 3 (el que tiene adosados los tres betilos alineados) apuntan aproximadamente al orto solar en dos momentos singulares de la trayectoria anual del Sol sobre la bóveda celeste: los equinoccios (muro 2) y el solsticio de verano (muro 4). Somos conscientes que la correspondencia no es perfecta y que la diferencia es del orden de unos 2,5o en declinación, aunque parece asumible si tenemos en cuenta la incertidumbre de 1o de la medida de la orientación y en la precisión intrínseca de la construcción de los muros. Ambos muros parecen apuntar hacia los puntos del horizonte dónde se producen el orto solar en los equinoccios (Fig. 4B) y el solsticio de verano (Fig. 4C). En el caso de los equinoccios (o día mitad entre solsticios, véase Sección 5) podemos ver que la salida del Sol coincide con la cumbre de una pequeña loma relativamente distante y situada en el último plano del horizonte visible en esa zona, exactamente en el este geográfico. El orto del solsticio de verano no se produce por un lugar destacable como en los equinoccios, aunque coincide en una pequeña vaguada de un cerro cercano situado al noreste del yacimiento. Una vez encontramos una relación astronómica solar plausible para dos de los muros del santua- rio de entrada parece pertinente preguntarse ¿qué ocurre con el resto de los muros del edificio? Una primera hipótesis de trabajo es suponer que la orientación de todos los muros perimetrales tuvieron una motivación astronómica. Excepto los muros 1, 2 y 4, el resto no presenta relaciones con ortos solares, lunares o planetarios. La declinación correspondiente al muro 1 es de -15,2o y podría corresponder (en el año de referencia 350 a.C. que hemos escogido como representativo de la cronología del yacimiento) al orto solar en una fecha de comienzos de noviembre o principios de febrero, muy cercana (unos pocos días después o antes) al día mitad de estación entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno o entre éste último y el equinoccio de primavera 4. Indagando posibles relaciones con estrellas 5 vimos una muy interesante entre el muro 1 y el orto de la estrella Sirio (a Canis Maioris), la más brillante del cielo, que tenía una declinación de -16,3o en el año 350 a.C., consistente con la orientación del muro dentro de las incertidumbres. Alentados por esta posible orientación estelar, comparamos las declinaciones de las estrellas más brillantes en el año 350 a.C. y las definidas por las orientaciones del resto de los muros, encontrando que el número 6 ajusta con la posición del orto de la estrella 4 En ese día mitad del otoño o del invierno la declinación solar sería de -13,5o. 5 Para ello consultamos el trabajo de Hawkins y Rosenthal (1967) que calcula la posición de las estrellas más brillantes de magnitud visual 3 (un total de 144) desde el 2500 a.C hasta el 2500 d.C. en intervalos de 100 años, teniendo en cuenta la precesión de los equinoccios y el movimiento propio de cada estrella. Arturo (a Bootis, +32,7o), la segunda estrella más brillante (detrás de Sirio) para los observadores situados a la latitud del Cerro de las Cabezas 6. Los muros 3 y 5 apuntan muy hacia el sur, hacia una zona donde se levantaban algunas estrellas relevantes que marcaban las cercanías del punto cardinal sur. El orto de Hadar (b Centauri), la décima estrella más brillante del firmamento (declinación de -49,5o en el 350 a.C.) parece ajustar bien la orientación del muro 3 y es la más brillante que podían observar los habitantes de la Oretania en aquella zona tan meridional del cielo. El problema con esta estrella es que apenas se levantaría unos 2o como máximo sobre el horizonte y, aunque su magnitud visual es de +0,60, su visibilidad dependería mucho de las condiciones atmosféricas y de la proporción de polvo en la atmósfera. Por otra parte sólo sería visible por encima del horizonte durante un mes aproximadamente. Finalmente, el muro 5 podría apuntar a la estrella Gacrux (g Crucis), la estrella del extremo septentrional de la constelación de la Cruz del Sur, la vigesimosexta estrella más brillante del firmamento y que llegaría a alcanzar una altura máxima de 9o sobre el horizonte. Es posible que el lector considere que la hipótesis de máximos que hemos planteado (todos los muros tienen una relación astronómica) y que resumimos en la tabla 1 sea demasiado forzada. Es una objeción razonable, aunque los resultados 6 La segunda estrella más brillante del cielo es Canopus, (a Carinae) pero no era visible por encima del horizonte oretano en la época considerada. de esta hipótesis resultan bastante sorprendentes, porque están involucrados los ortos de dos posiciones singulares (de tres posibles) del movimiento anuo solar, las dos estrellas más brillantes del firmamento a la latitud de Cerro de las Cabezas y dos de las estrellas más brillantes que se podían observar en el extremo meridional de la bóveda celeste, muy cerca del punto cardinal sur. De cualquier manera, podemos plantear una hipótesis más relajada suponiendo que no todos los muros del santuario tienen por qué presentar una relación astronómica y que la disposición de algunos de ellos está condicionada por otros factores como la orientación urbana definida por el resto de los edificios. Bajo este supuesto aplicamos el criterio de desechar aquellas relaciones definidas por los muros medianeros con otras estancias vecinas, por lo que podríamos ignorar las relaciones de los muros 1, 5 y 6. Esta segunda hipótesis nos deja las mismas relaciones solares y una estelar para el muro 3 (con el orto de Hadar, b Centauri, muy cercano al punto cardinal sur). Una tercera hipó-tesis, que denominamos "de mínimos", supondría el asumir únicamente relaciones solares en el santuario de entrada del Cerro de las Cabezas, por lo que sólo las orientaciones de los muros 2 y 4 serían relevantes. Esta hipótesis supondría asumir que la relación astronómica del muro 3 es fortuita y que este muro se orienta simplemente para unir las paredes 2 y 4. Discutiremos la verosimilitud y las implicaciones de cada una de estas hipótesis en la sección 5. Un resultado adicional de nuestro estudio es el descubrimiento de una posible alineación con interés astronómico entre el santuario de entrada, el área junto al oppidum donde se encontró la necrópolis del poblado (Poveda y Benítez de Lugo 2015; Benítez de Lugo et al. e. p.) y el punto donde se observa el orto solar en el solsticio de invierno desde el propio santuario (Fig. 5A). Hay que hace notar que la extensión total de la necrópolis es desconocida y que el área excavada es todavía muy limitada (56,88 m 2; catorce tumbas encontradas en catorce días de excavación Fig. 5. Oppidum de Cerro de las Cabezas. A. Vista general del horizonte este-sureste desde el área del santuario de entrada. Se delimita la posición del santuario respecto a los restos encontrados de la necrópolis. La imagen muestra gráficamente el alineamiento del santuario, la necrópolis y el orto solsticial. Se indica también el cauce del río Jabalón, situado entre el oppidum y la necrópolis. B. Orientación del muro norte del recinto del bastión sur del oppidum que ha sido interpretado como santuario. En ambas imágenes, el pequeño círculo indica el punto del horizonte por donde se produce el orto solar en el solsticio de invierno. Su tamaño coincide con el del disco del Sol. La flecha gris inclinada señala su trayectoria y la flecha negra horizontal la dirección norte. arqueológica), por lo que la presunta orientación tendría que interpretarse desde un punto de vista simbólico donde la precisión no sería un factor relevante. Con la inclusión de esta tercera relación solar en el santuario de entrada tendríamos que todas las posiciones singulares del movimiento anuo del Sol: equinoccios y ambos solsticios, están representados de alguna forma en el edificio. Por último, realizamos medidas del recinto adosado por el este al bastión sur del poblado, cuya discutible interpretación como "Santuario Sur" (Vélez y Pérez Avilés 2008, 2010: 29) Medimos la orientación de sus muros este, oeste y norte, comprobando que los dos primeros son casi perfectamente paralelos (acimut de 29o y 30o, respectivamente), apuntando sobre el horizonte oriental hacia el punto donde se produce el orto de un astro con declinación +43,5o, que no coincide con ningún objeto del Sistema Solar ni con ninguna estrella brillante (con un brillo superior a la magnitud visual de 3,0). Por otro lado, la pared norte presenta un acimut de 117o y, hacia el oriente, apunta al orto de un astro con declinación -20,5o, unos 3o al norte del solsticio de invierno (Fig. 5B) por lo que podría proponerse una posible relación con este evento astronómico. Es necesario indicar que el recinto comparte esta orientación general con buena parte de las construcciones de esta zona del poblado (Fig. 3B). En particular, el bastión sur así como el gran almacén (horrea, indicado como edificio rectangular en figura 3B) adyacente presentan exactamente la misma disposición espacial. Esta característica es una diferencia importante respecto al santuario de entrada donde la orientación de los muros, en general, varía respecto a la de la trama urbana del resto de las manzanas vecinas (Fig. 3A). La edificación aneja al gran almacén situada dentro del bastión sur no puede, por tanto, ser considerada como edificio singular en base a su orientación astronómica. Como vimos en la sección anterior, el santuario de entrada del Cerro de las Cabezas tiene un gran potencial arqueoastronómico, incluso con-siderando únicamente las orientaciones solares (nuestra hipótesis de mínimos). Orientaciones simultáneas de elementos arquitectónicos hacia dos momentos singulares del movimiento anuo solar es algo de lo que no tenemos precedente en los estudios arqueoastronómicos realizados sobre la cultura ibérica. Los únicos ejemplos de posible relación astronómica de un yacimiento ibérico con los equinoccios y alguno de los solsticios están basados en la presencia de marcadores astronómicos sobre el horizonte, pero no en la orientación de muros de edificaciones, como es el caso estudiado. La relación aludida se constata en los santuarios también oretanos de El Pajarillo (Huelma, Jaén) y Torreparedones (Castro del Río-Baena, Córdoba; Morena López y Abril Hernández 2013) donde el solsticio marcado es el de invierno: el orto en Torreparedones y el ocaso en El Pajarillo. El hecho de que el orto de los equinoccios se produzca sobre la parte superior de uno de los cerros7 más lejanos que se divisan desde Cerro de las Cabezas, lo incluye en la ya larga lista de santuarios ibéricos que muestran marcadores de este evento solar y que se extienden por buena parte del territorio ocupado por dicha cultura, desde la Oretania en el sur hasta la Edetania y el Bajo Aragón por el norte. Esteban (2013) ha revisado las características de este tipo de marcadores, cuyo elemento principal es que el orto solar en los equinoccios (o el día mitad entre solsticios) se produce sobre la cumbre de una montaña generalmente lejana y conspicua del horizonte. El grado de espectacularidad del fenómeno varía de un yacimiento a otro. En La Malladeta (La Vila Joiosa, Alicante) o El Amarejo (Bonete, Albacete; Esteban 2002) los elementos topográficos que producen el marcador (islote en el primer caso y montaña en el segundo) son muy llamativos y únicos en el horizonte oriental, sugiriendo que el orto equinoccial podría haber sido utilizado como un elemento ritual de dimensión pública. Sin embargo, la mayoría de las veces, la montaña donde se produce el orto u ocaso equinoccial suele ser lejana y no especialmente conspicua, lo que apunta a una posible utilidad como marcador calendárico, como jalón para calibrar el calendario solar por parte de los posibles encargados del culto o sacerdotes 8. En el caso del Cerro de las Cabezas, nuestras medidas con el teodolito indican que la cumbre del cerro Córcobo corresponde a una declinación de 0,25o±0,15o. Desgraciadamente, este valor no nos permite discriminar si era el equinoccio o el día mitad entre solsticios el evento astronómico que daba sentido al marcador 9 pues está justo entre ambas posiciones solares. Por definición, el equinoccio astronómico corresponde a una declinación de 0o, mientras que el día mitad entre solsticios está en el rango 0,7o±0,3o (Esteban 2013). Teniendo en cuenta que el diámetro del disco solar es de unos 0,5o, tanto el borde norte del disco durante el orto más cercano a los equinoccios, como el borde sur en el orto correspondiente al día mitad tocaría la cumbre del Córcobo. Como este cerro es ancho y redondeado y la parte más elevada está situada hacia el borde sur del cerro, si consideramos su parte central (que presenta una anchura de unos 1,5o) como referencia del marcador, sería más consistente con el día mitad, como ocurre en la hierofanía solar de la cuevasantuario de Castellar (Esteban et al. 2014) o en el espectacular marcador de La Malladeta. Orientaciones hacia el orto del solsticio de verano no son comunes en los santuarios ibéricos. El ejemplo más claro en este sentido es el templo de la acrópolis 10 de Ullastret (Girona), cuyo eje mayor y puerta de acceso apuntan con bastante precisión hacia el orto solar en el solsticio de verano (Esteban 2002). Otro caso más cercano es el santuario de La Escuera (San Fulgencio, Alicante) donde uno de los dos ejes del edificio se encuentra orientado a lo largo de la línea definida por el orto 8 Las claras relaciones astronómicas que presentan un número cada vez mayor de santuarios ibéricos hace razonable plantear la existencia de un personal especializado encargado del seguimiento periódico de la posición del Sol y quizás de otros astros. 9 Como ya se ha discutido en distintos trabajos (Esteban 2002(Esteban, 2013;;Esteban et al. 2014), el equinoccio astronómico es un concepto geométrico y abstracto que quizás ni fuera conocido por los iberos y probablemente careciera de utilidad práctica para ellos. Por el contrario, el concepto día mitad entre el solsticio de verano y el de invierno es mucho más concreto y coincidiría igualmente con el cambio estacional. Ambos eventos ocurren con una separación del orden de dos días por lo que la posición del Sol no es muy diferente. 10 En esta zona más alta del poblado del Puig de Sant Andreu se han documentado dos templos, el que consideramos aquí es el mejor conservado y mas meridional, se trata de un templo in antis con cella de planta cuadrangular, fechado en el siglo III a.C. (Moneo 2003: 229-230). del solsticio de verano y el ocaso del solsticio de invierno (Esteban 2002). Sin embargo, las últimas investigaciones arqueoastronómicas en el área andaluza sugieren que los marcadores y orientaciones hacia el orto del solsticio de verano pudieron ser un rasgo habitual en templos y santuarios de época orientalizante y en las zonas de posterior influencia púnica de la Península Ibérica. Escacena Carrasco (2007Carrasco (, 2009) ) ya indicó la posibilidad de rituales solares relacionados con el orto del solsticio de verano y la festividad de resurrección del dios Baal atendiendo a la orientación de los santuarios y altares con forma de piel de toro de El Carambolo (Camas, Sevilla) y el Cerro de San Juan (Coria del Río, Sevilla). Datos muy recientes de otros yacimientos de época orientalizante como los edificios de la acrópolis de Castillejos de Alcorrín (Manilva, Málaga) y de ambientes de fuerte influencia púnica como los santuarios de la Muela de Cástulo (Linares, Jaén) o el de Mijas (Málaga) presentan posibles marcadores del orto del solsticio de verano sobre elementos topográficos del horizonte. Un precedente de esta costumbre solsticial podríamos tenerla en el templo dedicado a Baal de Pella, en el valle del Jordán (Jordania), donde Polcaro et al. (2013) constatan que su eje mayor y la entrada se encuentra orientado hacia la salida del Sol en el solsticio de verano. Las evidencias citadas parecen sugerir la pervivencia de elementos solares de posible origen oriental en el ritual de los habitantes ibéricos de Cerro de las Cabezas. Como ya se comentó anteriormente, El Pajarillo y Torreparedones, los únicos santuarios ibéricos conocidos con relaciones astronómicas dobles equinoccio-solsticio, también están localizados en Oretania, por lo que cabe la posibilidad de que estemos ante una costumbre de orientación ritual solar característica de la zona. Hemos apuntado un posible origen oriental a las relaciones astronómicas encontradas en el Cerro de las Cabezas, pero tampoco podemos excluir que fueran producto de tradiciones de las culturas que poblaron con anterioridad el territorio oretano. Se ha medido la orientación de casi un millar de monumentos funerarios megalíticos en la Península Ibérica (con cronologías que van desde el final del Neolítico hasta la Edad del Bronce) y la mayor parte de ellos, sobre todo los del sur y oeste peninsular, apuntan sistemáticamente hacia los puntos del horizonte donde se producen los ortos solares o lunares a lo largo del año (por ejemplo Hoskin 2001; Belmonte y Hoskin 2002). En particular, estudios recientes sobre el complejo funerario tumular del Castillejo del Bonete (Terrinches, Ciudad Real), fechado en el último cuarto del III milenio a.C., y de otros yacimientos adscritos al mismo horizonte cultural, indican la existencia de marcadores y orientaciones hacia los ortos y ocasos solares en los solsticios ya durante la Prehistoria Reciente en la Meseta Sur (Benítez de Lugo et al. 2014; Esteban 2015; Esteban y Benítez de Lugo e. p.). Nuestra hipótesis arqueoastronómica de máximos, el considerar deliberadas las orientaciones estelares de algunos de los muros del santuario de entrada, plantea el problema de que no está bien establecida la existencia de orientaciones hacia estrellas en el mundo ibérico, principalmente porque es difícil argumentarlas. En primer lugar, la posición sobre la esfera celeste de las estrellas (es decir, sus coordenadas, entre ellas la declinación) cambia de forma significativa a lo largo de los siglos debido a la precesión de los equinoccios (cosa que no afecta a la posición del Sol y la Luna) y, por lo tanto, debemos disponer de una datación confiable del yacimiento para fijar las coordenadas estelares con las que comparar nuestras orientaciones. Otra dificultad es gran cantidad de estrellas visibles a simple vista en el cielo (alrededor de unas 2000) que hacen que siempre podamos encontrar alguna que coincida con la orientación que midamos aunque, bien es cierto, si nos limitamos a las más brillantes dicha probabilidad disminuye. Un último motivo es que la extinción que produce la atmósfera a bajas alturas sobre el horizonte (variable según las condiciones meteorológicas locales) dificulta e incluso imposibilita observar el orto u ocaso de estrellas que no sean muy brillantes. En el caso de las orientaciones estelares que encontramos para algunos muros del santuario de entrada, tenemos la ventaja de que corresponden con estrellas muy brillantes cuyo orto se puede observar en condiciones atmosféricas normales. Por otra parte también disponemos de cronología en el yacimiento, por lo que creemos que las orientaciones estelares en nuestra hipótesis de máximos son plausibles. Pérez Gutiérrez et al. (2011) estudiaron la orientación del edificio cultual del Turó del Calvari (Vilalba dels Arcs, Tarragona), datado a comienzos de la Edad del Hierro (siglos VII-VI a.C., Bea Castaño y Diloli Fons 2005), encontrando que su eje principal se orienta hacia el ocaso de la estrella Arturo (a Bootis), como ya se ha dicho, la segunda estrella más brillante del cielo visible desde las latitudes ibéricas. Según estos autores, la relación del edificio con Arturo podría deberse a que los ortos y ocasos helíacos11 de esta estrella, según Hesíodo en Los trabajos y los días, indicaban momentos del ciclo agrícola de la vid. Es interesante recordar que el muro 6 del santuario de entrada del Cerro de las Cabezas apunta hacia el orto de Arturo. Según Hesíodo, en sus tiempos (circa 700 a.C.), el orto helíaco de esta estrella indicaba el momento de la vendimia, en nuestro mes actual de septiembre, hecho todavía válido en época ibérica. En este punto cabe recordar que Valdepeñas es conocida como "Ciudad del vino" y que La Mancha es el territorio vitivinícola más extenso del mundo. Podría tratarse, por tanto, de una primera indicación del cultivo de la vid en este territorio. En la sección 4 advertimos que el recinto adosado al bastión sur del poblado e interpretado como santuario podría tener un eje orientado aproximadamente hacia el orto del solsticio de invierno (Fig. 5B). Ya comentamos que, a diferencia del santuario de entrada, todos los muros de este edificio comparten exactamente la orientación de la trama urbana de esa zona del poblado y también de la muralla perimetral meridional (Fig. 3B). En nuestra opinión, la posible orientación solsticial de esta zona del poblado se podría deber a dos motivos: simple casualidad o una posible orientación de tipo augural, relacionada con la fundación de edificaciones en el oppidum. En este sentido, las ofrendas halladas en la esquina suroeste del recinto y que han sido interpretadas como producto de un rito fundacional (Vélez y Pérez Avilés 2009) podrían apoyar esta segunda posibilidad. Las posibles orientaciones astronómicas de los depósitos fundacionales en época ibérica o del urbanismo oretano están todavía insuficientemente estudiadas. Otro aspecto a discutir es el aparente alineamiento entre el santuario de entrada del Cerro de las Cabezas, la necrópolis y el punto donde se produce el orto solar en el solsticio de invierno (Fig. 5A). La eventual relación astronómica de la disposición relativa entre yacimientos ibéricos tampoco se ha explorado de forma sistemática. Esteban (2002) identificó un posible ejemplo en la necrópolis de Cabezo Lucero (Guardamar del Segura-Rojales, Alicante). Allí existe un cierto alineamiento con el cerro conocido como Cabezo Soler, donde se produce el ocaso equinoccial (visto desde la necrópolis) y con el promontorio costero en el que se localizaba el santuario del Castillo de Guardamar, cercano al punto de observación del amanecer equinoccial desde las tumbas de la necrópolis que, por otro lado, muestran una orientación sistemática este-oeste. Nótese que en ambos ejemplos, Cerro de las Cabezas y Cabezo Lucero, se alinea un conjunto similar de elementos: santuario, necrópolis y punto singular de orto u ocaso solar. Ello sugiere que hubiera entre los iberos una posible costumbre de ubicar los recintos cultuales y funerarios a lo largo de líneas de significación solar. Un último aspecto importante a discutir es que las líneas de visión definidas por los distintos muros, tanto en el santuario de entrada como en el edificio del bastión sur, podrían haber estado bloqueadas por otras construcciones. En las figuras 4B a 5B podemos ver que muros de otros edificios colindantes y las propias murallas del oppidum interfieren con la visión de los ortos asociados a las alineaciones astronómicas propuestas. Esto plantea una duda razonable sobre la utilidad práctica de unas líneas de visión cegadas. Este hecho contrasta con lo que se ve en el santuario ibérico del Tossal de Sant Miquel de Llíria (Esteban y Moret 2006), situado también en el interior de un poblado, y cuyo alineamiento y marcador equinoccial se asemeja al que define el muro 2 del santuario de entrada de Cerro de las Cabezas. Al contrario que en el santuario oretano, el edifico de Llíria está situado en una zona alta del poblado y con un área libre de edificaciones hacia el este, lo que implica que la línea de visión estaba muy probablemente despejada, garantizando la observación del orto equinoccial. La orientación del edificio anejo al bastión sur de Cerro de las Cabezas, consistente con el resto de estructuras adyacentes, y su posible motivación augural hacen que la visión del fenómeno astronómico asociado no sea un requerimiento que pueda considerarse necesario. Sin embargo, en el santuario de entrada, la presencia de un marcador equinoccial invisible desde el edificio resulta paradójica. Tal vez este hecho podría deberse a que la elección del em-plazamiento (frente a la puerta septentrional de la ciudad y por la presencia del marcador) y el diseño del santuario (orientación astronómica de los muros) precedieron a la construcción de las estructuras colindantes hacia el este, y a que las orientaciones astronómicas del edificio dejaran de tener una utilidad práctica para convertirse en puramente simbólicas. El presente estudio revela la existencia de orientaciones astronómicas en el santuario de entrada situado frente a la puerta septentrional del oppidum oretano Cerro de las Cabezas. Dos de los muros principales de este edificio se orientan, respectivamente, hacia la salida del Sol en los equinoccios y en el solsticio del verano. La relación equinoccial se ve reforzada con el descubrimiento de que el orto solar en dicho momento del año se produce sobre una de las montañas más lejanas visibles desde el yacimiento: el cerro Córcobo. Los restantes muros podrían estar orientados hacia los ortos de algunas de las estrellas más brillantes del cielo, como Arturo, Sirio, y otras situadas en el hemisferio sur e invisibles en la actualidad. Se ha hallado una alineación astronómica entre el santuario de entrada, la necrópolis situada extramuros a unos 200 m al este del poblado, y el punto donde se observa el orto solar en el solsticio de invierno desde el propio santuario. Este último resultado implica que todas las posiciones singulares del movimiento anuo del Sol -equinoccios y ambos solsticios-están representados de alguna forma en el edificio. Nos parece significativo que orientaciones o marcadores dobles hacia el orto u ocaso en el equinoccio y el solsticio de invierno sólo se han encontrado en otros santuarios oretanos, como El Pajarillo o Torreparedones. Por contra, las orientaciones del edificio denominado por sus excavadores "Santuario Sur" no difieren de las de otras construcciones adyacentes. Sin embargo, su eje este-oeste, común al resto de edificios de esta zona del oppidum, podría apuntar (con una baja precisión) al orto solar en el solsticio de invierno. Se sugiere que esta posible relación astronómica podría estar relacionada con algún rito fundacional.
Este trabajo presenta los resultados obtenidos en la excavación realizada en la parcela DOC-1 (SUNP-1) de la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos. La principal aportación de la excavación al ámbito de las investigaciones desarrolladas en esta zona arqueológica se centra en su fase calcolítica, concretamente en la delimitación y documentación del quinto foso en una extensión no conocida hasta el momento. Asociado este foso se documentó igualmente una estructura fortificada compuesta por dos muros y una torre semicircular hueca que muy posiblemente protegía un acceso. Finalmente la investigación desarrollada a permitido obtener los primeros datos sobre alimentación y salud de la población del asentamiento mediante el análisis de un conjunto de restos óseos localizados en el fondo del foso. La necesidad de llevar a cabo la intervención arqueológica de urgencia en la parcela DOC-1 del SUNP-1 (Suelo Urbanizable No Programado) de la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos de Jaén hay que situarla en la elección de este espacio como lugar para la nueva ubicación y construcción del Colegio Público Cándido Nogales. Con objeto de hacer realidad este proyecto se firmó con fecha 24 de abril de 2001 un convenio de colaboración entre la Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía y la Universidad de Jaén. En este convenio se estableció (acuerdo sexto) que la Universidad de Jaén pasaría a ser propietaria del terreno que actualmente ocupa el colegio Cándido Nogales, previa cesión de los terrenos por el Ayuntamiento de Jaén, una vez que hubiera construido y entregado el nuevo colegio cuya ubicación se localiza en la citada parcela DOC-1. También en el convenio, en su acuerdo segundo, se estableció que la Universidad de Jaén se haría cargo del oportuno estudio arqueológico de la parcela. Como quiera que ésta se encuentra en la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos se hizo evidente, conforme a la normativa vigente, que era del todo necesaria y obligatoria la realización de una excavación arqueológica de urgencia que documentase no sólo los posibles restos arqueológicos susceptibles de ser alterados o destruidos por la construcción del colegio, sino también garantizase la conservación y difusión de los mismos, que en el marco público y didáctico del futuro Colegio encontrarían las mejores condiciones y garantías destinadas a su futura puesta en valor, disfrute y conocimiento públicos. Con este fin la Universidad encargó al Centro Andaluz de Arqueología Ibérica la organización, coordinación y dirección de la intervención arqueológica mediante la firma de un acuerdo de prestación de servicios utilizando el artículo 11 de la entonces vigente Ley de Reforma Universitaria. Un vez establecido el acuerdo, el inicio de la excavación se produjo en noviembre de 2001 prolóngandose hasta mayo del año 2002 LA ZONA ARQUEOLÓGICA DE MARROQUÍES BAJOS EN JAÉN La Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos (ZAMB) está situada al norte del casco urbano de la ciudad de Jaén, al pie del macizo de Jabalcuz desde donde hacia el norte, en dirección al río Guadalquivir, se desarrollan las Campiñas del Alto Guadalquivir, y coinciden con el límite meridional de lo que se ha caracterizado morfológicamente como Campiña Alta e históricamente como Campiña Superior (Pérez y Cámara 1999). Fruto de los diversos trabajos de excavación desarrollados en la zona desde 1995 se han reconocido una serie de periodos culturales que se extienden desde el tercer milenio a.n.e. hasta la actualidad (Zafra et al. 1999). Existen evidencias constructivas que demuestran una prolongada ocupación, primero esporádica y puntual durante el Neolítico Medio, y un complejo proceso de uso y abandono que abarcaría desde el Calcolítico hasta nuestros días. En total se han propuesto 19 fases, abarcando el periodo prehistórico las cinco primeras (ZAMB 0 a ZAMB 5, Neolítico Medio a Bronce Pleno). Esta periodización, no exenta de recientes críticas (Lizcano et al. 2004), se fundamenta en el reconocimiento de procesos históricos en los que las evidencias de continuidad en el espacio se cruzan con las de cambio en las manifestaciones culturales ( Hornos et al. 2000; Zafra et al. 1999Zafra et al., 2003)). La secuencia mantiene la periodización tradicional pese a que su heterogeneidad provoca que las ocho primeras fases se apoyen sobre bases tecnológicas (Neolítico, Calcolítico, Edad del Bronce), las nueve siguientes sobre caracteres culturales (iberos, romanos, hispano-musulmanes, castellanos), y las dos últimas sobre apreciaciones evaluativas presentistas (Edad Moderna, Edad Contemporánea) (Zafra et al. 2003). Los restos arqueológicos prehistóricos documentados en la parcela DOC-1 pertenecen en su mayoría al periodo ZAMB 3, sin embargo, esta fase no podría comprenderse sin tener en cuenta toda la secuencia calcolítica que se desarrolla durante las fases ZAMB 1 a ZAMB 5. Parece por tanto conveniente plantear de manera resumida las principales características de estas cinco fases, a partir de las propuestas de Zafra et al. (1999), como referente contextual para las estructuras y materiales arqueológicos recuperados de la parcela DOC-1. A la fase ZAMB 1 (Cobre Antiguo-Cobre Pleno) pertenecen dos núcleos de población asentados en la margen oriental del Arroyo de la Magdalena que representan la primera ocupación del sitio. Las principales evidencias consisten en inhumaciones colectivas en "fondo de cabaña" excavado en la base geológica, sin ajuar ni ofrendas perceptibles. También se han localizado una serie de estructuras subterráneas y zanjas de escasa profundidad y trazado rectilíneo con materiales cerámicos que pueden retrotraerse hasta un momento inicial de la Edad del Cobre. La fase ZAMB 2 (Cobre Final-Precampaniforme) es el resultado de un proceso de concentración y sedentarización poblacional que provoca a medio plazo la constitución de lo que se ha denominado una "macro-aldea" (Zafra et al. 1999). En esta fase se han documentado grandes estructuras de cobijo y reproducción subterráneas que se concentran en el área oriental de mayor altitud y menor potencia sedimentaria (RP4 y UA23). Se desconocen los límites de su recinto y las características de éste, aunque se defiende la idea de un asentamiento rodeado por uno o varios fosos sin muralla y localizado en las zonas altas de la ZAMB que, con el tiempo, quedaría englobado por la red de fosos y la fortificación de la fase ZAMB 3. El asentamiento durante ZAMB 3 (Cobre Final-Campaniforme) (2450-2125 cal ANE) es una superficie aproximadamente circular organizada mediante fosos concéntricos excavados en las margas con secciones en "U" o en "V", profundidades entre 1,5 y 5 m y anchuras de entre 4 y 22 m. Contienen refuerzos internos de adobe o piedra y eviden- cias en su fondo de circulación de agua. Hasta el momento se ha documentado la existencia de seis fosos dispuestos de forma concéntrica respecto al primero (ubicado en las proximidades de la Parcela C del RP4 y denominado recientemente como foso 0), estando además el cuarto foso acompañado de una muralla de adobe de 3 m de altura y 2 km de perímetro. En este momento la extensión del asentamiento alcanzaría las 34 has de espacio habitado y superaría las 100 teniendo en cuenta el sistema de captación de aguas y los campos irrigados (Ruiz et al. 1999) (Fig. 1). La hipótesis que se ha manejado de manera más frecuente defiende que el conjunto de la red hidráulico-defensiva (canales, fosos y fortificaciones) es, en su origen, una construcción unitaria concebida para regular y utilizar los aportes hídricos de la cuenca inmediata, donde se observan dos constantes, una funcional, la conducción de aguas, y otra simbólica, la obsesión por el círculo (Zafra et al. 1999). Frente a este modelo, recientemente ha visto la luz otra nueva propuesta que rechaza frontalmente el modelo hídrico (regadío y drenaje) sobre la base de argumentos diversos entre los que se puede citar los siguientes: falta de referencias a plantas de regadío, a canales intermedios de distribución de agua, débiles resultados polínicos, la complejidad, discontinuidad e irregularidad de los trazados de los fosos que los haría poco aptos para el drenaje, y la evidencia de murallas y empalizadas asociadas también a los fosos que les conferiría un carácter principalmente defensivo. En definitiva, esta hipótesis alternativa defiende que las estructuras de fortificación de Marroquíes Bajos deben ser relacionadas primordialmente con la emergencia de los primeros conflictos sociales y con la necesidad de afirmar la cohesión de la comunidad, también ideológicamente hacia el interior (Lizcano et al. 2004). Respecto a los defensores del modelo unitario de funcionamiento de Marroquíes Bajos, Zafra et al. (2003) han reafirmado recientemente su propuesta sobre la base de las evidencias arqueológicas y de las diferentes dataciones radiocarbónicas acumuladas durante los últimos años. El sistema constructivo de Marroquíes Bajos se habría construido, en lo que se refiere a su fundación, de una vez y con rapidez, no superando una generación. En el lado opuesto, Lizcano et al. (2004) niegan la coetaneidad de los cinco fosos, con una única zona de crecimiento inicial limitada a los espolones creados en la confluencia de los diferentes arroyos. El modelo de anillos sería por tanto engañoso y aunque las líneas sean parcialmente concéntricas también tienen tendencia a ser tangentes en otros puntos, presentan irregularidades, se interrumpen en algunos puntos y aprovechan cauces y depresiones naturales (Lizcano et al. 2004). Durante la fase ZAMB 4 (Cobre Final-Bronce Antiguo) el sistema de fosos está amortizado cuando se construyen los complejos domésticos cercados característicos de la fase ZAMB 4, no obstante la extensión del asentamiento es la misma y se mantiene la citada fortificación. En esta fase la delimitación física de los complejos domésticos impone una división en calles de trazado irregular, ancho variable y firme poco cuidado. El escenario extramuros cambia notablemente, por un lado se comienza a barajar la posibilidad de que la necrópolis de Marroquíes Altos situada a 500 m al sur del recinto pertenezca a esta fase y, por otro, el área de cultivo debería estar parcelada como el interior del poblado. El quinto foso estaría abandonado sustituyéndose por una red de acequias y pozos menos organizada. Este proceso tiene como efecto colateral la dispersión de la población durante la fase ZAMB 5 (Bronce Pleno). Se puede apuntar la posibilidad de una ocupación dispersa en núcleos más o menos reducidos a lo largo del pie de monte hacia el segundo cuarto del segundo milenio a.n.e. Tras esta fase se produce un paulatino abandono del entorno en el que no se ha documentado una ocupación efectiva hasta un momento avanzado de la Cultura Ibérica, pero con características y esquemas totalmente distintos a los resumidos anteriormente. Desde este momento en adelante se han documentado en Marroquíes Bajos diversos momentos de ocupación (ZAMB 6 a 18) que abarcan las etapas ibero-romana, visigoda, islámica, conquista castellana, llegando hasta la actualidad. ASPECTOS PREVIOS Y LOCALIZACIÓN DE LOS RESTOS ARQUEOLÓGICOS EN EL ÁREA EXCAVADA El solar objeto de excavación y estudio (Parcela DOC•1 del SUNP-1) presenta unas dimensiones considerables que se aproximan a las dos hectáreas, concretamente 19.482,90 m 2, y su altura sobre el nivel del mar queda comprendido entre los 465-458 m. Antes de comentar los resultados obtenidos habría que hacer referencia a una serie de factores que determinaron y condicionaron el plan-teamiento de la Intervención Arqueológica de Urgencia por cuanto la hicieron más compleja y la prolongaron en el tiempo más de lo previsto: • La presencia de un enorme aporte de tierra de varios metros de espesor que cubría gran parte del solar, que no estaba directamente relacionado con la propia intervención arqueológica y cuya eliminación supuso un gran coste temporal y económico. • La ubicación definitiva del colegio no fue concretada hasta bien avanzada la intervención, hecho que generó cierta imprecisión hacia los objetivos de la misma que, a su vez, también condi-cionaba la ubicación del futuro complejo educativo. • Por otro lado, la positiva decisión de integrar los restos arqueológicos localizados supuso la concentración de todos los recursos disponibles en la documentación de los mismos, así como en el registro de aquellos que corrían el riesgo de ser destruidos por la futura construcción de la Fase I del Colegio Público Cándido Nogales. El desarrollo de los trabajos dio como resultado la identificación de tres zonas o sectores en función de la cantidad y la categoría de las evidencias arqueológicas documentadas. En la primera de ellas, tras plantear cuatro sondeos, los resultados fueron negativos. Este sector se encontraba muy alterado por movimientos de tierras y nivelaciones contemporáneas que propiciaban la pronta aparición de la roca natural. En el sector 2 se documentó, además de una gran parte del quinto foso, distintos cauces naturales y contextos de uso de época prehistórica, una amplia zona en la que sólo aparecieron pequeñas huellas de cultivo, zanjas de riego y fosas excavadas en la base geológica. Finalmente, en el sector 3 se concentraron el resto del citado foso con la estructura de acceso conectada con la muralla y la torre, y el depósito de restos humanos localizado en el fondo del foso (Fig. 2). DELIMITACIÓN Y ANÁLISIS DEL QUINTO FOSO Los resultados de la intervención han permitido la organización de la secuencia de ocupación del área excavada en cuatro fases. De ellas, las dos primeras pertenecen a la ZAMB 3, ya que no existen evidencias de ocupación pertenecientes a ZAMB 0, 1 y 2, mientras que las dos últimas fases se han encuadrado en los momentos más recientes de uso del área excavada (ZAMB 16, 17 y 18). Primera Fase: construcción y uso Esta primera fase ha sido caracterizada a su vez por un primer momento relativo a la construcción del quinto foso y de la estructura defensiva asociada, seguido por una segunda coyuntura relativa al momento de uso de ambos complejos estructurales. El citado foso fue construido excavando su lecho en la roca y es necesario llamar la atención sobre la variabilidad de su trazado. Lejos de guardar una uniformidad proporcional o simétrica tiende a conformar un espacio que parece adaptarse a la topografía y a distintas variaciones que terminan por configurar irregularidades en su trazado o en sus dimensiones, aunque su alineación original, su trazado y disposición generales parecen ser, sin duda, fruto de una planificación previa. Presenta unas dimensiones variables, con una anchura que oscila entre los 20 y 13 m, y una altura que va desde los 3 m localizados a la altura del Corte 7 (extremo oeste de solar) hasta su desaparición a la altura del Corte 13 (extremo este). La longitud del tramo delimitado de foso es de 70 m y las mediciones de profundidad establecidas entre el extremo este del foso y el lado oeste muestran un desnivel superior a dos metros, esto es, una pendiente de algo más del 2.8% en dirección este-oeste (Lám. De las tres secciones realizadas en el foso dos muestran una forma de artesa bastante abierta (sección en U), mientras que la situada en su extremo oeste (corte 7) adquiere una forma más cuadrangular y vertical como consecuencia del recorte de la base geológica, hecho este que manifiesta una intención de refuerzo del carácter defensivo de la torre semicircular asociada a esta zona (Lám. Es en esta parte en la que parecen comenzar a mostrarse evidencias sobre la posible configuración del acceso a la fortificación a través de un apéndice excavado en la roca sobre el que aparecen huellas de posibles superestructuras de madera que podría configurar algún tipo de pasadizo sobre el cauce del foso similar al documentado, también en Marroquíes Bajos, en las parcelas E2-4 de la UA23 (Pérez y Sánchez 1999). Debe comentarse que la aparición del quinto foso no se ha producido exclusivamente en la par-Lám. I. Vista aérea del quinto foso de Marroquíes Bajos (Jaén). La interrupción del trazado del foso en su extremo este podría explicarse de una doble manera. Por un lado podría considerarse la no finalización de la obra del foso, lo cual estaría apoyado también por la ausencia de estructuras de fortificación en un tramo que va desde el bastión del extremo oeste hasta la desaparición del foso. No se localizaron restos exentos de la fortificación ni derrumbes de la misma al interior del foso en las secciones que se excavaron. La segunda opción que se podría argumentar sería la existencia en ese punto de un acceso que podría articularse con el cauce prehistórico localizado pocos metros más al este, si bien es cierto que esta última propuesta carece de evidencias claras porque la existencia de cualquier tipo de conexión entre ambos elementos no ha sido comprobada. Por último, aún han de destacarse dos características: por un lado la existencia de rebajes en el cauce, conformando auténticos escalones en el fondo del foso, que quizás sirvieran de constantes de nivelación de su cota de inundación y, por otro, el distinto tratamiento de sus caras externa e interna a la altura del Corte 7. La cara interna se caracteriza por su verticalidad, totalmente excavada en la roca, frontal y próxima a la torre, que como ya se ha comentado, parece potenciar aspectos estratégicos relacionados con el diseño del posible acceso existente en torno a la citada torre. La cara externa conforma una pendiente más suave, con un revestimiento de adobe y tierra muy compacta que quizás tendiese a realzar la cota en un punto donde es difícil conseguir rebajar la roca presente en el fondo del cauce dada su enorme dureza (Lám. Un revestimiento similar también fue documentado en las parcelas E 2-4 de la UA 23 de Marroquíes Bajos (Pérez y Sánchez 1999). En cuanto a la estructura defensiva prehistórica su estado de conservación no era el más adecuado, Lám. De arriba a bajo: Secciones del foso desde la zona este, sector 2, a la zona oeste, sector 3. cela DOC-1, ya que desde el año 1996 y en diferentes intervenciones arqueológicas han aparecido diversos tramos del mismo, todos ellos con una morfología similar a la del foso objeto de estudio: forma abierta a modo de artesa, una profundidad que oscila entre los 2 y 3 m, y una anchura máxima comprendida entre los 10 y 13 m (1). (1) Parcela UA25 (bloque A); Parcela RC2-H del SUNP-1; Primera fase del SUNP-1 calles; Colector Jaén norte, ámbito 2, tramo 1. Cara externa del foso. mostraba grandes alteraciones (entre ellas, estaba afectada por canalizaciones y expolios de piedra), aunque fueron documentados distintos aspectos de la misma. En general, tanto los muros como la torre de tipo semicircular hueca, están construidos con mampostería careada (aunque la propia materia prima ofrece esa fractura) y trabada con tierra y una especie de argamasa, posiblemente obtenida del entorno. También puede notarse la existencia de un relleno compacto de pequeñas piedras, posiblemente procedentes de la propia excavación del foso y reutilizadas en la construcción de la fortificación. Esta fortificación debió poseer un notable alzado dada la enorme cantidad de restos de su derrumbe localizados en el fondo del foso, aunque tampoco puede descartar un posible uso de adobes en su alzado ya que estos han sido documentados en todo el entorno de la fortificación e incluso también en el interior de la propia torre (Fig. 3, Lám. El mismo modelo constructivo de torre semicircular hueca y muros asociados se repite de manera similar en otras zonas del asentamiento vinculadas al quinto foso. En concreto ha sido identificado en dos excavaciones localizadas la primera de ellas en el colector Jaén norte, ámbito 2, tramo 1, y la segunda en la parcela RU8-3 del SUNP-1. De igual manera, en la fortificación del cuarto foso se ha documentado el mismo tipo constructivo en la parcela B1 de la manzana 1 del RP4 con la presencia de torres semicirculares huecas permanentemente reforzadas y con diversas líneas paralelas, modificadas continuamente en función de de las necesidades defensivas y de la proximidad del barranco que delimita el poblado en esta área (Lizcano et al. 2004). Hacia el este, como ya se ha mencionado, en el propio entorno de la torre y en la prolongación del foso no se han localizado restos de la fortificación de piedra. En las distintas secciones del foso que se han practicado no han aparecido restos de derrumbe de ningún tipo de muralla de piedra y aunque aparecen algunos restos de adobe tampoco su volumen es significativo. Respecto a la coyuntura de uso del sistema del foso y la fortificación, se han documentado evidencias estratigráficas que indican la existencia de distintas actividades en el interior del foso entre las que destacan la existencia de labores de mantenimiento y limpieza del cauce del foso, y la reexcavación del mismo en un punto probablemente abortada por la propia dureza de la roca, hecho que ayudaría a explicar el ya citado recrecimiento de margas y adobes que configuran la cara interna del foso. En lo que concierne al resto de la zona excavada, en especial la zona sur, las evidencias arqueológicas de época prehistórica han sido muy escasas. Aunque este área puede haber sido una zona afectada por fases de ocupación reciente, la citada escasez avalaría la tesis de que la ocupación de la corona comprendida entre el cuarto y quinto foso es muy dispersa y posiblemente destinada al cultivo más intensivo en el entorno de la aldea (Zafra et al. 1999), si bien no faltan otras propuestas en las que se confiere a esta zona una función de redil (Lizcano et al. 2004). Tan sólo en el extremo este de la parcela se localizaron los restos de un arroyo prehistórico consistente en un pequeño cauce natural, con un lecho de cantos rodados en el fondo del mismo, sobre el cual se dispone una espesa capa de tierra de matriz oscura-orgánica en la que aparecieron abundantes restos de fauna asociados a fragmentos de piedras de molino, cerámica y multitud de conchas de diminuto tamaño. La interpretación de este hecho indicaría la existencia de un cauce natural que es usado como vertedero de restos de consumo. Contrasta la abundancia de restos localizada en el lecho de este pequeño cauce frente a la práctica inexistencia de materiales en la totalidad del resto de la parcela. Este cauce parece haberse conservado gracias a su ubicación a media ladera, al pie de una pequeña terraza, hecho que lo ha salvaguardado de las alteraciones que podría haber implicado su coincidencia con el Arroyo B de Marroquíes, pocos metros más hacia el este. Los depósitos no han sido cortados ni alterados, por lo que puede que el gran cauce que discurre más hacia el este (Arroyo B) sea fruto de su encauzamiento en época medieval (Cano 1997). Segunda Fase: abandono y destrucción Esta segunda fase estaría caracterizada por los procesos de abandono, destrucción de la estructura fortificada y colmatación del foso. Puede establecerse estratigráficamente el momento del abandonado mediante la aparición de una deposición intencional y secundaria de restos humanos sobre la cual se dispone el momento más intenso de escorrentía en el foso (Fig. 4). En efecto, sobre una mancha de color blanquecino de unos 3,5 m de diámetro se disponen gran cantidad de restos óseos humanos así como de distintos tipos de fauna. Existen varios hechos que permiten avalar la hipótesis del carácter intencional-secundario de este conjunto de restos humanos. Primero, no se apreció la existencia de una fosa o excavación posterior al abandono del foso que implicara su realización en un momento alejado en el tiempo al abandono del sistema foso-estrutura fortificada. Segundo, la disposición de los restos humanos indica que en el momento de la deposición carecían de conexión anatómica, es decir, no se depositaron cadáveres sino restos óseos inconexos. Tercero, la ausencia de ajuar quizás implique un "filtro" de aquellos elementos que están siendo trasladados, y, por otra parte, la presencia de restos de animales, posiblemente relacionados con su contexto funerario original, revela, de nuevo el traslado de un "conjunto" de elementos de una procedencia común. Un estudio sobre otros aspectos paleoantropológicos y químicos se muestra en la siguiente sección. La citada deposición de los restos humanos marca el final de las huellas de reexcavación-mantenimiento del cauce del foso y la aparición de espesas capas de limos y aguas estancadas, con etapas de arrolladas que suponen un dilatado proceso hasta la total colmatación de la "huella" topográfica de esta macroestructura prehistórica. En estas unidades de relleno los materiales, como en las fases anteriores, son muy escasos y todos ellos de etapa prehistórica, destacando el hallazgo de los restos íntegros de un ovicáprido, o dos fragmentos de un idolillo femenino de terracota (Lám. Respecto al proceso de derrumbe de la estructura defensiva, el interior de foso muestra principalmente dos capas bien diferenciadas que pueden indicar Lám. V. Idolillo de terracota procedente del quinto foso. la propia configuración técnica de la misma. La capa más profunda ha sido interpretada como procedente de la caída de la fortificación por la abundante presencia de adobe y margas (que posible-mente integrasen parte de la estructura como aglutinante). El otro gran cúmulo de materiales está caracterizado por una gran cantidad de piedra de pequeño tamaño usada, sin duda, como relleno de la estructura de fortificación. Dieta y caracteres antropológicos de los restos óseos Dada la entidad del conjunto de restos óseos recuperado durante la excavación del foso, y a pesar de su estado de conservación deficiente, se consideró conveniente llevar a cabo un estudio de los mismos con el fin de conseguir la máxima información posible sobre el número de individuos representados, su distribución por edad y sexo, las posibles patologías presentes en ellos, y obtener una estimación de la dieta consumida por el grupo objeto de investigación. Para hacer realidad esta intención se encargó el estudio del conjunto a los profesores G.J. Trancho y B. Robledo del Departamento de Biología Animal I (Antropología) de la Universidad Complutense de Madrid, siendo este trabajo hasta el momento el único de estas características llevado a cabo en Marroquíes Bajos (2). Los resultado alcanzados pusieron de manifiesto en primer lugar algo que ya se ha indicado y que se hizo evidente desde la propia excavación, esto es, que los restos humanos presentaban un estado de conservación deficiente. Las estructuras anatómicas detectadas estaban alteradas y fragmentadas. Tras la identificación anatómica se apreció que no existía ningún esqueleto completo y que las zonas mejor representadas correspondían a cráneo, mandíbula y diáfisis de los huesos largos. A pesar de lo anterior la información que reveló el estudio resultó ser de gran interés por cuanto hizo posible una primera aproximación a las características antropológicas y a los patrones de alimentación de los últimos pobladores de la fase calcolítica de Marroquíes Bajos. Desde el punto de vista paleoantropológico el número mínimo de individuos se estableció en función de la estructura anatómica preservada con mayor frecuencia, en este caso la mandíbula. Por lo que respecta a la edad se estableció la presencia de un subadulto con un intervalo de edad de 12-16 años, y cuatro adultos (uno de ellos con seguridad en edad madura). Para llegar a esta conclusión se utilizaron diversos criterios. La mandíbula 7342 es una mandíbula grácil que ha perdido postmortem toda la dentición, no obstante, y a partir de la arcada alveolar pudo deducirse que la totalidad de las piezas dentales definitivas, excepto el tercer molar, habían emergido. Considerando que el segundo molar hace erupción en la cavidad oral hacia los 12 años, es lícito suponer que dicho individuo tenía al menos esa edad en el momento de su muerte. Este dato se completa con otra serie de indicios entre los que destaca una diáfisis de peroné con la epífisis distal sin soldar. Dado que dicha epífisis se suele fusionar hacia los 16 años, puede suponerse que corresponde al mismo individuo que el resto mandibular precedente y establecer la edad de este subadulto en un intervalo entre los 12 y 16 años. El individuo 7251 tenía sus dientes muy deteriorados por lo que no se valoraron métricamente; aún así sus primeros molares presentan el desgaste más acusado de todos los casos estudiados (grado 6 en la escala de Smith), lo que ha permitido asignarle, como mínimo, una edad madura. De la mandíbula 7349, dada la ausencia de piezas dentarias, sólo es posible decir que se trataba de un individuo adulto, estimando esa edad a partir de la forma y ángulo mandibular. Finalmente, las otras dos mandíbulas, 7276 y 7365, aportaron piezas dentales íntegras que permitieron valorar la altura de la corona dental y concluir su clasificación en la categoría de adultos (Tab. En cuanto a la determinación sexual, todos los individuos analizados eran varones. El subadulto se encontraba en el momento fisiológico donde se desarrollan los caracteres morfológicos definitivos que permiten determinar el sexo en el adulto, por lo que aún no muestra la forma definitiva ni la robustez de los individuos mayores de 20 años. Por su parte los cuatro adultos presentaban caracteres morfológicos mandibulares típicamente masculinos como eversión de la región goníaca, geni bien señaladas y mentón prominente y cuadrangular. Para los indicadores de salud el estudio se han centrado fundamentalmente en la valoración de anemia, patología oral, enfermedad degenerativa articular y lesiones traumáticas. Respecto al primero de los indicadores, la anemia, se detectó criba orbitalia en la única órbita conservada (7287), pro-bablemente relacionada con alguna infección intestinal sufrida en edad infantil que sería la responsable de la mala absorción de hierro. Por lo que se refiere a la presencia de patologías orales (caries, abscesos, pérdidas ante mortem, enfermedad perio-dontal...), los datos obtenidos parecen sugerir que la salud dental de la población de Marroquíes Bajos era excelente, aunque no se debe olvidarse que, en concreto, la caries es una enfermedad progresiva y este tipo de lesiones varía de forma significativa con la edad (en la muestra analizada sólo hay un individuo maduro, el correspondiente a la mandíbula 7251). Sin embargo, y por otra parte, la presencia de caries está relacionada con el tipo de dieta, favoreciendo su aparición una dieta alta en carbohidratos blandos, mientras que los alimentos duros y fibrosos producen una abrasión dental más fuerte y reducen la posibilidad de aparición de ca-ries. La presencia de paradontolisis en las mandíbulas 7251 y 7276 podría estar de igual manera relacionada con el segundo tipo de alimentación. La interpretación de la dieta a través de elementos traza, a la que se hará referencia más adelante, parece confirmar esta última relación. Una de las alteraciones más comunes en todas las series esqueléticas es la enfermedad degenerativa articular. La artrosis asociada con la edad podría ser aceptada en caso de la mandíbula 7251, mientras que la que se presenta en las muestras 7289 y 7308 sería consecuencia de una actividad física relacionada con el transporte de peso sobre la cabeza o la espalda, matizándose en el segundo causa una marcada actividad deambulatoria como otra posible explicación (Tab. Finalmente queda por comentar las conclusiones extraídas de análisis químico de elementos tra-Tab. 1: Piezas dentales: identificación, desgaste, altura de la corona y edad estimada (quinto foso de Marroquíes Bajos). Patologías más relevantes encontradas en la muestra ósea del quinto foso de Marroquíes Bajos. T. P., 62, n. o 2, 2005 za con el fin de obtener una aproximación a la dieta consumida por los individuos objeto de estudio. La determinación de la dieta se realizó mediante el análisis de nueve elementos, dos de ellos mayoritarios, Ca y P, y los siete restantes traza (Mg, Zn, Fe, V, Cu, Sr y Ba) en cuatro muestras humanas, una de fauna y otra procedente del sedimento en contacto con los restos óseos. La técnica analítica empleada fue la Espectrometría de Emisión de Plasma de Acoplamiento Inductivo (ICP-AES). Para ello se obtuvo una muestra inferior a 1 g del tejido óseo compacto de huesos largos de la extremidad superior (cúbitos) al ser éstos los restos que no ofrecían duda respecto a la representación individual. El individuo 7370 ofreció una fuerte influencia en su dieta de productos con alto contenido en estroncio y vanadio, es decir de una ingesta marcadamente vegetariana acompañada generalmente de legumbres, frutos secos y probablemente productos lácteos. El subadulto 7302 presentó valores elevados de cobre y zinc, algo de bario y magnesio, pero proporcionalmente poco vanadio; se trataba de un individuo con dieta vegetariana, abundante en cereales y frutos secos, pero con una ingesta de productos cárnicos rica, muy superior al resto de casos analizados. Precisamente son los elementos relacionados con el consumo de proteínas animales los que permiten diferenciarle claramente del resto de individuos analizados. La primera corresponde a una persona que ingería más proteínas animales y alimentos ricos en vanadio que el segundo, el individuo menos vegetariano de todos los analizados y en cuya dieta no predomina ninguno de los elementos químicos analizados. El resultado permite concluir que ninguno de los individuos tenía una alimentación que abarcase el pescado o los crustáceos de forma relevante. Todos presentan una dieta basada fundamentalmente en productos terrestres, lo que no significa que ocasionalmente no pudieran incorporar alimentos del tipo indicado. El patrón propuesto indica que el grupo tenía una alimentación fundamentalmente vegetariana con una dieta basada en productos de alto contenido en fibra, vegetales verdes, bayas, cereales y frutos secos, pero con una ingesta media en proteínas de origen animal. El individuo subadulto 7302 sería el caso más discrepante, los resultados sugieren también una dieta vegetariana, con ingesta de frutos secos y cereales, pero especialmente rica en carne. Usos contemporáneos y alteraciones del contexto prehistórico: tercera y cuarta fase Aunque estas últimas fases de ocupación de la parcela no pertenecen a el momento álgido de uso del área y están muy alejadas en el tiempo, su inclusión como final de esta sección parece del todo conveniente porque constituyen parte importante de los procesos postdeposicionales que han alterado el área excavada y por tanto los contextos asociados al foso. La tercera fase está vinculada al reciente uso agrario del entorno de Marroquíes Bajos. Se ha podido detectar la presencia de canales de riego y huellas de cultivo de olivos y posiblemente también de vid. Estas huellas de cultivo consisten en pequeñas excavaciones visibles en la roca, de forma longitudinal (para el caso de la vid) o circular (para el caso del olivo). Este cultivo fue el último practicado en la zona con anterioridad a las obras de urbanización del entorno. Por último, la cuarta fase (ZAMB 18) estaría representada por los usos más recientes, que, en suma, han alterado sustancialmente la posible configuración original del entorno conservada hasta ZAMB17. Varios son los eventos que pueden distinguirse dentro de este periodo. Así, antes de la urbanización de Marroquíes Bajos, la zona servía como ámbito de evacuación de aguas a través del Arroyo B de Marroquíes Bajos documentado en el extremo este del solar. De igual manera un enorme colector de aguas residuales atravesaba de noreste a sureste la totalidad de la parcela seccionando el foso. Otros elementos que han alterado la conservación de estructuras prehistóricas son los diferentes conductos y zanjas del tendido eléctrico. Finalmente la construcción de las calles adyacentes, la elección del solar como base de operaciones de la empresa que llevó a cabo las tareas de urbanización del SUNP1, y la deposición de grandes cantidades de escombros procedentes de las obras de construcción de distintas partes de la ciudad de Jaén, terminaron por alterar y desfigurar la configuración original del terreno. La excavación de la parcela objeto de estudio representó, por sus enormes dimensiones (casi dos hectáreas) y por las lógicas presiones tendentes a agilizar la construcción del colegio, un importante desafío material y humano. Las alteraciones sufridas por el área objeto de estudio en época reciente, y el muy probable uso agrícola y/o ganadero de la corona comprendida entre el cuarto y quinto foso en época calcolítica, limitaron la aparición de restos y materiales arqueológicos en mayor abundancia, en concreto aquellos relacionados con contextos domésticos de habitación tan comunes en otras zonas del asentamiento. Sin embargo, la decisión de construir el colegio en la ubicación elegida desde un principio hizo posible la documentación de un amplio sector del quinto foso y zonas anexas que ha permitido tener un conocimiento más completo del mismo. Si bien este foso ya había sido localizado en otras parcelas de Marroquíes Bajos, con la excavación de la parcela DOC-1 se pudo delimitar un tramo de unas dimensiones que otras excavaciones, ejecutadas en parcelas mucho más pequeñas, no habían podido mostrar. Igualmente se han verificado aspectos como su forma abierta, su profundidad y anchura, la existencia de torres defensivas asociadas a entradas, y se ha planteado a la vista de su desaparición en el lado este de la parcela la muy probable no finalización de la obra del mismo. Los autores de este trabajo desean expresar su agradecimiento a María José Díaz, Vanesa Portero y Beatriz Sánchez como parte del equipo que trabajó en la excavación; a J.L. Serrano, J. Carrillo, Yolanda Jiménez, y J. Zafra por la información suministrada sobre las excavaciones de las parcela RC2-H, y de las calles 2, 4 y A y bulevar central del SUNP-1; a J.L. Martínez de Dios por los datos referidos a la parcela RU8-6A del SUNP-1; a A. Burgos por la consulta del informe de la excavación de la parcela UA25 (bloque a); y a A. López Marcos por la información procedente de la excavación en los colectores, ámbito 2, tramo 1 de Marroquíes Bajos. Por último debe también hacerse referencia destacada a la Universidad de Jaén y a las Delegaciones de la Consejería Cultura y de la Consejería de Educación y Ciencia en Jaén de la Junta de Andalucía sin cuya plena colaboración y disposición no hubiera sido posible la ejecución de la excavación y los estudios analíticos complementarios. Alberto Sánchez, Juan Pedro Bellón y Carmen Rueda Fig. 3. Torre semicircular y muros asociados al quinto foso de Marroquíes Bajos (Jaén).
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Presentamos los resultados de la excavación arqueológica efectuada entre 2010 y 2014 en el asentamiento protohistórico de La Cella (Salou, Tarragonès). La realización de los trabajos y la interpretación de los resultados ha manejado técnicas interdisciplinares para la identificación de los espacios económicos del poblado mediante el análisis de muestras de sedimento. Destacan la arquitectura y el urbanismo del mismo, atípicos en el contexto ibérico de esta región, así como el volumen de cerámicas importadas recuperadas. Estos elementos, junto con la cronología de su ocupación (desde inicios del siglo IV hasta mediados del siglo III a.n.e.), distinguen claramente el asentamiento de cualquier otro ibérico del territorio o de las áreas vecinas. Estas particularidades nos han permitido proponer una funcionalidad de puerto comercial para el poblado, posiblemente habitado por una comunidad étnica mixta de origen mediterráneo. El yacimiento arqueológico de La Cella, ubicado en el Cap de Salou (Tarragonès), ocupa la vertiente norte de un cerro que domina la bahía de Tarragona. Descubierto durante la década de 1940 (Vilaseca 1968: 365), fue a inicios de los años 90, con motivo de la realización de unas prospecciones arqueológicas, cuando se confirmó la existencia en el lugar de restos de época ibérica. Entre 2001Entre -2008 no hubo una actividad arqueológica destacable pero el año 2010, el Ayuntamiento de Salou propuso al Grup de Recerca Seminari de Protohistòria i Arqueologia (GRESEPIA) de la Universitat Rovira i Virgili la posibilidad de recuperar el yacimiento, iniciándose un proyecto que perdura actualmente. El proyecto ha permitido revelar la singularidad de La Cella tanto en aspectos arquitectónicos y urbanísticos como por los materiales anfóricos importados recuperados. Ambos aspectos, unidos a su cronología de ocupación, entre el siglo IV y mediados del siglo III a.n.e., son indudablemente inusuales entre los núcleos protohistóricos del territorio (Fig. 1). El poblado se ubica en un punto elevado del litoral desde el cual se controla perfectamente la bahía que se forma entre el Cap de Salou y la antigua Tarrakon-Kesse, situada al norte del mismo, así como las tierras bajas del noroeste que rodean el cabo. Dichas tierras están cubiertas por sedimentos cuaternarios, fundamentales para la agricultura, y por humedales como La Bassa, o Els Estanyets, utilizados como pastos hasta su desecación hace relativamente poco tiempo. Esta potencialidad visual disminuye en dirección sur y oeste debido al aumento de altitud del cerro, pero a cambio permitiría la construcción de una atalaya perceptible en antiguos planos de esta zona y apuntada por uno de los topónimos del paraje: la Torre Alta. La situación del asentamiento responde así a unos parámetros predeterminados: visibilidad, posición en la ladera norte/noroeste del altozano, buscando la protección de las inclemencias marítimas, y cercanía a la playa de la bahía, que se encuentra a poco más de 300 m (Fig. 2). La extracción de una columna polínica en el estanque de La Tanca Sèquia Major (La Pineda, Vila-seca) el año 2007, situado a 1,5 km aproximadamente de La Cella en línea recta, ha permitido conocer los datos paisajísticos de su entorno, en momentos cercanos a su ocupación. Alrededor del 600 cal. a.n.e. se manifiesta una ligera modificación en el medio natural, cambio que se intensifica entre el siglo IV y el siglo II a.n.e., cuando desciende un poco el polen arbóreo de encinas (Quercus ilex) y pinos (Pinus) y aumentan los taxones herbáceos, principalmente Poaceae, artemisia y Plantago lanceolata con presencia puntual de nogal (Juglans regia). En ese mismo periodo que termina con el abandono del poblado aparecen también picos de Cerealia t., confirmando el aclaramiento de la masa forestal en el entorno de La Cella, así como una actividad antrópica centrada en la agricultura y la ganadería. A partir de la desaparición de los picos de Cerealia t. en el diagrama, se recupera parcialmente la masa forestal, aflorando también picos de vid (Vitis) (Riera et al. 2010). Cabe apuntar el fuerte descenso de la salinidad de los humedales litorales de la costa entre el 600 cal. a.n.e. y el siglo II a.n.e. El yacimiento de La Cella ha sufrido diversas alteraciones durante el siglo XX, sobre todo por la extracción de piedra gestionada por la Junta de Obras del Puerto de Tarragona durante los años 1970, cuando desapareció cerca del 30% de su superficie. Este aspecto se ha considerado al programar la excavación, que se ha centrado en el terreno delimitado por la prospección arqueológica del año 2001. Teniendo en cuenta las dimensiones del área definida, se dividió la superficie arqueológica en 9 sectores. Ya durante la primera campaña quedó clara la incorrecta delimitación del espacio arqueológico: bajo la valla de cierre algunas estructuras continuaban en dirección al mar. Estos datos forzaron la inclusión en la planificación de un sector externo que además variaba sensiblemente el tamaño presupuesto al poblado, pasando de 3500 m 2 a casi 6000 m 2. La excavación ha seguido el método estratigráfico Harris. Se han individualizado con letras los edificios de cada sector y con números correlativos las estancias de cada edificio, según una metodología diseñada para facilitar la ubicación de los materiales recuperados, permitiendo distinguir áreas funcionales específicas. La topografía del asentamiento y de su entorno más inmediato, antes de la fuerte presión antrópica soportada por este paraje durante el siglo XX, se ha reconstruido mediante fotografía aérea y cartografía antigua. En todos los sectores excavados se ha agotado la secuencia estratigráfica, que se presenta muy simple: un único nivel de ocupación continua. Por otra parte, se ha intentado obtener toda la información posible sobre la evolución del poblado, poniendo un especial énfasis en la recogida de muestras, sobre todo sedimentológicas, para determinar, entre otros, aspectos de tipo económico. urbanismo y arquitectura de La Cella El trazado urbano y la arquitectura del poblado de La Cella son los principales elementos que lo convierten en un unicum en este territorio, durante la época en que fue ocupado. La definición básica del urbanismo la proporciona un muro perimetral, rectilíneo, que delimita el asentamiento por el oeste (tramo largo) y por el norte/noroeste (tramo corto). Conocemos una buena parte del trazado, dividido en dos recorridos que se unen en un ángulo de 120 o. Se trata de un paramento con una anchura entre 0,90 y 1 m, al que se adosan dos hileras de edificaciones residenciales. El escaso grosor del muro tiene unas implicaciones que pensamos son importantes. En principio, es un tipo de estructura sin la robustez de otros paramentos defensivos ibéricos, cuyo papel es más la delimitación del espacio urbano que la poliorcética. Como sus características descartan que hubiera un paso de ronda, la defensa perimetral, en caso de ser necesaria, debería realizarse desde las terrazas de las casas que se le adosan por el interior. Una estructura externa ataluzada con una anchura entre 2,10 y 2,20 m protege el punto de intersección entre los dos paramentos murarios. El muro de cierre y el refuerzo ataluzado conforman una habitación (T) con una superficie útil de unos 25 m 2, dividida por un muro de 80 cm de ancho, al que se añade un segundo paralelo, de anchura similar, que compartimenta la planta baja de este recinto en los espacios gemelos T1 y T2. A la pared de cierre de T2 se le añade una estructura que reforzaría el muro. Todo el espacio recrearía una habitación interna asociada a la muralla de posible funcionalidad defensiva en relación a uno de los accesos al poblado. En sentido estricto no hay una puerta que conduzca al interior de la estancia: el ámbito está separado del resto del asentamiento por un pasadizo de más de 2 m de anchura que transcurre entre las casas A y B. La estratigrafía del corredor y la de T1 son prácticamente iguales, por lo que esta cámara no sería sino una prolongación bajo cubierta del mismo corredor. T2 en cambio es un espacio de preparación y/o consumo de alimentos, como indica la presencia de hogares, uno de ellos amortizado por una reforma ejecutada poco tiempo después de la construcción del edificio defensivo. Como hemos indicado, la deficiente estabilidad de la obra requiere como refuerzo adicional el adosamiento de un muro en el interior de T2. Ello dota a la estructura resultante de una anchura superior a los 2 m en algunos puntos, priorizando la solidez sobre el espacio. La sala mantendría el uso como cocina tras la reforma, como demuestra la existencia de un segundo hogar circular. La habitación estaba separada del co-rredor exterior por un pequeño tabique de adobe, dejando un espacio de un metro en un extremo a modo de puerta (Fig. 3). Este tipo de edificio defensivo dividido por un muro, se ha asociado a veces a las torres con doble compartimento de base rectangular típicas del mundo púnico (Moret 1996: 210), si bien no es una solución desconocida en ambientes indígenas de esta región o de las vecinas. Su forma podría deberse a la necesidad de establecer un sólido apoyo central en la base del edificio a las vigas que soportan el primer piso. Es una solución práctica y simple a un problema arquitectónico que, en principio, no debería requerir influencias de tipo colonial. Tampoco queremos descartarlas del todo dadas las particularidades del asentamiento. Por otro lado, la ausencia de un muro de grosor significativo en uno de los lados internos de este edificio hace muy complejo interpretarlo como una torre por la dificultad técnica que supone la construcción de uno o más pisos superiores a Fig. 4. Vista aérea del poblado protohistórico de La Cella, donde se observa el área intervenida. GRESEPIA 2016 (fotografía realizada con dron). partir de una base aparentemente tan poco sólida. Tal vez sea más correcto calificarlo como bastión, y como tal constituiría la parte fortificada de la casa A, justamente la que ocupa la esquina de este sector del poblado. La arquitectura doméstica del poblado de La Cella se manifiesta en dos tipos de viviendas. Hay una casa grande y compleja, cuya planta oscila entre los 110 y los 120 m 2, con un perímetro perfectamente delimitado y un mínimo de seis estancias que compartimentan su espacio útil. El segundo tipo está definido por un conjunto de casas de dimensiones más reducidas, entre los 80 y los 90 m 2, con un grado de complejidad parecido y un mínimo de cuatro estancias separadas por compartimentaciones internas, si bien de momento carecemos de ejemplos de este tipo con el perímetro completo. El ámbito funcional mejor definido en todas las casas es la habitación donde se emplaza el hogar, un espacio destinado básicamente a las actividades culinarias o de tipo social. Este aspecto queda reforzado por las banquetas adosadas a los muros. Estas estancias comparten una superficie superior a la del resto de los ámbitos: en torno a los 30 m 2 en las casas más grandes y a los 20 m 2 en los edificios medianos. En las residencias más complejas se localiza un pequeño recinto, situado generalmente al fondo de la casa, alejado de la entrada y de las zonas de paso, cuya superficie nunca llega a los 4 m 2. Este tipo de espacios, que no es extraño en los asentamientos ibéricos (Belarte et al. 2009: 98-99), se ha interpretado como un ámbito de almacenaje doméstico. Destaca la presencia de unas pequeñas estancias cuadradas de menos de 1 m 2, adosadas a los muros de compartimentación interna de los edificios, que podrían corresponder también a despensas domésticas (Fig. 4). En el nordeste del edificio que hemos considerado funcionalmente asociado a la protección del asentamiento, se sitúa otro residencial: la casa A, adosada a la muralla (Fig. 5). Tiene forma de un rectángulo truncado en una de sus esquinas para permitir el paso por el corredor que da acceso al edificio T. No se conserva ninguna puerta desde el exterior. La primera sala a la que se accede es de dimensiones notables, unos 40 m 2. No es descartable que se trate de un espacio abierto, una especie de patio-vestíbulo. El deficiente estado de conservación de esta parte de la vivienda no permite establecer si la sala está compartimentada en más de una estancia. Desde aquí se accede a otra gran habitación de 29 m 2 con un hogar de forma rectangular en el centro que es, sin duda, el espacio principal de la casa. Está flanqueada a este y oeste por estancias menores. La compartimentación de la habitación que delimita el costado oriental consiste en un modesto tabique de adobe que define un pequeño espacio adosado a la muralla. Tiene una puerta u abertura de unos 60 cm interpretable como una posible caja de escaleras para acceder a un piso superior, quizás un paso que podría circundar el poblado por este sector. El estrecho vínculo estructural entre el edificio T, la casa A y el corredor que las conecta, sugiere que estas diferentes unidades arquitectónicas formarían parte de un complejo patrimonializado por los habitantes de la casa A. El estudio de muestras procedentes del hogar de esta vivienda no ha aportado ningún indicio de preparación de alimentos sino sólo de trabajos metalúrgicos. El contraste entre estos resultados y los ofrecidos por el hogar del espacio T2, que como hemos visto es una posible cocina, indica que son ámbitos complementarios, formando parte probablemente de una única unidad productiva y de residencia. En la habitación A4, espacio abierto al corredor que comunica con el ámbito T, se han recuperado la mayoría de las cerámicas de barniz negro del yacimiento. Este edificio plantea un interrogante que afecta al urbanismo del poblado. El tramo de la muralla que transcurre en dirección norte/ noroeste, uno de los dos documentados, finaliza abruptamente justo en el punto de cierre del muro de delimitación por el este de la casa A. Como no se han descubierto restos, parece que su construcción se paró en este punto. De hecho, pocos metros al norte hay un segmento de pared paralelo al muro de cierre, que también termina de repente, si bien en este caso parece que por alteraciones modernas. Una segunda estructura de unos 80 cm de anchura parte del flanco este del edificio turriforme y se prolonga en dirección noroeste a lo largo de 10 m. Su función no está clara. Como el eje corto de la muralla se interrumpe, esta segunda construcción podría interpretarse como un nuevo muro de cierre que ampliaría ligeramente los límites del poblado. Este extremo no se ha podido comprobar por el precario estado de conservación del muro. Una batería de edificios residenciales se adosan al tramo largo de la muralla. Se han excavado las casas B y C. La casa B es de planta rectangular con 120 m 2 de superficie (Fig. 5). Se accede a ella por dos puertas. Una tiene 1 m de anchura y conduce a un vestíbulo alargado, donde se conservan los restos muy deteriorados de un estucado de cal que enlucía las paredes, así como una pequeña banqueta cuadrangular que comunica con la sala principal de la casa. La segunda puerta, de unos 2 m de ancho, facilitaría el paso de caballería o incluso carros a una sala rectangular de unos 30 m 2, muy probablemente un patio, al fondo del cual se abre la sala principal de 31 m 2, en cuyo centro se sitúa un gran hogar rectangular. En la parte inferior del muro norte de la sala se ha localizado una banqueta construida con adobes y piedras de pequeñas dimensiones. Uno de los aspectos más desconocidos es la comunicación o conexión entre la sala principal y el posible patio. No se han hallado evidencias de un cierre o separación entre estos dos ámbitos y los 3 m mínimos de distancia entre las compartimentaciones internas requerirían disponer un pilar o alguna solución alternativa para apoyar la viga de madera destinada a salvarla. La casa C se ubica al sur de la casa B (Fig. 5). También es de planta rectangular, aunque con unas dimensiones totales un poco inferiores, entre 100 y 110 m 2. Su distribución interna es muy parecida a la anterior con una puerta de 1 m de anchura que se abre a un vestíbulo alargado. En este caso no comunica con la sala principal, sino con un posible patio de unos 26 m 2 que da entrada a la sala principal de 29 m 2 con un hogar central de forma rectangular, así como a tres pequeñas cámaras interiores. Podrían haber estado destinadas a almacenaje o a otras actividades que la falta de evidencias impide precisar, si bien en una de ellas se documentó un pequeño anzuelo de pesca de bronce (Fig. 5). En dirección sureste y ocupando una posición más o menos central en el interior del poblado hay un segundo bloque de construcciones que hemos denominado D-E-F (Fig. 6). Está menos definido ya que se desconoce la mayor parte de su perímetro exterior. Parece componerse de varias unidades residenciales con una estructura interna de complejidad comparable a las del primer bloque, pero con unas dimensiones totales un poco inferiores. No se ha identificado ninguna planta entera por lo que, con dudas, sugerimos que los restos correspondan a cuatro casas. Las habitaciones donde se encuentran los hogares son menores que las del primer bloque: entre los 17 y los 20 m 2. Hacia el este parece haber un nuevo espacio abierto. El estado de deterioro de muchas de las estructuras que lo delimitan hace difícil establecer sus dimensiones, si bien se puede intuir una orientación noreste/sureste. Pueden ser casas con una cierta complejidad interna, siguiendo un esquema y proporciones similares a las del bloque D-E-F con la particularidad que las viviendas H-I dispondrían de al menos dos hogares (Fig. 6). Destaca también la estructura adosada al interior de uno de los muros perimetrales del ámbito G2. Es de planta circular y está muy deteriorada. Está delimitada por una hilada de piedras de tamaño mediano no retocadas con alzado a base de arcilla. En su interior encontramos piedras más pequeñas mezcladas con arcilla, algunos restos de pondera fragmentados y dos pequeños orificios adyacentes de 20 cm de diámetro y cubiertos de arcilla. Relacionamos esta estructura con la base o cimentación de una posible cámara de combustión, aunque no se han conservado ni restos de la capa que actuaría como base de la cámara de cocción ni tampoco de su parte superior o cubierta. En la parte más cercana al muro se ha localizado un pequeño espacio semicircular abierto, de poco más de 30 cm, que podría actuar como bocana de acceso a este aparente espacio de combustión. Considerando sus características constructivas y sus reducidas dimensiones, posiblemente fuera un horno doméstico. De hecho, estas estructuras son bastante habituales en los poblados protohistóricos del área ibérica, tanto en las calles como en el interior de las casas. Varían sus medidas y posiciones, generalmente al ras de paredes o esquinas (Pons y Molist 1989), o con la solera elevada (Maluquer et al. 1986). Posiblemente el ejemplo más cercano de estructuras catalogadas como hornos, similares a la de La Cella, estaría en la ciudadela de Alorda Park (Calafell) (Asensio et al. 2003) (Fig. 6). Este conjunto arquitectónico está aislado del resto pero sigue la alineación del tramo corto de la muralla y de la casa A. Comprende una serie de habitaciones en batería cuyas dimensiones y estructura le asemejarían a las del edificio E. Forman una, o más probablemente, dos casas de estructura simple de dos o tres habitaciones. De este conjunto se conocen tres ámbitos, pero seguramente hubo un cuarto a juzgar por un recorte sobre la roca natural, testimonio de que hubo otra estancia en su extremo oeste, cuyas estructuras estarían totalmente arrasadas. Se reconoce un ho-gar, en muy mal estado de conservación, en una de ellas. Es posible que hacia el sur se abriese un espacio o vestíbulo previo a las habitaciones, pero no se han hallado evidencias. Al este de este conjunto se han localizado los restos de otro edificio de pequeñas dimensiones, aún sin excavar, separado por un pequeño callejón que desemboca en la gran calle que transcurre siguiendo el perímetro de esta parte del poblado. Los espacios de circulación interna del poblado Las grandes casas complejas A, B y C se abren a amplios espacios abiertos situados respectivamente al sur del edificio A y al este de los edificios B y C (Fig. 3). Son calles con trayectoria paralela a las líneas de fachada de estas viviendas. Forman un ángulo abierto en el interior del poblado, que equivale al ángulo del sistema defensivo, de dimensiones bastante considerables. La anchura mínima es de casi 7 m en dirección al centro del poblado y entre 8 y 10 m en la parte frontal de los edificios B y C. Los viales están pavimentados por capas de grava y piedras pequeñas esparcidas en extensión, a menudo acompañadas de fragmentos cerámicos, formando suelos compactos de superficie muy uniforme. Este tipo de piso se hace aún más evidente donde el sustrato de roca natural forma desniveles irregulares, salvados mediante vertidos antrópicos de gravas y cantos rodados que nivelan el terreno. La diferencia de cota entre la fachada de los edificios B y C y la parte más baja y central del poblado sobrepasa los 4 m. Donde se ha conservado la pavimentación de este espacio abierto, se observa un ligero desnivel, siguiendo la misma dirección oeste-este, que facilita la evacuación de las aguas pluviales, canalizándolas hacia puntos concretos del poblado. En el extremo más septentrional de La Cella se observa otra zona abierta, identificada como una calle más estrecha de 3,5 m de ancho. Es un vial perpendicular a la zona de paso central que podría cruzar el poblado en dirección norte-oeste/ sur-este, si bien la falta de evidencias por el estado de erosión del asentamiento en esta zona impide corroborarlo. Explotación/aprovechamiento económico del entorno En los trabajos efectuados en La Cella se ha prestado especial interés a la recogida de muestras para identificar los espacios económicos del poblado, analizándose todo el sedimento de hogares, fosas, agujeros de poste y otras estructuras de producción, así como el procedente de todos aquellos niveles arqueológicos con una alta conservación de materia orgánica de carácter arqueológico. Los restos vegetales de origen arqueológico se seleccionaron de las muestras para identificar después los taxones recuperados. En el edificio A se analizaron restos procedentes del hogar circular, el pavimento y las manchas de cenizas correspondientes a los vertidos del hogar, identificándose haba (Vicia faba), trigo desnudo (Triticum aestivum var. compactum), guisante (Pisum sativum), y cebada vestida (Hordeum vulgare). En las muestras de sedimento del ámbito A6 se identificaron semillas de veza (Vicia angustifolia) y de serardia (Sherardia arvensis). Ambos taxones son malas hierbas que crecen en los campos de cultivo y que podrían haber llegado al poblado mezcladas con la paja de las áreas de trabajo agrícolas. Esta dinámica se repite en el ámbito E4 del edificio E, de donde procede un fragmento de cariópside de cereal indeterminado, semillas de serardia (Sherardia arvensis) y de lenteja (Lens sculenta/culinaria). En el ámbito J4 del edificio J se localizó una gran cantidad de cariópsides de veza (Vicia angustifolia), semillas de serardia (Sherardia arvensis) y una cariópside indeterminada. Los restos de cereales, legumbres y plantas silvestres podrían definir estos ámbitos adosados a los grandes espacios de hábitat como despensas o pequeños almacenes destinados casi exclusivamente a la conservación de alimentos. La presencia de serardia y veza sugieren el uso de paja como aislamiento. En el edificio B se recogieron muestras de sedimento del pavimento, del gran hogar cuadrangular y de las manchas de ceniza y tierra de los recortes. En B2 destacan entre los taxones identificados dos cariópsides de vid (Vitis vinifera), una muy fragmentada, y una cariópside de guisante (Pisum sativum). En B4 se identificó garbanzo (Cicer arietinum) y cebada vestida (Hordeum vulgare), esta última entre el sedimento adosado a un gran molino giratorio ubicado entre los ámbitos B1 y B4. En el ámbito F3 del edificio F, en un recorte efectuado en el muro más próximo al hogar, se reconocieron una gran cantidad de semillas de veza (Vicia angustifolia) y dos cariópsides de serardia (Sherardia arvensis), así como numerosas escorias de hierro y fragmentos carbonizados de fauna. Por ello el recorte se identificó como parte de un horno de reducción de hierro. Las semillas silvestres, mezcladas seguramente con paja, podrían formar parte del combustible utilizado para encender el horno, mientras que los pequeños fragmentos de fauna carbonizada apuntarían a la necesidad de aumentar la temperatura y conseguir una mayor efectividad en la reducción del mineral, dado que los restos óseos son un componente idóneo para la realización de la copelación (Ferrer 2002: 203). En el ámbito G2, se han identificado dos semillas de serardia (Sherardia arvensis). El trigo desnudo (Triticum aestivum), la cebada vestida (Hordeum vulgare), las habas (Vicia faba), los guisantes (Pisum sativum) y las lentejas (Lens culinaria/sculenta) son especies comunes en época protohistórica (Alonso 1999). La combinación de cereales y legumbres corresponde a un sistema agrícola eficiente, pues el cultivo de legumbres favorece la fijación del nitrógeno en los suelos, manteniéndose así la fertilidad de la tierra durante más tiempo (Alonso 1999). Los datos obtenidos concuerdan con los polínicos, destacando el aumento de polen de Cerealia t. entre el siglo IV e inicios del siglo II a.n.e., asociado a un aclaramiento de la masa forestal (Riera et al. 2010). El hallazgo de semillas de serardia de origen arqueológico es muy inusual en los asentamientos protohistóricos del nordeste peninsular, pero su presencia en los campos de cultivo debía ser habitual, pues forma parte del conjunto de malas hierbas propias de los campos agrícolas y zonas ruderales. En La Cella descartamos atribuirla a la apertura de hormigueros y madrigueras, ya que las semillas aparecen carbonizadas y localizadas en los pequeños ámbitos adosados a las paredes de las casas. Tampoco suele aparecer veza (Vicia angustifolia) en los asentamientos, pero su hallazgo se justificaría por el uso de paja en los pequeños ámbitos que funcionarían como despensas. Los datos zooarqueológicos del poblado de La Cella muestran una dinámica poco común en el registro de los yacimientos ibéricos de la costa catalana. Las evidencias de una actividad ganadera son muy puntuales y contrastan con los indicadores palinológicos del incremento de las herbáceas de tipo nitrofiloruderales (Plantago lanceolata y Artemisia) en las cercanías del yacimiento. El 90% de los hallazgos de tipo faunístico se resumen en algunas especies de malacofauna (gasterópodos, glycymeris sp., cardiidae, ostrea y decoglossa) entre otras especies de tipo marino como las sepias (Sepiida). El registro evidenciaría una actividad pesquera y de recolección marina que contribuiría a completar la dieta de los habitantes del poblado. La falta de restos de fauna doméstica no excluye la práctica de actividades ganaderas, si no que apunta, más bien, al uso de los desechos en otras actividades productivas como la metalurgia, como atestiguan los restos de fauna carbonizados incluidos en el recorte del muro en el ámbito F3. Por otra parte, en todas las casas hay evidencias de actividades económicas, algunas de ellas especializadas, siendo la más común la textil. La gran dispersión de ponderales permite concluir que casi todas las viviendas tenían su propio telar. Destaca el de la casa B, dónde además se ha localizado una cubeta de forja llena de escorias de hierro, en una pequeña sala de la casa que más adelante se convirtió en almacén. También hay escorias de hierro procedentes de los hogares de las casas A y C, así como otras de plomo halladas en las casas del conjunto D-E-F. La secuencia estratigráfica de la Cella se concreta en un único nivel de uso y de abandono, que coincide con la regularización del terreno. Contadas veces supera los 30 cm de forma que en áreas extensas solo se ha podido excavar el estrato directamente depositado sobre la roca natural. Esta singularidad, unida al abandono pacífico del poblado, ha limitado la presencia de un volumen cualitativo y cuantitativo importante de material, si bien se han recuperado algunos vasos que nos permiten ajustar cronológicamente su momento de ocupación. Una vez cuantificado el número de Fig. 7. Porcentaje anfórico y de vajilla de importación recuperadas en el poblado protohistórico de La Cella. NF número de fragmentos; NTI número tipológico de individuos; PE púnicoebusitanas; PCE producciones del círculo del estrecho; PCM producciones centromediterráneas; MGR magnogriegas; GR-IT grecoitálicas; MASS masaliotas. Destaca ciertamente el índice de ánforas de importación, próximo al 30% del total, cuantificado tanto a través del NF como del NTI. La producción autóctona, ánfora ibérica, siempre mayoritaria, cuenta con una gran variedad del tipo 2 y sus variantes (Sanmartí et al. 2004), con cronologías asociadas a los siglos IV y III a.n.e. Destacan diferentes modelos del tipo 2-C, uno de los pocos cuyo uso como contenedores destinados al transporte marítimo está constatado por su recuperación en pecios o yacimientos de las islas Baleares (Fig. 7). Las ánforas importadas procedentes de la órbita púnica son las más representadas: más del 75% del total. Además de estas ánforas se han recuperado dos bordes diferenciados de producciones centromediterráneas (PCM), raramente localizadas en yacimientos del sur de Catalunya, como son la T.2.2.1.2 (Fig. 8a: 5) y la T.4.2.1.2 (Fig. 8a: 11) así como un borde de ánfora T.1.2.1.3 del círculo del estrecho (PCE) (Fig. 8a: 10). Al margen de la órbita púnica, la mayoría de los contenedores identificados proceden del hinterland griego centromediterráneo. El porcentaje de las producciones griegas está muy por debajo de las púnicas, identificándose dos bordes de ánfora magnogriega MGR-3 y MGR-5 (Fig. 8a: 6 y 7), así como diferentes bordes de un mismo modelo de ánfora grecoitálica antigua (GR-IT) Will 1a (Fig. 8a: 9). Finalmente, a partir de elementos informes, se ha constatado la presencia de ánforas procedentes de Massalia, pero sin poder precisar su tipología. En general, los envases se ubican en un siglo IV a.n.e. poco matizado. La presencia conjunta de estos contenedores con las ánforas púnicas nos define un espacio temporal entre el 400 a.n.e. hasta, aproximadamente, mediados del siglo III a.n.e. Si bien las ánforas T.8.1.1.1 son propias del siglo IV a.n.e., la forma T.8.1.2.1 se iniciaría en este mismo siglo, llegando hasta mediados de la centuria siguiente. El resto de las ánforas que-darían enmarcadas en el siglo IV a.n.e. excepto el ánfora surpeninsular T.1.2.1.3, que fecharíamos en el siglo V a.n.e., pero con márgenes aún imprecisos. Estos resultados nos impiden situar la fundación del asentamiento de La Cella más allá de inicios del siglo IV a.n.e. Los elementos de vajilla importada recuperados tienen porcentajes muy diferentes según el sistema de cuantificación utilizado, seguramente por el gran índice de fragmentación de la cerámica común ibérica. Si consideramos el NTI el material importado oscila en torno del 20%, pero si utilizamos el cómputo de NF tan sólo llega al 5%. A pesar de ello, se observa un gran abanico de formas de vajilla importada, identificándose barnices negros áticos (Fig. 8b: 1 a 5) encuadrables durante el siglo IV a.n.e., producciones de Rhode (Fig. 8b: 6 a 8) que, a grosso modo se enmarcan durante los siglos IV y III a.n.e., materiales procedentes de la zona de Massalia (Fig. 8b: 9 y 10) y barnices negros indeterminados, procedentes de la Península Itálica. Entre el material de origen púnico, predominan los morteros ebusitanos, sobre todo los tipos procedentes de los depósitos AE-20 y AE-36 de Ibiza (Fig. 8b: 11 a 13) fechados durante el siglo IV y primer cuarto del siglo III a.n.e. También algún plato y un fondo de barniz negro (Fig. 8b: 14), además de cerámica centromediterránea, de la que se ha podido identificar un borde de olpe (Fig. 8b: 15) que podríamos situar entre los siglos IV-III a.n.e. La tipología de vajilla ibérica contempla todo el repertorio característico de formas (tinajas, jarras, boles o platos), salvo el kalathos, obteniendo así un dato más para el ajuste de la cronología (Fig. 8). En suma, atendiendo a las evidencias materiales, proponemos una fundación de La Cella en un momento indeterminado de inicios del siglo IV a.n.e. y su abandono no más allá de mediados del siglo III a.n.e. El reparto de los materiales cerámicos nos deriva hacia una sola fase de ocupación, bien definida por el proceso evolutivo de las ánforas punicoebusitanas T.8.1.1.1 y T.8.1.2.1. Completan el conjunto las cerámicas áticas de barniz negro y algunas formas anfóricas magnogriegas y centromediterráneas, que marcarían este horizonte inicial del siglo IV a.n.e. La perduración de las T.8.1.2.1, las formas de barniz negro del área de Rhode, o las producciones de ánforas grecoitálicas antiguas nos definirían un momento Fig. 8. Poblado protohistórico de La Cella: a. ánforas de importación; b. cerámicas de importación: 1-5 barnices negros áticos; 6-8 producciones de Rhode; 9-10 producciones massaliotas; 11-13 morteros ebusitanos; 14 barniz negro púnico; 15 cerámica centromediterránea. de transición hacia el siglo III a.n.e. La ausencia de cerámica campaniense, del modelo anfórico evolutivo de la T.8.1.2.1 (T.8.1.3.1) o de producciones locales como los kalathos, entre otros, nos permitiría ubicar el final del asentamiento no más allá del 250 a.n.e. PROPuEStA DE IntERPREtACIÓn Y COnCLuSIOnES Hasta aquí hemos descrito el yacimiento de La Cella a partir de los trabajos arqueológicos efectuados durante el periodo 2010-2014. Como hemos visto, se trata de un asentamiento complejo, diferenciado del conjunto de los poblados ibéricos de la Cessetania por algunas singularidades constructivas, así como por una cronología inhabitual que desde inicios del siglo IV a.n.e. llega a mediados del III a.n.e. cuando se produce su abandono pacífico o al menos sin rastros de violencia. Es decir, ni su fundación, ni abandono responden a los parámetros más generalizados en esta región en época ibérica. En este sentido, la construcción de La Cella puede concebirse como un hecho aislado, siguiendo parámetros de organización territorial que se nos escapan, respondiendo a necesidades de control de un espacio geográfico, de unos recursos precisos o de una funcionalidad determinada en un momento concreto. Diferente es, sin embargo, el abandono. Se han valorado factores naturales como la posible insalubridad del territorio, el agotamiento y consecuente falta de recursos, epidemias, etc. También se han planteado motivos políticos, como pueden ser reestructuraciones territoriales o la aparición de nuevas formas de gobierno, que podrían primar algunos centros en detrimento de otros, obligándolos a un sinecismo forzado. En este caso, la proximidad de Tarrakon-Kesse y su evolución política y económica durante el siglo III a.n.e. podría ser un buen argumento para explicar este repentino abandono de La Cella. Sin embargo, actualmente no contamos con ningún dato que nos permita ir más allá en esta discusión. Para explicar La Cella debemos retornar a su urbanismo y arquitectura, distintas, como ya hemos indicado, a las del resto de núcleos ibéricos del territorio. El yacimiento cuenta con una única fase de ocupación, perfectamente planificada, en la que se construyen unos edificios complejos de tamaño considerable -alrededor de los 100 m 2 -, que perduran sin reformas estructurales importantes durante todo el período de uso del poblado. Esta dinámica general en el asentamiento, no es comparable con la de otros centros protohistóricos habitados durante la misma época, donde la presencia de edificios singulares siempre se asocia a su evolución política y social. Estamos pues ante un estándar desconocido, que si bien sigue parámetros ibéricos en la materialización de la construcción, parece inspirarse en otras fuentes que son las que intentaremos buscar y, en la medida de nuestras posibilidades, definir. Cabe señalar que no hemos hallado paralelos al urbanismo y arquetipos arquitectónicos de La Cella ni en el noreste peninsular, ni en el litoral mediterráneo ibérico. En algunos asentamientos hallamos edificios similares en tamaño o en forma, pero siempre se trata de ámbitos singulares, las viviendas de las clases sociales más favorecidas, que quieren destacar por encima del resto. Como hemos dicho, en La Cella parece que todos los modelos arquitectónicos siguen un patrón constructivo similar, y eso es lo que hace que este asentamiento sea, hoy en día, único en su cronología. Al valorar las singularidades constructivas, basta fijarse en la planta de la muralla para percibir que no es un paramento defensivo ibérico al uso, al menos a grandes rasgos. El trazado del muro es rectilíneo con un único giro conservado en ángulo de 120 o. La anchura de este muro nunca supera el metro, y solo está reforzado en el ángulo, donde un ataludamiento protege la base conformando una especie de bastión que podría estar destinado a defender un acceso. En conjunto no se observa una preocupación excesiva por la protección ni por la poliorcética, limitándose ésta a un muro simple de cierre con un refuerzo en un punto de ángulo. Nada tiene que ver con las defensas de otros espacios ibéricos del territorio, como la ciudadela de Alorda Park (Calafell), por citar algún caso. En el espacio interior de los asentamientos ibéricos cada vez más se identifican residencias específicas cuya situación y tamaño les dota de un significado diferencial respecto a las restantes. En el noreste peninsular, podemos destacar entre otras residencias las denominadas "aristocráticas" del Puig de Sant Andreu de Ullastret que superan con creces cualquier comparación con otras viviendas ibéricas, con sus más de 1000 m 2 sin parangón en este momento cultural (Belarte et al. 2009: 99-101). Su cronología coincide en su inicio con la de La Cella, pues van desde el siglo IV al siglo II a.n.e., y su construcción implica una apropiación del espacio público, acción sólo al alcance de los grupos sociales privilegiados. No es el caso de La Cella donde, como hemos dicho, hay una planificación urbanística previa y consciente, presente desde su construcción hasta su abandono. (CDO y SLAZ), que no superan los 60 m 2, e incluso en SLAZ se añaden dos estancias durante el siglo IV a.n. e. que amplían su superficie, pero no se parecen a los de La Cella. En el primer asentamiento, a finales del siglo IV o inicios del III a.n.e., se construye un gran edificio, la casa 201, de estructura y carácter palacial (Asensio et al. 2003), que ocupa unos 240 m 2 (10 estancias), en una reestructuración urbana del espacio. Tampoco es comparable a los de La Cella, al tratarse de un espacio excepcional en el conjunto del yacimiento, producto de una evolución socio-política y constructiva. En el curso inferior del Ebro, el Castellet de Banyoles, en Tivissa (Ribera d'Ebre) tiene un barrio residencial con casas de 250, 300 y 350 m 2, diferentes de los demás recintos del yacimiento que no superan los 75 m 2 (Asensio et al 2012). Aun así, tampoco es comparable a La Cella, pues su cronología (mediados del siglo III a.n.e.) es más avanzada que la del yacimiento cessetano, que sería construido por lo menos 100 años antes y abandonado en el momento de la edificación de estos recintos del Castellet. Siguiendo la costa encontramos otros casos: la casa de 113 m 2 del Puig de la Nau (Benicarló); alguna residencia del Tossal de San Miquel de Llíria, con superficies próximas a los 150 m 2 (ínsula 7), si bien en dos plantas; La Seña con una casa de 120 a 170 m 2; el Castellet de Bernabé con una gran casa de más de 150 m 2; Kelin con una casa de 80 m 2 de finales del III a.n.e.; La Bastida de les Alcuses, dónde se han excavado edificios entre 80 y 150 m 2, o incluso en El Oral, si bien su cronología es anterior a La Cella (Sala 2005). En este último poblado, hay residencias cuyas dimensiones superan los 100 m 2, valoradas dentro de un modelo general de casa mediterrá-nea, que adapta sus formas a la evolución de la complejidad social (Sala y Abad 2006), es decir, como reflejo de la generación de una élite que muestra su poder a partir, entre otros elementos, de su residencia. En todos los casos estos recintos tienen un carácter excepcional, que se ha relacionado con la presencia de grupos aristocráticos que dirigían la vida de los poblados y que destacan por encima de los demás habitáculos. Esto no ocurre en La Cella, dónde las casas siguen un modelo arquitectónico similar. La planificación previa del urbanismo de La Cella se percibe al observar tanto el muro perimetral, como la distribución interior de la planta. Hay una visión de lo que se quiere edificar, así como de las necesidades que implica su construcción. Por este motivo pensamos que él o los arquitectos que proyectaron la obra partieron de un sistema métrico concreto, pues concreto era el espacio a ocupar y sobre el que se había de construir el poblado. Para comprobar esta idea efectuamos un estudio modular y metrológico. El análisis nos ha permitido observar ciertos detalles que apuntan a la existencia de un fenómeno de hibridación entre sistemas de medidas exógenas o foráneas y unas técnicas constructivas que aparentan ser típicamente ibéricas. El planteamiento urbanístico se basaría en la adopción de lotes, según un esquema inicial preconcebido, a partir del muro perimetral y la pared que separaría el corredor de acceso a la casa B. Se crean así dos sistemas de cuadrículas, ligeramente desviados, que siguen la orientación de los paramentos defensivos, y cuya desviación coincidiría, más o menos, con los espacios de circulación. La unidad básica para esta modulación sería un cuadrado de 5,2 m de lado (equivalente a 10 codos de 0,52 m), creando espacios cuadrangulares de 10,4 m de lado (20 codos) con una superficie aproximada de 110 m 2. Las medidas están representadas en la muralla de Cartago (Olmos 2011: 40-41), que forma un módulo habitual en la Península Ibérica en ambientes fenopúnicos. En el interior de estos lotes de tierra cuadrangulares se aplica una nueva modulación basada en espacios rectangulares de 5,2 m de lado (10 codos) por 3,5 m (10 pies de 0,35 m) que coinciden, en gran medida, con las compartimentaciones internas de los edificios. Estos módulos son combinables en sentido vertical (6 módulos) u horizontal (5 módulos). Encontramos otros aspectos metrológicos destacables en el sistema defensivo, sobre todo en el espacio asociado al ángulo del paramento exterior y su corredor de acceso. En este sentido, en el edificio se establece una proporción de 5 a 3 codos en los lados internos que delimitan los ámbitos de uso mediante unos triángulos, base del posterior planteamiento práctico para la construcción del rectángulo que definiría la planta de la estructura, tal como propone P. Olmos (2011: 300) para la torre II del Tossal de Manises. En el corredor la relación es de 4 a 7 codos, siendo 4 la distancia más estrecha al final del pasillo y 7 la más ancha al inicio del mismo. Tal como parece, podría haberse planificado la construcción del poblado en base al codo púnico, una medida estandarizada en ambientes de tradición fenopúnica, aunque los datos que poseemos no nos permiten descartar el uso en La Cella de otras medidas empleadas habitualmente en órbitas helénicas. Ahora bien, como la metodología constructiva es plenamente ibérica, podríamos estar también ante un uso o interpretación de unos modelos foráneos por parte de una comunidad indígena, influida por una presencia exógena (Fig. 9). Es necesario pues en este punto reflexionar e intentar abarcar otros aspectos como son las di-mensiones totales de las viviendas, la complejidad interna y la distribución de los espacios. Todos ellos aproximan indudablemente mucho más las casas A, B y C de La Cella a sus equivalentes contemporáneas de las ciudades de la órbita púnica que a la mayoría de las casas ibéricas conocidas en el nordeste peninsular. Sin embargo, aparte de la similitud en estas características generales, lo cierto es que ninguna de las tres viviendas se puede incluir con facilidad en las tipologías que se suelen emplear para clasificar las casas de tipo púnico (Fantar 1985; Helas 1999). Por ejemplo, la casa de planta lineal de espacios estrechos y alargados, relacionada con una falta de espacio libre para edificar en anchura, pero con varios pisos definida en Kerkouan por Fantar (1985), no tuvo posibilidad de aparecer en La Cella. No hubo aquí reformas urbanísticas destinadas a albergar una mayor cantidad de habitantes que los que estaban previstos en el diseño original del asentamiento. El segundo modelo propuesto por el mismo autor es la casa de patio central, a menudo de proporciones monumentales y que no forma parte necesariamente de un agregado seriado de edificios del mismo estilo, ni participa del plan urbanístico en el que se encuentra inmersa (Fantar 1985; Jiménez y Prados 2013). Tales características no se dan en La Cella. El tercer tipo es la casa en enfilada o engarce, con una planta rectangular que da lugar a una ordenación interna de forma alargada de los espacios, dado que los de función conectora no se sitúan en el centro del edificio, sino a los lados (Fantar 1985; Jiménez y Prados 2013). En este caso, como buena parte de las casas en engarce púnicas, las de mayores dimensiones de La Cella (A, B y C) están adosadas al mismo tiempo entre sí y a la muralla. Por último, el tipo de casa de estructura bipartita en torno a dos patios tampoco aparece en el poblado. A grandes líneas, si bien las casas B y C se aproximan a las casas en enfilada, no se puede decir lo mismo de la casa A, y menos del resto de las viviendas situadas en la parte central del asentamiento. Helas se basa en la situación del patio en el interior de la casa para diferenciar otros 4 tipos fundamentales: el Tipo 1 tiene un patio central alargado en torno al cual se distribuyen el resto de espacios de la casa; en el Tipo 2, se accede al patio central distribuidor desde el exterior mediante un pasillo; en el Tipo 3 el patio se sitúa en un ángulo de la casa y el Tipo 4 el patio se dispone en el Fig. 9. Esquema de la modulación seguida en la planificación urbanística del poblado protohistórico de La Cella. centro de la casa, adoptando una forma cuadrada (Helas 1999: 54-55). Si damos por hecho que los espacios A5, B5 y C2 son los patios de los edificios respectivos A, B y C, podrían clasificarse en el Tipo 3 de Helas con un espacio abierto en posición excéntrica y con funciones de vestíbulo. La casa B también tendría similitud con el Tipo 1, con un patio en forma alargada que actúa como distribuidor de los espacios, aunque en nuestro caso no se ajusta completamente a la posición central otorgada al prototipo púnico. Vemos pues como el poblado de Salou manifiesta unos rasgos muy característicos que se alejan de la tradición arquitectónica ibérica, aproximándose a unos arquetipos de raíz mediterránea que confirman su singularidad. El estudio de los materiales se presenta también como un elemento importante para analizar el sentido del asentamiento. El gran porcentaje de materiales de importación presentes en La Cella no deja lugar a duda sobre su función como puerto comercial de la zona cessetana, incluso con cierta similitud con otros establecimientos del litoral, como Alorda Park (Calafell, Baix Penedès) o Tarrakon-Kesse (Tarragona, Tarragonès). Como ya hemos indicado en el apartado correspondiente, La Cella presenta un volumen de importaciones de contenedores con un porcentaje de ánforas púnicas, en especial las procedentes de Ebussus, muy alto: acaparan más del 75% del total. Este dato, así como la presencia de materiales ebusitanos de cocina, nos expresan la importancia que tiene este factor cultural en la vida del yacimiento. Algunos autores ya han apuntado la importancia de los agentes púnicos, especialmente los ebusitanos, en los circuitos de intercambio del Mediterráneo Occidental controlando tanto la difusión de los productos elaborados en Ibiza, como las mercancías ajenas, especialmente la vajilla de barniz negro griega. Estos intermediarios habitarían en algunos de los principales núcleos litorales cuya función era servir de centro de recepción y redistribución de mercancías (Asensio 2010: 728-729). Si bien se ha propuesto que estos centros redistribuidores serían las principales ciudades de sus respectivos territorios, podrían existir otros núcleos especializados en el intercambio comercial, con una dependencia política de estos centros principales. En estos auténticos ports-oftrade no puede desestimarse que una parte de la población fuera foránea. Éste podría ser el caso de La Cella, que se habría establecido en el Cap de Salou, quizás bajo los auspicios de una ciudad indígena importante, como sería Tarrakon-Kesse, controlando así, conjuntamente con la capital cessetana, la llegada y distribución de mercancías foráneas. La existencia de estos puertos no desdice la importancia política, territorial y también comercial de los núcleos jerárquicos ibéricos, antes al contrario. Observamos cómo la ubicación de la Cella y de Tarrakon-Kesse está calculada para controlar la amplia bahía que se extiende entre los dos núcleos, un espacio portuario de primer orden. Seguramente, el auge del comercio ebusitano constatado durante el siglo IV a.n.e. (Ramón 1995) respondería a una necesidad surgida de las élites políticas del territorio, que estimularían la llegada de los productos necesarios para mostrar y mantener su estatus. El establecimiento de un mercado de estas características en La Cella, controlado por las élites locales, reafirmaría este régimen de intercambios. La arquitectura de La Cella sin duda confirma la presencia de una sociedad acomodada, cuya principal función económica sería el comercio, sin descartar actividades agropecuarias (agricultura, ganadería, pesca). Sería una comunidad híbrida con una participación púnica e incluso griega, tal como se ha propuesto para otros puntos del litoral levantino (Fernández Nieto 2002). Estaríamos pues ante un modelo de asentamiento caracterizado por la convivencia entre comunidades mixtas, que se mezclarían para desarrollar sus actividades (Grau 2005: 114). De hecho, las comunidades heterogéneas o grupos foráneos relacionados con el mundo púnico-ebusitano no son desconocidas en la costa cessetana, pues ya se han planteado para Alorda Park (Asensio 2010: 718) o Darró, donde según algunos autores habría una pequeña factoría comercial (López Mullor y Fierro: 1994). Quizás más conocido es el caso de Sagunto al sur, donde no parece haber ninguna duda sobre la presencia de una comunidad foránea, griega o semita, encargada de gestionar negocios comerciales relacionados con la navegación y el intercambio de mercancías por vía marítima, en asociación con indígenas o agentes de otras procedencias geográficas (Sánchez 1997; Fernández Nieto 1999). Un centro de este tipo sería neutral por la necesidad de tener un lugar de intercambio hospitalario. La coexistencia de una comunidad compuesta por indígenas y foráneos respondería al interés de poseer un espacio funcional y organizativo de las relaciones de intercambio en esta franja litoral, seguramente como recordaremos bajo el control de Tarrakon-Kesse. Asimismo el que hubiera un núcleo como La Cella mostraría el desempeño en esta región, al menos desde inicios del siglo IV a.n.e., de una organización política compleja y materialmente capacitada para llevar a cabo empresas internacionales a gran escala. En este caso, se observa una planificación previa por una sociedad que incorpora plenamente los principios urbanos, manifestando una capacidad material solvente con abundancia de recursos y mano de obra para materializar la construcción del poblado en una única fase. Si bien desconocemos qué entidad política dio lugar a la aparición de La Cella, se podría aventurar que la fundación del poblado estuvo motivada justamente por el control de los intercambios por vía marítima con Ibiza como socio principal. Por último, quisiéramos comentar un tema que ha sido tratado desde antiguo por todos los estudiosos que han profundizado en la evolución histórica del litoral cessetano. Nos referimos a la identificación de los topónimos mencionados en la Ora Marítima de Avieno y a su vinculación con parajes conocidos del territorio. Como es bien sabido, la obra de Avieno ha sido objeto de controversia entre los historiadores, se ha utilizado de forma exagerada, se ha convertido en un elemento básico en diversos estudios de índole localista y su sentido histórico estricto es muy discutible (Moret 1996: 33-34). Sin embargo el poema ha sido objeto en los últimos años de revisiones muy acertadas y nuevos estudios que han actualizado su interpretación (Mangas y Plácido 1986; González Ponce 1995) y aconsejan no descartar la información que nos aporta a la luz de los avances en la investigación arqueológica, siempre que se considere con una prudencia que en ocasiones ha faltado. Somos conscientes, pues, de la problemática derivada de este escrito y este artículo no es el lugar adecuado para hacer un análisis completo del mismo. De todos modos, hay que recordar que la mayoría de investigadores actuales coinciden en que la base documental de la obra de Avieno es múltiple, abarcando varios siglos, sin que se pueda mantener la visión que localiza los datos de la Ora Marítima en un único periplo tradicionalmente datado en el siglo VI a.n.e. El autor mezcla anacronismos y una documentación distorsionada en la que además faltan todos los retoques e interpolaciones de los diferentes copistas que nos han hecho llegar el escrito. Dicho esto, leemos en la Ora Marítima a partir del verso 512: "Después de esto, las arenas se extienden en una gran extensión, en las que se levantó, tiempo atrás, la ciudad de Salauris, y también estuvo, antaño, la antigua Calípolis, esa Calípolis famosa que, por la elevada y excelsa altura de las murallas y por sus cumbres, despegaba cielo arriba, ella que, con el ámbito de su solar inmenso, ceñía, por ambos lados, un estanque, siempre fecundo en peces. Después, la ciudad de Tarraco" (traducción de P. Villalba, 1986). Cabe indicar que Salauris, tradicionalmente relacionada con Salou por coincidencia lingüística, es un topónimo latino más de la época de Avieno que de la que nos marcaría el antiguo periplo y hoy en día ningún dato nos permite situarla sobre un mapa. ¿Podría tratarse de la villa de Barenys, en Salou, o de la mal llamada Calípolis, en la Pineda? No lo sabemos, pero ciertamente, parece ser bastante más moderna que otros lugares que el poema describe. En este caso, su posible ubicación entre el Cap de Salou y la Tarraco, mencionada a continuación, deja poco margen geográfico. Hoy en día, únicamente La Cella se sitúa en este espacio, haciendo que la descripción de Avieno nos suscite renovado interés. El asentamiento, dispuesto en el Cap de Salou, tenía que destacar desde el mar por su empaque, erigido sobre una colina en lo alto del acantilado y rodeado por lagunas, como ya hemos señalado. Avieno define murallas elevadas, cumbres, solar inmenso, estanques... No nos parece una definición lejana al asentamiento salouense, tal como empezamos a conocerlo. Incluso la presencia de una comunidad mixta daría más prestancia al relato, acercándonos a esa visión que la obra transmite. Los trabajos en el yacimiento protohistórico de La Cella han sido posibles gracias al interés mostrado por el Ayuntamiento de Salou para recuperar este espacio arqueológico. La intervención se ha integrado en el proyecto "Adaptación al me-
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Se da cuenta de un nuevo tablero del corte estratigráfico del yacimiento paleolítico de San Isidro realizado por Emilio Rotondo. Conserva la única descripción detallada de su estratigrafía, lo que contribuye a mejorar la información de este histórico yacimiento. Se identifican 34 niveles por sus características granulométricas, color, espesor y estructura. Dos de ellos tenían material arqueológico: la capa 26 de arenas y arcillas con industria lítica y restos de mamíferos fósiles (también las capas inferiores 27-28-29-30) y la capa 34 de gravas con industria lítica. La Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid ha tenido una importancia destacable en el desarrollo científico-técnico español desde su fundación a finales del siglo XVIII hasta el tiempo presente, con figuras de la talla de Leonardo Torres Quevedo o José Echegaray, por ejemplo (Sáenz Ridruejo 1998, 2006). Además los ingenieros de caminos, por el carácter de sus trabajos, realizaron aportaciones sustantivas al avance de los estudios arqueológicos y prehistóricos en la España del siglo XIX. Es el caso de Eduardo Saavedra, descubridor de Numancia (Mañas Martínez 1983) o de José Subercase, que formó parte de la primera comisión que levantó en 1849 la El nuevo corte estratigráfico del yacimiento paleolítico de San Isidro (Madrid) de Emilio Rotondo sito en la Cátedra de Geología de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid El laboratorio de la Cátedra de Geología de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid conserva algunas colecciones del Paleolítico recopiladas desde su fundación en 1802 hasta la actualidad por algunos de sus profesores. En su formación influyó que la Geología, la Paleontología y la Arqueología prehistórica fueran materias impartidas por ellos, lo que también ocurría con los profesores de la Escuela de Minas (Puche 1993). Entre las investigaciones arqueológicas importantes citamos, a modo de ejemplo, los primeros estudios del yacimiento de la Edad del Bronce de Totana (Murcia), descubierto por el catedrático de Geología de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Rogelio de Inchaurrandieta. A principios del siglo pasado una expresión del interés por la geología del Cuaternario son las visitas de los alumnos de dicha Escuela a los yacimientos prehistóricos del Campo de San Isidro durante todos los cursos. Eran parte de las lecciones prácticas de la asignatura de Estratigrafía y Física Terrestre a cargo de los catedráticos de Geología, Narciso Puig de la Bellacasa y Francisco Hernández-Pacheco que, como se sabe, fue fundador y director de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. También se enseñaba a los estudiantes las colecciones de objetos prehistóricos y del Cuaternario del Museo Antropológico de Madrid, donde eran atendidos por el profesor Manuel Antón (Anuario de Curso, años 1907Curso, años a 1936)). No es extraño por tanto que, entre las colecciones existentes en la Escuela de Ingenieros de Caminos, se conservase uno de los tableros del corte estratigráfico de San Isidro realizado por Emilio Rotondo y Nicolau, que sirvió sin duda como recurso y material docente. El estudio de las formaciones superficiales cuaternarias está doblemente justificado en el ámbito profesional de la ingeniería civil. Son las formaciones geológicas que más interaccionan con las obras públicas lineales y, además, areneros como los de la terraza de ese yacimiento son fuente de materiales para la construcción. La colección de objetos prehistóricos formada por Emilio Rotondo que había estado largo tiempo depositada en el Museo Arqueológico Nacional pasó a la Dirección de Investigaciones Prehistóri-cas del Ayuntamiento de Madrid. Emilio Rotondo realizó varios cortes similares (Cacho y Martos 2002). Se conservan al menos tres en España. El objetivo de este trabajo es dar a conocer un cuarto, el tablero de la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos, y explicar en detalle la estratigrafía representada, ya que es el único que sepamos, que guarda la información escrita adicional. Al poder interpretar mejor los estratos se realza la utilidad de los cortes ya identificados del autor que son similares aunque no iguales. El renombrado e histórico yacimiento paleolítico de San Isidro se halla situado en la terraza del río Manzanares que le da nombre. La base de esta terraza se sitúa hacia las cotas +35-40 m. Tiene el mérito de ser el primer yacimiento paleolítico descubierto en España, pero su excavación poco sistemática ha limitado su aportación al conocimiento del Paleolítico. A mediados del siglo XIX el yacimiento estaba muy mermado (Pérez de Barradas 1941) y actualmente se le considera agotado. Gamazo et al. (2001) y Gómez et al. (2005) aportan nuevos datos sobre el Paleolítico de la terraza. El material recogido y revisado con posterioridad tiene pocas referencias estratigráficas (Aguirre 2002; Gamazo 2002) pero ha sido posible establecer dos tipologías en la industria lítica: una con bifaces amigdaloides situada en los niveles inferiores y otra con bifaces cordiformes lanceolados u ovales que parece corresponder a niveles superiores (Santonja 1977; Santonja y Vega 2002). La industria lítica pertenece al Achelense (Pleistoceno Medio) y es correlacionable con el yacimiento Aridos-1. Por otro lado, en los niveles inferiores y medios de San Isidro se recogieron Bovidae ind., Cervus sp., Equus caballus y Elephas (Palaeoloxodon) antiquus platyrhinchus (Hernández Pacheco 1927; Aguirre 1969; Sesé y Soto 2002a, b). El Laboratorio de Geología de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos ha emprendido la investigación de las colecciones de rocas, fósiles, minerales y material arqueológico, recopilados desde la fundación de la Escuela en 1802 hasta la actualidad. Ello ha incluido su inventario y catalogación, así como su documentación e interpretación histórica. Los útiles paleolíticos parece que son posteriores a 1863, aunque no lo podemos asegurar. Entre los materiales relacionados con el Paleolítico destaca el mencionado corte estratigráfico del yacimiento de San Isidro, realizado por Emilio Rotondo Nicolau (Fig. 1), una pieza de alto valor historiográfico (inventariado como Mapas y Cortes, no1 Rotondo). Durante la catalogación aparecieron documentos desordenados de carácter docente asociados a algunos de esos materiales. Un sobre del curso 1927-1928 contenía unas notas manuscritas de Rotondo con la explicación detallada de la columna estratigráfica del corte, así como unos dibujos interpretativos del tablero (Fig. 2). Todo ello parece indicar que fue adquirido en ese curso. Como dato curioso, en el sobre estaba también la lista de asistencias y notas de los alumnos matriculados en la asignatura de Geología del segundo curso en la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos de Madrid, donde aparece Emeterio Cuadrado Diez, ingeniero de caminos y renombrado arqueólogo. Durante la investigación se ha identificado la descripción, escrita por Emilio Rotondo, con la columna estratigráfica del tablero que no tenía cada capa numerada. El texto distingue 34 niveles que han podido ser identificados en el "cuadro", aunque el color de los sedimentos en algunos haya perdido intensidad o estén sucios por el polvo. La identificación no es tan simple en los estratos superiores que tienen estratificación cruzada pero los apuntes manuscritos aclaratorios de la época y que se reproducen en la figura 1 han servido para lograrla. La columna estratigráfica resultante se ha relacionado y comparado posteriormente con el resto de la documentación más importante publicada de carácter estratigráfico e histórico. Hemos recurrido a la primera descripción de Casiano del Prado (1864Prado (, 1866)), a la de Vilanova (1872b) en base a estos mismos tableros, y a la de la Comisión del Mapa Geológico de España (Graells 1897). Manuscritos y esquemas originales de la explicación de los niveles estratigráficos del yacimiento paleolítico de San Isidro, representados en el tablero de Emilio Rotondo que se conserva en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid (curso 1927Madrid (curso -1928)). Interpretación estratigráfica del tablero de Emilio Rotondo conservado en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid: izquierda fotografía del tablero original; centro identificación de los 35 niveles estratigráficos explicados por Emilio Rotondo; derecha identificación de las 12 capas descritas por Vilanova (1872). Detalles de la industria lítica paleolítica y de las piezas paleontológicas adheridas: 1. Molar de Equus muy fragmentado; 2. a 4. Fotografía E. Sanz e I. Menendez-Pidal. Descripción de los niveles estratigráficos Se caracteriza a continuación la sucesión de niveles de arriba abajo y, teniendo en cuenta la escala 1/20 del plano, se les asigna entre paréntesis los espesores reales en metros: 1. Tierra vegetal actual (0,7 m). Arenas blancas perfectamente lavadas (0,4 m). Arenas amarillas (0,7 m). Arenas rojas oscuras (0,5 m). Tierra arcillosa (0,3 m). Arenas amarillas teñidas por el óxido de hierro (0,7 m). Tierra gredosa amarilla (0,4 m). Arenas blancas (entre 0 y 0,6 m ya que es un lentejón). Arenas blanquecinas gruesas (entre 0 y 1,8 m ya que es un lentejón). Arenas blancas finas (entre 0 y 0,6 m). Arenas blancas gordas con cantos rodados estriados (1 m). Arenas blancas finísimas (0,5 m). Tierra de fundición (0,6 m). Arenas negras teñidas por el manganeso (0,1 m). Arena amarilla gorda con guijos, que contiene diamantes de San Isidro y armas prehistóricas (1,6 m). Tierra de fundición (0,4 m). Arenas amarillas finas (0,6 m). Arenas blancas finas (0,5 m). Depósito de arena silícea y grava con arcilla y alguna vena teñida por el manganeso (0,6 m). Arena fina blanca (0,6 m). Capa llamada de "Guijo" por los canteros compuesta de trozos de granito, cuarcita, gneis, pórfidos y otras rocas procedentes de la Sierra Carpetana y que puede contener cantos de gran tamaño, grava y algunas veces arcilla, arena silícea, diamantes de San Isidro, armas e instrumentos de la primera edad de piedra (paleolítica) (1,8 m). Terreno terciario llamado vulgarmente "peñuela" (3,2 m espesor visto). 1 Desde este número al 26 comprende horizontes esencialmente arenosos cuya tenacidad, y pureza demuestran el régimen que precedió á su formación. 2 Desde este número al 31 lo compone la serie de bancos de arenas más o menos arcillosas de diferentes colores, que contienen restos fósiles de animales mamíferos, tales como el Elephas, Equus, Cervus y otros animales. Sobre los tableros del corte estratigráfico del yacimiento de San Isidro realizados por Emilio Rotondo Se le conocía como geólogo y arqueólogo, en cuyas temáticas se inició gracias a Juan de Vilanova y Piera. Sin embargo la sistematización de la Geología y la Arqueología y la depuración de los métodos de excavación de los yacimientos provocaron críticas y recelos científicos hacia sus colecciones (Wernert y Pérez de Barradas 1925; López Rodríguez 2015). Ya indicamos que Emilio Rotondo realizó varios cortes similares, aunque ninguno es igual a otro. Esta obra gráfica de carácter arqueológico se mostró en la Exposición del Congreso Internacional de Prehistoria y Antropología de Copenhague (1869), en la Exposición Internacional de Londres (1871), en la Exposición Universal de París (1878), en la Exposición Nacional de Madrid (1873) y en la XIII Exposición Internacional de Burdeos (1895) (Cacho y Martos 2002). Emilio Rotondo no aparece inscrito en el Congreso de Copenhague, aunque sí lo están Rogelio de Inchaurrandieta, Juan Vilanova y Francisco María Tubino. No se sabe quién de ellos llevaría a Dinamarca el material de Rotondo, pero es significativo que en dicho congreso estuviera el catedrático de Geología de la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos, Rogelio de Inchaurrandieta. Como se ve, Emilio Rotondo fue un difusor temprano a escala internacional del yacimiento de San Isidro. Su obra fue reconocida en el ámbito científico dentro y fuera de España y fue objeto de varias menciones honoríficas en 1871 en la Exposición Internacional de Londres y en la Exposición Nacional Española. El corte fue además reproducido en publicaciones de Vilanova (1872a, b). Estas representaciones gráficas de cortes estratigráficos fueron adquiridas por diversas instituciones, como las de la Comisión del Mapa Geológico de España para la exposición de Viena (1873), que no llegó finalmente a exhibirse, ya que sufrió deterioro, o por las principales universidades de España y Ultramar, como la de la Habana (1876), la Universidad Central de Madrid y los institutos madrileños de enseñanza secundaria de San Isidro y de Noviciado (Cacho y Martos 2002). De este corte estratigráfico se conocían dos ejemplares en Madrid, uno en el Museo de San Isidro y otro en el Museo Arqueológico Nacional, fechado en 1876 (Cacho y Martos, 2002), que guarda un gran parecido con este de la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica. También fueron adquiridos en el extranjero por instituciones como el Museo Británico y personalidades como el emperador de Brasil. Los cortes del Museo de San Isidro y del Museo Arqueológico Nacional tal vez provengan de las colecciones del Museo Protohistórico Ibérico (1897), fundado por Emilio Rotondo y situado en las Escuelas Aguirre también en Madrid. Tiempo después el Estado adquirió parte de la colección y la depositó en el Museo Antropológico Nacional, cediendo el resto al Ayuntamiento de Madrid, quien lo instaló en la Casa de Panadería, acabando después en el Museo de San Isidro Estratigrafía del tablero de Rotondo en el contexto histórico de la época Este corte estratigráfico ayuda a conocer los inicios de la Prehistoria en España de la que Emilio Rotondo debe considerarse como uno de los pioneros. Realizaría el primer corte solo cinco años después de la publicación de Casiano del Prado (1864), reflejando claramente la posición de la industria lítica en niveles situados por debajo de otros con restos de animales extintos. Con ello sigue las ideas modernas, formuladas en 1859, en la Sociedad Geológica de Londres y asumidas por la comunidad científica internacional. Además, utiliza los criterios paleontológicos de división del Cuaternario establecidos por Lartet en 1862. La representación de las diferentes capas de terreno con los fósiles asociados a ellas es infrecuente en las publicaciones científicas de la época, pero no es del todo original de Rotondo. Buffon (1858), por ejemplo, incluye en su obra dos figuras de cortes geológicos de este estilo. Rotondo podría haber combinado esta inspiración en las obras geológicas de entonces con un rasgo original e inédito como parece ser el dispositivo visual consistente en un tablero con una columna estratigráfica hecha a base de elementos naturales de arenas y gravas del procedentes del yacimiento, incluyendo la industria lítica. Quizá podríamos relacionar esta peculiar representación con una época en que estaba emergiendo el poderoso lenguaje visual geológico (Rudwick 1976). La potencia total de la estratigrafía que nos muestra este corte es de unos 20,7 m. Las facies, mayoritariamente de arenas, se reparten en 34 capas de arenas, gravas, arcillas, limos, que se apoyan discordantemente sobre margas terciarias (Fig. 3). El espesor más corriente de las capas oscila entre 0,4-0,7 m. El que sea el habitual en los sedimentos de esta terraza, según los registros de sondeos, da verosimilitud a esta representación histórica. Son facies de canal en el que las arenas se agrupan mayoritariamente en la parte superior y aparecen bancos de gravas de mayor energía y delgados horizontes de limos y arcillas. En la sedimentación del canal hay estratificaciones cruzadas, ondulaciones, acuñaciones por cambios laterales de facies, etc, fiel reflejo de un medio fluvial. Lo mismo ocurre en la representación estratigráfica realizada por la Comisión del Mapa Geológico de España de la figura 4 (Graells 1897: lám. XIX; véase nuestra tab. A veces los sedimentos están teñidos de óxidos de hierro o de manganeso que indican que estos areneros constituyeron acuíferos, quedando reflejados los antiguos niveles del freático al quedar como terrazas colgadas. Esto también es bastante normal. Siguiendo la explicación de los niveles estratigráficos de un tablero similar a este, citado en el Compendio de Geología de Vilanova (1872a), no es difícil identificar y correlacionar los diferentes horizontes con el de la Escuela de Caminos (Fig. 3). En los niveles definidos por Vilanova se han insertado las 34 capas de este tablero (Fig. 3, Tab. 1), añadiendo subdivisiones de detalle a la estratigrafía del yacimiento. También es posible correlacionar de manera aproximada los horizontes definidos por la Comisión del Mapa Geológico de España (Fig. 4), (según Graells 1897) con los de Vilanova, tal como se presenta en la tabla 1. Por otra parte, las descripciones de Casiano del Prado (1864), identificando unos 12 m de espesor total, distinguiendo 7,8 m superiores de arenas, 0,5-1 m de greda intermedia y 3 m de guijo inferior suponen una síntesis de la estratigrafía del yacimiento, pero no contradicen sustancialmente Nota 1. Tierra vegetal y greda (arcilla arenosa de color rojizo) con un espesor conjunto de 2,5 a 3 m. Gredón (nombre que daban los alfareros de San Isidro a las arcillas compactas azuladas) intercalado entre dos capas de arena. Horizontes delgados de arena silícea-feldespática y algo micáceas puras y blancas, o bien algo arcillosas de color rojizo dispuesto todo en estratificación cruzada propio del medio de sedimentación fluvial. Todo el conjunto tiene 3 m de espesor. Aparecen algunos niveles de arena horizontales y paralelos de color negro impregnados de manganeso que indican paleoniveles del freático. El conjunto tiene 3 m de espesor. Capa de gravas de cantos rodados de tamaño pequeño (guijo) con matriz de arena arcillosa y silícea algo rojizas. Espesor de unos 2 m. este nivel no tiene restos orgánicos ni industria lítica. Horizonte esencialmente de arena de 2 a 2,5 m de potencia. Capa de gravas de cantos rodados de tamaño algo menor que la capa de guijo de arriba y sostenidos en arenas arcillosas. Aparece algún instrumento tosco de pedernal. Banco de arenas arcillosas muy finas de color rojizo de entre 1 a 1,3 m de espesor. Constituye un nivel fértil de huesos y dientes de caballo, ciervo y otros mamíferos. Depósito de 1,5 m de arena silícea y grava con arcilla, sin restos fósiles ni hachas. Aparece algún horizonte teñido de negro de Mn. Capa de guijo (así lo llamaban los canteros de la zona) de 2 m que se haya formada por guijarros de granitos, pórfidos, cuarcita, gneis y otras rocas procedentes de la Sierra Carpetana, cuyo tamaño llega a superar los 30 cm de diámetro. Estos cantos se hayan mezclados con gravas, arena silícea y arcillas. El nivel constituye el principal yacimiento de hachas de pedernal que tanta importancia han dado a la localidad, y de los cantos de cuarzo llamados por su trasparencia y pureza "diamantes de San Isidro". Cayuela (marga blanca), que constituye el basamento terciario sobre el que se apoya en superficie de erosión el resto de los materiales cuaternarios. Descripción de la Comisión del Mapa Geológico de España (Graells 1897). Tierra vegetal: espesor, unos 40 cm. 2. Arcilla arenosa parduzca de 2,5 m de espesor 3. Arena gruesa con venas de greda azul, de 75 cm de espesor 4. Arenas amarillento-rojizas feldespáticas y cuarzosas con alguna mica con frecuentes cantos rodados. Vetas de arcilla y manchas de óxido de hierro y manganeso. Arenas arcillosas gruesas con cordones de guijarros poco rodados. Arenas gruesas rojizas compactas de 3,25 m de espesor. Arcilla plástica azulada (gredón de los tejeros), de 85 cm 8. Banco de 1,60 metros de espesor formado exclusivamente por arenas blancas muy finas. En este horizonte y el inmediato superior de gredón se han encontrado en diversas épocas restos de paquidermos fósiles. Arenas y arcillas ferruginosas, con espesor de 90 centímetros. Zona de 1,50 m de espesor constituido por gravas y arenas medianas, donde se señala los horizontes de los distintos acarreos por el predominio de las piedras o de las arenas. Horizonte de 2 metros de guijo o cantos rodados, de granito, pórfido cuarcífero, cuarzo y feldespatos, envuelto por arenas grue-sas... Entre los materiales se suelen encontrar cuarzo hialino (diamantes de San Isidro) y hachas de piedra. Debajo de todo lo anteriormente citado se encuentran las peñuelas terciarias, y en el contacto de las dos formaciones abundan las aguas, como se comprende fácilmente dada la permeabilidad de la zona del guijo y la impermeabilidad de la marga miocena. Según las notas que acompañan a este corte estratigráfico, parece que en él se distinguen dos niveles estratigráficos: Nivel superior, constituido por un conjunto de 4,6 m de espesor formado por arenas y arcillas. Sin embargo, en el tablero solo se representan juntos los fósiles y la industria lítica en el nivel 27. Quizá haya que pensar en limitaciones de escala para no "empastar" la representación gráfica. En todo caso, parece que al autor no le repugnaba agruparlas y por eso aquí se unen. Nivel inferior, construido por 1,8 m de gravas (capa 34) con industria lítica. Identificación y comparación de las unidades estratigráficas del tablero de la universidad Politécnica con las de los tableros del Museo Arqueológico nacional y del Museo de San Isidro de Madrid El parecido del corte del Museo Arqueológico Nacional con el de la Universidad Politécnica es muy grande. Hay coincidencia salvo en cuatro niveles que seguramente existieron en el original, pero se perdieron por alguna diferencia en la restauración. Si se hubiera conocido la leyenda que se presenta en este trabajo, la restauración hubiera podido hacerse mejor. Sin embargo, gracias a ella, los colores de las capas son más reconocibles, en la descripción de la leyenda, que en el tablero de la Escuela de Ingenieros de Caminos. Por lo demás, los grosores de las capas son muy parecidos y la geometría de los estratos es también casi igual, aunque con pequeñas y lógicas variaciones. En el del Museo Arqueológico no se conservan restos óseos, como en este de la Escuela de Caminos. El corte expuesto al público en el Museo de San Isidro sería seguramente bastante semejante también, pero ahora su estado original está bastante modificado al haberse simplificado la estratigrafía en 25 niveles y haberse utilizado en la restauración materiales a veces muy distintos de los originales del yacimiento. Se da a conocer por primera vez un tablero del corte estratigráfico del yacimiento paleolítico de San Isidro realizado por Emilio Rotondo que pertenece al material docente de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid, y que se halla en el Laboratorio de Geología. Es un tablero de las mismas características que los otros tres de este autor, localizados también en la capital. No conserva todos los elementos líticos, ni fósiles, pero su importancia radica en la documentación escrita asociada, donde Rotondo describe de manera detallada todos los niveles estratigráficos que se representan, contribuyendo a mejorar la información de este histórico yacimiento. Se identifican 34 niveles entre los que se diferencian dos niveles arqueológicos: uno superior de arenas, arcillas (capa 26 con industria lítica, junto con capas 27-28-29-30 con restos de mamíferos fósiles) y uno inferior de gravas (capa 34 con industria lítica). Agradecemos de manera muy sincera las observaciones e indicaciones de los dos revisores anónimos que han servido para mejorar este trabajo.
