text stringlengths 21 422k |
|---|
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
Propuestas para la Arqueología, vols. I y II, Colección Nuestros Clásicos.
Escuela Nacional de Antropología e Historia Instituto Nacional de Antropología (ENAH-INAH).
En 1973, Luis Felipe Bate Petersen llegó a México procedente de su Chile natal que había abandonado como consecuencia del criminal derrocamiento del Presidente Allende.
El país norteamericano le acogió con una generosidad que los españoles conocemos bien (y de la que tal vez la Europa actual pudiera tomar ejemplo).
Al año siguiente, Bate inició su docencia e investigación en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
Al cumplirse cuarenta años de ininterrumpida labor, la ENAH ha querido homenajearle con la edición en dos volúmenes de una recopilación de sus escritos "menores", que lo son sólo en la extensión, pero no en interés.
Estos volúmenes inauguran la colección "Nuestros Clásicos" destinada precisamente a recoger las aportaciones de los docentes más veteranos de la ENAH, otro gesto institucional del que también se debiera tomar nota en nuestras universidades, poco proclives a reconocer los esfuerzos de sus profesores.
Bate es uno de los autores más influyentes en el ámbito de la Arqueología en español y quizás el único que, en su obra y su propia práctica, ha desarrollado un pensamiento arqueológico, en sentido estricto.
Esta circunstancia, de por sí excepcional, se ha potenciado por la difusión de algunas de sus obras "mayores" (1978,1994), que han llenado el vacío al que nos hemos asomado varias generaciones de arqueólogos en busca de referentes teóricos alternativos a la arqueología anglonorteamericana dominante.
La obra de Bate es un intento ambicioso de articular de forma sistemática una teoría arqueológica en la tradición del Materialismo Histórico.
Este proyecto no surge en el vacío, sino que es la síntesis creativa de una corriente vigorosa que recorre la arqueología latinoamericana desde la década de 1970, enraizada en la transmisión del pensamiento de Childe a la generación entonces emergente por exiliados europeos, principalmente republicanos españoles, como Armillas, Lorenzo, Palerm, Montané o Luelmo, pero también centroeuropeos, como Murra o Kirchoff.
En este sentido, el texto "A modo de introducción: Arqueología Social Ameroibérica", que abre la obra que comentamos, además de su interés historiográfico, nos da claves para entender lo que es mucho más que una escuela, un movimiento o una tradición, y debe ser considerado un proyecto teórico, metodológico y ético-político integral para la Arqueología.
Esto explica que la inicial "Arqueología Social Latinoamericana" (ASLA) haya desbordado sus limitaciones regionales para arraigarse con fuerza en este lado del Atlántico, transformándose en "Arqueología Social Ameroibérica" (ASAI), para usar la afortunada expresión de Bate.
Esta síntesis introductoria identifica las aportaciones de autores concretos o grupos de trabajo como elementos de un proceso orgánico, en el que el autor introduce un orden sistemático que sería difícil percibir en las heterogéneas trayectorias de cada uno de sus componentes.
A la vista del conjunto que forman los trabajos recogidos en estos dos volúmenes, cabría preguntarse cuánto debe la consistencia de la ASLA como "propuesta para la Arqueología" al esfuerzo sistematizador de Bate.
Es probable que él lo rechazara categóricamente, aduciendo que su visión se fundamenta en el trabajo de sus maestros (como Montané), compañeros de debates en los grupos más o menos informales que jalonan la historia de la ASLA (como el "Grupo Oxtepec"), colegas y discípulos.
Así, el texto enumera con bastante detalle la procedencia de las categorías fundamentales que dan contenido a la propuesta, como la noción de "posición teórica" de Gándara o la categoría "modo de vida" de Vargas y Sanoja.
Pero creo que debemos al genio de Bate la articulación de todas estas aportaciones en una propuesta global coherente, en una "posición teórica", sin ir más lejos.
Los dos volúmenes de Propuestas para la Arqueología recogen veintitrés trabajos, presentados entre 1971 y 2009 de los que varias ponencias y comunicaciones a congresos se publican formalmente por primera vez aquí.
Además hay siete artículos aparecidos en el Boletín de Antropología Americana, dirigido por el propio Bate durante muchos años y uno de los principales canales de difusión de la ASLA/ ASAI.
Incluyen cinco en colaboración con Terrazas (tres), Acosta y Nocete (uno cada uno).
El primer volumen agrupa 14 aportaciones sobre los temas de más alto nivel de generalidad en tres secciones: "Cuestiones generales de Teoría y Método", "Tópicos metodológicos" y "Periodización histórica".
En la primera, siempre con un amplio aliento crítico y polémico, se tratan las condiciones epistemológicas de una ciencia arqueológica y definen las principales categorías de una Arqueología materialista histórica.
Prehist., 74, N.o 1, enero-junio 2017, pp. 185-200, ISSN: 0082-5638 La segunda sección conecta estas categorías con la práctica arqueológica, discutiendo dos ejemplos desde una perspectiva igualmente generalizadora: los métodos clasificatorios del material arqueológico y el problema de la cuantificación de las fuerzas productivas a partir del registro arqueológico.
La última sección propone uno de los elementos más influyentes del enfoque de Bate: un esquema "tridimensional" alternativo a la periodización evolucionista clásica basado en las categorías definidas en la primera sección (formación social, modo de vida y cultura).
La secuencia resultante, sociedades pretribales, tribales y clasistas iniciales, ha conocido una amplia difusión en la práctica arqueológica característica de la ASLA/ASAI, por lo que los ensayos incluidos en esta sección son muy relevantes como término de referencia.
El segundo volumen agrupa 9 textos en tres secciones: "Cazadores recolectores americanos", "Reseñas críticas" y "La cuestión étnico-nacional".
La primera se refiere al ámbito propio de la dedicación investigadora del autor, y reviste un especial interés por las razones que comentaremos.
La segunda confronta el universo conceptual sintetizado en las secciones previas con otras prácticas teóricas, incluyendo propuestas marxistas diferentes en Arqueología, como la reseña dedicada al libro A marxist Archaeology de McGuire.
Los dos trabajos de la tercera sección representan la dimensión ético-política fundamental de toda práctica teórica marxista en Latinoamérica, donde las complejas relaciones entre identidad etno-cultural y conciencia de clase son un contexto en el que los arqueólogos pueden ofrecer perspectivas valiosas.
El breve espacio de una reseña bibliográfica no permite abordar la extraordinaria riqueza de temas contenidos en esta colección, máxime cuando, como se ha dicho, estas "Aportaciones a la Arqueología" representan el acerbo de toda una tradición teórica.
Llamaré la atención sobre tres aspectos de especial relevancia en el conjunto de la obra: la Arqueología como ciencia social, la cuestión del marxismo y la arqueología social de los cazadores recolectores.
La idea de que la Arqueología es una ciencia social es uno de los lemas de la ASLA/ASAI, desde el primer momento (Lumbreras 1974).
El significado que toma aquí esta propuesta se asienta en potentes asunciones epistemológicas, realistas y materialistas, a contracorriente de las sucesivas mareas de idealismo, subjetivismo y relativismo que han proliferado en la era posprocesual.
Sobre este supuesto, se define una afirmación de lo social, que se sustancia en el concepto central de "sociedad concreta", que aparece en el centro de una Arqueología cuyo objetivo es "la explicación del desarrollo histórico concreto" (p.
44) mediante la inferencia de modos de vida y formaciones sociales a partir de los restos materiales de la acción social.
La Arqueología requiere una teoría sustantiva que debe tratar sobre la sociedad y las relaciones sociales, no sobre los objetos en si mismos (a los que hay quien atribuye su propia "agencia") o los genes (vid. infra), ni siquiera sobre los significados culturales separados de su matriz social.
Esta teoría sustantiva se formula en el marco del Materialismo Histórico.
El proyecto global de la ASLA/ ASAI constituye una aportación original a la tradición marxista con independencia de lo que significa para el ámbito concreto de la disciplina arqueológica.
Además de proponer interpretaciones nuevas de categorías clásicas o de introducir otras nuevas, se construye en los márgenes mismos del "territorio conocido" por los clásicos del marxismo: las sociedades precapitalistas.
Este punto de partida conduce a importantes innovaciones conceptuales en la comprensión de categorías clásicas del Materialismo Histórico (modo de producción, formación social, sociedad concreta) y a la propuesta de otras nuevas (modo de vida) necesarias para la construcción de una práctica arqueológica.
Este proyecto difiere sensiblemente de su principal precedente histórico, la Arqueología Soviética, en muchos aspectos.
La ASLA se asocia con un marxismo de resistencia y lucha emancipatoria, frente al carácter de ideología de poder que esclerotizó el marxismo soviético.
Hay que decir que Bate, a diferencia de la mayoría de sus colegas occidentales, conoce y maneja las aportaciones de los arqueólogos soviéticos, que no son necesariamente desdeñables, ni en el campo del materialismo histórico, ni en el de la arqueología sustantiva.
Sin embargo, la matriz teórica de la ASLA está en los debates del llamado "marxismo occidental", lo que, en cierta medida, sobredetermina algunos aspectos del proyecto.
Cuando arranca, en la década de 1970, el marxismo está incurso en debates teóricos muy concretos, en torno al althuserismo y el marxismo estructural, que hasta cierto punto condicionan los contenidos positivos de sus propuestas.
El esfuerzo, explícito en muchos pasajes de esta obra, por combatir la "deshistorización" althuseriana de las categorías analíticas del marxismo, puede explicar el predominio absoluto en el proyecto ASLA/ASAI del núcleo materialista histórico sobre otros elementos del pensamiento de Marx.
Finalmente, los artículos relativos al campo de especialización de Bate, la arqueología de los cazadoresrecolectores (vols. I y II, 3a y 1a sección respectivamente), no suponen una concreción "práctica" de las discusiones teóricas precedentes sino que muestran que, en la Arqueología que propone Bate, toda práctica arqueológica es una práctica teórica.
Esto es muy significativo si consideramos que la mayoría de los especialistas se adhieren implícitamente a un más o menos difuso adaptacionismo, en el cual los grupos humanos que investigan solo existen débilmente como sociedades, ocultos bajo sus tecnologías y formas de subsistencia.
El trabajo de Bate es un alegato a favor de una arqueología social de los cazadores recolectores.
Esto significa restablecer también en este campo la idea de ciencia social, en el sentido fuerte que se Trab.
Termino con una reflexión general sobre el valor de esta obra en el momento actual de la Arqueología europea.
Puede haber quien se pregunte por qué es necesario retomar cuestiones generales sobre la naturaleza y objeto de la Arqueología o sobre las categorías de la Teoría Social o la periodización histórica.
Incluso habrá muchos que se pregunten qué sentido tiene a estas alturas reivindicar el Materialismo Histórico como marco para la Arqueología.
El individualismo metodológico de la crítica posprocesual surgió en parte como reacción contra la epistemología ingenua del procesualismo y su reduccionismo cientificista.
Esta reacción, coherentemente con el contenido político implícito en todo el movimiento posmoderno, implicó el descrédito de las concepciones teóricas globales y la disolución de toda pretensión basada en una noción fuerte de la "verdad científica", y la abolición de los "grandes relatos" sobre la sociedad y la historia, lo cual desembocó finalmente en la naturalización del orden neoliberal.
Este proceso ha tenido un efecto paradójico en la Arqueología, resucitando un cierto tipo de objetivismo cientificista.
La trivialidad intelectual de las arqueologías interpretativas y su anarquismo metodológico han dejado paso en los últimos años a la creciente fetichización de la "ciencia dura" como única fuente de conocimiento del pasado y a la creciente reducción de la Arqueología a la interpretación de resultados obtenidos por la Archaeological Science, que se superponen a medida que nuevas técnicas analíticas se vuelven accesibles, fuera de todo control teórico.
El efecto más inquietante de este fenómeno es la resurrección de un pensamiento teórico que parecía definitivamente cancelado y cuyo retorno es imposible aislar de los aspectos más amenazadores del presente.
Me refiero al perceptible retorno (al menos en Europa) de la rassengechichte como horizonte de la práctica arqueológica, a caballo del auge de la paleogenética, y a la rehabilitación del pensamiento de Kossinna como su referente teórico.
De pronto, las migraciones e invasiones vuelven a ser explicaciones necesarias y suficientes del cambio cultural y los genes el sustrato último de las culturas arqueológicas.
Es difícil no relacionar esta creciente re-kossinnización de la Arqueología, cuyo manifiesto teórico debemos a un antiguo marxista (Kristiansen 2014) con las demandas de legitimación intelectual (o mejor "científica") de las políticas de la identidad que amenazan crecientemente la supervivencia del orden político liberal.
¿Cómo hemos llegado aquí?
Entre otras cosas, por el desarme crítico que produjo la demolición posmoderna de la idea de la Arqueología como ciencia social, en el sentido, precisamente, en que la define la práctica teórica del Materialismo Histórico.
En un momento en el que los paradigmas que se proponen para el pensamiento arqueológico se explican a partir de películas de dibujos animados (Hodder 2012) o series de televisión (Criado 2016) es necesario recuperar la perspectiva general, y volver a pensar la Arqueología en términos de teoría del conocimiento, y su objeto en términos de Teoría Social. sobre A. Schulten, se han convertido en modelos de biografía intelectual.
El origen y destino de las dos obras difirieron: la de H. Obermaier (1877Obermaier ( -1946) ) fue un encargo y su inmediato éxito posibilitó sucesivas ediciones hasta 1963; la de M. Gómez-Moreno fue una iniciativa personal que pronto quedó olvidada por su desfase con respecto al estado de la ciencia en la época y posiblemente por la aparición coetánea de trabajos rigurosos sobre el mismo tema como los de V. G. Childe o J. Maluquer de Motes.
Esta recensión se propone establecer una conexión entre Obermaier y Gómez-Moreno, comentar sus relaciones y comparar sus obras en el contexto que compartieron, así como trazar la historia interna de sus dos visiones, tan diferentes, de la Prehistoria.
En esta tarea quizá pueda aportar algo a lo dicho por los autores de los estudios introductorios, ya reseñados en importantes revistas científicas españolas.
El de J. P. Bellón sobre Gómez-Moreno es más profundo y completo.
Incluye interesantísima y en buena parte inédita documentación procedente del archivo conservado en la Fundación Rodríguez-Acosta de Granada, así como un exhaustivo análisis de un personaje tan polifacético y complejo y de su amplia y variada bibliografía.
C. Cañete y F. Pelayo (2014: XI-XIV) definen su ensayo sobre Obermaier como un "perfil biográfico" elaborado a partir de la bibliografía existente, centrándose en cinco temas fundamentales en su obra: el hombre terciario y los eolitos, la paleoantropología, el debate entre ciencia y religión, el paradigma africanista y la aplicación de la teoría de los círculos culturales.
Hay 26 años de diferencia entre ellas.
La de Obermaier data de 1932 y tuvo sucesivas reediciones considerablemente aumentadas, destacando la sexta de 1957 (once años después de su muerte), compartida con A. García y Bellido y con L. Pericot.
Ambas obras pretenden dirigirse a un sector del público más amplio que el selecto ámbito de los especialistas.
El libro de Obermaier se puede considerar un clásico de la literatura científica de alta divulgación, una síntesis necesaria y una excelente introducción a la Prehistoria.
Escrito con rigor científico pero en un lenguaje comprensible para todos, presenta los materiales aparecidos desde los inicios de la investigación, dispersos en museos y publicados en revistas y monografías de todo el mundo inaccesibles para el público interesado.
Obermaier estaba ya entonces plenamente integrado en España, donde tuvo que permanecer tras sorprenderle la I Guerra Mundial excavando en Cantabria.
Entre 1914 y 1919 fue profesor agregado en el Laboratorio de Geología del Museo Nacional de Ciencias Naturales y colaborador de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (CIPP).
En 1921 obtuvo por libre designación la cátedra de Historia Primitiva del Hombre, creada para él en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, con el rechazo frontal de sus antiguos colegas del Museo y la CIPP y de los profesores de la Facultad de Ciencias, a la que tradicionalmente estaban ligados los estudios prehistóricos.
Se le concedió la nacionalidad española en 1924 y fue elegido miembro numerario de la Real Academia de la Historia en 1925.
Aunque su actividad fue limitada, fue el tercer prehistoriador en la Academia, tras J. Vilanova y Piera (1889) y M. Antón y Ferrándiz (1917), lo que contribuyó, junto con la creación de la cátedra, a desgajar la Prehistoria de la Geología y convertirla en una disciplina autónoma vinculada a la Historia y a la Arqueología.
El hombre prehistórico es el último eslabón de una cadena que comienza veinte años antes con su primera monografía, de la que es claramente deudora: Der Mensch der Vorzeit (Berlín 1912), primer volumen de Der Mensch aller Zeiten, de W. Koppers y W. Schmidt.
En este libro Obermaier sintetizaba los trabajos coetáneos y las teorías y descubrimientos en Geología, Prehistoria, Antropología y Etnología comparada.
Se tradujo enseguida a varias lenguas y le proporcionó fama, prestigio y, sobre todo, un punto de partida para versiones posteriores.
Entre ellas está El hombre fósil editada en las Memorias de la CIPP 9 (1916) gracias al apoyo de su presidente el Marqués de Cerralbo.
Otra es "La vida de nuestros antepasados cuaternarios en Europa", su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia (2-5-1926).
En él, además de interesantes recuerdos sobre su primera llegada a España en 1909, insistía en la importancia de la etnología comparada para reconstruir la vida de las sociedades paleolíticas, idea que reaparecerá en El hombre prehistórico.
El hombre fósil fue un texto fundamental sobre la Prehistoria de la Península Ibérica, escrito justamente cuando esta ciencia empezaba a consolidarse como disciplina académica en España.
La amplia difusión entre los especialistas de su edición en inglés, financiada en 1924 por A. M. Huntington y la Hispanic Society of America por intermediación del Duque de Alba, situó la Prehistoria peninsular en el panorama mundial.
El libro le sirvió a Obermaier para asentar su posición en la vida académica española, tras su expulsión del Institut de Paléontologie Humaine por su nacionalidad y sin poder regresar a Alemania a causa de la guerra.
La segunda edición, muy ampliada, publicada en 1925 con el apoyo de la JAE, se convirtió en el manual para los alumnos y los ayudantes de su cátedra.
Cuando Obermaier preparaba la tercera edición se le invitó a publicar una síntesis sobre la Prehistoria europea en la Revista de Occidente, fundada por J. Ortega y Gasset en 1923 y cuyos objetivos modernizadores sintonizaban con los de la JAE.
Pudo ser idea de M. García Morente, catedrático de Ética desde 1931, decano de la Facultad de Filosofía y Letras y director de la editorial entre 1924 y 1934, pero ya antes Obermaier y Ortega, muy interesado por temas como el arte rupestre, mantenían una buena relación: conferencias en la Residencia de Estudiantes por in-Trab.
La síntesis, destinada al público culto y los estudiantes, reuniría los últimos descubrimientos y teorías en Prehistoria, sin olvidar la parte filosófico-teológica que tanto preocupaba a muchos científicos católicos, como los jesuitas P. Teilhard de Chardin y W. Schmidt (pero curiosamente no tanto a Obermaier).
Un hecho conexo es la publicación en 1931 por la Ed.
Labor de Barcelona del primer volumen de la Prehistoria (en su 2a edición) de M. Hoernes y F. Behn, traducido por J. de C. Serra Ráfols, L. Pericot y A. del Castillo, con anotaciones originales de éstos sobre la cultura ibérica.
La obra de Obermaier elegida fue Urgeschichte der Menschheit (Freiburg 1931).
A. García y Bellido, antiguo discípulo suyo y desde 1931 catedrático de Arqueología de la Universidad de Madrid, se encargó de la traducción al castellano.
Apareció como El Hombre prehistórico y los orígenes de la humanidad en la serie de Manuales (no 9) de la Revista de Occidente.
Obermaier advertía en el prólogo de que no era una simple traducción del original alemán, sino una edición nueva con referencias específicas a materiales españoles y presentando numerosos hallazgos surgidos de las últimas investigaciones, dispersos en museos y publicaciones diversas y asequibles sólo a los especialistas.
La primera parte repetía los diez capítulos de El hombre fósil incluyendo los polémicos "hombre terciario" y los eolitos.
En la segunda Obermaier abordaba "el neolítico y las edades del metal", y en la tercera la protohistoria de la Península Ibérica, como en el volumen publicado por Labor.
El éxito inmediato del libro, sobre todo como manual universitario, queda demostrado por las siete ediciones que se sucedieron entre 1941 y 1963, incluso en épocas tan difíciles como al final de la guerra civil y en la postguerra y después de morir Obermaier.
A partir de la segunda edición (1941), y sobre todo en las posteriores a la muerte de Obermaier (1946), García y Bellido se encargó de la sección dedicada a Protohistoria.
L. Pericot, catedrático de la Universidad de Valencia y director del Servicio de Investigación Prehistórica, se incorporó al equipo desde la 5a edición de 1954 para renovar la sección de Prehistoria; en su prólogo afirmaba que durante muchos años había recomendado el libro "como la mejor introducción" para un aficionado o estudiante a la Prehistoria.
Nadie duda de la gran influencia de Obermaier en la Prehistoria y la Arqueología española como formador de la primera generación de prehistoriadores de la Universidad de Madrid (en paralelo a la labor en Barcelona de su amigo P. Bosch Gimpera), e investigador (en especial al introducir en España ciencias como la glaciología).
Sin embargo se distingue sobre todo por centrarse en la alta divulgación, creando la revista Investigación y Progreso a imitación de Forschung und Fortschritte.
Su amplia bibliografía se caracteriza por una mayoría de artículos muy breves, publicados al mismo tiempo en revistas de diferentes lenguas o nacionalidades.
Destacan sólo tres monografías: una con Breuil actualizando los hallazgos en Altamira (1935) y El hombre fósil (1916,1925) y El hombre prehistórico (1932 y ss.), obras más de síntesis que de innovación.
En realidad la obra científica de Obermaier es sólo Der Mensch der Vorzeit (1912), periódicamente actualizada en lo que respecta a descubrimientos y teorías, y sus reelaboraciones en traducción castellana ya citadas.
En sus síntesis ordenadas y metódicas, Obermaier evita comprometerse en la exposición y defensa de ideas propias.
Cuando lo hizo, p. ej. con la tesis del Capsiense o la cronología del arte rupestre levantino, elaboradas junto al abate Breuil, se equivocó.
En fin, Obermaier no fue un investigador de intuiciones brillantes e ideas innovadoras.
Su mayor aportación radica precisamente en su capacidad de difundir los avances de la ciencia tanto entre los estudiantes universitarios y el público culto como en el círculo académico a través de artículos y manuales.
Muy diferente es el libro de M. Gómez-Moreno (1870-1970), uno de los grandes protagonistas de las ciencias humanísticas y sus instituciones de fines del siglo XIX a buena parte del XX.
Trata un tema en principio extraño a las especialidades de su autor (arte y arqueología medieval o ibérica, epigrafía y lingüística).
No es fruto de investigaciones propias, ni parece encuadrarse en ninguna escuela o tendencia coetánea sino que, más bien, quedaría desfasado y al margen de la disciplina tal como se concebía a finales de los 1950.
Pero el documentadísimo y convincente estudio preliminar de J. P. Bellón (2015: CXLVIII ss.) nos saca del error.
En 1934 Gómez-Moreno, jubilado de la Universidad y del Centro de Estudios Históricos, se retiró al Instituto Valencia de Don Juan, del que era director desde la muerte de A. Vives en 1925.
Tras la Guerra Civil siguió siendo una figura prestigiosa y será colmado de honores por los nuevos gerifaltes de los que preferirá distanciarse (carta a su mujer, Elena, en Bellón 2015: CXXXVI y n.
A fines de los 1950, con casi 90 años, decidió recuperar un tema de investigación antiguo, la Prehistoria, aspecto muy poco tratado generalmente en las biografías de Gómez-Moreno.
Gracias a Bellón (2015: CXI, CXX-CXXI) sabemos ahora que Adam y la prehistoria no es su primera obra sobre el tema.
Los capítulos correspondientes (los tres primeros "ciclos") en la célebre La Novela de España (1928) tenían antecedentes: un Ensayo de prehistoria española (1922) y una Síntesis de prehistoria española (1925) (ambos incluidos en Misceláneas.
Según Bellón (2015: CXI), son las "publicaciones más personales e insólitas" de Gómez-Moreno.
En ellas, al tomar el libro del Génesis Trab.
Gómez-Moreno reunía en su obra elementos de procedencias diversas.
Integraba las manifestaciones culturales y artísticas más antiguas en la historia de España, desde la Prehistoria hasta la llegada de Roma, recuperando las tesis que se remontan a la historiografía del Renacimiento sobre el esencialismo español, la perduración de un espíritu propio e independiente frente a las continuas invasiones.
A la vez, su deseo de "regenerar la identidad nacional" (Bellón 2015: LXXIX), descubrir la historia de España, valorar su patrimonio, defender la ciencia española y situarla al nivel de la europea formaba parte de los objetivos declarados por la JAE.
La reiterada alusión en el libro a los investigadores extranjeros que hacían "nuestra" historia y "nuestra" arqueología perpetuaba también el temor expresado por la Real Academia de la Historia, donde había ingresado en 1917.
Es posible que la publicación de Adam fuera una reacción a la 6a edición (1957) de El hombre prehistórico.
Y quizás no se mencionen obras importantes y coetáneas sobre Prehistoria (citadas por Bellón 2015: CLVII) porque Adam se nutrió fundamentalmente de sus ensayos anteriores.
Según Bellón (2015: IX, CXLVIII), la obtención del Premio Juan March de Historia en 1956 permitiría su publicación (Tecnos 1958), pero no encuentro relación entre ambos hechos.
El libro tuvo muy poca difusión y sólo tres recensiones en revistas científicas: por sus discípulos A. Tovar en Emerita y G. Nieto en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, y en Archivum, de la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo.
Ni siquiera se comenta en revistas de ámbito católico que publicaban artículos sobre el origen del hombre y los debates ciencia vs religión como Religión y Cultura (Bellón 2015: CLIII-CLVII).
Y es que Gómez-Moreno, profundamente católico, no aceptaba siquiera las tesis de los defensores de conciliar ciencia y fe, postura que había resurgido gracias a la reedición de textos de Teilhard de Chardin: en 1956 se había publicado en París L 'Apparition de l' Homme, compilación de artículos aparecidos entre 1913 y 1954, rápidamente traducida al castellano en 1958 (La aparición del hombre).
Gómez-Moreno no la cita aunque demuestra conocer bien la obra de Teilhard de Chardin: critica su tibieza, como la de Breuil, Obermaier y otros sacerdotes prehistoriadores y antropólogos, en la defensa de la verdad histórica de la Biblia (Gómez-Moreno 2015: 36).
Forscher beweisen die Wahrheit der Bibel de W. Keller (1955), que tanto éxito tuvo en todo el mundo?
Gómez-Moreno y Obermaier convivieron en la Facultad de Filosofía y Letras y, en menor medida, en el Centro de Estudios Históricos.
Mantuvieron una clara enemistad (Bellón 2015: CVII) a raíz de que A. García y Bellido, protegido de J. R. Mélida y de E. Tormo, ganara la cátedra de Arqueología Clásica en 1931 en competencia con J. de M. Carriazo, discípulo de Gómez-Moreno.
La opinión de éste acerca de Obermaier como prehistoriador era inseparable de su opinión personal.
Debió conocer la 5a (1955) y 6a (1957) reediciones de El hombre prehistórico más cercanas en el tiempo a la publicación de su Adam.
Pero si se refiere, muy puntualmente, a algunas de sus teorías y trabajos es para discutirlas.
En Adam menciona sólo dos veces a Obermaier.
La primera censura su "cómoda" postura al silenciar el problema bíblico en El hombre fósil.
La segunda critica la atribución de las pinturas rupestres levantinas "a la Edad Cuaternaria" por extranjeros, como Breuil y Obermaier, secundados por Bosch Gimpera (Gómez-Moreno 2015: 35 y 70).
Tal atribución se basaba en supuestas analogías con el arte rupestre cantábrico, y, en este caso, Gómez-Moreno acertaba al acercarlas al período neolítico.
Una gran diferencia entre ambos es que Gómez-Moreno, por su forma de ser, pudo defender su independencia de criterio y expresar sus ideas y tesis personalísimas.
Obermaier, en cambio, se vio muy pronto obligado por sus difíciles circunstancias personales a desarrollar estrategias de integración en el ámbito académico (Cañete y Pelayo 2014: CLV).
De ahí sus esfuerzos por anudar buenas relaciones con las autoridades de la ciencia, los cambios de tema en función de necesidades coyunturales y sus publicaciones, pensadas como actualizaciones científicas bien sistematizadas y rigurosas, pero no especialmente originales, destinadas tanto a los especialistas como al público universitario o culto en general.
M. Gómez-Moreno y H. Obermaier siguen muy presentes en la historiografía de sus respectivos campos de investigación.
Lo demuestran los estudios que se les han dedicado en los últimos años donde, en general, más allá de analizar su vida, obra e influencia se destaca su papel en el apasionante contexto de la Edad de Plata de la ciencia española.
Dpto. de Historia Antigua, Historia Medieval y Paleografía y Diplomática.
Facultad de Filosofía y Letras -Universidad Autónoma de Madrid.
Todo lo que evoca este libro magistral raya en la singularidad y la desmesura: el propio sitio (Valencina de la Concepción, mas de 400 h, el establecimiento calcolítico más extenso de Europa occidental), el monumento estudiado (el mayor tholos del mediodía ibérico, tras El Romeral), los ajuares funerarios (las cantidades más elevadas de marfil y ámbar de todos los yacimientos de la Península Ibérica, la calidad técnica excepcional de algunos artefactos) y finalmente, los difuntos (en particular un grupo de mujeres sumergidas en una atmósfera mágica o esotérica dominada por el color rojo consecuencia del uso habitual del cinabrio que, quizás, condujo a algunas a la muerte).
Al cerrar las últimas páginas de esta voluminosa obra colectiva (22 capítulos debidos a 45 autores de distintos países), se tiene la impresión de que la historiografía del Calcolítico europeo acaba de dar un salto adelante, si se considera cómo la interdisciplinariedad hábilmente construida puede hacernos abordar mejor la complejidad de las sociedades del final del Neolítico.
En efecto, las excavaciones del tholos de Montelirio y de su vecino (la denominada estructura 10.042.10.049) acaban de renovar en profundidad nuestros conocimientos sobre el tema.
Sopesamos aún más la distancia metodológica que separa la exploración de los primeros monumentos megalíticos de este mismo yacimiento en el siglo XIX (La Pastora, Matarrubilla) de la exploración sistemática de los panteones recientemente descubiertos.
La obra muestra también, en una época donde se prefieren las síntesis (a menudo un poco rápidas), todo lo que puede aportar una monografía puntual basada en una excavación esmerada, donde todos los datos han sido analizados minuciosamente y en profundidad.
Y esto en un tiempo bastante breve, puesto que el trabajo de campo se desarrolló entre 2007 y 2010.
En esta recensión de una obra colectiva, no queriendo escoger, no citaré ni a los coordinadores, ni a los diversos autores: por contra, todos merecen mis felicitaciones por su contribución a la misma.
Detallemos algunos de los puntos fuertes de este trabajo.
Su largo corredor conduce a una espaciosa cámara circular de 4,75 m de diámetro, la más amplia conocida tras la de * En la edición electrónica de la revista accesible en http:// tp.revistas.csic.es/index.php/tp están disponibles las traducciones al inglés y francés del texto.
Esta estancia da a su vez a una pequeña cámara, fenómeno atestiguado en numerosas tumbas de gran tamaño del mediodía peninsular.
Son destacables numerosas originalidades.
Primero, una entrada con fachada de piedras alzadas perpendiculares al eje del corredor y sobre todo, las cúpulas de las cámaras, que han sido construidas en arcilla y no por aproximación de pequeñas pizarras.
El recurso a este material sugiere un dominio muy particular de sus cualidades plásticas para realizar un techo espeso, una cúpula.
Su altura estimada en la gran cámara es de 4 m, habiendo requerido un andamiaje interno del que todavía subsisten los agujeros de poste en el suelo de cada cámara.
Otra particularidad: los ortostatos del corredor y de las cámaras son de esquisto pizarroso importado cuyo tono grisáceo ha sido pintado con capas sucesivas que alternan el rojo y el negro, antes de recibir diversos motivos incisos.
Pasemos al contexto humano y material.
En el estrecho corredor, por el que solo se podía pasar agachado, pequeños altares de arcilla estaban asociados a depósitos de cenizas y a lotes de puntas de flecha; allí se encontraban también los restos de dos individuos en posición secundaria y un tercero en situación primaria.
Pero son las dos cámaras funerarias las que, a pesar de algunas remociones ocurridas en la Edad del Hierro o en el cambio de era, debían proporcionar las informaciones más espectaculares.
En la mayor, en torno al altar central sobre el que reposaba una estela de arcilla pintada, se disponían diversas piezas de lujo: paleta, láminas, peines y otros objetos de marfil, barritas de hueso, una alabarda de sílex, cerámicas conteniendo restos de arcilla o de pigmento rojo y residuos de grasas vegetales.
Cerca descansaban los cuerpos, en posición primaria, de una veintena de individuos situados uno al lado del otro o apilados, algunos de los cuales estaban parcialmente cubiertos por un vestido con cuentas de concha.
Un poco apartado, un individuo (343), con los brazos dispuestos en oración, estaba envuelto en una túnica obtenida por yuxtaposición de varias decenas de millares de cuentas de concha asociadas a perlas de ámbar.
Más reducida (2,7 m de diámetro) y alterada, la cámara pequeña contenía los restos de dos individuos (¿masculino y femenino?).
Allí estaban almacenadas diversas riquezas: una defensa de elefante fósil, numerosas laminitas o chapas de oro, gran cantidad de marfil y cáscaras de huevos de avestruz, señales del rango elevado de los beneficiarios.
Los estudios antropológicos han mostrado que, de la veintena de individuos procedentes de la cámara grande, doce eran mujeres jóvenes cuya edad media al morir era de unos treinta años, los demás individuos eran femeninos o indeterminados.
El recurso al cinabrio, sulfuro de mercurio, como decoración de las paredes o del suelo, su uso durante las manifestaciones Trab.
Se trata de un producto tóxico que se acumula en los riñones, el hígado o el cerebro, provocando intoxicaciones o lesiones que llevan a la muerte.
La vinculación del cinabrio con estas mujeres podría explicar su muerte a una edad poco avanzada.
Cualquier arqueólogo será sensible a la calidad de ciertos ajuares exhumados y, muy en particular, a los peines de marfil, las figuritas de pájaros o suidos, las bellotas talladas en este mismo material, las cuentas de ámbar (de probable origen siciliano), las laminitas de oro con motivos oculares "en forma de sol" o las puntas de flecha con alerones muy alargados cuya finura sobrepasa en calidad todas las puntas de proyectil "alcalarenses" hasta ahora descubiertas.
Las dataciones C14 indican una construcción del monumento entre fines del siglo 29 y fines del siglo 28 ANE.
El depósito de los cadáveres en la cámara grande podría corresponder a una intervención única o poco dilatada en el tiempo: todo lo más algunas décadas.
Se estaría ante una sepultura peculiar, atribuida a un grupo femenino específico, quizá especializado en ciertas actividades rituales: todo lo contrario de lo que revelan la mayoría de las sepulturas colectivas de la época, cuyo contexto antropológico remite a una distribución más natural de sexos y edades.
Añadiremos algunas reflexiones más personales sugeridas por la lectura de esta monografía.
La primera es la idea de que no se puede interpretar las diversas tumbas del sector de Montelirio sin interrogarse sobre la propia significación del sitio en el que se insertan: Valencina de la Concepción.
Su amplitud territorial, un lugar de concentración de la población al final de la gran bahía antigua del Guadalquivir, le confiere una posición única de contacto entre la Península Ibérica y África, el Mediterráneo y el Atlántico.
Esta situación geográfica le hizo ciertamente receptor de productos (si no de personas) procedentes de estas cuatro ámbitos.
¿Cómo explicar el propio tamaño de esta localidad?
Quizás por la aparición de una élite local que sacó partido de las potencialidades económicas de la región para mantener una población en fuerte crecimiento demográfico.
Esta élite habría confirmado su poder social jugando con el imaginario colectivo a través de las prácticas simbólicas: ceremonias, procesiones, uso de vestimentas particulares, posesión y exhibición de objetos de prestigio en materiales raros y/o exóticos.
Su ascendiente, mantenido con artificios diversos, se debería en parte a su capacidad para gestionar los rituales y confiscar lo "sagrado" en su beneficio.
En la misma época, en Malta, los maestros de la liturgia aseguraban el funcionamiento de los templos del archipiélago por diversos mecanismos que favorecían la cohesión social, los cuales reforzaban su supremacía ideológica y política.
De la misma manera, en Valencina, la jerarquización relativa pero real en el seno de estas comunidades calcolíticas podía descansar en mecanismos sociales de obligación entre personas o familias, en el prestigio propio de ciertos clanes, en la aptitud de diversos personajes para suscitar manifestaciones simbólicas, sobre todo en torno a las tumbas, símbolos de transmisión generacional.
Una de las cuestiones de la arqueología del Calcolítico en el Mediterráneo occidental reside en la dificultad de identificar incluso a estos líderes.
Es verdad que el recurso a sepulturas colectivas en todo este ámbito (Italia del nordeste excluida) muy a menudo vuelve ilegibles las diferencias de estatus entre individuos.
Sin embargo este método de enterramiento no excluye la existencia de líderes en las relaciones sociales.
Estos notables estaban bien presentes y son reconocibles en la calidad y cantidad de algunos marcadores específicos, que se les asignaban al morir.
Los suntuosos ajuares del tholos de Montelirio o de la estructura 10.042-10.049 son excelentes testimonios para identificar a estos privilegiados.
Estos podían comprender grupos femeninos, quizá una especie de "sacerdotisas" de los códigos litúrgicos, como el tholos de Montelirio podría sugerir.
En la estructura 10.049 es un individuo joven (probablemente un hombre, aunque la determinación sexual es incierta) quien acumulaba riquezas: una defensa de elefante tallada, una decena de objetos de marfil, un puñal de sílex quizá de origen francés y su pomo de ámbar siciliano, 21 láminas de sílex.
Un segundo depósito de piezas raras dispuestas sobre esta sepultura estaba quizás destinado a engrandecer al mismo sujeto aunque no pueda afirmarse con seguridad: 5 recipientes, 38 láminas, una punta de flecha y otras piezas de sílex, una hoja de puñal en cristal de roca con su mango de marfil tallado y su posible funda, una defensa de elefante, una cáscara de huevo de avestruz y 90 cuentas discoides.
Se advertirá que es en la cámara pequeña de este monumento donde reposaba el individuo más honrado.
Es una pena que se sepa tan poco sobre los dos sujetos de la cámara pequeña del tholos de Montelirio: se observa sin embargo que ellos son quienes han sido dotados de la masa más imponente de marfil: 5,3 k (2,6 k en la estructura 10.049).
Este material era, en el sector de Montelirio, particularmente apreciado por las élites.
Por contra el cobre, ausente, quizás no fuera un marcador apreciado.
Contra-ejemplo: el sujeto, también enaltecido por la calidad de su equipamiento, de la cámara pequeña del tholos 3 de Alcalar (Portugal) acumulaba piezas de metal: 3 alabardas, 2 puñales con escotaduras de enmangue, 2 "raspadores" cuadrangu-Trab.
Dos conclusiones se derivan de esta constatación: 1) los marcadores sociales de las élites que descansan en los tholos del sur de la Península Ibérica pueden variar según regiones o individuos; 2) las "cámaras pequeñas" de estos monumentos parecen destinadas a personajes "fuera de norma" con un estatus particular.
Ampliemos ahora el foco.
Los autores piensan que la posibilidad de que Valencina de la Concepción fuese un "lugar de agregación" ocupado temporalmente durante unas ceremonias particulares que atraían multitudes de los alrededores (cf. Stonehenge) debe ser contemplada junto con la idea de que fuese un asentamiento permanente.
Es una hipótesis plausible, ya que la atracción de la localidad, por tierra o por mar, podía ser fuerte.
Sin embargo, yo no excluyo que el establecimiento pudiera haber sido permanente.
Los talleres de piezas raras (marfil, cristal de roca, etc.) que poseía podrían testimoniar la residencia permanente de artesanos cualificados, atraídos por los líderes para fabricarles piezas de un valor técnico elevado, destinadas a aumentar su prestigio.
El hecho es habitual en la misma época en las ciudades de Oriente donde los reyezuelos se rodeaban de los mejores obreros para trabajar el lapislázuli, marfil, fayenza, cristal de roca, etc.
¿Por qué no admitir una situación idéntica en el sur de la Península Ibérica, en un lugar (Valencina) precisamente situado al final de estos contactos con el Mediterráneo oriental?
Recordemos también que, algunos siglos antes, Europa había conocido, al noroeste del Mar Negro, numerosos sitios "sobredimensionados" que implicaban centenares de viviendas y algunos miles de ocupantes (fase final de Cucuteni-Tripolyé).
Como el sitio andaluz, estas mega-aglomeraciones desaparecieron sin sucesores.
Los análisis han mostrado que una parte del marfil de elefante importado a Andalucía era originario de Asia y probablemente había transitado por la costa africana (el paso por Chipre o Creta parece excluido, ya que estas islas no habrían tenido, en el III y II milenio, más que objetos de marfil de hipopótamo).
Es pues a partir del Levante meridional o del Delta egipcio, por mar o tierra, por donde empezaban probablemente los contactos.
No se puede ser insensible a los parentescos culturales que relacionan ciertas producciones andaluzas con objetos del Mediterráneo oriental.
Así, las puntas de flecha "alcalarenses" son la demostración de un arte consumado en la talla de la melonita, del sílex o del cristal de roca: elementos similares se conocen en Egipto desde el Predinástico.
El peine de marfil "de cuernos" de la sepultura 12 de Los Millares es una réplica de ciertos peines egipcios y es hacia el Mediterráneo oriental donde habrá seguramente que buscar los prototipos de los peines con motivos de animales del tholos de Montelirio.
Hay también semejanzas entre las estatuillas de marfil o de hueso de El Malagón (Cullar-Baza), Marroquíes Altos y Torredelcampo (Jaén), Cerro de la Cabeza (Sevilla) y algunas figuritas del Levante o de Egipto: actitud rígida, piernas juntas y brazos cruzados, son caracteres orientales reinterpretados bajo rasgos ibéricos (cabelleras en zigzags).
Las jabalinas de cobre de La Pastora tienen prototipos en Levante.
Ciertamente, y los autores de la obra lo dicen con mucha razón: el marfil, la piedra o el cobre han sido trabajados en España.
Sin embargo, a menos que se admita un improbable fenómeno de convergencia, la inspiración es oriental.
Planteemos una hipótesis: ¿los autores de estas puntas de flecha, de estos peines y de otras baratijas de marfil, de estas jabalinas de cobre, no podrían ser ellos mismos orientales (levantinos, egipcios, africanos del este) atraídos por las élites locales para crear in situ piezas de excepción como solo ellos las sabían hacer?
Incluso si se trataba de nativos ibéricos, sus modelos iniciales son sin duda en parte externos.
Para concluir, parece -y esta obra, pero también el conjunto de contribuciones publicadas estos últimos años sobre el sitio de Valencina de la Concepción lo demuestran-que hemos llegado a un punto de inflexión histórico de nuestros conceptos sobre el Calcolítico.
Desde V. G. Childe, se pensaba que el Calcolítico occidental había sido fecundado por influjos o aportes del área egeo-anatolia (cf. las "colonias" de E. Sangmeister o B. Blance).
A partir de la década de 1970, estas influencias han sido contestadas, con razón, por poco demostrables o indemostrables y la idea de un desarrollo debido únicamente a la dinámica autóctona se ha convertido en norma.
Hoy en día, sin rechazar las iniciativas indígenas, es innegable que ciertos influjos venidos del Mediterráneo suroriental (Egipto, Levante) se han hecho sentir en la España meridional desde el 3000 BC, a través de contactos que aportan a la vez materiales lejanos (marfil asiático) pero también modelos de piezas de lujo.
Hay aquí un nuevo paradigma sobre el que reflexionar.
E-mail: [EMAIL] http//orcid.org/0000-0001- Important new evidence on the Argaric/ Nueva evidencia importante sobre El Argar: Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch.
[El] interés principal de los Siret en términos de arqueología de campo [era la] recuperación de piezas enteras gracias a la protección ofrecida por el contenedor funerario.
193): No deja de resultar paradójico que personages como Martínez Santa Olalla..., que colocaban en su discurso a "España" y al "Estado" por encima de todas las cosas considerasen que el "patrimonio español" era, o podía ser, parte de su patrimonio privado y, en cuanto tal, sujeto al arbitrio de su voluntad.
Los discursos del poder en el mundo ibérico del sureste (siglos VII-I a.C.).
Bibliotheca Praehistorica Hispana XXXII, Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
El libro que ahora comentamos es un hito muy a tener en cuenta en el panorama científico, y ello por varias razones.
En primer lugar, porque, aunque a priori pueda parecer que la construcción del poder y sus discursos es un tema en exceso tratado, su relevancia en la construcción social (pasada y presente, pero más si cabe aún futura) es tanta que los análisis pormenorizados, atentos a las aristas del proceso, son siempre bienvenidos.
Además, el autor de este estudio no se limita a una descripción, ni a una compilación de datos, sino que ahonda en la complejidad y recovecos del poder y sus formas de representación en las sociedades ibéricas del Sureste peninsular con sutileza y capacidad crítica reseñable, destacando el papel de la ideología como medio de construcción del poder no en un ámbito concreto, sino en la interacción de muchos de ellos.
En segundo lugar, el aparato metodológico del autor es más que destacable y redunda en la calidad del resultado, no solo para aquellos interesados en el mundo ibérico, sino para todos los que se preocupan por las formas de análisis del discurso, la capacidad del historiador y/o arqueólogo para estudiar y comprender los imaginarios y las formas de representatividad social y la incidencia del poder y sus formas de construcción Trab.
En tercer lugar, porque los trabajos de Jorge García Cardiel son de los más interesantes e inspiradores entre las voces jóvenes de la Historia Antigua y este libro solo viene a confirmar la calidad de sus hipótesis y su buen hacer como historiador de referencia.
Los discursos del poder en el mundo ibérico del Sureste (siglos VII-I a.C.) se estructura en cinco capítulos a los que se añaden dos prólogos (firmados por Santiago Montero y Teresa Chapa, ambos más que reconocidos conocedores de los modos de construcción discursiva en el mundo antiguo), conclusión, bibliografía e índices.
Ya desde el capítulo I o Introducción el autor deja claros los objetivos de su análisis: un estudio detallado de la zona sureste de la Península Ibérica y las transformaciones socio-políticas, económicas y, muy especialmente, ideológicas, que experimentó durante el primer milenio debido a la confluencia los procesos de cambio interno con la actividad colonial (diversa en planteamiento, acción y consecuencias) de fenicios, griegos, cartagineses y romanos, todo ello trabajando al tiempo con fuentes escritas, arqueológicas e iconográficas.
El caldo de cultivo no podía ser más complejo, de ahí que sea necesario analizar las interacciones, pues es en ellas donde se encuentran las causas y consecuencias de los cambios, y no en la simple descripción plana de los procesos, en la que, muy inteligentemente, el autor no cae en ningún momento.
Dichas interacciones son múltiples e inabarcables, pero el autor se centra en tres, que desgrana a lo largo del libro: económicas (gestión y aprovechamiento de los recursos, cambios tecnológicos...), sociales (creciente jerarquización o cambios de modelo socio-político entre otras) e ideológicas (gestión de la violencia, instrumentalización de la memoria, construcción discursiva de la identidad, constructos religiosos, etc.).
La Introducción constituye también una reivindicación, muy precisa y concisa, de la importancia capital que tiene la teoría si queremos actualizar y desarrollar nuestra comprensión del pasado.
García Cardiel desmonta admirablemente en apenas 30 páginas la absurda creencia de que la teoría es un estorbo suprimible para el historiador.
No sólo eso, sino que demuestra que solo con ella y a través de su aplicación cuidadosa al análisis histórico lograremos modernizar nuestra disciplina y acercarla a las preocupaciones del presente.
El capítulo II ("La fiscalización de los resortes económicos") estudia con detalle los recursos y resortes económicos que utilizaron las elites ibéricas para mantener el control y acrecentar su poder, profundizando con ello en el proceso de jerarquización social.
García Cardiel analiza con detalle las formas de interacción entre el poder y la economía y cómo uno y otra se perfilan mutuamente a través del comercio, los regalos, los intercambios de bienes y servicios de todo tipo (ganaderos, agrícolas, comerciales, artesanales...), la redistribución o la ostentación.
A comprender el mo-delo propuesto ayuda mucho el ejemplo, extensamente tratado, de l'Illeta dels Banyets.
En el capítulo III ("La instrumentalización de la memoria y la identidad") el autor se centra en el siempre espinoso tema de los procesos de construcción de la memoria social, inextricablemente unidos a la conformación de las identidades, que son constructos sociales, y por lo tanto, maleables, aunque sean presentados por las elites, al igual que ocurre con la memoria, como productos dados (generalmente por los dioses) y no modificables.
Teniendo en cuenta la particular situación, tanto geográfica como socio-cultural, del mundo ibérico, es imposible tratar este tema sin adentrarse en las relaciones coloniales de los iberos con fenicios, griegos, cartagineses y romanos, y el autor lo hace desde una perspectiva postcolonial ya anunciada y explicada en la Introducción.
Creo que es reseñable que, en el manejo de la teoría postcolonial, el autor presenta una visión personal, crítica con los problemas globales de dicha teoría ya destacados en muchos foros, desde la marginación de la categoría clase a las dificultades de los espacios de negociación pasando por la nomenclatura a utilizar, ofreciendo alternativas a tener en cuenta.
No podía faltar en una obra como esta, tan volcada en el análisis ideológico, un capítulo como el IV que, bajo el título "La religión como mecanismo de legitimación política", estudia las manifestaciones religiosas ibéricas desde el postulado de que no son expresiones espiritualistas, sino que son construcciones sociales que se imbrican en todas las áreas básicas que constituyen a la sociedad y que, por tanto, no pueden ser estudiadas aisladamente, sino en conjunción con lo social, lo político o lo económico.
De hecho, la religión no se limita a la creencia, el rito, el culto y/o el mito, sino que es también un mecanismo de legitimación política generadora de discursos ideológicos de amplio calado, como lo demuestra la iconografía ibérica o los santuarios que trabaja el autor.
El último capítulo, el número V, se adentra en "El monopolio de la violencia como herramienta de legitimación" y para ello analiza los mecanismos de apropiación del ejercicio de la violencia por parte de unas elites deseosas de controlar el máximo espectro social, tanto hacia dentro de sus sociedades como hacia fuera.
Obviamente, en un mundo jerarquizado y, además colonial, en el que las tensiones bélicas son una constante, detentar el monopolio de la violencia es una necesidad para cualquier grupo que pretenda ejercer el poder, de ahí la importancia de controlar las armas y mostrar ese control a través de la iconografía o los ajuares funerarios.
Para concluir, querría destacar tanto la excelente bibliografía (una muestra más de lo riguroso y bien documentado que está el libro que ahora reseñamos) como la calidad del aparato gráfico (mapas, tablas e imágenes, con sus índices analíticos) o la calidad li-Trab.
Nos encontramos, por tanto, ante un trabajo de investigación puntero tanto por el tema que trata como por la minuciosidad con que son analizados actores y procesos.
Así pues, el libro no solo no defrauda, sino que contribuye a acrecentar nuestro conocimiento sobre los procesos discursivos del poder, la capacidad de la Arqueología para ahondar en los imaginarios y la constitución y desarrollo del mundo ibérico, abriendo sugerentes posibilidades de análisis. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
La Arqueología y la Antropología son en la actualidad dos áreas de conocimiento muy próximas y notablemente plurales, por un lado, por las circunstancias de su desarrollo teórico y metodológico en el tiempo (su historia disciplinar), y por otro lado, por la diversidad interna que presentan, al encontrarse en un momento en el que proliferan las "subdisciplinas" y las "líneas de investigación"; en el que ambas parecen oscilar entre su convergencia y su divergencia; y en el que las dos parecen caminar hacia una hiperespecialización, a la vez que hacia una considerable fragmentación.
Entre las acciones que posibilitan una cierta convergencia de ambas áreas de conocimiento se encuentran algunas tendencias generales, si bien no generalizadas, como el énfasis actual en la interdisciplinariedad, en la multidisciplinariedad, en la cross-disciplinariedad 1 y en la transdisciplinariedad; el interés creciente de los arqueólogos por la teoría antropológica y por los trabajos de los antropólogos; la importancia actual de los estudios sobre la materialidad en el ámbito de la Antropología; pero también la relevancia que han ido adquiriendo subdisciplinas como la Etnoar-La Arqueología y la Antropología cultural: entrelazamientos pretéritos y presentes* queología, que grosso modo, sitúa a los arqueólogos en las sociedades del presente, o la Antropología histórica y la Etnohistoria, que sitúan a los etnógrafos, etnólogos y antropólogos en las sociedades del pasado.
¿En qué aspectos resulta evidente un entrelazamiento pretérito y presente de la Arqueología y la Antropología cultural?
¿Cuál es el presente de los espacios teórico-epistemológicos en que ambas disciplinas convergen?
¿En qué estado se hallan las reflexiones de corte teórico (y metodológico) y las pulsiones críticas?
¿ENTRE LA HISTORIA Y LA ANTROPOLOGÍA?
De la expansión y consolidación histórica de ambas áreas de conocimiento, Arqueología y Antropología, emerge una diferencia básica en el modo en que se concibe la relación entre ellas, que es distinta en las tres tradiciones de investigación que mayor influencia han tenido y tienen sobre la investigación que se desarrolla en España actualmente.
Tal y como es bien sabido, en la tradición francesa, y en la de muchos otros países de la Europa continental (entre ellos, también España), la Antropología -tradicionalmente denominada "Etnología"-no se formalizó en conexión con el imperialismo y con el colonialismo, como en el Reino Unido, sino con los movimientos nacionalistas de la segunda mitad del siglo XIX, como discurso y práctica sobre los orígenes, y sobre la identidad cultural de los pueblos y de las naciones2.
La institucionalización de la Ciencia generó dos disciplinas de conocimiento separadas.
Tanto es así que los arqueólogos de la Europa continental se forman primordialmente como prehistoriadores o historiadores, y la Arqueología es una disciplina histórica.
En Estados Unidos y Canadá, los arqueólogos se forman como antropólogos, ya que la Arqueología se desarrolló en conexión con la Antropología, en particular, como estudio sobre los pueblos indígenas del continente americano, y sobre las intensas transformaciones culturales que experimentaban en la época.
Mientras que la de tensiones.
Basten algunos leitmotiv relevantes y bien conocidos para indicar que ha existido una necesidad de reafirmar posicionamientos, a la que se ha cedido con más urgencia en unos momentos que en otros.
Podemos invocar una temprana afirmación de Philip Phillips (1900-1994): "New World archaeology is anthropology or it is nothing" (Phillips 1955), que luego precisa, junto a Gordon R. Willey (1913Willey ( -2002)), señalando lo siguiente: "American archaeology is anthropology or it is nothing" (Phillips y Willey 1958: 2), una suerte de declaración de principios enmarcada en el procesualismo.
Podemos recordar el igualmente procesual "Archaeology as Anthropology" del título del conocido artículo de Lewis R. Binford (1962); así como el "Archaeology, is archaeology, is archaeology", que resume la propuesta del procesual británico David L. Clarke (1968: 13); y también un relativamente reciente "Is Archaeology Anthropology?", la certera pregunta que da título a una reflexión de Deborah L. Nichols, Rosemary A. Joyce y Susan D. Gillespie (2003), en la obra editada por Gillespie y Nichols titulada Archaeology is Anthropology, que precisamente aborda el estudio de la evolución temporal de las tensiones expresadas, bien analizadas previamente en la monografía Anthropology and Archaeology: a changing relationship de Chris Gosden (1999).
Es bien conocido que Lewis R. Binford (1962: 224) afirmaba muy significativamente, en el citado artículo que para muchos disocia la Arqueología de la Historia y de las Humanidades, y la vincula con la Antropología y con las Ciencias Naturales, que la Arqueología debe plantearse la posibilidad de hacer avanzar el campo general de la Antropología: Archaeology must accept a greater responsibility in the furtherance of the aims of anthropology.
Por su parte, la propuesta de David L. Clarke (1968: 12) enfatizaba que la Arqueología no es Historia: Archaeological data are not historical data and consequently, archaeology is not history.
Evidentemente, ni en esta época ni posteriormente, la relación de la Arqueología con la Historia se entiende de forma anómica.
Tanto es así, que en parte por el efecto de las tensiones mencionadas, encuadrables en el procesualismo, se llega a proponer concebir a la Arqueología como una disciplina de conocimiento completamente independiente, de ninguna manera supeditada a la Historia ni a la Antropología social y cultural.
Esta propuesta, que no es mayoritaria, y que se afirma sin ambages, por ejemplo, en la obra de David L. Clarke, ha planteado y plantea oposiciones, particularmente entre quienes estiman que ello le restaría pulso a la Arqueología, al menguar los réditos de la interdisciplinariedad y del fértil diálogo que mantienen las Ciencias Humanas y Sociales.
En cierto modo, se trata de una propuesta también derivada de la intensa aproximación metodológica de la Arqueología a las Ciencias Naturales (Química, Física, Geología, Mineralogía, Zoología, Botánica, entre otras), notable en dos momentos: el de la Nueva Arqueología de los años 1960 y 1970, en el que se enmarcan los postulados de Clarke; y el momento actual.
La plena identificación de la Arqueología con la Antropología también se ha estimado problemática, como refleja el particularismo por el que aboga Ian Hodder (1986) en Reading the past, reafirmando lo expuesto por Clarke y reeditado en la nueva edición de la obra:...archaeology is neither history not anthropology, but just archaeology (Hodder y Hutson 2003: 243).
Los debates que evidencian las tensiones entre las disciplinas ayudan a comprender que la Arqueología tiene muy poco hoy en día de subgénero/subdisciplina de la Antropología o de la Historia, en particular si se tiene en cuenta lo que aporta a su propio avance y al avance de las otras dos disciplinas mencionadas, y la existencia de una agenda propia, no supeditada a los debates externos, sino desarrollada a través de interesantes formas de entrelazamiento con ellos (véase una reciente e interesante reflexión sobre Arqueología e Historia en Herschend 2015).
Es cierto que aún muchos investigadores piensan a los arqueólogos como antropólogos culturales o historiadores centrados en el pasado, a la vez que piensan a los etnógrafos y antropólogos sociales o culturales como investigadores centrados únicamente en el presente.
A este respecto hay que señalar que la cuestión de la temporalidad (pasado vs. presente) va dejando de ser, progresivamente, la cuestión esencial para señalar los centros de interés de las dos disciplinas de conocimiento y de los investigadores (véase, sobre la relación entre la Antropología y la Historia, el libro de Mateo Dieste y Coello de la Rosa 2016).
Tradicionalmente, la Arqueología ha sido considerada una disciplina centrada en el estudio de la humanidad en el pasado, pero cada vez con mayor insistencia, los arqueólogos se formulan preguntas sobre el presente y el futuro de la humanidad, y tratan de ofrecer respuestas a cuestiones que son relevantes para las sociedades actuales y para su futuro en la Tierra.
También, cada vez con mayor frecuencia, los arqueólogos se interesan por las sociedades del presente.
Antes que el estudio del pasado, la Arqueología es el estudio de la materialidad, de los restos generados por los seres humanos en los procesos de producción de la vida material y social, particularmente a partir de sus interacciones intraespecíficas e interespecíficas y extraespecíficas: consigo mismos, con otros seres y con el entorno, a lo largo de la Historia (y en la Prehistoria, como tiempo histórico) y en el presente.
Las dos áreas de conocimiento, la Arqueología y la Antropología cultural, estudian el pasado y el presente de la humanidad (la Arqueología quizá con mayor énfasis en el pasado y en la materialidad, y la Antropología quizá con mayor énfasis en el presente y en la relacionalidad), pero fundamentalmente abordan hoy en día lo que supone ser o llegar a ser humano, y las relaciones que conciernen a los humanos, a los no-humanos (animales, vegetales, y muchos otros) y al entorno físico en el que se desenvuelven todos ellos3.
Ambas áreas de conocimiento fijan su atención, de forma holística y hermenéutica, en la diversidad de la experiencia humana, aportando conocimientos críticos sobre ella.
Así las cosas, no cabe limitar la Arqueología a la producción de lecturas sobre el pasado, sino a la generación de discursos y prácticas aptas para abordar el pasado y el presente.
La cuestión de la alteridad es de una enorme relevancia y aparece en el centro de las reflexiones sobre las dos áreas de conocimiento, particularmente de las vinculadas con la forma en que ambas permiten avanzar en la comprensión de las formas de ser, ontológicas o existenciales, y de las formas de conocer, epistemológicas.
O, dicho de otro modo, profundizar en lógicas ónticas y epistémicas.
Tanto la Arqueología como la Antropología cultural se encuentran actualmente en un momento de (re)orientación teórica y metodológica.
En lo básico, las dos disciplinas han generado en su seno múltiples críticas del eurocentrismo (o de la hegemonía occidental y el colonialismo), del androcentrismo y, en especial en el último lustro, del antropocentrismo inherente a ellas, con posiciones a favor de un descentramiento del anthropos (y, especificamente, de un intenso cuestionamiento de la concepción androcéntrica del anthropos) y de una suerte de "repoblamiento" del foco de interés.
Este "repoblamiento" hace referencia a una mayor toma de conciencia sobre las agencias de los seres no-humanos y de los materiales, pero también -y con singular énfasis-habla a favor de una presentación más compleja de las realidades humanas y no-humanas, incluyendo en las narrativas sobre el pasado o sobre lo material a individuos y colectivos antes ignorados.
Un ejemplo clave es el de las mujeres y la Antropología/Arqueología del Género y la Antropología/Arqueología Feminista; otro elocuente es el de la Antropología/Arqueología del cuerpo, que sitúa su centro de interés en la fisicalidad (fundamentalmente, pero no sólo, en la humana) y que analiza la inscripción corporal de los procesos sociales y culturales; y, finalmente, otro de certera pujanza es el ejemplo de los animales y la animalidad, una cuestión que emerge con fuerza y es considerada desde puntos de vista plurales, tanto por arqueólogos como por antropólogos e historiadores.
En parte, esto es así por una implosión de estudios realizados al hilo de aquello que se propone como "giro animal" (ing. animal turn, fr. tournant animaliste), pero no únicamente.
La época actual, considerada postpositivista y posthumanista, es una época de establecimiento de nuevas sinergias entre las dos áreas de conocimiento, Arqueología y Antropología cultural.
A su vez, es una época en que la emergencia del capitalismo neoliberal, especialmente a partir de los años 1980, ha tenido un impacto muy profundo en las Ciencias Humanas y Sociales.
En lo que son, pero también en lo que pueden devenir en un futuro que parece sombrío.
En las perspectivas teóricas desde las que se trabaja, pero también en la propia práctica laboral.
Es particularmente interesante, en el contexto de intensa crisis actual, el hecho de que el neoliberalismo se constituya como objeto de investigación de las dos disciplinas, y que a la vez sea el marco en el que tiene lugar la propia producción y la transmisión del conocimiento arqueológico y antropológico (Comaroff y Comaroff 2001; Bauman 2007; Hamilakis y Duke 2007).
Por otro lado, en ambas disciplinas, Arqueología y Antropología cultural, existen proyectos epistemológicos y políticos que cuestionan intensamente las propuestas hegemónicas y dominantes.
Ejemplos significativos son los de las Antropologías "del sur" y las Antropologías "segundas" (Krotz 1997(Krotz, 2015)); las Antropologías "otras" y de "otro modo" (del ing. otherwise) (Restrepo y Escobar 2005); y las Antropologías "del mundo" (Ribeiro y Escobar 2008), entre algunas otras, como las Antropologías y Arqueologías "periféricas" y "decoloniales".
DE "GIROS" E INFLUENCIAS MUTUAS
La Antropología es una de las ciencias sociales que mayor influencia ejercen sobre las disciplinas de conocimiento próximas a ella, particularmente sobre la Arqueología.
A su vez, es una de las ciencias sociales más conectadas con la Filosofía, un área disciplinar que ha nutrido hasta la fecha, con diferente insistencia, buena parte de sus problemáticas y de sus lógicas.
Desde la segunda mitad del siglo XIX, y a lo largo del siglo XX y de lo que va del siglo XXI, desde un punto de vista teórico, pero también con una clara influencia sobre aspectos de la praxis, sobresalen los aportes del evolucionismo (Morgan, Tylor, Frazer), del difusionismo (Kroeber, Wissler, Smith, Perry, Rivers) y particularismo histórico (Boas), del funcionalismo (Malinowski, Evans-Pritchard), del estructuro-funcionalismo (Radcliffe-Brown, Leach, Firth, Fortes), del culturalismo (Mead, Benedict), del marxismo y del neomarxismo (Meillassoux, Godelier, Terray, Rey, Bonte), de la antropología dinámica (Bastide, Balandier), del materialismo cultural (Harris, Sahlins) y la ecología cultural (Steward, White), del estructuralismo (Lévi-Strauss, Bourdieu, Dumont, Needham, De Heusch, Héritier), del interpretativismo-simbolismo (Schneider, Geertz, Douglas, Turner), del feminismo (Irigaray, Butler, Braidotti, Haraway, Kristeva, Strathern, Moore), del postcolonialismo, del postestructuralismo y del posthumanismo.
En la última década se ha ampliado notablemente la reflexión teórica y epistemológica generada en conexión con aquello que se ha dado en denominar el "giro ontológico" (ing. ontological turn, fr. tournant ontologique) de la Antropología contemporánea y, en general, de las Ciencias Sociales y de las Humanidades (Viveiros de Castro 2003; Henare et al. 2007; Alberti et al. 2011 2017).
Tal y como trataré de explicar, la Arqueología, dada su íntima relación con la Antropología cultural, no permanece al margen de tales reflexiones, ni de los debates de los que emergen actualmente nuevas maneras de pensar y de trabajar, en particular de superar la oposición dicotómica entre naturaleza y cultura y cualesquiera otros dualismos desde los que se trabajara en el pasado (cuerpo/mente, sujeto/objeto, entre muchos otros).
En buena medida, este llamado giro ontológico engloba reacciones acusadamente heterogéneas frente al "giro lingüístico", el "giro reflexivo o interpretativo" y la Postmodernidad, y aunque en cierta medida, y en algunos casos, se autopostule como ruptura, viene posibilitado (y generado) por avances previos, anticipados, por ejemplo, en las obras de Roy Wagner (1978Wagner (, 1981)), Donna J. Haraway (1991Haraway (, 2003Haraway (, 2007) ) y Marilyn Strathern (1988Strathern (, 1991Strathern (, 1995)), que cuajan, con diferente entidad, y que dialogan, en diferente medida, con los trabajos de investigadores como Bruno Latour (Latour y Woolgar 1979; Latour 1987Latour, 1988Latour, 1991Latour, 1996Latour, 1999aLatour, 1999bLatour, 2005Latour, 2012Latour, 2013aLatour, 2013b)), Philippe Descola (1992Descola (, 1996Descola (, 2005; Descola y social (ing. social turn), el epistemológico (ing. epistemological turn), el material (ing. material turn), el animalista (ing. animal turn, fr. tournant animaliste), y el giro (hacia lo) no-humano (ing. non-human turn).
Todos ellos forman parte de lo que el arqueólogo Christopher Witmore (2015: 38) considera, no sin vis crítica, una "letanía" de giros.
Una crítica muy explícita se manifiesta en los títulos de los trabajos de otros arqueólogos y antropólogos, y por supuesto, en las reflexiones que aportan, como en "One more turn and you ́re there" de James Laidlaw y Paolo Heywood (2013) y en "Ontology,'hauntology', and the 'turn' that keeps anthropology turning" de Vassos Argyrou (2017).
En el ámbito de los estudios feministas también han emergido voces críticas con la "inflación" de "giros", que proponen analizar el tipo de labor discursiva que está detrás del uso de la metáfora del "giro", y que proponen evaluar las consecuencias epistemológicas y políticas de este uso.
A este respecto el editorial de Kathy Davis (2015: 125-128) "The politics of the 'turn'" en la revista European Journal of Women ́s Studies señala en qué medida es pernicioso que los "giros" contribuyan a clasificar la producción de conocimiento en un "antes" y un "después".
Igualmente, se han formulado críticas hacia la metáfora del "giro" desde los estudios de ciencia y tecnología (STS, ing.
Science and Technology Studies), por ejemplo, las de Bistra Vasileva (2015) en su artículo "Stuck with/in a "turn": Can we metaphorize better in Science and Technology Studies?"
La Arqueología de las últimas décadas también ha registrado un fuerte impacto de los que el arqueólogo Christopher Witmore (2014) ha denominado "nuevos materialismos", no marxistas o neomarxistas, sino enraizados-en y enlazados-con el "giro ontológico" y con otros nódulos teóricoepistemológicos.
En este marco, algunos arqueólogos proponen que la Arqueología no es el estudio del pasado humano a través de los restos materiales, sino una verdadera "disciplina de las cosas" (Olsen et al. 2012), una suerte de ecología material de las prácticas humanas y no-humanas.
Una buena parte de los nuevos ma-terialismos están vinculados con la práctica de una "arqueología simétrica", definida bajo la influencia de los planteamientos del sociólogo francés Bruno Latour (Shanks 2007; Witmore 2007, Olsen 2012b; Olsen y Witmore 2015; Preucel 2016).
Una serie de conceptos se sitúan como ejes de trabajo.
O la "cosa" o el "ensamblaje" devienen, en estas orientaciones teóricas, conceptos centrales en la reflexión de los arqueólogos.
No menos importante resulta el concepto de "agencia" (Gell 1998).
A través de la práctica arqueológica, se procuraría explorar y reconocer el grado de agencia de las materias y los materiales, de los objetos/cosas/artefactos, y de los espacios/lugares/paisajes/entornos.
Igualmente se constata una influencia reciente del "nuevo realismo ontológico" (Gabriel 2015; Alberti 2016).
Los nuevos entrelazamientos y entrecruzamientos son explícitos en numerosos trabajos publicados en la última década en el ámbito de la Arqueología, en trabajos que, desde distintos planteamientos, sitúan en los "objetos", en las "cosas", o en los "ensamblajes", su foco de interés (Webmoor y Witmore 2008; Olsen 2003Olsen, 2010;;Alberti 2014, Alberti y Marshall 2009, Marshall y Alberti 2014; Fowler 2013, Fowler y Harris 2015).
En muchos estudios que emplean el concepto de "agencia" se deja sentir con fuerza la influencia del "realismo agencial" que plantea Karen Barad (2003Barad (, 2007)).
La influencia de los STS (ing.
Hay, no obstante, una diferencia fundamental entre esta última propuesta y las de arqueólogos como Bjørnar Olsen y Christopher Witmore, más centradas en la idea de materialidad, y no en la cuestión de la forma, que es una cuestión que trata la OOO (Bryant 2011, Bryant et al. 2011; Edgeworth 2016; Harman 2005Harman, 2009)), en parte por influencia del pensamiento del filósofo francés Gilbert Simondon (1964), autor de L ́individu et sa génèse physico-biologique.
En los últimos dos años, Ian Hodder, icono de la Arqueología postprocesual, desarrolla además la idea del entanglement (entrelazamiento), principalmente frente a los postulados de la teoría del actor-red (ing. actor-network theory, ANT) de Bruno Latour, que permea los trabajos de Witmore (2007) y otros.
En su libro Entangled: an Archaeology of the relationships between humans and things, Hodder (2012) asume las influencias de la antropóloga Marilyn Strathern y su énfasis en la relacionalidad del sociólogo Bruno Latour y del filósofo Pierre Lemonnier.
La obra es un ejemplo de la ausencia de un paradigma sólido que sustituya a los previos, al encontrarnos en un momento en el que se formulan propuestas que son suplementarias.
Hodder (2016) también profundiza en su conceptualización del "entrelazamiento" en su mas reciente Studies in human-thing entanglement, que refleja perfectamente la integración de enfoques de la Arqueología y la Antropología cultural.
Las posiciones críticas también son interesantes.
En una reflexión reciente, Severin Fowles (2016) afirma que la expansión de la "teoría de la cosa" (ing. thing theory, Brown 2001) no se entiende sin la crítica postcolonial, y que a través de la primera los arqueólogos han explotado las ventajas de "tratar a los objetos no-humanos como sujetos cuasi-humanos": según él, al modificar el foco del análisis, de la gente a las cosas, se conserva la autoridad representacional de los académicos occidentales en un momento en que el cuestionamiento de esta autoridad es particularmente intenso.
También crítico con estos planteamientos, Artur Ribeiro (2016) habla en fechas recientes de "tiranía de la cosa".
Aunque algunas propuestas del llamado giro ontológico se formulen, explícitamente, como un "retorno a las cosas", y aunque el diálogo entre arqueólogos y antropólogos sea fértil en su seno, la diversidad impera y no intensifica de modo claro el acercamiento entre ambas áreas de conocimiento.
De hecho, desde "el giro" en Arqueología, Olsen (2012a) proclama un "retorno a la arqueología", y Witmore (2007) subraya que la fuerza de la disciplina descansa en lo que los propios arqueólogos hacen.
En los estudios sobre la cultura material o la materialidad, se habla de un verdadero "retorno hacia las evidencias arqueológicas", de un regreso del empiricismo, o de un neoempiricismo (Hillerdal y Siapkas 2015), pero también de un regreso del realismo, o neorrealismo.
En ámbitos antropológicos, las propuestas neoempiricistas y neorrealistas son evidentes en corrientes como, por ejemplo, el realismo especulativo (ing. speculative realism) (Bryant et al. 2011) o el nuevo realismo ontológico (ing. new ontological realism).
Al interior de los "nuevos materialismos" se define también la existencia de un "giro feminista", patente sobre todo en la forma en que se incorpora en Arqueología el "materialismo feminista" o los "feminismos material(es)/(istas)" de las propuestas de Donna Haraway, Rosi Braidotti, Elisabeth Grosz, Karen Barad y Claire Colebrook, entre otras investigadoras.
La llamada Nueva Arqueología de los años 1960 y 1970 (Binford 1962; Clarke 1972; Binford y Binford 1968) (luego denominada "Arqueología procesual" o "Procesualismo"), surge como crítica del paradigma histórico-cultural y de su positivismo, que era la ortodoxia y la ortopraxis del momento.
Las reacciones frente a ella, que surgen con mayor brío a mediados de los 80, forman la trama y urdimbre de lo que se ha dado en llamar Arqueología postprocesual (Hodder 1982a; Shanks 1992y Shanks y Tilley 1987a, 1987).
En este cul-de-sac postprocesual se suelen inscribir los aportes estructuralistas y postestructuralistas (incluido el postestructuralismo marxista), marxistas y neomarxistas, feministas, indigenistas y postcoloniales, marcados por el constructivismo, por el relativismo científico, y por el individualismo filosófico, así como por el énfasis en la subjetividad y en la interpretación.
En las tres últimas décadas del siglo XX, esta orientación se desarrolla dentro de lo que se denomina convencionalmente el "giro postmoderno".
En Arqueología, la mayor parte de las corrientes a las que engloba se constituyen como críticas de la ortodoxia procesual de la Arqueología norteamericana y británica.
La Arqueología postprocesual ha contribuido de forma clara a que la Arqueología participe de las posiciones teóricas compartidas por las Humanidades y las Ciencias Sociales, posicionándose como hermenéutica y subrayando la pertinencia de un conocimiento fenomenológico del pasado.
En Arqueología, resulta bastante evidente que se está produciendo una intensa aproximación metodológica de la disciplina a las Ciencias Naturales (Química, Física, Geología, Mineralogía, Zoología, Botánica, entre otras), notable ya en un momento anterior, el de la Nueva Arqueología de los 1960 y 1970, pero especialmente en el actual.
A partir de las innovaciones en las técnicas y las tecnologías científicas de las últimas décadas, incorporadas de forma creciente, las prácticas arqueológicas (también las etnográficas) y los métodos de investigación se han diversificado y han permitido notables avances en el conocimiento factual, pero también en el conocimiento problemático.
En la Arqueología se han desarrollado enormemente algunas subdisciplinas, como la Bioarqueología, y líneas de investigación que incorporan de forma decidida los métodos de trabajo de las Ciencias Naturales.
En el presente, los materiales arqueológicos se estudian a través de múltiples técnicas de análisis, con un elevado grado de sofisticación.
Algunos estudiosos consideran que "se ha detenido" el desarrollo de la teoría (Shennan 2004), que la teoría antropológica podría haber "muerto" (véase el título de Bintliff y Pearce 2011), que nos encontramos en una época "postparadigmática" (Knauft 2006) o "post-teorética" (el término es de Siapkas y Hillerdal 2015, de su visión crítica de estos argumentos sobre el estancamiento de lo teorético) o en una época en la que no existe un paradigma explícito (Criado-Boado 2016).
Visto desde el presente, parece claro que el peso que ha adquirido el postprocesualismo dentro de la Arqueología ha servido para generar una suerte de versión mainstream del hacer arqueológico y de las propuestas heurísticas.
A este acontecer, Knauft (2006) le llama giro hacia "articulaciones postparadigmáticas", aunque también hay publicaciones recientes, como el reader editado por Kristian Kristiansen, Ladislav Šmejda y Jan Turek (2015), que debaten la pérdida y la recuperación del paradigma con menor escepticismo, anunciando un reencuentro: "Paradigm found".
Muy probablemente una recuperación de paradigma que se percibe ligada a la emergencia del "giro ontológico".
En cualquier caso, tal y como ha hecho recientemente Artur Ribeiro, cabe preguntarse si la Arqueología necesita de un constante cambio de paradigma, si en realidad, en fechas recientes, ha tenido lugar cambio de paradigma alguno (Ribeiro 2016: 149), y en qué medida se está produciendo una suerte de fetichización de lo nuevo y de lo innovador (Ribeiro 2016: 147).
Lo reflexivo, lo deconstructivo y lo crítico se ha ido instalando en la academia (no en todas las academias por igual, y de ello da especial cuenta el status quo en España) y ha devenido "normal".
Incluso se ha producido un cierto declive del debate teórico explícito, que algunas voces intentan paliar.
En cierto modo, lo que se establece en los noventa es una suerte de consenso (un "pluralismo consensual", como lo ha definido Lucas 2016, o un "nuevo pragmatismo", como señalan Preucel y Mrozowski 2010), a partir de la hibridación de los aportes procesuales y postprocesuales más estimados, y tal y como señalaron Olsen et al. (2012), una cierta "trivialización de la teoría", que habría perdido filo crítico o, en opinión de Kristiansen (2004), una "brecha teórica" (ing. theoretical gap), resultante de haber aceptado el desarrollo de enfoques epistemológicamente incompatibles, que habrían hecho necesario revivir un debate teórico durmiente.
Esta brecha es, por ejemplo, la que separa una arqueología evolucionista y una arqueología interpretativa, entre las que algunos arqueólogos, como Cochrane y Gardner (2011), proponen un diálogo.
De acuerdo con el historiador de la arqueología Bruce G. Trigger (1989), la disciplina viene marcada además por una dicotomía entre el idealismo y el materialismo.
Kristiansen (2004), por el contrario, entiende que la dicotomía contrapone perspectivas orientadas al sujeto y a la agencia, frente a perspectivas orientadas a la ciencia.
En un artículo en el que se pregunta por el futuro teórico de la Arqueología, Julian Thomas (2015: 1287) estima que en las últimas décadas se ha producido una aceleración del desarrollo de la disciplina, resultado en su opinión de la "asimilación del aparato conceptual de las ciencias naturales y humanas", y que, a la vez, la Arquelogía se encuentra plenamente implicada en los debates filosóficos de las Humanidades.
En Antropología existe una clara intensificación de la reflexión teórica, de notable impacto si se piensa en la difusión que alcanza la revista Cultural Anthropology, que ha devenido de acceso abierto (ing. open access), y que ha publicado en fechas recientes números de corte teórico y crítico de notable impacto, y la revista HAU, Journal Una de las principales preocupaciones del momento es la de escribir etnografías genuinas, lo que genera una profunda renovación de la escritura y de la práctica etnográfica, que en ocasiones recibe el nombre de "nueva etnografía" (ing. new ethnography).
A la par que una renovación en la escritura, se le otorga un mayor énfasis a la pertinencia de la analogía etnográfica.
Esto es especialmente visible en algunos debates concretos, como el que emerge en torno a la noción y cuestión del "animismo" (denominado, en algunas instancias, "nuevo animismo", ing. new animism) (Bird-David 1999, Harvey 2005, Willerslev 2007, 2012).
Del impacto de este debate en Arqueología da cuenta el volumen editado por Benjamin Alberti y Tamara L. Bray ( 2009) "Animating archaeology: of subjects, objects and alternative ontologies".
En la actualidad también parece existir un doble énfasis, en la teorización a partir de la etnografía (ing. ethnographic theory) y/o en el abandono de la etnografía (Ingold 2014).
Igualmente proliferan las antropologías y las arqueologías de la diferencia, comprometidas con una mejor comprensión de la multiplicidad de los mundos humanos y no-humanos, algunas con una insistencia explícita en la noción de worldling.
Es notoria también la influencia del "perspectivismo", tal y como lo plantea Viveiros de Castro (1998) a partir de sus estudios en la Amazonía.
A partir de las innovaciones en las técnicas y las tecnologías científicas de las últimas décadas, incorporadas de forma creciente, las prácticas arqueológicas y también las etnográficas y antropológicas, los métodos de investigación particularmente, se han diversificado y han permitido notables avances en el conocimiento factual.
En la Arqueología se han desarrollado subdisciplinas, como la Bioarqueología, por poner un ejemplo, y líneas de investigación que incorporan de forma decidida los métodos de trabajo de las Ciencias Naturales (físicas, biológicas, ambientales...).
En Antropología cultural y social, algunas áreas subdisciplinares o subáreas, han alcanzado desarrollos muy notables, como la antropología médica o de la salud y la antropología visual.
Hay un resurgimiento de nuevos-viejos temas, como la hospitalidad (Deleuze), la magia (Malinowski, Mauss, Evans-Pritchard, Taussig, Kapferer, Luhrmann), y un largo etc.
En lo que se refiere a la evolución futura de las dos áreas de conocimiento, Arqueología y Antropología cultural, es importante considerar el actual contexto económico, social y político, de inicio en 2008, de crisis y de elevada incertidumbre sobre el progreso, sobre la estabilidad de la investigación, y sobre la estabilización laboral y profesional de los individuos, colectivos e instituciones que investigan.
Tanto la Arqueología como la Antropología cultural son disciplinas de conocimiento cuyo desarrollo depende de las inversiones económicas, principalmente estatales, pero también crecientemente privadas.
Junto a los avances teóricos y metodológicos, en particular por el desarrollo de nuevas técnicas de análisis y por una ampliación de los enfoques críticos y de su permeabilidad respecto de los debates teóricos de la Antropología, la Arqueología experimenta un fuerte impacto de la crisis económica: reducción de las inversiones en investigación, y por tanto de los recursos con que cuentan los investigadores y los equipos de investigación.
Igualmente, en este contexto de creciente constricción política, se ejerce una influencia determinante sobre aquello que se estudia, y sobre la forma en que se estudia, en muchos casos condicionando las agendas investigadoras.
Lejos de resultar plenamente constrictora, esta influencia está dando lugar a una contestación muy fértil, haciendo que las disciplinas centren su atención en cuestiones relevantes para las agendas políticas del presente y del futuro: la crisis ecológica, las dislocaciones rurales y urbanas, las conexiones y desconexiones globales, la desigualdad social y económica, las etnografías y antropologías de los movimientos sociales de Oriente Próximo/Oriente Medio ("¿Primaveras árabes?") y los conflictos violentos/bélicos subsiguientes; los movimientos sociales en Europa occidental (Indignados, Nuit debout...) y de los Estados Unidos (Occupy); pero también del impacto de la austeridad, de la incertidumbre, y otros.
Buena parte de estos temas y otros se encuentran en la agenda de los antropólogos por la influencia que ejercen algunos filósofos postmarxistas en las Ciencias Sociales y las Humanidades, como Antonio Negri, Alain Badiou, Slavoj Žižek, Ernesto Laclau y Jacques Rancière.
De particular interés son los debates en torno a lo que se ha dado en llamar el Antropoceno (Crutzen y Stoermer 2000).
En el presente de la Arqueología y la Antropología cultural puede hablarse de "arqueologías" y de "antropologías", haciendo referencia al grado en que las dos disciplinas se han convertido en campos heterogéneos que albergan perspectivas muy diversas.
Una de las realidades del presente de la Arqueología es, precisamente, la amplia aceptación que genera la formulación de arqueologías "múltiples" o "plurales", que pueden interpretarse como síntoma de la diversificación, de la fragmentación y de cierto eclecticismo, pero también del extraordinario pluralismo teórico-metodológico.
Otra de sus realidades es una suerte de hibridación teóricometodológica que se percibe de forma positiva.
En una reflexión reciente, Felipe Criado Boado (2016) plantea que la arqueología precisamente requiere de una amalgamación de humanidades y de ciencia, de narrativa y de conocimiento científico.
En el futuro de las dos disciplinas seguirán siendo muy relevantes las innovaciones tecnológicas y técnicas, tanto para la producción del conocimiento, como para su transmisión y socialización.
En el presente, y también en el futuro inmediato, la evolución de ambas se verá marcada por el impacto de las nuevas formas de producción y transmisión del conocimiento científico, con nuevas estrategias de comunicación y difusión, que pasan por una socialización del conocimiento más eficiente y por el acceso abierto y gratuito.
En buena medida, la Arqueología y la Antropología cultural se desarrollan principalmente en marcos neoliberales y del capitalismo tardío.
Si se produjeran tranformaciones sociopolíticas profundas, las dos disciplinas experimentarían una profunda transformación.
Existe ya un proyecto descolonizador activo, que surge de las luchas contrahegemónicas de los profesionales del llamado Tercer Mundo y de los colectivos minorizados en Occidente, y de los diálogos y debates que mantienen profesionales de todo el mundo.
También de proyectos teóricos explícitos, como el de Eduardo Viveiros de Castro ( 2009), expresado en sus Métaphysiques cannibales, de una descolonización del pensamiento antropológico.
Este artículo ha sido realizado gracias a un contrato Juan de la Cierva-Incorporación que me permitió trabajar, bajo la supervisión de Maribel Fierro (ILC-CSIC), en el Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo (ILC) del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS) del CSIC, en Madrid, entre los meses de julio de 2016 y marzo de 2017.
Quiero expresarle a Maribel Fierro mi sincero agradecimiento por su apoyo. |
El yacimiento de Navalmaíllo es un abrigo kárstico localizado en un entorno de montaña cerca del río Lozoya.
La ubicación del yacimiento permite un control del entorno, siguiendo las migraciones de animales y para el establecimiento temporal de los grupos humanos.
Las dificultades asociadas con la temporalidad relacionada con los procesos ocupacionales de los yacimientos, desvelan la problemática vinculada a la sincronía y diacronía de las ocupaciones que componen los palimpsestos.
La deformación del depósito plástico ha quedado reflejada en la arqueoestratigrafía, pero los dos periodos de ocupación identificación han quedado preservados y apenas se han visto afectados por esta caída de bloques.
El enfoque arqueoestratigráfico ha permitido la identificación de algunos de los aspectos tafosedimentarios del nivel F y desgranar el palimpsesto cultural, estableciendo la secuencia cultural de ocupaciones en el yacimiento de Navalmaíllo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
La Viña no es el exponente más espectacular de los yacimientos con grabados parietales de la cuenca media del río Nalón (Asturias) sobre todo por el extenso deterioro sufrido por la pared del abrigo.
Su excepcionalidad reside en reunir circunstancias que suelen darse por separado o con menor evidencia y riqueza: su situación geográfica óptima, su gran extensión, la potencia del yacimiento y un conjunto de grabados parcialmente tapados por el depósito arqueológico.
Este trabajo, como los anteriores (González-Pumariega 2014; González-Pumariega et al. 2014, 2015), a partir de las bases dejadas por Fortea, pretende publicar aquello que su prematuro fallecimiento interrumpió.
El abrigo de La Viña está situado en la localidad de La Manzaneda (Oviedo), en la Asturias central.
El abrigo, completamente exterior, se abre en la base de un gran frente calizo orientado hacia el S-SE a casi 100 m sobre el valle del río Nalón, en su margen derecha.
Esta posición a media ladera permite un holgado dominio visual del paisaje circundante1 y, en visión opuesta, las grandes dimensiones del frente rocoso lo hacen visible en el entorno.
El perfil basal del yacimiento va perdiendo cota de E a O (Fortea 1999): hay 2,35 m de diferencia entre el sustrato calizo de la covacha oriental y el sustrato de pizarra/arenisca del extremo occidental.
La paulatina superposición de las ocupaciones humanas desde el Musteriense al Auriñaciense fue modificando el piso.
Durante el Auriñaciense reciente se enrasa, aun manteniendo una ligera inclinación (Fortea 1995; Santamaría 2012).
Su altura determinó las condiciones de habitabilidad del abrigo y la percepción de la pared, que adquiriría paulatinamente una continuidad visual más panorámica (González-Pumariega et al. 2015).
Los grabados se distribuyen a lo largo de ese frente parietal en completa exposición a la luz del día.
Procesos de fracturación, erosión y reconstrucción lito-química distorsionan su lectura y limitan la interpretación global del conjunto, de su desarrollo y organización espacial, así como de su contenido temático; por ello, lo conservado solo permite una comprensión parcial de la topoiconografía del sitio.
En La Viña los dos horizontes artísticos (Fortea 1992a), individualizados en otros abrigos del Nalón, se suceden espacialmente sobre el plano vertical de la pared, ocupando alturas diferentes en relación con los suelos de ocupación.
Los grabados conservados se distribuyen a lo largo de 20 m, desde la covacha oriental hasta el extremo occidental del abrigo.
Su grado de concentración espacial es variable.
Las zonas donde la densidad es mayor quizá respondan a una organización simbólica de la pared pero, dada la importancia del deterioro del soporte, nuestra clasificación en zonas será fundamentalmente instrumental.
DESCRIPCIÓN Y EVALUACIÓN DE LOS GRABADOS
Presentamos la restitución fotogramétrica a escala 1:5 de las cuatro zonas (denominadas I a IV) donde se conservan grabados (Figs.
Sobre esa base hemos hecho nuestro estudio, contrastando la lectura de entonces con la nuestra propia.
Ratificamos la interpretación de Fortea salvo en unas pocas representaciones y trazos que hemos rectificado sobre las figuras (Figs.
Pero en el caso de aquellas representaciones más abigarradas de cierva que no están claramente destacadas en la fotogrametría (Fig. 7), nos referiremos a nuestro calco sobre fotografía (Fig. 8).
Cuando convenga precisar la ubicación de los grabados de cada zona recurriremos a la nomenclatura de la cuadrícula arqueológica (Fig. 2).
Dadas las diferencias de altura del suelo actual del yacimiento aportaremos dos clases de datos: la altura ortométrica (coordenada Z), referida al nivel medio del mar en Alicante a partir del modelo geoide EGM08 (González-Pumariega et al. 2015), y la cota respecto al nivel 0 arqueológico (Z= 293,38 m).
Estas últimas serán negativas porque el nivel 0 arqueológico es un plano cuadriculado aéreo coincidente con el máximo nivel sedimentario del abrigo (Fortea 1981;1990a).
Las dimensiones de las figuras zoomorfas se refieren a la anchura por la altura en función de la inclusión ideal de la figura dentro de los límites de un rectángulo, salvo que se indiquen elementos anatómicos particulares.
En caso de divergencia entre datos anteriormente publicados (González-Pumariega 2014; González-Pumariega et al. 2014, 2015) y los actuales, primarán estos últimos.
La Covacha es el espacio más abrigado del yacimiento pero solo conserva tres pequeñas áreas grabadas: en la pared oriental (Zona Ia) y en la occidental (Zonas Ib y Ic).
Todas pertenecen al segundo horizonte gráfico (H2).
Su altura ortométrica se corresponde con la cota general de este horizonte (siempre + 292 m).
Hemos documentado aquí 1 zoomorfo indeterminado (cérvido o caballo) y 2 probables ciervas (Fig. 3):
Ia: área irregular de pared de pequeñas dimensiones (19 x 40 cm), situada a 170 cm del suelo actual del abrigo y cota ortométrica ~293 m.
Conserva un reducido grupo no figurativo de trazos lineales entrecruzados, anchos y profundos, muy erosionados.
Ib: zoomorfo I.1. en la pared occidental, cuadro J-9, a 179 cm del suelo actual respecto al lomo.
Mide 30 x 26 cm. Anatomía completa, representada en perfil derecho y posición horizontal.
La figura está individualizada aunque sujeta a incertidumbre técnica y formal.
La anatomía está completa pero el grabado no es homogéneo.
Las líneas que delimitan el lomo, el pecho y la pata delantera son más profundas que las que forman la cabeza y los cuartos traseros.
Además, en la figura se reconocen elementos anatómicos que podrían corresponder a un cérvido y a un caballo por lo que la clasificamos como indeterminada.
Fortea (1990aFortea (, 1994) ) la identificó como caballo sobre la base de su tratamiento individualizado (emblemático) y de su equivalencia topo-iconográfica con el caballo grabado en el Porche de La Lluera I, interpretación sin duda influenciada por el marco teórico de Leroi-Gourhan.
Sin embargo, obviando los matices parciales de la anatomía, entendemos que su forma general se aproxima más a la de un cérvido que a la de un équido (Fig. 3 abajo).
El análisis pormenorizado de cada elemento anatómico permite encontrar paralelos para ambas identificaciones, pero la figura se aleja de ambas especies si se compara con los estrictos convencionalismos gráficos de la cuenca media del Nalón.
Ante esta ambigüedad formal, la disparidad técnica entre cabeza y cuartos traseros (Fortea no dibujó la cola, trazo que ha sido recientemente reconocido por G. Sauvet) y el resto del cuerpo nos parece importante, sobre todo porque abre la expectativa de una renovación de la figura, considerando los surcos más profundos coherentes con el contexto for-Fig.
Fotogrametría de la Zona IV.
Así, su distanciamiento respecto a la ortodoxia formal de la cuenca del Nalón, donde no hay paralelos semejantes para representar cérvidos y caballos, podría explicarse remitiendo a un momento cultural probablemente posterior.
Con todas las reservas, esta hipótesis nos parece más plausible que la variabilidad sincrónica amplia que propone González Sainz (1999; Aguirre y González Sainz 2011) para el contexto gráfico en el que nos encontramos, dada, sobre todo, la forma de representación de las orejas y la cola, completamente ajena al ámbito de los grabados profundos exteriores del Nalón.
En el entorno del animal hay trazos lineales: dos en la garganta y el pecho; uno con extremo inferior desflecado en la nuca; varios en el vientre y el lomo.
El más neto le atraviesa la grupa, aunque el sentido de la superposición no está claro.
Ic: grupo no figurativo de líneas curvas y rectas entrecruzadas, situado unos centímetros a la izquierda del lienzo anterior, en el cuadro I-9.
Estos grabados ocupan un sector de la pared muy fracturado y erosionado de 76 x 48 cm. Se encuentra entre 155 y 190 cm del suelo actual a la misma cota ortométrica que los otros dos paneles.
Grabados del horizonte gráfico H2.
Arriba calcos sobre fotografía de S. Ríos (en color en la edición electrónica); abajo desglose de las ciervas superpuestas y calco completo de la cierva IV.14 recuadrado.
Algunas líneas podrían corresponderse con segmentos anatómicos de cérvidos, pero su grado de deterioro impide reconocerlos con claridad.
Tres trazos de técnica y escala semejantes podrían ser las líneas del lomo, pecho y vientre de un cérvido orientado a la derecha (I.2).
Otras dos líneas parecen figurar una pata delantera y el pecho de una cierva en perfil izquierdo y podrían estar relacionadas, a su vez, con un tracito lineal cuya posición y características técnicas sugiere el arranque del cuello de esa misma figura (I.3) (Fig. 3 arriba recuadrada).
Fortea (1994: 210) comparó esta última representación parcial con los grabados de una plaqueta proveniente del Gravetiense final de Isturitz (excavación de Saint-Périer), descritos como "contornos inacabados" por Leroi-Gourhan (1971: 355 y 434).
En el cuadro G-14 los grabados quedaron por completo descubiertos al finalizar la excavación.
En los cuadros G-13 a G-10 contiguos, la excavación se detuvo en el techo del Solutrense superior (Fortea 1990a(Fortea, 1992a)), por lo que la historia gráfica de la pared solo es visible en parte.
Se do-cumentan aquí los dos horizontes gráficos.
Es decir, en esta zona ambos horizontes coinciden sin solapamiento expreso en el punto -1,38 m, correspondiente a la parte superior de los grabados del H1 y a la inferior de los del H2.
El Primer Horizonte Gráfico (H1) está representado por trazos verticales regular y rítmicamente organizados.
El ritmo principal lo marcan siete poderosos tajos de surco muy profundo, cuya inclinación parece adaptarse simétricamente a la morfología convexa de la pared.
L1 a L4 están grabados en el plano izquierdo con desarrollo casi vertical y ligera inclinación hacia la derecha y L5 a L7 en el derecho con clara inclinación hacia la izquierda.
L1 a L5, situados en G-14, están totalmente descubiertos, mientras que L6 y L7 continúan tapados en parte por el depósito estratigráfico de G-13 sobresaliendo 36 y 22 cm del suelo respectivamente.
Aun afectadas por el lavado del agua y la fracturación de la pared, todas las líneas menos L5, conservan casi íntegramente el surco grabado, de sección en V y tendencia fusiforme.
Proyección de los grabados de los dos horizontes gráficos de La Viña a partir de la fotogrametría.
La inclinación media del horizonte gráfico H2 (3,7%) es coherente con la inclinación media de los niveles solutrenses y gravetienses (3-4%).
Nótese la diferencia del perfil basal en los Sectores Occidental (S.O) y Central (S.C) (en color en la edición electrónica). anchura y hasta 2 cm de profundidad.
El trazo L5 está muy afectado por la rotura y descamación de la pared, por lo que solo conserva el fondo del surco.
Entre estos siete tajos principales se intercalan, paralelos a ellos, numerosos trazos verticales, más cortos y menos profundos, manteniendo el criterio rítmico de distribución.
El Segundo Horizonte Gráfico (H2) comprende cuatro zoomorfos (3 cérvidos y 1 bovino) y trazos lineales no figurativos, algunos indeterminados y otros estructurados.
Zoomorfo acéfalo (II.1): es un posible cérvido orientado hacia la izquierda.
Si tuvo cabeza es hoy inexistente por haber ahí una fractura; en todo caso, la abreviación formal de la figura (tres trazos lineales) es la característica del H2.
La línea cérvico-dorsal es recta con suave curvatura hacia el cuello (mide 35 cm de nuca a grupa) y se grabó mediante un surco ancho y relativamente profundo.
En el trazo se distinguen tres segmentos consecutivos (nuca, dorsal y lumbar) y dos interrupciones gráficas entre ellos.
La continuidad gráfica de la línea se simula disponiendo ambos extremos del segmento dorsal en paralelo (no superpuestos, ni en continuidad neta) al extremo derecho del de la nuca y al izquierdo del segmento lumbar.
Las características técnicas de la línea del pecho y de la pata delantera (17 cm) son idénticas a la anterior.
En cambio, el trazo que delimita la cara posterior de la pata (3 cm) es algo menos profundo y más estrecho.
Este zoomorfo se superpone a todos los trazos con los que se cruza.
Prótomo de cierva (II.2): es una pequeña y expresiva figura, inscrita en el cuerpo de la anterior y orientada hacia la derecha.
Dentro del estereotipo clásico del Nalón, la línea del pecho es más larga que la del lomo: 5 cm de la nuca al final del lomo y 8 cm de la boca al final del pecho.
Posible bisonte orientado hacia la izquierda (II.3): su lectura es difícil por su deterioro y la ausencia casi total del tren delantero.
De la línea cérvico-dorsal se conserva solo la zona lumbar, cuyo extremo derecho se prolonga a modo de cola erguida.
La nalga es recta y ligeramente convexa.
Tiene pata trasera en V. Definen el vientre dos trazos, con interrupción gráfica entre ellos: el del contorno posterior es ligeramente curvo y bifurcado en la zona del sexo y el del contorno anterior es recto.
La pata delantera en V es más abierta que la trasera.
Aun sin gran parte del lomo, pecho y cabeza, el desarrollo de la zona ventral y la pata delantera es mayor que el de los cuartos traseros, más cortos.
Ello unido al trazado continuo y erguido de la cola (con probable inflexión posterior en ángulo recto) y al ímpetu que parece sugerir la disposición de las patas, nos inclina a identificarlo como bisonte.
La línea posterior del vientre se cruza con el cuello de la cierva II.2 en tres puntos (dos en el pecho y uno en la nuca de la cierva), sin embargo el sentido de la superposición no está claro.
La nalga del bisonte está cortada por la grupa del cérvido II.1, que se le superpone nítidamente.
Cierva trilineal (II.4): aparece en perfil derecho.
Es menos expresiva y más tosca que la II.2, pero identificable como tal.
Además de estas representaciones animales, se conservan en el sector de pared correspondiente al cuadro G-14 trazos lineales indeterminados que no responden a una ordenación figurativa, grabados en distinta orientación y tamaño y alguno de ellos es bastante largo.
Destaca el que está situado algo más arriba del bovino, pues su extremo superior está a solo -0,43 m del nivel 0 arqueológico, cota de grabado más alta en esta Zona II.
En el sector de pared del cuadro G-13, hay también unos pocos tracitos lineales que Fortea (1990a: 66) describió como signos en V (II.5).
Los que están grabados más abajo se encuentran a + 46 cm del extremo superior del tajo L7, por tanto, inequívocamente dentro de la cota del H2.
Estos trazos no siempre están desordenados y dispersos por la pared sino que, al menos en tres casos, tienden a la agrupación.
El único que adopta con claridad forma en V con bisectriz tiene los dos trazos laterales que se unen en el vértice inferior más largos, anchos y profundos que la línea interior.
A su derecha, un par de centímetros más arriba, hay dos trazos convergentes que no llegan a formar la V completa; y en una cota ligeramente más baja, un grupo de cuatro tracitos convergentes que tampoco llegan a cerrarse en un vértice común.
Algún trazo más de características similares se lee en las inmediaciones de este y aquel.
Entendemos estas agrupaciones, a pesar de sus diferencias, como versiones más o menos precisas de un mismo motivo gráfico.
Entre los grabados de las Zonas II y IV hay 8 m de pared extensamente afectada por los procesos geológicos de degradación que se observan en todo el frente parietal, aquí con huellas más rotundas que en las otras zonas.
Se adosan a la pared cuatro masas amorfas de concreción calcárea (T1 a T4) (Fig. 2), que fueron limpiadas, raspadas y/o excavadas para intentar reconocer en ellas materiales de las fases de ocupación posteriores a las registradas en el suelo actual.
Se intervino especialmente sobre el T1, excavando sus tres caras hasta transformarlo en una suerte de prisma tetragonal.
A medida que se retiraban los sedimentos cementados a la pared iban apareciendo líneas grabadas pertenecientes al H2.
La expectativa era verosímil dado que en el metro de pared sin concreción entre T1 y T2 (cuadro J-20), se leían con claridad algunos trazos y representaciones figurativos propios de ese horizonte cultural.
Todavía asoman del suelo algunos trazos lineales verticales sugeridores del H1.
Los indicios del Primer Horizonte Gráfico aparecen en el sector de pared del cuadro J-21 donde, a ras de suelo, hay una serie de seis cortos trazos lineales, dispuestos regularmente en abanico, que sobresalen unos 10 cm por encima del depósito estratigráfico.
En el cuadro J-20 contiguo sobresalen 5-6 cm de otros dos trazos lineales.
Todos ellos parecen corresponderse con el extremo superior de series lineales regularmente ordenadas del H1, aunque esta afirmación no será más que una conjetura mientras la pared no quede liberada del depósito arqueológico.
La cota equivale a la de ciertas rayas de G-14 y a la de algunas de la Zona IV.
Las líneas conservadas pertenecientes con seguridad al Segundo Horizonte Gráfico se ubican entre las cotas ortométricas 293,29 m y 292,22 m (-0,09 m y -1,16 m en relación al 0 arqueológico, respectivamente).
Hemos identificado 7 figuras de cierva (4 seguras y 3 probables) y 1 zoomorfo indeterminado.
En la pared correspondiente al cuadro J-20 se conservan algunos trazos lineales indeterminados y dispersos cercanos al nivel 0 arqueológico.
Algo más abajo de estos hay más trazos dispersos, alguno tendente a lo figurativo, y una pequeña concentración de líneas entrecruzadas entre las que se entresacan varias ciervas2.
Cierva trilineal (III.1): en perfil izquierdo con surco ancho y profundo.
No es una representación habilidosa pero consideramos que puede identificarse como tal.
La mayor o menor corrección formal de las líneas responde al punto de vista desde el que se observa.
La línea de la espalda es recta en la nuca curvándose para figurar la zona lumbar.
Cierva trilineal (III.2): en perfil izquierdo con surco ancho y profundo que se superpone nítidamente a todas las líneas que cruza, singularizándose frente a todas.
Es una de las ciervas más visibles de La Viña.
Al contrario que la anterior, es una representación virtuosa y también muy expresiva pues se representa mirando hacia arriba y con la boca abierta.
Este efecto se logra evitando unir los extremos de las líneas frontal y mandibular y adaptándola perfectamente al microrrelieve de la pared sobre el que se realiza una corta incisión, limpia y precisa, que sugiere la comisura.
En esta cabeza de cierva se emplea el estereotipo habitual aunque, al igual que la cierva III.1, la línea de la espalda no se traza recta, sino en ángulo, diferenciando la nuca del resto.
Mide 4 cm desde el morro hasta el extremo de la oreja y 15 cm desde aquel hasta el extremo del pecho.
Cierva casi completa (III.3): en perfil izquierdo para adaptarla a la forma natural del soporte.
Se sitúa en paralelo a la línea naso-frontal de la III.2, sobre la que se apoya, casi evocando la línea del suelo.
Esta pequeña cierva, casi completa, responde al estereotipo habitual del Nalón, aunque con un carácter muy excepcional pues integra hábilmente la forma natural de la pared en la ejecución de la figura.
Aprovecha el contorno curvo de una pequeña oquedad que se interpreta, sin retoque alguno, como la línea del pecho, en recorrido continuo desde la boca hasta la pata delantera.
El resto del cuerpo se añade a su derecha sobre el plano contiguo de la pared, grabando dos trazos: la línea naso-frontal, recta, de 3 cm y la línea del lomo, prolongada sinuosamente hacia los cuartos traseros y la pata.
Desde la nuca hasta la grupa la segunda mide 7 cm y el surco es menos profundo que el de la línea frontal, y desde la grupa hasta el extremo de la pata mide 4,5 cm y apenas es un raspado superficial que cruza la línea naso-frontal de la cierva III.4.
Cierva trilineal (III.4): en perfil derecho.
Infrapuesta a las ciervas III.2 y III.3 y menos visible que ellas.
Zoomorfo indeterminado (III.5): perfil izquierdo en posición rampante, aunque las líneas que se conservan no permiten una identificación segura.
Tres pudieran pertenecer a una misma figura: lomo-grupa-cola (43 cm), nalga-pata (14 cm) y vientre abombado (21 cm).
Quizá pueda relacionarse también con él un trazo lineal profundo y ligeramente curvo en la zona del cuello.
En el área correspondiente al cuadro J-21, justo por encima de las rayas verticales que salen del suelo, hay trazos y rayados imprecisos.
Algo más arriba, en paralelo al contorno de la huella dejada por la excavación de T1, asciende por la pared un sinfín de líneas entrecruzadas cuyos surcos están muy erosionados, cubiertos parcial o completamente por la huella de las aguas de escorrentía parietal y teñidos por una policromía natural que las hacen casi indescifrables.
Las líneas III.6, III.7 y III.8 podrían ser prótomos de cierva mirando hacia la derecha, aunque con tan poca evidencia que las clasificamos únicamente como figuras probables (Fig. 5 arriba, recuadro de detalle).
Esta zona coincide con el Sector Occidental de las excavaciones arqueológicas y abarca la mayor parte de los grabados parietales de La Viña, que se extienden con concentración y conservación variables desde J-23 hasta G-26.
El desplome de la pared es significativo en todo el sector, adaptándose los grabados a esa inclinación, pero la nomenclatura de los cuadros seguirá la de su lectura en el plano.
A partir de T1 y hacia el oeste, la pared se va curvando, por lo que la orientación de los lienzos varía de S a E. En los cuadros F y G y los metros 25 a 27 la excavación llegó hasta el suelo del abrigo por lo que aquí se ve la pared entera.
El tramo de los cuadros F-26 y F-27 no tiene grabados, pero los de los cuadros G-25 y G-26 están descubiertos por completo.
En los cuadros contiguos H-25 a J-22 la excavación llegó hasta el suelo solutrense por lo que es visible una gran parte de la historia gráfica de la pared, aunque quizá no toda.
La falta de grabados en casi 1 m de pared entre H-25 e I-25 con toda probabilidad se debe a la fracturación y descamación de la misma.
La mayor concentración se encuentra entonces en el sector de los cuadros I-24 y J-24.
La pared de J-23 y J-22, aledaña a T1 y en parte coincidente con el lienzo al que se adosaba la masa de concreción excavada, sufre también una disminución drástica de grafismos.
Aquí se documentan muy bien los dos horizontes gráficos y su solapamiento es más claro.
Significa esto que hay 33 cm verticales de pared que fueron comunes a ambos horizontes o, dicho de otro modo, que hay una banda parietal de 33 cm de altura donde coincidió el campo manual de los grabadores del H1 y los del H2, reiterándose, como en la Zona II, la coincidencia espacial entre los grabados más altos de la fase más antigua y los más bajos de la fase menos antigua, pero aquí con un sugestivo caso de conexión gráfica expresa.
Las líneas verticales del Primer Horizonte Gráfico se concentran en dos conjuntos: uno, a lo largo de G-26, G-25 y el primer tramo de H-25; el otro, en I-24.
En J-24 y J-23 solo hay pequeños tracitos dispersos.
Los límites laterales del primer conjunto están marcados por dos profundos tajos que han intervenido en los eventos de transformación geológica sufridos por la pared.
El izquierdo (IV.L1, Fig. 6) de 46 cm favoreció la canalización de las aguas de escorrentía parietal, formándose a partir de su extremo inferior una columna de reconstrucción lito-química que ha permitido la datación ante quem del H1 (Fortea 1992a; González-Pumariega et al. 2015).
El derecho (IV.L28) mide 35 cm y favoreció la dirección de fracturación posterior.
Entre ambos hay ocho tajos más, también anchos y profundos, que superan los 20 cm de longitud; tres van en paralelo a los dos principales y los demás, en disposición vertical u oblicua, se reparten a distintas alturas con cierta dispersión en el espacio intermedio.
Intercalándose entre todos, una veintena de tracitos lineales, más cortos y menos profundos, siguen la pauta organizativa marcada por los trazos mayores, algunos tendiendo a la agrupación.
La yuxtaposición entre los tajos es menos estrecha que la que rige las agrupaciones de I-24 y G-14.
Destacamos que la cota más alta coincide en ambos sectores en el punto -1,38 m.
La mayor concentración de rayas se localiza en I-24 (Fig. 7).
Este conjunto está formado por la secuencia ordenada de una cuarentena de tajos verticales, cinco de los cuales destacan por su longitud (entre 35 y 73 cm), anchura (entre 0,5 y 1 cm) y profundidad (hasta 1 cm).
Como en G-14, entre los trazos más fuertes se alternan rítmicamente otros más cortos y menos profundos.
Algunos están afectados por fracturas de la pared y el central (IV.L14) favoreció la línea de fracturación.
L11) es la más alta del H1 de La Viña, aunque solo está a 3 cm por encima de la de los conjuntos de G-26 y G-14.
A la altura a la que se grabó el Segundo Horizonte Gráfico la pared está muy deteriorada, habiéndose perdido gran parte del contenido.
Excepto un prótomo de cierva (IV.1, Fig. 6), la totalidad de los grabados se conserva en el sector que abarca desde I-25 hasta J-23 (Fig. 7), fundamentalmente en los dos cuadros intermedios (I-24 y J-24).
El grueso del conjunto es un laberinto de líneas entrecruzadas anchas y profundas, idéntico al de la cornisa y los frisos de La Lluera I, donde se camuflan representaciones de ciervas (Fortea y Rodríguez 2007).
La base de esta maraña de trazos está delimitada por el borde superior, casi horizontal (cota en torno a -1,35 m) de una oquedad cuadrangular.
Bajo esta arista, en otro plano de la pared un poco retranqueado, se extiende el campo gráfico ocupado por los tajos del H1.
Al lado o por encima del extremo superior de esas rayas, se individualizan el caballo IV.2 y la cierva IV.3.
Es aquí donde se solapan expresamente los dos horizontes.
Prótomo de cierva (IV.1): es la figura más occidental del yacimiento, en perfil derecho, mirando ligeramente hacia arriba, con la característica convención trilineal.
La boca está situada a -1,27 m y el extremo inferior de la línea del pecho a -1,36 m, solo a 2 cm por encima del extremo superior del tajo vertical grabado aquí a más altura.
Caballo (IV.2): orientado hacia la izquierda.
Muestra el estereotipo característico del Nalón: curva cérvico-dorsal muy sinuosa en forma de cuello de cisne, cuartos traseros anchos, vientre abultado con indicación neta del sexo, línea pectoral suavemente convexa y dos patas; la delantera tiende a la forma de V pero abierta en el extremo y la trasera se cierra en extremo curvo.
La cabeza ha desaparecido por la rotura de la pared, aunque tres líneas en esquema rectangular quizá correspondan al morro (como en los caballos de La Lluera I).
Mide 32 x 28 cm. Se superpone a tres de los tajos verticales del H1, cortando en seco (abruptamente) a dos de ellos: uno con el pecho (IV.L29) y otro con el vientre (IV.L15); reutiliza, sin embargo, el tercero (IV.
L14), trazando a partir de su extremo superior la cara anterior de la pata delantera.
La unión entre las líneas de ambos horizontes es aquí precisa y cuidadosa, recurriendo a una solución gráfica que resuelve con ingenio la eventualidad del lienzo previamente utilizado.
Esta figura es la de menor cota de todas las del H2 de La Viña: el enlace entre la pata y el extremo del tajo vertical se produce, respecto al 0 arqueológico, a -1,68 m y la parte superior de la crinera (punto más alto del caballo) está a -1,46 m; así, toda la representación está en el campo manual del H1.
Según las estimaciones hechas sobre las alturas del campo manual (González-Pumariega et al. 2015), la relación entre esta figura de caballo y una persona de 1,75 m de estatura situada en los distintos suelos de ocupación, sería como sigue: desde el nivel XI (Auriñaciense reciente), las patas del caballo le quedarían a la altura de los ojos; desde el nivel VII (Gravetiense final: Fortea 1992a; Martínez 2015), las patas le quedarían a la altura del pecho; desde el nivel VI (Solutrense medio), la cabeza del caballo estaría, más o menos, a 1 m del suelo.
Cierva (IV.3): prótomo en perfil derecho.
Es una figura poco habilidosa aunque suficientemente identificable como cierva.
Está grabada algo más arriba que el caballo IV.2 y situada inmediatamente a la izquierda del tercio superior del tajo vertical IV.L11.
Cierva (IV.4): trilineal en perfil derecho; un tracito sugiere la comisura de la boca.
La base del cuello se apoya sobre el borde fracturado de la pared que describimos más arriba como límite inferior del friso de trazos enmarañados.
Esta expresiva cabecita, aun estando rodeada de trazos lineales ya indeterminados, está bien singularizada.
Ciervas superpuestas (IV.5 y IV.6): dos claros prótomos en perfil derecho con distinta dirección.
La cierva infrapuesta (IV.5) se representa con dos orejas, mediante la prolongación habitual de la línea naso-frontal, pero también de la cervical, alargada voluntariamente y cruzando a la anterior.
Como las ciervas III.1 y III.2, la línea de la espalda no se traza recta sino en ángulo, diferenciando la nuca del resto.
La cierva superpuesta (IV.6) está grabada un poco más alta que la primera y es más expresiva porque tiene la boca abierta: los extremos de las líneas frontal y del cuello no se tocan y se aprovecha el microrrelieve de la pared para reforzar esta expresión.
La coincidencia espacial que se establece entre estas dos ciervas es diferente a la infinidad de cruces, superposiciones y reutilizaciones de líneas que hay en el resto del friso enmarañado; aquí, la relación estratigráfica solo afecta a dos figuras bien diferenciadas en el lienzo, estableciéndose una composición de emparejamiento paralelo, en vez de opuesto o cruzado como en el Friso Posterior de La Lluera I (Fortea y Rodríguez 2007: 176), pero que también sugiere una perspectiva espacial entre ambas.
Por último, hacia la mitad inferior de la línea naso-frontal de la cierva IV.5, hay un tracito oblicuo que parece sugerir la presencia de otra cierva (IV.7) porque equivale a la nuca, reaprovechando las líneas frontal y pectoral de la previa.
También está en perfil derecho.
En el enredo de trazos que afecta al resto de la pared de este sector, hasta el día en que dimos por cerrado este artículo, hemos leído exclusiva-mente ciervas.
La mayoría son seguras (N=13), aunque otras las consideramos probables bien por el deterioro del soporte, bien porque los numerosos cruces de líneas podrían inducir a error (N=5) o bien porque son acéfalas (N=3).
La totalidad están representadas en perfil derecho.
Así, en la maraña de trazos del área del cuadro I-25 distinguimos 1 cierva segura, en posición rampante (IV.8) y 1 probable (IV.9).
Las ciervas IV.25 a IV.28 son confusas pues sus superposiciones y aprovechamientos paralelos, no cruzados, dificultan la comprensión temporal de la secuencia.
La representación en perfil derecho de las ciervas, localizadas en esta Zona IV, con independencia de su posición horizontal, oblicua o vertical contrasta con la del caballo en perfil izquierdo (Tab.
Las de mayor tamaño también son las de surco más profundo, superponiéndose (imponiéndose) a todas las demás.
Esto pudiera sugerir que, ante la apretada acumulación de trazos en un mismo campo gráfico, al último grabador no le quedara más alternativa para hacer visible y/o posible su intervención que ampliar la escala de sus obras y profundizar el surco.
Orientación de los perfiles de las representaciones figurativas: D derecho; I izquierdo.
COMENTARIOS A LOS GRABADOS FIGURATIVOS
La discriminación de elementos figurativos entre el sinfín de líneas es tarea ardua.
Además, la luz natural condiciona relativamente la lectura a lo largo del día, observación que ya anotamos al referirnos a los grabados de La Lluera I (González-Pumariega 2008).
A la dificultad de lectura, intrínseca al desorden gráfico, se añade el suavizado de las formas (provocado por la erosión de los surcos) y el extenso clasticismo de la pared, que en algunos casos impide corroborar ciertas intuiciones.
Ciñéndonos a lo conservado, este palimpsesto se construye fundamentalmente con ciervas, motivo que abarrota el espacio gráfico.
A partir de elementos preexistentes, se prolongan, añaden y profundizan trazos, generando nuevos motivos.
Aunque dentro del laberinto hay ciervas incuestionables, el constante cruce de líneas contribuye a la creación de formas secundarias que, en ocasiones, invitan a ser leídas como esas figuras o como otras diferentes, aunque con sombra de incertidumbre para el observador.
En este sentido, hemos seleccionado algunas (aquellas que clasificamos como probables) y descartado otras, primando aquellos datos que consideramos favorecen la objetividad en la observación: la homogeneidad formal del trazo (anchura y profundidad), el sentido de su continuidad o interrupción, la escala de la figura y, obviamente, la adaptación al estereotipo formal.
Así, más que dejar cerrada la labor de documentación con este trabajo, hemos fijado una pausa, pues al igual que ocurre en La Lluera I y II, cada acercamiento que se hace a la pared es susceptible de incrementar el número de representaciones.
Como en los demás abrigos de la cuenca media del Nalón, en La Viña se representa mayoritariamente la cierva.
Aparece, de manera más o menos expresa o con mayor o menor grado de conservación, en todas las zonas.
En las Zonas I, II y III se orientan tanto a la derecha (N=7) como a la izquierda (N=5), pero en la Zona IV solo hemos reconocido la orientación hacia la derecha.
Como en La Lluera I, la cierva, formalmente muy estereotipada, recibe en La Viña una tratamiento gráfico dispar, pues algunas se individualizan y otras están emboscadas entre incontables trazos.
A veces, los continuos cruces de líneas confunden la representación de las orejas.
Casi todas se adaptan a la definición trilineal clásica (tres líneas que solo se tocan -no se cortan-y, por tanto, representan una sola oreja), pero al menos la IV.5 plantea con seguridad otra alternativa, también trilineal pero con cruce deliberado entre la naso-frontal y la cervical, representando esquematizadamente las dos orejas.
En 3 de las 39 ciervas se representa la boca, ya sea mediante la separación de las líneas frontal y mandibular (IV.6), ya sea añadiendo un tracito independiente (IV.4), incluso mediante ambos recursos (III.2).
Se aproximan a la morfología de la cierva casi todas las anatomías acéfalas que, bien por deterioro del soporte o por indefinición formal, quedan reducidas a las líneas del lomo y del pecho.
Al patente dominio de la cierva en La Viña (90,7%) se une la representación de un caballo y la de un bisonte.
El primero compite en protagonismo con la cierva por su tamaño y su singularidad espacial.
El bisonte lo reconocemos con cierta dificultad, aunque no deja de ser sugerente que un tema tan mal representado en La Viña sea el que aparezca a menos de 2 km de distancia, aguas abajo del Nalón, en el abrigo de Los Murciélagos (Fortea 1981) (Tab.
Zona I Zona II Zona III Zona IV TOTAL
(2) 3 4 (3) 19 ( 8) 26 ( 13) Por último, como ya indicara Fortea (1994), algunas áreas rojizas del frente parietal son debidas a teñidos naturales y se identifican bien en relación con las aguas de escorrentía parietal.
Sin embargo, aquí y allá, en el ámbito del H2 de las Zonas III y IV hemos reconocido manchitas de ocre rojo que asociamos con aplicaciones de este pigmento sobre la pared, aunque son indicios tan escasos y reducidos que no permiten valorar su verdadero alcance.
No deja de ser atractiva la hipótesis de suponer el repaso de los surcos con color rojo (Fortea 1990a; Fortea y Rodríguez 2007), para realzar las líneas grabadas, evidenciar figuras escondidas o reavivar su significado o, simplemente, como alternativa a la imposibilidad de añadir más grabados sobre un campo gráfico completamente saturado.
LOS DOS HORIZONTES GRÁFICOS DEL NALÓN EN LA VIÑA.
Aunque se trate de una cuestión que "sigue abierta" (González Sainz et al. 2013: 393) y "susceptible de mayores precisiones" (Fortea y Rodríguez 2007: 191), los argumentos arqueológicos y relativos al campo manual indican que el H1 se grabó durante el Auriñaciense y el H2, acaso a partir del Gravetiense pero, sobre todo, durante el Solutrense.
Dado el marcado contraste formal y las divergencias conceptual y temática entre ambos conjuntos, así como su diferente posición en altura, creemos que la expresión "horizonte gráfico", acuñada por Fortea, responde acertadamente a una diacronía cultural en el dispositivo gráfico de La Viña.
Es difícil atribuir al H1 cualquiera de las figuras animales que, singularizadas en la parte más baja del H2, coinciden espacialmente con él.
Fortea parecía entender las rayas del H1 con un cierto sentido diacrónico, al apuntar que podían haber sido grabadas desde distintos suelos auriñacienses ("incluso los más antiguos", Fortea 2000Fortea -2001: 178): 178), pero la coherente organización interna del conjunto, su rítmica yuxtaposición y su extensión en distintas agrupaciones a lo largo de la pared, parece responder mejor a actos no demasiado dilatados en el tiempo.
Hacia ello apuntan también la excesiva altura a la que se encontraría la cota superior del horizonte respecto a los suelos auriñacienses más antiguos (González-Pumariega et al. 2015) y la progresiva configuración del suelo del asentamiento, cuya superficie no se enrasó hasta el Auriñaciense reciente.
El H1 se extiende desde la Zona II a la IV de forma organizada y uniforme y, aun con distinto grado de concentración, probablemente con continuidad (Zona III).
Las cotas superior e inferior de las líneas que lo configuran son muy similares a lo largo del frente parietal, siendo los límites superior e inferior del conjunto casi horizontales, sin que el grado de inclinación del suelo corresponda exactamente con el del dispositivo gráfico (González-Pumariega et al. 2014).
Esta regularización compositiva plantea una posible homogeneización intencional por sus autores y, en cualquier caso, requeriría una visión global de la pared.
Todo parece indicar que su uso como campo de expresión gráfica se dio a partir de los suelos que constituyeron, desde el Sector Central al Occidental, un mismo horizonte de ocupación del abrigo, esto es, a partir del Auriñaciense reciente.
Es decir, los primeros auriñacienses que se asentaron en La Viña no habrían utilizado la pared como campo de expresión simbólica.
Ratificamos las conclusiones expresadas por Fortea sobre el carácter esencialmente solutrense del H2 de La Viña, aunque sin poder descartar la participación de algunos gravetienses, sobre todo en las representaciones figurativas situadas en la cota más baja.
Sin otros métodos de datación numérica, absoluta o relativa (que en muchos casos están aportando al arte rupestre más alboroto que desenlaces), la información arqueológica aportada por este yacimiento y por La Lluera I (Rodríguez et al. 2012) sigue siendo el marco cronológico de referencia para los grabados exteriores de este horizonte en la cuenca media del Nalón.
Los paralelos situados fuera del ámbito geográfico inmediato (Chufín, Venta de la Perra, Hornos de la Peña) no han rebatido sustancialmente lo conocido hasta ahora.
El abrigo de La Viña es el yacimiento más importante del valle medio del Nalón por su amplia secuencia arqueológica.
Su gran frente parietal conserva además un significativo conjunto de grabados parietales, si bien su conservación se ha visto muy condicionada por su fuerte exposición a la intemperie.
Con todo, su excepcionalidad queda avalada por ser el único de los abrigos y cuevas del Nalón donde coexisten los dos horizontes artísticos reconocidos en este contexto geográfico y, además, parcialmente cubiertos por la estratigrafía.
El H1 se plasma aquí de forma tan categórica que podría considerarse un unicum, atribuible al Auriñaciense reciente.
No tiene paralelo igual en ningún otro yacimiento cantábrico, aunque los grabados lineales no figurativos de la cueva de El Conde puedan entenderse como su versión reducida, adaptados a un contexto espacial y parietal de dimensiones mucho menores y respondiendo en un mismo sentido cronológico (Fortea 2000(Fortea -2001)).
La Viña no es el caso más completo del H2 pero repite las características de los otros doce sitios del Nalón donde también se documenta (Fortea 2005(Fortea -2006;;Fortea y Rodríguez 2007; González-Pumariega et al. 2015), tanto en la versión más desahogada como en la más laberíntica con un claro dominio temático de la cierva y la presencia más minoritaria del caballo y el bisonte, así como el juego testimonial de los signos en V. No se puede descartar el papel gravetiense de algunas representaciones figurativas, pero entendemos que el conjunto tiende sobre todo hacia el solutrense y, atendiendo a la figura I.1, ni siquiera podemos descartar intervenciones posteriores.
En todo caso, los grabados profundos exteriores de La Viña responden con coherencia a la fuerte unidad interna que tal modalidad gráfica manifiesta en este territorio cultural situado, en palabras de Fortea, en el lejano occidente cantábrico.
A los miembros del equipo de excavación e investigación de La Viña; a Sergio Ríos González y Manuel Mallo Viesca por las fotografías y a José Luis Seoane Moro (Uniovi) por la ayuda prestada.
Agradecemos los comentarios de G. Sauvet, C. González Sainz y D. Gárate sobre la figura I.1, así como las consideraciones remitidas por los evaluadores. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
La cronología radiocarbónica de las primeras manifestaciones megalíticas en el sureste de la Península Ibérica: las necrópolis de Las Churuletas, La Atalaya y Llano del Jautón (Purchena, Almería)*
Gonzalo Aranda Jiménez a, Águeda Lozano Medina a, María Dolores Camalich Massieu b, Dimas Martín Socas b, Francisco Javier Rodríguez Santos c, Aioze Trujillo Mederos b, Jonathan Santana Cabrera d, Angelique Nonza-Micaelli e y Xavier Clop García f
Por primera vez en el estudio del fenómeno megalítico del sureste de la Península Ibérica se ha obtenido una serie radiocarbónica para el análisis de sus manifestaciones más antiguas.
Se han datado 30 restos antropológicos de sepulturas tipo rundgräber y de tumbas de cámara y corredor pertenecientes a las necrópolis de Las Churuletas, La Atalaya y Llano de El Jautón.
El análisis estadístico de esta serie radiocarbónica ha permitido establecer las siguientes conclusiones: i) el inicio de la actividad funeraria ocurriría entre el 3730-3650 cal BC y el final entre el 2395-2270 cal BC; ii) las sepulturas tipo rundgräber son las que poseen una duración más corta, finalizando entre el 2650-2505 cal BC; iii) la datación de diferentes sepulturas y necrópolis muestra una importante heterogeneidad en sus periodos de uso; y iv) a partir de principios del III milenio se produciría una significativa intensificación de la actividad funeraria paralela al incremento demográfico y desarrollo del poblamiento.
Los recientes avances metodológicos en las mediciones radiométricas y en su interpretación estadística están suponiendo un profundo cambio en nuestra percepción de la temporalidad de las sociedades pasadas (Buck et al. 1991; Buck et al. 1996; Bronk Ramsey 1994; Taylor 1997; Bayliss 2009; Bayliss y Whittle 2007; Whittle et al. 2011).
La datación por AMS ha facilitado el uso de muestras mucho más pequeñas ampliándose de esta forma la diversidad de materiales potencialmente datables, la desviación estándar de las mediciones está disminuyendo progresivamente y el uso de herramientas como la estadística bayesiana en el análisis de series radiocarbónicas está permitiendo construir modelos cronológicos de gran precisión (Whittle et al. 2008; Whittle et al. 2011; Scarre 2010).
Las investigaciones sobre las sociedades megalíticas de la Península Ibérica no se están beneficiando de estas mejoras, al menos no de la misma manera que en otras regiones europeas.
Las escasas fechas a partir de las cuales se ha intentado aproximarse a su temporalidad solo han permitido confirmar un marco cronológico general para el fenómeno megalítico.
Realmente, la cronología radiocarbónica no ha ocupado un lugar preferente en las agendas de investigación hasta estos últimos años.
El sureste de la Península Ibérica con solo 10 dataciones hasta 2012 es un caso paradigmático.
Su exiguo número puede considerarse uno de los principales obstáculos para la mejor comprensión del, por otra parte complejo, fenómeno megalítico (Aranda Jiménez 2013, 2014; Lozano Medina y Aranda Jiménez 2017).
Con el propósito de contribuir a cambiar esta situación en el año 2012 iniciamos un programa de dataciones radiocarbónicas cuya formulación general puede sintetizarse en los siguientes objetivos: i) analizar la cronología y temporalidad del fenómeno megalítico; ii) determinar el periodo de construcción y uso de los diferentes tipos de sepulturas; iii) establecer la temporalidad de sepulturas megalíticas específicas para obtener una aproximación más precisa a su biografía y, iv) explorar la continuidad y reutilización de estos espacios funerarios colectivos en momentos cronológicos y culturales diferentes a los tradicionalmente considerados de construcción y uso.
Para el desarrollo de este programa de dataciones se seleccionaron necrópolis representativas de la diversidad de sepulturas megalíticas conocidas en la región, como la necrópolis de El Barranquete (Níjar, Almería), formada por sepulturas tipo tholos o de falsa cúpula, cuyos resultados han sido recientemente publicados (Aranda Jiménez y Lozano Medina 2014; Díaz-Zorita et al. 2016; Aranda Jiménez et al. 2017a).
Otra es la necrópolis de Panoria (Darro, Granada) consistente en tumbas ortostáticas de corredor excavadas en 2015 por nuestro grupo de investigación (Benavides et al. 2016; Aranda Jiménez et al. 2017b) y, finalmente, varias necrópolis de sepulturas, en su mayoría de tipo rundgräber, agrupadas en el denominado como "Grupo Purchena" (Almería).
Precisamente, el objetivo del presente trabajo es analizar y discutir la serie radiocarbónica obtenida para este último tipo de sepulturas tradicionalmente vinculadas a época neolítica a partir de las características tipológicas de su cultura material.
Para ello, se presenta en primer lugar las características generales del "Grupo Purchena" y de las sepulturas objeto de estudio.
Después se valora la serie radiocarbónica obtenida y, finalmente, se discuten los resultados en el contexto de la cronología del Neolítico y Edad del Cobre de la región.
EL GRUPO PURCHENA Y LAS SEPULTURAS TIPO RUNDGRÄBER
Las excavaciones realizadas por Luis Siret y Pedro Flores, a finales del siglo XIX principios del XX, son el punto de partida para el conocimiento del fenómeno megalítico como para otros tantos aspectos culturales de la Prehistoria Reciente del sureste peninsular.
Estos trabajos siguen formando la base documental esencial para su estudio, aunque George y Vera Leisner (1943) publicaran y sistematizaran la información en su gran obra Die Megalithgräber der Iberischen Halbinsel: Der Süden.
Precisamente en ella se define por primera vez el denominado "Grupo Purchena", formado por las necrópolis megalíticas de Las Churuletas 1, La Atalaya, Llano del Jautón, Llano de la Lámpara, Barranco del Jocalla y Buena Arena (Fig. 1), así como la sepultura del tipo denominado rundgräber consistente en tumbas de cámara circular sin corredor de acceso y estructura tumular.
1 También denominado en la bibliografía especializada como Los Churuletes y Los Turuletes.
Desde entonces, los rundgräber caracterizaron el Grupo Purchena, aunque no es el único: también se documentaron tumbas de corredor con cámara circular y quizás sepulturas con cubierta de falsa cúpula o tholoi (véase discusión más adelante).
En la organización secuencial de los diferentes tipos de sepulturas, siguiendo a Luis Siret, George y Vera Leisner situaron los rundgräber en las Fases I y II, las más antiguas, adscribiéndolos dentro de la época neolítica, a la Cultura de Almería definida por Pedro Bosch Gimpera (1932,1944,1969).
Con algunos matices, esta propuesta cronológica se ha mantenido hasta la actualidad.
Se acepta una cierta evolución o al menos sucesión temporal entre las sepulturas de época neolítica, caracterizadas por su sencillez arquitectónica como los rundgräber o las tumbas de planta rectangular y cuadrangular, y las tumbas tipo tholoi de la Edad del Cobre de mayor complejidad estructural (Chapman 1991; Guilaine 1996; Cámara y Molina 2004).
Tras las excavaciones de Luis Siret y Pedro Flores, solo hubo intervenciones en la necrópolis de Las Churuletas en 1973 aunque con resultados exiguos.
La nueva excavación de varias sepulturas básicamente constató el alto grado de destrucción que ya en aquel entonces presentaban (Olaria 1977).
La investigación más reciente se ha centrado en el estudio de los restos materiales y cuadernos de excavación y manuscritos de Luis Siret y Pedro Flores depositados en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid (MAN).
Para el caso del "Grupo Purchena", destaca la caracterización de los conjuntos cerámicos a cargo del equipo de investigación de la Universidad de la Laguna (Camalich Massieu 1983; Camalich Massieu et al. 1989; Martín Socas et al. 1989) y, para el caso específico de la necrópolis de Las Churuletas, el estudio tipológico y comparativo de sus ajuares funerarios (Peña y Montes de Oca 1986).
Los trabajos más recientes se deben a Ruth Maicas (1997,2005,2007; Maicas y Papí 2008), quien ha revisado y catalogado de modo exhaustivo los materiales y el registro documental de la denominada Colección Siret.
Estas investigaciones han sido el punto de partida de un excelente trabajo sobre la industria ósea de época neolítica y calcolítica en la cuenca de Vera (Maicas 2007).
En lo que respecta a las necrópolis del "Grupo Purchena" analiza las discrepancias existentes entre los diferentes registros documentales y entre Fig. 1.
Localización en el sureste de la Península Ibérica (provincia de Almería) de los principales yacimientos mencionados en el texto: 1.
Las Pilas (Mojácar); 3.
Cabecicos Negros (Vera); 4.
Almizaraque (Cuevas del Almanzora); 8.
El Barranquete (Níjar); 9.
Los Millares (Santa Fé de Mondújar).
Esta discusión es de enorme relevancia dado que permite identificar qué sepulturas presentan errores en la adscripción de materiales y las posibles mezclas y pérdidas resultantes de la compleja biografía de la Colección Siret.
La discusión cronológica basada en las características tipológicas de los ajuares funerarios de las sepulturas del "Grupo Purchena" ha sido la línea de investigación más ampliamente desarrollada.
Las propuestas han oscilado entre dos extremos.
Unas han intentado secuenciar la denominada "Cultura de Almería" en fases a las que les corresponderían elementos de ajuar y tipos de sepulturas específicos (Leisner y Leisner 1943; Blance 1961).
Otras han defendido la contemporaneidad de los rundgräber con las sepulturas de falsa cúpula a partir de la presencia en las primeras de objetos característicos de la Edad del Cobre, caso de objetos metálicos, puntas de flecha y hojas de sílex entre otros (Acosta y Cruz-Auñón 1981; Olaria 1977).
Ambas propuestas no son excluyentes, de hecho diferentes autores/as han enfatizado precisamente la enorme perduración temporal de este fenómeno (Peña y Montes de Oca, 1986; Lorrio y Montero 2004; Maicas 2007), con episodios de reutilización durante la Edad del Bronce, como el documentado en la tumba 8 de la necrópolis de La Atalaya (Lorrio 2008).
El debate cronológico a partir de la tipología de los ajuares posee algunas limitaciones dignas de considerar.
La principal es el carácter de palimpsesto de estas construcciones donde, por su carácter colectivo, pueden convivir deposiciones rituales alejadas temporal y culturalmente.
Las potenciales prácticas que supongan la retirada de restos antropológicos y/o ajuares previos o la deposición de materiales antiguos procedentes de otros sitios añaden un mayor grado de complejidad.
Además en diferentes sepulturas megalíticas se han registrado deposiciones de restos antropológicos en momentos culturales sin elementos de ajuar relacionables.
Así lo confirmarían las dataciones radiocarbónicas obtenidas sobre hueso humano en sepulturas como La Loma de la Gorriquía 1, Las Alparatas 1, Qurénima (Lorrio y Montero 2004) y las tumbas 8, 9, 10 y 11 de la necrópolis de El Barranquete (Aranda Jiménez y Lozano Medina 2014; Aranda Jiménez et al. 2017a).
Establecer, por tanto, el periodo de uso de una determinada tumba o la sucesión o con-temporaneidad de diferentes tipos de sepulturas requiere de programas de dataciones radiocarbónicas que permitan superar las limitaciones del análisis tipológico.
LAS NECRÓPOLIS DE LAS CHURULETAS, LA ATALAYA Y LLANO DEL JAUTÓN
Del conjunto de necrópolis que forman el denominado Grupo Purchena se han seleccionado para datación radiocarbónica Las Churuletas, La Atalaya y el Llano del Jautón.
Ello se debe, primero, a que son las necrópolis más intensamente investigadas desde los trabajos de Luis Siret y Pedro Flores (Olaria 1977; Peña y Montes de Oca 1986; Maicas 1997) y, en segundo lugar, a que agrupan a un número significativo de sepulturas representativas de la diversidad de tipos de construcciones megalíticas, muy especialmente rundgräber.
En total se documentaron 27 sepulturas: 6 pertenecen a la necrópolis de Las Churuletas, 14 a La Atalaya y 7 al Llano del Jautón.
El tipo dominante es el de los rundgräber (23 tumbas), registrado en las tres necrópolis.
Estas sepulturas de planta circular suelen estar construidas con mampostería y/o losas de piedra (normalmente pizarra) y a veces presentan sus pavimentos enlosados (Tab.
Las dimensiones más frecuentes oscilan entre los 2 y 4 m de diámetro y entre 0,30 y 1,50 m de profundidad.
Hay casos extremos de solo 1 m de diámetro, como la tumba 6 de Las Churuletas, o de 5,5 m como La Atalaya 3.
En las nuevas excavaciones de la necrópolis de Las Churuletas se documentaron varias estructuras tumulares de ca.
El segundo tipo de sepultura, presente también en las tres necrópolis, se corresponde con 4 tumbas de planta circular y corredor de acceso.
La cámara funeraria mide entre 2,70 y 4 m de diámetro y los corredores entre 1 y 2 m de longitud.
Finalmente, se ha planteado que hubiera tholoi o sepulturas de falsa cúpula en la necrópolis del Llano del Jautón.
George y Vera Leisner (1943) identificaron como tholos la sepultura 6, la única tumba de corredor de esta necrópolis.
Sin embargo para Ruth Macias (2007) solo la tumba 5b podría haber estado cubierta con falsa cúpula, dadas Tab.
Tipo, características formales e información antropológica de las sepulturas pertenecientes a las necrópolis Las Churuletas, La Atalaya y Llano del Jautón (PR= pendiente de revisión).
las excepcionales dimensiones de su cámara (6,8 por 5,6 m) y la presencia de un pilar central2.
La ausencia de corredor en cualquier caso añade incertidumbre a esta propuesta.
Además de por sus características arquitectónicas, ambas sepulturas destacan por el elevado número de inhumaciones, según Pedro Flores 300 individuos en la sepultura 5b y 200 en la tumba 6, y de elementos de ajuar.
Al margen de si tipológicamente estas sepulturas pueden o no ser consideradas como tholoi, parece evidente que son tumbas con un grado de complejidad arquitectónica y funeraria superior al del resto de las tumbas del Grupo Purchena.
En general el ritual funerario practicado en las sepulturas fue fundamentalmente de tipo colectivo3.
Exceptuando las tumbas 5b y 6 del Llano del Jautón, llegan a documentarse hasta ca.
Los distintos estudios de los restos óseos humanos coinciden en un aspecto de enorme interés: un claro sesgo a favor de fragmentos de cráneo, mandíbula, dientes, metatarsos, metacarpos y falanges de pies y manos (Reverte 1986; Maicas 2005).
Esta situación se asemeja a la que se ha documentado recientemente para los restos antropológicos de la necrópolis de Los Millares, perteneciente igualmente a la Colección Siret (Peña Romo 2011).
Diversas hipótesis han tratado de indagar en las posibles causas de esta evidente sobrerrepresentación de determinadas partes anatómicas y de la ausencia de otras.
Ruth Maicas (2005) propone que conductas rituales como la impregnación de ciertas unidades anatómicas con materiales como el ocre hayan favorecido la conservación diferencial registrada.
Si este fuera el caso, los restos esqueléticos recuperados por Pedro Flores representarían las prácticas funerarias desarrolladas en cada sepultura.
Por su parte, Victoria Peña (2011) plantea una primera hipótesis alternativa de naturaleza conductual.
Sugiere que la reorganización de los restos antropológicos en el interior de las sepulturas mediante el fuego habría favorecido la desaparición de algunos huesos, en especial los de tejido esponjoso.
Su segunda hipótesis relaciona la ausencia de determinadas partes anatómicas con la propia biografía de la colección antropológica.
Siret podría haber repetido lo que hizo con las sepulturas argáricas: separar los cráneos y huesos largos del resto para su estudio antropológico.
Ello explicaría la composición actual de la muestra.
Sea como fuere, la colección antropológica del "Grupo Purchena", en donde se registran incluso dientes de individuos inmaduros, se caracterizaría por un patrón homogéneo que parece evidenciar una recogida bastante sistemática de los restos óseos contenidos en estos espacios funerarios.
ESTRATEGIA DE MUESTREO: LAS DATACIONES RADIOCARBÓNICAS
La aproximación a la cronología y temporalidad de las sepulturas megalíticas se ha planificado a partir de dos premisas fundamentales: datar en la medida de lo posible restos óseos humanos y, en estos casos, seleccionar las muestras según el número mínimo de individuos (NMI) 4.
De esta forma, la primera etapa de este trabajo consistió en el análisis de la colección antropológica del "Grupo Purchena" depositada en el Museo Arqueológico Nacional 5.
Las características generales de los restos óseos confirmaban el claro sesgo en favor de restos de cráneo, mandíbula, dientes y en menor medida metatarsos y falanges que son casi los únicos tipos de huesos regis- 4 En contextos funerarios fundamentalmente con carácter de osario donde los restos antropológicos han perdido sus conexiones anatómicas, la selección de la muestra a partir del NMI es la mejor garantía de evitar datar dos veces al mismo individuo.
Esta premisa es básica si se pretende utilizar el modelado bayesiano en la interpretación de las series radiocarbónicas.
Téngase en cuenta que el algoritmo usado en este tipo de análisis asume que cada datación es estadísticamente independiente de las otras (Bronk Ramsey 2001).
5 La caracterización antropológica se debe a Aioze Trujillo Mederos y Jonathan Santana-Cabrera. trados.
Asimismo se confirmaba otro aspecto ya destacado en el estudio de la necrópolis de Las Churuletas (Reverte 1986): los restos antropológicos pertenecen a hombres, mujeres y niños/as sin que, aparentemente, el sexo o las diferencias de edad sean criterios determinantes en las prácticas funerarias.
El estudio antropológico muestra una distribución muy desigual del NMI entre las diferentes sepulturas del "Grupo Purchena" (Tab.
Como ya se ha destacado (Maicas 2005; Peña Romo 2011), sorprenden las diferencias entre el NMI documentado y las ocasionales aproximaciones numéricas de Pedro Flores a los individuos registrados en las sepulturas más allá del genérico "restos de cadáver".
Por ejemplo, Pedro Flores documenta 50 individuos en la sepultura 3 de las Churuletas frente a los 13 constatados en el estudio antropológico y 200 individuos en la tumba Jautón 6 donde solo se ha identificado un NMI de 40.
Parece evidente que la falta de formación de Pedro Flores debió influir en sus estimaciones.
No obstante, las diferencias en algunos casos parecen excesivas.
Como se indicaba más arriba, la compleja biografía de la Colección Siret ha podido influir de manera decisiva en que algunas sepulturas no conserven el volumen de restos antropológicos inicialmente registrado por Pedro Flores.
Una vez establecido el NMI se seleccionaron las muestras objeto de datación bajo tres condicionantes fundamentales.
Primero no todas las tumbas conservan restos antropológicos en los fondos del Museo Arqueológico Nacional (por ejemplo, las tumbas 10 y 12 de la Atalaya y tumba 1 de Las Churuletas).
En segundo lugar, el cotejo de los cuadernos de excavación y manuscritos de Pedro Flores y Luis Siret con los materiales del Museo ha permitido identificar mezcla de materiales (sepulturas 5 y 14 de La Atalaya) o informaciones contradictorias en los registros documentales (tumba 3 de esta misma necrópolis) (Maicas 2007).
Obviamente, estos casos se han excluido del muestreo.
En tercer lugar, no hay información sobre la secuenciación o distribución de los restos antropológicos en el interior de las sepulturas, lo que obliga a considerar cada tumba como un solo conjunto.
Teniendo en cuenta estas limitaciones, la estrategia de datación se ha basado en los siguientes criterios: a) Dado el exiguo NMI identificado en la mayoría de las sepulturas se ha optado por muestrear un número amplio de tumbas que nos aproximara a la temporalidad de los dos tipos fundamentales de sepulturas: rundgräber y tumbas de cámara y corredor.
Se han seleccionado muestras de 15 de las 27 sepulturas que componen las tres necrópolis analizadas: 11 rundgräber y 4 tumbas de cámara y corredor (Tab.
1). b) Se han seleccionado dos sepulturas para establecer su temporalidad a partir de la datación de todas las muestras del NMI identificado: la 6 de la necrópolis de la Atalaya, una tumba de cámara circular y corredor con un NMI de 7 y la sepultura 1 del Llano del Jautón, un rundgräber con un NMI de 8.
De la segunda solo se seleccionaron 7 muestras para mantener la integridad de la colección, evitando de esta forma que el muestreo altere su composición.
Del total de 34 muestras seleccionadas se han obtenido 30 dataciones (Tab.
En cuatro casos no fue posible la medición radiométrica por insuficiente colágeno.
Todas las dataciones han sido medidas por AMS en tres laboratorios diferentes para valorar si los resultados eran consistentes entre sí, identificando posibles dataciones o conjuntos de fechas con mediciones anómalas.
Han sido obtenidas 11 en el Swiss Federal Institute to Technology (ETH) (Zúrich), 10 en el Scottish Universities Environmental Research Centre (SUERC) (East Kilbride, Glasgow) y 9 en el laboratorio Beta Analytic Ltd.
6 Todas las dataciones han sido calibradas con la curva Int-Cal13 mediante el programa OxCal (versión 4.2) (Bronk Ramsey 2009).
Siguiendo las recomendaciones de Stuiver y Polach (1977), se han redondeado los resultados a 10 años cuando la desviación típica era igual o superior a 25 años y a 5 años si era inferior.
Dataciones radiocarbónicas de las necrópolis de Las Churuletas, La Atalaya y Llano del Jautón.
CRONOLOGÍA Y TEMPORALIDAD DEL "GRUPO PURCHENA"
La serie radiocarbónica de las tres necrópolis analizadas suma 31 dataciones (Tabs.
Por primera vez en el estudio de las tradicionalmente consideradas primeras manifestaciones megalíticas del sureste peninsular se ha obtenido una serie radiométrica que permite una aproximación a su temporalidad.
Para su interpretación se ha utilizado la estadística Bayesiana que, además de reducir los intervalos de probabilidad combinando las dataciones radiocarbónicas con otro tipo de información cronológica, crea estimaciones probabilísticas para el comienzo y final de las fases donde las dataciones son agrupadas y cuantifica en años calendáricos su duración (Bronk Ramsey 1995; Bayliss et al. 2007).
Junto a la modelización Bayesiana se ha recurrido a la suma de probabilidades, una herramienta estadística ampliamente utilizada en la literatura arqueológica para medir la duración e intensidad de los fenómenos analizados (Ottaway 1973; Aitchison et al. 1991).
No obstante, esta técnica presenta varias limitaciones que deben considerarse al valorar los resultados.
El método no contrarresta la dispersión estadística intrínseca a las dataciones radiocarbónicas, lo que provoca que la duración de los fenómenos dependa del número de dataciones y de su desviación típica (Bayliss et al. 2007).
Además, la forma específica que la curva de calibración adquiere en cada tramo influye en la mayor o menor extensión del intervalo temporal calculado y potencialmente en la presencia de teóricos hiatus temporales (Michczy ński y Michczy ńska 2006).
Teniendo en cuenta todos estos condicionantes, la serie radiocarbónica ha sido analizada modelando las dataciones a partir de diferentes criterios culturales.
El primero ha sido el tipo de sepultura.
De esta forma, las dataciones se han agrupado en dos conjuntos dependiendo de si pertenecen a rundgräber (n=19) o a sepulturas de cámara circular y corredor (n=12).
El modelado bayesiano de cada conjunto asume que las dataciones de cada fase se corresponden con un periodo de actividad continuada, mostrando un índice de co-
Dataciones modeladas (68% de probabilidad cal BC)
Dataciones modeladas (95% de probabilidad cal BC)
Modelos por tipos de sepultura (Fig. 2 rrelación elevado (A model =89,2% y A model =94,8% respectivamente)8 (Fig. 2).
La actividad funeraria durante el IV milenio parece que fue poca intensa si tenemos en cuenta las escasas dataciones existentes para estos momentos.
No va a ser hasta época calcolítica cuando el uso de ambos tipos de sepultura adquiera su máximo desarrollo aunque con una importante diferencia.
Las dataciones de los rundgräber se concentran en la primera mitad del III milenio cal BC, frente a las tumbas de cámara y corredor que lo hacen, sobre todo, a partir de mediados del III milenio cal BC, cuando la actividad en los primeros casi había finalizado (véase discusión más abajo).
La estimación probabilística para el final de las prácticas funerarias marca otra diferencia relevante.
La actividad funeraria habría finalizado antes de la aparición de las primeras manifestaciones culturales características de la Edad del Bronce, lo que contrasta con las sepulturas tipo tholos, una de cuyas principales características es la continuidad ritual, sobre todo en época argárica (Aranda Jiménez y Lozano Medina 2014; Lozano Medina y Aranda Jiménez 2017; Aranda Jiménez et al. 2017a).
En un segundo nivel de análisis, las dataciones se han agrupado por necrópolis: Las Churuletas (n=9), La Atalaya (n=11) y Llano del Jautón (n=11).
En las tres se han datado sepulturas rundgräber y de cámara y corredor.
El modelado bayesiano10 muestra para las necrópolis de Las Churuletas y La Atalaya dos series parecidas en su temporalidad (Fig. 3), siendo su principal diferencia la estimación para el final de la actividad funeraria, entre el 2555-2370 cal BC (68% de probabilidad) en Las Churuletas frente al 2355-2145 (68% de probabilidad) cal BC en La Atalaya.
La distribución interna de las dataciones también enfrenta a ambas necrópolis.
En Las Churuletas la distribución es sostenida a lo largo del periodo de uso en contraposición a la concentración de dataciones a mediados y primeros siglos de las segunda mitad del III milenio cal BC en la necrópolis de La Atalaya.
No obstante, Llano del Jautón es la necrópolis mas diferenciada.
Esto en años calendáricos supone un intervalo entre 5-195 años (68% de probabilidad).
Es decir, la necrópolis concentra su actividad funeraria exclusivamente en los primeros siglos del III milenio cal BC, en pleno periodo calcolítico.
Así, la temporalidad de la necrópolis de Llano del Jautón difiere substancialmente de la mostrada por Las Churuletas y La Atalaya.
Esto implicaría que al interior del denominado "Grupo Purchena" hay importantes diferencias cronológicas de unas necrópolis a otras.
El tercer nivel de análisis ha consistido en el modelado estadístico de las dos series radiocarbónicas obtenidas para las sepulturas Atalaya 6 y Llano del Jautón 1 (A model =84,1% y A model =98,7% respectivamente).
Como ya se ha indicado, el objetivo ha sido aproximarnos a la temporalidad de su uso funerario a partir de la datación del NMI identificado en cada una (Fig. 4).
De esta forma, la serie radiocarbónica de la tumba tipo rundgräber del Llano del Jautón 1, se caracteriza por su Fig. 3.
Modelados bayesianos de las dataciones agrupadas por necrópolis: Las Churuletas, La Atalaya y Llanos del Jautón del "Grupo Purchena" (Almería) (véanse tablas 1 a 3). coherencia interna ya que todas las dataciones comparten un intervalo cronológico muy similar.
El test de contemporaneidad muestra igualmente la consistencia interna de las dataciones incluidas en el modelo (T'= 6,0; T' (5%) = 12,6) (Ward y Wilson 1978).
Esto sugiere que todos los individuos fallecieron en un reducido intervalo temporal, entre una y cuatro generaciones si asumimos una media de 25 años por generación, o incluso al mismo tiempo.
Si este fuera el caso, el intervalo temporal más probable en el que podrían haber sido depositados los restos antropológicos sería entre 2818-2665 cal BC (86,7% de probabilidad; sum).
Modelados bayesianos de las sepulturas La Atalaya 6 (cámara y corredor) y Llano del Jautón 1 (rundgräber) del "Grupo Purchena" (Almería) (véanse tablas 1 a 3).
En el modelado de la serie radiocarbónica de La Atalaya 6 (A model =87%), una sepultura de cámara circular y corredor, el inicio de la actividad funeraria ocurriría entre el 2570-2485 cal BC (68% de probabilidad), cuando las prácticas funerarias en el Llano del Jautón 1 ya habrían finalizado.
Esto evidencia un periodo de uso igualmente breve, aunque en este caso las dataciones no forman un grupo estadísticamente consistente (T'= 42,7; T' (5%) = 12,6) (Ward y Wilson 1978).
En años calendáricos supone un periodo entre 30-170 años (68% de probabilidad), lo que implicaría entre dos y siete generaciones.
Aunque en momentos cronológicos diferentes, ambas tumbas comparten una temporalidad parecida.
Muestran un periodo de uso relativamente breve que contrasta con la actividad prolongada que evidencian las tres dataciones de, por ejemplo, la tumba 3 de Las Churuletas (véase Tab.
Parece, por tanto, que existe una cierta heterogeneidad en la mayor o menor perduración temporal de las diferentes sepulturas que forman las necrópolis analizadas.
LA TEMPORALIDAD DEL "GRUPO PURCHENA" EN EL CONTEXTO DEL NEOLÍTICO Y EDAD DEL COBRE DE LA CUENCA DEL ALMANZORA Y DEPRESIÓN DE VERA
La serie radiocarbónica discutida en este trabajo permite el análisis de la temporalidad de las primeras manifestaciones megalíticas del sureste de la Península Ibérica, así como de su integración en la secuencia cronológica general del Neolítico y Edad del Cobre.
Para ello, se ha seleccionado como ámbito geográfico de referencia la cuenca del alto Almanzora, donde se sitúa Purchena, y la depresión de Vera formada por el bajo Almanzora y las cuencas de los ríos Aguas y Antas.
Esta amplia comarca es clave para el estudio de los cambios e innovaciones culturales que desencadenaron un proceso de creciente complejidad social sin parangón en el resto de la Península Ibérica y que ha generado un enorme interés científico y una intensa actividad arqueológica (Aranda Jiménez et al. 2015).
Hemos seleccionado en ese ámbito todas las dataciones de contextos funerarios y de asentamientos de época neolítica y de la Edad del Cobre cuya desviación estándar fuera inferior a 100 años.
Se pretende reducir así el efecto negativo que las amplias desviaciones tienen en las estimaciones probabilísticas.
Tampoco se han tenido en cuenta las dataciones contradictorias con el contexto cultural datado11 o las realizadas combinando materiales que podrían pertenecer a diferentes organismos 12.
Las fechas consideradas para los contextos funerarios, además de las incluidas en este trabajo, proceden de Cerro Virtud (Montero et al. 1999; Ruiz-Taboada y Montero 1999).
Suman 38 dataciones de cada serie que pueden consultarse en la base de datos de acceso libre CronoloGEA [URL] [último acceso 10/01/2017].
El total de 76 fechas es un número exiguo que obviamente limita el alcance de las valoraciones que puedan realizarse.
Ambas series se han analizado mediante la suma de probabilidades y modelización bayesiana.
Se ha establecido una secuencia en dos fases para las dataciones funerarias: una pre-megalítica agrupa las dataciones del enterramiento colectivo en fosa de Cerro Virtud, y otra megalítica incluye las dataciones presentadas en este trabajo (Fig. 5) (A model =91%).
Las primeras manifestaciones funerarias datadas se sitúan en la primera mitad del V milenio con una estimación probabilística para su inicio de entre el 4975-4785 cal BC (68% de probabilidad) y entre el 4740-4570 cal BC (68% de probabilidad) para el final.
Tras este episodio funerario parece existir un hiatus, posiblemente más teórico que real (Fig. 6).
La ausencia de programas de dataciones de contextos funerarios habituales en época neolítica, como por ejemplo las cuevas, es evidente que impide una visión mucho más aproximada a la temporalidad de este fenómeno.
Sea como fuere, las sepulturas megalíticas constituyen la principal práctica funeraria del periodo.
No obstante y como ya se ha destacado, la actividad funeraria durante el IV milenio parece que fue de poca intensidad dadas las pocas dataciones existentes.
El cambio de milenio sería el punto de inflexión en esta dinámica.
A partir de entonces, ya en época calcolítica, aumentarían de modo significativo las prácticas funerarias, en especial en la primera mitad del III milenio cal BC.
Suma de probabilidades de la serie radiocarbónica funeraria modelada en la figura 5.
Modelado bayesiano de la serie radiocarbónica de los asentamientos neolíticos y calcolíticos de la cuenca alta del Almanzora y Depresión de Vera (véase tabla 3). de probabilidad), posiblemente entre el 2395-2270 cal BC (68% de probabilidad).
Destacamos diferentes aspectos de la comparación entre las series radiocarbónicas domésticas y funerarias de época neolítica y calcolítica (Figs.
El primero es la falta de dataciones radiocarbónicas de asentamientos para época neolítica si se exceptúan las procedentes de Cabecicos Negros que se sitúan a finales del VI milenio y, sobre todo, en la primera mitad del V milenio cal BC (Camalich Massieu y Martín Socas 2013).
Obviamente este hecho contrasta con el poblamiento neolítico bien conocido en toda la comarca sobre todo a partir de prospecciones (Castro et al. 1998; Delibes et al. 1996; Camalich Massieu y Martín Socas 1999; Román et al. 1996; Román et al. 2000).
Esta ausencia de mediciones radiocarbónicas en buena parte del Neolítico también contrasta con la serie funeraria en especial megalítica cuya larga duración, como se ha analizado, se inicia en la primera mitad del IV milenio.
En segundo lugar, es durante la Edad del Cobre cuando realmente sucederían importantes cambios en las características del poblamiento que explicarían la importante concentración de dataciones en este periodo (véase discusión más adelante).
Este periodo de intensa actividad en el poblamiento de la comarca es plenamente coincidente con el incremento en las prácticas funerarias megalíticas que se producirían a partir del 3000 cal BC.
La temporalidad del máximo desarrollo en el uso tanto de sepulturas tipo rundgräber como de cámara y corredor, es la misma que la de la ocupación de los poblados calcolíticos.
Parece por tanto razonable suponer que existió una estrecha relación entre ambos fenómenos.
Por primera vez desde el inicio de las investigaciones sobre el megalitismo en el sureste de la Península Ibérica, gracias al programa de dataciones radiocarbónicas que desde 2012 venimos desarrollando, disponemos de un criterio independiente a la tipología de los ajuares funerarios para explorar la cronología de sus manifestaciones más antiguas.
El conjunto de dataciones que presentamos en este trabajo supone un salto cualitativo, pero es claramente insuficiente.
Así, las valoraciones que siguen deben considerarse como una aproximación.
El análisis de la serie radiocarbónica a partir de diferentes modelados estadísticos permite establecer que el inicio de la actividad funeraria en el denominado "Grupo Puchena" ocurriría entre el 3845-3550 cal BC (95% de probabilidad), posiblemente entre el 3730-3650 cal BC (68% de probabilidad).
No parece haber entre los dos tipos de sepulturas analizados diferencias cronológicas significativas en sus inicios.
La cronología de rundgräber y sepulturas de cámara y corredor es parecida, quizás ligeramente más antigua en las segundas, aunque las contadas dataciones para estos momentos aconseja prudencia en este sentido.
A partir de estos momentos, el paisaje del sureste comienza a monumentalizarse mediante la construcción de sepulturas y necrópolis que supusieron un cambio sustancial en las formas de comprensión de la realidad de las comunida-Fig.
Suma de probabilidades de la serie radiocarbónica funeraria modelada en la figura 7.
des que las erigieron.
Las sociedades neolíticas por primera vez se atrevieron a modificar y a "humanizar" un orden natural considerado hasta entonces como sagrado y por tanto inalterable.
El carácter duradero de estos monumentos junto a su visibilidad paisajística sugieren que posiblemente una de las motivaciones fundamentales para su construcción fuera el deseo de transcender el presente, creando un sentido de linealidad temporal donde pasado y futuro alcanzaron una relevancia previamente desconocida.
De esta forma, las categorías de espacio y tiempo experimentaron un cambio de enorme relevancia, clave para la comprensión de las transformaciones sociales que se produjeron en el sureste.
Así, estas sepulturas megalíticas supusieron la expresión de un nuevo orden social y cultural donde la memoria colectiva queda íntimamente vinculada a un paisaje que se ordena a través de su existencia.
Este proceso parece que tuvo dos fases claramente diferenciadas.
Durante el IV milenio la construcción de sepulturas y la actividad funeraria asociada fue de baja intensidad si atendemos al número de mediciones radiométricas disponibles.
Esta situación cambia a partir de inicios del III milenio, ya en época calcolítica, cuando se produce una clara intensificación del fenómeno megalítico.
En estos momentos, junto a la continuidad en el uso funerario de sepulturas de época neolítica, caso de Las Churuletas 3, se produciría la construcción de nuevas sepulturas 14, como la de La Atalaya 6, e incluso de nuevas necrópolis como Llano del Jautón, que concentra todos sus enterramientos en la primera mitad del III milenio.
A ello habría además que sumar la aparición de los tholoi, un nuevo tipo de sepultura característico de las Edades del Cobre y Bronce (Aranda Jiménez y Lozano Medina 2014; Aranda Jiménez et al. 2017a).
Es, por tanto, en la Edad del Cobre cuando el proceso de monumentalización adquirió su máximo desarrollo incrementándose la actividad funeraria de forma exponencial.
La coincidencia cronológica entre este fenómeno y el desarrollo del poblamiento durante el III milenio permite avanzar nuevas consideraciones.
El incremento en el número de poblados durante 14 Asumimos que, en general, las prácticas funerarias tuvieron lugar tras la construcción de las sepulturas y que las deposiciones más antiguas guardan una proximidad cronológica con este evento. la Edad del Cobre ha sido tradicionalmente relacionado con un importante desarrollo demográfico (véanse las estimaciones demográficas realizadas para el área de estudio por Chapman 1991y Castro et al. 1998).
De forma paralela, los nuevos poblados se caracterizan por unas mayores dimensiones y estabilidad resultado de la consolidación del proceso de sedentarización y, posiblemente, de agregación poblacional.
Frente a la movilidad que parece caracterizó a las poblaciones durante buena parte del periodo neolítico, ahora se produciría un cambio en las estrategias de poblamiento que supondría una cada vez mayor identificación de los grupos sociales con territorios concretos.
En este contexto, la intensificación del fenómeno megalítico como medio para construir una memoria colectiva que ordena y da un nuevo significado al paisaje con el que se interacciona adquiere pleno sentido.
Según la serie radiocarbónica, el final de las prácticas funerarias ocurría entre el 2435-2190 cal BC (95% de probabilidad), posiblemente entre el 2395-2270 cal BC (68% de probabilidad), aunque con importantes diferencias dependiendo del tipo de sepultura.
Quedaría pendiente la datación de sepulturas tipo tholos en el área anteriormente analizada.
Si atendemos a la serie radiocarbónica obtenida para la necrópolis de El Barranquete (Níjar, Almería) es previsible la continuidad del fenómeno megalítico durante la Edad del Bronce, en especial en el periodo argárico (Aranda Jiménez y Lozano Medina 2014; Aranda Jiménez et al. 2017a).
En el caso de los rundgräber y de las tumbas de cámara y corredor, la actividad ritual y funeraria tampoco parece que se detuviera en los últimos siglos del III milenio cal BC.
La serie radiocarbónica del "Grupo Purchena" no reflejaría las prácticas de reutilización de algunas de estas sepulturas durante el Bronce Final, caso de La Atalaya 8, o en la cuenca de Vera de sepulturas como La Encantada 1, Loma de la Gorriquía 1, Loma de los Caporchanes 2 o Loma del Campo de Mojácar 4, entre otras (Lorrio 2008).
Parece, por tanto, evidente que la temporalidad del fenómeno megalítico está lejos de ser resuelta.
Solo mediante el desarrollo de nuevos programas de dataciones que profundicen en el "Grupo Purchena" y se extiendan a las necrópolis de la Depresión de Vera será posible construir una cronología robusta que permita comprender la complejidad de este fenómeno.
Al Museo Arqueológico Nacional (Madrid) y, en especial, a Carmen Cacho Quesada por facilitarnos el estudio de los materiales de la Colección Siret.
Modelo de los contextos funerarios (Fig. 5) |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
La Cueva de El Espinoso se encuentra en la costa central de la Región Cantábrica, en el Oriente de Asturias, en la localidad de La Franca (Ribadedeva) (Fig. 1).
Se levanta en un acantilado calizo de unos 30 m de altura que domina un valle ciego, próximo a la desembocadura del río Cabra, y a escasos 200 m del mar.
El acceso es algo dificultoso por la pendiente que caracteriza este ambiente calizo, siendo necesario escalar una pared vertical de unos 4 m de altura.
La entrada, orientada al SO, es alta y amplia con un vestíbulo de unos 10 metros de longitud al que llega la luz solar.
Al fondo del mismo hay un importante yacimiento arqueológico paleolítico, descubierto en 1978 por uno de los firmantes (MRGM) y su equipo (González Morales 1995).
De este lugar parte una galería que vira al norte, reduciéndose en altura y anchura paulatinamente hasta una gatera que da acceso, arrastrándose, a la sala de pequeñas dimensiones que albergaba los restos humanos que se estudian en este tra-bajo.
La denominada Sala de los Muertos tiene 40 m 2 divididos en tres áreas: los Sectores A y B, bajas y estrechas galerías, caracterizadas por la presencia de nichos naturales, estalactitas, estalagmitas, coladas y columnas estalagmíticas y el Sector C, dominado por pequeñas hornacinas, que sigue el margen izquierdo de la sala hasta el final (Fig. 2).
Localización geográfica de la cueva de El Espinoso (Ribadedeva, Asturias) en la Región Cantábrica.
Plano de la cueva de El Espinoso (A) e ilustraciones de sus diferentes zonas.
B. acceso: la flecha roja señala la boca de entrada; C. vestíbulo; D. galería; E. gatera; F. Sala de los Muertos, Sector A; G. Sala de los Muertos, Sector B. Plano y fotos en color en la edición electrónica.
Historia de las investigaciones
En 1979 y 1980 en dos breves campañas se excavó un sondeo en el yacimiento paleolítico y se documentaron numerosos restos humanos distribuidos sobre toda la superficie del suelo de la Sala de los Muertos, sin aparente conexión anatómica, muy fragmentados y algunos además muy concrecionados.
Se fotografiaron ambos yacimientos pero se decidió excavar solo el primero que era el objetivo inicial de la investigación.
Durante una visita a la cueva en 1993 se identificaron varias catas y remociones de los materiales debidos a excavadores furtivos.
En ese momento, se decidió excavar de urgencia el depósito sepulcral retirando los huesos en superficie si bien se apreció que otros surgían del interior del paquete de sedimentos, donde aún permanecen.
En cambio se conoce una serie de adornos de bronce, actualmente en paradero desconocido, relacionados con las alteraciones antrópicas modernas sufridas en ese lapso de tiempo.
Se trata de tres brazaletes, un anillo y dos fragmentos de bronce (Fig. 3) 1.
En 2013 y 2014, a raíz de dos trabajos de investigación, se realizaron tres dataciones radiocarbónicas, dos de ellas correspondientes al yacimiento 1 Se acaban de iniciar los trámites para la recuperación de estos materiales arqueológicos, su estudio exhaustivo y depósito final en el museo regional. paleolítico y otra al depósito funerario (Cuenca Solana 2013: 251;2 ) (Tab.
El estudio del depósito sepulcral de El Espinoso se hizo en 2014 y proporcionó 1230 restos humanos (Tab.
Brazaletes y anillo de bronce, procedentes de remociones modernas en la cueva de El Espinoso (en color en la edición electrónica).
Dataciones radiocarbónicas en restos humanos de cuevas sepulcrales de la región oriental de Asturias.
elementos humanos y un número mínimo de 20 individuos: 17 a partir del astrágalo y 3 del estudio dental de tres individuos infantiles.
La población consta de 6 niños (2 entre 0-3 años; 4 entre 3-12 años), 5 adolescentes, 7 adultos y 2 ancianos de ambos sexos (7 masculinos, 6 femeninos, 6 individuos infantiles no determinados y 1 individuo no identificable).
La estatura media estimada de los adultos es 1,60 m para las mujeres y 1,71 m para los hombres 3.
ESTADO DE LA CUESTIÓN
La tradición funeraria de depositar los muertos sobre la superficie de cuevas de pequeñas dimensiones predominó entre los grupos humanos de la Región Cantábrica durante el Calcolítico y la Edad del Bronce.
Estas denominadas "cuevas sepulcrales" incluso a veces son simples oquedades en la roca caliza, donde se deposita un número variable de individuos.
Suelen estar formadas por galerías pequeñas, techos bajos y accesos a menudo difíciles bien por levantarse en escarpadas paredes calizas por las que hay que trepar, bien por tener una boca reducida.
Cuando las inhumaciones se documentan en cuevas de habitación o de mayores dimensiones, lo habitual era elegir los lugares más reducidos y lóbregos de las mismas (Armendáriz y Etxeberría 1983: 331-336).
El sistema de inhumación consiste mayoritariamente en la deposición de los cadáveres sobre la superficie sin fosas, estructuras perimetrales o de cubrición, ni alteración artificial del suelo.
En ocasiones, se utilizan simplemente las zonas de estas cavidades más reducidas y protegidas, como las paredes o los nichos naturales de la roca, o ni siquiera como si bastara la propia morfología de la cueva (Armendáriz 1990).
Los enterramientos (simples deposiciones) son colectivos, entendiendo como tales las inhumaciones de tres o más individuos.
En Asturias, únicamente El Espinoso supera ampliamente la decena de inhumaciones, aunque El Bufón y Trespando tienen restos humanos pertenecientes a varios individuos y en las de La Llana o Fuentenegroso Se han documentado más de 300 cuevas sepulcrales de la Edad del Bronce en la región cantábrica con núcleo en las actuales comunidades autónomas del País Vasco y Cantabria (160 y 180 cuevas respectivamente, frente a las 7 asturianas) (Arias Cabal y Armendáriz 1998: 69).
El descenso cuantitativo de las mismas a medida que se avanza hacia el Oeste se ha conectado con algún tipo de frontera o barrera cultural entre las poblaciones de este periodo.
Sin embargo merecen considerarse variables geológicas como el fin de las formaciones de roca caliza en la cuenca central de Asturias y la alteración tafonómica de los depósitos superficiales, así como otras vinculadas a la investigación.
Entre ellas están la mayor labor prospectiva en el País Vasco y Cantabria desde décadas tempranas, la gran abundancia en el Oriente de Asturias de yacimientos paleolíticos y mesolíticos que han monopolizado la investigación a lo largo del siglo XX, la revisión de los yacimientos excavados en épocas antiguas o los nuevos estudios arqueológicos modernos.
En Asturias, las cuevas sepulcrales del Calcolítico y la Edad del Bronce mencionadas en la bibliografía son siete.
La Cueva de El Bufón (Vidiago, Llanes) excavada a principios del siglo XX proporcionó cuatro cráneos con otros materiales arqueológicos.
Son conocidas las inhumaciones individuales de Fuentenegroso (Sierra del Cuera) y La Llana (Llanes, estudio antropológico actualmente en curso), los restos humanos de El Toral III (Llanes)4, las cuevas de El Cuélebre y Trespando (Cangas de Onís) y la Cueva de El Espinoso (Ribadedeva) que estudiamos aquí.
Únicamente se han realizado dataciones (Tab.
Se tienen vagas y muy antiguas referencias de hallazgos de restos humanos junto a materiales metálicos y cerámicos de diversa índole en la Cueva de la Fenoyal (Proaza), la Cueva del Palacio o del Pelagón (Grado), la Cueva de Valdediós (Villaviciosa) y el Abrigo de Valle (Piloña).
Desafortunadamente, de la gran mayoría de ellas se desconoce el paradero de sus materiales.
Algunos son hallazgos descontextualizados y aislados y otros se perdieron en el incendio de 1934 en la Universidad de Oviedo (Blas Cortina 1983).
Además hay restos humanos procedentes de otros contextos arqueológicos como las minas prehistóricas de cobre de El Aramo (Riosa) donde se hallaron entre 22 y 29 individuos y de El Milagro (Onís) con 4 individuos.
Estas minas se sitúan en la transición Bronce Antiguo-Bronce Pleno y sus inhumaciones estarían relacionadas con la tradición de sepultar a los mineros que extraían el mineral en áreas ya explotadas, de poco tránsito o marginales de su medio de trabajo (Blas Cortina 2011: 745-747, 2014: 74-76).
Una primera conclusión se puede extraer sobre el fenómeno de las cuevas sepulcrales en Asturias: su precariedad y la escasez del registro.
Se desconoce el paradero de algunos restos, otros no se han estudiado y, sobre todo, el número de cavidades de uso funerario en esta época es muy reducido en comparación con las citadas en Cantabria y el País Vasco.
La Tafonomía nace como concepto en la década de los 1940, acuñado por el paleontólogo soviético Iván Antónovitch Efremov (1940), para describir los procesos que afectan a los restos orgánicos en su transición desde la biosfera a la litosfera.
Es decir, la Tafonomía se encarga de reconstruir las "leyes del enterramiento".
Estos procesos abarcan todo lo relacionado con la manipulación, transporte, descomposición, transformación, conservación, desgaste y cualquier tipo de alteración (natural o antrópica) de los restos bióticos desde su muerte biológica hasta su total fosilización y descubrimiento (Reverte 1991).
La Tafonomía considera procesos bioestratinómicos y diagenéticos.
Los primeros se refieren a las circunstancias que ocurren entre la muerte del ser vivo y su enterramiento, es decir, en el tiempo peri-mortem de los restos.
Los diagenéticos atañen a los efectos de todas las modificaciones que se producen desde el enterramiento hasta la recuperación de los restos enterrados.
Müller (1951Müller (, 1963) ) concibió la bioestratinomía y la diagénesis como dos fases diferentes del proceso tafonómico, pero ya Weigelt (1927) había formulado el concepto de bioestratinomía.
El concepto de diagénesis fue inicialmente utilizado en Geología para explicar la formación de las rocas sedimentarias a partir de la cementación de sedimentos sueltos.
Pronto comenzaría a incorporarse a otras disciplinas como la Paleontología.
En este contexto de expansión, Müller (1951Müller (, 1963) ) acuñaría el término de fosildiagénesis para explorar la historia post-enterramiento de los restos orgánicos.
Al principio el ámbito de aplicación de la Tafonomía se limitaba a la Paleontología, pero desde los 1960 comienza a expandirse y a emplearse en estudios arqueológicos de autores anglosajones como Behrensmeyer, Shipman o Andrews, consolidándose como una herramienta al servicio de la Arqueología a partir de los 1980 (Davidson y Estévez 1986).
En las décadas finales del siglo XX una corriente profunda de experimentación desarrolla paulatinamente la metodología tafonómica en la Zooarqueología, aunque hasta la entrada del nuevo milenio no se utilizará de modo sistemático en la península ibérica (Quesada 2003(Quesada [1997]];6; Yravedra Sainz de los Terreros 2001;7; Marín-Arroyo 2010; Sala 2012) y su aplicación aún es escasa en restos humanos (Andrews y Fernández Jalvo 1997; Solari Giachino 2010; Esparza Arroyo et al. 2012; Armentano i Oller 2014; Marín-Arroyo 2015) sobre todo en cronologías holocenas y en yacimientos cantábricos.
Gran cantidad de agentes tafonómicos pueden afectar a la superficie de los huesos y, por tanto, a su conservación, desde los procesos físicos, químicos y biológicos hasta los fenómenos antrópicos relacionados con la manipulación humana (directa o indirecta) de esos restos (Fernández-Jalvo y Andrews 2016).
En este trabajo se analizarán los agentes tafonómicos bioestratinómicos y diagenéticos que han afectado al depósito sepulcral de la cueva de El Espinoso, describiendo las diferentes tipologías y grados de alteración de cada proceso.
El análisis de un conjunto óseo requiere de la cuantificación de todos los restos, identificables o no, según una serie de parámetros que permitan extrapolar los resultados.
Para ello se han empleado el Número de Restos (NR), el Número Mínimo de Elementos (NME) y el Número Mínimo de Individuos (NMI) (Lyman 1994a: 42-44).
Además se han aplicado dos índices para conocer el grado de fragmentación y conservación de cada elemento óseo y del total de la muestra: la Tasa de Fragmentación (TF) y el Índice de Representación Anatómica (IRA).
La TF relaciona el NR y el NME.
Se mide por referencia al valor 1: cuanto mayor es el resultado respecto a 1, mayor es el índice de fragmentación de los huesos (Marín-Arroyo 2010: 59).
El IRA calcula la representación de cada hueso en el total de la muestra, basándose en la ratio entre el Número de Huesos Representados (NHR) y el Número de Huesos
Procesos tafonómicos bioestratinómicos y diagenéticos..1.
La fracturación de un conjunto óseo puede ocurrir durante la biostratinomía y la diagénesis o ante-mortem, en el momento de su enterramiento (peri-mortem) o después (post-mortem antiguas o recientes).
Algunos autores han diferenciado fracturación y fragmentación, otorgando a cada una bien un origen antrópico o biológico, bien natural (Brugal 1994; Mateos 2003).
En este trabajo se engloban bajo el concepto de "fracturación" las fracturas bioestratinómicas o diagenéticas.
Adicionalmente, también la fracturación nos informa sobre sus orígenes biológicos (antrópico o por otros agentes) o físico-químicos.
La fracturación de los restos óseos de El Espinoso se ha estudiando según el método de Vila y Mahieu (1991) que analiza el tipo, ángulo, perfil, borde y circunferencia de la fractura en huesos largos...2.
Otras alteraciones tafonómicas, en general de origen antrópico, son las termoalteraciones, identificadas en los huesos a partir de coloraciones, texturas, fracturas, estrías e incluso deformaciones.
Para la correcta interpretación del papel del fuego en yacimientos funerarios se analizan el estado de los huesos cuando se exponen al fuego y la temperatura que alcanzaron durante la combustión.
Las termoalteraciones durante la bioestratinomía del conjunto fósil pueden ser "en fresco", cuando los huesos aún conservaban los paquetes musculares, o "en seco" a lo largo de la diagénesis, cuando los huesos están totalmente esqueletizados (Fernández-Crespo 2016: 130).
La coloración superficial de un elemento óseo cambia al alcanzar una temperatura elevada según distintos condicionantes.
Algunos de ellos son la potencia calorífica que se reciba, la proximidad del sujeto a la fuente de calor, el tiempo de ex-posición, las variaciones de temperatura durante la exposición, la parte anatómica y la masa corporal del sujeto (Botella et al. 1999: 147-148).
Los grados de coloración están intrínsecamente relacionados con la temperatura a la que estuvo sometido el elemento.
Si no llega a los 300°C, el color empezará a variar hacia tintes rojizos, tipo ocre, hasta llegar al marrón.
La textura comenzará a ser más friable.
Entre los 300°C -350°C los huesos se irán acercando a coloraciones cada vez más negras, comenzando su carbonización.
Entonces empiezan a aparecer las estrías y las pequeñas fracturas debidas a la contracción de la materia orgánica.
Si la temperatura excede los 500°C el hueso adquirirá un color grisáceo, llegando a blanco a partir de los 650°C, inicio del proceso de incineración (Etxeberría 1994: 114).
En El Espinoso se han establecido tres tipologías de quemado según la coloración: marrón, negra y negruzca por contacto con carbones o sedimentos quemados (Fig. 4)....
La tipología de la actividad de carnívoros identificada en El Espinoso se ha categorizado en punciones, mordisqueo y arrastres a partir de distintos autores (Binford 1981; Pérez Ripoll 1992; Lyman 1994b)...4.
Cualquier ser vivo (ya sea humano o animal) puedo provocar un proceso de pisoteo o trampling que resulta en distintas alteraciones sobre los huesos.
Estas pueden ser espaciales, y modifican la posición primaria de los restos, o físicas como fracturas, pulidos y sobre todo estriaciones.
Estas son longitudinales y se forman por el contacto directo de los huesos con los sedimentos, piedras u otros huesos, al ser pisoteados; según el sedimento sea más grueso o más fino las estrías serán mayores o menores, aunque no existen grandes cambios.
Se han podido confundir con marcas de corte en algunas ocasiones, pero estudios experimentales recientes demuestran una total diferenciación (Domínguez-Rodrigo et al. 2009; Gaudzinski-Windheuser et al. 2010).
Las marcas de pisoteo aparecen en cualquier parte del hueso, y son más finas y superficiales que las marcas de corte que, en general, se localizan en las mismas partes anatómicas y son más profundas.
El efecto del pisoteo varía en cada hueso.
Los huesos largos son más proclives a esta alteración que los cortos, como los tarsales o carpales, que apenas sufren modificación.
Además, las alteraciones por pisoteo pueden ser tanto bioestratinómicas como diagenéticas (Olsen y Shipman 1988)...5.
La meteorización o weathering es un proceso diagenético físico-químico que destruye los componentes orgánicos e inorgánicos del hueso (Behrensmeyer 1978: 153).
Se produce por cambios bruscos de temperatura y humedad o por el contacto con ambientes encharcados muy presentes en contextos kársticos.
También la luz solar, el viento y otros meteoros pueden contribuir a la paulatina destrucción de los huesos (Andrews y Whybrow 2005).
Tampoco es descartable el tipo de terreno sobre el que se asientan los restos y el tiempo transcurrido.
Las modificaciones que produce sobre el hueso son agrietamiento, escisión, exfoliación, deshidratación, y finalmente, desintegración.
El estudio de los grados de meteorización en los depósitos arqueológicos puede informar acerca de la ocupación del sitio, de las condiciones locales del yacimiento o del carácter sincrónico o diacrónico del registro, así como del tiempo que ha permanecido expuesto el conjunto óseo sobre la superficie tras su muerte (Lyman y Fox 1989).
Sin embargo, los diferentes tipos de climas pueden favorecer o inhibir unos u otros estadios de meteorización (Fernández-Jalvo y Andrews 2016: 201-205).
La meteorización puede afectar a los huesos tanto en la superficie como en el interior del sedimento.
En El Espinoso, la disposición en superficie de los restos óseos propició una mayor alteración que se ha valorado en seis grados de meteorización (0-5) siguiendo a Behrensmeyer (1978)...6.
Este proceso ocurre en la fase diagenética cuando la acción del agua carbonatada de las cuevas sobre el material óseo provoca la pérdida progresiva de la superficie del hueso (Behrensmeyer 1990).
La disolución puede ser mecánica a partir del impacto de las partículas sedimentarias abrasivas contenidas en el agua (goteo) o química por la acidez del agua carbonatada (Shipman y Rose 1983Rose, 1988)).
Esto sucede sobre todo en karst activos por el transporte de elementos químicos solubles en el agua que, al entrar en contacto con los huesos, erosionan su superficie.
Además la actividad hídrica puede hacer las funciones de agente acumulador y ser la responsable del desplazamiento y modificación de la posición original de los restos óseos (Behrensmeyer 1982(Behrensmeyer, 1988;;Brugal 1994).
Para el material de El Espinoso se establecieron cuatro estadios de disolución (Fig. 5A):'Nula': sin alteración de la coloración, ni de la densidad del hueso;'Leve': manifestada a través de la pérdida de coloración del hueso en favor de una blanquecina;'Media': los huesos están más disueltos y gráciles con una coloración más blanca y una densidad ósea menos compacta;'Alta': la disolución provoca un claro color blanquecino y un riesgo de desintegración serio en los huesos...7.
En este proceso diagenético se crea una costra calcítica alrededor del hueso por deslizamiento del agua a través de las fisuras de las rocas, arrastrando con ella todas las sales minerales en disolución que se solidifican sobre los huesos al contacto con el aire de la cavidad.
El proceso es parejo o continuista al de la disolución (Fernández López 2000).
Este es un proceso químico muy frecuente en las cavidades calcáreas.
El dióxido de carbono atmosférico se disuelve en las aguas superficiales produciendo ácido carbónico que reduce el pH del agua.
Las aguas de escorrentía, que incrementan su acidez con los ácidos húmicos del suelo, entran en contacto con las rocas calizas.
Esta interacción produce bicarbonato cálcico, soluble en agua.
La evaporación de las gotas de agua que caen al suelo de cueva disminuye la presión del dióxido de carbono y el bicarbonato cálcico que contiene se transforma finalmente en carbonato cálcico (Botella et al. 1999: 182).
A partir del tipo de afección que presentaban los huesos se establecieron cuatro estadios de concreción (Fig. 5B):'Nula': la superficie del hueso está al descubierto sin concreción;'Leve': la concreción afecta a pequeñas zonas;'Superficial': la concreción cubre la mayor parte o toda la superficie, la costra es dura, consistente y adherida al hueso;'Por evaporación': la con-creción es extrema, recubre toda la superficie del hueso, y asciende en pequeños nódulos de costra.
Tasa de Fragmentación e Índice de Representación Anatómica
La Tasa de Fragmentación (TF) de todo el depósito arqueológico es de 1,7%, un índice relativamente bajo en comparación con los 1175 restos de taxonomía no identificable, pero presumible pertenencia a Homo sapiens, caracterizados por su pequeño tamaño y alta fragmentación.
Además, los huesos humanos con mayor número de restos con identificación anatómica incompleta (vértebras, costillas o falanges) pueden sesgar este resultado, al no haberse empleado para calcular el Número Mínimo de Elementos y la TF.
Sin embargo, los huesos densos como el cráneo y los huesos largos ofrecen una tasa suficiente para reconocer la alta fragmentación del depósito.
Teniendo en consideración estos factores, este índice sería superior y estaría parcialmente sesgado.
La TF (Fig. 6A) varía según la región anatómica.
El cráneo, la pelvis y el fémur son los elementos anatómicos más fragmentados del depósito con tasas por encima de 3.
Las tasas entre el 2 y el 2,5 de los huesos del brazo (húmero, cúbito, radio) y la tibia y el peroné también son considerables.
El resto de elementos anatómicos (tasas en torno a 1), apenas presentan fracturación.
El 16% del Índice de Representación Anatómica (IRA) del conjunto de la población registrada (20 individuos), indica la pérdida de casi el 85% del conjunto original depositado y señala la elevada atrición sufrida en el depósito arqueológico.
El IRA también muestra variaciones significativas a nivel anatómico (Fig. 6B) por lo que carece de un único patrón de representación.
Predominan los huesos menos densos como la rótula, el calcáneo, el astrágalo o el sacro que superan el 50% de la muestra.
Los huesos largos, el cráneo o los dientes, más compactos, se sitúan entre el 20-30% en general.
El índice de los elementos anatómicos axiales (clavículas, escápulas, costillas, vértebras y pelvis) y las falanges es todavía menor en torno al 10-20%.
Hay pues una representación significativa de huesos menos densos, los que suelen escasear en cualquier registro funerario, a costa de los más densos, como los huesos largos y el cráneo, más proclives a una mejor conservación y más llamativos o sugerentes para ser transportados y darles un segundo enterramiento.
Los datos ofrecidos por la TF y el IRA descartan que los fenómenos de conservación diferencial (Henderson 1987; Stodder 2008) sean los responsables de esta representación esquelética.
El hecho de que falte un único patrón de conservación y fragmentación sugiere una alteración antrópica del depósito sepulcral.
Los restos óseos se recuperaron esparcidos por toda la superficie del suelo de la cueva y sin aparente conexión anatómica pero nos encontramos ante un enterramiento primario múltiple caracterizado por inhumaciones primarias sucesivas.
La preponderancia ya comentada de huesos de menor tamaño y densidad sobre los huesos largos y el cráneo (que a su vez son los más fracturados) indica una serie inicial de ente-rramientos primarios sucesivos.
Después se pudo remover los restos limpiando el espacio sepulcral para dar cabida a nuevos deposiciones bien con la reagrupación de huesos, o hipotéticamente, con la extracción de los más representativos del esqueleto humano para darles una nueva inhumación en el exterior de la cueva.
La colección ósea de El Espinoso tiene un 85,2% de NR afectados por fracturación, erosión y pérdida del tejido óseo.
En particular, todos los huesos largos presentan fracturas en seco (Fig. 7): post-mortem recientes (61,4%), seguidas por las post-mortem antiguas (38,6%)8.
Falta la fracturación en fresco, característica de actividades carniceras humanas.
La fracturación post-mortem reciente puede producirse por alteración antrópica moderna, o durante el proceso de recogida, traslado y almacenamiento de los materiales.
Finalmente, la fracturación post-mortem antigua se relaciona con agentes naturales físico-químicos.
Predomina con gran diferencia el ángulo de fractura oblicuo (76,8%), seguido del mixto (16,4%) y recto (6,8%).
Destaca el tipo transversal de perfil de la fractura, relacionado con una fracturación causada por agentes físico-químicos (98%), sobre el curvado (2%), más propio de fracturaciones en fresco (Sala et al. 2015: 118).
El borde irregular (92,1%), relacionado con fracturas en seco, supera mayoritariamente al borde suave (7,9%), propio de fracturaciones antrópicas carniceras en fresco (Vila y Mahieu 1991: 40).
Por último, la circunferencia de la fractura de los huesos largos continúa la tónica dominante en el análisis.
Un 66,2% muestra la circunferencia completa, característica de las fracturaciones en seco (Vila y Mahieu 1991: 41).
Los resultados del análisis de la fracturación de los huesos largos de El Espinoso descartan cualquier manipulación antrópica relacionada con fenómenos de canibalismo, ya sea ritual o alimenticio, y demuestran que los agentes naturales físico-químicos y la alteración moderna del yacimiento son los responsables de este perfil de fracturación.
La total ausencia de marcas de corte en los huesos humanos corrobora estos resultados.
No obstante, el 12% de los 33 restos de fauna hallados junto a los restos humanos tiene marcas de corte y el 15% está fracturado en fresco.
Se desconoce si estos restos forman parte o no de algún tipo de ajuar u ofrenda funeraria.
Nuevas dataciones podrán aclarar la contemporaneidad de ambos conjuntos fósiles..2.2.
La proporción de termoalteraciones (variaciones de coloración) en el registro óseo del yacimiento es del 3,3% del NR.
No llegan al 1% de la colección las coloraciones marrón y negra (0,2% y 0,5% respectivamente).
No obstante, y a pesar de su baja intensidad (2,6% de los huesos), resulta llamativa la termoalteración definida como quemado por contacto con carbones o sedimentos quemados.
Este tipo de marcas aparece en 6 metatarsos, 4 cúbitos y 3 tibias, entre otros restos humanos distribuidos a lo largo del Sector B, y se hallaron carbones en sus zonas de procedencia.
Dos evidencias relacionan esta alteración tafonómica bien con un leve contacto directo del hueso con fuentes de calor o bien con carbones o sedimentos quemados que impregnarían el hueso posteriormente.
La primera es la localización de las huellas observadas en pequeñas zonas de cada resto óseo.
La segunda es la coloración negra generalizada en los escasos restos afectados por quemado, la cual sugiere unas temperaturas entre 300-350°C según los esquemas establecidos para las variaciones de coloración por Etxeberría (1994) y Fernández-Crespo (2016).
Como todas estas termoalteraciones se han producido "en seco" parece seguro que ocurrieron tras el depósito, una vez destruidas las partes blandas y paquetes musculares del cuerpo humano.
Con los datos ofrecidos sería aventurado afirmar que las termoalteraciones resultaran de algún ritual de inhumación relacionado con el encendido de hogares.
Sería más coherente conectarlas con iluminación utilizada durante la deposición de nuevos cadáveres o con la hipotética extracción de los cráneos y huesos largos de la cueva.
Es conocido el uso del fuego como iluminación o como estrategia profiláctica en cavidades con contextos funerarios (Lomba et al. 2009), pero sin dataciones ni estudios antracológicos de los carbones queda abierta su contemporaneidad o posterioridad al uso sepulcral de la cavidad..2.3.
Lo relevante es la escasez de estas huellas (punciones 0,3%; mordisqueo 0,4%; arrastres 0,2%), ninguna de las cuales llega al 1% del Fig. 7.
El Espinoso: análisis de la fracturación de los huesos largos. total de 12 huesos humanos afectados.
Pertenecen a cinco individuos diferentes.
Los elementos anatómicos varían desde huesos poco densos como el astrágalo, hasta huesos largos como el radio o la tibia, y varios fragmentos de pelvis y cráneo.
Estos datos llaman la atención por su debilidad estadística en el total de la muestra estudiada, considerando que los materiales estaban en superficie.
No obstante, podría explicarse por el acceso un tanto dificultoso a la cueva y por la ausencia de restos óseos de carnívoros en la misma.
Esta baja frecuencia también se puede deber al mal estado de conservación de los huesos debido a otros procesos naturales (disolución, concreción) que erosionaron o recubrieron la superficie ósea..2..
El mínimo pisoteo (0,7%) identificado en el conjunto osteológico de El Espinoso puede deberse a las razones antes expuestas: difícil acceso a la cavidad o mala conservación de los restos.
La elección de cuevas inaccesibles por los grupos humanos de la Edad del Bronce para dar sepultura a sus congéneres es algo atestiguado y puede suponer una barrera a animales o personas.
No obstante, la alta fragmentación de los restos puede relacionarse con las visitas contemporáneas a la cueva.
A veces, resulta difícil reconocer el pisoteo, pues otros agentes modificadores físicoquímicos también pueden estar detrás de estas fracturas.
Sin embargo, debe tenerse en cuenta en yacimientos donde el registro arqueológico está en superficie..2.5.
La distribución de los diferentes grados de meteorización en los restos humanos de El Espinoso permite discutir el origen de la acumulación ósea.
Un estadio preponderante en todos los huesos podría atribuirse a un episodio de tipo catastrófico, resultado de un mismo y rápido evento.
Es decir, el conjunto de las inhumaciones sería sincrónico.
Por lo contrario, una distribución mucho más heterogénea y diversa en grados de meteorización de la colección ósea apuntaría a un fenómeno diacrónico, es decir, a una acumulación paulatina de los huesos durante años.
Además habría que conocer los factores que pueden distorsionar la conservación y por tanto la interpretación de la colección.
Las circunstancias del enterramiento y las condiciones atmosféricas del lugar de deposición de los cadáveres pueden inhibir la presencia de otros estadios.
A la vez la existencia de diferentes microambientes en el yacimiento, generadores de variabilidad microclimática, pueden provocar procesos tafonómicos de diversa intensidad (Behrensmeyer 1978).
En El Espinoso se descarta la hipótesis de un único episodio de acumulación de los restos humanos, pues muestran todos los grados de meteorización y tres de ellos están bien representados (Fig. 8).
Como todos los huesos estaban a la intemperie, su alteración fue más importante que si hubieran estado bajo tierra.
No obstante, su depósito en una sala pequeña y difícilmente accesible de la cueva actuó como aislante frente los procesos que a menudo causan un mayor grado de meteorización (lluvia, sol, etc.).
En cambio, la humedad y la precipitación de agua con carbonato cálcico de manera constante en la cueva sí propició cierto grado de meteorización.
A la vista de los datos sobre los distintos grados de meteorización del yacimiento de El Espinoso, se propone una acumulación paulatina del depósito durante un período que podría abarcar varias décadas.
La datación absoluta de todos los individuos permitirá conocer con exactitud la dispersión cronológica del fenómeno funerario..2.6.
El 95% del NR de la colección está afectada por la disolución (Fig. 9A), un proceso muy habitual en ambientes kársticos, donde la humedad es alta y el carbonato cálcico está muy presente.
La precipitación de agua con carbonato cálcico sobre los huesos produce una fuerte deshidratación que erosiona de modo paulatino la superficie del hueso, volviéndole frágil y deleznable, con tintes blanquecinos.
Este proceso ha afectado con diferente intensidad a los materiales con ejemplos de disolución baja (19,5%), media (32,1%) y alta (44,2%).
Este esquema encaja perfectamente con el modelo de la meteorización y permite descartar por completo que un único episodio de inhumación fuese el causante de la acumulación de los restos..2.7.
El 70% del NR se ha visto afectado por fenómenos de concreción (Fig. 9B), cuyas variantes dependen del tipo de contacto del agua con los huesos.
El carbonato cálcico, impregnado en el sedimento o disuelto en el agua propició una concreción leve (26,8%).
Por otra parte, el agua que caía directamente sobre la superficie del hueso creó un tipo de concreción superficial (35,4%) en capas finas.
Finalmente, donde había un goteo continuo del agua sobre los huesos, se iba formando una costra más gruesa, transformada en concreción por evaporación (7,6%).
La concreción corrobora, pues, los resultados obtenidos por la meteorización y la disolución, aunque es necesario considerar la distribución espacial de los diferentes estadios de afección de cada alteración tafonómica para conseguir una visión homogeneizadora del proceso.
Los huesos humanos estudiados se agrupan en los recovecos y paredes de los márgenes de la Sala de los Muertos.
En su centro (único espacio lo bastante alto y ancho para estar erguido) los restos humanos son una excepción.
Más que en una conservación diferencial, resulta coherente pensar que fuera un área de tránsito y frecuentación durante el uso funerario de la sala.
De los Sectores A y B proceden el 22,2% y 42,3% de los huesos respectivamente.
Finalmente, los huesos del Sector C representan el 32,2% del total pero, en proporción, son de menor tamaño y hay menos identificables.
Como posibles causas de desplazamiento de los restos hacia las paredes se plantean las siguientes situaciones: a) El grupo o grupos humanos que inhumaban allí a sus muertos aprovechaban los recovecos naturales de la cueva para dar cobijo a los distintos individuos.
Estos "nichos" actuarían a modo de tumbas, dando un espacio de protección a los restos de los difuntos. b) En las continuas deposiciones a lo largo del tiempo se fueron desplazando o reagrupando los restos óseos de los individuos allí depositados hacia las paredes de la cavidad para dar cabida a otros nuevos, incluso extrayendo algunos de la cueva. c) La percolación del agua sobre los huesos pudo propiciar en momentos de lluvias ex-tremas la remoción de alguno que quedarían atrapados en los recovecos de menores dimensiones de la sala mortuoria. d) Las visitas modernas a la cueva influyeron aún más en la dispersión de los huesos hacia los márgenes de la cavidad, dejando un "pasillo transitable" en los espacios centrales de ambos Sectores.
Desde un primer momento se pensó en la posibilidad de una afectación diferencial de los procesos tafonómicos diagenéticos en función de su localización espacial.
Dicha posibilidad se evaluó mediante un análisis espacial de la distribución (en NR) de cada estadio de disolución y concreción por cuadro de excavación (Fig. 10).
En el Sector A predomina la disolución alta y hay concreción superficial y por evaporación (tonos rojizos y naranjas) por lo que los huesos están mas alterados que en los Sectores B y C. En el Sector B la disolución es media baja y no hay concreción (tonos mostazas y amarillos).
Así pues, el Sector A sería el más proclive a haber tenido mayor contacto con el agua.
En resumen, los Sectores A y B con los hallazgos más importantes en términos cuantitativos y cualitativos se solapan en cierta medida con las dos zonas tafonómicas definidas en función de los grados de disolución y concreción observados.
El Sector C, el siguiente en restos óseos, tiende a tipos de disolución y concreción más cercanos a los del Sector B. Estas divergencias en el impacto de los procesos tafonómicos explican la variabilidad en la conservación de los restos.
Este trabajo es pionero en varios sentidos.
Estudia El Espinoso, el único enterramiento múltiple de la Edad del Bronce conocido hasta el momento en Asturias (cf. Sección 2), y lo hace de manera exhaustiva desde un enfoque tafonómico.
Este enfoque se propone como marco metodológico para el estudio de cuevas sepulcrales con inhumaciones depositadas en superficie, ya que la Tafonomía toma en consideración el conjunto de procesos naturales y antrópicos, bioestratinómicos y diagenéticos, que alteran los depósitos arqueológicos funerarios.
Se resumen a continuación las conclusiones e interpretaciones aportadas:
El acceso difícil a la cavidad de El Espinoso y la elección habitual por parte de los grupos humanos de la Edad del Bronce de lugares aislados para proteger a los inhumados del exterior sugiere el uso de andamiajes o escalas para subir los cadáveres a la cueva.
Una vez allí, el paso a la Sala de los Muertos debió requerir algún mecanismo de arrastre pues la galería de tránsito va reduciendo sus dimensiones hasta el punto de tener que reptar para llegar a dicha sala.
Las pocas marcas de pisoteo y de carnívoros son ejemplos de esta inaccesibilidad.
El predominio de huesos de menor tamaño y densidad que los habituales en enterramientos secundarios en la representación esquelética indica que se trata de un enterramiento primario de carácter múltiple.
Las inhumaciones primarias se fueron sucediendo durante un periodo de tiempo prolongado, dados los heterogéneos grados de meteorización de los huesos.
Nuevas dataciones de diversos individuos ayudarán a confirmar o refutar la sincronía o diacronía del evento.
El tipo de termoalteraciones observadas en algunos huesos señala su posterioridad al depósito y, por tanto, su posible relación con la iluminación empleada cuando volvía a utilizarse el espacio sepulcral, descartando a priori que formase parte del ritual de inhumación.
La ausencia de marcas de corte en los huesos excluye cualquier tipo de fenómeno de canibalismo o descarnado de los cadáveres.
Los datos extraídos de la TF y del IRA respecto al tipo de huesos más representados y más fracturados explican la escasez o ausencia de los restos más densos.
Estos resultados sugieren que los cráneos y huesos largos eran extraídos de la cueva para darles un segundo enterramiento.
El análisis de las fracturas de los huesos denota su posterioridad al momento del depósito y los conecta con procesos diagenéticos físicoquímicos (fracturas post-mortem antiguas) y con la alteración humana reciente del yacimiento (fracturas post-mortem recientes).
El análisis espacial de la disolución y la concreción en los huesos revela que estas alteraciones tafonómicas, originadas por las diferentes condiciones ambientales existentes en cada zona, tienen un impacto diferencial sobre el depósito.
Las catas y remociones realizadas por buscadores de tesoros, la extracción de los elementos de adorno del ajuar funerario y la alta fracturación post-mortem reciente de los huesos prueban la alteración antrópica contemporánea del yacimiento y advierten de las escasas medidas de protección y conservación con las que cuenta.
El exhaustivo estudio tafonómico efectuado ha permitido reconstruir la historia tafonómica de la acumulación ósea.
Los individuos eran sepultados al abrigo de la cavidad en un lapso de tiempo prolongado.
Para ello se valían de los diferentes recovecos y nichos naturales de la cueva, redistribuyendo el espacio sepulcral si nuevas inhumaciones lo hacían necesario.
Más tarde, las alteraciones naturales y antrópicas del yacimiento fueron removiendo el material hasta dejarlo en la posición actual.
Finalmente, El Espinoso se añade a otras cuevas sepulcrales con depósitos en superficie conocidos en el Oriente de Asturias como El Toral III, El Bufón, La Llana y Fuentenegroso.
Las cronologías de estos yacimientos abarcan desde el Neolítico Final/Calcolítico Inicial hasta el Bronce Final/Hierro Inicial, lo que plantea la posible existencia de una tradición funeraria en esta región durante al menos dos milenios.
Este artículo arranca del Trabajo Fin de Máster del primero de los autores, elaborado en la Universidad de Cantabria y en el Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria (IIIPC).
En especial, se agradece la consulta de la colección de referencia de su Laboratorio de Bioarqueología.
Eduardo Palacio realizó las imágenes en el propio yacimiento.
Nuestro reconocimiento también al Laboratorio de Evolución Humana de la Universidad de Burgos y al Dr. J. M. Carretero, que de manera desinteresada permitió una estancia de investigación en dicho centro muy útil para la ejecución del trabajo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
El yacimiento de Setefilla está ubicado en la orilla derecha del arroyo Guadalbacar, uno de los afluentes del río Guadalquivir (Fig. 1).
Comprende un longevo poblado fundado en el Bronce Medio 1 y una extensa necrópolis ubicada a unos 900 m en línea recta del mismo, cuya ocupación principal se adscribe al Hierro Antiguo.
El poblado se encuentra en el extremo septentrional de la Mesa de Setefilla, una meseta que forma parte de las estribaciones meridionales de Sierra Morena.
Sobre la Mesa en la actualidad existen una ermita y las ruinas de un castillo medieval.
La localización geográfica permitía controlar el tráfico en el valle del Guadalquivir y facilitaba acceso al interior de la Península Ibérica a través de la Sierra Morena.
La necrópolis, próxima al poblado pero al exterior de la Mesa, consta de unos catorce túmulos conocidos y varias tumbas aisladas, fuera del ámbito de los túmulos, cuyo número exacto se desconoce 2.
Setefilla con su poblado y necrópolis asociada es uno de los yacimientos emblemáticos de la llamada "cultura tartésica" a la que nos referiremos como "Complejo Orientalizante del Suroeste" (COSO) (un resumen del debate terminológico en Brandherm 2016: 180-183).
Durante el siglo XX Setefilla fue objeto de varias intervenciones arqueológicas, sobre todo por parte de Jorge Bonsor y María Eugenia Aubet.
La cantidad de datos que han aportado las excavaciones realizadas en la necrópolis, junto con el detallado estudio tipológico y cuantitativo de los materiales convierten este yacimiento en un sitio clave para abarcar un amplio abanico de cuestiones relacionadas con el 2 Según Bonsor y Thouvenot (1928: 31-35, también fig. 4) había 5 tumbas prerromanas y 6 romanas pero esta información puede ser imprecisa.
La delimitación de los túmulos por los primeros excavadores no siempre fue correcta y, en opinión de Aubet (1997: 165), se mezclaron gran número de materiales.
Además, Bonsor y Thouvenot no exploraron toda el área arqueológica por lo que cabe suponer que haya más tumbas individuales en la necrópolis de Setefilla.
Desde los inicios de los trabajos resultaba problemático establecer la cronología de las tumbas a partir de la estratigrafía y la tipología de los artefactos.
Este trabajo intenta resolver algunos de esos problemas básicos relacionados con la necrópolis de Setefilla.
HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES
Jorge Bonsor, intentando encontrar la antigua Axati, exploró la zona de la Mesa de Setefilla en 1889.
Correctamente la adscribió a la llamada cultura tartésica y, basándose en las importaciones de carácter oriental, estableció su cronología entre los siglos VII-VI a.C. M.a E. Aubet (1973) estudió los materiales de esas excavaciones que se salvaron de la guerra civil española y en 1973 empezó a excavar el túmulo A (Aubet 1975).
Estos trabajos establecieron una secuencia ininterrumpida desde 3 Destacamos entre los estudios inéditos sobre la necrópolis de Setefilla: Czarnetzki, A. s/a: Die Leichenbrandreste aus dem Tumulus A und B von Setefilla, Andalusien.
Barcelona Izquierdo Egea, P. 1989: El horizonte orientalizante en el Mediterráneo occidental.
Aproximación a la reconstrucción económica y social de las comunidades tartésicas de los ss.
VIII-VI a.C. Trabajo de Investigación de Doctorado inédito, Universitat Autónoma de Barcelona.
Bellaterra; Delgado Hervás, A. 2002: De guerreros a comerciantes: poder e intercambio en las comunidades del Bronce Final de Andalucía occidental.
Barcelona. el Bronce Medio hasta el periodo ibérico y demostraron la relación entre el poblado y la necrópolis.
Krueger ( 4, 2016) estudió las cuestiones sociales relacionadas con la comunidad de Setefilla.
Setefilla era también uno de los yacimientos claves del proyecto que ha financiado el presente trabajo.
LAS ESTRUCTURAS FUNERARIAS DEL TúMULO A
En el túmulo A (28 m × 29 m) se localizaron 66 tumbas: 41 en la necrópolis de base, 4 depositadas en la fase de la construcción de la cámara funeraria o poco después, la propia cámara funeraria que, aunque apareciera vacía es el monumento funerario por excelencia, y 20 tumbas localizadas por encima de la necrópolis de base, pero aun no en el relleno.
Es de suponer que situado en el cuadrante suroriental del respectivo círculo funerario (Fig. 2A).
Sin embargo no nos atrevemos a defender la existencia de una "fase 0" (¿pre-círculo funerario?) sólo a partir de este hecho.
En la fase II solo se edificó la cámara central.
Posiblemente fue expoliada ya en la Antigüedad o durante la Edad Media, puesto que se encontraron en su interior fragmentos de cerámica medieval.
Lo relevante para nuestro estudio son las implicaciones que tuvo la edificación del monumento para la estructura del túmulo A y el motivo de su construcción.
La cámara supuso la destrucción de las tumbas que estaban dispersas en el centro del túmulo como atestiguan A25 y A63, que aparecieron afectadas justo por debajo de la cámara.
Puede haber más tumbas bajo los muros de la cámara, puesto que esta no ha sido derrumbada durante las excavaciones.
No hay posibilidad de encontrar otros restos arqueológicos en la cámara.
Como el suelo está a 80 cm por debajo del estrato correspondiente a la necrópolis, si hubiera habido tumbas in situ, habrían sido extraídas durante el proceso de la excavación del interior.
De todos modos, puede que algunas urnas registradas por Aubet al nivel del terreno natural en el exterior de la cámara corresponden a tumbas exhumadas en la excavación de su recinto interior y redepositadas antes de la edificación del propio túmulo (véase abajo).
La fase III se caracteriza sobre todo por la construcción de dos muros adosados a la cámara: uno, de considerable grosor, tapa la entrada y otro refuerza la pared oriental.
En el mismo momento se depositaron cuatro urnas (A12 a A14, A24) por encima del estrato de la necrópolis de base.
No se han detectado cambios estilísticos en sus ajuares.
Es posible que se trate de urnas exhumadas en la excavación del interior de la cámara durante la fase II, y redepositadas al exterior de la cámara con más cuidado que él reservado al contenido de las tumbas destruidas en las remociones de tierra que debieron tener lugar durante la construcción del propio túmulo.
La determinación radiocarbónica obtenida a partir del material óseo procedente de la urna A13 con alguna probabilidad es más antigua que la mayoría de las tumbas de la necrópolis de base.
Por ello, esta segunda posibili-dad quizás resulta más verosímil que el escenario propuesto en su momento por Aubet (1975: 72).
Discutiremos más abajo las posibles razones para un tratamiento diferente de las tumbas exhumadas en la excavación del interior de la cámara frente a las destruidas en las remociones de tierra posteriores.
Este escenario, de todos modos, significaría que no hay ningún desfase temporal entre la fase III y la fase II.
La fase IV está relacionada con la construcción de la gran cubierta tumular.
La presencia de las urnas con sus respectivos ajuares y restos óseos es una de las cuestiones más interesantes de la necrópolis de Setefilla.
Se trata de un material revuelto y destruido, a primera vista, sin indicios de haber sido tratado con respeto.
LAS ESTRUCTURAS FUNERARIAS DEL TúMULO B
El túmulo B se diferencia del túmulo A por sus menores dimensiones (17 m × 15 m) y por la bastante clara situación estratigráfica de las 33 tumbas que Aubet (1978) registró durante sus excavaciones.
De la fase 1, correspondiente a la necrópolis de base, se conocen hasta 31 urnas funerarias provenientes de 30 tumbas (la tumba 12 tiene dos urnas).
La tumba descubierta por Bonsor en el túmulo B se corresponde con la tumba 17 por lo que, en este caso, se debe considerar el vaso à chardon como urna (Fig. 2B).
Aubet (1978: 167) menciona sólo 3 tumbas (B10, B20, B21) de la fase II, localizadas en el estrato III del túmulo, por lo que deberían ser posteriores a todas las tumbas de la necrópolis de base.
De cualquier forma, la documentación estratigráfica disponible no permite descartar con certeza absoluta que algunas de las 31 tumbas asignadas a la necrópolis de base pertenecieran a esta fase más reciente.
Del relleno tumular procede una considerable cantidad de cerámicas, bronces y huesos calcinados.
Ello puede significar que se utilizaron tierras procedentes de otro sector de la necrópolis de base en la construcción del túmulo (Aubet 1978: 166).
INTRODUCCIÓN A LAS CUESTIONES CRONOLÓGICAS
La cronología del Bronce Final y Hierro Antiguo en el valle del Guadalquivir provoca largas disputas.
El debate concierne al comienzo de la llamada cultura tartésica y a la cronología de sus yacimientos principales, entre los que se encuentra la necrópolis de Setefilla.
Hace casi treinta años, cuando no había dataciones precisas de otros sitios arqueológicos y el conocimiento del periodo orientalizante era incomparablemente peor que hoy en día, se pensaba que la cronología de los túmulos A y B de Setefilla oscilaba entre el siglo VII y el VI a.C. (Aubet 1975(Aubet: 153, 1978: 222): 222).
En la actualidad, se percibe la necrópolis de Setefilla, entendida como un lugar de enterramiento sin diferenciar las entidades concretas, como una fundación del Bronce Final, o incluso anterior (Aubet 1997: 170).
Tanto en el túmulo A como en el túmulo B hay tumbas con ítems pertenecientes a la cultura material del Bronce Final.
Además esos enterramientos no contienen artefactos de tradición fenicia, ni otros objetos típicos de la Edad del Hierro, como por ejemplo cuchillos afalcatados.
Lo que presenta una enorme dificultad es la situación cronológica del túmulo B. Desde la publicación de la memoria de la excavación (Aubet 1978) se ha considerado algo posterior al túmulo A. El argumento más consistente para defenderlo es la morfología de los cuencos en los que desaparece progresivamente la carena (Aubet 1978: 222).
Sin embargo, como veremos más adelante, esta supuesta secuencia en la ocupación funeraria de los dos túmulos no encaja muy bien con los resultados de nuestro programa de determinaciones radiocarbónicas.
De cualquier modo, se infiere de las memorias de excavación de la necrópolis de Setefilla (Aubet 1975(Aubet, 1978) ) que los materiales del túmulo A y túmulo B, aunque muy parecidos, presentan ciertas diferencias.
La más importante es que el perfil de los cuencos corresponde a estratos distintos en la Mesa de Setefilla5.
Resulta difícil basar la cronología absoluta en exclusiva en las semejanzas o diferencias entre materiales, puesto que los yacimientos que sirven como puntos de referencia tampoco tienen unas secuencias cronológicas del todo fiables.
La solución sólo puede consistir en utilizar métodos de datación absoluta, a pesar de los problemas que, por la forma de la curva de calibración, sufren las determinaciones radiocarbónicas en el intervalo temporal entre 760 y 400 cal AC.
En su momento en Setefilla se hicieron cuatro determinaciones radiocarbónicas sobre carbón vegetal, procedentes de los estratos IX a XIV del Corte 3 del poblado (Aubet et al. 1983: 48-49), pero, hasta que emprendimos nuestro programa de investigación no se disponía de dataciones absolutas relacionadas con la necrópolis.
Este vacío se debe principalmente a las dificultades persistentes para obtener determinaciones radiocarbónicas fiables sobre hueso cremado.
Esta situación empezó a cambiar tan sólo a partir de inicios de los años 2000, pero todavía se corresponde con una escasa representación de contextos fechados del Bronce Final y de inicios de la Edad del Hierro entre las determinaciones disponibles para el Sudoeste de la Península Ibérica en general (García y Odriozola 2012).
EL NUEVO PROGRAMA DE DETERMINACIONES RADIOCARBÓNICAS
Los avances logrados durante los últimos 20 años en la aplicación de la analítica radiocarbónica a la materia ósea cremada han hecho posible el programa de determinaciones radiocarbónicas sobre restos humanos de la necrópolis de Setefilla, cuyos resultados se presentan en estas páginas.
Dicho método se diferencia de otros enfoques analíticos en varios aspectos importantes.
En los huesos no alterados por el proceso de cremación se aprovecha el colágeno que forma la parte orgánica del tejido óseo para efectuar las determinaciones radiocarbónicas.
En cambio, en los restos óseos cremados se utiliza la bioapatita, un fosfato de calcio que constituye el componente principal de la parte mineralizada de la matriz ósea, debido a la descomposición química que sufre el colágeno una vez expuesto a una temperatura superior a 500-600oC.
La dificultad del método consiste en que la bioapatita queda fácilmente contaminada por carbonatos procedentes del medio pedológico.
Por ello, durante mucho tiempo se ha considerado inadecuado para obtener dataciones radiocarbónicas fiables.
Eso solo empezó a cambiar a finales de los años noventa cuando un equipo del laboratorio de radiocarbono de la Universidad de Groninga consiguió demonstrar que la recristalización que sufre la bioapatita a partir de una temperatura de 600-700oC puede eliminar el riesgo de este tipo de contaminación postdeposicional (Lanting y Brindley 1999; Lanting et al. 2001).
El método sigue contando con una serie de limitaciones, pero su fiabilidad fundamental enseguida fue verificada también por otros laboratorios y hoy en día está fuera de duda (Naysmith et al. 2007).
Los protocolos de laboratorio empleados en el marco de nuestro programa de determinaciones radiocarbónicas se detallan en Reimer et al. (2015).
El programa que presentamos en este trabajo constituye el primer intento de aplicar este método de una manera sistemática y extensiva al mundo funerario del Bronce Final y Hierro Antiguo en el ámbito geográfico del Sudoeste peninsular.
Hasta el momento, solo se disponía de dos dataciones sobre biopatita procedentes de la necrópolis de Medellín (Almagro Gorbea et al. 2008: 875).
Estrategia y problemas del muestreo
La decisión de centrar nuestro programa de investigación en la necrópolis de Setefilla se debe a la riqueza de su registro y a su posición cronológica en la transición Bronce Final/Hierro Antiguo.
En un principio se buscaba un muestreo completo, o sea, obtener una determinación radiocarbónica para cada una de las tumbas de incineración documentadas en la excavación de los túmulos A y B con material de muestra adecuado.
El objetivo principal de esta estrategia era superar algunos de los problemas provocados por el tramo relativamente llano que caracteriza la curva de calibración entre 760 y 400 cal AC, la llamada "meseta de Hallstatt" o anomalía de Vries IIIb (Taylor et al. 1996: 663 fig. 3A).
Esta meseta resulta en una falta de precisión en las dataciones calibradas que caen en este intervalo, y limita severamente la resolución cronológica que se puede lograr para el período correspondiente (Fig. 3).
De todas formas, la meseta de Hallstatt no es completamente llana.
En concreto entre 760 y 650 cal AC luce algunas oscilaciones que, en principio, dado un número suficiente de dataciones de alta precisión, ancladas en datos estratigráficos o en una seriación estadística de ajuares, se pueden aprovechar para superar -hasta cierto punto-los efectos negativos de la meseta de Hallstatt (Manning y Weninger 1992: 638-647; Christen y Litton 1995: 721-723).
Al final, en nuestro caso no logramos poner en práctica este método porque la mayoría de los resultados del análisis radiocarbónico carecían de los requisitos necesarios respecto al número de determinaciones fiables, a su incertidumbre de medición y a la posibilidad de establecer la posición de los respectivos ajuares en una secuencia relativa.
Dos factores principales limitaron la disponibilidad de material de muestra de las 99 tumbas en cuestión, reduciendo a 27 las que se podían incluir en el programa, El primero fue que no todas las tumbas contaban con una cuantidad de materia ósea suficiente.
En las excavaciones de los años setenta no se registraron restos óseos en 12 de las tumbas del túmulo A, sin contar la cámara principal violada, mientras que en el túmulo B un par de tumbas no contenían material óseo.
Aparte de estos aparentes cenotafios, en varias tumbas más se registró una cantidad muy escasa de huesos.
Según la documentación disponible, en ninguna tumba se encontraron los restos completos del individuo.
Claramente en los túmulos A y B de Setefilla los huesos depositados en urna representan tan sólo una pequeña muestra del esqueleto cremado.
Este fenómeno de enterramientos simbólicos también se ha observado en otras necrópolis de incineración coetáneas (Kalb y Höck 1980: 101-104; Vilaça et al. 1999: 13, 29), pero aun así resultaba más pronunciado de lo que inicialmente se había esperado en el marco de nuestro proyecto.
En consecuencia, a veces simplemente no se contaba con materia ósea suficiente para emprender una determinación radiocarbónica.
Por motivos de conservación tampoco se incluyeron en el muestreo las tumbas donde la mínima cantidad de hueso disponible hubiera significado su consumo total en el proceso de analítica.
Otro factor limitador del número de determinaciones radiocarbónicas viables era la calcinación incompleta de buena parte del material óseo disponible.
Sólo un hueso suficientemente calcinado, donde la bioapatita ha experimentado una recristalización completa permite evitar el peligro de contaminación postdeposicional por carbonatos exógenos.
Por lo tanto, ya en una primera revisión de materiales en el Museo Arqueológico de Sevilla, se preseleccionaron las muestras según aspectos visuales indicativos del grado de calcina- preguntas sobre las condiciones en que se realizaron las incineraciones y sobre los criterios de selección de los restos a depositar.
Este tema, sin embargo, no constituye el foco del presente estudio.
Para compensar el alto número de conjuntos eliminados de los túmulos A y B de Setefilla, también se presenta en estas páginas una tumba de incineración de Monte de São Domingos (Malpica do Tejo, Castelo Branco) y otra de Rabadanes (Las Cabezas de San Juan, Sevilla), que forman parte de las incluidas en nuestro programa de in- Tab.
Listado de las muestras procedentes de las sepulturas de los túmulos A y B de Setefilla (Lora del Río, Sevilla) en el marco del proyecto "Los inicios de la Edad del Hierro en el Sudoeste de la Península Ibérica: cronología e cultura material".
La procedente de la tumba 1 de Rabadanes salió con un IC de 4,9 y es la única muestra en nuestro programa cuyo valor IC es inferior al del umbral de 5,0.
Como no se conserva material óseo de los demás conjuntos de la necrópolis de Rabadanes, había que elegir entre una datación cuya fiabilidad estaba mínimamente reducida o que el yacimiento careciera por completo de datación.
Los resultados de la analítica
La gran mayoría de las nuevas determinaciones radiocarbónicas para las tumbas de Setefilla responde a las expectativas convencionales para contextos atribuibles a la transición Bronce Final/ Hierro Antiguo y al período orientalizante del Sudoeste peninsular, cubriendo sobre todo los siglos VIII y VII cal AC.
Solo algunos de los resultados caen fuera de este intervalo previsto (Tab.
2), algo que no es atribuible a posibles contaminaciones ya que se tomaron las máximas precauciones para evitarlas durante todo el proceso del muestreo.
La determinación radiocarbónica obtenida a partir del material óseo de la tumba B8 entre los siglos IV y II cal AC resulta rotundamente incompatible con la tipología de los dos recipientes cerámicos que constituyen su ajuar (Aubet 1978: 184, fig. 14).
Como esta anomalía no es fácilmente explicable no queda más remedio que excluir este resultado atípico de las consideraciones que en estas páginas vamos desarrollando.
Es poco probable que estos tres resultados sean erróneos, dado que las tres tumbas se asocian a urnas bicónicas y un creciente número de análisis radiocarbónicos de otros yacimientos hacen necesario revisar la cronología convencionalmente atribuida a esta categoría de productos alfareros.
Desafortunadamente, las tres tumbas no contenían más ajuar que las urnas bicónicas, cuya escasa asociación con otros materiales también se observa en otros yacimientos funerarios del Sudoeste peninsular (Murillo et al. 2005: 27-31).
La desventura que implica la meseta de Hallstatt hace difícil refinar la cronología interna de los túmulos A y B durante el respectivo intervalo de tiempo sobre la base de las determinaciones radiocarbónicas.
Sin embargo, los nuevos datos permiten una serie de conclusiones tanto sobre la evolución de la necrópolis de Setefilla como sobre la cronología del Bronce Final y Hierro Antiguo del Sudoeste peninsular en general.
Los respectivos argumentos se desarrollarán de una manera detallada en el siguiente apartado.
Antes de entrar en la discusión pormenorizada de los resultados de nuestro programa queda subrayar que faltan condiciones para una modelación válida de las nuevas determinaciones radiocarbónicas de Setefilla basadas en la estadística bayesiana (Bronk Ramsey 2009; Bronk Ramsey et al. 2010).
Ello se debe a la naturaleza del contexto de las muestras con múltiples casos de redeposición secundaria de urnas y ajuares -no siempre muy evidentes-y la consiguiente falta de una inequívoca ordenación estratigráfica, así como a la distribución de los resultados de la analítica sobre la curva de la calibración.
En este apartado pretendemos discutir primero el potencial de las nuevas determinaciones radiocarbónicas para resolver cuestiones de la cronología interna de los túmulos A y B. En segundo lugar abordaremos la relación cronológica entre la necrópolis y el poblado de Setefilla, y finalmente debatiremos las repercusiones generales de las nuevas determinaciones sobre la cronología del Bronce Final y Hierro Antiguo en el Sudoeste peninsular.
En lo que atañe el periodo de uso de los dos túmulos, resulta evidente con los nuevos datos de nuestro programa de investigación que la ocupación funeraria del túmulo A en su fase I, la necrópolis de base, comienza ya en pleno II milenio, más concretamente en el intervalo entre 1217 y 1023 cal AC, marcado por la tumba A47.
La determinación radiocarbónica de la tumba A5 posiblemente indica una fecha aún más temprana, con un intervalo entre 1377 y 1004 cal AC.
Sin embargo destacamos que esta urna forma parte del conjunto de materiales redepositados durante la fase IV del monumento, correspondiendo a la construcción de la gran cubierta tumular.
Sin embargo la mayor parte de las tumbas del túmulo A, tanto las de la necrópolis de base como las redepositadas en la cubierta tumular, son posteriores al final del siglo IX cal AC.
Entre ellas, las determinaciones radiocarbónicas de las tumbas A13 y A52 con un cierto grado de probabilidad se colocan en un momento anterior a la "meseta de Hallstatt" en la curva de calibración, o sea, antes de mediados del siglo VIII cal AC (Tab.
2; Fig. 3), aunque no se pueden descartar por completo fechas algo más recientes.
El resto de las determinaciones radiocarbónicas del túmulo A con bastante probabilidad también caen en el siglo VIII o en los inicios del siglo VII cal AC.
Descartamos fechas en los siglos VI y V cal AC que son perfectamente posibles desde el punto de vista estadístico en la mayoría de los casos, pero más bien imposibles desde la perspectiva de su cultura material.
En este contexto hay que llamar la atención sobre la posición estratigráfica de la tumba A13, que permite su atribución inequívoca a la fase III del túmulo, o sea al momento de la construcción de los dos muros adosados a la cámara, inmediatamente anterior a la construcción de la gran cubierta tumular.
Como indicamos más arriba, Aubet (1975: 72-73), aunque hacía hincapié en que ni el ajuar de la tumba A13, ni los de las tumbas A12, A14 y A24 halladas en la misma situación estratigráfica se distinguían de los ajuares asociadas a la necrópolis de base, suponía que la datación de estas cuatro tumbas era más reciente que la de la necrópolis de base Sin embargo, la probable atribución de la tumba A13 a un momento anterior a mediados del siglo VIII cal AC hace pensar en un eventual reentierro de estas cuatro urnas, quizás exhumadas de su posición original en el centro del círculo funerario durante la excavación del espacio interior de la cámara en la fase II.
Si fuera así, implicaría una fecha muy temprana para el plato de bar-niz rojo que forma parte del ajuar de la tumba A13 (Aubet 1975: 84 fig. 19).
Aubet (1975: 72) ya dedujo la redeposición secundaria en la cubierta tumular de los conjuntos funerarios, atribuibles por su posición estratigráfica a la fase IV del monumento.
Se basó en el estado volcado y disperso de las respectivas urnas y demás elementos de ajuar, tanto como en su aparente contemporaneidad -en términos de su cronología relativa-con los ajuares de la necrópolis de base.
Las cuatro determinaciones radiocarbónicas ahora disponibles para este grupo de tumbas (A5, A8, A10, A11) concuerdan plenamente con esta interpretación.
Ya arriba se mencionó que la determinación radiocarbónica de la tumba A5 es la más temprana de toda la necrópolis, precediendo a la mayoría de las tumbas de la necrópolis de base debajo del túmulo A. Su probable origen, como el de las demás tumbas redepositadas en la cubierta del túmulo, habrá que buscarlo entonces en otra parte de la necrópolis, destruida en la remoción de tierras ocasionada por la construcción del túmulo A.
La fecha más antigua para la ocupación funeraria del túmulo B se puede deducir de la determinación radiocarbónica de la tumba B18, y cae en el intervalo entre 1116 y 916 cal AC, coetáneo o ligeramente posterior a la fecha más antigua de la necrópolis de base del túmulo A. Las demás determinaciones radiocarbónicas del túmulo B también indican dataciones similares a las de la mayoría del túmulo A, pero la proporción de determinaciones que con un alto grado de probabilidad preceden el inicio de la "meseta de Hallstatt" resulta bastante más elevada que en el caso anterior (B2, B23, B26, B27, B29).
La consecuencia es la dificultad de mantener la sucesión cronológica que supusieron Aubet et al. (1996: 146) entre las ocupaciones orientalizantes de la necrópolis de base de los dos túmulos, o mejor dicho círculos funerarios.
Estos autores plantearon una primacía de la ocupación orientalizante del círculo funerario A sobre la del B que las determinaciones radiocarbónicas no apoyan.
En efecto entre las dos tumbas de la necrópolis de base atribuibles al Bronce Final que ahora disponen de fechas radiocarbónicas (A47, B18), la procedente del círculo funerario A pudiera resultar anterior a la del círculo funerario B. Sin embargo no se puede decir lo mismo de la ocupación orientalizante.
Según los nuevos datos incluso parece plenamente posible que la ocupación orientalizante del círculo funerario B preceda la del círculo funerario A (Tab.
Según ellos, tampoco se pueden mantener ya, evidentemente, las fechas absolutas atribuidas por Aubet et al. (1996: 146) a las tumbas de los dos monumentos: entre finales del siglo VIII y mediados del siglo VII para el círculo funerario A, y abarcando todo el siglo VII para el círculo funerario B. Esto no afecta a sus observaciones acerca de las diferencias entre los ajuares de los dos círculos funerarios que siguen siendo acertadas, pero deberán reinterpretarse a la luz de los nuevos resultados cronológicos.
También queda destacar que, a pesar de las complicaciones que supone la anomalía en la curva de calibración entre ca.
760 y 400 cal AC, la única determinación radiocarbónica atribuible a una tumba de la fase II del túmulo B (B20) efectivamente demuestra una ligera tendencia hacia fechas más recientes que los correspondientes valores de la necrópolis de base, sin que quepa sacar de ello conclusiones más concretas.
No disponemos de determinaciones radiocarbónicas para la muy considerable cantidad de cerámicas, bronces y huesos calcinados encontrados en el relleno del túmulo B. Es posible que estos materiales fueran depositados voluntariamente y por primera vez en el túmulo B sin destruir tumbas de otro sector de la necrópolis.
La práctica de fragmentar cuerpos y recipientes cerámicos es dominante en el paisaje funerario de Setefilla y, por lo tanto, la presencia de materiales desbaratados perfectamente cuadra con los rituales de fragmentación documentados en la necrópolis de base.
Sin embargo, tampoco se puede descartar que, como seguramente sucede con las urnas redepositadas en la cubierta tumular del monumento A, esta impresionante cantidad de elementos individuales encontrados en el relleno de los dos túmulos proceda de la remoción de tierras de otros sectores de la necrópolis de base.
En cualquier caso se trata de un fenómeno que merece una discusión más profunda.
La práctica de aprovechar las tierras procedentes de otras zonas de la misma necrópolis pero con diferencias tipológicas mínimas, se observa raramente en el ámbito del COSO, pero esta constatación está relacionada con el reconocimiento arqueológico de la zona.
Por ejemplo, en el túmulo 1 de Las Cumbres se observó material cerámico numeroso y restos de huesos cremados (Ruiz Mata y Pérez 1989: 290) y en el túmulo L de Acebuchal los materiales contenidos en el relleno del túmulo eran considerablemente más antiguos que los materiales de su núcleo.
M.a E. Aubet, basándose en la descripción de J. Bonsor (1899: 27), argumenta que la tierra que formaba el túmulo L "contenía gran cantidad de huesos de animales, cenizas y fragmentos de cerámica, al parecer calcolítica, lo que significa que para su construcción se desbarató también alguna zona de necrópolis o de hábitat cercanos" (Aubet 1982a: 60).
Sin embargo, y al contrario de lo que se observa en el túmulo A de Setefilla, no hay indicios de la destrucción de alguna tumba más antigua.
M.a R. Serna (1989: 52) retomó el tema proponiendo que los materiales anteriores estuvieran relacionados con la destrucción del estrato campaniforme inferior (cf. Sánchez 1994: 144).
Resulta entonces difícil descifrar el significado del acto de remoción de tumbas de otros sectores de la necrópolis de base y de su redeposición en la cubierta del túmulo A. Por un lado parece perfectamente posible que se trate de un acto pragmático, que no modifica el valor y la posición simbólica de las tumbas recolocadas.
En esta perspectiva, la presencia de tumbas destruidas de la fase IV y otras encontradas en el relleno del túmulo seguiría la misma pauta de fragmentar los objetos (cf. Chapman 2000; Chapman y Gaydarska 2007) para subrayar el hecho de que la persona está muerta.
De modo similar en Polonia durante la Edad Media y poco después se rompían armas, banderas, sellos, escudos y otros objetos personales pertenecientes al muerto de alto rango social (Chros ́cicki 1974).
La destrucción intencional de elementos del ajuar funerario también consta en otros ámbitos culturales, como por ejemplo en el Bronce Inicial de Anatolia (Zimmermann 2010).
Por consiguiente, sería de suponer que las tumbas desbaratadas de la fase IV y del relleno de túmulo A tienen el mismo valor y posición simbólica que los enterramientos de la necrópolis de base.
Lo importante habría sido recibir un adecuado tratamiento funerario (incineración) y situarse dentro del espacio sagrado, es decir, dentro del espacio compuesto por el túmulo 7.
El estado fragmentario de algunos ajuares de la necrópolis de base pudiera favorecer esta interpretación.
Diversos hechos pudieran llevarnos a suponer una discriminación intencional favorable a la necrópolis de base respecto a otros sectores funerarios.
Uno es el mayor grado de fragmentación en los ajuares de la cubierta tumular que en los de la necrópolis de base.
Otro es el tratamiento más cuidadoso que recibieron las urnas redepositadas en la fase III del túmulo A, y probablemente procedentes de su círculo funerario antecesor, respecto a las encontradas en el relleno del mismo monumento, que habían de venir de otros sectores de la necrópolis.
Resulta tentador hipotetizar que la destrucción de uno o varios círculos funerarios de la necrópolis de base, durante la remodelación que supuso la construcción de los túmulos y la colocación de cámaras centrales en algunos de ellos, refleje cambios en la estructura social de la población.
Quizás algunos grupos de parentesco que utilizaban la necrópolis perdieron su posición anterior y su derecho a mantener un monumento funerario propio.
Sin embargo no siempre resulta fácil integrar estas interpretaciones, basadas en los cambios que durante el período orientalizante se observan en la estructuración del espacio funerario, con informaciones derivadas de otros sectores del registro arqueológico (cf. Ruiz et al. 2007; Beba 2008: 131-133).
También hay que tener en cuenta que la remodelación, por lo menos en las fases II-IV del monumento A, bien puede coincidir con un momento en que el uso de la necrópolis de base ya se había abandonado por completo.
Basándonos en las determinaciones radiocarbónicas no resulta posible fechar el final de la ocupación funeraria de ninguno de los dos túmulos investigados.
Ahora bien, si fuera correcta la suposición de Aubet et al. (1996: 146) de que la ocupación atribuible al período orientalizante tan sólo habría durado un par de generaciones, sería rotundamente posible que, cuando se construyera la cámara central del túmulo A, la necrópolis de base ya estuviera en desuso.
Las determinaciones radiocarbónicas 7 Véase n.
3: Delgado 2002: 430-431. disponibles permitirían suponer sin más el fin de la ocupación de la necrópolis de base en fechas tan tempranas como el inicio del siglo VII a.C. Además, dado que S. Beba (2008: 132-133) ha podido defender con buenos argumentos un inicio de la construcción de cámaras como la del túmulo A sólo a partir de la primera mitad del siglo VII a.C., resultaría perfectamente plausible que esta remodelación en su momento ya no representara una interrupción del uso activo de la necrópolis de base.
Otra cuestión que hay que abordar en este contexto es la relación cronológica de los túmulos A y B con la estratigrafía del poblado de la Mesa de Setefilla.
Ya más arriba se mencionó que la fase III del poblado (estratos XI-VI del Corte 1 y estratos XI-VIIa del Corte 3) se sincroniza con la ocupación orientalizante de la necrópolis por la cronotipología de sus materiales, mientras que la muy reducida gama de formas cerámicas asociadas a las sepulturas del Bronce Final (salvo las urnas bicónicas) dificulta una sincronización precisa con la estratigrafía del poblado.
Evidentemente las sepulturas del Bronce Final deben corresponderse grosso modo con la fase II del poblado (estratos XIII-XIIa del Corte 3), pero no se puede concretar más (Aubet et al. 1983: 70-86).
Una comparación a primera vista entre las determinaciones radiocarbónicas de las tumbas A5, A47 y B18 y las disponibles para el poblado parece sugerir la sincronización de las primeras con el intervalo temporal representado por el estrato XIIb (Tab.
Sin embargo a la luz de la baja precisión de las últimas y de haberse fechado carbón vegetal no se puede justificar este tipo de conclusiones.
En concreto, la cronología indicada por la determinación radiocarbónica procedente del estrato XIII (2029-1533 cal AC) difícilmente resulta atribuible a las cerámicas del Bronce Final de esa unidad estratigráfica.
Sin nuevos datos también del poblado no se puede establecer en qué medida este aparente desfase se debe a la larga duración de la ocupación representada por el estrato XIII, o si la correspondiente determinación radiocarbónica se ve afectado por el efecto de la madera vieja.
Más arriba ya hemos mencionado la posible -breve-discontinuidad temporal entre la ocupación de la necrópolis de base y la construcción de la cámara del túmulo A. Hay que recordar que algunos investigadores también han defendido la (Caro 1989; Ruiz Gálvez 1990; Escacena y Belén 1991; Belén y Escacena 1995; Escacena 1995).
Este hiato sería constatable tanto en la secuencia ocupacional del poblado de la Mesa de Setefilla como en toda la Baja Andalucía que habría experimentado un generalizado vacío poblacional (Aubet 1997: 166-168, Torres 1999: 39-40; Brandherm e. p.).
Aunque las nuevas determinaciones radiocarbónicas de la necrópolis de Setefilla no llenan por completo este supuesto vacío, el que se pueda demostrar que las mismas urnas bicónicas existen tanto a finales del II milenio (tumbas A5, A47, B18) como a inicios del siglo VIII cal AC (tumba A32) hace muy poco probable que hubiera un hiato en la ocupación humana de la zona.
Dicho eso, si comparamos el número de sepulturas con urnas bicónicas (16 en el túmulo A y 6 en el túmulo B) con el número de tumbas con urnas à chardon (34 en el túmulo A y 17 en el túmulo B), resulta obvio que la intensidad de la ocupación funeraria durante el Bronce Final (mínimo de 300 años) debió ser considerablemente menor que durante el Hierro Antiguo (máximo de 200 años), por lo menos en lo que concierne a este sector de la necrópolis.
De todas formas, hay que tener en cuenta que la separación cronológica entre estas dos formas de urnas cinerarias en el registro estratigráfico del poblado de la Mesa de Setefilla es menos clara de lo que parecen indicar las nuevas determinaciones radiocarbónicas de la necrópolis.
Todavía coexisten en el estrato X del Corte 3 (Aubet et al. 1983: 88 fig. 33) y A. Delgado 8, a partir de un estudio comparativo de los registros estratigráficos de la Baja Andalucía, sólo pudo afirmar que las urnas bicónicas "desaparecen en las secuencias estratigráficas conocidas a partir del siglo VIII a.C.".
Con el fin de establecer una base más firme para determinar la vigencia de las urnas bicónicas incluimos en nuestro programa de determinaciones radiocarbónicas una serie de contextos funerarios con este tipo de cerámica procedentes de otros yacimientos del sur y oeste peninsular.
Su calibración confirma plenamente su atribución al intervalo entre el siglo XII y el IX cal AC, lo que mantiene la datación 798-732 cal AC de la tumba A32 de Setefilla, como la más reciente de esta serie (Tab.
No obstante del efecto de la "meseta de Hallstatt" sobre las determinaciones radiocarbónicas asociadas a las urnas à chardon, resulta evidente que la transición entre estas dos formas emblemáticas de urnas cinerarias tuvo que tener lugar durante la primera mitad del siglo VIII cal AC, como ya Torres (1999: 175) defendió en su momento.
La composición geográficamente diversa de nuestra muestra, con tres de los yacimientos aportando datos cronológicos acerca de la vigencia de las urnas bicónicas situadas en la cuenca baja y media del Tajo, así como la posibilidad de que los límites cronológicos de su empleo en el ámbito funerario variaran algo en el registro habitacional, hace que el intento de establecer una delimitación cronológica mas precisa mediante la estadística bayesiana tuviera poco sentido.
El resultado, aunque fuera matemáticamente correcto, resultaría poco significativo en términos arqueológicos.
En cualquier caso, estos resultados ya no permiten dudar que la cronología convencionalmente atribuida a las urnas bicónicas, entre un momento 9 Las dos determinaciones de Tanchoal de Patudos no se asocian directamente a urnas bicónicas, sino a un tipo de taza que se les asocia comúnmente, por ejemplo en el túmulo 1 de Souto, también incluido aquí (Delfino et al. 2014: tab.
Otra observación sugerente es que las dos únicas urnas, fechadas por nuestro programa de dataciones radiocarbónicas, que no se ajustan a ninguno de los dos tipos principales de urnas representadas en la necrópolis de base (bicónicas y à chardon) caen en la fase de transición entre los periodos cronológicos que representan (B23, B29).
Eso plantea si la fase de transición entre las ocupaciones funerarias del Bronce Final y del Hierro Antiguo en Setefilla se caracteriza por la utilización creciente de tipos de vasos como urnas cinerarias que no se ajustan al canon de ninguna de estas dos fases.
Esto es algo que no extrañaría durante un episodio de transformación, cuando también algunas normas sociales debieron experimentar cambios importantes (Fig. 6).
Evidentemente, como la gran mayoría de las urnas distintas a los dos tipos principales quedan sin fechar, es imposible verificar esta idea.
Quedará para futuros trabajos contrastarla con una base empírica más amplia.
Por último, si más arriba insistimos en que los enterramientos atribuibles al Bronce Final no contienen artefactos de tradición fenicia, también hay que hacer hincapié en que las determinaciones radiocarbónicas actualmente disponibles no permiten atribuir los ajuares que contienen estos elementos a un momento tardío dentro del Hierro Antiguo.
Más bien parecen surgir ya a partir de los primeros momentos caracterizados por el uso de las urnas à chardon, caso de la cerámica indígena de tradición fenicia (Krueger et al. e. p.) y de los cuchillos afalcatados de hierro (Mancebo 2000), aunque la mayoría de las respectivas fechas caigan ya de pleno en la meseta de Hallstatt 10.
Con eso, la cultura material de la 10 Entre las tumbas que proporcionaron determinaciones radiocarbónicas, la A8, A10, A14 y A31 según el estudio petrográfico contienen cerámica indígena de tradición fenicia y la A13, A14 y A17 cuentan con cuchillos afalcatados de hierro. necrópolis de base, asociada a las urnas à chardon, es plenamente representativa de una fase inicial del fenómeno orientalizante, definido por prácticas culturales hibridas que posteriormente darán lugar a las nuevas expresiones funerarias que observamos en las denominadas "tumbas principescas" del Orientalizante Pleno (Krueger 2016: 110-111).
Las nuevas determinaciones radiocarbónicas demuestran que la cronología absoluta de los túmulos A y B de Setefilla amplían de modo considerable los límites que solían proponer los modelos cronológicos tradicionales, basados principalmente en la tipología de los vasos cerámicos.
Se ha podido confirmar que las urnas bicónicas están arraigadas en el Bronce Final.
Esto era algo que se suponía desde hace muchos años (por ejemplo 11; Murillo et al. 2005: 30-31) pero, según las dataciones absolutas, ocurre bastante antes de lo esperado.
Otro resultado novedoso de las fechas obtenidas a lo largo de nuestro programa de determinaciones radiocarbónicas es que el inicio de la ocupación orientalizante de la necrópolis de base del túmulo B no parece más reciente que la del túmulo A e incluso puede ser más antigua.
Al mismo tiempo ha quedado claro que ya no tiene mucho sentido la conceptuación de la ocupación funeraria del siglo VIII a.C. como expresión de un Bronce Final colonial.
La cultura material asociada a las tumbas representa plenamente no sólo un Hierro Antiguo, sino también una fase inicial del fenómeno orientalizante, caracterizado por producciones indígenas de cerámicas de tradición fenicia.
Para los futuros trabajos sería importante abrir un nuevo sondeo en la Mesa de Setefilla, destinado sobre todo a obtener muestras orgánicas de vida corta para datar mejor los estratos arqueológicos y, en consecuencia, establecer una sincronización más concreta entre el poblado y la necrópolis de Setefilla.
Las nuevas fechas del poblado y las secuencias de 11 Véase n.
3: Delgado 2002: 424. materiales bien fechadas podrían resolver los muchos problemas de índole crono-tipológica que aún presentan los artefactos de la necrópolis de Setefilla.
Los autores del presente trabajo agradecen al Museo Arqueológico de Sevilla la posibilidad de extraer muestras del material óseo de Setefilla y a María Eugenia Aubet la oportunidad de continuar los trabajos con los materiales de Setefilla y todo su apoyo.
José Luís Escacena y Laura Trellisó pusieron a nuestra disposición el material óseo de Rabadanes y João Luis Cardoso el del yacimiento de Monte de São Domingos.
Agradecemos a Raquel Vilaça sus puntualizaciones sobre las muestras radiocarbónicas del Tanchoal dos Patudos.
También queremos expresar nuestro agradecimiento a los dos evaluadores anónimos, cuyos comentarios y recomendaciones han sido de gran valor para nosotros.
Se agradece también el valiosísimo consejo de Stephen Hoper en lo que concierne a la selección de las muestras.
La realización de las analíticas no hubiera sido posible sin la colaboración del 14 CHRONO Centre de la Queen's University Belfast [URL]. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
La Prehistoria de las islas Pitiusas (Ibiza y Formentera) ha sido y es uno de los períodos que más dudas plantea de la investigación arqueológica en las Islas Baleares.
La falta de contextos arqueológicos excavados en extensión, la publicación parcial de los resultados y la precariedad del registro arqueológico son algunos de los aspectos que han contribuido a la configuración de esta realidad.
Predominan los contextos excavados sin dataciones radiocarbónicas (Tab.
Esta incertidumbre cronológica ha contribuido a que la mayoría de los marcos cronoculturales aplicados a las primeras poblaciones de estas islas tuvieran su punto de partida en los tradicionalmente más contrastados de los grupos arqueológicos y periodizaciones de las islas de Mallorca y Menorca.
R. Micó (2005) recoge y sintetiza de forma crítica toda la información radiométrica disponible para el archipiélago balear, construyendo la base sobre la que se estructuran las diferentes propuestas de periodización hoy vigentes.
De ellas se infiere que el conjunto de las islas Baleares fue colonizado a finales del III milenio cal ANE (Alcover 2008; Lull et al. 2008; Ramis 2014) y que a estos primeros pobladores (relacionados con grupos de filiación campaniforme) les sucedieron otros con características materiales propiamente baleáricas, conocidos especialmente por sus habitaciones naviformes1.
Las propuestas crono- lógicas más aceptadas (Micó 2005; 2 ) sitúan su funcionamiento entre ca.1600/1450 y 900/850 cal ANE, siguiendo los planteamientos de una primera propuesta (Lull et al. 1999), en su momento decisiva para la ordenación temporal del naviforme y la prehistoria balear.
No obstante, algunas de las fechas atribuidas a este grupo arqueológico mantienen el debate cronológico abierto, por lo que deben considerarse con prudencia.
Se trata de las procedentes del yacimiento de Arenalet de Son Colom (Ramis et al. 2007), cuyo carácter naviforme se discute, y del Hospitalet Vell, con varias fechas envueltas en los problemas del laboratorio de Kiel (Lull et al. 2015).
Las recientes excavaciones en Cap de Barbaria II, partiendo de esta propuesta de periodización (Micó 2005: 430-432), han permitido defender la inclusión del yacimiento en el grupo arqueológico naviforme (Sureda et al. 2013; 3 ).
Se trata de sus primeras evidencias en las Pitiusas y, como veremos, las dataciones radiocarbónicas presentadas en este artículo, resultan relevantes para la comprensión de todo el periodo.
A la vez, este trabajo resuelve algunas dudas planteadas sobre la presencia de población estable en las islas Pitiusas durante el Bronce Final (Gómez Bellard y San Nicolás 1988; Gómez Bellard 2003; Dawson 2010), aspectos también relevantes al considerar los fenómenos de expansión territorial que culminan con el establecimiento de los primeros colonos fenicios en el archipiélago (Ramón 2007).
El poblado de Cap de Barbaria II (Formentera)
Forma parte de un conjunto de, al menos, 21 yacimientos similares, situados sobre el promontorio que recibe el mismo nombre (Fig. 1).
En el poblado se distinguen dos momentos constructivos: la 'Fase 1', con muros de ortostatos verticales y la 'Fase 2', que recoge un conjunto de reestructuraciones y compartimentaciones con muros a una y dos caras de hiladas horizontales de piedra.
Se accedía mediante tres entradas que daban paso a nueve espacios o habitaciones diferenciadas, que llamamos 'Ámbitos'.
Destacan los Ámbitos 7, 8 y 9, que presentan una planta de tipo naviforme y, probablemente, acogieron el conjunto de actividades domésticas que reflejan las evidencias arqueológicas: hogares, banquetas, enlosados y cubetas de almacenamiento (Fig. 2).
Los 6 restantes del poblado (1, 2, 3, 4, 5 y 6) tienen diferentes plantas (circular, semicircular y oval alargada) y pudieron servir de base a actividades económicas como la talla del sílex y de la caliza, la fundición de metales de cobre y bronce, la producción de recipientes de cerámica, el almacenamiento de víveres (agua y cereales), la estabulación de rebaños, o funcionar en parte como basureros.
Se ha propuesto que sus pobladores basaran su subsistencia en la agricultura (trigo, cebada, panizo), la ganadería (caprina, bovina, porcina), la caza de algunas aves, la pesca y la recolección de moluscos marinos (principalmente lapas y caracolillos) (Sureda et al. 2017).
A partir de los datos arqueológicos se ha sugerido que se organizaron socialmente de una manera relativamente igualitaria y en colaboración con el resto de comunidades de su entorno 5.
También mantuvieron contactos puntuales con otras comunidades del Mediterráneo, de donde obtenían los recursos minerales ausentes en Formentera como el sílex, el cobre o el estaño.
Actualmente, gran parte de los materiales exhumados está en estudio y, a priori, no existen grandes diferencias entre las dos fases arquitectónicas.
Se ha planteado una primera caracterización de algunas estructuras como el Ámbito 9 (Sureda et al. 2013), se han avanzado algunos datos relativos al registro arqueobotánico (López-Dóriga et al. 2015) y se ha propuesto una estrategia adaptada de subsistencia y explotación de los recursos locales disponibles (Sureda et al. 2017).
Estrategia de recogida de muestras y su contexto estratigráfico
Las campañas de excavación realizadas a partir de 2012 han proporcionado un conjunto de materiales arqueológicos sobre los que se ha planteado una estrategia sistemática de datación numérica para la acotación cronológica de la ocupación del poblado y sus distintas fases.
La selección de muestras para fechar los distintos contextos ha priorizado que fueran altamente representativas de los acontecimientos documentados en el poblado y que identificamos a nivel arquitectónico (gasterópodo de la especie Phorcus turbinatus).
Esta UE 1.9.1.3, vinculada directamente al uso de la estructura como espacio doméstico, cubría una capa de preparación del suelo (UE 1.9.1.4), cuya formación fue posiblemente contemporánea a la construcción del naviforme.
De ella proviene la muestra RICH-20967 de hueso largo de Capri-nae.
Por otra parte, un muro cierra la entrada al sur del naviforme y cubre parte de las anteriores unidades estratigráficas (UE 1.9.1.3 y 1.9.1.4).
En un sondeo en su interior se distinguió la UE 1.9.2.4, considerada equivalente a la UE 1.9.1.3.
De ella procede la datación MAMS-22644 sobre un molar de Caprinae.
La planta de la estructura naviforme de la Fase 2 es más alargada.
La definen muros de ortostatos (este y oeste) y un cierre más oval gracias a muros de hiladas de piedras (norte y sur) que son posteriores.
Destaca la presencia de un banco lateral (UE 1.9.6.1) adosado al muro este, junto al cual hay un receptáculo (UE 1.9.15.1) sobre el que se depositó un gran recipiente.
Lamentablemente, la unidad estratigráfica correspondiente al último momento de uso o de abandono (UE 1.9.1.2) del interior de esta estructura naviforme estaba muy alterada por procesos tafonómicos.
Entre los Ámbitos 9 y 6 un pequeño receptáculo, delimitado por dos losas (UE 1.9.17.1), conformaba una estructura inter-muraria cuya funcionalidad exacta desconocemos.
Otra muestra asociada a esta Fase 2 es MAMS-22645 (hueso de Caprinae), procedente del sondeo en el muro de cierre de acceso, la estructura más reciente de las documentadas en este Ámbito, y que se atribuye al relleno del mismo (UE 1.9.2.3).
Con ella se pretendía obtener una fecha ante quem de la construcción de dicha estructura.
La muestra MAMS-22646 (metatarso de Caprinae) procede de la UE "Nivel 3", según la nomenclatura de las excavaciones de 1986 en el Ámbito 7; corresponde a una capa previa a la construcción de otra de las estructuras naviformes de CBII.
La capa se define como arcillosa y amarillenta y posee unos 15-20 cm de espesor.
La muestra OxA-31926 (concha de P. turbinatus) corresponde a la UE 2.8.1.3, que es el suelo de ocupación del Ámbito 8, la tercera estructura naviforme documentada en el poblado.
Es una capa de composición arcillosa rojiza, oscurecida por los restos de carbones procedentes del hogar central de la habitación.
Calibración y análisis bayesiano de los resultados
Todas las muestras de fauna analizadas corresponden a huesos de mamíferos domésticos y se han datado por espectrometría de masas con acelerador (AMS) en los laboratorios del Institut Royale du Patrimoine Artistique (Bruselas), y del Klaus-Tschira-Archäometrie-Zentrum de la Universidad de Heidelberg (Mannheim, Alemania).
En los laboratorios de la Universidad de Oxford (Reino Unido) se dataron las dos muestras malacológicas de conchas del caracol marino Phorcus turbinatus.
Todas las dataciones se han calibrado utilizando el software OxCal v.4.2 (Bronk Ramsey 2009), con la curva IntCal13 para las muestras sobre restos de fauna terrestre y la curva Marine13 (Reimer et al. 2013) para las muestras de origen marino.
El intervalo de confianza que hemos tenido en cuenta normalmente corresponde a una probabilidad del 68,2% (1σ) (Castro y Micó 1995).
La calibración de las muestras de concha ha tenido en consideración el efecto reservorio marino del radiocarbono (Mangerud 1972).
Desafortunadamente, faltan en este momento valores de ΔR metodológicamente firmes (misma especie de molusco marino, misma época, misma región y mismo tipo de alimentación e incorporación de carbono a su organismo) que se puedan aplicar a nuestras muestras.
En este caso hemos optado por tomar el valor ΔR 26±24, obtenido en conchas de múrex (Hexaplex trunculus) para la Isla de Mallorca en época tardorromana (Van Strydonck et al. 2010), por ser el valor que consideramos más apropiado de entre las opciones disponibles.
En el Mediterráneo Occidental existen datos de ΔR de moluscos marinos procedentes de Banyuls (España), Castiglione, Alger y Cherchel (Argelia) y Marsella (Francia), todos ellos fechados en el I milenio DNE (Siani et al. 2000; Reimer y Mc-Cormac 2002) cuyo valor medio ponderado ΔR (83±57) (Bevington 1969) incluye los datos mallorquines utilizados en nuestro caso de estudio, en los márgenes de la desviación típica para la región.
Además, la escasa profundidad del mar Mediterráneo en torno a las islas Baleares supone la existencia de una mínima surgencia de aguas antiguas (Van Strydonck et al. 2010).
Todos estos motivos hacen suponer que el valor ΔR que hemos utilizado tiene un grado de fiabilidad relativamente elevado.
Se ha llevado a cabo un análisis bayesiano de las dataciones radiocarbónicas con el fin de trabajar conjuntamente con las diferentes probabilidades de cada una.
El análisis proporciona estimaciones para el inicio y fin de un evento arqueológico, combinando las probabilidades estandarizadas de múltiples fechas con otras informaciones cronológicas de carácter relativo, en nuestro caso, estratigráficas y arquitectónicas.
Para ello hemos considerado tres fases concernientes a la vida útil de los naviformes de CBII: las fases arquitectónicas 1 y 2, ya descritas, y una fase'Pre-uso' identificada estratigráficamente.
De cara al modelado bayesiano, todas las fases (Pre-uso, Fase 1 y Fase 2), se tratan como tres "Fases" contiguas ordenadas en una "Secuencia" cronológica (Phases, Contiguous) y separadas por límites de transición (Boundary) y un posible hiato (Interval) entre la Fase 1 y la Fase 2 (Buck et al. 1992; Bayliss et al. 2007; Bronk Ramsey 2009).
Las dataciones radiocarbónicas y su análisis bayesiano
De las 9 muestras para datación presentadas, 6 han proporcionado resultados positivos y 3 no han podido fecharse por falta de colágeno.
A continuación se exponen los resultados calibra- dos (Tab.
2) y las reflexiones relativas a la interpretación de las fechas, así como el modelado bayesiano de las mismas (Fig. 5, Tab.
Debido a la distinta fiabilidad de la calibración de los resultados, trataremos por separado las realizadas sobre hueso y sobre concha.
Los contextos fechados con muestras de hueso
Es la datación más antigua y permite situar la primera presencia humana en la zona con anterioridad a 1614 cal ANE (2σ) o a 1626 cal ANE (1σ).
Sin embargo, al tratarse de una preparación o pavimentación del terreno, esta no se relaciona con el uso del naviforme o Ámbito 7, sino con alguna actividad anterior o, a lo sumo, con su momento de construcción.
De hecho, esta datación sugiere que la construcción de la preparación, y por extensión del Ámbito 7, es necesariamente posterior a 1732 cal ANE, sin poder precisar más por el momento.
Por otra parte, dada su procedencia, también hace posible situar los momentos de reestructuración del naviforme, mediante la construcción del muro sur, con posterioridad a la fecha mencionada, sin poder precisar más por ahora.
Lamentablemente, la datación procedente del relleno de este mismo muro (MAMS 22645), que habría podido acotarlo, no dispuso de suficiente colágeno.
Creemos que su incorporación al registro responde a un mismo momento, que a la vez permite situar la construcción y el inicio del uso del naviforme (Fase 1, Ámbito 9) en este caso con anterioridad a 1560 cal ANE (2σ) o a 1583 cal ANE (1σ).
Se incorpora al registro cuando tanto el muro (atribuido a la Fase 2) como el receptáculo estaban aún en uso.
La datación logra asignar la reconstrucción del naviforme (Fase 2, Ámbito 9) a un momento necesariamente anterior a 927 cal ANE y al propio abandono del poblado en fechas posteriores al 1016 cal ANE ANE (2σ), o a 997 cal ANE (1σ), sin que ambos hechos puedan precisarse más en el tiempo.
Los contextos fechados con muestras de concha
Dos muestras de concha de Phorcus turbinatus han podido fecharse en el laboratorio de la Universidad de Oxford.
Su incorporación al registro hace referencia a un momento en que el naviforme del Ámbito 8 estaba en uso.
La segunda fecha, OxA-31927, corresponde a los niveles de uso del Ámbito 9.
Estos dos resultados, por ser notablemente dispares con respecto a las muestras de huesos de mamíferos de los mismos episodios datados, quedan excluidos del modelado de los resultados de las dataciones.
La disparidad de estos resultados puede deberse a los problemas relacionados con la calibración de muestras de moluscos marinos (Mangerud 1972) y a las dificultades en estimar el efecto reservorio local con precisión (p.e.
No es probable que las conchas fueran recogidas en la playa después de haber muerto los animales, ya que las superficies de ambas carecían de alteraciones características, como la erosión, a causa del agua marina y del entorno arenoso, y a la presencia de organismos incrustantes en el interior.
Además, Phorcus turbinatus es una de las especies con interés bromatológico más abundantes documentadas en las diferentes fases del yacimiento.
Es posible que las fechas estén artificialmente envejecidas por algún efecto de diagénesis.
De cualquier modo, este motivo desaconseja tener en consideración, por el momento, los resultados sobre conchas para la discusión de los datos.
LA SECUENCIA DE OCUPACIÓN EN CBII Y EL NAVIFORME BALEAR
Señalamos al introducir este trabajo el debate científico en torno al grupo arqueológico naviforme y, en especial, a su cronología.
En líneas generales, se barajan dos opciones a partir de los restos de S'Arenalet de Son Colom y sus dataciones KIA-26215 y KIA-26226, comprendidas entre ca.
Parece haber un mayor acuerdo en situar el techo superior del periodo naviforme entre ca.1500/1450 cal ANE (Micó 2005; 6 ), aunque el origen de la arquitectura ciclópea y la construcción de los primeros naviformes podría ser ligeramente anterior (ca.1600 cal ANE).
Del mismo modo, se sitúa entre ca.1450 y 1100/1000 cal ANE un momento de expansión territorial y estabilidad en las relaciones sociales de estas comunidades.
Este se traduce en una gran homogeneidad en sus manifestaciones materiales, abrazando la totalidad del territorio mallorquín y menorquín con numerosos ejemplos como los de Alemany (Enseñat 1971; Calderón et al. 2014), Hospitalet Vell (Rosselló-Bordoy 1983; Ramis y Salas 2014), Canyamel (Rosselló-Bordoy y Camps 1972), Clariana (Plantalamor y Anglada 1978), Cala Morell (Anglada et al. 2013) o Cala Blanca (Juan y Plantalamor 1997).
Finalmente, desde el fin de esta fase y hasta el ca.
900/850 cal ANE, tal y como se constata en Closos y Son Baduia, las sociedades naviformes experimentarían un conjunto de transformaciones (también conocido como periodo "Prototalayótico") que culminaría en su abandono definitivo para dar lugar a formaciones socioeconómicas diferentes.
Las investigaciones efectuadas en CBII no permiten resolver este debate, aunque sí constatar la ocupación del lugar entre ca.
Veamos ahora con más detalle las implicaciones concretas que se desprenden de cada una de estas constataciones, partiendo de los datos obtenidos en el modelo.
El primer hecho que podemos poner de relieve es que hubo un poblamiento previo en la zona, tal vez relacionado con alguno de los naviformes cercanos a CBII.
Este momento pudo empezar en el intervalo 1737-1629 cal ANE ('Límite Inicio Pre-Uso') y es previo a la construcción de los Ámbitos 7 y 9 de CBII.
En segundo lugar, la transición entre la fase Pre-uso y la Fase 1 ('Límite Transición Pre-Uso/1') determina el posible momento de construcción de los naviformes de la Fase 1 (1624-1558 cal ANE).
Este intervalo surge al considerar los datos procedentes de las dataciones MAMS-22646 y MAMS-22644, que establecen un término ante quem para la construcción del Ámbito 7 y otro post quem para la Fase 1 del Ámbito 9.
Este intervalo concuerda con los datos de construcción propuestos para los naviformes del resto de Baleares (ca.
Sin embargo, hasta hace poco, varios autores defendían la existencia de un momento incipiente del periodo naviforme, llamado Naviforme I, con inicio en ca.
1700 cal ANE, basado en varias dataciones procedentes de los niveles inferiores de los naviformes Alemany, Son Ferrandell y Naviforme 1 de Closos de Can Gaià (p.e.
La revisión reciente de estos niveles ha motivado la sustitución de esta propuesta cronológica en favor de una rebaja sustancial de este techo cronológico, que actualmente sitúan ca.
De poder acotar más este intervalo para CBII en el futuro, habría que valorar la posibilidad de que las primeras construcciones naviformes de Formentera fueran ligeramente anteriores a las del resto de Baleares.
No obstante, de momento no creemos que se correspondan con el modelo de cronología alta propuesto a partir de S'Arenalet de Son Colom (Plantalamor 1991; Ramis et al. 2007).
En tercer lugar, podemos situar el primer momento de uso (Fase 1) de los naviformes de CBII entre 1580 y 1531 cal ANE.
Este intervalo surge de tener en cuenta los datos procedentes de la datación MAMS-22644 relativa a los niveles de uso de la Fase 1 del Ámbito 9.
Esta no dispone de paralelos arqueológicos fechados por radiocarbono en las islas Pitiusas.
No obstante, se sitúa inmediatamente después de los momentos de uso de la estructura megalítica funeraria de Ca na Costa (Costa y Guerrero 2002).
De hecho, los dos yacimientos (CBII y Ca na Costa) comparten algunos elementos materiales como los botones de perforación en "V" o algunos tipos cerámicos como los cuencos hemiesféricos.
En este sentido, cabe recordar que esta tradición funeraria en Menorca continúa en uso entre el 1550 y 1430 cal ANE (Gili et al. 2006) y que tal vez debería ajustarse más la datación de la estructura funeraria formenterana.
Tampoco conocemos datos relativos al momento cuando dicha estructura se amortiza para construir la Fase 2, motivo por el que este intervalo es tan breve y la transición entre ambas ('Límite Transición 1/2') es tan amplia (1586-958 cal ANE).
Es posible que este límite inferior no sea muy representativo y pueda acotarse mediante nuevas muestras.
De hecho, en base a un buen número de dataciones obtenidas directamente de los niveles de uso de los naviformes con secuencias radiométricas claras como los de Closos de Can Gaià, Hospitalet Vell o Son Baduia, se puede situar el límite inferior de estos primeros niveles de ocupación ca.1100-1000 cal ANE.
Entonces muchos de es- 7 Véase n.
2. tos poblados sufren notables reestructuraciones en el marco de transformaciones sociales más importantes que, de hecho, dan lugar a lo que se conoce como periodo prototalayótico (Lull et al. 2008) o Bronce Final Balear (Guerrero et al. 2007), que de momento está restringido a Mallorca y Menorca.
Además este último intervalo temporal observado en el modelo bayesiano ('Límite Transición 1/2') refiere también a las remodelaciones o reestructuraciones al tener en consideración los datos procedentes de las dataciones MAMS-22644 y MAMS-22643, pues sabemos que en el Ámbito 9, estas son posteriores a la Fase 1 y necesariamente anteriores al uso de la Fase 2, aunque resulta un intervalo igualmente muy amplio en este caso.
Sí creemos necesario recordar los casos de otros poblados que presentan reestructuraciones importantes, no únicamente en los naviformes, sino en construcciones adyacentes que a menudo tenían actividades complementarias.
El de Closos de Can Gaià es posiblemente el mejor estudiado, pues documenta todo un conjunto de estructuras anexas a los naviformes (Área II), construidas ca.