Este trabajo constituye una contribución decisiva a la cronología absoluta del foso-trinchera de Contrada Stretto, en Partanna (Trapani, Sicilia), una de las más espectaculares construcciones realizadas por sociedades neolíticas del Mediterráneo Central. Esta estructura, excavada en el banco natural calcáreo hasta alcanzar una profundidad de 13 m, a juicio de algunos autores, formó parte de un complejo sistema hidráulico en el cual pudieron desempeñar un papel importante ciertos aspectos simbólicos o cultuales. Las cinco dataciones radiocarbónicas presentadas en este trabajo corresponden a los ú l t i m o s 2 m de estratificación. Éstas apuntan a un inicio del proceso de colmatación a comienzos del V milenio cal AC, entre el 4950 y el 4800 cal AC. Defendemos como probable su construcción en un momento inmediatamente anterior, considerando el periodo de uso previo a su condena definitiva. Palabras clave: Neolítico siciliano; Cultura de Serra d ́Alto; Radiocarbono; Foso-trinchera.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Aproximación al patrón alimentario de los inhumados en la cista de la Edad del Bronce de Ondarre (Aralar, Guipúzcoa) a través del análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo teresa Fernández-Crespo a, Jose Antonio Mujika b y Javier Ordoño b Se presentan los resultados del análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo de los individuos depositados en la cista guipuzcoana de la Edad del Bronce (II milenio cal. Los datos obtenidos sugieren una dieta mixta de origen terrestre basada en el consumo de plantas C 3 y sobre todo de animales domésticos. No existen indicios de que los recursos marinos, lacustre-fluviales o las plantas C 4 supusieran una contribución significativa a la subsistencia cotidiana, tal y como parece ocurrir en otros yacimientos coetáneos de la Península Ibérica y el archipiélago balear. La elevada ingesta proteica observada podría vincularse con el estatus de los inhumados y/o con la prevalencia de un modelo económico ganadero en que el consumo de productos animales tendría un gran peso. Los análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo gozan de una gran aceptación como vía de reconstrucción de la dieta de las comunidades pretéritas. En su mayoría se ciñen a la fachada atlántica, la Submeseta sur, el Levante peninsular y el archipiélago balear, sin existir análisis de este tipo para estas cronologías en el área pirenaica occidental, donde se localiza la cista de Ondarre. Estos estudios se fundamentan en que la composición de los tejidos humanos proviene de la ingesta alimentaria del individuo durante la última década de su vida (Ambrose y Norr 1993; Hedges et al. 2007). Durante el proceso de incorporación de los átomos de la dieta a los tejidos, conocido como fraccionamiento isotópico, la proporción entre el isótopo más pesado y el más ligero ( 13 C/ 12 C o 15 N/ 14 N) cambia, pero lo hace de una manera específica y conocida, lo que resulta esencial para poder identificar correctamente las principales fuentes de alimentación (Schoeller 1999). Los valores isotópicos resultantes de esta relación se representan mediante la notación delta (δ) en partes por mil (‰), la cual indica su desviación con respecto a un estándar (carbono fósil marino, Vienna Pee Dee Belemnite VPDB; y nitrógeno atmosférico, atmospheric N 2 AIR). En este contexto, los valores de los isótopos de carbono (δ 13 C) son conocidos por reflejar la proporción de alimentos de origen marino y terrestre consumidos, con resultados teóricamente cercanos al -20 ± 1‰ para dietas con un consumo proteico exclusivamente terrestre y en torno al -12 ± 1‰ en el caso marino (DeNiro y Epstein 1978; Richards et al. 2003). Asimismo, indican la presencia en la dieta de plantas con rutas fotosintéticas diferentes. Las plantas C 3 de regiones templadas y frías como el trigo exhiben valores en torno al -25‰ y las plantas C 4 de regiones tropicales, áridas o semiáridas como el mijo en torno al -12‰ (O'Leary 1988). Los valores de los isótopos de nitrógeno (δ 15 N), por su parte, representan la ratio entre productos de génesis animal y vegetal, esto es, su posición en la cadena trófica, mostrando un incremento del 3-5‰ por cada peldaño que asciende el individuo (Schoeninger et al. 1983; Minagawa y Wada 1984; Post 2002; Bocherens y Drucker 2003), si bien la distinción entre dietas cárnicas o principalmente vegetarianas parece menos sencilla de lo que originalmente se creía (Hedges y Reynard 2007; Warinner et al. 2013). Partiendo de estas premisas, el presente estudio pretende profundizar en la dieta y en los modos de subsistencia de los individuos inhumados en la cista de Ondarre a través del estudio de los isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo. La cista de Ondarre se sitúa en el sector centro-occidental de la Sierra de Aralar (Guipúzcoa), concretamente en la base del cono que desciende del entorno de Esnaurreta-Intzensaro, a una altitud de 760 m.s.n.m (Fig. 1). El emplazamiento presenta profundas incisiones de origen erosivo provocadas por las aguas que descendían por la ladera contigua y que iban a parar a la sima de Ondarreko Zuloa. Estas cárcavas delimitan interfluvios a modo de montículos o islotes más o menos amplios. En el borde de uno de ellos, y en el extremo más próximo a la sima, se construyó el monumento funerario. El paraje, hoy en día dominado por herbáceas, estuvo poblado durante los inicios de la Edad de Bronce por bosques caducifolios de avellanos, robles, encinas y alisos, con escasos arbustos (brezos y rosáceas espinosas) que en todo caso ocuparían espacios abiertos en los claros de los bosques junto con algunas praderas de gramíneas y pastizales de uso ganadero. Sin embargo, no se han documentado por el momento indicadores de la existencia de prácticas agrícolas ni aquí ni en el vecino yacimiento de habitación coetáneo de Esnaurreta (Pérez-Díaz com. pers.), ni en otras cavidades próximas como Iritegi (Moreno-Larrazabal et al. 2014). A este respecto, algunos autores consideran que la habitual localización de cistas y otras pequeñas estructuras megalíticas a una notable altitud durante la Edad de Bronce puede interpretarse como resultado de la explotación de estas tierras altas en movimientos estivales de más o menos largo recorrido (Mujika y Edeso 2012). Esta práctica se evidencia en diferentes épocas históricas (Agirre et al. 2003(Agirre et al. -2007;;Mujika et al. 2013) y pervive todavía hoy en la zona. La excavación, dirigida por uno de los firmantes (J. A. Mujika) en 2011, identificó una pequeña cámara de 150 cm de longitud por 90-110 cm de anchura y 50-60 cm de altura, conformada al menos por ocho losas de caliza y una de arenisca muy alteradas físico-químicamente. Estaban desplazadas de su posición original, observándose una clara basculación de las losas verticales y el desplome de la cubierta (Fig. 2). Los trabajos de campo recuperaron diversos huesos humanos junto con pequeños fragmentos cerámicos que corresponden a 7 recipientes sin decorar (dos cuencos, un vaso carenado y un recipiente de perfil en S), 1 posible colgante muy deteriorado sobre una gruesa lámina ósea fracturada con cinco pequeños puntos decorativos, 1 cristal de cuarzo bipiramidal y 18 objetos de sílex (quince restos de talla, un fragmento de punta de dorso sin ápice, procedente posiblemente de una fugaz ocupación anterior del lugar, una pieza astillada y un fragmento de raedera lateral de talón diedro). Bajo estos restos, se definió un área de combustión (90 cm de longitud y 40 cm de anchura) que se extendía por la mitad norte del recinto. Ésta ha sido interpretada como resultado de un pequeño fuego de carácter ritual relacionado con la construcción del monumento, y se ha fechado a partir El material óseo humano recuperado de la cista de Ondarre es escaso. Su estado de conservación es muy deficiente, resultado de diversos procesos postdeposicionales que han fragmentado y alterado de manera importante la estructura de los huesos. La colección se compone de 3 fragmentos de cráneo adulto, 1 fragmento de mandíbula adulto con un canino y dos premolares in situ, 2 primeras y 3 segundas vértebras cervicales (una subadulta), 15 fragmentos vertebrales indeterminados, 4 fragmentos de costillas indeterminados, parte de una escápula adulta, 5 fragmentos de húmero (dos subadultos), 7 fragmentos de cúbito (dos subadultos), 7 de radio (dos subadultos), 11 falanges de mano (tres subadultas), 6 metacarpianos (uno subadulto), 2 pisiformes (uno subadulto), 2 semilunares adultos, 4 fragmentos de coxal adultos, 1 fragmento de fémur adulto, 4 rótulas (una subadulta), 3 fragmentos de tibia (uno subadulto), 3 fragmentos de peroné (uno subadulto), 2 falanges de pie adultas, 9 metatarsianos (uno subadulto), 1 navicular adulto, parte de 2 calcáneos adultos y 2 astrágalos adultos, 30 pequeños fragmentos diafisarios de huesos largos indeterminados y 659 esquirlas óseas. Además se han contabilizado un total de 72 piezas dentales sueltas (Tab. Las piezas deciduas y los gérmenes dentarios de incisivos, caninos y molares en distinto estadio de formación, así como los múltiples vestigios esqueléticos inmaduros, son consistentes con la presencia de, al menos, dos sujetos subadultos (Stloukal y Hanáková 1978; Ubelaker 1989; Scheuer y Black 2000). Del mismo modo, el recuento de las piezas dentales permanentes y su distinto grado de atrición (Brothwell 1965), y la repetición de fragmentos del esqueleto apendicular (por ejemplo las rótulas) dan fe de la exis-tencia de, al menos, dos sujetos adultos (White y Folkens 2005: 339). El número mínimo de individuos o NMI se ha estimado en 4, caracterizados como un infantil de 18 ± 6 meses, un niño de 7 ± 2 años, un adulto joven de unos 20-30 años (visto el leve desgaste dental de algunos dientes permanentes y la ausencia de cambios degenerativos a nivel postcraneal) y un adulto probablemente maduro de unos 40-50 años (dada la importante atrición de ciertas piezas dentarias y las artropatías detectadas en diversos huesos). Como datos paleopatológicos, referimos únicamente la existencia de una pequeña caries cervical y otra oclusal en sendos premolares definitivos, y leves signos artrósicos en una falange, una rótula, varios metatarsianos, dos calcáneos y dos astrágalos adultos. También reseñamos varias bandas hipoplásicas en un canino superior derecho, generalmente asociadas a un episodio de estrés biológico durante la infancia (destete, enfermedad...). De cara al estudio isotópico de los inhumados en Ondarre se han seleccionado tres muestras óseas procedentes de rótulas, pertenecientes a un sujeto subadulto de unos siete años de edad (OND3) y dos adultos de sexo indeterminado, uno joven y otro maduro (OND4 y OND2, respectivamente). La selección de este hueso responde a su relativamente correcta representatividad con respecto al NMI (recordemos, estimado en cuatro), nada baladí dadas las graves penurias de conservación de la colección. Así, solo se ha excluido del muestreo un infantil de 18 ± 6 meses, cuyos valores isotópicos estarían por otra parte presumiblemente determinados por la señal de la lactancia materna. Ante la ausencia de fauna con que establecer los parámetros medios del ecosistema local y comparar las muestras humanas, se tomó una muestra de costilla de ovicáprido de Esnaurreta II, un yacimiento de habitación contemporáneo (datado en el primer tercio del II milenio cal. BC) y muy próximo a Ondarre (a tan solo 300 m lineales), a fin de disponer de material faunístico válido (Mays 2010). El peso de todas las muestras tomadas ha oscilado entre los 500 y los 800 mg. Tab. Relación de piezas dentales de los inhumados en la cista de la Edad del Bronce de Ondarre (Aralar, Guipúzcoa). Las mediciones de los valores de los isótopos estables de carbono y nitrógeno se han llevado a cabo en el Research Laboratory for Archaeology and the History of Art (RLAHA) de la Universidad de Oxford, donde se prepararon y analizaron todas las muestras. El protocolo de extracción del colágeno utilizado ha sido el método de Longin (1971), modificado y descrito por Richards y Hedges (1999). El proceso puede resumirse en diez pasos principales: 1) limpieza de las muestras mediante abrasión con polvo de óxido de aluminio, 2) triturado de las muestras, 3) desmineralización en 0,5M HCl a 4oC, 4) drenado de la solución ácida y enjuague en agua destilada, 5) gelatinización en pH3 aproximadamente a 75oC durante 48 horas, 6) filtrado de la solución con malla de 5-8 μm, 7) congelación a -40oC durante al menos 4 horas, 8) liofilización, 9) pesado e introducción del colágeno resultante en pequeñas cápsulas de aluminio, y 10) combustión y análisis de éstas en un espectrómetro de masas (en este caso, un SERCON 20-22 acoplado a un analizador elemental). Todas las muestras se analizaron por duplicado, la precisión analítica tanto para δ 13 C como para δ 15 N dentro de un intervalo inferior al ± 0,2‰ (1σ). También se han analizado estándares de valores isotópicos conocidos (alanina, foca marina, cafeína) con el objetivo de calibrar el funcionamiento de la máquina y comprobar la validez de los datos. Se ha podido extraer colágeno de las cuatro muestras tomadas. Éstas presentan buenos índices de preservación (%Col, %C, %N, C:N) salvo en el caso de OND3, cuyos porcentajes de carbono y nitrógeno y el rendimiento del colágeno son inferiores a los valores estipulados (Tab. No obstante, como ofrece un C:N aceptable y los valores isotópicos son congruentes con las otras muestras, se ha incluido en el análisis y discusión. La diferencia entre estos valores medios y los del ovicáprido de Esnaurreta II es de 1,1 y 5,4‰ para δ 13 C y δ 15 N, respectivamente. Las tres muestras humanas de Ondarre analizadas dan fe de valores de carbono y nitrógeno relativamente homogéneos pero que dejan lugar a cierta variabilidad. A este respecto, el niño no muestra diferencias reseñables con relación a los adultos, situándose sus valores muy cerca de los del adulto joven. El ligero empobrecimiento especialmente en el nitrógeno de este sujeto inmaduro podría atribuirse a procesos fisiológicos relacionados con el crecimiento, una dieta diferente o, más posiblemente, una combinación de ambos (Beaumont et al. 2013) Tab. Resultados de los análisis de isótopos de carbono y nitrógeno para las muestras de Ondarre y Esnaurreta II, con referencia a los índices de preservación del colágeno y a la caracterización arqueoantropológica de cada resto. Nótese que los índices de OND3 mostrados en cursiva muestran valores ligeramente por debajo de lo aceptable. obstante, desconocemos si este enriquecimiento podría relacionarse con su edad, sexo, estatus y/u otras variables como por ejemplo la cronología. La falta de una muestra robusta de fauna con que establecer los parámetros medios del ecosistema local limita sin duda la interpretación de la dieta de los humanos inhumados en la cista de Ondarre. Asumiendo el incremento del 3-5‰ en el δ 15 N típicamente aceptado por cada peldaño trófico (Schoeninger et al. 1983; Minagawa y Wada 1984; Post 2002; Bocherens y Drucker 2003), los resultados sugieren una dieta mixta basada en plantas C 3 y muy especialmente en productos animales eminentemente terrestres, marcada por un elevado consumo de proteínas. Esta importante ingesta proteica, comúnmente ligada al estatus en la literatura arqueológica (Lillie 1997; Danforth 1999), no casaría mal con el tradicional prestigio atribuido a los inhumados en cistas (García Sanjuán et al. 1999) y/o con un posible modelo de subsistencia basado principalmente en la ganadería (Mujika y Edeso 2012) con un consumo notable de carne y productos secundarios. Desafortunadamente, apenas se dispone de datos que refuercen una u otra hipótesis. La naturaleza de las estructuras funerarias y de los ajuares encontrados, siendo el elemento más frecuente la cerámica, no parece a priori muy indicativa de la posición social de los inhumados. A su vez el parco número de yacimientos de habitación de esta cronología identificados y excavados por el momento en el Pirineo occidental y el prácticamente nulo registro zooarqueológico disponible de asentamientos en zonas de montaña impiden precisar las características y peculiaridades del modelo económico. Los contados y pobres asentamientos conocidos cuentan con las especies clásicas (vaca, oveja/cabra y cerdo), sin detectarse composiciones ganaderas peculiares que permitieran sospechar la existencia de rebaños específicos (Edeso et al. 2010). Además hay que reconocer graves limitaciones a la hora de discernir el peso real de las plantas en la dieta, ya que los resultados isotópicos reflejan sobre todo la ingesta de proteínas que los vegetales poseen en poca cantidad, lo que enmascara su consumo (Ambrose y Norr 1993; Tieszen y Fagre 1993; Jim et al. 2006). Asimismo, los valores medios de cereales, leguminosas y otros vegetales que podrían haber formado parte de la dieta no han podido ser adecuadamente establecidos, por la práctica ausencia de macrorrestos analizables. Sin embargo, algunos estudios de antracología sugieren la interesante idea de que la recolección de frutos silvestres, especialmente bellotas y avellanas, pudo jugar un papel destacado en la subsistencia de las poblaciones de la región (Moreno-Larrazabal et al. 2014). Además, es bien sabido que las poblaciones montanas tradicionales asumían muy bajos rendimientos agrarios, fundamentalmente cerealísticos, como única alternativa posible a un transporte difícil y muy costoso desde áreas mejor dotadas para la explotación1. Otro factor a considerar es el desconocimiento del impacto que pudieron haber tenido ciertas prácticas económicas y culturales como el uso de abono, el consumo de productos no locales o el empleo de diferentes forrajes para alimentar a distintas especies animales. Sin ir más lejos, el uso de fertilizantes naturales produciría un enriquecimiento en los valores de 15 N del ganado (Fraser et al. 2013), mientras la inclusión de plantas C 4 en los forrajes tendría la misma consecuencia en el 13 C (Zavodny et al. 2014). Estos cambios se reflejarían evidentemente en los valores δ 15 N y δ 13 C de la cabaña ganadera pero también en cierto modo en la señal isotópica de las personas que se alimentasen de estos animales o de productos derivados de los mismos. Igual de complicado es valorar la contribución de los peces de río a esta dieta, ya que su composición isotópica suele ser muy variable (Fuller et al. 2012). Sin embargo, podemos afirmar que, en comparación con el único herbívoro disponible, la huella isotópica de los inhumados en Ondarre no muestra indicios de que las proteínas de agua dulce supusieran una contribución significativa a la subsistencia cotidiana, como tampoco parecen haberlo hecho los recursos de origen marino a tenor de los resultados obtenidos ( 13 C empobrecido). Esto no implica que nunca se comieran sino que su consumo, de darse, habría sido realmente eventual y, en cualquier caso, no pudo suponer más del 5-15% de las proteínas ingeridas, sin haber dejado una señal isotópica clara (Richards y Schulting 2006). Los estudios de isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo para poblaciones del II milenio cal. BC de la Península Ibérica y el archipiélago balear son relativamente escasos y corresponden en su amplia mayoría a enterramientos en cavidades. En general, como en Ondarre, los datos isotópicos del periodo apuntan a una alimentación mixta basada en esencia en plantas cultivadas y complementada con el consumo de animales domésticos y, quizá en menor medida, salvajes (Fig. 3). Sin embargo, entrando en detalle, también se observa una variabilidad geográfica en los valores de 13 C, muy posiblemente influenciada por las condiciones climáticas de cada región, con valores más empobrecidos en la fachada atlántica, sobre todo en la cornisa cantábrica, y más enriquecidos en el interior peninsular, mientras la región mediterránea presenta ratios intermedios. También existe cierta diversidad en el 15 N, pero en este caso sin un patrón claro, algo esperable ante la pluralidad de fuentes de variación isotópica que pueden explicar dicha heterogeneidad: nivel de aridez, aportes proteicos, prácticas económico-culturales (por ejemplo, el uso de abonos), estrés biológico. Éstos evidencian que, a pesar de la proximidad al mar del segundo, en su dieta no hay un aporte marino mensurable. En la región lusa, un niño hallado en la cavidad funeraria lisboeta de Bolores (-20,4‰ para δ 13 C y 7,5‰ para δ 15 N) (Lillios et al. 2010) muestra una dieta similar, con proteínas procedentes sobre todo de plantas C 3. En origen se atribuyó al consumo de recursos marinos, a pesar de su considerable distancia al mar (200 km), para después achacarse a la posible introducción de cereales C 4, en concreto mijo, en la dieta (López-Costas et al. 2015). En nuestra opinión, la aridez constatada en el registro paleoambiental (Sánchez 2014) debería ser igualmente un factor a valorar. En el litoral mediterráneo, los valores de los dos sujetos de la Edad del Bronce inhumados en la oquedad alicantina de Cova de la Pastora (x -19,5‰ ± 0,1‰ (1σ) para δ 13 C y x 7,9‰ ± 0,6‰ (1σ) para δ 15 N; n = 2) (McClure et al. 2011) y de sendos individuos exhumados del yacimiento valenciano de la Coveta del Frare (x -19,1‰ ± 0,1‰ (1σ) para δ 13 C y x 10,0‰ ± 0,2‰ (1σ) para δ 15 N; n = 2) (García Borja et al. 2013) son nuevamente consistentes con una dieta basada en productos terrestres C 3 en la que no se aprecia ingesta de proteínas de origen marino ni lacustre-fluvial. Finalmente, para las Islas Baleares los resultados dan fe de un patrón alimentario semejante. Así, el análisis conjunto de los valores obtenidos en individuos de esta cronología de los contextos funerarios de Alcaïdus, Biniai Nou, Cala Morell, Càrritx, Cova Gregoria B, Es Tudons, Rafal Rubí, Ses Arenes, Ses Aritges, Ses Roques Llises y Son Gallard (x -19,4‰ ± 0,5‰ (1σ) para δ 13 C y x 9,0‰ ± 0,8‰ (1σ) para δ 15 N; n = 34) (Van Strydonck et al. 2005) demuestra que, salvo contadas excepciones, ni siquiera en contextos insulares se observa un uso significativo de productos del mar, constituyendo un patrón alimentario semejante al identificado en otras regiones de Europa durante el mismo período (Montgomery y Jay 2013). Los resultados de isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo de la cista de Ondarre sugieren una dieta mixta de origen terrestre basada en el consumo de plantas C 3 y de animales domésticos, sin indicios de que los recursos marinos, lacustre-fluviales o las plantas C 4 supusieran una contribución significativa a la subsistencia cotidiana. La elevada ingesta proteica atestiguada podría vincularse con el estatus de los inhumados, siendo las cistas supuestamente concebidas para inhumar personajes de cierto prestigio social, o incluso con un modelo de subsistencia ganadero centrado sobre todo en el consumo de productos animales. Sin embargo, un mejor conocimiento de los lugares de habitación, de los parámetros medios del ecosistema local (flora y fauna arqueológicas) y más estudios isotópicos sobre sujetos depositados en otras cistas del entorno serían necesarios para contrastar estas hipótesis. Los resultados son además perfectamente coherentes con los obtenidos en otros yacimientos de la Edad del Bronce en la Península Ibérica y el archipiélago balear, y especialmente semejantes a los procedentes de la fachada atlántica. A los evaluadores de la revista, por las sugerencias y comentarios que han contribuido a mejorar el trabajo.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. La Menorca talayótica desde el punto de vista genético: la necrópolis de la Cova des Pas Durante el Bronce final, se produjeron una serie de cambios en las comunidades que habitaron Mallorca y Menorca a nivel sociológico, económico y de relación con otras islas y territorios. Afectaron también a la concepción espacial y territorial, así como al ámbito simbólico, religioso y funerario (Calvo y Guerrero 2011). El resultado fue el desarrollo de una nueva cultura de gran carga simbólica, caracterizada por una arquitectura monumental. En ella destacan las grandes construcciones en forma de torre, llamadas de forma genérica "talayots", que dan nombre a esa cultura (Guerrero et al. 2006a, b). La función principal de los talayots era el dominio del territorio, además de servir como cohesionador social. Estos cambios se inician en el Mediterráneo occidental en la denominada Edad de Hierro (Guerrero et al. 2002), pese a que la cronología y el origen de dicha cultura continúan debatiéndose. Así R. Grosjean (1955) postuló hipótesis ultradifusionis-tas para explicar el origen de la cultura torreana en Córcega. G. Rosselló (1979) las adaptó y propuso como iniciadores de la cultura talayótica a las gentes llamadas Pueblos del Mar (Sandars 1978) o algún otro pueblo desplazado por ellos. Estas "oleadas" de conquistadores o emigrantes habrían sido rechazadas de algunas zonas del Mediterráneo Oriental a finales del II milenio. En su expansión hacia Occidente ocuparían sucesivamente las islas que fueron encontrando a su paso: Córcega, Cerdeña, Menorca y Mallorca. Sin embargo, algunos autores defienden la posibilidad de una evolución más autóctona (Salvà 1999) y retrotraen el origen de la cultura talayótica al siglo XVII a. C. (muy a finales) o, en todo caso, al siglo XVI a. Esta fecha es anterior a los primeros Pueblos del Mar documentados hacia el siglo XIV a. C., aunque hasta finales del siglo XIII a. C. y principios del XII a. Otros estudiosos, que también defienden causas últimas endógenas de los orígenes, gestadas algún tiempo antes en el seno de las comunidades isleñas del periodo del Bronce Naviforme (Guerrero et al. 2002), ponen en duda la idoneidad de las muestras que se han usado tradicionalmente como referencia para la datación del inicio de la cultura talayótica (por ejemplo, en Rosselló y Waldren 1973; Rosselló 1979; Fernández-Miranda y Waldren 1979). Según estudios posteriores (Rosselló 1987; Mestres y Nicolás 1999) las dataciones ligadas de forma incontrovertible a la construcción de elementos turriformes menorquines no superan el año 1000 a. En los últimos tiempos parece estar llegándose a un consenso general que sitúa su origen en el tránsito del II al I milenio, entre el 1100 y el 850 a. C. (Calvo y Guerrero 2011) pero el debate de la cronología sigue abierto. C. siguieron utilizando las antiguas necrópolis originarias del Bronce Final: cuevas naturales con muro de cierre ciclópeo en las estribaciones de los barrancos o navetas funerarias en las zonas más llanas. Igualmente hay noveda-des como el enterramiento en cal o las necrópolis de hipogeos de planta sencilla en Menorca. Esta gran diversidad de estrategias funerarias corrobora la enorme complejidad de las primeras fases (900-800 a. C.) de la cultura talayótica (Calvo y Guerrero 2011). En este horizonte cronológico se conocen en Menorca complejos funerarios como los monumentos circulares de Son Olivaret (Plantalamor et al. 2008), navetas como la de Rafal Rubí 2 en las zonas centrales de la isla, o las cuevas excavadas en los acantilados de calas y barrancos como la de Calascoves (Alaior). Las cuevas más antiguas tienen planta circular u ovalada, son de pequeñas dimensiones y están en sitios elevados de difícil acceso como la Cova des Càrritx (Lull et al. 1999a), la Cova del Mussol (Lull et al. 1999b) o la Cova des Morts de Mongofre Nou (Bergadà y Nicolàs 2005). En este contexto, se sitúa la Cova des Pas, uno de los yacimientos funerarios más importantes de Menorca. DESCRIPCIÓn DE LOS REStOS EnCOntRADOS La Cova des Pas es una cueva kárstica situada al sur de la isla de Menorca, en la finca de Son Mercer de Baix, en el término municipal de Ferreries (Fig. 1A, B). Se abre en la pared de un acantilado en la zona sureste del barranco de Trebalúger (39°57 '50'' E, 80 m s. n. m.), a unos 15 m por encima del suelo del cañón. Fue descubierta en la primavera de 2005 por unos espeleólogos de la zona, que inmediatamente notificaron el descubrimiento al Departamento de Cultura del Consell Insular de Menorca. En septiembre del mismo año empezaba la excavación arqueológica con la formación de un equipo interdisciplinar de la Universitat de les Illes Balears (UIB), Universitat de Barcelona (UB) y Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Integraba historiadores, arqueólogos, antropólogos, restauradores, médicos y diferentes especialistas que trabajaron en el yacimiento durante los cinco meses que duró la intervención (Fullola et al. 2007). 2 Fadrique, T. y Malgosa, A. Estudi de les restes humanes procedents de la naveta septentrional de Rafal Rubí (Alaior, Menorca)". Revista de Menorca (en prensa). La cueva tiene una forma irregular. En algunos puntos de la entrada se observan retoques antrópicos que indican su probable modificación (Fullola et al. 2008). Una parte de la visera original que cerraría parcialmente la cueva debió desprenderse, debilitada por la erosión, en un momento indeterminado pero posterior al uso sepulcral. El yacimiento de la Cova des Pas resultaba adecuado para incluirse, junto a otros de la Edad de Hierro en las Baleares (Fig. 1C), en un estudio que incorporase el análisis genético a la descripción de sus características, debido a su importante volumen de restos esqueléticos que ocupaban la totalidad de su superficie (Fig. 2). Dichos restos mantenían una disposición anatómica articulada pero en una posición de flexión muy forzada con una importante superposición e imbricación. Corresponden a un número mínimo de 66 individuos: infantiles, juveniles y adultos, sin perinatales, ni seniles (Armentano et al. 2010). Su utilización como necrópolis abarca unos 100 años de las últimas etapas de la Prehistoria de la isla de Menorca (900-800 cal a. En estrecha vinculación con los huesos se recuperó una relevante variedad de materiales de origen biológico, con una preservación excepcional para un yacimiento arqueológico de esta cronología: restos de maderas, pieles de animales, cuerdas y otras fibras vegetales, así como elementos de origen humano de naturaleza no ósea como cabellos, piel, fibras musculares y órganos internos. El ambiente, las características geomorfológicas de la cavidad y el propio ritual funerario podrían haber contribuido a su preservación. Los factores físico-químicos, geológicos y ambientales sugieren un predominio del ambiente seco estable en la cueva donde se encontraron minerales altamente solubles como el nitrato de sodio y el yeso. La estructura microcristalina del yeso indica un origen diagenético, considerado resultado de la oxidación del azufre orgánico de los cuerpos enterrados (Bergadà et al. 2015). Estos minerales absorberían la baja humedad presente en los sedimentos e inducirían la conservación natural de los cuerpos mediante la inhibición parcial de la actividad bacteriana (Cabanes y Albert 2011). El ritual funerario, por su parte, implicaba el enterramiento de los individuos en posición flexionada muy forzada, envueltos con pieles y atados con cuerdas formando fardos funerarios (Armentano et al. 2012). Así fueron transportados en literas hasta la cueva, donde se han encontrado restos de diversas parihuelas. Bajo algunos cuerpos se hallaron depósitos de pequeñas ramas y hojas en forma de lecho mortuorio3, lo que confirma la complejidad de la práctica sepulcral, y el estudio histológico y químico de los tejidos humanos conservados muestra que el mecanismo de preservación fue, en un primer momento, la formación de adipocera (Prats-Muñoz et al. 2013) favorecida por la acumulación de cuerpos. En conjunto, las evidencias indican que el tipo de ritual funerario y las condiciones ambientales favorecieron esta conservación. Este estudio pretende una amplia caracterización de la población inhumada en La Cova des Pas. Busca concretar la composición de la población confirmando el sexo de los individuos subadultos mediante el análisis genético, interpretar las relaciones intra e interpoblacionales mediante la determinación de los haplogrupos mitocondriales y conocer el origen de la población comparando los resultados obtenidos con poblaciones actuales y antiguas de las Islas Baleares. Se estudiaron muestras procedentes de 50 individuos enterrados en la Cova des Pas. Las muestras fueron extraídas in situ en cuanto la pieza quedaba expuesta, usando material de protección de un solo uso (mascarilla y guantes). Cuando fue posible, se escogieron piezas dentales sin ningún tipo de fractura que pudiesen ser asignadas sin duda a un individuo determinado. Cuando no lo fue, se tomó una pieza del esqueleto postcraneal. Debido a la diferente estructura de huesos y dientes, el protocolo de descontaminación fue ligeramente distinto en ambos casos. Los dientes se sumergieron en lejía al 5% durante 5 min en un tubo Falcon previamente esterilizado con luz ultravioleta (UV en adelante) durante 30 min. Dicho tubo se agitó de forma intermitente con la intención de eliminar los restos de suciedad y minimizar el ADN contaminante. Posteriormente, cada una de sus caras fue expuesta durante 15 min a luz UV y se llevó a cabo la extracción en series de 4 o 5 muestras y un blanco de control. Cada pieza fue cortada por su límite amelocementario usando material odontológico, y se extrajeron 0,5 g de polvo procedente de la dentina de la cavidad pulpar usando un micromotor de alta velocidad al que se le acopló una fresa de diamante (Solórzano 2006; Díaz 2009). La estructura porosa de los huesos evitó el uso de lejía y la exposición a luz UV que podrían afectar la integridad del material genético y disminuir la eficiencia de los resultados. Cada hueso fue cortado con una fresa serrada en la parte medial de la diáfisis, se eliminó la capa de hueso esponjoso con una fresa en punta, y se extrajo aproximadamente 1 g de polvo de tejido compacto interno del canal medular. La cantidad de polvo extraída fue mayor en huesos ya que la eficiencia en la extracción es menor en las piezas óseas (Schultes et al. 2000; Díaz 2009). Se utilizaron dos métodos de extracción del ADN a fin de maximizar el éxito en la recuperación del material genético. Uno de los métodos está basado en la metodología clásica del fenolcloroformo, mientras que el otro utilizó un kit comercial de Qiagen específico para muestras degradadas. El método de extracción del fenolcloroformo modificado (Malgosa et al. 2005) consistió en la incubación del polvo de dentina o hueso durante toda la noche en 5 ml de buffer de extracción (TrisHCl 1M [pH 8,(0)(1)(2)(3)(4)(5)(6)(7)(8)5], SDS10%, EDTA 0,5M y agua estéril desionizada) y 50 ul de proteinasa K a 0,01 g/ml. Después de la incubación, el ADN fue extraído con el método del fenol-cloroformo y la fase acuosa fue concentrada usando las columnas de filtración Centricon-30 (Millipore) eluyendo un volumen final de 30 ul. No obstante, el porcentaje de éxito obtenido fue escaso. Por ello, se ensayó con un kit comercial especialmente preparado para muestras forenses: el QIAamp DNA Investigator (Qiagen), con el cual los resultados mejoraron notablemente (Simón et al. 2012). Siguiendo esta nueva metodología, las muestras se incubaron con EDTA 0,5M en agitación constante durante toda la noche a 37oC. Al día siguiente, se prosiguió con la extracción tal y como especifica el protocolo del kit. Cuando no se obtuvieron resultados tras 3 reacciones de amplificación, se realizó un paso extra de purificación para tratar de eliminar el remanente de inhibidores que pudieran quedar. Las muestras que seguían proporcionando resultados negativos se descartaron. Globalmente, este segundo protocolo proporcionó un mayor porcentaje de éxito que el del fenol-cloroformo (Simón et al. 2012). Debido a que suele haber varios centenares de copias de ADN mitocondrial (ADNmt en adelante) por cada copia de ADN nuclear (Poinar et al. 2006; Kuch et al. 2007), y a que parece conservarse mejor en los procesos de diagénesis (Schwarz et al. 2009), se ha usado esta molécula en este trabajo como principal fuente de información. Entre sus ventajas se incluyen una herencia exclusivamente materna sin recombinación y una alta tasa de mutación, por lo que se puede seguir su huella en períodos de tiempo relativamente cortos (Ramakrishnan y Hadly 2009). Para su análisis se tuvo en cuenta tanto la secuencia de la primera región hipervariable I del D-loop (RHVI en adelante) a fin de determinar el haplotipo como los polimorfismos de restricción (RFLPs en adelante) de su zona codificante para determinar el haplogrupo, al igual que se había realizado con el resto de poblaciones antiguas usadas en este estudio (Díaz 2009; Simón y Malgosa 2014). En los casos en los que no se obtuvo amplificación, se analizaron 2 fragmentos más pequeños solapantes, de 129 y 150 pb, que abarcan esta región (Tab. Para amplificar las fragmentos de la región codificante que contienen las posiciones que definen los haplogrupos y llevar a cabo la restricción (Torroni et al. 1996; Richards et al. 2000), se usaron pares de primers para amplificar fragmentos de aproximadamente 120 pb (Tab. Las reacciones de PCR se llevaron a cabo en un volumen final de 50 ul usando la ADN polimerasa AmpliTaq Gold® (Applied Biosystems). La amplificación consistió en un primer paso de desnaturalización de 10 min a 94oC, seguido de 39 ciclos de amplificación (50 s a 94oC, 1 min a la temperatura adecuada de annealing dependiendo de la región a amplificar y una fase de elongación de 1 min a 72oC) y un paso final de elongación de 5 min a 72oC, o de 10 min cuando la región amplificada iba a ser clonada. La purificación de las secuencias amplificadas se realizó mediante el JetQuick PCR Purification kit (Genomed). Los productos amplificados fueron visualizados con bromuro de etidio en un gel de agarosa al 3%. Las reacciones de secuenciación se llevaron a cabo utilizando el kit BigDye Terminator v.3.1 (Applied Biosystems), siguiendo las instrucciones del fabricante, y se analizaron en un secuenciador ABI 3130XL (Applied Biosystems). El proceso de clonación se llevó a cabo usando el TOPO TA Cloning Kit (Invitrogen). Cuando fue posible, las muestras se asignaron a haplogrupos usando la información combinada de la RHVI y los polimorfismos de la región codificante, siguiendo la clasificación filogenética actualizada que iniciaron van Oven y Kayser (2009). Para la determinación del sexo se analizó el polimorfismo de longitud en el primer intrón del gen que codifica para la amelogenina (Nakahori et al. 1991). El tamaño del gen en ambos cromosomas sexuales difiere a causa de la deleción de 6 pb en el cromosoma X. La diferencia en la longitud del fragmento se detectó en un gel de Nusieve al 3% a 120V durante 30 min. Existía la posibilidad de que, en algunos casos, sólo amplificase la banda de amelogenina de un tamaño de 106 pb correspondiente al cromosoma X, pudiendo ser un falso positivo para el sexo femenino. Por ello, a modo de control, se realizó una amplificación para cada individuo para un fragmento de 93 pb del gen SRY del cromosoma Y (Santos et al. 1998) (Tab. Dicho fragmento amplifica exclusivamente en los individuos masculinos. El tratamiento estadístico de los datos en lo concerniente a haplogrupos y haplotipos se hizo mediante el programa Arlequin v3.1 (Excoffier et al. 2005). Además de comprobar la presencia o ausencia de diferencias significativas entre las poblaciones en estudio, se efectuó un escalamiento multidimensional para el análisis de secuencias 1 En este caso el resultado se obtuvo secuenciando la zona amplificada y observando la presencia o ausencia de la diana de restricción. Muestras procedentes de 50 individuos enterrados en la Cova des Pas: A. Primers usados para secuenciar la primera región hipervariable del DNAmt (RHVI); B. Primers de la región codificante y sitios de restricción. pb pares de bases de la primera región hipervariable I del D-loop. usando un fragmento de 156 pb de la RHVI, que abarcaba las posiciones 16210 a 16365, a partir de los valores transformados de FST en la matriz de Slatkin (1995). Finalmente, para el análisis de correspondencias de haplogrupos se manejó el paquete estadístico SPSS (v.15.0). necrópolis baleares utilizadas en la comparación y análisis estadísticos La población inhumada en la Cova des Pas se contextualizó geográfica e históricamente. Para ello, se compararon los resultados obtenidos con los de otras poblaciones antiguas (Fig. 1C) y actuales de las Islas Baleares (Tab. Las primeras contaban con el mismo tipo de análisis en lo referente a la secuenciación de un fragmento de la RHVI (posiciones 16210 a 16400 para determinar el haplotipo y hasta la 16365 para análisis estadísticos) y a la determinación de su haplogrupo mediante el análisis con RFLPs (Díaz 2009; Simón y Malgosa 2014). Por ello, los análisis estadísticos que se presentan tienen en cuenta la región de dichas secuencias usada para las poblaciones antiguas, mientras que el haplogrupo más probable de los individuos no H se asignó mediante el programa HaploGrep (van Oven y Kayser 2009; Kloss-Brandstäter et al. 2010). Además, se incluyen la tabla 4 con los haplogrupos, haplotipos y el sexo de los investigadores que tuvieron contacto con las muestras analizadas aquí. La necrópolis de Son Olivaret (SOVHI), la otra serie talayótica utilizada, abarca un marco temporal más amplio que la Cova des Pas (CPHI). Primers de amelogenina y del gen SRY del cromosoma Y utilizados para la determinación de sexo en las muestras procedentes de 50 individuos enterrados en la Cova des Pas. Los restos humanos estaban en mal estado en parte por la naturaleza ácida del suelo y en parte por el colapso de la estructura arquitectónica (Plantalamor et al. 2008). Las series mallorquinas corresponden a las necrópolis de Son Real (SRHI), S'Illot des Porros (SPHI) y Can Reiners (CREM), todas en la bahía de Alcudia (Fig. 2). La primera está en el centro en una prominencia conocida como el "cementerio de los fenicios" (Hernández-Gasch et al. 1998). Abarca una parte del periodo talayótico tardío (siglos VI al II a.C.) pero continuó en uso (Guerrero et al. 2006a, b), por lo que también es algo más reciente que la Cova des Pas. Posiblemente en sus inicios fuera un cementerio reservado a las clases dominantes a juzgar por los monumentos encontrados, derivando poco a poco hacia un uso más generalizado. A pesar de que predomina el tipo morfológico grácil mediterráneo, también aparecen tipos craneales del Mediterráneo oriental. El cementerio de S'Illot des Porros (SPHI) es contemporáneo al de Son Real (siglos VI a II a.C.). Se sitúa en un islote plano de forma elipsoidal a 70 m de la costa frente a la mencionada necrópolis de Son Real (Tarradell 1964; Hernández-Gasch et al. 1998). Es destacable que los datos morfológicos muestran un elevado parecido con poblaciones del norte de África o noreste de la Península Ibérica, así como con poblaciones del Mediterráneo oriental (Malgosa 1985). A pesar de ello, los individuos de las necrópolis SRHI y SPHI se relacionan de modo muy estrecho con poblaciones catalanas por sus rasgos craneométricos y dentales (Jordana y Malgosa 2004; García-Sívoli 2009). Finalmente, la necrópolis de Can Reiners (CREM) es de época tardorromana. Se sitúa sobre el foro de la ciudad romana de Pollentia, una vez abandonado en el siglo III AD (Orfila et al. 1999; Orfila 2000), en una elevación a 14 m por encima del nivel del mar, en el istmo que separa las bahías de Pollença y Alcúdia. Es uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Mallorca (Cau y Chávez 2003) con más de un centenar de individuos (Ortega et al. 2002). Uno de los problemas principales del trabajo con ADN antiguo (en adelante ADNa) viene dado por la posible contaminación con material genético exógeno. Al estar el material genético tan degradado, cualquier exposición a fuentes mejor conservadas, principalmente ADN actual, incrementan la posibilidad de que éstas últimas sean las observadas en los resultados en lugar del ADN perteneciente a los propios restos arqueológicos. La fuente más probable de contaminación de las muestras es su manipulación por los investigadores bien sean los arqueólogos que las encuentran, bien quienes las tratan en el laboratorio para el estudio de su material genético (Herrmann y Hummel 1994). En concordancia con procedimientos sugeridos anteriormente en trabajos con ADNa (Cooper et al. 2001; Pääbo et al. 2004; Montiel et al. 2007) las extracciones se llevaron a cabo en un laboratorio aislado, exclusivo para los procesos prePCR. El laboratorio está equipado con presión positiva y un sistema de exposición de luz UV. Además, se utilizó material de un solo uso (guantes estériles, mascarillas, reactivos, pipetas con filtro, etc.), y se lavó con frecuencia con etanol y lejía las superficies de trabajo y del equipo. Finalmente, los investigadores, cuyo perfil genético es conocido, trabajaron siempre primero en el área de prePCR y después en el área de postPCR. Esta medida ha demostrado ser tan efectiva como el uso de las cámaras de presión positiva para evitar contaminaciones (Willerslev y Cooper 2005). 4, investigadores 1 y 2) replicaron totalmente dos de las muestras obtenidas en extracciones independientes. Otras siete pudieron replicarse de forma parcial obteniendo un frag- mento de la secuencia y la determinación del haplogrupo mediante RFLPs. Los resultados fueron idénticos en todos los casos. También se clonó la secuencia obtenida en tres de los individuos para verificar que la secuencia directa era el resultado consenso de esa región para dicho individuo, y no el de una molécula afectada por el daño post mortem o el de una molécula exógena no perteneciente al individuo. Con estas herramientas, y todas las amplificaciones posteriores incluyendo los blancos de extracción y de amplificación, se confirmó la procedencia de las secuencias con una consideración crítica de toda la información disponible. Finalmente, se aplicaron la flexibilidad y el uso inteligente de los criterios de autentificación para una aproximación integrada a las poblaciones humanas (Montiel et al. 2007). Se tuvieron en cuenta las medidas anteriormente mencionadas (normas de esterilización y de separación de laboratorios, uso de blancos de extracción y amplificación, duplicación de muestras, clones, caracterización genética de los investigadores), así como la variabilidad cada set de extracción, la variabilidad dentro de la muestra global, el sentido filogenético de los resultados y la coincidencia de marcadores relacionados. Se obtuvieron resultados genéticos en 20 de los 50 individuos analizados, 10 en lo concerniente a la determinación del sexo genético y 20 para ADNmt. De los 10 individuos con sexo determinados con éxito, 6 habían sido diagnosticados ya a nivel morfológico, existiendo una correspondencia clara entre ambos diagnósticos (Tab. Los 4 restantes corresponden a individuos con exigua preservación o de corta edad y escaso dimorfismo sexual, por lo que al no efectuarse el diagnóstico morfológico del sexo, la determinación genética no pudo ser contrastada. Se confirmó así la presencia de 2 individuos masculinos y 1 femenino adultos, así como 4 subadultos masculinos y 3 femeninos. En relación al ADNmt, se obtuvieron secuencias de la RHVI en un 38% de las muestras (19 individuos secuenciados a partir de 50 muestras). Se recuperó un fragmento de 231 pb de 17 individuos, mientras que de los individuos y sólo fue posible recuperar fragmentos de 150 pb y 129 pb respectivamente. A nivel de haplogrupos, la eficiencia fue de un 40%, obteniéndose información genética en 20 de los 50 individuos analizados. A los resultados de las secuencias debemos añadir el del individuo, del cual no se pudo recuperar ningún fragmento de la secuencia RHVI, pero al que se pudo analizar por RFLPs. De los 11 individuos H de los que se pudo determinar la secuencia, 9 pertenecían al haplotipo rCRS para el fragmento amplificado (Andrews et al. 1999), mientras que uno presentaba una transición en la posición 16362, y el otro añadía a ésta una transición en la posición 16390. Finalmente, en un individuo del cual sólo se pudo obtener una secuencia parcial de 129 pb la transición estaba en la posición 16399. La secuencia perteneciente al haplogrupo U5 no es compartida con ningún individuo de las poblaciones actuales ni antiguas de las Baleares; es una secuencia única. Por su parte, los 2 individuos K pertenecían a su haplotipo basal (16224T, 16311C), mientras que el individuo determinado con el haplogrupo W presentaba 2 transiciones, habiendo sufrido una retromutación en una de sus 2 posiciones definitorias, la 16292, que ha sido definida sin embargo como un hotspot mutacional (Santos et al. 2010). Estos resultados se replicaron en extracciones independientes a fin de autentificarlos: a) se duplicaron totalmente los análisis de los individuos 57 y 62 tanto por secuencia como por restricción, mostrando ambos la secuencia rCRS para el fragmento estudiado. Las duplicaciones fueron llevadas a cabo por 2 investigadores, uno de los cuales presenta una transición en la posición 16340C en zona amplificada, que no fue observada en las muestras, con lo que se descarta al primer investigador como origen de una posible contaminación con el haplotipo encontrado con mayor frecuencia; b) se obtuvo por duplicado el fragmento de 150 pb (posiciones 16190 a 16339) en los individuos 2, 4, 11 y 41; c) se duplicó el fragmento de 129 pb (posiciones 16292 a 16420) en el individuo 30, y d) se determinaron por restricción enzimática, también por duplicado, los haplogrupos de los individuos 4, 25, 26, 41 y 47. Además se clonaron tres muestras, obteniendo entre cinco y ocho clones de los individuos 17, 37 y 62 (Tab. En todos los casos se confirmaron los resultados obtenidos previamente. El análisis de diversidad de Nei considerando los haplogrupos presentes mostró un grado de diversidad genética muy bajo (0,5947) en la po-blación inhumada en la Cova des Pas: sólo están representados 4 haplogrupos. Esto la sitúa en el nivel más bajo de diversidad de las poblaciones analizadas. En este contexto, el haplogrupo más frecuente es el haplogrupo H (60%) con el porcentaje más alto entre las poblaciones baleares actuales y antiguas, mientras que el haplogrupo U (25%) está en el rango normal de las poblaciones comparadas. El tercer haplogrupo en frecuencia, el haplogrupo K, muestra un elevado porcentaje (10%, 2 individuos), aunque menor que en las poblaciones actuales de Mallorca y Menorca. Por su parte, el único individuo del haplogrupo W (5%) representa un porcentaje muy similar al hallado en la población menorquina actual (4,87%). Dicho haplogrupo no se ha identificado en las comunidades modernas de la isla de Mallorca (Picornell et al. 2005; Falchi et al. 2006) pero sí en las 3 necrópolis mallorquinas antiguas estudiadas (Díaz 2009). El análisis de correspondencias (Fig. 4) sitúa La Cova des Pas junto a dos de las necrópolis mallorquinas, la población talayótica de S'Illot des Porros y la tardorromana de Can Reiners, debido al alto porcentaje de los dos haplogrupos H y U en las tres series (las frecuencias de H y U tomadas en conjunto no son inferiores al 85%). También, las mayores frecuencias del haplogrupo W en las necrópolis antiguas de La Cova des Pas (5%) y la tardorromana de Can Reiners (7,14%) contribuye a su proximidad genética. La Cova des Pas comparte además con Son Olivaret, la otra serie talayótica de Menorca, una elevada frecuencia de los haplogrupos H y U (72,71%), pero Son Olivaret está fuertemente influenciada por la presencia de los haplogrupos J, T y R0 (9,09% cada uno) ausentes en la serie de estudio. De las series antiguas, la población talayótica mallorquina de Son Real es la más alejada debido a su bajo porcentaje en los haplogrupos H y U (51,34%) y a la mayor importancia de haplogrupos poco frecuentes o directamente ausentes en el resto de necrópolis, como puedan ser J (21,62%) o X (8%). La Cova des Pas tampoco muestra una dotación particularmente similar respecto a las poblaciones modernas. En las dos islas mayores, Menorca y Mallorca, actualmente la frecuencia es sensiblemente menor de H (26,08% y 41,07% Tab. Clones obtenidos de 3 individuos de la Cova des Pas. La revised Cambridge Reference Sequence (rCRS) muestra los nucleótidos situados en las posiciones señaladas en la secuencia de referencia. respectivamente), a la vez que tienen otros haplogrupos como J (17,39% vs 8,92%) que no forman parte de la dotación de la Cova des Pas. Por otra parte, la población de Ibiza también se aleja de Cova des Pas por la alta incidencia de los haplogrupos V (12%) y T (26%) y el hecho de ser la única población balear moderna con un haplogrupo de origen africano (L, 6%). Ello tiene un gran peso específico en la ubicación lejana de Ibiza tanto respecto a sus contemporáneas como a las series antiguas. El escalamiento multidimensional de los haplotipos (Fig. 5) muestra la Cova des Pas en el mismo cuadrante que las poblaciones antiguas de Mallorca (SRHI, CREM; no se analizó la necrópolis de S'Illot des Porros por no haberse recuperado secuencias de un tamaño suficiente) y las actuales de Mallorca y Menorca. Estas tienen los haplotipos y frecuencias más habituales en las poblaciones actuales plenamente europeas. En las poblaciones más alejadas se percibe una mayor influencia de poblaciones exteriores, como la africana en Ibiza (Picornell et al. 2005) o del Próximo Oriente en Son Olivaret (Simón y Malgosa 2014). Una mención especial merece la población de Son Real (Díaz 2009) que, a pesar de tener una composición bastante distinta de la Cova des Pas, no queda demasiado apartada de ella en el escalamiento multidimensional. Son Real cuenta con haplotipos de origen no muy bien definido pero atípicos, no encontrados en la actualidad en el continente europeo, y una elevada frecuencia de haplogrupos J y X. Sin embargo, muestra una elevada diversidad haplotípica y en su pool genético aparece la gran mayoría de los polimorfismos existentes en las poblaciones europeas, compensando así parcialmente su especificidad. Por último, las distancias genéticas haplotípicas (Tab. 8) con respecto a la Cova des Pas sitúan la población prehistórica menorquina de Son Olivaret, la mallorquina medieval de Can Reiners y las actuales de Menorca y Mallorca con valores negativos. Existen en promedio mayores diferencias entre los individuos de la Cova des Pas que entre los individuos de dicho yacimiento y dichas poblaciones. Los resultados del análisis molecular de 50 individuos del yacimiento talayótico de la Cova des Pas han proporcionado información genética de 20 individuos. Es una eficiencia moderada en la recuperación del ADN con grados de éxito dependientes del protocolo de extracción utilizado (Simón et al. 2012). Estos resultados concuerdan con el bajo grado de conservación bioquímica y molecular de los restos esqueléticos demostrado en los análisis de C 14 e isótopos estables (Van Strydonck et al. 2010), que contrasta con la excelente conservación de los tejidos blandos (Prats-Muñoz et al. 2013). La conservación pasó por cierto grado de sapofinicación, posiblemente responsable de la conservación estructural y la escasa preservación molecular. A pesar de este sesgo en la preservación, los datos obtenidos son claros y coincidentes entre sí. El hecho de que el análisis del ADN mitocondrial, enfocado hacia dos zonas distintas de la molécula, haya dado en todo momento resultados coinciden- tes, que haya sucedido lo propio con el análisis de la amelogenina para la determinación sexual en relación al análisis morfológico, la coincidencia en la replicación parcial o total del ADN mitocondrial en extracciones independientes, así como la clonación de tres de los individuos, dan veracidad a la afirmación de que los resultados son robustos y que el ADN obtenido es de origen endógeno. Finalmente, el hecho de que el haplotipo mayoritariamente encontrado (rCRS) se haya obtenido al duplicar 2 individuos en extracciones independientes llevadas a cabo por 2 investigadores con haplotipos distintos (Tab. 4), así como la correspondencia de dicho haplotipo con individuos pertenecientes a 2 haplogrupos distintos (H y U) y de ambos sexos (Tabs. 5 y 6) garantizan la ausencia de una contaminación generalizada por parte de uno de los investigadores (rCRS, haplogrupo H, masculino). Los resultados de la determinación sexual también avalan el estudio morfológico. La nueva determinación altera ligeramente el porcentaje de sexos, pero continúa habiendo un elevado porcentaje de individuos no diagnosticados a ese nivel. En todo caso, en la necrópolis se constata la presencia de individuos de ambos sexos y distintas edades, confirmando un trato igualitario al menos en el acceso al ritual mortuorio. De todas formas, el ritual funerario es habitualmente un reflejo de la situación y posición social, por lo que se deduce que en esta población talayótica todos los grupos de edad y ambos sexos tenían una consideración similar, siendo considerados integrantes del grupo desde corta edad. En relación al ADN mitocondrial, los haplogrupos más representados en la necrópolis de la Cova des Pas fueron precisamente los más frecuentes en la mayoría de poblaciones europeas desde el Calcolítico, H y U (Ricaut et al. 2012), como era de esperar. El hecho de que sólo se hayan encontrado 4 haplogrupos (H, U, K y W) refleja una baja diversidad genética (0,5947) y apunta a una alta endogamia, aunque también podría estar influenciada por la baja medida muestral. La composición de haplogrupos en la Cova des Pas no se diferencia significativamente de cualquier otra población balear antigua salvo Son Real, que tiene una baja frecuencia del haplogrupo H y alta de J y X en comparación al resto (Díaz 2009). Lo mismo sucede con la composición de haplotipos, en la que esta necrópolis mallorquina presentó hasta 5 únicos. A su vez, en la Cova des Pas, la diversidad en la composición haplotípica es baja (0,5) y muy inferior a la de las otras poblaciones baleares antiguas (0,909 en la población talayótica mallorquina de Son Real, 0,714 en la menorquina de Son Olivaret y 0,933 en la población tardorromana mallorquina de Can Reiners). Combinando este dato con el elevado porcentaje de haplotipos basales encontrados (rCRS en los haplogrupos H y U y 224T, 311C en el haplogrupo K), se reafirma la percepción de una cierta identidad grupal con un alto nivel de endogamia. Esta identidad está en consonancia con los patrones funerarios comunes que también se han observado en este enterramiento colectivo sucesivo (Armentano et al. 2010). En total, se encontraron 4 haplotipos diferentes entre las secuencias con la longitud suficiente para ser incluidas en el análisis estadístico. El haplotipo rCRS está ampliamente representado en las Baleares, tanto en las poblaciones antiguas como en las modernas. En cambio, los haplotipos correspondientes a los dos individuos H que presentaron mutaciones ( y ) no se corresponden con ningún haplotipo reportado en las poblaciones baleares antiguas (Díaz 2009; Simón y Malgosa 2014) pero sí con un individuo actual de Mallorca y otro de Menorca, y con uno de Mallorca respectivamente (Picornell et al. 2005). Estos 2 haplotipos aparecen con una frecuencia moderada en el continente europeo. A partir de los datos moleculares, se establece un sustrato genético típicamente europeo para la población inhumada en la Cova des Pas. Sin embargo, la comparación con series actuales y antiguas de Menorca y Mallorca muestra la serie de la Cova des Pas como una población bastante más endógama desde el punto de vista de los linajes femeninos, mucho más que cualquiera de las otras necrópolis antiguas y, naturalmente, que las poblaciones que habitan las islas en la actualidad. La baja diversidad, manifestada por los 4 haplogrupos y 5 haplotipos de ADN mitocondrial, sugiere una población de raíces más matriarcales y poca exogamia femenina, en contraste con otra necrópolis talayótica de la isla (Son Olivaret), y con las grandes necrópolis mallorquinas (Son Real, S'Illot des Porros y Can Reiners). Este tipo de comportamiento podría estar relacionado con la idiosincrasia del grupo. Los enterramientos talayóticos en Menorca parecen distribuirse en cuevas alejadas (Cova des Mussol, Cova d'es Càrritx), hipogeos (Torre del Ram), estructuras tipo dolmen (Alcaidús) o sepulcros circulares (Son Olivaret), y finalmente navetas de enterramiento (Rafal Rubí). A veces se buscan espacios alejados de los centros de hábitat, en barrancos y cerca del mar (Javaloyas et al. 2008), caso de cuevas como la Cova des Pas. Estos grupos buscan espacios cerrados, aislados y de muy difícil acceso para sus enterramientos, una forma muy distinta a la ostentosidad de las navetas o estructuras tipo dolmen. Los ritos de los grupos que enterraban en cuevas parecen mucho más elaborados, como demuestran los elementos simbólicos relacionados con tintes del cabello (la Cova des Mussol o Es Càrritx; Lull et al. 1999 a, b), los recipientes complejos de madera y piel para guardar pelo (Cova des Pas, Fullola et al. 2008), o el tratamiento del cuerpo (cadáveres envueltos con pieles y transportados en parihuelas en la Cova des Pas; Armentano et al. 2012y Prats-Muñoz et al. 2013). Pese a que no se puede descartar la pérdida de evidencias sobre el rito en las zonas más visitadas de las grandes construcciones talayóticas, no se conserva ningún tipo de elementos rituales más allá de la certeza de enterramientos secundarios en algunas navetas (por ejemplo en la Naveta de Rafal Rubí septentrional5 ). Así pues, el rito practicado por el pueblo que dio origen a la Cova des Pas denota un comportamiento diferente al de las poblaciones del interior de la isla y, en este caso, la composición genética explica también este comportamiento recluido y aislado. Esta hipótesis es una invitación al estudio genético de nuevos conjuntos de la isla que permitan testar estas inferencias. Este trabajo se enmarca en el proyecto arqueológico de la Cova des Pas y los trabajos del Grupo
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. A partir del estudio topográfico y el análisis elemental de cuatro ejemplares del conjunto portugués definimos un tipo de objeto de oro poco conocido y recogemos todos los hallazgos realizados hasta la fecha. Argumentamos la conveniencia de adecuar la técnica analítica al problema planteado para obtener resultados fiables, que en nuestro caso nos han permitido observar procesos técnicos de soldadura con material de menor punto de fusión. El estudio comparativo con otros datos analíticos de hallazgos similares nos permite reconstruir el ámbito tecnológico, de carácter mediterráneo, en el que se inscriben. Finalmente, el contexto arqueológico entre los siglos VIII y VII a.C. y las características de taller los sitúan entre las producciones artesanales del periodo orientalizante en el cuadrante suroccidental peninsular. Todavía ocurre que grupos de objetos arqueológicos no hayan sido considerados por la investigación debido a su excepcionalidad o simplemente porque se resisten a ser encuadrados dentro de algún tipo ya definido, con el consiguiente desconcierto por parte del investigador. Esta situación puede continuar indefinidamente o emerger como un géiser que encuentra por fin su oportunidad para salir de las entrañas de la tierra. Exactamente esta es la situación actual en torno a los discos de oro, también llamados apliques discoidales, botones, tútuli, conos, brácteas, incluso simplemente adornos en lámina, situados en el amplísimo marco de la Edad del Bronce y primera Edad del Hierro. Esa ambigüedad, tanto en la definición del tipo, como en su cronología, es reflejo del momento de emersión en el que todo vale, todo cabe. Es necesario, pues, definir, acotar y situar el material que estudiamos para contextualizarlo dentro de su ámbito tecnológico, social, económico e ideológico. Desde los inicios del fenómeno campaniforme en la fachada atlántica europea vemos aparecer pequeños objetos laminares con formas planas discoidales que presentan perforaciones como sistema de sujeción a una base que podría ser textil, cuero o algún otro material flexible o blando. Se han denominado discos solares por el tipo de decoración geométrica, concéntrica, cruciforme o en estrella (Taylor 1980: 22-24; Eogan 1994; Cahill 2015), pero evidentemente esta interpretación no deja de ser frágil e intuitiva. También se denominaron discos solares otros objetos discoides, generalmente más grandes y ligeramente convexos, que recubren discos en bronce de claro sentido simbólico, bien por el objeto del que forman parte, como el caso del conocido carro solar de Trundholm (Jensen et al. 1999: 259, no 167), bien por el contexto de deposición ritual, en los pocos ejemplos en que este dato ha podido ser recuperado (Guérin y Armbruster 2015). En la Península ibérica también conocemos algunos ejemplos de los inicios de la Edad del Bronce, como dos discos de procedencia desconocida conservados en el Museo de Oviedo, Asturias (Pingel 1992: 263, no 149; Perea y Sánchez-Palencia 1995: 18), o el conjunto formado por dos discos y una lúnula de Cabeceiras de Basto, Braga, en el Museo de Lisboa (Armbruster y Parreira 1993: 56-57). Avanzando en el tiempo aparece un segundo grupo de objetos que se han relacionado con botones o adornos de textiles dentro del ámbito de producción argárico (Aranda et al. 2015), por ejemplo los 73 diminutos conos con perforaciones en el borde encontrados en San Antón, Alicante (Perea 1991: 89), o los llamados tútuli, objetos laminares con forma de trompeta, de funcionalidad discutida -botones, adornos de oreja, adornos de cabello, etc-y cuya dispersión se centra en el cuadrante sureste peninsular (Perea 1991: 102); el hallazgo más conspicuo son los 10 ejemplares que formaban parte del tesorillo de Cabezo Redondo, en Villena, Alicante (Hernández y Soler 2005: 119). El tercer grupo que podemos aislar en la Península ibérica se fecharía desde mediados a finales de la Edad del Bronce. Se trata de pequeñas piezas laminares en forma de casquete esférico con reborde plano donde se sitúan las perforaciones. Por su parte el hallazgo de São Martinho, Alcácer do Sal (Armbruster y Parreira 1993: 168-169) contenía seis ejemplares asociados al parecer a siete espirales también de oro. Por último hacemos referencia a una pieza singular que generalmente se relaciona con estos objetos discoides, pero sin encajar en ninguna de las categorías mencionadas, y que es reseñable por lo peculiar de su ornamento y la excelencia de su técnica de fabricación. Se trata del disco de Sobreiral (Ninho de Açor, Castelo Branco), cuya superficie se repujó hasta cubrirla de conos extremadamente sobresalientes; por el reverso presenta una argolla para su fijación a algún tipo de soporte que desconocemos. De cronología incierta, por la ausencia de contexto y paralelos, se ha situado generalmente dentro del Bronce final (Armbruster y Parreira 1993: 170-173). No existen evidencias que indiquen relación cultural, contextual o artesanal entre los tres grupos de objetos que se recogen en la literatura científica, que acabamos de mencionar aquí de manera muy resumida, y los discos de Fortios que analizamos en este trabajo. Sin embargo se suelen mencionar de forma conjunta, como si entre ellos existiera afinidad o continuidad, que se concreta generalmente utilizando el término tradición para referirse a cualquier trabajo en lámina de oro que hubiera podido ser utilizada como adorno de vestimenta, lo que puede inducir a error. LOS DISCOS DE ORO COn PRESILLA Y SuS COntEXtOS ARQuEOLÓGICOS Tras las precisiones anteriores, pasamos a definir el tipo arqueológico que nos interesa aislar. Se trata de un pequeño objeto circular fabricado en lámina de oro, que presenta por su reverso una presilla diametral que permite ser sujetado/ cosido a una base textil o ensartado en un material flexible. A partir de estas características fijas y determinantes, la variabilidad es relativamente grande entre los distintos ejemplares y hallazgos, puesto que aparecen en series integradas por un número de discos entre 4 y 88, iguales entre sí o en series de dos. Dicha variabilidad se refiere al tamaño, que oscila entre 2 y 0,2 cm de diámetro; a la forma del perfil, plano o con casquete esférico central; y a la decoración con molduras concéntricas, líneas de puntillado, trazos incisos, o hilos de filigrana. La presilla está formada por un vástago de hilo metálico, simple o doble, liso o trabajado, que se suelda por ambos extremos, en ocasiones formando un arco para dejar espacio al elemento que lo sustentaba a la base. Ateniéndonos a esta descripción, recogemos las evidencias materiales que concuerdan con el tipo definido, que pasamos a denominar discos de oro con presilla de sujeción, así como sus contextos arqueológicos en aquellos casos en los que contamos con el dato. Estas evidencias consisten en cinco hallazgos (Fig. 1), todos en el ámbito de la fachada atlántica de la Península ibérica: Baião (Oporto); Carambolo (Sevilla); Ratinhos (Moura); Outeiro da Cabeça (Torres Vedras) y Fortios (Portalegre), del que hemos realizado un estudio arqueométrico sobre cuatro ejemplares. El llamado tesoro de Baião es un conjunto de objetos de oro adquirido por M. Heleno, director del Museo Nacional de Arqueología de Lisboa, a un orfebre de Oporto, sin que se registraran datos del contexto arqueológico (Silva 1991(Silva, 2007)). El conjunto se compone de dos pares de arracadas fusiformes con crestería de elementos en T; un collar formado por 49 colgantes en forma de bellota, con sistema de suspensión en T, y 18 cuentas lisas; 6 fragmentos rectangulares de hilo en malla decorada con elementos semiesféricos y umbo central, que podrían constituir un brazalete, gargantilla o ceñidor; 12 discos con presilla de sujeción, divididos en dos grupos de siete y cinco ejemplares, que se diferencian por el tamaño y la ornamentación. Los discos tienen forma de casquete esférico con reborde plano y umbo central. Los siete mayores, de 1,7 cm de diámetro, presentan una decoración radial en forma de roseta de ocho pétalos; los cinco menores, de 1,6 cm de diámetro tienen casquete liso, umbo central, y decoración de líneas en el borde. Las presillas soldadas por el reverso son lisas y cada extremo se abate sobre el anverso para mejorar la sujeción. Los análisis realizados en su momento por Hartmann (1982: Au2784 y Au2785) sobre dos ejemplares de cada variante, muestran composiciones ligeramente diferentes entre ellas, con contenidos en plata alrededor del 30% y cobre en torno al 3%, según su método analítico. Los paralelos más cercanos sitúan el ocultamiento en el periodo orientalizante del suroeste peninsular. Por ejemplo, los colgantes en forma de bellota con sistema de suspensión en T se documentan en la tumba 9 de La Joya y en la sepultura 4d de Trayamar (Nicolini 1990: no 202 y 207), con cronologías dentro del siglo VII a.C. Las arracadas, en concreto su crestería de elementos huecos en forma de T, tienen estrechos paralelos en ejemplares procedentes de El Pedroso y Alcalá del Río, Sevilla, de difícil datación (Nicolini 1990: no 88; Perea et al. 2010: 76-81). La discusión de este conjunto se ha centrado sobre el origen local o su "importación" del área tartésica. Las excavaciones preventivas realizadas en el emblemático yacimiento de El Carambolo entre 2002 y 2005 sacaron a la luz un conjunto arquitectónico monumental, con diferentes fases de ocupación, cuya funcionalidad parece estar determinada por la presencia de un altar circular y por otro posterior en forma de lingote chipriota, de forma que se ha definido como santuario de época orientalizante (Rodríguez y Fernández 2005; Fernández y Rodríguez 2005, 2007). Recordemos que aquí se había encontrado casualmente, en 1958, el conocido tesoro epónimo formado por 21 joyas que conforman dos conjuntos de placas y brazaletes de oro, además de un collar de origen chipriota (Perea y Armbruster 1998; Bandera y Ferrer 2010). Este hallazgo indujo una excavación y varios sondeos que no fueron capaces de detectar la envergadura del yacimiento, aunque la estratigrafía desvelada en lo que entonces se llamó fondo de cabaña, ha sido una de las más discutidas y citadas de la arqueología española (Maluquer de Motes 1992). Durante las excavaciones recientes se recuperaron 4 discos de oro con presilla, una cadena tipo loop-in-loop y una cuenta de perfil recto, todo en la misma unidad estratigráfica interpretada como fosa ritual de desechos -que ya no fondo de cabaña-perteneciente al Ámbito 4 de la fase Carambolo IV, fechada a mediados del siglo VIII a.C. (Escacena et al. 2007: 18). Estos cuatro discos son los más pequeños documentados hasta la fecha, con 0,2 cm de diámetro aproximado, hasta el punto que se podría hablar de miniaturizaciones. Presentan un casquete esférico central y moldura en el borde, sin otro tipo de ornamentación. La presilla soldada por el reverso es un hilo de sección irregular, fabricado por el método de torsionar un fina lámina, proceso que deja una huella helicoidal todavía visible en su superficie, un modus operandi cuyo origen se encuentra en la producción orfebre de ámbito mediterráneo. Fueron estudiados analíticamente en dos ocasiones, la primera mediante microscopía electrónica de barrido y microanálisis por dispersión de energía (MEB-EDX) (Perea y Hunt-Ortíz 2009) y posteriormente mediante emisión de rayos X inducida por partículas (PIXE) (Hunt-Ortíz et al. 2010), con resultados comparables y equivalentes. La aleación utilizada contiene porcentajes de plata en torno al 10%, con cantidades de cobre no detectadas por EDX, y en torno al 1% mediante PIXE. En ambas ocasiones se pudo analizar la zona de soldadura de la presilla al disco, donde se detectó la utilización de una aleación soldante con contenidos en plata y cobre sustancialmente más altos que los de la aleación de base; en el caso del EDX los contenidos en plata suben hasta el 20-25% y el cobre hasta el 2%, mientras que en los análisis PIXE se midieron hasta un 16% de plata y 2% de cobre. El castro fortificado de Ratinhos en el valle del río Guadiana empezó a excavarse en 2004, poniendo de manifiesto un sistema defensivo de varias líneas de muralla, rampas y foso, con dos fases de ocupación continuada, una del Bronce Final fechada entre el siglo X y el VIII a.C. y la segunda de la Edad del Hierro, entre el VII y el VI a.C. (Silva y Berrocal-Rangel 2005). Durante la campaña de 2006 apareció un conjunto de 7 discos de oro con presilla en un gran edificio, palacio o santuario, situado en la parte más alta del yacimiento, que se define como acrópolis; en las inmediaciones del hallazgo se documentaron huellas de tejido dejadas sobre un trozo de arcilla, lo que indicaría, según los descubridores, que los discos estaban cosidos a una tela. El ocultamiento se fecha en el momento de abandono del edificio durante el siglo VIII a.C. (Berrocal-Rangel y Silva 2010). Los discos miden en torno a 1 cm de diámetro, presentan un casquete esférico central y molduras concéntricas; el borde se remata mediante un hilo de sección cuadrangular torsionado sobre sí mismo. Se pueden agrupar en dos series que se diferencian por el mayor -tres ejemplares-o menor tamaño -cuatro ejemplares-del casquete esférico central y consecuentemente por el número de molduras concéntricas. La presilla del reverso es de dos tipos, de hilo liso o torsionado, pero en ambos casos los extremos se abren en abanico, alcanzando el borde exterior, pero sin sobrepasarlo, para aumentar la superficie de unión. Se procedió a su estudio analítico utilizando dos técnicas en paralelo, fluorescencia de rayos X por energía dispersiva (EDXRF) y micro-PIXE (Valério et al. 2007). La aleación de base por EDXRF presenta un contenido en plata del 15%, mientras que el cobre es de 1,5%. En las medidas con micro-PIXE se detectó menor contenido en plata, que se sitúa entre el 8-12%. Estas diferencias se deben, entre otros factores de medida, al hecho de que la infraestructura utilizada, un Kevex 771, tiene una ventana que excita la totalidad de la superficie del disco, sin discriminar áreas de soldadura o libres de ella (Valério et al. 2007: 371). Por el contrario, el haz del micro-PIXE caracteriza un área de 2-3 μm (Valério et al. 2007: 371) por lo que los resultados presentan diferencias, y un mayor grado de variabilidad entre ellos. Los autores del estudio arqueométrico dedicaron especial atención a caracterizar el sistema de unión entre el disco y la presilla del reverso. Para ello generaron mapas de composición con los contenidos Au-Ag-Cu de los reversos en dos de los discos, mediante micro-PIXE (Valério et al. 2007: fig. 6), mapas cuyas imágenes no mostraron diferencias aparentes, por lo que concluyen que el método utilizado para fijar la presilla a la base discoidal debió ser una unión en fase sólida, es decir calentando por debajo del punto de fusión, sin empleo de una aleación soldante. En nuestra opinión, los mapas de distribución elemental en el modo y a la escala elegidos1 son inadecuados para detectar muy pequeñas diferencias de composición, máxime cuando esas diferencias sólo se pueden encontrar en zonas de difícil acceso para el detector, y sólo hubiera sido posible tomando espectros puntuales en áreas micrométricas para obtener un patrón estadístico de composición más preciso. Hay que tener en cuenta, además, que la zona de soldadura se sitúa por debajo de la propia presilla, que se abre en abanico a ambos lados, precisamente para aumentar la zona de contacto y facilitar la unión (vide infra). Pocos son los datos que tenemos sobre el hallazgo casual de 30 discos con presilla encontrados en la década de 1930 (Heleno 1935). Según consta, aparecieron junto a otros objetos de oro que podrían encuadrarse de forma genérica en la Primera Edad del Hierro: 4 pendientes fusiformes abiertos; un collar de 80 cuentas y 2 colgantes en forma de doble espiral o anteojos; y 2 fragmentos de lingotes prismáticos de oro (Pingel 1992: 295-296, lám. 55, 4-10). Los discos tienen un tamaño y configuración similar a los ejemplares procedentes de Ratinhos, con la única diferencia que presentan un diámetro algo mayor -de 1,5 cm-y añaden dos círculos concéntricos de puntillado a la decoración. En un artículo de síntesis sobre los discos de oro aparecidos en Portugal (Soares et al. 2010) se recogen los análisis ya publicados de los ejemplares de Ratinhos2 (vide supra) y se añaden otros nuevos de los de Outeiro da Cabeça y Fortios (vide infra). La metodología vuelve a ser EDXRF, ocasionalmente en combinación con micro-PIXE, a lo que se añade la microscopia electrónica de barrido con detector de energía dispersiva (MEB-EDX) y metalografía. Las composiciones medias con todas las medidas EDXRF para el material de base3 de los botones oscila entre el 11 y el 13% de contenido plata, y valores entre 1 y 2,8% para el cobre. En cuanto a la existencia de posibles soldaduras, se presupone el mismo comportamiento que en el caso de los mapas de distribución elemental mediante micro-PIXE de los discos de Ratinhos, por lo que omiten los escaneados en los discos de Outeiro da Cabeça, si bien reconocen que con esa metodología quizá no se haya podido acceder a la zona real de soldadura (Soares et al. 2010: 505). Los autores optan entonces por realizar un examen metalográfico de la sección de uno de los ejemplares que se encontraba ya fragmentado. Dicha sección corresponde a la unión del hilo torsionado del borde con la lámina del disco por el anverso. Las estructuras metalográficas se observaron y analizaron mediante MEB-EDX. Aunque no se dan los resultados numéricos del análisis, los autores aseguran que los contenidos en oro, plata y cobre, son "casi" constantes en toda la sección (Soares et al. 2010: 506). Por el contrario, se hace un mapeo de esta probeta con micro-PIXE, con resultados similares (Soares et al. 2010: fig. 9), es decir, sin cambios en la composición. Concluyen los autores que la unión tuvo que llevarse a efecto mediante difusión en fase sólida. Este proceso, defienden, se realizaría con la ayuda de sopletes de boca para dirigir una llama a la zona de unión. Sin embargo, carecemos de documentación sobre la existencia de sopletes hasta el siglo IV a.C. (Perea y Armbruster 2011). Como conclusión general, los autores del estudio arqueométrico defienden un mismo taller de origen para los discos de Ratinhos, Outeiro da Cabeça y Fortios, sobre la base de las semejanzas morfológicas, las composiciones de las aleaciones de base y la ausencia de soldaduras con empleo de aleación soldante. La historia del hallazgo de estos 88 ejemplares ha sido recientemente reconstruida por las autoras, de forma que no es necesario repetir dichos avatares (Vilaça et al. 2015; Vilaça et al. e. p.). Sólo recordaremos que se trata de un hallazgo casual de la década de 1930, dispersado posteriormente (Ferreira 1974). Actualmente las 67 piezas conservadas se encuentran divididas entre el Museo Nacional de Arqueología de Lisboa (42 ejemplares), una colección particular (11 ejemplares), y el Instituto de Arqueología de la Universidad de Coimbra (15 ejemplares); estos últimos inéditos (Fig. 2). Parece que el conjunto se encontraba dentro de un recipiente cerámico que no se conservó. Los discos de Fortios tienen un diámetro en torno a los 2,0 cm, un peso que oscila entre 1/1,4 gr, y presentan una configuración similar a los ejemplares de Ratinhos y Outeiro da Cabeça, pero no exactamente igual. Carecen de un casquete esférico central desarrollado, que se limita a un botón a partir del que se organizan finas molduras concéntricas que llegan hasta el borde, éste rematado con un hilo torsionado de sección cuadrangular. Mientras que el anverso se repite sistemáticamente en todos los ejemplares, las presillas del reverso presentan cierta variabi-lidad; están configuradas por un hilo que puede ser liso o torsionado; todas se abren en abanico en cada extremo para aumentar la zona de contacto, pero mientras que en algunos ejemplares esta zona llega hasta el borde del disco, en otros se reduce su longitud. Cinco de los discos conservados en Lisboa fueron analizados mediante EDXRF, junto a los ya reseñados de Ratinhos y Outeiro da Cabeça (Soares et al. 2010). Sus resultados caracterizan una aleación con 13% de contenido medio en plata y 1,4% de cobre4. Según este estudio, aunque no se realizaron otro tipo de análisis o de mapeo, las uniones se habrían llevado a cabo mediante la técnica de unión en fase sólida, como ya se argumentó anteriormente, y los tres hallazgos procederían del mismo taller. En el siguiente apartado presentamos los resultados de nuestro estudio arqueométrico sobre cuatro de los ejemplares conservados en Coimbra. EStuDIO ARQuEOMÉtRICO DE LOS DISCOS ÁuREOS DE FORtIOS El estudio arqueométrico se efectuó mediante microscopía óptica de todos los ejemplares de Coimbra y mediante microscopía electrónica de barrido y microanálisis por dispersión de ener- gía (MEB-EDX) sobre cuatro de ellos, con no de identificación 9,13, 14 y 15, en el MicroLab del Instituto de Historia del CCHS-CSIC, Madrid 5. Desde la observación óptica (Fig. 2) y electrónica (Fig. 3) constatamos la buena factura de los discos, realizados a partir de una fina lámina de oro estampada con un punzón que reproduce el botón central y las seis molduras concéntricas. 