Construcciones similares se han podido registrar en otros lugares, como el naviforme Alemany o el naviforme B de Canyamel, y se conocen también en los Ámbitos 7 y 9 de CBII.
Hay que señalar también que la introducción de la función Interval (Bronk Ramsey 2009; Reimer et al. 2013) permite proponer al modelo la posibilidad de calcular un hiato entre fases, en CBII entre la Fase 1 y la Fase 2.
Actualmente no lo hemos identificado a nivel estratigráfico, aunque podría existir entre los distintos naviformes del poblado.
La distribución actual de las fechas lo hace posible a nivel estadístico entre 0 y 638 años, aunque solo con series más amplias de dataciones podremos esclarecer si existió realmente.
Este intervalo surge de tener en consideración los datos procedentes de la datación MAMS-22643, la única relativa al uso de la Fase 2 del Ámbito 9.
Posiblemente corresponde, en concreto, a un uso cercano al abandono de esta estructura.
En este sentido, esta datación pone de manifiesto que CBII estuvo ocupado de manera contemporánea a otros yacimientos pitiusos como Sa Murada de Sa Cala (Ramón y Colomar 1999, 2010) y la necrópolis de Can Sergent (Costa y Fernández 1992), yacimientos también fechados por radiocarbono y con los que se solapa perfectamente (véase Tab.
Por otra parte, son numerosos los poblados naviformes que permanecen aún en uso, por ejemplo los de Closos de Can Gaià (CNA-58, KIA-11232), Hospitalet (KIA-41549, KIA-41550) o Son Baduia (UTC-4859), que presentan dataciones comprendidas entre ca.
Incluso todavía se construyen estructuras de nueva planta, pero estas ya empiezan a desmarcarse del modelo naviforme clásico, tal y como queda constatado en Es Figueral de Son Real (Rosselló-Bordoy y Camps 1972).
Por último el abandono del poblado de CBII no fue un evento que produjera un nivel estratigráfico reconocible pues, como venimos explicando, parece que ocurrió de una manera organizada y planificada.
Debió suceder en algún momento posterior a 997 o bien entre 994 y 728 cal ANE ('Límite Fin 2'), fecha que surge de tener en consideración los datos procedentes de la datación MAMS-22643, correspondiente al uso de la Fase 2 del Ámbito 9.
Este siguió en funcionamiento durante un período de tiempo que desconocemos antes de ser definitivamente abandonado.
Aunque esta parece una pauta generalizada en muchos naviformes, otras estructuras sí presentan finales más abruptos o acabaron generando estratigrafías complejas, pues se instalaron construcciones talayóticas encima.
Los casos más relevantes tal vez sean los del naviforme doble de Son Oms (Pons 1999), donde se construyó una plataforma escalonada en época talayótica, o bien el naviforme Alemany (Enseñat 1971; Albero et al. 2013; Calderón et al. 2014), que tenía un importante nivel de incendio.
El abandono en CBII se produciría de manera contemporánea al de yacimientos prehistóricos de Formentera como la Murada de Sa Cala y también de Ibiza como la necrópolis de Can Sergent.
Este hecho coincide con las primeras fechas disponibles para contextos fenicios en Ibiza.
Dejando de lado las referencias de los textos clásicos, que sitúan la fundación sobre el 654 ANE (Diodoro Sículo, V, 16, 2-3; citado por Fernández y Costa 1992), varias evidencias permiten retrasar hasta el siglo VIII ANE los datos procedentes del poblado de Sa Caleta (Ramón 2007) y hasta el 896-824 cal ANE (UtC-11186) varias cremaciones arcaicas procedentes de la necrópolis de Puig des Molins (Fernández y Costa 2004) (véase Tab.
Este hecho permite plantear ya una más que probable relación entre ambos acontecimientos históricos.
A lo largo de este trabajo se recogen un conjunto de datos que creemos fundamentales para la comprensión de los procesos históricos que configuran las sociedades prehistóricas de las Pitiusas, modificando notablemente la percepción que se tenía de ellas.
Gracias a la secuencia cronológica que podemos inferir con los datos disponibles para CBII se puede constatar la ocupación del lugar entre ca.
Dicha secuencia encaja a grandes rasgos con los planteamientos básicos de la periodización actualmente aceptada para las sociedades naviformes y prototalayóticas en las Islas Baleares.
No obstante, en Formentera puede plantearse que el inicio de este grupo arqueológico sea algo anterior a lo que actualmente se plantea para el resto de las islas del archipiélago.
Del mismo modo, se dota del anclaje cronológico necesario al conjunto de datos socioeconómicos procedentes de las recientes investigaciones llevadas a cabo en Cap de Barbaria II.
Los datos disponibles permiten conocer las primeras fases de poblamiento humano en la isla, y posibilitan plantear interesantes procesos de gestión y explotación de los recursos locales, adaptaciones al medio insular u otras dinámicas de interacción con el medio ambiente y eventuales contactos con las comunidades prehistóricas coetáneas del Mediterráneo occidental.
Finalmente, con los datos disponibles es plausible situar el final de las sociedades que habitaban CBII y otros yacimientos prehistóricos pitiusos, como causa o efecto de la fundación de las colonias fenicias de Ibiza, ubicadas en Sa Caleta y el Puig de Vila.
Pese a todo, resulta deseable que nuevas dataciones y nuevos contextos ven-gan a confirmar y acotar estas afirmaciones, para comprender mejor cada una de las fases descritas y aproximarnos a cómo se relacionan las diferentes dinámicas históricas en las distintas islas del archipiélago balear. |
JOVER MAESTRE, Francisco Javier y LÓPEZ PADILLA, Juan A.: Barranco Tuerto y el proceso histórico durante el II milenio BC en el Corredor del Vinalopó.
Monografías del Museo Arqueológico de Villena.
Museo Arqueológico "José María Soler". |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
La aparición de la metalurgia del hierro constituye un problema histórico apasionante, se analice a escala mundial o estrictamente de la Península Ibérica, pues en ambas es un tema controvertido y aún abierto en sus múltiples vertientes.
En nuestra geografía, si bien la presencia de objetos de hierro está atestiguada en contextos precoloniales (Almagro Gorbea 1993; Vilaça 2006Vilaça, 2013)), la generalización de los procesos de reducción del mineral de hierro en metal alienta una viva discusión contextualizada esencialmente en la Primera Edad del Hierro.
Encuadrándola en el sur y oeste peninsular, no hace mucho se exponía cómo las huellas primigenias de los procesos pirometalúrgicos relacionados con el hierro pueden observarse El horno protohistórico de reducción directa de La Pastora (Aliseda, Cáceres)*
The protohistoric bloomery furnace of La Pastora (Aliseda, Cáceres) Ignacio Pavón Soldevila a, David M. Duque Espino a, Martina Renzi b, Salvador Rovira Lloréns c y Alonso Rodríguez Díaz a en varios centros fenicios fechados entre finales del siglo IX y comienzos del siglo VIII Cal BC (Rovira Lloréns y Renzi 2010: 87), si bien reparándose en la dificultad de vincularlas a prácticas de reducción directa (Renzi y Rovira Lloréns 2009; Renzi et al. 2013: 185).
Como el grueso de las evidencias estudiadas en tales contextos fenicios y orientalizantes sugiere, parece constatarse una marcada dicotomía -evidentemente abierta a excepciones-entre los poblados o contextos habitados donde a lo sumo se han recuperado evidencias de post-reducción (Toscanos, Morro de Mezquitilla, Cerro del Villar o La Fonteta, entre otros) y otros exteriores habitualmente menos valorados desde la arqueología.
En estos últimos, en teoría localizados en las proximidades de las zonas de extracción del mineral y captación del combustible, cabría encontrar a priori evidencias de las primeras fases del proceso productivo, siempre que la fortuna permitiese la conservación de estructuras por lo general muy efímeras.
En este sentido, no hace mucho presentábamos los resultados de un proyecto investigador en parte orientado a la valoración, mediante técnicas de prospección arqueominera, de una zona tradicionalmente distinguida en el discurso protohistórico por su riqueza metalífera, como es el actual territorio extremeño (Almagro Gorbea, 1977).
Particularmente, incidíamos en su caracterización en el triángulo "Aliseda-Sierra de Fuentes-Casas de Don Antonio" (Cáceres), revisando para ello una serie de indicios de laboreo en la extracción de estaño, plata y hierro en 2011 (Rodríguez Díaz et al. 2013: 105-108).
Restringiéndonos a este último recurso, y siguiendo los pasos de C. Domergue (1987: 52) que ya la había catalogado como "romana", valoramos la mina La Pastora (Aliseda, Cáceres) -en cuyo entorno pudieron advertirse y recogerse algunas escorias y escasas cerámicas-como el caso más elocuente de explotación antigua del hierro, justo en la vertiente opuesta al poblado protohistórico de la Sierra del Aljibe que venimos relacionando desde hace tiempo con el célebre Tesoro de Aliseda (Rodríguez Díaz y Pavón Soldevila 1999).
Serán, precisamente, la presentación de los restos arqueológicos excavados recientemente en La Pastora y relacionados con la reducción directa del hierro, junto a la reconstrucción de los procesos metalúrgicos que ellos permiten, los objetivos específicos del presente estudio, integrados en una investigación más amplia en torno al tiempo del Tesoro de Aliseda (Rodríguez Díaz et al. 2014; Rodríguez Díaz et al. 2015).
La mina La Pastora, que se sitúa a algo menos de 300 m al este de los crestones de la Sierra del Aljibe, es una buena muestra de las mineralizaciones de hierro estratoide en el Devónico del Sinclinal de Aliseda (Cáceres) (Rebollada Casado et al. 2010: 249) (Fig. 1).
Geoquímicamente, su característica esencial es la ferruginización acusada de las cuarcitas y su paragénesis incluye oligisto, hematites, limonita, goethita y pirita.
Sus óxidos e hidróxidos de hierro fueron puntualmente explotados a comienzos de los años veinte y de forma mucho más intensa en la década de los 1950(Liberal Muñoz 2007: 10).
La mena de hierro, una vez extraída, era directamente transportada en esos años a los Altos Hornos de Bilbao (Rebollada Casado et al. 2010: 250); es decir, no se reducía in situ, lo que alentaba la antigüedad de las escorias recuperadas en superficie en la mencionada prospección geominera de 2011.
Como comprobamos en el curso de esos trabajos, tales evidencias no formaron verdaderos escoriales ni acumulaciones destacables en el relieve, pero sí pueden avistarse sobre el terreno a lo largo de una superficie estimada de unas 0,6 ha, que grosso modo delimita la presunta explotación antigua.
Algo que, dicho sea de paso, no pasó desapercibido tampoco hace casi cien años a algunos de los pioneros en el estudio del Tesoro de Aliseda, como Miguel Ángel Ortí Belmonte (1921: 212, 1924: 88), quien ya advirtiera "la presencia de unas minas de hierro, que hemos visto, y cuyas escorias demuestran que han sido explotadas en la antigüedad".
Estas escorias de superficie de La Pastora, específicamente de sangrado de horno, a la vista de los típicos cordones de derretido y de la analítica realizada sobre algunas muestras, guardan gran semejanza con las recuperadas en 1995 en el poblado de la Sierra del Aljibe, sito apenas 300 m a poniente (Rodríguez Díaz y Pavón Soldevila 1999).
Dichas muestras, que ya fueron analizadas y valoradas hace unos años (Rovira Lloréns y Gómez Ramos 1999), proceden tanto de contextos estratigráficos de la Primera Edad del Hierro como de los posteriores niveles romanorepublicanos.
Por ello, teniendo en cuenta la tradicional adscripción -aún dominante-de las escorias de sangrado a la época romana como muy atrás (Gómez Ramos 1996: 151-153; Rovira Lloréns y Renzi 2010: 116; Gener Moret 2010: 214), nos situaron, pese al posible origen orientalizante de algunas de ellas, "ante una disyuntiva difícil de dilucidar" (Rovira Lloréns y Gómez Ramos 1999: 230-231), sembrando ciertas dudas sobre la cronología de la siderometalurgia en Aliseda.
Precisamente con la intención de disipar tales interrogantes y, sobre todo, de ampliar el conocimiento sobre la minería antigua del hierro en el Tajo Medio, planteamos y acometimos en el verano de 2014 una excavación arqueológica en el entorno de La Pastora.
Las expectativas, en principio, no eran muchas por el temor a la más que probable destrucción de contextos antiguos por causa del laboreo contemporáneo; pero a la postre, y por los argumentos que en seguida se expondrán, ha motivado el presente estudio.
Los trabajos de excavación se desarrollaron dentro de un espacio que hoy permanece cercado, musealizado y es visitable en la referida mina, concretamente entre los niveles 2 y 3 señalados en el "itinerario minero" abierto al público (Rebollada Casado et al. 2010: 253-254).
Consistieron en la apertura de seis calicatas de sondeo de dimensiones variables, aunque reducidas, distribuidas a Fig. 1.
Ubicación de la mina La Pastora (Aliseda, Cáceres) en el Mapa Geológico de Cáceres a escala 1:200.000 del Instituto Geológico y Minero de España (en color en la edición electrónica). http://mapas.igme.es/gis/services/Cartografia_Geologica/IGME_GeologicoCaceres_200/MapServer/WMSServer? diferentes cotas sobre las terrazas que jalonan la ruta de visita.
Se trató de favorecer así un planteamiento estratigráfico acorde con el primero de los objetivos planteados, aunque susceptible en caso positivo de transformarse en extensivo.
En relación con ello, cabe apuntar que, salvo el Corte 3, los demás solo depararon algunos restos cerámicos (con fragmentos a mano, a torno toscos, oxidantes lisos y grises; junto a algunas pastas comunes modernas), y escorias de sangrado en proporciones variables sobre las que en su momento volveremos.
El horno de reducción
Como ya se indicara en una publicación anterior, la información más completa sobre la arqueología minero-metalúrgica de Aliseda se ha obtenido en el Corte 3 (Pavón Soldevila et al. 2015), ubicado en un espacio aterrazado y protegido por un gran afloramiento cuarcítico, verdadero abrigo que lo resguarda de los vientos y precipitaciones suroccidentales dominantes (Fig. 2) 1.
Esta circunstancia, que de hecho ha motivado su frecuentación hasta casi nuestros días (atestiguada por restos de fogatas y residuos modernos visibles en superficie y extensibles a la unidad estratigráfica superficial), muy posiblemente también ayude a explicar la documentación arqueológica allí registrada.
El espacio intervenido inicialmente se limitó a una cata de 2 por 2 m, pero el descubrimiento de estructuras pirometalúrgicas motivó sucesivas ampliaciones hasta alcanzar finalmente unos 15 m 2.
Pese a ello, estratigráficamente su lectura no es compleja.
Se constató como sedimento más reciente la ya aludida unidad superficial de tierra vegetal y cenizas más o menos recientes (UE300=305).
Ambas unidades se superponían a su vez a un estrato menos suelto que el primero, de tonalidad anaranjada y con piedrecillas de pequeño tamaño (UE 302), que cabe interpretar como el nivel de abandono de las estructuras relacionadas con la reducción del hierro.
Estas (identificadas como UEs 303 y 307) descansaban sobre una superficie de uso, pues no se trata estrictamente de un suelo preparado, formada por piedrecillas, ligeramente en pendiente y contenida por un afloramiento de cuarcita, a cuya cota interrumpimos la excavación.
Sin embargo, en un sondeo practicado en ese mismo Corte 3, al suroeste del coronamiento de dicho afloramiento, se detectaron sucesivamente otras dos unidades estratigráficas más compactas bajo dicha cota, caracterizadas respectivamente por sus tonalidades anaranjadas y rojizas y, en el caso de la última, abundante cascajo no lejos de la roca base.
Ambas (denominadas UEs 304 y 306) resultaron arqueológicamente estériles (Fig. 3).
La primera se corresponde con los restos in situ, con un color gris blanquecino muy característico, de parte de una estruc-tura de reducción para el beneficio del hierro, identificable con el cuerpo -cubeta o campana, si seguimos la terminología empleada por Gallego Cañamero (2013: 350, Fig. 1)-de un horno que conserva en alzado apenas unos 0,25 m (Figs.
También se han documentado varios fragmentos grandes de pared curva, de lo que debió ser la chimenea.
Estaban en posición secundaria explicable en parte por los destrozos parciales que habría que hacer para extraer de su interior la lupia o esponja de hierro.
Tales fragmentos, a diferencia de la mayoría de la campana, acabaron por el efecto desigual de los procesos pirometalúrgicos (véase próximo epígrafe) vistosamente dotados de un fino vidriado de tonalidad oscura.
La excavación del horno permitió definirle una solera que, por situarse a ras de suelo, lo aleja de los denominados "hornos de reducción directa con fosa para escorias".
Además se le calculó un diámetro de unos 0,40 m por el interior de la cámara, algo menor al propuesto para otras estructuras de reducción protohistóricas conservadas en España que más adelante referiremos.
La proporción 1/1, estimada a partir de la relación entre el diámetro interno de la campana y la altura de la chimenea propuesta para los hornos de Les Guàrdies y La Juncada (Gallego Cañamero 2014a: 49), acaso permitiría hipotéticamente cifrar la altura de la chimenea del de La Pastora en torno o algo superior a los 0,5 m. en la cámara para poder alcanzar las altas temperaturas exigidas para reducir el mineral de hierro.
Bajo dicha UE303, el proceso de excavación descubrió los restos in situ de la ya referida estructura UE307, una solera rubefactada de horno, más antigua pero de las mismas características y peor conservada, acompañada de un fragmento de pared de su correspondiente campana.
Sobre estos restos apoyaba el horno más reciente (Fig. 5D).
Ambas permiten integrar estos restos, como ya se ha insinuado, entre los hornos de sangrado, de cuyos subproductos nos ocuparemos enseguida.
Todo ello fue elaborado con una argamasa que incluyó una sustancia blanquecina -caolín según las analíticas-, algo de barro y cantos angulosos de cuarcita.
Todos estos materiales tienen una clara procedencia local.
Incluso hoy se aprecian vetas verticales de caolín en las galerías de la propia mina La Pastora abiertas por las exploraciones de los años cincuenta, que ocasionalmente asoman a la superficie..1.1.
Restos materiales y cronología
La adscripción crono-cultural de los restos pirometalúrgicos de La Pastora ha valorado radiocarbónica y tipológicamente algunas de las muestras paleobotánicas y cerámicas recuperadas.
Ambas conducen a conclusiones diferentes, si bien las primeras nos merecen poco crédito, como argumentaremos a continuación.
Ambos resultados, que llevarían los hornos a un contexto romano-republicano, se invalidan mutuamente por ofrecernos una propuesta radiocarbónica invertida, achacable a las filtraciones de basuras y vertidos del estrato superior, favorecidas por la textura fina y suelta de toda la estratigrafía.
Como ya se dijo, el abrigo donde está el horno ha sido objeto de numerosas visitas y de combustiones modernas que han convertido este sedimento en una fuente de muestreo nada propicia ni fiable para la realización de nuevas datas radiométricas.
La cro- Como ya hemos indicado, tanto en el mundo ibérico (Gallego Cañamero 2014a: 41) como en el contexto norteño (Camino Mayor y Villa Valdés 2014: 68), se siguen tendiendo a considerar los hornos con canal de drenaje para las escorias una innovación introducida durante la época romana.
En Aliseda, como acabamos de ver, el material arqueológico asociado a los hornos de La Pastora apoya por el contrario una adscripción protohistórica.
Por su parte, en el contexto mediterráneo levantino, en absoluto ajeno a los colonizadores orientales de la Península Ibérica cuyos influjos alcanzaron el actual territorio extremeño, se ha sugerido su existencia desde comienzos del I milenio A.C. a partir de las escorias de sangrado recuperadas en Tell Hammeh (Jordán, Israel) (Veldhuijzen y Rehren 2007: 193-194).
Abordaremos en este apartado algunos de los elementos del proceso minero-metalúrgico que han podido ser documentados: el mineral, el combustible y las escorias.
Nada conocemos de la tipología y de la tecnología extractiva de época protohistórica en La Pastora por las transformaciones provocadas por las labores modernas, pero podemos aportar una primera aproximación a la procedencia y composición del mineral.
A expensas de poder ampliar el registro en el futuro, los minerales de hierro (Fig. 7A) proceden de vetas ferríferas encajadas en cuarcita contaminada por la descomposición de dichos minerales.
Son óxidos e hidróxidos que, una vez desprovistos de la ganga, retienen en torno a un 4% de impurezas; se componen básicamente de hematita y goethita, con pequeñas contribuciones de fosfatos y sulfatos (Rovira Lloréns y Renzi 2015: 347).
La figura 7B ilustra una muestra constituida por una matriz de goethita con formaciones botroidales de hematita.
Son especies comunes de la mineralización de la mina La Pastora (Rebollada Casado et al. 2010: 250).
El estudio antracológico realizado en el Corte 3 de La Pastora por uno de nosotros ha permitido analizar un total de 172 restos de carbón procedentes de las UEs 302, 303 y 307 (80, 82 y 10 en cada caso), correspondientes al nivel de uso, al horno más reciente y a los restos de un segundo horno más antiguo, respectivamente (Tab.
Con las matizaciones a las que obliga un registro tan escaso (en su conjunto y por UEs), apuntamos una serie de cuestiones que, por reiterativas en el Fig. 7.
Hallazgos del entorno del horno de reducción de hierro de mina La Pastora: A. Fragmentos de mineral de hierro.
Óxidos e hidróxidos de hierro encajados en cuarcita (en color en la edición electrónica); B. Mineral de hierro.
Una matriz masiva de goethita con inclusiones botroidales de hematita (imagen del microscopio electrónico de barrido, electrones retrodispersados). registro, podrían relacionarse con un uso selectivo del combustible para fines siderúrgicos.
En primer lugar señalamos las similitudes taxonómicas entre las paleofloras identificadas en el antracoanálisis de este Corte y las de las secuencias del poblado de la Sierra del Aljibe o del paraje ritual de Las Cortinas (Grau Almero et al. 1998; Grau Almero 1999; Duque Espino 2004, 2011, 2015).
Las similitudes, sin embargo, no se corresponden con la valoración cuantitativa de esos taxones, pues parece reiterarse en La Pastora el predominio del grupo de fragmentos indeterminables (37,79%), seguido del uso mayoritario de la madera de brezo (Erica sp.) (27,91%) y, en menor medida, del olivo/acebuche (Olea europea) (14,53%), que juntos suman algo más del 80% de los valores relativos del análisis.
Completan el registro las quercíneas perennifolias (Q. ilex-coccifera, Q. suber, Q. sp. t. perennifolio), madroños (Arbutus unedo), olivillas/aladiernos (Phillyrea/ Rhamnus), lentiscos (Pistacia lentiscus), jaras (Cistaceae sp.) y, de forma casi testimonial, restos de monocotiledóneas (Esparraguera -cf.
Asparagus sp.-y rusco -Rucus aculeatus-, quercíneas caducifolias (Q. sp. t. caducifolio) y zarzamoras (Rubus ulmifolius) (Fig. 8).
La alta tasa de carbones indeterminables parece provocada por la fusión de la estructura anatómica de los fragmentos, la mayoría de las veces asociada al fuerte proceso de vitrificación sufrido por el combustible.
Este proceso en grados moderado y bajo también ha sido muy frecuente Tab.
Resultados antracológicos de los hornos del 3 de mina La Pastora. en los restantes fragmentos analizados, pero ha permitido conservar gran parte de los criterios anatómicos para la determinación de los mismos.
No se conocen bien las causas que provocan la vitrificación, pero los estudios realizados apuntan a un proceso de combustión a altas temperaturas combinado con una carbonización lenta en un medio reductor de maderas con una tasa de humedad elevada por falta de secado previo o por su uso en verde (Carrión Marco 2004, 2005; Carrión Marco y Badal García 2005).
La vitrificación no suele aparecer en estudios antracológicos de yacimientos arqueológicos, siendo más habitual, aunque no sistemática (Théry-Parisot 2001), en contextos de incendios naturales2 y de carboneras de época histórica3.
En La Pastora, los datos aportados por el carbón procedente de la actividad siderúrgica demuestran que más del 60% de los fragmentos analizados están afectados por la vitrificación en sus diferentes gradientes (Marguerie et al. 2010).
El que esto no se haya observado hasta ahora en antracoanálisis de contextos arqueológicos cercanos cronológica o geográficamente (Duque Espino 2004) permitiría apoyar el ambiente reductor de las combustiones al menos como una de las causas de vitrificación.
Uno de los problemas de las experimentaciones para la obtención de hierro en hornos similares a estos de La Pastora es la imposibilidad de alcanzar las altas temperaturas deseadas.
Estas, sin embargo, podrían obtenerse bien con el uso de fundentes, uso alejado de los resultados metalográficos conseguidos de los hornos protohistóricos (Rovira Lloréns y Burillo Mozota 2005), bien con el empleo de carbón y no de madera, al menos para el ejercicio de esta actividad, ya que triplicaría el poder calorífico de las combustiones (Marcos Martín 1989: 98).
No contamos con referentes arqueológicos protohistóricos directos para asumir la hipótesis de la fabricación de carbón, pero podríamos apuntar su obtención por métodos simples (FAO 1983; Wolf y Vogel 1985; Marcos Martín 1989) para su posterior uso en hornos reductores siderúrgicos como la causa principal de la alta presencia del proceso de vitrificación en nuestro análisis.
Las principales especies utilizadas (brezo y acebuche/ olivo) apoyan la idea del proceso selectivo.
Los estudios etnográficos y las fuentes históricas indican reiteradamente que ambas especies fueron algunas de las más estimadas y utilizadas en la fabricación de carbón con un destino siderúrgico tradicional hasta el siglo XIX en el territorio peninsular (Galán Cela et al. 1998; Blanco et al. 2000; López González 2001; Izco et al. 2006; Ramos Santos 2006; Pascual Mayoral y García Ruiz 2007; etc.).
El resultado del proceso siderúrgico se sustancia en el producto (lupias o esponjas), y el subproducto (escorias).
A falta de las primeras, nos centraremos en el análisis de las segundas.
Dada la aludida falta de fosa para escorias, un factor determinante para incluir tipológica y tecnológicamente La Pastora entre los bajos hornos de sangrado con canal de drenaje ha sido el estudio morfológico de las doce escorias recuperadas junto al horno, cuya morfología y aspecto son propios de las de sangrado.
Tales escorias se solidifican en el exterior del horno, tras abrir una piquera en su parte baja para que fluya la escoria semilíquida y viscosa formada en su interior.
Las superficies muestran una inconfundible morfología de cordones cuya cierta orientación longitudinal sugiere que la colada fluyó, por un canal ligeramente inclinado de sección en "V" muy abierta, hacia un hipotético receptáculo (aquí no documentado) situado a un nivel más bajo que la solera del horno.
Los fragmentos recuperados al excavar esta zona de La Pastora muestran invariablemente esa misma orientación de los cordones, de lo que cabe inferir que no se llegó a formar una torta de escoria, sino un reguero, y por tanto que la escoria evacuada en cada hornada no debía de ser mucha.
Las escorias de sangrado (Fig. 9) tienen composiciones mineralógicas y químicas muy semejantes entre sí, aunque con algunas peculiaridades que detallaremos.
Todas reaccionan ante el imán, lo cual nos advierte de que algún compuesto de hierro trivalente está presente.
Los compuestos químicos predominantes son la sílice y los óxidos de hierro y aluminio; el óxido de calcio está en proporciones bajas pero, en cambio, hay cantidades de óxido de titanio inusualmente altas (pueden superar el 5% en peso).
Su cristalografía tiene como componentes principales la fayalita (silicato de hierro) y la wüstita (óxido de hierro divalente).
Como veremos, la abundancia relativa de la wüstita permite establecer grupos de escorias.
Una peculiaridad de estas escorias es la presencia de un mineral del grupo de las espinelas.
En realidad no es una espinela sino una mezcla de hercinita (espinela verdadera) y magnetita, que también ha sido identificada en otras escorias raras (Severin et al. 2011: 986).
A este mineral deben estas escorias su propiedad de reaccionar ante el imán.
Todas las muestras analizadas lo Fig. 9.
Cuatro fragmentos de escoria de sangrado recuperados junto al horno de reducción de hierro del Corte 3 de mina La Pastora.
Obsérvese la orientación de los cordones de su superficie.
Las diferencias de coloración se deben a distintos grados de limpieza (en color en la edición electrónica) (según Rovira y Renzi 2015: 344, Fig. 1B).
Fragmentos de escoria de sangrado recuperados junto al horno de reducción de hierro del Corte 3 de mina La Pastora.
Imágenes del microscopio electrónico de barrido, electrones retrodispersados (según Rovira y Renzi 2015: 346, Fig. 3 A, B, D, E): A. Microestructura, cristales nucleados de sección poligonal debidos a interacciones entre espinela, magnetita y óxido de titanio; B. Microestructura, cristales nucleados de sección poligonal debidos a interacciones entre espinela, magnetita y óxido de titanio; C. Formaciones de fayalita (de color gris claro) y cristales de espinela (de color gris oscuro), los intersticios de los cristales de fayalita están ocupados por vidrio de relleno; D. Abundante wüstita dendrítica (color blanco) en una matriz predominantemente fayalítica. contienen, en formaciones cristalinas nucleadas de sección poligonal más o menos regular (Fig. 10A).
El núcleo es espinela que ha captado titanio probablemente en forma de óxido y está recubierto por un material rico en hierro y titanio que parece responder a una interacción hercinitaulvita, reacción que Severin et al. (2011: 986-987) estudiaron en detalle.
Algunos cristales son más complejos, mostrando en su núcleo un compuesto cuya morfología recuerda las microdendritas de magnetita, pero cuya composición es idéntica a la del cerco (Fig. 10B).
Las escorias se agrupan en las predominantemente fayalíticas (Fig. 10C) y las que contienen junto a la fayalita cantidades importantes de wüstita (Fig. 10D).
La representación gráfica de las composiciones globales de las escorias en un diagrama ternario de equilibrio de fases FeO-SiO 2 -CaO, convenientemente recalculadas para este fin según Bachmann (1982), muestra que los puntos se alinean junto al eje hierro-silicio debido a su bajo contenido en calcio, con la wüstita como principal diferenciador (Fig. 11).
En el gráfico caen lejos de la zona del olivino, que es la de las composiciones ideales de las escorias de sangrado.
Ello podría interpretarse como un cierto rasgo de primitivismo que un fundidor experto habría resuelto fácilmente añadiendo a la carga del horno algo de caliza como fundente para desplazar las composiciones hacia la zona del olivino.
Afortunadamente, aun sin contar con la adición de fundentes, se conseguía obtener una escoria pastosa evacuable dentro de un rango de temperaturas comprendido entre 1.150° y 1.250° C, perfectamente asequible en un horno de pequeñas dimensiones ventilado con tres o cuatro toberas.
El proceso de escorificación en las fundiciones del horno de La Pastora resultó sorprendente cuando se estudió en detalle (Rovira Lloréns y Renzi 2015: 347-349).
Dio la clave el material constructivo del horno, un caolín que yace en vetas y bolsadas en las inmediaciones de la propia mina.
El dato que nos puso sobre la pista fue la anormal cantidad de titanio en la escoria, un elemento ausente en el mineral de hierro de la mina.
En cambio el caolín con el que se construyó el horno contiene más del 2% de TiO 2 (Rovira Lloréns y Renzi 2015: 348, Fig. 5B).
Resumiendo, la escoria es resultado de una fuerte interacción del mineral de hierro con el caolín de la pared del horno, a alta temperatura, en la zona correspondiente a la cámara de reacción.
Este detalle se observa en los propios restos conservados del horno, donde la pared de dicha cámara está notablemente adelgazada por debajo de la posición de las toberas, mientras que el cuerpo alto (chimenea) solo muestra un ligero vidriado térmico.
Con otro tipo de material el horno no hubiera producido estas escorias y probablemente tampoco hubiera cumplido su función.
Con los restos de la estructura y la composición de la escoria pudimos reconstruir un modelo de funcionamiento del que se deduce una producción por hornada de unos 24 kg de hierro bruto (Rovira Lloréns y Renzi 2015: 352).
La escala de la producción
El total de la escoria recuperada en los cortes abiertos en La Pastora durante la campaña de 2011 asciende a 170 kg que, teniendo en cuenta los 37,4 m 2 totales de excavación, suponen una media de 4,54 kg/m 2.
Proyectándolos sobre las 0,6 ha en que se ha estimado grosso modo la superficie de la explotación antigua, arroja una cifra ligeramente superior a 27 tm de escoria de Es importante no perder de vista que estamos manejando un modelo teórico basado en las relaciones estequiométricas que proporcionan los materiales analizados, lo cual presupone aceptar que los materiales presentes en la carga reaccionan en su totalidad.
Esto raramente sucede en los hornos antiguos, en los que una parte del mineral no reacciona para formar la lupia como muestra gráficamente la figura 12, correspondiente al momento de extracción de dicha lupia en un horno experimental.
Por la boca puede verse que queda en el interior mineral sin reaccionar, aparte del que ya se ve fuera del horno.
Es decir, es un modelo de máximos.
Pero no es arbitrario y las cifras que propone son un tope objetivo para poder hacer estimaciones de la producción basadas en algo más que la simple especulación subjetiva.
En todo caso, la arqueometalurgia experimental produce resultados muy variables por lo que respecta a rendimiento y otras valoraciones (Gallego Cañamero 2014a: 49).
A pesar del mucho trabajo realizado en ese sentido, todavía estamos lejos de poder equiparar un experimento a datos concretos arqueológicos.
En nuestro caso, la ratificación del modelo debería comprobarse experimentalmente reproduciendo el horno de La Pastora con iguales materiales constructivos, cargarlo con la cantidad de mineral que propone el modelo, analizar las escorias resultantes (que han de coincidir con las arqueológicas) y la cantidad de hierro producido.
Contrariamente a la variabilidad experimental, la homogeneidad de las escorias del entorno de La Pastora indica que el proceso tecnológico estaba claramente definido y se repitió sistemáticamente con resultados similares muchas veces.
Estudios experimentales recientes, refrendando la opinión de otros previos, defienden la preferencia por el uso de hornos de reducción con el sistema de tiro natural o libre -frente a los de ventilación asistida mediante fuelles-en contextos de producción intensiva (Gallego Cañamero 2014a: 42, 47-51 y 54, 2014b: 52).
Aunque la discusión en torno al tema sigue abierta (véase, p. ej., alguno de los trabajos publicados en Dungworth y Doonan 2013), los paralelos etnográficos apoyan la idea de que los hornos bajos de gran talla operan por el sistema de tiro natural aprovechando el efecto chimenea, mientras que los pequeños (diámetro de la cámara de unos 50 cm o inferiores) se adecúan mejor a la ventilación asistida con fuelles.
Sobre las limitaciones del efecto de una tobera que, a su vez, limita el diámetro eficaz de la cámara, véase Rovira Lloréns y Renzi (2010: 91-92).
El horno de La Pastora, por las dimensiones y el posicionamiento de sus toberas, pertenecería muy probablemente al segundo grupo.
LA PASTORA Y LOS HORNOS DE REDUCCIÓN DIRECTA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA
Hasta donde conocemos, no son muchos los hornos de reducción directa de hierro con un nivel de conservación aceptable para sugerir como paralelos, a grandes rasgos, del horno de Aliseda.
Descartadas las estructuras fenicias y orientalizantes de Toscanos, Morro de Mezquitilla, Cerro del Villar, La Fonteta, Carmona, etc., por los motivos indicados al comienzo de este trabajo, solo cabe recurrir a ámbitos geográficos más alejados, que suelen albergar además los escasos Fig. 12.
Reducción experimental de mineral de hierro en un horno de chimenea ventilado con una tobera.
Extracción de la lupia.
Obsérvese la importante cantidad de material (carbones, mineral, escoria) extraído del horno junto con la lupia.
Experimento realizado en West Dean College, Chichester (Inglaterra) en 2010, durante un encuentro de Arqueometalurgia experimental (en color en la edición electrónica).
A esa misma modalidad, aunque en contexto celtibérico, se adscriben los restos de Segeda I (Mara, Zaragoza): un horno del que se documentó el pozo de escoria (de unos 0,45 m de diámetro) y el arranque del cuerpo (Rovira et al. 2012).
A ellos han venido a sumarse los de La Juncada (Peracense), en plena Sierra Menera turolense (Fabre et al. 2012; Villargordo Ros et al. 2014), cuya tipología, sin embargo, constituye el mejor referente comparativo para el que ahora damos a conocer.
Son tres hornos de sangrado, también denominados "hornos galo-romanos" (Gener Moret 2010: 214-215), fechados por radiocarbono entre finales del siglo V y el siglo III a.C., dada la práctica ausencia de material cerámico susceptible de valorarse tipológicamente (Villargordo Ros et al. 2014: 88).
Como el de La Pastora, destacan por su buena conservación.
Todos son de planta oval o circular.
Dispusieron de un armazón estructural relativamente inalterable, elaborado mediante hiladas de lajas de arenisca y cuarcitas de pequeñas dimensiones trabadas con barro y colocadas desde la base del horno que se elevaban en altura hasta culminar en la chimenea.
Sus dimensiones -tampoco muy alejadas de las del horno mejor conservado de Aliseda-serían de 0,50 m de diámetro interior, alcanzando la parte baja conservada del horno, parcialmente excavada en la cantera caliza de la Sierra Menera, una altura máxima de 0,40-0,50 m.
Las seis hiladas conservadas del armazón del horno más completo de La Juncada serían recubiertas posteriormente con manteados de barro interiores.
Finalmente, sus dos toberas, con una inclinación estimada de 130o, tendrían diámetros también ligeramente superiores, de 4-4,5 cm (Fabre et al. 2012: 58), si bien, atendiendo a los ensayos experimentales, se cuestiona el uso de fuelles (Villargordo Ros et al. 2014: 86).
Como sucediera con los de Aliseda, los hornos fueron sometidos a los periódicos destrozos y reelaboraciones propios de su uso reiterado, aun reconociéndoles sus excavadores un nivel de reutilización muy superior al de los hornos con pozo de escoria (Villargordo Ros et al. 2014: 84-85).
Estas evidencias, en suma, refrendan el interés del horno de reducción de La Pastora.
Junto con las ya mencionadas escorias de Tell Hammeh en el otro extremo del Mediterráneo amplían también el horizonte cronológico y cultural de los hornos de sangrado y, en general, la muestra disponible para la discusión en torno a los hornos de reducción directa en la protohistoria de la Península Ibérica. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
EL SILO DE EL PONTARRÓ: DESCUBRIMIENTO Y EXCAVACIÓN
El Pontarró se sitúa en el término municipal de La Secuita (Tarragona), a unos 3 km al noroeste de la población y a unos 15 km de Tarragona (Fig. 1B y C), en la parte superior de una parcela en forma de media luna dedicada al cultivo de cereal, a 192 m s.n.m.
Corresponde al actual Camp de Tarragona y, en época ibérica, al territorio de la Cosetania o Cesetania (área entre el macizo del Garraf y el collado de Balaguer).
A finales del siglo V a.C. se documenta allí un poblamiento jerarquizado propio de las sociedades ibéricas, estructurado en distintas categorías de núcleos de hábitat controlados por ciudades o asentamientos principales (Asensio et al. 1998; Sanmartí 2004).
Los núcleos urbanos más próximos a El Pontarró son El Vilar (Valls) y el asentamiento ibérico de Tarragona (Fig. 1C), con un horizonte fundacional de mediados del siglo VI a.C. En ambos y en los poblados de Els Garràfols (Vallmoll) y el Castell del Catllar se han documentado materiales fenicios descontextualizados.
El asentamiento protohistórico más cercano al silo de El Pontarró es El Pontarró II (a 500 m de distancia), conocido solo por los materiales de época ibérica (siglos V-I a.C.) encontrados en superficie, que se ubica en un pequeño promontorio, arrasado parcialmente en época reciente por trabajos agrícolas (Canela 2015).
En 2012, tras unos trabajos de rebaje del terreno, un aficionado local descubrió los restos objeto de este artículo que entregó a investigadores del Instituto Catalán de Arqueología Clásica (ICAC).
Consisten en elementos de ornamentación de bronce que parecían alterados por el fuego, unas 3.000 cuentas de pasta vítrea, tres fusayolas y varios ejemplares de Cypraea annulus.
Salvo las fusayolas, los demás hallazgos son poco frecuentes en contexto de hábitat, en particular en las cantidades indicadas, y en cambio son característicos de los ajuares de las necrópolis del Período Ibérico Antiguo.
El hallazgo tenía un interés científico indudable, ya que en el litoral catalán las necrópolis protohistóricas son prácticamente desconocidas.
En el área cesetana sólo se conocen la de Milmanda en Vimbodí (Graells 2008) y la de Can Canyís en Banyeres del Penedès (Bea et al. 1999).
Se notificó el hallazgo al Servicio de Arqueología de la Generalitat de Cata-Fig.
Localización de la zona de estudio en la península ibérica.
B. Situación del yacimiento de El Pontarró (7. marcado con un círculo) y de los principales yacimientos mencionados en el texto: 1.
Coll del Moro de Gandesa; 13.
La Solivella;20 luña, cuyos responsables acordaron financiar una breve intervención de urgencia con el objeto de documentar algún resto de una posible necrópolis destruida, aunque el terreno había sido rebajado hasta el nivel geológico y no parecía probable que se conservaran restos de tumbas in situ.
La empresa Àtics, bajo la dirección científica de uno de nosotros (J. C.), realizó los trabajos.
Sus condiciones (con presupuesto y duración extremadamente reducidos y restringida a los puntos donde hubiera indicios de remoción de tierras) limitaron la intervención a sendos sondeos de verificación en dos puntos donde afloraban algunas piedras removidas (Fig. 2).
El primero de los sondeos dio resultados negativos.
En el segundo se localizó un silo cuya parte superior había sido arrasada (Fig. 3).
Estaba delimitado por un recorte (UE 1002), que dibujaba una estructura de planta circular y paredes rectilíneas en la parte conservada, con diámetro de 2,20 m en la parte superior, y altura máxima de 1,60 m.
Dicho relleno contenía bronces y cuentas de collar de los tipos que se habían documentado en superficie (Fig. 4), junto a fragmentos de cerámica y material lítico, así como fauna terrestre y más ejemplares de Cypraea annulus.
Destaca la ausencia de huesos humanos, de objetos de hierro y, entre la cerámica, de urnas funerarias.
Cabe mencionar también las numerosas piedras, cenizas y restos carbonizados (Fig. 3A).
Las piezas de la donación particular fueron atribuidas a la UE 1001 (nivel superficial), y consideradas como procedentes del silo, por la coincidencia tipológica de los objetos con los recuperados en la excavación.
Al constatarse que el material procedía de un silo, una vez excavado, se dio por terminada la intervención de urgencia.
Posteriormente, se incluyó el yacimiento en un proyecto más amplio de investigación del ICAC, que preveía la realización de prospecciones geofísicas y excavaciones para determinar si esta estructura formaba parte de un campo de silos, un sistema de almacenaje bien documentado en esta zona (Asensio et al. 2002: 126; Asensio 2015: 245).
Desgraciadamente, a pesar de intentos reiterados y de la colaboración del consistorio municipal, no ha sido posible ob- tener la autorización del propietario del terreno ni es previsible conseguirla en un futuro próximo, por lo que la investigación se ha visto limitada a estudiar los materiales que aquí se presentan.
ESTUDIO DE LOS MATERIALES ARQUEOLÓGICOS
Los materiales de vidrio
Los objetos mayoritarios son de vidrio y, en su inmensa mayoría, son cuentas de collar.
La determinación del material como vidrio se ha hecho mediante observación macroscópica y con lupa binocular.
Se prevé analizar una selección de cuentas por espectrometría Raman, gracias a un convenio entre el ICAC y el Instituto de Ciencias Fotónicas, bajo la responsabilidad de Pablo Loza1.
Destacan la variedad cromática y la diversidad tipológica del conjunto de El Pontarró para cuya descripción hemos adaptado la clasificación de Encarnación Ruano (2000: 43) para las cuentas del Museo Arqueológico de Ibiza y Formentera.
Hemos documentado los siguientes tipos:
Cuentas monocromas anulares (Fig. 5.1): se han dividido en dos grupos según su tamaño.
El primero tiene grosor de hasta 1 mm, diámetro de 2-3 mm y peso medio inferior a 0,01 g y el segundo grosor entre 2 y 3 mm, diámetro entre 4 y 6 mm y peso medio de 1 g.
Los subgrupos se distinguen por su color: azul marino, turquesa, gris, negro, amarillo y blanco.
Algunas blancas son casi transparentes y otras opacas y más porosas.
Hemos distinguido un grupo de cuentas esféricas en sentido estricto de otro con cuentas de forma más irregular y alargada.
Son de coloración clara (blanco, beige, rosado, naranja, gris), azul turquesa, negro, azul marino, verde o amarillo, con un total de 839.
Cuentas monocromas cilíndricas con perforación longitudinal (Fig. 5.3): tienen de 3 a 6 mm de longitud y de 2 a 3 mm de diámetro y un peso medio de 0,4 g.
Se han distinguido tres grupos según su color: uno de color turquesa y el otro de coloración clara (blanco, gris, beige, rosado).
En total corresponden a 39 ejemplares.
Cuentas monocromas cilíndricas con perforación longitudinal (Fig. 5.4): miden entre 4 y 10 mm de longitud y su diámetro varía de 2 a 3 mm. El color varía del gris/negro al azul.
Se han documentado 17 piezas.
Cuentas monocromas grises de formas diversas, con estrías alargadas y perforadas (Fig. 5.5): miden de 2 a 4 mm de longitud y diámetro de 1 a 2 mm. Se han recuperado 34.
Cuentas monocromas espiraliformes de tonos amarillentos (Fig. 5.6): de 1 a 4 mm de grosor y diámetro de 3 a 5 mm. Corresponden a 36 ejemplares.
Cuentas agallonadas: su diámetro interior va de 3 a 5 mm y el exterior de 4 a 10 mm. Se dis-Fig.
tinguen dos grupos según el color: uno de tonos amarillentos (Fig. 6.1) y otro azul marino, con un total de 21.
Cuentas monocromas fusiformes de color turquesa con perforación longitudinal (Fig. 6.2): con longitud de 6-11 mm, anchura de 3-5 mm y espesor de 1 mm. Son 27 piezas.
Cuentas oculadas con fondo turquesa y ojos de color azul marino y blanco (Fig. 6.3).
Pueden ser de tendencia esférica o anular.
Su diámetro interno es de 1-3 mm; el externo varía si son anulares (5-8 mm) o esféricas (4-5 mm).
Corresponden a un total de 11 ejemplares.
Además de las cuentas hay colgantes de vidrio completos y fragmentados.
Tres de los completos son monocromos, con forma de lágrima de color azul marino.
Poseen un orificio en la parte superior para pasar una cadena o hilo (Fig. 6.4).
Un cuarto es policromo, piriforme azul, con cuatro pequeñas protuberancias de vidrio blanco.
Aparentemente le atraviesa un hilo de bronce que, en la parte superior, forma un engarce para pasar una cadena o hilo del mismo material (del que conserva restos), y que sobresale por la parte inferior de la pieza (Fig. 6.5).
Los fragmentados corresponden a dos posibles colgantes esféricos de color azul marino y un tercero de vidrio blanco, translúcido, que sólo conserva la parte superior donde se sitúa el engarce por donde pasaría el hilo o la cadena.
Muchas piezas de vidrio, como las de bronce, presentan claros indicios de haber sido sometidas a elevadas temperaturas.
Algunas aparecen fundidas o alteradas por la acción del calor, y a veces están unidas entre si o adheridas a otros materiales, en particular, el bronce, con el que se combinarían en los adornos.
Ello es coherente con los resultados de los estudios metalográficos (vid. apartado 2.3.2.).
Las cuentas y colgantes de vidrio están escasamente representados en yacimientos protohistóricos de Cataluña y en general de la Península Ibérica, ya que por su reducido tamaño son muy difíciles de identificar sin cribar la tierra.
Suelen provenir de contextos funerarios cuya cronología oscila entre el siglo VI y el II-I a.C. (Ruano 2000: 43).
A menudo se atribuye a las cuentas una filiación mediterránea (en particular, las oculadas caracterizan el mundo fenicio-púnico).
Sin embargo se documentan en yacimientos de la Edad del Bronce del nordeste peninsular anteriores a los contactos coloniales, y su procedencia se podría vincular con el mundo transpirenaico (Rafel et al. 2008).
También aparecen en estas cronologías en las Islas Británicas (Henderson 1989) y sur de Francia (Ambert y Barge-Mahieu 1989).
A diferencia de otros contextos mediterráneos, especialmente Egipto, Mesopotamia o Grecia (Shortland et al. 2007; Henderson et al. 2010; Smirniou y Rehren 2011), los análisis de composición escasean en la Protohistoria de la Europa occidental, incluyendo la Península Ibérica (Ruano et al. 1995a; García-Heras et al. 2005; Palomar et al. 2009).
Hasta la fecha, las cuentas de vidrio de El Pontarró representan el mayor conjunto de este tipo de piezas hallado -o al menos publicadoen un yacimiento protohistórico del ámbito peninsular.
De la excavación de varias necrópolis en la isla de Ibiza (entre las que destaca la de Puig des Molins) proceden 1.578 (Ruano 2000: 45).
En la Cataluña meridional, las necrópolis protohistóricas suelen proporcionar un contado número de cuentas, según las publicaciones de yacimientos como Mianes (Maluquer de Motes 1987) o Mas de Mussols (Maluquer de Motes 1984), entre otros, y los fondos de los museos.
En la necrópolis de Esquarterades, en Ulldecona (Belarte et al. 2016), excavada recientemente de manera meticulosa, incluyendo el cribado de tierras, solo se ha recuperado un ejemplar.
Fuera del área geográfica considerada, en la necrópolis del Cigarralejo (Mula, Murcia), un estudio de 200 tumbas, datadas entre los siglos V y I a.C., de las que 87 tenían objetos de vidrio, cita un total de tan solo 1.018 cuentas (Ruano et al. 1995b: 190).
En necrópolis de la Edad del Hierro del sur de Portugal (finales del siglo VI -inicios del siglo IV a.C.), las cuentas de vidrio son relativamente frecuentes: entre 80 y 190 en las tumbas con mayor número de ellas que corresponden a los personajes con estatus social más elevado (Gomes 2014: 435-436).
La fragmentación de las cerámicas ha impedido remontar vasijas completas: las 1.025 piezas (considerando globalmente todas las UEs identificadas en el relleno del silo) corresponden a un nú-mero mínimo de 48 individuos.
Tanto en número mínimo de individuos (NMI) como en número de fragmentos (NF), la mayoría es cerámica ibérica oxidada a torno (615 fragmentos y 29 individuos, un 60% en ambos casos) (Fig. 7.3 a 11), de los que un 5% de los fragmentos y el 14% de individuos están pintados con motivos geométricos (bandas paralelas y círculos concéntricos) (Fig. 7.4 a 7).
Las importaciones son anecdóticas: el borde de una copa ática de barniz negro tipo Cástulo (0,1% del número de fragmentos y 2,08% del número de individuos) (Fig. 7.1).
También se localizó un fragmento de borde de aríbalo de producción indeterminada (Fig. 7.2).
El fragmento de copa Cástulo (UE 1006, 1) sitúa la amortización del silo entre el último cuarto del siglo V a.C. y el primer cuarto del siglo IV a.C. (425-375 a.C.), a finales del período Ibérico Antiguo o inicios del Ibérico Pleno.
Este tipo de barniz negro ático es el más frecuente en la Península Ibérica en este momento, y precede la llegada de las cerámicas áticas de figuras rojas (Sánchez 1992: 328).
El fragmento de borde de aríbalo (UE 1005, 20) (Fig. 7.2) podría remontarse a un momento anterior, pero sus características no permiten determinar si se trata de una importación (proto-corintia) o de una producción indígena.
Este contenedor de perfumes está bien documentado como elemento de ajuar en necrópolis del Ibérico Antiguo del NE peninsular.
En Tarragona aparece en la tumba 4 de Mianes (Santa Bàrbara) y la 10 de Mas de Mussols (Santa Bàrbara-Tortosa) y en Gerona en varias tumbas de las necrópolis de Empúries: inhumación 57 de Bonjoan, incineración 4 e inhumación 2 de la muralla NE, o tumba 4 de la necrópolis de Mateu, todas ellas oscilan entre el segundo cuarto y los finales del siglo VI a.C. (Graells 2008: 59-60).
La cerámica ibérica a torno incluye vajilla doméstica para conservar o servir productos líquidos, como tinajas con borde de cuello de cisne (Fig. 7.3 y 4) y jarras de boca trilobulada, y envases de almacenaje y transporte, sobre todo ánforas (Fig. 7.7, 10 y 11).
Los vasos a mano, utilizados para cocinar y consumir los alimentos, en general, son de dimensiones reducidas.
Tienen perfil ligeramente ovoide, sin borde exvasado, y a veces se decoran con incisiones paralelas o cordones digitados (Fig. 7.12 y 13).
También resulta elevado el número de 16 fusayolas de cerámica a mano documentas en el silo, la mayoría de morfología bitroncocónica.
A diferencia de los envases cerámicos, muchas presentan claros indicios de haber sido parcialmente quemadas (Fig. 8.1 a 16).
La composición de los objetos cerámicos de este silo es similar a la de los contextos de otros yacimientos ibéricos de la Cesetania, aunque el porcentaje de importaciones en El Pontarró es menor.
En Alorda Park, Calafell o Turó de la Font de la Canya, Avinyonet del Penedès, durante la segunda mitad del siglo V a.C., el volumen de importaciones (cerámicas áticas de barniz negro) es muy reducido: el 1% en Alorda Park.
Este período se caracteriza, en la cerámica a torno de producción local, por la reducción drástica de la proporción de envases con decoración pintada y la ampliación de su repertorio formal (Asensio et al. 2005: 189).
La cerámica ibérica a mano supone en torno al 40%, entre la segunda mitad del siglo IV y la primera mitad del V a.C., por ejemplo en Alorda Park (Maese 2005: 212-213 y fig. 3), una proporción similar a la de El Pontarró.
De todos modos, cabe considerar que, siendo un solo silo, la información procedente del mismo es muy parcial.
Los materiales de bronce.3.1.
El silo ha proporcionado un importante conjunto de piezas de bronce: un total de 953 fragmentos de 1.373,31 g de peso.
Todos los objetos se relacionan con el adorno personal y, en su mayoría, con colgantes de los tipos descritos por Núria Rafel (1997), cuya clasificación hemos utilizado.
Destacan los fragmentos de cadenas conservados en longitudes variables.
Algunas se forman con simples eslabones enlazados pero es frecuente adornarlas con colgantes esferoidales (Fig. 9.1 y 6) y, a veces, alternarlas con eslabones simples o de hilo arrollado sobre un vástago con anillas distales.
También se documentan anillas sueltas, colgantes aislados de apéndice esferoidal, eslabones de hilo arrollado sobre un vástago con anillas distales (Fig. 9.2 y 3), o anillas soldadas.
Todos estos elementos debían formar parte de collares o cinturones de cadenas, extensamente documentados en yacimientos del Hierro I e Ibérico Antiguo (Rafel 1997: 100) Cabe interpretar como probable ave una figurita, muy deformada por la acción del fuego, procedente de la UE 1004 de El Pontarró (Fig. 9.4).
Los colgantes zoomorfos están ampliamente registrados en necrópolis de Cataluña meridional y Castellón, como Milmanda (Vimbodí, Tarragona) (Ramon 1995: lám. 3), Can Canyís (Banyeres del Penedès, Tarragona) (Vilaseca et al. 1963: fig. 4), Coll del Moro (Gandesa, Tarragona) (Rafel 1993: fig. 107), Esquarterades (Ulldecona, Tarragona) (Belarte et al. 2016), Bovalar (Benicarló, Castellón) (Esteve Gálvez 1966, fig. 7) o La Solivella (Alcalà de Xivert, Castellón) (Oliver 2014: 69).
Otros colgantes documentados en El Pontarró son los denominados de lámina bien cónicos, bien arrollados (Rafel 1997: 101, fig. 1), en ocasiones enlazados (Fig. 9.7).
Así cabe interpretar algunos fragmentos de disco con decoración de círculos concéntricos repicados por una cara, de tipo muy similar a los de Mas de Mussols (Maluquer de Motes 1984: 76 y 87, figs. 17 y 23), documentados en la UE 1001 de El Pontarró (Fig. 9.8a).
Normalmente, la cara opuesta está mal conservada y no permite apreciar cómo era su acabado, pero tras su restauración 2 se han identificado restos de la fíbula que los fijaría al vestido (Fig. 9.8b), sugiriendo que serían broches similares a los descritos por Maluquer de Motes.
2 Anna Bertral Arias ha restaurado los materiales de bronce.
A su vez algunos hilos o vástagos podrían haber formado parte de fíbulas, alfileres u otros elementos de adorno personal (Fig. 9.5), como los abundantes fragmentos informes, a menudo muy deformados a causa de la acción del fuego.
En resumen, el conjunto de tipos descritos poseen abundantes paralelos durante el Período Ibérico Antiguo, entre la segunda mitad del siglo VII a.C. y el siglo V a.C. (Rafel 1997), concentrados en la Cataluña meridional y el norte de Castellón (salvo algunas excepciones, como las necrópolis de Empúries).
Están especialmente bien representados en contextos funerarios y más raramente en lugares de hábitat..3..
Finalizado el estudio tipológico, se analizaron 27 muestras por fluorescencia de rayos x (FRX) en el Instituto de Historia del CSIC.
Todas han resultado ser bronces o bronces plomados (>2% PB) excepto una con alto contenido de arsénico y antimonio.
Cinco de ellas han sido también sometidas a metalografía en el mismo centro.
Asimismo, en tres de las piezas se han realizado análisis de isótopos de plomo con un espectrómetro de masas con fuente de plasma acoplado inductivamente de alta resolución y multicolección (MC-ICP-MS Neptune), equipado con 9 cajas de Faraday, del Servicio de Geocronología y Geoquímica isotópica de la Universidad del País Vasco (Tab.
Los resultados obtenidos en las muestras procesadas se han comparado con la información geológica recopilada en la base de datos sobre isótopos de plomo de la Península Ibérica del Grupo de investigación de Arqueometalurgia del Instituto de Historia del CSIC.
Los datos del NE proceden de Canals y Cardellach (1997) y de producción propia, mientras que los datos comparativos con el SE, además de los de producción propia, recopilan la información contenida en la base de datos OXALID y los publicados por Arribas y Tosdal (1994) y Graeser y Friedrich (1970).
La composición de bronces plomados con más del 3% de plomo en dos de ellas (PA24496 y PA24513) significa que la posible procedencia del metal se refiere al plomo y no al cobre.
En el tercer objeto (PA24495) el contenido de plomo podría estar relacionado con el mineral de cobre procesado y, como se observa en la figura 10A, podría corresponder con minerales de cobre-plomo del área del Montsant en Tarragona (Rafel et al. 2016), a menos de 100 km de la localización de El Pontarró.
En esta zona muchos minerales de cobre contienen proporciones de plomo que podrían haber producido el contenido cuantificado en el análisis de FRX.
El plomo de la anilla PA24513 (5,5% Pb) encaja con los minerales del área del Molar-Bellmunt-Falset (MBF), también en la provincia de Tarragona.
Su composición isotópica coincidiría con la de algunos objetos de plomo y fragmentos de galena procedentes de esta zona y recuperados en Empúries entre el siglo V y el III a.C. (Rafel et al. 2008b; Rafel et al. 2010).
El fragmento de hembrilla (PA24496) presenta una posición próxima, pero separada de los campos isotópicos actualmente definidos para las zonas del Montsant y MBF.
El alineamiento de las muestras podría sugerir una mezcla de plomo, pero la única zona coincidente serían las minas del Cabo de Gata en Almería (Fig. 10B).
Como síntesis, podemos destacar el uso local de los minerales de plomo del área MBF y quizás del cobre de la zona del Montsant.
Los estudios metalográficos presentan evidencias de que los objetos analizados habían sido sometidos a la acción de un calor intenso como último paso de su cadena operativa anterior al depósito definitivo.
No es posible discernir si ello fue el resultado de un proceso tecnológico o de una hoguera, incendio o cremación.
Sin embargo, todos los casos son compatibles con un escenario de cremación ritual, previo a la deposición de un difunto junto a su ajuar funerario (Montero y Rovira 2002).
La microestructura de las piezas indica su exposición a temperaturas Tab.1.
Análisis de isótopos de plomo de 3 objetos del silo de El Pontarró (La Secuita, Tarragona) realizados por espectrómetro de masas con fuente de plasma acoplado inductivamente de alta resolución y multicolección, en el Servicio de Geocronología y Geoquímica isotópica de la Universidad del País Vasco (I. Montero).
Representación de los resultados de los análisis de isótopos de plomo de las muestras de El Pontarró (La Secuita, Tarragona) (véase Tab.
1) en relación a los materiales de otros yacimientos del I Hierro del Noreste de la Península Ibérica y mineralizaciones de la misma (I. Montero) (en color en la edición electrónica).
En necrópolis protohistóricas del Hierro I, como la de Sebes (Flix, Tarragona), datada en el siglo VII-VI a.C., el análisis físico-químico (difracción de rayos X) de los huesos cremados muestra que la mayoría fueron expuestos a temperaturas homogéneas y prolongadas entre 825o y 1000o (Piga et al. 2009; Belarte et al. 2013: 301 y 307).
Los objetos líticos y de barro
Las escasas piezas líticas recuperadas en el interior del silo tienen función doméstica o bien una, todavía desconocida, de posible carácter ritual.
Al primer grupo pertenecen dos molinos de vaivén (procedentes de las UE 1005 y 1006), y un fragmento de la parte superior de otro rotatorio (UE 1006).
Los molinos de vaivén tienen un origen prehistórico, mientras que los molinos rotativos no aparecen el NE peninsular hasta el período comprendido entre finales del siglo VI a.C. y principios del siglo V a.C. (Portillo 2006: 61).
El segundo grupo consta de dos fragmentos procedentes de la UE 1004.
Uno corresponde a un objeto de posible forma anular elaborado a base de un guijarro con un agujero central (Fig. 11.1).
No parece estar trabajado, pero su forma sugiere un uso como elemento decorativo en un colgante.
En la necrópolis de Milmanda en Vimbodí (Tarragona) se localizó un anillo hecho a partir de un guijarro trabajado.
El segundo pertenece a un objeto de forma circular con diámetro interno de 62 mm de esquisto pulido.
Tiene 22 mm de anchura y un grosor máximo de 12 mm, con sección triangular (fig. 11.2).
No hemos encontrado paralelos para esta pieza, que tal vez formara parte de un brazalete.
El único objeto de barro recuperado en El Pontarró es un fragmento de una gran pesa de telar troncopiramidal (Fig. 8.17).
Conserva una perforación circular central de 10 mm de diámetro en la parte superior y no está decorada en la base.
ESTUDIO DEL MATERIAL BIOARQUEOLÓGICO
Los procedentes de las UEs de la parte inferior del registro son de consumo, mientras que los de las UEs de la parte superior tienen un marcado carácter ritual, tal vez asociable a un contexto de necrópolis de incineración o bien a un depósito ritual.
Así, los restos de fauna en el nivel inferior (UE 1007) son pocos y dispersos y se relacionan con el consumo.
Entre ellos destacan una valva de Glycymeris violascens y varios fragmentos de diáfisis de huesos largos.
La UE 1006, en contacto con la anterior, es mucho más rica: 67 restos de fauna.
Tiene una composición típica de vertedero de desechos alimentarios domésticos mezclados con residuos de artesanado.
De esta UE proceden restos de los principales mamíferos domésticos (buey, cerdo, ovicaprinos) así como de ciervo y équido.
Los huesos de la tríada doméstica tienen trazas antrópicas motivadas por las actividades de desarticulación, descuartizamiento y descarnación para su aprovechamiento alimentario.
Esas trazas aparecen en los restos de un cerdo de entre 1 y 4 meses.
Todos los huesos de cerdo con sexo determinable corresponden a individuos masculinos de poco más de 15 meses, que han podido reproducirse más de una vez y están en el óptimo cárnico.
La UE 1005 sobre la UE 1006 contiene una baja densidad de desechos alimentarios (buey y oveja) y un ejemplar de Cypraea annulus calcinada.
En la UE 1004 faltaban los restos de fauna, mientras en la cota superior, el registro faunístico de la UE 1003 difería mucho del resto.
Además de una cabra (Capra hircus) de entre 3 y 4 meses de vida, casi entera, y de restos de ovicaprinos adultos o subadultos había un conjunto de Cypraea annulus y Columbela rustica quemadas (Fig. 12) (gris oscuro, indicativo de temperaturas entre 500 y 600o) o calcinadas (color blanco, más de 650o)3, un registro diferente del de los residuos habituales de consumo.
La presencia de 6 pequeños fragmentos de diáfisis de hueso largo con manchas verdes de óxido de cobre se vincula con el hallazgo de objetos de bronce en este estrato.
Este registro podría relacionarse con la cremación de restos humanos.
Las Cypraea y Columbela habrían sido elementos ornamentales, junto a los bronces y cuentas de collar descritos en los apartados previos, acompañados, tal vez, del depósito de la cabrita entera y de los restos cremados de otros animales.
Durante la excavación se recogieron muestras de sedimento de las distintas UEs, para recuperar restos de semillas, carbones y microfauna tras su flotación.
Las UEs 1003 y 1006, con cenizas y restos arqueobotánicos carbonizados, han proporcionado probables residuos de procesos culinarios domésticos más tarde arrojados al silo.
Se han identificado un posible resto de pedicelo de uva (Vitis sp.) y tres cereales: cebada vestida (Hordeum vulgare), trigo desnudo / duro (Triticum aestivum / durum) y un posible resto de panizo o mijo italiano (Setaria sp.).
La cebada vestida se utiliza para fabricar cerveza, una de las bebidas fermentadas más antiguas, y es también un importante complemento en la alimentación del ganado doméstico.
Puede ser consumido como sopa o cocido y es panificable.
Este cereal debe someterse a procesos de torrefacción que, al favorecer el desprendimiento de su cascarilla, facilitan su consumo humano y le vuelven más susceptible de carbonización en contacto con el fuego.
El trigo desnudo (blando-común/duro) es de los más óptimos para panificar o elaborar galletas, etc. Es un cereal de invierno y sus granos contienen almidones, proteínas, lípidos, sales minerales y vitaminas.
La documentación de un resto de panizo o mijo italiano evidencia que los cereales de primavera ya se han consolidado en el entramado agrícola durante la época ibérica y son claves para el funcionamiento del ciclo productivo agrícola en combinación con los cereales de invierno.
Los cereales identificados en el silo de El Pontarró están en todos los yacimientos de época ibérica con carpología estudiada situados en el área de la actual Cataluña (López et al. 2011).
El resto de pedicelo de uva puede indicar el consumo de este fruto, bien descrito en el registro arqueobotánico de época ibérica, aunque con un único resto recuperado sería osado ir más allá de la simple constatación arqueológica del hallazgo.
Se ha identificado: Arbutus unedo (madroño), Olea europea (olivo/acebuche), Fraxinus sp. (fresno), Lamiaceae, Pinus tipo nigra (pino tipo salgareño), Pinus tipo mediterráneo, Pinus sp., Pistacia lentiscus (lentisco), Prunus sp., Quercus ilex/coccifera (encina/coscoja), Quercus sp. caducifolio (roble), Quercus sp., Laurus sp., Ulmus sp. (olmo), Salix sp. (sauce), Cf.
Quercus ilex/coccifera (encina/coscoja), Cf.
Quercus sp. caducifolio y Cf.
Destaca la presencia de Pinus tipo nigra, con un 25,76% de los fragmentos, seguido de Quercus ilex/coccifera (16,16%) (Fig. 13).
La mayoría de estos carbones proceden probablemente de hogares domésticos.
Corresponden a ramas caídas de árboles (pinos, encinas) del entorno del yacimiento, así como a ramas de arbustos y matojos o restos de poda de árboles cultivados (Prunus, olivo).
El entorno vegetal correspondería a una maquia litoral mediterránea, mayoritariamente arbustiva y degradada (madroño, lentisco, labiadas, acebuche y coscoja), por las intensas actividades agrícolas.
La fuerte antropización del entorno reduciría los recursos leñosos, obligando a recurrir a otros entornos biogeográficos como cercanías de cursos de agua (fresno, olmo, laurel) o incluso a ambientes más alejados, propios de sectores de montaña (500-1000 m), situados a una distancia de entre 15 y 20 km del yacimiento (pino salgareño, roble, Prunus).
El uso de vegetación ubicada en zonas alejadas de los asentamientos es un fenómeno bien documentado a partir del siglo IV a.C. en el nordeste peninsular (Allué et al. 2010; Piqué 2002).
Otros usos posibles de los árboles cuya madera se ha recuperado en el silo serían la alimentación humana y para la ganadería (la bellota de las encinas, los piñones, la guinda de madroño, la aceituna y el fruto de Prunus), pero también la construcción o la fabricación de herramientas y muebles.
Este último fin puede atribuirse a los fragmentos de Pinus nigra de mayor tamaño localizados en la UE 1006.
En este nivel también se han recuperado otros de pino que parecían virutas, posibles restos del trabajo de la madera.
Finalmente, cabe contemplar un posible uso simbólico en el caso de especies como el sauce, que no es buen combustible (y que se utiliza en cestería) o las plantas labiadas que sí lo son, pero cuyo aroma las convierte en adecuadas para usos religiosos además de culinarios (Picornell et al. 2012).
El silo, normalmente formando agrupaciones, es la forma característica de almacenaje entre las comunidades ibéricas al norte del Ebro entre los siglos VI y I a.C. (Asensio et al. 2002: 126).
Esta debió ser sin duda la función original de la estructura excavada en el Pontarró.
Al no haberse documentado la boca no es posible calcular su capacidad, pero el diámetro conservado de 2,20 m se sitúa dentro de las medidas habituales en el mundo ibérico septentrional.
La amortización de estas estructuras conlleva habitualmente su colmatación a base de sedimentos ricos en material arqueológico, a menudo desechos.
En el yacimiento de la Secuita, no encontramos paralelos para la excepcionalidad de los materiales recuperados en los niveles de relleno del silo.
Ya mencionamos que algunos -cuentas de vidrio, bronces, Cyperaceae-son muy poco habituales en contexto de hábitat.
El que algunas piezas evidencien su exposición a elevadas temperaturas podría indicar que proceden de ajuares funerarios.
Otros elementos que podrían asociarse a enterramientos son las fusayolas, el aríbalo o la copa Cástulo, así como los dos objetos líticos de función desconocida, tal vez ritual.
La abundancia de cenizas y carbones también podría vincularse con la cremación de los cadáveres acompañados de ajuares.
En contra de esta interpretación estaría la ausencia de restos óseos humanos así como de urnas funerarias.
Los molinos o las producciones de cerámica ibérica a torno y a mano son coherentes con contextos domésticos, así como las semillas, carbones o algunos de los restos de fauna.
El estudio arqueozoológico sugiere una colmatación de la estructura en dos momentos: los sedimentos del más antiguo contienen materiales procedentes de actividades domésticas y los del más reciente otros de carácter cultual.
Esta segunda acción se acompañaría del depósito de una cabra muy joven (menos de 3 meses).
Disponemos aún de pocos datos sobre el mundo de las creencias en el área septentrional de la cultura ibérica, a pesar de la intensa actividad arqueológica de las últimas décadas.
En el territorio de la Cataluña actual los templos o edificios públicos de carácter religioso situados en el interior de asentamientos escasean (Almagro-Gorbea y Moneo 2000: 110; Arcelin y Plana 2011: 58-59) y se vinculan fundamentalmente a los núcleos urbanos, en un sistema de poblamiento que jerarquiza y estructura los asentamientos en diversas categorías, como ya hemos mencionado.
En la Cesetania, territorio que nos ocupa, algunas cuevas-santuario (Ros 2005) tuvieron, tal vez, una función añadida de marcador territorial, pero la mayoría se conoce por excavaciones antiguas por lo que su función como lugar de culto y su cronología de uso tampoco son siempre evidentes.
A la inversa están bien documentados los rituales celebrados en contexto doméstico (Belarte y Sanmartí 1997), en particular la deposición de animales o partes de los mismos (sobre todo de ovicaprinos pero también de cerdos, perros y aves), bajo los pavimentos de las casas (Belarte y Valenzuela 2013).
Otras prácticas comunes son la inhumación de neonatos (Belarte y Sanmartí 1997; Gusi y Muriel 2008) o bien la deposición de pequeños vasos y otros objetos de carácter ritual (Belarte y Chazelles 2011).
Cabe mencionar también el hallazgo puntual de restos de adultos en asentamientos (Belarte y Sanmartí 1997).
Estos rituales abundan especialmente en las residencias de las élites, en contextos urbanos como Ullastret donde, en concreto, se conectan con la práctica celta de las cabezas cortadas (Codina et al. 2011), pero también en yacimientos de menor entidad, como Alorda Park o Mas Castellar de Pontós.
A ellos se añade la ya mencionada práctica de los depósitos rituales en el interior de silos, en asentamientos de función económica especializada estrechamente vinculados a las élites.
Junto a la escasa documentación sobre espacios de culto -y en contraste con la abundancia de lugares de hábitat-destaca el bajo número de necrópolis (Sanmartí 1992(Sanmartí, 1995(Sanmartí, 2010)).
En el área de Cataluña disminuyen en número a inicios del Período Ibérico, y durante el Ibérico Pleno (siglos IV-III a.C.) se reducirán a dos, vinculadas a sendos núcleos de primer orden.
La disminución del número de necrópolis podría haber implicado la destrucción de cementerios más antiguos.
De haber sido así, tal vez ello explicara la presencia de materiales de posible origen funerario en el depósito de El Pontarró.
Ya se ha comentado la excepcionalidad en términos cuantitativos del conjunto de El Pontarró, en especial en lo referido a las cuentas de vidrio.
Constituye el mayor conjunto documentado hasta la fecha en este contexto crono-cultural y, si procedieran de tumbas, corresponderían a un número elevado de ellas.
Ello es aún más excepcional cuando desconocemos prácticamente las necrópolis protohistóricas en el área de estudio.
La gran variedad tipológica de las cuentas de vidrio contrasta con la homogeneidad de los objetos de bronce.
Solo hay colgantes, faltando elementos característicos de los ajuares de las necrópolis del Ibérico Antiguo, como brazaletes, hebillas de cinturón, fíbulas o pinzas de depilar.
También cabe subrayar la ausencia de objetos de hierro, en particular de armamento, también muy característico en los ajuares funerarios del momento.
Todo ello nos lleva a plantear que los elementos depositados en la parte superior del silo no correspondieran a ajuares completos de tumbas sino a una selección intencionada de ciertos tipos de piezas con un fin específico, muy probablemente de carácter ritual.
Ello podría explicar la falta de urnas funerarias (en particular las características urnas de cierre hermético) y de restos óseos humanos.
En los últimos años se han documentado abundantes depósitos rituales en silos ibéricos, pero en la bibliografía no vemos otros ejemplos con composición similar a la de El Pontarró.
Tal vez el paralelo más cercano sea un silo de la segunda mitad del siglo VII a.C. en Turó de la Font de la Canya, en cuyo relleno había numerosos objetos de bronce y cuentas de collar (López et al. 2015: 100-109).
En este caso, los objetos de bronce son más diversos, aunque en su mayoría también tienen sus paralelos más cercanos en los ajuares funerarios de necrópolis coetáneas.
Otra posibilidad es que El Pontarró se vincule a un depósito votivo del tipo favissa, tal vez realizado tras celebrar algún ritual que implicara el uso del fuego en alguna fase.
Esta práctica está documentada en el mundo ibérico, por ejemplo en El Amarejo (Bonete, Albacete), aunque en un momento más tardío (siglo III-II a.C.).
En este poblado un pozo contenía, entre otros materiales, muchos objetos de marcado carácter ritual (vasos ornitomorfos y fitomorfos, numerosas agujas de coser y punzones de bronce, hueso y marfil), interpretados como ofrendas asociadas a una divinidad femenina, quemados y arrojados al interior en aportaciones sucesivas (Broncano 1989).
Sin embargo, la naturaleza de los objetos enterrados en el silo de El Pontarró es muy distinta y su carácter litúrgico no resulta evidente.
Como última posibilidad cabe vincular los materiales a una actividad artesanal.
Un paralelo por la similitud en el tipo de materiales documentados aunque más lejano (en Provenza) y tardío (siglo II a.C.), es un depósito procedente de la insula XXIX de Entremont (Aix-en-Provence).
Consistía en más de 800 cuentas de vidrio mezcladas con desechos de cocina y residuos de bronce que se ha propuesto asociar con un posible taller de producción local de vidrio (Willaume 1987: 135).
La interpretación del conjunto de El Pontarró en relación a un taller de producción de vidrio y ornamentos no parece descabellada, y tal vez podría explicar la homogeneidad de los objetos de bronce vinculados, como los de vidrio, a colgantes.
No obstante, los mencionados elementos de carácter ritual, muchos de ellos con evidencias de haber sufrido la acción del fuego no parecen confirmarla.
En definitiva, consideramos que el conjunto documentado en El Pontarró, al menos en lo que concierne a los niveles localizados en la parte superior del silo, correspondería a un depósito votivo, que podría ser resultado de una destrucción de tumbas de cremación, previa selección de ciertos objetos de ajuar, o de la práctica de un ritual que implicara la intervención del fuego.
A Ignacio Montero por la interpretación de los resultados de los análisis de isótopos de plomo.
Los autores agradecen el apoyo técnico y humano de los SGIker de la UPV/EHU y la financiación europea (FEDER y ESF).
A Marc Gener e Ignacio Montero por el estudio metalográfico de objetos de base cobre.
A Cisco Llagostera por su contribución al proyecto. |
Este artículo estudia de nuevo la escultura ibérica en arenisca de Fabara, interpretada en su publicación más reciente como un león, cuando en realidad parece ser de un caballo.
Se trata de una pieza excepcional, pues la gran escultura en piedra es muy poco común en el noreste de la península ibérica durante el conjunto de la Segunda Edad del Hierro, algo que contrasta vivamente con lo que sucede en la cultura ibérica meridional.
LA ESCULTURA IBÉRICA EN EL NORDESTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA
En el II Congreso Internacional de Iberos del Ebro (Alcañiz -Tivissa 2011) se presentó una nueva escultura ibérica hallada en superficie y de forma casual durante la construcción de un camino junto al poblado de la Punta de Boñ en Fabara (Fig. 1), provincia de Zaragoza, en el valle del Matarraña.
El yacimiento es poco conocido y únicamente se han recuperado cerámicas de tipo ibérico en superficie, cuya cronología remite al siglo IV a.
Sin embargo, se ubica en la comarca del Bajo Aragón, bien conocida por su riqueza arqueológica a lo largo de la Edad del Hierro y especialmente en época ibérica (Beltrán 1996).
En el propio valle del Matarraña, además de la Punta del Boñ, se emplazan yacimientos como San Cristóbal (Mazaleón), Torre Cremada, Tossal Montañés (Valdetormo) o el emblemático San Antonio (Calaceite) 1.
Se trata de una pieza excepcional, pues la gran escultura en piedra es muy poco común en el Noreste peninsular durante el conjunto de la Segunda Edad del Hierro, algo 1 La escultura ibérica de Fabara (Zaragoza)*
Ignacio Simón Cornago a y Francisco Marco Simón b
a Dpto. que contrasta vivamente con lo que sucede en la cultura ibérica meridional.
Sanmartí (2007) ha dedicado una síntesis a este fenómeno, que se reduce en la región a unos pocos hallazgos singulares, que incluyen piezas zoomorfas y antropomorfas.
Entre las segundas está la cabeza con gorro de la necrópolis de la Avenida Martínez Velasco de Huesca, las dos figuras sedentes de Albelda de Litera (Marco 1990), el interesantísimo monumento de Cal Posastre (San Martí Sarroca, Vidal y Pelegero 2012) y una pequeña cabeza de El Palao (Alcañiz, Marco y Royo 2012: 314-315, Fig. 9.1).
Entre las esculturas animalísticas se encuentran la pareja de caballos de El Palao (Alcañiz, Marco 1978) y los leones de Monzón (Marco y Floria 1986: 69-76), Mas Castellar (Pontós, Pons et al. 1998) y los dos ejemplares de Turó de ca n'Oliver (Cerdañola del Vallés, Francès y Barrial 1993).
Todas se conservan de forma más o menos fragmentaria2.
Si la escultura es excepcional en el Noreste peninsular, por contra, se concentra allí la mayor parte de la epigrafía ibérica en piedra (Simón 2013: 293, mapa 1) con varios ejemplares recuperados en los términos municipales de Cretas y Caspe (Untermann 1990: E.10.1, E.13.1 y E.13.2).
Estos monumentos se integran en el conocido conjunto de estelas decoradas del Bajo Aragón (Fig. 1), al que habitualmente se adscribe el ejemplo singular, ya mencionado, hallado en Caspe (Zaragoza).
Es una estela con inscripción ibérica, decorada con escudos y rematada por un león de bulto redondo completo, del que no se conserva la cabeza (Simón 2013: 43, con bibliografía anterior).
La cronología de las series escultóricas zoomorfas y antropomorfas recuperadas en el Noreste es incierta.
La pieza más antigua parece ser la de Pontós, ya que se halló en un nivel del siglo IV a.C. Las restantes carecen en su mayoría de contexto arqueológico.
Casi los únicos elementos de juicio son los paralelos formales, por lo que resulta imposible atribuirles una cronología precisa (Sanmartí 2007: 253-255).
LA ESCULTURA DE FABARA
La pieza de Fabara está realizada con la característica arenisca amarillenta de la región, propia de la mayor parte de las estelas del Bajo Aragón.
Fue hallada de manera casual en el entorno del poblado de la Punta de Boñ (Marco y Royo 2012: 313).
Se trata de un cuadrúpedo, del que se han perdido la cabeza y la parte inferior de sus cuartos delanteros, aunque los traseros se preservan casi íntegros.
En la actualidad mide 60 cm de altura y 89 cm de longitud.
Uno de sus lados está muy degradado, posiblemente por haber estado expuesto a la intemperie, pero no así el otro, en el que han sobrevivido ciertos detalles de vital importancia para la clasificación de esta pieza como un caballo y no como un felino.
La correcta identificación de la especie que representa la figura es fundamental y, de hecho, en los catálogos de la escultura zoomorfa realizados por T. Chapa (1985Chapa (, 1986) ) este es el principal criterio para organizar el material.
En el primer estudio publicado se identificó como un león, o quizá una leona por carecer de melena, en posición sedente, aunque con las patas traseras levantadas3.
Su inspección directa en el Museo Provincial de Zaragoza (N.o Inv.
La sumaria representación de la anatomía de la bestia dificulta identificar con certeza su especie; sólo los detalles grabados en el flanco mejor conservado constituyen en nuestra opinión un argumento para esta nueva propuesta.
No son meras decoraciones, sino la representación de parte de la montura, y parecen demostrar de forma convincente que el animal esculpido es un équido (Fig. 2).
La aplicación de luz rasante sobre la figura permite vislumbrar dos líneas paralelas incisas, cuyo interior ocupan otras en zig-zag, que van desde el pecho hasta la cruz del animal; otras dos líneas grabadas nacen de la parte inferior de la panza y están igualmente recorridas por una tercera línea en zig-zag.
Las primeras se pueden clasificar como el petral y las segundas como la cincha, sujetando una doble gualdrapa, igualmente decorada con zig-zags4.
Es más incierto si una única línea muy erosionada y que cruza el cuello del animal pudiera estar representando las riendas.
No es una silla de montar, pues las culturas peninsulares de la Edad del Hierro la desconocían, sino una manta o gualdrapa sujeta por cinchas y que en la literatura arqueológica suele denominarse con el término griego ephippion (Quesada 2005: 135-138).
Está bien documentado en la escultura ibérica, pues son habituales las repre-sentaciones de equinos enjaezados, en ocasiones con jinete -entre las que destacan los excepcionales ejemplares de Los Villares de Hoya Gonzalo (Albacete, Blánquez 1992)-y otras sin él (Chapa 1986: 158-162).
Los atala- jes suelen ser la norma en la estatuaria ibérica, mientras en la pieza de Fabara las cinchas y las gualdrapas se han representado mediante sencillas líneas incisas.
El caballo es un animal común en la iconografía ibérica 5 y del conjunto de la península a lo largo de la Edad del Hierro 6.
En el Bajo Aragón la estela recuperada en el yacimiento de Torre Cremada con tres équidos esquemáticos grabados es el ejemplo más antiguo, ya que parece datarse en la primera Edad del Hierro (Royo et al. 2006).
La significación de la imagen del caballo y el jinete ha centrado el esfuerzo de los investigadores, que se han aproximado a ella privilegiando aspectos religiosos, escatológicos, ideológicos o sociales.
Los primeros se traducen en la existencia de un culto al caballo o en la interpretación de éste como hipóstasis de la divinidad 7.
Los segundos han generado la exitosa interpretación del hombre a caballo como símbolo de la heroización del difunto.
Esta exegesis planteada por F. Benoit (1954) ha sido aplicada de forma sistemática por J. M. Blázquez (1963) a la antigüedad hispana.
Es más reciente la interpretación del jinete como heros equitans, como héroe fundador al que se rinde culto, tal y como ha defendido en diferentes trabajos M. Almagro-Gorbea (2005).
Anteriormente, se hizo hincapié en el carácter elitista del jinete, en estrecha asociación con la exaltación de la riqueza y la milicia (Calcani 1995) y se analizó la relación entre caballería y aristocracia en la cultura ibérica (Quesada 1998), y muy recientemente se ha estudiado nuevo material con panoplia defensiva típica de la caballería romana republicana (Quesada y Rueda 2017).
Los caballos recuperados en El Palao (Alcañiz) son los mejores paralelos para la pieza de Fabara.
6 Pueden consultarse los trabajos recogidos en Barril y Quesada (2006) y la página "Guerreros, Caballos, Armas y Dioses en la Cultura Ibérica" http://www.uam.es/proyectosinv/equus/.
7 Una evaluación crítica de estas interpretaciones en Marco (1994: 38). también han perdido las patas y la cabeza, aunque una testa equina se ha recuperado con posterioridad; parece ser la de uno de estos dos ejemplares, en la que mediante líneas incisas se representan las crines y el bocado (Sanmartí 2007: Fig. 20; Marco 2007) (Fig. 3).
El modelado es sencillo y destaca la cola, que cae recta, como en el ejemplar de Fabara, sin enroscarse sobre los cuartos traseros, como no es infrecuente que suceda en las figuras de felinos (Chapa 1986: 124).
Por último, en el Palao el atalaje se ha representado igualmente de forma sumaria: "el único elemento del atalaje lo traduce dos líneas horizontales, incisas en ambos flancos y unidas por otras menores verticales.
A esto se reduce la interpretación de la montura por parte del artista, que refleja así la existencia del ephippium, cobertura más o menos rectangular para la monta, cuyos posibles flecos plasmarían las líneas verticales antedichas.
Nada hay que permita pensar en la presencia de baticola, petral o cincha" (Marco 1978: 409).
Los tres caballos, los dos del Palao y el de Fabara, son ejemplares estantes y enjaezados, pero sin indicio alguno de que también se representase a un jinete.
Este tipo particular está bien documentado, como ya se ha señalado, en los exvotos de El Cigarralejo, aunque se trata de piezas de dimensiones reducidas.
Entre la gran escultura es un tipo minoritario frente a los que aparecen con jinete.
En el catálogo de Chapa (1986: n.o 153) sólo se recoge el ejemplar de Casas de Juan Núñez (Albacete).
Cabe la posibilidad de que estos caballos estantes y enjaezados formasen parte de un grupo escultórico, algo que sólo en hallazgos excepcionales, como el del Cerrillo Blanco de Porcuna (Jaén), se ha podido reconstruir.
En uno de sus grupos más emblemáticos, junto al caballo enjaezado, aparece su jinete desmontado y matando a un enemigo tendido en el suelo (Negueruela 1990: 63-77).
En la cerámica, donde por su propia naturaleza contamos con un mayor número de escenas, en un pequeño grupo de representaciones aparece un personaje a pie junto a su cabalgadura.
El mejor ejemplo es el llamado "vaso de los guerreros desmontados" de Liria (Maestro 1989: B-25), pero comparece en otros como el "vaso del caballo espantado", también de Liria, donde un personaje armado sujeta por el ronzal a un caballo encabritado (Maestro 1989: B-18), el "vaso del campesino" de La Alcudia de Elche (Maestro 1989: D-II-6) y una de las cerámicas de Elche de la Sierra (Albacete, Maestro 1989: B-1).
En el valle del Ebro puede destacarse el conjunto escultórico helenístico de bronce recuperado en el templo in antis de Azaila, compuesto por un togado con calceus senatorius que sujeta un caballo por la brida y que es coronado por una victoria (reconstruido en Beltrán 1996Beltrán: 160, 2007)).
Sin embargo, no hay indicio alguno de que los caballos de El Palao y Fabara pudieran formar parte de un grupo escultórico junto con sus correspondientes jinetes desmontados.
La cronología y función de las esculturas de El Palao, que aparecieron fuera de su contexto original, es igualmente incierta.
F. Marco (1978: 413-414) sugirió, más allá de su significación funeraria, que hubieran formado parte de un templo como guardianes sagrados, si bien su actitud estante abría la opción de una idea más activa de signo apotropaico, y proponía una datación en el siglo III a.
C. y primera mitad del II a.
C. Según Chapa (1986: 162) en la cultura ibérica los caballos formarían parte de las tumbas monumentales de personajes notables, cuya tipología no siempre es posible definir, pero entre las que se encuentran los pilares-estela y los monumentos turriformes.
Por su parte, Sanmartí (2007: 249) señala la posibilidad de que parte de las esculturas del Noreste de la Península Ibérica formasen grupos de carácter narrativo, ya que tanto en El Palao como en Turó de ca n'Oliver se han hallado en parejas.
La excepcionalidad de las esculturas en la cultura ibérica del norte y la falta de contextos arqueológicos dificulta su datación.
Pero lo cierto es que la imagen del caballo y el jinete no se hace común en la región hasta el periodo final de la cultura ibérica, entre los siglos III a.
C. Esta horquilla cronológica podría proponerse inicialmente para la escultura de Fabara.
Precisamente en este momento se datan las llamadas estelas del Bajo Aragón, donde se representan caballeros y también caballos, a veces con atalajes.
Los jinetes comparecen en la estela del Camino de Santa Ana (Calaceite), en uno de los ejemplares de Palermo (Caspe), en otro del Acampador (Caspe) y en la pieza más conocida de El Palao (Alcañiz)(Simón 2013: Calaceite III, Caspe I y VII y Alcañiz I, con la bibliografía anterior).
Un caballo estante, con montura y bridas, se representa en una de las estelas de Torre Gachero (Valderrobres) y otro, posiblemente también con ephippion, en el ejemplar perdido de Les Miravetes (Valdetormo) (Simón 2013: Valderrobres VI y Valdetormo I).
La imagen del jinete es igualmente común en la cerámica y en las acuñaciones de la región (siglos II/I a.
Uno de los últimos ejemplos que puede sumarse a este conjunto es un interesante fragmento cerámico aparecido en El Palao y fechable entre el 150 y el 50 a.
En él hay pintado un jinete de perfil con barba terminada en perilla, que porta un casco de tipo Montefortino sosteniendo quizás también un gran escudo circular; se conserva lo que parece la parte superior del cuello del animal (Marco y Royo 2012: 317, Fig. 10.2; Moret et al. 2012: 209, Fig. 13).
Las cecas en las que aparece el jinete son iltukoite, kelse, lakine y seteisken en los que aparece la imagen del jinete, preferentemente con palma, aunque en los divisores se emplea únicamente un caballo al galope, a veces con las riendas al aire (García-Bellido y Blázquez 2001: 195-916, 234-237, 264, 350-352).
Además, la monumentalización en piedra, que representan las bajoaragonesas estelas, parece un desarrollo igualmente tardío en la región, lo que apoyaría esa horquilla cronológica sugerida para la escultura.
Ahora bien, la ausencia de cerámica romana republicana en el poblado de la Punta del Boñ y la tipología de las cerámicas ibéricas y manufacturadas en él recuperadas permitiría pensar en una datación relativamente alta de la pieza (Marco y Royo 2012: 314).
Ello vendría validado por el paralelo de El Palao de Alcañiz, cuyas últimas excavaciones (Moret et al. 2012: 208) apuntan a un notable desarrollo urbanístico de la parte occidental de la ciudad -en la que aparecieron las esculturas de los caballos y un grupo de estelas-al menos desde la segunda mitad del siglo III a.
Al Museo de Zaragoza por su colaboración, y especialmente a Juan Paz. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0.
17 encartes, que proporcionan información específica sobre determinados yacimientos o elementos concretos del paisaje gallego.
El índice del trabajo se puede resumir en dos bloques.
En el primero, que engloba la presentación y los tres primeros capítulos, se definen los elementos principales del enfoque que los autores hacen de la arqueología del paisaje, valorado como una síntesis de la historia ambiental y cultural.
Especial relevancia se concede a los elementos que definen el llamado paisaje tradicional agrario gallego, consolidado desde el siglo XII hasta mediados del siglo XX, y que se convierte en el punto de partida para la reconstrucción de las formas que adoptó desde tiempos prehistóricos hasta la Edad Media.
Esta variada tipología de paisajes es la que se describe en el segundo bloque desde el capítulo 4 hasta el 7 y que integra 4 propuestas de interpretación: el paisaje monumental, el paisaje dividido, el paisaje fortificado y el paisaje tradicional, en una secuencia que va desde la transición mesolítico/ neolítico al mundo medieval.
En el primer bloque se propone entender el paisaje no solo como el resultado de una evolución interrelacionada de la cultura y la naturaleza sino también como la percepción de las comunidades de esa relación y el resultado de la misma.
Las diferentes formas de paisaje se corresponden con tres ciclos, silvestre, agrario y rural, que se identifican con tres estados sociales primitivo, dividido y jerarquizado y tres maneras de simbolizar o pensar: salvaje, doméstica y domesticada.
Con una afortunada imagen se resume la transición del paisaje prehistórico al tradicional, como el cambio de una forma convexa a cóncava, caracterizado por el descenso desde las tierras altas y las sierras a las tierras bajas, convirtiendo a los valles en el centro de la organización territorial, en el que si bien el monte sigue siendo el soporte agrícola, el paisaje cóncavo representa el modelo más eficaz de aprovechamiento de los suelos, la vegetación y la climatología.
En el capítulo 4 se presenta el paisaje monumental, que corresponde a la transición del Mesolítico a las primeras comunidades productoras y a su posterior desarrollo agrario.
El elemento definidor de este paisaje son las mamoas/dólmenes, cuya construcción va asociada a un patrón de ocupación itinerante en el que los asentamientos controlan los territorios con mejores posibilidades de explotación de recursos y al mismo tiempo se asocian a los monumentos funerarios.
Se configuran así escenarios estructurados por el movimiento de las comunidades y los túmulos, que transmiten información, social, ritual y simbólica y cuyo mejor ejemplo se corresponde con el paisaje monumental de la Sierra del Barbanza.
El denominado paisaje dividido descrito en el capítulo 5 se corresponde con la Edad del Bronce, y en el se propone la estructuración de los territorios protohistóricos a partir del estudio de los petroglifos.
En unos casos la interpretación se basa en la regular distribución de los conjuntos complejos con representaciones de armas.
En otros como en la península del Morrazo se dibuja un modelo de ocupación en el que los grabados rupestres marcan el límite entre el espacio habitado, modificado y el espacio silvestre donde se localizarían los enterramientos.
Se cierra el capítulo con una nueva propuesta de interpretación arqueoastronómica de uno de los elementos emblemáticos de los petroglifos: el gran ciervo.
En los capítulos 6 y 7 se describe el inicio del ciclo rural vinculado a una de los elementos más característicos del paisaje gallego como es la cultura castreña y su desarrollo posterior a la incorporación al mundo romano.
El mundo de los castros a partir del Hierro II representa el final de la transformación del paisaje de convexo a cóncavo, en el que las distintas comunidades establecen un nivel de competición hacia una mayor monumentalidad.
Este proceso que se identifica como un camino hacia la estatalización que empezaba a configurarse sobre todo en el sur de Galicia, queda interrumpido por la conquista romana, para ser reactivado a través de su incorporación a la estructura administrativa del imperio romano y en el que por primera vez se advierte la dualidad urbano/rural.
Se consolida la red de comunicaciones, y la ocupación de los valles con la generalización de las terrazas, vinculadas a una agricultura intensiva de un campesinado que será la base de socioeconómica de una sociedad jerarquizada.
El atlas tiene una clara vocación divulgadora que se completa con una breve bibliografía sobre la arqueología del paisaje y con una selección de títulos específicos vinculados a los capítulos 2 al 7.
No siendo un atlas al uso sin embargo la información gráfica, siempre en color, se convierte en un elemento fundamental para la comprensión del texto mediante figuras insertadas en el texto, figuras en los márgenes y una colección de 36 láminas a toda página, que sirven de complemento de buena parte de las propuestas de interpretación.
Sin embargo su maquetación resta eficacia a la comprensión y valoración del texto.
Mientras que las figuras insertadas en el texto lo hacen más comprensible, las figuras de los márgenes no lo hacen por su pequeño tamaño y las excelentes láminas pierden eficacia al presentarse agrupadas al final con la referencia a que capítulo corresponden, que es donde son fundamenta-les para la comprensión de las propuestas que en ellos se desarrollan.
En su orientación divulgadora es donde en ocasiones se advierte un exceso de optimismo en la generalización de las propuestas de interpretación de los paisajes del pasado gallego, que si bien cuentan con una base documental e interpretativa de alta calidad para determinadas comarcas, no se puede confirmar en otros territorios donde se reconoce que el registro es incompleto.
Lo que no resta interés al conjunto de las propuestas de interpretación del atlas, que presenta un alto nivel de calidad en la trasferencia de los resultados de la investigación con pocos paralelos en el ámbito peninsular.
Sin embargo la coherencia que destila el proyecto sería completa si se plantease una edición que permitiera llegar a un mayor número de potenciales lectores.
Se cumplirían así los objetivos finales de todo Centro de Investigación y de la Ley de Patrimonio Histórico: crear conocimiento y difundirlo y que la ciudadanía pueda acceder, conocer y disfrutar del patrimonio.
Facultad de Humanidades de Toledo.
Plaza de Padilla no 4.
Nos hallamos ante una obra cuyos contenidos sintetizan los nuevos resultados del prolífico proyecto JADE.
V e et IV e millénaires av. J.-C.), en esta ocasión dos nuevos volúmenes exponen los resultados de un segundo proyecto desarrollado entre 2013 y 2016, centrado en los objetos-símbolo elaborados con jades alpinos y sus redes de transferencia entre las sociedades neolíticas del continente europeo.
Los dos volúmenes recogen 32 artículos con resúmenes en francés e inglés, profusamente ilustrados con figuras y láminas a color de gran calidad.
Los artículos se agrupan en seis temas: 1a) la identificación de las Trab.
Prehist., 74, N.o 2, julio-diciembre 2017, pp. 382-391, ISSN: 0082-5638 materias primas explotadas en contextos alpinos y los criterios establecidos para su discriminación de otras afines; 2a) los contextos de producción asociados a la explotación de los jades alpinos y las evidencias de la preparación de esbozos de hojas de hacha y su configuración mediante la talla y abujardado en distintos yacimientos piamonteses, estableciendo el rol de estas ocupaciones en relación al acceso a la materia prima y la distribución de productos derivados de su explotación; 3a) la distribución de las hojas pulidas de hacha elaboradas con jades alpinos hacia distintos contextos europeos a lo largo del V milenio y primera mitad del IV en cronología calibrada ANE; 4a) la producción y distribución de aros-disco y cuentas manufacturadas con jades alpinos y otras materias que, en ocasiones, es similar y/o complementaria a la de las hachas; 5a) el imaginario social que sustentó una circulación de bienes de tal magnitud, abordado a partir de las representaciones gráficas de hachas y hojas de hacha halladas en estelas, rocas y cuevas; 6a) un inventario que recoge las 2.131 hachas y azuelas elaboradas con jades alpinos identificadas y registradas a lo largo de la geografía europea (fecha de actualización: octubre 2016) y sus correspondientes descripciones tipológicas, además de un atlas con los mapas de repartición de los distintos tipos establecidos.
Finalmente, un disco compacto acoge dichos inventarios informatizados además de las referencias bibliográficas recopiladas y generadas con motivo de la realización del proyecto.
El CD ofrece también los volúmenes 1 y 2 de la colección de monografías del proyecto en formato PDF que, pese a su reciente publicación (2012), están agotados.
Los objetos-símbolo elaborados con jades alpinos fueron distribuidos a lo largo de un vasto espacio geográfico comprendido entre el océano Atlántico y el mar Negro, y entre el mar Mediterráneo y el mar Báltico.
Estos bienes fueron objeto de una alta valorización social por parte de las comunidades neolíticas que promovieron su circulación.
Para explicar las razones de una explotación de tales dimensiones se abordan distintas problemáticas relacionadas con dicho fenómeno, tomando varios casos concretos de estudio.
Sin embargo, los artículos que componen la obra no sólo se limitan a precisar el alcance de la circulación de estos productos, sino que trascienden dicho ámbito temático para tratar distintas problemáticas económicas y sociales relacionadas con su difusión.
Tres pautas rigen la ejecución y desarrollo de todos los artículos.
La primera es la importancia que se otorga a la contextualización de los hallazgos.
Como muchos de ellos son resultado de actuaciones casuales o realizadas hace ya muchos años, hay un esfuerzo notable en dotar de un marco cronológico y cultural a dichos objetos.
Cabe destacar también el gran número de actuaciones puntuales dirigidas a obtener datos que permitan poner en contexto el ámbito de la circulación de estos productos, tales como sondeos, dataciones absolutas, revisiones de colecciones, etc., aunque en muchas ocasiones dichos intentos no han tenido el éxito esperado.
La segunda pauta es el rigor metodológico aplicado en la caracterización arqueométrica de los materiales estudiados.
El grupo de investigación ha implementado una metodología basada en la aplicación sistemática de técnicas espectroradiométricas en la caracterización mineralógica de las rocas con las que se elaboraron las hojas pulidas de hacha.
Asimismo, se ha analizado un gran número de muestras de referencia para una correcta adscripción de cada objeto a su área fuente que distinga las jadeítas, onfacitas y eclogitas alpinas de otras rocas ubicadas en zonas geográficas diferentes.
En ocasiones ha sido incluso posible distinguir entre producciones procedentes de Monte Viso y Monte Beigua, las dos zonas principales de explotación de jades alpinos, pero en otras la determinación es poco precisa en cuanto al tipo de roca empleada y/o su procedencia.
Gracias a una amplia colaboración internacional se han podido analizar un gran número de objetos procedentes de distintos puntos de la geografía europea.
La tercera es el recurso constante a la etnoarqueología y la experimentación en la interpretación de los resultados.
El proyecto se nutre de una amplia y dilatada experiencia previa en Papúa Nueva Guinea, que permitió un conocimiento profundo de distintas comunidades que seguían produciendo artefactos de piedra pulida a finales del siglo XX.
Ello permitió generar modelos explicativos acerca de los intercambios de este tipo de bienes, a modo de regalos y compensaciones.
Las hipótesis de los modelos se han intentado contrastar en el marco de los intercambios de bienes similares que acontecieron en el Neolítico europeo.
En el mismo sentido, el estudio detallado del proceso de elaboración de estos objetos ha permitido replicarlos experimentalmente y poder valorar el tiempo, esfuerzos y conocimientos técnicos necesarios para su producción, distinguiendo niveles de destreza o savoirfaire y, por ende, estableciendo diferentes niveles de especialización.
Los resultados obtenidos permiten determinar el alcance de la difusión geográfica de los distintos tipos de productos manufacturados con jades alpinos y establecer el marco cronológico de su circulación.
Se han estudiado diversos asentamientos en altura que se han podido identificar como contextos de producción en los que se explotaron los bloques de materia prima y se llevaron a cabo las primeras fases de su transformación.
En función de la situación de estas ocupaciones y de las actividades desarrolladas en su seno se proponen varias modalidades de acceso a las fuentes primarias y secundarias.
Asimismo se identifican centros de producción secundarios, que a menudo introdujeron materias primas e imitaciones locales, y centros de redistribución en los que los productos fueron en ocasiones mantenidos en su forma y función originales mientras que otras veces fueron reformados y reciclados.
En opinión de los autores dicho valor social, más allá de sus prestaciones funcionales, viene otorgado por la rareza de los materiales empleados y por su valor simbólico, ligado a concepciones mitológicas y religiosas.
De ahí que puedan ser considerados como objetossímbolo representativos de la masculinidad y feminidad del poder político y religioso.
A este respecto, los autores vinculan la decadencia de la preponderancia de los jades alpinos no sólo a la progresiva generalización de la metalurgia del cobre, sino también a una modificación profunda de las concepciones religiosas, materializada en una introducción progresiva de signos femeninos a mediados del IV milenio en cronología calibrada ANE.
Son muchas las cuestiones abordadas en esta obra.
Como ha quedado escrito en esta reseña, algunas de ellas están bien resueltas.
Otras son, por el momento, propuestas que pueden guiar el desarrollo de futuros estudios, del mismo modo que hay aspectos todavía no resueltos, como el rol de la distribución de otras producciones artefactuales (láminas de ciertos tipos de sílex, hachas de sílex y otras materias, productos en obsidiana, ornamentos de variscita) y su relación con los intercambios de jades alpinos.
Igualmente, hay aspectos técnicos relacionados con los productos en jade que se espera sean objeto de un desarrollo notable en los próximos años.
Es el caso del análisis de las huellas de uso, que apenas han sido tratadas o lo han sido en ocasiones y de un modo muy superficial, o bien la aplicación de herramientas SIG a la base de datos generada y el desarrollo de propuestas de modelización basadas en agentes.
El conjunto de estas herramientas permitirían dar un salto cualitativo en las interpretaciones formuladas, además de posibilitar nuevas aproximaciones a las problemáticas planteadas.
Lo que es incontestable es que el proyecto JADE nos lega una base sólida con la que afrontar cuestiones como la especialización artesanal, el control sobre ciertos recursos y los conocimientos técnicos, y la aparición de una fuerza de trabajo especializada con dedicación exclusiva durante ciertos periodos del año.
Todo ello se generó con motivo de la implementación de las redes de intercambio que se desarrollaron en Europa durante la segunda mitad del V milenio en cronología calibrada ANE, destinadas a mantener la preponderancia de ciertas élites.
Solo nos queda felicitar a los autores por el trabajo realizado y animarles a que el proyecto tenga la continuidad que todos deseamos.
La obra con 7 capítulos (127 pp.), bibliografía (46 pp.) y 4 anexos (88 pp.) presenta los resultados de una investigación bioarqueológica referida esencialmente a las poblaciones de dos yacimientos de la Edad del Cobre (c 3300-2100 a.C.), La Pijotilla (Badajoz) y Valencina-Castilleja (Sevilla).
Integra el planeamiento de hipótesis con la elección de métodos analíticos que permitan responder preguntas relativas a la reconstrucción de la forma de vida como ¿se manifiestan las diferencias sociales en la mortalidad, morbilidad, dieta y movilidad de las poblaciones?; ¿qué relación existe entre diferencias sociales y patrón funerario?
El texto aporta información relevante sobre análisis bioarqueológicos en el SO español durante el III milenio a.C. y propone que ya hubiera una diferenciación social, detectable a través de la variación en las estructuras funerarias, en los materiales, la salud y la alimentación.
Los condicionantes de los estudios bioarqueológicos son el grado de preservación del material recuperado, el ritual funerario, los procesos tafonómicos y la fiabilidad del registro.
Es habitual contar con restos incompletos o con mala documentación arqueológica, en especial en sitios excavados hace algunos años.
Establecidas estas bases, el texto relaciona los datos osteológicos, bioquímicos y paleopatológicos con el patrón funerario de las citadas poblaciones, a las que se incorpora la del yacimiento La Orden-El Seminario en los análisis de paleodieta.
El capítulo 1 (Introducción) plantea la similitud en la proporción de sexos en yacimientos megalíticos vs no megalíticos y la similitud biológica en base a los datos anatómicos no métricos.
Como indicadores de salud incide sobre todo en la enfermedad degenerativa articular (EDA), el cálculo y la hipoplasia dental.
Los isótopos d 13 C y d 15 N apuntan que los habitantes del interior y de la costa no difieren entre si, aunque los enterramientos megalíticos tienen niveles más altos de d 15 N. Los isótopos ( 87 Sr/ 86 Sr) indican la presencia de individuos alóctonos, sugiriendo una movilidad que es soportada por la detección de materiales exóticos.
Se confirmaría la existencia de contactos a grandes distancias.
El capítulo 2 (Bioarqueología) es una introducción al desarrollo de la disciplina.
Analiza la terminología en distintos países e incorpora información sobre su origen y expansión en España.
Tras definir a la Trab.
Prehist., 74, N.o 2, julio-diciembre 2017, pp. 382-391, ISSN: 0082-5638 Bioarqueología como el análisis de los restos humanos recuperados en sitios arqueológicos integrando datos biológicos con la información de los contextos, la autora considera esa denominación sinónima de Antropología Física, Antropología Biológica y Osteoarqueología.
Los especialistas podrían plantear que esa definición excluye los restos de fauna y flora, elementos orgánicos igualmente importantes para evaluar los contextos arqueológicos.
No debe olvidarse que mientras en los Estados Unidos este campo incluye sólo los restos humanos, en el Reino Unido integra la totalidad de restos biológicos.
Además la Antropología Física no estudia en exclusiva restos óseos o dentales de las poblaciones del pasado si no también temas de crecimiento, desarrollo, genética, primatología, evolución, etc., en poblaciones vivas.
Es decir es un campo científico mucho más amplio.
Históricamente se ha pasado de establecer aspectos evolutivos y de afinidad racial, a dar respuesta a parámetros demográficos, de salud o movilidad de las poblaciones.
Probablemente, lo más relevante sea el desarrollo de estándares en el registro de los restos y el avance relacionado con los estudios paleoquímicos de dieta o ADN, dada la implicación de estos resultados sobre el patrón económico, la reconstrucción familiar o la movilidad geográfica.
El capítulo 3 (III milenio en el SO de España) sitúa el contexto de la investigación.
Se revisa el patrón funerario atendiendo a las estructuras megalíticas y no megalíticas, a si los enterramientos eran colectivos, primarios o secundarios, si eran inhumaciones o cremaciones, evaluando si la cremación parcial se relaciona con una búsqueda de espacio o un estatus social.
Plantea cuestiones del tipo: ¿qué se conoce sobre la práctica funeraria?, ¿qué elementos tafonómicos afectaron a las poblaciones del SO español?
Se discute el efecto de factores ambientales (pH, erosión, clima, etc.) y culturales, como el uso del fuego en cremaciones parciales (Valencina-Castilleja) o totales (Tumba 3 de La Pijotilla), Palacio III y El Dorado.
Se ofrecen fechas C14 de más de treinta contextos del Bajo Guadalquivir (Cádiz, Sevilla, Córdoba), curso medio del Guadiana y provincia de Huelva.
También se plantea la acción de factores tafonómicos enumerando los agentes relacionados con cambios físicos, químicos, biológicos y culturales capaces de alterar el estado de preservación del cadáver.
El capítulo 4 (Métodos) recoge el tipo de muestra orgánica utilizada en la investigación.
Se indica el proceso de identificación, clasificación y valoración de segmentos óseos y dentales haciendo énfasis en restos craneales y postcraneales.
La dificultad del proceso analítico se debe a la mala preservación de los más de 280.000 fragmentos esqueléticos analizados.
Los métodos de determinación sexual y etaria solo se enumeran, remitiendo a la bibliografía en la que se basan.
Ningún patrón gráfico acompaña la asignación sexual del coxal, cráneo o mandíbula.
Hubiese sido más útil integrar el método a nivel descriptivo para disponer de las técnicas específicas de determinación.
Lamentablemente, se usan funciones discriminantes de asignación sexual en base a series no españolas, cuando desde los años 90 se dispone de ecuaciones basadas en series de sexo y edad conocido de nuestro país.
Lo mismo ocurre para la edad.
Aparecen métodos basados en el coxal, cráneo, fusión epífisaria, desgaste dental o cambios en la parrilla costal (siendo tan difícil reconocer la porción esternal de la 4a costilla en material fragmentario) que no se describen, remitiendo a la bibliografía.
Se indica la obtención de variables métricas, índices y talla.
Se codifican datos no métricos, a nivel craneal y postcraneal, como presenciaausencia.
Se analiza la manifestación de entesopatías, marcadores musculoesqueléticos de estrés, útiles para estimar si hay diferencias sociales y dimorfismo sexual en función de la división del trabajo.
El análisis paleopatológico insiste en la manifestación en el hueso de enfermedades infecciosas, la presencia de periostitis, osteomielitis y osteítis.
Además se estudian las enfermedades traumáticas, como fracturas, dislocaciones, espondilolisis y trepanación; las articulares, como la osteoartrosis, los nódulos de Schmörl o la gota; las metabólicas, como cribra orbitalia, osteomalacia, osteoporosis, líneas de Harris y la patología dental, en base a caries, cálculo, hipoplasia, pérdidas antemortem.
Destacar, ahora sí, la descripción precisa de las técnicas de estudio a nivel de isótopos estables, d 13 C, d 15 N y 87 Sr/ 86 Sr, lo que permite reconstruir el método empleado, característica básica de todo trabajo científico.
La concentración de d 13 C es distinta en las plantas C3 y C4.
Las primeras metabolizan durante la fotosíntesis más CO2 fijando C en el rango de -20‰ a -35‰.
El d 13 C se usa para discriminar entre ambientes marinos o terrestres ya que los primeros, con promedios de -19‰, incluyen plantas que fijan C como las C3, salvo en los estuarios, con valores de -12‰.
El d 15 N debe conectarse en la pirámide trófica con el consumo de proteínas.
Esto hace que el fraccionamiento isotópico produzca un enriquecimiento (+2 a +4‰), respecto a los alimentos consumidos, es decir, según se sube cada escalón en la pirámide.
Los mamíferos presentan valores más altos en los ambientes marinos.
La relación isotópica 87 Sr/ 86 Sr obtenida en el esmalte dental refleja el nivel de estroncio ingerido en la dieta (carne, vegetales y agua) durante la mineralización del diente.
Comparando esa concentración con la de la fauna recuperada en el yacimiento, podrá establecerse la procedencia externa del individuo.
El capítulo 5 (Resultados) expone los datos obtenidos en la investigación.
Refiere el tamaño muestral (número mínimo de individuos NMI) de La Pijotilla (178) y Valencia-Castilleja (36) atendiendo a su distribución por sexo y edad.
La fragmentación del material Trab.
La gráfica de la tabla 5.8 mezcla datos de sexo y edad incorrectos.
Es más apropiado representar la distribución sexual sólo de los adultos, ya que no existe el sexo (subadult) y su número debe incorporarse a los no sexados.
Eso hace que la frecuencia de individuos sin sexar alcance una cifra próxima al 75%.
A veces, resultan equívocos los gráficos dada la similitud en los niveles de grises.
Resultaría más útil representar las clases o intervalos mediante tramas distintas, facilitaría mucho la lectura de resultados y los mapas.
El análisis de variables antropométricas está limitado por el número de restos identificados y bien conservados.
Ello condiciona el tamaño muestral para establecer conclusiones.
El problema no reside en el propio texto; es un inconveniente común en muestras esqueléticas de esta naturaleza y antigüedad.
Entendiendo la dificultad de evaluar la muestra por intervalos dado su tamaño, las diferencias relativas a la patología oral pudieran proceder, al menos en parte, de haber establecido el análisis a nivel de toda la población, sin discriminar por edades.
La prevalencia de caries, pérdidas antemortem, etc., está condicionada por la edad del individuo.
Como la destrucción del diente es un proceso progresivo, las poblaciones más jóvenes suelen presentar frecuencias menores.
Este apartado muestra mayor frecuencia de sarro en las poblaciones megalíticas.
Este resultado se correlaciona con indicadores paleoquímicos donde la concentración de d 15 N también es más alta, confirmando una mayor ingesta de proteínas animales asociadas con herbívoros consumidores de plantas C3.
Sin embargo, los valores obtenidos para isótopos de estroncio no garantizan la presencia de individuos alóctonos en función del sexo o la edad; quizá el reducido tamaño muestral condicione, de nuevo, este resultado.
El capítulo 6 (Discusión) compara los resultados obtenidos con la información publicada por otros autores en cinco subapartados.
El primero evalúa variables paleodemográficas, métricas, no métricas, entesopáticas y paleopatológicas.
El segundo aborda prácticas funerarias en el SO y sus implicaciones en la diferenciación social.
Como ejemplo se destaca la presencia de cribra y de hipoplasia del esmalte dental.
En tercer lugar se analiza la paleodieta como indicador social.
La posición de los individuos megalíticos era mejor que la de los no-megalíticos.
Consumían más carne a juzgar por sus mayores niveles de d15N.
El cuarto subapartado analiza el intercambio de productos, el comercio y la movilidad durante la Edad del Cobre y compara los resultados del SO español obtenidos en la monografía con los de otras zonas peninsulares o europeas.
Esas páginas son las más interesantes desde el punto de vista integrador.
Se propone la posible existencia de lugares "centrales" de intercambio, unas áreas de ocupación de dimensiones significativas para reuniones vinculadas a situaciones de interés económico, social o ritual.
La idea se fundamenta en la presencia de individuos alóctonos -sin que los resultados de isótopos de estroncio puedan determinar el sexo preferente-y de ajuares "exóticos" que llegarían por intercambio.
El resumen final del capítulo plantea que los datos bioarqueológicos, incluso los obtenidos de material mal preservado, pueden aportar información biohistórica de extraordinario interés para interpretar el registro.
El capítulo 7 (Conclusiones) resume, en respuesta a las hipótesis de partida, los principales resultados de la investigación.
La autora, aceptando las limitaciones impuestas por el tamaño muestral, las dificultades en la reconstruccción paleodemográfica y el pobre estado de preservación, concluye que en el contexto de las muestras estudiadas parece existir una correspondencia entre diferencias sociales y patrones funerarios.
En resumen, el análisis aportado en esta investigación incrementa el conocimiento científico sobre el estado de salud y la capacidad de adaptación al medio en el SO de España durante la Edad del Cobre, planteando el interés de incorporar distintas líneas de investigación, como el análisis de paleodieta, a fin de mejorar la fiabilidad en la reconstrucción de la forma de vida de las poblaciones que nos precedieron.
Dpto. de Zoología y Antropología Física, Facultad de Biología.
Pautas Funerarias y Demográficas de la Edad del Bronce en la Cuenca Media y Alta del Tajo.
Bibliotheca Praehistorica Hispana XXXI, Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Si entre los muchos avances que la Prehistoria Reciente ibérica ha experimentado en los últimos 25 años hay uno que destaque especialmente, ese es, en mi opinión, el progreso de la investigación de las regiones centrales, occidentales y septentrionales.
Durante la mayor parte del siglo XX la investigación de la Prehistoria Reciente ibérica, y especialmente la Edad del Bronce, estuvo fuertemente desequilibrada en favor del Sureste.
Ello fue consecuencia de que las investigaciones pioneras de Luis Siret abriesen allí el camino en un momento temprano del desarrollo de la Arqueología en España, y de que ese camino fuese luego seguido por numerosos equipos científicos.
En los dos últimos decenios, sin embargo, las cambiantes circunstancias sociales y económicas en nuestro país, y también evo-Trab.
Prehist., 74, N.o 2, julio-diciembre 2017, pp. 382-391, ISSN: 0082-5638 lución del 'paisaje académico', han querido que la investigación de este periodo experimente un fortísimo avance en regiones para las que anteriormente había una gran escasez de información.
Es el caso de la Meseta Central española, para la cual varios trabajos recientes han arrojado una importante cantidad de luz sobre la Edad del Bronce (cf. por ejemplo Baquedano Beltrán et al. 2000; Rodríguez Marcos 2007; Fernández Posse et al. 2007; Aliaga Almela y Megías González 2011; Rodríguez Marcos y Fernández Manzano 2012; etc).
Muy en particular en la Comunidad de Madrid, la extraordinaria actividad constructiva del periodo c.
1996-2008 dio lugar a una eclosión sin precedentes de actividad arqueológica y subsecuentes descubrimientos y aportaciones novedosas.
El excelente trabajo de Alberto Pérez Villa, que deriva de una tesis doctoral presentada en la UNED en 2014 bajo la dirección de Pedro Díaz-del-Río, refleja este fenómeno.
A partir de una revisión del registro empírico ahora disponible, en muchos casos producto de las intervenciones arqueológicas 'de urgencia', propone una síntesis de la estructura demográfica, condiciones de vida y organización social de las comunidades del II milenio ANE en la cuenca medio-alta del Tajo que hace meramente 20 años hubiera sido impensable.
Como señala el autor, el total de yacimientos publicados en la actualidad casi duplica el número de los publicados hace dos décadas, aportando información sobre más del triple de enterramientos de los que se conocían entonces (p.
Y esta es una primera cualidad del trabajo de Pérez Villa que resulta necesario resaltar.
La progresión de nuestra disciplina en las últimas décadas ha sido tan potente, que en la actualidad los métodos de análisis científico permiten obtener una gran cantidad de datos a partir de un registro material relativamente pequeño.
Ello obliga necesariamente a repensar el papel que la excavación arqueológica, procedimiento destructivo por excelencia, ha de tener en el diseño de nuestras investigaciones.
Además, se da la circunstancia de que la ya mencionada 'burbuja inmobiliaria' ha generado en nuestro país una descomunal masa de hallazgos con un inmenso potencial científico que permanece a la espera de ser explotado.
A este respecto, conviene subrayar que, en España, hay ahora mismo demasiado Patrimonio Arqueológico en los museos esperando ser investigado y entendido como para que los proyectos de investigación científica sigan poniendo un énfasis exagerado en nuevas excavaciones.
Una amplísima casuística nacional demuestra que aquellos equipos que sobredimensionan el papel de la excavación en sus proyectos acaban casi inevitablemente cometiendo suicidio científico -por no decir una lamentable (aunque legalizada) destrucción del Patrimonio Arqueológico.
La gran mayoría de las incógnitas que tenemos actualmente en el estudio de las sociedades el VI al I milenio cal ANE en la península ibérica no se van a resolver con más o más grandes excavaciones, sino con la aplicación sistemática de métodos científicos de análisis y con revisiones como la realizada en esta obra aparte de, quizás, con excavaciones muy limitadas y definidas por objetivos específicos.
En este sentido, el estudio de Pérez Villa tiene en mi opinión un importante valor como ejemplo de la mucha, buena y significativa investigación que se puede hacer a partir de los registros obtenidos por la vía de la 'arqueología de urgencia'.
Pero es que la obra de Pérez Villa no es importante únicamente por reflejar un trascendente proceso de compensación en nuestro conocimiento de la Edad del Bronce ibérica y por hacer un uso ejemplar de los datos generados por la 'arqueología de urgencia'.
También lo es, y mucho, por el excelente planteamiento y diseño de la investigación que propone y por los resultados que ha obtenido.
El planteamiento de la cuestión de la demografía de las sociedades prehistóricas, basada en una sucinta pero hábil revisión de literatura etnográfica y arqueológica (pp. 45-54), es una de las mejores que leído en lengua española, y su traslación al ámbito de la Edad del Bronce en el curso medio y alto del Tajo es verdaderamente efectiva y novedosa.
Pérez Villa usa además postulados estrictamente estadísticos, con abundante uso de pruebas de significación, lo cual da un verdadero valor de relevancia a sus conclusiones.
Además, realiza un excelente trabajo de análisis comparativo de los resultados del área de su estudio con otras regiones peninsulares (e incluso con ejemplos de otros periodos, como la Edad del Cobre).
Aparte, el catálogo de 42 yacimientos en el que se basa la investigación (Anexo pp. 191-264) está descrito de una forma sucinta, clara y eficaz.
De entre las múltiples cuestiones específicas que el exhaustivo análisis de Pérez Villa plantea me gustaría resaltar dos.
En primer lugar, demuestra con toda claridad que la población enterrada durante la Edad del Bronce en el área de estudio es compatible con una población real (p.
Además, comprueba que la diferencia entre la población enterrada en su área de estudio y la de la Edad del Bronce en el conjunto de la península ibérica no resulta estadísticamente significativa.
Ello abre la solución a un viejo y serio problema epistemológico; aunque la cuestión tenga que ser certificada en otras regiones de forma individual, el estudio de Pérez Villa supone una invitación a considerar el registro funerario de la Edad del Bronce ibérica como reflejo de la estructura social de las comunidades que lo produjeron, algo que es igualmente de gran importancia en la investigación de las sociedades neolítica y calcolíticas.
Por otra parte, su estudio revela un conjunto de comunidades de muy limitada complejidad social, entre las que la ausencia de asentamientos fortificados, ajuares armamentísticos (además de la proporción de sexos en el registro funerario) sugiere que el conflicto o la guerra no eran actividades habituales (p.
En palabras del propio Trab.
Prehist., 74, N.o 2, julio-diciembre 2017, pp. 382-391, ISSN: 0082-5638 autor "... no hay ninguna prueba de que los grupos sociales estudiados pudiesen estar integrados en entidades políticas institucionalizadas de nivel regional, denomínense jefaturas, cacicazgos o de cualquier otra manera.
Todos los datos apuntan, por el contrario, a que se trataba de estructuras sociales de menor escala" (p.
La interpretación de los resultados en clave de desigualdad social se atiene estrictamente a los resultados del, por otra parte, más que robusto análisis cuantitativo, lo cual ofrece un excelente ejemplo de tratamiento científico del problema de la organización social prehistórica y resulta por otra parte bastante consistente con lo que se viene revelando para todas las regiones ibéricas excepción hecha del Sureste.
Será sin duda una lectura de interés para quienes desde hace dos décadas sostienen la noción de una 'sociedad clasista inicial' de la Edad del Bronce andaluza (cf. Ramos Muñoz et al. 2005; Arteaga Matute et al, 2016: 147-151; etc).
En definitiva, la obra de Pérez Villa ofrece una significativa y bienvenida ampliación del panorama de estudios de la Edad del Bronce ibérica basada en una metodología inteligente y robusta que hace un ejemplar uso del registro empírico producido por la 'arqueología de urgencia' para llegar a una serie de conclusiones seriamente ponderadas y muy bien armadas en relación con la demografía, condiciones de vida, prácticas funerarias y organización social de este periodo la región el Tajo medio-alto.
Una obra por la que cabe felicitar al autor, y de la que cabe esperar un muy positivo efecto en las investigaciones futuras de la Prehistoria Reciente ibérica.
En el invierno de 1897 al arreglar un viñedo en el Mas Neuf de Fàbregues (Hérault) se descubrió un conjunto de bronces integrado por 638 piezas (que equivalen a 624 individuos), con un peso total de 50,375 kg. Poco después, en 1900, P. Cazalis de Fondouce publicaría la que ha sido la única monografía sobre tan importante conjunto hasta el trabajo que comentamos, convirtiendo el depósito de Launac en la base para definir un fenómeno cultural fundamental para la Protohistoria del Mediterráneo nordoccidental, el Launaciense.
El Launaciense se resume en una serie de objetos metálicos particulares (entre los que los brazaletes con decoración gallonada son los más característicos) y una dinámica de acumulación de metal en depósitos de objetos, fragmentos y lingotes de bronce procedentes de distintas regiones (principalmente) francesas durante la Primera Edad del Hierro (aprox.
650-575 a.C.), cuyo significado se sigue discutiendo desde dos planteamientos opuestos: el económico y el votivo.
Pero esta dinámica, el depósito epónimo y otros que se catalogan aquí por primera vez han permanecido inéditos y faltos de una síntesis hasta ahora.
Prehist., 74, N.o 2, julio-diciembre 2017, pp. 382-391, ISSN: 0082-5638 La publicación del depósito de Launac es una aportación esperada desde hace mucho tiempo por quienes estudian la Protohistoria del Mediterráneo nordoccidental, pero el fenómeno launaciense y el modo como ha sido abordado en esta obra, cautivará a protohistoriadores de otros ámbitos geográficos por tres motivos fundamentales: a) los intrínsecos a las tipologías documentadas en el depósito; b) los relativos a la dinámica de concentración, fragmentación, reciclaje y circulación de objetos de bronce en el Golfo de León y c) las implicaciones histórico-culturales que tiene identificar un fenómeno en apariencia limitado al Golfo de León (más en concreto a la zona entre Corbières Maritimes y Montpellier), cuya área de influencia actual alcanza desde el valle del Ebro hasta la Grecia continental (Perachora), pasando de manera especialmente intensa por el Mediterráneo central con múltiples ejemplos en Sicilia (Bitalemi-Gela, Sciacca, Selinunte, Megara Hyblaea).
Los autores han considerado las dos primeras cuestiones, dejando de lado las implicaciones y ejemplos fuera del Golfo de León en sentido estricto, aunque incluyen comentarios sobre el depósito de Sciacca (Sicilia) y el de Sant Jaume (Catalunya).
El tercer punto ha sido afrontado (principalmente) por S. Verger en su habilitation à diriger des Recherches en 2005 y en trabajos sucesivos, entre los que destaca el catálogo de la exposición Une Odyssée gauloise (Verger y Pernet 2013).
Pero la ausencia no se echará en falta sino que, paradójicamente, el lector agradecerá la decisión de los autores de concentrarse en el depósito original y en los depósitos que configuran la zona nuclear launaciense puesto que tanto la mencionada exposición como los artículos sobre el tema, sobre todo en áreas sacras y funerarias griegas, han creado una enorme curiosidad sobre el fenómeno original en el sur de Francia que aquí se satisface con detalle.
El estudio del depósito de Launac se presenta de manera integral por primera vez.
Se trata la historiografía; se reconstruye el contexto de hallazgo, desconocido pero propuesto como cercano a una zona húmeda drenada, llamada "Estagnol"; se realiza un impresionante estudio tipológico de todos los objetos que integran el depósito al que se suma el análisis arqueométrico de un tercio de ellos; y se valora la cronología y significado del mismo en comparación con los demás depósitos conocidos.
Quizás llame la atención que el índice no distinga entre los autores de cada capítulo, si bien se detalla la autoría y el grado de participación de cada uno de los firmantes (p.
Podría explicar esta decisión el que varios textos se cerraran en 2007 sin haberse actualizado con los descubrimientos y publicaciones más recientes (algunas en bibliografía pero no citadas en el texto).
Por un lado ha permitido incluir el dossier arqueométrico como pieza fundamental del estudio (con análisis de composición de 203 piezas e isotópico de 62 piezas).
Sin embargo por otro ha provocado un desajuste con los textos arqueológicos, presentando resultados opuestos en algunos puntos como la interpretación arqueológica de tipos importados frente a la lectura arqueométrica de producciones locales de tipos foráneos, que se exponen en paralelo pero sin una discusión conjunta.
El aspecto dominante del libro, el estudio de los materiales, merece una serie de comentarios basados en los criterios de estudio seguido por los autores.
El estudio y catálogo se concentra en los depósitos "terrestres" en clara oposición a Rochelongue, que J. Arnal definió como "marino" y que será objeto de una próxima monografía pero que ya aquí aparece repetidamente citada e ilustrada.
De todos modos, sorprende en el catálogo de depósitos la inclusión de los hallazgos de Auriac, Albi, Verdun sur Garonne y Linoux cada uno con información sobre una única pieza, o incluso la presencia de Sant Jaume (Tarragona) que tampoco correspondería a un depósito.
El depósito de Avinyonet aparece en la bibliografía pero no se ha considerado en el texto.
Se limita la comparación al registro del entorno inmediato, con síntesis descriptivas sin largos catálogos de paralelos si bien al final del trabajo se presentan mapas de distribución de la mayoría de estas categorías que incluyen puntos fuera del área del Golfo de León.
Este planteamiento asume una escasa presencia de materiales launacienses en otros puntos, en especial la Península Ibérica, aunque síntesis recientes documentan un cierto volumen de los mismos (Graells 2015).
A esto se suma la identificación de un tipo de brazalete de sección cuadrada y decoración incisa de Launac, cuyos mejores paralelos se encuentran en el área minera del Priorat (prov. Tarragona).
Se pretende excluir interpretaciones comprometidas sobre la identificación de fragmentos, pero se introduce la categoría de asadores agrupando fragmentos sobre cuya correcta identificación expresan serias dudas; o se incorpora la fotografía (p.
240, sin numerar) de un freno de caballo atribuido a fábrica etrusca (ex-colección Burrell, Glasgow), que corresponde a un ejemplar helenístico con paralelos en Beocia y en distintos contextos griegos (vid. Donder 1980; Moore 2005).
Su inclusión debe relacionarse con una explicación de los cilindros metálicos con púas como elementos de bocados articulados y no de armas.
Pero esta atractiva propuesta carece de los frenos de caballo articulados con piezas anulares fechados en la Primera Edad del Hierro.
La publicación del depósito de Launac era un desideratum de la investigación y la obra comentada no decepcionará a nadie al estudiar, de manera brillante, el conjunto (salvo 2 piezas del catálogo de Cazalis de Fondouce no recuperadas) con ilustracio-Trab.
Un trabajo tan poliédrico debe entenderse pues como un punto de partida con el que discutir el carácter de estos depósitos y los circuitos que dibujan sus materiales, integrando progresivamente todos los depósitos y materiales launacienses (terrestres y marítimos, franceses y exteriores).
De este modo se augura un filón de estudios apasionante que vivirá otro punto de inflexión con la (esperada) publicación del depósito de Rochelongue (ca.
Sin dudar, el éxito es la caracterización de la industria metálica de la Primera Edad del Hierro del sur de Francia que abre las puertas al estudio de las interacciones de esa región durante la Protohistoria, convirtiéndola en co-protagonista de relaciones de largo alcance junto a fenicios, griegos y etruscos.
Esta combinación hace del presente trabajo un caso ejemplar y revolucionario que marca un hito en la investigación de las producciones metálicas prerromanas y lo convierte en obra de consulta y comparación clave, que debe considerarse ein Muss para cualquier estudio futuro de Protohistoria del Golfo de León y de la Península Ibérica. |
El editorial cierra el cuatrienio del actual equipo.
Presenta el contenido del volumen 75, dedicado a Martin Almagro Basch, fundador de Trabajos de Prehistoria, cuando se conmemoran los 25 años de la evaluación por pares en la revista.
Cada número semestral combina artículos resultantes de la gestión habitual de la revista con otros invitados.
Estos abordan el estado actual de la investigación prehistórica en la Península Ibérica, visto desde el extranjero, y proyectos importantes llevados a cabo por los prehistoriadores del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
Se valora el grado de profesionalidad e internacionalización que han adquirido los estudios enmarcados en las líneas editoriales de Trabajos de Prehistoria.
Desde 1994 la revista Trabajos de Prehistoria publica editoriales coincidentes con el inicio del cuatrienio de cada equipo o con acontecimientos de especial relevancia en la trayectoria de la revista (recogidos en Martínez Navarrete y Montero Ruíz 2016: 319-120).
En este caso esa contribución aparece al final del periodo, a los 25 años desde que Trabajos de Prehistoria asumió su carácter presente como revista semestral con evaluaciones de los manuscritos por pares.
Para conmemorar este aniversario el Consejo de Redacción decidió invitar a varios colegas a enviar artículos, unos sobre el estado actual de los estudios prehistóricos en la Península Ibérica visto desde el extranjero, otros sobre proyectos importantes llevados a cabo por los prehistoriadores del Departamento de Arqueología y procesos sociales del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, entre otros temas.
En este número aparecerán una síntesis del Paleolítico Superior por Lawrence Straus y un resumen del proyecto de excavación de la mina neolítica de Casa Montero por Susana Consuegra y otros.
En el próximo se publicarán artículos de Katina Lillios sobre los últimos 25 años de estudios de la Prehistoria Reciente peninsular, de Salvador Rovira e Ignacio Montero sobre el Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica y de Pilar Utrilla y Rafael Laborda sobre la cueva de Chaves (Huesca).
Estos y los demás artículos que aparecerán este año darán, en nuestra opinión, una visión ajustada del buen estado actual de la investigación prehistórica en España.
Este buen estado también está reflejado en la posición que Trabajos de Prehistoria ocupa en los índices de impacto académico (CWTS Journal Indicators, Google Scholar Metrics, etc.).
En estos 25 años hemos pasado de ser un buen anuario regional a ser la revista a Dept. of Anthropology, California State University.
Ello corresponde en buena parte a la notable internacionalización de la comunidad científica peninsular.
Este considerable éxito se debe al apoyo institucional de la Editorial CSIC y de la Unidad de apoyo a la edición de revistas del Centro de Ciencias Humanas y Sociales y al trabajo serio y cuidadoso de los miembros del Consejo de Redacción y del Consejo Asesor de la revista.
Destacamos, en especial, la participación desinteresada de nuestros evaluadores y evaluadoras (177 en este cuatrienio) cuyas críticas constructivas, detalladas y ponderadas han permitido que la revista llegue a este nivel.
Al final del 2018 publicaremos en la página-web de la revista una lista alfabética de los evaluadores que han consentido que sus nombres aparezcan.
El progreso de la revista refleja la trayectoria general de la Prehistoria española en los últimos 40 años.
A mediados de los años 70, el enfoque teórico predominante seguía siendo el historicismo de la Escuela de Barcelona, con lo cual un par de jóvenes forasteros (Gilman y Chapman) formados en la escuela funcionalista británica podíamos atrevernos a proponer una interpretación alternativa de la secuencia del Sureste de la Península Ibérica.
No tardamos mucho, sin embargo, en proseguir las investigaciones como miembros de equipos españoles.
La visión desde fuera de los artículos de síntesis de Straus y Lillios que presentamos en este volumen demuestra la calidad científica y profesionalidad académica de la arqueología peninsular.
La excelencia de la arqueología española debe mucho a los cimientos asentados por Martín Almagro Basch, el fundador de esta revista.
Don Martín fue el principal modernizador de la Prehistoria española (véase Mederos 2017 para una recensión de su papel en el desarrollo de nuestra disciplina).
Como buen alumno de Hugo Obermaier, se dedicó a lograr que la arqueología prehistórica en España pasara de ser una rama menor de los estudios de arte y filología a ser una disciplina sistemática y científica.
Entendió siempre que cualquier disciplina científica requiere un apoyo institucional y utilizó su considerable influencia para promover la inclusión de la Prehistoria en programas de estudio universitario y el establecimiento de museos arqueológicos.
Supo también la importancia de tener revistas de investigación publicadas de forma regular.
Bajo su dirección, primero Ampurias y luego esta revista, se convirtieron en los mejores anuarios del país.
Es decir, Don Martín se dedicó a construir la infraestructura institucional de la arqueología que, en la actualidad, está socavando la política neo-liberal dominante.
El autor, que empezó en la arqueología bajo la tutela de Martín Almagro en el campo de trabajo juvenil asociado a los Cursos Internacionales de Prehistoria y Arqueología en Ampurias (Fig. 1), confía en que Don Martín, a cuya memoria dedicamos este volumen, estuviera satisfecho con la calidad alcanzada por Trabajos de Prehistoria.
Debemos al personal del archivo del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC, Madrid) el hallazgo del retrato inédito del fundador de Trabajos de Prehistoria, reproducido en la figura 1.
Gracias a Antonio Almagro Gorbea, Concepción Blasco Bosqued y Francisco Gracia Alonso se ha precisado la identificación. |
Este artículo intenta ofrecer una síntesis relativamente completa de lo que se conoce en la actualidad sobre la transición del Paleolítico medio al superior y el desarrollo de las adaptaciones humanas y de las culturas durante el último periodo en la Península Ibérica (España y Portugal, así como Andorra y Gibraltar).
Los énfasis del trabajo, que es inevitablemente selectivo y se basa principalmente en la bibliografía disponible más reciente, son las condiciones ambientales, el asentamiento humano, las tecnologías, la subsistencia y la expresión artística, desde una perspectiva que subraya en que medida la naturaleza y extensión de las redes sociales han cambiado durante todo el desarrollo del Estadio Isotópico Marino 3 tardío y todo el Estadio 2.
El objetivo es abarcar todas las regiones de la península, pese a sus diferentes historias de la investigación y sus desiguales densidades de yacimientos.
Una conclusión general es que a pesar de las fluctuaciones climáticas del Tardiglaciar, uno puede escribir diferentes histoires de la longue durée sobre importantes unidades geográficas como la región cantábrica (atlántica septentrional) de España, la cuenca del Ebro, la España levantina (mediterránea), Andalucía, las mesetas interiores de España y las cuencas del Duero y el Tajo, y las regiones meridional y central-septentrional de Portugal.
Además, en diferentes grados a través del tiempo, hubo tanto una unidad cultural peninsular, creada por redes sociales entre esas regiones, como contactos con bandas de cazadores-recolectores al norte de los Pirineos.
Las Caldas, La Viña, La Lluera, Peña de Candamo, La Paloma, El Conde; 3.
Tito Bustillo, La Lloseta, Los Azules, La Güelga, Covaciella, Collubil; 4.
Fuente del Salím, Altamira, Cualventi, La Pila; 6.
El Castillo, La Pasiega, El Pendo, El Juyo, Morín, La Garma, El Rascaño, El Piélago;7.
El Mirón, El Horno, Cullalvera, El Valle, El Otero, La Fragua, La Chora;8.
Fuente del Trucho, Chaves, Forcas, Alonsé;13.
Gato 2, Peña del Diablo, Alexandre, Vergara;14.
El Parpalló, Les Mallaetes, Volcán del Faro, Beneito, Foradada, Cendres, Santa Maira, Tossal de la Roca;22.
La Boja, La Fina de Doña Martina;23.
Nerja, Bajondillo, Humo, Higueral, Hoyo de la Mina;26.
Doña Trinidad de Ardales;29.
Petra do Patacho;32 in Cantabria).
Classic evidence comes from such sites as Las Caldas, La Riera, Coimbre, Altamira, El Juyo, El Rascaño, El Mirón, Santimamiñe, Ekain, Urtiaga.
The Cantabrian record includes, from east to west, such major sites as Aitzbitarte IV, Erralla, Ekain, Silibranka, Urtiaga, Santa Catalina, Lumentxa, Santimamiñe, El Valle, El Horno, La Chora, El Otero, El Rascaño, El Pendo, El Castillo, La Pila, Cualventi, La Riera, Cueto de la Mina, Collubil, Tito Bustillo, Entrefoces, Las Caldas, Sofoxó, La Paloma, plus many lesser-known or minor sites (González Sainz 1989; González Sainz and González Urquijo 2004).
Some of the cave art of the Castilian mesetas (Penches, La Griega, Los Casares, La Hoz, El Niño, etc.) may be of Magdalenian age.
Como siempre, mis más grandes agradecimientos son para mis queridas cántabras, Mari Carmen y Evita. |
Presentamos una revisión de conjunto e interpretativa de las evidencias recuperadas en la mina de sílex de Casa Montero (Madrid, España).
Describimos los aspectos técnicos y sociales de la minería del sílex en el contexto histórico específico de las sociedades del Neolítico Antiguo de la Península Ibérica.
La combinación de todas las evidencias recuperadas nos permite sugerir que la minería en Casa Montero fue probablemente un fenómeno generacional, donde los actos de agregación de pequeños grupos para el desarrollo de acciones colectivas sirvieron de base para establecer nuevas relaciones políticas más allá de cada grupo individual.
Para ello se requirieron un conjunto de precondiciones estratégicas, tácticas y logísticas, incluyendo la habilidad y capacidad para convocar, diseñar y organizar un conjunto ordenado de acciones como las que se desarrollaron en la propia mina.
Proponemos que estas precondiciones sociales son clave para ir más allá de la variabilidad formal y técnica de las minas.
Península Ibérica; Meseta central; Neolítico Antiguo; Mina de sílex; Dataciones radiocarbónicas; Aprendizaje; Producción laminar.
Una mina de sílex del Neolítico Antiguo.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
El Garcel es un yacimiento arqueológico del sureste de la península ibérica también conocido como Aljoroque o Algarce, situado a menos de 1 km al sureste del núcleo urbano de Antas (Almería) (Fig. 1).
Se le nombra reiteradamente como uno de los más relevantes de la Prehistoria Reciente, pero ha habido escasas aportaciones tras las de Luis y Enrique Siret y Cels a finales del siglo XIX.
Entre 1888 y 1890 se hicieron excavaciones supervisadas por L. Siret y llevadas a cabo por Pedro Flores.
Generaron una amplia documentación inédita y recuperaron una gran cantidad de material arqueológico que, en su mayoría 1, está en los fondos del Museo Arqueológico Nacional (MAN) en Madrid.
L. y E. Siret publicaron unas breves descripciones del yacimiento y de sus materiales en Las Primeras Edades del Metal (Siret y Siret 1890).
L. Siret escribió el estudio más detenido, "L 'Espagne Préhistorique", en 1891 pero permaneció inédito hasta 2001 (Siret 2001), aunque continuó haciendo referencias al yacimiento en trabajos posteriores.
El Garcel es de gran interés para el estudio del poblamiento del sureste por el tipo y cantidad de estructuras excavadas y el material hallado.
En 1941, Guillermo Gossé (1941), publicaba como suyo un estudio monográfico del yacimiento reproduciendo las láminas y el texto inédito de "L 'Espagne Préhistorique" (Martín 2001).
Los resultados de las excavaciones posteriores de Julio Martínez Santa-Olalla permanecieron inéditos y los de la excavación de Pilar Acosta en 1973, la última realizada, se publicaron en un breve informe (Acosta 1976).
Los pocos datos conocidos de El Garcel no han impedido su cita recurrente como referente sobre las sociedades de la tradicional "Cultura de Almería" (Román 1996).
Nuestro propósito al estudiar la documentación y los materiales de la colección Siret del MAN, en su mayoría descontextualizados, es aportar nuevas dataciones y aproximarnos a la interpretación del yacimiento.
Dada la amplitud de esta empresa, analizaremos en especial las estructuras, considerando tanto sus características como la información aportada por los elementos muebles documentados en el interior de las mismas.
EMPLAZAMIENTO Y ENTORNO ACTUAL
El Garcel ha sido descrito como un emplazamiento único cuando, en realidad, se asienta sobre dos mesetas independientes, consignadas como "Garcel I" y "El Garcel II" o "Segundo Llano de El Garcel".
Las bases para esta afirmación son la asignación por L. Siret de los materiales (12.668 piezas) a la "meseta principal" (Siret 2001: 87), luego debía haber "otra/s".
Cuando se dibujan, se remiten a una u otra área, ya sea con el término completo o abreviado (G1 o G2).
Por último, P. Flores distinguió ambos llanos en sus diarios de excavación, les asignó una numeración independiente y dibujó un croquis de cada uno de los emplazamientos.
A pesar de no ser los dibujos de un profesional, ambos son identificables en la topografía local, tanto en los mapas recientes a escala 1:10.000 (Fig. 2) como en las imágenes de satélite de Google Maps (Fig. 3)2.
L. Siret no tuvo en cuenta esta primigenia diferenciación y unió ambos conjuntos tanto en "L 'Espagne Préhistorique" como en Las Primeras Edades del Metal.
En nuestro estudio, respetamos esta decisión final, pero mantenemos la referencia precisa a cada conjunto en el análisis de estructuras y materiales, en un intento de hallar una explicación espacial, temporal o funcional de esta dualidad.
El eje máximo, orientado Norte-Sur, tiene unos 170 m y los ejes Este-Oeste oscilan entre 30 y 70 m.
El Garcel II se situaría a 50 m al sureste de El Garcel I, con unos 1.200 m2 de superficie.
Ambas mesetas están a unos 30 m de altura sobre el río Antas (Figs.
Según los estudios antracológicos de los yacimientos de la Depresión de Vera (Rodríguez Ariza 2000), donde se encuentra dicho río, la vegetación era más abundante y variada en el III milenio a.C. Estaba formada por un matorral más o menos denso de lentiscos y acebuches junto al que existían zonas de matorral abierto con pinos carrascos; los fondos de los valles estarían ocupados por los campos de cultivo sustituidos junto a los cauces por vegetación de ribera.
El río Antas, de régimen torrencial, tiene una vega formada fundamentalmente por depósitos aluviales de origen cuaternario, el resto son areniscas y margas del Mioceno.
Los cultivos posibles sobre las mesetas son los cereales de invierno (trigo, cebada, avena, etc.) y las leguminosas (judías, habas, lentejas, veza, almorta, etc.) en siembra otoñal.
P. Acosta comprobó en 1973 restos de cultivo de centeno en zonas que actualmente se dedican a pastizal/matorral.
La vegetación es achaparrada y dispersa, con espartos, en el entorno inmediato al yacimiento (MAPA 1978).
L. y E. Siret constataron la escasa potencia estratigráfica de El Garcel (Siret y Siret 1890: 6) y P. Acosta (1976) huellas de las antiguas excavaciones de L. Siret y Martínez Santa-Olalla o de expolio.
El emplazamiento de El Garcel I goza de protección legal3.
El Archivo Siret del MAN está formado por manuscritos, dibujos, bocetos, planos, alzados y listados de materiales escritos por L. Siret, así como por un amplio epistolario.
Se conservan también datos de los embalajes realizados en Herrerías (Almería) y en Barcelona, y documentos generados tras la muerte de los hermanos Siret.
La documentación más interesante para este estudio son los seis diarios de excavación redactados por P. Flo-res y sus hijos entre 1888 y 1890 (Cuadernos XXIV a XXVIII para El Garcel I y XXXVI para El Garcel II), así como una carpeta con anotaciones y documentación gráfica de L. Siret.
En ella se conservan notas escritas sobre diferentes soportes.
Otros documentos, hoy dispersos, en origen debieron estar agrupados bajo esta cubierta.
La información recogida permite reconstruir el contenido, número y características de los "hoyos" (así denominaba P. Flores a las estructuras).
Sorprende la discrepancia existente entre el volumen de materiales Fig. 2.
Planos de Pedro Flores de El Garcel I y II (Antas, Almería), orientados hacia el norte.
Cuadernos de Pedro Flores.
Archivo del Museo Arqueológico Nacional.
Las flechas indican la posición topográfica de las dos mesetas de El Garcel (a partir de "Provincia de Almería".
Se conservan con referencia a hoyos de El Garcel I y de El Garcel II, poco más de 1.000 piezas (1.070 números de inventario), pero tenemos cerca de 19.000 piezas sin referencia a estructura o nivel.
Atribuimos la diferencia a que la mayor parte de los objetos recuperados en las excavaciones correspondían a un nivel carente de estructuras ya que, según los Siret, los vestigios prehistóricos yacían a poca profundidad, y la mayor parte hasta en la misma superficie, sin señal de construcciones, tan sólo alguna tierra carbonosa (Siret y Siret 1890: 6).
Todo el Cuaderno XXIV corresponde a dibujos de materiales sin referencia; la asignación a estructuras comienza en el Cuaderno XXV.
EL COMPLEJO CONTEXTO CRONOLÓGICO DE EL GARCEL
La cronología relativa y absoluta de El Garcel es controvertida.
Según la periodización tradicional, las propuestas generalmente han oscilado entre el Neolítico final y el Calcolítico.
El principal problema era la presencia conjunta, pero sin contexto estratigráfico claro, de dos tipos de materiales considerados indicadores cronológicos de dos períodos distintos y distantes en el tiempo: una industria lítica "poco evolucionada" (geométricos) del Epipaleolítico, escorias descontextualizadas y algún útil de cobre atribuido al Calcolítico.
Las dataciones realizadas en los años 70 y 80, no resolvieron el conflicto.
El estado de la cuestión hacía recomendable realizar nuevas dataciones.
Por ello recurrimos a la técnica de Autentificación por Termoluminiscencia (TL) llevada a cabo en el Laboratorio de Termoluminiscencia de la Universidad Autónoma de Madrid.
Las fechas absolutas obtenidas son los años transcurridos desde la última vez que el material cerámico sufrió un proceso de calentamiento enérgico (cocción).
Seleccionamos tres muestras de recipientes cerámicos de El Garcel I con un contexto seguro, es decir, descritas y/o dibujadas por P. Flores y por L. Siret y correspondientes a estructuras numeradas ("hoyos"): dos fragmentos de vasijas de almacenamiento ("tinajas") de las estructuras 30 y 52 y un tercero de una copa reconstruida por el propio L. Siret (o por G. Gosse), perteneciente a la estructura 146 (Tab.
Las nuevas dataciones absolutas obtenidas marcan un período de tiempo entre finales del IV milenio a.C. y finales del II milenio (5058 ± 364 a 3076 ± 215 años desde la última cocción, Tab.
Por lo tanto, las dataciones previas, a pesar de su descontextualización, vienen a estar dentro del amplio marco cronológico indicado por las fechas de TL (a excepción de la más reciente, 1220 BP, CSIC-252).
Estamos pues, ante una longeva práctica de construcción de estructuras tipo "fosa", de al menos unos dos mil años, con diferentes funciones, de las que cabe destacar la de almacenamiento observada también en otros yacimientos del sur peninsular (La Loma de Íllora en Granada, Campo de Hockey en San Fernando-Cádiz, Papa Uvas en Aljaraque-Huelva o Las Eras en Úbeda-Jaén) (Tab.
ANÁLISIS DE LAS ESTRUCTURAS
La documentación consultada nos ha permitido manejar variables relacionadas con la forma, volumen, número de estructuras, sustrato y técnicas de aislamiento, así como aproximarnos a su función.
Número, forma y volumen de las estructuras
En nuestro recuento hemos considerado que L. Siret y P. Flores emplearon un único número para estructuras que se cortaban unas a otras: "dobles" (Fig. 4A), "triples" e incluso una "quíntuple" (Fig. 4B).
Según L. Siret estas intersecciones entre hoyos, que también documentó durante sus excavaciones en Almizaraque (Cuevas del Almanzora, Almería) (Fig. 5) son resultado de una sucesión en el tiempo.
Tales estructuras geminadas constituyen un pequeño conjunto respecto al total: 16 de 202 en El Garcel I (casi un 8%) y 2 de 52 en El Garcel II (4%).
Las superficies limitadas de ambas mesetas debieron obligar a construir las fosas cada vez más cerca.
Para calcular el volumen de las estructuras hemos definido tres tipos geométricos -cilíndrico, troncocónico y cóncavo-a partir de las medidas facilitadas por P. Flores y de las secciones de la lámina 25 de L. Siret (2001).
Solo el tipo troncocónico tiene documentación gráfica.
La forma cilíndrica se ha asignado a las estructuras de las que P. Flores indica un solo diámetro (suponemos el mismo para base y boca).
La forma troncocónica corresponde a las estructuras que contaban con dos diámetros de distinta medida.
Según los dibujos de L. Siret de las secciones de algunas estructuras, podemos estar ante dos subtipos: uno con forma acampanada del que dibujó la número 108 (Fig. 6A) y la 109 (Siret 2001: lám. 25, I) y otro con forma de botella de cuello largo, marcado, y cuerpo globular, similar a un "matraz", del que dibujó la número 86 (Fig. 4A) y la 166 (Fig. 6B).
La forma cóncava (mayor diámetro de la boca que del fondo) es poco frecuente.
Podría ser consecuencia de la destrucción de la boca de cualquiera de las formas mencionadas (Siret 2001: 75) o tener una función/origen distinto.
La proporción de formas cilíndricas y troncocónicas es muy similar en ambas mesetas (Tab.
3) a pesar de haber más estructuras en El Garcel I. Aquí suponen un 96% y en El Garcel II un 98%.
Cada tipo desglosado se acerca al 50% en ambas mesetas, salvo el tipo cilíndrico en El Garcel II, un poco más presente.
Una vez definidos los tipos nos preguntamos si podrían haberse dispuesto espacialmente de alguna manera significativa.
Como recordaremos, P. Flores realizó unos "croquis" de los emplazamientos de El Garcel I y El Garcel II (Fig. 2), y en sus diarios indicó la distancia entre algunos "hoyos" y las "estacas" de referencia, pero no la dirección.
Ello ha hecho imposible recomponer un plano con la localización de cada fosa.
Sin embargo sus datos permiten inferir, gracias a las distancias indicadas, la existencia de grupos de cuatro a diez hoyos similares, especialmente en El Garcel I4.
Sabemos que cualquier interpretación requeriría, lógicamente, conocer la cronología de cada estructura, pues la proximidad no implica necesariamente contemporaneidad.
Podría deberse también a razones como un mismo tipo de contenido, la protección bajo una misma estructura o incluso, si contemplamos una posible causa social, pertenecer a una misma unidad doméstica.
Hemos agrupado las estructuras según su volumen para observar posibles pautas de preferencia por formas o tamaños (Díaz-del-Río et al. 1997; Pujante 1999).
Los resultados son aproximados ya que partimos de cálculos basados en formas geométricas ideales.
Las agrupaciones del gráfico (Fig. 7) muestran una distribución equilibrada en El Garcel II frente a un predominio de las estructuras menores en El Garcel I. En general, los volúmenes más constatados están entre 300 y 1.200 l (especialmente entre 600 y 900 l), es decir, no estamos ante grandes volúmenes.
La media, unos 600 l, es similar a la de otros yacimientos del sureste peninsular como Las Palas en Cuevas de Almanzora, Almería (Román y Maicas 2002), Molinos Respecto a los tamaños, salvo excepciones, los diámetros en El Garcel I oscilan entre 50 y 175 cm y la profundidad entre 30 y 150 cm. En El Garcel II los diámetros varían entre 50 y 150 cm y la profundidad entre 30 y 130 cm. En consecuencia, los volúmenes de algunas estructuras de El Garcel I son mucho mayores que los de El Garcel II5.
De las tres dataciones de TL, la más reciente pertenece a la estructura de mayor tamaño por lo que cabe la posibilidad de que el volumen también pueda estar relacionado con la antigüedad.
En ese caso, las distintas formaciones sociales sucedidas en El Garcel a lo largo de esos dos milenios puede que incrementaran la capacidad de las estructuras.
Podrían apuntar en este sentido las excavaciones de las calles Juan II y Leonés (Lorca, Murcia), bajo un estrato datado en 4050 ± 25 BP, con un silo de gran volumen, de 3 m de profundidad y 4,5 m de diámetro máximo (Pujante 2011).
Finalmente hemos constatado una relación entre forma y volumen.
Predomina la forma cilíndrica en ambas mesetas hasta 900 l de volumen (especialmente entre 200 y 400 l) y, a partir de los de 900 l, la forma troncocónica la sustituye.
Evidencias de aislamiento de las estructuras ("hoyos")
El tipo de sustrato es importante para la funcionalidad de las estructuras.
Las destinadas al almacenamiento se realizan en lugares altos y secos, en sustratos con un elevado contenido en arcillas y limos ya que resultan ser los terrenos más impermeables (Miret i Mestre 2006).
La superficie de las mesetas de El Garcel está a 30 m sobre el río, una altura suficiente para evitar las crecidas y la humedad residual.
Las estructuras están excavadas en un sustrato de greda o arcilla arenosa.
Este material, utilizado principalmente en alfarería y que permite construir formas acampanadas, de menor diámetro en la boca que en el fondo, facilita el cerramiento de las estructuras.
L. Siret indicaba el tipo de sustrato en el que estaban excavadas en su dibujo de la número 108 de El Garcel I (Fig. 8) y P. Acosta (1976) lo describía como "greda dura".
Carecemos en cambio de una descripción o documentación gráfica de la estratigrafía interna de las estructuras, por lo que no podemos deducir su proceso de colmatación/abandono.
En las dos estructuras numeradas como 86, L. Siret sólo añade en una nota que había "un poco de relleno reciente" en el fondo.
Según P. Acosta (1976) las estructuras tenían un relleno fértil, de tierra vegetal removida por el arado y algunos materiales, que no superaba los 30 cm de potencia.
Además del sustrato adecuado, L. Siret constató el uso de técnicas de aislamiento en algunas de las estructuras: paredes enlucidas con arcilla endurecida con un simple fuego en su interior (Siret 2001: 75).
A ellas corresponde el gran fragmento que halló en la estructura acampanada 109 de El Garcel I: "un revestimiento de barro mal cocido" (Siret 2001: lám. 25) (Fig. 8).
El grosor del recubrimiento, de 2 a 3 cm de barro y paja, según las anotaciones de L. Siret, haría posible contener incluso líquidos.
Los restos de arcilla con improntas de cañizo podrían corresponder a estructuras de techumbre o chozas que reducirían el peligro de que entrase agua: "...Probablemente encima de algunos existían chozas hechas con cañizo cubierto de tierra.
Algunos fragmentos de esta tierra, endurecida al fuego, tienen las marcas impresas del cañizo y otros las tienen de la madera" (Siret 2001: lám. 25).
P. Flores identificó elementos que podrían estar relacionados con el cerramiento de las estructuras como "piedras llanas" o losas de gran tamaño, generalmente de pizarra.
Un caso similar tendríamos en Terrera Ventura (Tabernas, Almería), donde la estructura 4 (de mediados del III milenio a.C.), de forma acampanada, se cerraba mediante aproximación de hiladas de piedras rematadas con una losa redonda de pizarra (Gusi y Olaria 1991).
El derrumbamiento de estas construcciones podría ser la causa de la presencia de piedras en su interior.
Martínez y Ponce (1997) han documentado en Lorca (Murcia) el sellado con piedras pequeñas y medianas de este tipo de estructuras interpretadas como silos.
Hay en ambas formas posibles indicios de aislamiento (losas-tapaderas, piedras llanas, barro o adobe con o sin improntas de cañizo).
P. Flores señala su presencia en proporciones similares, al menos, en 31 estructuras de ambos tipos.
Sin embargo cabe destacar que las evidencias de aislamiento (barro, adobe y piedras llanas) solo aparecen en estructuras entre 400 y 1.800 l, detectándose las losas-tapadera a partir de los 600 l.
Las estructuras "geminadas" que, al cortarse unas a otras, pueden ser permeables si no se aíslan adecuadamente, carecen de evidencias de recubrimientos (o no contamos con información descrita o gráfica al respecto), lo que dificulta su interpretación.
No obstante, la presencia en la mayoría de los casos de una gran cantidad de piedras puede relacionarse también con otras funciones según su peso, tamaño, forma y número.
En el interior de algunas estructuras (la 21, 45, 52, 54, 58, 96, 141 en El Garcel I), además de piedras planas cuyo tamaño P. Flores no destacaba, había otras que describe como similares a las de molino.
Su función pudo ser diversa así como el motivo de su presencia en el interior de las estructuras (incluyendo los procesos post-deposicionales).
La abundancia de piedras de pequeño y mediano tamaño, muchas de ellas simples guijarros, o molinos fracturados, es frecuente en yacimientos con estructuras en negativo (Márquez Romero y Jiménez Jáimez 2010).
Consideramos que en ocasiones las piedras contenidas en los silos pudieron servir, dispuestas en el fondo, como aislantes o para el apoyo de vasijas (de fondo cónico o cóncavo), como las 2.000 piedras de pequeño tamaño de la estructura 47.
Ahora bien, según P. Flores, aparecían en casi todas las estructuras de ambas mesetas aunque no en tan alto número.
Otra posibilidad que nos sugiere la abundancia de piedras de molino es que las estructuras se destinaran a almacenar materias primas o útiles.
Las molederas pudieron ser reservadas allí a la espera de su utilización para la molienda, triturado de ocre o cualquier otro uso secundario (como enlosado, apoyo para vasijas, material de construcción).
No hay una relación significativa entre la forma de las estructuras y la presencia de piedras de molino: están presentes en todo tipo de formas y tamaños.
En otros casos quizá estemos ante piezas líticas en proceso de elaboración, como la "piedra trabajada" (estructuras 49, 56, 91 y 94 de El Garcel I y la 16 de El Garcel II) y los fragmentos de mármol (estructuras 158 y 160 de El Garcel I), posiblemente destinados a ser brazaletes.
Propuesta de uso o función
Hemos tenido en cuenta los datos referidos a las estructuras de El Garcel (Antas, Almería) y a los materiales que contenían para proponer su posible uso.
La complejidad para interpretar las estructuras excavadas ha sido ampliamente reconocida, por la multifuncionalidad, reutilización y reciclado de las mismas.
Esta situación se da incluso cuando se han llevado a cabo recientes excavaciones y se han obtenido fechas absolutas (Aranda et al. 2016).
Las medidas de los hoyos de ambas mesetas no son propias de fondos de cabaña: el mayor diámetro conocido tiene 2 m en la base y en la boca, con 50 cm de profundidad (no 150 de El Garcel I).
En yacimientos recientemente excavados, como Valencina de la Concepción (Sevilla), hay estructuras de similares dimensiones como la CUE39 cuyo uso "residencial" se pone en duda, e incluso otras de mayor tamaño, polilobuladas y con abundantes adobes con improntas Trab.
Se insiste en la necesidad del debate sobre las "colmataciones-deposiciones deliberadas frente al concepto clásico de basureros", y en la dificultad de inferir su uso primigenio (Sardá Piñero 2013: 156).
En yacimientos próximos como el de Caravaca (Murcia), las estructuras consideradas "fondos de cabaña" alcanzan al menos un diámetro entre 6 y 10 m (y una profundidad entre 30 y 40 cm).
En Marroquíes Bajos (Jaén) cuentan con más de 3 m de diámetro y en su interior tienen estructuras de transformación y consumo, e incluso silos internos (Lizcano et al. 2005) constituyendo un hábitat casi troglodítico al tener más de 2 m de profundidad.
No obstante, según L. Siret (2001), algunos "silos" debieron estar bajo "chozas" a tenor de los restos recuperados de barro con improntas de cañas.
P. Acosta (1976: 190) relacionaba los "fondos de cabaña" que identificó "con una posible función de hogar o de silo", y señalaba la presencia de "series de agujeros de 20 cm de diámetro y 15 cm de profundidad".
Estas últimas estructuras debieron ser hoyos de poste, dado su tamaño y la ausencia de materiales en su interior (como ocurre en los hoyos 1a, 60b, 71 b y tal vez 59b en El Garcel I).
Así pues, también en este caso parece más probable que se trate de simples estructuras cubiertas por un entramado vegetal soportado por unos postes.
Los diámetros (40 cm de diámetro y entre 50 y 65 cm de profundidad) de las número 12, 38 y 49 de El Garcel II superan los normales para un hoyo de poste (unos 20 cm de diámetro) y, además, contenían materiales.
En Terrera Ventura (Tabernas, Almería), hoyos con similares dimensiones fueron interpretados como estructuras para contener agua (Gusi y Olaria 1991).
En la Jordania actual sirven para conservar frutas y leguminosas (Miret i Mestre 2006).
Otras estructuras pudieron tener una función de hogar, si bien las evidencias no son del todo suficientes.
Para considerar el uso de una estructura como hogar, fosa-hogar o fosa-horno, hemos de tener en cuenta, además del tamaño (estructuras en torno a los 20 cm de profundidad y los 70 cm de diámetro para los hogares, o mayores medidas para una fosa-horno), la presencia de indicadores de combustión como los "huesos de oliva calcinados" en la estructura 23a o 23b de El Garcel I (P. Flores no deja claro en el diario en cuál apareció), o los "pedacitos de carbón" en las estructuras 28 y 147 de El Garcel I y en la 34 de El Garcel II.
Sin embargo su deposición pudo ser secundaria.
Pero estos datos no son concluyentes ya que también puede ser resultado de una posible desinfección y endurecimiento de la fosa para uso de almacenamiento.
Siguiendo con el análisis sobre posibles funciones de las estructuras, no hay evidencias de que sean fosas de enterramiento.
En El Garcel I, sin asignar a hoyos, apareció un fragmento de falange humana conservada entre los restos de fauna y P. Flores solo halló un cráneo probablemente femenino6 en el interior del 108: una estructura acampanada, con dos fondos a distinta profundidad (Fig. 8).
P. Flores informó a L. Siret de su hallazgo por carta, por lo que en este caso no hay referencia en el cuaderno.
Para el autor, se trataba de "sin duda un accidente, pues nada permite considerar que fueran sepulturas" (Siret 2001: 75 y lám. 25).
En nuestra opinión, el cráneo humano debió ser depositado intencionadamente, como se ha constatado en otros yacimientos peninsulares.
De esta estructura se conserva además una valva de Glycymeris perforada.
Un paralelo próximo lo encontramos en el enterramiento secundario de Caravaca (Murcia) (tipo C1 de Caravaca, U.E. 1018) que se atribuye a un horizonte campaniforme en la fase final del poblado (Pujante 1999).
En el área central de la península se vienen documentando casos similares desde los hallazgos madrileños de El Negralejo en un horizonte Cogotas I (Blasco et al. 1983).
En fechas recientes se han recuperado cráneos aislados en El Molino de Huelves (Cuenca) en un horizonte Calcolítico (Chautón 2010) o en el Cerro del Cuquillo en Villaluenga de la Sagra (Toledo) donde, en una estructura de similares características a la 108 de El Garcel, se localizó un cráneo, también femenino, aislado y datado en un Bronce Antiguo (Torija et al. 2010).
Las dimensiones y formas de las estructuras tampoco desvelan, en general, la existencia de pozos (Fernández Gómez 2013) o zanjas como las relacionadas en Valencina de la Concepción (Sevilla) con la preparación de compost (Bernáldez et al. 2013).
En definitiva, interpretamos la mayoría de las fosas como silos de almacenamiento, posiblemente de productos variados (cereales, leguminosas, frutos secos, materia prima lítica), algunos de los cuales, al menos, fueron reutilizados en distintos momentos.
Su variabilidad formal podía estar relacionada con el producto almacenado (Miret y Mestre 2006) o con la temporalidad de su uso: los troncocónicos o matraces para almacenar grano a largo plazo, los cilíndricos para almacenar frutos secos o introducir en ellos vasijas de almacenamiento, y/o para una temporalidad más corta (cualquier producto, incluso líquido).
Los cilíndricos más pequeños (en torno a 80 cm de diámetro y menos de 1 m de profundidad) pudieron servir para almacenar forraje (Bernáldez et al. 2013).
En principio consideramos que las estructuras geminadas que interseccionan sus volúmenes no son contemporáneas, y que tal disposición se debe a una estratigrafía horizontal.
Sin embargo a falta de dataciones absolutas que lo contrasten, tampoco descartamos que pudieran ser hoyos "comunicantes" con una función o uso por determinar (Fig. 4A).
No podemos analizar en profundidad los materiales en este estudio pero sí hacer algunas consideraciones de conjunto necesarias para la valoración de las estructuras.
Partimos de la colección conservada en el MAN aunque se han consultado otros fondos (Deramaix 1992; http://www.britishmuseum.org/research/collection_ online/collection_object_details.aspx? objectId= 1392322&partId=1 (consulta 2-12-2015), http://ceres. mcu.es).
Para aproximarnos al contexto excavado, hacemos una "estimación mínima" de los datos de P. Flores cuando estos no son numéricos, estimación más fiable cuanto menor sea el número original.
Según esos datos, de las excavaciones procederían unas 4.700 piezas, de las que se conservan 1.075.
Ya se indicó que la mayor discrepancia se observa entre los materiales localizados en las estructuras y los que no tienen esa referencia, que son muy superiores en El Garcel I. Valoramos la posibilidad de un cambio de metodología en la excavación de cada meseta, pero no hemos podido constatar este aspecto.
La cerámica puede considerarse muy escasa: 83 restos en total de los que sólo contamos hoy con 33.
Aparece en 50 estructuras (47 según P. Flores), que son sólo el 20% del total, y pocas de ellas tienen más de un elemento (Tab.
La mayoría corresponden a recipientes completos (o casi) o a fragmentos significativos (decorados, con asas,...), por lo que pudo haber una recogida sesgada.
Sin embargo P. Flores indica valores sólo ligeramente más altos y, además, los restos son los mismos que comenta L. Siret.
La descripción de P. Acosta (1976) es muy similar al conjunto estudiado en el MAN.
Acabados, pastas, tamaños y formas corresponden a recipientes de cocina y de almacenaje, en su mayoría asimilables al concepto de "tinaja" (vasija de almacenamiento de tamaño mediano/grande).
Destacamos la presencia de mamelones de lengüeta de gran tamaño (próximos a los 10 cm), así como un asa multiforada y otra tipo pitorro, que indican una fase antigua del yacimiento.
Resulta significativo un pequeño conjunto de fusayolas irregulares diseminadas por ambas mesetas, únicas evidencias de una actividad no necesariamente textil.
Por último, la copa tienen una forma que no se corresponde con los estándares argáricos (de hecho su datación es posterior a esa fase: 4048 ± 268, 2013 TL).
La ponemos en relación (al igual que el cráneo) con algún componente ceremonial de amortización.
Consideramos que el conjunto cerámico de El Garcel puede entenderse en un contexto de almacenamiento y consumo puntual, como podría ser el propio de un espacio usado de modo esporádico, es decir, más como lugar de trabajo que de hábitat permanente.
L. Siret otorga mayor interés a la piedra tallada que a otros conjuntos.
Un motivo puede ser su abundancia: el 86% de los hoyos contenían elementos de sílex y/o cuarzo y el yacimiento ha proporcionado más de 17.000 piezas en total.
Ya se ha comentado que las diferencias observadas en la distribución de los materiales con y sin contexto entre ambas mesetas, nos hacen sospechar un cambio de criterio en la excavación.
Por otro lado, la materia empleada como soporte es en su mayoría de buena calidad destacando el llamado sílex melado.
Mientras en El Garcel I sólo hemos podido documentar el trabajo del sílex, en El Garcel II encontramos además cuarzo, caliza, cuarcita y un núcleo pequeño en cristal de roca.
Siendo menor el número de estructuras registradas en El Garcel II, la presencia de material lítico es mucho mayor en esta meseta, si bien se trata en su mayoría de piezas sin retocar.
En conjunto destaca el número de trapecios y el mayor porcentaje de geométricos en El Garcel I (44 frente a 7).
Si a estos datos sumamos la presencia de muescas, así como de 18 truncaturas (sólo una de ellas de Garcel II) y microburiles que podrían relacionarse con la extracción de trapecios, vemos aún más desequilibrada la distribución.
Destacan así mismo los núcleos prismáticos para la extracción de hojitas, así como la presencia de estas, ofreciendo un conjunto caracterizado por su pequeño tamaño (Fig. 9).
No hemos podido reconstruir el mapa de localización de cada una de las estructuras del yacimiento, pero la distribución del material lítico no parece formar concentraciones, por lo que consideramos que no todo el material comentado entró a formar parte de los hoyos durante un proceso de limpieza.
El predominio de geométricos y microburiles coincide en otros yacimientos con las primeras presencias cerámicas, si bien los trapecios se documentan esencialmente en los niveles mesolíticos, siendo su hallazgo en niveles con cerámica muy inferior a la de triángulos y segmentos.
En El Garcel las características de los trapecios conservados difieren de otros conjuntos (Cacho et al. 1995; García Puchol 2006).
En este caso la forma dominante es el trapecio isósceles y no se aprecia el retoque de doble bisel.
En La Peña de la Abuela (Ambrona, Soria) y en el Túmulo de la Sima (Miño de Medina, Soria) hay también un predominio claro del retoque abrupto, tamaños pequeños y aparición de microburiles en contextos del IV milenio (Alegre 2005).
En conjunto estamos ante industrias de carácter microlítico y arcaizante, cuyo referente podría estar en un Neolítico Final acorde con la primera fecha de ocupación de El Garcel.
Gracias a la combinación de los datos de P. Flores con los materiales conservados en el MAN, sabemos que se recuperaron objetos de piedra pulida en 166 hoyos.
A diferencia del caso cerámico, lo más frecuente es que cada hoyo contuviera más de uno.
La suma de las piezas de piedra pulida con y sin contexto supera las 800 piezas.
La materia prima identificada corresponde a micaesquistos, mármol, arenisca, fibrolita y diorita.
En conjunto podemos hablar de una elevada fracturación y reutilización de los objetos (hachas, azuelas, cinceles...).
Destacamos los que hemos llamado "bastoncillos de esquisto" que hemos podido reconocer en otros yacimientos de la zona como Almizaraque.
Los tamaños y formas son variables y superan el centenar entre el material no asignable a hoyos (Tab.
Pensamos que al menos en algunos casos estos "bastoncillos" han podido usarse como retocadores y alisadores.
Los elementos de adorno son muy escasos.
Contamos con una docena de fragmentos de brazalete de mármol, así como otro mayor abandonado tal vez en el proceso de elaboración.
Más llamativa es la escasez de cuentas de collar, reducida a una gran cuenta de variscita (3 cm de longitud máxima) de la estructura GI/145 y otras cuatro sin referencia.
Según la documentación, faltan en particular las molederas.
Si hacemos una estimación de las cifras que proporciona P. Flores, entre ambas mesetas habría más de 300.
No debió recoger más que una pequeña muestra debido a su peso y volumen.
En la muestra conservada destacan las molederas pasivas de micaesquisto con cazoleta para ocre.
Esto resulta especialmente interesante si tenemos en cuenta que en El Garcel se conservan machacadores con restos de ocre y un elevado número de fragmentos de este mineral, todos muy pequeños y con fuertes abrasiones, lo que parece indicar un intento de agotar la materia.
Otras piezas de obligada mención son los llamados "ídolos tipo Garcel".
Se trata de cantos rodados con dos escotaduras en línea que pudieron usarse como pesas, y placas de micaesquisto que, por los restos conservados, pudieron ser machacadores de ocre.
L. Siret atribuía la presencia de escorias y cobre en este yacimiento a una "civilización más reciente", y no a la primera que vivió allí (Siret y Siret 1890: 9).
Según P. Acosta los indicios metálicos procedían del espigón occidental (suponemos que de El Garcel I), pero según nuestros datos, hay presencia metálica en ambas mesetas.
El único objeto elaborado es un punzón, sin más referencia que su pertenencia a este yacimiento y cuya composición (cobre ligeramente arsenicado) es coherente con un conjunto calcolítico (Montero 1994; Rovira y Gómez 1994).
Al primer estudio de 7 fragmentos de mineral de cobre habría que sumar 2 fragmentos de escorias, sin referencia de estructura ni de meseta, localizados en esta revisión del yacimiento.
Se han localizado indicios de metal en los hoyos 14, 34 y 35 de El Garcel II.
En los dos primeros detectamos láminas de sílex con adherencias.
Al tercero pertenece un fragmento de escoria siglada por L. Siret, cuya composición es propia de fases avanzadas.
En las láminas de sílex es difícil precisar si las adherencias corresponden al contacto con un elemento mineral natural o con metal elaborado 7.
De este modo, podemos afirmar que la presencia metálica en este yacimiento es muy limitada pero no extraña dadas las dataciones de su prolongada ocupación y el contexto de hallazgo, lo que se adecua al uso del lugar de tipo discontinuo y temporal.
No se aprecian diferencias significativas entre El Garcel I y II.
Hay algún elemento de industria ósea en 74 estructuras y, según los datos de P. Flores, en origen serían pocas más (133 piezas).
La mayoría son valvas perforadas por la abrasión marina.
La única pieza que denota un trabajo más esmerado es un colgante sobre costilla (Maicas 2007: 178).
Los restos de fauna debieron superar los 2.000 fragmentos, documentados en 191 hoyos, pero hoy no conservamos más que 64, en su mayoría malacológicos.
A ellos podemos añadir 88 restos de mamíferos y 328 de malacofauna en El Garcel I, sin referencia a hoyos, y 27 restos de malacofauna en El Garcel II.
Los restos más abundantes corresponden a cientos de gasterópodos terrestres que según P. Flores serían aún mucho más numerosos.
Los restos de mamíferos corresponden a porciones anatómicas y taxones variados: ovicápridos, suidos, grandes bóvidos, cérvidos y lagomorfos.
La fauna está sobrerrepresentada por la gran cantidad de caracoles terrestres, cuya incorporación al registro sospechamos muy posterior a la ocupación del yacimiento.
Si exceptuamos este taxón, la escasez de fauna es la tónica dominante, lo que se ha observado también en otros yacimientos de estas características (Blasco et al. 2016).
7 El análisis de las adherencias de la lámina recuperada en el hoyo 34 podría indicar lo segundo (Ignacio Montero com. pers.).
Relación entre el volumen de las estructuras y los elementos muebles que contienen
Se pueden observar tres tendencias levemente distintas en la cuantificación de los elementos (Fig. 10).
Un primer bloque corresponde a los materiales más numerosos: los líticos y la fauna que aparecen entre el 80 y el 100% de los hoyos de tamaños superiores a 600 l.
La piedra tallada se distribuye prácticamente por igual a partir de las estructuras de 900 l.
Eso no ocurre con la cantidad de piedra pulida que aumenta en función del volumen.
Los grupos de materiales menos abundantes son la industria ósea y la cerámica.
Se reparten de forma homogénea entre las estructuras, independientemente de su volumen: entre 1 y 2 fragmentos por hoyo.
Al margen de esta generalidad, se observa que la industria ósea crece de forma casi lineal mientras que la cerámica mantiene una presencia escasa y estable en todo el conjunto con independencia del volumen de la estructura.
En ambos casos los valores más altos se concentran en las estructuras de 1.800 l y no en las de mayor tamaño, lo que podría estar relacionado con un proceso diferente de colmatación.
Las cifras del resto de ítems son tan bajas que no pueden ser valoradas.
Esta distribución de materiales en las estructuras no nos permite apreciar usos específicos.
El material sin y con asignación a hoyos es muy similar.
Ello nos inclina a pensar que su distribución entre las distintas estructuras debe obedecer a tareas de limpieza y colmatación posteriores al uso primario.
No obstante podrían vincularse con dicho uso algunos materiales, como las cerámicas.
Para afianzar cualquier hipótesis sería necesario conocer la estratigrafía de estas estructuras.
Sabemos que algunas cerámicas sirvieron como contenedores en el interior de los silos, donde P. Flores las documenta de pie.
En ocasiones fueron reutilizadas como contenedores incluso tras su fractura.
En conjunto consideramos significativo que, en un yacimiento "postpaleolítico", la proporción entre el material lítico y el cerámico esté tan desequilibrada a favor del primero, algo que podría acentuarse todavía más si atendiésemos al volumen global de materiales no adscritos a estructuras.
Así pues, creemos que estamos, cuando menos, ante un conjunto arcaizante, consideración sobre la que volveremos en el último apartado.
El Garcel es un "campo de hoyos" ubicado en dos mesetas contiguas que configuran un único yacimiento.
En su gran mayoría, estas "estructuras negativas" desempeñaron una función de almacenamiento a media escala por su tamaño, forma y evidencias de aislamiento frente a la humedad y biodeterioro.
Corresponden a un periodo muy amplio de tiempo, al menos desde finales del IV milenio a finales del II milenio a.C. Las tres nuevas fechas de TL han contribuido a afianzar nuestra sospecha, basada en la tipología de los materiales conservados, de una larga duración del uso de sus dos emplazamientos.
No hemos apreciado diferencias significativas entre ambas mesetas.
Carecemos de fechas suficientes y en especial nos faltan para El Garcel II, pero tanto las estructuras como los materiales que contienen presentan unas características y cantidades similares.
Esta consideración pudo motivar también a L. Siret a valorarlo en conjunto, sin distinciones.
La tipología de los conjuntos líticos y cerámicos (trapecios, brazaletes de mármol, asas multiforadas, pi-torros...) nos indica además un panorama "arcaizante" que define un primer momento de ocupación más amplio que los sucesivos.
Un mayor número de dataciones enriquecería el conocimiento sobre este controvertido yacimiento, precisando su grado de continuidad/abandono, la simultaneidad o no en el uso de ambas mesetas o la contrastación del incremento en el volumen de las estructuras con el avance del tiempo.
Consideramos que estos "campos de silos" son el resultado final de motivaciones distintas a las de los "recintos de fosos" de la Península Ibérica con los que conviven desde los últimos siglos del IV milenio a.C. en la Meseta y Cuenca del Guadiana hasta los primeros siglos del II milenio a.C. en el valle del Guadalquivir (Aranda et al. 2016).
Estos recintos cuentan con es- tructuras de almacenamiento pero también con muchos otros tipos de estructuras, que evidencian que estamos ante lugares de habitación con mayor variedad de actividades en el mismo emplazamiento, aunque sea difícil estimar (a pesar de las dataciones absolutas) el grado de permanencia y continuidad en los mismos (Aranda et al. 2016).
Están además en otro tipo de localización, altura relativa y entorno.
Así mismo, El Garcel carece de fosos y muros perimetrales, por lo que no estamos ante un lugar que materializara un posible sentimiento de "identidad", de "agregación interna" (Díaz-del-Río 2013; Márquez Romero 2013) o, por el contrario, de exclusión a los externos a esa comunidad, una intención defensiva o protectora del producto/excedente allí acumulado.
La localización del yacimiento de El Garcel en mesetas de greda o margas terciarias, viene siendo una elección recurrente ya que el tipo de sustrato era fundamental para la finalidad de estas estructuras, como también lo era la ubicación a cierta altura sobre el cauce fluvial, evitando las consecuencias de sus crecidas, muy probables en el sureste peninsular debido al régimen torrencial de lluvias y ríos.
También se valoraría su cercanía a los campos de cultivo y a los lugares de asentamiento, de los que faltaría investigar cuáles pudieron ser para los momentos más antiguos, así como su contemporaneidad y relación con La Gerundia y El Argar, muy cercanos a El Garcel.
Consideramos que la escasa potencia estratigráfica puede deberse sólo en parte a las labores agrícolas practicadas en el lugar hasta los años 60.
La escasez de cerámica y de fauna, así como la elevada fracturación de los materiales presentes, es común a yacimientos de este tipo y a ello hay que sumar la dificultad para identificar verdaderas cabañas (pequeño diámetro, escasez de hoyos de poste y hogares).
Todo ello nos inclina a considerar que estamos ante un uso semipermanente o temporal de ambos emplazamientos, donde se llevaban a cabo distintas actividades.
La homogeneidad de los materiales en ambas mesetas, a lo largo de dos milenios, indica una continuidad en las técnicas de producción allí practicadas, no sólo en la elaboración de útiles, sino también en la construcción de las estructuras, lo que muestra que tales técnicas eran eficaces y suficientes para las actividades allí desarrolladas.
Posiblemente la actividad mejor contrastada sea el almacenamiento de productos vegetales (y, por el aislamiento, incluso agua), bien de forma directa o bien en el interior de vasijas.
Las "tinajas" se utilizaron (al menos en parte) para preservar mejor determinados productos, preferentemente sólidos como olivas y uvaspasas o para separarlos dentro del silo de otros como los cereales, así constatados por los restos de "trigo y centeno carbonizados" (Siret 2001: 85).
Menos claro es el "almacenamiento" de materias primas (nódulos, bloques de mármol), herramientas (percutores, molinos) y útiles a medio elaborar o ya terminados en diferentes materias (sílex, cuarzo, fibrolita, esquisto; cerámica, hueso y concha).
Debido a la carencia de datos relacionados con la colmatación de las estructuras, no podemos indicar si los elementos hallados fueron depositados intencionalmente en los hoyos, o llegaron a ellos accidentalmente desde la superficie.
Sin embargo, su presencia tanto atrapados en los hoyos como fuera de los mismos, nos permiten proponer la práctica de otras actividades en el yacimiento como la talla lítica (de sílex y cuarzo) y la molienda de colorante.
De esta segunda actividad tenemos representados todos los elementos de la cadena de producción (molederas con restos de ocre, machacadores, conchas con restos de mineral y múltiples fragmentos de colorante), sin que excluyamos su uso para la molienda de otros recursos, como se ha podido comprobar en La Loma de Illora (Aranda et al. 2012).
Si aceptamos el alto número de molederas que describe P. Flores, podríamos considerar que, dado su peso, permanecerían en las mesetas transportándose desde ellas sólo el producto elaborado, la harina o el polvo de ocre.
Es decir, en ambas mesetas se practicaría también todo o parte del procesado de los cereales.
Por lo que respecta a la piedra pulida, hachas, azuelas y cinceles muestran el mayor grado de fracturación, lo que parece indicar un uso intenso en la propia meseta, quizás relacionada con la construcción de las estructuras o el procesado de los recursos, ya que no tendría sentido transportar piezas rotas para desecharlas allí.
Las cifras de cerámica son sorprendentemente bajas, máxime dada su amplitud cronológica, lo que nos reafirma en que no estamos ante un lugar de asentamiento permanente.
En su mayoría parecen estar ligadas al almacenamiento y apenas hay cerámica de cocina.
A esta propuesta contribuye la escasez de restos de fauna, y la ya mencionada circunstancia de no haber claras estructuras de habitación.
Otras actividades plantean mayores dudas.
Los datos sobre metalurgia son confusos y escasos.
El volumen de restos recuperados y sus características no permiten pensar más que en hechos aislados.
El Garcel sería, pues, un espacio destinado principalmente al almacenamiento y a la práctica de un pequeño número de actividades.
Dado el amplio marco cronológico que se propone y la escasa implantación sobre el terreno, sin evidencias claras de estructuras de habitación, esas actividades se realizarían durante periodos breves pero de forma recurrente.
La presencia de un cráneo humano aislado en una de las estructuras "re-excavadas" y "recicladas" (número 108 de El Garcel I) indica un acto intencionado, nada casual, consecuencia de una práctica social extendida, constatada en otros contextos similares de yacimientos del sur peninsular.
Su difícil interpretación, por lo exiguo de su contexto y de la información, ha sido atribuida a prácticas relacionadas con la legitimación de la ocupación de un territorio (Lizcano et al. 2005) mediante el recuerdo a los antepasados (Rubio 2004).
Algo similar podría decirse de la presencia de una copa en una de las estructuras.
Como ha sido indicado en general para los recintos de fosos, y en particular para Marroquíes Bajos (Jaén), las prácticas sociales relacionadas con estrategias identitarias se mezclan con la función práctica de las estructuras (Aranda et al. 2016).
Pero una aproximación a estos casos, a su problemática, así como el estudio más detenido de los elementos muebles, excedería los límites y los objetivos del presente trabajo.
Los escasos datos sobre la estratigrafía interior de las estructuras, no ofrecen la oportunidad de inferir su grado de reutilización.
En general consideramos que estuvieron poco tiempo abiertas y sufrieron una rápida colmatación ya que la mayoría conservan bastante bien su forma.
Sin embargo, recientes trabajos experimentales muestran que un silo se puede reutilizar si su estructura se mantiene regularmente mediante un fuego, que evita que sus paredes se derrumben (Reynolds 1998; Ollich et al. 2012; Cardona et al. 2013).
El problema es que estos estudios son relativamente recientes y que aún no pueden indicar las evidencias, en su caso, de cuántas veces han podido ser reutilizados y durante cuanto tiempo.
Una vez terminado su uso habitual, se producía su abandono o su reciclaje, principalmente como basurero, rellenándose con la tierra de la superficie que incluiría los materiales presentes en ella, lógicamente posteriores a las fechas de su uso inicial.
Las dataciones absolutas de El Garcel (Antas, Almería) muestran que el sistema de almacenamiento en silos se practicó al menos entre finales del IV y finales del II milenio a.C. Si bien durante el IV y III fue más frecuente que en el II milenio a.C. (Márquez Romero y Jiménez Jáimez 2010), es interesante tener en cuenta dicha práctica, y sus implicaciones socio-económicas, para el período convencional de la Edad del Bronce del sur de la Península Ibérica, y no atribuirlos a priori a los períodos previos.
En el centro peninsular, las ocupaciones se superponen a lo largo de toda la Prehistoria Reciente repitiendo los mismos enclaves que inicialmente fueron elegidos por los grupos neolíticos.
Las cronologías absolutas de los yacimientos madrileños arrojan largas perduraciones de estos sistemas de almacenamiento, arrancando en el paso del VII al VI milenio BP (Blasco et al. 2016: tab.
1), para continuar siendo frecuentes hasta finales de la Edad del Bronce como también se observa en la zona del Guadiana occidental (Duque et al 2009).
En el noreste peninsular, este tipo de almacenamiento perduró hasta el I milenio a.C., cuando quedó obsoleto el sistema al consolidarse una economía integrada en el nuevo marco de la organización política estatal romana (Salido Domínguez 2009).
Las estructuras que hemos considerado mayoritariamente como silos son pequeñas en su mayoría.
Son aptas para usarse por unidades domésticas como un almacén, que garantizase la cantidad suficiente de alimento, pequeños intercambios o la siembra del siguiente año.
Sin embargo, durante aproximadamente dos mil años, el número de estructuras debió variar.
Es muy posible que El Garcel sufriera períodos de abandono, así como variaciones en el número de individuos que se sirvieran de las mismas.
Por otra parte, no sólo habría que tener en cuenta el número de fosas y su volumen (la cuantificación), sino quién o quiénes dispondrían de su beneficio, cómo sería la apropiación, distribución y disfrute de lo almacenado (Vicent 1991; Gilman 1997).
Durante ese largo período de utilización, no sólo debió variar el número de estructuras sino también el uso social de las mismas, pasando por distintos procesos de apropiación y redistribución de los productos.
Lo que pudo ser una actividad de almacenamiento de una pequeña comunidad, autosuficiente, también pudo ser un lugar de almacenamiento de excedente, con apropiación desigual del mismo.
Lógicamente yacimientos del tipo "Garcel" no nos van a dar respuesta sobre la organización socio-política y económica de los grupos sociales de la llamada Prehistoria Reciente.
Sin embargo, forman una parte importante de un contexto más amplio que conjuga la información de los lugares de habitación, de enterramiento y de otras actividades.
Es imprescindible su análisis en ese intervalo cronológico en el que el sureste peninsular se sometía, con distintos ritmos y diferentes sociedades, a los profundos cambios conducentes de manera generalizada hacia la "complejidad social" (Chapman 1991).
Este proceso no tuvo que ser necesariamente lineal ni similar en todas partes.
El Garcel formó parte de esta evolución.
Pretendemos haber contribuido con su estudio a despertar el interés por el papel socio-económico y político que pudieron tener éste y otros "campos de silos" en las sociedades de la Prehistoria del sureste peninsular.
Catalina Martínez Padilla (Universidad de Almería), Directora del proyecto I+D mencionado, consideró imprescindible autorizar la subvención de las muestras de TL.
Ignacio Montero realizó el nuevo análisis de |
A partir de la revisión de estudios previos y de la aportación de datos inéditos se realiza un análisis de la población no adulta del asentamiento de la Edad del Cobre de Valencina de la Concepción (Sevilla).
En total se examinan 39 sujetos no adultos inhumados en contenedores funerarios de distinto tipo y repartidos a lo largo de la amplia cronología de este asentamiento.
Como resultado se constata la alta variabilidad de la proporción de este segmento de la población en las estructuras funerarias de Valencina así como la existencia de indicios de un tratamiento diferenciado para el mismo.
Como parte de la discusión se examina la asociación de estos individuos con tipos de contenedores funerarios, individuos adultos y ajuares, valorándose su significación demográfica y social.
The child and juvenile individuals currently documented at Valencina come from the following sectors: Los Cabezuelos (MNI=1), Divina Pastora/Señorío de Guzmán (MNI=6), La Alcazaba (MNI=1), La Cima (MNI=1), La Gallega (MNI=1), La Huera (MNI=10), PP4-Montelirio (MNI=10) and Calle Trabajadores no. 14-18 (MNI=9) (Fig. 1C).
Divina Pastora/Señorío de Guzmán (MNI=6) |
En otoño de 2002, el Comité de Redacción de Trabajos de Prehistoria decidía organizar un número monográfico de la revista dedicado a la datación por Carbono 14.
El motivo era la reciente jubilación de Fernán Alonso Matthias, responsable del Laboratorio de Geocronología en el Instituto de Química-Física Rocasolano del CSIC.
Inicialmente la propuesta pretendía partir de una valoración de la labor arqueológica realizada por Fernán desde la puesta en funcionamiento del laboratorio en 1968 y contar con su asesoramiento para solicitar una serie de artículos que recogieran tanto aspectos metodológicos, proyectos de investigación basados en la datación, como novedades de interés.
Desgraciadamente a los pocos días nos enterabamos de su fallecimiento 1.
Esta triste circunstancia reforzaba la necesidad de sacar este número monográfico como homenaje a una persona clave en el desarrollo y uso de la datación por C14 en la arqueología española.
Ya no podríamos contar con sus conocimientos para diseñar los contenidos, pero surgieron colaboraciones voluntarias deseosas de agradecer su trabajo.
Por ello decidimos continuar para sacar a la luz el número que ahora se edita.
Las exigencias formales y de tiempo han impedido que aparecieran diversos artículos conectados con la propia actividad realizada por Fernán Alonso, sin embargo, hemos conseguido reunir una serie de artículos que reflejan parte de la actividad del Laboratorio de Geocronología y el uso que en la actualidad tiene el C14 como herramienta imprescindible para la resolución de hipótesis de investigación en arqueología.
En el tratamiento de algunos artículos, las dataciones no son el eje central del discurso pero sí constituyen la base de la interpretación.
Como bien señala Antonio Gilman en su aportación a este número ya están bien definidas las grandes líneas de (*) Dpto. de Prehistoria, Instituto de Historia (CSIC).
Correo electrónico: [EMAIL] 1 Datos biográficos y sobre la trayectoria profesional pueden encontrarse en Rubinos (2002 a y b). la cronología prehistórica, ahora la tarea pendiente es establecer y perfeccionar las subdivisiones de las secuencias regionales.
En este sentido queda aún mucho trabajo por hacer y en determinadas zonas, como en el caso presentado por Óscar López Jiménez en la Meseta Norte apenas se han dado los primeros pasos, en otros, como la secuencia de la Edad del Bronce en Cerdeña es necesario abordarlo con un espíritu crítico para eliminar el ruido que pueden generar dataciones realizadas o publicadas sin precisar los contextos o el tipo de muestra.
En otras palabras, construir la secuencia abordando las cuestiones de exactitud, precisión y representatividad de las dataciones tal y como hacen Antonio Rubinos y Ma Luisa Ruiz-Gálvez.
Las fases de transición entre etapas constituyen un foco de atención preferente para el uso del C14 y aquí contamos con la discusión sobre la transición del Paleolítico Medio al Superior en el SO de Europa realizada por Olaf Jöris, Esteban Álvarez y Bernhard Weninger.
La neolitización de la Penísnula Ibérica es otro de los grandes tema de debate de la investigación actual y en él incide el trabajo de Joan Bernabeu y otros gracias a la temprana datación del poblado de Mas d ́Is (Alicante), en el que además se documentan fosos concéntricos con esa cronología de Neolítico Inicial.
Estas estructuras circulares y su cronología están además tratadas en los artículos de Narciso Zafra, Marcelo Castro y Francisca Hornos sobre Marroquíes Bajos (Jaen) y de Pedro Díaz-del-Río sobre los recintos en la Comunidad de Madrid.
En el primero de ellos se enmarcan las dataciones en una reflexión general sobre el tiempo arqueológico y como abordarlo en su relación con el espacio.
En el caso de la necrópolis de Palomar de Pintado (Toledo) presentado por Juan Pereira, Arturo Ruiz Taboada y Jesús Carrobles, la secuencia del yacimiento se construye combinando el registro material aportado por los ajuares y las dataciones, estas últimas han permitido una reflexión sobre la propia disposición de las estructuras funerarias y su estratigrafía.
Por último, en los trabajos de Angel Villa y Luis Cabo y de Pedro Arnau, Simón Gornés y Hans Peter Stika, la datación permite concretar aspectos específicos en la investigación, en el primero de ellos probar el origen de los poblados fortificados del NO peninsular en los últimos momentos del Bronce Final, y conseguir las pruebas concretas más antiguas de la práctica cerealística en Menorca en el segundo de ellos.
Como el lector apreciará, tanto geográfica como cronológicamente los contenidos de este número cubren un amplio recorrido y muy distintos enfoques sobre el uso de las dataciones de C14, tímido reflejo de la amplia perspectiva e ingente labor rea-lizada por Fernán Alonso desde el Laboratorio de Geocronología del CSIC.
Queremos agradecer a los autores su colaboración y con ello habernos permitido rendir este modesto homenaje a una persona comprometida y siempre dispuesta como fue Fernán Alonso, quien cuenta ya con un merecido y destacado sitio en la Historia de la investigación arqueológica en España. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Con el objetivo de ofrecer una primera aproximación a cuestiones tan fundamentales como el número de estaciones que conforman el fenómeno rupestre gallego, su composición temática o su distribución geográfica, hemos llevado a cabo un vaciado del Preinventario del Servizo de Arqueoloxía de la Dirección Xeral do Patrimonio Cultural de la Xunta de Galicia.
La base de datos obtenida ha sido analizada posteriormente por medio de sistemas de información geográfica y software estadístico.
En la actualidad, se conocen un total de 3.374 estaciones rupestres distribuidas de modo desigual a lo largo del territorio gallego.
Su análisis evidencia el dominio absoluto de las figuras geométricas frente a las naturalistas, pero también la existencia de una considerable heterogeneidad que se manifiesta no sólo en la densidad de petroglifos, sino también en la frecuencia relativa de motivos, en su tendencia a comparecer o no de modo conjunto en los mismos paneles o en la propia implantación de las rocas grabadas en el paisaje.
Hace ya más de cien años que vieron la luz las primeras aproximaciones, más o menos sistemáticas, al estudio de los grabados rupestres al aire libre de Galicia.
Desde entonces, estas manifestaciones se han transformado en un elemento idiosincrático de la arqueología y la cultura gallega, dando lugar a una considerable cantidad de publicaciones producidas tanto por aficionados y arqueólogos locales como por señalados especialistas extranjeros, caso de H. Obermaier (1925), E. MacWhite (1951), E. Anati (1968) o R. Bradley, cuyo impacto se ha extendido -en ocasiones-más allá de las fronteras de esta comunidad (p. ej. Bradley 1997).
En ese marco, resulta sorprendente que -con una tradición investigadora secular y bien asentada-el estado de la catalogación del fenómeno rupestre todavía presente claras deficiencias, que contrastan con los Trab.
De este modo y hasta día de hoy, los investigadores no disponían de información sobre el total de petroglifos catalogados, desconocían su distribución geográfica concreta y el número que los distintos tipos de representaciones tenían en el conjunto del corpus rupestre galaico (Vázquez Martínez et al. 2016).
Cabe señalar que, en clara contradicción con la visión generalista que se tiene desde la investigación con respecto al fenómeno rupestre al aire libre, nunca se ha abordado el inventario de estas manifestaciones de forma integral para todo el territorio gallego, a diferencia de lo que -por ejemplo-sí ha ocurrido con el megalitismo (Rodríguez Casal 2006).
Destaca, por el contrario, la hegemonía que ha ejercido tradicionalmente el núcleo rupestre pontevedrés, protagonista casi exclusivo de exploraciones, artículos y monografías hasta bien entrado el siglo XX, hecho que explica -si bien sólo en parte-la densidad de estaciones documentadas en esa provincia.
Pese a dichas limitaciones, el incremento del censo rupestre galaico a lo largo del último siglo ha sido prácticamente exponencial: del medio centenar de rocas identificadas hacia 1917, se pasó a las 250 recopiladas en la primera gran monografía sobre el arte rupestre de nuestra comunidad (Sobrino-Buhigas 1935) 1.
Casi 50 años después, García Alén y Peña Santos (1980) mencionaban cerca de 400 rocas grabadas, tan sólo en la provincia de Pontevedra.
Finalmente, Vázquez Rozas (2006) ofrecía un último recuento que abarcaba ya las cuatro provincias gallegas y situaba el número de petroglifos ligeramente por encima de los 1.000 efectivos, aún muy lejos -sin embargo-de las más de 3.400 rocas que se conocen en la actualidad.
Aunque a cuentagotas, algunos investigadores han ido más allá del mero recuento de estaciones rupestres, incorporando también estadísticas a sus análisis.
Ya a finales de los 1970, Cabaleiro Manzanedo et al. (1976) exploraron -por medio de regresión lineal-la relación entre cérvidos y combinaciones circulares a partir de una muestra de 41 paneles, dos tercios de los cuales se localizaban en el área de Campo Lameiro y Cotobade (Pontevedra).
Poco después, en su catálogo de los petroglifos de Pontevedra, García Alén y Peña Santos (1980) proporcionan una estadística descriptiva básica y sobre este mismo inventario, Cancela Rey et al. (1984) emplearon análisis clúster para evaluar el grado de asociación existente entre distintos tipos de motivos del repertorio rupestre.
Nuevamente, Vázquez Rozas (2006) protagoniza la última aproximación de este tipo, manejando por primera vez una base de datos de cierta amplitud (1.006 efectivos) con la que lleva a cabo estadísticas descriptivas como tablas de contingencia y porcentaje de coincidencia.
Resulta curioso constatar que, a medida que se incrementa el tamaño muestral, los resultados alcanzados por este tipo de estudios se vuelven menos concluyentes, como puede deducirse -por ejemplo-del cotejo de las conclusiones obtenidas por Cabaleiro Manzanedo et al. (1976) y por Cancela Rey et al. (1984).
Como veremos, esta circunstancia se repite en algunos de los cálculos ejecutados en este trabajo, lo que demuestra -a nuestro juicio-la enorme variabilidad y complejidad que se esconde tras el fenómeno rupestre galaico.
El objetivo fundamental de este trabajo es comenzar a suplir la ausencia de aproximaciones al arte rupestre gallego, que incluyan todo el territorio de nuestra comunidad a la hora de abordar cuestiones tan simples y al tiempo tan fundamentales como el número total de estaciones rupestres conocidas, su naturaleza o su distribución espacial.
Con este fin, abordamos la revisión sistemática del Preinventario del Servizo de Arqueoloxía de la Dirección Xeral de Patrimonio Cultural (Consellería de Cultura e Turismo, Xunta de Galicia).
El momento actual resulta propicio para llevar a cabo una aproximación de estas características.
Por un lado, la generalización de herramientas informáticas de gran potencia y bajo coste permite una gestión eficiente de una elevada cantidad de datos, incluso cuando éstos se encuentran distribuidos por áreas muy extensas (en nuestro caso, circa 30.000 km 2 ).
Por otro lado, en los últimos años, hemos asistido a la afortunada superación de las actitudes restrictivas respecto al acceso y consulta del inventario de bienes arqueológicos de la Xunta de Galicia, que se habían producido durante la década de los 90 y el primer lustro de este siglo.
El Preinventario presenta notables limitaciones y carece todavía de una versión digital, obligándonos a emprender una larga y tediosa labor de revisión manual de los archivos correspondientes a los 313 ayuntamientos gallegos.
A pesar de ello, la información que contiene es un manantial sorprendentemente inexplotado por lo que al arte rupestre se refiere.
Partiendo de la base de que trazar los perfiles de un fenómeno arqueológico requiere conocer (cuando menos de modo aproximado) los elementos que lo componen, la determinación del número de petroglifos catalogados en el territorio gallego se constituía El número de estaciones rupestres que manejamos en este artículo, a pesar de su notable incremento con respecto a trabajos anteriores, debe ser considerado bastante contingente y meramente aproximativo, toda vez que el incesante goteo de descubrimientos en las cuatro provincias continúa e incluso se ha visto incrementado en los últimos años, gracias a las aportaciones de investigadores tanto pertenecientes a la academia como ajenos a ella (Cernadas Sande 2007; Fábregas Valcarce y Rodríguez Rellán 2012).
La intensidad de la investigación podría estar detrás de algunas de las concentraciones de petroglifos detectadas en nuestra comunidad, por lo que es muy posible que parte de los vacíos tengan también una causa similar.
Además, tratamos de ofrecer una primera aproximación al estudio a escala autonómica del arte rupestre gallego, evaluando parámetros como la frecuencia relativa y la distribución geográfica de ciertos tipos de motivos (cazoletas, combinaciones circulares, zoo-morfos...) o la variabilidad regional de este fenómeno.
Finalmente, hemos analizado la asociación de los distintos tipos de figuras en un mismo panel, aprovechando que el Preinventario incluye una descripción, más o menos detallada, de los grabados identificados en cada petroglifo.
En trabajos anteriores (Fábregas Valcarce et al. 2009; Fábregas Valcarce y Rodríguez Rellán 2012, 2015), mencionábamos el enorme riesgo que suponen las propuestas interpretativas sobre los petroglifos gallegos que aspiran a tener un alcance global sobre aproximaciones meramente impresionistas basadas en datos parciales de naturaleza local o, en el mejor de los casos, regional.
Con el actual pretendemos ofrecer unas bases de conocimiento mínimamente representativas que permitan a los investigadores construir un armazón interpretativo más sólido acerca del arte rupestre del Noroeste de la Península Ibérica.
Inventario: características y limitaciones
A lo largo del año 2013, uno de nosotros (AVM) llevó a cabo el vaciado de las entradas correspondientes a las estaciones con arte rupestre -de cronología prehistórica o no-incluidas en el Preinventario del Servizo de Arqueoloxía de la Dirección Xeral do Patrimonio Cultural (DXPC, en adelante).
Como paso previo a la recogida sistemática y ordenada de información, se diseñó una base de datos.
Para la geolocalización de los petroglifos se incluyeron las coordenadas UTM en el sistema EPSG:23029, el ayuntamiento y la provincia, además de datos destinados a ofrecer una descripción mínima de la roca insculturada (material, dimensiones del soporte, grado de inclinación...) y de su entorno inmediato (tipo de sustrato, usos del suelo...).
El núcleo central de la base de datos, sin embargo, tenía como objetivo la recogida de la mayor cantidad de información posible sobre los grabados, incluyendo una clasificación tipológica básica de los motivos que siguió la propuesta de Peña Santos y Vázquez Varela (1979: 8).
Dicha clasificación se fundamentó en tres grandes categorías (Geométricos, Naturalistas e Históricos), cada una dividida -a su vez-en varios subgrupos (Fig. 1).
En una cuarta categoría ("Varia Prehistóricos") se incluyeron los motivos cuyas características o escaso peso porcentual (p. ej. espirales) no se acomodaban en las anteriores.
La diferenciación entre motivos históricos y prehistóricos se basó en las características de los motivos representados (cruciformes, alfabetiformes, tableros de juego...), así como de los propios grabados (surcos con sección en "V" y menor grado de erosión) (Costas Goberna y Pereira García 1998).
Esta fase de nuestra investigación se enfrentó a dos grandes obstáculos.
El primero fue la ausencia en el Preinventario de una ficha específicamente diseñada para recoger las singularidades del arte rupestre.
Esta circunstancia -lógica dado el carácter general de dicho inventario-ha imposibilitado contar con información relevante para el análisis del arte rupestre (como, por ejemplo, la descripción microtopográfica del afloramiento o el estudio más exhaustivo del área grabada); véanse las bases de datos propuestas, entre otros, por Carrera Ramírez (1996) o Seoane-Veiga (2009).
La segunda dificultad tuvo que ver con la propia naturaleza del Preinventario del Servizo de Arqueoloxía de la DXPC: una obra colectiva, fruto del trabajo de decenas de arqueólogos a lo largo de más de tres décadas.
Su carácter coral y diacrónico lleva implícita una obvia variabilidad que también se manifiesta en la calidad y exhaustividad de las informaciones recogidas.
Dicha heterogeneidad obedece a la diversidad de criterios entre los arqueólogos, a su nivel de formación o a los medios técnicos disponibles en cada momento.
Uno de los aspectos donde se hace patente dicha diversidad de criterios es en el uso del concepto de "estación rupestre".
Unos autores identifican cada roca grabada por separado, mientras otros han tendido a agrupar bajo dicho término conjuntos de dos o más piedras.
En este artículo, hemos optado por denominar así a los paneles que formen parte del mismo afloramiento o que se dispongan a una distancia inferior a 2 m2.
La falta de formación específica en arte rupestre de muchos de los arqueólogos responsables de la catalogación, unida a la dificultad que supone la lectura de algunos paneles debido a su deficiente conservación, explican que la identificación y descripción de los grabados deba ser considerada, en muchos casos, como meramente orientativa.
Prueba de ello es que el simple recurso a la iluminación artificial nos ha permitido descubrir motivos inéditos incluso en estaciones que han sido referentes para la investigación durante décadas (Fábregas Valcarce 1992, 2010; Fábregas Valcarce et al. 2009).
Los notables resultados que empiezan a lograrse gracias a la generalización de nuevas tecnologías como la fotogrametría (Ortiz Sanz et al. 2010; Carrero Pazos et al. 2016; Vilas Estévez et al. 2017) suponen un claro estímulo para la mejora futura del registro del arte rupestre gallego.
Y es que los medios técnicos disponibles en el momento de la elaboración del trabajo de campo tienen una importancia obvia no sólo para el registro de los grabados, sino incluso para su correcta localización en el espacio.
Dicha problemática se manifiesta con claridad al comparar las entradas más antiguas -realizadas a mediados de los años 1980-con otras recientes, en las cuales ya se había generalizado el uso del GPS.
Tratamiento de los datos
En los análisis descritos en este trabajo se ha empleado el software SIG GRASS GIS en su versión 7.3.
Ambas herramientas se han integrado gracias al paquete rgrass7 (Bivand 2016), usándose -además-paquetes específicamente centrados en la estadística espacial, como gstat (Pebesma 2004), spatstat (Baddeley et al. 2015) o raster (Hijmans 2016), entre otros.
Como base para la cartografía incluida en el apartado gráfico de este artículo, se ha recurrido a los modelos digitales del terreno del ASTER Global Digital Elevation Model, con una resolución aproximada de 90 m (accesible de modo gratuito a través, entre otros, de LP DAAC o Reverb | ECHO de la NASA).
Cuando ha sido necesaria la obtención de datos más precisos sobre aspectos tales como la altitud, se ha empleado el modelo digital del terreno con paso de malla de 5 m, generado a partir de los vuelos del Plan Nacional de Ortofotografía Aérea del Instituto Geográfico Nacional (obtenido en el Centro de Descargas del Centro Nacional de Información Geográfica del Ministerio de Fomento).
Sobre dichas bases cartográficas, se ha plasmado el mapa vectorial conteniendo la ubicación de los petroglifos recogidos durante el vaciado del Preinventario del Servizo de Arqueoloxía de la DXPC.
A partir del mismo, se realizaron mapas kernel (mapas raster mostrando la densidad de arte rupestre a lo largo del territorio gallego) de diversos tipos de grabados, calculados mediante la función de densidad gaussiana (Okabe et al. 2009) y empleando las herramientas disponibles a tal efecto en GRASS GIS (v. kernel).
Por su parte, la predicción de la diversidad temática del arte rupestre a lo largo del territorio gallego se ejecutó por medio de kriging ordinario, recurriendo a varios de los paquetes de R anteriormente mencionados.
El kriging es un método de interpolación que permite estimar -para la totalidad de la superficie del área de estudio-los valores de una determinada variable disponibles inicialmente sólo en puntos concretos de dicha área.
En nuestro caso, son los lugares donde se han localizado estaciones rupestres (una descripción detallada de este método, por ejemplo, en Conolly y Lake 2006: 97 y ss.).
Con el objetivo de facilitar la lectura de los mapas kernel y de diversidad temática, los resultados obtenidos fueron reclasificados a una escala categórica de tipo ordinal, estableciendo como umbral los diferentes cuartiles así como el 10% de los valores más altos.
De este modo, se definieron un total de cinco categorías diferentes (Muy Baja, Baja, Media, Alta, Muy Alta).
En cuanto a los métodos estadísticos empleados, la identificación de posibles clústeres o agrupaciones se llevó a cabo por medio de dos de los algoritmos más frecuentemente empleados para este fin (Tan et al. 2005): DBSCAN (Density-Based Spatial Clustering of Application with Noise) (Ester et al. 1996) y OPTICS (Ordering Points to Identify the Clustering Structure) (Ankerst et al. 1999).
Ambos métodos se basan en el análisis de la densidad de puntos como método de agrupamiento local, separando regiones de alta densidad de otras en las que ésta es más baja.
La aplicación de ambos métodos debe tener en cuenta parámetros fundamentales como el radio o vecindario que servirá como límite a la hora de intentar identificar las agrupaciones (ε) y el número mínimo de puntos requeridos para poder conformar un clúster (MinPts).
El umbral óptimo inicial tanto para ε como para MinPts se estableció a partir del cálculo previo de k-means, siguiendo el procedimiento habitual en estos casos (Tan et al. 2005: 487 y ss.).
La asociación entre grabados como cazoletas, combinaciones circulares, zoomorfos o armas y entre los distintos clústeres o agrupaciones identificadas en el área de estudio ha sido evaluada mediante un simple análisis de correspondencias (Greenacre 2007).
A su vez, la asociación entre distintos motivos dentro de un mismo panel ha sido calculada para cada pareja mediante el coeficiente o q de Yule (Agresti 2007).
LOS PETROGLIFOS GALAICOS, UNA REALIDAD ESTABLECIDA EN NÚMEROS
El vaciado del Preinventario del Servicio de Arqueoloxía de la DXPC dio como resultado la obtención de una base de datos compuesta por un total de 3.374 estaciones rupestres3, distribuidas de modo desigual entre las cuatro provincias gallegas (Fig. 2).
El examen de las 3374 estaciones nos permite entrever el peso aproximado de los distintos grupos y tipos de motivos en los que se ha clasificado tradicionalmente al arte rupestre gallego (Fig. 3).
El recuento confirma las impresiones de autores anteriores (Peña Santos y Vázquez Varela 1979; Costas Goberna y Novoa Álvarez 1993; Peña Santos y Rey García 2001) de que esta arte es de naturaleza fundamentalmente geométrica, pues algún motivo encuadrable en dicho grupo está presente en 2.747 rocas (81,42% del catálogo).
En cambio, los principales temas naturalistas comparecen tan solo en 381 estaciones (el 11,29% de los petroglifos conocidos), con un peso porcentual menor incluso que el de los grabados históricos (943 rocas, el 27,95%).
Incrementando algo más nuestra escala de análisis, podemos comprobar como -dentro del grupo geométrico-hay un dominio claro de los grabados de mayor sencillez -las cazoletas-, presentes en 2.091 rocas (61,97% del total).
Les siguen, ya de lejos, las 4, reduciendo así ligeramente su distancia con respecto a las cazoletas.
El censo de figuras circulares podría incrementarse más incluso si sumásemos los laberintos (24 rocas, 0,71% del total) y espirales, estas últimas incluidas -dado su escasísimo número-en la categoría de "Varia Prehistóricos".
Por otro lado, considerando la larga vida que parecen haber tenido las cazoletas -sugiriendo que al menos una parte fueran de cronología plenamente histórica-, es factible que la temática circular hubiese sido la hegemónica en la categoría de grabados prehistóricos.
El agregado de cruciformes y motivos diversos de época histórica (alfabetiformes, tableros de juego...) está presente -en su conjunto-en 943 casos (27,95% del total) (Fig. 3), dando testimonio de la importancia que el grabado en la roca habría tenido a lo largo de la historia de Galicia, bien como método de simple delimitación territorial, bien como expresión lúdica, artística o incluso religiosa.
Las representaciones de cronología histórica comparecen en los mismos paneles que los grabados prehistóricos en un 57,48% de las ocasiones, frente al 42,52% en que lo hacen aisladamente.
La importancia que alcanzan en solitario sugiere que su papel fue más allá del de mera herramienta de cristianización o de apropiación simbólica de los petroglifos prehistóricos, constituyéndose -por sí mismos-en un recurso reiteradamente utilizado por las sociedades campesinas gallegas.
Es probable que el inventario que aquí se presenta permita tan solo esbozar el peso real que estos motivos habrían tenido dentro del corpus rupestre gallego, dada la tradicional resistencia de muchos arqueólogos a considerar las cruces y similares como un elemento con un interés o valor patrimonial lo suficientemente alto como para introducirlo en las catalogaciones.
La sección denominada "Varia Prehistóricos" hace referencia a una serie de grabados cuyo escaso número, morfología o nivel de alteración no permiten asignarlos a ningún otro conjunto (caso de surcos o figuras incompletas de difícil interpretación), o bien poseen unas características definidas pero sin encaje claro en las categorías principales y cuyos pocos efectivos tampoco per-miten crear un grupo propio a efectos de análisis.
Este último es el caso de espirales, antropomorfos, paletas o las figuras tradicionalmente interpretadas como idoliformes (en 660 rocas, el 19,59% del inventario, Fig. 3).
El grupo naturalista comprende los tipos de motivos zoomorfos y de armas.
El primero engloba sobre todo representaciones de cérvidos, pero también de équidos, ovicápridos, bóvidos o cánidos-se han documentado en 335 rocas (9,93% del corpus rupestre gallego, Fig. 3).
El grupo de las armas está presente solamente en 58 rocas (1,72%).
Los puñales, alabardas y lo que tradicionalmente se ha considerado como representaciones de escudos, han sido objeto de atención y debate entre los especialistas, al ser de los pocos grabados cuyo referente real podría permitir una datación aproximada.
Sin embargo y como acabamos de ver, su escaso peso porcentual evidencia claramente el riesgo de extrapolar su cronología al resto de los motivos con los que comparecen.
Debemos tener en cuenta, no obstante, que el número de efectivos del grupo figurativo puede estar relativamente infrarrepresentado en este trabajo debido a los referidos problemas de conservación y documentación del arte rupestre gallego.
Estos afectan especialmente a motivos como los zoomorfos, haciendo que su detección pueda resultar difícil y que pasen desapercibidos en el curso de la catalogación del petroglifo.
Tal vez no sea casual que aquellas zonas que han gozado de un esfuerzo más sistemático de documentación del arte rupestre sean también las que poseen un repertorio figurativo porcentualmente más robusto.
DISTRIBUCIÓN ESPACIAL DE LOS PETROGLIFOS A LO LARGO DEL NOROESTE PENINSULAR
Desde los primeros hallazgos de arte rupestre al aire libre hasta la actualidad, los límites de la distribución espacial de los petroglifos por el territorio gallego han ido ampliándose a medida que progresaba la investigación.
La visión tradicional dictaba la existencia de un núcleo claro, localizado en el valle medio del río Lérez -en concreto en los ayuntamientos de Campo Lameiro y Cotobade (provincia de Pontevedra)-, que se extendía por los márgenes de las Rías de Arousa, Pontevedra y Vigo (Peña Santos y Vázquez Varela 1979: fig. 2).
Las contadas estaciones localizadas en el resto del territorio gallego, especialmente las situadas fuera de Pontevedra, eran consideradas manifestaciones marginales a la sombra de ese gran foco suroccidental.
La asunción de las competencias en materia de cultura por parte del gobierno autonómico gallego (1982) supuso un renovado impulso al inventario del patrimonio arqueológico, coadyuvando a una sensible En el marco de esta dinámica, algunas de las manifestaciones inicialmente consideradas como "periféricas" han ido transformándose -con el paso del tiempo y los nuevos hallazgos-en auténticos focos rupestres con una personalidad propia, incrementando con ello la riqueza y la complejidad de este fenómeno.
Sin embargo, estas nuevas concentraciones situadas hacia el Norte e interior del territorio gallego están aún lejos de alcanzar la profusión cuantitativa y cualitativa del foco pontevedrés.
La distribución de la densidad de estaciones derivada del inventario actual continúa mostrando una clara concentración de rocas en el SO de Galicia, seguida de una disminución -a veces bastante brusca-a medida que avanzamos hacia el Norte y el Este.
Esa pauta distributiva es común a buena parte de los motivos considerados en este trabajo, pero caben matices en función de la clase de temas de que se trate.
Por ejemplo, el comportamiento del grupo geométrico es bastante distinto del naturalista.
El descenso de los zoomorfos es menos marcado hacia el interior que hacia el Norte, aunque el descubrimiento de este tipo de figuras en plena Costa da Morte, en el Noroeste de la provincia de A Coruña (Rodríguez Rellán et al. 2010), sugiere que esta dinámica pueda cambiar en los próximos años.
De un modo similar, el comportamiento de las representaciones de armas es más complejo que el del resto de motivos considerados, con algunas de sus grandes concentraciones y estaciones más importantes situadas bastante al interior de la comunidad gallega (Fábregas Valcarce et al. 2009).
La representación cartográfica de esas distintas densidades (Fig. 4) indica que la distribución espacial del grupo geométrico (cazoletas, combinaciones circulares, círculos simples y laberintos) es mucho más amplia que la del grupo naturalista (zoomorfos y armas), pues este último se ciñe en gran medida a las áreas costeras suroccidentales o a sus inmediaciones, con el límite oriental definido fundamentalmente por las estribaciones de la Dorsal Gallega.
Esta cadena montañosa recorre de Sur a Norte la parte central de esta comunidad y parece haber jugado un papel importante como barrera natural durante la Prehistoria (Criado Boado et al. 1994; 5 Destacamos las aportaciones realizadas en los últimos años por agrupaciones culturales como -entre otros-el Grupo de Arqueoloxía da Terra de Trasancos [URL] o el Colectivo A Rula [URL].
El análisis de la distribución que acabamos de presentar nos permite trazar unos límites geográficos relativamente claros para una dinámica espacial apuntada repetidas veces durante los últimos 30 años (Peña Santos y Vázquez Varela 1979; Peña Santos y Rey García 2001; Fábregas Valcarce 2010), si bien de una forma habitualmente impresionista.
EL ARTE RUPESTRE GALLEGO, ¿UN FENÓMENO REGIONALMENTE HETEROGÉNEO?
Como mencionábamos en el apartado anterior, desde antiguo se han reconocido diferencias regionales en el seno del arte rupestre galaico en la bibliografía especializada.
Sin embargo, el análisis de esta variabilidad regional rara vez ha ido más allá de la diferenciación entre las áreas con presencia de motivos naturalistas y aquellas otras con un catálogo conformado exclusivamente por figuras geométricas e históricas.
Con el objetivo de constatar si la diversidad territorial del arte rupestre gallego se reduce a las dos alternativas mencionadas o si, por el contrario, existe un mayor grado de variabilidad interna, hemos intentado identificar aquellas áreas que, por su mayor densidad de petroglifos, podrían haberse constituido como focos o núcleos de especial entidad dentro de este fenómeno.
Posteriormente, hemos comparado algunas de las características de las estaciones rupestres de estos núcleos con el objetivo de identificar posibles diferencias entre ellas.
Identificación de agrupaciones en el inventario de arte rupestre
Para poder llevar a cabo una identificación de posibles focos regionales de arte rupestre en nuestra comunidad, hemos recurrido a la estadística espacial y -en concreto-a los análisis clúster por medio de los algoritmos DBSCAN y OPTICS (véase apartado Metodología).
Además la aplicación de ambos métodos de agrupación ensayó diferentes umbrales de decisión, dando como resultado la definición de unas agrupaciones de petroglifos con un tamaño y extensión variables (Fig. 5).
En el caso de DBSCAN, se estableció un umbral inicial de MinPts = 4 petroglifos y ε = 5.000 m, ambos determinados a partir de los valores alcanzados por el análisis de k-means realizado sobre la base de datos de manifestaciones rupestres del territorio gallego.
Dichos parámetros dieron como resultado la identificación de 29 clústeres, que incluían a un total de 2.867 estaciones, dejando otras 507 sin agrupar.
Sin embargo, de esos 29 clústeres identificados, sólo 4 poseían un tamaño suficiente (>50 petroglifos) como para obtener resultados representativos desde un punto de vista estadístico (Fig. 6).
Además, el tamaño de las agrupaciones resultaba muy descompensado, con una de ellas superando las 2.000 rocas.
De modo general, la agrupación resultante de aplicar los parámetros establecidos a partir del k-means parecía apoyar la zonación clásica del arte rupestre gallego, con un gran conjunto occidental, prácticamente coincidente en sus límites con los del grupo figurativo, y una serie de núcleos de menor entidad localizados en el centro, Este y Norte de Galicia (Fig. 5).
Con el fin de profundizar un poco más en el análisis de la posible existencia de variaciones internas dentro del arte rupestre gallego, rebajamos el umbral del algoritmo DBSCAN a ε = 3500 m.
Esta vez, aumentó a 51 el número de clústeres resultantes, incluyendo a 2.778 petroglifos y dejando sin clasificar a 596 de ellos.
De las 51 agrupaciones, 8 presentaban un número significativo de estaciones (Fig. 6).
Seguía existiendo una cierta descompensación en cuanto a su tamaño, con el conjunto principal conteniendo más de 800 petroglifos, pero su distribución geográfica resultaba bastante coherente, coincidiendo con regiones cuyos límites naturales y/o históricos están bien definidos, como las penínsulas de Barbanza y Morrazo, el Valle del río Lérez, el Baixo Miño o la comarca de Deza (Fig. 5).
En lo que respecta al algoritmo OPTICS, se optó por experimentar con varios umbrales en cuanto al número mínimo de puntos necesario para poder definir un clúster (4, 8, 10 y 20).
Como con DBSCAN, los resultados permitieron identificar agrupaciones con diferente extensión geográfica (Fig. 5) y tamaño (Fig. 6).
A nuestro juicio el umbral MinPts = 8 aportó los resultados más interesantes, pues identificó unas agrupaciones similares a las anteriormente definidas por DBSCAN ε = 3500.
Además, a diferencia de éste último método, los resultados presentaban un mayor equilibrio en cuanto a sus dimensiones.
Sin embargo, OPTICS evidenció, como gran obstáculo para su uso, una tendencia a agrupar petroglifos muy dispersos desde un punto de vista geográfico, caso de las estaciones desperdigadas por el interior de las provincias de Lugo y Ourense (Fig. 5).
Considerando las características de los grupos identificados a partir de los diferentes métodos y umbrales ensayados, y con el objetivo de contar con una división interna que resultase operativa para nuestros análisis, optamos finalmente por emplear los clústeres más significativos identificados a partir del algoritmo DBSCAN con un umbral de ε = 3500, soslayando las agrupaciones con un tamaño demasiado reducido para su análisis (<50) así como aquellos petroglifos que no habían sido asignados a ningún clúster concreto.
Este modo de proceder nos permitió definir 8 grandes clústeres que incluían un total de 2306 estaciones rupestres.
Cinco de estas agrupaciones ocupan la zona occidental y suroccidental de Galicia, mientras que las tres restantes se localizan en la parte central y septentrional de la comunidad (Fig. 7).
Como método de nomenclatura para dichos clústeres, se respetó la numeración interna generada por el propio algoritmo (Clúster 01, 02...), si bien ésta se complementó -por razones prácticas-con el nombre de la comarca o comarcas en las que se concentraban la mayor parte de los petroglifos de cada grupo.
Así el Clúster 01 se correspondería con la Península del Barbanza, el Clúster 02 con el área de Carnota-Muros (A Coruña), el Clúster 06 con las comarcas de Baixo Miño y de Vigo, el Clúster 08 con la comarca del Condado (Pontevedra), el Clúster 20 con la comarca de Carballiño (Ourense), el Clúster 31 con el núcleo Campo Lameiro-Morrazo, el 41 con la comarca de Deza (Pontevedra) y el Clúster 44 con la comarca de Betanzos (A Coruña).
Dicha circunstancia, a la vez que respalda nuestra opción por los parámetros de agrupación escogidos, también evidencia que la distribución espacial del arte rupestre gallego está aún muy condicionada por la desigual intensidad de la investigación.
Características del arte rupestre en los principales clústeres identificados
La identificación de las agrupaciones definidas en el apartado anterior nos ha permitido el estudio individualizado de las características de los petroglifos incluidos en cada una de ellas.
Al igual que ocurría para el conjunto de Galicia, el recuento de los motivos arroja un predominio de aquellos más simples, las cazoletas (Tab.
Sin embargo, su peso porcentual oscila notablemente entre los distintos clústeres, variando desde el 78,48% de la comarca del Condado, hasta apenas el 54,78% de la de Campo Lameiro-Morrazo (ambas en la provincia de Pontevedra).
Lo mismo puede decirse de los zoomorfos, presentes en un 28,29% de las rocas de la Península del Barbanza, pero -en cambio-ausentes de las agrupaciones más norteñas y orientales (Betanzos, Carballiño y Deza).
En general, pues, vemos como el predominio del grupo geométrico es absoluto en todas y cada una de las concentraciones consideradas, si bien el grupo naturalista alcanza un peso muy importante en los clústeres más occidentales, como Campo Lameiro-Morrazo (20,07%) y, sobre todo, la Península del Barbanza (29,14%), donde el porcentaje de zoomorfos supera incluso al de combinaciones circulares, hecho que refrenda los resultados de anteriores trabajos llevados a cabo en la mitad norte de dicha península (Fábregas Valcarce y Rodríguez Rellán 2012).
Las asociaciones entre las distintas agrupaciones y grabados considerados en este artículo tienen su representación gráfica en el análisis de correspondencias llevado a cabo para las variables "Clúster" y "Tipo de Motivo" (Fig. 8).
Lo primero que llama la atención es la inercia (grado de varianza o dispersión) de la muestra analizada, que parece explicarse en gran medida por el Clúster 01 (Barbanza), en el eje de la dimensión principal, y los clústeres 41 (Deza) y, sobre todo, 20 (Carballiño) en la dimensión secundaria.
En los tipos de motivos, la inercia vendría dada por los laberintos, los zoomorfos y las armas en la dimensión principal, y por los cruciformes en la secundaria.
En el Clúster 01, esta posición relativamente periférica puede deberse a un mayor peso de los motivos figurativos (armas y zoomorfos), mientras que -en los clústeres 20 y 41-podría tener su origen en una presencia de los cruciformes por encima de la media.
La variabilidad generada por los elementos figurativos y los laberintos probablemente se deba al me- nor tamaño de estos conjuntos así como a su presencia irregular a lo largo de las agrupaciones consideradas.
Cabe destacar, en cuanto a la asociación entre elementos del mismo tipo (clústeres vs. clústeres y motivos vs. motivos), que faltan grandes agrupaciones que evidencien asociaciones fuertes salvo, quizás, en el caso de los motivos circulares (combinaciones circulares y círculos simples) y motivos varios de cronología prehistórica (Fig. 8).
Con respecto a los clústeres, la relativa cercanía entre tres de las cuatro agrupaciones costeras occidentales (Clúster 01-Barbanza, Clúster 02-Carnota y Clúster 31-Campo Lameiro), podría interpretarse como un indicio de una cierta similitud entre ellas en cuanto al perfil de su arte rupestre, posiblemente debido a un mayor peso del grupo figurativo.
Los clústeres 06 (Baixo Miño-Vigo) y 08 (Condado) también muestran una cierta proximidad entre sí, la cual tiene sentido desde un punto de vista geográfico, pues ambas agrupaciones constituyen el extremo meridional del área de estudio y están conectadas entre sí por el valle del Río Miño (Fig. 7).
Bastante más difícil de explicar resulta, en cambio, la relativa proximidad entre éstos y el Clúster 44 (Betanzos), dado que el último se halla en el extremo opuesto del territorio rupestre gallego.
Finalmente, las dos agrupaciones situadas más al interior, Clúster 41 (Deza) y 20 (Carballiño), también aparecen en el gráfico a una distancia significativa con respecto a los demás clústeres, circunstancia que quizás tenga que ver con una presencia de cruciformes superior a la del resto de las agrupaciones consideradas.
En lo que respecta a los motivos, reiteramos la cercanía entre las figuras circulares y los diversos prehistóricos.
Esta tendencia también se observará, como veremos, en su asociación dentro de los paneles rupestres de cada zona.
Más allá de esta agrupación, se advierte una cierta proximidad entre las cazoletas y motivos varios de cronología histórica o entre zoomorfos y laberintos.
En el extremo contrario, armas y, sobre todo, cruciformes se presentan aislados.
La asociación entre clústeres y motivos, al contrario que en el caso anterior, no debe derivarse simplemente de la proximidad entre unos y otros dentro del gráfico de correspondencias.
Uno de los modos más simples para observar dicha asociación es, por ejemplo, el de analizar el ángulo descrito entre las variables de interés y el centroide (que actúa como vértice de dicho ángulo) (Greenacre 2007).
Los ángulos de tendencia aguda que describen los clústeres 01, 02 y 31 -por un lado-y armas, zoomorfos y laberintos -por otro-evidencia que dichos motivos gozan allí de una presencia por encima de la media del conjunto de la población estudiada.
Por el contrario, los ángulos obtusos que se describen con respecto a los motivos varios de cronología histórica y prehistórica, los círculos simples o las cazoletas, sugieren que todos estos motivos tienen -en estos tres clústeres-una presencia inferior a la media.
Atendiendo a estas mismas características, los diversos prehistóricos e históricos, cazoletas y círculos simples gozan de un peso superior al promedio en los clústeres 44, 06 y 08, mientras que cruciformes y cazoletas tienen un mayor protagonismo en los clústeres 41 y 20.
Así pues y en definitiva, el análisis de correspondencias parece apuntar a una división fundamental de los distintos clústeres en tres tipos de perfiles en cuanto a las características de su arte rupestre: las agrupaciones con un peso de los motivos figurativos superior a la media (clústeres 01, 02 y 31); las áreas con un protagonismo mayor de motivos circulares, diversos de cronología histórica y prehistórica (clústeres 44, 06 y 08) y, finalmente, los clústeres con un peso superior a la media de cazoletas y cruciformes (20 y 41).
Diferencias en cuanto a la diversidad temática del arte rupestre gallego
El recuento de los tipos de motivos representados en los paneles grabados también evidencia las diferencias regionales en la riqueza o variabilidad temática del arte rupestre gallego (Fig. 9).
Así, el entorno de las rías de Pontevedra y Vigo (Rías Baixas) concentra no sólo el mayor número de estaciones sino también los paneles con una mayor diversidad de representaciones.
Dicha variedad se va reduciendo paulatinamente según nos alejamos hacia el Norte, a lo largo de la costa atlántica, y a medida que penetramos hacia el interior de Galicia.
La Dorsal Gallega se establece como un obstáculo clave, pues el límite que esta cadena montañosa supone para la distribución espacial del grueso de efectivos del grupo naturalista tiene también un impacto evidente en la riqueza temática de los petroglifos de las provincias de Lugo y Ourense.
Al igual que otras diferencias regionales detectadas en este trabajo, esta desigual riqueza temática nace, con mucha probabilidad, de causas culturales, socioeconómicas y/o ambientales.
Quizás un clima más suave en el extremo suroccidental habría posibilitado un mayor incremento poblacional y/o un mayor grado de sedentarismo a partir del Calcolítico y la Edad del Bronce (Bradley et al. 1994a).
También es posible que tenga que ver, en parte, con una mayor presencia de dominios litológicos metamórficos (fundamentalmente pizarras) y calizos en las zonas orientales gallegas, rocas éstas en las que los petroglifos gallegos muestran una menor implantación.
Así, del total de 1.646 petroglifos incluidos en el Preinventario de la DXPC en los que se refiere el material del soporte, el 93.80% (1.544 rocas) ha sido grabado sobre rocas del grupo de los granitoides, porcentaje muy similar al obtenido para áreas concretas del territorio gallego (Rodríguez Rellán y Fábregas Valcarce 2015).
A todas estas variables se les debe sumar el ya citado desarrollo desigual de las investigaciones en las distintas regiones de nuestra comunidad, que sin duda ha tenido un impacto importante en la imagen que tenemos en la actualidad sobre la distribución del arte rupestre gallego.
Regularidad y diversidad en la implantación sobre el terreno
La diversidad del arte rupestre también puede observarse por lo que atañe a la implantación de las estaciones en el paisaje.
Aunque no exploraremos a fondo este tipo de variables ahora (para una aproximación en determinadas zonas de la provincia rupestre gallega, véase Rodríguez Rellán y Fábregas Valcarce 2015), una simple comparación del gradiente altitudinal de los petroglifos en los clústeres analizados en este artículo revela ciertas divergencias (Fig. 10).
En general -y no es la primera vez que se observa esta circunstancia-las estaciones rupestres tienden a rechazar los extremos altitudinales, concentrándose en las alturas intermedias, de ahí que a menudo se haya considerado que estas manifestaciones habrían servido Trab.
Sin embargo, dentro de esta dinámica general, se pueden observar matices propios de cada zona que se manifiestan fundamentalmente en el rango altitudinal que tienden a ocupar los grabados y, sobre todo, su grado de concentración en torno a determinadas alturas.
En lo que respecta a las áreas costeras, los petroglifos de la Península del Barbanza tienden a situarse en las franjas inmediatamente por encima de la plataforma litoral (rango entre 50 y 200 m), mientras que en otras áreas occidentales bañadas por el Atlántico, como Carnota-Muros o Baixo Miño-Vigo, los grabados evitan en mayor medida estas primeras alturas para situarse en cotas ligeramente más elevadas y a concentrarse a lo largo de un rango altitudinal más amplio (entre los 150 y 450 m) (Fig. 10).
Una segunda tendencia se observa en las áreas de Campo-Lameiro, Condado y Betanzos, donde los petro-glifos se concentran a lo largo de un rango altitudinal relativamente reducido.
Así, en Condado, el 63% de estaciones se sitúa entre 350 y 500 m, un tramo de alturas que supone solamente el 19% de la superficie de dicha región.
Esta dinámica se acentúa aún más en el área de Betanzos con el 89% de los grabados localizados entre los 200 y 350 m (32% de la superficie de esta zona).
Esta simple comparativa entre altitud y arte rupestre sugiere que la concentración de petroglifos en determinados rangos altimétricos (generalmente diferentes en cada región) no tiene por qué depender directamente del peso porcentual de dichas franjas en cada área.
Así, incluso donde hay un comportamiento bastante asimilable entre el reparto altimétrico de los grabados y los rasgos del terreno -como Carballiño o Deza-existen rangos donde la concentración de estaciones rupestres es mayor de lo que cabría esperar.
La explicación a dichas distribuciones vendrá dada por diversos factores que probablemente varíen, en mayor o menor medida, para cada una de las zonas.
Así, en los análisis realizados en el Norte del Barbanza, los modelos predictivos o de potencialidad arqueológica parecen apuntar a variables como la geología, la inclinación y orientación de las pendientes, la prominencia visual o la existencia de petroglifos en las inmediaciones como elementos clave en la localización del arte rupestre en determinadas áreas del paisaje (Rodríguez Rellán y Fábregas Valcarce 2015).
DEL TERRITORIO AL PANEL
El análisis de la convivencia de motivos como zoomorfos, combinaciones circulares o armas ha sido uno de los principales objetivos de otras aproximaciones al arte rupestre gallego que, en el pasado, han hecho uso de métodos estadísticos (Cabaleiro Manzanedo et al. 1976; Cancela Rey et al. 1984; Vázquez Rozas 2006).
Otros trabajos también han pretendido acercarse, desde perspectivas de corte estructuralista, a esas coincidencias temáticas, bien con el objetivo de intentar profundizar en los significados y funciones de ciertos petroglifos o para afianzar determinadas propuestas cronológicas (Santos Estévez 2007, 2016).
Sin embargo, tal y como afirmábamos al describir los problemas y limitaciones del inventario rupestre gallego, la deficiente documentación de la que adolecemos ahora mismo implica que no contemos con lecturas fiables para la inmensa mayoría de los petroglifos de nuestra comunidad.
En este estado de cosas, los análisis de asociación se convierten en una práctica arriesgada cuando se intenta ir más allá del puñado de rocas que sí han sido objeto de análisis intensivos.
Los llevados a cabo en este artículo no están, en absoluto, exentos de esos mismos problemas y limitaciones, por lo que los resultados que pasamos a describir deben ser tenidos en cuenta tan sólo como un ejemplo de la patente diversidad que parece existir entre las regiones de la provincia rupestre gallega en cuanto a la composición de sus paneles rupestres.
Por otro lado, las contadas estaciones donde aparecen algunos motivos en varias de las áreas analizadas (por ejemplo, las armas en Baixo Miño-Vigo, Campo Lameiro-Morrazo o Deza) sobredimensiona con claridad las asociaciones.
Los análisis del coeficiente de asociación de Yule evidencian una importante variabilidad, dejando poco margen para la identificación de algún comportamiento homogéneo por parte de los distintos motivos en las áreas analizadas (Figs.
Además, sólo en unos pocos casos (19,79%) son distinguibles asociaciones estadísticamente significativas (las representadas en color en los gráficos).
En otras palabras, en gran parte de los casos y áreas estudiadas en este artículo no puede hablarse de asociación estadística entre los diversos tipos de motivos analizados.
Quizás la única excepción sea la asociación entre combinaciones circulares y círculos simples (ya aventurada por el análisis de correspondencias), pues ésta es positiva en todas las regiones analizadas y, además, es estadísticamente significativa en 5 de ellas.
Otras asociaciones de tendencia positiva son las de combinaciones circulares o zoomorfos con la categoría de "Varia Prehistóricos".
Las primeras se asocian positivamente con estos últimos motivos en 7 regiones (en la octava la asociación es neutra, en la práctica), en 4 de las cuales dicha relación presenta significación estadística.
Mientras, los zoomorfos se asocian a los diversos de cronología prehistórica en 4 de las 5 regiones donde hay representaciones de animales, si bien tal asociación es significativa sólo en dos de ellas.
Existe otra asociación de tendencia positiva entre cruciformes y motivos varios de cronología histórica, que tienden a aparecer conjuntamente en 6 de las regiones consideradas (en 4 dicha tendencia es significativa desde un punto de vista estadístico).
Cabe destacar en las asociaciones negativas detectadas, la tendencia de cazoletas y cruciformes a no comparecer conjuntamente.
Esto es claro en 6 de las 8 regiones, cinco de las cuales presentan, además, una relación negativa estadísticamente significativa.
También ocurre con cazoletas y zoomorfos que tienden a rechazarse en 4 de las 5 regiones donde se han documentado ciervos u otras figuras de cuadrúpedos, en 3 de estos casos de un modo significativo.
Aparte de estas asociaciones más evidentes, se distinguen otras menos claras, como aquellas positivas que muestran los círculos simples o las armas con los motivos diversos de cronología prehistórica, o aquellas negativas entre combinaciones circulares y cruciformes.
No obstante, en muchos de estos casos el coeficiente de asociación está fuertemente condicionado por el reducido tamaño de la población analizada.
Esto ocurre, por ejemplo, con la fuerte relación detectada entre armas, laberintos6 y otros grabados en regiones como Baixo Miño-Vigo y Campo.
De todos modos, nunca dicha relación ha sido estadísticamente significativa.
Como hacíamos notar en los párrafos anteriores, el análisis de asociaciones arroja un comportamiento muy heterogéneo, y aquellas tendencias que muestran una mayor fortaleza permiten ir poco más allá de las relaciones, de por sí bastante evidentes, que ya habían sido detectadas anteriormente (Vázquez Rozas 2006), como la asociación entre combinaciones circulares y círculos simples o entre cruciformes y otros motivos históricos.
Nuestro análisis también sugiere otras tendencias que, sin embargo, sólo podrán ser confirmadas cuando el estado de la documentación rupestre en Galicia alcance unos mínimos aceptables de calidad.
Será interesante explorar si, con el tiempo, se confirma la aversión que parece vislumbrarse entre los dos motivos más numerosos del catálogo rupestre, cazoletas y combinaciones circulares (con un coeficiente negativo en 6 de las 8 áreas estudiadas, si bien es cierto que en sólo una de ellas alcanza significación estadística).
Así mismo, también resultará de interés comprobar si se mantiene la tendencia disociativa entre cruciformes, por un lado, y zoomorfos, combinaciones circulares o cazoletas, por otro.
Ello reforzaría la impresión derivada de otros análisis realizados en este artículo, a tenor de la cual los grabados de época histórica habrían tenido una entidad y significado propios e independientes de los grabados prehistóricos.
La consulta y análisis sistemáticos del Preinventario de arte rupestre disponible en la Dirección Xeral do Patrimonio Cultural de la Xunta de Galicia ha revelado un Fig. 12.
Asociación (q de Yule) entre distintos tipos de motivos dentro de los paneles rupestres de los últimos cuatro clústeres identificados en este artículo (C. Simples: Círculos Simples; C. Circulares: Combinaciones Circulares; Varia Preh.: Varia Prehistóricos; Varia Hist.: Varia Histórico).
En color aquellas asociaciones significativas para un intervalo de confianza del 95%.
Este hecho subraya las limitaciones cuantitativas y cualitativas de las que adolece el conocimiento actual sobre los petroglifos galaicos, al tiempo que demuestra la pertinencia de contar con un primer análisis cuantitativo del fenómeno rupestre gallego como el que se ofrece en este trabajo.
Hemos querido presentar, de un modo sintético, una perspectiva general sobre el conocimiento actual del arte rupestre al aire libre de todo el territorio gallego, respondiendo a cuestiones básicas pero de enorme importancia, como el número de estaciones conocidas, su composición o su distribución geográfica.
Para ello hemos recurrido a herramientas como los Sistemas de Información Geográfica y software estadístico.
Los resultados alcanzados, aunque condicionados por las limitaciones de un inventario plagado de serios problemas en cuanto a la representatividad y precisión de las informaciones recogidas, nos han permitido esbozar unas líneas maestras sobre el arte rupestre gallego en las que se observa un fenómeno caracterizado por poseer un estilo fundamentalmente geométrico, con cazoletas o combinaciones circulares como los motivos más repetidos.
A su vez, el grupo naturalista, compuesto fundamentalmente por zoomorfos y armas, es comparativamente escaso y se encuentra geográficamente más concentrado.
En este sentido, las representaciones naturalistas son superadas en número incluso por los grabados de época histórica (cruciformes, alfabetiformes o tableros de juego), cuyas características los convierten en un grupo con interés e importancia propios, no necesariamente ligados a eventos de cristianización de los petroglifos prehistóricos.
El análisis de composición y distribución geográfica del arte rupestre confirma la visión tradicional por la cual el cuadrante suroccidental de Galicia se configuraría como un área con una entidad propia, con una riqueza de estaciones rupestres sensiblemente superior en términos cuantitativos y cualitativos a la de otras zonas.
Los análisis efectuados evidencian, al mismo tiempo, una gran heterogeneidad y variabilidad regionales del fenómeno rupestre que van más allá de la tradicional dicotomía entre las áreas naturalista y geométrica.
Dicha heterogeneidad se expresa tanto en la densidad de estaciones como en la frecuencia relativa de motivos, en la tendencia de éstos a comparecer o no de modo conjunto en los mismos paneles o incluso en la implantación de las rocas grabadas en el paisaje.
El reconocimiento de dicha variabilidad enriquece sobremanera al arte rupestre del Noroeste Ibérico pero, de igual modo, debiera servir para introducir un punto de prudencia en las aproximaciones efectuadas hasta ahora respecto a la distribución y, sobre todo, a las pautas de asociación de los grandes grupos temáticos de este con-junto inscultórico.
A tal fin, la intensiva -e imprescindible-continuación de las labores tanto de prospección de nuevos petroglifos como de documentación de los ya conocidos, deberá matizar y, esperemos, superar muchas de las conclusiones que aquí presentamos.
Los autores expresan su gratitud al personal del Servizo de Arqueoloxía de la Dirección Xeral do Patrimonio Cultural (Consellería de Cultura e Turismo, Xunta de Galicia) por las facilidades prestadas durante la consulta y vaciado del Preinventario utilizado para la realización de este artículo.
Así mismo, los autores agradecen a los revisores su celo y profesionalidad a la hora de su evaluación. |
La excavación en curso de un monumento escalonado en el yacimiento de Mestre Ramon en la isla de Mallorca ha aportado nueva información cronológica y arquitectónica que ha motivado una revisión analítica de las estructuras conocidas como monumentos escalonados en Mallorca.
La combinación de la información cronológica existente con nuevas dataciones radiocarbónicas relacionadas con el yacimiento de Mestre Ramon ha permitido situar el momento de construcción de los monumentos escalonados en el período Prototalayótico (ca.
Este encuadre cronológico ha sido la base del análisis de las características arquitectónicas de dichos monumentos y su relación con otras estructuras.
El trabajo que se presenta ofrece una caracterización preliminar, pero detallada, de |
Los avances tecnológicos están permitiendo descubrimientos de cavidades con arte rupestre y de grafías en cuevas ya estudiadas.
En este marco se produjo el descubrimiento de una nueva galería en la cueva de Ekain, un conducto de reducidas dimensiones denominado La Fontana.
En ambas paredes se documentan caballos y trazos simples ejecutados en trazo digital sobre arcilla.
Este descubrimiento motivó el reestudio de figuras ejecutadas con la misma técnica en la galería de Azkenzaldei, donde se localizó un nuevo conjunto de representaciones.
En cuanto a la cronología, la imposibilidad de datar directamente las representaciones llevó a aplicar el análisis estilístico.
La comparación con figuras de la misma cavidad apunta a que se tratan de grabados ejecutados en fases avanzadas del Magdaleniense. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Los asentamientos amurallados han sido una característica definitoria de las Primeras Edades del Metal en la Península Ibérica desde la publicación de Los Millares y otros asentamientos del Sureste por parte de los hermanos Siret (Siret y Siret 1890).
Más de un siglo después, se han identificado yacimientos de este tipo, adscribibles a la Edad del Cobre, en buena parte del territorio peninsular (Jorge 1994), que suelen presentarse como un elemento especialmente relevante a la hora de interpretar los procesos de aparición de la complejidad social (e.g., Lillios 1995; Díaz-del-Río y García Sanjuán 2006; Chapman 2008).
El registro arqueológico del interior peninsular se ha mostrado bastante parco en estos lugares amurallados calcolíticos.
La Meseta Sur ha acogido varios recintos fosados (Díaz-del-Río 2003) pero apenas alguna gran estructura constructiva pétrea todavía sin estudios en profundidad (Espadas Pavón et al. 1987; Rojas Rodríguez-Malo 1987; Jiménez Guijarro 1998: 42).
Pese a la abundancia de recintos de fosos (Delibes de Castro et al. 2014), la Meseta Norte, sólo había deparado tres lugares amurallados de época calcolítica: El Alto del Quemado (Narrillos del Álamo, Ávila) (López Plaza 1994), El Pedroso (San Martín del Pedroso, Zamora)
Estos tres enclaves se distribuyen por la periferia montañosa occidental y meridional de la región.
El Pico de la Mora (Peñafiel, Valladolid) ocupa un ámbito bien distinto, el de las comarcas sedimentarias del Duero Medio.
Su reciente excavación ha servido para confirmar su condición de asentamiento amurallado del Calcolítico Inicial.
RESULTADOS DE LOS TRABAJOS
Características generales del yacimiento
Uno de nosotros (Rodríguez Marcos) lo descubrió en 1987 durante un estudio del poblamiento prehistórico de la Ribera del Duero vallisoletana.
Un galbo cerámico con decoración incisa de estilo Ciempozuelos permitió adscribirlo al Calcolítico Campaniforme o Final.
En 1992 una serie de fotografías aéreas revelaron una estructura estrecha y alargada.
Su disposición ciñendo el borde septentrional del yacimiento fue interpretada como una posible muralla que habría cerrado el extremo más desprotegido del lugar (Rodríguez Marcos y Moral del Hoyo 2007; Rodríguez Marcos 2008).
Para comprobar si efectivamente lo era y, al tiempo, si era coetánea a la cronología asignada en primera instan-cia al yacimiento, en el verano de 2016 realizamos una pequeña intervención arqueológica financiada por la Junta de Castilla y León.
El espigón domina desde una altura relativa de unos 80 m el estrecho valle del Duratón en un tramo próximo a su desembocadura en el Duero.
Esta auténtica atalaya natural se proyecta sobre la margen derecha del río, flanqueada por los barrancos del Sauguillo al norte y de la Mora al sur (Fig. 1).
La distribución en superficie de los materiales no supera la 0,5 ha y se localiza en el extremo suroccidental de la plataforma.
Dicha área se ve circunvalada por la construcción, que se extiende del extremo noroccidental al suroriental del espigón a lo largo de unos 100 m.
En el terreno, la construcción se identifica como una alineación de cascotes amontonados de unos 2-3 m de anchura que, en algunos puntos, llega a levantar hasta 40 cm respecto al nivel circundante.
Al nordeste y al sudoeste de la misma abundan los cantos calizos dispersos por el suelo.
Como desaparecen a unos 8 m de distancia creemos que probablemente son bloques caidos de la construcción.
Además en el sector noroccidental de la construcción afloran en superficie varios bloques calizos cuyas dimensiones oscilan entre 0,5 y 1 m y se alinean como un paramento exterior e interior de la misma (Fig. 2).
La excavación de la muralla
El Sondeo 1 era una trinchera de 5 x 1 m orientada de forma perpendicular al trazado de la muralla, interesando tanto a la construcción como a su entorno inmediato.
En ella se ha identificado una secuencia constructiva relativamente compleja.
Sobre el nivel geológico de calizas del páramo (GEO) y el paleosuelo prehistórico (UE 107) se dispuso un basamento formado por varias losas de piedra caliza (UE 106).
Encima se colocaron los dos paramentos de bloques de caliza asentados sobre una de sus caras laterales (UUEE 108 y 110).
Entre ellos se introdujo el relleno de la muralla (UE 102): una amalgama de cantos calizos de hasta 30 cm de diámetro máximo, un par de bloques de mayor tamaño y tierra.
La altura máxima conservada llega a 60 cm desde la base (Fig. 3).
La presencia de abundantes carbones en las cotas más bajas de este relleno nos sugiere que su estructura interna contase en un primer momento con un armazón de madera.
Desconocemos si en un momento anterior, coetáneo o posterior a la conformación del relleno, pero necesariamente posterior a la colocación del lienzo interior, se dispuso una muy compacta amalgama de cantos calizos de ca.
15 cm diámetro (UE 105), apoyada en este lienzo y extendida hacia el interior del poblado.
Su superficie superior buzaba según se alejaba del lienzo mientras que la inferior se apoyaba directamente en el paleosuelo.
Dada su elevada compacidad y su orientación lo interpretamos como un contrafuerte interior destinado resistir los empujes de la muralla y evitar así su derrumbe hacia el interior del asentamiento (Fig. 4).
Diversos materiales arqueológicos prehistóricos se han hallado en los rellenos de la muralla y del contrafuerte.
En la primera, además de los ya mencionados carbones -uno de ellos datado (véase punto 2.4)-, se recuperaron una treintena de fragmentos de cerámica a mano, una pequeña lámina de sílex gris sin retocar de sección trapezoidal (Fig. 5: 5) y pellas muy pequeñas de barro anaranjado.
En las cotas inferiores del contrafuer-te, ya casi en contacto con el paleosuelo, apareció una decena de galbos de cerámica a mano.
Cuatro pertenecen al mismo vaso de forma derivada de la esfera (Fig. 5: 4).
La excavación del asentamiento
El sondeo en la muralla se complementó con otro en el área del presunto asentamiento de 6 m 2 (Fig. 2).
Por desgracia el lugar se encuentra muy erosionado y la potencia del depósito no superó los 15 cm hasta las calizas geológicas del páramo.
No se pudieron identificar estructuras propias de una actividad doméstica -cimientos de cabaña, hoyos de almacenaje, hogares, etc.-pero se puede intuir de forma indirecta de la recuperación de pequeñas pellas de barro crudo anaranjado que muy bien pudieron proceder de alguna cabaña.
Perfil SE del Sondeo 1 acompañado de fotografías de las superficies donde se sustentó la muralla (GEO, UE 107, UE 106) y del contrafuerte (UE 105), así como de las relaciones estratigráficas de sus elementos conformantes.
La ★ de la UE 102 localiza la muestra de madera carbonizada datada por radiocarbono (en color en la edición electrónica).
Los artefactos aparecidos fueron media docena de galbos de cerámica a mano y, lo más significativo, una veintena de restos de sílex blanquecino, gris, naranja y azulado, entre ellos hay un pequeño núcleo de extracción de pequeñas láminas y una lasca con retoque bifacial denticulado con el denominado "lustre de cereal", probablemente usada como instrumento agrícola (Fig. 5: 6).
Además de la superficie del Sondeo 2 procede un fragmento de fusayola de barro crudo (Fig. 5: 2) y un galbo de cerámica a mano con una carena (Fig. 5: 1).
El Pico de la Mora: cronología de un asentamiento calcolítico amurallado
La intervención cumplió con las expectativas originales y, además, ha ofrecido una interesante información adicional.
Podemos defender que la muralla prehistórica fue una construcción relativamente compleja -basamento, lienzos, posible estructura lígnea, contrafuerte-, en especial si consideramos que las comunidades tardoneolíticas normeseteñas carecen de tradición poliorcética.
1) de uno de los fragmentos de maderas carbonizadas (Fig. 4), que interpretamos como constituyentes de la estructura del relleno, ubica el momento específico de construcción de la muralla en el primer tercio del III milenio cal a.
C., en pleno Calcolítico Inicial o Precampaniforme.
En el espacio cercado por esta muralla del Calcolítico Inicial, antes o en el momento inmediato de su construcción, se desarrollaron actividades que generaron residuos cerámicos como los abundantes galbos rodados presentes en el relleno o las cerámicas más enteras recuperadas bajo el contrafuerte.
Éstas últimas son las mejor conservadas y las de mayor tamaño identificadas en el yacimiento, caso de la vasija de forma derivada de la esfera cuyo diámetro estimamos en 0,5 m (Fig. 5: 4).
Las prácticas de manufactura lítica documentadas en el Sondeo 2 -núcleo y abundantes restos de talla de sílex-, así como las de probable actividad textil -el fragmento de fusayola recuperado en superficie-no son impropias de este Calcolítico Inicial pero tampoco de otros periodos prehistóricos.
De hecho el fragmento cerámico con decoración tipo Ciempozuelos recogido en la prospección superficial de los años 1980 (Fig. 5: 3) habla de una ocupación coetánea a la del cercano asentamiento, también en altura, de Pico del Castro (Quintanilla de Arriba, Valladolid), que el radiocarbono fecha en ca.
El galbo carenado recuperado en esta campaña de 2016 asimismo en superficie (Fig. 5: 1) refuerza esta atribución cronológica, pues formas de este tipo aparecen en la fase II del yacimiento campaniforme de Molino Sanchón II Fig. 5.
El Pico de la Mora (Peñafiel, Valladolid): 1. galbo carenado de cerámica a mano; 2. fusayola de barro crudo; 3. galbo cerámico con decoración incisa de estilo Ciempozuelos; 4. galbos de cerámica a mano del mismos vaso (en color en la edición electrónica).
Sílex 5. lámina; 6. lasca con retoque denticulado y "lustre de cereal".
Por otro lado, cabe destacar la ausencia de rasgos en la cerámica del Pico de la Mora como las vasijas cerradas con cuello, las de impresiones en el labio o los vasos ornados con mamelones y/o cordones dígito/ ungulados.
Por ello, consideramos que no hubo ocupación en los momentos posteriores al Campaniforme, ya en el Bronce Antiguo-Pleno (Rodríguez Marcos 2008: 274-290), también llamado en esta región "Horizonte Parpantique" (Fernández Moreno 2011: 95-114).
Caben dos posibilidades, o bien que El Pico de la Mora fuera habitado en dos momentos distintos del III milenio cal a.
C. -a su inicio, cuando se erigió la muralla, y tras un hiato, en los últimos siglos del mismo-o bien que hubiera una ocupación continua entre el momento de amurallamiento y las evidencias más tardías de actividad campaniforme.
A priori, y a falta de otra información que pudiera esclarecer este asunto, nos decantamos por la segunda opción.
Si la construcción se hizo en un único evento -puesto que no parece segmentada ni compuesta por varias líneas de muralla-como el trabajo se estima en, al menos, 6.000 días/persona (Villalobos García 2016b) la inversión habría sido demasiado grande para que un pequeño grupo -como el que se presupone ocuparía un asentamiento de 0,5 ha-la hubiera abandonado al poco de su erección.
El Pico de la Mora, según su datación absoluta ca.
C., es el asentamiento amurallado más antiguo de la Meseta Norte, en plena consonancia con las que aportan otras obras monumentales como son los recintos de fosos -el foso 1 de El Casetón de la Era (Villalba de los Alcores, Valladolid) tiene una fecha de c.
Por tanto, no sería descabellado interpretar el fenómeno del amurallamiento que vemos en El Pico de la Mora como parte integrante de un proceso generalizado de transformaciones que probablemente incluyeran profundas reorganizaciones en las formas de apropiación del territorio y en los sistemas de organización social (Villalobos García 2016a).
La cronología de la muralla de El Pico de la Mora es algo posterior a la de las primeras estructuras de arquitectura de piedra del Suroeste y Sureste peninsular, fechadas a fines del IV milenio cal a.
C. (Balsera et al. 2015) pero es equiparable a la de los primeros asentamientos amurallados del Occidente peninsular, tanto en el Centro y Sur del actual Portugal (Gonçalves et al. 2013) como en el Norte del mismo (Jorge 2003; Sanches 2003).
Naturalmente la complejidad y entidad de las estructuras meridionales y occidentales no son comparables con las del Pico de la Mora, pero sin duda forman parte de un mismo fenómeno, el de amurallar asentamientos, generalizado en estos momentos en buena parte de la Península Ibérica.
La parquedad que, por ahora, ofrece nuestro registro, nos impide debatir si esto tendría una finalidad estrictamente defensiva (Gonçalves et al. 2013) u otros objetivos sociales y/o ceremoniales (Jorge 1994; Fábregas Valcarce 2010: cap. iv; Díaz-del-Río 2011).
Si acaso podría apuntarse un posible uso defensivo al trazado de la muralla de El Pico de la Mora, que cierra un perímetro compuesto en su mayor parte por las potentes defensas naturales del borde del páramo (Fig. 2).
Llamamos la atención sobre una circunstancia de la ubicación de El Pico de la Mora en el conjunto de asentamientos fortificados peninsulares: la total ausencia de construcciones de este tipo entre los yacimientos con estructuras domésticas adscribibles al Calcolítico en la región cantábrica y la cuenca del Ebro (e.g., Álvarez Clavijo et al. 1997; Clop García 2005; Sesma Sesma et al. 2009; Ontañón Peredo 2012).
Más al norte del sitio amurallado de La Mesa de Montes (Cangas do Morrazo, Pontevedra) (Gorgoso López et al. 2011) no se conocen yacimientos calcolíticos de esta naturaleza.
Los límites seguramente sean difusos, pero puede intuirse una línea que desde el Sureste, en el golfo de Mazarrón (Murcia), hasta el Noroeste, en la península del Morrazo (Pontevedra), delimitaría dos regiones: con asentamientos calco líticos amurallados (área central, meridional y occidental) o sin ellos (tercio nororiental).
La primera coincide aproximadamente con la distribución de los recintos fo sados, las otras grandes obras colectivas del Calcolítico peninsular 1), así como con la de varias redes de circulación de artefactos sociotécnicos como elementos de marfil (Schuhmacher 2012), objetos de caliza (Villalobos García 2013) o adornos de variscita zamorana (Villalobos García y Odriozola 2016).
La modesta intervención realizada en El Pico de la Mora ha revelado ciertos aspectos relevantes.
La construcción de una muralla de unos 100 m de longitud, erigida a comienzos del Calcolítico (ca.
C.), junto con el abrupto desnivel del borde del páramo, cierra un espacio de unas 0,5 ha ocupado durante esta época para distintas actividades de carácter doméstico.
El contexto histórico de este evento fue el de un proceso de transformaciones -mayor grado de sedentarización poblacional, intensificación económica y desigualdades sociales-que se documentan en ciertas zonas de la Meseta Norte, así como en buena parte de la Península Ibérica, con distinta intensidad en cada caso.
La distribución a escala peninsular de asentamientos calcolíticos con grandes elementos arquitectónicos, unida a la presencia de redes de circulación de determinados artefactos sociotécnicos, hace de nuestro Pico de la Mora un ejemplar enclavado en el extremo nororiental de este fenómeno.
Quizás fuera una zona de fricción entre dos inercias diferenciadas por sus dinámicas sociales calcolíticas que, aunque internamente puedan parecer heterogéneas, a gran escala muestran la tendencia a una mayor "complejidad" al Sur y a más "resistencia" al Norte.
En los trabajos de excavación de El Pico de la Mora han colaborado Xavier Bayer, Angélica Santa Cruz, Eduardo Martínez, Héctor Fonseca, Sandra Vázquez y Silvia Serrador.
Conste aquí nuestro agradecimiento hacia ellos. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Estudio arqueométrico y contextual del brazalete de oro tipo Villena/
Presentamos el hallazgo de un brazalete de oro encontrado en el sistema kárstico de Cueva Mayor-Cueva del Silo de la Sierra de Atapuerca (Burgos, España).
Esta pieza excepcional, se caracteriza tecnológica, cronológica y culturalmente, así como su significado económico e ideológico en el contexto de la tecnología Villena/Estremoz (V/E) del Bronce final.
El estudio se ha realizado mediante microscopía óptica (MO), y electrónica de barrido (MEB), y microanálisis elemental por dispersión de Rayos X (MEB-EDX).
La presencia de este objeto de oro en la Meseta Norte y su paralelismo con otros ejemplos de la península ibérica confirmaría la conexión o intercambios tecnológicos, culturales y/o comerciales a larga distancia entre la vertiente atlántica y la mediterránea durante la Edad del Bronce.
INTRODUCCIÓN Y LOCALIZACIÓN GEOGRÁFICA DEL HALLAZGO
Su estratégica ubicación en el Corredor de la Bureba, conexión entre las cuencas fluviales del Duero y el Ebro, explica la riqueza arqueo-paleontológica de este enclave a lo largo de toda la Prehistoria, en una vía de comunicación que de alguna manera conectará también los procesos culturales atlánticos y mediterráneos.
La Sierra engloba un sistema kárstico denominado Cueva Mayor-Cueva del Silo (Ortega 20091 ), que en sus 3.700 m de desarrollo conocido, contiene abundantes depósitos arqueológicos variados en su localización y funcionalidad y de especial interés para el estudio de la Prehistoria europea.
La Cueva del Silo desarrollada en el nivel inferior del sistema kárstico está situada en su extremo SO, for-mando una red subhorizontal de galerías que se disponen de forma laberíntica.
Esta red se articula alrededor de un pasaje principal, denominado "Galería Principal", que adopta un ligero cambio de dirección hacia el NE-SO en la "Sala del Caos".
La entrada actual a la Cueva del Silo se localiza en el frente de una antigua cantera.
En su interior presenta dos sectores con grabados rupestres post-paleolíticos (Ortega 2009: 346).
Se aborda el estudio de un brazalete de tipología Villena/Estremoz, recuperado en la "Sala del Caos" de la Cueva del Silo (Sierra de Atapuerca).
Por su contexto arqueológico el objeto en cuestión no aporta novedades significativas al debate cronológico-cultural de este tipo de brazaletes, pero tiene su interés en la medida que amplía la distribución geográfica y las redes de distribución del final de la Edad del Bronce en el norte de la Meseta.
No solo se realiza el estudio morfotipológico, sino que aportamos un análisis arqueométrico con el fin de determinar tanto su composición elemental como los procesos tecnológicos utilizados en su fabricación y las distintas incidencias sufridas por la pieza durante su fabricación y uso.
El brazalete de la Cueva del Silo se encuentra actualmente depositado en el Museo de Burgos con el no de inventario I.M. 9314.
Como materiales de comparación para el análisis tipológico, arqueométrico y contextual se han incluido en la discusión todos los brazaletes de la misma tipología y fabricados con la misma tecnología, de los que existe información publicada (Fig. 1; Tab.