5 El equipo utilizado es un microscopio electrónico de barrido de presión variable (VP-SEM) Hitachi S3400 n, type II, con una resolución máxima de 3 nm (30 Kv) / 10 nm (3 Kv), provisto con detectores SE (modo HV) y BSE (modo HV y modo VP). El análisis elemental EDX se ha realizado empleando un detector SDD Bruker Quantax 4010 acoplado al MEB, con una unidad de proceso externa Bruker AXS SVE III. Los resultados cuantitativos se contrastaron mediante patrones virtuales, y fueron procesados utilizando el software Bruker SPRIT v. Aunque con ligeras variaciones de manejo, que se hacen patentes en pequeños desplazamientos del punto central de la circunferencia apenas apreciable a simple vista, la producción puede considerarse en serie y realizada para la obtención de todos los ejemplares conjuntamente. El hilo torsionado que remata el borde también fue realizado a partir de secciones cortadas de uno o varios hilos cuadrangulares del mismo grosor, con un grado de torsión que varía ligeramente, produciendo aristas helicoidales más o menos juntas según los tramos trabajados; este tipo de irregularidad es normal en un proceso realizado a mano, sin ayuda de medios mecánicos. El corte de los extremos del hilo en todos los ejemplares es en inglete, con la finalidad de lograr un mejor ajuste al cerrar el círculo, indicando nuevamente Fig. 3. A: Micrografías tomadas por el anverso de los discos no 9, 13, 14 y 15 de Fortios, donde se observa: el uso de un único punzón con molduras concéntricas; el corte en inglete de los extremos del hilo torsionado; el borde laminar del disco doblado hacia el anverso para sujetar el hilo antes de soldar. B: Micrografías tomadas por el reverso de los discos no 9, 13, 14 y 15 de Fortios, donde se observa, de menos a más aumentos, la zona de soldadura de la presilla, muy degradada por efecto de las altas temperaturas e incluso estructuras dendríticas que indican fusión y solidificación. un proceso normalizado y maduro en lo que a gestos técnicos se refiere. De la topografía del reverso se pueden deducir informaciones valiosas sobre el proceso artesanal. En primer lugar, la presilla está realizada a partir de fragmentos de hilo de distinta morfología, unos son lisos y otros torsionados y posteriormente aplanados. Todo parece indicar que para la obtención de este elemento se aprovecharon fragmentos sobrantes de la fabricación del hilo torsionado que remata el borde. La apertura en abanico de los extremos de la presilla, mediante martillado y posterior ajuste a la topografía del disco de base, indica un conocimiento profundo de las dificultades implícitas en un proceso de unión metalúrgica. Con ello se aumentaba notablemente la superficie de unión, haciéndola más fácil y duradera. De la disposición de estos abanicos, prolongándolos o no hasta el borde, deducimos la existencia de al menos dos artesanos que procedían según sus hábitos o conveniencia. Las micrografías de la figura 3A están tomadas por el anverso, en la zona de unión entre el hilo torsionado y la base laminar, y en ellas se puede observar con claridad una estructura dendrítica consecuencia de un proceso de fusión en esa área. Los resultados del microanálisis EDX en esa estructura (Fortios 9, unión hilo-lámina, en la Tab. 1) presentan contenidos en Ag y Cu ligeramente superiores a los de cada elemento por separado -hilo y lámina-lo que nos está indicando que el material solidificado fue una aleación de menor punto de fusión que el material de base, utilizada para un proceso de soldadura fuerte. Según estos datos parece lógico pensar que el resto de puntos de unión, como en los hilos de la presilla del reverso, se realizaran con la misma técnica de soldadura. Si esto es así, cabe pensar que la aleación soldante se dispusiera entre la superficie del disco y los extremos abiertos en abanico de la presilla. Esta disposición impide el acceso del detector al punto de soldadura, en cualquier sistema analítico. Sin embargo, existen indicios para poder afirmar que la hipótesis planteada es efectivamente la técnica utilizada. En las micrografías de la figura 3B vemos el aspecto de la aleación en estas zonas de abanico, con incipientes estructuras dendríticas y contornos de grano marcados por la corrosión intergranular, todo ello debido a las tensiones del proceso de calentamiento, fusión y solidificación que está teniendo lugar en su base. Estos procesos térmicos generan fenómenos de difusión, segregación y oxidación que pueden enmascarar, en algunos casos, los resultados esperables de un análisis (Aballe et al. 1991; Perea et al. 2010). Los gráficos de la figura 4, realizados a partir de los datos microanalíticos de la tabla 1, ponen de manifiesto que la tendencia en las zonas de unión y sobre los abanicos de la presilla, es a presentar pequeños pero sistemáticos aumentos en los contenidos de Ag y Cu. Podemos plantear una aproximación a la materia prima utilizada para la fabricación de los distintos elementos, teniendo en cuenta, en primer lugar, que los análisis MEB-EDX son semicuantitativos y, en segundo lugar, que cualquier objeto enterrado en la tierra sufre un enriquecimiento superficial en oro debido a la corrosión selectiva de los elementos menos nobles de la aleación, plata y cobre, que es función de variables como la humedad, el Ph del suelo y el propio tiempo Fig. 4. Gráficos donde se representan linealmente las diferencias de composición en los discos no 13 y 15 entre los elementos estructurales (lámina, hilo) y las zonas afectadas por la soldadura (presilla y zonas de unión), según los datos de la tabla no 1. Teniendo esto en cuenta podemos decir que la aleación utilizada como materia prima contenía alrededor del 10% de Ag y en torno al 1% de Cu, siendo homogénea entre todos los componentes de las piezas -lámina, hilo-y entre los diferentes discos entre sí. Para la preparación del material soldante se habría utilizado una mezcla de la misma aleación a la que se añadieron contenidos extra de plata y cobre, o sólo de plata que ya contenía algo de cobre 6. A lo largo de las líneas anteriores han quedado planteadas dos cuestiones importantes. Primera, la pertinencia de aislar un nuevo tipo que hasta ahora no había sido definido, o lo había sido de forma laxa e imprecisa. Y segunda, los procesos técnicos y la organización artesanal que dieron 6 El protocolo seguido en las medidas que aparecen en la tabla 1 ha sido explicado en Perea et al. 2004 lugar a estas producciones, a lo que se podría añadir el arraigo de este concepto particular de adorno del vestido en el ámbito de la sociedad, dentro de un territorio concreto, y en una cronología determinada. Para aclarar estas cuestiones debemos recurrir a la gestualidad, es decir, al modo en que esos procesos se integran en la organización social. El estudio arqueométrico del material de Fortios ha puesto de manifiesto un comportamiento técnico que incluye la soldadura con aporte de aleación de menor punto de fusión para los procesos de unión. Creemos que la metodología MEB-EDX es la adecuada para resolver un problema de interpretación que estaba planteado en la literatura científica desde hacía tiempo. Hemos puesto de manifiesto que los hallazgos analizados con otras técnicas analíticas -EDXRF, micro-PIXE-no son capaces de discriminar pequeñas diferencias de composición, ni aportar imágenes microestructurales, fundamentales para detectar este tipo de proceso técnico. Concluimos que todos los hallazgos recogidos, con la duda metódica de Baião que no ha sido analizado, incluyen esta técnica concreta en su proceso de fabricación. Con el fin de caracterizar artesanalmente la producción de discos de oro con presilla del cuadrante suroeste peninsular, vamos a considerar tres aspectos de su materialidad: oficio/destreza, especialización/ normalización, y distribución/contexto. La destreza de un artesano en el desarrollo de su trabajo ha sido tradicionalmente considerada una categoría de carga subjetiva, o al menos cultural. Sin embargo, podemos objetivar el juicio sobre lo que tradicionalmente se ha denominado oficio, asimilándolo a un aspecto particular del conocimiento tecnológico; esta vía nos permite compararlo con otras tecnologías y destrezas (Bleed 2008). La regularidad sería una de las señas de identidad del buen oficio; en este sentido contamos con una producción abundante en número de ejemplares, aunque reducida en número de hallazgos. Con respecto a Fortios podemos decir que su producción denota un buen oficio y gran regularidad, un rasgo que era específicamente buscado por el o los artesanos. Teniendo como referencia el resto de los hallazgos, Fortios es comparable con Ratinhos y Outeiro da Cabeça, que utilizan exactamente las mismas soluciones técnicas y de procedimiento. Por el contrario, Baião denota insuficiencias tecnológicas, por ejemplo, la solución de prolongar el abanico de la presilla doblándolo hacia el anverso, es una solución simplemente mecánica, que denota un conocimiento limitado de las posiblidades técnicas de la soldadura, si es que, como creemos, se utilizó en la unión. En cuanto al Carambolo, los cuatro ejemplares con que contamos es una muestra excesivamente reducida para emitir una opinión taxativa, pero las dificultades implícitas en la miniaturización de los discos, nos están indicando un buen conocimiento y control técnico. La estandarización de la producción es uno de los rasgos que se asocia con la especialización y la forma de organización social del grupo productor, y está relacionado con el anterior (Costin 1991). Se podría pensar que la alta estandarización que muestran los objetos dentro de cada hallazgo es indicador de una producción en serie. Sin embargo, este argumento economicista induce a error puesto que la regularidad de la producción es un atributo intencional que buscaba precisamente fabricar piezas exactamente iguales con el fin de conseguir un efecto de riqueza y acumulación, aparentemente buscado, y nada nos puede decir sobre la organización artesanal de su producción (Costin y Hagstrum 1995: 622). Otra cosa es la comparación de los hallazgos entre sí. El grado de estandarización que pudiéramos encontrar entre Fortios, Ratinhos y Outeiro da Cabeça, apuntaría a una producción relativamente normalizada; sólo en ese caso es lícito hablar de la existencia de un acuerdo social que posibilitara la producción de estos objetos, de una forma determinada, y no de otra. Por ejemplo, los discos de Baião y de Fortios nada tienen que ver en cuanto a oficio, destreza o regularidad, sin embargo, no hemos dudado en clasificarlos dentro de un mismo tipo de objeto, tanto desde el punto de vista funcional, como simbólico e incluso técnico. Este rasgo de producción lo ha definido una de nosotras como estandarización ritual e identitaria, debido a que la producción se encuentra "en manos de un poder político y económico dirigido y justificado desde los santuarios" (Perea 2010: 28). Con ello enlazamos con el tercer aspecto que nos ocupa, la distribución y el contexto. Contamos únicamente con dos contextos arqueológicos, ambos sacros, afortunadamente procedentes de excavaciones científicas y recientes. En Ratinhos un edificio destacado en la acrópolis del castro, y en el Carambolo, la fosa ritual de desechos del santuario. La asociación del oro al poder parece suficientemente clara, aunque cabría preguntarse si se trata de oro para los dioses o para los hombres (Perea 2004). Por su parte, la asociación de los ejemplares de Baião a un tesorillo orientalizante añade peso al sentido simbólico de estos objetos que ya podemos situar en un contexto cronológico entre el siglo VIII y el VII a.C. Teniendo en cuenta que la llegada de población mediterránea a la Península ibérica es responsable de la introducción de procesos técnicos como la soldadura (Perea y Armbruster 2008), esta fecha encaja perfectamente con el dato de una tecnología madura y extendida por un amplio territorio que cubre todo el cuadrante suroccidental de la península. Para concluir sólo un comentario en torno a la iconografía de estas piezas. En alguna ocasión hemos apuntado la posibilidad de un significado solar, sobre la base de la interpretación dada a los círculos concéntricos que cubren muchas de las piezas áureas de la Edad del Bronce en Europa (Vilaça et al. e. p.). A la vista de los argumentos aportados en este estudio, sin ignorar que ese simbolismo sigue vigente entre algunos grupos de la población peninsular 7, creemos más adecuado relacionar simbólicamente los casquetes esféricos, algunos de ellos con umbo central como en el caso de Baião, con las mismas formas que aparecen en las producciones áureas orientalizantes; por ejemplo en las placas y brazaletes del tesoro de El Carambolo y en los broches de cinturón tartésicos, por citar materiales arqueológicos muy conocidos. En todos estos casos la iconografía del casquete esférico, con umbo o sin él, hace alusión a la centralidad del cosmos y al poder renovador de la naturaleza 8, representada explícitamente en Baião por las líneas radiales que conforman una roseta, motivo mediterráneo por excelencia. 7 Los círculos concéntricos en el mundo indoeuropeo se asocian a cultos solares. En las necrópolis celtibéricas de la Península ibérica (siglos VI a I a.C.), como Numancia y Arcóbriga, suelen formar parte de la iconografía astral que adorna los pectorales de bronce que se introducían como ajuar funerario en la tumba de personajes importantes (Jimeno et al. 2010). 8 Sobre el tema existe una ingente cantidad de bibliografía dispersa. Este trabajo se ha realizado gracias a la financiación de los Proyectos del Plan Nacional español de I+D+I, HUM2006-06250 y HAR2009-09298, dirigidos por A. Perea, dentro del marco del Proyecto Au, desarrollado en el IH, CCSH-CSIC, Madrid. Debemos a la dirección del Instituto de Arqueología de la Facultad de Letras (Universidad de Coimbra) las facilidades para el estudio analítico del material en el MicroLab del IH, CSIC, en Madrid. Agradecemos a Oscar García-Vuelta su pericia en el manejo del equipo MEB-EDX. Tenemos una deuda con José Serrano, editor técnico, que fue capaz de mejorar la calidad gráfica de este artículo.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. El oppidum de Monte Bernorio (Pomar de Valdivia, Palencia) se extiende sobre una cima amesetada y plana de unas 28 ha, lo que lo convierte en uno de los yacimientos fortificados más extensos de la Edad del Hierro de la Península Ibérica. En los años 2007 y 2008 se emprendieron en la Zona Arqueológica sendas campañas de prospecciones geomagnéticas para la detección de estructuras en el subsuelo, dirigidas por el Prof. Dr. Felix Teichner y realizadas por un equipo de la Universidad de Marburgo (antes vinculado a la Universidad de Frankfurt am Main) en colabora-Trab. Los trabajos consistieron en un estudio de magnetometría en varios sectores del yacimiento con el fin de determinar las características del subsuelo y localizar evidencias de posibles estructuras arqueológicas. Ambas campañas forman parte de un plan más amplio de intervención arqueológica que contempla practicar excavaciones en distintas áreas del yacimiento para definir la estructura urbana, económica y de relación social y establecer una estratigrafía del núcleo que sirva para desarrollar un relato histórico de la ocupación de este enclave (Torres-Martínez y Martínez 2012; Torres-Martínez et al. e. p.) 1. Las prospecciones geofísicas cubrieron varias áreas en el interior del recinto amurallado del oppidum y un sector al exterior. En la campaña del año 2007 se inició un intenso programa de prospecciones geomagnéticas en cinco zonas (A, B, C, D y E) repartidas por el yacimiento que afectaron tanto a áreas previamente sondeadas como a otras todavía inéditas. En el año 2008 la intervención se llevó a cabo en la zona más elevada del mismo, donde las estructuras de poblamiento indígena fueron arrasadas para instalar un pequeño campamento o castellum romano (Área 1). EL MÉtODO GEOFÍSICO Y Su APLICACIÓn En EL OPPIDuM DE MOntE BERnORIO Los métodos de prospección geofísica se han demostrado durante las últimas décadas como un valioso instrumento para conocer la fisonomía de los yacimientos arqueológicos, tanto para establecer su extensión y estructuración como para identificar áreas potenciales de excavación. Es cada vez más evidente que la inteligente combinación de prospecciones a gran escala y micro-sondeos diagnósticos constituye una buena alternativa a las tradicionales estrategias de excavación extensiva. 1 Para un conocimiento más en profundidad de las actuaciones en el yacimiento existe ya una bibliografía que comprende un amplio relato de sus estructuras defensivas, fases de ocupación, cultura material y proyección territorial: Este avance de la metodología arqueológica posee un claro interés económico (al reducir los costes de las intervenciones arqueológicas) y también permite conocer el patrimonio arqueológico sin destruirlo. El equipo alemán de Geoarqueología de la Universidad de Marburgo ha tenido ocasión de evaluar la utilidad de este nuevo enfoque metodológico en la práctica arqueológica en cooperación con varios equipos locales de la Península Ibérica. Dicho enfoque se ha empleado en yacimientos con estructuras y cronologías muy diversas como la necrópolis mesolítica de Poças de São Bento (Setúbal, Portugal) en el valle del río Sado, los yacimientos mesolíticos en cueva de Alloru (Llanes, Asturias), la necrópolis megalítica de la Sierra Plana de la Babolla (Llanes, Asturias), los castros de la Edad del Hierro de Bolumburu (Zalla, Vizcaya), la famosa villa romana de La Olmeda (Pedrosa de la Vega, Palencia), o ciudades hispano-romanas como Iuliobriga (Retortillo, Cantabria), Mirobriga (Santiago do Cacém, Setúbal, Portugal), Regina (Casas de Reina, Badajoz) e Itálica (Santiponce, Sevilla) (Cepeda et al. 2009; Teichner et al. 2009; Teichner y Oberhofer 2013;Álvarez Martínez et al. 2015; Arias et al. 2015). El método geomagnético resultó el más adecuado entre las técnicas geofísicas disponibles considerando el tipo de las estructuras arqueológicas que cabía esperar en el subsuelo de Monte Bernorio, la extensión del yacimiento y la situación del terreno. Este método se acepta, en general, como el más eficaz y rápido para obtener datos de campo en yacimientos de cierta extensión. Es un método geofísico pasivo que permite reconocer estructuras arqueológicas enterradas bajo la superficie terrestre a partir de la detección y medida de anomalías en el campo magnético terrestre (teóricamente regular) (Udías y Mezcua 1986; Witten 2006). Se obtiene una medición del gradiente superficial de la componente vertical del campo magnético normal de la tierra o amplitud (Az) en nanoTesla (nT), cuyas modificaciones tanto positivas como negativas a partir del nivel normal (cero) evidencian la existencia de objetos magnéticos en el subsuelo de origen geológico o antrópico. La magnetización o susceptibilidad magnética más fuerte se pueden deber a la presencia de elementos férricos o de materiales que han sufrido procesos de calentamiento elevado, como concentraciones de tierra quemada, hornos o artefactos que resultan de procesos de cocción (cerámica, ladrillo etc.). La susceptibilidad magnética aumenta también cuando se ha producido una acción antrópica prolongada en el subsuelo, que puede generar concentraciones de material orgánico de posible interés arqueológico, como agujeros de postes, silos, zanjas o fosas en contextos de hábitat. En cambio, los objetos sin propiedades magnéticas proporcionarán lecturas negativas. En Monte Bernorio, se eligió un conjunto de áreas susceptibles de ser prospectadas mediante métodos geofísicos en base a la caracterización de las estructuras del oppidum de la Edad del Hierro (defensas, estructuras constructivas, edificios, espacios de necrópolis, etc.) y de época romana (campamento). La prospección tuvo lugar en septiembre de 2007 y julio de 2008 por un equipo dirigido por Félix Teichner (arqueólogo) con la asistencia de Tedda Hänsler (geofísica). Los demás co-autores del presente artículo han completado el análisis de los resultados. Antes de iniciar las prospecciones se definieron en las Zonas A, B, C, D y E a prospectar unas cuadrículas rectangulares cuya extensión varía desde los 12 x 20 m a los 30 x 50 m (Tab. 1) para adaptarlas a la topografía del terreno. Las esquinas de estas cuadrículas se georreferenciaron en el sistema de referencia geodésico oficial en España, European Terrestrial Reference System 1989 en proyección UTM zona 30N (ETRS89 UTM 30N, EPSG: 25830). El área prospectada total cubrió 13.090 m 2 y se concentró en espacios en llanura sin apenas arbolado. Este instrumento, desarrollado por la empresa Foerster, consta de tres sondas en disposición horizontal (Fig. 1), distanciadas 0,5 m. La precisión más elevada es de 0,3 nT en una media de 128 mediciones. Este magnetómetro se combinó con un disparador (trigger) externo tipo ST1, capaz de hacer mediciones independientes, siempre a intervalos iguales de tiempo. En base a la experiencia previa adquirida, el disparador se configuró para que tomara medidas a intervalos de 0,25 m (valor medio). Finalmente, tras delimitar las áreas de prospección y montar y calibrar el magnetómetro, se establecieron líneas a intervalos de 1,5 m, prospectadas según el llamado ox-turning style, que consiste en que, una vez acabada una línea, se gira 180° y se realiza la siguiente en sentido inverso. Considerando la distancia en-tre los sensores y el intervalo establecido en el disparador para la toma de datos, se generó una malla de medidas de 0,25 m en el sentido de la marcha y de 0,5 m de ancho. El magnetómetro almacenó tres coordenadas relativas (X e Y) para la posición relativa de cada medida tomada en la cuadrícula, y un tercer valor relativo a la susceptibilidad magnética del punto, medido en nanoTeslas (nT). Después todas las coordenadas fueron exportadas a un documento en formato *.txt. Estos datos se procesaron con los programas Magprolight4Surf y Surfer. El primero homogeneiza los datos de cada línea de medidas a través de la aplicación de un filtro de la media. El segundo permite visualizar los datos ya procesados, aplicando el mismo filtro (comparando siempre 5 x 3 valores) y una interpolación parcial. Las imágenes de la prospección magnética creadas con Surfer muestran por convención los valores positivos (nT alto) en blanco y los valores negativos en negro. En un último paso, los magnetogramas georreferenciados se exportaron en formato geotiff para su inclusión sobre el mapa topográfico del yacimiento, existente en Autocad (Fig. 2). La aplicación de este método proporcionó imágenes muy interesantes donde se observan anomalías en las cinco zonas prospectadas en Monte Bernorio. Las alteraciones medidas en el campo magnético natural de las mismas suelen corresponder a restos arqueológicos en el subsuelo, interpretables con facilidad como zanjas, fosos, estructuras de habitación y áreas de actividad humana. En otros casos, responden a estructuras naturales o intervenciones humanas modernas. No obstante, también las alteraciones antrópicas detectadas pueden pertenecer a diversos períodos históricos e incluso a intervenciones arqueológicas previas. Zona A (acrópolis, Fig. 3) La Zona A se sitúa en la parte más elevada de la montaña, en lo que se venía denominando como acrópolis del Bernorio. Las excavaciones en el año 2004 demostraron que, en realidad, se trataba de un castellum o "fuerte romano" construido tras la destrucción del oppidum (Torres-Martínez et al. 2011: 137-143). Las prospecciones cubrieron una zona del sector interno del castellum romano, relativamente alejada de la estructura conocida como "El Castillete". En la denominada Zona A (Fig. 3) se observan una serie de alineaciones que se han interpretado con trazos de color negro en los gráficos. Estas alineaciones podrían corresponder a muros con diferentes orientaciones. En este sentido, los valores de nT homogéneos y elevados deberían ser resultado de la acumulación de piedra o de material orgánico, ambos de origen antrópico. Otra alineación podría corresponder a una canalización o, con más probabilidad, un muro de gran tamaño, interpretable tal vez como un refuerzo de muro de terraza para la posterior urbanización del área. La zona marcada con una red de cuadrículas presenta anomalías desordenadas interpretadas como zonas de acumulaciones de derrubios o escombreras, dado el elevado nivel de ruido observable en los datos. Es probable que existan elementos constructivos aunque los resultados no se hayan logrado interpretar como tales. En la zona central dos fuertes anomalías, sin una morfología clara podrían ser zonas quemadas o de hornos. Estos resultados identificaron estructuras cuadrangulares, orientadas en sentidos distintos, que podrían indicar varias fases de ocupación. Al menos dos están confirmadas por los resultados del sondeo en la acrópolis (Fig. 2, Área 1, Cata 1). La prolongada ocupación de este espacio, unida a la construcción de "El Castillete", indicaría un establecimiento que iría más allá de la duración de las Guerras Cántabras (Torres-Martínez et al. 2011: 140-141, 143). Los trabajos de prospección geomagnética en la Zona B, en el interior del oppidum, se ubican en áreas donde apenas se han realizado campañas de excavación2. Por lo tanto, nos permiten Fig. 3. Arriba imágenes obtenidas en la Zona A de la acrópolis del Bernorio, en realidad, un castellum o "fuerte romano" construido tras la destrucción del oppidum. Abajo unas posibles estructuras cuadrangulares interpretables como construcciones romanas. Se observan dos fuertes anomalías (con altas diferencias de nT/geomagnética) sin una morfología clara (señalizadas con círculos grises), pero podría tratarse de zonas quemadas o de hornos (imágenes de F. Teichner y J. Vallés Iriso).'asomarnos' a áreas inéditas y comprobar si la información obtenida es coherente con lo que sabemos de las zonas ya excavadas. En las prospecciones de la Zona B1 se observan fuertes anomalías sin alineación aparente que permiten diferenciar tres zonas (Fig. 4). La zona más al norte presenta una granulometría moderada sin alineaciones. La zona central tiene mayores anomalías y alguna alineación aparente, aunque no muy clara. En la zona sur las pocas anomalías indican una ausencia de elementos constructivos. Estos resultados concuerdan con las prospecciones visuales realizadas en el interior del yacimiento, según las cuales, la práctica totalidad del área interior del oppidum parece estar distribuida en terrazas separadas por escalonamientos naturales reforzados, en muchos casos, con muros de obra. El espacio interior de estas zonas aterrazadas parece estar ocupado por construcciones dispuestas de modo agrupado, pero no adosado, dejando espacios para el paso entre éstas. También debemos señalar que durante la campaña geomagnética de 2008 se identificaron indicios de una gran construcción rectangular en la Zona B2 (Fig. 5). Esta edificación, al menos de treinta metros de lado, podría estar en relación bien con otra construcción de un tamaño un poco menor, incluida el ese mismo área, bien con una fase anterior o posterior. En todo caso estas grandes construcciones podrían estar indicando lo que podríamos denominar un "área pública", tal vez similar a las documentadas recientemente en otros oppida de la Europa centro-occidental (Fernández-Götz 2014). La existencia de áreas públicas con grandes edificaciones o estructuras interpretables como edificios para reuniones colectivas, almacenes comunales o zonas de talleres resulta coherente con el carácter de oppidum del yacimiento, como centro de agregación social, pero también de actividades económicas. Zonas C y D (terraza sur, Fig. 6) Las Zonas C y D se sitúan en una terraza asociada a la muralla próxima a la puerta sur del oppidum. Aquí las excavaciones se vienen desarrollando desde el año 2004 en que se localizó este tramo de muralla. En este área conocemos una secuencia de ocupación relativamente larga ya que los materiales se remontan al menos al inicio de la Primera Edad del Hierro. Una reestructuración provocó una intensa remoción del espacio interior de la terraza, documentada al menos por tres niveles que llegan hasta el momento final de destrucción del oppidum por el ejército romano (Torres-Martínez et al. 2012a: 142-145; Torres-Martínez et al. 2013b: 29-33). A partir de los trabajos de excavación sabemos que la planta de las edificaciones tiene probablemente una tendencia elíptica en las fases más antiguas y rectangular con esquinas redondeadas en las fases más recientes, lo que es coherente con los resultados de las prospecciones geomagnéticas. Están cimentadas en piedra, en algunos casos mediante un calzado de losas y en otros con piedras de mediano y pequeño tamaño agrupadas con barro apisonado en lo que parece ser un acondicionamiento, tal vez en una zanja. A veces se amortizan dentro de la obra materiales reciclados como fragmentos de cerámicas, de huesos grandes o de molinos de mano. Los muros, de manteado de barro mezclado con paja y elementos vegetales, se construían a partir de una estructura de postes y un entretejido de varas (zarzo). Una capa de enlucido, a base de arcilla más depurada, cubría los muros formando una superficie lisa y homogénea. Esta capa estaba recubierta, a su vez, de una especie de estucado fino, pintado en tonos marrones, amarillentos y blancos. Uno de los fragmentos de enlucido de pared recuperados tenía parte de unos signos o figuras en ocre. El barro empleado parece provenir de las vetas arcillosas del propio subsuelo del yacimiento y probablemente también de otras zonas de la montaña. Es muy posible que se produjera una continua reutilización de los materiales procedentes de las viviendas deterioradas lo que en muchos casos no facilita la identificación de los distintas secuencias de ocupación. Una gran parte de esta información proviene de los restos de muro cocidos en el incendio que destruyó el asentamiento (Torres-Martínez y Martínez 2012: 16-36). En este mismo sector de la terraza y en las inmediaciones del área excavada las prospecciones geomagnéticas en las Zonas C y D se destinaron a determinar la densidad de la ocupación y su trama constructiva. En ambas destaca sobre otros indicios una fuerte anomalía con una cierta alineación y continuidad que podría tratarse de un muro o muralla de cierta entidad. En zonas puntuales y localizadas una serie de anomalías de forma cuadrangular podrían estar indicando una construcción de cimentación potente o bien una base de torreón (Fig. 6). Estas estructuras formando grandes concentraciones de materiales "duros" no excluyen que hubiera otros niveles con restos de construcciones. Como ya hemos explicado, los restos de edificaciones excavadas hasta el momento poseen una cimentación somera de piedras y alzados de tierra, por lo que es muy difícil que aparezcan nítidamente en la prospección geofísica. No obstante los resultados sugieren cimentaciones de edificaciones y estructuras que parecen distribuirse sin orden aparente. Es interesante la posible existencia de una antigua línea de muro de contención o muralla subyacente en la terraza. En 2014 se han excavado hasta el suelo geológico dos cuadros de 2 m2, que forman un transecto desde la cara interna de la muralla hasta la base geológica de lo que creemos era el límite de la terraza "anterior". Ello ha permitido constatar un acondicionamiento artificial de la terraza, una verdadera obra monumental, observable asimismo en los resultados de las prospecciones, que la amplía al usar la muralla como muro de contención de un gran relleno de materiales. En dicho nivel de relleno se han localizado materiales pertenecientes a la I y II Edad del Hierro. En este sector no se ha identificado, por el momento, ninguna estructura interpretable como resto de una antigua línea de muralla, pero es evidente que ésta podría haber existido. Dado que aún hay potencia estratigráfica en una gran parte de la zona en excavación, no es descartable que los restos de esta estructura puedan ser localizados en próximas campañas. También son destacables los indicios de posibles estructuras de tipo torre adosadas a la línea de muralla. A veces aparecen muy al interior de la terraza, por lo que parecen asociados más a una posible línea antigua amortizada que a la actual. Pero, en las inmediaciones de la puerta sur, una de estas construcciones cuadrangulares sí parece asociada a la línea exterior y a la zona final de la rampa de acceso. Toda la puerta sur está arrasada casi por completo en la actualidad al haber servido tradicionalmente como cantera; no obstante, aún conserva los restos de la cimentación de una larga rampa que se encaja en una estrecha entrada acondicionada con grandes bloques de piedra inmediatamente debajo de los acantilados donde se sitúa la muralla. Este acceso terminaba en una pronunciada rampa de diseño acodado. Existían al menos otras dos puertas más con caminos de acceso acondicionados. En la puerta noroeste y la puerta norte todavía es posible identificar restos de las fortificaciones que las defendían. La estructura defensiva de la norte se establece a partir de un largo estrechamiento formado por las líneas paralelas de la muralla. La de la puerta noroeste era una estructura de tipo torre, de planta aparentemente cuadrangular y adosada a la línea de muralla por su cara interior, que dominaba lo que pensamos puede ser la zona de acceso. Esta se producía, como en el caso de la puerta sur, por medio de una rampa con diseño acodado, que penetraba por el vano situado entre dos tramos paralelos de la muralla. Zona E (necrópolis, Fig. 7) La terraza donde se emplaza una de las necrópolis del Bernorio y la única excavada arqueológicamente es otro sector con resultados muy in-Fig. Oppidum de Monte Bernorio, Zonas C y D. Arriba se muestran los resultados obtenidos. Se aprecia una fuerte anomalía con una cierta alineación y continuidad por lo que podría tratarse de un muro o muralla de cierta entidad. En zonas puntuales y localizadas se observan una serie de anomalías de forma cuadrada que podría ser una estructura adosada o una base de torreón. La línea con valores de magnetismo alto aparece en negro (arriba) y se interpreta como un muro (imágenes de F. Teichner y J. Vallés Iriso). R. Moro, capataz de las excavaciones arqueológicas de Antonio López y López, fue el primer excavador en 1890. El Marqués de Comillas, con intereses en la minería del carbón del norte de Palencia, se las encargó a R. Moro para obtener materiales arqueológicos en Monte Bernorio. R. Moro excavó en la acrópolis del yacimiento y tal vez en otras áreas, sin apenas resultados y posteriormente se dirigió a la necrópolis (Moro 1891; Navarro 1939: 164-172). En la terraza ahora conocida como la "necrópolis del Bernorio" encontró los puñales tipo "Monte Bernorio" y otros materiales que formaban parte de los ajuares que contenían los túmulos funerarios, datados entre los momentos finales del siglo IV y el siglo III a.C. (Moro 1891: 432-437; Cabré 1931: 222-241, fig. 4 y láms. La necrópolis se excavó en 1943 con la ayuda de lugareños para tratar de localizar la intervención de R. Moro. A 1,5 m de profundidad localizaba "seis u ocho" túmulos. Varios estaban alterados por dicha intervención y otros estaban aparentemente vacíos, pero en dos encontró ajuares intactos. J. San Valero (1944Valero (: 28-33, 1960) ) documentó las estructuras y sus materiales y los publicó, describiendo los túmulos como un amontonamiento de piedras dispuestas ordenadamente alrededor de la tumba con el ajuar, compuesto por puñales Monte Bernorio, puntas de lanza y tahalíes. Todo aparecía recubierto por una losa de mayor tamaño y, por su apariencia, denominaba estos túmulos "mesas de roca". Alrededor de las estructuras se localizaron abundantes fragmentos de materiales metálicos quemados. Estas toscas estructuras tumulares se construyeron en contacto con la base caliza del suelo y es probable que estuvieran cubiertas por un amontonamiento de tierra (San Valero 1944: 28-33, 45-47, láms. En el año 2004 se localizó en la misma terraza, pero mucho más al este, una zona con abundantes materiales arqueológicos, en su mayor parte cerámicas, con algunos fragmentos de piezas de gran calidad. Los hallazgos se distribuían por una amplia superficie de tendencia circular y ligeramente elevada que sugería la existencia de un túmulo de tierra de gran tamaño degradado por las labores agrícolas. También había indicios de actividad de expoliadores y noticias de que en ese lugar se habían obtenido algunos materiales metálicos, al parecer restos de armas. En las excavaciones de 2007 y 2008 se localizaron, bajo una capa de tierra removida por las labores agrícolas, una serie de manchas de ceniza y carbones que estaban asociadas a hoyos rellenos de materiales quemados con tierra mezclada con cenizas y microcarbones y materiales arqueológicos (Fig. 2, Área 7). Se recuperaron fragmentos de huesos cremados que, en principio, se identifican como humanos además de huesos de fauna. También aparecieron una cantidad relativamente importante de objetos metálicos fragmentados y con indicios de haber sido expuestos al fuego. Tenemos fíbulas, placas, agujas colgantes, restos de placas, apliques y adornos diversos en bronce, fragmentos de cadenas, remates, remaches, varillas, un fragmento de hoja de hierro y su enmangue de cuerna y algunos pequeños fragmentos cerámicos. Destacan algunos objetos de origen romano como una fíbula de tipo Alesia, remaches, tachuelas de caligae, etc. Todos los materiales se sitúan cronológicamente en la Fase final de la II Edad del Hierro. Con estas dos campañas se consiguió excavar el espacio ocupado por el túmulo hasta el nivel geológico. Los materiales muestran que se trata de tumbas de incineración indígenas de un modelo distinto al de tipo tumular documentado en el otro extremo de la necrópolis. Además los hallazgos sitúan el desarrollo de esta necrópolis entre, al menos, el siglo IV a.C. y muy probablemente el siglo I a.C., un periodo cuando se adoptan objetos de origen romano. Hemos propuesto que esto reflejaría la participación de algunos de los habitantes del oppidum en las distintas guerras contra Roma y en las Guerras Civiles lo que llevaría a la adopción de materiales militares romanos como las tachuelas de caligae o las fíbulas tipo Alesia. Este es el final de la vida en el oppidum en los momentos inmediatamente anteriores al final violento del asentamiento en la guerra con Roma. En el terreno contiguo al área excavada se llevaron a cabo las prospecciones geomagnéticas de la Zona E, diferenciándose dos partes claramente (Fig. 7). En la zona norte (marcada en la imagen con una red cuadricular), una serie de anomalías pronunciadas se interpretan como estructuras tumulares a partir de los fuertes contrastes de la susceptibilidad magnética, que darían ese aspec-to de acumulaciones constructivas arrasadas. Los resultados estarían indicando por tanto una gran concentración de posibles estructuras de piedra quizás con zonas quemadas y concentración de metales. También se ha interpretado una alineación (marcada en la imagen como línea de color negro) como un pequeño muro o más probablemente un foso de unos dos metros de anchura que pudo separar el espacio con estructuras de otro sin ellas. En esta segunda zona sur un área sin anomalías, por la anchura que presenta, podría tratarse de un camino. Lo identificamos como parte de los accesos a la puerta sur. Se sitúa como una franja de terreno despejado que discurre entre el foso que delimita la necrópolis y el borde de la terraza. Los trabajos de prospección geomagnética realizados en varias áreas del oppidum de Mon-te Bernorio han logrado varios fines. El primero ha sido facilitar la planificación de los futuros trabajos de prospección y excavación, así como determinar posibles zonas de reserva en las áreas intervenidas, al servir como indicadores de las que cuentan con mayor interés y potencial arqueológico3. También han ayudado a interpretar los posibles conjuntos de estructuras, en especial en la terraza del área sur. Tener una visión aproximada de la trama constructiva en esta extensa zona se ha traducido en una mayor seguridad a la hora de la toma de decisiones en el proceso de excavación. Además, las excavaciones efectuadas en este sector (Fig. 2, Área 3, Cata 1) han confirmado la mayoría de las informaciones obtenidas en las prospecciones geomagnéticas en las Zonas C y D localizadas en las proximidades. Las futuras intervenciones seguirán una planificación que permitirá confrontar sus resultados con los de las prospecciones geomagnéticas en otros sectores. Estas prospecciones permiten planificar cuidadosamente los trabajos a largo plazo, diseñando una estrategia de intervención adecuada a nuestra capacidad de actuación, esencial en una "Arqueología de Bajo Presupuesto" como la que se desarrolla en el yacimiento de Monte Bernorio desde hace ya más de una década. Esto permite maximizar recursos de forma eficaz. A su vez la planificación más precisa de los trabajos reduce el riesgo de exposición de zonas arqueológicamente sensibles a la actividad de los expoliadores o la incidencia de las inclemencias atmosféricas. Como resultado, se ha decidido reiniciar los trabajos de prospección geofísica que de cara al futuro incluirán varios métodos diferentes y complementarios. El fin propuesto es avanzar en un conocimiento previo del subsuelo del yacimiento, lo más aproximado posible al de las estructuras subyacentes. Además se pretende evaluar los resultados obtenidos a partir de los distintos métodos geofísicos empleados una vez sean parcialmente excavados los distintos sectores prospectados. Arriba se ven los resultados obtenidos. La septentrional tiene muchos contrastes en el magnetismo que podrían ser indicio de una actividad antrópica conectada con una zona de acumulaciones constructivas que pueden estar arrasadas. Una alineación representada en negro podría ser un pequeño muro. En cambio en la zona sur se observa la ausencia de anomalías en una banda homogénea cuya anchura sugiere que pudiera ser un camino de acceso (imágenes de F. Teichner y J. Vallés Iriso).
El enfoque del estudio sobre arte paleolítico, especialmente el rupestre, está variando en las últimas décadas. Se abandonan sistemáticamente unas premisas construidas sobre un terreno fangoso como son las diferentes hipótesis interpretativas o los intentos por crear cronologías estilísticas y se ahonda en estudios más analíticos y en hipótesis que abarquen otros campos más útiles para el conocimiento de los modos de vida, las tradiciones y el simbolismo de los grupos europeos del Paleolítico superior. En este nuevo camino podemos toparnos con la búsqueda de marcadores culturales, de definición de grupos o territorios a través del estudio de los pigmentos, de las técnicas de ejecución, de los propios motivos representados más que en la búsqueda de una quimérica explicación global para unas grafías de las que hace milenios que se perdió la conexión del canal entre el emisor y nosotros, los receptores. Bien es cierto que no podemos dejar de citar el revulsivo que supusieron los presupuestos teóricos de A. Leroi-Gourhan para la sistematización en el estudio del Arte paleolítico, pero éstos se han visto, con mayor o menor aceptación, puestos en duda por nuevos planteamientos teóricos y analíticos. El arte rupestre hace décadas que dejó de ser un arte de las cavernas, descubriéndose importantes yacimientos al aire libre (Foz Côa, Domingo García y especialmente Siega Verde, estudiado por el homenajeado). Los estilos de Leroi-Gourhan, estilos que rezumaban una gran dosis de evolucionismo cultural, han sido remozados o seriamente puestos en duda a partir de las recientes dataciones radiométricas, especialmente las de Chauvet (Quiles et al. 2016), pero no exclusivamente. El hecho de que algunas dataciones corroboren los estilos de Leroi-Gourhan, como las primeras realizadas a mediados de los noventa del pasado siglo en Altamira, El Castillo y Niaux (Valladas et al. 1992), y otras los dinamiten como las ya citadas de Chauvet pero también las muy antiguas de El Castillo mediante las series de Uranio (Pike et al. 2012), por no referirnos a la antigüedad del arte rupestre no-europeo (Aubert 2014), ha generado no pocas polémicas epistemológicas sobre la validez de los métodos de datación aplicados a este campo, cambiando la "Arqueología" por "Ciencia" como apuntan Alcolea y Sainz en el primer trabajo del volumen. Aunque estoy de acuerdo con el fondo, ya que existe una completa tiranía de las dataciones radiométricas sobre el planteamiento de hipótesis en el Paleolítico en general, no puedo compartir la nomenclatura empleada, ya que gracias a la "ciencia" se pudo constatar, por ejemplo el surgimiento autónomo del Megalitismo, al que se creía una degeneración de las grandes estructuras del Antiguo Egipto (Renfrew 1973). Quizás no sea solo cuestión de creer a pies juntillas lo que nos dicen los datos analíticos de la "ciencia", sino valorar y criticar los valores internos de esas dataciones, los contextos dónde se tomaron las muestras y los posibles efectos contaminantes de las mismas, como ha manifestado en varias ocasiones el propio homenajeado en este volumen. Uno de los investigadores que han abierto camino hacia esta nueva manera de enfocar los estudios de arte rupestre ha sido el profesor Balbín, al que se rinde homenaje por su jubilación con esta obra. En esta línea, los editores han acertado en articular su temática para que orbite alrededor de los campos de investigación del homenajeado: aspectos cronológicos, técnicas (en el sentido estricto del término) y su análisis y la relación espacial de las representaciones artísticas. En estos campos el profesor Balbín ha profundizado durante sus investigaciones con interesantes aportaciones como el denominado "estilo V", análisis de pigmentos, cronología, la meticulosidad en la toma de datos como en sus revisiones de La Pasiega o Tito Bustillo o el estudio del arte paleolítico al aire libre, entre otros aspectos. Considero que el título del volumen es un acierto porque resume perfectamente la percepción de estas nuevas maneras de acercarse al estudio del arte paleolítico, si podemos usar este término para referirnos a la expresión simbólica de estos grupos del Paleolítico superior. Lo primero que uno evoca al leer el mismo son otros trabajos con título similar como el afamado "Archaeology as Anthropology" de Binford (1962) y salvando las distancias epistemológicas, creo que este volumen alberga, en gran medida, ese espíritu de transición hacia nuevos campos de investigación. Como escribe los editores en la introducción: The symbols on the durable surfaces in caves, on rocks in the open air and on portable artifats are some of the best ways to approach an understanding of Upper Palaeolithic groups (p. vii) y con esa premisa de partida se proyectan las 17 aportaciones del libro. El volumen orbita en dos grandes campos temáticos muy imbricados en muchos casos. El primero está consagrado a la revisión de nuevas vías de estudio en el Arte paleolítico y el segundo se orienta más a presentar un estado de la cuestión en las áreas clásicas de esos estudios en la Península Ibérica (cornisa cantábrica, Portugal, Andalucía, Levante y Noreste, cuenca del Ebro) junto a la incorporación del noroeste de la misma, y la inclusión de algunas regiones clásicas del Viejo Mundo (Dordoña/Suabia). Se crea, por tanto, un panorama actualizado de los debates y hallazgos más relevantes del Arte paleolítico con dos útiles trabajos sobre el tema (Alcolea y Gónzalez-Sáinz; de Beaume), otros dos sobre análisis de pigmentos, uno más genérico (Herranz), el segundo con ejemplo de caso (Paillet); sobre cronología aplicada a las manos, pero sin olvidar el actual debate sobre las mismas (Pettit et al.), la relación simbólica entre representaciones y humanos (Hussain y Floss; Delluc y Delluc), además de estudios sobre las relaciones estilísticas y territoriales de un yacimiento en la "encrucijada" como es Fuente del Trucho (Utrilla y Bea), la conexión entre territorio y representaciones (Bahn), la construcción social del Arte Paleolítico (Vialou), la interesante asociación entre hábitat, espacio ritual y arte (Arias), las adaptaciones humanas al medio ambiente en el Mirón (Straus et al.), los últimos trabajos sobre el Arte paleolítico en Portugal (Santos et al.), las nuevas dataciones e interpretaciones del arte de La Pileta (Cortés et al.), la revisión analítica del arte en la región levantina, con especial interés en la variabilidad regional (Villaverde), el arte del final del Paleolítico en el noreste de la Península Ibérica, haciendo hincapié en las relaciones/ rupturas con el Arte levantino (Fullola et al.) y, por último, la cada vez menos desconocida evidencia del noroeste (Fábregas et al.). En este esquema echo en falta alguna contribución más sobre el arte al aire libre en la península o sobre la zona central de la misma, quizás omitida por razones obvias tratándose del profesor Balbín. Sin embargo, el volumen representa un trabajo que es digno del homenajeado ya que no es necesario ser poseedor de una bola de cristal para vislumbrar que va ser una obra de referencia en los próximos años. Chris Fowler, Jan Harding y Daniela Hofmann (eds.). Este libro amplía la serie de los Oxford Handbook que, como es conocido, se considera una de las publicaciones de referencia entre las obras de síntesis, especialmente orientadas a los estudiantes y a todos los buenos amantes del conocimiento. La sección de arqueología ha editado numerosas publicaciones con una gran variedad de temas y orientaciones. Entre las que pueden tener por referencia el estado de la cuestión de la investigación arqueológica de una región se hallan, por ejemplo, los magníficos volúmenes dedicados a la arqueología del Levante mediterráneo o de Anatolia (Steadman y McMahon 2011; Steiner y Killebrew 2014) o los más centrados en un tema o disciplina (arqueología marítima, de la muerte o de la religión, entre otros). El volumen que presentamos se incluiría en el grupo de temática por área geográfica al centrarse en la Trab. Su corto prefacio indica que la obra es ambiciosa por el tema escogido, su objetivo y la coordinación de más de 70 autores procedentes de 45 instituciones y 15 países. En efecto, sintetizar el conocimiento del periodo Neolítico para Europa es tarea muy difícil principalmente por la gran variedad de información disponible, generada por escuelas, proyectos de tradiciones muy distintas, reflejo en parte de la estructura política y social de este continente. Además está el propio dinamismo de la investigación que, aunque también tenga ritmos y fases diferenciadas según los países, en general en los últimos decenios se ha caracterizado por su renovación y ampliación de temas. Seguramente habría consenso en dos de sus múltiples causas: la renovación de la documentación arqueológica gracias a la consolidación de la arqueología de salvamento o preventiva, y el desarrollo y consolidación de las disciplinas analíticas y arqueométricas como la bioarqueología, etc. cada vez más potente y orientadas a resolver preguntas de tipo social y económico o a generar otras. Quizá la investigación del Neolítico europeo sigue en cierto modo estancada en el aspecto teórico, sin que la gran cantidad de datos obtenidos hayan supuesto la superación de los viejos debates como la llegada, distribución y estrategias adoptadas por estas primeras comunidades agrícolas. En todo caso la excelente obra The Oxford Handbook of Neolithic Europe puede ayudar a cualquier lector, investigador o estudiante a obtener una visión general de las primeras sociedades agrícolas ganaderas que se dan en Europa. Quizá la primera sorpresa sea la estructura y el planteamiento general del libro. Siguiendo una orientación plenamente consolidada en la tradición historiográfica anglófona, se estructura por temas o cuestiones sociológicas, dejando en un segundo plano las periodizaciones, las síntesis regionales o la caracterización y transformación de las culturas arqueológicas. Los editores en su breve introducción describen esencialmente el contenido del libro. En la única figura incluida con una representación espacio temporal de las principales culturas arqueológicas, exponen la parte II centrada en la movilidad, el cambio y la interacción a gran escala. Con una primera aportación sobre el paleopaisaje hay 5 capítulos muy interesantes y sugerentes sobre la movilidad de plantas, animales, ideas y personas. Esta parte finaliza con otros 5 capítulos centrados en el análisis de las secuencias culturales y el cambio cultural. La parte III, titulada "mundos neolíticos y los estilos de vida neolítica", es la más extensa y con mayor variabilidad de temas abordados sin ser a nuestro entender la mejor documentada. Como en el bloque anterior los capítulos están agrupados por áreas temáticas. La primera se centra en las estructuras de habitación. Las 7 contribuciones son principalmente análisis de las casas por regiones: Sudeste de Europa, Mediterráneo, Europa central, áreas lacustres del centro de Europa, Europa continental septentrional (Bandkeramik), Gran Bretaña e Irlanda y Escandinavia. La segunda área temática aborda principalmente las prácticas económicas orientadas a la subsistencia en áreas geográficas como la Europa central y del Este, la Europa del Norte y occidente, entre otras. Quizás en este ámbito específico destacaríamos el capítulo sobre la aportación de los análisis isotópicos en la alimentación del Neolítico que muestra la actualidad de la investigación. La tercera trata la materialidad y las relaciones sociales que se derivan de ella. Estudia de manera bastante equilibrada, los datos tecnológicos y sociales inferidos de las industrias líticas talladas o pulimentadas (3 capítulos), las producciones cerámicas (4 capítulos), la introducción de la metalurgia (3 capítulos), materiales diversos (ámbar, malacología, figuritas...) (3 capítulos más). Finaliza con una contribución sobre deposiciones en fosas y otra sobre las relaciones sociales que se desprenden del estudio de ciertos depósitos de animales. Esta parte del libro es extensa, ya que expone las dificultades de inferir productos e ideas a través de los procesos de intercambio y préstamo de materiales entre las comunidades neolíticas. También considera los fenómenos de adquisición e intercambio tecnológico principalmente a partir de materiales líticos y cerámicos. La introducción de la metalurgia nos parece básica para entender estos mecanismos si bien, al corresponder a procesos de adopción tecnológica desigual e intermitente, puede llevar a confusión si se adopta una perspectiva transregional. El cuarto bloque temático se centra en los monumentos, el arte rupestre y la cosmología. Puede ser otra sorpresa para el lector de la Península Ibérica que la inicien tres contribuciones contundentes sobre los fosos neolíticos o enclosures, asentamientos delimitados por fosos, muy a menudos circulares, cerrando espacios interpretados para un uso colectivo de función social, religiosa o astronómica. En el Neolítico peninsular están siendo estudiados solo en los últimos decenios gracias a las excavaciones preventivas o a los nuevos programas de investigación. El yacimiento de Mas d'Is (Bernabeu et al. 2003) sería un magnífico ejemplo de los problemas interpretativos de estas construcciones, ligados a la dificultad de lograr excavarlos en su totalidad y de establecer diacronías a nivel ocupacional. Una parte importante de este bloque corresponde a los monumentos megalíticos, aislados de la función funeraria y esencialmente tratados a partir de las evidencias del norte y oeste de Europa. Siguen 3 capítulos sobre arte rupestre que abarcan desde un fenómeno generalizado al territorio continental e insular del norte de Europa a manifestaciones más particulares del norte de Italia o la Península Ibérica (el único capítulo específico sobre la misma existente en la obra). Aquí se ha optado por repartir Europa en 5 grandes regiones (suroriental, mediterránea, central, septentrional y noroccidental) de límites difusos o sobrepuestos. Se ha intentado sintetizar desde la estructura funeraria, especialmente centrada en el megalitismo, a la diversidad de las prácticas funerarias llegando a cronologías que sobrepasan la secuencia neolítica. El libro finaliza con un capítulo IV titulado "conclusiones y debates para la arqueología neolítica". Su texto remarca la particularidad del centro y sureste de Europa en el proceso de adopción y consolidación de los principales elementos asociados al proceso de neolitización. Propone una definición para el concepto de sociedades neolíticas y finaliza con la problemática de los periodos de transición, en este caso hacia las sociedades de la Edad del Bronce. De la mano de autores como Kristian Kristiansen, Julian Thomas o Alasdair Whittle se sintetizan las principales propuestas, más teóricas que metodológicas, que permiten al lector entender las actuales líneas de trabajo. En general consideramos la obra muy recomendable para conocer de manera actualizada, el Neolítico europeo, quizá no tanto desde un planteamiento exclusivamente empírico de exposiciones detalladas de las diferentes "culturas arqueológicas europeas" sino más bien centrado en aproximarse a los fenómenos histórico-arqueológicos en sentido amplio. Este enfoque no es fácil pues como se puede imaginar parte como premisa básica del acceso y caracterización de registros arqueológicos, que como ya se ha dicho son dispares y desiguales desde el mismo momento de su formación y excavación. Otra característica del volumen es el importante esfuerzo realizado en la exposición y análisis de aspectos analíticos innovadores como las evidencias de la transformación del paisaje y/o las propuestas para identificar los patrones de movilidad de las comunidades prehistóricas. La dificultad de abordar fenómenos transcronológicos como el megalitismo, la implementación de la actividad metalúrgica o la misma adopción de la economía agrícola y ganadera con la voluntad de identificar los patrones de cambio en los ciclos agrícolas y ganaderos muestra, de nuevo, la complejidad de las propuestas de síntesis y de su lucha contra los discursos de tipo generalista. En esa lucha se destaca también los obstáculos para secuenciar el Neolítico, enmarcado entre el 6500 y el 2500 aC, poniendo en evidencia la complejidad de definir los cambios geográficos y cronológicos en el propio periodo. Difícilmente se puede tratar con el mismo detalle y número de páginas la diversidad regional y temporal existente en esos 4000 años. Sin embargo se echa en falta alguna secuenciación en esa diacronía y una mención especial a los fenómenos formativos. La obra trata la interacción con las comunidades orientales pero no la desarrolla, cuando de ella parte la propia diversidad intrínseca de los primeros grupos que adoptan de forma extensa la práctica agrícola, en cronologías de 11.000-10.000 a.C. Una introducción a la neolitización de Anatolia y de la actual Grecia ayudaría probablemente a la compresión del capítulo de Jean Guilaine. El fenómeno cardial, diseminado en distintos artículos, a nuestro entender tiene suficiente entidad para un capítulo. Igualmente los procesos de neolitización en las islas del Mediterráneo y del Atlántico son básicos para comprender estrategias de navegación y pautas de movilidad y asentamiento en espacios limitados y con recursos escasos. La obra ha hecho un importante esfuerzo de regionalización de Europa, aunque quizá por el alcance de esa diversidad no la ha podido mantener en todo el volumen ni del mismo modo en todos los capítulos. Estas dificultades subsisten y se generalizan cuando la visión es adoptada a escala macroregional o a partir de estudios de caso, algunos de ellos muy específicos. De nuevo, el trato metodológico a la variable arqueológica nos abre, una vez más, el debate del dato cualitativo y su representatividad y su papel en la formación del discurso histórico. El excelente volumen que comentamos es otra muestra del buen momento que están atravesando las síntesis del proceso de cambio económico y social del denominado neolítico. Destacaríamos, sin ánimo de exhaustividad, la serie de 6 volúmenes editados por M. Ozdogan et al. (2014 el último), uno de los elementos bibliográficos más notables en el ámbito de la síntesis y buena difusión de la arqueología oriental. A su vez el libro editado por Jean-Paul Demoule (2009) mantiene una ambición similar al que recensionamos. Todos ellos aumentan las obras sintéticas que facilitan a los estudiantes, a los estudiosos, pero también a los profesionales, visiones generales y amplias interpretaciones innovadoras. Este tipo de publicaciones colectivas de datos actualizados de carácter interdisciplinar son un importante impulso para seguir trabajando en la resolución de fenómenos de larga duración e inexorable impacto, y al mismo tiempo tan actual como el del Neolítico, uno de los grandes fenómenos de movilidad y transferencia cultural de Europa y de la historia de la humanidad. Llega a nuestras manos, con no poca prontitud, un libro muy esperado por la comunidad de estudiosos del mundo antiguo, en particular de los que se ocupan de la historia militar y de la guerra: el relativo a la batalla de Baecula, una de las más importantes de la Segunda Guerra Púnica en suelo hispano. Resonaba ya con fuerza, dentro y fuera de nuestro país, el eco de la fructífera y novedosa investigación llevada a cabo por el equipo responsable del "Proyecto Baecula" de la Universidad de Jaén desde 2002, por la que se había llegado a detectar, por primera vez, un campo de batalla importante de la guerra púnico-romana en el Cerro de las Albahacas, en el término municipal de Santo Tomé (Jaén). Las descripciones de las fuentes y el conocimiento arqueológico del territorio habían conducido a buscar en él las huellas de la batalla de Baecula y el oppidum correspondiente a la ciudad en el cercano Cerro de los Turruñuelos, en el mismo término municipal, todo lo cual implicaba rechazar la antigua identificación de Baecula en Bailén. La metodología empleada y los resultados obtenidos, por la calidad añadida por aquélla a los vestigios recolectados y a las huellas materiales detectadas, daban excepcional relevancia a las conclusiones y al proceso de investigación realizado, componentes de un verdadero unicum que es ya un hito en la historia de la arqueología. Prehist., 73, N.o 2, julio-diciembre 2016, pp. 377-388, ISSN: 0082-5638 Es un libro coral, en edición dirigida por los principales responsables del proyecto, que contiene 24 trabajos de autores diversos repartidos en dos grupos principales: el primero, de 8 artículos y de autores ajenos al proyecto, está dedicado a la contextualización de la Segunda Guerra Púnica; el segundo, de 15, corresponde al núcleo básico de la investigación que se da a conocer, con los artículos principales acerca de Baecula, la batalla y el territorio, redactados por el equipo de la Universidad jiennense responsable del proyecto, más los dedicados al estudio de las armas y de las monedas, a cargo de investigadores ajenos al mismo. A manera de apéndice se incluye un trabajo sobre el caso ejemplar, en la investigación de campos de batalla romanos, del de la famosa batalla de los bosques de Teotoburgo, del 9 a,C., en Kalkriese, cerca de la ciudad alemana de Osnabrück. Todo ello compone un grueso volumen de casi 700 páginas, en formato ca. A4, de apretado texto, profusa y cuidadosamente ilustrado, en una más que correcta edición, que es otro de los valores añadidos del libro. El grupo principal de trabajos se inicia con uno introductorio en el que el equipo reponsable -M. Molinos, A. Ruíz, J. P. Bellón, F. Gómez, C. Rueda, A. Sánchez y L. Ma Gutiérrez-explica el "Proyecto Baecula", su génesis, metodología empleada, desarrollo y resultados, en una muestra expresiva del planteamiento de la investigación como "de puertas abiertas", como se hace también modernamente en excavaciones arqueológicas de campo, que antes que cerrarlas a los demás, se los invita a entrar con la advertencia en contrario: "pueden pasar: estamos trabajando". En toda la publicación alienta ese afán por desnudarse académicamente ante la comunidad científica dando cuenta pormenorizada de qué y cómo se ha hecho todo, aunque a veces con relatos un punto extremosos y pormenorizados, que alargan notablemente el texto propuesto. Destaca en ello el capítulo que sigue -de autoría colectiva, como siempre, encabezado por J. P. Bellóndedicado a explicar el propósito básico de dotarse de una metodología adecuada a los objetivos del proyecto, una metodología que parte de la larga y solvente tradición de estudios arqueológicos sobre el territorio y el paisaje cultural e histórico del grupo de Jaén, y del conocimiento de la zona, que había que actualizar y concretar para una cuestión nueva y muy particular: detectar, analizar e interpretar un campo de batalla. El resultado, uno de los logros sobresalientes de la investigación emprendida, ha sido fijar protocolos muy contrastados para las prospecciones, excavaciones y la obtención de datos, la puesta a punto de herramientas cualificadas, como los Sistemas de Información Geográfica, las ortofotografías de alta precisión, incluso los detectores de metales, etc., que conforman un frente de acción de gran eficacia, acreditada por su puesta en acción con éxito en otros lugares, como ha hecho el mismo equipo en los escenarios bélicos anibálicos de Numistro y Grumentum, en Italia. Sin duda que la fijación de la propia metodología de trabajo ha sido un objetivo principal de los responsables del proyecto, bien conscientes de que los situaba "en un laboratorio histórico... y en un laboratorio metodológico" (p. El proyecto inicia su recorrido afrontando una dificultad, la necesidad de partir de un análisis detenido y valorativo de las fuentes literarias que describen la batalla, fundamentalmente las historias de Polibio y Livio, labor difícil para los especialistas y más para quienes no lo son, como el equipo del proyecto, formado por arqueólogos expertos en el mundo ibérico. Pero, como se hace ver en la explicación del proyecto (pp. 195-232), por ello se empieza, en una tarea que deja ver una limitada aproximación general a los textos, aunque suficiente para lo que hace a las referencias directas a la batalla de Baecula. Se percibe, además, el asesoramiento de especialistas y expresamente la contrastación de lo más importante en relación con la batalla de A. Domínguez Monedero, cuya opinión al caso se contiene en su artículo incorporado al libro sobre los autores antiguos que tratan la Segunda Guerra Púnica (pp. 29-48). Pero los autores dejan claro en todo momento que no hacen arqueología filológica: "el papel jugado por las fuentes clásicas debe entenderse como parte del sistema y no como eje que lo dirige y determina" (p. La investigación emprendida sobre el campo de batalla, como se dice en otro lugar, "da la palabra a la arqueología" (p. 591), con una voz propia que, según me gusta decir en acuerdo con los autores, permite no sólo superar la mera sujeción a las fuentes literarias sino permitir una enriquecedora relectura de las mismas. Lo fundamental de los resultados del trabajo de campo realizado se recoge en el largo y concienzudo artículo que firma en cabeza del equipo habitual J. P.. Se ofrece un detalladísimo -y más que verosímil-cuadro del territorio de Baecula, el oppidum de los Turruñuelos y, sobre todo, del escenario de la batalla en el Cerro de las Albahacas, así como del desarrollo de la misma a partir de la metódica obtención de los vestigios materiales y de su análisis arqueológico. Se suma a ello el enriquecedor estudio del armamento y demás artefactos propios de los intervinientes, que muestran todo su valor informativo en el espléndido estudio que se recoge en el artículo que firma en primer lugar Fernando Quesada (pp. 311-396), del mismo modo que aportan las monedas recuperadas, además de las imprescindibles referencias cronológicas, su especial relevancia indicativa gracias al estudio de Ma Paz García-Bellido, con Bellón y Montoro, que ocupa las pp. 397-425. En todo ello ha tenido justa resonancia el enorme partido, como fuente de información, del registro de los modestos clavii caligares, los clavos Trab. Prehist., 73, N.o 2, julio-diciembre 2016, pp. 377-388, ISSN: 0082-5638 del calzado legionario romano, cuyo seguimiento ha sido básico para captar los caminos recorridos por las tropas romanas y, siguiéndolos como los guijarros o los mendrugos de Pulgarcito, localizar el campamento romano en la Loma de Garrancho (p. Me reitero en la riqueza de contenidos del citado artículo conclusivo, abordado sobre bases teóricas y metodológicas derivadas de la antropología y la sociología -muy deudoras, entre otros, de M. Godelierdeterminantes de concepciones propias de la arqueología del paisaje, en función de las cuales se estudian la batalla y el lugar de la misma como un "espacio asociativo". Escenario y batalla son sometidos a una "deconstrucción" decantada en una secuencia de escenas diferenciables según la articulación de lugares y momentos (p. El resultado es una meticulosa reconstrucción de elementos y de procesos, descritos de forma igualmente meticulosa, que conforman un cuadro general de sorprendente detallismo, aunque cabe la crítica de que se propone en un cuerpo de doctrina algo fragmentario o, dicho de otra manera, en un cuadro de pinceladas diferenciadas, como en el puntillismo ensayado por los pintores del postimpresionismo. El muy elogiable afán por recomponer hasta los más mínimos detalles de la acción militar puede que a veces resulte en propuestas que seguramente desbordan lo razonable. Pero es, siempre, una apuesta por la autoexigencia y el afán de profundización que dan su tono particular a la maquinaria de alto rendimiento que impulsa el "Proyecto Baecula". Y en el apartado conclusivo tiene su apropiado lugar en el libro el artículo de F. Quesada dedicado a proponer una renovada lectura histórica y estratégica de la batalla (pp. 601-620), con la lectura de que más fue una acción de retaguardia preparada por Asdrúbal para, sacrificando una parte de su ejército, distraer a Escipión y marchar a Italia en auxilio Aníbal, su preocupación principal. Es una muestra de cómo la investigación realizada se integra con fuerza y brillantemente en la oleada moderna de verdadera revolución de los estudios de la arqueología militar y de la guerra. Es el frente científico renovado en esta dirección que asoma en los trabajos reunidos en la citada sección primera del libro sobre la contextualización de la Segunda Guerra Púnica (SGP) y en el trabajo final de A. Rost y S. Wilbers-Rost sobre la batalla de Teotoburgo. Tras la muy docta reflexión inicial del gran especialista italiano G. Brizzi y el citado artículo de Domínguez Monedero sobre las fuentes escritas de la SGP, varios artículos tratan de diversas zonas y escenarios de su desarrollo en Hispania, siempre con perspectivas novedosas: los campamentos romano-republicanos al norte del Ebro (por J. Noguera et al.), el destacado lugar de Sagunto (por C. Aranegui), las muchas e importantes huellas de la SGP en el área contestana, con la relevancia de Tossal de Manises como centro púnico (por M. Olcina y F. Sala), o la renovada imagen de Qart Hadasht (Cartagena) y de su papel militar (por S. F. Ramallo y M. Camino). A ello se une el estudio de A. Canto, que opuesta a la nueva geoubicación de Baecula, se incorpora al libro con un detenido artículo sobre los escenarios previos a la batalla en el Alto Guadalquivir. Una aproximación al contexto económico de Iberia en la SGP, con atención al comercio, corre a cargo de V. Martínez Hahnmüller y J. L. López Castro. En suma, estamos ante un libro que representa la primera gran entrega del magnífico "Proyecto Baecula", que dota a la comunidad de estudiosos de un riquísimo bagaje de novedades y conclusiones arqueológicas e históricas. Subrayan sus autores lo que consideran uno de los más firmes logros de la investigación realizada desde el punto de vista arqueológico: "formalizar el conjunto de materiales diagnósticos pertenecientes a un campo de batalla de la Segunda Guerra Púnica" (p. Y así es, por primera vez, y con el sólido fundamento del estudio en que se apoya. Gracias a él se hace posible el trazado de nuevos horizontes, escrutados en un artículo final que firma A. Ruíz en primer lugar, en el que se reflexiona sobre la visibilidad de los hechos históricos, la memoria de los mismos en el tiempo, los compromisos de la nueva historia y la nueva arqueología ante todo ello, las posibilidades de enriquecimiento del patrimonio y su disfrute social, incluido el patrimonio inmaterial, particularmente enriquecido por la investigación que el "equipo Baecula" ha patrocinado. Y todo ello se presenta en un libro denso, con contenidos que es imposible discutir con detalle, si fuera el caso, en una reseña como ésta, un libro fruto de una edición que, por su nivel y dignidad, está a la altura del proyecto de investigación que publicita. Cierto es que en toda buena página puede haber algún borrón: por ejemplo el fallo de maquetación final del artículo de A. J. Domínguez Monedero, que deja desubicado el cuadro comparativo de los textos de Polibio y Livio, que está anunciado en el párrafo penúltimo de la página 40 y aparece en el comienzo de la siguiente, la 41, lo que estorba la comprensión y el seguimiento del texto. Pero nada empaña un libro que señala un hito en la investigación arqueológica e histórica de la Antigüedad por el que debemos felicitarnos y felicitar, asimismo, a sus autores y editores. Catedrático de Arqueología (jubilado) de la Universidad Autónoma de Madrid. El expediente elaborado para la candidatura justificaba el Valor Universal Excepcional de estos monumentos en el cumplimiento de tres de los seis criterios establecidos por el Comité de Patrimonio Mundial para los bienes culturales. El número, tamaño, peso y volumen de los bloques de piedra y las características arquitectónicas de los monumentos convierten a los Dólmenes de Antequera en uno de los trabajos de ingeniería y arquitectura más importantes de la Prehistoria europea. Según el "criterio iii" los dólmenes ofrecen una visión excepcional de las prácticas funerarias y rituales de una sociedad prehistórica y materializan una extraordinaria concepción del paisaje. Menga es el único dolmen en Europa continental que se orienta hacia una montaña antropomorfa como la Peña de los Enamorados (Fig. 1). A su vez el tholos de El Romeral, orientado hacia la sierra de El Torcal, es un caso excepcional de orientación hacia la mitad occidental del cielo. Por último, el "criterio iv" subraya la originalidad de los diferentes tipos de arquitectura Fig. 1. Entrada del sol en la cámara de Menga en la que se aprecia la orientación del dolmen hacia la Peña (fotografía de Javier Pérez González. Archivo del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera). Prehist., 73, N.o 2, julio-diciembre 2016, pp. 377-388, ISSN: 0082-5638 megalítica del bien -arquitectura adintelada en Menga y Viera y arquitectura de falsa cúpula de El Romeral-y lo convierten en una de las expresiones del megalitismo más importantes a nivel mundial. A todo ello se unen, además, dos condiciones fundamentales: su autenticidad e integridad. La inscripción del Sitio de los Dólmenes es el fin de un largo proceso que tomó impulso a partir del año 2010 y se enmarca en la aprobación ese año en Brasilia del Programa Temático de Patrimonio Mundial denominado "Evolución Humana: Adaptaciones, Migraciones y Desarrollos Sociales" (HEADS). Esta estrategia emanaba del interés de UNESCO por ampliar categorías poco representadas y mejorar la cobertura geográfica de los bienes inscritos para lograr una Lista del Patrimonio Mundial más "equilibrada, representativa y creíble". Dentro de este programa se establecieron tres tipologías: los yacimientos ligados a la evolución humana, los lugares con arte rupestre y los yacimientos prehistóricos vinculados a la capacidad humana para adaptarse e innovar. Los objetivos de esta estrategia eran incrementar el número y la dispersión geográfica de los bienes inscritos y, además cumplir las denominadas 5 Cs: 1) aumentar la credibilidad del Programa temático a través de la investigación interdisciplinar y los análisis comparativos para inscribir sitios con Valores Universales Excepcionales con las condiciones necesarias de autenticidad e integridad; 2) mejorar su conservación a través de la colaboración entre sitios para compartir experiencias sobre conservación y gestión; 3) lograr una mayor capacitación en la tutela de estos bienes mediante la cooperación entre personas expertas pertenecientes a universidades, centros de investigación y administraciones; 4) aumentar la sensibilización, la participación y el apoyo público al Patrimonio Mundial mediante la comunicación y 5) fortalecer el papel de las comunidades en la aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial. El Estado español, uno de los principales impulsores de este programa, ya había inscrito bienes en dos categorías: en la relativa al arte rupestre la cueva de Altamira y el Arte Paleolítico del norte de España (1985), además del Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica (1998), y en la de yacimientos relacionados con la evolución humana el Sitio arqueológico de Atapuerca (2000). Quedaba, por tanto, integrar un bien que cumpliera con los criterios de la tercera de las tipologías, la relativa a yacimientos prehistóricos relacionados con la capacidad de innovación y adaptación y que pudiera sustentar los objetivos de las 5 Cs. En ese momento Nuria Sanz, coordinadora general del programa HEADS, realiza los primeros contactos con el Conjunto Arqueológico de los Dólmenes de Antequera para conocer las posibilidades de plantear una candidatura a la Lista de UNESCO. El Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera había experimentado un renovado impulso a partir de 2004 coincidiendo con la llegada a la dirección de Bartolomé Ruiz González. Desde el primer momento los esfuerzos se centraron en reforzar la tutela de los bienes a partir de las acciones de Investigación, Protección, Conservación y Restauración, y Difusión, mejorando además la estructura administrativa de la Gestión. Entre estas acciones destaca la declaración de los Dólmenes de Antequera, que eran Monumento Nacional (la declaración de Menga es de 1896) como Bien de Interés Cultural en la categoría de Zona Arqueológica en 2009, o la elaboración del Plan Director del Conjunto con vigencia 2011-2018. Sin embargo, las actuaciones más importantes y que, a la postre, han servido para sustentar la candidatura han seguido dos líneas. Primero se ha emprendido por una parte, una intensa recopilación de toda la documentación disponible desde el siglo XVI en cualquier formato: artículos científicos, obras literarias, documentos en archivos, fotografías, dibujos y grabados. Por otra parte, ha habido el empeño de promover una investigación de excelencia que en los últimos años ha acrecentado de manera muy evidente el conocimiento sobre los dólmenes y sobre el territorio en el que se encuentran. En este sentido, los dólmenes cuentan con una amplia nómina de investigadores e investigadoras, desde la figura clave de Michael Hoskin (Universidad de Cambridge) que proporcionó las bases de los valores universales excepcionales con el estudio de las orientaciones de los megalitos antequeranos, hasta Leonardo García Sanjuán (Universidad de Sevilla), Dimas Martín Socas y Ma Dolores Camalich Massieu (Universidad de La Laguna) Rodrigo Balbín y Primitiva Bueno (Universidad de Alcalá de Henares), Gonzalo Aranda Jiménez (Universidad de Granada), David Wheatly (Universidad de Southampton), Francisco Carrión (Universidad de Granada) o Rafael Maura (Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid) entre otros. Todo ello se ha combinado con un programa de difusión del conocimiento, basado en la creación de una revista científica Menga. Revista de Prehistoria de Andalucía (Brandherm 2012) y su serie monográfica, iniciada en el año 2010, y en la edición de libros orientados a un público no especializado, así como en la organización de los Congresos de Prehistoria de Andalucía. En este contexto, en septiembre de 2011 se celebró en Málaga y Antequera la reunión internacional "Sitios Megalíticos y la Convención de Patrimonio Mundial" organizada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, el Gobierno de España y UNESCO con un doble propósito. El primero era que especialistas en investigación, gestión, conservación y difusión de sitios megalíticos de todo el mundo debatieran y establecieran los principios y criterios que debían regir las incorporaciones a la lista de este tipo de monumentos. El segundo era analizar las características de Trab. El expediente finalmente fue presentado a UNESCO para su consideración por parte del Estado español a inicios del 2015 y, tras las pertinentes evaluaciones, fue informado favorablemente en mayo de 2016, siendo definitivamente aprobado durante la mencionada reunión del comité celebrado en Estambul. Desde el primer momento del proceso quedaron patentes los dos escollos a los que se enfrentaba la candidatura del Sitio de los Dólmenes. Primero un polígono industrial con un descontrolado crecimiento y una protección poco adecuada ahogaba los megalitos. Además el edificio, futura sede del museo de sitio, construido en los años 1990, nunca tuvo una utilidad determinada y rompía con todas las dinámicas paisajísticas y visuales tan necesarias para entender el conjunto megalítico. Afortunadamente, la administración local y la autonómica fueron capaces de reaccionar comprometiéndose a modificar tanto la actual situación del entorno de los dólmenes, como la adecuación del edificio a la realidad paisajística, acciones cuyo cumplimiento revisará UNESCO en 2019. Independientemente del (feliz) resultado final, el propio camino hacia la inscripción del Sitio de los Dólmenes de Antequera ha merecido la pena, se ha reconocido la relevancia de la investigación en este tipo de procesos, se han reforzado las dinámicas de comunicación, se han comprometido acciones para la mejora de su entorno y se ha logrado que la ciudadanía se identifique con su patrimonio más cercano.
Criado Boado, Felipe; Parcero Oubiña, César; Otero Vilariño, Carlos; Cabrejas, Elena y Rodríguez Paz, Anxo. Este libro ofrece una interesante visión de la historia de Galicia basada en la lectura arqueológica de las transformaciones del paisaje. Un trabajo imprescindible para los investigadores dedicados a la arqueología del noroeste de la Península Ibérica, pero que a la vez se escribe con un inequívoco afán divulgativo, y un estilo directo y accesible, que hacen de este libro una magnífica y recomendable obra de alta divulgación científica. A modo de síntesis de los resultados obtenidos a lo largo de los últimos 20 años por el grupo de investigación del Incipit, la mayor parte de la obra se centra en la Prehistoria Reciente (cap. 4 y 5) y la Protohistoria (cap. 6). La Antigüedad y el Medievo, a los que el equipo ha dedicado una menor atención, se tratan más superficialmente (cap. 7), al igual que los paisajes de la Prehistoria que apenas encuentran acomodo en el texto. El libro incluye además un capítulo sobre el paisaje tradicional (cap. 3) y otro sobre la evolución ambiental (cap. 2) que muestra la decidida vocación interdisciplinar de este grupo de investigación. Más allá de los límites geográficos fijados en el título de la obra, el preámbulo y el primer capítulo aportan una interesante reflexión teórica sobre la definición del paisaje cultural y los fundamentos epistemológicos de su arqueología, que extienden el atractivo de este libro hacia un público mucho más amplio del estrictamente interesado en la arqueología gallega. El conjunto de la obra se acompaña de un cuidado aparato gráfico, que sin embargo desmerece por su publicación en un formato inadecuado, en donde muchas de las imágenes se presentan en tamaño ininteligible. Glosario y textos en catalán, castellano e inglés. Los discursos del poder en el mundo ibérico del sureste (siglos VII-I a.C.). Prólogos Santiago Montero y T. Chapa Brunet. Bibliotheca Praehistorica Hispana XXXII, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Graells i Fabregat, Raimon y Marzoli, Dirce (eds.). Armas de la Hispania prerromana: Actas del Encuentro Armamento y arqueología de la guerra en la Península Ibérica Prerromana (s. VI-I a.C.): problemas, objetivos y estrategias. Adam y la Prehistoria. Prólogo Juan Pedro Bellón. Colección Historiadores, Urgoiti Editores. Mínguez García, Ma del Carmen y Capdevila Montes, Enrique (eds.). Manual de tecnologías de la información geográfica aplicadas a la arqueología. Cursos de formación permanente para arqueólogos 5, Museo Arqueológico
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. El 21 de septiembre de 2016 falleció Paul Ambert en Clapiers (Francia), como consecuencia de las múltiples complicaciones de una larga enfermedad renal que soportó con abnegada resignación durante más de 30 años, la mayoría de los cuales los vivió conectado periódicamente a una máquina de diálisis. Paul Ambert se formó en Aix-en-Provence, en la Université Aix-Marseille, donde se tituló como geólogo, geomorfólogo y prehistoriador. En toda su actividad profesional se percibirá el ensamblaje de esas tres especialidades (Fig. 1). Su pasión por la investigación de campo aflora desde sus tempranas publicaciones, cristalizando, primero, en su tesis de tercer ciclo (Ambert 1973), y años más tarde en su tesis de estado (Ambert 1991), obra esta última de gran repercusión no sólo en el campo de la Geología sino también entre los prehistoriadores por incluir el estudio de los recursos de materias primas silíceas relacionables con los numerosos yacimientos paleolíticos de la región, amén de efectuar interesantes incursiones en la descripción de los paleopaisajes del Languedoc. Sus contactos como investigador del CNRS se fraguaron en los años de elaboración de su tesis (en la U.M.R. 903, Aix-en-Provence), pasando más tarde por otras Unidades hasta ser Director de Investigación de la U.M.R. 5608, Travaux et Recherches Archéologiques sur les Cultures, les Espaces et les Sociétés (TRACES), con sede en la Universidad Jean Jaurès de Toulouse, a la que perteneció hasta su muerte. Su magisterio en Toulouse ha dejado profunda huella entre los muchos estudiantes que se formaron con él. Gran conocedor de la Prehistoria del Sureste francés, a comienzos de la década de 1980 sus investigaciones se orientaron (sin descuidar los otros campos) hacia la minería y metalurgia prehistóricas en la región de Cabrières (siendo Director de Investigación del distrito minero de Cabrières-Péret entre 1979 y 2011). Fue entonces a Museo Arqueológico Nacional, Madrid (jubilado). Prehist., 74, N.o 1, enero-junio 2017, pp. 7-8, ISSN: 0082-5638 cuando comenzó una fructífera etapa de investigación arqueometalúrgica en colaboración con J.-R. Bourhis y otros colegas, cuyas primeras publicaciones revelaron la originalidad de las mineralizaciones de la zona, los cobres con antimonio-plata, fielmente reflejada en las primeras producciones metálicas neolítico-calcolíticas de Cabrières y, con el tiempo, seguir su pista más lejos. Las dataciones radiocarbónicas obtenidas en varias minas y en unos pocos yacimientos arqueológicos con metalurgia agregaron al panorama investigador internacional el centro minero-metalúrgico más antiguo de Francia. Sus trabajos se han visto coronados con la excavación, desde comienzos de la década de los años 2000, del poblado metalúrgico de La Capitelle du Broum (Pèret), cuya última campaña se cerró apenas un mes antes de su muerte. El descubrimiento de la singularidad metalúrgica de este yacimiento, aprovechando los recursos mineros de sus cercanías y procesando el mineral en cubetas de reducción, debe mucho a sus esfuerzos por involucrar en la investigación a laboratorios de prestigiosas instituciones como el Laboratoire d'Antropologie, Préhistoire, Protohistoire et Quaternaire Armoricains (Rennes), el Deutsches Bergbau-Museum (Bochum), el Centre de Recherche et de Restauration des Musées de France (Paris) y el Museo Arqueológico Nacional y el CSIC de España, entre otras. Porque Paul Ambert ha sido un investigador de trabajo en equipo. Asoció a sus proyectos no sólo a colegas de reconocido prestigio internacional sino que sus trabajos de campo fueron siempre un aula abierta en la que se han formado decenas de especialistas. Destacaría en ese sentido los varios años de colaboración en las excavaciones de La Capitelle de un equipo de estudiantes alemanes de la Universidad Albert-Ludwigs de Friburgo liderado por Ch. O los años de la Acción Integrada Hispano-Francesa (2000-2002) promovida por Paul Ambert que permitió reunir en Cabrières y en varios puntos de España a su grupo de investigación con un grupo español formado por especialistas del CSIC, de la Universidad de Valladolid, de la de Oviedo y del Museo Arqueológico Nacional, para discutir sobre el terreno cuestiones relativas a minería y metalurgia prehistórica, culminando en dos encuentros internacionales celebrados en Zamora (Fernández Manzano y Herrán Martínez 2003) y Carcassonne (Ambert y Vaquer 2005). Llegados a este punto le resulta imposible a quien esto escribe separar los aspectos curriculares de Paul Ambert de la relación personal. Porque Paul era un hombre de carácter abierto, de trato exquisito, cordial, con quien resultaba fácil pasar de lo estrictamente profesional a la relación amical. Su talante reflexivo reunía en torno suyo a estudiantes, amigos y colegas en amenas tertulias por las que discurrían sus muchos saberes para servir de acicate a la exploración y discusión de nuevas perspectivas en torno a las cuestiones que la investigación del momento planteaba. Desde 2001 frecuenté en muchas ocasiones su casa de Clapiers en las que el trabajo era la excusa para disfrutar de su amistad y de la de su esposa, Martine. Su casa, su mesa, su biblioteca, su precioso archivo y su prodigiosa memoria han estado siempre a disposición de quienes nos hemos acercado a él. Paul se ha ido y sobre su escritorio ha quedado inconcluso un artículo compartido y muchos planes de futuro: la monografía de La Capitelle, las tesis pendientes, la revisión de excavaciones antiguas... Ninguno esperábamos que se fuera tan pronto. Descanse en paz el amigo, en el pequeño cementerio de Clapiers, a unos cientos de metros de su casa en la pineda de Le Clos. De su paso nos queda un repertorio bibliográfico que no pierde actualidad, su ejemplo de investigador irreductible y su generosa vocación de abrir caminos a la ciencia.
Se estudia en este texto un yacimiento singular que ofrece importantes novedades, tanto por su reocupación discontinua en épocas distintas (con una secuencia amplia que cubre desde el Neolítico a la Edad del Hierro), como por su aparente funcionalidad ritual en todas ellas, y la posible identificación de una estructura funeraria de la Edad del Hierro de Galicia. Al mismo tiempo, este trabajo se plantea como caso de estudio que permite definir un procedimiento para reconstituir la secuencia y función de yacimientos abiertos de la Prehistoria Reciente de Galicia caracterizados por no presentar estratigrafía vertical. Este problema se solventa con el entrecruzamiento de diferentes técnicas de análisis basadas todas ellas en un registro de excavación de calidad que se sirve de análisis de cultura material, radiocarbónicos, distributivos, sedimentológicos y edafológicos. proyectos de control arqueológico de obras públicas ha documentado yacimientos arqueológicos de este tipo, lo que permite conocer el espacio habitacional y cultual de las sociedades de la Prehistoria Reciente. El registro de este tipo de sitios está condicionado por la ausencia de una estratigrafía arqueológica vertical. La secuencia estratigráfica es muy simple y de carácter natural: por debajo del horizonte A de tierra vegetal, se dispone un horizonte B de transición y el horizonte C o roca madre alterada (xabre). El material arqueológico se presenta fundamentalmente en el horizonte B y a veces en la parte superior del C. Sin embargo, dada la desconexión estratigráfica entre las estructuras y los materiales, resulta imposible saber cuál es su secuencia en el yacimiento. El hecho de que casi la totalidad de las evidencias arqueológicas (tanto estructuras como materiales) se encuentren en el horizonte B supone un problema que ya hemos identificado en otros yacimientos gallegos adscribibles a la Prehistoria Reciente, y que es consecuencia directa de los procesos postdeposicionales que afectan y transforman los suelos de los yacimientos y que tiene como resultado el desdibujado de las estructuras arqueológicas y de los niveles asociados a ellas. Tampoco la arqueografía es suficiente para hacer un diagnóstico de estos sitios. Si bien el material cerámico documentado se sitúa de forma genérica en la Prehistoria Reciente, carecemos de datos que permitan dar una cronología más precisa. Para solventar esta problemática se ha diseñado una estrategia de trabajo que combina la aplicación de un análisis edafológico integral, complementado con una toma sistemática de muestras de aquellos depósitos de colmatación de las estructuras y de los artefactos más significativos, para obtener una serie de analíticas radiocarbónicas que facilite la comprensión global de la ocupación de los yacimientos a lo largo del tiempo. A su vez, se aborda un estudio de la distribución de los materiales ergológicos a nivel microespacial que contribuye a la definición de la secuencia cronológica de las diferentes actividades en el yacimiento y a hacerlas comprensibles en relación con los procesos de formación del suelo y su contexto paleoambiental. Consideramos que una estrategia de investigación de este estilo pueden proporcionar un apoyo importante de cara a la interpretación de este tipo de yacimientos, y puede contribuir a solventar algunos de los problemas de la investigación cronológica que apunta A. Gilman (2003) para la Península Ibérica, y que son extrapolables a la Prehistoria Reciente de Galicia. EL CONTEXTO DEL PROBLEMA: DEVESA DO REI COMO EJEMPLO El yacimiento de Devesa do Rei (Vedra, A Coruña) se emplaza en una dorsal lateral que, con una orientación SO, desciende desde la divisoria conformada por el Pico Sacro, célebre hito topográfico próximo a Santiago que podemos clasificar como monumento salvaje. Se sitúa en un pequeño collado que sirve de vía de tránsito natural en dirección SE-NO y que ha sido dedicado tradicionalmente a la explotación forestal, a diferencia de la utilización secular como espacio habitacional y de explotación agrícola intensiva de las zonas de valle inmediatas. El proyecto arqueológico se desarrolló siguiendo una secuencia operativa que englobó las siguientes fases de trabajo: b) Zanjas mecánicas valorativas que mostraron estructuras de naturaleza antrópica excavadas en el sustrato mineral con abundante material cerámico asociado y adscribible genéricamente a la Edad del Bronce. c) Sondeos manuales de dos de ellas para definir correctamente la estratigrafía de la zona. d) Limpieza superficial por medios mecánicos del área de cautela. e) Limpieza manual de los restos de tierra vegetal para regularizar el área y localizar las estructuras arqueológicas. f) Excavación en área de las zonas de mayor acumulación de material y con presencia de estructuras. g) Finalmente un desbroce con medios mecánicos del horizonte B en las zonas que no habían sido excavadas manualmente (675 m 2 ), con el fin de identificar y excavar nuevas estructuras (1). Análisis de las estructuras y dataciones radiocarbónicas (2) Dentro del conjunto de estructuras destacamos un primer grupo formado por aquellas excavadas directamente en el sustrato rocoso y otro grupo formado por construcciones en piedra apoyadas sobre el horizonte B. En el sector 07 de la intervención se documentaron los restos de una pequeña hoguera de forma ovalada, excavada en el horizonte B correspondiente a un nivel de tierra carbonizada que aparecía sellado por piedras de granito y de gneis con restos de quemado en su base. Esta estructura se ubica sobre una fosa con sección en U excavada en el sustrato mineral, identificada en el perfil de una de las zanjas practicadas en la fase de los trabajos previa a la excavación. Esta pieza pertenece a un recipiente compuesto por medio centenar de fragmentos sin decorar (CADEV0126) que se localizan en dos áreas de concentración claras, una próxima al sector 09 y otra cerca del sector 01, de donde procede el fragmento datado. En el sector 05 se localizó una estructura lineal de 12,50 m de longitud, con una orientación en planta N-S y una profundidad de 15 cm, excavada en el horizonte B. El corte, colmatado por un depósito único de tierra marrón con pequeños cuarzos, presenta una sección en U con paredes irregulares y numerosos agujeros de pequeño tamaño en la base. Las características morfológicas de esta estructura, así como su disposición y el tamaño uniforme de los pequeños agujeros documentados permiten plantear la hipótesis de que se trata de una zanja de sustentación de una pequeña empalizada erigida con materiales perecederos. Al SE de esta zanja documentamos una estructura compleja formada por un círculo lítico muy desmantelado apoyado sobre el horizonte B, de 7 m de diámetro. La datación de su sedimento basal, correspondiente al suelo original sobre el que se levantó esta construcción, se realizó mediante extracción de materia orgánica dando como resultado una cronología 1380-1051 cal BC (Ua-20012). En el centro de este círculo lítico se localizó una fosa circular excavada en el sustrato mineral en cuyo interior se identificó una sucesión de niveles de tierra sellados por depósitos de piedras. Una losa granítica de 1,38 m de largo se apoya en la pared NO a modo de estela. Todo el perímetro de la fosa aparece remarcado por un anillo de piedras de gneis perfectamente encajadas, del que parte un pequeño apéndice lítico con una orientación S. El penúltimo (1) Trabajo realizado por el Laboratorio de Patrimonio, Paleoambiente e Paisaxe (LPPP) de la Universidad de Santiago de Compostela vinculado como Unidad Asociada al Instituto de Estudios Galegos Padre Sarmiento (CSIC-Xunta de Galicia), en el marco del Programa de Corrección del Impacto Arqueológico de la Autopista Central Gallega en el tramo Santiago-Alto de Santo Domingo (Prieto et al. 2002, Aboal et al. 2003). Las publicaciones derivadas de este proyecto han sido financiadas a través de la convocatoria: Programa de Tecnoloxías para a Innovación-Tecnoloxías da Construcción e da Conservación do Patrimonio do ano 2004. Consellería de Innovación, Industria e Comercio. (2) Las dataciones radiocarbónicas mencionadas en este trabajo han sido realizadas por el Angströmlaboratoriet de la Universidad de Uppsala, a partir de la extracción de materia orgánica realizada por el Grupo de Investigación de Estudos Ambientais dirigido por el profesor Antonio Martínez Cortizas, perteneciente al LPPP, y han sido calibradas con el programa CALIB 4.3, desarrollado por M. Stuiver, P.J. Reimer y R. Reimer (http:// calib.org/calib/) (Stuiver, Reimer y Braziuna 1998; Stuiver et al. 1998). A su vez, estas dataciones se complementarán, por un lado, con analíticas edafológicas, sedimentológicas y de colesterol (en fase de realización) y, por otro, con los análisis de muestras de residuos en algunos recipientes (procesados por Jordi Juan-Tresserras y Carlos Matamala), de los que se han obtenido resultados muy interesantes (Prieto et al. 2003). depósito de colmatación del interior de la fosa, sellado intencionadamente por un nivel de piedras, fue datado por C-14 en el intervalo de 757-212 cal BC (Ua-21685). En el entorno inmediato de esta estructura se documentó una concentración significativa de material ergológico, tanto cerámico como lítico. En el sector 01 se excavó una estructura pétrea dispuesta en forma circular sobre el horizonte B con dos apéndices que se extienden al SO y al SE. Se trata de un estructura claramente antrópica, de carácter aislado, que presenta una morfología muy similar al tipo de hogares conocidos para época prehistórica en Galicia. No obstante, la ausencia de material ergológico asociado, así como de niveles de quemado, no han permitido su datación radiocarbónica ni la asignación de una funcionalidad concreta a esta estructura. Estructuras etnográficas: El uso moderno del suelo que ocupa el yacimiento ha dejado su impron- ta de manera notable, como se puede apreciar en la planta de la excavación en la que se ha identificado la zanja de cimentación de un vallado o muro de cierre de parcelas de monte (Fig. 2). Estudio formal de la cultura material Por lo que respecta a la producción lítica, podemos anotar algunos aspectos que la caracterizan (3). Se han documentado más de un millar de efectivos, cuyo soporte litológico está representado fundamentalmente por materias primas del grupo del cuarzo, aunque resulta significativa la presencia de diferentes variedades silíceas. Existe un predominio absoluto de la producción lítica tallada frente a la producción pulida. Esta producción tallada está representada por todas las categorías de análisis del proceso productivo, con una presencia mayoritaria de desechos de talla frente al resto de categorías. Asimismo, destaca el porcentaje de núcleos seguido de los soportes simples, esto es, lascas y láminas, de los que podemos destacar un importante componente laminar. Completa el conjunto de la producción tallada un grupo heterogéneo de soportes retocados, compuesto fundamentalmente por lascas retocadas, raspadores, microlitos y buriles. Por último, debemos mencionar una serie de piezas en las que los rasgos de manufactura antrópica resultan dudosos, entre los que cabe destacar un conjunto de fragmentos de soportes rodados. En cuanto a la producción cerámica, 159 fragmentos están decorados, destacando 133 recipientes (entre lisos y decorados) que pasamos a caracterizar brevemente (4) (Fig. 3). En la cerámica decorada se observa heterogeneidad formal, pudiendo hablar de dos categorías formales (ver este concepto en Prieto 1999b): la cerámica campaniforme y la cerámica con decoración no-campaniforme. Las cerámicas decoradas de tradición campaniforme (23 vasijas) son de morfologías compuestas y muy sinuosas (el diámetro de la boca oscila entre los 110 y los 210 mm), de tamaño mediano o pequeño (5), con un desgrasante de tamaño muy pequeño, poco abundante y acabados alisados y bruñidos finos, de apariencia brillante. Son los recipientes que presentan el tratamiento de la pasta más cuidadoso del yacimiento, como es habitual en los contextos campaniformes gallegos. La decoración es la típica del campaniforme, con combinación de líneas rectilíneas horizontales y oblicuas, apareciendo algún zig-zag. Los instrumentos utilizados para decorar son el punzón (2%), el peine (24%) y la concha (6,6%) y la técnica predominante es la impresión. En relación con el diseño global del cacharro, se constata una decoración integral, que en algunos casos va desde el borde (sin decorar el labio) hasta el fondo (lo habitual es dejar un espacio sin decorar en los extremos superior e inferior del recipiente); la orientación de los motivos y del esquema decorativo es horizontal mientras que su 'lectura' es vertical. Presenta una decoración en bandas que puede ser continua o alternar Tab. Dataciones radiocarbónicas citadas en el texto. (3) Estos datos reflejan los resultados de un estudio valorativo preliminar realizado en el año 2001 (M.Á. González y S. Baqueiro). Actualmente se está llevando a cabo un análisis pormenorizado de la colección a cargo de nuestra compañera Sofía Baqueiro Vidal. (5) De manera sucinta clasificamos los tamaños en función del diámetro de la boca, de manera provisional, de la siguiente manera: pequeño (menos de 200 mm), mediano (201-300 mm), grande (más de 301 mm). bandas decoradas con espacios ausentes de decoración y que presentan una anchura semejante a la zona decorada. Formalmente podría relacionarse con la tendencia estilística 2 de Prieto (1999b). Sin embargo, cabe destacar que las características formales de este tipo de cerámica no son significativas cronológicamente en contextos gallegos, como también ocurre en las Islas Británicas (Boast 1995: 73). El grupo de cerámica decorada no-campaniforme (34 vasijas) es más numeroso, algo poco frecuente en contextos campaniformes gallegos. En él encontramos una mayor variedad de recipientes en cuanto a morfologías y tipo de decoración; sin embargo, poseen un tratamiento de la pasta común, pues está a medio camino entre el acabado más cuidadoso observado en la cerámica campaniforme y el más tosco de la cerámica lisa. Así este grupo presenta un desgrasante de tamaño medio, poco abundante y acabados alisados y bruñidos medios, de apariencia relativamente brillante. En términos generales, la decoración predominante es la incisión en la que se observa una gran variedad de instrumentos como el punzón (66,4%), el peine (2%) y ungulaciones con digitaciones (20,4%). Los aspectos morfológicos y decorativos son los que marcan las diferencias dentro de este grupo. En relación con las morfologías se observa una oposición clara entre perfiles compuestos y simples, y en relación con la decoración la diferencia se plasma a través de las técnicas, la manera de concebir algunos aspectos de los diseños decorativos y la simplicidad o complejidad de los mismos. En función del rasgo diferenciador más llamativo, la técnica decorativa, hemos diferenciado dos grupos dentro de esta categoría, que denominamos tendencias estilísticas: impresión o incisión. La cerámica impresa presenta dos variantes, que son las siguientes: Morfologías abiertas, compuestas, sinuosas y de tamaño grande (el diámetro de la boca oscila entre 180-420 mm), siendo los recipientes de mayor tamaño del yacimiento. La técnica destacada es la impresión de uña, que puede estar combinada con impresión de punzón circular o incisión en el labio. Los motivos forman líneas verticales u horizontales y son de difícil delimitación en el diseño global del cacharro; el límite superior del diseño está marcado en un caso por un labio grueso con decoración incisa (líneas oblicuas) o impresa. En relación con el diseño global del cacharro, se constata una decoración integral incluyendo el labio, la orientación de la decoración de los motivos es horizontal al igual que el esquema (en estos casos es imposible diferenciar entre el motivo y el esquema), y la lectura es oblicua/vertical. El esquema decorativo guarda fuertes semejanzas estructurales con el campaniforme; las diferencias se muestran sobre todo en las técnicas decorativas empleadas. Presenta morfologías cerradas, simples y de tamaño medio. La técnica destacada es la impresión de punzón ovalado, y parece el mismo tipo de punzón utilizado para decorar el labio de los recipientes con impresión de uña. Sin embargo, el diseño en general es diferente, destacando su simplicidad, dado que elemento, motivo y esquema son lo mismo: dos líneas rectas horizontales ubicadas en la parte superior del recipiente. Este tipo de recipientes, con decoración impresa de uña o punzón circular, acompañan a la cerámica de tradición campaniforme en otras partes de Europa: en las Islas Británicas, donde son denominados fingernailed decoration/ non-plastic rustication (Clarke 1970), en Francia, en la Cuenca de París, el Centro-Oeste Atlántico y Bretaña (Salanova 2000) o en el centro-interior de Portugal. El yacimiento portugués de Fraga da Pena (6) (Valera 2000) es el primer ejemplo peninsular de este tipo publicado en detalle hasta el momento. La cerámica incisa presenta otras dos variantes, que son las siguientes: Presenta morfologías cerradas simples poco sinuosas, de tamaño mediano (160-250 mm diámetro boca). La técnica destacada es la incisión de punzón, aplicado de forma profunda. Los motivos se constituyen por la sucesión horizontal de líneas oblicuas contrapuestas y zigzag delimitadas por el labio en la parte superior del esquema decorativo y por una o varias líneas horizontales en su parte inferior. En relación con el diseño global del cacharro, se constata una decoración zonal o parcial, que ocupa el tercio superior del recipiente, la orientación de los motivos es horizontal y el esquema es vertical, la lectura es oblicua/ vertical. En Galicia conocemos dos yacimientos en los que se documenta una cerámica con rasgos semejantes (en cuanto a los motivos y las pastas cerámicas), que se puede considerar una variante de la cerámica de tradición campaniforme o tendencia estilística 4 (7), como el PA 45.03, un área de dispersión del yacimiento de A Lagoa (Prieto 1999a) y el yacimiento de A Pita (Prieto 2001); sin embargo, otros aspectos de la cerámica incisa de Devesa do Rei, como la morfología predominante o el esquema decorativo, coinciden mejor con características formales constatadas en la cerámica del Bronce Final gallego, como en los yacimientos de Monte Buxel y Mirás (Prieto 2001). Presenta morfologías cerradas simples de tamaño pequeño (166-130 mm diámetro boca) y el número de recipientes es muy escaso. La técnica destacada es la incisión de punzón fino, aplicado de forma superficial. Los motivos se constituyen por la sucesión de zig-zags horizontales sin delimitación o delimitados superiormente por dos líneas horizontales. En relación con el diseño global del cacharro, se constata una decoración zonal o parcial en la mitad superior del recipiente, la orientación de los motivos y del esquema es horizontal, conformando una única banda horizontal, mientras que una lectura es oblicua/vertical. Formalmente es la cerámica decorada que más se aleja del campaniforme, aunque mantiene un patrón semejante en relación con la globalidad del diseño del cacharro. No hay paralelos formales reconocibles por el momento; sin embargo, su decoración presenta un rasgo peculiar, cual es la "ocultación" de la decoración, de por sí no muy visible, con un acabado posterior bruñido medio. Este rasgo sólo se ha observado en alguna cerámica de yacimientos gallegos del Bronce Final y en algunos recipientes del Neolítico Final (pero en diseños metopados, que nada tienen que ver con los del yacimiento de Devesa do Rei). La cerámica sin decorar es la más abundante en el yacimiento (76 vasijas), y responde a las características de la cerámica lisa que acompaña al campaniforme en contextos gallegos. Se observan dos tendencias estilísticas (8), que distinguiremos en función del aspecto de la pasta: -Una tendencia de pastas toscas, que se corresponde con los recipientes de mayores dimensiones del conjunto (el diámetro de la boca oscila entre 180-320 mm). Las morfologías son tanto compuestas poco sinuosas como simples, con un desgrasante de gran tamaño, relativamente abundante y acabados alisados toscos, de apariencia mate. Algún recipiente posee un cordón o mamelones horizontales en la proximidad del borde. Es muy escaso en número. -Una segunda tendencia de pastas finas, más próximas a la cerámica decorada. Son recipientes de tamaño pequeño (110-170 mm diámetro boca) y morfologías tanto compuestas ligeramente sinuosas como simples, con un desgrasante de tamaño medio, poco abundante y acabados alisados y bruñidos medios, de apariencia relativamente brillante. (7) En esencia esta cerámica posee los mismos rasgos que un campaniforme; sin embargo, en algunas de las fases de fabricación presenta rasgos más selectivos, como una morfología que, manteniendo el perfil compuesto sinuoso, es más achaparrada, con acabados bruñidos y tonos oscuros, y una decoración que llega al labio y tiene preferencia por el acanalado y por los motivos en zigzag, abigarrados, etc. Esta tendencia estilística se caracteriza en detalle en Prieto (1999a), y se sintetiza en Prieto (1999b). Dentro de este grupo se encuentra el recipiente datado (Ua-21686). Es destacable que el número de recipientes de pastas finas es mucho más abundante que el de pastas toscas. Esta relación es inversa a lo habitual en los yacimientos campaniformes al aire libre en Galicia. En resumen, constatamos tres categorías de cerámica, la lisa, la decorada campaniforme y la nocampaniforme, que responden a una estrategia de oposición formal y que nos permite hablar de cuatro cadenas técnicas diferentes: la lisa, la campaniforme, la impresa y la incisa. El análisis formal nos permite detectar dos grandes conjuntos cerámicos diferentes: (1) el conjunto de la cerámica campaniforme, la cerámica impresa y la mayor parte de la cerámica lisa y (2) el conjunto de la cerámica incisa y probablemente alguna cerámica lisa (que no podemos determinar formalmente). Éstos podrían corresponderse con dos fases distintas (Fig. 4), hipótesis que podrá ser afinada mediante el análisis espacial. Los rasgos de la cerámica nos permiten proponer que este yacimiento presenta unas características que no son habituales en un asentamiento propiamente doméstico: a) Elevado porcentaje de vasijas decoradas en el conjunto. b) Es poco corriente que los recipientes de mayor tamaño se encuentren entre las decoradas y no entre las lisas. c) Es inusual que destaquen en número las cate- gorías formales que habitualmente son escasas (cerámica lisa de pastas finas) o están casi ausentes (cerámica decorada no campaniforme) en yacimientos domésticos al aire libre. d) Es la primera vez que documentamos en un yacimiento gallego cerámica decorada no campaniforme ungulada e impresa, bien conocida en contextos campaniformes de la Europa Atlántica. e) Es novedoso que las cerámicas incisas tengan una presencia importante en el conjunto de las decoradas, a lo que hay que sumar la ausencia de paralelos para las mismas en Galicia. Las piezas se distribuyen en la mitad O del área excavada (un área de unos 35 m N-S por 25 m E-O). Si bien se documenta una mayor concentración en el NO, que coincide con el círculo lítico, principalmente en el cuadrante SE (parte mejor conservada de la estructura), se han observado tres concentraciones: Una de cerámica y líticos en el NO, que coincide con el círculo lítico, principalmente en su cuadrante SE. Otra concentración de cerámica lisa en el SSW que se corresponde con el recipiente datado (CADEV0126) y con una pequeña hoguera con restos de carbones (Sector 09). En sus proximidades se documenta bastante material cerámico decorado y la única pieza de bronce del yacimiento. Una tercera concentración de cerámica decorada en el sector ONO aneja a una estructura pétrea circular. Se constata que las cotas no son significativas, dado que la gran mayoría de las piezas aparecen en el Horizonte B; en cambio, sí parece significativa la distribución en planta. Las concentraciones se relacionan con las estructuras: a) la cerámica campaniforme presenta una gran dispersión y se localiza en la periferia del círculo lítico (al S, en el exterior del anillo) y es escasa, b) la cerámica no-campaniforme presenta una gran concentración dentro y sobre el círculo lítico, c) la cerámica impresa presenta el mismo tipo de dispersión general que la campaniforme, y también se ubica en la periferia exterior del círculo lítico pero en el N y en el S, d) y si atendemos en detalle a la distribución de la cerámica incisa, se observa que la cerámica con incisión profunda se localiza sólo dentro de la es-tructura lítica, mientras que la cerámica con incisión superficial, además de compartir el espacio con la incisa profunda (sobre todo en el SE, y concretamente sobre la hilera de piedras que se orientan a modo de acceso hacia la fosa), presenta una pequeña dispersión aneja a la cerámica campaniforme y a una de las concentraciones del recipiente datado (Ua-21686). Hay un recipiente (CADEV077) con dos fragmentos que presenta una distribución peculiar, ya que uno de ellos se encuentra en el interior de la fosa central del círculo lítico (cuyo depósito está datado en la Edad del Hierro-Ua-21684) y el otro se recuperó justo al lado, pero fuera de dicha fosa. Cabe destacar que los rasgos formales de este recipiente, que no se corresponden con lo castreño, se engloban en el grupo de cerámicas con incisión fina. Parece que la deposición original de esta vasija se encontrara fuera de la fosa y dentro del anillo que la delimita. Finalmente, el escaso material protohistórico presenta una dispersión poco significativa. El análisis de la distribución de las piezas de 16 recipientes apoyan lo que acabamos de comentar, y permite constatar el grado de desplazamiento de los fragmentos en relación con las vasijas a las que pertenecen: las piezas de los recipientes campaniformes y de las cerámicas impresas unguladas presentan una mayor dispersión y los cacharros incisos están concentrados. A pesar de las grandes distancias que se documentan entre algunos fragmentos de los cacharros campaniformes, el material está bastante bien conservado. Esto es un indicio de que la dispersión de las piezas, tal y como las encontramos en la excavación, es una consecuencia de las sucesivas actividades posteriores de uso de esa zona en época moderna. Prueba de ello es la no aparición de material arqueológico dentro de las estructuras etnográficas del yacimiento y el elevado porcentaje que se localiza precisamente hacia el O de la impronta del muro de cierre. acumulación (Méndez 1994), es decir, una ocupación periódica y reiterada de un espacio a lo largo de un amplio abanico temporal desde el Neolítico hasta la Edad del Hierro. Las evidencias más antiguas se corresponden con una estructura de combustión, probablemente asociada a una ocupación temporal de escaso porte que, tal y como confirman los resultados de las analíticas de C14, nos trasladan al Neolítico con un resultado de 4220-3804 cal BC (Ua-20011). Hay indicios que señalan la presencia de material de este período, limitado a una pequeña concentración de cerámica extremadamente rodada próxima a los restos de la hoguera datada, cuya distribución es puntual y periférica en el yacimiento. Un problema distinto es el de definir el alcance de esta primera ocupación, así como el tipo de estructuras y materiales asociados a este momento. Sin embargo, el registro arqueológico del yacimiento aporta algunas evidencias de superposición de estructuras. Este es el caso de una de las fosas excavadas en el horizonte mineral; ésta, de forma completamente irregular, aparece en una posición estratigráfica inferior a los restos de la posible estructura de combustión documentada. El resto de las estructuras de idénticas características probablemente se correspondan a un mismo momento, adscribible al Neolítico Medio. Este tipo de fosas representarían el eco lejano de la arquitectura en tierra, que cada vez mejor y más profusamente se identifica en momentos meso-neolíticos o de inicios del Neolítico en la Península Ibérica. Durante los últimos años se han identificado en Galicia otras estructuras de combustión, semejantes a la aquí documentada, que han arrojado fechas radiocarbónicas muy similares: As Pontes en Vilalba (Lugo, en López et al. 2003), A Gándara en Porriño y Porto dos Valos en Redondela (Pontevedra, en Lima 2000). En estos casos, los restos materiales consisten en estructuras de combustión puntuales, aparentemente aisladas y con una notable escasez de materiales arqueológicos y muy rodados (Prieto 2001). Este conjunto de evidencias, asociadas a los momentos más antiguos de uso del yacimiento, así como la valoración de los paralelos existentes, nos permiten plantear la hipótesis de que Devesa do Rei en este momento habría sido utilizado como un asentamiento al aire libre de carácter episódico. El patrón de emplazamiento de todos estos yacimientos es coincidente, situándose siempre en las orlas ligeramente elevadas de zonas bajas y de valle. Otra cosa es definir la funcionalidad de estas fosas que aparecen recurrentemente en estos momentos. Hay que considerar la posibilidad de que fueran puntos de extracción de materia prima para la elaboración de artefactos cerámicos, pero también cabe la posibilidad de que se trate de estructuras para aislar o impermeabilizar el suelo sobre el que se asienten estructuras campamentales desaparecidas, ya que la apertura de la fosa rebaja el nivel de humedad del suelo y permite que ésta evacúe con mayor facilidad. El análisis formal de la cerámica y el análisis de su distribución en horizontal cobra importancia para la interpretación del yacimiento en este momento. La mayor parte de la cerámica remite a contextos campaniformes del Bronce Inicial. Al mismo tiempo destaca la presencia de cerámica impresa mayoritariamente ungulada, por lo que Devesa do Rei constituye el primer ejemplo gallego de una tendencia bien conocida para otros contextos campaniformes de la Europa Atlántica. En contraste con ello, resalta la escasez de estructuras que nos permitan definir las características que podría poseer éste en el Bronce Inicial. Por otra parte, los rasgos de la cerámica no son los esperables en contextos campaniformes domésticos: alto porcentaje de decoradas, pocos cacharros lisos toscos, presencia de cerámica ungulada que, además, se corresponde con los tamaños más grandes del yacimiento. Esto nos lleva a pensar que la actividad desarrollada en el yacimiento no era estrictamente doméstica. En un momento posterior se produce una reocupación del área que deja una notable huella en el registro, incluyendo la construcción de estructuras consistentes erigidas en piedra (círculo lítico y fosaestela) y abundante material. Por un lado, su posible utilización como estructura habitacional levantada con materiales perecederos sobre un zócalo de piedra (como las cabañas conocidas para este momento) se puede descartar ya que no se han identificado evidencias que apunten en esa dirección, como agujeros de poste o zanjas de cimentación. Por otro lado, su morfología lítica y circular, la organización arquitectónica de su espacio interno, con la existencia de un posible acceso en el SE y la distribución del material, concentrado en el cuadrante E, podrían apuntar a una estructura funeraria no monumental. La cerámica que se asocia a la estructura del Bronce Final presenta unos rasgos formales diferenciados (sobre todo es cerámica con decoración incisa). Si bien no es habitual documentar cerámica decorada en el Bronce Final, cuando ésta aparece responde al mismo patrón formal (9). La dispersión de algunas piezas, alejadas del círculo lítico, podrían ser consecuencia de actividades postdeposicionales, lo que justificaría su dispersión sobre un espacio compartido con el material del período precedente. Actualmente conocemos en Galicia dos yacimientos que responden al mismo proceso de formación que Devesa do Rei: A Lagoa (Toques, A Coruña) y Arieiro (Amoedo, Pontevedra). Ambos presentan unas características y problemática estratigráfica similar, ya que poseen estructuras excavadas en el sustrato con material cerámico típico de contextos campaniformes, junto con una actividad prehistórica al menos de dos momentos: el Bronce Inicial y el Bronce Final. El grueso del material se asocia a la ocupación campaniforme, y en cambio es muy escaso o poco claro el del Bronce Final. Concretamente, en A Lagoa se documentan dos piezas líticas (10) con unas características formales que se asemejan a los idolillos prehistóricos exhumados en algunos túmulos gallegos; concretamente se pueden clasificar formando parte del Grupo II, dentro de las características genéricas que definen a los ídolos tipo Argalo (Fábregas 1992: 172-173). A su vez, en Arieiro, unos pocos fragmentos cerámicos del Bronce Final y del Hierro Inicial aparecen dentro de una fosa sobre la que se hinca una posible estela de pequeño tamaño. En ambos yacimientos la reutilización del Bronce Final se asocia a un acontecimiento probablemente ritual que apenas deja evidencias materiales en el registro arqueológico. En relación con este último aspecto cabe destacar la información aportada por las dataciones de los depósitos que colmatan la fosa central con estela y la posible zanja ubicada al N. Estas analíticas sitúan un momento de actividad en la Edad del Hierro, lo que complica la interpretación de esta fase de ocupación del yacimiento, ya que carecemos de material ergológico encuadrable en este período. Se plantea una doble posibilidad para esta zona concreta del yacimiento (sector 05). En principio, nos encontraríamos ante un recinto de naturaleza cultual adscribible al Bronce Final con abundante material cerámico asociado. Este monumento podría haber sido reutilizado por las comunidades de la Edad del Hierro, constatándose una vez más la relativa continuidad existente entre ambos períodos, que se corrobora en otros ámbitos (tanto en la cultura material cerámica, Cobas y Prieto 1998a, como en el emplazamiento de los primeros poblados fortificados, Parcero 2000Parcero, 2002)). El esquema espacial del círculo pétreo es similar a estructuras funerarias documentadas en el NO adscribibles a la Edad del Bronce. En el Bronce Inicial se conocen en Galicia pequeños túmulos tipo cairn construidos a base de piedras, mientras que en la segunda mitad del II milenio a.C. se constata un fenómeno de reaprovechamiento y construcción de nuevos túmulos de pequeñas dimensiones, caracterizados por la ausencia de ajuares destacados y de cámaras ortostáticas, sustituidas por anillos líticos centrales, con suelos preparados o una sencilla losa a modo de estela, acompañada o no de fosas/pozos (Fábregas y Bradley 1995: 157). Estas estructuras se relacionan con un cambio en las prácticas funerarias, que derivaría de la inhumación asociada a monumentos megalíticos hacia un ritual de cremación señalizado externamente con la erección de una estela en momentos adscribibles al Bronce Medio-Final. (10) Una de estas piezas es de forma triangular, de cuarzo, con una adherencia micácea de gran tamaño, y la otra es de granito y recuerda la forma antropomorfa de los ídolos del NO (comunicación personal de F. Méndez). Esta singularidad morfológica cobra mayor sentido si tenemos en cuenta su deposición intencional al lado de una hoguera localizada en la base de la zanja del fondo de cabaña (Méndez 1994). No obstante, la adscripción cronocultural del círculo con estela de Devesa do Rei no resulta concluyente del todo, ya que la datación para el Bronce Final sirve como terminus post quem (1380-1051 BC, Ua-20012), no implicando, sin embargo, que se construyese en ese período. En cambio la datación del penúltimo depósito de relleno del interior de la fosa (757-212 cal BC, Ua-21685), así como una zanjilla documentada en el entorno inmediato de la estructura (404-207 cal BC, Ua-21684) nos remiten a un nivel de uso durante la Edad del Hierro. Este dato nos devuelve directamente a uno de los problemas tradicionales de la Arqueología del NO hispánico, como es la ausencia de registro funerario adscribible a época castreña. Salvo ejemplos esporádicos documentados en niveles tardíos (cambio de era o posterior) de contados yacimientos, como el castro de Meirás (Luengo 1950) o Cividade de Âncora (Coelho 1986), el vacío arqueológico ha llevado a la investigación tradicional a considerar la existencia de otro tipo de prácticas funerarias (depósitos acuáticos relacionables con hallazgos de armas en ríos) o a defender por defecto la preponderancia de un ritual de cremación que apenas deja evidencias en el registro arqueológico (Bettencourt 2000). Desde la Historia Antigua se ha estudiado recientemente el rito de exposición de los cadáveres en recintos circulares como práctica funeraria en la Celtiberia para las élites guerreras (Sopeña 2004), rito que apenas dejaría huellas en el registro arqueológico, y que es difícilmente extrapolable al mundo de la Edad del Hierro del NO. En este contexto, la invisibilización del registro funerario respondería a un aparente igualitarismo social reflejado también en el ámbito doméstico. En este sentido, la distancia social se expresaría en bienes muebles y heroísmo, que tampoco dejan huella arqueológica (García Quintela 2001: 38-40). Dentro de este contexto arqueográfico, creemos que hay que plantear la hipótesis de una funcionalidad funeraria para este monumento, que, a su vez, podría estar relacionado con un tipo de práctica funeraria inédita constatado en otras áreas europeas para la Edad del Hierro, y que responde a idénticas características: a) Monumentos de carácter funerario que obedecen a un patrón circular, con una sanción monumental del perímetro de la tumba (corazas pétreas, muros, zanjas, etc...). b) Ubicación de los mismos en zonas próximas a los espacios de habitación. c) Manejo de una estrategia de visibilización de las comunidades constructoras, basada en la erección de estelas centrales como señalización externa de las tumbas. En el ámbito centroeuropeo contamos con una ingente cantidad de estudios sobre el mundo funerario propio de las comunidades vinculables a la cultura Hallstatt y La Têne. En Eslovenia (Mason 1996) Eslovaquia (Kriz 1999), Austria (Neugebauer 1996), S. de Alemania, Hungría (Patek 1982; Jerem 2003: 185-6; Vaday 2003: 201) se documenta la sistemática construcción de cementerios articulados a partir del levantamiento de tumbas formadas por una fosa central, delimitadas por una zanja excavada en la roca, de forma mayoritariamente cuadrada o rectangular, aunque también destacan casos de zanjas circulares. Este fenómeno funerario se define por la continua fluctuación entre tradiciones locales, incorporaciones exógenas producto de la llegada de nuevos pueblos, y los consecuentes procesos de sincretismo religioso. En el contexto atlántico destaca el registro funerario de la Bretaña francesa, en donde se documentan en el Hierro I sepulturas circulares de influencia hallstáttica, con un diámetro de entre 10-20 m, ceñido por un murete circular de 1 m de altura, constituido por la acumulación regular de placas de esquisto. Su interior alberga una fosa rectangular que, a menudo, presenta un gran bloque de piedra en forma de estela esférica, ovoide o piramidal, como así ocurre en Bono, Carnac y Lann-en-Ilizien (Morbihan) (Giot et al. 1979: 223-8). En cuanto a las prácticas funerarias bretonas de la Edad del Hierro II, destaca sobre todo un notable continuismo de la tradición ritual y, por otro lado, una asociación funcional clara entre estelas y cementerios, ya que las necrópolis se articulan alrededor de estelas talladas en granito. Esta costumbre armoricana parece catalizar el empleo regional de los viejos menhires neolíticos, plasmando una tendencia cultural procedente de la utilización de estelas más modestas en piedra o madera en las sepulturas circulares de la Edad del Hierro I (Giot et al. 1979: 270). Esta tradición local parece ser común a diferentes zonas del arco atlántico. Otro ejemplo representativo viene dado por los cromlechs funerarios o mairunbaratza de los cordales pirenaicos del País Vasco y Navarra. Estos círculos de piedra presentan una tipología uniforme: enterramientos individuales, con material muy pobre asociado, con un diámetro que oscila entre los 3 y los 7 m, y en los que se depositan los restos calcinados procedentes de la cremación de un individuo. La totalidad de dataciones radiocarbónicas realizadas hasta la fecha sitúan a estos monumentos en el primer milenio a.C. Se ha planteado la hipótesis de que no se trate únicamente de un contenedor del cadáver incinerado, sino de cenotafios conmemorativos, de un gesto arquitectónico de hondo trasfondo simbólico ligado a un ritual de incineración (Peñalver 2001: 65-7;2004). Por otro lado, en el contexto peninsular, la tumba remarcada simbólicamente con la erección de una estela es propia de las necrópolis del área céltica peninsular, como, por ejemplo, se evidencia en el territorio habitado por los vetones (Álvarez Sanchís 2003). En este ámbito destaca la necrópolis de La Osera, construida hacia el 400 a.C. siguiendo una planificación previa, formada por seis áreas de enterramiento vinculadas al oppidum de La Mesa de Miranda. Encontramos paralelos semejantes en la necrópolis de Fernâo Vaz del castro da Cola (Ourique, Portugal) (IPPAR 2002: 50-53). En síntesis, es remarcable el hecho de que la elección de un soporte rocoso granítico para señalizar las áreas de enterramiento es una tradición prehistórica, constatada desde el mundo megalítico en muchas zonas de Europa, y que se desarrolla notablemente durante la Edad del Hierro, sobre todo, en el área atlántica. En esta dinámica cultural es en donde resulta sugerente encuadrar el momento protohistórico de uso del monumento de Devesa do Rei. Ya se trate de un cenotafio conmemorativo o de una tumba de incineración, es cierto que esta forma arquitectónica responde al modelo espacial circular probablemente manejado por las comunidades de la Edad del Hierro del NO. En definitiva, la hipótesis aquí planteada, con todas las reservas, no deja de ser una forma discursiva para reorientar hacia otros caminos más sugerentes el debate arqueológico sobre el mundo cultual castreño y generar un conocimiento integral y detallado de esas comunidades de nuestra Protohistoria. El estudio de este yacimiento nos aproxima a los problemas de interpretación de los asentamientos al aire libre que no dan lugar, pese a su reocupación en diferentes momentos, a una secuencia estratigrafiada. Es una casuística que, aunque no es exclusiva de Galicia, alcanza en esta región una problemá-tica especial por la intensidad del uso del suelo desde época antigua, que ha retrabajado los sedimentos naturales y arqueológicos de épocas anteriores. Para solventar esta problemática, se ha aplicado una estrategia de investigación que integra diferentes metodologías de excavación, sistematización y análisis del registro arqueológico lo que finalmente nos ha permitido definir un modelo aplicable para la gestión y estudio de este tipo de yacimientos de la Prehistoria reciente. La ausencia de estratigrafía vertical imposibilita la caracterización de estos yacimientos en términos de secuencia cronológica. A este respecto, sólo los análisis de C14 de recipientes cerámicos permiten controlar la contemporaneidad o diacronía existente y plantear hipótesis acerca de la cronología. Sin la datación del recipiente nunca dispondríamos de la datación concreta de la fase de actividad del Bronce Inicial, dada la complejidad cronológica de los contextos campaniformes en los que está sobradamente demostrada su larga perduración, a lo que se suma la contemporaneidad de los tipos paneuropeos y regionales (11). Ésta es una cautela que la investigación de este fenómeno debería tener en cuenta. Por otro lado, el análisis formal permite definir grupos materiales y plantear hipótesis que se pueden contrastar a través del análisis de la distribución de esos grupos; de hecho es el análisis formal el que permite diseñar las preguntas que se hacen al análisis espacial. Este proceso, por ejemplo, permite situar la cerámica incisa en el Bronce Final. Hemos visto que, a la hora de interpretar este tipo de yacimientos, ni las dataciones de C14 ni las tipologías de los materiales son autoevidentes. Es en cambio necesario integrar la información estratigráfica, formal y microespacial. En este sentido, este trabajo intenta ofrecer no sólo una aportación concreta sobre un yacimiento prehistórico sino también las hipótesis de trabajo para abordar excavaciones en yacimientos al aire libre con la misma problemática, íntimamente relacionada con los procesos de formación y uso del suelo. Pero, al mismo tiempo, el estudio de Devesa do Rei nos permite identificar una zona que ha sido reocupada de forma discontinua en diferentes mo-(11) No es cuestión de entrar ahora en este tema, simplemente nos interesa destacar dichas ideas. C. La excepcionalidad de las características reconocidas en el sitio (tipo de estructuras, tipo de materiales y asociaciones y distribución de los mismos) justifica la hipótesis de que estas ocupaciones (claramente las del Bronce y Hierro) fueron de naturaleza ritual. Esta lectura culmina con la identificación de lo que podría ser la primera estructura de carácter funerario de la Edad del Hierro de Galicia, hecho que, pese a la regularidad formal y paralelos que lo avalan, es tan excepcional que se debe tratar todavía como una hipótesis de trabajo para ser tenida en cuenta en ulteriores investigaciones. Se debe concluir que, si el círculo pétreo con fosa y estela central localizados, no se corresponden con un monumento funerario del Hierro, en todo caso pertenece a un monumento cultual del Bronce Final. La aparición de esta estructura, al final de una larga serie de reocupaciones, nos hace sospechar que Devesa do Rei constituyó un espacio, que en algún momento, adquirió un carácter sagrado-ritual que retuvo a lo largo de la Prehistoria Reciente. Aunque de forma puramente tentativa, procede resaltar unas circunstancias que posiblemente justifiquen este carácter. Devesa do Rei se emplaza sobre una dorsal que, en sentido E-O, representa un collado clave para acceder desde el borde del río Ulla hacia el interior y las tierras de Santiago, y en sentido N-S prolonga el accidente geográfico espectacular que constituye el Pico Sacro. Es éste un pico agudo y de morfología muy característica que se diferencia con nitidez en el entorno y domina toda la región interior de Galicia con una cuenca visual que cubre cerca de 50 km a la redonda. Se encuentra en las proximidades de Santiago y constituye uno de los espacios de referencia de la tradición jacobea. Esto último, su fisonomía y la tradición popular a él vinculado, nos permiten identificarlo formalmente como un monumento salvaje y plantear que posiblemente haya sido un referente en el paisaje mítico de la zona desde la Prehistoria Reciente. Devesa do Rei está a 2 km hacia el Sur del Pico Sacro y en una posición que establece una notable interrelación con éste, no sólo porque existe intervisibilidad entre ambos, sino por otra circunstancia muy concreta: uno de los rasgos notables del Pico Sacro es la presencia de una hendidura en su cima que se orienta de N a S y que se puede percibir cuando el observador se sitúa justamente alineado con ella; debido a la estrechez de esta brecha (apenas 1,5 m), la 'ventana' de percepción de este rasgo es muy pequeña, apenas 100 metros cuando el observador está a 1 km del Pico Sacro. Devesa do Rei está exactamente en una posición desde la que se observa este rasgo. Por otra parte, se sitúa en el límite de visibilidad directa hacia el N del poblado fortificado de la Edad del Hierro de Castro Marzán (situado a 750 m al O de Devesa do Rei). Estas circunstancias de emplazamiento podrían explicar el carácter cultual del sitio y la aparición de la estructura monumental que parece sancionar simbólicamente una frontera entre comunidades castreñas, y cuyo referente probablemente sea anterior. Todo este trabajo no habría sido posible sin la ayuda de nuestros compañeros del Laboratorio de Arqueoloxía. A Anxo Rodríguez le debemos una vez más su buen hacer en el aparato gráfico que integra el artículo. A David Barreiro, su paciencia e implacable efectividad en la corrección del texto. A Virginia Castro, por su trabajo en la excavación y su excelente memoria, sin la que el posterior trabajo de gabinete hubiese sido otra cosa. A Sofía Baqueiro, por su valoración preliminar del material lítico. A Matilde Millán, su inestimable trabajo de sistematización de la información. A su vez, Marco V. García Quintela nos ha aportado interesantes referencias bibliográficas sobre el mundo cultual de la Edad del Hierro. Y, finamente, aunque forman parte del comienzo del proyecto, a todos los integrantes del equipo de trabajo que participaron en la excavación de Devesa do Rei, en los duros meses de verano de 2001.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. La disciplina arqueológica desde las tres últimas décadas está desarrollando una praxis donde la visión inductiva del pasado da paso a la experimentación sistemática y la validación de hipótesis, conocidas como visión generativa (Epstein y Axtell 1997; Epstein 1999; Kohler 2000). Esta praxis se centra en la generación de escenarios para observar cuál de ellos se aproxima más al registro arqueológico. Introduce conceptos y métodos propios de la teoría de los sistemas no lineales y la teoría de la complejidad que permiten investigar de manera fiable diferentes procesos arqueológicos haciendo hincapié en cuestiones ausentes del registro arqueológico (Barton 2013) como la transmisión de la información. En la comunidad arqueológica el concepto complejidad es muy atractivo y ha sido un tema de interés al menos desde el siglo XIX. La independencia en los detalles es, a veces notoria, pero el concepto suele ser sinónimo de sociedades complejas, entendidas como las propias de grupos humanos que exhiben desigualdades, urbanismo y una política jerarquizada entre otros elementos (Kohler 2012; Barton 2014). En las últimas décadas la concepción de "más complejo" se ha puesto en tela de juicio debido a la consideración de las sociedades humanas como sistemas abiertos, sin equilibrio y donde la materia y/o energía puede fluir (Allen 1997: 42). Esto significa que los conceptos "complejidad" y "sociedad compleja" no son sinónimos ya que cualquier sociedad humana, por muy simple que sea, debe ser considerada como un sistema complejo. Este enfoque de la complejidad permite que los componentes del sistema puedan cambiar sus especificaciones y evolucionar a lo largo del tiempo; este fenómeno se conoce como Sistema Complejo Adaptativo, CAS en nomenclatura anglosajona1. Helbing (2010: 325) lo denomina enfoque fisicalista y consiste en la transferencia de propiedades de muchos sistemas de partículas a los sistemas sociales. El objetivo de este trabajo es contribuir al debate epistemológico en torno al análisis del registro arqueológico como CAS. Para ello se realiza un recorrido historiográfico en el uso de la modelización in silico2 y se describen las principales técnicas para el estudio de los Sistemas Complejos discerniendo cuál es la más útil para investigar los procesos arqueológicos y/o históricos. Finalmente, se expone un ejemplo concreto de modelización computacional basada en agentes: la expansión del Neolítico en el Mediterráneo occidental. La modelización está diseñada para analizar la diversidad cultural a partir de un trasfondo teórico tomado prestado de las ciencias biológicas. Los autores presentan diferentes definiciones de los CAS (p. ej. Holland 1995; Miller y Page 2007; Mitchell 2009) pero, en general, comparten su consideración como una clase específica de sistema abierto. A su vez el significado del concepto de Sistema Complejo puede variar según el investigador (Gell-Mann 1999: 17). En este trabajo se sigue a Mitchell (2009: 13) que lo define 3 como"un sistema en el cuál grandes redes de componentes sin control central y con reglas simples de operación origina un comportamiento colectivo complejo, un procesamiento sofisticado de información y una adaptación mediante aprendizaje o evolución". En esta definición pueden rastrearse algunas de sus principales características como el carácter adaptativo y el procesado de la información. Algunas son muy interesantes cuando se aplican a las ciencias sociales y, por extensión, al ámbito arqueológico. Los CAS son 'sistemas abiertos' que carecen de equilibrio debido a que requieren un flujo de energía para mantener el sistema (Allen 1997: 42; Cilliers 1998: 4). Por ejemplo, el ser humano para mantener su sistema (vida) captura energía mediante la ingestión de alimento y la respiración. Los Sistemas Complejos Adaptativos están formados por múltiples 'componentes' o agentes que se agregan y disgregan en una jerarquía encajada en la que los componentes inferiores se van agrupando con subsistemas superiores. Cuanto más complejo es un sistema más niveles organizativos presenta. Los CAS pueden definirse también como redes estructuradas (complex networks, Barabási 2005Barabási, 2012)). En términos sociales, estos componentes pueden considerarse como jerarquías de organización, ya sean familias nucleares dentro de un clan o individuos en un gremio de artesanos, por ejemplo. Esta clase de organización se asocia al crecimiento del sistema: componentes de más bajo nivel se agrupan en subgrupos y estos en un 3 Traducción propia del autor. Otra característica de los Sistemas Complejos Adaptativos es su 'descomposición cercana' que, básicamente, significa que tienden a fragmentarse en sentido inverso a como se formaron; los grupos de más alto nivel se convierten en sistemas independientes desvinculándose de otros grupos y, estos a su vez, pueden desglosarse en subgrupos (Barton 2014). El Imperio romano sigue siendo ilustrativo. Durante su máxima expansión abarcaba desde la península ibérica al Oriente Próximo y cuando diferentes fluctuaciones (crisis del siglo III: invasiones pueblos exteriores, crisis económica, política y social) alcanzaron una magnitud que el sistema no pudo absorber, el Imperio se descompuso en dos sistemas independientes al Occidente y al Oriente. A si mismo el Imperio romano de Occidente, antes de entrar en colapso en el siglo IV se descompuso en sus provincias administrativas. Un ejemplo similar se ha documentado en otros imperios como el chino (Johnson 1982). La 'adaptabilidad' es una de las característica más importante de los CAS ya que, como remarca Holland (1995), en si misma implica complejidad. La adaptabilidad y el 'procesado de información' consisten en la capacidad de transmitir y responder al entorno y/o a las interacciones con otros componentes del sistema. El procesado de información permite que los componentes del sistema identifiquen regularidades, schema según Gell-Mann (1994) o internal model según Holland (1995), y se anticipen a las consecuencias de sus acciones si el patrón es conocido o, lo que es lo mismo, adaptarse/evolucionar a partir del aprendizaje. Esta adaptación de los agentes del sistema (p. ej. células en un organismo, hormigas en una colonia o individuos en una sociedad) se basa en la información a escala local. Según Cilliers (1998: 3-4) las interacciones son dinámicas y complejas pero no determinan el comportamiento del sistema. Esta afirmación es muy discutible ya que pequeños cambios pueden iniciar cambios en cascada con un gran impacto en el sistema. Por ejemplo: una región dedicada a la agricultura sufre un periodo de sequía extrema y sus componentes (población) deciden aumentar la superficie de cultivo a partir de la tala sistemática de la masa forestal, dicha adaptabilidad puede ser contraproducente si provoca mayor aridez y alteración del régimen de precipitaciones. En definitiva, los agentes para sobrevivir deben ajustarse de forma constante a las condiciones del sistema como el corazón se adapta a las del sistema (cuerpo humano) mediante el incremento o la disminución de la frecuencia de contracciones rítmicas. Otro rasgo clave de los CAS es su condición 'no lineal', es decir, la dirección y escala de las modificaciones no son directamente proporcionales al proceso/procesos que las causan; pequeños cambios pueden producir grandes transformaciones y viceversa. Esta sensibilidad a las condiciones iniciales, conocida coloquialmente como efecto mariposa4 (Lorenz 1995), es una presuposición de la ciencia de la complejidad (Cilliers 1998: 4) e implica que los CAS se mueven entre el orden y el caos, es decir, están lejos del equilibrio (Prigogine 1987: 99). La ausencia de linealidad hace realmente complicada la predicción de los cambios del sistema a partir de las propiedades de sus componentes y se relaciona con la última propiedad de los sistemas complejos: la 'emergencia'. Esta corresponde a comportamientos no observados antes en el sistema (Waldrop 1992: 291) o, lo que es lo mismo, a estados visibles en el sistema pero no en sus componentes. Por ejemplo, la ola mejicana que se observa en numerosos eventos deportivos puede verse como una propiedad emergente de un sis-tema formado por espectadores y sus decisiones (ovacionar o no) (Farkas et al. 2003; Miller y Page 2004). La emergencia a priori parece no ser problemática para su aplicabilidad en arqueología dado que intuitivamente la asociamos al surgimiento de una nueva tecnología (Kohler 2012). Finalmente destacaremos el carácter 'equifinal' 5 de los Sistemas Complejos. Consiste en que los sistemas sin equilibrio pueden llegar a presentar idénticos resultados partiendo de condiciones iniciales diferentes, del mismo modo que las mismas causas pueden producir diferentes estados (Premo 2010). Por ejemplo, ¿cómo una empresa que se dedica a la venta de determinado producto ha conseguido incrementar los beneficios? La 'equifinalidad' implica que pudiera deberse a condiciones iniciales diferentes como la reducción de los costes de producción y el aumento de las ventas. Las características propias de los CAS han influido en su uso a ciencias como la Física, Aeronáutica, Economía, Química, Sociología y Ciencias Deporte entre otras (véase Miller y Page 2007; Mitchell 2009). Los CAS pueden ser aplicados a la disciplina arqueológica al permitir comprender las dinámicas de las sociedades humanas y la consecuencia de las interacciones entre las mismas y/o con el mundo físico (Bentley 2003: 9). Es decir, el registro arqueológico, por su naturaleza, debe entenderse como el resultado de la propiedad emergente y nunca como la emergencia en si misma (Shennan 2002; Barton et al. 2012; Barton 2014). Esta visión teórico-metodológica aplicada a los procesos históricos ofrece un potencial de nuevos conocimientos que merece una mayor exploración y elaboración y supone un nuevo reto (Bernabeu et al. 2013; Bernabeu 2016). lA SImulAcIón comPutAcIonAl: modelAndo PRoceSoS ARqueolóGIcoS in siliCo El análisis e interpretación del registro arqueológico desde la perspectiva de los Sistemas Complejos Adaptativos requiere la elaboración de una teoría robusta en torno a las dinámicas evolutivas del sistema, así como la aplicación del enfoque generativo. Ello implica la utilización de modelos computacionales (modelos formales) que son representaciones simplificadas de la realidad estudiada. Con independencia del tipo de modelo elegido (p. ej. ecuaciones estructurales, análisis factorial o modelos basados en agentes), su aceptación depende de que cumpla dos requisitos básicos (Izquierdo et al. 2008: 101): a) capturar la realidad estudiada facilitando el desarrollo del proceso de inferencia que requiere la utilización del modelo formal y b) que sus resultados sean extrapolables a diversas situaciones. En definitiva, la simulación computacional se utiliza para representar algún aspecto concreto del mundo (García-Valdecasas 2011: 93). Implica la generación de múltiples agentes incluidos en un conjunto de reglas algorítmicas que actúan en base al procesamiento de la información (Barton 2014). la aplicación de la simulación computacional: un breve recorrido historiográfico Las aplicaciones informáticas en la investigación arqueológica grosso modo se introducen en torno a la década de 1950. Contiene un breve ensayo sobre la cibernética y su aplicación como herramienta útil para generar explicaciones del registro arqueológico. Estas compilaciones rastrean la historia de la aplicación de la simulación en arqueología. Las revisiones historiográficas más recientes subdividen el uso de la modelización en cuatro etapas, cuya denominación se asocia a la popularidad de su aplicación en la investigación arqueológica (p. ej. Lake 2013). En otras disciplinas la nomenclatura recurre al ciclo vital: infancia, juventud, adolescencia y madurez (Sinclair y Seligman 1996). En los trabajos se concluye, sea cual fuere la terminología utilizada en la periodización, que en la actualidad la simulación Trab. por ordenador ha adquirido una madurez metodológica al menos en algunos temas específicos (McGlade 2005: 555). Remarcan cómo el pesimismo existente en las primeras obras de síntesis sobre el futuro de las técnicas de simulación no se ha cumplido (Lake 2013). La fase pionera de la simulación computacional corresponde a finales de los 1960 principios de los 1980. La formulación de la Nueva Arqueología (Binford 1962) introdujo el método hipotético-deductivo en el ámbito arqueológico mediante la aplicación del razonamiento matemático. Al mismo tiempo conceptos asociados a la Teoría de Sistemas (von Bertalanffy 1951) como los de auto-regulación (homeostasis), retroalimentación positiva o negativa, oscilación y equilibrio dinámico empiezan a tener un peso importante en el lenguaje arqueológico por su potencial (Doran 1970: 290). En este contexto sistémico y bajo "la sombrilla cibernética" aparecen las primeras modelizaciones computacionales, centradas en demostrar la utilidad de los métodos de simulación, reflejando el positivismo no dogmático del procesualismo. En esta primera fase, conocida como la edad de oro de la simulación (Costopoulos 2010: 23), hay una rápida diversificación y especialización de las temáticas tratadas mediante el método de la modelización y, salvo contadas excepciones (Wobst 1974; Wright y Zeder 1977), los trabajos se concentraron en replicar procesos agregados a nivel de sociedades (p. ej. Ammerman y Cavalli-Sforza 1971, 1973,1979; Cooke y Renfrew 1979). En la década de los 1980 hay una fase de aletargamiento debida al distanciamiento de la Arqueología de cualquier paradigma científico (McGlade 2005: 572). En ella el pensamiento postprocesualista, caracterizado por una gran diversidad de enfoques teóricos y planteamientos, influyó en el rechazo al razonamiento sistémico y en el abandono de las simulaciones computacionales (Costopoulos et al. 2010: 2). Esta emergencia de la modelización está en relación con la adopción en Arqueología de visiones teóricas provenientes de la Física como la Teoría de la Complejidad y los Sistemas no Lineales (Feigenbaum 1980; Waldrop 1992). En este contexto aparecen dos obras fundamentales donde se observa la dicotomía en la simulación computacional. Mithen (1990: 257) en la suya se manifiesta a favor de analizar las interacciones locales y la toma de decisiones de los agentes remarcando que las explicaciones globales (modelos de procesos agregados) son útiles cuando se entienden las preferencias individuales. En cambio van der Leeuw y McGlade (1997: 17), desde el posicionamiento contrario, argumentan que los sistemas dinámicos tienen una gran capacidad para contribuir al conocimiento de las sociedades estructuradas si sus procesos sociales se analizan como fenómenos evolutivos no lineales. Con independencia de la perspectiva utilizada ambas publicaciones ayudaron a discutir el lugar y el rol de la modelización en arqueología. No obstante, exceptuando algunos trabajos (Kohler 1993; Doran et al. 1994), en esta fase se generalizan los modelos basados en ecuaciones diferenciales aplicados a la dispersión de grupos humanos, siendo central la del Neolítico (p. ej. Cohen 1992; Aoki et al. 1996; Fort y Méndez 1999a, 1999b). A partir de los 2000 la consolidación de la Teoría de la Complejidad, la aplicación de los Sistemas Complejos Adaptativos (p. ej. Bentley y Maschner 2003, 2008) y la obra de Kohler y Gumerman (2000) inician la segunda edad de oro de la simulación. Es el primer compendio de trabajos con aplicación de los CAS, marca la mayoría de edad de los modelos basados en agentes (McGlade 2005: 581) y es un manifiesto en pro de la reconciliación entre el procesualismo y el postprocesualismo (Kohler 2000: 14). Ahora los enfoques se diversifican. Van desde las modelizaciones dinámicas aplicadas a la dispersión de grupos humanos en diferentes contextos y cronologías a partir de la adición de variables a la fórmula de reacción-difusión de Fisher-Skellam-KPP (detalles en Steele 2009) al estudio de cuestiones culturales utilizando como base el trabajo de Holland (1975) sobre el algoritmo genético (p. ej. Banks et al. 2013; Silva y Steele 2014). Paralelamente, se consolida la propuesta del Mithen (1990) sobre la necesidad de analizar las interacciones locales para comprender los fenómenos globales. Ello se debe en parte a la popularización de los Modelos Basados en Agentes, aplicados a numerosos problemas arqueológicos como la evolución del patrón de asentamiento, las dinámicas socioecológicas, la dispersión de grupos humanos y la evolución humana y/o cultural (Conolly et al. 2008; Barton et al. 2010; Kohler y Varien 2012; Crema et al. 2014a; Pardo Gordó et al. 2015). Finalmente, otros enfoques empiezan a tener auge en la bibliografía arqueológica como el análisis de los procesos arqueológicos desde una perspectiva de redes complejas (Brughmans 2013; Coward 2013; Collar et al. 2015) y el análisis del registro arqueológico desde la modelización bayesiana (Ortman et al. 2007; Crema et al. 2014b; Edinborough et al. 2015; Rubio-Campillo 2016). Esta breve revisión historiográfica permite observar la evolución en el uso de la simulación computacional por parte de la comunidad arqueológica, así como la diversidad de modelos formales aplicados. Además plantea la necesidad de discernir el tipo de modelo adecuado para analizar los fenómenos históricos y/o el registro arqueológico como un sistema complejo. ¿qué clase de simulación computacional se debe utilizar en arqueología? Como se ha visto a lo largo del texto, el análisis de las sociedades humanas como sistemas complejos implica la utilización de los modelos computacionales, pero ¿qué método de simulación utilizar? La respuesta no es simple ya que existen diferentes aproximaciones, no excluyentes. Los modelos más utilizados en el ámbito de la arqueología son los dinámicos y los basados en agentes. La modelización dinámica explica y predice el comportamiento evolutivo que exhibe el sistema a nivel macroscópico (Strogatz 1994: 2; Mitchell 2009: 15). Es muy útil para comprender la estructuración social y analizar los procesos sociales desde una perspectiva no-lineal (McGlade y van der Leeuw 1997: 19). La modelización dinámica puede ser descrita a partir de leyes físicas (p. ej. la segunda ley de la termodinámica) en lugar del procesamiento de la información, por lo que su lenguaje natural es una formulación matemática basada en ecuaciones diferenciales (Parunak et al. 1998; Quesada y Hassan 2012). Esta clase de modelos se conocen como aproximaciones de arriba-abajo (top-down en nomenclatura anglosajona) puesto que la modelización parte de la comprensión del todo para investigar las partes. Dada su naturaleza top-down los componentes del sistema no están representados ni de forma explícita ni individual. Como las relaciones se modelizan a una escala superior es realmente complicado capturar las características individuales (Parunak et al. 1998: 20). En los Modelos Basados en Agentes, en inglés los ABM (sigla en inglés), o Modelos Basados en Individuos en el contexto de la Ecología, los individuos o agentes son entidades únicas y autónomas que difieren de otras entidades en el espacio y tiempo y usualmente interactúan con otras entidades o con el ambiente de manera local (Railsback y Grimm 2012: 4 y 10). La definición permite rastrear tres ideas fundamentales que los hacen realmente útiles a) el carácter único implica que cada agente, o grupo de ellos, es diferente de otros; b) el localismo de las interacciones, los agentes interactúan a partir del principio de vecindad y/o conectividad; c) el carácter autónomo de las entidades que forman los ABM permite a los agentes disponer de un comportamiento libre e independiente según sus intereses, es decir, permite aproximarse al problema desde una perspectiva abajo-arriba (bottom-up en nomenclatura anglosajona). Personalmente abogamos por la utilización de los ABM cuando se analizan las sociedades humanas (y el registro arqueológico) como un sistema complejo puesto que es la metodología natural para capturar la propiedad emergente (Bonabeau 2002: 7280-7281) resultante de las interacciones entre las entidades a escala local. Además en el caso concreto de la Prehistoria estos modelos debido a su versatilidad en el momento de la lectura permiten examinar el comportamiento del sistema a partir de las interacciones locales, o bien, la influencia del sistema en el comportamiento de los individuos. En definitiva, los ABM son una magnífica herramienta para investigar aquellos procesos que se caracterizan por presentar entidades con comportamiento. Simulando la hipótesis del autoestop cultural Tal y como se ha descrito anteriormente, a lo largo de las últimas décadas la Arqueología está adoptando una metodología que nos permite elaborar y testar hipótesis a partir de la obtención Trab. El problema clásico de la dispersión del Neolítico puede ayudarnos a comprender como se desarrolla dicho proceso. La expansión del Neolítico en Europa es un tema recurrente en la bibliografía arqueológica, al menos desde que Childe (1925) planteara un origen exógeno. En la actualidad, la comunidad científica admite que la agricultura y ganadería se introducen en el Viejo Mundo a partir del Próximo Oriente. Este proceso de dispersión implicó una distribución espacio-temporal de los elementos del paquete neolítico (especies, tecnologías y prácticas sociales). En cambio subsiste un debate sobre los mecanismos de introducción de la agricultura en el viejo continente que puede articularse en dos posturas generales. La conocida como difusión démica pone el énfasis en el movimiento de la población y, por extensión, de las prácticas agrícolas. La segunda, referida como difusión cultural, subraya la importancia de la transmisión del paquete neolítico como detonante de la expansión del Neolítico y la formación de las primeras culturas neolíticas. La propuesta de Ammerman y Cavalli-Sforza (1984) es la aproximación más emblemática al problema. Se basa en la adaptación del modelo difusión-reacción de Fisher, aunque incorpora un movimiento de los grupos agrícolas que implementa una presión demográfica constante (crecimiento logístico). Por otro lado, si aceptamos que la expansión del Neolítico se debió a un proceso démico (en desacuerdo Leathwaite 1998; Cruz Berrocal 2012) debemos asumir que este fenómeno tuvo efectos en la variabilidad cultural del primer Neolítico. Dicha hipótesis no difiere mucho del "autoestop genético" de los genetistas (Smith y Haigh 1974), proceso donde la historia evolutiva de un rasgo neutral está sujeto a la evolución de un rasgo ventajoso, sistemáticamente seleccionado. Es decir, cualquier rasgo preexistente, asociado al ventajoso, puede ser transportado junto con la difusión de este con independencia de su valor intrínseco. Asumiendo dicha hipótesis, elaboramos un modelo computacional para contestar si la expansión del Neolítico en el Mediterráneo occidental pudo ser un proceso de autoestop cultural y si este podría ser documentado en el registro arqueológico6. En concreto con este modelo se pretendía investigar si la diversidad cultural neolítica en el Mediterráneo occidental podría estar relacionada con una expansión desde el sur de Italia, explicable por diferentes tipos de autoestop cultural. Nuestro modelo consideró el sistema agrícola/ ganadero como "gen selectivo" y la decoración cerámica como "gen neutro". Para identificar este proceso se adoptó un modelo basado en agentes, la metodología natural para analizar esta clase de problemática. El modelo de expansión cultural7 se diseñó con el software NetLogo (v. 5.05 Wilensky 1999) por su utilidad para explorar la relación entre el comportamiento a escala micro-espacial de los agentes y los resultados a escala macro-espacial que emergen de sus interacciones. Además NetLogo es una plataforma de empleo fácil para construir modelos, realizar simulaciones y visualizarlos, aunque la plataforma ideal no existe (Gilbert y Bankes 2002: 7198). Dicho modelo está basado en el concepto de especificaciones locales (mediante la extensión SIG de NetLogo). Siguiendo nuestro trabajo previo (Bernabeu et al. 2015), a una resolución de 5 x 5 km, valores entre 1 y 11 de potencialidad de cultivo del trigo son la base para caracterizar el Mediterráneo occidental en combinación con parámetros considerados clave como la pendiente, la temperatura mínima, la media de la temperatura máxima y la media de la precipitación durante el ciclo reproductivo. Junto al parámetro ecológico se tuvieron en cuenta: a) Movimiento de "expansión" continuada (basado en la expansión de la información económica y cultural): se simuló con dos variantes. La primera de ellas era una analogía del movimiento ola de avance con transmisión a las celdas vecinas siempre y cuando estas sean aptas desde una perspectiva ecológica. La segunda simulaba una expansión a saltos (leap-frog) donde la información se trasmite a cualquier celda apta para la agricultura en un radio establecido por el investigador (en la interfaz del usuario o por defecto). b) "Transmisión" de la información: en este caso el modelo plantea tres posibles clases de autoestop cultural: b1) neutral: en la implementación del modelo neutral Kimura 1968) la deriva es el mecanismo que afecta al autoestop cultural; b2) antiguo: aplica un modelo basado en un sesgo temporal (Boyd y Richerson 1985) donde se copia la información cultural de la celda que primero la adoptó; b3) común: aplica un modelo evolutivo basado también en el sesgo donde se adquiere el valor cultural más común del entorno (vecinos). c) Ratio de "mutación": esta varía entre 0 (ausencia) y 1 (100% de probabilidad de mutar). En este modelo el investigador establece el parámetro del umbral ecológico (ecological threshold) que define el límite mínimo de exigencia en el cultivo del trigo. Si al iniciar la simulación el valor del parámetro es 6, solo aquellas parcelas del mundo con un valor igual o superior al umbral se considerarán aptas para el cultivo agrícola. El investigador también controla parámetros como: 1) el punto de origen a partir del que se inicia el proceso de difusión; 2) el tipo de movimiento; 3) la distancia máxima para la elección de la parcela para expandirse; 4) tipo de transmisión de la información (clase de autoestop); 5) tasa de mutación y 6) número de ticks en el que el modelo deja de funcionar. Brevemente, los ticks corresponden al número de veces que el modelo ejecuta los algoritmos programados. Si situamos en 500 el número máximo, el modelo repetirá los procesos diseñados 500 veces y a continuación se detendrá. El modelo de expansión cultural también presenta diferentes algoritmos para recopilar los resultados generados in silico según las intenciones del investigador. En nuestro caso, las variables culturales se almacenan en 37 regiones artificiales que agrupan celdas de una malla de 50 x 50 km según criterios geográficos 8. Su finalidad era minimizar los problemas de diferente índole asociados al registro arqueológico (p. ej. sesgo, infra/supra representación y naturaleza del depósito arqueológico: excavación y/o prospección). La figura 1 muestra la interfaz del modelo durante los primeros momentos de la simulación, cuando solo ciertas parcelas han recibido el paquete neolítico (economía y cultura). Los parámetros lanzados se muestran a la izquierda. Finalmente, y como paso previo a la obtención de resultados fiables, se ha validado el modelo para asegurarse que funciona de forma correcta y representa el fenómeno que deseamos investigar. Para comprobar su robustez se han efectuado experimentos para la verificación de la programación, la exploración del número de repeticiones por experimento requerido para lograr resultados estadísticamente representativos, para establecer la relación entre tiempo virtual y tiempo real, para la fijación del valor máximo de ticks por experimento y para la calibración de parámetros (técnica, innovación y umbral ecológico). Sin entrar en los detalles de cada experimento, algo que no pretende este trabajo, sí remarcaremos que los resultados son estadísticamente iguales para 10 repeticiones o 150. No obstante, por prudencia, hemos repetido cada experimentación 100 veces. Resultados in silico y sus implicaciones Sin duda la experimentación en laboratorios virtuales mediante la simulación computacional implica que en determinadas ocasiones exista una 8 Véase n. 7. relación directa (y esperada) entre la modificación sistemática del parámetro y los resultados del modelo. Un ejemplo claro de esta linealidad se observa con la modificación del umbral ecológico: de su incremento se espera la reducción de las parcelas disponible para la expansión de los grupos agrícolas. La figura 2 muestra como el incremento desde 1 a 11 de la variable ecological threshold disminuye el número de celdas ecológicamente aptas para el cultivo del trigo, siendo el coeficiente de correlación entre ambas variables cercano al -0.97. Sin embargo la correlación entre la reducción de parcelas y las dinámicas demográficas no está tan clara. Como se observa en la figura 3 el patrón del índice demográfico es independiente del número de parcelas disponibles: un primer momento de crecimiento rápido, entre 20 a 80 ticks, y una posterior estabilización de la curva demográfica a partir de 120 ticks. No obstante, la modificación sistemática de los parámetros no siempre muestra resultados predecibles. La figura 4 representa la distancia geográfica y cultural de cada una de las regiones consideradas en relación al punto de origen, situado en el sur de Italia, a partir de una expansión basada en ola de avance. En este caso deberíamos esperar que el incremento de la distancia geográfica, calculada con el método Chebyshev (Abello et al. 2002), implique una correlación directa con la distancia cultural, representada con el índice de si-Fig. Relación entre el límite ecológico considerado en la simulación computacional (X) y el número de celdas disponibles para el cultivo del trigo expresado en % (Y). El r2 corresponde a la regresión lineal entre ambas variables. militud Brainerd- Robinson (DeBoer et al. 1996), es decir, que a más distancia geográfica haya más distancia cultural. Entonces, ¿cómo debemos interpretar la falta de linealidad? Los arqueólogos suelen atribuirla a la aparición de causas externas (Barton 2014), una interpretación puesta en tela de juicio a partir del análisis desde una perspectiva CAS del registro arqueológico. Desde esta perspectiva los cambios pueden ser 'leídos' como consecuencia de la acumulación de variaciones a pequeña escala que la simulación computacional permite explorar a partir del análisis sistemático de las variables para reducir el número de hipótesis explicativas (Barton 2014). Tal y como observamos, la figura 4 ordena la distancia cultural y geográfica de cada una de las regiones consideradas en relación al sur de Italia siguiendo el criterio de menor a mayor distancia geográfica. En una primera exploración del gráfico vemos que las líneas de tendencias son ascendentes, pero la distancia cultural presenta un patrón basado en dientes de sierra donde en algunas regiones (p. ej. 11 y 17) la distancia cultural es mayor a la esperada y en otras menor (p. ej. 28 y 30). Este ejemplo ilustra perfectamente la obtención de resultados in silico diferentes a los esperados. ¿Pueden ser identificados comportamientos generales distintos si se modifican las reglas de interacción a escala local? El siguiente gráfico presenta esa variabilidad a partir de la modificación sistemática de los parámetros 'distancia' (1, 20 y 30) y 'tipo de autoestop cultural' (deriva, copia de la variable cultural de celda más antigua y de la más común). Fuera de las variables mencionadas, los valores del modelo para el límite ecológico (5) y el parámetro innovación (μ = 0.004) son los mismos que en la figura 4. Sin embargo, en la figura 5 se representa la cohesión cultural de todas las regiones mediante el test de Mantel (1967), y la distancia cultural respecto al punto de origen en diferentes momentos temporales. Como se ve, el modelo arroja resultados diferentes según los parámetros modificados: la distancia máxima de expansión y el tipo de autoestop cultural modelado. Por ejemplo, si exploramos la cohesión cultural a lo largo del Mediterráneo occidental (correlación de Mantel) advertimos que los 9 escenarios representados tiene 9 comportamientos diferentes. Este patrón, con alguna matización, muestra también la distancia cultural respecto al punto de origen. En definitiva, el 'modelo de expansión cultural' es un magnífico ejemplo de cómo a partir de las relaciones a escala local de los diferentes agentes (p. ej. reglas de interacción e innovación) emergen fenómenos globales (p. ej. culturas arqueológicas). Los dos casos expuestos (Figs. 4 y 5) nos permiten concluir que el recurso a la simulación computacional genera un abanico diverso de resultados. Esto plantea directamente qué escenario o grupo de ellos se ajusta mejor al registro arqueológico. La selección de los 'indicadores arqueológicos' correctos no es una cuestión baladí ya que, como Shennan y otros (2015) han planteado, diferentes ítems culturales podrían exhibir comportamientos diferentes. Cada variable, en paralelo a su evolución propia, debe ser conocida ya que el recurso de variantes dudosas no parece ser la opción correcta, tal como puede observarse en el trabajo de Parisi y colegas (2008) donde utilizan la lingüística como variable, bajo nuestro de punto de vista incorrecta, para contrastar los resultados simulados. Nosotros planteamos usar como indicador arqueológico la técnica utilizada en la decoración cerámica 9. 6. obstante, tal y como hemos destacado en otra publicación (Bernabeu et al. 2017), la parquedad, la fragmentación y el carácter acumulativo del registro arqueológico debe valorarse siempre cuando se selecciona el indicador arqueológico y, sobre todo, a la hora de compararlo con la información virtual. La figura 6 ilustra perfectamente esta cuestión a través de una representación filogenética ape package (Paradis et al. 2004) software R Core Team (2013) mediante un Unweighted Pair Group Method with Arithmetric Mean que asume una velocidad constante de la evolución (Sokal y Michener 1958). La parte superior muestra la información arqueológica disponible en un arco cronológico de 300 años desde la documentación de la primeras producciones cerámicas en las diferentes regiones del Mediterráneo occidental. Resumen de los resultados de la simulación a partir de la modificación sistemática. Los tipos de autoestop cultural considerados son deriva, copia de la variable más común y de la variable más antigua. El eje X corresponde a diferentes momentos cronológicos 20, 40, 60, 80, 120, 240, 300 y el eje Y representa la correlación de las variables consideradas: la distancia cultural respecto al punto de origen de la expansión (Brainerd-Robinson, 1952) y la cohesión cultural del Mediterráneo occidental (Mantel 1967). parte inferior representa la información cultural disponible resultante de la simulación computacional (Bernabeu et al. 2017) asociada al mismo rango temporal (300 años) utilizando una ratio de mutación de 0.004, un proceso de autoestop basado en la deriva y una expansión entre celdas vecinas (analogía de la ola de avance). La figura 6 muestra diferencias notorias entre los resultados arqueológicos (abajo) y aquellos creados in silico (arriba). Su equiparación requiere seleccionar un método de comparación. Los trabajos centrados en el análisis del proceso de expansión per se utilizan la correlación de Pearson entre el tiempo arqueológico (fecha radiocarbónica) y el tiempo virtual (número de ciclos de simulación: ticks o pasos) (p. ej. Bernabeu et al. 2015; Pinhasi et al. 2005). Para la hipótesis del autoestop cultural nos decantamos por el cálculo del índice de correlación de la distancia cultural (CDC). Este índice consiste en una correlación de Pearson a partir de los valores de la distancia cultural obtenida con el coeficiente Brainerd-Robinson de cada una de las regiones virtuales con la correspondiente muestra arqueológica. Por lo tanto, el índice CDC constituye por si mismo una comparación entre el mundo real y el virtual. Además al ser una comparación estadística permite descartar los escenarios virtuales sin significación estadística (pvalue > 0.05), es decir, los escenarios que no se ajustan a la premisa de inicio. La aplicación del modelo ABM en relación a la expansión del Neolítico en el Mediterráneo occidental sugiere: a) que, durante dicho proceso, el autoestop cultural influyó en la variabilidad de las primeras producciones cerámicas, sobre todo, en las regiones asociadas a la cultura impresa/ cardial y b) que la diversidad cultural puede ser explicada utilizando métodos y técnicas propias de las ciencias biológicas. En el presente trabajo se ha argumentado la necesidad de analizar el registro arqueológico desde una perspectiva CAS que destierra del pensamiento arqueológico la correlación entre complejidad social y sociedades más complejas. Solo un análisis CAS permite comprender que el comportamiento y evolución de las sociedades humanas se plasma en diferentes cuestiones, como la diversidad cultural y no se limita a las relacionadas con la organización social. Del mismo modo, la simulación computacional se está convirtiendo en un incipiente método para el análisis del pasado (Lake 2015) pero más en los sistemas universitarios anglosajones que en la arqueología peninsular donde su visibilidad aún es escasa. Queremos destacar que la aplicación de la simulación computacional en nuestra disciplina no busca reconstruir el pasado de forma fidedigna, sino generar historias alternativas sobre la forma-Fig. Ejemplo de representación filogenética de los datos arqueológicos (A) y la información virtual (B) siguiendo un Unweighted Pair Group Method with Arithmetric Mean. Los datos simulados corresponden a los generados de la parametrización del modelo: expansión basada en ola de avance, autoestop cultural basado en la deriva cultural y una ratio de mutación de 0.004. Dado el carácter fragmentario y escaso de los restos arqueológicos no caben inferencias sobre el comportamiento de los grupos humanos del pasado (Barton 2014) sin recurrir al laboratorio virtual. No obstante, la aceptación de la simulación computacional no implica un uso a ciegas de los modelos computacionales, cuya utilidad reside en que sean interpretables de forma correcta, y sobre todo, coherente. Por ello abogamos por recurrir a la modelización siempre y cuando haya un trabajo previo/posterior centrado en la comprensión del registro arqueológico. En este sentido, algunos trabajos son excelentes desde una perspectiva de método pero carecen de una interpretación correcta de los resultados computacionales. La investigación de Banks y otros (2013) sobre la expansión de las grandes culturas neolíticas en Europa a partir de la modelización del nicho ecológico es un buen ejemplo del riesgo de caer en una interpretación errónea de los resultados. En dicho trabajo, asumiendo falta de información arqueológica, se predice la existencia de áreas como el interior de la península ibérica y el Norte de África relacionadas con el nicho ecológico cardial pero sin este tipo cerámico (Banks et al. 2013(Banks et al.: 2751)). El supuesto de que no hay información arqueológica es erróneo: se conocen yacimientos relacionados con la cultura cardial en ambas áreas (Gilman 1975; Jiménez Guijarro 2008) y, además, absence of evidence is not evidence of absense (Kuhn y Steiner 2006: 957). En este trabajo se ha demostrado que los modelos evolutivos (una analogía del autoestop genético) tomados prestados de la Biología son una herramienta muy útil para el análisis del registro arqueológico. Otro estudio previo (Crema et al. 2014a) dejó claro que, además, sus métodos son realmente útiles para el análisis del registro. Sin embargo la aplicación de los modelos biológicos globales no están exentos de críticas debido al carácter particularista de las interacciones humanas (p. ej. Sahlins 1998). Esta contraposición entre modelos biológicos y modelos antropológicos ha promovido un amplio debate en torno a las diferencias entre la genética y la conducta (véase Van-Pool 2008 para detalles). Nosotros, aunque abogamos por la complementariedad de ambos, nos decantamos por el uso de los modelos biológicos: a) los postulados evolutivos permiten establecer reglas simples de interacción y habilidades de los agentes (Miller y Page 2007: 180) para modelar su evolución; b) como el registro arqueológico es una consecuencia de las interacciones entre agentes evolutivos (p. ej. individuos, grupos y/o sociedades) su estudio debe abordarse desde una perspectiva teórico-metodológica evolucionista donde los modelos biológicos son el enfoque natural. Finalmente la utilización del llamado "computerrarium" (Epstein y Axtell 1997) implica la emergencia de nuevos retos en la Arqueología como la selección de la información oportuna (proxy). El registro ofrece una gran variedad de información arqueológica que puede y, sobre todo, debe ser utilizada para testar y ajustar los modelos arqueomáticos. En un trabajo reciente en torno a la expansión del Neolítico en la península ibérica hemos demostrado la necesidad de auditar la muestra ya que una utilización indiscriminada de la información arqueológica puede arrojar interpretaciones erróneas (Bernabeu et al. 2015; Pardo Gordó et al. 2015). En definitiva, la aplicación de la simulación computacional puede ayudarnos a comprender mejor las sociedades humanas del pasado al permitir estudiar fenómenos como las dispersiones humanas o la evolución cultural bajo condiciones controladas por el investigador. Joan Bernabeu Aubán (Universitat de València) y C. Michael Barton (Arizona State University), codirectores de la Tesis Doctoral de la que deriva este trabajo. A los dos revisores/as anónimos/as puesto que sus comentarios han incrementado notablemente la calidad de este trabajo. Finalmente, el autor agradece al Centre de Càlcul de la Universitat de València el apoyo técnico y permiso para utilizar el nodo local MULTIVAC de la red de supercomputación española para llevar a cabo las simulaciones. bIblIoGRAfíA