1) y que han podido estudiarse personalmente, prescindiendo de aquellos cuya morfotecnología ofrece alguna duda.
En la figura 1 se señala la localización geográfica de los principales hallazgos utilizados en dicha discusión, así como otros de la Edad del Hierro, considerados como evoluciones o imitaciones del tipo original (Perea 2005).
Durante la campaña de excavaciones en la Sierra de Atapuerca de 2004, y durante el estudio del relleno sedimentario endokárstico de la denominada "Sala del Caos" (Cueva del Silo), bajo uno de los bloques caídos de la bóveda y a la vista, se localizó sobre una pequeña hornacina excavada en sedimentos limosos el brazalete objeto de estudio (Ortega 2008) (Fig. 2).
En la pared meridional de esta "Sala del Caos" se encuentra también un panel con grabados en zigzag y lineales de características prehistóricas postpaleoliticas.
Además, un poco más alejado, en el sector occidental de la sala, hay un pequeño pasaje en el que se documenta un silo en cuya base se han detectado "cantos rodados, con un hogar a techo cuyos carbones han proporcionado una edad de unos 3500 BP y con restos de tizonazos en las paredes y bóveda" (Ortega 2009: 346).
Los grabados, los tizonazos, el silo y el brazalete son, a día de hoy, las únicas evidencias arqueológicas documentadas en toda la Cueva del Silo y su relación con el brazalete podría ser circunstancial.
No podemos establecer una correlación cronológica entre estas evidencias arqueológicas que apuntarían al Bronce medio, y el brazalete, cuyo estudio tecnológico y comparativo con otras piezas similares apuntan a una cronología del Bronce final.
No obstante, hay que señalar la intensa ocupación para el Bronce medio, y apenas presencia del Bronce final, documentada en el cercano yacimiento de El Portalón de Cueva Mayor, situado a 300 m en otra de las entradas al sistema kárstico (Carretero et al. 2008).
El análisis arqueométrico se llevó a cabo en los laboratorios del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) y la Universidad de Burgos.
Siguiéndose tres líneas complementarias: a) estudio de la topografía y textura de la superficie del brazalete; b) análisis químicos elementales y c) reconstrucción del proceso de producción.
Para ello se utilizaron técnicas de microscopía óptica (MO) y electrónica de barrido (MEB) con microsonda de dispersión de rayos X (SEM-EDX), analizándose distintas áreas del objeto y midiéndose su composición química (Guerra 2008).
El estudio topográfico y textural tiene por finalidad documentar las huellas de trabajado, las estructuras debidas a procesos térmicos, y las microestructuras de diverso origen, huellas de uso y/o deterioro, presentes en la superficie del brazalete.
El análisis químico caracteriza los elementos mayoritarios del metal o la aleación utilizada para su fabricación.
Previamente la pieza fue limpiada mediante ultrasonidos (Branson 3510) en baño de alcohol durante 10 minutos, siguiendo las recomendaciones técnicas normalizadas para este tipo de piezas.
Para la observación óptica se utilizaron un estereomicroscopio Olympus SZX10, y una lupa binocular Nikon AZ 100 con cámara digital Nikon DS-V3 acoplada, que han proporcionado imágenes de alta calidad cuya compilación se realizó mediante el software Helicon Focus.
Dos microscopios electrónicos de barrido (JEOL-JSM-6460-LV y FEI-Quanta 600) permitieron la observación topográfica y textural a mayores aumentos y el análisis geoquímico del brazalete (bordes superior e inferior).
Con ambos equipos se realizó el mismo tipo de análisis elemental.
Los análisis químicos son de carácter semicuantitativo y tan solo permiten una aproximación a la composición nominal del objeto analizado (Voute 1995; Perea et al. 2003a; Perea et al. 2010).
Para evitar en lo posible errores debidos a la geometría irregular de la pieza y a las variaciones en el ángulo de incidencia del haz, se tomaron tres medidas en diferentes zonas de una misma área de análisis (Fig. 3).
No se ha abordado el estudio sobre la procedencia del oro debido a las limitaciones, técnicas y económicas, además de la caracterización de las posibles áreas fuentes que todavía en la actualidad persisten (Pernicka 2014), si bien se han realizado notables avances en este campo mediante el análisis de isótopos del plomo (Standish et al. 2015).
Descripción y análisis tipológico
El brazalete de la Cueva del Silo es un objeto perfectamente cilíndrico, de 75 mm de diámetro, 22 mm de altura, 2 mm de espesor máximo y de 88,17 g de peso.
Exteriormente presenta cinco nervaduras/molduras longitudinales paralelas, siendo la central ligeramente más sobresaliente; esta última coincide interiormente con un surco central o zona de rehundimiento (Fig. 4).
Tipológicamente el brazalete estudiado encaja en el tipo V/E, ya conocido y descrito en la Península Ibérica (Armbruster y Perea 1994).
Los trabajos de síntesis señalan su distribución preferente en la fachada atlántica peninsular y, en menor medida, a lo largo de la zona Mediterránea y la Meseta (Perea 2005: Fig. 3, 97).
El tipo V/E se refiere tanto a la morfología y funcionalidad del objeto -brazaletes y anillos-como al proceso de fabricación, que implica la utilización de herramientas rotativas como el torno de eje horizontal y tecnologías complejas, como la fundición a la cera perdida sin núcleo interior.
Los resultados de los análisis químicos realizados indican la utilización de oro muy puro (97%), con contenidos en plata del 3%, sin que se haya detectado cobre (Fig. 3).
Esta composición apunta que en la fabricación del brazalete no se utilizó una aleación ad hoc, sino oro de origen probablemente aluvial, sin mezcla intencionada con otros elementos; hipótesis que deberá ser contrastada mediante el análisis de elementos traza y su comparación con otros ejemplos.
Según los datos aportados por la observación topográfica (OM y MEB), el proceso de fabricación del brazalete (I.M. 9314) reproduce el procedimiento tecnológico descrito en otros casos para los tipos V/E: un vaciado a la cera perdida sobre un molde de cera trabajado en un torno de eje horizontal y rotación alterna (Fig. 6) (Armbruster 1993(Armbruster, 1995;;Armbruster y Perea 1994).
Los indicadores de la técnica son muy claros y, la propia morfología de la pieza -un cilindro con simetría de revolución perfecta-apoya esta interpretación.
Al microscopio, y por el exterior, el brazalete presenta abundantes huellas lineales debidas al trabajo del modelo de cera, que se han transmitido al vaciado en metal.
Es posible que, una vez desmoldado, el brazalete fuera pulido directamente en el torno para eliminar pequeños defectos de moldeo (Fig. 5A).
El interior del brazalete muestra estructuras de bruto de colada, sobre todo en la zona rehundida correspon-Fig.
Ejemplos de análisis semicuantitativos realizados en dos zonas de la superficie del brazalete I.M. 9314.
El espectro muestra la composición en porcentajes de oro y plata: A) Microscopio electrónico de Barrido JEOL JSM 6460 LV con sistema INCA y detector de energía dispersiva de Rayos X (EDX).
B) Microanálisis elemental con el microscopio FEI-Quanta 600 (en color en la edición electrónica). diente a la moldura central, así como en las molduras de los bordes inferior y superior (Fig. 5B).
Otras observaciones son indicativas de la biografía del objeto: a) presencia de ligeras huellas de desgaste interior por un uso no muy prolongado y que han suavizado las microestructuras de bruto de colada (Fig. 6A) y b) presencia en la superficie de pequeñas irregularidades procedentes del proceso de fabricación, poros y vacuolas de los gases desprendidos en el proceso de vaciado ligeras abolladuras producidas por el uso (Fig. 6B).
El rasgo de deterioro más evidente corresponde a una grieta perpendicular al eje de la pieza que no llega a seccionarla (Fig. 7), y que probablemente se produjo como evolución de un pequeño defecto de colada -poro de grandes dimensiones o vacío de llenadodonde se generaron tensiones y finalmente rotura.
Las características de fabricación, incluyendo su perfecta simetría de revolución, muestran que el artesano manejaba con soltura los procesos implicados en una tecnología compleja, a la vez que conocía la tipología canónica de un grupo de objetos de rasgos bien establecidos.
El brazalete de la Cueva del Silo muestra tres caracteres básicos definidos por Kuijpers (2015) que permiten concebirlo como un bien de prestigio con algún tipo de mensaje social: a) habilidad técnica en su fabricación, incluyendo un modo de hacer al alcance de muy pocos; b) calidad estética siguiendo cánones rigurosos para unos objetos de valor intrínseco y dispersión limitada; y c) reconocimiento social derivado de su ocultamiento en un contexto muy diferente del habitacional.
La relativamente amplia dispersión del tipo V/E ha planteado varias cuestiones interpretativas, como la del origen de la tecnología de la cera perdida y el uso de herramientas rotativas en procesos de fabricación metalúrgicos.
Algunos autores defienden su origen atlántico, en base a la mayor concentración de hallazgos, y porque en ese área es donde se producen fenómenos de transmisión y persistencia tecnológicos propios de un proceso de largo alcance (Armbruster y Perea 1994; Perea 1994Perea, 1995Perea, 2014;;Perea y Armbruster 2008).
Otros, sin embargo (Hernández Pérez 2005; Hernández Pérez et al. 2014), defienden su origen en el levante peninsular, sobre la base del hallazgo de Villena (Alicante), un depósito de algo más de 9 kg de oro, entre los que se encontraron 28 brazaletes del tipo V/E, todos ellos seccionados.
La fragmentación del material arqueológico encontrado en este tipo de depósitos (Chapman 2000; Brück 2006), también ha suscitado numerosas interpretaciones, que van desde lecturas mercantilistas Fig. 5.
Brazalete de la Cueva del Silo: A) Detalle de las huellas de pulido (estrías paralelas) y las molduras de la cara externa.
B) Detalle de la moldura central, sin pulir, y de los bordes en la cara interior (en color en la edición electrónica).
Imagen de microscopía óptica del brazalete de oro I.M. 9314: A) En esta imagen puede observarse la dirección de las huellas de pulido en la zona rehundida entre las crestas exteriores.
B) En la superficie de la pieza pueden verse pequeñas irregularidades como marcas producidas por el proceso de fabricación, poros y ligeras abolladuras debidas al uso y/o a las condiciones del ocultamiento (en color en la edición electrónica).
El ejemplar de la Cueva del Silo se encuentra completo, circunstancia que hay que tener en consideración.
En cuanto a la cronología de los hallazgos tipo V/E, es muy problemática debido a su carácter de depósitos sin contexto o asociaciones arqueológicas (véase Mederos Martín 1999, para una recopilación sobre el tema).
Generalmente se trata de ocultaciones con uno o excepcionalmente dos brazaletes.
Sólo fuera de la fachada atlántica se encuentran depósitos de brazaletes tipo V/E junto a otros materiales diferentes.
Es el caso de Abía de la Obispalía en Cuenca, fechado en el Bronce medio (Brandherm 1998; Perea 2014: fig. 11), el de Villena, que se suele fechar en el Bronce final (Perea 1994), aunque las fechas absolutas oscilan ampliamente dentro de ese marco cultural según los autores (Domene Verdú 2004) o el conjunto de Cabezo Redondo adscrito a una fecha algo anterior a los restos de Villena (Hernández Pérez 2005) (Fig. 1) 2.
El periodo delimitado entre estos tres hallazgos integraría las fases de surgimiento y desarrollo del tipo y la tecnología V/E, según la documentación disponible, 2 A estos ejemplos podríamos añadir el brazalete de Fuencaliente de Valdelucio (Burgos) hallado fortuitamente.
Se trata de un ejemplar sin seccionar y su tipología corresponde a un modelo característico V/E según Delibes et al. (1999: 115-116).
Estos autores proponen como paralelos los ejemplares de El Torrión y la Torrecilla.
Sin embargo, al no haber podido estudiar este ejemplar de forma directa y con medios ópticos o electrónicos, no lo incluimos en el mapa de distribución.
De hacerlo, reforzaría las conclusiones obtenidas en este trabajo. sin que debamos establecer fechas absolutas sino tan solo antigüedades relativas.
Esto no quiere decir que la tecnología desaparezca con posterioridad al Bronce final.
Los procesos de cera perdida y el torno de eje horizontal siguieron utilizándose en la fachada atlántica y con el tiempo formaron parte de los procesos habituales de producción de la orfebrería castreña (Armbruster y Perea 2000).
La conexión con el Mediterráneo se realizará a través del valle del Guadalquivir, donde vemos perdurar, aunque no por mucho tiempo, la técnica en los conjuntos sevillanos de El Carambolo y Lebrija (Perea y Armbruster 1998; Perea et al. 2003b).
El brazalete de la Cueva del Silo viene a unirse a lo que se perfila como un grupo de hallazgos tipo V/E procedentes del interior peninsular, junto a los cuatro de la Abía de la Obispalía, mencionados más arriba; el brazalete aparecido en La Torrecilla, (Getafe, Madrid) (Priego y Quero 1978); y el ejemplar aparecido en El Torrión (Navalmorales, Salamanca) (Delibes de Castro et al. 1991) (Fig. 1).
No hay información sobre el contexto arqueológico del ejemplar de La Torrecilla; en cuanto al de El Torrión, parece que se encontró durante el expolio del túmulo megalítico del mismo nombre, perdiéndose posteriormente su pista.
Uno y otro se encontraron íntegros, sin seccionar.
Todos estos hallazgos meseteños comparten el hecho de localizarse en entornos bien comunicados, en zonas de paso o de contacto entre distintas áreas geográficas.
Ya hemos planteado más arriba la posibilidad de que el grupo de hallazgos tipo V/E situados en la Meseta -El Torrión, La Torrecilla, a los que se añade ahora el de la Cueva del Silo-respondan a un mismo impulso distributivo desde el punto de vista cronológico y/o cultural.
El primer rasgo de esta dispersión parece trazar sobre el mapa una vía de conexión entre la fachada atlántica y la mediterránea a través de la Meseta Norte, vía que, en el estado actual de nuestro conocimiento, acabaría en Villena/Cabezo Redondo, localización de los hallazgos más orientales.
Si los comparamos entre sí, vemos que Abía de la Obispalía, Villena y Cabezo Redondo comparten la característica de incluir material heterogéneo, de desecho, o semielaborado.
Sólo los dos primeros incluyen armas, además de adornos.
Los tres formarían un grupo levantino relativamente homogéneo cuyo significado sería diferente al que plantearemos aquí para los hallazgos de la Meseta norte.
Los tres hallazgos meseteños (Fig. 1) tienen las siguientes características comunes.
Responden a un mismo impulso distributivo en un contexto cultural concreto, Bronce final, como pasos intermedios entre los núcleos atlánticos y mediterráneos.
Comparten la integridad de sus ejemplares (el 85% de los hallazgos del tipo aparecen seccionados).
Pertenecen a una determinada variante dentro de la diversidad del tipo V/E, Un caso geográficamente cercano y en relación con su interpretación como depósito ritual es el de los tres brazaletes hallados en el covacho de Solacueva de Jócano (Álava) (Llanos 1991).
Son tres pulseras de oro y plata que, aun sin ajustarse a la tipología V/E, y siendo más antiguas (el contexto está datado en 3710 ± 100 BP), comparten con el hallazgo de la Cueva del Silo el carácter de 'depósito escondido' y la presencia de paneles con expresiones gráficas.
Solacueva ha sido catalogada como un santuario, por estos hallazgos tan significativos, y contar con una espada pistiliforme atlántica del Bronce final (Delibes 2004: 226-227).
Hace tiempo Delibes et al. (1991) plantearon un modelo explicativo para un grupo de objetos de oro conocidos en la Meseta norte, entre los que se encontraba el brazalete de El Torrión.
Estos autores, siguiendo a Ruíz-Gálvez (1988), defendían su origen atlántico y su condición de regalos políticos que favorecían el tránsito por territorio meseteño, o sellaban alianzas y pactos.
El modelo se ponía en relación con la creciente demanda de materias primas, en especial cobre y estaño, a lo largo del Bronce Final.
Aunque se sigue discutiendo la dirección de estos contactos (quién regala qué a quién), parece cobrar fuerza la conexión Atlántico/Mediterráneo (Celestino et al. 2008), en particular desde la perspectiva de la transmisión tecnológica, que es la que nos interesa aquí (Armbruster y Perea 2007; Perea y Armbruster 2008).
En definitiva, pensamos que hay que seguir defendiendo el origen atlántico para la tecnología y el tipo V/E, donde se localizan el mayor número de objetos y persistencia temporal, además de las principales áreas de explotación de oro fluvial.
Por otro lado, el prolongado desarrollo en el tiempo de la tipología V/E explicaría la gran dispersión de los hallazgos y su variabilidad.
Podría darse, aunque con escasas posibilidades, que el lugar de hallazgo y el lugar de fabricación fueran coincidentes y, por más que detrás se escondan intercambios comerciales o políticos, es subyugante pensar que, en todas sus fases, tanto el proceso tecnológico de fabricación, como el depósito/ocultamiento de los objetos mantuvieran un significado ritual.
El ejemplar de la Cueva del Silo formó parte de esta historia en el devenir este-oeste de la península ibérica, que hizo de la Edad del Bronce uno de los periodos más "conectados" de nuestra Prehistoria.
En este sentido conviene recordar el poder de atracción que la Sierra de Atapuerca generó a lo largo de la Prehistoria reciente acumulando objetos, ideas y ritos (Alday et al. 2015).
El brazalete encontrado en la Cueva del Silo es una pieza de oro de gran pureza, con morfología correspondiente al tipo V/E de la Península Ibérica, que engloba toda una serie de objetos cuya dispersión ocupa fundamentalmente la fachada atlántica peninsular y, en menor medida, la fachada mediterránea y las Submesetas norte y sur.
El brazalete es considerado como un depósito, dado el carácter excepcional de la propia pieza y el contexto arqueológico en el que fue recuperada.
Correspondería a un caso típico de ocultamiento intencional, sin que podamos asegurar si éste formó parte de un ritual o fue un ocultamiento con otro tipo de significado, como ha sido propuesto en otros casos.
Su localización se une al grupo de brazaletes de similares características en la Meseta Norte como El Torrión o los de Abía de la Obispalía y La Torrecilla en la Meseta Sur.
Nuestro hallazgo podría suponer un hito intermedio en la distribución y/o intercambio entre los lugares de producción de oro en la fachada atlántica (cursos fluviales del NO peninsular) y la vertiente mediterránea, en cuya ruta, y en una ubicación estratégica como el Corredor de la Bureba, que conecta las cuencas fluviales del Duero y del Ebro, se encuentra la Sierra de Atapuerca.
Al equipo de investigación de Atapuerca (EIA), y en especial a los miembros del laboratorio de la Evolución Humana de la Universidad de Burgos, por su apoyo y esfuerzo durante las campañas de excavación.
Marta Negro Cobo, Directora del Museo de Burgos, nos facilitó el análisis de la pieza y la consulta de diferentes materiales depositados en dicho museo.
A Belén Notario (CENIEH) por su ayuda en el MEB y a Marta Francés-Negro que disfruta de una ayuda predoctoral de la Junta de Castilla y León (ORDEN/EDU1083/2013).
Agradecemos sinceramente la labor de los dos revisores que con sus correcciones y sugerencias han enriquecido nuestro trabajo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
El yacimiento arqueológico de Cerro Borreguero se localiza al noroeste del municipio de Zalamea de la Serena (Badajoz), a tan solo 2,5 km al oeste del enclave de Cancho Roano.
Se trata de una elevación artificial sobre un afloramiento de cuarcitas, situada a menos de 100 m de la margen derecha del río Ortigas, cuyo curso desemboca en el Guadiana 30 km más arriba, muy próximo a la necrópolis tartésica de Medellín.
Aunque en origen se trataba de un asentamiento en llano, el abandono paulatino y la reforma de los diferentes edificios de época protohistórica han provocado que en la actualidad se conforme como un montículo artificial de tendencia ovalada y orientación este-oeste que despunta en un paisaje de dehesa.
No obstante, su desnivel es muy desigual debido a que no todas las caras de la elevación presentan igual estado de conservación; así, mientras su lado sur se encuentra al mismo nivel que el suelo natural, su cara norte es muy pronunciada y, por lo tanto, es donde mejor se conserva tanto el alzado del túmulo como las construcciones que se ocultan debajo.
Esta desigualdad se debe a que el yacimiento se localizada dentro de una propiedad destinada al cultivo de secano, por lo que durante las últimas décadas del siglo XX fue víctima de las labores agrícolas que se desarrollaron en su entorno y que, como veremos a continuación, son la causa de parte de la destrucción del enclave.
Sin embargo, la alteración que han sufrido las edificaciones protohistóricas no se deben únicamente a los trabajos del campo, sino a la existencia de una construcción romana y, en concreto, a sus potentes cimientos, que han actuado con cierta agresividad sobre las fases más antiguas.
Este edificio de época romana tiene un gran interés, pero será objeto de estudio en otro lugar para así centrarnos ahora en las fases arqueológicas que aquí queremos tratar.
El yacimiento de Cerro Borreguero ha sido objeto de cinco campañas de excavación que han permitido documentar una completa secuencia de ocupación que arranca en la Prehistoria Reciente y se prolonga hasta época imperial, con la presencia de un hiatus entre los siglos VI ane y I ane.
El interés del presente trabajo se ciñe a la presentación y análisis de los edificios fechados entre el Bronce Final y la I Edad del Hierro al constituir, por un lado, el único ejemplo de arquitectura del Bronce Final documentada en el valle medio del Guadiana y, por el otro, el único yacimiento a partir del cual se puede realizar un análisis constructivo de la evolución de la técnica edilicia entre el Bronce Final y la I Edad del Hierro dentro de este espacio geográfico.
Los resultados derivados de los análisis constructivos llevados a cabo en Cerro Borreguero han permitido distinguir tres fases de ocupación: la fase I o etapa romana que comenzaría en época republicana y pervivió hasta época imperial a tenor de las cerámicas de paredes finas que aparecen en los niveles superficiales; la fase II o etapa de la I Edad del Hierro, que cuenta a su vez con dos subfases constructivas que caracterizaremos más adelante y, por último, la fase III que se adscribe al Bronce Final a partir de la existencia de una cabaña oval que hemos podido datar en el siglo IX ane a partir de análisis de C14.
La Fase I se corresponde así con la época imperial romana y será objeto de un trabajo pormenorizado en otro foro por su interés e imbricación con el paisaje de recintos-torres de esta época que domina la comarca de La Serena (Mayoral et al. 2011, con bibliografía; Celestino y Cazorla 2013), por lo que en este estudio solo serán objeto de análisis las fases correspondientes con el Bronce Final y la I Edad del Hierro.
Fase II: Hierro I (siglos VIII-VI ane)
La ocupación protohistórica de Cerro Borreguero está claramente diferenciada en dos subfases.
La primera, la fase IIa, se corresponde con el último momento de ocupación del enclave en la I Edad del Hierro hacia principios del siglo VI ane, momento en el que también se fecha la amortización de todas sus estancias mediante el relleno con piedras de granito irregulares y sin trabar para, posteriormente, sellar todo el espacio con una gran capa de arcilla roja que confiere a la elevación su apariencia tumular.
Esta práctica no es exclusiva del yacimiento de Cerro Borreguero, pues una capa de arcilla roja sellaba también el túmulo que ocultaba la construcción de Cancho Roano.
Al igual que el edificio de cronología romana, la planta conservada en esta fase IIb también tiene forma de 'L' invertida, o al menos así lo muestran los restos que han podido ser excavados (Fig. 2).
Sin embargo, no se puede descartar la posibilidad de que las labores agrícolas hayan arrasado parte de la construcción en su extremo sur y que, en origen, el edificio de la fase IIa tuviera una planta similar a la que poseen edificios más modernos como Cancho Roano "A" o La Mata, es decir, de tendencia cuadrangular.
No obstante, y aunque no existen muchos paralelos de Fig. 1.
Localización del yacimiento de Cerro Borreguero (Zalamea de la Serena, Badajoz) en la Península Ibérica (A) y en la comarca de La Serena (B) (obra derivada de PNOA2016 CC-BY ign.es, figura en color en la edición electrónica).
Pero a pesar de las similitudes que puedan existir entre las construcciones de ambos asentamientos, cuyo detalle más destacado es la presencia de una convivencia entre edificios de planta oval y rectangular, considerar la planta en 'L' de Cerro Borreguero como la planta original del último edificio protohistórico genera algunas dudas que se fundamentan, principalmente, en que la estancia que marca el eje más corto, norte-sur, es la habitación de mayor tamaño dentro de la construcción (estancia 100), además de ser la que presenta mayores particularidades dentro de esta última fase constructiva.
La estancia 100 del edificio protohistórico de Cerro Borreguero (Fig. 4) tiene planta ligeramente rectangular, de 5 x 6 m, aproximadamente, pues solo conocemos los cimientos de tres de sus muros al estar soterrado el occidental bajo la terraza romana; así mismo, el hecho de que parte de la construcción romana se levantara sobre los muros protohistóricos nos impide conocer la ubicación del vano de acceso.
Los cimientos conservan hasta 1 m de alzado en algunos de sus puntos y fueron construidos con cuarcitas de mediano y pequeño tamaño trabadas con barro sobre las que se levantaron muros de adobe, de entre 0,45-0,55 m, que fueron documentados en el relleno de la habitación durante su excavación.
Por último, el suelo de la estancia, como el resto de los suelos de las habitaciones de esta fase constructiva, se realizó con arcilla roja apisonada dispuesta sobre una lechada de arcilla marrón que da una gran consistencia a los pavimentos.
La singularidad de esta habitación 100, además de por ser la que mayores dimensiones posee, radica en la presencia de un hogar circular centrado en la mitad meridional de la estancia.
La estructura está realizada con arcilla sobre una base de piedras.
En su extremo septentrional se dispusieron varios ladrillos de adobe en posición horizontal que debieron servir para contener las llamas.
Fruto de su uso la plataforma central o focus conservaba aún la cama de cenizas y arcilla refractada por la acción del fuego (Fig. 5).
La excavación de la estructura permitió documentar varios niveles de uso diferenciados por la presencia de sucesivas capas de arcillas de distinto color y textura.
Del interior de la estructura se recuperó un interesante lote de cerámicas fabricadas a mano y decoradas, en su gran mayoría, con escobillados.
Finalmente, el hogar apoya sobre un relleno de piedras de granito de mediano y gran tamaño que sirvieron para colmatar la construcción de la fase III de Cerro Borreguero, lo que demuestra que la estructura circular ya existía cuando la construcción de la fase III estaba en funcionamiento.
El segundo elemento que destaca sobre el pavimento rojo de esta habitación es la presencia de una banda curva de unos 12 cm de anchura que atraviesa todo el indicar la leve inclinación del pavimento, aunque no se han encontrado canalizaciones para la evacuación del agua que, por otro parte, podrían estar soterradas bajo la terraza romana.
Por último, la estancia contaba con un banco corrido adosado al muro este, hoy prácticamente desaparecido, pues solo se conserva el arranque de sus cimientos.
La estancia 100, junto al resto del edificio correspondiente a la fase IIa, se puede fechar entre finales del siglo VII e inicios del siglo VI ane a tenor de los materiales cerámicos documentados.
Lamentablemente, el edificio romano impide conocer buena parte de la planta general del edificio protohistórico, incluso nos ha imposibilitado individualizar algunos de los espacios que se corresponderían con las diferentes estancias que conformarían la construcción.
Así, por ejemplo, la escalinata por la que se accede al edificio romano impide analizar cómo era la comunicación entre la estancia 100 y los espacios adyacentes.
Hasta el momento, y a partir de los cimientos conservados, hemos podido individualizar hasta ocho espacios, de los cuales seis parecen corresponderse con estancias y los dos restantes con pasillos de distribución que comunicarían el edificio en sentido este-oeste y norte-sur.
En cuanto a los elementos arquitectónicos secundarios, sabemos que algunas de estas estancias contaban con pequeños hogares encargados de calentar e iluminar los habitáculos.
Este es el caso de una de las estancias de la zona 600, donde pudo documentarse la existencia de un hogar construido a base de pequeños cantos de río en cuyo contorno la arcilla se encontraba completamente refractada y mezclada con cenizas.
El acceso a este edificio de la Fase IIa se practicaría por el este, en sintonía con los monumentos más destacados que conocemos de época tartésica, tanto del Guadiana, caso de Cancho Roano o La Mata, como del Guadalquivir, caso del Carambolo o Coria del Río (Esteban y Escacena 2013), estos últimos de adscripción fenicia según las más recientes investigaciones (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2007: 269; Escacena 2011).
No obstante, y desde nuestro punto de vista, si bien no albergamos dudas sobre el origen fenicio de los primigenios santuarios del Guadalquivir, parece obvio que a partir del siglo VIII ane, cuando precisamente se desarrollan los edificios mejor conocidos de Caura y el Carambolo, ya podemos hablar de santuarios tartésicos, pues es cuando los componentes fenicio e indígena interactúan y se desarrolla lo que conocemos como cultura tartésica (Celestino y López-Ruiz 2016: 232).
Por último, frente a esta entrada oriental se extendía un gran patio abierto pavimentado de arcilla roja que ocuparía una posición central en el que caso de que el edificio contara con una disposición simétrica de esquema en 'U'.
Otra de las características que llaman la atención en el yacimiento de Cerro Borreguero, y que se acentúa en la fase IIa, es que todas las estancias documentadas aparecen prácticamente vacías, colmatadas con cantos de río de mediano tamaño en seco que posteriormente fueron cubiertos con la capa de arcilla roja que sella esta última fase constructiva y, por ende, la amortización del edificio.
La escasez de materiales arqueológicos, el hecho de que todas las estancias estuvieran colmatadas siguiendo el mismo proceso y la ausencia de niveles de incendio en la parte superior del túmulo, como ocurre en otras construcciones posteriores del Guadiana Medio, caso de Cancho Roano o el túmulo de "Casas del Turuñuelo" (Rodríguez González y Celestino, 2017), indica que el abandono debió ser intencionado y no traumático.
Por último, subrayar la escasez de materiales al tratarse de un nivel de abandono, pero destacan las cerámicas realizadas a mano, mientras que las elaboradas a torno son testimoniales.
La fase IIb es sin duda la que presenta mayor interés arquitectónico y arqueológico; sin embargo, es la que nos ha llegado más desdibujada por la superposición de muros correspondientes a la fase inmediatamente anterior y a la construcción de las terrazas romanas, lo que dificulta el conocimiento de esta etapa.
De esta fase solo se ha documentado alguno de sus paramentos y un único pavimento, insuficientes en todo caso para presentar una planta completa de la edificación de la que forman parte.
Sin embargo, la particularidad de esta fase, fechada entre los siglos VIII-VII ane, reside en la relación directa que Fig. 6.
Vista aérea de la estancia 100 de Cerro Borreguero (Zalamea de la Serena, Badajoz) en la Fase IIa con el detalle de la banda blanca dibujada sobre el pavimento de la misma.
existe entre este primer edificio de muros rectos y la cabaña oval que caracteriza a la fase III.
El edificio de la fase IIb se localiza en el sector más septentrional del yacimiento, sobre el suelo natural, lo que significa que, a diferencia de las construcciones de la fase IIa, el edificio de esta etapa se levantó en el llano; es decir, a los pies de la cabaña oval, construida sobre la cota más alta del terreno.
Aparentemente, por los paramentos que hemos podido individualizar, parece tratarse de un edificio rectangular con eje este-oeste de más de 21 m de largo.
La excavación de algunos de los espacios individualizados del edificio de la fase IIa nos ha permitido comprobar que el interior de este primer edificio cuadrangular también estaba compartimentado.
Los escasos muros documentados de esta fase IIb conservan parte de su alzado de adobe e incluso restos del encalado que los enlució, lo que parece demostrar que la construcción fue amortizada para levantar el edificio posterior de la fase IIa, de mayor dimensión, pero sin destruir por completo el anterior, sino solo variando la disposición de su planta.
De esta forma, solo los tramos afectados por la construcción de los nuevos cimientos se han visto alterados.
Sin embargo, lo más relevante de esta fase constructiva es el diseño de algunas de sus esquinas.
En efecto, tras la excavación del extremo noreste de la elevación, se pudo comprobar que sus esquinas son redondeadas, es decir, que no traban en ángulo recto (Fig. 7).
Esta circunstancia se debe, probablemente, a la falta de pericia para levantar muros completamente rectos, lo que demostraría que estamos ante un ensayo arquitectónico que no culminará con éxito hasta la fase posterior.
Esta circunstancia, sin duda singular en el ámbito geográfico donde se desarrolla este estudio, lleva a plantearse cuestiones tan interesantes como la autoría de quieres ejecutaron la obra.
En este sentido, contamos de nuevo con el ejemplo documentado en el edificio MN23 de Castro dos Ratinhos, donde los autores vieron la clara presencia de un arquitecto fenicio o procedente del área tartésica en función del patrón de medida empleado para levantar el edificio (Berrocal et al. 2012: 177), si bien las carencias detectadas en la ejecución de la obra las atribuyen al empleo de mano de obra indígena (Prados 2010: 267).
Sin embargo, el ejemplo hallado en Cerro Borreguero parece que más bien correspondería con un proyecto planteado y ejecutado por alguien que ha visto o conoce la existencia de edificios de planta cuadrangular pero que, sin embargo, desconoce la técnica completa para llevar a cabo su construcción, de ahí que el resultado sea un edificio de muros rectos pero con esquinas redondeadas.
Así mismo, la ausencia de materiales de importación y el anecdótico porcentaje de cerámicas elaboradas a torno parece avalar que la autoría de la obra debió quedar en manos indígenas.
Bronce Final (siglo IX ane)
La fase III de Cerro Borreguero se corresponde con la primera ocupación del enclave.
Está caracterizada por la presencia de una estructura ovalada de grandes dimensiones ubicada en la parte más elevada del paisaje.
La cabaña, con una orientación oeste-este, conserva casi todo su trazado oriental, coincidente con la franja blanca descrita en la fase IIa que se detectó sobre el pavimento rojo de la estancia 100.
El resto de los cimientos de la cabaña están ocultos bajo las potentes terrazas de época romana, si bien se ha podido delimitar su extremo occidental al asomar ligeramente bajo la terraza romana que cierra el edificio por ese mismo lado (Fig. 8).
La cabaña apoya sobre la roca natural y conserva la totalidad del alzado de sus cimientos, compuestos por tres hiladas de piedras que alcanzan los 60 cm de Fig. 7.
Detalle del paramento de cierre del edificio de la Fase IIb en la esquina noreste de Cerro Borreguero (Zalamea de la Serena, Badajoz).
Por último, la superficie de los cimientos, así como el interior de la cabaña, conservaban aún restos de arcilla anaranjada muy plástica procedente de su alzado de tapial, hoy prácticamente desaparecido.
La cabaña parece que fue amortizada a finales del siglo VIII ane para construir sobre ella el edificio de planta cuadrangular de época protohistórica.
Su amortización se hizo respetando su trazado original y la totalidad de sus cimientos de piedra.
Al igual que el resto de las estancias que conforman el edificio proto-histórico, el interior de la construcción oval fue amortizado con cantos de río de gran tamaño dispuestos en seco.
Así mismo, la cabaña disponía de un hogar circular en su lado oriental que no fue destruido, sino que sobre su estructura se levantaron los hogares de las fases protohistóricas; es decir, se mantuvo el mismo eje en las diferentes fases de ocupación del lugar, lo que da una idea de la importancia simbólica del sitio.
La cabaña oval ha sido fechada en el siglo IX ane a partir de un análisis de C14 (Fig. 9) realizado en unos restos de carbón de madera localizados en su interior.
La muestra, calibrada al 95% aporta una cronología de Beta-406622: 2740 ± 30BP, Cal BC 970 to 960/Cal BC 930 to 820; por lo que fijamos la cronología de su uso en el siglo IX ane y su abandono y amortización a finales del siglo VIII ane, momento en el que parece que convive con la construcción cuadrangular de esquinas redondeadas de la fase IIb.
Esta cronología casa con el material documentado en la excavación de la estructura, que si bien es escaso, está fabricado en su totalidad a mano, destacando las piezas con decoración bruñida y escobillada.
La existencia de esta cabaña, así como la presencia de esquinas redondeadas en otros puntos del enclave, hace albergar la posibilidad de que existiera un pequeño poblado de cabañas bajo las construcciones romanas y protohistóricas, una hipótesis que se podrá ir corroborando a medida que se avance en la excavación del lugar.
Debemos destacar que nos encontramos ante la cabaña oval más completa y mejor documentada del Bronce Final del valle Medio del Guadiana.
Pero quizá lo más interesante es que por vez primera se documenta en esta zona y de una forma tan clara la evolución desde la cabaña circular a las primeras construcciones de muros rectos que, por otra parte, marca la transición entre el Bronce Final y el I Edad del Hierro.
Esta evolución ya se había documentado en otros yacimientos del sur peninsular (Aguayo et al. 1986; Chaves y de la Bandera 1991; Izquierdo 1998) como se ha tratado Fig. 8.
Vista aérea de la cabaña oval de la Fase III de Cerro Borreguero (Zalamea de la Serena, Badajoz) (en color en la edición electrónica).
Resultados de los análisis de C14 de muestras carbonizadas de madera de Cerro Borreguero (Zalamea de la Serena, Badajoz) (en color en la edición electrónica).
en un reciente trabajo (Celestino y Rodríguez González 2017), pero en el caso de Cerro Borreguero nos ilustra además sobre el marcado simbolismo y respeto por las construcciones antiguas que, por la forma en las que fueron amortizadas, debieron ostentar un marcado carácter público.
UN yACIMIENTO DE TRANSICIÓN
El yacimiento de Cerro Borreguero es el primer ejemplo con el que contamos para el estudio de la transición entre el Bronce Final y la I Edad del Hierro en el Guadiana Medio, una evolución que no se ha podido documentar fehacientemente en otros yacimientos de la zona por la ausencia de estructuras arquitectónicas que lo certifique, aunque no podemos olvidar que disponemos de otro ejemplo en el Bajo Guadiana ya mencionado en este trabajo, el caso de Castro dos Ratinhos, en la localidad portuguesa de Moura.
De ese modo, el enclave aquí presentado tiene tres claras fases de ocupación que se corresponden, respectivamente, con el período romano, el tartésico y el Bronce Final (Fig. 10).
Este último periodo está caracterizado por la construcción de una gran cabaña ovalada de aproximadamente 60 m 2 de la que se conserva sus cimientos de piedra.
Una vez amortizada la cabaña a finales del siglo VIII ane, se realizó un ritual en el que se utilizó al menos una cazuela a mano y pintada post-cocción cuyos fragmentos aparecieron dispersos sobre el cimiento de la cabaña.
El primer edificio protohistórico se construyó hacia finales del siglo VIII ane, mientras que el segundo debió levantarse hacia mediados del siglo VII ane, abandonándose a comienzos del siglo VI ane tras limpiarlo y amortizarlo con piedras de mediano tamaño sin trabar.
El abandono del último edificio tartésico en torno a los primeros años del siglo VI ane coincide con el momento de construcción del primer edificio de Cancho Roano o "CR-C", lo que nos lleva a pensar que Cerro Borreguero sería el antecedente directo del santuario, construido a tan solo 2,5 km aguas arriba del río Ortiga.
Carecemos de datos concluyentes que nos permitan saber cual fue la causa por la que se abandonó Cerro Borreguero; tal vez este cambio de estrategia se deba a que el río Ortigas se seca durante el período estival, al contrario de lo que sucede con el arroyo Cagancha que discurre al este del edificio de Cancho Roano y que se nutre durante todo el año de la vena de agua que pasa por debajo del mismo (Celestino 2005: 781); no obstante, es un argumento que está pendiente de poder ser contrastado con los pertinentes análisis paleoambientales del entorno.
Igualmente, llama la atención cómo en el análisis del territorio en el que se insertan ambas construcciones se ha podido detectar que sendos edificios controlan vi-sualmente áreas distintas, sin que exista contacto alguno entre ellos; una cuestión que deberá ser analizada con detenimiento, pues otra de las razones del cambio podría radicar en la intención de hacer menos visible el enclave, ocultándolo en una vaguada dentro de la densa dehesa que lo rodea.
En cualquier caso, las similitudes arquitectónicas que presenta el último edificio protohistórico de Cerro Borreguero con el primer santuario de Cancho Roano (Cancho Roano "C") son innegables, así como su contemporaneidad, lo que favorece la hipótesis sobre una continuidad constructiva entre ambos enclaves.
Por último, solo cabría otorgarle una funcionalidad a este edificio.
Aunque parece una deducción lógica si Trab.
Se han realizado prospecciones arqueológicas y geofísicas en el entorno inmediato de Cerro Borreguero para detectar estructuras de habitación que pudieran complementar la existencia de los edificios descritos, pero los resultados han sido fallidos, por lo que debemos considerar el enclave como un lugar aislado en el campo, en una ubicación y contexto muy similar al de Cancho Roano.
Frente a ello, la presencia de grandes contenedores cerámicos y su proximidad a excelentes tierras de vegas dibujadas por el río Ortiga, lleva a pensar en el genuino carácter agrícola que tendría esta construcción, por otro lado obvia si se tiene en cuenta su localización en el llano.
Pero como es habitual en este tipo de investigación, solo futuros trabajos podrán despejar las incógnitas que aún suscita el enclave, pero que sin embargo ya ha abierto una nueva vía para conocer la etapa de transición entre el Bronce Final y la I Edad del Hierro en la cuenca medida del Guadiana.
Al Ayuntamiento de Zalamea de la Serena por la ayuda prestada en los trabajos de excavación, a Manuel Cumbre, propietario de la finca en la que se localiza el yacimiento de Cerro Borreguero, por permitirnos llevar a cabo los trabajos arqueológicos, así como al equipo de trabajo que durante estos años ha participado en las distintas campañas de excavaciones, especialmente, a José Ángel Salgado, codirector de la excavación durante las tres primeras campañas. |
La aparición del Estado es el acontecimiento más importante en la historia política de la humanidad.
Antes de hace unos 5500 años todos las sociedades humanas se organizaban exclusivamente mediante sus sistemas de parentesco.
Esas sociedades consistían en unidades domésticas que disponían de los conocimientos necesarios para producir y reproducirse y que tenían acceso a los recursos naturales necesarios para esa producción.
Por lo tanto, las diferencias entre individuos se limitaban a las de edad, género y atributos personales.
A partir de entonces en Mesopotamia y después de forma independiente en Egipto, Asia meridional, China, Mesoamérica, Sudamérica andina y desde hace tan solo 250 años en Hawaii, sociedades organizadas sobre la base del parentesco fueron reemplazadas por sociedades de clase, con sistemas intensificados de producción, una división del trabajo especializada, acceso desigual a recursos, diferencias hereditarias de riqueza y poder y una organización política que garantiza estas desigualdades mediante un ejército, una religión eclesiástica y una burocracia fiscal que recauda y administra los recursos necesarios para mantener tales instituciones.
Una vez establecido el Estado se extiende desde sus centros originales y en sus formas modernas industrializadas se ha tragado el mundo entero.
La naturaleza del Estado es el principal objeto de estudio de la Ciencia Política, pero su origen es uno de los temas de la Prehistoria (ya que el registro histórico aparece como un derivado de los requisitos burocráticos de estados ya existentes).
James C. Scott es, según sus propias palabras, "a card-carrying political scientist and an anthropologist... by courtesy" (p. x) que en sus obras anteriores (The Moral Economy of the Peasant [1976], Domination and the Arts of Resistance [1980], Weapons of the Weak [1985], Seeing like the State [1998], etc.) ha desarrollado una visión del Estado desde el punto de vista de sus clases oprimidas.
En este nuevo libro Scott invade el terreno de la Prehistoria y la Arqueología antropológica y su perspectiva es particularmente útil porque va en contra de lo que (a pesar de considerables críticas recientes) la mayor parte de los estudiosos certificados en esas disciplinas siguen manteniendo como el relato dominante sobre el origen del Estado.
Para ellos, el Estado surge porque una organización jerárquica es necesaria para dirigir los sistemas de pro-ducción e intercambio intensificados que le caracterizan.
Esta visión corporativista, orgánica del Estado se remonta por lo menos a Platón y, por supuesto, Scott la rechaza por completo.
El propósito de su nuevo libro es examinar el caso de Mesopotamia, el primer estado de la Historia, para demostrar su opinión de los beneficios y el bien público recibidos por los plebeyos: "Much, if not most, of the population of the early states was unfree; they were subjects under duress. (...)
Su argumento central, y de ahí el título de su libro, es que la recaudación de tributos, el requisito esencial de cualquier Estado, depende del cultivo de cereales (trigo y cebada en el Cercano Oriente, arroz y mijo en Asia Oriental, maíz en las Américas).
Estos cultivos son "legibles" en el sentido que Scott desarrolla en su Seeing like the State: crecen sobre tierra, se cosechan durante un intervalo previsible y se pueden almacenar a largo plazo, con lo cual pueden ser objeto de impuestos, diezmos, etc.
Scott empieza con un resumen brioso y perspicaz de como la especie humana llegó a depender del cultivo de cereales.
El proceso se inicia con el uso del fuego por cazadores paleolíticos para concentrar el crecimiento de la nueva vegetación y por lo tanto de los herbívoros a los que cazaban.
Esto lleva a su vez al establecimiento de campamentos más duraderos, al manejo sistemático de las manadas concentradas y al cultivo ocasional de granos anuales, es decir un proceso (la "Revolución neolítica") que culmina con una dependencia completa de los amos sobre esas especies tan laboriosamente cuidadas y controladas.
Scott expresa cierta perplejidad sobre las razones por las cuales los habitantes del Cercano Oriente tomaron el paso fatídico de cultivar granos: "As long as there were abundant stands of wild foods they could gather and annual migrations of waterfowl and gazelles they Trab.
Su solución es suponer que ese paso ocurrió en lugares donde el cultivo no sería laborioso, es decir, donde se podía sembrar en tierras recientemente inundadas (como el delta mesopotámico).
Esto es una nueva versión (sin cita) de la "Hipótesis del Oasis" de Gordon Childe.
El problema con esta propuesta es que ignora el hecho de que hubo revoluciones neolíticas en todos los continentes donde la agricultura era posible.
Esto ocurre porque la movilidad necesaria para la caza y la recolección es incompatible con el almacenamiento a largo plazo: el cazador-recolector puede vivir con suficiente abundancia la mayor parte del tiempo, pero cuando llega un año malo (y tarde o temprano llegará), hay poco a lo que recurrir.
Dicho de otra manera, la caza y la recolección en general no puede intensificarse.
Pero cuanto más trabajo invierte un labrador o un pastor más produce y más puede almacenar en su granero o en su rebaño.
La domesticación surge y, una vez establecida, se difunde inexorablemente precisamente por ser más laboriosa.
Que la agricultura permita la extracción tributaria es una consecuencia imprevista de decisiones tomadas por agentes que, como dice Scott en otro contexto, "given their resources and what they kn[e]w, [were] acting reasonably to secure their immediate interests" (p.
Una vez que la agricultura se establece, existe ya la base para el Estado.
Una vez que los agricultores neolíticos preparan sus campos, crían bueyes para ararlos y construyen sistemas de regadío para darles agua, crean recursos productivos y generan excedentes que son de valor para otros y tienen que defenderse: ¿quis custodiet ipsos custodes?
Que el Estado tiene su origen en el chantaje es fundamental en los argumentos de Scott en el resto del libro.
Estos son que el cultivo de cereales (visibles, divisibles, almacenables y transportables) permite la imposición de impuestos, que el control sobre los excedentes almacenados y los plebeyos que los producen requiere el desarrollo de ciudades fortificadas y sistemas de contabilidad, y que varios tipos de servidumbre (desde el reclutamiento temporal a batallones de trabajo, pasando por peonaje endeudado, hasta llegar a la esclavitud directa) son necesarios para la recaudación de esos excedentes.
Por otra parte Scott arguye que el hecho de que el Estado dependa de la coerción contribuye a su fragilidad en casos particulares.
La explotación excesiva de los productores en primera instancia conduce constantemente a que estos se escapen y, ocasionalmente, a que se subleven.
Las reiteradas guerras necesarias para defender los excedentes (y obtener cautivos) pueden perderse y, si la mala gestión se combina con otros desastres probables (sequías, sobreexplotación del suelo, plagas en poblaciones concentradas en ciudades, etc.), los estados podrían derrumbarse (como frecuentemente ocurrió).
Desde mi punto de vista (como practicante certificado de las disciplinas que Scott invade), su énfasis sobre "which class ensures its economic security at the expense of whom" (p.
206) constituye un alternativa saludable al funcionalismo panglosiano de demasiados de mis colegas.
Sin embargo, su perspectiva debería ampliarse a los estados arcaicos fuera del Oriente cercano y lejano.
21) es un error puro y simple.
Los cultivos principales del reino yoruba eran la batata y la mandioca.
En el estado inca y en sus predecesores en la Sudamérica andina los campesinos entregaban la mayor parte de sus tributos en forma de patatas.
Y el estado prístino que el capitán Cook encontró en Hawaii cultivaba boniato y taro en sus campos aterrazados y regados, pero ningún cereal.
Como Childe ya sabía, la inversión de capital en la tierra es la que permite a los señores enjaular a sus plebeyos.
La condición de los plebeyos en los estados pre-industriales da amplio pie a las simpatías anarquistas de Scott.
En su discusión en el último capítulo de las sociedades que se desarrollaron en la periferie de los estados arcaicos (The Golden Age of the Barbarians), él mismo reconoce, sin embargo, que la vida fuera del Estado presentaba dificultades.
Puede ser que los bárbaros en las montañas del Zagros o en la Germania libre tuvieran vidas más largas y saludables que los plebeyos de una ciudad-estado en Mesopotamia o del Imperio romano, pero esos bárbaros eran la principal fuente de los esclavos importados por esos estados.
La falta de centralización política no es lo mismo que la ausencia de jerarquías: algunos bárbaros eran más iguales que otros.
En un Estado, los miembros de la clase dirigente, si gestionan sus propios intereses con inteligencia, deben (hasta cierto punto) cuidar del bienestar colectivo de sus súbditos: quieren poder explotarles en el futuro.
En un cacicazgo, el jefezuelo se interesa solo por el bienestar de sus propios seguidores.
No hay ejemplos en la Historia de sociedades en las cuales sea posible una acumulación diferencial de riqueza y no haya a largo plazo jerarquías hereditarias, pero las jerarquías estables e institucionalizadas tienen sus virtudes.
Un anarquista prudente no querría vivir en Somalia.
La importancia de este libro está precisamente en la reivindicación útil y necesaria del estudio de lo que los arqueólogos llamamos "la cultura material".
Este consiste en agrupar y considerar todos los objetos hallados, clasificarlos y catalogarlos para llegar a concretar tipos y prototipos de cada clase.
Los autores se interesan en la problemática actual del denominado "broche de cinturón con decoración prevista en el molde", un tema recurrente en los trabajos arqueológicos y cuyo interés parece menguar hoy día.
El estudio de los objetos que forman la cultura material de cualquier yacimiento debe renovarse y valorarse, dada su enorme importancia en Arqueología, sobre todo, si se tienen en cuenta disciplinas como la Etnología, la Historia, la experimentación, etc.
El principal fin de estudiar un objeto va cambiando y, en el caso de los broches mencionados, se valora su producción, comercio, reparación y perdurabilidad.
Esta obra los hace atrayentes al presentarlos bajo varios criterios de tipo material, formal y funcional.
Se aparta de conceptos preconcebidos a la hora de formular un catálogo tipológico y poder llegar a los elementos diacríticos, que van desde el origen del objeto hasta su motivación creativa, aprovechando toda la información del objeto en sí para su reconstrucción histórica.
Los broches de cinturón, junto con los botones, las fíbulas serpentiforme, las de doble resorte y las de resorte bilateral y las agujas, también relacionados con la vestimenta, aparecen por primera vez en la península ibérica durante el período de transición a la Edad del Hierro stricto sensu (en torno al siglo VII a.
Se encuentran sobre todo en equipos funerarios, en un momento de variados y numerosos elementos por tumba, que destacan por un aumento de objetos de bronce, un cambio total de formas cerámicas y la incorporación de los primeros objetos de hierro.
Los más repetidos son el cuchillo y los elementos de dominio y ornamentación personal.
Es un momento genial para conocer un creciente proceso de diferenciación social, y por lo tanto este libro aprovecha muy bien esta oportunidad.
La introducción de la obra muestra la historia de los estudios tipológicos del broche que han pasado de la simple descripción morfológica y funcional a una aproxi-mación científica con criterios de clasificación compleja.
La pieza está bien repartida por la península ibérica y, en especial, por la costa mediterránea y la Meseta oriental.
Se ha estudiado desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, en general, vinculando su distribución con influencias externas.
Las más de 400 referencias citadas recogen desde estudios específicos a otros más numerosos de tipo regional.
La propuesta de clasificación tipológica de los broches de cinturón de garfios de R. Graells y A. L. Lorrio me parece relevante, aunque se refiere en concreto a los broches de cinturón de un solo garfio y escotaduras (abiertas o cerradas).
Este grupo tiene prevista en el molde la decoración de las piezas, un rasgo que ha resultado básico para la realización de los tres catálogos reunidos en la parte 3 (pp. 151-226).
Las diferentes partes de un broche, bastante conocidas, se resumen en 6 puntos clave además de la decoración, si bien se ordenan las partes (aquí códigos) para dar nombre a los diferentes grupos.
El número de garfios establece los tipos, mientras la placa, el talón, las escotaduras, los apéndices laterales, el sistema de fijación y la decoración caracterizarán los subtipos.
Cada uno de ellos admite pequeñas variantes que responden a la impresión y espontaneidad del productor artesanal, especialmente en la decoración.
Parece un ordenamiento lógico, de lo particular a lo global, para la clasificación de todos los broches de cinturón con garfio.
Un capítulo combina una aproximación tipológica a las variantes del tipo Acebuchal clásico (C.II de Cerdeño 1978 /B.I.D1 de Lorrio 1997 y alguno más) (en Catálogo A) con otra tecnológica basada en la fundición en moldes de piedra que puede completarse con otras técnicas de carácter decorativo.
Los sistemas de fijación del broche están bien considerados como elementos técnicos y cronológicos.
El apartado acerca de la decoración es uno de los más atractivos y geniales, a pesar de que la variedad de los motivos expresados en todas las partes del broche, complica la catalogación y es un probable inconveniente para utilizarla en nuevos casos.
Esta complejidad se suaviza con los maravillosos dibujos que incluye el capítulo.
Le sigue otro sobre "producciones emparentadas".
Destaca el probable antecedente del broche "tipo Fleury" (topónimo del primer hallazgo en Francia) con un garfio y decoración calada.
Es uno de los más antiguos conocidos y se concentra mayoritariamente en el Golfo de León, entre Cataluña y el sur de Francia a finales del siglo VII, un momento muy próximo a la llegada de comerciantes mediterráneos.
Este capítulo incluye también otros objetos exóticos que aparecen coetáneamente al broche anterior, así como otro tipo con uno o más garfios, que conllevan la aplicación de una lámina decorativa en rebajes previstos en el molde (incluidos en el catálogo CAT.C).
Es evidente que esta pieza está acoplada a otra y que irían unidas a una lámina de bronce u otro material mediante una base orgánica.
Para ambos términos se emplea el binomio "parte activa-pasiva" o "macho-hembra" binomio este último que deberíamos olvidar.
El broche es un objeto bien trabajado con buena mezcla de cobre con altos contenidos de estaño (estudio analítico de Ignacio Montero).
Es un indicador de estatus social, de riqueza, de edad y de género de quien lo porta, como muestra su hallazgo mayoritario en necrópolis.
La parte 3 corresponde al catálogo de los broches estudiados, contextualizados o no. Los autores plantean algunas preguntas iniciales que quisiera abordar someramente.
Todos los objetos arqueológicos con forma, fragmentados o no y contextualizados, cualquiera que sea su materia, merecen un estudio morfológico, tipológico, cronológico y funcional.
Las piezas descontextualizadas son dignas de catalogación si cuentan con un interés adicional de carácter estético o museístico-artístico.
Los broches están agrupados en tres catálogos organizados por áreas geográfico-culturales (apartado 2, cap. VII).
Cada grupo se acompaña de mapas de distribución de muy buena calidad y agradable a la vista, así como de una ficha con una imagen de cada pieza.
Es el más numeroso, con más de 80 piezas, concentradas en el noreste de la península ibérica y en la Meseta Oriental.
"Broches de placa cuadrangular con decoración prevista en el molde" (Tipo 1.6.4.1/3.1/2.4.1/2/3/7b.A-B) incluye variantes de placa cuadrada o rectangular sin escotaduras y un garfio, incorporando una decoración a molde, que suele complementarse con otras técnicas decorativas.
Está circunscrito al Valle del Ebro y la Meseta Oriental, con unas 13 piezas.
"Broches con aplicación de lámina decorativa en rebajes previstos en el molde", incluye piezas de uno a seis garfios, tipológicamente más evolucionados.
Finaliza el libro con el análisis metalográfico elemental de 22 broches, cuyos resultados son pequeñas variantes de composición, elaborados con una buena mezcla de cobre y estaño.
Solamente difiere el ejemplar de la necrópolis de La Olmeda-Guadalajara (cat.
Acaba con un estudio tecnológico de dos broches de cinturón de la Fonteta (Guardamar del Segura) y de Monte Bolón (Elda).
Esta investigación acerca del procedimiento de elaboración de un objeto debería ser básica en cualquier descripción del objeto en sí y todavía no es suficientemente estimada.
Se agradecen unas conclusiones muy concisas, en las que se resalta la importancia del estudio de los broches de cinturón y en general del análisis de la cultura material.
La revisión de conjunto de estos elementos propios de la vestimenta permite proponer una evolución desde los más antiguos del "tipo Fleury" en el Golfo de León y NE peninsular, al circuito del sur con el "tipo Acebuchal".
Más tarde se desplazarían hacia el interior peninsular, especialmente en el este meseteño, con morfologías y técnicas decorativas más variadas.
El libro está bien escrito y muy bien ilustrado, lo que invita a interesarse por el tema.
El santuario ibérico y romano de La Serreta (Alcoi, Cocentaina, Penàguila).
Prácticas rituales y paisaje en el área central de la Contestania.
Recuperar y dotar de nuevos contenidos a un espacio arqueológico con un recorrido de un siglo de investigaciones no es tarea fácil, pero en ocasiones nos encontramos ante fantásticas excepciones, como la obra que tenemos delante.
Esta reciente publicación se gesta desde la colaboración entre la Universidad de Alicante y del Museu Arqueològic Municipal Camil Visedo Moltó, orientada a la revitalización de un asentamiento excepcional y emblemático de las sociedades iberas: La Serreta de Alcoi.
Pero va más allá, porque quien observa con cierta perspectiva pronto percibe que estas investigaciones han superado la fragmentación historiográfica y se han traducido en actuaciones directas y análisis sistemáticos que atañen a un territorio que se ha convertido en punto de referencia (juntos a otros asentamientos de la zona, como el Puig de Alcoi) para analizar el poblamiento en época ibérica.
De manera específica, este libro se centra en la 'montaña sagrada' que, como indica Antonio Francés, alcalde de Alcoi, en el prólogo a la obra, se muestra en su perfil fosilizado, identificando a un territorio, a una ciudad que 'se reconoce orgullosa en su patrimonio'.
Sin duda, el perfil de La Serreta ha sabido acoger e identificar a las comunidades que habitaron su entorno durante miles de años, erigiéndose como un símbolo que agrupa una historia propia, también en lo relativo a las experiencias religiosas, vividas en momentos distintos.
Este es, desde mi punto de vista, uno de los grandes valores y aciertos de esta publicación: focaliza su interés en una temática pero lejos de mantener una perspectiva restrictiva, incorpora la visión diacrónica, esencial para comprender algunos procesos relacionados con la religiosidad.
Precisamente interesa remarcar que se trata de una lectura de procesos, de la que poder inferir aspectos relacionados con los cambios en las formas de apropiación religiosa del espacio.
Así, esta obra se impregna de nuevas preguntas y perspectivas de análisis del registro arqueológico que identifican planteamientos vanguardistas.
La monografía se organiza en tres bloques generales que reflejan las distintas escalas de aproximación al espacio religioso de La Serreta, en el que tienen un papel fundamental las lecturas sobre el territorio.
En él se aborda el necesario análisis historiográfico, desde los primeros hallazgos, pasando por las destacadas actuaciones de Camil Visedo Moltó y de Vicente Pascual, para desembocar en las más recientes intervenciones.
Se desarrolla un detallado recorrido por las excavaciones realizadas, así como por los estudios y publicaciones que han contribuido a configurar el esquema interpretativo de este santuario.
Además, supone una aproximación al elenco de hitos principales, al mismo tiempo que un estado de la cuestión sobre el sitio, incidiendo en aspectos relevantes e inacabados, como el conocimiento de la colección de terracotas de este santuario.
El apartado de los planteamientos teóricos incluye algunas de las líneas más novedosas de análisis de las manifestaciones religiosas en las sociedades iberas.
Uno de los aspectos tratados -de gran importancia-tiene que ver con la ritualidad, abordada desde la certeza en la viabilidad de análisis de los canales de expresión ritual.
Todo ello como una variable más para analizar los mecanismos de socialización y de agregación, leídos desde perspectivas múltiples, pero teniendo como referencia el sentido de la comunidad como protagonista de los procesos históricos.
Procesos que dejan huella, que se fosilizan en el paisaje que, a su vez, dota de forma y contenido a las narrativas míticas y religiosas que contribuyen a codificar el culto, tal y como recogen los autores.
La segunda parte del libro plantea una reinterpretación de datos antiguos, a partir de dos grandes ejes: el estudio del espacio y de algunos materiales fundamentales.
El análisis espacial y arquitectónico se convierte en clave para dilucidar la transformación de las prácticas religiosas en La Serreta.
El foco de la dinámica religiosa se comprende desde la ocupación en el extremo oeste, para la que se propone una primera fase de uso como lugar de culto al aire libre (siglo III a. n. e.) que posteriormente es resignificado en un espacio sagrado de época romana.
Además se incorporan otros ámbitos, como el Sector A, ocupado en época romana, al que se le aplica un análisis del diseño edilicio que resulta clave para la comprensión e incluso para la afinación cronológica.
El contraste con otras áreas iberas, como parte del método, es una constante en el libro, en la búsqueda de la comprobación de los procesos por encima de los hechos singulares.
Gran interés tiene el análisis de las terracotas, en el que se incorporan dos importantes colaboraciones, las de Mireia López-Beltrán y Gianni Gallello.
Lejos de reducirse a un catálogo de materiales, este análisis se aborda desde la dialéctica entre el espacio y el paisaje.
Partiendo de los sistemas de producción, que adquieren una función destacada (contando con tests específicos relacionados con la composición y procedencias de las arcillas empleadas), este estudio supera los férreos límites de lo formal para profundizar en los procesos de fortalecimiento identitario a través de la representación votiva.
Por ello, el análisis de la gestualidad y de los comportamientos rituales ocupa un espacio relevante.
Muy interesante a nivel metodológico es lo que los autores definen como los "mapas de corporalidades", en una línea muy novedosa en el contexto ibero, que tiene como objetivo el estudio de la propia percepción de los cuerpos en estas sociedades.
Signos formales y símbolos rituales o elementos que aluden al género o a la edad, se definen a través de las propias decoraciones de los cuerpos que, como se observan en otros contextos, son fundamentales para la comprensión del rito.
Bajo estos planteamientos se incorpora la variable temporal en el análisis, en la medida en que la apariencia física implicada en el ritual cambia y se organiza en estadios, contribuyendo a 'construir a las personas socialmente'.
Las lecturas son complejas y los autores se posicionan interpretativamente aludiendo a ámbitos simbólicos diferentes: el de los antepasados que complementa el espacio de las rogativas que contribuyen a la cohesión social; el espacio ritual y social de la iniciación y, por supuesto, el ámbito de representación de la divinidad.
La lectura diacrónica sigue presente y es necesaria para 'ordenar' un conjunto material adscribible a una horquilla cronológica que va del siglo III al I a. n. e.
El último apartado aborda temas variados en los que siempre está presente la comprensión de las dinámicas del paisaje, a partir de análisis exhaustivos que culminan en la aproximación a los procesos de cambio cultual y social en torno al hito que es La Serreta, a los que se incorporan los mecanismos de relación ritual de diferentes zonas (peregrinaciones desde áreas rurales, movilidad territorial, etc.).
De esta forma, resultan muy sugerentes algunas propuestas como la que hace referencia a los cambios producidos en el siglo III a. n. e. que desembocan en nuevas estrategias ideológicas que convierten a esta ciudad ibera en lugar central en la propia ordenación y regulación del culto.
En este contexto se integran las lecturas sociales, profundizando en los análisis de identidad e identificación social.
La propia evolución territorial se llena de contenido a través del análisis de procesos que creo de gran relevancia.
Algunos de ellos tienen que ver con el cambio y la selección meditada de la ofrenda ya en época romana, que conduce a la revitalización de la imagen de la divinidad.
Es importante contextualizar este tipo de transformaciones, como hacen los autores, en la medida que ayuda a reconstruir el mapa de situaciones, altamente heterogéneas, de transformación religiosa post-Segunda Guerra Púnica.
Mapas de procesos que responden a dinámicas de carácter local, en las que median recursos propios que permiten definir las formas de romanización de los territorios iberos y cómo se plasman en el culto, alejándose de los modelos ideales que contraponen la realidad indígena a la exógena, como un binomio cerrado.
La conclusión de este libro incide en estos planteamientos y aboga por el análisis de un proceso histórico local.
Desde un punto de vista formal cabe destacar la cuidada edición de este libro, que incorpora un corpus amplio de imágenes a color, entre las que destacan las magníficas fotografías aéreas de La Serreta, que abren los diferentes capítulos.
Prehist., 75, N.o 1, enero-junio 2018, pp. 181-186, ISSN: 0082-5638 Considero que esta publicación se convertirá en poco tiempo en una obra de necesaria consulta, ya que pone de manifiesto la importancia y utilidad de superar los anquilosados modelos historicistas y de reformar las interpretaciones a partir de planteamientos teóricos nuevos.
Un ejemplo de la renovación en el análisis de la religiosidad ibera que se convertirá en referente indiscutible.
También debe destacarse el valor del trabajo y colaboración colectiva entre instituciones diferentes que contribuyen a la revalorización de un espacio de gran trascendencia en el paisaje social actual.
No imagino mejor homenaje y conmemoración del centenario del descubrimiento arqueológico de La Serreta que esta mirada al pasado que es, sobre todo, una mirada al futuro.
Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica, Universidad de Jaén.
Campus Las Lagunillas s/n. |
de investigación implicados hacia la sociedad.
Esta obra muestra cómo el estudio de los cambios paleoambientales se ha convertido en una herramienta de gran interés para afrontar y superar el cambio climático actual.
Este es uno de los principales retos a los que se enfrenta la humanidad en este siglo, derivado directamente de las debilidades y contradicciones de nuestro modelo de desarrollo. |
Las investigaciones arqueológicas de las comunidades agrarias del VI al II milenios a.
C. en la Península Ibérica han sufrido transformaciones fundamentales en los últimos 25 años.
Este artículo trata de proporcionar una visión general de esta investigación considerando tres temas: 1) los cambios en la teoría, la perspectiva y la práctica, 2) el descubrimiento de nuevos sitios o tipos de sitios, y 3) la evolución de las metodologías y técnicas analíticas.
Se concluye con algunas reflexiones sobre posibles futuros desafíos y direcciones para la investigación.
El Pedroso (Zamora); 7.
Palazuelo de las Cuevas (Zamora); 8.
Las Peñas de Quiruelas (Zamora); 9.
Cisterna/Almonda (Torres Novas); 13.
Penedo de Lexim (Mafra); 17.
La Traviesa (Sevilla); 32.
El Trastejón and Pico Centeno (Huelva); 33.
Valencina de la Concepción and Montelirio (Sevilla); 35.
Fuente Camacho (Granada); 38.
Cueva de los Murciélagos (Córdoba); 39.
Marroquíes Bajos (Jaén); 41.
Castellón Alto (Granada); 42.
Los Millares (Almeria); 43.
Gatas and Las Pilas (Almería); 44.
La Bastida (Murcia); 45.
El Abric de la Falguera (Alicante); 48.
El Cabezo de la Escoba (Alicante); 49.
El Castillejo and Valle de las Higueras (Toledo); 51.
Casa Montero and Camino de las Yeseras (Madrid); 52.
La Lámpara, La Peña de la Abuela, La Sima, and La Revilla del Campo (Soria); 53.
El Mirón (Cantabria); 55.
Las Yurdinas (Álava); 57.
San Juan ante Portam Latinam (Álava); 58.
Cueva de Chaves (Huesca); 60. |
y que fuera necesario repensar a fondo ese proceso histórico en términos de un desarrollo autóctono.
Una vez que las grandes líneas de la cronología prehistórica ya están bien definidas, la principal tarea pendiente en la investigación cronológica de la Prehistoria Reciente de la Península es establecer y perfeccionar a base del radiocarbono las subdivisiones de las secuencias regionales.
rica durante los primeros dos tercios del siglo pasado dependió en parte del registro muy incompleto y relativamente pobre que se trataba de organizar.
Los datos disponibles no daban de si para la construcción objetiva de secuencias detalladas.
Por una parte, no había grandes poblados con acumulaciones estratigráficas milenarias que posibilitaran la elaboración de cronologías por el Principio de Superposición (y la técnica arqueológica de aquel entonces no permitía desenredar las estratigrafías centenarias que en ciertos yacimientos se habían descubierto).
Por otra parte, en España y Portugal no existían conjuntos cerrados de acumulación breve con materiales distintivos mediante los cuales explotar el Principio de Asociación para construir seriaciones cronológicas fidedignas.
De hecho, durante la Edad del Bronce, cuando la práctica de la inhumación individual debería permitir tales construcciones, los ajuares son demasiado monótonos para que las seriaciones sean, aún ahora, convincentes.
Evidentemente, en la Península como en otras partes, la aplicación del esquema evolutivo de las Tres Edades permitía distinguir un Mesolítico, un Neolítico, una Edad del Cobre y una Edad del Bronce, pero el registro disponible no justificaba subdivisiones de mayor precisión.
A esta estructura rudimentaria los prehistoriadores impusieron, como Martínez Navarrete (1989) nos ha explicado, sus narrativas históricas.
Algunos de estos discursos eran españolistas, diseñados para demostrar el arraigamiento de las características nacionales en los más remotos tiempos (vg. las contribuciones a Menéndez Pidal 1947).
Otros (Bosch Gimpera 1932) subrayaban que la diversidad regional del presente remontaba a la Prehistoria.
Los detalles de cada una de estas prehistorias variarían según el relato particular del escritor en cuestión, pero a la hora de dar una dimensión absoluta a la secuencia, todos se apoyaban en el orientalismo promovido para la Península desde los inicios de los estudios de estos temas por Luis Siret (vg.
1907]]) y sistematizado a escala europea por las síntesis de Childe (1925 y revisiones subsecuentes).
Las secuencias históricas del Mediterráneo oriental daban la única posibilidad de fechar las de Occidente, por una parte, y el desarrollo tecnológico y social, evidentemente mayor, de las primeras proporcionaba una explicación a prima facie de su influencia sobre las segundas, por otra.
La cronología tradicional fijaba los inicios del Neolítico entorno al 3000 a.C. Como ya comentaba Tarradell (1962: 74): "La relativa unanimidad de los prehistoriadores de dar [esta] fecha..., ¿se apoyaba sobre una base objetiva, sobre algún dato concreto?
Se llegaba a tal fecha porque cualquiera otra anterior remontaría a tiempos a los cuales no llegaba la Historia ni el Próximo Oriente, ni en ninguna otra parte.
Los inicios de la Edad del Cobre, por contraste, se fechaban mediante abundantes ejemplos concretos de materiales en diversos contextos españoles con paralelos en lugares igualmente diversos del Mediterráneo oriental, con la mayor parte de estos en el Bronce Antiguo III del Egeo (vg.
Almagro y Arribas 1963: 203-244), o sea con una fecha "no muy anterior" (Almagro y Arribas 1963: 250) al 2000 a.C. Los paralelos que daban la cronología absoluta del Bronce argárico eran aún más dispersos (véase, por ejemplo, Evans 1957o Childe 1957: 282-284): la práctica de enterramientos individuales en general y varios elementos particulares tendrían paralelos en el Bronce Tardío del Egeo, por ejemplo, mientras que las cerámicas carenadas, en España sin asas, eran similares a las de Aunjetitz, un complejo relacionable a su vez con el mundo micénico, todo lo cual cuadraría con una fecha entre el 1700 y el 1200 a.C.
Los constructores más conscientes de este armazón cronológico reconocían que dependía de una teoría general según la cual el Oriente constituiría el centro de un sistema mundial del cual el Occidente sería la periferia y sabían también que a esa teoría le faltaban apoyos empíricos.
La práctica general de la Prehistoria a mediados del siglo pasado socavaba, sin embargo el aspecto procesual que se le podría otorgar a una teoría de centro-periferia: al dar el mismo peso a las semejanzas formales y a las mercancías quedaba claro que eran las ideas en sí mismas, y no las relaciones sociales, las que efectuaban el cambio cultural.
En 1970, cuando Martín Almagro-Gorbea publicó la primera de sus minuciosas recensiones anuales de fechas de C-14 aparecidas en España y Portugal, la veintena de yacimientos fechados (véase la Tab.
1) (1) ya anunciaban la falta de viabilidad del esquema cronológico tradicional.
No era difícil aceptar las fechas del V milenio a.C. para el Neolítico cardial de la Cova de l'Or (2), ya que, por una parte, estas concordaban con las que se habían obtenido en otros yacimientos con cerámicas impresas en el Mediterráneo occidental y que, por otra parte, los materiales nunca se habían puesto en una relación específica con el Mediterráneo oriental.
Las determinaciones para el Bronce "II" (todas de la zona valenciana) (3) eran lo suficientemente tardías como para poder corresponder al Bronce Tardío del Egeo.
Sin embargo, como ya señalaba Renfrew (1967), las fechas de radiocarbono no cuadraban con la lectura colonialista de la Edad del
(1) La tabla 1 indica, por lustro y por regiones de la Península, el número de yacimientos del Epipaleolítico al Bronce fechados por radiocarbono.
Cada yacimiento aparece una vez salvo en el caso de que se hayan efectuados campañas independientes separadas por un plazo de tiempo.
La fecha del poblado de Los Millares (4), un terminus ante quem para la construcción de la muralla exterior (Almagro y Arribas 1963: 252), era un tanto antigua para los supuestos paralelos en el Mediterráneo oriental, pero el problema más grave era el presentado por las fechas para algunos megalitos portugueses (p.e., Leisner y Ribeiro 1966), en principio derivados de las tumbas colectivas implantadas desde el Oriente, pero con dataciones absolutas a finales del IV o principios del III milenio a.C. (5).
Naturalmente las nuevas fechas absolutas para la Edad del Cobre y el megalitismo no fueron directamente aceptadas por parte de los prehistoriadores españoles.
La respuesta de algunos sería rechazar la nueva cronología por estar basada en un muestreo insuficiente con un método todavía experimental: "tan sólo unas pocas fechas del C-14, correspondientes a cinco yacimientos a lo sumo, no constituyen base suficiente de momento para pretender cambiar el origen de toda la cultura megalítica de occidente" (M.aJ.
Esta posición resultaría insostenible, sin embargo, porque las dataciones absolutas que se acumulaban con rapidez progresiva en los años 1970 resultaban coherentes entre sí y con las grandes líneas de la secuencia establecida.
En el Levante, por ejemplo, la primera fecha para un contexto del Mesolítico geométrico, la de Botiquería dels Moros (7550 ± 200 [Ly-1198]: Evin et al. 1978: 44), encajaba bien con las fechas ya obtenidas en los concheros del Muge (6), y era anterior a las del Neolítico cardial de la Cova de l'Or y posterior a la fecha de 8880 ± 200 (I-9868) de Cova Fosca asociada con "útiles macrolíticos y una serie microlaminar con escasos geométricos" (Olaria y Gusi 1978: 62).
Las fechas de la Cova de l'Or fueron confirmadas en las excavaciones de Bernat Martí (7) y cuadraban a su vez con otras del Neolítico antiguo, como las de la Cueva de los Murciélagos de Zuheros (8).
De la misma manera, la edad radiocarbónica de Los Millares correspondía bastante bien con otros poblados de la Edad del Cobre, tanto en el Sureste (9) como en Portugal (10).
Yacimientos fechados por radiocarbono (por lustro).
Ya en 1978, cuando se celebró la reunión C-14 y Prehistoria de la Península Ibérica (Almagro-Gorbea y Fernández-Miranda 1978), el radiocarbono había permitido una contrastación positiva de las grandes líneas de la secuencia tradicional y el establecimiento firme de sus dimensiones absolutas.
Debe destacarse que este gran progreso se debió en gran parte a los centenares de muestras de plena confianza analizadas por Fernán Alonso en el laboratorio del Instituto "Rocasolano" del CSIC.
El problema para la visión orientalista era, pues, que el megalitismo empezara durante el Neolítico y para subsanarlo algunos prehistoriadores propusieron lo que Martínez Navarrete (1989: 355) ha caracterizado como "soluciones de compromiso".
Estas consistirían en aceptar el occidentalismo con respecto a los monumentos megalíticos, como ya habían propuesto varios estudiosos (Åberg 1921; Bosch Gimpera 1932), pero retener el orientalismo con respeto a los poblados fortificados y la metalurgia ("suponer una anterioridad al occidente europeo, no solamente para el conjunto megalítico, sino también para la metalurgia; tal posición no nos parece por el momento suficientemente probada": Balbín Behrmann 1978: 78), una versión algo modificada de la visión del asunto propuesta por los Leisner (Leisner y Leisner 1943).
Esta postura razonable tropezaría, sin embargo, con la calibración dendrocronológica de las fechas de radiocarbono.
Una fecha de 4250 BP para poblados de la Edad del Cobre ya bien establecidos se convertiría en 2900 AC, o sea en una fecha contemporánea al Bronce Antiguo I del Egeo, una fase ya muy anterior a los propuestos antecedentes orientales del fenómeno millarense (Renfrew 1973: 85-98).
Fechas de C-14 para el Bronce "clásico" entre el 3750 BP y el 3250 BP llegarían a caer entre 2150 y el 1500 AC: las culturas del Argar y del Bronce valenciano y manchego serían más bien contemporáneas al Bronce Antiguo III y el Bronce Medio del Egeo y estarían en sus últimos siglos cuando surgiera su supuesta inspiración micénica (Renfrew 1973: 98-103).
La interpretación orientalista del desarrollo de la Prehistoria Tardía de la Península no podía sostenerse.
En resumidas cuentas, pues, el impacto del radiocarbono fue hacer necesario repensar a fondo el proceso histórico de la Prehistoria Tardía de España y Portugal en términos de un desarrollo autóctono.
Como Martínez Navarrete (1989) ha hecho ver, esta reinterpretación tuvo dos vertientes.
Por una parte, la comprensión de este proceso requiriría partir de premisas funcionalistas en vez de normativistas.
De hecho, una gran parte de la investigación prehistórica de los últimos veinte años se ha dedicado a la contrastación empírica de las propuestas ecológicas y sociológicas de los varios esbozos explicativos que surgieron como alternativas al orientalismo desacreditado por la nueva cronología absoluta (Chapman 1978(Chapman, 1981;;Gilman 1976; Lull 1983; Ramos Millán 1981).
Por otra parte, los relatos que se propondrían serían más cientifistas que humanísticos, o sea, la validez de una propuesta empezaría a ser juzgada más por su correspondencia con el registro arqueológico que por su coherencia con una visión histórica general.
El radiocarbono había dejado en evidencia la circularidad de gran parte de la argumentación arqueológica tradicional (en la cual el arqueólogo seleccionaba sus referencias comparativas en función de las conclusiones a las cuales deseaba llegar).
La nueva generación de prehistoriadores que entró en las universidades entre 1975 y 1985 tendría una mayor preocupación por la contrastación empírica de sus tesis.
A partir de 1980 en España y de 1985 en Portugal se produce un aumento progresivo en el número de yacimientos fechados por radiocarbono que va rellenando todas las regiones de la Península (Fig. 1, Tab.
El panorama mucho más completo proporcionado por esta acumulación de datos permite la elaboración de la primera síntesis cronológica madura de la Prehistoria Tardía peninsular (Castro Martínez et al. 1996).
La visión amplia permitida por las numerosas series de fechas ahora disponibles de casi todas las zonas confirma las grandes líneas ya señaladas en trabajos anteriores sobre la base de informaciones menos generales (por ejemplo, Gilman 1992).
Cabe destacar, sin embargo, algunos de los resultados que ponen de manifiesto las limitaciones de algunas de las propuestas tipológico-cronológicas de la prehistoria normativista tradicional.
Las fechas de C-14 confirman la posterioridad de estos últimos pero indican que los dólmenes sin y con corredor ocupan un espacio temporal casi idéntico (Castro Martínez et al. 1996: 73).
De igual manera, el fenómeno campaniforme, que "en términos convencionales... se inicia a finales del Calcolítico, constituyendo la antesala inmediata de la Edad del Bronce" (Castro Martínez et al. 1996: 105), tendría una primera fase pan-peninsular con vasos del estilo Marítimo seguida por varios estilos "epicampaniformes" (Ciempozuelos, Palmela, etc) con distribuciones regionales más restringidas (Harrison 1977).
Las fechas de radiocarbono en contextos campaniformes fiables no son abundantes, pero sugieren que los estilos Marítimos y Ciempozuelos tienen distribuciones cronológicas muy amplias y poco diferenciadas (ambos se inician en torno al 2750 AC y continuan hasta el 2000 y el 1700 AC, respectivamente: Castro Martínez et al. 1996: 108).
Comentando los mismos datos, Harrison (1988: 468) propone que "the pattern is a consistently early appearance of regional Bell Beaker groups..., all upon a Maritime substrate", pero la prioridad Marítima no queda contrastada en el registro existente.
Los datos reunidos por Castro Martínez et al. hacen patente que dentro ciertos parámetros generales a toda la Península las secuencias documentadas en cada una de sus regiones tienen características individuales y que generalizaciones esquemáticas ya no son particularmente útiles.
La principal tarea pendiente en la investigación cronológica de la prehistoria reciente de la Península es, por tanto, establecer y perfeccionar a base del radiocarbono las subdivisiones de las secuencias regionales.
Esto requiere no sólo fechar muestras de contextos fiables sino también analizar los materiales asociados a esos contextos para establecer cuáles son las diferencias entre ellos que pudieran aplicarse a otros conjuntos para en los que no disponemos de dataciones.
Cuando Castro Martínez et al. (1996: 122-128) asignan los contextos fechados de la cultura de El Argar a cuatro fases de desarrollo sin especificar los fósiles guía que las distinguen, la secuencia propuesta no nos ayuda a asignar yacimientos sin fechas a una u otra de esas subdivisiones.
Cuando, por contraste, Alonso Matthías y Bello Diéguez (1997) demuestran que, una vez desechadas las fechas de poca fiabilidad, en Galicia y el norte de Portugal se suceden en el tiempo tres tipos de monumentos megalíticos esa conclusión sí puede aplicarse a monumentos para los cuales no disponemos de fechas.
El mejor homenaje que los prehistoriadores de la Península pudieramos rendir a Don Fernán Alonso sería seguir su ejemplo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
El proyecto "Arqueometalurgia de la Península Ibérica" empezó en 1982 con el propósito de estudiar la tecnología metalúrgica durante la Prehistoria y cubrir la limitación de datos existentes en comparación con otros países europeos cuya investigación se había iniciado en décadas anteriores.
Inicialmente centrado en el Calcolítico y la Edad del Bronce y prestando atención a los restos metalúrgicos y no solo a los objetos de metal, también ha analizado materiales de periodos más recientes.
Mediante el análisis elemental por fluorescencia de rayos-X (XRF por sus siglas en inglés), el uso de la metalografía óptica y posteriormente de la microscopía electrónica de barrido (SEM por sus siglas en inglés), los análisis de isótopos de plomo y los test de microdureza se ha recopilado un gran volumen de información durante estos 35 años de continuo funcionamiento: cerca de 24.000 XRF análisis y 900 metalografías.
El proyecto ha contribuido de manera decisiva a la interpretación de la tecnología metalúrgica y ha aportado información básica en los debates sobre la intencionalidad o no de los cobres arsenicales, las estructuras de combustión utilizadas en la primera metalurgia o la escala de la producción metalúrgica y su influencia tanto en el medio ambiente como en los procesos sociales que se desarrollan en la Prehistoria peninsular.
LA GÉNESIS DEL PROYECTO
En la década de 1970 la Arqueometría como ciencia auxiliar aplicada a la investigación arqueológica había tomado ya altos vuelos.
Una de sus ramas, la Arqueometalurgia, seguía su progresión ascendente.
La publicación del volumen de Otto y Witter (1952) dio el pistoletazo de salida hacia el creciente interés por el análisis de metales arqueológicos.
Reunía una primera e importante colección de análisis de objetos prehistóricos de Europa Central y trataba de establecer, a partir de la composición del metal, su procedencia, relaciones culturales y otros aspectos (Pernicka 2014: 240).
Los ya veteranos espectroscopios de emisión renovaron sus aplicaciones y se desarrollaron las técnicas de absorción.
A mediados de la década de 1960 hizo su aparición la espectroscopía por fluorescencia de rayos-X (Montero Ruiz et al. 2007), una técnica que pronto captó el interés de arqueólogos y museos porque por primera vez se hacía fácilmente asequible un método no invasivo de análisis, liberando a las piezas metálicas de la servidumbre de ser sometidas a la extracción de muestras.
En aquellos años comenzaron a editarse revistas especializadas siendo quizás una de las más veteranas Archaeometry, aparecida en 1958 y publicada por el Research Laboratory for Archaeology and the History of Art de la Universidad de Oxford.
Desde entonces hasta la actualidad el número de publicaciones periódicas, monografías especializadas y reuniones científicas ha crecido espectacularmente.
En este giro metodológico de la investigación, orientado hacia la Arqueometría, tuvieron mucho que ver las influencias de teóricos como Clarke (1968) y las ideas de la New Archaeology que llegaban de Estados Unidos (p. ej. Chang 1967y Watson et al. 1971, por mencionar un par de libros que poco después se tradujeron al castellano por Miguel Rivera Dorado).
En aquellos primeros años la Península Ibérica fue sujeto paciente.
Se requeriría la minuciosa pesquisa de un doctorando especializado para rastrear los pocos estudios analíticos de materiales arqueológicos publicados en España, generalmente aparecidos en revistas ajenas al campo estrictamente arqueológico o como apéndices en alguna monografía.
Decíamos lo de sujeto paciente porque, también desde la década de 1950, S. Junghans, E. Sangmeister y M. Schröder iniciaron un ambicioso proyecto para analizar metales prehistóricos de toda Europa, que culminó en una base de datos de más de 25.000 análisis.
Sus resultados y su interpretación fueron publicados en sucesivos volúmenes de la serie Studien zu den Anfängen der Metallurgie (SAM) (para los objetos de base cobre Junghans et al. 1960Junghans et al., 1968Junghans et al., 1974; para los de oro Hartmann 1970oro Hartmann, 1982) ) 1.
Todo lo que se sabía sobre los inicios de la metalurgia en la Península Ibérica, extraído de los resultados de dicho proyecto, fue sintetizado por Blance (1974), quien ya muchos años antes estaba persuadida de la importancia de los análisis de laboratorio de metales (Blance 1959).
En la década de 1970 Beno Rothenberg y Antonio Blanco Freijeiro dirigieron un proyecto orientado a la prospección y el estudio de materiales recopilados de una extensa área de la provincia de Huelva donde la minería y la metalurgia han tenido gran desarrollo desde la Prehistoria hasta tiempos modernos (Blanco Feijeiro y Rothenberg 1981).
En aquel proyecto colaboraron numerosos técnicos españoles e ingleses y es de justicia mencionar que uno de ellos fue María Dolores Fernández-Posse, quien poco después sería miembro importante en la gestación y desarrollo del "Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica".
En ese caldo de cultivo, un grupo de investigadores integrado por Concepción Martín, María Dolores Fernández-Posse, María Luisa Ruiz-Gálvez, Germán Delibes de Castro y Salvador Rovira Llorens, liderado por Manuel Fernández-Miranda (a la sazón Subdirector General de Arqueología del Ministerio de Cultura) pensó que había llegado el momento de poner en pie un proyecto financiado desde dicha Subdirección para el análisis sistemático de los objetos de metal prehistóricos de las colecciones de los museos españoles.
Se había dado la feliz circunstancia de que en 1981 se gestionó con éxito, desde la Subdirección General de Arqueología, la adquisición de un espectrómetro de fluorescencia de rayos-X, aprovechando la entonces vigente Ayuda Americana como compensación por el arrendamiento de las bases militares que Estados Unidos tenía estratégicamente radicadas en España.
El equipo quedó instalado en el Instituto de Conservación y Restauración de Obras de Arte (ICROA, actual IPCE), que ocupaba parte del edificio del Museo de América de Madrid, y debemos a los buenos oficios de su director José María Cabrera y de María Sanz Nájera, jefa del Departamento de Arqueología, que el "Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica" (en adelante PA) echara a andar en febrero de 1982 con el compromiso de dar servicio también a dicho Instituto y aprovechar otros recursos en equipamiento de su laboratorio.
El PA nunca ha tenido una sede propia.
Siempre se ha beneficiado de las instalaciones en las que han ido recalando sus miembros a lo largo de su andadura profesional, y debemos agradecer enormemente a los museos y centros de investigación en los que hemos trabajado (ICROA, Instituto del Patrimonio Histórico Español -IPHE-, Museo de América, Museo Arqueológico Nacional e Instituto de Historia del CSIC) no sólo su apoyo incondicional a la labor sino también las inversiones en equipamiento, siempre cuantiosas, para seguir progresando.
OBJETIVOS DEL PROYECTO DE ARQUEOMETALURGIA
Como hemos adelantado, en un principio los objetivos se cifraban en el análisis de las colecciones prehistóricas de los museos con la finalidad de crear una base de datos propia que incrementara el volumen de información ya publicado por los investigadores alemanes del SAM, atendiera a los intereses de los investigadores del propio grupo y a los de otros investigadores interesados en utilizar estas nuevas posibilidades.
Así fue cómo entre las tareas iniciales acometimos el análisis de la parte del Depósito de la Ría de Huelva custodiada en el Museo Arqueológico Nacional (Rovira 1995) y los materiales recuperados en las últimas excavaciones de Almizaraque (Cuevas de Almanzora, Almería) (Delibes et al. 1986), así como los de excavaciones anteriores custodiados en museos (Delibes et al. 1989; Castaño et al. 1991).
Pero pronto fuimos conscientes de que debíamos atender las necesidades analíticas de otros periodos culturales, abriendo el PA sin limitación temporal.
Poco a poco los objetivos fueron ampliándose conforme la propia evolución de la investigación arqueometalúrgica lo reclamaba.
A diferencia de los grandes proyectos analíticos mencionados cuyo objetivo prioritario era estudiar la circulación y movimiento de los metales a partir de su composición, el PA tuvo desde su inicio un claro interés por la evolución de la tecnología.
Primero fue incluir la metalografía microscópica, imprescindible para avanzar en el conocimiento de las técnicas de fabricación de los objetos.
Luego, resultaba evidente que debíamos investigar los procedimientos usados por los metalurgos para transformar el mineral en metal, un tema en el que hasta hace bien poco había muchas y grandes lagunas y todavía las sigue habiendo, aunque menos.
Pieza clave para esta línea de investigación son las escorias y otros residuos de la actividad metalúrgica, incluyéndolas desde mediados de la década de 1990 como objetivo importante, en particular las datadas en los periodos más antiguos de la producción de metal, bien sea cobre, estaño o hierro.
A lo largo de los años hemos ido sumando objetivos parciales, acercándonos cada vez más al concepto global y comprehensivo que define la Arqueometalurgia como el estudio de la historia y prehistoria del uso y producción de metales.
Asumir la Arqueometalurgia como objetivo final de la investigación supone ser conscientes de que ello implica utilizar medios analíticos no disponibles en nuestro laboratorio y esto ha llevado a establecer vínculos y colaboraciones con otros laboratorios mejor equipados o más especializados para, entre todos, lograr los fines propuestos.
Análisis de la composición química
En febrero de 1982 quedó instalado en el ICROA el espectrómetro multicanal Kevex 7000 de fluorescencia de rayos-X en energía dispersiva (Fig. 1A).
La radiación para excitar la muestra a analizar la proveía una fuente de 241 Am (americio radiactivo) encapsulado en una carcasa anular, con una intensidad de 20 milicurios.
Un detector de estado sólido silicio/litio recogía la radiación fluorescente en un área de 80 mm 2 tras atravesar una ventana de berilio de 0,025 mm.
Este espectrómetro usaba patrones de referencia para calcular la composición.
En un principio contábamos con la colaboración del Centro Nacional de Investigaciones Metalúrgicas (CSIC) para equipar la memoria con material de referencia certificado para análisis de bronces y latones.
Después se pudo adquirir con fondos del PA un número suficiente de patrones de bronce, latón y plomo a la firma BNF Metal Technology Centre de Inglaterra y a otros proveedores.
La tabla 1 recoge los patrones propios actualmente utilizados por el proyecto.
Este instrumento estuvo operativo hasta julio de 1996, cuando por una avería seria se le dio de baja.
Con él se analizaron las series AA y PA hasta el número PA7947 del proyecto, además de otras series cortas para otros proyectos.
De su manejo se ocuparon quienes esto escriben, con una larga colaboración de Susana Consuegra en la época en que estuvo instalado en el Museo de América y en el IPHE.
A fines de 2002 el Museo Arqueológico Nacional adquirió un espectrómetro multicanal portátil Metorex X-MET 920MP por fluorescencia de rayos-X (Fig. 1B).
El instrumento contaba con una fuente de excitación primaria doble de rayos gamma, proporcionados por 109 Cd (cadmio radiactivo) y 241 Am (americio radiactivo) en un montaje compacto dentro del cabezal en el que se alojaba también el detector de silicio/litio.
El método de cuantificación utiliza el ajuste por mínimos cuadrados a rectas de calibración construidas con patrones certificados (condiciones de trabajo y otras características en Renzi 2013: 153-154).
El 109 Cd es un isótopo de vida media corta (462,6 días) y al cabo de cinco años la intensidad de la radiación había descendido a niveles que hacían inútil esa fuente, por lo que se continuó trabajando sólo con la de 241 Am ante la dificultad para conseguir un recambio.
De hecho el instrumento dejó de estar operativo en 2008 cuando la firma finesa Metorex fue absorbida por una compañía inglesa que interrumpió la asistencia técnica a los instrumentos Metorex.
Consciente la Dirección del Museo Arqueológico Nacional del interés que tiene disponer de un equipo de análisis no destructivo en su laboratorio, inició el expediente administrativo para la compra de otro analizador.
El nuevo espectrómetro es un portátil de tipo pistola, de la firma Innov-X System Inc. (Fig. 1C) que va equipado con tubo de rayos X y ánodo de plata, y trabaja con voltaje de 35 kV y corriente de 20 μA con un filtro de aluminio de 2 mm. Estos espectrómetros portátiles suelen identificarse con las siglas pXRF.
Tras calibrar el equipo a partir del conjunto de patrones disponible se estableció una rutina de análisis de 40 s, que se amplía a 60 s cuando la presencia de elementos cercanos al límite de detección lo aconseja para su correcta cuantificación.
El ánodo de plata condiciona la lectura de los elementos con rangos energéticos superiores a 20 keV, especialmente la propia plata y el antimonio cuyos límites de detección se sitúan en 0,15 % (1.500 ppm), muy elevados en comparación con los anteriores espectrómetros.
La metalografía microscópica es una técnica que permite visualizar la estructura que forman los agregados cristalinos que constituyen la masa metálica.
Está íntimamente relacionada con los procesos de taller a los que fue sometido el objeto durante su elaboración (Rovira y Gómez Ramos 2003).
El primer microscopio metalográfico utilizado por el PA fue un Reichert MeF del laboratorio del ICROA (Fig. 2A).
Está equipado con dos cámaras fotográficas, una para placa de gran formato y otra para carrete de paso universal.
Más tarde, cuando se llevó a cabo la remodelación del Museo de América con vistas a su re-inauguración con motivo del V Centenario del Descubrimiento de América, se equipó el laboratorio con una línea completa de microscopía óptica: microscopio biológico, microscopio estereoscópico convencional y metalográfico, este último un Reichert MeF 3A con cámaras fotográficas Leica de paso universal y de placa, además de cámara de video para pantalla de televisión externa (Fig. 2B).
Finalmente el Instituto de Historia del CSIC adquirió en 2005 para los laboratorios de I+D+i de Arqueología un microscopio convencional Leica DML con cámara digital DFC480 con el que se vienen realizando los estudios metalográficos en los últimos años (Fig. 2C).
Microscopía electrónica de barrido (SEM)
Cuando se decidió incorporar a las líneas de investigación del PA el estudio de escorias y otros restos de la actividad metalúrgica relacionados con la obtención de metales y aleaciones, era imprescindible disponer de un microscopio electrónico de barrido.
Esto sucedió a mediados de los 1990 cuando se había abierto la posibilidad de solicitar proyectos de investigación o integrarse en otros proyectos financiados con fondos oficiales, en los cuales se incorporaban partidas para gastos de análisis.
De este modo fue posible recurrir a los servicios de laboratorios externos con el equipamiento necesario y acreditada calidad.
El primero con el que iniciamos una colaboración de muchos años fue el Servicio Interdepartamental de Investigación (SIdI) de la Universidad Autónoma de Madrid.
De sus excelentes instalaciones utilizamos un microscopio Philips XL30 con detectores de electrones secundarios y retrodispersados, con un analizador DX4i de EDAX, operado por la microscopista Esperanza Salvador (Fig. 3A).
Más tarde recurrimos a la instrumentación del laboratorio del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), donde disponen de un SEM ambiental FEI Quanta y un FEI Inspect operados por las microscopistas Laura Tormo y Marta Furió.
Desde 2008 el MICROLAB, Laboratorio de Microscopía, Electrónica y Microanálisis del Instituto de Historia (CSIC) tiene instalado un microscopio electrónico de barrido Hitachi 3400n Type II con microanalizador EDAX Brucker Quantax 4010, operado por el microscopista Óscar García Vuelta.
Este es el equipo que utiliza el PA en los últimos años (Fig. 3B).
Estudiar la microdureza de ciertos objetos de metal muy antiguos, en particular armas e instrumentos, tiene cierto interés pues permite relacionar la calidad funcional del material con los procesos productivos.
En combinación con la composición y la metalografía, sirve para extraer conclusiones sobre la idoneidad de los hábitos tecnológicos de los antiguos metalúrgicos.
El PA utiliza un microdurómetro manual de mesa REMET HX1000 con variación de carga de entre 100 y 1.000 g y un tiempo de incisión de 15 s que mide dureza Vickers.
Fue adquirido gracias a los fondos del proyecto "Caracterización tecnológica de la metalurgia del Bronce Final en la Península Ibérica" del Ministerio de Ciencia y Tecnología (BHA2001-0248).
La medición se realiza sobre las probetas preparadas para metalografía y el número de medidas depende del tamaño de la muestra extraída.
EL PA EN OTROS PROYECTOS
La principal vía de financiación de la labor analítica han sido los proyectos de investigación del Plan Nacional de los diferentes Ministerios que se han encargado de sus competencias en estas últimas décadas, iniciándose con el proyecto "Arqueometalurgia de la Península Ibérica.
Tecnología y cambio cultural durante la Edad del Bronce" (PB92-0315) que dirigió Manuel Fernández-Miranda y, tras su fallecimiento en 1994, Germán Delibes.
También la Comunidad de Madrid subvencionó determinadas investigaciones a través de los proyectos "Calibración y concordancia de análisis PIXE y XRF para el estudio de metales antiguos" (CAM 06/0154/2002), desarrollado en colaboración con el Centro de Microanálisis de Materiales (CMAN) de la Universidad Autónoma de Madrid, "Metales prehistóricos en el Instituto Valencia de Don Juan" (CAM 06/0112/2003) y "El patrimonio arqueológico y documental de la Comunidad Autónoma de Madrid: sistematización, gestión, puesta en valor y difusión desde el ámbito local al marco europeo" (CAM S2007/HUM-543).
Aunque estos proyectos han orientado la selección de materiales y periodos estudiados, al poco de comenzar la actividad e ir publicando las primeras series de análisis de la composición de metales y algunas metalografías fueron surgiendo peticiones de arqueólogos e instituciones para analizar nuevos hallazgos o fondos antiguos.
Resultaría imposible listar aquí el gran número de colegas gracias a los cuales el PA ha llegado al punto en que se encuentra actualmente.
Muchos objetos de metal y restos metalúrgicos recuperados de un gran número de excavaciones españolas de los últimos 25 años han pasado por el laboratorio del PA (Fig. 4).
También ha dado soporte a la realización de numerosas tesis doctorales, no solo de sus integrantes, sino de investigadores que solicitaron datos para sus trabajos y éstos han constituido parte del cuerpo experimental de sus tesis ya sea de manera principal o accesoria (Tab.
Desde comienzos de la década de 1990 los investigadores del PA se incorporaron a los equipos de investigación de otros proyectos arqueológicos nacionales e internacionales, en unas ocasiones liderándolos, en otras como colaboradores.
Destacan por su magnitud los varios proyectos dirigidos por M.a Isabel Martínez Navarrete (CSIC), asociados al programa de excavaciones en la región minero-metalúrgica de Kargaly (Orenburgo, Federación Rusa) que encabezaba Evgeny Chernykh de la Academia de Ciencias de Rusia, cuyos resultados de orden arqueometalúrgico se publicaron en uno de los volúmenes de la monografía del proyecto ruso (Rovira 2004).
Otra colaboración de larga duración fue la surgida de dos Acciones Integradas franco-españolas dedicadas a establecer puentes tecnológicos entre la metalurgia calcolítica de Francia y de la Península Ibérica, particularmente sobre la utilización de vasijas de reducción (vasijas-horno) en ambos territorios (Rovira y Ambert 2002a, 2002b).
Esto nos permitió incorporarnos a las excavaciones del poblado calcolítico de la Capitelle du Broum (Péret, Francia) para estudiar los numerosos hallazgos de escorias, minerales, restos de fundición y objetos metálicos que caracterizan la peculiar metalurgia del yacimiento (Ambert, Figueroa et al. 2009; Ambert, Balestro et al. 2013).
Un comentario especial merece la iniciativa de Nuria Rafel (Universidad de Lleida), quien propuso que iniciásemos la investigación con análisis de isótopos de plomo, a partir de 2004, con el proyecto coordinado HUM2004-04861-C03.
Inicialmente orientado al plomo y la plata, posteriormente fue ampliado a los objetos de base cobre.
También a Nuria Rafel, con el impulso de Fulvia Lo Schiavo, se debe el que estas investigaciones sobre la procedencia del metal se hayan extendido en los últimos años a Cerdeña y estén alcanzado una dimensión más internacional.
En esta internacionalización de la investigación está influyendo el papel que se asigna tanto al cobre, como a la plata y al estaño de la Península Ibérica en el comercio y movimiento de metales durante la Prehistoria.
EL PROYECTO EN CIFRAS
Los ejercicios de cuantificación pueden ser fáciles cuando la información está ordenada en una base de datos, sin embargo hay lecturas distintas sobre qué es lo que se cuantifica.
Las cifras que se recogen en las tablas 3 y 4 representan el volumen total de análisis efectuados, valor que no equivale al número de objetos estudiados.
En estas cifras globales, quedan incluidos los análisis del mismo objeto con espectrómetros diferentes, objetos grandes como las hachas de talón o complejos como las fíbulas, que tienen dos o más análisis, y los análisis de pátinas realizados para valorar el efecto de éstas en los resultados de la composición del metal obtenidos con una técnica de análisis superficial.
En estas cifras no están incluidos los análisis a objetos restaurados en el IPHE o los del departamento de Conservación del Museo Arqueológico Nacional.
Tampoco se han incorporado los metales americanos (cerca de 1.000 análisis), en gran parte publicados en la tesis doctoral de Salvador Rovira y en otras publicaciones (Rovira 1990(Rovira, 1994)).
Los materiales extranjeros se refieren a los estudiados en los proyectos de colaboración con Rusia, Francia, Italia, Marruecos, Hungría e Irlanda.
Los datos pueden descomponerse a nivel geográfico y cronológico.
Desde el primero de ellos es posible afirmar que el objetivo inicial del PA de cubrir todas las provincias españolas se ha conseguido, aunque de manera desigual (Figs.
La información de Portugal es limitada y aunque representada de manera uniforme en el mapa, procede mayoritariamente de los distritos del Norte; se debe sobre todo a la colaboración con Raquel Vilaça (Universidade de Coimbra) y Ana Bettencourt (Universidade do Minho).
Las Islas Canarias, no incluidas en estas figuras, también han recibido atención por parte del PA gracias a los recientes estudios sobre Cueva Pintada de Galdar en Gran Canaria (Gutiérrez-Neira et al. 2014) y el yacimiento romano del islote de Los Lobos en Fuerteventura, bajo la dirección de Carmen del Arco Aguilar.
En la figura 5 se representa la densidad por km 2 de los objetos de base cobre y de los objetos de oro y plata analizados de todos los periodos históricos.
La mayor intensidad en algunas provincias obedece a circunstancias diversas.
Así, en el mapa de los objetos de base cobre (Fig. 5A) la provincia de Huelva aparece destacada debido a las cerca de 400 piezas analizadas del depósito de la Ría de Huelva y la de Valladolid porque se pudo analizar el conjunto de metales de la necrópolis de Padilla de Duero.
Madrid está entre las provincias con más material estudiado por efectos acumulativos de la investigación en varios yacimientos de la Comunidad donde tiene la sede el laboratorio.
Si nos fijamos en el mapa de los metales nobles (Fig. 5B) sobresalen la provincia de Zamora por los materiales analizados para el estudio del tesoro de Arrabalde y las de Jaén y Albacete con depósitos de plata de época ibérica.
Desde el punto de vista cronológico (Tab.
4), no se puede negar el interés mantenido hacia la primera metalurgia, reflejado en las cifras de objetos, restos metalúrgicos y minerales que superan los 4000 análisis y que duplican los recopilados y publicados en el primer volumen del proyecto Las Primeras etapas del metal en la Península Ibérica (Rovira et al. 1997).
Hasta época romana se ha conseguido un número de datos relativamente similar en objetos de base cobre.
El periodo medieval sin duda está aún poco representado y debe ser reforzado en el futuro.
En el apartado de las monedas destacan las acuñaciones prerromanas, en especial de plata, y se incluye en época moderna/contemporánea el análisis de las
Microscopía electrónica de barrido
Desde que se incorporó la microscopía electrónica de barrido a la rutina analítica se han analizado materiales de un total de 229 yacimientos, en su mayoría españoles pero también algunos foráneos mediante el establecimiento de convenios o proyectos comunes.
Se ha utilizado sobre todo para el análisis de escorias, minerales y otros residuos de la metalurgia primaria, aunque también de las secciones de algunos objetos metálicos para estudiar detalladamente cuestiones microestructurales.
El gráfico de la figura 6 refleja la distribución por periodos de los yacimientos.
La categoría de los indeterminados (32 lugares) requiere explicación aparte.
Se refiere en su mayor parte a muestras de escoriales probablemente antiguos, pero a los que no es posible asignar por el momento una cronología concreta, y a minerales de minas próximas a los yacimientos arqueológicos, explotadas hasta tiempos recientes.
Una parte importante en el desarrollo del PA desde sus inicios fue el uso de la metalografía óptica para conocer la tecnología de fabricación de las piezas.
La publicación del tercer volumen de la serie Las primeras etapas metalúrgicas de la Península Ibérica (Rovira y Gómez Ramos 2003) representa el corpus más numeroso disponible y la primera síntesis global sobre el Calcolítico y la Edad del Bronce, pero además diversas publicaciones previas recogían la investigación en materiales de la Edad del Hierro.
Actualmente contamos con casi 900 objetos metalografiados, en su mayoría de base cobre, aunque también se han estudiado de hierro y de plata.
A partir de los proyectos iniciados en 2004 sobre la producción de plata en Cataluña se incorporó a la investigación este tipo de análisis.
Gran parte de los resultados procede del laboratorio del Servicio de Geocronología y Geoquímica Isotópica de la Universidad del País Vasco, pero se han solicitado asimismo análisis a los laboratorios de la Universidad Goethe de Frankfurt y al Centro para Arqueometría Curt Engelhorn de Mannhein.
Siempre se han utilizado las técnicas disponibles más precisas (TIMS y MC-ICP-MS).
La investigación se ha enfocado por un lado a los propios restos arqueológicos, pero ha tenido un papel fundamental para las interpretaciones el análisis de los minerales recogidos directamente en las minas (200 muestras).
Disponemos de otros 800 análisis de materiales arqueológicos, la mayoría de los cuales cuentan con análisis elemental realizado por XRF en el PA.
Además otro conjunto, en especial monedas, ciertos objetos de plata o materiales estudiados durante el periodo cuando no disponíamos de un equipo de XRF, han sido analizados o bien por microscopia electrónica de barrido (SEM) o por PIXE.
Sobre el estado de la cuestión de los estudios de procedencia con isótopos de plomo y el papel desempeñado por el PA puede consultarse el trabajo de Montero Ruiz (2018).
LA VALIDEZ DE LOS ANÁLISIS
Los análisis efectuados por microscopía electrónica de barrido ofrecen la fiabilidad y margen de error derivados de la interpretación de los resultados.
Los datos objetivos en sí no ofrecen dudas pues han sido obtenidos con equipos de laboratorios altamente cualificados según la actual normativa de calidad.
Los estudios metalográficos, efectuados enteramente en nuestro laboratorio, están sujetos al mismo posible error de una interpretación errónea de las microestructuras.
Esto es poco probable porque en general existe un número limitado de posibilidades y una abundante bibliografía comparativa.
Solo algunos detalles microestructurales, por su rareza, pueden resultar dudosos o sujetos a la interpretación discutible del analista.
Pero las microestructuras básicas se identifican fácilmente.
Los análisis de la composición de los metales por espectrometría de fluorescencia de rayos-X por energías dispersivas (XRF-ED) sí requieren una discusión previa más extensa.
Como es sabido, esta técnica analiza la Fig. 6.
Número de yacimientos de la Península Ibérica con restos metalúrgicos analizados por microscopía electrónica de barrido, distribuidos por periodos (en color en la edición electrónica). superficie del objeto, arrancando información hasta una profundidad de unas pocas decenas de micrómetros, dependiendo esto principalmente de la intensidad de la radiación excitante y del camino que sigue la radiación fluorescente hasta el detector.
En teoría la superficie de la muestra ha de ser perfectamente plana y tapar por completo la ventana radiante para que la radiación emergente lo haga según un mismo ángulo y con un mismo recorrido (Hall et al. 1973).
Ello difícilmente sucede en una pieza arqueológica cuando se analiza una superficie grande, como es el caso de las ventanas radiantes de los espectrómetros Kevex (25 mm de diámetro) y Metorex (20 mm de diámetro) del PA.
En el espectrómetro Innov-X este problema es prácticamente insignificante porque el diámetro del haz es más pequeño, de orden milimétrico.
Sin embargo, en la práctica, los efectos de distancia y tamaño se pueden minimizar en gran medida utilizando la rutina de cuantificación apropiada dentro de las posibilidades del software suministrado con cada espectrómetro.
En Rovira (1990: 92-110) se expone en detalle el trabajo experimental previo efectuado con el espectrómetro Kevex en 1982 para decidir cuál era el procedimiento más preciso en el cálculo de la composición del metal, que incluía pruebas de repetitividad de resultados y otras rutinas habituales.
Para establecer los resultados utiliza patrones de referencia certificados.
De las pruebas efectuadas resultaba que los errores en las determinaciones eran inferiores a los que se tienen como norma (menor del 5 % en elementos mayoritarios y menor del 50 % en minoritarios).
Aprovechando la larga experiencia adquirida con el Kevex fue sencillo poner a punto el espectrómetro Metorex.
Finalmente, el espectrómetro Innov-X, utilizado desde 2009, calcula las concentraciones con un método basado en patrones internos similar al desarrollado para las microsondas de los microscopios electrónicos.
Esto simplifica enormemente el análisis al no depender de un conjunto de patrones externos, al tiempo que las calibraciones propias son fruto de desarrollos realizados por el fabricante para dotar al producto de unas características dentro de los estándares propios de esta técnica analítica.
Estas calibraciones de fábrica fueron ajustadas con el conjunto de patrones disponible para una mejor cuantificación de los resultados.
Tiene otras ventajas en comparación con los equipos empleados con anterioridad, siendo una de ellas la posibilidad de ampliar el número de elementos químicos analizables a elementos ligeros con número atómico inferior a 20 (calcio).
Sin embargo, los problemas inherentes al análisis de objetos metálicos no provienen de los instrumentos utilizados, que ya hemos visto que resultan adecuados a los fines propuestos.
Los problemas derivan sobre todo de que, al tratarse de un análisis de la superficie, las transformaciones ocurridas en ella alteran muy significativamente los valores del material original.
En pocas palabras: la corrosión metálica crea una capa superficial de compuestos (pátina) en la que encontraremos todos los elementos químicos del metal sano pero con relaciones ponderales muy distintas a las de dicho metal.
Sobre este problema ya llamó la atención Hall (1960) cuando comenzó a aplicarse la fluorescencia de rayos-X a metales arqueológicos, subrayando la importancia de efectuar una cuidadosa limpieza de la superficie del objeto para eliminarle todos los productos de corrosión y descubrir el metal sano.
La limpieza es un proceso agresivo que no siempre hemos podido aplicar, sobre todo en objetos de las colecciones de museos, ante la negativa de los responsables al cargo a que se interviniera sobre ellos.
En esos casos el análisis tiene sobre todo valor cualitativo (qué elementos químicos hay en el metal) pero los porcentajes corresponden a la composición de los productos de alteración.
En la ficha correspondiente se anota esa circunstancia.
Por suerte la mayoría de las veces pudimos limpiar el área a analizar, mediante chorro de arena, lijas abrasivas y fresas de carborundo aplicadas con micromotor.
No son pocas las piezas que por su gran antigüedad o por la gravedad del ataque de la corrosión apenas conservan núcleo metálico.
Poco se puede hacer entonces salvo determinar la composición del material residual y extraer una idea cualitativa.
Existe abundante bibliografía sobre el fenómeno de enriquecimiento superficial de la mayoría de elementos químicos en las pátinas.
Para las aleaciones de base cobre es importante conocer el comportamiento del estaño y del plomo.
En ambos casos se producen grandes desviaciones según se analice la pátina o el metal sano.
En la figura 7A se representa una serie de análisis efectuados con y sin pátina a objetos de bronce.
Como era de esperar, los porcentajes de estaño en los productos de corrosión suelen ser mucho mayores que en el metal limpio2.
Se da, además, un comportamiento errático manifestado por una recta de regresión con un valor R 2 propio de una correlación baja.
Utilizar la ecuación para recalcular los valores no serviría para aproximarnos al valor real.
Probablemente el espesor y la porosidad de la capa de corrosión sean variables de gran influencia en el fenómeno que observamos.
La conclusión debe ser que en los bronces donde la cifra obtenida en la pátina supera ampliamente el 15 % de estaño, la composición hallada debe tomarse con reservas y el análisis considerarse de carácter cualitativo.
En un reciente trabajo experimental se ha calculado que la desviación entre el valor medio del estaño en la pátina y en el metal aparentemente sano tras la limpieza de la pátina, en un conjunto de 41 muestras analizadas por pXRF, es muy grande, del orden del 55 % (Orfanou y Rehren 2015: 391, tab.
4); en nuestro caso la desviación es todavía mayor, del orden de 74 %, lo cual justifica nuestra llamada a tomar con reserva resultados con altos tenores de estaño en la pátina.
De esta limitación también nos hablaban ciertas piezas metalografiadas cuya microestructura no se correspondía con la de una aleación con mucho estaño.
En Rovira y Gómez (2003: 49-50), p. ej., ya hablábamos de la influencia de la corrosión intergranular en el resultado del análisis de un metal aparentemente limpio, hecho que también justifican Orfanou y Rehren (2015: 392).
En cualquier caso, la serie de análisis PA20000 efectuada con el espectrómetro pXRF Innov-X, para la que sistemáticamente se elimina al máximo la corrosión superficial, concuerda bien con los resultados obtenidos con equipos de mayor precisión (Orfanou y Rehren 2015; Asinelli y Martinón-Torres 2016).
En cambio con el plomo el comportamiento es diferente, aunque también hay más plomo en la superficie oxidada.
La correlación entre valores en la pátina y en el metal sano es excelente (Fig. 7B) e invitaría a utilizar la ecuación para recalcular concentraciones.
Sin embargo es más que probable que nos hallemos ante una excepción derivada del conjunto de objetos aquí analizados, porque la experiencia de otros investigadores es que el plomo se comporta de manera similar al estaño (Orfanou y Rehren 2015: 392).
Según estos autores, la desviación de medias de su conjunto de análisis es del 204 % y en nuestro caso del 96 %, menor pero exageradamente elevada, lo cual indica un fuerte enriquecimiento en plomo de las pátinas.
La importancia del cobre arsenical entre las aleaciones metálicas de las primeras etapas metalúrgicas hace del arsénico otro elemento químico al que hay que prestar especial atención.
Su enriquecimiento en la pátina sigue un modelo intermedio entre el estaño y el plomo.
En el PA hubo un problema añadido: no disponíamos al principio de buenos patrones certificados con porcentajes superiores a 0,5 % As, ni posibilidades económicas para comprarlos.
Para suplir esta carencia utilizamos un par de objetos arqueológicos en los que los picos de arsénico en el espectro hacían presumir porcentajes de arsénico altos y los evaluamos por el método de ajuste por mínimos cuadrados del Kevex, presuponiendo que la interpolación produciría resultados aprovechables.
Cuando comenzamos a utilizar el espectrómetro Metorex, resultó que no era así: los tenores de arsénico en los análisis de las series AA y la serie inicial de PA (hasta PA7947) están infravalorados en límites que exceden el 5 % de error admitido para elementos mayoritarios.
Para el Metorex ya disponíamos de mejores patrones de arsénico.
Con todo, hasta que no hemos trabajado con el Innov-X no hemos podido valorar con precisión suficiente los errores anteriores.
Para ello se han reanalizado varios objetos con el nuevo espectrómetro calculando las desviaciones de los resultados.
La figura 8A y B expone gráficamente los resultados a partir de los cuales, con una hoja de cálculo, se pueden reconvertir los contenidos de arsénico de análisis antiguos y recalcular completamente el resto de elementos del análisis por un sencillo cálculo aritmético de reparto proporcional, que es el que habitualmente se usa para ajustar los porcentajes para sumar 100.
Para análisis de metales preciosos no teníamos patrones certificados.
Adquirir patrones de oro de más de 25 mm de diámetro estaba fuera de las posibilidades de un proyecto siempre escaso de financiación directa.
La cuestión se resolvió recurriendo a chapas laminadas de las usadas en joyería, certificadas por la Sociedad Española de Metales Preciosos, y a algunos objetos arqueológicos, analizados con la microsonda del microscopio electrónico de barrido y otros métodos.
En la época Metorex se compraron tres patrones de aleaciones de plata.
Las comparaciones con el proyecto SAM
La comparación de resultados obtenidos con distintas técnicas o en diferentes laboratorios ha sido una preocupación constante de la investigación arqueometalúrgica, y en especial a partir de la generalización de las técnicas no destructivas de análisis superficial en la década de 1970.
Tanto los efectos de la pátina como las tendencias a depleciones o enriquecimientos superficiales han generado dudas sobre la validez de estos datos, pero también las calibraciones empleadas para el cálculo de las composiciones pueden alterar los valores que se obtienen con técnicas no superficiales.
Algunos intentos comparativos han demostrado que los resultados pueden ser suficientemente distintos (p. ej. Northover y Rychner 1998) o incluso poco compatibles en cuanto a los proporciones de los elementos mayoritarios cuando los laboratorios no cuantifican usando parámetros fundamentales calibrados con estándares (Heginbotham et al. 2010), práctica que al parecer es más frecuente de lo que pensábamos.
La serie del SAM ha sido un referente para todos los estudios europeos y existen valoraciones muy diversas a la hora de comparar sus resultados.
Así, Chernykh (1978) comentaba las diferencias de los 78 objetos en común entre el laboratorio de Moscú (OES) y el SAM (OES) y, a pesar de la concordancia en los porcentajes de estaño de los bronces, el resto de elementos presentaba notables diferencias, especialmente en plomo y níquel.
En el estudio del oro, Warner y Cahill (2011) señalaban las discrepancias en los contenidos de plata en los objetos reanalizados del Museo Nacional de Irlanda, aunque hay que valorar los problemas de los análisis en superficie.
A pesar de haber sido cuestionados los resultados, la mayoría de los autores reivindica su validez y utilidad, aunque no así el tratamiento o los modelos estadísticos empleados para asignar grupos de metales (Pollard y Bray 2014: 233).
El PA comparte al menos 73 piezas analizadas con seguridad también por el SAM (62 cobres y 11 bronces).
Hay más piezas que han sido analizadas por ambos laboratorios pero no podemos identificarlas con exactitud al carecer las publicadas en el SAM de número de inventario o, en ausencia de dibujo, de la descripción de algún rasgo tipológico que las diferencie de piezas similares.
Es el caso de las hachas planas de Valchica (Ejea de los Caballeros), de las que 9 fueron analizadas en el SAM (7630-7638), pero solo 6 en el PA.
No podemos comparar individualmente los análisis al no estar identificadas en el SAM con el número de inventario y solo una estar dibujada, pero se observa una buena coincidencia ya que los contenidos de arsénico oscilan entre 0,54 % y 1,6 % en la serie del SAM y entre 0,82 % y 1,66 % en los análisis del PA realizados con el espectrómetro Innov-X.
El resto de elementos es minoritario (menos del 0,1 % en ambas series).
Solo en un análisis de cada serie se detecta una cantidad alta de antimonio, por lo que quizás esta coincidencia podría servir de criterio para determinar que son la misma pieza.
Ejemplo de la complejidad de comparar resultados pieza a pieza por cambios en la identificación del propio museo es el tesoro de Montilla, que contenía además de una diadema de oro y un puñal de lengüeta, cuatro puntas Palmela.
El SAM publicó el análisis de cinco puntas Palmela (no 1000-1004) con esta procedencia sin número de inventario y con dibujos para la identificación condicionados por la similitud formal de tres de ellas.
Cuando existen discrepancias notables en el resultado de un objeto quizás debamos considerar que hay un error de transcripción en los datos o que se trata de otra pieza distinta.
En la comparación de los análisis de las dos hachas planas de Instituto Valencia de Don Juan (Tab.
5) podemos observar que, aunque no podemos identificar a cual corresponde cada uno de los análisis al faltar en la publicación del SAM el número de inventario y el dibujo, los resultados de una de ellas son completamente contradictorios.
Los análisis del PA presentan dos hachas con similares características que destacan por su elevado contenido en antimonio.
En cambio en uno de los análisis SAM el antimonio no es detectado y también difiere en la proporción de plata.
Al no incluir el SAM el porcentaje de cobre resulta difícil identificar errores de transcripción, que a veces pueden detectarse al sumar todos los elementos presentes.
También son posibles otro tipo de errores que se producen en el manejo manual de grandes bloques de información.
El ejemplo de error de mayor transcendencia ha sido la punta de lanza de San Esteban de Río Sil (Montero Ruiz et al. 2016) en el que el análisis publicado por el SAM identifica la pieza como cobre, mientras que el PA indica que es un bronce rico en estaño.
Sobre esta pieza existen numerosas cuestiones dudosas y que no encajan en la descripción publicada en el SAM, que la identifica como un fragmento de espada (Schwert, fragm.) procedente del Salto de San Esteban, perteneciente a la colección del Museo Municipal de Madrid (Junghans et al. 1968: no 1038) y tampoco se incluye su dibujo en las láminas.
Todo ello sugiere un posible error en la identificación de ese análisis en la base de datos del proyecto SAM.
La primera publicación (Almagro Basch 1958: 25) indicaba que "no ha podido aún ser analizado su metal" pero se presentaban los análisis de las otras tres piezas aparecidas en conjunto, todas de bronce.
El análisis de la punta de lanza a cargo del SAM aparece por primera vez en Inventaria Archaeologica (Almagro Basch 1960) y es reproducido por todos los autores en publicaciones posteriores destacándose la excepcionalidad de su composición de cobre sin alear.
En el conjunto de San Esteban de Río Sil no hay ninguna otra pieza que pueda identificarse como fragmento de espada.
Teniendo en cuenta estas circunstancias de difícil identificación, la figura 9A solo muestra los resultados comparativos del arsénico entre los análisis del SAM y los que creemos corresponden a las mismas piezas analizadas por los diferentes espectrómetros empleados en el PA.
Esta comparativa sigue la propuesta de Pernicka (1990) con una representación en escala logarítmica donde la línea diagonal central indica la concordancia perfecta, mientras las líneas laterales marcan el margen superior e inferior para considerar los resultados aceptables.
A pesar de la tendencia a infravalorar el arsénico con el Kevex, la distribución muestra valores a ambos lados de la línea central señalando unas diferencias aleatorias y no sistemáticas que deben obedecer a circunstancias individuales y no a un problema o tendencia analítica específica.
Los análisis con el Metorex y el Innov-X se distribuyen más próximos a la línea central y reflejan una mejor concordancia de valores.
En la comparación que Pernicka realizó (1990Pernicka realizó (, 2014) ) entre los análisis del SAM y de otros laboratorios se observa cómo, aunque la tendencia general es correcta, siempre aparecen casos fuera de los márgenes fijados.
Estas divergencias individuales, en todos los elementos y no solo en el arsénico, deben ser relativizadas por las propias condiciones tecnológicas de la metalurgia prehistórica en las que la heterogeneidad del metal es una de las principales características.
Aceptamos que la muestra tomada de un objeto o el análisis en una parte de su superficie representa la composición del objeto, pero hay factores como el proceso de enfriamiento del metal que generan una distribución no homogénea de inclusiones o segregados, que puede ser mayor o menor dependiendo de cada uno de los elementos y de su mayor o menor proporción en el metal.
Análisis en zonas distintas de la superficie o del interior pueden variar en sus resultados con la misma técnica de análisis.
Para ilustrar esta situación tomamos como ejemplo los análisis de masas de metal de varios cientos de gramos (equivalentes por ejemplo a las hachas) realizados en Shar-i-Shokhta (Irán) y fechados en el III milenio cal AC (cf. Hauptmann et al. 2003: tab.
Las muestras tomadas del interior mediante perforación en diferentes puntos se representan en la figura 9B seleccionando los valores extremos de arsénico en la misma pieza y ejemplifican cómo podemos estar fuera de los márgenes de compatibilidad de resultados en una misma pieza, tal y como sucede en la comparación entre laboratorios.
Los análisis realizados con toma de muestra en el SAM y en superficies limpias del metal por el PA fueron siempre en partes o zonas distintas de la pieza.
Como dato curioso tenemos un solo objeto con análisis realizados por el SAM y los 3 espectrómetros del PA (Tab.
LOS RESULTADOS DEL PROYECTO
Cuantificar en detalle las aportaciones al conocimiento de la tecnología metalúrgica habidas a lo largo de los más de 35 años de desarrollo del PA es tarea que escapa al enfoque de este trabajo.
Han sido más de 300 publicaciones en revistas especializadas, capítulos de libros y actas de reuniones científicas (con un número elevado en foros internacionales), a las que hay que sumar las tesis doctorales cuyos datos experimentales fueron proporcionados por o se obtuvieron en el laboratorio del PA (Tab.
Tampoco podemos dejar de mencionar los muchos especialistas formados mediante becas, estancias u otras fórmulas de asociación.
La primera serie de análisis publicada (Rovira et al. 1997), referida a materiales calcolíticos y del Bronce Antiguo y Medio, propició una aproximación a los contextos socio-culturales en los que se desarrolló la metalurgia temprana de la península, recogida en un volumen coordinado por Delibes y Montero Ruiz (1999).
Más tarde se publicaron las metalografías obtenidas hasta entonces y su interpretación, aventurando hipótesis sobre la evolución de la tecnología del metal desde el Calcolítico al Bronce Final (Rovira y Gómez Ramos 2003).
A lo largo de los años se han ido añadiendo pinceladas al cuadro general de la tecnología metalúrgica prehistórica, utilizando los análisis más por su valor descriptivo (tipos de metal, técnicas de fabricación, etc.) que por el valor intrínseco de las cifras.
En ese cuadro destacan algunos escenarios por su especial relevancia, a unos pocos de los cuales dedicaremos los apartados siguientes.
Vasijas de reducción y escorias calcolíticas
En la década de 1980 e incluso más tarde, la idea más comúnmente aceptada para explicar la obtención de cobre pasaba necesariamente por el uso de hornos metalúrgicos.
Era una consecuencia lógica de retrotraer hasta los orígenes la manera actual de conseguir metal: los minerales son tratados en un horno (entendido como una cavidad cerrada de atmósfera controlada) en cuyo interior tiene lugar la transformación del mineral en metal.
Sin embargo, cuando a comienzos de dicha década comenzamos a estudiar los desechos metalúrgicos calcolíticos de Almizaraque (Almería) y su contexto, sorprendía la escasez de escorias y la relativa abundancia de fragmentos de vasijas cerámicas con un gruesa capa escorificada en su cara interna (Fig. 10).
Tampoco se había encontrado en el sitio ninguna estructura claramente asignable a restos de un horno y las evidencias arqueometalúrgicas parecían distribuirse homogéneamente en los ambientes domésticos.
Los primeros análisis por XRF ya sugerían composiciones complejas para estas escorificaciones que parecían obedecer a reacciones químicas ocurridas entre la carga mineral y la cerámica, a alta temperatura.
Persuadidos de la necesidad apriorística de que hubiera hornos, en una primera publicación aparecida en 1989 como consecuencia de un congreso internacional celebrado en Madrid en 1985, propusimos que debía tratarse de fragmentos de grandes vasijas que sirvieron de cámara de reducción que se colocarían en el interior del horno (Delibes et al. 1989: 88) según un esquema en la línea de una propuesta recogida por Tylecote (1979: 17, fig. 6) para la fundición de metal amortizado.
Poco después cambiamos de hipótesis prescindiendo de la idea de horno: las vasijas eran en sí el "horno" (Delibes et al. 1991: 307), usando a partir de entonces y durante algún tiempo la expresión "vasijas-horno" para describir la manera de obtener cobre de sus minerales en época calcolítica.
Para entonces ya se había publicado el artículo donde Zwicker et al. (1985) documentaban el uso de este método durante una amplia horquilla cronológica.
El modelo se fue perfeccionando con nuevos estudios dentro del PA y con las aportaciones de otros colegas, de manera que cada vez era más frecuente encontrar trabajos en los que se hablaba de vasijas empleadas para la reducción de minerales (smelting crucibles) (p. ej. Craddock 1995: 133; Hauptmann et al. 1996: 4).
La idea comúnmente aceptada en la actualidad es que la metalurgia primera comenzó en el Neolítico avanzado en aquellos lugares donde se han encontrado evidencias del uso de vasijas de reducción (Hauptmann 2007: 217-219; Dolfini 2013Dolfini: 27, 2014: 495): 495) Sorprendentemente, mientras en otras regiones los metalúrgicos desarrollaron o adoptaron la estructura del verdadero horno a finales del Calcolítico local, en la Península Ibérica seguiremos encontrando fragmentos de cerámica escorificada hasta la Edad del Hierro.
El cambio tecnológico que supone el uso de hornos lleva aparejada la aparición de un nuevo tipo de escoria mejor estructurada que la anterior debido a que a la carga se añaden sistemáticamente fundentes para lograr un material de bajo punto de fusión que mejora, entre otras cualidades, la separación del metal.
Las estructuras de fuego sencillas, abiertas, como son las usadas para reducir mineral en una vasija o en una cubeta, producen una escoria de composición muy variable, que retiene mucho metal (Bourgarit 2007: 6, fig. 3).
Es debido a su elevada viscosidad, que a su vez se relaciona con la composición de la ganga que acompaña al mineral y a la dificultad para mantener estable la temperatura y la atmósfera del reactor donde tienen lugar las reacciones químicas de transformación.
La escoria asociada a la vasija de reducción se caracteriza por su heterogeneidad intrínseca y por su variabilidad de unos yacimientos a otros, pero todas tienen en común ciertos rasgos, como son la presencia de relictos del mineral original, espinelas (habitualmente magnetita) y la frecuente formación de delafosita en una matriz Fig. 10.
Fragmento de vasija de reducción de Almizaraque (Almería).
Obsérvese la potente escorificación de la cara interna de la cerámica (en color en la edición electrónica). piroxénica en la que precipitan al enfriar cristales de hedenbergita, anortita, melilita y otros silicatos (Rovira y Montero Ruiz 2013: 232-234).
En cambio las de horno son estructuralmente más sencillas y están constituidas generalmente por olivino (fayalita) en una matriz escasa de vidrio de relleno.
Esta clara diferencia puede servir para distinguir la escoria inmadura de vasija de reducción de la de horno, aun suponiendo que no quedara rastro de este último en el registro arqueológico.
Pero de momento no se ha encontrado ningún ejemplar de ésta última en los yacimientos prehistóricos con metalurgia del cobre de la Península Ibérica.
El cobre arsenical, un tema a debate
Desde que Charles (1980) esbozara su modelo evolutivo de las aleaciones, se viene considerando que el cobre arsenical fue un hallazgo importante de los primeros metalúrgicos con el que conseguían superar las propiedades mecánicas del cobre más o menos puro.
Esta afirmación debe ser matizada inmediatamente porque, si por mejora entendemos una mayor dureza del cobre arsenical, ésta no se hace claramente perceptible mientras no se alcancen concentraciones en torno al 3 % As en la liga.
Así lo deducimos de los estudios experimentales realizados por Lechtman (1996) en los que el valor de la dureza de una probeta deformada en frío hasta reducir su espesor a la mitad va pasando de 125HV para cobre con 0 % As; a 134HV con 1 % As; a 150HV con 2 % As; 170HV para 3 % As, etc. Es, pues, a partir del 2-3 % As cuando el incremento de dureza puede tener algún significado en términos de funcionalidad del cobre prehistórico.
Sobre esta cuestión volveremos más adelante.
Si los cobres arsenicales fueron aleaciones intencionadas o fortuitas es un viejo debate al que nosotros nos incorporamos en 1989 inclinándonos por la idea, basada en los análisis de los materiales de Almizaraque, de que su obtención era fortuita (Delibes et al. 1989: 89).
En la década de 1930, W. Witter justificaba su opinión en contra de la intencionalidad por la reducción de minerales polimetálicos.
En el mismo sentido se expresaba Pazukhin en 1964 (véase, para no alargarnos en exceso en esta cuestión, la revisión de opiniones que hizo Selimkhanov 1982).
En nuestro caso eran los minerales, escorias y objetos metálicos de Almizaraque los que apoyaban esa opción de no intencionalidad.
Buscando una posición conciliadora, Tylecote (1991: 221) proponía que aleaciones de hasta el 2 % As podían deberse a la reducción de minerales cobre-arsénico, pero que porcentajes superiores se obtendrían por coreducción de minerales de cobre y de arsénico o por cementación de cobre con minerales de arsénico.
Estando así las cosas, en 1997 presentamos en un coloquio internacional un estudio sobre la metalurgia campaniforme (Rovira 1998).
Al representar en un histograma las concentraciones de arsénico de los metales de ese horizonte obtuvimos un gráfico de barras cuya función característica es una curva lognormal que claramente aludía a un proceso natural donde no se apreciaba voluntad alguna de seleccionar una franja determinada de composiciones, como debería suceder si los metalúrgicos hubieran deseado obtener metales con más de 3 % As (Rovira 1998: 110, fig. 2), tal como sucedería luego con las aleaciones cobre-estaño, que tienden a conformar curvas gaussianas.
A la misma conclusión había llegado antes Pernicka (1990), citado por Müller et al. (2007: 17), para quien la distribución lognormal indicaba que el arsénico provenía de los minerales procesados y no podía controlarse directamente por el fundidor.
En la actualidad, con un número de análisis mucho mayor, la distribución es la correspondiente a la figura 11 cuya función sigue dibujando una curva lognormal.
Como puede apreciarse, la mayoría de las aleaciones tienen menos del 3 % As, lo cual parece contradecir la presumida voluntariedad por conseguir sistemáticamente aleaciones mejoradas.
Esto no significa que los metalúrgicos prehistóricos no apreciaran a posteriori diferencias entre el cobre con y sin arsénico.
La más evidente es el color, que va cambiando de los tonos cobrizos a los amarillentos conforme aumenta el contenido de arsénico, y esta propiedad no pudo pasar desapercibida.
Cuestión aparte es si dicha propiedad fue utilizada para elaborar determinados tipos de objetos, un tema sobre el que existe abundante literatura intentando justificar, por poner un caso, mayores porcentajes de arsénico en los puñales que en las hachas.
En nuestra opinión sí hubo selección pero mucho más aleatoria de lo que se pretende, como veremos.
Considerando los contenidos de arsénico de los puñales, las hachas, las puntas de flecha, los punzones y los cinceles analizados en el PA, los ejemplares con más del 3 % As constituyen grupos minoritarios en todos estos tipos (Fig. 12).
La relación más favorable entre los menos y los más arsenicados es de 2,4/1 para los puñales, seguida de 3,4/1 para los punzones, 5/1 para cinceles, 6,1/1 para puntas de flecha y 6,3/1 para las hachas.
Podría interpretarse que hay una mayor selección del metal a la hora de elaborar un puñal que un hacha.
Pero esta parece una explicación en exceso simplista porque si consideramos los valores medios del arsénico y su desviación típica (1,65 ± 7,14 en las hachas y 2,60 ± 4,72 en los puñales) resulta que hay valores máximos de arsénico prácticamente coincidentes en ambos tipos.
Es decir los dos conjuntos tienen ejemplares con mucho arsénico, lo cual ya sugiere cierta aleatoriedad no estrictamente tecnológico-funcional en la selección del metal, que invalida en cierto modo la propuesta del uso de recetas concretas aplicadas según el tipo de objeto a producir.
Cualquier intento de explicar esas diferencias reales no deja de ser una lícita elucubración y nosotros sugerimos en otro lugar una explicación basada en los conceptos de metal circulante y metal amortizado (Rovira y Delibes 2005: 499-500), que a su vez está relacionada con los contextos de los hallazgos.
Las hachas, consideradas herramientas, se encuentran predominantemente en ambientes de poblados y forman parte del metal circulante que se nutre constantemente de metal nuevo y de metal reciclado.
Los puñales, en cambio, en su mayoría proceden de sepulturas; es decir es metal que se amortiza apartándolo de la circulación.
Tanto si un puñal fue elaborado con metal nuevo o fue producto del reciclado, es lógico pensar que tras formar parte del ajuar de una tumba no volviera a entrar en el circuito de reciclaje.
Como es sabido, al reciclar cobre arsenical se producen importantes pérdidas de arsénico debidas a su volatilidad (McKerrell y Tylecote 1972), por lo cual es de esperar que la tasa media de arsénico sea menor en el metal circulante, en su conjunto, que en el amortizado.
Esta podría ser una explicación para la diferencia de medias de arsénico.
Sin embargo este argumento no es el más poderoso, en nuestra opinión, para rechazar la hipótesis de voluntariedad en la producción de cobre con arsénico.
Si nuestra hipótesis es cierta, la mineralogía es determinante.
El PA ha analizado varios cientos de muestras de mineral, unas procedentes de yacimientos arqueológicos y otras de las muchas minas de cobre prospectadas.
En la figura 13A se representa la distribución de las concentraciones de arsénico medidas en dichos minerales según procedan de la Meseta Norte o del Sureste de la península.
Hay una notable diferencia entre ambos conjuntos, resultando que los del Sureste tienen mucho más arsénico.
Consecuentemente, habrá también diferencias entre los metales calcolíticos de ambas regiones, como así sucede en realidad (Fig. 13B).
Habría todavía otro argumento en favor de nuestra hipótesis: los intentos de correlacionar composición, dureza del metal y proceso de fabricación del objeto conducen a un callejón sin salida al concluir que no hay evidencia suficiente de que el metalúrgico prehistórico supiera o pudiera aprovechar las ventajas teóricas del cobre arsenical para optimizar sus fabricados.
Ya anteriormente Budd (1992) había demostrado la existencia de fases antagónicas en las cadenas operativas usadas para fabricar los objetos, que afectaban al contenido final de arsénico.
Ante esta situación, el color cobra probablemente mayor protagonismo que las propiedades mecánicas del objeto, seleccionando el cobre más arsenical (más amarillento) según criterios finalistas (p. ej. prestigio del propietario) con poca relación aparente con la tecnología.
No son pocos los autores que ya toman en consideración esta opción.
Recientes estudios como el de Mödlinger et al. (2017) o el de Radivojević et al. (2018) profundizan en los aspectos colorimétricos de gran variedad de aleaciones, incluidas las que contienen arsénico, e insisten en la importancia del color de las aleaciones prehistóricas, preguntándose hasta qué punto esa cualidad estética pudo primar a la hora de escoger un material para fabricar un objeto sobre otras propiedades relacionadas con cuestiones mecánicas (Mödlinger et al. 2017: 22), dándole una mayor dimensión social a la tecnología.
El debate no está cerrado y hace poco Escanilla et al. (2016) concluyen tras un documentado estudio de minerales, escorias y otros subproductos metalúrgicos del yacimiento calcolítico de Agua Amarga (Murcia), que los metalúrgicos co-reducían minerales locales cupro-ferruginoso y minerales arseno-cuprosos traídos de la vecina Cuenca de Vera con la finalidad de obtener cobre arsenical.
Esta forma de proceder del metalúrgico no se opone frontalmente a nuestra hipótesis, pues es razonable pensar que empíricamente se puede llegar a la conclusión de que ciertas mineralizaciones producen un metal más amarillo.
Nuestra idea de la no intencionalidad se refiere básicamente a la falta de control del contenido de arsénico en el metal resultante y en los objetos con él producidos, no sólo a la interpretación de las fases minerales y metálicas de las escorias.
El número de objetos calcolíticos analizados procedentes del área en estudio por estos investigadores (el Valle del Guadalentín) es pequeño (14 piezas) y los tenores de arsénico se mueven entre 0,33 % y 4,14 % As, con una media de 0,86 % As (Escanilla 2016: 378, tab.
7.1), cifras poco representativas para hablar de buenos cobres arsenicales pues de ellos sólo dos superan el 3 % As.
Los cuatro objetos murcianos analizados por el PA, de Totana, Bullas y Jumilla, caen dentro de ese intervalo de composiciones.
Escala y organización de la producción
Una perspectiva diacrónica y de amplitud geográfica suficiente como la que ofrece la Península Ibérica permite observar cambios en el tiempo y en el espacio.
La identificación en el registro arqueológico de un número mayor o menor de metales y restos metalúrgicos puede ser circunstancial, sin embargo el nivel tecnológico que se define a partir de los restos es independiente de su mayor o menor abundancia.
Y son precisamente esos rasgos tecnológicos una de las bases para argumentar la capacidad y la escala productiva de un determinado grupo cultural.
Las diferencias de interpretación en estas cuestiones tecnológicas tienen implicaciones directas sobre las valoraciones económicas, sociales y políticas propuestas sobre el papel de la metalurgia.
En la década de los 1980 se consideraba a El Argar una cultura de metalúrgicos altamente especializada, explicando su desaparición por el agotamiento de los recursos minerales y por el impacto de esta tecnología en el medio (deforestación por necesidades de combustible) (Lull 1983).
También en el Suroeste investigadores como Nocete (2004) han propugnado escalas productivas elevadas con capacidad de impacto ecológico.
En ambos supuestos la premisa de la especialización y de la alta capacidad productiva se basa en una percepción actualista de esta actividad y en una valoración del registro arqueometalúrgico poco crítica (véase Rovira 2016 sobre la situación en el Suroeste).
Por el contrario, desde el PA se ha defendido para ambas zonas, así como para el resto de la Península Ibérica, la hipótesis de una escala doméstica de producción a partir de una tecnología primitiva cuya capacidad productiva estaba condicionada, como ya se ha comentado, por su bajo rendimiento y por estructuras con volumen reducido de producción.
Dados los pocos cambios tecnológicos denotados por las escorias y las vasijas de reducción desde el Calcolítico al Bronce Medio (Rovira et al. 2015: 361-362), se ha argumentado que la única forma de incrementar la producción de metal era repitiendo o multiplicando las unidades de trabajo (Rovira 2016: 64), cuyo número máximo está limitado por la población y el espacio ocupado en los asentamientos.
Esto no quiere decir que no se observe un incremento relativo entre el metal consumido en el Calcolítico y la Edad del Bronce, con un metal que va aumentando su valor social.
Pero la escala de la producción no tuvo capacidad suficiente para generar situaciones críticas de colapso de recursos.
La abundancia de minerales de cobre, su amplia distribución por toda la superficie peninsular y su accesibilidad y fácil identificación en superficie puso al alcance suficientes recursos que hicieron que el cobre no fuera un elemento estratégico controlable y que su distribución y consumo tuviera un carácter preferentemente regional.
Los isotopos de plomo empiezan a definir mejor este consumo regionalizado y, a la vez, diversificado de cobre.
En este esquema productivo de escala limitada se entiende la habitual presencia de minerales (Tab.
4) en asentamientos distantes de las minas.
Las áreas especializadas de reducción del mineral cerca o a pie de mina son características de las explotaciones intensivas y en consecuencia de una mayor producción de metal.
En cambio, en la fase inicial, doméstica, el mineral se desplazaba hasta los poblados, como se ha comprobado en las importantes zonas mineras de Timna (Israel) y Faynan (Jordania).
Además este fenómeno llevó aparejada la invención del verdadero horno metalúrgico de mucha mayor capacidad productiva (Hauptmann 2007).
Desde mediados del II milenio cal AC se empiezan a detectar cambios significativos en la producción metalúrgica, no sólo por la generalización de la aleación del cobre con el estaño (bronce) cuya expansión nortesur, ya propuesta hace años (Fernández-Miranda et al. 1995), ha sido corroborada también a nivel europeo (Pare 2000), sino por una cierta homogeneización en la composición del metal, interpretable como un cambio en los recursos minerales utilizados, en los que la sustitución de menas arsenicales da paso al aprovechamiento preferente de minerales de mayor pureza.
Durante el Bronce Final predomina un metal con un nivel muy bajo de impurezas y los contenidos de estaño tienden a ser elevados (valores medios por encima del 10 % Sn).
La incorporación a redes comerciales más amplias como las del mundo atlántico, y en su fase final con el comercio colonial fenicio del Mediterráneo oriental, tiene su reflejo en la escala de la producción.
Un síntoma de ese cambio vinculado a una mayor producción y circulación del metal son los lingotes de cobre, y aunque de nuevo los isotopos de plomo siguen reflejando una amplia variedad de recursos explotados especialmente en el sur peninsular, se perfilan áreas con una mayor intensificación como el distrito minero de Linares (Jaén) (Montero et al. 2012).
Otro de los temas investigados por el PA se relaciona con los cambios tecnológicos que el contacto regular con el Mediterráneo oriental produjo durante la primera mitad del I milenio AC, que propician y permiten un cambio en la escala productiva.
Como ya apuntó Hunt-Ortiz (2003) en su tesis doctoral, tanto la nueva producción de hierro, como la explotación de la plata a través de la técnica de copelación son deudoras de esos contactos.
Pero también se producen cambios en la tecnología de horno para la reducción del cobre (Renzi 2013) y sobre todo se identifican los rasgos de una organización planificada por los intereses comerciales fenicios, que controlan la distribución de los productos metálicos y consiguen orientar la economía de las poblaciones indígenas para que cubran su demanda (Murillo-Barroso et al. 2016) con un claro incremento en la escala de producción respecto a periodos previos.
Estos cambios de escala productiva propuestos a través de los cambios en la tecnología metalúrgica están siendo confirmados por los estudios de contaminación ambiental, cada vez más frecuentes (Leblanc et al. 2000; García Alix et al. 2013; Martínez Cortizas et al. 2016; Manteca et al. 2017).
Vistos en su conjunto muestran, con las debidas variaciones regionales vinculadas a la mayor o menor intensidad de las explotaciones mineras y del metal extraído (Pb o Cu), que en el Calcolítico (hacia el 4500 cal BP) se detectan los primeros indicios de actividad metalúrgica, pero siempre a un nivel reducido.
También se identifica, tras unos mínimos hacia el 3500 cal BP, una tendencia ascendente de la contaminación que se incrementa hacia el 2700 cal BP llegando a su apogeo durante época romana republicana y se mantiene hasta el siglo III de la Era, produciéndose a continuación un brusco declive de la contaminación por metales.
La metalurgia del hierro
El tema de la arqueometalurgia del hierro en la Península Ibérica sobre el que el PA ha venido trabajando en los últimos años tiene enormes lagunas que es de esperar se vayan rellenando conforme aumente el registro arqueológico.
Por el momento la producción de hierro es una gran incógnita al seguir faltando la escoria, un subproducto esencial.
O quizás sea más apropiado decir que falta (o no tenemos) un buen criterio para reconocer lo que pudieran ser las escorias más primitivas de la producción de hierro.
La situación es muy similar probablemente a la que teníamos hace una veintena de años con las escorias y los hornos más antiguos de la metalurgia del cobre.
Esta situación ya la planteábamos en el congreso internacional The World of Iron celebrado en Londres en 2009 (Renzi et al. 2013) donde se revisaban los hallazgos anteriores y presentábamos nuevos análisis del yacimiento fenicio antiguo de La Fonteta en Guardamar de Segura (Alicante) y su interpretación, que luego serían re-evaluados por Martina Renzi (2013) en su tesis.
El panorama es muy similar en todas partes, incluso en los territorios de donde procedían los fenicios en las regiones costeras del Mediterráneo Oriental.
La tecnología de obtención de hierro a comienzos de la Primera Edad del Hierro es una incógnita.
Sobre el asunto volvíamos a insistir en aquellos años (Renzi y Rovira 2015), incidiendo en las dificultades de identificar las escorias y proponiendo como hipótesis de trabajo que esa "invisibilidad" de la primera siderurgia podía deberse al aprovechamiento de minerales de hierro muy puros, procesados en hornos muy sencillos, sin apenas
La Arqueometalurgia como debate
Conforme el PA fue cumpliendo años y se fueron publicando resultados, fue creciendo el interés entre los arqueólogos y las instituciones por la Arqueometalurgia.
A finales de la década de 1980, y sobre todo en la siguiente, se abrieron nuevas líneas de trabajo e investigación en los laboratorios de muchas Facultades de Ciencias que hasta entonces destinaban sus equipos primordialmente a las ciencias puras.
El PA no fue ajeno a que se produjera esa apertura pues, como se recordará, nuestros objetivos encaminados hacia un concepto más complejo y comprehensivo de la metalurgia pretérita necesitaban imperiosamente aprovechar los recursos logísticos de esos laboratorios a través de proyectos conjuntos o financiados.
Desde mediados de la década de 1990 publicaciones gestadas fuera del PA fueron animando un foro de discusión (al menos en lo que se refiere al uso de bibliografía) en un amplio espectro de la problemática.
Esta, a su vez, se reflejaba en congresos y reuniones periódicas dentro de la península (destacamos aquí el gran papel jugado por congresos como los Ibéricos de Arqueometría, que ya van por la XII edición) y, lo que es más alentador, la creciente representación española en eventos internacionales periódicos sólidamente establecidos, como el Symposium International on Archaeometry y la Archaeometallurgy in Europe International Conference, y en otros ocasionales.
Desde el inicio, los miembros del PA veíamos imprescindible participar en los foros internacionales desde una doble vertiente: allí nuestro trabajo podía ser evaluado con rigor y era donde se presentaban las tendencias metodológicas más actualizadas que nos han servido y sirven para enriquecer nuestro quehacer.
Gracias a esos repetidos contactos hemos establecido inmejorables relaciones con colegas que superan en muchos casos lo estrictamente profesional, o hemos tenido el honor de formar parte en numerosas ocasiones de comités científicos internacionales.
El desarrollo del PA no pasó inadvertido en los departamentos correspondientes de algunas Facultades de Geografía e Historia.
Participamos en seminarios y cursos más o menos especializados, bien para hablar de metodología, bien para presentar resultados y cómo éstos iban configurando nuevas ideas sobre la evolución de la metalurgia prehistórica y su impacto social.
La Arqueometalurgia sigue sin formar parte de las asignaturas curriculares de nuestras Facultades; sin embargo, el interés por ella queda reflejado en la inclusión de materias afines en muchos de los másteres que se imparten sobre Patrimonio, en algunos de los cuales participamos.
Finalmente, en los últimos años se han consolidado en Portugal grupos de investigación arqueometalúrgica muy activos, como los del Centro de Ciências e Tecnologias Nucleares, el Instituto Superior Técnico de la Universidad de Lisboa o el Laboratorio Hércules de la Universidad de Evora, cuyos trabajos completan y añaden información valiosa al debate sobre la Arqueometalurgia peninsular.
La información obtenida en este periodo de 35 años es mucha y cubre toda la Península Ibérica, pero es evidente que hay desequilibrios en cuanto a la representatividad geográfica dependiendo de la cronología y que tanto el periodo romano como el medieval pueden considerarse poco representados.
Sin embargo, al corresponder a un mundo más globalizado estos aspectos geográficos pierden relevancia respecto al de la Prehistoria, donde los desarrollos culturales tienen un carácter más regional y necesitan una mejor caracterización de cada una de las zonas geográficas a comparar.
En consecuencia una de las líneas de trabajo futuro será ir completando datos de las zonas y periodos menos conocidos y mantener la disponibilidad de los estudios metalúrgicos para los nuevos hallazgos arqueológicos, pero la principal preocupación será preparar el acceso abierto de la información.
Una de las palabras clave de referencia actualmente es Big data.
Nuestras bases de datos estrictamente no constituyen un caso de Big data, pero sí son una información que puede ser incorporada para su estudio en diseños de Big data, añadiendo capas de información del registro arqueológico y en combinación con los sistemas de información geográfica e infraestructuras de datos espaciales.
Christine Borgmann (2015) en su libro sobre el manejo de la información en la investigación académica desarrollan tres ideas a las que remitirse para compartir nuestros datos en abierto:
Tener datos correctos es mejor que tener muchos datos: no se trata del volcado directo de toda la información tal y como actualmente está recogida.
Los datos accesibles deberán ser sólo los que puedan ser útiles de manera comparativa y no generen ruido o confusión.
En consecuencia algunos análisis cualitativos o que no se pudieron hacer en condiciones óptimas (por ejemplo sin limpieza de su superficie) deberán ser filtrados.
Los datos de yacimientos multifásicos donde Es difícil compartir datos, ya que los incentivos para hacerlo son mínimos y la información puede variar mucho entre disciplinas.
Ya hemos comentado la dificultad de comparar análisis obtenidos con técnicas y laboratorios distintos, y hemos insistido en la compatibilidad general de los datos del PA con las grandes series de análisis europeas.
Las propuestas del proyecto FLow of Ancient Metals across Eurasia (FLAME) para el aprovechamiento y manejo de los datos analíticos antiguos y su sistema de clasificación de grupos de cobre (Pollard et al. 2015) son un marco adecuado para integrar los datos de la Península Ibérica en el contexto europeo.
La clasificación en grupos sin embargo, ajusta mejor si el valor límite del elemento se sitúa en el 0,15 % en vez del 0,1 % originalmente propuesto, como se aprecia en la comparativa de los análisis comunes entre el SAM y PA (Fig. 14).
Los datos no tienen valor o significado aislados.
El conjunto de análisis del PA tiene significado por sí mismo, pero su valor se incrementa si puede ser integrado en una perspectiva más amplia y sobre todo si puede ser manejado por un mayor número de investigadores.
El acceso abierto a través de la plataforma IDEARq [URL] (Fernández Freire et al. 2013), que constituye una infraestructura de datos espaciales, es el objetivo próximo.
Permitirá el uso de los datos correctos por parte de la comunidad científica, al tiempo que relaciona el material de los yacimientos con su cronología a través de la base de datos de C14 ya disponible y ofrece las referencias bibliográficas para su mejor contextualización.
El manejo de un gran volumen de datos e información posibilita plantear problemas de investigación a una escala diferente de la hasta ahora manejada.
Des-de el inicio el objetivo subyacente del PA era poder comprender en términos comparativos el papel de la metalurgia en el desarrollo de la complejidad social en la Península Ibérica.
Gracias a estudios parciales ha sido posible publicar algunas síntesis o perspectivas generales sobre esa primera metalurgia.
La información actual permite buscar explicaciones para fenómenos globales como los contactos culturales o la circulación de materias primas (en este caso el metal) en periodos posteriores y con una perspectiva geográfica más amplia.
Los datos del PA sobre la Península Ibérica se complementan con las aportaciones de otros investigadores españoles y portugueses, así como con datos de composición de mayor precisión gracias al uso de otras técnicas de análisis, sin olvidar la necesidad de abordar casos de estudio, cuyos detalles permitan ir matizando o precisando las visiones generales.
Esa perspectiva globalizadora es precisamente la que nos hace reflexionar a menudo sobre la propia historia del PA, una historia que se inició con unos investigadores formados en el campo de las Humanidades que pretendían buscar respuestas nuevas que, en principio, sólo podían encontrarse en el campo de la Ciencia de los Materiales.
Había que abrirse camino entre un sustrato de lugares comunes generados de modo poco crítico por las explicaciones que la investigación arqueológica había construido a mediados del siglo pasado.
Necesitábamos una base analítica sobre la que cimentar nuevas hipótesis.
Ese trabajo ya está en gran medida hecho y, desde esa perspectiva globalizadora, para avanzar hemos de aventurarnos por nuevos senderos.
Ciertamente quedan sombras (muchas) que habremos de intentar aclarar desde una base analítica, pero la visión final ya no puede ser la metalurgia de tal o cual yacimiento sino cómo esa metalurgia se inserta en un paisaje social mucho más amplio.
La Arqueometalurgia por sí sola no explica toda la complejidad de las sociedades pretéritas o, dicho de otro modo, sin conexiones disciplinares mucho más amplias no conseguiremos un retrato-robot satisfactorio de aquellas sociedades.
El futuro del PA pasa necesariamente por actuar en conexión con esas otras disciplinas disolviéndose en ellas o con ellas para generar un corpus más sólido y multifacético.
La relación de especialistas e instituciones con cuya colaboración se ha ido desarrollando el "Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica" sería tan extensa que imposibilita exponerla aquí en detalle.
Hay otras personas con una vinculación especial al laboratorio en distintos momentos.
Ya hemos mencionado a algunas como Susana Consuegra y Óscar García Vuelta.
Otras como Mark Hunt, Marc Gener, Pablo Gómez Ramos, Carolina Gutiérrez-Neira, Martina Renzi, Mercedes Murillo Barroso y Pau Sureda fueron o siguen siendo colaboradores incondicionales.
A todas ellas nuestro más sincero agradecimiento.
Y ya más de cerca, agradecemos a Antonio Uriarte los mapas que ilustran este artículo.
Autor Título Tesis, Universidad y año Director |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
La cueva de Chaves (Bastarás, Huesca): 15 000 años de ocupación prehistórica*
INTRODUCCIÓN: ¿CONOCEMOS LA CUEVA DE CHAVES?
Ante la invitación del comité de redacción de la revista Trabajos de Prehistoria de participar en el número especial 75, no dudamos en aceptar, porque era ya necesario dar una visión global acerca de lo que supuso la ocupación de la cueva de Chaves en la Prehistoria del Valle del Ebro (Fig. 1).
La cueva, como veremos más adelante, es excepcional por su tamaño, sus condiciones de habitabilidad y la calidad y cantidad de sus materiales, convirtiéndose en uno de los mejores yacimientos magdalenienses del Prepirineo y en el posible foco irradiador del Neolítico en todo el Valle del Ebro.
Por desgracia, este gran yacimiento fue objeto en 2007 de una brutal agresión a sus niveles neolíticos, al arrasar con maquinaria de gran tonelaje una superficie de unos 2000 m 2, todavía sin excavar, extrayendo la totalidad del sedimento.
Esto provocó la completa destrucción de una de las más importantes cuevas del Neolítico Antiguo de la Península Ibérica, comparable, sin duda, a las cuevas valencianas de l'Or y de Cendres.
La sentencia del 9 de noviembre de 2016 del Juzgado de lo Penal no 1 de Huesca condenaba por ello a D. Vitorino Alonso García, propietario principal del coto de caza donde se ubica la cueva, a dos años y seis meses de prisión por un delito contra el patrimonio, así como a indemnizar al Gobierno de Aragón con la cantidad de 25.490.805 euros (Sentencia 00255/2016;11/11/16).
La defensa argumentó en el juicio, entre otras cosas inciertas, que la cueva de Chaves era poco conocida pues había sido publicada en revistas locales.
Sin embargo, el yacimiento ha sido objeto de numerosas publicaciones (76 en total), entre las que destacan aquellas resultantes de congresos internacionales de Neolítico mediterráneo como los celebrados en Montpellier (Baldellou 1982), Carcassonne (Baldellou y Utrilla 1999), Valencia (Utrilla 2002) y Toulouse (Utrilla y Domingo 2014).
Chaves ha estado también presente en los congresos de Paleolítico como los de Preuilly-sur-Claise (Bocaccio y Utrilla 2013) y Vélez Rubio (Domingo et al. 2012) sobre Solutrense; o en los del INQUA referidos al Magdaleniense, celebrados en Saint Louis (Aura et al. 2011) y Berna (Utrilla et al. 2012); o en los de temas transpirenaicos de Pau (Utrilla y Mazo 1996), Tarascon-sur-Ariège (Utrilla y Montes 2007), Puigcerdá (Utrilla y Montes 2009) y Barcelona (Utrilla et al. 2010).
La cavidad, abierta en el conglomerado, presenta una boca orientada a Levante de 60 m de ancho, con una altura irregular que oscila entre los 30 m en la entrada y los 2 m en la zona más profunda, descendiendo a medida que se penetra hacia el interior con una longitud de 225 m.
La figura 2 muestra la superficie excavada de la ocupación neolítica y magdaleniense y la zona de bloques en el centro, lugar donde apareció el nivel solutrense y el enterramiento neolítico.
El espacio habitado documentado en nuestras excavaciones alcanzaba los 1000 m 2, de los cuales sólo excavamos 110, ya que fue eliminado el resto en la salvaje actuación antes descrita.
Sin embargo, si nos atenemos Fig. 1.
A. Localización de la cueva de Chaves (estrella) en relación con otros yacimientos del Neolítico Antiguo del este de la Península Ibérica y sur de Francia.
Cueva Lóbrega (Torrecilla en Cameros, La Rioja); 2.
Los Cascajos (Los Arcos, Navarra); 3.
La Lámpara (Ambrona, Soria); 5.
Rambla de Legunova (Biel, Zaragoza); 6.
Esplugón (Sabiñánigo, Huesca); 7.
Coro Trasito (Tella-Sin, Huesca); 8.
Espluga de la Puyascada y Forcón (San Juan de Toledo, Huesca); 9.
Cueva de La Miranda (Ligüerre de Cinca, Huesca); 11.
Cueva del Moro (Olvena, Huesca); 12.
Cova Colomera (Sant Esteve de la Sarga, Lérida); 13.
Grupo del Bajo Aragón: Plano del Pulido (Caspe, Zaragoza), Costalena (Maella, Zaragoza), Botiquería dels Moros (Mazaleón, Teruel); 15.
Alonso Norte (Alcañiz, Teruel); 16.
Pont de Roque-Haute y Peiro Signado (Portiragnes, Hérault); 17.
La Draga (Bañolas, Gerona); a los hallazgos arqueológicos que documentó el grupo espeleológico Peña Guara (GIE-Peña Guara 1973), el espacio habitado podría alcanzar los 2000 m 2, ya que se halló material neolítico en un gran tramo de la pared derecha (Fig. 2).
Todo ello hace suponer que el yacimiento ocuparía al menos todo el enorme vestíbulo de la cavidad.
Las características de Chaves como lugar de hábitat son excelentes: es amplia, soleada y relativamente seca, contando con un curso de agua a pocos metros por debajo de ella, en el barranco de Solencio.
Se halla bien iluminada por el sol en sus primeros 50 m, bajando las temperaturas al profundizar en su interior.
La altura de la cueva sobre el nivel del mar es muy adecuada para una explotación mixta de tipo valle/montaña en un paisaje abrupto que constituye un hábitat excelente para la cabra, el animal más cazado de Chaves tanto en el Paleolítico como en el Neolítico (Castaños 1993).
HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES
La cueva de Chaves aparece ya citada en el Diccionario de Madoz (1846) y en obras de excursionistas recogidas en Baldellou y Castán (1983).
L. Briet (1909) fue el primero que escribió sobre los materiales arqueológicos de la cueva, seguido por J. Galiay (1945) en su libro Prehistoria de Aragón.
Sin embargo, su potencial como yacimiento de primer orden no fue mostrado has-ta la década de los años 70, en particular en los trabajos de Abad (1970) y de la sección de Espeleología del Grupo Peña Guara (1973).
Vicente Baldellou realizó la primera excavación del yacimiento prehistórico en 1975, publicando sus resultados en el número inaugural de la revista Bolskan (Baldellou y Castán 1983).
En 1984, tras una revisión de la industria lítica (Cava 1983) que apuntaba a la presencia de útiles del Paleolítico Superior, con buriles y hojitas de dorso, Pilar Utrilla fue invitada a codirigir con Baldellou las excavaciones.
Desde ese momento, y hasta 1992 se excavó de manera sistemática el yacimiento.
V. Baldellou se encargó de los niveles neolíticos en la cata del vestíbulo y P. Utrilla de los niveles paleolíticos, excavando primero el Solutrense en el centro de la cavidad, y posteriormente el Magdaleniense bajo los niveles neolíticos previamente excavados.
En 1998 la última campaña de P. Utrilla terminó de agotar la superficie ocupada por los magdalenienses.
Las intervenciones se interrumpieron durante varios años hasta que V. Baldellou, ya en solitario, reanudó la excavación de los potentes niveles neolíticos durante 2005, 2006 y 2007.
La última precedió inmediatamente a la destrucción.
Veamos a continuación qué nos aportan en su cultura material las tres ocupaciones principales de Chaves (solutrense, magdaleniense y neolítica), datadas a partir de 27 fechas radiocarbónicas (Tab.
1), y qué propuestas planteamos respecto a la funcionalidad de cada uno de los asentamientos y la movilidad de sus habitantes.
La cata en el centro del vestíbulo, donde se hallaron los restos líticos solutrenses, entregó dos pequeños lentejones negros (c1 y c2) localizados entre niveles estériles de limos (Fig. 3).
La amplia horquilla de esta fecha exigía una nueva datación en muestra de vida corta.
Un hueso del mismo nivel 1 La calibración de todas las fechas de Chaves en cal BP y cal BC a 2σ se encuentra en la tabla 1.
Los dos lentejones entregaron una industria lítica formada por 16 puntas de escotadura de tipo mediterráneo y una veintena de hojitas de dorso, acompañadas de 17 buriles, 5 raspadores, junto a algunos perforadores y truncaduras (Fig. 4).
Las piezas líticas son en total 77, más 13 láminas con huellas de uso.
Según el estudio traceológico de las puntas de Chaves sólo tres conservaban huellas de su uso como proyectiles (Domingo et al. 2012).
A las piezas cabría añadir 12 más procedentes de la cata 1 de Peña Guara, dado que los niveles superior e inferior eran limos estériles.
Por tanto, estamos ante una ocupación bastante fértil, dada la exigua superficie excavada de apenas 2 m 2.
Existían además abundantes elementos de débitage: 341 hojas brutas no retocadas, 186 lascas, 790 microlascas, 21 láminas de cresta, 15 avivados y 5 núcleos, lo que lleva a pensar en una talla in situ.
En otros estudios analíticos comparamos la longitud y forma de la escotadura de las piezas de Chaves con las de otros yacimientos mediterráneos (Utrilla y Mazo 1994).
Los resultados fueron sorprendentes: había más afinidad entre las puntas de Chaves y las de los yacimientos del Salpetriense en el Gard y el Ardèche (La Salpêtrière, Cadenet, La Rouvière) que entre las puntas de Chaves y las del Mediterráneo español (Reclau Viver, l'Arbreda, Davant-Pau, Parpalló y Cova Ambrosio).
Así, en "sus magnitudes máximas, las piezas de Chaves se acercan más a las puntas largas y estilizadas del sureste francés que a las diminutas de Ambrosio y Parpalló o a las cortas y anchas del Serinyà.
En consonancia, la longitud de la escotadura es también mayor en las piezas de Chaves (14 mm) que en las del Levante (8 a 12 mm), aproximándose así a las de los conjuntos salpetrienses del Ródano (16 a 17 mm).
El pedúnculo es en Chaves, como en el núcleo francés, rectilíneo, mientras que en las piezas del sureste peninsular presentan ocasionalmente morfologías 'en forma de coma'.
Otro elemento significativo es la frecuente presencia de un dorso opuesto a la escotadura en las piezas del Levante español, desconocido tanto en Chaves como en el conjunto del sureste francés" (Domingo et al. 2012: 510).
Este tema fue tratado con mayor detalle en un artículo específico entre Chaves y la Salpetrière, donde se estudiaba además la tecnología de sus núcleos y laminillas.
En ambos casos las pautas tecnológicas fueron idénticas
El asentamiento magdaleniense (Utrilla 1989; Montes y Utrilla 2008) ocupa 62 m 2, formando una planta de tendencia oval en misma la zona del asentamiento neolítico, estando ubicado en el lugar más soleado y con menor corriente de aire (Fig. 2) No se descarta que pudiera haber otras ocupaciones superopaleolíticas en la cueva todavía conservadas, dado que el arrasamiento del yacimiento se detuvo en la costra.
Bajo ella apareció un potente nivel de hasta 60 cm de espesor (1c) que se subdivide en dos tramos: el superior (1c1) es casi estéril, está muy cementado y presenta piedras angulosas de buen tamaño por lo que sugerimos una posible formación en el Younger Dryas (Aura et al. 2011), ya que, según comunicación personal de M. Hoyos, la costra estaría sellando el Tardiglaciar.
Contenía una punta de pedúnculo central y una lámina retocada, pero ningún hueso o carbón que permitiera su datación.
Por su parte el nivel inferior (1c2), contenía limos con muy pocas piedras.
Entregó 54 piezas retocadas (Tab.
2) entre las que destacan 7 raspadores unguiformes, uno de ellos circu lar (Fig. 6: 16).
La datación obtenida sobre una diáfisis de un mamífero de tamaño medio de 12480 ± 53 BP (D-AMS 024761) indica que se trata de material incorporado desde el nivel magdaleniense subyacente (2a).
La ocupación magdaleniense se identifica en dos niveles de limos compactos (2a y 2b) (Fig. 5), siendo el 2a de color marrón grisáceo y el 2b muy negro, debido a los abundantes carbones y a la riqueza de materia orgánica, que le aporta una textura grasienta.
Ambos niveles son muy ricos en fauna e industria lítica y ósea, con mayor densidad en el nivel 2b.
Un piso de piedras ubicado en la base del nivel 2a separa las dos ocupaciones.
Una segunda capa se documenta en la base del nivel 2b, aunque las piedras llegan a estar presentes en todo el nivel.
La industria lítica de Chaves es muy rica, variada y con muy bellas piezas, siempre dentro de la más ortodoxa tipología (Fig. 6).
Selección de industria lítica sobre sílex del Magdaleniense de Chaves.
En conjunto, la industria lítica de Chaves se caracteriza por un dominio de los buriles sobre los raspadores en el nivel 2b y a la inversa en 2a junto con la presencia de láminas retocadas, en particular en este último nivel.
En el nivel 2a aumentan los raspadores unguiformes, carenados y en abanico, siempre de pequeño tamaño, algo habitual en la evolución del MSF.
La abundancia del débitage (Tab.
3) sugiere que la talla lítica fue realizada in situ.
Chaves ha entregado un centenar de piezas de industria ósea entre las que dominan los útiles de caza (39 entre varillas y azagayas).
También hay "útiles de trabajo", piezas no utilitarias y colgantes.
En la tabla 4 se presenta un cuadro sintético por tipos y en la figura 7 los materiales más diagnósticos.
Destaca un fragmento de diáfisis con dos series de trazos perpendiculares enmarcados en dos trazos horizontales y que interpretamos en su momento como un posible sistema de notación lunar (Mazo et al. 2008) (Fig. 7: 10).
Otro fragmento óseo, todavía inédito, mostraba también 14 marcas paralelas bien alineadas.
En este sentido llama la atención que mientras en el Magdaleniense Medio las marcas de notación aparecen sobre piezas elaboradas (hioides de Abauntz, La Güelga, Tito Bustillo, dientes en la Garma) en el MSF cualquier esquirla vale como soporte.
Como comentario general a la industria ósea de Chaves señalaremos lo siguiente:
1) La relativa abundancia de piezas óseas para tratarse de un yacimiento mediterráneo, sólo superada por Bora Gran y Abauntz entre los yacimientos de la vertiente sur del Pirineo.
Ambas cuevas están muy vinculadas al Pirineo francés por encontrarse en los extremos más accesibles.
2) La presencia significativa de armas de caza (39 evidencias) pero también de útiles como cinceles, punzones o agujas, lo que lleva a pensar que el asentamiento acogió a toda la población con diferentes actividades.
3) La ausencia de arpones, si bien es algo bastante frecuente en yacimientos de la cuenca mediterránea.
En el Valle del Ebro sólo las cuevas de Abauntz y Bolichera han entregado un ejemplar (Utrilla et al. 2010).
Un estudio microespacial sobre la totalidad de la ocupación pretende delimitar áreas de actividad en el campamento magdaleniense.
El análisis de componentes principales en el nivel 2a (todavía no definitivo) entregó una asociación de los restos de talla y los núcleos.
En cambio, entre las piezas retocadas, aparecía un grupo que comprendía raspadores planos, láminas retocadas y raederas, es decir, piezas coherentes con el raspado de pieles y actividades culinarias de corte, además de ocres y huesos pulidos.
Otro grupo relacionaba buriles sobre truncadura y denticulados, muy próximos a dos hogares, por lo que podrían estar relacionados también con actividades de cocina.
El último sin embargo unía buriles diedros y azagayas, agrupamiento que se mantendrá también en el nivel 2b.
Podría corresponder a tareas relacionadas con la reparación y aguzado de las armas.
Basándonos en este estudio previo, adelantamos (Utrilla y Montes 2009) una posible interpretación de las actividades hechas en el asentamiento en dos lugares bien delimitados: en la zona más próxima a la luz (bandas 13, 11 y 9) se realizaría un trabajo fundamentalmente doméstico: el raspado de pieles y actividades culinarias.
Ello estaría documentado por la acumulación de raspadores, láminas retocadas y numerosos restos de fauna.
En cambio, en la zona más profunda, la actividad quedaría marcada por la presencia de las armas de caza (varillas y azagayas) y los buriles asociados a ellas, quizá para efectuar labores de reparación o aguzamiento de las mismas.
Curiosamente esta distribución aparece también en las mismas zonas en la cueva de Abauntz (Utrilla et al. 2003(Utrilla et al. y 2015)).
Si nos fijamos en la fauna cazada, veremos que la cabra pirenaica supuso la base principal de su alimento: 85 % en el nivel 2b y 90,3 % en el 2a.
El esqueleto craneal está altamente representado, ya que supone el 63,17 % de los huesos de cabra, frente a un 33,67 % de las extremidades y un 3,14 % para huesos del tronco.
Los huesos están muy fragmentados.
Las hembras duplicaron a los machos como presas de caza, existiendo además un elevado número de restos de inmaduros2.
Los conejos fueron también alimento habitual, tal como se detecta en la mayoría de los yacimientos mediterráneos.
Su talla es mayor que la del conejo actual pero menor que la En resumen, la población viviría en el yacimiento permanentemente, tal como lo demuestran los restos de fauna cazados a lo largo de todo el año (Castaños 1993) y la industria ósea variada, no sólo de armamento.
Sería por tanto un campamento-base de hábitat, con toda la población asentada en él.
La ocupación del Neolítico es la más rica y extensa de las constatadas en el yacimiento, siendo hallada en todos los sondeos practicados.
En el interior de la cueva, los niveles neolíticos fueron bautizados como 1a y 1b al encontrarse bajo el nivel superficial (sup) y directamente sobre una costra estalagmítica, muy compacta, de grosor variable entre 10 y 15 cm. Esta costra fue perforada durante el primer momento neolítico (nivel 1b) por una veintena de estructuras negativas identificadas como silos y cubetas realizadas para diferentes usos (Figs.
Entre ambos niveles se han obtenido 18 dataciones radiocarbónicas, todas ellas solapadas entre sí, que muestran unos 500 años de ocupación ininterrumpida de la cavidad.
La inicial, 6580 ± 35 BP (GrA-38022) sobre Ovis aries, marca una de las fechas de vida corta más antiguas para el Neolítico Antiguo del interior de la Península Ibérica (Tab.
Planta de la cueva de Chaves con indicación de las fosas, cubetas y cantos pintados o manchados con restos de ocre.
Sección de la cubeta de las bellotas (cuadro 5C/5D).
La cerámica es uno de los elementos más numerosos dentro del registro material de los niveles neolíticos de Chaves.
N. Ramón (2006) estudió una parte importante de la colección (hasta la campaña de 1992) tomando como unidad de análisis el fragmento.
Presentamos aquí las cuestiones más destacables de un nuevo estudio, que toma como unidad de análisis el recipiente decorado, por lo que los resultados obtenidos pueden variar sensiblemente con los publicados por N. Ramón.
El total de fragmentos hallados en los niveles 1b, 1a y superficial, asciende a 11.206 (Sánchez 2015); de ellos se han seleccionado 803 fragmentos decorados que presentan el tamaño y características necesarias para asignarlos con garantías a un número mínimo de vasos, que quedan reducidos a 170 recipientes decorados.
En la distribución por niveles, 503 fragmentos pertenecen al nivel 1b, quedando reducidos a 82 recipientes, 281 al nivel 1a, resultando 73 recipientes y 18 fragmentos al superficial, agrupados en 15 recipientes.
Por otra parte, se han encontrado fragmentos de un mismo recipiente distribuidos por ambos niveles, que se han asimilado al nivel en donde se han hallado la mayor parte de los restos, tal y como sucede en otros yacimientos como Cendres (Bernabeu y Molina 2009: 56-57) o La Falguera (Molina 2006: 180-181).
Para la clasificación morfológica los recipientes han sido agrupados en cuatro formas básicas: recipientes con cuello destacado (o botellas), recipientes globulares, cuencos hemisféricos, y vasijas ovoides.
En el nivel 1b, la muestra está dominada por los recipientes globulares (35) y las vasijas ovoides (29), siendo cuencos hemisféricos muy minoritarios (7).
En el nivel 1a, siguen dominando los vasos globulares (26), aunque con menor peso estadístico.
El principal cambio entre ambos niveles se da en el aumento extraordinario de los cuencos hemisféricos (20) y el descenso de las vasijas ovoides (17).
Las botellas son muy minoritarias en ambos niveles (5 en el nivel 1b y 6 en 1a).
En toda la secuencia dominan los recipientes de mediano tamaño.
La diferencia fundamental está en el aumento de recipientes grandes en el nivel 1a, y el descenso de recipientes pequeños.
Respecto a las características tecno-tipológicas hemos aplicado los parámetros y valores que estableció X. Oms (2014) en su tesis doctoral.
En ambos niveles predominan las cocciones irregulares, seguidas de las oxidantes.
La cocción reductora es testimonial.
Los desgrasantes serían en su mayor parte añadidos, según los diferentes estudios petrológicos realizados (Gallart y López 1988; Trab.
Industria lítica y ósea
En sílex se han documentado 351 piezas, entre ellas 25 taladros de larga punta central, 36 hojas con pátina de cereal (13 en el nivel la y 23 en lb) y 59 geométricos, la mayoría triángulos y segmentos de doble bisel sobre los que se ha realizado su análisis traceológico (Domingo 2012).
Sorprende la escasez de microburiles (sólo tres, uno de ellos de tipo Krukowsi), lo que sería indicio de que o no se han trabajado los geométricos in situ o se utiliza una talla no vinculada a la técnica de microburil.
La posibilidad de que estos geométricos fueran producto de un intercambio con poblaciones locales de tradición mesolítica entraría en conflicto con la singular tipología de algunas piezas de trapecios rectángulos con retoque inverso en la base que recuerdan tipos provenzales como los de la Grotte Lombard o Pendimoun (Cava 2000).
Otros yacimientos similares en lo lítico a Chaves (nivel la) serían Plano del Pulido (Utrilla y Bea 2012), Alonso Norte (Benavente y Andrés 1989) y Esplugón (Utrilla et al. 2016) con fechas similares al nivel la, en torno al 6000 BP.
Dominan allí los segmentos sobre los triángulos y trapecios y aparecen documentados taladros y láminas con pátina de cereal, (Utrilla 2012; Utrilla y Domingo 20143 ).
También sería similar a Chaves el recientemente publicado abrigo de Valmayor IX (Rojo et al. 2015) con dos fechas idénticas a los dos niveles de Chaves en sus niveles II y III4 y una progresión de los segmentos a medida que avanza el Neolítico.
En piedra pulimentada el inventario de Sánchez (2015) sobre los materiales recuperados por Baldellou registra 88 hachas o azuelas pulimentadas de variados tamaños y materias primas, predominando las de pequeño tamaño, (Fig. 13A).
Las de mayor tamaño se concentran en su mayoría en los cuadros pares del fondo (bandas 8 a 12) en una zona de trabajo junto a cantos con ocre (no pintados), yunques o machacadores y la mayoría de los útiles de hueso.
En hueso se han recogido 187 piezas trabajadas, clasificándose 77 de ellas como "útiles apuntados", entre punzones, puntas o alfileres (Fuente 2001), destacando en el conjunto algunas cucharas y espátulas, similares a las del Neolítico valenciano (Fig. 13C).
Se conocen además 95 elementos de adorno (31 en el nivel 1a y 64 en el 1b), la mayoría colgantes de hueso, piedra o concha (en especial Columbellae y Dentalia) (Fig. 13B).
Destaca, en una zona con restos humanos del nivel 1a, el hallazgo de una cuenta de variscita procedente de Can Tintorer, muy similar a 44 encontradas en Olvena Fig. 10.
Distribución por niveles de la decoración principal de los recipientes de Chaves.
Cordones lisos e impresos se han contabilizado únicamente cuando son la única decoración del recipiente.
También se hallaron anillos de mármol o de hueso (uno en el dedo corazón del muerto enterrado) y un singular brazalete o diadema decorado con motivos geométri-cos incisos (Baldellou y Rodanés 1989) (Fig. 13D).
La mayor concentración de adornos se halla en el nivel lb en las bandas 7 a 17, en la zona de las cubetas, del empedrado y de los cantos pintados.
Existiría por tanto una zona al fondo (zona de cuadros pares) donde se realizarían actividades de mantenimiento (punzones, espátulas, hachas) y otra (zona de cuadros impares) donde aparecen los cantos pintados y elementos suntuarios de decoración personal (anillos, colgantes), dentro de una gran variedad de actividades que confirman la funcionalidad de Chaves como hábitat permanente de toda la población.
Un gran interés tiene la presencia insólita en el nivel cardial de un centenar de cantos pintados o con huellas de ocre, de los que 30, ubicados sobre todo en la zona impar junto a la zona pavimentada y las fosas adyacentes, presentaban motivos figurativos.
Destacan 5 antropomorfos, uno de cabeza triangular (Fig. 14, no 1) y 4 en forma de orantes con brazos levantados y dedos muy abiertos.
Este tipo recuerda a los impresos en cerámicas de Cova del Or y la Sarsa o a los pintados parietales del Pla de Petracos (Martí y Hernández 1988), lo que permite establecer relaciones claras con el núcleo cardial alicantino (Fig. 14, no 2 a 4).
A destacar que, en tres de los cuatro casos de orantes, el brazo levantado es sólo uno y que uno de ellos está inciso sobre un fondo pintado (Fig. 14, no 4).
El resto lo constituyen motivos geométricos como cruces, esteliformes, series verticales unidas o bandas.
La posición de estos motivos en la parte distal de los cantos, opuesta a la parte apuntada y no en la zona más ancha y plana, permite pensar que se realizaron para ser hincados (Utrilla y Baldellou 2001-2002, 2007).
Los cantos de la zona de cuadros pares presentan diferentes grados de restos de ocre, pero no contenían motivos pintados reconocibles.
El enterramiento en fosa
El valor ritual de estos cantos rodados quedaría patente además en la presencia de 296 cantos blancos, esta vez sin pintar, que cubrían un enterramiento en una pequeña fosa irregular de un varón adulto datado en 6230 ± 45 BP (GrA-26912) y que portaba un grueso anillo de hueso en su dedo corazón.
Apareció fuertemente replegado, en "fardo funerario", y cubiertos algunos de sus huesos (cráneo, manos y pies) con ocre rojo, es decir, en la zona que no estaba tapada por el vestido o mortaja, del que se halló un pequeño fragmento de tejido (Utrilla et al. 2008).
Presentaba una postura similar a la del enterramiento en fosa del Alto de Rodilla en Burgos, de cronología similar (Alonso y Jiménez Echevarría 2015) y a la de otros enterramientos del Próximo Oriente (Çatal Hüyük, Tell Halula, Cayönü, Dja'de o Tell Aswad) (Molist et al. 2004).
Pertenece a un haplogrupo, el K, habitual en esta zona nuclear y presente también en Can Sadurní (Gamba et al. 2011) y Cova dels Trocs (Haak et al. 2015).
Ocupaba el centro de la cueva, bajo los bloques caídos del techo.
Además, se han hallado un mínimo de otros tres individuos neolíticos cuyos restos aparecían diseminados por la gran cata del vestíbulo.
Obsérvese que este último enterramiento posee una cronología más coherente con la escasa presencia de variscita en Chaves, siendo más cercano a las primeras fases atestiguadas de explotación de las minas de Can Tintorer (Villalba 1999) y a la capa 11 de Can Sadurní, en la que ya hay presencia de calaíta (Edo et al. 2011: 67).
La fauna de los niveles neolíticos (Castaños 2004) es realmente espectacular, con 12.754 restos óseos reconocibles y 593 NMI, lo que sitúa a los niveles de Chaves como los más ricos, con diferencia, de todo el Neolítico peninsular.
El resto de las grandes cuevas neolíticas apenas superan los mil restos, como se puede apreciar en la tabla 5.
Añádase que la superficie excavada en estos yacimientos no es menor que la de Chaves.
Se han identificado 4 especies domésticas (toro, oveja/cabra, cerdo y perro), 6 de ungulados salvajes (caballo, uro, cabra, ciervo, y jabalí) y 7 de carnívoros (lobo, zorro, oso, gato salvaje, lince, tejón y marta) además de conejo y liebre.
Destaca singularmente esta presencia de cerdo, la más alta del neolítico peninsular.
Las grandes dimensiones de la cueva permitirían su estabulación.
En cuanto al paisaje vegetal, el único estudio palinológico que poseemos fue realizado por P. López (López-García 1992; López-García y López Sáez 2000) aunque se registró sobre una muestra demasiado pequeña.
El nivel 1b presenta un bosque abierto, tipo bosque-estepa, con una tasa de polen arbóreo de 40-60 %.
Predomina el pino (Pinus halepensis), seguido por Quercus ilex/ coccifera, Corylus, Juniperus y otras especies de clima templado como Tilia o Buxus.
La existencia de plantas nitrófilas, más del 50 %, certifica la acción humana sobre el medio mientras que el alto porcentaje de Asphodellus albus refleja la existencia de fuegos.
En el nivel 1a la presencia de polen de cereal corrobora la presencia de cultivos en el entorno, al mismo tiempo que se registra un desarrollo de la masa forestal (hasta 85 % de polen arbóreo).
Por tanto, no se documentaría el cultivo de cereal, según el polen, hasta la segunda etapa del Neolítico Antiguo, pero ello debe complementarse con los estudios de Domingo (2014) quien analiza la traceología de 37 láminas de sílex con pátina lustral existentes ya desde el nivel lb.
Mazzucco por su parte, al estudiar estas mismas piezas un año después, argumenta que los campos se acercarían más a la cueva en el nivel 1a, dado que el polen de cereal pesa mucho y no se desplaza tanto como el polen de pino y otros.
Eso explicaría que en el nivel 1b sólo hubiera herramientas de siega, pero no polen, aunque ello no excluye la existencia de prácticas agrícolas (Mazzucco et al. 2015).
El estudio antracológico, realizado por Alcolea (Alcolea et al. 2017), iría en la misma línea de los estudios de polen en pro de una mayor presencia de actividades de economía "neolítica" en el nivel la, ya que documenta un aumento evidente de Juniperus en este nivel, lo que quizá podría explicarse por su elección como planta forrajera para un ganado estabulado en la cueva (Fig. 16).
No obstante, no vemos clara su funcionalidad como redil en el nivel 1a, ya que los supuestos lentejones que entregan los fumiers aparecen en el nivel 1b (que, por otra parte, es sin duda un lugar de hábitat humano) y no en el 1a.
Podría aceptarse, en cambio, que se almacenara el forraje en la zona de hábitat pero que se estabulara el ganado en otro lugar de la inmensa cueva.
Sin embargo, si por algo es interesante desde el punto de vista económico la cueva de Chaves es por certificar el consumo de bellotas por parte de los humanos, ya que son grandes proveedoras de carbohidratos.
En 1986 se localizó una estructura en cubeta (Fig. 8) para asarlas, estando ubicada además junto a un pozo anexo donde pudieron ser previamente procesadas.
Zapata sugiere que se introducirían en agua dentro del pozo contiguo para quitarles los taninos y frenar su amargor.
En Chaves, la carbonización debió suceder bien durante el secado al fuego, bien durante el tostado para ser consumidas enteras asadas.
Las bellotas se habrían colocado al fuego sin descascarillar, por lo que el descascarillado se realizaría después de la torrefacción, golpeándolas sobre una roca, sobre un molino, o con palos o mazas en el interior de un saco (Zapata et al. 2008).
A tal efecto, se ha recuperado un buen número de instrumental de piedra como cantos, machacadores, molinos y yunques que podrían asociarse a estas tareas.
Chaves: un poblado neolítico
El estudio de sus materiales, su distribución espacial y las características topográficas de la cueva nos hace considerar a Chaves como un hábitat estable con multifuncionalidad de tareas.
Incluso podría asimilarse a un verdadero poblado, con espacios diferenciados y cubierto por la enorme bóveda de la cavidad.
Hay, al menos, diez evidencias que apuntan en ese sentido:
La existencia de espacios propios para distintas funciones y usos, que pudieron cambiar a lo largo de las fases (Alday et al. 2012; Alcolea et al. 2017) 2.
La diversidad de instrumental lítico hallado en ambos niveles (Cava 2000), con taladros y hoces, muy diferente a la localizada en otros yacimientos usados únicamente como altos de caza, rediles o lugares de enterramiento (Utrilla 2012).
Las diferentes actividades realizadas, constatadas mediante los estudios traceológicos (Domingo 2014; Mazzucco et al. 2015).
La riqueza y variedad de su industria ósea y los ornamentos hallados, algunos de ellos, como el brazalete inciso, únicos en todo el ámbito neolítico.
La veintena de estructuras destinadas al almacenamiento, en donde se han encontrado recipientes construidos ad hoc para los mismos (o viceversa, las estructuras negativas se han construido para las vasijas) 6.
Los numerosos hogares distribuidos en zonas concretas del yacimiento o la cubeta plana destinada al asado de bellotas (Zapata et al. 2008).
La distribución porcentual de especies domésticas y salvajes, primando ampliamente las primeras, pero manteniendo todavía una importante presencia de actividades cinegéticas (Castaños 2004).
Con ello se aleja del patrón encontrado en otros yacimientos que parece responder a un único uso como redil.
La existencia de empedrados conservados en partes concretas de la cueva, realizados a partir de la acumulación de cantos rodados recogidos en la cercana cueva del Solencio (Fig. 8).
Además, se ha constatado la existencia de manteados de barro que bien pudieron suponer otro elemento de compartimentación o de acondicionamiento del espacio.
Si bien el pequeño tamaño de éstos plantea dudas acerca de que en realidad sean pellas de arcillas cocidas de manera casual.
Durante la última campaña también se atestiguó una acumulación de arcilla compactada entre las cubetas de la zona de almacenaje del fondo de la cueva.
La total variedad morfológica y decorativa de la cerámica, que indica una diversidad funcional muy amplia, con más de 170 recipientes estudiados, entre los que se encuentran grandes vasijas y botellas de almacenaje hasta pequeños vasos profusamente decorados; así como la distribución diferencial en el espacio de los diferentes tipos de recipientes, que refrenda la hipótesis de áreas concretas de almacenamiento.
Los espacios diferenciados de enterramiento en fosa hallados en 1984 (Utrilla et al. 2008) y las zonas concretas de acumulación de cantos pintados con motivos en rojo que trascienden al mundo de lo simbólico y que presentan paralelos idénticos en las pinturas esquemáticas de Solencio, ubicadas enfrente de la boca de Chaves en el mismo barranco (Utrilla y Baldellou 2001-2002, 2007).
En cuanto a la procedencia y movilidad de estas poblaciones tenemos elementos para suponer relaciones, ya desde el nivel 1b, con el levante peninsular, tanto con el núcleo alicantino por el tema simbólico del orante, cerámicas cardiales con motivos prácticamente idénticos a los de Or y Cendres (Martí et al. 1980; Bernabeu y Molina 2009) y por similares fechas radiocarbónicas, como con la Cataluña costera, por sus paralelos cerámicos y dataciones similares a Guixeres de Vilobí y Cavet (Martins et al. 2015); pero también con la Provenza por sus tipos de geométricos similares a los de Pendimoun (Binder y Sénépart 2010).
Menor sería la relación con Languedoc, que presenta abundantes fondos cerámicos planos prácticamente ausentes en Chaves5, aunque posee un único paralelo cerámico con Pont de Roque-Haute y Peiro Signado (Manen y Guilaine 2002).
El nivel 1a, donde la decoración cerámica está dominada por la impresión de instrumento, con presencia esporádica de boquique y menor componente cardial, se relacionaría con el resto de puntos pirenaicos oscenses como Espluga de la Puyascada (Baldellou 1987), Trocs (Rojo et al. 2013), Coro Trasito (Clemente et al. 2014) o ilerdenses como Colomera o Tabac (Oms 2014) entre otros muchos.
También encontramos similitudes en todo el valle del Ebro e interior peninsular, con tipos cerámicos idénticos en Cueva Lóbrega (Barrios 2004), La Lámpara (Rojo et al. 2011), Los Cascajos (García Gazólaz et al. 2011), o el grupo ya conocido del Bajo Aragón (Botiquería dels Moros, Costalena, Plano del Pulido, entre otros), así como en el Languedoc (Gazel, Dourgne, Campafraud) (Manen 2002; Rodríguez 1984).
OTRAS OCUPACIONES DE LA CAVIDAD
Durante 1975 se hallaron dos niveles de la Edad del Bronce en tres de las cuatro catas realizadas en la parte exterior de la cueva (Baldellou y Castán 1983).
Dentro de la cavidad, una vez superados los enormes bloques de la entrada, no apareció ningún estrato de esta cronología.
Los materiales recuperados se reducen básicamente a cerámica decorada mediante cordones digitados, aunque aparecieron también cordones lisos, pezones y ungulaciones6 (Maya 1983).
También se ha documentado la
Muchas son las personas que han trabajado en los últimos 40 años sobre la cueva de Chaves, pero en especial nuestro agradecimiento va para el excavador del yacimiento, Vicente Baldellou, quien dedicó gran parte de su vida arqueológica a esta cueva tristemente expoliada. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Este artículo presenta los resultados estratigráficos, cronológicos, tecnológicos y zooarqueológicos de las campañas de excavación (2011 a 2013) en la Balma de la Vall (Montblanc, Tarragona).
Su motivación principal es dar a conocer el yacimiento y caracterizar la secuencia documentada, aportando información sobre la variabilidad ocupacional y las dinámicas de movilidad y gestión del territorio durante las fases finales del Paleolítico superior.
Este punto será de vital importancia para una futura interpretación regional de las dinámicas económicas y demográficas de los cazadores-recolectores en el NE de la Península Ibérica, especialmente en el territorio litoral y prelitoral comprendido grosso modo en torno a la cuenca distal del río Ebro.
Esta área constituye un caso ideal para plantear, a escala regional, la caracterización integral del comportamiento de los grupos humanos del Tardiglaciar.
La intensidad de la investigación durante los últimos 30 años ha proporcionado un importante corpus de datos y yacimientos para abordar cuestiones más allá de la mera caracterización y comparación tecno-tipológica de los conjuntos.
Esta ocupación coincide con el final del GS-2 o Dryas antiguo y ello es evidente observando la distribución de las dataciones absolutas (Morales et al. 2012: 25).
En este sentido destaca la homogeneidad de las principales secuencias regionales, como la del Abric del Filador, el Molí del Salt, la Cativera o el yacimiento inédito de la Cova de les Borres 1.
En to-1 La Cova de les Borres se localiza en el término municipal de La Febró, comarca del Alt Camp (Tarragona).
El yacimiento, actualmente en excavación por parte del IPHES, presenta diferentes niveles de ocupación humana comprendidos grosso modo entre los 15 y los 11 ka cal BP. das ellas se observa una sincronía en el origen de las ocupaciones (tránsito GS-2/GI-1), su perduración hasta bien entrado el Holoceno y la falta de las mismas durante el GS-1 o Dryas reciente y el Pre-Boreal.
Además de estos asentamientos, con una dinámica de ocupación continua durante gran parte del Tardiglaciar, otros tienen un patrón de ocupación más esporádico como l'Hort de la Boquera, Picamoixons o la Balma de la Vall.
Aquí las ocupaciones se asocian a horquillas cronológicas más constreñidas, con una perduración no tan significativa.
La variabilidad diacrónica de los patrones de ocupación de los distintos yacimientos permite estudiar las dinámicas de asentamiento de los mismos y su función.
Este primer trabajo sobre la Balma de la Vall ahonda en esta línea y diseña una interpretación de los datos dirigida a la caracterización del tipo de ocupaciones que generaron los horizontes arqueológicos excavados.
Se sitúa en el margen izquierdo del Barranco de la Vall, un cauce tributario que recorre el sector nororiental de las Montañas de Prades y que a 2 km al sur del yacimiento se incorpora al curso principal del río Francolí.
Éste barranco conforma uno de los ejes de comunicación natural más significativos del entorno, uniendo el corazón de las Montañas de Prades con uno de los principales valles fluviales de la cadena costera catalana.
Los dos abrigos que conforman la Balma de la Vall se abren en un banco de areniscas rojas, a techo del Buntsandstein2 (IGME 1975).
El abrigo superior tiene unas dimensiones de 21 x 10 m que en el inferior se reduce a 10 x 7 m (Fig. 2).
Destaca la práctica ausencia de cerámica y la existencia de una industria de lascas y láminas para la que no propone atribución crono-cultural.
En 1975 miembros de la Sección Arqueológica del Museu-Arxiu de Montblanc i Comarca descubren los dos abrigos que conforman la Balma de la Vall.
En 1976 tuvo lugar una campaña de prospección y recogida de los materiales superficiales del yacimiento para En LV1 y LV2 se recuperó abundante material cerámico asociado al Bronce medio.
En LV3 se excavaron 22 m 2 definiendo tres niveles con material lítico y fauna: "Estrato 1", formado por tierra vegetal quemada debido a una carbonera subactual, con sílex y fragmentos de cerámica a mano; "Estrato 2", un nivel estalagmítico con restos arqueológicos y "Estrato 3", un nivel de arcillas rojas compactas con numerosos restos arqueológicos (Adserias y Solé 1994).
Las piezas líticas de los "Estratos 2" y "3" de LV3, a falta de dataciones absolutas, se atribuyeron al Paleolítico superior final por su similitud tipológica con los materiales de Sant Gregori (Falset) y de la Font Voltada (Barberà de la Conca) (Adserias y Solé 1994).
El registro faunístico, aunque escaso, permitió identificar restos de Capra pyrenaica, Cervus elaphus, Lynx sp., Oryctolagus cuniculus y Bovidae sp.
Finalmente, en 2011 se inició un nuevo ciclo de investigación desde el IPHES y el Museu-Arxiu de Montblanc i Comarca.
Los trabajos, planteados como ampliación del proyecto 2014/100574 "Evolución paleoambiental y poblamiento prehistórico en las cuencas de los ríos Francolí, Gaià, Siurana y rieras del Campo de Tarragona", fueron también incluidos en dos tesis doctorales sobre el Paleolítico superior de la zona (Morales 2015; Soto 2015).
Esta nueva excavación amplió el conocimiento sobre la movilidad y la gestión de recursos durante el Paleolítico superior final, teniendo también en cuenta los datos de yacimientos como el Molí del Salt (Vimbodí i Poblet) (Vaquero 2004; García Catalán 2007; Vaquero et al. 2012; García Catalán et al. 2013) la Cativera (El Catllar) (Fontanals et al. 2006; Morales et al. 2013) o la Cova de les Borres (La Febró) (Morales 2015; Soto 2015; Soto et al. s. f.).
Entre 2011 y 2013 se realizaron tres campañas de excavación en el abrigo inferior del conjunto de La Vall, afectando a una superficie de 15 m 2 del sector más occidental.
Todo el material de más de 1 cm se situó por coordenadas cartesianas absolutas.
Los restos de dimensiones inferiores pasaron a bolsas de nivel según rangos de cota de 5 cm, cuadros y niveles correspondientes.
Además, el sedimento fue tamizado en seco en el propio yacimiento, recuperando los materiales de menor tamaño.
Este estudio sólo considera el material coordenado y/o incluido en las bolsas.
SECUENCIA ESTRATIGRÁFICA Y CRONOLOGÍA
El depósito sedimentario de la Balma de la Vall se caracteriza por una composición homogénea de areniscas triásicas en tamaños de bloques, arenas y fango, propias de la disgregación de la pared del abrigo.
Esta disgregación incorpora además costras ferruginosas, gravas finas y fragmentos de cuarcitas y cuarzos de la formación original.
Los análisis han permitido definir una secuencia sedimentaria (Fig. 2) formada de techo a muro por tres unidades lito-estratigráficas (Vallverdú et al. 2014):
Unidad 3 (unos 25 cm de grosor): arenas y fangos mal estratificados con base erosiva en forma de surco.
La estratificación de estos sedimentos apunta a dos procesos: 1) formación de un surco erosivo causado por la línea de goteo de la cornisa y su posterior relleno por arena y fango microestratificado; y 2) existencia de procesos de bioturbación y perturbación mecánicaantrópica, que erosionan e incorporan materiales de la unidad 2 subyacente.
Unidad 2 (50 cm de grosor máximo): brecha edafizada, donde se han definido hasta tres procesos sedimentarios: 1) caída gravitacional de megabloques, bloques y arenas; 2) costras sedimentarias de escorrentía formadas por arenas y fangos agregados; y 3) horizonte formado por agregados minerales granulares.
Unidad 1 (75 cm de grosor): base de la secuencia estratigráfica, en contacto con la roca caja, está formada por la alterita de la arenisca, producto a la meteorización de la superficie de la roca.
Se han distinguido cuatro horizontes o niveles arqueo-estratigráficos (Fig. 3):
Nivel I: nivel a techo de la superficie de la Unidad 3, compuesto por arenas y fangos rojos granulados con evidencias de bioturbación y remociones subactuales, que lo han descartado para este estudio.
Tiene abundante material cerámico, instrumentos líticos, carbones y escasa fauna.
Nivel II: definido en la base de la Unidad 3, y formado por arenas rojas granulares muy compactadas.
Presenta material lítico y escasos restos faunísticos.
Nivel III: definido en la Unidad 2 y compuesto por areniscas de disgregación de la pared con megabloques.
Los materiales líticos tallados son mayoritarios frente a los restos faunísticos.
De este nivel proceden la mayoría de los materiales arqueológicos recuperados.
Nivel IV: definido bajo los megabloques del nivel III, su matriz es arenosa y de coloraciones grisáceas.
La industria lítica es puntual.
La caracterización cronológica de las ocupaciones ha sido un proceso complejo por la mala preservación general de los restos faunísticos y la escasez de carbones.
Estos condicionantes propiciaron una primera datación absoluta mediante Termoluminiscencia sobre un sílex con evidencias de alteración térmica del nivel III.
Esta datación situó las ocupaciones entre 17 ka y 14.5 ka BP (Tab.
Un intento de fechar el nivel II 1994), es una de las evidencias más antiguas de ocupación humana en las Montañas de Prades hasta el momento.
El conjunto está formado por un total de 1582 elementos.
El sílex es la principal litología explotada: más del 97 % en los tres niveles.
De forma muy puntual se documenta también el cuarzo, la cuarcita, la caliza y el esquisto.
El conjunto se ha estudiado desde una doble perspectiva: a) caracterizando las materias primas para determinar su origen y los patrones de captación y b) mediante análisis tecno-tipológico para profundizar en el comportamiento técnico y en la gestión de las secuencias de reducción.
Se han analizado las características macro y microscópicas del conjunto mayor de 1 cm a fin de establecer su procedencia, las estrategias de captación y las dinámicas de movilidad de los cazadores-recolectores (Binford 1980; Kelly 1983Kelly, 1992)).
La descripción de visu, y mediante lupa binocular, de los rasgos macroscópicos identificó diferentes tipos silíceos y variedades macroscópicas.
Después el análisis petrográfico a partir de láminas delgadas determinó la 3.
Sílex de Morera: edad Luteciense, se localiza principalmente en Morera del Montsant, a 27 km del yacimiento.
También se ha descrito en afloramientos ubicados en Cornudella, Albarca y Ulldemolins, a 23-21 km, y en las localidades de Poblet y Vilaverd, a 7 y 2 km respectivamente.
Es el soporte de 71 restos con ciertas convergencias con Morera 1 de tonalidades blanquecinas y Morera 2 con tonalidades grisáceo-azuladas.
Las superficies de ambas son mates y opacas con texturas al tacto heterogéneas, que varían de gruesas a finas/muy finas, y frecuentes fisuras (Tab.
Sílex de Vilaplana: edad Ladiniense y afloramiento principal en Vilaplana, a 20 km del abrigo.
Su presencia es continua pero dispersa a lo largo de toda la formación, localizándose algunos nódulos en las localidades de Arbolí, Mont-Ral y La Riba, distantes de 8 a 5 km, y en el mismo barranco de la Vall (Virgili 1958).
Es el soporte menos utilizado con 10 restos.
Se vincula a Vilaplana 1 de coloraciones grisáceas, opaco y textura fina/muy fina al tacto.
Vilaplana 2 es una variedad xiloide gris, con anillos de Liesengang, superficies mates, opacas, y una textura muy fina al tacto (Tab.
La alteración total de las superficies del material por pátina o alteración térmica supera el 40 % en los tres niveles arqueológicos.
Las variedades Tossa 1, Maset 2 y Maset 3 son las más utilizadas como soporte de los instrumentos, sobre todo de núcleos y retocados.
La presencia del resto de materias primas puede considerarse esporádica.
Es mayoritaria en productos de talla y está casi ausente en núcleos y retocados, salvando las variedades Vilaplana 1 y Morera 1 en el nivel III (Tab.
La representación de las diferentes categorías estructurales en los tres niveles es muy similar (Tab.
En general, los productos de talla, lascas completas (Base Positiva BP) y fragmentadas (Base Positiva Fragmentada BPF, Fragmento de Base Positiva FBP) dominan los conjuntos.
Escasean los retocados (Base Negativa de Configuración BNC) y núcleos (Base Negativa de Explotación BNE).
Destaca el porcentaje muy significativo de retocados en el nivel IV.
Sin embargo lo limitado del muestreo puede condicionar la sobrerrepresentación.
En todos los niveles los soportes presentan de forma casi exclusiva superficies talonares y dorsales no corticales.
Los talones de tipo plataforma dominan y los talones lineales y puntiformes son mínimos.
La preparación y delineación más frecuente es el patrón de talones unifacetados rectos.
El índice de córtex dorsal oscila entre el 5 % y el 10 % del total, siendo en el nivel III, el más abundante y significativo en cuanto a materiales recuperados, un 6,4 %.
El análisis comparativo de los índices de alargamiento (IA) de lascas completas y retocados identifica la selección intencional de los soportes más alargados para su configuración tanto en el nivel II (BP-II-IA=1,32; BNC-II-IA=1,86), como en el nivel III (BP-III-IA=1,39; BNC-III-IA=2,03).
Las estrategias de explotación de los núcleos se orientan bien a la producción de lascas, bien de soportes alargados (Fig. 4).
En el nivel II se han recuperado 3 núcleos sobre lasca que jerarquizan la explotación sobre la cara ancha y están organizados para la obtención de soportes alargados.
Estos núcleos se explotan a partir de una plataforma de percusión en la zona distal.
Además, se han identificado 4 núcleos sobre bloque con reducción bifacial encaminada a la obtención de lascas (n=2) y unifacial unipolar para la producción de soportes alargados (n=2).
Del nivel III proceden 11 núcleos sobre lasca y 9 sobre bloque.
A diferencia de lo documentado en el nivel II, en los núcleos sobre lasca predomina la explotación sobre cara estrecha (9 a 2) y se observan series aisladas de explotación unipolar longitudinal.
En general, la explotación se realiza desde una plataforma creada en la parte distal del soporte y sobre los bordes laterales, empleando el filo de la lasca como arista guía inicial.
La reducción de los núcleos sobre bloque va encaminada a obtener soportes alargados.
Cinco muestran una explotación unipolar y dos de ellos evidencias de haber sido reciclados.
Los otros cuatro núcleos sobre bloque tienen una explotación ortogonal estructurada en series unifaciales unipolares independientes.
En el nivel IV se ha identificado un único núcleo sobre lasca de tipo raspador carenado.
Los niveles II y III, cuya muestra de elementos configurados es mayor, evidencian un patrón relativamente diferente de los grupos dominantes.
En el nivel II (n=26) los más representados son los raspadores (50 %), los denticulados (19,2 %) y los elementos de dorso (15,4 %).
En el nivel III (n=57) hay un mayor equilibrio entre grupos pero los elementos de dorso dominan (33,3 %), sobre los raspadores (28,1 %) y los denticulados (19,3 %).
También cuenta con dos truncaduras, ausentes en los otros niveles (Tab.
Los raspadores tienen características similares.
Predominan los raspadores frontales sin retoque lateral, configurados sobre láminas y lascas y con el frente situado en la parte distal del soporte (Fig. 4).
Los elementos de dorso en el nivel II se reducen a dos láminas de dorso, una lámina de doble dorso con retoque marginal y una truncada abierta.
En el nivel III se han recuperado 19 con gran variabilidad tipológica: láminas de dorso marginal y profundo, láminas de doble dorso, puntas de doble dorso marginal y profundo, puntas de doble dorso y una punta de dorso truncada (Fig. 4).
La configuración en ambos niveles se realiza principalmente mediante retoque directo generando morfologías rectilíneas en el caso de las láminas y delineaciones convexas en las puntas de dorso.
En el nivel IV (n=6), dominan los elementos de dorso sobre los denticulados y las raederas, suponiendo el 50 % de los configurados.
Sin embargo, lo limitado de la muestra condiciona el significado estadístico de esta distribución.
Se ha analizado la morfometría de los raspadores de los niveles II y III para determinar su intensidad de uso en base al grado de reducción sufrido desde su configuración hasta su abandono según una metodología ya publicada (Morales, Lorenzo et al. 2015; Morales, Soto et al. 2015; Morales 2016).
Primero se estima la geometría de la morfología original de los soportes usados para la elaboración de los útiles a partir de modelos 3D.
Después se calcula la pérdida de volumen producida desde esa morfología original hasta la observada en la fase de abandono.
Este cálculo permite construir dos indicadores dirigidos a: 1) obtener la reducción media del conjunto; y 2) estimar una curva de supervivencia de los útiles individuales, basada en la distribución de probabilidad de abandono de los raspadores en un cierto momento de su vida útil.
El primer indicador se obtiene a partir del índice 3DERP (3D-estimated reduction percentage) basado en los valores promediados del conjunto (3DERP=RE/ RE+Tvol) y oscila entre 0 y 1, siendo 0 no reducción y 1 un estadio teórico de reducción total (para más detalles véase Morales, Lorenzo et al. 2015).
El segundo indicador procede del ajuste del modelo de distribución de los valores individuales de reducción con la distribución de Weibull.
Este método estadístico permite modelizar la duración de la vida útil y el riesgo de fallo (o abandono), y se ha empleado en varios estudios tecnológicos que modelizan el descarte de los útiles dentro de un mismo conjunto en diferentes momentos de su vida útil (detalles y aplicaciones en Shott 2002; Shott y Sillitoe 2004; Morales 2016).
Éstos indican un nivel de reducción, o aprovechamiento, significativamente bajo, muy cercano a los valores de una muestra experimental donde únicamente se realizó el proceso de configuración inicial de raspadores, y que se situaba en 0,05 ±0,09 (Morales, Lorenzo et al. 2015).
La distribución de la probabilidad obtenida, a partir del ajuste a la distribución de Weibull, indica una gran homogeneidad en la reducción de todos los raspadores del conjunto, descartando que los valores medios de distribución puedan ser consecuencia de diferentes dinámicas de reducción obliteradas.
De esta forma, más de un 50 % de los raspadores se abandonaron antes de alcanzar una reducción de 0,2, siendo los casos de mayor reducción documentada en ambos niveles inferiores a 0,3 (Morales 2016).
Durante la excavación del nivel III se recuperaron dos plaquetas de esquisto en un contexto singular.
Se hallaron juntas, una sobre la otra, dentro de un recodo formado por un bloque estructural del yacimiento y cubiertas, a su vez, por una lasca cortical de sílex de grandes dimensiones (Fig. 5).
La disposición sugiere una intencionalidad en el depósito de estos elementos, relacionable con un escondite o cache.
Ambas plaquetas, dada su excepcionalidad y disposición se sometieron a un exhaustivo análisis microscópico para determinar su funcionalidad.
Además, teniendo en cuenta las características del soporte y la posible existencia de grabados, se emplearon medios ópticos portátiles de bajos aumentos (Dino-lite digital microscope y PCE-MM200) y el microscopio digital Hirox KH-8700.
Las gigafotos para la documentación gráfica de las modificaciones siguieron la propuesta metodológica de Vergès y Morales (2014), empleándose varios focos y sistemas de luz para identificar incisiones de escasa profundidad y realizar un calco digital.
Gracias a este procedimiento se identificó en una de ellas (Fig. 5-1) un conjunto de grabados muy erosionados, y uno mucho más profundo y continuo observable a simple vista (Fig. 5A).
El estado de preservación no ha permitido por ahora identificar ninguna morfología específica ni rasgo figurativo.
La plaqueta muestra estigmas y modificaciones superficiales de un momento de uso posterior, que pudieron afectar a algunas de las incisiones menos profundas.
El borde exterior muestra un pulido generalizado, al que se le superponen estigmas de percusión en algunas zonas (Fig. 5B).
En estas áreas pulidas se han documentado además estrías longitudinales.
El borde de uno de los laterales está muy pulido y con una faceta muy marcada con estrías transversales (Fig. 5C).
La combinación de estas modificaciones indica funcionalidades diversas.
La plaqueta en inicio pudo ser el soporte de algún tipo de manifestación gráfica, pero después tuvo varios usos.
Los primeros estigmas de impacto se relacionan con el de percutor/retocador.
En esta línea apuntan también las estrías longitudinales, que podrían estar relacionadas con su empleo como piedra abrasiva durante la talla.
Finalmente, el pulido general y la faceta estriada se deberían a una actividad de raspado, probablemente de piel (Delgado-Raak 2011; Alvarez Soncini y Mansur 2017).
Es decir esta plaqueta era un útil polifuncional (De Beaune 1994).
El análisis de la segunda plaqueta, sin embargo, (Fig. 5-2) no identificó ninguna modificación por su posible empleo.
El registro faunístico recuperado es escaso (NR=94).
El Número de especímenes identificados (NISP) es de 10 (10,6 %).
Cuando su atribución taxonómica fue imposible, los restos se asociaron a las distintas tallas de peso en relación al propio conjunto faunístico.
La talla mediana se asocia con animales entre 100 y 300 kg, representados en la lista taxonómica por ciervos (Cervus elaphus) y tal vez gamos (Dama dama); la pequeña integra animales entre 10 y 100 kg como cabras montesas (Capra pirenaica), rebecos (Rupicapra rupicapra), jabalís (Sus scrofa) y corzos (Capreolus capreolus).
Finalmente, la muy pequeña con animales de menos de 10 kg engloba conejos (Oryctolagus cuniculus) y aves.
Atendiendo a la distribución en la secuencia, al nivel II pertenecen 13 restos: 3 especímenes (incisivo, fragmento de corona de molar y fragmento de mandíbula) pertenecen a la familia Cervidae (C. elaphus o D. dama).
El resto se asocian a animales de talla mediana (n=2) y pequeña (n=3) o han sido clasificados como indeterminables (n=5).
El nivel III cuenta con la mayor parte del conjunto, 81 restos: 2 pertenecen a cérvidos de talla media, 4 a Leporidae, posiblemente Oryctolagus cuniculus, y 1 resto se atribuyó a un ave.
La identificación de los demás (n=74) no fue posible, aunque la mayoría se atribuyó a las tallas mediana y pequeña.
El análisis de la fracturación de los huesos indica el predominio de las fracturas en fresco (Villa y Mahieu 1991) al presentar planos curvos, ángulos oblicuos y superficies suaves.
En tres huesos se atribuyeron a la acción de un carnívoro, y en otro, a alteración térmica.
Como modificaciones superficiales se han observado cremaciones, marcas de dientes y de corte y vermiculaciones.
Ocho especímenes muestran evidencias de cremación, con coloraciones entre negro y blanco, incluyendo un caso de doble coloración (gris-blanca) y grados muy avanzados, que sugieren una cremación a elevadas temperaturas posterior al procesado de los huesos.
Desconocemos si ésta fue intencionada.
Cuatro fragmentos de diáfisis de huesos largos de animales de talla media tienen marcas de dientes en forma de surcos y depresiones.
Estas medidas apuntan a la intervención de un carnívoro pequeño, posiblemente un cánido (zorro o lince) debido también a la fracturación de estos huesos.
Únicamente un hueso largo de talla media con marcas oblicuas de corte localizadas en la diáfisis sugiere que se produjeron durante la descarnación.
Estas marcas, además, presentan mordeduras superpuestas, que permiten secuenciar una primera actuación de los humanos sobre dicha carcasa.
DISCUSIÓN: EL CARÁCTER DE LAS OCUPACIONES
Las nuevas excavaciones en la Balma de la Vall han permitido redefinir y profundizar en las ocupaciones humanas ya conocidas tras la primera fase de excavaciones, a inicios de los 1980.
Una de las principales aportaciones de esta nueva fase ha sido la obtención de fechas absolutas para los contextos arqueológicos de las ocupaciones.
La escasa presencia de elementos datables, así como la mala preservación del material orgánico, han impedido obtener información cronológica de la secuencia completa.
Solo el nivel III, la unidad de mayor entidad, ha podido ser fechado.
Los resultados, tanto de TL como de C14 AMS son coherentes entre sí, y sitúan la formación de este nivel ca 14.5 ka cal BP.
Las edades obtenidas y el componente tecno-tipológico son consistentes con la atribución del conjunto a los momentos finales del Magdaleniense superior final o inicios del Epimagdaleniense (Roman 2012).
De esta forma la Balma de la Vall proporciona uno de los momentos de ocupación más antiguos de las montañas prelitorales del sur de Cataluña.
Esta fecha a su vez proporciona un terminus ante quem para la formación del nivel IV, que por la escasez de materiales resulta de más difícil atribución, pese a que posiblemente no presente una distancia cronológica significativa respecto al nivel III.
Los mismos argumentos pueden utilizarse para aproximar la cronología del nivel II.
Por un lado, el dominio de los raspadores y elementos de dorso entre los configurados sigue la dinámica observada en todas las secuencias regionales fechadas entre finales del GS-2 e inicios del GI-1 (Morales et al. 2012).
Por el otro, los esquemas de explotación laminar/microlaminar sobre lasca serían coherentes con la información disponible de yacimientos cercanos, especialmente la Cova de les Borres4, con una serie de ocupaciones del Magdaleniense superior final fechadas entre 13 y 14 ka cal BP.
Los cuatro arqueoniveles, definidos en campo y refinados a partir de la proyección de los materiales, permiten dar una visión más compleja y precisa de las dinámicas de ocupación de la Balma de la Vall.
El patrón de las ocupaciones que dieron lugar a los contextos arqueológicos de los niveles II, III y IV es similar y caracterizado por una escasa presencia de restos.
Los valores absolutos de los elementos recuperados son dispares, pero siempre sensiblemente bajos.
Ello implica densidades de 25 sílex/m 2 en el nivel II, de 75 sílex/m 2 en el nivel III, y de 3 sílex/m 2 en el nivel IV.
En cambio, según los datos publicados por Vaquero (2004) para la base de la secuencia del Molí del Salt, los niveles B1 y B2, en la misma cronología que la Balma de la Vall, proporcionan densidades de 330 y 280 sílex/m 2 respectivamente.
La existencia de estos horizontes bien definidos y con esa escasez de restos plantea una dinámica de acumulación de materiales a partir de ocupaciones cortas y esporádicas reiteradas que formarían parte de un modelo de movilidad regional más complejo de los grupos de cazadores-recolectores magdalenienses del territorio.
El entorno del yacimiento pudo constituir un lugar de frecuentación recurrente dada la abundancia de materias primas, y la Balma de la Vall un lugar para estancias breves y de baja intensidad.
Hay evidencias independientes concordantes con esta propuesta interpretativa.
Por un lado, el estudio del aprovisionamiento de materia prima muestra un predominio de la captación de sílex bartoniense (tipo Tossa), aflorante en la cuenca del Francolí, en las proximidades del asentamiento (0-10 km).
El sílex luteciense (tipos Maset y Morera) predomina en formaciones localizadas en las cuencas de los ríos Montsant y Siurana (21-27 km en línea recta).
El sílex Vilaplana plantea como posibles áreas de aprovisionamiento los afloramientos localizados en la cuenca del Francolí (0-8 km respectivamente).
Atendiendo a la representación de las materias primas, la cuenca del río Francolí aparece como el área de aprovisionamiento dominante y plantea radios de captación en torno a los 10 km, asimilables con el radio de forrajeo de la ocupación.
La distancia puede ampliarse hasta los 30 km si el aprovisionamiento de los sílex tipos Maset y Morera se produjese en las áreas con mayor abundancia de estos recursos y más alejadas del yacimiento (Montsant y Siurana).
Estas evidencias señalan un aprovisionamiento basado en la frecuentación de distintas cuencas en base a la captación en los afloramientos con mayor volumen de cada una de las variedades silíceas.
Una dinámica que señalaría estrategias de aprovisionamiento selectivas respecto a la distribución natural de los recursos con una mayor frecuentación del área situada al este del yacimiento, sin descartar, aunque minoritarias, rutas en dirección noroeste (Soto 2015; Soto et al. s. f.).
Más allá de estos rasgos sobre la captación y gestión del sílex, la representación de las diferentes fases de la cadena operativa en cada tipo refuerza esta línea.
Con independencia de su representación absoluta es relevante que haya tantas variedades de materia prima en conjuntos líticos tan reducidos, en especial si se considera el alto grado de fragmentación de las cadenas operativas.
Esto queda en evidencia Esta gestión diferencial de las variedades silíceas cobra sentido a nivel territorial.
El predominio de los núcleos tipo Tossa y Vilaplana confirma el aprovisionamiento en las áreas más próximas, y su introducción y talla en el yacimiento en momentos iniciales de la cadena operativa.
La abundancia de retocados sobre los tipos Masset y Morera, predominantes en áreas más alejadas, podría justificar su introducción como productos ya elaborados.
El alto grado de fragmentación de las cadenas operativas es un modelo contrario al esperado en un escenario de estabilidad ocupacional.
En ocupaciones con un carácter residencial más definido, el factor tiempo y la acumulación de actividades generarían una representación más homogénea de las categorías estructurales en las materias primas talladas en el yacimiento, existiera o no una cierta gestión diferencial de las mismas (Ingbar 1994; Hayden et al. 1996).
A parte del estudio de las cadenas operativas, la información de uso y gestión de los útiles también presenta cuestiones interesantes sobre el carácter de las ocupaciones.
El análisis de la reducción muestra un patrón claro, caracterizado por un uso mínimo de los raspadores.
Estos son abandonados poco después de su fabricación, manteniendo todavía un potencial de uso muy elevado.
Estos datos contrastan claramente con lo observado en yacimientos de la región, como la Cativera (Fontanals, Ollé et al. 2009; Morales et al. 2013; Fontanals, Vergès et al. 2014), donde se ha observado que un 45 % de los raspadores estudiados muestra al menos una fase de reavivado previa a su abandono (Morales y Vergès 2014).
Los valores de reducción en este caso son algo superiores a los documentados en la Vall: 0,26 contra 0,18 y 0,21.
Los niveles B1 y B2 del Molí del Salt muestran índices de reducción de 0,26 y 0,4 respectivamente.
Las ocupaciones de la Cova de les Borres proporcionan valores de 0,24, 0,25 y 0,36 en el tramo superior, y de 0,41 en las ocupaciones más antiguas, sincrónicas a las de la Vall.
Como contrapunto, el estudio de los raspadores de El Cavet, un poblado neolítico con ocupaciones que se suponen más estables y duraderas proporciona un índice de 0,6 (Morales 2016).
Independientemente de su grado de reducción, en este contexto de ocupaciones de corta o muy corta duración es destacable el alto porcentaje de raspadores, un útil presumiblemente relacionado con actividades de carácter doméstico.
El avance de los estudios funcionales aportará más datos para tratar este aspecto.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que, sea cual sea el contexto, este morfotipo es predominante en todas las ocupaciones fechadas en el Tardiglaciar.
Los patrones de reducción refuerzan la idea de ocupaciones breves y esporádicas, donde la industria elaborada se abandona al finalizar las ocupaciones con una tasa de utilización baja.
Este esquema ayuda a plantear el modelo ocupacional definido en los patrones de movilidad de los cazadores-recolectores (Binford 1990; Kelly 2007) y relacionado con accesos logísticos de grupos pequeños para el aprovisionamiento de recursos específicos.
Generalmente, estas ocupaciones son recurrentes, acumulando en el registro los restos de breves frecuentaciones reiteradas a lo largo del tiempo.
Binford (1980) define los lugares donde ocurren estas ocupaciones como locations, localidades de aprovisionamiento al por menor de recursos con una alta demanda o valor, y donde el uso, agotamiento y abandono de herramientas se produce en una tasa muy baja, tal y como ocurre en la Balma de la Vall.
Otra característica de esas ocupaciones es la disposición o almacenamiento de kits de seguridad (insurance gear) que se distribuyen por el territorio en previsión de visitas futuras formando pequeños depósitos o caches (Binford 1979).
Las dos plaquetas de esquisto y la lasca de sílex del nivel III de la Balma de la Vall pueden ser un ejemplo de estos kits.
La asociación y disposición de estos elementos sugiere que fueron almacenados de forma intencional.
En un primer momento una de las plaquetas pudo haber sido el soporte de algún tipo de manifestación gráfica, pero en sus últimas fases se usó para el trabajo de las pieles y la talla.
La gran lasca de sílex supone una reserva de materia prima en caso de necesidad futura, y las dos plaquetas son herramientas versátiles utilizables para diferente tipo de actividades.
La Balma de la Vall es una nueva evidencia de la ocupación humana durante el Paleolítico superior final en las Montañas de Prades.
Hasta el momento, la primera ocupación visible arqueológicamente de este territorio parece situarse al final del Dryas antiguo / inicios del GI-1, hace unos 15.000 años cal BP.
Este momento de ocupación se documenta en yacimientos, como el Abric dels Colls y l'Hort de la Boquera, en la cuenca del Montsant, la Cova de les Borres y el Molí del Salt, en el entorno de las Montañas de Prades, o la Cova de la Guineu, en la cuenca del río Foix.
Estas ocupaciones preceden a un incremento en el número de yacimientos y en las evidencias de ocupación, situadas en torno al 13.000 cal BP, y representan un aumento en la demografía y en la estructuración social y económica del territorio.
Gran parte de las secuencias del Molí del Salt, la Cova de les Borres o el Abric del Filador se corresponden grosso modo con este episodio.
Dentro de esta fase pionera de ocupación prelitoral, la Balma de la Vall es un ejemplo de ocupaciones de baja intensidad.
Las características del registro conducen a interpretar su formación como producto de una reiteración de ocupaciones esporádicas de corta duración, posiblemente relacionadas con episodios de movilidad de grupos reducidos para el aprovisionamiento de recursos específicos.
Este patrón muestra una dinámica opuesta a lo observado en los niveles inferiores del Molí del Salt y de la Cova de les Borres, donde los estudios indicaría un carácter más residencial de las ocupaciones.
Este modelo dual, con asentamientos residenciales y estaciones logísticas, establece una dinámica de movilidad compleja, determinada por factores como el aprovisionamiento de materia prima y el tamaño de los grupos que ocupan los diferentes asentamientos.
Sería interesante profundizar en una visión más detallada de estos eventos, a través del análisis funcional de los conjuntos líticos, para discernir que detalles caracterizan cada uno de los asentamientos.
Aunque la escasez y mala preservación del registro faunístico impiden por el momento aproximarse a variables significativas como la estacionalidad de las ocupaciones.
Además de los análisis funcionales, actualmente en curso, planteamos un futuro análisis de los patrones de asentamiento regionales que identifique si hubo o no ciclos anuales de movilidad donde las ocupaciones residenciales y logísticas identificadas tengan espacios diferentes, o si por el contrario nos hallamos ante visiones diversas de un mismo patrón ocupacional.
Un aspecto interesante para abordar esta problemática puede ser comparar ocupaciones en asentamientos de montaña con las de los asentamientos litorales, cómo serían el Camping Salou (Roman et al. 2016), la Cativera (Morales et al. 2013) o la Balma de la Griera (Fullola et al. 1997).
Esta línea permitiría observar la existencia de patrones de ocupación o estrategias de gestión territorial diferentes en función de la localización geográfica de los asentamientos dentro de un mismo ámbito regional.
Los autores agradecen el esfuerzo y dedicación a los participantes de la excavación, y en especial Maties Solé, Josep M. Fullola, Jordi Nadal, María Adserias y miembros del Museu-Arxiu de Montblanc, por su disposición plena en los momentos iniciales y durante el desarrollo de esta investigación.
TEXTURA LPP LXP SÍLEX TIPO TOSSA -Reemplazamiento diagenético a partir de calizas margosas
TIPO MASET -Reemplazamiento diagenético a partir de yesos nodulares primarios
TIPO MORERA -Reemplazamiento diagenético a partir de yeso secundarios y margas yesíferas
NIVEL II NIVEL III NIVEL IV PT RET.
es beneficiaria de un contrato Post-Doctoral, SSHRC (Canadá) asociado al proyecto "Stone Tools, Diet and Sociality", J.I.M. de uno Post-Doctoral Juan de la Cierva-Formación; J.L.F-M de una beca FPI del MINECO/FSE (BES-2015-074931) vinculada al proyecto HAR 2014-55131; G.G-A. de una beca Pre-Doctoral APIF y D.L. de una beca Pre-Doctoral AGAUR/FSE (2018-FI-B-00364). |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Modelando dinámicas de movilidad y visibilidad en los paisajes megalíticos gallegos.
El caso del Monte de Santa Mariña y su entorno (Comarca de Sarria, Lugo)
A Antón A. Rodríguez Casal y Marcos Martinón-Torres.
Se propone un estudio de dos formas tradicionales de entender la relación del megalito con el paisaje, como son la movilidad natural por el territorio y la visibilidad del monumento con respecto al paisaje en el que se emplaza.
Para ello, se aplican una serie de análisis fundamentados en los Sistemas de Información Geográfica y la Estadística Espacial sobre el conjunto tumular del Monte de Santa Mariña (Comarca de Sarria, Lugo) y su entorno (NO de la Península Ibérica).
Partiendo de la creación de un modelo de simulación de desplazamiento natural y del estudio de la visibilidad de dicho conjunto, se comprueba, en primer lugar, la importancia de las vías potenciales de tránsito como variable locacional, así como el impacto visual que los monumentos juegan en relación con estas vías.
A continuación, se analiza la prominencia visual de los túmulos megalíticos con respecto a su entorno inmediato, pudiéndose identificar la existencia de tendencias comunes en los distintos conjuntos tumulares en relación con el tamaño de las cuencas visuales.
Los resultados sugieren una importante relación entre los túmulos y el tránsito natural por el territorio, si bien se detectan tendencias desiguales en lo que al impacto visual del megalito se refiere, tanto con respecto a la relación con otros túmulos como a la totalidad del territorio en el que se emplazan.
Ello permite establecer un punto de partida necesario para la revisión de los planteamientos teóricos formulados para el conjunto de Galicia.
El megalitismo constituye un fenómeno social y cultural común a toda la fachada atlántica europea, cuyos inicios se sitúan, en términos generales, hacia comienzos del V milenio a.
C. Se caracteriza principalmente en el plano arquitectónico por la construcción de monumentos pétreos.
Mientras que las intervenciones en el paisaje a pequeña escala definieron las sociedades preneolíticas y/o no agrarias, el período neolítico se caracterizó por un cambio en el grado en el que los seres humanos comprendieron, organizaron y transformaron dicho paisaje.
Ello se produjo, entre otros elementos, a través de la construcción de unos monumentos funerarios que, perpetuándose en el tiempo, vertebraron los territorios de las sociedades vivas (Fleming 1973; García Sanjuán 2000, 2008; Martinón-Torres 2001).
Estos monumentos pueden entenderse como el resultado de la forma como las sociedades neolíticas entendieron y estructuraron el espacio (Criado Boado 1989; Bradley 1998).
En consecuencia, si se consigue analizar y aprehender los criterios que determinaron la localización de tales monumentos, estaremos en disposición de aproximarnos a cómo dichas sociedades organizaron sus territorios.
Una de las opciones metodológicas para el estudio de los patrones territoriales del pasado son los Sistemas de Información Geográfica (SIG), que permiten elaborar modelos para profundizar en el análisis del emplazamiento de los yacimientos (Parcero Oubiña y Fábrega Álvarez 2006; Llobera 2015).
El caso de estudio es el Monte de Santa Mariña y su entorno, un conjunto monumental del interior de Galicia con cuya investigación nos proponemos contribuir a una interpretación más objetiva y robusta de los patrones de localización tumulares, a partir de los propuestos por diferentes autores en otras áreas peninsulares y europeas (véanse p. ej., Cerrillo Cuenca 2007; De Reu 2012; Bourgeois 2013).
En Galicia, el estudio de los patrones de localización tumulares puede dividirse conceptualmente en dos grupos.
En ambos, los autores trataron de identificar y caracterizar el patrón de ocupación megalítico analizando los factores diversos que pudieron determinar la localización de los monumentos megalíticos.
Desde finales de los 1980, los factores sugeridos con más frecuencia por investigadores como J. M.a Bello Diéguez, F. Criado Boado o J. M. Vázquez Varela fueron la movilidad natural por el territorio y la visibilidad del monumento.
Ambos factores habrían formado parte de las "especiales razones [que] determinaron la localización geográfica de los túmulos dolménicos tal y como hoy se conocen" (Criado Boado y Grajal 1981: 8).
Este trabajo toma como punto de partida la investigación de M. Llobera (2015), que constituye la primera aproximación a la visibilidad y movilidad en las necrópolis megalíticas gallegas a través de la aplicación de los SIG.
En él se prioriza dos de los criterios de dicho autor -la movilidad natural por el territorio y la visibilidad del monumento con respecto al paisaje en el que se emplaza-para analizar y comprobar su importancia como variables locacionales del conjunto monumental del Monte de Santa Mariña y su entorno.
Para ello, el estudio se apoya en la potencialidad analítica de los SIG y en la Estadística Espacial.
Sin lugar a dudas, F. Maciñeira (1929Maciñeira (, 1935Maciñeira (, 1943Maciñeira ( -1944)), en sus trabajos ya clásicos, fue quien primero analizó en profundidad en Galicia la relación de los túmulos megalíticos -mámoas-con lugares de paso.
Proponía, p. ej., que "muchos megalitos se levantaron en las márgenes de antiguas vías de comunicación", o que "as mámoas aliñábanse flanqueando os camiños existentes cando foron construidas" (Bello Diéguez et al. 1982a: 3, 1982b: 117).
Apreciaciones de este tipo estaban ya presentes en las contribuciones de Á.
No obstante, fue en los 1980 cuando J. M.a Bello Diéguez, F. Criado Boado y J. M. Vázquez Varela (1982a) publicaron el primer estudio exhaustivo de la importancia de este posible factor de localización.
En documentación medieval identificaron caminos antiguos ("camiños reais"), observando numerosas mámoas en sus inmediaciones.
Entre sus principales aportaciones destaca la vinculación entre vías de tránsito y megalitos como uno de los criterios locacionales de los mismos, "un factor de emplazamiento uniforme pues es inherente a la propia esencia de la construcción, su visibilidad" (Vaquero Lastres 1993-1994: 13).
Las mámoas se relacionaban con las zonas de paso natural a partir de la identificación de elementos cartografiables como los caminos reales-tradicionales y las vías naturales de tránsito (Eguileta Franco 2000; Martinón-Torres 2001; Fábregas Valcarce 2010).
La visibilidad ha sido considerada como un factor de emplazamiento propio del fenómeno megalítico en un buen número de trabajos realizados en Galicia durante los 1990 (sin ánimo de ser exhaustivos, Criado Boado 1988, tesis inédita 3, 1989b, 1993; Villoch Vázquez, tesis inédita 4 ).
Tal es su importancia que se le ha considerado el elemento fundamental para explicar la ubicación concreta de estos monumentos, un factor asociado a emplazamientos en zonas prominentes del terreno con un impacto visual sobre las parcelas cultivadas en la actualidad, que han sido interpretadas como posibles áreas de poblamiento durante el Neolítico (Criado Boado 1988 y tesis inédita 5 ).
La región seleccionada, situada al sur de la provincia de Lugo, alberga 75 monumentos megalíticos agrupados en torno a 6 conjuntos tumulares: Monte de Santa Mariña, O Edramo, Os Chaos, Bardaos, Chao de Nadelo y Monte Meda (Fig. 1; material complementario AC1).
El del Monte de Santa Mariña es el que mayor atención ha recibido en la historiografía.
Desde su primera cita en la "Carta Arqueológica del Ayuntamiento de O Incio" 6 la investigación ha subrayado el gran número de mámoas que contiene (Filgueiras Rey y Rodríguez Fernández 1994; Rodríguez Casal 1998; Rodríguez Casal et al. 1998; Carrero Pazos et al. 2014; Carrero Pazos y Rodríguez Casal 2015, 7; Carrero Pazos y Vilas Estévez 2016).
La zona de trabajo se ubica en la comarca de Sarria, en los términos municipales de Láncara, Triacastela, Sarria, Samos y O Incio, en un entorno geográfico de llanuras, interfluvios, sierras y depresiones propias de 3 Véase n.
Edición previa de la comunicación presentada a la "Early monumentality and social differentiation in Neolithic Europe: megaliths, societies, landscapes conference (Kiel, Alemania 2015)".
Se buscaron límites geográficos naturales en vez de administrativos, con el fin de acotar una zona más adecuada a las concentraciones monumentales, recurriendo para ello a la red fluvial 8 y las cuencas hidrográficas potenciales.
Dichas cuencas se estructuran en torno a las principales regiones montañosas de la parte central, caso del Monte de Santa Mariña y A Serra do Edramo, y de las estribaciones finales de las Sierras orientales gallegas como A Serra do Oribio, al sureste.
La delimitación fue modelizada en GRASS GIS en su versión 7.0.4 mediante la herramienta r.watershed 9 que utiliza el algoritmo de cálculo multiple flow direction para crear un ráster de acumulación donde el flujo de agua se distribuye hacia todas las celdas vecinas con menor elevación, ponderando la distribución con el factor pendiente (Holmgren 1994) 10.
El cálculo fue repetido tomando como base diversos radios de cuenca hidrográfica.
Se seleccionó el de 25 km al permitir la definición de un territorio cercano a las agrupaciones de monumentos (en torno a 10 km de buffer a la redonda) (Fig. 1).
La totalidad de la parte analítica se desarrolló con un Modelo Digital de Elevaciones (MDE) de 25 m de resolución, obtenido del Centro Nacional de Información Geográfica (CNIG).
El uso de modelos digitales con mayor resolución -caso del MDE de 5 m derivado de datos Laser Imaging Detection and Ranging (LiDAR)aumentaría la precisión en los resultados.
Sin embargo el elevado coste, computacionalmente hablando, de las operaciones analíticas, una circunstancia inviable en nuestra situación por el difícil acceso a la supercomputación 11, justifica la elección de un MDE de 25 m.
MODELIZANDO EL TRÁNSITO NATURAL CON LOS SIG
Los estudios arqueológicos sobre tránsito relacionados con monumentos megalíticos se han centrado en su vinculación espacial con rutas de trashumancia, entendiendo éstas como posibles vestigios de caminos 8 Cartografía en formato Shapefile, extraída de la Base Hidrográfica a escala 1:25.000 del Instituto Geográfico Nacional, con posterior modificación y actualización por parte del Instituto de Estudos do Territorio (IET, Xunta de Galicia).
10 Esta herramienta incorpora además el algoritmo de búsqueda de menor coste A T, diseñado para minimizar el impacto de los errores de los MDEs en el cálculo de los modelos hidrográficos (Ehlschlaeger 1989).
11 Los cálculos fueron realizados sobre un ordenador portátil MSi Intel Core (TM) i7-4712 MQ CPU 2.30 GHz con 16 GB de ram, trabajando sobre un sistema operativo Windows 10.
En el presente trabajo, sin embargo, la aproximación a la movilidad natural por el territorio -entendida como la estructura geográfica del movimiento por el paisaje-ni considera los caminos históricos como puntos clave del desplazamiento, ni tampoco los propios túmulos megalíticos como elementos articuladores de la movilidad.
Los modelos de movilidad humana desarrollados gracias a los SIG se concretan en modelos matemáticos de movimiento, aplicados a superficies ráster cuyas Su aplicación en el Monte de Santa Mariña, con base en GRASS GIS -versión 7.0.4-, creó un modelo general de movilidad humana, a partir de la generación de múltiples rutas de menor coste que comienzan y finalizan en los límites del área de trabajo.
Previamente esos límites fueron descompuestos en puntos cada 500 m.
El cálculo se realizó sobre un total de 458 puntos de partida y destino obtenidos.
Para la creación de la superficie de coste acumulativo o representación del coste al tránsito se usaron las herramientas r.watershed y r.walk.
Esta última generó una superficie ráster de coste de movimiento anisotrópico desde los límites del área de trabajo.
Posteriormente, con r.drain se generaron los vectores de las rutas.
Este proceso fue repetido para la totalidad de los puntos de partida y destino, produciendo un total de 209.306 rutas.
Finalmente, con la herramienta v.kernel, se creó un mapa ráster de concentración de rutas donde se destacan zonas con elevada densidad de rutas de menor coste.
La tabla 1 resume el desarrollo metodológico.
Los análisis realizados se concretan en una forma de movilidad que puede ser expresada desde un punto a la totalidad (one to many), si bien el cálculo se repite para un conjunto amplio de puntos (White y Barber 2012).
Este método permite obtener múltiples rutas de tránsito que, sumadas, proporcionan corredores con mayor idoneidad para el desplazamiento.
Ello los convierte en vectores clave o nodos teóricos en una red de tránsito peatonal (Rodríguez Rellán y Fábregas Valcarce 2015: 334) (Fig. 2A).
A partir de estos resultados podemos calcular con la herramienta r.walk el esfuerzo en tiempo (minutos) que tomaría llegar desde esos corredores al monumento megalítico, comprobando si hay o no una relación (y su intensidad) entre la localización de los túmulos y las rutas de tránsito potenciales (Fig. 2B).
El resultado de la intensidad de tránsito potencial obtenido para cada monumento en relación con el terreno sugiere una mayor presencia de monumentos en zonas con una elevada intensidad de tránsito, si bien existe un número elevado que se sitúa en zonas con un tránsito reducido.
Asimismo, buena parte de los megalitos se sitúa en zonas próximas a las rutas de desplazamiento potencial expresado en tiempo (hasta 10 minutos, generalmente), una circunstancia que, en sintonía con los trabajos señalados más arriba, permite proponer la movilidad como posible factor locacional de primer orden.
RECONSTRUYENDO LOS PAISAJES VISUALES
La visibilidad es uno de los factores que, según la tradición historiográfica en Galicia, pudo haber determinado en mayor medida la construcción megalítica.
Esta variable locacional ha focalizado el esfuerzo de la investigación en torno al fenómeno megalítico, oscilando entre posiciones más especulativas derivadas del importante papel que pudo haber desempeñado el túmulo para la comunidad de los vivos, hasta planteamientos más interpretativos que conciben la visibilidad como la capacidad de las necrópolis para ser perceptibles en el terreno circundante (Carrero Pazos 2017).
Desde estos segundos planteamientos, se analizó la visibilidad del entorno topográfico de las necrópolis a partir de las propuestas de M. Llobera (2006aLlobera (, 2007)).
Dicha aproximación toma como punto de partida un cálculo de visibilidad total, que se define como la visibilidad inherente a todas las localizaciones en un paisaje, resultando zonas que son visualmente más prominentes en el sentido de una mayor magnitud visual (Llobera 2003; Llobera et al. 2010).
Este análisis calcula la visibilidad acumulada de cada una de las celdas del MDE.
En la zona de estudio la descomposición del MDE generó 1.213.588 puntos, imposibilitando un cálculo de visibilidad total fuera de un entorno de supercomputación.
Por ello, se realizó una aproximación muestral estratificada 12, creando una red de puntos regulares espaciados cada 500 m (3.030 puntos en total), y se calculó, para cada uno de ellos, la visibilidad acumulada con r.viewshed.cva13 en GRASS GIS 7.0.4 (Fig. 3A).
El resultado del cálculo se muestra en la figura 3B, con un alto porcentaje de túmulos localizados en áreas de visibilidad baja y media (Fig. 3C).
Este análisis no nos permite hablar de preferencias locacionales pues desconocemos si el patrón visual del emplazamiento topográfico tumular se repite en el territorio circundante.
Para poder hacerlo acudimos a la Simulación de Monte Carlo, un método basado en la construcción de un rango de distribuciones aleatorias que representan las circunstancias de las que se piensa se desviará la distribución real observada. aleatorias cuya localización no coincide con la de los monumentos (limitados a partir de un buffer de 1 km), gracias al uso de un loop.
Posteriormente, mediante una distribución de frecuencia acumulada se obtuvo un resultado gráfico del cálculo (Fig. 3D).
La comparación de la distribución real y la resultante de las simulaciones aleatorias, permite observar que el estadístico de los túmulos no coincide con el rango aleatorio en los valores medios.
Esto significa que la localización de los mismos en dichas áreas no es aleatoria, actuando la visibilidad como un posible factor locacional que explicaría su distribución específica.
Donde la visibilidad topográfica es baja o alta existe igual probabilidad de encontrar túmulos que puntos aleatorios, por lo que dichas localizaciones no parecen ser intencionales.
El estudio de la visibilidad topográfica, tal como ha sido modelizada en este trabajo, nos permite hablar de una localización en áreas específicas del territorio, donde la visibilidad juega un papel importante (hipótesis ya formulada en Criado Boado y Villoch Vázquez 1998), si bien es necesario seguir profundizando.
Moundscapes o los túmulos en el paisaje
Valoramos la relación entre los diferentes conjuntos tumulares y su territorio circundante estudiando, en primer lugar, su impacto visual.
A estas estimaciones, se sobrepuso un análisis de visibilidad simple a buffers generados con las distancias anteriores, obteniendo con ello un mapa de visibilidades escalado en función de los umbrales antes definidos.
El 16,84 % de la cuenca visual de los túmulos del Monte de Santa Mariña y su entorno se corresponde con rangos visuales bajos, un 55,05 % con rangos medios y un 28,11 % con rangos altos (Fig. 4).
Esto sugiere que el monumento funerario tuvo que ser concebido como un hito visible en el territorio.
La orientación visual de los monumentos sobre el paisaje se valoró analizando la visibilidad direccional, que permite identificar la orientación específica de la cuenca visual de los monumentos en el paisaje (Wheatley y Gillings 2000).
El desarrollo metodológico consiste en crear un ráster de orientaciones, después reclasificado en grados correspondientes a los puntos cardinales y sobre el cual se superpone, como antes, un ráster de visibilidad simple.
En nuestro caso (Fig. 4), un 20,99 % de los monumentos megalíticos descargan su potencial visual hacia el N, un 16,34 % hacia el SE y un 15,56 % hacia el NO, confirmando que la orientación preferencial de las necrópolis es la septentrional (Carrero Pazos y Rodríguez Casal 2015).
Finalmente, y siendo conscientes de los problemas que introducen los análisis de visibilidad simple (Wheatley y Gillings 2002; Conolly y Lake 2006; Paliou 2013), se precisó el cálculo de visibilidades recurriendo al de visibilidades "borrosas" o tipo fuzzy (Fischer 1992(Fischer, 1993;;Ogburn 2006).
Este cálculo evalúa el cambio visual de un objeto por su tamaño y distancia del observador definiendo el "nivel de claridad" del objeto.
El cálculo fue realizado en ArcGIS mediante la herramienta fuzzy viewshed creada por A. Rášová (2014: 1), que utiliza la función de pertenencia: El primer análisis concibió los monumentos como observadores (Fig. 5), identificando las áreas del territorio que son perceptibles desde los mismos.
Esto permite observar la existencia de relaciones de visibilidad entre el conjunto de Santa Mariña y las necrópolis septentrionales del Monte Meda, de hecho, las más perceptibles de todo el conjunto.
Es interesante destacar que desde los monumentos sólo se percibe el espacio inmediato, con rangos de perceptibilidad bajos en la práctica totalidad de sus cuencas visuales.
Esto podría estar indicando que la visibilidad desde el túmulo está más relacionada con el entorno inmediato de las necrópolis que con un juego visual a larga distancia.
En segundo lugar, se calcularon las visibilidades fuzzy para una red de puntos separados cada 500 m (n=3.030) (Fig. 6) para identificar las áreas del paisaje más perceptibles y observar en qué medida los túmulos se sitúan en las mismas.
La comparación con el rango aleatorio obtenido gracias a la Simulación de Monte Carlo descarta, de nuevo, la localización aleatoria de las mámoas, que parecen ubicadas en zonas de elevada perceptibilidad del territorio (crestas).
En síntesis, los análisis efectuados indicarían que la visibilidad pudo haber desempeñado un papel importante como criterio locacional.
Las necrópolis estudiadas mantienen rangos de visibilidad medios, aunque su localización sobre topografías de elevada perceptibilidad en el territorio evidenciaría que la visibilidad debe considerar tanto el monumento como el emplazamiento topográfico.
UN MODELO DE SIMULACIONES PARA EL ESTUDIO DE LAS RELACIONES ENTRE LA MOVILIDAD Y VISIBILIDAD
Una vez tenemos analizada tanto la movilidad natural a través del territorio como la visibilidad de los monumentos, es posible elaborar un modelo de simulaciones para valorar las relaciones entre la intensidad de tránsito potencial y la visibilidad de los túmulos megalíticos.
Para ello, se llevaron a cabo cuatro ximaciones (Tab.
Primero se calculó la intensidad visual del territorio próximo a los diferentes conjuntos megalíticos.
Para ello se definió un límite isócrono de 30 minutos de marcha a pie desde los monumentos, calculado computacionalmente en GRASS GIS 7.0.4 con r.walk.
Este límite nos permite valorar la relación visual del territorio circundante con los túmulos o sus áreas de emplazamiento, a partir de la definición de un entorno accesible en un tiempo determinado a los monumentos (Carrero-Pazos 2017) (Tab.
Además se analizó la relación visual entre las rutas de tránsito potenciales y los monumentos Fig. 5.
Visibilidad "borrosa" (fuzzy) calculada con los túmulos megalíticos como puntos de observador, y vista de la necrópolis megalítica del Monte de Santa Mariña hacia el Monte Meda (foto del Grupo de investigación-1520 "Arqueoloxía e ecoloxía do fenómeno tumular e megalítico galego", verano de 2005).
Arriba: mapa de visibilidad "borrosa" (fuzzy) para un grid de puntos distribuidos cada 500 m por el territorio del Monte de Santa Mariña y su entorno.
Abajo: comparación entre los valores de visibilidad "borrosa" correspondientes a los monumentos (línea negra e histograma) y un conjunto de 999 simulaciones aleatorias distribuidas por la totalidad del área de estudio (rango gris).
La metodología para este cálculo de visibilidad acumulada fue similar a la para la visibilidad topográfica, utilizándose un script de Python creado para GRASS GIS versión 7.0.4 que permite calcular la visibilidad acumulativa con gran cantidad de puntos a la vez.
La figura 7 muestra el número de rutas potenciales y su descomposición en puntos cada 500 m, a partir de los que se calculó la visibilidad acumulativa con una altura del observador de 1,65 m y un límite visual de 3.000 m.
Los resultados sugieren una relación visual importante entre las vías de tránsito potencial y los monumentos, algunos de ellos observables desde un elevado número de rutas.
Este análisis, sin embargo, no permite identificar los puntos concretos de las rutas de tránsito desde los que pueden observarse los túmulos.
Para lograrlo se calculó la visibilidad acumulada desde los propios monumentos (Tab.
2C), identificando las porciones del terreno visible desde los monumentos, y por lo tanto, de las rutas de tránsito14 (Fig. 8A).
En base a esto, un cálculo de visibilidad binaria simple permite observar las partes específicas de las rutas desde las que es posible divisar los monumentos (Fig. 8B).
La figura 9 muestra la cuantificación de este análisis.
Se percibe que, en un radio de desplazamiento de media hora, la mayor parte del tránsito mantiene una importante relación visual con los monumentos.
Además, siendo más exhaustivos, los monumentos poseen una mayor visibilidad desde las rutas concentradas en los puntos de entrada y salida de las sierras (59,87 %), así como en la práctica totalidad de los cruces viarios.
Ello sugiere que los túmulos podrían haber sido utilizados como un marcador territorial, tal como investigaciones anteriores señalaban (véase Martinón-Torres 2001).
Por último, se calcularon las visibilidades fuzzy desde las rutas de tránsito (Tab.
2D), simulando de forma teórica la percepción de una persona que caminara por ellas y observase los monumentos.
Para ello se descompuso el vector de rutas en puntos situados cada 500 m, generando un total de 3.450 posiciones de observador.
Según los resultados, los monumentos se ubican en zonas de percepción media desde las rutas de tránsito potencial, manteniendo un patrón no aleatorio que, de nuevo, muestra una relación entre las rutas de desplazamiento potencial y la percepción de los monumentos (Fig. 10).
Identificación del nivel de perceptibilidad del territorio desde las rutas de tránsito potenciales Tab.
Aproximaciones analíticas definidas para el estudio de la relación entre la visibilidad y la movilidad en los conjuntos monumentales seleccionados del Monte de Santa Mariña y su entorno.
¿LA VISIBILIDAD COMO FACTOR LOCACIONAL?
UNA APROXIMACIÓN A TRAVÉS DE LA SIMULACIÓN DE MONTE CARLO
Los análisis anteriores permiten valorar la relación entre movilidad por el territorio y el impacto visual del megalito, pero no desvelan si la visibilidad, como la movilidad, supuso un criterio locacional de primer orden.
Esta cuestión puede abordarse examinando la conexión entre el tamaño de la cuenca visual y la localización de los túmulos (Lake y Woodman 2000) 15.
15 Somos conscientes de que esta aproximación al análisis de la visibilidad reduce un criterio locacional complejo y heterogéneo a una sola variable -el tamaño de la cuenca visual del megalito-, cuando otros aspectos como los horizontes visuales y los juegos cromáticos influyen en dicho factor.
Serán tenidos en cuenta en futuras contribuciones.
El planteamiento metodológico que se propone, basado en la Simulación de Monte Carlo, busca comparar el tamaño de la cuenca visual de los monumentos megalíticos con dos aproximaciones aleatorias que consideran el territorio del área de estudio.
La muestra de puntos aleatorios se distribuye en la primera por la totalidad del área de trabajo.
En cambio, en la segunda, se fuerza la localización de los puntos en las áreas donde, según el modelo predictivo realizado en nuestro trabajo doctoral (Carrero Pazos 2017: 218 y ss.), poseen valores elevados y, por lo tanto, pueden responder a un patrón de localización megalítico.
A partir del análisis locacional se desarrolló un análisis de regresión logística multivariante para comparar la relación entre 11 covariables y la variable dependiente (monumentos megalíticos).
Las variables resultantes que predicen la distribución de los monumentos son la geología y los costes de desplazamiento desde las zonas de acumulación de agua potencial y desde las rutas de tránsito.
A. visibilidad acumulada desde las rutas de tránsito potencial hacia el emplazamiento de los monumentos del Monte de Santa Mariña y su entorno, sobre mapa isócrono con media hora de desplazamiento; B. visibilidad binaria para las rutas de tránsito potencial sobre mapa isócrono con áreas desde las que se pueden observar los túmulos megalíticos a media hora de desplazamiento.
La comparación estadística partió del trabajo de M. Lake y P. Woodman (2000), empleando, como ya se ha indicado, la Simulación de Monte Carlo.
De esta forma podemos determinar, primero, si el tamaño de la cuenca visual de los túmulos es aleatorio o no y, en segundo lugar, si el tamaño de la cuenca visual de los túmulos en el área de estudio pudo haber sido un factor importante en su ubicación.
Esta correlación, tradicionalmente defendida para el conjunto del fenómeno megalítico en Galicia (véase Criado Boado 1984 como síntesis), no significa causalidad.
Fueron definidas dos muestras aleatorias para comparar el tamaño de las respectivas cuencas visuales con la de los túmulos megalíticos (n=75) (material complementario AC2): la primera creada bajo condiciones aleatorias completas (Poisson) (n=74.925) (material Trab.
Como en los cálculos anteriores, la resolución elegida está justificada por el elevado esfuerzo computacional que acarrea el de resoluciones más precisas.
Partiendo del ráster de visibilidad topográfica creado anteriormente, se calculó el tamaño de la cuenca visual de cada punto con una altura del observador de 1,65 m y un límite visual de 4.000 m.
Posteriormente, empleando r.stats, se extrajo el tamaño de la cuenca visual (km 2 ) para cada uno de los puntos tanto de la muestra arqueológica como de las aleatorias.
Finalmente, dos pruebas estadísticas en R Statistics se orientaron a conocer la relación entre el tamaño de la cuenca visual de la distribución arqueológica con respecto al tamaño de la de las dos muestras aleatorias.
Para visualizar dicha comparación utilizamos el gráfico de frecuencia acumulada (Fig. 12).
Sus resultados muestran que el tamaño de la cuenca visual de los túmulos no parece alejarse del conjunto de ambas muestras aleatorias.
La muestra no constreñida por los factores de primer orden (modelo predictivo) mantendría una mayor diferencia significativa en los rangos medios, al situarse cerca de los límites del intervalo aleatorio (Fig. 12A).
Los gráficos de frecuencia acumulada permiten analizar el grado de significación de forma visual, pero no proporcionan una medida de significación (valor p).
Para obtenerlo, debemos calcular, en primer lugar, la diferencia absoluta entre la frecuencia acumulada del tamaño de la cuenca visual de los monumentos y la del tamaño de las cuencas visuales de todas las muestras aleatorias, utilizando la prueba de Kolmogorov Smirnov (KS).
Los resultados de la muestra aleatoria sin condicionar espacialmente, resumidos en los diagramas de caja (Fig. 13A), indican valores p significativos en su mayor parte (615 casos con valores menores a 0,05 = 61,56 % de la muestra aleatoria).
Este dato permite afirmar que los tamaños de las cuencas visuales de los túmulos y de los puntos aleatorios difieren entre sí.
Por otra parte, los resultados de la muestra aleatoria constreñida por el modelo predictivo (Fig. 13B) indican valores no significativos (25 casos por debajo de 0,05 = 2,50 % de la muestra aleatoria).
Por ello no se puede afirmar que el tamaño de la cuenca visual de los túmulos megalíticos difiera del tamaño de los puntos aleatorios condicionados por el posible de localización megalítico.
La clasificación de medias (Lake y Woodmann 2000: 501) es un segundo procedimiento estadístico escogido para estimar la probabilidad de que la media del tamaño de la cuenca visual de la muestra arqueológica proceda de la misma población que las distribuciones simuladas.
De esta forma, si dividimos la posición de la muestra real en una clasificación de las medias por la posición de la muestra arqueológica -1.000, ya que las 999 anteriores se corresponden con las simu-laciones aleatorias-, obtendremos la probabilidad de rechazar de forma incorrecta la hipótesis nula, según la cual, las medias del tamaño de la cuenca visual de ambas muestras proceden de la misma población de cuencas visuales.
Por lo tanto, mediante estadística descriptiva (clasificación de las medias), observamos que en el caso de la población aleatoria sin constreñir, la muestra arqueológica se sitúa en la decimoquinta posición de un total de 1.000 simulaciones, resultando 15/1.000 = 0,015.
Este dato permite plantear que el tamaño de la cuenca visual de los túmulos es significativamente diferente (p value < 0,05) al de los puntos aleatorios localizados en el área de estudio.
En las distribuciones aleatorias determinadas por el modelo predictivo, la media del tamaño de las cuencas visuales se sitúa en el número de 727 de un total de 999 simulaciones, lo que supone 727/1.000 = 0,727.
Este valor nos indica que la media del tamaño de la cuenca visual de la muestra arqueológica no difiere significativamente del de la muestra aleatoria.
La interpretación de las dos aproximaciones estadísticas realizadas junto con la Simulación de Monte Carlo debe llevarnos a valorar de forma más objetiva la importancia de la visibilidad en los patrones de localización de los túmulos megalíticos gallegos.
Los resultados de la comparación de la muestra arqueológica con la aleatoria sin condicionar indican diferencias importantes en lo que al tamaño de la cuenca visual se refiere.
Esto no debiera sorprender dadas las notables diferencias entre ambas muestras (Fig. 14) y permite concluir que el tamaño de la cuenca visual de los túmulos no es aleatorio, es decir, que hay diferencias con respecto al entorno topográfico.
No obstante, dichas diferencias no pueden entenderse en términos de selección territorial, pues se deben a la comparación de territorios heterogéneos.
Ambas poblaciones muestran una menor variabilidad si se compara el tamaño de la cuenca visual de los monumentos con el de los territorios responden a criterios de localización megalíticos (Fig. 14A y 14C).
Ello también se infiere de los resultados del test de KS y de la media de los valores de las cuencas visuales de las muestras y parece evidenciar una correlación entre el tamaño de la cuenca visual y los factores de localización que definen el modelo predictivo.
No obstante, estos resultados tampoco permiten confirmar una selección de enclaves determinada por el tamaño de la cuenca visual, pues los territorios cercanos a las necrópolis megalíticas que comparten los mismos factores de localización, poseen cuencas visuales de tamaño similar.
El emplazamiento de las necrópolis megalíticas del Monte de Santa Mariña mantiene, por lo tanto, las mismas regularidades en lo que al tamaño de la cuenca visual se refiere que sus territorios adyacentes.
Ello excluye una selección del espacio funerario por parte de las comunidades neolíticas en función del tamaño de la cuenca visual de sus monumentos.
CONCLUSIONES Y PERSPECTIVAS EN LA INVESTIGACIÓN
La visibilidad ha sido el factor locacional que mayor atención ha recibido en Galicia por parte de la investigación sobre el fenómeno megalítico, a partir de una serie de trabajos sobre las relaciones visuales entre el megalito y su medio circundante en la Península del Barbanza (Criado Boado y Villoch Vázquez 1998).
Ahora bien, en Galicia dicho factor se ha centrado en exclusiva en el túmulo, haciendo hincapié en las regularidades visuales existentes dentro de una necrópolis (cfr.
Criado Boado 2012) sin tomar en consideración el territorio que alberga los monumentos.
Además las interpretaciones suelen articularse a partir del "sentido común" (Lake y Woodman 2003: 690), "descripciones con un alto nivel de detalle y profundidad que más que resolver sirven para formular preguntas con gran significancia y atino.
En el peor de los casos, se utilizan para generar interpretaciones nacidas más de la especulación que de cualquier argumento que se haya podido construir" (Llobera 2006b: 110-111).
Esta tendencia parece haber provocado un sobredimensionamiento de la relevancia del impacto visual del túmulo como configurador del territorio neolítico.
Ello, en vista de los resultados obtenidos en este y otros trabajos (Rodríguez Rellán y Fábregas Valcarce 2015), quizás deba ser matizado en función de las áreas de estudio como sucede con otros criterios de localización, caso de la movilidad (cfr.
18 Como han demostrado los análisis de los monumentos megalíticos del Monte de Santa Mariña y su entorno, en esta zona específica de Galicia, no suelen emplazarse en las áreas más perceptibles del territorio, sino en otras de intensidad visual media.
La mayor parte de los conjuntos tumulares de la zona analizada descargan su potencial visual en dirección norte, existiendo evidentes interrelaciones visuales entre los distintos monumentos.
No obstante, la importancia de la visibilidad parece aumentar analizada en conexión con el desplazamiento por el territorio, con umbrales de perceptibilidad elevados en los itinerarios de ascenso y descenso desde/hacia los emplazamientos funerarios, siendo bajos en las zonas más deprimidas.
La visibilidad de los monumentos parece relacionarse, por lo tanto, con las vías de desplazamiento natural, aunque no podemos extrapolar dicha tendencia al conjunto del territorio ni del fenómeno, ya que ni los monumentos ni los emplazamientos megalíticos se aprecian en un porcentaje elevado de lugares.
Por otra parte, el uso de la Simulación estadística de Monte Carlo ha permitido en el estudio de la visibilidad como criterio locacional en el Monte de Santa Mariña y su entorno, teniendo en cuenta las regularidades obtenidas de la comparación de la cuenca visual de los monumentos con las de las dos poblaciones aleatorias ubicadas en zonas aledañas.
Dicha aproximación debe ser entendida como un intento más que deberá ser desarrollado y matizado en posteriores trabajos por la gran complejidad analítica de esta variable.
Los resultados obtenidos en Santa Mariña y su entorno deben entenderse en un contexto discursivo más amplio, ya que las dinámicas de movilidad y visibilidad aquí descritas trascienden el caso y suponen una aportación a la interpretación de un fenómeno común a otras regiones de Galicia, la Península Ibérica y la fachada atlántica europea.
La evidencia empírica presentada nos permite concluir que el factor visual de los monumentos megalíticos del Monte de Santa Mariña y su entorno no es aleatorio.
Mantiene un patrón específico y significativo, si bien la posible elección de los emplazamientos tumulares en esta área de estudio no parece haber tenido relación con una selección territorial específica basada en el tamaño de las cuencas visuales.
Esto no debe extrañar, pues estamos ante paisajes con diferentes niveles de percepción monumental caracterizados por una importante variedad de situaciones basadas en elementos topogeográficos (Carrero Pazos s. f.), donde el monumento y la necrópolis habrían jugado un papel fundamental, y donde la visibilidad del túmulo y del megalito parece haber estado vinculada a una movilidad elevada de los grupos humanos neolíticos.
Estas conclusiones refuerzan las hipótesis defendidas para otras zonas europeas y peninsulares donde el megalitismo está documentado (p. ej. Whitley y Hicks 2003; Murrieta Flores 2012; 19 ).
Ello sugiere que podríamos estar ante una característica común al conjunto de este fenómeno y que el papel del túmulo como configurador del paisaje neolítico debe ser entendido tanto de forma estática (el megalito como elemento demarcador) como en relación con el desplazamiento general por el territorio.
En ese desplazamiento el túmulo incrementa su protagonismo al ser potenciado mediante la visibilidad, haciendo partícipe al difunto de la vida de los vivos, y reforzando con ello el vínculo comunitario a través del recuerdo y la memoria.
El Prof. Antón A. Rodríguez Casal nos cedió los datos arqueológicos del fenómeno tumular del Monte 19 Véase n.
de Santa Mariña y su entorno, junto con las fotografías de los monumentos, reproducidas aquí.
Además agradecemos a David Espinosa Espinosa la revisión de la redacción de este manuscrito, que contribuyó a una mayor claridad expositiva, y a Carlos Rodríguez Rellán los diferentes consejos en relación al análisis de movilidad.
Tanto el código de R Statistics como el script de Python utilizado para el cálculo de las visibilidades acumuladas fueron redactados durante varios cursos del MSc in Computational Archaeology: GIS, Data Science and Complexity (Institute of Archaeology, UCL), bajo la supervisión de los Prof. Andrew Bevan y Mark Lake, a quienes corresponde su autoría y a quienes agradecemos su ayuda.
Finalmente, los comentarios y observaciones de los revisores anónimos han enriquecido y mejorado la versión definitiva de este trabajo.
CÁLCULO DE DENSIDAD DE RUTAS ÓPTIMAS Módulo utilizado Objetivo Input Output v.to.points |
Excavaciones arqueológicas en Penedo do Lexim (Mafra) han proporcionado datos interesantes sobre su ocupación durante el Bronce Final.
La información disponible indica que su función principal no se relaciona con actividades domésticas permanentes, sino con prácticas extraordinarias y esporádicas, que parecen asociarse al comercio interregional o de larga distancia y/o con actividades rituales.
En este trabajo presentamos las evidencias arqueológicas relacionadas con la ocupación del yacimiento durante los finales del II/ inicios del I milenio a.
C. (conjuntos cerámicos y metálicos) y discutimos su función en el marco regional del Bronce final en la Península de Lisboa. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
La tecnología lítica neandertal de
Valdegoba es un conjunto de tres cavidades, situado a 28 km al noroeste de la ciudad de Burgos, a 930 m de altitud y a 35 m sobre el curso actual del río Urbel.
Fue ocupada por neandertales durante el Estadio Isotópico Marino 3 en periodos cortos y estacionales, destinados a aprovechar al máximo los recursos aportados por los rebecos (Díez et al. 2014).
En este entorno de la Meseta norte se han descubierto nuevos yacimientos y se han retomado otros, todos los cuales presentan una importante heterogeneidad tecnocultural y diversidad económica y cultural (p. ej., Navazo y Díez 2008; Díez-Martín et al. 2011; Navazo et al. 2011; Navazo y Carbonell 2014; Arsuaga et al. 2017; Terradillos-Bernal et al. 2017;Álvarez-Alonso et al. 2018).
La ocupación se Trab.
La multiplicación en toda Europa de estas ocupaciones (Spy, Abri du Maras, Bruniquel, l' Hortus, El Sidrón, La Pasiega, Maltravieso, Ardales, Gorham's Cave...) está produciendo una relevante reinterpretación de las capacidades tecnológicas, culturales y sociales de los neandertales (p. ej., Dediu y Levinson 2013; Rodríguez-Vidal et al. 2014; Villa y Roebroeks 2014; Estalrrich y Rosas 2015; Jaubert et al. 2016; Daujeard et al. s. f.;Weyrich et al. 2017; Hoffmann et al. 2018).
En este contexto y en el debate sobre las últimas fases culturales de los mismos, Valdegoba y los otros sitios de su entorno documentan datos muy importantes sobre gestión del territorio, aprovechamiento de la biomasa y producción lítica.
-Unidad D (4, 5 y 6): depósitos clásticos.
Los niveles 5 y 6 han aportado abundantes restos tecnológicos del Paleolítico medio junto con restos óseos de Homo neanderthalensis y de grandes mamíferos, todos ellos algo desplazados de su posición original.
Es erosiva sobre la anterior y su origen se debe a caídas gravitacionales de clastos autóctonos producidos por gelifracción junto con aportes de finos por arroyada difusa.
Su disposición desestructurada permite pensar en un movimiento posterior de tipo mud flow muy lento, y no selectivo.
El nivel 4 es muy arcilloso, el 5 tiene mayor contenido en cantos y el 6 se está cementado por infiltraciones calcáreas.
-Unidad E (7): espeleotema desarrollado por toda la cavidad que sella la sedimentación.
-Unidad F (8): separada por una marcada cicatriz erosiva del resto de la secuencia, incluye materiales revueltos de los niveles infrayacentes (Díez et al. 2014).
La edad de Valdegoba no es conocida con precisión.
Procedían del nivel D (nivel 5), donde aparecieron los restos humanos.
MAMíFEROS y ENTORNO NATURAL
Las excavaciones han proporcionado un importante conjunto de restos faunísticos (Díez Fernández-Lomana et al. 2014).
Los herbívoros constituyen la mayor parte del conjunto (87 %).
La especie dominante es el rebeco, Rupicapra pyrenaica (59 % de restos).
Hay un claro predominio de los herbívoros adultos sobre los juveniles.
Hay un pico estacional en verano de aprovechamiento intensivo de los recursos por parte de los neandertales (Arceredillo y Díez 2009).
Las especies vegetales recuperadas sugieren un ambiente mixto con zonas de roquedo, bosque de montaña y caducifolios y zonas abiertas con vegetación herbácea (Feranec et al. 2010).
Destaca la presencia de Homo neanderthalensis.
En el nivel 5 (Unidad D) se ha localizado una mandíbula y dos incisivos que encajaban en la mandíbula (adolescente de unos 14 años).
En el nivel 6 se han identificado diez dientes deciduos de un individuo de unos 8 meses de edad, así como una falange proximal anterior, un metatarsiano IV y otro V (Díez, García et al. 1988-1989; Díez, Jordá-Pardo et al. 2014; Quam et al. 2001).
Buena parte de los restos humanos aparecen carroñeados por cánidos (Díez et al. 2010; Camarós et al. 2017).
El análisis del conjunto lítico de Valdegoba ha analizado las categorías estructurales (Carbonell et al. 1982) y caracteres comunes (materia prima, morfología, peso y dimensiones) y particulares (Carbonell et al. 1982; Rodríguez 1998): a) en los percutores/manuports: densidad, calidad del material y presencia de estigmas y/o fracturas; b) en los núcleos e instrumentos sobre canto: facialidad, carácter centrípeto, oblicuidad, profundidad; y aristas sagitales y frontales.
Se contabilizan los negativos y se identifican los diferentes esquemas operativos; c) en las lascas: bulbo y morfología de la cara ventral; corticalidad, morfología y negativos anteriores de la cara dorsal; y corticalidad y morfología de la talonar.
Se han analizado las estrategias de producción a partir de los negativos.
Se realiza un gráfico de Bagolini (1968) para diferenciar las diferentes morfometrías.
Entre las lascas se diferencian los productos con tendencia laminar; d) en los núcleos e instrumentos sobre lascas se analizan los caracteres anteriormente descritos en las lascas como los relacionados con los retoques: facialidad, carácter centrípeto, oblicuidad, profundidad, dirección, delineación de las aristas frontal y sagital, morfología y morfotipo.
Análisis de la tecnología lítica (Tab.
Las proporciones de sílex y cuarcita son muy similares.
Los neandertales han podido obtener estos materiales en las proximidades (Díez et al. 2014).
La cuarcita proviene de una facies Utrillas, que aflora a un centenar de metros del yacimiento (Díez et al. 2014).
Las dos variedades de sílex son la neógena y la cretácica.
Hay también piezas de cuarzo.
Se encontraron pocos percutores y manuports.
Destaca el uso de la cuarcita (63,6 %), seguida del cuarzo y el sílex.
Las morfologías son principalmente ovales y espesas.
En la explotación destaca la reducida proporción de núcleos, el 93,3 % sobre canto.
Abundan los núcleos bifaciales (78,3 %), seguidos de los unifaciales, los trifaciales y los multifaciales.
La mayoría de los núcleos 63 % son de la variedad cretácica de sílex (un 25 % de todas las piezas de este material).
Los principales métodos de reducción son los centrípetos: discoide bifacial (37 %) o levallois recurrente (29 %) (Fig. 2.3, 2.4 y 2.7).
Tienen 19 extracciones finales de explotación (11 + 8 de media).
Los núcleos levallois, los más planos y ligeros (con un espesor medio de 18,4 y un peso de 34 g), muestran las morfologías más variadas.
El ángulo de talla es de 74o y presentan 17 extracciones finales de explotación (7,5 + 9,5 de media).
Son los núcleos más agotados.
Estos núcleos discoides y levallois (Boëda 1993) carecen de talla estandarizada y combinan los métodos cuando las dimensiones de las bases son muy reducidas (47 mm de media) y hay que rectificar angulaciones.
Ello se evidencia en que los planos de explotación combinan el secante/subparalelo en un lateral y el secante en otro.
Estos núcleos levallois mantienen una superficie superior con extracciones recurrentes centrípetas y una jerarquización de las dos superficies de talla.
La jerarquización se altera en parte con 3 o 4 pequeñas extracciones secantes que modifican el ángulo de talla en una pequeña porción del borde para aprovechar el núcleo en su fase final (este hecho se documenta en 4 de los núcleos levallois y en 4 de los discoides) (Fig. 2.3 y 2.7).
Predomina el sílex en los métodos discoide y levallois (23 piezas) y la cuarcita en la talla unifacial o bifacial unipolar masiva (cinco efectivos).
Otros métodos de talla menos empleados son el unifacial unipolar sobre cuarcita, cuarzo y sílex (9,3 %) y el trifacial con tendencia poliédrica sobre sílex (9,3 %) (Fig. 2.8 y 2.9).
Finalmente, también se han documentado los métodos bifacial sobre yunque en cuarcita (2,2 %) y el multifacial con tendencia esferoidal sobre sílex cretácico (2,2 %) (Fig. 2.2 y 2.6).
No se han documentado evidencias de la ejecución de un método laminar como las extracciones finales laminares y la explotación de grandes planos, pero se hallaron dos productos desbordantes que posiblemente sean flancos de núcleos laminares (Fig. 3.9 y 3.11).
Una de las principales características de Valdegoba es la alta proporción de lascas: 1.449 efectivos (83,9 %).
Hay una proporción similar entre sílex (46,7 %) y cuarcita (44,8 %) (Tab.
No se ha constatado una explotación diferenciada por materias primas: se han seguido los mismos patrones de talla y seleccionado los mismos formatos iniciales y los productos obtenidos son muy similares.
El formato más común es la lasca con el área proximal y/o lateral muy espesa opuesta a un borde con filo muy plano (38,5 % del total).
Estas lascas se podrían definir como dorsos naturales.
Destacan sus reducidas dimensiones y escaso peso (Tab.
Las fases de producción de lascas están completas.
Hay un 4 % de lascas corticales, un 8,1 % en las que domina la corticalidad, un 18,7 % con residuos corticales y un 69,2 % sin córtex.
En la organización de las extracciones no hay una diferencia significativa, aunque con el avance de la reducción se incrementan las extracciones bipolares, ortogonales y centrípetas.
Destaca un significativo conjunto de 75 productos alargados con tendencia laminar de más de 4 cm de longitud (9,6 % de los productos completos) (Fig. 2.10-18).
Según la gráfica de Bagolini (1968) (Fig. 4) en este grupo se incluyen 39 lascas laminares, 24 grandes lascas laminares, 5 láminas, 5 laminillas y 2 láminas estrechas (Figs.
Industria lítica de Valdegoba 1: instrumento sobre canto de cuarcita; 2: núcleo multifacial poliédrico sobre canto de sílex cretácico; 3 y 7: núcleos que combinan los métodos levallois y discoide de sílex neógeno; 4: núcleo discoide sobre canto de cuarcita; 5: núcleo bifacial ortogonal retocado de sílex neógeno; 6: núcleo multifacial poliédrico sobre canto de sílex neógeno; 8 y 9: núcleos trifaciales con tendencia poliédrica sobre sílex neógeno; 10-12, 15: lascas alargadas con tendencia laminar de sílex neógeno; 13 y 14: lascas alargadas con tendencia laminar de cuarcita; 16: lascas alargadas con tendencia laminar de sílex cretácico; 17: raedera/raspador sobre lasca alargada de sílex neógeno; 18: raspador sobre lasca alargada de sílex neógeno; 19: raspador sobre lasca alargada de cuarcita (en color en la edición electrónica).
Industria lítica de Valdegoba 2: 1: raspador sobre lasca de cuarcita; 2: denticulado bilateral sobre lasca alargada de cuarcita; 3 y 15: denticulado sobre lasca alargada de sílex neógeno; 4: denticulado sobre lasca con tendencia laminar (cresta) de sílex neógeno; 5 y 6: lascas levallois de sílex neógeno; 7: lasca de cuarcita apuntada fracturada, 8: lascas de núcleo discoide de sílex neógeno; 9 y 11: raederas sobre lasca/flanco de núcleo levallois laminar de sílex neógeno; 10, 13 y 16: punta musteriense sobre lasca de cuarcita; 12: denticulado sobre lasca de cuarcita; 14: muesca bilateral sobre lasca de cuarcita (en color en la edición electrónica).
El 78,3 % de estos productos alargados son de sílex neógeno.
Solo seis presentan un talón lineal, por lo que la técnica de producción principal (y seguramente exclusiva) ha sido la directa con percutor duro o semiduro con cierta elasticidad.
La angulación de extracción es la más abrupta entre los productos alcanzando de media 80°.
Estos productos han sido obtenidos con extracciones longitudinales unipolares (55 %) y bipolares (45 %), tienen una o dos aristas longitudinales en la cara dorsal, aunque estas suelen ser sinuosas.
No se han recuperado núcleos con negativos laminares.
Sin embargo por la morfología de los soportes, su estrechez, por ser alargados, relativamente finos, con filos sinuosos y aristas centrales y negativos anteriores algo desorganizados, así como por la presencia de dos flancos de núcleo fácilmente podrían encajar en una producción levallois (Fig. 3.9 y 3.11).
Pero todo ello no nos permite descartar taxativamente el desarrollo de otros modelos de explotación laminares ad hoc.
Los instrumentos sobre cantos son muy pequeños (42,2 mm de longitud media y solo uno supera los 5 cm) (Fig. 2: 1).
El peso medio es de 30 g, por lo que son útiles de una escasa contundencia (Tab.
En esta categoría estructural también la proporción entre el sílex (44,1 %) y la cuarcita (40 %) es muy similar.
Los efectivos tienen dimensiones reducidas (41,3 mm de media), sin que ninguno supere los 10 cm (Fig. 3).
El peso también es muy reducido (13,5 g de media) (Tab.
Las lascas retocadas (12,4 %) son las más grandes (superan en un 25 % las dimensiones medias de las lascas) y más pesadas (tienen un 54 % más de peso).
Se constata un alto grado de estandarización en relación a los soportes usados (principalmente lascas con dorso natural lateral), ángulos y longitud de filos.
La mayoría de las raederas solo presentan una secuencia de retoque, escaseando las raederas sobreelevadas o escaleriformes.
Entre los instrumentos compuestos destacan las raederas-denticulado (53 %).
Los denticulados muestran la misma selección de formatos iniciales, ángulo y longitud de filo que las raederas.
Cinco tienen fractura proximal pero ninguna los estigmas distales característicos de las puntas de proyectil (Rots y Plisson 2014).
Su frente es semicircular sin estandarización.
Como morfotipo principal es el 3 % de los instrumentos y se asocia con el 6,4 % de las raederas y denticulados.
Este porcentaje, uno de los más altos del Paleolítico medio peninsular, seguramente esté relacionado con el intenso trabajo sobre las pieles de los rebecos.
Este repertorio tecnológico lítico de Valdegoba está íntimamente relacionado con actividades domésticas y no cinegéticas.
En la Meseta norte se ha podido documentar la evolución del Paleolítico medio en un largo lapso cronológico, que abarca desde la transición entre el Paleolítico inferior y medio con el nivel TD10 de la Gran Dolina o el miembro estratigráfico medio de Ambrona entre 350-200 ka (Santonja y Pérez González 2006 y Ollé et al. 2013).
El modelo tecnológico de TD10 no se generaliza en la Meseta norte.
En cronologías posteriores a este nivel se constata un largo hiato que reitera los principales patrones tecnológicos del Modo 2 (Terradillos-Bernal y Rodríguez 2012; Ollé et al. 2013).
En las cronologías posteriores, donde se enmarca Valdegoba, identificamos yacimientos con una tecnología del Paleolítico medio sensu stricto que incrementan e intensifican las ocupaciones neandertales en entornos próximos (como el cantábrico).
Incluso, se pueden identificar rasgos transicionales al Paleolítico superior (80-40 ka) (Baena et al. 2004; Higham et al. 2014) Cueva Corazón se localiza en el Cañón de la Horadada (Mave, Palencia).
La cuarcita (81 %) es la materia prima predominante, seguida del sílex y el cuarzo.
Se han identificado dos grandes esquemas operativos de explotación: unifacial unidireccional (unipolar y longitudinal) y bifacial centrípeto (discoide y levallois).
El método levallois representa el 35 % del total.
Entre los instrumentos sobre lasca destacan las raederas, seguidas por los denticulados, perforadores y puntas (Díez-Martín et al. 2011; Sánchez-Yustos et al. 2011).
Los neandertales han generado un conjunto lítico escaso, con ciclos de talla cortos, en los que apenas se incorpora sílex.
Carece de una gran complejidad (sin grandes morfotipos, ni explotación levallois o quina).
Hay una alta proporción de percutores y yunques y una significativa especialización en los denticulados ligeros.
Los análisis traceológicos han demostrado un aprovechamiento de recursos líticos, animales y vegetales, resaltando una producción muy antigua de cordajes (Clemente et al. 2014).
Galería de las Estatuas (Sierra de Atapuerca, Burgos) tiene unas dataciones entre 80 ± 5 y 112 ± 7 ka en el área GE-I y entre 70 ± 5 y 79 ± 5 ka para los niveles superiores del área GE-II (Demuro et al. s. f.) 18), alguna con retoque quina, y los denticulados (12).
Los caballos y ciervos dominan en la fauna (Arsuaga et al. 2017).
En el entorno de la Sierra de Atapuerca se han localizado 31 yacimientos del Paleolítico medio al aire libre (Navazo y Carbonell 2014).
Se usa, sobre todo, sílex local (cerca del 90 % del total).
Destaca la explotación ortogonal y centrípeta para la producción de lascas pequeñas.
Entre los instrumentos predominan los denticulados (Navazo et al. 2008).
Predomina el sílex y el cuarzo.
El conjunto tecnológico es de pequeñas dimensiones, la talla es principalmente local.
En la explotación se recurre sobre todo a los métodos discoide y levallois y en la configuración a denticulados, muescas y cantos tallados (Álvarez- Alonso et al. 2018).
Prado Vargas (Ojo Guareña, Burgos) tiene una cronología de 46,4 ka (racemización de aminoácidos) (Navazo et al. 2005).
En la fauna destacan ciervos y cabras.
Hay huesos quemados y retocadores óseos.
Se selecciona sílex y algo de cuarcita, arenisca, caliza silicificada y otros.
Los métodos discoide, quina y levallois son los más frecuentes y, en la configuración, las raederas (algo más del 50 %), seguidas por los denticulados, puntas musterienses y raspadores.
El retoque de las raederas suele ser quina o semiquina (Navazo y Díez 2008).
Entre la fauna destacan los restos de caballo, ciervo, cabra y rebeco.
Algunos tienen marcas de descarne, fracturas y alguna mordedura.
Predomina el uso de sílex y cantos de cuarcita y la explotación discoide unifacial y bifacial.
Hay algún núcleo levallois y ortogonal.
Entre los casi 200 útiles sobre lasca, son frecuentes las raederas convexas, muchas con retoque quina (Díez et al. 2008).
Los restos de ciervos y cabras, seguidos de rebecos y caballos, sin olvidar los numerosos conejos, son los dominantes.
Las materias primas seleccionadas son sílex, cuarcita, cuarzo, caliza y arenisca.
La explotación más utilizada es la discoide, seguida por la ortogonal, quina, levallois (muy escaso) y unipolar.
En la configuración destacan las raederas, muchas de tipo quina.
También hay muescas, denticulados y puntas (Navazo 2010).
Valdegoba presenta similitudes con algunos de los yacimientos comentados al aire libre de la Meseta norte.
Comparte con Hundidero y Hotel California la importancia de lascas e instrumentos sobre lasca, cuyas dimensiones se reducen; abundan los denticulados y muescas, pero ya aparece un grupo relevante de raederas.
Las estrategias y métodos de talla son más complejos (discoide, levallois, kombewa) y se están desarrollando en ciclos más largos.
Las mayores semejanzas se dan entre Valdegoba y los depósitos en cavidades.
Predomina el sílex (salvo en sitios como Cueva Corazón, alejada de afloramientos relevantes), los conjuntos son de pequeñas dimensiones, no hay instrumentos contundentes, destacan las raederas, pero aparecen las puntas y raspadores.
Hay un desarrollo de métodos de explotación más complejos y con ciclos más largos como el discoide (normalmente el más numeroso), levallois y quina.
Uno de los elementos de Valdegoba que da pie a un debate muy interesante son los productos de tendencia laminar, que parecen ser fruto de explotación levallois (sin descartar taxativamente otros métodos).
Esta característica no hace único a Valdegoba, ya que los productos laminares son un elemento común en el Paleolítico medio europeo, ya desde el OIS 8 (p. ej.; Bordes 1958; Tuffreau 1983; Revillion 1995; Pelegrin 1990).
La presencia de productos con tendencia laminar genera otros debates muy relevantes como la comparación cultural de las ocupaciones de la Meseta con las de la Región Cantábrica (Díez y Navazo 2005; Sánchez-Yustos y Díez-Martín 2015), por ser donde más tecnología laminar se ha descrito y por la localización de Valdegoba en una zona de paso hacia la región cantábrica, sin dar por hecho una relación directa entre las poblaciones de ambas áreas por esta característica tecnológica.
La comparación es una tarea compleja por tres razones básicas: la problemática de las dataciones (insuficientes para poder establecer relaciones generales), el reducido número de yacimientos del Paleolítico medio en la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica y la marcada variabilidad del Paleolítico medio cántabro (Carrión Santafé et al. 2008; Ríos-Garaizar 2008).
La variabilidad del Musteriense cantábrico se observa en el macroutillaje de ofita y cuarcita de su fase final, así como en la relevancia de la explotación y retoque quina (Carrión Santafé et al. 2008; Mazo et al. 2011-2012, Trab.
Allí se documenta solo en Galería de las Estatuas, La Ermita (retoque) y Prado Vargas (explotación y retoque) (Díez et al. 2008; Navazo y Díez, 2008; Arsuaga et al. 2017).
Otro elemento diferenciador es la escasa aparición de denticulados en el Musteriense cantábrico (salvo en Cueva Morín) (Carrión Santafé et al. 2008), que en la Meseta norte son muy comunes, e incluso protagonistas de secuencias como las de San Quirce, los yacimientos al aire libre del entorno de Atapuerca o el Abrigo del Molino (Navazo et al. 2008; Terradillos-Bernal et al. 2017;Álvarez-Alonso et al. 2018).
En la región contábrica destaca el uso de puntas (Carrión Santafé et al. 2008, Ríos-Garaizar 2008), mínimas en la Meseta norte, donde no destacan en ningún yacimiento.
Estas áreas comparten una importante presencia de la explotación discoide y levallois, pero ello no basta para establecer relaciones culturales.
Valdegoba también propicia el debate sobre la transición al Paleolítico superior y las características de la crisis de los neandertales (demográfica, de intercambio genético, etc.) que desembocó en su extinción.
Entre los caracteres que pueden evidenciarla están un aumento de la movilidad y el desarrollo de eventos no residenciales que conllevaría una mayor fragmentación de las cadenas operativas (Vaquero 2008; Carrión et al. 2012) y la inclusión de materias primas lejanas como en Axlor o Arrillor (Ríos-Garaizar 2017).
Valdegoba aporta un repertorio de continuidad con el Musteriense clásico.
No se observa la aproximación de una crisis: la adquisición de materias primas es local sin un tratamiento especial; perduran los esquemas típicamente musterienses, como el levallois y discoide; y no hay conjuntos expeditivos.
La ocupación de esta cavidad está muy especializada en la gestión de los rebecos y es estable y recurrente.
Se documentan soportes de tendencia laminar pero no hay núcleos prismáticos, ni tendencia al microlitismo, ni leptolitización, ni una producción generalizada de puntas.
La variabilidad de Valdegoba respecto al Paleolítico medio sensu stricto es escasa, pero ciertos rasgos particulares son cualitativamente muy importantes: a) se seleccionan dos grandes grupos de materias primas (sílex y cuarcita) con una gestión prácticamente idéntica; b) el sílex cretácico no destaca entre los instrumentos sobre lasca, sino entre los núcleos; c) los retocadores óseos podrían haber subsanado la ausencia de retocadores líticos; d) los formatos reducidos de las bases han dificultado una estandarización de la talla.
Los núcleos son muy diversos por una continua corrección de angulaciones; e) poliedros y esferoides tienen una importante presencia; f) las lascas, por su tamaño y morfología, podrían haberse empleado en tareas de corte que requirieran escasa contundencia y gran precisión; g) faltan prácticamente los instrumentos de primera generación.
No hay grandes instrumentos; h) hay una relevante proporción de productos de tendencia laminar, generados con percutor duro o con cierta elasticidad.
La producción de estos soportes laminares debe ser fruto sobre todo del método Levallois; i) hay una escasa (casi nula) reactivación de los filos en los instrumentos sobre lasca; j) sólo las características de dos puntas permitirían su uso como puntas de proyectil.
La caza de los rebecos quizá se realizara con elementos simples (picas o lanzas sin armar).
Este repertorio lítico se ha empleado en un yacimiento caracterizado por ocupaciones cortas y estacionales, sobre todo en verano, que aprovechan al máximo las variaciones en los movimientos altitudinales, climáticos y de formación de los rebaños de rebecos.
Existe una caza intensa de muchos de los ungulados, en general individuos de talla pequeña, entre los que predominan los rebecos adultos, con algunos inmaduros, cuya edad sitúa su nacimiento principalmente entre la primavera y el inicio del invierno (Arceredillo 2016).
Buena parte de los restos óseos presentan marcas de actividad de los neandertales (principalmente marcas de corte y percusión) y de los carnívoros (mordeduras, huesos digeridos y fracturas), siendo difícil evaluar el grado de participación de cada agente (Díez 2006).
Ante la imposibilidad de realizar análisis traceológicos (por erosión superficial de la primera muestra analizada), los estudios tafonómicos pueden aproximarnos a una asignación funcional válida al conjunto lítico.
Pero debemos ser conscientes de que estos homínidos pudieron trabajar otros materiales no recuperados, como la madera.
Gracias a los estudios tafonómicos sabemos que lascas, soportes laminares y filos brutos se han empleado en un acceso primario (despellejamiento, desarticulación y evisceración).
Los filos brutos y retocados muestran marcas de extracción de grasa, de tiras de carne, así como de aprovechamiento de pieles y forros de los animales.
La gran proporción de raederas se conecta seguramente con el trabajo de las pieles.
Éstas pudieron ser un elemento sistemáticamente buscado en Valdegoba, ya que hay un claro tratamiento o aprovechamiento de estos productos secundarios (piel y cuero).
Como se ha dicho, Valdegoba muestra importantes similitudes con el resto de yacimientos del Paleolítico medio de la Meseta norte, como una disminución del tamaño de las piezas, la ausencia de grandes morfotipos o el predominio de lascas e instrumentos sobre lasca.
Las diferencias esenciales están en la localización y la gestión económica desarrollada en los yacimientos.
Todos están en el borde de la Meseta norte, próximos a rebordes montañosos, en valles estrechos de paso o rutas de comunicación que facilitan el movimiento a ecosistemas diversos.
Los depósitos aparecen en cuevas o en entornos muy próximos a ellas y son recurrentes con ocupaciones breves en las que se genera una actividad intensa y variada.
Los neandertales habitaban ecotonos con una gran diversidad ecológica, en zonas de paso de entornos montañosos que facilitan la caza y además sirven de refugios climáticos.
Es posible que la disminución de la densidad de población en la Meseta norte se debiera tanto a la dureza climática como también, considerando ciertas evidencias de ADN, a una creciente fragmentación de los grupos humanos que llevó a una gran pérdida de población neandertal (Dalén et al. 2012).
Valdegoba aporta evidencias muy relevantes sobre el poblamiento neandertal de la Meseta norte en el estadio isotópico 3 y en particular sobre sus respuestas técnicas en relación con actividades ligadas al aprovechamiento de recursos cárnicos y al trabajo de pieles y forros.
En Valdegoba los neandertales han generado un amplio conjunto lítico, con ciclos de talla largos y completos y gestión similar del sílex y la cuarcita.
En la explotación destaca el método discoide y levallois, pero son muy relevantes cualitativamente los esferoides y la producción de soportes laminares.
Esta última está muy especializada en las raederas, pequeñas, ligeras, de escasa contundencia, escasa reactivación y un uso de precisión.
Este conjunto no aporta elementos tecnológicos que permitan inferir la proximidad de una crisis cultural neandertal.
Los neandertales de Valdegoba han gestionado este entorno con ocupaciones cortas, repetidas y estacionales.
Han aprovechado los rebaños de los rebecos para su caza sistemática con instrumentos no armados.
Estos rebecos (y otros mamíferos) se han despellejado, desarticulado y eviscerado con lascas y soportes laminares de sílex y cuarcita.
Con los instrumentos retocados (básicamente raederas) se ha extraído la grasa y se han cortado tiras de carne para aprovechar las pieles y confeccionar forros.
Valdegoba es un yacimiento de gran relevancia, no sólo por ser el único en haber aportado restos óseos de neandertales en la Meseta norte, sino también por mostrarnos cómo este grupo ha gestionado un entorno tan concreto, en un momento climático complejo, con un conjunto tecnológico adaptado al aprovechamiento integral de los herbívoros, en el inicio del ocaso de los neandertales.
Muchos datos contextuales del yacimiento han sido proporcionados por Jesús F. Jordá, Diego Arceredillo, Enrique Gil y Antonio Sánchez Marco.
Agradecemos la lectura crítica y las sugerencias realizadas por Felipe Cuartero Monteagudo, así como las constructivas aportaciones de los revisores y editores. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Las características y propiedades inherentes a determinados materiales (ya sea por su color, brillo, dureza, textura...) han hecho que ciertas materias primas como el ámbar, la obsidiana, el cristal de roca o las piedras verdes hayan llamado la atención del ser humano desde el Paleolítico, y hayan sido seleccionadas Trab.
A estas propiedades intrínsecas hemos de sumarle un segundo factor 'contextual': su carácter exótico en función de la abundancia o la escasez de estas materias primas en los entornos locales, lo que contribuyó al desarrollo de redes o contactos puntuales que permitieron el intercambio y la circulación de la obsidiana, el jade o el cristal de roca entre otras materias (e. g., Kerig y Shennan 2015).
Consecuentemente, la presencia/ausencia de estas materias primas exógenas en los contextos arqueológicos y las implicaciones sociales que éstas pudieron tener en las sociedades prehistóricas, así como los intercambios a larga distancia que conllevó su adquisición, han sido durante mucho tiempo objeto de un intenso debate arqueológico.
En el sur de la Península Ibérica, esta demanda de materias exóticas eclosiona en el III milenio ANE con una mayor presencia de materias primas como el cinabrio, el cristal de roca, el azabache, los huevos de avestruz, el marfil o el ámbar (e. g., Costa Caramé et al. 2011; Fernández Flores et al. 2016).
No obstante, los contactos que permitieron esta eclosión calcolítica ya existían durante los milenios V y IV ANE, aunque en menor intensidad.
Conocemos el uso del ámbar en la Península Ibérica desde el Paleolítico Superior (Álvarez-Fernández et al. 2005).
Los recursos de esta resina fósil son relativamente abundantes y bastante accesibles en las zonas costeras del norte de la Península Ibérica, por ello no es casual que en estos momentos tan tempranos todos los hallazgos de piezas de ámbar trabajadas se concentren en torno a la Cornisa cantábrica.
Los principales afloramientos naturales de esta resina fósil tienen importantes yacimientos como El Soplao (Cantabria), Peñacerrada (País Vasco y Burgos) y algo más alejado San Just en Teruel (e. g., Alonso et al. 2000; Peñalver, Delclòs et al. 2007; Najarro et al. 2009) (Fig. 1).
No será hasta el Neolítico cuando el consumo de ámbar se extienda a otras zonas peninsulares y aparezca por primera vez ámbar exógeno en sitios como el dolmen de Alberite, Cádiz (Domínguez-Bella et al. 2001) o en Chousa Nova, Pontevedra (Domínguez-Bella y Bóveda Fernández 2011).
Es significativo que todavía estén ausentes del centro peninsular (para una revisión véase Murillo-Barroso y Martinón-Torres 2012; Murillo-Barroso et al. 2018).
En este artículo damos a conocer los resultados de los análisis FTIR de la cuenta de ámbar recuperada en el interior de un cráneo en la cueva sepulcral de Los Cuarenta (Priego de Córdoba) datada en la segunda mitad del IV milenio cal ANE (Vera Rodríguez 2014) (Fig. 1).
Es el único elemento de adorno hallado en la cueva, donde hasta la fecha se han documentado otros elementos líticos y cerámicos de ajuar y un número mínimo de 41 inhumaciones.
Dichos resultados confirman que se trata de una cuenta elaborada en ámbar, y como en Alberite y Chousa Nova, también reflejan una procedencia no local de la materia prima, en lo que puede ser considerado como el preludio de la llegada de ámbar en grandes cantidades durante el III milenio ANE a sitios como Los Millares (Almería) y especialmente Valencina de la Concepción en Sevilla (Murillo-Barroso 2016).
COnTeXTO ARQueOLÓGICO: LA CueVA De LOS CuARenTA
La Cueva de los Cuarenta se ubica en las Sierras Subbéticas cordobesas, situadas entre el Surco Intrabético y el Valle del Guadalquivir, enclavada en un paisaje montañoso de difícil acceso dominado por fallas y fracturas dispuestas sobre calizas y dolomías masivas del Jurásico Inferior (Lías).
Se localiza a 1130 m s. n. m. en la Sierra de Horconera, no lejos de la cima de mayor altura de la provincia de Córdoba y en la cara sur de la conocida como Loma de las Chozas, sobre la fuente y ruinas del Cortijo de la Higuera.
Su descubrimiento en mayo de 2001 se debió a unos espeleólogos de la localidad de Priego de Córdoba.
Desde ese día quedó patente su carácter excepcional, al contener deposiciones funerarias intactas pertenecientes a una población del final del Neolítico.
El conjunto era de gran interés para una aproximación científica a los aspectos demográficos, paleopatológicos, rituales y simbólicos, compartidos por las formaciones sociales existentes en la Alta Andalucía en los siglos que antecedieron a la Edad del Cobre.
La cavidad está abierta en una diaclasa de escaso desarrollo, paralela a las curvas de nivel de la ladera donde se ubica, que tiene una inclinación de 50o y hasta 14 m de profundidad.
Se entra a través de una pequeña abertura, al parecer sellada originariamente por la laja de piedra desplazada junto a ella.
La boca conduce a un pozo vertical de unos 6 m de profundidad accesible por oposición.
Tras sortear un primer espacio, en dirección Este se llega a la "Sala de la Vigilanta", donde se dispone el primer conjunto arqueológico.
En el flanco sur de la misma un estrecho paso nos conduce a otra intermedia, la "Sala de los Muertos".
En este espacio de techos bajos de unos doce metros de longitud se encontraban los principales conjuntos funerarios.
En agosto 2007, ante el riesgo de expolio de la cavidad, uno de nosotros (JCVR) dirigió una intervención arqueológica, financiada por el Museo Arqueológico Municipal de Priego de Córdoba, con el apoyo logístico del Grupo Espeleológico G-40 de la localidad.
El resultado fue la localización de hasta 14 conjuntos arqueológicos distribuidos en distintas salas y corredores con un número mínimo de 41 individuos acompañados de diversos objetos de ajuar (Vera Rodríguez et al. 2014) Entre ellos apareció un único elemento de adorno: la cuenta de ámbar que nos ocupa, hallada en el interior del cráneo de un individuo del denominado Conjunto 1.
Este conjunto es un depósito antropológico múltiple ubicado en el sector Oeste de la "Sala de los Muertos".
Al inicio sólo eran parcialmente visibles cuatro cráneos agrupados, recubiertos por pequeños clastos y nódulos de carbonato.
Un gran bloque desprendido se alzaba sobre los restos óseos a modo de visera.
A partir de un total de 283 restos esqueléticos que componen el Conjunto 1, se ha identificado un número mínimo de 8 individuos: 5 adultos (dos masculinos, un femenino, dos de sexo indeterminado), 1 inmaduro femenino (entre 12 y 15 años) y 2 infantiles (perinatal Fig. 1.
Dispersión de los hallazgos de ámbar durante los milenios V-IV ANE (rombos) y III ANE (estrellas) en la Península Ibérica así como localización de todos los afloramientos con ámbar (círculos) entre los que destacan por su magnitud: 1.
El Soplao (Cantabria), 2.
Peñacerrada (Álava) y 3.
Yacimientos de los mileniosV-IV ANE: 4.
La Velilla, Palencia; 6.
Cueva de los Cuarenta, Córdoba; 11.
Dolmen de Alberite, Cádiz; 12.
Necrópolis del Campo de Hockey, Cádiz; Yacimientos del III milenio ANE: 14.
La Fossa del Gegant, Lleida;20 La ubicación planimétrica de cada elemento óseo, su orientación y la identificación anatómica y por individuo, en los casos en que fue posible, nos permitió detectar la existencia de episodios deposicionales ya descritos en detalle (Vera Rodríguez et al. 2014).
Las primeras deposiciones pudieron implicar a siete de los ocho individuos, si bien no puede excluirse el traslado de elementos anatómicos procedentes de otros conjuntos repartidos por el resto de la cavidad.
En un segundo episodio, se deposita el individuo al que corresponde el cráneo 52, removiendo gran parte de los restos antropológicos previos.
Por último, bajo el bloque de roca desprendido, se agruparon junto a dicho cráneo los otros tres, así como diversos huesos largos formando paquetes óseos junto a las extremidades inferiores de dicho individuo.
Este mantendría una posición en decúbito lateral izquierdo con las extremidades inferiores hiperflexionadas, hallándose cal-cáneos y astrágalos bajo la cadera.
Su descomposición en un medio aerobio, con la desarticulación progresiva y diferencial de los elementos esqueléticos, impidió la reconstrucción de la mitad superior del cuerpo, tronco y miembros superiores, pudiendo haber volteado hacia adelante perdiendo las conexiones anatómicas.
Por ello, resulta muy posible que el cráneo fuera recolocado junto a los otros tres en el último episodio registrado (Fig. 2).
Los restos corresponderían a un adulto masculino de edad avanzada afectado por diversas patologías óseas y procesos artrósicos cuyo rasgo más destacado es la fusión entre el sacro y el coxal izquierdo.
Ello podría haber tenido consecuencias en la facultad de caminar.
Otras patologías detectadas son entesopatías en los calcáneos y procesos artrósicos degenerativos en vértebras lumbares y torácicas, las cuales tienen su reflejo en los cóndilos occipitales del cráneo 52.
La datación directa del astrágalo derecho atribuido a dicho individuo, proporcionó una fecha de 4575 ± 35 BP (CNA-2421).
Una segunda datación de otro individuo de dicho conjunto dio una fecha estadísticamente idéntica (CNA-2420) (Tab.
eL ÁMBAR De LA CueVA De LOS CuARenTA
Se trata de un objeto de morfología irregular, de tendencia rectangular y bordes redondeados con uno de sus extremos proximales más estrechos.
Las medidas máximas aproximadas son 43,5 mm de longitud, 30 mm de altura y 17 mm de espesor.
Está atravesada longitudinalmente por una perforación tubular de 5 mm de diámetro máximo.
La perforación hace muy probable su empleo como cuenta de collar o colgante.
Es algo que ocurre en la gran mayoría de objetos de ámbar encontrados en contextos prehistóricos de la Península Ibérica (Fig. 3).
Su aparición en el interior del cráneo 52, también hace pensar que pudiera haber sido usada como collar o colgante, cayendo al interior como consecuencia de movimientos o alteraciones postdeposicionales, sin descartar otras hipótesis ligadas a intencionalidad durante el reagrupamiento de los cráneos.
La superficie de la cuenta estaba visiblemente alterada, mostrando una capa exterior opaca y craquelada como resultado de una oxidación significativa.
No obstante, en su interior puede distinguirse el aspecto vítreo y translúcido y la coloración principalmente roja oscura, característicos de las resinas fósiles.
El primer objetivo del análisis arqueométrico era confirmar la identificación como ámbar de la materia prima empleada en la elaboración de la cuenta.
En segundo lugar, pretendíamos determinar en la medida de lo posible su procedencia.
La caracterización de las muestras de ámbar se ha realizado por Espectroscopía de Infrarrojos por Transformada de Fourier (FTIR), uno de los mejores métodos de identificación y clasificación de resinas.
Esta técnica de análisis es la más generalizada para el estudio del ámbar arqueológico ya que además de su sencillez y rapidez en la obtención de resultados, permite identificar la procedencia del mismo, con especial precisión para la procedencia báltica gracias a los trabajos de Beck y su equipo (Beck et al. 1964(Beck et al., 1965;;Beck 1982).
Los análisis se realizaron con un equipo FTIR Per-kinElmer modelo Spectrum Two en los laboratorios Wolfson del UCL Institute of Archaeology (Reino Unido).
La técnica FTIR requiere una cantidad de muestra relativamente pequeña (2 mg aprox.) aunque el equipo utilizado puede trabajar en modo de Reflectancia Total Atenuada (ATR en inglés) por lo que la extracción de muestra para la ejecución de los análisis no es necesaria.
No obstante, dado que la cuenta está depositada en los fondos del Museo Histórico Municipal de Priego de Córdoba, su traslado al Reino Unido resultaba complejo.
Además, como su estado de conservación permitía extraer una pequeña cantidad de muestra con relativa facilidad, se optó por la elaboración de pellets para el análisis.
Se tomaron unos 2 mg de muestra, manualmente pulverizada sobre un mortero de ágata y mezclada con una pequeña cantidad de KBr.
Con la mezcla se elaboraron discos de 13 mm de diámetro y 1 mm de grosor por presión.
Los resultados se presentan en espectros por transmisión de infrarrojos procesados con el software PerkinElmer Spectrum Version 10.03.09.
Los espectros obtenidos se compararon con la colección de referencia de ámbar del Amber Research Laboratory, Vassar College, de Nueva York, con más de 2000 espectros disponibles, así como con los espectros característicos del ámbar cretácico de la Península Ibérica (e. g.
La observación de las muestras en el microscopio óptico revela la característica apariencia vítrea y traslúcida del ámbar con tonalidades mayoritariamente oscilantes entre tonos anaranjados y rojo oscuro.
Los espectros FTIR en efecto eran característicos del ámbar (Fig. 4).
En la zona útil de los mismos para la determinación de la procedencia del ámbar, la denominada "huella dactilar" (de 1800 y 900 cm -1 en sentido amplio, y más estrictamente entre 1300 y 900 cm donde se refleja la flexión de enlaces CH, CO, CN, CC, etc.), las muestras de la Cueva de los Cuarenta presentan dos picos de absorción secundarios en 1646 ±5 y 1570 ±5 cm -1.
Estas bandas, relacionadas con la formación de sales, y los enlaces simples C-H, C-O, O-H y los enlaces dobles aromáticos C=C también se han documentado en análisis de capas de oxidación de ámbar báltico (e. g., Khanjian et al. 2013: 68).
Beck et al. (1965: 99) en su trabajo clásico también indicaban que la banda de 1640 ±5 cm -1 se hacía significativamente más intensa con el paso del tiempo por una degradación de las muestras, probablemente producida por la absorción de humedad atmosférica o agua, que no revertía la desecación de las muestras (Beck et al. 1965: 100).
A estas bandas les sigue un fuerte pico en 1248 por la tensión del enlace C-O simple del éster; tres picos de menor intensidad en 1177, 1142 y 1107 cm -1 y un último pico en 1046 cm -1 que responderían a las vibraciones de los enlaces simples C-O que, debido a la exposición atmosférica, se forman inevitablemente a expensas de enlaces C-C y C-H (Beck et al. 1965: 105).
En 890 ±5 cm -1 se observa un hombro muy leve que podría ser una consecuencia de la degradación de los componentes del grupo de metileno exocíclico de la resina.
Guiliano et al. (2007) ya demostraron que este pico desaparece con la exposición térmica de la resina por lo que su presencia o ausencia no puede considerarse en términos de procedencia, sino más bien en términos de conservación o de las condiciones postdeposicionales a las que ha sido expuesta la resina.
Los yacimientos de ámbar más significativos de la Península Ibérica, asociados a depósitos sedimentarios del Cretácico Inferior y Medio (Alonso et al. 2000), se encuentran en la Cornisa Cantábrica y Sant Just (Teruel).
Si comparamos el espectro de la Cueva de los Cuarenta con las muestras de ambas procedencias, tampoco se observa una coincidencia en los picos diagnósticos.
En cambio, En total se han documentado más de 150 localizaciones con ámbar (Fig. 1), aunque gran parte de ellas se definen como "trazas" y carecen de inclusiones fósiles (véase Peñalver y Delclòs 2010 para una revisión).
De estos afloramientos menores, se han analizado 3 muestras de ámbar: una del Puerto del Boyar (Cádiz), sin descripción del contexto geológico, ni más datos hasta la fecha (Domínguez-Bella et al. 2001), otra de Guadalajara (Cerdeño et al. 2012) y la tercera de Cataluña (Rovira i Port 1994).
No podemos valorar la variabilidad del espectro de un mismo depósito con un solo análisis, pero estos espectros tampoco se asemejan a los de la Cueva de los Cuarenta.
El ámbar del entorno de Guadalajara presenta un intenso pico de transmisión en 1245 cm -1 en lugar del intenso pico de absorción que se observa en 1248 cm -1 en el espectro de dicho adorno.
El ámbar de Cataluña no se describe de forma detallada en la publicación, donde la imagen del espectro se reproduce a muy baja resolución (lo que dificulta la comparación), pero a simple vista tampoco parece coincidir con los análisis de la cuenta.
Parece por tanto que, a día de hoy, podemos excluir los recursos de ámbar peninsulares conocidos como la materia prima empleada.
Ello nos situaría ante un material de procedencia exógena con las implicaciones sociales que esto pudiera tener.
En el sur de Europa, Beck y Hartnett (1993) han definido el espectro característico de la simetita siciliana sobre la base de 130 muestras de procedencia segura, también identificado mediante análisis FTIR.
En este caso, el espectro se caracteriza por un pico de absorción principal en 1241 ±5 cm −1, en la zona útil para el diagnóstico, y un pico de absorción secundario, normalmente menos intenso en 1181 ±5 cm −1.
Los espectros de la cuenta de la Cueva de los Cuarenta no se asemejan, a priori, a los del ámbar siciliano (Fig. 5): en el rango de 1646 ±5 y 1570 ±5 cm -1 las muestras de la Cueva presentan dos picos secundarios mientras que, en esa región, la simetita siciliana solo muestra un leve hombro.
Del mismo modo, la intensidad del pico de transmisión secundario de 1180 ±5 cm -1 también es menor que en la simetita siciliana y tras él aparece un segundo pico de baja intensidad en 1143 ±5 cm -1.
No obstante, en un trabajo anterior sobre el dolmen de Montelirio (Valencina de la Concepción) tuvimos la oportunidad de muestrear objetos de ámbar tanto en la zona del núcleo de apariencia vítrea sin apenas alteración, como en la capa de oxidación superficial, craquelada y con una importante degradación (Murillo-Barroso 2016).
Observamos diferentes patrones en los espectros del núcleo vítreo y de la capa de oxidación (Fig. 6).
El núcleo de ámbar reflejaba el mismo espectro que la simetita siciliana, mientras en el de la capa oxidada observamos dos picos en 1646 ±5 y 1570 ±5 cm -1 donde en las muestras de ámbar siciliano solo se aprecia un leve hombro.
La intensidad de la banda de absorción de 1420 ±5 cm -1 es significativamente inferior a la de la simetita y tras el pico de transmisión secundario de 1180 ±5 cm -1, cuya intensidad también es menor, aparece un segundo pico de muy baja intensidad, que en algunas muestras sólo aparece como un leve hombro en 1143 ±5 cm -1.
En 894 ±5 cm -1 observamos un pico en la mayoría de las muestras que también debe ser considerado como efecto de la alteración postdeposicional.
Si comparamos el espectro de las capas oxidadas de la simetita del dolmen de Montelirio con el espectro de la Cueva de los Cuarenta (Fig. 6B) vemos que la similitud es absoluta, por lo que podríamos estar ante otra muestra de simetita siciliana, en este caso con una cronología unos mil años anterior a las muestras de Valencina de la Concepción.
Dicha procedencia ya ha sido propuesta para varias piezas de ámbar de la Península Ibérica de cronologías neolíticas y calcolíticas, con Angelini y Bellintani (2016) han puesto en cuestión recientemente la procedencia siciliana de algunas de las piezas con una cronología más antigua.
En concreto consideran que el espectro de las muestras del Dolmen de Alberite es "totalmente diferente en la región de la 'huella digital' del espectro típico de la simetita.
De hecho, hay dos fuertes picos de absorción en torno a 1000 cm -1 que no caracterizan la absorción IR de la simetita" (Angelini y Bellintani 2016: 682).
En efecto, el patrón del primer espectro definido para las muestras de Alberite difiere del de la simetita siciliana al no coincidir las bandas (Domínguez-Bella y Morata-Céspedes 1995: 138; tab.
No obstante, en un segundo artículo (Domínguez-Bella et al. 2001: 627) aparece un espectro distinto y coincidente con la simetita siciliana y, por primera vez, se identifica ese ámbar de forma explícita como simetita 1.
Quizás los análisis se repitieran mostrando los espectros resultantes una correspondencia clara con la simetita.
Es algo que solo los propios autores podrán aclarar.
Otros espectros similares a los de la simetita se publicaron en el Dolmen de Mamoa V de Chã de Arcas y Chousa Nova (V milenio ANE) (Vilaça et al. 2002: 62; Domínguez-Bella y Bóveda 2011: 374).
Es cierto que el mismo está desplazado (en 1019 cm -1 en lugar de 1041 ±5 cm -1 como aparece en los espectros de referencia de la simetita), pero todas las bandas descritas coinciden con las de la simetita.
No pensamos que el leve desplazamiento de este último pico sea lo bastante significativo como para descartar dicha caracterización.
Así, a la luz de los datos analíticos aportados, estos casos y la cuenta de la Cueva de los Cuarenta serían los ejemplos más antiguos de la llegada de simetita siciliana a la Península Ibérica.
El presente trabajo pone de manifiesto dos cuestiones importantes.
La primera es que hallar una cuenta de ámbar, como único elemento de adorno personal junto a más de 40 inhumaciones, pone de manifiesto el valor social que esta materia prima pudo tener entre las comunidades prehistóricas.
La selección consciente de las materias primas empleadas para diferentes fines es cada vez más evidente entre las comunidades neolíticas y calcolíticas (e. g., García Sanjuán y Wheatley 2010) y el ámbar no es una excepción.
Sin duda su coloración, traslucidez y aspecto vítreo tuvieron que resultar altamente llamativos en unas sociedades inmersas en procesos de experimentación con una enorme cantidad de materias primas distintas.
En este caso, es una materia prima de origen orgánico, trabajada y empleada de forma similar a las inorgánicas (al menos en lo que a la elaboración de adornos personales se refiere, ya que desconocemos, por ejemplo, si se quemó para producir incienso).
Durante el V, IV y el III milenio ANE la frecuencia de elementos de adorno personal elaborados a partir de materias primas exóticas, entre ellas el ámbar, es relativamente amplia en los contextos funerarios de la Fig. 6.
Arriba espectros de Infrarrojos por Transformada de Fourier del núcleo vítreo de ámbar sin alterar de muestras de Montelirio (Valencina de la Concepción, Sevilla) junto con el espectro característico de la simetita.
Abajo espectros de las capas degradadas de las mismas muestras comparados con el espectro de la muestra de la Cueva de los Cuarenta (Priego de Córdoba, Córdoba).
Espectros en transmisión de infrarrojos.
Nótese la similitud de los espectros de las muestras alteradas de Montelirio con el de la Cueva de los Cuarenta.
Se cuentan por decenas o centenares durante este largo periodo aquellos donde los ornamentos personales se elaboraron con rocas raras y materias primas exóticas.
Ello sugiere la importancia que llegaron a alcanzar dentro de la ideología funeraria y de manera análoga la que su manufactura, adquisición y uso debió tener.
A día de hoy se documenta ámbar en 32 conjuntos funerarios del V-III mileno ANE (Fig. 1).
Este fenómeno debe ser puesto en conexión con la significación social de los adornos personales (realizados o no en materias primas exóticas) entre las comunidades del Neolítico y la Edad del Cobre (Skeates 2010: 75; Costa Caramé et al. 2011; García Sanjuán y Murillo-Barroso 2013).
La segunda cuestión importante reside en la procedencia exógena de gran parte de estas materias primas que sugiere contactos o intercambios supra-regionales que operarían en base a alianzas o afinidades políticas o socio-culturales.
La existencia de una ruta atlántica de contacto e intercambio entre la mitad meridional de la Península Ibérica y el norte de África en la primera mitad del III milenio ya fue propuesta en su día por R. Harrison y A. Gilman (1977) a partir de la presencia de marfil y huevos de avestruz en contextos del sur peninsular.
Los datos analíticos de procedencia de marfil (Schuhmacher et al. 2009: 992) parecen confirmar esta ruta.
Sería factible por tanto que las piezas sicilianas de ámbar, documentadas en contextos del III milenio ANE, hubieran llegado a la Península Ibérica a través de contactos indirectos siguiendo esta ruta norteafricana.
La distribución espacial análoga de los objetos de ámbar y de marfil, hallados en general en zonas costeras o junto a vías fluviales, reforzaría esta idea del carácter exógeno de la materia prima y de su llegada a la Península Ibérica a través de los contactos con el norte de África.
No obstante, contrastar esta hipótesis requeriría un estudio más pormenorizado de las redes comerciales del Magreb durante el IV y III milenio ANE.
De hecho, observando el mapa de dispersión de hallazgos de ámbar en contextos de la Prehistoria Reciente peninsular, estos también parecen concentrarse en gran parte en el cuadrante suroccidental de la península, lo que podría dejar abierta la posibilidad de que existiera una fuente situada en dicha área.
Para confirmar esta idea, no obstante, sería necesario contar con estudios geológicos y analíticos en la zona que apuntaran en dicha dirección.
En este sentido, consideramos importante resaltar dos cuestiones surgidas de esta propuesta de origen siciliano para el ámbar peninsular.
Tales cuestiones sobrepasan con creces el objeto de este trabajo pero entendemos que conviene ponerlas sobre la mesa ya que la reflexión colectiva que generen puede ayudar a entender los mecanismos, las estrategias y las implicaciones de las redes de intercambio mediterráneas durante el IV y III milenio.
La primera llamada de atención subraya la cronología posterior, hasta donde conocemos, de los primeros objetos de ámbar en Sicilia respecto a algunos de los hallados en la Península Ibérica para los que se propone una procedencia siciliana, caso de confirmarse en los del dolmen de Alberite.
Sería necesario un estudio más pormenorizado del consumo de ámbar en Sicilia, pero las evidencias que conocemos por el momento parecen indicar que allí ese patrón es inverso al de la Península Ibérica: los primeros objetos de ámbar datan de principios del IV milenio cal ANE (Cultraro 2007; Angelini y Bellintani 2016).
Son escasos hasta llegar a la Edad del Bronce (2200-1700 cal ANE), cuando se hacen comunes (Cultraro 2007), curiosamente coincidiendo con el descenso significativo de hallazgos de ámbar en la Península Ibérica tras haber tenido una presencia más significativa durante el IV y especialmente el III milenio (véase Murillo-Barroso y Martinón-Torres 2012 y Murillo-Barroso et al. 2018 para una revisión).
El segundo hecho significativo es la distinta circulación de objetos de obsidiana y de ámbar.
La distribución de obsidiana se concentra en la zona del Mediterráneo Central conectando Pantelleria y Lipari con la península y las islas italianas.
Llega en menor medida al sur de Francia, noreste de la Península Ibérica, Túnez y norte de África (Tykot 1995; Tykot et al. 2013; Freund et al. 2017) y falta en el sur de la Península Ibérica.
La distribución del ámbar presenta un patrón inverso: aparece de forma más recurrente en el mediodía de la Península Ibérica y sólo de forma escasa en el noreste peninsular.
A priori sería esperable tanto que ambas materias primas se distribuyeran de modo similar, ya que su origen se encuentra a una distancia relativamente corta, como que hubiera un mayor volumen de objetos de ámbar en Sicilia durante el III milenio ANE.
Pero son muchas las cuestiones sociales y culturales que entran en juego en los procesos de valorización de los materiales (Murillo-Barroso y Montero Ruiz 2017).
En este caso tanto las propiedades intrínsecas de las materias primas como su abundancia/escasez en el entorno pudieron haber sido elementos decisivos a la hora de seleccionarlas para la elaboración de los objetos de ajuar, de forma similar a lo que ocurre con los objetos de cobre en el registro funerario de la Península Ibérica.
La riqueza en recursos de cobre en la Península Ibérica pudo haber sido una variable significativa para entender la menor proporción de objetos de cobre que de materias primas exóticas en los ajuares funerarios peninsulares durante el III milenio e, incluso, su ausencia de sepulturas tan relevantes como la del dolmen de Montelirio.
Unos aspectos similares pudieron entrar en juego en la valorización social del ámbar en Sicilia.
Esta situación cambia en el II milenio con el descenso, cuando no la desaparición, del ámbar del registro funerario de las comunidades del sur de la Península Ibérica (especialmente evidente en el área argárica) y una presencia significativamente mayor de elementos de metal en el registro funerario.
Ello puede verse también reflejado en las sociedades sicilianas del III milenio que, al igual que las comunidades peninsulares, establecen nuevas expresiones ideológicas a través de un nuevo orden de valores que queda reflejado en un uso diferente de la cultura material.
En cualquier caso, y siendo conscientes de que estas cuestiones, que dejamos abiertas, requieren de un estudio específico, a día de hoy la procedencia más plausible para los objetos de ámbar de la Península Ibérica continúa siendo la simetita siciliana.
Los recursos peninsulares, cretácicos, no coinciden con los espectros obtenidos para los materiales analizados, al igual que ocurre con el ámbar cretácico francés.
No se conocen depósitos de ámbar en el norte de África aunque sí yacimientos de ámbar cretácico en Sudáfrica (e. g., Gomez et al. 2002) y Etiopía (e. g., Schmidt et al. 2010) y de copal en Tanzania (e. g., Schlüter y Von Gnielinski 1986).
Sin embargo los espectros publicados de estas resinas tampoco se asemejan a los obtenidos en las muestras de la Península Ibérica.
No obstante, aunque el origen de la resina no fuera africano, los contactos intercontinentales sí pudieron haber jugado un papel importante en la distribución del ámbar.
La cuenta de la Cueva de los Cuarenta vendría a evidenciar que estos contactos, si bien de forma puntual, operaban ya al menos en la segunda mitad del IV milenio ANE y podrían remontarse incluso al V milenio ANE como parecen evidenciar las cuentas del dolmen de Alberite (Dominguez-Bella et al. 2001), del Dolmen de Mamoa V de Chã de Arcas (Vilaça et al. 2002: 62;Álvarez-Fernández et al. 2005: 163), de Chousa Nova (Dominguez-Bella y Bóveda Fernández 2011) o de Campo de Hockey (Vijande Vila et al. 2015).
En este último caso, aunque no se publican los resultados del análisis, se confirma que la resina no es báltica.
Se propone su carácter de "producto alóctono y exótico" de origen "remoto", mencionándose la procedencia siciliana de las cuentas del cercano dolmen de Alberite, pero sin concretar cuál sería la de las cuentas de Campo de Hockey (Vijande Vila et al. 2015: 156-157).
Estos ejemplos podrían evidenciar los contactos que preludian la posterior intensificación de los intercambios de esta materia prima durante el III milenio ANE.
Debemos a la amabilidad de Rafael Carmona Ávila, director del Museo Histórico Municipal de Priego (Córdoba) las facilidades para el estudio de la cuenta de ámbar y la toma de muestras.
Gracias a la enorme generosidad de Edie Stout accedimos a la colección de referencia de ámbar del Amber Research Laboratory, Vassar College, New York.
Agradecemos a Enrique Peñalver (IGME) su interés e inestimable ayuda en la comprensión y caracterización geológica del ámbar peninsular; a Carlotta Facci (UCL, IoA) su ayuda en la preparación de muestras y toma de análisis, a los evaluadores externos sus comentarios que han contribuido sin duda a mejorar el manuscrito original y, finalmente al equipo editorial de TP su cuidado trabajo de edición y estilo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Un sitio de extracción de mármol para hacer brazaletes: la cantera neolítica de Cortijo Cevico (Ventorros de San José-Loja, Granada)*
Los contextos de aprovechamiento de fuentes de materia prima ofrecen una información muy relevante sobre el comportamiento de las sociedades de la Prehistoria.
El estudio de lugares de adquisición de litologías usadas en actividades cotidianas es de vital importancia para entender la organización social y las relaciones intergrupales mediante intercambios.
Las minas y canteras de rocas empleadas en adornos tienen un valor añadido, ya que esos elementos no se relacionan con las actividades subsistenciales, sino que Trab.
son una expresión cultural con códigos de significado sociales (Castro 1990).
El uso de brazaletes de piedra caracteriza las primeras sociedades neolíticas en el Mediterráneo occidental.
Son bien conocidos en el norte de Italia (Pétrequin et al. 2015), en el interior de Francia y Bélgica (Fromont 2013) y la costa atlántica francesa (Pailler 2007).
De la misma forma, en la Península Ibérica son uno de los adornos más específicos del Neolítico Antiguo en el mediodía peninsular, considerándose un marcador cultural del inicio de este periodo (Martínez-Sevilla 2016).
La distribución geográfica de los tipos de brazaletes y los talleres define dos grandes concentraciones: una en Andalucía y otra en el Levante, siendo poco representativos en el resto de la península (Fig. 1).
La elaboración de los brazaletes de mármol es un proceso complejo que conlleva la concatenación de diversas técnicas (Fig. 2) (Martínez-Sevilla 2013).
Los altos índices de fractura en esta artesanía han permitido que se conserven numerosos desechos donde se elaboraban.
Los talleres se ubican en el sur peninsular (Martínez-Sevilla 2014) fundamentalmente en asentamientos al aire libre, como Cabecicos Negros (Vera, Almería) (Goñi et al. 1999) o el poblado de Los Castillejos (Montefrío, Granada) (Martínez-Sevilla 2016: 154), pero también en cuevas como la de Los Mármoles (Priego de Córdoba) (Martínez-Sevilla 2010) o La Serreta (Cieza, Murcia) (Martínez-Sevilla y Salmerón 2014).
Los desechos de la producción son fácilmente reconocibles en estos talleres.
Sin embargo, las canteras de extracción son complejas de localizar.
En Europa solo se conoce una cantera de esquistos en la Baja Normandía (Fromont et al. 2006) y afloramientos de piedras verdes (jade, serpentinitas y anfibolitas) en los Fig. 1.
Distribución de brazaletes de piedra neolíticos en la Península Ibérica y yacimientos con restos de producción de brazaletes.
A. Brazaletes anchos, B. Medios y C. Estrechos: 1.
Cantera de Cortijo Cevico y 2.
Cortijo Higuera Alta (Ventorros de San José-Loja, Granada); 3.
Llano Espada (Teba, Málaga); 5.
Cueva de los Murciélagos y 6.
Las Piedras Viñaeras (Zuheros, Córdoba); 7.
Cueva de los Mármoles (Priego de Córdoba); Granada: 8.
Los Castillejos (Montefrío); 9.
La Molaina (Pinos Puente); 11.
Cueva de la Carigüela (Piñar); 12.
El Vínculo (Lobres); 13.
Las Angosturas (Gor); 14.
Cueva de la Pastora (Caniles); Almería: 15.
Las Palas y la Hera (Herrerías), 17.
Cerro Virtud (Cuevas de Almanzora), 18.
Cabecicos Negros (Vera); Murcia: 19.
Abrigos del Pozo (Calasparra) y 20.
Cueva-Sima de la Serreta (Cieza) (en color en la edición electrónica).
En el Neolítico Antiguo en la Península Ibérica se ha identificado la explotación de fuentes geológicas para la extracción de sílex (Consuegra et al. 2004) y de rocas tenaces como ofitas (Morgado y Lozano 2011) o eclogitas (Lozano et al. 2017), pero no canteras para adornos.
Cortijo Cevico es el único yacimiento de este tipo documentado en la península por el momento.
CONTEXTO GEOGRÁFICO, GEOLÓGICO Y ARQUEOLÓGICO
La cantera de Cortijo Cevico se ubica en el poniente de Granada, a unos cuatro kilómetros al oeste de la pedanía de Ventorros de San José (Loja, Granada).
El yacimiento se sitúa en un punto central entre las densidades más destacadas de brazaletes de la Península Ibérica, hacia el sur la comarca de los Montes de Málaga y su costa, y al norte, el Subbético de la provincia de Córdoba (Fig. 1).
Desde el punto de vista geológico, la explotación se llevó a cabo sobre bloques de mármoles calizos y dolomíticos micríticos de la Formación Cehegín dentro del Muschelkalk (Triásico Medio), inmersos en una mélange tectono-sedimentaria formada fundamentalmente por arcillas, yesos, margas y areniscas del Keuper (Triásico Superior) (Sanz de Galdeano et al. 2008) (Fig. 3A).
En concreto, los bloques de origen corresponden a las facies B de la Formación Cehegín que, según Pérez-Valera (2005), están compuestas fundamentalmente por calizas laminadas.
Existen, justo por debajo de la serie estratigráfica, unas facies A de dolomías oscuras (Fig. 3B).
Las facies B se organizan en estratos de espesores decimétricos a métricos, oscilando su espesor entre 2-12 m.
Los carbonatos están compuestos por calizas oscuras micríticas, finamente laminadas, con algunas intercalaciones de grainstones bioclásticos con intraclastos.
Las laminaciones corresponden por lo general, a mallas de algas (algal mats), y a veces a estructuras estromatolíticas en domos.
También se reconocen laminaciones paralelas y niveles bioclásticos muy delgados, con bases erosivas y que en ocasiones incorporan clastos de sedimento carbonatado litificado (mud chips).
Además hay pseudomorfos de evaporitas.
Estas características son propias de carbonatos generados en ambientes inter-y supra-mareales, debido a la acción de cianobacterias, donde esporádicamente se observan episodios energéticos, debidos a tormentas, que generan depósitos de más alta energía con removilización de clastos previamente litificados.
Alternan con otros de menor energía donde el sedimento puede ser bioturbado o donde se instalan cianobacterias que desarrollan bindstones (Fig. 4).
El hecho de encontrarse estos bloques de diferente tamaño inmersos en una matriz de arcillas, yesos margosos y arenas, los preserva de los procesos de fracturación provocados por la Tectónica Alpina.
Esto confiere a este afloramiento unas características excelentes para la cantería y la posterior talla.
El afloramiento de Cortijo Cevico está en una zona con alta concentración de yacimientos arqueológicos (Carrasco et al. 1986).
El de mayor envergadura es Sierra Martilla, ubicado a 1 km en línea recta.
Se trata de un poblado asociado a una necrópolis megalítica de tipo mixto.
La ocupación prehistórica comprende dos fases: Martilla I, adscrita al Neolítico, y Martilla II al Cobre Antiguo (Carrasco et al. 2011).
Además han aparecido materiales prehistóricos líticos tallados y pulidos en la vaguada que ocupa el Cortijo Cevico, situado también a Fig. 2.
Cadena operativa de elaboración de brazaletes de mármol a partir de piezas de diferentes talleres.
Preforma tallada (Cantera de Cortijo Cevico, Ventorros de San José-Loja, Granada); 2.
Regularización mediante abujardado en la parte exterior (Las Catorce Fanegas, Chauchina, Granada); 3.
Configuración de la concavidad interior con abujardado (Llano Espada, Teba, Málaga); 4.
Concavidad agrandada con abrasión (Cueva de los Mármoles, Priego de Córdoba); 5.
Perforación interior con percusión indirecta (Cueva de los Mármoles); 6.
Reducción interior y exterior con abrasión (Cueva de los Mármoles) y 7.
Pulido y producto final (Cueva de los Botijos, Benalmádena, Málaga) (en color en la edición electrónica)..
Microfotografías sin nicoles cruzados de láminas delgadas de mármoles calizos micríticos procedentes de la cantera de Cortijo Cevico.
La textura es grainstone y bindstones, con laminaciones fenestrales como resultado de la descomposición de materia orgánica asociada con estromatolitos algales.
En ocasiones las fenestras (Fen) están rellenas de un barro de chamosita (Cha) (A-2 y C-2).
Son carbonatos (Ca) generados en ambientes inter-y supra-mareales, debido a la acción de cianobacterias.
También presentan carbonatos de hierro (Fe-Ca) (A-1, B-1 y C-1), mineralizaciones de ilmenita (Ilm) (B-1 y C-1) y pequeños cristales granulares de magnesita (CO3Mg) (B-2).
Las microfotografías de la columna de la derecha muestran un sector de la lámina delgada teñido de parafina y que genera tonalidades propias de la calcita (en color en la edición electrónica).
1 km de la cantera y epónimo de esta1.
En la prospección de los entornos del afloramiento hemos documentado brazaletes en proceso de elaboración en Cortijo de Higuera Alta, situado a unos 600 m al este de la cantera y en el Cerro del Moro, un gran bloque geológico de mármol que alberga una cantera contemporánea que ha enmascarado los posibles restos de aprovechamiento prehistórico (Fig. 3B).
La importancia de la geología regional donde se ubica la cantera queda patente por los numerosos recursos abióticos.
Entre las materias primas situadas en los entornos de la cantera destacan el sílex (Morgado et al. 2011), las ofitas para la elaboración de hachas pulimentadas cerca de Sierra Martilla (Morgado y Lozano 2011) y la sal (Terán y Morgado 2011).
La ausencia de restos orgánicos en los niveles arqueosedimentarios de la cantera no ha permitido la datación directa por métodos radiométricos.
Para la contextualización cronológica de la producción de brazaletes y de la cantera, hemos seleccionado 6 talleres, asociados a unidades estratigráficas y dataciones absolutas (Tab.
Su localización es representativa del área geográfica de distribución de los brazaletes en el sur peninsular (Fig. 1): 1) los Abrigos del Pozo, los más orientales, en el valle del río Segura (Murcia), ofrecieron brazaletes en proceso asociados al Nivel VI del Neolítico Antiguo (Martínez Sánchez 1994).
En el sureste, en la cuenca de Vera (Almería), 2) el asentamiento de Cabecicos Negros tiene un contexto exclusivo de elaboración de adornos (Goñi et al. 1999; Camalich y Martín 2013) y 3) en el de Cerro Virtud, los brazaletes se asocian a la Fase I que es anterior, tras un hiato temporal, a la sepultura colectiva del Neolítico Reciente (Montero y Ruíz 1996; Ruíz y Montero 1999).
En el poniente de Granada, 4) en el asentamiento de Los Castillejos estos adornos se sitúan entre la Fase 1 y la 11b de una amplia secuencia estratigráfica.
Las fases se atribuyen al Neolítico Antiguo y Medio (Cámara et al. 2016) y anteceden a una fase de abandono del poblado (Molina et al. 2017).
Finalmente, en la Subbética cordobesa, en la parte más occidental, 5) en la cueva de Los Mármoles se documenta toda la cadena operativa (Martínez-Sevilla 2010), asociada con materiales de fases del Neolítico Antiguo (Peña-Chocarro et al. 2013) y 6) en la de Los Murciélagos se han identificado piezas en proceso de elaboración y finalizadas atribuidas a las fases del Neolítico Antiguo (Vera y Martínez 2012).
Las 37 dataciones absolutas de estos contextos estratigráficos se sitúan entre ca.
En La prospección nos ha permitido definir la concentración de materiales en una superficie de unos 2000 m 2.
La distribución es relativamente homogénea en la ladera que ocupa el afloramiento, aunque es más densa en la parte inferior (Fig. 6:1).
Los únicos bloques de dolomía expuestos a la intemperie y agarrados al sustrato geológico, se hallan en la parte superior del afloramiento.
Carecen de materiales arqueológicos asociados, aunque sí hemos documentado la extracción de pedazos de estos bloques.
Un estudio de pendientes ha valorado la posible erosión y transporte de los materiales en ladera.
Se han cartografiado las zonas de acumulación de pendientes representadas por los tonos más claros (Fig. 6:2) y, además, la concentración de materiales arqueológicos (Fig. 6:3).
La superposición de ambos mapas nos ha permitido definir las zonas donde la aglomeración del material es debida a procesos de erosión, transporte y sedimentación geológica por gravedad (Fig. 6:2, 3, elipses con línea continua).
Pero también se observan aglutinaciones de materiales sin relación con las pendientes y que deben interpretarse como de origen antrópico (Fig. 6:2, 3 elipses con línea discontinua).
El sondeo 1 (S-1, 4 x 1 m) se situó cerca del camino que corta el yacimiento en su cota inferior y orientado de sur a norte (Fig. 7A).
La situación de S-1 junto con la concentración de las pendientes y los materiales arqueológicos indicaron una sedimentación geológica de ladera en esta zona del afloramiento.
En la excavación del sondeo se identificó una única unidad sedimentaria de origen erosivo (UE 01).
Este sondeo solo nos ha permitido documentar los procesos de erosión, transporte y depósito de ladera en la zona baja del yacimiento.
El sondeo 2 (S-2, 2 x 4 m) se situó en la parte alta del afloramiento, coincidiendo el eje máximo con la ladera y con una zona donde la pendiente no es tan acusada.
El sondeo se hizo coincidir con un conjunto de bloques tallados y algunas preformas que sobresalían de la capa edáfica.
Tras la retirada de esta capa edáfica de unos 5 cm (UE 00) se puso al descubierto una unidad arqueológica totalmente cubierta de desechos de talla y bloques de mediano tamaño, y se definieron las dos unidades estratigráficas UE 01 y UE 02 (Fig. 7B).
La excavación se centró en los cuadrantes de la parte sur para conocer la relación de las UEs y documentar la sedimentación de la parte central del sondeo (Fig. 7C).
Así, se retiró la UE 02 en contacto con la UE 01 que apoyaba sobre la base geológica (UE 03).
Definiéndose la UE 01 como un lentejón decreciente hacia la zona sur.
Una vez definida, la UE 01 se retiró en las cuadrículas de la zona sur hasta la base geológica (UE 03), formada por arcillas, yesos y margas con clastos de calizas y bloques Fig. 8.
Planta y sección del Sondeo 2 de la cantera de Cortijo Cevico, con la distribución de materiales arqueológicos.
Obsérvense los procesos antrópicos relacionados con las bioturbaciones y las interfaces de las unidades estratigráficas construidas (UEC) y las unidades estratigráficas naturales que las rellenan (UEN) (en color en la edición electrónica).
La UE 01 se componía de una matriz suelta con bloques de mediano tamaño la mayoría con golpes, restos de talla y preformas.
Como se observa en el perfil noroeste, los bloques se disponen sin orientación alguna ni selección de tamaños por procesos gravitacionales (Fig. 7D).
Se trata de un estrato antrópico creado por la excavación del sustrato.
El relleno de las 6 unidades estratigráficas excavadas en la base geológica era menos compacto, de ahí que hubiera madrigueras en los contactos entre la base geológica inalterada y el estrato antrópico inmediatamente superior (Fig. 8).
En el S-2 no se constataron procesos erosivos.
Las unidades estratigráficas UE 01 y UE 02 son dos momentos de la excavación en el sustrato geológico para la extracción del mármol y fruto de las acumulaciones de sedimento y detritus de la talla.
La UE 01 se corresponde con el primer momento y se asienta sobre las estructuras horadadas sobre él.
Consiste en bloques probados con uno o dos golpes para valorar la calidad y desechados en unos casos o tallados en otros como preformas.
La UE 02 corta y se apoya en algunas partes del sondeo en la UE 01.
Este sondeo ha permitido identificar el sistema de extracción de los bloques de la matriz geológica e interpretar estas actividades en varios momentos, generando lentejones de restos de talla y detritus que se superponen o se cortan entre ellos.
Los restos materiales de la cantera
Desechos de extracción y transformación
Los bloques tallados de mayor tamaño se pueden considerar núcleos para la extracción de grandes lascas a partir de las cuales se tallan las preformas.
Estos bloques aparecen por toda la superficie del yacimiento (Fig. 9C).
Las técnicas de talla empleadas debieron ser la percusión lanzada, la explotación centrípeta en ambas caras del bloque (Fig. 9B) y la extracción mediante un frente único (Fig. 9A).
Los bloques de mediano tamaño con golpes para probar la calidad de la roca, se documentan en la superficie del afloramiento, pero sobre todo en las unidades sedimentarias en relación directa con los hoyos de extracción.
Las grandes lascas son uno de los soportes a partir de los cuales se tallan las preformas.
Son lascas extraídas con percusión lanzada de los bloques antes descritos (Fig. 9H).
Los estigmas de talla son bulbos o pseudobulbos marcados, aunque en muchos casos son imperceptibles por el tipo de fractura en split.
Los accidentes de fractura tipo Siret son frecuentes por el tipo de percusión violenta y perpendicular.
Los desechos de desbastado, por lo general, no poseen una morfología determinada ni estigmas técnicos de talla.
Son los restos generados en el proceso de extracción de las grandes lascas de transformación de los bloques naturales.
En los desechos de talla el elemento más característico son las lascas, producto del tallado de las preformas clasificadas en dos tipos.
Las lascas de percusión (Fig. 10E, F), con bulbos marcados generalmente más anchas que largas de 3 a 6 cm y entre 50 a 100 mm de grosor.
En las lascas de preforma (Fig. 10G) se observa la curvatura circular y no se aprecian bulbos u otro tipo de estigmas de la talla.
También se han documentado lascas de ofita y sílex provenientes de accidentes en los trabajos de percusión con los percutores.
Los productos y los útiles
Las preformas son los productos que se tallan en la cantera, de ahí que sean el grupo más numeroso con 442 piezas y el que más información permite extraer sobre las técnicas y métodos de talla.
En el yacimiento Fig. 9.
Materiales arqueológicos de la cantera de Cortijo Cevico.
Bloques de mármol: A. con explotación frontal de grandes lascas, B. con extracciones centrípetas de grandes lascas; C. Superficie de la cantera con bloques, grandes lascas y restos de desbastado.
H. Gran lasca de mármol.
I. Percutor de grandes dimensiones de caliza ( 5500 están las que se abandonaron sin usar en el proceso de trasformación.
Se han clasificación según la fractura de la preforma o la causa del abandono en los tipos: medial (Fig. 10D) con una rotura en la parte central; fractura longitudinal (Fig. 10B) debida a un plano de foliación del mármol; medial-longitudinal, que combina los dos tipos anteriores; lascado sobrepasado (Fig. 10C), levantamiento que hace inviable su transformación.
Finalmente, las preformas inviables (Fig. 10A) incluyen todas las que ni poseen los atributos antes descritos ni aparentemente defectos que forzaran su desechado.
Los 23 percutores son los únicos útiles identificados en la cantera.
Las litologías corresponden a ofitas y al propio mármol existente en la cantera, en los mismos porcentajes, y solo uno al sílex.
Al tratarse de elementos destinados a la percusión se clasifican según su peso en tres grupos: el de gran tamaño con un solo ejemplar de 5500 g (Fig. 9I); el de mediano tamaño comprende los que pesan entre 1000 y 2000 g (Fig. 9D, E) y el de pequeño tamaño, los más comunes de hasta 1000 g (Fig. 9F, G).
Los percutores de ofita debieron ser aportados de los afloramientos geológicos cercanos y su forma redondeada es debida a las actividades de percusión.
En el "Trías de Antequera" no hay cantos rodados de estas rocas, pues el transporte desde las fuentes naturales hasta los arroyos o ríos no es suficiente para redondear estas litologías tan duras.
En algunos afloramientos, sobre todo en las partes más externas de las inclusiones magmáticas, estas suelen meteorizar en "cáscara de cebolla" ofreciendo formas redondeadas, pero fácilmente distinguibles de los ejemplos documentados en la cantera.
EXTRACCIÓN DE LA MATERIA PRIMA Y TÉCNICAS DE TRANSFORMACIÓN
En un primer momento de uso de la cantera, se pudo utilizar el laboreo superficial de bloques que afloraran por diversos procesos tectónicos o erosivos.
En los bloques que aparecen en su contexto geológico primario, hemos documentado algunas zonas de extracción, pero no desechos de talla (Fig. 6: 1), por lo que podría indicar el soterramiento de estos bloques y su aprovechamiento mínimo.
La mélange de margas, arcillas y yesos contienen los bloques de mármol por lo que la extracción más común es la excavación en el sustrato geológico para acceder a la materia prima.
Son excavaciones a cielo abierto poco profundas, ya que la matriz geológica debió aflorar cerca de la cobertura vegetal.
Las horadaciones tienen entre 50 y 60 cm de profundidad y probablemente se correspondan con bloques de mármol dolomítico arrancados de la base geológica.
No hemos identificado ningún tipo de utensilio relacionable con la actividad de excavación.
Las acumulaciones de bloques testados, preformas y desechos de talla, en relación directa con los lugares de extracción, indican la sincronía entre la elaboración de las preformas y el proceso de extracción.
Los lentejones entrecortados de sedimento con restos de extracción y talla corresponden a diferentes momentos de excavación en la cantera.
Las preformas se han obtenido a partir de dos tipos de soportes: bloques o tabletas de mármol en su estado natural y grandes lascas (Martínez-Sevilla et al. 2016).
La procedencia del soporte ha podido ser determinada Trab.
Relacionamos la extracción de las grandes lascas con los grandes bloques tallados mediante percusión lanzada (Fig. 9A, B, C), con el gran percutor cuyo peso es de más de cinco kilogramos (Fig. 9I).
Este procedimiento ha sido documentado para la elaboración de hachas pulimentadas en ofita en el cercano afloramiento de Cortijo Martilla (Morgado et al. 2013).
Al ser el mármol un material mucho más blando y por tanto de extracción más sencilla, también pudo utilizarse la percusión directa con percutores entre 1 y 2 kg.
Técnicas y métodos de talla
El mármol dolomítico por sus características texturales posee una fractura casi concoidea, pero al haber sufrido en general un bajo grado de metamorfismo (Sanz de Galdeano et al. 2008), en algunas zonas presenta una foliación o planos de discontinuidad.
La técnica de talla identificada ha sido la percusión directa con los percutores de menor tamaño y peso, de ahí que sean el conjunto más numeroso (18 piezas).
Las preformas circulares resultantes son en forma de disco, con un diámetro y grosor determinados.
La percusión se ejecuta oblicua (45 o ) o perpendicular (90 o ) al plano de percusión.
La oblicua produce levantamientos que configuran la forma circular; y la perpendicular genera lascas que adelgazan el grosor.
Las lascas de preforma, se pueden producir por un plano de fractura ya existente en el mármol e incluso llegar a producir una fractura longitudinal en la preforma.
La reconstrucción de los métodos de talla se ha basado en el estudio de las preformas abandonadas en un estado inicial de transformación.
El análisis mediante esquemas diacríticos nos ha permitido definir la orientación de las series de talla y las secuencias de los levantamientos (Martínez-Sevilla et al. 2016).
Se suelen usar dos series de levantamientos, cuyas direcciones pueden ser ascendente y descendente, o dos ascendentes que convergen.
La talla de estas series puede ser bifacial alterna en grupos de 1 a 5 golpes o unifacial.
En algunas preformas se ha observado la talla sobre yunque.
En el transcurso de la talla se producen roturas y abandonos que son un efecto directo del tipo de técnica y materia prima empleada (Tab.
Si consideramos las características foliáceas de la roca, las fracturas longitudinales por plano de fractura deberían ser las más numerosas, pero suponen 8,3 % del total de las preformas.
Este bajo porcentaje viene determinado por la selección cuidadosa de una materia prima sin planos de fractura bien definidos y buena homogeneidad.
El tipo de rotura más común en las piezas es la medial (34,3 %), debido al empleo de la percusión directa y violenta.
Le siguen las inviables (31 %), cuyo porcentaje puede estar relacionado con el tipo de materia prima y con unas dimensiones inadecuadas de la misma.
Durante la talla se pueden advertir impurezas o planos de fractura en la preforma y al no poder conformarla, con unas determinadas medidas, se abandona.
Llama la atención las preformas que se siguen tallando aun cuando sus medidas y materia prima no sean las idóneas.
Estas piezas inviables se pueden relacionar con procesos de aprendizaje en la cantera, como se ha referido para minas de sílex (Castañeda 2014: 342).
ESTANDARIZACIÓN DE LA PRODUCCIÓN Y TEMPORALIDAD DE LA CANTERA
Los procesos de trabajo llevados a cabo en Cortijo Cevico están destinados a la elaboración de una forma muy concreta.
El grado de estandarización de la producción se ha definido mediante el estudio comparativo y estadístico de las dimensiones y la morfología de las preformas.
Para su caracterización se han comparado gráficamente el perfil de la sección y el perímetro exterior (Fig. 11).
Para el perfil se han seleccionado 120 preformas sin fracturas longitudinales y para el perímetro otras sin fracturas mediales.
La superposición de las líneas muestra que el perímetro exterior se ajusta a una morfología determinada (Fig. 11:1), pero la sección, aunque tiene cierta homogeneidad, no define una forma preestablecida (Fig. 11:2).
El análisis morfométrico indica una clara agrupación entre largo y ancho (Fig. 12) y otra entre largo y grosor pero este último con una distribución más amplia (Fig. 13).
La variabilidad de las medidas se ha calculado mediante el coeficiente de variación (CV) que relaciona el tamaño de la media y la variabilidad de la variable.
Su fórmula expresa la desviación estándar como porcentaje de la media aritmética, mostrando una mejor interpretación porcentual del grado de variabilidad que la
Donde σ es la desviación estándar y x ̄ es la media.
Los cálculos realizados sobre las tres mediciones de las preformas sitúan el CV del largo y ancho en el 17 % y el del grosor en el 39 %.
En estadística existe homogeneidad en las variables siempre que el CV sea inferior al 20 %.
En este caso, el largo y el ancho cumplen esta premisa, pero el grosor la sobrepasa (Tab.
Podemos afirmar que está estandarizado el diámetro exterior que coincide con las variables largo y ancho.
La estandarización es más evidente si consideramos que son elementos tallados y en una primera Fig. 11.
Superposición de los contornos exteriores (1) y los perfiles de las secciones (2) de 120 preformas de la cantera de Cortijo Cevico.
Comparación de las preformas de la cantera de Cortijo Cevico con las del taller de brazaletes de la Cueva de La Serreta (Cieza, Murcia).
No existe una estandarización tan marcada del grosor, ya que se pueden elaborar brazaletes con diferentes alturas.
Agrupando las preformas cada 10 mm las más numerosas están entre 30-40 mm con parecida representación que las comprendidas entre 40-50 mm y 20-30 mm. Según estas agrupaciones se producirían brazaletes del tipo estrecho, pero sobre todo del tipo medio y ancho.
La comparación de las preformas de la cantera de Cortijo Cevico con las del taller de brazaletes de La Serreta (Martínez-Sevilla y Salmerón 2014), cuyo contexto cronocultural y de producción está bien definido, nos muestra que el tipo de piezas que se pudieron elaborar en la cantera son semejantes a las de ese taller.
Comparten la distribución de las variables largo y ancho, así como largo y grosor (Fig. 12).
Temporalidad de la cantera y tipo de aprovechamiento
¿Cuánto tiempo se aprovechó el afloramiento?
¿Se trata de una explotación intensiva o esporádica?
¿Qué poblaciones extrajeron el mármol y produjeron las preformas?
Quizás sean preguntas complicadas de responder con el registro arqueológico, pero caben algunas apreciaciones.
La observación del abundante registro material de este tipo de canteras quizá llevaría a sobredimensionar las actividades allí efectuadas.
Las experimentaciones nos ofrecen una visión más real de la cantidad de desechos generados al elaborar las preformas.
Las experimentaciones se han centrado en el comportamiento de la roca durante la talla y en la identificación de los estigmas técnicos y de los desechos generados en el proceso.
La transformación de los bloques y el tallado de preformas en una hora de actividad generan una ingente cantidad de materiales de desecho y preformas abandonadas por su fractura o inviabilidad (Fig. 13).
Si la comparamos con el registro arqueológico de la cantera, nuestra visión sobre la intensidad de la producción puede variar sensiblemente.
La inclusión de la variable tiempo es fundamental al interpretar este tipo de contextos.
Si atribuimos a la cantera un uso esporádico en ciertos momentos del año, distribuido durante un centenar de años, vemos un aprovechamiento muy local y nada intensivo.
El análisis de las materias primas de los elementos arqueológicos documentados sitúa las áreas de captación en el entorno más inmediato a Cortijo Cevico.
Las poblaciones que aprovecharon la cantera debieron ser locales.
Los afloramientos de ofitas empleadas como percutores distan escasos cientos de metros de la cantera, como los restos de sílex provenientes del cercano valle de los Gallumbares (Subbético medio).
Además, como este tipo de mármol dolomítico no es una materia prima difícil de localizar en la formación geológica del "Trías de Antequera", parece improbable un desplazamiento de poblaciones en busca de un recurso relativamente abundante en la zona.
Es posible que otros bloques de este tipo de roca o similar se aprovechasen, como el de Cortijo Cevico, a lo largo del "Trías de Antequera".
Un ejemplo es la cantera del Cerro del Moro con escasos restos de brazaletes en elaboración cuya materia prima es de mejor calidad que la de Cortijo Cevico.
Debió usarse de manera recurrente pero los desechos de cantería prehistóricos fueron destruidos por la explotación histórica.
Este dato nos muestra que posiblemente el aprovechamiento de los mármoles dolomíticos de Cortijo Cevico fuera algo secundario que nos ha llegado gracias al desinterés industrial moderno.
Desconocemos el o los motivos por los que se explotó esta cantera en concreto: cercanía a un asentamiento, colores llamativos, materia prima con características de talla adecuadas, etc.
Las evidencias cronológicas asociadas a la artesanía de los brazaletes y su uso como adornos permiten situar el aprovechamiento de la cantera de Cortijo Cevico en el Neolítico Antiguo (ca.
El momento exacto de uso es imprecisable por la ausencia de restos orgánicos susceptibles de ser datados por métodos radiocarbónicos.
En el afloramiento se extrajo materia prima mediante excavación en el sustrato geológico y se tallaron preformas circulares para la elaboración de brazaletes.
Las técnicas y métodos de talla son muy homogéneos en todo el conjunto estudiado.
La ordenación de los levantamientos, los puntos de percusión y la homogeneidad de las lascas muestra la destreza de los talladores.
Sin embargo, también se aprecian características asociadas a procesos de aprendizaje como las preformas de reducidas dimensiones, talladas aun siendo inviables, la talla unifacial y sobre yunque.
El coeficiente de variación indica una estandarización en el diámetro de las preformas.
En cambio, los grosores se agrupan en varios conjuntos relacionados con los tipos de brazaletes que se podrían elaborar, en general medios y anchos.
El uso de la cantera debió ser esporádico, dilatado en el tiempo y a cargo de poblaciones del entorno más inmediato, por lo que no han quedado restos domésticos de ocupaciones.
No consideramos que se trate de una explotación intensiva para una producción masiva, sino más bien un lugar frecuentado para obtener preformas que serán transformadas en brazaletes en los asentamientos.
El afloramiento debió ser uno entre otros destinados a este fin en torno a esta área geográfica y geológica.
Concluyendo, hemos documentado y estudiado en Cortijo Cevico la explotación de la primera cantera de mármol conocida en la Península Ibérica cuyo único fin fue elaborar brazaletes durante el Neolítico Antiguo.
Los resultados obtenidos en la prospección y excavación son pioneros para la comprensión de la cadena operativa de estos adornos tan paradigmáticos del Neolítico Antiguo del mediodía peninsular. |
El yacimiento de la Edad del Hierro de Crastoeiro (Mondim de Basto, Vila Real, Norte de Portugal) reveló un interesante conjunto de fosas excavadas en la roca.
De su interior se reco-gieron muestras de sedimento y se realizó un estudio carpológico con el objetivo de obtener información sobre la diversidad de cultivos y prácticas agrícolas y de caracterizar las estructuras de almacenamiento.
Los resultados del estudio de 19 muestras procedentes de 4 fosas son relevantes para la comprensión de la agricultura y las prácticas de almacenaje en el Crastoeiro.
La espelta (Triticum spelta) fue el cultivo predominante en el interior de las fosas estudiadas.
La presencia de espiguillas sugiere que el grano se almacenó parcialmente procesado, o bien se trató de una estrategia que permitía un almacenaje a largo plazo.
Se han encontrado otros cereales, entre ellos, el mijo (Panicum miliaceum), la cebada vestida (Hordeum vulgare), el centeno (Secale cereale) y el panizo (Setaria italica).
Fechas de radiocarbono a partir de granos de centeno mostraron que éstos son los más antiguos de la Península Ibérica, lo que sugiere que el centeno se introdujo en la región hacia el final de la Edad del Hierro, en el marco de los primeros contactos con los romanos.
Desde una perspectiva regional los resultados obtenidos en el yacimiento de Crastoeiro se corresponden con el uso de cultivos poco exigentes, bien adaptados a entornos adversos, incluyendo los climas fríos y suelos pobres. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Martin Bartelheim, Primitiva Bueno Ramírez y Michael Kunst (eds.).
Cuando, in illo tempore, cursaba la UAB la asignatura de Arqueología Protohistórica bajo la batuta académica del profesor Maya, uno tenía la impresión de que, al llegar a las Edades de los Metales en el Sur de la Península Ibérica (las del Norte eran, en gran medida, una terra incognita), su estudio era un coto casi privativo de investigadores extranjeros, alemanes y anglosajones en especial, en una pauta que arrancaba desde los ya lejanos L. Siret o E. Cartailhac.
El panorama ha cambiado notablemente desde los 1980 en adelante y no -obviamente-por una cuestión nacional (-ista), con la masiva incorporación de autores peninsulares a las investigaciones sobre dicho periodo, sino -sobre todo-por la introducción de nuevos enfoques que empezarán a superar la visión empirista y ateórica predominante con anterioridad: nuevas preguntas demandaban mejores técnicas de análisis y de registro, pero también reflexiones de raíz antropológica y filosófica.
En concreto, demasiado a menudo, los trabajos abordando la cuestión de los recursos (materias primas, energía o mano de obra) y su empleo por las sociedades del pasado habían sido pasto de los postulados deterministas y del materialismo más craso.
Centrándonos ya en el volumen objeto de comentario, me parece muy oportuna la declaración inicial de Bartelheim y Bueno (p.
10) de que ese capital (material y humano) puede [debe, diría incluso] ser visto como la base o el medio para crear, sustentar y alterar las relaciones sociales, unidades e identidades en el marco de prácticas y creencias definidas culturalmente [...] factores intangibles como las redes sociales o aspectos culturales y religiosos también deberían ser incluidos bajo ese mismo rubro.
El libro Key resources... surge como resultado de la colaboración entre las Universidades de Tubinga y Alcalá de Henares y el Instituto Arqueológico Alemán en Madrid.
Su objetivo, abordado en una conferencia en 2015, es analizar la naturaleza y pautas de uso de los recursos y las consecuencias que las dinámicas regionales en su gestión pudieran haber tenido en las diferencias de desarrollo socioeconómico entre las áreas meridional y central de la Península Ibérica durante el Calcolítico.
Con una excelente edición y presentación formal, en 15 capítulos se investigan sitios ya clásicos en la bibliografía, como Valencina, Alcalar o Perdigões, junto a otros de reciente incorporación como los recintos de fosos de Azután o Loma del Real Tesoro y el lugar fortificado de São Pedro, sito en la región alentejana a diferencia del más conocido y extremeño Vilanova de São Pedro.
Artículos de corte más monográfico sobre el medio ambiente, la explotación de materias primas como la sal o el uso de adornos en minerales verdes en el Tajo medio, se alternan con síntesis de mayor alcance geográfico en torno a la producción y distribución de materiales como el marfil o el ámbar.
El apartado primero del libro ofrece una visión general de las principales cuestiones subyacentes al conjunto de la obra.
El siguiente examina la relación entre las construcciones megalíticas y las pautas de asentamiento y explotación del territorio a partir de los trabajos ejecutados en el dolmen de Azután.
La lectura de esta obra muestra algunos leitmotifs, más o menos evidentes en los distintos capítulos.
Uno de los más claros es la dialéctica local/exógeno, aparente tanto cuando se tratan cuestiones de orden más ideológico (i.e.
Bueno et al.) como aspectos más ligados a la economía política o doméstica (i.e.
García Sanjuán o Valera).
Ese debate es de gran interés, toda vez que -en los últimos años-la hegemonía/autonomía de lo local, tan cara a las arqueologías procesualistas, se ha visto cuestionada (quizás en exceso, en mi opinión) por una recuperación -favorecida por la aplicación de nuevas y potentes herramientas analíticas-del papel desempeñado por los contactos a larga distancia y los movimientos de grupos o individuos durante la Prehistoria reciente.
Contra lo habitual en la aproximación histórico-cultural, la investigación actual ya no establece una rígida dicotomía entre sociedades "receptoras" de influencias o artefactos y aquellas otras más "dinámicas" que actuaban como focos emisores.
Se contempla unos modelos de interacción entre los grupos humanos que toman en consideración factores como el grado mayor o menor de desigualdad social, la complejidad de los procesos económicos en cada comunidad o el acceso diferencial a ciertas materias primas o productos manufacturados.
Los datos proporcionados por el impresionante yacimiento de Humanejos (p.
81) son reveladores: por una parte no se detecta en la presencia de cuentas de color verde una discriminación por motivos de género o edad, pero a la vez los enterramientos de ciertos individuos acumulan un número superior de dichos adornos, cuya proveniencia es relativamente lejana.
En concreto la variscita Trab.
Prehist., 75, N.o 2, julio-diciembre 2018, pp. 379-386, ISSN: 0082-5638 procede del área de Palazuelo de las Cuevas (Zamora), en cuyas inmediaciones se observan -aún hoy-las huellas de intensas labores extractivas (Villalobos y Odriozola 2016), sobre cuyo volumen y relación espacial con otros yacimientos vecinos se ha hecho una primera aproximación (Fábregas y Rodríguez-Rellán 2017).
Las casi dos décadas de continuo trabajo y una política ambiciosa de publicaciones han convertido el espectacular conjunto de Perdigões (Alentejo) en un referente fundamental para la comprensión de muchos aspectos del Neolítico Final y Calcolítico peninsulares.
No es el menor de ellos el papel de los abundantes materiales (e individuos) exógenos en la constitución y compleja secuencia de uso de un lugar monumental y monumentalizado como éste.
Las reflexiones de Valera resultan particularmente oportunas cuando considera aspectos como el "valor" otorgado a los objetos exóticos y la dependencia del mismo de factores no sólo productivos (coste) sino también biográficos.
En estos últimos habría jugado un papel significativo el intercambio, la circulación y las pautas de consumo de los artefactos concernidos.
El carácter del yacimiento de Perdigões lo convierte en un buen terreno donde contrastar la propuesta de Valera que basa el aumento de la complejidad (que no necesariamente ni siempre la jerarquización) desde finales del IV y a lo largo del III milenio en un paralelo incremento de la interacción social, catalizadora del auge productivo, demográfico y de la desigualdad (y no a la inversa) en una serie de sociedades del Sur peninsular.
Valencina de la Concepción, el no menos extraordinario asentamiento/lugar de agregación (su magnitud y prolongada secuencia aconsejan prudencia de cara a una genérica clasificación funcional), se ha revelado en los últimos años como una fuente virtualmente inagotable de hallazgos arqueológicos que han propiciado, por fortuna, una reflexión profunda sobre su carácter y relaciones con otras realidades arqueográficas semejantes (García Sanjuán et al. 2013).
En su capítulo correspondiente, García Sanjuán pondera el posible carácter estratégico de recursos como el oro, el cobre, el marfil o el cristal de cuarzo, presentes en varios contextos del complejo de Valencina.
Terciando en el ya largo debate sobre la importancia socioeconómica del metal, este autor cuestiona -con buen criterio, en mi opinión-el peso atribuido a las labores metalúrgicas en el surgimiento de la complejidad, basándose para ello en lo limitado de la producción en términos cuantitativos, el carácter de herramientas que suelen tener los artefactos de cobre y sus contextos de procedencia (usualmente no funerarios).
García Sanjuán adopta una perspectiva más materialista (no reduccionista) que la de Valera en cuanto al papel de los objetos exóticos, en particular los que -por lo especializado de su manufactura y/o por su procedencia lejana (vg. marfil, ámbar, cristal de roca)-conllevan un valor añadido que el primero considera un vector de expresión de la complejidad social.
Finalmente, en el plano subsistencial, sorprende, considerando además la ubicación de Valencina, las pocas evidencias de una explotación agrícola desarrollada.
Según el mencionado investigador se compensaría con una ganadería diversificada, donde los suidos asumen particular importancia (también simbólica) y, de forma interesante, tal vez con la presencia del caballo (una hipótesis también apuntada por Valera en algún trabajo anterior referido al sitio de Perdigões).
Esta obra colectiva explora también cómo la rígida separación doméstico/ritual (y hasta cierto punto, su plasmación espacial) era más un constructo derivado de la propia experiencia vital del arqueólogo que una realidad factual en las sociedades prehistóricas.
En diversos yacimientos a lo largo del texto y, de forma más visible en Valencina, se yuxtaponen actividades de diferente naturaleza, que van de lo genéricamente ritual o funerario a tareas de producción artesanal o consumo de alimentos.
No obstante en éste -como en otros sitios de prolongada diacronía-se aprecian cambios a lo largo del tiempo en la distribución, intensidad y naturaleza de las actividades desarrolladas en su interior.
ISBN: 978-90-8890-519-3 (PDF e-book) Las llamadas "piedras de toque" (touchstones) constituyen una materialidad arqueológica cuya dispersión abarca prácticamente todo el continente euroasiático y cuya cronología no se limita al periodo prehistórico sino que llega hasta época altomedieval.
Esta amplitud se debe a la indefinición del propio grupo, que incluye objetos muy diversos en forma, tamaño, materia prima, y contexto de abandono, por lo que se sospechan diversos usos además del genérico de piedra de toque.
Para complicar aún más la situación, otro grupo denominado "piedras de afilar" (whetstones), ocasionalmente descritos como alisadores o limas, se confunde y entremezcla con el anterior hasta hacerlos prácticamente intercambiables.
Las características que los unifican son ciertamente imprecisas: objetos de piedra pulida, grano fino y cierta dureza, alargados u oblongos, sin aristas, que presentan una perforación en la parte superior -aunque no siempre-y suelen estar asociados a material arqueológico relacionado con la práctica de la metalurgia, si bien también se han conectado con técnicas textiles como pesas de telar o lanzaderas.
A las dificultades anteriores se añade la posibilidad de los usos múltiples, o del cambio de uso y reutilizaciones, detectado en algunas herramientas durante las primeras etapas de la metalurgia, como las famosas cushion-stones (piedrasalmohadilla) que se utilizaron como martillos o yunques indistintamente, con analogías etnoarqueológicas conocidas (Brandherm 2000: 244; Armbruster 2006).
Fenómenos, los cambios de uso y las reutilizaciones, que tienen continuidad a lo largo de la Historia para las herramientas fabricadas en otros materiales (por ej. Grau et al. 2008: 20-27).
La publicación de Martin Ježek recoge el estudio arqueométrico de un grupo de objetos identificados por el autor como piedras de toque, procedentes de la necrópolis del complejo arqueológico de Birka (Ekerö, Suecia), un importante centro comercial de época vikinga, fundado hacia el año 750.
Pero el libro aspira a ir más allá del estudio de materiales para plantear una síntesis de referencia cuasiuniversal e intemporal sobre las piedras de toque en Eurasia.
Este ambicioso objetivo solo se cumple parcialmente, aunque el libro, escrito con mucho desparpajo, consigue despertar el interés y la curiosidad del lector recurriendo, a veces, a la anécdota académica -de carácter hipercrítico-que siempre resulta refrescante.
En realidad se trata de dos libros muy distintos dentro de un mismo volumen, una parte estrictamente analítica y otra discursiva e incluso especulativa, cuyo hilo conductor no siempre es fácil seguir.
El texto se ha organizado en torno a catorce capítulos, sin numeración, que nosotros hemos añadido para poder nombrarlos más fácilmente, identificados por una frase más o menos poética, aunque no siempre comprensible, alusiva a su contenido lo que no facilita la búsqueda de referencias cruzadas.
Dos anexos recogen al final del libro, primero un estudio petrográfico de la muestra analizada, firmado por Jan Zavřel y el propio autor, y en segundo lugar los resultados del estudio -una selección de muestras del total analizado-mediante microscopía electrónica de barrido y microanálisis por energía dispersiva de rayos-X (MEB-EDX) -datos numéricos, micrografías y espectros.
Cierra el volumen un amplísimo aparato crítico y un índice con los lugares mencionados en el texto.
Hasta el [capítulo 9], Analysed touchstones from Birka burials, el autor no entra en la verdadera dimensión del problema que se puede resumir en la siguiente pregunta ¿puede la arqueometría determinar y discriminar el significado y uso de estos objetos?
En principio los datos son de gran interés para el arqueólogo.
La muestra está constituida por 51 objetos de piedra seleccionados en función de un examen previo mediante binoculares, orientativo sobre la posible existencia de trazas o rayaduras metálicas en superficie, que avalarían su utilización como piedras de toque.
Sin entrar en la discusión de la validez del criterio, se echa en falta un mínimo aparato estadístico (porcentajes, índices de representatividad, etc) que centre y pondere la muestra.
Solo se nos informa, y así hay que creerlo, que de un total de 1100 tumbas, se encontraron whetstones en 154, pertenecientes a todas las categorías representadas en la necrópolis -cremaciones e inhumaciones, ajuares ricos y pobres, masculinos y femeninos, etc.
Nada que objetar al uso del método analítico -MEB-EDX-para la identificación de trazas metálicas en superficie, aunque nos hubiera gustado una mayor dedicación a los metadatos, por ejemplo, sería de utilidad conocer el equipo, las condiciones de adquisición y cuantificación de los espectros.
Por la misma razón, aun siendo obvio para el especialista que las micrografías están tomadas en el modo de electrones retrodispersados, una indicación al respecto ayudaría a su mejor comprensión por parte del lego.
Por el contrario, son muy útiles los [capítulos 11 y 12].
El primero, Nickel appearance firmado por M. Holub y el autor, explica la aparición de níquel en algunas muestras, descartada en la medida de lo posible la contaminación moderna.
El segundo, On the limits of SEM analysis, firmado por M. Holub, se explica a través de los diagramas de fases por qué un mismo trazo metálico presenta diferentes composiciones en su longitud.
El [capítulo 10], Metals on touchstones from Birka and elsewhere, contiene la clave para comprender el concepto de piedra de toque que se está manejando a lo largo de todo el texto, ¡después de 9 capítulos!
En efecto, la definición actual según la RAE es "jaspe granoso, generalmente negro, que emplean los plateros para toque", es decir para calibrar la pureza de un metal noble.
Sin embargo, los metales detectados en las piedras analizadas van más allá del oro y la plata, que también, e incluyen metales no férricos como el mercurio, plomo, estaño, cobre, y excepcionalmente hierro, que se considera una contaminación moderna.
En definitiva, más que piedras de toque habría que renombrarlas como "piedras de ensayar metales", y reservar el "toque" tradicional para el ensayo exclusivo del oro y la plata.
Consecuentemente, las piedras analizadas no se limitan a tipos de roca Trab.
Prehist., 75, N.o 2, julio-diciembre 2018, pp. 379-386, ISSN: 0082-5638 de grano fino y coloración oscura, sino que hay esquistos y limolitas de varias coloraciones pardas, rojizas y verdes, que presentan a veces líneas y bandas de diferentes matices, tal y como se especifica en el anexo primero.
La primera parte del libro, [capítulos 1 a 9], recoge las reflexiones críticas del autor en torno a la trayectoria de la investigación sobre el tema desde los inicios de la Edad del Bronce hasta la Alta Edad Media.
La documentación aportada, procedente mayoritariamente de contextos funerarios, es ciertamente abundante, y el material comparativo diverso y disperso.
Ese afán recopilador y universalista lastra el discurso, que se sigue con dificultad, fundamentalmente porque no se atiene a ningún método, arqueológico, histórico o de otro signo; por emplear una metáfora actual, el autor parece haber volcado el contenido de su disco duro mental en un archivo sin formato.
Y no por ello deja de tener interés, pues se trata de una visión más que rompedora, con afán rompedor.
Por ejemplo, en el [capítulo 6], Archaeology, myths and archaeological myths, el autor descalifica, puesto que va más allá de la construcción de un contra-argumento que hubiese requerido contextualizar lo criticado, la interpretación de las tumbas de herreros, orfebres o comerciantes sobre la base de las herramientas especializadas introducidas en el ajuar.
A partir de esta idea construye su hipótesis de que el hecho de encontrar una piedra de toque en un ajuar funerario, no hace al difunto orfebre o calderero, lo cual puede ser verdad o no. Bajo esta coherencia, los ajuares funerarios en general, y la piedra de toque en particular, se convierten en símbolos para los vivos, no para los muertos, sin explicar el significado más allá de un indicador de alto estatus.
Se incide en que el punto de inflexión lo marcaría la implantación del cristianismo en Europa que supone un corte ideológico en la trayectoria histórica.
Todo esto es cuestionable por muchas razones pero fundamentalmente porque el análisis que realiza el autor descontextualiza los comportamientos sociales y económicos al tomar como unidad de análisis nada menos que todo un continente.
Este volumen, con sus luces y sombras, marcará con seguridad un antes y un después en una pequeña parcela de la investigación, dentro de la metalurgia antigua.
A sus muchas cualidades, como la visión alternativa y el análisis novedoso de materiales, se une el tono provocador e hipercrítico que hacen de su lectura un sobresalto continuo.
Como indican los editores, eso que con típico understatement anglosajón se denomina "Arqueología del Conflicto" (y que en realidad es casi totalmente "arqueología de la guerra", que el conflicto puede ser también laboral o de intereses, entre otras formas de antagonismo) se ha convertido en las últimas dos décadas en un campo de estudio no ya prometedor, sino firmemente establecido, con sus revistas y sus Coloquios especializados, y un peculiar atractivo para determinado público general.
En realidad, no todo el mundo compartirá esta visión: hay quien considera que esta nueva 'subdisciplina' incluye también cuestiones como la arqueología de la represión política, y no está todavía bien definida epistemológicamente su relación con otros enfoques que constituyen círculos secantes, como la "arqueología militar" (que abarcaría aspectos no directamente integrados en la acción bélica, como arqueología campamental), la arqueología de las fortificaciones, o simplemente la Arqueología en sentido amplio, en la que tiene una respetable tradición de siglos el estudio de las armas en todas sus facetas (tipológica, funcional, simbólica...).
En realidad los aspectos teóricos de este nuevo 'campo de estudio' están todavía en construcción y, aunque hasta ahora su juventud, y un cierto consenso en que los especialistas entienden lo que hace cada uno, han limitado la polémica, la fuerte carga de ideología política subyacente nos lleva a pensar que esta relativa paz se tornará pronto conflicto.
Este libro colectivo es una excelente muestra de la madurez que han alcanzado varios de los enfoques de la Conflict Archaeology (en adelante CA), en particular el estudio de los campos de batalla (incluyendo asedios), y el análisis antropológico de fosas comunes resultado de batallas o matanzas: doce de los diecinueve capítulos de centran en estos dos aspectos.
El resto abarca el análisis de contextos rituales asociados a la actividad guerrera, estudios sobre armamento, iconografía bélica, percepción de la guerra y teoría del conflicto.
Entre todos proporcionan una muestra bastante completa de las distintas facetas de la "Arqueología del Conflicto (bélico)", de su desarrollo, y del peso relativo de cada una en las modas investigadoras de los últimos años.
Eso sí, el libro se concentra en el mundo antiguo, desde el Neolítico al siglo III d.
C.: el lector interesado sobre arqueología de campos de batalla, Trab.
Prehist., 75, N.o 2, julio-diciembre 2018, pp. 379-386, ISSN: 0082-5638 fosas comunes, armas y temas relacionados en épocas posteriores cuenta como hemos dicho con revistas específicas como Journal of Conflict Archeology o actas de congresos periódicos como las Fields of Conflict Conferences.
El primer capítulo a cargo de N. Roymans y M. Fernández Götz es mucho más que la tradicional introducción y presentación somera; de hecho es quizá el capítulo nuclear de la obra.
Discute con agudeza la juventud y comparativo subdesarrollo teórico de la CA, reconoce sin problemas su vinculación con la distinguida tradición de la arqueología militar romana en el ámbito no anglosajón, y sobre todo proporciona una precisa serie de puntos clave metodológicos y teóricos que validan la teoría de 'círculos secantes' a que hemos aludido, aportando un enfoque multidimensional al estudio de la guerra desde la perspectiva arqueológica.
El grueso de los capítulos se centra en el análisis de batallas en campo abierto (Tollense, Baecula, Arausio, la destruccción de los Usipetes y Tencteros, Kalkriese, Harzhorn), asedios (Iliturgi, Numancia, Monte Bernorio, Alesia) y campamentos de campaña (Galicia, Hermeskeil) o fortificaciones (hillforts irlandeses u oppida hispanos).
Es notable la elevada coincidencia metodológica entre los diversos trabajos, que apunta a una madurez procedimental ya anunciada en el Little Bighorn en 1983.
Destaca la importancia de la topografía extremadamente precisa usando las nuevas panoplias analíticas (el LIDAR tiene un enorme futuro aquí); el análisis y la comprensión del terreno a una escala diferente a la del yacimiento ordinario y desde una perspectiva distinta a la de otras arqueologías (la visión táctica, teniendo en cuenta los tipos y alcance de armas, p. ej.); la necesidad de una evaluación muy sistemática de los procesos postdeposicionales, etc.
Estos capítulos de la battlefield archaeology (¿otra sub-sub-sub disciplina?, sed non sunt multiplicanda entia praeter necessitatem...) constituyen quizá el bloque más sugerente en conjunto, y el más novedoso, pero en absoluto oscurecen el resto de aportaciones.
Los trabajos que dedican una parte de sus páginas al análisis de restos humanos mutilados aportan una necesaria y sombría inmediatez a la realidad de la guerra en muy diversos periodos, desde el Neolítico de Europa centro-Occidental (y en España casos como S. Juan ante Porta Latinam saltan a la mente de inmediato), a la Edad del Bronce húngara, o del espectacular conjunto de Tollense en Alemania, o a las llanuras holandesas, donde César más que derrotar masacró enemigos casi inermes.
Como se aprecia, no se trata de capítulos en categorías estancas: varios de los análisis osteológicos son prueba arqueológica del desarrollo de una batalla campal.
Y del mismo modo el estudio del tremendo santuario de Ribemont se nos presenta como un tropaion, resultado de una batalla entre galos de la Picardía.
De hecho, los aspectos simbólicos y rituales, la memoria a corto y largo plazo de la guerra, encuentran en el estudio arqueológico e iconográfico nuevos recursos intelectuales para aportar enfoques sugerentes, sea en el caso de Iberia y la Galia, sea en las marismas escandinavas.
Finalmente, los análisis de las armas, los instrumentos de la guerra, empapan la casi totalidad de los capítulos, como elementos cuya tipología y mera presencia es necesaria para certificar el contexto bélico sí, pero también simbólico.
Los capítulos específicamente dedicados a contextos armamentísticos en el bronce escandinavo, o a los depósitos de longue durée en los contextos rituales del Thorsberger Moor o Illerup), testimonian que estos trabajos son todavía el esqueleto de la arqueología militar.
En conjunto este libro es una excelente recopilación que proporciona una puesta al día de muchos trabajos punteros en la CA, y una excelente base metodológica.
Pero me gustaría insistir además en que, gracias al esfuerzo de los editores, y en particular de Manuel Fernández-Götz, la presencia de un componente español que suma hasta seis capítulos (un tercio) del total, desde el Neolítico a Roma, rompe de manera clara con la tradicional ignorancia anglosajona de las aportaciones que puede hacer la arqueología española a un tema dado, descuido que en la última década definitivamente ya no se puede atribuir a localismo o desidia en el esfuerzo de difusión internacional de nuestra investigación, y que se está reparando solo muy lentamente y con enorme esfuerzo.
En el campo de la arqueología militar, o del conflicto, los descubrimientos en suelo español, más allá de las tradicionales referencias a Numancia vía Schulten, no pueden ser ya de ninguna manera ignorados en el resto de Europa, porque están entre los más relevantes históricamente, y más sugestivos metodológicamente, de entre los que hoy se van conociendo.
El caso del campo de batalla de Baecula/Las Albahacas es sin duda el que más difusión ha alcanzado, pero los trabajos en curso en el área galaica y cantábrica, en el norte de la Meseta, en Numancia y otros muchos lugares van a cambiar -están cambiando-muchos paradigmas, por ejemplo, de la guerra en la Roma republicana y augustea.
Universidad Autónoma de Madrid.
La necrópolis de Herrería I y II.
Las fases culturales del Bronce Final II -III.
Esta obra de M.a L. Cerdeño y T. Sagardoy da a conocer los resultados de las excavaciones en la necrópolis protohistórica de Herrería (Guadalajara) correspondientes al Bronce Final.
Tiene 7 capítulos, conclusiones, bibliografía y 8 anexos.
El lugar, descubierto en 1997, es clave para desvelar los procesos culturales desarrollados en la Meseta orien-Trab.
Su ocupación, ininterrumpida, se ha dividido en 5 Horizontes o fases (en tabla 2) a partir del registro material y paleoecológico y de las cronologías radiocarbónicas: H. I y H. II del Bronce Final; H. III celtibérico; H. IV celtibérico y H. V tardorromano.
Al H. I se asignan 74 incineraciones secundarias en hoyo, 3 cenotafios y elementos de ofrenda.
Un 77 % conservaba una estela de piedra prismática irregular.
Los análisis radiocarbónicos situaron los restos en el Bronce Final II (siglo XI a.
El H. 2 tenía 196 tumbas de cremación y 6 inhumaciones individuales (una en cista) con ajuares y ofrendas faunísticas.
Había además una incineración femenina con un neonato inhumado.
A su vez el paisaje funerario renovaba la señalización, ahora con túmulos y empedrados tumulares.
Las fechas C14 corresponden al Bronce Final III (siglos IX-VIII a.
Completan la secuencia 153 incineraciones de la primera Edad del Hierro (Celtibérico antiguo, siglo VIII a.
Los testimonios del Celtibérico pleno estaban arrasados.
Cerraban la ocupación 5 inhumaciones de época tardorromana.
En la fase H. I no se han identificado las piras y solo había una incineración doble en hoyo.
La mayoría de las tumbas carecía de ajuar.
Consiste en bronce (en 6), sílex y cuarcita (en 9), cerámica a mano (superficial) (en 17) y cuentas de pasta vítrea.
Como ofrendas predominaban las porciones de bovinos y ovicaprinos.
En 12 hoyos se depositaron cantos rodados sobre los huesos quemados, al pie de la estela o al fondo de la fosa.
Una estela caliza señalizaba el 76 % de las tumbas.
Su orientación, heterogénea, no seguía pautas identificables hoy en día.
Las estelas F, E y B estaban desvinculadas de restos humanos y, junto a la C, se dejó una hemimandíbula de bóvido.
Los restos vinculados a la F se interpretan como posible cenotafio y sobre la B se grabó un heliomorfo.
A, D y G se consideran restos de hogueras rituales, definidas por simples manchas cenicientas a veces rodeadas por pequeñas piedras.
La necrópolis debió crecer a partir de una estructura excepcional: un pozo relleno de piedras al que se sobrepuso la tumba 64.
La cultura material de yacimientos cercanos como Fuente Estaca y la ausencia de cerámica de Cogotas I sirven para vincular Herrería con la zona vecina del Valle del Ebro.
La fase H. I representa el surgimiento de la incineración en la Meseta, gracias a la llegada de nuevos grupos en el siglo XI a.
C. (XIII cal AC), que, según las autoras, procederían del noreste peninsular.
Sin embargo no hallan al otro lado del Ebro las formas cerámicas con perfiles bicónicos y acanalados característicos de los Campos de Urnas antiguos, catalanes y aragoneses (López Cachero 2007; Ruiz Zapatero 2007).
Además, las nuevas dataciones radiocarbónicas en el noreste han mostrado que incineración y cerámica acanalada no se difunden a la vez (Capuzzo y López Cachero 2017).
El apartado dedicado a la fase II de Herrería describe las 202 tumbas y un área de ofrendas.
Además del cambio citado en la señalización de las incineraciones, el 93 % de las tumbas tenía ajuar.
Había metal incluso en tumbas infantiles: pulseras, aritos, varillas y laminillas de bronce (¿residuos de navajas degradadas?), y un elemento de oro.
Nácar, una cuenta de ámbar y otras de pasta vítrea completan el repertorio.
Entre las ofrendas se mencionan cantos rodados, ovicaprinos, bovinos y suinos, sin pautas de deposición específicas de las incineraciones o de las inhumaciones.
Los 3 m de diámetro del túmulo 99, donde se enterró a una mujer joven o la presencia de bronce y ámbar en la de un neonato desvinculan el estatus del género y la edad.
La diversificación de la arquitectura funeraria no sugiere ningún patrón de ubicación preestablecido.
Cerdeño y Sagardoy atribuyen la inhumación a pequeños grupos procedentes del valle medio del Ebro.
Llegarían a la Meseta ya a fines del II milenio (momento de fundación de Herrería I), pero solo a partir de la fase II compartirían una pequeña parte del espacio funerario con los incineradores.
Esos grupos reutilizarían las estelas y el área de culto, rica en fragmentos de vasos cerámicos a mano con superficies alisadas, bruñidas, incisas o excisas, y restos de fauna (más variados que antes).
Tampoco hay piras funerarias, aunque se detecta que el combustible predominante pasa de ser pino a Quercus.
El estado de los bronces (pulseras, anillas, una cuenta esférica, una espiral y remaches) demuestra que los difuntos se quemaban vestidos y adornados.
Sus restos óseos se podían triturar y depositar en orden en una bolsa, empezando por el cráneo que quedaba en el fondo.
Antes de cerrar y señalizar las tumbas, depositaron objetos e hicieron hogueras sobre ellas para preparar alimentos y/o iluminar la celebración.
Allí y en el área ceremonial quedaban (o se arrojaban para romperlos) los vasos pequeños y medianos usados en los ágapes.
La cerámica aumentó en cantidad y variedad decorativa y entre los vasos de perfil bicónico abundaban los triángulos rellenos y las espigas acanalados de los Campos de Urnas.
Las decoraciones excisas y grafitadas en solo 4 tumbas junto a los cordones y un ejemplo de escobillado sirven para inferir una mezcla entre la tradición indígena y la alóctona.
En la arquitectura se impusieron los túmulos delimitados por piedras y algunos grupos de incineraciones se cubrían con "empedrados tumulares".
Se definen 5 tipos de estructuras: "túmulos circulares" (incineraciones, alguna inhumación y un caso mixto), de 1 a 4 m de diámetro con o sin estela; los "círculos de piedras" quizá túmulos deteriorados y los "túmulos rectangulares", inhumaciones con grandes lajas que a veces tenían incineraciones adosadas.
Solo la tumba 163 está en la categoría "cista grande de inhumación" y el ejemplo de "empedrado tumular" era una o dos hiladas de piedras.
C.), Bronce final IIIb, consideran Herrería el primer ejemplo de gran cementerio tumular meseteño.
Su referente más cercano estaría en los constructores de túmulos del Bajo Aragón y en último término de la región pirenaica y prepirenaica.
Insisten en el paralelismo Trab.
Prehist., 75, N.o 2, julio-diciembre 2018, pp. 379-386, ISSN: 0082-5638 entre el reborde oriental de la Meseta y el del noreste peninsular y el sur francés: necrópolis muy densas, en vías de paso, con túmulos de una hilada y lajas verticales pétreas, encanchados y estelas.
En todo caso, las dataciones radiocarbónicas han sido fundamentales para fechar las fases primigenias de Herrería: 15 muestras de carbones, huesos humanos quemados e inhumados (tablas 12 y 13).
La mediana de las fechas calibradas a 2 σ establece 4 etapas: la estructura 40, un área de huesos quemados donde se hacían ofrendas, aporta una fecha muy antigua (III milenio) y la tumba 200 otra muy desviada de lo previsto.
Los individuos de las estructuras 48, 242 y 67 habrían recibido sepultura ya en el siglo XIII cal AC.
Se encuadra en el Bronce Final IIa-IIb y su paralelo más cercano sería San Pedro de Oncala.
Herrería II, ya en el Bronce Final IIIa-IIIb, estuvo activa de 982-884 B.C. cal a 2 σ, en un contexto de crecimiento poblacional.
Las tumbas se duplicaron, coincidiendo con nuevos lugares de habitación como Fuente Estaca.
Las autoras destacan que las altas cronologías de los yacimientos meseteños (tablas 17-19) también se dan en yacimientos catalanes y aragoneses adscritos a Campos de Urnas, un tema revisable a la luz de las últimas aportaciones de Capuzzo y López Cachero (2017).
Se reivindica el nexo entre el espacio terrestre, el celeste y la influencia de los componentes astronómicos en la construcción de espacios funerarios como Herrería.
El lugar sagrado sería fundamental como cohesionador social al reposar allí los ancestros que legitimaban a sus descendientes para apropiarse del territorio circundante.
La conexión con los astros parece clara para ciertas alineaciones de incineraciones de las fases I a III pero no se detecta en las inhumaciones.
Las cuestiones sociales se abordan a partir del análisis espacial y de los ajuares para identificar grupos de parentesco o segmentos sociales.
Los análisis de ADN han sido infructuosos pero los de isótopos muestran una interesante evolución de la dieta.
En la fase I se basaba en cereales, siendo muy pobre en otros vegetales y carne roja.
Pocos individuos consumían también pescado.
En la fase II aumenta el consumo de carne, leche y derivados (coincide con mas restos de ovicaprinos y bovinos entre las ofrendas).
Con el tiempo, se incorporaron más tipos de cereales, legumbres y frutos secos, pero la dieta femenina fue siempre más vegetariana que la masculina.
Desde el primer momento la progresiva diferenciación social también se infiere de las agrupaciones de tumbas, de las pocas construcciones monumentales y de la gestión ordenada del espacio.
En cambio, los inhumados ni forman un grupo espacial compacto ni muestran conexiones de parentesco.
Su presencia se atribuye a alianzas matrimoniales con miembros de otros grupos foráneos que mantuvieron su rito funerario.
Los depósitos de cantos rodados y ofrendas se generalizaron con el tiempo, pero el metal, la pasta vítrea o el ámbar siguieron restringidos a una parte de los difuntos.
El cuerpo de texto se completa con estimaciones demográficas basadas en comunidades preindustriales en las altas tasas de natalidad y mortalidad en el medio rural europeo hasta el siglo XVIII y en datos históricos de la Meseta durante el siglo XIX.
En Herrería el porcentaje de infantiles fallecidos antes del año sería elevado y la esperanza de vida se establece en 30 años.
Los cálculos indican que un grupo inicial de 19 pobladores habría generado las 127 tumbas de H. I, en uso durante 220 años.
Su buena adaptación permitiría alcanzar los 82 pobladores en H. II, traducidos en 324 tumbas en los siguientes 130 años.
Los 8 anexos finales de análisis enriquecen el libro: incineraciones por F. Gómez Bellard (póstumo); paleoantropología y paleodieta por G. Trancho y B. Robledo; macromamíferos por J. Yravedra y V. Estaca; palinología por M. B. Ruiz y M. J. Gil; análisis de maderas por P. Uzquiano; carpológico por A. M. Arnaiz; arqueoastronómico por G. Rodríguez-Caderot y M. Folguiera y de la industria lítica por J. M. Maíllo, C. Álvarez, I. Bilbao y M. Solano.
En definitiva, la obra da a conocer con todo detalle y la ayuda de tablas-resumen las etapas más antiguas de la necrópolis de Herrería.
Hubiera facilitado la comprensión matizar algunos conceptos y términos, distinguiendo, por ejemplo, "estructuras" y verdaderas "tumbas", así como "ajuar" propiamente dicho y "depósito funerario", término más adecuado a nuestro parecer.
El apartado de cultura material habría quedado redondeado con alguna cuantificación de la cerámica y el metal y la mejora de aspectos formales como la calidad del aparato gráfico o de ciertas planimetrías individuales de las tumbas, muy simplificadas.
Se echa de menos la revisión y corrección final de los pies de figura y sus respectivas referencias en el texto, la formalización de algunas cronologías y topónimos de yacimientos mencionados en el texto, así como las citas bibliográficas.
En todo caso, la obra es una aportación valiosa al conocimiento de la Protohistoria peninsular desde la vertiente de la arqueología de la muerte. |
Se presenta un estudio sistemático sobre la información radiometrica disponible para la transición Paleolítico Medio-Paleolítico Superior en el Suroeste de Europa.
Los diferentes modelos para explicar el proceso demográfico que subyace en esta transición dependen en gran medida de la cronología radiocarbónica.
Se observa que: 1) a mayor antiguedad las fechas sobre hueso muestran una mayor desvisación frente a las muestras sobre carbón, a menudo infravalorando estas varios miles de años BP y 2) que no hay pruebas de perduración de industrias de Paleolítico Medio durante las fases tempranas del Auriñaciense en el SW de Europa.
Estos datos contradicen el modelo de "frontera del Ebro" que distingue industrias de Paleolítico Medio Tardío en el SW de la Península Ibérica de las industrias del Auriñaciense temprano en el NE.
Por el contrario, 3) nuestros datos implican un modelo de cambios de población interregional que se contrae durante las fases aridas y de frío severo y que se expande durante las fases más calidas de los interestadios, surgiendo la idea de un desarrollo regional del Auriñaciense del SW europeo a partir de las industrias del Paleolítico Medio Tardío realizadas por los Neanderthales hace 40 kyr cal BC.
Correo electrónico: [EMAIL] (**) Área de Prehistoria.
Dpto. de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología.
Fac. de Geografía e Historia.
Correo electrónico: [EMAIL] (***) 14 C-Labor.
Correo electrónico: b.weninger -koeln. de Recibido:1-VIII-03; aceptado: 25-VIII-03 nid evolution. |
Gašper Oitzl coordina la versión inglesa del catálogo de la exposición temporal que, con el mismo título, tuvo lugar en el Museo Nacional de Eslovenia entre octubre de 2017 y abril de 2018.
Los 20 capítulos (entre 2 y 21 pp.) de esta cuidada edición muestran las ventajas de combinar métodos de las ciencias sociales, como los análisis estilísticos comparativos, con métodos avanzados de las ciencias naturales para determinar las materias primas y tecnologías de los objetos conservados en los museos, así como para establecer si son obras originales o falsas y guiar los procedimientos de restauración.
La exposición es el resultado del proyecto Objects and prestige: taste, status, and power (Researches of the material culture in Slovenia), realizado |
El editorial inicia el cuatrienio del actual equipo de la revista Trabajos de Prehistoria, valorando el protagonismo de los miembros de los anteriores Consejos de Redacción y Asesor, evaluadores externos y autores en la trayectoria de creciente internacionalización de la revista.
Se destaca el impulso que el Profesor Antonio Gilman, director saliente y el primero no perteneciente a una institución española, ha dado a esa trayectoria.
Se reflexiona sobre las implicaciones que el cambio generacional en curso en la academia española puede tener en la visibilidad de las revistas y se reivindica el papel de un espacio abierto, público y colectivo de comunicación científica como el ejercido por Trabajos de Prehistoria.
Desde el 15 de abril de 2019 tengo el privilegio de ser el nuevo director de Trabajos de Prehistoria.
He asumido esta responsabilidad con la suerte de ha-cerlo a hombros de gigantes.
Recibo el testigo de nuestro muy querido maestro y amigo, el Profesor Antonio Gilman, reconocido prehistoriador e hispanista estadounidense.
Su influencia sobre las distintas generaciones formadas en torno al Instituto de Historia del CSIC ha sido duradera.
Antonio se dedicó desde muy joven a servir a la arqueología ibérica y lo demostró a lo largo de muchos años a través de múltiples proyectos, siempre colaborativos.
Su compromiso con el CSIC y, en particular con Trabajos de Prehistoria, le llevó a aceptar formar parte del Consejo Asesor en 1987 y en 2015 la dirección de la revista (Gilman 2015).
Ha sido, hasta donde alcanzo a saber, el primer académico extranjero en dirigir una revista de Arqueología editada por una institución española.
Antonio nos ha demostrado que TP es un bien común de la Arqueología peninsular cuya preservación requiere ir más allá de los propios intereses individuales.
Su dirección ha destacado por el distinguido y particular estilo con el que ha marcado sus relaciones institucionales durante su mandato al frente de la revista.
La combinación de prestigio, carisma personal y un trato cordial y exquisitamente respetuoso es una mezcla irrepetible que establece un estándar difícil de equiparar.
Tengo sin embargo la gran ventaja de contar con la inestimable colaboración de un equipo de experimentados colegas en esta forma de transferencia de conocimiento que es la publicación de una revista científica (Repiso et al. 2019).
En concreto, Maribel Martínez Navarrete permanece en la Secretaría de Trabajos de Prehistoria.
Sus diversas responsabilidades en la revista desde 1985 superan en años la dedicación a la misma de su fundador, Don Martín Almagro.
Si debemos agradecer a este último el acierto de crearla, debemos reconocer que Maribel ha sido y es el factor constante en el Consejo de Redacción de TP y, más importante si cabe, la responsable de la radical reinvención que en 1994
Editorial: Trabajos de Prehistoria, a hombros de gigantes
Editorial: Trabajos de Prehistoria, on the shoulders of giants Pedro Díaz-del-Río a a Dpto.de Arqueología y Procesos Sociales.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
En la editorial "constituyente" del volumen 54 (Martínez Navarrete y Cacho 1997: 5) se proponían dos metas esenciales para su mandato: la "consolidación como revista puntera de Prehistoria y Protohistoria de la Península Ibérica y la ampliación de su proyección internacional".
La dirección de Ignacio Montero (2002) relanzó ambos objetivos, en la actualidad cumplidos con creces: Trabajos de Prehistoria es, de todas las revistas de la península ibérica y con diferencia, la publicación periódica de su materia mejor valorada en los rankings internacionales, y es además la pionera peninsular en el Science Citation Index (Vicent 2008).
Este estándar de calidad se ha logrado sin duda gracias a un esfuerzo colaborativo, pero es de justicia destacar el papel vertebrador de Maribel Martínez Navarrete, una sobresaliente investigadora que ha asumido la responsabilidad institucional de editar Trabajos de Prehistoria como un compromiso personal.
Junto a ella quiero mencionar a quienes a lo largo de los últimos 25 años han integrado los Consejos de Redacción.
Dos de los que han dejado este año de formar parte del mismo son Alicia Perea, compañera en el Departamento de Arqueología y Procesos Sociales del Instituto de Historia, y Salvador Rovira, Conservador Jefe del Museo Arqueológico Nacional.
Hemos debido prescindir de ellos siguiendo la normativa de Editorial CSIC, que reduce radicalmente la participación de jubilados en los Consejos de Redacción de sus revistas.
Acatamos pero no compartimos una resolución que impide beneficiarse de la experiencia y conocimientos de dos sobresalientes investigadores, pioneros en sus respectivos campos y que tanto han aportado a construir la Arqueología prehistórica peninsular, científica y humanista, que conocemos a día de hoy.
Trabajos de Prehistoria tiene el orgullo de sentirse parte del Común, un espacio público y colectivo de comunicación científica en el que se cruzan y combinan muchos compromisos que no siempre son visibles.
De entre ellos, el de los Consejos de Redacción y Asesor, los cientos de evaluadores a los que hemos recurrido a lo largo de los años y la comunidad de especialistas que, abanderando la excelencia, ha transformado radicalmente el panorama científico peninsular multiplicando su visibilidad internacional.
Ciertamente, la trayectoria exponencial en la internacionalización de esta comunidad de especialistas ha beneficiado la visibilidad y los índices de calidad asignados a TP.
Vivimos un momento de transición generacional que implica tanto a la revista como a la academia española en su conjunto.
Durante el próximo lustro asistiremos a un cambio radical del panorama académico.
En estos años se jubilará casi toda la generación que promovió una práctica arqueológica moderna, reflexiva y en muchos casos políticamente comprometida.
Los que pertenecemos a las primeras generaciones que se formaron en la normalidad de esta práctica disciplinar estamos ahora en posiciones de responsabilidad.
Somos además responsables de apoyar la consolidación en puestos académicos de la siguiente generación de colegas que han conseguido naturalizar la internacionalización y la excelencia científica, alcanzando cotas de impacto impensables solo hace unos años.
Apelo a todas estas generaciones de profesionales para que apoyen a TP con sus manuscritos, revisiones, citas, comentarios públicos y boca a boca.
TP es la revista pública de Prehistoria por excelencia, una publicación que, como su institución editora, ha sido pionera en la práctica del acceso abierto.
La buena posición de la revista en los rankings unido a que no está sometida al oligopolio de las grandes editoriales internacionales convierte a TP en un bien común que debe ser defendido colectivamente.
Los que gestionamos este común necesitamos de la confianza y el apoyo de todos los colegas que día a día hacen que la Prehistoria de la península ibérica atraiga el interés internacional y sea una referencia de calidad y profesionalidad.
Deseo que esta confianza se refleje en la calidad de los manuscritos que recibimos.
Además, somos conscientes que la internacionalización de la investigación peninsular ha desatado un incremento exponencial de las solicitudes de evaluación por parte de revistas, editoriales e instituciones públicas y privadas.
Es por ello que reiteramos nuestro reconocimiento y agradecimiento a todos los que contribuyen a mantener la calidad de esta revista pública mediante sus impagables revisiones anónimas.
Trabajos de Prehistoria "es un proyecto colectivo basado en el respeto y la confianza entre las personas implicadas y en la asunción de unos objetivos comunes" (Martínez Navarrete y Cacho 1994: 7).
Soy consciente que nuestra revista forma ya parte del Común y como tal, con sentido de responsabilidad y vuestra colaboración, pretendo gestionarla. |
In memoriam Gordon Hillman (1943-2018): un investigador extraordinario y un hombre excepcional.
Leonor Peña-Chocarro a a GI Arqueobiología, Instituto de Historia.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Se analiza una muestra de manuales de Historia (MH) y de Ciencias Naturales (MCN) de segunda enseñanza española editados a finales del franquismo.
En el plano científico se constata el mayor peso de los contenidos paleoantropológicos en los MCN frente a los aspectos tecnológicos y culturales del Paleolítico en los MH.
En el plano ideológico, el léxico y la incorporación de datos científicos a textos y a recursos paratextuales denotan una voluntad de desideologización.
No obstante, a comienzos de los 1970 conviven dos discursos, uno anclado en las décadas precedentes, que no incomoda a los agentes políticos, religiosos y sociales de la dictadura, y otro que introduce elementos disonantes como el evolucionismo.
El segundo solo se impone en los manuales editados a partir de 1975 coincidiendo con los cambios económicos y sociales que venían produciéndose en España desde los años 1960 y con la perspectiva de nuevas libertades tras la muerte del dictador Franco.
Existe consenso en señalar el potencial que poseen los manuales de enseñanza para la investigación en diferentes ámbitos de la historiografía de la ciencia y de la educación (Valls 2001; Escolano 2002; Puelles 2007; Tosi 2011; Gómez et al. 2014); y por tanto sobre su utilidad para la reconstrucción histórica y social de las disciplinas científicas en el sistema educativo (Mahamud 2009; Shnirelman 2010; Martos 2015).
Concibe los manuales como un lenguaje que comunica, mediante elementos textuales y paratextuales, un mensaje delimitado por sesgos ideológicos que lo legitiman desde el punto de vista científico, pero también didáctico, educativo, institucional, social, político, económico o religioso (Castillejo 2008(Castillejo, 2009)).
Desde este punto de vista el período explorado permite visualizar la incidencia de los cambios económicos y sociales del tardofranquismo (Riquer 2010) en la construcción didáctica de los contenidos señalados.
TARDOFRANQUISMO Y SEGUNDA ENSEÑANZA
En la década de 1950, dentro del inmovilismo político de la dictadura, se producen cambios motivados en parte por el escenario internacional que emerge del final de la II Guerra Mundial.
La desaparición de los falangistas en los órganos de poder, sustituidos por miembros de otras familias políticas del franquismo, puede relacionarse con el intento de romper el aislamiento internacional del régimen.
A finales de esa década la aparición de los llamados "tecnócratas" en diferentes áreas de gobierno (fundamentalmente económicas y educativas) pasa a ser significativa.
Esta corriente de la derecha autoritaria católica pretendía favorecer el aperturismo en política exterior, promover el desarrollismo económico y modernizar la administración del Estado a partir de una desideologización de la sociedad (Rodríguez Jiménez 2008).
La dictadura relajó el intervencionismo del Estado, impulsando una liberalización económica, que permitiera participar al país del crecimiento económico experimentado por las economías europeas.
El desarrollo iniciado entonces provocó un cambio en la estructura económica que pasó de ser autárquica y agrícola a otra industrial y de servicios, más próxima al capitalismo.
Como consecuencia, la estructura social también se vio modificada con la entrada en el consumo de masas y un cambio de mentalidad al que contribuyeron el relevo generacional (jóvenes nacidos tras la Guerra Civil), nuevos aires en la Iglesia Católica tras el Concilio Vaticano II, el desarrollo del urbanismo vinculado a la industrialización, los movimientos migratorios hacia esos focos y fuera del país, o la irrupción del turismo extranjero (Sánchez-Biosca 2007; Ysàs 2007).
Sin embargo el aumento de las expectativas socioeconómicas de la población originó una conflictividad social generada en diferentes esferas (laboral, estudiantil, vecinal, parroquial), que coexistió con el respaldo mantenido al régimen por amplios sectores y con la apatía política de gran parte de la población (motivada en unos casos por el bienestar económico o las políticas de desideologización promovidas por los tecnócratas, y en otros por el miedo al eficaz aparato represor de la dictadura).
La conflictividad adquirió cierta relevancia y se tiñó de carácter antifranquista al poner en evidencia la falta de derechos fundamentales en España, contribuyendo a visualizar la brecha entre desarrollismo económico y ausencia de libertades, y acrecentó el descrédito de la dictadura en el exterior (Ysàs 2007; Sánchez Recio 2015).
Durante la década de 1950 y fundamentalmente la de 1960 se concretan dentro del sistema educativo franquista dos procesos íntimamente conectados con la trayectoria económica, social y política del régimen que hemos apuntado.
El primero es la expansión del bachillerato, el segundo, la voluntad de sustituir la concepción elitista y exclusivamente propedéutica de este nivel educativo, con la que fue concebido a mediados del siglo XIX, por otra tecnócrata, orientada por principios de igualdad de oportunidades y selección en función de aptitudes, más acorde con las políticas de neutralización ideológica y la aproximación a una economía capitalista (Puelles 2011; Viñao 2014).
Este cambio de orientación se fue asentando en sucesivas normas legales: creación del Bachillerato laboral (Ley de 16 de julio de 1949 de Bases de la Enseñanza Media y Profesional), Ley sobre Ordenación de la Enseñanza media de 26 de febrero de 1953 y planes de estudio de los decretos de 12 de junio de 1953 y 31 de mayo de 1957, Ley de 8 de abril de 1967 sobre Unificación del Primer Ciclo de la Enseñanza Media y su plan de estudios del decreto de 31 de mayo de 1967; y Ley General 14/1970 de 4 de agosto de Educación y Financiamiento de la reforma educativa (LGE) (Castillejo 2008).
La demanda social de la enseñanza secundaria experimentó una fuerte aceleración a finales de los años 1960 (Fig. 1), cuando las familias vieron en el acceso a este nivel de educación una posibilidad de mejora en las expectativas laborales de sus hijos.
Aunque el discurso oficial del régimen planteaba esta situación en términos de democratización, debe entenderse más bien como una extensión de la enseñanza a otras capas sociales (Escolano 2002; Castillejo 2008; Viñao 2011Viñao, 2014;;Tiana 2013).
El incremento del alumnado fue asumido por el sector público con la creación de centros docentes a partir de los años 1970 y el aumento de los ratios de alumnos por profesor y aula.
En un sistema donde la subsidiariedad a favor de la Iglesia Católica siempre fue la norma, la matrícula en centros públicos solo se niveló a la de los privados en esa década.
Saber que en el curso de 1967-1968 el porcentaje de población escolarizada a los 13 años en el bachillerato general o técnico era de un 26 % (Viñao 2011) sitúa estos datos en su verdadera dimensión.
La caída de matrículas en los primeros cursos de los años 1970 se debe a la reducción de cursos del bachillerato (BUP) (Viñao 2011) (Fig. 1).
La citada LGE fue un intento fallido de reestructurar todo el sistema educativo bajo los parámetros de la tecnocracia.
Era una ruptura con la segregación elitista del alumnado de bachillerato al integrar el antiguo bachillerato elemental dentro de la educación general básica obligatoria y gratuita hasta los 14 años diferenciándolo del superior, un bachillerato unificado y polivalente (BUP) que pretendía unir a su función de preparación para la universidad un carácter de formación técnico profesional (Escolano 2002; Viñao 2014).
Las causas del fracaso (el plan de estudios del BUP no se publicó hasta el Decreto de 23 de enero de 1975) residían tanto en el carácter antidemocrático del régimen como en el rechazo que generó en las distintas familias políticas del mismo.
La idea de la educación como servicio público frente al principio de subsidiariedad generaba rechazo en la Iglesia Católica, que además consideraba, junto con la extrema derecha, que la ley permitía el acceso al sistema educativo de principios materialistas y ateos.
Por su parte, los ideólogos falangistas veían que el mantenimiento de las prerrogativas de la Iglesia y el acceso a la subvenciones de la enseñanza privada afectaban al sector público, a la vez que les incomodaba la introducción de una didáctica que favorecía el activismo o la participación (Escolano 2002; Viñao 2014).
Una muestra de estas limitaciones es la política sobre los manuales de texto.
La introducción de cuestionarios en 1954 y 1957 no aligeró en modo alguno el control y censura previa de sus contenidos.
Centros y profesorado solo podían hacer uso de aquellos textos aprobados por el Ministerio de Educación Nacional (MEN) que ejercía su control sobre contenidos científicos, elementos pedagógicos y tipográficos.
Tampoco se introdujeron en la ley de 1970 medidas dirigidas a modificar esta voluntad de control, más allá de un uso tecnocrático del lenguaje mediante el empleo del término supervisión para remitirse a la necesaria aprobación ministerial (Montero y Holgado 2000; Puelles 2007).
El objetivo del artículo es aproximarse, a partir de un análisis bibliométrico, al proceso de consumo científico sobre el que se construyen los contenidos relativos al Paleolítico y la evolución humana en los MH y los MCN.
La hipótesis de partida es que dicha legitimación no procede solo del contexto científico, o al menos no es el más determinante.
Los indicadores bibliométricos son útiles para describir el desarrollo, estado y estructura de la actividad científica (Maltrás 2003).
Permiten evaluar el impacto que causa la variante objeto de medición a partir de datos de carácter estadístico e integrar los resultados en interpretaciones coherentes y sólidas relacionadas con la disciplina científica sometida al análisis bibliométrico.
De las distintas variables que podían haber sido objeto de cuantificación el análisis se centra en: citas a investigadores (nivel de uso, índice y nivel de visibilidad); referencias bibliográficas (nivel de uso, obsolescencia); e introducción de imágenes (nivel de uso, frecuencia, tipología).
Para el cálculo del "índice de visibilidad de investigadores" proponemos el logaritmo de las citas recibidas dado que el aumento de la visibilidad de un nombre no es lineal al número de citas recibidas, sino exponencial (López López 1996: 37).
Dicho índice informa sobre el manejo científico del manual del autor, su receptividad a determinados conocimientos científicos y la celeridad con la que accede a ellos o los difunde.
No obstante, la cita puede estar influida por múltiples causas (López López 1996: 65).
En nuestro estudio este índice se complementa con el rango de dispersión cronológica de las citas recibidas.
El "nivel de visibilidad" es el cómputo absoluto de citas recibidas por un investigador.
El "nivel de uso" corresponde al número tanto de citas a investigadores o referencias bibliográficas en un manual como al de las imágenes que incluyen.
Hemos establecido las ca-
Evaluación de los autores y editores de los textos
El porcentaje de autores y títulos que hacen su primera aparición en el mercado editorial en los años que comprende la muestra es más alto en los MCN (75 % y 77,27 %) que en los MH (54,16 % y 70 %).
Son valores que, en principio, apuntan a una renovación de los textos, pero que cruzados con el de las editoriales identificadas en la serie de los MH y los MCN (16,67 % y 5,88 %) muestran una continuidad en las empresas asentadas en este mercado.
Algunas como Vicens Vives, Anaya, Teide o Ediciones S.M., que reúnen títulos de ambas asignaturas, se imponen en los años 1970.
Junto a las posicionadas tradicionalmente en un catolicismo integrista y en la ortodoxia política del franquismo (caso de la editorial Luis Vives, antigua FTD de los Hermanos Maristas), conviven las que se mueven entre un catolicismo cercano a la democracia cristiana (S.M., Vicens Vives y Teide, Everest), o apuestan por una línea más liberal (ECIR, Santillana).
Casi la práctica totalidad de las ediciones menciona su carácter de texto aprobado por el MEN con referencia al boletín oficial donde figuran.
Es decir, el control de los textos se mantuvo hasta el final de la (MEC).
Es fácil relacionar esta decisión con las políticas de desideologización de los tecnócratas y su reflejo en el discurso y lenguaje oficial del régimen.
El grupo principal de autores de los MH y los MCN son docentes de la segunda enseñanza, fundamentalmente catedráticos de Instituto (42 % y 44 %).
Un porcentaje relevante de autores de los MCN son profesores no catedráticos (13 %), catedráticos universitarios (25 % y 9 %), licenciados (8 % y 19 %) o doctores (6 %) y un 9 % no indica su categoría profesional.
Este valor llega al 25 % de los autores de los MH.
El perfil ideológico de algunos de los autores va desde el compromiso más o menos explícito con el franquismo, hasta una adaptación pragmática a la transición y la democracia.
Existe de inicio un evidente sesgo ideológico motivado por la depuración política a la que este colectivo se vio sometido por el régimen al finalizar la Guerra Civil (Negrín 2005; Grana y Martín Zúñiga 2017).
Entre los autores de los MH (notas biográficas según Pasamar y Peiró 2002) destacamos a Antonio Rumeu (1912Rumeu ( -2006)), catedrático de Historia de España en la Universidad de Madrid desde 1950, y a Álvaro Santamaría (1917Santamaría ( -2004)), medievalista y catedrático de Instituto en Palma de Mallorca entre 1943 y 1970, ambos reconocidos franquistas pero que, a finales de los 1960, inician ese viraje hacia posiciones próximas a la fórmula de la monarquía parlamentaria.
En esa línea se sitúan Santiago Sobrequés (1911Sobrequés ( -1973)), medievalista, depurado por su pasado republicano, y catedrático en el Instituto de Gerona (1943), y Jaime Vicens Vives (1910Vives ( -1960)), también depurado y sancionado, que accede a la cátedra de Historia Moderna de la Universidad de Barcelona en 1948, desde donde se convertirá en uno de los principales impulsores de la renovación de la historiografía española.
Ambos se mantuvieron en la órbita del franquismo, pero alejados de los sectores falangistas y próximos a las posiciones de los tecnócratas sin renunciar a sus convicciones catalanistas en el ámbito de la cultura.
Otros autores que fueron depurados y confirmados en sus cátedras de Instituto son Juan Arévalo, Juan Tormo y Francisco Morote (Negrín 2005).
Entre los autores de MCN destaca la larga trayectoria de Salustio Alvarado (1897Alvarado ( -1981)), responsable del mayor números de títulos para la segunda enseñanza editados en España en el siglo XX (Gomis 2004a).
Ese año pasó a ocupar la Cátedra de Organografía y Fisiología Animal en la Universidad de Madrid.
Tuvo que defenderse de republicanismo (formó parte del Partido Republicano Ra-dical), de haber trabajado en la "zona roja", pues durante la guerra impartió clases en la Universidad de Valencia, y de otras conductas sospechosas, como el haber sido pensionado de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE).
Tras un proceso de depuración fue confirmado en su puesto docente, si bien permaneció inhabilitado durante un año para ocupar puestos directivos y de confianza (Claret 2006).
La misma sanción sufrió Florencio Bustinza (1902Bustinza ( -1982)), catedrático en los Institutos de Salamanca y Oviedo en 1926 y vinculado al Instituto madrileño Cardenal Cisneros hasta 1943 cuando obtiene la Cátedra de Fisiología Vegetal en la Universidad Central.
Curiosamente también fue pensionado de la JAE, una de la acusaciones más frecuentes en las depuraciones que conllevaban sanción (Grana y Martín Zúñiga 2017).
Destacan también por su larga trayectoria los nombres de Tomás Alvira (1906-1992) y Fernando Mascaró, rápidamente confirmados en su puesto (Negrín 2005).
El primero, catedrático en 1941 en el Instituto Ramiro de Maeztu, había abandonado España en 1937 y estuvo vinculado al Opus Dei desde sus inicios.
El segundo ejerció labores directivas en el Instituto Lope de Vega de Madrid, desde donde se opuso a las políticas educativas republicanas (Grana y Martín Zúñiga 2017).
Entre los historiadores que comienzan a ocupar las cátedras de Instituto a partir de la década de 1960 cabe citar a Juan Roig o Rosa Canadell y Montserrat Llorens, discípulas y colaboradoras de Jaime Vicens Vives.
Con todo, el principal elemento reseñable entonces es una progresiva sustitución de los textos de autor por otros realizados por equipos de docentes.
Este cambio de estrategia, que es más visible en los MCN (Tab.
Se ha señalado que es un reflejo más del contexto económico del tardofranquismo y del discurso tecnocrático pues visualiza, al modo capitalista, la especialización y división del trabajo (Castillejo 2009).
También en esas ediciones de los años 1970 las autoras de manuales adquieren por primera vez cierta visibilidad.
Se han detectado 166 menciones a 65 nombres, de las cuales 84 a 27 investigadores se han recogido en La media de citas por edición consultada es de 2,1 en los MH.
En los MH hay pocas ediciones con un nivel de uso alto.
El grueso es de uso bajo-medio.
En cambio el porcentaje de ediciones de MCN en un nivel de uso alto es algo más significativo y podemos hablar de un nivel de uso medio-bajo (Tab.
En los MH el índice de visibilidad del español M. Sanz de Sautuola y del francés J. Boucher de Perthes iguala o supera el valor 1.
Les siguen en puestos altos el francés S. Reinach y el belga Ph.
En cabeza de este grupo dominan los perfiles vinculados a la Prehistoria, la Arqueología y el Paleolítico.
La excepción es P. Teilhard de Chardin (1881-1955), a quien se relaciona en los textos con aproximaciones al tema de la evolución humana desde la Paleontología y la Filosofía, pese al interés por la Prehistoria que demuestra su participación en 1913 en las excavaciones de H. Obermaier en la cueva de El Castillo entre 1910-1914.
Entre los diez primeros el francés Breuil es el único investigador citado también en los MCN.
El porcentaje de investigadores con un índice de visibilidad nulo es alto (55,55 %), siendo los niveles bajo y medio las categorías mejor representadas.
Tienen escasa visibilidad prehistoriadores españoles, como L. Pericot García y, sobre todo, M. Almagro Basch, que habían marcado en el franquismo la dirección científica e institucional de la disciplina.
Son significativas las ausencias de J. Martínez Santa Olalla y de P. Bosch Gimpera.
La del primero refleja su pérdida de influencia en el aparato científico e institucional de la arqueología española (Gracia 2009: 485-506).
La del segundo se debe a la condición de exilado, denostado por el régimen, al menos hasta el inicio de su política de aperturismo, por su pasado político republicano y nacionalista catalán (Gracia 2009: 512; Cortadella 2014).
El total de citas detectadas en los MH nos revela diferentes contextos temáticos.
Por orden de importancia los autores se asocian a: contenidos sobre arte rupestre; referencias bibliográficas; lecturas sugeridas para ampliar conocimientos; estudios pioneros sobre la disciplina; evolucionismo aplicado al origen de la humanidad, y avances en la Paleoantropología, estos últimos muy interesantes por su novedad (Fig. 2).
El perfil de los investigadores citados, según nuestro criterio a partir de sus trayectorias académicas, nos remite en los MH a prehistoriadores y arqueólogos.
Por detrás figuran historiadores del arte, relacionados con el amplio desarrollo de las lecciones sobre arte rupestre, incluido en las grandes obras y tratados de Historia del Arte.
Hemos diferenciado a paleoantropólogos, especializados en el estudio de restos fósiles humanos, de antropólogos, interesados en los aspectos biológicos y sociales del ser humano; y a paleontólogos, centrados en el estudio de seres orgánicos desaparecidos a partir de sus restos fósiles, de biólogos que investigan a los seres vivos desde otras perspectivas (estructura, funcionamiento, evolución, distribución y relaciones).
De la misma manera hemos distinguido geólogos de naturalistas para incluir en este último grupo a aquellos investigadores que se relacionaron además de con la geología con otras ramas de las ciencias naturales.
La aparición de geólogos y biólogos responde a una reentrada del evolucionismo (ausente durante todo el franquismo) en la temática del origen de la humanidad en En los MCN el índice de visibilidad de los nombres mencionados iguala o supera el valor de 1 en dos casos: J. B. Lamarck y Darwin que encabezan esta clasificación (Tab.
Los investigadores con un índice de visibilidad nulo llegan al 71,43 %.
Según el criterio de nivel de visibilidad domina el nivel bajo (Tab.
Los paleontólogos y biólogos, casi todos relacionados con el evolucionismo (cuyo rango de dispersión de citas es muy relevante) (Tab.
4) superan a los prehistoriadores.
El total de citas en MCN muestra la desconexión con los contenidos temáticos en MH, donde el primer lugar lo ocupaba el arte rupestre (Fig. 2).
En los MCN las citas a estudiosos del arte se limitan al pie de alguna ilustración.
Aquí suelen aparecer también investigadores asociados a la presentación de las teorías evolucionistas y, en ese contexto, a explicaciones particulares sobre el origen de las especies, seguidas de las del origen del "hombre".
La vinculación de nombres a las demás temáticas es menor (Fig. 2).
Están representadas 10 nacionalidades, en general europeas, pero también de Australia y EEUU.
Quizás se deba al poco peso de la investigación española en la paleoantropología vinculada al origen de la humanidad.
Las referencias bibliográficas apenas se incorporan a los manuales: 17 a los de Historia y 16 a los de Ciencias Naturales (0,42 y 0,55 de media por edición consultada).
El 97,5 % de los MH y el 93,1 % de los MNC hacen un uso bajo o nulo de este recurso.
Los MH nos remiten a 12 publicaciones.
A Teilhard de Chardin se deben dos, solo una citada en manuales diferentes.
Llama la atención la presencia de dos citas a la Biblia como documento que aporta conocimiento válido para la reconstrucción del pasado de la humanidad (Tab.
En los MCN hemos identificado 13 publicaciones.
Solo El origen de las especies de Darwin (1859) es citado en más de un título, todos posteriores a 1975.
La fecha de publicación de la bibliografía referenciada, su edición en el extranjero, y en los MCN su temática (que
La categoría de nivel de uso medio domina en las imágenes de ambas series de manuales.
Pero que los MCN tengan más ediciones con un nivel de uso alto (Tab.
2) y valores de frecuencia de imágenes por página máximos (3) y mínimos (0,5) por encima de los registrados en los MH (1,87 y 0,28) apuntan a que en ellos se hace más uso de este recurso.
La tipología de las imágenes es la principal diferencia entre los MH y los MCN.
En los MH el arte rupestre destaca con claridad sobre las demás categorías.
En cambio en los MCN los contenidos textuales e imágenes de arte paleolítico suelen desaparecer (las de arte mueble son anecdóticas) (Figs.
En los MCN los grupos mejor representados son los fósiles humanos y las recreaciones de faunas cuaternarias, dado que claramente los contenidos están más relacionados con la historia natural del ser humano (evolución, hominización, paleoantropología) que con la cultural (tecnocomplejos, desarrollos tecnológicos, sociales, o intelectuales en el Paleolítico).
Otra prueba de ello es el aumento de las recreaciones de homínidos o la novedosa aparición de árboles de filogenia de los humanos, además de gráficos sobre diferentes aspectos del proceso de hominización.
Un buen número de imágenes comparan la estatura, la dentición o la capacidad craneal en los diferentes géneros y especies de las etapas de la evolución humana.
Una de las novedades de las ediciones de los MH de los años 1970, la incorporación del registro fósil africano, no tiene una correlación visible en las imágenes de los MH.
Solo hemos detectado una lámina (Tab.
1: Fernández García et al. 1975) donde es reconocible el cráneo australopiteco del niño de Taung junto a fósiles asiáticos (sinantropo) y europeos de H. erectus.
Éstos últimos (mandíbula de Mauer), junto a los cráneos neandertales (La Chapelle aux-Saints) y cromañones (Cromagnon), son los más representados.
En cambio en los MCN, las imágenes no se reducen a la reproducción sistemática de estos fósiles.
Las citas en el texto a fósiles africanos (australopitecos y H. habilis) se reflejan en sus imágenes.
Estas y las de los H. erectus asiáticos de Java y Chu-Ku-Tien están bien representadas en las ediciones de 1975 y 1976.
Esta situación se corrige en parte en los MH en la categoría de mapas donde por primera vez aparecen los continentes africano y asiático, precisamente para posi- 1976).
Otros asocian los movimientos de los tecnocomplejos Achelense y Clactoniense o del Paleolítico Superior con las tradiciones culturales que los pueblos paleolíticos desplazan por Europa, penetrando en la península ibérica.
La misma interpretación difusionista subyace en la dualidad geográfica-cultural, e incluso étnica, de la provincia francocantábrica y la levantina mediterránea del Paleolítico Superior.
Los mapas en los MCN son pocos y suelen recurrir a la extensión del glaciarismo cuaternario sobre Europa.
Solo en alguna edición de 1975 hay mapas de distribución de fósiles humanos europeos, africanos y asiáticos.
Las faunas cuaternarias son la segunda categoría en importancia en los MCN y tienen una sola imagen en los MH.
Se reiteran las especies extintas como el mamut, y en menor medida el oso de las cavernas o el rinoceronte lanudo pero en las ediciones de 1975 y 1976 se incorporan los simios antropomorfos, principalmente chimpancé y a veces el gorila.
Su fin es ilustrar aspectos anatómicos y conductuales relacionados con las formas humanas más antiguas (australopitecos y H. habilis), como p. ej. el uso de palitos para pescar termitas (Tab.
En líneas generales los contenidos tecnológicos y culturales están más desarrollados en los MCN en las imágenes que en los textos.
Es significativa la categoría de artefactos donde, como en los MH, el bifaz es el útil más representado, junto con los hendedores.
La novedad de las ediciones de 1975 y 1976 es alguna lámina con cantos tallados del olduvayense, bifaces del achelense africano y lascas que se asocian a Chu-Ku-Tien (Tab.
El utillaje musteriense ahora está mejor representado que en los MH.
Los tipos principales del Paleolítico Superior (foliáceos solutrenses y arpones y azagayas magdalenienses) se componen con los fundamentales del Paleolítico Inferior y Medio.
La legitimidad de los manuales de segunda enseñanza procede de su inclusión en una enseñanza reglada (Montero y Holgado 2000).
La incorporación al sistema educativo oficial pasa por filtros científicos y didácticos, pero en nuestra opinión, los sociopolíticos son los determinantes.
Indicadores bibliométricos como los que hemos analizado nos ponen en la pista de ese proceso de legitimación.
Nuestra intención en este apartado es doble.
El primer objetivo es aproximarnos a la orientación ideológica de los contenidos introducidos en los manuales y comprobar hasta qué punto esos indicadores nos permiten identificar discursos alternativos.
El segundo es explicar por qué en cierto punto al final del franquismo se favorece a uno de ellos.
Este objetivo exige valorar los resultados bibliométricos en el contexto historiográfico externo e interno de la disciplina científica con la que se relacionan, sin perder de vista las características y limitaciones de la fuente de donde proceden.
En nuestro caso es la trasposición didáctica de un conocimiento científico a una literatura específica: los manuales dirigidos a los alumnos que cursan la segunda enseñanza.
Según los resultados del análisis de los patrones de citación de investigadores y de referencias bibliográficas, los MCN en la década de los 1960 se desinteresan de los aspectos tecnológicos, culturales y sociales del Paleolítico para centrarse en los paleoantropológicos.
Estos suelen limitarse a una enumeración y caracterización mínima de los principales homínidos fósiles europeos.
Los perfiles de los investigadores citados, los pocos que son comunes (Tabs.
3 y 4) y los temas a los que se asocian (Fig. 2) ponen de manifiesto la desconexión temática entre los MH y los MCN.
Interpretamos así la nula visibilidad en los MCN de investigadores, como Obermaier, que habían marcado la dirección de la disciplina en España durante la primera mitad del siglo XX; de los que la lideraban desde entonces o de quienes habían pasado a ser referencia fundamental de la historiografía española, como Sanz de Sautuola, por otra parte el nombre con mayor índice de visibilidad en los MH.
Incluso las citas al estadounidense F. C. Howell no se vinculan a sus trabajos en el campo del Paleolítico Inferior (excavaciones en Torralba y Ambrona, Soria), sino en el de la hominización.
Es significativo que las escasas menciones a industrias o arte rupestre en los MCN se desplacen a los pies de ilustraciones.
Allí sí aparecen investigadores tan destacados como F. Bordes o D. de Sonneville, si bien nunca superan un índice de visibilidad nulo.
Se relaciona con la redistribución de contenidos para las asignaturas de Historia y de Ciencias Naturales en los sucesivos planes de estudio para el bachillerato, así como con la polémica ubicación de los estudios paleolíticos, consolidada antes de la Guerra Civil en el ámbito universitario de las humanidades (Moure 1996; Santonja y Vega 2002).
Hasta los años 1970 los contenidos paleoantropológicos o carecen de una explicación mínima acerca del origen de la humanidad, o está inmersa en un discurso creacionista.
La aproximación a este tema desde la Prehistoria o la Biología evolutiva pasó a ser problemática cuando la ideología nacional-católica se impuso al final de la Guerra Civil.
Los vencedores sometieron a la Universidad española a una depuración de ideas y personas que afectó gravemente en las décadas siguientes al desarrollo de la ciencia en España (Otero 2001; Claret 2006).
Entre las primeras se hallaba el evolucionismo.
La censura (y la autocensura) a la importación y edición de la obra de Darwin se mantuvo firme durante toda la dictadura, pese a la relativa apertura que supuso la Ley de Prensa e Imprenta de 1966 (Gomis 2017).
Este hecho prueba el peso ideológico que ejercían las estructuras sociales, institucionales, políticas y religiosas afines al franquismo.
Los patrones de citación de investigadores muestran como Darwin no aparece hasta los manuales editados en 1975 y 1976.
La novedad en las ediciones de los años 1960, frente a las del primer franquismo (Martos 2017), es su lenguaje pretendidamente desideologizado con empleo de imágenes y datos científicos.
El análisis bibliométrico nos ha permitido comprobar que en efecto las imágenes son un recurso de uso generalizado.
En el léxico abundan las expresiones de corte cientificista, como la reiteración de cronologías numéricas no bíblicas para el origen de la humanidad (que oscilan en estos textos entre los 500 mil al millón de años) o la asociación constante de términos geológicos (Cuaternario, Pleistoceno) a la aparición del "hombre", al tiempo que se omite el de "creación".
El discurso puede rastrearse en manuales pertenecientes tanto a editoriales próximas a un catolicismo integrista como Edelvives (Tab.
Son recursos que deben ponerse en relación con un lenguaje tecnócrata que pretende desideologizar discursos con el uso de datos científicos en los contenidos textuales y paratextuales.
1: Roa y Yus 1976), y casi todos los MCN introducen el evolucionismo como teoría científica que explica el origen y diversidad de la vida en el planeta, y por tanto del "hombre", omitiendo los puntos de vista creacionistas (Tab.
Muestras de este cambio de orientación en el discurso son la aparición de Darwin entre los nombres citados en los MH y su alto índice de visibilidad junto con Lamarck en los MCN, donde detectamos las primeras alusiones al Origen de las especies (Tab.
Pero estos mismos indicadores nos ponen en la pista de manuales con un evolucionismo "moderado" donde sobrevive un trasfondo creacionista (Tab.
Admiten que el origen de la humanidad se aborde desde el seno de la teoría evolutiva siempre que se diferencien los aspectos paleontológicos y biológicos (materiales) del elemento espiritual, que es singular del "hombre" (Tab.
1: Arbosa y Nogueira 1975, 1976), el cual, como ser creado y formado por Dios, posee una inteligencia y voluntad que le diferencian del resto de los animales (Tab.
La idea se acerca a la que mantenían los naturalistas del siglo XIX defensores del reino hominal (Gomis 2004b) y conlleva el rechazo de cualquier enfoque evolucionista ajeno a la participación divina.
Las aproximaciones finalistas formaban parte del discurso científico de relevantes paleontólogos españoles de la postguerra, caso de M. Crusafont y B. Meléndez, ambos activos aún en los años 1970 (Arsuaga 2004).
Éste último, y sobre todo Teilhard de Chardin, se detectan en el análisis de citas (Tab.
1: Llorens et al. 1975 En las décadas previas a los años 1970 tienen lugar nuevos descubrimientos paleoantropológicos, básicamente en África.
Ellos, junto con el desarrollo de sistemas de datación numéricos, abren la puerta a interpretaciones evolucionistas del origen de la humanidad en los manuales de segunda enseñanza.
El análisis de los patrones de citación nos ha permitido comprobar que, con índices de visibilidad bajos, los protagonistas de los hallazgos africanos (R. Dart, L. Leakey y M. Leakey), los fósiles (australopitecos, H. habilis) y los yacimientos (Olduvai, Swartkrans, Taung) empiezan a introducirse en los textos e imágenes, principalmente en los MCN publicados en 1975 y 1976.
Los contenidos sobre evolución humana dependen en gran medida de las publicaciones dirigidas al mundo universitario y a la alta divulgación.
Nuevamente los patrones de uso de bibliografía nos llevan a textos como el de W. E. Le Gross Clark en el ámbito internacional o de E. Aguirre en el nacional (Tab.
Este último ya había publicado a mediados de los 1960 junto con Meléndez y Crusafont un libro (La Evolución, 1966 Biblioteca de Autores Cristianos) que contribuyó de forma decisiva a la introducción de una temática problemática en amplios sectores académicos, religiosos y políticos del momento (Morales 2002).
Los taxones involucrados en la aparición y evolución de las líneas que conducen a la rama Homo se suelen acompañar de advertencias al desconocimiento de la identidad de los posibles ancestros directos y de sus relaciones filéticas (Tab.
En realidad sus índices de visibilidad son nulos o escasos hasta llegar al grupo de los australopitecos.
Algunos textos introducen el término "hominización" para referirse al proceso evolutivo que hizo posible el paso de especies no humanas al "hombre".
Se describe como un fenómeno sumamente dilatado en el tiempo, iniciado en el seno de los primates en algún momento del Plioceno, que funciona de forma lenta y progresiva.
No obstante, la discontinuidad del registro fósil y la imprecisión de las cronologías numéricas son argumentos manejados en algunas ediciones para mantener un discurso creacionista, calificando de hipótesis no comprobada la existencia de un ancestro común para simios y huma- (Tab.
Estos textos recurren también al uso de aparato científico visual con el fin de neutralizar la carga ideológica de su discurso como gráficos comparativos sobre diferencias entre capacidades craneales, dentición o anatomía ósea, entre otros aspectos, de diferentes homínidos y/o grandes simios.
Los contenidos sobre filogenia tienen en general poco texto y se desplazan a los recursos paratextuales.
Las ediciones de los años 1975 y 1976 introducen árboles evolutivos tanto monocentristas (lineales y ramificados) como poligenistas.
La mayoría de las ediciones incluye los australopitecos en el grupo de los homínidos.
Sin embargo, la norma es presentarlos como una rama lateral extinta de la evolución de los homínidos (Tab.
Dentro del género Homo los habilis se incluyen como primeras formas, pero son los erectus los que centran la atención de los manuales.
Este grupo comprende en la mayoría de los textos a las formas asiáticas (Pithecanthropus erectus de Java, Sinanthropus pekinensis de China) y europeas (heidelbergensis) con fechas en torno a los 500 mil años.
Aparecen en ocasiones como ancestros directos del hombre actual (Tab.
Se remite invariablemente al contexto europeo para fechar el inicio del Paleolítico (500 o 600 mil años).
La dureza del entorno se asocia en los textos de los 1960 a una vida difícil, mísera.
Los grupos equipados con una tecnología muy elemental, cuyo progreso es muy lento, se enfrentan a los peligros de la megafauna entre otros depredadores, obligados a sobrevivir de la caza y la recolección y a practicar el nomadismo.
Los manuales se interesan sobre todo por los aspectos tecnológicos: evolución de las técnicas de talla, los tipos y las materias primas.
No son una novedad las alusiones al desarrollo progresivo de capacidades simbólicas desde el Paleolítico medio (enterramientos, antropofagia) hasta alcanzar su estado pleno en el Paleolítico Superior (arte) (Tab.
Las cifras, como p. ej. las que se proporcionan acerca de la esperanza de vida en el Paleolítico (Tab.
1: Tormo et al. 1969Tormo et al., 1970)), dotan de apariencia científica a los contenidos y responden al gusto tecnócrata por la neutralidad del dato científico.
En la misma pretendida clave de desideologización interpretamos la generalización de las fotografías para acompañar a los textos en manuales de los años 1960.
Ello no siempre excluye la expresión explícita de la ideología del autor.
Así solo la inteligencia con que dotó Dios al "hombre" haría posible su éxito al enfrentarse al medio y las faunas.
Otro ejemplo son los manuales de A. Rumeu.
En un léxico nada neutral desde el punto de vista ideológico, se habla de la formación del pueblo español llevando al Paleolítico la idea de la unidad étnica en el origen de la nación
Abandono de las influencias africanas.
La coexistencia de industrias con bifaces y de otras con lascas en el territorio europeo siguiendo las oscilaciones temporales de los ciclos glaciar/interglaciar se entiende como alternancia de técnicas y no de culturas (= grupos étnicos) diferentes.
El Achelense se asocia a las hachas de mano.
El Paleolítico medio adquiere visibilidad como sinónimo de Musteriense asociado a los neandertales.
En 1975 y 1976 comienzan a aparecer referencias a las industrias africanas olduvaienses y achelenses.
Las referencias fósiles más antiguas para la península ibérica son Gibraltar, Bañolas y Furinha.
Se identifica con el tipo humano cromañón.
Se asocia al máximo glaciar y a la ocupación de cuevas.
El éxito de las sociedades del Paleolítico Superior se hace recaer en el desarrollo tecnológico.
La subsistencia se vincula a la caza, la pesca y la recolección.
Menor grado de nomadismo que en el Paleolítico Inferior y mayor territorialización de los grupos.
Desarrollo del arte y las creencias religiosas.
El cambio climático que da entrada al Mesolítico se interpreta como el desencadenante de la decadencia de las sociedades cazadoras del Paleolítico Superior.
Aparición anecdótica en MCN.
El arte mueble recibe escasa atención y en muchos manuales el epígrafe de la lección recibe el título de "Arte rupestre".
La única interpretación del arte lo relaciona con creencias religiosas.
Las alusiones a la polémica en torno al descubrimiento de las pinturas de Altamira carecen de connotaciones patrióticas salvo en algunas ediciones firmadas por autores abiertamente franquistas.
Francocantábrico y levantino son tratados como dos estilos o provincias artísticas contemporáneas En ediciones de los años 1970 se detectan dos opciones alternativas: (i) situar el levantino como una manifestación artística paleolítica tardía, y (ii) desplazar su origen al Mesolítico y su desarrollo hasta el Neolítico.
Así rechazaban o matizaban las influencias africanas en el paleolítico español del mismo modo que lo hicieron arqueólogos afectos al régimen como Martínez Santa Olalla en su formulación ideológica y Almagro Basch en la científica (Estévez y Vila 2006).
En algunas ediciones de los 1970 se introducen contenidos que apuntan a un nuevo discurso.
Aunque excepcionales, se hacen eco de interpretaciones que venían renovando la Prehistoria desde los años 1960, principalmente de la mano de la "Nueva Arqueología" anglosajona.
P. ej., se conectan las estrategias de subsistencia o el control de los recursos por los grupos humanos y el tamaño de los territorios o el grado de nomadismo (Tab.
La caza aparece en estos manuales como una actividad con más peso en el progreso tecnológico y social de los grupos paleolíticos que otras como la recolección.
Ello se relaciona con la difusión alcanzada en esos años por las teorías relativas a la vida de los grupos de cazadores recolectores del presente y del pasado.
Pensamos en trabajos como los recopilados en el congreso que R. Lee e I. DeVore (1969) coordinaron o libros de divulgación científica como el de R. Ardrey (1976) del que se publicaron seis ediciones hasta 1978.
Nos sorprende la ausencia de una interpretación tan sugerente como la popularizada por Howell (1965) en los años 1960 para el yacimiento de Torralba como cazadero de elefantes.
El índice de visibilidad de Torralba y Ambrona no es relevante.
Solo hemos detectado un MCN, donde se usa esta potente interpretación (Tab.
1: Fernández-Galiano y Ramírez 1975), y una cita a Torralba y San Isidro como campamentos de cazadores de elefantes en un MH (Tab.
Los indicadores bibliométricos analizados sugieren que mediados los 1970 conviven por primera vez MH y MCN con diferentes enfoques científicos e ideológicos.
En manuales editados en 1975 y 1976 relacionados con el origen y la evolución de la humanidad hay discursos creacionistas, o permisivos con un evolucionismo mitigado de corte finalista, junto a otros neodarwinistas.
El análisis de citas detecta en esos años nombres asociados al creacionismo como G. Cuvier, A. d'Orbigny o al evolucionismo finalista como Teilhard de Chardin.
El evolucionismo teísta se mantiene fuerte en las instituciones científicas españolas (Blázquez 2011) y también en el contexto político y social.
La influencia de la Iglesia Católica, que ya ha pasado por el Concilio Vaticano II (Castillejo 2015) legitima este discurso católico.
Un ejemplo es la edición todavía en 1976 del MCN de T. Alvira (Tab.
1), un pedagogo vinculado al Opus Dei.
El discurso alternativo, procedente del neodarwinismo y la teoría sintética de la evolución (Ayala 1994), legitimado por el contexto científico, se impone cuando se inicia la desintegración de la dictadura.
Los patrones de citación de autores y referencias bibliográficas indican que solo entonces aparecen en los textos biólogos evolutivos históricos como Lamarck, A. R. Wallace, Darwin, E. Haeckel, de Vries, e incluso contemporáneos como E. Mayr.
La LGE de 1970 había abierto esta posibilidad al contemplar la perspectiva evolucionista en la materia y en los cuestionarios oficiales de Ciencias Naturales (Blázquez 2011).
Su materialización ocurre en los años finales de la dictadura cuando las transformaciones sociales, políticas y económicas que apuntábamos al inicio habrían incorporado ideas extrañas al nacional catolicismo, más allá de la desideologización y búsqueda de neutralidad (uso generalizado de imágenes e incorporación de datos científicos) que promovieron los tecnócratas.
Estas transformaciones también explicarían la visibilidad de enfoques novedosos del Paleolítico en manuales de los años 1975 y 1976.
La coexistencia de discursos diferentes, desde el creacionismo al evolucionismo, legitimados desde el momento en que todos los manuales cuentan con reconocimiento oficial demuestra, en nuestra opinión, lo difícil que era superar filtros políticos, religiosos, sociales, más refractarios que los científicos.
Tal vez se concediera a los primeros mayor legitimidad en la transposición didáctica de los contenidos científicos al ámbito de la educación escolar.
Una vía interesante, que excede lo que aquí nos hemos propuesto, sería explorar qué editoriales y manuales, y por tanto qué discursos, fueron los realmente adoptados como textos en los diferentes centros públicos y privados a lo largo de estos años.
A los revisores anónimos que han contribuido a mejorar este artículo, y a los editores de la revista.
Uso de referencias a investigadores en MH Uso de imágenes en MH |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Presentamos los resultados del estudio de la industria lítica del nivel d del abrigo de Peña-14 (Biel, Zaragoza).
El análisis tecnológico y de materias primas efectuado permite una reconstrucción completa del sistema de producción lítica.
Los resultados remiten a dinámicas tecnológicas propias del Epipaleolítico (aprovisionamiento local, simplificación tecnológica, predominancia del utillaje microlaminar...), adscribiéndose más concretamente al Sauveterriense.
En este sentido, el presente trabajo ofrece nuevos datos sobre el desarrollo de este complejo en el noreste de la península ibérica, planteando nuevas cuestiones sobre su enmarque cronológico, características industriales, y su vinculación con las tradiciones previas y vecinas.
La transición Pleistoceno/Holoceno viene siendo objeto de gran interés en la investigación prehistórica de la península ibérica.
Se trata de un periodo de complejo análisis, conservado en escasas secuencias arqueológicas.
Son varios los registros que presentan procesos erosivos, caídas de techumbre de los abrigos o abandonos del lugar que coinciden con el desarrollo del Dryas reciente y/o los primeros momentos del Holoceno (Vaquero et al. 2004 Trab.
La concreción temporal resulta a su vez compleja, al haber mesetas radiocronológicas en la curva de calibración que disminuyen la precisión de las dataciones calibradas (Williams 2012).
Todo ello dificulta el análisis de los cambios tecnológicos.
La primera mitad del Preboreal registra el final del Aziliense o Epimagdaleniense y el inicio de las primeras evidencias del Mesolítico de muescas y denticulados (Soto et al. 2016).
El cambio tecnológico es notable y motiva la distinción entre industrias epipaleolíticas e industrias mesolíticas.
Entre ambas tradiciones, se halla el Sauveterriense.
Sin embargo, es un complejo escasamente estudiado, siendo complicado en la actualidad evaluar las consecuencias de su implantación.
Las novedades más sustanciales del Sauveterriense están en los proyectiles, destacando la incorporación de microlitos geométricos y ciertas modificaciones en la configuración de los dorsos (Román 2012; Soto et al. 2015).
En menor medida, en distintos contextos se han reconocido cambios en las estrategias de abastecimiento de las materias primas (Mangado et al. 2005; Martzluff 2009) o en las dinámicas de talla (Domènech 1998; Soto 2015).
En este sentido cabe preguntarse si los conjuntos sauveterrienses implican o no la adopción y desarrollo de nuevas dinámicas tecnológicas.
El objetivo del presente artículo es ofrecer nuevos datos que permitan avanzar en estas cuestiones.
Para ello exponemos los principales resultados derivados del estudio tecnológico del nivel d del yacimiento de Peña-14 (Biel, Zaragoza).
Peña-14 es el nombre de una roca arenisca de grandes dimensiones localizada 1 km al sur de la localidad de Biel.
El depósito arqueológico se adosa directamente a su cara oriental (Fig. 1).
En concreto el abrigo, sin visera en la actualidad, está ubicado en una ladera -a salvo de inundaciones entre las terrazas 1 (+2 m) y 2 (+30 m) del Arba de Biel que corre a escasos metros de distancia-, a unos 750 m de altitud, en el piedemonte de la Sierra de Santo Domingo, cuando su enérgico relieve calizo da paso al suave paisaje del somontano de Cinco Villas.
El régimen de lluvias actual supera al existente en los valles vecinos que enmarcan por el este y el oeste el Arba de Biel.
La excavación de Peña-14 en 1999 inicia un amplio proyecto de investigación sobre la prehistoria del curso alto del Arba de Biel, que ha llevado a localizar y excavar otros 4 yacimientos: Legunova, Valcervera, Rambla de Legunova y Paco Pons.
Las cinco secuencias estratigráficas cubren algo más de 10.000 años entre el final del Pleistoceno y el Holoceno medio, desde el Magdaleniense Superior Final (MSF) del nivel q de Legunova hasta el Calcolítico funerario del nivel 1 de Paco Pons, cuyas adscripciones culturales se apoyan en un elenco de hasta 39 fechas radiocarbónicas (Montes et al. 2016).
La estratigrafía de Peña-14 comprende 7 niveles (Fig. 2), siendo 3 arqueológicamente fértiles.
La apertura hacia 1920 de la actual carretera A-1202 destruyó buena parte de la extensión original de la ocupación prehistórica, por lo que la zona excavada consiste esencialmente en una franja alargada de unos 11 m de longitud por apenas 2 m de anchura, adosada a la pared del abrigo rocoso.
De más antigua a más reciente, la secuencia arranca con dos capas estériles, de posible aporte fluvial, en una época previa al encajamiento del actual curso del Arba, que correría entonces más cerca del yacimiento: "niveles f" (limos arcillosos de color amarillo) y "e inferior" (gravas englobadas en una matriz limo-arenosa amarilla, muy compacta y cementada).
A partir de aquí el relleno parece tener un origen mixto, con aportes de ladera y eólicos: la primera capa, el "nivel e" (limos finos amarillentos, estériles), se dispone directamente sobre las gravas de "e inferior" o sobre la roca madre.
De forma general, la superficie de este "nivel e" es más baja en la parte central y más alta en los extremos septentrional y meridional del yacimiento, por lo que las capas arqueológicas se acuñan en los límites de la zona excavada.
La ocupación más antigua del yacimiento es el "nivel d", sauveterriense: en la parte sur del abrigo estaba separado de la siguiente capa fértil, el "nivel b" (Mesolítico de denticulados), por un estrato estéril amarillento, el llamado "nivel c".
En la parte central y septentrional un derrumbe parcial del techo/pared de arenisca compactó los niveles, diluyendo el color amarillo de la capa estéril y dificultando la individualización de los sedimentos grises de los niveles "d" y "b".
La última ocupación humana del abrigo se corresponde con el Mesolítico geométrico: se trata de una capa ("nivel a") que aparece restringida a la zona sur, aprovechando la única zona habitable tras el mencionado derrumbe del techo, que en esa parte meridional diseminó una fina capa de plaquetas y clastos sobre los que se asentaron esos últimos grupos cazadores-recolectores.
Por encima de toda la secuencia se desarrolla un "depósito de ladera", de color amarillento y carácter estéril, aunque engloba algún elemento disperso aportado quizás por arrastre desde otras capas posteriores ya desmanteladas o desde la ladera superior.
Para una nueva tanda de análisis aplicando la técnica AMS se seleccionaron dos muestras de fauna del nivel sauveterriense.
Una no contenía colágeno suficiente.
La horquilla de la calibración recoge precisamente el tránsito Pleistoceno -Holoceno, y encaja plenamente con las condiciones de aridez que persisten en el inicio del Holoceno (González-Sampériz et al. 2017) visibles en el registro polínico de Estaña, y a menor escala, en el propio análisis palinológico de Peña-14 (González-Sampériz 2004: 130-132; Montes et al. 2016: 137-138).
LAS ESTRATEGIAS DE PRODUCCIÓN DE LA INDUSTRIA LÍTICA
Se han recuperado un total de 6.475 restos líticos, de los cuales 56,5 % son esquirlas, lasquitas inferiores a los 10 mm de longitud y saltados térmicos.
El análisis tecnológico detallado del material restante identifica las diferentes fases del proceso productivo, confirmando el desarrollo de la actividad de talla en el propio abrigo (Tab.
El abastecimiento de las materias primas
La situación del abrigo de Peña-14 es ideal para el abastecimiento inmediato de recursos líticos.
Apenas a 1 km de distancia se hallan los conglomerados de Las Lezas2, formación que incluye nódulos de sílex originados en un medio sedimentario marino, cuya aptitud para la talla es media/buena.
Los nódulos van de 50 a 150 mm de diámetro, predominando los primeros.
Su cromatismo varía: tonos gris-amarillentos, y en menor medida negruzcos y rojizos/rosáceos.
El río Arba rodea la formación de Las Lezas erosionándola, permitiendo recoger nódulos dispersos en la glera del río aguas abajo.
En estos sílex, debido a procesos derivados de su inclusión en los conglomerados, son habituales las fracturas internas y los conos dur-Fig.
Arriba, corte estratigráfico del yacimiento de Peña-14 al concluir los trabajos en el 2000.
La fotografía inferior de la excavación en marcha muestra en los cuadros de la izquierda el color claro del nivel c entre los depósitos grisáceos de los niveles b y d (excavados en 1999).
En la zona septentrional, recién excavada, ambos niveles se suceden sin cambio evidente, comprimidos por la enorme roca desprendida de la pared del abrigo (en color en la versión electrónica).
La explotación de cuarcita es testimonial: apenas un 1 % de los restos líticos tallados.
Son en su mayoría lascas entre 30 y 60 mm de longitud.
Sería la explotación muy concreta de una materia que también puede obtenerse en la glera del Arba de Biel, desgajada de los conglomerados de Las Lezas.
Las dinámicas de producción
Las actividades de talla realizadas en el abrigo varían en sus objetivos y procedimientos.
Pero en térmi-nos generales, estos últimos se caracterizan por su relativa sencillez, predominando las dinámicas unipolares de corta duración.
El soporte original de buena parte de los núcleos es indeterminable por su explotación intensiva o problemas como las concreciones calizas, fracturas térmicas...
Cuando sí es discernible se aprecia el aprovechamiento de lascas (25 %) relativamente grandes y espesas (40 x 35 x 20 mm), nódulos o fragmentos de nódulos (14 %) y fragmentos no determinables (9 %).
Estos últimos son resultado de acciones de percusión, pero las numerosas fisuras internas suelen producir fracturas no controladas.
Junto a este proceder, es valorable el uso de la fracturación térmica.
El empleo del fuego para la apertura de rocas se ha propuesto en distintos yacimientos del Sauveterriense francés.
Las primeras referencias corresponden a los de Les Sanssonnet y Les Angles, al sureste de Francia.
G. Guilbert (2001) plantea en ambos contextos el empleo del fuego para la fracturación de bloques de manera rápida y sencilla.
Recientemente Visentin (2018) de superficies mates y superficies brillantes/grasientas, cambios en la coloración, la presencia de negativos de lascas parásitas...) no son siempre evidentes.
En cambio, cobran protagonismo la combinación de concavidades y convexidades en una misma superficie, la presencia de esquirlas parásitas en fracturas de morfología irregular, e incluso la formación de estrías junto al reborde del saltado.
En Peña-14 en un 15 % de los núcleos alguna superficie podría responder a una fractura por calentamiento previa a su explotación.
El juego de pátinas mate/brillo se ha reconocido en algunos núcleos, pero son más habituales las superficies que combinan concavidades y convexidades, o que muestran una fractura irregular con lasquitas parásitas (Fig. 3).
La adopción de esta estrategia implicaría un bajo control sobre los productos resultantes, y probablemente la generación de numerosos trozos desechables.
La disponibilidad en las inmediaciones de Peña-14 y de los sitios franceses de sílex en abundancia podría compensar las limitaciones del procedimiento desarrollado.
Cabe preguntarse si la fracturación térmica es intencional (introducción de los nódulos en el fuego para su apertura) o fruto del aprovechamiento de materiales abandonados y accidentalmente calentados.
Esta segunda opción no es descartable dado que el 40 % de los restos líticos presentan alteraciones térmicas notables (saltados y craquelados), fruto habitualmente de calentamientos no controlados y asociados a momentos de abandono del material.
Sin embargo, la carencia de este tipo de alteraciones en los núcleos anteriormente señalados los diferencia.
En este sentido, consideramos plausible la intencionalidad de la acción, aun sin descartar la otra explicación.
Se requieren trabajos específicos dado que ambas opciones implican interpretaciones distintas sobre las estrategias de abastecimiento como: búsqueda y selección de material fuera del yacimiento en la primera, o aprovechamiento y reciclaje de materiales disponibles en el abrigo en la segunda, tal y como se ha planteado en otros contextos próximos geográfica y cronológicamente (Vaquero et al. 2012).
En todo caso, lascas, nódulos o sus fragmentos apenas son acondicionados.
Ni es común el decorticado -el córtex se conserva en el 77 % de los núcleos y el 30 % de los restos líticos-, ni su preparación volumétrica.
Suelen aprovecharse superficies naturales como planos de percusión, bien sean de fractura natural (12,6 %) o térmica (15 %), de la cara ventral de una lasca (7 %) o de superficies corticales (4,6 %).
De hecho, el 5,5 % de las lascas y láminas presentan talones corticales-.
La superficie de talla tampoco recibe mayor atención.
Es habitual el inicio directo de la explotación tras extraer un primer producto cortical.
Lo evidencia la alta proporción de lascas y lascas-laminares corticales (32 %), junto a lascas corticales con un negativo en un lateral (10,4 %).
Las dimensiones medias de las piezas vinculadas al inicio de la explotación son reducidas (35-27 mm de longitud).
La escasa atención prestada al acondicionamiento inicial de los núcleos limita el potencial productivo de muchos de ellos.
Asimismo, el cuidado durante la explotación es escaso.
Se han recuperado cuñas, alguna tableta y crestas en bajo número (Tab.
Estas últimas, principalmente asociadas a acciones ocasionales de corrección de accidentes o de apertura de nuevas superficies, suelen ser parciales y con extracciones unidireccionales.
Los flancos son más habituales, vinculados al reacondicionamiento de la superficie de talla; su extracción se produce mayoritariamente desde el plano de percusión principal.
Las correcciones desde los laterales del núcleo, o desde un plano de percusión opuesto, son minoritarias.
En resumen, se trata de explotaciones de corta duración, con abandono temprano de los núcleos, y dos módulos de tamaño: longitudes medias-pequeñas (28-35 mm) predominantes y algunas matrices mayores (45-50 mm).
Las concreciones calizas, las fracturas no controladas provocadas por fisuras o imperfecciones de la materia prima, y los saltados térmicos son constantes entre los núcleos de Peña-14, limitando el análisis de hasta una cuarta parte de ellos (n=21) (Tab.
A estos se unen los abandonados muy al inicio de la explotación (n=13): fragmentos de nódulos en los que se observan una o dos extracciones, o incluso pruebas en distintas superficies del núcleo en la búsqueda de una distribución apropiada de los planos de trabajo.
La mayoría de los ejemplos analizables responden a procedimientos unipolares pero también los hay multipolares y con otras dinámicas de explotación:
Explotaciones unipolares semi-envolventes prismáticas (n=10) (Fig. 3).
Su estructura volumétrica es prismática rectangular o piramidal.
La superficie de talla aprovecha el plano con mayor potencialidad longitudinal, que el plano de percusión corta en un ángulo de 70-80o.
La única acción de preparación apreciable es la apertura de este último extrayendo una lasca cortical.
Los flancos laterales y posteriores mantienen el córtex.
Las series extractivas son unipolares y se desarrollan de manera semi-envolvente.
Las condiciones de talla se mantendrían extrayendo flancos, alguna cresta parcial y pequeñas lasquitas frontales en el plano de percusión.
La mayoría de los núcleos han sido abandonados por una pérdida del ángulo apropiado y la carena, así como por la aparición de imperfecciones en la materia prima.
No obstante, hasta en cuatro casos se observan reciclajes indicados bien por el inicio de nuevas series que dan al núcleo un aspecto multipolar, bien mediante percusión bipolar apoyada, dada la pequeñez de los núcleos.
Los productos principales son laminitas, lascas-laminares de pequeñas dimensiones o lasquitas, principalmente derivadas de las últimas series.
Explotaciones unipolares faciales (n=14) (Fig. 3).
Tienen una estructura volumétrica prismática cuadrangular en forma de cuña.
A medida que avanza la explotación se pierde carena y se reduce el plano de percusión, adquiriendo una composición bifacial.
Para su desarrollo se emplean lascas (en 7 casos), o trozos de nódulos con una morfología apropiada.
Como en el caso anterior, no son apreciables más acciones de acondicionamiento que la preparación del plano de percusión.
Lo configuran una o dos extracciones en ángulo cerrado (50-70o) con respecto a la superficie de talla.
Esta tiende a ser corta y ancha y se sitúa en la cara ventral en los núcleos sobre lasca, o sobre un plano generalmente sin decorticar.
La secuencia extractiva se ordena en series unipolares de desarrollo frontal.
Por lo general los núcleos se abandonan tras 2-3 series, aunque hay extracciones finales que rompen la dinámica principal.
El procedimiento se desarrolla sobre núcleos pequeños (32,5 x 36 x 23,5 mm de media), obteniéndose laminitas irregulares y lascas-laminares cortas.
Explotación unipolar semi-envolvente convergente (n=8) (Fig. 3).
La estructura volumétrica es prismática piramidal.
Se desarrollan sobre lasca (dos casos), o sobre trozos.
Sin fase de acondicionamiento, se aprovecha la morfología natural de los soportes.
El plano de percusión es la superficie ventral de la lasca o el plano de fractura.
La talla se desarrolla en la cara dorsal o en superficies en general sin decorticar.
La relación angular entre ambos varía entre los 60o y 70o.
La secuencia extractiva es unipolar semienvolvente.
Son explotaciones cortas (22 x 38 x 29 mm), de las que se obtienen pocas laminitas y lascaslaminares.
Su avanzado estado de explotación (28 x 28 x 28 mm) suele impedir identificar el tipo de soporte empleado.
Presentan más de dos planos de percusión, en las superficies más aptas del núcleo (con ángulos de 70-80o).
Las series extractivas se componen de dos o tres extracciones unidireccionales sobre la misma superficie, siendo muy probable que la mayoría responda al reciclaje de núcleos unipolares.
Se han englobado aquí procedimientos representados por pocos ejemplares.
Así, se han identificado en 3 casos explotaciones unifaciales.
Son núcleos sobre lasca, con dos o tres extracciones secantes y aisladas desde la superficie dorsal hacia la ventral.
Es una dinámica muy corta, que podría responder a una producción oportunista de pequeñas lascas.
En esta misma idea se clasifican 4 ejemplares: dos sobre trozo, donde se distinguen extracciones aisladas, uno de explotación bipolar apoyada sobre lasca, y otro sobre lasca de explotación en arista.
Destaca un núcleo de grandes dimensiones con fases distintas, asimilables a alguno de los procedimientos anteriormente descritos.
Finalmente, hay dos piezas bifaciales con extracciones opuestas desarrolladas sobre la misma superficie de talla.
Sin embargo, la superposición de las extracciones y el reflejado de las mismas plantean ciertas dudas sobre su interpretación como núcleo.
Analizando los negativos de los núcleos y los productos de acondicionamiento se observa que las dinámicas principales de producción iban dirigidas a la obtención de laminitas irregulares y cortas.
La colección es relativamente homogénea, dadas las dimensiones medias de los productos 26,7 x 10,7 x 2,8 mm. El grueso responde a laminitas de 20-25 mm de longitud y 10 mm de anchura, acompañada de láminas mayores (aprox. el 10 % de la colección), con una media de 30/35 x 15 mm (Fig. 4).
Las dimensiones de las lascas-laminares son similares a las de estas últimas.
Los atributos analizados no permiten una determinación clara de la técnica de talla.
En la gran mayoría de los productos laminares que conservan su parte proximal (n=451) el talón es rectilíneo unifacetado (55 %), habiendo en menor medida talones puntiformes (8 %) y lineales (14,6 %).
Un 8 % de los talones están machacados.
Las acciones de acondicionamiento de la cornisa son anecdóticas (abrasión en un 5 % de los efectivos), y los estigmas asociables con una u otra técnica escasos (formación de labio en un 6 % y puntos de impacto visibles y esquillamiento bulbar anecdóticos).
Estos rasgos y las características generales de la producción podría vincularse al empleo de percusión blanda, pero no se puede descartar el uso de otros procedimientos.
La producción de lascas es secundaria.
Los núcleos con negativos lascares son menos numerosos y parecen ajustarse a dinámicas de carácter coyuntural.
Sin em-bargo, la búsqueda de soportes cortos es intencionada, tal y como evidencia el reciclaje final de núcleos laminares.
Se han recuperado un total de 351 piezas retocadas o con macro-estigmas de uso y 36 microburiles.
Buena parte del material son soportes con retoques parciales y marginales que no terminan de configurar tipos específicos (Tab.
El resto del conjunto está compuesto mayoritariamente por proyectiles, raspadores y muescas y denticulados.
La colección se completa con muescas abruptas, buriles, truncaduras y un bajo número de piezas astilladas, raederas y un fragmento de perforador.
Finalmente hay un pequeño lote de indeterminados, constituido principalmente por fragmentos de piezas retocadas.
Para la elaboración de este material se han empleado principalmente laminitas (48 %), también lascas en una alta proporción (Fig. 5) y hasta en un 12 % de productos secundarios de talla (núcleos abandonados, productos de acondicionamiento, trozos e incluso una lasquita de reavivado y un saltado térmico).
Este cierto aprovechamiento de productos previamente desechados se advierte en 15 piezas realizadas en soportes quemados (n=10) y patinados (n=5).
El tipo de pieza retocada condiciona el empleo de uno u otro soporte así como sus dimensiones.
Las laminitas son mayoritarias (>80 %) entre los proyectiles, los productos vinculados a su fabricación y las trun-caduras.
Además se diferencian del resto de las piezas retocadas por la selección de las laminitas más pequeñas (Fig. 6), mientras para los raspadores, denticulados y piezas retocadas se emplean ejemplares más robustos y anchos.
Lo mismo sucede en la elección de las lascas para su retoque.
Habitualmente empleadas para la configuración del utillaje vinculado a actividades de transformación, en este caso las seleccionadas son más espesas que las lasquitas aprovechadas en la configuración de los proyectiles.
El recurso a soportes más Fig. 6.
Espesores de las láminas del abrigo de Peña-14 según el tipo retocado (en mm).
En recuadro gris la selección de las laminitas para la producción de los proyectiles.
P. piezas (con retoques continuos que no configuran ningún tipo específico).
Los círculos y asteriscos corresponden a ejemplares considerados atípicos estadísticamente dentro del conjunto analizado. robustos en la elaboración del equipamiento de fondo común se relaciona también con el aprovechamiento de los productos secundarios.
Descripción de los tipos principales
Las lascas y láminas retocadas (n=98) conforman el grupo más numeroso.
Muestran una notable variabilidad, pero se caracterizan por presentar retoques simples, muy marginales, en general compuestos por pocos levantamientos que no llegan a configurar ningún tipo específico.
Los proyectiles (n=70) son el segundo conjunto más numeroso (Fig. 7).
Incluye los dorsos no apuntados dadas su semejanza dimensional y morfológica con los apuntados y el reconocimiento, al menos en uno de ellos, de una fractura producida por impacto.
Sin embargo, se ha excluido un ejemplar cuyo mayor tamaño le desvincula de las características tecno-morfológicas y funcionales del resto de los efectivos tal y como se ha puesto de manifiesto en distintos contextos (Ibáñez y González Urquijo 1998).
Así pues, el grupo de los proyectiles estaría compuesto por dorsos apuntados (63 %), microlitos geométricos (24 %) y dorsos no apuntados (13 %).
La mayoría de estos últimos están realizados sobre laminita.
El retoque es abrupto, marginal y directo, conformando dorsos rectilíneos (6) y, en menor medida, sinuosos (3).
En un solo caso un extremo ha sido reforzado mediante retoques bipolares.
Los dorsos apuntados también están realizados sobre laminitas, salvo en 6 casos donde se emplean lasquitas.
Los tipos más habituales son puntas de dorso continuo (77 %).
Destacan las puntas de truncadura muy oblicua3, continua o parcial (14 %), y las puntas de dorso truncadas triangulares (9 %).
El retoque es abrupto, marginal y directo.
El recurso a la bipolaridad es anecdótico (en 4 casos), limitado además al refuerce del extremo apuntado.
Predomina la morfología curva (57 %) frente a la rectilínea (36 %) y sinuosa (7 %).
Hay fracturas asociadas a impactos (36 %).
Por último, se trata de piezas realmente pequeñas, todas inferiores a los 20 mm de longitud (13,8 x 5 x 2 mm de media), habiendo un 5 % por debajo incluso de los 10 mm.
Los microlitos geométricos, principalmente sobre laminitas, encajan perfectamente por dimensiones y modos de configuración con los dorsos descritos.
Se distinguen: 9 triángulos escalenos, 4 isósceles, 3 segmentos y 1 fragmento de triángulo, probablemente escaleno.
Todos ellos son pequeños (14,7 x 5,7 x 2 mm), sin sobrepasar los 20 mm. Asociados a su producción se han recuperado 36 microburiles.
También podría vincularse a esta técnica parte de las muescas abruptas identificadas: la selección de soportes es muy similar, y la muesca se configura mediante retoques abruptos marginales, creando una concavidad limitada.
Además, 4 casos con fractura transversal del soporte, muy próximo a la muesca, se asemejan a un microburil fallido.
El grupo de las muescas y denticulados (n=58) está conformado mayoritariamente por las primeras, exceptuando la presencia de 9 denticulados.
Entre las muescas predominan las laterales, presentando en un 8 % de los casos más de un filo retocado (asociación de varias muescas, independientes entre sí, o su combinación con raedera en filo opuesto).
Los tipos mayoritarios de raspadores (n=57) son los frontales (65 %), completándose con 18 con retoques laterales y 2 en hocico.
En otros 5 son observables muescas complementarias.
La mayoría están hechos sobre lasca (n=31), sin ser ejemplares especialmente cortos (30,4 x 22 x 7 mm).
Entre los tipos minoritarios destacan las truncaduras (n=16) y los buriles (n=13).
Hay 6 buriles sobre planos de fractura, 2 sobre retoque, 2 sobre paños laterales y 3 sobre planos naturales.
La mayoría son múltiples (n=8), con varios paños reiterativos sobre el mismo o en distintos filos, en general laterales.
Es recurrente el uso de retoques de paro (n=6), que también se reconocen en los recortes de buril recuperados (n=17), así como de preparación (n=4).
Realizados sobre lasca y productos de acondicionamiento se eligen soportes relativamente espesos (32,7 x 24 x 9,5 mm).
La producción de la industria lítica en el nivel d de Peña-14
En el abrigo de Peña-14 los trabajos de talla y producción del utillaje lítico iban destinados a una amplia gama de actividades.
Sus habitantes disponían en las inmediaciones de materia prima suficiente para satisfacer sus necesidades sin que su aprovisionamiento exigiera grandes esfuerzos de desplazamiento ni organización.
Casi la totalidad de la producción emplea el sílex de las Lezas, fácilmente accesible en el curso del río Biel a escasos metros del abrigo.
Sin embargo, su fácil recurso implicó la aceptación de las limitaciones que impone esta variedad en las que son habituales las fisuras internas, irregularidades e impurezas.
Entre los nódulos arrastrados por la corriente los ejemplares con buenas condiciones de talla son los menos.
Estas limitaciones no impidieron el normal desarrollo de la talla, asumiéndose e integrándose en la organización del proceso productivo.
El resto de las variedades silíceas identificadas están desvinculadas de las actividades de talla realizadas en el abrigo y por lo tanto de las estrategias de abastecimiento.
Probablemente formarían parte del equipamiento lítico que trasladaban a lo largo del territorio, en estrategias de anticipación a las necesidades (Mangado 2006).
El afloramiento de esas variedades alóctonas al sur del área que nos ocupa, en las llanuras en torno al valle del Ebro, vincula a los grupos humanos que frecuentaban el curso alto del Arba de Biel con esos territorios, donde la erosión y la actual estructura de ocupación del espacio dificultan localizar ocupaciones prehistóricas (Alday et al. 2018: 99).
Esta estrategia va en consonancia con las dinámicas de producción observadas que muestran una organización y desarrollo con requerimientos tecnológicos poco exigentes.
Ello no significa una ausencia de criterios tecno-morfológicos en los objetivos productivos, sino la aceptación de una mayor variabilidad.
Ciertamente, en Peña-14, a pesar de las características del sílex empleado, sobresale la ausencia o escasez de acciones de preparación y acondicionamiento de los núcleos.
El decorticado o la corrección de las imperfecciones de la materia prima apenas existen, siendo reseñable el posible recurso a la fracturación térmica para la apertura de los nódulos.
Asimismo, destaca el aprovechamiento directo de morfologías naturales, al emplear superficies ventrales de lasca o superficies de fractura como planos de percusión.
Las variadas dinámicas de talla identificadas en esencia responden a procedimientos similares, basados en dinámicas unipolares.
Sin apenas acciones de mantenimiento, presentan un corto recorrido, ejerciendo un escaso control sobre los productos resultantes.
A partir de los negativos de los núcleos se observan extracciones alargadas pero irregulares que conforman unos productos relativamente variables entre láminas cortas, laminitas irregulares y lascas-laminares.
La gestión de estos productos muestra la selección más cuidadosa y sujeta a criterios más restrictivos.
Así, los proyectiles se elaboran preferentemente a partir de las laminitas más pequeñas, y también de lasquitas.
Las diferencias morfológicas y dimensionales se superan mediante el retoque.
El resultado es un equipamiento cinegético con un alto grado de estandarización dimensional y morfológica.
El utillaje 'de fondo común' (principalmente raspadores, muescas, denticulados, piezas con retoques) está elaborado sobre lascas y láminas de mayor tamaño, con cierto aprovechamiento de los productos secundarios.
La alta proporción de lascas y láminas con retoques marginales que no configuran ningún tipo específico nos obliga a reflexionar sobre la potencialidad y versatilidad de los filos sin retocar y su incidencia en la gestión de la producción.
Desconocemos la cantidad de productos que fueron empleados en bruto pero, como se ha puesto en evidencia en otros contextos similares, podría ser cuantioso (Perales 2015).
Entre el alto porcentaje de lascas, láminas y laminitas no retocadas una parte importante sería usada en bruto, otra quizás como stock para usos posteriores, y una tercera se desecharía, abandonada como restos de talla.
Una aproximación, aun parcial, al material desechado, así como a su gestión permite intuir la entidad de ciertas actividades y su dimensión temporal.
Así, en el conjunto analizado es destacable la alta proporción de microburiles recuperados.
Ello demuestra la producción in situ de los proyectiles, así como una producción mayor que la recuperada en la excavación (Domingo 2009).
Otro tanto sucede con los buriles y los recortes de buril.
En esta misma línea, consideramos los procesos de reciclaje identificados.
Además de las reutilizaciones finales de núcleos agotados y de productos secundarios, se elaboran retocados sobre soportes patinados o con alteraciones provocadas por un calentamiento térmico no controlado (craquelado, saltados térmicos...).
Estas evidencias demuestran el aprovechamiento, tras cierto tiempo de abandono, de un material previamente desechado pero disponible en el propio abrigo, respondiendo a cierto grado de oportunismo, tal y como se ha señalado anteriormente.
Peña-14 y el Sauveterriense en el noreste peninsular
En la actualidad los yacimientos con conjuntos sauveterrienses son pocos (Fig. 1) y muchos menos aquellos con estudios detallados sobre sus características tecnológicas comparables con lo reconocido en Peña-14.
En el extremo oriental de la cornisa cantábrica el nivel II de la cueva de Ekain se clasificó pronto como azilo-sauveterriense (Merino 1984).
En el alto valle del Ebro se han adscrito al Sauveterroide el nivel VIb de Atxoste (Soto 2015) y provisionalmente el III de Socuevas (Alday y Cava 2009-2010).
También se han reconocido geométricos de tipo sauveterriense en los niveles 101 y 102 de Martinarri (Alday et al. 2012) y en el C de Berroberría (Alday y Cava 2006), yacimientos en proceso de análisis, que disponen de informaciones muy preliminares.
La situación es similar en el otro extremo geográfico.
Las industrias sauveterrienses Trab.
Recientemente, en la revisión de los materiales del nivel I de Balma del Gai, el reconocimiento en su extremo superior de microlitos geométricos (García-Argüelles et al. 2013) plantea la existencia de una ocupación sauveterriense tras la fase microlaminar.
Los primeros indicios publicados de Can Sadurní y Marge del Moro (Fullola et al. 2011) podrían sumárseles, todavía con reservas.
El desarrollo de este geometrismo es relativamente temprano, en comparación con el Sauveterriense del norte de los Pirineos, donde las primeras evidencias seguras se reconocen en la primera mitad del Preboreal (Visentin 2017).
En la vertiente sur, las referencias más antiguas provienen del yacimiento de Parco de la transición GI-1/GS-1 (Tab.
Las dataciones de Peña-14 y las informaciones preliminares procedentes de Socuevas apuntan asimismo a este comienzo temprano, en la primera mitad del Dryas reciente.
Todas coinciden con los últimos compases del Aziliense y Epimagdaleniense de sus regiones (Soto et al. 2016).
De hecho, en varias ocasiones se ha propuesto la vinculación de estos conjuntos del Dryas reciente a una fase avanzada del Epimagdaleniense, restringiendo el término Sauveterriense a las colecciones del Holoceno, que se hacen coincidir con el inicio del Sauveterriense francés (Román 2012; García-Argüelles et al. 2013).
Bajo esta perspectiva, en el Epimagdaleniense reciente se desarrollarían los primeros geométricos, siempre escasos, que darían pie al Sauveterriense posterior, caracterizado por un ligero incremento de los mismos.
En el estado actual de conocimiento, creemos difícil determinar la génesis de estas industrias.
Sin embargo, como argumentamos en los siguientes apartados, al menos en el caso de Peña-14, la entidad propia de sus dinámicas de talla y de sus proyectiles permite adscribirlo plenamente en el Sauveterriense.
Un segundo grupo de dataciones, conformado por las de Filador, Balma del Gai y las fechas más recientes del nivel Ia de Parco y el d de Peña-14, se concentra entre la segunda mitad del Dryas reciente y los inicios del Preboreal.
Finalmente, las ocupaciones en Atxoste, Ekain y Can Sadurní tienen lugar en una fase más avanzada del Preboreal, al igual que la de la parte superior del nivel III de Socuevas.
Los yacimientos de Martinarri, Berroberría y Marge del Moro se sitúan en el Boreal, en pleno desarrollo del Mesolítico de muescas y denticulados regional.
De hecho, en los dos últimos los microlitos geométricos aparecen con una industria característica de esta tradición pero, el carácter muy inicial de los estudios sobre ambos exige considerarlos con prudencia hasta disponer de más información.
Las estrategias de abastecimiento de las materias primas
El recurso a materiales locales a veces supone la talla de variedades de calidad media/mala, un comportamiento identificado en el noreste de la península ibérica durante todo el Epipaleolítico (Lacombe 2005; Mangado 2005; Tarriño 2006) 4.
La secuencia arqueológica de Peña-14 comienza con el nivel sauveterriense.
En cambio, en el vecino abrigo de Legunova, hay evidencias de ocupaciones durante los últimos compases del MSF (nivel q) y el Aziliense (nivel m).
En ambos momentos el sílex local de las Lezas es mayoritario, como en Peña-14, pero el peso de las variedades alóctonas es menor en el nivel más reciente, pasando de un 20 % a un 5 % (Montes et al. 2016) 5.
Así pues, esta menor representación de materiales alóctonos y el empleo mayoritario de lo local no parece variar entre las ocupaciones azilienses y sauveterrienses en el valle del Arba de Biel.
Una situación similar se produce en el alto Ebro en el abrigo de 4 Véase además nota 2.
En otras secuencias, sin embargo, entre los niveles epipaleolíticos anteriores y los sauveterrienses se acentúa el empleo de los recursos abióticos más inmediatos.
El yacimiento andorrano de Balma Margineda es un buen ejemplo.
En los niveles adscritos al Aziliense (c.10 y c.9 Aziliense antiguo; c.8 Aziliense clásico; c.7 Aziliense reciente) el empleo de rocas locales es mayoritario, lo que dada la disponibilidad geológica del entorno implica la incorporación de materiales alternativos al sílex.
Este comportamiento, ampliamente reconocido en otras secuencias del Aziliense pirenaico (Fat Cheung 2015), se acentúa en el Aziliense reciente (c.7), durante el Dryas reciente, y todavía más en los niveles sauveterrienses (c.6sup y c.6base) (Martzluff 2009).
La incorporación de nuevas variedades silíceas y rocas, con respecto a la fase previa, se produce también a partir del Dryas reciente en el nivel Ia2 de Parco (Mangado et al. 2005).
En términos generales los procedimientos observados en Peña-14 encajan en los parámetros tecnológicos habituales de las industrias de finales del Tardiglacial (Román 2015; Soto 2015, véase la bibliografía citada en ambos trabajos): a) interés por la búsqueda de productos alargados, especialmente de laminitas, aunque estas sean a menudo irregulares y cortas, próximas a lascas-laminares; b) microlitización; y c) simplificación en los procedimientos de talla, destacando el carácter unipolar de las explotaciones y su escaso acondicionamiento.
En general son explotaciones con desarrollos frontales y semi-envolventes que permiten obtener láminas y laminitas.
A veces se prepara un segundo plano de percusión, opuesto, para el mantenimiento, aunque en algunas secuencias se han reconocido explotaciones bipolares como tales (Domènech 1998; Soto 2015).
Las explotaciones sobre filo de lasca son también muy características.
Los desarrollos más o menos invasivos hacia la superficie ventral o dorsal buscan solo obtener laminitas.
En el estado actual de conocimiento, estas características generales parecen ser comunes también al Sauveterriense.
En los yacimientos del valle del Ebro con información tecnológica, como es el de Atxoste (Soto 2015) y Filador (Domènech 1998) dominan los procedimientos de talla unipolares, combinándose explotaciones sobre filo de lasca junto a dinámicas unipolares frontales y semi-envolventes.
Sin embargo, entrando en mayor detalle, ya señalamos ciertas dife-rencias tecnológicas entre los niveles epimagdalenienses y sauveterrienses de ambos yacimientos (Soto 2015).
Destacamos en el segundo, la desaparición de las explotaciones bipolares y el desarrollo de dinámicas más cuidadas, con cierto acondicionamiento previo y acciones de mantenimiento, así como una microlitización más acentuada.
A partir de estos datos, nos planteábamos si quizás la tendencia hacia una mayor simplificación en los procedimientos de talla que se viene observando desde el MSF y es característica de todo el Epipaleolítico, se vería, en parte, modificada durante el Sauveterriense.
En este sentido, las dinámicas observadas en Peña-14 ofrecen una nueva perspectiva al debate.
Al contrario de lo señalado en Atxoste y Filador, los métodos de talla llevados a cabo en Peña-14 se caracterizan por su simplificación tecnológica.
Esta se resume en un aprovechamiento máximo de las morfologías naturales, reduciendo al mínimo el acondicionamiento y mantenimiento de los núcleos.
Las explo- bién retenido en Atxoste.
Pero además, destaca en Peña-14 la ausencia de explotaciones sobre filo que hay en Balma Margineda.
En este sentido, aunque en Balma Margineda el Sauveterriense no se plantea como una ruptura tecnológica, su desarrollo supone un descenso de la producción de laminitas y en consecuencia de las explotaciones vinculadas a ellas (Martzluff et al. 2012).
Por último, cabe destacar el protagonismo de estas explotaciones sobre lasca, tipo núcleo-raspador, en el Sauveterriense del norte de los Pirineos.
Esta modalidad de talla que permite obtener laminitas cortas sin apenas acondicionamiento es ampliamente reconocida en los principales yacimientos de la época como Rouffignac, Fontfaurès (Davide 2018), o Poeymaü, pero también en secuencias más modestas, que responden a ocupaciones puntuales, como Bourrouilla (Dachary et al. 2013).
Como en el caso andorrano, dada la proximidad de Peña-14 a uno de los principales corredores de paso naturales de los Pirineos (valles del Gállego y Ossau), no son descartables las relaciones e influencias transpirenaicas.
Peña-14 encaja bien en las características del Sauveterriense del noreste peninsular atendiendo a los proyectiles.
Los microlitos geométricos son el 24 % de los proyectiles con un claro predominio de los dorsos entre el utillaje retocado vinculado a las actividades cinegéticas.
Esta misma situación se ha identificado en la mayoría de los registros con un mínimo de información disponible.
Así, el peso de los geométricos en el grupo de los proyectiles por lo general va del 18 % del nivel VIb de Atxoste (Soto 2015) o Balma del Gai a valores próximos al 30 % en Parco Ia2 o Filador 7 y 4 (García-Argüelles et al. 2013).
Valores en torno al 8 % se dan en el nivel II de la cueva de Ekain (Merino 1984).
Aquí además de los triángulos y segmentos aparecen tres rectángulos que, junto a alguna punta de dorso truncada, indicarían posibles influencias laborienses.
Balma Margineda está en el extremo contrario.
Los valores del geometrismo en el nivel c.6sup se parecen a los de los yacimientos surpirenaicos, sin embargo, en el c.6base los proyectiles de morfología geométrica son prácticamente la mitad del armamento (Martzluff et al. 1995).
Los triángulos en Peña-14 son más numerosos que los segmentos.
En Filador 4 o en Parco Ia2 por el contrario, se han contabilizado más segmentos (García-Argüelles et al. 2013).
Este aspecto, y el mayor o menor peso del tipo de triángulo, isósceles o escaleno, adquiere en el Sauveterriense francés un carácter crono-cultural (Valdeyron et al. 2009).
Sin embargo, la parquedad de la información disponible y por lo general, el bajo número de geométricos existente en cada uno de los conjuntos mencionados, desaconsejan este enfoque.
Cabe destacar que las dimensiones reducidas de estas piezas en Peña-14 se observan en otras colecciones -en Atxoste dimensiones medias por debajo de los 15 mm (Soto 2015), y en Balma Margineda menores de 20 mm siendo numerosas las piezas con una longitud inferior a los 10 mm (Martzluff et al. 1995)-.
Más relevantes son las características configurativas de los dorsos y puntas.
En un trabajo reciente, con resultados todavía provisionales, resaltábamos las semejanzas entre las puntas de dorso del nivel VIb de Atxoste y el d de Peña-14 (Soto et al. 2015).
Estaban fundamentadas en el predominio de los dorsos de morfología curva, el empleo mayoritario de retoques unidireccionales en su configuración, y las dimensiones reducidas (<20 mm de longitud).
Estos rasgos a su vez, se diferenciaban de las características de las puntas de dorso de los conjuntos azilienses y epipaleolíticos microlaminares del alto y medio Ebro, por lo general de mayores dimensiones y con un empleo más habitual de retoques bipolares (Soto et al. 2015).
Las tendencias entonces señaladas se confirman con los nuevos resultados obtenidos: unos proyectiles que destacan por su hipermicrolitismo y fina configuración.
Esta preferencia por los dorsos curvos y finos también ha sido reconocida en yacimientos de la zona levantina (Román 2012).
En las semejanzas entre ambas colecciones destacan entre los tipos minoritarios la presencia de puntas parciales o de truncadura muy oblicua y puntas de dorso truncadas triangulares.
Ambos tipos, pero especialmente el primero, están también en el yacimiento de Balma Margineda (Martzluff et al. 1995), aunque en mayor número y realizadas principalmente sobre pequeñas lascas.
En definitiva, se produce toda una serie de cambios configurativos y tecno-morfológicos en los proyectiles, que evidencian transformaciones que probablemente no se limitaron al ámbito estilístico.
Estas debieron conllevar implicaciones de distinto orden en el diseño global del equipamiento cinegético, que habrá que evaluar en un futuro.
La información disponible sobre el resto del utillaje retocado es muy escasa y la composición y peso de cada una de las categorías puede variar significativamente entre yacimientos según su funcionalidad, duración de la ocupación etc. Retenemos únicamente la reiteración de piezas con retoques que no configuran ningún tipo específico y raspadores, junto a un número muy desigual de denticulados, piezas astilladas y truncaduras.
Peña-14 constituye un avance en el conocimiento de las industrias del Sauveterriense de la península ibérica.
Por un lado, se ratifica el inicio temprano de esta tradición en el noreste peninsular.
Las dataciones inicialmente disponibles en Peña-14 apuntaban a una cronología antigua, de inicios del Dryas reciente.
Sin embargo, sus amplias desviaciones obligaban a ser cautos en su interpretación, a pesar de su coincidencia con otros contextos regionales como Parco o Socuevas dadas las desviaciones de las dataciones del yacimiento catalán y la provisionalidad de los datos del abrigo alavés.
La nueva fecha aportada en el presente texto, aunque más reciente, va en la misma línea, planteando el desarrollo de esta tradición antes del Holoceno.
Será de gran interés valorar en trabajos futuros el enmarque de este complejo en el desarrollo del geometrismo en el occidente europeo, sobre todo su vinculación con el Sauveterriense francés e italiano.
Por otro lado, se va definiendo el carácter particular de estas industrias y su individualización con respecto al Aziliense y Epimagdaleniense.
Este hecho es especialmente patente en los proyectiles, cuya identidad propia e inconfundible deriva del microlitismo exagerado de puntas y geométricos, del predominio de los dorsos curvos y del abandono de los retoques bipolares.
La organización general del sistema lítico del nivel d de Peña-14 prolonga las dinámicas tecnológicas del Tardiglacial.
El recurso a materiales locales y la simplificación de los procesos de talla, tan comunes y característicos en el Aziliense y Epimagdaleniense, siguen plenamente vigentes en el Sauveterriense de Peña-14, pero también en el de Balma Margineda.
Esto supondría cierta continuidad en la concepción del sistema lítico, del saber-hacer, en la que prima la simplicidad, vinculada a una menor rigidez de los criterios tecno-morfológicos buscados, que eclosionará con el desarrollo del Mesolítico de muescas y denticulados, tal y como se ha propuesto en distintas ocasiones (Martínez-Moreno y Mora 2009; Martzluff et al. 2012).
Ello no significa que no haya variaciones en los procedimientos y en las dinámicas de talla desarrolladas.
El peso que adquieren las explotaciones sobre lascas o la tendencia al empleo de ángulos cerrados en dinámicas de explotación faciales comienzan a advertirse como elementos comunes de esta tradición.
Sin embargo, la escasez de información disponible sobre la tecnología tanto del Sauveterriense como del Aziliense y Epimagdaleniense de la región exige cautela en la evaluación de estas cuestiones.
Lo que sí parece atisbarse es una cierta variabilidad tecnológica dentro del propio Sauveterriense peninsular.
Los proyectiles de las colecciones de Peña-14 y Atxoste son prácticamente iguales, mientras que los métodos de talla y la atención prestada al cuidado de las explotaciones presentan ciertas diferencias reseñables.
El desarrollo de estrategias distintas en este aspecto puede responder a motivos de distinta naturaleza, que habrá que valorar en el futuro. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
El presente trabajo tiene como fundamento empírico el análisis funcional, petrológico y tecnológico de los instrumentos de piedra pulida y biselada encontrados en los principales contextos funerarios y domésticos de las comunidades que vivieron en el nordeste de la península ibérica entre el final del V y principios del IV milenio cal ANE.
Los nuevos datos han permitido conocer en profundidad la gestión de las materias primas y el valor objetivo de los ítems estudiados, así como los procesos productivos en los que fueron utilizados.
Gracias a estos resultados hemos podido entender y explicar la variabilidad documentada en el registro desde un punto de vista sociológico.
Utilizamos el término "Horizonte de los Sepulcros de Fosa" para referirnos a una serie de comunidades establecidas en el nordeste de la península ibérica entre finales del V y principios del IV milenio cal ANE, que compartieron de forma sincrónica una serie de pautas y normas sociales vinculadas, fundamentalmente, al simbolismo de sus prácticas funerarias.
Desde los años 1980 los avances en la investigación de los grupos citados han sido importantes, aunque segmentarios.
Destacan los estudios arqueobotánicos ( 1; Antolín 2013), arqueofaunísticos ( 2; Saña 1994) y de artefactos (Blasco et al. 1998; Gibaja 2003; Masvidal et al. 2004; Oliva 2015), así como los trabajos Los artefactos pulidos y biselados en las comunidades del Horizonte de los Sepulcros de Fosa en el nordeste de la península ibérica a través del estudio petrológico, funcional y tecnológico*
En la última década se ha hecho especial hincapié en estudios de carácter más holístico, como los dedicados al radiocarbono4, la tecnología y funcionalidad lítica y ósea (Gibaja y Terradas 2012; Mozota y Gibaja 2015), la procedencia de materias primas (Terradas y Gibaja 2002; Terradas et al. 2014), la paleodieta (Fontanals 2015; Fontanals et al. 2017), las prácticas funerarias (Roig et al. 2010; Alliése et al. 2014; Martín et al. 2018;) y la presencia de jerarquías sociales y posible división sexual del trabajo (Duboscq 2017).
No obstante, aún no estamos en una fase de la investigación que nos permita iniciar un análisis homogéneo y sistemático de la realidad empírica para la creación de nuevos paradigmas interpretativos.
Hay claras deficiencias en la caracterización de los posibles modelos económicos basados en la identificación y estimación del peso real de las diferentes ramas productivas.
También faltan modelizaciones capaces de generar explicaciones fehacientes en torno a los procesos de distribución de elementos exógenos y locales.
En el presente artículo queremos contribuir a la aproximación holística a la que hemos hecho referencia analizando los medios de producción de las comunidades estudiadas e interpretando sus prácticas funerarias.
Centraremos nuestra atención en la gestión económica de los artefactos de piedra, pulidos y biselados (hachas, azuelas, azadas y raspadores), APB a partir de ahora.
El objetivo es identificar actividades y prácticas sociales normativizadas hasta ahora no documentadas mediante una caracterización sólida de los procesos productivos en los que estas herramientas participaron como objetos e instrumentos de trabajo.
Estos datos, llevados al mundo simbólico de lo funerario, nos ayudarán a detectar si los individuos encontrados en el registro tienen un acceso equivalente a los APB, a sus materias primas, su funcionalidad y características tecno-morfológicas.
Esta reconstrucción nos permitirá explorar las diferencias o disimetrías tanto en el interior de una comunidad como entre ellas, e interpretarlas en el caso de hallarlas.
En estos momentos carecemos de propuestas interpretativas basadas en un análisis amplio y metodológicamente adecuado para el conjunto de la realidad empírica disponible.
Para poder dar una nueva dimensión a los artefactos estudiados, combinamos el análisis funcional y tecnológico de los APB de los yacimientos mejor datados y contextualizados del Horizonte de los Sepulcros de Fosa con la caracterización de sus materias primas.
Los materiales analizados se circunscriben a dos comarcas de la actual Catalunya: el Vallès-Barcelonès y el Penedès.
2019.12225 Según el resultado del análisis de la Suma de Probabilidades (Fig. 2), la cronología de los contextos adscritos al Neolítico Antiguo Evolucionado y al Neolítico Medio del Penedès se solapa con la de los yacimientos de la Bòbila Madurell-Can Gambús y con la de las minas prehistóricas de Can Tintorer de Gavà.
1): 61 de Bòbila Madurell/Can Gambús 1-2, 20 de las minas prehistóricas de Can Tintorer de Gavà y 45 de los asentamientos y tumbas del Penedès.
De estas, 39 son parte de los ajuares y las 87 restantes proceden de espacios domésticos (silos, fosas) y de rellenos de tumbas (no están asociadas a los cuerpos).
Esta muestra incluye todos los APB encontrados en contextos de cronología e integridad fiables.
Este artículo parte de un conocimiento pormenorizado de la realidad arqueológica, basado en la contextualización y recuento de los APB.
Se ha relacionado el total de estructuras con contextos fiables en cada yacimiento con todos los contextos donde se han encontrado los APB (Masclans 2017: 177-360).
El Horizonte de los Sepulcros de Fosa integra muchos más espacios que los propuestos en este trabajo, que seleccionamos en función de la fiabilidad de los contextos y de su representatividad territorial.
Por ejemplo, contamos con estructuras sepulcrales de cronologías seguras en Can Gelats (Aiguaviva, Girona) (Gibaja, Fontanals et al. 2017) y la necrópolis de Sant Julià de Ramis (Sant Julià de Ramis, Girona) (Riuró (Duboscq 2017) que la muestra no era representativa del conjunto.
La poca calidad de los datos contextuales y la falta de espacios de hábitat impedían llegar al mismo nivel de análisis que en el área del Vallès-Barcelonès-Penedès.
Señalamos que muchas hipótesis referidas a los Sepulcros de Fosa se basan en unos pocos yacimientos procedentes de las zonas más afectadas por la industrialización y la última burbuja inmobiliaria.
Es decir, la muestra solo representa las áreas de dónde procede.
Del resto se sabe más bien poco e ir más allá sería caer en la especulación.
ESTUDIO DE LOS ARTEFACTOS PULIDOS Y BISELADOS
Producción de los APB
Las materias primas empleadas y la elaboración de las preformas
Durante este trabajo hemos documentado 17 litologías diferentes.
Su caracterización textural se basa en la observación superficial con lupa binocular en el caso de las locales.
Con referencia a las exógenas, se han utilizado los datos disponibles en la bibliografía como resultado de los análisis espectroradiométricos ejecutados por Vaquer et al. (2012; 10 ).
La procedencia de la inmensa mayoría de las rocas (un 82 %) es local, posiblemente dentro de los márgenes del nordeste de la península ibérica (104 piezas) (Masclans 2017: 362) (Fig. 3).
La ausencia de metamorfismo de altas presiones (generadoras de las jadeítas alpinas, por ejemplo) en el interior de la península ibérica, así como la falta de evidencias de explotación de las eclogitas peninsulares (Morten et al. 1987) apoyan esta hipótesis.
En 5 casos no pudimos identificar el origen aproximado de los artefactos con los medios de los que disponíamos.
Los resultados obtenidos (Tab.
2) hacen patente un elemento importante en lo concerniente a la gestión de las materias primas locales: la diferencia entre la variabilidad de las rocas metamórficas de contacto y las de metamorfismo regional, así como su ubicuidad.
En este sentido se observa que en el primer caso (rocas corneánicas y esquistos corneánicos) la variabilidad es escasa y el volumen de materia usada significativamente mayor que en el segundo.
En cambio las rocas fruto del metamorfismo regional, más abundantes y variadas en el territorio que las de contacto, aparecen en pequeño número en forma de distintos tipos de esquisto y de pizarras, anfibolitas y filitas.
Esta dualidad podría responder a otra en el patrón de captación de recursos.
Uno podría haber sido un modelo de captación estable y especializado en ciertos tipos de corneanas, bien mediante un desplazamiento periódico del grupo que hacía uso de ellas a los afloramientos o bien por un contacto estable con las comunidades que hicieran la extracción/recolección.
Para las rocas de metamorfismo regional se podría proponer un aprovechamiento oportunista o puntual dirigido a buscar materiales con unas características particularmente adecuadas a las necesidades del momento.
Los patrones de gestión y elaboración de las preformas -efectuada fuera de los asentamientos según la revisión de los APB-refuerzan esta propuesta.
Así, el grupo litológico local más abundante, el de las corneanas y los esquistos corneánicos, cuyos circuitos de captación/intercambio todavía se debaten, se distribuyen de forma irregular en el zócalo de la zona axial 2008).
Probablemente, la explotación y distribución de estas rocas implicara bien un desplazamiento directo a los lugares de captación (ya fueran fuentes primarias o secundarias) por parte de los grupos consumidores, bien un cierto entendimiento entre las comunidades que se desplazaban y aquellas que las usaban.
El único contexto datado en el marco del Horizonte de los Sepulcros de Fosa donde se realizaron las tareas iniciales del proceso productivo (desbastado de bloques y creación de preformas) es el del Camp del Colomer (Juberri, Pirineos Andorranos) (Martínez et al. 2014).
Se trata de un asentamiento y no de un taller especializado donde se documentaron 17 restos de talla y un esbozo (Masclans y Remolins 2018).
Los restos de talla hallados en superficie muestran su uso para el aprovisionamiento de los guijarros.
Justo es decir que los mencionados "talleres" al aire libre presentan dos grandes problemáticas.
La primera es su adscripción cronológica.
La propia naturaleza de los yacimientos -al aire libre, de ocupación ocasional y aparentemente sin estructuras-y la falta de excavaciones en extensión y prospecciones sistemáticas en los mismos explica que no se disponga ni de dataciones radiocarbónicas, ni de indicios de su cronología relativa.
En segundo lugar, faltan caracterizaciones petrográficas y fisicoquímicas tanto de los grupos litológicos que conforman los afloramientos como de los APB documentados en los yacimientos.
Por ello, las hipótesis relativas a las posibles áreas de procedencia de tales materiales arqueológicos carecen de solidez.
Pese a las interesantes tentativas para resolver esta cuestión (Clop 2004; Weller y Fíguls 2007; Risch y Martínez 2008; Fíguls et al. 2012), el número de láminas delgadas hechas hasta el momento no basta para llegar a una conclusión firme.
Estos talleres no reflejan un sistema de talla especializado, sugiriendo que los acabados se hacían en los asentamientos.
En esta dirección los componentes de las corneanas y esquistos corneánicos muestran una gran variabilidad, producto de la intensidad del metamorfismo de contacto sufrido por la roca respecto a la distancia al cuerpo intrusivo, la litología de la roca original y el grado de retrogradación al que, posteriormente, haya sido sometido.
La interpretación de este hecho, también identificado por Risch y Martínez (2008), es que no se explotaba una franja concreta de la aureola de contacto de una intrusión plutónica dada, sino un espectro más amplio correspondiente a varios afloramientos de corneanas.
Este hecho es coherente con una explotación de depósitos secundarios.
Por último, la carencia de estudios sobre las rocas volcánicas y calcáreas, sobre los diferentes tipos de esquisto, la serpentinita y la anfibolita impide proponer en detalle sus posibles zonas de aprovisionamiento.
En todo caso, su presencia absolutamente puntual sugiere que su integración al registro no fue fruto de un patrón normativo.
Las características de las piezas exógenas son muy distintas entre sí.
Ello nos hace pensar que posiblemente sus lugares de origen, y por lo tanto las redes y sistemas de distribución, ni eran estables ni estandarizados.
En este punto se hace patente la necesidad de estudios químicos y petrológicos que permitieran acotar el origen exacto de estas materias.
La elaboración de los APB, los acabados y el mantenimiento
En nuestro estudio hemos identificado algunas partes de los procesos productivos que se llevaron a cabo para la elaboración de los APB: la talla, el piqueteado, el pulido y también el serrado.
Hoy sabemos que muchas de las materias locales no corneánicas (tipo pizarras y esquistos) se procesaban por pulido directo de las partes distales de pequeñas preformas de origen natural (Fig. 5A1), aunque en algunos yacimientos, como Mas d'en Boixos, hay evidencias de talla de las partes distales (Fig. 5A2).
Por otro lado, en las corneanas y los esquistos corneánicos se practicaba un piqueteado de las partes distales y proximales de bloques o guijarros (Fig. 5A3-4), que después podían ser total o parcialmente pulidos (Fig. 5A4-5).
Todo indica que las materias claramente exógenas posiblemente procedan de lugares de extracción donde se habrían tallado, piqueteado y pulido a partir de bloques (Fig. 5B).
En uno de los artefactos de las minas prehistóricas de Can Tintorer de Gavà, se han identificado trazas de serrado en el lateral de un artefacto de procedencia posiblemente exógena (Fig. 5B2).
También se han encontrado pulidos totales (Fig. 5B4), parciales (Fig. 5B3) y piqueteados frescos (Fig. 5B5).
Los acabados del conjunto de artefactos analizado están muy bien finalizados: un 64 % carecen de restos de extracciones tecnológicas.
La mayoría de piezas están totalmente pulidas (un 69 %) y sólo 14 (15 %) tienen trazas de piqueteados residuales en las zonas mediales y proximales.
Un 14 % de los artefactos solo están manipulados en su parte distal, que se pule sin piquetear ninguna superficie.
Las corneanas muestran piqueteados residuales y las pizarras y esquistos solo pulimento distal.
Es decir, hay una relación entre la materia primera y el tratamiento técnico aplicado.
Las dimensiones y pesos de las 126 piezas estudiadas se conocen con precisión en los 83 APB enteros.
Además, hay 41 elementos fracturados y 2 preformas.
Los resultados de la estadística univariante de los valores de longitud máxima y del peso no sigue una distribución normal sino en progresión desde el valor mínimo hasta el máximo (Masclans 2017: 375-377, figs. 6-7 y 8).
Todo esto se puede relacionar con una producción diferenciada de artefactos con valores muy grandes (cercanos a los 600 g) y otros muy pequeños (9 g).
Aun así, las dimensiones varían de un modo tan progresivo que no se identifican fracturas claras entre las medidas.
Dentro del conjunto de la muestra analizada 20 elementos se pueden considerar 'rechazos', correspondiendo 11 de ellos a partes proximales y distales.
Están elaborados sobre corneana, salvo uno sobre esquisto corneánico.
Hemos categorizado 9 objetos 'en vías de ser reparados', pero, en realidad, como se descartaron sin terminar de repararse también se han consi-Fig.
Reconstrucción de las diferentes cadenas operativas identificadas en los artefactos pulidos y biselados estudiados: A. Producciones locales.
Pulido de la parte distal de una preforma natural, A2.
Talla y pulido de la parte distal de una placa de esquisto, A3.
Piqueteado y pulido de la parte distal de una roca corneánica, A4.
Talla, piqueteado y pulido de un esquisto corneánico, A5.
Pulido total de un esquisto corneánico, A6.
Piqueteado fresco de una roca corneánica.
Obtención de los bloques, B2.
Obtención de las preformas por serrado, B3.
Obtención de las preformas por talla, B4.
Piqueteado fresco (en color en la versión electrónica).
La morfología de todas estas herramientas es apta para actividades de percusión, con biseles de ángulo obtuso.
En todas el bisel está piqueteado y sin de pulir (Fig. 7G), normalmente por un error en el proceso que generó un descantillado en el filo muy difícil de corregir.
Estudio funcional de los APB
Los artefactos se han estudiado mediante una lupa binocular LeicaMZ16 para la observación a bajos aumentos (5-40 x) y un microscopio metalográfico Olympus BH2 para el análisis a altos aumentos (50-400 x).
Las imágenes se han tomado con una cámara Canon EOS1100D y para el montaje multifocal se usó el software Helicon Focus.
Como apoyo interpretativo hemos usado la colección de referencia de material experimental tallado de sílex, cuarzo y cuarcitas del laboratorio de Tecnología Prehistórica-LitoCAT de la Institución Milà y Fontanals (IMF-CSIC) de Barcelona, así como la colección experimental de herramientas pulidas y biseladas del mismo laboratorio.
Como apoyo metodológico para la interpretación de las modificaciones por uso hemos seguido los criterios propuestos por Clemente Conte (1997) para la interpretación de los cristales de cuarzo, los de González e Ibáñez (1994) y Vaughan (1985) para la caracterización de los micro-pulidos y los de Adams et al. (2009) para la observación macroscópica, así como los criterios definidos por Masclans (2017: 73-176) y Masclans, Palomo y Gibaja (2017) para el análisis micro y macroscópico de elementos macrolíticos pulidos y biselados.
Para reconocer posibles residuos la primera observación ha sido siempre al microscopio, con resultados negativos.
Después se ha limpiado en profundidad la pieza con agua y jabón antes de usar una cubeta de ultrasonidos durante 10 minutos.
Cuando había restos de concreciones calcáreas adheridas al filo hemos sumergido la parte distal del artefacto en una disolución de HCl (ácido clorhídrico) al 10 % durante un máximo de 5 minutos.
Los procesos productivos en los que participaron los APB como herramientas de trabajo
Del total de piezas estudiadas, 46 no eran analizables al microscopio debido a problemas de conserva-Fig.
Gráfico de dispersión de las longitudes máximas (ordenadas) y pesos (abscisas) de los artefactos pulidos y biselados estudiados.
Se observan los cinco grupos mencionados en el texto definidos por rangos en el peso de las herramientas.
Cruces: Grupo 6 >400 g (en color en la versión electrónica).
Ello redujo el análisis funcional a 80 instrumentos con resultados positivos sobre el uso de 44 de ellos en una actividad concreta.
La tabla 3 muestra que las tareas mayoritarias se relacionan con el trabajo de materias animales (54 %) (Fig. 7A, B y F), seguido del de la madera (27 %) (Fig. 7D, E).
Además, documentamos actividades de percusión contra elementos duros tipo mineral o tierra (9 %) (Fig. 7H).
En 14 piezas hay evidencias de trabajo de la piel tanto en contextos domésticos como funerarios.
Son herramientas que pesan menos de 50 g elaboradas con todo tipo de materias primas locales y exógenas, si bien entre las locales se prefieren los esquistos.
Al tratarse de una actividad de percusión/presión contra una materia blanda no requiere usar un material especialmente resistente.
Se usaban de modo que siempre hubiera una cara conductora y en algunos casos hay evidencias del uso de aditivos minerales y vegetales.
La mayoría son piezas totalmente pulidas, hechas con materiales de grano fino con trazas de enmangue en sus laterales.
Se han encontrado 10 artefactos para descuartizar.
Proceden de contextos domésticos y funerarios y sus características métricas son muy variables.
Las materias primas son exógenas en un alto número.
Su granulometría compacta y fractura isotrópica las hace muy resistentes al impacto contra materias duras.
En seis casos la orientación de la lámina de piedra era paralela al mango y en dos perpendicular, así que parece haber un patrón en su sistema de enmangue y en su cinemática de uso.
Otros 12 artefactos se usaron en actividades de percusión contra materias vegetales, fundamentalmente madera.
Están elaborados con materiales cuyas características mecánicas varían en función de su peso y dimensiones.
Proceden de contextos domésticos y funerarios.
Las piezas más pe-queñas se fabrican en general con materiales locales de tendencia esquistosa (básicamente pizarras).
En cambio las mayores se hacen con materiales exógenos y locales de fractura isotrópica y cohesión muy compacta.
Este hecho se puede interpretar como el resultado de una selección del material en función de la actividad a realizar.
Así, las herramientas de medida más pequeña se podrían haber empleado en actividades no destinadas a impactar con fuerza en la madera, puesto que ni el peso, ni las dimensiones, ni la materia primera lo permitirían.
Las herramientas de más de 100 g estarían mejor adaptadas a actividades de percusión más fuerte e incisiva.
Hemos categorizado como 'no usadas o escasamente usadas' 4 herramientas acabadas sin evidencias de haber sido utilizadas.
Todas proceden de contextos sepulcrales de Bòbila Madurell-Can Gambús, sin ninguna homogeneidad respecto a la materia primera.
Esto sugiere que, o bien estas herramientas se hicieron con la finalidad exclusiva de ser depositadas como ajuar, como pasa con otros elementos como el sílex melado o el instrumental óseo (Mozota y Gibaja 2015; Gibaja y Terradas 2012), o para emplearse en una o más actividades y, tras su reparación y repulido, se amortizaron en las tumbas.
Finalmente las superficies activas de otras 4 herramientas presentan evidencias de contacto con una materia mineral.
Están hechas con materias primas locales de tendencia no esquistosa y una elevada capacidad de resistencia al impacto.
Proceden de contextos domésticos.
Tres son reutilizaciones de APB como elementos de percusión en actividades mineras.
El cuarto, procedente del Penedès, se ha interpretado como una posible herramienta para el labrado o remoción de tierras.
Para ver si hay diferencias significativas entre la materia trabajada y la materia prima, hemos hecho un test de χ2 con un resultado negativo de p (no asoc.) = 0,7864.
Es decir no hay una relación significativa entre ambos factores en cuanto a las herramientas empleadas para el trabajo de la carne, de la madera y de la piel.
En cambio, sí parece haber una regularidad, pese a los pocos ítems documentados, en el trabajo de materias minerales (exclusivamente con corneanas), y en el de la tierra (con esquisto corneánico).
Para medir la intensidad de la relación entre las características métricas y el uso de los artefactos enteros con determinación funcional hemos comprobado, mediante el test F de Welch, si hay una relación estadísticamente significativa entre el componente principal 'peso' y el uso.
Estos datos ponen en evidencia que, en efecto, hay una relación significativa entre los usos 'trabajo de la piel','trabajo de la madera' y 'descuartizado' y la variable peso.
Se puede apreciar, si relacionamos la figura 6 con la tabla 4, que las piezas más ligeras están situadas a la izquierda del gráfico (las del grupo 1-2, que pesan menos de 100 g).
Estas, invariablemente, se relacionan con el trabajo de la piel y de la madera.
Los artefactos empleados en tareas de descuartizado se distribuyen en las tres áreas del gráfico: el centro (herramientas de dimensiones y pesos intermedios, el grupo 4-5, entre 200-400 g) y los dos extremos, vinculadas con los ítems más pesados (mayores de 400 g) y los más ligeros (grupo 2, entre 50-100 g).
Probablemente esto nos indica la reutilización de algunas herramientas en varias actividades y de otras usadas según las características del tipo de carcasa que se tuviera que trabajar.
Las herramientas que participaron en el procesado de madera aparecen en dos lugares del gráfico: en el centro (el grupo 4-5 entre 200-400 g) y en el lado izquierdo (el grupo 1-2, inferiores a 100 g).
Este hecho también deja patente la especialización del instrumental en tareas diferentes que, posiblemente, requieren una herramienta capaz de impactar con fuerza y profundidad en la materia trabajada, o bien otra más ligera y de ángulo fino.
Las herramientas sin usar están en la franja de los 100-200 g, mientras que el trabajo de materias minerales se circunscribe en exclusiva a las herramientas del grupo 4-5 (200-400 g).
Este hecho tiene lógica al vincularse a una actividad que requiere un material resistente y masivo.
Contribución a clarificar el patrón funerario
Determinar diferencias/similitudes entre los contextos funerarios y domésticos
Esto se debe, principalmente, a que las actividades de reparación, rechazo y contacto con elementos minerales solo están presentes en los espacios no funerarios, mientras que las que no se usaron sólo aparecen en las tumbas.
Las tareas de descuartizado, trabajo de la madera y tratamiento de las pieles aparecen indistintamente en uno u otro contexto (Tab.
Es decir, se seleccionan las herramientas acabadas y en buen estado de conservación para ser depositadas como ajuar.
También las materias primas de origen exógeno se seleccionan para ser depositadas como elementos de ajuar.
Las halladas en estructuras domésticas o rellenos no funerarios están compuestas íntegramente por materiales de tipo local (Tab.
Si atendemos a la litología concreta la prueba del χ2 (p. no assoc. = 1,524E-08), la de Monte Carlo (p. no assoc. = 0,0001) y la V de Cramer (p. no assoc. = 0,6077) permiten establecer una relación intensa entre la materia prima y el contexto.
En concreto la variabilidad de las piezas procedentes de las tumbas es mucho más elevada que en las domésticas.
Los APB funerarios están representados por la totalidad de las litologías documentadas en el Horizonte de los Sepulcros de Fosa, mientras que las corneanas/esquistos corneánicos y las pizarras son rocas exclusivas en las domésticas.
Destaca el hecho de que, en los espacios funerarios, se depositan rocas de origen posiblemente local (calizas, esquistos verdes, esquistos de clorita y roca volcánica) que, curiosamente, no están en los contextos domésticos.
Se seleccionan ciertas litologías que, por sus calidades mecánicas o estéticas, reciben un tratamiento parecido al de las piezas exógenas.
No parece que se esté apostando por ningún tipo de roca en particular, sino por ciertas características estéticas y mecánicas: colores verdes/blancos/oscuros, textura fina, fractura de tendencia isotrópica y/o altos grados de dureza y cohesión.
En general vemos que, si atendemos a la procedencia (funeraria/ doméstica) de los artefactos analizados, la proporción de acabados de APB sin evidencias de extracciones es más elevada en los contextos funerarios (23 de 38 herramientas) que en los domésticos o no funerarios (44 de 67 herramientas).
La situación se repite en cuanto a la presencia de pulidos totales.
Y es que la práctica totalidad de las piezas de ajuar están completamente pulidas.
Es decir, efectivamente, se seleccionan las piezas mejor acabadas para depositarlas como elementos de ajuar.
Dicho de otro modo: hay una mayor inversión de trabajo en la producción de los APB funerarios.
Por otro lado, hemos realizado la prueba T de Student para comparar los valores de las longitudes y los pesos de las herramientas funerarias y domésticas con un resultado negativo (p. association = 0,55233; p. association = 0,95937 respectivamente).
En este sentido, no hay ninguna relación significativa entre estos dos factores.
Algunos/as autores/as han relacionado los APB desproporcionadamente largos (entre 13,5 y 46,6 cm de largo) con producciones específicas de objetos de tipo ritual (Pétrequin et al. 2012).
En la muestra analizada hay 9 artefactos que miden entre 13,5 y 19,5 cm. Seis se encontraron en sepulturas de Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2 y las minas prehistóricas de Can Tintorer de Gavà, es decir, los dos yacimientos con más estructuras y número de materiales exógenos del registro del nordeste.
Contribución a clarificar la presencia de diferencias entre comunidades
En esta sección nos interesa determinar si las materias empleadas por los grupos del Vallès-Barcelonès y del Penedès son significativamente diferentes.
Con este objetivo hemos agrupado los datos relacionados con la procedencia de las materias primas de ambas áreas, diferenciando entre materias exógenas, locales 1 (halladas en contextos domésticos y funerarios) y locales 2 (encontradas únicamente en tumbas).
Finalmente hemos hecho un test de χ2 con resultado positivo (p. association = 8,8834E-05), por lo que entendemos que las distribuciones son significativamente diferentes.
En la zona del Penedès ni se documentan litologías que provengan de más allá de los Pirineos, ni se lleva a cabo la práctica identificada en el Vallès-Barcelonès de seleccionar materias primas locales (local 2) con elementos característicos para ser depositadas como ajuares funerarios.
Fundamentalmente en la zona del Penedès se documentan cinco tipos de roca: las corneanas, los esquistos, los esquistos corneánicos, la filita corneánica y la pizarra.
Así entendemos que en la Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2 y las minas de Can Tintorer de Gavà había muchas más posibilidades de abastecerse de materias primas muy diferentes y de procedencias diversas.
Estos canales no se reprodujeron en el Penedès, donde se usaban pocas litologías, la mayoría sin las características óptimas para las actividades que tenían que llevarse a cabo.
Gibaja et al. (2017) han puesto de manifiesto que los enterramientos de la Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2 con elementos de ajuar procedentes de "relaciones de intercambio a media y larga distancia" (jadeítas, eclogitas, nefritas, anfibolitas, sílex melado y variscita) no se habrían producido a lo largo de toda la ocupación del yacimiento, sino únicamente a inicios del IV milenio cal ANE.
Según este artículo, la presencia de variscita y sílex melado habría sido ligeramente anterior (circa 4000 cal ANE) a la aparición de los APB exógenos (circa 3900 cal ANE).
Sin embargo, el descenso en su uso sería sincrónico (circa 3700 cal ANE), hecho que se ha interpretado como un colapso repentino de la red de intercambios.
Así pues, sabemos que, al menos en Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2, la llegada de los APB transpirenaicos se concentró en unos 300 años.
Desde esta perspectiva, y teniendo en cuenta el total de 17 piezas registradas, no creemos que pueda sostenerse la hipótesis según la cual el Horizonte de los Sepulcros de Fosa se caracteriza por su inclusión en unas redes estables de intercambio/circulación de APB elaborados en materias primas exógenas.
En todo caso se podría proponer la circulación puntual de estos materiales en el seno de una o varias comunidades de la zona del Vallès y del Barcelonès.
Consideramos la circulación de APB un elemento accesorio en el marco del intercambio regular de otros materiales como, p. ej., el sílex melado o la variscita, quizás en contextos de encuentro ritual y/o de mantenimiento de lazos y alianzas entre comunidades.
Esta propuesta se ve reforzada por las características petrográficas significativamente diferentes entre estos elementos exógenos, cosa que nos hace pensar en la presencia de fuentes múltiples de abastecimiento de estos artefactos.
Estos materiales procedentes de afloramientos y de comunidades extractoras diversas acabarían convergiendo en las tumbas de las minas prehistóricas de Can Tintorer de Gavà y de la Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2.
Sus características de color, dureza y textura podrían haberles conferido un valor subjetivo especial y, por lo tanto, habría tenido sentido incluirlas como parte de los regalos o valores de cambio en el marco de la consecución de rituales o intercambios de objetos.
En otros trabajos se demostró que la distribución de los datos funcionales entre yacimientos no presentaba diferencias estadísticamente significativas y que los datos relacionados con las prácticas económicas eran demasiado escasos y fragmentarios para hacer inferencias sólidas en aspectos referidos a posibles patrones de especialización o complementariedad política/económica (Masclans 2017: 391-393).
Del mismo modo, no se han encontrado particularidades en la gestión técnica de los APB que planteen diferencias entre las dos zonas.
Todas ellas se pueden explicar por la proporción mucho más elevada de elementos de ajuar en la serie del Vallès que en la del Penedès.
Posibles disimetrías o diferencias sociales
Los sepulcros que contenían uno o dos APB son 25, con 28 individuos y 39 APB.
Si comparamos estos datos con el número total de individuos enterrados en las sepulturas del Vallès-Penedès se puede observar que no más del 13 % de personas tienen APB asociados en sus ajuares (Masclans 2017: 398).
Es evidente que la mayoría de los APB se concentran en el Vallès.
No obstante, proporcionalmente, la relación entre número de personas enterradas y APB es más estrecha en el Penedès.
La gran mayoría de los 28 individuos, enterrados con uno o dos APB, son personas adultas (23).
Sólo hay un individuo infantil claramente asociado a un APB.
Por otra parte, hay dos tumbas con más de un individuo con APB: una mujer joven y dos hombres seniles, así como un niño acompañando un adulto.
Sin embargo, no sabemos con seguridad quién era la persona relacionada con el ajuar.
Los adultos tienen APB locales y exógenos de manera indiferenciada, mientras que la mujer juvenil de CG111 (Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2, sector Can Gambús 1) y la criatura de Mf2 (Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2, sector Madurell Ferrocarriles) tienen rocas locales de tipos 2 (un esquisto verde y una roca volcánica respectivamente).
Por su parte, los dos individuos seniles (CG130 y CG184, procedentes de la Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2, sector Can Gambús 1) van acompañados de dos calizas de tipo local 2 en un caso y de una nefrita, exógena, en el otro.
Así vemos que, en proporción, las personas fuera del rango de edad de los adultos no seniles tienden a carecer de materias primas exógenas.
Todo parece indicar que los APB eran un tipo de herramientas que o bien no solía emplear la totalidad de la población de las comunidades estudiadas, o bien la comunidad decidía que tan sólo unas pocas personas, adultas y preferentemente hombres, podían ser enterradas amortizando este tipo de material.
Es decir, que hay un fuerte componente simbólico adjudicado a los APB que marcan una diferencia entre adultos y niños, entre mujeres y hombres y entre el 13 % de la población y el resto.
Este simbolismo se refuerza por una tendencia a ritualizar la disposición de estos materiales en las tumbas, depositándose de forma diferenciada entre hombres (sobre la cabeza o en el lateral derecho del cuerpo) y mujeres (lateral izquierdo del cuerpo), y a menudo asociadas a otros objetos como los núcleos de sílex melado.
En relación a lo anterior, y retomando el tema de los APB de dimensiones superiores a los 135 mm de longitud, vemos que son herramientas hechas con materias locales (3 ítems) y exógenas (3 ítems), asociadas a individuos adultos de sexo masculino (tres casos) y de sexo indeterminado (tres casos), pero nunca a personas de sexo femenino.
La única tumba en la que una criatura se asocia a un APB, coincide precisamente con el artefacto de mayores dimensiones del conjunto (tumba Mf2).
Está hecho sobre una materia local que imita la coloración verde de una roca alpina.
Esto es significativo teniendo en cuenta que en el Horizonte de Sepulcros de Fosa tan sólo se han encontrado dos tumbas donde una criatura aislada está relacionada con un APB.
Desde nuestra perspectiva no es casual que únicamente los hombres y algunas criaturas muy concretas se entierren amortizando un volumen tan elevado de materia potencialmente utilizable.
Parece que todos estos artefactos, salvo uno, habían sido utilizados, a pesar de que tan solo se conoce su uso en dos casos: descuartizar y trabajar la madera, estando ambas actividades asociadas al sexo masculino (vide infra).
Las herramientas de estas dimensiones se hallan casi de manera exclusiva en el Vallès, que es donde se concentra la gran mayoría de estos artefactos y donde hay más evidencias de la acumulación de objetos con un valor objetivo elevado.
De forma que no sólo se singularizan los 'hombres' y algunos niños, sino que esto sólo sucede en el seno de unas comunidades muy concretas.
Por otro lado, si centramos la mirada en la Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2, el yacimiento con mayor número de tumbas, observamos que la mayor parte de los APB se concentran en Can Gambús 1.
En este sector se da un proceso de centralización de objetos de ajuar a nivel numérico, pero también de piezas de procedencia foránea así como de estructuras de tipo complejo.
No sólo esto, sino que en los distintos sectores de la Bòbila Madurell hay una mayor presencia de actividades de siega y trabajo de la piel, mientras que en Can Gambús 1 predominan el trabajo de la carne, las herramientas de hueso, los útiles sin usar y las puntas de proyectil (Gibaja y Terradas 2012).
Todos estos datos refuerzan la hipótesis de que, en efecto, estamos ante lo que podría ser algún tipo de diferencias o de desigualdades sociales en el seno de una misma comunidad, dado que se trata de sectores contemporáneos.
En esta dirección hay una mayor concentración de APB de origen exógeno en el sector de Can Gambús 1.
De este modo, una vez más se ratifica la hipótesis de que además de la accesibilidad diferencial de las comunidades a ciertos recursos o a ciertas relaciones/ contactos que implicaban el acceso a estos recursos, las diferencias se daban en el seno de los mismos asentamientos.
Contribución a clarificar la presencia de diferencias entre individuos de sexo masculino y femenino
Para saber si los APB se distribuyen de manera equitativa entre sexos, hemos eliminado los enterramientos dobles y aquellos donde no teníamos certeza del sexo de la persona inhumada.
Hecho eso, hemos evaluado un total de 18 tumbas individuales con uno o varios APB: 15 son de Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2; 1 de la Serreta y 2 de Mas d'en Boixos.
Enfrentamos, pues, un sesgo muy importante en la representatividad de estos datos a escala territorial.
A nivel de distribución entre sexos hay más hombres (12) acompañados de APB que mujeres (7).
La potencial asociación entre el origen de la materia primera y el sexo de las personas inhumadas ha ofrecido resultados negativos (p. no asoc. = 0,8466) en la prueba de Monte Carlo.
En cambio el test de Monte Carlo (p. no assoc. = 0,0349) y el Test de Fisher (p. no assoc. = 0,0384) indican que las actividades realizadas por los individuos de sexo masculino y de sexo femenino son significativamente diferentes.
Esta división sexual del trabajo recae fundamentalmente en que el trabajo de descuartizar era exclusivo de los hombres mientras que el de la piel era de las mujeres.
Por otro lado, el trabajo de la madera era mayoritariamente ejercido por las personas de sexo masculino.
La única herramienta con evidencias de trabajo de la madera vinculada a una inhumación femenina se halló en Can Gambús 1 y pesa menos de 46 g.
Este hecho contrasta con las empleadas en la misma actividad pero relacionadas con los hombres, ya que pesan entre 70 g y 411 g.
En las características técnicas no se identifican diferencias significativas entre hombres y mujeres, salvo en la morfología de la zona proximal y en sus medidas máximas.
Así vemos que los artefactos inferiores a 50 g se relacionan siempre con las mujeres, las cuales a veces van asociadas a APB de 50 a 100 g.
Por su parte, los hombres están enterrados con herramientas entre 60 g y 596 g, generalmente superiores a los 100 g.
Esta diferencia no sólo pone de manifiesto que las mujeres amortizaban una cantidad inferior de materia prima, sino que, por extensión, sus herramientas acumulaban una menor inversión de trabajo.
Las personas de sexo femenino se relacionan únicamente con las partes proximales de las mismas que son de dos tipos: cónicas en el Penedès y planas en el Vallès (en concreto en Can Gambús 1).
Así, podemos decir que las herramientas empleadas por las mujeres para el trabajo de la piel suelen estar muy estandarizadas: reducidas dimensiones, inferiores a los 40 g y a los 41 mm de longitud y con talones planos y cónicos (Masclans 2017: 401-402).
Los hombres, por su parte, presentan una variabilidad más amplia, reflejada en el peso y las medidas de los APB y en la morfología de los talones (tipos cónicos, ovalados, apuntados, rectos y cuadrangulares) (Masclans 2017: 401-402).
Ello es coherente si se tiene en cuenta que las personas de sexo masculino se relacionan con un abanico de usos mucho más diverso que las de sexo femenino.
El estudio de las materias primas de los APB nos ha permitido plantear la posibilidad de que se hubiera dado un modelo de captación estable y centrado principalmente en ciertos tipos de corneanas y esquistos corneánicos.
Para las rocas de metamorfismo regional, sedimentarias o ígneas se podría proponer un aprovechamiento oportunista o puntual dirigido a buscar materiales de orígenes y procedencias muy diversos con unas particularidades acordes con las necesidades de cada momento.
Los resultados demuestran que hubo una selección de las APB elaboradas en algunas materias primas que iban a ser depositadas en los ajuares, priorizando rasgos estéticos y mecánicos como su color (verdes, blancos, negros, azules oscuros), sus texturas finas, sus fracturas de tendencia isotrópica y/o sus altos grados de dureza y cohesión.
Los APB exógenos se depositaban exclusivamente como elementos de ajuar a la vez que los ítems de origen local con las citadas características especiales.
Hemos observado que los APB se vinculan casi en exclusiva a individuos adultos, de sexo masculino en su mayoría.
Estas personas también suelen estar relacionadas con otros elementos cuya adquisición implicó una elevada inversión de trabajo, ya fuera por la distancia respecto a las fuentes de aprovisionamiento o por la complejidad técnica de su proceso de elaboración.
Todo parece indicar, pues, que los APB formaban parte de un conjunto de ítems con un valor subjetivo elevado, cuya presencia en las tumbas marcaba una diferencia muy clara entre quienes podían acumular y quienes no.
Precisamente los objetos de origen exógeno encontrados en ambos sitios son más numerosos que en la totalidad de yacimientos que integran el Horizonte de los Sepulcros de Fosa.
Nos referimos no solo a los APB sino también a instrumentos elaborados en sílex melado y a ornamentos confeccionados en variscita (Gibaja y Terradas 2012).
En base a nuestras investigaciones consideramos que la circulación de los APB exógenos habría podido darse de manera puntual en el seno de una o dos comunidades de la zona del Vallès y del Barcelonès, posiblemente como un elemento accesorio en el marco del intercambio regular de otros elementos o quizás como parte de regalos o valores de cambio.
En este punto destacamos que tan sólo un 13 % de los individuos enterrados en contextos del Horizonte de los Sepulcros de Fosa van acompañados/as de estos objetos de elevado valor y que en su gran mayoría se concentran en el sector de Can Gambús 1.
Todo parece indicar que los APB eran un tipo de herramienta que no cualquiera podía amortizar en sus tumbas, decidiendo la comunidad a qué personas les correspondía hacerlo.
En este sentido, los contenidos de las tumbas muestran claras diferencias, cuantitativas y cualitativas, en las herramientas, ornamentos y ofrendas, como alimentos o bienes inmuebles (Duboscq 2017).
Los resultados del estudio de los APB se suman a la tendencia que advierte desigualdades sociales en comunidades como, p. ej., la de Bòbila Madurell-Can Gambús 1-2.
En paralelo nos encontramos con un sistema de amortización de riqueza social en las tumbas que singulariza las personas adultas aunque, de manera puntual, aparezcan niños/as e individuos seniles asociados a conjuntos con ajuar abundante.
Por otro lado, hemos constatado que las actividades a cargo de los individuos de sexo masculino y femenino eran significativamente diferentes.
Estos resultados son coherentes con lo que conocemos por los estudios funcionales del material lítico tallado (Gibaja 2003).
Además los hombres acumulan mayor cantidad de objetos que las mujeres, incluyendo entre ellos los elementos exógenos (hasta 15 frente a 7).
Dejando de lado la siega, actividad representada en enterramientos tanto masculinos como femeninos, resulta sugerente que los hombres tendieran a asociarse con actividades de menor peso económico como, p. e., la caza y el trabajo de la madera o del hueso, que no suman más de un 3 % del total de la muestra.
Por su parte, las mujeres se relacionan con el trabajo de la piel.
Sus APB exógenos son de reducidas dimensiones, lo que indicaría que no los recibían de primera mano, sino que los aprovechaban cuando ya eran inferiores a los 50 g.
El mismo razonamiento puede ser aplicado a su relación no habitual con los núcleos de sílex melado.
Los individuos femeninos también se vinculan significativamente a punzones y espátulas de hueso, relacionados con el trabajo de la piel, la cerámica y algunas materias vegetales (Mozota y Gibaja 2015).
En resumen, las actividades de las personas de sexo masculino generalmente se llevaban a cabo en el exterior e implicaban una relación con otros individuos (trabajo de la madera, carnicería, cacería, mediar en los intercambios para conseguir materias primas exógenas).
Las tareas de las personas de sexo femenino, por su parte, estaban relacionadas con una artesanía (trabajo de las pieles, alfarería, ciertas actividades de contacto con la madera), factible dentro de los límites del espacio doméstico.
Las dificultades empiezan a la hora de interpretar estos datos.
Todo parece indicar que estamos ante una división sexual del trabajo.
No obstante esa división no implica necesariamente una relación de explotación entre sexos.
Lamentablemente todavía quedan muchos procesos productivos por estudiar y poder atribuir a uno u otro sexo (gestión de los rebaños y de los productos derivados de la ganadería, procesado de los cereales...) antes de considerar si había una desproporción en el volumen de trabajo que suponían unos y otros y si estaba compensado o no.
En todo caso los indicios que tenemos sobre el Horizonte de los Sepulcros de Fosa apuntan a que las relaciones sociales estuvieron marcadas por diferencias claras entre sexos, en cuanto a la capacidad de acumulación en las tumbas, a sus respectivas actividades y por las mayores limitaciones que parece que tuvieron las mujeres a la hora de diversificar sus espacios de socialización y su vida productiva.
La autora desea agradecer a los miembros del Laboratorio de Tecnología Prehistórica de la IMF-CSIC su constante apoyo tanto personal como en relación con la cesión de la infraestructura necesaria para llevar a cabo los análisis.
Mi agradecimiento también a los miembros del Departamento de Historia e Historia de la Universidad de Girona.
Diversos museos, instituciones, empresas y grupos de trabajo han puesto a mi alcance todo tipo de facilidades: el Museu de Sabadell, el Museu de Barcelona, el VINSEUM (Vilafranca del Penedès), el Museu de Gavà, el Museu Diocesà i Comarcal de Solsona, el Departament de Cultura
Yacimientos Contexto funerario Contexto no funerario |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Este artículo evalúa de forma crítica una vieja hipótesis de la Prehistoria de la península ibérica que ha quedado sin refutar: la que relaciona los sitios de Cogotas I (1850-1100 cal AC) con la trashumancia.
Se propone un experimento en una amplia franja del occidente ibérico coincidente con la denominada Vía de la Plata: la medición con SIG de la distancia lineal entre 176 sitios de Cogotas I y las vías pecuarias, concebidas como síntomas materiales de hábitos inveterados.
Los resultados, estadísticamente significativos con matices regionales, indican que casi un tercio de los casos -el 27,3 %-se encuentran a menos de 500 m.
Evitamos relacionar esa proximidad con la trashumancia, la subordinación centro-periferia o el tráfico de objetos elitistas.
Entendemos tal pauta como indicio del interés de los grupos estudiados, entre otras decisiones locacionales, por participar en la circulación de personas, animales y cargas, conforme al modelo de comunidades políticas paritarias (peer polity interaction).
En la península ibérica nunca ha dejado de hablarse de contactos, trashumancia, influencias e Conectividad en la Edad del Bronce del occidente de la península ibérica.
Examinando la relación entre sitios y vías pecuarias mediante SIG*
Antonio Blanco González a y Ángel Esparza Arroyo a,b
La bibliografía distingue entre la trashumancia de larga distancia (>100 km), que requiere una logística y condiciones materiales propias de los estados modernos, y la trasterminancia de corto-medio alcance (unas decenas de km) o de complementariedad llano-montaña, practicada a escala restringida para diversificar el pastoreo según su disponibilidad altitudinal y estacional (Galaty y Johnson 1990; Greenfield 1999).
Además, la literatura ha asumido dos factores explicativos no exentos de problemas.
El primero deriva de incluir la península ibérica en ciclos de intercambio centro-periferia a escala macrorregional o continental (Ruiz-Gálvez 1993, 1998, 2013).
Una lectura poco cautelosa de ese planteamiento ha llevado a entender esas fuerzas externas y la inercia de las superestructuras comerciales como motores de los cambios en las sociedades oriundas (p. e.