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Los denticulados y las muescas son dos de los elementos más frecuentes en la panoplia musteriense. El creciente interés por el estudio de estos tipos permite vislumbrar su complejidad. La aparente estandarización de sus formas no lo es tal a la luz de nuevos estudios tipométricos. Así mismo, la especialización supuesta del denticulado parece encontrarse ahora en entredicho a partir de los nuevos datos revelados por estudios traceológicos que apuntan a que se trata de una pieza en esencia versátil. Presentamos en este artículo los resultados de un estudio funcional realizado sobre una muestra de denticulados y muescas en cuarzo procedente del yacimiento musteriense del Abrigo de Navalmaíllo (Pinilla del Valle, Madrid, España). Las huellas de uso sobre elementos de cuarzo son peculiares dadas las especiales características de la materia prima. Por otro lado, normalmente se conservan mejor que las formadas en materiales de mejor calidad como el sílex. Los resultados del estudio corroboran la versatilidad de dichas piezas para funciones distintas relacionadas, entre otras, con alguna de las actividades implicadas en el trabajo complejo de descuartizado y el trabajo de la madera. El denticulado se define como aquella pieza que presenta uno o más bordes no contiguos en los que se ha tallado una sucesión de muescas (Bordes y Bourgon 1951; Bordes 1961) que pueden ser contiguas o casi contiguas entre sí (Picin et al. 2011). Es uno de los elementos más frecuentes en los conjuntos industriales del Paleolítico, sobre todo del Oeste de Europa (Theodoropoulou 2008). Su relativa abundancia en algunas muestras del Paleolítico medio europeo frente a otros tipos retocados lleva a definir, desde un punto de vista meramente tipológico, una facies de denticulados (Bordes y Bourgon 1951; Bordes 1953). Para Bordes se trataba de conjuntos con mayor presencia de denticulados que de puntas y raederas, y estas últimas nunca eran de tipo Quina. Sin embargo, dada la aparente falta de complejidad que requiere su configuración no han merecido la misma atención por parte de los analistas que otros útiles más elaborados. Tras más de medio siglo de investigaciones, este grupo tipológico se ha revelado más complejo de lo previamente propuesto por lo que se emprenden trabajos que buscan desentrañar su complejidad (p. ej.Thiébaut 2007b; Picin et al. 2011). Las explicaciones para la prevalencia en algunos yacimientos de este tipo frente a otros son variadas, ya sean de orden cultural (Bordes 1961), los denticulados pertenecerían a grupos con tradiciones distintas a las de los que priman la fabricación de raederas o de bifaces; funcional (Binford y Binford 1966), según las cuales los denticulados se utilizarían sobre todo para trabajar la madera, o de orden medioambiental (Rolland 1981; Rolland y Dibble 1990) para las que este tipo se asociaría a climas templados en ambientes boscosos; etc. Actualmente no parece existir una única respuesta a su significado (Thiébaut 2007b) y el panorama resulta mucho más complejo a tenor, entre otros, de los resultados de los estudios funcionales donde se encuadra este trabajo y de la dispersión de conjuntos de denticulados en contextos ambientales y climáticos diversos. Frente a la cuestión sobre si las muescas y denticulados contenidos en el registro arqueológico son intencionales, producidos por alteraciones postdeposicionales (Bordes 1961; Sonneville-Bordes 1960; Caspar et al. 2003Caspar et al., 2005;;Thiébaut 2007a), debidos al uso (e.g. Bordes 1961; Tixier 1963) o tallados para lograr el reavivado de algunas piezas, como las raederas (Verjux 1988), se han propuesto diferentes criterios para diferenciar aquellas muescas intencionales de las fortuitas (p. ej. Prost 1993; Thiébaut 2010). En general, dichos criterios tienen que ver con la disposición del "retoque" con respecto a la cara, el tamaño y marginalidad del mismo, regularidad, presencia/ ausencia de pátinas, etc. La observación de las características y origen del paquete sedimentario que contiene las piezas es también importante a la hora de determinar la intencionalidad del retoque (Caspar et al. 2005; Tixier 1963; Thiébaut 2003Thiébaut, 2007aThiébaut, 2010)). Entre los conjuntos franceses más importantes en los que dominan denticulados y muescas dentro del grupo de elementos retocados (Fig. 1), cabe mencionar la muestra del nivel 20 del abrigo de Combe Grenal (Domme, Dordogne) atribuido al Musteriense de Denticulados por Bordes (1972; Faivre 2009-2010) y situado cronológicamente entorno al MIS 4. En el nivel K de la cueva de Les Fieux (Miers, Lot) entre los escasos elementos retocados de pequeño tamaño predominan también los denticulados y las muescas (Thiébaut et al. 2009b). Al aire libre, destacan los yacimientos de La Rouquette y Mauran. La Rouquette (Tarn) contiene en su nivel A un conjunto, adscribible cronológicamente al MIS 4-3, con tendencias microlíticas definido como "Musteriense de denticulados no clásico" (Duran y Tavoso 2005). En Mauran (Haute-Garonne) dominan denticulados y muescas en niveles del MIS 3 (p. ej. Thiébaut et al. 2009Thiébaut et al. -2010)). Ya en la península ibérica, en varios conjuntos, los denticulados sobresalen en el grupo de los retocados. Los denticulados y muescas, puntas y raederas son los elementos más frecuentes en los niveles 2 y 3, musterienses, del yacimiento en cueva de Jarama VI en Valdesotos (Guadalajara) situados cronológicamente en el MIS 3-2 (Jordá 2001). En el nivel 3 del cercano Abrigo del Molino (Segovia), situado en el MIS 4, aparecen escasos elementos retocados, pero entre ellos destaca la presencia de denticulados, muescas y cantos tallados (Álvarez-Alonso et al. 2014). Por su parte, en la Cueva de Valdegoba (Huérmeces, Burgos) dominan el registro los denticulados junto con las raederas (Díez et al. 1988-89; Quam et al. 2001). Los yacimientos al aire libre destacables son los de San Quirce (San Quirce del Río Pisuerga, Palencia) y el del Valle de las Orquídeas (Burgos). El primero se adscribe al MIS 4. Está especializado en pequeños denticulados con poca capacidad cortante (Terradillos-Bernal et al. 2017). El Valle de las Orquídeas, en la Sierra de Atapuerca, cuenta con fechas muy recientes que señalarían su adscripción al Paleolítico Superior si no fuera porque las características de la industria lítica apuntan más bien hacia un conjunto característico del Paleolítico medio. Dentro de los retocados, domina la fabricación de denticulados, muescas y raederas (Mosquera et al. 2007). En el Noreste de la península ibérica, el Abric Romaní (Capellades, Barcelona) es el yacimiento más notable en cuanto a la presencia de denticulados y muescas (Martínez y Rando 2001; Martínez et al. 2005; Vallverdú et al. 2005). En el Nivel Ja se escogen lascas desbordantes para tallarlos, configurando normalmente el lado izquierdo como borde denticulado (Martínez y Rando 2001). En el Nivel I se utiliza más cuarzo que en el resto, donde domina el uso del sílex. Aquí hay pocos retocados, y éstos son, sobre todo, denticulados y muescas (Vallverdú et al. 2005). Al Norte, el nivel 12 de Cueva Morín (Villanueva de Villaescusa, Cantabria) es el que presenta un mayor número de denticulados, normalmente sobre soportes pertenecientes a esquemas operativos discoides (Maíllo 2007) (Tab. EL ABRIGO DE nAVALMAÍLLO El Abrigo de Navalmaíllo es uno de los 5 yacimientos localizados en el cerro denominado Calvero de la Higuera en Pinilla del Valle (Madrid, España). Dicho promontorio está situado en el Valle Alto del río Lozoya, en la Sierra de Guadarrama, una alineación montañosa con orientación NE-SO, perteneciente al sistema central español (Fig. 2a). El valle es una depresión tectónica que limita al norte con los Montes Carpetanos, cuyo pico más alto es el de Peñalara (2428 m), y al sur con la alineación de Cuerda Larga, con Cabeza de Hierro (2380 m) como su máxima altitud. Esta depresión se produce durante la Orogenia Alpina. Las rocas aflorantes más antiguas son ortoneises, leucogranitos, adamelitas, granitoides, migmatitas, esquistos y cuarcitas (Arenas et al. 1991; Bellido et al. 1991). Existen también diques de cuarzo y pórfidos (Pérez-González et al. 2010). Dentro de la sedimentación mesozoica del Cretácico Superior (Bellido et al. 1991), que comienza con arenas, arcillas y gravas en facies Utrillas, afloran arenas, lutitas, carbonatos, areniscas y dolomías tableadas. En estas últimas se han desarrollado formas kársticas como lapiaces y dolinas en el exterior y abrigos y galerías de cueva en el interior. A estas últimas formas están asociados los yacimientos arqueológicos del Calvero de la Higuera. En el momento de su descubrimiento, se encontraba completamente colmatado tras el desplome de las cornisas del techo sobre el propio yacimiento. El techo del abrigo se encuentra a unos 8 m colgado sobre el Arroyo de Valmaíllo. El registro faunístico del nivel F está dominado por los herbívoros destacando las especies Bos primigenius, Cervus elaphus, Dama dama, Equus ferus y Stephanorhinus hemitoechus. Existen escasos restos de carnívoro que incluyen Vulpes vulpes, Canis lupus, Panthera leo, Crocuta crocuta y Ursus arctos. Los estudios tafonómicos realizados sobre los restos de herbívoro han revelado la presencia de marcas de corte y un grado de fracturación antrópica muy alto que indica que el campamento fue utilizado para llevar a cabo labores de descuartizado, entre otras (Huguet et al. 2010). Apoyando la intensidad de la ocupación está también la presencia de varios hogares en distintos grados de conservación, junto con carbones, hueso e industria lítica quemada. Más del 78% de la industria lítica ha sido tallada en cuarzo (Tab. Las estrategias de talla más frecuentes son la bifacial y unifacial, combinadas con las centrípetas, unipolares-longitudinales, ortogonales, discoide y, en menor medida, levallois. La talla bipolar también está presente y patente tanto a partir de los núcleos y productos como a partir de los yunques recuperados, generalmente de pórfido rosa (Márquez et al. 2013). a la hora de explicar la tendencia al microlitismo de la industria del Abrigo (Márquez et al. 2013). ELEMEnTOs RETOCADOs DEL nIVEL F. LOs DEnTICuLADOs Y LAs MuEsCAs Si tomamos en conjunto todas las materias primas del nivel F del Abrigo de Navalmaíllo, los elementos retocados representan alrededor del 6% del registro, aunque son las lascas simples el más abundante (63,1%), tal como es frecuente en este tipo de yacimientos (Tab. Los denticulados y las muescas dominan en el grupo de retocados en cuarzo (57%, Tab. Al igual que sucede con el resto de la industria, éstos son de pequeño tamaño, con una media de 31,7 mm de longitud (Fig. 3). La longitud media del filo útil 2 es de 25,5 mm. Cada pieza por lo general cuenta con un único borde denticulado, cuya delineación, normalmente es recta. Un 44,2% de los denticulados presenta reserva de córtex frente al 55,8% sin él. En la orientación domina el retoque directo (71,3%) seguido del inverso (22,1%). Es muy raro el retoque alterno o alternante. El talón facetado aparece solo en el 24,7% de los denticulados de cuarzo, frente al 57,7% de los de sílex (Fig. 4). Por lo general, el borde denticulado se encuentra opuesto a un borde abrupto por una fractura (Fig. 5A, 5C, 5G, 5H, 5I) (normalmente "Siret") (Fig. 5M) o una reserva cortical (Fig. 5L, 5N, 5Ñ). 2 Consideramos como "filo útil" a aquella porción de la pieza susceptible de haberse usado de forma correcta para algún tipo de función. En los denticulados y las muescas, el filo útil es el limitado por el retoque. Esta característica facilita la prensión y permite el uso de la pieza sin recurrir a mangos. Los denticulados del Abrigo de Navalmaíllo son intencionales, unifaciales, continuos. Se excluye la formación de pseudoretoques, ya que en el sedimento que circunda el yacimiento, los clastos no abundan ni existen grandes acumulaciones de objetos líticos que pudieran haberla causado. Como hemos visto más arriba, el nivel F tiene una textura arcilloso-arenosa y no se observan flujos de carácter tractivo que hubieran podido afectar a la conservación del registro arqueológico. El estudio tafonómico del conjunto óseo asociado con las industrias muestra que las fracturas de los restos faunísticos son, en su mayor parte, de origen antrópico. Desde el punto de vista fosildiagenético, la alteración más frecuente es la de la precipitación de óxidos de manganeso junto con la de concreciones. Este tipo de alteraciones están asociadas con terrenos ligeramente encharcados propios de ambientes de cueva. Muy escasos redondeos de los bordes de los huesos se asocian a la presencia de pequeñas escorrentías de agua de muy baja intensidad (Huguet et al. 2010). Todos estos datos confirman la integridad del registro. EsTuDIO FunCIOnAL DE unA MuEsTRA DE DEnTICuLADOs Y MuEsCAs. Los estudios traceológicos sobre elementos de cuarzo El cuarzo (SiO2) es un mineral compuesto por silicio y uno de los más frecuentes en la corteza terrestre. A diferencia de lo que ocurre con la cuarcita, los cristales de cuarzo no están unidos por un cemento, de manera que la forma en la que se unen dichos cristales influye en el tipo de fracturación (Clemente et al. 2014b). El cuarzo macrocristalino, dada su dureza de 7 en la escala de Mohs, se ha usado en el pasado siempre que se ha encontrado disponible independientemente de que existan otras materias primas adecuadas para la talla. Sin embargo, la dificultad por parte de los analistas para comprender la mecánica de fractura del cuarzo ha llevado a la realización de estudios exhaustivos al respecto (p. ej. Flenniken 1981; Mourre 1996; Tallavaara et al. 2010). El método traceológico sobre cuarzo y cristal de roca se comienza a desarrollar en los años 70 en aquellas regiones en las que éstos son los materiales predominantes (principalmente Escandinavia) (p. ej. Sussman 1985Sussman, 1988;;Knutsson 1988, etc.) La principal dificultad para el estudio de las trazas de uso en el cuarzo es que, en general, muestran un menor desarrollo que en otros materiales como el sílex. Las huellas de uso a estudiar en instrumentos de cuarzo son producidas fundamentalmente por procesos de tipo mecánico, aunque según algunos autores también ocurren fenómenos de disolución, deformación plástica y deposición de la sílice (p. ej. Knutsson 1988). Las trazas más destacadas son las estrías, el redondeamiento o abrasión (p. ej. Knutsson 1988) y la "corrosión" de los cristales, rasgo, este último, descrito para la superficie de los cristales de cuarzo. Utilizamos este último término para describir zonas en las que los cristales se muestran picoteados o con "microagujeros" debidos al "desprendimiento, desaparición o disolución de partes de su superficie original" (Clemente 1997: 45; Gibaja et al. 2009). Como hemos comentado, y en general, las trazas en el cuarzo se forman de manera más lenta, sin embargo, a veces, el redondeamiento del filo puede observarse en pocos minutos (Knutsson 1988). Así mismo el pulimento suele presentar menor desarrollo que el formado en el sílex (Fullagar 1986). Al igual que ocurre en otras materias primas, se puede determinar el movimiento de la pieza a partir de la posición de los desconchados y dirección de estrías y rasgos lineares y la dureza relativa de la materia trabajada sobre todo a partir de las fracturas en los filos y morfología de los desconchados. Por último, la materia trabajada se reconoce sobre todo a partir de la apariencia de los pulimentos, corrosiones de los cristales y redondeamiento y tipo de fracturación de los filos. Las alteraciones postdeposicionales que, en cuanto a su morfología pudieran confundirse con huellas de uso, pueden reconocerse a partir de la observación de la disposición de dichas huellas en la pieza. Características de la muestra Como la materia prima dominante en el Abrigo de Navalmaíllo es el cuarzo la muestra elegida para el estudio traceológico comprende 71 denticulados y muescas en cuarzo y 1 denticulado en cristal de roca. Hay 49 denticulados en un lateral a los que se suman otros combinados: 2 asociados con muesca, 7 con punta y 1 con raedera. De las 10 muescas, en 2 ocasiones están asociadas con un triedro. La última pieza del grupo puede ser un denticulado o un pequeño núcleo. Preparación de la muestra La conservación de las piezas de cuarzo del Abrigo de Navalmaíllo suele ser mucho mejor que las de sílex o de otros materiales como el pórfido cuyas fuertes erosiones invalidan, a la postre, cualquier tipo de estudio funcional. Sin embargo, la mayor parte de la muestra conserva en mayor o menor medida una costra calcárea. Su eliminación ha seguido un protocolo normalizado (Keeley 1977(Keeley, 1980;;Knutsson 1988; Moss 1983) consistente en la inmersión sucesiva de la pieza durante 10 minutos en ácido clorhídrico (CLH al 10%) e hidróxido de sodio (NAOH al 10%) y en un aclarado final con agua destilada en cubeta de ultrasonidos. Los restos orgánicos de las piezas experimentales han sido eliminados mediante una secuencia de ácido acético (CH3-COOH [C2H4O2] al 10%), agua oxigenada (H2O2 al 10%) y agua destilada en cubeta de ultrasonidos (Mansur-Franchomme 1980; Anderson-Gerfaud 1981). Durante la observación al microscopio los filos han sido aclarados con acetona para eliminar aquellos restos de grasa procedentes de la manipulación (Plisson 1982). Los materiales han sido examinados usando un microscopio metalográfico Olympus Bx51 con cambiador de objetivos (5x, 10x, 20x y 50x) en el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid. El microscopio además está equipado con prismas Nomarski (microscopía de contraste de interferencia [DIC]). Utiliza dos rayos de luz polarizada que consiguen crear más contraste y reducir la reflectividad del cuarzo (Knutsson 1988; Pignat y Plisson 2000; Igreja 2009). Entre todos los programas actualmente existentes en el mercado para el tratamiento de las imágenes (Plisson y Lompré 2008), se ha seleccionado Helicon Focus Pro (©HeliconSoft). Este software permite construir una sola imagen enfocada a partir de varias tomas conseguidas a distinto enfoque. El estado de conservación de las piezas seleccionadas es en general bueno. De las 72 piezas del muestreo, 19 carecen de huellas de uso (Tab. En 4 el estudio traceológico ha sido inviable por alteraciones superficiales debidas a la acción del fuego o a factores postdeposicionales. En una quinta, su mal estado de conservación no ha impedido reconocer su cinemática. Es de interés el caso de la pieza analizada para determinar su uso como denticulado o como núcleo (Fig. 5F). Al no haber evidencia de uso, proponemos de modo tentativo que fuera un núcleo enmarcable en la tradición microlítica del abrigo. La cinemática de los útiles en cuarzo suele ser la variable más fácilmente reconocible. Se ha determinado en 53 casos, en 21 de los cuales además se ha podido conocer con cierta seguridad la materia trabajada. En uno de los útiles, no se actúa con el borde denticulado, sino con uno diedro opuesto. Las acciones son tanto transversales (p. ej. raspar) como longitudinales (cortar o serrar). Los ángulos de los filos de uso longitudinal son ligeramente más agudos (62,15o) que los utilizados para acciones transversales (70,12o). En 7 piezas junto con trazas de actividades relacionadas con la carnicería: marcas de hueso, piel y carne se han detectado también huellas re- -57 lacionadas con el trabajo de la madera. En este último dominan las acciones transversales de raspado y en la carnicería, las longitudinales de corte que implican tanto movimientos en esa dirección como ligeramente oblicuos (Fig. 6). Por lo menos en 7 piezas se han llevado a cabo actividades diferentes (Fig. 7 y 9). Una ha realizado primero una acción con movimiento transversal y, tras la formación de un desconchado, se han formado estrías paralelas al filo que indican un tipo de acción longitudinal (Fig. 8b). En otras 7, sólo se ha podido reconocer la dureza relativa de la materia trabajada, a tenor del grado de fracturación de los filos y las estrías relacionadas (Fig. 7.2c). El hecho de que la mayoría de los filos denticulados se opongan a un dorso facilita sobre manera la prensión. Ninguna evidencia traceológica indica la presencia de mangos en este conjunto. En cambio las muescas han realizado únicamente acciones de raspado (movimiento oblícuo y transversal), salvo una donde se identifica una acción de tipo longitudinal. En ningún caso se ha identificado la materia trabajada. Por último, tres de las muescas no se han utilizado, y sí lo han hecho otros filos diedros o triedros asociados. En una de ellas, hay dos muescas opuestas relacionables con un posible mango, habiéndose usado el diedro en una acción longitudinal sobre hueso. El conjunto musteriense del Abrigo de Navalmaíllo cumple con los rasgos comunes que Thiébaut (2007b) observa en los principales conjuntos musterienses de denticulados franceses, a saber: materias primas provenientes del entorno inmediato, dominio de talla discoide, en nuestro caso sobre todo talla centrípeta, soportes de pequeñas dimensiones, talla levallois y contadas raederas. Las características de las lascas sobre las que se tallan los denticulados y las muescas son similares, presentando normalmente un dorso desbordante o cortical que, en Navalmaíllo, suele estar formado por fracturas "Siret". Además, la práctica totalidad del proceso de talla tiene lugar en el yacimiento. Como recordaremos, la proporción de lascas retocadas es muy inferior a la de elementos sin retocar. De hecho, la lasca simple es el elemento utilizado con más frecuencia del registro arqueológico y, en general, el más abundante. Conservan un filo más cortante que los elementos retocados, pero a cambio se embotan más rápidamente. Nuestros experimentos4, y los de otros autores, muestran que las lascas simples, a veces eliminadas del grupo de los utensilios para el estudio de los conjuntos líticos arqueológicos, son realmente efectivas (p. ej. Knutsson et al. 2015). Se requiere experimentación para conocer las ventajas operativas de los denticulados frente a las lascas simples. Así Arnold (1991) experimenta con denticulados para comprobar su eficacia al trabajar la madera frente a la de las lascas sin retocar y las raederas. Además intenta comprobar la forma de prensión. La diferencia entre el uso de denticulados y de lascas sin retocar es la citada rapidez con la que estas se embotan y la mayor resistencia de los primeros. Por otro lado, las raederas, al igual que las lascas sin retocar, no permiten controlar de forma correcta los gestos técnicos necesarios para llevar a cabo la acción, a diferencia del denticulado. Se ha venido relacionando la presencia de denticulados y muescas en los yacimientos con su condición de instrumentos dedicados al trabajo Por último, un primer acercamiento funcional a una pequeña muestra de 12 denticulados y muescas procedentes del Abrigo de Navalmaíllo indica su intervención tanto en acciones relacionadas con la madera como la carnicería (Márquez et al. 2015). Las piezas añadidas ahora a este estudio confirman y amplían lo que ya se apuntaba. En general parece que los denticulados y las muescas de Navalmaíllo no se han utilizado ni de forma intensa ni durante mucho tiempo. Escasean los pulimentos diagnósticos que, en el caso de las materias duras, comienzan a desarrollarse bastante pronto. La abundancia de materia prima de buena calidad en el entorno puede ser la explicación. El nivel F del Abrigo de Navalmaíllo es un palimpsesto que contiene evidencias arqueológicas de un antiguo asentamiento humano. Hasta la fecha, tanto los estudios tafonómicos como los tecnológicos apuntan a allí hubo actividades relacionadas con el procesamiento de carcasas de herbívoros, así como de talla de industria lítica, cuyas cadenas operativas están, en general, completas. La industria musteriense del Abrigo de Navalmaíllo se ha tallado sobre todo en cuarzo de buena calidad procedente del entorno. Presenta claras tendencias microlíticas cuyo origen cultural o funcional dirá la futura comparación con otros conjuntos líticos procedentes de otros yacimientos cercanos de distintas características. La muestra estudiada se caracteriza por una mayor presencia de lascas simples que de elementos retocados. Los denticulados y las muescas dominan este último grupo. Los resultados del estudio funcional refuerzan la creciente evidencia de que dichas piezas, lejos de ser útiles especializados, son elementos versátiles implicados, en el caso de este yacimiento, en actividades relacionadas con la carnicería y el trabajo de la madera. En resumen, tienen gran capacidad para realizar actividades complejas a pesar de tratarse de herramientas de configuración simple. A los miembros del equipo de excavación de Pinilla del Valle sin cuyo trabajo este estudio no hubiera podido salir adelante.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Subsistencia, movilidad y adaptación al medio de los cazadores-recolectores gravetienses en el sector occidental de la región cantábrica: la cueva de Coímbre (Asturias)* Subsistence, mobility and environmental adaptation of the Gravettian hunter-gatherers in the western part of Cantabria: Coímbre cave (Asturias) El Gravetiense se presenta como un contexto crono-cultural con un notable desequilibrio en la distribución y número de yacimientos a lo largo de la región cantábrica. Hay un número bajo de registros en su extremo occidental, un discreto volumen de los mismos en el extremo oriental y una notable variedad y densidad de restos en el ámbito pirenaico (Heras et al. 2012a). Esto se debe, fundamentalmente, a la tardía adscripción al Gravetiense de las primeras evidencias documentadas, y únicas hasta bien entrada la década de 1980, en la parte occidental cantábrica. Son los niveles H y G de Cueto de la Mina (Jordá 1963(Jordá, 1969)), inicialmente asignados por su excavador al Auriñaciense superior (Vega del Sella 1916) a partir del modelo evolutivo de Breuil (Arrizabalaga 1998), y que F. Jordá (1963) englobó en el periodo "Gravetense". La presencia de Gravetiense en esta parte de la región cantábrica se cuestionó durante décadas. Los escasos restos tipológicamente adscribibles a esta etapa se fueron incluyendo en un Auriñaciense superior (según Breuil) o Perigordiense superior (según el modelo de Peyrony) cuya relación crono-espacial era muy difusa con respecto al Auriñaciense clásico (Jordá 1976; Bernaldo de Quirós 1982). Las excavaciones en el abrigo de La Viña (Fortea 1992), la cueva de Llonín, a comienzos de la década de 1990 (For-tea et al. 1995) y el Cueto de la Mina (Rasilla 1990), se incorporarán a las citadas evidencias del tecnocomplejo en la zona occidental cantábrica. Todos ellos componen el repertorio asturiano de evidencias. Salvando algunas referencias previas a La Viña y Cueto de la Mina (Rasilla y Hoyos 1988; Rasilla 1990; Fortea 1992), la sistematización del Gravetiense en Asturias es muy reciente. En 2017 se publicará el primer estudio completo y detallado de la ocupación gravetiense en la zona B de Coímbre (Álvarez-Alonso e Yravedra e. p.). Prueba del gran impulso de las investigaciones sobre el Gravetiense cantábrico en los últimos veinte años son las importantes síntesis de ámbito tanto estrictamente cantábrico (Arrizabalaga 1995 (Foucher 2013). Además han visto la luz numerosas investigaciones centradas en secuencias o yacimientos de la zona central y oriental de la región como Altamira, El Cuco, El Castillo, Mugarduia Sur, Aldatxarren, Ametzagaina, Alkerdi o Irikaitz, entre otros (Sáenz de Buruaga 2008; Cava et al. 2009; Arrizabalaga e Iriarte 2011; Bernaldo de Quirós et al. 2013; Calvo et al. 2013; Heras et al. 2013b; Rasines y Muñoz 2013; Arrizabalaga et al. 2014; Cava 2014). LOCALIZACIÓN DE COÍMBRE E HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN La cueva de Coímbre se sitúa en las cercanías de Besnes, un barrio perteneciente a la localidad de Alles (Peñamellera Alta, Asturias, España). El karst de Coímbre se abre en la ladera SO del monte Pendendo (529 m), en el pequeño valle que forma el río Besnes, unos 800 m antes de su desembocadura en el Cares. La cueva se ubica, por tanto, en el curso medio-bajo del valle del Cares, en la zona centro-occidental de la región cantábrica. Las altitudes del medio circundante superan los 1.000 m pero está relativamente próxima a la costa actual (Fig. 1). La cueva era ampliamente conocida en la zona desde antaño, pero no salta a la luz pública hasta el 4 de abril de 1971, cuando se descubren grabados paleolíticos en su interior (Moure y Gil 1972). Entonces se realiza una primera documentación de su arte rupestre y una valoración preliminar del yacimiento, situado en la sala principal (Moure y Gil 1974;Álvarez-Alonso et al. 2009). El yacimiento arqueológico aparece en dos áreas, A y B, bien diferenciadas y sin conexión entre sus depósitos sedimentarios. Nunca fueron objeto de excavaciones, aunque sí de numerosas recogidas superficiales y de un constante expolio en la zona A, previo al cierre completo de la cavidad a comienzos de la década de 1980. En estos primeros años, las valoraciones preliminares se centraron en algunas piezas halladas en superficie que in-vitaban a hablar de una cronología situada entre el Magdaleniense inferior/medio y el Aziliense (Utrilla 1981). El yacimiento de la cueva de Coímbre, salvo su arte parietal, se sumió en un largo letargo hasta 2008, cuando iniciamos un proyecto de investigación centrado en la excavación y revisión del arte parietal, del cual se han ido avanzando periódicamente resultados preliminares (Álvarez-Alonso et al. 2009(Álvarez-Alonso et al., 2013b;;Álvarez-Alonso et al. 2011;Álvarez-Alonso et al. 2014;Álvarez-Alonso et al. 2016; Yravedra et al. 2016). En 2017 la publicación de una monografía aunará los resultados de todas las investigaciones efectuadas en la zona B de la cueva de Coímbre (Yravedra et al. e.p.). Yacimientos gravetienses de Asturias (A); Localización de la cueva de Coímbre (Peñamellera Alta, Asturias) en la península ibérica (B); vista de la Pica de Coímbre, en la parte occidental del Monte Pendendo, donde se sitúa la cueva (C). Planta de la sala de entrada de la cueva de Coímbre (Peñamellera Alta, Asturias), en cuyo sector B se localiza el área de excavación donde se identificó el nivel gravetiense. Las zonas sombreadas en gris son bloques (arriba); excavación al final de la campaña de 2012 (abajo). Antes de comenzar las excavaciones en 2008, se topografió en detalle la sala principal que, debido a sus grandes dimensiones y complejidad, fue dividida en cuatro sectores (A -D) para proceder a su estudio (Fig. 2). Las zonas A y B presentan importantes depósitos sedimentarios con distintas ocupaciones paleolíticas. Además del nivel gravetiense, objeto de este trabajo, la cueva aloja un rico yacimiento con niveles del Magdaleniense arcaico, inferior, medio y superior, cuya completa crono-estratigrafía ya ha sido publicada (Álvarez-Alonso et al. 2011;Álvarez-Alonso et al. 2013b;Álvarez-Alonso et al. 2016). Acompaña esta secuencia un importante número de manifestaciones rupestres cuya cronología relativa, con las reservas oportunas, se situaría entre el Magdaleniense inferior y el Magdaleniense reciente (Moure y Gil 1974;Álvarez-Alonso et al. 2014). LA SECUENCIA CRONO-ESTRATIGRÁFICA Y PALEOAMBIENTAL Los 4 m 2 excavados en Coímbre B permitieron definir una estratigrafía muy compleja por la concurrencia de factores de origen natural y antrópico, ya explicados en detalle (Álvarez-Alonso et al. 2013b). El depósito arqueológico contiene cinco niveles arqueológicos diferentes, circunscritos a los primeros 80-70 cm de la secuencia. La sedimentación conocida en la zona B, situada al fondo de la sala de entrada de la cueva, comienza con un potente nivel de arenas estériles (Co.B.7) formado por una actividad fluvial permanente. Hacia el 29 ka cal BP, el flujo de agua se vuelve más esporádico y sigue activo varios miles de años más, hasta cesar por completo durante las fases iniciales del Magdaleniense. Las primeras ocupaciones tienen lugar durante las últimas pulsaciones de este flujo hídrico, en un periodo de intermitencia que favorece el asentamiento humano directamente sobre el lecho de arenas. El nivel Co.B.6 se asienta tanto sobre las arenas del nivel Co.B.7, como sobre varios espeleotemas y placas desprendidas del techo de la cavidad. Su caída sobre el sustrato arenoso denota un evento de importante actividad gravitacional en el interior de la cueva. Está cubierto por otro nivel de arenas estériles (Co.B.5), similar al inferior (Co.B.7) (Álvarez-Alonso et al. 2013b;Álvarez-Alonso et al. 2016). Dentro del nivel Co.B.5, y fruto de uno de esos momentos de cese de la actividad fluvial, tuvo lugar un breve asentamiento que únicamente nos ha dejado un hogar. Su datación en un momento inicial del Magdaleniense, 20730-20270 cal BP, sirve para establecer una cronología mínima ante quem para el sellado del nivel Co.B.6. Sobre este estrato se sitúa el resto de niveles magdalenienses hasta finalizar la presencia humana, muy intensa durante el Magdaleniense superior, en esta parte de la cueva (Álvarez-Alonso et al. 2016) (Fig. 3). La tabla 1 describe de techo a muro los niveles de la secuencia estratigráfica. Durante los trabajos geoarqueológicos en Coímbre B, se tomaron muestras para análisis sedimentológicos (textura, residuo insoluble y mineralogía -DRX), edafológicos (color, pH, carbonatos totales -CaCO3-, materia orgánica, carbono orgánico), así como granulométricos. Los resultados han servido para caracterizar la composición de los niveles documentados e interpretar sus procesos de formación. El nivel Co.B.6, según su caracterización litológica, es una capa de 0 a 10 cm de arenas de cuarzo, finas a muy finas, de color marrón oscuro, con gravas, limos y arcillas, que se disponen entre sendos lechos de pequeñas plaquetas estalagmíticas a muro y a techo, con geometría tabular y contactos muy netos, tanto superior como inferior. El sedimento del nivel Co.B.6 pertenece al grupo de las arenas fangosas con apenas gravas (gravelly muddy sand) y presenta unos colores marrones más o menos intensos con matices entre 7,5YR y 10YR -según el código Munsell-, así como clastos de rocas autóctonas (calizas, espeleotemas) y sedimentos finos carbonatados (calcita). Este nivel se asienta directamente sobre el paquete de arenas estériles Co.B.7, un depósito de 180 cm visibles de arenas de cuarzo finas y muy finas, de color amarillo, con muy escasa presencia de gravas, limos y arcillas. Estas internamente se disponen con laminación paralela centimétrica, alternándose láminas de arenas finas con otras de Arenas de cuarzo finas y muy finas, de color amarillo, con muy escasa presencia de gravas, limos y arcillas. Internamente se disponen con laminación paralela centimétrica en la que alternan láminas de arenas finas con otras de arenas finas y muy finas. Descripción de la secuencia estratigráfica de la zona B de la cueva de Coímbre (Peñamellera Alta, Asturias). arenas finas y muy finas que componen una sucesión de pequeñas secuencias granodecrecientes. En resumen, podemos afirmar que el nivel Co.B.6 está bien delimitado estratigráficamente entre dos niveles de arenas estériles, que lo han sellado e individualizado, descartándose cualquier tipo de contaminación de materiales procedentes de ocupaciones posteriores. A su vez la datación netamente posterior aportada por el hogar documentado en la unidad 5.1 permite establecer una cronología máxima para el comienzo de la ocupación magdaleniense. Se trata, por tanto, de un nivel bien aislado que además ofrece sólidas garantías cronológicas para contextualizar las ocupaciones gravetienses en el centro-occidente cantábrico.. Dataciones C14 AMS y posición cronoestratigráfica En el nivel Co.B.6 se recogieron tres muestras óseas que se enviaron a datar por C14-AMS en el laboratorio Beta Analytic (Miami, EE.UU). Se seleccionaron fragmentos de diáfisis de ungulado de pequeño tamaño, cuya determinación taxonómica es difícil por la elevada fragmentación de la muestra faunística, pero que probablemente sean de cabras, a tenor de la fauna presente en el nivel. La gran similaridad de los resultados del C14-AMS (fechas e incluso relación C13) que se solapan entre sí aporta una cronología bastante bien acotada. A nuestro juicio, la buena resolución cronológica para el nivel es coherente, no solo con el contexto arqueológico, sino también con la sucesión crono-estratigráfica obtenida para la secuencia estratigráfica de la zona B (Álvarez-Alonso et al. 2016). A partir de los datos cronológicos obtenidos, la primera ocupación humana identificada en este sector de la cueva sucedió en un periodo moderadamente templado (GI 4), posterior al episodio árido Heinrich 3 (H 3), dentro de unas características generales frías, que se traducen en medios vegetales mucho más abiertos, como veremos más adelante. Los datos obtenidos en la secuencia de Coímbre B concuerdan con otros registros cronológicos del Gravetiense cantábrico. En el contexto más inmediato, el extremo occidental cantábrico, tenemos cuatro dataciones radiocarbónicas asignables, sin dudas, al Gravetiense procedentes de La Viña, Sopeña y Cueto de la Mina. El paralelo entre la del nivel IX de La Viña, 24640±190 BP (Wood et al. 2014), y las obtenidas en el nivel Co.B.6 de Coímbre debe matizarse, dado que la primera se realizó a través del método de ultrafiltración, donde el tratamiento previo de la muestra y el propio método difieren de los empleados en las dataciones de Coímbre. En los demás yacimientos con niveles gravetienses datados en la cornisa cantábrica apenas encontramos fechas equiparables a las de Coímbre. Solo cabría mencionar con cierta seguridad algunas dataciones de los niveles V y VI del sector interior de Aitzbitarte III y del nivel IV del sector exterior (Altuna 1992; Altuna et al. 2011). El número es muy bajo, dado el total de ca. 60 dataciones disponibles para la cornisa cantábrica, y manifiesta una importante falta de evidencias cronológicas en torno a esta fecha de 24 ka BP. Tras evaluar el registro de dataciones existente para el Gravetiense cantábrico y eliminar aque- llas que ofrecen serias dudas sobre su contexto arqueológico o sobre la validez de los resultados radiométricos, hemos obtenido la siguiente gráfica (Fig. 4). En ella observamos cómo el nivel Co.B.6 de Coímbre parece alinearse con algunos niveles correspondientes a las últimas fases del Gravetiense en la región cantábrica. Además la gráfica sitúa la mayor parte de las evidencias de su extremo occidental, en el mismo contexto cronológico que Coímbre. En el transcurso de la excavación se han recuperado restos faunísticos de pequeños mamíferos y aves, así como un número relativamente amplio de restos de madera carbonizada que nos ayudan a reconstruir el medio ambiente del entorno de Coímbre durante la ocupación gravetiense. Entre los micromamíferos se han contabilizado algunos ejemplares de Arvicola amphibius; Microtus gr. arvalis-agrestis; Microtus lusitanicus; Chionomys nivalis y de lepóridos (Oryctolagus cuniculus). En el nivel únicamente se han recuperado siete restos de aves de las especies Alectorix/perdis sp; Pyrrhocorax pyrrhocorax; Pyrrhocorax graculus y Corvidae indet. El grado de deterioro de los restos polínicos analizados ha impedido contar con excesiva información sobre el paisaje vegetal que existió durante la formación del nivel Co.B.6, salvo las evidencias antracológicas (Yravedra et al. 2016; Iriarte-Chiapusso et al. e. p.). La ecología de los escasos restos de aves sedentarias recuperados nos sugiere la existencia de medios abiertos y despejados con poca vegetación, tanto pastizales como matorral bajo en la línea de lo apuntado por los restos antracológicos. Dentro de los córvidos, las dos especies de chovas (piquirroja y piquigualda) identificadas en el nivel habitarían en zonas abiertas (prados) y rocosas, mientras que las perdices escogerían herbazales amplios u otras cubiertas vegetales, no más altas que la altura del animal. La presencia de estas especies de aves apuntaría a unas condiciones medioambientales más frías que las actuales a pesar del relativo descenso del rigor climático, dentro del marco general en el que tuvo lugar la ocupación del yacimiento y atendiendo a su altitud y ubicación. Los datos de micromamíferos son compatibles con este paisaje. Los recursos seleccionados por los habitantes gravetienses tuvieron como finalidad la alimentación, el combustible, etc. En el paisaje circundante de Coímbre los taxones de landa (sobre todo Fabaceae: Ulex y Cytisus) constituyeron el combustible mayoritario registrado con aparición también ocasional de leña de taxones como el madroño y el enebro. El potencial altamente inflamable y la combustión rápida hacen que estas leñosas sean idóneas para estancias breves e itinerantes como las efectuadas por los pastores en época reciente, a lo largo de la montaña cantábrica (Aseguinolaza et al. 1989). Esta particularidad sugiere que las ocupaciones debieron ser muy puntuales. Por otro lado, en las cercanías de la cueva, el predominio de los taxones de landa también se observa en el registro antracológico del nivel III Gravetiense del Abrigo de Sopeña (Asturias) (Uzquiano 2014). En resumen, a pesar del contexto regional templado en el que se encuadran las ocupaciones humanas registradas en el nivel Co.B.6, los datos obtenidos muestran un paisaje abierto con predominio de especies de landa como Cytisus y Ulex, presencia de especies arbustivas Rhamus y Arbutus y especies arbóreas como Juniperus y Sorbus, que concuerda con la asociación faunística representada en el nivel. Ello sugiere unas condiciones más frías que las que se encuentran en la actualidad, con una cubierta vegetal poco densa y unos substratos silíceos sometidos a tasas de humedad elevada dada la abundancia de taxones de landa. ZOOARQUEOLOGÍA Y TAFONOMÍA DE LOS RESTOS FAUNÍSTICOS Entre las especies determinables se han identificado Bos/Bison, Equus ferus, Cervus elaphus y Capra pyrenaica. En cambio en el nivel Co.B.6 los grandes bóvidos (Bos/Bison) son el grupo más abundante con el 40% del MNI (Tab. Además, en líneas generales, los animales de talla grande considerando como tales los que superan los 600 kg de peso representan el 80% del NISP, mientras que los de talla pequeña (entre 25-125 kg) son el 13%. Esta tendencia es totalmente opuesta a la observada en los niveles magdalenienses donde, en coherencia con el entorno circundante de espacios montañosos, muy rocosos, abruptos y escarpados, la cabra es el animal más frecuente, alcanzando los animales de talla pequeña el 91% del NR (Álvarez-Alonso et al. 2016; Yravedra et al. 2016; Yravedra et al. 2017). La representación faunística de grandes bóvidos en el Gravetiense resulta curiosa por su desajuste con el medio inmediato de la cueva de Coímbre. No se puede explicar en términos de especialización adaptativa al medio (Andrés-Herrero et al. e. p.). El patrón de edad predominante en todos los taxones son los individuos adultos: grandes bóvidos 75%, cabras 67%, caballos y ciervos 100% (Tab. Todos los taxones, incluidos los grandes bóvidos y caballos, están representados tanto por restos craneales, como axiales y apendiculares del esqueleto (Tab. La abundancia de los dos últimos indicaría que los animales fueron transportados completos al yacimiento. Los análisis tafonómicos muestran un elevado índice de fragmentación de los restos: el 97,8% son inferiores a 3 cm, el 93% de las diáfisis tiene un grado de circunferencia inferior al 25% y el 99% de los huesos representan menos de un 25% de su longitud total. La preservación de las superficies óseas es buena, sin apenas evidencias de weathering, ni alteraciones de tipo hídrico como pulidos, rodamientos, abrasiones, etc. La acción de los carnívoros es muy reducida, por lo que su impacto sobre el conjunto es insignificante. El aporte antrópico a la cueva de la totalidad de la fauna del nivel gravetiense es indudable, lo cual se manifiesta en numerosas marcas y alteraciones térmicas (Tab. Las marcas de percusión, localizadas sobre las diáfisis de los huesos largos, pretenden aprovechar el tuétano. Las de corte se corresponden con actividades y funciones variadas en distintos restos. Por ejemplo, las marcas de descarnado son frecuentes en costillas, vértebras y diáfisis de huesos largos, mientras que las de desarticulación se observan en epífisis distales de fémur de ciervo y cabra, en la parte distal de húmeros de grandes bóvidos, ciervos y cabras, y en tibias y meta-diáfisis de ciervos y grandes bóvidos. Las marcas de desollado, (Fig. 5, Tab. Los huesos con secciones menos densas, y por tanto con mejores cualidades como combustible, tienen el mayor grado de alteración. Tales indicios y evidencias apuntan al empleo del hueso como combustible en el nivel gravetiense de Coímbre B (Yravedra et al. 2016). La presencia de vértebras de Salmo trutta evidencia una explotación de los recursos piscícolas de los cercanos ríos de Besnes y Cares, aunque peor representada que la de la macrofauna. Por ahora en el nivel Co.B.6 no se ha documentado el consumo de moluscos marinos registrado en otros sitios cantábricos como La Garma A (Álvarez-Fernández 2007), pero sí objetos de adorno-colgantes a partir de conchas de gasterópodos marinos sin valor alimenticio. La recolección de los recursos litorales debió llevarse a cabo, como mínimo, a unos 20 km de distancia siguiendo el curso del Tab. Huesos con alteraciones del nivel Co.B.6 de la cueva de Coímbre (Peñamellera Alta, Asturias), donde MT: Huesos con marcas de trampling, MN: Huesos con pigmentación por manganeso; W: Huesos con algo de weathering en grado suave; MD: Marcas de diente; MC: huesos con marcas de corte; PM: huesos con marcas de percusión; Quemado: huesos con alteraciones térmicas (modificado de Yravedra et al. 2016). Industria lítica del nivel Co.B.6 de Coímbre (Peñamellera Alta, Asturias). Junto con los elementos de sustrato (no 1-6), buriles (no 8-9) y raspadores (no 7) en cuarcita, se aprecia el único elemento de dorso identificado (no 10) en sílex). Cares hasta su desembocadura4, teniendo en cuenta la situación de la costa en este momento. Se ha recuperado un número elevado de restos en el nivel Co.B.6 en una superficie ligeramente superior a los 3 m 2, ya que el nivel se encuentra en parte erosionado por el nivel Co.B.5 en el cuadro J-27. Sobre todo son de industria lítica pero también hay escasos restos de industria ósea y algunos objetos de adorno-colgantes, que ayudan a completar la descripción del nivel y añaden un importante volumen de información a la caracterización del Gravetiense en la zona centro-occidental cantábrica. Recordemos que los hallazgos proceden de un área de excavación limitada y que las conclusiones derivadas de nuestro estudio no deben considerarse más allá de una hipótesis preliminar que ha de ser refutada con la ampliación de las excavaciones en un futuro. El conjunto lítico del nivel Co.B.6 está compuesto por 3.338 restos (Tab. Esta distribución resulta muy desproporcionada en comparación con otros niveles de la misma cronología de la región cantábrica (Baldeón 1990; Ríos et al. 2011). Ello debe achacarse, en parte, al exhaustivo método de excavación llevado a cabo en Coímbre, que ha permitido recuperar todos los restos derivados de las actividades de talla: los microdesechos (restos inferiores a 10 x 10 mm) y desechos de talla representan el 75,9% del total, de los cuales los primeros son el 70,73%. En primera instancia, el dato es un marcador de la intensa actividad de talla realizada en el yacimiento, además de un síntoma de la integridad del nivel carente de lavado o selección postdeposicional de materiales. La materia prima mayoritaria es la cuarcita (91,7% del total de la muestra), lo que no impide una presencia del 8,17% de rocas silíceas: chert, radiolarita, lidita, cristal de roca y sílex de distintas procedencias y orígenes. A efectos de cuantificar los elementos autóctonos y alóctonos, consideramos como parte del primer grupo las materias localizadas en el entorno inmediato de la cueva y cuya captación preferente ha podido tener lugar en los depósitos aluviales del río Cares y sus afluentes (Álvarez-Alonso et al. 2013a). Estas rocas "locales" serían la cuarcita, el chert, la radiolarita, la lidita y el cristal de roca y suponen el 93% del total del conjunto. En un segundo grupo englobamos las demás variedades criptocristalinas de la sílice. Algunas de ellas han podido ser identificadas, aunque sabemos poco sobre su procedencia por la naturaleza y el estado de conservación de los restos. Únicamente han podido identificarse dos tipos: los sílex bioclásticos marinos de Piloña (Tarriño et al. 2013) y de Flysch, que podrían suponer como mínimo el 1,31%. La posible presencia de sílex de Monte Picota/Piedramuelle6, Urbasa o Chalosse está pendiente de un análisis más detallado de estas piezas. El aspecto general de la industria es "poco elaborado", especialmente en el grupo de los buriles (Fig. 6). La gran variedad de soportes existentes para la confección del utillaje retocado, una parte importante realizado mediante retoques muy someros, nos hacen interpretar esta industria como el resultado de requerimientos tecno-económicos muy básicos, donde prima el componente de inmediatez en la fabricación y el uso. Destaca el reaprovechamiento de avivados de núcleo para la fabricación de utensilios, especialmente entre los denticulados, extremo puesto de relieve en otros conjuntos gravetienses de la región cantábrica (Calvo et al. 2013). También son dominantes los útiles denominados "de sustrato" con 10 écaillés o piezas astilladas y 6 piezas denticuladas, que suponen más de la mitad de los útiles registrados en el conjunto. Además, se han documentado 5 buriles y 2 raspadores. Subrayamos las pocas piezas de dorso rebajado, así como de los elementos tipológicos de valor diagnóstico para el Gravetiense. Es notable que, a pesar del bajo número de buriles, haya 18 golpes de buril (entre ellos uno de écaillé-buril), considerando muy significativo que 9 de ellos y un golpe de écaillé-buril sean de sílex, ya que todos los buriles del conjunto se hicieron en cuarcita. Esto indica que se reavivaron buriles de sílex aportados desde el exterior y que, seguramente, habrían sido nuevamente acarreados fuera del yacimiento. Esta pauta de comportamiento resulta muy significativa e interesante a la hora de interpretar esta ocupación humana. En definitiva, se trata de un reducido conjunto sin restos de atribuido valor crono-cultural para el contexto gravetiense como los elementos de dorso (laminitas y "Gravettes"/"microgravettes") o los buriles de "Noailles". El total de restos líticos no retocados del nivel Co.B.6 es de 3.308 (Tab. Completan el conjunto 43 tipos distintos de avivados, 6 núcleos y 27 herramientas de talla (percutores y fragmentos de percutores y yunques). Las lascas son los productos dominantes (80,7%). Las láminas (10%) están realizadas principalmente en cuarcita y las laminitas (9,2%) en un mayor porcentaje en sílex, en función del tamaño de los restos de rocas silíceas disponibles. Hemos analizado distintos componentes de carácter tecnológico para caracterizar las Cadenas Operativas líticas desarrolladas durante esta ocupación humana, su grado de integridad, su carácter y los patrones de aprovisionamiento, aprovechamiento y producción observados. Se ha tenido en cuenta el grado y tipo de corticalidad, las plataformas de percusión (tipos de talón y ángulos), el tipo de anversos de los productos de talla (su organización y dirección), el tipo de productos de avivado y los núcleos presentes. Tales elementos pueden ayudar a valorar y analizar estas Cadenas Operativas, puesto que el estudio tipológico de los útiles resulta limitado en este caso. El grado de corticalidad de los restos de talla se ha estimado a partir de 762 efectivos. El 81% carecen de córtex en su cara dorsal, el 13,22% tienen restos corticales en su dorso y el 5,77% son productos de desbastado con un 100% de córtex en su cara dorsal. Esta proporción es muy reducida y sugiere que la mayoría de los núcleos ya contaban con un grado de preparación previo, que solo se transportan al yacimiento fragmentos de canto ya desbastados y preparados en origen o incluso que se están aprovechando materiales ya descortezados, presentes en la cueva. En este sentido cabe destacar que solo 26 (lascas de cuarcita -n=7,4%) de los 347 talones identificados tienen restos de córtex. Observando las lascas y las láminas, la proporción varía aún más: el 78% de las lascas no tiene córtex frente al 92,41% de las láminas. Todo apunta a que la cadena operativa laminar, más reducida y específica, presenta nada más que sus fases finales ya que tampoco se han recuperado núcleos de este tipo, ni de sílex. En la cuarcita varía mucho la localización y proporción del córtex en los soportes que conservan restos a lo largo de su cara dorsal y en las zonas laterales. Esto encaja con un patrón de talla donde la cadena operativa parece estar mucho más completa que en el sílex y se realiza en gran medida dentro del yacimiento, aunque las fases previas también parecen escasear. Por ejemplo el 84% de las piezas de sílex no tienen restos de córtex y solo un 5,8% son de decorticado primario. En resumen, se puede afirmar que difiere la gestión de las Cadenas Operativas de lascas y láminas (ya sean de sílex o cuarcita), así como la gestión del sílex y la cuarcita. Los formatos y soportes están mucho más preparados en la gestión del primero que en la de la segunda, y por lo tanto pertenecen a cadenas operativas que no han sido llevadas a cabo en sus etapas iniciales en el yacimiento. La preparación de las superficies de talla se identifica en 347 talones de distintos soportes. Los lisos (76,6%) son mayoritarios en lascas y láminas. Los talones facetados y diedros son el 13,5%. Esta amplia variabilidad seguramente refleja un bajo requerimiento técnico en la obtención del elemento mayoritario: las lascas de cuarcita. Las caras dorsales identificadas en todos los soportes brutos de talla muestran que, entre las lascas, dominan los esquemas unipolares (68,5%), seguidos de los unipolares+perpendiculares (10,6%). Los tipos bipolares (8,8%) o centrípetos (2%) son poco significativos. En las láminas, son aún más mayoritarios los esquemas unipolares (89,2%), muy lejos de los bipolares (8,5 %) o los unipolares+perpendiculares (2,3%). Esto último parece reflejar una mayor uniformidad en los sistemas de explotación laminar y una mayor variabilidad en relación a los empleados para la obtención de lascas, menos estandarizados. En cualquier caso, se aprecia una importante tenden-cia hacia esquemas de explotación relativamente sencillos de tipo unipolar. La información anterior debe ser combinada con los núcleos procedentes del conjunto, pero en este caso se trata de una muestra pequeña en cuarcita (Fig. 6): cinco núcleos con mayor o menor grado de jerarquización y morfologías prismáticas -o tendentes a ellas-y un fragmento de núcleo centrípeto de lascas. Tres de los primeros siguen patrones de explotación muy similares: prismáticos con dos planos de percusión y lascado ortogonales para la producción de lascas y, fundamentalmente, lascas laminares. Otros dos núcleos parecen seguir este mismo patrón, aunque con escaso aprovechamiento. Hay 24 productos de avivado y acondicionamiento: 21 de cuarcita y 3 de sílex. Entre los primeros aparecen todos los elementos de preparación y mantenimiento de la talla: 6 láminas cresta, 8 cornisas, 6 flancos y 1 tableta. Es decir, como anteriormente, se documentan todas las fases de producción, desde el desbastado hasta el reavivado y la obtención de soportes brutos. De todo lo apuntado se desprende que es un conjunto lítico con pocos requerimientos técnicos, orientado principalmente a la obtención de lascas de cuarcita, lo cual conlleva un grado de inmediatez elevado en el desarrollo de esta cadena operativa. Cadenas operativas, como la laminar (fundamentalmente en cuarcita) han sido elaboradas en el yacimiento en un grado menor que la anterior. La cadena operativa del sílex es casi inexistente y se limita con seguridad a la presencia de elementos foráneos, previamente elaborados que, simplemente, han sido reavivados en el yacimiento, faltando actividad de talla para la obtención de soportes en esta materia prima. En general serían elementos de un utillaje portátil que evidencia, junto con los datos aportados por la cuarcita, el carácter transitorio y oportunista de la ocupación humana del nivel Co.B.6. La industria ósea recuperada es escasa y poco significativa. Consiste en 12 fragmentos, de los cuales 9 corresponden a una parte central o indeterminable de azagayas/varillas menores de 2 cm de longitud; 1 pequeña costilla con marcas y 2 diáfisis usadas como útil con marcas de uso y abrasión en sus aristas. En total estimamos un NMI de 11 piezas. Siete de los restos del cuadro J-26 están completamente quemados con algunas evidencias de calcinación como las de la mayoría de la colección faunística. Proceden de una posible área de combustión identificada por el estudio de la fauna y las evidencias arqueológicas identificadas. Pensamos que la presencia de estas piezas óseas incompletas pudiera corresponder a una fase posterior a su completa amortización, cuando solo los pequeños restos ya inservibles han sido abandonados en el yacimiento. Destacamos la falta de fragmentos distales y apuntados, potencialmente reaprovechables. Carecemos de paralelos, dado que no hay muchas evidencias de industria ósea en la bibliografía sobre la región cantábrica y las piezas halladas en Cueto de la Mina o Isturitz (Bernaldo de Quirós 1982; Martínez 20157 ) no son equiparables con las de Coímbre. En el nivel Co.B.6 de Coímbre se han documentado tres objetos de adorno-colgantes bastante degradados, elaborados en conchas de Littorina obtusata, así como otros fragmentos de conchas de la misma especie, recogidas en la costa cantábrica. Se conocen 155 objetos de adorno-colgantes en más de una docena de sitios gravetienses cantábricos. Como materia prima se recurre a las conchas recientes (más del 80%) más que a los dientes y el hueso. Predominan las conchas de gasterópodos, y en mucha menor medida, de escafópodos y bivalvos. L. obtusata es la especie más abundante (ca. 75%) entre los gasterópodos. Otras especies identificadas en los sitios gravetienses cantábricos son Trivia sp., Littorina littorea, Littorina saxatilis, Nassarius reticulatus, Nucella lapillus y Luria lurida, en su mayoría caracoles sin valor alimenticio (salvo L. littorea). Las huellas de erosión en las conchas provocadas por el agua del mar y la arena indican que estaban ya vacías cuando se recogieron en las playas. Littorina obtusata también está presente en Fuente del Salín (nivel 2), Cueva Morín (nivel 4) y La Garma A (nivel E) (Álvarez-Fernández 2006; Álvarez-Fernández y Avezuela 2012). La situación de Coímbre y las características de los restos recuperados indican que se trata de un yacimiento eminentemente de interior, sin evidencias de explotación de recursos litorales con fines bromatológicos, aunque resulta manifiesto el contacto con la cercana costa. El modelo económico del nivel gravetiense se centra fundamentalmente en la caza de presas de gran porte, cuyo nicho ecológico preferente era necesariamente el entorno inmediato de la cueva. Sin olvidar que estamos ante una excavación reducida en una cueva de grandes dimensiones, la ocupación gravetiense en Coímbre B parece bastante atípica en el contexto regional. Esto se debe a la escasez de paralelos y a un registro que, al margen de su acotada cronología, resulta bastante difícil de clasificar y contextualizar en el marco arqueológico conocido para el Gravetiense cantábrico (Calvo et al. 2016). La disponibilidad de materias primas líticas ocasiona la primera divergencia tecnológica y tipológica entre las industrias del sector más occidental de la región donde se localiza la cueva y los yacimientos de Cantabria y, sobre todo, del País Vasco. A su vez, la función logística y carácter posiblemente eventual de la ocupación en Coímbre originan unas características que ya hemos ido desgranando, que trataremos de interpretar convenientemente en las líneas que siguen. En primer lugar, los escasos paralelos cronológicos existentes para el nivel Co.B.6 no encuentran muchos reflejos en la industria lítica. La colección lítica de ese nivel difiere notablemente del resto de la de los niveles gravetienses de su entorno más inmediato (Llonín, Cueto de la Mina), o incluso de las evidencias más occidentales de presencia gravetiense en la región cantábrica (abrigo de La Viña). Ya se ha indicado la gran divergencia en la representación de la cuarcita y el sílex. A pesar de que en Asturias también predomina un aprovisionamiento estrictamente local8, los porcentajes de cuarcita y sílex en Co.B.6 (91,7% y 7,21% respectivamente) resultan únicos. Parece razonable atribuir estas diferencias a la proximidad de algunos yacimientos, como La Viña, a afloramientos explotables de sílex. Sin embargo Llonín, yacimiento situado a escasos kilómetros de Coímbre y con idéntica accesibilidad a los mismos recursos, ofrece en su nivel V los datos más extremos en este sentido: en torno al 49% de cuarcita y al 46% de sílex10 (Martínez 201511; Calvo et al. 2016). Ello parece abundar en nuestro planteamiento de la especificidad de la ocupación en Coímbre, tal vez estrictamente logística y asociada a una funcionalidad muy concreta, de carácter bastante puntual y esporádico. La singularidad del nivel Co.B.6 también resalta en relación con las características tecno-tipológicas del conjunto lítico. El exiguo porcentaje de elementos retocados no es un hecho aislado. En los yacimientos más cercanos como Sopeña (los niveles I-XI), Llonín (nivel V) y Cueto de la Mina (nivel VII), los útiles retocados también son escasos (totales 69, 29 y 65 respectivamente), aunque sus porcentajes respecto al resto de la industria no son tan reducidos. Recordemos la falta en el nivel Co.B.6 de elementos diagnósticos, como los buriles de "Noailles", bien representados en toda la secuencia gravetiense de La Viña, o las puntas tipo "La Gravette" o "Microgravette", relevantes en Cueto de la Mina VII y Llonín V y, en menor medida, en los niveles VII y VIII de La Viña (. Los elementos de dorso, abundantes en casi todos estos niveles, están prácticamente ausentes en el nivel Co.B.6 de Coímbre. Por el contrario, los ecaillés y denticulados, los dos principales grupos tipológicos de este nivel, son elementos de sustrato muy frecuentes en otros conjuntos. Los ecaillés son los útiles mejor representados en Cueto de la Mina VII y los denticulados en los niveles VII, VIII y IX de La Viña (Rasilla y Santamaría 2006; Calvo et al. 2016; Martínez 2015 12 ). La dicotomía en la gestión de la cuarcita y el sílex también se observa en el resto de conjuntos gravetienses (Martínez 2015 13; Calvo et al. 2016). En Coímbre destaca la fabricación preferente de ecaillés y denticulados en cuarcita. En sílex se elabora la única punta de dorso del conjunto, además de dos láminas retocadas. Se trata, por tanto, de un conjunto muy especializado y que muestra un grado de inmediatez elevado en la gestión, uso y amortización de los recursos. La talla de tipo ortogonal sobre núcleos prismáticos documentada en el nivel Co.B.6 es rara en el conjunto del Cantábrico, donde predominan esquemas estrictamente unipolares sobre los prismáticos, piramidales, carenados, etc. sin olvidar la aparición esporádica de la talla bipolar (e.g. Esta peculiaridad puede ser debida al condicionante impuesto por la cuarcita, la materia prima de empleo preferente. Establecer paralelos en un marco regional más amplio es aún más difícil. Además del escaso número de útiles retocados del nivel Co.B.6, hay una importante dualidad territorial en el Cantábrico en relación a la captación de materias primas y a su explotación tecnológica. Es francamente complicado comparar una colección elaborada en su práctica totalidad en cuarcita con otras basadas en una materia prima tan distinta como el sílex, caso de las de los yacimientos del País Vasco y algunos de Cantabria, en especial Cueva Morín. Asumiendo esta gran divergencia de base, tampoco se encuentran paralelos con la industria del nivel Co.B.6. La ausencia de las puntas de "La Gravette" o "Microgravettes", presentes también en varios yacimientos cántabros y vascos como Altamira 8, Morín 4, Mugarduia Sur o Bolinkoba VI/F, ya se dijo anteriormente (Bradtmöller 2014). Además, la aparición de los buriles, uno de los grupos tipológicos dominantes en el sector oriental de la cornisa cantábrica, es testimonial y en ningún caso bajo formas de atribuido 14 Peña, P. de la 2012: Sobre la unidad tecnológica del Gravetiense en la Península Ibérica: implicaciones para el conocimiento del Paleolítico Superior inicial. Universidad Complutense de Madrid. Ello aleja los buriles de Co.B.6 de conjuntos importantes como los de Antoliñako Koba Lab/Sab, Bolinkoba VI/F, Amalda VI y V, Ametzagaina E o Aitzbitarte Va y IV, en los cuales el buril de "Noailles" aparece en un número importante (Baldeón 1990; Ríos et al. 2011; Aguirre 2013). Los ecaillés y, sobre todo, los denticulados, habitualmente poco atendidos en la bibliografía, son elementos cuantitativamente importantes en muchos conjuntos. Es el caso de los ecaillés en los niveles Va y IV de Aitzbitarte III o Alkerdi 2 y de los denticulados en Antoliñako Koba Lmbk sup/Sabk y Lab/Sab, Bolinkoba VI/F, Amalda VI y V o Mugarduia Sur (Baldeón 1990; Aguirre 2013; Bradtmöller 2014; Cava 2014). Si en lo referente al conjunto lítico, Coímbre parece un caso bastante atípico y con pocos paralelos, no menos interesante resultan las peculiaridades de su registro faunístico. En este nivel, y a diferencia de lo que sucede en toda la secuencia magdaleniense posterior de Coímbre B (Álvarez-Alonso et al. 2016), las especies de explotación preferente no son las potencialmente dominantes en el entorno inmediato: cabras o rebecos. Se opta, en cambio, por animales de talla grande que no serían los más habituales a tenor de las características del medio físico circundante. Esto de por sí indica un patrón específico, alejado de la especialización territorial implícita en la explotación del recurso más abundante y típico del entorno y cercano a una especialización o preferencia cinegética en especies concretas, no condicionada por las características del medio. La selección de animales de talla grande, unida al uso del hueso como combustible, podría relacionarse hipotéticamente con una doble finalidad funcional de los recursos óseos. Esta práctica, puesta en evidencia en el nivel Co.B.6, podría dotar a esta ocupación de una gran peculiaridad con respecto a otras contemporáneas, si este comportamiento fuera fruto de una estrategia de ocupación orientada a obtener la máxima eficiencia en el aprovechamiento de los recursos cinegéticos disponibles. Las características frías y húmedas del momento al que se corresponde el nivel estudiado con un paisaje circundante de espacios abiertos con escasa vegetación arbórea limitan los combustibles potenciales a determinadas especies arbustivas. En ese contexto, emplear el hueso como combustible podría haber sido una estrategia de optimización de los recursos dispo-nibles, en un marco de inmediatez elevada en la captación y uso de los mismos. Este hecho podría ser una evidencia más para apuntar una ocupación no estratégica ni estable, sino más bien puntual y ligada a movimientos de grupos humanos desde el sector oriental cantábrico con más alta ocupación hacia el oriental con menores evidencias gravetienses, y potencialmente con menor presencia humana. La utilización del hueso como combustible en el nivel analizado de Coímbre es una de las primeras evidencias de esta práctica en el Gravetiense peninsular. Se suma a las del Esquilleu, correspondiente al Paleolítico medio (Yravedra et al. 2005; Yravedra y Uzquiano 2013) y a las de los niveles auriñacienses de Labeko Koba (Yravedra et al. 2005), el Gravetiense de Aitzbitarte III (Altuna y Mariezkurrena 2011) y Gargas (Foucher et al. 2012; Vercoutère et al. 2013). Estos cinco yacimientos contienen las únicas evidencias de este tipo de comportamiento en el Paleolítico medio y superior de la península ibérica y sus proximidades (Yravedra et al. 2016). Coímbre abre también la puerta a otra interpretación del supuesto vacío de ocupaciones gravetienses en el extremo occidental cantábrico, basado en la ausencia de los clásicos "fósiles directores" y en la industria lítica fundamentalmente en cuarcita dominada por útiles de sustrato con aspecto arcaico. En las cuevas asturianas son numerosas las excavaciones antiguas y niveles registrados previos al Solutrense, que han sido asignadas tradicionalmente al Auriñaciense, ante la falta de dataciones y otros elementos diagnósticos. Bajo nuestro punto de vista, apoyado fundamentalmente en la cronología, el nivel Co.B.6 de Coímbre ofrece un nuevo panorama para interpretar la variedad y dispersión del Gravetiense en el extremo occidental cantábrico. El centro y oriente de la región cantábrica, sobre todo hacia el foco pirenaico, se muestra como uno de los lugares con más alta ocupación y presencia humana durante dicho periodo, presencia que hacia el occidente parece la excepción y está localizada en núcleos muy concretos, como el valle del Nalón, que nunca llegan a la gran densidad de yacimientos orientales como Aitzbitarte III o Isturitz. Parece que esos movimientos se producen en momentos ya avanzados del Gravetiense, a tenor de la cronología del Gravetiense occidental más reciente que la de las secuencias amplias del ámbito pirenaico. Su objetivo sería penetrar en nuevos territorios o avanzar hacia enclaves estacionales, recurrentes y estratégicos como podría ser el abrigo de La Viña en el valle del Nalón. Esa ruta oriente-occidente queda patente en un eje cercano al litoral, y por lo tanto a territorios más abiertos, mejor conectados y con materias primas silíceas, definido por numerosos yacimientos gravetienses que van desde enclaves orientales como Ametzagaina o Irikaitz hasta Cueto de la Mina. Otra ruta alternativa por el interior parece penetrar siguiendo el curso del Cares-Güeña hasta el centro de la región. Yacimientos como Fuente del Salín, Llonín, Coímbre o Sopeña pueden considerarse enclaves a favor de la presencia humana gravetiense en este itinerario. A su vez, en el nivel Co.B.6, el hallazgo de sílex de Piloña y del Flysch establecen una clara conexión entre el área oriental y el interior más occidental de la región asturiana, a medio camino entre las cuencas del Nalón y del Cares. El valle del Cares podría representar una vía de paso, con un medio físico fundamentalmente montañoso y escarpado, donde las estrategias de subsistencia basadas en la caza de grandes ungulados tendrían menos éxito que en lugares, como el valle del Nalón y la cuenca central asturiana o la zona litoral. No se puede descartar que este corredor interior sea solo una vía de paso o comunicación hacia territorios más occidentales. En este contexto y con esta hipótesis como vía de trabajo, la presencia humana gravetiense documentada en Coímbre, encuentra una explicación convincente y una clara justificación, como un posible enclave puntual en un contexto de movilidad desde el oriente al occidente de la región cantábrica. Las dataciones de Coímbre abundan en la idea que parecen esbozar los escasos datos cronológicos disponibles para el Gravetiense en Asturias: que la ocupación de este sector occidental de la cornisa cantábrica fue aparentemente más intensa a partir del 25 ka BP, en torno a lo que podría llamarse la "segunda mitad" del desarrollo regional. Desconocemos las razones para ello, aunque podemos intuir y plantear una mayor articulación del territorio cantábrico hacia esta etapa. Es la hipótesis que hemos propuesto basada en una movilidad creciente de la población hacia el occidente. Sin embargo la ausencia de contextos bien analizados y datados para momentos anteriores y contemporáneos en el extremo occidental cantábrico aconsejan precaución. La industria lítica y la fauna del nivel Co.B.6 son exponentes de una ocupación humana donde parece haber un grado elevado de inmediatez en la captación de recursos líticos y faunísticos, así como unos requerimientos técnicos no excesivamente complejos. Esto encajaría en una ocupación alejada de un contexto de hábitat residencial o prolongado y más asociada con uno transitorio con finalidad logística. En resumen, creemos que la ocupación gravetiense de Coímbre podría ser coherente con un esquema de movilidad de un grupo de cazadores-recolectores que emplean la cueva como un refugio temporal y estratégico en relación con yacimientos cercanos de cronologías similares pero diferentes características, en el marco de desplazamientos a larga distancia. A los dos evaluadores anónimos sus comentarios que nos han ayudado a mejorar el resultado final. Nivel Co.B.6 Materias primas de ámbito local C Ch L R CR S Ind.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. El Rebollosillo es una pequeña cueva kárstica situada en el centro de la Península Ibérica utilizada para la disposición de enterramientos secundarios en la mitad del III milenio AC. Presentamos resultados bioantropológicos, isotópicos ( 87 Sr/ 86 Sr, δ 13 C y δ 18 O) y 16 dataciones radiocarbónicas de los restos humanos, una descripción cuantificada de los 43 fragmentos cerámicos y de caracterización mineralógica de 6 cuentas recuperadas durante la excavación de 1989, cuatro de las cuales probablemente proceden de Palazuelo de las Cuevas (Zamora). El análisis bioantropológico indica un mínimo de 21 individuos con todos los rangos de edad y sexo. Se han detectado bajos porcentajes de patologías, mayoritariamente cálculo dental y caries, con casos puntuales de cribra orbitalia, periostosis y artrosis. La disposición de los restos sugiere que sólo los adultos recibieron un tratamiento claramente individualizado, quizás acorde con un estatus adquirido con la edad. Proponemos que el registro representa la última fase de un programa mortuorio cuyas etapas previas debieron desarrollarse en otros lugares y valoramos estos resultados en el contexto del registro funerario regional. Formada durante el Plioceno, es una de las múltiples cuevas de la zona que fueron utilizadas durante la Prehistoria reciente como lugares de enterramiento, abrigo o vivienda estacional 1. El lugar está topográficamente retirado aunque a unos 5 km de la fértil vega del río Jarama, una de las principales cuencas fluviales de la región. 1 Como son la Cantera de los Esqueletos (Tortuero), el Abrigo de los Enebrales (Tamajón) y La Cueva (Bañuelos) en Guadalajara, o la cueva de la Ventana, del Aire, de las Avispas (Patones) o de la Higuera (Torremocha del Jarama) en Madrid. Una rigurosa y actualizada revisión del registro funerario de la Prehistoria reciente en la región de Madrid en Aliaga (2014). Se dispone en una vaguada secundaria por la que fluye un arroyo estacional. La boca se abría sobre una banda caliza que discurre paralela a escasamente 2 m de la base del arroyo de Santa Lucía, regato que confluye en el de San Vicente, afluente del Jarama. La anchura de la boca en su zona más estrecha llega a los 1,72 m, abriéndose en su interior hasta un máximo de 4,13 m. El eje longitudinal medía 4,85 m antes de la intervención arqueológica. La grieta presenta una inclinación hacia el interior del 11,2%, con un desnivel de 84 cm entre boca y fondo (Fig. 1). El yacimiento se descubrió tras la recuperación en el verano de 1989 de un pequeño conjunto de restos humanos y un cuenco de carena baja fabricado a mano 2. Previa excavación, la superficie de la cueva presentaba abundantes rocas calizas, sedimentos removidos y ocasionales fragmentos óseos. En toda la zona occidental la roca caliza afloraba en una banda de 5,9 m 2, dejando exclusivamente 9,25 m 2 con depósito arqueológico. El fondo, colmatado de techo a base, sugería que la cueva era en realidad la boca de un karst holofósil. Tras la limpieza de la superficie se planteó la 'cata 1' (1 x 1,50 m) sobre el lugar del que, por las huellas, supusimos fueron extraídos los materiales que permitieron el descubrimiento arqueológico. Su excavación permitió recuperar un conjunto fragmentado y disperso de restos óseos humanos con una mayor densidad en el ángulo sureste. La cata contaba con un máximo de 15 cm de potencia estratigráfica hasta el sedimento arcilloso que consideramos estéril, por lo que se 2 Depositados junto con el preceptivo aviso en la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid que financió un sondeo de valoración de dos meses. En la campaña participó un pequeño grupo de arqueólogos voluntarios bajo la dirección de uno de nosotros (PDR) y la codirección de Eduardo Penedo Cobo. La escasa potencia del yacimiento y su frecuentación como refugio ocasional de excursionistas nos llevó a solicitar ampliar la excavación hasta agotar en lo posible la zona potencialmente afectada. Esta decisión fue providencial: en nuestra última visita (2014) el reciente abancalado de la ladera hacia irreconocible la boca de la cueva. procedió a plantear y excavar consecutivamente otras 6 catas (no 2, 3, 4, 5, 6 y 11) hasta llegar al límite marcado por la boca de la cavidad (Fig. 2). La práctica totalidad de las catas contaba con restos humanos muy fragmentados y dispersos, sin organización espacial alguna. Solo en el ángulo noroeste de la cata 2 se concentraban in situ, agrupados a modo de fardo, los restos completos de un brazo (húmero, cúbito y radio), así como fragmentos craneales de dos individuos, uno de ellos rodeado de piedras calizas de mediano tamaño. La limpieza del perfil norte de la excavación permitió reconocer dos estratos claramente diferenciados. El superior, un estrato arcilloso, oscuro y muy plástico, ocupaba prácticamente desde la mitad del perfil hasta el techo calizo. El inferior, con una potencia máxima de 30 cm, era clara continuación del sedimento arqueológico en el que se habían recuperado los restos humanos. El estrato superior indicaba que la sedimentación completa del karst fue posterior a su uso funerario y que, por tanto, la zona colmatada quizás fuera la mejor preservada del conjunto. El estrato de colmatación, sin material arqueológico, se excavó horizontalmente (en mina) para acceder en planta al que contenía los restos prehistóricos. Para ello, dadas las dificultades del proceso, se abrieron 6 catas de planta irregular (no 7 a 10, 12 y 13, Fig. 2), excavándose un total de 7,35 m 2 nuevos de yacimiento que incrementaron la superficie de la cavidad a 22,5 m 2. La ampliación definió con claridad el proceso de formación del yacimiento. La zona preservada de enterramientos se disponía en el fondo de la cavidad, sobre la superficie calcárea. La planimetría general obtenida de la excavación de estas últimas catas (Fig. 1) permite hacerse una idea de cómo se depositaron los restos humanos antes de verse afectados por procesos posdeposicionales. Las sucesivas inhumaciones de porciones de individuos ya esqueletizados implicaron la remoción de rocas y sedimento, seguida por la excavación de una oquedad donde se depositaban los restos. Posteriormente se protegía algunos cráneos y una selección de huesos largos con fragmentos calizos de tamaño medio. Este procedimiento se utilizó para inhumar los restos parciales de al menos 6 individuos. De todos ellos, únicamente un fragmento de fémur y cadera se encontraban en conexión anatómica, dispuestos en el borde occidental de la cata 7. Las características y distribución de los restos humanos, con una combinación de elementos dispersos sin conexión anatómica y otros intencionalmente agrupados en conjuntos, sugerían un programa mortuorio de manipulación secundaria de los cadáveres, sin que se constataran evidencias de dónde se pudo producir la esqueletización de los individuos. Antes de estas acciones se hincaron verticalmente dos grandes lajas calizas, resultantes del derrumbe parcial del techo, para limitar el espacio funerario al sector occidental de la cavidad. Sobre ellas se acumuló un conjunto de rocas de mediano tamaño. Estos bloques cerraban el acceso a la conducción kárstica, que corría encajada en todo el sector oriental y que quizás estuvo temporalmente en funcionamiento durante el uso funerario de la cueva. La conducción se documentó con claridad en la cata 12 y afecta a 9,90 m 2 de la superficie desde la boca hasta el límite noreste de la excavación. Dicha filtración fue encajándose y profundizando hacia el noreste de la cavidad, removilizando los posibles restos humanos depositados sobre ella. Su progresiva colmatación fue posterior al uso funerario del lugar, dado que sus sedimentos incluyen restos humanos, 13 fragmentos cerámicos prehistóricos y 4 de las 6 cuentas de collar recuperadas. Tras este proceso una nueva fase de sedimentación cerró definitivamente el karst, sellando gran parte de los enterramientos. La cavidad no llegó a colmatarse por completo. El espacio de mayor amplitud se convirtió en refugio de pequeños mamíferos, roedores y algún que otro humano rastreable por dos fragmentos de cerámica contemporánea y un pequeño trozo informe de hierro recuperados en la cata 11, dispuesta en la boca. CIRCunSTAnCIAS e InTeGRIDAD De lA COleCCIÓn AnTROPOlÓGICA Tras finalizar la intervención los restos humanos y demás artefactos fueron adecuadamente etiquetados y depositados en los almacenes que la Comunidad de Madrid tenía por entonces en la Escuela Taller de Arqueología de Alcalá de Henares. Tras 10 años la colección fue trasladada a la sede actual del Museo Arqueológico Regional en dicha ciudad. Durante el proceso se etiquetaron de nuevo las bolsas que habían perdido su identificación contextual. Cuando, en junio de 2012, surge la posibilidad de abordar en profundidad el estudio antropológico, prácticamente el 25% de las bolsas carecían de etiqueta de identificación contextual. Las catas originales en las que se dividió la excavación fueron la referencia para la observación macroscópica de los restos, la toma de medidas antropométricas y el cálculo fiable del Número Mínimo de Individuos (NMI). En cada una se intentó recomponer los restos partiendo de su posición original en la cueva. Una vez localizados los fragmentos pertenecientes al mismo hueso se buscaron los que pudieran estar en otras catas contiguas o no. Como se observa en la figura 3, a excepción de un húmero de un individuo adulto, los remontajes se limitan a las catas afectadas por la conducción del karst. Ello apoya la integridad relativa del registro excavado en las cuadrículas interiores de la cavidad. Como el estudio del material requería su limpieza y reconstrucción parcial, antes de iniciarlo se seleccionaron para su potencial análisis isotópico (C14, Sr, O) 16 fragmentos que correspondían a 16 individuos: 2 infantiles, 1 juvenil, 13 adultos y otro al que no se pudo identificar con precisión como juvenil o adulto. Para ase- gurar que la muestra pertenecía a individuos diferentes se seleccionó el hueso más frecuente (temporal derecho) que identificaba el NMI en adultos. Cuando la reconstrucción del cráneo lo permitió, el hueso temporal izquierdo sustituyó al anterior como material para dataciones, para no destruir todos los huesos temporales derechos adultos de la colección. Si era posible se tomaba, además, un molar del individuo para análisis de dieta (δ 13 C ap ) y movilidad (Sr y O) (individuos 14, 15 y 16, Tab. La conexión del hueso maxilar que albergaba el molar con el hueso temporal permitía confirmar la reconstrucción y la pertenencia de los fragmentos al mismo individuo. Se han obtenido un total de 16 determinaciones radiocarbónicas (Tab. 1) correspondientes a 16 de los 21 individuos identificados en el análisis antropológico, de los que conocemos también sus valores de 87 Sr/ 86 Sr. Las dataciones calibradas muestran una fuerte coherencia interna con 11 de ellas estadísticamente iguales. Las dos más recientes pertenecen a individuos recuperados en la cuadrícula 11, la más próxima a la boca de la cueva, lo que reforzaría la relativa integridad tafonómica del conjunto. El modelado bayesiano de la secuencia completa (A model: 77) sugiere un uso funerario breve situado entre el 2620 y el 2430 cal AC (mediana de los valores)3, que pudo prolongarse de 120 a 200 años (1σ), algo acorde con otras evidencias materiales y espaciales recuperadas. La observación de los restos antropológicos a partir de su posición con respecto a las cuadrículas en las que se dividió la excavación permitió valorar su compatibilidad estructural y anatómica, identificando los compatibles entre sí y reconstruyendo las unidades esqueléticas, contiguas o no en el momento de su recuperación. Preservación y alteraciones tafonómicas La preservación del material óseo recuperado es buena a pesar de la escasa potencia estratigráfica del depósito arqueológico abierto a los frecuentes y agresivos procesos postdeposicionales abióticos, bióticos y -sobre todo-antrópicos. El análisis antropométrico solo fue posible en 17 elementos completos, entre los que destacan 8 cráneos casi intactos. En la colección había evidencias de exposición al fuego: un primer metatarso completo, un fragmento de diáfisis de radio de adulto, otro no identificable de un hueso largo y algunas falanges con coloración oscura en varias de sus caras. Los fragmentos de huesos quemados presentaban estrías superficiales. Las características de las mismas hacen pensar que se quemaron tras la esqueletización. Los huesos frescos quemados presentan estrías y fracturas perpendiculares al eje mayor del hueso, se fragmentan más y, además, el hueso se vuelve muy ligero y puede deformarse notablemente. En cambio el hueso seco quemado no se contrae, si/no que se fractura en astillas, tomando como patrón el eje longitudinal del hueso. Cuando la exposición al fuego ha sido accidental, los efectos del calor suelen quedar limitados al quemado superficial y ennegrecimiento de los huesos (Brothwell 1981). La distribución de los huesos quemados por gran parte de la cueva sugiere que la acción del fuego no es achacable a procesos posdeposicionales, por ejemplo, vinculados a hogueras encendidas tras los enterramientos de las que tampoco hay evidencia sedimentaria. Más bien es previsible que sucediera tras la esqueletización de los cadáveres y, quizás, antes de su traslado al interior de la cueva. El efecto del fuego, intencionado o fortuito, se detecta ocasionalmente en el registro funerario del III milenio AC en la Península Ibérica, en contextos de enterramientos colectivos secundarios (Fernández-Crespo 2015; Silva et al. 2015: 12), similares al del Rebollosillo. En particular, en el entorno de la Meseta el uso del fuego en contextos funerarios de diversas cronologías es bien conocido, tanto en estructuras al aire libre como en el interior de cuevas (Kunst y Rojo 2002; Vidal 2013). Además, en el Rebollosillo, se han reconocido escasos huesos con marcas producidas por roedores y mamíferos de pequeño tamaño, a pesar de que sus restos se han recuperado en gran número en la criba por agua de un muestreo de sedimentos. Esta escasa afección por parte de roedores sugiere que el proceso de colmatación de la cavidad se inició poco tiempo después de su uso funerario, lo que quizás limitó la accesibilidad de los restos óseos. El análisis ha establecido el siguiente NMI por categoría de edad: 2 individuos perinatales, 5 infantiles, 2 juveniles y 12 adultos. El NMI de los restos óseos de mayor tamaño se estimó a partir de la porción petrosa del hueso temporal. Corresponden a individuos juveniles (>12 años) y adultos (>20 años). Gracias a la reconstrucción de fragmentos de huesos compatibles se reconocieron diez huesos petrosos completos pertenecientes a distintos temporales derechos y otros cuatro frag- La estimación del NMI de los individuos subadultos (<12 años) tuvo en cuenta las características del esqueleto y de la dentición. Se evaluó la frecuencia de aparición de determinados huesos, junto con sus incompatibilidades en tamaño y desarrollo biológico. Se identificaron los dos individuos perinatales a partir del tamaño de 2 huesos temporales derechos y 2 isquiones derechos. La discriminación de los 5 individuos infantiles atendió a las incompatibilidades de tamaño y lateralidad de 5 iliones y 5 primeros metatarsos. El NMI de la categoría de edad de individuos juveniles se ha estimado a partir de las incompatibilidades en el desarrollo entre un fémur izquierdo y una tibia izquierda que existen, al menos, en dos individuos pertenecientes a este grupo de edad. estimación de la edad de muerte La identificación del NMI arroja información general sobre el número de individuos pertenecientes a los diferentes grupos de edad de la muestra recuperada. La desconexión de las unidades anatómicas y la gran variabilidad poblacional encontrada, incluso en cada grupo de edad, exigió diferentes metodologías para eliminar al máximo el posible error en dichas estimaciones. De forma preliminar se utilizaron los siguientes grupos de edad de muerte: perinatal (de 0 a 1 año), infantil (1 a 12 años), juvenil (12 a 20 años) y adulto (>20 años). En los individuos adultos que preservaban la sínfisis púbica (2 individuos masculinos) se estimó la edad a partir de su morfología (Brooks y Suchey 1990) en los rangos entre 23-57 y 34-86 años. La estimación de la edad de muerte de los individuos subadultos según las características de la dentición siguió la metodología propuesta por Ubelaker (1978), basada en el desarrollo y la calcificación dental, y por Liversidge et al. (1998), que considera la longitud del germen dental en calcificación. Además, se tuvo en cuenta el patrón de fusión de las epífisis de los huesos largos. Las edades de los subadultos se estimaron entre los 6 meses ±3 meses y 15 años ±24 meses. Se identificaron once edades diferentes, muchas de ellas solapadas. Por ello se evaluó la posibilidad de que algunos dientes perteneciesen al mismo individuo y hubieran sido clasificados en varios estadios de crecimiento. Para establecer si existía más de un individuo en cada rango de edad se consideraron el número total de dientes, el tipo de dentición (de leche o permanente), la arcada (superior o inferior) y la lateralidad. Las edades estimadas por el segundo método resultaron similares a las obtenidas por el primero y con valores muy próximos entre sí. Esta continuidad en las edades calculadas impedía establecer límites claros, por lo que se excluyeron los resultados de este procedimiento para los subadultos. Para estimar la edad fisiológica de los esqueletos inmaduros también se observó el aspecto y la unión de las epífisis a las diáfisis en algunos elementos óseos, así como la longitud de los huesos largos (Campillo y Subirà 2004). Estas edades también deben entenderse como estimadas (Baker et al. 2005) dado que existe una importante variabilidad interpoblacional en las edades de fusión y en el desarrollo del esqueleto. En los individuos perinatales la fusión del anillo timpánico en el hueso temporal se produce alrededor del octavo/ noveno mes de gestación. Su ausencia indicaría que la edad de estos individuos se correspondería con la estimada a partir de la dentición (i.e. menores de un año) (Scheuer y Black 2000). En los individuos infantiles, se identificaron cinco fragmentos de atlas atribuidos a cuatro individuos menores de 5 años considerando las edades de fusión y su lateralidad e incompatibilidades de desarrollo. Además, se identificaron un axis en proceso de fusión y una mitad izquierda del arco neural de otro aún sin fusionar al resto de estructuras que componen la vértebra. Como esa fusión ocurre aproximadamente entre los 4 y los 6 años (Baker et al. 2005) la pieza debe pertenecer a un individuo de menor edad. Por último, en los 2 individuos juveniles se observó una sutura esfeno-occipital en proceso de fusión. Se identificaron además un radio y un ilion juveniles cuyo rango de variabilidad es compatible con el de las demás piezas que determinan el NMI de juveniles. Solo se determinó el sexo sobre los individuos adultos que mostraban un marcado dimorfismo sexual. Se analizaron los siguientes caracteres morfológicos de los huesos coxales, tanto completos como reconstruidos: surco preauricular, escotadura ciática, arco compuesto, pelvis inferior y proporción isquiopúbica (Bruzek 2002). Su mala preservación limitó la aplicación del método a tres coxales, reconociendo 1 femenino y 2 masculinos. Patologías y otros caracteres de interés El 12,7% de los 202 dientes estudiados presenta cálculo dental, pero la estimación puede verse afectada a la baja por el posible desprendimiento de los depósitos de calcio durante o tras la excavación. El 9% de la muestra tiene caries: el 6% con lesión en la línea amelocementaria, el 1,5% en la cara oclusal y otro 1,5% en la corona. Un 22% son lesiones graves que alcanzan la pulpa del diente. El resto son lesiones superficiales o de gravedad media. En general la prevalencia de caries es leve o moderada, pudiendo indicar una dieta baja en hidratos de carbono, aunque también podría considerarse esta baja frecuencia como reflejo de la juventud de los individuos (Díaz-Zorita et al. 2009). El 42,3% de las piezas cuentan con un desgaste dentario nulo o casi nulo; un 21,3% moderado y un 3,7 severo con exposición de la dentina de la cara oclusal. Finalmente, en una mandíbula un proceso patológico perfora el hueso a nivel del segundo incisivo de la hemimandíbula derecha, formando una cavidad irregular. Sin pretender hacer un diagnóstico diferencial de la lesión, se pueden citar como posibles orígenes tanto un quiste radicular o granuloma apical como una osteítis inespecífica, generalmente asociada a una reabsorción ósea y a la pérdida de la pieza dentaria (Campillo 2001), entre muchos otros posibles diagnósticos. Se observan patologías del esqueleto axial y apendicular. Uno de los cráneos recuperados presenta fenómenos porosos localizados en el eurión del parietal izquierdo, en la zona media de la sutura lambdática derecha y en el occipital, en la región del opistocráneo. Sus características macroscópicas, sin engrosamiento aparente, descar-tarían la hipótesis de que se tratara de osteoporosis hiperostótica (Campillo 2001). Se consideró como alternativa que un tumor destructor de hueso en sus primeros estadios de desarrollo, pudiera haber originado un mieloma múltiple (Botella 2003). El diagnóstico diferencial de estos signos requeriría el examen directo de un especialista en este tipo concreto de patologías. Se identificó también un fragmento de techo orbital de un individuo infantil con cribra orbitalia. Entre las etiologías descritas para su aparición, las más citadas son la anemia ferropénica adquirida por nutrición deficiente, mala absorción intestinal, pérdida de hierro por hemorragias, diarreas o infecciones (Carlson et al. 1974). Otros motivos podrían ser las anemias congénitas hemolíticas (talasemia, anemia falciforme, etc) (Campillo et al. 1990). Sin embargo, varios autores proponen una disminución gradual de la frecuencia de cribra orbitalia con la edad (Trancho et al. 1991). Sugieren un proceso evolutivo en los fenómenos porosos encontrados en la bóveda craneal y en otras partes del esqueleto por el cual unos tipos de porosidad darían lugar a otros. Entre los huesos largos de la colección se identificó la porción diafisiaria de un cúbito subadulto, probablemente izquierdo, con marcadas alteraciones macroscópicas. Algunas son posdeposicionales y otras signos de aposición ósea a modo de 'capa de cebolla' compatibles con periostosis. El estudio radiológico confirmó su origen infeccioso, descartando otras posibles patologías traumáticas. Una tibia infantil cuenta con una porosidad periostótica asociada a exostosis. Este fenómeno es característico de los individuos infantiles que han sufrido un proceso infeccioso (Ortner 2003). Su prevalencia en tibias es bastante frecuente: la incidencia de remodelaciones del periostio es mayor en los huesos de las extremidades inferiores. Finalmente, se observan numerosos signos artrósicos en dos vértebras cervicales. Ambas tienen un gran desgaste en sus superficies de articulación, disco vertebral e interapofisarias, acompañado de una fuerte remodelación. Además, son marcadamente asimétricas como consecuencia de un aplastamiento lateral. En aquella donde la lesión es más notable, se advierte una eburnación con porosidad coalescente. También se identifican algunas vértebras lumbares aisladas con leves signos de eburnación y excrecencias óseas en forma de osteofitos. Estos signos artrósicos parecen ser consecuencia de la degeneración del cartílago articular y de las demás alteraciones que se derivan de este tipo de lesión. Estas patologías degenerativas en cervicales y lumbares son frecuentes dado que son las comúnmente más afectadas por la sobrecarga mecánica (Campo 2003). Un rasgo interesante sin relación con procesos patológicos es el aplanamiento transversal (platicnemia) de la diáfisis de varias tibias de la colección. Generalmente se ha relacionado su aparición con factores patológicos y de desarrollo muscular y, en concreto, con la adopción frecuente de una postura acuclillada (Brothwell 1981). Se seleccionaron 19 muestras de 16 individuos para el análisis isotópico de estroncio, 16 sobre hueso y 3 sobre esmalte dental, así como dos restos de zorro y conejo (Tab. Los isótopos de estroncio son incorporados a los tejidos de los seres vivos por medio de la ingesta de agua y alimentos. La historia geológica de una región y los tipos de rocas y sedimentos de su subsuelo pueden dar lugar a diferencias mensurables en las proporciones de estroncio biodisponibles en animales y vegetales. En este sentido, las muestras analizadas se situarían previsiblemente en un intervalo de 87 Sr/ 86 Sr próximo al agua marina (0,709), dado que El Rebollosillo se sitúa en un contexto geológico de rocas carbonatadas cretácicas. Las posibles fuertes divergencias entre los valores isotópicos de los individuos enterrados y los valores regionales podrían por tanto interpretarse como evidencias de individuos provenientes de otras zonas. El estroncio fue extraído en el laboratorio blanco del Department of Earth and Environmental Sciences de la University of Iowa utilizando resinas de intercambio iónico (Waight et al. 2002). Los ratios 87 Sr/ 86 Sr se obtuvieron procesando cada muestra en el espectrómetro de masas con plasma acoplado inductivamente (MC-ICP-MS) Nu Plasma HR 4.Todos los valores fueron normalizados al valor estándar internacional 4 Realizado en el del Departamento de Geología de la Universidad de Illinois bajo la supervisión del Dr. Craig Lundstrom. La composición de Sr local para los enterramientos conocidos del área de Madrid está actualmente entre los valores de 0,707 y 0,713. Este rango ha sido calculado a partir del análisis de una amplia colección de muestras de enterramientos humanos de la Prehistoria reciente de la región de Madrid (Waterman et al. 2014; Díaz-del-Río et al. 2017). Como sugieren Bentley y otros (2004), hemos definido el intervalo de variación isotópica regional utilizando 2 desviaciones estándares de la media de todos los valores humanos analizados (n=85). Además, se analizaron un total de 14 muestras de fauna (Erinaceus europaeus, Oryctolagus cuniculus, Lepus sp., Felis catus, Vulpes vulpes, Canis familiaris, ovis/capra, Sus sp.) con el objeto de ayudar a calibrar el rango regional. Todos los valores isotópicos de 87 Sr/ 86 Sr obtenidos para los individuos muestreados de El Rebollosillo se concentran en la franja baja del rango local para la región de Madrid (0,793). El test de Grubbs (1969) confirma la ausencia de valores anómalos5. En consecuencia, no se identificaron individuos no locales entre los analizados utilizando esta metodología. Los ratios de 87 Sr/ 86 Sr más divergentes por mostrar los valores más altos de todas las muestras proceden del esmalte dental de tres individuos uno de los cuales exhibió el valor más elevado sobre hueso. Las 13 muestras restantes corresponden a los únicos cráneos asignables con seguridad a diferentes individuos. La agrupación de los valores sobre hueso y la divergencia entre las muestras sobre esmalte y hueso previsiblemente reflejan la diagénesis del hueso, cuyo carbonato quedó impregnado de los valores de estroncio local procedentes del sedimento donde estaba enterrado. Por lo tanto, es posible -aunque no probable, dado el resto de los resultados regionales (Díaz-del-Río et al. 2017)que existieran firmas isotópicas no locales enmascaradas por el hueso contaminado. Se obtuvieron valores de δ 13 C y δ 18 O adicionales para los tres individuos cuyo esmalte fue muestreado. Los análisis fueron realizados en el Laboratory for Archaeological Science de la Uni-versity of South Florida (Tykot 2004). Aunque variables, los valores de δ 18 O (-3.1, -4.4, -2.5) descartan un consumo habitual de recursos de agua de origen no local. Ello refuerza los resultados de Sr que sugieren el carácter mayoritariamente local de las poblaciones analizadas. Como omnívoros, los valores teóricos de δ 13 C ap para humanos en ecosistemas dominados por plantas C 3 se sitúa aproximadamente en torno al -14‰, frente a los valores próximos a ~0‰ en ecosistemas C 4. Los escasos resultados de isótopos estables de carbono de humanos del Rebollosillo muestran valores de δ 13 C ap de -10,4, -10,9 y -11,3‰, sugiriendo un ligero enriquecimiento en comparación con los valores teóricos para ecosistemas C 3, como es el caso. Es difícil valorar hasta qué punto este somero enriquecimiento es resultado del consumo de plantas C 4 (o CAM), sean mijos u otras plantas locales (e.g. la verdolaga, Tankersley et al. 2016) o de factores externos (e.g. la pluviosidad, Lai 2008: 207), dada la limitada muestra y la falta de valores de δ 13 C co para estos mismos individuos. Fernández-Crespo y otros (2017: 331) han sugerido que la aridez mostrada por el registro paleoambiental puede estar detrás de valores enriquecidos como los documentados en la Motilla de Azuer (Nájera et al. 2010), similares a los del Rebollosillo, aunque la muestra es todavía insuficiente para un análisis estadísticamente robusto de los posibles efectos en el tiempo de la variable climática a escala peninsular. Las minúsculas cantidades de artefactos recuperados en El Rebollosillo contrastan con la cantidad y variedad de restos habituales en la mayoría de las cuevas sepulcrales contemporáneas de la Península Ibérica [URL]. El conjunto se compone de 43 fragementos cerámicos y 6 cuentas de collar. No hay industria ósea, ni lítica, pulida o tallada (Fig. 2). Los descubridores del conjunto recuperaron el único cuenco completo. Los 42 fragmentos cerámicos proceden de la excavación y son muy pequeños: la media de las dimensiones máximas es de 2,4 cm; sólo el 10% supera los 4 cm y el 47% tiene entre 2 y 1 cm. La ausencia de piezas menores es un probable resultado de cribar en seco sedimentos muy arcillosos. Sin embargo, por lo general, los restos están poco erosionados, lo que sugiere que fueron incorporados al yacimiento ya fragmentados y no han sufrido procesos postdeposicionales intensos. Tanto las 13 piezas orientables como la homogeneidad en los espesores de la totalidad de los fragmentos (0,57 cm de media) indican que la mayoría corresponden a cuencos de pequeño tamaño. De nuevo, la evidencia apunta a un proceso de recogida selectiva de restos, tanto humanos como materiales, tras una fase de inhumación o exposición previa. El que todos los hallazgos se concentren sobre todo en las cuadrículas interiores de la cueva indica que son las menos afectadas por alteraciones posdeposicionales. Las 6 cuentas de collar probablemente corresponden al mismo adorno personal, quizás pertenecientes al 'homo 2' cuyo cráneo fue recuperado en la 'cata 2'. La posible asociación se apoya en la recuperación de la cuenta 6 en el interior de dicho cráneo, la 1 en la misma cata y las 2 y 5 en el sedimento inmediato de la cata norte contigua6. Su clasificación mineralógica y análisis de procedencia se ha basado en los datos composicionales obtenidos con un equipo de fluorescencia de rayos X Oxford Instruments XMET7500 que monta un tubo de Rh, un detector SDD (silicon drift detector) y un cargador automático de 5 filtros. Para su análisis se han seguido criterios expuestos en otro lugar para la identificación positiva entre la composición elemental de la cuenta y la fuente geológica (Odriozola et al. 2010; Odriozola 2015). Según la composición elemental de las 6 cuentas de collar analizadas (Tab. 2) las 4 cuentas de color verde (números 1 a 4) se corresponden con aluminofosfatos, en concreto con variscita. El origen más probable para este mineral, según se desprende del cociente atómico P/Al que se ubica dentro de la elipse de confianza al 95%, está en Palazuelo de las Cuevas (Aliste, Zamora). Los valores están muy cercanos a los de Can Tintorer (Gavá, Barcelona) (Fig. 4). Contrariamente, en la estimación del kernel de densidades no paramétrico de los valores del cociente P/Al (n=204) se puede deducir que los valores de El Rebollosillo se ubican en una zona de solape de las distribuciones de Palazuelo de las Cuevas y Can Tintorer. El gráfico ternario Cr-V-Fe (Querré et al. 2008) sugiere el primero como la procedencia más probable. La clasificación mineralógica mediante la composición elemental de las dos cuentas de color negro es más complicada, debido a la gran cantidad de mineralogías utilizadas en la elaboración de elementos de adorno personal durante la Prehistoria Reciente (Domínguez Bella 2012) al. 1992). En cambio la 5 sería un (Ca-Al), un silicato con un alto contenido en Cl. Se propone un origen local para ambas. La distribución espacial y el tratamiento individualizado de algunos de los conjuntos óseos llevó a interpretar inicialmente el enterramiento como secundario, secuencial y colectivo. Esta interpretación, previa al estudio bioantropológico, valoraba la práctica ausencia de conexiones anatómicas (sólo una documentada), la distribución frecuentemente caótica de gran parte de los restos frente al claro reordenamiento y tratamiento diferencial de cráneos y determinados huesos largos, así como la extrema fragmentación de los posibles ajuares cerámicos que previsiblemente acompañaron a los individuos en una fase de descarnado previo (Díaz-del-Río 1996: 199). Se podría describir un enterramiento secundario como aquel donde la desaparición de los tejidos blandos ocurre de forma activa (e.g., descarnamiento) o pasiva (e.g., decaimiento o degradación), antes del depósito definitivo de los restos óseos en un lugar distinto, o no, al del depósito primario. En el registro osteoarqueológico, los enterramientos secundarios, ya sean simultáneos o no, suelen mostrar características concretas. Éstas pueden ser marcas de descarnación activa de restos óseos (indicativas de una acción de separación de tejidos blandos previa al enterramiento), o la falta de conexiones anatómicas entre los elementos óseos recuperados (evidencia directa de la remoción de los huesos). Si los esqueletos están incompletos podríamos hablar de un enterramiento secundario, ya que la proporción de huesos que cabría esperar no es la que se halla in situ. Estas ausencias de elementos concretos del esqueleto pueden estar relacionadas con la "selección" intencionada de ciertas piezas, con su pérdida por destrucción, transporte u otros factores tafonómicos. La persistencia de conexiones anatómicas en algunos esqueletos podría relacionarse con articulaciones más resistentes a la degradación, como sucede con la articulación coxofemoral entre otras, que aún debían seguir unidas por los ligamentos cuando se producía el depósito definitivo (Duday 1997). En El Rebollosillo, se ha encontrado una proporción de huesos pequeños muy inferior a la mitad de la esperable en la mayoría de los casos fueran o no adultos (Tab. La única conexión anatómica (ya identificada durante la excavación, Díaz-del-Río 1996) corresponde a un coxal y un fémur izquierdo que, por su análisis preliminar, pertenecerían al mismo Madrid). Metatarsos, excepto astrágalo y calcáneo; falanges incluyen mano y pie. A la vista de estos datos, se podría inferir que se trata de un enterramiento secundario y colectivo, donde la ausencia de elementos anatómicos está seguramente relacionada con la desconexión intencionada por acción antrópica (en el pasado y/o contemporánea). Prueba de ello es también el claro reordenamiento y tratamiento diferencial de algunos restos, en particular los cráneos, todos ellos sin mandíbula asociada. La falta de evidencias de exposición a la intemperie y de marcas de descarnado, así como las escasísimas huellas de los efectos del fuego o de marcas producidas por roedores y mamíferos de pequeño tamaño sugieren que los restos humanos no estuvieron exhibidos durante el proceso de esqueletización. A su vez, es imposible saber si este proceso se produjo en el entorno inmediato del yacimiento o en otro lugar, aunque la pérdida de restos óseos y de cultura material favorece la segunda opción. De hecho, la cada vez más frecuente documentación de enterramientos "revueltos", "removidos" o "expoliados" en el contexto de yacimientos habitacionales del interior peninsular (p. ej. Flores y Garrido 2014; Liesau et al. 2014) quizás deba vincularse a este tipo de programa funerario. El Rebollosillo fue un lugar colectivo de enterramiento, en el que se depositaron todos los rangos de edad de ambos sexos, quizás individuos vinculados por algún tipo de parentesco, ficticio o real. Sin embargo, el registro sugiere que sólo los adultos recibieron un tratamiento claramente individualizado, mediante la disposición cuidadosa del cráneo. Hasta lo que nos permite reconocer la estratigrafía, el depósito de cada uno de los individuos fue el resultado de una acción independiente. En definitiva, se trata de un espacio colectivo en el que intencionalmente se destaca el tratamiento individualizado de la persona. Con todas las cautelas necesarias, el hecho que todos los individuos documentados que recibieron este tratamiento fuesen adultos sugiere una práctica diferencial, quizás vinculada a un estatus adquirido con la edad. El estudio de la cueva sepulcral del Rebollosillo ha identificado un número mínimo de 21 individuos enterrados entre el 2620 y el 2430 cal AC. En términos comparativos, es la tercera mayor colección de restos humanos documentados en un único enterramiento colectivo de la prehistoria regional tras las de El Perdido (Madrid) (Heras et al. 2014) y la Cueva 3 del Valle de las Higueras (Toledo) (Bueno et al. 2005). Es, además, el contexto funerario colectivo mejor datado de la Meseta hasta la fecha, con el 76% del NMI identificados datados. Nuestro análisis ha permitido definir una práctica funeraria de mediados del III milenio AC que probablemente representa el momento final de un programa mortuorio en varias etapas (Fig. 5). En este programa ningún grupo de edad o sexo queda excluido, aunque los adultos reciben un tratamiento individualizado. Todos ellos quedan finalmente despojados de los restos materiales, adornos personales y otros elementos previsiblemente vinculados al ritual previo a la esqueletización, que son incorporados en un estado fragmentario durante el último estadio del proceso. No es descartable que el proceso de esqueletización se produjese en la propia cueva, o inmediatamente junto a ella, pero carecemos de evidencias materiales para apoyar dicha interpretación. Al contrario, la propia disposición de los huesos, la exigua superficie practicable y la elevadísima fragmentación y escasez de la cultura material nos permiten proponer que los restos fueron probablemente trasladados desde otros lugares. Si nuestra interpretación fuese correcta, deberían documentarse las primeras etapas de dicho programa mortuorio en otros lugares contemporáneos, quizás en los propios lugares de habitación. De hecho, algunas de las más recientes evidencias regionales recuperadas en yacimientos de estas cronologías sugieren que la manipulación de cadáveres en distintos momentos de su proceso de esqueletización fue una práctica relativamente frecuente durante la segunda mitad del III milenio AC (Flores y Garrido 2014; Liesau et al. 2014). En la última década ha aumentado de manera exponencial el registro funerario del III y II milenios AC en el centro de la Península Ibérica (Aliaga 2014; Pérez-Villa 2015). Como era previsible, y como refuerza el estudio de El Rebollosillo, este incremento cuantitativo ha venido de la mano de una acentuación de la variabilidad, tanto en las formas de los continentes funerarios como en la cantidad y organización espacial de los contenidos (Bueno et al. 2005; Liesau y Blasco 2015; Liesau et al. 2015). Visto desde la perspectiva temporal que nos ofrece la ya sustancial colección de dataciones radiocarbónicas para la Meseta sur (Balsera et al. 2015a; Balsera et al. 2015b y anexos; www. idearqueologia.org), hay una evidente eclosión de múltiples manifestaciones funerarias a partir del 2600 cal AC, en paralelo al paulatino abandono de la mayoría de los recintos de fosos datados, cuya construcción parece decaer hasta casi desaparecer a partir del 2450 cal AC (Fig. 6). El incremento de las manifestaciones funerarias continúa tras el 2200 cal AC, fecha canónica de inicio de la Edad del Bronce, conectado con una reducción de esta variabilidad a favor del enterramiento individual en hoyo. Esta tendencia general sugiere que la arena de la negociación política se deslizó gradualmente de los espacios colectivos hacia los programas mortuorios, de la acción colectiva coordinada a la paulatina implicación de unidades sociales crecientemente menores. En este contexto regional de ruina de los linajes (Gilman 2001) cobra sentido la incorporación en las prácticas sociales de los variados materiales asociados al "fenómeno" campaniforme. A lo largo de esta secuencia no se manifiesta un patrón claro de incremento o reducción en los niveles de gasto en los programas mortuorios, sea respecto al continente o al contenido asociado a los distintos individuos. La dificultad de sistematizar la "variabilidad indómita" 7 del registro funerario asociado a elementos campaniformes y sus contemporáneos en la Meseta sur es un claro ejemplo de ello. Esta variabilidad del registro arqueológico indica que la incorporación de objetos cerámicos, líticos o metálicos a los enterramientos, sean individuales o múltiples, masculinos o femeninos, sucede sin un evidente patrón espacial o temporal (Liesau y Blasco 2015), una pauta acorde con la previsible en una sociedad en la que predomina el estatus adquirido. El registro funerario de la segunda mitad del III milenio AC en la Meseta se resiste a ser formalizado en normas pautadas de conducta. Resulta obvio que no se observan cambios bruscos, sino una reorganización permanente -quizás ad hoc-de prácticas sociales que se prolongan en el tiempo. En este sentido, sugerimos que la valoración combinada y detallada de los patrones funerarios y de las tendencias del registro en su conjunto muestra un camino más fructífero para entender el pasado. Nuestro reconocimiento a las aportaciones y colaboración de Manuel Campo Martín y Luis Moreno Estefanell (Universidad Autónoma de Fig. 6. Suma de probabilidades de las dataciones radiocarbónicas de colmataciones de recintos de fosos y de enterramientos de la Meseta sur (datos en Balsera et al. 2015a).