Se ha criticado tal visión (Gilman 1993: 108-109; Delgado 2013) por relegar a las comunidades locales al papel de intermediarias dependientes, socialmente retardatarias pero insertas siempre en economías de bienes de prestigio.
En segundo lugar, se ha considerado la actividad ganadera como principal y casi exclusivo medio de vida entre muchos de esos grupos mediadores (p. e.
Harrison 1994; Murrieta-Flores 2014), así como una vía factible para financiar sus comportamientos elitistas.
Tal especialización pudiera ser plausible durante el II milenio AC, pero su argumentación debería prescindir de estereotipos atemporales, cargados de determinismo ambiental, y justificarse caso por caso, en condiciones históricas contingentes (Barker 1985; Horden y Purcell 2000; Mlekuž 2005; Walsh 2014).
Entre las líneas de trabajo desarrolladas en el ámbito peninsular sobre la movilidad y los intercambios, las rutas terrestres -y las fluviales y marítimas, más importantes pero peor estudiadas-por las que circularon gentes y animales, han acaparado enorme interés (Ruiz-Gálvez 1998).
Dejando aparte su estudio en la Protohistoria (p. e.
Esparza 1999: 95-98, hasta los años 1990 tres fenómenos de la Prehistoria Reciente peninsular concentraron las discusiones sobre los caminos de comunicación interior (Sánchez Moreno 1998: 58-61): a) el megalitismo del IV milenio AC; b) la expansión de Cogotas I en el II milenio AC; y c) las estelas del suroeste entre finales del II e inicios del I milenio AC.
Tras generalizarse la arqueometría, los estudios sobre intercambio y movilidad prehistóricos se han extendido a otras muchas etapas y regiones ibéricas.
Pero las discusiones pivotan en torno a esos tres temas clásicos, cuya contribución teórica y práctica ha sido muy desigual.
El megalitismo representa el campo más dinámico y fructífero: la crítica anglosajona (Chapman 1979; Walker 1983) desacreditó las analogías actualistas de la trashumancia, basadas en la Mesta moderna (Ruiz Martín y García Sanz 1998).
Dentro de este asunto, en los últimos años se han ensayado métodos de análisis territorial a escalas micro y meso-espaciales para caracterizar con rigor la relación entre esos monumentos y la caminería histórica: tanto megalitos neolíticos (Fairén et al. 2006; Wheatley et al. 2010; Murrieta-Flores et al. 2011, 2014) como menhires y túmulos algo posteriores (Delibes et al. 2012: 22-27; Rojo-Guerra et al. 2014: 145-148).
Le sigue en importancia el problema de las estelas del Bronce Final del suroeste, objeto de controversia sobre los jerarcas supuestamente representados en ellas y el sustento ganadero de su poder (Ruiz-Gálvez y Galán 1991; Galán 1993; Vilaça 1995; Celestino 2001; Rodríguez Díaz y Enríquez 2001; Harrison 2004; Díaz-Guardamino 2010).
Este tema sólo recientemente ha suscitado métodos prácticos para confrontar hipótesis, consiguiendo contextualizar el subgrupo de las 'estelas de guerrero' en su territorio (García Sanjuán et al. 2006; Celestino et al. 2011).
Un último foco de pesquisa ha sido el hallazgo de cerámicas de Cogotas I fuera del núcleo meseteño, vinculadas a estrategias de itinerancia pastoril.
En este caso, la relación entre vías pecuarias y yacimientos ha concitado un intenso escrutinio historiográfico, que ha desacreditado la posibilidad de movimientos de largo recorrido (Fernández-Posse 1998; Ruiz-Gálvez 1998; Jimeno 2001; Abarquero 2005Abarquero, 2012;;Abarquero et al. 2009), pero la hipótesis sigue careciendo de cualquier intento de refutación empírica.
Este trabajo se centra en el caso de Cogotas I, que hasta ahora no se ha beneficiado de las herramientas de análisis territorial.
Para ofrecer lecturas críticas desde argumentos alternativos a los tradicionales, el texto abarca temas de difícil deslinde -movilidad, interacción y reciprocidad, estrategias extensivas de pastoreo complementario, intercambio interregional, etc.-desde el concepto flexible e inclusivo de la conectividad del paisaje (Mitrović 2016).
Nuestro ensayo aborda la relación espacial entre yacimientos de Cogotas I y la caminería pecuaria tradicional, entendida no como sustituto extemporáneo de la trashumancia, sino como síntoma de prácticas sociales seculares, aún legibles en el paisaje (Fairén et al. 2006).
La zona de trabajo elegida es una vasta franja occidental de España articulada por la Vía de la Plata (Fig. 1), uno de los principales y más antiguos ejes de comunicación en Iberia.
Acudimos a los Sistemas de Información Geográfica (en adelante SIG) para caracterizar de manera indirecta, pero sistemática, en qué medida los sitios de Co-gotas I en el sector estudiado se localizaron próximos a algún tramo de la red viaria ganadera.
Finalmente, evaluamos la representatividad estadística de las observaciones logradas frente al puro azar, e interpretamos esas pautas desde el marco sociológico de la interacción entre comunidades políticas paritarias (peer polity interaction) (Renfrew 1986).
TRASHUMANCIA, CONECTIVIDAD E INTERACCIÓN
Desde los primeros mapas peninsulares de distribución de Cogotas I, elaborados a finales de la década de 1970, se sugirió la posibilidad de desplazamientos del ganado para explicar su desigual reparto: un abigarrado foco meseteño y sitios con idénticas cerámicas dispersos en su periferia.
Así, un asentamiento en pleno ámbito argárico como la Cuesta del Negro (Purullena, Granada), con abundante vajilla decorada de Cogotas I y en el extremo de una cañada pecuaria hizo pensar en trayectos trashumantes con la Meseta (Molina y Pareja 1975: 55-56).
En el seno del equipo granadino, ese planteamiento fue elaborado por Fernández-Posse en su tesis doctoral, donde defendió la propagación peninsular de esta cultura por las rutas del ganado semoviente hasta los invernaderos meridionales1: "Estos caminos del ganado con estancias y aguadas, debieron sin duda de representar un papel cierto en la expansión, desarrollo y dinámica de nuestra cultura.
Y coincidirían, además, con puestos de caza y transición que (...) debieron de seguir los mismos caminos de los rebaños de especies domésticas".
Hoy día esa muy matizada postura inicial de Fernández-Posse ha perdido bastante fuerza.
La propia investigadora negó posteriormente la posibilidad de trashumancia (Fernández-Posse 1998: 119), alineándose así con las objeciones de Chapman (1979) sobre la ausencia de estructura jurídica e intendencia.
En la actualidad se acepta para Cogotas I un amplio espectro de estrategias agroforestales extensivas (Díaz-del-Río 1995).
Tal escenario hace compatibles la permanencia y fijación plurianual de aquellas comunidades con posibles movimientos cortos trasterminantes (Ruiz-Gálvez 1998: 228; Jimeno 2001; Delibes y Romero 2011; Blasco 2012), así como la existencia de individuos que cambiaron de residencia por prácticas exogámicas (Abarquero 2012: 95-96).
Si hay una región peninsular donde se ha insistido, con buenos motivos, en el papel crucial del movimiento ganadero y el trasiego de gentes y materias, esa es la franja occidental por donde discurre la Vía de la Plata (Fig. 1).
Tales indicios se han asimilado, de forma unánime, con unas aristocracias locales.
Serían las gestoras de las rutas transitadas por arrieros con los ganados, ideas, productos y materias primas (cobre, estaño, sal), intermediarias en transacciones de larga distancia y competidoras entre sí por su control monopolístico (Celestino 2001; Rodríguez Díaz y Enríquez 2001: 119-135;Álvarez-Sanchís 1999: 59; Abarquero 2012: 94).
Sin embargo, lo que vamos sabiendo sobre las sociedades del II milenio AC en la fachada atlántica cada vez encaja peor con ese atractivo relato.
Necesitamos caracterizar mejor las dinámicas internas de esos grupos y conocer sus intereses y los beneficios de participar en tales tráficos (Vilaça 1998; Armada 2013; González Cordero 2015; Rodríguez Díaz et al. 2015).
También es cuestionable que el protagonismo local recayera en unos pocos interlocutores, jerarcas bajo demandas e incentivos externos (Álvarez-Sanchís 1999; Celestino 2001; Rodríguez Díaz y Enríquez 2001; Armada 2013).
Su visibilidad es esporádica, no generalizable y deberíamos atender mejor a la rica variabilidad sociopolítica en el espacio y tiempo.
La vigencia milenaria de esas rutas de intercambio terrestres trasciende los fenómenos de interacción del II milenio AC, que aprovecharon las rutas preexistentes (Ruiz-Gálvez 1993; Almagro-Gorbea 2008; Celestino et al. 2008).
Ante los problemas de esas lecturas históricas y dada la ausencia de estudios territoriales a escala macrorregional, la propuesta original de Fernández-Posse sobre la relación entre los sitios de Cogotas I y la trashumancia conserva parte de su atractivo.
Al menos merece ser refutada, pues el intento pudiera ofrecer pistas sobre algunas de las cuestiones hoy discutidas.
Aquí retomamos la hipótesis de la trashumancia introduciendo tres correcciones necesarias: a) debe superarse el "pronunciamiento meramente visual" (Chapman 1979: 150) sobre la relación espacial entre puntos arqueológicos y ejes de comunicación; b) habría que insistir en el potencial heurístico de las vías pecuarias como cauce de interacciones sociales más allá de la analogía débil con la Mesta moderna; y c) la proximidad entre sitios y caminería pastoril tradicional no prueba ningún tipo concreto de actividad (trashumancia, comercio) ni un modelo apriorístico de organización sociopolítica (comunidades jerárquicas y economía de bienes de prestigio).
Respecto al primer punto, los primeros ensayos de análisis espacial entre rutas tradicionales y lugares prehistóricos en Iberia (p. e.
Cualquier experimento sobre problemas locacionales debe formalizar sus observaciones y hacer explícita su incertidumbre (Murrieta-Flores et al. 2011, 2014).
Las herramientas SIG cumplen tales requisitos, y por eso recurrimos a ellas.
En segundo lugar, las vías pecuarias son un resultado acumulativo, multitemporal y diacrónico, fruto de una larga experiencia desde tiempos prehistóricos (Ruiz-Gálvez 1999; Almagro-Gorbea 2008; Díaz-Guardamino 2010).
Los geógrafos han caracterizado la génesis remota de la red de cañadas de la Mesta, definitivamente institucionalizadas por Alfonso X en 1273 (García Martín 1991; Fairén et al. 2006: 57-59).
Así, Cabo Alonso (1994aAlonso (, 1994b) ) enfatiza una inveterada lógica en la conducta humana: la de los cazadores siguiendo los desplazamientos anuales de herbívoros salvajes.
Tales movimientos vendrían condicionados por factores naturales: el fuerte contraste climático entre las planicies del Duero y Tajo y sus cíngulos montañosos; el acusado estiaje; la variable calidad de los pastos, etc. Además, el trazado de las vías pecuarias estuvo constreñido por factores históricos y fisiográfi-cos, como el parcelario rural preexistente, los pasos de montaña y poblaciones, vados o puentes en los ríos.
Habitualmente esas rutas se trazaban paralelas a cursos fluviales, por cuerdas a media altura y próximas a las cumbres y divisoras de aguas, como claras referencias visuales (Mangas 1992; Fairén et al. 2006: 59-60).
La simulación de caminos óptimos mediante SIG para cotejar el trazado de vías pecuarias y corredores naturales transitables con el menor esfuerzo ha ofrecido resultados dispares: desde la divergencia espacial (Fairén et al. 2006: 64-67) a la estrecha coincidencia 2 (Murrieta-Flores 2010, 2012; Murrieta-Flores et al. 2011, 2014).
Así pues, el diseño de las vías responde a múltiples factores y su trazado se consolidó por su recorrido consuetudinario, en ocasiones durante milenios.
Por último, nuestro objetivo es integrar en el análisis arqueológico esos cauces canalizadores del movimiento de gentes y animales y del traslado de cargas.
Para ello adoptaremos planteamientos abiertos y flexibles, que no asuman actividades concretas (no verificables desde esta aproximación) ni asocien su uso a un modelo sociológico uniforme y estático; que en época moderna tuvieran un uso no implica que pueda aplicarse directamente a la Prehistoria (Esparza 1999: 98).
Por eso abordamos aquí las vías pecuarias no como sucedáneos de la trashumancia moderna, sino como síntomas de lógicas culturales y prácticas sociales inveteradas, que pueden informar de estructuras subyacentes del paisaje (Fairén et al. 2006: 56).
Para evitar las deficiencias señaladas, resulta sugerente el concepto de conectividad ecológica: una propiedad del paisaje que informa sobre su capacidad para facilitar o entorpecer el movimiento de los herbívoros en su acceso a nichos discontinuos donde satisfacer sus necesidades (Taylor et al. 1993; Chen 2010).
Hoy día las Humanidades conciben el espacio como una dimensión fluida, desigual y fragmentada en lugar de continua y regular.
La arqueología del Mediterráneo ha empleado el concepto de conectividad del paisaje para rastrear la interacción entre localizaciones diseminadas: islas, establecimientos, etc. (Horden y Purcell 2000: 123-172; Souvatzi y Hadji 2014).
En esa misma línea, aquí entenderemos la conectividad de los grupos estudiados como una propiedad histórica de su paisaje social, fruto de decisiones sobre su grado de participación o inhibición en el flujo de información, seres y materias circulantes (Mitrović 2016: 251-253).
Este fenómeno también se beneficiaría del análisis de redes, 2 Murrieta-Flores, P. 2007: Mobility, transhumance and prehistoric landscape.
Trabajo de Máster inédito.
Disponible en https://www.academia. edu/235419/Mobility_Transhumance_and_Prehistoric_Landscape._A_ GIS_Approach_to_the_Archaeological_Landscape_of_Almad%C3%A9n_ de_la_Plata_in_Andaluc%C3%ADa_Spain (consulta el 24/11/2017) entendiendo los yacimientos como nodos conectados entre sí definiendo estructuras (Fairén et al. 2006: 56; Mitrović 2016: 115-122), pero eso excede nuestro propósito exploratorio.
Por último, combinaremos el concepto de conectividad con el modelo de interacción entre comunidades políticas paritarias (Renfrew 1986).
Esa teoría permite un análisis social intermedio, entre las grandes dinámicas externas del comercio atlántico y mediterráneo y las culturas locales operando a escala local.
El objetivo es abordar comunidades vecinas autónomas conectadas y funcionalmente equivalentes, sin presuponer un mayor papel de unas sobre otras, ni exigir un grado de sofisticación sociopolítica concreto, por lo que caben desde estados hasta jefaturas transigualitarias.
Hemos realizado un trabajo experimental, evaluando la supuesta relación entre los yacimientos del II milenio AC y las vías pecuarias.
Recurrimos a los SIG porque permiten reducir la subjetividad inherente al acercamiento tradicional a la cuestión, meramente intuitivo y visual.
No empleamos ningún programa de SIG para analizar la conectividad ecológica o para simular los corredores3 (Chen 2010) por la enorme dimensión del área de estudio y la desigual resolución de la cartografía disponible.
Este ensayo se ha centrado en una zona del occidente de la península ibérica que cuenta con un importante número de yacimientos y con cartografía digital de las vías pecuarias.
El espacio de trabajo es un transecto delimitado convencionalmente por las provincias españolas de León, Zamora, Salamanca, Cáceres, Badajoz y Huelva (Figs.
Esta franja comprende la vía natural de comunicación suroeste-noroeste, probablemente utilizada durante las Edades del Bronce y del Hierro (Ruiz-Gálvez 1998: 329-340, 1999; Galán y Ruiz-Gálvez 2001; Almagro-Gorbea 2008: 33), que terminará generando el trazado del Iter Ab Emerita Asturicam (Fig. 2).
La infraestructura imperial romana coincide parcialmente con otros viales longitudinales en su misma dirección, como la Cañada Real Vizana o el Camino Mozárabe a Santiago (Mangas 1992).
Todos ellos estuvieron cruzados por caminos trasversales con diversas direcciones y peor documentados (Fig. 2), pero básicos en el movimiento de gente y ganado prehistóricos (Ruiz-Gálvez 1998: 330-331).
La red viaria aquí comprendida se engloba bajo la denominación popular de Ruta de la Plata.
Desde el punto de vista histórico, e incluso legal, se compone de viales pecuarios jerarquizados por su anchura e importancia, desde la cañada (de 75 m de anchura) hasta otros caminos menores (cordel, vereda, colada, paso) (García Martín 1991; Mangas 1992: 12-14; Fairén et al. 2006: 57).
La cartografía histórica, los mapas topográficos y la cartografía digital más reciente los recogen con bastante detalle (Figs.
Esta infraestructura, trazada y deslindada en su aspecto definitivo en época moderna, puede ser utilizada con fines comparativos (no reconstructivos) para investigar la movilidad prehistórica (cf. Fairén et al. 2006; Murrieta-Flores 2010, 2012; Murrieta-Flores et al. 2014).
Las opciones para atravesar tales paisajes conectando puntos discontinuos fueron finitas.
Así, aceptamos el supuesto razonable de que la caminería histórica responde a una secular acumulación de experiencia sobre el desplazamiento a pie por tales paisajes, con una dirección aproximada sur-norte, muy ajustado a las pendientes y al cruce de los cursos de agua, entre otros condicionantes.
Ese conocimiento práctico de siglos fue sedimentando culturalmente las mejores rutas -que han permanecido-frente a otras opciones posibles.
En una zona de trabajo tan amplia, que comprende un altísimo número de yacimientos del II milenio AC, atribuibles a situaciones muy diversas, hemos considerado solo aquellos con material cerámico de Cogotas I, sin distinción de fases y tanto asentamientos como túmulos o monumentos (Fig. 2).
Así, hemos elegido una muestra manejable de sitios con algún atributo compartido.
La tabla de sitios resultante (Anexo en la versión electrónica) se ha elaborado a partir del Inventario Arqueológico de Castilla y León tras un escrutinio muy restrictivo, excluyendo los de atribución dudosa, añadiendo algunos nuevos y se ha reasignado la localización de todos ellos.
Los sitios de Extremadura incluidos proceden de la bibliografía, y muy especialmente del trabajo de González Cordero (2015), y lo mismo sucede con el yacimiento de El Trastejón (Hurtado et al. 2011), el único con materiales de Cogotas I seguros en Huelva (Anexo en la versión electrónica).
Se ha utilizado un conjunto de capas de cartografía digital de la Infraestructura de Datos Espaciales de España (IDEE) y de sus equivalentes autonómicos, siendo especialmente importante la capa digital de Vías Pecuarias disponible en los geoportales del Ministerio de Agricultura, de la Junta de Castilla y León, la Junta de Extremadura y la Junta de Andalucía.
Esta capa vectorial contiene tramos discontinuos (Fig. 2), debido a la desigual preservación de la red viaria por su destrucción y la usurpación privada de estos bienes demaniales (Mangas 1992; Ruiz Martín y García Sanz 1998; Fairén et al. 2006).
Hemos manejado el programa ArcGIS 10.4 de ESRI, con licencia de la Universidad de Salamanca.
Se ha montado un proyecto para procesar las distintas capas digitales, siendo las fundamentales la de las vías pecuarias y la generada a partir de la tabla de yacimientos (Fig. 1B,C), así como otra capa de 176 puntos aleatorios generada con la opción Create Random Points (Fig. 3).
Para el tratamiento estadístico de los datos se ha utilizado el programa XSTATS.
El método ha consistido en combinar las capas de yacimientos y de vías pecuarias, y también las de puntos aleatorios y vías pecuarias.
Con la herramienta Proximity y la opción Near del programa ArcGIS se midió la distancia (lineal o euclidiana) mínima que hay entre cada uno de los sitios y cualquier tramo de vía pecuaria, y también entre cada uno de los puntos aleatorios y cualquiera de esos caminos.
Con el comando Near Distance el programa incorpora los resultados a la tabla de atributos añadiendo una nueva columna.
La anchura -física y legalmente fijada en el Medievo-de los caminos principales o "cañadas" (75 m) ha introducido cierta indefinición en las mediciones lineales.
Sin embargo, esa restricción se ha compensado porque la holgura de las cañadas pudo probablemente comprender los titubeantes trazados de rutas seculares.
Tras ensayarlas, rechazamos otras herramientas complementarias empleadas en trabajos similares, como los cálculos de cuencas visuales y la exposición visual entre vías y yacimientos (Criado y Vaquero 1993: 215-217; Murrieta-Flores et al. 2014: 83-86), ya que la mayoría de los sitios analizados son de llanura, sin apenas visión de los caminos.
Además, la baja resolución de la cartografía digital disponible para tan amplísima zona de trabajo ofrece recreaciones poco matizadas.
Los datos obtenidos permiten apoyarse en la estadística inferencial para comparar los valores de las mediciones de distancias entre ambos grupos de puntos -el de los yacimientos cogotenses y el de los puntos aleatorios -respecto a las vías pecuarias.
Se puede formular la hipótesis de partida de que ambas 'poblaciones' (en el sentido estadístico del término) son idénticas.
Esta sería la hipótesis nula (H 0 ), que se ha sometido a contraste mediante la prueba de Kruskal-Wallis, adecuada para la naturaleza no paramétrica de los datos.
De aceptar esa H 0, habríamos de concluir que la relación de los yacimientos estudiados con las vías pecuarias es análoga a la de los puntos aleatorios.
El rechazo de la H 0 llevaría a aceptar que la distancia entre sitios y caminos no parece deberse al azar, y por tanto, hay motivos razonables para sospechar que su proximidad pudiera ser resultado de una decisión cultural.
En cualquier caso, el recurso a este test no paramétrico no confirma nada, ni es un fin en sí mismo; simplemente informa de si merece la pena continuar afinando la cuestión (Eve y Crema 2014: 267).
Para pronunciarnos sobre la hipótesis nula, el test de Kruskal-Wallis ha procurado los siguientes resultados (Tab.
1): al tratar todos los sitios de la zona de trabajo en conjunto, el valor observado (K = 7.036) es superior al valor crítico (3,841) y su probabilidad (p = 0,008) es menor que el nivel de significación (α = 0,05), por lo que se rechaza la H 0.
Los yacimientos y los puntos aleatorios no proceden de una misma población estadística; la relación entre ambos es genuina, no responde al azar.
Esta garantía inicial indica que conviene seguir ahondando en este planteamiento.
Antes de seguir, y a la vista del mapa de dispersión de los yacimientos considerados (Fig. 2), parece justificado explorar la posibilidad de que haya diferencias regionales entre dos sectores separados por el Sistema Central: el de la parte más occidental de la submeseta norte (que comprende 141 sitios) y el de Extremadura (con 34 casos).
Se ha excluido El Trastejón (Huelva) porque su marginalidad podría distorsionar los resultados.
Las mediciones de esos mismos subconjuntos de datos se han cotejado con igual número de nuevos puntos aleatorios (Fig. 3): cálculo de las distancias de unos y otros a la caminería histórica con la función Near y evaluación probabilística con la prueba de Kruskal-Wallis.
En primer lugar, se presentarán los resultados obtenidos para el sector de la submeseta norte (Tab.
En este caso, el valor observado (K = 32,399) es superior al valor crítico (3,841), y su probabilidad (p < 0,0001) es menor que el nivel de significación (α = 0,05), por lo que también debe rechazarse la hipótesis nula y aceptar la hipótesis alternativa.
En cambio, al analizar por separado el sector de Extremadura (Tab.
Así pues, en ese tramo concreto parece que la proximidad entre los yacimientos considerados y la red caminera pudiera ser aleatoria.
Si nos atenemos a los resultados de las pruebas estadísticas, que ofrecen un resultado inmediato de este trabajo, parece que en la zona de las provincias occidentales de España -y especialmente en León, Zamora y Salamanca-, entre los factores de localización de los yacimientos de Cogotas I podría estar la proximidad a unas vías de tránsito que parecen haber prefigurado las vías pecuarias de época moderna.
El resultado negativo del sector extremeño, indistinguible del puro azar (Tab.
1), no sorprende tanto si consideramos que allí el número de yacimientos conocidos es mucho menor4.
De ampliarse las prospecciones la imagen sería diferente, como sugieren los trabajos en el Campo Arañuelo (Cáceres) (González Cordero 2015, o la caminería tradicional.
Eso sí, como contrapeso de esa afirmación, no debe olvidarse la elevada proporción que suponen los yacimientos más alejados de las cañadas (>2 km de distancia), que alcanzan cifras en torno al 45 %, tanto en toda la zona de estudio como en los subsectores de la submeseta norte y Extremadura (Fig. 5).
Más allá del resultado del experimento, si se acerca el foco a los yacimientos mejor conectados, a menos de 500 m de algún tramo de vía pecuaria, podrían hacerse también algunas consideraciones.
La mayoría de ellos viene a coincidir con el recorrido principal, mejor consolidado y de mayor capacidad de tránsito, de las cañadas reales conocidas como Vía de la Plata (Fig. 5): desde los leoneses (en Anexo en la versión electrónica, n.o 4, 5, 10, 12, 15, 34); los zamoranos (en Anexo,n.o 23,24,26,30,55,58,61,71,73,85), que continúan hacia el sur con los salmantinos (en Anexo,n.o 108,111,112), hasta llegar, a través de la zona del puerto de Béjar (en Anexo, n.o 138, 140) -algo menos cercanos pero en posiciones de claro dominio visual-, a los extremeños de Maltravieso, El Carrascalejo y Alange (en Anexo,n.o 168,173,174), para concluir en El Torrejón (Zufre), ya en la serranía onubense (en Anexo, n.o 176).
Es decir, que el eje de todos los trazados viales posibles según distintos factores, en cuya cercanía los sitios del II milenio AC se localizaron más coincide con los sucesivos caminos históricos, que fosilizan así unos usos inveterados.
Otra observación no desdeñable: algunos puntos que hoy parecen un tanto excéntricos en el mapa de yacimientos del II milenio AC pudieran responder también a la inmediatez de otros ramales de tránsito menores, como veredas y coladas (Fig. 5).
Tal es el caso, por ejemplo, del castro de Muelas del Pan o de Ledesma (en Anexo, n.o 46, 104) y, sobre todo, de los detectados en el denso foco cacereño del valle del Tiétar-La Vera (en Anexo, n.o 142-162).
Pese a su desigual reparto por una región tan extensa, en los sitios considerados se constatan algunas de las pautas de comportamiento compartido que definen Cogotas I: la presencia de alfarería con las características decoraciones, la proliferación de estructuras subterráneas, el débil rastro de las viviendas, ocasionales enterramientos en hoyos, etc. Contamos además con pruebas directas del intercambio de materias primas (López-Plaza et al. 2018), así como de la circulación de algunas mujeres a través del Sistema Central, como han mostrado recientes análisis de isótopos estables (Díaz-del-Río et al. 2017), probablemente debido a intercambios exogámicos (Abarquero 2012: 95-96).
Así pues, hay margen para caracterizar la interacción y el intercambio sin invocar esa manida categoría de los objetos de prestigio.
Pero los yacimientos estudiados no responden a una única tipología, ni sus criterios de localización fueron uniformes: predominan los lugares de llanura (Rodríguez Díaz y Enríquez 2001; Abarquero 2005; González Cordero 2015), pero la ruta está jalonada por enclaves conspicuos, como el salmantino inédito de Peña Blanca (en Anexo, n.o 125); el cacereño Castillo de Alange (en Anexo, n.o 174) (Rodríguez Díaz y Enríquez 2001); o el onubense de El Trastejón (en Anexo, n.o 176) (Hurtado Pérez et al. 2011).
Así pues, la proximidad a vías de tránsito fue uno más entre los factores barajados para establecerse.
Otros criterios también considerados parecen haber sido la orientación e insolación, el tipo de suelo y los recursos accesibles, la disponibilidad de agua y, sólo en algunos casos, la visibilidad desde esos emplazamientos (Pavón et al. 2018: 53-57).
Su localización probablemente respondió a una decisión grupal juiciosa y equilibrada antes que a los intereses de unos pocos.
Trabajar desde tales pautas del poblamiento -resultado de estrategias consensuadas y 'democráticas'-contribuye pues a elaborar lecturas alternativas al tradicional énfasis en las élites, dando voz a otros agentes sociales también participantes (Delgado 2013: 322-327).
La inmediatez de los yacimientos arqueológicos a las rutas pecuarias no informa de ninguna actividad económica concreta.
Aquí defendemos que esa variable probablemente dependió de la importancia otorgada a facilitar la conectividad de tales lugares.
Desde tal postura, el análisis arqueológico permite esbozar las tendencias diacrónicas de la conectividad del poblamiento junto al trayecto suroeste-noroeste aquí analizado (Fig. 2).
Así, durante el III milenio AC esa ruta funcionó ya como eje facilitador de contactos, pero las verdaderas arterias del occidente peninsular fueron los principales ríos que lo cruzan en sentido este-oeste: Guadiana, Tajo y Duero (Celestino 2001; Galán y Ruiz-Gálvez 2001; Rodríguez Díaz y Enríquez 2001), especialmente durante la etapa campaniforme (Liesau 2016).
Es entonces, durante el Bronce Tardío y Final, cuando ensayos con SIG como el efectuado en Almadén de la Plata (Sevilla) muestran la mayor proximidad de los asentamientos a los corredores terrestres naturales.
Ello se ha interpretado como un desinterés en la producción agraria, frente al énfasis en el intercambio de productos no subsistenciales, como los metales (Murrieta-Flores 2012: 114-117; Murrieta-Flores et al. 2014: 81).
Esa observación y la proliferación de enclaves con ocupaciones breves -posibles cuevas-redil y campamentos estacionales-han llevado a sugerir cierta especialización ganadera en unos paisajes adehesados de tal 'vocación' (Ruiz-Gálvez 1998: 235; Murrieta-Flores et al. 2014: 81).
Pero, como venimos defendiendo, la cercanía de hitos, monumentos o instalaciones prehistóricas a las vías pecuarias y la huella efímera del hábitat no indican necesariamente unas estrategias ganaderas especializadas.
Tampoco son indicadores adecuados para estimar la importancia relativa del pastoreo entre grupos que pudieron integrarlo con otras prácticas de subsistencia (Pavón et al. 2018: 57).
Una línea de evidencia más consistente para hablar de especialización estacional sería la proximidad de sitios provisionales a rutas de trasterminancia local valle-montaña (Galaty y Johnson 1990; Mlekuž 2005).
En cualquier caso, el peso concreto de la ganadería y la posible -pero poco probable-especialización pastoril deben caracterizarse con rigor, desligando su análisis de estereotipos atemporales, supuestamente impuestos por las condiciones naturales (Horden y Purcell 2000: 467-487).
En este sentido, calificar la importancia relativa de la ganadería y reconocer la trashumancia o la trasterminancia prehistóricas no son tarea sencilla.
El movimiento regular de pastores con su grey ha sido discutido en Arqueología con muy desiguales argumentos (Barker 1985; Walsh 2014).
En Iberia, el traslado del ganado a pastos estivales está bien constatado desde el Neolítico antiguo (Badal 1999; Rojo-Guerra et al. 2013;2014) y ha perdurado hasta tiempos subactuales (Fernández Mier y Tente 2018).
Entre las pruebas indirectas empleadas en su diagnóstico, la arqueobotánica ofrece valiosa información, al perfilar el impacto zooantrópico de tales ciclos pastoriles en entornos montañosos, a partir de efectos como el clareo del bosque por rozas con fuego y ramoneo, o la frecuencia de hongos coprófilos (López-Sáez et al. 2018).
Combinando la micromorfología, los fitolitos y la carpología (Lancelotti et al. 2014) se han reconocido agostaderos de media y alta montaña -majadas, cue-vas-redil-, ocupados repetidamente para aprovechar los pastos de veranada (Ruiz-Gálvez 1998: 329-340; Lozny 2013).
También las colecciones osteológicas del ganado permiten diagnosticar pautas complementarias de sacrificio entre la montaña y el llano (Arnold y Greenfield 2006); mediante elementos traza metálicos que indiquen regiones de pasto específicas (Logemann et al. 1995); o a partir de la huella isotópica adquirida por su dieta (Balasse 2014; Makarewicz y Sealy 2015).
En suma, cualquier estimación robusta sobre las estrategias pastoriles y su estacionalidad precisa cotejar líneas de inferencia independientes.
Respecto a lo aprendido con este experimento sobre la organización sociopolítica en la zona de estudio, es innegable que un único modelo sociológico difícilmente podría cubrir la rica casuística abordada.
Las gentes a lo largo de los casi 700 km lineales del itinerario principal considerado mantuvieron paisajes sociales diversos, contando con recursos muy desigualmente repartidos y bajo coyunturas cambiantes.
No nos parece plausible que el recorrido sur-norte aquí estudiado hubiera articulado relaciones de dependencia interregional entre un centro difuso en la baja Andalucía y una extensa, desagregada y mal comunicada periferia interior (Ruiz-Gálvez 1993; Celestino 2001; Rodríguez Díaz y Enríquez 2001).
Esos grandes relatos, con jerarcas y poderosos factores externos, no encuentran acomodo empírico al bajar al detalle (Gilman 1993), ni en experimentos como el aquí propuesto.
Pensar en términos de comunidades políticas paritarias (Renfrew 1986), podría ayudar a comprender mejor esas dinámicas históricas (Esparza 1999: 109).
Aunque la formulación original de la interacción entre grupos autónomos y equivalentes se centró en pequeños estados secundarios y jefaturas complejas (Renfrew 1986), esa teoría es suficientemente flexible para admitir sociedades con fuentes de poder y grados de integración política diversos.
Además evita explícitamente subordinar las dinámicas endógenas a vectores externos (Renfrew 1986: 2-8).
La clave de su análisis radica en la interacción a escala intermedia -entre las comunidades locales y el sistema macrorregional-, centrada en entidades vecinas interconectadas y transformándose bajo factores compartidos.
En el II milenio AC, a lo largo de la franja estudiada encontramos tradiciones culturales y formas de organización social heterogéneas.
El modelo de Renfrew (1986) permite apreciar mejor la gradación sur-norte de las expresiones materiales elitistas de entonces, como las estelas o la orfebrería (Díaz-Guardamino 2010): pertenecen a comunidades políticamente variadas, transformándose a muy distinto ritmo y en sentidos no coincidentes, pero interconectadas.
En el sector centro-sur hay muestras esporádicas de acumulación de riqueza y ocasionalmente pudieron funcionar organizaciones políticas comarcales (García Sanjuán 1999; Rodríguez Díaz et al. 2015), pero antes del I milenio AC sus formas de poder apuntan a pequeñas jefaturas territoriales efímeras.
Al norte del río Tajo se han reconocido organizaciones transigualitarias y tribales de tipo big man, facilitadas por el control del trabajo agrario y plasmadas en el consumo ostentoso de productos importados (Vilaça 1995; Armada 2013).
En el ámbito de Cogotas I los indicios comparables de riqueza escasean -una posible familia de cierto rango enterrada en San Román de Hornija (Valladolid), unas pocas preseas áureas-(Abarquero 2005; Delibes y Romero 1992, 2011).
Tan costosas exhibiciones de economía política no desentonan con lo esperable entre sociedades agrarias igualitaristas, cuya solidaridad parentelar no se quebró y que carecieron de base material para garantizar su reproducción (Gilman 1995; Díaz-del-Río 1995, 2001).
Algunos de esos grupos optaron por primar su conectividad, pero su rastro material ofrece una profunda impresión de humildad e isonomía, que no hay que confundir con subdesarrollo o rudeza (Gilman 1993: 109).
Así, en las tierras del Duero occidental y el Tajo medio, varias comunidades dispersas habrían decidido situarse junto a rutas de paso, para facilitar el mantenimiento de vínculos con jerarquías efímeras como las del centro-norte de la fachada atlántica peninsular (Vilaça 1995; Armada 2013).
De aquella decisión no cabe deducir consecuencias directas sobre su organización social.
Resistir activamente contra el surgimiento de jerarquías y participar de la circulación de conocimientos, personas y bienes pueden ser decisiones culturales compatibles.
Hacia mediados del I milenio AC todas esas trayectorias políticas convergieron en sociedades heterárquicas o germánicas (Gilman 1995) comparables.
La ruta surnorte estudiada tuvo entonces un papel fundamental en la recepción de gentes e innovaciones que contribuyeron a las transformaciones de la Edad del Hierro (Ruiz-Gálvez 1998: 230; Almagro-Gorbea 2008; Rodríguez Díaz et al. 2015).
Este trabajo ha tratado de mostrar las ventajas de recurrir a un concepto transversal como el de conectividad.
Esa propiedad del paisaje permite trascender el análisis cultural estándar, parcelado en las unidades de observación habituales, coherentes y bien demarcadas (culturas, etapas, regiones) y atender mejor a la fluidez y discontinuidad del paisaje como palimpsesto y como mosaico.
La conectividad es una variable relativa, pero medible de forma indirecta mediante herramientas de SIG de amplio uso.
Como experimento, el trabajo ha pretendido ser sólo un primer paso, imperfecto e inacabado, para efectuar comparaciones similares ensayando otros ámbitos de estudio, con muestras alternativas y explotando mejor la perspectiva diacrónica.
Nuestro enfoque no ha asumido una correlación necesaria entre mayores valores de conectividad -medible con la estrategia aquí ensayada o con otras posibles-y mayor volumen de mercancías, personas o ganados encauzados.
De hecho, Cogotas I se caracterizó como fenómeno social por su fragmentación, resiliencia y aislacionismo en la mayor parte de su vigencia y ámbito geográfico (Fernández-Posse 1998).
Además, los contextos de hallazgo de los objetos trasladados por rutas como la estudiada solo informan del final de sus ciclos de uso o biografías, de su desactivación social -abandono, destrucción, ocultación, etc. -, y no necesariamente de su consumo o destino.
Una vez más se constata que el funcionamiento social es difícilmente reducible a su huella arqueológica, sesgada y muy parcial.
Para continuar avanzando hacia la resolución de los problemas aquí planteados, sería ineludible el examen detallado de los materiales, especialmente las cerámicas decoradas, que comparecen en esos yacimientos más estrechamente relacionados con las vías pecuarias.
No es una empresa fácil, por la gran cantidad de material disponible, procedente de prospecciones de superficie.
Pero ya se ha señalado (Sánchez-Polo 2011) cómo ciertos patrones decorativos con la técnica del puntillado se reconocen en sitios junto a ese alineamiento fundamental norte-sur, desde El Juncal de Villaralbo (Zamora) al Castillo de Alange (Badajoz) (en Anexo en la versión electrónica, n.o 71 y 174) o desde el valle medio del río Esla hasta la zamorana Tierra del Vino.
En otro trabajo muy diferente (López-Plaza et al. 2018) se ha insistido en esas conexiones deducibles de las cerámicas para justificar el tráfico de otros materiales, como la materia prima de los molinos de vaivén, prescindiendo del cliché del pastor nómada (Díaz-del-Río 2001: 82).
Estamos ante un problema que no se limita estrictamente a la cuestión del desplazamiento de ganados, sino que remite más bien a la interrelación entre grupos con desigual organización política.
Ahora se están efectuando también análisis de isótopos estables de los restos humanos de la submeseta norte, otra posible vía para identificar desplazamientos humanos, tal vez relacionados con la caminería aquí tratada.
Los resultados alcanzados invitan a proseguir el ensayo aquí realizado, mejorando las condiciones del experimento: si se pudiera disponer del contorno aproximado de todos los yacimientos -o al menos de aque-llos muy próximos a las cañadas-y de una cartografía digital de mayor precisión -ahora disponible para la provincia de Valladolid-, se podría evaluar la hipótesis utilizando, en vez de las distancias lineales, los tiempos de marcha a pie.
La relevancia del problema de fondo, esto es, la identificación de redes sociales que facilitaron el intercambio de bienes, conocimientos y personas, bien lo merecería.
La Junta de Castilla y León facilitó el acceso al inventario arqueológico regional y el Dr. Antonio González Cordero el texto de su contribución al Coloquio Histórico-Cultural del Campo Arañuelo, una fuente esencial para Extremadura.
El Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente nos proporcionó la capa vectorial de "cañadas".
Otra cartografía digital consultada está disponible en la Infraestructura de Datos Espaciales de España (IDEE) y en los geoportales de las comunidades autónomas de Castilla y León (IDECyL), Extremadura (IDEEX) y Andalucía (IDEA).
Dos revisores anónimos y los editores de la revista ayudaron a mejorar el trabajo.
En la versión electrónica de este artículo, disponible en libre acceso en la página web de la revista, se incluyen en el PDF como anexo la localización y listado de sitios de Cogotas I.
Conectividad en la Edad del Bronce del occidente de la península ibérica.
Examinando la relación entre sitios y vías pecuarias mediante SIG
Antonio Blanco González y Ángel Esparza Arroyo |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
En este artículo se estudia la cerámica excisa como un indicador de los procesos de interacción e intercambio en el valle medio del Ebro.
A partir de una breve historiografía abordamos el estado de la cuestión de las investigaciones sobre la cerámica excisa, tema que desde finales de la década de 1980 apenas ha sido tratado en este territorio.
La incorporación de nuevos yacimientos y, en especial, las series de dataciones absolutas de los fondos de cabaña de El Sequero (Arrúbal), del yacimiento de Partelapeña (El Redal), ambos en tierras riojanas, y del poblado de El Morredón (Fréscano, Zaragoza) en el valle del Huecha son el punto de partida de una serie de reflexiones sobre los mecanismos sociales que propiciaron la aparición y distribución espacial de esta alfarería.
La aplicación de estadística bayesiana al repertorio de fechas radiocarbónicas permite presentar un marco cronológico para las primeras manifestaciones de cerámica excisa que coinciden mayoritariamente con la presencia de Cogotas I, la posterior incorporación del repertorio decorativo a formas y tipos habituales en el Bronce Final,
un buen número de ensayos a lo largo del siglo XX.
Habitualmente han ido de la mano de los dedicados al Bronce Final y Primera Edad del Hierro del valle del Ebro y de la Meseta, territorios en los que desde las primeras décadas se fueron detectando producciones alfareras con esta técnica ornamental.
Sin pretensiones de exhaustividad y siendo conscientes del evidente predominio de las explicaciones de corte historicista, abordamos una sucinta historia de las investigaciones con el fin de plasmar diferentes interpretaciones que, aún dentro de un mismo paradigma, son necesarias para contar con un diagnóstico preciso a día de hoy.
A comienzos del siglo XX los primeros hallazgos de cerámica excisa se localizaron en tres zonas: el valle del Ebro con el poblado bajoaragonés del Roquizal del Rullo, el castro de Cogotas en la meseta norte (Cabré 1929(Cabré, 1930) y los yacimientos de los alrededores de Madrid (Pérez de Barradas 1934).
La explicación del arqueólogo aragonés Cabré contemplaba una posible producción indígena enraizada en la tradición campaniforme, mientras el erudito madrileño Pérez de Barradas defendía una supuesta relación con las culturas centroeuropeas de la Edad del Bronce.
Sus propuestas siguen siendo objeto de debate.
La proliferación de hallazgos propició la primera síntesis a cargo de M. Almagro Basch (1939).
Su teoría por la personalidad de su autor, las circunstancias político sociales y la ausencia de nuevas investigaciones se mantendrá vigente durante casi cuarenta años.
La cerámica excisa tendría un único origen en la Cultura de los Túmulos del sur de Alemania y llegaría a la península ibérica a través de los Pirineos de la mano de gentes indoeuropeas con una cultura propia de Campos de Urnas.
El origen inmediato era ultrapirenaico, pero la génesis de la técnica decorativa se relacionaba con el vaso campaniforme peninsular que, en su expansión fuera de nuestras fronteras, influiría en la Cultura de los Túmulos (Almagro Basch 1939: 141-142).
El valle del Ebro, por su estratégica situación, se convirtió en necesario protagonista de estas teorías.
Conceptos como "indoeuropeización" o "celtización", a partir de la presencia de elementos hallstátticos o de Campos de Urnas centroeuropeos, fueron utilizados de manera habitual desde el final de la Guerra Civil.
Todas estas referencias y otras muchas más generales aparecen reseñadas de manera exhaustiva en "La Indoeuropeización del valle del Ebro" de Beltrán (1960).
Aquí se refuerza la procedencia centroeuropea de la cerámica excisa para los conjuntos del valle, y en especial para los bajoaragoneses, donde se producen "modos decorativos de una regularidad asombrosa y copiados servilmente" de modelos de Hallstatt A y B, e incluso de temas del Bronce Final (Beltrán 1960: 112).
El trabajo de Molina y Arteaga (1976) cambiará la dinámica de las investigaciones.
La técnica de la excisión se vincula con la cerámica campaniforme, estilo Ciempozuelos, cuya influencia en la génesis de Cogotas I será determinante.
A la vez se establece una diferencia nítida con la alfarería del valle del Ebro cuya vinculación con las culturas transpirenaicas se sigue manteniendo (Molina y Arteaga 1976: 176).
M. Almagro Gorbea (1977: 114) no se posiciona a favor de un origen ni en el campaniforme, ni en las culturas centroeuropeas del Hallstatt C y D. Reinterpreta la procedencia continental a través del suroeste de Francia, donde regiones como Aquitania actuarían como catalizador de las primeras importaciones desde la Cultura de los Túmulos.
Muy interesantes y de calculada ambigüedad son las reflexiones de G. Delibes (1978), plasmadas en su discurso a propósito del enterramiento de San Román de la Hornija.
A la pregunta de si la excisa de Cogotas I es autóctona o importada opta por una respuesta no exenta de cautela y destaca que "todos los grupos europeos con excisión de la Edad del Bronce tienen una tradición cerámica de incrustación y reúnen condiciones para poder haber sido originarios o creadores de esta técnica" (Delibes 1978: 241).
A la vez asume que Cogotas I es una cultura indígena con una cerámica a la moda de otros grupos de pastores de la época (Delibes 1978: 242).
Los sucesivos trabajos de G. Ruiz Zapatero (1980, 1981, 1985 1 ) son referentes en la historiografía del valle del Ebro ya que recogen y analizan de manera exhaustiva todos los hallazgos.
Su visión coincide con la de Molina y Arteaga (1976).
En paralelo se gesta una visión radicalmente distinta cuyo exponente son los artículos sobre el Bronce Final y la Edad del Hierro en el valle del Ebro publicados por M. Pellicer (1984aPellicer (, 1984bPellicer (, 1985)).
Rebate la procedencia suprapirenaica, renana o francesa, optando definitivamente por un origen peninsular en el horizonte Cogotas I, inspiración tanto de los vasos del alto y medio Ebro como del Bajo Aragón (Pellicer 1985: 356).
Esta misma idea, afirmada de modo menos contundente, subyace en la monografía dedicada a la cerámica excisa del alto y medio Ebro, último ensayo dedicado a este tema y de cuya redacción se cumplen ahora treinta años (Álvarez y Pérez Arrondo 1987: 117).
El valle medio del Ebro permanecerá anclado en las investigaciones de la década de 1980.
La aceptación de las tesis de Pellicer es habitual en la mayoría de las referencias, asumiendo la procedencia interior, desde la Meseta al valle, y con una supuesta mayor antigüedad en el alto y medio Ebro respecto a las tierras orientales (Ruiz Zapatero 1995: 27-28, 2010: 95).
Si queremos avanzar en el conocimiento es preciso cambiar determinadas dinámicas y modificar el discurso.
Sirvan como ejemplo recientes ensayos sobre Cogotas I en la Meseta referidos tanto a la cerámica como al declinar de la propia cultura y su evolución a la Edad del Hierro (Blanco 2010(Blanco, 2012(Blanco, 2015(Blanco, 2018)).
Pero ante todo urge paliar el notorio descenso de la producción científica sobre la Edad del Bronce que se aprecia en algunas comunidades autónomas.
Es llamativa la ausencia de investigaciones desde la década de 1980 en La Rioja (Rodanés et al. 2016), realidad muy distinta a la de la limítrofe Comunidad de Navarra, donde se cuenta con un nutrido repertorio de yacimientos y hallazgos (Castiella 1977(Castiella, 1995;;Armendáriz 2008; Llanos et al. 2009).
A pesar del negativo diagnóstico, lo avanzado en el conocimiento del II milenio y comienzos del I a.
C. permite centrar el problema de la cerámica excisa, en especial en el denominado Bronce Tardío.
La situación aún así es compleja.
El inevitable fracaso en el afán por describir realidades arqueológicas homogéneas ha restado visibilidad a esta cerámica.
Las investigaciones muestran un mosaico con límites difusos que, por el momento, intentamos describir, datar e interrelacionar en la medida de lo posible (Sesma y García 1994; Rodanés 1995; Rodanés y Sopena 1998; Picazo 2005).
En Arqueología, un fenómeno se hace visible cuando se reúnen una serie de hallazgos con ciertas características comunes que se intenta explicar mediante diferentes paradigmas interpretativos, no necesariamente excluyentes.
En nuestro caso estudiamos la cerámica excisa como un rasgo en el interior de un subsistema tecnológico, económico, social o simbólico.
El que no pretendamos tratar el sistema cultural en su totalidad no excluye que valoremos los pequeños o grandes cambios en un simple rasgo como una alerta de las variaciones que pueden modificar comporta-2 Véase n.
1. mientos del sistema general.
Habitualmente, según la teoría clásica, la zona con mayor antigüedad y densidad de hallazgos es la de invención, fábrica y posterior expansión a otros territorios.
Por ello, es de crucial importancia situar en el espacio los hallazgos y definir los contextos donde se producen por primera vez.
Igualmente, debemos ser conscientes de que los límites, geográficos o políticos, que imponemos en nuestros ensayos no se corresponden con realidades arqueológicas.
Somos partidarios y damos gran importancia a los estudios a escala local, con planteamientos muy cercanos a la denominada microhistoria (Rodanés y Picazo 2005: 7-9).
Esto en modo alguno es un inconveniente para ampliar la escala y determinar los procesos en otras zonas cuyas poblaciones han podido interrelacionarse, excepto que consideremos, y no es el caso, que el fenómeno investigado se genera en el territorio estudiado.
La situación estratégica del espacio que estamos tratando, indudablemente, debe tenerse en cuenta, ya que factores como la permeabilidad, las rutas y vías de comunicación natural son importantes para valorar las posibilidades de relación, interacción o intercambios.
Por ello creemos necesario apreciar la realidad arqueológica de territorios cercanos cuyas relaciones a lo largo de la Prehistoria están perfectamente documentadas.
En estos últimos treinta años, las investigaciones sobre la Edad del Bronce en la Meseta han experimentado un espectacular desarrollo.
Como sucede en otros ámbitos espacio-temporales, el desarrollo de la alfarería se ha tenido en cuenta como elemento primordial para construir los primeros esquemas y periodizaciones (Castro-Martínez et al. 1995).
La cerámica con decoración excisa, incisa y de boquique han sido objeto de especial atención.
Se admite que la primera técnica se incorpora al repertorio decorativo en momentos plenos y avanzados de Cogotas I (Rodríguez Marcos 2007: 436-437).
En cronologías absolutas podríamos hablar de su inicio en tor- (Abarquero 2005: 65).
Recientes descubrimientos en varios yacimientos, sin embargo, han puesto de relieve nuevamente los recipientes con formas y decoraciones de estilo Duffaits, analizándose los contextos de manera pormenorizada.
No se trata de una explicación genérica como las citadas (Almagro Gorbea 1977; Coffyn 1979), sino de reflexiones que marcan una nueva tendencia y obligan a mantener abiertas otras posibilidades de interpretación.
El artículo de referencia (Delibes et al. 2000) combina un minucioso estudio de la taza carenada de la cueva del Asno, un buen estado de la cuestión y la pormenorizada descripción de ejemplos que se alejan de los patrones decorativos habituales en Cogotas I. A la vez explora interesantes mecanismos o hipótesis sobre su presencia en tierras hispanas que se distancian de los clásicos argumentos historicistas, sentando las bases de posteriores explicaciones.
Esta realidad comienza a ser tenida en cuenta en recientes publicaciones (Rodríguez Marcos 2007: 371-372; Blanco 2015Blanco: 45, 2018: 26) y de nuevo, bajo otras perspectivas, debe examinarse el proceso dada la antigüedad de los contextos posibles donde se documentan las piezas.
Ello supondría replantearse el origen o el proceso de adopción de la técnica.
Una mirada al norte de los Pirineos
Los ensayos de Millotte en la senda de clásicos trabajos que se remontan a finales del siglo XIX marcan las tendencias en la investigación que hasta la década de 1970 destacarán las relaciones y la importancia de la Cultura de los Túmulos nordalpinos y en especial el Grupo de Hagueneau para explicar el desarrollo del Bronce Medio y Final.
En el caso de la excisión defenderá las grandes semejanzas entre Alsacia y los grupos de Alemania del Sur, sin pronunciarse claramente sobre su origen, pero aceptando que sería un núcleo que irradiaría su influencia en todas las direcciones (Millotte 1961: 216).
Señalaremos dos acontecimientos importantes: la definición por par-te de Gómez de Soto (1973,1995) de la Cultura de Duffaits y las ponencias y comunicaciones del Congreso de Estrasburgo de 1988.
En ellas se aborda el estado de la cuestión sobre la "Dinámica del Bronce Medio en Europa occidental" (Mordant 1989), destacando la diversidad cultural, a la vez que se replantea la unidad de la técnica y la dependencia del Grupo de Haguenaeau, con una clara plasmación cartográfica de la repartición de los diferentes tipos de cerámica excisa en el país vecino (Piningre y Plouin 1989, en especial tipo 23).
Si en un principio el autor francés admite que ciertas formas tienen sus raíces en el Bronce Antiguo de la zona y las decoraciones excisas revelan un influjo oriental (Gómez de Soto 1995: 140-142), con el paso del tiempo las irá desligando de las fuertes influencias de la Cultura de los Túmulos y señalando la posibilidad de fenómenos de convergencia, sugerirá una poligenia o un modelo multipolar para los diferentes tipos de las regiones de Francia.
La cronología de la cerámica en cada una de ellas es tan antigua como la de los primeros ejemplares de la Cultura de los Túmulos, por lo que se podría argumentar un origen independiente y una evolución paralela (Gómez de Soto 2010, 2013).
El denominado grupo de Saint Véredème (Arnal y Riquet 1961), distribuido por gran parte de Languedoc oriental, ha sido igualmente utilizado como argumento a favor de la existencia de cerámica excisa en el valle del Ebro.
En este caso las afinidades formales (tipológicas y decorativas) son menores.
Desde las primeras investigaciones se aprecia una clara tendencia a desligar su génesis de las corrientes centroeuropeas.
Se descarta la influencia de la cultura tumular germánica, centrándose en la evolución local a partir de las decoraciones de la cerámica de Ferriéres y del campaniforme local, donde llegan a identificar auténticas excisiones configurando zig-zag y dientes de lobo, estando presentes todos los motivos que luego aparecerán en Saint Véredème.
Definitivamente, rechazan las posibles influencias externas, salvo la de la Cultura de Polada (Arnal y Riquet 1961: 18-23).
Proponen una cronología antigua que más tarde Roudil (1972) hará coincidir con el Bronce Final I y comienzos del II, prolongando su influencia, aunque con notables diferencias en técnica y estilo, en las decoraciones excisas de la Primera Edad del Hierro languedociense en la que tampoco se aprecian influencias de las culturas centroeuropeas (Dedet 1980: 43).
YACIMIENTOS CON CERÁMICA EXCISA EN EL VALLE MEDIO DEL EBRO
Contamos con buenos repertorios que progresivamente se han ido actualizando tanto de los hallazgos del valle del Ebro que incumben a Cogotas I como a los relacionados con el Bronce Final y Primera Edad del Hierro.
Los más recientes de Narvarte (2001) y Abarquero (2005Abarquero (, 2012) ) recogen y cartografían las referencias pormenorizadas del alto y medio Ebro, Jalón-Alto Huerva e interior de Aragón, junto al análisis de formas y motivos decorativos (Abarquero 2005: 112-141).
Se les añaden el igualmente novedoso de Navarra (Sesma et al. 2009) o los escasos fragmentos inéditos de Peña Amarilla (Urrea de Jalón).
Sobre el segundo grupo, más propio del Bronce Final, no hay grandes novedades respecto a las obras ya señaladas.
Navarra es la comunidad con las actualizaciones más recientes (Armendáriz 2008; Llanos et al. 2009).
En el resto del territorio los hallazgos aislados acrecientan el repertorio: en la Rioja se deben mayoritariamente a prospecciones superficiales (Pascual Mayoral y Pascual González 1984; Pascual González 2000; Antoñanzas e Iguacel 2011: 45-50), mientras en Aragón, todavía permanecen inéditos: Carracierzo (Bisimbre), El Quez (Alberite de San Juan), Burrén y Burrena (Fréscano), El Convento (Mallen), El Calvario (Calatorao) o los fragmentos del nivel inferior de Cabezo Morrudo (Rodén) 5 (Fig. 1).
Dada la precariedad de las investigaciones, siguen siendo válidas la cartografía, el tratamiento de motivos y las descripciones literarias de Pellicer (1985), las tablas de Álvarez y Pérez Arrondo (1987) y Abarquero (2005), con interesantes diagramas evolutivos en las décadas siguientes (Ruiz Zapatero 1995: 28).
Los nuevos vasos decorados anteriormente citados no aportan tipos o decoraciones inéditas.
Hemos intentado paliar la ausencia o escasez de dataciones absolutas, una de las carencias más significativas, combinando la revisión de las dataciones C14 de dos yacimientos ya conocidos y un tercero recientemente publicado con su significativa colección de cerámicas excisas procedentes de contextos ajenos a Cogotas I.
Yacimientos con cerámica excisa y nuevas dataciones absolutas
Partelapeña (El Redal, La Rioja)
La publicación de Álvarez y Pérez Arrondo (1987), la más significativa hasta la fecha, recoge el descubrimiento, excavación y exposición de resultados en este poblado desde 1930.
En la tesis de P. Álvarez6, se estudian antiguos materiales y los aparecidos en las nuevas campañas de excavación.
Las dataciones correspondientes al final de la Edad del Bronce y Primera Edad del Hierro que presentamos son deudoras de la metodología y resultados de las investigaciones antes comentadas (Pérez Arrondo 1983).
En este trabajo mantendremos las denominaciones de las fases propuestas en la monografía sobre la cerámica con decoración excisa (Álvarez y Pérez Arrondo 1987: 33-35), que no se modificaron en los estudios posteriores, centrándonos en las que poseen dataciones absolutas y, en especial, en las obtenidas recientemente7.
Nivel V. Coincide con un extenso poblado celtibérico.
Más impreciso, documentado únicamente en el corte V, se caracterizaba por la presencia de los pequeños vasos globulares de cuello cilíndrico característicos de la Primera Edad del Hierro (Álvarez y Pérez Arrondo 1987: 33).
Una datación (Beta-325724, 2520 ± 40 BP) coincide exactamente con una de las proporcionadas por una serie de carbones del primer poblado de la Edad del Hierro del Cabezo de la Cruz de la Muela (Zaragoza) (Picazo y Rodanés 2009: 78).
Nivel III, estratos b1-b2 y c2 de 1979, coincide con la ocupación más importante e intensa.
De él proceden los característicos materiales cerámicos con decoración excisa (Álvarez y Pérez Arrondo 1987: 33-35).
El Nivel II, estrato c2 del sondeo de 1979, aportó escasos materiales cerámicos.
Son similares a los del nivel anterior, con reiteración de formas y decoraciones.
Parece corresponder a una remodelación de una vivienda de la fase III.
El Nivel I, estrato c4 de 1979, coincide con una agrupación irregular de cantos con cierta alineación que pudiera corresponder a un muro de tendencia circular, junto a restos de cenizas de un posible hogar.
La fecha es comparable con las de Trab.
Ya al interpretar el contexto destacamos la posibilidad de que se pudiera relacionar con el nivel inferior de la estratigrafía de Partelapeña (Rodanés 1995: 73).
El Sequero (Arrúbal, La Rioja)
El paraje se ubica en el polígono industrial de El Sequero en Arrúbal enclavado en la ribera del Ebro.
En febrero de 2003 aparecieron los primeros indicios de un yacimiento en la construcción de una central térmica de ciclo combinado.
La intervención de urgencia llevada a cabo por L. Gil Zubillaga sacó a la luz dos estructuras, excavadas en su totalidad, estudiadas y publicadas recientemente (Rodanés et al. 2016).
En la memoria, con distintos argumentos, se analizan diferentes hipótesis, se explica la evolución deposicional y postdeposicional de los niveles y se justifica la interpretación de los hallazgos como fondos de cabaña o en su caso restos de viviendas semisubterráneas (pithouses o dwelling-pits).
Ambas estructuras necesariamente estuvieron interrelacionadas.
Es posible que la no2 no se ocupara o fuese abandonada en beneficio de la primera, convirtiéndose en una fosa secundaria utilizada en momentos puntuales como basurero.
El conjunto de restos respondería a una residencia secundaria de carácter familiar, satélite o dependiente de un poblado principal de mayores dimensiones.
Sería la plasmación de la vertebración del territorio derivada de la colonización y explotación intensiva de los terrenos llanos y aluviales del valle del Ebro (Rodanés et al. 2016: 105-106).
La ocupación según las dataciones de C14 se extiende a lo largo del siglo IX cal AC.
El material más significativo y casi exclusivo es la cerámica, mayoritariamente procedente de la estructura 1.
En ella se inventariaron 1061 fragmentos cerámicos, reconstruyéndose un mínimo de 96 vasos, 34 de ellos con su perfil completo, con una alta proporción de formas de mesa y almacenaje.
Destacan algunos recipientes por su decoración a base de incisiones, excisiones, elementos plásticos e impresiones.
Las decoraciones excisas son especialmente significativas para el tema de este trabajo, siendo los motivos más repetidos zigzag en altorrelieve y ajedrezado, y minoritariamente rombos en altorrelieve y rectángulos excisos.
El espacio decorado con excisión está siempre delimitado por motivos incisos.
Esta combinación de excisión, incisión e impresión aparece indistintamente en vasos de pequeño y gran tamaño, siempre en recipientes con pastas depuradas y acabados bruñidos (Fig. 2).
De los siete vasos decorados con excisión seis corresponden a la estructura 1.
Los perfiles habituales son bitroncocónicos, de carena media-alta y cuello exvasado.
Los encontramos en el valle medio del Ebro coincidiendo con la Fase I del Cabezo de la Cruz (La Muela), en este caso sin decoración excisa, bien datados entre finales del siglo X e inicios del IX cal AC y la segunda mitad del IX cal AC (Picazo y Rodanés 2009: 247).
También se identifican platos o cuencos con decoración en el interior y, en menor proporción, vasos de almacenaje, coincidiendo con los tipos 1 y 2, forma 4 y 5 de dicha clasificación (Álvarez y Pérez Arrondo 1987: 105).
El yacimiento más significativo por cercanía, relevancia, documentación y afinidades formales es Partelapeña.
En el ya comentado nivel III, los motivos ornamentales más complejos corresponden a excisión e impresión y se caracterizan por su configuración geométrica: triángulos, zig-zag, cuadrángulos, rombos, figuras romboidales y franjas paralelas.
En él están presentes todos los motivos detectados en El Sequero y predominan los tipos asociados a Campos de Urnas que conviven con las típicas decoraciones acanaladas.
Encontramos materiales cerámicos comparables en poblados riojanos como Cerro de Santa Ana (Entrena), Cabezo de la Torre (Aldeanueva de Ebro), Las Caracolas (Pradejón), Sorbán (Calahorra), Raposal y San Miguel (Arnedo) y Eras de San Martín (Alfaro).
Todos ocupan las fértiles tierras aluviales junto a los cauces de los ríos afluentes del Ebro por su margen derecha (Rodanés et al. 2016: 73).
El Morredón (Fréscano, Zaragoza)
Este poblado ubicado en las proximidades del río Huecha, tras ser descubierto en los años 1970, fue objeto de distintas intervenciones cuyos materiales han dado lugar a varias noticias y publicaciones (Royo 2005).
Entre 2002 y 2004 se desarrollaron tres extensas campañas de excavación dirigidas por J. Navarro que permanecían inéditas y están siendo actualmente objeto de estudio como parte de la tesis doctoral de uno de los firmantes (PA-C).
Las actuaciones se centraron en una serie de estructuras en la parte sudoeste del cerro y en un área amesetada en la zona noreste, que corroboraron la existencia de un poblado aterrazado con ocupación desde el Bronce Tardío hasta la Primera Edad del Hierro.
La fase III de poblado, de la Primera Edad Hierro, se documenta en las dos áreas intervenidas.
En la parte superior se conservan diferentes remodelaciones del pavimento y los cimientos de varios muros, estructuras de combustión y agujeros de postes.
El arrasamiento ha destruido los niveles de ocupación y la mayor parte de las estructuras, siendo difícil la definición de espacios.
En la ladera sudoeste se suceden estructuras de planta rectangular, en algunos casos excavadas en la roca natural del cerro, con zócalos de piedra y levantamientos de manteados de barro que, a pesar de su pobreza estructural (ausencia de hogares, bancos corridos o muros divisorios), podemos interpretar como espacios domésticos.
Los materiales cerámicos son similares al repertorio característico del período en el valle medio del Ebro, con perfiles de cuello cilíndrico y cuerpo globular y platos troncocónicos, mayoritariamente sin decoración (Aranda-Contamina et al. 2016).
El Bronce Final, la fase II del poblado, se identifica solamente en la zona noreste del cabezo.
La fuerte erosión y el aterrazamiento de los niveles posteriores han provocado una escasa potencia estratigráfica y una cierta pobreza estructural.
Se conservan niveles de relleno y regularización y un pavimento extendido por gran parte de la cuadrícula con escasas estructuras asociadas.
Los materiales son mayoritariamente cerámicos: perfiles bitroncocónicos con carena y cuello exvasado con ocasionales decoraciones incisas, excisas y de boquique.
Tipologías similares definen el PIII del Alto de la Cruz de Cortes (Maluquer et al. 1990: 57-62).
Entre decoraciones excisas, el motivo predominante es el de triángulos excisos, y en menor medida, zigzag en altorrelieve, rombos y rectángulos excisos.
Estos aparecen siempre combinados con motivos incisos que delimitan los espacios decorados y los triángulos en altorrelieve, generalmente líneas oblicuas.
Minoritariamente la excisión se combina con boquique e impresión.
Se dispone en vasos de pequeño tamaño, generalmente con acabados pulidos, forma bitroncocónica con carena en posición media, con la excepción de un fragmento de cuerpo globular y cuello cilíndrico con motivos de rombos excisos localizado en superficie (Fig. 3).
Por último, el nivel del Bronce Tardío, fase I, se ha identificado en una unidad estratigráfica de relleno y nivelación del pavimento del Bronce Final, con una fecha de 2946 ± 29 BP (D-AMS 021821).
El material cerámico es escaso, poco cohesionado y muy fragmentado.
Corresponde a vasos de almacenaje (gruesas paredes con cordones digitados) y de mesa, con perfiles carenados, acabados pulidos y alisados, cuellos rectos y exvasados.
En principio, en espera de futuras actuaciones, detectamos una primera ocupación como sucede en el Alto de la Cruz (García López 1994) o la anteriormente citada del nivel inferior de Partelapeña.
Una lectura a partir de las fechas C14: aplicación de estadística bayesiana
Expuesta a grandes rasgos la problemática de la cerámica con decoración excisa en el valle del Ebro, incidiremos en los aspectos cronológicos a partir de la presentación de las nuevas dataciones, mediante estadística bayesiana.
Utilizamos los yacimientos con niveles o materiales de Cogotas I del Bronce Tardío (Tab.
1) y los contextos arqueológicos con elementos formales de Campos de Urnas durante el Bronce Final (Tab.
Contamos con 9 dataciones para el primero y 15 para el segundo, en su mayoría inéditas o recientemente publicadas.
Este desequilibrio numérico entre ambas fases tiene también su reflejo en una desigual distribución espacial (Fig. 1) y, más todavía, en el recuento de hallazgos, donde la representación de Cogotas I se reduce a 21 yacimientos frente a 66 correspondientes al Bronce Final-Campos de Urnas.
Las asociadas a Cogotas se localizan casi exclusivamente en la zona del Alto Ebro.
Las únicas dataciones de la zona oriental del valle proceden del Cabezo del Cuervo (Alcañiz, Teruel) y, siguiendo a Abarquero (2005: 143, pie de página), han sido descartadas.
Las correspondientes al Bronce Final, sin embargo, se reparten por todo el valle medio con dos claros focos: el Bajo Aragón y el valle del Huecha.
Creemos, aún así, que su aplicación puede completar, incluso matizar, la mera exposición de fechas calibradas y contribuir a un mejor conocimiento de la dinámica temporal.
La modelización se ha realizado mediante el software OxCal v.
4.3 (Bronk Ramsey 2009), agrupando las dataciones en dos fases según el grupo cultural.
Se ha recurrido a un modelo trapezoidal de fases contiguas, ya que consideramos el empleo de la técnica de decoración excisa fruto de un continuum, a pesar del más que probable origen y desarrollo independiente de las dos realidades sociales y culturales.
Por otra parte, el modelo trapezoidal, recientemente incorporado al software OxCal, frente al uniforme aplicado por defecto (Bronk Ramsey y Lee 2013), permite un inicio, un final y una transición igualmente gradual entre fases, aplicándose, por tanto, a fenómenos en los que no puede asumirse un evento inicial y final rotundo y seguro (Karlsberg 2006; Lee y Bronk Ramsey 2012).
Conscientes de la problemática en torno a la utilización de fechas radiocarbónicas procedentes de excavaciones antiguas, cuyo contexto no es bien conocido y puede haber contaminaciones (Bayliss 2015: 683-690; Pettitt y Zilhao 2015), se ha prescindido de algunas de ellas tras someterlas a la necesaria valoración crítica, tanto por no proceder de contextos seguros, como por dudar de su fiabilidad o haber sido identificadas como outliers8.
Las descartadas son tres dataciones de Moncín (Borja, Zaragoza), aunque todo el conjunto debe ser utilizado con precaución al tratarse de un asentamiento carente de estratigrafía vertical que metodológicamente no aportaría datos adicionales a la estadística.
No obstante hemos decidido mantener las más fiables.
Ha sido excluida la muestra con sigla BM-2607 por la discrepancia señalada por los propios investigadores con la datación BM-2606, procedente del mismo nivel IIA pero de un contexto más fiable (Harrison et al. 1994: 159).
Las muestras BM-1926R y BM-2193R han sido descartadas por su escasa fiabilidad al ser resultado de la recalibración de las fechas originales afectadas por un error sistemático del Radiocarbon Laboratory del Museo Británico de Londres (Moreno y Harrison 1990: 14 y 15).
Las series más completas y fiables son las que ahora damos a conocer, en especial las de El Morredón, Partelapeña y El Sequero.
Como resultado de la aplicación del modelo propuesto, hemos definido los momentos de inicio y final de la decoración excisa en el valle del Ebro, así como el intervalo de transición entre los dos grupos culturales en los que aparece.
El índice de correlación general del modelo es consistente (A overall 106.5).
Los resultados obtenidos se encuentran en distribuciones de probabilidad del 68,2 % y 95,4 % (Fig. 4).
La datación más antigua de un contexto de Cogotas I con cerámica excisa se localiza en Moncín, entre 1350 y 1115 cal AC (95 %) y 1273 y 1129 cal AC (68 %), seguido de las de dos yacimientos riojanos: la Las dataciones más antiguas de contextos con cerámica excisa del Bronce Final pertenecen a los yacimientos bajoaragoneses de Záforas y el Cabezo de Monleón.
Ligeramente más recientes son las de El Morredón, la estructura 2 de El Sequero, ya en La Rioja, y la de Palermo III-IV (Caspe).
Este grupo reúne las fechas más recientes, lo que puede deberse a la presencia ligeramente más tardía de elementos formales de Campos de Urnas en el alto valle del Ebro, por lo que la adaptación de la excisión a las nuevas formas también lo sería.
Hoy por hoy, los resultados muestran mayor antigüedad en los yacimientos del Bajo Aragón y del valle del Huecha que en las tierras riojanas.
Esto se podría interpretar como la adaptación de la técnica de decoración excisa a las nuevas formas de Campos de Urnas que aparecen más tardíamente en el occidente del valle.
Así se explicaría la anterioridad de la alfarería excisa aragonesa, frente al estilo Redal-Sequero cuyas dataciones difieren más de un siglo.
No obstante, debemos ser prudentes y tomar esos datos con cautela ya que las fechas bajoaragonesas son escasas, frente a las series proporcionadas por el resto de yacimientos situados aguas arriba, y los contextos arqueológicos no han sido convenientemente publicados y justificados.
Si se aceptaran estos datos cabría sugerir como hipótesis la presencia de Cogotas I en el valle medio del Ebro durante el Bronce Tardío con yacimientos relevantes como Moncín o Majaladares, junto a lugares con escasos, incluso descontextualizados, fragmentos cerámicos.
Los mapas de distribución dan una buena idea de la implantación (Fig. 1) explicada por diferentes mecanismos (Abarquero 2012: Figs.
La técnica excisa evidentemente estaría presente de manera habitual en estos contextos y utilizada por las poblaciones que mayoritariamente se diseminan por la margen derecha del Ebro, junto a los valles del Sistema Ibérico.
Los escasos ejemplos en la vertiente norte se limitan a yacimientos de Navarra y Álava, o los dos pequeños fragmentos sin estratigrafía de Torrollón II (Huesca) (Rey 1987: 70 y L. 13).
La fase de transición ha quedado igualmente documentada en estratigrafías datadas como las de Partelapeña o El Morredón, incluso en otras no datadas como la de Cueva Lóbrega (Barrios 2004: 120) o Eras de San Martín.
Allí se detectó una primera fase asimi-lada a Cogotas I con cerámicas decoradas mediante excisión y boquique, mientras que la superior sería plenamente comparable en materiales al nivel III de Partelapeña (Hernández Vera 1983: 70-71;Álvarez y Pérez Arrondo 1987).
El conocimiento y uso de la técnica alcanza su máximo apogeo durante el Bronce Final.
Así la excisión Cogotas I se convierte en un elemento de substrato -nuevas formas, antiguas tradiciones decorativas9 -que se incorpora a la vajilla, donde los motivos acanalados son el elemento decorativo principal y hasta entonces ausente.
Esto explicaría su presencia en formas de Campos de Urnas, esencialmente bitroncocónicas.
La fase final coincidiría con la Primera Edad del Hierro, bien documentada en recientes estratigrafías con series de dataciones absolutas.
Las decoraciones han desaparecido prácticamente e incluso en su totalidad, dando paso a una alfarería lisa con formas específicas como los tipos de cuello cilíndrico y platos troncocónicos bien representados en los poblados superiores del Cabezo de La Cruz de La Muela (Picazo y Rodanés 2009).
Observamos este mismo proceso en yacimientos antes comentados: la transición entre la fase II a III de El Morredón, en la III a IV de Partelapeña, incluso entre los niveles inferiores y superiores de Sorbán o P III y P II del Alto de la Cruz de Cortes.
En las páginas anteriores hemos tratado de plasmar el estado de la cuestión del origen e implantación de la cerámica con decoración excisa en la península ibérica y de proponer una explicación acorde con los datos que actualmente poseemos en el valle medio del Ebro.
Su génesis a escala peninsular presenta todavía muchas sombras.
Hoy por hoy, es difícil su explicación y necesariamente nos hace retomar las discusiones clásicas pero con matices y procesos sustancialmente diferentes.
Si pretendemos argumentar su inspiración en ejemplos antes citados y ponemos el acento en el estilo Duffaits con recipientes aparecidos en yacimientos de la Meseta, no deja de ser una vuelta a teorías ya expuestas, excepto en la explicación y el punto de partida del proceso.
Deberemos recurrir a otros argumentos ajenos a las clásicas invasiones, oleadas, migraciones o expansiones progresivas que avalarían su presencia, y recurrir a diferentes mecanismos sociales por los que pudieron llegar elementos aislados y configurar relaciones a larga distancia (Delibes et al. 2000: Trab.
Prehist Asimismo, tampoco podemos cerrar el debate sobre el origen en las tradiciones de las cerámicas impresas o con incrustaciones tanto para la técnica de boquique como para la posterior excisión.
Hay que retrotraerse al Neolítico Antiguo para apreciar los primeros recipientes decorados mediante la técnica de punto y raya, desde ahí a través del complejo campaniforme se imbricarían en Cogotas I (Blanco 2015(Blanco: 42-44, 2018: 22): 22).
No obs-tante, deberemos matizar algunos aspectos.
Mayoritariamente se ha hecho alusión a las piezas del interior peninsular, en detrimento de otros territorios como el nordeste.
Allí existe esa misma tradición desde el Neolítico (Ramón 2006), continuada durante el Calcolítico y la Edad del Bronce, en unas comarcas donde la presencia campaniforme es muy fuerte y con peculiaridades propias, como el tipo Salomó y su posterior evolución o conversión en Arbolí, bien representado en yacimientos de Cataluña, en especial de Tarragona, y Aragón con secuencias tan importantes como Moncín.
Recordemos que allí existen vasos con decoración de punto y raya tan antiguos o más que en la zona nuclear de Cogotas (Maya y Petit 1986).
No podemos, por tanto, desestimar taxativamente la influencia que su presencia pudo tener en la génesis de las decoraciones del Bronce Tardío, tal como se ha señalado para algunos yacimientos del Bajo Aragón (Álvarez Gracia 1990).
Independientemente de estos matices, es evidente que en la Meseta y el valle del Ebro hay periodos "en blanco" en los que la alfarería no recurre a esta técnica, se pierde supuestamente la tradición y el uso, por lo que es difícil explicar su renacimiento.
De ahí que hipótesis recientes como la emulación o la copia deliberada de producciones "ancestrales" se pueden tener en cuenta (Blanco 2015(Blanco: 52, 2018: 27-33): 27-33), siempre y cuando no se detecten otras posibilidades como los antecedentes señalados entre Parpantique en la cuenca del Duero y los testimonios alfareros de Protocogotas (Rodríguez Marcos 2012: 160).
El problema de la excisión es más complejo.
No existe esta modalidad decorativa durante el Neolítico, Calcolítico ni explícitamente en el periodo con campaniforme.
Por ello se ha tenido que recurrir desde los primeros trabajos a la denominada pseudoexcisión y a la estética de su composición como antecedente (Almagro Basch 1939), opinión recurrente en ensayos posteriores.
Excepto los anteriores paralelos franceses de Duffaits y el singular ejemplo de la Muela del Sabucar en Teruel, curiosamente en un contexto cerámico con decoraciones del grupo Arbolí (Picazo 1993), la excisión en Cogotas, como ya hemos indicado, se incorpora mayoritariamente en momentos plenos y avanzados de su larga trayectoria (Delibes et al. 1990; Rodríguez Marcos 2007: 371, 436-437).
Por otra parte, el origen de las pseudoexcisiones de los grupos Salomó y Arbolí plantea grandes incógnitas, ya que precisamente en el noreste donde más influencia y con más intensidad se desarrollaron, en cambio, durante el Bronce Tardío y Final las técnicas de incrustación y la propia excisión tienen menos presencia.
La propia excisión falta, p. ej., en Cataluña y el Alto Aragón, donde se desarrollan nuevos y exclusivos tipos de vasos con asas de apéndice de botón y mas tarde los perfiles característicos de Campos de Urnas Antiguos con decoraciones acanaladas.
Tal opción nos llevaría a aceptar un trasfondo cultural común en Europa occidental (Delibes et al. 2000), interconectado por intercambios y relaciones sociales más complejas que las que ahora podemos determinar, trasfondo que a su vez permitiría la eclosión de técnicas o elementos autónomos e independientes, con innegables afinidades.
Gómez de Soto (2010, 2013) lo ha propuesto para el centro y suroeste de Francia o las más clásicas desde sus inicios para el grupo de Saint Véredème, que siempre se ha interpretado con una evolución propia a partir de tradiciones del grupo de Ferrières con claras vinculaciones y relaciones apenínicas (Arnal y Riquet 1961).
Para finalizar, una última reflexión.
El que unas decoraciones tan características hayan adquirido tal protagonismo debe atribuirse en buena medida a una etapa de las investigaciones excesivamente preocupada por determinar fósiles directores que explicasen las realidades arqueológicas.
En la actualidad su presencia o ausencia en el territorio estudiado se contempla dentro de la dinámica de dos periodos trascendentales de la Prehistoria Reciente, el Bronce Tardío y el Bronce Final, con dos grupos culturales de gran personalidad: Cogotas I y Campos de Urnas que durante algunos momentos de su desarrollo confluyeron en este espacio y tiempo concretos.
Así, creemos que existen argumentos suficientes para mantener la relación de la alfarería excisa de Cogotas I con la que luego aparece vinculada a Campos de Urnas, en el marco temporal provisionalmente establecido en el apartado anterior.
Recordemos que gran parte de este mismo espacio, cercano a la zona nuclear de Cogotas, se ha considerado de contacto y con características muy similares a ella (Abarquero 2012: 67-70).
Las mismas hipótesis y reflexiones que intentan explicar su presencia se podrían utilizar para determinar la existencia de estas decoraciones como parte significativa de su bagaje cultural.
Desde pequeños movimientos de población, estacionales o no, a otros bien argumentados o criticados como "el espejismo trashumante", "la carreta del mercader", "el ajuar de la novia alfarera", "el reflejo de los otros: emulación de conductas sociales y económicas" o "pequeños presentes" (Abarquero 2012: 93-97).
Las nuevas investigaciones permitirán validar o rechazar algunas de estas hipótesis u otras nuevas que se planteen.
El debate sigue abierto. |
Se presenta el hallazgo de un vaso campaniforme que por sus características ha de ser considerado como un ejemplar único en el panorama peninsular, descubierto en un enterramiento individual junto a otro vaso de Estilo Marítimo en el Túmulo de La Sima (Miño de Medinaceli, Soria, España).
El análisis de la técnica decorativa empleada en su ornamentación permite realizar ciertas consideraciones acerca de la técnica supuestamente incisa aplicada en los campaniformes ibéricos de Estilo Ciempozuelos.
Su decoración de líneas horizontales y paralelas a lo largo del vaso y su peculiar forma tienen sus mejores paralelos en la Bretaña francesa, y en última instancia en la Cerámica cordada, en el contexto de los sistemas de intercambios a larga distancia por los que circularon las cerámicas campaniformes y sus objetos acompañantes (orfebrería áurea sobre todo) entre la Bretaña francesa y el centro de Portugal, atravesando el interior de la Península Ibérica.
T. P., 63, N o 1, Enero-Junio 2006, pp. 133-147, ISSN: 0082-5638 septentrionales de Sierra Ministra, en la margen izquierda del Arroyo Madre (subsidiario del río Bordecorex), el cual discurre de este a oeste y de cuyo cauce dista unos 1000 m., y a 150 m. al suroeste de la Laguna de La Sima, que supone el recurso acuífero potencial más cercano (Fig. 1).
La zona cercana al monumento presenta un perfil topográfico prácticamente llano y de gran amplitud, circunstancia que le permite ejercer un vasto control visual sobre el Valle de Ambrona, especial-mente sobre sus accesos, el cual conecta en este punto por el noroeste con el valle del Arroyo del Cerro y por el este con el valle del Arroyo de la Mentirosa (subsidiario del río Jalón), por todo lo cual se considera que esta zona constituye un punto estratégico de paso.
Las estructuras y materiales descubiertos y la propia secuencia estratigráfica del monumento hacen del Túmulo de La Sima un yacimiento único y excepcional en el marco meseteño y peninsular (Rojo, et al. 2003; Rojo et al. e. p.;Rojo et al. 2005).
Podemos describir de forma simplificada la compleja estratigrafía funeraria del monumento en las siguientes fases (Lám.
I): a) Sima I (Neolítico Medio, comienzos del IV milenio cal BC):
Se construye un panteón colectivo en piedra caliza, abrazada por un gran túmulo pétreo, en el que se depositan sucesivas inhumaciones acompañadas de ajuares (microlitos geométricos y láminas de sílex, hachas pulimentadas e ídolos-espátula de hueso fundamentalmente), que es clausurada en un momento determinado mediante su sistemática destrucción por el fuego, en el contexto de un complejo ritual, característico de un tipo funerario recientemente definido en La Meseta, las "tumbas calero" (Rojo 1999, Rojo y Kunst 1999, Rojo et al. 2002, Rojo et al. e p.), que transforma la estructura del sepulcro en una potente costra caliza que sella el osario.
Fechas de C14 de la fase Sima I:
Tras el incendio de este primer sepulcro, y sobre Lám.
I. Vista del Túmulo de La Sima, con indicación de las tres fases principales de su secuencia estratigráfica.
T. P., 63, N o 1, Enero-Junio 2006, pp. 133-147, ISSN: 0082-5638 la costra de cal, se habría procedido a la construcción de un nuevo sepulcro tipo tholos, hecho a base de piedras calizas y areniscas, que no fue incendiado, recreciéndose incluso su túmulo sobre el anterior, y añadiendo un corredor de acceso, posteriormente destruido.
En él se depositaron al menos una veintena larga de individuos, acompañados de ajuares funerarios (microlitos geométricos y grandes láminas de sílex, hachas pulimentadas, punzones y alfileres óseos y cuentas de collar de hueso, lignito y variscita).
Fechas de C14 de la fase Sima II:
-KIA-21550 (hueso humano) 4839±27 Más de mil años después de que la segunda tumba dejó de utilizarse se reacondicionó el corredor mediante la disposición de un auténtico suelo de piedras calizas en la zona próxima a la entrada al tholos donde se depositaron varias inhumaciones acompañadas de unos ajuares cerámicos y metálicos campaniformes de extraordinaria riqueza.
Se trata de 18 recipientes cerámicos de estilo Marítimo y Puntillado geométrico (diez vasos campaniformes, dos cuencos, cuatro cazuelillas y dos cazuelas), dos brazales de arquero de piedra y un fragmento de otro, tres puntas de flecha de pedúnculo y aletas en sílex, dos leznas, un hacha plana, dos Puntas de tipo Palmela y tres puñales de lengüeta, todos ellos de cobre.
Fechas de C14 de la fase Sima III:
De estas tumbas sólo dos habrían llegado hasta nosotros, precisamente las que primero se introdujeron y se encontraban al fondo de la estratigrafía, directamente depositadas en el suelo del corredor.
Además, sabemos que el tholos se encontraba en pie cuando se depositaron las inhumaciones campaniformes en la entrada, ya que tras la destrucción de éstas algunos escasos fragmentos cerámicos, pertenecientes a vasos depositados como ajuares en el exterior, fueron a parar al interior del tholos, quedando cubiertos por el derrumbe posterior de la tumba.
Por ello, parece evidente que se evitó de forma intencionada el interior del sepulcro, bloqueando al mismo tiempo tanto simbólica como físicamente el acceso a él, al disponer precisamente en ese sector las inhumaciones.
La reutilización de este mismo sector para las sucesivas deposiciones campaniformes, pero sobre todo las violaciones de época histórica, destrozaron este sector del túmulo, eliminando casi por completo los vestigios del corredor del tholos y destruyendo buena parte de los enterramientos campaniformes allí depositados.
Sin embargo, la dispersión de los cientos de fragmentos cerámicos de este tipo recuperados en La Sima se sitúa en su gran mayoría en este mismo sector, indicando claramente que esa fue la zona del túmulo escogida para todas las tumbas campaniformes.
Los dos individuos conservados en el fondo de la estratigrafía, directamente sobre el suelo del corredor, se encontraron en posición flexionada, sobre su costado izquierdo, con la cabeza orientada hacia el sur (exterior de la tumba).
El individuo peor conservado (individuo no 2) sólo contaba con un vaso campaniforme de Estilo Marítimo (variedad ILM), dispuesto en su posición funcional a los pies del difunto y un brazal de arquero de piedra.
El situado más al Este (individuo 1) presenta en la zona del tórax una punta de flecha de sílex de pedúnculo y aletas y un botón de perforación en V, y una lezna de cobre en la parte posterior de la espalda, así como sendos vasos campaniformes, uno entre las manos de estilo marítimo clásico, y otro entre la cara posterior de los muslos y los gemelos, que constituye una pieza absolutamente excepcional en el panorama del Campaniforme meseteño y peninsular, pues podría ser clasificado como un vaso de Estilo Marítimo lineal, realizado en técnica supuestamente incisa (Fig. 2).
El Vaso campaniforme tiene 10'5 cm. de diámetro en la boca, 8'6 cm. en el cuello, 12 cm. en la panza, 6'9 cm. en el fondo y una altura total de 14 cm., con un grosor medio de pared de unos 4 mm., y un volumen de 825 cc.
El perfil resulta bastante atípico, por la clara desproporción existente entre la parte superior del vaso y su panza, muy baja y abultada.
El fondo presenta un gran umbo marcado (Fig. 3: 1).
La decoración impresa (Lám.
II) ofrece un patrón absolutamente extraño y único en el panorama del Campaniforme peninsular, compuesto por casi 40 líneas horizontales y paralelas, dispuestas a la manera de los vasos campaniformes cordados o los marítimos lineales (AOC, AOO o MLV), es decir a lo largo de toda la superficie externa del recipiente, sin mostrar agrupamientos en franjas o bandas (Lám.
Sus dimensiones y tamaño general es, quizás, lo único que se ajusta a la norma del Campaniforme meseteño, donde la máxima concentración de casos Fig. 2.
Planta de los dos enterramientos campaniformes intactos descubiertos en el Túmulo de La Sima, con sus respectivos elementos de ajuar (recuadrado el vaso objeto de estudio). se detecta entre 11-14'6 cm. de diámetro y 9'5-15 cm. de altura, con un 62'29% del total, y entre los 450-1250 cc. de capacidad, con un 67'79%.
Eso sí, con una clara desproporción entre el diámetro de boca y la altura total, con un valor de 0'75, muy alejado del más típico de los vasos campaniformes meseteños (1'11), y próximo a los valores ofrecidos por una serie de ejemplares, curiosamente puntillados o marítimos todos (0'82-0'87).
Estos vasos presentan una tendencia cilíndrica más cerrada, y en los análisis tipológicos, de base estadística multivariante, se sitúan muy próximos (Cluster no 2 y valores altos y positivos del segundo componente principal, Garrido 2000: 82-87, figuras 25-26).
En nuestro caso, la estrechez del cuello y la boca en comparación con la panza y la altura total configuran un perfil bastante atípico, que contrasta claramente dentro del conjunto de vasos completos estudiados en la Meseta (Fig. 4).
Pero, con diferencia, lo más extraño de este vaso es su decoración, que lo convierte en una pieza singular, única en el panorama del Campaniforme meseteño y peninsular.
En el estilo Ciempozuelos peninsular hay numerosos ejemplos del empleo de las líneas horizontales paralelas impresas como único motivo decorativo de un mismo recipiente, pero siempre están agrupadas en franjas, como en el soriano de Somaén (Cajal 1981: figura 6: 4), los madrileños del Arenero del Camino de la Yesera (Garrido 1995-6: 17, figura 2) y El Ventorro (Priego y Quero 1992: figura 119), y los catalanes de Cau del Molí Paperer, Marsà, Tarragona (Harrison 1977: figura 95: 1892, figura 96: 1892), Cueva de Sidamunt, Pla de Urgell, Lérida (ibídem: figura 101: 1972), y Arbolí (ibídem: figura 93: 1862).
En cualquier caso, se trata de un concepto de la estructura decorativa diferente al que presenta nuestro vaso, que está claramente vinculada con los patrones propios de los campaniformes cordados (AOC) y marítimos lineales (MLV, AOO).
De hecho, su contexto arqueológico apunta inequívocamente en la misma dirección, pues, como señalamos anteriormente, formaba parte del ajuar de un enterramiento con otro vaso de estilo Marítimo (MHV).
Además en todo el conjunto campaniforme recuperado en La Sima no se ha recuperado ni un solo fragmento de estilo Ciempozuelos.
Parece que nos hallamos, pues, ante un conjunto cam-T.
¿Podría interpretarse, entonces, este hallazgo en el contexto de los primeros ensayos de esta técnica que luego será característica de este estilo, eso sí aplicada aún sobre la base de esquemas y motivos propios de los estilos campaniformes antiguos (Cordado, Marítimo)?
Al menos esto es lo que se constata en algunos ejemplares meseteños y peninsulares de gran interés: por ejemplo en el vaso del Arenero madrileño del Camino de la Yesera, que presenta una serie de delgadas bandas rellenas de trazos oblicuos en dirección alternante, como en los más típicos ejemplares marítimos, pero, eso sí, impresas y agrupadas en dos franjas a la usanza del estilo Ciempozuelos (Garrido 1995(Garrido -1996: 16-17: 16-17 y figura 1).
Otros recipientes peninsulares muestran también la ejecución de "bandas marítimas" pero en técnica supuestamente incisa: los portugueses de Montes Claros en Lisboa (Harrison 1977: figura 47: no
CONSIDERACIONES SOBRE LAS TÉCNICAS DECORATIVAS CAMPANIFORMES
El estudio detallado de las técnicas decorativas con las que ejecutaron las decoraciones campaniformes ha sido uno de los aspectos más olvidados desde los comienzos de la investigación.
Como consecuencia de ello no extraña la perpetuación de ciertos apriorismos y de no pocos lugares comunes que jamás han sido demostrados, y por obvios ni siquiera argumentados, entre los que ahora destacaremos el que se refiere a la técnica incisa.
La aparición de esta técnica fue interpretada en la práctica totalidad de los trabajos sobre Campaniforme en España y Europa como un elemento fundamental a la hora de distinguir, no sólo desde el punto de vista cronológico sino también cultural y étnico, el Estilo Marítimo o Internacional de los Complejos Incisos más tardíos, que recibían en cada región diferentes denominaciones como Carmona, Palmela, Salamó y Ciempozuelos en la Península Ibérica (Harrison 1977), o Veluwe, Provenzal, etc. en otras regiones de Europa (Harrison 1980).
Sin embargo el análisis detallado de las características de las técnicas decorativas campaniformes indica justamente lo contrario, porque lejos de existir tal dicotomía se puede constatar una clara continuidad técnica en la ejecución de las decoraciones a lo largo de toda la secuencia estilística campaniforme peninsular, y probablemente también en el resto de Europa occidental.
Obviamente tal continuidad no se extiende a la estructura y características de los diseños ejecutados, que resulta llamativamente distinta entre los tipos cordados, marítimos y Ciempozuelos.
Pero en lo que se refiere a la técnica con que se realizan, todas las decoraciones campaniformes son impresas, lo único que varía es el instrumento empleado para ello: una cuerda en los tipos cordados, un peine de púas en los marítimos, y un peine liso en los hasta ahora llamados tipos incisos.
En otros países, como Francia por ejemplo, se han realizado estudios recientes sobre las técnicas decorativas de los campaniformes marítimos y cordados atlánticos, con interesantes resultados (Salanova 1992(Salanova, 2001)).
Mediante examen microscópico y obtención de moldes esta autora pudo demostrar que tanto las líneas horizontales como los trazos oblicuos impresos con peine, estaban compuestos en realidad por diversos tramos de longitudes semejantes, correspondientes a la aplicación sucesiva de un mismo y corto instrumento dentado.
Según Salanova de los 49 vasos estudiados 34 presentan un tipo muy característico de "peine" (en tramos rectilíneos de 20-25 mm. de longitud y formados por entre 15-20 dientes regulares para los trazos oblicuos, que se superponen o yuxtaponen en los trazos lineales con un menor desfase o diferencia), que, mediante comprobación experimental, pudo identificar con la célebre concha del Cardium.
Nosotros hemos podido identificar una huella completa de uno de estos peines perfectamente conservada en la zona del fondo de un vaso campaniforme de Estilo Marítimo recuperado en el Túmulo de La Peña de La Abuela (Rojo et al. 2005: figura 48), que muestra que el frente activo de dicho peine habría medido unos 26 mm. de longitud y habría contado con unas 22 púas, es decir unas dimensiones muy similares a las de los casos franceses estudiados por Salanova.
Partiendo de una idea original de Juan Manuel Rojas (com. personal) respecto al carácter impreso de muchos campaniformes incisos, uno de nosotros desarrolló esta línea de investigación, empleando para ello una amplia muestra de ejemplares de Estilo Ciempozuelos de todo el interior peninsular (Garrido 2000: 108-110).
Así, en el examen detenido del interior de muchas de las líneas horizontales supuestamente incisas se pudo identificar la presencia de tramos sucesivos superpuestos, como si en lugar de ejecutarse con técnica incisa, es decir con un instrumento cortante que se desliza a lo largo de la superficie, se hiciese empleando otro de pequeñas dimensiones, cuya impresión sucesiva hubiera conformado finalmente las líneas que vemos recorrer horizontalmente el perímetro del vaso.
Aunque en muchas ocasiones las impresiones sucesivas se superponen con tal habilidad que resulta muy difícil identificarlas, en otros muchos casos se ha constatado la yuxtaposición de tramos que no llegan a fundirse o superponerse, por lo que en los puntos de contacto se aprecian nítidamente los extremos respectivos del instrumento empleado (Lámina IV).
Sólo así es posible explicar, además, ejemplos como el sorprendente fondo del vaso campaniforme de Santibáñez de Ayllón, Segovia (Municio 1984) (Fig. 5), donde la línea horizontal que enmarca un atípico esquema cruciforme, y la línea delimitadora del último friso de la panza, se han ejecutado de forma tan tosca que no sólo son claramente apreciables los límites dejados por la impresión sucesiva del instrumento, sino que en algún sector forman más un polígono que un círculo.
También en el fondo de un vaso campaniforme de la necrópolis madrileña de Ciempozuelos, conservado en la Real Academia de la Historia, las cuatro líneas horizontales y paralelas supuestamente incisas, que se disponen en torno al umbo, tienen un sospechoso trazado, con tendencia más poligonal que circular, eso sí no de forma tan marcada como el ejemplar anterior, ya que se trata de una pieza de mucha mayor calidad.
Pero, lo que es aún más interesante, resulta claramente apreciable en la línea más próxima al umbo, la huella rectilínea de una de esas impresiones, que no incisiones, que configuraron el desarrollo global de la ejecución de estas líneas (Lám.
Detalle de la decoración de un fragmento cerámico campaniforme de estilo Ciempozuelos procedente del Cerro de la Cervera, Mejorada del Campo (Madrid).
V. Vista del fondo de un vaso campaniforme de la necrópolis de Ciempozuelos (Madrid) conservado en la Real Academia de la Historia.
Es precisamente en esta zona del vaso, ya próximo al fondo y donde la curvatura es muy cerrada, en la que se requiere una impresión más precisa y certera, si se quieren evitar efectos como estos.
Dichos cuidados serían completamente innecesarios si la técnica aplicada hubiera sido la incisión, ya que el instrumento cortante puede recorrer esta zona sin problemas simplemente ajustando el ángulo mediante el que se incide en el vaso.
Un problema muy semejante o aún mayor es el planteado por la parte interior del borde, donde la curvatura es cóncava y no convexa, ofreciendo así mayores dificultades a la impresión, salvo que el 2000: 122), pronto nos percatamos que se trata de motivos realizados mediante impresiones sucesivas muy cortas, probablemente con el extremo ancho de algún punzón (Lám.
No parece casual la escasez de motivos lineales (sobre todo las líneas horizontales tan características de la decoración del exterior de los recipientes de Estilo Ciempozuelos), muy difícil de realizar en una superficie cóncava si no es con técnica incisa.
Todos estos detalles son completamente incompatibles con la aplicación de una técnica incisa, que, además presenta otro tipo de indicadores, como las estrías que el instrumento deja a su paso al surcar con la punta cortante la pasta fresca, y las rebabas que quedan a ambos lados de las incisiones como consecuencia de ello.
Respecto a las primeras apenas tenemos información pues requieren la sistemática aplicación del microscopio electrónico.
No obstante, contamos ya con algún trabajo aislado en esta interesante línea de investigación como el de Gutiérrez (1994) sobre fragmentos campaniformes madrileños de la zona de Perales del Río, Getafe, en el que se examinaron dos con decoración supuestamente incisa (muestras 7 y 8, Ibidem: Lám.
V: 3 y 4), el primero de los cuales presentaba en el interior de la línea "incisa" más ancha alguna fina estría en la dirección del trazado, pero no así la segunda, lo que es atribuido por esta autora a la suavidad de la punta del punzón empleado.
Sin embargo, desde nuestro punto de vista ello podría suponer otro indicio a favor del carácter impreso de la técnica decorativa aplicada en estas piezas.
En lo que se refiere a la llamativa ausencia de rebabas en las piezas campaniformes meseteñas, es cierto que existen procedimientos para eliminarlas, como el bruñido de la superficie, pero éstos nunca consiguen eliminarlas del todo, y con gran frecuencia incluso llegan a obstruir o tapar los surcos incisos, cuando son accidentalmente presionados con la mano en la manipulación de la pieza cuando la pasta está aún fresca.
Otro detalle característico de la técnica incisa, es que cuando se aplica sin la suficiente seguridad y maestría, las líneas horizontales acaban siendo sinuosas u ondulantes, por efecto del mal pulso al deslizar la punta del instrumento cortante por la pasta.
Resulta sencillo verificar experimentalmente este problema simplemente intentando trazar con un lápiz o bolígrafo una línea recta prolongada.
A ello hay que sumar la dificultad adicional que los alfareros habrían tenido a la hora de realizar estas líneas si hubiesen aplicado la técnica incisa, ya que en este caso la superficie es además curvada.
La dificultad de mantener la referencia de la equidistancia entre las líneas horizontales habría sido mucho mayor si hubiesen sido ejecutadas en técnica incisa, con lo que no se documentaría con tanta frecuencia como se hace la equidistancia entre líneas y frisos horizontales que ejemplifican la maestría de los alfareros campaniformes en tantos casos documentados en La Meseta.
Parece, en suma, que el estilo Ciempozuelos se ejecutó también en técnica impresa, bien es cierto que empleando un instrumento ya no dentado sino liso, cuyo extremo se configuraría en forma de una pequeña cuña, como parece deducirse de la sección observada en muchos de estos surcos.
Si esto fuera así la relación entre este estilo presumiblemente más tardío y los tipos marítimos antiguos sería mucho más estrecha de lo que se había mantenido hasta el momento, al menos en lo que se refiere a la técnica decorativa.
Son evidentes, en cambio, las diferencias en las características y organización de los motivos decorativos, pues con el estilo Ciempozuelos el repertorio de diseños se amplía espectacularmente, zonificándose además la decoración en forma de franjas, donde esos motivos se distribuyen de forma perfectamente ordenada de acuerdo con esquemas prefijados (Garrido 2000: 116-129).
Por tanto, todos los estilos campaniformes serían impresos, y sólo iría cambiando a lo largo del tiempo el instrumento utilizado, y lo que es más importante, los diseños con ellos ejecutados.
Detalle de la decoración de la cara interna de una cazuela de la necrópolis de Ciempozuelos (Madrid) conservada en la Real Academia de la Historia.
EL VASO DE LA SIMA EN EL CONTEXTO DE LOS TIPOS DECORATIVOS CORDADOS Y LOS SISTEMAS DE INTERCAMBIOS A LARGA DISTANCIA
Desde nuestro punto de vista el hallazgo de este vaso del Túmulo de La Sima que ahora analizamos podría interpretarse como un serio indicio en apoyo de las observaciones anteriormente realizadas en torno a las técnicas decorativas campaniformes.
En efecto, la técnica empleada en la ejecución de las líneas horizontales y paralelas que cubren el vaso de arriba abajo es la misma que se utilizó en la ejecución de los recipientes de estilo Ciempozuelos, impresa en nuestra opinión y no incisa como hasta ahora se pensaba.
Si se tratase de una auténtica incisión estaríamos ante un vaso de este estilo, que, por un lado, no seguiría la lógica en franjas, lo que resultaría chocante, y por otro lado, y lo que resulta más extraordinario, documentaría por primera vez en toda Europa la asociación de un vaso campaniforme inciso y otro Marítimo en un contexto cerrado, pues Marítimo era el otro recipiente que acompañaba al difunto que portaba nuestro vaso, como señalamos anteriormente.
Por ello nos parece más razonable interpretarlo como un vaso de estilo Marítimo lineal, eso sí, realizado no con peine, como es preceptivo, sino mediante impresión con un instrumento sin púas, preludiando así la técnica que protagonizaría todo el desarrollo posterior y final del Campaniforme (estilo Ciempozuelos).
A su vez, el estilo Marítimo lineal se deriva de los esquemas del campaniforme cordado, que tienen su lejano origen en el fenómeno de la Cerámica Cordada del Neolítico del Norte y Centro de Europa (Buchvaldek 1966, 1986, Sebela 1999).
Desde que se estableció el así llamado "Modelo Holandés", se ha buscado en este vasto complejo cultural el origen del Vaso Campaniforme (Lanting y Van der Waals 1976).
La península ibérica es ajena por completo al fenómeno de la Cerámica Cordada pero no así a los campaniformes cordados, que se han podido documentar en algunos escasos yacimientos, siempre ubicados en la periferia costera (Suárez 1997, Jorge 1999, Suárez y Lestón e. p.).
En el interior peninsular no se ha podido reseñar aún ningún hallazgo de este tipo, pero sí de los ejemplares mixtos marítimo-cordados (CZM de Harrison), que cuentan con siete yacimientos, cinco de ellos en la submeseta norte (Garrido 2000: 111-112).
No obstante, el vaso de La Sima objeto de estudio aquí tiene sus paralelos formales más próximos en el mundo de la cerámica cordada.
El patrón de la decoración remite claramente al que es característico de la cerámica cordada, esto es, líneas horizontales y paralelas dispuestas de forma corrida por la Fig. 6.
Pero incluso la forma del vaso, que resulta muy atípica en el panorama meseteño y peninsular, parece remitir a patrones externos.
El reciente hallazgo en el dolmen gallego de Monte dos Marxos de un vaso campaniformes de idénticas dimensiones y perfil, curiosamente cordado, ha proporcionado un paralelo casi exacto para esta anómala forma de boca estrecha, cuello de tendencia cilíndrica y panza baja y abultada (Suárez y Lestón e. p.)
No obstante, al margen de este ejemplar gallego de reciente aparición, hemos encontrado el mejor paralelo en un vaso de estilo mixto cordado-marítimo de la galería cubierta de La Halliade en Bartres, Altos Pirineos, prácticamente idéntico en su tamaño y forma a nuestro ejemplar (Treinen 1970: figura 16: 5) (Fig. 6: 4).
Ello responde a una tendencia tipológica, caracterizada por los cuellos desproporcionadamente estrechos en relación con una panza muy baja, que resulta extraña a la morfología de los vasos campaniformes peninsulares, pero que se documenta en algunos ejemplares galos como los hallados en los dólmenes de Mané Lud-en-Locmariaker (Morbihan) y Mané-er-Roh à la Trinité (Morbihan) (Riquet, Guilaine y Coffyn 1963: figuras 6: 1 y 8: 2, respectivamente), o en Pierre-Levée en Nieul-sur-l'Autize, Vendée (Besse 1996: Lámina 8 A) (Fig. 6: 5, 3 y 6 respectivamente).
Desde nuestro punto de vista esta tendencia tipológica tiene su origen en última instancia en los perfiles característicos de los vasos de la Cultura de la Cerámica Cordada, en los que esas características se muestran de forma mucho más marcada (Buchvaldek 1981: taf.
En lo que respecta a la decoración, y más allá de la obvia derivación del patrón lineal de los esquemas cordados, es posible encontrar los paralelos más cercanos de la ornamentación de nuestro vaso en una curiosa variante regional del Campaniforme típica de la Bretaña francesa, con derivaciones hacia las regiones aledañas, que se caracteriza precisamente por el empleo de líneas horizontales y paralelas impresas, de forma corrida por toda la superficie externa del recipiente, como única decoración (L'Helgouach 1963: 69, tipo II3b; Riquet, Guilaine y Coffyn 1963: 80-87, 105; Treinen 1970: 55, b.3, 57, 68-69; Gruet y Glotin 1972: 594).
Suelen concentrarse estas líneas, en muchos casos, en el sector central del vaso, dejando libre tanto el borde como el fondo, como en los ejemplares de las allée couverte de Pontpiau y Champ du Ruisseau, ambas en Champtocé, Villemoisan (Main et Loire) (Gruet y Glotin 1972; figura 5 izquierda; Treinen 1970: figura 8: 1, respectivamente) (Figura 6: 13) y er-Bé, le Net, à Saint-Gildas y Champlacé (Maine et Loire) (Riquet, Guilaine y Coffyn 1963: figura 12: 11 y 14: 1, respectivamente) (Figura 6: 14 y 11), los dolmenes de Grah-Niol, Arzon, Morbihan (Figura 6: 12), Kerdro-Vihan ou d'Er-Roh (Figura 6: 8), La Trinité-sur-Mer (Morbihan) (Treinen 1970: figuras 8: 2 y 5, respectivamente), y Mané-er-Roh à la Trinité (Morbihan) (Riquet et al. 1963: figura 8: 2) (Fig. 6: 3).
Pero en ocasiones llegan a formar bandas, como si estuvieran imitando la variante agrupada del Marítimo lineal, bien representada en otro vaso de los ajuares de La Sima (Fig. 3: 2), como en los ejemplares de los dólmenes de Mané Lud-en-Locmariaker (Morbihan) (Riquet, Guilaine y Coffyn figuras 6: 1) (Fig. 6: 5), y Creux-ès-Faïes, Guernesey (Treinen 1970: figura 8: 4) (Fig. 6: 7) o en Pierre-Levée en Nieul-sur-l'Autize, Vendée (Besse 1996: Lámina 8 A) (Fig. 6: 6), mostrando así también en este caso, como en nuestro ejemplar, sus vínculos con el mundo del campaniforme marítimo.
De hecho se conocen ejemplos de vasos marítimos lineales bretones que concentran las líneas en el sector central del vaso, a la usanza regional, como en los procedentes de Souch, Plouhinec (Finistère) y del dolmen de Kerouaren, Plouhinec (Morbihan) (Treinen 1970: figuras 7: 2 y 8: 3, respectivamente).
Finalmente, no falta incluso algún caso que parece unir ambos procedimientos en un mismo recipiente, como el hallado en el dolmen de Kerlescan, Carnac (Riquet et al. 1963: figura 11: 7) (Fig. 6: 9).
Aunque no se trata exactamente del mismo tipo de decoración que nuestro vaso, los paralelismos son evidentes, y, en cualquier caso, constituyen la referencia más próxima que hemos podido encontrar.
En su inmensa mayoría remiten al ámbito de la Bretaña francesa, y, curiosamente, a contextos megalíticos.
Se concentran claramente en las costas bretonas: dolmenes de Grah-Niol, Arzon, Kerdro-Vihan ou d' Er-Roh, La Trinité-sur-Mer (Treinen 1970: figuras 8: 2 y 5, respectivamente), y Mané-er-Roh à la Trinité y Mané Lud-en-Locmariaker (Riquet, Guilaine y Coffyn figuras 6: 1 y 8: 2), todos ellos en Morbihan; y Kerlescan en Carnac (Riquet et al.1963: figura 11: 7) (Fig. 6).
Su distribución se prolonga, asimismo, hacia el sur, en las allée couverte de Pontpiau y Champ du Ruisseau, ambas en Champtocé, Villemoisan (Gruet y Glotin 1972; figura 5 izquierda; Treinen 1970: figura 8: 1, respectivamente) y er-Bé, le Net, à Saint-Gildas y Champlacé, ambas en Maine et Loire (Riquet, Guilaine y Coffyn 1963: figura 12: 11 y 14: 1, respectivamente), y Creux-ès-Faïes, Guernesey (Treinen 1970: figura 8: 4) o en Pierre-Levée en Nieul-sur-l'Autize, Vendée (Besse 1996: Lámina 8 A), hasta llegar cerca de la frontera actual, en La Halliade, Bartrès, en los altos Pirineos occidentales (Treinen 1970: figura 16: 5).
Para enlazar con La Sima faltarían los otros pasos intermedios peninsulares, ya que nuestro vaso es, hoy por hoy, una pieza única en el panorama del Campaniforme ibérico.
Dentro de las redes de intercambios por las que circularon los campaniformes en Europa occidental, sin duda, una de las más intensamente frecuentadas es aquella que enlazaría el interior peninsular con los territorios al norte de los Pirineos.
Si aceptamos el así llamado "Modelo Holandés" (Lanting y van der Waals 1976), ésta tuvo que ser la ruta por la que llegaron los primeros campaniformes, presumiblemente marítimos.
En dos recientes artículos Alday (1999Alday (, 2001) ) ha subrayado el papel que debió tener esta ruta de comunicación en la articulación a gran escala de los sistemas de intercambios por los que circulan los primeros campaniformes entre los dos grandes focos o polos del centro de Portugal y la Bretaña francesa.
En la teoría del Reflujo de Sangmeister (1963) estas relaciones de intercambios se establecían por vía marítima directa -de ahí su nombre-, y no de cabotaje sino por la ruta de alta mar, dada la ausencia de este tipo de hallazgos en la cornisa cantábrica.
Para Alday (1999Alday (, 2001) ) es mucho más probable, dados los hallazgos cada vez más frecuentes de campaniformes marítimos en el interior peninsular, la ruta terrestre que atravesaría la Meseta.
Pasaría los Pirineos, por un lado hacia Cataluña y la costa levantina, y por otro hacia el País Vasco, puerta del interior peninsular, descendiendo por el valle del Ebro hasta la zona de Soria (alto Duero y a través del Jalón), y, desde allí, a través del valle del Duero, y por la cuenca alta del Tajo, enlazaría con el valle del Tajo, gran vía de comunicación que conduce directamente a la región central de Portugal.
Por estas rutas de intercambios habrían circulado no sólo los campaniformes marítimos sino otros elementos asociados como los apliques laminares de oro (como el hallado en el túmulo de la Peña de la Abuela), puntas Palmela, puñales de lengüeta, o botones de perforación en V. De hecho según este mismo autor (Idem: 1992: 198;1995: 205), los botones de tipo prismático, como el ejemplar que apareció en los ajuares campaniformes de La Sima, tendrían su posible origen en el eje de los Pirineos orientales, lugar donde se concentran especialmente los hallazgos, que es uno de los puntos de paso de esa ruta antes mencionada.
En suma, el vaso campaniforme objeto de este trabajo constituye un ejemplar único, de extraordinario interés, cuya presencia en el sector suroriental de la provincia de Soria demanda una interpretación asimismo excepcional, relacionada con el importante desarrollo de los sistemas de intercambios a larga distancia que se encuentran detrás del T. 63, N o 1, Enero-Junio 2006, pp. 133-147, ISSN: 0082-5638 fenómeno campaniforme.
En el marco de estos intercambios se constata la extensión de ciertas peculiaridades tipológicas, muy bien representadas en este singular vaso, que demandan una explicación.
No seremos nosotros, desde luego, quienes tratemos de resucitar viejos fantasmas de pueblos migratorios, como algunos han vuelto a proponer recientemente (Brodie 1994).
No obstante, es cierto que la aplicación de técnicas analíticas modernas como la que estudia los isótopos de estroncio en los huesos humanos han podido atestiguar el desplazamiento de cierto número de individuos en Centroeuropa durante el Campaniforme (Price et al. 1998(Price et al., 2004)), aunque el resultado más espectacular lo ha proporcionado el análisis de los huesos del célebre enterramiento campaniforme del así llamado "arquero de Amesbury", o "príncipe de Stonehenge", por su rico ajuar, sobre todo lítico, descubierto no muy lejos de tan afamado yacimiento.
Los citados análisis, aún inéditos aunque ampliamente conocidos por su divulgación en los medios de comunicación, demuestran que este importante personaje procedía de la zona de los Alpes (Fitzpatrik 2003).
Nosotros somos más partidarios, en cambio, de valorar el posible desplazamiento de ciertos individuos, sugerido por estos análisis, y, quizás, por hallazgos como nuestro vaso, no en la migración generalizada de grupos étnicos, pues quienes la defienden deberían asimismo explicar las razones por las que se produjo, sino en el contexto social del funcionamiento de los sistemas de intercambio desarrollados en aquella etapa de la Prehistoria peninsular y europea.
Intercambios entendidos en una amplia acepción del término, no estrictamente circunscrita a las relaciones puramente comerciales, sino dentro de un conjunto variado de relaciones (Garrido 1996; Garrido y Muñoz 1997), ya sea entre los personajes dirigentes o entre grupos más amplios, en los que no circularían materias primas o alimentos de primera necesidad sino ciertos elementos de singular valor simbólico e importancia, y eventualmente ciertos individuos, bien sea como fruto del establecimiento de pactos o alianzas, sellados por intercambios matrimoniales, o bien en la actividad particular de ciertos individuos que pudieron viajar a grandes distancias, como quedó atestiguado por el hallazgo antes mencionado.
En un contexto social donde los incipientes líderes tratan de fortalecer su posición aún débil y discutida, los contactos con los personajes dirigentes de otros grupos pudo servir al sostenimiento de sus aspiraciones de legitimación, pues en ellos podían obtenerse objetos de gran valor simbólico, como quizás los elementos campaniformes, posteriormente manipulados en sus comunidades de origen al verse rodeados de la prestigiosa aura de lo que viene de lejos.
Este prestigio de la lejanía se puede hacer extensivo a los individuos viajeros en las sociedades preindustriales.
Como señala Helms (1992: 159-162), numerosas evidencias etnográficas y etnohistóricas de todo el mundo ponen de manifiesto que el conocimiento de gentes y lugares remotos supone una fuente de poder político, entre otras, al servicio de los individuos que tengan el suficiente valor y aptitud personal para desarrollar las actividades en ello implicadas, especialmente en contextos sociales no complejos.
Esto es así porque los ámbitos geográficos lejanos, y los seres humanos que en ellos viven, suelen ser contemplados como entes imbuidos de poderes sobrenaturales.
Por ello los contactos con dichas regiones suelen ser consideradas como actividades excepcionales, y por tanto aquellos que pueden realizarlos o dirigirlos serán considerados personas extraordinarias.
Obtendrán de ellos materiales muy útiles desde el punto de vista ideológico y político, conocimientos esotéricos sobre la naturaleza del cosmos, y con ello un aura personal.
Por eso en muchas sociedades preindustriales existen tradiciones mitológicas que asocian a los jefes o caudillos locales con la llegada de extranjeros que fundaron los linajes dirigentes al casar con princesas locales, y trajeron conocimientos y técnicas nuevas.
Por otro lado el desarrollo de intercambios matrimoniales es otro de los medios más habituales de sellar alianzas o pactos políticos, y en el curso de tales relaciones es frecuente la circulación de mujeres (Ruiz-Gálvez 1992), y quizás con ellas de algunos diseños cerámicos (Whallon 1968, Plog 1978, Garrido 2000: 102-104), pues no en vano muy comúnmente son quienes se dedican a la alfarería en las sociedades preindustriales.
El análisis de la pasta cerámica de este singular vaso del Túmulo de La Sima y el de isótopos de estroncio de los huesos del individuo que lo portaba aportarán, sin duda, criterios objetivos para valorar el carácter foráneo de este hallazgo, cuyo análisis tipológico, no obstante, sugiere de forma nítida una procedencia externa, que, además, encuentra sus mejores referencias en la Bretaña francesa, y en general en el mundo de la Cerámica Cordada del Norte de Europa. |
En este trabajo presentamos los resultados de los recientes trabajos llevados a cabo en la aldea neolítica de Mas d'Is (Penàguila, Alicante), centrándonos en las estructuras documentadas.
La integración de los datos obtenidos en un contexto regional nos permiten plantear algunas reflexiones sobre la Arqueología social de los primeros agricultores, al tiempo que las dataciones radiocarbónicas permiten ir ajustando la cronología de la neolitización del Mediterráneo Occidental, así como el desarrollo de dicho proceso histórico.
Los trabajos arqueológicos llevados a cabo en los últimos años ofrecen una nueva imagen de las comunidades neolíticas en el área mediterránea de la Península Ibérica.
Frente a la visión tradicional, que consideraba cierta continuidad entre los lugares de hábitat de los grupos Mesolíticos y Neolíticos, con una utilización preferente de las cuevas, los datos recientes permiten incorporar el desarrollo de aldeas sedentarias en las estrategias locacionales de los primeros grupos agrícolas.
Las comarcas valencianas de l'Alcoià y El Comtat son un espacio clave en el desarrollo de los estudios sobre la neolitización en el mediterráneo peninsular (Fig. 1); en ellas se emplazan algunos de los yacimientos que son obligada referencia en estos trabajos y que han servido para establecer la secuencia regional del Neolítico: Cova de l'Or (Beniarrés, Alicante) y Cova de la Sarsa (Bocairent, Valencia), lo que las convierte en el marco idóneo para profundizar en el conocimiento de este proceso histórico.
Las prospecciones realizadas en esta zona por la Universitat de València desde los años 80 (Bernabeu et al. 1999a), junto con otras más recien-(Penàguila, Alicante), sobre el que se estructura este trabajo.
Conocido desde la segunda década del siglo XX (Vicedo 1920-22), llegó a ocupar un papel destacado en la prensa local y regional a mediados de la década de los 40, quedando relegado al olvido tras la agria polémica y debate desatado a partir de la identificación de diversas falsificaciones de materiales prehistóricos (Ballester 1946;1949; Belda 1944; Taracena 1951).
Mas d'Is está situado en la cabecera del rio Penàguila, tributario del Serpis, eje principal de estas comarcas.
Al iniciar las excavaciones, buscábamos obtener la imagen de una aldea correspondiente a los primeros agricultores; la ausencia de referentes peninsulares sobre esta clase de asentamientos no ayudó a formarnos una idea medianamente precisa de qué era lo que podíamos encontrar.
De hecho, bien pudiera decirse que los restos exhumados en Mas d'Is corresponden a algo más que una aldea agrícola, y su correcta lectura dependerá de nuestra capacidad para incorporar a la descripción la información que contiene el territorio circundante.
En efecto, el territorio inmediato donde se enclava el yacimiento es una antigua plataforma en la cual los procesos erosivos han dado lugar a una serie de barrancos profundos, de incisión reciente (de hecho, algunas estructuras de Mas d'Is se encuentran erosionadas por los barrancos, lo que corrobora que el proceso de incisión de los mismos debe ser posterior a su amortización, a partir de c.
El resultado es una serie de interfluvios cortados por barrancos que reciben el característico nombre de Les Puntes, en una de las cuales se ubican los terrenos de Mas d'Is (Lam.
El perfil actual, bastante llano, es el resultado de las continuas transformaciones agrícolas que, en última instancia, han nivelado los anteriores abancalamientos enmascarando la paleotopografía y destruyendo buena parte del registro más superficial.
A lo largo de las plataformas de Les Puntes se distribuyen conjuntos de hallazgos superficiales cuya cronología abarca todas las fases del Neolítico (Bernabeu et al.1999a).
La integración de estos datos de superficie con los obtenidos en la excavación resultará esencial para valorar en su justa medida el yacimiento. tes realizadas por uno de nosotros (FJMH) en el marco de un proyecto de investigación dirigido desde la Universidad de Alicante, han sacado a la luz un importante número de estaciones arqueológicas.
En algunos casos los registros superficiales, cerámicas impresas correspondientes a la primera fase del Neolítico en la secuencia regional (Bernabeu 1989), matizaban nuestra visión sobre el patrón de asentamiento, apuntando ya la presencia de poblados al aire libre en las primeras comunidades agrícolas (Bernabeu et al. 1989).
Uno de los casos más destacados es el yacimiento Mas d 'Is
El área excavada en Mas d' Is ha proporcionado restos de estructuras y materiales que se escalonan cronológicamente entre los inicios del Neolítico y la actualidad, constatándose -a través de diversas estructuras mejor o peor conservadas-que el espacio ocupado por el yacimiento neolítico fue objeto de aprovechamiento agrícola continuado desde entonces, como demuestra su uso constatado en tiempos romanos e islámicos.
En resumen, la historia del lugar en los sectores excavados se ha estructurado en seis fases, algunas de ellas con subdivisiones internas.
La tabla 1 resume esta organización, así como su cronología más probable a partir de las dataciones obtenidas.
En el presente trabajo nos centramos en las fases VI y V, que cubren el abanico cronológico entre el Neolítico IA y el IIA de la secuencia regional (c.
Dada la extensión del sitio, cercana a las 10 hectáreas, se procedió a su división en sectores de 40 × 40 m para facilitar la gestión de la excavación.
En este trabajo nos centraremos especialmente en las estructuras localizadas, dejando en un segundo plano las referencias a los materiales, aún en proceso de análisis.
Conviene señalar que los restos óseos son escasos, muy mal conservados y localizados todos ellos (a excepción de algún diente) en el re-lleno de los fosos.
Este tipo de conservación diferenciada se observa igualmente en los restos paleocarpológicos y antracológicos; si bien las especies domésticas, vegetales y animales, se documentan en todas las fases.
Siempre que ha sido posible, las dataciones se han realizado sobre muestras de estas especies.
En esta categoría se engloban diversas estructuras, tanto negativas como construidas, organizadas en torno a las casas.
Hasta la fecha se han localizado y excavado, en diverso grado, tres de ellas, así como varias estructuras anexas a las mismas.
La más antigua (Casa 2) corresponde a los restos parciales de una estructura de postes que, además de restos cerámicos, presentaba un gran molino in situ (Lám.
Existen dos fechas, ambas sobre Hordeum, que se relacionan con esta fase.
Ambas son idénticas (6600 ± 40 BP), pero una procede de los niveles del suelo alrededor del molino, mientras que la otra procede del relleno situado inmediatamente por encima de la Casa 1 (Tab.
2); esta última, por tanto, descontextualizada.
La planta de esta última es la más completa de las recuperadas, presentando tendencia rectangular con, al menos un extremo en forma absidal, y subdivisiones internas (Fig. 2), cuya orientación general tiene una dirección E-W.
Se trata de una gran casa: la parte excavada es de 10 m de largo por 3'8 de ancho.
Es posible que su longitud original fuera algo mayor, si tenemos en cuenta el pequeño foso (Foso 1) de extracción de materiales que se le asocia por su lado sur.
Tanto su perímetro, como las divisiones internas, se delimitan mediante postes.
En el conjunto de éstos se han distinguido diferentes grupos: una serie de postes conformaría el perímetro, otra serie delimitaría los espacios internos de la casa y, finalmente, en un tercer grupo se engloban aquellos que han sido considerados externos a la Casa 1, algunos de los cuales podrían formar parte de la misma estructura, bien como una ampliación, bien como un doble muro o paramento.
Junto con los agujeros de poste, y en relación con la Casa 1, se han localizado unas estructuras de diversa morfología y disposición.
Algunas han podido ser interpretadas como soportes de poste y hogares.
En cambio, la funcionalidad de otras, tanto por la conservación de las mismas como por la falta de referentes con que compararlas, no puede sugerirse mas allá del nivel de hipótesis.
Tal es el caso de una serie de agrupaciones de gravas y cantos de mediano y pequeño tamaño que, mayoritariamente presentan una morfología rectangular y/o trapezoidal.
Si consideramos fiable su disposición, éstas podrían interpretarse como restos de estructuras de delimitación del espacio que, además de piedras, se componían de otros materiales como barro o elementos vegetales, no preservados por las particulares condiciones edafológicas que se dan en Mas d'Is.
Las plantas obtenidas, así como la dispersión de los materiales recuperados en el interior del espacio delimitado por los postes, permiten diferenciar al menos dos subáreas de actividad dentro de la Casa 1.
En este sentido, en la parte situada al Oeste, en torno al extremo absidal, se concentran todas las estructuras de gravas y cantos referidas, pero los materiales arqueológicos son escasos.
En cambio, la zona oriental no presenta estructura construida alguna, pero si muestra una presencia moderada de útiles y lascas de sílex.
Por tanto, esa diferencia estructural también se manifiesta en las funciones asociadas a cada uno de esos espacios.
Al exterior se han localizado otras estructuras relacionables con la Casa 1 y de las que destacaremos tres de ellas:
-La estructura de combustión documentada en el sector 82, a unos 23 m al norte de la casa, cuya planta general es de morfología rectangular (Lám.
Se compone de una cubeta excavada en el suelo, de unas dimensiones medias cercanas a 2'50 × 1'50 m, y cuyas paredes se encuentran endurecidas a consecuencia de haber soportado altas temperaturas.
Rellenando la cubeta se documentó una gran concentración de cantos, muchos de ellos estallados por el calor, y diversos paquetes de tierra marrón muy oscura, con presencia abundante de carbones, barro cocido y materia orgánica.
Se trata de una estructura de combustión abierta, de grandes dimensiones, donde se realiza el calentamiento de bloques y cantos que, posteriormente, pueden ser empleados para diversos usos culinarios o, simplemente, para proporcionar calor.
-El Foso 1, adosado a la pared sur de la casa, tiene una longitud excavada de 10 m, que debió ser mayor puesto que penetra en el sector adyacente (sector 85), y una anchura variable (0'9 -1'5 m).
Estas dimensiones y su recorrido paralelo a la pared, permiten plantear su interpretación como zanja de extracción de material constructivo, al estilo de las documentadas en la cultura del LBK (Coudart 1998).
-Un posible horno doméstico encontrado a unos 6 m al Oeste del extremo absidal de la casa.
Se trata de una pieza de barro cocido, parcialmente rota y probablemente desplazada, que formaría parte de una estructura de combustión más compleja.
El fragmento conservado pudo pertenecer a algún tipo de horno con cúpula o semicúpula, formando parte de las paredes o de la techumbre.
Las secciones de los hornos documentados en el yacimiento griego de Aquilleion facilitan la reconstrucción (Fig. 3) de la posición que ocuparía la pieza (Winn y Daniel 1989).
No disponemos de buenas dataciones para esta casa, pero la Casa 3, localizada en el sector 52, unos 250 m al NW, de planta más incompleta y material arqueológico similar, ha proporcionado la fecha de 6400 ± 40 BP (Tab.
2), fecha que parece razonable extender a la Casa 1.
En definitiva, los espacios domésticos documen-Lám.
III: Vista general de la estructura de combustión localizada al exterior de la Casa 1 (sector 82).
tados en Mas d'Is presentan unos rasgos arquitectónicos particulares.
Las casas, construidas con postes de madera y barro, dibujan una forma rectangular con un extremo absidal, lo que singulariza esta arquitectura doméstica frente a otros contextos neolíticos europeos, tal es el caso de los inicios de la cultura del LBK, donde las construcciones únicamente presentan plantas rectangulares o trapezoidales (Coudart 1998:26-27; Gronenborn 1999:156).
Conocemos soluciones arquitectónicas similares en el neolítico final del yacimiento griego de Makriyalos, cuya segunda fase de ocupación muestra un edificio de planta absidal, dividido en dos habitaciones mediante un muro interno (Pappa y Manthos 1999).
Hacia el Este del poblado se localizan una serie de fosos concéntricos de diverso tamaño y morfología, excavados en las margas miocenas que conforman el subsuelo.
Todos ellos definen y delimitan un espacio singular cuya forma final (Fig. 4), sin embargo, es el resultado de intervenciones escalonadas a lo largo de un milenio, tal como evidencia la secuencia de construcción y amortización de los mismos.
Los dos fosos interiores, Foso 5 y Foso 4, son los más próximos formalmente.
Se trata de fosos de sección en U, de unos 12 -14 m de anchura por unos 3'5 de profundidad.
Ambos debieron ser segmentados, aunque esta circunstancia sólo se ha documentado, hasta la fecha, en el Foso 5.
La erosión reciente del barranco ha afectado a su recorrido, de manera que únicamente se conserva una pequeña parte de su área interior, que prácticamente ha desaparecido.
Extrapolando los datos obtenidos en la excavación (1), podemos comparar ambos recintos en cuanto a sus medidas y volumetría: Las fechas de sus rellenos inferiores, obtenidas sobre carbón (Tab.
2), indican una cronología probable de construcción de c.
AC para el Foso 5, y c.
AC para Foso 4, circunstancia que se ve corroborada por los materiales cerámicos encontrados: cardial en Foso 5 y cerámicas incisas en Foso 4.
Sus rellenos son peculiares, formados por acumulaciones de material arqueológico y restos faunísticos discontinuas en el tiempo y, probablemente, en el espacio.
Entre éstas, encontramos potentes paquetes de rellenos -al parecer naturales-que incorporan algún material arqueológico disperso.
Unos rasgos sedimentarios muy diferentes de las potentes y continuas acumulaciones de restos orgánicos y arqueológicos presentes en otros fosos más recientes del valle del Serpis, como los de Niuet (Bernabeu et al. 1994).
Su amortización se produce en momentos distintos: a fines del Neolítico IIA el Foso 5, y en momentos calcolíticos el Foso 4.
Ello indica que durante cierto lapso de tiempo (c.
AC?) ambos debieron funcionar a la vez.
Durante la fase final del Neolítico antiguo (Neolítico IC en la secuencia regional, c.
4850 / 4450 cal.AC) el relleno de ambos fosos no registra episodios de deposición antrópica como los documentados con anterioridad, al menos en las áreas excavadas. relleno son poco significativos, si bien suponemos que su construcción no debe estar muy alejada de estos momentos aunque la ausencia de cerámicas esgrafiadas nos hace suponer una cronología algo posterior (c.
La fecha del Bronce Final obtenida en el relleno de esta estructura (Tab.
2) se refiere a las unidades superiores que contienen materiales diversos, mayoritariamente de la Edad del Bronce, y que reflejan la colmatación definitiva del este foso, tras un importante hiatus desde su relleno anterior.
Las zanjas efectuadas nos han permitido comprobar que su trazado es paralelo a Foso 4.
Al igual que los anteriores, Foso 2 presenta sección en U, pero de dimensiones más reducidas: 7 '5 m de anchura por 1' 5 m de profundidad.
Estas medidas hacen que Foso 2 delimite un anillo de gran extensión (8'5 Ha) que, no obstante, requirió menos trabajo en su excavación que Foso 4.
Tal como hemos referido, las cerámicas esgrafiadas son un indicador cronológico del periodo enmarcado entre c.
En Mas d'Is, su presencia en los depósitos de relleno de Foso 4 y Foso 3 confirma que el gran recinto sigue formando parte del paisaje de la aldea durante el Neolítico IIA.
Aunque las casas localizadas y excavadas corresponden a momentos anteriores, la presencia de este registro cerámico también en zonas exteriores a los fosos, indica una perduración del patrón de asentamiento, que corresponde a un hábitat disperso, tal como detallamos en el apartado siguiente.
Esta interpretación viene avalada por la localización de otros emplazamientos en la zona de Les Puntes con un registro cualitativamente similar.
La hipótesis de trabajo que manejamos actualmente, considera que los restos y estructuras localizados en el interior de los diversos recintos que se van ampliando a lo largo del tiempo, no corresponden a actividades ni a espacios domésticos.
Una de las prioridades para futuros trabajos es la excavación de las estructuras localizadas en los niveles superiores o tras la amortización de los fosos, con el fin de intentar una aproximación a las actividades allí desarrolladas.
No existen en los fosos, ni prácticamente en la superficie de Mas d'Is materiales atribuibles a momentos posteriores al Neolítico IIA.
En consecuencia, suponemos que el yacimiento y el monumento se encuentran desocupados cuando en el valle del Serpis se desarrollan los extensos poblados con silos y fosos del Neolítico IIB (a partir de c.
AC), evidenciando una ocupación total del territorio (Bernabeu y Pascual-Benito 1998).
colonización agrícola es el presentado por Nocete (1989) para el valle alto del Guadalquivir en sus fases 0 -1 que, supuestamente corresponden a la colonización inicial del valle, sólo que se sitúan cronológicamente en c.
3700 cal.AC. Se sabe poco de los asentamientos, pero la supuesta imagen de tamaño pequeño, estructuras endebles y ausencia de superposición estratigráfica, llevaron a este autor a establecer un modelo de agricultura itinerante y escasa capitalización, que las nuevas evidencias en la vertiente mediterránea complican sensiblemente.
La reciente publicación (Bosch et al. 2000) de La Draga (Girona) ha puesto claramente de manifiesto que la complejidad estructural de estos primeros hábitats es mayor de la supuesta, aún considerando las especiales características de un poblado lacustre, como es el caso.
Pese a las dificultades de interpretación, La Draga ofrece una imagen que encaja perfectamente con una aldea estable, cuya duración está aún por definir, pero en cualquier caso no efímera.
Sus estructuras internas, muy variadas, resultan ilustrativas del conjunto de actividades ligadas al trabajo agropecuario que constituían la base de la vida diaria.
El auténtico bosque de postes que conforman las plantas de este yacimiento impide delimitar con claridad el perímetro de las casas, aunque sus excavadores aventuran la hipótesis de que fueran rectangulares.
El resto de los poblados catalanes antiguos -Plansallosa (Bosch et al. 1998) y Font del Ros (Bordas et al. 1996)-aportan novedades complementarias, como la presencia de fosos y silos.
A pesar de los esfuerzos realizados en el ámbito catalán para comprender mejor la ocupación del territorio (Bosch 1994; Mestres 1992) lo cierto es que los resultados obtenidos no permitían definir claramente un modelo a partir del cual pudiera intuirse la complejidad de estos primeros grupos agrícolas.
En este sentido, los resultados alcanzados con la excavación de Mas d'Is, enmarcados, primero en el contexto del río Penàguila, y más ampliamente en un ámbito comarcal (Bernabeu et al. 1999a) ofrecen un panorama distinto al habitual, que obliga a reconsiderar las características de los primeros agricultores, a la vez que permiten definir el primer paisaje agrario peninsular, correspondiente al mundo de las cerámicas cardiales y el arte macro-esquemático.
En la evolución y transformación de este paisaje resulta posible diferenciar varias etapas: Quizás la fase inicial deba relacionarse con la primera ocupación de Mas d'Is, correspondiente a la Casa 2, fechada en c.
Hacia el final (5450) las dataciones atestiguan ocupación de otras cuevas (Or) y abrigos (Falguera); es posible suponer que en este momento se produce la ocupación efectiva del territorio de la cuenca del río Serpis.
Probablemente el paisaje agrario cardial que describiremos a continuación se encuentre ya definido desde el final de esta primera etapa.
Consolidación y expansión (c.
La fase se inicia con la construcción en Mas d'Is del primer anillo (Foso 5) monumental; sin embargo, la fecha final resulta imprecisa.
A lo largo de esta fase parece producirse un crecimiento demográfico, evidenciado en el aumento constante de los asentamientos.
La información existente permite mostrar ese incremento concretado en dos momentos:
5450 cal.AC, correspondiente a la primera ocupación de Mas d'Is, con la construcción del recinto interior (Foso 5).
En estos momentos, las aldeas, en realidad puntos con cerámica cardial, ubicadas a su alrededor no pasarían de 5, de acuerdo con los hallazgos superficiales.
5150 cal.AC, cuando se construye el segundo recinto (Foso 4).
En estos momentos, el número de aldeas ubicadas en el valle del Penàguila (aquellas que presentan decoraciones incisas o impresas) podría ser de 6-8, suponiendo que todas se habitaran a la vez.
La imagen que sugiere la distribución de asentamientos en el entorno inmediato de Mas d'Is es la de una colonización / expansión siguiendo los cursos fluviales.
Los datos con que vamos contando para el resto de la Península Ibérica sugieren que esta situación es una constante, con independencia de la cronología en la cual tenga lugar el proceso.
Los hallazgos recientes del centro y Norte de la península, como La Velilla en Palencia (Delibes y Zapatero 1996), La Calvera en Cantabria (Díez Castillo 1997), el valle de Ambrona en Soria (Kunst y Rojo 1999), Los Cascajos en Navarra (García Gazólaz y Sesma 1999), o La Deseada en Madrid (Díaz-del-Río y Consuegra 1999) muestran la generalización de esta clase de poblados.
De hecho podría decirse que los asentamientos con fosos y silos serán una constante del registro hasta la generalización de las construcciones en piedra, perdurando hasta fechas situadas en torno a 2300/2200 cal.
AC, como muestra el caso de Marroquíes en Jaén (Zafra et al. 1999), Arenal de la Costa en Valencia (Bernabeu 1993), o el recientemente excavado de Gózquez en Madrid (Diaz-del-Río 2001; este volumen).
Esta circunstancia, sin embargo, no debe hacernos concluir que no existieron variaciones o evolución a lo largo del amplio periodo de tiempo que conforma el ciclo Neolítico.
Sin salir del entorno inmediato de nuestro yacimiento, sabemos que algunos fosos podrían relacionarse con la delimitación del espacio habitado, mientras que otros no parece que se construyeran con este fin.
Algunos fosos son estrechos, de sección en V, como el referido anteriormente de Niuet (Bernabeu et al. 1994) en el mismo valle del Serpis, y exigieron un menor volumen de trabajo que el documentado en Mas d'Is.
Además, se construyeron de modo que cerraban el espacio transitable entre dos barrancos (Fig. 5), como ocurre en Niuet y en otro caso, no excavado, ubicado en el área de Les Pun-tes, a 1 km de Mas d'Is y construido c.
¿Existe una correlación entre estas variables?, ¿son los fosos en V delimitadores del espacio doméstico, mientras que los fosos en U corresponden con recintos de carácter ceremonial o social?
No lo sabemos, pero lo que sí parece concluirse del caso de Mas d'Is es que debemos abandonar la equivalencia fosos = delimitación del hábitat o fortificación.
Por el contrario, habría que considerar que, algunos de ellos al menos, pudieron ser lugares de agregación donde los segmentos o grupos sociales dispersos accederían en ciertas ocasiones y para ciertos rituales.
Dada la envergadura de estos fosos, necesariamente deberemos considerar la existencia de unidades sociales organizadas regionalmente, con capacidad para movilizar y organizar el trabajo necesario para su construcción.
Y, en estas circunstancias, no sería descabellado pensar en la posibilidad de coexistencia de varias de estas unidades funcionando a la vez.
Aunque los datos son fragmentarios, y proceden de la prospección y hallazgos fortuitos, si levantamos la vista desde el Penàguila hasta cubrir el conjunto de los valles que conforman el sistema fluvial del Serpis, encontraremos una imagen sugerente.
A un nivel general, el valle aparece delimitado por otros lugares cuya significación simbólica resulta asimismo evidente (Fig. 7).
En unos casos, se trata de áreas de necrópolis localizadas cerca de las archiconocidas cuevas de l'Or y de la Sarsa, analizadas en un reciente trabajo, evidenciando desde las primeras etapas neolíticas un proceso marcado de territorialización y enraizamiento de los grupos sociales a unos espacios geográficos (Bernabeu et al. 2001a).
Al mismo tiempo, las grandes cavidades (Or y Sarsa) concentran un volumen inusual de cerámicas simbólicas, con motivos antropomorfos más o menos esquemáticos de claros paralelos con el arte rupestre, y cuyas derivaciones alcanzan el mundo simbólico.
Asimismo, se localizan en ellas la mayoría de los brazaletes de pizarra, materia prima cuyo origen debe buscarse en zonas internas del dominio bético (sureste) y que llegan a esta zona a través del intercambio (Orozco 2000).
El trazado de los fosos segmentados, de sección V, delimita el espacio doméstico entre dos barrancos.
(Ruiz-Taboada y Montero 1999), junto con los hallazgos correspondientes a talleres dedicados a la fabricación de brazaletes en Almería (Camalich y Martín Socas 1999), coinciden con el momento de máxima expansión del poblamiento en el valle del Penàguila.
En otros casos, se trata de la localización de ciertos lugares de Arte Rupestre Macroesquemático que por su relevancia, pueden considerarse como santuarios o lugares especiales: La Sarga y el Pla de Petracos.
Todos ellos parecen conformar un sistema de ocupación territorial donde los elementos más visibles vienen definidos por una gran inversión en el aparato ideológico de estas primeras comunidades agrícolas, de manera que:
-el espacio doméstico, los poblados, parecen recibir escasa inversión y resultan poco visibles en el paisaje actual.
Son agrupaciones de casas, probablemente muy espaciadas entre sí, y que pueden integrar los pequeños huertos dedicados al cultivo formando parte de un ciclo agrícola que, en otras ocasiones, ha sido definido como "agricultura de azada" (Bernabeu 1995);
-la mayor inversión y la visibilidad recaen en estas sociedades sobre diferentes aspectos simbólicos:
El arte macroesquemático y el binomio cuevas singulares / lugares de enterramiento parecen organizarse de manera que definen y delimitan un territorio.
Dado su carácter colectivo, podríamos concluir que la apropiación del paisaje que simbolizan resulta de una apropiación colectiva del territorio social común.
En ninguno de los dos casos parece que el trabajo social para su construcción haya sido importante.
Sin embargo, éste tiende a concentrase en ciertos ítems mobiliares: cerámicas simbólicas, brazaletes de pizarra procedentes del intercambio, que podrían ser indicadores de prestigio y rango.
Sin embargo, los monumentos de fosos como los documentados en Mas d'Is necesitaron de un considerable esfuerzo de trabajo colectivo en su construcción.
Por su ubicación, no cabe pensar que definan la apropiación por parte del grupo de un territorio social.
Avanzar hipótesis sobre su significado resulta aún aventurado, ya que éste sin duda variaría en función de aspectos que ahora desconocemos, como su número y distribución.
La transformación del paisaje agrario cardial
El milenio largo que transcurre entre c.
AC se corresponde con las fases IC y IIA de la secuencia regional, y constituye, hoy por hoy, uno de los períodos de la Prehistoria Reciente peor conocidos y documentados.
Hasta la excavación del Mas d'Is y las prospecciones en la zona del Penàguila, tan sólo unas pocas secuencias en cueva y algunos materiales descontextualizados formaban el conjunto del registro disponible para este momento.
Con tan escaso bagaje en el que faltan, además, datos esenciales sobre los sistemas de subsistencia, es poco lo que puede sugerirse sobre la evolución posterior al mundo cardial en la región.
Sin embargo, algunos aspectos sugieren cambios importantes respecto al mundo antiguo que, antes que otra cosa, pueden utilizarse como indicadores que permiten sugerir ciertas tendencias a investigar en el futuro inmediato.
Así, por ejemplo, a partir de c.
AC (la fecha debe tomarse con precaución), documentamos un abandono o ruptura en la frecuentación de las grandes cuevas.
En efecto, tanto Or como Sarsa contienen muy escasos materiales atribuibles a este momento en sus amplias colecciones.
Por otra parte, en las secuencias mejor conocidas, como Cendres, a partir de este momento, e incluso a partir de c.
AC., se documenta un cambio en el uso de la cavidad que pasa a convertirse en lugar preferente para la estabulación del ganado (Bernabeu et al. 2001b).
Con una cronología algo posterior, c.
AC, las recientes excavaciones en la cueva de Santa Maira, Castell de Castells (Alicante), muestran una utilización similar (Aura et al. 2000).
El cambio en la utilización de las cuevas como recintos funerarios debe entenderse de forma matizada, dada la parquedad de la información para las etapas que corresponden al Neolítico IC y IIA.
Los pequeños satélites funerarios, que en forma de pequeñas cuevas rodeaban a Or o Sarsa, parece que no ofrecen continuidad.
Sin embargo, no podemos descartar de forma tajante una perduración de las tradiciones funerarias cardiales hasta enlazar con el V milenio cal.
AC, momento en el que se generalizarán los enterramientos colectivos en este territorio.
En este sentido, los trabajos en curso en Cova d'En Pardo (Planes, Alicante) permitirán profundizar en el cambio o la continuidad del mundo funerario neolítico.
Su uso como necrópolis a lo largo del Neolítico IIA está claramente documentado, tal como muestra la fecha y los materiales recuperados (Soler 1999); resta ahora por saber si los niveles neolíticos subyacentes evidencian una funcionalidad similar.
Por otra parte la secuencia de construcción del monumento del Mas d'Is muestra un interesante hiatus.
Es decir, mas del doble del tiempo transcurrido entre la construcción de los Fosos 5 y 4.
Este aspecto creemos que puede traducir un cambio en el uso del monumento antiguo, o cuando menos un retroceso en la tendencia definida por los fosos 4 y 5.
AC aparece en su forma definitiva el monumento reciente, éste es diferente del anterior: la inversión realizada, en horas de trabajo, es mucho menor (aproximadamente la mitad) aunque la superficie delimitada por Foso 2, el más exterior, sea considerablemente mayor.
Todo ello parece sugerir que el Paisaje Agrario definido para el período cardial viene seguido por una etapa de cambios notables que significaron, entre otras cosas, su disolución.
Aun cuando es pronto para proponer explicaciones suficientemente razonadas, creemos que todo ello sugiere un horizonte de transformación notable respecto a lo anterior.
La tendencia sugerida entonces respecto de un creciente desarrollo del poder social basado en redes ideológicas, o su concentración, parece truncarse.
En este contexto tendría sentido la propuesta reciente de ubicación del Arte Levantino en la zona.
Las superposiciones de Arte Levantino sobre figuras macroesquemáticas en La Sarga ejemplificarían la pérdida de significado de estas últimas para los grupos sociales, y tal vez un intento de eliminar los referentes simbólicos anteriores.
Si bien el análisis de la cronología de las manifestaciones levantinas excede con mucho el ámbito de este trabajo, los estudios recientes sobre los paralelos en las decoraciones cerámicas inciden en considerar el desarrollo de este estilo en momentos avanzados del neolítico (Martí y Juan-Cabanilles 2002).
A la vista de la ruptura detectada, reflejo de una reestructuración en la organización social de los grupos aldeanos, podría considerarse que la aparición del Arte Levantino en los valles del Serpis responde a las transformaciones que acontecen ahora, representando las fronteras de nuevos territorios o tal vez, un cambio en las relaciones sociales.
Si éste estuvo o no ligado a cambios en el sistema de subsistencia, lo desconocemos, pero la creciente especialización ganadera de las cuevas parece sugerir que tales cambios pudieron también producirse.
Esta interpretación se encuentra en línea con la apuntada recientemente para el Arte Levantino en general (Molina et al. e.p.) donde se apuesta decididamente por desvincular el fenómeno del Arte Levantino del proceso de neolitización.
Este asunto, además, implica una reconsideración del papel que pudieron desempeñar los grupos mesolíticos y, más en concreto, sobre la propuesta del Modelo Dual donde lo Levantino se vinculaba con la neolitización del sustrato, que desborda con mucho las intenciones del presente trabajo.
Esta reestructuración en los sistemas de ocupación y explotación del territorio culminará, tras algo más de un milenio, en la denominada "conquista del secano" (Bernabeu 1995), cuando vemos claramente articulado un patrón de asentamiento bien diferente: poblados de gran extensión en las zonas bajas de los valles, con silos, en los que los fosos van a ser delimitadores y frontera del recinto habitacional.
Ello va a coincidir, curiosamente, con una fase de desocupación de la aldea neolítica de Mas d'Is (a partir de c.
No cabe duda que los resultados obtenidos en las excavaciones de Mas d'Is, combinados con lo que sabemos del territorio circundante, inciden directamente en diversos aspectos de la neolitización.
Una valoración precisa de los mismos deberá prudentemente esperar a que los trabajos en curso finalicen y la información sea convenientemente procesada.
Con todo, algunos aspectos no pueden dejar de subrayarse; en especial aquellos que hacen referencia a la cronología inicial del neolítico y la posible evaluación del modelo en liza para explicar sus inicios, y la arqueología social de los primeros grupos de agricultores y ganaderos.
La Cronología inicial del proceso
Desde que Ammerman y Cavalli-Sforza (1984) formularan su modelo del Frente de Avance para la neolitización del continente europeo, y Zvelebil y Rowley-Conwy (1986) hicieran su propuesta indigenista, la discusión teórica se ha mantenido en los mismos términos.
En el ámbito del Mediterráneo occidental el planteamiento de Zilhão (1993) ha tenido eco y se ve reflejado en contribuciones recientes de uno de nosotros (Bernabeu 2002).
El modelo de Colonización Marítima está basado, como los otros, en la firme convicción de que la llegada del modo de vida agro-pecuario al Mediterráneo se produce de la mano de un contingente poblacional externo (los pioneros) que llevan con ellos todo "el paquete neolítico" -cerámica, piedra pulida, agricultura cerealística, ganadería y, quizás, alguna forma de arquitectura-.
En este marco de referencia, consideramos que la aportación de las fechas radiocarbónicas obtenidas en Mas d'Is, así como en otros yacimientos de este territorio son de gran trascendencia para ajustar la cronología del proceso de neolitización.
Por ahora, en Mas d'Is contamos con siete dataciones radiocarbónicas de época neolítica (Tab.
Las dos fechas más antiguas provienen de sendas semillas de Hordeum vulgare de la Casa 2 (sector 80) y de un relleno estratigráfico situado por encima de la Casa 1 (en el mismo sector) y demuestran en una fecha temprana la ocupación de Mas d'Is, pudiendo hablar de un verdadero poblado cardial en torno a c.
Estas dos fechas constituyen un hito indudable para la aparición del neolítico cardial en el interior inmediato a la costa mediterránea española e inciden claramente en su problemática cronológica.
No pretendemos entrar aquí en la casuística particular en torno a la cronología del proceso.
Este asunto exigiría valorar con detalle cada una de las fechaciones y sus contextos dada la presencia de evidentes alteraciones en los mismos (Bernabeu et al. 1999b; Bernabeu et al. 2001c), lo que excede los límites e intenciones del presente trabajo.
Sin embargo, baste señalar que sin salir de nuestro propio yacimiento, las fechas reseñadas en la tabla 2 proporcionan un ejemplo evidente de los problemas con que podemos encontrarnos a la hora valorar las dataciones C14.
Para ello llamaremos la atención del lector sobre tres dataciones procedentes del sector 80.
Los números distintos con que se identifican responde a que se excavaron en años distintos.
Este relleno no incorpora ningún material arqueológico que no sea neolítico, sin embargo la muestra de Triticcum proporcionó una fecha Emiral, perfectamente equiparable a la del silo del sector 14 (Beta-155611), que está situado unos 500m más al Oeste del sector 80, sin que resulte evidente cualquier explicación que de cuenta de este desplazamiento.
Por otra parte, resulta asimismo evidente que la fecha aparentemente fiable Beta-162092 presenta un problema similar respecto de Beta-166727.
Ambas son idénticas, pero proceden de rellenos estratigráficos superpuestos y separados por la Casa 1.
Parece evidente que una de las dos no puede ser correcta (es decir, no data lo que creemos datar), sin embargo no existen argumentos arqueológicos para decidir cual, al menos dentro del propio yacimiento.
Considerando el conjunto de la información disponible, hemos supuesto como más probable que ambas fechas se refieran a los momentos más antiguos de la ocupación neolítica y, por tanto, que ambas muestras procedan del relleno de la Casa 2.
Este ejemplo debiera ser suficientemente ilustrativo de la clase de problemas con que nos enfrentamos a la hora de decidir sobre la cronología de los contextos arqueológicos.
Si, como suele ser habitual, hubiésemos enviado a datar muestras compuestas por agregaciones de carbones o semillas (no importa si mediante el procedimiento estándar o mediante AMS), los resultados hubieran sido distintos y no hubieran podido relacionarse con ninguno de los contextos arqueológicos aislados en el yacimiento.
Ignorar que tales problemas existen sólo conduce a introducir más ruido en la discusión respecto de los orígenes de la agricultura y ganadería.
Teniendo en cuenta lo anterior, pretendemos señalar algunas de las consideraciones que se derivan de las dataciones obtenidas en Mas d'Is y en otros yacimientos del valle del Serpis en lo que concierne al proceso de expansión y a la cronología inicial del neolítico.
Para ello necesariamente deberemos contextualizarlas en el marco mediterráneo, utilizando las series realizadas sobre muestras de vida corta y materiales claramente relacionables con el neolítico.
En fechas recientes (Zilhao 2001) se ha puesto de relieve que las fechas obtenidas sobre carbón, aún considerándose válidas, distorsionan la claridad de la lectura cronológica al presentar problemas de envejecimiento difíciles de cuantificar.
Es decir, no podemos cuantificar la desviación y ni siquiera estamos en condiciones de afirmar que se produzca en todos los casos (depende de los anillos de crecimiento que compongan la muestra enviada al laboratorio).
Esto complica la discusión, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de las disponibles se han realizado sin analizar previamente la especie datada y su contextualización en yacimiento de procedencia.
Sin embargo, cuando se considera la serie de fechas disponibles sobre muestras de vida corta y materiales significativos desde el punto de vista del proceso de neolitización, como cereales o huesos de ovicápridos, la lectura se clarifica en gran medida, y ello a pesar de lo escaso de las dataciones disponibles.
En la actualidad, la serie radiocarbónica de este tipo procedente del valle del Serpis y los yacimientos costeros inmediatos, como la Cova de les Cendres (Bernabeu et al. 2001b), es de las más completas e indica con claridad que el proceso aquí, puede retrotraerse hasta c.
5600 cal.AC, considerando un inicio algo anterior en la costa, con respecto a la zona de Mas d'Is.
Cuando estas fechas se ubican en el contexto de las disponibles desde el Adriático hasta Portugal (Fig. 8), se evidencian algunos aspectos que conviene destacar:
En primer lugar, la rapidez del proceso, algo ya reiterado en otras ocasiones (Zilhão 2001; Bernabeu 2002).
Baste sólo con señalar que entre las dataciones disponibles para el sur de Italia y las nuestras existe un desfase máximo de 300 años, considerando aceptable el extremo más antiguo de cada datación; y apenas algo más de un siglo entre las nuestras y las disponibles para Portugal.
Ciertamente, este aspecto parece corroborar las previsiones del Modelo de Colonización Marítima más que las del Frente de Avance pero, además, plantea algun problema adicional.
Efectivamente, el margen de variación entre las distintas dataciones es muy estrecho, de manera que bien pudiera interpretarse como signo de que la vía de expansión no es única, como generalmente se viene asumiendo de forma implícita.
Si en efecto las fechas francesas e italianas reflejan la realidad, y no las distorsiones inherentes a series escasas, entonces se abren serios interrogantes sobre las vías de expansión tradicionalmente aceptadas.
En este contexto cabría valorar de nuevo las posibles aportaciones del Norte de África como vía complementaria.
En todo el sur de Francia no existen dataciones de vida corta comparables.
Tan sólo puede utilizarse la obtenida sobre cebada del nivel inferior de Arene Candide, de 100 a 150 años anterior a las del Mas d'Is (Binder y Maggi 2001).
Recientemente (Manen 2002) se han obtenido 4 fechaciones sobre carbón procedentes de dos poblados con silos del área de l'Herault.
Las más antiguas de ambos sitios son muy parecidas a las de Arene Candide (Liguria): en torno a 5700 -5500 cal.
AC para contextos que la estratigrafía de Pendimoun (Binder y Maggi 2001) sitúa con anterioridad al cardial clásico francés.
Extraña en este contexto la ausencia en la Catalunya costera de fechas situadas alrededor de c.
AC, marco cronológico que cabría esperar de aceptar una expansión Norte-Sur.
Esta ausencia no se suple con las dataciones aragonesas, todas ellas obtenidas sobre carbón, excepto las que fechan huesos (mucho más recientes) y, por tanto, difícilmente comparables con la serie de vida corta.
Tan sólo las fechas de La Draga son comparables, pero señalan una cronología considerablemente más reciente de la esperada.
En conjunto, por tanto, podría considerarse que el horizonte inicial de la neolitización bascula entre c.
Ciertamente, el número de fechas disponibles es aún escaso, lo que no permite hilar fino; pese a ello resulta curioso constatar el estrecho margen entre el Golfo de Génova y Valencia.
La ausencia de dataciones comparables en Cataluña y Aragón obliga a abrir un compás de espera, antes de valorar su significado exacto.
Sobre algunos aspectos de la sociedad cardial
Probablemente uno de los trabajos más influyentes sobre el concepto de neolítico y su aplicación a la realidad peninsular ha sido el elaborado por Vi-cent (1990), retomado posteriormente por Díazdel-Río (2001), así como por Zafra et al. (1999).
Aunque distintos, en estos trabajos se retoma la diferenciación establecida por Vicent entre agricultores primitivos -campesinos, donde lo que caracteriza a estos últimos en relación con los primeros, es su vinculación a la tierra, consecuencia de la inversión como trabajo social para transformarla en Medio de Producción.
Este autor asume un modelo de expansión del Neolítico de corte indigenista, según el cual los nuevos medios técnicos se introducen en una economía cazadora-recolectora, cuya organización social se basa en el sistema de bandas.
Consecuentemente, los primeros tiempos neolíticos no implicarían una economía productiva, sino la progresiva transformación de los sistemas de caza y recolección en otros de rendimiento aplazado.
Esta etapa formativa se considera como una fase de acumulación de capital necesaria para llevar a cabo la transformación que implica la revolución neolítica, el modo de vida aldeano y el campesinado.
El modelo aldeano surgiría de un desarrollo local, marcado en la contraposición entre fuerzas productivas (agrícolas) y relaciones de producción (bandas).
En el reciente trabajo sobre Marroquíes Bajos, los autores retoman este mismo modelo para explicar lo que denominan "proceso de campesinización", si bien en este aspecto van un paso más lejos, vinculando tal proceso al desarrollo de formas de apropiación familiar de la tierra en la formación de la aldea de Marroquíes.
En este caso, las relaciones sociales campesinas se han transformado desde la simple vinculación a la tierra, a su posesión efectiva por parte del grupo familiar, lo que constituye un matiz importante.
Aun estando básicamente de acuerdo con la interpretación de lo que significó la Revolución Neolítica tal y como la describe Vicent (1990), existen algunos puntos de divergencia con este esquema interpretativo que trataremos de evidenciar a la vez que exponemos nuestros puntos de vista en torno a la interpretación del registro descrito anteriormente.
Una diferencia básica con su interpretación deriva del hecho de que, bajo nuestro punto de vista, cualquier modelo que pretenda explicar el proceso de neolitización debe incorporar una visión migracionista, sin excluir la posibilidad de neolitización del sustrato mediante diferentes procesos de interacción (Zvelebil 2000).
Los datos de Mas d'Is, contextualizados en su territorio, admiten escasas alternativas a esta hipótesis.
Bajo este punto de vista, las transformaciones relacionadas con la Revolución Neolítica deben suponerse realizadas desde el lugar de partida de la colonización y, por tanto, la fase previa de "acumulación de capital" resulta innecesaria; o mejor, sólo puede referirse al proceso de transformación de los grupos mesolíticos que pudieron resistir con éxito a la colonización agrícola (Bernabeu 1999;2002).
Como consecuencia, cabría esperar que, entre nosotros, los más antiguos horizontes cerámicos incorporasen ya el conjunto de las innovaciones neolíticas.
Ahora bien, ¿qué significa todo ello en relación con el problema que nos ocupa?; es decir, ¿que clase de modelo social y económico se propone para el primer neolítico peninsular y, en consecuencia, qué clase de registro esperaríamos encontrar?.
Como se ha señalado en el apartado anterior, las dataciones C-14 logradas sobre muestras de vida corta (cereales, ovicápridos...) parecen señalar cada vez con mayor claridad una forma de expansión acorde con el modelo de la Colonización Marítima (Zilhão 1993), más que con el del Frente de Avance.
Esto, además, significa no sólo admitir un cambio en la forma de la expansión (mucho más rápida y discontinua), sino que afecta también a la explicación del fenómeno.
Diferentes investigadores (Zilhão 2001; Ozdogan 1995; Bernabeu 1999;2002) vienen proponiendo que detrás de esa vertiginosa expansión debe verse un problema de excesiva concentración de "poder" en las áreas de origen y que, en consecuencia, la migración no sería más que una forma de resistencia social mediante la fisión.
Consecuentemente, cabría pensar que en los grupos neolíticos esta expansión comportó un paso atrás, impidiendo la evolución hacia formas crecientes de complejidad, y manteniendo al neolítico occidental a un nivel de organización social escasamente superior al familiar.
De nuevo los resultados de las excavaciones y prospecciones en los valles del Serpis vienen a matizar también esta consideración, ampliando hasta límites insospechados hasta hace poco, la capacidad de organización o la complejidad de los primeros agricultores del territorio peninsular.
Una simple ojeada a lo que supuso, en capacidad de movilización de mano de obra, la excavación de los fosos de Mas d'Is bastará para percatarnos de ello.
Aún admitiendo lo aproximado de estos cálculos, algunas propuestas indican que con la tecnología neolítica los costes de excavación podrían al-En consecuencia, no parece razonable mantener a la luz de lo expuesto la existencia de una fase de acumulación primitiva, donde los agricultores no estarían vinculados a la tierra: simplemente dicha vinculación se realiza de un modo distinto al que utilizan los campesinos-propietarios.
Tampoco el término igualitario parece adecuarse a este escenario.
Tal y como se ha señalado, el sistema parece generar en poco tiempo, niveles de complejidad crecientes que indican la emergencia de niveles de organización social regionales.
En este sentido, no ofrecería grandes problemas su inclusión dentro de las Sociedades Jerarquizadas definidas por García Sanjuán (1999), cuyo elemento clave es su importante capacidad de intensificación de la producción agroganadera, que posibilita la generación y acumulación de producto excedente.
Desde el punto de vista de las relaciones sociales, bien puede afirmarse siguiendo a Mann (1991) que la característica de estas sociedades de rangos es el desarrollo de relaciones estabilizadas de poder colectivo institucionalizado, no coercitivo, que no puede desviar recursos en su propio beneficio y convertirlos en propiedad privada.
En consecuencia, se trata mas bien de autoridad que de poder.
El amplio margen de variación dentro de ambos conceptos, por lo demás equiparables, permite incluir una variada gama de grupos sociales diversos, en los que existen considerables diferencias en el grado de complejidad y en las fuentes de desarrollo del poder social (militar, religioso, económico..).
De este modo, por ejemplo, podemos hacer una lectura de las estructuras de fosos como elementos característicos de sociedades tribales segmentarias, diseñados justamente para evitar o limitar la tendencia a la fisión de estos grupos.
En cualquier caso, lo que nos parece necesario destacar es que los grupos cardiales del valle del Serpis poseen rasgos estructurales que permiten la intensificación de la producción y el aumento de la complejidad, si medimos ésta a través de la capacidad de movilización de mano de obra.
Dado que este esfuerzo se dirige exclusivamente hacia aspectos ideológicos -aquellos que refuerzan la cohesión intragrupal, así como la autoridad individual-parece lícito suponer que las redes sociales capaces de organizar y coordinar son también ideológicas.
Y sobre las mismas debiera basarse el desarrollo social.
Resulta curioso constatar cómo coincidiendo con la aparición de primer neolítico en Europa oc-cidental, aparecen grupos sociales diversos donde es posible rastrear un elemento común: todos manifiestan una considerable y creciente capacidad para organizar y movilizar mano de obra dirigida a la construcción de lugares especiales, como ejemplifican algunos monumentos funerarios (megalitos).
Todo el esfuerzo de estos grupos parece dirigido a lugares o centros separados de los espacios habitados que, en contrapartida, reciben escasa inversión y resultan, por tanto, muy poco visibles.
Mas allá de los detalles y la fenomenología concreta de cada caso, es la misma tendencia que documentamos en la sociedad cardial de Mas d'Is; y en esto justamente se diferencia de los recintos de fosos del III milenio documentados en la Meseta madrileña y que se presentan en este mismo volumen (Díaz del Río, este volumen): estos últimos parecen asociarse a los lugares de habitación, y su construcción exigió mucho menos trabajo que los nuestros.
La asociación con los lugares de habitación, con independencia de su tamaño y el esfuerzo exigido en su construcción, parece ser la característica común de los recintos de fosos del III milenio en el sur peninsular (Nocete 2001; Bernabeu et al. 1994).
Como hemos señalado, la disociación entre espacios domésticos y espacios simbólicos, estos últimos monumentales, parece ser la característica de los grupos cardiales.
La excavación comunal de los monumentos circulares puede haber servido para enfocar, intensificar, integrar, controlar y proteger la nueva identidad social, de tal modo que asistimos al desarrollo de un profundo sentido compartido de identidad local (Skeates 2000).
Con este proceso de apropiación del paisaje los grupos neolíticos transforman espacios neutrales en espacios con significado social.
¿Representan estos recintos lugares rituales o sagrados?
En el caso de Mas d'Is, los datos disponibles hasta la fecha no permiten ir más allá de su consideración como lugar de carácter excepcional por cuanto que los fosos, aún encontrándose en las inmediaciones, no tienen relación directa con los espacios domésticos.
En este sentido, algunos autores señalan que el emplazamiento de monumentos en las cercanías de los lugares donde se realizan las actividades cotidianas está en relación con los rituales a ellos asociados, que serán pertinentes para el devenir de los actos de los vivos, en contraste con monumentos situados a distancia de las zonas habitadas, factor éste que posibilita enfatizar, de algu-na manera, cierta especificidad en su carácter ritual o sagrado (Barnatt 1998).
Es pronto aún para proponer vías evolutivas capaces de explicar la transformación de este sistema que poco después de la construcción del segundo recinto de Mas d'Is parece transformarse.
Ahora bien, dado que esta transformación -en lo referente a los recintos monumentales-significa la paralización de las actividades constructivas, parecería lógico concluir que la vía unilineal hacia una mayor complejidad parece truncarse.
Si esta interpretación es correcta, entonces cabe suponer que la evolución social es discontinua, presenta altos y bajos (avances y retrocesos) que, en un esfuerzo de simplificación, podrían leerse como los movimientos de resistencia a la acumulación excesiva de poder; como la expresión arqueológica de que la evolución hacia una mayor complejidad dista mucho de ser continua, y que la aparición de la estratificación, de forma prístina, es un hecho extraño que se repite en pocas ocasiones.
Finalmente, no parece razonable suponer que el caso del Mas d'Is y de los valles del Serpis sea singular.
Sin duda, situaciones similares a la descrita en estas páginas deberían encontrarse en otros parajes asociados a las fases de colonización agrícola inicial en otras regiones peninsulares.
No nos cabe duda de que el desarrollo de la investigación sobre los lugares de superficie neolíticos aportará en un futuro próximo nuevas evidencias a este respecto. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Este trabajo pretende contribuir al estudio de las técnicas de almacenamiento utilizadas en el pasado mediante el análisis de los restos entomológicos y vegetales presentes en el granero prehispánico canario de Risco Pintado, fechado entre los siglos IX y XV cal DC.
Este tipo de granero se caracteriza por agrupar numerosos silos excavados en la toba volcánica y situarse en lugares escarpados de difícil acceso y fácil defensa.
Las excepcionales condiciones ambientales de estas infraestructuras han permitido la conservación en el interior de los silos de restos desecados de los productos vegetales almacenados y de las plagas asociadas al ensilado.
Las especies domésticas documentadas incluyen cereales (cebada y trigo), legumbres (habas y lentejas) y frutales cosechados (higos), así como otros vegetales silvestres recolectados.
Junto a estos restos se registran insectos que se desarrollan como plagas primarias y secundarias del almacenamiento (gorgojos del grano y dientes de sierra).
Estas plagas se combatieron mediante insecticidas naturales como el laurel y el lentisco.
Se analiza la presencia de estas plagas como un indicador de almacenamiento a largo plazo y de las estrategias desarrolladas para asegurar la integridad de los recursos vegetales almacenados.
El almacenamiento de los alimentos a largo plazo es una actividad fundamental para la supervivencia de muchas sociedades, en especial de poblaciones agrícolas centradas en el cultivo de granos y que dependen de la cosecha almacenada para sortear las fluctuaciones climáticas y de la producción (Winterhalder et al. 2015).
A pesar de su importancia, los procesos y técnicas de almacenamiento de sociedades prehistóricas y antiguas no siempre se han abordado en profundidad, ya que la mayor parte de la atención se ha centrado en aspectos de la producción, como la cosecha, el procesado o el consumo (Sigaut 1981).
Entre otras razones, la carencia de este tipo de estudios deriva de los problemas de preservación que son intrínsecos a los productos vegetales arqueológicos, así como de las dificultades para identificar las técnicas para preservarlos a largo plazo en los contextos arqueológicos (Peña-Chocarro et al. 2015).
Aunque los espacios de almacenamiento han sido identificados arqueológicamente desde al menos la Prehistoria Reciente (Kuijt y Finlayson 2009), apenas se poseen datos directos sobre sus contenidos y las prácticas orientadas a asegurar la efectividad de estos sistemas a largo plazo.
En las pocas ocasiones en que se documenta la naturaleza de los productos almacenados, su preservación se produce por carbonización, con las pérdidas de información que esta forma de conservación conlleva (Van der Veen 2007).
Estas carencias son más acusadas en el análisis de las plagas que afectaban a los alimentos que se pretendía acumular para el futuro, en especial de los insectos, que muy raras veces han sido investigados (Buckland 1991; Panagiotakopulu 2001; Huchet 2017).
Algunos yacimientos prehispánicos de Gran Canaria permiten evaluar los procesos de almacenamiento de las sociedades pretéritas, dado que presentan una extraordinaria preservación por desecación de los vegetales allí guardados, así como de las plagas que se relacionan con estas plantas (Morales et al. 2014).
Esto es debido a la aridez del entorno y a las condiciones ambientales presentes en el interior de los graneros.
Las cuevas, en términos generales, son adecuadas para la preservación de materiales orgánicos debido a su humedad y temperatura constantes a lo largo del año, a la vez que protegen de la acción del sol y otros agentes meteorológicos (Culver y Pipan 2009; Bescherer y Beaudry 2015).
Estas particularidades, unidas al clima subtropical seco de las Islas Canarias (Morales Matos 2001), han favorecido la conservación por desecado de los alimentos almacenados en estas cavidades.
Asimismo, los silos de los graneros de esta isla rara vez aparecen colmatados con tierra, evitando los procesos de deterioro derivados del contacto con el sedimento y sus particularidades físico-químicas.
Otro factor importante que ha contribuido a esa preservación es la cronología reciente de estos yacimientos, pues las fechas radiocarbónicas obtenidas comienzan a ser frecuentes a partir del siglo XI cal DC (Morales et al. 2014).
La existencia de estos graneros se ha vinculado a una intensificación de la producción agrícola en la última fase del poblamiento aborigen (siglos XI-XV), sirviendo como referente, además, de las teorías que apoyan una mayor complejidad social durante este periodo (Velasco 1998; Onrubia 2003; Delgado 2009; Morales 2010; Rodríguez Rodríguez et al. 2011-2012; Santana et al. 2012).
Las dataciones radiocarbónicas realizadas sobre materiales de vida corta van centrando el proceso de su colonización y desarrollo del poblamiento desde el inicio de la Era hasta el siglo XV d.
El modo de vida de las poblaciones nativas insulares estuvo condicionado por la ausencia de herramientas de metal y animales domésticos de tiro, entre otras innovaciones tecnológicas (Navarro 1997; Santana et al. 2015).
Estas circunstancias no impidieron una agricultura que, especialmente en la isla de Gran Canaria, alcanzó altas cotas de desarrollo como prueban la intensificación en la producción y las estrategias avanzadas para almacenar los productos (Morales 2010; Santana et al. 2012; Rodríguez Rodríguez et al. 2011-2012; Moreno y González 2013).
En esta isla se documentan un número importante de graneros (Fig. 1) (Morales et al. 2014), que consisten en silos excavados en la toba volcánica, agrupados en cámaras y localizados en acantilados y riscos de difícil acceso (Onrubia 2003).
Desde el siglo XVIII, han sido objeto de interés, suscitando teorías sobre su posible funcionalidad.
A mediados del siglo XX se plantea la posibilidad de que estos yacimientos fueran espacios destinados a guardar alimentos, similares a los graneros comunales o graneros fortificados y los denominados magasins de falaise del norte de África (Marcy 1940; Onrubia 1986Onrubia, 2003;;Delaigue et al. 2011; Rodríguez Rodríguez et al. 2011-2012).
La existencia de estos espacios de almacenamiento ha servido para explicar aspectos vinculados a la organización de los procesos productivos, a las estrategias de almacenamiento de los recursos bióticos y a su redistribución entre la población prehispánica de Gran Canaria (Jiménez González 1998; Velasco 1998; Onrubia 2003).
Sin embargo, los silos y sus contenidos no han sido objeto de análisis sistemáticos hasta muy recientemente, debido a las dificultades y peligrosidad en el acceso a los mismos.
Estos estudios se han centrado en los restos carpológicos (Morales et al. 2014), así como en Este trabajo se propone: 1) identificar las especies vegetales conservadas, destinadas bien al consumo humano, bien al acondicionamiento del espacio, 2) registrar las plagas presentes en los silos y 3) determinar las técnicas de almacenamiento.
Es una novedad en España estudiar los métodos de almacenamiento mediante el análisis de las plagas que se asocian a los alimentos acumulados.
Se han documentado restos de fauna entomológica en distintos yacimientos de la península ibérica (Moret 1996; Angus y Ribera 1996; Arroyo et al. 2007; Salido 2015), pero no han sido recuperados y analizados de forma sistemática como en este caso.
El granero de Risco Pintado
El complejo arqueológico al que pertenece este granero, también conocido como La Audiencia, se ubica en el sureste de la isla de Gran Canaria, a 861 m s. n. m., en la localidad de Temisas (término municipal de Agüimes).
Sus coordenadas geográficas son 27o54 '25'' N; 15o29 '55'' O. Se trata de un conjunto de cuevas artificiales perforadas en un macizo de toba volcánica en la zona denominada como Lomo de la Cruz, en el Barranco de Temisas (Fig. 2).
Estas se asocian a usos domésticos, funerarios y de almacena-Fig.
Localización del archipiélago canario respecto a las costas africanas y la península ibérica y modelo digital de elevaciones de Gran Canaria, extraído a partir del Mapa Topográfico 1:5.000 Año 2011 en https://www.idecanarias.es (consulta 1-10-2017), con la ubicación de los yacimientos citados en este trabajo (en color en la versión electrónica). miento.
Una red de caminos y túneles horadados en la roca articula el espacio dentro del conjunto.
El yacimiento aparece citado por primera vez, cuando Sebastián Jiménez Sánchez (1951), el comisario provincial de arqueología durante el franquismo en la provincia de Las Palmas, publicó los resultados de las prospecciones realizadas en Risco Pintado.
El comisario describió un conjunto de estructuras de funcionalidad diversa (viviendas, hornos alfareros, un tagoror -que es como se denomina en las fuentes escritas a ciertos espacios de reunión- y cuevas funerarias.
En esta intervención, se descubrieron elementos vegetales en junco, recipientes de cerámica y molinos de mano, sin fijarse en los restos menos visibles que aquí analizamos.
En 2012, el seguimiento arqueológico durante unas obras en la carretera que pasa frente al yacimiento propició la documentación de nuevas cuevas que contenían maderas, fibras y tejidos vegetales bien preservados, así como molinos de mano, fragmentos de cerámica e industria lítica (Cuenca 2014).
Las muestras que se analizan en este trabajo proceden de un granero, situado en la parte superior central del macizo.
Posee 34 silos distribuidos en tres plantas (Fig. 2): 30 silos en la cámara principal, organizados en dos niveles (Planta 1 y Planta 1 Baja) y 4 más en la planta inferior (Planta 2).
La disposición de los silos respecto al suelo puede ser horizontal o vertical.
Suelen ser cilíndricos o ligeramente troncocónicos, ya que conservan unas dimensiones bastante regulares en toda su planta y alzado (Fig. 3).
Con el fin de reconstruir la capacidad máxima de cada cavidad se tomaron medidas del alto y ancho de las bocas, así como de la profundidad máxima de cada silo.
Miden unos 96 cm de altura y 74 cm de anchura y entre 1 y 4 m de profundidad (Tab.
Estas diferencias en la profundidad se relacionan fundamentalmente con la disposición de las oquedades, ya que las verticales tienen menor desarrollo que las horizontales.
Las bocas y el interior de los silos tienen forma redondeada u ovalada.
La situación de este tipo de granero en acantilados de difícil acceso afecta la seguridad en los trabajos propios de una intervención arqueológica, incluyendo los levantamientos topográficos convencionales 1.
Estas cavidades contienen escasos aportes sedimentarios del exterior, salvo el arrastrado por el viento, y su contenido se compone de una amalgama de restos orgánicos preservados por desecación, entre los que 1 Un modelo 3D restituido utilizando técnicas fotogramétricas puede ilustrar convenientemente estos aspectos y ser consultado en https://sketchfab.com/models/1256a76c589049b8a916155f6234fb95 Fig. 3: Dibujo del alzado de las bocas y sección longitudinal de los silos 6 y 12.P1 de Risco Pintado. sobresalen la paja, porciones de cereal y excrementos de animales.
También abundan fragmentos de argamasas asociadas a las paredes de los silos o elementos de la propia roca encajante disgregada (Fig. 4).
La localización de Risco Pintado en una gran pendiente ha exigido la ayuda de un equipo profesional que asegurara a los participantes de la intervención durante todo el transcurso de la misma.
La prospección superficial de los contenidos de los silos mostró un relleno de escasos centímetros de potencia, lo que impedía documentar una secuencia estratigráfica convencional.
Asimismo, se advirtió que la excavación completa de estos espacios es inviable por los problemas tanto de seguridad para el acceso y la permanencia en el sitio como de transporte de las herramientas y de los materiales arqueológicos recuperados.
Por ello se ha adoptado una estrategia de muestreo que permite obtener evidencias suficientes y comparables entre sí.
Consiste en la recogida de 1 litro del sedimento depositado en el interior de cada silo mediante métodos mecánicos sin discriminar ningún material que se hallase en el perímetro seleccionado.
La escasa potencia de los depósitos ni permitía advertir microestratigrafías ni aislar tallas artificiales.
Las muestras fueron cribadas en seco utilizando la columna de tamices de 4, 2, 1 y 0,5 mm de luz, habitual en el análisis de macrorrestos vegetales y de insectos.
Esta metodología ya ha sido empleada en otros graneros de la isla (Morales et al. 2014), así como en yacimientos de otros lugares del mundo don-de los materiales se conservan por desecación o carbonización (Alonso et al. 2000; Panagiotakopulu et al. 2010Panagiotakopulu et al., 2013)).
No se practicó la flotación con agua (Alonso et al. 2000), ni con parafinas, metodología típica para separar restos de insectos (Coope y Osborne 1968), para no dañar los restos orgánicos y preservarlos para futuros análisis biomoleculares.
Además, como estas muestras se caracterizan por su matriz fundamentalmente vegetal, flotaría la mayor parte del contenido.
Las evidencias antracológicas fueron separadas de visu en la fracción superior a 2 mm. Los materiales carpológicos e insectiles fueron separados con la ayuda de una lupa binocular Nikon SMZ-2T de 8-80 X. Las cribas superiores a 2 mm de cada muestra se estudiaron en su totalidad.
Se revisaron respectivamente 1/4 y 1/8 de las fracciones de los tamices de 1 y 0,5 mm por el elevado número de restos de semillas e insectos.
La muestra se fraccionó de modo aleatorio con ayuda de una cuarteadora.
La representación de las especies vegetales y de invertebrados fue expresada en valores estimados, multiplicando el número de especímenes identificados en cada fracción y el número total de restos en cada muestra.
Los elementos carpológicos se han identificado comparándolos con los ejemplares presentes en la colección de referencia de semillas modernas, depositada en el Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
Los restos antracológicos, maderas desecadas y carbones están en proceso de estudio.
Para su identificación botánica se ha seguido la metodología antracológica, basada en la observación de los tres planos anatómicos que presenta la madera (transversal, longitudinal tangencial y longitudinal radial) mediante un microscopio óptico de luz transmitida, con objetivos de 50 a 1000 aumentos (Badal y Heinz, 1991; Chabal, 1997).
Nos hemos ayudado de bibliografía especializada (Jacquiot 1955; Jacquiot et al. 1973; Schweingruber 1990) y de la colección de referencia de maderas actuales que está creándose en el Centro Instrumental Químico-Físico para el Desarrollo de la Investigación Aplicada de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (CIDIA) y depositada en el Departamento de Ciencias Históricas de esa universidad.
Para la determinación taxonómica de los restos entomológicos, se ha utilizado información visual y descriptiva presente en la bibliográfica específica (Cranston y Gullan y 2010; Buckland et al. 2014; Huchet 2017).
Paralelamente al estudio de los ejemplares arqueológicos, se está creando una colección de referencia de insectos en el citado departamento, que servirá para posteriores análisis arqueoentomológicos en las Islas Canarias y el norte de África.
Ernesto Martín, en color en la versión electrónica).
Ejemplo de materiales identificados en superficie: 1) madera, 2) fibras y tejidos vegetales, 3) gluma articulada de cereal), 4) industria lítica, 5) fragmentos de argamasas 6) excrementos de animales, 7) roca disgregada.
Es preciso apuntar que los silos también contienen vestigios de otra naturaleza no estudiados en este trabajo como fragmentos de cerámica, industria lítica tallada, malacofauna y cuerdas y tejidos de fibra vegetal.
Una parte de esos repertorios está ya analizándose aunque, en las intervenciones realizadas hasta el momento, el proceso de muestreo empleado implica que su aparición es testimonial.
En cuanto al cálculo de los resultados, el porcentaje de ubicuidad de las especies se halló contabilizando los silos en los que existe presencia del taxón y dividiéndolo por el total (34 silos).
Por la fragmentación de los restos, el número mínimo de insectos (NMI) se calculó en cada silo a partir de los pronotos de las distintas especies.
Cuando faltaban o el número de cabezas o de abdómenes era superior, se contabilizaron estos últimos elementos.
Los números reales de restos de artrópodos se ubican en el Anexo AC1.
Se marcan en un rectángulo los restos que, sin ser el tórax, fueron usados para el cálculo del NMI.
El análisis de los silos del granero prehispánico de Risco Pintado ha aportado un número significativo de plantas e insectos.
Se documentaron nueve taxones que representan el 92 % de los elementos identificados (9715 especímenes) y que se integran en el elenco de las plantas cultivadas y recolectadas por los antiguos habitantes de Gran Canaria (Tab.
Estas especies han sido documentadas previamente en contextos domésticos prehispánicos (Morales 2010; Morales et al. 2017), así como en el granero de El Álamo-Acusa (Morales et al. 2014).
La cebada es el cereal más abundante dentro del granero.
Se preserva en tres formas claramente identificables: semillas, glumas articuladas y segmentos de raquis.
Las primeras solo tienen 5 individuos registrados.
Las glumas articuladas corresponden a la cubierta floral de la semilla que permanece tras el consumo del interior por los insectos; en este caso se han contabilizado 335 elementos.
También se han determinado 935 segmentos de raquis, el eje central de la espiga en torno al cual se disponen las semillas.
En 7 segmentos el raquis basal y parte del tallo estaban aún articulados.
Los segmentos de raquis son la fracción de cebada más numerosa en el registro analizado (73 % de los restos de cebada).
Cabe destacar que en todos los muestreados en Risco Pintado se documentaron restos de cebada, salvo en el S8.P1 (porcentaje de ubicuidad de 99 %).
El trigo duro (Triticum durum) aparece en un porcentaje muy inferior: el 5 % del total de los cereales registrados (80 registros).
Al igual que en el caso de la cebada, los segmentos de raquis vuelven a ser los elementos más abundantes en los silos (88,75 % de todos los elementos de trigo, 71 evidencias).
El resto de los elementos son 9 semillas procedentes de 4 silos.
En cuanto a las legumbres, las lentejas (Lens culinaris) con 49 registros, constituyen el 81,66 % de esta familia, repartidas en 6 silos.
Se contabilizaron 30 fragmentos del hilo, la cicatriz situada en el punto de unión de la semilla con el fruto; 6 semillas enteras desecadas y 2 semillas carbonizadas.
También se registraron 11 fragmentos de vaina, 10 de las cuales proceden del S12.P1.
Las habas (Vicia faba) con 11 registros, repartidos en 4 silos, representan el 18,34 % restante.
Se documentaron 8 fragmentos de la testa con el hilo aún adherido y 3 restos de vainas.
Destaca el S12.P1 con la mitad de los hilos hallados y 1 vaina fragmentada.
Respecto a los higos (Ficus carica), con 8262 registros alcanzan el 85 % del total de restos vegetales documentados en Risco Pintado.
La mayoría son semillas (endocarpos), aunque también hay 15 fragmentos de fruto.
El S12.P1 destaca sobre los demás, donde aparecieron 9 fragmentos.
Sin embargo, la abundancia de esta especie debe ser interpretada con precaución.
La elevada cantidad de semillas que contiene cada fruto, así como su gran dureza, facilita su conservación en los silos.
Se hallaron semillas de higos en 20 de los 34 silos analizados.
Junto a estas evidencias de plantas domésticas hemos identificado especies silvestres que pudieron ser objeto de recolección y fueron depositadas en el interior de los silos.
Representan un 0,23 % del total de restos vegetales registrados (41 registros).
Una de las especies más abundantes es el laurel (Laurus novocanariensis), del que se han encontrado 8 fragmentos de hojas en cuatro silos.
Las hojas presentan una superficie reticulada en la que se observan unas pequeñas glándulas junto a las nervaduras.
Esta especie es un árbol endémico de las islas que aparece con preferencia en la vertiente septentrional, a unos 500 y 1200 m de altitud (Bramwell y Bramwell 2001), y por tanto a una cierta distancia del granero de Risco Pintado (ca.
Además se identificaron algunos fragmentos de madera de Lauraceae, que se detallarán más adelante.
En los silos también encontramos frutos de la palmera canaria (Phoenix canariensis).
Esta especie de arecáceas, otro endemismo del archipiélago, se ha identificado a partir de 4 segmentos del raquis (eje central en torno al que se disponen los frutos, dátiles o támaras) y 8 fragmentos del perianto (unión del fruto al racimo).
Dos semillas de lentisco (Pistacia lentiscus) se recuperaron en los S.12 y 19.
En S3.P1, se registró un fragmento de escala de las piñas del pino canario (Pinus canariensis), una conífera endémica de la familia de las pináceas.
Además, se documentaron en el interior de los silos 717 semillas agrupadas en 39 taxones (Anexo AC2), que posiblemente no fueron explotadas por los antiguos canarios, sino que fueron introducidas tras el abandono de los graneros.
Es preciso puntualizar que, aunque las bocas de los silos presentan huellas de haber estado selladas con maderas, losas de piedra y argamasas, en la actualidad no están cerrados (sin que sepamos cuando dejaron de estarlo), facilitando el acceso a las distintas especies animales que merodean el granero, y alterando su contenido.
Algunas de estas especies coinciden con cultivos llegados a las islas tras la conquista y colonización europea, y otras a la flora silvestre y adventicia presente en torno al yacimiento.
La introducción de estas especies vegetales en el interior de los silos responde a la acción de animales (aves, roedores y lagartos), cuyos excrementos se han documentado en gran número; así como a la acción del viento, que transporta hasta los silos las diásporas de distintas especies adaptadas a la dispersión aérea (ej. individuos pertenecientes a la familia de las Asteraceas y las Gramíneas) (Morales et al. 2014).
El análisis antracológico en el granero de Risco Pintado, todavía en un estadio preliminar, pone de manifiesto la presencia de un conjunto escaso de carbones y una presencia mayor de fragmentos de maderas desecadas.
En total, se contabilizaron 112 restos antracológicos agrupados en 6 taxones (Fig. 6).
Respecto a la madera, tan solo un total de 8 carbones han sido recuperados en el S13, identificándose 2 taxones: Pinus canariensis y Fabaceae.
En cuanto a la madera desecada, se han identificado 104 fragmentos pertenecientes a 15 silos.
El taxón más abundante es el pino canario, el cual está presente en todos los silos estudiados a excepción de Silo 3-Planta 2 y Silo 4 Planta 1 baja (porcentaje de ubicuidad de 86,6 %).
Junto a este taxón se han documentado otros en los diferentes silos: Dracaena sp., Fabaceae, Ficus carica y Lauraceae.
Con el objetivo de ofrecer una garantía en el grado de determinación de los taxones, algunos de ellos han sido determinados al rango de género (como el caso de Dracaena sp. donde no es posible discernir entre las especies D. draco y D. tamaranae) o al de familia (tanto las especies de leguminosas como las lauráceas presentes en Canarias no ofrecen criterios sólidos para poder identificar la especie con seguridad) (Jacquiot 1955; Jacquiot et al. 1973; Schweingruber 1990).
Cabe indicar que las evidencias de biodeterioro por la acción de hongos, bacterias e insectos xilófagos están presentes en la mayoría de las maderas estudiadas, afectando en mayor medida a Pinus canariensis, Dracaena sp. y Ficus carica.
Por último hay evidencias de alteración térmica en dos fragmentos de pino canario (S3.P1 y S2.P2) y uno de leguminosa leñosa (S7.P1).
Los restos de insectos
Se identificaron 4 especies en el interior de los silos (Fig. 7) (Tab.
El insecto más numeroso (número mínimo de 5427 individuos) es el gorgojo del grano (Sitophilus granarius), representando el 60,63 % de todas las evidencias entomológicas.
Se ubica en la totalidad de los silos estudiados, con una densidad media de 159,61 insectos por silo.
Destaca la concentración en el S3.P2 con 976 especímenes identificados.
Este gorgojo se conserva generalmente fragmentado.
El tórax es la parte más numerosa en el registro, debido a que está compuesto por un único segmento compacto.
El abdomen comprende múltiples segmentos abdominales y élitros que se rompen con facilidad, lo mismo que la cabeza formada por apéndices (antenas, ojos y aparato bucal), lo que dificulta la identificación taxonómica.
El gorgojo del grano es un insecto sinantrópico que se ha expandido por todo el mundo a partir de la difusión de la agricultura y que se alimenta exclusivamente de cereal almacenado por los seres humanos, constituyendo una de las plagas más perjudiciales para estos granos (King 2014; King et al. 2014).
No puede volar y su expansión se efectúa mediante el transporte e intercambio de semillas infectadas.
Se adapta bien a climas templados, y su ciclo de vida dura entre 12 y 104 días, dependiendo de las condiciones en las que se desarrolle (Delobel y Tran 1993).
Se considera una plaga primaria, ya que ataca directamente los granos, principalmente de trigo y cebada, Fig. 6.
Restos de maderas recuperados en el granero de Risco Pintado (Temisas): a. fragmento de dracaena bioalterada por xilófagos (S2.
Fracción de madera de fabácea leñosa (S2.P2); c.
Fragmento de pino canario (Pinus canariensis) con evidencias de termoalteración (S7.P1); d.
Pieza de madera de laurácea (S10.P1); e.
Fragmento de madera de higuera (Ficus carica) con muestras de bioalteración muy avanzada como las galerías realizadas por xilófagos (S4.P1b); f.
Restos de coprolitos de insectos, recuperados del interior de la madera de higuera anterior.
S Silo, P Planta (en color en la versión electrónica).
Escala gráfica: 1 cm salvo que se especifique otro valor. y atrae a otras especies que constituyen plagas secundarias (Buckland 1991; Huchet 2017).
Solo pueden reproducirse en granos con una proporción de humedad superior al 9,5 % y en temperaturas entre los 13 oC y los 35 oC.
Para ello, introducen un huevo en cada grano, realizando un pequeño agujero.
Las larvas viven toda su vida en el interior hasta que eclosionan (Plarre 2010).
El escarabajo-araña (Mezium americanum), una plaga menor en los espacios de almacenamiento, representa con 921 individuos el 10,29 % de todos los insectos documentados en el granero.
Aparece en 30 de los 34 silos estudiados, con una densidad de 30,7 individuos por silo.
Se relacionan con la mala higiene de los mismos, al habitar sobre todo en los excrementos de aves y roedores.
Pueden consumir cereales y harinas, frutas secas, pieles de animales, huesos y otros insectos muertos, así como madera vieja (Hagstrum y Subramanyam 2009).
El gorgojo dientes de sierra (Oryzaephilus surinamensis) constituye un 7,7 % de los insectos identificados.
El tórax de este gorgojo posee los bordes aserrados, elemento diagnóstico de este taxón.
Como el gorgojo del grano, el tórax es la parte más representativa de las muestras, al estar compuesta por una única fracción compacta.
Al igual que el gorgojo del grano, el escarabajo dientes de sierra es una especie sinantrópica (Huchet 2017).
Se considera una plaga secundaria de los cereales, pues sólo consume los granos dañados, así como restos de comida sobre los que va depositando sus huevos.
Los adultos tienen una esperanza de vida que va de los 6 meses hasta los 3 años.
La cuarta especie identificada, el gorgojo del pan (Stegobium paniceum), es una plaga secundaria de los cereales, ya que es incapaz de dañar el grano intacto.
Al igual que el gorgojo dientes de sierra, consume el grano ya dañado o cuando está procesado (convertido en harina).
Ataca además otros materiales orgánicos como la carne y la leche (Gunasekaran y Rajendran 2005).
Este gorgojo es capaz de volar por lo que pudo llegar al granero de diversas maneras.
Algunos ejemplares estaban vivos, sugiriendo que su presencia en esos silos era reciente.
Estos resultados exponen los primeros datos arqueobotánicos y arqueoentomológicos recuperados del granero de Risco Pintado.
Resta identificar una cantidad significativa de los insectos separados, en fase de estudio, incluidos en la Tabla 7 bajo la categoría de "Otros insectos".
Es muy probable que dentro de esta categoría se encuentren otras especies identificadas como plagas, así como insectos no asociados con el almacenamiento, y que se introducirían en el silo tras su abandono.
El periodo de uso del granero se determinó mediante 7 dataciones radiocarbónicas (C14).
Cinco fueron realizadas sobre materiales vegetales por Espectometría de Masas con Aceleradores (AMS) (Tab.
4): cuatro sobre segmentos de raquis de cebada Para confirmar la simultaneidad de las plagas y los restos vegetales se fecharon además dos muestras, una de gorgojo del grano y otra de gorgojo dientes de sierra, procedentes del S3.P2.
Se utilizaron varios especímenes para cada muestra con el fin de alcanzar el peso adecuado para los análisis.
Para confirmar la compatibilidad temporal de insectos y semillas un fragmento de cebada datado, procedía del mismo silo que los insectos, acreditando una antigüedad de 1050-1250 cal AC.
Para obtener una visión gráfica, estas fechas fueron combinadas con la función R-Combine de OxCal versión 4.3.2.
Los resultados obtenidos en el análisis de los restos vegetales han permitido identificar algunas de las plantas almacenadas en los silos del granero de Risco Pintado.
Las especies más abundantes son la cebada y el higo.
El total de evidencias de este último taxón es más elevado que el de la cebada, pero recordemos que, como un higo puede contener cientos de semillas, su número está sobrerrepresentado con respecto al cereal.
El índice de ubicuidad de la cebada es más elevado (solo falta en un silo).
Además, la presencia en estos silos de gorgojos del grano, que sólo se alimentan de cereal almacenado, sugiere que la cebada constituía el principal producto depositado y a la vez que su conservación a largo plazo estaba en riesgo.
El número total de restos de trigo y su dispersión por los silos sugiere que su papel fue menos significativo entre los productos almacenados.
Ello respaldaría la idea (Morales 2010; Morales et al. 2014Morales et al., 2017)), de que el trigo tuvo un papel secundario con respecto a la cebada en la agricultura aborigen.
Lo mismo sucede con las legumbres y con las plantas silvestres, las cuales presentan un número limitado y una distribución irregular por los silos.
Un patrón similar en cuanto a número de restos y distribución en los silos ha sido identificado en el granero de Acusa, donde cebada e higo constituyen las evidencias botánicas más abundantes (Morales et al. 2014).
Este mismo patrón es observable en los restos carpológicos, preservados por carbonización, obtenidos en contextos domésticos del mismo periodo en la isla de Gran Canaria (Morales 2010; Morales et al. 2017).
En ellos, las semillas de cebada e higo son también más comunes que los restos de trigo, legumbres y plantas recolectadas, mucho más reducidos (Tab.
La información etnohistórica proporcionada por los primeros viajeros europeos que llegaron al archipiélago entre los siglos XIV y XVI subraya la importancia de la cebada y los higos en la dieta de la población indígena de Gran Canaria y corrobora los datos aquí obtenidos (Abreu Galindo 1977; Morales Padrón 2008).
La única excepción es que en los lugares de almacenamiento el número de los raquis de cereal y las vainas de leguminosas es muy superior al que hay en los contextos domésticos.
Esto podría indicar la práctica de actividades de procesado de los productos vegetales diferenciadas en función de si se pretende conservar los vegetales a largo plazo en los graneros o si se van a consumir en el ámbito doméstico (Sigaut 1981).
Las dataciones radiocarbónicas indican que este espacio de almacenamiento estuvo en uso entre los siglos XI y XV.
No obstante, las fechas entre los siglos IX y XI obtenidas sobre los gorgojos de dientes de sierra son ligeramente anteriores e implican que el granero pudo haber estado funcionando al menos desde este periodo.
Las evidencias de gorgojos no son visibles a simple vista, y es probable que no fueran detectados ni eliminados durante las retiradas de cereal y las limpiezas de los silos realizadas durante su uso.
En el marco del proyecto de investigación que estamos desarrollando, se han realizado varias series de dataciones en distintos graneros de Gran Canaria.
Los datos disponibles hasta el momento son coincidentes para todos ellos y apuntan a su máximo desarrollo en el periodo comprendido entre los siglos XI y XV d.
C. Por el momento disponemos de los datos de los sitios de Acusa (término municipal de Artenara), Cuevas Muchas (término municipal de Ingenio) y el Cenobio de Valerón (término municipal de Santa María de Guía).
Las fechas obtenidas en Acusa fueron realizadas sobre materiales vegetales y gorgojos del grano, e indican que el granero estuvo en uso al menos entre los siglos XI y XV d.
En el granero de Cuevas Muchas un conjunto de cinco dataciones sobre restos vegetales ha aportado fechas comprendidas entre los siglos XIII y XV (Hagenblad et al. 2017).
En el Cenobio de Valerón se dataron 5 muestras de cebada e higo que aportaron unas fechas comprendidas entre los siglos XI y XV (Naranjo y Rodríguez 2015).
Existe una datación procedente de una semilla carbonizada del granero de La Montañeta con una fecha comprendida entre los siglos VII y XIV (Morales et al. 2018).
Los graneros carecen de estructuras de combustión, por lo que es probable que los restos carbonizados procedan de las argamasas que cubrían el silo.
En ellas se documentan restos de semillas y de otros vegetales carbonizados que, con mucha probabilidad, pueden representar desperdicios domésticos reutilizados para confeccionar este elemento constructivo.
Es decir, esa semilla puede estar aportando una fecha más antigua que la del uso real de los silos.
En todo caso, aunque los graneros fueran usados antes del siglo XI, como sugieren las dataciones en el granero de la Montañeta, es evidente que adquieren su mayor importancia durante la primera mitad del II milenio d.
C. Es posible que esa circunstancia sea resultado de un incremento de la actividad y la producción agrícola, lo que implicaría la necesidad de contar con mayores espacios de almacenamiento.
El estudio previo de los restos carpológicos procedentes de contextos domésticos también apuntaba a la intensificación de la producción agrícola en aquellos yacimientos datados en el II milenio, en especial aquellos situados entre los siglos XIII y XV (Morales 2010).
La existencia de plagas
Las fuentes etnohistóricas mencionan el uso de los graneros por la población indígena de Gran Canaria cuya finalidad era, entre otras, conservar las semillas por un largo periodo de tiempo, evitando que fuesen atacadas por los gorgojos.
Uno de los documentos menciona: "Tenian silos en los riscos i conservaba el grano muchos años sin dañarse, lo qual ahora no puede conseguirse sin que se pique de gorgojo" (Gómez Escudero, en Morales Padrón 2008: 436).
No obstante, hemos comprobado que la población tuvo que lidiar con dos de las principales plagas que se desarrollan en torno al ensilado: el gorgojo del grano y el gorgojo dientes de sierra.
La presencia en las muestras del escarabajo araña y del gorgojo del pan en un buen estado de conservación, siendo insectos con un exoesqueleto blando, propenso al rápido deterioro, podría interpretarse como intrusiones modernas.
Por ello, no son discutidas en esta sección, sin menoscabo de que futuros estudios interpreten que también afectaron a los alimentos en época prehispánica.
Las dataciones sobre muestras de gorgojos del grano y gorgojos dientes de sierra han demostrado que estas especies fueron plagas coetáneas al almacenamiento de los productos vegetales.
La datación sobre gorgojo del grano realizada en el yacimiento de Acusa, aportó una fecha similar a las obtenidas para esta especie en Risco Pintado: 980 ± 30 BP (1020-1150 cal DC) (Morales et al. 2014), lo que sugiere que esta plaga estaba extendida por distintos graneros de la isla.
Los hallazgos de Risco Pintado constituyen el primer registro de gorgojo dientes de sierra en yacimientos arqueológicos del archipiélago canario.
Como ambas especies de gorgojos son sinantrópicas e incapaces de volar, su aparición en Canarias debe atribuirse a los primeros colonos, quienes, sin saberlo, transportaron los huevos de ambos insectos en las semillas y otros alimentos que llevaron consigo.
Los gorgojos del grano son un grave problema para el almacenamiento a largo plazo de cereales.
Al haberse adaptado a la vida en los graneros son una de las plagas más extendidas por el planeta (Delobel y Tran 1993).
Su aparición se constata desde el Neolítico, cuando los humanos empiezan a cultivar cereales y almacenar mayores cantidades de alimentos (Buckland 1991; Kuijt y Finlayson 2009; Plarre 2010).
En Risco Pintado, se ha documentado un número mínimo de 5427 individuos, procedentes de todos los silos muestreados.
Asimismo, más de trescientas glumas articuladas de cebada registradas presentan marcas de haber sido picadas por gorgojos (Fig. 4).
El grano entero se conserva en muy contadas ocasiones, puesto que el gorgojo pone su huevo dentro del grano, y este al crecer, consume el endosperma, dejando únicamente la gluma (Longstaff 1981).
El gorgojo dientes de sierra es una de las plagas más importantes de los productos almacenados.
También se distribuye por todo el planeta y se documenta desde el Neolítico (Delobel y Tran 1993; Huchet 2017).
Su presencia en Risco Pintado es muy signifi- cativa, ya que es una plaga secundaria que sólo consume granos que han sido dañados por plagas primarias, como los gorgojos del grano.
Se alimenta de productos de molienda, semillas, frutas blandas como los higos, y de otros insectos, sobre todo cuando compite con el gorgojo del grano (Trematerra et al. 2000).
La aparición de ambas plagas dentro del granero de Risco Pintado apunta a un uso efectivo de los silos para el almacenamiento a largo plazo de cereales y otros alimentos vegetales.
El principal indicador es el gorgojo dientes de sierra, ya que sólo se desarrolla cuando los granos han sido afectados por plagas primarias o presentan malas condiciones de higiene, lo que sucede con mayor probabilidad cuando son almacenados a largo plazo.
Además, el ciclo de vida de estas plagas (entre 3 meses para gorgojo del grano y 3 años para dientes de sierra) (Delobel y Tran 1993) indicaría que los silos sirvieron, probablemente, para almacenar alimentos durante un periodo de tiempo que supera el ciclo anual de las cosechas.
Los métodos de almacenamiento
La población indígena de Gran Canaria practicó una serie de técnicas encaminadas a proteger las semillas y evitar las plagas.
Así, el uso de silos excavados en la toba volcánica es una estrategia tendente a mantener la temperatura y humedad de los granos a un nivel constante.
Ya se ha mencionado que los huevos de los gorgojos eclosionan con una humedad superior al 10 % y temperaturas comprendidas entre los 13 oC y 35 oC (Delobel y Tran 1993; Plarre 2010).
Así, el control de la temperatura y la humedad en valores bajos es esencial para evitar la proliferación de insectos dentro de las cavidades.
No obstante, también favorece que los hongos colonicen la madera utilizada para acondicionar este espacio.
Para evitarlo, la población prehispánica construyó los graneros en cuevas artificiales, que de forma natural mantienen la temperatura y humedad a un nivel constante (Culver y Pipan 2009; Bescherer y Beaudry 2015).
En la actualidad todos los silos están descubiertos, pero durante las prospecciones y excavaciones realizadas en la primera mitad del siglo XX se hallaron las puertas de madera que los cubrían, en la actualidad expuestas en El Museo Canario (Onrubia 2003).
Así mismo, en el granero del Cenobio de Valerón, hay planchas de fonolita de gran tamaño con los bordes retocados para adaptarlos posiblemente a la boca de los silos y facilitar su sellado (Naranjo y Rodríguez 2015).
Esta diferencia implicaría quizás estrategias de almacenamiento heterogéneas, vinculadas a los sistemas de propiedad de cada cavidad y a la frecuencia de su apertura.
Los silos con puertas con mucha probabilidad estarían expuestos a la circulación del aire, por lo que los granos no estarían confinados en una atmósfera sin oxígeno.
La aireación o ventilación es importante para refrescar el espacio y evitar que los hongos afecten los productos almacenados, y está especialmente indicada cuando los granos se almacenan dentro de la espiga (Sigaut 1988).
Precisamente, las evidencias recuperadas en el granero de Risco Pintado indican que los granos eran almacenados dentro de su cubierta vegetal.
La alta concentración de raquis y el escaso número de granos de cebada y de trigo en los silos está indicando que ambos cereales fueron almacenados sin procesar.
Incluso a veces los segmentos de raquis están aún articulados y muestran el raquis basal, así como parte del tallo.
En ellos se aprecian las marcas de corte donde la espiga es separada del resto de la planta (Fig. 4).
Este patrón también ha sido registrado en el granero de Acusa, cuyas mejores condiciones de preservación han permitido que se conserven algunas espigas completamente articuladas (Morales et al. 2014).
La documentación etnohistórica corrobora estas evidencias, al mencionar que los indígenas de Gran Canaria cosechaban los cereales arrancando la espiga y dejando el resto de la planta en el campo (Abreu Galindo 1977; Morales Padrón 2008; Morales 2010; Santana et al. 2012).
La técnica de conservación de los cereales en la espiga, con su cubierta vegetal, protege los granos de insectos y roedores, a la vez que permite mantener las condiciones de humedad y temperatura necesarias para su correcta conservación (Sigaut 1988).
Estudios experimentales con cereales sin procesar y almacenados en la espiga indican que éstos son más resistentes a las plagas que aquellos conservados tras ser procesados (Meurers-Balke y Lüning 1992; Alonso 1999).
Es posible que la misma técnica se utilizara para almacenar las legumbres, ya que se han registrado restos de la vaina de lentejas y habas en varios silos de Risco Pintado, al igual que en el granero de Acusa (Morales et al. 2014).
El hallazgo de fragmentos del raquis y del perianto de dátiles de palmera canaria sugiere que los frutos eran almacenados en las propias ramillas.
En Risco Pintado los higos eran almacenados como frutos enteros según las evidencias arqueológicas y los documentos etnohistóricos, que mencionan la práctica de secar los higos para almacenarlos durante todo el año (Abreu Galindo 1977: 161).
En todos los casos mencionados, la cubierta vegetal natural protege los granos y frutos sin que se advierta interés en procesar los granos para eliminar las impurezas y maximizar el volumen de almacenamiento.
Por último, las hojas y madera de laurel canario (Laurus novocanariensis) y las semillas de lentisco (Pistacia lentiscus) pudieron ser empleadas en los silos como repelentes e insecticidas.
Las hojas y frutos del laurel canario contienen aceites esenciales que actúan como insecticidas y repelentes, a la vez que inhiben el crecimiento de las semillas e impiden la proliferación de hongos (Rodilla et al. 2008).
El aceite esencial del laurel se encuentra en sus hojas y en sus frutos.
Se conoce como insecticida desde la antigüedad, al menos el procedente del laurel común (Laurus nobilis) (Panagiotakopulu et al. 1995), y aún se sigue usando en el Mediterráneo (Mediouni et al. 2012; Halstead et al. 2014).
Fragmentos de hojas de laurel canario también han sido documentadas en Acusa (Morales et al. 2014).
En la actualidad, las hojas de laurel se usan en Canarias para evitar insectos en las despensas (Rodilla et al. 2008).
Teniendo en cuenta esto, los fragmentos de madera identificados como Lauraceae pueden ser interpretados como los restos de ramas verdes de laurel con las hojas todavía insertas depositadas en los silos para evitar el desarrollo de plagas.
El hecho de que los restos de madera de laurácea hayan sido detectados en silos diferentes a los que albergaban fragmentos de hojas de esta planta puede deberse a un factor de conservación.
No obstante, no podemos descartar el uso de este taxón para confeccionar utensilios o acondicionar el espacio.
Por su parte, el lentisco tiene también propiedades repelentes, insecticidas y antifúngicas (Bougherra et al. 2015).
El aceite esencial, concentrado en sus hojas y frutos, se usa para combatir plagas asociadas a los graneros y es especialmente eficaz en la eliminación de huevos de insectos (Bachrouch et al. 2010; Bougherra et al. 2015).
En ninguno de los silos muestreados existen pruebas de la acción del fuego que pudieran vincularse a su uso tradicional para combatir las plagas (Hakbijl 2002) (no hay cenizas o trazas de alteración térmica en el conjunto del granero).
Esta ausencia no carece de lógica, pues podría constituir un peligro para la integridad de los contenidos custodiados en las diversas cámaras.
Por tanto, los escasos fragmentos de carbones recuperados deben interpretarse como inclusiones en los restos de argamasa asociados a las paredes de los silos.
Este estudio aporta información significativa en el marco del proyecto que estamos realizando sobre las estrategias empleadas en el almacenamiento prehispánico en Gran Canaria, utilizando una metodología novedosa que combina el análisis de los restos vegetales y entomológicos.
Los resultados obtenidos en el granero de Risco Pintado han aportado datos sobre las especies almacenadas, las plagas que afectaban a estos productos, y las técnicas de almacenamiento.
No obstante, el número de graneros estudiados es por ahora muy escaso y se necesitan más análisis en otros espa-cios para tener una visión más completa sobre nuestro objeto de estudio.
Además, es necesario realizar una serie más larga de dataciones, para contextualizar mejor este tipo de espacios y detectar las especies tanto vegetales como de insectos introducidas en los almacenes durante el periodo prehispánico.
Por el momento, solo existe un trabajo sobre las industrias líticas, que apunta a que quizá en los graneros se procesara una parte de lo almacenado antes de transportarse a los contextos domésticos.
También sugiere que se almacenaran productos que no se han conservado, como la carne, ya que algunos instrumentos localizados tienen huellas de su uso sobre esta materia.
Por lo tanto, el análisis de los restos óseos de fauna y microfauna, de fragmentos de recipientes de piel, vegetales y cerámicos, así como de las maderas no carbonizadas encontradas en el interior de los silos, ilustrará mejor los aspectos ligados a la forma en que se guardaba cada tipo de producto, y hasta podría ayudar a conocer cómo se articulaba el espacio en los almacenes.
El presente estudio muestra que, aunque permanecieran abiertos tras su abandono, los silos prehispánicos de Risco Pintado conservan en buen estado parte de la cosecha de los antiguos canarios.
Y ello a pesar de que una serie de plagas de carácter primario y secundario (esta última, identificada por primera vez en un yacimiento canario en Risco Pintado) mermaran en gran parte la cosecha almacenada.
Toda esta información confirma que los graneros prehispánicos de Gran Canaria muestran unas condiciones de conservación excepcionales y que exhiben un enorme potencial para contribuir al estudio del almacenamiento en el pasado.
El trabajo realizado por Alisios Actividades aseguró el acceso al yacimiento.
La empresa Tibicena S.L. y el Dr. Ernesto Martín colaboraron en la documentación gráfica del granero.
Agradecemos al Jardín Botánico Canario "Viera y Clavijo" y al Centro Instrumental Químico-Físico para el Desarrollo de la Investigación Aplicada de la Universidad de las Palmas de Gran Canaria (CIDIA, ULPGC) su disposición para la creación de la colección de referencia de maderas actuales de Canarias.
Abreu Galindo, J. 1977: Historia de la conquista de las siete Islas de Canaria.
Alonso i Martínez, N. 1999: De la llavor a la farina.
sin datos sin datos sin datos Horizontal S5c.P1b sin datos sin datos sin datos Horizontal S5d.P1b sin datos sin datos sin datos Horizontal Tab.
Medidas de los silos excavados en Risco Pintado.
En la versión en línea (menú Herramientas del artículo) pueden consultarse dos archivos complementarios en formato Excel:
Números detallados de los restos de insectos documentados en Risco Pintado.
Número estimado de los restos de plantas no explotadas por los antiguos canarios recuperadas en Risco Pintado. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
El conjunto rupestre al aire libre del Arroyo de las Almas (La Fregeneda, Salamanca), situado junto al encuentro de los ríos Águeda y Duero, tiene, al menos, 600 motivos grabados con una amplia secuencia temporal que transcurre desde el Paleolítico Superior hasta nuestros días.
Mostramos aquí, por primera vez, los 21 motivos paleolíticos, grabados todos ellos por incisión, e integrables en el Magdaleniense.
En esta breve nota presentamos 21 nuevos motivos grabados paleolíticos descubiertos en el conjunto ru-pestre de Arroyo de las Almas (Fig. 1).
Los hemos agrupado en tres categorías temáticas, 13 zoomorfos, 7 signos y 1 motivo indeterminable.
También se ha catalogado un variado grupo no figurativo de grabados paleolíticos, compuesto por trazos aislados o conjuntos de trazos aparentemente inconexos.
Todos ellos están ejecutados mediante la técnica de grabado inciso.
Los autores de esta aportación los localizaron en 5 rocas de pizarras y esquistos, a partir del mes de septiembre de 2015 (Reis y Vázquez Marcos 2015).
Arroyo de las Almas (La Fregeneda, Salamanca): un nuevo sitio con arte paleolítico al aire libre* El Arroyo de las Almas es el conjunto con arte rupestre paleolítico más relevante en la provincia de Salamanca, tras el yacimiento arqueológico de Siega Verde (Serranillo) (Alcolea y Balbín 2006, 2008; Bueno et al. 2008; Vázquez Marcos 2014, 2015, 2017) por su situación en la submeseta norte de la península ibérica y sus características formales, tipo de soporte, cronología, ambiente y estado de conservación.
Además es uno de los más reseñables del territorio autonómico de Castilla y León.
En el marco de la temática del Paleolítico Superior abordada, este nuevo lugar entronca con los nuevos descubrimientos artísticos al aire libre localizados en la península y en el resto del continente europeo (Welker 2016).
Este conjunto rupestre se sitúa en el término municipal de La Fregeneda (Salamanca), en la margen derecha de dicho arroyo y en varias de sus pequeñas y adyacentes riveras.
El municipio está incluido en la comarca de Vitigudino y en la subcomarca del Abadengo, en la esquina noroccidental de la provincia comprendida entre los ríos Águeda, Yeltes, Huebra y Duero, e insertado en el espacio natural protegido del Parque Natural Arribes del Duero.
Desde el punto de vista geomorfológico y paisajístico, el Arroyo de las Almas es un pequeño afluente del río Águeda que desemboca a 1 km de la entrada de este último en el Duero (Fig. 2).
METODOLOGÍA EMPLEADA EN LA PROSPECCIÓN, DOCUMENTACIÓN Y ESTUDIO DE LOS HALLAZGOS
En la prospección arqueológica partimos de un principio metodológico simple: donde hay afloramientos rocosos puede haber arte rupestre, y la única forma de confirmarlo es observar metódicamente las superficies disponibles.
Tras el descubrimiento de las primeras evidencias gráficas se dividió el entorno, para su mejor comprensión, en núcleos.
Con posterioridad, hicimos una primera diagnosis de las rocas y paneles con grabados con luz natural y artificial de iluminación fría Led.
Los motivos se documentaron mediante fotografías diurnas, nocturnas y calcos y se clasificaron a partir de las imágenes obtenidas y digitalizadas apoyándonos en programas informáticos específicos.
Las fotografías se tomaron en la mejor hora del día, y de la noche, con una Canon 5D Mark II y diversos objetivos y flashes sincronizados en variadas posiciones.
DESCRIPCIÓN DE LOS MOTIVOS PALEOLÍTICOS INVENTARIADOS
Las rocas inventariadas en el conjunto rupestre de Arroyo de las Almas son 24, de las cuales 5 Fig. 2.
La imagen superior está tomada desde la margen portuguesa del río Duero en la que se observa la desembocadura del Águeda bajo el puente internacional ferroviario.
En el centro, señalado por la flecha, el Arroyo de las Almas (fotografía de Mário Reis, marzo 2017).
La imagen inferior muestra la localización de las 5 rocas con grabados paleolíticos del Arroyo de las Almas (Fregeneda, Salamanca) en el Mapa Topográfico Nacional a escala 1: 25.000, hoja 448-bis-4 San Martín, año 2002 (fuente: Centro Nacional de Información Geográfica).
Los números arábigos corresponden al de inventario de las rocas y los romanos al núcleo al que pertenecen.
Los 'núcleos' definidos en el conjunto rupestre (números romanos) y las rocas y paneles grabados estudiados en esos 'núcleos' (números arábigos) se localizan en la figura 2.
Los motivos paleolíticos zoomorfos (Fig. 3), signos o indeterminables se inventarían y describen en la Tabla 1.
ANÁLISIS, VALORACIÓN Y PROPUESTA DE ADSCRIPCIÓN ESTILÍSTICA Y CRONOLÓGICA EN RELACIÓN CON OTROS CONJUNTOS PALEOLÍTICOS DE LA CUENCA DEL DUERO
En la actualidad faltan datos precisos y objetivos utilizables para una datación fehaciente de la ejecución del conjunto gráfico paleolítico del Arroyo de las Almas.
Hasta que se disponga de ellos el acercamiento morfológico, formal y estilístico es el único factible.
Nunca deberá ser considerado como indiscutible pero es aún una variable esencial y nada desdeñable para entender las sociedades prehistóricas que ejecutan dichas manifestaciones, independientemente de su soporte (Leroi-Gourhan 1971; Rivero y Sauvet 2014).
En las 21 figuras contabilizadas predomina la temática zoomorfa sobre la abstracta (Tab.
Sin negar la influencia que el deficiente estado de con-servación de alguno de los paneles y sus representaciones pudiera tener en la identificación, ese predominio es frecuente en los principales sitios con arte paleolítico al aire libre de la cuenca del Duero.
Allí los animales son los motivos más documentados pese a que, por ejemplo, en Siega Verde los signos supongan más del 37 % de las figuras inventariadas (Alcolea y Balbín 2006: 254-260).
Sin embargo los paralelos con los motivos de este sitio arqueológico son pocos, excepto los lineales, que también están presentes en el Núcleo IV de Arroyo de las Almas.
En la cercana región artística portuguesa del valle del Côa no se ha cuantificado todavía la totalidad de los signos paleolíticos.
Un trabajo reciente (Santos 2017) y otro en preparación por uno de nosotros (MR) nos permite afirmar que son poco frecuentes en su fase Graveto-Solutrense, aun existiendo algunos casos notables (Baptista 2009: 110).
Sin embargo, en sus fases más recientes, como en el Magdaleniense y en el final del ciclo artístico paleolítico, sin ser tan abundantes como las figuras zoomorfas, hay rocas donde adquieren una gran importancia cuantitativa (Baptista 2009: 114-129).
En el conjunto protagonista de este trabajo los signos son escasos, además de tipológicamente simples y con frágiles paralelos con otros conjuntos del Paleolítico Superior.
En su mayoría se asocian a figuras de animales, pudiéndose plantear como hipótesis que sean coetáneos.
Cuando aparecen aislados, como en el panel 2 de la roca 1 del Núcleo IV, sin asociación directa a otras figuras paleolíticas, su atribución cronológica detallada es muy problemática.
Tampoco podemos acudir al estudio de las superposiciones entre las figuras paleolíticas de Arroyo de las Almas, un aspecto importante en los análisis de los conjuntos gráficos del Côa y Siega Verde, porque se reducen a alguna ocasional y poco relevantes entre trazos aislados y figuras de animales.
Las superposiciones más evidentes afectan a los motivos lineales de cronología post-paleolítica (Figs.
4 y 5), ejecutados, en ocasiones, por encima de animales paleolíticos.
Otro claro indicador de la vinculación de este nuevo conjunto con el contexto artístico más cercano es la preeminencia de équidos y cérvidos entre los zoomorfos.
En cambio no hay bovinos en Arroyo de las Almas, siendo los caprinos la tercera especie más representada.
El hecho es un tanto extraño ya que en Siega Verde y en el valle del Côa los uros son habituales en el bestiario documentado.
Algunas figuras zoomorfas del Arroyo de las Almas tienen rasgos y atributos estilísticos de incontestable valor para acercarnos a una datación relativa del con-Fig.
Cabeza del grabado paleolítico de ciervo de la roca 6 del Núcleo I (motivo 1) con sus exuberantes astas (calcos en Fig. 4 superior y 6: 1; fotografia de Mário Reis, mayo 2018; en color en la versión electrónica).
Ciervo con varias modalidades de trazos incisos simples, únicos y repetidos.
Se localizó en la parte alta del panel 1, en su lado izquierdo.
Además de su cornamenta, hay una rama trasera separada en varios candiles, bifurcados, y las tres puntas delanteras.
La cabeza es triangular con el morro redondeado.
Aparece la línea naso-frontal, una larga oreja, la boca y un despiece en el cuello-pecho indicativo de una diferente longitud del pelaje y de su coloración en ese punto.
Una fina línea señala el despiece escapular, su línea cérvico-dorsal recta, la grupa y la cola corta.
Carece de vientre pero están representadas las extremidades anteriores y posteriores (en Y), una por par (Figs.
Caprino (Fig. 6) con extremidades anteriores realizadas con un único trazo y las posteriores, con pezuña y corvejón, rellenas con múltiples trazos.
La cabeza tiene una anómala forma sin más detalle anatómico, que dos largos cuernos curvos hacia atrás.
Su cuerpo y cuarto trasero muestran abundantes rellenados internos.
Tiene una larga cola finalizada en una peculiar forma en tridente, que junto a la rectitud de su línea cérvico-dorsal nos impiden aseverar, de forma irrebatible, la asignación zoomorfa propuesta.
Esta figura, sin el naturalismo de otras, está asociada a dos conjuntos de trazos.
Motivo indeterminable que podría corresponder tanto al vientre y las extremidades anteriores de un animal, que mira a la derecha del observador, como a un signo.
A su alrededor hay varios trazos grabados mediante incisión.
Cérvido inciso mediante trazos únicos y repetidos.
Sola falta su cabeza, aparentemente no grabada.
Tiene una pequeña cola, continuación de una lograda y recta línea cérvico-dorsal, una inacabada línea del cuello-pecho y dos extremidades posteriores ejecutadas mediante dos líneas sin cerrar en su final y con el corvejón.
Un despiece ventral señala el cambio cromático de su pelaje en este punto, la zona inguinal y tres líneas incisas a la altura de la nuca que indicarían la pelambrera junto a la oreja y un posible cuerno.
El zoomorfo, situado en posición oblicua, y orientado hacia abajo, se superpone a una línea curva que parece simular una pequeña loma o elevación además de estar asociado a tres signos (Figs.
Cabra incompleta en la parte inferior izquierda del panel 6.
Se han identificado sus dos cuernos, con abundantes rellenados internos ejecutados con trazos lineales incisos y verticales, similar al trazo múltiple, la línea naso-frontal, el morro redondeado y una extremidad anterior como continuación del cuello-pecho.
Tras su cabeza arranca la línea cérvico-dorsal ejecutada con varios trazos múltiples sin que podamos observar la línea del vientre u otros rasgos anatómicos.
Su estilo subnaturalista es intencional (Fig. 6).
Posible cierva situada por debajo del motivo 10, a la izquierda.
Está completa y pese a sus pequeñas dimensiones y la dificultad que entraña su observación, es posible apreciar su peculiar e irregular cabeza ovalada con una oreja, las líneas del cuellopecho y cérvico-dorsal, una corta y redondeada cola y la línea ventral.
Está ejecutada en trazos simples, repasados en el vientre y en el pecho (Fig. 6).
[1] Relación y descripción de los motivos paleolíticos grabados por incisión e inventariados en el sitio del Arroyo de las Almas (Fregeneda, Salamanca).
Cierva localizada en la extremidad derecha inferior del panel 6, a la derecha del motivo 10.
Destaca su morro apuntado y las dos orejas, cortas, afiladas y en perspectiva correcta, con abundantes trazos en su interior, una perceptible línea cérvico-dorsal, el vientre abombado, la grupa, la cola, interrumpida por una grieta, y dos cortas extremidades posteriores (Fig. 6).
Prótomo de cierva, a la derecha del motivo 13.
Ejecutada mediante fina incisión y con una forma muy sintética gracias a dos líneas casi paralelas, simulando el pecho y el dorso, y rematadas por dos líneas unidas en el vértice que conformaron su acentuada cabeza triangular, ligeramente redondeada en la quijada (Fig. 6).
Prótomo de cérvido en la extremidad superior derecha del panel.
Ejecutado por trazos finos y únicos, a veces repetidos.
Tiene pocos detalles anatómicos.
La figura, orientada a la derecha del observador y ligeramente inclinada hacia arriba, conserva un morro entre apuntado y redondeado, la recta línea cérvico-dorsal, el cuello-pecho y el arranque de las extremidades anteriores.
Destaca la forma ovalada de su cabeza y las abundantes líneas grabadas por trazos repetidos y únicos observables en su interior (Figs.
Prótomo de équido inciso en trazo único y repetido, orientado hacia la derecha del observador.
Está en la parte izquierda del panel 7.
La peculiar coloración del panel y su defectuoso estado de conservación dificultan la observación, pero se perciben la línea naso-frontal y la de la quijada, ambas rectas y ejecutadas con múltiples trazos incisos continuos y discontinuos, y el morro apuntado.
El animal carece, además, de reseñables detalles anatómicos internos.
Su pecho-cuello fue iniciado al igual que la doble crinera enhiesta que tiene, al menos, 40 trazos que en algunos casos podrían corresponder tanto a las orejas, inclinadas hacia adelante, como al tupé del équido (Figs.
Prótomo de équido inciso con trazos únicos y repetidos, y orientado hacia la derecha.
Pese a las dificultades de observación, como en el équido anterior, se perciben la línea naso-frontal y la quijada, aquí ambas ejecutadas por líneas en trazo único.
El morro del animal difiere del anterior por estar cerrado y su forma redondeada.
Carece de detalles anatómicos internos aunque su pecho-cuello fue iniciado por tres trazos, al menos.
Su crinera enhiesta tiene el mismo número de trazos que el équido anterior, simulando la doble crinera, orejas inclinadas hacia adelante y tupé (Figs.
Prótomo de équido inciso en trazos únicos y repetidos.
Está orientado hacia la derecha del observador, por encima del motivo 17.
Se perciben, como en los motivos anteriores, la línea naso-frontal y la quijada convexa, ejecutadas ambas por varias líneas en trazos únicos, repetidos, continuos y discontinuos.
El morro del animal también es diferente al de los otros prótomos de équidos del panel, motivos 16 y 17, al tener una apuntada forma abierta.
La línea cérvico-dorsal, ligeramente cóncava, también se ejecutó con trazos únicos, repetidos y continuos (Figs.
Prótomo de équido ejecutado en trazos únicos, discontinuos y repetidos, y orientado hacia la derecha.
Pese a las dificultades de observación, y su parcial ejecución, se perciben la línea naso-frontal, la quijada convexa, el morro redondeado y del arranque de la crinera junto a varios posibles pelos hirsutos de esta (Figs.
Zoomorfo acéfalo realizado en trazos únicos y repetidos, posiblemente un équido.
Se perciben la línea cérvico-dorsal recta, que incluye la grupa, y los abundantes trazos utilizados para ejecutar el convexo vientre y simular la longitud del pelaje del animal, indicándose, en el tren delantero, el arranque de las extremidades anteriores sin completar.
También ejecutaron el inicio de las extremidades posteriores y la cola como continuación de la línea cérvido-dorsal.
[2] Relación y descripción de los motivos paleolíticos grabados por incisión e inventariados en el sitio del Arroyo de las Almas (Fregeneda, Salamanca).
El despiece advertido en el motivo 4 (Figs.
Esta convención gráfica es asidua en el Magdaleniense de la península ibérica y no solo al aire libre.
Lo mismo sucede con el motivo 2 (Fig. 6).
La forma rectilínea del dorso y de la parte posterior, el uso del trazo múltiple en el rellenado corporal y de las extremidades posteriores, o el característico subnaturalismo sugieren una cronología tardía.
El motivo se asemeja a algunas figuras de las placas de arte mueble del sitio de Fariseu, en el valle del Côa (Aubry 2009: 387, 389; Santos et al. 2018), estratigráficamente insertadas en una etapa transicional entre la segunda mitad del Tardiglaciar y el Holoceno temprano.
Esta cronología ayuda a corroborar nuestra propuesta y la de otros enclaves del interior meseteño sobre estos mismos soportes (García Diez y Cacho 2015).
Al menos 4 de los animales se han representado completos, siendo alguno acéfalo (motivo 4 y motivo 21, Fig. 6).
Los demás se reducen al prótomo.
Todas las figuras documentadas emplean la incisión como técnica de grabado.
Esto coincide con lo que ocurre en el resto del arte parietal paleolítico peninsular, donde la incisión es la modalidad preferentemente utilizada, aunque el piqueteado de contornos o la abrasión tengan un papel muy relevante en determinados enclaves.
El primer resultado de los análisis realizados es constatar una amplia diacronía de estos motivos, aunque la casi totalidad de ellos se encuadre en el Magdaleniense, estilos IV antiguo y IV reciente de Leroi-Gourhan, fase I del sitio de Arroyo de las Almas.
Quizá, los primeros puedan situarse cronoculturalmente en un momento anterior al Magdaleniense antiguo, estilos III y IV antiguo, pero dado el carácter de esta aportación, no nos parece congruente ofrecer una cronología refinada y en detalle, más allá de una datación relativa que podría rondar los 17000 BP.
Otro grupo de figuras debería de ser situado en los momentos finales del Paleolítico Superior, fase II del sitio.
Además documentamos otras figuras, probablemente ejecutadas en momentos intermedios, lo que significa, si nuestra apreciación cronológica es correcta, que el conjunto rupestre paleolítico del Arroyo de las Almas perduró varios miles de años.
Hemos intentado recrear, con la inevitable incertidumbre connatural a un ejercicio de este género, lo que podría haber sido la evolución en la decoración del conjunto paleolítico del Arroyo de las Almas.
Los primeros motivos serían los 3 prótomos de équidos, tipológicamente idénticos, catalogados en la roca 1 del Núcleo IV y posiblemente ejecutados de una vez y por una sola mano, en los momentos iniciales del Magdaleniense.
Empero, no podemos afirmar que las siguientes figuras ejecutadas sean las de esta roca o las de otras de las inventariadas ya que durante las siguientes fases se van a realizar otras figuras, en esta roca del Núcleo IV (motivos 13, 14, 15, 19 y 21), en la roca 6 del Núcleo I (motivo 1) y en la roca 3 del Núcleo III (motivo 4).
En las rocas 6 y 3 lo más probable es que las figuras correspondan al mismo período que las restantes representaciones, en particular signos y conjuntos de líneas.
En la roca 1 del Núcleo IV, por contra, la ordenación cronológica de los signos y conjuntos de líneas es mucho más compleja aunque hay algunas asociaciones entre estas y las figuras zoomorfas.
Por último, ya en los momentos finales del Tardiglaciar e inicios del Holoceno, la roca 1 del Núcleo IV vuelve a ser decorada, en esta ocasión en un pequeño panel periférico, con los motivos 10 y 11.
Es posible, pero difícil de demostrar que el motivo indeterminado de la roca 1 del Núcleo I (motivo 3) sea también de este período final del Paleolítico.
Asimismo, teniendo en cuenta las características estilísticas del motivo 2, es admisible que esta peculiar figura zoomorfa sea la última de las ejecutadas en este período en la roca 7 del Núcleo I. Esta, es una superficie situada a pocos metros del cérvido de la roca 6 y en el mismo contexto paisajístico del desfiladero rocoso que fluye hacia la rivera, pero con una probable separación temporal de varios miles de años, entre el inicio y el final en la decoración de este nuevo conjunto paleolítico.
Una extensión temporal que coincidiría con el yacimiento de Siega Verde y con muchos de los principales sitios del conjunto del valle del Côa.
El descubrimiento del sitio rupestre de Arroyo de las Almas amplía a más de 80 los enclaves del Paleolítico Superior al aire libre en la península ibérica, una cifra que representa más del 30 % de los lugares con arte paleolítico en este territorio, tanto en cueva, abrigo como al aire libre.
De igual modo, mencionar sobre las figuras documentadas y sus principales caracteres formales y estilísticos, su atribución cronocultural a dos diferentes fases.
Acaso, el magnífico ejemplar localizado en el Núcleo I (motivo 4) y varios de los équidos del panel 7 de la roca 1 del Núcleo IV (motivos 16, 17 y 20) podrían corresponder a un inicial momento transicional entre el Solutrense y el Magdaleniense si consideramos algunos paralelos sobre soportes parietales y muebles en el contexto arqueológico más cercano.
Sin embargo, esta tarea, que esperamos poder justificar tras el mesurado análisis de todos los datos existentes en futuras publicaciones, superaría en esta nota nuestro objetivo principal: solucionar la cuestión cronología genérica del sitio.
Para finalizar, queremos insistir en las nuevas perspectivas en la investigación sobre el arte rupestre, preferentemente en la cuenca del Duero internacional, que abre este nuevo conjunto por su estratégica posición geográfica, como lugar de paso fundamental en la red de intercambios culturales y de materias primas |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
El hallazgo de un vaso cerámico parcialmente conservado en el curso de las excavaciones llevadas a cabo en Cova Eirós permite aportar nuevos datos sobre la cultura material del Neolítico regional.
El recipiente, tanto por su forma de botella como por su decoración (impresión de concha), recuerda claramente a la cerámica cardial, tan característica del registro arqueológico entre los primeros grupos neolíticos del sur de la península ibérica.
Se abordan las circunstancias del hallazgo y los paralelos más cercanos, que se encuentran entre las colecciones cerámicas del sur de Portugal.
A modo de conclusión, sugerimos que la pieza analizada se remonta probablemente al final del VI milenio a.
EL NEOLÍTICO GALLEGO: STATE OF THE ART
La investigación sobre el tránsito a una economía productora y las primeras comunidades agropastoriles galaicas sólo tardíamente comenzó a abordarse: el hecho de la -aparente-inexistencia en el noroeste ibérico de los elementos estructurales (poblados u ocupaciones cavernarias) o artefactuales canónicos de esas iniciales etapas en el sur y levante peninsulares (i.e., cerámicas impresas), conllevará que el Neolítico gallego pase a ser "el periodo que nunca existió" en la tradición historiográfica regional (Fábregas y Suárez 1999: 541).
Una particular tradición funeraria (megalitismo), ciertamente nacida en el Neolítico -aunque
Vaso con decoración cardial de Cova Eirós (Triacastela, Lugo)*
A cardial decorated vessel from Cova Eirós (Triacastela, Lugo) Ramón Fábregas Valcarce a, António Faustino Carvalho b, Arturo de Lombera-Hermida a, c, d, Miriam Cubas e, f, Alexandre Lucquin e, Oliver Edward Craig e y Xosé Pedro Rodríguez-Álvarez c, d * Las intervenciones en Cova Eirós fueron financiadas por el Ministerio de Economía (HAR2010-21786) y la Consellería de Cultura, Educación e Ordenación Universitaria de la Xunta de Galicia.
a Grupo de Estudos para a Prehistoria do Noroeste.
C/ Marcel•lí Domingo s/n.
Esta peculiar sustitución de la parte por el todo responde sin duda a una investigación centrada exclusivamente en los aspectos más monumentales del registro, a causa de las limitaciones de este último pero también debido a carencias de orden metodológico, vinculadas a la tardía institucionalización de la arqueología en Galicia.
La anomalía histórica que representaba la inexistencia de un periodo neolítico en Galicia comenzó a ponerse de manifiesto a inicios de los 1980 por parte de dos investigadores locales (Vázquez 1980; Suárez 1983).
Significativamente, esa primera definición de un Neolítico regional -previo al fenómeno megalíticose fundaba en el descubrimiento en dos yacimientos en la costa suroeste gallega de unos restos cerámicos decorados con una técnica (impresión de concha), que evocaba los rasgos formales de los muy conocidos conjuntos cardiales del sur y este de la península ibérica.
Desgraciadamente, las propias cerámicas y el contexto de esos yacimientos carecían de la necesaria definición en términos cronológicos, por lo que la propuesta de dichos autores se mantuvo en un cierto limbo por parte de la comunidad científica.
Hay que aguardar a la década de 1990 para que comencemos a disponer de datos más sólidos sobre el primer Neolítico, en gran medida provenientes del norte de Portugal, donde algunos yacimientos como Buraco da Pala, así como hallazgos efectuados bajo construcciones tumulares, permiten diseñar un horizonte caracterizado por una alfarería decorada mediante impresión arrastrada ("boquique") o acanalados, cuya estilística decorativa y el C14 emplazan en la primera mitad del V milenio cal AC (p. ej., Sanches 1997).
Por otra parte, algunos análisis paleobotánicos (polen y carpología) apoyan un inicio, siquiera tenue, de las actividades agrícolas en esos parámetros temporales (Fábregas et al. 1997: 469), previos por lo tanto a las primeras construcciones tumulares.
Transcurrida la década del 2010 seguimos teniendo dificultades para caracterizar en detalle los yacimientos del Neolítico Antiguo galaico, fundamentalmente porque las escasas dataciones radiométricas disponibles provienen de estructuras negativas (hornos, fosas o diversas excavaciones de diseño lineal) que en general no están inequívocamente asociadas a materiales arqueológicos diagnósticos o ecofactos; un buen ejemplo de este problema acontece en el sitio de Monte dos Remedios (Moaña, Pontevedra) (Fábregas et al. 2007).
La cultura material está representada principalmente por cerámicas decoradas, entre las que sin embargo la impresión mediante matriz de concha es muy escasa -un solo vaso recuperado en un nivel intacto de la cámara de Parxubeira 3 (Mazaricos, A Coruña) (Rodríguez Casal 1989, 1990: 110)-frente a otros tipos de impresión (punzón, "boquique") o a incisiones y acanalados.
Los yacimientos conocidos se localizan preferentemente en la mitad sur del territorio, emplazados en una variedad de posiciones topográficas, desde las penillanuras de las sierras litorales hasta la planicie costera, compareciendo al aire libre pero ocasionalmente bajo abrigos rocosos.
En el presente estado de nuestros conocimientos, la transición a una economía productora habría acontecido en una cronología más o menos sincrónica con la apuntada para el norte de Portugal y la Región Cantábrica, probablemente en la primera mitad del V milenio cal AC.
Por otra parte, no es descartable que, como se ha apuntado recientemente para esa última área (Cubas et al. 2016), la aparición de los primeros animales domésticos (que no una ganadería económicamente relevante) preceda en algunos siglos a la agricultura.
Esta dinámica particular podría afectar a las regiones más interiores y septentrionales de Galicia, cuyos rasgos biogeográficos las alejan en mayor medida de las zonas allende el Duero.
Es probable que los primeros cultígenos y algunos trazos de la cultura material, como la cerámica o ciertas variedades de sílex, provengan precisamente de los territorios situados más allá del Miño.
No obstante, otros elementos apuntan la posibilidad de que esa conexión meridional estuviese complementada con unos contactos relativamente tempranos con Bretaña, si prestamos atención a la presencia de algún vaso de tipo Castellic (Cassen et al. 2012: 979) o a las fechas igualmente antiguas que se obtuvieron en el occidente francés para adornos en variscita, una materia prima procedente en ocasiones de las fuentes zamoranas de dicho mineral (Querré et al. 2015), cuya exportación hacia tierras francesas tendría que haber seguido los valles fluviales que desembocan en el Atlántico.
La aparición de hachas en jadeíta de probable origen alpino en el NO peninsular puede ponerse en relación con dicha red de circulación, si bien su contexto arqueológico y cronológico es más difuso (Fábregas et al. 2012a(Fábregas et al., 2017)).
CIRCUNSTANCIAS DEL HALLAZGO DEL VASO IMPRESO DE COVA EIRÓS
Cova Eirós es una cavidad localizada a una altitud de 785 m s. n. m., sobre una ladera del Macizo de monte Penedo, orientada al nornoroeste y dominando un pequeño valle en el lugar de Cancelo (Triacastela, Lugo) (Fig. 1).
Este yacimiento presenta una ubicación privilegiada desde el punto de vista de las comunicaciones, ya que se encuentra cerca de una divisoria que da paso a valles que se abren hacia el Cantábrico si- Si bien la mayor cantidad de hallazgos arqueológicos en este lugar corresponde al periodo pleistoceno y, mucho más tarde, a actividades de época altomedieval (Rodríguez-Álvarez et al. 2011; Teira et al. 2012; Lombera et al. 2014; Rey-Rodríguez et al. 2016), existen tanto en la entrada como en la gran sala interior de la cueva restos materiales pertenecientes a la Prehistoria Reciente, comenzando por un enterramiento dentro de la cavidad datado a mediados del IV milenio cal AC y algunos fragmentos cerámicos recuperados en el sector de la entrada que se podrían encuadrar en momentos posteriores, calcolíticos o incluso del Bronce Final (Tab.
Sin embargo, carecemos por ahora de materiales o estructuras que pudieran asociarse en términos cronoculturales con el recipiente cerámico que vamos a analizar a continuación.
Los fragmentos que componen la vasija aparecieron incorporados a la sección norte de la excavación, relacionados con una fosa (UA8) excavada sobre los niveles superficiales y pleistocenos de la secuencia, que alcanzaba una profundidad de unos 60 cm y presentaba una sección cóncava y abierta (Fig. 2).
Asociados a esta fosa se recuperaron varios restos faunísticos, líticos y cerámicos (de cronología medieval) procedentes de la remoción de dichos niveles (n=51).
Los tres fragmentos cardiales aparecieron justo en la base de la misma, insertados en la sección estratigráfica y muy próximos entre sí, estando dos de ellos en conexión con fracturas antiguas.
Por desgracia, este sector de la excavación se encuentra bastante alterado por bioturbación (principalmente madrigueras) y la construcción de estructuras y fosas de época altomedieval, lo que impide aventurar cualquier interpretación funcional de la misma.
Su posición, muy próxima al conducto de una de esas madrigueras, puede explicar la rotura del recipiente y la dispersión de sus restos, si bien es posible que gran parte del mismo se encuentre todavía en la sección no excavada.
En este sentido, a este conjunto debemos sumarle un fragmento recuperado en los niveles superficiales de los cuadros adyacentes (E25, campaña 2008), que se corresponde con un arranque de asa (Fábregas et al. 2012b).
Por las características morfológicas, de la pasta y la técnica decorativa, dicho fragmento puede ser sin duda adscrito al recipiente que nos ocupa (Fig. 3c). morfología del tercio inferior de la pieza nos sea totalmente desconocida.
En términos tipológicos, esta pieza se puede clasificar como "botella" (recurriendo a la traducción de la nomenclatura portuguesa más común, i. e., "garrafa"; por ejemplo, Carvalho 2011) o como "cántaro" (si se adopta el término propuesto para los conjuntos de Valencia y Andalucía por Bernabeu 1989: 31), considerando la presencia de un cuello muy estrecho coronando una panza bastante ancha y su altura relativa.
Entre el cuello y la parte superior de la panza del vaso se emplaza el asa de cinta conservada, con un espesor semejante al de las paredes y más estrecha en su parte mesial.
Posiblemente se tratase de un recipiente con dos o más asas, dispuestas verticalmente, resultando en una apertura horizontal.
En la parte recuperada del vaso no se observan otros elementos plásticos, como por ejemplo pezones o cordones.
Si bien la decoración conservada en estos fragmentos se limita al cuello y a la parte superior de la panza del recipiente, no alcanzando los 10 cm por debajo del borde, se extiende profusamente por dicha superficie.
Aunque la zona decorada es relativamente restringida, y no podemos por tanto descartar la existencia de bandas impresas en sectores más bajos del vaso, debemos reseñar que la zona decorada de este es precisamente la que en principio estaría más expuesta, y por lo tanto más visible, con la cerámica posada en el suelo.
Este aspecto es determinante para entender el impacto pretendido mediante el dispositivo ornamental escogido por parte del artesano.
Un análisis macroscópico de los fragmentos permite concluir que estamos ante una pasta de textura arenosa, a veces con una estructura de aspecto laminar.
Las inclusiones no plásticas visibles a simple vista son sobre todo silicatos (lo que confirma el análisis de lámina delgada; véase más abajo), muy angulosos y con una densidad relativamente elevada.
La coloración de la pasta sugiere una cocción predominantemente oxidante: las paredes internas del vaso tienen colores marrones muy oscuros, casi negros, mientras que el exterior se acerca al marrón-rojo; la sección presenta tonos marrones claros.
Es importante señalar que la superficie exterior de la pieza, bien alisada, se muestra de un rojo vivo, que sugirió en un primer examen la aplicación de almagra.
Sin embargo, la observación más cuidadosa de las fracturas no permite detectar la fina película que la almagra, en principio, produciría, por lo que, a expensas de ulteriores análisis, debemos excluir esa posibilidad.
Como comentábamos anteriormente, el análisis técnico de la decoración permite concluir que toda ella fue producida mediante impresión (Fig. 4).
En concreto se ha recurrido a aplicar el borde de conchas de berberecho (Cerastoderma edule), o especie/s similar/ es, como matriz para la producción de las impresiones observadas.
Es decir, estamos ante la característica "impresión cardial", cuya designación deriva de la antigua clasificación taxonómica del mencionado molusco, Cardium edule, hoy en desuso.
La zona decorada del vaso está organizada en siete bandas de impresiones dispuestas, de forma alternada, en sentido vertical y horizontal.
A partir del borde, la primera serie consiste en una estrecha banda de impresiones cardiales ordenadas verticalmente; le sigue una amplia franja de impresiones horizontales, formando líneas, que conjuntamente ocupan el resto del cuello y la parte superior de la panza, hasta alcanzar aproximadamente la mitad de la altura de las asas; a continuación y hasta el final de la zona decorada, se distinguen otras cuatro bandas, mucho más estrechas, alternando las impresiones verticales y horizontales.
A juzgar por los dos ejemplares conservados, las asas ostentarían una banda de impresiones cardiales horizontales cubriendo la totalidad de su superficie exterior, encuadradas a su vez por sendas líneas ver- Trab.
El área bajo las asas, parcialmente oculta por las mismas, carece por completo de decoración.
Los análisis mineralógico y de lámina delgada realizados en el Instituto de Cerámica de Galicia (F. Guitián Rivera) indican que el vaso fue elaborado a partir de arcillas propias de zonas graníticas y/o pizarrosas, con sedimentos poco procesados formados mayoritariamente por cuarzo y feldespato, mayormente de grano medio (50-150 micras) y grueso (150-500 micras).
La cocción es oxidante (horno abierto, en fosa, etc) a temperaturas relativamente bajas (<850 oC).
Los análisis de composición de las arcillas y los elementos traza identificados son compatibles con un origen autóctono de la cerámica, aunque no permiten hacer mayores precisiones al respecto.
Dada la singularidad del recipiente cerámico, consideramos necesario llevar a cabo el análisis de residuos orgánicos para establecer el uso y funcionalidad del mismo.
Con este objetivo, se procedió a tomar una muestra de polvo cerámico (2 g) de la superficie interior de un fragmento, previa limpieza con la finalidad de evitar las contaminaciones superficiales.
El análisis de residuos orgánicos permite establecer la función de los recipientes alfareros a partir de los lípidos conservados en los poros de la matriz cerámica (Evershed 2008).
La extracción de los lípidos fue realizada siguiendo los protocolos analíticos previamente establecidos mediante acidificación (Craig et al. 2013; Correa-Ascencio y Evershed 2014) y el uso de solventes orgánicos (Evershed 2008) para lo cual se utilizó 1g de muestra respectivamente.
Posteriormente, la muestra acidificada fue analizada directamente mediante cromatografía de gases con detector de ionización de llama (GC-FID), cromatografía de gases-espectrometría de masas (GC-MS) y cromatografía de gases-espectrometría de masas de relaciones isotópicas (GCc-IRMS), siguiendo los protocolos analíticos previamente publicados (Shoda et al. 2017).
Por su parte, la muestra extraída mediante solvente fue analizada por cromatografía de gases-espectrometría de masas de alta temperatura (HTGC-MS).
La concentración de lípidos en la muestra (29,23μg g-1) resultó superior a 5μg g-1, límite establecido como fiable para contener lípidos susceptibles de ser interpretados (Evershed 2008).
Los lípidos extraídos de la muestra reflejan un amplio rango de componentes: la principal contribución procede de los ácidos grasos saturados (C12:0-C26:0, con predominio del C16:0) que aparecen junto a ácidos grasos monoinsaturados (C14:1; C16:1; C18:1; C22:1), ramificados (C15:0; C17:0) e isoprenoides (TMTD, pristánico y fitánico).
También se ha identificado ftalato como principal contaminante relacionado con el almacenamiento en bolsas de plástico.
En el análisis de la muestra extraída mediante solvente orgánico y analizada por cromatografía de masas de alta temperatura se identificó además la presencia de n-alcoholes y esteroles (β-Sitosterol y derivados del colesterol).
Entre los contaminantes, cabe destacar la identificación de escualeno.
El análisis mediante espectrometría de masas permitió identificar una muy buena concentración de ácido palmítico (C16:0=94,39ng) frente a una baja preservación del ácido esteárico (C18:0=29,94 ng).
Pese a ello se decidió llevar a cabo la cromatografía de gases-espectrometría de masas de relaciones isotópicas (GC-c-IRMS), que nos ha permitido obtener los valores δ13C de los principales ácidos grasos hallados en la muestra: el ácido palmítico (C16:0) y el esteárico (C18:0).
La presencia de ácido palmítico y esteárico en los residuos de la cerámica ha sido también corroborada por un segundo análisis realizado en los servicios de la RIAIDT de la USC 1.
La existencia de esteroles (β-Sitosterol) y la elevada abundancia de C16:0 podrían estar reflejando el procesado de recursos vegetales.
En función de los resultados obtenidos, el recipiente cerámico indica un procesado de recursos cárnicos de rumiantes y vegetales.
Comparaciones y propuesta cronológica
La morfología del vaso de Cova Eirós se ajusta a lo que se ha venido denominando habitualmente como "botella" o "cántaro" y posee diversos paralelos formales en contextos del Neolítico Antiguo del sur y del este de la península ibérica (para trabajos recientes, 1 Análisis mediante GC/MS realizados por Esteban Amado Rodríguez (GEPN-AAT), Beatriz Rodríguez Garrido (IIAG-CSIC) y Esteban Guitián Fernández (RIAIDT-USC).
La presencia de decoración cardial refuerza, en definitiva, esa atribución genérica que, a falta de un contexto bien definido en términos estratigráficos en la propia cueva, debe ser considerada como firme y sugerente de una cronología antigua dentro del período neolítico.
Por otra parte, las propias circunstancias del hallazgo, de carácter aislado, apuntan a que este vaso ha sido deliberadamente enterrado en aquel lugar, a semejanza de ejemplos similares en el occidente peninsular, hasta ahora circunscritos al centro-sur portugués y en su mayoría asignados, con base en comparaciones tipológicas, al VI milenio AC.
Si bien alguna de esas formas en el Mediterráneo se prolonga hasta momentos algo más recientes, ya del V milenio (Flors y Sanfeliu 2011; Rosser y Soler 2016), su aparición en la fachada atlántica está estrechamente ligada al Neolítico Antiguo.
Aunque tales descubrimientos no han merecido reflexión y discusión en grado suficiente, su recurrencia plantea la posibilidad de que estos vasos estén relacionados con algún tipo de manifestación ritual relacionada con el agua, pues en algunos casos hay, o parece haber, una relación directa con cursos de agua en las inmediaciones.
Esta coincidencia fue primeramente observada por Simões (1999: 87), que menciona la rareza de paralelos peninsulares para los hallazgos similares lusos, añadiendo que "el depósito de recipientes cerámicos singulares, frecuentemente enteros, en áreas pantanosas o inundables constituye una de las características esenciales de las fases más antiguas del Neolítico en la actual Dinamarca [de donde se] deduce la suposición de hallarnos ante depósitos votivos de alimentos, en áreas limítrofes a los núcleos de población (Tilley 1996: 100)" (original en portugués).
Dicho patrón de ubicación cercana a corrientes de agua se repite en otros hallazgos del territorio portugués (Carvalho 2011).
De forma interesante, este parece ser también el caso del vaso estudiado aquí: la entrada de Cova Eirós se abre a unos 25 m, en la vertical, sobre un pequeño curso de agua (regato de Bezcas) tributario del río Oribio, cuyo cauce desaparece a continuación en el seno del sistema cárstico para luego aflorar a unos 300 m al oeste, evocando de esa forma dinámicas observadas en los casos portugueses.
Este hecho habrá de tenerse en cuenta a la hora de interpretar nuestro hallazgo, aunque no debemos olvidar que estamos moviéndonos en un terreno hipotético.
Otra posibilidad reside en su vinculación con un uso funerario, siguiendo otros paralelos peninsulares conocidos.
Si bien el contexto de la UA 8 no permite realizar inferencias concluyentes, la presencia de restos humanos en el interior de la cavidad apunta a su utilización como lugar de enterramiento cuando menos en los momentos finales del Neolítico (Fábregas et al. 2012b).
En una síntesis que aún se puede considerar actualizada en sus aspectos principales, se recoge un total de cinco lugares en Portugal donde surgieron piezas equiparables al vaso de Cova Eirós, tanto en términos morfológicos como estilísticos, incluso por lo que se refiere a las circunstancias contextuales en que se encontraron (Carvalho 2011: 245-246, Fig. 11-5) (Fig. 1):
Casével (Condeixa-a-Nova): según la principal publicación que se refiere a él (Pessoa 1983), se trata de un vaso con cuello hallado en un terreno labrado, que presenta fondo cónico y tres asas de cinta decoradas, anchas y gruesas, con perforación horizontal, unidas por un cordón segmentado que incluye otras tantas asas del mismo tipo pero de perforación vertical.
La decoración, compuesta, se organiza en dos bandas formadas por punzonado e incisión (una en el cuello, otra en la panza), bajo las cuales se suceden triángulos rellenos mediante punzonado arrastrado (Fig. 1B).
Santarém: de procedencia incierta, pero aparentemente de los alrededores de la capital de Ribatejo, este vaso presenta cuerpo panzudo, un cuello cilíndrico muy destacado y dos asas (Guilaine y Ferreira 1970).
La decoración, exclusivamente cardial, se organiza en tres bandas paralelas al borde, cada una formada por series de impresiones con distintas orientaciones (Fig. 1C).
Cartaxo: las semejanzas entre esta pieza y la anterior, tanto en lo que se refiere a las condiciones de hallazgo como a su morfología general, fueron ya señaladas por Guilaine y Ferreira (1970).
La principal diferencia entre ambas reside en la decoración, que aquí consiste en la aplicación de un cordón liso que une las partes superiores de tres asas de cinta, y en trazos incisos reticulados sobre las referidas asas.
Monte da Vinha (Santiago do Cacém): este vaso, prácticamente inédito (GAMNA 2005), proviene también de un hallazgo aislado.
Presenta una forma ovoide con cuello alto, bajo el cual se disponen tres asas verticales.
La decoración, impresa, se organiza en dos bandas: una inmediatamente junto al borde, otra, en guirnalda, uniendo los referidos elementos de prensión.
Retorta (Loulé): este yacimiento se corresponde con una necrópolis tardorromana donde Gomes et al. (2003: 16-17) recogieron un vaso que, si bien no ilustrado, se describe como de forma ovoide, cuello estrangulado y borde alto, provisto de cuatro pequeñas asas con perforación transversal, decorado mediante cordones en relieve, una tipología que permitió a los autores su atribución al Neolítico antiguo.
No se conocen con precisión las condiciones en que se encontraba el vaso, pero no hay referencia a ningún contexto arqueológico neolítico en el lugar de donde pudiera ser originario.
Galeria da Cisterna do Sistema Cárstico da Gruta do Almonda (Torres Novas): se trata de la única apa-rición de vasos cardiales en forma de "botella" o "cántaro", con cuerpo que se presume ovoide (su reconstrucción completa no ha sido posible), en claro contexto arqueológico (aunque se trata de un palimpsesto).
Según los trabajos publicados sobre las excavaciones realizadas en la década de 1980 en el pasillo de esta cavidad, fue posible definir dos fases en su ocupación cardial, denominadas "Cardial Antiguo" y "Cardial Reciente" (Zilhão 2009), la primera representada en términos cerámicos por dos vasos (designados como Vasos I y II), descritos así (Zilhão y Carvalho 2011: 252): "de cuello desarrollado, con asas anchas de perforación horizontal, y decoración extendida por toda la panza.
La inexistencia de fragmentos correspondientes a fondos cónicos [como en el caso de Cova Eirós] indica que el cuerpo de estas piezas sería en 'saco', a semejanza, por ejemplo, del vaso de Santarém.
El vaso I está decorado con impresiones a peine rellenas con pasta blanca y el vaso II con impresiones cardiales" (original en portugués).
A estos vasos deberán asociarse las fechas de radiocarbono más antiguas disponibles para la Galeria da Cisterna, que se encuadran hacia 5500-5300 cal BC (sobre la cronología relativa y absoluta disponible para el Neolítico antiguo de esta cueva, véanse Zilhão 2009y Carvalho 2018).
Desafortunadamente, la referida seriación tipológica se infiere por paralelos generales con la secuencia levantina (Bernabeu 1989).
La reconstrucción de la asociación espacial/altimétrica entre los fragmentos de los vasos cardiales de las dos fases y las muestras fechadas por radiocarbono -la única posibilidad de confirmar el modelo cronoestilístico propuesto-está pendiente.
Abrigo 2 de A Cunchosa (Cangas, Pontevedra): este es el único yacimiento, sito en un punto de la costa SO galaica, donde se registra una morfología en botella o cántaro dentro del territorio gallego.
Aquí se recuperó un pequeño vaso con esas características y un segundo, de mayor tamaño, que también podría encajar en dicha categoría formal.
Ambos poseen un tratamiento superficial cuidado y decoraciones impresas (punzón o ungulaciones) y sólo hay que lamentar su procedencia de hallazgos casuales (Suárez 1997; Fábregas y Suárez 1999).
En suma, considerando los paralelos formales y estilísticos que el vaso de Cova Eirós permite establecer con las realidades geográficamente más cercanas -es decir, el Abrigo 2 de A Cunchosa además de los sitios comentados del territorio centro-sur portuguésy la datación radiocarbónica obtenida en la Galeria da Cisterna, el único sitio del occidente peninsular donde estas formas cerámicas con decoración cardial fueron documentadas en contexto arqueológico, en el estado actual de la investigación podemos concluir que aquella será también la cronología aproximada del vaso de Cova Eirós.
Si este encuadre temporal se confirmase estaríamos ante la más antigua manifestación neolítica en territorio gallego.
DISCUSIÓN: EL CARDIAL EN EL OCCIDENTE PENINSULAR Y EL PROCESO DE NEOLITIZACIÓN
Hasta el descubrimiento del vaso de Cova Eirós, el bajo Mondego parecía señalar el límite septentrional de la distribución del Cardial, a tenor de los trabajos desarrollados en los sitios al aire libre de Várzea do Lírio, Junqueira y Forno da Cal (Rocha 1900), así como las excavaciones en la gruta de Eira Pedrinha (Corrêa y Teixeira 1949), todo ello recogido en la síntesis fundacional de Guilaine y Ferreira (1970) (Fig. 1A).
La ocupación cardial de Senhora da Alegría (Coimbra), recientemente dada a conocer y que contendría fosos aparentemente datados de ese período (Valera 2013), carece todavía de una publicación detallada y el vaso de bordes dentados con impresiones de concha del Sector VII en el yacimiento de Prazo (Vila Nova de Foz Côa), por tanto ya en el valle del Duero, no encaja en esta revisión al haber sido decorado mediante la aplicación de concha de Acanthocardia tuberculata (= Cardium tuberculatum) y, sobre todo, porque proviene de un nivel datado por radiocarbono hacia mediados del V milenio AC (Monteiro-Rodrigues 2011: 230 y Fig. 9.14).
En otro orden de cosas, como ya hemos señalado en otro lugar (Carvalho 2018), se puede afirmar con toda propiedad que la realidad geográfica de la dispersión de los grupos cardiales parece haberse ceñido a los territorios de claro dominio de las condiciones bioclimáticas mediterráneas, cuyo límite septentrional en la fachada occidental de la península ibérica se sitúa precisamente en el Bajo Mondego.
Ante el panorama expuesto, es fácil concluir que el vaso de Cova Eirós resulta, en el estado actual de Fig. 5.
Cromatograma de masas obtenido de la fracción acidificada de Cova Eirós.
Abreviaturas: C n:0 ácidos grasos saturados con N átomos de carbono; C n:1 ácidos grasos insaturados con la indicación del número de enlaces dobles; C nr:0 ácido graso ramificado; IS estándar interno (C 36:0 ); P Ftalato.
Prehist., 76, N.o 1, enero-junio 2019, pp. 147-160, ISSN: 0082-5638 https://doi.org/10.3989/tp.2019.12231 la investigación, una producción única, no sólo en el marco del noroeste peninsular como incluso en el territorio al norte del Mondego y plantea la cuestión de los mecanismos de llegada (si se tratase de una importación) o de trasmisión de técnicas y diseños (asumiendo la hipótesis de ser el fruto de la aculturación de poblaciones mesolíticas locales) que expliquen su presencia en esta zona interior de Galicia y, en claro contraste con el centro-sur portugués, plenamente atlántica en sus coordenadas ecológico-geográficas.
El hallazgo de un contexto con elementos cerámicos cardiales en La Paleta, cerca de Toledo, en pleno hinterland peninsular, sirvió para plantear la hipótesis de un proceso de llegada de grupos cardiales oriundos del Bajo Tajo que habrían seguido el curso de este río como vía de acceso directo a las regiones centrales de la península ibérica 2.
A pesar de las justas reservas planteadas desde entonces por lo que atañe a la fiabilidad de la muestra ("una masa heterogénea de material orgánico" según Bernabeu y Martí 2014: 428; véase también Rojo et al. 2018) utilizada en la datación radiocarbónica que sostiene una cronología tan precoz (circa 5700-5500 cal BC) para este sitio, la hipótesis respecto al proceso responsable del establecimiento de ese grupo humano en la región toledana goza sin embargo de algún apoyo indirecto.
Para empezar, en las condiciones paleogeográficas del Tajo durante el Holoceno Medio, cuya ría Flandriense se prolongaba hasta cerca de la mitad de su curso portugués (e. g.
Vis et al. 2008), favoreciendo así su navegabilidad.
Pero, tal vez más importante en esta discusión, sea la reciente verificación de que vasos cardiales recorrieron distancias incluso superiores a 350 km en estas regiones: un proyecto de investigación sobre procedencia y circulación de vasos neolíticos identificó el transporte de piezas cardiales entre el Algarve occidental y el centro de Portugal durante la segunda mitad del VI milenio AC, verosímilmente por vía marítima -cabotaje -y aprovechando las referidas facilidades de navegación a lo largo del curso bajo del Tajo (Masucci y Carvalho 2016).
Es en el marco de este modelo de circulación de objetos a larga distancia durante el Neolítico antiguo del occidente peninsular que deberá ser tenida en cuenta la vía de comunicación proporcionada por el valle del Miño y la verosímil importancia del SO galaico en la entrada del Neolítico en esta región, sin que podamos descartar tampoco las posibilidades de tránsito a lo largo de la depresión Régua-Verín, que pondría en contacto el interior de Galicia con el área trasmontana, donde se conocen yacimientos del Neolítico antiguo regional datados de la primera mitad del V 2 Jiménez, J. 2008: La neolitización en el interior de la Península Ibérica.
Universidad Complutense de Madrid.
2), es claramente el más representativo en la región de Trás-os-Montes.
En esa misma perspectiva de interacciones suprarregionales es preciso tener en cuenta otros elementos que pueden sugerir la existencia de conexiones extraibéricas, con materias primas como la variscita llegada desde el occidente peninsular hasta Bretaña, la aparición de hachas de jadeíta alpina en diversos puntos de España y Portugal o la mencionada presencia en Galicia de cerámicas relacionables con el complejo Castellic (Fábregas et al. 2012a(Fábregas et al., 2017)).
Cabe preguntarse, por otra parte, acerca de las circunstancias socioculturales que presidieron la llegada a Galicia del vaso eirosino, pues sus paralelos cardiales en el sur peninsular nos remontan hasta el VI milenio cal AC, un momento en el que con los conocimientos actuales es francamente aventurado hablar de un Neolítico establecido en el territorio gallego.
Dejando a un lado el argumento de "ausencia de evidencia no equivale a evidencia de ausencia", se abren dos posibilidades para una presencia temprana de un artefacto tan diagnóstico.
Una de ellas se basa en la noción de que nos hallamos ante la llegada de un pequeño grupo productor al piedemonte oriental de Galicia, acaso oriundos de un hipotético enclave neolítico ya instalado en el Baixo Miño.
Si bien esta propuesta no está actualmente sustentada por el registro arqueológico regional o de la propia Cova Eirós, no carece de paralelos en otras áreas peninsulares, como la región centro-litoral portuguesa, entre los ríos Mondego y Tajo (e. g.
Una interpretación alternativa sería que la obtención y uso de un artefacto marcadamente exótico puede vincularse a estrategias de emulación en el marco de sociedades cazadoras-recolectoras en una fase terminal de su existencia y que inician (o mantienen), mediante diversos mecanismos, contactos con grupos productores.
El recurso a la manipulación de objetos de procedencia foránea y ajenos a las prácticas subsistenciales de las poblaciones mesolíticas podría ser una de las respuestas sociales a la existencia de alteraciones en el equilibrio ecológico y presumibles conflictos intergrupales.
En efecto, algunos siglos antes del periodo que nos ocupa, los estudios paleobotánicos apuntan a que una brusca caída en el polen arbóreo, detectada en turberas del norte gallego hacia el 6410-5837 cal AC, podría deberse a la incidencia de factores climáticos pero también a una correlativa presión humana sobre el medio, recurriendo a los incendios de la masa forestal (Muñoz et al. 2005).
Más al sur, el análisis de los carbones preservados en cinco depósitos coluviales de Campolameiro (Pontevedra) abunda en la tesis de los incendios forestales producidos por grupos mesolíticos hacia fines del VI o comienzos del V milenio cal AC (Kaal et al. 2011).
Al margen de los problemas de orden interpretativo que plantea la cuestión de los incendios intencionados durante el Mesolítico peninsular, la presencia de grupos cazadores-recolectores en coordenadas temporales inmediatamente pre-neolíticas está inequívocamente documentada en el Abrigo 1 de Vale Cerdeira (Vieira do Minho), no lejos de la presente frontera luso-gallega (Meireles 2010).
Más al norte, la evidencia disponible es mucho más tenue y se ciñe a un depósito turboso en O Reiro (Arteixo, A Coruña) con restos de fauna e industrias líticas y una fecha radiocarbónica de mediados del VI milenio (5645-5383 cal BC, aunque debemos considerarla con precaución al desconocerse la procedencia exacta de la muestra; Ramil 1973), o las parcas evidencias materiales del nivel 5 de As Pontes (Abadín, Lugo) con una ocupación de carácter episódico, datada hacia el 5476-4814 cal BC (López et al. 2003).