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Los términos "cultura de El Soto", "facies Soto", "Grupo Soto", o simplemente "El Soto" se suelen emplear como sinónimos de la I-Edad del Hierro en la cuenca media del Duero (Fig. 1). La caracterización de sus rasgos culturales es consecuencia de un largo proceso de investigación iniciado en las décadas de 1950 y 1960, cuyo hito fue la excavación del yacimiento epónimo: El Soto de Medinilla (Valladolid) (Palol 1958(Palol, 1966;;Palol y Wattenberg 1974). Dpto. de Historia, Geografía y Comunicación. C/ Paseo de Comendadores s/n (Hospital Militar) 09001 Burgos. matizaron estos planteamientos (Romero y Ramírez 2001: 51-52) el continuo suministro de datos procedentes de prospecciones arqueológicas y, en menor medida, excavaciones y el empuje de líneas interpretativas no invasionistas planteadas en otras áreas peninsulares para explicar el origen de la Edad del Hierro (Almagro Gorbea 1977; Ruiz Zapatero 1985). El nuevo panorama abrió referentes distintos para esclarecer la formación de la cultura del Soto. Sin embargo, la reiterada ausencia de enterramientos en el ámbito de la cultura del Soto, unida a los escasos materiales con rasgos culturales propios de Campos de Urnas, desacreditó la propuesta. Durante los 1990, se enfatizó la singularidad de la cultura del Soto y su formación autóctona, lo que armonizaba bien con los datos arqueológicos disponibles aportados por las investigaciones de campo efectuadas durante los 80 y 90 (Romero y Ramírez 2001: 52 y n. El objeto de estudio de este texto es la arquitectura doméstica vinculada a los contextos del grupo Soto entre los siglos IX a VII a.C. cuyas distintas modalidades y componentes, ya se han descrito (Romero 1992; Ramírez 1999). No se adopta el enfoque simbólico o cognitivo de recientes ensayos (Blanco-González 2010, 2011). La arquitectura doméstica sirve como unidad de referencia para analizar las causas de los cambios en una entidad poco propicia a los mismos (González Ruibal 2001). Respecto a estudios previos (Ramírez 1999), la perspectiva adoptada combina el potencial analítico de las diferentes modalidades de arquitectura doméstica -no solo de alguna de ellas-con información arqueológica de distinto orden y naturaleza del tramo cronológico considerado. El objetivo es examinar si las transformaciones responden a causas autónomas o a influjos foráneos, la relación que tienen con las formas de organización social (producción y reproducción social de los grupos domésticos), y las repercusiones de los cambios en la formación de la Fase Plena del Soto. La base empírica procede de la extensa investigación arqueológica previa y se centra en los datos procedentes de los contextos bien definidos proporcionados por los yacimientos excavados. Integran el marco teórico las reflexiones de autores como M. Sahlins (1983) y C. Meillassoux (1993), a las que se añaden los análisis de M. Godelier (1998) sobre la circulación de los objetos como dones en el interior de las comunidades. Otra modalidad, constatada en los contextos del Soto Inicial y primeros momentos del Pleno, está integrada por cabañas con postes de madera, como elementos sustentantes y paredes de ramajes revocadas con barro. Tales viviendas se han documentado en sondeos de unos pocos metros cuadrados y exhumaciones verticales y, de manera completa, en los niveles inferiores de El Soto de Medinilla (Palol 1964; Palol y Wattenberg 1974: 186-187; Delibes et al. 1995c) y Sacaojos (Santiago de la Valduerna, León) (Misiego et al. 1999). Además se conoce otro estilo de vivienda que utiliza muros rectos y plantas ortogonales de morfología rectangular, cuadrangular y trapezoidal. Los propósitos planteados en el presente texto requieren disponer de contextos pertenecientes a la Fase Inicial y comienzos de la Fase Plena del Soto con largas secuencias estratigráficas y dataciones obtenidas por procedimientos absolutos. Solo dos yacimientos cumplen tales requisitos: La Mota y el sondeo realizado en los años 1989-1990en El Soto de Medinilla (Delibes et al. 1995c). Se les ha añadido Los Cuestos (Celis 1993), sin dataciones absolutas pero con una extensa secuencia estratigráfica con casas circulares de adobe y una vivienda ortogonal que es excepcional. El modelo de arquitectura doméstica de morfología circular u oval comprende las cabañas de postes (en adelante cabañas) y las viviendas con alzado de barro. En las primeras las partes estructurales están definidas mediante postes de madera insertados en el suelo y alzados con entramados vegetales de ramas y cañas recubiertos con manteados de barro, techumbre desconocida, quizá cónica, apoyada en un poste central, y elaborada con el mismo tipo de material que los alzados (Romero 1992; Ramírez 1999: 69). El espacio interno es un ámbito único de 3-4 m de diámetro (Ramírez 1999), suelos preparados mediante capas de greda y arcilla y un hogar. El único elemento de amueblamiento interno documentado es el banco corrido adosado a la pared en la cabaña XV del nivel 11de El Soto de Medinilla (Delibes et al. 1995c: 156). Está elaborado en arcilla y revocado con otras capas del mismo material de color blanquecino, cuyo límite, en algunos puntos, aparece definido mediante adobes (Fig. 2A y E). Las viviendas con fábrica de adobe o tapial están identificadas en los contextos del grupo Soto desde el inicio de la Fase Plena. Suelen levantarse directamente sobre el suelo, salvo algunas excepciones con cimientos en el yacimiento de Ledesma (Benet et al. 1991: 121-122; Ramírez 1999: 69), siendo también escasos los ejemplos de zócalos elaborados en piedra u otros materiales (Ramírez 1999: 70). Los muros están reforzados, en ocasiones, con pilares de madera, pies derechos o perimetrales. Tienen suelos de arcilla apisonada (Ramírez 1999: 71), banco corrido adosado a un segmento del arco que forma el muro y hogar cuadrangular, situado por lo general en la parte central (Fig. 2B). Las viviendas elaboradas con muros rectos, documentadas en contextos iniciales de la Fase plena, proceden de los yacimientos La Mota y Los Cuestos (Fig. 2C y D). Las plantas son rectangulares, cuadrangulares o trapezoidales. En La Mota, la diversidad se da en la misma ocupación: niveles segundo y tercero (García Alonso y Urteaga 1985: 126). En el yacimiento un poco más moderno de Cuéllar, las viviendas de los poblados II y III son cuadrangulares y trapezoidales (Barrio y Alonso 1999: 294). Con independencia de las variaciones señaladas, el tipo de vivienda comparte los sistemas constructivos (adobe o tapial), la falta de cimientos -salvo en el poblado III de Cuéllar (Barrio 1993: 196)-, el acondicionamiento interno mediante soleras de arcilla, arena apelmazada o encachados de piedras calizas, completado por un banco corrido y los hogares con ubicación generalmente central. La normalización se extiende a las paredes: las interiores decoradas con estucos de varias policromías (rojo, amarillo, negro y ocre) y temática geométrica, mientras que las exteriores ofrecen revoques y enlucidos monocromos (Barrio 1993: 184). Las estrategias de excavación, ya comentadas, impiden determinar la organización espacial de estas viviendas dentro del hábitat. Sus diseños regulares ofrecen condiciones para una mayor ordenación pero los datos disponibles no la corroboran en todos los casos. Modalidades de arquitectura doméstica y cronología Las modalidades de viviendas descritas pueden ser ordenadas, en la actualidad, dentro de un esquema diacrónico apoyado en fechas absolutas y datos estratigráficos. El sondeo efectuado en El Soto de Medinilla durante los años 1989-1990 es relevante a ese respecto al haber determinado la anterioridad de las cabañas respecto a las casas circulares. Las primeras se identificaron entre los niveles 11 y 8 datadas mediante procedimientos radiocarbónicos (Tab. La primera se obtuvo de la madera del poste central, con una fecha convencional de 845 a.C. y calibrada a 2σ en el intervalo 1048-821cal AC. La segunda se obtuvo de semillas recogidas del pavimento de la cabaña, con fecha convencional 815 a.C. y calibrada en el intervalo: 993-823 cal AC. Del nivel 7, que constituye el primero formado en la Fase Plena y se asocia a viviendas circulares de adobe, se analizó una muestra de madera (GrN-19054) procedente del interior de un horno doméstico (véase más adelante). Una equivalencia marcada por estas fechas sobre el inicio de la Fase Plena en El Soto de Medinilla se observa por medio de las fechas obtenidas en La Mota, procedentes de ocupaciones que incorporan casas con muros rectos superpuestas a cabañas. Las excavaciones posteriores (efectuadas durante los 1990) aportaron nuevas dataciones. Otras fechas obtenidas en el mismo yacimiento pero en una cata distinta: Cuadro C, nivel 4. Corresponden a momentos más avanzados de la vida del poblado, superando los límites del tema considerado en el presente texto. Están constituidas por dos dataciones obtenidas sobre una viga de madera vinculada a la techumbre de una casa incendiada, con planta ortogonal elaborada mediante adobes (Seco y Treceño, 1993: 139). C. La posición temporal que marcan las fechas se relaciona con unos materiales arqueológicos particulares. Bajo el nivel de incendio de la vivienda, se documentó cerámica elaborada a mano local, junto a fragmentos a torno importados. Estos últimos, caracterizados por pastas claras (blancas y amarillentas), decoración pintada con tonos vinosos y motivos geométricos dispuestos en bandas. A estos materiales se añaden otros, también foráneos, registrados en el exterior de la vivienda mencionada, constituidos por un fragmento de pasta vítrea (atribuido a un ungüentario), con una tonalidad base azul cobalto y líneas de distinta anchura en colores blancos y amarillos. En el yacimiento de Cuéllar a lo largo de varias campañas de excavación (efectuadas durante la década comprendida entre el año 1983 al año 1993) se ha podido establecer, también, un marco cronológico coherente a partir de varias fechas absolutas. Para ello se ha utilizado como materia carbón vegetal con origen en distintos contextos y una calibración mediante el programa: 3.03 de la Universidad de Washington (curva bidecadel, método B y área del 95,5 por ciento). La secuencia estratigráfica del yacimiento se compone de varias ocupaciones, donde la más antigua contiene una arquitectura doméstica integrada por cabañas. De esta ocupación no se dispone de dataciones radiocarbónicas. No sucede lo mismo con las posteriores, identificadas, en este caso, con diferentes poblados. Las que incumben al tema tratado en el presente texto, atienden a los poblados denominados II y III. Ambos, ofrecen una arquitectura Las dataciones comentadas tienen en común su procedencia de poblados y contextos domésticos, aunque no en todos los casos son representativas de sus distintas ocupaciones, ni tampoco plantean un detallado marco diacrónico, a lo que se añade la obtención habitual a partir de muestras de vida corta (Tab. Sin embargo, permiten los comentarios siguientes. Refrendan una secuencia que permite la elaboración de una periodización al margen de criterios tipológicos. Del conjunto analizado, el momento más antiguo lo constituyen las ocupaciones de los niveles 11 y 9 del yacimiento Soto de Medinilla (siglos X y IX a.C.), correspondientes a la Fase Formativa de la Cultura del Soto, seguida de una continuidad sin interrupciones destacadas hasta la Fase Plena (nivel 7). Esta Fase Inicial, es peor conocida en La Mota y Cuéllar, expresada en ambos yacimientos por niveles inferiores con improntas de postes pertenecientes a cabañas, que la falta de dataciones absolutas impide poner en relación con El Soto de Medinilla. Sin embargo, los niveles inmediatamente superpuestos al citado en los yacimientos de La Mota y Cuéllar, muestran una arquitectura doméstica constituida por casas rectangulares. La fechas obtenidas en estos contextos son ligeramente distintas, como indica la posición más moderna que introducen las procedentes de Cuéllar. Esta singularidad explicaría las diferencias anteriormente señaladas en las viviendas: los componentes utilizados o su disposición y de manera especial, la distribución en sistema de manzanas, como se ha advertido en establecimientos coloniales o en aquellos poblados que están bajo dicha influencia en la península ibérica. En definitiva, los datos cronológicos acompañados de los elementos morfológicos y técnicos de las viviendas plantean la implantación o adopción gradual de los modelos arquitectónicos mencionados. CONTEXTOS DEL GRUPO SOTO ENTRE LOS SIGLOS IX-VII A.C. La organización del hábitat No sabemos mucho sobre la organización interna del hábitat correspondiente al periodo analizado debido a los pocos yacimientos excavados y a las estrategias utilizadas, restringidas a sondeos de unos pocos metros salvo excepciones como la estación de Sacaojos (Misiego et al. 1999). En su Sector II se han investigado 674 m 2, obteniendo dos ocupaciones superpuestas: una pertenece a Cogotas I y la otra al Soto Inicial. En uno de los planos de la segunda, a través de las improntas de agujeros de poste, se definen varias cabañas con distribución aleatoria muy próximas unas a otras. Solo se han identificado construcciones con funciones de vivienda (Misiego et al. 1999: figs. 3 El sondeo realizado en el Soto de Medinilla durante 1989 y 1990, aunque de menor tamaño 36 m 2, documentó cuatro ocupaciones superpuestas del Soto Inicial. La planta más expresiva de este tramo corresponde a la integrada por el nivel 11 (Fig. 2A) con dos cabañas de distinto tamaño y trazados tangentes (Delibes et al. 1995c: lám. I y fig. 2), cuya entidad es menor que la de las siguientes ocupaciones 1. A su vez, la zona excavada en Los Cuestos solo aporta improntas de postes, sin que se pueda inferir de los mismos la morfología de las cabañas (Celis 1993: 97-101, figs. 3-5). El inicio de la Fase Plena en El Soto de Medinilla (a partir de la ocupación del nivel 7), no conlleva cambios destacados en la estructura del hábitat. Las casas se disponen de forma aleatoria y desordenada como en la Fase Inicial, según detallan los planos de las excavaciones antiguas (Palol y Wattenberg 1974: figs. 63 En resumen, la escasa información disponible sugiere patrones similares durante el tramo comprendido entre el siglo IX a.C. y el VII a.C. en cronología convencional. Los poblados están formados por unidades de vivienda (cabañas y casas, circulares u ortogonales) con disposiciones espaciales aleatorias. Los únicos ámbitos especializados o comunales son los lugares de almacenamiento, formados por hoyos excavados en el suelo adjuntos a las viviendas en Sacaojos (Misiego et al. 1999: 53) y de planta rectangular en El Soto de Medinilla (Delibes et al. 1995c: 158). Por tanto, las modificaciones introducidas por los nuevos estilos arquitectónicos no implican una organización más compleja del hábitat, por ejemplo, mediante talleres artesanales, calles o edificios singulares. La ausencia de tales lugares indicaría la prolongación de una misma estructura socio-económica. La excepción son las construcciones auxiliares identificadas desde el inicio de la Fase Plena en El Soto de Medinilla, que plantean una problemática particular por su interpretación como almacenes, aun falten testimonios que permitan aclarar dicha funcionalidad. inspiración u origen mediterráneo. El número de piezas en bronce apenas supera la decena, formada por alambres, enganches y punzones. La presencia de instrumentos de fundición, sumados a goterones, fragmentos y moldes para la elaboración de botones o faleras y brazaletes, indica su elaboración local. Más abajo se plantea una explicación sobre las diferencias entre los moldes y los productos conformados. El Soto de Medinilla, en la misma etapa, aporta una información más amplia. La suma de elementos dispersos repartidos por distintas ocupaciones y campañas de excavación (Palol 1963; Palol y Wattenberg 1974; Delibes et al. 1995c: 172), permite concebir un ejercicio teórico sobre la cadena operativa. El metal se incorpora al yacimiento desde el exterior en forma de lingotes o tortas (quizá desde veneros del norte de la cuenca del Duero). Ya dentro del poblado se realizan las tareas de elaboración y fundición. Los lingotes se licuan en vasijas horno, documentadas a partir de dos fragmentos cerámicos con adherencias de escorias de metal hallados en la vivienda XV del nivel 11 (Delibes et al. 1995c: 174; Delibes et al. 1995 d: 152). El posterior modelado se efectúa a través de crisoles y moldes en piedra o arcilla, siendo los segundos más notorios por su variedad. No obstante, al igual que sucede en Los Cuestos, ni la cuantía, ni la variedad de los objetos acabados registrados en las ocupaciones se corresponden con las sugeridas por la cuantía y la diversidad de moldes. Esta circunstancia ya fue observada en los resultados de las dos principales labores de exhumación del yacimiento. Se discute más abajo los factores que explican esta discordancia. La metalurgia del Bronce Final III b se constata también en entidades arqueológicas no domésticas como los conjuntos cerrados interpretados como depósitos. Los objetos metálicos siguen estando elaborados en bronce pero, a diferencia de los documentados en los poblados, muestran rasgos tipológicos considerados propios de las últimas producciones del periodo (Delibes et al. 1995a: 71; Fernández Manzano et al. 2005). Los 5 depósitos conocidos en la actualidad se localizan en parajes naturales singulares, incluyendo zonas llanas, pero sin relación directa con poblados. Los conocidos han aparecido uno en Bembibre (León) con 29 piezas (Fernández Manzano et al. 1982); dos en la provincia de Palencia, el de Castromocho con 3 piezas (Fernández Manzano 1986) y Cisneros con 5 piezas (Delibes 1983); dos en la provincia de Burgos, el de Padilla con 8 piezas (Fernández Manzano et al. 2005) y el de Pico Cuerno (Sotoscueva), ya en el piedemonte de la cordillera cantábrica, constituido en origen por 7 piezas. Se conservan cuatro: dos hachas de talón y anillas, una plana y el fragmento de otra. Los objetos ocultados en el depósito leonés y en los dos palentinos son del mismo tipo: puntas de lanza tubulares y de jabalinas. El de Padilla reúne una punta de lanza tubular, junto a hachas de talón y brazaletes, además de una anacrónica punta palmela y el de El Pico Cuerno solo hachas. MATERIALES FORÁNEOS EN CONTEXTOS DEL GRUPO SOTO ENTRE LOS SIGLOS IX-VII A.C. En varios contextos de la cultura del El Soto situados en los momentos finales de la Fase Formativa y el inicio de la Plena, se han constatado algunos elementos discordantes con las pautas culturales de los siglos IX-VII a.C. para los cuales se ha propuesto un origen foráneo. Se ha prestado una atención preferente a estas evidencias poco numerosas y de variada naturaleza: recipientes cerámicos, testimonios de hierro y fauna. Los ejemplares cerámicos foráneos se constatan en contextos fechados entre el inicio del siglo IX y todo el siglo VIII a.C. Su lugar preciso de procedencia se desconoce pero se ha señalado la importación desde el área extremeña o meridional de la península ibérica (Romero y Ramírez 1996: 321). Está realizado a mano y presenta una decoración geométrica post-cocción pintada en color rojo. Inicialmente se hizo proceder de un hábitat y más tarde de un enterramiento tumular (Benet y López Jiménez 2004). A esta misma área se atribuyen varios fragmentos pintados en rojo y amarillo documentados en El Soto de Medinilla durante los sondeos de 1989-1990. Del yacimiento de La Mota proceden varios vasos troncocónicos con pintura post-cocción y temática geométrica. Uno de ellos se halló en el sondeo del cuadro D, en el nivel VIII correspondiente a la ocupación más antigua datada en el 610 a.C. (Seco y Treceño 1993: 139). En el estrato inmediatamente superpuesto, se han registrado las primeras cerámicas a torno, también, importadas. Testimonios cerámicos de esta misma naturaleza y origen, aunque documentados en contextos sin datación absoluta, se conocen en Los Cuestos. El nivel superpuesto (Fase 6), asignado al siglo VII a.C., aporta un conjunto cerámico singular compuesto por copas de pie alto con engobe blanco sobre el que se aplica pintura roja (Celis 1993: 119-123 y fig. 15). Tampoco tienen fechas absolutas. Se ha propuesto una fecha en la primera mitad de siglo VII a.C. para el ejemplar de Ledesma y otra a finales del mismo siglo para el zamorano (Romero y Ramírez 1996: 315). La presencia más antigua del hierro corresponde a un fragmento informe, documentado en el yacimiento Soto de Medinilla, vinculado a la ocupación del nivel 9 que, como recordaremos, se ha fechado en el 725 a.C.; es decir, en contextos formados a finales del Soto Inicial (Delibes et al. 1995c: 174 y 176). El inicio de la fase del Soto Pleno coincide con una renovación estilística y técnica en la metalurgia, expresada a través de objetos importados: fíbulas de doble resorte en bronce y cuchillos afalcatados en hierro, que ponen de manifiesto un origen o inspiración mediterránea. Ejemplos de tales piezas se reconocen en La Mota vinculados con viviendas elaboradas mediante muros rectos, caso del nivel II-2 (García Alonso y Urteaga 1985: 77 y 79). También esta innovación tecnológica se ha constatado en El Soto de Medinilla con el hallazgo de varios fragmentos de hierro y un muelle del tipo de fíbula mencionado, registrados en un echadizo entre las ocupaciones de los niveles 6 y 5. La primera de estas ocupaciones se ha fechado en el 670 a.C., como ya se ha indicado. Se han situados o atribuido a los contextos iniciales de la Fase Plena, suponiéndoles el mismo origen foráneo (Romero y Ramírez 1996: 320). El conocimiento existente a escala local sobre la tecnología del hierro y su vinculación a la producción de objetos es aún confuso. Se ha sugerido la presencia de un posible taller en el nivel VII del cuadro P9 de La Mota (Seco y Treceño 1995: 233). Esta interpretación atiende a evidencias arqueológicas consistentes en unos pocos fragmentos de escorias de hierro asociados con seis crisoles, algunos elaborados en cerámica y con restos de adherencias de fundición de bronce y hierro, además de tres chapas de bronce y una fíbula de resorte bilateral. No obstante faltan datos esenciales para esclarecer con seguridad la elaboración local del hierro. No se indican instalaciones sino elementos ambiguos, dado que el nivel se ha interpretado como un basurero (Seco y Treceño 1995: 238). Además faltan argumentos sobre la posición temporal de los hallazgos, ya que ni se dispone de una datación absoluta, ni se ha establecido una correlación estratigráfica con las secuencias de las restantes zonas excavadas. La procedencia foránea se extiende, también, a algunas evidencias faunísticas. Están constituidas por restos de ratón (Mus musculus domesticus) y gorrión (Passer domesticus), identificados en algunos yacimientos del grupo Soto (Morales y Liesau 1995: 508). Ambas especies, por su asociación con ciertas especies cultivadas, se has considerado indicadores de la dieta alimenticia aportada por individuos o grupos meridionales (Romero y Ramírez 1996: 318). Esta misma procedencia se atribuye a restos de asno y a otros testimonios exóticos como los caracoles (Hexaplex trunculos). Lo destacable es que aparecen en los contextos del grupo Soto en paralelo temporal con las piezas cerámicas y metálicas foráneas comentadas más arriba. Así, los identificados en La Mota (cuadro alfa, nivel X) se atribuyen a finales del siglo VII a.C. (Romero y Ramírez 1996: 318). El término "instalación colectiva" se aplica a un horno doméstico hallado en El Soto de Medinilla durante las excavaciones de 1989-1990 (Fig. 2B). Este es singular por la ausencia de instalaciones de esta naturaleza en el grupo Soto, por su posición cronológica al inicio de la Fase Plena y por la peculiaridad de su diseño. Se ha construido en arcilla un cuerpo de forma tubular desarrollada en vertical con perímetro circular y sección trapezoidal (Misiego et al. 1993: 91). La única apertura, situada en la parte superior, consiste en una boca amplia redondeada a través de la cual se introduce el combustible y los alimentos para el horneado. Sus excavadores se centraron en los rasgos morfológicos del horno, en la búsqueda de analogías formales para el mismo y en su funcionalidad. Los resultados del análisis térmico diferencial realizado al efecto avalaron una temperatura interior no superior a los 430o, que permitió considerar su uso doméstico para la cocción de pan (Misiego et al. 1993: 93-99 y 105). El origen del horno es una de las principales cuestiones no resuelta en el artículo citado. Difiere del horno de El Soto de Medinilla por su ubicación (interior de una vivienda), morfología (en forma cupular) y sistema de funcionamiento (apertura lateral). Tampoco en la zona próxima del río Tajo hay referentes. Se desconoce la morfología de su cuerpo, su función no está debidamente verificada y la cronología es imprecisa por lo que no son testimonios comparables con el horno de El Soto. Los mejores paralelos están en áreas meridionales y levantinas de la península ibérica, datados entre los siglos VIII y VII a.C. y asociados a un ambiente colonial (Aubet 1974: 95-95 Modalidades de arquitectura doméstica La arquitectura doméstica supone uno de los elementos arqueológicos centrales del presente texto, de manera que la discusión se inicia por la transformación constatada entre los siglos IX y VII a.C. Estudiosos de la Prehistoria reciente de la cuenca media del Duero la han abordado varias veces con distintos planteamientos metodológicos (Ramírez 1999; Delibes y Fernández Manzano 2000: 113-114; Romero y Ramírez 2001: 69; Blanco-González 2010, 2011). La explicación del cambio se ha centrado en las cabañas y en las casas circulares elaboradas con adobe o tapial consideradas resultados directos del mismo. No obstante los componentes de la arquitectura y su posición temporal y dispersión en el territorio cultural de El Soto permiten otras interpretaciones. La transformación de las cabañas en casas circulares se ha relacionado con una dinámica interna, explicada como un proceso endógeno, cuyas líneas argumentales se basan en la progresión de lo simple a lo complejo y en las conquistas técnicas sobre un material de construcción como el barro (Romero 1992: 208-209; Delibes et al. 1995b: 65; Ramírez 1999: 85). La modalidad ortogonal de vivienda se ha considerado incompatible con este proceso aunque, como la circular, se superpone a las cabañas y ambas comparten gran parte de sus elementos y una posición temporal, avalada por las dataciones absolutas obtenidas en el nivel II-2 de La Mota (García Alonso y Urtega 1985: 133-134). El nexo citado se ha establecido a partir de evidencias documentadas durante la última intervención arqueológica en El Soto de Medinilla. Su nivel más antiguo -undécima ocupación-, mostró una cabaña (la denominada XV) con algunos componentes no estructurales, habituales en las casas circulares posteriores: banco corrido adosado a la pared y uso del adobe pero solo para remarcar los extremos del banco (Delibes et al. 1995c: 156). Las cabañas de la misma etapa de Sacaojos (Misiego et al. 1999: 52-53) y Los Cuestos carecen de bancos corridos. En el segundo, el adobe no es desconocido en la Fase 3 que determina el final de la secuencia atribuida al Soto Inicial (Celis 1993: 99), pero se utiliza para construir un horno doméstico con funcionalidad indefinida. En definitiva, el nexo propuesto entre las cabañas y las casas circulares de adobe carece de suficiente base empírica. Los elementos arqueológicos de las primeras utilizados como precedentes de las segundas no pueden entenderse del modo propuesto por dos razones: el empleo del adobe es ornamental y no hay continuidad entre ellas. La cabaña del nivel 11 está fechada en el siglo IX a.C. y las casas del nivel 7 en el siglo VII a.C. El banco corrido solo se ha documentado en la cabaña XV en los niveles inferiores. Ambos tipos de viviendas se han valorado como parte de un proceso de ocupación gradual del territorio. En cambio la condición duradera de las casas circulares de adobe expresaría la conquista, la seguridad en la explotación del entorno y la voluntad de permanencia. Las casas circulares de adobe y las ortogonales que aparecen en el siglo VII a.C. comparten el empleo del adobe o el tapial y elementos internos: banco corrido, paredes pintadas al interior y revocadas al exterior. La diferencia está en que los cimientos y zócalos son poco habituales en las primeras por la estabilidad que proporciona su morfología circular al contrario que en las ortogonales. Los componentes citados no se identifican en las cabañas ni siquiera en forma de ensayos o tentativas salvo en la casa XV de El Soto de Medinilla. Al contrario, cuando se incorporan a los contextos del Soto, lo hacen en conjunto y completamente definidos. Lo que vincula a las tres modalidades de vivienda es el ámbito único que, en las ortogonales registradas en La Mota (García Alonso y Urtega 1985: 128, fig. 41), tiene morfología cuadrangular y trapezoidal. La divergencia más destacada entre las casas circulares de adobe y las ortogonales reside en su implantación en el territorio de la cultura del Soto. Las primeras aparecen dispersas por todo él y tienen una homogeneidad constructiva recurrente en las sucesivas ocupaciones bien expuesta en El Soto de Medinilla (Delibes et al. 1995c: 145-168) o Ledesma (Benet et al. 1991). En cambio las casas ortogonales se reconocen solo en dos yacimientos. Dentro de La Mota aparecen en toda la secuencia estratigráfica donde las casas circulares son excepciones (Seco y Treceño 1995: 224-230) a la inversa que en Los Cuestos. Allí solo se conoce un caso, incluido en una larga secuencia de casas circulares de adobe, ubicado en la Fase 6 y cuya formación se ha atribuido al siglo VII a.C. (Celis 1993: 101-104). En definitiva, la dispersión espacial coincidente de las cabañas y de las casas circulares de adobe, unida a la superposición directa de los niveles que las contienen, explica que la investigación precedente planteara una continuidad entre ellas, considerando las viviendas ortogonales una anomalía de difícil explicación. No obstante, la sincronía en la aparición de los modelos de cabañas y viviendas con nuevos rasgos morfológicos y constructivos completamente definidos autoriza proponer un origen para ambos al margen de las tradiciones constructivas del grupo Soto. Para ello se evalúa la procedencia de esos rasgos en la arquitectura de las áreas cercanas. En el valle medio del Tajo hay ejemplos fechados entre el 750 y el 650 a.C. En Las Camas (Villaverde, Madrid) se han atribuido al Bronce Final o el Hierro Inicial grandes cabañas con morfología alargada rematada en un extremo absidial, elaboradas con postes de madera, ramajes y barro (Urbina et al. 2007). Las dataciones obtenidas por C-14 disponibles son problemáticas: proceden de madera de los postes y son discordantes con las atribuidas a las fíbulas de doble resorte recuperadas. La disconformidad se ha tratado de resolver proponiendo un periodo de duración la ocupación del poblado entre el siglo IX a.C. y la primera mitad del siglo VII a.C. (Urbina et al. 2007). Para las viviendas de La Dehesa de Ahín (Rojas et al. 2007) que muestran la continuidad del tipo. Aunque carecen de datación absoluta, se ha planteado una posición temporal durante los siglos VII y VI a.C. Aquí las casas de 10 m de largo, remate absidal y muros de adobe se combinan con cabañas de menor tamaño edificadas con postes (Blasco et al. 1991; Martín y Virseda 2005; Martín 2007). Viviendas afines a las comentadas aparecen en la cuenca del Duero, en el poblado de Guaya (Berrocalejo de Aragona, Ávila), con cabañas de gran tamaño, alargadas y construidas mediante postes. Su cronología absoluta se basa en fechas obtenidas mediante C-14 y termoluminiscencia a partir de madera de postes que dan un intervalo para la ocupación entre los siglos X al VIII a.C. (Misiego et al. 2005). La arquitectura doméstica de las zonas levantina y meridional peninsular, durante los siglos IX y VII a.C., muestra diseños equivalentes a las viviendas elaboradas por el grupo Soto en el siglo VII a.C. La secuencia arquitectónica de la Peña Negra (Crevillente, Alicante) durante el Bronce Final y el Hierro Antiguo (González Prats 1992: 142, 2001: 174-175 y 177) se inicia con viviendas de estructura endeble elaboradas con materiales perecederos, definidas como fondos de cabaña. A ellas se superponen casas circulares con muros de adobe o tapial, banco corrido y paredes con enlucidos exteriores de cal. Las casas con muros rectilíneos y ángulos redondeados aparecen en el último tramo del Bronce Final. La arquitectura doméstica del Hierro Antiguo (siglo VII a.C.) es consecuencia de contactos coloniales. La configu-ran muros rectilíneos levantados en adobe o tapial y zócalos de mampostería con revestimientos al interior de diversos colores. El mediodía peninsular muestra durante el siglo IX a.C. un tipo de vivienda formado por cabañas de planta oval o circular, con estructura de postes y paredes elaboradas mediante elementos vegetales revestidos de barro (Aguayo 1992; Izquierdo 1998; Díes Cusi 2001: 89). Tales cabañas perduran, según áreas, en torno al 850 ó al 750, siendo sustituidas por modelos de influencia fenicia con muros rectos levantados en adobe o tapial sobre cimentaciones y zócalos de piedra, plantas rectangulares, cuadrangulares o trapezoidales e interiores con compartimentación espacial interna, hogares centrales, bancos corridos, pavimentos y superficies estructurales revestidas o pintadas. Otro ámbito significativo es la fachada atlántica del centro-norte de Portugal. Su conexión con el Mediterráneo se remonta a los siglos XIII y IX a.C. como parte del circuito de intercambio de metales (Vilaça 2006; Senna-Martinez 2011: 290). Desde el siglo VIII a.C. (Arruda 1999(Arruda -2000(Arruda: 225-256, 2005) ) se incorpora a la actividad mercantil de los fenicios occidentales a través de Santa Olaia, Port of trade, ubicado al norte del estuario del río Mondego, y residencia de los mismos. El atractivo del territorio reside en la variedad de recursos de cobre, oro y, en especial, estaño de la Beira Interior, cuyas mineralizaciones se extienden a la zona sur-occidental de la cuenca del Duero. Aquí los testimonios orientalizantes se relacionan con los minerales (Esparza y Blanco-González 2008: 87-89) y con el acopio de chatarra. Por ejemplo, las prospecciones en el castro zamorano de La Mazada han aportado restos de piezas metálicas cuya tipología remite al siglo VIII a.C. y fragmentos cerámicos de la Fase Inicial del Soto. Los primeros se han interpretado como un acopio destinado al intercambio con la fachada atlántica o al reciclado (Esparza y Larrazabal 2000: 455 y ss.). Lo relevante es la relación (o contactos) que proponen entre la cuenca del Duero (Cultura del Soto) y la fachada atlántica y su posición temporal genérica en la fase Formativa del Soto. En definitiva, el castro de la Mazada expone un eje oeste-este para la incorporación de elementos meridionales en el sector central de la cuenca del Duero que difiere de la ruta norte-sur, la Vía de la Plata habitualmente considerada, a través de los pasos entre las sierras de Gredos y Gatas o del área extremeña (Romero y Ramírez 1996). Por los ejes citados circularían materiales, influencias e ideas como las vinculadas con los nuevos estilos arquitectónicos. Tales particularidades, salvo las plantas, se reconocen en las viviendas circulares del grupo Soto en el siglo VII a.C. Esa peculiaridad se debería a una estructura socio-económica que no requiere ámbitos especializados (almacenamiento o trabajo). Es decir, las influencias se adaptan a las exigencias locales para las unidades simples de vivienda, cuya morfología, espacio interno único o disposición exenta no es necesario alterar. Las viviendas afines a los modelos meridionales remiten a otras cuestiones. La de Los Cuestos, intercalada en una larga secuencia de ocupaciones con unidades de vivienda circulares, es una anomalía reforzada por su asociación a un conjunto cerámico singular (Celis 1993: 119-123 y fig. 15). Los recipientes son producciones locales (Celis 1993: 123), que emulan objetos ceremoniales meridionales. Esta peculiaridad sugiere la relación de la vivienda con tales ceremonias y con otras casas singulares de algunos yacimientos del sur peninsular (Delgado 2005: 591). La emulación de prácticas sociales foráneas meridionales podría interpretarse como resultado bien de un aprendizaje adquirido por contacto directo de los instruidos en tales manifestaciones o bien de prácticas desarrolladas por individuos de ese ámbito cultural foráneo sin intervención de los indígenas. El uso del muro recto en la arquitectura doméstica se impone en La Mota desde finales del siglo VII a.C., a la vez que sistemas constructivos y componentes habituales en la arquitectura meridional. Ello indicaría la implantación del estilo y no su mera adaptación. Los testimonios disponibles del modelo son heterogénos al estar basados en pequeñas catas dispersas. Además se desconoce la organización espacio-temporal de las viviendas en el yacimiento. Sin embargo los datos permiten considerar una implantación directa del modelo por individuos con vinculación meridional. Su adopción por la población local se debería a imitación o transmisión de conocimientos. La residencia en el poblado de tales individuos, como agentes comerciales o con otra función durante periodos largos o cortos, es coherente con los elementos foráneos constatados en los contextos formados a finales del siglo VII a.C. Pensamos en los hornos domésticos (García Alonso y Urteaga 1985: 129) vinculados al consumo de pan horneado, desconocido en los grupos del Soto, en las fíbulas de doble resorte y cuchillos afalcatados de metal o bien en la vajilla de pastas claras a torno, cuyo registro inicial está en el nivel VII del cuadro D (Seco y Treceño 1993: 142), que cubre las ocupaciones del siglo VII a.C., así como en la decorada a peine. Esta cerámica, documentada en los niveles citados, es infrecuente en los contextos de la cuenca media del Duero en tales fechas. Grupos domésticos del Soto: bases para definir sus alteraciones El principal obstáculo para analizar las formas de organización social de las comunidades del Soto es la información fragmentaria sobre sus elementos definitorios. Los datos sobre la base económica proceden, fundamentalmente, de la investigación medioambiental publicada por G. Delibes de Castro y otros hace 21 años. Los resultados caracterizan varios ámbitos ecológicos de la cuenca media del Duero durante la I Edad del Hierro. Uno son áreas boscosas mixtas y adehesadas, compuestas por pinares (Pinus pinaster, Pinus pinea) y encinares (Ilex, Suber y Fagínea) con castaños, enebros, matorral bajo y sotobosque. Un segundo ámbito son las llanuras aluviales y humedales, adecuadas para el desarrollo de bosques galería, formados por álamos, abedules, sauces, junto a una extensa familia de herbáceas: narcisos, juncos, lirios, helechos y musgos. Los recursos forestales aprovechados son la madera empleada como material de construcción o como combustible (Uzquiano 1995: Cuadro 1) y los frutos silvestres. La fauna salvaje (ciervo, corzo y jabalí) documentada en los niveles pertenecientes a la Fase inicial de El Soto de Medinilla (Morales y Liesau 1995: 458, tab. 1) expresa la entidad que tiene este ámbito. Las especies silvestres predominan tanto en cuantía de restos como en número mínimo de individuos sobre las domésticas: ovicaprinos (Ovis aries/ Capra hircus) y en menor proporción vacuno. Los análisis polínicos y de las semillas registradas en las ocupaciones facilitan los testimonios sobre la agricultura. El diagrama palinológico de El Soto de Medinilla tiene la información más expresiva. Está dividido en dos partes, separadas por una zona estéril (Mariscal 1995: tabs. La primera (muestras 1 a 7) puede ser asociada en líneas generales al Soto Inicial. Predominan las familias Chenopodiaceae (Chenopodium álbum), Malvaceae y Urticaceae con especies propias de medios baldíos y sin cultivar, acompañadas por un alto porcentaje de gramíneas (superiores al 15%), correspondientes a especies silvestres (Mariscal 1995: 341, tab. Los contados restos de semillas rescatados durante la excavación se han localizado incrustados en los suelos (Delibes et al. 1995d: 572), pero ninguno en contenedores (recipientes cerámicos o almacenes). La cabaña XV, integrada en la ocupación más antigua (nivel 11) del yacimiento El Soto de Medinilla, ha suministrado el conjunto más numeroso: varias semillas carbonizadas situadas junto a un hogar y mezcladas con herbáceas (Delibes et al. 199c: 156). La especie más representada es Triticum aestivum durum, acompañada de unos pocos testimonios de Hordeum vulgare (Cubero 1995: 386-387) y herbáceas (Lolium, Malva y Polygonaceae), específicas de terrenos baldíos y zonas sin cultivar. En definitiva, las series coincidentes de testimonios paleobotánicos, la falta de utillaje agrícola metálico y los exiguos sistemas de almacenamiento permiten concluir que las prácticas agrícolas eran limitadas, mientras la mezcla de especies cultivadas y silvestres plantearía una siembra conjunta en el mismo campo, poco especializada y de escaso rendimiento (Mariscal 1995: 337; Romero y Cubero 1999). Los granos no aparecen en almacenes al interior de las cabañas. Según los testimonios vinculados a la economía tendría un perfil doméstico (Sahlins 1983), fundamentado en la recolección de recursos silvestres, en la caza, la ganadería extensiva con especies poco especializadas y en una agricultura de bajo rendimiento. Es decir, basada en una diversificación destinada a minimizar el riesgo (Díaz del Río 1995: 106), solventar la autosuficiencia sin necesidad de crear excedentes más allá de las obligaciones impuestas por las actividades ceremoniales y adecuado, a su vez, para el desarrollo de comunidades independientes y autosuficientes organizadas bajo el parentesco. Este perfil doméstico implicaría un escaso desarrollo de las fuerzas productivas y por tanto, una división social del trabajo elemental (sexo y edad). Al mismo tiempo, la naturaleza y el carácter de las bases económicas sugieren la propiedad colectiva e inalienable de los medios de producción (Meillassoux 1977: 58; Godelier 1981: 92). El sistema de propiedad, por tanto, impediría la formación de condiciones objetivas para ejercer un control sobre los recursos de subsistencia. Es decir, el origen de las desigualdades o de los procesos de diferenciación social dentro de los grupos Soto no vendría del acceso diferencial a los medios de producción. Tampoco favorecería la desigualdad el acopio o control de la producción de objetos metálicos, escasos en los contextos del Soto Inicial. Esta circunstancia ha llamado la atención (Delibes et al. 1995c:172 y 174), aunque la lejanía a los recursos mineros no sería tan determinante como se ha propuesto. En el yacimiento epónimo, por ejemplo, los dispositivos de fundición, en especial los moldes, sugieren la producción de objetos muy diversos: puntas de flecha y lanza, hachas, pomos de espadas o puñales, hojas de espadas y varillas. Lo que sorprende es la poca notoriedad de los objetos configurados y los contextos inespecíficos donde se encuentran, según atestiguan las excavaciones en El Soto de Medinilla (sondeo de los años 1989-1990) y Los Cuestos, ambos con amplias secuencias estratigráficas. En El Soto se localizó un lingote plano-convexo en un echadizo previo a la novena ocupación y un fragmento amorfo de hierro en su misma base. De la octava ocupación procede una punta lanza de cubo, también en un contexto poco definido (Delibes et al. 1995c: 174). En Los Cuestos, como única vinculación específica entre tales elementos y contextos, el autor de la excavación anota un fragmento de hierro integrado en la Fase 5 y situado en un posible espacio artesanal del cual no se ofrecen mayores detalles (Celis 1993: 101). Los contados objetos metálicos registrados en los contextos de la Fase Inicial del grupo Soto pueden explicarse si se relacionan con su cometido en la organización socio-económica de los grupos domésticos. Su elaboración, como la de los otros objetos de orden similar pero de distinta naturaleza, atiende a su condición de elementos imprescindibles para la producción y reproducción de las relaciones sociales. Circulan por el interior de los grupos como bienes de intercambio con un valor de uso que impide que sean una riqueza acumulable. Según Godelier (1998: 75 y 151), su desplazamiento es parte de la esencia de la sociedad al permitir establecer vínculos de solidaridad o dependencia entre individuos del mismo o distinto orden parental. Tales vínculos se expresan a través del intercambio de dones y contra-dones, que a su vez, reflejan la relación que obliga a ambas partes. Dicho en otros términos, responden a compensaciones simétricas y equilibradas: prestación total recíproca (p. e. don de una mujer, seguido de contra-don de otra mujer). La riqueza en sociedades con los sistemas socio-económicos apuntados se basa en una acumulación de mujeres y aliados (Godelier 1981: 92-93) que da forma a la economía política. Tales acumulaciones otorgan prestigio social y, a la vez, los beneficios que proporcionan, como más mujeres para la reproducción social, materiales foráneos (Barceló 1995: 562-563), influencias e ideas novedosas, causan un desequilibrio en el interior de los grupos domésticos, utilizable para alcanzar poder político. Las comunidades vinculadas al grupo Soto no están al margen de contactos, influencias e ideas procedentes del exterior. Volvemos aquí a la posición cronológica que tienen los llamados objetos exóticos, a pesar que pocos están bien datados. La información más adecuada corresponde de nuevo al sondeo de 1989-1990 en El Soto de Medinilla. En el nivel 9 de ocupación con una datación C-14 del 725 a.C. se registró, como ya se ha señalado, un fragmento informe de hierro. En la inmedia-tamente superpuesta (nivel 8), se documentaron varios fragmentos de cerámica, pintados en rojo y amarillo. Este nivel, sin datación absoluta, está intercalado entre las ocupaciones de los niveles 9 y 7 que sí las tienen: la segunda se sitúa en un contexto de inicio de la Fase Plena. Esta posición temporal es equiparable a la obtenida en el Cerro de San Pelayo (Martinamor, Salamanca), para el nivel con el cuenco cerámico pintado mencionado más arriba. Los objetos foráneos de ambos yacimientos se situarían, pues, en la segunda mitad del siglo VIII a.C.; es decir, en las postrimerías de la Fase Inicial. Las evidencias arqueológicas consideradas a lo largo del texto exponen cambios que se pueden identificar en una gran parte del registro material de El Soto durante un periodo comprendido entre el final del siglo VIII a.C. y todo el siguiente. Aunque tales transformaciones ya han sido señaladas en la larga tradición de estudios sobre la cultura por medio de las novedades presentadas en la documentación arqueológica bajo el marco denominado Fase Plena, sus causas no han sido suficientemente explicadas. Esto último resulta difícil sin tomar en consideración la dinámica social de los grupos integrados en la Cultura del Soto, para lo cual es necesario incorporar una perspectiva que permita establecer una relación entre teoría y testimonios empíricos. Los indicadores arqueológicos a través de los cuales se ha indagado en el presente texto la cuestión mencionada, aparecen constituidos por los "bienes exóticos" documentados en los contextos de los poblados, la transformación de la arquitectura doméstica y las acumulaciones en forma de objetos metálicos que constituyen los "depósitos". Lo relevante de estos últimos consiste no solo en los motivos que determinan su creación, sino también en su posición temporal -la cual se sitúa a finales del siglo VIII a.C.-, y su correspondencia tipológica con objetos documentados en contextos de hábitat. Las razones que permiten desechar esta idea residen en el carácter incompatible de tales cuerpos especializados con los grupos domésticos de la cultura del Soto no solo por las condiciones socio-económicas y lo que se puede deducir de los sistemas de propiedad, sino también por la falta de evidencias arqueológicas en tal sentido. Dentro de la perspectiva discutida en el presente texto los objetos exóticos se entienden como una exhibición de grupos o individuos enriquecidos a través de la acumulación de alianzas y mujeres por alcanzar el poder. Expresarían, a su vez, la alteración de los mecanismos que regulan el carácter simétrico y equilibrado que ofrece la circulación de dones y mujeres (don por don; mujer por mujer) dentro de comunidades no jerarquizadas y con modelos de producción doméstico. Godelier (1998: 209 y 214) señala las condiciones que favorecen el desarrollo de esta alteración y sus repercusiones en las formas de relación y reproducción social. Tales alteraciones podrían ser posibles bajo dos condiciones. En primer lugar, cuando la reciprocidad en los matrimonios desaparece al ser sustituida por la riqueza (dote) (Godelier 1998: 89). En segundo lugar, cuando surge una lucha por posiciones vacantes de poder político o el acceso al prestigio. Esto último requeriría un procedimiento plasmado en luchas competitivas (agonísticas) entre los candidatos, tanto grupos como individuos, y se expresa bajo formas rituales y festejos acompañado del consumo y destrucción (ocultación) de bienes y objetos valiosos. Ahora bien, las luchas agonísticas solo son posibles si existe un enriquecimiento previo de los grupos o individuos que intervienen en las mismas, alcanzado mediante la acumulación mujeres y alianzas. Las mejores alianzas corresponderían a las establecidas con grupos externos a las comunidades, dado que permitirían obtener bienes exóticos que después aparecen integrados en el registro arqueológico (objetos de hierro y cerámicas): No obstante, por medio de estos mismos cauces se introducirían, también, ideas novedosas. En la actualidad, la pequeña entidad que tienen las zonas excavadas de los yacimientos solo permite pensar que hubiera una demanda de bienes exóticos, no así valorar su repercusión en detalle. En cambio, si se considera el alcance de las ideas novedosas, el impacto adquiere un signo más destacado. En efecto, el nuevo estilo de arquitectura doméstica es uno de los campos donde es posible observar esta incidencia. En un caso, la influencia lo determina la reinterpretación y adaptación a los modelos locales de los sistemas constructivos meridionales (alzado de adobe o tapial, los suelos preparados, las paredes revocadas y las pinturas que en ocasiones lucen en su interior), cuyo resultado es el tipo de vivienda que caracteriza a la Fase Plena. En otro caso, por el contrario, se implantan o imitan patrones técnicos y morfológicos originales: empleo del muro recto, las plantas ortogonales. Ahora bien, la disponibilidad de estos elementos e ideas novedosas de origen o inspiración meridional a partir del siglo VIII a.C. en la cuenca media del Duero, no se podrían comprender y explicar con el debido rigor sin la influencia y difusión ejercida a través de la presencia de comerciantes fenicios occidentales en las costas del centro-norte de Portugal y de manera especial, desde los focos constituidos por factorías situadas en áreas como las del río Mondego. No obstante, aunque los datos disponibles en la actualidad son escasos, algunos testimonios del registro arqueológico sugieren algo más que influencias. Por ejemplo, las viviendas de La Mota y Los Cuestos, las elaboraciones de copas pintadas en este último, los hornos domésticos para la cocción de pan y en especial el de tipo tannur (Zamora et al. 2010: 206; Fig. 2, 3 y 4) documentado en el nivel 7 de hábitat de El Soto de Medinilla. Todo ello requeriría un aprendizaje apropiado, desde los materiales empleados y la elaboración, hasta el funcionamiento, lo que debido a la novedad y la falta de experiencia estaría lejos del alcance de las comunidades de la cultura de El Soto, para lo que sería preciso contar con el servicio de individuos meridionales instalados como agentes comerciales. En definitiva, la información arqueológica disponible y la valoración de la misma desde perspectivas teóricas procedentes de la antropología social han permitido definir unas líneas generales sobre el proceso de alteración de las comunidades domésticas integradas en la cultura de El Soto y organizadas bajo el parentesco. El inicio de esta transformación sobre las relaciones de producción y reproducción social aparece mejor respaldado por los testimonios arqueológicos desde finales del siglo VIII a.C., siendo su resultado la formación de la Fase Plena. Los cambios son consecuencia de una dinámica social interna a través de un enriquecimiento de grupos o individuos, obtenido por medio de influencias, contactos y vínculos establecidos con grupos externos a dichas comunidades. Sin embargo, las condiciones económicas de estas sociedades, limitarían la promoción social o el poder político a la formación de grupos dominantes (Barceló 1995: 562), con prestigio e influencia, impidiendo la formación de élites o aristocracias. El presente quedaría incompleto sin agradecer la dedicación al mismo de los evaluadores del texto por sus acertados comentarios e indicaciones de mejora. D. Mario Alaguero Rodríguez y D. David Checa Cruz que compusieron las figuras que acompañan al texto y de Da Inés Miguel por su inestimable ayuda en la versión inglesa del resumen. Poblado Contexto Código laboratorio Método de medición Fecha convencional BP Fecha cal. BC 2σ Material Bibliografía
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Hasta finales del siglo XX la etapa protohistórica correspondiente al Bronce Final-Hierro I en el área sudoccidental de la Meseta no contaba con una documentación arqueológica suficientemente amplia para proceder a su caracterización. En los últimos años los trabajos desarrollados en poblados como Alarcos han logrado obtener una interesante información sobre estructuras de hábitat que han permitido contextualizar y fechar un amplio y variado elenco de cerámicas pintadas postcocción, entre otros materiales arqueológicos, que solo se conocían por prospección superficial. Destaca una vajilla cuidada decorada, pensada para un uso selecto que reproduce modas y costumbres de clara inspiración tartésica como las cerámicas de tipo Carambolo y de retícula bruñida, cuya presencia no sería resultado de una posible colonización tartésica sino el fruto de intercambios comerciales. Gracias a la investigación en curso se empiezan a detallar las características del nuevo patrón de poblamiento que empieza a gestarse en la transición del II al I milenio a.C. en el valle medio del Guadiana, cuyo dinamismo y relaciones comerciales con el Bajo Guadalquivir ponen de manifiesto los materiales cerámicos de este estudio. El oppidum de Alarcos se ubica sobre un gran cerro de unas 33 has, dotado con unas buenas defensas naturales; su cota más alta se eleva unos 100 m sobre el valle medio del Guadiana (Fig. 1). Situado a escasos km de Ciudad Real, constituye uno de los yacimientos de la Meseta meridional en proceso de investigación cuya ocupación es más completa: desde finales de la Edad del Bronce hasta época medieval. Después de unos veinticinco años de excavaciones arqueológicas, las etapas ibérica y medieval eran las mejor conocidas. De la primera ocupación del cerro sólo se tenían noticias a partir de una serie de materiales cerámicos recuperados fuera de contexto en distintas zonas del yacimiento, cuyo estudio y publicación (García Huerta y Rodríguez 2000) se ha actualizado recientemente (Fernández Rodríguez 2012). A efectos metodológicos el yacimiento se dividió en los sectores I, II, III, IV, IV-E y Alcazaba. El presente trabajo está basado en las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo, desde 1997, en el sector III situado en la ladera sureste del cerro que documentaron una ocupación medieval sobre otra ibérica constituida por un gran edificio de almacenamiento y, bajo estos niveles, evidencias de un poblamiento anterior. Hasta ahora sólo conocíamos esta primera ocupación por materiales cerámicos descontextualizados, debido a la importante afección provocada por la ejecución de notables estructuras tanto en época ibérica como medieval. Sin embargo en las últimas campañas arqueológicas hemos podido documentarlos, asociados a estructuras de habitación. La primera ocupación del cerro se produce a finales de la Edad del Bronce, continúa en época ibérica y alcanza su momento de mayor esplendor desde finales del siglo V al III a.C. (Fernández Rodríguez y García Huerta 1998: 53). Las grandes dimensiones de este oppidum (16 a 20 has) en época ibérica, sus estructuras y los materiales arqueológicos encontrados revelan la importancia que alcanzó dentro de la Oretania. A este período se adscribe un edificio de grandes dimensiones, dedicado al almacenamiento y a la transformación de alimentos (García Huerta y Morales 2009). Las fosas de cimentación excavadas para su construcción, alteraron en gran parte los niveles de ocupación previos, uno ibérico y otro más antiguo correspondiente al Bronce Final-Hierro I. Este trabajo estudiará este nivel antiguo a partir de las estructuras de habitación y los materiales arqueológicos localizados tanto bajo el almacén ibérico, como en otras áreas sin construcciones ibéricas encima lo que ha favorecido su conservación. Los estudios sobre el periodo del Bronce Final y los inicios del Hierro en el alto y medio Guadiana son relativamente recientes por falta de información arqueológica. La interesante síntesis Fig. 1. Localización de los poblados citados en el texto en el mapa de la península ibérica: 1. Alarcos (Ciudad Real), 2. Cerro de las Cabezas (Valdepeñas), 3. La Bienvenida (Almodóvar del Campo), 4. Peñarroya (Argamasilla de Alba), 5. Cerro de las Nieves (Pedro Muñoz, Ciudad Real); 6. Ogmico (Monreal de Ariza, Zaragoza); 7. Cástulo (Linares, Jaén); 8. Casa del Carpio (Belvis de la Jara, Toledo); 9. Alovera (Guadalajara); El Trastejón (Zufre, Huelva); 11. Zona rayada: Extremadura; zona punteada: Bajo Guadalquivir. La zona excavada, en la vista general desde el aire del cerro de Alarcos, muestra las viviendas y hogares del I milenio cal AC entre las construcciones del periodo ibérico (Centro Nacional de Información Geográfica, 2013). realizada por Pereira (1994: 37-85) de esta transición en la Meseta sur apenas menciona la zona, revelando la ausencia de datos en ese momento al estar en sus inicios las excavaciones arqueológicas en Alarcos, La Bienvenida y el cerro de Las Cabezas, los tres grandes yacimientos de la provincia de Ciudad Real. El desarrollo de estas investigaciones y, por tanto el incremento de la información disponible, permitió a Zarzalejos y López Precioso (2005: 815) elaborar un trabajo sobre este período. Sitúan el inicio del poblamiento en La Bienvenida entre fines del siglo VIII y principios del VII a.C., en el cerro de las Cabezas entre los siglos VIII y VI a.C. (Pérez y Vélez 1996: 17-18) y en el poblado de Alarcos entre los siglos VIII y VII a.C. (Fernández Rodríguez 2000: 129), es decir, en la transición entre el Bronce Final y el Hierro I, que denominan "orientalizante". Plantean que desde su inicio "quedan imbuidos en una dinámica cultural que les vincula con los ambientes tartésicos orientalizantes, configurando un espacio más a incluir dentro de la llamada periferia tartésica" (Zarzalejos y López 2005: 836). Entre las aportaciones realizadas por los investigadores en los principales oppida del alto Guadiana, destaca nuestro estudio sobre el nivel más antiguo de ocupación de Alarcos (García Huerta y Fernández Rodríguez 2000). En el se presentaban exclusivamente cerámicas, en gran parte descontextualizadas por las construcciones ibéricas y/o medievales, que fechamos en la transición entre el Bronce Final-Hierro I. Pereira (2007) reflejó este y otros trabajos en su nueva visión de conjunto, donde uno de los ejes de articulación del desarrollo de la Meseta sur, en este período, eran los territorios occidentales de las actuales provincias de Toledo y Ciudad Real. Allí reconoce características de la fase orientalizante en el proceso de transición a la Edad del Hierro en asentamientos de la importancia de Alarcos, La Bienvenida y el cerro de las Cabezas (Pereira 2007: 155). Posteriormente uno de nosotros (Morales 2010) estudió el poblamiento de época ibérica en Ciudad Real y puso de relieve, al analizar el sustrato indígena, que las comarcas de la provincia, salvo la montañosa del noroeste, contaban con evidencias arqueológicas adscribibles al periodo del Bronce Final-Hierro I. Dos nuevas aportaciones sobre el tema se presentaron en la reunión científica sobre el río Guadiana en el Bronce Final, celebrada en Mérida y Badajoz, en 2008. Fernández Rodríguez (2012) analiza diversos conjuntos cerámicos a mano del sector IV de Alarcos. Las fechas de radiocarbono incorporadas confirman un asentamiento humano en el poblado, al menos, entre finales del siglo IX a.C. y comienzos del siglo VII a.C. A su vez, Zarzalejos, Esteban y Hevia (2012), en su síntesis del alto Guadiana durante el Bronce Final, recalcan la presencia de materiales de esta etapa en las comarcas de la Mancha, Campo de Montiel, Campo de Calatrava y Valle de Alcudia de la provincia de Ciudad Real y presentan como novedad dos nuevas estelas encontradas en el entorno de La Bienvenida. DESCRIPCIÓN DE LOS ELEMENTOS CONSTRUCTIVOS A partir de los trabajos de excavación realizados entre 2004 y 2006 se han podido identificar cuatro hogares, un poste de cabaña y dos cabañas o viviendas (Fig. 1) correspondientes al Bronce Final-Hierro I. En el sector norte del almacén se llegó a la base de su cimentación, unas arcillas rojizas típicas del período ibérico del cerro, con cerámicas ibéricas y otras a mano, así como restos de fauna. Al profundizar se alcanzó un nivel solo con cerámica a mano con el que se asociaba un hogar circular de 1,2 m de diámetro, formado por una capa de arcilla quemada hundida y delimitado por piedras pequeñas. Al levantar ésta salió otra capa de adobe quemado con fragmentos de cerámica también a mano lisa y más piedras, que servirían de base a la placa de hogar. La potencia total del hogar son 26 cm (Fig. 2). El nivel en el que se sitúa este hogar precede la construcción del almacén ibérico, ya que la zanja de construcción de uno de sus muros, rellena de piedras, rompe el nivel antiguo, pero deja intacto el hogar, que es la única estructura de este período conservada en esta zona. Entre las cerámicas destacan las pintadas postcocción monocromas y bícromas, las de tipo Carambolo, las bruñidas y las de superficies alisadas o toscas (Fig. 3A). En este mismo nivel, pero en una zona más alejada del hogar, algo más alterada por la construcción del almacén ibérico, se documentaron además fragmentos de cerámicas de retícula bruñida, grafitadas, almagras e impresas, así como el único recipiente pintado postcocción prácticamente completo que hemos hallado (Fig. 4). La pasta y superficies son de color negro. Tiene forma globular con un pequeño cuello acabado en un borde redondeado ligeramente saliente. Una pintura bícroma, rojo y amarillo, lo cubre prácticamente por completo. La decoración es un friso con motivos geométricos consistente en rectángulos delineados en amarillo con rectángulos interiores formados por líneas rojas y en la parte central un rectángulo amarillo con una especie de aspa central. El friso está enmarcado en la parte inferior y superior por una banda horizontal formada por una banda ondulada amarilla entre tres pares de líneas rojas. En el cuello hay una banda amarilla y al interior del borde una línea roja. La Cata U15 está fuera del espacio ocupado por el almacén ibérico, en la ladera del cerro. En su esquina noreste, bajo un potente paquete de las arcillas rojas características de la ocupación ibérica, apareció una estructura de forma rectangular de 1,4 x 1 m formada por losas de pequeño y mediano tamaño. Muy próximo a esta estructura se localizó un pavimento de arcilla endurecida. Esta estructura se asociaba con cerámica a mano pintada postcocción en rojo y amarillo, un gran número de otras bruñidas y toscas, incisas e impresas y algún fragmento de los tipos Carambolo, retícula bruñida y grafitada (Fig. 3B). Estructuras de habitación (Cata U18) La cata se abrió en una zona de la ladera con una gran pendiente, sometida a fuerte erosión. Una vez levantadas las grandes piedras superficiales que habían servido como muros de bancales, apareció un hogar, muy próximo al descrito en U15, aunque a una cota algo superior. Se ha excavado solo la mitad, para poder conservarlo y conocer su estructura y potencia. Su forma es de placa circular ligeramente irregular (entre 1,30 y 1,40 m de diámetro), delimitada por piedras de pequeño tamaño y constituida por una capa de cenizas endurecida de 5 cm de potencia, asentada sobre el mismo tipo de piedras mezcladas con trozos de cerámicas y adobes. El escaso material arqueológico asociado al hogar se compone de cerámica lisa a mano y restos de fauna. Es el único testimonio de la estructura de habitación del hogar. Ambos elementos se hallaron en un nivel de arcillas rojizas únicamente con cerámicas a mano. En esta cata localizamos dos cabañas, ambas de gran interés porque no habían sido alteradas por ocupaciones posteriores (Fig. 5). Una de ellas tiene planta circular, mide 1,6 m de diámetro. Está delimitada por pequeñas piedras hincadas y tiene un suelo de tierra apisonada de 5 cm de potencia. Un poco desplazado del centro de la cabaña hacia el Este, hay un hoyo de un poste que sostendría la techumbre de 17 cm de profundidad, 40 cm de diámetro y rodeado por pequeñas piedras. Predominaba la cerámica lisa a mano con algunos fragmentos con decoración impresa en el borde. El pequeño tamaño de la cabaña nos sugiere más que una vivienda propiamente dicha, un anexo a otra estructura. Fuera de la cabaña, hacia el Oeste, se encontró parte de un hogar o pavimento formado por barro endurecido y quemado de 2 cm de grosor, una capa de cantos y trozos de cerámica a mano y una base de arcilla rojiza. Su potencia total es de 13 cm. No se han podido documentar ni su forma, ni dimensión. Al suroeste de la cabaña circular y a una cota claramente inferior se localizó una habitación de planta rectangular, de la que se excavaron sus muros occidental y meridional, ya que el resto estaba bajo la cabaña circular. Los muros con 40 cm de ancho y 37 cm de altura conservada están formados por tres hiladas de piedras. Las de la hilada superior eran más pequeñas y menos uniformes que las inferiores de tamaño mediano, trabajadas y bien ajustadas entre sí. En el interior de este recinto apareció un suelo de arcilla endurecida y restos cerámicos, entre los que destaca un recipiente de gran tamaño al que solo falta el fondo. Está hecho a mano y es de pasta y superficies marrones. La exterior se ha bruñido. Tiene un gran cuello acampanado acabado en un borde redondeado vuelto y el cuerpo es globular. La decoración cubre prácticamente toda su superficie exterior con líneas incisas muy profundas, formando ángulos encadenados (Fig. 6). También se conserva el pequeño cuello con borde saliente de un plato de retícula bruñida hecho a mano, de pasta gris oscura. Unos triángulos decoran la superficie exterior y una banda ancha que enmarca un zig-zag la interior (Fig. 7: 1). Las cerámicas pintadas bícromas y monocromas, las bruñidas, impresas y toscas sin decoración completan el conjunto (Fig. 3C). En el interior de esta vivienda se recogieron carbones de madera de matorrales y encina, utilizada para la cubierta y/o como combustible en el hogar. ESTUDIO DE LAS CERÁMICAS Cerámica de retícula bruñida En Alarcos se conocía un ejemplar de este tipo cerámico. Apareció descontextualizado en la zona de la Alcazaba (García Huerta y Rodríguez 2000: 52). Hasta el momento en este sector de Alarcos solo se han documentado pequeños fragmentos que suelen pertenecer a recipientes abiertos como platos, cuencos o cazuelas, cuyas superficies interna y externa son aptas para la decoración sobre todo cerca del borde. Son de pequeñas dimensiones y paredes finas. Su fragilidad explica que aparezcan en fragmentos de reducido tamaño. Algún perfil está suavemente carenado. Los motivos decorativos son básicamente geométricos: líneas paralelas verticales, horizontales u oblicuas que configuran bandas o triángulos (Fig. 7: 1-4). Las pastas suelen estar bien tratadas y, tras el análisis de algunas, hemos conocido que su temperatura de cocción se sitúa en torno a los 750 oC y que contienen olivino. Este elemento es característico de zonas volcánicas, como el entorno de Alarcos, pero significativamente, salvo en las cerámicas de tipo Carambolo, falta en los más de 70 fragmentos de otras cerámicas de este período y de época ibérica analizados. La cerámica de retícula bruñida, con acabados y motivos decorativos muy cuidados, suele aparecer asociada a la de tipo Carambolo. Ambas son características del Bronce Final en el área occidental de Andalucía y, como señala Escacena (2010: 116), "en la historiografía sobre Tartessos constituyen de alguna forma los más antiguos elementos usados por la investigación como 'fósiles guía' arqueológicos de esta fase". La presencia de elementos cerámicos como éstos en áreas distantes al núcleo tartésico es, pues, una firme evidencia de que existen relaciones entre las comunidades indígenas del interior y las dinámicas sociedades de la Baja Andalucía, que cristalizarán en el intercambio de materiales e ideas. También se han documentado recipientes cerámicos con retícula bruñida en yacimientos relativamente próximos a Alarcos, como La Bienvenida, donde se identificó olivino, como en Alarcos, en la composición mineralógica de las pastas de uno de ellos (Zarzalejos et al. 2004: 166). La cerámica a mano con decoración pintada se documenta en ámbitos culturales de la península ibérica como el tartésico y el de los Campos de Urnas desde el I milenio a.C. Se ha propuesto distintas teorías para explicar su origen, difusión y cronología, agrupándose en tipos y denominaciones diferentes que responden a la gran variedad de formas, motivos y colores empleados, así como a su contexto y área de dispersión (Werner 1990). En un artículo anterior (García Huerta y Fernández Rodríguez 2000) clasificamos las cerámicas pintadas en tres tipos: Carambolo, bicroma y monocroma. Sin embargo, al aumentar el número de piezas, advertimos que las últimas solo diferían en el número de colores: la técnica decorativa, los motivos, la pasta y las formas eran similares. Ello nos llevó a reducir las variantes a Carambolo y cerámicas pintadas. Este tipo decorativo se aplica sobre recipientes de pequeño y medio tamaño aunque de paredes algo más gruesas que las de retícula bruñida. Es un modelo de vajilla delicado, de uso selecto. Su relativa fragilidad explica su aparición en pequeños fragmentos, aunque la decoración se conserva bastante bien por la calidad de su fabricación y, en especial, de su decoración aplicada. Las pastas están bien depuradas, con temperaturas de cocción entre 750 oC -850 oC y, según el análisis mineralógico 1 realizado sobre dos fragmentos, la pasta contiene olivino. Los recipientes suelen presentar formas abiertas como cazuelas, cuencos, platos o vasos, en algún caso con suaves carenas o suaves perfiles en S. La decoración aparece en ambas superficies. Es básicamente geométrica, predominando las líneas paralelas formando retículas, triángulos, rombos y denticulados (Fig. 7: 5-11). Como es un tipo cerámico muy significativo, sigue siendo reconocible a pesar del pequeño tamaño de los fragmentos y, sobre todo en niveles bien contextualizados, resulta muy interesante. El debate en torno a su filiación y marco cronológico ha dado lugar a propuestas que sitúan su origen tanto en el siglo IX a.C., o incluso antes (Werner 1990: 104), como en torno al siglo VII a.C. (Aubet 1982: 385). Escacena (2010: 121), tras analizar recientes excavaciones y revisar antiguos trabajos arqueológicos, lo fija entre finales del siglo IX -comienzos del VIII a.C., es decir, a partir de los momentos más antiguos de presencia fenicia. Las fechas radiocarbónicas que hemos obtenido parecen sugerir que, al menos en el siglo VIII a.C., ya estaban presentes en áreas del interior como la Meseta meridional y que su producción, o al menos su uso, pudo mantenerse hasta comienzos del siglo VII a.C. Los principales motivos decorativos de este tipo de recipientes se enmarcan en una tendencia generalizada por toda la cuenca mediterránea, a partir del siglo X a.C., caracterizada por un patente geometrismo (Ruiz Mata 1989: 238; Casado 2003: 288), evidente también en tipos cerámicos como los de retícula bruñida o con decoración incisa. Este geometrismo se da en otros soportes como los huevos de avestruz, que posiblemente también contribuyeron a la difusión del fenómeno. La cuidada elaboración requerida para lograr este tipo de cerámica con un acabado de innegable calidad es la prueba evidente de que era una producción selecta y reducida, que no estaba pensada ni para consumo general, ni para uso cotidiano. En algunos asentamientos del ámbito tartésico está asociada a funciones rituales integrada en contextos religiosos y/o funerarios (Ruiz Mata 2014: 10). Eso no quiere decir que necesariamente se produjese con ese fin, si no que su calidad la hacía merecedora de convertirse en vajilla ritual o de tener un uso selecto doméstico, quizás en sectores de la sociedad con un nivel de vida acomodado. En principio, los contextos de aparición de estas cerámicas en Alarcos apuntan a lugares de hábitat, donde serían especialmente valoradas. Ello explicaría su pervivencia varias generaciones después de haber sido elaboradas. Cerámicas pintadas monocromas y bicromas La cerámica pintada hallada en Alarcos tiene las pastas de color gris oscuro o negro y cocción reductora a una temperatura entre 700 oC y 800 oC. La composición mineralógica, así como la proporción de los minerales presentan mucha similitud con otros tipos cerámicos presentes en Alarcos a lo largo del período ibérico2, por lo que pensamos que fueron elaboradas en el yacimiento. La pintura suele aplicarse postcocción sobre las superficies bruñidas, lo que dificulta su conservación y en ocasiones determinar el motivo. Los temas aparecen en la superficie exterior y/o interior según la forma del recipiente. En las monocromas prevalece el color rojo (Fig. 8: 1-2, 6, 9, 11), aunque también las hay en amarillo (Fig. 8: 3). Los motivos, todos geométricos, van desde simples bandas o líneas horizontales al exterior o interior de los labios, a bandas o líneas horizontales, onduladas, oblicuas, verticales paralelas, a veces formando triángulos; círculos rellenos o puntos combinados con bandas y líneas. Es excepcional un friso complejo, como el del recipiente asociado al hogar 1 (Fig. 4). Resulta difícil identificar sus formas dado el pequeño tamaño de los fragmentos recuperados. Todas corresponden a recipientes de reducida dimensión. Documentamos cuencos con borde vuelto bien de forma esférica con o sin un pequeño cuello (Fig. 8: 9-10), bien semiesférica (Fig. 8: 2-3); vasos o cuencos con carena más o menos alta y cuello acabado en un borde vuelto. Algunos presentan un mamelón perforado y otros decoración al interior (Fig. 8: 4-6, 8). Hay platos con decoración interior y, a veces, exterior (Fig. 8: 11) y copas o cuencos de pie alto (Fig. 8: 12). Estas formas son habituales en otras áreas y en otros tipos cerámicos, excepto las copas que no se han encontrado con este tipo de decoración en ningún yacimiento próximo. Las cerámicas pintadas monocromas en rojo o amarillo y bicromas, en rojo y amarillo o blanco, aparecen en Andalucía, Murcia, Extremadura, la Meseta o el valle del Ebro en contextos del Bronce Final y Hierro I. Se ha escrito mucho sobre su origen y modos de difusión (Pellicer 1989; Werner 1990), debido a la similitud en las formas y los motivos decorativos en diferentes regiones de la península ibérica. Ya hace años González Prats (1983: 119) explicaba la semejanza de los tipos decorativos por conexiones entre los diferentes grupos. En este sentido destacamos la similitud del recipiente de Alarcos (Fig. 4) con el vaso de Ogmico (Monreal de Ariza, Zaragoza) adscrito a Campos de Urnas y fechado en los siglos VII-VI a.C. (Rosa y García-Soto 1995: lám. 5). Sus motivos solo difieren de los de Alarcos en uno de los colores: blanco en lugar de amarillo y recuerdan a la cerámica tipo Carambolo representada en Alarcos. Ambos son cuencos, aunque no exactamente iguales, de tamaño similar. En poblados más próximos, como Cástulo (Jaén), aparecen cerámicas monocromas en rojo y alguna también en amarillo (Blázquez y Valiente 1981: 228), siendo estas menos frecuentes como sucede en Alarcos. Las bicromas, en rojo y amarillo, son muy escasas y dominan las pintadas en rojo y blanco, ausentes por el momento en Alarcos. Proceden de niveles fechados en los siglos VIII al VII a.C. (Blázquez y Valiente 1981: 235). Todavía más cerca, en La Bienvenida hay cerámica pintada con decoración monocroma en rojo, en niveles del Bronce Final-Hierro I, que sus investigadores (Zarzalejos et al. 1994: 173-174) sitúan en los siglos VIII-VII a.C. En el siguiente período orientalizante, siglo VII y primera mitad del VI a.C., continúan las pintadas monocromas en rojo (tipo Guadalquivir II) y las bicromas, tipo Medellín, conviviendo ya con las primeras producciones a torno. En el poblado de Peñarroya, excavado por nosotros (García Huerta et al. 1999), solo se encontró un fragmento con decoración pintada en rojo, muy mal conservada, asociado a cerámicas a mano (incisas, impresas, grafitadas), y en un porcentaje muy bajo con las primeras a torno y algunas piezas de hierro. Fechamos el conjunto en el siglo VI a.C. Otro yacimiento, relativamente cercano, donde se repite la combinación de rojo y amarillo es el enterramiento de Casa del Carpio (Belvis de la Jara, Toledo). Entre el magnífico ajuar fechado en la primera mitad del siglo VII a.C. destacan numerosos cuencos completos, pintados en rojo y amarillo con una profusa y complicada decoración geométrica (Pereira 2007: 151-153). En el propio Alarcos, en el lugar de aparición de seis enterramientos de incineración, la tumba 4 era un vaso a mano decorado con motivos radiales y líneas horizontales pintados en rojo. Fernández Rodríguez (2001: 275) ha fechado estas tumbas, entre las que hay cerámicas a mano con incrustaciones de bronce y a torno, entre los siglos VII y VI a.C. Cerámica a la almagra En Alarcos se conocían una treintena de fragmentos con esta decoración, procedentes del sector II y de la Alcazaba (García Huerta y Rodríguez 2000: 54). Las nuevas excavaciones en nuestro sector sólo han documentado unos fragmentos de galbos y dos bordes, uno procedente de un gran recipiente (Fig. 9: 1), en el nivel del hogar de la cata U11. Se conserva un cuello acampanado acabado en un borde vuelto, con un diámetro en la boca de 31,2 cm. Está hecho a mano de pasta rojiza, con un engobe rojo muy fino, en ambas superficies. Tiene una perforación en el arranque del cuello. El tratamiento de la superficie es alisado. En general el engobe rojo se aplica por inmersión o pincel antes de la cocción. En nuestro recipiente parece haberse recurrido a la inmersión ya que aparece en ambas superficies como una capa muy homogénea y muy fina pero solo alisada. En cambio los recipientes con esta decoración suelen estar bruñidos. Por ello habría que calificarla de pseudo-almagra o de mala calidad. La pequeñez del otro borde dificulta la identificación de la forma, pero presenta un engobe muy denso. Las cerámicas almagras tienen una distribución geográfica, cultural y cronológica muy amplia. Limitándonos a las áreas más próximas a la nuestra, de nuevo, debemos referirnos al poblado de Cástulo, donde se combinan en los niveles de los siglos VII-VI a.C. con otras pintadas postcocción, grafitadas, incisas y toscas sin decoración (Blázquez y Valiente 1981: 225-226). Aquí, a diferencia de Alarcos, los recipientes son muy numerosos y variados, incluso asociados a las técnica del grafito. En el poblados más cercano de La Bienvenida (Zarzalejos et al. 2012: 30-31) se fecha en los siglos VIII-VII a.C. y en el del cerro de las Cabezas, se halló un cuenco semiesférico de labio exvasado en los niveles del Bronce Final, similar a los encontrados en la Muela de Cástulo (Esteban et al. 2003: 21-22). Es un tipo cerámico muy poco representado en Alarcos. De los 25 fragmentos recuperados solo tres proceden de contextos arqueológicos bien documentados, dos en el nivel del hogar de la cata U11 y otro en el hogar de la cata U15, el resto se ha recogido entre los tapiales de los niveles superficiales. Las piezas están hechas a mano con paredes finas, salvo dos de mayor grosor. La cocción es reductora a una temperatura estimada en torno a los 750 oC, obteniéndose una superficie gris homogénea. Las superficies están bruñidas con excepción de las correspondientes a los recipientes más gruesos. Los análisis para determinar cuándo se aplica el grafito revelan que se oxida y desaparece a 750 oC 3. Como esa es la temperatura de cocción de la cerámica, parece razonable considerar que su aplicación debió ser posterior a la cocción. En la composición mineralógica de los fragmentos analizados falta la dolomita, un elemento muy habitual en las cerámicas de Alarcos. Su presencia no indica que se fabricaran allí, pero su ausencia sí resulta llamativa y podría indicar su procedencia de otro lugar. También se ha documentado un recipiente (Fig. 10: 1) con un doble tratamiento: superficie exterior grafitada y borde pintado al interior y exterior con una banda en rojo. La escasez y el pequeño tamaño de las piezas solo han permitido identificar tres formas de mediano y pequeño tamaño, comunes a otros soportes decorativos: cuencos semiesféricos con o sin cuello, acabados en borde vuelto (Fig. 10: 1-2), y carenados (Fig. 10: 3, 5). Las cerámicas grafitadas presentan una amplia distribución geográfica y 3 Véase n. Huerta et al. 1999: 249-250), junto con las primeras producciones a torno, y en el cerro de las Cabezas en un gran recipiente globular, asociado a cerámicas incisas, pintadas, bruñidas, almagras y sin decoración (Esteban et al. 2003: 14-26), que sitúan en un momento avanzado del siglo VII a.C. El que sea la única cita hace pensar que la cerámica también escasea en este yacimiento. En La Muela de Cástulo, las grafitadas sí son muy abundantes, a diferencia de lo que ocurre en Alarcos. Como las de Alarcos parecen de origen foráneo se compararon sus resultados analíticos con una de Cástulo (Rincón 1981: 237-238). Se dan algunas coincidencias pero la calcita es exclusiva de las de Alarcos, lo que indica que han sido elaboradas con diferentes componentes. El número de cerámicas incisas documentadas en este sector de Alarcos ha aumentado con respecto a nuestro anterior estudio (García Huerta y Fernández Rodríguez 2000). Hasta hemos podido identificar alguna forma completa, como el recipiente con cuerpo globular y cuello acampanado de la cabaña rectangular, tipo bastante representado en el yacimiento (Fig. 6). Por lo general, la incisión aparece sobre recipientes de mediano y gran tamaño, normalmente en su mitad superior. Los ángulos encadenados son uno de los motivos más habituales. Varía la modalidad de incisión (somera o más profunda), probablemente según el elemento punzante utilizado para su ejecución. Las cerámicas con decoración incisa se conocen en contextos culturales muy diversos y desde cronologías muy antiguas por la sencillez de su elaboración. No obstante ciertas formas y motivos pueden adscribirse a un período cultural concreto. En el cerro de las Cabezas de Valdepeñas (Vélez y Pérez 1987: 174), Peñarroya (García Huerta et al. 1999: 236-237) o el cerro de las Nieves (Fernández Martínez et al. 1994: 119) aparecen en contextos fechados desde el siglo VIII al VI a.C. Las dataciones de C14 procedentes de la cabaña circular de Alarcos, donde precisamente se halló el recipiente mejor conservado de este tipo, van de finales del siglo IX hasta inicios del siglo VII a.C., coincidiendo con las obtenidas en otros asentamientos adscribibles a esta misma etapa en nuestro ámbito de estudio. Las cerámicas a mano con decoración incisa son frecuentes en el horizonte cronológico del Bronce Final-Hierro I en diversas áreas de la península ibérica. Esta decoración se aplica sobre cuencos y cazuelas con perfiles acampanados o carenados, cuyos acabados suelen llevar tratamientos que van de los simples alisados a los bruñidos más cuidados. Los motivos suelen ser geométricos: triángulos, líneas quebradas, líneas paralelas verticales, horizontales u oblicuas y líneas onduladas. Su sencillez y habitual presencia en etapas precedentes apuntan a una producción cerámica indígena que convive con tipos procedentes o inspirados en influencias mediterráneas. Según Escacena y otros (1998: 17) este tipo de cerámica "constituiría, junto a los vasos pintados de tipo Carambolo y a los decorados con motivos bruñidos, una expresión más del estilo geométrico que, como a otras culturas mediterráneas, afectó al mundo tartésico inmediatamente antes del fenómeno orientalizante". Cada vez hay más yacimientos del curso medio del Guadiana (Jiménez y Guerra 2012; Vilaça et al. 2012) y de la Meseta sur donde se documentan cerámicas incisas en contextos del Bronce Final-Hierro I. El yacimiento de Alovera en Guadalajara aporta las cronologías más antiguas en el siglo X a.C. (Espinosa y Crespo 1988: 251), aunque la mayoría de los autores consideran el siglo VII a.C. (Pereira 1994) o entre el siglo VIII y principios del VII a.C. (Zarzalejos et al. 2012: 31) como fechas más probable para las incisas en la Meseta meridional. Al basarse muchas de estas propuestas en materiales procedentes de prospecciones entendemos que nuestra aportación, fundamentada en fechas obtenidas en materiales bien contextualizados, será muy útil en futuros estudios cronológicos. Este tipo cerámico es muy frecuente en las dos cabañas estudiadas en Alarcos. Suele aparecer en recipientes de almacenaje de superficies toscas o alisadas toscas de pastas de color oscuro o rojizo. La decoración consiste en digitaciones o ungulaciones en el borde (Fig. 11: 7-9) y en la pared exterior, a veces sobre cordón. Hay numerosos fragmentos pero ningún recipiente completo y resulta difícil identificar las formas. Aparecen cuellos acampanados y bordes vueltos de recipientes posiblemente ovoides o globulares. Las cerámicas impresas son tan abundantes en diferentes contextos culturales que solo su asociación a otros tipos decorativos permite su adscripción concreta. En Alarcos están fechadas por C14 a partir del siglo IX a.C. Cerámicas con superficies bruñidas Se trata de una cerámica de gran calidad, con pastas en general finas, bien decantadas y superficies brillantes, calificadas por convención como bruñidas, ante la dificultad de distinguir la técnica empleada. Las superficies son negras o gris oscuro, aunque hay algunas de color beige-anaranjado. El tipo de recipiente determina el grosor de las paredes (2 a 4 mm). Su gran abundancia, especialmente en la Cata U18, en el nivel de las cabañas y el hogar, ha permitido identificar desde recipientes de pequeño tamaño muy finos, de gran calidad y cuidada elaboración, a recipientes de tamaño medio y grande. Hay vasos con la carena más o menos alta y cuerpo de tendencia semiesférica y borde vuelto, con cuello más o menos desarrollado (Fig. 12: 1-2, 4); vasos de perfil en "S" (Fig. 12: 5); vasos de gran tamaño con cuello acampanado y cuerpo posiblemente ovoide o globular (Fig. 6); cuencos de formas semiesféricas (Fig. 12: 3) y vasos de tendencia globular con cuello (Fig. 12: 6). Esta cerámica se halla en contextos del Bronce Final y de inicios del Hierro en casi todas las zonas. Las piezas de Alarcos son muy similares a las procedentes de la fase I de la Muela de Cástulo, fechada en el siglo VIII a.C. (Blázquez y Valiente 1981: 217). En La Bienvenida (Zarzalejos et al. 2012: 30) y el cerro de las Cabezas (Esteban et al. 2003: 20-21) se asocian a los tipos cerámicos pintados, incisos, almagras y en Peñarroya, conviven con las primeras cerámicas a torno, en los inicios de formación del mundo ibérico (García Huerta et al. 1999). En Alarcos abundan en las cabañas fechadas a partir del siglo IX a.C. Cerámicas con superficies alisadas o toscas Los fragmentos con superficie sin tratamiento o con un alisado tosco son numerosos al proceder de recipientes de tamaño medio o grande. En general las pastas son toscas con desgrasantes minerales de cuarzo, gruesos o semigruesos. Suelen ser grises oscuras y negruzcas, ya que dominan las cocciones reductoras, sin excluir algunas oxidantes y otras alternantes. Cuando las superficies no se quemaron al preparar alimentos tienen el mismo color que las pastas. La factura y el tratamiento varían. Las superficies oscilan entre un simple alisado a mano en las muy toscas y un alisado con mayor cuidado. Destacan las formas para almacenamiento de gran tamaño, algunas con perforaciones para colgar y las de tamaño medio para la cocción. A veces presentan mamelones, perforados o no. Hemos reconstruido un número mínimo de 60 formas: recipientes ovoides con bordes entrantes sin cuello (Fig. 11: 1) o con cuello diferenciado y borde vuelto (Fig. 11: 2-3, 6); recipientes ovoides o esféricos con cuello cilíndrico o acampanado; cazuelas carenadas de tamaño medio (Fig. 11: 4) y ollas de perfil en "S" con algún mamelón vertical (Fig. 11: 6). Estas cerámicas, ampliamente representadas en todos los yacimientos de este ámbito cultural, aportan poca información cronológica por sí mismas. En Alarcos se documentan desde el siglo IX a.C. y perviven hasta la etapa ibérica, conviviendo durante cierto tiempo con las cerámicas a torno (Tab. Análisis mineralógico de las cerámicas 4 El estudio de la cerámica se completa con el análisis mineralógico de 6 fragmentos de diferente tipología, que ha permitido determinar algunos aspectos sobre su proceso de elaboración, así como de la procedencia de las inclusiones. Las muestras han sido analizadas a partir de microscopía óptica (MO), difracción de rayos X (DRX) y análisis colorimétrico. Las reducidas dimensiones de los fragmentos analizados no han permitido su estudio químico. La figura 13 resume las características de los fragmentos estudiados, así como las imágenes captadas por MO de la superficie y del corte fresco, las cuales muestran los elementos pictóricos empleados y el tipo de inclusiones de las pastas cerámicas. En la figura 14 se han expuesto 4 de los 6 difractogramas más representativos. Las muestras analizadas tienen, como minerales primarios, cuarzo (Q), filosilicatos (I-M), plagioclasas (Plg, excepto la muestra grafitada) y feldespatos potásicos (Kfs). Las cerámicas son calcáreas salvo las dos de tipo Carambolo. Esta ausencia de calcita es un indicio de un proceso de producción diferenciado y probablemente también de un origen distinto. No se han detectado en ninguna de las muestras estudiadas minerales de cocción, que implican transformaciones originadas a partir de los 800-850 °C, de lo que se deduce que la temperatura estimada para todas ellas se encuentra en el rango de los 700 y 800 °C. Las muestras Carambolo I y II se sitúan en la parte más elevada de este rango. Al analizar las particularidades de cada una de las muestras, se observa que las de tipo Carambolo y la de retícula bruñida se individualizan por presentar fases minerales asociadas al olivino (Ol), un mineral de origen volcánico que podría ser un indicativo de que tienen la misma procedencia. Una de las 4 regiones volcánicas de la península ibérica es, precisamente, el Campo de Calatrava, en el área de Alarcos. También se ha documentado olivino en la Sierra de Alacena (Huelva), dentro del ámbito de influencia territorial de Tartessos con el que se relacionan las cerámicas de tipo Carambolo y las de retícula bruñida. La dolomita (Dol) podría utilizarse como referencia para determinar el origen local de las muestras), aunque se trata de un mineral bastante común en materiales cerámicos. Aparece en las proximidades de Alarcos, así como en gran parte de las cerámicas ibéricas pintadas producidas allí. Las tres muestras con dolomita son la de tipo post-cocción y las de tipo Carambolo, donde su presencia podría contradecir el origen tartesio que a veces se le atribuye. Los hematites (óxidos de hierro) están asociados a la decoración pictórica en las cerámicas de tipo post-cocción, almagra y Carambolo. Se han realizado varios ensayos para conocer el proceso decorativo de la cerámica grafitada. Los resultados permiten afirmar que los fragmentos estudiados han sido bañados de grafito una vez fueron cocidos, ya que su temperatura de cocción superó los 750 °C y el grafito, una variedad alotrópica del carbono, se descompone a los 700 °C. Las observaciones realizadas mediante MO reflejan la heterogeneidad de las muestras carentes de uniformidad en la textura, color y cocción de las pastas, así como en relación al tipo y número de inclusiones (cuarcitas, feldespatos, etc.). Queda patente la importancia que tuvo la ocupación del cerro de Alarcos en época preibérica, aunque todavía analizamos resultados provisionales que campañas arqueológicas posteriores deberán ratificar a partir de documentación recuperada en contextos arqueológicos bien definidos. Cada vez son más abundantes y variados los elementos y estructuras adscribibles a esa etapa, distribuidos además por la Alcazaba y los sectores II, III, IV y IV-E. La superficie global de dispersión de estos testimonios rondaría las 12 has, sugiriendo un hábitat de considerables dimensiones (García Huerta y Fernández Rodríguez 2000: 65). Hasta hace poco más de una década el poblamiento preibérico era muy poco conocido en los territorios correspondientes a la provincia de Ciudad Real. Este período se caracterizaba mediante hallazgos casuales y, sobre todo, por el análisis y descripción de las estelas de guerrero. Resultaba llamativa la escasez de testimonios arqueológicos sobre esta etapa frente a los que se iban obteniendo para la etapa inmediatamente anterior del Bronce Pleno y la posterior ibérica. En los últimos años se han empezado a constatar niveles del Bronce Final-Hierro I, sobre todo en asentamientos que tendrán un especial protagonismo en el período ibérico como La Bienvenida, el cerro de las Cabezas y Alarcos. Todos ellos cuentan con proyectos de investigación desde hace más de dos décadas, lo cual explica que los hallazgos procedentes de estos asentamientos suelan caracterizar este período. La considerable reducción del número de poblados en relación al periodo del Bronce Pleno ha llevado a algunos autores a plantear un notable descenso demográfico en este territorio, resultado de una masiva migración o una mayor mortandad (Fernández Rodríguez 2012: 43). Quizás la explicación esté más relacionada con la falta de información. Aún son pocos los asentamientos investigados con cierta profundidad, pero no es descartable que el aparente cambio de patrón de poblamiento, en realidad, reflejara la concentración de la población en menos asentamientos que, como el de Alarcos, alcanzarían notables dimensiones ya en época preibérica. Este nuevo modelo de poblamiento también parece percibirse en otras zonas del curso medio del Guadiana, como Badajoz (Enríquez 1990; Vilaça et al. 2012) y Alentejo (Berrocal-Rangel et al. 2012) y, según Ferrer y Bandera (2005: 566), caracteriza el área tartésica y sus regiones periféricas en el período orientalizante. Las razones concretas de este cambio son complejas, aunque necesariamente se vinculan con una nueva dinámica económica que precisaría una explotación más intensa de las fértiles vegas del Guadiana y sus afluentes (quizás relacionada con la "colonización agraria" defendida por Ferrer y Bandera 2005) y una disposición más estratégica respecto a las nuevas rutas comerciales que van a prefigurarse en este momento. En cualquier caso, recordemos que la identificación de los yacimientos del Bronce Final se basa en materiales arqueológicos como los presentados en este trabajo, muy significativos pero escasos, lo que hace muy difícil su reconocimiento en prospecciones superficiales. Se acompañan de cerámicas más abundantes y comunes, cuyas formas y decoraciones mantienen los tipos de tradiciones anteriores. Esta circunstancia podría estar "ocultando" algunos asentamientos de este período en las cartas arqueológicas, donde algunas de las referencias genéricas a yacimientos de la Edad del Bronce podrían corresponder al período preibérico. Como ya hemos señalado, nuestro estudio se centra en el sector III del poblado de Alarcos. La información procede de un área reducida y muy condicionada por la presencia de importantes edificaciones de época ibérica y medieval. Sin embargo, las estructuras documentadas y los materiales recuperados reflejan un hábitat bastante dinámico, al menos desde finales del siglo IX a.C., según las fechas de C14 (Tab.1) obtenidas en las cabañas circular y rectangular y en los hogares de las Catas U7/8 y U15. Estos pobladores mantendrían contactos, directos o indirectos, sobre todo con el área del sudoeste peninsular, que en esos momentos mostraba mayor dinamismo por unas influencias atlánticas y mediterráneas, que se harán especialmente intensas a partir del siglo VIII a.C. Estos contactos se manifiestan en la llegada de elementos materiales de clara inspiración tartésica como las cerámicas de tipo Carambolo y de retícula bruñida. Su número es muy escaso, pero precisamente esa circunstancia refuerza su consideración como producciones foráneas y, en concreto, del ámbito tartésico. Se trataría de productos importados que formarían parte de lotes comerciales selectos que probablemente incluyeran materiales perecederos. La colaboración interdisciplinar está aportando una interesante información complementaria para debatir con datos más objetivos la génesis y difusión de materiales arqueológicos. Estudios arqueométricos, como los realizados hace unos años sobre "un recipiente" con decoración de retícula bruñida de La Bienvenida, han identificado cristales de olivino entre los componentes de las pastas. Este mineral es propio de áreas volcánicas, lo que llevó a plantear que algunas de estas cerámicas, consideradas de influencia tartésica, pudieran ser producciones locales (Zarzalejos et al. 2012: 28). De este modo, frente a la idea tradicional a favor de exportaciones de productos acabados, se abriría la posibilidad de que los movimientos de ideas y modas explicaran mejor la presencia de elementos materiales fuera de sus zonas de origen. Recordemos como, para Escacena (2000: 117), el oficio de alfarero "pudo ser uno de tantos oficios ambulantes de la Prehistoria". Los análisis mineralógicos en cerámicas de retícula bruñida de Alarcos confirman la presencia de olivino lo cual, en principio, podría ser interpretado como una corroboración de la hipótesis de la producción local del tipo, expresada por el equipo que trabaja en La Bienvenida. Sin embargo entendemos que este tipo de análisis exigen ampliar la perspectiva para poder evaluar sus posibles implicaciones y consecuencias. La identificación de olivino en la cerámica de retícula bruñida de Alarcos es muy significativa, pero su relevancia aumenta ya que, salvo en la cerámica tipo Carambolo, falta en las otras muestras analizadas de época ibérica y preibérica. La presencia de olivino es habitual en la zona volcánica de estudio por lo que lo realmente llamativo es su ausencia en las demás cerámicas, sobre todo en las más comunes. Nos podríamos enfrentar a un complejo problema de interpretación si no hubiera olivino en áreas vinculadas con el mundo tartésico. Pero su presencia, apuntada en el entorno del yacimiento onubense de El Trastejón (Hurtado et al. 2011), nos obliga a replantear la génesis y difusión de este tipo tan significativo de material cerámico. En La Bienvenida aparece el olivino en la composición de las pastas de algunas cerámicas de época ibérica, lo que no ocurre en Alarcos. Sin embargo, según los datos analíticos actuales, las cerámicas tipo retícula bruñida y Carambolo de Alarcos son de producción foránea. Para precisar su origen habrá que incidir en estudios arqueométricos planteados con una metodología común de resultados contrastables que permita alcanzar conclusiones más globales. La composición de las cerámicas grafitadas, asimismo distinta de la del resto de las analizadas, parece indicar que tampoco se fabricaron en Alarcos. De nuevo, nos resulta difícil establecer su posible origen. El gran número de grafitadas y de otros tipos cerámicos como los presentes en Alarcos, recuperados en el cerro de la Muela de Cástulo, ha hecho pensar en una posible relación entre los poblados del alto Guadiana y Cástulo (Fernández Rodríguez 2012: 60). Faltan análisis con metodologías similares para establecer comparaciones que determinen si hubo o no contacto. Las características de los recipientes recuperados desde, al menos, finales del siglo IX a.C. reflejan la existencia de un buen artesanado: amplio elenco de tipos y calidad de ejecución, incluso en los de clara factura endógena, con pastas bien trabajadas y buenos acabados superficiales como bruñidos. Estos alfareros dominan la técnica para dar servicio a una exigente demanda y producen cerámicas como las almagras y, sobre todo, como el llamativo ejemplar pintado postcocción cuyas analíticas han demostrado su realización en este poblado del Alto Guadiana (Fig. 4). El conjunto de evidencias indican que Alarcos es un hábitat bastante consolidado desde comienzos del I milenio a.C., como corroboran las fechas de C14 que, asimismo nos confirman que entre finales del II milenio y comienzos del I a.C. se produce un cambio en el patrón de poblamiento en este ámbito meseteño. La población abandona las motillas y castellones para concentrarse en nuevos emplazamientos, como Alarcos, cuya tradición cultural, claramente enraizada en la Edad del Bronce, es apreciable en algunos tipos cerámicos. Otros son respuestas locales a la influencia de las cerámicas de retícula bruñida o de tipo Carambolo, procedentes de otros territorios. Además las estructuras de habitación refuerzan nuestra hipótesis de que nos encontramos ante un poblamiento bastante consolidado desde comienzos del I milenio a.C. La parcialidad de las excavaciones no ha impedido reconocer un modelo de cabañas circulares y otro de habitaciones rectangulares asociadas a hogares, que remiten a un asentamiento permanente y no esporádico como podrían sugerir estructuras más endebles. Este modelo de poblado está ampliamente representado en el sur peninsular. Allí, según Suárez y Márquez (2014), desde el Bronce Final aparecen poblados fortificados en altura con cabañas de piedra de plantas rectangulares y ovaladas, hechas con zócalos de piedra, que continuarán durante la transición del Bronce Final al Hierro I, si bien junto a estas tradiciones habitacionales se incorporaran nuevos elementos como las cabañas circulares y los edificios rectangulares complejos de tradición fenicia. Esta será la que acabe por consolidar el modelo de hábitat basado en construcciones rectangulares, un modelo, por otra parte, con antecedentes en tradiciones constructivas indígenas anteriores como se aprecia en asentamientos del Bronce Pleno como las motillas y los castillejos. En definitiva, este repertorio reducido, pero variado y significativo por su calidad y valor estético de las cerámicas, documenta la llegada a la Meseta meridional de productos de prestigio, vinculados con flujos comerciales procedentes del Bajo Guadalquivir. Allí se asientan poblaciones con un notable dinamismo inducido por sus contactos con el mundo atlántico y mediterráneo. La evidencia arqueológica no parece justificar para este área del Alto Guadiana una expansión colonial tartésica como la que podría llegar hasta Sisapo-La Bienvenida (Almagro Gorbea (2010: 190-191). Se trata de una vajilla cuidada, pensada para un uso selecto que reproduce, probablemente, modas y costumbres también foráneas. Para que esta relación comercial fuese fluida era preciso que la población asentada en sitios como Alarcos hubiese alcanzado un nivel básico de consolidación urbana, una notable capacidad de producción primaria y artesanal y un cierto nivel organizativo. Las élites allí asentadas consumen productos de prestigio desde fechas anteriores al siglo VIII a.C., como corroboran los datos ya expuestos, que manifiestan como el notable protagonismo alcanzado por Alarcos en época ibérica se fundamenta en el importante nivel de desarrollo alcanzado en el período preibérico. Al dr. David Guirao Polo por la realización de los análisis de las cerámicas de Alarcos.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. La participación de la moneda en la ceremonia de enterramiento tardopúnica de Gadir* Alicia Arévalo González a y Elena Moreno Pulido a RESUMEN El objetivo del presente trabajo es analizar la incidencia y funcionalidad de las deposiciones monetales en las tumbas de la necrópolis tardopúnica de Gadir. Para ello, se ha llevado a cabo una sistemática extracción de la información contenida en las memorias de las intervenciones arqueológicas urbanas depositadas en la Delegación de Cultura de Cádiz. El examen detenido de estos datos, muchos inéditos, nos ha permitido acercarnos a la participación del numerario en los diferentes actos que componían los ceremoniales de enterramiento, tanto en inhumaciones como en cremaciones, como testimonio de un variado elenco de momentos rituales en los que la moneda tuvo un papel peculiar. Si bien son escasos, los testimonios abordados muestran de qué forma el numerario se incorporó de manera multifacética a las creencias y escatologías del tradicional ceremonial funerario fenicio en Gadir. REcoNStRUyENdo El PAPEl dE lA MoNEdA EN El RitUAl fUNERARio tARdoPúNico GAdiRitA: AlGUNoS APUNtES MEtodolóGicoS La moneda en el mundo funerario gadirita ha sido objeto de un detenido análisis financiado por el Proyecto de Investigación I+D+i HAR2010-16793, cuyas conclusiones se han comenzado a presentar en diferentes foros. Se buscaba entonces dar a conocer la incidencia y los usos del numerario hallado en las necrópolis de Gadir, Malaka y Ebusus desde su primera aparición en estos ambientes, a finales del periodo púnico, hasta el cese de la Antigüedad. No obstante, en este trabajo profundizaremos exclusivamente en los resultados obtenidos sobre la participación de la moneda en la ritualidad funeraria gadirita de enterramiento durante los siglos III al I a.C. (Fig. 1). La fase cultural tardopúnica ha sido escasamente tratada en la bibliografía y, pese a su especial naturaleza, su caracterización a menudo se ha diluido en el análisis del período romano republicano. Sin embargo, es un interesantísimo momento de transición donde tradición e integración se dan de la mano. La cultura fenicio-púnica impregna todavía todos los aspectos de la vida cotidiana de los ciudadanos de Gadir (Ferrer Albelda 2006, 2010; Vaquerizo Gil, 2010a, 2010b; Arévalo González 2012; Arévalo González y Moreno Pulido 2011, Sáez; Luaces y Moreno 2016, entre otros trabajos), que van transformándose, aunque no perdiéndose por completo, gracias, precisamente, a la interacción con Roma. Esta etapa encontró en el mundo funerario formas de expresión que, si bien mantienen el sentido tradicional del rito fúnebre, hacen gala del uso de nuevas formas, como la moneda. Recordemos que el numerario en Gadir no parece acuñarse con seguridad hasta inicios del siglo III a.C. (Alfaro 1988), en un momento tardío en general respecto al Mediterráneo central y oriental y tras la acuñación de moneda en otros focos hispanos como Emporion (Ampurias, Gerona), Rhode (Roses, Gerona), Ebusus (Ibiza), Arse (Sagunto, Valencia) o Saitabi (Játiva, Valencia), quienes se inician en la economía monetaria entre V y IV a.C. Sólo a finales del periodo púnico Gadir comienza a emitir moneda. Escogerá para sus anversos la imagen del dios tutelar de la ciudad, Melqart-Heracles, en su forma helenística y alejandrina, que mantendrá durante toda su acuñación, acompañándose en reverso de atunes o delfines, si bien, los motivos variarán en función de los distintos valores (Fig. 2). Alfaro (1988) sistematizaría el monetario gadirita en siete series, acuñadas en bronce, excepto la segunda, argéntea (Fig. 2C). Las cinco primeras emisiones corresponderían aún al final del periodo plenamente púnico y se fecharían correlativamente en el siglo III a.C. La sexta serie, acuñada ya bajo dominio romano con valores y funcionalidad plenamente económicas, sería el exponente más representativo de la etapa tardopúnica (Fig. 2D). La serie monetaria séptima, última emisión vinculada expresamente con Augusto y la familia imperial, marca de una forma muy clara el paso cultural, económico y político de la fenicia Gadir a la romana Gades. Por ello, en este trabajo no incluiremos los hallazgos monetarios de esta serie en ambiente funerario. La mayoría de los hallazgos monetarios de la ciudad corresponden a la sexta serie de Gadir (Alfaro 1988; Arévalo y Moreno 2011), cuestión extensible a los numismas recuperados exclusivamente en ámbito funerario, que son los que nos interesan ahora. En ese ámbito hemos recopilado un total de 110 piezas de esta serie, de las que presentamos las 66 procedentes de tumbas fechadas en la etapa que nos concierne1. La indefinición cronológica de la sexta serie de Gadir (Fig. 2D) se amplía a la mayoría de los enterramientos exhumados en las distintas necrópolis de la ciudad. Los ajuares, muy a menudo, o son excesivamente pobres o carecen de elementos que permitan ofrecer una datación ajustada. Ello dificulta en gran medida un esclarecimiento más detallado de la cronología de cada sepelio, amén del mal estado general del registro, pues en buena parte de los informes administrativos pocos aportes cronológicos van más allá de una genérica adscripción de las tumbas a la época republicana o bien a los siglos III-I a.C. Debemos reconocer las limitaciones del uso de la moneda como criterio cronológico post quem ya que, unido a la longevidad de la sexta emisión de Gadir, por razones de prestigio, fue común escoger la pieza más antigua disponible para las deposiciones funerarias. Esta cuestión se desprende del usual desgaste con el que nos encontramos estos numismas, ya que los casos en los que la antigua moneda de Gadir aparece en enterramientos de los siglos I y II d.C. junto a moneda imperial romana (Arévalo González 2012) constatan de forma clara cómo no siempre los sepelios y las monedas depositadas en los mismos son coetáneos. Para este trabajo hemos revisado los contextos y los ajuares a partir de la información contenida en las memorias de las intervenciones de cada una de las tumbas estudiadas. Presentamos únicamen- te aquellas adscribibles sin dudas al periodo tardopúnico, si bien en algunos casos, por las razones expuestas, su datación no ha podido perfilarse más allá de esta amplia horquilla cronológica. Partiremos de la base de que tampoco contamos actualmente con un estudio arqueológico detallado sobre las necrópolis de Gadir. Ramos Sainz (1990) abordó someramente este tema, manejando, lógicamente, muchos menos datos de campo de los que disponemos hoy en día. Además, esta autora apenas se detiene en los pormenores funerarios del periodo tardopúnico. Esta cuestión puede trasladarse de forma genérica a la bibliografía actual, donde se ha prestado mayor atención al periodo arcaico (Gras et al. 1989: 162 ss.), destacando los trabajos sobre la necrópolis fenicia gadirita de los siglos VI-IV a.C. de Perdigones, Muñoz y Pisano (1990) o Belén (1992-1993). Subrayamos también la reciente recopilación de nuevos estudios puntuales sobre las distintas fases de los cementerios de la ciudad (Niveau de Villedary y Gómez Fernández 2010). Asimismo, el momento tardopúnico sufre la carestía de trabajos generales o específicos del mundo funerario en el resto del Mediterráneo, donde tradicionalmente han recibido mayor atención los periodos fenicio-arcaico y helenísticopúnico. Destacan para esos momentos, entre otras publicaciones, las de Aubet (2006de Aubet (, 2010) ) sobre las cremaciones tirias durante la Edad del Hierro, la recopilación, editada por González Prats (2005), derivada del seminario sobre el mundo funerario fenicio, las reconstrucciones de Ribichini (1987) sobre la religiosidad en el periodo de esplendor de Cartago o la obra de Benichou-Safar (1982) fundamental para los aspectos más materiales. Queremos ir supliendo esta falta de estudios de síntesis sobre esta etapa tardopúnica de confrontación, perduración y asimilación política, económica y cultural con contribuciones como la presente. No obstante, hemos de relativizar las conclusiones que se derivan de la nuestra, pues están extraídas del análisis de las tumbas excavadas en la necrópolis de Gadir correspondientes a los siglos III-I a.C. que contuvieron moneda. Para dicho análisis hemos revisado todos los informes, publicados o inéditos, de las campañas de excavaciones realizadas en ámbito funerario gaditano donde se halló numerario. De las más de 2508 tumbas recopiladas correspondientes a la Antigüedad (IV a. De éstas, 29 tumbas (23 inhumaciones y 6 cremaciones) pertenecen al final del periodo púnico (Tab. Es obvio que la incidencia de este rito en las necrópolis de Gadir fue ínfima, aun así, pensamos que los casos en los que se recuperó moneda son muy sugestivos y su análisis en detalle ofrece la posibilidad de ahondar un poco más en nuestros precarios conocimientos de esta necrópolis y su ritualidad. Trataremos estos datos de forma cualitativa, teniendo en cuenta el escaso porcentaje de incidencia de la moneda en las tumbas gadiritas, que además es similar al ofrecido por los amuletos a los que, con el tiempo, las monedas parecieron sustituir. Es interesante añadir en este sentido que, de las 720 tumbas excavadas en Palermo, sólo un 15% contenían amuletos y sólo un 3% espejos (Ribichini 2005: Por otra parte, hemos tratado de analizar si existió alguna correlación entre los datos antropológicos y numismáticos proporcionados en cada intervención arqueológica (Tab. Desafortunadamente, solemos desconocer la posición exacta en la tumba del cuerpo del difunto, cuyo sexo o edad se han perdido irremisiblemente. Los estudios paleontológicos escasean, por lo que únicamente sabemos, con dudas, que de las 23 inhumaciones presentadas, 3 pudieron haber correspondido a mujeres y 3 a hombres, quedando 18 cadáveres sin confirmar. En consecuencia, podemos intuir, pero no afirmar de modo concluyente, que el rito pareció darse por igual en hombres y mujeres. La determinación de la edad de los fallecidos enterrados con moneda enfrenta el mismo problema. Únicamente podemos afirmar de forma genérica que 9 eran adultos y 2, posiblemente, jóvenes, si bien uno estaba cremado y su edad y sexo se infirieron por la inclusión de un pendiente de oro y un juego de tabas entre el ajuar. La ausencia de moneda en los cadáveres infantiles en la necrópolis de Gadir no se observa en los enterramientos infantiles de otros cementerios datados entre los siglos IV y III a.C., como los de Puig des Molins (Ibiza) (Fernández 1992: 52; Gómez Bellard y Gómez Bellard 1989). En la búsqueda de una caracterización detallada del ritual gadirita hemos atendido también a la posición del cuerpo inhumado. Tenemos datos de la posición de 15 de los 23 cadáveres referidos, sepultados con moneda. Se colocaron cuidadosamente en posición decúbito supino, salvo uno que se colocó en decúbito prono. No sorprende este hecho, dado que la colocación en decúbito supino pareció ser la forma habitual de tratar a los fallecidos entre la población sedentaria, siendo el decúbito dorsal al parecer más propio de la población beréber, como se ha demostrado significativamente en Cartago (Benichou-Safar 1982: 258). La excepción gadirita corresponde a la tumba 17 de la Avenida Amílcar Barca. Según describen sus excavadores2, el cuerpo fue arrojado sin cuidado, directamente sobre la fosa en decúbito prono, es decir, con el rostro sobre la tierra. Junto a su cabeza se depositó, curiosamente, una moneda y en sus manos llevaba un anillo de oro. Vaquerizo (2011), en su estudio de las necrópolis romanas béticas, propone que el difunto estuviera aquejado de una terrible enfermedad que provocara rechazo o miedo entre la sociedad entre las causas que llevarían a tratar al fallecido de esta forma, al parecer, poco ortodoxa e irrespetuosa. Un posible origen étnico del cadáver (quizás norteño o celta) podría explicar esta situación, aunque ello no aclararía el mínimo porcentaje de cuerpos aparecidos. Si esta posición derivase de una identidad étnica, seguramente sería imitada por unidades familiares amplias, en cuyo caso encontraríamos más difuntos boca abajo. Una vez más, la carencia actual de estudios antropológicos y de ADN nos impiden resolver esta disyuntiva. Otra hipótesis contempla la muerte violenta de los individuos enterrados en decúbito prono. Pero el asesinato y el hurto no podrían explicar ni el extraño posicionamiento del difunto al que nos referimos, pues fue enterrado con un anillo de oro bajo las manos, ni tampoco la deposición intencionada, litúrgica, junto a su cabeza, de un octavo de la serie I.3 de Gadir (Fig. 2B). Habría que considerar otras posibilidades, como una ritualidad ancestral con raíz oriental y quizás inspirada en el recuerdo ugarítico (KTU 1.17: VI 26 ss)3. Es obvio que la escasez de estudios antropológicos en la necrópolis, así como las exiguas descripciones de los enterramientos contenidas en los informes juegan en contra de que podamos reconstruir con mayor precisión la multiplicidad de situaciones de la compleja escatología fenicia. Resulta fundamental profundizar en los detalles de testimonios arqueológicos concretos, como los que actualmente presentamos, dado que los exiguos textos literarios sobre la liturgia fenicia que conservamos carecen de pasajes concretos sobre las disposiciones luctuosas necesarias a la hora de llevar a cabo un enterramiento (Ribichini 1987: 147-161; Sader 2005: 80). En nuestro caso, la moneda nos servirá como hilo conductor, mediante su confrontación con las fuentes mitológicas y literarias orientales4 y la revisión de los contextos arqueológicos, para intentar comenzar a atisbar, aunque mínimamente, aspectos tan complejos como la ritualidad y la concepción de la vida y la muerte en las sociedades fenicio-púnicas de los siglos III a I a.C. El Rito lUctUoSo y lAS fASES dE iNcoRPoRAcióN dE lA MoNEdA EN lA tUMbA En la bibliografía actual contamos con múltiples tentativas de reconstrucción de las distintas ceremonias que componían los ritos de enterramiento fenicio, cartaginés y púnico. Pese a su interés, desgraciadamente ninguno ha tenido en cuenta e incorporado en el análisis el potencial papel especial de la moneda en cada uno de los sucesivos momentos que completaban los ceremoniales de inhumación y cremación. En nuestra opinión, ello se debe no sólo a la escasa asiduidad de monedas en los sepulcros, sino también al exiguo tratamiento que suelen merecer en los informes y memorias de excavación. En la mayoría de las ocasiones, las monedas únicamente se citan sin tener en cuenta la estratigrafía o contexto en el que fueron recuperadas, con la consiguiente lógica e inevitable pérdida de información y de datos concretos para la interpretación. Sin embargo, algunas de las intervenciones que recuperaron numerario en las necrópolis de Gadir han conservado datos que apuntan a que la escatología tardopúnica gadirita fue mucho más compleja de lo que pensamos. En esta ritualidad, la moneda pareció tener una funcionalidad diversa que se desprende de los distintos lugares y momentos donde fue depositada en el sepulcro. la moneda en el rito de la inhumación Los escasos datos de los que disponemos sobre la exacta ubicación de la moneda en cada enterramiento gadirita de inhumación permiten afirmar que se prefiere depositarla en contacto directo con el cadáver. No obstante, esto no impedía que la moneda pudiera ofrendarse en otros momentos de la escatología, pues la encontramos también en la fosa de enterramiento, en el ajuar, entre el relleno de la tumba y sobre la misma. Parece efectivamente posible afirmar que en el rito de inhumación gadirita la moneda cumplió un papel específico, cuya interpretación se enriquece a medida que conocemos un mayor número de datos concretos en contexto arqueológico. La deposición de la moneda en la fosa La tipología de las tumbas gadiritas parece conservar una cierta continuidad respecto a los periodos anteriores, pero especialmente se prefería incorporar el numerario en los sepelios de tipología más sencilla. Hemos contabilizado más de doce ejemplos donde la moneda se añadió a sepulturas cimentadas únicamente sobre fosas simples sin ninguna protección. Le siguen muy de cerca las 8 inhumaciones en fosas selladas con lajas o tegulae y a distancia las 2 únicas cistas de piedra que hemos podido identificar (Tab. A falta de un recopilatorio detallado de todas las tumbas exhumadas en las necrópolis de Gadir, no podemos saber si estamos ante una preferencia genérica por enterrar a los difuntos directamente sobre la tierra en estos momentos. Esto pareció ser así, por ejemplo, en la necrópolis tardopúnica y sarda de Bidd' e Cresia (IV-II a.C.) (Van Dommelen 1998: 41), donde primaron los enterramientos en fosa simple y en ánfora y donde las tumbas alla capuccina (con cubierta de lajas) no aparecen hasta el siglo I a.C., relacionándolas sus excavadores con costumbres más bien romanas. de otras y selladas mediante sillares, del solar ubicado entre la Avenida de Andalucía y la Plaza de Asdrúbal (Perdigones et al. 1987: 39). Sobre la fosa de los enterramientos T29a y T29b se recuperó un cuarto de Gadir de la serie I.2 datado entre 300 y 237 a.C. Si bien desconocemos la cronología de estas tumbas, dado que carecen de ajuar, la aparición de este numisma las sitúa en un momento entre finales del siglo III e inicios del II a.C. La misma deposición litúrgica inaugural pareció darse en la tumba L-23 de las excavaciones de Johns (1932: 85-89) en la necrópolis de Atlit (Haifa, Israel). En los taludes entre las cámaras b-c, se hallaron dos monedas divisorias argénteas, acuñadas en Sidón y en Tiro, datadas entre finales del V a.C. e inicios del IV a.C. El citado arqueólogo halló además otra moneda de plata sidonia datada en idéntico momento bajo tres enterramientos de la cámara c de esta misma estructura sepulcral, que afirma que estaba intacta. Ambos ejemplos aseguran que este rito formaría parte de un complejo ritual mortuorio perpetrado desde al menos el siglo IV a.C., asemejado a aquellos fundacionales de los que pudo ser espejo, pues se sacralizaba el lugar de enterramiento mediante la deposición de un numisma. A juzgar por los casos citados, la ceremonia púnica de enterramiento comportó, desde momentos helenísticos muy tempranos y al parecer al menos hasta finales de época republicana, un primer paso que comprendía tanto la preparación ritual del cadáver mediante su cuidado lavado, embalsamado o no, vestido y maquillado (Benichou-Safar 1982: 275; Bartoloni 2005: 117 ss), como la preparación de su último lugar de reposo. La fosa de enterramiento posiblemente pudiera purificarse mediante el depósito de hierbas aromáticas, como se menciona en KTU 6.44 al hablar de la "mirra de la tumba", un aroma utilizado para perfumar el cadáver o bien la fosa propiamente dicha (Zamora 2010: 331, n. En un segundo momento el sepulcro pudiera revestirse con algún tipo de paja y a veces sacralizarse, cual nueva edificación, mediante la moneda. De hecho, este testimonio parece reafirmar la concepción de morada que las culturas orientales concedían desde antiguo a la tumba, que, como recuerda Zamora (2010: 331), desde época ugarítica y el final de la Edad del Bronce, eran entendidas como otra vivienda, distinta, la última, del familiar fenecido. La moneda en el cadáver La idea que habitualmente llega a la cabeza cuando se piensa en la moneda en la tumba se relaciona con el mito que nos transmiten las fuentes literarias sobre Caronte, el barquero que, por dos óbolos, trasladaba a los difuntos hacia la orilla más allá del río Aqueronte (Díez de Velasco 1988; Cantilena 1995; Ritoré Ponce 2011: 55-74). Para culminar con éxito este viaje, según la tradición del folclore y la literatura, el difunto debía ser enterrado con dos monedas depositadas en la boca. Sin embargo desde hace ya algún tiempo, la arqueología (Dubuis et al. 1999; Arévalo González 2013) ha demostrado una realidad bien diferente. Sin duda alguna el lugar estrella de la moneda en el ritual funerario fue junto al cadáver (Tab. 1) y gracias a la exhaustiva recopilación de los datos de los que disponemos sobre la exacta disposición de la moneda en relación a las distintas partes del cuerpo del difunto tenemos evidencias parcas pero preciosas para la comprensión del rito funerario y las creencias en el más allá en la necrópolis de Gadir. En nueve ejemplos la información arqueológica ha conservado el detalle exacto de la posición de la moneda respecto al cadáver y, significativamente, no hemos encontrado numerario en la boca del difunto. En Gadir, sólo en una ocasión la moneda aparecía a la altura de la cabeza, posición también constatada en la necrópolis argelina de Djidelli (Astruc 1937: 209, 225-226), pero nada nos autoriza a pensar en una posible relación con el mito de Caronte, pues el numisma no se recuperó en ninguno de los casos en la boca del muerto. Más bien podríamos relacionar esta deposición con la conservación de la ancestral costumbre, ya anunciada en las fuentes ugaríticas, de depositar ofrendas junto a la cabeza del difunto: "¡(Un) vidrio se pondrá sobre mi cabeza! ¡una ofrenda funeraria junto a mi cráneo!" (KTU 1.17: VI 26 ss. en Zamora 2010: 331) Pese a su lejanía temporal, parece que esta costumbre fosilizada en las fuentes literarias tuvo su claro reflejo en la escatología fenicio-púnica. Así, Bartoloni (2005: 120-121) asegura que en todos los inhumados de época fenicia descubiertos en Monte Sirai se halló un recipiente situado junto al cráneo del difunto, cuestión que parece remembrar el citado poema ugarítico aún en un ambiente tan lejano cronológica y geográficamente. Este mismo recuerdo advertido en las fuentes parece conservarse de manera muy clara en el gadirita enterramiento 126 de la Avenida de Portugal esquina Avenida Juan Carlos I (Fig. 3A), donde Blanco y Legupín (2010: 579 y 585, no 4-6) reportaron que el cadáver, posicionado en decúbito supino, se acompañó de seis ungüentarios de vidrio dispuestos en torno a su cabeza, en el cuello y en el brazo izquierdo (Fig. 3B). Además, también aparecieron tres unidades de Gadir de la serie VI (Fig. 2D) en el húmero y el radio derechos. La moneda hallada en el radio podría haberse movido de su posible posición original en la mano izquierda, si tenemos en cuenta que los brazos estaban cruzados sobre la pelvis y por lo tanto con la mano en contacto con el codo, lo cual explicaría el lugar donde se documentó. En cualquier caso, se insiste en arreglar el conjunto del ajuar en la parte superior del cuerpo del inhumado (Fig. 3B). En dos sepelios gadiritas la moneda se colocó sobre el pecho del difunto. Uno es la inhumación 163 del solar de la futura Ciudad de la Justicia, una joven 7 en cuya mano derecha llevaba un anillo de oro y sobre cuyo tórax se había dispuesto un cuarto de Gadir de la serie VI. La cuidada colocación de este divisor sobre el pecho de la difunta gadirita desprende un muy posible tratamiento ritual de la moneda como ta- lismán y objeto profiláctico, el único que aparece entre el ajuar, por otro lado muy escaso. En esta ocasión esa parquedad no se debería a una falta de medios, dado que la joven se atavió con un anillo de oro, sino que, más bien, respondería a una elección cultural, personal o familiar, manifestación de un hecho generalizado en este periodo, caracterizado por un empobrecimiento general de los ajuares funerarios. El segundo sepelio gadirita es muy diferente. Es el enterramiento 78 de la Plaza Asdrúbal esquina Paseo Marítimo 8, datado por sus excavadores, nuevamente ante la pobreza del ajuar depositado, entre finales del III a.C. y el I a.C., y siendo la moneda el fósil director del conjunto. Sobre el pecho del cadáver, de sexo desconocido, se halló un divisor de plata de Gadir, serie II.3 (237-206 a.C.), formando parte de un collar de cuentas de cornalina, pasta vítrea y ámbar que se recuperaron distribuidas sobre el tórax y los pies, posiblemente rodadas. Sólo un ungüentario, colocado junto a la cadera derecha, completaba el conjunto. La naturaleza argéntea de la moneda gadirita podría explicar su elección ornamental, aunque no le exime de un posible carácter simbólico y cabalístico. Con todo, llama poderosamente la atención que sea, según los datos que manejamos, la única moneda de plata depositada en época tardopúnica en una inhumación de esta necrópolis. En el resto de los casos se prefirió monetario broncíneo, quizás por su reducido valor, quizás por una específica elección del metal, o más bien por su mayor abundancia, dado que sólo la segunda serie de Gadir, fue acuñada en plata (Fig. 2C). Dicho todo esto, parece que la moneda se incluiría en la tumba como un objeto ornamental y de prestigio más del fallecido, el cual, por su uso continuo y en contacto con el cuerpo, podría haberle concedido alguna otra característica protectora de carácter personal. Diferente intencionalidad parece desprenderse de la deposición de la moneda en la mano del difunto, cuestión que se observa en Lilibeo (Marsala, Sicilia) (Frey Kupper 1999: 33), Olbia (Cerdeña) (Manfredi 1991: 36) o Monte Luna (Senorbi) (Costa, 1980; Acquaro 2000: 16). En 8 Blanco Jiménez, F. J. 1998: Memoria de las excavaciones efectuadas en el solar ubicado en la Plaza de Asdrúbal esquina con el Paseo Marítimo durante 1997/98. Memoria inédita depositada en la Delegación Provincial de Cultura de Cádiz: 56-57. Gadir contamos con dos ejemplos, el primero de la tumba 43 de la calle Tolosa Latour (Perdigones y Baliña 1987: 69), donde un cuarto de la serie I.2 se recuperó muy cerca de las falanges del cadáver. Éste se acompañaría de un recipiente globular y de todo un conjunto de ungüentarios de vidrio, un espejo de cobre y vajilla cerámica (un cuenco común y un vaso de paredes finas), que se situaron entre las piernas, en directo contacto con el cuerpo del cadáver, quizás con el ánimo de que acompañaran, como el último equipaje, al difunto en su viaje al más allá. El segundo caso es la inhumación 64 del solar del pabellón Fernando Portillo9 (Fig. 4A), un adulto indeterminado que se enterraría con una pieza de la serie VI.C.2.1 de Gadir en la mano. Durante la intervención, la moneda se encontró en la caja torácica (Fig. 4B), según sus excava- dores posiblemente desplazada desde su posición original en la mano. Además, el conjunto fúnebre contaba con dieciséis ungüentarios fusiformes, un anillo de oro y una cuenta de collar de pasta vítrea, repartidos en torno al cadáver. Quizás la misma circunstancia sucediera en el ya citado sepelio 126 de la Avenida de Portugal. La costumbre de enterrar a los difuntos con un objeto entre las manos se constata insistentemente en Cartago donde, según Benichou-Safar (1982: 258-259), los fallecidos sostienen siempre algo entre sus dedos, sea un quemaperfumes, un espejo, un platillo o címbalo, una copa, una lucerna o una ollita. La autora lo interpreta como un símbolo de supervivencia o creencia en la otra vida o bien como un instrumento de oración, circunstancia recordemos que se repite, también, en los famosos sarcófagos antropoides gadiritas. Tal vez esta misma idea se conserve, transformada, en el acto de deposición de la moneda en la mano, sustituyendo a esos otros objetos pero con la misma funcionalidad o implicando aquí un pago o viático necesario para completar el paso a la otra vida. Curiosamente hallamos numerario casi con la misma frecuencia en la mano que en los pies, colocación constatada hasta en tres enterramientos en Gadir y varios ejemplos en Lilibeo (Frey Kupper 1999: 33) y Olbia (Manfredi 1991: 36). La sepultura 105 del solar gaditano, situado entre la plaza Jesús de la Paz y la Avenida Ana de Viya10, acogió a un difunto sobre cuyos pies se colocarían una moneda de bronce indeterminada, un ungüentario fusiforme y un clavo de hierro. En la tumba 34 (Perdigones y Baliña 1987: 67) de la calle Tolosa Latour no 3 el numisma fue depositado a los pies del cadáver junto a vajilla de mesa y cocina, una cuenta de collar y una aguja. Por último, en el solar de la futura Ciudad de la Justicia, en los pies de la inhumación 14111, posiblemente una mujer adulta, se colocaría un cuarto de Gadir de la serie IV.2.1 junto a una cuenta de cornalina y otra de pasta vítrea. Resulta altamente sugestivo que en los tres casos el conjunto del ajuar se depositara precisamente en los pies del cadáver. Esto parece in-sinuar la creencia en supersticiones ancestrales que concedían a los miembros inferiores un valor especial, por ser la parte del cuerpo más cercana a la tierra y, por ello, la más sensible a la hora de apreciar lugares, eventos y seres sobrenaturales. Así se comprueba insistentemente en el Antiguo Testamento, por ejemplo en el libro del Éxodo (III.5): "No te acerques aquí, quita las sandalias de tus pies, porque el lugar que pisas es suelo sagrado". Es bien conocido que en los enterramientos de incineración fenicios de época arcaica el ajuar estaba regularmente compuesto por un oinochoe de boca de seta, que contendría ungüentos o perfumes, y otro trilobulado o piriforme, que aparecen habitualmente en enterramientos tanto de la propia costa sirio palestina (Aubet 2006) como cartaginesa (Gras et al. 1989: 177), sarda (Bartoloni 2005) o ibérica (Ramos Sainz 1990; Jiménez Flores 1996). En este sentido es significativo que, como recuerda Bartoloni (2005: 118), estos inexcusables elementos del ajuar se dispusieran siempre donde los pies del difunto. El autor lo atribuye a la necesidad de que estos vasos afloraran, al menos en parte, del túmulo fúnebre para permitir su retirada de la ceremonia de libación sacra o refrigerium. Pero es posible pensar que estos elementos, tan sumamente importantes en la escatología funeraria fenicio-púnica, se colocaran en los pies del difunto en relación con la propia sensibilidad a lo sobrenatural que las creencias orientales atribuían a esta parte del cuerpo. Según Bartoloni (2005: 122) también en las inhumaciones de Monte Sirai se depositarían vasos rituales sobre los pies del difunto que tendrían un uso representativo y no funcional, para nosotras quizá vinculado a la importancia concedida a las extremidades inferiores. Igualmente llamativa es la relación en dos casos de la moneda descubierta en los pies de los difuntos gadiritas con cuentas de cornalina y pasta vítrea, que nos lleva a preguntarnos si en realidad estamos ante una especie de tobillera o brazalete para adornarlos o salvaguardarlos. De hecho, en las necrópolis fenicias de Atlit (Johns 1937: 140) o de Beirut (Elayi 2010: 167) y siguiendo una costumbre rastreable en épocas más antiguas desde el Cáucaso hasta Egipto (Green 2007: 286), fue muy común enterrar a hombres y mujeres con aros, siempre de bronce, en los tobillos. Estos podían actuar como protectores de esta parte del cuerpo, especialmente perceptiva y cercana a los malos espíritus de la tierra. Estas tobilleras, pesados anillos de bronce que una vez colocados eran imposible de retirar sin la ayuda de un instrumento específico, fueron utilizadas también como ring-money, en un sentido de dinero premonetal. A tenor de los datos arqueológicos que ahora presentamos, debemos preguntarnos si quizás esta misma función económica sería sustituida a posteriori por la propia moneda, pues quizá este traspaso de valores económicos del aro de bronce al numisma implicase también, a un nivel muy cotidiano, una transferencia del sentido supersticioso, simbólico y protector de estos objetos. Podríamos estar entonces ante una reinterpretación de estos aros-tobilleras de bronce y que, a tenor de los datos ofrecidos, parecieron componerse en época tardopúnica por una moneda broncínea y una o dos cuentas vítreas o de cornalina, suspendidas por alguna clase de hilo orgánico de cuya existencia no queda rastro y que se colocarían en los pies. Es más, sabemos que las monedas alejandrinas fueron utilizadas como amuletos colgados en los tobillos inclusive en época tardoantigua, gracias a la cita de Juan Crisóstomo sobre la que ya hemos llamado la atención en otra ocasión (Moreno Pulido 2011): "¿Y qué podría decirse de los que se sirven de hechizos y amuletos y de los que se atan en torno a la cabeza y los pies monedas de bronce de Alejandro Magno?" Por tanto, quizá en este caso no estamos frente a un rito estrictamente funerario, sino ante una evidencia de una superstición ancestral donde la moneda actuaba como protectora contra los malos espíritus que podían atacar al individuo por los pies, dado su contacto continuo con la tierra. La multiplicidad de relaciones entre la posición del numerario, cuando aparece, y el difunto hablan de diversas funciones de la moneda, pero comparten la busca de su contacto directo con el cadáver. La insistencia en dejar moneda sobre determinadas partes del cuerpo del fallecido podría interpretarse como una protección, cual amuleto, dado que portaba la imagen divina o por las cualidades profilácticas concedidas desde antaño al metal. Sin embargo, no podemos despreciar su uso metafórico como otro de los prosaicos elementos (alimentos líquidos y sólidos, lucernas...) necesarios para sobrevivir en la otra vida, ni tampoco olvidar su posible función como viático inexcusable para completar el rito de paso en el que era entendida la muerte. Numerario entre el ajuar mortuorio Podría decirse, a tenor de los datos ofrecidos en tumbas de todo el Mediterráneo, que las funciones principales del ajuar fenicio púnico fueron adornar al difunto con su joyería particular, protegerlo con amuletos, ataviarlo con objetos personales y acompañarlo con cerámica, con ofrendas líquidas y sólidas para que no sufriera carencias en el más allá o para alimentar a los dioses. Así, por ejemplo, Sader (2005: 81) caracterizaba el ajuar típico de una tumba no violada de Sarepta por cerámica, figuritas en terracota, brazaletes, anillos, argollas de oro para pendientes, cuentas de collar, máscaras, escarabeos y monedas de bronce para facilitar el acceso a la vida del más allá. A veces la moneda no se colocó sobre el cuerpo, sino que se encuentra en contacto directo con otros materiales (Tab. En la citada tumba 34 de la calle Tolosa Latour (Perdigones y Baliña 1987: 67), se preparó un ajuar compuesto por dos vasos y una ollita de paredes finas, una cuenta de collar de pasta vítrea, una aguja de bronce y un cuarto de Gadir de la serie VI.C.3.1. En esta ocasión todo el conjunto se depositaría a los pies del fallecido, por lo que quizá deberíamos suponer una misma intencionalidad a cada elemento asociado del repertorio. Desgraciadamente, ignoramos si estos vasos y la ollita contenían alimentos líquidos o sólidos, aunque podríamos pensar que así fue o que esa fuera su funcionalidad simbólica, si estuvieron vacíos. En ese caso quizá estemos ante un conjunto, depositado en un mismo momento del ceremonial con el fin de dotar al fallecido de provisiones, de un equipaje completo de enseres necesarios para el último viaje entre los que estaba la moneda. No obstante, ésta no parece ser la única función posible del numisma en el ajuar. Como vimos en la sepultura 105 de la Plaza Jesús de la Paz 12 un bronce indeterminado se colocó junto a un ungüentario fusiforme y un clavo de hierro en los pies del difunto. ¿Existió una idea, una ritualidad concreta detrás de colocar estos tres dispares elementos juntos? La exigüidad y especificidad de los objetos escogidos para formar parte de este ajuar parecen apuntar a esa misma concreción en su funcionalidad: el ungüentario alejaría malos olores y espíritus, el clavo13 sellaría la tumba e impediría levantarse al cadáver y la moneda actuaría como elemento protector o como instrumento para favorecer el éxito en el paso al más allá. Por tanto, el numisma pareció tener en estos momentos una función concreta dentro del ajuar, que apunta a un complejo sistema de creencias en la ultratumba. Numismas entre el relleno de la tumba La moneda podía ser ofrendada también en el preciso momento del cierre de la tumba, lo que explicaría que la hayamos encontrado entre la tierra que rellenaba la sepultura. Así lo testimonia la estructura funeraria 35 excavada en la confluencia de las calles Santa Cruz de Tenerife y Santa María del Mar14, donde una mitad de Gadir de la serie IV.1, datada en el último tercio del siglo III a.C., apareció en el estrato de relleno. También entre la tierra que colmataba el sepulcro de la inhumación 91 del solar de la futura Ciudad de la Justicia15 se halló un cuarto gadirita de la serie I, si bien el expolio parcial del cadáver impide asegurar que su posición formara parte del ritual de enterramiento o se tratara, más bien, de una antigua remoción de tierras. Con todo, nada nos autoriza a considerar que el momento cúspide de la ceremonia de enterramiento, cuando se tapaba definitivamente el cadáver con tierra, estuviera exento de un simbolismo acorde con la solemnidad del evento. Las fuentes mitológicas recuerdan insistentemente la importancia del mito de Baal y Môt (Xella 2001(Xella -2002)), donde el dios principal del panteón ugarítico y fenicio era tragado por la tierra al ser derrotado por Môt, para resucitar posteriormente de sus entrañas ayudado por Anath (KTU 1.5 1 33-35). Sin duda, la carga ideológica que incluso hoy define el propio acto de enterramiento se apoyaría en un ceremonial que desgraciadamente desconocemos. Sin embargo los datos nos permiten suponer que, además de posibles libaciones, plegarias, sacrificios alimentarios (Niveau de Villedary y Mariñas 2009) y aromáticos, pudieran haberse ofrendado monedas como objeto de fuerte carga simbólica que actuaría en el mismo sentido que el resto de sacrificios, dedicados, como recuerda la literatura (KTU 1.6: I: 16-31), ya no al propio cadáver, sino a las divinidades. En muchos casos esta circunstancia se nos pasa desapercibida, al no prestar suficiente atención a la secuencia estratigráfica en la que aflora cada moneda. De hecho, parece que esta ceremonia no se restringía únicamente a Gadir, pues Johns (1932: 55) ya recogió tres monedas en el relleno de un par de tumbas de la necrópolis de Atlit. En el estrato superior de la tumba L-12, halló una de plata de Aegae (Egas, Acaya, Grecia) acuñada a finales del V a.C., que supuso en posición secundaria por su proximidad a otro divisor, sidonio, del II-I a.C. El relleno de la cámara de la tumba L-23b ofreció dos numismas sidonios de inicios del IV a.C., pero Johns advertía de una posible alteración de la sepultura durante las obras realizadas en la zona por los cruzados en época medieval. Es obvio que sólo un escrupuloso tratamiento de los datos arqueológicos en el campo permite a posteriori interpretar correctamente estos detalles y discernir entre remociones, por expolio u otras circunstancias, de un depósito ritual en el propio relleno, que parece ofrecer una preciosa información litúrgica, hasta ahora pasada totalmente por alto. La moneda sobre la tumba Sabemos que, en general, las ceremonias escatológicas dedicadas al enterramiento propiamente dicho, finalizaban tras tapar completamente el nicho sepulcral. A veces se localizaba el enterramiento mediante una estela, cipo o betilo, constatándose en Gadir hasta tres tipos según Belén (1992-93). Este acto pareció estar rodeado de simbolismo y protocolo, como muestra la iconografía de un conocido vaso sidonio (Bonnet 1988: pl. 1), pudiendo ofrecerse otros alimentos y libaciones o bien celebrarse los consabidos banquetes funerarios (Niveau de Villedary y Mariñas 2009). Pero tenemos también el dato de que en la tumba 100 del soterramiento de la vía férrea en la Avenida de Portugal 16, fechada a finales del siglo III a.C., se colocó una mitad de Gadir de la serie I.1 (Fig. 2B) sobre la arena limpia de la playa utilizada para sellar completamente el sepulcro (Arévalo González 2010b: 15-36, 2013: 189). Esta deposición manifiestamente intencionada sobre la tumba tal vez expresaría un final de la ceremonia y del rito, marcado simbólicamente por la colocación de este bronce a modo de cierre y de sacralización del espacio. la moneda en el rito de cremación La variabilidad en el rito de deposición de la moneda en las inhumaciones, desafortunadamente, no puede constatarse en las cremaciones tardopúnicas de las necrópolis de Gadir por la poca información arqueológica existente acerca de la localización exacta del numerario en cada intervención. Este dato podría obviarse considerando que la moneda suele encontrarse en el interior de las urnas cinerarias, pero no siempre podemos asegurarlo. Ateniéndonos a los testimonios disponibles, en esta época, en la necrópolis gadirita sólo una moneda se asociaba directamente al ajuar en una urna de incineración. La ausencia de monetario en las cremaciones primarias quizás se deba a que los enterramientos en urnas suelen ser más tardíos. Numismas en la urna cineraria Los testimonios para afirmar que el monetario se dispondría dentro de las urnas son exiguos y 16 Bernal, D.; Lorenzo, L. y Prados, F. 2002: Informe preliminar y Memoria de la IAU en el Proyecto constructivo para la integración viaria del ferrocarril en el municipio de Cádiz (Zonas C y D). Informe inédito depositado en la Delegación de Cultura de Cádiz. poco concretos. La mayoría provienen de las excavaciones practicadas a inicios del siglo XX por Quintero en las puertas de Cádiz, circunstancia que comporta, comprensiblemente, que la metodología utilizada para recuperar estas monedas no fuera tan detallada como precisamos para nuestra interpretación. Quintero (1917: 6-7) informaba, sin mayor precisión, que halló monedas de Gadir dentro de varias urnas donde también recuperó ungüentarios de vidrio, fragmentos de metal, un peine y una caja de marfil. Las hemos diferenciado como pertenecientes a las series VI.A.1 y VI.B.1 y una unidad de Castulo de la serie IV de García-Bellido (1982). Durante su campaña en los Baños del Blanco (Quintero 1918: 5-6) exhumaría otro número indeterminado de urnas en cuyo interior se repartían once unidades de la serie VI de Gadir y dos unidades de la serie IV de Castulo. De sus intervenciones en la Playa de los Corrales procedería un conjunto de urnas cinerarias que data entre los siglos III y I a.C., en cuyo interior hallaría un número indeterminado de monedas de Gadir que citaba genéricamente como "de la época cartaginesa y de los primeros tiempos de la dominación romana" (Quintero 1926: 6). Pero esta exigüidad a la hora de contextualizar el hallazgo de moneda en los informes arqueológicos, por desgracia, no es exclusiva de las antiguas memorias de Quintero. Por ejemplo, las intervenciones en el solar de la futura Ciudad de la Justicia17 descubrieron un buen número de cremaciones secundarias. Entre ellas destacamos la número 54: una cista de piedra ostionera y cubierta de arenisca contenía una urna de tradición turdetana y dos unidades de Gadir de la serie VI.B.1.1 (Fig. 2D), que, a falta de mayor detalle, solo podemos suponer que se incluyeron dentro del recipiente. La imprecisión de los datos nos impide ir más allá de la afirmación de que, en estos momentos, a veces las monedas acompañaban también a los difuntos cremados al introducirse en contacto con las cenizas dentro de las urnas cinerarias. Su inclusión en el ritual de enterramiento solía sobrevenir tras la quema del cadáver, el cribado de las cenizas y el lavado de los huesos, a veces perfumados y envueltos en sudarios, instante de su definitiva colocación en la urna. En ese preciso momento, cuando los restos mortales eran guardados en su postrero recipiente, se podía añadir la moneda con su peculiar significado y simbología. La costumbre de incluir en la urna funeraria materiales que pertenecieron al difunto, como ornamentos o amuletos personales, se rastrea desde los inicios mismos de la adopción en Tiro del ritual de cremación. Aubet (2010: 149) ha destacado que, entre las más de 320 urnas de cremación que excavó en la necrópolis de Tyr al Bass (Tiro, X-VII a.C.), el 20% contenía, además de los huesos calcinados del fallecido, un escarabeo o bien objetos personales como pendientes, anillos o diademas, que podían o no haber sufrido la acción del fuego. Esta tradición podría a la postre haberse transformado, incluyendo la posibilidad de colocar una moneda junto a las cenizas. En efecto, en Cartago la adopción del rito secundario de cremación comportó, según Benichou-Safar (1982: 248) la reducción de los ajuares, que, cuando existían, se limitaban a una o más monedas, siempre cartaginesas y alguna ensortijada. Aunque de forma muy extraordinaria, se depositaban otro tipo de enseres de carácter íntimo y personal u ornamental, incluyendo lucernas, brazaletes, navajas de afeitar, conchas, cristal de roca, espejos, copas, piedras pulidas, improntas de sellos, lacrimatorios, tijeras, tabas o figurillas de marfil. La pobreza de estos ajuares puede relacionarse, quizá, con una concepción escatológica orientalizante compleja en la que el fuego tenía un papel fundamental. Como muestra la famosa mitología en la que Melqart-Heracles era consumido por el fuego para elevarse posteriormente en toda su divinidad, las llamas eran un medio fundamental para ayudar al difunto en el rito de paso. Purificado a través de ellas, se transformaba del efímero estado mortal a la liberación eterna de la dualidad de las almas Nephesh y Ronah. Sin duda, el testimonio más inmediato de esta transición eran las propias cenizas del difunto, que, en el caso de Gadir, tenían una especial vinculación con el despertar o égersis del dios Melqart, Señor del fuego, pues en su famoso templo se guardaban sus valiosas reliquias (Bonnet 1988). La moneda de Gadir pudo actuar como un elemento protector y sacralizador de las cenizas, más que como otra provisión para el viaje al más allá, dado que en general sólo una se introdujo en la urna. Un cuerpo, purificado al liberarse de su envoltura carnal por la acción del fuego, podría no necesitar alimentos ni bebidas. Así lo sugiere la ausencia de vajilla de cocina o vasos para libaciones asociadas a estas urnas cinerarias en Cartago y Gadir, como sí ocurría en las inhumaciones. Parece que los objetos personales y amuletos protectores son los incluidos en época tardopúnica dentro de las urnas junto a las cenizas. Durante los siglos VII-VI a.C., en otras necrópolis, como Laurita o Trayamar (Jiménez Flores 1996: 47; Pellicer 2005: 20-21), Monte Sirai (Bartoloni 2005: 117), Mozia o Tusa (Spanó 2005: 216), los ajuares de incineración habían contenido cooking pots, vasos, copas, platos, páteras, tazas, ánforas, otras formas cerámicas comunes o en barniz rojo, skyphos, ungüentarios, oinochoes de boca de seta y trilobulados, ollas, vasos a chardon, adornos personales, amuletos de pasta vítrea, fayenza o metal, joyas, huevos de avestruz pintados, lucernas o pebeteros, entre otros objetos. En Laurita y Trayamar incluso se halló el servicio cerámico completo en barniz rojo que incluía el oinochoe piriforme para libaciones de agua o vino, de boca de seta para los perfumes, el cuenco para beber y el plato para la comida o el agua para las abluciones. La reducción de los ajuares en época tardopúnica en Gadir podría estar relacionada con una evolución de las creencias y ritos vinculados con la muerte, reflejo cultural, quizás, de la profunda reestructuración que a niveles económicos y políticos estaba sufriendo la ciudad tras la Segunda Guerra Púnica. La moneda entre el ajuar cinerario Culminaremos nuestro recorrido por el ritual crematorio gadirita con el caso sugestivo y curioso, por único, de la urna ovoide hallada en el enterramiento 51 de la calle García Carrera (Blanco Jiménez 2009: 217-243). Los huesos lavados que pudieron corresponder a una mujer joven fueron introducidos en este recipiente acompañados de un ajuar formado por enseres personales calcinados: un arete de oro, un pequeño píxide argénteo y una cajita de hueso chapada en plata. Además, se incluyeron tres agujas y dos cucharillas de hueso, un espejo, un cartucho y un disco de bronce, un ungüentario fusiforme, un juego de tabas y un conjunto de 38 monedas formado principalmente por unidades y mitades de Gadir de la serie VI, aunque destaca también un denario de la familia Fonteia del 85 a.C. (RRC 353/1b). En esta ocasión, los objetos personales parecieron arder en la pira, lo cual explicaría que aparecieran quemados y muy deteriorados (Blanco Jiménez 2009: 217-244). Suponemos que el conjunto de monedas quedó protegido del fuego por estar en la cajita de hueso que sería calcinada junto a la joven. En el caso gadirita, las monedas no estaban en contacto directo con los restos mortales, pero del hecho de que fueran quemadas junto a otros objetos personales, se desprende que se pretendiera que acompañaran a la difunta en su camino al más allá. Por ende, todo apunta a que se pretendió el contacto entre las cenizas y su ajuar, tanto cuando la moneda se incluyó tras la calcinación de los restos, como cuando se quemó junto a estos. La inusual cantidad de piezas que acompañaban a este enterramiento insinúa en esta ocasión la funcionalidad de la moneda como equipaje, como provisión para sobrevivir una vez había cruzado, esta vez por el fuego, la frontera al más allá. APRoXiMAcióN A lA PARticiPAcióN dE lA MoNEdA EN El RitUAl fUNERARio GAdiRitA Los más de 31 casos de monedas en tumbas registrados entre los siglos III-I a.C. (Tab. 1) son muy parcos para el periodo analizado y reflejan su ritualidad marginal en las ceremonias fúnebres de la ciudad de Gadir. Podríamos decir que esta situación contrasta mucho con la que esboza Benichou-Safar (1982: 314 y 318) en su estudio de las tumbas de Cartago. En él asegura que las monedas aparecen en el ámbito funerario cartaginés en el siglo IV a.C. en pocas cantidades para hacerse frecuentes y abundantes en el siglo III a.C., añadiendo incluso que entre los ajuares de inhumación las monedas podían contarse por decenas. Sin embargo la autora no pudo facilitar los detalles que corroborarían esta afirmación como su cuantía e incidencia en relación a las tumbas sin numerario. Por nuestra parte, a partir de la recopilación estricta de todos los hallazgos monetarios gadiritas en tumbas, concluimos que se trató de un ceremonial seguido por muy pocos y que comienza a partir de que Gadir contara con sus propias acuñaciones. Este tipo de moneda, de forma casi exclusiva, era el que se seleccionaba para la ritualidad funeraria. Esta cuestión parece trascender los límites estrictamente escatológicos y podría vincularse, más bien, con cuestiones de identidad política o religiosa que impregnarían de tal forma la vida cotidiana de los gadiritas que pueden rastrearse, literalmente, hasta la tumba. No obstante, también entrará en juego el factor económico, pues durante este periodo el numerario acuñado por la ciudad circularía monopolísticamente por los ámbitos comerciales, industriales, etc. de la bahía. Es decir, el arranque de este culto en Gadir no se debe al contacto con Roma, sino que es una costumbre ya rastreable en la cultura helenística vinculada a la mismísima aparición de las acuñaciones propias de cada ciudad. Este dato es fundamental pues demuestra claramente que las atribuciones concedidas al numerario fueron mucho más allá de las económicas, entre las que destacan aquellas funciones identitarias y cívicas, que explicarían la elección de numerario propio como viático mortuorio. Además, la moneda en origen fue un objeto de valor ritual y de prestigio utilizado de ordinario en múltiples ambientes sagrados, votivos y cultuales, no solo fúnebres. Durante la etapa tardopúnica, los enterramientos gadiritas parecen demostrar el mantenimiento de las formas rituales y las creencias religiosas orientales, lo que sucedería en otros cementerios, como los sardos de Bidd e Cresia (Van Dommelen 1998: 41). Pese a ser caracterizados como "romanos", contienen tumbas datadas entre los siglos III y II a.C. donde los cadáveres son exclusivamente acompañados por objetos de carácter púnico, primando tipologías vinculadas a esta cultura como los enterramientos en ánfora o en fosa simple. En Gadir, la posición de los cadáveres, las tipologías de enterramientos, las vajillas registradas o los ungüentarios helenísticos también parecen asegurar una continuidad respecto a las etapas predecesoras. La ritualidad que se desprende de las múltiples deposiciones monetarias registradas puede ponerse en relación con una religiosidad oriental arcaica, con paralelos en Ugarit, Tiro y la costa sirio-palestina, que trasluce una continuidad de las costumbres fenicias durante este tardío momento. Pero hay que tener en cuenta que la aparición de la moneda coincide con una convulsiva etapa de cambios generalizados en las esferas política y económica, que, lógicamente, tuvo reflejo en los rituales funerarios. El empobrecimiento de los ajuares es uno los cambios más evidentes en los ejemplos estudiados para este trabajo. Esta afirmación no es extensible al conjunto de la necrópolis tardopúnica, ya que aún no contamos con un análisis detallado de todos los registros. Podemos apuntar que, cuando se depositó moneda en las tumbas de los siglos III al I a.C., los ajuares personales y de acompañamiento ofrendados al difunto fueron en general muy escasos. No obstante, no conocemos el registro completo de todos los materiales brindados en siglos anteriores para hacer una comparativa al mismo nivel. Este empobrecimiento pudo suplirse, simbólicamente, mediante la introducción de monetario, que la mayoría de las veces aparece acompañando a uno o dos objetos (Tab. 1), en contraste con la riqueza apuntada para algunos de los conjuntos de enseres ofrendados en época arcaica o púnica (Ramos Sainz 1990; Jiménez Flores 1996). El fin de la Segunda Guerra Púnica y el sometimiento a Roma instauran un contexto socioeconómico y político traumático que podría haber influido de alguna forma en la mengua de los objetos que se solían llevar a la tumba. La moneda entonces pareció tomar las atribuciones que en periodos anteriores ejercían otros mucho más variados que los que muestra la etapa tardopúnica. Se observa, por ejemplo, la desaparición de los amuletos egiptizantes que habían caracterizado los enterramientos de los siglos VI-IV a.C. Es más, podemos afirmar que en estos momentos, en la necrópolis de Gadir, no coinciden en un mismo enterramiento amuletos de fayenza o de cualquier otro tipo y moneda. En la ritualidad funeraria gadirita el numerario tuvo distintas y variadas funcionalidades que dependerían del momento en el que fue depositado en la tumba. Pudo colocarse, no únicamente en relación al cadáver, inhumado o cremado, sino también durante la excavación de la fosa en la que se depositaría el difunto, formando parte del ajuar, ofrendada en el momento de cubrir con tierra el cadáver o, por último, colocada sobre la sepultura tras completar el enterramiento propiamente dicho. Esta relación contextual permite atisbar una multiforme variedad de usos de la deposición de la moneda en la tumba, al tiempo que multiplica las interpretaciones que finalmente pudo tener el numisma en ámbito funerario. Parece clara la implicación de sus posibilidades apotropaicas y profilácticas desde el preciso momento en el que la fosa era excavada hasta su cierre final, por no añadir los rituales posteriores al enterramiento mismo, que implicaban la visita de los familiares de los difuntos o las limpiezas periódicas de la necrópolis, rastreables a partir de las pérdidas y depósitos monetales hallados más allá del ámbito estricto de las propias tumbas (Arévalo González 2009, 2010b). Desde el inicio de esta ritualidad faltaría una norma rigurosa para colocar la moneda, pues intervino en variados momentos de la liturgia, aunque nunca participaría en dos actos diferentes de la ceremonia fúnebre en un mismo sepelio. Esta diversidad de ubicaciones del numerario es llamativa, pues los rituales mortuorios a menudo son muy estrictos en su liturgia. Como la superstición, en el caso de los temas escatológicos, siempre es mucho más pronunciada y conservadora, reflejaría una intencionalidad diferenciada en cada una de estas deposiciones. Encontramos en el rito de la inhumación la mayor variedad de situaciones donde la moneda se incorporó al rico ceremonial mortuorio. Jiménez Flores (2002: 123), a la hora de intentar comprender la escatología fenicio-púnica a partir de la arqueología, ya afirmó que los comportamientos funerarios públicos están matizados por los usos y costumbres familiares cuya finalidad última fue preservar la memoria y la identidad social y personal del fallecido. Bajo este punto de vista, cobra sentido el uso de la moneda en la multiforme ritualidad funeraria gadirita a la que hemos intentado explicar durante estas páginas. Su uso no respondería a una liturgia cerrada y homogénea, sino más bien a muy profusas y plurales formas de expresión religiosa y cultual. Tales formas, imbricadas entre la tradición y la innovación, reflejan un periodo que se resistía al imparable cambio de escenario acarreado por la fuerza romana y dan lugar a una mezcla de tradiciones, ritualidades y ceremonias con un eco especial en la necrópolis. A M.a Eugenia García Pantoja y Francisco Blanco por las informaciones y fotografías proporcionadas. Rito tipología tumba Posición cadáver Sexo y/o edad Ajuar Moneda cronología tumba Ubicación Asociado No
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Objetos de oro y epicampaniforme en la Cova del Gegant. Relaciones en la costa mediterránea de la Península Ibérica durante la Edad del Bronce En este trabajo se analiza el estrato XXV de la Cova del Gegant (Sitges, Barcelona), adscrito a la Edad del Bronce, y se destaca la problemática cronológica de este período. En este yacimiento encontramos decoraciones epicampaniformes del "Grupo del Nordeste", tradicionalmente atribuidas a un Bronce Antiguo, un osario co-lectivo datado por C14 en el Bronce Medio, ornamentos en ámbar/resina de amplia cronología y dos piezas áureas, muy escasas en el nordeste de la Península Ibérica, que vinculamos con el episodio sepulcral. Las piezas arqueológicas y la serie de dataciones radiocarbónicas nos proporcionan datos importantes sobre las redes de intercambio y los desplazamientos a lo largo de la fachada mediterránea de la Península Ibérica durante la Edad de Bronce. Las fases del Bronce Antiguo y Medio en Cataluña presentan una cierta indefinición material como consecuencia de la falta de contextos claros y bien fechados. Dominan los yacimientos caracterizados por estructuras negativas y los contextos funerarios de tipologías muy diversas se reutilizan sucesivamente con enterramientos en general múltiples y con escaso contenido mobiliar (Castro et al. 1996; Soriano 2013). Conscientes de todo esto, en los años 90 se acuñó el concepto de "Bronce Inicial" para definir aquellos contextos de difícil atribución a una fase u otra (Maya y Petit 1995; Maya 1997; Martín et al. 2002). Esta problemática es perfectamente visible en la Cova del Gegant (Sitges, Barcelona), donde se ha identificado un nivel adscrito cronológicamente al Bronce Inicial, caracterizado por la presencia de un osario colectivo datado por C14 en el Bronce Medio. Un conjunto material diverso del que destacamos las cerámicas carenadas, la decoración epicampaniforme del "Grupo del Nordeste", los ornamentos en ámbar/resina y dos piezas de oro, sin duda alguna lo más singular, nos permiten reflexionar sobre la secuencia cronológica del Bronce Inicial, así como valorar las relaciones que contemporáneamente se están produciendo en la fachada mediterránea de la Península Ibérica. Dispone de dos entradas a escasos metros sobre el nivel del mar pero, al estar actualmente inundadas, se accede a la cavidad a través de una sima vertical situada sobre la Galería Principal (GP). En esta galería de 22 m de recorrido se han concentrado las excavaciones arqueológicas actuales (GP1+GP2). Casi en paralelo a la GP se disponen dos Galerías Laterales (GL1 y GL2). Un conducto estrecho (GLT) une la GP con la Cova Llarga (CL). Los trabajos arqueológicos se han centrado fundamentalmente en los niveles pleistocenos (Daura et al. 2010). Sin embargo, el hallazgo de un nivel sepulcral de la Edad del Bronce ha recobrado el interés por la Prehistoria reciente, ya documentada por algunos materiales aislados (Martínez-Moreno et al. 1985; Vega 1987; Martínez-Moreno et al. 1990). Daura et al. (2010) han definido la estratigrafía del yacimiento. Sitúan los episodios 0 al 3 en el Pleistoceno superior, ca. Los niveles holocenos están formados por los episodios 4 al 7. El episodio 4 se corresponde principalmente con el nivel XXV de la Edad del Bronce que ocupa el presente trabajo y cuenta con la presencia del Silo-1 y el Silo-2. El episodio 6 (niveles Ia-f, entre otros) comprende niveles tardo antiguos, medievales y modernos compatibles con la playa del episodio 5. El episodio 7 se corresponde con la erosión actual o sub-actual del relleno. El nivel XXV se conserva sobre todo en los cuadros H27 y H28 (~1.8 m 2 ) situados en la parte final de la GP. Probablemente ocupó gran parte de la GP como atestigua un pequeño remanente (<1m 2 ) conservado en el cuadro I24 que marcaría el límite hacia el sur de la galería. Ambas zonas están desconectadas debido al Recorte-3 (Fig. 1.6), resultado de unos trabajos espeleológicos. El nivel se extiende hacia el norte, en dirección al fondo de la cueva, pero más allá de la zona excavada este nivel se ha preservado como testimonio arqueológico. La mayoría del nivel está compuesto por un sedimento fino de matriz limo-arenosa El Silo-1 se ubica en el cuadro H24 y el Silo-2 en el cuadro G23 (Fig. 1.4,[6][7][8]. Ambos están afectados por la erosión marina en el lado sur. Probablemente ambos silos se entrecruzaron, aunque no ha sido posible definir la secuencia estratigráfica. Solo se ha preservado el relleno del Silo-1 con subniveles distinguidos por la cantidad de guijarros. Los subniveles If y Ig (episodio 4) forman la base. Indican la fase de amortización con material homogéneo consistente en cerámicas prehistóricas de la Edad de Bronce y huesos humanos. Los subniveles que forman el techo del relleno (Ie y Ie2) y el interior y el suelo de la galería (Ic y Ia2) son de época medieval-moderna. Esta secuencia de rellenos nos lleva a pensar que el silo es, en parte, posterior al nivel XXV, sin embargo no hay relación estratigráfica directa. Finalmente, señalamos que la sedimentación del nivel I (episodio 6), formada por guijarros de playa, fue precedida de una fase erosiva que implicó el retrabajamiento y la resedimentación de la parte más externa del nivel XXV, cuyo material arqueológico decrece en la distintas sub-unidades del nivel I, a medida que estratigráficamente nos alejamos de este nivel XXV y nos acercamos al techo del nivel I. Este estudio se ha centrado en el contenido arqueológico del nivel XXV y en los elementos hallados en el nivel I cuyas características tipológicas, estilísticas o cronológicas indicaban su procedencia del nivel XXV. RESTOS óSEOS HUMANOS y CRONOLOGíA Los restos óseos (NR=1728) se encuentran en un estado de conservación deficiente siendo los más representados los dientes y los huesos cortos de la mano y el pie (Fig. 2). Su estado de fragmentación impide, en la mayoría de los casos, la observación y el análisis correcto de los mismos. Esto ha favorecido el empleo de métodos para establecer el sexo y la edad de los individuos más aproximativos que los convencionales. El conjunto consta de un mínimo de 19 sujetos (Tab. 1): 1 neonato, 6 infantiles (grupo I), 3 infantiles (grupo II), 1 juvenil y 8 adultos. En el grupo de adultos hay 4 varones, 2 mujeres y 2 indeterminados. Se observa la elevada mortalidad infantil (36,8% en la primera infancia), esperada para este tipo de poblaciones. La esperanza media de vida en la edad adulta también es baja: ningún individuo superaría los 40 años y más de la mitad no alcanzaron los 30 años. La coloración verdosa registrada en un hueso cigomático y en los metacarpianos de la mano izquierda de un individuo infantil de unos 7 años es atribuible a corrosión metálica por contacto con un objeto de base cobre (Fig. 2.3). Cabe destacar también algunos huesos que no se quemaron en fresco (0,4%), práctica que no parece guardar relación con un ritual funerario realizado (Fig. 2.1). Entre ellos, se ha identificado una vértebra dorsal (Fig. 2.2) de un individuo adulto y una epífisis distal de peroné de un subadulto. El desgaste dentario es acentuado en dos individuos adultos de la población. El que los desgastes sean muy bajos en el resto de los dientes podría estar relacionado con la baja edad de los adultos (Fig. 2.4). El Individuo 12 tiene cálculo dental (sarro) en todos sus dientes. Se ha identificado la presencia de caries en los molares de al menos tres adultos y en un primer molar deciduo del Individuo 7, subadulto. Esto unido al sarro podría estar relacionado con una dieta rica en hidratos de carbono (Fig. 2.5-6). Entre los marcadores relacionados con el estrés medioambiental se ha registrado hipoplasia del esmalte en dos subadultos y tres adultos: el 26,3% de los inhumados (Fig. 2.7). Las bandas de hipoplasia sugieren que los individuos sufrieron uno o varios episodios carenciales durante su infancia, quizás provocados por déficits nutricionales, infecciones y otras enfermedades. Los episodios que han podido ser estimados suceden entre el segundo y el cuarto año de edad. Tres muestras de tres individuos diferenciados se han fechado para determinar el rango cronológico de los restos humanos (Tab. Es decir, las tres muestras representan un episodio cronológico homogéneo que nos sitúa en un horizonte de ~1600-1400 cal BC. El conjunto cerámico, muy fragmentado, está compuesto por 71 restos recuperados en el nivel XXV. Se adscriben a 9 vasos, determinados a partir de las formas de los bordes, analizados a nivel macroscópico y tipológico (Dedet y Py 1975). Atribuimos también a este conjunto algunos fragmentos procedentes del nivel I (episodio 6) que en algunos casos remontan parcialmente entre sí. A este conjunto, hay que añadir un último vaso (Vaso 10 -Fig. 3.3) procedente del nivel I y compatible tipológicamente con el conjunto de vasos incluidos en el nivel XXV. En 4 vasos se ha podido reconstruir parcialmente el perfil. 3.1) con decoración epicampaniforme definido a partir de una veintena de fragmentos de factura cuidadosa y esmerada en la pasta y las superficies. Los motivos incisos e impresos pseudoungulados o de media caña se disponen en líneas horizontales y verticales. Sobre el labio se observa una serie de impresiones regulares. Presenta claras similitudes con el "Grupo del Nordeste" tanto en el perfil acampanado, coincidente con la forma 5 de Maya y Petit (1986), como en la decoración, si bien en este caso faltan las típicas guirnaldas y zigzags con flecos. Los 9 vasos restantes se agrupan en tres conjuntos tipológicos diferentes. Hay 5 vasos (Vasos 3,6,7,8,9) con perfil en S, el borde exvasado y un acabado bruñido-pulido. Son lisos, salvo el Vaso 8 que presenta impresiones regulares en el labio (Fig. 3.6). Los Vasos 2, 4 y 5 tienen un perfil bitroncocónico con carena marcada, borde exvasado y superficie exterior bruñida-pulida (Fig. 3.5, 3.4 y 3.2). Por último, el Vaso 10 es troncocónico, liso y con un pezón bajo el labio (Fig. 3.3). La única pieza lítica recuperada en el nivel XXV es un fragmento medial de lámina de sílex (Fig. 3.7) con una única arista central, que ha estado retocada en todo su perímetro. El retoque de los laterales es denticulado (Fig. 3.8 y 10) y el de los extremos abrupto en forma de truncadura (Fig. 3.9). El análisis microscópico demuestra que ambos filos fueron utilizados para segar cereales mientras que el micropulido, muy intenso, puede atribuirse al tiempo invertido en su uso. Las zonas pulidas están salpicadas de estrías y áreas picoteadas por la abrasión (Fig. 3.11-12), quizá, por haber usado la hoz cerca de la tierra en una siega baja. La intensidad del micropulido no es homogénea en el interior de todas las melladuras que conforman el denticulado. Esto indicaría que el objetivo de este retoque fue afilar de nuevo la zona activa y que los afilados se distanciaron en el tiempo, dado el desarrollo heterogéneo del micropulido en el interior de las melladuras. Las truncaduras (Fig. 3.9), por su parte, debieron servir para romper la curvatura de la lámina y así facilitar la inserción de la pieza en una hoz compuesta por varios soportes. La distribución del micropulido a lo largo de los filos muestra una delineación ligeramente curva (Fig. 3.7). Esta sería la parte que quedaría fuera de la zona enmangada o cubierta por el mastique. Una docena de restos forman el conjunto de adornos no metálicos: 4 cuentas están realizadas en malacología marina, 3 en lignito-azabache, 2 en ámbar o resina cristalizada, 1 en coral, 1 se corresponde con un fragmento de colmillo de suido con desgaste natural y finalmente 1 se corresponde con una Cypraea. Proceden todas ellas del nivel XXV salvo dos de las cuentas circulares (Fig. 4.2 y 4) y la Cypraea (Fig. 4.10). Las cuentas sobre concha de la familia Cardiidae son circulares (Fig. 4.2-4 y 6). Tienen un orificio central de suspensión o inserción abierto por perforación rotativa concéntrica unipolar o, en un caso, bipolar. Todas están bañadas o recubiertas por una resina que les da un color marrón y que oculta las costillas de la concha salvo donde el revestimiento se ha perdido. Se han observado trazas y marcas de uso por rozamientos reiterados en sus bordes y contornos. La Cypraea, quizás empleada como adorno (Fig. 4.10), ha perdido la superficie original y sólo se conserva la zona de los labios y dientes erosionada. También se ha documentado otro gasterópodo marino (Hetaplex trunculus) perforado de forma natural en la última vuelta, y finalmente, un opérculo con una perforación intencional por abrasión procedentes del nivel I, que no se han podido adscribir al conjunto de la Edad de Bronce. Las 3 cuentas de lignito-azabache son de color negro intenso y algo frágiles. Una es de contorno circular, base plana, superficie apuntada y una perforación bipolar transversal que originó dos orificios de inserción. Está pulida por abrasión, como deducimos de las numerosas estrías de distribución irregular y de los planos de abrasión hechos antes de la perforación. Se observan trazas de roce en los contornos debido a su uso reiterado. Otra, discoidal (Fig. 4.5), tiene dos orificios de inserción en sus extremos conectados y realizados de manera bipolar. El pulido de las superficies dejó líneas en todas direcciones salvo en los contornos donde son paralelas. También presenta planos previos por abrasión en la zona de los orificios. La tercera cuenta es ovoide (Fig. 4.1) con superficie muy pulida por abrasión y una perforación rotativa concéntrica bipolar que la atraviesa totalmente, dando lugar a los dos orificios de inserción. En uno se observan hasta dos intentos de perforación mediante trépano. Las 2 cuentas discoidales en ámbar o resina cristalizada son de color marrón claro translúcido. Una está muy fragmentada (Fig. 4.7 y 12), lo que no impide observar que el orificio central se realizó por perforación concéntrica bipolar. La otra está completa y tiene las mismas características (Fig. 4.8). La perforación central se hizo de forma directa unipolar. Finalmente hay un fragmento de coral rosado (Fig. 4.9) con evidencias de pulido en la superficie. Se han recuperado dos piezas de oro completas procedentes del nivel XXV (Fig. 5) del tipo denominado tutulus (singular) o tutuli (plural) (Perea 1991). Son adornos de suspensión indirecta efectuados a partir de una lámina de oro. Su morfología trompetiforme o abocinada finaliza en un disco ligeramente sobreelevado en el borde. Estas piezas muy reducidas (peso ~1 g) y casi idénticas generan por su propia estructura un orificio o tubo central vertical. Una en perfecto estado (Fig. 5.4-6) presenta el borde del disco decorado mediante un puntillado lineal que forma una única línea. La otra carece de decoración (Fig. 5.1-3) y su parte superior está aplastada en parte y con alguna rotura. Ambos objetos han sido analizados mediante fluorescencia de rayos X (FRX) con un espectrómetro de micro-FRX (Helmut FischerTM, modelo XDV-SD) en los laboratorios del IDAEA-CSIC (Tab. La instrumentación dispone de un tubo de tungsteno como fuente primaria de excitación. Los análisis se realizaron con un voltaje de 50 kV y tensión de 128 μA, utilizando un filtro primario de aluminio para reducir el fondo espectral y evitar interferencias con las líneas analíticas procedentes del tubo de rayos X utilizado. Para este estudio se hizo una calibración específica con seis materiales certificados de referencia internacionales1 abarcando el rango de 33% a 100% de oro en la aleación. Los fundamentos del análisis con dicha instrumentación (Roessiger y Nensel 2003), así como la idoneidad de su aplicación en joyería (Jurado-López et al. 2006) están ampliamente descritos. El oro para la conformación de objetos decorativos o de orfebrería puede tener un origen primario (filones o inclusiones en rocas encajantes) o secundario (aluvial). El primario suele tener una composición química más variada que el aluvial. Además normalmente a mayor grado de transporte, mayor es el contenido de la ley en el oro como consecuencia del desgaste sufrido, ya que el oro es más insoluble que el resto de elementos presentes en su composición. Los elementos minoritarios más comunes que se le asocian de manera natural son plata y cobre (Raub 1995) presentes en porcentajes inferiores al 25% para Ag y 1% para Cu. Por encima debe considerarse fruto de una aleación artificial (Montero y Rovira 1991) o ser un oro próximo a filones primarios (electrum, con contenidos hasta un 35-45% de plata más cobre). Según los resultados del análisis el oro utilizado en la Cova del Gegant es de tipo aluvial. Habitualmente, las pepitas o pajuelas áureas que se encuentran en el mismo punto de un curso fluvial tienen idéntica composición química, fruto del mismo grado de transporte. Las diferencias en el contenido de oro entre ambos tutuli podría sugerir el empleo de pepitas procedentes de distintos placeres auríferos sin embargo es muy difícil relacionar oro geológico y objetos manufacturados (Pernicka 2014a(Pernicka, 2014b)). El proceso de fabricación de las piezas se ha determinado por observación mediante lupa binocular. Consiste en tres etapas: preparación de la lámina, obtención morfológica del objeto y decoración. Una vez recogidas las pepitas de oro, se funden para eliminar las inclusiones presentes de forma natural. Después se vierten en un molde o se dejan solidificar en el propio crisol hasta lograr un botón de fundición. El producto resultante se trabaja mediante sucesivas fases de batido, marti-lleado, recocido y pulido, obteniendo una lámina que se recorta según las dimensiones deseadas. En nuestro caso los bordes muestran un corte muy regular, realizado de un solo tajo. Tras estas fases comienza la configuración del tutulus. Se podría plantear que la pieza se fabricara perforando el botón de fundición y estirando el metal en caliente hasta darle su forma definitiva por batido o presión. Sin embargo, este proceso no nos parece el más adecuado ya que ni la morfología de la pieza permite estirar tanto el metal, ni se conseguiría un grosor homogéneo de la lámina. Además no hay traza alguna del proceso de perforación del botón. Por ello consideramos más plausible su fabricación a partir de una lámina, práctica conocida desde el Neolítico Final (Murillo-Barroso et al. 2015). La lámina se embute en un alma (posiblemente de madera) con la morfología deseada, lo que genera líneas de deformación o pliegues en la superficie interior y exterior de la pieza. Después se eliminan tanto éstas como la línea de juntura de ambos extremos de la lámina, como se ha documentado en otros casos (Soriano et al. 2012). El método más plausible para ello es la combinación de bruñido, recocido y pulido final para resaltar el brillo del oro. La superficie interior de las piezas del Cova del Gegant está compuesta por un campo de estrías desordenadas y caóticas (Fig. 5), que concuerda con el proceso final de pulido. Este campo se observa al exterior de uno de los tutulus (Fig. 5.4 y 5.6) pero no del otro (Fig. 5.1 y 5.3) que presenta estrías paralelas, perpendiculares al eje de la pieza o algo oblicuas, así como abundantes pliegues, probablemente vinculados a la cinemática del útil de frente activo liso empleado en el embute. Estas huellas han sido eliminadas del otro tutulus por el pulido final. En ambas piezas es invisible la línea de unión de los extremos de la lámina. En último lugar la decoración se realiza fuera del alma y de forma manual. La variación máxima de ~1mm entre los tutuli apunta al empleo de una misma matriz. Sabemos que la ornamentación se realizó a posteriori porque solo uno tiene el puntillado lineal (Fig 5.4). Los puntos se hicieron presionando desde el exterior al interior del borde. La distancia entre los puntos no es regular y tampoco se detectan las agrupaciones de puntos, indicativas del empleo de matrices de estampación. Estos datos sugieren un puntillado manual, empleando un útil de ápice romo (si fuera apunta- do perforaría la lámina) sobre madera dura, hueso, asta o incluso metal. La destreza del orfebre en esta pieza es discutible: en un tramo la línea de puntos se solapa sobre sí misma, generando dos líneas puntilladas (Fig. 5.4-6). Las notorias diferencias en el proceso de producción y acabado de los tutuli pueden atribuirse a: (i) que fueran fabricadas por distintos orfebres, (ii) que su funcionalidad difiriera o bien (iii) que el no decorado estuviera sin acabar. Faltan datos para decidir que alternativa es la más acertada. Sin embargo consideramos improbable que hubiera más de un orfebre en activo sincrónicamente por a) la similitud métrica y morfológica de los tutuli, b) la ausencia de las fases de fabricación de pulido final y decoración en uno, c) su procedencia del mismo contexto y d) la rareza de estos adornos en el ámbito del noreste de la Península Ibérica. Se han emitido diferentes y variadas hipótesis sobre la funcionalidad de este tipo de objetos. Inequívocamente su finalidad ornamental pudo ir cambiando en sucesivas reutilizaciones. Para algunos investigadores son colgantes o botones ya que muchos ejemplares presentan perforaciones transversales para su engarce (Soler García 1987). Otros los interpretan como extremos de colgantes o pseudo/tampones distales de objetos decorativos o suntuarios, tipo torques, orejeras o apliques de vestimentas ya que otros ejemplares carecen de perforaciones y tienen huellas de su embutido sobre otro objeto (Rovira 1996). Idéntica interpretación se ha propuesto a partir de las que sí tienen perforaciones que servirían para reforzar la sujeción del tutulus con un elemento medial, aunque, según su número, darían quizás lugar a objetos de distinto tipo 2. Hay quien los ha definido de forma más genérica como revestimientos de otros objetos de madera, cuero o tela, asumiendo su polifuncionalidad. Esta se basa en la presenciaausencia de perforaciones y en la constatación de que, según los casos, el uso es visible en la superficie externa o interna (Perea 1991). Finalmente pudieron servir como dilatadores de oreja, uso propuesto para los carretes o cuentas hiperbólicas del grupo argárico, similares a los tutuli. Las piezas argáricas son tanto de oro como de plata y, 2 Barciela, V. 2015: El lenguaje de los adornos: tecnología, uso y función. Adornos personales de la Edad del Bronce en Alicante y Albacete. Tesis Doctoral inédita, Universidad de Alicante. Alicante. a veces como en el reciente ejemplar recuperado en La Almoloya, el borde del disco está decorado mediante puntillado lineal (Lull et al. 2015). La Cova del Gegant funcionó como un lugar de enterramiento colectivo donde se depositaron un mínimo de 19 individuos en un marco cronológico aproximado entre el 1600 y el 1400 cal. Los restos humanos carecen de conexión anatómica, posiblemente por remociones postdeposicionales, algo habitual en enterramientos de características similares (Armentano y Malgosa 2003). Uno de los niños de 7 años muestra una coloración verdosa indicativa de que, en origen, su cuerpo estuvo en relación con algún objeto de base cobre. Al no haberse recuperado ninguno, no podemos discernir ni su tipología, ni si se asociaba al cuerpo o bien el tinte era post-deposicional y debido a su proximidad accidental con un objeto metálico. La cronología de la Cova del Gegant coincide en el tiempo con un proceso de transformación de las comunidades del noreste de la Península Ibérica durante el Bronce Inicial, cuando a partir de ~1850-1650 cal BC se detectan algunas disimetrías sociales en las prácticas funerarias. Ésta se caracterizan por la aparición de panteones familiares, la deposición de animales o depósitos culturales y la aparición de algunas tumbas individualizadas con ajuares metálicos (Soriano 2013). El hallazgo de unos cuantos huesos quemados corresponde a una alteración constatada de forma esporádica desde el Neolítico Antiguo, si bien suelen ser muestras procedentes de excavaciones antiguas (Agustí y Mercadal 2002). En contextos del Calcolítico y del Bronce Inicial esta alteración se documenta parcialmente (Capuzzo y Barceló 2015). Sin embargo en la Cova del Gegant hay que relacionar esta cremación con alteraciones postdeposicionales sin vinculación con una práctica funeraria. La adscripción cronológica concreta de los materiales arqueológicos es problemática, ya que no los podemos fechar uno a uno de manera directa. Todos ellos son diagnósticos del denominado Bronce Inicial subdivisible, a su vez, en un Bronce Antiguo y un Bronce Medio. El grupo epicampaniforme o "Grupo del Nordeste" (Martin et al. 2002; Maya y Petit 1995, 1986) ha servido para caracterizar el Bronce Antiguo, período tradicionalmente fechado entre el último tercio del III milenio y el primero del II (Maya 1997; Martín et al. 2002). Este grupo cerámico está definido por decoraciones realizadas mediante incisión y, a menudo también, punción de la superficie. Los motivos son guirnaldas y zigzags con flecos, esquematizaciones solares, temas espigados y bandas decorativas en líneas y puntos en la tradición decorativa del campaniforme regional aunque ya dentro de la Edad del Bronce. La mayoría se localizaron en yacimientos del área catalano-aragonesa, de ahí su denominación. En el Valle del Ebro y en Levante hay cerámicas similares (Maya y Petit 1986) por lo que en el futuro sería necesario ajustar más la denominación del grupo y profundizar en su repartición geográfica. Dicho esto, señalamos que la expresión "Grupo del Nordeste" se empleó para caracterizar el Bronce Antiguo (Maya 1997; Martin et al. 2002). El Vaso 1 del nivel XXV de la Cova del Gegant con este tipo de decoración (Fig. 3.1) podría estar asociado a la datación obtenida para el nivel sepulcral, lo que alargaría todavía más (~1600-1400 cal. BC) el rango cronológico de este tipo de cerámica. Una es considerar varias fases en el osario con inhumaciones realizadas en la cronología radiocarbónica obtenida (3 de 19 individuos) y otras anteriores, menos frecuentes, que incluirían el vaso de estilo epicampaniforme. La segunda pasa por vincular este material con la cronología obtenida para el episodio funerario. Ello nos obligaría a considerar una perduración de este tipo de decoraciones más allá de lo actualmente admitido. Ambas fechas están asociadas a cerámicas con decoración epicampaniforme y son posteriores al primer tercio del II milenio cal BC. Gran parte de las que se consideran fiables se basan en carbones no identificados taxonómicamente. En un buen número han sido datados por método convencional que requiere ~20-50 g de muestra, lo que implica la suma de varios carbones procedentes de un mismo nivel. Además las muestras sobre carbón pueden conllevar problemas de palimpsestos, infiltraciones postdeposicionales o elementos removilizados y requieren valorar el efecto "madera vieja" de algunas muestras. Las dataciones sobre huesos humanos disponibles tienen limitaciones análogas: algunas se han obtenido por el método convencional que requiere 200-400 g y/o a partir de varios huesos humanos, siendo imposible discernir si corresponden a uno o varios individuos (Castells y Enrich 1983). En este sentido, la Cova del Gegant podría aportar unas dataciones más precisas para el epicampaniforme, que tienden a rejuvenecerle. Sin embargo ya hemos comentado que la asociación entre estilo cerámico e individuos fechados sigue siendo problemática. En referencia a los ornamentos, las cuentas circulares sobre material marino son frecuentes en el nordeste peninsular desde finales del III milenio y se contabilizan por decenas o centenares en los principales hipogeos, cuevas sepulcrales o sepulcros megalíticos5. La utilización de un revestimiento o pigmento de resina también tiene varios paralelos en el nordeste en yacimientos de cronología similar (Maya 1982; Castells and Enrich 1983) 6 y también en el Languedoc (Constantini 1990). Las cuentas en ámbar o resina son también habituales en cronologías del Bronce Antiguo y Trab. La mayoría parte de las piezas procedentes de contextos Calcolíticos y de la Edad de Bronce de la Península Ibérica podrían tener un origen exógeno (Rovira 1994), sin embargo, sin ser analizadas no se puede concretar. Menos habituales en estas cronologías son las cuentas de lignito, aunque las hay durante el Calcolítico (Petit 1977; Miquel y Morral 1980) y posteriormente durante el Bronce Antiguo (Pascual 1998) 8. La pieza lítica nos aporta muy poca información. Se corresponde con los denominados "dientes de hoz", un tipo de herramienta común en estos contextos. La mayoría no presentan los dos filos activos, sino solo uno con los extremos igualmente truncados y el filo opuesto modificado con un retoque abrupto para ser insertado en la hoz. Algunas piezas tienen los filos sin retocar y a medida que se embotan van volviéndose a afilar lo que les proporciona la delineación denticulada (Sarró 2000; Palomo et al. 2012; Esteve et al. 2015). Sin duda alguna, los dos tutuli de oro son lo más significativo del conjunto material. Los únicos paralelos en el nordeste peninsular son dos piezas de la Cova de les Pixarelles. Tienen un diámetro ligeramente mayor, un mayor estrechamiento de la parte central y una decoración mediante puntillado lineal de doble línea concéntrica (Rovira 1996). Ambas proceden de una excavación realizada por aficionados en los 1970 y posteriormente fueron asignadas al nivel X (nivel XIII de las excavaciones de los'70), intercalado entre los niveles VIII (Bronce Final) y XII (Bronce Inicial). Del mismo nivel proceden dientes de hoz, otro posible elemento de siega y dos objetos líticos más, una cuenta y un separador de ámbar y un fragmento de hacha de rebordes. No hay restos funerarios en la secuencia estratigráfica de Pixarelles que permitan vincular los tutuli con un nivel sepulcral9. Los demás paralelos peninsulares de los tutuli (Fig. 6) se diferencian de los de la Cova del Gegant por tener una o varias perforaciones y se han recuperado tanto en depósitos como en contextos funerarios o habitacionales. De los 35 adornos de oro del tesorillo del Cabezo Redondo, 10 son tutuli. Dos provienen de la Cueva de Jórox (Málaga), tres de la necrópolis de cistas de El Castañuelo (Huelva) (Perea 1991; Perea et al. 2010) y dos del interior de una de las tumbas megalíticas de Murviedro (Lorca, Murcia), recuperadas durante una intervención de salvamento tras la acción de furtivos (Idáñez 1985). Completan el conjunto los seis recuperados en el yacimiento portugués de Sâo Martinho durante labores agrícolas en 1910 (Heleno 1935). Finalmente señalamos que los adornos hiperbólicos de oro y plata de los contextos agáricos, a diferencia de los tutuli, están abocinados en ambos lados. La decoración puntillada lineal tiene también paralelos en el nordeste peninsular (Soriano 2013). En una diadema de la Cova de Montanissell una profusa decoración conforma dos motivos idénticos y opuestos asimilados con un antropomorfo esquemático. Encontramos de nuevo esta decoración en la aguja metálica de cabeza discoidal procedente de la Cova del Toll. Carece de contexto pero su tipología la situaría en el mismo momento (Petit 2001). Los datos expuestos nos permiten plantear tres observaciones sobre los tutuli. Las piezas catalanas y, en especial, el par de la Cova del Gegant son ligeramente más antiguas que las del Levante. Ello es de gran interés para establecer el origen y dispersión de este tipo de ornamentos. En segundo lugar el contexto de hallazgo de algunos y sus similares características (dimensiones, decoración, número de perforaciones) les emparejan. Así se observa en los cuatro del Nordeste y de otras zonas peninsulares aunque no de todas. Ello apunta a la fabricación y uso conjunto de los tutuli, al menos en un número importante de casos, desconociendo si formaban parte de un único adorno o de dos combinados. En tercer lugar es difícil determinar si implica una producción local el que los tutuli de Cova del Gegant y su decoración sean algo más antiguos que adornos anólogos del resto de la Península Ibérica. Si el tutulus sin decoración ni pulido final estuviera inacabado, sería poco probable que las fases de fabricación de estos adornos corrieran a cargo de personas distintas y en varios lugares. Como los restantes objetos decorados con la técnica puntillada son excepcionales y cuentan con paralelos conocidos en otros territorios europeos, no se excluye una producción foránea (Soriano 2013). En el nordeste de la Península Ibérica se conocen criaderos auríferos (Lehrberger 1995; Martín et al. 1999). Los más cercanos a la Cova del Gegant están a ~55 km en la Garriga y en Cama d'Or, pero no pueden aprovecharse al ser mineralizaciones primarias y no placeres (Martín et al. 1999). El placer más cercano está en el río Tordera (~100 km) y el resto mucho más alejados en los ríos Ebro, Segre, Noguera Pallaresa, Noguera Ribagorçana, Muga-Orlina y Ter (Viladevall et al. 1991). Por desgracia la falta de datos sobre la composición isotópica de estas y otras posibles áreas de captación de oro en la Península Ibérica impide probar fehacientemente el origen de los objetos arqueológicos. Los materiales procedentes de la Cova del Gegant son relevantes por si mismos y porque nos aproximan a aspectos como las relaciones entre el nordeste de la Península Ibérica y sus territorios vecinos. La presencia de objetos de oro en el Nordeste se limita, casi en exclusiva, al Neolítico Final-Calcolítico, es decir, al final del IV milenio cal. Aumenta ostensiblemente a partir del Calcolítico Reciente, ya vinculada al grupo Campaniforme. Se trata siempre de adornos (cuentas y apliques) de dimensiones reducidas y tipología diversa (Rovira Hortalà et al. 2005; Soriano et al. 2012). Durante la Edad del Bronce estos objetos desaparecen casi en su totalidad (Soriano 2013). Relación de los tutuli de la Cova del Gegant (Sitges, Barcelona) con las principales localidades que presentan estos elementos y semejanzas decorativas. 1: Dataciones calibradas (Armentano et al., 2014; Jover Maestre et al., 2014; Mestres et al., 1991) de los yacimientos que presentan tutuli en la Península Ibérica y decoración puntillada lineal en el NE. 2: Distribución de los principales tutuli documentados en la Península Ibérica. Cova de Montanisell; 4. Tumba megalítica de Murviedro; 6. Cistas de El Castañuelo; 9. Las piezas de la Cova del Gegant y, probablemente, las de la Cova de les Pixarelles son las únicas con contexto seguro. El vaso geminado con decoración epicampaniforme del "Grupo del Nordeste" hallado en Cova Verda, un yacimiento cercano a Cova del Gegant (~70 m), es un dato muy interesante (Petit y Rovira 1980). La sincronía entre este tipo de decoración y los vasos geminados ha sido frecuentemente apuntada cuando se constatan las estrechas relaciones entre el Nordeste y Levante de la Península Ibérica durante la Edad del Bronce. De forma sintética, en el Levante se localiza el origen de tipos y técnicas cerámicas detectados en el Nordeste como los vasos geminados, con cazoleta interna y con impronta de estera. A su vez, desde el Nordeste, ciertos adelantos tecnológicos vinculados con la metalurgia (moldes para puñales, crisoles con sistema de prensión, aleación en bronce), así como la ya citada decoración epicampaniforme habrían alcanzado algunos yacimientos levantinos (Soriano y Amorós 2014a, 2014b; Soriano y Escanilla 2016). En este marco de interacciones regionales se debe interpretar la similitud entre los apliques de oro catalanes (Cova del Gegant y Cova de les Pixarelles) y levantinos (Cabezo Redondo). La ligera mayor antigüedad de los ejemplares de Cova del Gegant podría apuntar hacia una probable difusión hacia el Levante junto al resto de elementos cerámicos y metalúrgicos citados, siempre teniendo en cuenta que el volumen de oro en el Nordeste es inferior al del Levante. Nivel Sexo Rango de edad Edad estimada Muestra Parte Código Laboratorio δ13 Edad BP 2 σ cal años BC 2 σ cal años BP
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Posibles casos de tuberculosis y brucelosis en poblados argáricos de Galera (Granada)* Ángel Rubio a, Sylvia A. Jiménez-Brobeil a, Lydia P. Sánchez-Barba a, Zita Laffranchi a y Fernando Molina b RESUMEN Una de las características principales de las poblaciones argáricas de la Edad del Bronce de Granada es la existencia de una economía agropecuaria con la presencia de animales dentro de los núcleos poblacionales, lo que supone un riesgo de contagio. En este estudio se presentan unos casos atribuibles a dos enfermedades infecciosas de esta índole hallados en los poblados de Castellón Alto y Fuente Amarga, ambos en Galera (provincia de Granada). En estos yacimientos se han detectado cuatro sujetos que muestran formaciones de hueso nuevo en el tórax (escápulas y costillas) que pueden ser indicativas de tuberculosis y además, en Fuente Amarga, un individuo presenta una lesión característica en la columna vertebral atribuible a brucelosis (epifisitis vertebral). Estos procesos no son de extrañar en poblaciones que tuvieron un contacto estrecho con animales. El inicio de la agricultura y la ganadería trajo consigo una serie de cambios en el modo de vida de los seres humanos. La pérdida de la movilidad, la estrecha convivencia de humanos y animales dentro del mismo nicho ecológico y el aumento de la población incrementaron el riesgo de propagación de enfermedades infecciosas y parasitarias, entre ellas varias zoonosis, en poblaciones prehistóricas con modelo agropecuario (Cockburn 1971; Barret et al. 1998; Armelagos et al. 2005). Las enfermedades infecciosas constituyen la principal causa de muerte de los seres humanos. Sin embargo, son muy difíciles de diagnosticar sobre el esqueleto dado que su curso rápido impide la formación de lesiones. Las enfermedades infecciosas que causan lesiones específicas sobre el esqueleto son la tuberculosis, la brucelosis, la lepra y las treponematosis (Aufderheide y Rodríguez-Martín 1998). Las dos primeras se han asociado tradicionalmente con la aparición y desarrollo de la ganadería y sobre ellas se centra este trabajo. La tuberculosis es una enfermedad infecciosa causada por bacterias del género Mycobacterium que afecta a los mamíferos, humanos y no humanos (Roberts y Buikstra 2003). Dentro del conjunto de organismos que se han denominado como Mycobacterium tuberculosis complex, son regularmente patógenos para el ser humano el Mycobacterium leprae (causante de la lepra), el Mycobacterium tuberculosis y el Mycobacterium bovis (Aufderheide y Rodríguez-Martín 1998). El M. tuberculosis es transmitido entre humanos por vía respiratoria, debido al contacto de una persona sana con los aerosoles expulsados por una persona infectada. El M. bovis se transmite por vía gastrointestinal con el consumo de carne y leche de vacas infectadas. Alternativamente, el contacto de humanos con animales salvajes o domesticados puede dar lugar a la transmisión por ambas vías (Roberts y Buikstra 2003). Las lesiones características sobre hueso se producen en la columna vertebral seguida de las articulaciones de la cadera y la rodilla, aunque también pueden verse afectados los huesos de la mano y el pie, el cráneo (endocráneo), el esternón, las costillas y los huesos largos (Aufderheide y Rodríguez-Martin 1998). En contexto arqueológico las primeras evidencias de tuberculosis en Europa aparecen en el Neolítico. En la mayoría de los casos publicados, la enfermedad se encuentra muy avanzada y se observa la destrucción y colapso de los cuerpos vertebrales que provocan una cifosis de la columna, lo que se conoce como Mal de Pott (Aufederheide y Rodríguez-Martín 1998). Esta lesión se ha considerado patognomónica de la tuberculosis en Paleopatología. En la actualidad, el origen de la tuberculosis es muy debatido. La idea tradicional de la evolución de la tuberculosis humana a partir de la enfermedad bovina, muy ligada al proceso de domesticación animal, ha sido muy criticada. Estudios recientes sugieren el origen del M. tuberculosis complex hace al menos 2 millones de años en el Este de África (Gutiérrez et al. 2005). Así se establece la hipótesis de la existencia de un M. tuberculosis ancestral de tipo humano como cepa original cuya evolución no guardaría relación directa con el M. bovis (Brosch et al. 2002). En este sentido se explicaría la lesión craneal atribuida a tuberculosis en un Homo erectus hallado en Turquía (Kappelman et al. 2008). Incluso se ha planteado que la transmisión pudo ser de humanos a animales domesticados hace al menos 13.000 años con el desarrollo de la agricultura en el Creciente Fértil (Wirth et al. 2008). Sea como fuere, existe una realidad osteológica limitada y los casos más antiguos indiscutibles de tuberculosis en humanos proceden del Neolítico pre-cerámico en el Próximo Oriente (Hershkovitz et al. 2015) y del Neolítico europeo (Formicola et al. 1987; Gladykowska-Rzecycka 1999; Spekker et al. 2012; Masson et al. 2015). La brucelosis o fiebre de Malta es una enfermedad aguda causada por tres especies de Brucella: Brucella abortus (ganado y caballos), Brucella melitensis (ovejas y cabras) y Brucella suis (cerdo). El microorganismo entra en el cuerpo por la ingestión de la leche y de los productos alimenticios procedentes de animales infectados (Aufderheide y Rodríguez-Martin 1998). A diferencia de la tuberculosis, la infección es zoonótica ya que la transmisión entre humanos es muy rara (Mays 2007). Las lesiones tienen predilección por la columna vertebral donde se observa la erosión del ángulo anterosuperior del cuerpo vertebral, denominado Signo de Pedro-Pons (Pedro-Pons 1929). La brucelosis ha sido menos estudiada que la tuberculosis, lo que se expresa en la escasez de datos en poblaciones prehistóricas europeas. Las primeras evidencias de brucelosis en la Península Ibérica han sido identificadas en yacimientos de época calcolítica, concretamente, en el Dolmen de los Llanos (Etxeberria 1994) y en las Yurdinas II (Gómez 2003), ambos en Álava. A éstos se les suman otras publicaciones en Europa que guardan cierta controversia en el diagnóstico debido a que describían lesiones similares, pero no fueron atribuidas a brucelosis (Curate 2004). Fuera de Europa, en la Edad del Bronce se ha constatado varios casos de brucelosis en el Próximo Oriente (Brothwell 1965; Rashidi et al. 2001; Ortner 2003). Ya en épocas posteriores, para el caso europeo, se ha observado un incremento de esta afección en época romana y medieval debido al aumento de la cría ovina (D ́Anastasio et al. 2011). La brucelosis pudo afectar a algunos animales salvajes en África, mucho antes de la domesticación, puesto que se ha registrado esta enfermedad en un Australopithecus africanus (2.500.000 de años aprox.) del yacimiento de Sterkfontein en Sudáfrica (D ́Anastasio et al. 2009). No obstante el desarrollo de la afección en humanos está estrechamente vinculado con los inicios de la domesticación animal y su aprovechamiento y consumo de productos derivados (Moreno 2014). Como se ha advertido anteriormente, el registro arqueológico de estas enfermedades en la Península Ibérica es muy limitado. Esto no indica que no tuvieran mayor incidencia en aquellas poblaciones peninsulares con una economía basada en la ganadería y la agricultura. El presente estudio tiene como objetivo la búsqueda de lesiones atribuibles a estas enfermedades para contribuir al conocimiento de su incidencia en la Península Ibérica durante la Edad del Bronce. Los yacimientos de Fuente Amarga y Castellón Alto (Granada) se adscriben a la Edad del Bronce, concretamente, a la conocida como "Cultura de El Argar" en el Sureste peninsular. Ésta abarca la mayor parte de Andalucía Oriental (Almería, Granada y Jaén), Murcia y el sur de Alicante (Lull 1983). Este fenómeno se caracteriza por poblaciones jerarquizadas con un marcado estatus desde el nacimiento (élites), localización geoestratégica con un urbanismo complejo que incluye sistemas defensivos, sepulturas en el interior del área de habitación con ajuar variado, desarrollo de la metalurgia y una economía agropecuaria (Contreras et al. 1997; Lull 2000; Molina y Cámara 2009; Cámara y Molina 2011). Los poblados de Castellón Alto y Fuente Amarga pertenecen al término municipal de Galera (Granada) y están a pocos kilómetros entre sí. En esta zona se han documentado una serie de poblados de la Edad del Bronce que se asientan sobre cerros elevados a lo largo del valle de los ríos Castillejar-Galera-Orce (Contreras et al. 1997) (Fig. 1). La ocupación del poblado y la necrópolis de Castellón Alto tiene lugar desde el Bronce Pleno al inicio del Bronce Tardío (1900-1600 cal ANE) (Molina et al. 2003). El poblado, de pequeñas dimensiones, tiene una posición geoestratégica sobre un espolón que destaca del resto de colinas y un complejo urbanismo establecido en terrazas. En la denominada "acrópolis" situada en la terraza superior vivirían las élites más importantes. En la terraza intermedia se han definido viviendas y espacios de almacenamiento y en la terraza inferior se han registrado estructuras de vivienda (Molina et al. 2003). Por último, en la ladera del cerro contiguo se han localizado otras terrazas con viviendas correspondientes a las fases más recientes de la ocupación. Los enterramientos son en fosas y covachas realizadas en el interior de la vivienda. Ello ha permitido, pese a varios expolios, que la mayoría de los esqueletos presente un excelente estado de conservación. El yacimiento de Fuente Amarga, muy cercano a Castellón Alto, se ha excavado en menor extensión. Se asienta sobre un cerro y, como el anterior, está dispuesto en terrazas. En las tres terrazas excavadas se han registrado niveles de enterramiento y ocupación. En los trabajos de excavación se hallaron 13 sepulturas de la Edad del Bronce que se encontraban muy alteradas por construcciones de época posterior o por violaciones recientes (Fresneda et al. 1999). Ello conlleva un estado de conservación muy variable aunque, en líneas generales, el tejido óseo está bien conservado. En la actualidad, los restos humanos que componen ambas poblaciones están depositados en el Laboratorio de Antropología Física perteneciente al Departamento de Medicina Legal, Toxicología y Antropología Física de la Universidad de Granada. El sexo de los individuos se ha establecido mediante las características morfológicas del cráneo y la pelvis (Ferembach et al. 1979; Byers 2002). La edad se ha estimado a partir de los cambios observados en la sínfisis púbica para los adultos (Todd 1920) y de los criterios de maduración ósea y erupción dental para los sujetos subadultos (Scheuer y Black 2000; Ubelaker 1984). Se ha hecho el estudio macroscópico de todas las estructuras óseas de los individuos de ambas poblaciones para detectar aquellas lesiones óseas relacionadas con procesos infecciosos. Para ello se ha descrito minuciosamente la morfología y localización de las mismas, aproximándose a su etiología mediante un diagnóstico diferencial (Aufderheide y Rodríguez-Martín 1998; Ortner 2003; Roberts y Buikstra 2003). Además, la descripción de la epifisitis vertebral ha sido complementada con su estudio radiográfico. La colección de Fuente Amarga (FAG) consta de 21 individuos de los cuales cuatro presentan lesiones atribuibles a enfermedades infecciosas. Las lesiones en tres de ellos están en el tórax (Sep. 3a-3b y Sep. 15) y son compatibles con tuberculosis. En el cuarto la alteración indicativa de brucelosis se localiza en el sector lumbar de la columna vertebral (Sep. 9). Entre los 126 individuos de Castellón Alto (CAG) sólo uno (Sep. 58-I) tiene una lesión en el tórax similar a las de Fuente Amarga. Sepultura 3 (FAG): es un enterramiento múltiple intacto que contiene los restos de 4 indivi-Fig. Fuente Amarga (Galera, Granada) Formaciones de hueso nuevo en clavículas y costillas. Sepultura 15: 1.2. vista inferior de clavículas izquierda y derecha, 3. costilla derecha. Sepultura 3: costilla derecha (A), 5.6.: costillas izquierda y derecha (B). duos (dos adultos y dos subadultos). Las lesiones han sido identificadas en las costillas de la mujer Madura (A) y del varón Adulto (B). Presentan formaciones de hueso nuevo en la cara visceral de algunas costillas; en ambos casos, la lesión tiene una morfología similar. La mujer tiene afectadas la sexta y séptima costillas derechas en el extremo esternal (Fig. 2: 4). En el varón lo están la sexta costilla izquierda en su extremo esternal y la séptima costilla derecha en su zona central y en su extremo esternal (Fig. 2: 5-6) y, además, conserva otros pequeños fragmentos de costillas del lado izquierdo con formaciones de hueso nuevo. Sepultura 15 (FAG): está muy alterada y corresponde a un varón juvenil con una edad cercana a los 20 años. Este sujeto tiene formaciones de hueso nuevo en varias localizaciones del esqueleto. Al igual que en la Sepultura 3, presenta aposiciones periósticas en la cara interna de una costilla, en concreto, en el extremo vertebral (cuello) de la quinta derecha (Fig. 2: 3). Además, muestra las mismas lesiones en la cara anterior de la escápula derecha en la zona superior de la fosa subescapular (Fig. 3: 1) y en la región de la inserción del músculo pectoral mayor de ambas clavículas, lo que indicaría una afección bilateral en el tórax (Fig. 2: 1-2). Se pudieron recoger restos de dos sujetos subadultos. Uno es un juvenil con el mismo tipo de lesión en la escápula derecha que el individuo de la Sepultura 15 (FAG). La formación de hueso nuevo en placa aparece en la cara anterior de la escápula y, como ligera diferencia respecto a la lesión del de Fuente Amarga, está situada en la zona cercana al borde lateral de la escápula (Fig. 3: 2). Sepultura 9 (FAG): es un enterramiento doble intacto que contiene los restos de un varón Maduro y una mujer Adulta. Ésta es quien presenta la lesión. Sus restos esqueléticos tienen un buen estado de conservación sobre todo en la columna vertebral que tiene todas las vértebras. En la cuarta vértebra lumbar se observa una lesión osteolítica en el borde antero-superior del cuerpo vertebral (Fig. 4: 1). La zona afectada por la lesión presenta una acentuada labiación del borde vertebral caracterizada por una superficie porosa y unos márgenes irregulares con osteofitos (Fig. 4: 2). También la radiografía muestra la labiación en el borde y un aumento de la densidad ósea en el margen inferior de la lesión (Fig. 4: 3). Ni en el resto de la vértebra, ni en las demás vértebras lumbares hay signos patológicos. Formaciones de hueso nuevo en escápulas derechas: 1. Sepultura 15, Fuente Amarga (Galera, Granada); 2. Sepultura 58-I, Castellón Alto (Galera). Epifisitis vertebral (Sepultura 9, Fuente Amarga, Galera, Granada): 1. diferentes vistas de la vértebra, 2. vista de detalle de la zona de la lesión, 3. imagen radiográfica de la vértebra. La problemática del estudio de las enfermedades infecciosas en Paleopatología radica en dos puntos fundamentales. La afirmación del diagnóstico queda restringida a los casos donde la lesión está muy desarrollada y se considera suficientemente identificativa, o a los que permiten confirmar la enfermedad mediante otro tipo de análisis. En segundo lugar, al tratarse de poblaciones de procedencia arqueológica, la conservación es variable y no siempre óptima, más aún si se trata de costillas o vértebras que son muy frágiles y, por ello, más susceptibles a los procesos tafonómicos. La morfología de las lesiones localizadas en el tórax (escápula, clavícula o costillas) es homogénea en los individuos argáricos. Todas son formaciones de hueso nuevo en placa donde se observa claramente la separación entre la cortical del hueso y la aposición de hueso nuevo. Hay que ser prudente a la hora de asociar estas lesiones costales con tuberculosis para poblaciones antiguas ya que de por sí no son determinantes (Mays et al. 2002). Sin embargo, pese a no ser signos patognomónicos de tuberculosis, se consideran indicadores no específicos de infección crónica pulmonar. La inflamación pleural podría producir una reacción perióstica dando lugar a formaciones de hueso nuevo en la cara interna de las costillas y por ello, no son descartables otras afecciones pulmonares como la neumonía, bronquitis, enfisema o pleuresía (Roberts et al. 1994). Ahora bien, la morfología de la lesión y su localización en la caja torácica puede proporcionar más datos para el diagnóstico de la tuberculosis pulmonar (Santos y Suby 2012). Se ha observado en individuos con tuberculosis que las formaciones de hueso nuevo afectan con mayor frecuencia a las costillas superiores y medias de la caja torácica (Santos y Roberts 2006; Matos y Santos 2006), como se vio en los individuos argáricos analizados. La ocurrencia suele ser bilateral (Matos y Santos 2006), como le ocurre al varón de la Sepultura 3 (FAG) y al juvenil de la Sepultura 15 (FAG). Los casos de la Sepultura 15 (FAG) y la Sepultura 58-I (CAG) presentan formaciones de hueso nuevo en la cara anterior de la escápula, localizaciones, al igual que en las clavículas (S15, FAG) ya observadas en individuos con tuberculosis (Matos y Santos 2006). Además, guardan gran similitud con las lesiones, atribuidas a esta infección, en sujetos pertenecientes a la "Cultura del Bronce Valenciano" de la Cova dels Blaus (Polo et al. 2003). Bien es cierto que, en casos avanzados de osteoartropatía hipertrófica (OHP), además de la afección en los huesos tubulares (fíbulas, tibias, ulnas y radios), pueden aparecer formaciones de hueso nuevo en clavículas y escápulas (Ortner 2003). Estas lesiones en las extremidades, compatibles con la OHP, fueron observadas en individuos que padecieron tuberculosis (Assis et al. 2011). Sin embargo, los argáricos estudiados no presentan afectadas sus extremidades. Estas lesiones en sí mismas no son determinantes. Sin embargo análisis biomoleculares recientes, aplicados en poblaciones de origen arqueológico para confirmar la presencia de tuberculosis, tuvieron resultados afirmativos. Cabe destacar que individuos neolíticos en Hungría (Masson et al. 2015) y Alemania (Nicklisch et al. 2012) mostraban formaciones de hueso nuevo en la cara visceral de las costillas, similares a las del presente estudio. La lesión observada en la vértebra lumbar (L4) de la mujer adulta de la Sepultura 9 corresponde a una epifisitis vertebral. Su origen puede ser la brucelosis pero también otras enfermedades como la tuberculosis, la enfermedad de Scheuermann, la osteomielitis piógena y las lesiones discales, entre otras (Aufderheide y Rodríguez-Martín 1998; Ortner 2003). Debido a la presencia de individuos en Fuente Amarga que pudieron padecer tuberculosis y a que ésta afecta también a la columna vertebral, se hace necesaria la distinción. La tuberculosis, a diferencia de la brucelosis, suele causar abscesos en las vértebras, colapso vertebral y cifosis de la columna (Aufderheide y Rodríguez-Martín 1998), y la mujer de Fuente Amarga no muestra estos signos. La enfermedad de Scheuermann produce epifisitis vertebral pero usualmente ocurre en el sector dorsal involucrando a más vértebras y la lesión es muy distinta, ya que afecta a varias zonas de la misma vértebra. También la osteomielitis piógena, aunque tiene predilección en el sector lumbar, causa lesiones líticas en los cuerpos vertebrales, aunque suele involucrar otras partes de la vértebra. En cambio, la mujer de la Sepultura 9 presenta una lesión muy focalizada en el borde superior del cuerpo vertebral y carece de señales patológicas en el resto de la columna. Por último, la herniación anterior del disco intervertebral produciría una lesión focalizada en la misma zona y con una morfología relativamente parecida como ha sido observado en otro estudio (Mays 2007). La mujer no supera los 30 años de edad y es poco probable que este tipo de lesiones discales aparezcan en una edad tan temprana y sin ir acompañadas de otros indicadores degenerativos en la columna vertebral. Este caso en particular muestra elementos identificativos que apuntarían a la brucelosis como causa más probable. Por un lado, la lesión se restringe a la zona del annulus fibrosus con unos márgenes bien definidos. En su borde anterior se advierte la formación de osteofitos, algo usual debido al proceso de restauración propio de los casos de brucelosis (Etxeberria 1994). Por otro lado, el aumento de la porosidad en la zona central de la lesión disminuye hacia los márgenes y, asimismo, en la cara anterior del cuerpo vertebral se ven ligeros inicios de formación de hueso nuevo, una característica ya señalada en la población de Herculano (Capasso 1999). Por último, la radiografía muestra un aumento de la densidad ósea justo en la zona inferior de la lesión osteolítica, debido a la reacción esclerótica característica de la brucelosis (Pedro-Pons 1929). La escasez de datos tanto a nivel general como dentro de la Península Ibérica limita la comparación de la lesión con otros casos confirmados como brucelosis. Únicamente se ha señalado la presencia de brucelosis en un individuo del Calcolítico peninsular (Etxeberria 1994). La afectación osteológica no refleja el papel que, en realidad, pudo jugar esta enfermedad en las primeras poblaciones ganaderas. Si la historia de esta enfermedad está muy potenciada por el desarrollo de la domesticación animal, pudo afectar a poblaciones más recientes, como las argáricas de la Edad del Bronce, máxime cuando su economía se sustentaba en gran parte en la ganadería. El riesgo de contraer las enfermedades infecciosas citadas depende en gran parte de las condiciones de vida que pueden disminuir o aumentar el riesgo de contagio. Las poblaciones asentadas en el Castellón Alto y Fuente Amarga tienen una economía basada en la agricultura y la ganadería, que establecería los animales domesticados como una de las fuentes de infección humana. En Castellón Alto se han documentado zonas o áreas de estabulación (Moreno y Haro 2008) y en Fuente Amarga el análisis faunístico determinó la presencia sobre todo de ovicápridos y, en menor medida, de ganado bovino (Fresneda et al. 1999). Como hecho representativo, en gran parte de las necrópolis argáricas, incluyendo las de este estudio, aparecen ajuares cárnicos en el interior de las sepulturas que han sido interpretados como rituales de comensalidad (Aranda y Esquivel 2006; Aranda y Esquivel 2007). El aprovechamiento alimenticio del ganado por estas poblaciones, ya sea cotidiano o como parte del ritual funerario, podría establecer un origen zoonótico de la tuberculosis por ingesta de carne o leche de vaca infectada. Sin embargo, no se puede descartar que la infección fuese transmitida entre humanos. En cambio, la brucelosis al ser de contagio zoonótico (animal-humano) sólo pudo transmitirse por el consumo de leche o productos procedentes, seguramente, de ovicápridos. Las dificultades intrínsecas que subyacen en este tipo de estudios limita la posibilidad de arrojar nuevos datos sobre las condiciones de vida de las poblaciones argáricas. La primera es la visión sesgada de la realidad demográfica derivada de la excavación parcial de los yacimientos. En segundo lugar, la detección de estas enfermedades depende de la representación osteológica conservada de la colección de individuos exhumados. La tercera dificultad se haya en el restringido número de sujetos que muestran estos signos patológicos concretos. Teniendo en cuenta lo anterior, los sujetos están afectados por la tuberculosis con independencia del sexo y la edad. Además no se puede establecer la edad de contagio de los individuos ya que depende del propio progreso de la infección, es decir, de la carga de patógenos y su virulencia y de la respuesta inmune del hospedador. Hay que destacar que sólo un porcentaje reducido de los enfermos de tuberculosis activa desarrolla lesiones en el esqueleto (Steinbock 1976). Ello significa que pudo afectar a más sujetos de las dos poblaciones arqueológicas estudiadas que, al no presentar señales en sus huesos, pasaron inadvertidos. Cabe recordar que las poblaciones argáricas tienen una esperanza de vida baja (Jiménez et al. 2000) y que los posibles afectados podrían haber muerto antes de desarrollar lesiones óseas. La muerte temprana de los sujetos explicaría por qué no han aparecido las lesiones propias de estadios más avanzados de la enfermedad (Baker et al. 1999). En todo caso, los cuatro individuos sí desarrollaron formaciones de hueso nuevo, indicativas de que padecieron la enfermedad durante un periodo prolongado. Ello descartaría otras afecciones pulmonares que provocan la muerte del sujeto en un espacio relativamente corto de tiempo. No se puede asegurar de cuál de las dos poblaciones procede la infección, ni descartar que proviniera de otra distinta. Para que la enfermedad apareciera en individuos de ambas poblaciones o éstas eran coetáneas o aquella tuvo un origen paralelo. Ahora bien, la cercanía entre ambos yacimientos permite suponer que el contacto entre ambos grupos (personas y animales) explicaría la propagación de un núcleo poblacional a otro. Es cierto que en Castellón Alto, donde se han excavado numerosas sepulturas y que parece ser un núcleo amplio de población, habría más posibilidades de contagio que en Fuente Amarga, donde se han documentado tres individuos. La diferencia de afección puede no radicar en el número de sujetos que componen la población sino en su composición familiar: en un ámbito más cerrado habría mayor contacto entre los individuos y, por ello, unas circunstancias ideales para la propagación de este tipo de enfermedades. No se debe olvidar que las enfermedades infecciosas, como la tuberculosis o la brucelosis, afectan a los individuos al margen de su estatus social, como manifiesta el ajuar de las sepulturas. La Sepultura 3 de Fuente Amarga presenta el ajuar más rico de las excavadas en el yacimiento frente al del resto de las tumbas, entre ellas el de la Sepultura 15, más modesto. Sin embargo, ambas sepulturas albergan sujetos que pudieron padecer tuberculosis. En definitiva, las diferencias sociales, atestiguadas en la cultura argárica, no implican unas condiciones de vida diametralmente opuestas que marquen diferencias a la hora de la susceptibilidad a padecer enfermedades infecciosas. La singularidad del caso de brucelosis de Fuente Amarga, más allá de la propia relevancia de su presencia en la Edad del Bronce, no aporta mayor información en cuanto a las implicaciones sociales de la enfermedad. El estudio de las poblaciones argáricas de Granada (Castellón Alto y Fuente Amarga) ha evidenciado la existencia de individuos que pudieron padecer enfermedades infecciosas específicas como la tuberculosis y la brucelosis. Las lesiones identificadas en el tórax pueden no bastar por sí mismas para afirmar la presencia de tuberculosis. Ahora bien, las formaciones de hueso nuevo en la cara visceral de las costillas y en otras localizaciones del tórax son marcadores no específicos de enfermedad pulmonar. Salvando las limitaciones de este tipo de estudios en poblaciones de origen arqueológico, hay que valorar que no se trata de un caso singular sino de varios individuos que presentan estas lesiones, lo que atestigua una enfermedad infecciosa. Además, su localización y morfología ya ha sido constatada en otras series de individuos con tuberculosis. En definitiva, la tuberculosis pudo ser la enfermedad que afectó a estos individuos granadinos. Para este caso no se puede establecer un origen en los animales domesticados ya que la tuberculosis puede transmitirse entre humanos aunque podría ser la causa probable. Por el contrario, la mujer de Fuente Amarga cuya columna vertebral tiene signos indicativos de brucelosis es muestra evidente de la infección, relacionada con los animales domesticados y su aprovechamiento. La realidad argárica demuestra una estrecha convivencia entre humanos y animales que intensificaría el riesgo de contagio. Finalmente, no hay que infravalorar el papel que juegan este tipo de enfermedades en poblaciones prehistóricas cuya economía radica en la agricultura y la ganadería. No es de extrañar que estén presentes tanto en el mundo argárico como en contextos más tempranos. A ese respecto el número reducido de casos registrados en la Península Ibérica no excluye que la incidencia de este tipo de enfermedades pudiera haber sido mayor.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Hemos empleado fluorescencia de rayos X por energía dispersiva (EDXRF), emisión de rayos X inducida por partículas (Micro-PIXE) y microscopía (análisis metalográfico), complementada con microscopia electrónica de barrido y espectroscopia de rayos X en energía dispersiva (SEM-EDS), primero para determinar el contenido elemental y segundo para identificar el proceso empleado para unir los componentes (disco, anillo periférico y presilla) de varios de los discos de oro de la Edad del Hierro. Su tipología es muy similar y fueron encontrados en tres yacimientos arqueológicos de la zona suroccidental de la Península Ibérica. Una serie de 35 discos del Castro dos Ratinhos (7), Outeiro da Cabeça (23) y Fortios ( 5) fueron analizados y sus resultados publicados en Trabajos de Prehistoria (Soares et al. 2010). Recientemente Perea et al. (2016) han publicado análisis de otros 4 discos de oro de Fortios con el mismo propósito pero usando solo SEM-EDS. Al haber analizado solo la capa superficial irregular, los resultados no son reales, ni fiables, considerando las limitaciones asociadas con la técnica, especialmente la escasa profundidad alcanzada (< 2 μm) por el haz incidente y, consecuentemente, su sensibilidad a la topografía de la superficie analizada. A pesar de esas limitaciones, han aceptado acríticamente sus resultados y, a la vez, han puesto en cuestión nuestros análisis y resultados y las interpretaciones que hemos hecho. Aquí discutimos el enfoque de Perea et al. para determinar no solo el contenido elemental de los discos de oro de Fortios, sino también para identificar el proceso de unión empleado en su manufactura. Taking into account the methods we used, it is difficult to understand why the authors of the paper that we are commenting upon wrote: En nuestra opinión, los mapas de distribución elemental en el modo y a la escala elegidos son inadecuados para detectar muy pequeñas diferencias de composición, máxime cuando esas diferencias sólo se pueden encontrar en zonas de difícil acceso para el detector, y sólo hubiera sido posible tomando espectros puntuales en áreas micrométricas para obtener un patrón estadístico de composición más preciso (Perea et al. 2016: 356). The text of these authors continues as follows: Hay que tener en cuenta, además, que la zona de soldadura se sitúa por debajo de la propia presilla, que se abre en abanico a ambos lados, precisamente para aumentar la zona de contacto y facilitar la unión. They themselves claim that los análisis MEB-EDX son semicuantitativos y, en segundo lugar, que cualquier objeto enterrado en la tierra sufre un enriquecimiento superficial en oro (p.