En resumen, con los escasos datos actuales de la investigación, se puede aventurar que el proceso de neolitización del noroeste peninsular parece seguir un modelo en mosaico análogo al documentado para la Cornisa Cantábrica (Fano et al. 2015).
La tipología específica del vaso encontrado en Cova Eirós (forma de botella, decoración con impresiones cardiales) y las condiciones particulares de su aparición (aparentemente aislado, sin contexto arqueológico definido), proporcionan elementos muy singulares para la discusión del proceso de neolitización de la región gallega y, por extensión, de todo el noroeste peninsular.
Por un lado, los paralelos formales y estilísticos que hemos traído a colación permiten datar ese recipiente cerámico -provisionalmente-(la Galeria da Cisterna es el único referente obtenido en excavación que dispone de fechas radiocarbónicas), hacia finales del VI milenio AC, lo que nos sitúa en un segmento temporal para el que hasta el momento no se conocen contextos arqueológicos bien datados en toda la región, norte de Portugal incluido (para el caso del sitio fozcoense de Prazo, véanse Monteiro-Rodrigues 2011, 2012vs.
Por otra parte, el hecho de que se trata de un hallazgo aislado remite inmediatamente a circunstancias similares registradas en el territorio portugués y que se han interpretado en términos de deposiciones votivas, de carácter aún mal definido.
El significado último de la presencia de este vaso en Cova Eirós -en el sector oriental de Galicia y no en una zona costera, como cabría esperar-está muy lejos de ser unívoco.
Las posibilidades interpretativas que hemos introducido más atrás: penetración de un grupo neolítico en "territorios de frontera", o bien adquisición de un "bien de prestigio" por grupos mesolíticos, no son en realidad totalmente excluyentes.
Esta ambivalencia ilustra adecuadamente el carácter extraordinario que reviste ese descubrimiento, pero también el vasto territorio que queda por explorar desde la arqueología y que abarca no sólo los mecanismos y la cronología de la introducción de la economía productora (y la ergología asociada) sino, lo que es más importante, un mejor conocimiento de los grupos mesolíticos terminales en el noroeste, con toda probabilidad actores clave en la adopción de un modo de vida neolítico. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
La investigación de los recintos de fosos de la Prehistoria de la península ibérica ha vivido un gran avance en las últimas dos décadas.
Uno de los casos más importantes del sur peninsular es el conocido yacimiento arqueológico de Perdigões (Portugal).
Presentamos aquí el estudio del denominado Foso 2, dando a conocer su morfología, la dinámica estratigráfica de su relleno y su cronología, para la que se cuenta con 12 dataciones radiocarbónicas inéditas.
Los resultados de estas últimas han puesto de manifiesto que, junto al Foso 1, estos dos grandes recintos configuran una fase monumental tardía del yacimiento, acontecida entre el 2500 -2250 cal AC.
Por último, el estudio cronológico confirma la importancia que tuvo la presencia de un grupo de sepulcros tipo tholos más antiguos para el trazado de dichos fosos.
El yacimiento de Perdigões (Concelho de Reguengos de Monsaraz, Évora, Portugal) se extiende por más de 16 ha, emplazándose en la extremidad más occidental del valle del río Álamo, afluente del río Guadiana (38o26 '26" N;7o32 '52" O).
Se asienta sobre una base geológica de dioritos y gabros, integrada en la peniplanicie del Alentejo Central (Fig. 1).
En el momento actual se conocen en Perdigões trece fosos sensiblemente concéntricos excavados en el sustrato geológico (Márquez et al. 2011b; Valera et al. 2017); un área funeraria con varios sepulcros, algunos tipo tholos (Valera et al. 2000), los restos de un crómlech (Varela Gomes 1994: 327) que se distribuyen por toda el área del yacimiento (Fig. 2).
Desde que se diera a conocer a mediados de los años 1980 sucesivas intervenciones arqueológicas de distinta naturaleza fueron caracterizando progresivamente el espacio (Varela Gomes 1994; Lago et al. 1998; Valera et al. 2000).
A partir de 2006 se inició el denominado Programa Global de Investigação Arqueológica dos Perdigões (INARP), desarrollado por el Núcleo de Investigação Arqueológica (NIA) de ERA Arqueologia dentro del cual, y desde entonces, se vienen programando y coordinando todas las actuaciones arqueológicas en el yacimiento.
Gracias a la investi-gación así desarrollada es uno de los recintos de fosos con mayor información arqueológica de la península ibérica como recientemente se ha apuntado (Valera 2017).
A partir del año 2008, la Universidad de Málaga se integró en dicho Programa Global con un proyecto propio (Márquez et al. 2008: 43).
La zona de actuación elegida para los trabajos arqueológicos fue la entrada o punto de acceso denominada Puerta 1 incluida dentro del "Sector L" en la zona noreste de Perdigões.
En 2016 se excavó el Foso 2, del que damos a conocer, de forma novedosa, su morfología general, la estratigrafía de su relleno y las características básicas de la cultura material recuperada.
Además, se presenta una serie de 12 dataciones radiocarbónicas obtenidas en muestras de su relleno.
Con los nuevos datos disponibles aportados por dicha excavación y las dataciones disponibles, nuestro objetivo ha consistido en analizar y comprobar la relación existente entre los Fosos 1 y 2, entendidos como las dos posibles últimas grandes construcciones del yacimiento (Valera et al. 2014b), cuya amortización marcaría el fin de la construcción y uso de este tipo de arquitectura en el lugar.
Otro objetivo es el de comprender la relación de ambos fosos con los sepulcros tipo tholos que aparecen localizados entre ellos, en un área que fue interpretada como una necrópolis (Valera et al. 2000: 88).
MORFOLOGÍA, SECUENCIA ESTRATIGRÁFICA Y CULTURA MATERIAL DEL FOSO 2
Los trabajos de excavación de la Universidad de Málaga en el yacimiento de Perdigões se han concentrado en el denominado corte L1, un área de excavación en extensión con una superficie de 30 x 34 m, localizada en el sector noreste del yacimiento (Fig. 2).
Bajo un potente estrato superficial (unos 60-80 cm), resultante de remociones de tierra contemporáneas para el cambio de cultivo de la parcela, aparecieron numerosas estructuras arqueológicas que formaban parte del complejo entramado conocido como Puerta 1 (Fig. 2).
Casi todas las evidencias estratigráficas halladas en este sector son estructuras en negativo, en su mayoría, prehistóricas.
Entre ellas está una parte del trazado del denominado Foso 2, uno de los grandes recintos del yacimiento, con aspecto de gran circunferencia (diámetro de unos 430 m), perímetro aproximado de 1380 m y varios puntos de acceso.
Esta gran estructura negativa se estudió mediante una sección transversal de 6 por 3 m (Fig. 3).
Durante las excavaciones se constató que el Foso 2 cortaba una estructura negativa preexistente, denominada Zanja 14.
Tenía 1,38 m de profundidad, pare-des oblicuas y sección en forma de cubeta con el fondo ligeramente aplanado.
El primer estrato de colmatación de esta zanja (UE 629) presenta matriz arenosa con algunas piedras de tamaño mediano, escasos fragmentos cerámicos y una pequeña esquirla de hueso.
Sobre este nivel se alternan finos estratos con matriz arenosa y apenas con material arqueológico, con otros cuyo componente mayoritario es el sustrato geológico descompuesto 1 (Figs.
La anchura máxima del Foso 2, documentada en este sector, es de 4,60 m y la profundidad de 2,09 m.
La sección tiene forma de "V", aunque su remate final es algo redondeado.
Además el trazado de sus respectivas paredes diverge ligeramente.
Los estratos de colmatación de Foso 2 podrían agruparse dentro de dos dinámicas de relleno diferentes, y a un momento posterior de amortización, en el que también se realizan fosas sobre el relleno (Fig. 6).
Entre algunos de estos niveles de colmatación a veces se intercalaron finas capas de color blanquecino y matriz semejante al sustrato geológico del lugar.
Se interpretan como episodios de aportes coluviales.
Su naturaleza y buzamiento manifiestan su caída desde el borde interior del foso.
Ello es una evidencia indirecta de la previsible presencia original de un bank, conformado por el propio sedimento geológico resultante de la excavación original de la gran estructura negativa.
Sobre estos rellenos, y hasta en dos ocasiones, se practicaron pequeñas fosas sensiblemente orientadas con el eje del foso, cuyo contenido presenta cierta concentración de material arqueológico, que contrasta con lo observado en los estratos a los que cortan (UU.
1 Para conocer en profundidad la naturaleza de los depósitos se está desarrollando un estudio microestratigráfico de alta resolución de los rellenos, como parte de una línea de investigación del Proyecto I+D Excelencia y Retos: "Arqueología y patrimonio en los recintos de fosos.
Teledetección, caracterización y protección en yacimientos del suroeste de la Península Ibérica" (ref. HAR2014-53692-P).
Ministerio de Economía y Competitividad.
Esta línea la encabeza Lara Milesi (Universidad de Granada), en colaboración con Mario Gutiérrez (Universidad de Granada), Carlos Duarte (Universidad de Cantabria) y Paul Goldberg (Universidad de Boston).
A modo de avance, los análisis de láminas delgadas confirman la existencia de episodios de origen natural y antrópico en los procesos de colmatación de las estructuras.
Los primeros coinciden con los estratos con un alto contenido en 'geológico descompuesto' reconocidos en campo.
La segunda dinámica de relleno se conforma por niveles con una mayor tendencia a la horizontalidad, y menor potencia (UU.
En ellos no es extraña la presencia de industria lítica, fragmentos cerámicos y restos faunísticos.
Como última fase de actividad prehistórica, se documentan actuaciones que ponen de manifiesto la continuidad del uso de este sector del yacimiento después del cierre de la estructura.
Entre ellas, destacan una fosa asociada posiblemente a la inserción de un elemento vertical que solo presentaba el sustrato geológico descompuesto como relleno (UE 631) y un retazo de otra, de tendencia circular y poca profundidad, con revestimiento perimetral de obra de mampostería (UE 545).
Por último, una estructura negativa de época bajomedieval con aspecto cilíndrico, tipo pozo (F192), afecta parte de los rellenos de Foso 2 (Fig. 7).
La cultura material en este sector de Foso 2 consta de numerosos restos cerámicos: 5.492 fragmentos de cuerpos y 1.010 bordes, de los que 943 han podido ser caracterizados siguiendo la tipología vascular descrita para el propio yacimiento (Lago et al. 1998: 83-85).
La pasta suele ser compacta, las superficies aparecen alisadas y raramente bruñidas y, por lo general, con desgrasantes abundantes con características petrológicas que, a nivel macroscópico, resultarían compatibles con la geología local.
La mayoría de las formas son abiertas (tipos 1 y 2) y corresponden a grandes platos, pocos profundos (tipo 1: 48,99 %) y fuentes de des estratigráficas.
Sin embargo, siete de las 10 manos de molino halladas se localizan en los estratos formados una vez amortizado el foso.
Los tres restantes corresponden a niveles superiores.
También hay cantos de origen aluvial de procedencia alóctona, que suelen aparecer con evidencias de fracturas intencionadas.
Los restos óseos faunísticos son abundantes durante toda la secuencia, y están en fase de estudio.
También se documentó un hueso humano: corresponde a dos tercios de un húmero derecho de un individuo adulto y de sexo indeterminado2 en la UE 602.
CRONOLOGÍA ABSOLUTA DE FOSO 2
El estudio cronológico de Foso 2 consideró la complejidad del contexto arqueológico y las posibilidades de muestreo.
La falta de elementos articulados en los Fig. 6.
Unidades estratigráficas superficiales que evidencian la utilización del espacio una vez amortizado el foso.
Destacan la UE 631, como relleno de fosa para la posible inserción de un elemento vertical y la UE 545 como base de una estructura de mampostería en positivo.
F192 corresponde a la fosa bajomedieval (en color en la versión electrónica). restos óseos que aparecen en los rellenos de este tipo de estructuras dificulta conocer el tiempo transcurrido entre la muerte del individuo y su depósito en el interior del foso.
Además, la naturaleza eminentemente antrópica de los rellenos, la posibilidad de manipulación y traslados de restos orgánicos y la práctica de recortes del relleno con nuevas deposiciones cuyas diferencias cronológicas pueden ser importantes dificultan las condiciones necesarias para la datación de este tipo de estructuras.
Ante esta problemática y asumiendo dichas restricciones, los criterios de selección de las muestras han contemplado: 1) su buen estado de conservación y bajos niveles de meteorización; 2) garantizar su pertenencia a distintos individuos; 3) datar individuos diferentes de una misma unidad.
Los objetivos específicos fueron: a) determinar si existen o no intervalos claros en la formación del relleno mediante la representación del mayor número posible de estratos; b) conocer el periodo de colmatación de la estructura estableciendo los límites temporales a los que corres-ponden las dataciones; c) verificar la coherencia interna de las dataciones respecto al orden estratigráfico o alternativamente detectar posibles discordancias.
Para ello se enviaron 15 muestras de fauna al laboratorio Beta Analytic.
Doce de ellas proporcionaron resultados positivos, mientras que las tres restantes fueron descartadas por falta de colágeno.
Fueron medidas por AMS (Accelerator Mass Spectrometry) y calibradas con la curva IntCal13 (Reimer et al. 2013), usando OxCal 4.3 (Bronk Ramsey 1995) (Tab.
Las tres unidades cuyas muestras no pudieron ser datadas por falta de colágeno fueron las UU.EE 591, 581 y 547.
Durante los últimos años, la búsqueda de una mejor interpretación de los recintos de fosos europeos ha incorporado el estudio cronológico haciendo uso de la modelización bayesiana (Whittle et al. 2011; Aranda et al. 2016; Seidel et al. 2016; Balsera et al. 2015).
Ello permite discutir la cronología de los fosos y sus rellenos desde nuevas perspectivas y con mayor número de dataciones para una misma estructura.
En el Foso 2 de Perdigões se llevó a cabo, en primer lugar, un test de contemporaneidad de las fechas disponibles, según el cual no correspondían a un único momento de deposición (T' 29.2; T' (5 %) = 19.7 df = 11) (Ward y Wilson 1978).
En segundo lugar, un primer modelo bayesiano redujo los intervalos de probabilidad para lo que entendemos como conjunto de actividades de relleno de la estructura (Fig. 9).
La ordenación cronológica sigue la posición estratigráfica de las muestras.
Además, se consideraron dos fases claramente detectadas durante la excavación.
Una corresponde a todas las actividades de colmatación del foso, es decir a su vida activa, y la otra a las acciones de época prehistórica efectuadas una vez amortizada esta estructura, momento al que pertenecen las dataciones más recientes (Beta 461400 y Beta 461399).
Las fechas se redondearon a 5 años siguiendo la metodología de Bayliss et al. (2011) para contextos similares.
El modelo proporcionó un Aoverall de 74 %, con las siguientes fechas de inicio y fin para cada fase: la primera se encuadraría entre 2460-2365 cal AC ( 1 Este modelo es coherente, aunque presenta dos fechas con menor consistencia y, por tanto, inconsistentes con su posición estratigráfica (Beta 461410 y Beta 461412).
Estas discordancias responderían a la naturaleza compleja del relleno, ya comentada.
Un segundo modelo considera el orden estratigráfico de las dataciones y los posibles cambios en las dinámicas internas de colmatación antes mencionadas (Fig. 10).
En este segundo análisis bayesiano se han eliminado las dos fechas inconsistentes con la secuencia estratigráfica identificada.
Esta fase presenta un span o período entre 0 y 22 años (2 σ).
La segunda dinámica de colmatación se encuadra entre 2440-2345 cal AC La interpretación de los dos modelos debe tener presente la desigual proporción de dataciones incluidas en cada fase, pero ambos muestran similitudes en los intervalos de probabilidades para las fechas de inicio y fin de las fases en las que se enmarcan las actividades en el interior del foso.
En ambos casos, todos los estratos datados en el interior de la estructura se habrían formado entre 2500-2300 cal AC.
Los límites de los intervalos de probabilidades para el final de las actividades efectuadas sobre el relleno una vez amortizado el foso sí muestran diferencias entre los modelos.
Sin embargo, estas diferencias no afectan al hecho de que, en ambos, las fechas finales son ligeramente posteriores al relleno, con medias centradas en el inicio del período 2250-2000 cal AC.
El Foso 2 de Perdigões cuenta con 12 fechas absolutas y es el que más dataciones posee en todo el yacimiento.
Ello no excluye que seamos conscientes de que nuestra interpretación está limitada por su número todavía reducido y su procedencia de un solo corte arqueológico, circunstancia generalizada, por otra parte, a toda la investigación de este tipo de yacimientos.
Sin embargo, a la luz de los datos obtenidos resulta verosímil incluir el Foso 2, como se ha propuesto para el Foso 1, en lo que podríamos considerar como arquitectura monumental tardía del yacimiento.
Ello les diferencia sensiblemente de los fosos centrales de Perdigões que han sido datados y discutidos por los principales investigadores de este yacimiento (Valera y Silva 2011; Valera 2013; Valera et al. 2014bValera et al., 2017)).
RELACIÓN DE FOSO 1 Y FOSO 2
Desde el momento de su descubrimiento, resultó evidente el paralelismo de los trazados de Foso 1 y Foso 2 de Perdigões.
La regularidad mantenida a lo largo de todo su perímetro, los cinco accesos compartidos y las fosas estrechas (hasta 17) que se disponen radialmente entre los dos grandes fosos (Márquez et al. 2011b: 183), hacían pensar en dos obras gemelas o vinculadas.
A esto se unía la forzada modificación del trazado de la zanja más externa (Foso 1) para configurar un espacio, a modo de gran bolsada semicircular (véase Fig. 2), donde se localizaban varias estructuras funerarias, algunas de ellas tipo tholos.
En conjunto, la arquitectura periférica de Perdigões ofre-cía una curiosa fisonomía sin parangón en otros recintos peninsulares.
Esta circunstancia hizo que, desde un primer momento, un objetivo preferente de nuestros trabajos fuera comprobar si la evidente relación espacial de estos dos grandes fosos podía ser resultado de la contemporaneidad de ambas construcciones (Márquez et al. 2008: 29).
Su sección en "V" tiene una anchura máxima documentada de 8,81 m y un mínimo de 2,37 m (en las proximidades de la puerta de acceso), mientras que su profundidad alcanza al menos los 3,38 m (Fig. 11).
En su compleja estratigrafía interior (Márquez et al. 2013) se observan dos dinámicas de relleno distintas.
EE 139,134,133,122), con cerca de 1 m de potencia, se caracteriza por unos estratos de naturaleza antrópica, conteniendo abundantes restos faunísticos y cerámicos, así como algo de industria lítica tallada y pulimentada.
Sobre estos niveles se practicaron pequeñas fosas que, en algún caso se cortan unas con otras.
Estos depósitos alternan a veces con otros de escasa potencia y estériles, de matriz semejante al sustrato geológico de base, previsiblemente de génesis coluvial.
En un segundo momento (UU.
Estos niveles superiores, interpretados como de génesis antrópica, superan en conjunto los 2 m, y en ellos destaca la presencia de fragmentos de cerámica campaniforme incisa.
Para comparar la cronología absoluta de los Fosos 1 y 2 se ha realizado un nuevo análisis bayesiano que responde a la ordenación estratigráfica y a una sola fase que representa el conjunto de acciones de relleno, según el criterio del primer modelo elaborado para el Foso 2.
Todas fueron obtenidas en el laboratorio Beta Analytic, medidas por AMS y calibradas con la curva IntCal13 (Reimer et al. 2013), usando OxCal (Bronk Ramsey 1995) en su versión 4.3 (Tab.
Dos fechas, poco consistentes, fueron incorporadas como outliers, tal y como se contempló en Márquez et al. (2013).
Estos resultados son comparables con un modelo más complejo que recientemente hemos discutido (Caro 2017) Ambos modelos señalan fechas de inicio y finalización que sitúan las actividades de relleno de Foso 1 a lo largo del período comprendido entre 2500-2200cal AC.
El segundo modelo enmarca la segunda dinámica de relleno en un momento levemente posterior a la primera fase, con medias centradas entre 2250-2000 cal AC, aunque con una horquilla temporal amplia.
Tomando en cuenta la información cronológica de ambos fosos es posible establecer que su construcción y la mayoría de las actividades de sus rellenos se sitúa entre 2500-2250 cal AC.
Esto nos lleva a afirmar que, por el momento, tal y como se ha avanzado, los rellenos de estos fosos son los más tardíos del yacimiento.
Además se observan dinámicas de relleno semejantes entre ambas estructuras, donde predominan los depósitos de naturaleza antrópica con alternancia de episodios ocasionales de naturaleza coluvial.
También comparten pequeñas fosas u hoyos excavados sobre los propios niveles de colmatación.
Por el contrario, existen algunas diferencias.
Por ejemplo, en el episodio final de relleno del Foso 1, correspondiente a su definitiva amortización, había evidencias de potentes rellenos antrópicos realizados desde el exterior y ausencia de pequeñas fosas, mientras que en el Foso 2 los estratos tienden a la horizontalidad y su amortización final parece ser más pausada.
Tampoco hemos encontrado evidencia alguna de grandes recortes (recuttings) en el Foso 2 mientras que en su vecino gemelo se practicó uno en sentido longitudinal, con colmatación de piedras, cuando la estructura estaba totalmente colmatada (véase perfil en Fig. 11).
Cabe señalar, en la cultura material localizada en el relleno de ambas estructuras, algunos patrones comunes que también se observan en otras grandes estructuras de Perdigões según la información disponible.
Son la marcada fragmentación de los objetos cerámicos, el predominio de las formas abiertas y de grandes dimensiones (en especial fuentes de borde engrosado), el alto porcentaje de restos faunísticos y el escaso número de industria lítica tallada.
Todos estos rasgos señalan similares conductas sociales de consumo y tratamiento de los objetos, y por tanto códigos culturales compartidos entre quienes participaron en la construcción de ambos fosos y de sus correspondientes rellenos.
Las dataciones y dinámicas de colmatación observadas en las dos estructuras permiten considerar diversos "modelos biográficos", al menos en este sector correspondiente a la Puerta 1.
Una propuesta sería que el Foso 2, al parecer algo más antiguo, pudo estar activo y amortizado antes de la construcción de Foso 1.
Otra propondría que, antes de ser colmatado el Foso 2, tal vez a lo largo de su segunda fase de relleno, se excavase el Foso 1 y se iniciasen los vertidos en el mismo, pudiendo haber llegado a coincidir en el tiempo las actividades de relleno de ambos fosos.
RECINTOS EXTERIORES Y SU RELACIÓN CON LOS SEPULCROS MEGALÍTICOS TIPO THOLOS
Los restos humanos que se han hallado en diferentes estructuras negativas excavadas en el yacimiento Fig. 13.
Sin embargo desde el inicio de las investigaciones se conocía, al menos, un espacio funerario, definido por varias estructuras que ocupaban la gran bolsada semicircular existente entre los dos fosos más exteriores del yacimiento (Valera et al. 2000: 89).
Las oportunas excavaciones realizadas en el lugar y posteriores estudios antropológicos (Valera et al. 2000; Evangelista y Silva 2013; Valera et al. 2014a; Silva et al. 2017) confirmaron la existencia de dos estructuras tipo tholos (Fig. 13) y localizaron otras estructuras en el entorno tal y como se refleja en la figura.
Estas últimas están pendientes de caracterizar, a excepción de la llamada "tumba III" que se ha identificado como de tipo fosa, aunque junto con las anteriores, al carecer de dataciones conocidas no puede incorporarse a nuestra discusión.
De hecho, las únicas dataciones radicarbónicas conocidas corresponden a los dos sepulcros megalíticos (Valera et al. 2014b).
El primer tholos (sepulcro 1) es una estructura semi-subterránea, excavada en la roca, que se localiza en el centro del espacio funerario y tiene una orientación E-O.
Presenta en su extremo occidental una cámara de forma circular de 3,5 m de diámetro, y al este un corredor de 1,8 m de largo, al que sigue el denominado atrio semicircular de 2 m de diámetro.
Según los estudios publicados, el número mínimo de individuos (NMI) depositados en su interior alcanzaría los 106 (Valera et al. 2014a).
Entre los elementos de ajuar hay cuentas de collar, conchas, placas de esquisto, ídolos falange, un recipiente realizado en hueso, alabardas, vasos cerámicos y de piedra, láminas y una alabarda en sílex, así como objetos exógenos en variscita o marfil.
En el interior se ve el derrumbe de las losas que estaban dispuestas en las paredes, así como evidencias de diferentes fases de utilización, previas y posteriores a dicho episodio.
El sepulcro 2 se localiza unos 20 m al noreste de la anterior.
También está parcialmente excavada en la roca y se orienta al sureste.
La cámara de planta circular mide 3 m de diámetro.
Le sigue un corredor estrecho de 1 m de largo y un atrio elipsoidal.
El NMI conocido para los restos hallados en su interior es de 26 en el atrio y 30 en la cámara (Silva et al. 2017).
Entre los elementos de ajuar se identifican fragmentos cerámicos, puntas, objetos en hueso y marfil, botones en hueso, figuras zoomórficas, ídolos y láminas de oro (Valera et al. 2000; Schuhmacher y Banerjee 2012; Silva et al. 2017).
La construcción cuenta con cuatro dataciones asociadas a las diferentes fases de uso (Tab.
El número de dataciones de cada sepulcro es escaso en comparación con los fosos, pero las fechas más antiguas en ambas estructuras indican un primer uso centrado entre 3000-2500 cal AC y, las siguientes, una reutilización durante el período 2500-2250 cal AC, coincidente con el momento en que se están colmatando los Fosos 1 y 2.
Como ya se ha apuntado, los datos conocidos durante los primeros años de investigación hacían pensar que la llamada "necrópolis" se había construido en un área seleccionada y demarcada ex profeso por el en- sanchamiento del perímetro del foso externo (Valera et al. 2000: 88).
Sin embargo, un mejor conocimiento de la biografía del yacimiento, especialmente el estudio pormenorizado de la cronología de Foso 1 (Márquez et al. 2013: 27; Valera et al. 2014b) y Foso 2, nos permite reinterpretar las relaciones espaciales y cronológicas entre todas estas construcciones.
La suma de probabilidades (Fig. 14) que sigue nos sirve para proponer su ubicación temporal en el conjunto del yacimiento de forma orientativa y a la luz de las dataciones radiocarbónicas conocidas.
Tenemos en cuenta las importantes limitaciones de este recurso, que ya vienen siendo apuntadas por los especialistas en la materia (p. ej. Bayliss et al. 2007; Michczyński y Michczyńska 2006; Chiverrel et al. 2011; Contreras y Meadows 2014)3.
En este sentido, advertimos que la cantidad de dataciones por estructuras es desigual, siendo los Fosos 1 y 2 los que cuentan con un número marcadamente superior.
En todo caso, el gráfico nos permite identificar tendencias que vendrían a reafirmar nuestro anterior análisis.
De acuerdo con los resultados, el primer uso de los sepulcros tipo tholos sería previo a los Fosos 1 y 2, así como el del resto de los fosos.
Las dos mayores estructuras construidas en el lugar corresponden a una etapa de arquitectura monumental tardía dentro de momentos avanzados de la Edad del Cobre.
Con esta nueva información cabe pensar que las viejas construcciones funerarias se incorporaron, sin contradicción alguna, en las fases finales del yacimiento, quizá dentro ya de nuevas claves ontológicas o culturales pero como elementos con marcada personalidad arquitectónica y nuevos usos.
La modificación en el trazado de Foso 1 es notoria.
En este nuevo contexto tendrían sentido las evidencias de reutilización detectadas en el sepulcro 2, ya en momentos entre 2500-2000 cal AC (Valera et al. 2014b: 21), contemporáneos, en tal caso, con la actividades de relleno registrada en los dos grandes fosos.
Estaríamos previsiblemente ante una dinámica de apropiación simbólica de elementos del pasado, bien constatada por la arqueología en otros tantos recintos de fosos europeos, manifestada por las frecuentes reutilizaciones de viejos sepulcros o mediante la práctica de recortes y rellenos de antiguas estructuras negativas (Márquez Romero y Jiménez Jáimez 2010).
Los nuevos resultados aportados por la investigación del Foso 2 de Perdigões han posibilitado disponer de 12 nuevas dataciones radiocarbónicas inéditas que, junto a la serie de 10 fechas del Foso 1, nos permiten identificar una fase tardía en la arquitectura monumental de dicho yacimiento.
Esta fase ocupa su límite espacial exterior y presenta las estructuras de mayores dimensiones constructivas de todas las conocidas.
Esta fase se centra entre 2500-2250 cal AC, coincidiendo con lo que se ha propuesto como la fase final de carácter monumental del fenómeno de los recintos de fosos del sur de la península ibérica (Márquez Romero y Jiménez Jáimez 2013: 455).
Además, se confirman dinámicas sociales donde la continua superposición de actividades, la reelaboración de la arquitectura del lugar y el uso del espacio permiten estrategias tanto de invisibilización de elementos del pasado, como ocurre con la Zanja 14 eliminada por la construcción del Foso 2, como la inclusión de otros elementos más antiguos en el trazado arquitectónico, caso de los sepulcros de falsa cúpula.
Todo nos habla de unos importantes procesos de apropiación ideológica, que la arquitectura monumental con su persistencia en el paisaje siempre ha favorecido.
Los estudios realizados nos advierten de la compleja realidad arqueológica a la que nos enfrentamos en un tipo de yacimientos en los que se produce una continua superposición de eventos, lo que desaconseja aplicar criterios cartesianos de proximidad entre las estructuras para analizar su temporalidad. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
Leonardo García Sanjuán y Coronada Mora Molina (eds.): La intervención de 2005 en el Dolmen de Menga.
Temporalidad, biografía y cultura material en un Monumento del Patrimonio Mundial.
Ediciones Especiales n.o 44, Editorial Universidad de Sevilla y Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
La revista MENGA, editada por el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera ha editorializado (2011 y 2015) sobre la necesidad de estudiar los materiales y documentos acumulados en los museos y los archivos de la administración.
Parece que el equipo del Proyecto General de Investigación1 "Sociedades, Territorios y Paisajes en la Prehistoria de las Tierras de Antequera (Málaga)" comienza a dar pasos en este sentido, y siguiendo uno de los ejes epistemológicos del mismo, continua con el estudio de las intervenciones previas a este PGI, iniciado con Aranda et al. (2015), presentando en este libro los hallazgos, contextos y análisis de la intervención de 2005, denominada "Actividad arqueológica preventiva del tipo Seguimiento Arqueológico de la Obra de adecuación del pavimento, iluminación y acceso para minusválidos al sepulcro megalítico de Menga".
No es un texto autocontenido, por ello hay que buscar referencias sobre la trayectoria de la investigación, conservación y gestión del dolmen en otras publicaciones.
Tampoco es un trabajo al uso sobre megalitismo, en él se estudian materiales y contextos que, hace 30 años, se consideraban "periodismo" y que hoy son parte consustancial de la historia del monumento.
Contiene capítulos insospechados en una monografía de temática dolménica: cerámica andalusí, monedas modernas, metales romanos, cartuchería de la Guerra Civil, etc. El motivo de este aparente batiburrillo hay que buscarlo, por un lado, en la propia historia del dolmen, que ha propiciado la reutilización constante desde su construcción, y por otro, en que la excavación que se analiza es ajena y presenta un registro problemático.
L. García Sanjuán y C. Mora Molina son los editores científicos del estudio, apoyados por un equipo multidisciplinar de 25 investigadores de diversa procedencia (pp. 7 y 8), que han desarrollado todo tipo de estudios y analíticas: sedimentología, ceramología, numismática, arqueometalurgia, paleofauna, antropología, C 14, etc.
Se ha estructurado el libro en cuatro partes: contexto, cultura material, depósitos orgánicos y valoración, cada una con los distintos resultados de los análisis mencionados.
La primera con el planteamiento, estructuras, estratigrafía y sedimentología; la segunda con los estudios cerámicos, líticos y metálicos; la tercera se ocupa de la fauna y de las inhumaciones medievales; y la cuarta de la cronología radiocarbónica, del pozo y de la valoración y conclusiones.
A mi modo de ver, la principal aportación del estudio es la voluntad de extraer información científica de valor de una excavación que, a priori, no ofrecía unas posibilidades de aprovechamiento adecuadas.
No los ha desmotivado ni el hecho de que la intervención fuera realizada sin medios suficientes2, ni que su objetivo fuera retirar estratos depositados tras las excavaciones de la Universidad de Málaga de 1986-19953 que, seguramente, había excavado depósitos dejados por Mergelina y Cabré en 1921-1922 que, a su vez, hicieron lo mismo con los excavados por Mitjana en 1842-1847.
Este ambicioso afán cientifista ha provocado que no se hayan culminado algunas de las propuestas.
A pesar de ello, nos marca un camino que debemos recorrer para aprovechar la ingente cantidad de información acumulada por la administración cultural.
Todo el aparato científico se ha volcado sobre la intervención de 2005 orientada a la difusión pública.
En esta, se plantearon seis cortes en el atrio y en un eje que se prolongaba al noreste, y el corredor se dividió en sectores interviniendo en su práctica totalidad.
Pese a ser una re-excavación se localizaron dos hallazgos muy significativos: la estructura E-9, que ha proporcionado una fecha post quem para la construcción del dolmen, y la estructura E-1, el pozo.
La estructura E-9 es una fosa ovalada de algo más de un metro de eje mayor con 25 cm de potencia, situada en el atrio, de donde se han extraído dos muestras de C 14, que arrojan unas edades a 2σ de 3790-3690 cal ANE y Trab.
Reconocen la imposibilidad de dilucidar si estas muestras son "anteriores, simultáneas o posteriores" (p.
315) a la construcción del monumento, y siendo este un objetivo prioritario de la investigación, elaboran una hipótesis por la que el megalito puede adscribirse a la primera mitad del IV milenio ANE.
En la misma campaña, la UGRA excavó una tumba individual adscrita5 al Neolítico Final (p.
Esto asegura que bajo el megalito hubo un asentamiento previo neolítico, si a esto se une que la fecha disponible para un paleosuelo bajo el túmulo de Viera es 3631-2916 cal ANE 2σ (p.
369), y que debió erigirse después de Menga, todo apunta hacia la fecha propuesta para la construcción del megalito: 3800-3600 cal ANE (p.
La dificultad de fechar su origen con datos del propio megalito ha empujado al equipo a plantear alternativas, que están buscando en la Peña de los Enamorados, en el lugar al que se orienta el eje de Menga: el sitio arqueológico de Piedras Blancas y la estación rupestre de Matacabras.
En esta última, la fecha estimada por uraniotorio sugiere que las pinturas "podrían ser anteriores a c.
Pretenden perseverar en el empeño y buscar nuevas fechas en Piedras Blancas, donde han topado con la oposición de los propietarios (p.
Un apunte quizás innecesario: la Consejería de Cultura dispone de herramientas legales para facilitar la investigación en estos casos (art. 22 del Reglamento de protección y fomento del Patrimonio Histórico de Andalucía).
El otro gran hallazgo es el pozo que, como se sabe, fue un redescubrimiento.
Catorce muestras de C 14 han fechado su proceso de colmatación en el siglo XVIII DNE.
Sin embargo, todavía se duda sobre su fecha de fundación, por lo que está pendiente un análisis tecnológico del trabajo de perforación del pozo (p.
347), para determinar si lo han excavado con herramientas metálicas.
Podría ser de utilidad un estudio sobre el patrón de medida usado (diámetro, Trab.
Prehist., 76, N.o 1, enero-junio 2019, pp. 177-182, ISSN: 0082-5638 importantes de los joyeros famosos o son simples catálogos de las innúmeras exposiciones donde se muestran casi invariablemente objetos de oro que se destacan por sus características estéticas9.
Esa bibliografía exigua se debe también al escaso número de especialistas, limitación añadida a las condiciones espinosas del estudio de objetos raros y preciosos.
Si es difícil obtener un permiso para una observación visual con binocular de objetos de oro, todavía lo es más si lo que se quiere es someterlos a estudios fisicoquímicos, aún con técnicas portátiles, para investigar los aspectos tecnológicos de las piezas.
En ese sentido, este libro que considera el contexto cultural en paralelo con los aspectos tipológicos y tecnológicos de un gran número de objetos de oro arqueológicamente documentados y de cronología precisa, aporta un nuevo panorama al tema de investigación de la orfebrería celta y contribuirá de un modo significativo a su desarrollo futuro.
Los objetos de oro, macizos durante la Edad del Bronce, se vuelven ligeros y de gran complejidad en la Edad del Hierro.
En este periodo la orfebrería alcanza en la Europa mediterránea su mayor complejidad y detallismo con los orfebres etruscos10.
La transformación estética de la orfebrería, en un periodo de tan gran movimiento de artesanos y de materias primas, está acompañada de grandes descubrimientos y cambios tecnológicos que exigen gran maestría.
Así, el empleo de protocolos es esencial en este caso para evidenciar el arte del orfebre.
Los objetos de oro publicados en el libro fueron manufacturados en un contexto tecnológico de transición.
La obra, ni es un tratado general sobre la tecnología de la orfebrería celta ni sobre la circulación del oro en la Edad del Hierro.
Son las actas de un congreso organizado en el 2015 en la ciudad de Toulouse (Francia) que cierra el proyecto de investigación científica franco-alemán, "Repensando el primer oro celta: perspectivas económicas, sociales y tecnológicas en la cultura del Hallstatt occidental" (West Hallstatt Gold, ANR/DFG-11-FRAL-0013).
El proyecto fue liderado durante tres años por un equipo francés (UMR 5608 TRACES) del CNRS y otro alemán de la Universidad de Tübingen (Institut für Ur-und Frühgeschichte und Archäologie des Mittelalters).
Esta obra colectiva congrega diecinueve textos, seis en francés y trece en inglés, propuestos por estudiosos de distintas áreas relacionadas con la orfebrería de la Edad del Hierro en Europa occidental.
Los textos están organizados en dos bloques.
El primero contiene los que están directamente relacionados con el aludido proyecto de investigación.
Expone las técnicas fisicoquímicas empleadas y discute los resultados tecnológicos obtenidos, cubriendo así distintos aspectos de la orfebrería actualmente custodiada en Francia, Alemania y Suiza.
El segundo bloque agrupa los textos de autores externos al proyecto.
La edición es de muy buena calidad.
Los artículos incluyen una amplia bibliografía y están profusamente ilustrados a color con imágenes obtenidas mediante fotografía, macrofotografía y microscopía electrónica, así como diagramas y gráficos que ayudan mucho al entendimiento de lo que se describe en el texto.
Para los investigadores que se dediquen a la orfebrería celta, este libro es una excelente herramienta de trabajo.
Además de las informaciones sobre ciertas tipologías, contiene innumerables conocimientos tecnológicos (técnicas de elaboración y aleaciones empleadas)11 sobre objetos significativos del periodo mencionado, todo lo cual proporciona una base de trabajo relevante para el tema.
Destaca el número de objetos franceses tratados, algunos muy conocidos.
A ellos y a los objetos suizos se les dedican varios artículos sobre sus contextos de descubrimiento, sus tipologías y su descripción tecnológica.
Destacan los artículos de L. Olivier y de P. Y. Milcent.
El primer autor presenta un panorama de los grandes hallazgos arqueológicos de orfebrería en Francia a partir del extraordinario patrimonio del Musée d'Archéologie nationale (Saint-Germain-en-Laye, Francia) a través, ya sea de objetos como de imágenes de archivo, y realzado por una incursión en la arqueología y la museología del siglo XIX.
El segundo autor ofrece un artículo, copiosamente ilustrado con datos tecnológicos, mapas e histogramas de la distribución de los objetos en el contexto social del periodo abordado.
La elaboración de algunos de los objetos considerados por ambos autores fue estudiada en el ámbito del proyecto, determinándose también la composición de las aleaciones de oro empleadas12.
A estos se añadió el estudio tecnológico de otras piezas francesas y suizas, realizado por varios autores.
En cambio, no fueron considerados los resultados tecnológicos existentes en la bibliografía sobre piezas francesas, a veces de tipología idéntica a las mencionadas 13, ni piezas del mismo periodo de otras áreas (para España, p. ej., Perea et al. 2010) Warmenbol sobre otras belgas y holandesas tratan principalmente de torques y de tesoros constituidos por torques y monedas.
El volumen termina con la reconstrucción de la fíbula de Verucchio por A. Pacini.
La única decepción para el lector es la ausencia de un panorama del trabajo del orfebre en la Primera Edad del Hierro a partir de los resultados tecnológicos del proyecto y de la bibliografía existente.
La justificación de esta ausencia está en que se trata de las actas de un congreso y no de un libro sobre la orfebrería celta.
De esta forma, quienes tengan la orfebrería prehistórica europea como tema de investigación deben incorporar este libro sin duda a sus bibliotecas pues les servirá a menudo de herramienta de trabajo.
Siempre se repite que investigación y difusión deben ir estrechamente unidas, de manera que la segunda se alimente directamente de las novedades aportadas por la primera.
Entre las personas que siempre se han preocupado por hacer accesibles los resultados de la investigación se encuentra Carmen Aranegui, arqueóloga de larga y prolífica trayectoria y comisaria de la histórica exposición "Los Iberos, Príncipes de Occidente" (1997)(1998), que internacionalizó la Cultura Ibérica con sus presentaciones en Francia y Alemania.
Desde entonces ha habido más exposiciones, muchas más investigaciones y más libros, algunos de difusión.
Entre ellos merece la pena citar Los Iberos, ayer y hoy (2012), publicado también por Marcial Pons y que constituye una introducción a la Cultura Ibérica de excelente nivel.
El tema tratado en la presente obra es, sin duda, atractivo, pero de ninguna manera fácil de abordar.
La escultura de la Dama de Elche ha tenido una vida tan intensa tras su hallazgo -reconocimiento de un arte ibérico exquisito, compra y traslado a Francia, vuelta a España en momentos políticos especiales, traslado al Museo Arqueológico Nacional y reclamaciones para su integración en las colecciones ilicitanas-que a menudo se habla más de estos asuntos que del papel que tuvo en época ibérica.
En el preámbulo se nos previene sobre esta tendencia y por ello los tres primeros capítulos se dedican a analizar la figura de la Dama, tanto en el área ilicitana como en el ámbito ibérico más general.
Lo primero que llama la atención es el hecho de que no se conozca prácticamente nada de lo que fue el contexto urbano de las grandes piezas escultóricas de La Alcudia.
Fechadas en su mayoría en los siglos V-IV a.
C., no hay apenas información sobre el asentamiento de esta época, quizás porque las grandes transformaciones posteriores provocaron la remoción de la antigua ciudad hasta sus cimientos.
Lo cierto es que cabría esperar la existencia de algunas evidencias que hasta hoy no se han documentado.
La autora hace hincapié acertadamente en el estudio del territorio del curso bajo del Vinalopó como conjunto articulado, desde el norte de la ciudad de Elche hasta la costa, donde los asentamientos se suceden en el espacio y el tiempo hasta época romana, esta sí bien perfilada en La Alcudia.
Las esculturas que acompañan a la Dama de Elche en el yacimiento son objeto de un necesario listado, que muestra la existencia de algo más de 30 fragmentos vinculados a monumentos sacros o funerarios que se escalonan desde el siglo V a los inicios del siglo IV a.
C. y que irían de los conjuntos representando combates a las figuras más personalizadas y estáticas.
Se resalta con razón el carácter menos completo de la documentación arquitectónica, sin la que probablemente las figuras esculpidas no pueden entenderse por completo.
De nuevo aquí se alude al territorio y a su inusual concentración iconográfica desde La Alcudia a Vizcarra y Elche por el norte, hasta la desembocadura del Segura-Vinalopó hacia el sur.
Se propone que una de las piezas de mayor calidad de Elche -la mano agarrando el tobillo de un guerrero que portaba grebas-pudiera proceder de La Alcudia, donde hoy se encuentra conservada.
Sin embargo, la aparición también en Elche de un león (no leona), que es una de las mejores piezas de escultura ibérica conocidas, aboga por la existencia de nuevos monumentos excep-Trab.
La contextualización de la escultura ilicitana en un espacio ibérico más amplio lleva a C. Aranegui a relacionar acertadamente el conjunto más antiguo de La Alcudia con el del Cerrillo Blanco de Porcuna, subrayando varias coincidencias que resultan llamativas, tanto desde el punto de vista temático como en la propia vestimenta de los personajes y el recurso a la fíbula anular para sujetar sus túnicas y mantos.
El capítulo avanza con la propuesta de La Alcudia como uno de los pocos centros, si no el único, que muestra producciones escultóricas de diferentes épocas, y pasa a resaltar la destrucción voluntaria de imágenes y monumentos que se prodiga en todo el territorio ibérico.
Resulta tan interesante como inusual la extensión de esta mirada hacia el norte, recordando la génesis de las jerarquías en los territorios europeos de la Edad del Hierro, y el hecho de que en el sureste francés se recurra también a la escultura en piedra, especialmente de guerreros, que tuvo a menudo un final violento como en la península ibérica.
A partir del capítulo IV se aborda la "segunda vida" de la Dama, iniciada en el momento de su descubrimiento en 1897.
Aunque pueda pensarse que éste se conoce con todo detalle, lo cierto es que en general se repite una segunda versión del mismo, por lo que la información aportada en el libro es de gran interés.
Se recogen aquí las primeras informaciones de Pedro Ibarra, quien sitúa el hallazgo en un punto concreto y lo atribuye a uno de los trabajadores que excavaban en la parcela, Antonio Maciá, quien no advirtió en el lugar estructuras que llamaran la atención.
El segundo relato, que ha hecho más fortuna, se debe a la recopilación realizada por A. Ramos Folqués, en la que el descubridor resulta ser el joven Manuel Campello -no tan joven, en realidad-y se emplaza el hallazgo algo más al sur, afirmándose que la Dama quedaba protegida por una estructura preparada para su protección.
Esta narración tiene evidentes similitudes con la aparición de vírgenes y de sus imágenes ante jóvenes humildes, y probablemente por eso ha calado mucho más hondo en el imaginario popular.
El libro reivindica la documentación de Ibarra y señala que su defensa es propia de "quienes quieran basar su conocimiento en datos procesados de forma crítica" (p.
Es una buena muestra de las dos líneas que enmarcan tradicionalmente las valoraciones de la Dama de Elche: la científica y la que busca una apropiación o una familiarización más fácil con esta imagen.
Una excelente descripción de la pieza da paso a la exposición de sus primeras interpretaciones, siempre buscando paralelismos en distintos puntos del Mediterráneo, pero considerándola también, antes y después, como fruto del "crisol" de culturas que supuestamente definía la antigua cultura española, entre Oriente y Occidente.
La escultura fue calificada popularmente como "reina mora" en el momento de su aparición, definida como "Carmen" por Th.
Reinach y finalmente como "dama" en el marco de las denominaciones que se daban en la época a las esculturas femeninas a las que se atribuía un rango especial.
Se ofrece así un estudio del término "Dama" que tan felizmente se ha asentado, y que la aleja de su identificación divina para resaltar el importante papel de la mujer en la sociedad ibérica.
Resulta interesante, por poco conocido, el relato del interés de Mélida por incluir una copia de la escultura en el Museo de Reproducciones Artísticas y el papel del escultor Pinazo Martínez en la realización de las primeras reproducciones que se integraron en los principales museos y colecciones de la época.
La conocida visita al Museo Arqueológico de H. Himmler en 1940 se detuvo frente a una de estas copias, si bien el original se trasladaría desde París a Madrid solo un año después.
Este "reingreso", como denominaría diplomáticamente García y Bellido al forzado y desigual intercambio de piezas entre el Estado español y el francés durante el gobierno de Petain y bajo el dominio alemán, es analizado en el libro reflejando su complejidad.
El proceso se enmarca en la consideración de ciertas piezas señeras como símbolos del orgullo español por los dos bandos enfrentados en guerra, recordando el traslado de las más importantes colecciones del Museo del Prado y otros museos por parte del gobierno republicano y las celebraciones por su vuelta a España tras la victoria del bando franquista.
La Dama volvió poco después, muy a pesar de la opinión de los conservadores franceses, como una muestra del "arte eterno" del pueblo español, para alojarse en una sala del Museo del Prado en la que no despertó demasiado interés, ni de los visitantes, ni de los investigadores, que buscaban otros parámetros interpretativos para la sociedad ibérica que no fueran los estrictamente artísticos e iconográficos.
La entrada de la Dama en el Museo Arqueológico Nacional en 1971 la contextualizó en un espacio museográfico más acorde con su naturaleza, acompañándose de la Dama del Cerro de los Santos y de la de Baza, recién descubierta.
El cambio en las tendencias investigadoras, en el que se da un justificado papel a R. Olmos, unido a la celebración del centenario de su descubrimiento, la convirtieron de nuevo en objetivo primordial de estudio.
Esto permitió afrontar con más solidez la "acusación" de ser una falsificación del siglo XIX, afirmación sin argumento sólido alguno que tuvo una injustificada popularidad y que se revisa con rigor en este texto.
En el último capítulo se hace una evaluación global de lo que se denomina la "historia interminable" de la Dama, tan importante en su propia época como en el mundo moderno en el que se integró tras su descubrimiento.
Si la investigación ha avanzado, aportando relevantes conocimientos científicos sobre la propia escultura, su valor como símbolo antropológico y político no ha decaído, aunque ha cambiado de escala.
La autora pide tiempo para comprobar en qué parámetros se desenvolverá esta pieza excepcional en el siglo XXI.
Sin embargo, la compartimentación de la bibliografía en apartados por etapas no facilita la localización de las citas, por lo que una sola lista hubiera sido una mejor solución.
En todo caso el libro es informativo, muy bien documentado y está inteligentemente argumentado, lo que le convierte en una referencia necesaria y muy oportuna sobre una pieza que sigue jugando un papel clave en nuestra época.
Facultad de Geografía e Historia. |
Símbolos de la muerte en la Prehistoria Reciente del sur de Europa.
El Dolmen de Soto, Huelva, España.
Arqueología monografías, Junta de Andalucía, Consejería de Cultura.
Este libro, prologado por Jean Guilaine (pp. 7-10), es un magnífico estudio de uno de los "monstruos sagrados" del megalitismo funerario occidental.
Desde una perspectiva diacrónica la obra aborda la arquitectura interior y exterior del monumento y su entorno, las técnicas y motivos de las grafías ejecutadas en sus pilares, algunas solo reconocibles gracias a la espectrografía Raman, así como las implicaciones socio-ideológicas de las transformaciones registradas.
Su "Inventario" proporciona la iconografía completa, ortostato por ortostato de cada elemento.
Su publicación es una contribución capital de la Junta de Andalucía al Año Europeo del Patrimonio Cultural 2018.
Kargaly -un mundo olvidado, editado por "Libros de Orenburgo" (Orenburgo, Rusia), es una obra de alta divulgación.
Su objeto es informar sobre los resultados de la investigación internacional en Kargaly, el mayor complejo minero-metalúrgico de Eurasia.
Su autor, el Dr. Chernykh (Dpto. de Métodos científico-naturales, Instituto de Arqueología, Academia Rusa de Ciencias, Moscú), una referencia mundial en el estudio del Calcolítico y la Edad del Bronce en Eurasia (TP 51 (2) 1994; 65 (2) 2008), dirigió las excavaciones en este extenso yacimiento de cobre nativo.
La Edad del Bronce es la primera fase de explotación con producciones metálicas distribuidas desde las montañas de los Urales hasta el mar de Azov y el río Dnieper.
Tras una interrupción de 3000 años, tiene lugar una segunda, y última fase durante el Imperio Ruso (siglos XVIII-XIX).
La investigación ha contado con participación española, centrada en la metalurgia del cobre (experimentación y analítica, TP 56 (2)) y en la evaluación del impacto ambiental de la minería y la metalurgia mediante la combinación de teledetección espacial y arqueobotánica (TP 57 (1), 67 (2)).
MIMN García Sanjuán, Leonardo y Mora Molina, Coronada (eds.).
Temporalidad, biografía y cultura material en un Monumento del Patrimonio Mundial.
Arqueología Monografías n.o 44, Universidad de Sevilla y Consejería de Cultura, Junta de Andalucía.
Liñán Baena, Cristina; Rosal Padial, Yolanda del y Fernández Rodríguez, Luis-Efrén.
Guía de la Cueva de Nerja.
2019, Fundación PS Cueva de Nerja, Instituto de Investigación Cueva de Nerja, Editorial Palacios y Museos.
Martínez Torres, Luis M. Arabako trikuharriak: neolitoko materialak eta eraikuntza sistemak. = Dólmenes de Álava: Materiales y sistemas de construcción neolíticos.
Memorias de Yacimientos Alaveses 16, Diputación Foral de Álava.
RESEÑAS Y LIBROS RECIBIDOS |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
La publicación en 2018 del volumen 75 de la revista Trabajos de Prehistoria motiva este análisis completo de la misma.
El artículo parte de su presencia en bases de datos documentales y se plantea como una aportación al debate sobre la evaluación de las revistas científicas.
El estudio bibliométrico aborda la evolución temática, la distribución de la autoría y el impacto a través de citas, a partir de los datos que pueden extraerse de ÍnDICEs-
El presente análisis bibliométrico de Trabajos de Prehistoria (en adelante TP) está motivado por la aparición del volumen 75 de esta revista, editada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC, Madrid) y una de las publicaciones españolas de arqueología de trayectoria más prolongada e ininterrumpida.
Su campo de especialización es la Prehistoria y Protohistoria de la península ibérica y sus relaciones con Europa y el Mediterráneo, de modo que puede considerarse complementaria de Archivo Español de Arqueología (en adelante AEspA), también editada por el CSIC desde 1940 y centrada en las culturas desde la Protohistoria a la Alta Edad Media (Mora 2002).
El Dr. Martín Almagro Basch, fundador y director de TP, la concibió como serie monográfica con un único estudio por volumen hasta 1968.
El antecedente de estudio bibliométrico de TP apareció al editarse el volumen 50 y consideraba los trabajos editados entre 1960 y 1992 (Rodríguez Alcalde et al. 1993).
Se analizaron temas (periodos y localizaciones geográficas), autoría (investigadores, organismos de filiación y países de procedencia), así como los aspectos formales de la edición.
Unos años después se completó con un análisis de las citas recopiladas en las revistas españolas de la disciplina (Rodríguez Alcalde et al. 1996) en el que resultaba la más citada.
TP fue incluida también en los estudios realizados por el Grupo de Investigación de Evaluación de Publicaciones Científicas (EPUC) del CSIC sobre las revistas españolas de Arqueología y Prehistoria (Román Román 2003; Román Román y Alcain Partearroyo 2005).
Los resultados de una encuesta a investigadores españoles sirvieron de base para analizar las citas presentes en las revistas mejor valoradas.
TP destacaba entre ellas por su mayor número de citas recibidas.
Estas investigaciones del grupo EPUC se plasmaron en el portal Revistas Españolas de Ciencias Sociales y Humanidades (RESH), con datos de 2000 a 2008, coincidiendo con el proyecto Índice de impacto de las revistas españolas de ciencias de humanidades (IN-RECH), elaborado por el Grupo de Investigación sobre Evaluación de la Ciencia y de la Comunicación Científica (EC3) de la Universidad de Granada, con datos de 2004 a 2008.
Cuando se crearon estos recursos, los índices de citas internacionales no aportaban datos sobre publicaciones españolas de la especialidad.
Hay que saludar, por tanto, estas contribuciones como un primer acercamiento a su valoración comparativa.
Partiendo de esta aproximación los estudios de citas podían servir para juzgar el trabajo editorial e identificar las principales revistas españolas en las disciplinas de Humanidades y Ciencias Sociales.
En 2009 TP se convierte en la primera publicación española de Arqueología presente en el Journal Citation Reports que establece un ranquin de revistas por el factor de impacto en la plataforma Web of Science (WoS).
Igualmente, la presencia en el producto competidor Scopus y en los sistemas de indicadores basados en este producto, le ha dado mayor visibilidad internacional y prestigio, junto a otros títulos españoles seleccionados.
Otra línea de estudios bibliométricos del grupo EC3 maneja los datos de citas recogidas en el portal Google Scholar Metrics, basado en el buscador académico Google Scholar.
Esta fuente carece de fiabilidad estadística, pero da una imagen más global de la difusión internacional de las citas.
En el proyecto Journal Scholar Metrics [URL], un ejemplo de estos estudios, TP ocupó la posición 30 sobre 126 revistas internacionales de Arqueología y Prehistoria (primer cuartil) según las citas del periodo 2010-2014.
Desde la época de los primeros estudios bibliométricos sobre TP, el panorama general de la edición de revistas científicas se ha transformado notablemente tanto en las formas de distribución y acceso, como en los procesos de gestión y evaluación de las publicaciones (Abadal 2017).
Las contribuciones a un dosier sobre revistas científicas de Arqueología editado por M. Bouso et al. (2016) subrayaban cómo la consolidación del sistema de evaluación de la ciencia ha reforzado la profesionalización de la gestión editorial y el rigor en el sistema de evaluadores externos.
Las revistas que dependen de instituciones públicas han abordado nuevos retos con mucho voluntarismo.
La rigideces administrativas y carencias en recursos materiales y humanos, son frenos para competir con las grandes corporaciones editoriales internacionales.
Pero más que el impacto de las nuevas tecnologías y la difusión global, el problema esencial para las revistas sigue siendo "ganar prestigio, para así obtener más propuestas de originales, poder seleccionar los mejores y así reproducir el sistema" (Ruiz Zapatero 2016: 276).
En este mismo dosier, Martínez Navarrete y Montero Ruiz (2016) hicieron un balance del proceso de internacionalización de TP en las últimas décadas.
El presente estudio, frente al primero (Rodríguez Alcalde et al. 1993), compara la revista con otras publicaciones españolas de la disciplina con similares características de temática y visibilidad internacional.
Su introducción en ese contexto es esencial para su adecuada valoración y es algo usual en cierta medida en los análisis de revistas concretas (Ar-Trab.
Además, ahora se han podido aprovechar los datos de los índices de citas para las revistas españolas que, al no existir antes, exigían costosos procesos de recopilación (Rodríguez Alcalde et al. 1997).
El primer estudio bibliométrico (Rodríguez Alcalde et al. 1993) tuvo como estímulo la coincidencia del final de los anuarios con la aparición del volumen 50.
Este presente análisis se concibió como una actualización del contenido de la revista 25 años después, incorporable al volumen 75 de 2018.
La fuente sería la depuración y aprovechamiento de los datos de la nueva plataforma Información y Documentación de la Ciencia en España (ÍnDICEs CSIC), cuya puesta en marcha se ha producido finalmente en 2018.
Este producto es el resultado de la fusión de las bases de datos ICYT (Ciencia y Tecnología), IME (Biomedicina) e ISOC (Ciencias Sociales y Humanidades), que han venido recogiendo desde la década de 1970 la bibliografía de las publicaciones científicas españolas con análisis de contenido.
Durante los últimos años se ha rediseñado este sistema de información, lo que hacía recomendable esperar que finalizara el trabajo de exportación al nuevo sistema para manejar datos ya revisados.
El objetivo de este artículo es caracterizar el contenido actual de las revistas seleccionadas con un doble propósito: a) facilitar a los potenciales lectores una información que pueda orientar sus opciones de consulta y publicación y b) contribuir a la Historia de la ciencia, definiendo las pautas de difusión científica de los arqueólogos orientados hacia la Prehistoria y/o hacia la Historia antigua en la última década.
PRESENCIA EN BASES DE DATOS Y PLATAFORMAS DE REVISTAS
La tabla 1 resume la presencia de TP en bases de datos y plataformas de revistas científicas, especificando sus diferencias en la cobertura temporal de sus artículos.
La revista en versión impresa está disponible en numerosas bibliotecas universitarias en todo el mundo, pero los usuarios demandan hoy en día el acceso telemático a los textos en su versión electrónica.
La fuente principal a la versión en texto completo y en abierto es la plataforma de la Editorial CSIC (http:// revistas.csic.es).
Para la consulta de los primeros años en formato digital es necesario acudir a un producto comercial: PIO-Periodicals Index Online, base de datos bibliográfica, comercializada por la empresa ProQuest, que recoge el fondo antiguo de publicaciones periódicas de Huma-nidades y Ciencias Sociales.
Cuenta con un fichero paralelo, PAO-Periodicals Archive Online, para los artículos que han sido digitalizados.
El contenido de TP es analizado de forma sistemática por buscadores académicos y bases de datos bibliográficas, aunque también con coberturas variables (Tab.
A través de estos sistemas de información, los artículos pueden aparecer en búsquedas en portales que recogen la producción española (ÍnDICEs-CSIC https://indices.csic.es/) o hispánica (Dialnet https:// dialnet.unirioja.es), en recolectores de datos de revistas electrónicas (REDIB-Red Iberoamericana de Innovación y Conocimiento Científico https://www.redib.org; DOAJ-Directory of Open Access Journals https://doaj. org/) y en productos bibliográficos especializados (Anthropological Literature).
La revista forma parte también de la selección de fuentes utilizada en los índices de citas WoS y Scopus.
En la plataforma WoS aparece tanto en la base de datos Arts & Humanities Citation Index (en la categoría Archaeology), como en Social Science Citation Index (categoría Anthropology).
Su productor no incluye datos estadísticos de factor de impacto u otros indicadores para las revistas de Humanidades en sus informes Journal Citation Reports (JCR), por lo que TP solo tiene indicadores de citación entre las de Antropología.
Dentro de la categoría de Arqueología sí podemos contar con las fuentes bibliométricas basadas en los datos de Scopus.
Estos datos se analizan más adelante.
En la valoración de características editoriales de la red iberoamericana Latindex [URL], TP cumple en 2018 la totalidad de los 33 criterios de calidad en la edición impresa y 35 sobre 36 en la versión electrónica 1, por lo que en ambos casos entra en la sección de Catálogo.
Las características de calidad definidas por esta red iberoamericana, coordinada desde la Universidad Nacional Autónoma de México, valoran el cumplimiento de buenas prácticas en los procesos de edición científica.
La propia presencia en bases de datos se utiliza a menudo como indicador de la calidad o prestigio de las revistas científicas.
Entre las fuentes que valoran especialmente este indicador, TP se sitúa en la categoría A en Ciencias Humanas en CIRC (Clasificación Integrada de Revistas Científicas: https://www.clasificacioncirc.es/) y tiene un Índice Compuesto de Difusión Secundaria (ICDS) con el nivel máximo de 11 en la plataforma MIAR (Matriz de Información para el Análisis de Revistas: http://miar.ub.edu).
Otro sistema de categorización de revistas en el que ha sido seleccionada es ERIH Plus, European Reference Index for Humanities and Social Sciences [URL], una iniciativa de la European Science Foundation para crear un índice de revistas académicas europeas de calidad en Ciencias Sociales y Humanidades.
TP cuenta desde 2012 con el Sello de Calidad de Revistas Científicas Españolas concedido por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FE-CYT).
Este sello, que se ha ido renovando, certifica su posición entre las revistas científicas españolas de excelencia por su difusión internacional y cumplimiento de buenas prácticas de edición y utilización de revisores externos 2.
En la categorización de las revistas españolas de Arqueología y Prehistoria, realizada en 2015 en la base de datos ISOC a partir de indicadores sobre trayectoria, apertura de la autoría e internacionalidad en el periodo 2004-2013, TP quedó encuadrada en la categoría B (Vidal Liy y Rodríguez Yunta 2015).
De 9 indicadores, mejoraba la media de la disciplina en 8 de ellos.
1 De los criterios marcados por Latindex para revistas electrónicas TP solamente dejaba de cumplir en 2018 la presencia de metaetiquetas en el código fuente de los artículos.
En 2019 se está aplicando una nueva lista de características de calidad y la revista está en proceso de adaptación a su cumplimiento.
2 En 2019 la FECYT ha elaborado un ranquin de las revistas con este sello de calidad, donde TP es la publicación de Arqueología y Prehistoria con mejor puntuación. https://calidadrevistas.fecyt.es/
Los datos para el análisis bibliométrico de TP se han extraído del recurso ya citado ÍnDICEs-CSIC.
Este portal bibliográfico incorpora los registros antes disponibles en la base ISOC y ofrece una cobertura completa de la revista con campos para el análisis de autoría, filiación institucional, clasificación e indización de los temas tratados en cada artículo (asignando descriptores de materias, identificadores y topónimos).
La base de datos ISOC ha sido fuente para el primer estudio sobre TP (Rodríguez Alcalde et al. 1993), así como sobre otras revistas de la disciplina (García del Toro et al. 1999).
Un aspecto novedoso del análisis actual es la comparación respecto a otras revistas españolas especializadas en Arqueología a la vez que a estas entre sí.
Para ello se han seleccionado títulos incluidos también en ÍnDICEs-CSIC y en Scopus con los que compartiera cierta similitud de enfoque (cobertura temporal y temática de los artículos) (Tab.
Se excluyen de la comparativa títulos españoles ausentes de Scopus y otros presentes pero con enfoques temáticos muy específicos (Archaeofauna, Arqueología de la Arquitectura o Virtual Archaeology Review) o ajenos a la Prehistoria de la península ibérica (Arqueología Iberoamericana, Aula Orientalis).
La mayoría de las revistas seleccionadas tiene una extensa trayectoria4 y aceptan textos en diferentes idiomas5.
TP fue la primera en adoptar una periodicidad semestral (1994), ejemplo que han seguido posteriormente cuatro títulos.
Todas tienen la particularidad de que la entidad editora es una institución pública, mientras que el panorama internacional está dominado por revistas comerciales: 7 de las 10 primeras revistas en el ranquin por factor de impacto de la categoría Anthropology en WoS e igualmente por el indicador CiteScore de la categoría Archeology en Scopus, pertenecen a las poderosas empresas multinacionales Elsevier, Springer Nature, Wiley-Blackwell, Taylor & Francis y SAGE.
Todas las revistas actualmente tienen versión electrónica.
En este proceso las revistas del CSIC y de la El análisis de temática y autoría de TP se basa en búsquedas en febrero de 2019 en el total de 933 registros de la revista acumulados en ÍnDICEs-CSIC desde su inicio en 1960.
El total engloba 603 contribuciones catalogadas como artículos (sección de estudios), 295 notas (sección de noticiario), 18 revisiones o estados de la cuestión, 12 traducciones.
Se han excluido necrológicas, reseñas, crónicas y editoriales.
El sistema de clasificación temática de ÍnDICEs-CSIC es la base del estudio de los contenidos tratados en la trayectoria de TP.
Aunque un mismo registro puede tener asignados varios epígrafes de clasificación, para este análisis se ha manejado el primero, que describe el enfoque considerado principal en cada artículo.
A su vez, a partir de los topónimos que citan se define la distribución territorial de los temas tratados.
Para la autoría se contabiliza el número de firmantes en los artículos y su filiación institucional.
Generalmente estos datos provienen de los propios artículos aunque, como no solía figurar en los primeros años, se ha completado en un número significativo de casos, a fin de aportar una visión más objetiva y fiable.
Además de mostrar su situación actual, permite confrontar unas con otras en condiciones idénticas de cobertura, dado que su fecha de inicio varía.
Los datos sobre citación se han extraído de Scopus.
Su cobertura es algo mayor que la de WoS y permite la comparación con un mayor número de títulos españoles.
Se ha desestimado utilizar datos de citas del buscador académico Google Scholar por considerarlo carente de la estabilidad y fiabilidad estadística que aportan las bases de datos bibliográficas.
ANÁLISIS DEL CONTENIDO DE LOS ARTÍCULOS
Análisis por periodos y temas tratados en TP
El análisis de contenido de los 933 artículos y notas de investigación de TP (1960de TP ( -2018) ) sigue la asignación principal de cada registro en el área de Arqueología y Prehistoria de la base de datos ÍnDICEs-CSIC (Fig. 1).
Su primer nivel de clasificación temática incluye epígrafes de carácter general: Teoría y metodología de la Arqueología (teoría, historia, enseñanza y metodología de la Arqueología), Patrimonio arqueológico (museos, conservación y legislación), Origen de la humanidad y Estudios generales (trabajos diacrónicos).
Además, hay otros relativos referidos a la Prehistoria y Arqueología de la península ibérica y otros territorios (estudios sobre las islas Canarias, Europa, Asia, África y América).
Los epígrafes relativos a la península ibérica se dividen por periodos cronológicos: Paleolítico y Epipaleolítico; Neolítico; Calcolítico y Edad del Bronce; Tarteso y colonizaciones griega y fenopúnica; Edad del Hierro; Época romana y visigoda y Edad Media.
Estos epígrafes reducen los existentes en la base de datos ISOC cuando la manejaron Rodríguez Alcalde et al. (1993), agrupando en especial los referidos a periodos cronológicos que solían solaparse en los mismos trabajos.
Los estudios referidos a la teoría y metodología arqueológicas tienen una presencia modesta en TP (15 %).
El interés por los temas patrimoniales ha sido aún menor.
Su momento álgido corresponde a la década de 2000 con 14 artículos (7 % en dicho periodo).
En la distribución de los 649 artículos referidos a la península ibérica (Tab.
3)6, destaca la coherencia entre la línea editorial de la revista y su contenido.
El 69,2 % de estos artículos trata temas anteriores al I milenio a.
C., dedicándose casi por igual a los periodos con tecnologías de base cobre (35,6 %) y no metálicas (33,6 %).
La suma de los correspondientes a los epígrafes del periodo de contacto con pueblos históricos, previos a la romanización, no alcanza esos valores (26,8 %).
La misma estructura por periodos cronológicos se repite en el estudio por décadas de la revista desde sigoda pasan del 13 % en la primera década al 3 y 1 % a partir de 1980.
Sobre la base de nuestra experiencia en la edición de Trabajos de Prehistoria conectamos estos datos con dos factores que se refuerzan y contraponen en cada número.
El primero es la voluntad del consejo de redacción de publicar en cada número contribuciones representativas de la línea editorial.
El segundo es el carácter abierto de la recepción de manuscritos.
Su envío a la revista depende de la estrategia de los autores para difundir su investigación y de la disponibilidad de una información inédita que suele estar subordinada a la importancia de los recursos con los que han contado.
El sistema de clasificación temática de ÍnDICEs-CSIC completa el análisis de los estudios sobre la península ibérica con un segundo nivel de 8 apartados (Tab.
5): Asentamientos, Estudios del medio, Economía y sociedad, Enterramientos, Religión y creencias, Arte, Cultura material (que aúna a las industrias lítica, ósea y metalúrgica y a la producción cerámica) y Epigrafía/ Numismática.
Las categorías Cultura material (242 artículos) y Arte (108) concentran la mayor parte de los artículos (53,9 % entre ambas).
La primera aparece en los estudios relativos a todos los periodos, desde el Paleolítico a la época romana.
Por el contrario, los trabajos sobre Arte se concentran en el Paleolítico y Edad del Bronce.
Enterramientos es la categoría donde la Edad del Bronce supera con mayor claridad a los demás períodos (68,4 % de los trabajos).
Análisis por áreas geográficas en TP
El objetivo de esta sección del artículo es averiguar el ámbito territorial al que se dedican los autores que envían sus contribuciones a TP.
En su mayoría se centran en la península ibérica y en los archipiélagos balear y canario.
Solamente 89 artículos (9,5 %) tratan temas extrapeninsulares de Europa (45), África (25), América ( 14), Asia y Oriente Próximo (5).
Estos estudios y, sobre todo, los de territorios no europeos van disminuyendo durante los 48 años estudiados a medida que TP se va consolidando como revista de referencia para la Prehistoria y Protohistoria del extremo más occidental del Mediterráneo.
El análisis de la distribución territorial de los artículos sobre la península ibérica se hará a escala autonómica (Tab.
6) y, después, limitado a las provincias mejor representadas y a Portugal (Fig. 2).
En ambos casos se considera la totalidad de los artículos.
El primer dato que se desprende del análisis es el interés de TP por la Prehistoria y Protohistoria de la península ibérica en su conjunto.
Todas las comunidades autónomas están representadas con independencia de su extensión.
Andalucía es ligeramente menor que Castilla y León, pero la diferencia del total de artículos entre ellas es notable (21,1 % y 12 %).
La misma desconexión ocurre con las siguientes en el ranquin.
La situación a escala provincial permite afinar más estos datos (Fig. 2).
Todas las provincias españolas y Portugal cuentan con artículos, pero hay notables di-ferencias entre ellas.
El señalado protagonismo de Andalucía se debe al interés de los autores por registros arqueológicos localizados en Almería, Jaén, Sevilla y Granada (más de 20 artículos cada una).
A su vez la atención en Castilla y León se dirige a las cinco provincias que superan las 7 contribuciones en ese periodo (Ávila, Burgos, León, Segovia y Soria) y, en Cataluña, a Tarragona y Barcelona (24 de media).
La presencia de Castilla-La Mancha en el ranquin se debe a una distribución homogénea por provincias (entre 7-17), de la que solo Albacete queda fuera.
En la Comunidad Valenciana cada una está en un tramo por número de artículos situándose Alacant en el más alto.
En cambio, en general, no han recurrido a TP para difundir su investigación ni los estudiosos del País Vasco y de Aragón (ninguna de las provincias cuenta con más de 7), ni menos todavía los de Navarra y La Rioja (3 artículos cada una).
Como contrapunto las comunidades uniprovinciales de Illes Balears, Cantabria, Asturias, Murcia y Madrid están bien situadas entre las 14 provincias con más contribuciones publicadas en la revista (entre 48 y 24).
Las explicaciones de esta "foto fija" de la distribución territorial en los 48 años analizados de publicación de TP no difieren de las ya apuntadas (Rodríguez- Alcalde et al. 1993: 21-22).
Entre ellas están la primacía de unos períodos o de unas culturas particulares, el número de centro académicos, las afiliaciones institucionales de los autores, la facilidad de acceso a los permisos de excavación y a la financiación, la procedencia del alumnado universitario y el papel de las revistas especializadas de ámbito local, provincial o autonómico.
El factor temporal contribuye a dar un nuevo sentido a los datos.
En la última década 2010-2018 es notable el cambio del ámbito territorial de quienes se interesan por publicar en TP.
Cataluña (17,5 %), Andalucía (14,9 %) y Castilla la Mancha (12,3 %) son las comunidades mejor representadas en los artículos.
En cambio, Castilla y León pasa a un cuarto lugar (9,7 %) y a continuación aparecen Extremadura y Galicia (7,1 %).
Una consecuencia de centrar la línea editorial de la revista en la península ibérica es el interés por incorporar trabajos sobre Portugal que cuenta con 60 artículos.
La precariedad del marco institucional y la escasa planificación de la actividad arqueológica centralizada van superándose a lo largo de las primeras décadas del periodo estudiado a medida que se consolida la administración autonómica y la incorporación a la UE.
Por poner un ejemplo, de 1987 (creación del programa Erasmus) a 1998, se crean 19 universidades públicas en España que, salvo dos, tienen cursos de arqueología.
La competencia entre investigadores se acrecienta y los criterios de evaluación se internacionalizan, modificando las estrategias de difusión científica y selección de revistas.
Como contrapunto las comunidades autónomas a las que la administración central del Estado ha trasferido las competencias en arqueología suelen reservarse la primera publicación de los resultados de las intervenciones.
En su defecto o con el debido permiso se opta por las revistas editadas en la comunidad o en España.
Esto dota de ventajas competitivas a las de ámbito peninsular como TP.
Análisis del contenido en comparación con otras revistas
La proporción de artículos por periodos en cada título permite distinguir tres líneas editoriales.
Una, orientada hacia la arqueología romana, está representada por AEspA y Lucentum, con más de la mitad o la mitad de sus artículos sobre el tema, y Spal y Pyrenae, con algo más de un tercio.
AEspA y Lucentum se interesan también por los periodos posteriores al I milenio a.
C. y, en especial, por la Edad del Hierro lo que refuerza los contenidos de Protohistoria e Historia Antigua de sus artículos.
Zephyrus tiene también un interés análogo por la época romana (32 %).
Sin embargo, a diferencia de las citadas, dedica la mitad de su contenido a los periodos previos al I milenio a.
C. Por ello pensamos que encaja mejor en la segunda línea editorial, definida por APL, Munibe y TP donde esos temas rondan o superan el 50 %.
Los periodos premetalúrgicos tienen un especial tratamiento en APL, Munibe, Zephyrus y TP, si bien en esta última lo distintivo o exclusivo es su orientación hacia el Calcolítico y la Edad del Bronce (31,6 % de artículos),
En APL el alto porcentaje de artículos sobre el Neolítico ("cardial") y la Edad del Hierro ("ibérico") se relaciona con el protagonismo tradicional del Levante peninsular en estos estudios.
En TP los referidos al Calcolítico/Edad del Bronce reflejan una tradición investigadora bien arraigada (Rovira Llorens y Montero Ruíz 2018).
Munibe se singulariza en el conjunto de revistas por carecer de artículos sobre Tarteso y colonizaciones, contar con el mínimo de los dedicados a la Edad del Hierro (6,4 %) y, en cambio, tener el máximo de contribuciones sobre Edad Media (9,6 %) y Moderna (7,7 %).
Complutum define una tercera línea editorial en esta selección de revistas y se caracteriza por un enfoque mayoritario hacia la metodología y patrimonio arqueológicos (41,2 %).
En los artículos por periodos, los relativos a periodos previos (18,4 %) y posteriores al I milenio (15,2 %) están bastante igualados.
Esa proporcionalidad se debe a los contenidos sobre la Edad del Hierro.
La revista comparte con TP la ausencia de contribuciones sobre la Edad Media o Moderna.
En la tabla 8 se compara la distribución por comunidades autónomas tratadas en los artículos.
Destaca el contraste entre las revistas con sede en Madrid -AEspA, Complutum y TP-y fuera de la capital.
Los contenidos de las primeras pueden referirse a unas comunidades más que a otras, pero tienden a abarcar toda la península, mientras las que tienen sede en otras regiones centran al menos un tercio de los artículos en su propio territorio.
Respecto a la presencia de Portugal en las revistas españolas comparadas, solamente Spal iguala el número de artículos en TP: 15 en 2010-2018.
A conti- En todas las revistas comparadas los porcentajes de estudios sobre otros territorios extrapeninsulares son similares: entre el 7 % y el 10 %.
Complutum y Saguntum son las excepciones.
La primera tiene un 22,9 % de artículos entre los que sobresalen los dedicados al continente africano.
La explicación es la edición de un número monográfico ocasional en 2014 con 14 artículos sobre arte y paisaje en el Alto Atlas.
En Saguntum, el 18,7 % de trabajos sobre otras culturas mediterráneas de la Edad del Bronce se suelen referir a la cultura nurágica.
En cambio, se diversifica más la adscripción institucional de los autores más repetidos en los trabajos del periodo 2010-2018: Carlos P. Odriozola (6), de la Universidad de Sevilla, y Juan Francisco Gibaja Bao (5), que ha firmado como Institució Milà i Fontanals del CSIC, Museu d'Arqueologia de Catalunya y Universidade do Algarve.
Este dato puede interpretarse como reflejo del cambio de estrategia editorial que se ha producido en la mayor parte de las publicaciones.
Si estas nacieron en general con el objetivo prioritario de difundir las investigaciones de la institución editora, con el tiempo han modificado sus hábitos, incluyendo cada vez más contribuciones externas y procurando evitar la repetición continua de algunos autores.
Las instituciones editoras, como las universidades o el propio CSIC, han desarrollado en los últimos años políticas de mayor control sobre las revistas para cumplir estándares de excelencia científica (criterios Latindex, de las agencias de evaluación y de selección en diferentes bases de datos e índices de citas).
Aunque se han reducido presupuestos, la edición en Internet y el reconocimiento internacional promueve que las mejores revistas reciban más originales, potenciando la diversidad en la autoría.
El grado de coautoría de los artículos es un indicador del trabajo en equipo.
Esta circunstancia puede 8 Véase lista de abreviaturas al final del artículo. deberse a la formación de grupos de investigación o en ocasiones a la colaboración interdisciplinar relacionada con los cambios teórico-metodológicos en la disciplina.
La tabla 9 muestra una tendencia clara al incremento en el número de autores por documento y la progresiva reducción del porcentaje de trabajos con una única firma.
Respecto a la distribución por género en TP, han participado 420 mujeres como autoras, un 34 % del total de diferentes autores.
Otro aspecto de interés es la filiación institucional de los autores.
El CSIC, como entidad editora, tiene el mayor número de contribuciones (192), si bien en esta cifra se engloban aportaciones de sus diferentes centros repartidos por varias comunidades autónomas y en Roma.
En total hay autores de 43 universidades españolas diferentes, así como museos e instituciones de investigación, situados en todas las comunidades autónomas.
Si se analiza la evolución de las instituciones más frecuentes en la filiación de los autores (Tab.
10) se aprecia que la UCM ocupó el primer lugar en las primeras décadas de la revista, pero ha ido perdiendo presencia a medida que se reforzaba su propia revista Complutum.
El CSIC como entidad editora ha mantenido una aportación constante por debajo del 25 % de los estudios.
Pese a que puede concluirse que en los últimos años ha aumentado ligeramente el número de trabajos firmados por investigadores del CSIC, también debe tenerse en cuenta que cada vez más se trata de trabajos en colaboración con autores de otras instituciones (Tab.
Media de autores por documento
Análisis de la autoría en comparación con otras revistas
La tabla 12 muestra la situación actual respecto a la procedencia de los autores con mayor número de artículos en las diez revistas seleccionadas en este estudio.
En 5 casos el autor más frecuente es ajeno a la entidad editora 9 y en 3 su aportación supone menos de un artículo cada 2 años.
9 El significado de las abreviaturas de las instituciones editoras o de filiación de los autores se especifica en un listado al final del artículo.
El incremento de la coautoría en TP destaca en la comparación por revistas desde 2010 (Tab.
Esto puede deberse a la mayor pervivencia de los hábitos de trabajo tradicionales en los estudios de Historia antigua (con mayor presencia en algunas de las publicaciones consideradas).
La comparación sobre las instituciones con mayor contribución en cada revista (Tab.
15) muestra las coincidencias existentes.
En todas hay más de un 10 % de autores que también publicaron en TP.
Destaca en número y porcentaje Zephyrus, con 108 autores en común (un 25 % de los 427 que publicaron en Zephyrus y un 19 % de los 567 autores diferentes que publicaron en TP).
ANÁLISIS DE LA INTERNACIONALIDAD EN AUTORÍA Y LENGUA DE PUBLICACIÓN
Análisis de la internacionalidad en TP
La participación extranjera en la autoría es un indicador del grado de internacionalidad de las revistas.
En la trayectoria completa de TP hay 202 trabajos de autores extranjeros, individuales o en coautoría con investigadores españoles.
Proceden principalmente de Francia (38 documentos), Reino Unido (35), Estados Unidos (32), Alemania (30), Portugal (28), Argentina e Italia (10).
Esta participación, cuyo punto más bajo estuvo en la década de 1980, ha aumentado por encima del 30 % en los últimos años, especialmente con contribuciones desde Portugal (Tab.
De forma creciente, pero aún escasa, algunos de estos artículos en inglés son de investigadores españoles que lo emplean para aumentar su difusión internacional.
Así, de los 49 documentos en inglés, 30 se deben a autores extranjeros, 10 a investigadores ligados a instituciones españolas y en 9 colaboran españoles y colegas de otros países.
Otro indicador de internacionalidad es la composición de los Consejos de Redacción y Asesor 10.
TP ha contado con la contribución de vocales extranjeros en ambos, e incluso en la figura del director de la revista: Antonio Gilman en el reciente periodo (Díaz-del-Río 2019).
ANÁLISIS DE LA INTERNACIONALIDAD EN COMPARACIÓN CON OTRAS REVISTAS
17), solo Complutum alcanza un grado de internacionalidad similar a TP.
Francia, Portugal y Reino Unido son los países de participación más frecuente.
Las normas de presentación de originales de las revistas dan la pauta de las lenguas admisibles para difundir la investigación y, por tanto, de la opción escogida por los autores (Tab.
18) Pyrenae, Complutum y Saguntum destacan por su mayor porcentaje de trabajos en inglés.
Sin embargo en otras de las revistas comparadas les superan los artículos en otras lenguas.
Esto puede atri-10 En Anexo 1 se adjunta la relación de miembros de estos órganos editoriales.
buirse a su contenido (AEspA, Lucentum y Spal) o a la opción por la lengua vernácula de los autores (APL, Pyrenae, Saguntum).
Estos idiomas no deben interpretarse al mismo nivel en el esfuerzo de internacionalización de las revistas.
ANÁLISIS DE DATOS DE CITACIÓN
Análisis de citación en TP
TP está recogido actualmente por los dos principales índices de citas internacionales, Web of Science y Scopus.
En WoS aparece en la base Arts & Humanities Citation Index (categoría Archaeology, carente de indicadores bibliométricos) y en Social Science Citation Index (categoría Anthropology).
Gracias a su pertenencia a este segundo fichero está incluida en los informes anuales, conocidos como Journal Citation Reports (JCR), donde se ofrece el factor de impacto (FI).
Este se calcula por las citas recibidas en un año a los contenidos de los dos inmediatamente anteriores.
Es decir, este tipo de baremo obvia que la obsolescencia en estas disciplinas no es comparable con la de las ciencias experimentales.
La inclusión en este índice es un mérito que avala la trayectoria de esta revista.
Sin embargo, limitaremos nuestro siguiente análisis al producto competidor, Scopus, dado que ofrece una mayor cobertura de TP, así como de otros títulos que se comparan en este estudio (Tab.
Frente al intervalo de dos años aplicado en el ranquin tradicional por factor de impacto en WoS, los indicadores que se extraen de los datos de Scopus se establecen sobre 3 años de citación.
Ello sigue siendo bastante insuficiente para valorar adecuadamente disciplinas cuyas publicaciones tienen escasa obsolescencia.
El indicador CiteScore del propio productor de Scopus calcula el promedio de citas en un año a los artículos aparecidos en los tres inmediatamente anteriores.
TP figura en estas tablas con datos desde 2011 en la categoría Arqueología con un doble cálculo: para Humanidades y para Ciencias Sociales (con pocas diferencias entre ambos conjuntos).
Como cada año se incorporan nuevos títulos, la posición en un ranquin depende de la proyección de los artículos y, además, de la composición general del conjunto, mejorando la posición en el ranquin en la medida en que se introduzcan revistas de temática similar o disminuyendo si los nuevos títulos se centran en otros ámbitos geográficos.
A pesar de ello, hay cierta estabilidad y TP se ha mantenido generalmente en una media entre 0,52 y 0,56 citas por documento.
Por ello suele estar en el segundo cuartil y a veces en los últimos títulos del primer cuartil.
Su mejor resultado fue en 2013, cuando una media de 0,77 le situaba más claramente en el primer cuartil.
Además, la revista figura en los portales bibliométricos que utilizan datos de Scopus: Scimago Journal & Country Rank [URL], del grupo de investigación Scimago) y CWTS Journals Indicators [URL], de la Universidad de Leiden).
Ambos generan indicadores de citas para un intervalo de tres años, pero con un cálculo ponderado.
Scimago Journal Rank (SJR), que considera la posición relativa de las revistas citantes, otorga una mejora para TP.
Por el contrario, según el indicador Source Normalized Impact per Paper (SNIP) de la Universidad de Leiden (ponderado según los hábitos de citación de cada disciplina), queda solamente en el tercer cuartil en 2017.
En disciplinas donde las citas suelen tener un largo recorrido solo una cobertura amplia muestra una imagen más real del impacto de los artículos.
Este último indicador es una alternativa que se basa en los documentos más citados sin hacer una media por los artículos, por lo que aporta otro punto de vista a la hora de valorar las citas recibidas por autores o revistas.
La búsqueda global ha recuperado los 30 documentos más citados (Anexo 2).
Se añade el cálculo del promedio de citas recibidas por año para destacar los artículos cuyo impacto es proporcionalmente mayor.
Esta lista muestra que no hay una vía única para alcanzar una alta citación.
En ella hay artículos con una alta coautoría junto a otros de autor único, redactados en inglés o en español, y con diferentes enfoques temáticos y metodológicos.
A partir de esta misma búsqueda, se ha analizado la procedencia de las citas recibidas.
Es relevante que 6 de estos 10 títulos son internacionales y publican en inglés, pero en parte puede tratarse de artículos de investigadores españoles.
Si se analiza la filiación de los autores citantes las instituciones de mayor frecuencia son la Universitat Rovira i Virgili (presente en 131 documentos citantes), CSIC (129), Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES, 128), Universitat Autònoma de Barcelona (100), Universidad Complutense de Madrid (88), Universitat de Barcelona (83) y Universidad Autónoma de Madrid (79), para llegar a la primera no nacional: el Centre national de la recherche scientifique (CNRS) con 77 trabajos.
La base de datos Scopus nos permite también conocer el país de procedencia de los autores citantes.
Sin duda, la creciente cooperación científica internacional en la investigación española está contribuyendo en la apreciable difusión y visibilidad de TP.
La situación actual distancia con claridad a TP de las revistas españolas de su especialidad en número de citas recibidas (Fig. 3).
En los primeros años fue creciendo a pesar de ser el único título español de la especialidad, pero sus números se han incrementado notablemente al enriquecerse las revistas fuente.
Estos datos recogen las citas recibidas al total de artículos de cada título en Scopus, en donde TP figura con bastante anticipación.
La presencia creciente de títulos españoles de la especialidad contribuye a aumentar las citas recibidas por todas ellas, pero solamente Zephyrus mantiene una tendencia de crecimiento comparable con la experimentada por TP.
Los últimos indicadores bibliométricos publicados corresponden a las citas recibidas en 2018 a los años inmediatamente anteriores 12, de modo que en este caso no influye la amplitud de la cobertura de cada título.
En estos datos TP alcanza también una posición claramente destacada en los indicadores medidos a partir de Scopus respecto a las revistas españolas incluidas en este estudio (Tab.
Para comparar con otras revistas los datos de búsquedas en Scopus se acotan las fechas al periodo 2010-11 La revista Saguntum se excluye de la figura 3 porque carecía de citas recibidas en el momento de la búsqueda: su cobertura se inicia en 2017.
Por ello se excluye de la tabla 19 Saguntum cuya cobertura se inicia en 2017 y Archivo de Prehistoria Levantina sobre la que no se editaron datos bibliométricos en 2018.
[Se realiza la comparación respecto a/La comparación se refiere a la posición en la categoría Arqueología en Humanidades, aunque algunos de estos títulos [pueden localizarse/ aparecen] también en otros epígrafes como Historia o Estudios Clásicos, con un ranquin distinto al compararse con diferentes conjuntos de revistas.
En los datos de 2010-2018, TP se sitúa por delante de los restantes títulos comparados en cuanto al índice h, que se basa en la distribución de las citas recibidas.
El valor del índice indica que hay h artículos que recibieron h citas o más.
Este cálculo favorece teóricamente a las revistas que más artículos publican.
Sin embargo, TP también destaca en la media de citas por documento.
El estudio de la trayectoria completa de TP desde su origen en 1960 nos ha permitido describir sus principales características y resaltar las tendencias de cambio.
En comparación con el estudio aparecido al cumplirse los primeros 50 volúmenes (Rodríguez Alcalde et al. 1993), la revista se ha transformado en una publicación semestral con un creciente impacto nacional e internacional.
De acuerdo con las directrices de Editorial CSIC, TP ha adaptado sus características formales y de fondo para cumplir los criterios de selección de bases de datos y sistemas de evaluación.
La labor del equipo editorial, con la contribución de expertos externos en la evaluación por pares, ha permitido mejorar los trabajos aprobados con el intercambio de sugerencias a los autores.
Se ha reforzado su carácter especializado en Prehistoria y Protohistoria de la península ibérica, Baleares y Canarias, si bien se busca la proyección internacional con la promoción de textos en inglés, así como la participación de autores extranjeros.
Estas políticas editoriales favorecen la presencia en bases de datos e índices de citas, un indicador de reconocimiento que a su vez redunda en una mayor afluencia de nuevos textos.
La categorización de TP dentro del área de Antropología en WoS le ha permitido entrar en el ranquin de revistas de JCR que incluye Ciencias Sociales y no Humanidades, siendo por tanto la única revista española de Arqueología con factor de impacto.
Al surgir el producto competidor Scopus, se ha incorporado en otros ránquines en los que progresivamente sí puede compararse con más publicaciones españolas.
En estos productos, los títulos especializados en ámbitos nacionales, editados generalmente por organismos públicos sin ánimo de lucro, deben competir con productos editoriales de entidades multinacionales dirigidos a audiencias globales.
De acuerdo con la línea editorial de TP, la revista se centra en el I milenio a.
C. En esta orientación coincide sobre todo con APL, Munibe y Zephyrus.
TP puede considerarse la principal revista de referencia en España especialmente para los estudios centrados en el Calcolítico y la Edad del Bronce en el territorio peninsular, hecho que la diferencia respecto a otras revistas analizadas en este artículo.
Este enfoque está acompañado desde el año 2000 de un refuerzo significativo de contribuciones sobre Paleolítico y Neolítico, revitalizando una segunda línea de estudios menos atendida en las décadas de 1980 y 1990.
Las temáticas principales de estos períodos no han experimentado demasiados cambios en la trayectoria de TP, destacando tanto en el Calcolítico/Edad del Bronce como en el Paleolítico/Epipaleolítico los centrados en la cultura material (industrias lítica, ósea, metalúrgica y cerámica) y sus tipologías.
Por otra parte, el arte rupestre es mayoritario en aquellas contribuciones centradas en la Prehistoria antigua y en la Edad del Bronce, lo cual es un rasgo característico de las culturas de estos periodos.
Los relativos a enterramientos y ritos funerarios son igualmente importantes en la Edad del Bronce.
Los estudios sobre metodología y patrimonio arqueológicos son menos frecuentes en TP desde el año 2000, en contraste con Complutum, que podría ser para estos casos la revista de referencia en España.
La distribución territorial de los estudios está más equilibrada en las revistas editadas en Madrid que en los restantes títulos que enfatizan más su propia comunidad.
El análisis espacial en TP muestra su tendencia a abarcar todo el territorio peninsular.
Destacan en especial la Región Cantábrica, el Sureste, Baleares y, en la última década, Cataluña.
Las revistas académicas cumplen un servicio fundamental para el desarrollo de las disciplinas científi- cas y la evaluación de la actividad investigadora en España.
Muchas se fundaron para difundir las investigaciones de la institución editora, pero progresivamente se han adaptado a las exigencias de profesionalización e internacionalización, adoptando criterios cada vez más estrictos en la selección de originales y dando servicio a una amplia comunidad científica.
Un indicador de este salto de calidad es la generalización de la evaluación por pares externos.
Los indicadores bibliométricos han contribuido a que se centre la atención sobre la calidad de las revistas, incrementando en consecuencia la demanda de los autores por publicar en ellas.
Numerosos investigadores han criticado públicamente "la tendencia excesiva a la cuantificación (al peso) y a la bibliometrización de la evaluación; [pues] no debería elevarse a los altares el factor de impacto de las revistas, sino la contribución al conocimiento" (Sanz 2019).
Aunque compartimos estas opiniones, esto no debe conducir a desechar los estudios sobre la calidad de las publicaciones, que deben utilizarse en su justa medida.
En este panorama, TP se ha consolidado como una revista abierta en la procedencia de los autores, con un elevado reconocimiento.
En los últimos años se ha diversificado el número y procedencia de los autores.
Aunque el CSIC como entidad editora se mantiene como la institución con mayor aportación de artículos, su peso no supera el 25 %.
Este cómputo engloba aportaciones de diferentes centros repartidos por varias comunidades autónomas y en Roma.
El porcentaje ideal de autores de la entidad editora se ha considerado cada vez de forma más exigente en los sistemas de evaluación de revistas.
En el sistema Latindex se cifra en el 50 %, baremo que viene aplicándose desde la creación del catálogo en 2002.
En España, la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora (CNEAI) estableció un límite del 25 % en 2002 como criterio para medir la endogamia editorial (Delgado et al. 2006: 17).
Por su parte la FECYT ha considerado que el número de autores pertenecientes al consejo de redacción y la entidad editora no deben superar el 20 %, límite establecido en las convocatorias para obtener el sello de calidad editorial y científica de las revistas españolas que se vienen realizando desde 2007.
En su trayectoria, y en comparación con otros títulos, destaca el aumento de la coautoría, lo que incrementa el número total de autores y también caracteriza la participación actual de los investigadores del propio CSIC.
Otro aspecto de interés es la tendencia a la internacionalización, que se muestra en un creciente porcentaje de autores extranjeros, que en el caso de TP se manifiesta también en su participación en el Consejo de Redacción y en la dirección de la revista.
También son indicadores de internacionalidad la edición de artículos en inglés y las citas procedentes de publicaciones no españolas.
Sin duda, la edición electrónica en acceso abierto y la presencia en índices de citas ha contribuido notablemente a su difusión más allá de la península ibérica sobre la que se centra sus artículos.
En el estudio se han aprovechado los datos ofrecidos por Scopus, como índice de citas con mejor cobertura sobre revistas españolas de la disciplina.
Este tipo de recursos internacionales aportan datos de interés para su evaluación, que no debe reducirse a los indicadores de citación.
Son datos relativos para valorar la calidad pues miden solo parcialmente su impacto.
La situación de una revista en un ranquin depende también de la presencia o no de publicaciones similares interesadas en los mismos temas dentro de la cobertura de los índices.
Además, el que los estudios locales ocupen un lugar relevante en el área de conocimiento de Arqueología y Prehistoria no favorece, en principio, la visibilidad de sus resultados.
Subrayamos la notable incorporación de revistas españolas de la disciplina en los índices de citas que ya permite comparaciones entre ellas empleando estas bases de datos internacionales.
El que su cobertura temporal siga siendo aún corta es un argumento adicional para limitar el alcance actual de los indicadores de citación en la evaluación de la excelencia científica.
La temática común y la confluencia de un número de autores coincidentes con todos los títulos seleccionados muestran una comunidad de investigadores que comparten un conjunto de revistas.
La comparación entre las revistas españolas de Humanidades y Ciencias Sociales presentes en Scopus o WoS sin duda podrá mejorarse en los próximos años, pues algunos títulos se han incorporado hace relativamente poco.
TP obtiene unos resultados muy positivos en esta comparación.
En los datos globales se beneficia de su mayor cobertura, pero también mantiene una posición destacada en los indicadores basados en los últimos 3 años.
La comparación del periodo intermedio 2010-2018, la sitúa por delante de las restantes publicaciones españolas de la especialidad tanto en los indicadores que contabilizan las citas recibidas sólo por los trabajos más citados (índice h) como por media de citas por documento.
Como la cobertura de TP es ya suficientemente amplia en Scopus, este índice de citas permite estudios complementarios mediante búsquedas.
Así, la lista de artículos más citados muestra la larga vigencia de la bibliografía científica en este campo, sin que pueda determinarse una única estrategia que favorezca la citación.
El análisis de citas confirma que la visibilidad internacional de las revistas españolas consideradas tiene que ver tanto con la lengua de publicación como con la coincidencia de autores entre revistas citantes y citadas.
Se trata en realidad de dos factores combinados en los mismos casos: los autores españoles que utilizan el inglés en revistas extranjeras citan trabajos en español, en ocasiones de su propia autoría.
Igualmente, por la temática tratada (Prehistoria de la península ibérica), cabe esperar que las citas se incrementen si los índices incluyen más revistas españolas o publicaciones internacionales con participación frecuente de autores de España o Portugal.
El mayor porcentaje de coautoría en TP frente a otros títulos puede contribuir a una mayor citación posterior, pero algunos artículos de un único autor han recibido también un elevado número de citas.
Por ello, no se puede concluir que sea un factor determinante.
TP tiene otras características que pueden actuar como ventajas competitivas: la frecuencia semestral más ágil que los anuarios, la temprana incorporación de la evaluación externa por pares, la continuidad y regularidad de la edición garantizada por la estructura editorial del CSIC, así como la influencia y vinculación con el CIN-DOC que favoreció la normalización de la revista y cuyos estudios bibliométricos fueron elementos relevantes para que se incluyera en WoS y Scopus.
El estudio bibliométrico de TP, en comparación con otros títulos de similar enfoque y difusión, permite una caracterización general de las pautas de difusión científica de los arqueólogos orientados hacia la Prehistoria y/o hacia la Historia antigua en la última década.
Las iniciativas editoriales españolas en este ámbito son de carácter institucional con financiación muy limitada, pero deben competir en el marco internacional dominado por empresas multinacionales.
Además, la posición en los indicadores bibliométricos extraídos de los índices de citas depende entre otros factores de la adecuación de las categorías temáticas y de la mayor o menor presencia en el mismo conjunto de otros títulos de perfil temático similar.
Los excelentes resultados obtenidos por TP en estos índices son reflejo del crecimiento de numerosos grupos de investigación españoles que han apostado por el trabajo en equipos multidisciplinares y la publicación en revistas nacionales e internacionales.
El creciente grado de coautoría es una muestra de la transformación de la investigación arqueológica especializada en Prehistoria y Protohistoria frente a los hábitos tradicionales de la arqueología clásica que predominan en otros títulos.
Todo ello tampoco sería posible sin la importante contribución altruista de evaluadores externos y consejos editoriales que conforman una comunidad científica comprometida con una difusión seria de la ciencia.
Revista Entidad editora Año de inicio Perio- dicidad Lenguas de publicación Cobertura en WoS Cobertura en Scopus
ANÁLISIS DE LA AUTORÍA 5.1.
Análisis de la autoría en TP
En la versión en línea (menú Herramientas del artículo) pueden consultarse dos archivos complementarios en formato Excel: AC1 Relación de miembros del Consejo de Redacción y Consejo Asesor de Trabajos de Prehistoria.
AC2 Análisis de los 30 artículos más citados de Trabajos de Prehistoria según los datos recogidos en Scopus (3/2/2019). |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0
La movilidad es una de las principales características de los grupos cazadores-recolectores e incipientes cultivadores.
A partir de los años 90 y a nivel global, los estudios sobre movilidad experimentan un fuerte avance gracias a la aplicación de los Sistemas de Información Geográfica (SIG), con los análisis de los costes de desplazamiento y el modelado de rutas, así como la relación de estos elementos con el acceso a los recursos, la interacción entre grupos y la territorialidad.
El presente artículo se basa en la simulación de rutas de movilidad en el Cauca medio, región andina localizada en el Macizo Volcánico colombiano (Cordillera Central), donde se cuenta con una secuencia muy completa de ocupaciones precerámicas entre el Pleistoceno final y el Holoceno medio.
Esta tarea se ha abordado, en el marco de los SIG, mediante herramientas de análisis de costes, concretamente el análisis Modelo de Acumulación del Desplazamiento Óptimo desde un origen (MADO) y la generación de caminos óptimos.
Los resultados muestran una asociación significativa entre yacimientos arqueológicos y rutas potenciales, así como una red de movilidad coherente y articulada.
En sociedades nómadas, la movilidad en su acepción más básica es una estrategia adaptativa para hacer frente a la diversidad medioambiental y a la distribución temporal y espacial de los recursos (Kelly 1995; Lee y Daly 1999: 4).
En la arqueología de cazadores-recolectores, el enfoque neofuncionalista de los trabajos de Binford (1979Binford (, 1980Binford (, 1987Binford (, 2001) ) marcó un punto de inflexión en los estudios de movilidad.
Binford definió dos modelos para enfrentar Conectando un territorio: simulación de rutas de movilidad entre cazadores-recolectores y primeros cultivadores.
El caso del Cauca medio (Macizo Volcánico, Colombia)
The case of the Middle Cauca (Macizo Volcánico, Colombia)
Francisco Javier Aceituno Bocanegra a y Antonio Uriarte González b a Grupo Medio Ambiente y Sociedad, Departamento de Antropología.
b Laboratorio de Arqueología del Paisaje y Teledetección, Instituto de Historia.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
la variabilidad espacial y temporal de los recursos (Fig. 1).
El "modelo forrajero" comprende los movimientos de un grupo de un campamento a otro, hacia donde se localizan los recursos (movilidad residencial).
El "modelo colector" consiste en desplazamientos de unos pocos individuos para realizar actividades concretas en lugares específicos y el regreso a los campamentos residenciales (movilidad logística) (Kelly 1995: 117).
La "movilidad residencial" se asoció con pequeños grupos viviendo en biomas sin estaciones térmicas marcadas y con ambientes donde los recursos se distribuyen, principalmente, de forma dispersa a lo largo de todo el año, como es el caso de los trópicos.
En contraste, la "movilidad logística" es propia de ambientes con estacionalidad térmica marcada y con una distribución concentrada de los recursos en el tiempo y el espacio, como son los biomas de las zonas templadas (Binford 1980(Binford, 1990).
Binford trató de definir el correlato arqueológico de ambos modelos, apoyándose en referentes etnoarqueológicos.
Como resultado, en los años 80 y 90, los estudios de movilidad estuvieron muy marcados por la relación entre movilidad y tecnología lítica.
Los enfoques anteriores se basaron sobre todo en la tecnología lítica, en el patrón de descarte y en la explotación de recursos bióticos y obtención de materias primas, desde modelos ecológicos basados princi-palmente en la relación coste-beneficio.
El análisis de rutas se centró en la relación entre localización de fuentes de materia prima y movilidad (Aubry et al. 2012; Li et al. 2016), dado que los recursos líticos son menos susceptibles a cambios que, por ejemplo, los recursos bióticos.
Los estudios sobre movilidad, incluyendo las rutas, reciben un fuerte impulso con la aplicación de los Sistemas de Información Geográfica (SIG) a la arqueología y el inicio de los análisis a escala macro-espacial, que, en términos generales, han permitido estudiar las formas de movimiento sobre el territorio y entender mejor el rol de la movilidad como estrategia de uso del espacio, interacción y comunicación entre poblaciones humanas.
Los SIG han permitido interpretar el registro arqueológico en clave de movilidad y profundizar en el análisis de las redes de intercambio y territorialidad en sociedades cazadorasrecolectoras (Brantingham 2006; Aubry et al. 2012; Sauvet 2017) (véanse desarrollo y referencias en el apartado 3).
El estudio de la movilidad mediante análisis SIG ha sido aplicado, a diferentes escalas y con enfoques y objetivos diversos, en algunos contextos de cazadores-recolectores del continente americano (Morgan 2008(Morgan, 2009;;Magnin et al. 2012; Bruggencate et al. 2016; Cortegoso et al. 2016; Aceituno y Uriarte 2018) y de otras regiones del planeta (Field et al. 2007; Aguilella 2011; Aubry et al. 2012; Byrd et al. 2016), aunque dichos trabajos aún son escasos y dispersos.
El presente artículo, al sumarse a esta línea de investigación, pretende contribuir al conocimiento global de las pautas de movilidad en sociedades de pequeña escala y al desarrollo de metodologías que permitan profundizar en este tema.
Además del acceso a los recursos, la movilidad es una acción o estrategia que forma parte de la conducta territorial de los grupos humanos, encaminada a ocupar y controlar un territorio, así como a legitimar su uso para las generaciones venideras.
Una de las razones para analizar la movilidad es comprender, aun a nivel básico, el concepto de territorialidad, entendido como el conjunto de estrategias que permiten ejercer algún tipo de control sobre los recursos básicos de una sociedad delimitados espacialmente (Peterson 1975; Dyson-Hudson y Smith 1978; Cashdan 1983; Kelly 1995: 163).
Los estudios sobre territorialidad en sociedades cazadoras-recolectoras e incipientes cultivadores coinciden en que los límites territoriales son flexibles, en función de la movilidad (capacidad para moverse), distribución espacial (efecto llamada) y accesibilidad a los recursos.
En parte la accesibilidad a nuevas zonas en diferentes escalas espaciales (p. ej. local o regional) depende de las redes de intercambio y de los tipos de relaciones con otros grupos (Sauvet 2017).
En este escenario de espacialidades, las redes de caminos fijan la movilidad en el territorio.
Los caminos conectan y articulan diferentes escalas espaciales, posibilitando redes de intercambio, que se basan en las necesidades de interacción entre grupos y que permiten compartir recursos materiales, información estratégica y bienes culturales con una fuerte carga simbólica; además, pueden ayudar a evitar conflictos y fricciones (Sauvet 2017).
En suma, las rutas son constructos que conectan los espacios de la arquitec-tura del territorio, sobre el cual se manifiestan las múltiples formas culturales y sociales de apropiación del espacio (Criado 1999).
Este trabajo busca modelar la movilidad en el Cauca medio, región localizada en los Andes colombianos, en el noroccidente de Suramérica (Fig. 2).
A escala macro, este ejercicio analítico aportará información para entender la configuración territorial de los grupos tempranos de esta región, con base en la vinculación de diferentes zonas a través del trazado de potenciales rutas de comunicación.
Tal vinculación únicamente es un primer paso para responder a la pregunta sobre la construcción territorial, cuya respuesta cabal requiere datos de diferente naturaleza.
En una escala menor, pretendemos evaluar la relación entre el patrón de distribución y las rutas de tránsito a partir del nexo existente entre las rutas transitables y el patrón espacial del registro arqueológico.
Dada la ausencia de vestigios directos de caminos para el período que tratamos aquí, escogimos la modelización como metodología para trazar en el espacio dichas rutas y poner a prueba su rol en la movilidad y en la construcción del espacio.
Nuestros resultados son un primer paso en el estudio de la movilidad en esta región de los Andes colombianos; por lo tanto, temas relacionados como el análisis de las redes de intercambio, escalas y límites territoriales o las formas de apropiación y percepción del territorio, requerirán futuros trabajos en el Cauca medio.
En Colombia, el estudio de caminos o rutas de comunicación se ha centrado exclusivamente en sociedades cacicales a partir de dos tipos de fuentes: unas son las referencias sobre intercambios de mercancías en las crónicas de Indias; las segundas son trabajos de campo en la Sierra Nevada de Santa Marta, San Agustín, el valle del Aburrá y el valle del río Calima, donde se han documentado vestigios de caminos que incluyen movimientos de tierra, aterrazamientos o complejos empedrados (Oyuela-Caicedo 1990; Cardale 2000: 45-48; Langebaek 2001; Botero 2007).
CARACTERIZACIÓN GEOGRÁFICA Y ANTECEDENTES ARQUEOLÓGICOS DEL ÁREA DE ESTUDIO
La región del Cauca medio está ubicada en el Macizo Volcánico colombiano (Cordillera Central).
Allí, actualmente, en unos 1.500 km 2, se localizan 25 sitios precerámicos (Fig. 2; Anexo AC1) datados entre el Pleistoceno final y el Holoceno medio (Dickau et al. 2015).
La zona de estudio está en la margen derecha del río Cauca, en el piedemonte occidental del Macizo Volcánico, en una franja altitudinal entre los 1.279 m s. n. m. del sitio Cuba (16) y los 2.275 m s. n. m. del sitio Los Arrayanes (4) para un promedio de 1.599 m s. n. m.
Los sitios por encima de los 2.000 m s. n. m. corresponden a la zona de vida bosque muy húmedo premontano, en el piso térmico frío: Los Arrayanes (4), Campoalegre (13), Salento 21 (23) y Salento 24 (24).
Los sitios tienden a concentrarse en dos grandes zonas, al norte y al sur.
En la septentrional, los sitios están vinculados principalmente a las cuencas de los ríos Campoalegre y Chinchiná, y en menor medida a los ríos Otún y San Francisco.
En la meridional, estos están claramente concentrados en torno al río Consota, que pertenece a la cuenca del río La Vieja.
Al sureste de estos sitios, a unos 25 km, se localizan los de Chaguala (25), en la cuenca del río Quindío, y Salento 21 (23) y Salento 24 (24), en el interfluvio entre las cuencas de La Vieja y Quindío (Anexo AC1).
En la zona norte, los sitios están en los valles fluviales, sobre antiguas terrazas que actualmente forman un paisaje de colinas redondeadas con pendientes poco empinadas, erosionadas por cursos de agua y cubiertas por espesas cenizas volcánicas, que es el principal material parental de los profundos suelos de la zona (Thouret 1983).
Define la zona sur el abanico fluviovolcánico Pereira-Armenia, una extensa planicie constituida por potentes sedimentos volcánicos que han sido disectados y denudados por los ríos Otún, Consota, La Vieja y Quindío.
Sobre los pequeños valles resultantes se hallan los sitios arqueológicos.
El análisis del vecino más próximo corrobora la preferencia por un patrón de poblamiento concentrado, en zonas de valle y relieves suaves1.
Una característica muy importante de la zona es la naturaleza volcánica de los suelos, pertenecientes al orden andisol.
Los andisoles son suelos profundos, con horizontes edafológicos muy bien desarrollados, ricos en materia orgánica y muy fértiles.
En este caso las cenizas proceden de volcanes como el Nevado del Ruiz, el Nevado del Tolima, el Santa Isabel y el Cerro Bravo (Cortés 1978).
La presencia de cenizas en los suelos de la zona siempre ha suscitado un gran interés sobre los efectos de la actividad volcánica en las ocupaciones humanas del Cauca medio.
La continuidad en el registro arqueológico y las fechas de radiocarbono (Fig. 3; Anexo AC1) (Aceituno y Loaiza 2007; Dickau et al. 2015) indican que los fuertes episodios volcánicos registrados no provocaron el abandono de la región, de lo que cabe deducir que las poblaciones locales se adaptaron de alguna forma a su vulcanismo.
Ello no excluye que los grupos sufrieran los efectos perniciosos de las erupciones volcánicas y tuvieran que desplazarse a territorios adyacentes, pero esta hipótesis, hasta la fecha, no ha sido probada aún.
La formación de suelos fértiles pudo ser un factor atrayente para las poblaciones humanas a lo largo del Holoceno (Dickau et al. 2015).
El primer hecho relevante a este respecto es la ocupación continua desde finales del Pleistoceno hasta aproximadamente el 5400 BP.
El segundo es que el Cauca medio es una de las regiones del subcontinente con evidencias más tempranas de cultivo de plantas (Aceituno y Loaiza 2014, 2018).
El tema de la movilidad, hasta la fecha, se ha abordado a partir del estudio de la tecnología lítica y la comparación de las características de los sitios arqueológicos (Aceituno y Castillo 2005; Aceituno y Loaiza 2007, 2010) poniendo a prueba el modelo forrajero vs. colector.
Por esta razón no se ha tenido en cuenta la discriminación por períodos a la hora de modelar las rutas, optando por asumir que los sitios, vistos en conjunto, representan un patrón de asentamiento válido para todo el período precerámico.
Además de compartir un marco cronológico, la estructura arqueológica de los sitios es similar en cuanto al tamaño, el patrón de descarte, la tecnología lítica y los restos vegetales recuperados.
Tales elementos, además de relacionar culturalmente los sitios, indican que los responsables de dicho registro compartieron elementos culturales, ecológicos y subsistenciales.
En este sentido, la diferencia altitudinal, que no es muy marcada, a priori no está vinculada con un modelo de complementariedad económica (Aceituno y Loaiza 2007; Loaiza y Aceituno 2015).
Exceptuando el sitio El Antojo (5), un taller lítico de cuarzo, los yacimientos son campamentos residenciales, con diferencias en el tamaño y densidad de artefactos líticos registrados por unidad excavada.
La densidad puede considerarse baja respecto a la de otros sitios andinos colombianos (Aceituno y Loaiza 2007: 80).
Sus estratigrafías abarcan amplios rangos cronológicos, formados principalmente por desechos de talla de materias primas locales (principalmente andesita y basalto), manos y molinos planos.
Entre los escasos instrumentos destacan azadas y artefactos expeditivos.
Hasta la fecha no se han hallado restos de animales en ningún contexto y los macrorrestos botánicos son escasos.
Destacan algunas semillas de palma procedentes de El Jazmín (7) asociadas a niveles del Holoceno medio (Aceituno y Loaiza 2007: 46).
La ausencia de áreas funcionales claramente delimitadas y de evidencias de almacenamiento, la baja densidad de los artefactos líticos, más la ausencia de sitios logísticos, han sugerido un modelo de movilidad residencial (Aceituno y Castillo 2005; Aceituno y Loaiza 2007: 79, 2010).
Este se basa en áreas de explotación diaria, que son más comunes en regiones tropicales con una mayor dependencia del consumo de plantas (Kelly 1995: 120; Binford 2001: 276).
Las diferencias de tamaño entre los sitios pueden explicarse como efecto de la variabilidad en la intensidad de uso, el tiempo de ocupación y el número de personas que los habitaron (Binford 2001: 307).
Hacia el Holoceno medio, el desarrollo de un modo de vida horticultor, basado en el cultivo de plantas como el maíz (Zea mays), la mandioca (Manihot esculenta) y el fríjol (Phaseolus vulgaris), debió de ajustar los pulsos de la movilidad (Aceituno y Loaiza 2007, 2014, 2018).
Este punto no es muy claro, dado que no se advierten cambios significativos en los sitios coincidentes con la aparición de cultígenos en el registro arqueológico.
Sea como fuere, todo indica que la movilidad residencial fue el modelo que se mantuvo como Byrd et al. 2016; Villaverde et al. 2016).
El análisis de superficies de coste elabora modelos sobre movilidad a partir del estudio de los factores paisajísticos que la condicionan.
El presente estudio no pretende reconstruir los caminos antiguos, sino esbozar con carácter exploratorio potenciales rutas de comunicación que puedan relacionarse con el patrón de asentamiento.
La capa básica es la "superficie de coste".
Representa la distribución espacial de la variable de coste, la cual cuantifica la resistencia diferencial al movimiento a través del paisaje.
Dicha variable suele expresarse en unidades de tiempo o velocidad y se calcula en función de dimensiones relevantes para el desplazamiento, como la topografía, la litología o la cubierta vegetal.
La variable usada con más frecuencia es la pendiente topográfica.
El uso de algoritmos basados en la topografía se debe tanto a su significativa influencia en el tránsito como a su relativa estabilidad, al menos a escala general y a largo plazo (Bell et al. 2002).
Por supuesto, los cursos de agua o la vegetación influyen al recorrer el paisaje.
Igualmente, factores sociales, como las fronteras, o ideológicos, como los tabúes o la sacralización del paisaje, que no han dejado marcas fáciles de identificar arqueológicamente, también condicionan las rutas seguidas por la gente.
Para la elaboración de la superficie de coste, hemos utilizado exclusivamente la pendiente topográfica, asumiendo esta como condicionante fundamental del desplazamiento.
Otro factor importante como los cursos de agua, en nuestro caso son de orden menor, al ser fácilmente vadeables en la mayoría de las condiciones.
La capa se ha elaborado como sigue:
Obtención del modelo digital de elevaciones (MDE) con el que se creará la capa de pendientes.
El MDE usado es el SRTM DEM, creado por la NASA3, en concreto la versión procesada y distribuida por el Consortium for Spatial Information (CGIAR)4 (Jarvis et al. 2008), con una resolución espacial de 3 segundos sexagesimales, lo que equivale a unos 90 m.
Elaboración de la capa de pendientes, expresadas en porcentaje, a partir del MDE5.
Elaboración de la capa de costes (Fig. 4A) a partir de la de pendientes.
La variable de coste utilizada en este trabajo es el inverso de la velocidad o, en otros términos, la "lentitud", y se basa en el algoritmo formulado por Gorenflo y Gale (1990: 244), que calcula la velocidad de marcha a partir de la pendiente del terreno.
Donde v es la velocidad (en km/h), s es la pendiente (en tanto por uno, esto es, la tangente del ángulo) y e es la base del logaritmo natural.
La velocidad se calcula mediante la fórmula citada y, a continuación, se convierte a valores de "lentitud" en seg/m.
Sitios arqueológicos y transitabilidad
Este estudio de la movilidad busca, en primer lugar, explorar el posible vínculo de los sitios arqueológicos con las rutas potenciales de circulación.
Para ello hemos elaborado un mapa de movilidad potencial o transitabilidad mediante el análisis MADO.
Este método de modelización de la movilidad establece caminos óptimos (rutas de más fácil desplazamiento) desde un punto determinado, a través de un área dada y sin un destino concreto (formulación completa en ).
Combina el análisis de superficies de coste con el modelado hidrológico para generar una red de rutas de forma dendrítica cuyo ramal principal parte del punto origen y del que van surgiendo ramales al distanciarse de él (Fig. 4B).
Una capa MADO vendría a representar las líneas de más fácil tránsito desde un punto de origen concreto.
El proceso de elaboración del MADO es el siguiente:
Creación de la capa de "coste acumulado" (o "coste-distancia") 6 desde el punto de origen.
Esta capa muestra la distancia, en unidades de coste (p. ej., tiempo), entre el punto de origen y cada punto del área de estudio.
Generación de la capa "dirección del flujo" 7 a partir de la capa de coste acumulado.
Generación de la capa MADO (Fig. 4B) mediante la herramienta de "acumulación del flujo" 8.
En la capa resultante cada posición del área de estudio tiene un valor de acumulación que expresa el grado de accesibilidad de dicha posición.
Este valor es máximo en el punto de origen y va disminuyendo a medida que nos alejamos de él.
El MADO modela las rutas más fácilmente transitables desde un punto concreto (una aplicación para el ámbito colombiano en Aceituno y Uriarte 2018).
Para valorar la movilidad general en el Cauca 9 hemos superpuesto MADO tomados desde varios puntos, siguiendo a sus propios formuladores (Parcero-Oubiña et al. 2009; Fábrega-Álvarez et al. 2011; Fábrega-Álvarez 2016: 177-181).
El resultado es un mapa de transitabilidad (Fig. 4C), esto es, de las rutas más fácilmente practicables en el conjunto del área de estudio, elaborado como sigue:
Creación de la capa de puntos desde los que vamos a generar los MADO.
Dicha capa es una malla ortogonal de puntos, lo suficientemente densa como para ser una muestra representativa de los posibles puntos de origen en el área de estudio 10.
Generación del MADO de cada punto de la malla.
10 Características de la malla ortogonal: El paso de malla es de 2500 m en longitud y latitud.
A partir de los MADO generados se crea una capa resumen que expresa la movilidad potencial en el área de estudio, la capa de transitabilidad (Fig. 4C).
El resultado es una capa en la que los valores altos "dibujan" una red de rutas preferentes, mientras que los valores bajos se distribuyen por el resto del área de estudio, en los espacios entre dichas rutas.
Después se analiza la relación del MADO promedio con la capa de yacimientos para valorar la mayor o menor vinculación de estos a las rutas potenciales.
Para ello se ha cuantificado la transitabilidad del entorno de los yacimientos comparándola estadísticamente 12 con una muestra de control, formada por ubicaciones aleatorias (Fig. 4D).
Primero se genera una capa con 100 puntos aleatorios dentro del área rectangular mínima que enmarca los 25 yacimientos 13 y después un área circular de 1 km de radio en torno a cada localización 14 (yacimientos y puntos aleatorios).
Se calcula la transitabilidad media de cada área circular, a partir de la capa MADO promedio, tabulando los valores resultantes de cara al análisis estadístico 15.
El valor resultante expresa la idoneidad de un área concreta para ser recorrida; cuanto mayor sea, más fácil será el tránsito.
En nuestro caso, hemos calculado la transitabilidad media del entorno próximo de cada localización (yacimientos y puntos aleatorios), entendiendo como "entorno próximo" la citada área circular de 1 km de radio.
Al final los valores de transitabilidad media de los yacimientos se comparan con los de los puntos aleatorios.
Caminos óptimos y distancias
El análisis MADO ha sido complementado con la exploración de la movilidad entre sitios arqueológicos mediante el cálculo del "coste-distancia" y el trazado de "caminos óptimos" entre yacimientos (Fig. 5).
El "coste-distancia" (o "coste acumulado") es la distancia, en unidades de coste (en nuestro caso, unidades de tiempo), que separa una ubicación de otra.
La aleatoriedad de la muestra se ha contrastado mediante el análisis del vecino más próximo (ArcGIS-ArcToolbox-Spatial Statistics Tools-Analyzing Patterns-Average Nearest Neighbor), con resultados positivos: índice del vecino más próximo=1,064; puntuación z=1,225, p-valor=0,221.
15 ArcGIS-ArcToolbox-Spatial Analysis Tools-Zonal-Zonal Statistics as Table. das de visu, están vinculadas a las subcuencas hidrográficas del río Cauca: San Francisco, Chinchiná, Otún, Consota, La Vieja y Quindío.
El trazado de rutas resultado del análisis MADO indica una clara relación entre las zonas de mayor transitabilidad y la ubicación de los sitios arqueológicos (Fig. 4D).
La comparación mediante un diagrama de caja (Fig. 6A) muestra, en líneas generales, valores más altos para los sitios arqueológicos.
La diferencia estadísticamente significativa entre ambos grupos, según la prueba de Mann-Whitney (Tab.
1), corrobora esta observación.
Además, solo La Selva (1), El Recreo Cancha (2), El Perro (3), Campoalegre (13) y El Guatín (19) tienen valores inferiores a la mediana de los puntos aleatorios, esto es, pueden considerarse poco accesibles, mientras que los otros 20 la superan.
Con el fin de evaluar la posible variación temporal de tal vinculación, hemos explorado la relación de los valores de transitabilidad de los sitios arqueológicos con sus dataciones radiocarbónicas.
El gráfico de dispersión de los valores medios de las fechas BP versus los valores medios de transitabilidad de las áreas 1 km de los 25 yacimientos (Fig. 6B), no parece mostrar variación alguna en función de la cronología.
El análisis de regresión (Tab.
2) refuerza de manera concluyente esta idea, al mostrar una relación prácticamente inexistente.
La figura 5B muestra el mapa con las rutas de menor coste generadas y la tabla 3 los costes medidos en tiempo y distancia entre pares de sitios.
Destaca la ruta 1, que conecta los sitios localizados en el valle del río San Eugenio (cuenca Campoalegre) con los contextos ubicados en el abanico Pereira-Armenia, entre el río Otún y Consota.
Esta ruta aprovecha un corredor natural que cruza una línea de cumbres, asociadas a la curva de nivel de los 2.000 m s. n. m., que separa ambos pisos altitudinales.
Esta ruta cruza dicha línea de cumbres por el Alto del Boquerón a 1.774 m s. n. m., entre el Alto de la Cruz y el Alto Vázquez, y desciende hasta los contextos del río Consota en la actual ciudad de Pereira, a una altitud entre los 1.250 y los 1.500 m s. n. m.
Este recorrido aprovecha este paso natural donde la sierra es más baja, conectando tres cuencas hidrográficas (Campoalegre, Otún y Consota) con la "suela plana" del río Cauca (900 m s. n. m.), donde por el momento no se han reportado sitios arqueológicos precerámicos.
Esta gran ruta se bifurca antes del Alto del Boquerón, en el gran flujo de depó-Fig.
Zona de estudio (Cauca medio, Colombia): A. Diagrama de caja donde se comparan los valores de transitabilidad de los sitios arqueológicos con los de los puntos aleatorios.
B. Diagrama de dispersión donde se relacionan las fechas BP de los sitios arqueológicos con sus correspondientes valores de transitabilidad. e) Ruta 6: Entre La Selva (1) y los sitios del río Consota, desciende por valles estrechos, cruzando por vados naturales la cuchilla Chaquiro y la cima del Rayo, hasta llegar a la altura del río Otún a unos 1.280 m s. n. m., desde donde se alcanza la planicie ondulada donde se localizan los sitios más próximos al río Consota.
GRUPO N Rango promedio
f) Ruta 7: Va desde el valle del río San Eugenio hasta los sitios del río Quindío.
Transcurre por un pequeño valle a unos 1.700 m s. n. m., delimitado por la cima de La Paloma y el Alto del Toro.
Al llegar al río Otún (1.770 m s. n. m.) se atraviesa el piedemonte del Páramo de Santa Rosa por la franja altitudinal entre los 1.700 y los 1.800 m s. n. m. g) Ruta 8: Desde el sitio Chaguala (25) hasta los del río Consota, esta ruta cruza en dirección surestenoroeste la planicie del abanico Pereira-Armenia -con múltiples quebradas afluentes del río La Vieja-, como un corredor altitudinal que baja desde los 1.768 m s. n. m. del sitio Chaguala (25) a las altitudes, ya señaladas, del valle del río Consota.
La figura 5B muestra la coincidencia de los grandes clusters en una gran ruta que va desde El Recreo Cancha (2) y El Perro (3) hasta los sitios del abanico fluvio-volcánico Pereira-Armenia, antesala de las tie-rras bajas de la "suela plana" del valle del río Cauca.
Son su eje central los valles de los ríos San Eugenio y Campoalegre y el paso natural desde el Alto del Boquerón al abanico Pereira-Armenia.
Por esta ruta, a la cual están asociados la mayoría de los yacimientos, transcurre la carretera Panamericana que conecta la Cordillera Central con el valle del río Cauca, siendo una de las rutas actuales más importantes que conecta en dirección norte-sur los Andes colombianos.
Ya hemos señalado en la introducción el gran desarrollo del estudio de las rutas de movilidad y la creciente aplicación de los SIG a través del análisis de costes.
Muchos de estos trabajos -entre los que se encuentra el aquí presente-se han centrado en regiones montañosas, cuyo paisaje, especialmente la topografía, condiciona la movilidad de manera crucial.
Dos han sido las herramientas metodológicas empleadas (Fig. 7).
La primera es el trazado de caminos óptimos, una herramienta SIG convencional muy frecuentemente usada en los estudios arqueológicos de movilidad.
La segunda es el análisis MADO, diseñado en el seno de la propia investigación arqueológica y con menor difusión hasta la fecha, aunque con un gran potencial.
Mientras los caminos óptimos vinculan pares de localizaciones, el análisis MADO relaciona una localización con el conjunto del área.
Asimismo, la combinación de varios MADO, tomados desde diferentes puntos, nos ha permitido aproximarnos a la estructura general de movilidad de la región y, después, analizar la ubicación de los sitios arqueológicos en relación con esa estructura.
La red de rutas establecidas mediante los caminos óptimos y el análisis MADO suma elementos al paisaje arqueológico del Cauca medio que aportan claves para entender el territorio de esta región andina desde la movilidad y transitabilidad.
La prolongada ocupación de los sitios analizados en el texto da cuenta de las posibilidades del territorio para una próspera cultura de cazadores-recolectores y cultivadores incipientes de selvas de montaña.
Sus redes de caminos formarían parte de un territorio con diferentes escalas espaciales de movilidad y de interacciones inter-grupales que, por el momento, desconocemos.
Las áreas donde se congregan los sitios arqueológicos, de alguna forma representan un patrón de asentamiento asociado con locaciones estratégicas para aprovechar los recursos medioambientales y mantener interacciones intergrupales.
Tales caminos permitirían el tránsito de personas, ideas y sobre todo la interacción entre los grupos o unidades sociales autónomas que configurarían el pai- saje.
Las rutas ayudan a optimizar los contactos entre la gente, la búsqueda de recursos y el traslado de unas zonas a otras, en una estrategia itinerante de ocupación del territorio.
Las características de los sitios arqueológicos se corresponden con un modelo de movilidad residencial con reocupación de los sitios habitacionales, como indican las secuencias estratigráficas de los sitios intervenidos.
Esto indica que el modelo se mantuvo durante milenios en esta zona montañosa del Cauca Los caminos trazados (MADO, análisis de mínimo coste) conectarían los movimientos entre campamentos residenciales y entre estos y la explotación del cuarzo lechoso del sitio El Antojo (5).
Como no sabemos cuántos campamentos formarían parte de un ciclo anual, es difícil calcular las distancias promedio a partir del registro arqueológico.
Algunos datos etnográficos pueden servir de referente.
En otros grupos que habitan en diferentes regiones tropicales del planeta, se ha calculado una distancia promedio alrededor de unos 8,8 km (Siriono, Agta, Batak, Aka, Vedda, Mbuti y Semang) (Kelly 1995: 114).
Desde un punto de vista arqueológico, definir o estimar la intensidad de los movimientos es una tarea ardua.
Según el principio de optimización que rige la teoría del modelo de óptimos forrajeros (Cooding y Bird 2016; Stiner y Khuhn 2016), los grupos que practican movilidad residencial deben cambiar de campamento cuando los costes de obtención de alimentos, por unidad de tiempo, igualan o incluso superan los beneficios.
Entonces, es más eficiente cambiar de campamento residencial que alargar el radio del área de captación de recursos, que implica más tiempo en la adquisición y en el transporte de los recursos a los campamentos residenciales (Morgan 2009; Venkataraman et al. 2017).
Para estimar la duración de los campamentos se deben tener datos sobre ubicación de recursos y costes de obtención.
Sin dichos cálculos, principalmente por ausencia de datos, sí se puede plantear que la intensificación de la producción, mediante la horticultura, alterara de algún modo el pulso de la movilidad, reduciéndola en proporción directa a la producción de alimentos, como sugieren los datos etnográficos (Binford 2001: 189).
Un dato importante a considerar es que la aparición de la horticultura en la zona coincide con la máxima expresión del óptimo climático entre el 7000 y el 6000 BP, un período más cálido y húmedo con temperaturas entre 1 y 2 °C superiores a las actuales (Melief 1985).
La duración de los campamentos en grupos contemporáneos varía entre la alta movilidad de los Nukak-Makú, o una movilidad anual más restringida.
La ausencia de estaciones térmicas en el Neotrópico y la homogeneidad en la distribución de los recursos bióticos (entre los 1.000 y los 2.800 m s. n. m., pisos templado y frío) implica una modalidad residencial muy diferente a la de las zonas templadas, donde operan modelos de complementariedad altitudinal según la estación térmica (Morgan 2009; García-Moreno et al. 2012).
En términos ambientales el manejo altitudinal estaría más marcado por la localización de áreas de recursos y el grado de agotamiento de recursos o de buenos suelos para el cultivo de plantas, que por una distribución altitudinal de recursos estratégicos.
Igualmente, el uso de materias primas locales para la manufactura de artefactos excluye la hipótesis del abastecimiento de rocas como determinante de la mo- vilidad.
Únicamente a partir de la cota de los 2.800 m s. n. m., que inicia la transición hacia el páramo, cambian mucho la fauna y, sobre todo, la flora, desapareciendo los bosques a favor de la vegetación herbácea y arbustiva.
Hasta el momento no hay evidencias arqueológicas de la explotación de dicho piso altitudinal en el Macizo Volcánico.
El registro arqueológico no muestra claras evidencias de cambios en el modelo, aunque no descartamos que los hubiera.
No varían significativamente ni el tamaño de las ocupaciones, ni el patrón de descarte de la tecnología lítica.
Tampoco aparecen formas de almacenamiento como la cerámica o silos que indiquen con más o menos claridad una ocupación más prolongada de los asentamientos.
La única evidencia son las huellas de poste registradas en el sitio La Pochola (9) y asociadas a una fecha de 6743 ± 45 BP.
Indicarían construcciones más sólidas, vinculadas con un cultivo de plantas, que permitiría una reducción de la movilidad (Aceituno 2019: 205).
Pero siguen faltando en el paisaje campamentos logísticos asociados con una mayor duración de los campamentos residenciales para aprovechar recursos, más allá del radio de forrajeo diario.
Esto sugiere que los grupos que ocuparon la zona, a pesar de la producción de alimentos, mantuvieron la movilidad como estrategia de ocupación del territorio, practicando una horticultura itinerante (Aceituno y Loaiza 2007: 95).
La estrategia está registrada en grupos de selva tropical como los Nukak-Makú (Politis 1996), los Hoti (Venezuela) (Politis 2005) o los Huaorani (Amazonía ecuatoriana) (Rival 1999: 102).
Esto prueba una vez más que producción de alimentos no se traduce automáticamente en sedentarización.
La estabilidad en el registro arqueológico y la permanencia en la región que muestran las fechas de radiocarbono (Fig. 3), indican la adaptación a largo plazo de los grupos a los eventos volcánicos registrados en la zona durante el Holoceno (Dickau et al. 2015).
La evolución climática durante el Holoceno tampoco afectó a la configuración de la zona de estudio en términos de cobertura vegetal, como hemos podido observar a través de las columnas de polen de los sitios El Jazmín (7), Campoalegre (13), La Pochola (9) y La Selva (1) (Aceituno y Loaiza 2007: 84; Mercado 2010 18; Aceituno 2019: 207).
Las áreas de cultivo, con suelos preparados durante generaciones, se convertirían en un recurso espacial muy importante, que probablemente demandó algún tipo de acuerdos o normas sobre derechos de uso en-tre las unidades sociales de la zona.
La dispersión de estas áreas en el territorio puede ser vista como una especie de almacenamiento espacial que mejora la predicción de los recursos y su accesibilidad anual, reduciendo el riesgo y la incertidumbre.
Este tipo de movilidad tiene ventajas adicionales como posibilitar la recuperación de los suelos y reducir la presión sobre la caza, un recurso crítico que no es muy abundante en términos de biomasa secundaria en los bosques tropicales (Aceituno y Loaiza 2007: 96).
En esta estrategia de manejo itinerante del territorio, los caminos jugarían un papel clave en los desplazamientos a los lugares de explotación de los recursos y, probablemente, también al elegir el emplazamiento de los sitios.
Esto se observa, p. ej., en los contextos localizados en los valles San Eugenio y Campoalegre, una ruta que, a mayor escala, forma parte de un corredor natural de comunicación entre los valles subandinos, a unos 1.650 m s. n. m. de promedio (piso templado del Macizo Volcánico), con el valle del río Cauca, a unos 900 m s. n. m. de promedio (piso térmico cálido).
Surgen preguntas sobre la tipología de los potenciales caminos.
Sea como fuere, su arquitectura guardaría relación con la intensidad de los intercambios, los medios de transporte utilizados y el volumen de carga involucrada.
En el Cauca, los caminos se ajustarían a la escala del desplazamiento, dado que estamos ante sociedades pedestres, que nunca usaron animales para desplazarse de un sitio a otro.
Algunas referencias actuales pueden ser útiles para comprender cómo pudieron señalizar estos caminos.
Entre los Nukak una de ellas es la alteración de la vegetación y la concentración de algunos tipos de plantas alrededor de los espacios usados como campamentos o huertos (Cárdenas y Politis 2000: 85-87).
La dispersión de semillas alrededor de los caminos pudo ser una estrategia para delimitar zonas de tránsito en el territorio.
La necesidad de compartir también demanda infraestructuras de comunicación.
En grupos cazadoresrecolectores, el acto de compartir y la reciprocidad son dos estrategias clave encaminadas a mantener el orden social, mediante la resolución de conflictos y los acuerdos sobre el derecho de uso del territorio.
La colaboración entre bandas se materializa en la existencia de redes de intercambio, que definen mejor los límites territoriales de grupos móviles, donde el intercambio de información con grupos vecinos es clave en su supervivencia (Sauvet 2017).
La modelización de caminos que hemos presentado es importante para comprender el manejo del espacio de los grupos tempranos que habitaron esta región andina, en la medida en que las rutas formarían parte de la imagen del territorio que cada individuo tendría en su mente y su memorización serviría para mantener vivas las redes de inter- cambio en una territorialidad cuyos límites eran desconocidos.
Los datos arqueológicos correspondientes a la margen derecha de la cuenca media del río Cauca (Macizo Volcánico) sugieren la ocupación del territorio por las sociedades a pequeña escala que poblaron esta zona de los Andes colombianos en la transición Pleistoceno/ Holoceno.
La secuencia cronológica y las características de los sitios arqueológicos indican que esta región estuvo habitada hasta finales del Holoceno medio por sociedades móviles que vivieron de la caza, la recolección y la horticultura.
El modelado de dichas rutas presentado en este trabajo no trata de reconstruir los caminos del pasado, sino de aportar elementos para entender en clave espacial y territorial el registro arqueológico de esta región andina.
Los caminos trazados mediante herramientas SIG representarían movimientos residenciales como estrategia de ocupación del territorio, cuya intensidad y distancia entre campamentos es difícil de calcular.
Los datos indican que el modelo de movilidad se mantendría durante milenios, lo que no significa ausencia de cambios, p. ej., en la duración de los campamentos, dado que el desarrollo de la producción de alimentos de alguna manera tuvo que modificar los pulsos de movilidad en la zona.
La movilidad como estrategia de ocupación requiere la fijación o el trazado de rutas en el espacio, como parte de la arquitectura antrópica del territorio.
En sociedades nómadas los caminos se convierten en instrumentos anclados en el paisaje que optimizan los cambios residenciales, el aprovechamiento de los recursos y posibilitan manejar los límites territoriales y, especialmente, mantener vivas las redes sociales que viabilizan la supervivencia de una sociedad.
Nada nos indica que no fuera así durante una gran parte de la historia del Holoceno, conservada en los sitios arqueológicos del Cauca medio.
Los datos utilizados sobre la ubicación de los sitios y las fechas de radiocarbono han sido publicados por investigadores a quienes queremos reconocer sus valiosos aportes a la arqueología del Cauca medio (en orden alfabético): Martha Cano, Ruth Dickau, Leonor Herrera, Nicolás Loaiza, Carlos López, Anthony Ranere, Carlos Restrepo y Michael Tistl (q. e. p. d.).
A la empresa IN-TEGRAL por facilitarnos los informes del proyecto de arqueología preventiva Autopistas del Café.
A Alexander Clavijo por facilitarnos el informe correspondiente al Gasoducto de Occidente (INCIVA).
Al Instituto Colombiano de Antropología e Historia por facilitarnos el informe correspondiente con la excavación del sitio Los Arrayanes (ECOPETROL).
El informe correspondiente a la cita Rojas y Tabares 2000 fue facilitado por Dionalver Tabares.
El informe correspondiente a la cita Restrepo 2013 fue consultado en la biblioteca del ICANH.
Agradecemos a los evaluadores sus pertinentes comentarios para mejorar la versión final del artículo.
En la versión en línea (menú Herramientas del artículo) puede consultarse un archivo complementario en formato Excel, que incluye las referencias de las fuentes inéditas de las que proceden algunas de las dataciones radiocarbónicas que se mencionan en dicho archivo: AC1.
Sitios arqueológicos y dataciones radiocarbónicas de la zona de estudio (Cauca medio, Colom-
R cuadrado ajustado Error estándar de la estimación |
Biometrías de los restos de Canis del hoyo I-J/88-89 de La Velilla (Osorno, Palencia)
D: Derecho; S: Izquierdo.
Las mandíbulas y todos los restos postcraneales corresponden al perro no 1.
Dos tumbas individuales calcolíticas en las inmediaciones de los dólmenes de Osorno y Simancas... |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
Con motivo de presentar dos tumbas individuales en fosa inéditas, se aborda un estudio de conjunto sobre las prácticas funerarias del Calcolítico Precampaniforme en la submeseta norte española.
Pese a su carácter mayoritario en el registro arqueológico, se discute la representatividad como norma de este tipo de sepulturas; se rastrean comportamientos propios de rituales de enterramiento en dos tiempos, preludio de los documentados en este mismo espacio en la Edad del Bronce; se aporta información sobre el ADN mitocondrial y sexo molecular de uno de los difuntos, y se pone el énfasis, por vez primera en el Calcolítico de la cuenca del Duero, en el protagonismo de los perros en el mundo funerario.
Por último, la proximidad de las dos nuevas sepulturas a sendos dólmenes -Los Zumacales (Valladolid) y La Velilla (Palencia)-da pie a debatir sobre el inicio de la 'postvida' megalítica en el valle medio del Duero.
El propósito de este trabajo es presentar dos sepulturas individuales del Cobre Precampaniforme y analizar su problemática en el marco de la Prehistoria Reciente del valle medio del Duero.
Una, la localizada en Osorno (Palencia), es rigurosamente inédita, a diferencia de la vallisoletana de Simancas, descrita a vuelapluma hace un cuarto de siglo, pero sobre cuya problemática hemos decidido volver con una documentación osteológica renovada.
La primera fue descubierta en el transcurso de excavaciones de salvamento supeditadas a una gran obra pública, no así la otra directamente exhumada en una intervención de urgencia, después de sufrir grave mutilación durante el ensanchamiento de un camino.
Las sepulturas en cuestión, que revisten la forma de inhumaciones en fosa y que repiten el esquema de la mayoría de las calcolíticas conocidas en el interior de la península ibérica, constituyen una referencia de gran utilidad para el estudio en clave bioantropológica de la población y de las costumbres funerarias de la época.
Además, proporcionan la oportunidad de revisar un tema tan sugestivo y lleno de simbolismo como el de la ofrenda de perros en las tumbas.
Y, finalmente, aportan un muy ventajoso punto de vista para profundizar en el conocimiento del tránsito Neolítico-Edad del Cobre en el sector central de la submeseta norte, no en vano ambas tumbas, en cuanto a ritual funerario, se sitúan en las antípodas de los sepulcros megalíticos localizados en sus inmediaciones (Fig. 1).
DE LA VELILLA, EN OSORNO (PALENCIA)
Tanto por la plataforma cimera del otero que sirve de asiento al túmulo megalítico de La Velilla, dominando la vega del Valdavia, afluente del Pisuerga, como por su vertiente oriental se extiende un "campo de hoyos" cuya trayectoria cubre gran parte de la Prehis-toria Reciente.
Algunos de tales hoyos, correspondientes al Neolítico Interior, fueron descubiertos hace una veintena de años junto al propio dolmen (Delibes y Zapatero 1996), y otros asimismo neolíticos, pero también de las Edades del Cobre y del Bronce han sido detectados a 350 m al SE de él, en el transcurso de la intervención arqueológica efectuada por la empresa Strato SL en agosto de 2006 como apoyo de las obras de la Autovía A-67 en su tramo Osorno-Provedo.
Según la memoria técnica1, en la superficie intervenida, un rectángulo de 120 × 40 m adaptado a la caja de la futura autovía, fueron descubiertas 117 "cubetas", casi todas concentradas en el tramo de la zanja más próximo a la carretera de Abia.
En función de los materiales arqueológicos de su relleno, se han podido atribuir con seguridad 1 al Neolítico Antiguo, 11 al Calcolítico Precampaniforme y 16 a la fase Proto Cogotas I del Bronce Medio, siendo clasificadas las restantes como "prehistóricas indeterminadas".
En la memoria técnica de los trabajos se califica a los hoyos de "vertederos", salvo en el caso de I-J/88-89 (o cubeta 96) reconocido como "contenedor de una inhumación".
El hoyo I-J/88-89, tipológicamente parecido al resto de los excavados, presenta boca circular (1,2 m de diámetro) y paredes verticales que tienden a abrirse en el fondo.
Ello le confiere cierta forma de botella chata, pues su profundidad relativa, tras el drástico decapado de 40/45 cm al que fue sometido todo el yacimiento, apenas sobrepasa el metro.
En el fondo y bien centrada en el hoyo yacía la inhumación, apoyada sobre el costado izquierdo, con las extremidades inferiores flexionadas y contraídas bajo el abdomen, y con los brazos llamativamente separados del cuerpo, sobre todo el izquierdo.
La orientación del esqueleto era norte-sur, con el rostro mirando al este.
En la memoria técnica se especifica que el relleno de la fosa, uniforme de techo a suelo, era de tierra cenicienta rica en materia orgánica y en restos de vasijas y de fauna.
Y, además, se destacan dos detalles: la aparición de numerosos fragmentos cerámicos junto a la espalda y debajo del esqueleto, y la abundancia de huesos de animales cuya posible condición de ofrendas se discute más adelante (Fig. 3).
Localización de la sepultura I-J/88-89: 1. dentro del área de excavación previa a la obra de la autovía en las inmediaciones del dolmen de La Velilla; 2. en Osorno (Palencia).
Este grado de representación anatómica parcial no es obstáculo para diagnosticar con precisión, según los protocolos estándares, el sexo del individuo y su edad de muerte.
Aquel fue asignado a partir de los rasgos morfológicos del cráneo y de la pelvis (Buikstra y Ubelaker 1994; White y Folkens 2005) y la edad fue estimada mediante la observación de la sínfisis púbica y la faceta auricular (Buikstra y Ubelaker 1994; Buckberry y Chamberlain 2002; Schmitt 2004.
De este modo parece firme que los restos corresponden a una mujer fallecida entre los 45 y los 55 años, impresión que confirman otros detalles: los extremos distales de ambos fémures y los proximales de las respectivas tibias, p. ej., evidencian procesos degenerativos en la rodilla, materializados en una ligera modificación de la articulación y en una labiación de sus bordes.
Y no faltan nuevas lesiones osteoartrósicas en las lumbares y en las cervicales.
También es sintomática la presencia de osteofitos asimétricos en los bordes anteriores de los cuerpos vertebrales, así como una notable porosidad de sus superficies proximales y caudales.
En la extremidad superior se aprecian lesiones parecidas, si bien asimétricas en algunas zonas.
Así se detectan signos degenerativos en el extremo distal del húmero derecho (sobre todo labiación de la superficie posterolateral de la tróclea) sin correspondencia en el lado contrario.
Con todas las cautelas, bien pudiera ser el resultado de un tipo de actividad en la que el brazo derecho no tuvo el mismo protagonismo que su opuesto.
Sin perjuicio de lo dicho, la presencia de un trauma en el radio del mismo lado obliga a ser especialmente reservados al respecto.
Mención aparte merecen las alteraciones constatadas en la región articular de los dos dedos pulgares, consecuencia de procesos degenerativos que se materializan en la presencia de osteofitos (labiación continua) en la región posterior de la articulación distal del primer metacarpo de ambas manos (Mann y Murphy 1990).
A priori y debido a su particular manifestación (Fig. 5), la lesión se diría producto de una hiperextensión de tales dedos, muy probablemente en directa asociación a una actividad regular y frecuente que implicara el empleo de cierta fuerza de empuje con la ayuda de las manos.
Con todo, valorando la edad del individuo, podría tratarse de un caso de rizoartrosis (artrosis carpometacarpiana), dada su elevada prevalencia en mujeres posmenopáusicas (Burt et al. 2013), lo que, al menos en parte, llevaría a matizar la actividad física como origen de la lesión descrita.
La ausencia entre el material recuperado de los carpos y de las respectivas falanges proximales impide ir más lejos en la consideración de la hipótesis.
Pero la patología más singular de este individuo es una fractura de Colles, un traumatismo indirecto localizado en el extremo distal del radio derecho que, en este caso, conllevó un desplazamiento dorsal del frag- mento distal (Fig. 6).
Como norma, se plantea que este tipo de lesiones responde a caídas, al estirar los brazos la víctima para minimizar el impacto con el suelo y absorber el radio casi todo el golpe, lo que ocasiona su rotura (Mays 2006).
En nuestro caso, como en la norma, la fractura se produce unos 2 cm por encima de la superficie articular distal del radio, siendo el desplazamiento resultado directo de la dirección y la fuerza del golpe.
Las fracturas de Colles son lesiones traumáticas muy habituales en adultos, muy particularmente en mujeres que han entrado en la menopausia y que sufren procesos osteopénicos severos (Mays 2006; Waldron 2008).
Aunque, en rigor, desconozcamos en qué momento de la vida de esta mujer aconteció el trauma, pues el grado de recuperación es completo, dada la casuística comentada y la senectud de la víctima, parece lógico suponer que tuviera lugar a edad avanzada.
Por último, interesan también otros marcadores bioantropológicos, como la presencia de las denominadas fosas de Allen en los cuellos de ambos fémures (Fig. 7).
La lesión suele ser de origen biomecánico, asociada al hábito de caminar con regularidad por terrenos escarpados, pero en algún trabajo se considera también su posible carácter congénito.
Menos dudas plantea la presencia de fosa septal en los dos húmeros, pues existe amplio consenso sobre su origen epigenético (Mays 2008; Saunders y Rainey 2008).
La fosa septal tiene un foramen en la epífisis distal del húmero que conecta las fosas oleocraneana y coronoidea y que, por lo general, y como ejemplifica este caso, suele ser más frecuente en los individuos femeninos que en los masculinos (Mays 2008).
Fémur izquierdo de la inhumación de La Velilla (Osorno, Palencia).
En el detalle inferior se aprecia una lesión de tipo Fosa de Allen (en color en la edición electrónica).
Los restos de macromamíferos del hoyo I-J/88-89
En el apartado de la memoria técnica dedicado a este hoyo se menciona "una cantidad abundante de restos faunísticos" pero en el Museo Provincial de Palencia apenas se conservan 78 de los cuales solo 65 son identificables.
Siempre son huesos de más de 2 cm, prueba de que en la recuperación no medió cribado, y corresponden a fauna doméstica habitual en el Calcolítico de los géneros Bos (4 piezas) y Canis (58), así como de la subfamilia Caprinae (3).
Los huesos de vacuno y ovicápridos presentan fracturas antiguas y pertenecen a zonas anatómicas muy distintas por lo que es probable que llegaran a la fosa accidentalmente, junto a las tierras del relleno del hoyo.
Los 58 restos de cánido (Anexo 1) se han atribuido a dos ejemplares domésticos (Canis familiaris), uno enterrado completo junto a la inhumación humana, al que corresponden 57 piezas (perro n.o 1), y el otro (n.o 2) exclusivamente representado por el cráneo.
La muestra utilizada (IHC-1 01) fue un fragmento de peroné, enviado al Laboratorio de Radiocarbono de Poznan donde fue datado mediante técnica AMS con el siguiente resultado: Poz-43074) 4170 ± 35 BP (Fig. 8).
LA FOSA DE CAMINO DE TRASCABAÑAS, EN SIMANCAS (VALLADOLID)
Descubierta en 1985 por J. del Olmo, fue dada a conocer por error como "fosa de Ciguñuela" debido a su cercanía a esta localidad (Delibes 1987); pero el punto en el que se sitúa el yacimiento, a 750 m s.n.m. y en las coordenadas UTM X: 346.428, Y: 4.608.750 (datum ETRS89 UTM 30N), corresponde inequívocamente al término municipal de Simancas.
Fue localizada -y, en gran medida, destruida-al ampliarse el camino de Trascabañas, a unos 30 m de su intersección con el de Simancas a Ciguñuela, en la margen septentrional de una pequeña cuenca modelada por los arroyos de Santa Marina y de Rodastillo, afluentes del Pisuerga, en cuyo centro se sitúa el dolmen de Los Zumacales (Alonso Díez et al. 2015).
Aunque unas suaves lomas impiden la intervisibilidad, a los yacimientos solo les separa un cuarto de hora de marcha (Fig. 9).
Unos meses después del descubrimiento de la fosa, literalmente colgada en el talud del camino, uno de nosotros (GDC) efectuó una pequeña intervención de urgencia.
En ella, pese a la desaparición de más de Trab.
Prehist., 76, N.o 2, julio-diciembre 2019, pp. 236-253, ISSN: 0082-5638 https://doi.org/10.3989/tp.2019.12235 dos tercios del contenedor funerario, todavía pudo reconocerse la forma de un hoyo cilíndrico cuyas paredes tendían a cerrar hacia la boca (Fig. 10), y también apreciarse cómo en su fondo, envueltos en un sedimento carbonoso muy oscuro, se disponían un hogar delimitado por un anillo circular de barro, fuertemente endurecido por el fuego, y huesos humanos en conexión, entre ellos un cráneo que reposaba directamente sobre el anillo.
Además, por encima y a modo de protección, existía una capa de bloques calizos y de cantos rodados, y a techo de todo ello un tapón de greda limpia, blanquecina, que alcanzaba hasta la superficie del suelo actual (Fig. 10).
Lo mismo en el nivel carbonoso que en el de greda se hallaron restos arqueológicos dispersos -una esquirla de hueso pulimentada, pequeños fragmentos de cerámica, lascas de sílex-que difícilmente, dada su irrelevancia, pueden considerarse elementos de ajuar.
Sin embargo, tanto las formas globulares de ciertos vasos como la decoración de uno de ellos -una fina acanaladura horizontal paralela al borde, muy representativa de la alfarería del grupo Las Pozas-permiten asignar la sepultura al Calcolítico Precampaniforme (Delibes 1987).
La evidencia antropológica recuperada en el hoyo asciende a poco más de treinta huesos, en general mal conservados debido al recorte del hoyo por la obra del camino pero también a alteraciones previas cuya génesis hay que buscar en los procesos tafonómicos que modificaron el depósito funerario.
Los indicios más elocuentes en este sentido son algunas líneas de fractura, el deterioro de parte de los tejidos corticales y, especialmente, la desaparición sistemática de aquellas regiones anatómicas con predominio de hueso esponjoso.
Aunque la representación anatómica sea muy limitada, la coherencia morfo-anatómica de las evidencias óseas recuperadas se compadece con la idea de que todos los restos pertenecen a una misma persona, y revela que el enterramiento de Trascabañas era individual.
Más comprometido, dada la escasez de las pruebas arqueológicas, es dilucidar si era depósito primario o secundario, aunque la diversidad de regiones esqueléticas representadas y la supervivencia de piezas óseas de pequeña entidad (falange, metacarpos...) parezcan más compatibles con la primera idea.
La región anatómica más completa es, con diferencia, el cráneo -frontal, ambos parietales, occipital, así como buena parte de la mandíbula-, seguida de la extremidad superior izquierda, incluida la clavícula de ese lado.
En el extremo opuesto, faltan las piezas correspondientes a la cintura pélvica, a la extremidad inferior o al raquis vertebral.
En definitiva, el individuo está representado únicamente por parte de los huesos de la mitad superior del esqueleto (el resto habría desaparecido por la destrucción del yacimiento) y, en especial, de su lateral izquierdo, detalle este que responde a que el cadáver se apoyaba precisamente sobre este costado, lo que le sirvió de protección (Fig. 11).
Obviamente, la mencionada subrepresentación anatómica limita el alcance de las valoraciones bioantropológicas relativas a este individuo, pero no impide ciertas consideraciones sobre su condición sexual y edad de muerte.
Las características morfológicas del cráneo (los fragmentos conservados de la región frontal, proceso mastoideo, occipital y mandíbula) manifestarían su probable carácter femenino, lo mismo que el tamaño y la gracilidad de los pocos huesos recuperados del esqueleto postcraneal.
Además, el desgaste de las superficies oclusales de los molares apunta a una muerte entre los 30 y los 45 años (Buikstra y Ubelaker 1994), edad de muerte que se confirma ponderando el desgaste de las superficies oclusales de las piezas dentales delanteras.
Y, complementariamente, el grado de exposición de la dentina secundaria en los primeros y segundos molares de la mandíbula, aparte de indicar la ingesta habitual de productos abrasivos con la dieta, denota también el fallecimiento con toda probabilidad entre los primeros 40 y los 55 años (Buikstra y Ubelaker 1994).
Finalmente, no se advierten lesiones ni alteraciones óseas significativas, aunque la apreciación solo sea aproximativa dada la parcialidad y precario estado de conservación de la muestra.
En el contexto de la tesis doctoral de Palomo-Díez (2015) se llevó a cabo el análisis genético de las Regiones Hipervariables I y II del ADN mitocondrial del individuo de Trascabañas.
Una vez determinado el haplotipo, se trató de asignar el haplogrupo mediante la búsqueda en tres bases de datos de ADN mitocondrial (EMPOP, mtDNA Manager y Ibermitobase) y utilizando la herramienta Haplogrep.
Así, según Haplogrep, el haplogrupo más probable del individuo sería el U5b2a1a2; según EMPOP, el más probable sería el H4a1a1a1; respecto a Ibermitobase, también lo ubicó en los haplogrupos U3 o U5b; y por su parte mtDNA Manager no consiguió asignar ningún haplogrupo.
Ante esta diversidad de resultados, se llevó a cabo un segundo análisis genético, profundizando en el estudio de la porción codificante del ADN mitocondrial, concretamente en la posición 12308, que permitiría descartar o confirmar la pertenencia a la rama U. De este modo, se hallaron los polimorfismos 12308A y 12312C.
Esto descartaría la pertenencia a cualquier haplogrupo de la rama U, dado que para ello en la posición 12308 debería haber una guanina (G) en lugar de una adenina (A).
Adviértase que el haplotipo mitocondrial del individuo de Trascabañas es muy poco Para la determinación genética del sexo del individuo también se estudió un fragmento del gen de la amelogenina mediante Real Time PCR, realizándose cuatro amplificaciones independientes de dicho marcador (dos y dos, a partir de muestras distintas) que permitieron diagnosticar el sexo molecular del individuo como varón.
Con arreglo al protocolo, se consideró válido el resultado del sexo molecular tras replicarlo en los 4 análisis independientes.
La muestra (GGN 01), con contenido en colágeno 1,5 % N y 6,7 % C, fue un fragmento distal de la diáfisis del húmero derecho.
Norma funeraria y aspectos bioantropológicos
Su estudio ha progresado en los últimos años, a raíz de descubrirse numerosas sepulturas a uno y otro lado del Sistema Central, pero la gestión de la muerte entre las comunidades calcolíticas precampaniformes de la meseta sigue siendo un tema mal conocido, revelándose excesivamente reduccionista la idea inicial de que frente a los osarios colectivos de los viejos dólmenes se impuso un modelo de tumba individual, en fosa, que introducía la doble novedad de anteponer los valores personales a los comunitarios y de ocultar la muerte (Esparza et al. 2008: 32; Delibes 2014: 107).
Una de las razones es que el número de sepulturas conocidas es demasiado bajo para no sospechar que los enterramientos depositados en ellas solo representan la excepción de una norma que la arqueología aún no ha logrado descifrar.
Algunos investigadores, atendiendo al hecho de que no pocas de las fosas acogen enterramientos parciales e inhumaciones en fase de momificación y advirtiendo asimismo el acusado aislamiento de tales tumbas, que jamás se agrupan en necrópolis, se preguntan si el primer destino del grueso de la población fallecida no habría sido un gran osario similar a los documentados en otras zonas peninsulares, caso de los hipogeicos de San Juan ante Portam Latinam y Camino del Molino (Fabián y Blanco 2012: 115).
Y otros, más eclécticamente, se limitan a recordar que los muertos de las fosas no constituyen en determinadas zonas, como el NE de la meseta, sino una fracción de los fallecidos, por haberse buscado acomodo a los restantes en cuevas convertidas en panteones (Atapuerca), en antiguos dólmenes todavía activos (Arroyal I), en fosas colectivas alejadas de los hábitats (Los Cardos) o bajo túmulos de nueva planta, como el de Cótar (Carmona et al. 2013: 74).
La confirmación de la primera de tales hipótesis, extrapolable en líneas generales a los enterramientos de los "campos de hoyos" de la Edad del Bronce de la propia meseta, una vez demostrado que antes de llegar a las fosas muchos de los muertos Cogotas I pasaban tiempo en un expositor o pudridero (Esparza et al. 2012), sigue a la espera del descubrimiento de un gran contenedor de cadáveres primarios, pues la fosa colectiva abulense de El Tomillar, con sus once esqueletos, o la burgalesa de Los Cardos, bastante mayor, son depósitos de enterramientos trasladados o secundarios (Fabián 1995: 147; Arnáiz et al. 1997).
La explicación de Carmona, en principio aplicable a la cuenca del Arlanzón, no lo es tanto para el valle medio del Duero donde ni se conocen osarios en cueva, ni hay constancia de que se levantaran nuevos túmulos, ni los pocos megalitos documentados, como veremos, continuaban operativos en los inicios de la Edad del Cobre.
Pero la representatividad de la muestra no es el único problema relativo al tema de la muerte durante el Calcolítico meseteño.
Otro es la falta de una explicación general de por qué, frente a una mayoría de sepulturas individuales, existen otras múltiples, con varios individuos enterrados conjuntamente.
La fosa n.o 1 del Cerro de la Cabeza (Ávila), que contenía los cuerpos de seis personas asaeteadas, seguramente represente una solución de emergencia (el resto de las inhumaciones del yacimiento son individuales), que se Más, inclusive haciendo abstracción de estas tumbas múltiples que, como decimos, podrían no ser normativas, tampoco entre las inhumaciones simples se dan las regularidades necesarias para deducir la existencia de un patrón funerario definido.
Porque una mayoría de tales sepulturas son primarias, pero las hay también con signos de haber sido realizadas en dos tiempos; porque se registran tanto inhumaciones completas como parciales; porque mientras los cuerpos de los difuntos aparecen cuidadosamente dispuestos en el fondo de algunos hoyos, en otros se diría que han sido despectivamente tirados, sin la menor solemnidad; porque ni siquiera entre los primeros se registran posturas y orientaciones tipificadas; porque, dada la escasez de ofrendas, resta aún por saber hasta qué punto era costumbre o no realizarlas, etc (Fabián 1995; Díaz del Río et al. 1997: 103-105; Aliaga 2008; Esparza et al. 2008; Carmona et al. 2013).
Entendiendo que muchos de tales interrogantes tienen su origen en la cortedad de la muestra documental disponible, nos detenemos a comprobar en qué medida las nuevas tumbas individuales de La Velilla y Trascabañas contribuyen a despejarlos: a.
La posición aislada de ambos hallazgos refuerza la idea de que las tumbas no se agrupan en cementerios o áreas sepulcrales.
En Trascabañas la documentación sobre el entorno es menos contundente, pero I-J/88-89 es el único hoyo funerario de los 11 calcolíticos constatados en La Velilla, no registrándose ningún otro en la casi media hectárea (4800 m 2 ) excavada.
Desconocemos si los 10 hoyos restantes contienen restos de actividades ceremoniales o si -como ocurre en otros yacimientos (Carmona et al. 2013: 55)-son simples silos en espacios específicos de almacenamiento de productos subsistenciales; pero sea cual sea la situación, nuestros documentos insisten en la idea de la "muerte ubicua" defendida por Márquez (2004).
Los nuevos hallazgos en nada modifican la imagen de escasez de enterramientos infantiles, pues los dos esqueletos son de adultos, pero sí es interesante que uno sea de una mujer ya que corrige en parte la severa desproporción habida hasta ahora a favor de las tumbas masculinas (Tab.
La mujer de La Velilla, de edad avanzada o muy avanzada (45-55), supera claramente la media de vida considerada para la población femenina de este periodo (Carmona et al. 2013: 72).
Ello se compadece con las lesiones degenerativas propias del envejecimiento advertidas en su esqueleto: problemas artrósicos en rodillas, en vértebras lumbares y cervicales y en los pulgares de ambas manos, así como una factura de Colles en el radio derecho (con toda probabilidad ocasionada por una caída) pues es lesión común en mujeres mayores afectadas por procesos de osteopenia.
Por último, también se observan patologías vinculables a estrés ocupacional: por un lado, degeneración del extremo distal del húmero derecho, sin correspondencia en el brazo opuesto, fácilmente relacionada con una actividad que exigió utilizar de forma prolongada y recurrente el brazo de ese lado; deformaciones también en los pulgares, producidas, al menos en parte, por hiperextensión de los dedos; y, además, presencia de fosas de Allen en los cuellos de ambos fémures, cuyo origen puede asociarse, entre otros, a caminar por zonas escarpadas (Capasso et al. 1999).
Aunque en Trascabañas solo se recuperara el extremo superior del esqueleto, debido al arrasamiento de casi toda la fosa, y pese al poco cuidadoso levantamiento del cadáver en La Velilla, parece claro que son enterramientos primarios, a distinguir de otros -Cerro de la Cabeza 3, p. ej. (Fabián y Blanco 2012: 109)-con solo parte de los huesos y desorganizados.
Repiten en este sentido la fórmula más común de las inhumaciones individuales calcolíticas y los dos (seguro en La Velilla, muy probable en Trascabañas) adoptan la postura de decúbito lateral flexionado, reveladora de que los cuerpos ya habían perdido el rigor mortis cuando se introdujeron en el hoyo.
No es menos interesante reparar además en que ambos esqueletos, pese a corresponder a individuos de diferente género, se apoyan sobre el costado izquierdo, prueba de que, como se sospechaba (Esparza et al. 2008: 33), el ritual no discriminaba posturas en función del sexo.
Al situarse las inhumaciones de Osorno y Simancas en el fondo de los hoyos se deduce que estos fueron excavados ex profeso, no como otros -p. ej. la fosa 103 de El Hornazo, en Burgos (Carmona et al. 2013: 57) o la mayoría de las de Las Matillas, Madrid (Díaz del Río et al. 1997: 105)-cuya utilización funeraria se materializó cuando ya se hallaban medio rellenos de detritus.
Sin embargo, en ambos casos el depósito del cadáver solo se produjo después de cierto acondicionamiento de la fosa, porque el esqueleto de Trascabañas reposaba directamente sobre un hogar anular de barro lleno de brasas y el de La Velilla sobre un lecho o tapiz de trozos de cerámica, especialmente tupido a espaldas de la inhumada.
Las huellas de fuego en sepulturas neolíticas y de la Edad del Cobre son frecuentes y, aunque no siempre esté claro a qué gestos responden (Zammit 1991; Fernández Crespo 2016), sí parece evidente su condición ceremonial en una sepultura calcolítica múltiple de la cueva del Portalón, en Atapuerca, donde en el piso sobre el que descansaban los muertos, también revestido de cerámicas, se disponían varios hogares perfectamente circulares asociados a huesos de cordero (Pérez Romero et al. 2017).
Y respecto a la abundancia de cerámicas en la fosa de La Velilla, una explicación habitual ante hallazgos similares es que se trata de las vasijas procedentes de festejos relacionados con la despedida del difunto (Carmona 2011: 504-505; Fabián y Blanco 2012: 104), unas ceremonias formalmente similares a las celebradas en otros campos de hoyos para reforzar los valores comunitarios (Díaz del Río 2001: 249-250; Blanco González 2014).
Sin embargo, la disposición de los fragmentos formando un pavi-mento opera en contra de la interpretación comensal, pues en el registro de la mencionada sepultura de la cueva del Portalón de Atapuerca queda bien claro que una cosa son los añicos de cerámica que tapizan el suelo y otra las vasijas más o menos completas depositadas como ofrendas o utilizadas en la libación (Pérez Romero et al. 2017).
En Trascabañas la parte superior del cadáver, única conservada, aparecía ostensiblemente lastrada por piedras, hecho que se repite en no pocas fosas calcolíticas: 2 y 4 del Cerro de la Cabeza (Fabián y Blanco 2012: 107 y 110), Soto de Tovilla (Esparza et al. 2008: 16), Colmenares (Herrán y Rojo 1999: 111), etc. El primer pensamiento al respecto es que se trataba de una protección para obstaculizar la profanación de la sepultura y, en consecuencia, que los enterradores concebían las fosas como "tumbas cerradas" -y seguramente no señalizadas-en las que los muertos, encapsulados, quedaban aislados para siempre del mundo de los vivos (Barrett 1988; Thomas 1991: 118; Bradley 1998: 49).
Sin embargo este presumible empeño de ocultar y dejar definitivamente atrás la muerte, tan ale- jado por otra parte de la idea tradicional de que enterrar a los difuntos es sobre todo una forma de perpetuar su memoria y de honrarlos como antepasados, no se corresponde por completo con la realidad de los hechos: La posición de una de las fosas de inhumación de Camino de Las Yeseras, p. ej., obligó a desviar el trazado de uno de los fosos, prueba de que disponía de algún tipo de señalización externa (Liesau et al. 2008: 110); y, sobre todo, está plenamente demostrado que inclusive sepulturas con lastre de piedras fueron reabiertas, p. ej. Cerro de la Cabeza 4 cuyo esqueleto sufrió el espolio del húmero derecho y de parte de la mandíbula (Fabián y Blanco 2012: 110).
Todos estos detalles, unidos a la habitual presencia en las tumbas de huesos humanos sueltos que, subrayamos, no corresponden al individuo inhumado (Herrán y Rojo 1999: 118; Aliaga 2008: 33; Fabián y Blanco 2012: 116), sino que han sido incorporados desde otras sepulturas o depósitos, revela que la supuesta estanqueidad de aquellas es muy relativa y que tanto la circulación de reliquias como el culto a los antepasados estuvieron más presentes de lo que habitualmente -por oposición al mundo dolménico-se considera entre las poblaciones del Calcolítico meseteñas (Esparza et al. 2008: 31; Carmona et al. 2013: 74).
La dimensión simbólica de la ofrenda de perros
Ya anticipamos que en el hoyo I-J/88-89 de La Velilla aparecieron restos de dos perros y unos pocos huesos de vacuno y caprino cuya posición exacta respecto a la inhumación se desconoce.
Los últimos, a juzgar por su escasez, por su acusado rodamiento, por las fracturas antiguas que presentan y por corresponder a partes anatómicas inconexas, debieron de incorporarse accidentalmente al relleno del hoyo tras permanecer algún tiempo en superficie (un calcáneo de Bos presenta mordeduras de carnívoro).
Sin embargo, en el caso del perro n.o 1, cuyo esqueleto se conserva prácticamente entero, parece tratarse del depósito de un ejemplar completo.
Menos claras resultan, como veremos, las circunstancias en que accedió a la fosa el cráneo aislado del perro n.o 2.
La introducción de cadáveres de perro en tumbas, de animales presumiblemente inmolados para escoltar a sus propietarios, es costumbre que en el Viejo Mundo se remonta al Mesolítico y tal vez, inclusive, a finales del Paleolítico Superior a juzgar por el documento de Bonn-Oberkassel (Davis y Valla 1978; Morey 2010: 24-25).
En el mediodía de la península ibérica, donde no se conocen testimonios comparables hasta bien avanzado el Neolítico (Lizcano et al. 1992), la práctica alcanzó su culmen en la Edad del Cobre cual ilustra el medio centenar de personas enterradas en compañía de sus respectivos canes en el sepulcro colectivo de Camino del Molino, Murcia (Lomba et al. 2009).
Y también en las tierras de la meseta, tanto durante el Calcolítico -tumbas de El Cerro de la Cabeza (Ávila), Los Cercados (Valladolid) o el entorno de Madrid-como en la Edad del Bronce está acreditada la existencia de costumbres similares por más que la cifra de los perros que acabaron convirtiéndose en ofrendas funerarias o en acompañamiento de cadáveres sea por el momento inferior a la de los involucrados en otros rituales de signo diferente (Liesau et al. 2014: 109).
Los canes enterrados junto a sus dueños es lógico pensar que fueran sacrificados para la ocasión, lo que hasta cierto punto se compadece con el predominio de ejemplares adultos jóvenes en Camino del Molino y con el patrón de mortalidad (12-24 meses) registrado entre los animales de Yeseras (Daza Perea 2011: 2018).
También el perro n.o 1 de La Velilla, un macho adulto del que se conserva el báculo peneano, murió joven, entre los 3 y los 4 años a juzgar por el desgaste de las carniceras inferiores.
Sin embargo, pese a su completo registro esquelético, no se conservan en los huesos huellas reveladoras de cómo se produjo su sacrificio, aunque pudieran guardar relación con él las fracturas limpias producidas perimortem en las zonas medias de tres de los huesos largos de las extremidades delanteras: ambos radios y el húmero izquierdo (Fig. 13).
Las características morfológicas del cánido que nos ocupa remiten a un perro de talla media (mesomorfo) y de huesos más bien gráciles, en principio adecuado para todo tipo de actividad (caza, pastoreo, guarda), pero una ostensible artropatía en una de las vértebras torácicas debió de limitar sus movimientos.
La lesión, una espondiloartrosis responsable de un recrecimiento óseo en el entorno de la articulación distal de la vértebra, dañando los discos, es propia de animales adultos, como nuestro ejemplar, y no parece especialmente relacionada con sobreesfuerzos físicos derivados de actividad de carga como los registrados en otros perros prehistóricos peninsulares (Albizuri et al. 2011; Liesau et al. 2014).
Su alzada en la cruz, que llegaba a los 56 cm de acuerdo con los índices para los huesos largos de Koudelka (1885) y Harcourt (1974), está claramente por encima de la de un ejemplar coetáneo de Yeseras, establecida en 45 cm (Daza Perea 2011: 218) y de la mayoría de los perros clasificados como "cánidos de tamaño medio" del Camino de la Cruz (Ruíz García-Vaso et al. 2013).
También supera a la de los perros de la Edad del Bronce de la meseta -Camino de Yeseras (Daza Perea 2011) o La Huelga, en Dueñas (Liesau et al. 2014) -, cuya altura rara vez excede el medio metro.
Sin embargo, sus características tanto morfológicas como biométricas, en especial las cra- neales, nos llevan a descartar su posible correspondencia a un lobo (Canis lupus).
Los datos osteométricos obtenidos de estos restos, conforme al protocolo establecido por Driesch (1976), se recogen en el Anexo 1.
El estudio del perro n.o 2, representado solo por el cráneo, sin ninguna de las piezas dentales pero con los alveolos abiertos, arroja muy poca luz sobre su edad (adulto de más de 18 meses) y complexión (mesomorfo), y ninguna sobre su sexo y posibles patologías (Fig. 14).
Pero, a cambio, proporciona información reveladora sobre el desollado del cadáver del animal, y contribuye a formular preguntas interesantes sobre las circunstancias en que su cráneo llegó a la fosa y sobre su significado.
A diferencia del perro n.o 1, sin marcas de carnicería en el esqueleto que delaten algún tipo de procesado del cuerpo previo a su inhumación, en el cráneo del n.o 2 cabe apreciar un conjunto de incisiones, paralelas entre sí y de hasta 17 mm de longitud, que se concentran en el parietal y en el temporal del eurion derecho.
Son cortes indiscutiblemente antrópicos cuya particular disposición, parecen reflejar un despellejado o, en un proceso de despiece, la desarticulación de las mandíbulas.
No puede descartarse que guarden relación con un aprovechamiento cárnico del animal, pero hasta el momento no se conocen en la península ibérica testimonios de consumo de carne de perro con anterioridad a la Edad del Bronce (Sanchís y Sarrión 2004; Liesau et al. 2014).
Pero, además, el cráneo de este animal ofrece la particularidad de mostrar una coloración y una tersura distintas de las de los huesos del perro n.o 1, hecho que, unido a la presencia de ciertas fracturas antiguas en ambos cigomáticos y a la ausencia de dientes y mandíbulas, revela que la fosa de enterramiento no fue su primer contexto de depósito.
A diferencia de la inhumación humana y de la del perro n.o 1, se trata, pues, de un depósito secundario.
Una posibilidad a contemplar es que el cráneo, ya mondo, hubiera llegado accidentalmente al hoyo acompañando a aquellos pocos huesos de vaca y oveja, rodados, rotos e inconexos a los que nos referimos inicialmente.
Sin em- bargo, la frecuencia de cráneos sueltos de canes en depósitos rituales calcolíticos obliga a tener en cuenta la posibilidad de que la llegada del cráneo del perro n.o 2 a la fosa funeraria fuese resultado de un gesto simbólico deliberado y perfectamente calculado.
Un testimonio contundente es el depósito del área 40 de Camino de las Yeseras, con seis cabezas, algunas todavía provistas de sus primeras vértebras cervicales (Daza Perea 2011: 213-214), y otro comparable el hoyo del yacimiento vallisoletano de Los Cercados, con tres cráneos que acompañan a otras tantas cabezas humanas, una de estas decapitada (García Barrios 2007).
¿Tal vez se quiso reunir en la tumba de la mujer de La Velilla al perro de su propiedad en el momento de morir y a otro can del que también había sido dueña mucho tiempo antes?
¿O el gesto tuvo como objetivo homenajear al perro enterrado junto a la difunta trasladando a su lado los restos de un viejo compañero o de alguno de sus progenitores?
¿Procedería el cráneo, en cualquier caso, de una auténtica "sepultura de perro", con el cuerpo de animal completo -en la submeseta norte las hay en los campos de hoyos de Los Doce Cantos, La Calderona, Pozo Nuevo y Las Peñas2 -, o de un depósito con solo restos parciales como los ya mencionados de Yeseras y Mucientes?
Más preguntas sin respuesta de las deseadas pero no por completo inútiles porque al menos ilustran un hecho cada vez mejor documentado: que muchos de los pozos de los "campos de hoyos" fueron comúnmente objeto de reapertura, lo que significa que contaban con algún tipo de señalización.
La cronología de las fosas calcolíticas y el inicio de la 'postvida' de los megalitos de Los Zumacales y La Velilla
Las dataciones de las tumbas de La Velilla y Trascabañas confirman la cronología dentro de la primera mitad del III milenio de los enterramientos individuales en fosa de la Edad del Cobre en la cuenca del Duero (Fig. 15).
Pero además, debido a su proximidad a los megalitos de Los Zumacales (Alonso Díez et al. 2015) y La Velilla, tienen el interés de orientarnos sobre cuándo tuvo lugar el declive del Megalitismo en dicho sector, al entender que la implantación del nuevo modelo de sepultura solo pudo producirse cuando los grandes mausoleos cesaron en la función funeraria que originalmente animó su construcción.
De ahí que Tal vez sea cierto, como sostiene Masset (2002: 12), que todos los sepulcros dolménicos sin excepción sufrieron condena en algún momento de su trayectoria, pero ni en Los Zumacales ni en La Velilla existen pruebas de ello tan incuestionables como las arriba descritas.
No se puede descartar, entonces, que lo ocurrido en ambos casos fuera un simple abandono de los monumentos sin colapso de sus arquitecturas, lo que reduce las posibilidades de fijar el punto de partida de la afterlife al estudio de la temporalidad de los osarios.
En este sentido las treces dataciones AMS de La Velilla resultan bastante reveladoras: el monumento, cuyo osario permaneció activo durante cerca de medio siglo, comenzó a recibir inhumaciones en el intervalo 3627-3375 cal BC, y decayó como tal calavernario entre 3001-2877 cal BC3.
Este último momento constituye, por tanto, el punto de partida de su afterlife y en absoluto parece casual que la fecha obtenida para la tumba en fosa que estudiamos -un nuevo modelo de sepultura para nuevos tiempos-se sitúe, como vimos, en un momento justo posterior a la última utilización del megalito: 2821-2632 cal BC, al 75 % de probabilidad.
Es difícil saber si la introducción del nuevo ritual funerario fue respuesta a una crisis de religiosidad, a una saturación del viejo panteón familiar, al fin del dolmen como símbolo de cohesión grupal o a cualquier otra circunstancia de las que con frecuencia se invocan para explicar el colapso dolménico (Tejedor Rodríguez 2015: 484); lo único seguro, una vez advertida la presencia de enterramientos calcolíticos en su entorno inmediato, es que en La Velilla el ocaso del dolmen nada tuvo que ver con el abandono o la despoblación de la campiña del Valdavia.
Adolecen del problema de presentar desviaciones muy altas, pero su mayor inconveniente es que conciernen a solo una quinta parte del total de las personas inhumadas lo que impide conocer con exactitud la duración de la trayectoria del sitio.
La primera de las fechas apunta a la construcción del megalito en el último tercio del V milenio, y el resto revela que tres de los catorce individuos del osario fueron depositados en el intervalo 4070-3340 cal BC; no se disipa la duda, sin embargo, de si alguno de los nueve cadáveres restantes fue enterrado con posterioridad a dicho intervalo, tal vez al tiempo que los últimos de La Velilla.
Nuestra impresión al respecto, basada en el arcaísmo de los proyectiles de sílex del ajuar de Los Zumacales -exclusivamente geométricos, sin los foliáceos presentes en la tumba palentina (Alonso Díez et al. 2015; Zapatero 2015)-es que el dolmen vallisoletano se abandonó todo lo más al final del referido intervalo 4070-3340 cal BC, unos quinientos años antes, por tanto, del colapso de La Velilla, lo cual significaría que el enterramiento de la fosa de Trascabañas fue realizado medio milenio después del abandono de Los Zumacales.
En conclusión, las fosas individuales de La Velilla y Trascabañas, posteriores a los calavernarios de los dólmenes inmediatos, suponen un claro punto de inflexión en los ritos mortuorios de las comunidades prehistóricas de la cuenca media del Duero.
Responden a un modelo de tumba, generalizado a partir del Calcolítico, por medio del cual -aunque se siga contemplando algún movimiento de huesos y circulación de reliquias-se sellan los cadáveres, se los aísla en la tierra, y se crea una distancia entre el muerto y los vivos.
Todo ello representa una considerable diferencia respecto al modelo de osario abierto y accesible propio de los sepulcros megalíticos, con los huesos exentos y expuestos a un traslado, revelando que a comienzos del III milenio los dólmenes de Osorno y Simancas ya transitaban por su afterlife.
Las series de dataciones absolutas de estos dos monumentos, sin embargo, denotan que su declive seguramente no fue simultáneo -el osario de La Velilla se habría iniciado más tarde y habría permanecido operativo varios siglos más que el vallisoletano-lo que constituye una llamada de atención sobre el riesgo de extrapolar, con solo los datos de un caso de estudio, la temporalidad de la "fase clásica" del Megalitismo a todo un territorio.
A la Junta de Castilla y León por habernos autorizado a trabajar con los materiales de La Velilla; a los miembros de la empresa Strato SL por permitirnos utilizar datos de su informe inédito sobre la excavación de La Velilla (Osorno, Palencia); a J. J. Fernández González y F. J. Pérez Rodríguez por la ayuda que nos prestaron en el Museo de Palencia; y a Á.
Rodríguez González y Francisco Tapias López por los dibujos de los materiales arqueológicos y la preparación de las ilustraciones. |
Solo recientemente la investigación del fenómeno megalítico ibérico ha comenzado a beneficiarse de la ampliación del potencial técnico y científico de la arqueología moderna.
Todavía son muy pocos los megalitos ibéricos para los que se han realizado investigaciones científicas de alta resolución, capaces de aportar datos detallados sobre su diseño, usos y biografías.
En este trabajo se presentan los resultados del estudio del tholos del complejo megalítico de Palacio III (Almadén de la Plata, Sevilla), abordado mediante una metodología multidisciplinar que integra la geoarqueología, el estudio tecnomorfológico y funcional de la cultura material portable y el análisis gráfico, dentro de una meticulosa valoración contextual.
Los resultados aportan datos muy novedosos respecto a cómo, a través de una serie de elecciones culturales cuidadosamente construidas, este monumento representa un verdadero lugar de encuentro entre los recursos geológicos localmente disponibles y los recursos accesibles mediante contacto con otras comunidades.
Bien en su forma bruta, bien labrada en forma de esculturas grabadas y pintadas o transformada en artefactos de alto valor técnico y personal, la materialidad de la piedra adquiere en Palacio III múltiples dimensiones culturales que solo a través de la moderna investigación científica es posible reconstruir. |
Este trabajo presenta la primera información contextual de tres recintos de fosos calcolíticos excavados entre 1997 y 2001 en el valle medio del Tajo (Comunidad de Madrid).
La serie de dataciones absolutas de dos de ellos indica que fueron construidos y colmatados en la primera mitad del III milenio cal AC.
Se trata de recintos de pequeño tamaño, heterogéneos en cuanto a su posición topográfica, variables respecto a su arco de visibilidad y con escasa racionalidad defensiva.
Todo el registro apunta a espacios habitados de forma permanente.
Por último se discute el papel de los recintos de fosos en el contexto regional y Peninsular.
Sugerimos que su variabilidad es el resultado de distintas dinámicas de agregación y fisión características de sociedades segmentarias.
La Edad del Cobre representa uno de los casos más claros de intensificación económica de toda la Prehistoria reciente de la Península Ibérica (Chapman 1990; Gilman 1981).
El resultado del proceso social desencadenado por la introducción de la economía de producción abrió paso a la formación gradual de las primeras comunidades de aldea (Vicent 1991), generalizadas en gran parte de la península desde finales del IV milenio AC.
A lo largo del III milenio AC estos grupos tribales desarrollaron diversas dinámicas de índole político características de las sociedades segmentarias, en especial una variedad de procesos de agregación y construcción de recintos monumentales a distintas escalas.
Aunque los tradicionales focos del sureste y suroeste son los casos de mayor repercusión internacional (Fig. 1a), la presencia de poblados calcolíticos con zanjas en otras áreas es conocida al menos desde mediados de los años 80 (p.e.
Sin embargo, la posibilidad de interpretar muchas de estas zanjas como recintos, su distribución geográfica y su variabilidad de escala ha sido únicamente posible tras la denominada "revolución empírica" (Harrison y Orozco 2001) de los años 90 (Fig. 1b).
Correo electrónico: pdiazdelrio. csic.es Recibido: 9-IV-03; aceptado: 6-VI-03.
En primer lugar, por la multiplicación de programas de investigación de enfoque funcionalista (Gilman 2000: 27).
En segundo, por la modificación de la dinámica de intervención arqueológica, consecuencia directa de la transferencia de competencias en materia de Patrimonio a las Comunidades Autónomas (Martínez Navarrete 1998).
Uno de sus resultados ha sido el incremento exponencial en el tamaño de las áreas excavadas, siendo la hectárea el nuevo parámetro para evaluar la dimensión de muchas de las intervenciones.
Como consecuencia inmediata se ha producido un aumento en la escala de observación de los yacimientos, en un plazo temporal hasta entonces impensable.
Frente al tradicional goteo de información de pequeñas intervenciones arqueológicas, la apertura sistemática y administrativamente coordinada de grandes áreas de excavación ha sorprendido a los investigadores con un registro hasta entonces desconocido.
Quizás el caso más representativo, tan-to por su escala como por el esfuerzo de coordinación administrativa, sea el ejemplificado por Marroquíes Bajos (Zafra et al. 1999).
Los retos y problemas desencadenados por esta situación son muchos (Criado 1996).
Pero ante todo, es innegable que el nuevo panorama permite reevaluar comparativamente los procesos sociales del III milenio AC bajo una nueva perspectiva.
Esta necesidad es especialmente urgente en áreas tradicionalmente consideradas marginales, como es el caso de la Meseta.
Aunque en ocasiones considerado una especificidad de la prehistoria regional, una apertura de la escala de análisis indica que este tipo de formación arqueológica es la característica, no sólo de la Península Ibérica, sino de gran parte de la Europa occidental durante el Neolítico y la Primera Edad de los Metales.
Atendiendo a esta escala, el carácter distintivo de la Meseta resulta razonable siempre que se acepte que estas estructuras subterráneas son el único registro existente.
Sin embargo, esto no es así.
Los últimos diez años de investigación han deparado un sinnúmero de evidencias que enriquecen la visión actual de la Prehistoria regional, refutando en gran medida las asunciones previamente establecidas.
El Neolítico comienza a documentarse como algo más que un poblamiento testimonial (Bueno et al. 2002; Díaz-del-Río y Consuegra 1999; Estremera 1999; Kunst y Rojo 1999), los yacimientos son grandes conjuntos estructurados abordables desde parámetros cuantificables (Díazdel-Río et al. 1997), se han multiplicado la documentación de viviendas, recintos de fosos y ocasionalmente poblados fortificados (Delibes et al. 1995; Díaz-del-Río 2001), existen buenos indicios de la explotación de salinas naturales (Ayarzagüena y Valiente (1); Delibes et al. 1998), un relativo grado de especialización en la producción lítica (Delibes et al. 1995) y una metalurgia de características simples pero generalizable a la del resto de la Península Ibérica (Rovira 2002).
Todo este panorama ha permitido sugerir por primera vez la existencia de cierta complejidad social asimilable a la aceptada para los núcleos calcolíticos tradicionales de la investigación: la desembocadura del Tajo y el Sureste (Delibes et al. 1995).
Para la Meseta norte, su presencia generalizada fue dada a conocer por primera vez en 1999 (Olmo 1999).
Mediante un programa de prospección aérea se documentaron fotográficamente cerca de medio centenar.
Los materiales recuperados en superficie indican la existencia de restos del III y/o II milenios AC, aunque la falta de excavaciones impide asegurar las cronologías de construcción y amortización de los fosos.
En todo caso, la información sugiere que se trata mayoritariamente de construcciones calcolíticas (Delibes 2001: 301).
En el valle medio del Tajo todas las evidencias provienen de excavaciones realizadas por empresas privadas bajo el marco legal y seguimiento de la Administración Pública.
En 1997 Trabajos de Arqueología y Restauración (TAR Soc.Coop.) localizó por primera vez un recinto en el yacimiento del valle del Henares de Las Matillas.
Este mismo equipo documentó en 1998 un segundo recinto junto al valle del Jarama, y en 2001 Área Soc.Coop. excavó un tercero en del Manzanares.
En todos los casos se trata de recintos de fosos calcolíticos localizados gracias a la apertura en extensión superficies superiores a la hectárea, realizados durante la corrección del impacto arqueológico de obras públicas y privadas.
En definitiva, y al igual que sucede en las Islas Británicas (Oswald et al. 2001), Francia (Guilaine dir.
2001) o la Europa del Este (Darvill y Thomas 2001), el incremento espectacular de yacimientos de estas características ha sido el resultado de la aplicación de técnicas de fotografía aérea y excavaciones en extensión (2).
Los recintos de fosos de la Meseta plantean tres problemas arqueológicos a distintas escalas.
En primer lugar, qué tipo de actividades concretas se realizan en estos yacimientos.
En segundo, como se integran en el conjunto del poblamiento calcolítico regional.
Por último, como se integran en el contexto peninsular del IV y III milenios AC.
En el panorama europeo los recintos de fosos han recibido distintas interpretaciones: asentamientos, fortificaciones, estructuras hidráulicas, refugios temporales, corrales, mercados, espacios de agregación, lugares de culto o funerarios (Andersen 1997: 301-309).
De todas ellas, dos han sido dominantes en las últimas décadas.
La primera argumenta que se trata de asentamientos monumentalizados que reivindican territorios productivos.
Desde este punto de vista, la
(1) Ayarzagüena, M. y Valiente, S.: "Yacimiento de Espartinas.
Investigaciones realizadas en las salinas de Espartinas (Ciempozuelos) en el año 2001". http://www.madrid.org/dgpha/ actuaciones/espartinas/espartinas.htm
(2) Por ejemplo, en el sureste de Bavaria se conocían 3 recintos en los años 70.
comparación con los yacimientos contemporáneos que carecen de recintos se interpreta como el resultado de una jerarquización espacial y social del territorio, previsible en sociedades de jefatura.
La segunda entiende que el carácter frecuentemente anómalo del registro de estos yacimientos no siempre sostiene su interpretación como lugares de habitación (p.e.
Muchos, si no todos los recintos, servirían para el desarrollo de actividades sociales estacionales (festines, rituales mágico-religiosos, intercambio de materias primas, reproducción...) aglutinadoras de grupos dispersos relativamente móviles.
En ambos casos se concede cierta centralidad a los recintos (3).
Por último, otra interpretación es posible.
Los recintos de fosos son asentamientos que reivindican espacios productivos sin que necesariamente reflejen una jerarquización espacial y social del territorio.
Dada la variabilidad tanto cronológica como de tamaño de los recintos calcolíticos de la Península Ibérica, las distintas propuestas podrán ser razonables en función del contexto en el que se producen.
En cualquier caso, antes de abordar cualquier perspectiva regional es necesario evaluar las características de estos yacimientos, en particular la existencia o no de poblamiento estable en su interior y entorno inmediato.
Para ello sería previsible documentar las siguientes características:
• Posición: proximidad de áreas de potencialidad agraria. • Estructuras: existencia de hogares, hornos, silos, agujeros de poste y/o viviendas. • Cerámica: representación completa del ajuar cerámico, en el que se evidencie el elenco de funciones cotidianas previsibles.
Abundancia, fragmentación y escasa presencia de piezas completas. • Industria lítica: amplio rango y densidad de tipos de herramientas.
Presencia de gran parte de la cadena de producción lítica y frecuencia de elementos de molienda y triturado. • Fauna: abundantes residuos de comida y evidencias de su manipulación. • Polen: evidencias de transformaciones en el paisaje, en particular cultivos de cereal y modificaciones producto de la explotación del territorio circundante.
En resumen, las evidencias dependen de la localización de los recintos de fosos, el tipo de estructuras documentadas en su interior y la densidad de residuos recuperados.
En los siguientes apartados contrastaremos estas evidencias, intentando resolver el primer problema arqueológico planteado: las actividades concretas desarrolladas en estos yacimientos.
En las conclusiones abordaremos las perspectivas que se abren a la hora de contestar los restantes.
RECINTOS DE LA COMUNIDAD DE MADRID
Hasta la actualidad son tres los recintos de fosos del III milenio AC excavados en la Comunidad de Madrid: Las Matillas (Alcalá de Henares), Gózquez de Arriba (San Martín de la Vega) y Fuente de la Mora (Leganés) (Figs.
Su descubrimiento ha sido el resultado de la excavación en extensión de 1, 3 y 3,2 ha respectivamente.
Los tres recintos de fosos se localizan en posiciones topográficas distintas.
Gózquez de Arriba se sitúa en la boca de una pequeña vaguada inmediata al arroyo de la Vega del Madrid, tributario del Jarama.
La posición responde al ecotono situado entre una vega fértil al norte y un conjunto de cerros yesíferos al sur, utilizados en la Edad Moderna como pastos dependientes del monasterio del El Escorial.
Su distancia al curso de agua más próximo es de 500 m, y de 1 km al de la Vega de Madrid.
Sin embargo, la base de la vaguada actúa como línea de captación de aguas en época de lluvias, humedad que conserva gran parte del año.
El recinto se sitúa en una zona potencialmente estratégica, al ser esta vega una de las vías más sencillas de transitar entre los valles del Manzanares y Jarama.
A pesar de ello, el arco máximo de visibilidad desde el recinto es de 500 m, y la distancia máxima observable poco más del 1 km lineal.
Desde el yacimiento el control del paso es nulo.
Las Matillas se dispone en un fondo de valle, en la confluencia de las llanuras de inundación del
(3) Incluso aquellas interpretaciones que insisten en el carácter marginal o periférico de muchos recintos asignan una centralidad a los mismos, en este caso como zonas "neutrales" para la integración e interacción social (p.e.
Planimetría de la excavación en área realizada en Gózquez de Arriba (San Martín de la Vega, Madrid).
En gris, área que conserva estratificación en relación con la pendiente de erosión de la vaguada y tres de las secciones de las zanjas.
La densidad de estructuras es muy superior a las presentadas en negro.
Su probable densidad queda evidenciada en el tramo sur del recinto exterior.
Ángulo superior izquierda: arco de visibilidad desde el yacimiento. una zona en la que el agua mana con cierta facilidad.
Aunque en una posición alta respecto a parte del terreno circundante, la visibilidad desde el yacimiento es amplia sobre el sureste-sur-suroeste, dominando de la vega del Butarque, y escasa al noreste, norte y oeste, zona en la que se excavaron los recintos.
Analizados en conjunto, ni la posición topográfica ni la visibilidad son características generalizables de estos recintos.
En todos los casos parece existir una evidente correlación con la proximidad a cursos de agua, zonas húmedas y potencialmente aptas para el desarrollo de actividades agropecuarias.
Tamaño, estructura y potencial defensivo
Los tres recintos son de pequeño tamaño (4).
El área delimitada por la zanja interior de Gózquez de Arriba es de 0'09 ha, y de 0'3 ha si se calcula atendiendo a la exterior (5).
La secuencia estratigráfica indica que en un primer momento el yacimiento contó exclusivamente con el anillo interno.
Posteriormente se excavó el exterior y reexcavó el interno, vaciando los sedimentos que lo colmataban y modificando el trazado de la zanja en el acceso.
Consecuencia de esta remodelación es la entrada en forma de 'pinza de cangrejo', similar a las frecuentemente documentadas en el noroeste de Francia (Burnez et al. 2001; Scarre 1998).
El fenómeno de recortes y reformas es también una constante en la mayoría de los recintos europeos (Darvill y Thomas 2001: 5).
La presencia de las zanjas ha sido determinante para la conservación de estratificación en parte del yacimiento (Fig. 2, zona sombreada).
La excavación ha demostrado la existencia de un fuerte proceso erosivo posterior a la ocupación del III milenio AC, así como la recolmatación del fondo de la vaguada entre los siglos VII-VIII d.C. ( 6).
Se cal-cula la pérdida de al menos medio metro de sedimento en el centro del recinto y sector noreste, donde se produjo la mayor erosión.
Como resultado, la posibilidad de encontrar restos estructurales y zanjas profundas es menor en esta zona.
A pesar de que el recinto cuenta con condiciones defensivas, la posición a media ladera de la vaguada no parece ser la óptima en términos estratégicos, para lo cual podría haberse ocupado la loma situada inmediatamente al oeste.
La decisión locacional pudo depender de dos factores.
En primer lugar, en las cotas superiores del área los yesos cristalinos afloran a menor profundidad, lo que habría implicado una inversión de trabajo superior al excavar las zanjas.
En segundo, asentarse en la loma conlleva un grado de visibilidad mayor.
El lugar se seleccionó minimizando trabajo y visibilidad.
Dadas las condiciones en las que se documentó el recinto de Las Matillas (Díaz-del-Río et al. 1997; Díaz-del-Río 2001: 193-194) no es posible saber con seguridad si se trata de una zanja continua o segmentada.
Los arcos que forman los dos sectores de zanja conocidos sugieren un hipotético espacio cerrado de 0'7 ha. A pesar de ello, las estructuras prehistóricas se extienden al menos 197 m fuera del recinto.
Los procesos de erosión y redeposición de sedimentos han sido particularmente intensos en el sector sur del yacimiento, donde las gravas afloran a menos de un metro de profundidad.
Todo ello es el probable efecto erosivo de las crecidas del río Henares y arroyo Camarmilla, controladas en época contemporánea mediante la construcción de presas y canalizaciones.
El yacimiento carece de estratificación horizontal, quedando exclusivamente los depósitos que colmatan las estructuras subterráneas.
Tanto su posición en llano como la en ocasiones escasa profundidad y anchura de la zanja indica que no existió un interés defensivo en la decisión locacional.
Esto queda confirmado por la presencia de un espacio posiblemente cubierto que forma parte de la propia estructura del recinto (Fig. 3).
La secuencia estratigráfica demuestra la continuidad de la zanja hasta el interior de un área cubierta sustentada por al menos 11 postes perimetrales y uno central.
Esta cubrición debió realizarse exclusivamente en madera, pues no existe derrumbe con improntas de barro en su interior.
Parece tratarse por tanto de un espacio cubierto subterráneo.
Aunque es posible interpretar los postes como el sustento de una tarima por la que se accediera al interior del recinto, no parece razonable que ésta se situase en la zona de (4) Seguimos el criterio establecido para los recintos neolíticos del Reino Unido: pequeños de 0 '4 a 1' 2 ha, medianos de 1 '4 a 5' 5 ha y grandes de 6 a 10 ha (Oswald et al. 2001: 73).
(5) El yacimiento abarca 1'2 ha incluyendo las estructuras externas inmediatas al recinto.
Existen sin embargo estructuras calcolíticas al sur de la vaguada, aunque esta zona está ocupada mayoritariamente por estructuras del Bronce 'Clásico'.
Asumiendo que toda la ocupación calcolítica es contemporánea, el yacimiento tendría en su totalidad una extensión aproximada de 3 ha.
(6) Los depósitos con materiales arqueológicos prehistóricos y visigodos del fondo de la vaguada alcanzan los dos metros de profundidad.
La ocupación visigoda se sitúa a aproximadamente 500 m del recinto prehistórico (ver Vigil-Escalera 2000).
mayor anchura de la zanja.
Además, los 30 cm escasos de profundidad de la zanja en el extremo norte documentado no apoyan dicha propuesta.
Una estructura de similares dimensiones y posición respecto a la zanja se documentó en la zona sur del yacimiento (7).
Todo ello indica que el espacio subcircular se encontraba delimitado por una zanja segmentada en la que existían dos estructuras subterráneas cubiertas.
La intencionalidad defensiva del recinto es nula.
Lejos de ser límites de protección, la barrera creada por la zanja sirvió para el desarrollo de actividades sociales.
En cuanto a Fuente de la Mora, el relieve en la que se disponen los cuatro recintos plantea la posibilidad de que únicamente el interior formase un círculo casi completo, con el acceso al sur.
La superficie cerrada es de 0'1 ha. Tres restos de una estrecha zanja en el interior de este recinto pueden responder a la zanja de cimentación corrida de algún tipo de empalizada, lo que limitaría el espacio interno a 0'06 ha. El cálculo aproximado de la extensión total que delimita la zanja exterior es de algo más de 1 ha, atendiendo a que carece de continuidad en la vertiente sur del cerro y las vaguadas situadas al norte y este.
Al igual que en Gózquez de Arriba, la erosión de la superficie del cerro y las laderas (8) ha provocado que únicamente se conserven restos de estratificación horizontal en los aproximadamente 180 m 2 dispuestos al norte.
La estratigrafía indica la existencia de al menos dos fases constructivas.
En un primer momento el yacimiento contó con los dos recintos exteriores.
Tras la formación de una serie de estratos horizontales sobre la colmatación de éstos, se produjo la excavación de los dos recintos interiores.
En definitiva, el aspecto aparentemente complejo de la planimetría no responde a la realidad.
No todos los recintos fueron contemporáneos.
Al igual que sucede en Gózquez de Arriba, la posición defensiva del yacimiento podría haberse mejorado disponiéndolo en el antecerro situado inmediatamente al oeste, lugar elegido por un castro de la II Edad del Hierro (9).
En su primera fase, el sistema de zanjas cierra el acceso oeste al yacimiento, el más sencillo y el único desde el cual los recintos son totalmente visibles.
La entrada se realiza a través de un vano en la zanja exterior, acompañado al interior por dos zanjitas que reducen el acceso a una anchura de 2'5 m.
Estas últimas son probablemente los cimientos de una pequeña empalizada de madera.
Aunque es previsible que las laderas hayan sufrido un notable proceso de erosión, su trazado sugiere que no tuvieron continuidad ni al sur ni al oeste.
En la segunda, la entrada al espacio central se realiza mediante dos vanos abiertos al sur y al oeste.
Fuente de la Mora se sitúa en un lugar relativamente prominente del paisaje, fundamentalmente accesible desde las cotas superiores, aquellas más protegidas.
Bajo nuestra lógica contemporánea, cuenta con una limitada capacidad defensiva.
Estructuras de habitación y almacenaje
Uno de los aspectos críticos a la hora de valorar la posible función de los recintos es la presencia de estructuras que permitan defender la existencia de un espacio habitado.
Las dos categorías determinantes son las construcciones y las fosas para el almacenaje y diversas actividades domésticas.
En Gózquez de Arriba se han documentado al menos cinco estructuras que pudieron sustentar áreas techadas (Fig. 2).
Dos de ellas cuentan con espacios interiores semiexcavados y otras dos con zanjas de cimentación.
La quinta estructura, excepcional en la Meseta, cuenta con una somera zanja de cimentación y un pequeño zócalo construido en piedra (Díaz-del-Río 2001: 389, lám. 18).
Es imposible establecer la contemporaneidad de estas estructuras a partir de la estratigrafía, pues en ningún caso se encuentran correlacionadas.
A pesar de ello, en los estratos de la situada al sur del recinto se recuperó un fragmento de cerámica campaniforme, también presente en mínimos porcentajes (1 fragmento) en los estratos horizontales dispuestos sobre la colmatación de la zanja exterior.
Es por tanto la única estructura que con seguridad estuvo en pie tras la amortización de los recintos.
Sólo se documentaron dos estructuras posiblemente techadas en el espacio interior.
La primera de planta oval y poste central, la segunda de tendencia rectangular.
Ambas están fuertemente afectadas y preservan exclusivamente restos de la cimentación.
En Las Matillas no existe evidencia alguna de construcciones al margen de la estructura subterránea ya comentada, mientras que en Fuente de la Mora se documentaron cuatro zanjas de cimenta-(7) En la llamada Área A. Ver problemática, contexto y planimetría en Díaz-del-Río (2001: 193-194).
(8) Así como la continua explanación realizada con anterioridad al inicio de la intervención de Área Soc.
(9) El foso exterior del castro corta por la mitad los dos recintos calcolíticos interiores. ción de cabañas de planta circular.
Las dimensiones de las dos situadas entre el segundo y tercer recinto (∅ 6 m) son similares a otras cabañas neolíticas y calcolíticas conocidas en la región (La Deseada, Díaz-del-Río y Consuegra 1999; El Capricho, Díazdel-Río 2001: 173-183).
Algo más grandes (∅ 7'5 m) son la pareja de cabañas del interior del recinto.
El grado de afección del yacimiento eliminó toda presencia de estratos horizontales de ocupación en su interior quedando exclusivamente restos de los cimientos.
Las evidencias de cabañas o huellas de elementos constructivos (postes y zanjas de cimentación) son escasas en los tres yacimientos en comparación con la densidad de estructuras de almacenaje, posibles hogares, hornos y fosas diversas.
Dos aspectos deben tenerse en cuenta al valorar su escasa representación.
En primer lugar, en la Meseta el número de viviendas del III y II milenios AC conocidas es muy escaso.
Aunque aumentan los yacimientos en los que se localizan cabañas (p.e.
Además, las escasas superficies excavadas impide conocer si existen recintos en muchos de estos yacimientos.
En segundo lugar, todos los recintos cuentan con huellas de estructuras aéreas, a pesar de que existen claras evidencias de procesos erosivos posteriores al III milenio cal.
AC y de la fuerte afección del arado (10).
El segundo aspecto crítico es la densidad de estructuras vinculables al almacenaje y otras actividades domésticas.
En otro lugar hemos defendido la posibilidad de interpretar muchas de las fosas como lugares para el almacenaje de productos vegetales (Díaz-del-Río 2001: 136-141).
Como se observa en las planimetrías, la densidad de fosas es elevada en todos los yacimientos (Figs.
Aunque cuentan con profundidades variables, muchas de ellas presentan condiciones físicas suficientes para el almacenaje (p.e.
Se han recuperado restos de cereal en el único yacimiento en el que se han aplicado procedimientos de flotación sistemática (Díaz-del-Río et al. 1997).
En los tres casos se ha documentado la excavación de silos subterráneos y diversas fosas posteriores a la colmatación de las zanjas, lo que indica que los yacimientos no fueron abandonados tras su amortización.
Los tres recintos cuentan con un elevado volumen de residuos, aun mayor si tenemos en cuenta los porcentajes excavados (Tab.
El volumen previsible de haberse excavado el recinto de Gózquez de Arriba al completo se sitúa en torno al millón de fragmentos cerámicos, unas 19 toneladas.
El análisis tipológico muestra la totalidad de las formas potencialmente presentes en un contexto doméstico (p.e., fig. 5) (11).
En cuanto a la industria tallada, en Gózquez de Arriba y en Las Matillas (12) se observa una baja presencia de productos de acondicionamiento y so-(10) En definitiva, el argumento de la escasa densidad de cabañas en los recintos como prueba de su carácter ritual es inaceptable.
La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.
(11) Las piezas de tamaño superior no están incluidas en la figura, pues en ninguna se ha podido calcular el diámetro.
(12) Todavía carecemos de resultados de industria tallada de la Fuente de la Mora.
El estudio de la industria lítica de Gózquez ha sido realizado por Olga Pardo Escudero y el de Las Matillas por Germán López López.
Ambos trabajos serán publicados en las correspondientes memorias de excavación. portes primarios.
En el primero se calcula que el número total de restos tallados presentes en el yacimiento podría alcanzar los 39.000.
Los soportes secundarios y restos de talla alcanzan un 93'7% del NR total (13).
Tanto la limpieza del núcleo como su preparación parece realizarse fuera del yacimiento, quizá en las áreas de captación de materia prima.
Carecemos de yacimientos contemporáneos con un volumen de restos suficiente para contrastar la excepcionalidad o generalidad de este comportamiento tecnológico.
En todo caso, el procedimiento sugiere una minimización del trabajo en el transporte de materia prima.
La masiva presencia de lascas y restos de talla en todos los recintos coincide con las características tradicionalmente observadas en los conjuntos industriales calcolíticos de la Meseta.
Su contraste con las aún poco conocidas industrias epipaleolíticas y neolíticas indica una notable reducción en las herramientas transportables de alta calidad, probable consecuencia de la creciente dependencia de cultígenos y de una mayor sedentarización ( 14).
En los casos cuantificados de Gózquez de Arriba y Fuente de la Mora, la presencia de fragmentos de elementos de molienda/triturado es elevada, lo que apunta un desarrollo de esta actividad en el interior o entorno inmediato de los recintos.
Frente a la tradicional importancia que se ha concedido al granito como materia prima, una considerable ma-yoría de elementos de molienda calcolíticos de Gózquez fue realizada a partir de materias locales (84'2%).
Esto indica un aprovechamiento prioritario de rocas sedimentarias obtenibles en el entorno inmediato del yacimiento (15).
Los análisis polínicos realizados en el yacimiento de Gózquez de Arriba demuestran la presencia inmediata de campos de cultivo (Martín et al. 2002), mientras que tanto Gózquez como Fuente de la Mora indican la existencia de una paisaje intensamente antropizado (López Sáez, com.per.) (16).
Asimismo, en los contextos calcolíticos de Las Matillas se recuperaron macrorestos de Triticum sp. y Hordeum sp.
Aunque ni el cultivo ni el almacenaje de cereal son necesariamente indicadores directos de áreas de habitación, estos datos deben calibrarse atendiendo al resto de las evidencias materiales.
En conjunto, la información contextual disponible de los tres recintos sugiere una ocupación permanente de grupos de reducido tamaño, con una base productiva de carácter agrario.
La serie de dataciones obtenidas en Gózquez de Arriba (9) y Las Matillas (1) es la primera realiza-Tab.
Cuantificación de los residuos recuperados en Gózquez de Arriba (San Martín de la Vega, Madrid), Fuente de la Mora (Leganés, Madrid) y Las Matillas (Alcalá de Henares, Madrid).
(13) La distribución es la siguiente: productos de acondicionamiento (0'4%), soportes primarios (3'8%), soportes secundarios (45'6%) y restos de talla (48'1%) (Olga Pardo, com.per.). ( 14) Un proceso similar se observa en el este de los Estados Unidos durante el Middle Woodland (Parry y Kelly 1987).
(15) Este porcentaje se invierte durante el Bronce 'Clásico', en el que las rocas sedimentarias pasan a representar el 27%.
La muestra es sin embargo menor (65 NR).
(16) Las muestras recuperadas en los sedimentos de colmatación de la zanja de Las Matillas no ofrecieron suficientes palinomorfos para una evaluación estadística fiable. da en recintos de fosos de la Meseta (Fig. 6, tabla 2).
En conjunto indican que ambos recintos fueron excavados y colmatados durante la primera mitad del III milenio cal.
La similitud de los conjuntos industriales de Fuente de la Mora sugiere idéntica cronología.
Las muestras de Gózquez de Arriba se seleccionaron atendiendo a las relaciones estratigráficas, con la intención de calibrar las variaciones cronológicas entre la colmatación de las distintas zanjas y estructuras relacionadas.
Todas se obtuvieron sobre muestras de carbón.
Su procedencia es la siguiente:
Beta-134866 y Beta-134865: la primera data uno de los estratos que colmatan la estructura de planta oval situada al sur del yacimiento, inmediatamente al exterior del segundo recinto (Fig. 2).
La funcionalidad de la estructura es difícil de interpretar dada la inexistencia de huellas de poste en su base.
Dicha estructura se encuentra cortada por una fosa en la que se recuperó un enterramiento secundario.
Del estrato que cubre esta inhumación se obtuvo la datación Beta 134865.
A pesar de la elevada desviación de la primera (±130), su posterio-ridad a la inhumación datada sugiere que el inicio de la ocupación calcolítica pudo situarse en los primeros siglos del III milenio cal.
Ambas dataciones carecen de relación estratigráfica directa con el recinto exterior.
Beta-134861 y Beta-134864: la primera se obtuvo del estrato que rellena la zanja de cimentación de la única cabaña circular en piedra documentada hasta la actualidad en la Meseta.
La estructura de habitación se dispone al noreste del yacimiento, entre los dos recintos.
La segunda data uno de los estratos de relleno del recinto exterior, en su tramo noreste.
Este sector de recinto destruyó parte de la cabaña y es por tanto posterior.
AC), contemporánea a la segunda fase del recinto interior (Beta-134862).
AC) indica que al menos este tramo de zanja empezó a colmatarse durante la fase de uso de la cabaña situada entre ambos anillos (Beta-134861).
La segunda fecha la Fig. 6.
Gráfico de las dataciones absolutas calibradas obtenidas en los recintos de Gózquez de Arriba (San Martín de la Vega, Madrid) y Las Matillas (Alcalá de Henares, Madrid). reforma del recinto interior en la zona de acceso, resultado del cual se observa la planta en forma de 'pinza de cangrejo'.
Esta zanja corta el primer recinto interior cuando éste ya estaba colmatado y, como indica su fecha calibrada a 1σ (2620-2460 cal.
AC) es una de las últimas modificaciones de los recintos.
La primera fecha el inicio de la colmatación del recinto original.
La segunda el inicio de la colmatación de su posterior remodelación, que dejó una clara huella del corte en su estratigrafía.
Ambas dataciones son casi contemporáneas e impiden calibrar el tiempo comprendido entre las acciones, lo que exige primar la información estratigráfica.
En todo caso, la distinta cronología de la remodelación realizada en el acceso (Beta-134862) y en el tramo sureste (Beta-134857) indica que las acciones de reexcavación y remodelación de los recintos fueron relativamente frecuentes durante la ocupación del yacimiento.
Se trata de la zona en la que el recinto adquiere mayor profundidad y se encuen-tra casi en su totalidad colmatada por finos estratos de limos.
Esto sugiere un lento proceso de amortización en gran parte del segmento sur de este recinto.
La única datación obtenida en Las Matillas (Beta-134857) corresponde a uno de los estratos de relleno situados en la base de la zanja.
Fecha el inicio de su colmatación.
AC) indica su contemporaneidad con la fase principal de ocupación en Gózquez de Arriba.
Tanto las dataciones como la propia secuencia estratigráfica demuestran la existencia de abundantes reformas y colmataciones diferenciales de los recintos a lo largo de su uso.
Estos no sólo se excavaron y modificaron en su trazado, sino que también fueron vaciados de sedimento para conservar o alterar su profundidad.
Los fosos de la primera mitad del III milenio AC no son la única evidencia de ocupación en los tres yacimientos.
Aunque de forma extremadamente minoritaria, se ha recuperado un fragmento de borde con cordón vertical en Las Matillas así como un asa doble de cinta en Gózquez de Arriba.
Dataciones absolutas obtenidas en contextos del III milenio cal BC en los yacimientos de Gózquez de Arriba (San Martín de la Vega, Madrid) y Las Matillas (Alcalá de Henares, Madrid). camente ambas son de filiación neolítica.
En el primer caso, las condiciones de recuperación del área A impiden determinar su procedencia y contexto.
En el segundo, se trata de un fragmento residual recuperado en un contexto calcolítico.
La presencia de materiales neolíticos en contextos posteriores es relativamente frecuente en yacimientos del valle medio del Tajo, lo que sugiere la ocasional frecuentación de dichas áreas en momentos previos al III milenio AC.
Los tres recintos cuentan a su vez con conjuntos cerámicos en los que se evidencian ligeros cambios formales respecto al material mayoritario.
Se trata siempre de cerámicas recuperadas en estructuras posteriores a la colmatación de los recintos, al menos en aquellos casos en los que contamos con información estratigráfica.
Son contextos en los que las formas cerámicas cuentan con una presencia creciente de bordes ligeramente vueltos, tendencia a los perfiles en S y un incremento de las carenas medias.
Sin embargo, las estructuras claramente asignables al Bronce 'Clásico' se sitúan en todos los casos a una distancia aproximada de 100 m de los recintos.
Si aceptamos que existe algún tipo de filiación entre el grupo calcolítico y el del Bronce, la distancia entre ambos poblamientos permitiría empezar a calibrar la movilidad tradicionalmente asignada a los grupos de la Prehistoria reciente en la Meseta (17).
Atendiendo al primer problema formulado, la presencia o no de habitación, pueden obtenerse las siguientes conclusiones.
Primero, hay serios argumentos para defender la existencia de poblamiento permanente en dos de los yacimientos, Gózquez de Arriba y Fuente de la Mora.
La relativa ambigüedad del registro de Las Matillas está limitada por las condiciones de su recuperación y, a pesar de ello, no permite argumentar contra esta propuesta.
Segundo, no existe una diferencia sustancial en las dimensiones de las viviendas circulares de los yacimientos.
Tampoco se han documentado diferen-cias de riqueza evidentes entre las mismas.
Los restos recuperados en los poblados son residuos eminentemente domésticos, idénticos a los de otros muchos yacimientos contemporáneos de la Meseta.
Tercero, todos los recintos son pequeños y, en consecuencia, también los grupos implicados en su construcción y ocupación.
La dinámica de ampliación y reducción de las dimensiones del espacio cerrado, comprobaba en Gózquez y Fuente de la Mora, en ningún caso supera la hectárea.
Esto no impide que existan estructuras contemporáneas a más de 300 m, frecuentemente caracterizadas por una menor densidad de residuos (Díaz-del-Río et al. 1997).
Estas dimensiones relativamente constantes podrían ser un buen indicador de los límites poblacionales en los que se produce la fisión de los grupos segmentarios.
Cuarto, es evidente que los recintos actuaron como barreras, probablemente definiendo espacialmente los límites de los grupos y reivindicando sus territorios productivos.
Por la propia estructura de los fosos o por su posición topográfica los tres casos cuentan con una efectividad defensiva reducida, al menos en función de nuestros parámetros contemporáneos.
Sea cual sea su utilidad específica, estos recintos de fosos son hasta la actualidad los primeros poblados permanentes documentados en la Meseta.
Por último, las cronologías absolutas de dos de los yacimientos y la similitud formal de los materiales del tercero indican que todos ellos fueron construidos y colmatados en el III milenio AC, con anterioridad al 2400 cal AC.
A pesar de que existen ocupaciones posteriores, y quizás anteriores, todos son calcolíticos.
En cuanto a la integración de los poblados en el conjunto del poblamiento regional, y al igual que sucede en otras áreas de Europa (Guilaine 2001: 222), es evidente que la presencia de este tipo de yacimientos exige intensificar los análisis territoriales.
En términos predictivos, si la densidad de residuos y las dimensiones de los recintos de fosos son similares en todos los casos, sería previsible localizarlos mediante un programa intensivo de prospección.
Esto resolvería en gran medida el palimpsesto que tradicionalmente han reflejado las cartas arqueológicas regionales (p.e.
A su vez abre la posibilidad de (17) Los únicos materiales pertenecientes al Bronce Final-Cototas I se recuperaron en el área A de Las Matillas.
Tanto Gózquez de Arriba como la Fuente de la Mora carecen de ocupaciones prehistóricas posteriores al Bronce 'Clásico'.
El primero nunca volvió a ser ocupado.
El segundo fue periferia de un castro de la II Edad del Hierro. evaluar cuantitativamente cuestiones candentes en la discusión científica como la estacionalidad y temporalidad del asentamiento durante la Prehistoria reciente.
Mientras no se analice la distribución espacial y cronológica de poblados calcolíticos con y sin fosos, enfrentándolos a sus áreas de captación potenciales, no es posible valorar la existencia de una jerarquización espacial y social del poblamiento.
Sin embargo, ya existen varios argumentos contra esta jerarquía.
En primer lugar, es difícil imaginar que estos minúsculos poblados sean centros político-económicos de nada.
En segundo, si es que lo fueron, no parece evidente en qué se beneficiaron sus pobladores.
Las jerarquías sociales suelen venir acompañadas de diferencias sustanciales entre las formas de vida de los individuos, y no sólo de muerte (Gilman 1999: 88).
En estas cronologías, los potenciales jefes de la Meseta ni vivieron ni murieron mejor.
La escala del fenómeno de construcción de recintos de fosos y sus características son buenas evidencias para valorar los límites de las instituciones políticas de la Prehistoria reciente en la Meseta.
Las ambiciones personales de cualquier jefe segmentario, como los que probablemente existieron durante el III milenio AC en toda la Península Ibérica, se encontraron generalmente limitadas por tres factores: las condiciones medioambientales y tecnológicas para la producción y acumulación de excedentes; la capacidad para atraer, aumentar y mantener nueva fuerza de trabajo; y las restricciones socio-ideológicas para romper con las formas familiares de apropiación de excedente.
En la Meseta, a pesar de existir condiciones para la producción y almacenaje, jamás existió suficiente excedente para financiar los intereses expansivos de cualquier jefezuelo local.
La producción fue eminentemente doméstica.
Las posibilidades de aumentar el volumen de excedente pasarían necesariamente por procedimientos de agregación de otros segmentos.
Sin embargo, el tamaño de los poblados presentados no indica que fuesen capaces de atraer mayor fuerza de trabajo.
En otras zonas el registro del III milenio AC presenta procesos de agregación de gran tamaño, a una escala desconocida hasta entonces e inexistente durante el siguiente milenio.
A pesar de una evidente intensificación económica, ninguno de estos grupos desarrolló estructuras políticas jerárquicas a largo plazo.
La trayectoria interna de grandes poblados como Marroquíes Bajos sugiere que ni si-quiera en el máximo pico de agregación conocido para la Prehistoria peninsular se generó un sistema de poder estable.
Al contrario, y como pudo suceder en Los Millares (Gilman 1999: 91), las tensiones entre las estructuras comunales y los intereses de las unidades domésticas finalizaron con el abandono paulatino del asentamiento (Zafra et al. 1999).
Es posible, aunque no evidente, que ciertos jefes consiguiesen controlar y acumular suficientes excedentes para financiar sus ambiciones.
Sin embargo, como indica la dinámica de Marroquíes Bajos, no fueron capaces de mantener la fuerza de trabajo, la mayor limitación para la consolidación de las élites (Stein 1994: 41; Steponaitis 1991: 227).
Comparativamente, es difícil observar diferencias cualitativas entre las bases económicas de unos y otros procesos regionales.
Es indiscutible que donde las agregaciones fueron mayores, los poblados fueron más monumentales, los materiales, elementos de prestigio y objetos 'simbólicos' más abundantes, y la competencia entre los linajes mayor.
La Edad del Cobre en la Península Ibérica presenta una evidente variedad de dinámicas de carácter político, cuyos resultados son los múltiples procesos de agregación y fisión característicos de las sociedades segmentarias.
Hasta la actualidad, la investigación de la Meseta nunca ha estado en condiciones de aportar perspectivas relevantes al estudio de la economía política prehistórica.
A fecha de hoy, lo está.
Este artículo es en realidad un trabajo colectivo de muchísimas compañeras y compañeros, y por eso mi primer agradecimiento es para todas y todos los que sufristeis las inclemencias del tiempo.
Hay dos empresas madrileñas que hacen día a día una Arqueología con mayúsculas:'Trabajos de Arqueología y Restauración Soc.Coop.' y'Área Soc.
Alfonso Vigil-Escalera, director de Fuente de la Mora, me cedió amablemente la información del yacimiento y revisó críticamente el texto.
Olga Pardo Escudero puso a mi disposición su magnífico trabajo sobre la industria lítica de Gózquez.
Jose Antonio López Sáez y Antonio Blanco González me ofrecieron información y ayuda.
Mis conversaciones con Antonio Gilman han sido claves para abordar el problema en los términos que se plantean.
Además, le debo su revisión crítica.
El texto ha sido radicalmente mejora-do gracias a los comentarios y críticas de Maribel Martínez Navarrete.
La necesidad del enfoque comparativo es el resultado de mi estancia en el Departamento de Antropología de la Northwestern University y, en particular, de la constante ayuda que he recibido de Timothy Earle y James Brown.
Evidentemente, mi deuda intelectual con Juan Vicent va más allá de lo que puedo expresar en este texto.
La Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid hace posible que este tipo de intervenciones en extensión se realicen.
El papel de Antonio Méndez Madariaga, Fernando Velasco Steigrad y Pilar Mena Muñoz en la "revolución empírica" de nuestra Prehistoria deberá ser reconocido tarde o temprano.
Compartir penas y glorias con Susana Consuegra Rodríguez, directora de Las Matillas y Gózquez de Arriba, es mi mayor privilegio. |
Un fragmento de lingote de plata descubierto recientemente en el yacimiento fenicio de La Rebanadilla (Málaga) ha sido investigado mediante isotopos de plomo y análisis elemental.
El lingote recuperado en los niveles inferiores del yacimiento, se fecha potencialmente entre fines del siglo XI y el IX a.
C., situándose en cronología similar a algunos depósitos de hacksilver del área del levante mediterráneo.
La edad de la corteza calculada a partir de los isotopos de plomo y la composición señalan que el lingote fue obtenido de minerales de Edad Hercínica con concentraciones altas de bismuto.
Esta signatura es compatible con la de la Faja Pirítica del suroeste de la península ibérica, en particular con la de las antiguas minas de la zona de Riotinto.
Se propone que la plata de este lingote fue obtenida de las jarositas argentíferas de Riotinto, donde sufrió solo un primer refinado mediante copelación, conservando un alto contenido en plomo antes de ser comercializado hacia La Rebanadilla, que pudo ser un lugar potencial para su transporte hacia los territorios fenicios en el Mediterráneo oriental.
Las implicaciones del transporte de plata sin refinar son discutidas en relación al comercio de la plata por los fenicios durante la Edad del Hierro en el Mediterráneo y la dificultad de identificar la plata ibérica en el registro arqueológico. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
En 1904 se realizaron los primeros hallazgos de "cabezas cortadas" en el oppidum ibérico de El Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona) y se interpretaron como trofeos bélicos, sin embargo, solo una mínima parte de los mismos había sido dada a conocer sucintamente hasta ahora.
Este estudio presenta los resultados del estudio antropológico basado en su descripción, determinación de edad y sexo, estudio patológico y de marcas.
Los resultados amplían el número de individuos inicial de 5 a 12.
Se trata de dos cráneos enclavados, tres con signos de desollamiento y diversos fragmentos craneales y mandibulares con evidencias de lesiones por arma blanca.
Finalmente se valora el tratamiento que sufrieron dichos cráneos para su exhibición aportando nuevos resultados significativos que contribuyen a caracterizar, desde el punto de vista físico, a las tan desconocidas poblaciones iberas, además se cuestiona la teoría que asigna las "cabezas cortadas" exclusivamente a guerreros vencidos en batalla sobre la base de episodios del ámbito céltico descritos por las fuentes escritas grecolatinas (Posidonio de Apamea).
EL DESCUBRIMIENTO DE RESTOS HUMANOS EN EL PUIG CASTELLAR
Uno de los primeros hallazgos significativos de restos humanos ibéricos tuvo lugar en 1904 y no fue en una necrópolis, como podría esperarse, sino durante las excavaciones del poblado del Puig Castellar en Santa Coloma de Gramenet (Barcelona) (Fig. 1).
Ferran de Sagarra y de Císcar (1853Císcar ( -1939)), abogado, historiador y propietario de los terrenos del cerro epónimo -también denominado popularmente Turó del Pollo-, en cuya cima se ubicaba el yacimiento, había emprendido el año anterior unos trabajos que tendrían continuidad hasta nuestros días (Ferrer y Rigo 2003) Trab.
Este asentamiento fortificado, uno de los principales del área layetana, controlaba visualmente un amplio, fértil y bien comunicado territorio que abarca la desembocadura del río Besós, el llano de Barcelona y parte de las actuales comarcas del Maresme y el Vallès gracias a su posición privilegiada en la Cordillera Litoral.
Ocupado desde el siglo V a.
C., sería finalmente abandonado repentinamente en torno al 200 a.
C., en el contexto de la Segunda Guerra Púnica.
Las tareas desarrolladas por Sagarra en la vertiente sur dejaron al descubierto construcciones y una serie de materiales arqueológicos que en la actualidad forman parte de las colecciones del Museu d'Arqueologia de Catalunya (MAC) y entre los que destaca la impactante visión de un cráneo humano atravesado por un enorme clavo de hierro de más de 20 cm de longitud.
Debido a su singularidad, el excavador quiso dejar constancia gráfica de su lugar preciso de aparición, en un croquis, fechado en septiembre de 1904, recientemente descubierto (Rovira y Codina 2015).
En él se reconoce fácilmente tanto este cráneo como un segundo que no conservaba el clavo in situ y se señala la posición de otros fragmentos recuperados al mismo tiempo en sus inmediaciones.
Sagarra (1905aSagarra (, 1905bSagarra (, 1905c) los dió a conocer de inmediato como parte de los resultados obtenidos en las excavaciones llevadas a cabo hasta octubre de 1904, mediante una conferencia y diversas publicaciones, cuando la cultura ibérica, recordemos, aún era prácticamente desconocida.
Al hablar del conjunto óseo se centró en ese cráneo por ser el mejor conservado e impactante, pero siempre dejó claro que en total había recuperado los restos de, al menos, 5 individuos.
Dadas sus características y su aparición en la entrada del poblado también dedujo que el cráneo principal se habría expuesto públicamente cerca de la puerta, y más concretamente, encajado en la muralla, donde había podido apreciar otro enorme clavo aún insertado en su paramento.
Su exhaustivo conocimiento de los textos clásicos fue decisivo en su interpretación.
Apoyándose en pasajes de la Biblioteca Histórica de Posidonio (V,29 1 ) afirmó que se trataba de evidencias de un ritual guerrero practicado por las poblaciones celtas.
Se adelantó así a arqueólogos como Reinach que, en otros puntos de Europa, interpretarían restos similares, conocidos como têtes coupées bajo el mismo prisma.
Esta denominación es la que en la bibliografía de la península ibérica corresponde esencialmente a las "cabezas cortadas" aunque en Catalunya también se utilice la de "cabezas clavadas" o "enclavadas" (sic).
A nuestro parecer resulta más conveniente hablar de "cabezas cortadas" en genérico porque lo esencial es el hecho de separar las cabezas de los cuerpos de las víctimas para exhibirlas, no el sistema de fijación de las mismas.
Además, dado que este tipo de restos frágiles raramente se conservan completos, no siempre resulta posible documentar los clavos in situ o las perforaciones.
En 1917 Sagarra legó al Institut d'Estudis Catalans las tierras del Puig Castellar que incluían el yacimiento, así como los materiales arqueológicos.
Con el tiempo estos últimos han acabado integrando los fondos de la sede central del MAC, en Barcelona 2. siendo objeto de sucesivos estudios y publicaciones.
En cambio los restos antropológicos craneales (que no han vuelto a aparecer tras las campañas de Sagarra), a pesar de ser un referente ineludible del yacimiento y por extensión, de la cultura ibérica septentrional, paradójicamente hasta ahora carecían de un estudio específico y exhaustivo.
La atención científica y museística se había mantenido focalizada en el cráneo atravesado por el gran clavo (MAC-B 39986) expuesto en el MAC.
Del resto -en los fondos de la institución-disponíamos solo de escuetas y vagas menciones bibliográficas, que en 1 Refieréndose a los galos: "...A los enemigos caídos les Cortan la cabeza y la atan al cuello de sus Caballos para llevársela.
Dan a sus siervos los despojos manchados de sangre y cantan el himno de la victoria.
Clavan estos trofeus en sus cases, como otros hacen con los animales cazados.
Las cabezas de los enemigos más célebres las embalsaman con aceite de cedro y las guardan cuidadosamente en una caja.
Las muestran a los extranjeros, enorgulleciéndose porque sus propios padres tampoco quisieran entregar estos trofeos a cambio de una gran cantidad de riquezas.
Se dice que algunos de ellos, mostrando un orgullo salvaje, se jactaron de no haber querido vender una cabeza por su peso en oro..."
2 En el museo local de Torre Balldovina -Santa Coloma de Gramenet, se expone también una parte de los mismos, cedida por el MAC junto a otros de las excavaciones más recientes efectuadas bajo la dirección científica de la Universitat de Barcelona (Ferrer y Rigo 2003).
Pijoan (1906) y Bosch Gimpera (1920) también insistieron en la excepcionalidad de ese primer cráneo y en considerarlo un trofeo bélico.
Su imagen ha quedado como icono del fenómeno de las "cabezas cortadas" ibéricas, tal como se aprecia en las síntesis que hemos ido presentando (Rovira 1998; Prado y Rovira 2015), y como tal, se le ha reservado también un papel relevante en diversas exposiciones temporales3.
Sin embargo, no se avanzó en su caracterización paleoantropológica hasta la publicación de Campillo y Agustí (2005).
Fue considerado femenino por sus características morfológicas y comparado con los otros escasos cráneos ibéricos atravesados por clavos de los núcleos de l 'Illa d' en Reixac y el Puig de Sant Andreu (Ullastret), aunque estos fueran masculinos.
Precisamente los nuevos descubrimientos de 2012 en el último lugar han impulsado un estudio específico para este tipo de restos que combina análisis osteológicos de DNA e isotópicos (Subirà 2015) que ha supuesto también la revisión de todo el conjunto antropológico de Puig Castellar para comparar ambas poblaciones4.
El estudio que sigue representa la primera fase de trabajo en el yacimiento layetano con los resultados osteológicos.
Todos los restos humanos exhumados por Ferran de Sagarra en Puig Castellar durante 1904 proceden del esqueleto craneal.
El número mínimo de individuos se ha determinado tomando en consideración aspectos como la repetición de partes óseas, incompatibilidades osteológicas debidas a variaciones en el grado de desarrollo del hueso, diferencias de talla o robustez, o diferencias patológicas tal como sugieren Duday y Masset (1987) o Villena (2015).
El diagnóstico del sexo se ha basado en los criterios de Ferembach y colaboradores (1980) y de Buikstra y Ubelaker (1994).
La atribución de la edad de los individuos se ha basado en la obliteración de las suturas craneales5 y el trabajo de Meindl y Lovejoy (1985).
Finalmente, para la descripción del grupo se han usado las características descritas por Acsádi y Nemeskéri (1970), Martin y Saller (1957) o Buikstra y Ubelaker (1994) y las medidas descritas por Martin y Saller (1957) y Olivier (1960), todos ellos recogidos en Campillo y Subirà (2004).
Descripción de los restos humanos
Los restos humanos exhumados por Sagarra fueron inventariados y siglados a principios del siglo XX en el Institut d'Estudis Catalans.
Las piezas se han descrito a partir de esa numeración original, que va precedida de las iniciales del yacimiento (PC).
También se indica el número actual de registro museístico del Museu d'Arqueologia de Catalunya (MAC).
El único elemento sin numeración específica se referencia como "PC-s.n.".
Las medidas de cada elemento se recogen en las tablas 1, 2 y 3.
PC-388 (MAC BCN-39.986) es el cráneo mejor conocido y más completo de todo el conjunto de restos humanos procedentes de la campaña de excavación de 1904, cuyos detalles de contexto y significación se han descrito en el apartado anterior.
Está deteriorado en la base del cráneo y le faltan piezas dentales y la mandíbula (Fig. 2).
Un clavo de hierro lo atraviesa, con la entrada a nivel de bregma (punto situado en el cruce de la sutura coronal, la sagital y en este caso también la metópica) y la salida por la parte inferior del cráneo, en el extremo del cono del vértice del peñasco del temporal izquierdo.
Una tomografía axial computarizada (TAC) ha permitido observar que parte del vástago ha sufrido un desplazamiento respecto a la posición original durante una antigua restauración poco rigurosa6.
También se ha verificado que la parte superior del hierro está muy alterada y ha perdido buena parte de su materia original, especialmente en la zona del remate.
Con probabilidad, la salida del clavo por la base del cráneo comportó que se destruyera parte de ella, a nivel del agujero occipital y su entorno.
La pérdida se ha producido mayoritariamente a nivel de hueso occipital, si bien también carece de parte del hueso esfenoides y de los dos peñascos -derecho e izquierdo-.
Se trata de un cráneo de contorno ovoide con bolsas frontales y parietales, medianamente marcadas por la norma superior.
La norma lateral permite observar una glabela tipo 2 de Martin y Saller (1957) que continúa con un frontal vertical de perfil ortognato, espina nasal del tipo 2 e incio tipo 2 según Martin y Saller (1957) y la forma 3 del occipital según Acsádi y Nemeskéri (1970) con las líneas temporales poco marcadas.
Las apófisis mastoides presentan los extremos fragmentados por lo que no resulta factible precisar su morfología.
La norma frontal muestra unas órbitas circulares con bolsas frontales marcadas y una nariz de morfología piriforme.
La sutura metópica sin obliterar da un aspecto más redondeado al cráneo.
La norma posterior ofrece una visión domiforme con las líneas nucales débilmente marcadas.
No se puede describir la norma inferior por su mal estado de conservación.
La morfología de las diversas regiones craneales basándose en los criterios de Ferembach y colaboradores (1980) permite atribuirlo a un individuo de sexo femenino.
Esta mujer, según los criterios de edad de Meindl y Lovejoy (1985), murió en torno a los 30-40 años.
Las medidas y los índices calculados (Tabs.
1 y 2) permiten describir este cráneo como muy alargado (hiperdolicocráneo), alto (hipsicefálico) con la cara mediana (meseno), los arcos cigomáticos muy visibles Fig. 2.
Cráneo del individuo PC-388 de Puig Castellar (Santa Coloma de Gramanet).
Arriba a la izquierda norma lateral en la que se observan las marcas en el frontal y la preparación del agujero.
A la derecha norma anterior en la que se aprecia la sutura metópica.
En la parte inferior, a la izquierda norma inferior del cráneo en la que se observa la rotura de la base.
A la derecha TAC donde se observa la fragmentación del clavo y la no emergencia de los caninos (en color en la versión electrónica).
Todas estas se corresponden con la descripción tipológica de la población mediterránea.
El estudio dental, a pesar de conservar los alvéolos maxilares en buen estado, se ha realizado sobre las cuatro piezas dentales in situ que el individuo retiene: el primer molar derecho con una caries a nivel de la línea amelocementaria (LAC) que afecta la dentina, el primer premolar y el primero y segundo molares izquierdos.
La hipoplasia -en banda-solo aparece en el primer premolar.
La edad establecida por las suturas craneales contrasta con un fuerte desgaste de los dientes lo que sugiere que pudieron ser empleados para tareas extraalimentarias.
La tomografía axial computarizada también ha puesto de manifiesto la presencia de los dos caninos que no emergieron por su orientación en el maxilar, y la falta de alvéolos.
No se identificó ninguna patología ósea.
El osteoma sésil de 9 mm de diámetro en el parietal izquierdo cerca de la línea sagital, en la región obélica, es un tipo de tumor asintomático.
El agujero de entrada del hierro en el cráneo muestra un diámetro mayor por la cara endocraneal que por la cara exocraneal como consecuencia de la presión ejercida en el hueso desde el exterior.
Aún y así, el contorno externo se ve agrandado por la intervención previa sobre la zona para facilitar la inserción del clavo y evitar la rotura del cráneo durante la misma (Fig. 2).
Aunque el clavo se conserva in situ se puede apreciar que la perforación es cuadrangular (con los ángulos redondeados).
La diagonal sagital del agujero mide 25 mm mientras que la diagonal coronal mide 17 mm. El cráneo también presenta dos marcas cuadrangulares de unos 4 mm de lado en el propio hueco y en el parietal derecho.
Se intuye que fueron realizadas por un utensilio de dos puntas o por una grapa, para sujetarlo mientras se fijaba el clavo y facilitar así su manipulación sin romperlo.
La manipulación del cráneo produjo la pérdida de parte de la base como ya se ha comentado (quizás durante el clavado o con intención de vaciar su contenido).
En cambio, en la zona de la entrada del hierro no hay ninguna fisura, porque se había preparado previamente el hueso con habilidad; el punto escogido para la perforación (bregma) -en el cruce de las distintas suturas-resulta idóneo porque es frágil y se atravesaría con facilidad.
La ausencia de líneas de fisura demuestra además los conocimientos anatómicos de quien practicó la operación y la plasticidad del hueso en el momento del clavado (debida a la presencia de colágeno).
Se trata pues de un acto hecho necesariamente poco después de la muerte del individuo y antes de haberse iniciado el proceso de esqueletización.
También se relaciona una serie de marcas del hueso frontal (paralelas y orientadas en diagonal desde la sutura coronal -cerca de bregma-hacia la parte anterior del frontal) con el proceso de manipulación, previa al clavado.
La dirección de las incisiones indica que se realizaron precisamente para levantar los tejidos blandos de la cabeza y visualizar directamente la zona del hueso donde convenía perforar antes de hacer pa-sar el clavo (Fig. 2), evidenciando de nuevo que la ejecución de todo el proceso la realizó una mano experta.
PC-389 (MAC BCN-49221) corresponde a gran parte de la bóveda craneal: conserva casi la totalidad del hueso frontal, de los dos huesos parietales (parte del izquierdo y el derecho entero) y parte del occipital (Fig. 3).
En norma lateral se intuye una glabela tipo 2 y un occipital de tipo 2 según Acsádi y Nemeskéri (1970).
También presenta unas leves protuberancias frontales.
Por la norma superior tiene forma ovoide y se intuye una bolsa parietal en el lado conservado, el derecho.
Por la norma posterior la morfología es esferoide.
El hueso no ha permitido la toma de medidas y por tanto tampoco el cálculo de índices que hubiesen facilitado su descripción tipológica.
Al carecer del esplacnocráneo tampoco se ha podido describir los rasgos de la cara.
La falta de elementos diagnósticos de sexo no ha permitido determinarlo.
Su parecido con el del ejemplar PC-388/MAC BCN-39986 evidencia que, en origen, el cráneo estuvo clavado.
De dicha perforación salen hacia la región posterior dos fracturas radiales.
La primera rompió el cráneo en dos grandes fragmentos (se conservan sin reconstituir), y la segunda hacia el parietal izquierdo comportó la pérdida de parte de esta región (Fig. 3).
Asimismo, existe una fisura sinuosa en la región anterior que se dirige hacia la glabela.
La morfología de ambas fracturas y de la fisura, nada lineales, indica que se produjeron en el momento de introducir o de remachar el clavo con fuerza.
El aspecto de las fracturas también indica que el hueso todavía conservaba colágeno, es decir que se rompió poco tiempo después de la muerte del individuo.
La apertura del entorno posterior del agujero es ligeramente mayor que la del anterior.
Esta adecuación de la superficie ósea estaría destinada a evitar la rotura del cráneo cuando se sujetara al soporte (Fig. 3), aunque ya se ha comentado que no fue suficiente.
Paralelamente, la morfología del agujero en el exocráneo es poligonal, mientras que la sección endocraneal es totalmente circular, lo que apoya la tesis de la preparación previa del hueso antes de fijar el clavo.
El diámetro de la superficie endocraneal de la perforación también es mayor que el de la exocraneal, demostrando que se trata del punto de entrada del hierro.
La falta de la base del cráneo impide valorar por donde salió.
Justo en la porción anterior del orificio, también en la misma línea sagital, se detecta una impresión cuadrada de unos 3 mm de lado.
Podría tratarse, de nuevo, de la marca dejada por un elemento que sujetara el cráneo mientras se manipulaba, quizás en el momento de introducirle el clavo.
Otro tipo de marcas del individuo corresponderían a una etapa anterior.
Se trata de lesiones causadas por actos violentos relacionados con la etapa final de su vida: el extremo inferior del hueso occipital presenta una fractura -a consecuencia de un corte de 33,25 mm de longitud y 12,5 mm de anchura máxima-(Fig. 3).
La morfología y profundidad del corte, mayor en el lado derecho que en el izquierdo, indican que un individuo diestro le atacó por el lado derecho.
El agresor actuó por la espalda impactando un arma cortante en la región occipital.
El agredido estaba de pie por lo que probablemente no se trataría de un ajusticiado.
De haberlo mantenido arrodillado o agachado para ser decapitado, el corte hubiera afectado la región posterior que incluiría también las vértebras.
Sin embargo, por su gravedad, queda claro que la intención de tal ataque era causarle la muerte que probablemente ocurrió.
PC-390 (MAC BCN-49222) incluye la práctica totalidad del hueso frontal y partes de los parietales izquierdo y derecho (Fig. 4).
En la norma anterior se ven unas órbitas de bordes redondeados y con unas fosas frontales débiles.
La norma lateral derecha muestra una glabela tipo 4 de Acsádi y Nemeskéri (1970), mientras que la norma lateral izquierda deja ver unas líneas temporales poco marcadas y con un hueso nasal derecho que sobresale.
La norma superior del cráneo muestra una cierta asimetría, lo que al estar incompleto hace suponer que fuera un cráneo estrecho.
En la región de bregma se encuentra un hueso wormiano.
En general el hueso es grueso: 7,8 mm en el parietal derecho.
Pertenecería a un individuo de sexo masculino (por la morfología) y de una edad -teniendo en cuenta que tan solo se observa parte de la sutura coronal-en torno a los 50-60 años.
La cara endocraneal del hueso no evidencia ninguna alteración vascular ni patológica.
El estudio exocraneal permite reconocer una cribra orbitalia bilateral en las cavidades oculares y un corte de 22 mm de longitud y 12 mm de sección en el parietal izquierdo del cráneo.
Se debe a un elemento cortante que golpeó al individuo de arriba abajo de forma tangencial, como muestra la impronta de la escama extraída (Fig. 4).
El ataque debió producirse frontalmente.
PC-391 es un fragmento de calvaria formado por parte del hueso frontal izquierdo que incluye una fracción del techo de la órbita -con evidencias de cribra orbitalia-y la práctica totalidad del parietal derecho (Fig. 5).
Ambos huesos, siempre en sus bordes, muestran parte de las suturas coronal, sagital y lambdática.
Su trazado perfecto evidencia que solo habían iniciado su obliteración a nivel del segmento S3 de la sutura sagital, facilitando la rotura a este nivel.
Se trataría pues de un individuo de unos 20 años como máximo.
El borde de la órbita, gruesa, y la morfología general del parietal, sin protuberancia, permitirían atribuirle sexo masculino.
En norma lateral derecha y por debajo de las líneas temporales de la careta temporal del frontal, se observa un conjunto de marcas de entre 4 y 8 mm de longitud, realizadas con algún elemento cortante o punzante.
Están orientadas de arriba abajo hacia la sutura frontoesfenoidal (Fig. 5).
PC-s.n. es un fragmento de hueso frontal derecho de 93 mm de anchura y longitud comprendida entre los 38 mm en la región central y los 52 mm en el lado opuesto (Fig. 5).
Su cara endocraneal conserva parte del canal del seno longitudinal superior.
Al estudiar la cara exocraneal de la carilla temporal del frontal, bajo la línea temporal inferior, se observan un conjunto de marcas realizadas con algún elemento cortante o punzante, orientadas desde la parte superior hacia la sutura frontoesfenoidal.
Su longitud oscila entre 4 y 6 mm aproximadamente.
Asimismo, un corte de 16 mm de longitud secciona de arriba a abajo el extremo superior derecho de la órbita (Fig. 5).
No se observa regeneración de la herida por lo que se deduce que esta se produjo poco antes de la muerte del individuo.
La morfología del borde de la órbita y la inclinación del hueso frontal permiten atribuir este fragmento al sexo masculino.
No hay ningún elemento que facilite el diagnóstico de la edad, aunque se descarta que se trate de un niño.
El primero pertenece al lado derecho, conserva toda su longitud y una anchura máxima de 86 mm (Fig. 6A1).
El grosor del hueso, la morfología de la región de sutura coronal que ha perdurado y el fragmento de borde de la órbita -con presencia de cribra orbitalia-permiten asignarlo a un individuo de edad subadulta.
No hay otra evidencia de patología ni de ningún traumatismo.
El otro fragmento (Fig. 6A2) corresponde a la hemimandíbula izquierda completa, fracturada a nivel del segundo premolar derecho.
El fragmento incluye todos los alvéolos desde el segundo molar izquierdo hasta el segundo premolar derecho.
Las piezas presentes en los alvéolos corresponden a dentición definitiva del lado izquierdo: primer incisivo, canino, primer y segundo premolar y primero y segundo molar.
En ninguna se ha podido observar patología dental ni caries ni hipoplasia, y solo el incisivo presenta acumulación de cálculo dental.
El cóndilo mandibular no ha finalizado su desarrollo denotando que no ha alcanzado la edad adulta.
Este dato junto al desgaste y desarrollo dental permiten relacionarlo con el fragmento de cráneo y asignar al individuo unos 15 años de edad.
Las dimensiones de la mandíbula que se han podido tomar (Tab.
3) son meramente descriptivas debido a su juventud.
La morfología de las piezas óseas y dicha juventud no permiten atribuirle el sexo.
La morfología y características del fragmento craneal y mandibular y la falta de incompatibilidades óseas, patológicas o de diagnóstico (tanto de edad como de sexo) entre ambos, han permitido asignarlos al mismo individuo.
El mayor (PC-393) pertenece al lado derecho.
Mide 88 mm de anchura y 65 mm de longitud máxima, e incluye la parte anterior del hueso frontal con el techo de la órbita derecha y la articulación con los huesos nasales.
El segundo (PC-394) corresponde a la parte más externa de la órbita izquierda (cavidad casi entera con anchura de 30 30 mm).
Se han asociado ambos fragmentos por la morfología y similitud de las órbitas, profundas y con bordes redondeados.
Tipológicamente el cráneo presenta una glabela pronunciada -tipo 3 de Acsádi y Nemeskéri (1970)-y no se observan bolsas frontales.
Por ambos caracteres podría asociarse a un individuo de sexo masculino, pero con reservas.
Ningún elemento óseo permite asignarle una edad concreta, aunque su textura y robustez sugieren un adulto.
De nuevo los fragmentos, a pesar de sus pequeñas dimensiones, permiten reconocer en las caretas temporales de ambos frontales un conjunto de marcas realizadas con algún elemento cortante o punzante, efectuadas de arriba hacia la sutura frontoesfenoidal.
PC-396 es una de las mandíbulas más completas halladas en la campaña de excavación (Fig. 6C).
Incluye todo el lado derecho y está fracturada en el lado izquierdo a nivel del tercer molar.
También conserva una fractura a nivel de la sínfisis mandibular, por donde se reconstituyó antiguamente.
Los alvéolos están en buen estado, desde el tercer molar derecho al tercer molar izquierdo.
Las piezas están insertadas salvo los primeros incisivos y el segundo izquierdo.
El estudio patológico de los dientes identifica cálculo dental en todos, ausencia de caries y evidencias de hipoplasia tan solo a nivel de canino y segundo premolar.
El primer molar derecho y segundo izquierdo presentan un ligero retroceso alveolar insuficiente para considerarse patológico.
La morfología de la mandíbula -un mentón marcado, un borde grueso y un ángulo mandibular con eversión goníaca pronunciada-permiten asignarla a un individuo de sexo masculino.
La edad de muerte -entre 18 y 25 años-se ha atribuido a partir del grado de desgaste dental (Brothwell 1987).
No hay evidencias de ninguna fractura o marcas atribuibles a la causa de deceso ni a un proceso de tratamiento del cuerpo post mortem.
PC-398 (MAC BCN-49223) es un fragmento de mandíbula que incluye la hemimandíbula derecha hasta la mitad del alvéolo del segundo incisivo izquierdo (Fig. 6D1, D2).
Conserva los alvéolos y las piezas desde el tercer molar derecho hasta el segundo incisivo izquierdo, salvo el canino derecho y el segundo incisivo izquierdo.
Los dientes se conservan en buen estado, observándose hipoplasia en bandas en el canino, caries en el tercer molar y cálculo en los incisivos y premolares.
A partir del desgaste dental la edad de muerte del individuo estaría en 18-25 años.
La morfología de la pieza -mentón, borde inferior, ángulo mandibular-permiten asignarle sexo masculino.
La región mentoniana presenta un corte resultado de un golpe frontal con un arma cortante, realizado por una persona diestra, que comportó la pérdida de más de 4 cm de longitud de hueso (Fig. 6).
La agresión se produjo mientras la víctima estaba de pie.
PC-402 es una mandíbula, reconstruida en el pasado a partir de dos fragmentos que se han separado de nuevo para facilitar el estudio de esta región.
Incluye desde la rama derecha -incompleta puesto que le falta el cóndilo y la apófisis coronoide-hasta el alvéolo del segundo premolar izquierdo.
Está fracturada a nivel del segundo incisivo derecho.
Se conservan los alvéolos desde el segundo molar derecho hasta el segundo premolar izquierdo.
A excepción del alvéolo del segundo incisivo derecho, el resto incluye las raíces de los dientes y las coronas del primer y segundo molar derecho, con el esmalte dañado.
Muestra evidencias de haber sido quemada (Fig. 6E) a una temperatura insuficiente para deformarla por lo que se han podido tomar varias medidas (Tab.
Por la cara bucal el lado izquierdo presenta una coloración blanquecina y el derecho negruzca.
Esta desigual coloración indica que el lateral izquierdo sufrió las temperaturas más elevadas porque la pieza reposaría sobre este lado.
La conservación de las coronas dentales enteras o parciales corrobora la menor afectación del lado derecho.
Del resto de piezas tan solo se han preservado las raíces por lo que la única patología dental valorable es la ausencia de caries.
El cambio tan claro de coloración entre ambos lados de un elemento tan tridimensional como una mandíbula implica que la esqueletización de la pieza era incompleta.
Llama la atención el doble agujero mentoniano del lado derecho por su baja incidencia en la población actual.
A nivel del cuerpo mandibular se observa un corte.
El arma cortante impactó por la parte anteroinferior del individuo dirigiéndose hacia atrás y provocó la extracción de una lasca de unos 17 mm de longitud y 17 mm de altura.
El aspecto general, las pequeñas dimensiones, el mentón pequeño y un ángulo mandibular prácticamente recto permiten asignarla a un individuo de sexo femenino.
Se encuadra entre los 17-25 años de edad por el grado de desgaste de los dos molares (Brothwell 1987).
PC-403 consta de dos fragmentos de mandíbula, consolidados por una antigua restauración (Fig. 6F), con algunas concreciones calcáreas en el lado izquierdo.
La pieza incluye desde el alvéolo del segundo molar derecho hasta la base de la rama ascendente izquierda.
Los alvéolos conservados van del segundo molar derecho hasta el alvéolo del tercer molar izquierdo.
También presenta evidencias de haber sido quemada: la parte bucal anterior tiene un color negro, mientras que el resto es de color más blanquecino, sobre Trab.
La cremación produjo la rotura de las piezas dentales.
Las que se conservan están fragmentadas desde las raíces (canino y segundo incisivo derechos y primer premolar izquierdo) y dañadas a nivel de las coronas (segundo premolar, segundo y tercer molares izquierdos).
Las demás cavidades están vacías por la acción del fuego.
La fina capa de concreción impide precisar la coloración de la pieza y por tanto decidir si el fuego actuó en la mandíbula cadavérica o esqueletizada.
Se han podido tomar algunas medidas del lado izquierdo (Tab.
Su mentón es pronunciado, relativamente grande, y por la morfología y el grosor del borde inferior mandibular puede asignarse a un individuo de sexo masculino.
Se aprecia el tercer molar izquierdo que emerge a partir de los 18 años.
La fragmentación del primer molar impidió observar su grado de desgaste.
Tampoco hay otros elementos que permitan una atribución más precisa de la edad más allá de reconocer que se trata de un adulto.
PC-399 es un fragmento de mandíbula que incluye desde la sínfisis mandibular hasta el segundo molar derecho.
Contiene los alvéolos desde el segundo molar derecho hasta el primer incisivo izquierdo.
Las piezas dentales están in situ salvo el tercer molar derecho (Fig. 7).
Todos los incisivos y el canino presentan acumulaciones de cálculo.
La pérdida del esmalte dental post mortem en los incisivos impide ver las líneas de hipoplasia del esmalte que sí aparece a nivel de canino y de los dos premolares.
No hay evidencias de caries, de retroceso alveolar o de fístulas en el cuerpo mandibular.
Un corte en el borde inferior podría corresponder al primero de varios impactos para decapitar al individuo, que le produjo la pérdida de unos 25 mm de longitud de hueso en el borde inferior (Fig. 7).
Por la cara interna se observa otro corte que extrajo una lasca de hueso de 18 mm de longitud y 6 mm de altura a nivel de la línea oblicua interna (Fig. 7).
Dicho corte se produjo por la parte inferior de la mandíbula y probablemente de atrás hacia adelante.
Correspondería al segundo impacto.
Finalmente la mandíbula fue seccionada a nivel de la sínfisis mandibular (Fig. 7).
El impacto cortante debió ser contundente y se imprimió frontalmente, produciendo una fractura totalmente rectilínea que secciona el hueso.
Corresponde al último ataque, efectuado cuando el individuo ya estaría abatido en el suelo.
La morfología de la pieza, con un mentón y un borde inferior muy robustos, permiten la atribución a un individuo de sexo masculino.
El desgaste dental indica una edad de unos 25-35 años en el momento de su muerte (Brothwell 1987).
Interpretación de los resultados paleoantropológicos
La colección de restos humanos de Puig Castellar está constituida por 7 fragmentos craneales (dos de ellos bastante completos PC-388 / MAC-BCN 39986 y PC-389 / MAC-BCN 49221) y 6 fragmentos mandibulares depositados en el MAC-Barcelona.
Dos fragmentos han podido atribuirse a un mismo individuo.
Se trata de una mandíbula y un fragmento craneal, atribuibles por sus rasgos a un joven de unos 15 años, y de otro, sin edad reconocible, al que se han asignado dos fragmentos craneales por la morfología de las órbitas oculares.
El estudio del material ha permitido ir más allá de los cinco cráneos enumerados por el descubridor para hablar de un total de 12 individuos, de ambos sexos.
Los dos cráneos más completos presentan claras muestras de haber sido atravesados por clavos para unirlos a un soporte de madera.
El hierro del más relevante, aunque está alterado e incompleto, se conserva aún in situ.
Ambos cráneos, además de la perforación de entrada del clavo tienen otras marcas cuadrangulares, mucho más pequeñas que no atraviesan la pared ósea.
Sus características y posición hacen más plausible relacionarlas con los anclajes necesarios para sujetar las cabezas temporalmente en el proceso de manipulación antes de clavarlas al soporte definitivo que con puntos de anclaje secundarios.
Estos cráneos no muestran marcas antrópicas en el área de inserción del músculo temporal.
En cambio aparecen en algunos de los fragmentos craneales, localizados en la carilla temporal del hueso frontal, pudiendo incluir parte del hueso parietal, y se caracterizan por ser cortas, poco profundas y numerosas.
Su orientación y localización resultan de acciones destinadas a liberar las fibras verticales anteriores del músculo temporal del hueso.
El cráneo más completo presenta además multitud de marcas en el hueso frontal que habían pasado desapercibidas hasta el momento y que asociamos igualmente a la preparación de las cabezas para su exhibición.
Son trazos incisos que se extienden desde el bregma hacia delante, en dirección a las sienes, y cuya localización difiere de las anteriores.
Estarían relacionados con el levantamiento del cuero cabelludo, realizado ex professo con ayuda de algún instrumento.
Sus características y ubicación muestran que el fin de esa operación era permitir la localización del punto anatómico más favorable para practicar la perforación por donde pasaría el clavo.
Su trayectoria vertical indica que la cabeza se presentaría sobre una base (probablemente un poste) de madera.
Todas las marcas identificadas sobre los restos humanos, consecuencia de esas manipulaciones durante la fase de preparación, debieron producirse sobre cabezas previamente separadas de los respectivos cuerpos pero, como la base del cráneo o bien ha desaparecido o se encuentra muy maltrecha, ya es imposible observar cualquier corte a nivel del agujero occipital asociable a la maniobra de decapitación.
En todo caso, las operaciones mencionadas, destinadas a levantar el cuero cabelludo o a perforar los cráneos, se hicieron poco después del fallecimiento de las víctimas y tras la separación de sus cabezas que todavía conservaban suficiente plasticidad.
Los seis restos mandibulares aislados evidencian otras particularidades.
Tres engloban más de la mitad de la mandíbula y otras tres solo una hemimandíbula.
Esta división sería intencional, pero no se manifiesta una clara preferencia por conservar uno u otro lado (cuatro son derechas y dos izquierdas).
Tres mandíbulas presentan cortes contundentes, a veces con eliminación de material óseo, evidencias de agresiones previas por arma blanca.
Todas las lesiones pueden considerarse peri mortem porque los cortes se produjeron cuando los huesos todavía conservaban colágeno.
La trayectoria de algunos demuestra incluso que el individuo estaba de pie cuando se produjo la agresión y que no se trató de una ejecución.
Destacan las tres lesiones consecutivas de PC-399: el individuo estaba de pie al recibir la primera pero cuando sufrió la última -que probablemente le causó la muerte-se encontraba ya abatido.
La mandíbula PC-399 es especial (Fig. 7) ya que la lesión por arma blanca de la cara interna se puede relacionar con la ablación de la lengua, como se ha sugerido en otros casos (Ciesielski et al. 2011: 141).
La coloración ennegrecida de dos de las mandíbulas estudiadas indica su exposición al fuego7.
Además una de ellas ya habría sufrido lesiones por arma blanca.
El maxilar del cráneo PC-388 y los fragmentos mandibulares independientes también aportan información relevante del estado de salud de los individuos.
No hay evidencias de procesos infecciosos, ya sea como caries, formación de fístulas o retroceso alveolar, resultante de una enfermedad periodontal.
Alguno presenta cálculo dental en la mayoría de las piezas relacionable con la ingesta de alimentos blandos.
En general se aprecia un fuerte desgaste dental, bastante más acentuado en el cráneo PC-388, atribuible al uso de la dentición en actividades productivas, como el trabajo de las fibras vegetales o el curtido de la piel.
Todos los cráneos, completos o fragmentados, conservan como mínimo parte de una órbita ocular y cribra orbitalia en cuatro de los 7 individuos.
Solo es bilateral en uno de los que tienen ambas órbitas.
La elevada frecuencia de dicha cribra es consecuencia o de una alimentación deficitaria, o de un mismo origen geográfico donde la prevalencia de enfermedades como la malaria o la talasemia se asociaría a las condiciones ambientales, o al mismo origen genético.
Como los datos dentales parecen indicar que no sufrieron déficit nutricional, el factor alimentario podría descartarse como causa de la cribra.
La causa de su etiología debe buscarse en la estrecha relación entre todos los individuos, propia de una misma población, ya sea a nivel cultural, geográfico o genético o por su combinación.
Finalmente, recordamos que solo el cráneo PC-388 / MAC-BCN 39986 del conjunto estudiado presenta un tumor sésil u osteoma de carácter asintomático y la agenesia alveolar de los caninos incluidos.
Múltiples culturas han considerado a lo largo del tiempo que la cabeza humana concentra los valores esenciales del individuo.
Por ello, desde el Neolítico, se constata una dualidad: las cabezas de ciertas personas destacadas han sido conservadas como reliquias protectoras, mientras que, en ocasiones, a los miembros de otros grupos (enemigos o simplemente foráneos), después de darles muerte se les arrebataban con una intención muy distinta.
Incluso podían emprenderse acciones específicas para ello, como las expediciones de los denominados "cazadores de cabezas" del sudeste asiático.
Las cabezas conseguidas en este último contexto adquirían la categoría de trofeo y quienes las atesoraban en la antigüedad, a menudo creían estar apropiándose también de la energía vital de las víctimas (Sterckx 2005; Dedet 2011; Armit 2012; Gracia 2015).
Las cabezas cortadas, elementos preciados desde el punto de vista ideológico, a menudo han sido utilizadas, pues, en un contexto competitivo entre individuos y/o grupos.
Por ello a la primera fase de captura seguía necesariamente otra de exhibición, ante toda la comunidad o bien restringida a solo un segmento privilegiado.
Esto implicaba la instrumentalización de unos restos humanos a los que se privaba del tratamiento funerario convencional propio de cada contexto cultural.
Se les cosificaba, se les negaba el respeto inherente a cualquier difunto humano, convirtiéndolos en un medio para reafirmar la identidad de un grupo y cohesionarlo alrededor de quienes ejercían o pretendían ejercer el liderazgo social.
Existiría una ideología sobre la cual se sustentaban dichas prácticas simbólicas y unos agentes que controlaban su materialización de acuerdo con unas pautas premeditadas.
Para presentar las cabezas de modo estable (y no solo depositarlas en un lugar convenido) se podrían colgar, introducir en un receptáculo, encajarlas en otro elemento a través del foramen magnum [URL]. empalándolas) o incluso unirlas a un soporte mediante una pieza de hierro, para mantenerlas fijas en una determinada posición, como ocurre en el mundo ibérico septentrional.
Allí, tal como hemos descrito, el ejemplar más íntegro del poblado de Puig Castellar conservaba un clavo que lo atravesaba prácticamente en vertical, lo que nos permite deducir que en origen se colocó rematando el extremo de una estaca o de un elemento de madera.
También se ha documentado en este y otros restos craneales del yacimiento un tratamiento previo de las partes blandas y el hueso, que coincide con el observado en otras cabezas cortadas del territorio íbero septentrional, en el área de Ullastret (Agustí y Díaz 2015; Agustí y Martín 2006).
En el continente europeo, la instalación de cabezas sobre postes se documenta ya en el Mesolítico, en la zona escandinava (Hallgren y Fornander 2016).
Gracias a las fuentes escritas griegas y latinas también conocemos para épocas posteriores costumbres parecidas como la exhibición en la parte superior de palos y estructuras antropomorfas a veces acompañadas de armamento, formando trofeos (Gabaldón 2004).
Otro paralelo sería el de los conjuntos de cabezas y armas clavadas en puertas y fachadas de edificios de la Galia meridional a quienes se refieren diversos autores clá- Aguilera (2012Aguilera (, 2014)).
En cambio, las fuentes escritas no aportan información sobre los íberos o bien resulta demasiado confusa e improbable tal como ha puesto de relieve Quesada (2014: 90).
No queda claro si los textos que describían originariamente a guerreros victoriosos con haces de manos amputadas -como las representadas en las estelas del Bajo Aragón-colgando de sus cinturones o bien esgrimiendo cabezas clavadas en sus picas, exultantes tras la toma de Selinunte, se referían realmente a mercenarios de íberos tal como se había pensado hasta ahora.
En el ámbito iconográfico, sí parece que la estela ibérica de Camp de les Lloses (Tona, Barcelona) recoge una escena de decapitación tras un combate entre dos guerreros (Rovira 2015: 47).
Del mismo modo en un ámbito peninsular más alejado, existen pequeños bronces celtibéricos (fíbulas y báculos) que reproducen a jinetes portadores de cabezas cortadas, y que podrían estar aludiendo a personajes míticos o antepasados guerreros heroizados.
El registro arqueológico indica que un importante número de hallazgos osteológicos e iconográficos de finales de la Edad del Hierro, vinculados a las "cabezas cortadas", se sitúa fundamentalmente en el Golfo de León.
Los ejemplos proceden de los principales hábitats de la Galia mediterránea (Provenza y Languedoc) (Dedet 2011; Pernet y Roure 2011), y los restos humanos se concentran en los núcleos urbanos del extremo nororiental del mundo ibérico, es decir en la franja transpirenaica que se extiende entre en el actual Rosellón (en Le Cailar, Pech Maho, y probablemente Ruscino) y el área correspondiente a los antiguos indiketes y layetanos, en las actuales provincias de Girona y Barcelona.
El límite inferior de este fenómeno se sitúa en el río Besós, precisamente donde se halla el oppidum de Puig Castellar.
A poca distancia de este se encontraron también restos de alguna calota perforada en Ca n'Olivé (Francès et al. 2005).
Aunque cerca de allí se descubriera puntualmente también algún otro cráneo en los poblados de Burriac y Turó de Montgat (Campillo y Agustí 2005: 983-984) su carácter difiere pues no se identificaron trazas de haber sido perforados.
Otro caso especial sería el ejemplar de l 'Illa d' en Reixac, con mutilaciones dentales y evidencias de desgaste desigual, que responderían a su exposición en una hornacina hacia finales del siglo V o principios del IV a.