La Arqueología de las Islas Canarias siempre ha sido un tanto peculiar dentro del comportamiento general español (Balbín y Bueno 1998). Es cierto que las primeras excavaciones en Herculano fueron encargadas por Carlos III en su etapa italiana, pero también es cierto que la Arqueología española se incorporaría tarde a la corriente europea, como nos ha ocurrido en otros ámbitos de la Historia y de la Ciencia. En lo que se refiere a la Prehistoria, nuestra incorporación fué tardía pero contundente, pues, como es sabido, Sautuola fué el primero en dar el valor merecido al arte Paleolítico (Sanz de Sautuola 1880). También fue el hombre de Gibraltar el primer Neanderthal conocido, pero los cauces científicos estaban fuera del alcance de los estudiosos españoles, y nuestra marginación de la realidad europea se manifestaba en campos bien diversos, cómo no en la Arqueología. Existieron siempre, es verdad, figuras individuales que se adelantaron a su época y que tuvieron intuiciones geniales que nos permiten un cierto consuelo, pero la generalidad de las cosas, el ambiente, el nivel medio, no se encontraban en condiciones de competir o de enseñar a los de afuera algo de nuestra privilegiada Arqueología. No todos, pero sí algunos de nuestros avanzados en este campo científico fueron recogidos por el incansable lector Marcelino Menéndez y Pelayo (1879), en una obra que sirvió de base para el librito de M. Almagro Basch (1963), que tanto se usó durante años por los estudiantes españoles, sobre todo madrileños, como referente de excavaciones e historia de la ciencia. Esa es una materia en la que se ha investigado poco, muy poco, hasta hace pocos años (Mora y Díaz-Andreu 1997), y en la que todavía se puede hacer mucho y muy útil. No existe ciencia que no responda a la realidad del momento, no existe Arqueología sin ideología. Los planteamientos dominantes durante décadas se afirman en las teorías vigentes en su momento, y eso conviene averiguarlo, por más que nuestra especialidad haya sido hasta hace bien poco tan reacia a los planteamientos teóricos conscientes. En algunos ámbitos podría ser ahora partidaria volitiva y limitadamente crítica de esos planteamientos, que parecen partir en ocasiones de sentimientos más que de auténticas formulaciones científicas y dialécticas. De todo ese movimiento, pequeño y vecinal, pero movimiento al fin, permaneció siempre prácticamente al margen la arqueología canaria. Su especial condición oceánica, su lejanía, el asentamiento de oligarquías económicas fuertes y poco numerosas, el acabamiento y la dificultad de relaciones de los ilustrados canarios, que como la sociedad a la que pertenecían comenzaron a mirar más a América que a Europa, los endemismos ideológicos insulares y el fuerte componente luso de la sociedad afortunada, apartaron a las islas de las corrientes casi estancadas de la sociedad española de la época. Hay que reconocer que tampoco estaba la sociedad española peninsular en condiciones de hacer grandes ofrecimientos a los españoles insulares, que se comunicaban muchas veces mejor con América o con Inglaterra que con la Península. El apartamiento, las incorporaciones culturales de origen americano, africano y luso, el especial conservadurismo insular, crearon un espacio original y propio, fuente de sorpresas para viajeros españoles y extranjeros, y fuente de desconocimiento y desinterés general para muchos otros. En la época en la que los europeos redescubrían y reinterpretaban el mundo, Canarias era un sitio especial para hacer comparaciones, empezando por Alexander von Humboldt (1995), creador de del mito de los guanches, o de Darwin, descubridor de una parte de la originalidad biológica del archipiélago. Un pariente del primero, Wilhelm Joseph von Humboldt (1959), sería el creador primero del mito de los vascos. Es verdad que a lo largo del siglo XIX los viajeros europeos descubrieron España, sus tradiciones y pobreza, su originalidad y peculiaridades, pero es también verdad que el descubrimiento de las islas Canarias se produjo por otros caminos y con otras connotaciones. Ese fué el momento en el que los nacionalismos se formaron sobre bases románticas, creando unas ideas muy satisfactorias y muy poco científicas que perpetuaron entre muchos los mitos antes citados y otros más. Aquello que se dijera en la primera mitad del siglo XIX, tenía entonces su explicación y su motivo, pero el romanticismo y sus propuestas históricas habían desaparecido mucho antes que los mitos que habían causado, sobre todo en algunos lugares especialmente dotados de condiciones de conservadurismo, aislamiento o ideas más o menos religiosas. Es también verdad que una parte muy importante del desarrollo que poco a poco fué produciéndose en la España peninsular, se realizó gracias a las intervenciones extranjeras, especialmente notables en la Arqueología que se hizo a partir del siglo XX. Casos destacables son Paris, Cartailhac, Breuil, Obermaier, Burkitt, Wernert y tantos otros. Pero no es menos cier-to que esos nombres son distintos en la génesis de la Arqueología canaria, y que lo que en un lado del charco produjo poco a poco una tradición científica y la incorporación de figuras como Vega del Sella, no hizo exactamente lo mismo en el otro, dejando Canarias a merced de investigadores de uno u otro pelaje, casi siempre foráneos y dominadores absolutos de un panorama cultural arqueológico magro y tradicional, que aún tiene continuadores vocacionales, historicistas afincados en las teorías románticas del siglo XIX. En Canarias fueron Berthelot (1980) y Verneau (1996), seguidos por Bethencourt (1997 y 1999) y Chil (1876 y 1880), y algunos más, los que dejaron una impronta imperecedera en la Prehistoria y la interpretación de la Canarias prehispánica, impronta también más duradera que los motivos que la crearon, sólido principio de aquellos que son difíciles de analizar con sentido crítico sin incurrir en la excomunión intelectual y social de las islas, no sólo entonces, sino incluso ahora. No fueron éstos los únicos creadores del mito canario, sino algunos más, dotados de un acendrado espíritu expansionista, amantes de lo exótico y raro, conocedores de metodologías de antaño muy intencionadas y plenas de sabores etnicistas cuando no racistas. Éstos y otros más, sus motivos, ambientes e ideología, nos son revelados con mimo y detalle por Farrujia, que además nos descubre documentos y realidades apenas tratados por nuestra historiografía. La crítica arqueológica actual camina en una parte importante por los senderos interpretativos construidos por los anglosajones, donde la historia de la ciencia es una necesidad, no solamente metodológica o científica, sino de propio comportamiento, ante la dificultad progresiva de realizar excavaciones arqueológicas de campo que existe en muchos ambientes intelectuales de las islas británicas. Algo del fuerte surgimiento de la historia de la ciencia en nuestros ámbitos puede deberse a la dificultad de tratamiento directo arqueológico, pero no cabe duda de que la búsqueda de los principios de la ciencia, y la inherente averiguación de los porqués ideológicos de las afirmaciones de origen, tantas veces asentadas con más fuerza que las críticas o los análisis científicos, son de necesidad imperiosa para poder construir una ciencia etiológica, no volitiva, ni pasional, ni religiosa. De unos años a esta parte, algunos de los prehistoriadores canarios han optado por la búsqueda de una ciencia crítica, y por revisar los principios de su historia más antigua bajo criterios analíticos y etiológicos. Han buscado el motivo de las afirmaciones tradicionales sobre su cultura prehistórica, poniendo en solfa muchas de las afirmaciones asentadas, y contrastando documentación arqueológica, fuentes y estudios, para proponer una realidad nueva y progresiva, donde se pueda finalmente averiguar el origen de las cosas, el porqué de los comportamientos científicos y el camino recorrido para llegar a la situación actual. Un abordaje, sin prejuicios volitivos o románticos, a una prehistoria llena de profundo interés y muy bien dotada de contrastes y paradojas, de documentos y carencias, que tienen su camino de averiguación, una vez que entre todos seamos capaces de superar pereza y tradición historicista. Uno de estos canarios es José Farrujia, realizador de una Tesis Doctoral dirigida por la Dra, Carmen del Arco, profesora titular de la Universidad de La Laguna, sobre la historiografía de Canarias hasta el año 1969, momento de creación del Departamento de Arqueología en la Universidad de la ciudad de los Adelantados, única entonces del Archipiélago. Ambos forman parte de un grupo muy activo en la investigación de las islas, que contra viento y marea se ha propuesto reinterpretar la Prehistoria de las Afortunadas bajo criterios científicos actuales. En el volumen que ahora comentamos se analiza la intervención de la ciencia alemana y francesa en la interpretación del poblamiento antiguo de las Islas Afortunadas. Esa intervención se organiza en varias fases, la primera de ellas desde el inicio del conocimiento de las Islas, a partir del siglo XIV, hasta la mitad del XIX. No es naturalmente el apartado mayor en extensión, a pesar de su duración pues, aunque sí lo sea el tiempo transcurrido, es menor la intensidad del trabajo producido directamente sobre esta parcela norteafricana. En otras palabras: los aborígenes canarios fueron utilizados ampliamente como referencia de salvajismo y exotismo, y pasaron a formar parte de las referencias habituales sobre el comportamiento humano no civilizado, pero poco se hizo directamente sobre ellos hasta el siglo XIX. A partir del capítulo II las Islas se incluyen dentro de las corrientes de la época y sobre ellas se aplican los conceptos evolucionistas, culturales y físicos. El paradigma canario juega un papel necesariamente importante en las posibilidades de comparación y estudio directo, como ambiente más o menos fosilizado, y como cabeza de puente hacia Africa y quizás clave explicativa de muchos fenómenos africanos por resolver. No cabe duda de que la ubicación de las Islas Afortunadas les otorga un interés estratégico especial, y de que, una vez no llegaron a ser inglesas como Menorca o Gibraltar, su situación en el Atlántico frente al continente, motivaría una parte de la presencia de investigadores foráneos, en este caso franceses y alemanes. El evolucionismo, los primeros estudios antropológicos ligados al concepto de raza, la necesaria explicación de un origen confuso y mítico, tomarían sus modelos de las teorías más en boga en Europa, y harían de las Canarias el final del proceso, sea éste cual fuere. Para unos los últimos cromañones, para otros los africanos preislámicos, para otros los últimos arios. Todo este proceso científico, que resalta las corrientes de pensamiento de finales del XIX y principios del XX, se observa aquí como laboratorio de pruebas, como fuente primigenia de un origen supuestamente inalterado, que permitiría afirmar a base de grandes brochazos, las bases de teorías varias y con frecuencia contrapuestas. Los matices que podrían observarse en Europa dentro de este desarrollo intelectual, no se ven en la realidad canaria, pues parece saltarse de una fórmula a la otra sin transición, y es que sólo podemos ver una parte del desarrollo, quizás la más afirmativa y extrema, y se nos pierden en la distancia los necesarios semitonos un devenir más completo y sosegado como el europeo. Todas estas versiones de origen han tenido sus herederos, y los primeros conatos insulares en este camino, deben mucho a los bloques conceptuales originarios, en este caso con respuestas concretas al proceloso pasado canario, y sin los contrastes surgidos de un debate a mayor escala y de una documentación más rica, como existiría en esos mismos momentos en Europa. De todo ello nos da rica noticia Farrujia en los capítulos siguientes, hasta proponer finalmente una visión sintética de la ubicación de la realidad canaria en la historiografía del siglo XIX, ubicación que podría recordar en parte a la actual. Pero el trabajo de A.J. Farrujia no se ha limitado al análisis que ahora publica en este libro, sino que en su tesis tomaba con claridad el estudio de los antecedentes españoles, desde los orígenes de la historia de las Islas, hasta el citado, y al parecer indicativo, año de 1969. En la lectura de su excelente Tesis Doctoral, el entonces doctorando nos amenazó con la continuación de su pesquisa historiográfica hasta fecha más recientes y democráticas, y esperamos sinceramente que su capacidad, no solamente científica que está probada, sino también de supervivencia profesional, le permitan seguir adelante en un tarea en la que se ha demostrado capaz y productivo. Ahora manejamos la versión inglesa de una parte de su trabajo. Espero sinceramente que el resto ya hecho se publique, en inglés o en román paladino, y que esa línea tenga consecuencias futuras, que nos ayuden a conocer mejor el proceloso pasado científico de las islas del Atlántico africano, y también, porqué no, a desterrar mitos y costumbres perezosas que a todos nos hacen mal, pero sobre todo a los que viven en el pequeño y maltratado ambiente intelectual de las Canarias. Prehistoria y de la Arqueología de campo. BALBÍN, R. de y BUENO, P. 1998: "El arte rupestre en Canarias. Antecedentes y perspectiva de futuro". Anotaciones sobre el origen de los pueblos que ocuparon las Islas Afortunadas desde los primeros tiempos hasta la época de su conquista. La publicación de la monografía de Melka Kunture supone una excelente noticia para los investigadores interesados en la arqueología del Pleistoceno inferior africano. Melka Kunture, junto al río Awash en el centro-sur de Etiopía, contiene una larga secuencia arqueológica que abarca todo el Pleistoceno, y es un referente en la bibliografía sobre orígenes humanos en África. Aunque las excavaciones comenzaron a mediados de la década de 1960 y se han continuado hasta nuestros días, la información publicada hasta el momento se limitaba a una colección de artículos puntuales que trataban aspectos concretos. Recientemente se había publicado una guía de Melka Kunture (Bulgarelli y Piperno 2000), pero la información era muy general y con pretensiones exclusivamente divulgativas. Por todo ello, la publicación de la monografía que aquí reseño supone un hito decisivo para dar a conocer los trabajos que a lo largo de casi cuarenta años se han realizado en Melka Kunture. Aunque la presentación formal de la obra no suele ser objeto de atención en una recensión, en el caso de esta monografía sí merece algún comentario. Esta memoria se presenta en dos libros, uno realmente voluminoso (con tapas duras y 751 páginas, muchas de ellas fotos a toda página, algunas además a color), y otro que contiene casi una treintena de grandes planimetrías desplegables. Ambos volúmenes se incluyen en un estuche duro y están acompañados de un cd-rom con archivos pdf de cada capítulo y de las distintas planimetrías. En suma, la monografía queda presentada en una edición verdaderamente de lujo, que indica el cuidado editorial y el esfuerzo económico realizados en la publicación de un trabajo que pretende ser una obra de referencia. Esta pretensión se evidencia también en el número de instituciones e investigadores implicados en la monografía, entre los que se incluyen hasta 23 autores pertenecientes a centros de distintas nacionalidades, como el CNRS francés, la Universidad de Roma La Sapienza y el Instituto de Prehistoria y Protohistoria de Florencia, junto a participaciones puntuales de especialistas ingleses, etíopes e israelíes. De nuevo, el afán de trascendencia internacional llevó a que participaciones tan heterogéneas quedaran unificadas en una monografía que en su totalidad está presentada en inglés, pese a que los textos originales fueron redactados en italiano y francés. Una única errata seria se puede señalar con respecto a los aspectos formales; o bien los editores han olvidado incluir la obra en el registro de la propiedad intelectual, o bien han olvidado explicitarlo en el libro: en ninguno de los tomos es posible encontrar referencia al ISBN de la monografía. Por lo que se refiere a la estructura, la monografía comienza con varios prefacios, introducciones y agradecimientos, en los que quiero destacar el del etíope J. Saddo, presidente de la región de Oromía donde se localiza Melka Kunture. Chavaillon y Piperno tienen en cuenta que constituyen una misión extranjera en un país que no es el suyo, y tratan de implicar a las instituciones y la población local en la investigación que están realizando. Esta sensibilidad, difícil de encontrar en monografías de otros autores que también trabajan en África, quedó ya bien evidenciada en la publicación de la guía de Melka Kunture incluyendo textos en ahmárico (Bulgarelli y Piperno 2000), en la creación del museo in situ en la zona arqueológica, y también ahora en la monografía que aquí reseño. Tras los prefacios, los primeros dos capítulos están dedicados a una introducción general al complejo arqueológico de Melka Kunture. Primero se describe la historia de las excavaciones, que comenzaron con Jean Chavaillon, quien dirigió los trabajos entre 1965 y 1995. Desde ese momento y hasta la actualidad, los trabajos han sido dirigidos por Marcello Piperno, quien ya estaba implicado en las excavaciones desde principios de la década de 1970. Tras pormenorizar la historia de las intervenciones, el siguiente capítulo queda dedicado a la descripción de todos los yacimientos descubiertos hasta la fecha. Este apartado es especialmente importante para los interesados en la secuencia de Melka Kunture, ya que se describen casi dos decenas de yacimientos arqueológicos que en publicaciones sintéticas previas (por ejemplo Chavaillon et al. 1979) sólo eran citados vagamente. Descubrimos aquí el rico potencial arqueológico de la secuencia de terrazas fluviales del Awash en la zona de Melka Kunture, y el amplio rango cronológico que abarca, incluyendo prácticamente todas las fases del Pleistoceno. El siguiente bloque de capítulos está dedicado a distintos aspectos de la geología de la zona. Así, tras un capítulo sobre los rasgos geológicos regionales, hay estudios específicos sobre el vulcanismo, la petrología, la litología o la secuencia estratigráfica de algunas de las terrazas del Awash. Tras estos estudios algo heterogéneos, encontramos un capítulo dedicado a la descripción paleontológica de los yacimientos más relevantes de Melka Kunture. Aquí, el estudio se limita a una descripción de las especies identificadas y a una breve exposición de las implicaciones paleoecológicas derivadas. Tras ello, entramos en lo que supone la parte principal de la monografía, y es la descripción de los materiales líticos en tres yacimientos, Karre I, Gombore I y Garba IV. El estudio de estos dos últimos conjuntos líticos suma más de 350 páginas de la publicación, y es en realidad el eje de toda la monografía. El análisis de Gombore I, realizado por Jean Chavaillon, A. Berthelet y Nicole Chavaillon, trata distintos aspectos tipológicos de la colección lítica. Por su parte, la descripción del registro de Garba IV, a cargo principalmente de Piperno, M. Bulgarelli y R. Gallotti, suma al análisis tipológico del material lítico un estudio detallado de la configuración espacial de los restos a través de la elaboración de un SIG. Las dos últimas partes de la monografía están dedicadas a los restos óseos; Fiore y Tagliacozzo realizan un estudio zooarqueológico detallado de Garba IV, incluyendo los rasgos tafonómicos y la configuración espacial de los huesos. Después, la monografía se cierra con tres capítulos sobre los restos humanos encontrados en Melka Kunture; tras un sumario general de la evidencia paleoantropológica realizado por Coppens, Condemi y otros autores se centran en la descripción de los rasgos de la mandíbula infantil de Homo erectus / ergaster encontrada en Garba IV. El Volumen I de la monografía termina con la bibliografía y un índice analítico, y conduce al Volumen II, donde están disponibles detalladas planimetrías sobre los restos óseos y líticos registrados en Garba IV y Gombore I. La descripción de la estructura de la monografía permite hacer algunas valoraciones generales. En primer lugar, queda claro que no es una monografía dedicada a Melka Kunture en su totalidad, sino básicamente a dos yacimientos, Gombore I y Garba IV, con una cronología de 1,5 ma y adscritos por los autores al Olduvayense. Aparte del capítulo introductorio a la secuencia de Melka Kunture realizado por Chavaillon y Berthelet, el resto de yacimientos no reciben casi atención a lo largo de la monografía. Obviamente eso se debe a que tanto Gombore I como Garba IV han sido excavados extensamente, mientras que en muchos de los otros yacimientos sólo se han realizado trabajos puntuales. En todo caso, debe quedar claro que no es una monografía sobre la zona de Melka Kunture (como sugiere el título), sino sobre sólo dos de los conjuntos. Esta descompensación también existe entre los dos conjuntos descritos; aunque de Gombore I es cierto que en el Volumen II están disponibles todas las planime-trías, no hay en el texto un interés en interpretar las dinámicas espaciales del yacimiento. En realidad, la descripción de Gombore I se limita a un análisis tipológico de la industria, por lo que tampoco contamos con un estudio sobre los restos óseos. Esto contrasta con la descripción de Garba IV donde, junto al estudio tipológico de los artefactos, tenemos un meticuloso análisis zooarqueológico, así como una concienzuda descripción de los restos humanos. Además, en Garba IV existe también una constante preocupación por comprender los procesos de formación del registro y la estructura espacial del yacimiento y, en definitiva, se aprecia una concepción integral en la descripción del conjunto. Todo esto no se observa en el análisis de Gombore I, por lo que a nivel metodológico y descriptivo la monografía está descompensada. A mi juicio la obra tiene otros dos problemas de estructura; el primero es que en ningún momento se presenta una síntesis crono-estratigráfica de la secuencia, que debería describirse en las partes iniciales del trabajo. Cierto es que en algunos de los capítulos dedicados a la geología puede consultarse parte de esa información, pero ésta no se presenta de forma clara, y en general estos capítulos geológicos son demasiado heterogéneos temáticamente y no facilitan la comprensión del registro arqueológico. El otro gran problema de estructura, en mi opinión el más serio, es que al final de la monografía no hay una valoración de los trabajos realizados, de sus implicaciones para la secuencia de Melka Kunture, ni tampoco de su relevancia en el marco de la arqueología del Plio-Pleistoceno africano. Pienso que eso responde a la falta de interconexión entre las distintas partes de la monografía, que supone más una colección de artículos que un trabajo conjunto de interpretación del registro. Otro de los problemas, el principal relacionado con el contenido de las descripciones del material lítico, es su aproximación puramente tipológica. Es cierto que en los capítulos introductorios se explicita que la metodología es tipológica, y Chavaillon y Piperno asumen la necesidad de un futuro estudio tecnológico. Seguramente, cuando dicho análisis esté disponible seremos capaces de conocer con mayor exactitud el comportamiento de los homínidos que ocuparon Garba IV y Gombore I. Dicho estudio tecnológico, junto a la publicación de otros yacimientos que en esta monografía son tratados sólo tangencialmente, deben ser el objetivo de futuras publicaciones sobre Melka Kunture. En todo caso, y para terminar, debemos felicitarnos por la publicación de esta monografía. Los yacimientos arqueológicos con más de un millón de años son muy escasos, y las publicaciones monográficas sobre ellos más aún. La memoria de Melka Kunture viene a cerrar un ciclo de excavaciones en África oriental que se abrió en la década de 1960, y que ha conducido a la publicación de las monografías de los Lechos I y II de Olduvai (Leakey 1971), Koobi Fora (Isaac 1997), y ahora Melka Kunture. La publicación de esta última tiene una gran relevancia para el conocimiento de la arqueología del Plio-Pleistoceno africano, y espero que tenga la difusión en el mundo académico que se merece. La presente publicación es el primer volumen de lo que pretende ser una colección consagrada a las excavaciones realizadas por la Universidad de Lieja entre 1991 y 1998 en Tell Amarna, un yacimiento arqueológico situado en el norte de Siria. Esta primera publicación es el resultado de una colaboración entre el equipo de la Universidad Autónoma de Barcelona, que dirige el profesor Miquel Molist, y el equipo belga coordinado por el profesor Önhan Tunca. Como su propio título indica, el libro está reservado al estudio de los materiales correspondientes al período Halaf (Neolítico cerámico), recuperados en el chantier L durante las campañas de 1992, 1993 y 1997, ésta última bajo la responsabilidad del prehistoriador catalán W. Cruells. Tell Amarna es un yacimiento ubicado cerca del valle del Éufrates sirio, a unos 8 km al sur de la antigua ciudad de Karkemish, en la actual frontera sirioturca. Desde 1991 este tell (término con el que los árabes llaman a los lugares arqueológicos) ha sido el excavado por una misión arqueológica de la Universidad de Lieja, que ha trabajado en el marco de la operación de salvamento internacional promovida por las autoridades sirias, con motivo de la construcción de la presa de Tishrin. Gracias a este llamamiento de la Dirección General de Antigüedades y Museos de Damasco, se ha llevado a cabo la excavación durante los años noventa del pasado siglo de dieciséis yacimientos, que estaban amenazados por las aguas del futuro pantano, hoy ya en pleno funcionamiento. A esta llamada acudieron equipos de diversas nacionalidades, entre ellos dos españoles, uno de la Universidad de Barcelona, que trabajó en Tell Qara Quzaq, y otro de la Universidad Autónoma de Barcelona en el asentamiento neolítico de Tell Halula, donde aún continúa trabajando bajo la dirección de Miquel Molist. Los primeros resultados de las investigaciones llevadas a cabo por estos dieciséis equipos, entre ellos el de Tell Amarna, fueron puestos en común en un coloquio internacional celebrado en Barcelona en 1998(Olmo Lete y Montero Fenollós 1999). Tell Amarna es un yacimiento conocido desde antiguo. Leonard Woolley (1914) el arqueólogo inglés que excavó el célebre cementerio real de Ur, publicaba un artículo sobre lo que él entendía que eran los restos de las costumbres funerarias de los hititas del norte de Siria. Se trataba de cerámicas y metales comprados por él y su ayudante, el famoso Lawrence de Arabia, en la región de Karkemish. De estas antigüedades adquiridas por Woolley a campesinos de la región, se conserva una importante colección de bronces procedente de Tell Amarna, hoy en el British Museum de Londres, perteneciente al III milenio a.C. y no a la fase hitita como pensaba Woolley. En efecto, las excavaciones belgas en Tell Amarna han puesto en evidencia que la ocupación principal del asentamiento pertenece al período Bronce Antiguo IV (h. Sin embargo, en la parte baja de un wadi situado a unos 500 m al sureste del tell se identificaron en 1992 vestigios del período Halaf. Es el denominado chantier L por los arqueólogos belgas, cuya excavación forma la base documental del libro que aquí comentamos. El libro consta de doce capítulos, tres de ellos en francés y el resto en inglés. A esto hay que añadir un resumen en árabe y un CD con varias imágenes en color. La temática de los diferentes capítulos es la siguiente: introducción, el contexto geológico y geomorfológico, los sondeos, estudio microestratigráfico, la cerámica, artefactos de hueso y piedra, industria lítica y macrolítica, análisis de la fauna y, por último, Tell Amarna en el marco general del período Halaf. El peso de la obra recae claramente sobre el estudio de la cerámica, que comprende 160 páginas (capítulo 5) más dos pequeños trabajos de análisis de laboratorio (capítulos 6 y 7). El estudio de la cerámica Halaf está realizado por el arqueólogo W. Cruells (1998Cruells (, 2001; Cruells y Nieuwenhuyse 2004) especialista en este ámbito como lo demuestran sus diversas publicaciones. El estudio ceramológico se basa en el análisis de más de 10.000 fragmentos de cerámicas, que según la técnica y material utilizados han sido clasificados en cinco grupos, siendo la categoría más importante la representada por la cerámica fina, tanto pintada como no. Además de un estudio detallado de las formas (vasos, platos, jarras, etc.), de la decoración y la técnica, el autor incluye 60 planchas con dibujos de las piezas más significativas junto a una descripción de éstas y sus paralelos en otros yacimientos halafienses de Siria, Iraq y Turquía. El estudio de la cerámica se completa con un ensayo de caracterización mediante el uso de técnicas de análisis petrográfico y mineralógico, que parece indicar el uso de tierras de carácter local para la elaboración de la arcilla. Otro estudio de laboratorio permite concluir que se emplearon pigmentos de magnetita o de una mezcla de ésta con hematites para pintar la cerámica. Otros dos capítulos importantes son los referidos a la industria lítica y los restos de fauna. El primero, el capítulo 9, es obra de A. Ferrer (1), investigador del equipo de Tell Halula especializado en este tipo de vestigios arqueológicos y se centra en el análisis de 347 piezas líticas entre núcleos, lascas y piezas retocadas, en su mayor parte de sílex (aunque también hay algún ejemplar de obsidiana). Tras el análisis detallado del material, el autor concluye que en Tell Amarna se utilizaron al menos cuatro procesos técnicos diferentes. El análisis de los restos de fauna (capítulo 11) se debe a M. Saña (1999), profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en arqueozoología del Próximo Oriente. El objeto de este estudio es averiguar el sistema de subsistencia de los antiguos habitantes de Tell Amarna. Todo parece indicar que la base de este sistema era la domesticación animal, con especial énfasis en la oveja y la cabra. Estos animales domésticos proporcionaban principalmente carne, pero también leche y lana. Se ha identificado, igualmente, la existencia de algunas especies salvajes (Dama mesopotamica, Equus y Gazella), de donde se puede deducir la práctica de la caza. Lamentablemente, nada se sabe sobre los recursos procedentes de la producción agrícola, puesto que Tell Amarna no ha proporcionado restos botánicos para analizar. El libro finaliza con un capítulo de conclusiones (capítulo 12) escrito por M. Molist, Ö. En él los autores intentan insertar los hallazgos de Tell Amarna en el contexto general de la cultura Halaf, tanto desde el punto de vista cronológico como en lo referente a cultura material. En su opinión, Tell Amarna era un hábitat o campamento de carácter temporal, dentro del período denominado Halaf Medio, con una fase de ocupación única y, al parecer, corta. No se trata de una aldea de tipo permanente. Esto podría explicar, al menos en parte, la ausencia casi total de restos arquitectónicos, a excepción de un fragmento de muro en el sondeo L.18. En este sentido, no se puede obviar, que la secuencia estratigráfica del sitio es, en palabras de los propios autores, very frustrating (p. 25), ya que según los estudios geomorfológicos y microestratigráficos el yacimiento sufrió varios procesos de destrucción, que han alterado el depósito arqueológico original. Tell Amarna sufrió una alteración postdeposicional, con los problemas que ello supone. Este hecho provoca, así mismo, que desconozcamos las características del asentamiento y la extensión exacta del mismo (a pesar de la superficie de 70 m 2 excavada). El hallazgo de las primeras cerámicas halafienes en Siria se debe a las excavaciones del diplomático germano Max Frieherr von Oppenheim en 1911 en la vieja colina llamada Halaf, de donde proviene el nombre de (1) A. Ferrer, El sector SS7 de Tell Halula. Tesis de Licenciatura inédita. Universidad Autónoma de Barcelona, 2000. esta antigua cultura. Nuestro conocimiento sobre ella está empezando a cambiar casi un siglo después de su descubrimiento, pues las investigaciones sobre Halaf en Siria se han multiplicado en los últimos años y están aportando nueva luz. Los trabajos en Sabi Abyad, Halula, Amarna, Chagar Bazar, etc. hacen pensar que el alto Éufrates sirio fue un foco original de la emergencia de esta cultura neolítica. Hasta hace bien poco se pensaba todo lo contrario, es decir, que el único núcleo dinamizador y difusor de la cultura Halaf se situaba en el norte del actual Iraq. Los recientes estudios están permitiendo, así mismo, precisar mejor las diferentes fases de desarrollo de Halaf, llegando incluso a distinguirse recientemente un corto período de transición, llamado Proto-Halaf (6100-5950 cal. BC), entre las fases Pre-Halaf y Halaf antiguo (Cruells y Nieuwenhuyse 2004). En todos estos avances sobre el conocimiento del origen y desarrollo de la cultura Halaf en Siria debemos mucho a la investigación española, en particular al equipo de la Universidad Autónoma de Barcelona que, desde 1991, excava en Tell Halula y colabora en el estudio de otros yacimientos neolíticos de la zona (Tell Amarna y Chagar Bazar), bajo la dirección de Miquel Molist. Para concluir, no nos queda más que felicitar al profesor Molist y a sus colaboradores por el magnífico trabajo realizado en el estudio de las primeras sociedades agrícolas y ganaderas en el valle del Éufrates, en un país como el nuestro, no lo olvidemos, donde la arqueología oriental aún está en "pañales" en comparación con otros países de nuestro entorno, como Francia, por citar un caso cercano. Este libro sobre el período Halaf en Tell Amarna (Siria), obra sin duda de referencia para los prehistoriadores que trabajan sobre el Neolítico del Próximo Oriente, es un ejemplo de que algo está cambiando en la investigación arqueológica española. El título del libro expresa adecuadamente el objetivo que se persigue en su interior: la búsqueda a través de las evidencias arqueológicas de la existencia o no de una sociedad compleja en la región cantábrica. Como el mismo autor expone en el prefacio se trata de una sinopsis de su tesis doctoral defendida en 2000 (Ontañón 2001), en la que se obvia el "aparato más descriptivo, o arqueográfico (concentrando) el desarrollo de la obra en la exposición del proceso in-vestigador.... hasta la elaboración de un intento de reconstrucción histórica". Con ello justifica el hecho de que en su interior apenas se encuentren datos específicos del registro arqueológico, a excepción de alguna selección de piezas concretas, remitiendo al lector a la citada publicación. Sin embargo se echa en falta mostrar, al menos, algún compendio ilustrativo referente a prototipos de estructuras funerarias o modelos de asentamiento, que facilitarían una mejor comprensión a un lector no familiarizado con la arqueología prehistórica de esta región. La propuesta de esta investigación no deja de ser ambiciosa, tanto desde el enfoque teórico elegido, como desde el ámbito cronológico y espacial en la que se desarrolla, teniendo en cuenta las limitaciones de carácter historiográfico y los desajustes de información arqueológica disponible. Por una parte el interés de la Prehistoria cantábrica se ha focalizado hacia la investigación de los períodos paleolíticos, de gran significación a nivel peninsular, en detrimento de los períodos posteriores de la Prehistoria reciente y las fases de transición, de menos "interés" arqueográfico e imbuidos de una tradicional "consideración" de aislamiento, retraso y marginalidad respecto a otras áreas vecinas. Por otra parte y como consecuencia de lo anterior, el volumen de información suele ser más reducido que en otras regiones y ello conlleva un mayor esfuerzo al investigador para cubrir las deficiencias que supone tratar aspectos como el de relaciones sociales o el de realizar interpretaciones históricas a gran escala. Por ello es doblemente meritorio este trabajo. Si por un lado proporciona una síntesis muy elaborada de la Prehistoria reciente, rellenando una laguna de información entre las regiones vecinas que se hacía necesaria, por otra se enfrenta a las nuevas estrategias teóricometodológicas de investigación al mismo nivel que se aplican en otras regiones peninsulares con mayor atención y relevancia sobre este período. En este sentido la mejor aspiración de este trabajo es intentar poner en su justo valor el modo de vida de estas comunidades cántabras que se desarrollaron de forma sincrónica con otras peninsulares. El trabajo se estructura en tres grandes bloques: una primera parte dedicada a establecer las propuestas teóricas y metodológicas sobre las que se sustenta el estudio, una segunda en la que se expone la base de la información para el análisis de las estructuras económicas y sociales del Calcolítico cantábrico y una tercera, que constituye el núcleo interpretativo del trabajo, en la que se describe desde una amplia perspectiva el proceso histórico que tiene lugar entre el Neolítico y la Edad del Bronce. Con una actitud sincera el autor considera que el trabajo constituye un compendio de las diferentes tendencias teórico-metodológicas que se han venido desarrollando (y que en cierta medida aún coexisten) en la investigación arqueológica acerca de este período, desde el historicismo cultural al materialismo histórico y tendencias post-procesualistas. Ante ello manifiesta "una absoluta falta de pretensiones totalizadoras", teniendo en cuenta las "fuertes limitaciones" de estas propuestas para aprehender una realidad que resulta más compleja de lo que se puede percibir. Y apoyándose en un enfoque próximo al materialismo histórico (marxismo estructuralista), principalmente en lo que se refiere al análisis socioeconómico e interpretación histórica, sin descartar aportaciones de la metodología funcionalista para el análisis del medio y de recurrencias a criterios tipológico-comparativos, R. Ontañón fundamenta la base teórico-metodológica sobre la que realizar su propuesta para la identificación de la complejidad social durante el Calcolítico. Este cierto eclecticismo se hace notar en el empleo de expresiones, términos conceptuales y recursos de diferentes modelos interpretativos (resultando a veces reiterativos) que se justificarían por el especial interés que muestra el autor por exprimir toda la información disponible al objeto de concretar una interpretación en torno a la complejidad social. El primer problema que se plantea es cómo identificar el límite crono-cultural y los elementos de la cultura material que definan el Calcolítico en esta región. La aparición de la metalurgia, supuesta característica tradicional en otras regiones peninsulares, no sirve aquí como "elemento diagnóstico satisfactorio para la delimitación de este período", ya que su implantación resulta tardía y su mayor producción corresponde al "campaniforme". Tampoco otros indicadores, como la cerámica (a excepción del mismo repertorio campaniforme), el ritual funerario o los asentamientos, son indicios suficientemente expresivos (a los que habría que sumar las carencias de información disponibles), que permitan distinguir claramente entre las etapas iniciales y finales del Neolítico, Calcolítico y Edad del Bronce en un marco de periodización convencional. El elemento que el autor utiliza como principal referente en la sistematización regional es la punta lítica con retoque plano o cubriente, ya que coincide "casi exactamente" con el desarrollo de la etapa calcolítica. Apoyándose en la exploración de las características geográficas y medioambientales de la región, que no han sufrido apenas modificaciones desde el período Subboreal, valora el papel determinante que el medio debió de tener tanto en las actividades económicas y aprovechamiento de los recursos de estas formaciones sociales, como en las rutas de circulación, contrastán-dolo con los datos proporcionado por los yacimientos mejor contextualizados. Así, el reconocimiento de los datos disponibles le permite plantear con mayor aproximación cuestiones relativas a la autoctonía-aloctonía de los minerales, su explotación y los mecanismos de circulación de productos a escala intra e interregional, la distribución de los recursos faunísticos, la importancia de la ganadería y el grado de cuantificación de su aprovechamiento cárnico y, aunque con escasas evidencias en el caso de los recursos vegetales, al menos puede constatar la implantación de la agricultura ya en el Neolítico (Arias 1991) y el predominio de los cereales al final del Calcolítico. Una de las variables más significativas en orden a identificar la complejidad social se refiere a la patrones de asentamiento, su distribución y articulación en el territorio. Para afrontar la ocupación del espacio el autor considera todos los yacimientos conocidos, con sus diferentes categorías funcionales: asentamientos al aire libre y en cuevas, áreas de actividad industrial, megalitos y cuevas sepulcrales, estaciones de arte rupestre y hallazgos aislados. La información documental se expone de forma general por lo que se haría necesario, como ya se comentó antes, recurrir a la tesis doctoral publicada en el caso de pretender examinar datos específicos de los yacimientos. Para el estudio de los asentamientos se dispone de escasas noticias y ello supone para el autor un handicap a la hora de pronunciarse sobre interpretaciones acerca de la jerarquización del territorio, al menos al nivel que se opera en otras regiones peninsulares, ya que no existen grandes asentamientos, ni fortificaciones y una gran proporción de sitios de habitación se encuentra en cuevas. A pesar de estas deficiencias R. Ontañón considera que en el análisis específico de la región, se hallan indicios de jerarquización, y basándose en la diversidad funcional de los yacimientos, las relativas desigualdades de los sitios de ocupación y las labores que en ellos se desempeñan llega a diferenciar entre "yacimientos centrales", o de vivienda permanente, y "yacimientos secundarios", dedicados a otras tareas específicas, aunque ello no implicaría una organización jerarquizada del poblamiento, o de la sociedad, sino una jerarquización funcional. Las diferencias en la distribución regional de los yacimientos se comprenden mejor atendiendo a criterios de funcionalidad y ubicación a través de una original ordenación que el autor expresa (con gráficos estadísticos) en sentido horizontal-longitudinal y vertical-altitudinal, adecuado a la especial orografía del terreno. Ello le permite proponer un modelo de ocupación, determinado por el factor geográfico de la región, según el cual el poblamiento se organizaría en una apretada yuxtaposición de entidades territoriales constituidas por valles situados entre montañas (con una mayor concentración próxima a la franja litoral) y con áreas funerarias alejadas e instaladas en sitios menos accesibles. En los puntos más elevados se encuentran los espacios de aprovechamiento económico especializado (recursos faunisticos y minerales), intensamente ritualizados y posibles lugares de interacción social. Económicamente se trata de un modelo de autosubsistencia, no autárquico, a escala comarcal, aunque abierto a la densa red de contactos intrarregionales (especialmente observada a través de la cerámica) e interregionales, a través de materiales exóticos y conocimientos tecnológicos e ideográficos. La dos variables consideradas, como especialización e interacción, resultan primordiales en el análisis de la complejidad social. Respecto a la metalurgia, el autor se pregunta si podrían existir verdaderos especialistas, una cuestión que intenta resolver desde el enfoque marxista con extrema cautela, ya que se trataría de dilucidar cuestiones relativas a la división social del trabajo y a la existencia de clases sociales. A tenor del conjunto de evidencias (documentadas contextualmente en todo el proceso de la cadena operativa) y análisis arqueometalúrgicos, reconoce en ellas una actividad especializada, a la que contribuiría el alto grado de estandarización de los productos y su comercialización por regiones vecinas. Pero matiza esta afirmación proponiendo un modelo de producción a pequeña escala sostenido por especialistas con dedicación parcial, un modelo que no supone la existencia de una verdadera división del trabajo. Por otra parte y teniendo en cuenta el protagonismo otorgado a la metalurgia como factor causal de cambios socioeconómicos, su investigación le llevan a considerar que en la región cantábrica esta actividad no constituye una causa sino que es efecto de tal complejidad, un reflejo del poder que han ido acumulando las élites sociales. También la actividad pastoril es sometida al análisis de esta variable de especialización por el peso que la ganadería tuvo en la economía de esta región. Sin embargo considera que se trataría de una dedicación parcial, aunque no descarta el hecho de que el ganado supusiera un factor principal en la gestación de la desigualdad social, junto con la agricultura, cuya producción podría ser controlada por las élites emergentes. Para el caso de la variable de interacción existen sólidas evidencias de redes de circulación de productos a escala intra e interregional, basados principalmente en el tráfico de bienes de prestigio. Así, considerando determinados ítems, como objetos metálicos, cerámicas campaniformes, o los elementos de adornos en materiales exóticos entre otros, establece un sistema de intercambios comerciales entre la región cantábrica y las vecinas. De ello resulta que, a pesar de ciertas diferencias observadas en la dirección de las interacciones interregionales por parte de las áreas occidentales y centro-orientales y el grado de distribución de estos productos entre ellas, se aprecia homogeneidad cultural y con poca variación de marcadores de estatus en el espacio regional. Ello, siguiendo a P.K. Wason (1994) sugiere que se trataría de una región ocupada por una misma sociedad, o por varias agrupaciones sociales, no competitivas. Por el contrario los diferentes hallazgos del típico repertorio campaniforme en la Meseta y la región cantábrica, asociados en la primera y disociados en la segunda, le hacen plantearse si estas diferencias podrían deberse a distintos grados de complejidad social (ma-yor en la Meseta) y consecuentemente a relaciones de intercambio desigual. Las específicas representaciones de la zona, "idoliformes" con armas, son reinterpretadas aquí como figuras antropomorfas masculinas, manifestaciones ideológicas cuya situación dominante en el paisaje reflejarían la preeminencia social de alguna forma de poder individual al final del Calcolítico y una apropiación simbólica del espacio. Otro de los aspectos más densamente tratados en el libro se refiere a las prácticas funerarias, de las que existe una considerable diversidad en cuanto a tipos de contenedores, emplazamientos, distribución, enterramientos o ajuares. El autor acertadamente las analiza no de forma independiente sino integrada en el conjunto de evidencias que le permitan profundizar en el esclarecimiento de las relaciones sociales de producción. Esta variabilidad encuentra su mejor explicación en una ordenación diacrónica, desde el Neolítico a la Edad del Bronce, expuesta a través de los cambios que se ocasionan en la inhumación, desde el enterramiento colectivo al individual, y donde la presencia de objetos de prestigio en los ajuares de los últimos momentos demuestran indicios de diferenciación social. Es precisamente a través del análisis del conjunto de evidencias que se manifiestan en este proceso histórico, entre el IV y II milenio cal BC, como el autor consigue destacar los cambios que se producen en la formación económico-social: una estructura de base económica agropecuaria en la cual se van desarrollando "tendencias" hacia la desigualdad social, que evoluciona desde formas de organización tribal, o segmentarias, hacia un nivel superior de organización jerárquica, un "sistema análogo a la jefatura", pero que en la región cantábrica no llega a alcanzar esta categoría, al menos durante el Calcolítico. R. Ontañón señala en el libro las pautas que le han llevado al reconocimiento de la complejidad social, sin pretender con ello, como explica al inicio, ser concluyente. Pero si efectuáramos una sucinta síntesis nos daríamos cuenta de la definición conseguida en cuanto a la especificidad del proceso histórico, la homogeneidad del poblamiento, o la peculiaridad de las relaciones sociales en esta región, que supone una substancial valoración del tema si la ponemos en relación con el conjunto de investigaciones desarrolladas a escala peninsular. Y en este punto lo importante es por el momento identificar el "incremento de la complejidad social" en el proceso diacrónico de cambio observado en las comunidades de nuestra Prehistoria Reciente (Fernández-Manzano y Montero 2001: 33). Ello permite a la región cantábrica introducirse oportunamente en el debate que a nivel internacional se está produciendo actualmente en torno a la complejización social y sobre las nuevas formas de abordar esta investigación (ver por ejemplo Earle 2002; Chapman 2003). El libro marca, pues, el "camino hacia la complejidad social" quedando abierto a nuevas investigaciones, pero sin duda será un libro de referencia que imprimirá un punto de inflexión para futuros estudios de la Prehistoria reciente en esta región. Veinte años después de que Caballero Klink (1983) diera a la prensa su pormenorizado estudio sobre la pintura esquemática de la vertiente septentrional de Sierra Morena, en dos voluminosos tomos, con un total de 544 páginas y 121 láminas, en las que se reproducían calcos de sus grafismos y alzados, plantas y secciones de sus abrigos, ve la luz, ahora, un sucinto resumen de aquel trabajo, aderezado -además de con 37 calcos y 18 plantas-alzados y secciones de Caballero, 3 calcos de Breuil y 4 de González Ortiz-con 175 fotografías en color del paisaje, de la fauna local y de las propias pinturas. Tan importante resulta este corpus fotográfico -recuérdese que en la obra de Caballero no aparecía ni una sola fotografía-que nos parece, a más de otras cosas que habrán de considerarse, característica básica y fundamental de la obra. Y es que, la claridad del calco cobra aún mayor valor si junto a él se reproducen imágenes a color que muestren el cromatismo de la roca, de los accidentes y elementos naturales y antrópicos y, obviamente, de los propios motivos pictóricos. En esto, la obra de Macarena Fernández complementa perfectamente el corpus de Caballero (Gómez-Barrera 1984-1985) y el anterior del abate H. Breuil. Pero, es que además, el libro que comentamos resulta cómodo, manejable y útil, apropia-do para el viajero que desee recorrer los campos del Valle de Alcudia y Sierra Madrona en busca, y contemplación, de sus afamadas pinturas. Dicho lo cual, habrá que convenir también que el libro de Fernández Rodríguez es algo más que un resumen, como lo calificaba de salida, o una guía, como apuntaba en el párrafo anterior. Es un libro de arte rupestre que, en primer lugar, enmarca una guía de arte rupestre, que, en segundo lugar, contextualiza el arte rupestre de una zona, y que, en tercero, lo "pone en valor", acercándolo al ciudadano, ayudando así a que éste colabore con el desarrollo local y la dinamización socioeconómica de la Mancomunidad de Municipios del Valle de Alcudia y Sierra Madrona. Y sobre todo, detrás del libro de Macarena Fernández hay, como anota significativamente en el prólogo la Profesora Chapa Brunet, una "concepción ecológica de la historia", un serio proyecto científico que avale una seria y fundamentada divulgación, una correcta actuación conservadora y, en los casos que lo precisen, una adecuada acción restauradora. De este proyecto, es parte importante el libro que le presentamos al lector, hábilmente avalado por la propia presentación que la autora y su equipo hizo del mismo en las páginas de Revista de Arqueología y en el I Congreso sobre Arte Rupestre Esquemático en la Península Ibérica celebrado en Almería (Fernández Rodríguez y López Fernández 2004; Fernández Rodríguez et al. 2004). Y, en fin, otra virtud que es preciso ponderar de este libro es que es fiel reflejo de la inquietud de la autora, más preocupada porque su texto resulte comprensible al lector común y general que por su exhaustividad analítica y descriptiva. Con todo, no quisiéramos agotar el espacio de esta recensión con nuestras propias opiniones, privando a nuestro casual lector de una información precisa del contenido de la obra. Esta, y es bueno que se sepa de antemano, no está disponible en librerías y quien desee su consulta o su adquisición deberá dirigirse al Centro de Desarrollo Rural del Valle de Alcudia. Tras una expresiva presentación y un más que interesante y justificado prólogo de la Dra. Teresa Chapa Brunet, se abre el trabajo con una brevísima introducción y un amplio capítulo, asimismo introductorio, que responde al título "Los diferentes estilos del arte rupestre prehistórico en la Península Ibérica" (pp. 17-61) y tiene por objeto, en una brillante lección, ilustrar al ignorante, ampliar los conocimientos del iniciado y siempre, desde el más absoluto de los respetos, valorar y sistematizar la investigación que sobre este campo de la ciencia se ha llevado a cabo en España en los últimos años. Leído este apartado, tan extenso como documentado, todo el mundo estará en disposición de seguir las explicaciones -descriptivas, significativas y puntualesdel verdadero y auténtico contenido de la obra: Las pinturas rupestres esquemáticas del Valle de Alcudia y Sierra Madrona, que ocupará todo el capítulo tercero (pp. 63-279), eje esencial y vertebral de la obra. En efecto: el tema esencial de este libro queda ampliamente expuesto en las 216 páginas y 233 ilustraciones de que consta este tercer capítulo. Se recuer-da, en él, la Historia de la Investigación (pp. 63-66), bien definida por el bicentenario del descubrimiento de Peña Escrita y La Batanera celebrado en 1983 y completada por las aportaciones de González Ortiz y por los propios trabajos de Macarena Fernández; se analiza el Marco Físico (pp. 66-84) estudiando el clima, los suelos, la hidrografía, la geomorfología, la vegetación y la fauna de la zona; se valora la distribución geográfica de los yacimientos (pp. 84-89), en un breve intento de relacionar el paisaje con las manifestaciones artísticas, al modo y manera que otros investigadores estamos tratando de llevar a cabo en otras zonas (Martínez García 1998; Gómez-Barrera 2001; Mateo Saura 2003); y desde la distribución geográfica se particulariza en cada núcleo artístico, coincidente en parte con la demarcación administrativa del término municipal, y dentro de aquél en cada estación, abrigo, panel o grupo pictórico (pp. 89-263). Aquí, el correcto ordenamiento de los yacimientos, su exacta localización, su breve descripción física y artística, su pormenorizada documentación gráfica -calcos, en su mayoría, de A. Caballero y fotografías de la autora o de su equipo-y su escueto, pero preciso, diagnóstico del estado de conservación, se sucede estación tras estación, configurando un corpus artístico hasta ahora conocido por los especialistas y a partir de ahora, seguramente, también por el gran público. Pero aún hay más: la autora analiza la dinámica de localización de las estaciones y las define morfológicamente en cuatro tipos según se agrupen en paredes verticales, grietas o covachas, abrigos o rocas aisladas (pp. 265-274); estudia su técnica (p. 276); y su cronología (pp. 276-277); y en todos estos bloques de análisis busca, más que una conclusión, la caracterología del grupo esquemático del Valle de Alcudia y Sierra Madrona, algo que nos parece del todo punto necesario con vistas a solventar algún día el problema de la comarcalización o regionalización del arte rupestre esquemático peninsular. Decíamos al comienzo, y volvemos a ello, que este libro era algo más que un libro de arte rupestre de una zona concreta. Es un libro de arte rupestre en general, que supera la comarca y envuelve su arte en la globalidad del "mundo esquemático" y del contexto arqueológico y cultural que lo genera. A la definición de esta idea, creemos, responde el capítulo cuarto -"El mundo del arte rupestre esquemático" (pp. 279-295)-y aún el quinto -"Condiciones y Estado de conservación del Arte Rupestre" (pp. 295-309)-y el sexto -"Figuras de protección de las Pinturas Rupestres" (pp. 311-314)-, pues los problemas de conservación, recuperación, protección, valoración y divulgación del arte rupestre esquemático no son exclusivos de una zona y sí comunes a todas, como bien puede demostrarse con sólo comparar lo dicho en el capítulo quinto de este libro con lo que nosotros hemos dejado escrito para el caso de Valonsadero (Gómez-Barrera et al. 2000). Si a todo ello añadimos que el libro cuenta con un buen índice de figuras, con una completa bibliografía y con un diseño editorial limpio, cuidadoso y serio, tendremos que concluir felicitando a la autora por su trabajo y a cuantos nos dedicamos al estudio de este tipo de manifestaciones artísticas por contar con un texto más que dignifica nuestro trabajo y ayudará en buena medida a solventar algunos de los problemas que el Arte Esquemático tiene planteados. CABALLERO KLINK, A. 1983 Uno de los principales hitos en la investigación sobre la metalurgia antigua en España fue, sin duda, el Proyecto Arqueometalúrgico de Huelva (Blanco y Rothenberg 1981). Al margen de algunas cuestiones de interpretación, discutidas y discutibles, su ejecución durante la década de los 70 significó un cambio en cuanto a metodología, aplicaciones arqueométricas e hipótesis de investigación (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia 1996: 62-68), además de un ejemplo de colaboración internacional con un gran calado en los investigadores que participaron en ella. El libro ahora comentado puede considerarse también una consecuencia directa de ese proyecto pues el autor, con una presencia anónima, participó y vivió aquella experiencia. Las dos décadas transcurridas entre ambos trabajos permite apreciar con satisfacción que nuestros conocimientos, tanto en Prehistoria como en Arqueometalurgia, han avanzado notablemente. El libro ahora comentado procede de la Tesis Doctoral de Mark Hunt leída en la Universidad de Sevilla en 1998 y es fruto de un largo trabajo y de una amplia formación. Consecuencia de ello es una investigación sólida e interdisciplinar, desde la metodología en la prospección minera a la aplicación de todas las opciones analíticas posibles integradas en un discurso coherente. La obtención y presentación de los datos de manera pulcra y sintética son la base de su interpretación. Son muchos los elementos novedosos que contiene el libro que aborda la metalurgia desde sus inicios hasta el Bronce Final Orientalizante, de ellos se comentaran sólo algunos por su repercusión futura y como estado de la cuestión de la investigación que hoy día se realiza en el SO. Quiero comenzar por los estudios de procedencia basados en los análisis de isótopos de plomo. Mark Hunt es realmente el pionero en su aplicación en la Península Ibérica. Su trabajo recogido en este libro constituye hasta la fecha el mayor esfuerzo realizado en este campo (1). Su principal aportación, además de las 44 muestras de minerales procedentes de diversas minas y de las 95 muestras arqueológicas analizadas, radica en el planteamiento de muestreo. Al igual que ocurrió inicialmente en los análisis de composición, los isótopos de plomo han prescindido del potencial informativo de los minerales arqueológicos y de los restos de actividad metalúrgica para identificar talleres y procedencias. Hasta el momento el muestreo en la investigación internacional se había centrado sólo en los objetos elaborados, y en algún caso en lingotes. Mark Hunt aborda la cuestión desde su base y antes de plantear cualquier idea sobre control y comercio pretende comprobar la primera cuestión clave: ¿coincide el mineral encontrado en yacimientos con producción metalúrgica con los objetos metálicos del mismo sitio? El resultado puede resultar sorprendente para todos aquellos que están predispuestos a ideas sobre producciones y comercio de metal bajo estricto control político en el Calcolítico y Edad del Bronce. Sin embargo, reflejan una realidad no tan simplista. Yacimientos como Amarguillo, Valencina y La Pijotilla muestran una variabilidad de recursos minerales, que además sólo coinciden parcialmente con los objetos y restos analizados en los mismos yacimientos. Estos primeros datos nos obligan a indagar en modelos alternativos que traten de explicar de manera coherente este panorama de producción e intercambio y no forzar explicaciones que los datos no sustentan. Un caso que ilustra esta peligrosa tendencia de explicar sólo una parte de los resultados a conveniencia lo encontramos en la reciente y deficiente en algunos aspectos monografía del Proyecto Odiel (Nocete 2004). El análisis de los materiales de Cabezo Juré hace suponer una explotación de las minas de Tharsis, por ser estas las más cercanas al yacimiento. Sin embargo no se encuentra explicación para la presencia de muestras que se apartan de la signatura isotópica común en la Faja Piritica Ibérica (Sáez et al. 2004: 266) y por tanto se ignora en el discurso general, o se recurre a explicaciones ad hoc para justificarla, como el punzón de la fase I que según los autores no se manufacturó en el poblado y cuyos primeros ocupantes debieron traer de no se sabe dónde (¿colonización?). Además resulta imperdonable para una publicación que pretende ser científica la ausencia de los datos básicos, tanto por la no inclusión de la tabla de análisis, como por la presentación gráfica ya manipulada de la identificación entre los minerales de Cabezo Jure y los de Tharsis (se utiliza el mismo símbolo para ambas muestras, lo que impide saber cual es cual). En cualquier caso, con los datos recogidos por Hunt (p. 116) se percibe claramente que la distribución es más heterogénea que la que se interpreta en el texto. Así, Cabezo Jure presenta el mismo problema de interpretación que yacimientos como Amarguillo, Valencina o Pijotilla, donde hay minerales y objetos de diversas procedencias aún contando con producción metalúrgica propia. La investigación con isótopos de plomo es compleja y costosa. Lo reducido de las muestras estudiadas obliga a ser prudentes. Mark Hunt es consciente a lo largo de su obra de esta situación y afirma (p. 381) que hacen falta más datos para llegar a conclusiones definitivas. Así por ejemplo, en el estudio de los metales del Depósito de la Ría de Huelva, una de las opciones planteadas era la procedencia de metal de Cerdeña (ver también Hunt 2001). Sin embargo, un reciente artículo sobre las mineralizaciones de Sierra Morena revela que algunas de ellas son similares a las sardas, y por tanto su discriminación no es tan nítida como se pensaba (Santos Zalduegui et al. 2004). Otro de los valores del libro de Hunt es la información sobre minas y trabajos de minería. El autor tiene muy claro las limitaciones de la datación de una mina y por ello su valoración genérica de "prehistórica" (mapa 3, p. 112) basada en la presencia de martillos de minero indica la potencialidad que la investigación en este terreno tiene. La cronología de una explotación requiere de excavaciones y recuperación de materiales datables, como han hecho en otros países de Europa Occidental. Esta es una tarea pendiente con la excepción de Chinflón, cuya descripción pormenorizada queda recogida (1) La otra gran aportación procede del Proyecto Gatas en el SE. En él también participó Mark Hunt y se analizaron 58 minerales y 30 análisis de objetos, aunque estos abarcan un periodo cronológico más restringido (Calcolítico y Argárico). en el libro (pp. 68-76) indicándose claramente que la mina 3 fue explotada principalmente en el Bronce Final. Una explotación desde el Calcolítico es una hipótesis posible pero no demostrable con los datos conocidos. La dificultad de datar las minas con seguridad en el Calcolítico nos impide valorar el grado de intensidad de esa explotación, y aunque Nocete (2004: 341) sugiera los índices de contaminación como prueba de tal intensidad, una vez más las tablas de datos que publican carecen de referencias comparativas que permitan valoraciones como "contaminación elevada" o "impacto inusitado". En ese periodo se produjeron cambios en el medioambiente que tienen su reflejo en los sedimentos, pero no podemos decir que fueran ni intensos, ni irreparables. En el caso de los metales, una mayor erosión por aprovechamiento agrícola o ganadero produciría el efecto de su presencia en los sedimentos, sin necesidad de un aumento de la propia producción metalúrgica. El registro arqueológico disponible presentado en el libro de Hunt es el que podemos usar para nuestras interpretaciones y no debemos basar nuestros argumentos en datos inexistentes o sin marco comparativo de referencia. Actualmente los datos sobre talleres metalúrgicos sólo avalan producciones limitadas y no hay base para sustentar división y especialización del trabajo en estas primeras fases metalúrgicas. Al igual que en el Sureste (Montero Ruiz 1994) no hay pruebas fiables del uso de toberas, como bien analiza Hunt en su libro, aún cuando el grupo de Nocete invente su presencia apoyada en una fotografía sin escala de una pieza bitroncocónica, cuyo diámetro de orificio se desconoce. La pieza habría que catalogarla como uno de esos "objetos imposibles" del diseñador Jacques Carelman, o simplemente como un soporte. Aunque inicialmente mi intención no era establecer una comparación entre el libro de Hunt y el del proyecto Odiel, la honestidad científica del primero contrasta con la publicación del segundo. Hunt analiza cada una de las posibilidades de interpretación de los resultados de isótopos de plomo y ofrece las correspondientes gráficas, aún a costa de ser pesada su lectura. No deja de apoyar sus argumentos e hipótesis con información gráfica, numérica o analítica, aunque le falte una recopilación de datos en apéndices. En el lado contrario, el proyecto Odiel suele justificar sus argumentos con autocitas o información incompleta y, por ejemplo, definen a su "tobera imposible" como uno de los principales rasgos de una metalurgia especializada (Nocete 2004: 281), pero pese a su importancia no se documenta con una foto con escala, ni con un dibujo con secciones. Un último tema a resaltar del libro de Hunt es el de la producción de plata, documentada a partir del Bronce Medio en algunos contextos funerarios. Sin embargo la introducción de la técnica de copelación y el uso del plomo como colector no tienen presencia en este primer periodo y los datos, bajo un análisis crítico del contexto, indican que su aplicación comienza en el Periodo Orientalizante. La relación de las denominadas escorias de sílice libre con estos procesos parece clara, aunque la explicación sobre la formación de este tipo de escoria todavía no esté cerrada. El propio Hunt en colaboración con Salvador Rovira ha realizado nuevas investigaciones pendientes de publicar sobre este tema (2). Es evidente que el libro de Hunt sobre la minería y metalurgia prehistórica en el SO de la Península Ibérica es imprescindible y debe ser un modelo de investigación a seguir. A seguir porque todavía hay muchos temas abiertos y cuestiones a precisar en cada uno de los periodos tratados que requieren una investigación analítica adecuada, pero abordarlos con los datos y la perspectiva global que ahora tenemos es más fácil. Ignorar este libro y los trabajos de este autor resultaría injustificable. I. IZQUIERDO, V. MAYORAL, R. OLMOS y A. PEREA, 2004: Diálogos en el País de los Iberos. El mundo ibérico resulta probablemente uno de los campos más atractivos de la arqueología protohistórica, al combinar el desarrollo de una sociedad en constantes y profundos cambios económicos y sociales con la vistosidad de unas manifestaciones artísticas espectaculares, en línea con otros contextos mediterráneos del momento. Sin embargo, su conocimiento no ha llegado aún a extenderse de forma generalizada entre los curiosos y aficionados de la Historia. Faltan todavía -salvo honrosas excepciones-textos que permitan dar el salto desde los tradicionales tópicos al nivel actual de las investigaciones y sus resultados, conformando un nuevo "estado de la cuestión" que permita acceder a este apasionante mundo. La obra que aquí se reseña pretende cumplir precisamente este cometido, abriendo una nueva e incitante puerta de entrada hacia el pasado ibérico. Para empezar, se cumplen en ella dos requisitos imprescindibles: una lectura fácil y placentera, y una buena base científica y documental. Y esto no extrañará a nadie que conozca a los autores, cuya preparación y experiencia son más que sabidas por todos. El libro de los "diálogos" se entiende como una obra colectiva, aunque cada autor se responsabilice en el índice de su propio texto. Un mismo espíritu subyace a todo el libro. Los cuatro redactores miran al mundo ibérico y ponen sus miradas en común, cuentan lo que ven a través de la arqueología, de los paisajes y de sus propias ideas, en una combinación que nace del diálogo y que se desarrolla fluidamente de principio a fin. Desde el presente, se ha querido abrir un nexo cómodo, fácil y ameno a ese mundo, tan lejano y tan cercano a la vez, tan propio y tan ajeno, de la cultura ibérica. De su esfuerzo sólo podía salir una obra excepcional, madura y a la vez abierta, y que como ellos mismos reconocen, les ha supuesto muchos descubrimientos y muchas sorpresas que contagian a su vez al lector en su discurrir por el texto. En el libro podemos reconocer tres partes principales. La primera se centra sobre todo en las fuentes escritas, en aquellos textos de autores antiguos, generalmente ajenos al devenir de lo ibérico, y que sin embargo configuraron la visión que durante mucho tiempo se tuvo de estas poblaciones, antes de la irrupción masiva de la arqueología, en cuya documentación se fundamenta el grueso de la obra. Finalmente, un último apartado se dedica a la historia reciente, a los especialistas que han forjado las bases de nuestros conocimientos, a las anécdotas y circunstancias que rodearon el nacimiento de la arqueología ibérica. Los autores han conseguido dar al texto un estilo ágil, despreocupado de las citas que hacen tan engorrosa la lectura de un trabajo científico. Esto da un poco de margen al estilo personal de cada uno, que llega a reconocerse a pesar de que exista el tamiz de una lectura común. El haber escogido como fórmula la redacción a base de epígrafes cortos y concretos resulta un gran acierto, porque el lector nunca se cansa, sino que más bien, espoleado por lo que acaba de asimilar, se lanza sin pereza a la lectura del apartado siguiente, que sabe igualmente breve. Además, siempre existe la posibilidad de realizar una lectura a salto de mata, abriendo el libro al azar, y asimilando el contenido a través de pequeñas pastillas independientes. De hecho, en este orden de lectura abierto, los Diálogos revelan su deuda con obras anteriores del mismo equipo. Podríamos seguir este rastro sobre todo hasta el catálogo de la exposición La Sociedad Ibérica a través de la Imagen, y de forma más cercana e inmediata, hasta el CD-Rom Los Iberos y sus Imágenes. En el libro de los Diálogos hay constantes invitaciones para relacionar distintos temas, con llamadas que llevan de un apartado a otro con el que se establecen vínculos temáticos o causales. La manita que apretaría el "click" en el hipervínculo de un CD es aquí la mano de los lectores, que busca nuevas páginas en las que seguir la sugerencia anunciada. Sin aparato interpuesto, salir de una página no nos da la irremisible sensación de pérdida que tenemos en el ordenador cuando cambiamos de pantalla, sin saber a ciencia cierta cómo se llegó hasta ella, o si vamos a poder recuperarla alguna vez. Y es que leer un libro sigue siendo un placer, y más si su edición es cuidada, con una distribución interna del texto limpia y atractiva, y con unas imágenes que me atrevo a calificar como un verdadero lujo, a todo color y con una escala adecuada. Además de las fotos se incluyen reconstrucciones en 3D, gráficos y mapas muy cuidados, y unos excelentes dibujos de Victorino Mayoral que, como dice el refrán, valen más que mil palabras. Su interacción con el texto, su abundancia -todas las páginas incluyen alguna imagen, y a menudo más de una-, su colorido y su selección constituyen un trabajo ingente por parte de los autores y del responsable de maquetación. Por experiencia se que contar con Raúl Areces para esta tarea es toda una garantía, pero hay que hacer extensiva a toda la estructura de publicaciones del Ministerio, y al Ministerio mismo el haber apoyado y hecho posible la publicación de este volumen, al que además se ha puesto un precio más que razonable. Estamos ante una obra que cabría calificar de divulgadora de la cultura ibérica, pero en un sentido especial. Existe hoy en día una necesidad verdaderamente acuciante de conectar el conocimiento histórico extraído de la investigación científica con los distintos sectores sociales. Así, en la excavación de yacimientos un criterio fundamental es su transformación en algo comprensible para los visitantes, y para ello hay que saber traducir a un lenguaje compartido aquello que se encuentra. Los museos han variado radicalmente su forma de exponer las colecciones por las mismas razones. La literatura, en cambio, creo que hasta ahora no ha llevado el mismo camino, o por lo menos me parece que su adaptación a estas necesidades es más lenta, quizás porque los libros en sí mismos están dando paso a otras formas de comunicación consideradas como más atractivas y accesibles, como las publicaciones multimedia o directamente las páginas de Internet. Entre las primeras cabe citar como ejemplo la de G. Munilla y F. Gracia, Cultura Ibérica editada por la Universidad de Barcelona, pero en la actualidad son muchos los yacimientos y proyectos de investigación que han generado sus propios productos, ofreciendo un notable aumento de los recursos para el conocimiento de los Iberos. Y no hablemos de Internet, donde encontramos quizás lo mejor y lo peor de la divulgación ibérica. Allí podemos hallar páginas muy interesantes, que ya fueron recogidas en un artículo elaborado precisamente por Victorino Mayoral, titulado "Iberos on line: un breve recorrido por la Cultura Ibérica en Internet", editado por Arqueoweb (1, 1999), y cuyos enlaces hoy día se multiplican con el empleo de cualquier buscador. Pero el carácter abierto de Internet nos permite disfrutar también de las propuestas más increíbles, entre las cuales mi preferida es la de las sicofonías captadas en el yacimiento de Cabezo Lucero, donde malamente se escucha a un ibero decir que va a montar su caballo... por supuesto, en perfecto castellano. Todo esto sucede porque, en general, desde el mundo académico no se ha hecho todavía un esfuerzo suficiente para establecer puentes con el público no especializado, quizás por el prurito de no poder decir nada que no esté sólidamente comprobado. Sin embargo, como vemos, por fortuna esta situación está en vías de cambiar con rapidez. Ahora el problema es: ¿tenemos información suficiente y certera para hacer una buena divulgación? ¿Hemos diseñado la investigación de forma que podamos ofrecer una visión coherente y global sobre los Iberos? Creo que puedo decir sin temor a equivocarme que por el momento puede divulgarse mejor el comportamiento funerario que la vida cotidiana, sobre la cual carecemos en muchos aspectos incluso de los datos más básicos. Las consideraciones historiográficas reunidas al final del libro proporcionan algunas claves para entender el proceso que nos ha llevado a esta situación. Pero volviendo al texto, no quiero dejar de señalar algo que también me parece muy importante, y es que su lectura irá acompañada a menudo de una sonrisa. Los autores no han querido limitarse a dar una versión neutra de la información, sino que introducen importantes elementos de humor, tanto en el lenguaje como en los contenidos. Al más allá contraponen el más acá, la escena sexual de Pozo Moro se presenta como el fotograma de una película porno, la lectura de un texto ibérico en una cerámica de Liria se propone como la onomatopeya del relincho del caballo bajo el que está escrito. Incluso se nos propone un "menú del día" ibérico completado con lo que hoy consideraríamos imprescindible en un banquete. Detrás de toda esta cordialidad aflora, sin embargo, mucho trabajo, una información de alto nivel y mucha perspicacia en su transmisión. Diálogos quiere hacer llegar al gran público una visión cercana y atractiva de la cultura ibérica, y creo que hoy por hoy, lo ha conseguido bien y valientemente. El libro Diálogos en el país de los Iberos nos incita a traspasar la puerta que han abierto los autores, a seguir su camino, a hacer un viaje que, lejos de agotarse, nos abre nuevas vías, nuevos horizontes, nuevas curiosidades. Cuando después de terminar el libro lo cerramos, se nos presenta de nuevo la portada, que es mucho más que una bella imagen, y que yo calificaría como "efecto Jumanji", en alusión a una película en la que el protagonista es un juego que tiene vida propia, y que se mueve y hace ruido para captar a nuevos jugadores. La portada de los Diálogos tiene "truco". Se ha seleccionado precisamente el medallón de la pátera de Santisteban del Puerto, en el que el lobo devora a un ser humano. Para entonces los lectores ya conocen lo que de ella dice Ricardo Olmos: "Tal como [la fiera] nos engulle nos podrá un día devolver a un lugar desconocido y lejano". La portada, es por lo tanto, una incitación a dejarse engullir, devorar, por un libro que, cada vez que lo abrimos, nos lleva a ese lugar lejano, pero ya no tan desconocido, que fue el país de los Iberos. La publicación de monografías arqueológicas se está convirtiendo en rara avis dentro del panorama de la investigación española, por eso la edición de cualquier libro que reúna estas características debe ser bienvenida. Si a ello se añaden otras circunstancias, como el que se trate de un yacimiento emblemático cuya documentación permanecía prácticamente inédita, las felicitaciones deben ser mayores. La monografía sobre la necrópolis de Galera reúne todas estas virtudes y alguna más. Es un buen ejemplo de lo mucho que se puede investigar con la "arqueología en los museos", sobre todo, en unos tiempos en los que las subvenciones para trabajos arqueológicos de investigación son menguantes. Rescatar del olvido de los almacenes y archivos de los museos excavaciones antiguas, es una tarea ingente y tan encomiable o más que iniciar proyectos de campo nuevos. ¡Y queda tanto por hacer! El libro está dividido en nueve capítulos, organizados en dos grandes apartados, uno, dedicado a la documentación de la necrópolis y otro, en el que se han recogido una serie de trabajos puntuales de carácter complementario. Los dos primeros capítulos se dedican a recoger de forma exhaustiva y ponderada toda la información relativa a los trabajos arqueológicos desarrollados en el término de Galera desde los primeros expolios conocidos hasta las prospecciones más recientes y proyecto de puesta en valor del patrimonio arqueológico. El tercer capítulo, dedicado al catálogo de tumbas y materiales, está muy bien planteado en cuanto a la información normalizada que se ofrece de cada tumba y será muy útil para trabajos futuros sobre necrópolis ibéricas. Es este apartado, siempre tedioso de elaborar pero imprescindible a la hora de abordar un estudio en profundidad, el que se echa de menos en las publicaciones más recientes. Por ello es de agradecer a los directores científicos y autores que no hayan eludido la responsabilidad de incluirlo. La distinción entre materiales revisados, no localizados y no revisados es bastante útil, pero no siempre me queda claro el por qué no se han estudiado los "no revisados". También he echado de menos una justificación, aunque fuera genérica, de las cronologías propuestas para cada tumba. Ambos aspectos, en mi opinión, están relacionados porque he encontrado dataciones que, aparentemente, no tienen justificación. Algunos ejemplos me servirán para ilustrar lo que estoy diciendo. Así, la Tumba 10 (pp. 75-82) se fecha a mediados del siglo III a.C., cuando todos los materiales, en los que se indica cronología, oscilan entre los siglos IV-III a.C.; la Tumba 24 bis (pp. 95-96) se fecha entre los siglos IV-II a.C, mientras que sus materiales se datan entre los siglos III-II a.C.; para la Tumba 26 (p. 99) se propone una cronología del siglo IV a.C. pero entre los materiales "no revisados" se recoge una jarra con decoración del "estilo Elche-Archena"; y la Tumba 150 se fecha en el cambio de Era supongo que por los materiales romanos asociados, pero no se da explicación alguna sobre las cerámicas indígenas fechadas entre los siglos IV-III a.C. Debo reconocer mi pasión personal por el estudio de los materiales, especialmente, los cerámicos porque considero que tienen un potencial no desarrollado y que, en la actualidad, se está minimizando simplemente "porque no está de moda". En mi opinión, a este capítulo le falta un estudio crítico de todos los materiales porque si, como parece desprenderse del resumen tipocronológico (fig. 112) se corrige la cronología aceptada de algunas piezas, esto debería ir acompañado de una justificación. Por otro lado, y en honor a la verdad, puedo hacer todos estos comentarios porque se ha hecho un gran esfuerzo en la presentación de los materiales, cosa que, como he comentado con anterioridad, no es habitual. La segunda parte, dedicada a "Estudios específicos", aporta una visión complementaria tratando temas muy variados. Nada que decir al respecto porque todos ellos son aportaciones valiosas de firmas de prestigio: Esperanza Manso, Teresa Chapa, Julia Sánchez, Carmen Dávila, Antonio Uriarte y Ricardo Olmos. Simplemente, señalar lo que considero una carencia en un volumen redondo: una propuesta de interpretación global de la necrópolis que hubiera completado el tra-bajo de Julia Sánchez sobre la arquitectura ¿Tal vez lo dejan, sus autores, para un trabajo futuro? En toda la obra, la inclusión de documentos originales, ante todo planos y fotografías, supone una labor impecable de recuperación de la documentación antigua, apenas empañada por la deficiente reproducción de alguna imagen, ¡quién nos lo iba a decir!, de las más recientes. Sin desdeñar ninguna de las aportaciones realizadas, el verdadero valor de este libro consiste en la recuperación para la investigación de una gran necrópolis, poniendo al día toda la documentación existente. Un espejo en el que mirarnos y ejemplo que deberíamos seguir. El Prof. Collis, catedrático de Arqueología de la universidad británica de Sheffield y con una gran reputación en el estudio de la Edad del Hierro europea, lleva más de veinte años criticando el mal uso y los errores cometidos con los celtas en la Prehistoria final, denunciando incluso el empleo interesado de la palabra celtas por los arqueólogos en sus libros para... vender más y mejor sus obras. Recuerdo que en una de las sesiones del TAG de 1992 celebrado en Southampton (Reino Unido) algunos planteamos que era necesaria la crítica desde la propia disciplina y sin rechazar el término de celtas si queríamos combatir su empleo acrítico y aún interesado. Siempre habrá quien demande información sobre los celtas y por tanto, lo que proponíamos era explicar la historia de la construcción del concepto. Algunos años más tarde Collis admitió que estaba preparando un libro sobre los celtas. El texto se ha hecho esperar algún tiempo pero finalmente estamos ante un libro que, con una mirada hipercrítica, reflexiona sobre la construcción de los celtas en Europa desde la Antigüedad hasta nuestros días, muestra las tergiversaciones y las invenciones y sitúa las coordenadas de su manipulación en las agendas políticas. El libro ha recibido la distinción al mejor libro de Arqueología para amplias audiencias en los British Archaeological Awards, los más prestigiosos de la arqueología británica, en el año 2004. El trabajo ordenado en once capítulos tiene tres partes claras: la primera es una historiografía que analiza desde las fuentes clásicas a los estudiosos de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX; la segunda parte se articula con los capítulos precedentes con uno titulado Locating de Celts y en los dos siguientes presenta un estado de la cuestión de la arqueología de los celtas por áreas, y por último, la tercera parte, explora en los capítulos finales (The Celts and politics y Present controversies) la dimensión política del uso de los celtas en varios países y resume las posiciones del autor en relación con la lingüística, la religión, la organización social y la genética. El último capítulo reúne los argumentos centrales de la posición de Collis a lo largo del libro, quien termina diciendo que con este libro cree haber contestado a dudas y preguntas de sus críticos y que pasa el debate a sus oponentes, básicamente los Megaw y Barry Cunliffe, expresamente citados en los últimos párrafos. Y ciertamente, los primeros le han tomado literalmente la palabra ya que han publicado en Antiquity una reseña (Megaw 2004) muy dura, con ironías personales y pocos argumentos más allá de algunos detalles poco relevantes. Algo esperable en quienes en alguna reunión han proyectado una diapositiva en blanco para resumir el concepto de celtas de Collis. Quizás la elección de la revista no ha sido la más afortunada. ¿Quién controla a los que eligen a los recensionistas y quién reseña a los recensionistas? La oportunidad y aún necesidad de este libro puede evaluarse por un dato incuestionable: la cantidad de "productos editoriales averiados" que se editan continuamente sobre los celtas. Sólo en el panorama español y referido exclusivamente a los últimos meses se puede destacar lo siguiente: primero, la publicación de textos clásicos de hace muchos años que se quieren colar como novedades, p.e. el de T. G. Powell (2005), traducción del original The Celts aparecido en 1958, un buen libro que sin duda ha resistido bien décadas pero vamos ya camino del medio siglo y eso resulta ya exagerado o el H. Hubert (2005) que en el colmo de las malas prácticas editoriales se presenta, sin mencionar la edición original de ¡1932!, como si fuera un libro nuevo y al que se le ha inventado un subtítulo "moderno"; segundo, la realización de traducciones más recientes pero que no eligen bien, p.e. el de M. Green (2004) no responde al título en español, ya que se trata simplemente de un diccionario de hace casi 15 años, o no son de investigación directa (Percivaldi 2004), de éste grupo sólo se salva la traducción de S. James (2005), un excelente libro aunque publicado en inglés en 1992; tercero, la aparición de libros malos de autores españoles que, descaradamente, mezclan generalidades europeas con datos peninsulares "saqueados" de trabajos especializados que no se citan o se citan mal (Huertas y de Miguel 2005). En este contexto la traducción al castellano del libro de Collis sería de lo más conveniente. En mi opinión la parte más sustancial y valiosa del libro de Collis es la primera. La deconstrucción de los celtas es francamente inteligente, clara y sugestiva. Un buen ejemplo de una excelente historiografía arqueológica. Merece la pena señalar que, aunque restringido a las Islas Británicas, el reciente libro de Morse (2005) ofrece un brillante análisis de la historia de la investigación sobre los celtas del siglo XVI al XIX que constituye un excelente complemento a los capítulos de Collis. No deja de ser irónico que el autor que ha reclamado continuamente que el estudio de la Edad del Hierro debe realizarse sin mirar a las fuentes clásicas por los equívocos a los que puede conducir, empiece este libro precisamente con un estudio de las fuentes clásicas. Incluso inicia el capítulo afirmando que si no fuera por los textos griegos y latinos nunca habríamos oído hablar de "Celtas ". La deconstrucción del concepto, por tanto, empieza por las primeras referencias de los escritores clásicos. Más complicada resulta la apretada síntesis de arqueología céltica en la que, a veces en una página o poco más se intenta dar cuenta de distintas y extensas regiones. Algún desliz entre tantos datos resulta casi inevitable y así en lo que respecta a la Península Ibérica los trabajos sobre Campos de Urnas de los años 1920 se atribuyen a Maluquer en lugar de Bosch Gimpera (p. 178) y el resumen ofrecido difícilmente puede hacer justicia a la literatura producida sobre los celtas hispanos en los últimos veinte años. Con todo Collis consigue dibujar un mapa de la Europa céltica bastante coherente y crítico al mismo tiempo. El tono del libro vuelve a subir al tratar las manipulaciones políticas de los celtas en nuestros días. La asunción de esos errores y excesos debe hacerse sin ningún trauma por parte de los investigadores. Es posible que el libro más que una "reinterpretación radical" de los Celtas, como declara el autor (p. 223), acabe resultando una crítica radical de los conceptos tradicionales de celtas y al mismo tiempo una exigencia de miradas paralelas a otras disciplinas que trabajan en territorios próximos como la lingüística, la historia del arte, la genética de poblaciones o la antropología. Es decir se ha intentado cortar el "nudo céltico" de estas disciplinas interrelacionadas, sobre todo mirando al contexto histórico en el que cada una ha contribuido al actual concepto de los Celtas (p. 12) y con todo ello se ha colocado la perspectiva en una nueva situación. Pero la interpretación de los Celtas sigue abierta y la propuesta de Collis no pretende ser una definitiva. Aunque a algunos investigadores, los "defensores" de los Celtas, les parezca que posiciones como las del autor de este libro o las de Simon James son rechazables porque son anticeltistas, yo creo todo lo contrario. En mi opinión la contribución de Collis -como la de The Atlantic Celts (1999) de James-es una soberbia ayuda para explorar las dimensiones de lo celta en el siglo XXI. Sólo a través de la conciencia crítica sobre los celtas que defiende Collis podremos avanzar en su estudio. Y eso va calando cada vez más como demuestra, entre otras cosas, que una de las cinco mesas redondas celebradas este verano sobre Celtes et Gaulois. L ́archéologie face à l ́histoire, un ambicioso proyecto francés que culminará en 2006 con un gran Coloquio en el Collège de France de Paris, se haya dedicado a Celtes et Gaulois dans l ́historiographie et l ́ideologie moderne (Universidad de Leipzig, 16-17 junio 2005). No se trata de demoler el edificio de los Celtas, se trata de reconocer las grietas, los pastiches, las reparaciones y las malas manos de pintura y de establecer su secuencia y en que medida afectan a la estructura del edificio, sólo de esta manera podremos proceder a su rehabilitación. En esta tarea el libro de Collis, especialmente en su análisis historiográfico, constituye una herramienta de gran valor. La tarea historiográfica es importante porque los Celtas van a seguir teniendo un gran atractivo a todos lo niveles y la transmisión de su conocimiento debe ser lo más limpia y honesta posible. Por ejemplo, los grandes parques arqueológicos, como el aprobado ya en Alesia (Derinck, Grapin y Mathieu 2005), son una de las más eficaces formas de comunicación y exigen rigor investigador y objetividad en los discursos construidos. Pero sin una conciencia crítica sobre nuestros conocimientos de los Celtas no resulta posible una mirada ecuánime y constructiva.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Propuestas para la Arqueología, vols. I y II, Colección Nuestros Clásicos. Escuela Nacional de Antropología e Historia Instituto Nacional de Antropología (ENAH-INAH). En 1973, Luis Felipe Bate Petersen llegó a México procedente de su Chile natal que había abandonado como consecuencia del criminal derrocamiento del Presidente Allende. El país norteamericano le acogió con una generosidad que los españoles conocemos bien (y de la que tal vez la Europa actual pudiera tomar ejemplo). Al año siguiente, Bate inició su docencia e investigación en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Al cumplirse cuarenta años de ininterrumpida labor, la ENAH ha querido homenajearle con la edición en dos volúmenes de una recopilación de sus escritos "menores", que lo son sólo en la extensión, pero no en interés. Estos volúmenes inauguran la colección "Nuestros Clásicos" destinada precisamente a recoger las aportaciones de los docentes más veteranos de la ENAH, otro gesto institucional del que también se debiera tomar nota en nuestras universidades, poco proclives a reconocer los esfuerzos de sus profesores. Bate es uno de los autores más influyentes en el ámbito de la Arqueología en español y quizás el único que, en su obra y su propia práctica, ha desarrollado un pensamiento arqueológico, en sentido estricto. Esta circunstancia, de por sí excepcional, se ha potenciado por la difusión de algunas de sus obras "mayores" (1978,1994), que han llenado el vacío al que nos hemos asomado varias generaciones de arqueólogos en busca de referentes teóricos alternativos a la arqueología anglonorteamericana dominante. La obra de Bate es un intento ambicioso de articular de forma sistemática una teoría arqueológica en la tradición del Materialismo Histórico. Este proyecto no surge en el vacío, sino que es la síntesis creativa de una corriente vigorosa que recorre la arqueología latinoamericana desde la década de 1970, enraizada en la transmisión del pensamiento de Childe a la generación entonces emergente por exiliados europeos, principalmente republicanos españoles, como Armillas, Lorenzo, Palerm, Montané o Luelmo, pero también centroeuropeos, como Murra o Kirchoff. En este sentido, el texto "A modo de introducción: Arqueología Social Ameroibérica", que abre la obra que comentamos, además de su interés historiográfico, nos da claves para entender lo que es mucho más que una escuela, un movimiento o una tradición, y debe ser considerado un proyecto teórico, metodológico y ético-político integral para la Arqueología. Esto explica que la inicial "Arqueología Social Latinoamericana" (ASLA) haya desbordado sus limitaciones regionales para arraigarse con fuerza en este lado del Atlántico, transformándose en "Arqueología Social Ameroibérica" (ASAI), para usar la afortunada expresión de Bate. Esta síntesis introductoria identifica las aportaciones de autores concretos o grupos de trabajo como elementos de un proceso orgánico, en el que el autor introduce un orden sistemático que sería difícil percibir en las heterogéneas trayectorias de cada uno de sus componentes. A la vista del conjunto que forman los trabajos recogidos en estos dos volúmenes, cabría preguntarse cuánto debe la consistencia de la ASLA como "propuesta para la Arqueología" al esfuerzo sistematizador de Bate. Es probable que él lo rechazara categóricamente, aduciendo que su visión se fundamenta en el trabajo de sus maestros (como Montané), compañeros de debates en los grupos más o menos informales que jalonan la historia de la ASLA (como el "Grupo Oxtepec"), colegas y discípulos. Así, el texto enumera con bastante detalle la procedencia de las categorías fundamentales que dan contenido a la propuesta, como la noción de "posición teórica" de Gándara o la categoría "modo de vida" de Vargas y Sanoja. Pero creo que debemos al genio de Bate la articulación de todas estas aportaciones en una propuesta global coherente, en una "posición teórica", sin ir más lejos. Los dos volúmenes de Propuestas para la Arqueología recogen veintitrés trabajos, presentados entre 1971 y 2009 de los que varias ponencias y comunicaciones a congresos se publican formalmente por primera vez aquí. Además hay siete artículos aparecidos en el Boletín de Antropología Americana, dirigido por el propio Bate durante muchos años y uno de los principales canales de difusión de la ASLA/ ASAI. Incluyen cinco en colaboración con Terrazas (tres), Acosta y Nocete (uno cada uno). El primer volumen agrupa 14 aportaciones sobre los temas de más alto nivel de generalidad en tres secciones: "Cuestiones generales de Teoría y Método", "Tópicos metodológicos" y "Periodización histórica". En la primera, siempre con un amplio aliento crítico y polémico, se tratan las condiciones epistemológicas de una ciencia arqueológica y definen las principales categorías de una Arqueología materialista histórica. Prehist., 74, N.o 1, enero-junio 2017, pp. 185-200, ISSN: 0082-5638 La segunda sección conecta estas categorías con la práctica arqueológica, discutiendo dos ejemplos desde una perspectiva igualmente generalizadora: los métodos clasificatorios del material arqueológico y el problema de la cuantificación de las fuerzas productivas a partir del registro arqueológico. La última sección propone uno de los elementos más influyentes del enfoque de Bate: un esquema "tridimensional" alternativo a la periodización evolucionista clásica basado en las categorías definidas en la primera sección (formación social, modo de vida y cultura). La secuencia resultante, sociedades pretribales, tribales y clasistas iniciales, ha conocido una amplia difusión en la práctica arqueológica característica de la ASLA/ASAI, por lo que los ensayos incluidos en esta sección son muy relevantes como término de referencia. El segundo volumen agrupa 9 textos en tres secciones: "Cazadores recolectores americanos", "Reseñas críticas" y "La cuestión étnico-nacional". La primera se refiere al ámbito propio de la dedicación investigadora del autor, y reviste un especial interés por las razones que comentaremos. La segunda confronta el universo conceptual sintetizado en las secciones previas con otras prácticas teóricas, incluyendo propuestas marxistas diferentes en Arqueología, como la reseña dedicada al libro A marxist Archaeology de McGuire. Los dos trabajos de la tercera sección representan la dimensión ético-política fundamental de toda práctica teórica marxista en Latinoamérica, donde las complejas relaciones entre identidad etno-cultural y conciencia de clase son un contexto en el que los arqueólogos pueden ofrecer perspectivas valiosas. El breve espacio de una reseña bibliográfica no permite abordar la extraordinaria riqueza de temas contenidos en esta colección, máxime cuando, como se ha dicho, estas "Aportaciones a la Arqueología" representan el acerbo de toda una tradición teórica. Llamaré la atención sobre tres aspectos de especial relevancia en el conjunto de la obra: la Arqueología como ciencia social, la cuestión del marxismo y la arqueología social de los cazadores recolectores. La idea de que la Arqueología es una ciencia social es uno de los lemas de la ASLA/ASAI, desde el primer momento (Lumbreras 1974). El significado que toma aquí esta propuesta se asienta en potentes asunciones epistemológicas, realistas y materialistas, a contracorriente de las sucesivas mareas de idealismo, subjetivismo y relativismo que han proliferado en la era posprocesual. Sobre este supuesto, se define una afirmación de lo social, que se sustancia en el concepto central de "sociedad concreta", que aparece en el centro de una Arqueología cuyo objetivo es "la explicación del desarrollo histórico concreto" (p. 44) mediante la inferencia de modos de vida y formaciones sociales a partir de los restos materiales de la acción social. La Arqueología requiere una teoría sustantiva que debe tratar sobre la sociedad y las relaciones sociales, no sobre los objetos en si mismos (a los que hay quien atribuye su propia "agencia") o los genes (vid. infra), ni siquiera sobre los significados culturales separados de su matriz social. Esta teoría sustantiva se formula en el marco del Materialismo Histórico. El proyecto global de la ASLA/ ASAI constituye una aportación original a la tradición marxista con independencia de lo que significa para el ámbito concreto de la disciplina arqueológica. Además de proponer interpretaciones nuevas de categorías clásicas o de introducir otras nuevas, se construye en los márgenes mismos del "territorio conocido" por los clásicos del marxismo: las sociedades precapitalistas. Este punto de partida conduce a importantes innovaciones conceptuales en la comprensión de categorías clásicas del Materialismo Histórico (modo de producción, formación social, sociedad concreta) y a la propuesta de otras nuevas (modo de vida) necesarias para la construcción de una práctica arqueológica. Este proyecto difiere sensiblemente de su principal precedente histórico, la Arqueología Soviética, en muchos aspectos. La ASLA se asocia con un marxismo de resistencia y lucha emancipatoria, frente al carácter de ideología de poder que esclerotizó el marxismo soviético. Hay que decir que Bate, a diferencia de la mayoría de sus colegas occidentales, conoce y maneja las aportaciones de los arqueólogos soviéticos, que no son necesariamente desdeñables, ni en el campo del materialismo histórico, ni en el de la arqueología sustantiva. Sin embargo, la matriz teórica de la ASLA está en los debates del llamado "marxismo occidental", lo que, en cierta medida, sobredetermina algunos aspectos del proyecto. Cuando arranca, en la década de 1970, el marxismo está incurso en debates teóricos muy concretos, en torno al althuserismo y el marxismo estructural, que hasta cierto punto condicionan los contenidos positivos de sus propuestas. El esfuerzo, explícito en muchos pasajes de esta obra, por combatir la "deshistorización" althuseriana de las categorías analíticas del marxismo, puede explicar el predominio absoluto en el proyecto ASLA/ASAI del núcleo materialista histórico sobre otros elementos del pensamiento de Marx. Finalmente, los artículos relativos al campo de especialización de Bate, la arqueología de los cazadoresrecolectores (vols. I y II, 3a y 1a sección respectivamente), no suponen una concreción "práctica" de las discusiones teóricas precedentes sino que muestran que, en la Arqueología que propone Bate, toda práctica arqueológica es una práctica teórica. Esto es muy significativo si consideramos que la mayoría de los especialistas se adhieren implícitamente a un más o menos difuso adaptacionismo, en el cual los grupos humanos que investigan solo existen débilmente como sociedades, ocultos bajo sus tecnologías y formas de subsistencia. El trabajo de Bate es un alegato a favor de una arqueología social de los cazadores recolectores. Esto significa restablecer también en este campo la idea de ciencia social, en el sentido fuerte que se Trab. Termino con una reflexión general sobre el valor de esta obra en el momento actual de la Arqueología europea. Puede haber quien se pregunte por qué es necesario retomar cuestiones generales sobre la naturaleza y objeto de la Arqueología o sobre las categorías de la Teoría Social o la periodización histórica. Incluso habrá muchos que se pregunten qué sentido tiene a estas alturas reivindicar el Materialismo Histórico como marco para la Arqueología. El individualismo metodológico de la crítica posprocesual surgió en parte como reacción contra la epistemología ingenua del procesualismo y su reduccionismo cientificista. Esta reacción, coherentemente con el contenido político implícito en todo el movimiento posmoderno, implicó el descrédito de las concepciones teóricas globales y la disolución de toda pretensión basada en una noción fuerte de la "verdad científica", y la abolición de los "grandes relatos" sobre la sociedad y la historia, lo cual desembocó finalmente en la naturalización del orden neoliberal. Este proceso ha tenido un efecto paradójico en la Arqueología, resucitando un cierto tipo de objetivismo cientificista. La trivialidad intelectual de las arqueologías interpretativas y su anarquismo metodológico han dejado paso en los últimos años a la creciente fetichización de la "ciencia dura" como única fuente de conocimiento del pasado y a la creciente reducción de la Arqueología a la interpretación de resultados obtenidos por la Archaeological Science, que se superponen a medida que nuevas técnicas analíticas se vuelven accesibles, fuera de todo control teórico. El efecto más inquietante de este fenómeno es la resurrección de un pensamiento teórico que parecía definitivamente cancelado y cuyo retorno es imposible aislar de los aspectos más amenazadores del presente. Me refiero al perceptible retorno (al menos en Europa) de la rassengechichte como horizonte de la práctica arqueológica, a caballo del auge de la paleogenética, y a la rehabilitación del pensamiento de Kossinna como su referente teórico. De pronto, las migraciones e invasiones vuelven a ser explicaciones necesarias y suficientes del cambio cultural y los genes el sustrato último de las culturas arqueológicas. Es difícil no relacionar esta creciente re-kossinnización de la Arqueología, cuyo manifiesto teórico debemos a un antiguo marxista (Kristiansen 2014) con las demandas de legitimación intelectual (o mejor "científica") de las políticas de la identidad que amenazan crecientemente la supervivencia del orden político liberal. ¿Cómo hemos llegado aquí? Entre otras cosas, por el desarme crítico que produjo la demolición posmoderna de la idea de la Arqueología como ciencia social, en el sentido, precisamente, en que la define la práctica teórica del Materialismo Histórico. En un momento en el que los paradigmas que se proponen para el pensamiento arqueológico se explican a partir de películas de dibujos animados (Hodder 2012) o series de televisión (Criado 2016) es necesario recuperar la perspectiva general, y volver a pensar la Arqueología en términos de teoría del conocimiento, y su objeto en términos de Teoría Social. sobre A. Schulten, se han convertido en modelos de biografía intelectual. El origen y destino de las dos obras difirieron: la de H. Obermaier (1877Obermaier ( -1946) ) fue un encargo y su inmediato éxito posibilitó sucesivas ediciones hasta 1963; la de M. Gómez-Moreno fue una iniciativa personal que pronto quedó olvidada por su desfase con respecto al estado de la ciencia en la época y posiblemente por la aparición coetánea de trabajos rigurosos sobre el mismo tema como los de V. G. Childe o J. Maluquer de Motes. Esta recensión se propone establecer una conexión entre Obermaier y Gómez-Moreno, comentar sus relaciones y comparar sus obras en el contexto que compartieron, así como trazar la historia interna de sus dos visiones, tan diferentes, de la Prehistoria. En esta tarea quizá pueda aportar algo a lo dicho por los autores de los estudios introductorios, ya reseñados en importantes revistas científicas españolas. El de J. P. Bellón sobre Gómez-Moreno es más profundo y completo. Incluye interesantísima y en buena parte inédita documentación procedente del archivo conservado en la Fundación Rodríguez-Acosta de Granada, así como un exhaustivo análisis de un personaje tan polifacético y complejo y de su amplia y variada bibliografía. C. Cañete y F. Pelayo (2014: XI-XIV) definen su ensayo sobre Obermaier como un "perfil biográfico" elaborado a partir de la bibliografía existente, centrándose en cinco temas fundamentales en su obra: el hombre terciario y los eolitos, la paleoantropología, el debate entre ciencia y religión, el paradigma africanista y la aplicación de la teoría de los círculos culturales. Hay 26 años de diferencia entre ellas. La de Obermaier data de 1932 y tuvo sucesivas reediciones considerablemente aumentadas, destacando la sexta de 1957 (once años después de su muerte), compartida con A. García y Bellido y con L. Pericot. Ambas obras pretenden dirigirse a un sector del público más amplio que el selecto ámbito de los especialistas. El libro de Obermaier se puede considerar un clásico de la literatura científica de alta divulgación, una síntesis necesaria y una excelente introducción a la Prehistoria. Escrito con rigor científico pero en un lenguaje comprensible para todos, presenta los materiales aparecidos desde los inicios de la investigación, dispersos en museos y publicados en revistas y monografías de todo el mundo inaccesibles para el público interesado. Obermaier estaba ya entonces plenamente integrado en España, donde tuvo que permanecer tras sorprenderle la I Guerra Mundial excavando en Cantabria. Entre 1914 y 1919 fue profesor agregado en el Laboratorio de Geología del Museo Nacional de Ciencias Naturales y colaborador de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (CIPP). En 1921 obtuvo por libre designación la cátedra de Historia Primitiva del Hombre, creada para él en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, con el rechazo frontal de sus antiguos colegas del Museo y la CIPP y de los profesores de la Facultad de Ciencias, a la que tradicionalmente estaban ligados los estudios prehistóricos. Se le concedió la nacionalidad española en 1924 y fue elegido miembro numerario de la Real Academia de la Historia en 1925. Aunque su actividad fue limitada, fue el tercer prehistoriador en la Academia, tras J. Vilanova y Piera (1889) y M. Antón y Ferrándiz (1917), lo que contribuyó, junto con la creación de la cátedra, a desgajar la Prehistoria de la Geología y convertirla en una disciplina autónoma vinculada a la Historia y a la Arqueología. El hombre prehistórico es el último eslabón de una cadena que comienza veinte años antes con su primera monografía, de la que es claramente deudora: Der Mensch der Vorzeit (Berlín 1912), primer volumen de Der Mensch aller Zeiten, de W. Koppers y W. Schmidt. En este libro Obermaier sintetizaba los trabajos coetáneos y las teorías y descubrimientos en Geología, Prehistoria, Antropología y Etnología comparada. Se tradujo enseguida a varias lenguas y le proporcionó fama, prestigio y, sobre todo, un punto de partida para versiones posteriores. Entre ellas está El hombre fósil editada en las Memorias de la CIPP 9 (1916) gracias al apoyo de su presidente el Marqués de Cerralbo. Otra es "La vida de nuestros antepasados cuaternarios en Europa", su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia (2-5-1926). En él, además de interesantes recuerdos sobre su primera llegada a España en 1909, insistía en la importancia de la etnología comparada para reconstruir la vida de las sociedades paleolíticas, idea que reaparecerá en El hombre prehistórico. El hombre fósil fue un texto fundamental sobre la Prehistoria de la Península Ibérica, escrito justamente cuando esta ciencia empezaba a consolidarse como disciplina académica en España. La amplia difusión entre los especialistas de su edición en inglés, financiada en 1924 por A. M. Huntington y la Hispanic Society of America por intermediación del Duque de Alba, situó la Prehistoria peninsular en el panorama mundial. El libro le sirvió a Obermaier para asentar su posición en la vida académica española, tras su expulsión del Institut de Paléontologie Humaine por su nacionalidad y sin poder regresar a Alemania a causa de la guerra. La segunda edición, muy ampliada, publicada en 1925 con el apoyo de la JAE, se convirtió en el manual para los alumnos y los ayudantes de su cátedra. Cuando Obermaier preparaba la tercera edición se le invitó a publicar una síntesis sobre la Prehistoria europea en la Revista de Occidente, fundada por J. Ortega y Gasset en 1923 y cuyos objetivos modernizadores sintonizaban con los de la JAE. Pudo ser idea de M. García Morente, catedrático de Ética desde 1931, decano de la Facultad de Filosofía y Letras y director de la editorial entre 1924 y 1934, pero ya antes Obermaier y Ortega, muy interesado por temas como el arte rupestre, mantenían una buena relación: conferencias en la Residencia de Estudiantes por in-Trab. La síntesis, destinada al público culto y los estudiantes, reuniría los últimos descubrimientos y teorías en Prehistoria, sin olvidar la parte filosófico-teológica que tanto preocupaba a muchos científicos católicos, como los jesuitas P. Teilhard de Chardin y W. Schmidt (pero curiosamente no tanto a Obermaier). Un hecho conexo es la publicación en 1931 por la Ed. Labor de Barcelona del primer volumen de la Prehistoria (en su 2a edición) de M. Hoernes y F. Behn, traducido por J. de C. Serra Ráfols, L. Pericot y A. del Castillo, con anotaciones originales de éstos sobre la cultura ibérica. La obra de Obermaier elegida fue Urgeschichte der Menschheit (Freiburg 1931). A. García y Bellido, antiguo discípulo suyo y desde 1931 catedrático de Arqueología de la Universidad de Madrid, se encargó de la traducción al castellano. Apareció como El Hombre prehistórico y los orígenes de la humanidad en la serie de Manuales (no 9) de la Revista de Occidente. Obermaier advertía en el prólogo de que no era una simple traducción del original alemán, sino una edición nueva con referencias específicas a materiales españoles y presentando numerosos hallazgos surgidos de las últimas investigaciones, dispersos en museos y publicaciones diversas y asequibles sólo a los especialistas. La primera parte repetía los diez capítulos de El hombre fósil incluyendo los polémicos "hombre terciario" y los eolitos. En la segunda Obermaier abordaba "el neolítico y las edades del metal", y en la tercera la protohistoria de la Península Ibérica, como en el volumen publicado por Labor. El éxito inmediato del libro, sobre todo como manual universitario, queda demostrado por las siete ediciones que se sucedieron entre 1941 y 1963, incluso en épocas tan difíciles como al final de la guerra civil y en la postguerra y después de morir Obermaier. A partir de la segunda edición (1941), y sobre todo en las posteriores a la muerte de Obermaier (1946), García y Bellido se encargó de la sección dedicada a Protohistoria. L. Pericot, catedrático de la Universidad de Valencia y director del Servicio de Investigación Prehistórica, se incorporó al equipo desde la 5a edición de 1954 para renovar la sección de Prehistoria; en su prólogo afirmaba que durante muchos años había recomendado el libro "como la mejor introducción" para un aficionado o estudiante a la Prehistoria. Nadie duda de la gran influencia de Obermaier en la Prehistoria y la Arqueología española como formador de la primera generación de prehistoriadores de la Universidad de Madrid (en paralelo a la labor en Barcelona de su amigo P. Bosch Gimpera), e investigador (en especial al introducir en España ciencias como la glaciología). Sin embargo se distingue sobre todo por centrarse en la alta divulgación, creando la revista Investigación y Progreso a imitación de Forschung und Fortschritte. Su amplia bibliografía se caracteriza por una mayoría de artículos muy breves, publicados al mismo tiempo en revistas de diferentes lenguas o nacionalidades. Destacan sólo tres monografías: una con Breuil actualizando los hallazgos en Altamira (1935) y El hombre fósil (1916,1925) y El hombre prehistórico (1932 y ss.), obras más de síntesis que de innovación. En realidad la obra científica de Obermaier es sólo Der Mensch der Vorzeit (1912), periódicamente actualizada en lo que respecta a descubrimientos y teorías, y sus reelaboraciones en traducción castellana ya citadas. En sus síntesis ordenadas y metódicas, Obermaier evita comprometerse en la exposición y defensa de ideas propias. Cuando lo hizo, p. ej. con la tesis del Capsiense o la cronología del arte rupestre levantino, elaboradas junto al abate Breuil, se equivocó. En fin, Obermaier no fue un investigador de intuiciones brillantes e ideas innovadoras. Su mayor aportación radica precisamente en su capacidad de difundir los avances de la ciencia tanto entre los estudiantes universitarios y el público culto como en el círculo académico a través de artículos y manuales. Muy diferente es el libro de M. Gómez-Moreno (1870-1970), uno de los grandes protagonistas de las ciencias humanísticas y sus instituciones de fines del siglo XIX a buena parte del XX. Trata un tema en principio extraño a las especialidades de su autor (arte y arqueología medieval o ibérica, epigrafía y lingüística). No es fruto de investigaciones propias, ni parece encuadrarse en ninguna escuela o tendencia coetánea sino que, más bien, quedaría desfasado y al margen de la disciplina tal como se concebía a finales de los 1950. Pero el documentadísimo y convincente estudio preliminar de J. P. Bellón (2015: CXLVIII ss.) nos saca del error. En 1934 Gómez-Moreno, jubilado de la Universidad y del Centro de Estudios Históricos, se retiró al Instituto Valencia de Don Juan, del que era director desde la muerte de A. Vives en 1925. Tras la Guerra Civil siguió siendo una figura prestigiosa y será colmado de honores por los nuevos gerifaltes de los que preferirá distanciarse (carta a su mujer, Elena, en Bellón 2015: CXXXVI y n. A fines de los 1950, con casi 90 años, decidió recuperar un tema de investigación antiguo, la Prehistoria, aspecto muy poco tratado generalmente en las biografías de Gómez-Moreno. Gracias a Bellón (2015: CXI, CXX-CXXI) sabemos ahora que Adam y la prehistoria no es su primera obra sobre el tema. Los capítulos correspondientes (los tres primeros "ciclos") en la célebre La Novela de España (1928) tenían antecedentes: un Ensayo de prehistoria española (1922) y una Síntesis de prehistoria española (1925) (ambos incluidos en Misceláneas. Según Bellón (2015: CXI), son las "publicaciones más personales e insólitas" de Gómez-Moreno. En ellas, al tomar el libro del Génesis Trab. Gómez-Moreno reunía en su obra elementos de procedencias diversas. Integraba las manifestaciones culturales y artísticas más antiguas en la historia de España, desde la Prehistoria hasta la llegada de Roma, recuperando las tesis que se remontan a la historiografía del Renacimiento sobre el esencialismo español, la perduración de un espíritu propio e independiente frente a las continuas invasiones. A la vez, su deseo de "regenerar la identidad nacional" (Bellón 2015: LXXIX), descubrir la historia de España, valorar su patrimonio, defender la ciencia española y situarla al nivel de la europea formaba parte de los objetivos declarados por la JAE. La reiterada alusión en el libro a los investigadores extranjeros que hacían "nuestra" historia y "nuestra" arqueología perpetuaba también el temor expresado por la Real Academia de la Historia, donde había ingresado en 1917. Es posible que la publicación de Adam fuera una reacción a la 6a edición (1957) de El hombre prehistórico. Y quizás no se mencionen obras importantes y coetáneas sobre Prehistoria (citadas por Bellón 2015: CLVII) porque Adam se nutrió fundamentalmente de sus ensayos anteriores. Según Bellón (2015: IX, CXLVIII), la obtención del Premio Juan March de Historia en 1956 permitiría su publicación (Tecnos 1958), pero no encuentro relación entre ambos hechos. El libro tuvo muy poca difusión y sólo tres recensiones en revistas científicas: por sus discípulos A. Tovar en Emerita y G. Nieto en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, y en Archivum, de la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo. Ni siquiera se comenta en revistas de ámbito católico que publicaban artículos sobre el origen del hombre y los debates ciencia vs religión como Religión y Cultura (Bellón 2015: CLIII-CLVII). Y es que Gómez-Moreno, profundamente católico, no aceptaba siquiera las tesis de los defensores de conciliar ciencia y fe, postura que había resurgido gracias a la reedición de textos de Teilhard de Chardin: en 1956 se había publicado en París L 'Apparition de l' Homme, compilación de artículos aparecidos entre 1913 y 1954, rápidamente traducida al castellano en 1958 (La aparición del hombre). Gómez-Moreno no la cita aunque demuestra conocer bien la obra de Teilhard de Chardin: critica su tibieza, como la de Breuil, Obermaier y otros sacerdotes prehistoriadores y antropólogos, en la defensa de la verdad histórica de la Biblia (Gómez-Moreno 2015: 36). Forscher beweisen die Wahrheit der Bibel de W. Keller (1955), que tanto éxito tuvo en todo el mundo? Gómez-Moreno y Obermaier convivieron en la Facultad de Filosofía y Letras y, en menor medida, en el Centro de Estudios Históricos. Mantuvieron una clara enemistad (Bellón 2015: CVII) a raíz de que A. García y Bellido, protegido de J. R. Mélida y de E. Tormo, ganara la cátedra de Arqueología Clásica en 1931 en competencia con J. de M. Carriazo, discípulo de Gómez-Moreno. La opinión de éste acerca de Obermaier como prehistoriador era inseparable de su opinión personal. Debió conocer la 5a (1955) y 6a (1957) reediciones de El hombre prehistórico más cercanas en el tiempo a la publicación de su Adam. Pero si se refiere, muy puntualmente, a algunas de sus teorías y trabajos es para discutirlas. En Adam menciona sólo dos veces a Obermaier. La primera censura su "cómoda" postura al silenciar el problema bíblico en El hombre fósil. La segunda critica la atribución de las pinturas rupestres levantinas "a la Edad Cuaternaria" por extranjeros, como Breuil y Obermaier, secundados por Bosch Gimpera (Gómez-Moreno 2015: 35 y 70). Tal atribución se basaba en supuestas analogías con el arte rupestre cantábrico, y, en este caso, Gómez-Moreno acertaba al acercarlas al período neolítico. Una gran diferencia entre ambos es que Gómez-Moreno, por su forma de ser, pudo defender su independencia de criterio y expresar sus ideas y tesis personalísimas. Obermaier, en cambio, se vio muy pronto obligado por sus difíciles circunstancias personales a desarrollar estrategias de integración en el ámbito académico (Cañete y Pelayo 2014: CLV). De ahí sus esfuerzos por anudar buenas relaciones con las autoridades de la ciencia, los cambios de tema en función de necesidades coyunturales y sus publicaciones, pensadas como actualizaciones científicas bien sistematizadas y rigurosas, pero no especialmente originales, destinadas tanto a los especialistas como al público universitario o culto en general. M. Gómez-Moreno y H. Obermaier siguen muy presentes en la historiografía de sus respectivos campos de investigación. Lo demuestran los estudios que se les han dedicado en los últimos años donde, en general, más allá de analizar su vida, obra e influencia se destaca su papel en el apasionante contexto de la Edad de Plata de la ciencia española. E-mail: [EMAIL] http//orcid.org/0000-0001- Important new evidence on the Argaric/ Nueva evidencia importante sobre El Argar: Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch. [El] interés principal de los Siret en términos de arqueología de campo [era la] recuperación de piezas enteras gracias a la protección ofrecida por el contenedor funerario. 193): No deja de resultar paradójico que personages como Martínez Santa Olalla..., que colocaban en su discurso a "España" y al "Estado" por encima de todas las cosas considerasen que el "patrimonio español" era, o podía ser, parte de su patrimonio privado y, en cuanto tal, sujeto al arbitrio de su voluntad. Los discursos del poder en el mundo ibérico del sureste (siglos VII-I a.C.). Bibliotheca Praehistorica Hispana XXXII, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El libro que ahora comentamos es un hito muy a tener en cuenta en el panorama científico, y ello por varias razones. En primer lugar, porque, aunque a priori pueda parecer que la construcción del poder y sus discursos es un tema en exceso tratado, su relevancia en la construcción social (pasada y presente, pero más si cabe aún futura) es tanta que los análisis pormenorizados, atentos a las aristas del proceso, son siempre bienvenidos. Además, el autor de este estudio no se limita a una descripción, ni a una compilación de datos, sino que ahonda en la complejidad y recovecos del poder y sus formas de representación en las sociedades ibéricas del Sureste peninsular con sutileza y capacidad crítica reseñable, destacando el papel de la ideología como medio de construcción del poder no en un ámbito concreto, sino en la interacción de muchos de ellos. En segundo lugar, el aparato metodológico del autor es más que destacable y redunda en la calidad del resultado, no solo para aquellos interesados en el mundo ibérico, sino para todos los que se preocupan por las formas de análisis del discurso, la capacidad del historiador y/o arqueólogo para estudiar y comprender los imaginarios y las formas de representatividad social y la incidencia del poder y sus formas de construcción en las sociedades humanas. En tercer lugar, porque los trabajos de Jorge García Cardiel son de los más interesantes e inspiradores entre las voces jóvenes de la Historia Antigua y este libro solo viene a confirmar la calidad de sus hipótesis y su buen hacer como historiador de referencia. Los discursos del poder en el mundo ibérico del Sureste (siglos VII-I a.C.) se estructura en cinco capítulos a los que se añaden dos prólogos (firmados por Santiago Montero y Teresa Chapa, ambos más que reconocidos conocedores de los modos de construcción discursiva en el mundo antiguo), conclusión, bibliografía e índices. Ya desde el capítulo I o Introducción el autor deja claros los objetivos de su análisis: un estudio detallado de Trab. Prehist., 74, N.o 1, enero-junio 2017, pp. 185-200, ISSN: 0082-5638 la zona sureste de la Península Ibérica y las transformaciones socio-políticas, económicas y, muy especialmente, ideológicas, que experimentó durante el primer milenio debido a la confluencia los procesos de cambio interno con la actividad colonial (diversa en planteamiento, acción y consecuencias) de fenicios, griegos, cartagineses y romanos, todo ello trabajando al tiempo con fuentes escritas, arqueológicas e iconográficas. El caldo de cultivo no podía ser más complejo, de ahí que sea necesario analizar las interacciones, pues es en ellas donde se encuentran las causas y consecuencias de los cambios, y no en la simple descripción plana de los procesos, en la que, muy inteligentemente, el autor no cae en ningún momento. Dichas interacciones son múltiples e inabarcables, pero el autor se centra en tres, que desgrana a lo largo del libro: económicas (gestión y aprovechamiento de los recursos, cambios tecnológicos...), sociales (creciente jerarquización o cambios de modelo socio-político entre otras) e ideológicas (gestión de la violencia, instrumentalización de la memoria, construcción discursiva de la identidad, constructos religiosos, etc.). La Introducción constituye también una reivindicación, muy precisa y concisa, de la importancia capital que tiene la teoría si queremos actualizar y desarrollar nuestra comprensión del pasado. García Cardiel desmonta admirablemente en apenas 30 páginas la absurda creencia de que la teoría es un estorbo suprimible para el historiador. No sólo eso, sino que demuestra que solo con ella y a través de su aplicación cuidadosa al análisis histórico lograremos modernizar nuestra disciplina y acercarla a las preocupaciones del presente. El capítulo II ("La fiscalización de los resortes económicos") estudia con detalle los recursos y resortes económicos que utilizaron las elites ibéricas para mantener el control y acrecentar su poder, profundizando con ello en el proceso de jerarquización social. García Cardiel analiza con detalle las formas de interacción entre el poder y la economía y cómo uno y otra se perfilan mutuamente a través del comercio, los regalos, los intercambios de bienes y servicios de todo tipo (ganaderos, agrícolas, comerciales, artesanales...), la redistribución o la ostentación. A comprender el modelo propuesto ayuda mucho el ejemplo, extensamente tratado, de l'Illeta dels Banyets. En el capítulo III ("La instrumentalización de la memoria y la identidad") el autor se centra en el siempre espinoso tema de los procesos de construcción de la memoria social, inextricablemente unidos a la conformación de las identidades, que son constructos sociales, y por lo tanto, maleables, aunque sean presentados por las elites, al igual que ocurre con la memoria, como productos dados (generalmente por los dioses) y no modificables. Teniendo en cuenta la particular situación, tanto geográfica como socio-cultural, del mundo ibérico, es imposible tratar este tema sin adentrarse en las relaciones coloniales de los iberos con fenicios, griegos, cartagineses y romanos, y el autor lo hace desde una perspectiva postcolonial ya anunciada y explicada en la Introducción. Creo que es reseñable que, en el manejo de la teoría postcolonial, el autor presenta una visión personal, crítica con los problemas globales de dicha teoría ya destacados en muchos foros, desde la marginación de la categoría clase a las dificultades de los espacios de negociación pasando por la nomenclatura a utilizar, ofreciendo alternativas a tener en cuenta. No podía faltar en una obra como esta, tan volcada en el análisis ideológico, un capítulo como el IV que, bajo el título "La religión como mecanismo de legitimación política", estudia las manifestaciones religiosas ibéricas desde el postulado de que no son expresiones espiritualistas, sino que son construcciones sociales que se imbrican en todas las áreas básicas que constituyen a la sociedad y que, por tanto, no pueden ser estudiadas aisladamente, sino en conjunción con lo social, lo político o lo económico. De hecho, la religión no se limita a la creencia, el rito, el culto y/o el mito, sino que es también un mecanismo de legitimación política generadora de discursos ideológicos de amplio calado, como lo demuestra la iconografía ibérica o los santuarios que trabaja el autor. El último capítulo, el número V, se adentra en "El monopolio de la violencia como herramienta de legitimación" y para ello analiza los mecanismos de apropiación del ejercicio de la violencia por parte de unas elites deseosas de controlar el máximo espectro social, tanto hacia dentro de sus sociedades como hacia fuera. Obviamente, en un mundo jerarquizado y, además colonial, en el que las tensiones bélicas son una constante, detentar el monopolio de la violencia es una necesidad para cualquier grupo que pretenda ejercer el poder, de ahí la importancia de controlar las armas y mostrar ese control a través de la iconografía o los ajuares funerarios. Para concluir, querría destacar tanto la excelente bibliografía (una muestra más de lo riguroso y bien documentado que está el libro que ahora reseñamos) como la calidad del aparato gráfico (mapas, tablas e imágenes, con sus índices analíticos) o la calidad literaria del autor, así como lo cuidado de una edición que invita a la lectura y la facilita. Nos encontramos, por tanto, ante un trabajo de investigación puntero tanto por el tema que trata como por la minuciosidad con que son analizados actores y procesos. Así pues, el libro no solo no defrauda, sino que contribuye a acrecentar nuestro conocimiento sobre los procesos discursivos del poder, la capacidad de la Arqueología para ahondar en los imaginarios y la constitución y desarrollo del mundo ibérico, abriendo sugerentes posibilidades de análisis.