Más al sur, también se han localizado restos craneales fragmentarios en algu-nos yacimientos levantinos (Oliver 1995) pero ninguno perforado o clavado.
En resumen, las cabezas cortadas del ámbito ibérico catalán como las del Puig Castellar caracterizan momentos de abandono de yacimientos urbanos de los siglos III y II a.
C. Se han hallado en depósitos primarios que corresponden a niveles de circulación de calles y grandes edificios representativos denominados "aristocráticos", o bien en depósitos secundarios, cuando algunos se trasladaron a fosas y silos para enterrarlos tras un periodo de exposición, a menudo en compañía de las armas con las que ya habían compartido antes un espacio como trofeos (Rovira 1998; Rovira y Codina 2015).
Los yacimientos más representativos de este fenómeno son los de la dípolis de Ullastret (Puig de Sant Andreu e l 'Illa d' en Reixac) para la zona indiketa y el del Puig Castellar para la layetana.
Son los únicos donde aparecieron cráneos muy completos -algunos con los clavos in situ y otros solo con rastros de las perforaciones-y numerosos fragmentos craneales, así como de mandíbulas.
Estas últimas, completas o no, siempre superan en número a los cráneos propiamente dichos.
La permanencia de los huesos a la intemperie se traduce en alteraciones y desgastes superficiales.
También coinciden en la posición de las perforaciones (parte superior del cráneo, en zonas fáciles de atravesar, pero a la vez suficientemente resistentes) y en el procedimiento (efectuadas sobre el hueso fresco, poco después de fallecer el individuo y tras ser decapitado).
Se efectuaba con cuidado, actuando desde la parte externa del cráneo, y dejando un hueco circular o cuadrangular de aproximadamente un centímetro de diámetro por donde luego se introduciría el clavo que los unía a un soporte de material perecedero, presumiblemente de madera.
A veces también se han reconocido rastros de otras marcas menores (pocos milímetros y sección cuadrangular) sobre los huesos parietales, resultantes de una sujeción mediante grapas o instrumentos apuntados.
Parece probable que su objetivo fuera mantenerlos estables durante la fase de preparación más que la propia la exhibición según Agustí y colaboradores (2016) y Agustí y Díaz Carvajal (2015) sugieren para el núm. 4945 de Ullastret.
La primera fase de preparación incluía además el desollado previo de las cabezas.
Estas maniobras, destinadas a separar los tejidos blandos del sustrato óseo para encontrar el punto a perforar, han dejado estrías paralelas sobre él, especialmente numerosas y visibles en el frontal del cráneo MAC-B 39986 (PC-388) de Puig Castellar y apreciables en Ullastret solo en los cráneos núm. 4945 y 4948.
Uno de los principales rasgos diferenciales entre Ullastret y Puig Castellar reside en la composición del grupo demográfico representado por los restos craneales publicados en detalle hasta ahora.
En Ullas- tret (Prado y Rovira 2015) son hombres de entre 16-18 años y algo más de 50 y, en Puig Castellar, la representación se amplía algo: hombres y mujeres adultas, pero en un rango de mayor juventud: el menor de Puig Castellar -PC-392-397-tenía unos 15 años cuando murió y solo había un individuo adulto de edad avanzada (entre 50 y 60 años).
Oliver (1995) ya indicó la presencia de individuos femeninos entre los restos humanos de yacimientos urbanos ibéricos de Castellón y se cree probable que también lo sea otro individuo de Ca n'Oliver, hallado durante las excavaciones de la zona de entrada de este importante asentamiento layetano y actualmente en curso de estudio 8.
Por el contrario no consta ningún caso en el ámbito del sudeste francés, donde incluso Dedet (2011) ha señalado que se trata exclusivamente de adultos masculinos.
El estado de salud de las poblaciones de Puig Castellar y Ullastret se conoce por algunos ejemplos de hipoplasia del esmalte dental (relacionada con problemas en la infancia por enfermedad o déficit alimentario) y por la cribra orbitalia generalizada en Puig Castellar y solo ocasional en Ullastret (núm. 4944).
En ambos yacimientos las lesiones por arma blanca son tan contundentes que parecen mortales en varios casos: a diferencia de Ullastret, en Puig Castellar ninguno de los individuos afectados experimentó una supervivencia prolongada.
Como modalidad de exposición de las cabezas, en ambos lugares se requirió ayuda de un gran clavo (unos 20 cm de longitud) para fijarlas individualmente con pequeñas variaciones en su ubicación.
En Puig Castellar todos los restos (12 individuos) se encontraron junto la muralla, en la entrada al yacimiento, como en otros casos del sur de Francia (Dedet 2011), y la orientación vertical del clavo mejor conservado hace pensar que remataba una estaca o un elemento arquitectónico de madera.
En Ullastret prevalecen otras zonas del eje viario y se reitera su conexión con grandes edificios vinculados a la aristocracia local como los de la Zona 14 del Puig de Sant Andreu y la 15 de l 'Illa d' en Reixac.
Allí aparecerían aplicados a maderas de las fachadas, con los clavos en posición inclinada.
En estos lugares, y en el enclave también indiketa de Mas Castellar de Pontós, los restos suelen estar asociados a armas (las espadas amortizadas ritualmente también pueden estar atravesadas por un clavo) (Rovira y Co-8 Comunicación personal de Joan Francès, director de las excavaciones.
dina 2015), a diferencia de Puig Castellar, donde no pudo demostrarse su asociación a ningún elemento bélico.
La voluntad de entender el significado de las cabezas cortadas en el sur de Europa durante la Segunda Edad del Hierro requiere implementar una investigación transversal que combine la antropología física con análisis de laboratorio (ADN, isotópicos, resi-duos...), el estudio de las fuentes y la iconografía.
Este trabajo contribuye a desvelar los rituales vinculados a la violencia en el nordeste de la península ibérica a partir del conjunto osteológico de El Puig Castellar según una línea metodológica que iniciamos en el área de Ullastret (Prado y Rovira 2015; Agustí et al. 2016), pero con intención de ir más allá y contribuir al conocimiento de la población ibérica en general.
Esta, debido al ritual de cremación de sus muertos, está escasamente descrita y las inhumaciones son esencialmente infantiles por lo que el volumen de datos disponibles es muy escaso.
El estudio morfológico y métrico de los restos craneales exhumados en Puig Castellar aporta evidencias de carácter no funerario correspondientes a individuos de distintas edades, aunque el pequeño tamaño de la muestra no permite, por ahora, establecer una comparación exhaustiva con otros grupos humanos.
En esta primera fase de trabajo durante la cual se ha caracterizado el conjunto desde la óptica de la antropología física, se han podido detectar numerosas coincidencias con el área de Ullastret, en cuanto al modus operandi de preparación de las cabezas.
Este denota una metodología bien definida, con un buen conocimiento de la anatomía humana y la existencia de "especialistas" que empleaban un utillaje particular, como pequeños elementos de sujeción y clavos que sobrepasan en tamaño a los utilizados habitualmente en las construcciones de la época.
Las diferencias más significativas entre los grupos de Ullastret y Puig Castellar por ahora se aprecian en la gran incidencia de la cribra orbitalia y la presencia femenina en el segundo.
La identificación de mujeres entre las víctimas halladas en Puig Castellar podría sorprender dado que, de manera generalizada hasta hoy, las "cabezas cortadas" de la Edad del Hierro han sido atribuidas exclusivamente a guerreros caídos en el campo de batalla por influencia de las fuentes escritas clásicas que sitúan acciones de este tipo en el ámbito céltico.
Su posible atribución a "amazonas" no nos parece adecuada porque, entre las escasas fuentes que mencionan los episodios bélicos en el nordeste a raíz de la Segunda Guerra Púnica (Quesada 1996) únicas menciones a mujeres se hacen en condición de rehenes (la mujer e hijas de Índibil) y jamás entre los contingentes.
Pensamos que su presencia se debería a razias, el tipo de conflicto violento entre comunidades que se atribuye a los íberos: ataques rápidos por sorpresa con el objetivo de apropiarse de un botín formado por los bienes ajenos y quizás también capturar efectivos humanos.
Si nos atenemos a ejemplos antropológicos (Armit 2012) parece factible que se exhibieran las cabezas de los vencidos en otras comunidades, sin distinción de sexo o edad como muestra de valentía y superioridad sobre ellos.
Esto explicaría que entre los individuos estudiados de Puig Castellar se cuenten dos mujeres y un joven de unos 15 años.
Serían miembros de una o varias comunidades rivales asaltadas, mostrados como trofeos en una zona de acceso al poblado. |
a Instituto de Arq ueologí a, CSIC-J unta de E x tremadura.
El objetivo de este trabajo es proporcionar un primer avance del estudio del castro de Villasviejas del Tamuja (Botija, provincia de Cáceres) a partir de la combinación de técnicas no destructivas.
La posibilidad de cruzar los resultados obtenidos con diversos métodos geofísicos (magnetometría, georradar y tomografía eléctrica) plantea la oportunidad de formular un diagnóstico fiable sobre la organización espacial de este enclave.
Se describen los resultados más relevantes, y se valora su aportación para una interpretación general de la estructura urbana y la morfología de los espacios domésticos.
Esta información es contrastada con los datos de excavación previamente disponibles, y se analiza su encuadre dentro del conocimiento actualmente existente sobre este tipo de asentamientos.
Asimismo, se añaden elementos de interés acerca de la evolución diacrónica del sitio, que son relevantes en relación con las hipótesis formuladas acerca del impacto de la conquista romana.
En última instancia se pondera el potencial de este tipo de estrategias de investigación para el estudio y revalorización de zonas arqueológicas grandes y complejas. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) En memoria de Lydia Zapata, con quien nos hubiera gustado poder compartir este descubrimiento.
Este trabajo presenta el descubrimiento y posterior estudio de grafismos rojos de estilo paleolítico en la cueva de Baltzola (Dima, Bizkaia).
Las labores de prospección y documentación allí desarrolladas por los arriba firmantes han identificado un modesto conjunto decorado en el que destaca un ideomorfo difícil de caracterizar.
Pudiera tratarse de un signo encajable entre los "claviformes cantábricos" (conocidos en cuevas como Altamira, Tebellín o La Pasiega B y C) o "cuadriláteros con apéndice" (identificados en las de La Pasiega A o El Castillo).
La rigidez de las tipologías hasta ahora planteadas para clasificar a los ideomorfos, pudiera obviar la existencia de límites muy difusos entre unos y otros.
Además es un signo hasta ahora inédito en el oriente de la Cornisa Cantábrica, que permite correlacionar la cavidad de Baltzola con otras situadas en el centro-oeste cantábrico, pero cuya atribución cronológica precisa resulta difícil a falta de dataciones directas.
El día 25 de septiembre de 2016, en el marco de los cursos de espeleo-socorro organizados por la Euskal Espeleo Laguntza/Espeleo Socorro Vasco, uno de los firmantes (I. I.), identificó unas grafías de posible origen paleolítico que parecían representar una serie de trazos verticales aplicados en rojo.
Estaban cerca del acceso principal de la cueva, en el arco de entrada a una galería lateral.
El día 14 de marzo de 2017, tres de los firmantes (D. G., O. R. e I. I.), visitaron la cavidad para evaluar dichas grafías, reconociendo un ideomorfo complejo rojo muy próximo a ellas.
Tras los trámites administrativos preceptivos realizados con el Servicio de Patrimonio Cultural de la Diputación Foral de Bizkaia, en septiembre y octubre Trab.
LOCALIZACIÓN Y DESCRIPCIÓN DE LA CAVIDAD
La cueva de Baltzola se localiza en el promontorio de Kobagan en la ladera sur del monte Bargondia, sobre el pequeño valle cerrado conformado por los altos de Bargondia, Garaio y Basabil (Fig. 1b).
El paisaje se abre hacia la cuenca del arroyo de Indusi que desemboca posteriormente en el río Arratia.
Pertenece al municipio de Dima, situado en el área interior centro-oriental del Territorio Histórico de Bizkaia.
La cueva se asienta a 370 m s. n. m., en calizas del Cretácico Inferior de edad Aptiense-Albiense, dentro del karst de Indusi perteneciente al flanco sur del sinclinorio de Bizkaia.
Se accede a la cavidad a través de tres entradas que desembocan en un vestíbulo de unos 150 m de longitud, que se abre mediante un gran portalón de aproximadamente 50 x 25 m, orientado al Sur-Sureste.
Dos de los accesos principales, Gibeldar y Erdikoate, se orientan al Suroeste en perpendicular al vestíbulo del que salen varias galerías laterales conformando un desarrollo laberíntico de unos 2.160 m con varios pisos sucesivos (GEMA 1999).
LOS ESTUDIOS ARQUEOLÓGICOS PREVIOS
La existencia de la cavidad y de su depósito ya es señalada durante el siglo XIX, siendo Baltzola el primer yacimiento arqueológico en cueva de Bizkaia conocido por la bibliografía.
Según G. Mortillet (1883) en 1866 el alemán F. Jagor hizo la primera intervención arqueológica, atribuyendo al Magdaleniense los materiales recuperados.
Sin embargo, apenas han trascendido los detalles de esta actuación.
Su información, también imprecisa, señala la recogida de industria del Magdaleniense y Aziliense en sílex en los taludes cercanos a la boca, comparándola con la localizada por F. Jagor.
En cambio considera de aspecto Neolítico otra procedente de una galería superior.
Se desconoce el paradero de los materiales de ambas intervenciones.
J. M. Barandiarán (1932) hace un nuevo sondeo en el yacimiento de Baltzola sobre el que tampoco se aporta información precisa.
La indefinición del croquis Fig. 1.
Cueva de Baltzola (Dima, Bizkaia): a. plano de la cavidad con indicación del sector decorado (topografía del grupo espeleológico GEMA de Matiena, 1994); b. ubicación de la cueva de Baltzola en la península ibérica; c. fotografía del sector donde se ubican las unidades gráficas identificadas.
En 2006 L. Zapata Peña dirigió un nuevo proyecto arqueológico con el fin de conocer las secuencias crono-cultural del yacimiento y paleoambiental del entorno de Axlor y Baltzola, así como de dar continuidad a las actividades arqueológicas previas.
Lamentablemente el fallecimiento de la directora truncó el proyecto.
En el vestíbulo principal se han excavado dos cuadros de 1 m 2 cada uno.
La estratigrafía (algo más de 1,5 m de potencia) tiene nueve niveles con una secuencia de Prehistoria reciente con cerámica (Zapata et al. 2009).
En la repisa superior derecha, también conocida como el redil, se han abierto cuatro cuadros completos y dos mitades de cuadro hasta 2009.
En uno se alcanzó la base, en una zona que podría corresponder a la de intervención de J. M. Barandiarán en 1932.
En 2010 se excava otro cuadro junto a la pared oeste del vestíbulo, con similitudes estratigráficas con los niveles del redil (Regalado et al. 2012).
Se han diferenciado doce unidades estratigráficas numeradas por orden de aparición durante la excavación.
La información disponible es escasa por la interrupción del proyecto de investigación, pero la mayoría de los niveles cuentan con asignación crono-cultural de (San Pedro et al. 2010):
Nivel 12: arqueológicamente estéril en su reducida superficie.
Nivel 11: excavado en una superficie muy escasa.
Los materiales en sílex y en lutita sugieren una cronología musteriense, mientras que la fauna presenta restos de cabra montés y de gran bóvido.
Nivel 10: posible magdaleniense.
Nivel 8: una datación sobre escápula de ciervo lo sitúa en el Magdaleniense Superior Final (12.160 ± 60 BP).
Nivel 7: abundante ciervo.
Una datación sobre hueso atribuye el nivel al Magdaleniense Superior Final (12.440 ± 60 BP).
Nivel 6: abundantes restos de industria y fauna entre la que destaca el ciervo.
Nivel 9: a techo presenta fragmentos de cerámica que indican una formación post-paleolítica, pero la base se caracteriza por piezas líticas de dorso.
Además, un fragmento óseo con decoración incisa oblicua y "escaleriformes", datado en 10.270 ± 60 BP (Zapata et al. 2009), indica una cronología aziliense.
El descubrimiento de las manifestaciones de arte parietal paleolítico precisó del diseño de un proyecto de prospección y documentación general de la actividad gráfica presente en la cavidad.
METODOLOGÍA DE ESTUDIO DEL ARTE PARIETAL
La prospección sistemática de las paredes y de los techos consistió en un reconocimiento detenido de todas las superficies rocosas accesibles directa o indirectamente.
El grupo de espeleología GEMA supervisó el material y la técnica de progresión espeleológica precisadas, acompañándonos en las labores de prospección realizadas en el interior de la cueva.
El mal estado de conservación de la cavidad, repleta de grafitis modernos (en gran parte grabados mediante instrumentos metálicos) que jalonan la mayoría de sus paredes condicionó en todo momento la prospección.
También son numerosos los desperdicios dejados por los visitantes a lo largo de las galerías, ya que la cueva es de fácil acceso y muy visitada.
La documentación escrita y la catalogación se hicieron in situ tras la prospección.
Se empleó la observación visual con lupas de aumento (microscopio digital Dinolite) y fichas estándar en las que se recogió información general y específica.
Se establecieron tres crecientes de registro para el conjunto del repertorio gráfico parietal.
El de grafía o unidad gráfica para los motivos individualizados; el de panel o unidad compositiva para contextualizar los motivos dentro de cada uno de los lienzos decorados y el de sector o unidad topográfica para referirse al correspondiente sector decorado.
Documentación fotográfica y restitución infográfica de los motivos
La documentación se basó en la fotografía digital convencional y la fotogrametría para obtener modelos tridimensionales (Agisoft Photoscan®).
Para la resti- tución gráfica de las imágenes hemos recurrido al tratamiento digital (plug-in D-stretch para ImageJ®) (Le Quellec et al. 2015) y a la infografía (paquetes informáticos de Adobe©).
Además de la materia colorante hemos creído imprescindible incluir las características del soporte y la escala de la restitución.
Las correcciones pertinentes se realizaron directamente in situ en la versión digital.
DESCRIPCIÓN DEL DISPOSITIVO GRÁFICO PARIETAL
La prospección sistemática de la cavidad ha permitido documentar un único sector decorado (sector A) ubicado a poca distancia del área vestibular, frente a la excavación arqueológica.
Esta zona se halla en la galería principal de la cueva de Baltzola, cerca de su entrada principal, a unos 20 m de la boca de Erdikoate (Fig. 1a).
En la pared izquierda de esta galería, en dirección a la boca de Gibeldar, se abre un pequeño divertículo con 3 entradas.
En este sector las grafías se encuentran en dos paneles, situados junto a la primera y segunda entrada (Fig 1c).
El panel I está bajo la primera boca de entrada al sector.
Esta tiene forma de un arco largo de 3 m de anchura.
La altura (1 m respecto al suelo actual) obliga a permanecer en postura sentada o tumbada para observar la figura, situada a 99 cm del suelo actual.
Desconocemos la altura del suelo en el momento de la ejecución de la Grafía I.1, el único motivo que contiene.
Consiste en una serie de al menos siete concentraciones de pigmento rojo descolorido de tendencia vertical y una horizontal que presumiblemente han sido trazadas con un lápiz en seco, atendiendo a la finura del trazo y a su interrupción con los accidentes del soporte (Fig. 2c).
La pared es una superficie cóncava horizontal de caliza, con formaciones calcíticas de tipo coliflor y algunos desconches que no afectan a la grafía.
La primera concentración y la última están embe- bidas por las concreciones.
Las líneas son de tendencia rectilínea, menos la última, cuyo desarrollo es más extendido.
El tercer trazo de la serie empezando por la izquierda, la mejor conservada, contiene un abultamiento lateral derecho.
Los trazos se extienden por una superficie con una media de 28 cm de altura y 58 cm de anchura máxima (Fig. 2a,b).
Este motivo presenta un tamaño similar al de la segunda figura identificada sobre cuya identificación como signo convencional de tradición cantábrica no tenemos dudas.
Teniendo esto en cuenta podríamos barajar la categorización de esta primera unidad gráfica como otro ideomorfo, un cuadrilátero de lados mayores curvos y relleno de trazos verticales, p. ej. Sin embargo los vestigios muy difusos de pigmento en la zona de la línea horizontal (Fig. 2c,d) que parecen una migración del pigmento y el que las líneas verticales se prolonguen por encima de él hacen más plausible su identificación como agrupación de trazos de tendencia vertical.
Signos similares a la Grafía I.1 de Baltzola se observan en otros conjuntos cantábricos como Altamira (Cartailhac y Breuil 1906; Breuil y Obermaier 1935) o la zona IV de La Garma (González Sainz 2003).
El panel II se encuentra en la pared derecha de la galería a la que da acceso la segunda boca de entrada al divertículo y a 2 m de la entrada que mide 130 cm de anchura por 175 cm de altura.
El panel es observable desde la galería principal de la cueva.
La Grafía II.1., la única existente, se sitúa en un punto de la galería que mide 180 cm de altura por el que actualmente podemos circular en posición erguida.
Se trata de un signo complejo en rojo con base muy ancha y dos apéndices triangulares en su parte central, en direcciones opuestas.
Además, parece poseer dos líneas paralelas exteriores a la base central de la figura, interrumpidas por los citados apéndices.
Pudiera representar a dos "claviformes cantábricos" yuxtapuestos, quizás compartiendo una misma base, o a un "cuadrilátero acolado" con dos apuntamientos.
El estado de conservación actual impide decantarnos por una opción u otra (Fig. 3).
Está trazado sobre una superficie de textura lisa de tendencia plana/cóncava.
El colorante está embebido en la propia caliza, salvo en su parte derecha donde el pigmento se mezcla con una colada de calcita.
El signo mide 47 cm de longitud y 27 cm de anchura media en la base.
La anchura máxima está en su zona central donde se ubicaría(n) el(los) apéndice(s) del mismo.
Se alza a 142 cm del suelo actual, que pudiera corresponder al que había en el momento de ejecución de la grafía, ya que la altura es óptima para su realización y visualización.
El sector decorado presenta una tercera boca de entrada que mide 4 m por 2 m de altura, desde la que, tras un recorrido de 8 m como máximo, se llega al panel I. Además de los paneles I y II, no hemos localizado ninguna evidencia arqueológica en este sector, cuya cercanía a la boca principal lo ha anegado bastante de basuras recientes y material orgánico en descomposición.
Esto dificulta incluso la identificación de grafitis en las paredes o techos de la cueva.
La distribución espacial, la homogeneidad cromática y el similar tamaño de los motivos, apuntan hacia una probable sincronía de la totalidad del conjunto pictórico reconocido.
Baltzola en su contexto geográfico local
El modesto conjunto decorado de Baltzola es el ejemplo más meridional de arte parietal paleolítico encontrado hasta la fecha en el oriente de la Cornisa Cantábrica al situarse en el curso alto de la cuenca del río Arratia (afluente a su vez del río Ibaizabal), muy cerca de la divisoria de aguas cantábrico/ mediterráneas.
Es, por lo tanto, una zona de un notable interés estratégico.
La presencia de grupos humanos allí está atestiguada desde el Paleolítico Inferior por los restos hallados en la cueva de Arlanpe (Ríos-Garaizar et al. 2013).
A ellos se suman ocupaciones musterienses del Paleolítico Medio en Axlor, Askondo y la propia Baltzola.
Durante el Paleolítico Superior el registro arqueológico aumenta de manera considerable con ocupaciones más o menos continuadas en las cuevas de Bolinkoba y Baltzola y más puntuales en las de Askondo, Atxuri I, Axlor y Silibranka (Barandiarán 1950(Barandiarán, 1961(Barandiarán, 1964(Barandiarán, 1980;;San Pedro et al. 2010; Garate y Ríos-Garaizar 2013).
La identificación de arte parietal es más problemática.
En 1960 se detecta una posible grafía en rojo en la cueva de Atxuri I (Fernández García de Diego 1971), pero su posterior destrucción por una cantera y la ausencia de cualquier documento fotográfico o estudio obliga a ser cautos respecto a su aceptación.
La presencia de arte parietal paleolítico en el interior oriental de la Cornisa Cantábrica se verifica en 2011, con el descubrimiento de las pinturas rojas gravetienses de la cueva de Askondo (Garate y Ríos-Garaizar 2011, 2012, 2013).
Recientemente se ha señalado la existencia de grabados de dudosa factura en la cueva de Bolinkoba (García-Díez 2015).
El discreto conjunto rupestre de Baltzola es el tercer conjunto identificado en la zona.
Se enmarca en los descubrimientos que se vienen sucediendo en los últimos años y van llenando el mal llamado "vacío vasco" de arte rupestre paleolítico (Garate 2018).
En los límites de la tipología: los "claviformes cantábricos" y los "cuadriláteros con apéndice"
La identificación de un signo complejo entre los motivos de la cueva de Baltzola ha permitido correlacionar este nuevo conjunto con otros situados en el centro/oeste de la Cornisa Cantábrica.
No obstante, el estado actual de conservación de la grafía impide discernir si se trata de un "claviforme cantábrico" o de un "cuadrangular acolado".
La grafía identificada puede ser interpretada como dos "claviformes cantábricos" yuxtapuestos con los apéndices apuntando en direcciones opuestas, similares a los motivos 1a y 1b del primer conjunto de la cueva de Tebellín (Llanes, Asturias) (Martínez-Villa 2017: 83).
Las grafías de Baltzola parecen compartir la misma base, ya que no se distingue la separación entre los motivos del citado conjunto de Tebellín (Fig. 4).
La estructura de estos ideomorfos, denominados también "claviformes clásicos" (González Sainz 1993) está formada por una base de tendencia rectangular (ancha o estrecha) con una protuberancia lateral (triangular o rectangular).
Algunos tienen los apéndices laterales curvados.
Todos los documentados hasta la fecha muestran una simetría vertical y están realizados con pintura roja.
Por ello es fácil diferenciarlos de los "claviformes tardíos" o "pirenaicos" presentes en otros contextos cronológicos y geográficos, y con una morfología y técnica más diversas 1.
Partiendo del análisis publicado por A. Martínez-Villa (2017), hemos diferenciado cinco morfotipos entre el repertorio completo de estos signos, repartidos 1 Ideomorfos adscritos culturalmente a momentos del Magdaleniense Medio/Superior y en contextos geográficos pirenaicos mayoritariamente (Tuc d ́Audoubert, Trois Frères, Bedeilhac, Niaux, Portel, Fontanet, Mas d ́Azil), si bien también hay algunos ejemplos en la región francesa del Lot (Sainte-Eulalie, Mazet) y en la Cornisa Cantábrica (El Pindal, Cullalvera -en soporte parietal y mueble-y Armintxe) (Lorblanchet et al. 1973; Vialou 1986; Raux 1996; González Sainz et al. 1997; Begouen et al. 2009 -Base muy ancha y apéndice triangular: La Lloseta, Tebellín, La Pasiega C, La Garma.
Aquí podría encajar la evidencia parietal de la cueva de Baltzola (dos claviformes yuxtapuestos) que presentamos en este artículo Los signos de Tebellín y Baltzola conforman el total del corpus del conjunto pictórico junto a otras Fig. 5.
Conjuntos parietales mencionados en el texto.
El círculo localiza los sitios con "claviformes cantábricos", el triángulo aquellos con "cuadriláteros con apéndice" y el cuadrado los que contienen ambos.
La estrella sitúa la cueva de Baltzola (en color en la edición electrónica). puntuaciones, líneas y manchas informes.
No existe ningún otro ideomorfo complejo ni figura animal.
No obstante, sus características estructurales (disposición agrupada) y espaciales (espacios laterales) son idénticas a las de los signos que en otras cavidades sí comparten espacios con registros gráficos mucho más amplios temática, técnica y cronológicamente.
En Tebellín se reconocen claviformes cantábricos pertenecientes a 4 de los 5 morfotipos mencionados en este artículo.
Baltzola compartiría con Tebellín el grupo de claviformes cantábricos de base muy ancha y apéndice triangular, si se aceptara nuestra interpretación.
Además, el sector decorado de ambas cuevas se reduce a un pequeño desarrollo lateral parcialmente visible desde la estancia principal, donde no se evidencian representaciones parietales.
La cronología atribuida a estos signos ha variado con la historia de la investigación.
Se han vinculado al estilo IV de Leroi-Gourhan (1968), en concreto a su fase antigua (González Morales 1982) o se ha planteado su anterioridad a los grabados de "ciervas estriadas" del Magdaleniense Inferior cantábrico (Fortea 2005).
Otros investigadores los consideran una evolución de los signos cuadrangulares y ovales con apuntamiento, o de los signos acolados (Leroi-Gourhan 1981), proponiendo incluso las derivaciones específicas presentes en la Cornisa Cantábrica (González Sainz y González Morales 1986) y atribuyéndoles una cronología del Magdaleniense Inferior cantábrico (Balbín y González-Sainz 1994, 1996; González Sainz 2012).
Sin fechas absolutas directas, ni paralelos conocidos en el arte mueble, la datación de este tipo de ideomorfos resulta actualmente bastante comprometida.
Se podría añadir, como ya se ha apuntado, que en 7 de los 9 conjuntos conocidos (La Lloseta, Tito Bustillo, Altamira, La Pasiega B y C, El Castillo y La Garma) algunos de estos signos están situados próximos a paneles de figuras animales rojas de cronología gravetiense y solutrense (Garate 2010).
En Altamira podemos añadir la datación indirecta de un conjunto de claviformes rojos de base ancha con extremos en curva del techo de polícromos.
Sin embargo, como en la mayoría de los casos mencionados las cavidades tienen una larga tradición gráfica, es complicado relacionar a estas figuras con una fase de decoración concreta.
También es difícil ese tipo de conexión en la cueva de Las Aguas, sin alguna figura animal roja asociada.
Finalmente, existe una problemática superposición en el techo de polícromos de Altamira que alberga el mayor conjunto de estos signos junto a decoraciones pertenecientes estilísticamente a la práctica totalidad de las culturas reconocidas en el Paleolítico Superior.
Uno de estos ideomorfos se superpo-ne probablemente 2 a la pata delantera de una cierva policromada, adscrita culturalmente a la misma fase de ejecución de los bisontes polícromos y datada radiocarbónicamente en el Magdaleniense Medio.
De ser así, podríamos estar hablando de una tradición vigente durante la mayor parte del Paleolítico Superior, o, al menos, del uso de estos signos como tema recurrente a lo largo de las diferentes fases cronoculturales reconocidas.
El motivo de Baltzola puede interpretarse alternativamente como un signo cuadrangular acolado con la particularidad de contar con dos apéndices, superior e inferior, en vez de uno solo (característica hasta ahora inédita).
Carecería de divisiones internas, ya que el interior se presenta relleno de pintura roja.
No obstante, cuenta con dos líneas paralelas al borde exterior de la figura, que pudieran integrarse con el resto del motivo.
Los signos rectangulares, cuadriláteros o cuadrangulares de la Cornisa Cantábrica se reparten en 20 conjuntos diferentes 3, cuya diversidad tipológica, técnica y, seguramente, cronológica supera la de los claviformes.
Recientemente, se han caracterizado en función de sus divisiones internas, de la presencia o no de escaleriformes y de la presencia o no de apéndices laterales (Sauvet et al. 2018).
Si nos ceñimos a este último grupo, al que pertenecería hipotéticamente el ideomorfo encontrado en Baltzola, sus integrantes se reparten en siete conjuntos de la Cornisa Cantábrica: Mazaculos I (Ribadedeva, Asturias) (Gómez et al. 1991) Tal y como apuntó D. Garate (2010), aunque a veces estas grafías están en zonas cercanas a la boca de entrada (La Pasiega C, Mazaculos, La Garma), lo habitual es su distribución por zonas medias y terminales de la cueva, pudiendo situarse en divertículos laterales (La Pasiega A, El Castillo) (Fig. 7).
Estos 2 Observado en una visita de Olivia Rivero y Sergio Salazar a la cueva el 20 de enero de 2017.
3 Se trataría de las cuevas de Entrecueves, Tito Bustillo, El Buxu, Mazaculos I, Las Herrerías, Llonín, Las Aguas, Altamira, Chimeneas, La Pasiega A, La Pasiega B, La Pasiega C y La Pasiega D, La Garma, La Llosa, Cofresnedo, Solviejo, Covalanas, Arco B y Arenaza.
(Sauvet et al. 2018), o sin relleno, salvo en La Garma que cuenta con los únicos ejemplos con relleno interior rojo (González Sainz 2003).
Además, están en un sector muy próximo a la entrada (sector Ig), compartiendo el mismo lienzo con un claviforme cantábrico.
Sin embargo, la rigidez de las tipologías presentadas para estos ideomorfos pudiera obviar la existencia de límites difusos entre ellas.
Ciñéndonos a la morfología de las grafías, podríamos clasificar a los signos "claviformes cantábricos" como "cuadriláteros con apéndice y relleno interior" (al menos en los de base ancha) o decir que ciertos signos cuadriláteros presentan en su interior negativos de claviforme, como en un caso pintado en la cueva del Castillo (Fig. 8).
Podemos limitarnos a los signos cuadriláteros con apéndice y excluir de este grupo el resto de signos cuadrangulares hallados en la Cornisa Cantábrica, incluidos los cuadriláteros negros de Altamira, con una datación C14-AMS de 15.440 ± 200 años BP y los de Las Chimeneas (con una datación en el mismo Fig. 7.
Distribución de los signos más representativos de la Cornisa Cantábrica desde la entrada al interior de las cavidades (autor D. Garate, en color en la edición electrónica).
A la izquierda signo cuadrilátero con apéndice de la cueva de La Pasiega A (autor D. Garate) y a la derecha signo cuadrilátero de la cueva de Castillo, con un negativo de claviforme en su interior (selección de Mingo Álvarez 2010: 75, fotografía 1PS.18).
En ese caso, estas manifestaciones gráficas, pese a su heterogeneidad formal y en menor medida técnica, se asocian mayoritariamente a figuras animales punteadas o de trazo lineal rojas (en La Pasiega A, C y D, El Castillo, La Garma y Arco B).
Es decir, estaríamos ante motivos anteriores con casi total seguridad al Magdaleniense.
El descubrimiento del arte parietal paleolítico de la cueva de Baltzola se enmarca dentro de la reactivación de los estudios de arte parietal de los últimos 15 años en todo el oriente de la Cornisa Cantábrica (Garate 2018), con nuevas localizaciones y estudios actualizados de sitios conocidos de antiguo.
El que presentamos sobre la cueva de Baltzola ejemplifica claramente la trascendencia de los resultados obtenidos.
Es el primer yacimiento arqueológico del que se tiene constancia en Bizkaia y el conjunto más meridional del oriente de la Cornisa Cantábrica que alberga este tipo de signos complejos, hasta ahora desconocidos en el área.
El deficiente estado de conservación que presenta el conjunto de Baltzola (tan solo se han reconocido 2 grafías paleolíticas pintadas en rojo) no ha impedido la identificación, al menos, de un ideomorfo complejo de tradición cantábrica, pero sí su caracterización precisa.
Pudiera tratarse de dos "claviformes cantábricos" yuxtapuestos y contrapuestos, o de una figura "cuadrilátera roja con doble apéndice".
Sería siempre un signo hasta ahora inédito en la zona oriental de la Cornisa Cantábrica, que permite relacionar este nuevo conjunto parietal con los de Altamira, La Pasiega, Tebellín o La Garma en el centro-oeste de la Cornisa Cantábrica.
La interpretación del motivo como dos "claviformes cantábricos" comprometería la atribución cronológica de estos ideomorfos, ya que, a lo largo de la historia de la investigación, diversos autores los han adscrito a diferentes contextos temporales.
En nuestro estudio hemos reconocido un total de 5 morfotipos diferentes en el repertorio conocido, repartidos en 10 conjuntos diferentes de la Cornisa Cantábrica.
En 7 de las 9 cuevas en las que se documentan estos signos abstractos (excluyendo del listado a Baltzola), se encuentran en conjuntos decorados con motivos cuadrangulares y figuras animales premagdalenienses rojas de trazo ancho/punteado.
A este dato se tendría que sumar la datación ante quem obtenida en el techo de Altamira, atribuyéndoles una antigüedad al menos de 36.160 ± 610 años BP.
Sin embargo, son mayoritariamente conjuntos de tradición larga, por lo que es muy complicado relacionar directamente este tipo de figuras con una tradición gráfica concreta.
Esta categorización cronológica se complicaría todavía más si tenemos en cuenta la probable superposición de al menos un claviforme cantábrico a una figura polícroma de Altamira, datada en el Magdaleniense Medio.
En consecuencia no hay hasta la fecha argumentos discriminantes para decantarse por una u otra datación.
La clasificación del signo como "cuadrilátero con apéndice" quizás permitiera precisar algo más la asignación cronológica por la asociación mayoritaria de los mismos a figuras animales rojas, previas al Magdaleniense Inferior cantábrico.
En el contexto geográfico cercano, el conjunto de la cueva de Askondo -con motivos animales atribuidos al Gravetiense-sería el más próximo a Baltzola.
Ambas grutas se encuentran en los cursos altos de cuencas fluviales afluentes del río Ibaizabal, próximas a la divisoria de aguas cantábrico/mediterráneas, una zona por tanto de gran interés estratégico, donde la presencia humana está atestiguada al menos desde momentos pertenecientes al Paleolítico Inferior.
Los autores quieren agradecer especialmente al
Grupo Espeleológico de Matiena (GEMA), por su colaboración en las investigaciones realizadas en la cueva de Baltzola, así como a los revisores externos del manuscrito que ayudaron a mejorar este texto. |
En este trabajo se presentan los primeros datos estratigráficos, radiocarbónicos y de cultura material de las recientes excavaciones en las Coves de Montserrat (Cova Gran y Cova Freda).
Estos emblemáticos yacimientos fueron excavados el año 1922 y proporcionaron uno de los primeros conjuntos cardiales de la península ibérica.
Desde entonces, no volvieron a ser intervenidos de forma oficial y quedaron abandonados.
En el año 2018 se han reiniciado los trabajos con sondeos en ambas cuevas, determinando la preservación de depósitos arqueológicos estratificados en algunos de ellos.
En la Cova Freda se ha reconocido la existencia de un tramo de la cavidad probablemente usado como redil durante el Neolítico Antiguo Cardial y, en la Cova Gran, se han documentado un nivel y una estructura negativa de esa misma cronología, así como un potente nivel finipaleolítico.
La Cova Freda tiene una estructura más compleja.
La cavidad mide 232 m de longitud con un desnivel máximo de 16 m y una orientación aproximada N-S, con una pequeña apertura original que fue cerrada con una puerta hace unas décadas.
Esta puerta da paso a una sala de pequeñas dimensiones (Sala I) de unos 3,5 m de largo por 12 m de ancho, la única que recibe parcialmente luz del exterior.
Un estrecho corredor da acceso a la Sala II de creciente inclinación hacia el interior.
Mide unos 10 m de largo por 6 m de ancho.
Está afectada por importantes procesos gravitacionales y cuenta con diferentes espacios laterales (entre ellos una galería de unos 20 m de largo, en sentido N) y coladas.
A través de una rampa se accede a la Sala III (en algunas ocasiones, se ha dividido esta sala en dos), de dimensiones mayores a la anterior y con una importante presencia de grandes bloques desprendidos.
Uno de ellos ha provocado que algunas topografías hayan dividido esta sala en dos.
Ascendiendo por uno de los bloques se accede a la Sala IV, la última, también con una gran cantidad de bloques y formaciones estalagmíticas descalcificadas.
La Cova Gran y la Cova Freda fueron uno de los primeros conjuntos excavados en el Mediterráneo occidental que proporcionaron cerámicas cardiales (Colomines 1925).
Al desconocerse, por entonces, paralelos se denominaron cerámicas "Montserratines".
Sin embargo, la metodología utilizada en su excavación no permitió situarlas a nivel estratigráfico.
Por ese motivo fueron datadas al final de la Cultura de las Cuevas, en el Eneolítico.
Hasta ese momento, en el NE peninsular, solamente habían sido publicadas cerámicas similares en la Cova de Can Pascual (Castellví de la Marca) (Bosch Gimpera 1923), datadas en el mismo periodo.
Poco después, el año 1936 se publicaron los resultados de la excavación de 1928 en la Esquerda de les Roques del Pany (Torrelles de Foix).
Allí, Martí Grivé (1936) detectó una cierta estratigrafía: primero un estrato con cerámica "argárica" (por las carenas, 1974).
La publicación de las excavaciones de la Grotta de l'Arene Candide de Finale-Ligure (Italia) y de la Cova de la Sarsa de Bocairent fueron determinantes para empezar a delimitar la cronología y ámbito de la cerámica cardial.
El yacimiento ligur localizaba las cerámicas impresas en un nivel subyacente a otros con cerámicas VBQ (Vasi a Bocca Quadrata), al mismo tiempo que se dotaba al concepto "Cardial" de una presencia pan-mediterránea (Martí 2008).
Gradualmente, en el NE de la península ibérica, se fueron identificando nuevos enclaves con presencia de cerámica cardial, aunque las anotaciones estratigráficas continuaban siendo prácticamente nulas: Cova de Can Montmany en Pallejà (Colomines 1947), Cova del Bolet en Mediona (Giró 1947), Cova de la Font Major en l'Espluga de Francolí (Vilaseca 1969) y Roc d'en Sardinyà en Vilassar de Dalt (Baldellou 1972) entre otros.
Finalmente, a inicios de los 1980, se empiezan a publicar las primeras estratigrafías con cerámica cardial en el NE peninsular.
Destacan las de la Cova del Toll de Moià (Guilaine et al. 1981), la Cova del Frare de Matadepera (Martín et al. 1985) y de Les Guixeres de Vilobí de Sant Martí Sarroca (Baldellou y Mestres 1981; Mestres 1981Mestres -1982)), casi al mismo tiempo que las primeras definidas para territorios vecinos, en la Cova de l'Or de Beniarrés (Martí 1977) y en la Cueva de Chaves (Baldellou y Castán 1983).
Durante buena parte del siglo XX, las "Coves de Montserrat" fueron un referente por ser uno de los primeros lugares donde se documentó una ocupación cardial y por su numerosísima colección arqueológica (especialmente cerámica).
Sin embargo, gradualmente fueron perdiendo peso en las publicaciones por su falta de estratigrafía conocida y de información útil desde una perspectiva actual.
A inicios de la década de los 1980, Josep Mestres, Josep Tarrús y Ramon Ten analizaron y dibujaron todo el material neolítico de Cova Gran y Cova Freda, aunque esos resultados quedaron prácticamente inéditos (Mestres et al. 1983a, Mestres et al. 1983b; Mestres 1989).
Recientemente, una parte han sido incluidos en tesis doctorales sobre industria lítica (Palomo 2012) y ce-rámica (Oms 2014) y en un trabajo de final de máster inédito1.
Un acuerdo entre los monjes de la Abadía de Montserrat y los miembros de la Secció Històrico-Arqueològica del Institut d'Estudis Catalans (a partir de ahora IEC) organizó la "exploración" de las cuevas ya conocidas de la vertiente sur de la montaña, cerca de Collbató.
Dirigió la intervención Josep Colomines, que había ingresado en el IEC, como técnico conservador, el año 1915.
Los trabajos, discontinuos, se hicieron entre abril y octubre de 1922.
El año 1925 se publicó la memoria de las excavaciones (Colomines 1925) en Cova Freda y Cova Gran y de otras más modestas: Cova del Salnitre, Coves de Santa Cecília y el sepulcro de fosa de El Bruc.
La información sobre las excavaciones y la documentación gráfica era realmente escasa (Fig. 1B y 1C) en la citada monografía, dedicada en su mayor al análisis de los materiales.
En referencia a Cova Gran, se afirma que buena parte de ellos apareció en una única capa superficial de unos 25 cm de potencia de sedimento oscuro y carbonoso y, al mismo tiempo, que parte del conjunto afloraba al voltear los grandes bloques existentes en la mayor parte de la cueva.
Sobre la Cova Freda se proporcionaron más detalles: en la Sala I se documentaron sedimentos revueltos y muy pobres, con un grosor máximo de 40 cm. La Sala II era, según Colomines, la más intacta al conservar en algunos puntos una potencia de 2,5 m.
Detalla que un primer nivel estaba bastante revuelto, aunque se documentaron dos inhumaciones (boca arriba) cubiertas de cerámica ibérica.
En un nivel inferior, con un sedimento más oscuro y de aspecto grumoso, apareció mucho material revuelto de diferentes fases.
En la Sala III, bajo los bloques, continuaba el segundo nivel de la sala anterior, esta vez con una potencia de 1,5 m.
En la Sala IV (en realidad una extensión de la Sala III) sólo documentó materiales en una covacha ya que el resto de la sala no contenía sedimentos.
En la Sala V (de hecho, la IV) solamente se citan cerámicas informes en superficie.
El mes de junio de 2018 se llevaron a cabo las primeras excavaciones reguladas en las Coves de Montserrat desde la intervención del IEC del año 1922.
Las campañas consistieron en 9 días en Cova Freda (Fig. 2) y otros 9 en Cova Gran (Fig. 3), bajo la dirección de los firmantes de este trabajo.
Su objetivo era comprobar el estado de conservación de ambos conjuntos, puesto que las cuevas han sido frecuentadas por excursionistas y aficionados.
Por ello, presentan un deficiente estado de conservación y ha sido necesario retirar una gran cantidad de sedimentos revueltos con restos prehistóricos y subactuales.
La nomenclatura utilizada para denominar los niveles en ambos yacimientos fue diferente.
En Cova Freda se utilizó la numeración romana con letras para los subniveles.
En Cova Gran se recurrió a un sistema de unidades estratigráficas para determinar los paquetes sedimentarios holocenos distribuidos de forma dis-continua, siendo UE100 el removido general y, a partir de UE110, los restos de estratigrafía y estructuras neolíticas.
Cuando la sedimentación tenía aspecto pleistoceno, se pasó a un criterio de unidades litoestratigráficas (siendo el nivel 200 la primera).
Dadas las aparentemente malas condiciones de conservación de este yacimiento se realizaron sondeos de pequeñas dimensiones para comprobar la integridad estratigráfica de los diferentes sectores de la cavidad.
Los trabajos arqueológicos se han centrado en las Salas I y II (Fig. 2A).
En la primera sala se han realizado dos sondeos de 1 m 2 que han resultado fértiles, mientras que los dos sondeos de 2 m 2 realizados en la Sala II carecían de estratigrafía pero contaban con numerosos restos arqueológicos.
En la Sala I, el sondeo del cuadro J6 tiene una potencia total de 45 cm, estando la mayoría de los estratos revueltos.
Sin embargo, en la base, en un pequeño tramo (lado SE del cuadro) con un sedimento oscuro y en parte arcilloso, aparecieron materiales cerámicos informes en posición primaria.
En el futuro, la ampliación de este sondeo permitirá caracterizar de manera más completa el tipo de ocupación y su cronología, así como los niveles más antiguos.
El sondeo realizado en el cuadro G8 de esta sala (Fig. 2B) proporcionó interesantes resultados a nivel estratigráfico y funcional.
Después de un nivel revuelto superficial (Sup), se documentó un nivel (I) in situ de coloración oscura, parcialmente arcilloso de 5-15 cm de potencia con numerosos restos faunísticos y cerámicos.
Entre ellos había tres fragmentos peinados de tradición postcardial Molinot (Fig. 4: G8-I-4, 22, 23).
Por debajo de este nivel se sucedían otros dos (IIa y IIb), separados por uno estéril (techo IIb), compuestos por laminaciones de cenizas y carbones que se extendían con un desarrollo lateral desigual por todo el cuadro.
La potencia total de los dos niveles oscilaba entre los 10 y los 18 cm (Fig. 2C).
A la espera de los resultados de las muestras de micromorfología, su aspecto, composición y textura nos sugiere su interpretación preliminar como dos episodios diferenciados de estabulación de rebaños.
Estos paquetes destacan por la abundancia de restos faunísticos.
En cambio, la cerámica es escasa, informe y muy fragmentada.
El nivel basal, IIb, se apoya sobre una capa de arcillas plásticas naranjas (nivel III), de la que se excavaron unos 10 cm de potencia, qué resultaron estériles.
Todo el sedimento de los niveles IIa y IIb fue recuperado y flotado.
Los numerosos restos carpológicos obtenidos están actualmente en estudio.
Los sondeos de la Sala II, sin secuencia arqueológica documentada, constataron la importante alteración del espacio por todo tipo de actuaciones furtivas.
Los dos sondeos proporcionaron una amplia colección de materiales situables entre el Neolítico antiguo y la época ibérica, así como numerosos restos de fauna, restos humanos, etc.
Los tres sondeos (dos de 1 m 2 ) se localizaron en los tramos inicial (E-F/10-13), medio (F23) y final (F33) de la cavidad, donde no había grandes bloques.
En los que se realizaron más al interior, los niveles están revueltos.
En ellos se han recuperado numerosos restos arqueológicos, entre los que destaca la cerámica cardial, la industria lítica, principalmente fragmentos de láminas y numerosos restos humanos de pequeño tamaño que no habían sido documentados en las excavaciones de 1922.
El tercer sondeo, situado en el vestíbulo, se inició con 4 m 2 en forma de trinchera longitudinal ampliándose hasta los 7 m 2 a medida que la aparición de grandes bloques de conglomerado exigía ampliar la superficie.
En este sondeo, tras retirar una gran cantidad de sedimentos revueltos, se detectó una amplia estratigrafía que no ha sido agotada.
En primer lugar, un nivel (UE100), revuelto, con espesor variable dependiendo del tramo, desde los casi 10 cm en los cuadros 11 y 12 a los casi 80 cm en los cuadros 14.
En este último caso, asociamos la potencia con la actuación de un grupo espeleológico que realizó en esta zona un sondeo que dejó indicado en la publicación de la planimetría del yacimiento [URL].
Restos de otro nivel se adosaban a la pared de la cueva.
Estaba recortado por las antiguas intervenciones y protegido parcialmente por un bloque de conglomerado (UE110) (Fig. 3C).
Su matriz estaba compuesta por cenizas y gravas y un componente limitado de arcillas de una coloración grisácea.
Tenía una potencia cercana a los 30 cm y una extensión menor a medio metro cuadrado.
Este nivel contenía escasos restos, pero significativos (Fig. 4: E12-110-1,11,12): además de fauna (principalmente restos de ovicáprido), se hallaron un borde y un fragmento informe, ambos decorados mediante impresiones cardiales así como otro borde con un acabado raspado muy profundo.
Esta decoración o acabado, aunque poco habitual, ya había sido detectado en los materiales antiguos (Mestres et al. 1983b: 41).
En tercer lugar, a la altura de la cata realizada por el grupo espeleológico en el cuadro E13, se documentó una estructura negativa (UE111) (Fig. 3C) en parte destruida de la que se puedo excavar la base de unos 7 cm de potencia.
Tenía una matriz oscura formada principalmente por cenizas y microcarbones.
La sección de la otra mitad de la estructura (todavía no excavada de unos 30-35 cm de potencia) se conserva en buenas condiciones en el cuadro G13.
En el interior de esta estructura, además de fauna y cerámica informe de igual aspecto, acabados y pastas que las de la UE110, apareció como elemento más diagnóstico un segmento de círculo con retoque a doble bisel (Fig. 3 4: F13-111-14).
Todo el sedimento de las UE110 y UE111 fue recogido y posteriormente flotado, proporcionando numerosos restos carpológicos, sobre todo la UE111, actualmente en estudio.
Por debajo tanto de la UE110 como de la UE111 se documentó de forma continua en toda la extensión del sondeo la presencia de un nivel rojizo formado a partir de la disgregación de los conglomerados de la cueva (nivel 200) (Fig. 4B y 4D), formado por arenas y cantos centimétricos y decimétricos.
En la zona más cercana a la boca de la cueva (cuadros F10, E-F11) aparece directamente bajo una pequeña capa de sedimento superficial de unos 10-15 cm de espesor.
A medida que fue seguido hacia el norte, la potencia del nivel superficial aumentaba significativamente, así como la pendiente en este mismo sentido de todo el paquete.
Pese a la extensión abierta, la mayor parte de la superficie presenta grandes bloques de conglomerado que han limitado en esta primera campaña la superficie excavable del nivel 200.
De cara a tener una primera aproximación a su potencial, la excavación se limitó casi en exclusiva a una pequeña banqueta de unos 40 cm de superficie en los cuadros E-F13, en la que se excavaron unos 30 cm de potencia y que corresponde al corte del sondeo realizado por los espeleólogos.
El material recuperado del nivel 200 es relativamente abundante, cerca de 200 coordenados, destacando la industria lítica, los restos de fauna y los carbones.
En el conjunto lítico se constata la talla microlaminar, tanto por la presencia de núcleos (Fig. 4: 200-E13-11,16) como de laminitas, retocadas y sin retocar, y restos de talla relacionados con el mantenimiento de los frentes de explotación.
Entre el material retocado señalamos las muescas y denticulados (Fig. 4: 200-E13-21,22; F11-3; F13-24), por un lado, y varias laminitas de dorso con retoque abrupto de módulo muy pequeño 78;, una en forma de segmento de círculo alargado.
Una identificación preliminar de la fauna recuperada muestra restos de lepóridos con patrones de fracturación antrópica, así como de cérvidos y bóvidos pequeños, posiblemente cabra.
De esta primera campaña de 2018 hemos obtenido 5 dataciones radiocarbónicas2, cuatro de Cova Gran y una de Cova Freda (Tab.
En Cova Gran ha sido posible datar todos los niveles excavados y en la segunda hemos priorizado fechar el nivel IIb, el más antiguo del cuadro G8, ante la falta de materiales diagnósticos.
El resto de niveles de Cova Freda se datarán conforme avancen las excavaciones y se profundice en sus dinámicas de formación y su representatividad cultural.
De la Cova Gran se han realizado cuatro dataciones: una de la UE110 sobre una semilla carbonizada de Triticum c/f dicoccum (0,01 g) recuperada de la flotación de sedimento entre cotas de -340-355; una de la UE111 sobre una semilla carbonizada de Triticum aestivum/durum (0,013 g), recuperada de la flotación de sedimento entre cotas de -410-415; y dos del nivel 200, sobre carbón de Juniperus sp. coordenados individualmente a cotas -410 y -411.
Mientras que las dos fechas del nivel 200 proporcionaron fechas muy similares pertenecientes a los últi- Las dos fechas sobre carbón del nivel 200 de Cova Gran sitúan las ocupaciones documentadas dentro del Paleolítico superior final.
Estas tres dataciones se insertan perfectamente dentro del Neolítico Antiguo Cardial, en concreto en la primera mitad -Fase 1-de ese periodo según las últimas síntesis (Oms 2017).
La primera campaña en Cova Gran y Cova Freda ha permitido una primera aproximación a su funcionalidad a pesar de la escasa extensión excavada.
Las ocupaciones del Paleolítico superior final de Cova Gran supone la identificación por primera vez de secuencia paleolítica en las cuevas montserratinas.
Además, son uno de los escasos ejemplos documentados en el tramo prelitoral central del NE de la península ibérica, junto con la capa 21 de la Cova de Can Sadurní y el nivel III de la Cova de la Guineu (Fullola et al. 2011; Morales et al. 2013) El proyecto iniciado durante el año 2018 en la Cova Gran y la Cova Freda se va a extender los próximos cuatro años.
Ante su fuerte degradación durante los últimos 100 años, el objetivo principal era determinar la existencia y conservación de estratigrafía en ambas cuevas y la posibilidad de que las secuencias, previa extracción de potentes revueltos, pudiesen ser amplias.
Otro objetivo era determinar qué niveles podían estar todavía representados y se ha confirmado la conservación de niveles y estructuras del Neolítico Antiguo Cardial, mientras que otras fases posteriores todavía no han aparecido estratificadas.
Asimismo, los niveles finipaleolíticos en la Cova Gran son una auténtica novedad ya que no se tenía ninguna constancia (ni por materiales descontextualizados) de la existencia de esta fase.
Las próximas campañas en las "Coves de Montserrat" van a permitir extraer un mayor volumen de datos arqueoestratigráficos que van a mejorar la caracterización funcional de ambos yacimientos, así como la documentación de nuevos horizontes culturales, tanto holocenos como pleistocenos. |
El dolmen de Carrascal (Sintra, Portugal) fue descubierto a finales del siglo XIX.
Los restos óseos humanos depositados en el Museu dos Serviços Geológicos (Lisboa) han sido re-analizados con un programa que investiga el estilo de vida de las poblaciones del Neolítico Final de las regiones del centro/sur de Portugal.
Según los recientes trabajos de campo enmarcados en el proyecto de Recuperación y Valorización del monumento llevados a cabo por el Municipio de Sintra, estos han permitido clarificar aspectos de la construcción y la recuperación del material osteológico y arqueológico.
Los datos de radiocarbono de los restos óseos humanos nos permiten encuadrar las prácticas funerarias en una fase inicial del megalitismo en el oeste de la península ibérica.
La colección comprende un mínimo de 9 adultos (ambos sexos) y 5 no adultos.
Se han observado evidencias de enfermedades infecciosas, cambios degenerativos, alteraciones metabólicas y una trepanación remodelada realizada en un parietal derecho.
Los restos dentales ofrecen información particularmente interesante con respecto a otros usos no masticatorios de los dientes.
Esto se manifiesta en forma de astillas y agujeros en los dientes anteriores.
Estos datos han sido comparados con otras colecciones contemporáneas de Portugal con el objetivo de observar la salud y el comportamiento de estas poblaciones prehistóricas. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
Uno de los elementos más representativos del Neolítico Final-Calcolítico en buen parte del oeste de la Península Ibérica son las piezas bifaciales elaboradas en sílex.
En el territorio portugués, estas piezas, llamadas tradicionalmente foicinhas, son ahora conocidas como "láminas foliáceas".
Muchos yacimientos de este periodo son poblados fortificados, siendo el de Leceia uno de los ejemplos más conocidos.
Este trabajo se centra en dichas piezas que carecen de un análisis profundo.
Ello es sorprendente pues son muchos los instrumentos líticos, en general, y las láminas foliáceas, en particular, documentadas en los yacimientos de esta cronología.
A lo largo del texto abordamos la información relativa a la materia prima, la tecnología, la morfología y la función de estos útiles.
Ello nos ha permitido evaluar las zonas de aprovisionamiento de la población de Leceia, las posibles relaciones sociales que había establecido con otros grupos a partir del origen de ciertos tipos de sílex, su capacidad tecnológica y la función a la que se destinaron algunas de esas láminas.
Este trabajo pretende contribuir al conocimiento de un tipo específico de instrumento lítico que surgió en el Neolítico Final (segunda mitad del IV milenio a.
C.) y llegó a usarse a lo largo de todo el Calcolítico (III milenio a.
Algunos arqueólogos en Portugal aún las definen como foicinhas, término acuñado por Paço y Jalhay (1945) al observar en sus filos el característico "lustre de cereal".
Más recientemente, uno de nosotros (JLC), ha adoptado el término de "láminas bifaciales de contorno elipsoidal" o simplemente "láminas foliáceas", precisamente para evitar cualquier relación funcionalista establecida a priori (Cardoso 1997).
En Leceia la mayoría de los soportes son lascas, pero su configura-Trab.
En otros yacimientos se ha apostado por apelativos más neutros, como "piezas foliáceas" o "foliáceas", eludiendo el soporte a partir del cual se elaboraron (Blasco et al. 2007).
Hasta hace bien poco los estudios funcionales en contextos post-neolíticos de la Península Ibérica eran realmente escasos.
Y es que desafortunadamente los arqueólogos dedicados a estos periodos no veían en ellos una vía para conocer las actividades realizadas por las comunidades del pasado.
En este trabajo abordamos la temática de esas láminas foliáceas en el marco de un yacimiento tan espectacular como es Leceia (Oeiras, Portugal) (Fig. 1).
La selección de este yacimiento no es baladí, ya que presenta una estructura compleja en su construcción como poblado fortificado, así como distintas ocupaciones que nos permiten evaluar el utillaje lítico desde una perspectiva diacrónica.
MARCO HISTÓRICO Y GEOGRÁFICO DEL POBLADO DE LECEIA
El poblado de Leceia es conocido en el ámbito científico desde 1878, cuando el General Carlos Ribeiro, fundador de la disciplina prehistórica con base científica en Portugal, presentó en la Academia Real de las Ciencias de Lisboa una extensa y bien documentada memoria.
Sin embargo, no será hasta 1983 cuando, como resultado de la destrucción inminente del área arqueológica que ocupaba este yacimiento, se iniciaron las 20 campañas arqueológicas dirigidas por João Luís Cardoso que finalizaron en 2002.
La superficie excavada supera los 11.000 m2; que representa prácticamente la de todo el yacimiento.
Este hecho hace de Leceia, además de la excavación más extensa realizada en Portugal sobre un poblado prehistórico, uno de los yacimientos más importantes en su género y cronología en la Europa Occidental (Cardoso 1997(Cardoso, 2000(Cardoso, 2003(Cardoso, 2008(Cardoso, 2010(Cardoso, 2011)).
Los resultados arqueológicos obtenidos han permitido definir cinco fases constructivas, repartidas en tres fases culturales, desde el Neolítico Final (cerca del 3400-3000 a.
El yacimiento de Leceia fue ocupado durante unos mil años, quizás no de forma continuada, pero solo a inicios del Calcolítico (hacia el 2800 a.
C.) se levanta una imponente fortificación, organizada en tres líneas defensivas, constituida por murallas y bastiones (Fig. 1).
Se aprovecharon las estructuras calcáreas naturales a ambos lados del territorio ocupado, con más de 10 m de altura, para mejorar su capacidad defensiva.
En el decurso de los doscientos años siguientes la fortificación fue remodelada, entrando en declive antes de mediados del III milenio a.
C. De esta manera, se puede concluir que las últimas poblaciones que vivieron en el asentamiento durante el Calcolítico Pleno y Final lo hicieron literalmente entre ruinas.
Sus cabañas se apoyaban sobre partes de la muralla que aún se mantenían de pie.
La construcción de esta imponente fortificación en un lugar alto y defendible, sobre el valle de Barcarena, revela las necesidades de seguridad y defensa de personas y bienes.
Quizás ello fue resultado de la acumulación de excedentes derivados de una exitosa economía agro-pastoral.
La relevancia de las actividades agrícolas se refleja en la existencia de numerosos molinos, dientes de hoz y azadas de piedra pulida.
La cabaña ganadera está representada por abundantes restos óseos de ovinos, caprinos, suidos y bovinos.
La dieta era complementada con los recursos obtenidos de la caza de venados, jabalíes, conejos, y, excepcionalmente, del oso, el caballo y el uro, así como de la recolección de moluscos y la pesca de ciertas especies que vivían cerca de línea de costa (Cardoso 1997; Cardoso y Dietry 2001-2002).
La inestabilidad social que caracterizó todo el III milenio a.
C., al menos en la Estremadura portuguesa, vino acompañada de una creciente complejidad social.
Las élites debieron gestionar las comunidades de diversos poblados fortificados como Leceia, Vila Nova de São Pedro (Azambuja) o Zambujal (Torres Vedras).
En estos yacimientos también se han identificados, a lo largo de varios siglos, sucesivas fases de reconfiguración y refuerzo de las estructuras defensivas (Cardoso 2004).
Desconocemos las razones que condujeron al abandono de Leceia, pero lo cierto es que los grupos, que hasta ese momento se habían concentrado en lugares altos y en ocasiones fortificados, pasan a distribuirse en pequeñas unidades a lo largo de los vastos espacios abiertos en los territorios circundantes (Cardoso 2004).
CARACTERIZACIÓN TECNO-MORFOLÓGICA DE LAS LÁMINAS FOLIÁCEAS DE LECEIA
La primera caracterización tecno-morfológica de estas láminas se publicó en un trabajo dedicado al análisis de todo el utillaje lítico tallado (Cardoso y Martins 2013).
Consideramos láminas foliáceas aquellos artefactos adelgazados, por una o ambas caras, con retoques que suelen tener un carácter plano e invasor, pero en los que también se pueden apreciar áreas con retoques más marginales.
En esta descripción entran una gran variedad de productos sobre láminas o lascas, más o menos largas y espesas, donde la talla inicial y el tipo de retoque practicado modifica enormemente el soporte original (Esta caracterización tecno-morfológica puede amplirse en S. Forenbaher 1999, J. J. Cabanilles 2008 y de A. C. Sousa2 ).
Un total de 288 láminas foliáceas, entre enteras y fragmentadas, han sido documentadas en el poblado de Leceia.
De éstas, 15 pertenecen al nivel 4 (Neolítico Final), 114 al nivel 3 (Calcolítico Inicial) y 159 al nivel 2 (Calcolítico Pleno/Final) (Tab.
En la mayoría (88,5 %) ha sido imposible determinar el tipo de soporte original, pero creemos que debieron preferirse lascas.
De hecho, sólo en cinco piezas hemos podido afirmar que el soporte original era, efectivamente, una lámina: 2 del nivel 4, 1 del nivel 3 y 2 del nivel 2.
Aun así, una vez acabadas, y en base a su forma, las denominamos genéricamente por consenso "láminas foliáceas".
La escasez de restos vinculados con las primeras etapas de la producción de estas piezas durante las distintas ocupaciones de Leceia, nos hacen pensar que esos trabajos iniciales se efectuaban en lugares especializados externos al poblado.
Sólo las etapas finales de configuración, reparación y utilización se hacían en el interior o cerca de los espacios que ocupa el asentamiento.
Las etapas de la producción son: Fase 1: Esbozo inicial del soporte (lasca o lámina robusta).
Su fin es obtener un tamaño determinado y una morfología de contorno elipsoidal o sub-triangular (puntiaguda) (Fig. 3).
Fase 2: Preforma general de la pieza a través del retoque.
Durante este proceso de adelgazamiento, realizado en ocasiones mediante presión, se emplea a menudo el tratamiento térmico.
La presencia o ausencia de córtex nos permite evaluar el grado de transformación de las piezas desde su estado original.
Los soportes que se han fracturado tecnológicamente suelen ser fácilmente reconocibles (Fig. 4).
Fase 3: Está representada por ejemplares plenamente configurados para ser usados.
En algunos se perciben incluso probables trabajos de reparación (Fig. 5).
Las piezas halladas en las zonas de hábitat correspondientes a las primeras fases de configuración (Tab.
Este último dato debe tomarse con precaución por las escasas piezas del nivel.
Las preformas pertenecientes a la fase 2 se documentan habitualmente en el interior de la zona habitada.
Su representación en el nivel 3 llega al 64,9 %, siendo algo menor en el nivel 2 y el 4 (poco más del 45 %).
Finalmente, 117 piezas están plenamente configuradas (fase 3), procediendo en su mayoría del nivel 2.
Naturaleza de la materia prima
Todas las láminas foliáceas han estado elaboradas en sílex.
Las variedades cromáticas más representadas en todos los niveles son las grisáceas, marrones, negruzcas.
Láminas foliáceas del poblado de Leceia (Oeiras) con morfología final definida por el tipo de retoque: bifacial cubriente (1 del nivel 4; 2 del nivel 2); cubriente en una de las caras y retoques invasores y marginales en la opuesta (3 del nivel 2; 4 del nivel 3); invasor en una cara y retoques marginales en la opuesta (5 del nivel 3); cubriente en una cara y sin retoque en la opuesta (6 del nivel 2; 7 del nivel 3) (Cardoso y Martins 2013: 473, 487, 489 y 513-515).
En Monte do Castelo y Barotas, a unos 800 m del poblado, sería sencillo aprovisionarse de las variedades de color marrón y negro.
En cambio, las de tonalidades grisáceas tendrían un origen alóctono procedente quizás de la región de Rio Maior, a unos 100 km de Leceia (Cardoso y Costa 1992; Cardoso et al. 1996).
Esta determinación de las posibles fuentes de materia prima se ha basado en un análisis macroscópico y en los amplios conocimientos de uno de los autores (JLC) del territorio luso (Cardoso et al. 2018: 352, fig. 8).
Entre el Calcolítico Inicial y el Calcolítico Pleno/ Final se aprecia un cambio en el tipo de sílex en base a su coloración.
El incremento de variedades de sílex de procedencia alóctona durante el Calcolítico Pleno/Final, quizás responda a una apertura y contacto de la comunidad de Leceia con otras poblaciones asentadas en territorios alejados.
Asimismo, la intensificación desde el Neolítico Final de la explotación de las variedades de sílex local, probablemente refleje que parte de los productos obtenidos se destinaban a su exportación.
En las láminas foliáceas plenamente configuradas atribuidas a la fase 3, se aprecia de nuevo más piezas de color grisáceo entre el Calcolítico Inicial y el Calcolítico Pleno/Final: se pasa del 14,3 % en el nivel 3, al 40,3 % en el 2.
La configuración de las láminas foliáceas
Las modalidades de configuración identificadas son: 1) un retoque cubriente: bifacial (Fig. 5: 1-2) o unifacial y, en ese caso, con la cara opuesta con retoques invasores y marginales (Fig. 5: 3-4) o sin retoque (Fig. 5: 6-7); y 2) Un retoque invasor bifacial en todo el perímetro, pero no en las zonas centrales, o unifacial ya sea con áreas con retoques marginales en la opuesta (Fig. 5: 5) o sin retoque.
En Leceia estas distintas formas de adelgazamiento/ retoque varían porcentualmente según su distribución estratigráfica.
Las láminas foliáceas con retoque cubriente bifacial tienen una representación porcentual muy elevada en todos los niveles: 60 % en el 4, 48,6 % en el 3 y 59,7 % en el 2, pero en el nivel más antiguo, nuevamente la escasez general de piezas documentadas impide hacer valoraciones concluyentes (Tab.
El segundo grupo más numeroso, ausente en el nivel 4, comprende las láminas foliáceas con retoque cubriente en una cara e invasor o marginal en la opuesta: 34,3 % en el nivel 3 y 24,7 % en el 2.
Según Antonio F. Carvalho (1995Carvalho ( -1996) ) a menudo estas piezas han pasado por distintos estadios de reavivado.
Nuestro estudio tecnológico ha identificado cinco láminas foliáceas con posibles signos de reavivado: 1 en el nivel 3 y 4 en el 2.
Gracias a la presencia de melladuras sin lustre de cereal en los filos de las piezas empleadas para segar.
A veces se reconoció el uso del tratamiento térmico en la configuración inicial de estas piezas, gracias a que algunas presentaban facetas sin brillo en ambas caras.
Si se hubiera calentado el bloque/núcleo, esas zonas opacas estarían exclusivamente en la cara dorsal.
Las comunidades de Leceia controlaban perfectamente el proceso, ya que no se aprecian modificaciones térmicas por temperaturas demasiado elevadas (Terradas y Gibaja 2001).
Cuando ello sucede, aparecen en la superficie craquelados, cúpulas y pátinas térmicas.
Leceia presenta ciertas diferencias en el tratamiento térmico respecto al asentamiento portugués de Chibanes, donde se afirma que todas las láminas foliáceas se extrajeron de núcleos tratados térmicamente y no de soportes (Clemente et al. 2014).
Los datos aquí presentados sobre el tratamiento térmico son muy parciales porque se refieren a las piezas analizadas a nivel funcional.
Será necesario hacer un estudio mucho más completo para discernir si hay alguna relación con el tipo de materia prima empleada.
Morfología de las láminas foliáceas
La tipología específica elaborada en Leceia distingue 7 formas de láminas:'de contorno elipsoidal' con bordes convergentes y extremidades planas, cóncavas y/o convexas (Fig. 6: 1-2);'en forma de D', con un borde rectilíneo y otro convexo (Fig. 6: 3-4);'en forma de creciente', con un borde convexo y otro cóncavo, generalmente estrechas y alargadas, (Fig. 6: 5-6);'sub-circulares' de menores dimensiones;'sub-rectangulares' cuyos bordes paralelos tienen extremidades rectilíneas y contornos sub-rectangulares (Fig. 7: 1-2);'sub-trapezoidales' con bordes paralelos o divergentes y una o ambas extremidades oblicuas (Fig. 7: 3-4);'apuntadas' en su extremidad distal.
Incluye las de morfología losángica alargada (Fig. 7: 5-6).
En Leceia las láminas foliáceas están documentadas desde el Neolítico Final, pero su representatividad aumenta considerablemente en el Calcolítico Inicial y, en especial, en el Calcolítico Pleno/Final (Tab.
Quizás si se hubiera excavado todo el yacimiento su número en el nivel 4 habría sido mayor.
En todo caso, en el nivel 4 el 60 % son láminas con retoque cubrien- te bifacial, el 20 % tiene forma de "D" con retoque invasor en una de las caras, y el otro 20 % son de tipo creciente con retoque cubriente en una cara e invasor o marginal en la opuesta.
En el nivel 3 dominan las láminas de tipo elipsoidal (51,4 %), seguidas por las apuntadas (22,9 %), las de forma creciente (11,4 %), las tipo "D" (8, 6 %), las sub-rectangulares (2,9 %) y las de contorno sub-trapezoidal (2,9 %).
Finalmente, en el nivel 2 dominan las láminas de tipo elipsoidal (68,9 %), seguidas por las que tienen forma de "D" (11,7 %), las sub-trapezoidales (7,8 %), las de forma creciente (3,9 %), las apuntadas (3,9 %), las sub-rectangulares (2,6 %) y las sub-circulares (1,3 %).
Dimensión de las láminas foliáceas
En la tabla 4 reflejamos la longitud y anchura de las láminas foliáceas plenamente configuradas.
Los tamaños van desde los 30 mm hasta los 120 mm. Sin entrar a valorar el de las pocas piezas del nivel 4, en el nivel 3 y el 2 el mayor porcentaje corresponde a las que tienen entre 61-70 mm (31,4 % y 32,5 %, respectivamente).
En estos dos niveles apenas hay láminas con tamaños superiores a los 90 mm.
En definitiva, se aprecia una ligera tendencia a que las láminas más largas y anchas sean las del nivel 2.
Distribución espacial de las láminas foliáceas
En el nivel 3 se evidencian dos concentraciones de artefactos.
La primera tiene un nítido carácter funcional, pues se localiza en el espacio exterior de la tercera línea defensiva, donde se concentran las unidades habitacionales del Calcolítico Inicial.
La segunda resulta de la mayor potencia del nivel 3 entre la prime- ra y la segunda línea defensiva.
La importante presencia de núcleos y preformas se relaciona quizás con un espacio de talla en el interior del poblado, sin que sepamos si tales restos están vinculados exclusivamente con la producción de las láminas foliáceas.
El sílex empleado procedería del cercano Monte do Castelo y Barotas (Cardoso y Costa 1992; Cardoso et al. 1996).
La ausencia de lascas de dimensiones considerables nos lleva a proponer la realización de las primeras fases de configuración fuera del poblado, efectuándose en las zonas del interior las últimas fases de adelgazamiento y/o reavivado (Carvalho 1995(Carvalho -1996)).
En el nivel 2 (Calcolítico Pleno/Final) las numerosas piezas foliáceas se concentran en zonas con funciones específicas: áreas de elaboración de láminas bifaciales, con centenares lascas de preparación halladas entre la primera y segunda línea defensiva, así como una cabaña especializada en la molienda donde se localizaron diversos molinos y manos (Fig. 2).
Curiosamente, el porcentaje de esbozos es mucho menor en comparación con en comparación con el nivel 3.
Las láminas foliáceas estarían directamente relacionadas con actividades productivas desarrolladas por los habitantes del poblado, ya que la mayor parte se concentran en los lugares que ocupaban las cabañas.
Para la elaboración de estas piezas se recurría a variedades de sílex locales (Monte do Castelo y Barotas), y alóctonas (área de Rio Maior).
De nuevo la escasez de piezas en el nivel 4 ha impedido identificar alguna distribución espacial significativa.
Análisis funcional sobre láminas foliáceas: un primer test
Hemos realizado un análisis funcional exploratorio sobre 10 láminas foliáceas de los niveles 2 y 3 (el 3,5 % de las documentadas).
El objetivo principal ha sido evaluar si su estado de conservación permitía su estudio (Fig. 8).
Sin embargo, los interesantes resulta- dos obtenidos y la posibilidad de explicar sus características y representatividad en un yacimiento tan relevante como Leceia, nos ha llevado a incluir la información en esta publicación.
Se seleccionaron piezas incompletas, susceptibles de haberse fracturado tanto durante su uso como durante su elaboración, dado que es este análisis debía permitirnos distinguir esbozos, piezas en elaboración e instrumentos usados y fracturados quizás durante su utilización.
El análisis macro y microscópico de la superficie nos ha confirmado que 7 de las 10 piezas estudiadas no presentan huellas de utilización, lo que nos ha permitido obtener información referida a los procesos de talla y a su configuración.
Además, dos de ellas muestran un elemento interesante: una fuerte percusión en el centro de una de las caras (Fig. 9).
Esa repetición nos sugiere que tal vez los talladores fracturaran estas piezas de manera intencional cuando el resultado no fuera satisfactorio.
Deberemos retomar la cuestión en el futuro cuando analicemos otras piezas.
Las tres piezas usadas se han empleado para cortar cereales: dos con ambos laterales y una con un único filo.
El grado de desarrollo de los pulidos es muy variable por los continuos procesos de reavivado para alargar la vida de las piezas (Fig. 9).
En dichos filos se aprecia una cantidad variable de pulido de cereal acumulado en el interior de las melladuras.
Ello se debe al momento del reavivado.
Las primeras zonas reavivadas presentan pulidos más intensos y las últimas no lo están.
Esto significa que, en ese momento, se rompió, abandonándose sin volver a usarse.
Aunque no podemos saber el número de reavivados realizados, esa heterogeneidad en la cantidad de pulido demuestra que fueron varios.
El pulido de cereal de los filos usados muestra, en ocasiones, numerosas estrías, cuya presencia sugiere su empleo para segar los tallos cerca del suelo.
Este hecho también se ha registrado en otros yacimientos cronológicamente próximos como el Casetón de la Era o Chibanes (Gibaja et al. 2012; Clemente et al. 2014).
La distribución del pulido de cereal no es homogénea a lo largo del filo, por lo que es imposible reconocer el modo de enmangue.
En todo caso, ese pulido en las zonas mediales demuestra que buena parte del filo quedaba libre del mango.
Precisamente, en la arista central de una de las piezas hemos reconocido un residuo negruzco que tal vez sean restos de la almáciga.
Esta hipótesis deberá confirmarse mediante su análisis químico.
El uso de las láminas únicamente para segar es una cuestión que deberemos resolver estudiando un conjunto mayor.
Quizás también se usaron para el trillado, documentado igualmente en los yacimientos de Casetón de la Era o Chibanes, o para el tratamiento de otras materias animales y vegetales.
También será interesante analizar hasta qué punto su forma se relaciona con el trabajo realizado.
Láminas foliáceas del poblado de Leceia (Oeiras).
Arriba marcas de percusión en el centro (1 del nivel 2; 2 del nivel 3), producto tal vez de una rotura intencionada por parte del tallador.
Abajo algunas usadas para segar cereales (1 y 3 del nivel 2; 2 del nivel 3) (en color en la versión electrónica).
LAS LÁMINAS FOLIÁCEAS DE LECEIA VERSUS LAS DE OTROS POBLADOS DE LA ESTREMADURA PORTUGUESA
Desde una perspectiva supraregional, se aprecia una concentración de este tipo de artefactos en la Península de Lisboa.
Ello se explica, probablemente, por los afloramientos de sílex de buena calidad presentes en la zona de Rio Maior (Forenbaher 1998(Forenbaher, 1999)).
Estas piezas no han sido demasiado estudiadas en muchos otros yacimientos, pero es factible hacer un ensayo comparativo superficial con respecto a los de: Moita da Ladra (Vila Franca de Xira), Outeiro Redondo (Sesimbra), Penedo de Lexim (Mafra), Vila Nova de São Pedro (Azambuja) y Zambujal (Torres Vedras) (Cardoso 2014; Cardoso y Martins 2016-2017, 2018).
Hemos comparado las láminas foliáceas del nivel 4 de Leceia con las de la unidad estratigráfica UE19 (locus 1) del poblado de Penedo de Lexim (Mafra), adscrita al Neolítico Final (Sousa 2010; Cardoso 2013).
En Leceia se han documentados 15 ejemplares, entre enteros y fragmentados (6,9 % del conjunto lítico del citado nivel).
De éstas, 3 son esbozos, 7 están en una primera fase de preforma y 5 están enteras y aparentemente finalizadas para ser utilizadas.
Predominan las láminas elipsoidales elaboradas mediante retoque cubriente bifacial, seguidas de unas en forma de "D" y otras de morfología creciente.
Como hemos apuntado la cantidad sería mayor si hubiera aumentado la zona excavada (Cardoso 2013).
En el poblado de Lexim se han contabilizado 60 ejemplares, sólo 10 enteros.
Documentados en diversos sectores del asentamiento, 7 se han considerado productos relacionados con las primeras fases de preparación, 27 con los momentos de adelgazamiento, 17 son láminas acabadas y 9 no han podido adscribirse a ninguna de estas etapas (Sousa 2010).
Morfológicamente dominan las piezas con bordes convergentes (24: 62 % de las piezas clasificables), seguidas de las que tienen laterales paralelos con formas sub-rectangulares (9: 23 %) y un conjunto de formas divergentes de formas trapezoidales (15 %).
Las extremidades de la mayoría son rectilíneas (22 ejemplares), seguida de las convexas (10), oblicuas (5), triangulares (3) y apuntadas (4).
La información estratigráfica en relación a las láminas foliáceas es inexistente.
La autora apunta, sin referencia a su morfología, que 5 pertenecen a la UE19 (locus 1) del Neolítico Final, 10 a la UE7 (locus 3b) del Calcolítico Inicial y 10 a la UE8 (locus 1) del Calcolítico Pleno/Final (Sousa 2010).
En Leceia la representatividad de los esbozos y las piezas correspondientes a los primeros estadios de talla (5: 4,4 %) es mucho menor que la de las preformas (74: 64,9 %) y la de las piezas definitivamente acabadas (35: 30,7 %).
Son anecdóticas las de forma en "D" (3: 8,6 %), las láminas subrectangulares y las de contorno subtrapezoidal (1: 2,9 % en cada caso).
Habitualmente las láminas tienen retoque bifacial cubriente, si bien algunas están retocadas de manera marginal o sólo por una cara.
De los 24 ejemplares de Outeiro Redondo, 8 están completas (33,3 %), 3 son preformas (12,5 %) y el resto han sido adscritas simplemente a láminas fragmentadas por uno de los extremos (54,2 %).
Como en Leceia, morfológicamente dominan las que tienen un contorno elipsoidal (6 ejemplares).
Hay una en forma de "D" y otra apuntada.
La autora no hace ninguna referencia (Sousa 2010) a los 10 ejemplares de Penedo do Lexim, por lo que la comparación sólo se refiere a la cantidad.
Morfológicamente dominan las de tipo elipsoidal, seguidas de las que tienen forma en "D".
El resto presentan valores por debajo del 10 %.
Esta diversidad morfológica se aprecia igualmente en las 81 láminas foliáceas recuperadas en el poblado de Outeiro Redondo: 5 son esbozos, 41 son fragmentos de extremidades y 35 están plenamente configuradas.
Nuevamente dominan las elipsoidales, seguidas de las que tienen forma de "D", las subrectangulares y subtrapezoidales.
En el poblado de Moita da Ladra se recogieron 4 esbozos, 25 preformas y 6 piezas acabadas y sin fracturar.
Las 10 láminas foliáceas de Penedo do Lexim, provenientes de la unidad estratigráfica EU 8 (locus 1), representan el 9 % del utillaje lítico registrado en este nivel.
Desafortunadamente, la autora amplía su descripción (Sousa 2010).
La abundante presencia de esbozos y piezas fragmentadas en los poblados comparados permite concluir la intensa preparación y elaboración de láminas bifaciales en todos ellos.
Parece existir un patrón morfológico mayoritario elipsoidal y en forma de "D".
El resto muestra porcentajes variables, habitualmente por debajo del 12 %.
Si bien son difíciles lecturas más precisas al faltar estudios tecno-tipológicos profundos, esta visión superficial puede ayudar al lector a comprender la naturaleza de este tipo de piezas en otros contextos lusos.
La información disponible de los poblados calcolíticos de Vila Nova de São Pedro (Azambuja), Zambujal (Torres Vedras) y Pedrão (Setúbal) es aun más muy reducida pero nos ha parecido interesante aludir brevemente a ellos.
En las intervenciones de 1964 a 1973 realizadas en el poblado de Zambujal se contabilizaron cerca de 2400 artefactos de los cuales 20 (0,8 %) eran útiles subrectangulares u ovales con retoque plano unifacial considerados "cuchillos de lasca", 70 (2,9 %) fueron catalogados como "cuchillos en fase de transición" y 176 (7,3 %) como "cuchillos foliáceos" adelgazados mediante retoques planos) (Uerpmann y Uerpmann 2003).
En términos estratigráficos parece que predominan los "cuchillos de lasca" en las fases constructivas 1 y 2 (precampaniformes) y las láminas acabadas y retocadas por ambos laterales en las fases 3 a 5 (Uerpmann y Uerpmann 2003).
En el asentamiento del Calcolítico Inicial de Pedrão, de los 132 restos líticos hallados sólo 5 son láminas foliáceas fracturadas.
Tres presentan un retoque invasor bifacial y las otras dos unifacial (Soares y Silva 1975).
Hemos dedicado este trabajo a la caracterización tecno-morfológica de las piezas conocidas como foicinhas o "láminas foliáceas" (Cardoso y Martins 2013).
En el asentamiento de Leceia, el sílex empleado en su elaboración es originario de diversos afloramientos, algunos cercanos, como el del Monte do Castelo y Barotas, y otros alejados, como el de Rio Maior.
Ello nos hace pensar en la complejidad de las relaciones sociales que debieron existir en aquella época y que se tradujeron en la posibilidad de acceder a determinadas materias primas.
La obtención de un tipo de sílex de óptima calidad era básica para lograr piezas excelentemente talladas.
Precisamente, el tratamiento térmico podría ser un recurso que facilitara la talla y redujera la posibilidad de errores.
La ausencia de soportes en bruto nos hace suponer que las primeras etapas de elaboración se realizaban fuera del poblado.
Serían los procesos de adelgazamiento y reavivado los que finalmente serían llevados a cabo en la zona de intramuros.
Ello refleja la alta capacidad tecnológica de algunos habitantes de Leceia.
Tampoco debemos excluir que algunos soportes llegaran ya ligeramente preparados al poblado, especialmente los confeccionados a partir de las variedades de sílex procedentes de la región de Rio Maior.
La representatividad porcentual de tales láminas es muy distinta según los niveles: en el nivel 4 suponen el 6,9 % del utillaje lítico, en el 3 llegan al 26,7 % y en el 2 al 31,6 %.
Su importancia en este último, adscrito al Calcolítico Inicial, puede estar vinculada con el aumento de las actividades productivas agrícolas.
En los niveles 3 y 2 las láminas tienen retoque cubriente bifacial y contorno elipsoidal.
A lo largo de la secuencia parece aumentar la longitud y anchura de estas piezas, superando a veces los 100 mm de longitud y los 40 mm de anchura.
Los resultados del análisis funcional, a la espera de un estudio más completo, nos permiten proponer el uso de muchas de estas las láminas foliáceas.
Sin embargo, no es menos cierto que al ser un lugar de producción muchas de esas láminas se fracturaron y abandonaron durante su elaboración.
Las tres piezas con huellas de uso se vinculan con el trabajo de la siega y no tanto con el de trillado, como se ha observado en Casetón de la Era o Chibanes (Gibaja et al. 2012; Díaz del Río et al. 2014; Clemente et al. 2014).
El muestreo ha sido escaso, pero todo indica que el uso del término foicinhas, acuñado desde la arqueología portuguesa, no iba mal encaminado.
En el futuro será interesante, no sólo analizar un mayor número de piezas de Leceia, sino de otros yacimientos.
De esta manera podremos evaluar su funcionalidad en base a distintos parámetros: actividades realizadas en los asentamientos, cronología, lugares de trabajo, acceso a materias primas de calidad, etc.
Pero, además, será importante estudiar el uso de otro tipo de instrumentos líticos con el fin de caracterizar la producción global.
Tal vez ese análisis de conjunto nos permita conocer mejor los criterios que rigieron la selección de ciertas morfologías en relación a las actividades a las que se iban a destinar los instrumentos.
Es evidente que nos queda mucho por hacer, pero consideramos que los resultados aquí expuestos son un primer paso en el estudio de unos instrumentos bastante olvidados por la investigación arqueológica pero enormemente relevantes para las comunidades del pasado.
El Dr. Filipe Martins nos ayudó en la elaboración de este artículo, incluyendo el dibujo de las piezas líticas que lo ilustran.
Reconocemos el gran trabajo de los dos revisores anónimos que han mejorado enormemente este artículo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0).
RECENSIONES Y CRÓNICAS CIENTÍFICAS
Tal y como plantea Jean Guilaine en el prólogo de la obra "el dolmen de Soto es uno de esos 'monstruos sagrados' del megalitismo funerario occidental" comparable con monumentos icónicos como el dolmen de Menga, Maeshowe o Newgrange.
A pesar de la relevancia patrimonial del sitio puesta de manifiesto poco después de su descubrimiento por Hugo Obermaier (1924) y en su declaración como Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1931, las posteriores investigaciones arqueológicas e intervenciones de restauración no parecen haber estado a la altura del bien.
Solo recientemente han comenzado a realizarse trabajos de investigación arqueológica fundamentales para una correcta cualificación científica del monumento.
Es precisamente en el contexto de las excavaciones realizadas en los años 2012 y 2013 cuando se abordó el estudio sistemático de una de las principales singularidades del dolmen de Soto como es la riqueza y complejidad de sus representaciones gráficas.
Resultado de estos trabajos es la monografía aquí recensionada, una excelente obra que abre una nueva etapa de investigación que es esperable tenga continuidad y saque al dolmen de Soto de su abandono científico.
El volumen se estructura en cinco bloques más un inventario de cada uno de los ortostatos, estelas y losas que forman el monumento.
El primer bloque titulado "el contexto historiográfico y arqueológico del sitio" se organiza Trab.
Prehist., 76, N.o 2, julio-diciembre 2019, pp. 371-391, ISSN: 0082-5638 en 3 capítulos donde se abordan aspectos relacionados con la historia del dolmen, su contexto paleogeográfico y su relación con otras sepulturas megalíticas y asentamientos del entorno inmediato y, de forma más general, de la provincia de Huelva.
En el segundo bloque se presentan los "planteamientos teóricos y metodológicos de la investigación".
De este apartado destacan, muy especialmente, las técnicas y protocolos utilizados en el proceso de documentación de las representaciones gráficas.
La valoración crítica de los procedimientos de análisis y el desarrollo de metodologías novedosas de alta resolución aportan una enorme solvencia a los resultados obtenidos.
El tercer bloque denominado "documentación arqueológica, arqueométrica y gráfica" consta también de 3 capítulos.
En el primero de ellos, se presentan los resultados de la excavación arqueológica realizada en los años 2012 y 2013 junto a una valoración arquitectónica del monumento y de su diacronía.
De acuerdo con la nueva serie radiocarbónica, la construcción del dolmen debió realizarse en la primera mitad del IV milenio cal BC, manteniéndose una intensa actividad ritual y funeraria durante el III milenio cal BC.
Con posterioridad, se documentan episodios de reutilización en los últimos siglos del II milenio cal BC y en diferentes momentos ya en época histórica.
En el segundo capítulo se aborda el estudio e identificación mediante técnicas arqueométricas de los pigmentos presentes en los ortostatos y cobijas, lo que ha permitido documentar importantes evidencias de pintura roja, blanca y negra.
Por su parte, en el tercer capítulo se discute fundamentalmente la morfología, ubicación y relación entre los soportes que configuran las diferentes partes en que se divide el dolmen (cámara, corredor y vestíbulo).
En el cuarto bloque denominado "análisis de los datos" se estudian las técnicas, temas y secuencias decorativas identificadas en el dolmen de Soto.
Los resultados se contextualizan dentro del fenómeno megalítico ibérico y europeo valorándose críticamente diferentes asunciones tradicionales sobre el origen, cronología y distribución geográfica del "arte megalítico" y en especial de las decoraciones pintadas y estelas "armadas".
En el último bloque se recogen las conclusiones principales del trabajo en donde sobresale el análisis contextualizado de las representaciones gráficas dentro de las dinámicas sociales de las comunidades neolíticas y de las Edades del Cobre y Bronce.
Formalmente la obra destaca por el excelente aparato gráfico, si bien importante en cualquier trabajo científico, en este caso y dado el objeto de estudio fundamental para su correcta compresión.
Las fotografías y calcos son de gran calidad y detalle resultado de elaborados y aquilatados procedimientos y protocolos de documentación gráfica.
En este sentido, destacan muy especialmente los desplegables del final de la monografía con la representación de los alzados tanto en fotografías como en calcos.
Se trata de un formato nada habitual que permite visualizar con gran detalle la forma, tamaño, distribución, textura, color y grafías de cada uno de los ortostatos y estelas.
El enfoque biográfico de la obra es probablemente uno de los principales aciertos del trabajo.
Sitios como el dolmen de Soto son auténticos palimpsestos caracterizados por la reutilización, superposición, desplazamiento y ocasionalmente por la eliminación de evidencias materiales pertenecientes a actividades rituales y funerarias diversas.
Pero además, los elementos materiales que forman la arquitectura dolménica son palimpsestos en sí mismos dada su trayectoria vital y participación en complejas redes de significados.
En este sentido, destacan las estelas y menhires reutilizados en la construcción del monumento que procederían de diferentes construcciones megalíticas previas, entre ellas un recinto de menhires sobre el que se erigió el dolmen de Soto.
Precisamente estos diferentes niveles de análisis biográfico permiten una aproximación a la complejidad del monumento.
Así, se han estudiado de forma individualizada cada uno los ortostatos y losas de cubierta, la relación entre los soportes de cada uno de los tramos identificados (cámara, corredor y vestíbulo), entre soportes de diferentes tramos y de la construcción en su globalidad, identificándose relaciones de similitud, diferencia, oposición y contraste.
El estudio de las grafías es la aportación principal de la obra.
El excelente trabajo de análisis y caracterización ha permitido identificar una enorme variedad de técnicas (pintura roja, blanca y negra, abrasión, piqueteado, incisión, bajorrelieve y excisión) y motivos (geométricos, oculados, antropomorfos y armas/herramientas).
A partir de la tipología, secuencia, ubicación y superposición de motivos se han establecido tres grandes etapas en la elaboración de los discursos simbólicos; la primera ya presente en los menhires y estelas reutilizados en la construcción del dolmen; la segunda de época calcolítica, especialmente intensa a mediados del III milenio; y la última correspondiente al Bronce Final.
Además, las técnicas y motivos se distribuyen de forma diferenciada entre la cámara y el corredor.
La primera, una zona con representaciones gráficas que se mantienen sin transformaciones y que ha sido considerada como un lugar de respecto asociado a los antiguos ancestros.
La segunda, un área dinámica y cambiante caracterizada por la incorporación de grafías que van añadiendo nuevos mensajes y significados, lo que se ha relacionado socialmente con la emergencia de linajes e individuos socialmente destacados.
La importancia, relevancia y complejidad de las representaciones gráficas del dolmen de Soto enfatiza un aspecto que, en mi opinión, es clave en la comprensión del fenómeno megalítico y que tiene que ver con cómo estos monumentos condicionan la percepción y comprensión de la realidad.
La forma, tamaño y orientación del dolmen, el tipo de piedra, color y textura, los juegos de luces y sombras y, desde luego, las representaciones gráficas son aspectos que combinados tienen la capacidad de crear fuertes efectos emocionales que promueven comportamientos sociales particulares.
Las emociones crean un ambiente propicio que acerca a las personas a ciertas Trab.
La materialidad de los monumentos megalíticos tiene la capacidad de guiar y orientar la experiencia humana en una dirección concreta creando una atmosfera específica.
Precisamente, la cantidad y variedad de las decoraciones hacen del dolmen de Soto un lugar de especial relevancia en la creación de emociones y experiencias.
Parece que este objetivo guio la construcción del monumento con estelas y menhires ya cargados de significados que fueron modificados y redefinidos con nuevas grafías a lo largo de su largo periodo de uso.
El dolmen de Soto ofrece unas inmejorables posibilidades para explorar precisamente estos aspectos relacionados con la denominada "Arqueología de las Emociones" y así ha sido reconocido por los autores/as de la presente monografía que conciben el fenómeno megalítico de una forma dinámica e inclusiva.
El estudio sistemático de las representaciones gráficas del dolmen de Soto es una aportación de primer orden al conocimiento del megalitismo ibérico y europeo.
Símbolos de la muerte en la Prehistoria Reciente del sur de Europa.
El dolmen de Soto, Huelva.
España se convierte de esta forma en una referencia excepcional e ineludible que obliga al inmediato desarrollo de un proyecto de investigación arqueológica del monumento que debería ser promovido y apoyado decididamente por la administración que tutela el bien, la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía.
En las últimas décadas, los arqueólogos de todo el mundo han intensificado enormemente nuestro conocimiento de la Prehistoria.
Esta intensificación ha puesto al descubierto muchos yacimientos arqueológicos que no se adecúan a nuestras expectativas.
En lugares como Stonehenge en Wiltshire (Inglaterra), Poverty Point en Luisiana (Estados Unidos) y Göbekli Tepe en Anatolia (Tur-quía), los investigadores han encontrado una arquitectura monumental levantada por poblaciones de tamaño modesto que probablemente carecían de residencias permanentes.
En otros lugares han descubierto comunidades con centenares de casas, pero sin evidencia de élites o de centros administrativos.
Estas sociedades produjeron riquezas y excedentes y participaron en redes comerciales que cubrieron cientos de kilómetros.
Ese tipo de hallazgos desafían la contraposición entre primitivo/igualitario y civilizado/jerárquico, y la suposición de que la riqueza requiere una desigualdad social.
La 19 Conferencia Arqueológica de Alemania Central examinó de manera global las comunidades acéfalas productoras de excedentes, que cuestionaban la equiparación de la producción excedentaria con la desigualdad y las élites.
Esta equiparación lleva a una teoría social que considera la comprensión del origen, organización y práctica de los estados como el objetivo final de la investigación arqueológica.
En lugar de eso se preguntó cómo se estructuraban socialmente las propias comunidades acéfalas que producían excedentes, qué tipos de economías las impulsaban, cómo ordenaban el trabajo y cómo organizaban la distribución económica.
Este volumen es un resultado de la conferencia y contiene un prefacio y 21 capítulos.
Cada capítulo comienza con un resumen en alemán e inglés.
El texto del Prefacio y del capítulo de Hermann Amborn está en alemán e inglés.
Cinco autores escriben en alemán y quince en inglés.
El volumen carece de un índice que habría sido un añadido útil.
Las comunidades acéfalas productoras de excedente no encajan en las fases evolutivas de horda (banda), tribu, jefatura y estado.
Esta secuencia depende de la equiparación entre crecimiento de riqueza y aumento de la desigualdad.
Asume que un movimiento en las fases implica una producción incrementada y una creciente desigualdad social.
La secuencia focaliza la investigación en explicar cómo las sociedades pasaron por esas fases desde el igualitarismo a los estados.
Las comunidades acéfalas productoras de excedentes violan la secuencia porque rompen la equiparación.
Los autores de este volumen también encuentran problemático el concepto de complejidad social.
Argumentan que las sociedades no jerarquizadas que tienen un gran excedente son más complejas socialmente que las sociedades jerarquizadas donde una élite controla el excedente de producción y la distribución.
En este caso están de acuerdo con Bruce Trigger (2003) en que el igualitarismo no es simplemente la hipótesis nula (the null case), la ausencia de desigualdad y de jerarquía sino, más bien, una serie compleja de relaciones sociales que las comunidades tienen que mantener y reforzar activamente.
Excedente es el concepto clave para comprender la posición teórica del volumen.
Los editores definen excedente como la producción obtenida del/los productor/es primarios vía una desigual distribución de materiales, Trab.
El plusproducto aparece en todas las sociedades y la gente puede movilizarlo para servir los intereses de la comunidad como los festejos, la construcción monumental, la producción artesanal, y la circulación de bienes simbólicamente importantes.
Pero si un grupo social puede obtener el control del excedente, se convierte en un beneficio que movilizan para servir a sus propios intereses.
Ellos relacionan este cambio con el debilitamiento de la diversidad y el fortalecimiento de la rigidez de la identidad social.
Las personalidades prehistóricas destacadas (como antiguos Donald Trump y Viktor Orbán) explotan esta identidad para generar excedente.
Ellos distinguen también entre dos tipos de políticas.
En el primero la política se refiere al mantenimiento de ciertos intereses con énfasis en el poder, la explotación social y la violencia.
En el segundo la política remite a la organización de las sociedades, al trabajo, a los medios de producción, y a los deberes y bienes necesarios para la reproducción social.
La política en el segundo sentido ocurre en todas las sociedades y es más neutral que en el primero.
Los arqueólogos durante mucho tiempo limitaron su concepto de política al primer sentido.
Han tendido a discutir la política en la Prehistoria porque hacen equivalente la política en el primer sentido con los estados y los estados, en general, no existieron en la Prehistoria.
La política en el segundo sentido, sin embargo, es universal en todas las sociedades.
Esto nos devuelve a la observación de Trigger de que el igualitarismo no es simplemente la ausencia de desigualdad si no, más bien, la expresión de relaciones sociales complejas.
El concepto de estado presupone la apropiación de excedente que lleva a la aparición de la propiedad y la clase social.
El estado como institución defiende y legitima el modo como la economía produce excedente (por ejemplo, esclavitud, servidumbre, o trabajo asalariado) y el control de la propiedad por la clase dominante.
El estado crea un monopolio de poder para controlar las ceremonias, los símbolos, el orden público y los ingresos (tasas, tributos, gravámenes, etc.).
La teoría arqueológica ha estado muy centrada en el estado, donde las cuestiones sobre los orígenes, la naturaleza y el funcionamiento de los estados dominan las discusiones teóricas.
Este volumen rompe con una teoría centrada en el estado al enfocarse en sociedades ricas no jerárquicas con logros económicos, demográficos, arquitectónicos o ceremoniales extraordinarios.
Este desplazamiento lleva a una teoría más profunda y matizada que va más allá de las cuestiones sobre cómo evolucionaron los estados para preguntarse también por cómo las sociedades dentro y fuera de los estados preservan el igualitarismo.
El Prefacio y los tres primeros capítulos establecen el tono teórico del volumen.
Los capítulos también tratan casos sustantivos.
Herman Amborn contribuye con un estudio etnográfico sobre el Cuerno de África.
Observa de manera perspicaz que las sociedades igualitarias y policéfalas siempre existen dentro de los estados.
Dichas comunidades regulan los intereses sociales y económicos a nivel local.
Contrasta la Etiopía septentrional cristiana, cuyas comunidades estratificadas tienen excedentes, con la Etiopía meridional pagana.
En el sur, las sociedades policéfalas cultivan ecológicamente y conservan el plusproducto para uso comunitario.
Mantienen este orden social igualitario con un orden social dinámico y complejo.
El capítulo en inglés de Roberto Risch es el corazón teórico del libro.
El reitera y amplia los conceptos resumidos en el Prefacio.
Define y critica una narrativa de civilización donde las sociedades cambian desde las pobres e igualitarias a las ricas y estratificadas.
Argumenta que el descubrimiento de sociedades acéfalas, productoras de excedentes, obliga a los arqueólogos a desarrollar marcos interpretativos que descarten las fases evolutivas y las narrativas de lo simple a lo complejo.
En su lugar, debemos preguntarnos cómo las sociedades crean y mantienen economías igualitarias y jerárquicas.
Utiliza ejemplos del Neolítico del Mediterráneo para expresar y desarrollar sus ideas.
François Bertemes discute en alemán la relación entre excedente, complejidad y edificios religiosos.
Señala que tanto en Europa como en el Próximo Oriente la construcción religiosa monumental precede tanto a la civilización como al estado.
Presenta tres modelos que compiten entre sí y muestran como un aumento de excedente guiado ideológicamente lleva a la construcción monumental.
Los 18 capítulos restantes presentan casos de estudio de Oriente Medio, Europa, África y las Américas.
La mayoría de ellos terminan con un cuadro de cuestiones comunes.
Las consultas se interesan por el tamaño de la población, la diferenciación política, los tipos de violencia, la organización del trabajo, la distribución económica y el desarrollo tecnológico.
Aunque estos estudios están configurados para ser comparativos e incluyen cuestiones compartidas, el volumen no hace ninguna comparación sistemática.
Un capítulo final que hubiera hecho tal comparación y hubiera integrado la teoría y los casos, hubiera mejorado mucho el libro.
Este es un volumen importante que altera el estudio de la Prehistoria en el mundo.
Muestra que la producción de excedente por las comunidades acéfalas que muchos regionalistas han considerado excepciones a los patrones globales son de hecho típicos de la Prehistoria.
Desafía las oposiciones simplistas como la de economías formalistas versus sustantivistas y la de sociedades primitivas/ igualitarias versus civilizadas/jerárquicas.
Al rechazar el modelo escalonado de la evolución cultural y el concepto de complejidad, el volumen busca nuevas vías para plantear las cuestiones clave de cómo se crearon y mantuvieron la explotación y el igualitarismo.
Los autores muestran que excedentes y política existen en todas las sociedades.
Se demuestra que el igualitarismo no es el estado natural de la sociedad humana sino, más bien, que Trab.
Esta alteración incomodará a muchos de nuestros colegas, porque requiere que reconsideremos la Prehistoria, pero ningún arqueólogo puede ignorarlo.
Este no es un libro fácil de reseñar y enjuiciar por la amplitud, densidad y profundidad de los temas tratados.
Su objetivo es interpretar la organización social de Cerdeña, Córcega, la Península Ibérica y Sicilia entre el Bronce Final y la Primera Edad del Hierro, a partir del registro material, muy especialmente, de la iconografía.
La tesis del autor es que todas ellas comparten rasgos comunes: la existencia de una iconografía que hace referencia al varón guerrero y la ausencia de indicios en ellas de entidades políticas centralizadas, al menos hasta la Primera Edad del Hierro.
El libro se estructura en siete capítulos precedidos de una breve introducción justificativa de sus objetivos, que pueden resumirse en: 1o.
Análisis e interpretación de la iconografía del guerrero que se generaliza como arquetipo en el Mediterráneo Central y Occidental en el marco de las interrelaciones marítimas a partir de 1200 BC.
Aplicación de la teoría anarquista de Clastres a las sociedades estudiadas.
Estudio de la capacidad de actuación individual y colectiva, que el autor atribuye a los viajes y que estaría detrás de la generalización de la iconografía oriental del guerrero.
El primer capítulo se consagra a la cronología y el contexto del Mediterráneo entre 1200 BC y el tránsito a la Segunda Edad del Hierro.
El autor sigue las ideas de Artzy (2007) sobre el papel de los marinos y comerciantes independientes en el colapso de los Estados mediterráneos, la estrecha vinculación entre Chipre y Cerdeña, dos entidades políticas descentralizadas y la posible presencia, estacional o permanente de navegantes del Este del Mediterráneo de diferentes procedencias, entre ellos "fenicios" sensu lato, en el seno de las poblaciones locales.
La intensificación de esas rutas en el tiempo acabaría Trab.
Prehist., 76, N.o 2, julio-diciembre 2019, pp. 371-391, ISSN: 0082-5638 son antiguas, hay grandes edificios en sitios como Thapsos o Pantalica, que, a su vez poseen necrópolis familiares muy ricas y donde la iconografía es escasa y, aquellas comparables con las restantes áreas de estudio, de inspiración mediterránea.
Pese a lo cual, el autor afirma el carácter individualista y carente de poder consolidado de la sociedad sícula del Bronce Final.
En torno a los siglos XI-IX BC, la situación tendería a cambiar hacia un comercio menos individualista y más estatal en Cerdeña, fruto de sus contactos con marinos foráneos en los santuarios/lugares neutrales.
Así, se pasaría de un sistema federal a otro comercial centralizado En el caso de la Península Ibérica sería visible en el emporio de Huelva hacia el 900 BC, considerada una empresa sardo-fenicia, que conduciría a sistemas centralizados para favorecer la extracción de la plata, mediante la distribución desigual de la riqueza y la manipulación, creando relaciones de dependencia en lo que, siguiendo a E. de la Boétie, el autor denomina "servidumbre voluntaria" y que se plasma en el registro arqueológico en la aparición de santuarios, nueva iconografía, tumbas principescas, hábitats fortificados semiurbanos, etc.
El autor reconoce que algunos de los rasgos que definen el modelo anárquico, como la autonomía individual o local, la toma de decisiones comunales, o el ejercicio del poder sin coerción, son difíciles de demostrar.
Cree que en sociedades móviles como las del Bronce Final del Suroeste de la Península Ibérica sería asumible hablar de autonomía local, que las cabañas de reuniones sardas indicarían toma de decisiones comunales y que la falta de residencias o tumbas de élite en todas las zonas de estudio salvo en Sicilia, permitirían pensar en poder no consolidado.
El espacio tasado del que dispongo no me permite detenerme más que a señalar el interesante estudio del autor sobre los aspectos tecnológicos asociados con el grabado de estelas de guerrero en superficies tan duras como el granito, y las preguntas que ello abre sobre el grado de complejidad y especialización en una sociedad a la que se supone una economía de pequeña escala.
Asimismo, y aunque coincido con el autor en la creencia de que las sociedades del Bronce Final de Córcega, Cerdeña, Sicilia y la Península Ibérica eran heterárquicas, el modelo anárquico se ajusta mejor en unas regiones que en otras y, como el propio autor reconoce, algunas de sus premisas son difíciles de demostrar en el registro arqueológico.
Me sorprende, por último, el escaso espacio que se dedica en las conclusiones al papel que la iconografía del guerrero jugaría en la sustentación o en la transformación de estas sociedades anárquicas, en la integración de foráneos y locales, así como al posible papel jugado por los santuarios en tanto que lugares neutrales de intercambio -mercados-en el progresivo cambio hacia la centralización en sociedades como la sarda o tartésica de la Primera Edad del Hierro.
Si bien la bibliografía manejada es bastante completa hasta 2015, sin embargo tengo que señalar, a riesgo de parecerme al escritor Francisco Umbral, la ausencia de referencias a otro modelo heterárquico, como el de la "Sociedad de Casa", que propusimos para Cerdeña y otras sociedades del Mediterráneo (Ruiz-Gálvez 2005: 238-239; Ruiz-Gálvez 2013; González y Ruiz-Gálvez 2016), o al modelo cananeo del "Pastor de Pueblos", que también propusimos para la iconografía del guerrero en el Mediterráneo (Ruiz-Gálvez y Galán 2013; González y Ruiz-Gálvez 2016), que el autor, esté o no de acuerdo con ellos, debería conocer.
Desde que el sano escepticismo posmoderno empezó a criticar a los celtas centroeuropeos La Tène, la comunidad arqueológica ha optado por evitar la controversia y centrarse en estudiar el registro arqueológico sin etiquetarlo.
Una excepción han sido los editores del libro reseñado, Barry Cunliffe (Universidad de Oxford) y John Koch (Universidad de Gales), que llevan más de una década explorando el concepto "celta" desde una perspectiva meramente lingüística.
Esto implica aceptar implícitamente las críticas posmodernas y rechazar la idea "La Tène = celta", como ya hicieron otros autores (Gibson y Wodtko 2013).
Cunliffe y Koch definen "celta" como hablante de este grupo lingüístico y no como etnia.
Según ellos, las lenguas celtas no habrían aparecido en la Edad del Hierro ni en Centroeuropa, sino en la Edad del Bronce e incluso antes, en el Neolítico, y siempre en la Europa Atlántica.
Desde allí se habrían extendido hacia Trab.
Cunliffe y Koch ya exploraron esta posibilidad en los tres libros de la serie Celtic from the West, en la que distintos autores analizaban la teoría de los editores a la luz de la evidencia genética, lingüística y arqueológica.
El volumen reseñado, aunque trata el mismo tema usando la misma evidencia, no pertenece a esta serie y tiene un tono distinto.
Para empezar, es más corto (214 pp. y 7 capítulos), no tiene secciones de bibliografía sino further Reading y los capítulos tienen una temática generalista entre manual universitario y artículo de investigación.
Esto hace de la obra una buena introducción a la teoría de los editores y también refleja que el volumen no sólo está pensado para difundir su teoría entre especialistas sino como alta divulgación.
Dicho esto, el lector haría mal en considerarlo un libro para iniciados porque no lo es.
Entre otras cosas, refleja la creciente dificultad en la disciplina para combinar la evidencia genética, lingüística y arqueológica.
En los dos primeros capítulos y en el último, los editores resumen su teoría y la actualizan a partir de los recientes descubrimientos sobre la llegada del indoeuropeo a Europa Occidental desde Anatolia y/o la estepa y los recientes estudios de arqueo-genética que proponen una sustitución de la población de Europa Occidental con la llegada del campaniforme (Olalde et al. 2018), estudios que ni aceptan ni rechazan por completo.
Cabe destacar así mismo que Cunliffe cite estudios previos que exploraron ideas similares (p.
5), lo cual no hizo en la serie Celtic from the West, y remonte el origen de las lenguas celtas al Neolítico mientras Koch prefiera localizarlo en la Edad del Bronce.
En el capítulo 3, Koch y Fernández Palacios (Universidad de Gales) ponen en relación la teoría de los editores con la nueva evidencia arqueo-genética sobre la supuesta llegada de poblaciones centroeuropeas durante el periodo campaniforme prestando particular atención al aspecto lingüístico.
Simplificando, proponen una llegada de grupos de hombres a Gran Bretaña e Iberia, no mencionan Francia, y su mezcla con mujeres locales adoptando sus tradiciones sin provocar una disrupción en el registro arqueológico.
Según los autores, este modelo podría explicar las ya conocidas diferencias entre las lenguas celtas de Iberia y las de las Islas Británicas.
Pese a las numerosas críticas que se pueden hacer, por ejemplo la hipótesis no especifica si el proceso tuvo lugar de forma pacífica ni las consecuencias sobre los hombres locales, hay que agradecer la impresionante combinación de evidencia de distintos campos para construir un proceso histórico.
Si bien parece que toman los aspectos convenientes del "invasionismo" (explicar cambios repentinos de una forma simple), mientras esquiva los inconvenientes (necesidad de encontrar pruebas de estas invasiones).
En el siguiente capítulo Catriona Gibson y Kerri Cleary (Universidad de Gales) repasan el viejo tema de la conectividad en el mundo atlántico durante la Prehis-toria usando evidencia arqueológica.
Destaca el uso de publicaciones recientes y la propuesta de nuevos ciclos globales y regionales de conectividad, así como la adopción de una postura crítica respecto a los resultados obtenidos por la arqueo-genética.
Resaltan la discrepancia entre estos resultados y estudios sobre isótopos de estroncio y oxígeno en enterramientos campaniformes de Gran Bretaña (Parker Pearson et al. 2016).
Como los editores, creen que los altos niveles de conectividad identificados podrían ser el germen de las lenguas hoy llamadas "celtas".
En el capítulo 5, Peter Bray (Universidad de Oxford) presenta una nueva metodología para el análisis de aleaciones de cobre.
Es decir, introduce una herramienta que podría usarse para explorar la teoría de los editores, sin discutirla directamente.
Su metodología se aleja de la aproximación clásica, que relaciona composición química y área de procedencia del metal, para centrarse en la biografía del artefacto a partir de su composición.
Por ejemplo, cuantifica las veces que un metal se habría fundido antes de convertirse en la pieza analizada en el presente, así como las similitudes a nivel estadístico entre la composición de grupos de piezas y la posibilidad de que resulten de biografías similares.
Por ejemplo, puede que el metal de las hachas de una región se reutilizara para fabricar otras nuevas, pero las espadas de la misma región en cambio se depositaran al final de su vida útil y su metal nunca se usara de nuevo, dando información sobre el rol social jugado por estas armas.
A modo de pequeña crítica, se echa de menos que las piezas analizadas no se organicen por tipo-cronologías específicas si no por categorías genéricas (p. ej. "hachas de talón").
Tampoco queda muy claro cómo podría usarse este método para corroborar la teoría de los editores.
Finalmente, en el penúltimo capítulo, un equipo liderado por Maria Pala y Martin Richards (Universidad de Huddersfield) discute tres aspectos clave de la evidencia arqueo-genética.
Primero las distintas metodologías que se siguen en este campo y los principales estudios en Europa.
Segundo los problemas de interpretación que plantean estos análisis y las limitaciones de cada metodología.
Por último, la evidencia actual y la teoría de los editores.
A la hora de apoyarla o desmentirla hay reticencias debido al carácter fragmentario de la evidencia, aunque se sugiere que de ser cierta debería encontrarse en el futuro una continuidad entre las poblaciones atlánticas de la Prehistoria y la Antigüedad.
Un aspecto criticable es no mencionar que los "celtas" en genética han sido definidos de distintas formas (McEvoy y Bradley 2010: 107), incluyendo los clásicos invasores "La Tène", y de esta definición dependerá lo que tengamos que buscar en el "océano" de la evidencia genética.
En conclusión, nos hallamos ante una publicación que es, al mismo tiempo, investigación de vanguardia y alta divulgación.
La variedad de datos que ofrece (arqueología, lingüística, genética, metalurgia) constituye un buen reflejo de la creciente complejidad de nuestra disciplina Trab.
Los capítulos uno a uno son buenas introducciones y contribuciones a su tema de estudio y todos ellos juntos son una aportación imprescindible para los interesados en el tema de los celtas, ya sea desde posturas tradicionales o no. El volumen recoge las ponencias de las jornadas celebradas con el mismo título en Cáceres durante los días 26 y 27 de octubre de 2017.
En la estela de anteriores reuniones dedicadas al espacio doméstico y la organización social y abarcando la protohistoria peninsular, se analizan las casas, su materialidad y su intangibilidad, así como la realidad social y espiritual de aquellas y aquellos que las habitaron.
Tanto la comprensión de los espacios físicos como la de las relaciones entre sus ocupantes exigirán dirigir la mirada también, con intensidad desigual según los casos, al mundo funerario, los asentamientos y el territorio.
Debate oportuno en una tierra privilegiada por la investigación y los descubrimientos.
Una perspectiva, la arqueología de los grupos domésticos o Household Archaeology, y propuestas teóricas como "Sociedades de Casa" de Claude Lévi-Strauss, "economía moral" y "economía política" o "heterarquía y jerarquía" entreveran la práctica totalidad de las aportaciones.
Abre el fuego M. Ruiz-Gálvez, reflexionando sobre la estructura social de los pueblos de la Edad del Hierro en la península ibérica.
A partir del concepto desarrollado por Lévi-Strauss se señalan los rasgos definitorios de la "Sociedad de Casa", algo así como una lista de indicadores arqueológicos y, de acuerdo con ellos, se analizan las comunidades argáricas, ibéricas y tartésicas.
El Argar -parentesco y heterarquía-no sería sino una "Sociedad de Casa" en gestación, "que colapsa antes de terminar de desarrollar todos sus atributos".
En cambio, la sociedad ibérica, un sistema gentilicio clientelar, sería la que mejor se ajusta al modelo.
Sin ánimo de caricaturizar, las limitaciones de una aproximación de este tipo nos parecen evidentes: El Argar está a punto de perder su consideración como "Sociedad de Casa" porque le "faltan" las reliquias y los emblemas para crear y recrear la genealogía; y el mundo ibérico se hace merecedor gracias a un heterogéneo listado de "rasgos" de entidad muy desigual, recogidos en contextos culturales y cronológicos muy diversos.
A Ruiz y M. Molinos no entienden la "Sociedad de Casa" como un modelo alternativo, se interesan por la institución "Casa" y llevan el debate preferentemente a las necrópolis.
En el mundo ibérico reconocen la aparente contradicción entre la "Casa" como estructura de parentesco cognaticio y los linajes gentilicios, agnaticios y patriliniales, aunque ambos pueden convivir, siendo las dos únicas estructuras de parentesco que permiten integrar grupos sociales no consanguíneos y de distinta procedencia.
La "Casa," en definitiva, cabalga sobre las sociedades basadas en el parentesco y el Estado y ayuda a comprender la complejidad de las formas transicionales.
Como institución social, se ha de identificar en el tiempo, en la continuidad y permanencia, antepasados y descendientes, en la construcción de historia, memoria y narrativas de legitimidad, y se materializa en las necrópolis y en los asentamientos, en las fortificaciones, en las transformaciones en los edificios, en los ritos fundacionales, en la identidad que se mantiene y reproduce, en los objetos de memoria...
Para edetanos y contestanos, I. Grau y J. Vives-Ferrándiz parten de un registro que remite esencialmente al espacio doméstico y su enfoque metodológico enfatiza el estudio de las unidades de análisis arqueológico, de los restos materiales que informan sobre producción y consumo, intercambio, reproducción, aspectos funcionales y simbólicos de las prácticas sociales, qué se hace y dónde.
Se recupera la "Casa" de Lévi-Strauss como "institución que transmite propiedad y títulos" y se habla de oppidum como "Casa de Casas", un conjunto de casas empoderadas en lugar de concentración de poder, en un escenario de sociedades desiguales, expresión plural de nodos de poder.
Nos parece que asumir el concepto de "Casa" no ha enriquecido especialmente, más bien diríamos que ha encontrado acomodo en la brillante lectura del microespacio y del territorio edetano y contestano efectuada en La Bastida de les Alcusses y La Serreta por estos autores y por H. Bonet.
El estudio detallado de La Bastida revela casas y "Casas" que cooperan y compiten entre ellas por el control del poder, con aristócratas al frente que lideran las "facciones", segmentos sociales aglutinados por encima de la familia y por debajo de la comunidad.
A esta competitividad se atribuye la alta conflictividad que padecieron los oppida a fines del siglo IV a.
C. y que motivó la destrucción y abandono del asentamiento.
M. C. Belarte se ocupa de los iberos al norte del Ebro y ofrece un estado de la cuestión de la casa protohistó-Trab.
Prehist., 76, N.o 2, julio-diciembre 2019, pp. 371-391, ISSN: 0082-5638 rica, desde las construcciones preibéricas a las complejas casas de las grandes ciuitates, caso de las residencias aristocráticas del Puig de Sant Andreu e Illa d'en Reixac (Ullastret) de los siglos V y IV a.
C., o los edificios del barrio helenístico del Castellet de Banyoles (Tivissa) avanzado el siglo III a.
La aportación de A. Delgado representa un intento de agitar las interpretaciones que cuentan con una "mayor autoridad" sobre el proceso vivido por las comunidades meridionales desde la perspectiva "de abajo a arriba", de las decisiones tomadas a escala social micro.
La autora propone recuperar el protagonismo activo de las estrategias propias y las economías familiares de los grupos domésticos.
Para conseguirlo, parte de la Household Archaeology y del cuestionamiento de conceptos previos que definen enclaves costeros de los siglos IX-VIII a.
C. (Ría de Huelva, Bahía de Cádiz, bocas del Guadalhorce) como paisajes étnicamente duales, para considerarlos como entornos portuarios heterogéneos y radicalmente híbridos, con sistemas de intercambio socialmente abiertos y con agendas propias en la toma de decisiones, aunque no niega el papel desencadenante del asentamiento de los primeros grupos de levantinos en el litoral.
La ponencia de R. Mataloto queda un tanto descolgada de los debates centrales.
En ella se presenta la evolución del poblamiento en el Alentejo central, entre los ríos Sado, Guadiana y Tajo.
Tras el colapso de los poblados de altura del Bronce Final, durante la Primera Edad del Hierro tiene lugar una verdadera refundación del territorio y al aparente vacío de los siglos anteriores seguirá, a lo largo del VI a.
C., una densa red de pequeñas instalaciones rurales y una posterior concentración poblacional a partir de mediados del V a.
C. El panorama es variado y asentamientos rurales modestos, coexisten con otros de mayor entidad, observándose también estos cambios en las necrópolis que documentan la complejidad creciente y la emergencia de senhores da terra.
A Rodríguez, I. Pavón y D. M. Duque examinan la diversidad de escenarios en el Bronce Final-Primer Hierro en las cuencas medias del Guadiana y Tajo, analizando el marco de la dialéctica ciudad-campo, jerarquíaheterarquía, y la perspectiva del origen, desarrollo y colapso de las relaciones clientelares.
Se introduce el potencial explicativo del modelo de las "Sociedades de Casa", que podrían haber aparecido -como la clientela, según algunos autores-en el tránsito Bronce Final-Orientalizante.
Élites, linajes, estelas de guerreros, tesoros, macizas torques áureas y objetos de prestigio, relaciones precoloniales, actividad minero-metalúrgica, poblados en alto (Ratinhos), cabañas ovales en el llano (Cerro Borreguero), residencias aristocráticas, edificios singulares orientalizantes y prácticas de comensalidad retratan aquella sociedad en transformación y difieren de la imagen ofrecida en la ponencia anterior.
El oppidum de primer orden de Medellín y las aristocracias urbanas impulsoras de un proyecto de colonización agraria, basado en relaciones clientelares o de servidumbre; colonos-clientes, de acuerdo con lo que sugiere el caserío agrícola de Cerro Manzanillo, a quienes les podían haber sido asignados lotes de tierra manteniendo la relación de dependencia; otros protagonistas, como las viejas élites que ocupaban el campo desde siglos atrás y, quizás, grupos campesinos autárquicos..., en el marco de la "señorialización latente" de las élites rurales, se dibujan a través del registro arqueológico.
La penillanura cacereña ofrece un escenario complementario, en el que no se habría dado un proyecto colonizador similar.
La reinterpretación del tesoro de Aliseda y la excavación del sitio de Las Cortinas marca el estado actual del conocimiento.
"Un panorama -dicen los autores-discreto, que contrasta con la espectacularidad del tesoro" (p.
233) y aún más -añadimos nosotroscon la exuberancia de la interpretación.
La recesión de Medellín y la ruina intencionada de Las Cortinas en pleno siglo VI a.
C. nos llevan a los particulares efectos de la crisis tartésica en la periferia extremeña postorientalizante, distintos a los sufridos en otras áreas y caracterizados por una cierta continuidad.
La quiebra del "modelo piramidal" orientalizante se tradujo en la ruralización de las aristocracias urbanas y la "señorialización" de las élites rurales y el modelo "celular de poder disgregado".
Además de los casos de Cancho Roano y La Mata, el debate se extiende a Turuñuelo de Guareña, definido por sus excavadores -recogen los autores-de "forma pasmosa" como "edificios tartésicos bajo túmulo" (p.
249); y al modelo territorial propuesto desde el IAM de Mérida para el horizonte anterior, a partir del supuesto oppidum orientalizante de Entrerríos.
Más problemático aún: ninguna explicación en la actualidad a la violenta ruina hacia el 400 a.
C. de las grandes "Casas" y a las transformaciones que, desembocaran en los pueblos pre-romanos lusitanos, vettones, túrdulos, célticos.
X. Ayán propone un recorrido diacrónico, desde el Bronce Final hasta más allá de la llegada de Roma, por las comunidades castreñas a través de la arquitectura, la fortificación, el espacio doméstico.
Fiel a su estilo, arremete contra todo lo que se mueve a su alrededor y, en paralelo a su exhibición de pirotecnia semántica, va exponiendo su tesis.
Una lectura alternativa, dialéctica, marcada por rupturas y continuidades, en la que la emergencia del paisaje fortificado se corresponde con la decadencia de la sociedad jerarquizada del Bronce Final asociada a la metalurgia del bronce.
Durante el Hierro I, el ethos comunitario se impone a los agregados familiares, el isomorfismo caracteriza el espacio doméstico y los ajuares de las cabañas y la fortificación se convierten en una herramienta contra la jerarquización.
El Hierro II supone la consolidación económica de las sociedades campesinas, la tensión familia/comunidad y reiniciar en camino de la división social y la jerarquización, una nueva materialidad y un nuevo papel para la arquitectura, con representación en el oppidum de San Cibrán de Lás.
Y, a partir del cambio de era, el nuevo orden, analizado desde la doble perspectiva de la asimilación y la integración de las élites locales en el imperio y la resistencia Trab.
A. Blanco, y G. Ruiz Zapatero se ocupan de las genealogías y las biografías de las casas y del afianzamiento del estilo de vida aldeano entre el Bronce Tardío y la Primera Edad del Hierro (1440-400 a.
C.) en la Meseta central, ampliando el segundo el marco de reflexión al Hierro II y los pueblos prerromanos, vettones, vacceos, celtiberos y carpetanos.
Analizando los contextos, el mundo de los vivos y de los muertos, se revisa diacrónicamente el espacio doméstico, desde las cabañas Cogotas I (1800-1100 a.
C.) hasta las grandes y complejas casas compartimentadas del Hierro II y los grandes oppida y ciuitates como Pintia.
Unos paisajes sociales del Primer Hierro que A. Blanco, con reservas, salpimenta con las obligadas referencias a heterarquía y jerarquía, a las "Sociedades de Casa" y al difícil equilibrio entre las prácticas de "economía moral" y "economía política".
La capacidad más descriptiva que holística y heurística de estas categorías para definir la formación social, nos parece evidente cuando se afirma que la primera se advierte en aldeas y granjas y la segunda en las necrópolis.
En las conclusiones finales se recoge la preocupación manifestada en los debates por muchos participantes ante el riesgo de que los conceptos antropológicos y sus indicadores se conviertan en el "corsé" de una realidad arqueológica tan limitada como compleja y diversa, en lugar del "fulcro" o apoyo capaz de ayudar a interpretarla.
Cierra el volumen la recomendación de Ruiz Zapatero, parafraseando a Lewis R. Binford, de mirar el registro con ojos cada vez más grandes para construir con él mejores herramientas teóricas y metodológicas.
A un lector poco familiarizado con la literatura antropológica y los debates sobre el parentesco le resultará un tanto difícil superar los dos primeros capítulos y, si no anda un tanto bregado, le generará una cierta desazón comprobar hasta qué punto el mismo registro arqueológico alimenta líneas argumentales tan opuestas, así como advertir que los datos ilustran, en vez de generar, el modelo, que los rasgos diferenciales de las propuestas se sitúan en los modelos asumidos más que en el poder baremador de los datos.
En contradicción con la aparente rigidez de los indicadores exigidos, la "Sociedad de Casa" basa su fuerza -y su debilidad-en su atemporalidad y aplicabilidad a realidades socio-históricas muy diferentes.
La "Casa", memoria, propiedad y herencia, sí puede ayudar a explicar el comportamiento de las élites, pero no revela las relaciones sociales dominantes ni vertebra la sociedad.
No es un concepto alternativo de formación social ni incompatible con sociedades de jefatura o de estado.
Por ello, la "Casa", como casa aristocrática, se entiende y funciona mucho mejor integrada en las formulaciones más comprensivas sobre los iberos meridionales y levantinos o la periferia tartésica extremeña.
A partir de un determinado grado de complejidad social, todo poder político está articulado en otras muchas formas y relaciones de poder y todas las sociedades pre-sentan a la vez rasgos heterárquicos y jerárquicos.
Algo similar puede decirse de la contraposición en términos opuestos y excluyentes de "economía moral" y "economía política".
El poder no solo se ejerce a través de la violencia sino también haciendo suyo el consentimiento, mediante la ideología y presentándose como servidor, no en vano es el primer interesado en la cohesión sometida.
Por ello determinadas realidades y comportamientos pueden aparecer como "economía moral", a nuestro entender, desnaturalizando el sentido original del concepto.
Un ejemplo posible de lo que queremos decir es la lectura de la erección de murallas por comunidades del Primer Hierro en algunas de las ponencias.
Se da la vuelta al calcetín: la arquitectura queda al margen de los procesos de jerarquización y pasa a ser vista como herramienta de resistencia contra la división social; ya no es el poder quien las levanta contra el enemigo exterior y también contra las fuerzas disgregadoras internas, como emblemas identitarios cohesionadores, sino el ethos comunitario, la comunidad quien amortiza excedentes para evitar la apropiación desigual y la comunidad la que se impone a los jefes.
Catedrático de Prehistoria jubilado.
La valorización y apertura al público del asentamiento fortificado de Zambujal
En diciembre de 2018 se inauguró en Torres Vedras (Portugal) el acondicionamiento y puesta en valor del sitio de Zambujal, uno de los poblados fortificados del III milenio a.
C. de mayor singularidad en el estudio de la Edad del Cobre de la península ibérica.
Su singularidad está en relación directa con problemas tales como la evolución de las sociedades de finales del Neolítico y los cambios que se manifiestan en el desarrollo de las estructuras defensivas, de la metalurgia, o del fenómeno del Vaso Campaniforme.
Asistimos a la culminación de un largo proceso de trabajo ininterrumpido, iniciado hace más de 50 años, mediante excavaciones e investigación arqueológica transversal y con una continuada atención por parte de las administraciones públicas.
La puesta en valor de este sitio arqueológico lo ha convertido en un bien público de valor social.
Han promovido el proyecto la Cámara Municipal de Torres Vedras y el Museo Municipal Leonel Trindade, en colaboración con el Instituto Arqueológico Alemán (IAA), la Dirección General de Patrimonio Cultural y el Ministerio de Cultura de la República Portuguesa.
Durante las seis campañas se estudió aproximadamente una hectárea, a pesar de los daños provocados por la construcción de un cortijo del siglo XVI en la zona central y de otro medieval en la zona norte.
La importancia de la propuesta de Schubart y Sangmeister (1981) radica en mantener en parte el modelo o tesis colonial, preponderante en las décadas anteriores, a la vez que concede un mayor protagonismo a la propia evolución cultural de las sociedades que pueblan el territorio y también al desarrollo de la metalurgia.
Una nueva etapa de la investigación comienza a mediados de los 90 con excavaciones que buscan profundizar en las nuevas propuestas y modelos.
En parte motivado por el acuerdo al que llegaron la Cámara Municipal de Torres Vedras y el Instituto Portugués de Patrimonio Arquitectónico, surge el proyecto de musealización del sitio, que culmina ahora con su presentación al público.
El nuevo escenario contempla el conjunto de la investigación arqueológica y también este ambicioso proyecto que requería trabajos de excavación, tanto en el centro de la fortificación como en otras zonas, para facilitar el recorrido de las visitas.
Uno de los principales actores del proyecto y de su ejecución es Miguel Kunst quien, en 1994, recién nombrado miembro científico del IAA, se hace cargo de las excavaciones, en colaboración con Hans-Peter y Margarethe Uerpmann, de la Universidad de Tübingen, y después con Rui Parreira, de la Dirección Regional de Cultura del Algarve, y Elena Morán, del Centro de Arqueología de la Universidad de Lisboa.
En las campañas de 1994 a 2012 se descubrieron restos de la Edad del Cobre bajo el cortijo moderno, una nueva zona del asentamiento con una cuarta línea de fortificación a unos 70 m al este de la tercera línea y restos del asentamiento al pie del peñasco.
Cómo los resultados superan el tamaño inicialmente supuesto del asentamiento, se desarrollaron amplias prospecciones geomagnéticas en 2006 y 2007, justo cuando la ciudad de Torres Vedras adquiere un terreno de 40 ha alrededor del núcleo central conocido del asentamiento.
Así se identificó un sistema de fosos discontinuos al este de Zambujal que podrían corresponder a la necrópolis aún hoy desconocida del asentamiento y, al norte, tres fosas paralelas y quizás restos de la muralla, cuya trayectoria parece tensar un arco más allá de la cuarta línea de fortificación.
En conclusión, parece probado que se trataba de una zona amurallada con una extensión de 25 ha.
La secuencia estratigráfica comprende todo el III milenio a.
C. en la zona central, entre la primera y segunda línea de muralla, y las dataciones calibradas confirman una cronología absoluta para las cinco fases constructivas entre 2850 y 1740 cal BC (Kunst 2017).
Las últimas interpretaciones concluyen que Zambujal debió tener función defensiva a la vez que doméstica.
Los muros y torres y las fases de construcción revelan la evolución de las estrategias defensivas, pero también hay restos de casas redondas con hogares, importantes restos botánicos y de fauna, cerámica, piedra, hueso, objetos de cobre y adornos personales.
Actualmente prevalece la idea de un desarrollo local para la metalurgia, pero la Edad del Cobre significó mucho más que esa gran novedad tecnológica: la consolidación de la vida sedentaria y el aumento de población explicarían la aparición de los poblados fortificados tipo Zambujal, Vila Nova de San Pedro o Leceia (Delibes 2014).
Las murallas de la fortificación de Zambujal, que contiene torres macizas y la barbacana con saeteras, torres huecas, etc., se conservan en algún caso hasta los 4 m de altura.
El paso del tiempo, la acción humana y los agentes físicos han deteriorado las magníficas construcciones descubiertas, requiriendo actuaciones de consolidación: protección, señalización y accesibilidad.
Pero, a pesar de ello, es un asentamiento único para estudiar la arquitectura, el modo de vida, la sociedad y la división del trabajo propios de la Edad del Cobre y, por tanto, idóneo para convertirse en un yacimiento musealizado y visitable.
El primer y fuerte impulso para ello fue la muestra, conmemorando los 50 años ininterrumpidos del proyecto del IAA en Zambujal, inaugurada el 11 de noviembre de 2015 en Torres Vedras.
Con diseño expositivo de Olga Moreira y Miguel Kunst, recoge en diferentes ámbitos la Historiografía del yacimiento, los resultados del proyecto Sizandro-Alcabrichel (historia del valle del río Sizandro desde el Mesolítico hasta la Edad del Bronce), el asentamiento calcolítico con especial atención a las fortificaciones, barbacana y saeteras, así como la fundición de cobre, la presencia de numerosas puntas de flecha, la ideología de los primeros guerreros manifestada en los ajuares de las tumbas con vasos campaniformes, etc. Acompañan la exposición las maquetas de Leonel J. Trindade (Zambujal, Tholos do Barro, tumba colectiva de Bolóres) y la información, visitable por internet, a cargo de Guida Casella y Miguel Kunst.
En 2017 se elabora el proyecto de valorización como parte del Proyecto Portugal 2020 con el que se finaliza la atención continuada a Zambujal desde su declaración en 1946 como Monumento Nacional.
El proyecto destaca la importancia del yacimiento, la historia del descu-Trab.
Busca promover la conservación de uno de los monumentos más importantes del Calcolítico peninsular, permitir el disfrute público de este sitio como destino turístico-cultural y estimular la actividad económica de Torres Vedras y la región circundante.
En 2018 comienzan definitivamente las obras de valorización del Castro de Zambujal, con trabajos de conservación y restauración de estructuras arqueológicas, consolidación de pavimentos de acceso e instalación de infraestructuras eléctricas para la alimentación de energía en las instalaciones sanitarias a construir.
En resumen, la intervención pretende la salvaguarda y conservación del sitio y, sobre todo, proporcionar al visitante una experiencia singular.
El yacimiento ha sido, pues, consolidado recreciendo las líneas de muros, rellenando los suelos y acondicionado con pasarelas de madera que recorren la fortificación: la ciudadela, el núcleo central y el patio fortificado, la barbacana y las saeteras.
Paneles interpretativos en portugués e inglés sitúan Zambujal en la Ribeira de Pedrulhos, reconstruyen los sistemas de fortificación y las estrategias de defensa; ilustran los materiales hallados, como el importante conjunto de cerámica campaniforme o las puntas de flecha de sílex y explican con precisión la cronología.
Todo ello arranca de una documentación exhaustiva y una metodología rigurosa basada en la estratigrafía, los dibujos y planimetrías, el inventario de los materiales, etc.
En diciembre de 2018 se inauguró de manera oficial la musealización de Zambujal.
En el panel de bienvenida se lee en portugués, inglés y braille "Ver, oír, imaginar y aprender".
La clara apuesta por la inclusión se ve también en la accesibilidad del itinerario, con barandillas de protección y bancos de descanso.
La Audio-guía que sirve de complemento, desarrollada en el citado programa Portugal 2020, es una magnífica experiencia interactiva que simula un viaje al pasado y el contacto con personajes y paisajes sonoros de esta localidad, siendo Leonel Trindade, su descubridor, uno de los cinco personajes que al entrar en el recinto del sitio arqueológico, nos hablan del modo de vida y costumbres del lugar hace 5.000 años.
La culminación del proyecto viene a coincidir con la jubilación de Kunst, que tan intensamente ha dirigido las excavaciones y estudios en el yacimiento, siguiendo la estela de Schubart y de Sangmeister, sus maestros.
Durante estos años ha mantenido la ejemplar colaboración institucional promovida por las personas que componen el equipo científico del IAA y también el rigor y la meticulosidad propias de sus antecesores, que el propio Kunst denomina escuela alemana de Prehistoria o escuela de Schubart, director del IAA y del proyecto Zambujal entre 1981 y 1994.
La importante y fructífera presencia del IAA en Portugal se remonta a 1956 con los trabajos de Sangmeister en el asentamiento de Vilanova de San Pedro.
El IAA articula la colaboración institucional mediante una serie de proyectos, además de Zambujal, que han ido completándose regularmente con nuevas excavaciones puntuales o mediante estudios regionales temáticamente transversales como el proyecto Sizandro-Alcabrichel sobre la evolución de un valle fluvial desde el Neolítico hasta la actualidad.
Los hallazgos de polen de trigo y malas hierbas de cultivo en estratos datados en el 5300 a.
C. señalan la introducción de la agricultura y los de partículas de madera apuntan al uso de la tala y quema.
Con la jubilación de Kunst y la apertura de Zambujal se abre una nueva etapa en la que seguro que el IAA y el propio Kunst seguirán presentes.
Ahora el valor arqueológico se suma al valor patrimonial, social del yacimiento.
Su musealización y difusión genera la implicación y la aportación de la comunidad local que se identifica plenamente con un bien patrimonial relevante, con su uso y disfrute.
Las expectativas de continuidad son amplias, teniendo en cuenta también el apoyo del Museo Leonel Trindade de Torres Vedras a cualquier iniciativa en pro del patrimonio arqueológico de la localidad.
Volver a visitar Zambujal acompañados y guiados por Miguel (Fig. 1) nos ha permitido conocer de primera mano los últimos resultados de las campañas de excavación y de prospección, y constatar su generosidad al compartir su trabajo, tantas veces manifestada por su labor en el IAA, en la organización de exposiciones y encuentros científicos, en la consulta investigadora, y ahora en el relato pleno de matices y sugerencias que nos ofrece Zambujal.
El Instituto Nacional de Investigaciones Arqueológicas Preventivas (Inrap), dependiente del Ministerio de Cultura francés, tiene encomendada desde 2010 la coordinación y promoción de unas Jornadas Nacionales de Arqueología de carácter divulgativo.
En 2019, el Inrap ha celebrado su décimo aniversario, invitando a todos los actores relacionados con la arqueología de los demás países europeos a organizar actividades innovadoras, originales e interactivas para el público en general en unas primeras Jornadas Europeas de Arqueología, celebradas los días 14, 15 y 16 de junio.
La convocatoria se abrió a operadores de excavaciones, centros de investigación, universidades, museos, yacimientos arqueológicos, laboratorios, asociaciones, centros de archivos y entidades territoriales.
La amplia distribución y variedad de las actividades generadas contribuyeron al éxito de la convocatoria.
Entre los 110 participantes que ha habido en España, se incluyen, desde entidades privadas a organismos públicos de investigación y museos nacionales.
Esa respuesta generalizada muestra la receptividad de los agentes implicados en la actividad arqueológica al creciente interés que esta despierta en la sociedad.
Un buen ejemplo de que, además, ese interés favorece las sinergias entre diferentes agentes ha sido la realización conjunta de las actividades de estas Jornadas entre el Museo Arqueológico Nacional (MAN, Ministerio de Cultura y Deportes), el más importante de España de su especialidad y una referencia en el resto de Europa, y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 7a institución pública mundial de investigación.
El convenio de colaboración entre el Museo Arqueológico Nacional (MAN) y el Instituto Español de Prehistoria (IEP) del CSIC, firmado en 1980, y ampliado y renovado sin interrupción (TP 57, 2, 2000: 5-8), ha sido el marco formal para encauzar las relaciones entre ambas instituciones.
En este contexto, el director del Museo, Andrés Carretero Pérez, planteó la organización conjunta de las Jornadas con sede en el MAN a la directora del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS), María Ruíz del Árbol, que aceptó de inmediato la propuesta.
Garantizaban la visibilidad de las Jornadas su localización privilegiada en el principal eje cultural de Madrid, su reinauguración en 2014 con una renovación de la museografía y del discurso museográfico que da acceso a una mejor comprensión de los objetos expuestos, una ampliación de servicios con accesibilidad garantizada, dos salas de actos bien equipadas y un intenso y variado programa de actividades con un público fiel.
Además, para realizar los talleres, el MAN facilitaba el uso no solo del interior del edificio, sino también del exterior, donde se ubica una amplia explanada junto al jardín de entrada.
La financiación corrió a cargo del Museo Arqueológico Nacional (Ministerio de Cultura y Deporte) y del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) a través de sus Unidades de Divulgación, Cultura Científica y Edición Digital, y de Mantenimiento y asuntos generales.
Todos los Grupos de Investigación (GI) del Departamento de Arqueología y Procesos Sociales (DAyPS) del Instituto de Historia del mismo Centro organizaron actividades científicas para estas Jornadas2.
Este Instituto cuenta con Laboratorios de I+D de Arqueología representados en ellas por los de Arqueología del Paisaje y Teledetección (Labtel), Arqueobiología (ArqBio) y Microscopía electrónica y microanálisis (MicroLab).
Los talleres se diseñaron de manera imaginativa para dar a conocer dichos Laboratorios a los visitantes.
El Departamento de Difusión del MAN se ocupó de la organización general de las Jornadas.
Por parte del Museo intervinieron, además, los Departamentos de Conservación, Numismática y Medallística, Prehistoria, y Protohistoria y Colonizaciones.
Las Jornadas de Arqueología se basaron desde su inicio en la realización de talleres y encuentros con investigadores para dar a conocer al público los fundamentos de la investigación arqueológica.
El objetivo de los organizados por el DAyPS y el MAN era transmitir el mensaje de que la arqueología en 2019 es una disciplina histórica cuya investigación es de carácter colectivo y multidisciplinar, cuyos resultados se dirigen a toda la sociedad.
Para ello, se jugó con la presencia de varios investigadores en cada taller, con la edad de los participantes (adultos y niños desde 3 años) y con la localización de la actividad fuera y dentro del Museo, combinando talleres de obtención de datos (excavación, análisis), catalogación y conservación de los materiales en el Museo Trab.
La instalación de una carpa tipo jaima en la explanada de entrada facilitó enormemente el desarrollo de los talleres al exterior.
Fue un reclamo para quienes pasaban por la calle Serrano, permitió que los familiares de los participantes siguieran las actividades y se interesaran por ellas y ayudó a disfrutar de los soleados días de verano durante los cuales se celebraron.
Bajo la carpa hubo cinco talleres y en el interior del Museo dos talleres, tres recorridos especializados en las salas de exposición, cinco encuentros con investigadores en los salones de actos y un juego colectivo.
En todas se priorizó la relación directa entre los investigadores, conservadores y restauradores y el público.
Se quería aprovechar el atractivo que supone la cercanía entre personas con muy diferentes intereses y formación para potenciar la transmisión del conocimiento y diluir prejuicios sobre la dificultad de acceder a la ciencia y a los científicos.
Las actividades estaban escogidas para mostrar la conexión entre las fases del proceso de investigación: la excavación, el análisis de los materiales recuperados, su entrega a los museos para su catalogación, conservación y la difusión de los resultados del estudio mediante la exhibición de los objetos más significativos.
El taller Arqueolog en contrucción, organizado por el GI NOMOS, comprendía cinco actividades dirigidas al público infantil (3-12 años).
Se ubicó bajo la carpa, en el espacio más alejado de la entrada al museo, para facilitar los movimientos de los participantes y sus familias sin interferir con el acceso al edificio.
Este taller, concebido como el primer contacto con la Arqueología y sus métodos, abordó de forma lúdica conceptos relacionados con el cuidado del Patrimonio arqueológico, con el paso del tiempo y sus evidencias, y con el paisaje y su transformación a causa de las actividades humanas.
El reto era incluir a los más pequeños (3-6 años), que habitualmente quedan fuera de las programaciones de los museos.
Para ello, se plantearon actividades sencillas como "Colorea una estratigrafía" (3-6 años), "Tu primera excavación" y "El laboratorio de arqueología" (ambas 3-12 años) (Fig. 1A, B), como acercamientos básicos a asuntos clave para la actividad arqueológica.
La abundancia de personal especializado en este taller y la colaboración de los familiares de los participantes permitieron adecuar las explicaciones a cada grupo de edad, yendo mucho más allá del mero entretenimiento.
Al grupo de 7-12 años se dirigían "Construye tu estratigrafía" para entender cómo se forma una secuencia estratigráfica y "La fotografía aérea" para comprobar los cambios que se producen en el paisaje, en este caso el paisaje urbano de Madrid, a través del tiempo (Fig. 1C).
La sucesión continua de las actividades, su eminente carácter práctico y el hecho de que los más pequeños se llevaran a casa lo que habían realizado (la estratigrafía de arenas, el plano de coorde-Fig.
Taller Arqueolog en construcción.
A. Detalle de algunos participantes en la actividad "Tu primera excavación" (3-12 años) (Fotografía: Oscar García Vuelta).
B. Un niño muestra el dibujo de la cerámica realizado en la actividad "El laboratorio de arqueología" (3-12 años) (Fotografía: María Ruíz del Árbol).
C. Detalle del proceso de delimitación de los elementos del paisaje urbano identificados durante la actividad "La fotografía aérea" (7-12 años) (Fotografía: Oscar García Vuelta).
Idealmente, los talleres para adultos comenzaban con Arqueólog por un día (GIPSE), el cual reproducía de forma fiel, aunque espacialmente reducida a cuatro cajones, un poblado de la Edad del Cobre (Fig. 2).
Su secuencia estratigráfica permitió abordar las cuestiones metodológicas más relevantes en una excavación.
Las estructuras (silos, cabañas, hogares, áreas de talla, de preparación de pieles, etc.) constituían los hallazgos más llamativos.
Su sencillez, junto con las características de los materiales arqueológicos más frecuentes (restos de talla, fragmentos cerámicos, evidencias de consumo, incluso basuras de los estratos más recientes), pretendían desterrar la extendida creencia de que los arqueólogos buscan tesoros, objetos con valor intrínseco.
Los distintos materiales exhumados en cada estrato o estructura fueron identificados y comentados desde el punto de vista material, técnico y cultural.
Dos talleres abordaron el estudio posterior de los materiales recuperados en la excavación subrayando el carácter multidisciplinar de la Arqueología.
Viñas, trigos, vacas, ovejas y cerdos: Historia de la alimentación a través de la arqueobiología (GI PssP y Laboratorio ArqBio), acercó la Arqueozoología y la Arqueobotánica al público familiar (Fig. 3).
Las colecciones de referencia sirvieron de punto de partida para la identificación de restos animales y vegetales, para observar las diferencias entre salvajes y domésticos y para buscar las evidencias de consumo humano.
El taller Detectives del paisaje (GI AM) transmitió cómo el estudio de los restos de madera carbonizada y pólenes permite a los investigadores reconstruir el paisaje y el clima del pasado (Fig. 4).
A través de un juego de pistas, los participantes se adentraron en la comprensión de los indicios de distintos tipos de paisaje, para concluir fabricando sus chapas personalizadas con dibujos de las plantas o pólenes diagnósticos conocidos durante la actividad.
Soy un objeto arqueológico, ¿me conservas?
(Dptos. de Protohistoria y Colonizaciones y de Fig. 2.
Un momento de la excavación realizada en el taller Arqueólog por un día.
Los participantes excavan las estructuras prehistóricas que comienzan a hacerse visibles: dos agujeros de poste, el suelo de una cabaña y un hogar (Fotografía: Oscar García Vuelta).
Prehist., 76, N.o 2, julio-diciembre 2019, pp. 371-391, ISSN: 0082-5638 Conservación), a través de reproducciones, simuló el recorrido que efectúan los objetos arqueológicos desde que llegan al museo hasta que se ubican en sus salas de exposición o en sus almacenes, según convenga al discurso expositivo (Fig. 5).
Como no todos llegan en óptimas condiciones se mostraron también a los asistentes las tareas que realiza el restaurador, diferenciándolas de las del conservador de museos.
El interior del Museo se reservó para otros dos talleres, conectados también con la catalogación y la conservación, pero que permitían a los participantes conocer instalaciones reservadas a su personal y tener un contacto directo con objetos ya catalogados y restaurados.
Sacamos las piezas de sus armarios (Dpto. de Prehistoria) introdujo a los grupos visitantes en los almacenes del Museo para que tuvieran una experiencia directa con el pasado a través de la manipulación de objetos originales (un bifaz paleolítico, un hacha de piedra neolítica, un vaso cerámico de la Edad del Bronce) (Fig. 6A).
Los especialistas explicaron las características técnicas y la historia de cada objeto incidiendo en su papel como documentos históricos para la reconstrucción de los modos de vida del pasado.
El taller El laboratorio de las monedas (Dpto. de Numismática y Medallística) tuvo lugar en la cámara acorazada del Museo, de acceso restringido al público (Fig. 6B).
Allí las conservadoras, a partir del material a su cargo, aproximaron a los participantes al estudio de las monedas, a la información básica que se puede extraer de ellas y, en definitiva, a considerarlas como una parte fundamental del registro arqueológico, superando su reducción a piezas de colección.
Prehist., 76, N.o 2, julio-diciembre 2019, pp. 371-391, ISSN: 0082-5638 Los recorridos especializados por la exposición permanente del Museo y los encuentros con los investigadores en los salones de actos tenían por objeto poner en contacto al público adulto con los especialistas a partir de la presentación de sus líneas de trabajo y los últimos resultados de sus proyectos.
El GI SocIbEH organizó en las Salas de Protohistoria tres recorridos especializados, dos de ellos con la participación de Teresa Chapa Brunet (UCM).
En Cómo se hace una escultura.
Cantería, talla y otros problemas, esta especialista mostró el proceso de ejecución de las esculturas ibéricas, desde el diseño original, hasta el proceso de talla, pasando por la obtención de la piedra y el transporte.
En Seres que vuelan: fábulas y leyendas de hace 2500 años, expuso la creencia de los iberos en la existencia de seres alados que reunían rasgos animales y humanos a partir de su plasmación en piezas escultóricas y cerámicas pintadas (Fig. 7A).
El tercer recorrido, Uno de los nuestros.
Cómo convertirse en un adulto entre los iberos, se sirvió de los objetos expuestos para poner en evidencia la relación entre el paso a la edad adulta y los conceptos de pertenencia, cohesión o exclusión en las sociedades ibéricas (Fig. 7B).
Un Trivial de arqueología, organizado por el Dpto. de Difusión, fue otra alternativa para aprovechar también la exposición permanente.
El juego desenfadado con un contenido muy riguroso y fiel fue el punto de curiosidad para unas jornadas de divulgación científica como éstas.
Los participantes tuvieron que responder a preguntas sobre los yacimientos arqueológicos seleccionados tras haber consultado las cartelas y paneles de las salas de exposición que se referían a ellos.
Los Encuentros con investigadores eran charlas breves (15-30 minutos) a cargo de uno o dos especialistas con apoyo audiovisual.
El Labtel en sus "Historias en el espacio, pisadas en el tiempo" expuso los pormenores del Trab.
Prehist., 76, N.o 2, julio-diciembre 2019, pp. 371-391, ISSN: 0082-5638 trabajo con drones, los modelos 3D creados mediante fotogrametría, la espectrometría e imagen multiespectral sobre paneles de arte rupestre y las Infraestructuras de Datos Espaciales de contenido arqueológico (Fig. 8C).
En la titulada "Imágenes prehistóricas en la roca" Enrique Cerrillo mostró cómo el tratamiento matemático de la información a partir de modelos tridimensionales de los 95 menhires que componen el Cromlech de Almendros (Évora, Portugal) revela imágenes que no son perceptibles a simple vista.
El MicroLab, en "Algo más que joyas...
Conceptos y herramientas en la investigación actual sobre orfebrería antigua" expuso los nuevos enfoques y métodos en el estudio de la orfebrería (Fig. 8C).
Dos charlas trataron sobre Arqueología del Paisaje en sentido genérico.
La de "Iberos en paisajes de montaña", a cargo del GI SocIbEH, expuso cómo la investigación actual sobre los paisajes de montaña mediterráneos durante la Edad del Hierro destierra los estereotipos sobre la marginalidad de estas áreas (Fig. 8A).
La de "Los paisajes culturales" del GI EST-AP abordó en qué forma el amplio registro arqueológico existente en paisajes culturales como el de Las Médulas (El Bierzo, León) nos permite conocer mejor la interacción entre las comunidades antiguas y el medio natural.
La evaluación del impacto de las Jornadas desarrolladas en el MAN en relación con el número de visitantes en conjunto y por actividades, así como con su presencia en los media fue realizada por el Dpto. de Difusión del MAN y será publicada en el "El Museo desde dentro" (Boletín del Museo Arqueológico Nacional 39, 2020).
Pero contamos ya con un buen indicador a ese respecto: la voluntad del Museo Arqueológico Nacional y el Dpto. de Arqueología y Procesos Sociales del Instituto de Historia del CSIC de renovar la colaboración en las nuevas Jornadas a las que el Inrap convocará el 2020.
Participantes (por orden alfabético) Museo Arqueológico Nacional.
Dpto. de Difusión: Dori Fernández Tapia, Débora Sonlleva Jiménez, Susana Ibarra; Dpto. de Prehistoria: Eduardo Galan Domingo y Juan Antonio Martos Romero; Dpto. de Protohistoria y Declaración de Berna 2019 de la European Association of Archaeologists (EAA) sobre la arqueología y el futuro de la democracia Introducción (Felipe Criado, presidente de la EAA) La European Association of Archaeologists acaba de cumplir 25 años, desde su reunión inaugural en Liubliana, en septiembre de 1994.
La EAA está estrechamente vinculada al propio desarrollo de la arqueología española en estos años, desde la presencia activa de arqueólogas españolas en el grupo de trabajo que durante 1992 y 1993 gestó la idea y proyecto de la EAA, hasta la celebración en Barcelona en 2018 del que ha sido el mayor congreso anual de la EAA, y una de las mayores convenciones arqueológicas celebradas en Europa, congregando a 3000 participantes.
Por el medio, la EAA celebró en Santiago de Compostela su primera reunión anual en 1995 y, además, ha mantenido a lo largo de los años una nutrida membresía española, siendo ésta siempre uno de los cinco grupos nacionales más numerosos.
La EAA adoptó en 1997 su "Código de Práctica" y, en 1998, los "Principios de Conducta para Arqueólogos implicados en trabajos arqueológicos contratados".
Recientemente la EAA, comprometida con el esfuerzo de hacer que la arqueología incremente su función social y sea más relevante en el presente, contribuyendo firmemente al bienestar de las sociedades a las que las y los arqueólogos sirven, ha decidido aprobar una Declaración específica en cada una de sus Reuniones Anuales, dedicada a temas importantes de la actualidad.
En el momento de su 25 aniversario, cuando Europa y el Mundo afrontan riesgos y desafíos indudables, muy distintos al horizonte político y social, marcado por el optimismo europeísta, en el que emergió la EAA hace 25 años, la voluntad unánime de la EAA fue que su primera Declaración conjunta sólo podía tratar sobre el futuro de la democracia y la función de la arqueología en el contexto actual.
A continuación se ofrece la traducción castellana de este documento.
La Declaración fue aprobada y oficialmente asumida en la Reunión Anual de la Membresía de la EAA (Annual Membership Businesses Meeting) celebrada el 6 de septiembre de 2019 en Berna (Suiza).
Se debe citar como "Declaración de Berna 2019 de la EAA sobre la arqueología y el futuro de la democracia" o, en versión breve, como "Declaración de Berna 2019 de la EAA".
El borrador de esta Declaración fue elaborado por un Grupo de Trabajo de la EAA durante 2019.
La URL estable de la misma es: https://www.e-a-a.org/BernStatement.
Texto de la declaración
La European Association of Archaeologists (EAA) es una organización no gubernamental de asociados y asociadas a la que el Consejo de Europea reconoce un estatus participativo.
Miembros de la EAA se implicaron activamente en la redacción de la Convención Europea para la Protección del Patrimonio Arqueológico (La Valeta 1992) y en la Convención sobre el Valor del Patrimonio Cultural para la Sociedad (Faro 2005) que, juntas, han constituido la base para la contribución de la arqueología a las sociedades democráticas.
La EAA está especialmente comprometida en la noción del Consejo de Europa de que el patrimonio cultural constituye el marco básico de los ideales, principios y valores europeos.
Estos derivan de una experiencia compartida de nuestros conflictos pasados y su impacto, y de un conocimiento preciso del progreso que ha guiado a Europa a través de la paz y la cooperación.
La EAA, al igual que muchas otras organizaciones, comparte el objetivo común de Europa como un espacio para sociedades estables y pacíficas, fundadas en el respeto de los derechos humanos, la libertad intelectual y académica, la democracia, la diversidad cultural y el imperio de la ley.
La arqueología traduce los registros materiales en historias.
Las narrativas que los y las arqueólogas crean pueden reflejar, relatar e informar las estructuras sociales y políticas y las acciones que acometemos en el presente.
Al reconstruir mundos pasados, la arqueología también recoge el conocimiento y los valores del mundo actual y es influida por sus valores sociales y políticos.
Al interpretar el pasado, la arqueología reflexiona sobre las condiciones sociales y culturales de los diferentes mundos posibles en el presente y en el futuro.
Es por esto que los y las arqueólogas tenemos, como ciudadanos, una responsabilidad política.
Los y las arqueólogas generan un conocimiento particular sobre las condiciones (físicas, ambientales y sociales) de la humanidad, y sobre las organizaciones sociales humanas desde la perspectiva de una temporalidad profunda.
Por lo tanto, los y las profesionales de la arqueología pueden predecir hasta cierto punto un gran rango de posibles escenarios de desarrollo en el futuro, junto con sus condiciones de posibilidad y trayectoria posterior.
Es desde este acervo profesional que consideramos nuestra obligación cívica implicarnos, al lado de especialistas en otras disciplinas, en el debate político y ofrecer Trab.
Para cumplir con nuestra función social de forma eficaz, necesitamos un ambiente sin restricciones de libertad académica y de independencia institucional.
Esta libertad tiene que ser protegida todos los días.
Para ello, podemos ayudar informando los procesos de toma de decisiones de nuestras instituciones democráticas en un contexto de libertad de expresión y divulgación, y de independencia intelectual.
El respeto de la diversidad y de la más amplia inclusión de todo tipo de diferencias culturales es la prueba de fuego de toda democracia.
La discusión política en nuestras instituciones democráticas se basa en la libertad de expresión e información, pero ésta tiene que ir acompañada, sin ningún género de duda, de un respeto fundamental que no niegue los derechos fundamentales de los demás.
Utilizando el poder del análisis histórico, la arqueología puede examinar de qué modo y en qué condiciones han tenido lugar transformaciones sociales tales como el éxodo forzoso, las migraciones, el conflicto, la desindustrialización, la globalización o la digitalización.
Basándonos en este conocimiento reflexivo, la arqueología puede proponer medios pacíficos para promover el bienestar en sociedades plurales.
Las lecciones de la historia incluyen los valores de igualdad y diversidad.
El patrimonio cultural es un campo abierto a múltiples interpretaciones y perspectivas.
Algunas de ellas están dando lugar a un revisionismo histórico creciente y divi-sivo.
Estas propuestas se caracterizan por una exclusión social y ética y por la negación de los derechos humanos, la democracia, la diversidad cultural y el imperio de la ley.
Los y las arqueólogas y especialistas en patrimonio somos especialistas entrenados académicamente, que tenemos la capacidad y el deber intelectual de reflexionar sobre esos desarrollos y criticar ese tipo de lecturas del pasado.
Los y las arqueólogas de la EAA no aceptaremos ninguna forma de uso político de la historia con fines de manipulación, especialmente allí donde los temas arqueológicos sean tratados fuera del contexto de los discursos académicos comunes (incluyendo los debates disciplinares) y usados para fomentar divisiones nacionalistas y anti-democráticas, así como argumentos elitistas o chovinistas.
La arqueología responsable busca ampliar los discursos y el diálogo respetuoso centrándose en la relevancia social de la disciplina en el mundo actual e incluyendo a todos los grupos sociales dentro de sociedades democráticas y abiertas.
La arqueología crea un conocimiento que debe ser accesible, diverso, dinámico y participativo.
Mediante su análisis, su capacidad crítica y su bien argumentado rango de interpretaciones, la arqueología lleva implícita una ética política.
Esto es una posición política que la EAA pretende promover a través de una integridad basada en los irrenunciables valores democráticos de una sociedad abierta.
Crónica de las Primeras Jornadas Europeas de Ar- queología (Museo Arqueológico Nacional, Madrid, 14 a 16 junio, 2019) |
Garrido-Pena, Rafael; Flores Fernández, Raúl y Herrero-Corral, Ana Mercedes.
Las sepulturas campaniformes de Humanejos (Parla, Madrid).
Ana Mercedes Herrero Corral, "Anexo I. Informe antropológico de los individuos de la necrópolis (...)".
Manuel Campo Martin, Óscar Cambra-Moo y Armando González Martín, "Anexo II.
Reevaluación de las lesiones observadas en el Individuo 1 (UE 4552) de la necrópolis (...)
¿Lesión inciso-contusa o trepanación?".
Íñigo Olalde, "Anexo III.
Estudio genómico de los individuos de Humanejos".
Ignacio Montero y Óscar García-Vuelta, "Anexo IV.
Metales en las tumbas campaniformes (...)".
Pedro Muñoz Moro, Carmen Gutiérrez Sáez y M.a Cristina López Rodríguez, "Los ajuares metálicos de las tumbas (...): estudio funcional".
Pedro Muñoz Moro, "Anexo VI.
Los brazales de arqueros de Humanejos: estudio funcional".
Iñigo García-Martínez de Lagrán y Cristina Tejedor-Rodríguez, "Anexo VII.'Tiempos' de Campaniforme: análisis cronométrico de las dataciones radiocarbónicas procedentes de contextos con cerámica campaniforme en el yacimiento de (...)".
Torija, Alicia y Baquedano, Isabel (eds.).
Patrimonios Cultural y profesión en género femenino.
El libro recoge todas las intervenciones que se realizaron en las jornadas "Tejiendo pasado.
Patrimonio cultural y profesión, en género femenino", organizadas por dicha Dirección General y celebradas en junio de 2018, en el salón de actos de la Consejería, dentro del Año Europeo del Patrimonio Cultural. |
Poniendo como ejemplo la fechación del sistema hidrológico de la macro-aldea de Marroquíes Bajos, se debate la eficacia de las cronometrías tipológicas y radiocarbónicas en su relación con el tiempo del proceso, que asocia los cambios en el registro a los cambios socio-económicos.
Para ello se examina el concepto de simultaneidad observando que introduce la relatividad y la incertidumbre en las interpretaciones.
Este problema puede superarse asumiendo la existencia de escalas de simultaneidad y aceptando las consecuencias del carácter actual de toda realidad arqueológica.
Se concluye con la necesidad de hacer de la naturaleza del tiempo arqueológico un objeto de estudio de la disciplina.
La Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos (ZAMB) (Fig. 1) es el tiempo pasado de las tierras bajas de la ciudad de Jaén, en la Alta Andalucía (España).
En 1995, cuando la expansión urbana de la ciudad sacó a la luz las primeras estructuras subterráneas de la ZAMB, se inició un proceso de protección e investigación que cristalizó en un conjunto de normas de intervención.
La Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía incluyó en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía a la ZAMB con el mayor nivel de protección que permite la Ley de Patrimonio andaluza (Hornos et al. 1998).
La delimitación del espacio protegido obedeció, en gran medida, a la extensión de un gran asentamiento amurallado de la Edad del Cobre (2500-2000 cal ANE) que con sus 34 ha (113 ha si contamos los campos irrigados) es el mayor que conocemos en la Península.
Las extensas excavaciones realizadas revelan una división entre el espacio de hábitat y los campos.
En su fase de mayor extensión estaba organizado en coronas definidas por fosos concéntricos excavados en la roca, 5 intramuros y 1 al exterior de la muralla.
El espacio de hábitat (34 ha) está rodeado por una muralla de adobe de 3 m de altura y unos 2 km de perímetro, bordeada por un foso de profundidad variable (2-5 m) y anchura irregular (6-10 m).
El foso localizado en los campos podría tener un diámetro máximo de 1200 m.
Hemos interpretado su evolución como un proceso de intensificación agraria que parte de una comunidad segmentaria y desemboca en la institucionalización de las unidades domésticas campesinas como célula social de producción-reproducción (1).
Para enfrentarse a un estudio de este tipo en cualquier sitio arqueológico lo ideal, diríamos que hasta lo lógico, sería tener un control efectivo del proyecto de investigación, disponer de un equipo de intervención especializado y utilizar un método uniforme y adaptado; lamentablemente ni lo ideal, ni lo lógico, están siempre al alcance y la investigación de la ZAMB se enfrenta a 6000 años de historia y 130 ha de extensión con múltiples proyectos, diversos equipos y métodos dispares.
Nos hallamos por tanto ante un sitio arqueológico en el que inciden múltiples factores de dispersión: la modalidad de intervención arqueológica de salva-mento, el estado de conservación diferencial, la multiplicación inconexa de secuencias estratigráficas, la dificultad de relacionar estructuras subterráneas, etc. Además por primera vez se está excavando un paisaje (accidentes geográficos, construcciones, campos, límites, etc.) y esto supone una diferencia cualitativa a considerar, que afecta a nuestra manera de abordar la investigación del espacio y del tiempo.
El concepto de espacio ha evolucionado y se le ha tratado como referencia inerte, abstracción matemática, contexto ecológico interactivo, territorio político o paisaje con dimensión simbólica, en definitiva ha sufrido cambios de naturaleza, cambios ontológicos, que afectan de tal modo a la disciplina que en ciertos aspectos han dominado su evolución (Arqueología Espacial, Arqueología Contextual, Arqueología del Paisaje).
Por su parte los cambios en la conceptuación del tiempo han sido metodológicos, la investigación se ha centrado en la consecución de sistemas de fechación cada vez mas exactos y las diferentes escuelas no han desarrollado un pensamiento crítico con respecto al tiempo.
Esto puede deberse a que, en Arqueología, el tiempo se expresa en relaciones espaciales (Vargas 1990: 34), lo que en realidad viene a significar que en Arqueología el tiempo no existe (2).
Wittgenstein (1985: 191) lo expresó así: "No se puede comparar un proceso con el 'transcurso del tiempo' -tal cosa no existe-, sino sólo con otro proceso (tal que la marcha del cronómetro)", de manera que la única temporalidad admisible sería la que denominamos absoluta, que es la representación de una marcha constante e inmutable que parcela el tiempo en segmentos uniformes.
Ese tiempo inexistente se configura así como la ansiada cuarta coordenada que viene a completar la posición de lo observado y la perspectiva del observador, y que es tan irreal y tan útil como las UTM.
Pero existe el tiempo histórico, el tiempo de los procesos que sirve para ordenar una realidad que concreta al espaciotiempo en paisajes, ciclos agrarios, calendarios, rituales, etapas vitales, territorios, casas, etc. Con este espacio-tiempo interior repleto de huellas, de indicios y de causas, es con el que se enfrentan las investigaciones arqueológicas, porque ese espaciotiempo lleno es el lugar donde la historia se cons- (2) De hecho utilizamos una forma de contabilizarlo que supone una anulación del tiempo y a la vez de los procesos.
Se entiende que el tiempo, al ser una dimensión del espacio, se manifiesta de una vez y que por tanto se puede medir como este con un escalímetro: un escalímetro crono-tecno-cultural. truye (3).
Es a este complejísimo objeto al que hay que dotar de sentido con las interpretaciones arqueológicas, siendo la primera de las labores el establecimiento de sus límites espaciales y temporales.
Las geo-referencias y la cronometría nos ubican en un sistema general de coordenadas, sin embargo la cronometría es al tiempo lo que las UTM al espacio: herramientas de medición, necesarias pero no suficientes para un espacio convertido en paisaje y un tiempo transformado en proceso.
CRONOMETRÍAS Y TIEMPO DEL PRO-CESO
En Geografía a menudo se enfrentan al "problema de la unidad espacial modificable" (Bosque 1992: 40) que aparece cuando, al variar los límites de las unidades geográficas de observación (fijadas artificialmente), cambian los valores de las variables estimadas en ellas sin que un cambio en los hechos lo justifique.
En Arqueología este problema también existe, pero además cruzado con lo que podríamos llamar el "problema de la unidad temporal modificable", que definiríamos como la variación que se produce en los resultados de un estudio dependiendo del periodo estimado y de la escala temporal utilizada.
Por un lado se puede conocer la Europa de hace 800.000 años con los datos de la excavación de una decena de metros cuadrados en la Gran Dolina en Burgos y, por otro, la tarde de agosto en que Pompeya fue sepultada por el Vesubio lleva excavándose dos siglos y medio sin agotar su información.
La explicación de miles de años precisa un solo y minúsculo sondeo, la de un instante trágico doscientos cincuenta años de excavaciones extensas.
Son ejemplos extremos de la soltura con que se puede manejar el tiempo.
Esto es lícito porque la interpretación de las evidencias demanda unidades temporales convencionales, periodos de base tecnológica, cultural, ideológica, económica, etc. por lo general divididos en etapas evolutivas (antigua, plena, reciente, tardía).
Todas tienen una razón de ser y pueden ser defendidas con argumentos mas o menos históricos, lo que no oculta que, en buena parte, sean fases fijadas arbitrariamente, evaluativas, eurocéntricas, difícilmente renovables y en ocasiones excluyentes.
Pese a ello su gran capacidad para ordenar y comparar hace que cualquier modificación suponga un gran trastorno para la investigación y para la Academia.
Conscientes de ello hemos dividido los 6000 años de la ZAMB en 19 fases (Tab.
1), en las que hemos mantenido la periodización tradicional pese a que su heterogeneidad provoca que las siete primeras se apoyen sobre bases tecnológicas (Neolítico, Edad del Cobre, etc.), las nueve siguientes sobre caracteres culturales (iberos, romanos, hispano musulmanes, castellanos) y las dos últimas sobre apreciaciones evaluativas presentistas (Edad Moderna, Edad Contemporánea).
Esto es aceptable para un tiempo entendido como marco de referencia, que, como tal, es exte-rior al proceso histórico, al modo en que la vía es exterior al tren.
Ese tiempo se corresponde con un espacio abstracto con el que configura un escenario diseñado para atenuar la descontextualización del objeto formal de estudio de la Arqueología mas tradicional (los artefactos o los yacimientos).
Como marcos de referencia el espacio y el tiempo necesariamente están preestablecidos y son exteriores al objeto de investigación.
Pero no queremos conformarnos con un orden exterior que disponga en los anaqueles los distintos conjuntos de datos debidamente empaquetados en fases preestablecidas (la ZAMB en la Edad del Cobre, la ZAMB en la Edad del Bronce...), sino que pretendemos penetrar en el desarrollo histórico propio del sitio arqueológico.
La búsqueda de un orden temporal en el enorme volumen de información que ha generado la investigación de la ZAMB se planteó a través de los métodos convencionales: la construcción de tipologías y el análisis del carbono 14.
Como es obvio se buscaba, por un lado, una referencia cronológica absoluta que fechara los repertorios y por otro la detección de una secuencia evolutiva de los mismos que permitiera su extrapolación.
Ambos métodos se han ensayado en una parcela (E 2-4 de la UA 23) cuya excavación en extensión dirigió uno de nosotros en 1996 con financiación de la Consejería de Cultura, que contrató la realización de un estudio de materiales con el Departamento de Patrimonio y territorio de la Universidad de Jaén, bajo la dirección de Carmen Risquez, y el análisis radiocarbónico de una serie de muestras con el Laboratorio de Geocronología del Instituto de Química Física Rocasolano del CSIC, que quedaron a cargo de Fernán Alonso.
El estudio de materiales contempla junto con los análisis morfométricos, otros físicos y químicos para determinar usos, contenidos, etc. De este modo la investigación, aún en marcha, se ha orientado también a la búsqueda de asociaciones para construir repertorios, ajuares o panoplias con los que obtener un orden funcional y de paso contribuir a caracterizar los espacios (4).
Se comprende que en los conjuntos materiales obtenidos de las excavaciones estratigráficas sea aventurado realizar inferencias funcionales, pero con muestras procedentes de intervenciones extensivas es obligado el inten-Bush II.
Evidentemente esta serie demanda otra etapa para concluir: las Posthistoria y todos conocemos a donde llevan estas propuestas de los neoconservadores: de un presente incontestable a un futuro sin opciones.
La Arqueología, aunque casa mal con estas trayectorias unilineales o quizás por ello, necesita referencias cronológicas precisas.
Un primer movimiento es encajar las fases detectadas en los periodos cronotecnológicos estandarizados: así el proceso de campesinización de la ZAMB se produce durante el "Cobrefinal -Bronceantiguo", periodo puente que no inventamos ex profeso, sino que se había hecho necesario en la bibliografía especializada para situar determinados cambios socioeconómicos y culturales, conocidos pero no identificados directamente con la formación del campesinado.
Lo siguiente es aquilatar las cronologías, a ser posible en años de calendario.
Para la ZAMB disponemos de una serie corta de fechaciones absolutas, 6 en la parcela E 2-4 de la UA23 (Zafra et al. 1999: 96, fig. 5) y 2 en la parcela del Colegio Público Cándido Nogales (7).
Necesitamos fechar los horizontes de origen (ZAMB 1 y 2) y disolución (ZAMB 5), y posiblemente un conjunto muy numeroso de muestras permitiría contrastar la secuencia del proceso en otros sectores del asentamiento, incluso podría ayudar a definir subfases con contenido histórico que afectaran a su totalidad, aunque estamos acotando periodos de entre 150 y 225 años (entre 5 y 7 generaciones) que, para la Prehistoria Reciente, son bastante ajustadas.
Donde no cabe duda de que grandes cantidades de muestras en contextos cerrados pueden aportar una información histórica muy valiosa es en las necrópolis.
El estudio de las mismas se pretende derivar hacia la evolución de los vínculos socioparentales y para ello el enfoque correcto es cru-zar técnicas de investigación osteológica convencional con técnicas paleoantropológicas de última generación.
Los análisis de ADN comienzan a ser utilizados con este fin y ya hay experiencias recientes para época tardoantigua en la Universidad de Essex (8) y aunque tenemos noticias de su uso en fases prehistóricas no conocemos sus resultados (Castro et al. 1992: 406).
Otras técnicas como la determinación del grupo sanguíneo por el tipo de colágeno (Salamon y Lengyel 1980), también se han revelado útiles.
Esto unido al estudio cronográfico exhaustivo de los enterramientos, posible utilizando el colágeno óseo (9), permitirá un acercamiento mas estrecho a la estructura parental de las unidades domésticas y a través de ella a la organización de la sociedad en su conjunto.
La investigación paleoantropológica proporcionará bases para interpretar las prácticas sociales sumando a la información mas convencional (género, edad al morir, causa de la muerte, patologías y dieta), aspectos cruciales en la interpretación de la estructura social (consanguinidades, procedencia por sexo, patrones de enlace, de filiación, de movilidad, etc.) y también sobre el proceso histórico (aculturación de poblaciones autóctonas por adopción de nuevos ritos, integración de poblaciones, inmigraciones...).
Lo que no impide criticar la pretensión general de obtener en la cronología niveles de precisión cada vez mas exactos, que se fundamenta en una idea determinista de las posibilidades del registro arqueológico, que defiende que el grado de precisión depende no de la fiabilidad de la muestra o de las limitaciones de la disciplina, sino de la pericia y el nivel técnico del equipo que investiga.
Esto lamentablemente no es cierto porque primero: los depósitos arqueológicos no son una superposición infinita de láminas de un instante de grosor, no se puede precisar el momento exacto en que se forma un estrato o en que se cae un recipiente, puesto que cuando lo extraemos se ha producido ya un proceso que ha afectado a ambos.
Segundo: los productos que utilizamos como guías en las fechaciones (9) Las dos fechas del 5o foso se han obtenido del colágeno extraído de dos huesos humanos.
Su presencia en el foso puede deberse bien a que fueron extraídos de su enterramiento poco después de producirse este, ya que los esqueletos mantienen algunas conexiones articulares, y después fueron arrojados al foso; o bien murieron en el foso y fueron abandonados en él.
En todo caso su estudio puede iniciar esta línea de investigación.
tienen un tiempo de vida variable (de días a siglos), y su tiempo de uso no es coincidente y, en ningún caso, el tiempo de vida o tiempo de uso es un instante.
Tercero: hay que considerar el factor de distorsión que supone la propia mecánica de la intervención arqueológica, que hace imposible asegurar una fiabilidad absoluta en la documentación.
Pero sobre todo lo que hace inexacto al tiempo es que en Arqueología no ubicamos objetos sino sucesos.
No ubicamos un fragmento de vaso campaniforme sino que documentamos el hecho de que se encuentre en un punto particular del espacio y en un momento específico del tiempo.
En nuestro caso esta atención a los sucesos obedece a la necesidad de reconstruir los procesos, y aquí la coordenada tiempo, llamémosla el punto-instante, se proyecta en una línea algo desdibujada: el tiempo del proceso, una trayectoria temporal interna que se reconstruye con sucesos documentados, inferencias lógicas y deducciones que intentan completar los frecuentes vacíos.
El concepto de 'momento del proceso' expresa la posición en el 'tiempo cultural' de un determinado periodo bien caracterizado.
Para 'tiempo cultural' se proponen dos definiciones (Chang 1976: 37-38), por un lado "el tiempo mentalizado por cada una de las culturas humanas incluida la nuestra", idea extraída del antropólogo E.R. Leach y asimilable a lo que Levy Strauss llama tiempo social, que asume que cada cultura construye su propio marco de referencia y en su desarrollo modifica junto con la existencia de la sociedad sus propias formas de percepción.
Esto supone que es imposible establecer una escala universal de referencias, porque éstas son culturales y cada cultura atesora un "remanente de intransferibles" (Lorite 1995: 40) que impide su intercomunicabilidad.
Este tiempo no universal impide la comparación y el ordenamiento que exige nuestro tiempo científico lineal.
Por otro lado Chang entiende el tiempo cultural como "la interpretación arqueológica de las relaciones entre tiempo científico y forma arqueológica, en base a comparaciones con relaciones similares para otras formas arqueológicas".
Este último es el que permite caracterizar el momento del proceso que se obtiene aislando situaciones significativas en el proceso investigado ("puntos de referencia en la secuencia") que se instauran como inicio y final de un segmento temporal que es la "unidad básica para el análisis y la comparación".
Tal y como Chang lo concibe ese tiempo cultural es estructuralista, aísla los momentos del proceso y descarta los que con-sidera insignificantes.
Quizás quien mas se ha ocupado de la definición y análisis de ese tiempo estructuralista haya sido el filósofo Gaston Bachelard (1978: 71), para él "el relato histórico de los fenómenos físicos esta lleno de interregnos que el sabio desdeña con razón: son desdeñables y por tanto deben ser desdeñados".
Esta visión basada en la heterogeneidad y discontinuidad temporal distingue entre dos formas de tiempo contrapuestas: instantes significativos cargados de contenido causal, e intervalos vacíos.
Se anula el movimiento, se exalta el cambio: la manzana está en el árbol o está en el suelo, nunca está cayendo y nadie la ve caer.
Los instantes son significativos por ser causa o efecto, los intervalos están vacíos por no serlo, por anteceder o amortizar a una o a otro.
El movimiento es una ilusión, el cambio una evidencia.
En la interpretación de los procesos de formación y destrucción de las zonas arqueológicas (ante la visión de estructuraciones sucesivas) se puede caer en la tentación de admitir esta lectura, se parta de la posición teórica de la que se parta.
Sin embargo la comprensión de secuencias de formación se apoya en el reconocimiento de procesos de construcción y destrucción, y en estos, evidentemente, tienen cabida la "duración" que antecede a la causa (la preparación) y la que sucede al efecto (la amortización), con lo que podemos decir que el tiempo está "lleno" y los intervalos no son mas que una ficción porque es en esas "duraciones" donde está la existencia, la evolución, el desarrollo, en definitiva el cambio, pero esta vez como proceso.
La periodización de la ZAMB la hemos fundamentado en el reconocimiento de segmentos del proceso histórico en el que las evidencias de continuidad en el espacio se cruzan con las de cambio en las manifestaciones culturales (Zafra et al. 1999: 82 y nota 3), que después han sido fechados mediante C14.
Cuando definimos los momentos del proceso en ZAM 2-3-4 como un proceso de concentración poblacional-intensificación agraria-campesinización concretábamos los cambios socioeconómicos que se habían producido en la evolución interna del asentamiento de acuerdo con nuestra lectura del registro, cuando fechamos estos cambios en 2500-2000 cal ANE referenciábamos ese proceso socioeconómico para permitir su contextualización regional.
El tiempo, como el morfotipo, debe tener una correspondencia con la realidad.
El tiempo del proceso posee contenido social, cultural, económico... que lo convierte en objeto de estudio, y no sólo en herramienta de fechación.
FOSOS Y FASES: ¿ORGANIZACIÓN UNITARIA O AMPLIACIÓN SUCESIVA?
La eficacia de tipologías y el C14 se mide por los problemas que ayudan a resolver, en este caso por las preguntas que ayudan a responder.
En la ZAMB las preguntas son numerosas, pero nos centraremos en una que afecta a la totalidad de la macro-aldea: ¿es un asentamiento de diseño unitario y, por tanto, su conjunto de fosos es un sistema? o, por el contrario, ¿es un asentamiento de crecimiento orgánico y, por tanto, su conjunto de fosos es un agregado?
En 1999 publicamos en esta misma revista una primera aproximación a la interpretación de los espacios y los tiempos de la macro-aldea de la Edad del Cobre de la ZAMB (Zafra et al. 1999).
Detectamos y caracterizamos un conjunto de estructuras y procesos fechados entre el 2500-2000 Cal ANE.
Entendimos que el conjunto de fosos era un sistema que se formó y consolidó durante ZAMB 3 (2450-2125 cal ANE), para el que defendimos un diseño unitario construido para regular y utilizar los aportes hídricos de la cuenca inmediata, que se consideraban el fundamento de la acumulación poblacional.
Nos apoyamos en las similitudes constructivas de las diversas coronas interfosos, las cotas de base de los distintos fosos y el descubrimiento del canal de conexión entre el 3o y el 4o foso en la manzana H. Con rapidez las excavaciones han ido confirmando el trazado concéntrico de los fosos despejando las dudas que se centraban en el trazado del 5o foso, localizado extramuros y que circunda, al menos hacia el norte, los campos inmediatos al poblado, y en el sector central que no comenzó a dar resultados hasta el 2002 (10).
En ambos espacios ha habido avances significativos, en uno por el descubrimiento de dos tramos amurallados que, en el caso de la parcela del Colegio Público Cándido Nogales, acompaña a una puerta defendida por un bastión, en otro por la excavación de un tramo de un foso interior al foso 1 (manzana C del RP4).
Por tanto nos encontramos ante un espacio aproximadamente circular organizado en cinco coronas, delimitadas por los seis fosos.
Esta orga-nización no es uniforme, existen dos importantes diferencias cualitativas que señalan al 4o y al 5o foso como estructuras con un mayor peso en la organización del asentamiento.
El 4o foso rodea a la muralla que encierra al poblado, en esto es único, ya que el resto de los anillos no se asocian a murallas.
Lógicamente con zanjas de hasta 5 m de profundidad es normal que existiesen parapetos (parcela A7 de la UA23, manzana C) o empalizadas (parcela B 2-5 de la UA23) bordeando los fosos, sin embargo sus proporciones o solidez impiden considerarlos muralla.
Otro indicio proporciona una unidad a los anillos interiores que desaparece con el 4o: conforman un área densamente poblada.
Al exterior del 4o foso, al exterior de la muralla, se localiza la ocupación dispersa, que prácticamente es nula al exterior del 5o foso.
Este, por su parte, presenta tramos fortificados (manzana RU8-1) (11) y parcela del Colegio Público Cándido Nogales) y no está separando el espacio construido del cultivado como la muralla, sino que delimita los campos de cultivo mas cercanos al poblado.
Nos resistimos a creer que el 5o foso estuviese completamente amurallado, porque si bien la protección de los cultivos sería una preocupación básica, esta se garantizaría con un foso inundado jalonado por puertas fortificadas, una de las cuales se ha localizado en el Colegio Público Cándido Nogales.
Ésta sería la interpretación del asentamiento apoyada en evidencias filtradas por la razón instrumental, pero queremos asegurar su certeza con series de fechaciones radiocarbónicas (Tab.
Oliva Rodríguez Ariza las excavaciones las ha iniciado el Centro Andaluz de Arqueología Ibérica en el marco del convenio de colaboración entre la Universidad de Jaén y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
Como primer resultado se ha localizado un foso interior en el denominado sector central de la ZAMB.
(11) Bellón Ruiz, J.P (inédito): Informe sobre la excavación arqueológica de urgencia en la parcela RU8-3 del SUNP 1.
Archivo de la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en Jaén.
(12) De estas últimas muestras procesadas por Uppsala Universitet no tenemos aún el estudio cronológico, y por ello no hay una estimación de las fechas calibradas, que por extrapolación debería centrarse en torno a 2400-2200 cal ANE.
Dataciones radiocarbónicas de Marroquíes Bajos (Jaén).
colmatación que se ha formado en una fase de uso en el fondo del foso.
Entendemos que el proceso de fortificación es simultáneo en los cultivos y en el poblado.
Esto, aparte de ser consistente con la importancia de la intensificación agraria en ZAMB 3, impide defender una expansión sucesiva, puesto que el foso mayor se construye a la vez que la muralla y el foso del cuarto anillo.
Lo que obligaría, para anular la hipótesis del sistema unitario, a postular un decrecimiento sucesivo para explicar los anillos intramuros, idea que no se sostiene porque durante ZAMB 4, con los fosos ya colmatados, la muralla mantiene su trazado.
Del diseño unitario podemos inferir que el sistema se construyó de una vez y con rapidez, no superando una generación.
Esta hipótesis sobre la duración de la construcción del sistema atañe estrictamente a la fundación y no a las constantes remodelaciones, reparaciones o reajustes que se observan a lo largo de ZAMB 3.
Nos apoyamos en que en tres siglos el sistema de fosos está casi completamente abandonado y colmatado, lo que indica que la renuncia a su mantenimiento debe iniciarse casi inmediatamente después de su construcción y de manera global.
Por tanto descartamos una construcción paulatina (faseada diríamos ahora) porque contendría un contrasentido al aceptar como hecho histórico la simultaneidad de la construcción de una parte del sistema con el abandono de otra.
EL CONCEPTO DE SIMULTANEIDAD
En cualquier caso todas estas argumentaciones utilizan de un modo intuitivo el concepto de simultaneidad, que es fundamental para estimar la fiabilidad de las interpretaciones arqueológicas.
Como demostró Einstein este concepto esta vincu-lado inextricablemente a las posibilidades de sincronización de las herramientas de medición, y a la posición del observador.
La crítica que realizó del concepto probó la imposibilidad de encontrar un sistema de referencia absoluto, haciendo relativos al espacio y al tiempo.
La dificultad más evidente para establecer sincronías es la fiabilidad relativa de las fechas radiocarbónicas, puesto que tanto el procedimiento de extracción de las muestras como el método tienen un porcentaje de error que hay que considerar, por lo que nos encontramos ante estimaciones probables.
Podemos suponer, por tanto, un comportamiento ondulatorio para el tiempo arqueológico: casi nunca hay una "posición" bien definida (equinoccio de primavera de 2.423 ANE) sino una cierta concentración de probabilidades: como ejemplo, para la base de la muralla de ZAMB 3 la muestra UtC 6458 arroja esta fecha central: 2452-2423-2405 cal ANE, el margen es de 47 años; estimando la desviación estándar a un sigma (fiabilidad 68%) la fecha se encontraría entre 2313-2464 cal ANE, ampliando el margen a 151 años; estimándola a dos sigma (fiabilidad 95.4%) la fecha se movería entre 2203-2554 cal ANE, el margen sería de 351 años.
Siguiendo con la analogía Física podríamos hablar de una especie de principio de incertidumbre en tanto que somos incapaces de determinar simultáneamente con gran precisión la ubicación y el momento del proceso de un elemento determinado (13).
Sin embargo la ausencia de una sincronización perfecta en Arqueología es soslayable, aceptando la existencia de una escala de simultaneidad.
El D.R.A.E. de 1992 define así 'simultaneidad': "dícese de lo que se hace u ocurre al mismo tiem- po que otra cosa".
Esta definición requiere conocer que significa exactamente "al mismo tiempo", y aquí comienza el problema porque "al mismo tiempo" puede ser en el mismo día (como la muerte de los pompeyanos) o en la misma decena de milenios (como la coetaneidad de los homínidos europeos del Pleistoceno Medio).
Es decir la simultaneidad está sujeta a escala y su definición y uso debe tener esto en cuenta.
Butzer por la importancia que otorga a los sistemas medioambientales en su interpretación de la arqueología como ecología humana, organiza los procesos de cambio que sufren estos en "escalas de variabilidad" que se mueven entre mínimas oscilaciones anuales y eras geológicas de millones de años de duración.
Establece entre ellas una serie de órdenes que, para la variación climática por ejemplo, son: primer orden: <10 años, segundo orden: <100 años, tercer orden: varios siglos, cuarto orden: varios milenios, quinto orden: varias decenas de milenios y sexto orden: varios millones de años (Butzer 1989: 22, Tab.
El diseño de un modelo similar adaptado a las necesidades de la ZAMB permitiría contrastar la fiabilidad de las inferencias de base morfológica estableciendo el rango de simultaneidad que fijaría el tramo de tiempo en el que se consideran dos sucesos coetáneos: primer orden: < 1 año, segundo orden: < una generación, tercer orden: < una fase del proceso, cuarto orden: varias fases, etc. De este modo podríamos decir que el rango de simultaneidad de la construcción de los fosos de la macro-aldea fue de segundo orden, puesto que se realizó durante el tiempo de vida de una única generación de sus habitantes.
En Física el segundo obstáculo que impide una sincronización perfecta es la posición del observador, en Arqueología también, y en una doble vertiente.
Salvada la capacitación científica y destreza técnica, el arqueólogo varía su modo de enfrentarse a lo observado tanto por el momento de la observación como por su posición teórica.
El momento de la observación depende, en buena parte, del momento de la disciplina lo que explica la distinta significación de un objeto si se localiza en 1924 o en 2003, porque el estudio lo contextualiza en una visión del pasado que será la dominante en 1924 ó en 2003 (Zafra 1996: nota 5).
La evolución de la disciplina ha convertido en objetos de estudio materiales (polen), espacios (paisaje) y tiempos (siglo XX) que no existían con anterioridad como tales, esto influye decisivamente en la observación.
Ese cambio en el objeto de estudio es resultado de un proceso histórico en el que las posiciones teóricas de los investigadores convergen hacia intereses comunes.
Gándara (1994: 74) ha propuesto y desarrollado el concepto de 'posición teórica': "conjunto de supuestos valorativos, ontológicos y epistemológicos-metodológicos que orientan el trabajo de una comunidad académica particular".
Ha elaborado un modelo en el que el análisis de los supuestos citados permite la adscripción de los investigadores a un determinado modo de hacer y entender la ciencia.
El hallazgo mas feliz de su modelo es la definición de 'área valorativa' que introduce en el esquema pretendidamente acabado de la filosofía de la ciencia un factor, a nuestro entender, indispensable para comprender "por qué hay que investigar, el qué buscamos resolver o lograr, para qué y para quién" (Gándara 1994: 74), que ha quedado a menudo velado tras teorías de la realidad, del conocimiento y del método que enmascaran otros motivos.
La existencia social del científico determina la elección de los problemas históricos a estudiar y su posición ante ellos: tras el orden que se rastrea en el pasado se esconde el orden de la sociedad desde la que se investiga.
Esta observación implica admitir, con los representantes de la Teoría Crítica, que la sociedad establecida administra todo el conocimiento y toda la comunicación "dándole validez o invalidándola de acuerdo con exigencias sociales" (Marcuse 1993: 276).
Si esto es así ¿tendremos que aceptar que la historia es ideología? y, lo que es mas grave, si nuestra visión del pasado y nuestra investigación está mediatizada por una ideología que se nos impone desde nuestra realidad social ¿Es posible entonces acceder al conocimiento de la realidad histórica?
Hay quien defiende que no (Hodder 1988: 200), porque si el control de la teoría, el método y la comunicación están en manos del poder que impone la visión del pasado que mas le interesa, entonces el pasado no tiene "integridad en sí mismo" y acabaríamos resignándonos a admitir con los viejos relativistas que el conocimiento real no existe.
Para nosotros los hechos arqueológicos no varían con la ideología, su interpretación sí.
La evidencia de que la sociedad administra la información histórica a su conveniencia no debe asustarnos aunque implique una sumisión de la historia al poder, porque pese a que el conocimiento está históricamente condicionado no es relativo y todas las interpretaciones no (14) Este tipo de escala se encuadra en las denominadas escalas ordinales y su transformación relativista es la escala nominal (Watson y otros 1981: 148-150).
tienen la misma validez, la contrastación empírica (correspondencia) y la coherencia teórica marcan las diferencias.
Defender lo contrario es un estéril ejercicio de cinismo, una pose para cenáculos literarios.
Sin embargo la posibilidad de conjugar la manipulación partidista del pasado con la capacidad de proponer hipótesis "verdaderas" o "mas verdaderas que otras" sobre los procesos históricos parece una incongruencia.
La primera intención podría ser defender la mejor cualidad moral o lógica de determinada teoría (por su vocación social, por su rigor metodológico, etc.) pero siempre se podrá decir que es "una falsa ideología, que es tan solo otra teoría... elaborada por la comunidad académica con el fin de mantener un control privilegiado sobre la interpretación correcta del pasado" (Hodder 1988: 200) o que oculta determinados intereses políticos con lo que volveríamos al punto de partida.
Hay que buscar la clave mas abajo, en la base fundamental de la investigación: en la realidad arqueológica.
Tendemos a admitir que la conjunción de las realidades que se vivieron en el pasado y la actualidad conforma una realidad absoluta que contendría el pasado de la humanidad y su mundo, segundo a segundo, metro a metro desde la "paleolitización" hasta ayer.
No es raro que surjan las dudas ante lo que somos capaces de descubrir sobre semejante realidad, entonces tampoco es raro que ante ella se imponga el viejo relativismo filosófico, para el que "nuestro conocimiento es relativo, porque lo que aspiramos a conocer es absoluto y no lo conseguimos" (Ortega y Gasset 1993: 166).
Para el relativista habría por tanto dos realidades una absoluta inalcanzable (el Pasado) y otra accesible relativa en comparación con aquélla (la Historia) y a merced de cualquier elucubración, todas ellas igualmente incontrastables.
Pero el Pasado ya no existe, toda la Arqueología es Arqueología contemporánea, solo nos queda una realidad residual que es la que describimos y analizamos, que se instaura así como la única realidad que se puede percibir desde el presente del investigador, desde la posición que ocupa, y que, por ello, sería una realidad relativa, pero paradójicamente al ser la única, la auténtica, devendría en absoluta.
En tal caso las determinaciones empíricas que ese observador fuera capaz de establecer serían también absolutas al no depender de la comparación con una realidad inalcanzable y basarse en las evidencias extraídas de la única realidad observable.
Lo que nos deja una realidad arqueológica absoluta sobre la que se puede llegar a alcanzar un conocimiento verdadero (en tanto que válido y contrastable) (15).
No se pretende defender como Michael Shanks (1995:170) que el pasado y sus narraciones (retelling) sean una unidad.
Eso requeriría tantos pasados como interpretaciones y supondría renegar de la posibilidad de verdad, sobre todo si aceptamos que la relación entre el pasado y el presente se reduce exclusivamente a la relación entre el pasado y su relato.
Por el contrario en la contraposición pasado // presente el presente se subsume en el pasado al explicarse por él, pero al mismo tiempo sabemos que el pasado es absorbido por el presente (y no sólo en su narración como demuestra la existencia del Patrimonio Arqueológico) y la contradicción de este modo se presenta en un plano superior: el de las relaciones entre el presente explicado por el pasado y el pasado re-sumido en el presente.
Y aquí es donde aparece el condicionamiento social del arqueólogo, que pone en cuestión su interpretación.
Sin embargo la parte de la historia que investigamos la tenemos ante nuestros ojos en el presente y ese es un valor de contraste que no debe desecharse porque la ciencia para considerarse como conocimiento mas válido que la revelación, la superstición o la ufología debe acreditar la capacidad de llegar a producir conocimientos verdaderos.
En ese afán la investigación de la naturaleza del tiempo, como la del espacio o la de los fundamentos de la interpretación es obligada.
Agradecemos a Alberto Sánchez Vizcaíno, Juan Pedro Bellón y Carmen Rueda la información proporcionada sobre la excavación en el Colegio Público Cándido Nogales, y a Antonio Rubinos su interés en conseguir que las últimas fechaciones de la ZAMB estuvieran disponibles para este artículo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0
UU.) en 1944 del hispanista Stephen Gilman y Teresa Guillén, hija del poeta Jorge Guillén.
Se educó en Harvard College (Grado en Filología Clásica, 1965), Cambridge University (Grado y Master en Arqueología Prehistórica, 1967 y 1971 respectivamente) y Harvard University (Doctor en Antropología, 1974).
El profesor Gilman es un autor de referencia en los EE.
UU. sobre la Prehistoria Reciente europea desde hace 40 años.
Su dedicación particular a la península ibérica desde la década de 1970 ha influido en la investigación de este territorio en un doble sentido.
Por una parte ha favorecido de manera significativa la internacionalización de los yacimientos peninsulares y de los arqueólogos que los estudian en la comunidad académica de lengua inglesa.
Por otra, ha mostrado que hay alternativas a la arqueología históricocultural, predominante en las universidades europeas.
Un buen ejemplo es su interpretación económico-política del registro arqueológico de la Prehistoria Reciente, cuya unidad de análisis es el surgimiento de la desigualdad social.
La incorporación del Análisis de Captación de Recursos, entre otras estrategias de la investigación en Geografía, ha sido fundamental para mostrar la viabilidad del proyecto alternativo.
Su influencia debe mucho también a su disponibilidad a incorporarse tanto a equipos liderados por arqueólogos locales, como a tareas de evaluación y asesoramiento en organismos públicos de investigación y revistas científicas, como Trabajos de Prehistoria.
La Junta de Andalucía así lo reconoció concediéndole en 2012 la Medalla Menga.
La entrevista con Antonio Gilman aprovechó su estancia en la Residencia de Estudiantes (Madrid) durante noviembre de 2019 y se publicará en dos entregas.
Este primer artículo se centra en los aspectos biográficos de su formación intelectual y muestra el entrecruzamiento del azar y, por tanto, de la decisión individual, con las redes familiares, de clase, culturales y académicas en una trayectoria científica de excelencia.
Una entrevista con Antonio Gilman Guillén.
Juan Manuel Vicent García a, M. Isabel Martínez Navarretea y Pedro Díaz-del-Río Española a CSIC.
INTRODUCCIÓN: ¿POR QUÉ Y PARA QUÉ ESTA ENTREVISTA?
La entrevista a una persona relevante por su trayectoria vital o profesional suele tener un estilo narrativo y, a veces, un punto laudatorio.
También es una herramienta de investigación insustituible, si los temas escogidos están bien preparados y la persona que debe tratarlos, además de ser la adecuada, está comprometida con el proyecto.
Es decir, interviene activamente en la conversación matizando sus respuestas, incorporando cuestiones no tenidas en cuenta o excluyendo otras irrelevantes.
Resultan paradigmáticas las entrevistas a prehistoriadores bien conocidos en la península ibérica como André Leroi-Gourhan (Rocquet 1982) y Jean Guilaine (2011) o Lewis Binford (Renfrew 1987) y Colin Renfrew (Bradley 1993; Harding 2009), publicadas en formato libro o como contribuciones a Current Anthropology u otras revistas internacionales de referencia.
Las sucesivas "pérdidas de la inocencia" que se han producido desde la década de 1970 en la teoría y metodología arqueológicas pueden revalorizar el papel de la entrevista en cuanto combinación inevitable de datos biográficos y profesionales que devela la grande porosité de la frontière entre travail savant et vie personnelle (Bourguet, en Lacour y Lamy 2018: 223).
Esta entrevista reúne condiciones para ser una fuente histórica relevante y está en sus objetivos lograrlo.
Antonio Gilman Guillén es un referente en los EE.UU, su país, para el conocimiento de la Prehistoria Reciente europea desde hace 40 años y desde la década de 1970 en la península ibérica donde viene trabajando de modo continuo (véase AC1).
Su biografía es un testimonio directo del desarrollo de la investigación prehistórica en la península ibérica desde mediados de los 1960 a la actualidad y, a la vez, de la sociología e historia intelectual del mundo académico en Estados Unidos e Inglaterra en esos años.
Las intervenciones del profesor Gilman combinan lo etic y lo emic.
La mirada externa a España y a la investigación local procede de su formación en su país de origen y en Inglaterra y del contexto familiar paterno, clave de su reivindicada identidad de ciudadano de los EE.UU. El compromiso con la arqueología española deriva de su contexto familiar materno de hispanistas, emigrados por motivos académicos y políticos a los EE.UU. Ambas perspectivas convergen en un ambiente familiar trilingüe, liberal, y crítico donde la capacidad intelectual y la educación de excelencia representaban la normalidad.
Los entrevistadores conocieron al profesor Gilman con motivo del desarrollo de sus sucesivas tesis doctorales (1985,1989,1999), primero a través de la lectura de sus publicaciones y, después, manteniendo un contacto directo con él durante sus estancias en Madrid.
Una vez incorporados al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) los tres han compartido proyectos con Antonio Gilman.
Probablemente el más persistente haya sido su vinculación al equipo editorial de la revista Trabajos de Prehistoria culminada con su nombramiento como director de la misma durante el cuatrienio 2015-2018, convirtiéndose en el primer director extranjero de una revista española de humanidades de la Editorial CSIC (Rodríguez Yunta et al. 2019).
Esta entrevista, cuyo género contaba con antecedentes en la revista (Ruiz-Zapatero y Vicent 1992; Risch 2013), fue una de las iniciativas de los miembros del Consejo de Redacción de Trabajos de Prehistoria para homenajear a su director saliente.
Para ello se aprovechó la oportuna estancia del profesor Gilman en la Residencia del Estudiantes durante el último trimestre de 2019.
La Residencia es su alojamiento habitual en Madrid y está cargada de referencias personales conectadas con su abuelo, Jorge Guillén.
La entrevista se celebró en tres sesiones, los días 19, 22 y 28 de noviembre (Thanksgiving Day) a partir de una estructura propuesta por Juan Manuel Vicent, consensuada con los firmantes y aceptada por Antonio Gilman y el consejo de redacción.
Maribel Martínez transcribió el archivo sonoro generado.
Esta primera versión fue revisada por los participantes manteniendo la oralidad.
Ambos originales, grabación y transcripción, se incorporaron al Archivo del Centro de Ciencias Humanas y Sociales perteneciente a la Biblioteca Tomás Navarro Tomás del CSIC.
La redacción de la variante que aquí se ofrece, ya sin reiteraciones ni latiguillos y completando las interrupciones involuntarias, simplifica el texto y garantiza la correcta comprensión de los diálogos.
En este momento se valoró la extensión de los temas tratados para su distribución en diferentes artículos que se publicarán en este número y el siguiente de la revista.
Los temas que constituyen esta primera parte tienen un hilo conductor cronológico.
Se inician con el en- torno familiar de Antonio Gilman y sus primeros estudios escolares; siguen con su formación en las Universidades de Harvard y Cambridge, su doctorado en Harvard, su primer trabajo en la Universidad de Wisconsin, en Oshkosh y su llegada a la Universidad del Estado de California en Northridge, marco institucional de su investigación en España, y donde se jubiló.
El documento finaliza con su primer contacto con la Prehistoria reciente del Sureste de la península ibérica, la gestación y aplicación del programa de site catchment analysis y el subsiguiente proyecto sobre la Edad del Bronce en La Mancha oriental, todo ello asociando los programas metodológicos con los contextos académicos e institucionales en los que se desarrollaron.
El estudio crítico subsecuente incluyó citas bibliográficas en texto y notas aclaratorias al pie para contextualizar las respuestas de Antonio Gilman.
Él mismo las modificó, completó o suprimió en su caso.
Salvo que se diga lo contrario, las notas son responsabilidad de los entrevistadores.
Entorno familiar y formación
Pedro Díaz-del-Río (PDR): En primer lugar nos gustaría que nos contases algunos datos biográficos para entender el contexto familiar en el que naciste y te criaste.
El interés de mi padre por España arranca de una larga estancia con sus padres en Torremolinos en 1934.
Como estudiante en Princeton University, mi padre fue alumno primero de Augusto Centeno y luego de Américo Castro1.
De hecho fue el alumno preferido de Don Américo.
Mi madre hizo sus estudios universitarios en Wellesley College, en donde su padre había conseguido un puesto permanente.
Ambos se encontraron durante la Escuela de Verano de Lenguas del Middlebury College.
Creo que mi padre estaba ahí más para aprender francés que castellano, el cual ya dominaba.
PDR: ¿Tu madre asistía como estudiante a esa Escuela de Verano?
AG: No creo que ella estuviese ahí de estudiante, más bien como miembro de la familia de mi abuelo, porque él daba clases en Middlebury.
Además, mi madre era completamente bilingüe en francés y castellano pues su madre era francesa.
Mi padre tuvo una carrera que le llevó a varios sitios: Princeton como doctorando y después assistant professor después de la guerra, luego en 1948 pasó a la Ohio State University (OSU) y a partir del otoño de 1955 a Harvard.
Una vez instalados en Massachusetts fui a una escuela privada que estaba cerca de casa, la Belmont Hill School (1956-1961) y luego estudié Latín y Griego como undergraduate en Harvard (1961Harvard ( -1965)).
PDR: ¿Seguías viviendo en casa de tus padres?
AG: No, ya no. Yo vivía en los alojamientos para estudiantes, pero volvía a casa los domingos para comer.
PDR: ¿Cuándo fue tu primer contacto con la escuela?
AG: Sí, a los 6 años, no habiendo estado en ningún colegio antes (Fig. 1).
Empecé en enero de 1951, porque mi padre había tenido una beca todo el año de la Solomon R. Guggenheim Foundation y durante 1950 estuvimos en Europa.
¡Llegué a la escuela sin saber inglés!
Lo entendía, pero como en casa la regla era que teníamos que hablar en español siempre...
Fue una regla impuesta por mi padre, que creía que el bilingüismo era importante.
Yo he estado traduciendo toda mi vida.
Es una de las cosas que, como sabéis, hago con facilidad.
PDR: ¿Hiciste todos tus estudios de Primaria en Ohio?
AG: No. Durante los primeros tres años de Primaria iba a la escuela si estaba en Ohio, pero gran parte del tiempo no estaba.
AG: Porque mi padre tenía un arreglo con la OSU por el que le pagaban un sabático trimestral de cada seis.
Era parte de lo que le habían ofrecido para atraerle desde Princeton, una gran Universidad, a otra menos prestigiosa.
Mi padre entonces decidió que podía tomarse un cuatrimestre2 sin salario y dar clases medio año.
El resto del tiempo y para ahorrar nos íbamos en coche desde Columbus (Ohio) a Ciudad de México, donde mi padre podía estudiar.
Ese otoño sustituyó al hispanista Ernst Robert Curtius (Rubio Tovar 1997) en la Universidad de Bonn y como veterano de la Segunda Guerra Mundial pudo meternos a mí y mi hermana Isabel en la escuela de la base americana en Plittersdorf.
Pero durante la primavera de 1955 pasó a Zurich y mi madre, Isabel y yo estuvimos en Valladolid y no fuimos a la escuela.
Es decir, que yo iba a la escuela cuando podía.
Si no recuerdo mal, en los primeros 6 años de escuela habré estado en la clase poco más de la mitad del tiempo.
PDR: O sea, que ibas a hacer los exámenes.
AG: Ni siquiera hacía eso, porque no hay exámenes en las escuelas primarias.
Allí lo que se aprende son las 3 Rs (reading,'riting &'rithmetic) y si eres un chico un poco listo, y yo lo era, entonces todo lo que se aprendía en la escuela infantil se podía resolver en poco tiempo.
Es cierto que hay algunos huecos en esa educación.
Por ejemplo, nunca aprendí a escribir en cursiva, porque el año en el que lo enseñaban no estuve en la escuela.
Una vez asentados en Massachusetts estudié a tiempo completo.
La Belmont Hill era una escuela privada con clases pequeñas que, como todas estas escuelas, favorecen a los niños con ciertas capacidades y garantizan que aquellos con menos también se eduquen.
Era una buena escuela.
PDR: Ahí sí que tenías que examinarte, ¿no?
AG: Sí, bueno había exámenes al final de cada asignatura.
Para entonces había exámenes, notas...
PDR: Cuéntanos un poco cuál era la percepción como niño de la vida cultural que se desenvolvía a tu alrededor, un entorno familiar de vínculos culturales y conexiones intelectuales extraordinarias.
AG: Yo era un niño inteligente y, por lo que parece, bastante rico3.
Me llevaba bien con los mayores, les preguntaba cosas: era un niño que participaba en la vida familiar de una manera activa y mantenía todo tipo de interacciones.
Cuando mi abuelo Guillén enviudó en el año 1947, aprovechó cualquier momento en el cual no estaba dando clases en Wellesley para estar con nosotros.
Venía de visita a Columbus, nosotros íbamos a Wellesley o coincidíamos en México.
Wellesley tenía pisos para sus profesores y mi abuelo vivió en uno de ellos hasta su jubilación en el año 1958, cuando pasa a vivir con mis padres en la casa que teníamos en Arlington (Massachusetts).
Al morir mi abuelo paterno, Stephen Gilman, la herencia permitió que en 1960 mis padres compraran una casa más grande de tres plantas en Cambridge, cerca de la universidad.
El ático se convirtió en la residencia de mi abuelo e Irene Mochi-Sismondi, italiana, hija de un diplomático, con la que se había casado en segundas nupcias (Hernández 2004).
PDR: Por entonces tú ya estabas en la Facultad...
AG: Nos mudamos a Cambridge el verano antes de mi último año de high school.
Mi abuelo se jubiló en 1958, pero ya me había tratado mucho durante mi infancia.
Recuerdo que me tanteaba... "a ver lo que puede entender este niño"...
Contrastaba la teoría de Tolstoi: la gran literatura es para todos.
Cuando yo tenía 5 años me leía la adaptación modernizada del poema del Mío Cid de su amigo Don Pedro Salinas (1926), "a ver si el niño no lo entiende"...
Bueno, pues el niño lo entendía, se acordaba, y como buen oyente de poesía épica quería que la recitación se repitiera.
Tras su jubilación mi abuelo decidió pasar el año en Europa.
Empezó su viaje en verano y me llevó a Grecia durante un mes.
Allí visitamos muchos lugares.
Me encantó visitar los yacimientos arqueológicos.
PDR: Es quizás tu primer contacto con la Arqueología.
Me acuerdo muy bien de ese viaje y las distintas visitas a los sitios.
Era lo suficientemente mayor para que eso formase ya parte de mi memoria.
Volví a Phaistos 59 años después y me acordaba bien del lugar.
PDR: Imagino que también forma parte de tu memoria la activa vida cultural que rodeaba el día a día de tu familia; la presencia de tu padre y abuelo, su relación con el mundo literario, el papel clave de tu madre a la hora de organizar reuniones en vuestra casa por las que pasaban renombrados académicos...
AG: Bueno, la fase del salón hispánico de mi madre empieza más bien después de mudarnos a Cambridge en 1960 (Rose 1988).
Pero antes mis padres estaban en contacto frecuente con varias figuras tanto del exilio (Américo Castro, Francisco García Lorca, Max Aub, etc.) como de personas que habían hecho sus carreras en las Américas antes de la guerra (Joaquín Casalduero, Amado Alonso, etc.).
Me acuerdo muy bien de ellos.
Una vez instalados todos en la casa de Cambridge, mi abuelo atraía muchas visitas.
Pasaban por casa arquitectos (p. ej., José Luis Sert), artistas (p. ej., Eduardo Chillida) y muchas figuras literarias (Jorge Luis Borges, Octavio Paz...).
Mi madre organizó una especie de salón al que invitaba a aquellos intelectuales y artistas del mundo hispánico que pasaban por Harvard (Christian 2020: 3).
Mi abuelo vivió en Cambridge hasta que volvió definitivamente a España en el año 1976.
Nunca tuvo un expediente político, mantuvo la ciudadanía española en el exilio y pudo volver sin problemas.
Su primera visita después de la guerra sería en 1947 y se compró un piso en Málaga a finales de la década de los 60, pero no estableció su residencia permanente en España hasta después de la muerte de Franco.
PDR: Cuéntanos cuál es el peso de las raíces españolas de tu familia en tu formación preuniversitaria.
¿Se consideraba una familia española?
AG: No, era una familia americana que hablaba el castellano en casa.
Sus antepasados emigraron de Inglaterra a finales del siglo XVII o principios del XVIII.
La familia está en Wisconsin hasta principios del siglo XIX.
El primer Gilman del cual tengo noticias detalladas es mi bisabuelo Stephen Warren Gilman (1857Gilman ( -1931)), fundador del Department of Business Economics en la University of Wisconsin (Wright 1928).
En torno al año 1922 o 1923 decidió establecer su propia empresa, la International Accountants Society, donde daría cursos de preparación por correspondencia para habilitarse como CPA.
En aquel entonces no existían la multitud de business schools que hay hoy en día en las universidades americanas.
Las business schools estaban en su infancia, eran pocas y no satisfacían la demanda.
Él estableció un sistema por el cual escribía una serie de ejercicios que la gente tenía que completar y sus contratados corregían.
Era una especie de curso a distancia por correspondencia.
Una vez que habías completado con éxito los ejercicios, podías presentarse al examen.
Los estudiantes tenían éxito y en consecuencia la empresa prosperó.
De hecho, prosperó tanto que su trabajo pudo consistir en poner al día los ejercicios, lo que le permitió, en efecto, jubilarse.
Pero es que, además, pudo jubilarse prósperamente, pues en el verano de 1929 se dio cuenta que el crash iba a suceder y retiró todos sus valores de la bolsa inmediatamente antes de la crisis.
Así que, como joven y próspero empresario jubilado, se dedicó a ser pintor, y tenemos varias de sus obras en casa, bastante buenas.
En 1934 decidió pasarse un año pintando en Torremolinos.
Sacó a mi padre de la escuela y se lo llevó a España con su mujer (mi abuela) Martha y uncle Harry Rogers, el hermano menor de ella.
Su cuñado era profesor de español en la OSU e iba como traductor y amigo.
Había perdido a su mujer durante un parto y estaba lógicamente deprimido.
PDR: ¿Tu padre hablaba ya español?
AG: Fue entonces cuando lo aprendió.
Supongo que habría recibido alguna clase de español porque era una de las lenguas optativas en la high school.
Se podía escoger entre el español, el francés y el alemán, pero lo más normal era optar por el español.
A fin de cuentas Estados Unidos y México son países vecinos.
Pero es una vez en Princeton, durante su major, donde recibe clases de literatura española con Augusto Centeno (Garrido 2015) y orienta su carrera en esa dirección.
Mi padre era un hombre de grandes capacidades, era el mejor alumno siempre... además de ser un hombre muy bueno.
En definitiva, yo era un niño criado en los Estados Unidos y me identifico como un norteamericano.
PDR: ¿Sentiste en algún momento una dualidad cultural en tu formación?
AG: Yo siempre era una persona completamente diferente de cualquier otra con la que me encontraba en la escuela o fuera de ella.
No sólo venía de otro tipo de familia, era además un niño empollón, iba un año adelantado en la escuela, con gafitas, miope desde muy pequeño, irritante... era...
PDR: una persona distinta.
AG: Exacto, una persona distinta.
PDR: Eres el más mayor ¿de cuántos?
Todos bajo la misma disciplina.
PDR: Todos hablando español.
De hecho, recién casado con Benedicte4 empecé el programa doctoral en Harvard.
Naturalmente íbamos a comer en casa de mis padres los domingos y a Benedicte le sorprendió bastante la disciplina a la cual mi hermana pequeña todavía estaba sometida: ¡Dilo en español!
Benedicte ya sabía bastante castellano y pudo incorporarse a esa dinámica familiar rápidamente.
PDR: Si no recuerdo mal, tu primera vinculación directa con la Arqueología surge en México, donde además conoces a Benedicte, cuando coincidís en la estación de Chiapas como alumnos del Columbia-Cornell-Harvard-Illinois Summer Field Studies Program in Latin America (CCHISFSPLA).
¿Se puede considerar esta estancia como un momento clave en tu evolución hacia la Arqueología y no hacia las Lenguas Clásicas?
AG: Vayamos por partes.
Yo era estudiante de Clásicas porque era una cosa que se me daba bien.
Las clases se impartían de una forma supongo que constante desde el siglo XVI.
Por poner un ejemplo, en una asignatura sobre Sófocles debías leer tres obras a lo largo del cuatrimestre.
La traducción es una especie de rompecabezas y resolverlo es un trabajo placentero (y además la literatura es excelente): tienes las reglas (la gramática), el vocabulario, el texto y a ver lo que puedes hacer.
El profesor dice "las primeras seis líneas de hoy...", tú las traduces, él te corrige (no había "ella" por entonces en el Departamento) y después hace un comentario si es que hay algo que le parece interesante.
El examen consiste en hacer una traducción y un comentario de una sección de esas mismas obras, ahora sí, sin diccionario.
Una de las cosas que siempre he tenido es buena memoria (todavía es buena y de joven era mejor).
Habiendo hecho la traducción y prestado atención en clase, los exámenes eran la cosa más fácil del mundo.
Y encima era un major prestigioso, por decirlo así.
PDR: ¿En qué año fue eso?
En el verano de 1962 pude participar en las excavaciones en Ampurias gracias a la amistad de mis padres con Rafael Lapesa5, vecino en la residencia de catedráticos (calle Isaac Peral) de Martin Almagro, director de la Escuela de Verano en Ampurias.
Participé, no como alumno, sino como peón en el campo de trabajo del Frente de Juventudes6.
Don Martin excavaba con la mano de obra disponible: presos republicanos y, cuando esos son liberados, batallones del ejército...
Los del campo de trabajo podían pasar las tardes en la playa, pero a mí me permitieron asistir como alumno a las clases.
Y es entonces cuando me di cuenta de que aprender a clasificar terra sigillata era ¡aún más fácil que traducir del latín!
Lo veías, lo reconocías y listo.
Pasé en Ampurias dos veranos.
En 1963 vi un anuncio en el periódico estudiantil de Harvard, el Harvard Crimson, en el que se buscaba a alguien que supiese clasificar cerámica y leyese castellano para trabajar con el profesor Gordon Willey, un distinguido mesoamericanista (Sabloff 2004).
PDR: ¡Ni hecho a medida!
Trabajé como assistant en el laboratorio del profesor Willey haciendo estas cosas dos o tres tardes a la semana durante los siguientes años, hasta 1965.
PDR: ¿Mientras hacías Clásicas?
PDR: Uno podría esperar que habiendo sido criado en un ambiente tan literario hubieses seguido esa carrera, como por otra parte hicieron tus propias hermanas.
AG: Bueno, solo mi hermana pequeña sigue en el family business.
PDR: Entonces, el momento de inflexión sucede en Ampurias.
AG: Todavía no tenía ideas fijas sobre qué carrera perseguir como graduado.
El trabajo de traducir me resultaba placentero, pero me daba cuenta de que si seguía en Clásicas las opciones eran limitadas.
Uno podía dedicarse a autores muy trabajados (Virgilio, Horacio, etc.) o a otros mucho menos interesantes (p. ej. preparar una nueva edición de Silio Itálico).
Uno podría dedicarse a poesía religiosa bizantina o al latín medieval, pero habiéndome dado cuenta de lo que sería una carrera en Clásicas me pareció que no me gustaría a la larga.
Otra posibilidad era dedicarse a la Arqueología.
Era una posibilidad factible, pero la Arqueología que yo había visto en Ampurias no me resultaba muy interesante.
Don Martin era un gran gestor (soy un gran admirador de Don Martin Almagro, como he constatado por escrito, p. ej. Gilman 2018), pero su arqueología era perfectamente tradicional.
Ampurias se excavaba como una minería de objetos de arte, por decirlo así, y, además, objetos de arte que, aparte de algún Esculapio que otro, eran bastante poco interesantes en sí.
En el verano del 63 (mi segundo en Ampurias) Don Américo, que estaba pasando el verano en Playa de Aro, a una parada de autobús al sur de donde yo acampaba, me invitó a pasar un fin de semana con él y pude evitar la tienda de campaña una noche.
Hablando con Don Américo me comentó que había visitado el Museo de Ampurias y "claro, hay estas cosas -dice-muy particulares, los detalles de la Arqueología.
Y, de hecho, uno tiene que empezar por ahí.
Yo empecé -sigue Don Américo (me acuerdo bien de esta entrevista, recuerdo su contrariedad)-yendo pueblo a pueblo, buscando y documentando las isoglosas entre el castellano y el leonés pero, al fin y al cabo, uno tiene que dedicarse a cuestiones importantes".
Me pareció un buen consejo, pero a mí no se me ocurría exactamente qué cosas importantes se podían hacer dentro de esa Arqueología clásica que yo había visto.
Lo mismo se podía decir del proyecto que me dió Willey el otoño siguiente: clasificar, siguiendo el libro de Caso y Bernal (1952), la colección de urnas funerarias zapotecas de Monte Albán que estaban en Harvard, en el Peabody Museum of Archaeology and Ethnology.
Así que no sabía lo que iba a hacer exactamente...
PDR: Entonces, ¿en qué año de universidad supiste lo que querías hacer?
Ese verano había pedido plaza en el CCHISFSPLA7 por recomendación de mi padre, que había tenido un alumno, Renato Rosaldo, que a raíz de su participación se había pasado a la Antropología (Díaz Cruz 2006).
El programa era para undergraduates y había cuatro puestos de destino: con Marvin Harris de Columbia en Salvador de Bahía (Brasil), con Allan Holmberg de Cornell en Perú, con Joseph Casagrande de Illinois en el Ecuador o con Evon Vogt de Harvard a San Cristóbal de las Casas en Chiapas.
Solicité plaza y, como buen castellanoparlante, me asignaron directamente a Chiapas (Fig. 2).
El Chiapas Project reflejaba la visión de Vogt (1994) 8, es decir, que los indígenas de los Altos de Chiapas, como hablantes de una lengua maya, eran representantes en el presente de la cultura maya.
La cuestión era, por lo tanto, hacer una descripción de sus normas.
Para aplicar el normativismo a la Etnografía, lo primero era tener una buena gramática de la lengua tzotzil y luego hacer descripciones de las partes particulares de su cultura para saber cómo pensaban.
Se trataba de documentar las normas culturales que caracterizarían lo que es ser maya desde el pasado hasta el presente.
Bueno, yo no sabía nada de eso, pero me parecía un tanto raro.
Sabía algo de México, había hecho una especie de tesina en la high school sobre la presidencia de Lázaro Cárdenas y había tomado una asignatura en Harvard sobre la sociología de México con David McClelland (1961), el del famoso N-Ach9.
En el seminario preparatorio que recibimos antes del verano se enseñaba a hacer entrevistas de una manera sistemática siguiendo el programa de moda de la antropología cultural de aquel entonces, la Etnociencia.
Era necesario recopilar los datos de una manera que fuese consistente entre un investigador y otro.
Es decir, evitar interpretaciones discrepantes de un mismo fenómeno, como las existentes entre Oscar Lewis (1959) y Robert Redfield (1930) al tratar el caso de Tepoztlán.
Para ello era necesario reproducir los mismos resultados mediante métodos de entrevistas sistemáticos, asumiendo que las personas guardan ideas en sus cabezas y estas son documentables sistemáticamente.
A cada uno de los participantes se le daba un proyecto, salvo el mío que estaba al margen de este programa.
Yo debería leer y transcribir los documentos originales (guardados como un tesoro) del establecimiento de la "república de indios" de San Lorenzo Zinacantán.
Vogt había hablado con el alcalde para que un alumno suyo pudiera acceder a ellos, pero ese verano no viajó a México.
Dejó el programa en manos de un estudiante graduado suyo, George Collier, pero este no tenía la talla para que el alcalde cumpliera.
Collier sugirió otros proyectos pero yo decidí desarrollar uno propio en el que entrevistaría a indios y ladi- Trab.
Hice un buen número de entrevistas, pero tampoco tenía mucho que hacer.
Había en San Cristóbal de las Casas una institución, Na Bolom, establecida por el danés Frans Blom10, antiguo director del programa de estudios mesoamericanos en la Tulane University, recién fallecido en 1964.
Por entonces, su viuda, Trudy Blom (Nuñez-Johnsson 2015), mantenía la institución, que contaba con una residencia, una biblioteca y un refectorio que daba cosas francamente buenas.
Cuando tenía una tarde libre iba a comer y pasaba la tarde en la biblioteca.
En el curso de leer lo que había por ahí, saqué Sons of the Shaking Earth (Wolf 1959), un libro entonces bastante reciente.
Lo leí de una sentada y fue una revelación: ¡ahora entendía lo que sucedía y cuál era la dificultad del programa de Vogt!
No nos había enseñado ese libro porque el texto de Eric Wolf demostraba a las claras que la cultura maya del presente era el producto de 450 años de historia, es decir, que la "esencia maya" simplemente no existía.
Lo leí y para mí fue todo un mazazo.
Volví a Harvard y ese otoño decidí que quizás debería apuntarme a una asignatura de Arqueología, es decir, estudiarla en serio y no sólo hacer prácticas, estar ahí clasificando cerámica o poniendo siglas en los gal-bos...
Nunca había asistido a una clase de Arqueología, pero pedí la entrada en el curso, ya avanzado, de Prehistoria del Viejo Mundo, Cultural Prehistory of the Old World, impartida por el profesor Hallam Movius, un distinguido paleolitista (Bricker 2007).
PDR: ¿Por qué Movius?
Vista tu licenciatura en Clásicas, tu experiencia en Grecia, Ampurias... ¿por qué no una clase en Arqueología clásica?
AG: ¡Porque no había tal clase!
En Harvard (como en las universidades americanas en general) la introducción a la Arqueología se hacía en Prehistoria y, después, uno podía estudiar otras cosas, pero no había un programa de Arqueología clásica como tal puesto que era parte de la Historia del Arte.
Otra compañera de Chiapas, Victoria Reifler11, que ha llegado a ser una muy distinguida antropóloga, me recomendó a quien por entonces era su marido, Harvey Bricker (2007), el ayudante de curso de Movius.
Así que, sin haber pasado por la clase de introducción, Vicky habló con Harvey y me aceptaron.
PDR: O sea que, realmente, el curso de Movius es el primer contacto directo con la Prehistoria.
Creo recordar oírte decir que el curso de Prehistoria de Movius era fundamentalmente un curso sobre el Paleolítico.
AG: Sí, era un paleolitista.
De hecho es una figura importante para el Paleolítico europeo.
PDR: Cuéntanos algo de esta asignatura y de tu relación con el profesor Movius.
AG: Bueno, yo era uno de cuarenta alumnos en esa clase y realmente no tuve ninguna relación directa con él durante esa asignatura.
La dinámica era la siguiente: Movius daba dos clases por semana y uno se reunía con el ayudante de curso, Harvey, otro día a la semana para resolver dudas.
Mi contacto con el profesor consistía en asistir a sus clases.
Recuerdo una de ellas, en la que defendía el análisis de atributos como el método moderno que debería reemplazar a esta especie de tipología-lista desordenada del sistema Bordes de descripción.
El y Bordes eran amigos y rivales, por así decirlo.
Al fin y al cabo, trabajaba en Les Eyzies porque Bordes abogaba por él, pero el suyo era otro punto de vista científico.
En un momento de esa clase dice: "algunas veces desearía tener un botón en esta mesa que, al apretarlo, cambiara todas las tipologías de una vez por todas".
Los alumnos nos imaginamos a todos los profesores en los laboratorios de Burdeos, Paris y demás cayéndose muertos en el acto.
Uno aprendía cosas interesantes en esa clase.
PDR: Una especie de avanzadilla de la crítica que luego hace Binford a Bordes.
AG: Binford empezó por ahí pero pasó a enfoques funcionalistas.
El análisis de atributos es una forma de hacer el normativismo de manera más científica y más precisa.
Es parte de esta ola de la Etnociencia, un programa distinto del que eventualmente propone Binford, que es funcionalista y etnoarqueológico.
Durante el curso de Movius uno podía hacer un examen parcial a mitad de curso, pero yo nunca estaba lo suficientemente preparado a mediados del curso; tenía la tendencia de reservarme para el final.
Entonces opté por escribir una especie de ensayo de 40 o 50 páginas sobre la Revolución Neolítica.
Movius prefería que lo hiciésemos así, de tal forma que él no tuviera que dedicar tiempo en clase a hablar de eso.
Entre toda una bibliografía preparada que estaba en la biblioteca reservada para todos los que hacían estos estudios estaban varios textos de Childe.
Cuando lo leí vi inmediatamente la conexión con el punto de vista de Eric Wolf, es decir, me di cuenta que uno podía hacer cosas interesantes en Arqueología, cosas que no fueran ejercicios tipológicos y trabajos por el estilo, uno podía...
PDR: Hacer lo que te dijo Américo Castro que debías hacer.
Entonces me dieron una beca de estudios de un año (que mis padres pudieron extender a otro más) para estudiar en Cambridge (Reino Unido) donde uno podía dedicarse a la Arqueología europea en serio.
Comprendía que, si iba a hacer Prehistoria, debería hacerlo preferentemente en un país en el que tuviese conexiones y, por otro lado, me gustase estar.
Por aquel entonces el conservador de arqueología europea en el Peabody Museum era Hugh O'Neill Hencken (Treaster 1981).
Hencken era, como decimos en los EE.UU., a-dollar-a-year-man: le daban un salario nominativo porque era una persona que vivía de sus propios medios económicos.
Durante muchos años se había dedicado a distintos periodos de la prehistoria de Europa y el Mediterráneo: un programa en Irlanda entre 1932 y 1936 (Carew 2018), otro en el norte de África después de la Segunda Guerra Mundial, etc. Cuando yo le conocí había pasado a trabajar sobre Hallstatt y Etruscos, los principios de la Edad del Hierro en Centroeuropa y en Italia, pero quería que alguien acabase de estudiar y publicase sus excavaciones del norte de África.
La parte paleolítica la había publicado Bruce Howe (1967) y Hencken buscaba alguien que se hiciese cargo del registro postpaleolítico.
Yo le había sido recomendado para esta misión por Willey como un chico listo que sabía las lenguas necesarias, así que Hencken me ofreció patrocinio si hacía mi tesis con esos materiales.
Yo le contesté que me interesaba, pero que me habían dado una beca para ir a Cambridge y que debería ir y formarme más en serio.
Juan Manuel Vicent (JMV): Entonces te marchas a Cambridge.
Háblanos un poco de tu impresión al llegar a Cambridge y las diferencias que observas entre la vida universitaria norteamericana y la británica.
AG: Desde luego es un cambio importante de vida.
Uno tenía que solicitar plaza en un college y me recomendaron ir al St John's College, porque ahí estaba Glyn Daniel (Renfrew 2004) que, como director de Antiquity, era una persona conocida y amable.
Cuando uno llegaba a Cambridge con una beca concedida por Harvard (u otra universidad prestigiosa) como era mi caso, te solían aceptar donde pedías porque llegabas ya preseleccionado.
En 1965 St John's permanecía en el antiguo régimen: no había mujeres, se cerraba monásticamente a las 11 de la noche, etc. Me instalaron en Merton Hall12, un edificio justo fuera del recinto reservado para graduados de otras universidades, a los que no se les sometía a la disciplina monástica de la institución.
En el refectorio o en clase uno estaba obligado a vestir con toga.
Cambridge estaba lleno de cosas así, absurdas para un norteamericano.
JMV: ¿Qué cursos seguiste durante tu estancia en Cambridge?
¿Seleccionabas tu propio programa?
AG: Mi director de estudios era Glyn Daniel.
El sistema era sencillo: el departamento tenía un programa de clases magistrales cada año en el que los profesores daban las que deseaban y tú asistías si querías.
Toda tu titulación dependía de los exámenes que hacías al final de los últimos dos años del programa.
Tenías libertad absoluta para prepararlos como quisieras.
JMV: Es decir, no tenías obligación de rendir cuentas por asignatura.
Era un sistema en el que asistías a clases magistrales y se te monitorizaba mediante tutorías.
Tu director de estudios te sugería dos tutorías por trimestre.
Cada semana preparabas dos ensayos de unas 10 páginas, el tutor lo leía o se lo presentabas viva voce, e ibas pasando de tema a tema.
Así que era un trabajo bastante intenso.
Entre ir a las clases, las horas de biblioteca para preparar los trabajos y los fines de semana escribiendo ensayos para la siguiente semana volver a empezar de nuevo, estabas trabajando todo el tiempo y aprendías, ¡y aprendí mucho!
Era un sistema bueno para un buen alumno.
JMV: ¿Cuál era el papel del tutor?
AG: El director de estudios recomendaba y yo hacía exactamente lo que me recomendaba Glyn Daniel.
JMV: ¿Qué puedes decir sobre Glyn Daniel?
AG: Daniel era una persona encantadora, un arqueólogo completamente tradicional pero con las ideas abiertas.
Le gustaba apoyar a gente con talento y conmigo fue muy amable.
Además, fue un buen maestro en el sentido de que te daba bastante libertad para hacer lo que quisieses.
JMV: ¿Qué otras figuras recuerdas de tus días en Cambridge?
AG: Bueno, durante el primer trimestre hice tutorías con Daniel sobre lo que más le interesaba: arte paleolítico, megalitos, etc. También me recomendó que, para tener otras ideas, hiciese unas tutorías con Eric Higgs que por entonces no era profesor, sino el técnico encargado del laboratorio de Arqueofauna.
JMV: ¿Se percibía en aquel momento y desde allí la existencia de una Escuela Paleoeconómica de Cambridge?
AG: El profesor catedrático y director del departamento era Grahame Clark.
Había escrito Prehistoric Europe: the economic basis (Clark 1952) y ya hacía bastante tiempo que había publicado el primer manual de introducción a la Arqueología verdaderamente funcionalista, Archaeology and society (Clark 1939).
Aplicaba el funcionalismo a la Arqueología y lo había demostrado de manera práctica en el campo, en las excavaciones de Star Carr (Clark 1954).
El profesor Clark era una persona distante que no daba tutorías, pero sí un solo curso de clases magistrales por año.
Sin embargo, el ejemplo de su práctica arqueológica Trab.
Uno de sus patrocinados era Eric Higgs, que por entonces estaba preparando lo que eventualmente sería, poco después de que yo saliera, el proyecto The early History of Agriculture 13, el programa de estudios donde se inventó el site catchment analysis.
Sus seguidores eran como una especie de secta, los higg-lets 14.
Pasar de Daniel a Higgs era pasar por la experiencia del Normativismo clásico a una versión radical del por entonces nuevo Funcionalismo.
Higgs tenía dichos muy simpáticos.
Por ejemplo, decía que los arqueólogos se habían equivocado desde el principio guardando los artefactos y tirando la tierra, cuando deberían haber hecho lo contario.
Bueno, yo veía por qué decía eso.
Pero también tuve tutorías con otras personas como John Alexander (Evans 2011), John Coles (Paardekooper 2009), David Clarke...
Colin Renfrew estaba recién doctorado y a punto de incorporarse a una plaza en Sheffield.
En la primavera de ese año de 1966 tuve una tutoría con él, así que es posible que haya sido su primer alumno.
JMV: Esto es interesante.
Muchas de las personas que has enumerado tuvieron luego relevancia en el despegue y desarrollo de la arqueología funcionalista.
Renfrew, Coles, David Clarke ¿ya se movían en esa dirección?
Renfrew ya había pensado su reinterpretación del registro del Egeo.
JMV: Es decir, había un cierto ambiente de pro-gresión...
Uno estaba ahí más o menos en el filo cortante de la navaja...
JMV: ¿Y David Clarke?
AG: Desde el primer momento me llevé mal con David Clarke, pues siempre he sido bastante impertinente.
clases magistrales para ver lo que hacían unos y otros.
Clarke dio una revisando un artículo que había publicado en los Proceedings of the Prehistoric Society (Clarke 1962) sobre un análisis de matrices de cerámica campaniforme británica.
He de decir que Clarke lo explicó con una claridad meridiana.
En su Tesis había hecho una seriación que le había permitido establecer una secuencia estilística de vasos campaniformes británicos basada en los atributos que compartían.
Su propuesta había sido calcular la similitud porcentual de cuántas características formales compartían dos vasos campaniformes y a base de eso construir una matriz Brainerd-Robinson de similitudes, en la que habría una escala progresiva de cambios estilísticos, y esa escala era consistente con los datos estratigráficos y contextuales disponibles.
Esa era su tesis, pero -nos dice-"uno puede hacerlo al revés".
De la misma manera que uno puede comparar los vasos por la cantidad de rasgos que tienen en común, uno puede comparar los rasgos por el número de vasos que tienen en común.
Esto demuestra, entonces, que los rasgos que son del primer estilo tienen más vasos en común y, por lo tanto, que el enfoque funciona.
Entonces yo levanto la mano desde el fondo de la sala y, con mi más profundo acento americano, lo que es imperdonable en Cambridge, le pregunto: "Dr. Clarke, comprendo el análisis estilístico comparando rasgos pues, al fin y al cabo, cada vaso se hace en un cierto momento y la gente que hace esos vasos va a tener más ideas en común cuanto más cercanos en el tiempo estén.
Un vaso se hace primero y otro será el último, pero no entiendo esto de los rasgos.
Tendrá que haber un rasgo que sea el último.
¿Qué hace entonces? -digo yo, y esta es la impertinencia imperdonable-¿desaparece como la sonrisa del Cheshire cat?".
Y entonces toda la clase se echó a reír.
JMV: Mal comienzo con David Clarke.
Pero, sin embargo, es evidente que yo tenía toda la razón...
Ya me había dado cuenta que eso del formalismo, en forma del análisis de atributos como el que proponía Movius, era una cosa un poco rara.
Pero esto ya... era demencial.
Luego pasé a recibir tutorías con Clarke y, claro, se acordaba perfectamente de mí y me hizo la vida un poco imposible.
Pero eso tampoco tuvo consecuencias dado que las tutorías no se evalúan, están para que uno aprenda.
JMV: ¿Cuál era, en aquel momento, la presencia de Childe en la arqueología británica?
AG: Era reconocido como la persona más importante que había practicado la Prehistoria en Gran Bretaña y sus últimos trabajos todavía eran relativamente recientes.
La última edición del Dawn of European Civilization, había sido publicada hacía sólo ocho años.
Sus influyentes obras eran recientes y, evidentemente, era la persona a partir de la cual uno debía empezar a trabajar.
JMV: ¿No había, entonces, ninguna especie de damnatio memoriae por sus inclinaciones ideológicas, digamos, sospechosas en tiempos de Guerra Fría...?
Para Daniel el marxismo de Childe era una especie de extravagancia, pero consideraba que Childe era el autor de la primera gran síntesis de la Prehistoria europea y que sus libros de síntesis eran fundamentales.
JMV: Y, de alguna manera, ¿la 'secta' de Higgs se reconocía como deudora de Childe?
AG: No, no creo que directamente.
Childe estaba presente como una figura importante pero en segundo plano: no tenía seguidores directos.
Es evidente que, por ejemplo, una persona como Grahame Clark había recibido la influencia directa de Childe, pues había sido alumno a finales de los años 20, cuando Childe escribía un nuevo libro importante cada año.
Clark estaba al inicio de su formación académica y quizás en parte por eso se dedicó a la economía prehistórica de Europa desde fundamentos materialistas, aunque no con un enfoque marxista.
JMV: Es decir, que lo interiorizó a partir del programa de Childe pero no trató de conectarlo con las implicaciones teóricas del mismo.
Realmente, ¿Childe no dejó un programa explícito que pudiera hacer escuela?
Además es curioso pues, que yo sepa, Childe nunca tuvo una escuela directa.
Al principio tuvo un puesto en Edimburgo, más o menos marginal para la arqueología británica y luego el de director del Instituto de Arqueología en Londres con trabajos administrativos, etc. Realmente fue un gran sabio, pero nunca...
JMV:...nunca tuvo alumnos directos, ni creó un programa que tuviera seguidores.
AG: No, no formó a gente.
Como ejemplo contrario, Don Américo tuvo toda una serie de personas que estudiaron y se formaron con él en Princeton, como mi padre, Edmund King, Russell Sebold y otros más que se consideraban discípulos suyos.
Yo no creo que haya una generación de académicos que se considerasen discípulos directos de Childe.
Era una persona muy tímida.
JMV: Entonces, era una figura más bien simbólica, por así decir.
AG: En la introducción del libro que editó Bernard Wailes (1934Wailes ( -2012) ) en memoria de Childe, en el que yo contribuí con un artículo (Gilman 1996), Wailes (1996: xi) deja claro que en los años 50 era una presencia querida, reconocida y muy leída, pero extrañamente distante 16.
JMV: Por lo tanto, si no lo entiendo mal, la figura de Childe en Inglaterra no tiene nada que ver con lo que fue, por ejemplo, en México, donde la parte "extravagante" de Childe fue justo la que tuvo un gran impacto en la generación de Armillas, Palerm, Lorenzo, etc (Olivé Negrete 1988) ¿Y en los EE.UU.?
¿Cuál era el impacto de Childe en aquel momento?
AG: Se le reconocía como un gran sintetizador y lógicamente en discusiones de la Revolución neolítica su teoría del oasis era una propuesta fundamental que tenía que ser contrastada.
Childe había recibido todos los honores posibles en las universidades americanas.
Cuando la Universidad de Harvard organiza un simposio en 1936 para celebrar los 300 años de su fundación invita a los mayores representantes de cada disciplina a dar una conferencia.
La persona invitada como prehistoriador es evidentemente Childe 17.
En ese sentido, una persona como Adams 18 siempre se refiere a su lectura de Childe, a pesar de que nunca estudió con él.
Sin duda tenía la edad como para haberle conocido, pues Adams se educó e hizo su carrera inmediatamente después de la guerra.
Es decir, quizás asistió a alguna de sus conferencias y se acercó a saludarlo, pero...
19 PDR: Una pregunta dentro de este contexto: ¿cuándo reconoces la importancia del marxismo de Childe?, ¿en qué momento empiezas a pensar que el marxismo es una forma de interpretar el mundo útil para tu propia disciplina?
AG: No puedo decirte exactamente.
Yo evolucioné, y está claro que ya entrado el año 1971 o 1972 tenía ya las ideas claras en ese sentido.
Entre una cosa y otra me di cuenta de que todos esos planteamientos de Childe tenían antecedentes claros, hasta cierto punto ya declarados, como sucedía con otros, como Eric Wolf.
Entonces empecé a leer un poco más y advertí que se trataba de toda una escuela histórica en la que no solo está Marx, sino todo un gran grupo de historiadores, de economistas, etc. Es decir, fue por entonces cuando me di cuenta de que el marxismo era una corriente que debía tener presente... pero yo nunca he sido un teórico en ese sentido.
JMV: No sé si hay algo más que añadir sobre tu experiencia en Cambridge.
Por ejemplo, cuando uno se gradúa en Cambridge debe vestirse una toga especial para recibir el título de rodillas delante del canciller, que impone sus manos sobre ti y te declara bachiller.
Me escapaba inmediatamente al final del curso para ir a países civilizados.
PDR: ¿Hay algún compañero tuyo de esa época, compañero del curso, que recuerdes o con el que hayas tenido amistad?
AG: Es un punto muy significativo.
La respuesta es no y la razón es que no formé parte de ningún equipo de trabajo de campo organizado desde Cambridge.
Había, por ejemplo, quienes excavaban con Higgs en Grecia, pero yo todos los veranos hacía mi propio trabajo de campo.
Pero, además, los alumnos no se hablaban entre sí.
El fin del tripos era pasar por unos exámenes finales de cuya nota dependía todo tu futuro.
En mi caso no tenía mucha presión, pues para cuando me presenté al examen ya me habían dado una beca para el año siguiente en Harvard.
Quise hacer los exámenes bien, por supuesto, pero la nota no era esencial para mi futuro.
La mejor nota que uno puede obtener en este examen es un First, pero eso no ocurre todos los años.
De las 20 personas que pueden estar haciendo el examen de Prehistoria, quizás una consiga un First.
Los alumnos que reciben un 2:1, un Upper Second, tienen posibilidades profesionales.
Si recibes un 2:2 o un Third debes dedicarte a otra cosa.
El 2:1 es una nota respetable y hay toda una serie de arqueólogos importantes que la han obtenido, como Glynn Isaac, ¡el mayor paleolitista del siglo XX!
Este final, en el que te lo juegas todo, se hace en siete exámenes de tres horas cada uno durante tres días y medio seguidos: mañana-tarde, mañana-tarde, mañana-tarde y mañana.
AG: Toda tu vida depende de eso y lo profundamente perverso del sistema, es que lo que cuenta para recibir un First no es tanto dominar la materia necesaria, sino ser brillante, tener ideas.
Por lo tanto, si tienes una buena idea te la callas, porque si dos personas tuvieran la misma idea ¡entonces ya no sería brillante!
JMV: Es un sistema de todos contra todos.
AG: Sí, así es, y como consecuencia la gente no se hablaba.
Bueno, la gente era amable y se trataban entre si, pero eso de estar ahí discutiendo sobre arqueología con otro...
Tú estabas ahí con los naipes pegados al pecho, lo cual es perfectamente antieducativo.
En la sección NBI (Neolithic-Bronze-Iron) pasas por dos exámenes de cada periodo y uno sobre un tema particular conocido de antemano (en mi año el megalitismo).
Cada examen consta de diez preguntas de las cuales debes contestar cuatro.
Es difícil, sin embargo, ser brillante en preguntas del tipo "haga un resumen de la secuencia neolítica de Dinamarca".
Daniel me dijo después que solo una de mis respuestas había sido considerada "brillante" y ¡era precisamente una de las cosas sobre las cuales sabía menos!
Me acuerdo bien de la pregunta: ¿qué era más importante en Mont Lassois, el hierro o el bronce?
Sabía que Mont Lassois era el oppidum vecino a Vix, pero poco más, pues la Edad del Hierro no era lo mío.
Pero pienso en Childe20 y me lanzo a la especulación: "evidentemente, es el hierro, pues el hierro hace despegar la productividad agrícola que es la base que sustenta todo el comercio que crea...".
Bueno, pues eso se supone que es ser brillante.
Recibí un 2:1 y Daniel quedó algo decepcionado conmigo.
JMV: En definitiva, no has mantenido relación con ninguno de tus compañeros de Cambridge.
AG: He mantenido contacto con dos compañeros, ambos americanos y especialistas en el Paleolítico: Mary Pohl y Paul Ossa.
Evidentemente, tengo amigos que pasaron por Cambridge después del 1967, como Richard Harrison (compañero mío en la etapa siguiente de Harvard) y Bob Chapman.
JMV: Cuando terminas en Cambridge ¿tienes una idea de qué es lo que quieres hacer?
Durante la última primavera en Cam bridge acepté una beca de cuatro años en Harvard.
También recibí una de la Universidad de Chicago, donde quizás debiera haber ido, pero me decidí por Harvard por dos razones.
Primero porque me encantaban la biblioteca del Peabody Museum y la bibliotecaria.
Miss Currier (Sabloff 1974) era un recurso enorme.
Había hecho amistad con ella en mi época de estudiante de Movius.
Conocía muy bien la biblioteca, que contaba con una colección arqueológica y antropológica estupenda.
Pero, en segundo lugar, porque Hencken pasó por Cambridge para verme y ofrecerme otra vez que hiciese mi doctorado sobre el Neolítico de Tánger.
En esa ocasión me pareció prudente decirle que iría a ver las colecciones en detalle para así decidir de una manera informada.
Yo sabía que ese trabajo venía acompañado de la garantía de publicar la tesis como una de las monografías del Bulletin of the American School of Prehistoric Research, que llevaba el propio Hencken.
Cuando volví a Harvard me dieron un espacio de laboratorio, saqué las colecciones, las miré, leí un poco las cosas y me pareció que el material era el resultado de una de las mejores excavaciones que jamás se había JMV: Es decir que vuelves de Cambridge a Harvard con un proyecto ya concreto de trabajo.
AG: Sí, pero tenía que hacer los cursos de doctorado y pasar los exámenes generales antes de dedicarme a la tesis.
Recibí buenos consejos, en particular del que había sido mi teaching fellow y que ahora estaba acabando su tesis, Harvey Bricker (2007), paleolitista y alumno de Movius.
Le pregunte cuál era la asignatura de doctorado que, si hacías bien, te dejaban en paz después y me aconsejó que me apuntara al seminario sobre la historia de la teoría del parentesco de David Maybury-Lewis.
Había sido alumno de Rodney Needham en Oxford.
La clase que daba empezaba con Morgan y acababa con el análisis componencial de sistemas de parentesco como entramados lingüísticos, pasando por Radcliffe-Brown, Lévi Strauss, Mauss, etc. Aprendí mucho.
Era una asignatura bastante selectiva.
De los treinta que se apuntaron, cuatro o cinco recibieron As y yo fui uno de ellos.
El otro buen consejo que me dio Bricker tuvo repercusiones después.
Para modernizarse, el Departamento de Antropología en Harvard había introducido una sección de estadística en el examen general de Arqueología y de Antropología física que uno debía hacer al final del tercer cuatrimestre.
Yo sabía que los profesores de arqueología -Movius, Willey, Williams, Lamberg-Karlovsky, Patterson-no eran precisamente expertos en el tema.
Le pregunté a Bricker quién sería la persona que evaluaría el examen.
Me contestó que lo único que podrían hacer era pedírselo al profesor no numerario que se encargaba de la Antropología física aplicada, el médico Albert Damon (Annals of Human Biology 1974), que daría una asignatura sobre el tema el semestre siguiente.
Aunque la antropometría no era un tema de mi mayor interés, me pareció prudente apuntarme a la clase.
Se lo comenté a Mary Pohl, que conocía de mi etapa en Cambridge, y ella a su vez se lo comentó a Martha Prickett, su compañera de habitación.
Los tres fuimos los únicos arqueólogos en la clase (que, en efecto, tenía un elemento de estadística) y cuando llegó el examen general solo nosotros aprobamos la sección de estadística.
Las preguntas no eran difíciles: uno tenía que identificar el test apropiado para el tipo de problema planteado.
El caso concreto, que nosotros tres pudimos contestar y los otros no, era comparar la edad de menarquía de madres e hijas.
Decir lo evidente, un t-test entre las dos series, era incorrecto: se debería usar un paired means test, pues cada madre se puede emparejar con cada hija y entonces reducir los grados de libertad correspondientemente.
Eso nos lo había explicado Damon y bueno...
JMV: Sí, pero es una pregunta bastante capciosa.
Martha, Mary y yo pasamos y todo el resto de la promoción cateó.
Eso representaba un problema considerable, porque para empezar a hacer tu proyecto de tesis tenías que haber completado con éxito el examen.
Podías repetir una parte pero eso te costaba un año.
En fin, tras eso me fui al campo un año y volví en febrero de 1971.
PDR: Ya habías estado en Tánger...
AG: Había estudiado colecciones en Tánger, Rabat, Tetuán, Orán, Argel, el Musée de l'Homme y en varios museos de la península ibérica que tenían colecciones neolíticas.
En la primavera de 1971 el departamento había fichado a George Cowgill (1993), que sí era un experto en estadística aplicada a la arqueología, para dar una asignatura sobre el tema.
Naturalmente, Cowgill tenía ahora delante a todos los numerosos estudiantes que no habían pasado aquel examen y tenían que hacer la asignatura de nuevo, y estaba desesperado porque le hacía falta un ayudante, un teaching assistant, para corregir los ejercicios.
Yo no sabía prácticamente nada de estadística, pero como había pasado el examen y Pohl y Prickett no habían vuelto del campo, pude suplir esa necesidad.
Además de ser un gran sabio y un profesor de gran claridad, George era una persona muy amable y muy paciente.
Yo asistí a sus clases, corregí todos los ejercicios (evidentemente bajo su dirección) y así aprendí bastante estadística.
George fue un muy buen maestro mío.
JMV: O sea que a esas alturas ya tenías las armas que luego ibas a emplear en el combate, y me refiero al site catchment analysis y a la idea de que la estadística puede ser una forma razonable de plantear problemas arqueológicos.
AG: Bueno, estaba desarrollando las ideas, pero sí, ya había leído las cosas necesarias para hacerlo.
JMV: ¿Influye esto en algo al optar por el tema de tesis?
AG: Mi tesis fue esencialmente un proyecto práctico (Gilman 1975).
Era importante porque establecía mis credenciales.
Lo que hice fue una arqueología perfectamente normal, secuencial, tipológica, comparativa...
JMV: En cualquier caso, esto te lleva a trabajar en el Viejo Mundo y concretamente en el Mediterráneo AG: Comparado con el norte de África, el sur de Europa era un territorio arqueológica y económicamente desarrollado.
Podría haber seguido trabajando en Marruecos, pero hace cincuenta años no había arqueólogos marroquíes que se interesaran en la Prehistoria y no me interesaba continuar en plan colonial.
La Arqueología debe hacerse de forma colegiada y sabía que en España podría tener colegas que me ayudarían.
Habiendo sido alumno en Ampurias, ya conocía un buen número de personas.
Este mismo jueves iré a la sesión en memoria de Juan Zozaya21, con quien me encontré en Ampurias en el año 1962.
JMV: Luego hablaremos de eso.
Pero, más que a los motivos prácticos por los cuales emprendiste este trabajo, me refiero a si estudiar la secuencia neolítica en Tánger te da alguna idea sobre cómo continuar después.
AG: Sí, pero más bien por una casualidad.
Aparte de un capítulo para Chronologies in Old World Archaeology (Gilman 1992), mi trabajo doctoral no tuvo consecuencias posteriores.
Pero en el curso del trabajo para la tesis me di cuenta de lo que era el Sureste español.
En enero de 1971 Benedicte y yo tomamos un tren de Granada a Valencia (había estado repasando el material neolítico de La Carigüela e iba ver el de Cova de la Sarsa y Cova de l'Or, para abordar el trabajo comparativo con el Neolítico del norte de África).
Este tren pasaba por Guadix y Baza, bajaba el río Almanzora hasta Huércal-Overa y seguía hacia Lorca hasta llegar a Valencia.
Llegamos a la estación de tren de Granada todavía en la oscuridad de una mañana fría y lluviosa de enero.
Nos sentamos en el compartimento y nos dedicamos a leer nuestras novelas, creo que yo estaba leyendo Cien años de soledad por entonces.
La primera parada era Guadix.
Miramos por la ventana; era ya de día y hacía un sol espléndido, y ahí, aparcado al lado del tren, había un vagón en el que ponía Santa Fe Railroad.
Estaban rodando una película del Oeste.
A continuación seguimos el viaje y por la ventana se veía desierto y más desierto.
Yo, por supuesto, ya había leído sobre la Cultura de Almería, Los Millares y El Argar, ¡pero no me había dado cuenta que era un desierto!
Después vi que sí, que Juan de Mata Carriazo había hecho algún comentario al respecto (Carriazo 1947).
Evidentemente, también estaba presente en la obra de los Siret, pero ¡nadie lo había puesto en valor!
Rápidamente me di cuenta de que aquí había un tema de trabajo.
JMV: O sea que, efectivamente, tu interés por la Prehistoria ibérica es un resultado colateral de tu trabajo en la secuencia de Tánger, pero, sobre todo, es un descubrimiento empírico.
AG: Había recibido una buena formación y sabía que las grandes civilizaciones se habían desarrollado en condiciones donde el regadío había sido importante.
Me daba cuenta a partir de mi lectura de Childe en Man makes himself de que en todo el Próximo Oriente las gentes habían invertido su trabajo en la tierra y no abandonarían con facilidad las inversiones que ellos mismos habían creado 22.
JMV: Por lo tanto, de alguna forma, esa experiencia activó un pensamiento que tus lecturas y reflexiones habían creado ya.
AG: Sí, ¡era todo evidente!
Cuando germinó mi idea del proyecto en el Sureste en ese viaje en tren, lo primero que me hacía falta era leer todo lo que se había publicado sobre la Arqueología del Cobre y del Bronce en la región, una bibliografía que todavía no había consultado de una forma sistemática.
Por otra parte, debía hacer lo mismo con toda la literatura que existía sobre los sistemas de regadío y las relaciones sociales y de propiedad que dependen de ellos: Robert McC.
Pero primero tenía que acabar y entregar mi tesis, lo cual hice en junio de 1973.
Ese verano lo íbamos a pasar en la casa de mis padres en Nerja y aproveché la ocasión para llegar un par de semanas antes que ellos e irme con el coche que tenían ahí a visitar los yacimientos del Sureste.
Nunca había estado en Los Millares, El Argar, El Gárcel...
Los tres años siguientes los pasé en parte convirtiendo mi tesis en publicaciones (Gilman 1974(Gilman, 1975(Gilman, 1976)), pero fundamentalmente dedicado a las lecturas necesarias.
Y a base de ellas preparé un primer esbozo de mis propuestas.
PDR: Terminas tu trayectoria en Harvard en el 72 y vas a la University of Wisconsin, Oshkosh (UW Oshkosh) ¿En qué momento te incorporas al Departamento de Antropología de la California State University, Northridge (CSUN), donde desarrollas el resto de tu carrera profesional?
AG: En el otoño de 1972 el trabajo para la tesis estaba prácticamente hecho, pero tenía que escribirla, rellenar el guión, por decirlo así.
Podría haberme quedado en Cambridge y, quizás, obtener un puesto al año siguiente, pero ya estaba claro que el gran boom universitario de la postguerra había concluido.
Ya no iban a entrar más baby boomers en las universidades: si AG: Sí, tenía dos conexiones.
La primera vino a través de Michael Moseley (Nuzzo 2006), un amigo mío de Harvard.
Trabajaba en el yacimiento peruano de Chan Chan, cerca de Trujillo, y la co-directora era una profesora en Northridge, Carol Mackey, que se había formado en Berkeley.
La segunda vino a través de Ted Carpenter 24, un primo segundo de mi padre (sus madres eran primas hermanas).
Aunt Barbara tenía una casa al lado de la de mi abuela, Martha Rogers en Gull Lake (Michigan), donde toda una serie de primos habían comprado casas de verano.
Ted tendría cinco o seis años menos que mi padre, pero se habían criado juntos.
Él fue el fundador del Departamento de Antropología en Northridge.
Carpenter era especialista en el arte de los Inuit y un colaborador de Marshall McLuhan 25, y vino desde la Universidad de Toronto para organizar un programa dedicado a la Antropología del arte.
Salió de Northridge en 1966 o 1967, en circunstancias difíciles, pero en el departamento todavía había un par de personas que él había fichado y que habían sobrevivido a la purga que la universidad hizo para liquidar su programa.
Para dar una idea de la situación, cuando me incorporé era el número 20 a tiempo completo en un departamento con 24 plazas, de las que 4 estaban divididas entre PNNs26.
La siguiente persona nombrada a tiempo completo en ese departamento llegó en 1991, 18 años después, cuando quedaban sólo 12 plazas.
Es decir, cogí el último tranvía...
El Sureste de la península ibérica y la Mancha occidental JMV: Volviendo a tu trabajo en la península ibérica, tu artículo de Dialectical Anthropology de 1976 es anterior al diseño y realización práctica del proyecto...
AG: Sí, es una apuesta, una especulación sobre lo que creía que había sucedido en el pasado.
JMV: Es decir, es una propuesta teórica cuya consecuencia práctica es el planteamiento del proyecto.
Si no he entendido mal, la reflexión sobre tu propia experiencia al atravesar el Sureste desde la perspectiva teórica que se expone en el artículo de 1976, te lleva a la formulación positiva de preguntas al registro arqueológico, preguntas sobre lo que debería observarse en el registro si tus planteamientos fueran acertados.
El proyecto se plantea para resolver esta cuestión.
En 1967 Renfrew había publicado su clásico "Colonialism and megalithismus" donde ya afirmaba que no era posible que todo viniese del Oriente pues los fenómenos supuestamente orientales eran anteriores en la península ibérica.
Es decir, ve que las fechas C14 de Los Millares demuestran que era anterior a Chalandriani.
Realiza estas afirmaciones como argumentos contra la explicación difusionista del desarrollo prehistórico en Europa occidental, pero no propone una alternativa para el caso concreto del Sureste de la península ibérica.
Yo, obviamente, conocía su trabajo: creo que se refirió a su interés en el Sureste cuando hice tutorías con él.
Así que cuando inicié ese viaje en 1971, ya sabía que quedaba una explicación pendiente.
En paralelo, el propio Renfrew propuso a Chapman abordar una explicación de este fenómeno, y Bob hizo más o menos lo mismo que yo: visitar el campo y hacer una reflexión teórica e interpretativa.
En 1975 entregué una versión previa de lo que sería mi artículo de Dialectical Anthropology a mi antiguo maestro, Glyn Daniel, que para entonces acababa de suceder a Clarke como Disney Professor 27.
Daniel me contestó, muy amablemente, diciéndome que era muy interesante pero que un doctorando de su Trab.
"Seguro que encontrarás otra revista", me dijo.
Por entonces estaban solicitando artículos de temas arqueológicos para el primer número de Dialectical Anthropology, así que hice unos pequeños ajustes teóricos y lo publiqué.
En 1977 entregué una primera propuesta de proyecto a la National Science Foundation (NSF) que me rechazaron, pero la National Endowment for the Humanities (NEH) me financió un estudio piloto ese verano.
Eran 5.000 $, una cantidad nada insignificante para aquel entonces.
Pude alquilar un coche, pagar las dietas de campo y pasarme dos meses visitando los yacimientos que contaban con datos paleoeconómicos, fundamentalmente los estudios de Angela von den Driesch (1972) y sus colegas del grupo de Munich en el Cerro de la Virgen y otros trabajos similares.
Buscaba datos arqueológicos para anclar mi proyecto.
Ese verano tuve que inventarme cómo hacer el site catchment analysis.
La presentación de los métodos de Higgs y Vita-Finzi (1972) era bastante esquemática y la práctica concreta debía ajustarse a las condiciones reales de los paisajes particulares en estudio.
Con los resultados de ese verano y del siguiente (financiados por la Sociedad de Estudios y Publicaciones, SEP) (Anes y Gómez Mendoza 2009) pude preparar una nueva propuesta que obtuvo la financiación combinada de varias instituciones.
La matching grant de la NEH fue la pieza clave.
Ellos me prometieron unos 30.000 $ si obtenía una cantidad igual en otra parte, y ese resultado positivo me permitió obtener el apoyo de la Fundación Juan March (cuyo asesor resultó ser Manuel Fernández Miranda), la Fundación Universitaria Española y la Tinker Foundation.
Con esa combinación de recursos pude obtener la financiación completa, lo que me permitió comprar fotos aéreas, pagar las dietas en el campo y, sobre todo, fichar a Steve Wise como becario post-doctoral para realizar el aspecto geomorfólogico del trabajo de campo que había diseñado John Thornes.
John salió al campo con nosotros en dos ocasiones, pero el que estuvo al pie del cañón fue Wise.
Steve trabajó bien, aunque sufrió mucho en el campo y finalmente dejó la Geografía por la Informática.
M.a Isabel Martínez Navarrete (MIMN): ¿Cómo conociste a Thornes?
AG: Una de las críticas más serias a mi primer proyecto fallido de la NSF en 1977 fue que no había tenido en cuenta cómo la erosión en el Sureste podría haber cambiado el paisaje y que mi proyecto debería considerar ese factor.
Yo tenía mis razones para pensar que ese no era un problema grave y por eso no lo había incluido.
Mi argumentación era la siguiente: yacimientos de distin-tos periodos, como El Argar, La Gerundia o El Gárcel estaban separados por barrancos.
Si todo eso hubiese sido una plataforma continua no se distinguirían por épocas, luego los barrancos ya debían estar cuando se ocuparon esos lugares.
Esas eran parte de mis razones, pero las críticas de los asesores de la NSF eran razonables y, en principio, abordables.
La CSUN tenía un excelente Departamento de Geografía así que fui a pedir consejo a Bob Howard28, que era geomorfólogo.
Él acababa de recibir un libro precisamente sobre ese tema, cuyo autor era John Thornes (1976), profesor en la London School of Economics (LSE).
Me dijo, "léelo, a ver lo que te parece".
Cuando lo leí me pareció claro que Thornes trabajaba sobre sistemas modernos, no como Karl Butzer (Mathewson 2017), su gran oponente, que miraba el paisaje actual y hacía interpretaciones directas sobre el pasado.
Así que cuando empecé el trabajo en 1977 pasé primero por Inglaterra con la intención de leer la tesis de Bob Chapman29 y pedirle consejo a Thornes.
Pasé por la librería de la LSE, compré su libro y me acerqué a su despacho.
Llamé a la puerta, ahí estaba y ahí me recibió.
Yo le pedí consejo sobre cómo abordar el problema y Thornes se interesó.
Me comentó que siempre había querido tener un marco temporal más profundo, así que estaría encantado de colaborar en el proyecto.
¡Como acercarse a la más hermosa del baile y que baile contigo!
Fue estupendo, un buen colega y una persona infatigable, con una gran energía.
Nos llevamos muy bien.
JMV: Por lo tanto, cuando ocurrió tu encuentro con Thornes en 1977, puede decirse que el diseño del proyecto quedó completado, al incluir estos aspectos.
Ambos tuvimos la inteligencia de decidir ser amigos en vez de rivales.
Como he dicho, yo había estado antes en Cambridge unos días y había aprovechado para leer su tesis.
Había párrafos enteros en los que la secuencia de nuestros pensamientos era idéntica.
Obviamente nos habíamos formado en la misma cantera y, tratando el mismo problema, llegábamos a conclusiones similares.
Bob era, por entonces, un funcionalista mucho más optimista que yo: creía que los sistemas funcionaban.
Yo tenía mis dudas al respecto, pero decidimos hacernos amigos.
Sin duda fue una PDR: ¿En qué momento entonces haces esta transición hacia un marxismo explícito?
AG: Mi tesis era sobre el Neolítico del Magreb, un periodo y lugar en el que la cuestión de las diferencias de clase no surge.
Es un mundo de un Neolítico de cerámicas impresas y post-impresas en el que un modelo funcionalista genérico es suficiente para explicar la variabilidad del registro.
No hay que suponer diferencias agudas de propiedad o de clase.
En consecuencia, pude hacer un trabajo fundamentalmente tradicional, tratando de construir de una manera formal la secuencia del norte de África, basada en las estratigrafías de Hencken y la comparación con otros sitios.
Hice un trabajo normal y corriente de arqueología histórico-cultural, lo que también es un armazón necesario para cualquier otro, pues sin esas periodizaciones no podemos hacer nada: tenemos que saber ordenar las cosas en el espacio y en el tiempo.
La tesis es un trabajo que me permitió, como decimos, to get the foot in the door.
Mientras, leía la literatura sobre el regadío y sobre sistemas de propiedad y reflexionaba sobre las obras de Childe, Wittfogel y Adams.
Todos tenían cosas que decir cuya relación con un pensamiento marxista me parecía evidente.
¡No es que no hubiese leído El manifiesto comunista en mi juventud!
Había recibido una buena formación.
Supe conectar las lecturas y establecer las relaciones que me parecían evidentes.
JMV: En 1981 publicas tu artículo en Current Anthropology, cinco años después del de Dialectical Anthropology.
El trabajo en el Sureste ¿ha corroborado o modificado tus primeros puntos de vista o este artículo es, simplemente, una reexposición de los mismos?
AG: Creía que mi artículo de Dialectical Anthropology no había tenido la repercusión necesaria, al ser un caso de estudio del Sureste de España publicado en una revista nueva y no muy consultada.
Además, cada vez estaba más convencido de que ese positivismo panglosiano, según el cual todo está bien en este mundo, era fundamentalmente erróneo y que uno debía tener en cuenta los intereses contradictorios de los diferentes segmentos sociales, etc. Pensé que debía ampliar el campo de fuego, por decirlo así, y presentar algo donde pudiera tener un impacto mayor.
Pero las ideas básicas son las mismas.
JMV: Entonces, aparte del deseo de mejorar la visibilidad de tus puntos de vista, de alguna manera te impulsa también el hecho de que Chapman y otros ya estén formulando explícitamente lo que has llamado "tesis panglosianas" sobre los comienzos de la desigualdad social.
AG: Me parecía que debía argumentar contra toda esa visión panglosiana, que en realidad es una constante en la literatura sobre el desarrollo de la complejidad y es parte de los "sentidos comunes" de esa "Nueva Arqueología".
A mí me parecía poco realista, no correspondía con cómo funciona el mundo.
Así que amplié el marco geográfico y traté de ponerlo en un contexto europeo, dirigiendo mi crítica sobre todo a las tesis de Renfrew (1972) en su gran libro sobre el Bronce del Egeo.
Me ayudó mucho tener como colega a Tim Earle, que había llegado a la University of California, Los Angeles (UCLA), el mismo año que yo a CSUN, en 1973.
Él había tenido la misma evolución en su tesis sobre Hawai (Earle 1978).
Lo había fichado Marshall Sahlins, por entonces profesor en Michigan, para hacer una arqueología que reconstruyera los sistemas de producción agrícola en Hawai.
La idea era darle un sentido temporal a la cuestión de la redistribución, a esas jefaturas "redistributivas" y "buenas" que defendía Sahlins (1958).
Tim se había encontrado con un registro que demostraba que había jefes y siervos y que los intereses de los jefes y los de los siervos no se correspondían.
Hay toda una serie de personas que empiezan a cuestionar estos principios panglosianos más o menos a la vez.
Está Tim en Hawái, pero también Elizabeth Brumfiel (Robin 2014), también salida de Michigan que, ante el mundo azteca, se da cuenta que no es creíble que semejante sistema sea beneficioso para la gran mayoría de la gente.
JMV: Una de las cosas que resultan más originales en este proyecto, especialmente si consideramos las fechas, es el enfoque predominantemente geográfico en lugar de convencionalmente arqueológico.
AG: Eso es una cuestión práctica.
Yo tenía que desarrollar un programa de campo que fuera factible con mis medios.
Habría dos maneras de hacerlo.
Una sería hacer excavaciones de cierta envergadura para sacar muestras directas de sistemas de producción (semillas, huesos, etc) de una serie de yacimientos, contrastando unos en las zonas áridas del Sureste con otros de la Alta Andalucía y emprender una especie de proyecto a gran escala y con grandes recursos estilo European Research Council (ERC) Starting Grant, ¡pero Trab.
La primera estrategia era sencillamente imposible, dada mi financiación y mi situación académica.
CSUN es una universidad sin programas de doctorado, con lo que era difícil crear un equipo lo suficientemente grande para abordar un programa de estas características.
Por eso el site catchment me pareció una estrategia que permitía tener una visión de conjunto, considerar todos los yacimientos ya conocidos de los que uno podía decir que eran poblados y que estaban en diferentes posiciones y áreas, y hacer un estudio sistemático que aportase una visión original.
Además, eso era algo que podía hacer solo, si fuera necesario: salir al campo, ir a los yacimientos, andar en diferentes direcciones desde ellos, tomar mis notas sobre el uso del suelo, analizar las fotografías aéreas, realizar los mapas necesarios, etc. Lo podía hacer.
La colaboración de Thornes fue esencial en los aspectos geográficos y geomorfológicos.
La otra gran ayuda vino de la hija de Don Emilio Gómez Orbaneja30, Josefina Gómez Mendoza31, una distinguida profesora de Geografía en la Universidad Autónoma de Madrid y amiga de mi familia.
Ella me aconsejó que atendiese a las descripciones del Catastro de la Ensenada, pues reflejaban un paisaje completamente premoderno.
Entendió exactamente lo que yo estaba haciendo.
JMV: Todos estos factores contribuyen a hacer algo que resultó perfectamente redondo.
Ese enfoque predominantemente práctico -geográfico y el recurso al Catastro de Ensenada -no sé si antes algún arqueólogo en España había pensado que en él encontraría datos para su investigación-tuvieron un gran impacto, por lo menos en mi generación.
Resultaba una forma totalmente distinta de hacer Arqueología.
No sé si eres consciente de ello.
Ciertamente, las ideas de fondo, la crítica al funcionalismo sistémico, se remiten al zeitgeist, pero la forma práctica de hacer Arqueología, desplazando el foco de los artefactos al contexto, abrió perspectivas inéditas.
AG: Al fin y al cabo, había sido alumno de Higgs.
Él, sin embargo, simplificaba demasiado.
Insistía, por ejemplo, en que la gente hiciera sus transectos en línea recta, en vez de seguir los senderos campesinos ya existentes, y en hacer los cálculos después sobre las curvas de nivel.
Cuando fui al campo me di cuenta que uno podía ser mucho más práctico.
MIMN: Un aspecto interesante del proyecto "El Uso del Suelo en la Prehistoria del Sureste Español" (ESPSE) son las fuentes de financiación por lo que reflejan de las conexiones personales e institucionales que lo hicieron posible.
AG: Las conexiones personales indudablemente influyeron en que recibiera apoyo, por un lado de la mencionada SEP que llevaba Don Emilio Gómez Orbaneja, un buen amigo de mi abuelo y, por otro, de la Fundación Universitaria Española, por entonces dirigida por Don Pedro Sainz Rodríguez, que había sido Ministro de Educación en Burgos en 1936 y fue quien concedió la excedencia a mi abuelo, lo que permitió su salida de España.
Pero como ya dije, también recibí una beca de la NEH, de la Fundación Juan March y de la Tinker Foundation, que patrocina estudios iberoamericanos.
AG: Sí, la segunda es una versión resumida que la Fundación March solicitaba a aquellos proyectos financiados.
En ese volumen se publican fundamentalmente las conclusiones, no el desarrollo de los datos.
JMV: Muchos conocimos el proyecto gracias a esa publicación.
Supongo que la investigación se desarrolló sin una gran interacción con los arqueólogos locales, aparte del apoyo de los organismos que te financiaron y de Fernández-Miranda.
AG: Por entonces el único equipo que trabajaba en la zona era el de Granada.
Yo me había dirigido a ellos, sugiriéndoles que mi proyecto de site catchment era complementario a su programa de excavaciones, pero no les interesó la colaboración y básicamente me remitieron a sus publicaciones.
MIMN: Tu contacto con Manuel Fernández-Miranda, Subdirector General de Arqueología de 1979 a 1982 ¿fue el inicio de la relación que os llevó a trabajar juntos en los proyectos en el Sureste y Albacete?
AG: Yo sabía que Manolo era una persona muy activa y positiva, fundamentalmente por Juan Zozaya, que era un amigo común.
En 1979, cuando recibí la financiación completa del proyecto, no era necesario tener un permiso para trabajar en el campo, pues no pretendía excavar.
Yo iba a los yacimientos y realizaba mis observaciones para el site catchment, pero no recogía material superficial.
A los únicos a los que podía importarles era a los propietarios de las tierras y a nadie le importaba pues no había nadie en esos campos.
Pero me pareció prudente notificar mi trabajo de una forma oficial.
Había tratado de hacerlo antes, cuando estaba Maluquer de subdirector en la Dirección de excavaciones, pero no me recibió.
Así que en el verano de 1979 fui a ver a Manolo al despacho en el Casón del Buen Retiro.
Le expliqué mi proyecto y le solicité algún tipo de permiso que yo pudiera mostrar a los guardias civiles rurales o a los propietarios.
Pero Manolo estaba perfectamente informado de mi proyecto, pues había sido asesor de mi solicitud para la Fundación Juan March.
Cuando acabé el proyecto del site catchment y empecé a pensar en el siguiente me pareció que debía tener un colaborador nacional y que Manolo era una persona que me podía ayudar en ese sentido.
Además, me había caído bien, con lo que me dirigí directamente a él y le dije "¿qué podemos hacer juntos?".
JMV: ¿Cuáles eran tus planes una vez terminado el proyecto?
AG: Había varias posibilidades.
Manolo propuso que participase en las prospecciones sistemáticas que quería efectuar en la cuenca de Vera (Delibes de Castro et al. 1996) y en el verano de 1984 pasé un mes allí para ver lo que se podía hacer.
Traté de localizar todos los yacimientos de la cuenca de Vera mencionados por los hermanos Siret.
Algunos habían desaparecido por completo y muchos estaban seriamente afectados.
Además, era un paisaje tan alterado que no era un proyecto de investigación en el que yo pudiera ser de ayuda.
Quizás tendría un interés patrimonial, es decir, realizar trabajos de consolidación y documentación del registro prehistórico.
Pero lo que se podía encontrar no era una muestra representativa que permitiese contrastar diferentes periodos de una forma sistemática.
Era un tipo de proyecto que no habría recibido financiación de las instituciones norteamericanas (Fig. 3).
Otra posibilidad hubiera sido tratar de encontrar un yacimiento en el Sureste que cubriese un periodo no documentado, fundamentalmente el Neolítico, o sea, una época pre-Millares.
El yacimiento de Cuartillas era una posibilidad.
La apertura de una cantera en ese cerro permitió que, a finales de junio de 1986, Manolo, María Dolores Fernández-Posse, Concepción Martin y yo hiciéramos una excavación de urgencia, pero no quedaba un relleno significativo.
De todas formas, la posibilidad de una estrategia orientada a la excavación de yacimientos no era viable para mí, al carecer de los recursos institucionales necesarios.
Manolo me sugirió entonces visitar las excavaciones de El Acequión y ver el registro de La Mancha.
Me propuso realizar un proyecto conjunto y entonces concebí hacer el proyecto del Sureste pero al revés: en lugar de tener los yacimientos conocidos y analizar sus paisajes, tener todo un paisaje y documentar sus yacimientos.
A partir de esa idea obtuve algunos fondos para empezar el proyecto de la National Geographic Society (NGS) y luego Manolo sacó bastante dinero de la Junta de Castilla La Mancha y de la Diputación de Albacete para llevarlo a cabo.
También recibí ayudas de la Fulbright Foundation y de CSUN.
JMV: Es decir que, de alguna manera, el proyecto de La Mancha es el reverso metodológico del proyecto del Sureste.
Se trata de una zona con unas características geográficas muy diferentes, en principio, de las del Sureste.
AG: Es un paisaje menos alterado con un gran número de yacimientos que destacan en el paisaje.
JMV: Me han quedado varias cosas en el tintero respecto al planteamiento del proyecto en La Mancha.
A diferencia del tuyo en el Sureste, hecho con un programa bastante concreto y en un número corto de años, en La Mancha se trabaja mucho tiempo.
Hice la gran mayoría del trabajo en esos cuatro años.
Había desarrollado un proyecto que de alguna forma requería de un sistema de información geográfica antes de que se generalizase su uso en Arqueología32.
Lo que demoró mucho la publicación fue primero introducir los datos en ArcInfo y luego encontrar alguien que me ayudara a analizarlos.
Uno de mis planes de jubilación hubiese sido recibir las clases necesarias para hacerlo yo mismo, pero me encontré con una maravillosa alumna, Chris (Marcella) Brodsky, una especie de genio en esas cosas, que produjo los análisis necesarios y fue co-autora de la publicación final (Fernández-Posse et al. 2008).
JMV: O sea que la impresión que he enunciado antes respecto a la larga duración del proyecto de la Mancha es puramente accidental y se debe a cuestiones prácticas.
Para ello me dirigí a Mar Zarzalejos, por entonces arqueóloga territorial de Albacete, quien me facilitó la información necesaria.
Salimos al campo y pudimos ver exactamente las características de los pocos nuevos yacimientos que se habían encontrado durante las prospecciones y excavaciones de urgencia y así contrastar nuestro método, lo que resultó muy útil.
Pero, aparte de eso, el trabajo de campo estaba sustancialmente cerrado a finales de 1993.
JMV: El planteamiento de este proyecto también difiere de otras formas del tuyo del Sureste.
No es una repetición del mismo esquema metodológico.
Las magnitudes que estás midiendo en el campo son otras y el escenario es distinto.
Por ejemplo, en principio no cabe esperar contrastes entre una extremada aridez y áreas donde el regadío es posible.
AG: La idea es, sencillamente, ver cómo era un paisaje bastante bien conservado de yacimientos de la Edad del Bronce.
Estaba claro que muchos yacimientos de La Mancha eran perfectamente reconocibles como tales.
Las morras, las motillas y los castillejos (Martínez Navarrete 1988) son yacimientos conspicuos y numerosos.
Constituyen un registro que se podía sistematizar.
Teníamos noticias de más de la mitad de los yacimientos que documentamos por informaciones previas del Museo de Albacete, así que la cuestión era recurrir a la fotografía aérea para sistematizar la búsqueda.
JMV: ¿Cuál era el propósito general del proyecto?
En el caso del Sureste la hipótesis sobre el papel del regadío en la diferenciación social, etc, resultaba evidente, aunque no fuera más que una de las hipótesis que había en juego, pero aquí no resulta tan clara la hipótesis central.
AG: El propósito era ver si existió una jerarquía de yacimientos; por decirlo así, un sistema "feudal" 33 en el que los yacimientos más importantes tienen otros subordinados.
El objetivo era contrastar esta hipótesis situando los yacimientos en el paisaje y analizando su distribución.
El resultado fue negativo: no encontramos 33 Entrecomillado por el entrevistado para denotar la distancia entre el posible modelo de la Edad del Bronce y el feudalismo stricto sensu.
que la distribución de los yacimientos grandes con respecto a los recursos fuera muy diferente a la distribución de los yacimientos pequeños.
Todos los yacimientos se situaban sobre los espacios más productivos pero, dentro de la escala de yacimientos, los más grandes estaban más separados entre sí que los pequeños, con lo cual no deben constituir un sistema integrado al estilo 'lulliano' 34, sino un sistema segmentario.
JMV: Estos resultados también retroalimentan, contrastan o verifican planteamientos que estás haciendo en ese momento a nivel teórico.
AG: Este registro representa lo que ocurre en un paisaje donde es más difícil "enjaular" a los plebeyos, como dice Michael Mann (1986), pues al fin y al cabo llueve lo suficiente como para que en cualquier sitio se pueda obtener una cosecha la mayor parte de los años.
Esto no depende de recursos acuáticos limitados, pero hay zonas más y menos productivas y los yacimientos se concentran cerca de las tierras mejores.
Es de suponer que, si se hiciesen más excavaciones, uno encontraría bastantes más 'campos de hoyos', pero mi técnica de prospección, basada en la visibilidad topográfica de los yacimientos, no los identificaba.
PDR: Tu reflexión sobre La Mancha parece afectar a la forma en la que concebías la desigualdad social en el Sureste.
En tu contribución a From leaders to rulers (Gilman 2002) modificas de alguna manera tu opinión previa (de p. ej. Gilman 1981): afirmas que la existencia de desigualdades sociales sustanciales no resultaba defendible a la vista del registro arqueológico disponible.
Este es un giro hacia una interpretación más igualitaria de las sociedades de la Edad del Bronce.
¿Hasta qué punto viene informado por tu conocimiento del registro de La Mancha?
AG: Mi interpretación es el resultado del desarrollo del registro disponible.
Una vez que se empiezan a acumular datos procedentes de excavaciones modernas, como las de los alemanes en Fuente Álamo (Schubart et al. 2000), las del equipo de Contreras (2000) en Peñalosa, del equipo de Vicente Lull en Gatas (Chapman et al. 1987) o los muchos otros proyectos inéditos pero sobre los que por entonces teníamos noticias, parecía claro que el registro sugería un sistema que estaba varios peldaños por debajo de un sistema altamente estratificado.
Yo había supuesto que podría haber existido una sociedad tributaria a pequeña escala, pero el registro acumulado en las últimas décadas no parecía refrendar esta propuesta con datos.
La diferenciación no solo debía observarse en el registro funerario, sino también en el registro doméstico 34 Referencia a las tesis sobre la organización del estado argárico de Vicente Lull Santiago y su equipo de la Universitat Autònoma de Barcelona.
No es que uno cambie de opinión sobre cómo funciona el mundo.
La cuestión es: qué ocurre aquí de una manera concreta.
Está claro que mi visión anterior de una estratificación incipiente tenía alguna base, pero la escala era muy pequeña y no estaba claro hasta qué punto estas diferencias fueron hereditarias.
Es decir, no fue solo el trabajo en La Mancha, una zona en la que yo siempre supuse que las cosas serían más igualitarias porque mi teoría lo exigía.
El hecho es que el registro de las últimas décadas ha sido producido por arqueólogos que, de alguna forma, han contrastado las distintas propuestas formuladas por Gilman (Gilman y Thornes 1985), Lull (1983), Chapman (1990), etc. Eso ha alimentado una arqueología que se dirige a estudiar aspectos que son muy relevantes.
Casos como los de Peñalosa me parecían evidentes: todas las casas son un poco lo mismo, aunque todas las tumbas no lo sean por completo (Contreras y Cámara 2001).
En La Mancha desarrollé un proyecto en un entorno diferente del Sureste en el que, según mi interpretación, no debería observarse una jerarquización pero donde yacimientos importantes, como la motilla del Azuer, bien podrían ser "castillos de señores" (Nájera et al. 1981).
El proyecto atendía a la distribución de los yacimientos y recursos en el paisaje para contrastar estas propuestas.
Es decir, en este sentido mi trabajo en La Mancha sucede en paralelo y es en sí parte del contexto en el que se produce mi interpretación.
JMV: Bueno, con este comentario podemos cerrar esta primera parte de la entrevista.
En la segunda trataremos de abordar algunos de los planteamientos teóricos de tu trabajo y otros aspectos relevantes de tu carrera investigadora.
Beatriz Pablos Ochoa, Responsable de Prensa de la Residencia de Estudiantes, posibilitó que los autores se reunieran durante los tres días de entrevista en las mejores condiciones para la grabación.
La familia Gilman autorizó la publicación de las fotografías.
La Biblioteca Tomás Navarro Tomás (CCHS-CSIC) incorporó de manera inmediata los documentos de grabación y transcripción de la entrevista al Archivo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
En este trabajo presentamos los resultados de las excavaciones en el yacimiento arqueológico de Grañena Baja (Jaén), correspondientes a la primera fase detectada en el mismo.
Destaca la posible existencia de un gran foso segmentado, asociado a una cultura material hasta ahora no caracterizada de forma específica en el sur de la península ibérica.
Cerámicas de perfil compuesto y borde reforzado con decoraciones sencillas componen el registro.
Láminas de formato medio y grande, talón liso y extraídas por percusión indirecta caracterizan los instrumentos líticos.
Las dataciones disponibles sitúan en el tercer cuarto del V milenio cal AC el momento de plena ocupación en dicha fase.
Esas características dotan al yacimiento de un valor excepcional para completar el vacío existente entre el Neolítico Antiguo y el Neolítico Reciente en gran parte del mediodía peninsular, donde los contextos asociados a dichas cronologías son escasos.
Grañena Baja constituye pues una oportunidad única para la caracterización de un Neolítico Medio hasta ahora escurridizo.
Se ha dedicado escasa atención a las fases avanzadas del Neolítico en gran parte del sur de la península ibérica por una aparente laguna en la documentación arqueológica que se refleja en las series radiocarbónicas.
Otro factor explicativo es la caracterización del denominado Neolítico Medio como mera fase a caballo entre el Neolítico Antiguo y el Reciente o Final (Navarrete et al. 1991; Pellicer 1995; Carrasco et al. 2011aCarrasco et al., 2011b;;Molina et al. 2012) a partir de categorías que proyectan realidades distintas para cada investigador.
A lo largo de las tres últimas décadas del siglo XX, la aceptación generalizada de la datación convencional por radiocarbono coincide con la identificación de una fase antigua dentro del Neolítico, definida por la cerámica impresa cardial con mayor presencia en el noreste y levante mediterráneo.
Los conjuntos del sur peninsular se consideraron tardíos, por estar dominados por cerámicas de engobe rojo a la almagra, incisas e impresas no cardiales (Gavilán y Vera 2001: 178).
Los conjuntos neolíticos meridionales, procedentes de cuevas con cerámicas decoradas, tradicionalmente incluidos en la denominada "Cultura de las Cuevas" (Navarrete et al. 1991) quedaron dentro de una fase media.
Esta asociación se extendió a una gran cantidad de yacimientos en cueva de la Alta Andalucía.
De este modo se asumía una mayor antigüedad para los conjuntos cardiales de otros yacimientos andaluces (Navarrete 1976).
Hacia una nueva definición del
En esta imagen tripartita del Neolítico en Andalucía, el Neolítico Medio representaba un horizonte de gran expansión y desarrollo, definido por formas cerámicas ya presentes en el Neolítico Antiguo, con decoraciones impresas no cardiales, incisas y a la almagra.
El Neolítico Reciente, que ya entonces se preveía inusitadamente largo, se subdividía en un primer momento, también llamado Neolítico Tardío, donde se observaba un "empobrecimiento" de los tipos decorados.
La interpretación del modelo se resumía en grupos de pastores con asentamientos en cueva estacionales, gradualmente sedentarizados por influencia de grupos vecinos del Sureste y valle del Guadalquivir.
Sin embargo, el avance de la investigación hará cada vez más evidente la existencia de asentamientos al aire libre con una cultura material afín (Sáez y Martínez 1981; Carrasco et al. 1987).
Durante la década de 1990, el panorama se modificó sustancialmente gracias a excavaciones en poblados y en extensas áreas ocupacionales.
En el Alto Guadalquivir, la excavación del poblado de la Alberquilla-Polideportivo de Martos vino a significar la Fase 0, trazada por F. Nocete (1994: 277, 283), como parte de un pretendido modelo swidden.
Durante la misma se produciría la colonización agrícola de las campiñas, hasta entonces sólo ocupadas estacionalmente por poblaciones "trogloditas" muy dependientes del entorno montañoso del piedemonte subbético (Nocete 2001: 67).
La extrema antigüedad de las primeras dataciones en dicho yacimiento retrasaría la expansión de las formas carenadas, asumidas como parte tanto del Neolítico Final como de los inicios de la Edad del Cobre (Lizcano et al. 2004: 165).
Para este momento ya eran conocidos establecimientos al aire libre en las áreas más orientales de las campiñas del Alto Guadalquivir, en el piedemonte de Sierra Mágina y Sierra de Cazorla (Zafra y Pérez 1993; Zafra 2006: 108; Pérez 2010: 136).
Sin embargo, en las denominadas campiñas occidentales del Alto Guadalquivir, la ocupación neolítica resultaba difícil de rastrear, pese a excepciones como Peña de la Grieta, en Porcuna o algunos yacimientos citados en el área de Jaén (Arteaga et al. 1998: 80; Nocete 2001: 67).
Aparentemente las comunidades neolíticas de la segunda mitad del VI y V milenio cal AC estaban disociadas de un territorio que se presuponía baldío, paradójicamente ajeno a la explotación agrícola y ganadera que estas primeras comunidades productoras, ya hacía siglos realizaban en los entornos montañosos de las cordilleras Béticas de la Alta Andalucía.
Al parecer la sedentarización definitiva habría de producirse en momentos que, traducidos en términos histórico-culturales, corresponderían a un Neolítico Final-Calcolítico Inicial y que dejarían el tablero preparado para las nuevas formas sociales propias de la Edad del Cobre (Cámara y Riquelme 2015).
Los enterramientos individuales y colectivos efectuados en estructuras siliformes, así como el sacrificio e inhumación ritual de animales, a veces acompañados de cuerpos humanos, encarnarían las primeras evidencias de complejización social en un territorio dotado de una alta productividad para los cereales de secano (Lizcano et al. 1992: 50; Nocete 1994: 289).
En este contexto cronocultural los recintos de fosos comienzan a ser una constante en el paisaje arqueológico del sur de la península.
Los trazados de dichas construcciones fundamentalmente son continuos, más raramente sinuosos y con frecuencia varios se articulan en estructuras concéntricas.
Frente a lo observado en otras regiones en cronologías anteriores, los recintos segmentados constituyen uno de los tipos más escasos (Bernabeu et al. 2017: 343).
UN ENCLAVE DE OCUPACIÓN REITERADA JUNTO AL GUADALBULLÓN
El yacimiento arqueológico de Grañena Baja fue intervenido entre 2011 y 2016 siguiendo las obras de construcción de la Línea de Alta Velocidad Madrid-Alcázar de San Juan-Jaén, Tramo Grañena-Jaén.
De norte a sur diversos trazados de comunicación y ejes viarios, casi paralelos entre sí, desfiguran la topografía original del terreno.
La eliminación mecánica del suelo de cultivo permitió detectar la mayor parte de las estructuras como paso previo a su total excavación manual.
Esta se extendió a la totalidad de la superficie afectada, registrando cada una de las unidades estratigráficas.
Se tamizó la totalidad del terrígeno procedente de los contextos de mayor interés: la colmatación inicial de las estructuras, niveles orgánicos o contextos con restos humanos.
Así se pudo recuperar un interesante conjunto de macrorrestos arqueobotánicos 1.
Los trabajos documentaron 213 estructuras negativas, en general de planta circular, así como tres grandes estructuras tipo foso.
La cultura material junto con las dataciones radiocarbónicas obtenidas permitieron definir cuatro grandes fases de ocupación desde mediados del V milenio hasta avanzado el III milenio cal AC:
Sobre la Fase I, la más antigua, versa este trabajo, por lo que aquí no entraremos en detalle.
La Fase II está definida por el hallazgo de 80 construcciones negativas, en su mayoría de planta circular.
Predominaban las estructuras domésticas amortizadas, siliformes o en forma de cubeta, que se agrupaban en la zona suroeste del área intervenida.
Algunas de estas estructuras se habían excavado sobre la colmatación 1 Los macrorrestos están a la espera de su publicación en detalle por Leonor Peña Chocarro (Grupo de investigación Paleoeconomía y Subsistencia de las Sociedades Preindustriales, Instituto de Historia, CSIC).
del Foso ZS (Zanja Sur) II de la Fase I, evidenciando su posterior cronología.
Las formas de los tipos vasculares son esféricas con engobes a la almagra y labio de sección redondeada.
Algunos ejemplares están pintados.
Esta fase se atribuye a un Neolítico Reciente incluido en la primera mitad del IV milenio cal AC.
La Fase III correspondería al inicio de la Edad del Cobre, identificada en la zona central y septentrional del cerro.
Sería la ocupación más representativa por la abundancia de vestigios, depósitos antropológicos y animales incluidos.
Hay 108 estructuras de distinta tipología, en su mayoría de planta circular.
Destacan los vasos, cazuelas y fuentes carenadas, así como una producción lítica basada en la obtención de láminas prismáticas.
Dichas características tecnotipológicas, unidas a dataciones absolutas aún inéditas, sitúan esta fase hacia el último tercio del IV milenio cal AC.
La Fase IV queda definida por una única tumba con un ajuar encuadrable en el Calcolítico Pleno/Final.
Integra seis vasos completos y un puñal metálico de lengüeta, elemento presente en contextos funerarios asociados al Horizonte Campaniforme del Valle del Guadalquivir.
LA FASE I DE GRAÑENA BAJA
La sincronía entre las estructuras se estableció a través de la caracterización de los artefactos recuperados y de dataciones radiocarbónicas.
Dos "zanjas" que parecen conformar un gran foso segmentado de dirección este-oeste en la zona sur del cerro constituyen el rasgo más sobresaliente.
El segmento oriental, ZS I, se excavó en su totalidad.
El segmento ZS II presentaba en planta un trazado recto con sección en artesa.
La anchura alcanzaba 7 m medida en la superficie y 3,50 m en el fondo.
Se documentaron solo 15 m del recorrido del segundo segmento al quedar interrumpido por el límite occidental del área intervenida.
Desconocemos, pues, la extensión original y planta completa de la estructura.
Un espacio de 6 m de anchura abierto entre las zanjas permitía el acceso al interior (Fig. 2).
El registro estratigráfico permite inferir que ambos fosos fueron colmatados en un lapso temporal breve.
El material arqueológico más destacable es la cerámica de gran homogeneidad tipológica.
En su mayoría estaba concentrada en contacto directo con la base del foso.
Detectamos múltiples fragmentos con fracturas no erosionadas correspondientes a vasos reconstrui- bles.
Los niveles medios y superficiales constituían por lo general estratos estériles de grandes espesores (a veces de hasta 1 m de potencia).
Estaban compuestos por paquetes heterométricos con predominio de grava y cantos de diverso tamaño, procedentes del sustrato del sitio.
Una serie de estructuras de difícil interpretación, entre ellas un complejo formado por "zanjas menores", se localizaron al sur de la ZS I. Un par, 171 A y B, se hallaban colmatadas en gran parte por cantos rodados de distinta granulometría y por escasos materiales cerámicos (Fig. 3F).
Más al oeste la estructura E-61 de 6,60 m de longitud total tenía un acceso en rampa que conducía a un espacio de mayor amplitud con paredes ligeramente acampanadas.
Lajas de arenisca, fijadas a la pared mediante tierra margosa compactada también presente en el suelo, revestían el inicio del corredor.
El interior de dicha estructura mostraba importantes alteraciones térmicas (Fig. 3A-C).
Sobre la pared septentrional de la estructura singular E-69 se documentó un ortostato de arenisca in situ, así como algunas lajas del mismo material fracturadas y hundidas en el interior hacia el centro, quizás parte de una cubierta.
El área de acceso se hallaba colmatada por cantos de tamaño desigual.
La cámara contenía algunos restos de lajas de la cubierta y algunos fragmentos cerámicos atípicos (Fig. 3D-E).
Finalmente, hacia el extremo suroeste de área intervenida, se detectaron diez estructuras negativas, en su mayoría de planta circular.
Estas proporcionaron un conjunto muy reducido de materiales cerámicos y líticos, cuyos caracteres tecnotipológicos han Fig. 2.
Planimetría del sector meridional de Grañena Baja (Jaén), mostrando las estructuras negativas circulares y en forma de zanja.
Se indican las dos secciones estratigráficas efectuadas en el foso segmentado Zanja Sur I: 1. en el sector central y 2. en el meridional, reproduciéndose algunas de las formas cerámicas (3) halladas en sus Unidades Estratigráficas inferiores (1 y 2 en color en la versión electrónica).
Se ha recuperado un total de 6160 piezas cerámicas, de los que 976 son bordes o elementos que han permitido reconstruir la forma completa (15,8 %) (Fig. 4).
Para su clasificación hemos seguido análisis similares de conjuntos cerámicos de la Prehistoria reciente ibérica (García Borja y Pérez 2012; García Borja 2017), adaptándolos a las particularidades de la cultura material.
El resultado ha sido la distinción de cuatro tipos básicos, repartidos en distintos porcentajes (Tab.
1): Tipo I: Formas carenadas.
Por regla general son recipientes troncocónicos de morfología compuesta.
Tienen un perfil angular marcado, o carena, y un profundo fondo cóncavo, que podría haberse realizado a partir de un molde parcial.
Su factura suele ser excelente, en comparación con la de otros tipos.
Emplean pastas muy depuradas y compactas con desgrasantes apenas visibles.
Sus paredes son delgadas, a veces de menos de 5 mm. Dominan los acabados bruñidos.
Comparten un labio ligeramente engrosado al exterior, alargado y en resalte, describible como borde reforzado o "en pestaña", exvasado o en forma recta.
Sí puede haber algunos pequeños mamelones sobre la carena o a su altura que es media o alta.
Los diámetros de la boca varían entre 10 y 35 cm. Es el tipo mejor representado: 67 % del total de formas reconocibles (Fig. 5).
Tipo II: Formas ovoides.
Suponen un conjunto relativamente tosco de recipientes en comparación con los anteriores.
Las formas son globulares de perfil ovoide o de paredes rectas, aunque también hay algunas abiertas y de paredes convergentes.
El aspecto de algunas superficies apunta claramente a su fabricación a partir de un molde externo.
Las pastas suelen ser de tonalidad parda, textura harinosa o escamosa y superficies poco cuidadas con tacto rugoso, debido a tratamientos que abarcan desde un simple alisado a un escobillado parcial.
Se repite en la mayoría de los recipientes el borde reforzado mediante un engrosamiento externo del labio.
Este grupo cuenta con abundantes motivos decorados, en su mayoría impresos.
La decoración sigue un ritmo constante en una única línea que cubre el límite entre el labio y la pared.
Se reconocen secuencias de digitaciones y ungulaciones, impresiones realizadas con materia vegetal (haces de tallos) o materias duras (punzones o elementos articulares de hueso), asociadas con frecuencia a labios dentados.
Algunos de estos ejemplares presentan asas modeladas en forma de lengüeta vertical, mientras otros incluyen en algún caso lengüetas en oreja horizontal.
Contamos con un solo ejemplar con engobe a la almagra de buena calidad y superficie bruñida (Fig. 6: 4).
Los tamaños de los recipientes con cuerpo ovoide van desde pequeño y mediano (subtipo 1) a gran tamaño (subtipo 2) (Fig. 6: 9-12).
Los diámetros de la boca del subtipo 1 varían entre 13 y 28 cm. Los del subtipo 2 tienen de 20 a 40 cm de diámetro en la boca) y, por lo general, cocción reductora con adición de desgrasantes gruesos.
Este subtipo se caracteriza por un mayor desarrollo del denominado borde reforzado, similar a una banda engrosada al exterior.
Su sección rectangular o triangular está remarcada por los motivos decorados.
Desconocemos el perfil completo de estos recipientes que contarían, probablemente, con paredes de tendencia recta y fondo cóncavo.
Fundamentalmente de tipo semiesférico y de casquete esférico con diámetros entre 7 y 16 cm y superficies alisadas.
Destaca un solo fragmento decorado a base de líneas horizontales incisas que cubren la superficie exterior.
El subtipo 1 es un vaso cilíndrico de paredes ligeramente cóncavas y base plana.
Mide 7,5 cm de diámetro y 8 cm de altura.
Su factura es si-milar a las piezas del Tipo I. El subtipo 2 está definido por dos fragmentos de vaso globular de cuello estrangulado y borde exvasado, realizado en pasta muy depurada.
El cuello y el cuerpo presentan motivos esgrafiados conformando zigzags o escaleriformes.
La cerámica decorada constituye el 5,5 % del total de fragmentos (Tab.
Entre las impresiones distinguimos series realizadas con un instrumento indeterminado, quizás de tipo vegetal y con ligero arrastre, así como ungulaciones y digitaciones.
La decoración incisa se Trab.
Entre los elementos cerámicos no vasculares hay hasta 51 de forma circular y reciclados.
Se hicieron tallando y recortando fragmentos de pared.
Tienen unos 3-5 cm de diámetro y todos carecen de perforación.
El conjunto lítico tallado se compone de 187 piezas.
La metodología seguida es la habitual en otros trabajos: un examen petrológico y una descripción tipológica y tecnológica.
El estudio petrológico interpreta las facies sedimentarias mediante microscopía de altos aumentos e identificación de microfósiles (Morgado y Lozano 2014: 125-126) y el tecnotipológico parte del concepto de cadena operativa (Morgado et al. 2011: 146).
Las fuentes principales de materia prima son las zonas montañosas ubicadas en la Cordillera Bética.
En la estrategia de abastecimiento, apreciamos una clara selección de la materia prima al comparar el cómputo global de los elementos laminares.
Entre los que re- quirieron unas cualidades específicas (Tab.
3) faltan las materias primas propias de los depósitos secundarios circundantes: el sílex de la Formación Milanos domina en dicho conjunto.
La proporción de lascas y láminas es muy equilibrada entre los elementos tallados (Tab.
Sin embargo, considerando estos grupos respecto al material retocado, dominan las láminas (49) sobre los soportes tipo lasca (19).
Llama la atención la ausencia de núcleos, atribuible a una escasa presencia de actividades de talla in loco.
La existencia de lascas con superficies naturales, corticales, rodadas o fruto del reciclaje de antiguos objetos tallados, señalaría el aprovechamiento de recursos locales, en su mayoría pequeños nódu-los extraídos de los depósitos fluviales.
La talla de estos recursos pudo ejecutarse en el propio lugar, con núcleos de escasa preparación, utilizando las extracciones precedentes como planos de percusión.
Dicha talla, expeditiva y de baja inversión técnica, implicaría la obtención ocasional de productos cuyas dimensiones determinó la naturaleza de la materia prima.
Un segundo bloque agrupa un método de talla laminar, que exige cierta destreza en la cadena operativa.
Desafortunadamente, este sólo puede ser deducido a partir de los productos de plena elaboración hallados.
La práctica totalidad son láminas de secciones trapezoidales regulares (Fig. 7), que implican una gestión de núcleos de progresión frontal, diferente de la presente en núcleos carenados o carenoides del Neolítico Antiguo, cuyas láminas muestran secciones triangulares, trapezoidales irregulares o poligonales (Morgado y Pelegrin 2012).
Dicha gestión supone un cambio cualitativo que favorece la estandarización de la producción laminar.
La disposición de las extracciones de estas láminas de sección prismática (Binder et al. 2012) avanza otra de las características de las producciones laminares del IV y III milenio cal AC, la talla mediante un esquema de gestión 2-1-2 ́ que caracteriza sus secciones trapezoidales.
La mayoría de las láminas (20 de 23) presentan talones lisos acompañados de la abrasión frontal de las cornisas como procedimiento previo a la extracción, seguidos de lejos por dos facetados y uno diedro.
Sin embargo, a diferencia de lo que viene a ser habitual en los conjuntos de dicho período, estas láminas carecen de trata- miento térmico, mostrando una ruptura con la tradición anterior.
La presencia de talones lisos espesos, bulbos desarrollados y prominentes, así como la observación de esquirlas parásitas en el eje de la dirección de la talla, señalaría el uso de la percusión indirecta (Pelegrin 2006(Pelegrin, 2012)).
A ello apunta también la falta de regularidad que caracterizan bordes y aristas totalmente paralelos, así como el arqueamiento reflejado en el perfil de las láminas.
Esta percusión debió hacerse con elementos orgánicos apoyados sobre una plataforma plana, lo que tendría su reflejo en los talones lisos.
Otras láminas, más escasas y dotadas de una alta regularidad de perfil y borde indicarían el uso de la técnica de presión, si bien siguiendo el mismo proceso de preparación de los núcleos y las extracciones.
La cadena operativa implica el método de talla de núcleos prismáticos de progresión frontal y el recurso mayoritario a la percusión indirecta y en menor medida a la presión.
Entre los útiles retocados dominan los realizados sobre lámina, restringiéndose a retoque discontinuo de uso y retoque abrupto marginal.
En tercer lugar, aparecen los denticulados y muescas.
Por último, las truncaduras retocadas sobre lámina se unen de manera singular a la presencia de un geométrico y a alguna lámina de dorso.
Ello nos indica un dominio del retoque abrupto que permitiría el enmangue de estos filos en favor nuevamente de la utilización de otros sin alta modificación secundaria.
Las características tipológicas del geométrico lo alejan de otros elementos similares propios del Neolítico Antiguo (Martínez Fernández et al. 2010; Martínez Sánchez y Vera 2017a) (Fig. 8, Tab.
El estudio de los restos de fauna ha seguido la metodología descrita en trabajos recientes (Martínez Sánchez 2017: 99), si bien la mala conservación del material ha limitado enormemente el alcance de los resultados.
Se ha considerado como Fase 1 todo el material documentado en los rellenos de los fosos ZS I y II en sus distintos sectores.
Son 590 restos cuya conservación es muy deficiente debido a fragmentación diagenética y a corrosión biogeoquímica.
Como resultado el número de elementos identificables se ha reducido a 82 restos de mamíferos identificables a nivel de género y especie (Tab.
Los elementos anatómicos resultan tan dispares y a la vez escasos que, a excepción del cerdo (con dos individuos determinados en función de los arcos ventrales de dos CV1/atlas diferentes) y dos posibles M1 inferiores izquierdos de caprino doméstico (posiblemente oveja y que harían igualmente dos individuos), el resto de las especies podrían ser atribuidas a un solo individuo.
Sin embargo, el hecho de que el bovino doméstico parezca erigirse como el principal taxón determinado apuntaría, quizás, a una creciente importancia de dichos animales a lo largo del V milenio, como se ha propuesto para otros enclaves del Mediterráneo ibérico (Liesau y Morales 2012: 123).
Dentro del conjunto de macromamíferos no determinados incluiríamos équidos, a partir de los tres molares identificados del conjunto general de esta fase, correspondientes a un único individuo adulto compatible con caballo, previsiblemente de rango salvaje.
Los restos humanos correspondientes a la Fase I, una acumulación de huesos desarticulados, se registraron exclusivamente en el foso ZS II (UE 955) hacia el centro de esta estructura y cerca del fondo.
Pertenecen a un mínimo de cinco sujetos diferentes, dos masculinos, uno femenino, un adulto indeterminado y un subadulto de 6-7 años.
Dada la presencia de falanges, tarsales y carpales en dicho contexto, cabría hablar bien de un depósito descompuesto in situ y sujeto a movimiento y extracción de elementos, o bien de uno puramente secundario2.
Junto a los restos óseos se localizaron elementos artefactuales, como una falange de ciervo transformada por abrasión, un vaso cilíndrico de base plana y un cuenco decorado a base de líneas incisas horizontales (Fig. 9).
Desglose taxonómico de vertebrados y moluscos, por especie y grupo en Grañena Baja (Jaén).
NRD/NISP, número de restos determinados; %, porcentaje de restos identificados; PR, peso de los restos; NMI, número mínimo de individuos estimado.
Para la datación de dicha fase fueron seleccionados dos elementos óseos correspondientes a bovino doméstico (Bos taurus), hallados en las mismas condiciones deposicionales.
Del foso ZSI (UE 693) se seleccionó un fragmento de metatarso y del foso ZSII (UE 918) un molar.
Los resultados obtenidos destacan por su concordancia.
Son dos dataciones estadísticamente idénticas hechas en dos laboratorios diferentes (Tab.
7) y asociadas al nivel basal de ambos fosos, Trab.
Relacionan el inicio de la colmatación de ambas estructuras con el tercer cuarto del V milenio (c.
4450 cal AC)3, evento que cabe situar próximo a esta primera fase de ocupación, no pudiendo precisar si aquel resultaría sincrónico o levemente posterior.
Así, y considerando la composición de los rellenos que colmataban la estructura, podríamos situar con bastante seguridad la sucesión de eventos que encadenan su construcción y amortización definitiva dentro de un lapso cronológico relativamente corto.
Una cultura material diferenciada
Del repertorio de formas cerámicas documentadas en Grañena Baja I parece desprenderse una ruptura con el mundo anterior del Neolítico Antiguo, donde predominan formas de aspecto muy diferente.
Junto a estas destaca un amplio repertorio de decoraciones incisas impresas y modeladas, así como un recurso a elementos de prehensión y suspensión, propios del Neolítico Andaluz (Camalich y Martín 2013: 105).
Esta nueva tradición tecnológica no parece del todo desconocida en otros sitios arqueológicos del mediodía de la península ibérica, si bien podría haber pasado desapercibida por su errónea identificación con producciones de cronología más reciente intrusivas en la secuencia.
Tanto las formas del Tipo I, bitroncocónicas y de notable carena, como las formas ovales del Tipo II, ambas caracterizadas por sus paredes de escaso grosor y borde reforzado, están presentes en las antiguas excavaciones de la Cueva de la Carigüela (Piñar Granada) en el área G, a partir del estrato IX, siendo abundantes en los estratos VIII y VII, y enrareciéndose a partir del VI (Navarrete 1976: II, LAM LXXX-VIII, XCV, CIV, CVI y CXI).
Igualmente formas similares se observan en la Cueva de Nerja, Sala de la Mina (Corte NMB, niveles 6 y 7 atribuidos por Pellicer al Neolítico Reciente; NM, 4 y 5 en los trabajos de Jordá, atribuidos al Neolítico Medio I) (Pellicer y 8).
Sería posible rastrear algunos de estos rasgos, incluyendo formas compuestas bitroncocónicas, en el Grupo de Michelsberg (Jeunesse et al. 2002(Jeunesse et al. -2003)).
Ahora bien no podemos sino especular con las hipotéticas relaciones existentes entre las tradiciones culturales de determinadas áreas de Europa continental y las contemporáneas del sur de Iberia, representadas por las cerámicas de la Fase I del Grañena Baja.
En cuanto a la talla, las láminas del yacimiento aportan nuevos datos para el debate sobre la evolución tecnológica en la Prehistoria reciente del sur peninsular.
Se ha llegado a afirmar que el Neolítico Medio mantiene las características de la producción lítica del periodo anterior, definida por la elaboración de láminas/laminitas a presión y por el tratamiento térmico previo de los núcleos documentado desde los inicios del Neolítico (Martínez Fernández et al. 2010; Morgado y Pelegrin 2012: 223).
En este sentido, los objetos tallados de Grañena I señalan la ruptura del método de preparación carenada/carenoide para la elaboración de láminas, pudiendo quedar relegado a un uso testimonial en el mejor de los casos.
Dicho cambio tecnológico implica un tiempo nuevo que perdurará hasta el IV milenio, cuya transformación dará lugar a la llamada Edad del Cobre.
Esta se verá caracterizada desde su inicio por la tecnología de las láminas a presión con talón diedro agudo, coincidiendo con la aparición de las cazuelas carenadas (c.
Por tanto, los atributos técnicos del conjunto laminar de Grañena Baja permiten su distinción tanto de los propios del Neolítico Antiguo como de los de la Edad del Cobre.
Las principales características tecnológicas de esta producción laminar se resumen en un talón liso espeso, productos de mediano y gran formato, y (aunque no exclusivamente) técnica de talla mediante percusión indirecta.
Estas han sido observadas también en otros sitios arqueológicos del sur peninsular ubicados en la misma horquilla cronológica.
Tal sería el caso de Palenque (Priego de Córdoba), niveles medios de Carigüela (Píñar) (Morgado et al. 2015: 42), La Loma (Aranda et al. 2012: 94), la fase IIIA y B de Cueva del Toro (Martin et al. 2004), Campo de Hockey (San Fernando) (Vijande et al. 2015) y el conjunto localizado bajo el túmulo de Casas de Don Pedro (Belmez, Córdoba), cuyas láminas presentan la característica sección trapezoidal regular, con la presencia de truncaduras retocadas y geométricos de ciertas dimensiones (Gavilán y Escacena 2009: fig. 14).
Un foso segmentado para el Neolítico Medio andaluz
La existencia de fosos de grandes dimensiones, con frecuencia dentro de esquemas planificados describiendo recintos circulares o subcirculares, es uno de los temas que más interés han suscitado en las últimas décadas en el estudio de la Prehistoria ibérica.
Los testimonios más tempranos los encontramos en el Neolítico Antiguo como Mas d ́Is, en el área de Alicante, alcanza hasta los 5 m de profundidad (Bernabeu et al. 2017: 344), y la Revilla del Campo, en Ambrona (Soria) (Rojo et al. 2006), ambas con sustanciales diferencias.
En el Tossal de les Basses, diversas estructuras de escasa profundidad y trazado sinuoso se han puesto en relación con dispositivos de irrigación (Rosser y Soler 2016: 243).
En el sur de la península ibérica, al menos en lo que respecta al Valle del Guadalquivir, los fosos eran hasta ahora un fenómeno característico de la Edad del Cobre (Jiménez y Márquez 2016: 48).
Como ya adelantamos, los primeros indicios de dichas construcciones se remontarían a la segunda mitad del IV milenio, destacando los ejemplos de Los Pozos (Higuera de Arjona, Jaén) (Hornos et al. 1990), aumentando progresivamente hasta alcanzar un gran número de ejemplos en los siglos centrales del III milenio cal AC (Bernabeu et al. 2017: 342; Aranda et al. 2016).
Las hipótesis sobre su funcionalidad oscilan entre las de orden utilitario y las de cariz postprocesual, siempre según la óptica y los principios de quien aborde la problemática (Márquez y Jiménez 2012).
Los fosos segmentados (o con múltiples entradas) tienen escasa presencia en la península ibérica, desde al menos la segunda mitad del IV milenio (Bernabeu et al. 2017: 345; García García 2013; Valera 2013).
Sin embargo, son comunes en Europa continental desde el horizonte LBK (Jeunesse 2011: 33; Vaquer 2011: 233) con un amplio desarrollo a partir del Neolítico Medio (siglos centrales del V milenio) en gran parte del actual territorio francés (Soler et al. 2013: 635).
Muchos de estos segmentos describen fosos de sección en U y fondo plano con anchura en superficie de 4-5 m (Peu à Charme, Charente) (Ard et al. 2016: 383).
También es frecuente su asociación a trincheras paralelas que suelen ser interpretadas, al disponer de agujeros de poste, como zanjas para la inserción de una empalizada (Bréart 1984: 300; Jeunesse 2011: 11; Ard et al. 2016).
Este rasgo no es contemplado, o no se conserva, en nuestro caso.
Como el foso de Grañena Baja ha sido detectado tan sólo sobre una superficie de 1,9 ha excavadas en su totalidad, no podemos defender con seguridad su pertenencia a un recinto como tal.
Sólo un estudio adecuado con técnicas de teledetección sobre el área aun conservada podría despejar Trab.
Su funcionalidad e interpretación sólo podrá ser evaluada una vez alcanzado dicho objetivo.
El resto de las estructuras correspondientes a esta fase, las proporcionalmente escasas de planta circular documentadas, se ven sujetas a las habituales interpretaciones formuladas sobre estructuras similares, relacionadas con su uso vinculado al almacenamiento, hábitat y transformación y procesamiento de materias primas.
Por su parte las zanjas denominadas E-61, E-69 y E-171 muestran ciertas similitudes morfológicas entre sí en cuanto a trazado, presencia elementos pétreos de gran tamaño, evidencias de combustión y amortización con abundantes clastos.
Sin embargo, dada su singularidad en el registro y a la escasez de materiales proporcionados, no resulta fácil proponer una interpretación funcional para las mismas.
¿Un Neolítico Medio "vacío"?
La fase I de Grañena Baja supone un significativo aporte al conocimiento de las sociedades neolíticas del V milenio cal AC en las campiñas del Alto Guadalquivir, y por extensión, del sur de la península ibérica.
Este fértil territorio, dominado por suelos margosos muy productivos para el cultivo del secano, cuenta con una riqueza arqueológica excepcional que ha propiciado el impulso en las últimas décadas de proyectos de investigación arqueológica, algunos de ellos basados en la prospección intensiva del territorio.
La detección de numerosos enclaves arqueológicos fundamentalmente enmarcados en un contexto cronocultural de la segunda mitad del IV y III milenio, ha permitido alimentar diferentes interpretaciones sobre las dinámicas sociales y políticas a lo largo de la Prehistoria reciente en dicho territorio (Nocete 1994; Lizcano 1999; Zafra 2006; Nocete et al. 2010; Cámara y Riquelme 2015).
En comparación, la escasa información relativa a las fases neolíticas previas ha sido argumentada en ocasiones atribuyendo escaso sedentarismo a estas poblaciones, así como a la existencia de un vacío ocupacional previo a una colonización agrícola propuesta para momentos avanzados del IV milenio cal AC (Nocete 1994: 277; Lizcano 1999: 26).
En tiempos recientes, diversos hallazgos han venido a cuestionar dicha premisa.
Es el caso de los contextos neolíticos del Corte Inglés de Jaén (Serrano et al. 2011: 50, 333) o de las Sierras Subbéticas, beneficiadas por una red mejor conocida de ocupaciones al aire libre desde la segunda mitad del VI milenio cal AC (Gavilán y Vera 1997; Carrasco et al. 2011b; Martínez Sánchez y Vera 2017b).
En esta región, la presencia de cerámicas pintadas y láminas de sílex de cierto tamaño y talón facetado o liso en la Loma (Íllo-ra, Granada) y Palenque (Priego de Córdoba) (Aranda et al. 2012: 95; Morgado et al. 2015: 38), vendría a cubrir el vacío en lo que respecta a finales del V y primera mitad del IV milenio cal AC.
En este sentido, la excavación de Grañena Baja ha venido a arrojar nueva luz sobre un momento anterior, situado entre la denominada tradicionalmente "Cultura de las Cuevas con Cerámica Decorada del Neolítico" y la formación de las condiciones sociales y económicas que desembocaron en lo que hoy conocemos como Edad del Cobre.
El intervalo situado en la segunda mitad del V milenio, coincide con algunos hiatos y lagunas detectados en varias de las secuencias mejor estudiadas para la región mediterránea y del sur de la península ibérica (Bernabeu et al. 2008: 55).
Así, el yacimiento granadino de la Peña de los Gitanos de Montefrío, ocupado desde el último tercio del VI milenio y con una larga prolongación a lo largo de toda la Edad del Cobre, presenta un hiato entre el 4800 y el 4200 cal AC (Molina et al. 2017).
Entre las formas cerámicas estudiadas a lo largo de su secuencia, no han podido reconocerse tipos afines a los identificados en la fase I de Grañena Baja (Gámiz 2018).
Ante la aparente evanescencia de los contextos correspondientes a la mayor parte del V milenio, parte de los investigadores implicados en el estudio del Neolítico Andaluz ha propuesto acabar con la idea de un Neolítico Medio.
De este modo el proceso quedaría doblemente dividido entre un Neolítico Antiguo (o Inicial) y Reciente, una vez asimiladas dentro de una fase antigua las cerámicas propias del Neolítico de las Cuevas (Camalich y Martín 2013: 112; Martínez Sevilla 2016; Martín et al. 2017: 460).
Otros investigadores, sin embargo, han asumido explícitamente una fase media en la revisión y estudio de algunas de las secuencias neolíticas más relevantes de Andalucía (Nerja) (García Borja et al. 2014: 112-113).
Como convención basada en cambios visibles a través del registro arqueológico, la división tripartita del Neolítico en Andalucía ha pasado por diferentes propuestas.
Síntesis recientes han situado cronológicamente el Neolítico Medio en el V milenio cal AC, concretamente entre el 5000/4900 hasta la aparición de las primeras etapas del Neolítico reciente (Neolítico Reciente I o Neolítico tardío) hacia (4300/4200 cal AC).
Este Neolítico Medio, como fase evolucionada, estaría definido más por la cultura material mueble que por los patrones de asentamiento o la economía.
Ello contrasta con otros autores, que han llegado a afirmar que no se puede seguir sosteniendo la división tripar-tita del Neolítico, ante la falta de separación entre el Antiguo y Medio.
En este debate, la Fase I de Grañena Baja constituye un hito de suma importancia para la caracterización de la cultura material y ocupación del territorio en las campiñas del Alto Guadalquivir y en el conjunto del sur de Iberia a mediados del V milenio.
Sorprende en este sentido, su hallazgo en un territorio aparentemente bien conocido a nivel arqueológico, dibujando a todas luces una dinámica histórica mucho más compleja de lo que había sido esbozado hasta este momento.
Ello obliga a replantear los esquemas asociados a las evoluciones sociales y al modo de ocupación del territorio entre el VI y el IV milenio cal AC en la Depresión del Guadalquivir.
Tanto la cerámica como la tecnología empleada en los instrumentos líticos suponen una ruptura evidente con tradiciones anteriores, constituyendo toda una novedad en el Neolítico del sur de la península ibérica.
Resulta difícil de momento explicar las causas de dicha mutación, si bien podemos relacionarla con las diferentes tradiciones culturales del occidente mediterráneo y Europa continental durante el V milenio cal AC.
A las afinidades con otros contextos peninsulares (como las esgrafiadas del País Valenciano, o las formas con sulco abaixo do bordo descritas en Portugal), se le suman los bordes reforzados al exterior propios del Chasense Antiguo y facies anteriores, donde se citan formas compuestas troncocónicas con carena media, comunes en el Mediodía francés y al norte de los Alpes.
De confirmarse, el hallazgo de un foso segmentado del V milenio constituye toda una novedad en el panorama arqueológico del sur de la península ibérica.
De nuevo, quizá haya que buscar las afinidades más próximas en Europa continental, donde hay constancia de dichas estructuras desde mediados del VI milenio, viendo un enorme desarrollo a mediados del milenio siguiente.
Ello, sin duda ilumina un período casi desconocido en la Prehistoria Reciente andaluza, a la par que apunta a un mundo "menos peninsular" y más interconectado a la dinámica social del continente europeo. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
Modelización de territorios ganaderos en la alta montaña al final del Neolítico: una integración de análisis espacial e información etnográfica *
EXPLICACIÓN DE LA FÓRMULA DEL COSTE DE DESPLAZAMIENTO
La fórmula empleada para el cálculo del tiempo de desplazamiento a pie en función de la pendiente es una ecuación estimada empíricamente mediante regresión lineal, utilizando datos promedio de desniveles (convertidos a pendiente en %) y tiempos empleados para recorrer 1 km en itinerarios publicados en guías excursionistas y páginas web de senderismo (véanse tabla A1 y figura A1).
Además de la regresión lineal se han ensayado otras funciones, como la exponencial, obteniendo sin embargo peor ajuste (R 2 = 0,8543).
Por ello, dado el alto grado de ajuste (R 2 = 0,9887), se ha adoptado como mejor estimación la ecuación obtenida de la regresión lineal.
A pesar de su simplicidad, la ecuación lineal proporciona una estimación aceptable, especialmente en los valores moderados de pendiente (hasta el 40%), que son el intervalo de pendiente útil para el desplazamiento a pie.
Más allá el desplazamiento requiere un gran esfuerzo e incluso escalada.
A efectos de la utilización de los tiempos de desplazamiento como superficie de coste es suficiente que los tiempos sean lo bastante altos para resultar desfavorables.
Así se consigue que las funciones de estimación del camino de menor coste los descarten en favor de pasos con menor pendiente.
A continuación, se comparan los resultados de la aplicación de esta fórmula con los obtenidos, siempre mediante un algoritmo isotrópico, con las fórmulas propuestas por Tobler (1993) y Marín Arroyo (2009).
Los resultados logrados mediante la ecuación propuesta ofrecen una superficie de coste intermedia entre las obtenidas mediante la fórmula de Tobler, más fragmentada, y la de Marín Arroyo, excesivamente suavizada.
En las figuras A2 a A4 aparecen las distintas fórmulas adaptadas al cálculo del tiempo en minutos para recorrer 1 m, dado que, en el algoritmo de coste acumulado, los valores de coste se expresan por unidad de distancia, es decir, metros en el caso del modelo digital de elevaciones utilizado.
La tabla A2 muestra también los valores alcanzados según las tres fórmulas mencionadas más la de Langmuir (1984), empleada en el módulo r-walk del programa GRASS, todas ellas en versión isotrópica considerando sólo valores de pendiente positivos.
La tabla recoge sólo los valores de tiempo hasta pendientes de 100 %.
Gradientes superiores suponen inclinaciones muy pronunciadas, razón por la que dejan de tener interés para el presente estudio. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0
En los últimos años la investigación arqueológica en áreas de montaña de la península ibérica está empezando a llenar el vacío de información con extensas secuencias de ocupación durante el Holoceno.
En el Pirineo se localiza una cantidad considerable de yacimientos del final del Neolítico/ Calcolítico con cronologías entre el 3350 y 2350 cal ANE.
Este fenómeno parece vincularse con la consolidación de la explotación ganadera de las zonas alpinas y subalpinas.
En este trabajo se analiza el patrón de dispersión de los yacimientos de esta época en el Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, en el Pirineo central.
Se definen mediante SIG áreas de influencia alrededor de los asentamientos y caminos óptimos para evaluar dos variables clave en cualquier práctica ganadera: la accesibilidad a los asentamientos y a los pastos.
Con fines comparativos se analiza también el patrón de los yacimientos de época moderna y contemporánea.
El estudio permite concluir diferencias significativas en la dispersión de los yacimientos de cada época con relación a los pastos y a los caminos.
sula ibérica durante la Prehistoria ha evolucionado de forma considerable.
Los avances son especialmente llamativos en los Pirineos, donde estudios recientes han puesto de relieve la existencia de yacimientos de diferentes períodos de la Prehistoria, principalmente del Neolítico.
Los datos actuales muestran como diferentes sectores del Pirineo axial albergaron la presencia de comunidades humanas familiarizadas con la ganadería, la agricultura y la alfarería desde como mínimo la segunda mitad del VI milenio cal ANE.
Yacimientos de la provincia de Huesca, como Coro Trasito en el valle de Escuaín y Els Trocs en el de Benasque, situados a unos 1500-1600 m de altitud, son una buena prueba de ello (Clemente-Conte et al. 2016; Rojo et al. 2013).
Con cronologías ligeramente posteriores al 5000 cal ANE para sus ocupaciones "neolíticas", la Cova del Sardo de Boí (Lleida) muestra un asentamiento humano en el fondo del valle de Sant Nicolau a 1780 m de altitud, en una de las zonas más abruptas del Pirineo (Gassiot et al. 2015; Gassiot 2016).
Sin embargo, la presencia humana en altitudes superiores durante el Neolítico no se estabiliza hasta la segunda mitad del período y, especialmente, a partir del 3300 cal ANE.
Con alguna excepción muy puntual, hasta después de esta fecha no se consolida la ocupación en áreas situadas alrededor o incluso por encima de la actual timberline.
En las cuatro zonas de la cordillera que han sido objeto de intensas campañas de prospección de superficie durante la última década, después del Mesolítico la presencia humana no vuelve a ser visible arqueológicamente hasta la segunda mitad del IV milenio cal ANE e inicios del III milenio cal ANE (Dumontier et al. 2016; Gassiot 2016; Gassiot et al. 2017; Laborda et al. 2017; Le Couédic 2012; Orengo et al. 2014; Rendu 2003).
En ese momento en las diferentes áreas estudiadas se disparan los indicios de ocupaciones humanas tanto en pequeñas cavidades y abrigos como al aire libre.
A pesar de un notable descenso del número de yacimientos documentados en algunas zonas durante el II y I milenios cal ANE, la ocupación humana de espacios por encima los 2200 m de altitud continuará hasta los cambios en las prácticas ganaderas y los patrones de asentamiento del siglo XX.
El presente trabajo plantea el análisis espacial de estas ocupaciones a partir de los datos procedentes del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici (en adelante PNAESM), el área de montaña de la península ibérica por encima de los 1800 m de altitud donde los registros de yacimientos del final del Neolítico/Calcolítico (entre 3400 y 2300 cal ANE) son más numerosos.
A grandes rasgos, en esta época se constata la presencia de asentamientos humanos en áreas actuales de pastos subalpinos y, sobre todo, alpinos, lo que podría evidenciar la expansión de una ganadería posiblemente estacional hacia las zonas más altas.
Desde una óptica amplia, aparentemente el patrón de dispersión de estos asentamientos prehistóricos es similar al que miles de años después se reproducirá en época contemporánea.
Sin embargo, un análisis más fino evidencia diferencias significativas que alertan contra la tentación de asimilar las prácticas prehistóricas a una imagen derivada de la etnografía de la ganadería trashumante de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, común en esta área de montaña.
El análisis de similitudes y divergencias en los emplazamientos de los yacimientos de los distintos períodos ha de facilitar una mejor comprensión de algunas de las variables que guiaron el asentamiento humano en este sector del Pirineo al final del Neolítico/Calcolítico.
El desarrollo de nuevas metodologías y técnicas en la Arqueología incide directamente en el estudio de las diferentes actividades productivas pretéritas.
Este hecho es evidente en el análisis de la ganadería prehistórica que, en los últimos años, ha efectuado progresos considerables también en las áreas de montaña.
A grandes rasgos estos avances provienen de dos enfoques distintos.
Por una parte, el conocimiento de nuevos yacimientos arqueológicos, con metodologías de excavación en constante desarrollo, y la aplicación de nuevas técnicas de análisis a los materiales arqueológicos están facilitando un volumen de información muy elevado con un nivel de detalle insospechado hace pocos años.
Por otro lado, en las dos últimas décadas se han llevado a cabo también estudios de los patrones de dispersión de yacimientos en el espacio y su relación con la configuración del medio físico y sus cambios a lo largo del tiempo (Carrer 2013; Garcia Casas 2018; González Álvarez 2016; 1 ).
Bajo una considerable diversidad teórica y metodológica estas investigaciones han prestado atención tanto a los pastos, lo que podrían haber sido los espacios productivos de montaña, como a las infraestructuras empleadas para la gestión y estabulación de los rebaños, así como para el refugio de las personas.
Este último aspecto se ha revelado como un fértil campo de investigación en la arqueología en Trab.
Ambos fenómenos permiten una mayor preservación y visibilidad en superficie de este tipo de vestigios constructivos que, en muchos estudios, conforman la base para la construcción de las secuencias arqueológicas de ocupación.
Evidencias arqueológicas de ganadería en el área del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici
El PNAESM cubre un área de prácticamente 40.000 ha en el Pirineo de la provincia de Lleida, concretamente en el extremo oriental del batolito granítico de la Maladeta.
Las cimas puntualmente alcanzan los 3.000 m de altitud y los fondos de valle se sitúan, en sus partes más bajas, sobre los 1.500 m de altura.
Condicionada por el sustrato geológico y la orogenia alpina, el relieve muestra las trazas de la acción glaciar con un paisaje salteado de pequeños lagos, circos y valles en "U", delimitados por cumbres generalmente bastante abruptas y pedregosas.
La orientación de los valles introduce variaciones sensibles especialmente en la humedad y el volumen de precipitación, hecho que junto con la altitud incide en los distintos ecosistemas presentes.
Hasta el año 2004 en esta zona del Pirineo no se habían registrado yacimientos arqueológicos de ninguna cronología.
Las campañas de prospección arqueológica posteriores han permitido inspeccionar la superficie de casi todo el parque y documentar unos 350 asentamientos y otros restos arqueológicos.
En su mayoría consisten en vestigios arquitectónicos de cabañas y recintos de dimensiones mayores, interpretados como cercados (Garcia Casas 2018; Gassiot 2016; Gassiot et al. 2016).
Concretamente, los sitios con indicios arquitectónicos, al menos, de una estructura de estabulación representan más del 53 % del total.
La cifra se eleva a casi el 65 %, si se les incorporan las cabañas y espacios de hábitat al aire libre que podrían haber albergado a pastores.
También se han localizado abrigos y pequeñas cavidades con trazas de ocupaciones pretéritas, posibles túmulos funerarios y estaciones de arte rupestre.
Se dispersan por toda su extensión, sin evidenciar diferencias de densidad entre las distintas cuencas.
En cambio, se constata una sobrerrepresentación de yacimientos entre los 2000 y 2400 m de altitud, coincidiendo con la posición actual del límite superior del bosque, el inicio de las áreas de pastos de altura y la cota de la mayoría de los circos y lagos.
Esta preferencia altitudinal es especial-mente marcada entre los 2200 y 2400 m, una franja que representa el 27,8 % de la superficie del PNAESM y que concentra el 48,1 % de los yacimientos documentados.
Considerados como un todo, los yacimientos muestran parámetros relativamente homogéneos en su distribución espacial (Garcia Casas 2018; Gassiot 2016).
Uno es la proximidad a fuentes de agua: el 75 % se localizan a menos de 160 m lineales de una fuente de agua, río o lago, y la mitad a menos de 75 m.
Otro es su asociación con áreas de pasto: un poco más del 62 % de los yacimientos se emplazan en áreas de pasto actual, un uso del suelo que cubre apenas el 29,9 % de la extensión del PNAESM.
Prácticamente el 77 % de los demás está a menos de 50 m de estos pastos.
Esta relación hay que tomarla con una cierta cautela, puesto que las secuencias de la paleovegetación evidencian una clara deforestación a partir de la Prehistoria reciente.
Sin embargo no deja de ser llamativa la asociación general de los vestigios arqueológicos documentados con las áreas de herbazales.
Este fenómeno podría responder también a un sesgo derivado del muestreo.
Las prospecciones de superficie han tratado de cubrir la totalidad del terreno, pero la visibilidad en zonas de pastos es notablemente superior que en algunas áreas forestales (Gassiot et al. 2016).
De otra parte, el binomio agua y hierba reúne dos de los factores clave en la ganadería de altura contemporánea que, presumiblemente, también lo fueron en el pasado.
Los sondeos y excavaciones en algunos de los yacimientos documentados ha facilitado una extensa serie de 86 dataciones de AMS (del inglés Accelerator Mass Spectrometry) que proporcionan una secuencia de ocupación sin interrupciones para los últimos 10.000 años (Gassiot 2016; Garcia Casas 2018).
Con todo, hay variaciones en la cantidad de contextos y yacimientos fechados.
Por ejemplo, se constata un claro incremento del número de asentamientos documentados al final del Neolítico, entre el 3400 y el 2400 cal ANE, para luego observar una marcada caída en la misma cifra hasta prácticamente el cambio de era (Gassiot et al. 2016(Gassiot et al., 2017)).
La excavación en extensión del Abric de l'Estany de la Coveta I, la Cova del Sardo de Boí y el Abric de les Obagues de Ratera han documentado con detalle la reiteración de ocupaciones que se llevaron a cabo en estas pequeñas cavidades del PNAESM.
En los tres yacimientos existen fases del final del Neolítico que, a su vez, se inscriben en secuencias de ocupación mucho más amplias que cubren desde distintos momentos del Mesolítico hasta épocas históricas (Gassiot et al. 2015; Gassiot 2016; Gassiot y Clemente 2018).
Esta recurrencia de la ocupación humana en determinados lugares, se aprecia también en algunos sitios al aire libre, al menos en un caso también con la cronología del final del Neolítico que se reproduce en otras áreas altas del Pirineo (Dumontier et al. 2016; Gassiot et al. 2017; Laborda et al. 2017; Orengo et al. 2014; Rendu 2003).
Las ocupaciones pastoriles al final del Neolítico
Los sondeos efectuados durante las campañas de prospección y algunas excavaciones en extensión han facilitado 14 fechas de C14 para un total de 10 fases de ocupación en 9 yacimientos distintos (Fig. 1).
Cuatro son pequeños abrigos rocosos vinculados al aprovechamiento de oquedades en la base de bloques erráticos de origen glaciar (Fig. 1).
Tres de las ocupaciones se vinculan también al aprovechamiento de pequeñas cavidades poco habituales en una zona granítica.
Son pequeñas cornisas y una cueva de reducidas dimensiones.
Las dos últimas proceden de yacimientos identificados al aire libre.
La Coma d'Espós se vincula a un recinto definido por un zócalo de piedra y el Tuc deth Lac Redon, un nivel de ocupación localizado por debajo de una cabaña tardoantigua, reproduce un patrón documentado también en otros lugares de la cordillera (Orengo et al. 2014; Rendu 2003).
Finalmente, el sondeo realizado en el Abric de la Girada Gran de Monestero proporcionó material lítico tallado similar al recuperado en otros contextos de este período que, por falta de material apto, no pudo ser datado de forma absoluta.
Su adscripción al Neolítico final/Calcolítico es, por lo tanto, muy probable pero no segura.
La tabla 1 ilustra brevemente los yacimientos considerados.
En su mayoría estos yacimientos se localizan por encima de los 2200 m de altitud.
En el primero se documentó un área de combustión con gran cantidad de carbón asociada a un nivel prácticamente limpio de otros restos arqueológicos y se interpretó como una ocupación relativamente puntual.
En cambio, en VB-014 y ESP-018 la excavación en extensión documentó el uso de la cornisa y del abrigo rocoso de forma intensa y reiterada durante varios siglos.
En ambos casos el espacio se articuló en torno a hogares y se descartaron herramientas líticas amortizadas y algunos fragmentos de recipientes de cerámica de dimensiones medianas y reducidas.
El estudio de la industria lítica (Mazzucco et al. 2019) certifica la presencia de actividades cinegéticas, de procesamiento de productos vegetales y animales en un conjunto lítico con una importante presencia de materias primas del exterior de la cordillera.
En los tres yacimientos las ocupaciones neolíticas forman parte de secuencias arqueológicas más amplias, y se han interpretado como producto del uso de las cavidades como lugar de habitación por parte de grupos que habrían llevado a cabo actividades de caza y pastoreo en la zona.
La modelización arqueológica de territorios ganaderos del final del Neolítico
La Arqueología, al basarse en registros fósiles, necesita construir procedimientos para conducir los procesos de inferencia de las prácticas sociales que los originaron.
Esta es una tarea dual.
Por una parte, dota a nuestra disciplina de un sentido explicativo más allá de la simple y tediosa descripción empírica.
Por la otra, entraña numerosos riesgos siendo el principal, quizás, trasladar una analogía directa con el presente que borre las variaciones en esas mismas prácticas sociales a lo largo del tiempo y en diversos contextos geográficos.
Las investigaciones recientes en las áreas de alta montaña ya han advertido del error de trasladar la imagen etnográfica de la trashumancia de época contemporánea directamente al pasado (Garcia Casas 2013).
Con todo, la construcción de modelos analíticos ha de facilitar el acceso a las realidades sociales pretéritas que constituyen el objeto de conocimiento de nuestra disciplina.
En el presente trabajo planteamos una aproximación a las actividades humanas en el área de estudio al final del Neolítico y que causaron el incremento ya descrito en el número de vestigios arqueológicos y los primeros indicios, a nivel macro, de alteración de la cubierta vegetal (Gassiot et al. 2014).
Para ello, estudiamos el comportamiento de dos variables a través de un análisis espacial del emplazamiento de los yacimientos de este período.
La primera es su relación con las áreas actuales de pasto y la segunda, su vinculación con posibles vías de circulación.
La pertinencia de estudiar ambas reside en la hipótesis de que la ganadería fue una actividad central en la ocupación humana de esta área de montaña al final del IV e inicios del III milenio cal ANE.
La existencia de toda actividad ganadera requiere de la alimentación del rebaño.
En consecuencia, se justifica la premisa de que todo asentamiento ganadero, entendido como un lugar donde pernocta el ganado y quizás también las personas que lo cuidan, ha de mantener cierta cercanía con sus fuentes de aprovisionamiento de agua y comida.
Algunos tipos de ganado pueden pastar en algunas áreas de bosque, pero es preferible buscar prados que son un nicho ecológico con gran cantidad de hierba disponible para el consumo animal (Landais y Balent 1995).
En la montaña pirenaica el momento de floración en los meses de verano es el óptimo para su ingesta.
Estos herbazales existían en el Pirineo de manera natural en el piso alpino, por encima de los 2400-2600 m aproximadamente, pero la apertura de bosques para aumentar las zonas de pasto disponibles los ha extendido al piso subalpino (1800-2200 m) antes poblado por árboles (Gómez 2008).
Arqueológicamente también se documenta esta asociación entre la ganadería y el aumento de determinadas herbáceas que se vinculan a pastos (para ámbitos pirenaicos cercanos, véase p. ej. Galop et al. 2007; Pèlachs et al. 2017).
El acceso a los lugares es también una variable determinante para explicar una determinada actividad y su práctica.
Si la actividad agrícola implica el acceso de la fuerza de trabajo al campo de cultivo, la actividad ganadera exige el desplazamiento del rebaño al lugar donde se alimenta y su mantenimiento allí durante cierto tiempo.
Hay numerosas formas de evaluar el modo de acceso: la dificultad técnica, las restricciones sociales, el esfuerzo en términos de tiempo, trabajo o energía, etc. En ausencia de indicaciones sobre parámetros sociales de uso de un espacio, como p. ej. los regímenes de propiedad, el umbral de dificultad por encima del cual se excluye la realización de una determinada acti-vidad puede asimilarse a un tiempo determinado.
A nivel espacial, esta variable se puede representar en términos de distancia.
Cobra sentido definir zonas, p. ej., alrededor de un asentamiento, donde es viable plantear prácticas como apacentar el ganado.
La movilidad se define así desde un punto hacia su espacio circundante en todas las direcciones posibles o una parte considerable de ellas.
Para escapar del sentido restrictivo del término "área de captación" (Vita-Finzi y Higgs 1970), entendemos este espacio como el entorno de influencia de un asentamiento.
El coste de realizar las diferentes actividades configura el umbral de ese entorno que, en consecuencia, es variable.
Otra movilidad comporta un desplazamiento entre localidades equiparables por las acciones realizadas en cada uno de ellos.
Casos paradigmáticos de esta movilidad son los desplazamientos nómadas que reubican los asentamientos y, por extensión, sus territorios circundantes de influencia.
Aunque las diferentes situaciones históricas son variables, esta movilidad implica generalmente unos umbrales de distancia distintos a los de los desplazamientos cotidianos, así como, seguramente, la existencia de vías de circulación más acotadas.
En el ámbito de lo que conocemos sobre la ganadería en zonas de alta montaña, se puede asociar tanto a los desplazamientos estacionales como a los movimientos de rebaños y pastores entre diferentes áreas de pasto dentro de una misma estación (Garcia Casas 2018; Le Couédic 2012; Rendu 2003; Violant 1949).
La utilización de aplicaciones de geoestadística y análisis espacial vinculada a la introducción de los Sistemas de Información Geográfica (SIG) en la Ar- queología se muestra como una herramienta fértil para avanzar en la modelización del acceso a los distintos lugares y las diferentes formas de movilidad en el pasado.
Brevemente, detallamos los procedimientos empleados en este estudio.
El cálculo de la extensión de los pastos dentro de las áreas de influencia
Se han definido áreas circundantes a los asentamientos identificados en el PNAESM con cronologías del final del Neolítico/Calcolítico con el fin de cuantificar el pasto accesible para un determinado umbral de esfuerzo.
El esfuerzo se ha asimilado al coste de desplazamiento traducido en tiempo, asumiendo que, por encima de ese umbral, disminuye el interés en aprovechar una cierta zona de pasto.
Este umbral se ha situado en una hora de desplazamiento desde cada yacimiento a los pastos, asumiendo que allí pernoctaban las personas y, muy posiblemente, los rebaños.
El umbral se podría haber establecido tanto por encima como por debajo de la hora.
La selección define un criterio convencional para cuantificar la extensión de una determinada superficie.
La primera decisión metodológica ha sido escoger cómo modelizar espacialmente este umbral y la segunda cuantificar, dentro de él, la superficie de pastos.
Detallamos seguidamente ambos procedimientos.
El desarrollo de los SIG permite cálculos de distancias de diferentes tipos.
Sobre esta variable analítica desde la arqueología se han definido áreas de captación o de influencia alrededor de un asentamiento (p. ej., y entre muchos otros, Marín Arroyo 2008; Sánchez et al. 2016; White y Surface-Evans 2012).
A grandes rasgos se han considerado dos concepciones del espacio.
Una lo concibe como un elemento abstracto, sin contemplar cómo se conforma el espacio físico, ni variables como la elevación, el gradiente de las laderas y su orientación, etc. Operan a partir de la distancia geométrica o euclidiana.
Vemos su aplicación en muchos mapas de densidad de puntos o en la definición de polígonos de Thiessen para definir patrones de dispersión de asentamientos.
Fuera de zonas con relieves llanos y poco abruptos su aplicación es problemática.
En cambio, los análisis basados en la segunda concepción espacial calculan la distancia real entre diferentes lugares.
Para ello contemplan las características de la superficie sobre la que se produce el movimiento: su orografía, el tipo de terreno, la vegetación y otros factores naturales que pueden funcionar como barrera (como masas de agua), así como, en la medida de lo posible, variables de orden social (Conolly y Lake 2009; Wheatley y Gillings 2002). entre los sitios objeto de análisis.
Como señalan algunos autores (Hudson 2012), los caminos de mínimo coste se usan como aproximación a la accesibilidad, siendo secundario el coste real de recorrerlos.
Puede parecer que la elección de la función de coste es independiente, o cuando menos previa, a la elección del algoritmo de coste acumulado.
Sin embargo, cuando el relieve, expresado mediante la pendiente, se toma como factor principal del coste de desplazamiento, ambas decisiones van unidas.
Como la pendiente es, en sí misma, anisotrópica, la aplicación adecuada de la función de coste debería realizarse a través de un algoritmo de coste acumulado, que tenga en cuenta la dirección (cuesta arriba o abajo) del desplazamiento para calcular el coste.
En su defecto, puede optarse, como en este caso, por una simplificación consistente en emplear un algoritmo de coste acumulado isotrópico a partir de una función de coste basada en la pendiente (como, p. ej. en Bevan 2011; Kantner 2012 y algunos casos de estudio analizados en Herzog 2013).
La comparación posterior de los resultados obtenidos con ambos métodos suele mostrar diferencias secundarias más que discrepancias radicales.
La principal limitación del uso de una función de coste basada en la pendiente, mediante un algoritmo de coste isotrópico, es que solo considera el desplazamiento cuesta arriba..
Al estar ya calculado el coste correspondiente a una determinada pendiente todos los valores de la misma son positivos de la misma son positivos.
Ello supone una cierta sobreestimación del coste empleado para determinar tanto las áreas de influencia en torno a los sitios como los caminos de mínimo coste entre sitios.
Es decir, una hipótesis conservadora.
Por el contrario, dicha simplificación solo valora, en parte, el carácter anisotrópico inherente a la pendiente, en su caso más desfavorable, que es el más relevante puesto que la reducción de coste que cabe suponer a la pendiente cuesta abajo solo tiene efecto en pendientes moderadas (inferiores a 12o, según la conocida fórmula de Langmuir 1995).
Así, el efecto desfavorable al desplazamiento en las pendientes acusadas se ve reforzado por el uso exclusivo de pendientes positivas que hace el algoritmo isotrópico.
Ello da lugar a costes acumulados desfavorables salvo en las pendientes moderadas, de manera que el camino de mínimo coste tenderá a coincidir con el obtenido mediante un algoritmo isotrópico aunque el valor del coste resulte sobreestimado.
Una vez establecidos como factores de coste el relieve y la exclusión de las masas de agua en tanto que barreras, la elección de la función de coste se ha basado en el criterio de obtener valores de tiempo de desplazamiento en función de la pendiente.
Esa es la magnitud realmente significativa a la hora de definir áreas de influencia y de expresar la "distancia" entre sitios en áreas de montaña.
Se han desechado pues opciones como el uso directo de la pendiente como valor de coste (p. ej., Hudson 2012), ya que produce valores de coste acumulado sin significado práctico, o como las funciones de coste que estiman el esfuerzo físico realizado por los sujetos que efectúan los desplazamientos.
Dichas funciones dan lugar a estimaciones realistas del esfuerzo necesario y, por tanto, a superficies de coste ajustadas a la dificultad del desplazamiento.
Sin embargo resultan poco operativas en términos territoriales para expresar áreas de influencia o distancias entre sitios.
Los análisis de superficies de coste en Arqueología han empleado diversas funciones de cálculo del coste en términos de tiempo de desplazamiento en función de la pendiente (véanse, para revisiones en detalle, Bevan 2011; Herzog 2014; Kantner 2012), ya sea mediante algoritmos de coste acumulado anisotrópicos o, en su versión simplificada (solo pendientes positivas), isotrópicos.
La primera de ellas, implementada en la conocida función rwalk del programa de SIG GRASS, goza de un notable reconocimiento en este campo (Bevan 2011).
Lo mismo ocurre con la de Tobler, una de las más empleadas en estudios de caminos mínimos (Herzog 2014, p. ej., reporta su uso en 8 casos de estudio de un total de 15 analizados).
Esas fórmulas tienen un componente anisotrópico que es sacrificado en la versión simplificada isotrópica, donde solo intervienen valores de pendiente positivos.
Ello o bien resta sentido a su formulación inicial (especialmente la de la fórmula de Tobler, que utiliza una función exponencial) o bien la reduce a una función lineal de la pendiente positiva.
En este caso la función solo emplea el tiempo base de desplazamiento en llano (constante de las fórmulas) y el coeficiente multiplicador de la pendiente.
En este trabajo, se ha ensayado una función lineal sencilla, derivada empíricamente por uno de los autores (JNA, véase Anexo) a partir de datos de tiempo de recorrido y pendiente media de itinerarios excursionistas.
Su formulación es la siguiente: t = s * 1,2532 + 9,1806 donde t = tiempo en minutos para recorrer 1 km s = pendiente en porcentaje La fórmula ofrece valores intermedios (véase Anexo) respecto a la versión isotrópica de las funciones antes mencionadas, empleadas con el mismo fin.
La fórmula de Tobler, que recoge mejor las variaciones locales del relieve y presenta valores más extremos donde la pendiente es muy acusada podría parecer más oportuna.
Ello incrementa la distancia que se puede recorrer dentro de una determinada magnitud de tiempo.
Los resultados obtenidos al aplicar las tres fórmulas en algunos yacimientos se han cotejado con el tiempo real necesario para recorrer determinadas distancias en el terreno actual.
Ello ha permitido comprobar que los valores de la fórmula de Nunes (véase Anexo), intermedios a los de las otras dos, se ajustan mejor a los tiempos actuales.
La fórmula de Langmuir produce valores de tiempo similares a los de la fórmula propuesta para valores moderados de pendiente (hasta 40 %).
En pendientes más acusadas da tiempos sensiblemente inferiores, intermedios también entre los producidos por las fórmulas de Marín Arroyo y Tobler.
En el presente ensayo se ha empleado el software ArcGIS 9.5.
En concreto, el algoritmo de coste isotrópico (función Cost Distance), que implementa el conocido algoritmo de Dijkstra.
Este último produce el valor de coste acumulado para cada celda del ráster de la superficie de coste inicial, al tiempo que registra para cada una la de menor coste hacia la cual moverse.
De ese modo es posible posteriormente obtener el camino de mínimo coste retrocediendo de cada celda destino a cada celda origen.
El proceso podría haberse realizado con otros programas, ya que la implementación del algoritmo de coste acumulado isotrópico es parecida en todos.
Los análisis de superficie de coste en Arqueología emplean también programas como IDRISI y GRASS (Gietl et al. 2008; Herzog 2014), así como softwares desarrollados por los propios autores.
Sin embargo predomina el empleo de ArcGIS (p. ej. en 11 de los 15 casos estudiados en Herzog 2014).
El procedimiento seguido ha consistido en: i) calcular la pendiente en porcentaje a partir del Modelo Digital de Elevaciones (MDE, DEM en inglés) distribuido por el Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya, con un ancho de píxel de 5 m, lo cual asegura un alto nivel de detalle; ii) generar a continuación, mediante la fórmula propuesta, una superficie de coste o fricción para toda el área de estudio; iii) añadir el efecto barrera de las masas de agua (principalmente lagos) asignándoles un valor de coste muy elevado con el fin de introducir un factor limitante a la circulación en esas áreas que aparecen totalmente llanas en el MDE; iv) obtener la superficie de coste acumulado a partir de cada uno de los sitios arqueológicos objeto de estudio mediante el algoritmo de coste isotrópico de ArcGIS.
Este procedimiento genera un mapa continuo del tiempo de desplazamiento en minutos desde el yacimiento (Fig. 2).
Sobre esa base se definen líneas de isocoste de 60 minutos que engloban toda la superficie entorno al mismo hasta una hora de distancia.
Este cálculo tiene dos imprecisiones: excluye la vegetación (véase más arriba) y la velocidad de desplazamiento.
Esta depende de la composición y estado físico de las personas del grupo, de la carga transportada, en su caso, del tipo de ganado, la meteorología, etc. En cambio, la modelización establece áreas comparables en torno a los yacimientos, al margen de si los recorridos desde los mismos suponen 60, 50 o 75 minutos.
Finalmente, para cada yacimiento, se ha calculado la superficie de pasto definida por la línea de isocoste de una hora, mediante el Mapa de Cobertes del Sòl de Catalunya (MCSC-4) realizado por el Centre de Recerca Ecològica i Aplicacions Forestals (CREAF 2013) (Fig. 3).
Se han contemplado solo las áreas de pasto y de cultivos actuales al reflejar un paisaje vegetal cercano a los máximos de antropización de los últimos 10.000 años (Catalan et al. 2013).
Las imprecisiones se han considerado asumibles, dado que se pretende comparar los potenciales pastos entorno a los yacimientos más que valores absolutos de la realidad pretérita.
La superficie se ha calculado aislando una única capa de pasto y rasterizándola en píxeles de 5 m de ancho.
La definición de posibles caminos
Los caminos se han definido sobre la misma base: una superficie de coste caracterizada mediante el algoritmo ya detallado sin las áreas lacustres.
Siguiendo el principio teórico de los caminos óptimos, se han definido como el recorrido de menor coste entre dos puntos, una vez definida una superficie de coste acumulado.
Su trazado se ha efectuado igualmente mediante ArcGIS 10.5 (función Cost Path).
La decisión más relevante del análisis fue definir los orígenes y destinos de los caminos, dado que se pretendía observar la relación de los yacimientos con las hipotéticas vías de circulación y no la circulación entre ellos.
En las inmediaciones del PNAESM apenas se conocen yacimientos prehistóricos que pudieran haber sido los nudos de la red.
Este papel se ha asignado a los núcleos de población estable actuales situados alrededor del parque.
En primer lugar, a menudo son asentamientos con una historia muy prolongada.
Además se emplazan en los principales valles circundantes al PNAESM y conectan sectores por los que, sin duda, transcurrió un poblamiento prehistórico.
Por último, los caminos resultantes pueden explicar la movilidad en épocas más recientes.
Se han trazado las vías óptimas entre las poblaciones de Espot, València d'Àneu, Salardú, Arties, Vielha, Vilaller, Taull, Boí, Torre de Capdella, Llessuí, etc cuyo recorrido cruza partes del PNAESM.
Como su definición sobrepasa con mucho la superficie del parque, se han simplificado los cálculos empleando el MDE de 15 m de ancho de píxel (Garcia Casas 2018).
El grado de coincidencia es muy elevado entre la red de caminos obtenida, los caminos y senderos actuales y las vías pecuarias que figuran en la cartografía de referencia de ámbito autonómico (Departament d'Agricultura 2013).
Por otra parte, se han eliminado caminos que transcurrían por zonas de difícil acceso, resultado de operar con mapas más imprecisos y con píxeles mayores.
Una vez trazados los distintos caminos óptimos, se ha calculado la distancia de cada yacimiento a la ruta más cercana.
Este valor se estableció a partir del tiempo y no de la distancia lineal o euclidiana.
Para ello, y empleando de nuevo el MDE con un píxel de 5 m, se han calculado las áreas de distancia de coste alrededor de los diferentes caminos en su trazado dentro del PNAESM.
El mapa resultante ha calculado en minutos el recorrido entre el emplazamiento de cada yacimiento y el camino más cercano (Fig. 4).
La comparación con yacimientos de época contemporánea
En ocasiones en Arqueología se obtienen valores para variables difíciles de ponderar: el tiempo de trabajo que implica una determinada producción, el rendimiento de una acción o el grado de visibilidad de un emplazamiento hacia su territorio circundante.
En nuestro caso sucede lo mismo.
Como resultado de las acciones expuestas en los apartados precedentes contamos con superficies de pasto en áreas acotadas alrededor de los yacimientos prehistóricos y con las distancias entre estos y una red de caminos teóricos.
No obstante, traducir los valores obtenidos a una comprensión de dinámicas sociales pretéritas sigue siendo una actividad compleja.
Para facilitar esta tarea, se han calculado los mismos valores para una cifra idéntica de asenta- Trab.
Parque Nacional d'Aigüestortes i Estany de Sant Maurici (delimitado en negro; los lagos en sombreado continuo gris oscuro).
Abajo detalle de la extensión de pastos en el área de influencia a 1 hora del Abric de les Obagues de Ratera (en color en la versión electrónica, azul para los lagos, verde para las áreas de pasto). mientos con cronologías de los últimos 200 o 250 años.
Se han seleccionado yacimientos con dataciones absolutas de este periodo, así como otros cuyos materiales superficiales (hojas de navajas de hierro) y su arquitectura permiten dicha asignación (Gassiot 2016; Garcia Casas 2018).
Además se han priorizado aquellos claramente relacionables con las actividades pastoriles descritas por las fuentes etnográficas para esta zona del Pirineo (Violant 1949(Violant, 2001;;Vilarrassa 1981).
Según explican la gestión de los rebaños está orientada a la explotación al máximo de los pastos, representando los asentamientos de altura uno de los extremos de una ganadería estacional.
La comparación pretendía poder detectar si existían diferencias entre ambos conjuntos en su relación con las vías de paso y en el acceso a las zonas de pasto.
Asentamientos y áreas de pasto
Siguiendo los procedimientos descritos, se ha calculado la superficie de pasto (y cultivos) en un desplazamiento radial de una hora en torno a cada lugar considerado.
Una vez conformada una superficie de coste, se han delimitado las distancias de una hora alrededor de los 10 asentamientos con cronologías del final del Neolítico y Calcolítico (Fig. 5).
Estas distancias han considerado la incidencia de la orografía en la facilidad y velocidad de los desplazamientos a pie de una o varias personas y dejando de lado la incidencia de la vegetación.
Las delimitaciones obtenidas son orientativas pero constantes entre los diferentes yacimientos, por lo que sirven de base comparativa entre ellos (Tab.
El área siempre es muy inferior a la que resultaría de proyectar el círculo con 5 km de radio, típico de los primeros estudios sobre áreas de captación en Arqueología.
Las áreas delimitadas por desplazamientos de una hora en torno a los yacimientos prehistóricos tienen poco más de 900 ha de media.
Este valor aumenta hasta unas 950 ha en los de época contemporánea.
En cada grupo hay, no obstante, una cierta diversidad interna.
El coeficiente de variación es de 17,3 en los yacimientos prehistóricos y de 20,6 en los de época contemporánea.
Las pruebas estadísticas se han hecho mediante el programa Past 2.17c.
La variabilidad en la superficie de terreno accesible entre yacimientos responde, en general, a diferencias en las orografías locales, siendo los terrenos más abruptos los que más dificultan los desplazamientos.
En prome-dio la extensión de las áreas de influencia de los yacimientos de época contemporánea es algo superior.
Esta diferencia responde principalmente a los valores elevados de un único asentamiento contemporáneo (TC-023), donde la orografía circundante es menos abrupta.
De hecho, al excluir este yacimiento, los valores de la prueba Shapiro-Wilk refuerzan esta normalidad (W = 0,9444, p(normal) = 0,6244).
Según sus resultados no hay diferencias significativas (p = 0,9697) entre las extensiones de las áreas de influencia de los yacimientos del final del Neolítico y de época contemporánea.
A partir de aquí, se han obtenido también las superficies actuales de pastos comprendidas en los recorridos de una hora en torno a los yacimientos (Tab.
La superficie media de pastos actuales accesibles desde los yacimientos neolíticos es de 320,3 ha, con una desviación típica de 147,3.
De promedio supone algo más de un tercio (el 34,6 %) de la superficie accesible alrededor del yacimiento a una hora de recorrido.
En los asentamientos de época contemporánea este valor es más elevado: la superficie de pastos a una hora de distancia asciende a 479,2 ha, con una desviación típica de 150,1.
En consonancia con este incremento, esta cifra supone casi el 50,8 % de media de la cantidad total de terreno a menos de una hora de cada uno de estos emplazamientos.
Asentamientos, caminos y movilidad
Según la cartografía del Departament d'Agricultura (2013), hay tres caminos ganaderos que cruzan los Pirineos de sur a norte en los alrededores del PNAESM.
Dos de ellos bordean sus límites actuales por el este y por el oeste.
El tercero remonta el valle de Boí y se ramifica a la altura del Estany de Travessani para alcanzar el Valle de Aran cruzando los puertos del Coret de Uelhicrestada y Caldes y descender por los valles de los ríos Rius y Rencules, uniéndose de nuevo en su confluencia antes de llegar a Arties.
La modelización de caminos óptimos se ha efectuado con la finalidad de complementar un hipotético mapa de vías de circulación que amplíe la cartografía actual de vías ganaderas y que ayude a evaluar la disposición de los yacimientos arqueológicos de la zona.
El resultado se presenta en la figura 3.
Como se puede apreciar, el trazado de los caminos ganaderos actuales en el interior del Parque Nacional coincide en gran medida con el de los caminos teóricos definidos mediante la modelización espacial.
La divergencia del camino oriental se debe a la presencia de una pista forestal abierta en el siglo XX y que actualmente se aprovecha también para mover rebaños.
Otras discrepancias en algunos puntos de los caminos central y occidental, ya en el Valle de Aran, se explican por la voluntad de evitar determinadas áreas de fondo de valle.
Por otra parte, el recorrido de los caminos óptimos coincide también con los senderos que actualmente transcurren por esta área del Pirineo, muy frecuentada por excursionistas.
La tabla 3 presenta las distancias en minutos de los yacimientos documentados con respecto a las rutas óptimas definidas, así como los caminos pecuarios reconocidos en la cartografía de la Generalitat de Catalunya.
Hay una diferencia evidente en la relación de los yacimientos con los caminos óptimos en función de su cronología.
De los 10 asentamientos con ocupaciones del Neolítico final/Calcolítico considerados 8 se localizan a menos de 20 minutos de una vía de circulación potencial.
Esta situación es inversa en los de época contemporánea: en 8 casos esta distancia supera la media hora de tiempo de desplazamiento.
De hecho, 7 de los 10 yacimientos contemporáneos se localizan por encima de la distancia máxima de los asentamientos prehistóricos con relación a los caminos óptimos.
Esto se refleja en los respectivos promedios, con una distancia media de poco menos de 12 minutos en los ejemplos del final del Neolítico/Calcolítico y de casi 49 minutos en los contemporáneos.
En estos últimos la desviación típica es considerable (32,7 minutos) porque en dos casos el camino óptimo transcurre muy cerca, o incluso por encima, del asentamiento considerado.
En los casos prehistóricos, esta misma desviación no llega a 12 minutos.
En cambio la situación es notablemente distinta, si se considera la distancia hacia las cabañeras documentadas en la cartografía pecuaria actual.
La distancia media de los diferentes yacimientos se incrementa considerablemente.
La excepción es SO-007A, localizada bastante cerca de una pista forestal que actualmente cumple también esta función.
Por la otra, los yacimientos prehistóricos vuelven a mostrar una pauta claramente propia con relación a los de época contemporánea.
Ningún asentamientos del final del Neolítico se emplaza a menos de una hora de distancia de una cabañera, 6 se sitúan a una y dos horas, 2 entre 2 y 3 horas y otros 2 por encima de las 3 h.
En cambio, la mitad de los yacimientos de los últimos siglos se localizan a menos de una hora de una vía pecuaria actual y solo uno a más de 3 horas de desplazamiento.
La información procesada en este trabajo completa la documentación obtenida en superficie de yacimientos arqueológicos con pequeños sondeos que han permitido fecharlos.
Sobre esta base se fechan la práctica totalidad de los asentamientos asignados al final del Neolítico/Calcolítico y una parte de los de época contemporánea.
El estudio de algunos materiales y analogías formales complementan la asignación temporal, especialmente para los ejemplos recientes.
Todos los vestigios documentados, tanto por su morfología como por su ubicación espacial, se interpretan como asentamientos asociados a la utilización ganadera de esta área de alta montaña.
En los contextos prehistóricos esta caracterización se refuerza con los resultados de la excavación del Abric de les Obagues de Ratera de los años 2015 a 2017 (en gran medida inédita, pero con un avance en Gassiot y Clemente 2018), del Abric de l'Estany de la Coveta I (Gassiot 2016) y con la información procedente de contextos similares en otros ámbitos del Pirineo (Dumontier et al. 2016; Gassiot et al. 2017; Orengo et al. 2014; Rendu 2003).
La explicación de los asentamientos contemporáneos remite en gran medida a analogías etnográficas, fuentes orales y a la comparación con otros casos pirenaicos de estudio (Garcia Casas 2018; Le Couédic 2010).
Una primera impresión sugiere una cierta identidad entre los registros neolíticos y los contemporáneos salvadas las diferencias arquitectónicas entre los yacimientos de ambos períodos.
Se localizan a altitudes relativamente similares, mayoritariamente cerca o ligeramente por encima del actual límite superior del bosque, en lugares cercanos al agua y adyacentes o dentro de actuales zonas de pasto.
Siguiendo este hilo, se podría plantear que en el tramo final del Neolítico en esta zona del Pirineo se configuró un sistema de explotación de las zonas altas con cierta analogía con la ganadería de época contemporánea.
Si a ello le sumamos la destacada presencia de materiales alóctonos entre las materias primas líticas de los contextos prehistóricos (Mazzucco et al. 2019), la ecuación parece cerrarse.
Nos encontraríamos con el surgimiento, a del final del IV milenio cal ANE, de un sistema de poblamiento estacional del área del PNAESM, orientado al aprovechamiento de sus ecosistemas alpinos, principalmente como pastos, en el marco de un sistema ganadero con ciertas semejanzas al pastoreo de época histórica.
Siguiendo este argumento, cobraría sentido la analogía etnográfica con las informaciones de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX para interpretar estos registros prehistóricos.
No obstante, una revisión con mayor profundidad de los registros arqueológicos y paleoambientales matiza de forma relevante esta posibilidad.
En otros trabajos ya hemos expuesto las variaciones en la secuencia arqueológica en el PNAESM a lo largo del Holoceno y, en especial, desde el final del Neolítico hasta nuestros días (Gassiot et al. 2014(Gassiot et al., 2017;;Gassiot 2016; Garcia Casas 2018).
El vacío de asentamientos durante el II y I milenios cal ANE indica cambios en los patrones que definieron la presencia humana en el área, que excluyen una continuidad lineal hasta la época contemporánea en las pautas del poblamiento.
A su vez, los procesos de deforestación y modificación de la cubierta vegetal por causas antrópicas, tampoco son continuos ni progresivos.
En aparente paradoja, se intensifican en diversos momentos del II y I milenios cal ANE coincidiendo con la disminución de indicios arqueológicos de asentamientos humanos (Gassiot et al. 2014).
El análisis espacial planteado en este trabajo profundiza en las singularidades de los patrones de dispersión de los yacimientos de dos períodos bien diferenciados: el final del Neolítico o Calcolítico y la época contemporánea.
Lejos de representar el inicio y el final de un sistema ganadero de muy larga duración, se documentan importantes diferencias en las variables que definen los emplazamientos de los asentamientos de uno y otro período.
Estas divergencias se relacionan con el acceso a pastos y a las vías de circulación.
Ambas variables son centrales en las prácticas ganaderas de montaña cuya movilidad depende del agotamiento de las reservas de hierba y los ciclos estacionales Este trabajo ha tratado de modelizar espacialmente ambas, con todas las cautelas que implica manejar información geográfica y cartografía actuales.
Cons-cientemente se ha prescindido de la variabilidad climática holocénica que conllevó oscilaciones de temperatura y pluviosidad mayores de lo supuesto hasta hace pocos años (Catalan et al. 2013).
A menudo operó sobre períodos breves de tiempo y de forma relativamente brusca y se desconoce con precisión su efecto en los diferentes ecosistemas del área de estudio.
La ausencia de una modelización de detalle de la paleovegetación para cada época y en cada área del PNAESM explica que esta variable tampoco se tuviera en cuenta ni al definir las áreas de influencia alrededor de los yacimientos ni al configurar los caminos óptimos.
En ambos casos, no obstante, se han introducido comprobaciones para validar la veracidad de los resultados obtenidos, tanto en las distancias de coste como en las rutas definidas.
Finalmente, se han considerado las áreas de pasto actuales, reflejo de su momento de máxima extensión al ser todavía muy lento el proceso de regeneración forestal vinculado al descenso de la ganadería de la segunda mitad del siglo XX.
Los pastos actuales deben reflejar con cierta precisión las áreas de pastoreo en torno a los asentamientos de época reciente.
Esta asociación es más problemática para los de cronología prehistórica.
En todo caso, pueden reflejar un umbral cercano al máximo de extensión de los pastos a su alrededor que, en caso de una mayor forestación, sería sensiblemente menor.
De haberse producido, las inferencias que siguen cobrarían todavía mayor fuerza.
De los resultados obtenidos se desprenden dos argumentos centrales.
El primero es la mayor presencia de pastos alrededor de los asentamientos de época contemporánea en comparación con los del final del Neolítico/Calcolítico.
La extensión de las áreas de una hora de desplazamiento alrededor de los asentamientos de ambos períodos tiende a ser similar, mientras la extensión de las superficies de pastos es casi un 50 % superior de media en los yacimientos de época histórica.
Este mayor acceso directo a la hierba se correlaciona con la mayor lejanía de estos mismos asentamientos a las vías óptimas de circulación que, como se ha detallado más arriba, en gran medida se corresponden con los senderos actuales de excursionistas.
Es decir, el patrón de asentamiento del siglo XVIII y especialmente del siglo XIX e inicios del siglo XX parece priorizar la obtención de hierba para el ganado y, con ello, sacrifica la accesibilidad a los lugares donde se definen los refugios de personas y animales.
La imagen descrita coincide en gran medida con la información etnográfica.
En cambio, al final de la época neolítica el patrón cambia significativamente.
Desde cada asentamiento se accede de forma rápida y directa a una superficie notablemente menor de pastos.
Es decir, o menos ganado podía pacer en un radio inmediato al lugar don-Trab.
Por el contrario, la accesibilidad de los lugares de refugio y pasto era más sencilla y se vinculaba de forma más directa a lo que pudo sido la red de circulación viaria en este sector del Pirineo.
Ello es coherente con la imagen general de movilidad que proporciona la arqueología para las ocupaciones de este período: uso reiterado de los espacios de hábitat con ocupaciones cortas, considerable presencia de materiales exógenos, a veces procedentes de distancias superiores a los 50 km, etc. (Gassiot 2016; Mazzucco et al. 2019).
Llegados a este punto, salta a la vista otro aspecto de interés.
Sin la menor duda los registros arqueológicos de superficie del PNAESM son todavía parciales.
Sin embargo es notoria la disposición de 6 de los yacimientos prehistóricos considerados sobre una de las vías de tránsito sur-norte en la mitad oriental del parque.
Por otra parte, las distancias entre ellos son relativamente constantes (Tab.
Todos estos yacimientos comparten fases de ocupación del final del IV e inicios del III milenio cal ANE.
No distan mucho unos de otros y tienen, al menos, un asentamiento de la misma época en un rango próximo y, en general, algo inferior a las 2 horas de desplazamiento.
De hecho, en cinco casos el área de influencia de una hora se solapa en parte, al menos, con el de otro yacimiento de la misma época.
Se desprende así una cierta regularidad en la disposición de los abrigos con ocupaciones del final del Neolítico/ Calcolítico en la mitad oriental del área de estudio, tanto en la distancia entre ellos como en su asociación con rutas de paso en sentido sur-norte.
Este último aspecto abre la puerta a otra cuestión.
Desde una perspectiva diacrónica, se aprecia un claro incremento de la cifra de asentamientos conocidos al final del Neolítico tanto en el PNAESM como en otros sectores del Pirineo (Gassiot et al. 2017).
Este fenómeno se traduce en un mayor número de ocupaciones registradas y datadas mediante C14.
Paleoecológicamente coincide con el inicio de un impacto antrópico en la vegetación que, no obstante, es todavía leve en comparación con las magnitudes observadas en los milenios posteriores.
Una lectura posible de la confluencia de ambas situaciones lleva a argumentar un incremento de la población en la zona, con una intensificación del aprovechamiento ganadero del piso alpino y la parte superior del subalpino.
El incremento del número de asentamientos a partir del 3300 cal ANE podría reflejar una ocupación simultánea de las pequeñas cuencas en las cabeceras de los diferentes valles del PNAESM.
Otra alternativa puede radicar en una ocupación menos intensa del espacio por parte de grupos bastante móviles, que desplazarían sus refugios en diversas ocasiones a lo largo de la época cálida y sin nieve.
En este caso, el volumen de pasto que circunda cada asentamiento sería sensiblemente menor.
Esta opción parece corresponder mejor con indicios todavía tenues de antropización de la paleovegetación y con el escaso volumen de materiales muebles presentes en las ocupaciones de este período.
El estudio de las sociedades humanas del pasado a través de la disposición espacial de sus restos materiales es una tendencia en Arqueología que, desde hace unas décadas, ha aportado gran cantidad de datos y modelos interpretativos para diversos periodos prehistóricos e históricos, así como regiones (Conolly y Lake 2009).
Más allá del estudio arqueológico centrado en el yacimiento como unidad básica y final de la investigación, el análisis de las relaciones espaciales de los restos materiales tanto entre sí como con su entorno natural y social permite comprender mejor la vertiente geográfica de la actividad humana en el pasado.
De esta manera se pueden elaborar explicaciones sobre las circunstancias que envuelven el asentamiento de los grupos humanos en un determinado lugar y comprender la variación de estos patrones a lo largo del tiempo.
Además, permite entender las relaciones de los grupos humanos con su entorno más inmediato y su estructuración del espacio en función de sus prácticas sociales.
El presente trabajo representa la aplicación de estas líneas de investigación a una zona de alta montaña donde en los últimos años se han documentado numerosos restos arqueológicos en un espacio continuo.
La localización de los asentamientos prehistóricos próximos entre sí y a la vez relativamente cerca de una posible ruta de comunicación entre valles muestra una estructuración del espacio muy diferente a la de los últimos siglos, cuando la cantidad de pasto alrededor del sitio parece cobrar mucho más peso.
Los territorios de montaña, en época moderna y contemporánea, estaban, y están, parcelados y delimitan de modo muy preciso los derechos de pasto.
Por el contrario, la organización de la montaña en el Neolítico final parece muy distinta.
Estos resultados complementan otras investigaciones arqueológicas en el PNAESM que desmienten una supuesta continuidad entre la ganadería prehistórica y la trashumancia tradicional documentada por los etnógrafos a principios del siglo XX (García Casas 2018; Gassiot et al. 2014; Gassiot 2016; Mazzucco et al. 2019).
Los resultados expuestos son de carácter parcial y han de considerarse junto con estudios arqueológicos y paleoecológicos más amplios.
Sin embargo muestran cómo el análisis espacial proporciona herramientas para modelizar los factores que definieron las formas de vida en los Pirineos en la Prehistoria.
En el trabajo de campo se ha contado con la participación indispensable de los miembros de GAAM (Grup d 'Arqueologia de l' Alta Muntanya), así como de numerosos estudiantes Dpto. de Prehistoria de la Universidad Autónoma de Barcelona.
La investigación expuesta no habría sido posible sin la colaboración y el apoyo tanto de la dirección como de los trabajadores del PNAESM.
En la versión electrónica de este artículo, disponible en libre acceso en la página web de la revista se incluye en el PDF un anexo que detalla la explicación del algoritmo inédito utilizado para el cálculo del tiempo de desplazamiento.
Explica los cálculos de base de la fórmula y la comparación con los resultados derivados de otros algoritmos utilizados en arqueología. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
Se presentan en este estudio los resultados de los análisis isotópicos realizados sobre una muestra de restos humanos de la necrópolis calcolítica de Los Millares.
Para proceder a su discusión se ha realizado previamente su contextualización cronológica a partir de una serie de dataciones radiocarbónicas y la revisión de la cronología relativa de los sepulcros.
Los resultados del análisis isotópico apoyan las propuestas sobre un incremento en la aridez desde el 2400/2300 cal AC.
Además, en una dieta dominada por los recursos terrestres en la que las proteínas suelen proceder del consumo de herbívoros, existe una cierta variabilidad con individuos que pueden haber consumido otros recursos.
El yacimiento arqueológico de Los Millares fue descubierto a finales del siglo XIX (Siret 1893), junto a la población de Santa Fe de Mondújar (Almería), con motivo de la construcción de un ferrocarril minero.
Desde entonces ha sido un referente en la investigación de la Prehistoria Reciente del Mediterráneo Occidental.
El conjunto calcolítico de Los Millares (Fig. 1) incluye un poblado de más de 5 ha, una necrópolis aneja de aproximadamente un centenar de sepulturas colectivas (actualmente son visibles 83) y 13 fortines que defienden el conjunto al sur y este (Molina y Cámara 2005).
El asentamiento y la necrópolis se sitúan en un espolón amesetado en la confluencia del río Andarax con la Rambla de Huéchar.
El primero desemboca en el golfo de Almería.
El área de influencia directa de Los Millares, sin embargo, incluye también pequeños poblados y necrópolis situados en las cercanas sierras de Alhama y Gádor e incluso asentamientos y necrópolis distribuidos por las cuencas de los ríos Andarax y Nacimiento y el Cabo de Gata (Molina y Cámara 2005; Haro et al. 2006; Cámara et al. 2014).
Por último, en la zona más meridional de la necrópolis, junto a las tumbas de la época del Cobre, aparecen otras de arquitectura más sencilla (cistas cuadradas y rectangulares con urnas de incineración en su interior).
Corresponden a una necrópolis del Bronce Final que se superpuso espacialmente a la necrópolis calcolítica, pero está desvinculada de ella como muestran la tipología de la tumbas y contenedores cerámi-Fig.
Situación del yacimiento calcolítico de Los Millares en el sureste de la Península Ibérica y vista área de su necrópolis y poblado tomada en 1979 (fotografía Altair/Grupo de Estudios de Prehistoria Reciente, GEPRAN, Universidad de Granada).
Plano simplificado de la necrópolis, con las tumbas muestreadas que aparecen numeradas, indicando con dígitos árabes la denominación de L. Siret y con dígitos romanos la de Almagro y Arribas.
No se conoce la situación sobre el terreno del resto de las sepulturas muestreadas (Grupo de Estudios de Prehistoria Reciente, GEPRAN, Universidad de Granada; en color en la versión electrónica).
Louis Siret con la ayuda de su capataz Pedro Flores llevó a cabo las primeras excavaciones, básicamente en la necrópolis, que publicó de forma no exhaustiva (Siret 1893(Siret, 1913)).
Con posteridad, Georg y Vera Leisner (1943) usaron la documentación de Siret para su gran corpus sobre el Megalitismo del sur de la península ibérica.
Las nuevas investigaciones en Los Millares por parte del equipo de la Universidad de Granada, dirigido por A. Arribas y F. Molina (Arribas et al. 1979), consistieron en actividades muy limitadas de documentación, limpieza y conservación en la necrópolis (Fig. 2) y excavaciones en el hábitat, especialmente en los sistemas de fortificación (Arribas et al. 1987).
Los recintos amurallados, necrópolis y fortines que integran el sitio, dados a conocer tras las intervenciones realizadas entre finales del siglo XIX y finales del siglo XX, han sido referentes en toda discusión sobre 1 Molina González, F. 1976: La Cultura del Bronce Final en el Sudeste de la Península Ibérica.
Universidad de Granada. las causas y el grado de jerarquización alcanzado por las sociedades del III milenio a.
Este trabajo estudia la dieta humana en el asentamiento de Los Millares y, de forma complementaria, los cambios ambientales que tuvieron lugar en el sureste de la península ibérica durante el Calcolítico, a partir del análisis de isótopos estables.
Las muestras fechadas procedentes del registro funerario de su necrópolis nos han servido para evaluar posibles diferencias en la dieta entre los individuos inhumados que compartieron una misma sepultura, así como los cambios temporales en la dieta y el medioambiente.
Además, el conjunto de nuevas dataciones de C14 amplía considerablemente la información sobre la duración del uso de la necrópolis de Los Millares, ofreciendo un marco de contrastación con la cronología relativa obtenida de la tipología artefactual de los ajuares de las tumbas analizadas, fundamentalmente a partir de G. y V. Leisner (1943).
Las hipótesis relacionadas con estos objetivos son: a) Durante la ocupación de Los Millares hubo un relativo aumento de la humedad en los siglos centrales del III milenio a.
C., sugerido por los resultados de los estudios polínicos, arqueomagnéticos e isotópicos para otras áreas del sureste de la península ibérica y de la Alta Andalucía (Carrión et al. 2001(Carrión et al., 2007;;Nachasova et al. 2007; Yanes et al. 2011Yanes et al., 2013) ) y por los estudios antracológicos en el propio yacimiento (Rodríguez y Vernet 1991). b) A lo largo del Calcolítico Reciente el clima volvió a condiciones áridas que continuaron durante la primera mitad del II milenio a.
C. como ha sido propuesto también por otros autores (Rodríguez y Vernet 1991; Rodríguez 1989Rodríguez -1990;;Capel et al. 1998; Carrión et al. 2007; López-Sáez et al. 2014), incidiendo fuertemente sobre una cobertura vegetal ya objeto de la presión antrópica (Rodríguez et al. 1996; Fuentes et al. 2005). c) En Los Millares se plantean diferencias de consumo entre grupos sociales e individuos basadas en la distribución diferencial de los restos faunísticos (Navas et al. 2005(Navas et al., 2008) ) y en un estudio isotópico previo (Waterman et al. 2017).
En cualquier caso, para afianzar esta hipótesis, (Molina et al. 2004).
Las últimas excavaciones arqueológicas en la necrópolis de Los Millares se realizaron en la década de 1950 (Almagro y Arribas, 1963).
En esta contribución se presentan 14 nuevas dataciones realizadas sobre una representación de muestras de huesos humanos sometidos a análisis isotópico: 12 proceden de contextos excavados por L. Siret, depositados en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) en Madrid, y las otras 2 de restos óseos de las excavaciones de A. Arribas, conservados en el Laboratorio de Antropología de la Universidad de Granada (UGR).
Los conjuntos conservados en el Museo Arqueológico de Almería (MAA) se han descartado por el tamaño mínimo de la muestra en la tumba 72 y el retraso en el procesamiento del material de la tumba II/47.
Del conjunto analizado, 13 fechas corresponden a tumbas de la Edad del Cobre y una procede de una sepultura del Bronce Final.
Las 14 muestras han sido datadas por AMS en el Centro Nacional de Aceleradores (CNA) de Sevilla y calibradas a través del Programa Calib 7.0.2 siguiendo la curva IntCal13 (Reimer et al. 2013) (Tab.
Esta primera serie de fechas absolutas disponibles para los inhumados de la necrópolis de Los Millares se suma a la datación del Laboratorio de Köln (KN 72), ya conocida, sobre una muestra de vida larga del tholos 19 (Almagro y Arribas 1963; Molina et al. 2004).
En primer lugar, este amplio conjunto permite discutir propuestas recientes sobre la cronología de los sepulcros del sureste a partir de nuevas dataciones radiocarbónicas (Aranda y Lozano 2014; Lozano y Aranda 2017; Aranda et al. 2017aAranda et al., 2017b)), además, de la contrastación del conjunto con la seriación de las sepulturas de Los Millares basada en sus rasgos formales y en los materiales recuperados (aun teniendo en cuenta el amplio periodo de uso de la mayoría de las tumbas).
Esta combinación de las dataciones con la tipología de tumbas y ajuares contextualiza las 44 muestras con datos positivos en los análisis de isótopos estables (13C y 15N) del conjunto de 68 seleccionadas.
La información isotópica procede de 26 muestras del MAN (Colección Siret), 9 del MAA (Colección Siret 3; excavaciones de M. Almagro y A. Arribas 6) y 9 de la UGR (excavaciones M. Almagro y A. Arribas).
En cambio 24 muestras procedentes del MAN carecían de colágeno (Tab.
La selección y clasificación de las muestras obtenidas de la colección de restos humanos de Los Millares se debe a dos de las autoras: V. Peña (MAN) y S. Jiménez-Brobeil (MAA y Laboratorios de la UGR).
La representatividad del conjunto puede apreciarse mejor si nos referimos a las características de la colección más numerosa, la del MAN, y las limitaciones de ciertas muestras para nuestros objetivos.
Las muestras de 50 individuos allí conservados suponían un 31,06 % del total disponible, un total limitado por el deseo de tomar muestras que no correspondieran a dientes.
Según el estudio preliminar (VP) esta serie antropológica solo conserva huesos de 48 tumbas.
Es importante la diferencia entre el número de individuos por tumba según los diarios de Flores y según la identificación de los restos óseos del MAN.
Flores proporciona un recuento aproximado, ya que los individuos nunca estuvieron en conexión anatómica pero tampoco tenemos la completa seguridad de que el registro actual conservado en los museos, en especial en el MAN, sea todo lo que él encontró.
Por ejemplo en la tumba 71 Flores sugiere 20 individuos y en el MAN se conservan 8.
A veces, no se conservan los restos antropológicos: Flores sugiere 60 enterramientos en la tumba 5 y 50 en la tumba 7.
Finalmente, los huesos conservados pueden ser mínimos como en la tumba 40, donde apenas hay algunos fragmentos de 2 individuos (adulto e infantil), mientras Flores contaba 114 enterramientos.
La determinación del número mínimo de individuos (NMI) conservados en las tumbas colectivas de los Millares ha partido de la identificación de cada resto óseo asignado a ellas, incluida su reconstrucción y su lateralización cuando ello fue posible.
Así hemos obtenido para cada tumba el hueso o fragmento más repetido y por tanto el mínimo de individuos documentados.
A su vez los huesos se agruparon para definir un individuo "hipotético" pero compatible atendiendo a criterios de posible edad, sexo, robustez, simetría, continuidad y en algunos casos (siempre como criterio secundario) al aspecto y coloración (deterioro taxonómico).
Las esquirlas de hueso y los restos de imposible lateralización se asignaron completando por orden a los individuos mejor representados.
Es importante señalar que la mayoría de los individuos solo están representados por restos de calota craneal, dientes, dedos de manos y pies y, en menor me- dida, pequeños fragmentos de huesos largos.
Para tomar muestras seguras de individuos diferentes se seleccionaron huesos perfectamente identificados y lateralizados.
Normalmente se recogieron muestras del mismo metacarpo o metatarso (mismo hueso, mismo lado) repetidos y por tanto incompatibles entre sí o procedentes de individuos reales diferenciados.
En algún caso, si se conserva más completo un cráneo, se eligió la muestra también del mismo hueso.
Eso sucedió en la tumba 57 donde 4 muestras proceden de parietales: tres de adultos diferentes y la cuarta del cráneo de un individuo senil con todos los huesos unidos, sin marcas de sutura ("cráneo incompleto", signatura 76-I-Mill/57-1449).
Cuando era imposible seleccionar el mismo hueso, se escogió otro fragmento de individuo infantil o juvenil, completamente incompatible con el resto de muestras.
P. ej., en la tumba 68 una muestra procedía de un hueso largo adulto (76-I-Mill/68-54) y otra de un fragmento de parietal de un cráneo infantil II, probablemente entre 7-8 años (76-I-Mill/68-17), es decir, pertenecían claramente a individuos diferentes.
Como se ha dicho, 24 de las muestras del MAN carecían de suficiente colágeno.
Ello ha puesto en duda su grado de preservación para el análisis de isótopos estables y/o para su datación por C14.
La falta de colágeno se debía a que todos los huesos humanos se hallaban muy quemados, sin deformaciones o fragmentaciones transversales, indicando que el fuego actuó cuando el cuerpo estaba ya esqueletizado y el hueso seco.
Estos fuegos serían el resultado de los continuos procesos de limpieza in situ de los paquetes óseos acumulados para liberar espacio, además de otras actividades rituales realizadas en el interior de las sepulturas colectivas, no quedando casi constancia de huesos con abundante tejido esponjoso como vértebras o costillas que serían consumidos por el fuego (Maicas 2005; Peña 2011).
Además los resultados de 4 de las 44 muestras con información no son fiables por tener ratios entre los isótopos de carbono y nitrógeno superiores a 3,7.
En la discusión de los resultados se valorará el conjunto con y sin los datos de estas 4 muestras.
Los análisis isotópicos han seguido el procedimiento estándar del Laboratorio de Biogeoquímica de Isótopos Estables del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (CSIC-UGR), siguiendo las recomendaciones de Bocherens et al. (1997).
Primero el colágeno se extrajo de las muestras óseas por un procedimiento que aseguró la eliminación de otros componentes orgánicos e inorgánicos.
Para ello las muestras se limpiaron raspándolas y después se redujeron a pequeños fragmentos.
Tras ello, se desmineralizaron (fosfatos y carbonatos) 800 mg de material óseo en HCl 1 M durante 20 minutos a temperatura ambiente.
En un primer filtrado se suprimieron ácidos fúlvicos.
Posteriormente el residuo Trab.
Ello les proporciona un marco cronológico más preciso, aunque no ha habido suficiente colágeno para datar la muestra de la tumba 63.
A diferencia del trabajo precedente que usa el carbonato asociado al apatito, nosotros nos hemos centrado en el colágeno del hueso ya que no existe una buena correlación entre δ 13 C del carbonato asociado al apatito presente en el esmalte del diente y la dieta.
Esto se debe a que el bicarbonato disuelto en la sangre tiene dos fuentes: la dieta ingerida y el bicarbonato presente en el agua que beben los individuos.
Por consiguiente, cuando se correlacionan ambos valores se suele obtener una gran variabilidad en datos procedentes del carbonato presente en el esmalte frente a una mayor consistencia en los datos de colágeno del hueso.
A este factor, se le sumarían anomalías relacionadas con procesos diagenéticos: los iones carbonato y bicarbonato presentes en el suelo pueden recristalizarse en el esmalte, afectando a la señal isotópica primaria, lo que no ocurre con el colágeno.
Las principales diferencias entre el trabajo de Waterman y otros y el aquí realizado se resumen en el material analizado: la apatita de los dientes en el suyo frente al colágeno extraído de huesos en nuestro caso.
Junto a ello, cabe valorar el tamaño mayor de la muestra analizada en el presente trabajo, la adición de materiales procedentes de las excavaciones de los años 1950 depositados en el Museo Arqueológico de Almería y en la Universidad de Granada y, sobre todo, su contextualización cronológica a través de las tipologías sepulcrales y fundamentalmente de las dataciones absolutas obtenidas de los restos óseos de los individuos inhumados.
Ello representa la única forma de apreciar variaciones ambientales y de dieta, e ir más allá de la constatación de una dieta principalmente basada en recursos terrestres como se ha demostrado (Waterman et al. 2017), planteándose, aun así, un consumo de peces que debió ser esporádico, a juzgar por los elementos de ictiofauna detectados en los depósitos del yacimiento (Peters y Driesch 1990).
La cronología de la necrópolis
La probabilidad conjunta (sum of probabilities) de las 13 fechas radiocarbónicas disponibles para los restos humanos de la necrópolis de Los Millares, excluyendo la datación de la sepultura del Bronce Final, ofrece un intervalo máximo a 1σ de 2918 y 2346 cal AC y a 2σ entre 2924 y 1778 cal AC, usando el programa Calib 7.0.4.
Frente a lo que sucede en el rango 1σ, en el rango 2σ la situación es más compleja como resultado de dos dataciones que alcanzan fechas que entran en el II milenio a.
Corresponde a la tumba XXVI, excavada pero no publicada por A. Arribas y M. Almagro, donde se ha obtenido otra fecha del mismo contexto con una datación más acorde a los esperado.
En cualquier caso, al 93,67 % de probabilidad dentro del rango 2σ, se puede considerar que la necrópolis se usa hasta el final del III milenio (media 2026) cal AC.
Entre las dataciones aquí presentadas y realizadas sobre huesos humanos, solo el rango 2σ de la datación CNA4451 se aproxima a esa fecha.
Puede ser contemporánea con la fase inicial de la Cultura de El Argar en las depresiones de Vera y especialmente en la comarca de Lorca, pero es anterior a la introducción de esta cultura de la Edad del Bronce en el valle del Andarax.
De esta tumba apenas hay datos en la publicación del matrimonio Leisner, señalándose solo la atribución a la fase III de Siret y su tipología (rund gräber sin corredor), Su único ajuar, una lámina de sílex, no concuerda con una atribución al Bronce Antiguo (Leisner y Leisner 1943: 53-54).
La obtención de fechas del II milenio a.
C. en la necrópolis podría apoyar las propuestas sobre la reutilización de los sepulcros, que se constata en otras áreas del sureste para momentos iniciales y medios de la Edad del Bronce (Aranda y Lozano 2014; Lozano y Aranda 2017), en consonancia con otras reutilizaciones megalíticas en distintas áreas europeas (Díaz-Guardamino et al. 2015).
Sin embargo, en la necrópolis de Los Millares solo la tumba 28, por su ajuar funerario, podría fecharse en la Edad del Bronce.
Es un pequeño megalito ortostático de cámara trapezoidal, al que Siret asoció con un puñal con remaches (Leisner y Leisner 1943: 53, lám. 24/7).
Junto a otros dos megalitos, se situaría en una zona periférica de la necrópolis denominada por Siret "Pisada de la Virgen", Otro aspecto a considerar respecto a la cronología es la posibilidad de aproximarnos al periodo de uso de algunos sepulcros concretos, gracias a la obtención de varias fechas en algunos de ellos.
La tumba 57 es el primer caso.
Presentaba cámara circular con corredor de dos tramos y al menos 30 cadáveres, según G. y V. Leisner (1943: 32), que serían 40 con la revisión antropológica.
Ofrece el ajuar más relevante de las tumbas muestreadas: 48 puntas de flecha y numerosas hojas en piedra tallada, cuentas de collar, ídolos falange, tolva y antropomorfos, hacha de metal y cerámica simbólica (Leisner y Leisner 1943: 32, lám. 14/2).
La tumba XXVI, la segunda para la que contamos con dos dataciones, fue correlacionada con dudas con la tumba 18 de las excavaciones de Siret (Almagro y Arribas 1963: 51-54), aunque tal identificación no fue recogida por R. Chapman (1981: 79).
De ser cierta la correlación, se trataría de un sepulcro de cámara circular con corredor de 3 tramos y vestíbulo que contenía más de 20 cadáveres.
Su ajuar con 8 puntas de flecha en piedra tallada, láminas de sílex, cuentas de collar y cerámica campaniforme de tipo marítimo fue incluido en la fase Id (Leisner y Leisner 1943: 39, 567, lám. 18/1).
Si bien se muestrearon varios individuos, solo dos han podido ser datados.
También se debe considerar que tres de las nueve muestras que ofrecieron colágeno para su análisis isotópico han tenido problemas en la razón C/N y han sido excluidas del estudio.
Podemos desconfiar especialmente de la datación CNA4457.
En cualquier caso, frente a las dataciones y ajuar funerario del sepulcro anterior, las fechas y materiales de este segundo sepulcro apoyan su uso en la segunda mitad del III milenio a.
C., pero siempre en un contexto calcolítico.
Además hemos asignado la tumba 55 al Cobre Tardío (datación CNA4437-1-1), aunque otra fecha de C14 idéntica (CNA4441-1-1) afecta a la tumba 57 que hemos atribuido al Cobre Pleno, basándonos en el ajuar funerario y en otras dos dataciones realizadas en la misma tumba que solo pueden atribuirse a este período.
Nuestra asignación de la tumba 55 se basa en su adscripción por G. y V. Leisner (1943: 567) a la fase Id por su tipología constructiva y su ajuar poco dis-criminante, así como por el arco de la calibración de su datación, transicional entre ambos periodos.
La seriación de las muestras del estudio isotópico
Estos resultados de C14 y la tipología y contenido de los sepulcros nos permiten una ordenación cronológica de las tumbas muestreadas que aún debe ser tomada con ciertas precauciones por la escasez de las fechas disponibles.
Según las dataciones de C14 obtenidas en el poblado y la necrópolis, se podría plantear que la fundación de Los Millares se remonta aproximadamente al 3100 cal AC.
Al Cobre Antiguo (transición entre el IV y el III milenio a.
También se ha conseguido una datación antigua para la tumba 57 que se mantuvo en uso durante el Cobre Pleno.
G. y V. Leisner (1943: 566) situaron la tumba 1 en su fase Ia, dejando sin adscribir la tumba 74, para la que disponemos de una datación radiocarbónica congruente con la propuesta.
Las tumbas 1 y 74 son sepulcros de corredor corto, que ofrecen en torno a la decena de cadáveres y una cantidad similar de puntas de flecha, algunas de pedúnculo y aletas o romboidales, cerámicas con decoración simbólica, vasos cilíndricos y cuencos de borde entrante.
La dudosa correlación de la tumba 74 con la XIII de las excavaciones de A. Arribas (Almagro y Arribas 1963: 54-55; Chapman 1981: 79) no nos parece aceptable ni por los materiales ni por la datación.
Al Cobre Pleno (primer tercio del III milenio a.
Las fechas disponibles para la tumba 57 demuestran la continuidad hasta la fase siguiente, característica de la mayoría de estos sepulcros colectivos.
Son tumbas de corredor medio dividido en tramos y con nichos.
Ambas tienen cerámica simbólica y vasos con formas cilín-Trab.
El número de inhumados es variable.
En la tumba 57 superan la treintena, llegando las puntas de flecha a 48, también con casos romboidales y de pedúnculo y aletas.
Al Cobre Tardío (siglos centrales del III milenio a.
Disponemos de dataciones para las tumbas 55, 56, 67 y 68 cuyos corredores son más largos y con segmentaciones doble, triple o cuádruple.
El ajuar recuperado es escaso: pocas hojas y puntas de flecha de sílex y cuentas de diverso tipo, acompañando a pocos cadáveres.
Solo se refiere un número alto de inhumados en las tumbas 67, 69 y 71 (6, 5 y 8 cadáveres respectivamente según la revisión antropológica).
Al Cobre Final (tercer cuarto del III milenio a.
Tenemos dataciones para las tres tumbas y aparece un vaso campaniforme marítimo en la XXVI (Leisner y Leisner 1943: 39, lám. 18/1), si aceptamos la correlación.
La complejidad de las tumbas, en general, es mayor con recintos externos para betilos, nichos y vestíbulos ya desde el Cobre Tardío.
Como en casi todas las tumbas donde se nos ha permitido obtener muestras, el ajuar es escaso.
Destaca la presencia de cerámica campaniforme.
La supuesta presencia de 25 enterramientos en la sepultura 18-XXVI es difícil de valorar al no conservarse apenas huesos en el MAN.
Sin embargo sus características tipológicas, con pequeñas sepulturas en cistas megalíticas de planta cuadrada, rectangular o circular y sin corredor, son muy distintas a las de las tumbas de la Edad del Cobre.
Para minimizar los problemas de continuidad y los errores en la atribución cronológica de los sepulcros, los valores isotópicos serán discutidos también teniendo en cuenta las diferencias cronológicas entre los individuos datados de la misma tumba.
Solo se han considerado las muestras directamente datadas para ver si se confirman o no las tendencias apreciadas en el estudio global, que incluye también las muestras no datadas por C14, según la atribución cronológica planteada en los párrafos anteriores.
Resultados de los análisis isotópicos
Si atendemos a los valores de todas las muestras que ofrecieron datos isotópicos (Tab.
Atendiendo a la relación entre los isótopos de carbono y nitrógeno, existen 4 casos anómalos (proporción superior a 3,7).
Al suprimirlos la distribución de los valores δ 15 N se ve más afectada aumentando sensiblemente su concentración alrededor de la media (Tab.
En ambos casos existe un alto grado de estandarización que apunta hacia una importante fiabilidad de los datos.
Según el estudio de la normalidad en los datos, las distribuciones de ambos isótopos no muestran diferencias estadísticamente significativas con la distribución normal (Z = 0,583, α = 0,886 para δ 15 N y Z = 0,974, α = 0,299 para δ 13 C), hipótesis necesaria para la aplicación de técnicas de inferencia estadística.
Destacamos que encontramos los valores más altos de δ 15 N en las tumbas 33, 55, 51, 52, 67 y 74, en algunos individuos de la tumba II y en uno de los individuos de la tumba XXVI.
Los factores cronológicos pueden explicar la variabilidad, como después discutiremos, pero puede resultar significativo que, al menos en las primeras fases, los individuos inhumados en las tumbas que han conservado más ajuar mostraran valores que podrían sugerir el consumo de una proporción ligeramente mayor de proteínas animales, aunque estos valores también podrían estar afectados por variables ambientales.
Según los resultados obtenidos al considerar la división entre sexos (Fig. 3) no hay diferencias estadísticamente significativas en media entre individuos masculinos y femeninos tal y como muestra el test t-Student (t = 0,583, α = 0,565 para δ 15 N y t = 0,861, α = 0,398 para δ 13 C).
Ello parece en consonancia con los pocos datos disponibles para la fase calcolítica del yacimiento de Eras del Alcazar de Úbeda (Molina et al. 2019) y que se ha propuesto para Marroquíes (Jaén) (Beck et al. 2018).
Sin embargo, en la representación gráfica se observa una cierta tendencia a valores superiores a la media en δ 13 C en los individuos femeninos.
El individuo aislado (localizado en la parte superior-derecha) corresponde a la sepultura del Bronce Final.
Con respecto a la edad (Tab.
4), la mayoría de los individuos son adultos (casi un 73 %), incluyendo un único senil.
Un factor adicional reseñable es que no se aprecian valores en δ 15 N sustancialmente altos en los infantiles, ni siquiera en aquellos que deberían estar todavía en la lactancia, aunque sí se observa un descenso en los adultos jóvenes.
Esto difiere de lo que suele observarse en muestras del Bronce Pleno del sureste de la península ibérica y de La Mancha (Molina et al. 2016(Molina et al., 2019) y de lo que se ha referido para los yacimientos calcolíticos de Marroquíes (Jaén) (Beck et al. 2018) y la Arruzafa (Córdoba) (Martínez et al. 2020), o incluso para yacimientos portugueses (Waterman et al. 2014).
La evolución de la media del porcentaje en δ 15 N disminuye en los adultos-jóvenes y aumenta drásticamente en los adultos.
La evolución de la media del porcentaje en δ 13 C indica unas pequeñas cantidades en las edades tempranas (infantiles y adultos-jóvenes) y un aumento significativo en los adultos.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que la muestra es muy reducida, especialmente en el caso de los seniles.
El comentario de los resultados por periodos cronológicos exige recordar que algunas tumbas carecen de dataciones y que, como sepulturas colectivas que son, a menudo permanecieron en uso durante mucho tiempo.
Ello dificulta su adscripción segura a un período concreto, aunque se han asignado a fases antiguas de la secuencia.
Para minimizar estos problemas, se considerarán de dos formas los valores isotópicos de las muestras atribuidas a cada uno de los periodos en que se ha dividido la secuencia de Los Millares (Cobre Antiguo, Cobre Pleno, Cobre Tardío y Cobre Final).
Diagramas de dispersión de δ15N frente a δ13C de las tumbas estudiadas de la necrópolis de Los Millares.
Arriba, relación entre individuos masculinos y femeninos; en el centro, relación entre las diferentes categorías de edad; y abajo, distribución respecto a las fases cronológicas.
Las cruces representan las desviaciones estándar de las variables en las distintas categorías con su media en el punto dónde se unen ambas líneas (en color en la versión electrónica).
En primer lugar, se expondrán las medias de todas las muestras atribuidas a cada periodo y, a continuación, se señalarán las medias del conjunto de muestras datadas por radiocarbono correspondientes a cada periodo.
Del análisis con pruebas de significación de las diferencias entre los periodos se excluyen las tumbas sin datación y las muestras que presentan una proporción carbono/nitrógeno anómala.
Es decir se trabaja con 37 individuos cuya distribución de frecuencias aparece en la tabla 5.
La correlación total entre las muestras (r = 0,755) revela una tendencia lineal determinada por el Cobre Pleno y el Cobre Tardío.
En cambio en las otras fases no se relacionan los valores de ambos isótopos, ya sea por la escasez de datos (Cobre Antiguo y Bronce Final) o por el bajo valor de la correlación (Cobre Final) (Fernández 2015).
Para la aplicación de la ANOVA se descarta el individuo del Bronce Final por no ser representativa una muestra de tamaño 1.
La aplicación del contraste ANO-VA indica que no existen diferencias significativas en los valores isotópicos de δ 15 N respecto al periodo cronológico (F = 0,811, gl = 3, α = 0,497), mientras que para δ 13 C se rechaza la hipótesis de igualdad de medias en las diferentes fases (F = 3,386, gl = 3, α = 0,030).
La aplicación del contraste post hoc de Tukey muestra únicamen-te diferencias significativas (nivel de significación α<0,05) entre las fases Cobre Tardío y Cobre Final (Tab.
La evolución de la media del porcentaje en δ 15 N muestra una disminución hasta Cobre Tardío con una subida importante hasta el Cobre Final, aunque estas diferencias no son estadísticamente significativas (Fig. 4).
Atendiendo a la evolución de la media del porcentaje en δ 13 C, el patrón temporal es similar pero la subida en media entre Cobre Tardío y Final es aún más pronunciada y, en este caso, el contraste de Tukey muestra diferencias estadísticamente significativas entre estas dos fases, como hemos dicho.
Valores más negativos en δ 13 C pueden asociarse a una mayor humedad y menor WUE (Water-use efficiency) en las plantas.
Ello sugiere una tendencia hacia el aumento en la aridez en línea con lo sugerido a partir de otros análisis para el mismo período en el cuadrante sureste de la península ibérica (Capel et al. 1998; Carrión et al. 2001Carrión et al., 2007;;Nachasova et al. 2007; Yanes et al. 2011).
Esta tendencia, por otra parte, se ha revelado a partir de estudios isotópicos sobre restos humanos de tumbas megalíticas del sureste pero atribuyéndose a modificaciones en las estrategias agrarias (Díaz-Zorita et al.
Además la forma de las curvas de la evolución de las medias a lo largo de las fases muestra que las condiciones medioambientales, en combinación posiblemente con otros factores, influyeron de forma parecida en los valores δ (‰) de ambos isótopos, aunque más apreciables en el caso de los valores δ 13 C.
En ambos, con todas las muestras y también con la única datada, los valores son más elevados que las medias de todo el conjunto de muestras.
Ello podría implicar diferencias en consumo, con un aporte mayor de proteínas animales.
Los valores del carbono nos sugieren que un factor a considerar es el componente ambiental, indicativo de un clima relativamente seco en el Cobre Antiguo, previo a un aumento de la humedad en torno al 2800 cal AC.
Las condiciones áridas serían la continuación de un proceso que se habría iniciado entre el 4000/3800 a.
La situación cambia durante el periodo siguiente o Cobre Pleno, fechado en el segundo cuarto del III milenio a.
Este posible incremento de la humedad, como sucede en varios yacimientos donde se ha constatado con otros tipos de análisis (Carrión et al. 2001(Carrión et al., 2007;;Nachasova et al. 2007; Yanes et al. 2011Yanes et al., 2013;;Rodríguez 2012), se acentúa en el periodo siguiente (Cobre Tardío), en los siglos centrales del III milenio a.
C. Ello también coincide con los valores δ 13 C medios más negativos del conjunto de muestras atribuidas a este periodo.
De hecho, si nos circunscribimos a las 4 muestras datadas correspondientes a este último periodo, la media en los valores δ 15 N es de ±9,29 con una desviación típica de 0,99, mientras la media en δ 13 C es de -19,22 con una desviación típica de 0,27.
Este cambio hacia valores menos negativos implica un incremento de la eficiencia al uso del agua de las plantas, es decir, mayor aridez.
Por tanto, los datos isotópicos del colágeno indican el fuerte cambio con respecto al período anterior, apreciado ya en el conjunto de las muestras disponibles.
Este cambio coincide con el proceso hacia una mayor aridez en la transición hacia el II milenio a.
Por otro lado, se mantiene la tendencia a la mayor variabilidad en los valores del nitrógeno apreciada en el periodo anterior.
Ello nos permite pensar en una consolidación de las diferencias en dieta cárnica, dado que, además como hemos indicado, no parece haber diferencias por edad, aunque ahora sean más frecuentes los enterramientos infantiles (Mathers 1984; Peña 2011).
Estos llegan a ser habituales en contextos funerarios peninsulares, sobre todo de la segunda mitad del III milenio a.
C. (Waterman y Thomas 2011; Beck 2016; Cámara et al. 2016), pero recordemos que, respecto a los valores isotópicos en nitrógeno y carbono, no muestran sustanciales diferencias con los adultos en Los Millares.
Los valores isotópicos del colágeno en la mayor parte de las muestras analizadas son compatibles con una dieta basada en recursos terrestres (Fig. 5).
Los valores que se salen del rango principal con una correlación positiva de valores altos en δ 15 N y δ 13 C son compatibles con la inclusión en la dieta de una proporción de peces, aves marinas y/o predadores marinos altos en la cadena trófica.
Este consumo se había constatado ya con los análisis faunísticos en Los Millares (alcatraz, Morus bassanus) (Peters y Driesh 1990).
Por el contrario, los casos situados en una correlación negativa (los valores menos negativos en δ 13 C, pero relativamente bajos en δ 15 N) son compatibles con un consumo de algas marinas y seagrass (ambas con valores relativamente bajos en la relación C/N, es decir, relativamente ricas en proteínas), o más probablemente moluscos y crustáceos, todos caracterizados por valores menos negativos de δ 13 C (Duarte et al. 2018).
El consumo de moluscos como lapas y bígaros (Patellidae, Phorcus turbinatus) también se constata en el análisis arqueozoológico (Peters y Driesch 1990).
En este contexto es importante señalar que la costa está actualmente a solo 18 km y en la Edad del Cobre pudo estar a una menor distancia, ya que el estuario del río Andarax se ha rellenado de sedimentos debido a la acción antrópica en época histórica (Arteaga y Hoffmann 1999).
Las muestras con valores menores de +9 en δ 15 N y más negativas en δ 13 C serían compatibles con una dieta en la que habían predominado proteínas de origen vegetal, en algunos casos de productos agrícolas abonados con residuos ganaderos.
También los herbívoros que ramoneen árboles, con raíces más profundas, y menor estrés hídrico, presentan valores más negativos en δ 13 C, por lo que incluso una dieta esencialmente carnívora podría ser compatible con estos valores menos negativos.
Por otra parte, debe indicarse que estos valores más negativos en δ 13 C pertenecen a individuos del periodo 2 (momentos avanzados del Cobre Pleno) o, en mayor número, del período 3 (Cobre Tardío), que corresponderían a una fase más húmeda, constatada en otros análisis paleoambientales sobre zonas cercanas (Carrión et al. 2001; Nachasova et al. 2007; Yanes et al. 2011Yanes et al., 2013) ) y deducible de los resultados de otros análisis isotópicos sobre restos humanos de sepulturas Fig. 5.
Representación de los valores obtenidos en este estudio para los restos humanos de la necrópolis de Los Millares respecto a los valores producidos por diferentes grupos de plantas y animales.
El recuadro relleno indica el valor teórico de los herbívoros.
La mayoría de las muestras de los Millares se encuadran en el área delimitada por trazado discontinuo, a partir de la cual hemos calculado su dieta teórica (cuadrado delimitado con puntos).
Como puede observarse, la mayor parte de los individuos tendría una dieta basada en el consumo de herbívoros junto con plantas C3 (gráfico en color en la versión electrónica).
Los valores δ 13 C calculados para la producción primaria terrestre (-22,5 a -20,5 ‰ vs V-PDB) están en el rango de las gramíneas (cereales) del sur de la península ibérica (Mora 2017), siendo menos negativos que los cereales (entre -23 y -26) del noroeste (Mora et al. 2018) con un clima muy húmedo y, por tanto, menor WUE y más discriminación isotópica que en los ambientes áridos (Farquhar y Richards 1984).
Por otra parte, considerando áreas áridas del este de la península donde los cereales irrigados estaban comprendidos entre -23 y -25 ‰, en el mismo rango que los pinos con mayor capacidad radicular y menos eficiencia en el aprovechamiento del agua (WUE), se ha calculado que las gramíneas en la Edad del Bronce pudieron ser sobre un 3 ‰ menos negativas (debido a una mayor WUE), estando comprendidas entre -20 y -22 (Mora et al. 2016).
Ello estaría en el rango que se deduce a partir de los valores de los humanos de Los Millares.
Cabe suponer que el área de Los Millares, en general, durante parte de su ocupación y como ocurre en la actualidad, tenía un clima más árido que el resto de la península ibérica y similar a algunas áreas del este peninsular.
Se observa que los valores menos negativos corresponden al Cobre Final lo que se ha relacionado con un incremento de la aridez y, por tanto, un aumento de la eficiencia en el aprovechamiento del agua por parte de la cobertera vegetal, provocando, como se han indicado anteriormente, una menor discriminación isotópica del 13 C. La muestra de la tumba 33, correspondiente al Bronce Final, nos marca un clima más árido aún, con un valor δ 15 N de 10,91 y δ 13 C de -16,18.
Si en las primeras fases del Bronce Final se produjo un aumento considerable de la humedad (Burakov et al. 2005; López-Sáez et al. 2014), es también posible que en torno al siglo IX a.
C. el clima sufriera un nuevo deterioro (Jaouadi et al. 2016).
Hay que tener en cuenta que la fecha proporcionada por nuestra muestra se sitúa antes de la transición al Subat-lántico y aunque, al menos en áreas más septentrionales, se ha planteado que este no solo implica condiciones más frías sino también más húmedas entre 850 y 750 a.
C. cuando se asientan las condiciones frías, como se ha indicado para otras áreas (Gaigalas 2004; Van Mourik y Slotboom 2018).
En general, hombres y mujeres no presentan diferencias en sus valores, si bien para las mujeres se observa una mayor dispersión, posiblemente relacionada con la necesidad de recurrir a recursos más dispares, como lo indica la dieta más rica en proteínas vegetales o la más rica en proteína animales.
Los valores también pueden reflejar que algunas mujeres vinieran de otros poblados, un indicio de exogamia como ya hemos indicado.
Los adultos, en especial los adultos maduros, presentan en general valores altos en la cadena trófica, indicando un predominio de proteínas de origen animal, como se ha referido en otros estudios isotópicos sobre restos humanos del Calcolítico del sureste (Waterman et al. 2017; Díaz-Zorita et al. 2019).
Solo los dos adultos maduros, que podrían tener un origen foráneo, presentan valores δ 13 C menos negativos, típicos de una dieta basada en una productividad primaria marina, ya sea debido al consumo de moluscos o algas, en un caso, o al consumo de organismos (peces, mamíferos marinos o aves marinas) en el otro.
Recientes estudios han señalado la variabilidad en la dieta de la Prehistoria Reciente, incluyendo productos marinos ocasionales, mostrando como, sin llegar a los hábitos epipaleolíticos, en la fachada mediterránea de la península ibérica se mantuvo esporádicamente el consumo de recursos marinos (Salazar-García et al. 2018).
Es importante recordar que las variables ambientales influyen también en los valores obtenidos.
Ello explica, en parte, la situación de la muestra correspondiente al enterramiento del Bronce Final.
Finalmente, los individuos infantiles parecen tener una dieta más cuidada y centrada en la media.
Solo algunos individuos adultos y jóvenes parecen incluir más proteínas vegetales en su dieta.
Aunque no es el objetivo principal de este artículo, hay que señalar que las dataciones obtenidas muestran, de forma más clara que en otros estudios (Aranda y Lozano 2014; Lozano y Aranda 2017), que los tholoi están presentes en el sureste ya en la transición entre el IV y el III milenios a.
C., en consonancia con lo propuesto para otras zonas de la península ibérica (Boaventura y Mataloto 2013).
La menor armonización entre los valores δ 15 N y δ 13 C en algunas de las muestras en cada uno de los periodos podría sugerir diferencias en consumo, aunque los valores isotópicos están muy influidos por las condiciones ambientales.
Si estamos en lo cierto respecto a la influencia del clima, dentro de un contexto general relativamente seco, habría que pensar que la aridez disminuye a principios del III milenio a.
C. Esto es apreciable tanto en los datos de Los Castillejos de las Peñas de los Gitanos, en las Sierras Subbéticas granadinas (Nachasova et al. 2007; Yanes et al. 2011; Rodríguez 2018) como en el estudio antracológico de Los (Rodríguez y Vernet 1991).
Por el contrario, a fines de la ocupación de Los Millares, desde el Cobre Tardío y muy especialmente en el Cobre Final, empiezan a desarrollarse las condiciones de incremento de la aridez que caracterizarán también el II milenio a.
El número de individuos en los que se ha podido determinar la edad es aún bajo, pero llama la atención la ausencia de diferencias entre los individuos infantiles y los adultos en los valores δ 15 N. Esto contrasta con lo conocido para los yacimientos de la Edad del Bronce del sureste de la península ibérica (Molina et al. 2016(Molina et al., 2019) ) y para yacimientos calcolíticos de áreas cercanas (Beck et al. 2018).
Frente a lo sugerido para el yacimiento de Marroquíes (Jaén) (Beck et al. 2018), los datos hasta ahora disponibles para Los Millares no nos permiten plantear diferencias de acceso a los recursos cárnicos por parte de los individuos inhumados en las diferentes tumbas, aunque esas diferencias de acceso sí aparezcan en la distribución de los restos faunísticos de las zonas de hábitat (Navas et al. 2008).
Un aspecto que se debe considerar en relación con estos resultados es que las tumbas que se nos ha permitido muestrear, en general, ofrecían un ajuar escaso.
Los valores de la tumba 57 son relativamente altos en δ 15 N pero son superados, p. ej., por los de la tumba 74, cuyo ajuar es también relativamente rico, sobre todo si tenemos en cuenta el escaso número de cadáveres identificado, pero también por los valores de los individuos muestreados correspondientes a las tumbas 51 y 52, de escaso ajuar.
En nuestra opinión son las diferencias temporales y la influencia del ambiente las causas que enmascaran las posibles diferencias sociales en dieta.
De hecho, el aspecto más relevante de las diferencias en consumo es la posibilidad de que algunos individuos recurrieran a proteínas de origen marino.
Este aspecto se había constatado también en otros estudios para la fachada mediterránea de la península ibérica (Salazar-García et al. 2018), pero no se había planteado en los estudios previos sobre muestras calcolíticas del sureste (Waterman et al. 2017; Díaz-Zorita et al. 2019).
A Carmen Cacho, Eduardo Galán y Ruth Maicas por su autorización para la toma de muestras en el Museo Arqueológico Nacional y su ayuda durante la misma y a Manuel Ramos por la realizada en el Museo Arqueológico de Almería.
jerarquización social a partir del registro funerario (P12-HUM-1510, |
Este artículo incluye el estudio de materiales de los tres principales asentamientos con actividad metalúrgica en la zona (Las Pilas, Santa Bárbara y Almizaraque), así como algunos objetos metálicos de estos y otros sitios (La Encantada I, Loma de Belmonte y Las Churuletas 1).
Los resultados sustentan un modelo de producción regional a pequeña escala mediante el cual los asentamientos explotaron varios de los recursos de su entorno cercanos (hasta 30 km en línea recta).
Se priorizaron las mineralizaciones ricas en arsénico y otros elementos, incluso cuando otras fuentes eran más accesibles: para el caso de Las Pilas, la explotación de las fuentes de Pinar de Bédar en lugar de las de Sierra Cabrera, más cercanas al yacimiento; y para los casos de Santa Bárbara y Almizaraque, las fuentes de Cerro Minado.
La posibilidad de que tanto Almizaraque como Las Pilas también explotaran los minerales de Herrerías, aunque en menor medida, permanece abierta.
La existencia de redes de intercambio más amplias queda reflejada por los datos de los objetos, a partir de los cuales se puede inferir una mayor movilidad.
Las Pilas (Mojácar, Almería)
Santa Bárbara (Huércal Olvera, Almería)
Almizaraque (Cuevas de Almanzora, Almería)
La Encantada necropolis (Cuevas de Almanzora, Almería)
Loma de Belmonte (Mojácar, Almería)
Las primeras artesanías de las comunidades neolíticas en Andalucía oriental entre el VI y el III milenio a.n.e" (HAR 2016-78197-P); and a Research Excellence Chair 2011-2016 "Activités minières et métallurgiques: anthropisation des milieux et productions matérielles", funded by the Centre Na- |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
Los trabajos realizados entre 2014 y 2019 en este importante núcleo, situado estratégicamente entre las cuencas de los ríos Ebro y Matarraña, han combinado la excavación en extensión, la prospección intensiva del asentamiento y de su entorno inmediato, los análisis interdisciplinares y la revisión de las intervenciones anteriores.
Los resultados permiten reinterpretar la evolución del asentamiento entre el Primer Hierro y el Alto Imperio.
Su extensión inicial debió de ser reducida, con una función limitada al control del territorio y ejercida desde una gran torre, mientras que en el siglo III a.
C. alcanzó su máxima extensión (3 ha) y se erigió una gran mansión aristocrática.
Esta evolución refleja el proceso de estratificación y urbanización de la sociedad ibérica de la zona, truncado por la conquista romana.
En época romano-republicana se construyó un edificio fortificado que recuperó la función de punto de control, para pasar a ser ocupado esporádicamente en el Alto Imperio.
El Coll del Moro está constituido por una gran necrópolis tumular del Bronce Final-Primer Hierro, El Coll del Moro (Gandesa, Tarragona) y su contexto territorial: formación y desarrollo de un asentamiento urbano protohistórico *
Rafel Jornet Niella a, M. Carme Belarte b, Joan Sanmartí a, David Asensio a, Jordi Morer a y Jaume Noguera a Trab.
C., con una importante fase de ocupación durante el período ibérico, otra, también notable, tardorepublicana, y una última de época imperial, mucho más tenue.
Está situado en el término municipal de Gandesa, en la comarca de la Terra Alta (Tarragona), sobre una collada, a unos 480 m s. n. m., que se extiende entre las sierras de Botja y de la Fatarella.
Ambas constituyen el extremo septentrional del Sistema Ibérico y separan las cuencas del Algars, al noroeste, y del Canaleta, al sureste, ríos tributarios del Ebro (Fig. 1A).
Esta vía de comunicación natural entre el curso inferior del Ebro y el Bajo Aragón es aprovechada por la carretera N-420, que discurre por la parte superior de la vertiente meridional de la collada, y que ha seccionado el conjunto arqueológico (Fig. 1B), localizado a 6 km al oeste de Gandesa.
Desde el mismo se divisa un amplio panorama, desde Corbera d'Ebre al este hasta Horta de Sant Joan al oeste, y, en particular, el llano de Bot, situado a los pies de la collada.
Aún más al sur se divisan las sierras de Bot, Pàndols y Cavalls, al este de las cuales discurre el tramo inferior del Ebro.
Esta ubicación es privilegiada por el dominio visual sobre el territorio, el control sobre las comunicaciones y también por la inmediata proximidad al extenso llano de Bot, de notable potencial agrícola, a lo que debe añadirse la eventual explotación de los terrenos, más secos, sin embargo, de la propia collada.
El conjunto del Coll del Moro consta de tres sectores de necrópolis (Calars, Camp Teuler y Maries) y un hábitat (Fig. 1B), localizado entre Camp Teuler y Maries.
El área excavada de este último, relativamente pequeña, se sitúa sobre un espolón triangular de unos 3.300 m 2, que se proyecta, a una cota ligeramente inferior, hacia el sureste.
Se halla actualmente separada del resto del yacimiento por la mencionada carretera.
El sondeo C.20 practicado en 1982 en el extremo meridional de este espolón permitió comprobar que el yacimiento lo ocupaba en su totalidad (Rafel y Blasco 1994: 32).
En el extremo septentrional del área excavada se levanta una gran torre que constituye la construcción más célebre y divulgada del hábitat.
El yacimiento es conocido sobre todo por las intervenciones en las décadas de los ochenta y noventa, que mencionaremos más adelante.
Entre 2014 y 2019 un equipo de investigación de la Universidad de Barcelona y el Instituto Catalán de Arqueología Clásica ha realizado trabajos de excavación y prospección geofísica en la zona de hábitat, así como una prospección pedestre en esta última y en las zonas bajas que se extienden al sur y al este.
Estas intervenciones aportan nueva información sobre la entidad y características del hábitat, y sobre la ocupación del territorio, pero tan solo se ha publicado un pequeño avance sobre la excavación (Jornet et al. 2016).
En el presente trabajo se presentan sus resultados, así como una revisión de los datos obtenidos por nuestros predecesores.
Todo ello permite una nueva interpretación global, con importantes implicaciones en relación a la estructura del poblamiento de la zona y a la organización de la sociedad ibérica.
La primera mención al Coll del Moro se debe a Bosch Gimpera en 1914, en su diario de excavaciones inédito de San Antonio de Calaceite, desde donde se desplaza y describe restos de paredes cortadas por la carretera y cerámica ibérica 1.
Fecharon el conjunto funerario desde finales del siglo IX a.
C. a los siglos V-IV a.
En 2006 y 2007 se realizaron dos campañas de excavación y consolidación, dirigidas, respectivamente, por D. Garcia e I. Moreno, y por D. Garcia y N. Rafel (Rafel et al. 2015).
Finalmente, se han realizado trabajos de consolidación, efectuados en 2012 y 2018 por las empresas Àtics y Món Iber Rocs respectivamente.
Hubo también prospecciones superficiales en el hábitat sobre la cima de la collada, al norte de la carretera, que no implicaron una recolección, delimitación, ni documentación sistemática (Rafel et al. 2015: 11).
Rafel y Blasco (1994: 33) hallaron en el sector de hábitat fragmentos descontextualizados de ánfora fenicia de aspecto arcaico y piezas de cerámica a mano atribuibles al Primer Hierro, lo que sugiere una ocupación durante el siglo VII a.
C. y/o principios del VI.
Nuestros trabajos han proporcionado restos similares, incluyendo un borde de ánfora tipo 10.1.2.1 (Fig. 6: 1).
La más antigua acción humana documentada estratigráficamente en ese sector es un gran recorte practicado en el nivel geológico, de forma aproximadamente rectangular.
Mide unos 19 por 9 m en su parte superior.
Está revestido por paredes ataludadas de piedra, reconocidas por nuestros predecesores en los lados meridional, septentrional y oriental, y por nosotros en el occidental.
La oriental es, a su vez, la parte inferior de la pared oeste de la gran torre exenta que preside el asentamiento, lo que permite afirmar su unidad estructural.
La propuesta inicial lo interpretaba como un foso (Rafel y Blasco 1994: 33-34), pero otra posterior, más razonable, como una cisterna o balsa, que habría podido contener unos 300 m 3 de agua (Rafel et al. 2015: 8).
Según Rafel y Blasco (1994: 34), este recorte se colmató entre finales del siglo V y el siglo III a.
C. En los niveles más profundos el único material de importación era un fragmento informe de ánfora fenicia.
Los cubría un estrato de derrumbe que contenía diversos fragmentos de copa Cástulo -inéditos-, lo que llevó a fecharlo en el último cuarto del siglo V a.
C. La colmatación prosiguió durante los siglos IV y III a.
La torre es de planta elipsoidal, de base maciza (Rafel et. al. 2015: 17), y con el lado corto sudoriental de trazado rectilíneo, tal vez por una refacción.
Está constituida por dos muros concéntricos adosados, quizá construidos de una sola vez.
La cerámica ática de mediados o segunda mitad del siglo V a.
C. hallada en los niveles inferiores de la cisterna sugiere su construcción antes del siglo IV a.
C., pero podría remontar al siglo VI a.
El indicio más sólido en este sentido procede del primer pavimento interior: entre este y el macizado de base de la torre se halló un enterramiento de individuo perinatal con un colgante esferoidal de bronce, de un tipo fechable entre finales del siglo VII y la primera mitad del siglo V a.
C., pero particularmente frecuente en el siglo VI a.
La presencia de un gran recipiente a torno permite acotar esta datación entre la segunda mitad del siglo VI y mediados del V a.
C. (Fig. 5, 2) Se ha documentado otro momento de ocupación por encima del suelo de la torre recién descrita, cuando un muro de piedra divide longitudinalmente en dos su espacio interior.
En la parte oriental había varias estructuras de adobe: una, cuadrada (1,20 m), posiblemente era "una artesa o bien... un compartimento destinado al almacenaje de alimentos u objetos" (Rafel et al. 2015: 12); entre las restantes, muy deterioradas, había un posible horno.
La datación puede situarse en el siglo IV a.
C., ya que en el derrumbe había un borde de cuenco forma Lamb.
22 (Fig. 6: 2), coherente con otros hallazgos, descontextualizados, de cerámica ática (Fig. 6: 3-7).
La presencia en la torre de un cuenco del Taller de Rhode forma Lamb.
27 (Fig. 6: 8) y de una dracma de imitación emporitana (inédita) certifica la continuidad de su ocupación durante el siglo III a.
C. Según nuestros trabajos de excavación, también en esta centuria, tal vez en un momento ya muy avanzado de la misma, se erigió un gran edificio fortificado, probablemente una residencia aristocrática, al sur y sureste de la torre.
Además, todo el espolón donde se encuentran la torre, el edificio y la cisterna, ya colmatada, se aisló del resto del hábitat mediante una excavación (seguramente un foso) que discurre en paralelo a la cara occidental de la cisterna y de la torre, hasta alcanzar los cursos de los torrentes que delimitan el espolón por el noreste y el suroeste.
La anchura de este posible foso es desconocida, ya que la carretera destruyó su límite noroccidental.
Un grueso muro de contención de trazado paralelo al del gran edificio fortificado delimitó este nuevo espacio al noroeste y suroeste.
Por el noreste los límites aún no están bien definidos, pero las potentes estructuras identificadas por los trabajos de 2019 podrían tener las mismas funciones.
Esta profunda remodelación probablemente se vincula a cambios importantes en la función y simbolismo de esta parte del yacimiento.
Tal vez refleje una profundización de las diferencias sociales y la separación no solo simbólica, sino también física, de la elite que controlaba el asentamiento.
Además, las preocupaciones defensivas -sin duda acuciantes en el último tercio del siglo III a.
C.-pudieron jugar un papel importante en esta remodelación.
Ambas explicaciones no son recíprocamente excluyentes.
Al contrario, el clima creado por la intervención bárquida en la península ibérica -cuyo reflejo creemos advertir, no lejos del Coll del Moro, en la fundación de la ciudad del Castellet de Trab.
Coll del Moro de Gandesa.
Materiales cerámicos de importación procedentes de la zona excavada del asentamiento (1-39), de la prospección de la zona al norte de la carretera (40-49) y de la prospección del Pla de Bot (50-52).
Banyoles (Sanmartí et al. 2012: 59-60)-, pudo provocar el reforzamiento de las elites ante una situación de inseguridad.
También podría interpretarse así la reocupación a finales del siglo III a.
C. de la necrópolis de Santa Madrona, cuyo uso anterior remonta a la Primera Edad del Hierro (Belarte y Noguera 2007: 65).
El edificio fortificado ocupó probablemente, de suroeste a noreste, toda la zona 2 del espolón, ahora aislada por completo.
Su construcción recortó los mismos estratos de margas en que se había excavado la cisterna.
Los muros externos conservados del nuevo complejo se adosan a este recorte y delimitan unos recintos de carácter semisubterráneo.
Ello ha facilitado la conservación de su área septentrional, pero poco subsiste de la parte superior, sobre el nivel externo de circulación.
Las estructuras situadas inmediatamente al sur han desaparecido a causa de trabajos modernos de aterrazamiento.
Ello dificulta la delimitación e interpretación del conjunto, conformado, al menos, por cuatro edificios (A, B, C y D de suroeste a noreste).
Cada uno tiene una cabecera semicircular de 6-7 m de diámetro y, al menos los tres primeros, están unidos por muros que prolongan sus bases.
La diferente separación entre las cabeceras de los edificios A, B (5 m) y B, C (solo 3,2 m) sugiere que existió una puerta entre B y C, situada a la altura de los muros diametrales de los cuerpos semicirculares.
El límite suroccidental de este conjunto es la continuación hacia el sur del muro exterior del cuerpo absidal del edificio A. Dicho muro sigue el borde del espolón en una longitud actualmente indeterminada.
Los otros límites son desconocidos.
El grosor de los muros exteriores (0,60 a 0,70 m) les confiere un cierto valor defensivo, coherente con esos cuerpos semicirculares avanzados, que permitirían el flanqueo de eventuales asaltantes.
También permite suponer la existencia original de uno o incluso dos pisos, que se elevarían por encima del nivel de margas recortadas para encajar los edificios.
La superficie de las margas era, pues, el nivel de circulación exterior entre el conjunto que describimos y la base de la torre del Ibérico Antiguo.
Ello, unido a las dimensiones y aspecto externo del complejo, sugiere un carácter monumental.
Las funciones de las partes conocidas de estos edificios parecen relacionadas con la transformación de materias primas -producción textil (edificio A) y de vino (edificio B)-, pero las actividades rituales también están documentadas.
N. Rafel, M. Blasco y J. Sales (1994) descubrieron dos depósitos impermeabilizados destinados al enriado de lino (Alonso y Juan 1994), situados en el ámbito 7, que antecede el cuerpo semicircular.
Además, aparecieron 107 pesas de telar en el estrato de derrumbe que cubría la mencionada instalación, procedentes probablemente de un piso superior.
Un sondeo practicado en el cuerpo semicircular "pro-porcionó una gran cantidad de tinajas y grandes reci-pientes... que permiten suponer la existencia de un almacén" (Rafel et al. 1994: 123), tal vez sin relación con el taller textil.
La presencia en el derrumbe de un cuenco del Taller de las Pequeñas Estampillas, un fragmento de una copa o de un guttus de campaniense A y otros indicios de menor entidad fijaron la cronología final en las postrimerías del siglo III a.
Inmediatamente al sureste del taller textil, a un nivel inferior y adosado al límite occidental, existe una estancia rectangular (ámbito 8) con bancos corridos de adobes en los costados noroeste y suroeste, un depósito cuadrangular de adobes en el ángulo occidental y esquineras de piedra o de arcilla en los otros, además de un hogar central.
Se ha interpretado como un espacio con funciones rituales por el hallazgo in situ de una marmita y su tapadera de cerámica a mano con decoración geométrica y zoomorfa.
En ella destacan el carnero y la cruz esvástica, cuyo simbolismo está arraigado en el culto al hogar y a los antepasados (Rafel et al. 2018).
Los bancos corridos de adobe permiten relacionarlo con el edificio 10 del Castellet de Banyoles, al que también se atribuye una función ritual (Sanmartí et al. 2012: 56-59).
El edificio B está compuesto por un recinto absidal (sector 1), de 8 x 5,5 m, dividido en dos espacios (1A y 1B) por una pared sin aberturas.
Los muros conservan hasta 1,60 m de altura.
Como los del edificio A, revisten el recorte practicado en las margas, de modo que estos recintos eran prácticamente subterráneos.
Inmediatamente al sur (sector 2) unos muros rectilíneos delimitan cuatro espacios: 2A, 2B, 2C-D, 2F-G.
Su probable acceso desde el sur no puede confirmarse porque los muros de C-D y F-G están en gran parte destruidos por el bancal antes mencionado.
Se ha observado que el espacio cuadrangular al sureste del cuerpo absidal fue remodelado durante el período ibérico, subdividiendo los dos recintos rectangulares iniciales (2H y 2I) en otros menores (2A, 2B, 2C-D y 2F-G), y tapiando aparentemente las puertas para aislarlos del cuerpo semicircular.
El edificio fue destruido muy probablemente en torno a 200 a.
C., según muestra la presencia de cerámica campaniense A en los niveles de derrumbe: un borde de copa forma Lamb.
42bc, un borde y un asa de copa Morel 68 y un borde de cuenco Lamb.
Los abundantes restos de tinajas y de pondera indican la existencia de un piso superior, tal vez accesible por el norte desde el nivel de circulación exterior de margas.
Como en el edificio A, los espacios superiores parecen tener la función de almacén, utilizando tanto grandes recipientes cerámicos (un 40 % de los vasos hallados) como de tierra cruda.
En el sector 1A se hallaron dos pequeñas fosas excavadas en el nivel geológico (regularizado como suelo).
Una contenía una mandíbula infantil, lo que sugiere una función ritual.
Sobre el pavimento del sector 1B se documentaron tres piedras superpuestas intencionalmente, soportes y depósitos elaborados en tierra.
Bajo uno de ellos aparecieron sendas inhumaciones de un perinatal y de un ovicaprino.
Existen también indicios de actividad ritual en los recintos 2A y 2F (ofrendas en fosas bajo los niveles de uso).
En el 2A, que tiene función productiva, hay dos inhumaciones de perinatales.
La asociación de prácticas rituales y actividades económicas está documentada en otros yacimientos ibéricos, como Olèrdola, con varias inhumaciones de perinatales en un taller metalúrgico y en una tintorería/tenería, datados entre mediados del siglo IV y el siglo III a.
El sector 2A (unos 5 x 3 m) es de planta rectangular.
Es probable que, ya en el siglo III a.
C., albergase un lagar o almazara semejante al que se documentará allí en el siglo II a.
C. (véase más adelante).
El sector 2B (4 x 4 m) tenía una estructura central de tierra en forma de prisma cuadrangular.
Dos pequeñas fosas adyacentes contenían sendos ganchos de hierro, tal vez destinados a fijar en ella algún elemento de material perecedero.
La función del recinto es desconocida, pero los estudios carpológicos de D. López Reyes han descubierto numerosas semillas de Vitis vinifera en el nivel de destrucción, lo que sugiere una relación con la posible almazara de la vecina estancia 2A.
El sector 2C-D, conservado parcialmente, era el único con probable función doméstica, ya que poseía un hogar.
En el sector 2F no se han documentado estructuras, pero sí una fosa con restos de un ritual de fundación: cuenta de collar, vaso a mano en miniatura, falanges de suido.
Como ya se ha dicho, las labores agrícolas han destruido casi toda la parte suroriental del conjunto formado por los edificios A-B-C: un espacio de unos 6 m de anchura por unos 20 m de longitud.
En la zona 3, al sureste de esta zona arrasada hay dos o tres recintos yuxtapuestos de los que solo se conserva parte de tres muros, pero que permiten reconocer las dimensiones aproximadas de uno de ellos (5 x 3,3 m), con un hogar en el centro.
Parte del área arrasada debió de estar ocupada por un espacio de circulación, según indica la ausencia de estructuras excavadas como las del edificio B. Sin embargo, los edificios A-B-C de la zona 2 podrían haber ocupado parte de la zona 3, en particular en el extremo occidental.
Allí, inmediatamente al sur del edificio A, hay una plataforma rectangular con pavimento de adobes, delimitada por un murete de tierra (UE 3013), interpretable como una estructura artesanal relacionada con este edificio.
Creemos probable que los edificios con cabecera absidal y las construcciones inmediatamente al sur constituyeran una gran mansión fortificada, tal vez con patio central, que incluiría áreas destinadas a producciones especializadas (tejido y vino), a funciones cultuales y residenciales.
Este complejo perduró hasta una fecha en torno a 200 a.
C., cuando se produjo un incendio generalizado.
Conocemos casos similares en el vecino territorio del Matarraña.
El más evidente es el de los Castellets (Cretas), un pequeño complejo residencial (500 m2 ), dotado de dos bastiones absidales, separado, como en Coll del Moro, de un posible hábitat más extenso (Burillo 1991: 49).
En San Antonio de Calaceite, según Bosch 2, hubo dos estructuras absidales en el interior del asentamiento, flanqueando la entrada al complejo edilicio de mayor entidad.
Este, como el de Coll del Moro, combinaba la función residencial con las actividades rituales, productivas y de almacenaje (Jornet 2017: 85 y 273).
La cisterna estaba ya colmatada en el siglo III a.
C., según se deduce de la excavación del foso tan solo unos 6 m más al norte, así como de los hallazgos en los niveles superiores del llamado "corte B".
Estos incluyen esencialmente vasos de campaniense A de las formas Morel 68, Lamb.
27 (sobre todo), 26 y 28, así como fondos estampillados, además de "diversos fragmentos sin forma de producciones precampanienses (sic) del taller de las pequeñas estampillas" (Rafel y Blasco 1994: 19) 3.
Todo ello indica una datación en torno a 200 a.
C. Las pocas piezas de importación del "corte B" localizadas por nosotros (limpieza de perfiles) confirman esta cronología, ya que se trata de campaniense A antigua (Fig. 6: 13-16).
Es posible, pero no seguro, que este espacio estuviera ocupado por algunas construcciones, pero quedó muy alterado a finales del siglo III a.
C. por la excavación de una nueva cisterna, que habría destruido las que hubiera.
Este segundo depósito, menor (15 m x 8 m), recortó la sedimentación formada dentro de la primera cisterna.
Sus paredes fueron forradas con muros de piedra, aprovechando parcialmente los de esta.
Los materiales de sus niveles inferiores -campaniense A antigua (Fig. 6: 22-25)-confirman una cronología en torno a 200 a.
C. Con esta estructura se relaciona una canalización habilitada contemporáneamente cerca del ángulo meridional de la torre.
Está delimitada al norte por una plataforma adosada a la torre y por un muro que se prolonga hacia el oeste hasta la nueva cisterna.
Al sur, la definen una refacción del forro ataludado de la cisterna antigua y un muro que se prolonga en dirección sureste para girar bruscamente hacia el sur en dirección al cuerpo absidal del edificio B. Parece adosarse al mismo, lo que reduce de modo considerable la anchura de esta vía de paso al interior de la gran mansión fortificada.
Ello implicaría que la conducción y, con alguna duda, la propia cisterna, fueron habilitadas en un momento posterior -aunque no mucho-a la erección del gran edificio fortificado.
Lo mismo cabría decir de la escalera construida sobre la plataforma que delimita por el norte la conducción, tal vez relacionable con una rehabilitación de la torre.
El período Ibérico Tardío (Fig. 5, 3) Es posible que durante varios decenios después del incendio el lugar quedara abandonado, pero en la segunda mitad del siglo II a.
C. se reocuparon, como mínimo, los edificios B y C. Por una parte, se rebajaron los niveles de uso y de derrumbe formados durante el siglo III a.
C. para reinstalar el lagar del sector 2, intervención fechada a partir de un borde de pátera Lamb.
5 de campaniense A, hallado en el nuevo pavimento (Fig. 6, 17).
El lagar consiste en una plataforma elevada de adobes, que comunica mediante un orificio con una fosa excavada en la roca.
Su función ha sido confirmada por análisis de química orgánica, realizados por A. Pecci, que han documentado la presencia de ácido tartárico y siríngico.
Estructuras semejantes asociadas a la vinificación abundan en el área valenciana (Pérez Jordà 2000; Mata et al. 2009).
Los cuerpos absidales de los edificios B y C fueron también reutilizados y parcialmente remodelados, en este caso sobre los estratos de derrumbe que colmatan las partes subterráneas de las construcciones.
En los nuevos niveles de uso se documentan hogares lenticulares.
Es de suponer que la segunda cisterna siguiera en uso en este momento.
La ocupación de época romana (Fig. 5, 4)
A finales del siglo II a.
C., o quizá ya en la centuria siguiente, se produjo una importante remodelación: se erigió un gran edificio en torno a un espacio central abierto donde se hallaba, quizá todavía en uso, la segunda cisterna.
Los restos conservados se distribuyen en cuatro alas en torno al espacio central.
La noroeste y suroeste están construidas ex novo -aunque la segunda en parte sobre el muro de forro de la segunda cisterna-y las otras dos reaprovechan parcialmente edificios anteriores.
Las dimensiones actualmente conocidas del conjunto son de 26 m en dirección noreste-suroeste, por un mínimo de 30 en dirección noroeste-sureste.
No puede excluirse que se extendiera también al este de la torre, donde se han descubierto, en 2019, algunas estructuras todavía sin datación precisa.
Por el lado suroeste el edificio está delimitado por un grueso muro (1,6 m) con un mínimo de cuatro recintos adosados (S1-S4).
Se excavaron a principios de los 1990, pero carecen de una publicación mínimamente detallada y de datación precisa a partir de las importaciones, que siguen inéditas e ilocalizables.
En el lado sureste, y superpuesto en parte al edificio absidal C, se construyó un recinto rectangular (sector 3 de la zona 2) de 7,5 por 3,5 m, dotado de una pequeña puerta cerca del ángulo septentrional.
El hallazgo de cerámica del círculo de la campaniense B (forma Lamb.
5) en el nivel de uso ha permitido fecharlo a partir de finales del siglo II a.
C. Inmediatamente al oeste se construyó un muro paralelo a esta estructura, que tal vez perpetúa el corredor de acceso, aunque invirtiendo el sentido de circulación.
Además, sobre el nivel de derrumbe del lagar del siglo II a.
C., entre las paredes que conforman los recintos 2A y 2B, se formó un estrato (UE 2008) que contiene campaniense A tardía (Fig. 6: 19), cerámica del círculo de la campaniense B (formas Lamb.
Ello viene a coincidir con la cronología propuesta para el sector 3 y demuestra la continuidad de uso del edificio B. Esta datación es coherente con el hallazgo en niveles superficiales de siete monedas ibéricas de bronce (cecas de Kese, Kelsa, Salduie, Tamaniu y Belikion) fechables entre 125 y 75 a.
C. No es seguro que estas construcciones constituyeran el límite sureste del conjunto tardo-republicano, pero el arrasamiento del sector situado más allá de las mismas impide mayores precisiones.
Finalmente, el espacio central abierto quedaba delimitado por la antigua torre y el recinto rectangular superpuesto al edificio C.
Persisten incógnitas sobre la estructura y la cronología de detalle de este edificio, pero está claro que su planta general recuerda -sin coincidir plenamente con ella-la de distintos edificios romano-republicanos erigidos en el noreste de la península ibérica.
Cuentan invariablemente con espacios abiertos cuadrangulares de dimensiones variables, delimitados por construcciones más o menos complejas en los cuatro costados, y a menudo con cisterna central.
Es el caso de Can Tacó, de Puig Castellar de Biosca (Pera et al. 2016) y, tal vez también, de Mas Gusó (Casas et al. 2016), el Castellvell de Olius (Asensio et al. 2012) y Torre Crema-Trab.
La estructura de los ejemplos mencionados es más regular, debido probablemente, en el caso de los dos primeros, a su erección ex novo, en lugares sin ocupación previa.
Pero el conjunto del Coll del Moro comparte con ellos la forma general y, sobre todo, la ubicación junto a vías de comunicación, la amplia visibilidad sobre el territorio y, por supuesto, la datación en un momento ya bastante avanzado del período tardo-republicano.
La ocupación romano-republicana del Coll del Moro perduró hasta la segunda mitad del siglo I a.
C., según muestran, p. ej. las cerámicas halladas en la cisterna fechables en el siglo I a.
Existen también niveles relacionados por el exterior con la torre que contienen sobre todo cerámicas tardías del círculo de la B (Fig. 6: 34-39), con formas como la Morel 2841 y Pasquinucci 127 que sugieren una cronología de mediados del siglo I a.
C. Berges y Ferrer (1976: 398) documentaron una ocupación en época imperial en el interior de la torre (una lucerna Loeschke VIII de finales del siglo II) y en una pequeña habitación, adosada a la propia torre y superpuesta al muro noroeste del recinto tardo-republicano.
Se trata de una presencia muy limitada, tal vez un simple punto de observación.
El práctico abandono del lugar precisamente a principios de época imperial confirma el carácter de punto de control estratégico que tuvo la última ocupación de época tardorepublicana.
LA PROSPECCIÓN DE LA CIMA DE LA COLLADA (FIG.
Los trabajos previos de prospección, no sistemáticos, habían documentado la presencia de materiales en la parte más elevada de la collada (Rafel et al. 2015: 37, 44), sin definir con detalle su área de dispersión, su cronología o las características de la ocupación.
Nuestro proyecto ha llevado a cabo campañas de prospección pedestre y geofísica mediante georradar y tomografía eléctrica.
Las 3 ha de superficie prospectadas se sitúan al norte de la antigua carretera N-420, entre la necrópolis Teuler, al oeste, y la necrópolis Maries, al este.
Las parcelas prospectadas, ocupadas por plantaciones de almendros (Fig. 7: 1), han sido identificadas mediante su referencia catastral (14, 34, 35 y 37).
No se obtuvo el permiso para la parcela 33.
Para mejorar la visibilidad del material y obtener resultados homogéneos, se solicitó a los propietarios que labraran previamente el terreno.
Los equipos eran de siete personas, con apenas un metro de separación entre sí.
Se recolectaron todos los materiales, recogidos por cuadros de unos 50 m 2 determinados por la separación entre los almendros.
La prospección se completó con la recuperación de metales mediante el uso de detectores, con fotografía aérea por medio de un dron y con prospección geofísica a cargo de la empresa SOT Archaeological Prospection.
Los resultados de la prospección con detectores de metales fueron relativamente pobres, debido al expolio sistemático por furtivos, pero en un sector de unos 300 m 2, a 60 m al norte de la torre, se localizaron 26 fragmentos de escoria de hierro, indicio cierto de actividad metalúrgica (Fig. 7: 1).
La prospección pedestre proporcionó 9.234 fragmentos cerámicos de época protohistórica, con una densidad creciente de norte a sur, en dirección a la torre.
Su dispersión permite sugerir los límites del asentamiento.
Existe una gran densidad sobre una superficie de unas 2 ha, y hay que añadir 0,5 ha no prospectadas (parcela 33) o muy erosionadas por los trabajos agrícolas (sur de la parcela 35), otras 0,3 ha de la zona en curso de excavación, así como la superficie ocupada por el aparcamiento habilitado junto a la torre y el tramo adyacente de la carretera N-420.
La superficie total del asentamiento sería, pues, de unas 3 ha.
La cronología de los 74 fragmentos de importación (0,8 %) coincide con la de los periodos de ocupación de la zona excavada, con predominio de la fase de finales del siglo III a.
C. y principios del II a.
C. Destacan 9 fragmentos de ánfora fenicia occidental del siglo VII o principios del VI a.
C. y 7 de imitaciones de la misma (Figs.
Del período ibérico hay dos fragmentos de cerámica ática de barniz negro (la pared de una copa y el borde de un cuenco forma Lamb.
Las producciones del siglo III a.
C. son un cuenco del Taller de las Pequeñas Estampillas y tres fragmentos del Taller de Rhode, entre ellos un borde de plato de pescado.
La campaniense A es relativamente abundante, pero reducida a las formas 27, Morel 68, algún cuenco pequeño y un borde de pátera forma Lamb.
También hay una base de pátera campaniense del círculo de la B (Fig. 6: 49).
Las ánforas de importación son siempre itálicas o greco-itálicas (Figs.
Todo ello sugiere una ocupación más o menos continuada por lo menos desde el principio del siglo VI a.
C., tal vez más intensa en los últimos decenios del siglo III a.
C. Las formas de cerámica ibérica son muy diversas, aunque predominan las piezas de transporte y almacenaje (Fig. 7: 4).
La cerámica a mano solo representa un 2,5 % del total (Fig. 7: 3).
Los datos se recuperaron con una resolución de 0,02 × 0,20 m, es decir, obteniendo perfiles hasta 1,66 m de profundidad, separados entre sí 20 cm, con una lectura cada 2 cm sobre toda la superficie explorada.
Apenas se detectaron anomalías relacionables con restos constructivos.
En unos casos, sobre todo en la parcela 35, la roca natural estaba a escasos centímetros de la superficie, mientras que en otros el intenso laboreo agrícola ha destruido los muros, quizá por completo.
Tan solo al sur de la parcela 34 y en un extremo de la 14, correspondiente a la zona con mayor densidad cerámica y con manchas cenicientas, se identificaron recintos.
Asimismo, en el extremo sureste de la parcela 35 se detectaron tres zonas de combustión, coincidentes con las escorias de fundición ya mencionadas, lo que confirma la presencia de hornos metalúrgicos.
LA PROSPECCIÓN DEL TERRITORIO
En 2018 se realizaron prospecciones a pie en el valle de Bot-Gandesa, que se extiende al sur y sureste del conjunto arqueológico, empleando la metodología descrita para la prospección pedestre de la cima de la collada.
Se centraron en La Cendrosa, una de las explanadas situadas, en diferentes terrazas, entre la sierra del Camp Teuler y el barranco de Redó (Fig. 1B).
A ella se añadió la prospección intensiva de la zona de Lo Grau, a unos 2 km al este del Coll del Moro, a ambos lados de la carretera N-420.
En La Cendrosa se prospectó de forma intensiva una superficie de 140 ha (254 parcelas, que se utilizaron como unidades de prospección).
Prácticamente todas tenían materiales antiguos, lo que apunta a una intensa presencia humana y explotación del territorio durante la segunda mitad del I milenio a.
Ello sugiere que hay asentamientos permanentes de mayor entidad, instalaciones agrícolas de menor importancia (en torno a 0,003 fragmentos por m 2 ) y, en las parcelas con densidad de materiales inferior al 0,003, que la propia explotación agrícola causó su dispersión, tal vez acompañando al estiércol en el abonado de los campos (Snodgrass 2002: 188-189).
Este paisaje formado por granjas o caseríos de reducidas dimensiones, situados en pequeñas elevaciones, coincide con el sistema documentado en el interfluvio Algars-Matarraña (Moret et al. 2006).
Una de las zonas de mayor densidad (0,02 fragmentos por m 2 ) y extensión (unas 2 ha) se encuentra en el piedemonte del Coll del Moro (Fig. 1B, no 2), a una cota de 80 m por debajo del mismo.
Los materiales, fechados entre los siglos VII y III/II a.
C., cubren un radio de 400 m desde el núcleo ibérico.
Una parte del material recogido puede proceder del asentamiento situado sobre la collada, sin excluir que hubiera otro en esta zona.
Otras dos áreas de particular densidad están sobre sendas elevaciones de unos 350 m s. n. m., a 1300 y 1400 m respectivamente del Coll del Moro, en dirección sureste.
La primera (Fig. 1B, no 3) es de la Edad del Hierro, con materiales fechables entre el siglo VII y el siglo III a.
C. La segunda (Fig. 1B, no 4) se fecha entre el Primer Hierro y el Alto Imperio (siglo VII a.
En la primera existe una alineación de recortes circulares en la roca, posibles hoyos de poste.
La prospección de lo Grau documentó una posible necrópolis y dos yacimientos de carácter agrícola.
La primera se deduce del hallazgo de elementos de bronce propios del Ibérico Antiguo (hebilla de cinturón, colgantes con apéndice esferoidal y zoomorfos).
En uno de los asentamientos rurales las cerámicas se dispersan por unos 2.000 m 2.
La mayoría son vasos de transporte y almacenaje.
También hay un molino rotatorio.
El material de importación (Lamb.
5 de campaniense B, ánfora itálica indeterminada) y dos monedas de las cecas de Bolskan y Tamaniu permiten datarlo en torno 100 a.
Aquí abunda la vajilla romana fechable entre finales del siglo I a.
C. y finales del siglo II d.
C., acompañada de tejas y fragmentos marmóreos de decoración arquitectónica.
Se trata probablemente de la pars urbana de una villa (Fig. 1B, no 6).
EL COLL DEL MORO EN SU CONTEXTO MICROREGIONAL (FIG.
El Coll del Moro es el hábitat de mayores dimensiones en un territorio con el límite occidental situado en la sierra de Cavalls (707 m s. n. m), en cuya parte superior hay pequeños enclaves, a modo de atalaya, entre los barrancos que comunican con el Ebro.
Desde ellos se divisa toda la hoya de Bot-Gandesa y el altiplano septentrional de la Terra Alta, e incluso el valle medio de los ríos Algars y Matarraña por el este y las tierras bañadas por el Ebro a su paso por Móra al oeste.
Los límites occidentales del territorio controlado por el Coll del Moro pueden situarse en el macizo de les Roques de Benet, la montaña de Santa Bàrbara y la sierra dels Pesells.
Una hipótesis alternativa los sitúa en el río Algars, donde hay un sistema de yacimientos sobre los cerros y colinas que dominan las terrazas fluviales y controlan los pasos hacia el este (Jornet 2017: 256).
Los límites norte y este del territorio del Coll del Moro son más difíciles de determinar por la ausencia de accidentes geográficos notables.
Por el norte se abre un extenso altiplano hasta el Ebro, con algunos yacimientos de menor entidad sobre un radio de unos 10 km, como los de Coll del Moro del Borrasquer y Coll del Moro del Xollat.
Hacia el este los escasos indicios de poblamiento se sitúan cerca del camino que enlaza la Terra Alta con el Ebro, siguiendo el cauce del barranco de la Font de l'Aubà y el río Sec, y no más allá, hacia el este, de Les Camposines.
Ello podría atribuirse a su condición de área fronteriza, poco poblada hasta, por lo menos, la fundación del Castellet de Banyoles (Sanmartí et al. 2012: 59).
Las intervenciones realizadas desde 2014 permiten reinterpretar la superficie total y evolución estructural del hábitat del Coll del Moro de Gandesa, con importantes consecuencias sobre el proceso histórico de la sociedad ibérica de la zona del curso inferior del Ebro.
Los hallazgos de ánfora fenicia arcaica y otras afines, aunque descontextualizados, confirman una ocupación desde el siglo VII a.
C., extendida a los campos situados al pie del yacimiento.
La naturaleza de este primer núcleo es desconocida, pero la collada del Coll del Moro es el paso natural entre las comarcas de la Terra Alta y el Matarraña.
Ello abre la posibilidad de que existiera un centro de recepción y redistribución hacia el interior de las ánforas fenicias llegadas por la vía del Ebro, tal vez del tipo de Aldovesta (Mascort et al. 1991), aunque el número de envases fenicios conocidos en el Bajo Aragón es muy reducido (Fatás 2016: 227).
La construcción de la torre y la excavación de la balsa pueden remontar también a finales del Primer Hierro o principios del período ibérico.
Se relacionan con el control de un territorio amplio y con la circulación de ganado, que justificaría la instalación del gran depósito de agua.
Hay otros similares, aunque de dimensiones mucho menores, en asentamientos de cronología semejante, como Barranc de Gàfols (Sanmartí et al. 2000: 96-100) y, en el Bajo Aragón, Záforas (Pellicer 1959: fig. 2) y Cabezo de Monleón (Beltrán 1980: 54-55), fechados en el siglo VII a.
C. Más recientes son los de San Antonio de Calaceite (Bosch Gimpera 1932: 77), Palermo I (Caspe, Zaragoza) (Melguizo 2011) y el Palao (Alcañiz), este último de época ibero-romana (Marco 2003).
Esta interpretación es coherente con la presencia de las dos balsas de crono-logía indeterminada situadas junto a un antiguo camino ganadero en la parte superior del Coll del Moro.
La rápida colmatación de las cisternas, aquí y, en especial, en Barranc de Gàfols, permite suponer cambios importantes de la estructura económica, coincidiendo con el desarrollo inicial de la cultura ibérica y la formación de sociedades profundamente jerarquizadas y desiguales.
En el Coll del Moro la drástica reducción del número de tumbas durante los siglos VI-V a.
Un papel importante en el desarrollo de este proceso de cambio debió de jugar el crecimiento de la población, favorecedor de la economía agrícola a costa de estrategias como la caza, la recolección forestal (ambas atestiguadas todavía en Barranc de Gàfols) (Sanmartí et al. 2000: 180; Albizuri y Nadal 2000: 197; Cubero 2000) y la ganadería.
Las dimensiones en torno a 3 ha que alcanzó el hábitat sobre la collada y la intensa explotación del territorio documentada en el llano de Bot son coherentes con esta hipótesis.
La metalurgia del hierro debió de desempeñar un papel fundamental (todavía mal documentado) en esta dinámica de cambio.
Recordemos que, en la cima de la collada, había una zona de probable producción siderúrgica, cuya naturaleza y cronología se investigarán próximamente.
En el período Ibérico Pleno, en especial en el siglo III a.
C., el Coll de Moro es mucho más que un punto de observación y de control de las comunicaciones.
Esta pudo ser su función primordial en el Primer Hierro y el Ibérico Antiguo, pero, dada su extensión y la importancia de su ocupación, a juzgar por la densidad de hallazgos de material mueble, cabe afirmar que el asentamiento adquirió, tal vez a partir del siglo IV a.
C., una entidad mucho mayor, quizá de carácter urbano.
Milita en este sentido su control sobre la organización y explotación de un territorio de más de 200 km 2.
En consecuencia, debió de incluir una población social y económicamente diversa: un núcleo aristocrático, artesanos del sector metalúrgico y -dadas las dimensiones del asentamiento-una población campesina importante, en parte dedicada a la producción vitivinícola y de lino (Belarte et al. 2019).
San Antonio de Calaceite (Sanmartí-Grego 1984; Jornet 2017), uno de sus homólogos durante el Ibérico Pleno, debió de ejercer funciones similares en el vecino territorio de la comarca del Matarraña, y lo mismo puede decirse del Palao de Alcañiz (Benavente et al. 2003).
Sin embargo, la ausencia de datos sobre la estructura interna del Coll del Moro impone una cierta prudencia a la hora de calificarlo como urbano.
La torre estuvo ocupada de forma continuada hasta el abandono del lugar.
Sin embargo, desconocemos Trab.
C., el asentamiento en la zona al sur-sureste de la cisterna y de la torre, e incluso si estaba ocupada o era un amplio espacio abierto.
Esto último es posible, ya que en la excavación no aparecieron construcciones previas a las del siglo III a.
C., probablemente ya muy avanzado, cuando se aisló el espolón triangular donde se alza la torre.
Ello supuso su segregación radical del hábitat que se extendía por la parte superior de la collada, al norte de la carretera actual.
La profunda significación sociológica de este cambio en la estructura espacial del asentamiento queda confirmada por la mansión aristocrática que se elevó en la zona segregada.
La mansión debió de mantener una conexión simbólica con la gran torre, que venía materializando la permanencia y continuidad del poder desde el Ibérico Antiguo.
Esta interpretación es congruente con la situación de las construcciones en un espolón aislado, visible a gran distancia desde el sur, este y oeste, y, desde luego, con la naturaleza estratificada de la sociedad ibérica y el control atribuible a la aristocracia sobre producciones de prestigio, como los tejidos (al menos algunos de ellos) y el vino.
Discrepa de esta interpretación el reducido volumen de las importaciones en el edificio B (el 1 %), excavado por nosotros (no hay cuantificaciones para el resto).
Ello puede deberse a su finalidad productiva y de almacenaje, no residencial.
El trasfondo de esta configuración de la sociedad ibérica local es la coyuntura política regional del último tercio del siglo III a.
C. La naturaleza fortificada de la mansión aristocrática, el aislamiento del espolón donde se eleva y los aditamentos al sistema defensivo (nueva cisterna, probable adecuación de la torre, reducción del espacio de acceso al interior del edificio fortificado) no puede desligarse de la intervención cartaginesa en Hispania y de sus consecuencias, que culminaron con la conquista del territorio por Roma.
Esta última podría explicar la destrucción violenta de la parte excavada del yacimiento en torno a 200 a.
C. y las pocas importaciones del siglo II a.
C. en el resto del mismo, sobre la collada.
La virulencia de su impacto supuso la decapitación de las estructuras de poder de las sociedades indígenas.
Pese a ello, el gran edificio del siglo III a.
C. fue ocupado de nuevo, de manera efímera y al menos en parte con usos similares, en la segunda mitad del siglo II a.
Finalmente, el conjunto constructivo romano-republicano recuerda a un tipo de edificio distinto, típico de este período, con técnicas constructivas y ornamentales esencialmente itálicas; en algún caso, su refinamiento sugiere su ocupación por personajes de un cierto estatus social.
Se interpretan generalmente como núcleos fortificados que ejercían el control sobre un territorio sometido, pero aún no transformado a través de la fundación de las nuevas ciudades romanas y la colonización agrícola.
Su cronología se sitúa a partir de mediados o el tercer cuarto del siglo II a.
C. hasta principios del siglo I a.
C. A partir de entonces las nuevas estrategias de Roma comportan su abandono o su transformación.
El edificio del Coll del Moro, por su ubicación en un punto de gran valor para el control del territorio y por la estructura de los restos conocidos, se inscribe en este tipo, pero con la lógica peculiaridad de haber incorporado la antigua torre ibérica.
La articulación de las construcciones en torno a una gran torre también ocurre en la vecina Torre Cremada, en la Vall-del-Tormo, que controlaría visualmente buena parte de la cuenca del Matarraña (Moret et al. 2006: 127).
Ambos insinúan un modelo regional de fortificación empleado para asegurar el control y garantizar la explotación del territorio.
Esta ocupación romanorepublicana parece reducirse a esta zona del yacimiento.
A diferencia de, p. ej., en Burriac (Ilturo), la antigua ciudad ibérica no resurgió, como tampoco lo hiciera San Antonio de Calaceite ni probablemente el Castellet de Banyoles (Sanmartí et al. 2012: 51-52).
El edificio romano-republicano se abandona en algún momento del siglo I a.
C. Después, el Coll del Moro es un punto de observación de mínima entidad constructiva.
Todo ello será objeto de investigación y análisis en los próximos trabajos de prospección y excavación. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
Se analiza la secuencia temporal funeraria de un monumento megalítico de la Meseta Norte, el dolmen de Los Zumacales (Simancas, Valladolid), fechado anteriormente en torno a la primera mitad del IV milenio cal AC.
La secuencia se basa en 12 nuevas dataciones radiocarbónicas por AMS obtenidas mediante huesos humanos, seleccionadas a partir del número mínimo de individuos representados en el osario.
La concentración de la mayoría de las dataciones del IV milenio cal AC revela que la utilización del dolmen fue probablemente más intensa en su primera etapa.
Además, el análisis ha identificado un individuo depositado al inicio del Calcolítico, algo que, sin dejar de considerar que la fecha sea errónea, supondría el reconocimiento de una reutilización prehistórica de la que nada se conocía hasta ahora..
La mayor parte de las investigaciones de entonces se limitaron al estudio tipológico de arquitectura y ajuares, pero con el tiempo se han ido ampliando provechosamente a la antropología física (Delibes 1995), el ADN antiguo (Szécsényi-Nagy et al. 2017), la geoestadística (Moreno 2004) o la arqueometría (Martín Gil et al. 1995; Villalobos et al. 2018).
Un resultado de este proceso es la evolución de las interpretaciones sobre la sociedad megalítica que ha pasado de ser vista inicialmente como igualitaria (Delibes y Santonja 1986: 185) a percibirse, conforme se iban implementando nuevos estudios, como incipientemente desigual (Delibes 1995; Rojo et al. 2005; Guerra et al. 2009).
Ya en aquella época dorada, las contadas dataciones radiocarbónicas realizadas (Delibes 1984) permitieron no solo bosquejar a grandes rasgos la cronología del horizonte megalítico normeseteño sino también reconocer con cierto fundamento fases de construcción, uso, abandono, reutilización, etc. de los monumentos (p. ej. Delibes y Rojo 1997; Rojo et al. 2005).
La naturaleza de los enterramientos colectivos constituye un indudable acicate para estos estudios relativos a las dinámicas de uso de la tumba, ya que los sepulcros pudieron amortizarse durante un breve uso o utilizarse durante periodos más prolongados, de muchas generaciones, etc. Un gran escollo para dilucidar tales incógnitas es el hecho de que los osarios suelen presentarse revueltos, salvo en contadas excepciones.
Sólo recientemente el abaratamiento del precio de los análisis y el aumento de la precisión de las mediciones radiocarbónicas han inducido a plantearse la datación de todos los individuos recuperados en monumentos megalíticos para así conocer con detalle su trayectoria.
En esa línea, el presente artículo se centra en el "redondil" de Los Zumacales (Simancas, Valladolid) (Fig. 1), un singular megalito de la Meseta Norte española, con el objetivo de mostrar los resultados y realizar una lectura crítica de las fechas obtenidas para la totalidad del número mínimo de individuos (NMI), procedentes de la excavación allí realizada hace más de tres décadas.
EL SEPULCRO MEGALÍTICO DE LOS ZUMACALES, EN SIMANCAS
El dolmen de Simancas, como se le conoce comúnmente, fue descubierto a mediados del siglo pasado (Romón 1960).
En realidad es un monumento megalítico poco convencional cuyas losas camerales, en vez de disponerse hincadas como los ortostatos de los dólmenes canónicos, se presentan acostadas, a modo de basamento o solera de unas paredes hoy desaparecidas (Fig. 2).
La estructura es muy similar a la documen- Trab.
Además, ambos monumentos tienen en común que los grandes bloques de caliza delimitan una cámara sepulcral perfectamente circular.
Por ello también se les denomina "redondiles".
La presencia dentro de tales cámaras de osarios muy potentes y de ofrendas, similares a las de los sepulcros dolménicos de la península ibérica del IV milenio cal AC, completan el argumento a la hora de asimilar sin vacilaciones esta variedad de yacimientos al fenómeno megalítico.
El sepulcro de Los Zumacales se localiza a 1 km al este del pueblo de Simancas, en un punto de la terraza de +740 m de la derecha del Pisuerga desde el que se ejerce un gran dominio visual.
Cuenta con un túmulo redondo de 30 m de diámetro, muy mutilado, reforzado interiormente por varios peristalitos y una cámara central, también circular, de algo más de 5 m, construida con lastras de calizas pontienses de los páramos aledaños.
A la vista del alto número de bloques de este tipo diseminados por los alrededores del monumento, no se puede descartar que las paredes del redondil fueran también en su día de aparejo ciclópeo.
Otro elemento estructural clave, por cuanto da pie a asignar al monumento la categoría de "sepulcro de corredor", es un pasillo, construido en este caso con verdaderos ortostatos, que se orienta al naciente solar y que, a tenor de lo poco conservado, tuvo una longitud mínima de 6 m por algo menos de 1 de anchura1 (Alonso Díez et al. 2015: 17-19).
En el interior de la cámara se descubrió un importante osario constituido por restos descoyuntados y en considerable desorden, salvo tres esqueletos en "perfecta conexión anatómica situados precisamente en las partes mejor conservadas del megalito, zonas norte y oeste. [...] con las extremidades ligeramente replegadas, sin presentar una disposición propiamente fetal"2.
Según las primeras impresiones había unos veinte individuos entremezclados con dos centenares de piezas trabajadas sobre piedra, hueso y cerámica correspondientes al ajuar funerario.
Entre ellas figuran 13 útiles líticos pulimentados (hachas/azuelas, esferoides y afiladeras) y 53 tallados (grandes láminas y microlitos geométricos de pedernal), punzones, colgantes e ídolos-espátula de hueso, 130 cuentas de collar, y unos insignificantes fragmentos de vasijas de barro (Fig. 2).
Se han identificado de visu muchos de los pulimentados como grauwaca o silimanita, así como adornos de pizarra y conchas marinas (Alonso Díez et al. 2015: 25-28).
Por arqueometría se ha certificado la presencia de cuentas de variscita y moscovitas verdes y caolinita roja (Villalobos 2015: cap. 3.2).
Planta del dolmen de Los Zumacales (Simancas, Valladolid) y elementos del ajuar (imagen cedida por el Museo de Valladolid): útiles líticos pulimentados, grandes láminas y microlitos geométricos de sílex, punzones, colgantes e ídolos-espátula de hueso (210 × 15 mm), cuentas exóticas de variscita y moscovitas verdes y caolinita roja, insignificante fragmento cerámico (en color en la versión electrónica).
Las ofrendas de Los Zumacales constituyen un conjunto de materiales perfectamente representativos del horizonte megalítico inicial de la Meseta y denotan que el sepulcro ya estaba en uso a comienzos del IV milenio cal AC.
Lo corroboran las tres fechas absolutas de huesos humanos ya publicadas (Tab.
Una cuarta datación radiocarbónica, algo más precisa y referida en este caso a un nivel pretumular (GrN 17697: 5310 ± 90, 4331-3973 cal AC 2σ), remite también a finales del V milenio cal AC con lo que la fecha de fundación de nuestro monumento parece relativamente bien fijada (Alonso Díez et al. 2015).
Se trata de una fecha obtenida a partir de un hueso de fauna encontrado en un nivel de cenizas infratumular no muy profundo, con una extensión aproximada de 8 m 2 y localizada entre el peristalito interior y el intermedio.
Las cerámicas, huesos y restos de talla de sílex, encontradas en este pequeño depósito podrían sugerir que, en origen, fuera un basurero de una ocupación pretumular (Zapatero 1991; Alonso Díez et al. 1985).
Este modesto testimonio de actividad previa a la construcción del monumento no es equiparable a evidencias de verdaderos espacios domésticos como los de La Velilla (Zapatero 1991) o Azután (Bueno 1991), pero facilita un verdadero término post quem para situar la construcción de los Zumacales entre finales del V y principios de IV milenio cal AC.
El desafío actual de este trabajo es determinar la duración de la trayectoria de esta tumba colectiva, algo que pasa inexcusablemente por el estudio del osario y por la datación sistemática de las inhumaciones que lo componen.
LAS DATACIONES ABSOLUTAS DEL NMI DE LOS ZUMACALES
Estudio antropológico como punto de partida para la selección de muestras C14
Los estudios cronológicos más recientes sobre series radiocarbónicas en conjuntos megalíticos de la península ibérica están proporcionando información muy interesante acerca de su funcionamiento.
La temporalidad de las secuencias funerarias ha resultado sorprendentemente amplia, p. ej., en los dólmenes riojanos (Fernández Eraso y Mujika-Alustiza 2013) o en los monumentos megalíticos del sur peninsular (García Sanjuan et al. 2011; Aranda et al. 2017; Lozano y Aranda 2018).
La mejor manera de establecer unos parámetros cronológicos claros a ese respecto es, por un lado, evitar la incertidumbre de las llamadas fechas "de vida larga" debido al conocido como "síndrome de la madera vieja" (Schiffer 1986), y, por otro, obtener dataciones directas de todos los individuos estudiados.
La ventaja adicional es que ofrece datos cronológicos individualizados para cada una de las inhumaciones del monumento (Aranda et al. 2017: 262) 3.
Un primer estudio, inédito, de los restos humanos depositados en la cámara del dolmen de Los Zumacales documentó un mínimo de 22 individuos, entre los cuales predominaba el grupo adulto sobre el subadulto y el masculino sobre el femenino, siendo muy reducido el número de infantiles 4.
Este tipo de composición poblacional, que ni difería demasiado del documentado en otros dólmenes meseteños, ni reflejaba en absoluto los esquemas de mortalidad propios de 3 El procedimiento empleado en este tipo de análisis asume que los eventos datados son independientes y que tienen la misma probabilidad de ocurrir en cualquier momento de la escala temporal, es decir, se distribuyen uniformemente según el uniform phase model (Bronk Ramsey 2001: 357; Bronk Ramsey 2009a: 343).
1. sociedades arcaicas preindustriales, daba pie a pensar en un "reclutamiento selectivo" de los individuos enterrados en los dólmenes (Masset 1986; Delibes 1995; Fernández-Crespo y de la Rúa 2015).
En una revisión posterior5, hemos establecido un NMI de 14.
La identificación y recuento de los fragmentos óseos proporcionó un total de 1380 fragmentos de hueso aproximadamente.
Esta cifra dista mucho de las 1800 piezas que se contabilizaron en el estudio previo donde, además, identifican "tres cráneos prácticamente completos que podrían corresponder a los únicos tres individuos que constan como recuperados, todavía en conexión anatómica, en la zona mejor conservada del monumento"6.
Sin embargo, entre los fragmentos de cráneo solo se ha hallado un esplacnocráneo completo junto con un temporal y fragmentos de parietal, seguramente pertenecientes al mismo individuo.
Cabe pensar que los cráneos "prácticamente" completos hayan sufrido una severa fragmentación, debido a su almacenamiento y transporte a lo largo del tiempo, o bien que falten piezas en la colección, dada la diferencia indicada en los totales de fragmentos.
El número mínimo de individuos adultos se determinó mediante el recuento de tibias izquierdas identificadas por la epífisis distal y el agujero nutricio proximal.
El grupo de edad subadulto constaba de un mínimo de 5 sujetos, resultante de cotejar los huesos largos y coxales con el grado de desarrollo y erupción dental.
Uno de ellos, un peroné (Fig. 3, muestra ZUM19.1), se ha conseguido individualizar parcialmente gracias a que los fragmentos presentaban huellas patológicas idénticas y un proceso de fusión de epífi-sis compatible con un sujeto entre los 12 y 19 años.
La composición poblacional de este segundo estudio antropológico (Tab.
2) apunta igualmente a un predominio de individuos adultos masculinos sobre otros grupos, aunque en proporciones menos significativas.
La metodología utilizada en la estimación de edad de la muestra se ha basado, sobre todo en el esqueleto postcraneal dada la considerable fragmentación de los restos craneales.
Se han podido rescatar escasos maxilares, mandíbulas y casi una cincuentena de dientes.
La edad en individuos adultos se ha determinado, primero, por su grado de desgaste dental (Brothwell 1981; Lovejoy 1985); después por los fragmentos de sínfisis púbica del hueso coxal, según la revisión de Todd (1920) por Meindl et al. (1985).
Por último, se ha considerado la superficie auricular de la articulación sacroilíaca (Lovejoy et al 1985).
Los fragmentos de hueso correspondientes a individuos inmaduros, maxilares y mandíbulas han han permitido estimar el intervalo de edad más específico y fiable a partir del desarrollo dental (AlQahtani et al. 2010).
La estimación de edad en subadultos mediante el esqueleto postcraneal se ha basado principalmente en el desarrollo y fusión de las epífisis de huesos largos (Brothwell 1981; Scheuer y Black 2000).
La presencia de procesos artrósicos en vértebras y articulaciones como indicador aproximativo de edades más avanzadas ha sido escasamente detectada en la muestra.
No obstante, hay más factores causantes y favorecedores de estos procesos (sexo, nutrición, genética, estrés biomecánico, etc.)
La actividad física intensifica y adelanta la edad de aparición de signos de artrosis.
Además, este factor aparece como principal causante de la artrosis vertebral en poblaciones prehistóricas, lo cual adelanta su edad de aparición (Jiménez-Brobeil et al. 2010).
El diagnóstico sexual solo se ha podido aplicar en algunos fragmentos del coxal o del cráneo.
La estimación del sexo a partir del cráneo se ha reducido a observar la apófisis mastoides y la morfología del reborde supraorbitario en casos aislados, así como la eminencia mentoniana y el ángulo goniaco en mandíbulas (Ferembach et al. 1980; Buikstra y Ubelaker 1994).
Estos rasgos morfológicos no son demasiado evidentes por la fragmentación de los huesos.
Además, en especial la apófisis mastoides se considera en Antropología física poco fiable como marcador sexual si se desconoce la caracterización craneal de la población y si no se coteja con otros elementos óseos (White et al. 2012).
Los fragmentos de coxal han sido los marcadores morfológicos para la discriminación de sexo en el esqueleto postcraneal (Buikstra y Ubelaker 1994).
Se desaconseja la diferenciación sexual a partir de restos aislados de individuos inmaduros dado que los rasgos morfológicos sexuales se definen una vez pasada la pubertad (Scheuer y Black 2000).
En definitiva, la estimación de sexo basada en los criterios citados tan solo ha permitido establecer un mínimo de 3 individuos varones, 2 mujeres y un alofiso.
Es una representación bastante poco significativa de la probable composición originaria de la población del sepulcro simanquino.
La selección ha tenido en cuenta los resultados del reciente estudio antropológico7 y la documentación de las excavaciones arqueológicas de M. Alonso Díez8.
En ella se asegura que todos los huesos humanos pro-cedían de la cámara, motivo por el cual se han atribuido a una misma unidad estratigráfica.
Durante su recuperación los huesos se guardaron en bolsas individualizadas y con el registro espacial correspondiente.
Sin embargo, se ha desestimado esta información por el carácter revuelto del osario9.
Además, por desgracia el conjunto esquelético en posición anatómica que se mencionaba y podría coincidir con las últimas deposiciones funerarias, no ha sido identificado durante la revisión antropológica.
Una prueba adicional del carácter removido del osario es que falta, en general, un estricto orden decreciente de antigüedad en las dataciones prehistóricas conforme disminuye la profundidad de sus correspondientes muestras.
Las fechas más modernas sí tienden a ser las de individuos o huesos aparecidos en cotas altas (Tab.
Sin embargo, no hay evidencias arqueológicas claras de intrusiones, más allá de "algunos destrozos" contemporáneos producidos por las tareas de roturación.
Por todo ello, en coincidencia con lo planteado hasta ahora (Alonso Díez et al. 2015: 16 y 30), lo lógico es considerar una sola etapa o fase de actividad funeraria, no muy extensa e ininterrumpida.
Por último, debido a la desmineralización y mala conservación de los huesos infantiles, así como la costosa identificación de sus intervalos de edad, trabajamos prudentemente con 12 muestras del total de 14 individuos atestiguados, de los que 10 corresponderían a cronología prehistórica.
Como indicamos, aquí se analizan las fechas correspondientes a la etapa prehistórica del dolmen.
Destacamos este hecho completamente inesperado ya que ningún elemento material permitía sospechar intrusiones de época histórica.
Las muestras fueron procesadas en el Poznam Radiocarbon Laboratory, en colaboración con el AMS Laboratory de la A. Mickiewicz University (Polonia).
Las fechas obtenidas (Tab.
La primera impresión que ofrecen es la de una secuencia agrupada, bastante bien definida en sus momentos más antiguos.
No obstante, asumir la hipótesis de un uso tan dilatado a partir de una única fecha discordante parece arriesgado, por lo que se ha recurrido al tratamiento estadístico bayesiano.
Su fin es reajustar los intervalos de las fechas calendáricas que ofrece la secuencia radiocarbónica (Bronk Ramsey 1995).
Se evitan así interpretaciones erróneas deducidas de la mera observación de las fechas calibradas, explicables amplio rango de dispersión estadística que presenta cada datación (Bayliss et al. 2007).
La construcción de modelos bayesianos permite realizar estimaciones interpretativas (posterior information) acerca de las fases o secuencias de una actividad arqueológica, combinando información previa (prior information) con las probabilidades estandarizadas proporcionadas por las fechas de radiocarbono (Bronk Ramsey 1995).
Las fechas se han analizado con el programa OxCal (v.4.2.3.) para el tratamiento bayesiano usando las funciones Boundary Start, Boundary End, Span y Outlier Model (Bronk Ramsey 2009b).
En la interpretación, se han tenido en cuenta los valores del índice de consistencia general del modelo, que ha de ser mayor de 60 % para aceptar su coherencia interna (Bronk Ramsey 1995).
Además se ha prestado especial atención a los valores del índice de consistencia individual de cada una de las fechas, en especial de las re- gistradas en las cotas más altas y que podían corresponderse con las últimas deposiciones.
Al no haberse registrado más que un nivel arqueológico, la actividad funeraria del dolmen se interpreta a priori como una única secuencia cultural.
Ello justifica que para el modelado bayesiano hayamos asignado todas las fechas a una sola fase.
Como ya se mencionó, esta interpretación se debe al carácter colectivo de los enterramientos dolménicos y a la consideración como un conjunto único de todo el osario de la cámara de Los Zumacales, sin espacios divididos o elementos de ajuar atribuibles a épocas diferentes10.
Este hecho nos priva de cualquier referencia secuencial que a priori pudiera ser de interés para la construcción del modelo estadístico.
Otra razón de peso para descartar la identificación de niveles estratigráficos claros es la alteración de los osarios dolménicos.
Además, en contraste con los fenómenos de reutilización, o al menos de intrusión, que manifiestan numerosos dólmenes, Los Zumacales tiene un ajuar homogéneo, propio de un momento megalítico inicial sin, p. ej., puntas de flecha de retoque plano, elementos de ajuar campaniformes u otros materiales posteriores.
Este detalle llevó a plantear muy sugestivamente un uso del espacio funerario más bien ceñido a una de las primeras fases dolménicas en la Submeseta Norte, caracterizada por ofrendas como los microlitos geométricos y las espátulas tipo San Martín-El Miradero11 (Alonso Díez et al. 2015: 30).
De este modo, el modelado bayesiano del nuevo conjunto de dataciones, correspondientes a un porcentaje considerable de los individuos inhumados, se erige en una herramienta prometedora tanto para confirmar la hipótesis de un uso funerario asimilable a una breve secuencia cultural, como para contextualizar de modo más preciso el inicio y final de dicho uso.
DISCUSIÓN: EL COMPORTAMIENTO CRONOLÓGICO DE LA UTILIZACIÓN FUNERARIA DE LOS ZUMACALES
Primer modelo de combinación estadística
Este modelo, con un índice de consistencia válido (A model: 82 %), considera que todos los individuos prehistóricos datados (n=10) podrían pertenecer a una misma fase prolongada y continuada en el tiempo (Fig. 4).
Segundo modelo de combinación estadística
El tratamiento bayesiano en el programa de software OxCal v.4.3.2 permite analizar estos valores atípicos con un modelo específico que ha sido el recomendado por Bronk Ramsey (2009b) para muestras fuera de contexto discordantes con el intervalo temporal esperado.
El análisis se realiza mediante la función Outlier_Model ("General", T(5), U(0,4),"t"), con una probabilidad del 5 % para los outliers.
En nuestro caso, si bien el modelo resultante es consistente (A overall = 102,6 % y A model = 104 %), la fecha Poz-93612 (4410 ± 35 BP) presenta un índice de consistencia individual igualmente bajo (A individual = 38 %, O: 26 % de probabilidad a posteriori) por lo que podría responder a un valor atípico y por tanto excluible del modelo (Fig. 6).
Al prescindir de esa fecha, el índice de consistencia individual de la inmediatamente posterior (Poz-93539, 4680 ± 40) también sería cuestionable (A= 58 %), aunque al no mostrarse como un valor atípico claro, se incluirá en el análisis (Fig. 7).
Todo lo contrario, sucede con las siete primeras fechas analizadas, con índices siempre coherentes dentro de este análisis, por lo que el conjunto es más probable que pertenezca a la misma fase temporal.
El resultado apoya la hipótesis de un primer y principal uso funerario, considerablemente breve, del dolmen, coincidente con los inicios del megalitismo regional.
Dicha función13 comprueba la consistencia interna de las fechas mediante una prueba χ 2, por lo que lo más probable es que se trate de un depósito rápido de los siete primeros individuos datados.
De todo ello parece deducible que, en efecto, la mayoría de los individuos fueron enterrados durante un intervalo de tiempo bastante reducido (entre 0 y 130 años con un 95,4 % de probabilidad) simultáneamente o a lo largo de cinco generaciones, asumiendo una media de 25 años por cohorte generacional (Fig. 8B).
Podría también intuirse una fase de enterramiento ligeramente posterior, sin embargo, como no hay razones estadísticas de peso para confirmar la existencia de un hiato temporal entre ambas secuen- cias, podríamos atribuir el descenso de la frecuencia de enterramientos a un descenso de la actividad funeraria hacia la mitad del IV milenio cal AC.
Una última consideración sobre la temporalidad del dolmen de Los Zumacales atañe al momento de su contrucción.
A ese respecto solo se dispone de la fecha procedente del contexto infratumular realizada sobre hueso de fauna (GrN-17697, 5310 ± 90), que es un buen término post quem para la construcción del monumento.
En cambio, por si sola, no basta para establecer una fase previa a la elevación del túmulo funerario, y distorsiona demasiado sus límites temporales.
Pese a la escasa información disponible, el modelo bayesiano presenta un índice de consistencia aceptable (A=98 %).
La consecuencia inmediata de analizar la trayectoria funeraria del dolmen de Los Zumacales a partir de la datación de cada individuo analizado es la ligera modificación de los datos demográficos de las secuencias sepulcrales.
Se asume que ninguna de las muestras fechadas concierne al conjunto de enterramientos, cuya representatividad está afectada por los problemas de conservación de las muestras dolménicas (Robb 2016).
Sin embargo, ello no impide que la interpretación cronológica propuesta sea representativa de la actividad funeraria en el dolmen, dado que las diez dataciones prehistóricas, seleccionadas al azar, abarcan una buena parte de ellos.
Otras precisiones necesarias sobre los datos demográficos (NMI=14, de los que se dataron 12) se rela-cionan con la citada presencia de dos individuos adultos con cronologías medievales.
La falta de testimonios de nuevos usos funerarios en época histórica haría sospechar de la validez de las dataciones, pero la proximidad temporal y la coherencia entre sus valores (entre los siglos IX y X cal DC) justifican su atribución a dos sujetos medievales.
Prescindiendo de ellos, los valores absolutos de la composición poblacional en la secuencia funeraria prehistórica datada son un 60 % de adultos frente a un 40 % de subadultos aproximadamente, dos de los cuales son individuos infantiles enterrados en los momentos más antiguos.
Se trata de una muestra poblacional demasiado pequeña para conocer con precisión los patrones de mortalidad propios de la comunidad titular de este sepulcro y, en consecuencia, para un análisis fiable de los parámetros demográficos de este yacimiento (Bocquet-Appel y de Miguel 2002).
Ello no impide reconocer la evidente infrarrepresentación de individuos infantiles tan característica en los monumentos megalíticos meseteños (Delibes 1995).
Sin embargo, la ligera alteración de los datos poblacionales resultante del análisis de la temporalidad de las secuencias funerarias demuestra los sesgos en la representación de grupos de edad y sexo debidos al carácter acumulativo de las tumbas colectivas.
Por ello la variable cronológica debería tenerse muy en cuenta al interpretar la composición poblacional de este tipo de sepulcros, especialmente si no hay registro o constancia de diferentes niveles de ocupación.
Se requieren buenas cronologías funerarias para interpretar y comprender la dimensión temporal y social de los sepulcros colectivos prehistóricos.
Probabilidades de duración de la secuencia funeraria del dolmen de Los Zumacales (Simancas, Valladolid) a partir de la serie radiocarbónica: A. según el segundo modelo (Outlier model); B. mediante la combinación de fechas que pasan la prueba de contemporaneidad (función R_Combine).
Dicha combinación sugiere un primer uso funerario más breve.
La dimensión cronológica de Los Zumacales en la secuencia del megalitismo del interior de la península ibérica
La segunda de las interpretaciones cronológicas planteadas es más consistente con la hipótesis de ciclos funerarios breves y se adecúa mejor a la asignación de Los Zumacales a los primeros momentos de actividad funeraria megalítica en la Meseta Norte -primera mitad del IV milenio cal AC-según las dataciones absolutas sobre hueso humano.
Dentro del ámbito meseteño, las únicas dataciones más antiguas proceden de la tumba paradolménica de El Miradero, también vallisoletana (Delibes et al. 1987), de algunos sepulcros del conjunto megalítico burgalés de la Lora (Delibes y Rojo 1997) y de dos yacimientos sorianos: el citado túmulo de la Sima en Miño de Medinaceli (ahora en su horizonte inicial) y el sepulcro de La Tarayuela (Rojo et al. 2005).
Recordemos que, en su mayoría, son dataciones a partir de muestras de carbón y que aquellas que se remontan a fines del V milenio cal AC proceden de horizontes infratumulares o fases de construcción de los sepulcros.
Por tanto, la secuencia funeraria del dolmen de Los Zumacales se correspondería casi en su totalidad con las fases iniciales del megalitismo de la Meseta Norte.
Otros focos megalíticos del interior peninsular arrojan fechas radiocarbónicas ilustrativas de una implantación muy temprana del megalitismo.
Se las une otra más propia de los inicios del IV milenio cal AC en Portillo de las Cortes (Bueno et al. 2016).
La Rioja Alavesa es otra estación megalítica tradicionalmente vinculada a los dólmenes meseteños.
Comparten arquitectura, ajuares y elementos simbólicos como los ídolos-espátula de tipo San Martín-El Miradero (Delibes et al. 1987; Fernández Eraso et al. 2015).
Los investigadores de los megalitos de esta zona no descartan que la ausencia de dataciones de esta primera etapa se deba a problemas de conservación o a cuestiones culturales y funcionales, tales como vidanges o limpiezas periódicas de los osarios.
El último enterramiento prehistórico de Los Zumacales en el contexto del Calcolítico Inicial normeseteño
La fecha prehistórica más moderna obtenida en nuestro proyecto (Poz-93612 4410 ± 35 BP; 3321-2915 cal 2σ AC) indicaría un uso del sepulcro de Los Zumacales más allá del Neolítico Final, ya en plena época calcolítica, si asumimos que no es un valor atípico por desviaciones en la curva de calibración, contaminación o reservorio isotópico anómalo (Bronk Ramsey 2009b).
En ello incide, por otro lado, que la tibia fechada fuera recuperada en las cotas superiores del osario (véase Tab.
La falta de ajuares funerarios evolucionados corroboraría la condición esporádica de este enterramiento al no poder identificar una actividad funeraria más sólida en torno a estas fechas, o bien sugeriría la alteración de los valores de las fechas BP por otra serie de razones.
El que en el yacimiento las únicas evidencias, ya comentadas, sean el ajuar muy homogéneo y las pocas inhumaciones justifica que desde la perspectiva más estrictamente arqueológica siempre se haya apostado por el abandono del dolmen tras una breve utilización (Alonso Díez et al. 2015).
El Calcolítico se identifica en el registro arqueológico de la Meseta Norte a partir del c.
Este periodo supuso la adopción de grandes transformaciones en los modos de poblamiento, la economía y la organización social (Delibes 2011; Villalobos 2016).
En la dimensión de las prácticas funerarias implicó el abandono de los dólmenes y la generalización de fórmulas funerarias como las inhumaciones en hoyo (Fabián 1995).
Los dólmenes tardoneolíticos, por su condición de hitos territoriales tanto como de construcciones monumentales, fueron elementos todavía muy presentes en el paisaje en el que se desarrollaron las comunidades calcolíticas.
Es bastante habitual encontrar en ellos artefactos propios del ajuar campaniforme (Delibes y Santonja 1986).
De modo excepcional, caso de La Sima (Rojo et al. 2005), formaban parte de auténticos enterramientos intrusivos.
La cuestión es más compleja respecto a los materiales calcolíticos precampaniformes.
Se conocen materiales de este horizonte en muchos dólmenes salmantinos y zamoranos (Arias 1989; Palomino 1990; López Plaza et al. 2000) y, al menos, hay un par de casos donde participan en eventos de clausura (Villalobos 2015; Tejedor et al. 2017).
En cambio, prácticamente no hay pruebas de inhumaciones calcolíticas precampaniformes en dólmenes.
La síntesis exhaustiva de C. Tejedor (2015: cap. 6.3) sólo ha identificado el caso de Arroyal I (Carmona 2014), al que añadimos la datación c.
De esta manera nuestro pretendido inhumado calcolítico precampaniforme de Los Zumacales, un dolmen sin artefactos documentados de esta época (Alonso Díez et al. 2015), de ser correcta la datación, o es una rareza o, quizás, la primera prueba contundente de un comportamiento, hasta ahora, con escasa visibilidad arqueológica.
Anteriormente hemos vinculado la llegada del Calcolítico a la Meseta Norte con la adopción de inhumaciones en hoyo a veces acompañadas de artefactos sociotécnicos de prestigio como útiles de metal y adornos de variscita y otros minerales de vivos colores.
Junto a estas tumbas "ricas", se calcula que hay entre un 75 % y un 92 % de inhumados sin ajuar o con un cuenco y poco más (Villalobos 2016: 165).
Esta asimetría en la representación funeraria suele entenderse como prueba de una sociedad de rango o, incluso, de clases.
Desde este punto de vista nuestro inhumado calcolítico de Los Zumacales era una persona perteneciente al común de la población que era enterrada con escaso o ningún ajuar.
Hasta la fecha las reutilizaciones calcolíticas de los dólmenes se han interpretado como intentos de la nueva élite social de legitimar su posición vinculándose artificialmente con "los ancestros".
La hipótesis está bastante bien fundamentada para el caso de la sociedad Campaniforme donde artefactos sociotécnicos de prestigio como el set cerámico, las armas de cobre, los adornos de oro, etc. mostraban el alto estatus de los "intrusos" (Delibes y Santonja 1986; Rojo et al. 2005).
Pero esto solamente sirve para ese segundo periodo de la Edad del Cobre.
La aparición de un inhumado sin ajuar en los albores del Calcolítico Inicial, tres siglos después de finalizar la utilización original de la tumba, podría ser una prueba de que, en estos momentos, los dólmenes no serían únicamente escenario, p. ej., de ceremonias de clausura sino también de inhumaciones de ¿gente del común? ¿marginados, incluso?
A 20 km al noreste de Los Zumacales las tres mujeres del Calcolítico Inicial, probablemente ajusticiadas en Los Cercados y que se han vinculado con un sacrificio ritual de tipo propiciatorio (García Barrios 2007), no dejan de mostrar una violencia descarnada contra ciertos miembros de la sociedad.
Resulta imposible certificar que el inhumado calcolítico de Los Zumacales fuera apartado del ritual funerario más aceptado entre sus congéneres por circunstancias socioeconómicas, pero apuntamos esta posibilidad para su contraste futuro en proyectos de dataciones exhaustivas, similares a éste.
Este trabajo ofrece la primera secuencia radiocarbónica de un dolmen de la Meseta obtenida a partir de dataciones sobre hueso humano del número mínimo de enterrados.
Hasta ahora la investigación de la temporalidad del megalitismo se nutría predominantemente de fechas absolutas sobre carbón, ya fueran infratumulares o camerales, se corría siempre el riesgo de que las dataciones de los eventos de la vida del mo- numento se vieran afectados por el "síndrome de madera vieja", y se situaban los inicios del megalitismo meseteño entre los últimos siglos del V milenio cal AC y los inicios del IV milenio cal AC.
Según los resultados de la datación de nueve individuos del dolmen de Los Zumacales en su mayoría fueron inhumados en el lapso c.
Ello estaba en relativa consonancia con las dataciones, también en la primera mitad del IV milenio cal AC, de gran parte de los huesos de otros megalitos de la Meseta Norte y del Valle del Tajo: La Mina y La Sima (Soria), El Alto del Reinoso y El Silo (Burgos), Azután (Toledo) y El Portillo de las Cortes (Guadalajara).
Además, contamos con una solitaria datación en c.
3300-2900 cal AC (2σ) que se corresponde con ciertas fechas de la segunda mitad del IV milenio cal AC en sepulcros burgaleses como Las Arnillas, palentinos como La Velilla y toledanos como El Castillejo y el túmulo del Valle de las Higueras.
Este comportamiento difiere de lo que se observa, p. ej., en el Valle del Ebro a su paso por La Rioja y Álava.
Allí, pese a haber huesos fechados en la primera mitad del IV milenio cal AC (Collado Palomero II, La Chabola de la Hechicera), las dataciones, en general, se concentran en la segunda mitad de dicho milenio, prolongándose incluso durante las Edades del Cobre y Bronce.
A su vez en el sureste peninsular, se registra un uso continuado de los sepulcros desde el segundo tercio del IV milenio cal AC hasta finales del III milenio cal AC.
La aplicación del análisis bayesiano a la serie de Los Zumacales muestra la robustez estadística de la agrupación de los individuos en ese primer y relativamente breve periodo entre 3857-3711 cal AC y 3776-3636 cal AC (2σ) que podría durar hasta 130 años y la posible existencia de un segundo evento de reutilización funeraria puntual, ya durante el Calcolítico c.
La conclusión que extraemos del primer periodo de uso de Los Zumacales es que el monumento fue construido, utilizado y amortizado en un breve lapso de tiempo.
Ello está muy lejos de la idea del megalito como una "tumba para la eternidad" de utilización diacrónica y recurrente.
Planteamos a partir del segundo uso, y en adelante, que la total ausencia de ajuar propio del Calcolítico Inicial nos sitúa ante el uso del dolmen no por una élite ansiosa de legitimar su posición social en los monumentos del pasado sino, por el contrario, por el entorno de una persona perteneciente al común o, incluso, un marginado social.
Por último, no debemos olvidar la probable inclusión en la serie funeraria de dos individuos de época medieval (siglos X-XII DC), pese a la ausencia en Los Zumacales de elementos materiales propios de esta cronología.
Finalmente, insistimos en los dobles resultados de la nueva metodología de trabajo, consistente en datar casi la totalidad del número mínimo de individuos recuperados en los sepulcros colectivos.
Además de ofrecer respuestas rotundas a viejos interrogantes sobre el fenómeno megalítico, muestra hechos que permiten el planteamiento de nuevas preguntas que deberán ser atendidas en el futuro.
La Dirección General de Patrimonio Cultural de la Junta de Castilla y León asumió el gasto de las dataciones radiocarbónicas en las que se basa el artículo.
Laboratorio Fecha BP Datación calibrada 1σ cal AC Datación calibrada 2σ cal AC Muestra Contexto |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
El Coval Simó constituye una de las evidencias más antiguas de poblamiento en la isla de Mallorca y en el archipiélago balear.
Tiene, además, la particularidad de ser un hábitat en zona de montaña, de modo que los grupos humanos que se asentaron allí debieron de adaptar su sistema agropecuario y de explotación del entorno a este medio.
Los restos vegetales (carbones y semillas) recuperados en los niveles de ocupación del yacimiento permiten aproximarse a estas cuestiones, ya que son resultado de las distintas actividades desarrolladas en esta cavidad: combustible para las actividades domésticas, alimento para el ganado, etc. Los resultados de este estudio muestran que entre el III y II milenio cal BC se implantó un sistema agropecuario basado en la ganadería y en el cultivo de cereales, que realizaba una explotación de las formaciones forestales locales para la obtención de recursos, entre ellos, el combustible leñoso.
Las formaciones vegetales explotadas remiten a la existencia de bosques de enebros o sabinas, con presencia de arces y matorrales de leguminosas, entre otros arbustos y matas.
Las Islas Baleares son un archipiélago que fue colonizado por los humanos de forma tardía, durante la Prehistoria reciente y, aunque comparte algunos elementos culturales con el continente europeo, es evidente el rumbo independiente que adquieren las culturas en este territorio.
Desde la primera ocupación de las islas, los humanos han tenido que adaptarse al medio insular.
Las particularidades de cada isla, su paisaje y escala, en ocasiones, han supuesto un hándicap para el poblamiento y el desarrollo de los sistemas económicos humanos (Ramis 2014).
Existe cierto consenso en las cronologías del primer poblamiento estable en Mallorca, que se documenta desde finales del III milenio a. n. e.
Este tardío poblamiento de uno de los principales territorios insulares del Mediterráneo, que hace que las Baleares cuenten con una prehistoria de poco más de dos milenios, representa una destacada singularidad en este contexto (e. g.
No obstante, se debate la cronología y naturaleza del primer poblamiento de las Islas Baleares.
La colonización humana de una isla en general, y de Mallorca en particular, debe entenderse como un proceso.
Algunos autores (Guerrero et al. 2007; Guerrero y Calvo 2008; Servera-Vives et al. 2018) defienden la existencia de una fase de frecuentaciones de más de un milenio de duración anterior a la "ocupación permanente" de las Islas Baleares, y que se remontaría al IV milenio a. n. e.
No obstante, resulta un tanto difícil aceptar que unos grupos humanos basados en prácticas agropastorales, aunque fueran de carácter móvil, se limitaran a frecuentar las islas de Mallorca y Menorca desde el continente europeo, situado a casi 200 km, sin establecerse en ellas.
Los estudios polínicos se unen a este debate al detectar los primeros signos de impacto antrópico en el paisaje en momentos pre-Calcolíticos (Burjachs et al. 2017; Servera-Vives et al. 2018).
Consisten en reducciones puntuales del polen arbóreo y aparición de especies ligadas a la actividad humana.
No obstante, los propios autores reconocen que es difícil esclarecer si algunos de estos episodios tienen origen antrópico o climático, ya que el cambio más importante que se detecta, p. ej., en la secuencia de Alcúdia (Mallorca), coincide también con un evento climático de acusada aridez (ca.
A esta discusión se añade otra acerca de la adecuación del tipo de restos escogidos para la datación, apostando preferentemente por la fauna doméstica, previamente identificada, y procedente de contextos sedimentarios no alterados, valorando, además, las fechas en conjunto con el resto de la información arqueológica y ecológica (Coll y Ramis 2014).
En este sentido, las dataciones sobre polen son también problemáticas, ya que estos restos no se datan de forma directa.
Los estudios paleoambientales resultan especialmente reveladores para la reconstrucción de la dinámica del primer poblamiento, sobre todo los que se basan en restos que permiten una valoración del paisaje a nivel local, en el entorno inmediato a los lugares de actividad humana.
Una visión muy generalista puede enmascarar las diferencias que, seguro, existen en el territorio balear.
Los macrorrestos vegetales son muy adecuados para desvelar el paisaje explotado por los humanos, ya que son aportes antrópicos, por tanto, culturales, desde el entorno del hábitat.
Los primeros lugares de ocupación de un territorio son fundamentales para obtener una visión del paisaje prístino que encontraron los pobladores, como demuestran los espectros de macrorrestos vegetales (carbones y semillas).
La acción humana resulta visible tras algunos siglos de ocupación continuada (Badal et al. 2012).
La escasez de datos arqueobotánicos que aún persiste en las Islas Baleares deja enormes lagunas para obtener una secuencia de vegetación de este archipiélago en su conjunto y, sobre todo, en lo que se refiere a las primeras ocupaciones.
Otros yacimientos más o menos contemporáneos, como Son Olesa (Waldren 1987), Ca Na Cotxera (Cantarellas 1972) o S'Arenalet de Son Colom (Ramis et al. 2007; Ramis 2010), carecen por el momento de análisis paleobotánicos que permitan trazar un mapa detallado del paisaje de las primeras ocupaciones de la isla.
La única excepción, por el momento, son sendos análisis antracológicos en Son Matge y Son Gallard, en la misma Serra de Tramuntana (Picornell-Gelabert et al. 2010).
El Coval Simó, además de contribuir a aumentar la escasa información para este periodo, ofrece la oportunidad de valorar la explotación de las zonas de montaña, integrando los resultados en la problemática sobre el primer poblamiento humano de las Baleares y su impacto real en el paisaje de la isla.
EL YACIMIENTO DEL COVAL SIMÓ
El Coval Simó (6°28 '18'' E, 39°47 '23'' N) es un abrigo localizado a 920 m de altitud en la sierra de Tramuntana, entre el valle de Son Torrella y el llano de Cúber, que forma parte de un sistema de dos grandes dolinas cársticas excavadas en el macizo rocoso (Alcover et al. 2001) (Fig. 1).
El abrigo se abre con orientación NE en una dolina de unos 400 m 2.
Estas formaciones presentan una sedimentación natural muy horizontal y con un elevado índice de retención de humedad, indicada por los juncos y encinas sobre ellas (Coll 2001).
La localización del abrigo es estratégica, ya que tiene acceso al valle y a la zona escarpada inmediata, con diversos recursos explotables.
Hay suelos erosionados y afloramientos rocosos predominantes en torno al abrigo, pero la cercanía de pequeños valles, a una distancia de 20 a 40 minutos a pie, ofrece tierras de cultivo en sus alrededores.
Tras una primera incursión en el yacimiento durante la década de los 1960 (Enseñat 1969), los trabajos durante los años 1998 a 2008 (Coll 2010) se centraron en áreas selladas por el desprendimiento de grandes bloques de piedra del techo que las protegieron de alteraciones posteriores.
La excavación bajo los bloques identificó tres horizontes de ocupación (Fig. 2).
El Horizonte 3 (H3), un paquete sedimentario de unos 22 cm de espesor, es el inmediato inferior.
El Horizonte 2 (H2), separado del anterior por una capa de piedras más pequeñas, presentaba aproximadamente 16 cm de espesor.
Por debajo se encuentra la primera ocupación humana del refugio, el Horizonte 1 (H1).
El registro arqueológico es uniforme en toda la estratigrafía: cerámica campaniforme (Coll 2015), fragmentos de queseras (Coll 2014) y un abundante conjunto faunístico con claro dominio de restos de cabra y oveja (Ramis 2018).
Entre los restos de talla en sílex recuperados había algunos relacionados con las denominadas hoces tabulares.
Además se hallaron diversos fragmentos de escorias de aspecto vítreo producidas a partir de la reducción de mineral de cobre.
Esta se realizaba, probablemente, en cimas próximas al abrigo que poseían vetas de este mineral (Ramis et al. 2005; Coll 2010).
Luego estas escorias habrían sido transportadas al yacimiento junto con el sílex, probablemente debido a sus propiedades como material vítreo.
Los conjuntos cerámicos ofrecían la posibilidad de investigar la seriación del Campaniforme en Mallorca, con pocos contextos bien datados hasta este momento.
La información cronológica del yacimiento sitúa su ocupación dentro del período ca.
En este artículo presentamos los resultados del análisis de carbones y carporrestos recuperados en el Coval Simó durante las campañas 2001-2003.
Las muestras han sido procesadas mediante el cribado en seco o con una máquina de flotación.
En el interior de la cuba se colocó una malla de 1 mm, donde se recuperaron los materiales más densos (sílex, microfauna, y algunos carbones y semillas); una malla de 0,25 mm recogía los restos que flotaban.
Posteriormente, los diversos tipos de materiales botánicos de las muestras han sido seleccionados en el laboratorio con la ayuda de una lupa, trabajando entre 3 y 20 aumentos.
El análisis antracológico se basa en la identificación botánica del carbón que permite saber de qué especies vegetales procede el carbón, se ha realizado en el Laboratorio de Arqueología Milagro Gil-Mascarell de la Universitat de València.
El carbón se ha observado a través de un microscopio óptico de luz reflejada de campo claro-oscuro, con objetivos que van desde 50 a 1000 aumentos, modelo Leica DM6000 M, y comparado con la colección actual de referencia y/o la bibliografía especializada en anatomía vegetal (Greguss 1955(Greguss, 1959;;Jacquiot 1955; Jacquiot et al. 1973; Schweingruber 1990).
Cuando se ha precisado de mayor magnificación o profundidad de campo o de fotografías se ha recurrido a un microscopio electrónico de barrido (MEB) Hitachi S-4100, en el Servei Central de Suport a la Investigació Experimental -SCSIE.
Por su parte, la Paleocarpología se encarga del estudio de las semillas y de los frutos recuperados en contextos arqueológicos.
La conservación de estos materiales puede producirse de diversas formas, siendo la más habitual en nuestro caso la carbonización, proceso que en general es accidental.
Otra forma de conservación que se ha detectado en las Islas Baleares en el interior de cavidades que presentan unas condiciones ambientales muy estables, es la desecación (Lull et al. 1999).
Los estudios paleocarpológicos aportan algunos datos de tipo paleoambiental, pero proporcionan información básicamente paleoeconómica.
Por este motivo su desarrollo es la base para conocer las características de la agricultura y de la recolección de semillas y frutos practicada por los habitantes de esta cavidad.
En la campaña de 2003 se flotó de forma sistemática una muestra de 10 l de cada uno de los cuadros y niveles excavados.
La flotación ha proporcionado un conjunto de semillas y frutos muy escaso.
Los carbones son abundantes tanto en las muestras cribadas como en las flotadas, sin que se hayan detectado diferencias en los taxones presentes debidas al sistema de muestreo empleado.
Juniperus sp., Acer sp., Leguminosae y Rhamnus Phillyrea son los taxones mejor representados y más ubicuos.
Aparecen casi sistemáticamente en casi todos los conjuntos analizados (Fig. 5-A), por lo que deberían ser las especies más abundantes y/o accesibles en el entorno del yacimiento para la obtención de leña.
Siguen, en porcentaje mucho menor y con presencia más esporádica en las diferentes UUEE, las labiadas, el romero, el acebuche, el tejo, Ephedra y Quercus perennifolio.
El resto de taxones no llega al 1 % del total de la madera utilizada.
Ello nos lleva a pensar en su explotación más ocasional, que podría también traducir su menor entidad en el paisaje inmediato.
La presencia de taxones en cada muestra analizada no es uniforme.
En algún caso esto podría deberse a un desigual número de fragmentos de carbón, aunque no parece existir una relación directa entre el número de carbones analizado y la riqueza taxonómica de las mismas (Fig. 5-B).
P. ej., en la Unidad 85 se han analizado 134 fragmentos de carbón y se han identificado 5 taxones, mientras que en la Unidad 68, cuadro E6, con la mitad de fragmentos se han identificado 8 ta-xones (Tab.
En la Unidad 77, cuadro F4, se recuperaron sólo 44 fragmentos de carbón, pero se han identificado 8 taxones, entre ellos, la única representación de Clematis en el conjunto de carbón, así como la mayor parte de los fragmentos de Prunus.
El diagrama antracológico (Fig. 6) ofrece una imagen diacrónica de la flora leñosa identificada en los tres horizontes sedimentarios del abrigo.
Aparentemente, no hay cambios significativos a lo largo de la se- cuencia, salvo una ligera tendencia, de base a techo, a la diversificación de las especies de matorral, con un aumento de las leguminosas y las labiadas, así como del grupo de "otros taxones" (Varia), cuya presencia sistemáticamente es muy ocasional (y por debajo del 1 %).
Su aparente enriquecimiento taxonómico en el último espectro (Horizonte 3) podría ser resultado de una mayor diversificación de los matorrales en el paisaje.
Tampoco podemos descartar que refleje la mayor representatividad del conjunto de carbón de este horizonte.
Es cierto (véase más arriba) que no parece haber una relación entre el número de carbones y de taxones en cada muestra.
Sin embargo, en el total del Horizonte 3 sí estamos ante un conjunto más representativo no sólo por el número total de carbones analizado, sino también por el número de contextos o muestras, que ofrecerían una imagen más completa del conjunto de especies leñosas utilizado (Chabal 1997).
En todo caso, la estabilidad general del diagrama es coherente con el desarrollo de las mismas actividades en el abrigo durante la secuencia y con la frecuentación y estabilidad de las mismas formaciones vegetales durante toda su ocupación.
De las 37 muestras flotadas, sólo 6 han aportado algún resto de semilla o fruto.
El total de 8 restos conservados da una densidad de materiales muy baja: apenas supera 1 resto por cada 10 litros de sedimento.
Es decir, el yacimiento conserva muy escasas semillas y frutos.
La única planta cultivada es un cereal, la cebada (Hordeum vulgare), aunque el mal estado de conservación de la única cariópside impide definir si corresponde a las formas desnudas o vestidas.
Un resto y un fragmento no han podido ser determinados.
Las plantas en su mayoría son herbáceas, en principio, sin utilidad alimenticia.
Taxones como Cyperaceae (ciperácea), Melilotus/Trifolium (tréboles) o Phalaris sp. engloban especies que pueden crecer como malas hierbas en los campos de cultivo generalmente de cereales, así como plantas desarrolladas en el entorno de las zonas de hábitat, ayudadas por la acumulación de desechos que la actividad humana genera.
Son taxones habituales en el registro arqueobotánico mediterráneo.
Otro taxón que pudo tener un uso alimenticio es cf. Prunus sp., detectado igualmente entre los restos de madera carbonizada.
Esta asociación entre carbones y frutos plantea dos posibilidades: una recolección intencionada de los frutos o una presencia accidental al haber recogido como combustible para los hogares, ramas de este árbol que conservaran adheridos alguno de sus frutos.
Hay que valorar en todo caso que el fruto aparece en el Horizonte 2 y los restos de madera en el 3.
Como en el estudio de la madera carbonizada, tampoco se aprecian diferencias entre los Horizontes 2 y 3, que han aportado los restos de semillas y frutos.
La pobreza del registro limita sus posibilidades de lectura.
DISCUSIÓN El paisaje del Coval Simó entre el III y II milenio cal BC
Los estudios sobre vegetación de las Islas Baleares se han basado tradicionalmente en secuencias de polen que, además, han permitido remontarse a tiempos anteriores a la presencia humana en las islas.
Estas secuencias han marcado el establecimiento de los paisajes litorales de carácter termomediterráneo (con formaciones de acebuche y lentisco), datados, al menos, desde el Holoceno medio en la mayor parte de las secuencias (Burjachs et al. 1994(Burjachs et al., 2017;;Pérez-Obiol et al. 1996; Pantaleón-Cano et al. 2000; Servera-Vives et al. 2018).
Será en cronologías ya del Calcolítico cuando se produzca la clara expansión de especies esclerófilas de matorral (acebuche y lentisco) y la desaparición de otros taxones mesófilos (Burjachs et al. 2016; Servera-Vives et al. 2018).
La imagen que aporta el polen es matizada a nivel local por los crecientes estudios de macrorrestos vegetales, en su mayoría centrados en zonas litorales, que indican la presencia de formaciones esclerófilas termófilas con pinos, acebuche, lentisco, madroño, jaras, brezos, mirto y algunas sabinas, entre otros (Piqué y Noguera 2002; Picornell-Gelabert y Carrión 2017; Picornell-Gelabert y Servera-Vives 2017).
Los datos del Coval Simó complementan la imagen local de la vegetación de montaña en la isla, para la que existen datos escasos y aislados (Picornell-Gelabert et al. 2010), pero coherentes con los aquí obtenidos.
El conjunto de taxones identificados en los macrorrestos vegetales del Coval Simó ofrece una información ecológica bastante precisa.
Los requerimientos ambientales (temperatura, humedad, suelo) de cada uno muestran una distribución de rango bastante amplio, desde los matorrales sublitorales termomediterráneos hasta zonas de montaña.
El yacimiento se sitúa en una zona que permite el acceso a ambos ecosistemas, siendo más relevante la vegetación perteneciente al segundo de ellos, en coherencia con la localización de la cavidad, en la umbría de una de las estribaciones de la Serra de Tramuntana (Coll y Ramis 2014).
Actualmente Juniperus es uno de los géneros más presentes en el entorno del Coval Simó, ya que estas especies se adaptan a zonas escarpadas con escaso desarrollo edáfico.
Se confirma su presencia importante En la isla de Mallorca, los enebros y sabinas constituyen una formación de transición a las zonas montañosas, sobre todo en macizos calcáreos entre 700-1000 m de altitud, donde cobra especial importancia la serie BuxoJuniperetum phoeniceae, es decir, del boj con sabina negral (Pérez-Obiol et al. 1996).
En el carbón del Coval Simó, la presencia de arce revela también la existencia de zonas umbrosas, con vegetación arbórea y suelos bien desarrollados.
Para algunos autores es indicadora de formaciones de transición (Pérez-Obiol et al. 1996).
Concretamente, la serie AceriBuxetum balearicae juega un notable papel en la región montañosa septentrional de Mallorca a más de 1000 m.
La escasa importancia del boj en el carbón del Coval Simó puede corresponder a una fase en la que esta especie ya ha perdido importancia en el paisaje de la isla.
Este momento también coincide con una reducción drástica de los enebros en las secuencias polínicas litorales, sustituidos por matorrales de acebuche y lentisco (Burjachs et al. 1994(Burjachs et al., 2017)).
A partir de entonces, parece que la presencia de Juniperus pasa a ser indicadora exclusivamente de los citados ambientes de transición a las zonas de montaña.
Ello corrobora la argumentación inicial que planteamos, de que se explotan mayoritariamente ambientes montañosos, apareciendo sólo un eco de formaciones litorales (con Olea europaea, Ephedra, Phillyrea, Erica, etc.).
En Coval Simó, la vegetación arbustiva, representada por las leguminosas, es escasa.
En zonas más bajas, los análisis paleobotánicos muestran cierta importancia de los matorrales de Erica como componente fundamental de las maquias litorales (Yll et al. 1994).
Posiblemente, este hecho marque una diferencia importante entre la vegetación de las zonas litorales y las montañosas, donde se da probablemente un mayor desarrollo de las leguminosas.
Destacamos también, en los macrorrestos del Coval Simó, la total ausencia de pinos, elementos típicamente mediterráneos ampliamente extendidos en otras zonas de la isla y en cronologías posteriores (Picornell-Gelabert y Carrión 2017).
Esta ausencia se constata en algunas secuencias polínicas (Burjachs et al. 1994; Pérez-Obiol et al. 1996; Yll et al. 1999) incluso en momentos posteriores al comienzo de la acción antrópica sobre el medio, cuando este género manifiesta su máxima expansión en territorios peninsulares costeros (Badal y Bernabeu 1990; Bernabeu et al. 1994; Badal 2009; Carrión y Grau 2015).
Esta dinámica podría explicarse por la falta de pinos en la zona de captación de leña del Coval Simó y por su rápida expansión en cronologías posteriores.
Esta cuestión necesita mayor investigación a la luz de futuras secuencias botánicas.
En las secuencias antracológicas disponibles para las Islas Baleares y, más concretamente, para la isla de Mallorca, sí se observan ciertas coincidencias con los taxones identificados en el Coval Simó: es frecuente la presencia de Juniperus, RhamnusPhillyrea, Eri ca sp., Leguminosae, Olea europaea, Rosmarinus officinalis o Pistacia lentiscus, entre otros (Piqué y Noguera 2002; Picornell-Gelabert et al. 2010; Picornell-Gelabert y Carrión 2017; Picornell-Gelabert y Servera-Vives 2017).
En síntesis, la vegetación leñosa documentada en el Coval Simó es coherente con la localización geográfica de la cavidad, descartando un acceso frecuente a zonas más bajas para el abastecimiento de leña.
El que sólo se documente un "eco" de formaciones termófilas en el registro demuestra una explotación del entorno local.
Este elenco de especies explotadas, podría ser también coherente con las actividades concretas desarrolladas en la cavidad, como se comentará en el siguiente apartado.
Usos de las plantas silvestres en el yacimiento
La presencia de leña y otros órganos vegetativos en un yacimiento ofrece una imagen de las especies presentes en el entorno siempre sometida a cierto sesgo cultural.
No obstante, la recurrencia de la ocupación y, por tanto, del aporte de plantas acaba constituyendo una muestra representativa de la vegetación del área de captación del sitio (Chabal 1997).
En el Coval Simó, el conjunto de materiales arqueológicos apunta a prácticas de carácter doméstico y de uso de la cavidad como lugar de estabulación de ganado, dos actividades que están en directa relación con el uso de plantas.
Todos los restos de madera proceden de carbones dispersos por los niveles arqueológicos.
Presumiblemente son restos de combustible, sin descartar el uso como combustible de plantas con un interés económico, artesanal, medicinal, etc. Los fuegos domésticos no suelen utilizar combustible especializado, sino lo que está más a mano en el entorno del hábitat.
Como el abanico de especies disponibles en el entorno bastaría para procurarse leña, aun asumiendo el componente cultural existente en su recolección, esta da una imagen fiable y ecológicamente coherente de las formaciones vegetales presentes en el entorno del yacimiento, como se ha mostrado en el apartado anterior.
En Coval Simó no aparecen niveles estratigráficos de tipo fumier, indicativos de actividad ganadera, pero el alto porcentaje de premolares de leche de cabra y oveja (una cuarta parte del total de molariformes) sugiere el uso del abrigo como lugar de estabulación.
Este porcentaje se asemeja al obtenido en la muestra estudiada del abrigo de Son Matge, que prácticamente dobla el de los yacimientos situados en el llano de la isla.
Además, las edades de sacrificio de los animales domésticos del Coval Simó hacen pensar en una ocupación intermitente del abrigo, posiblemente de carácter estacional1.
Es conocido el uso especializado de ciertas especies para la alimentación tradicional del ganado.
P. ej., las hojas y el ramón de arce juegan un papel destacado en las sociedades ganaderas tradicionales, por su alto contenido en materia grasa, en agua y por el alto porcentaje de hoja por rama (Pardini y Nori 2011;Émile et al. 2016).
El aporte de ramón explicaría la presencia de madera carbonizada, que podría quemarse ocasionalmente para limpieza del lugar, o reaprovecharse como combustible, una vez consumidas sus hojas (Badal 1999; Bergadà et al. 2005).
Ello podría explicar la abundancia de este taxón tan escaso en otros registros paleobotánicos de la época.
La misma hipótesis se puede aplicar al hallazgo de Juniperus, aparentemente una planta menos apetecible.
Sin embargo la etnografía demuestra que, en general, algunas especies de sabina son apreciadas como buen forraje (se distinguen entre sabinas amargas y dulces).
Su rama, denominada barda o ramonizo, es valorada como tal para las ovejas.
Ello concuerda con la cabaña identificada en Coval Simó, en la que predominan los ovicápridos.
El carbón de sabina está también documentado en los niveles de estabulación de Son Matge, junto a otras plantas de tradición forrajera, como el boj (Picornell-Gelabert et al. 2010).
El aporte como forraje de ciertas especies al Coval Simó podría hacer que estas estuvieran sobrerrepresentadas en el registro antracológico.
Sin embargo no pensamos que eso altere sustancialmente la imagen que hemos propuesto para la reconstrucción de la vegetación.
De haber utilizado plantas de un radio superior al local, no se explicaría la exclusión de plantas muy palatables, como Olea europaea (Badal 1999), muy abundantes en cotas más bajas de la isla (Burjachs et al. 2017; Picornell-Gelabert y Carrión 2017), y que, curiosamente, también faltan en los niveles de corral de Son Matge (Picornell-Gelabert et al. 2010).
Semillas y frutos como indicadores de la actividad humana y animal
El registro carpológico de Coval Simó, que fue usada fundamentalmente como lugar de estabulación (Coll y Ramis 2014: 445) es, como se ha indicado, bastante pobre.
Es cierto que, en las cavidades utilizadas con esta funcionalidad, se dan registros carpológicos muy dispares.
Los de la Cueva del Mirador (Atapuerca, Burgos) (Rodríguez et al. 2016) Los registros de la Cova de les Cendres y de la Cova de l'Or (Pérez-Jordà 2013) son ejemplos de los cambios que se observan en el material arqueobotánico dependiendo del uso de estos espacios.
En los niveles antiguos de ambos, cuando las cavidades sirven como lugares de hábitat, hay un registro rico, mientras que, a partir del V milenio cal BC, cuando pasan a ser utilizadas como lugares de estabulación, la densidad de restos carpológicos es mucho más pobre.
Coval Simó tiene un comportamiento muy similar a las cavidades documentadas en el País Valenciano (Pérez-Jordà 2006, 2013).
En Coval Simó la presencia de plantas cultivadas se limita a una cariópside de cebada.
El resto son taxones sin uso alimenticio salvo, quizás, un fruto de Prunus sp.
Estos pueden haber llegado a la cavidad al ser utilizados como combustible, como malas hierbas de los cereales, o por estar vinculados a los ovicápridos.
Cyperacea, Phalaris y Melilotus/Trifolium son semillas de pequeño tamaño, de plantas habitualmente consumidas por el ganado, por lo que pueden proceder de los excrementos depositados durante su estabulación en la cueva.
El hecho más relevante del registro carpológico de esta cavidad es la constatación del cultivo de cereales ya en el tránsito entre el III y el II milenio cal BC que, por el momento, establece la más antigua práctica de la agricultura en el archipiélago balear (Pérez-Jordà et al. 2018).
Solo Coval Simó y el conjunto de materiales recuperados en la Cova des Riuets (Formentera) (López Garí et al. 2013) aportan información sobre estas primeras fases de ocupación de las Islas Baleares.
En el primero no es posible confirmar si la cebada corresponde a las variedades vestida o desnuda.
En el yacimiento de Formentera domina la cebada desnuda pero aparecen también los trigos desnudos.
Con estos datos se puede pensar que el sistema agrícola de los agricultores que se establecen en estas Antolín 2016).
Allí los cultivos de las variedades desnudas de trigos y cebadas dominan con claridad la actividad agrícola de estos grupos.
Con todo es muy escaso lo que conocemos de las prácticas agrícolas de estas comunidades.
Por el momento sólo es posible sugerir su mayor similitud a las del área de Cataluña y del Sur de Francia (Pérez-Jordà et al. 2018), coincidiendo con otros elementos del registro arqueológico (Lull et al. 2004; Alcover 2008; Ramis 2010).
Se pone así de manifiesto la necesidad de un muestreo más intenso en niveles campaniformes, para conocer mejor los cultivos desarrollados por estos primeros grupos de agricultores.
El análisis del carbón y las semillas recuperadas en Coval Simó da cuenta de las actividades humanas en relación con la explotación de los recursos vegetales en sentido amplio.
Se pone en evidencia la frecuentación del territorio de su entorno para la obtención de estos recursos, destinados a la alimentación humana y del ganado, y como combustible doméstico.
El registro antracológico representa perfectamente la vegetación de las vertientes de las sierras donde se localiza Coval Simó: la de transición de las zonas sublitorales a la media/alta montaña.
Están ausentes o poco representadas las especies características de las zonas bajas termomediterráneas y dominan las formaciones de enebros y sabinas, arces y leguminosas sobre todo, con un estrato de matorral bastante rico, aunque poco representado.
Esta escasez puede deberse a una orientación hacia maderas de calibre medio-grande y/o a determinadas especies, en relación con las actividades que se desarrollaron en la cueva, esto es, un leñateo orientado a la obtención de combustible para los hogares domésticos, y de plantas forrajeras.
Quizás estemos ante la explotación de las formaciones vegetales más inmediatas al abrigo, esto es, de las vertientes de la propia cavidad, más desprotegidas (expuestas a la insolación, vientos, etc.) o con menor desarrollo edáfico.
Allí las sabinas y leguminosas juegan un papel fundamental, mientras que la vegetación arbórea o con mayores necesidades edáficas se desarrollaría en enclaves más aptos (umbrías, pequeñas vaguadas, etc.).
Una parte de los materiales vegetales procede de los llanos cultivables próximos (Coma de Son Torrella, a 873 m) o Cúber (a 750 m).
Allí es presumible que se cultivaran los cereales que los ocupantes de Coval Simó subirían para asegurar su alimentación.
Alguno de los frutos, como la rosácea, también podría estar reflejando una explotación de los frutos comestibles que crecen en el entorno de la cueva.
Se trata, por lo tanto, de un registro típico donde el uso de los recursos cultivados se combina con la explotación de aquellos taxones silvestres que puedan complementar la dieta.
Esta secuencia ha permitido constatar el cultivo de cereales ya en el tránsito entre el III y el II milenio cal BC, repitiendo un patrón de explotación del territorio (agrícola y ganadero), que vemos en otras regiones y que tarda entre 500 y 1000 años en dejar su huella en el paisaje (Badal et al. 2017).
La secuencia del Coval Simó no tiene suficiente duración para poder apreciar la antropización del paisaje, pero sí permite constatar una explotación intensa, agrícola y de leñateo para fuegos domésticos y/o metalúrgicos del entorno más inmediato al yacimiento durante la primera ocupación del lugar. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0
Se presentan los resultados de la revisión de un grupo de piezas de orfebrería castreña de la II Edad del Hierro conservadas en el Museo Arqueológico de Asturias, que en su mayor parte permanecían insuficientemente estudiadas desde el punto de vista documental y arqueométrico.
Este trabajo, centrado principalmente en el análisis no destructivo y la revisión topográfica de los objetos, aporta nuevos datos sobre su tecnología de elaboración.
Destaca la identificación de nuevos ejemplos de aplicación de dorado por amalgama de mercurio.
La labor realizada supone también un buen ejemplo de las dificultades existentes para el estudio de este tipo de materiales.
La colección de orfebrería prehistórica y protohistórica del Museo Arqueológico de Asturias (MAA), heredero del antiguo Museo Provincial de Oviedo (Fernández de Córdoba 2017), se inició entre finales del siglo XIX y principios del XX.
Está integrada en su mayor parte por objetos de oro que han tenido una desigual atención en la investigación, primando la dedicada a tres piezas que corresponden a las primeras etapas metalúrgicas.
Las otras son un par de discos laminares con decoración repujada de supuesta procedencia del occidente de Asturias (MAA 03257 y 03258), que pertenecen a un tipo que cuenta con paralelos formales en el ámbito atlántico.
Interpretados como adorno de vestuario son el más antiguo testimonio de la metalurgia del oro en Asturias (Mac White 1951: 50; Blas Cortina, 1983: 128-130; Hernando Orfebrería castreña en el Museo Arqueológico de Asturias (Oviedo): aproximación a su caracterización arqueométrica y problemas de estudio *
Las ocho piezas que estudiamos (Tab.
1) corresponden a la denominada "cultura castreña" y en su conjunto pueden fecharse en una fase avanzada de la II Edad del Hierro en estos territorios (ca. siglo II-I a. n. e. -I d. n. e.).
Tres de ellas se localizaron en excavaciones arqueológicas en castros asturianos (Fig. 1).
Las restantes son hallazgos antiguos al parecer producidos en Asturias, pero cuyo contexto o lugar exacto de recuperación, así como los datos precisos sobre su biografía reciente o sus circunstancias de ingreso en el museo se desconocen (Escortell 1982: 83-84; Maya 1988: 141).
Esta falta de información ha contribuido a que hayan sido poco consideradas en la investigación y a la publicación de algunos datos erróneos.
Sin embargo, el escaso número de piezas de orfebrería castreña referenciado en la región cantábrica (Maya 1988), así como la discusión en torno al significado cronológico y social de estas producciones (p. ej. González 2006González -2007;;Sastre 2008; Armada y García-Vuelta 2015, 2018; Parcero et al. 2017; Currás 2019: 302) aconsejaban integrar su estudio en la investigación más amplia en curso sobre la orfebrería castreña en Asturias.
Este trabajo supone una aportación en ese sentido y presenta un catálogo actualizado de los materiales, combinando su revisión formal y tecnológica a partir de la utilización de procedimientos no destructivos de caracterización arqueométrica.
Como consecuencia se precisa la tipología de las piezas y se señalan algunas cuestiones de interés relativas a la tecnología orfebre en el ámbito castreño.
Como complemento, se aporta información inédita a partir de fuentes documentales que contribuyen al estudio de los hallazgos antiguos incluidos en esta colección.
La revisión topográfica y analítica de la colección se efectuó en 2016 en los laboratorios de arqueología del Instituto de Historia (CSIC, Madrid) tras examinar las publicaciones sobre la misma y algunos testimonios documentales inéditos.
En el estudio formal de las piezas se utilizó una lupa binocular óptica (X60) para definir sus principales técnicas de fabricación y alteraciones.
Los resultados se documentaron con fotografía macro digital y las dimensiones y pesos de los materiales se registraron con calibre y balanza de precisión.
El estudio arqueométrico se atuvo a los criterios marcados en la autorización de investigación, que excluía la manipulación en la superficie de los objetos.
Esa circunstancia ha condicionado los métodos aplicables y los resultados finales obtenidos.
Para la caracterización elemental básica de las piezas recurrimos a la técnica de espectroscopía de Fluorescencia de rayos-X (X-ray Flourescence Spectroscopy -XRF-), empleándose un espectrómetro portátil (Portable X-ray Flourescence Spectroscopy -pXRF-) Innov-X systems, serie Alpha, perteneciente al Museo Arqueológico Nacional.
El aparato incorpora un tubo de rayos-X y ánodo de plata y fue previamente calibrado para el estudio de aleaciones metálicas.
Los espectros se ob- tuvieron en soporte de seguridad, a un voltaje de 35 KeV, con tiempos de captura de 40 segundos1.
Los análisis pXRF aportaron los datos semi-cuantitativos básicos sobre la composición de los materiales.
Sin embargo, en ciertos casos, el tamaño de la ventana del espectrómetro -ca.
1 cm-no permitió la caracterización individualizada de algunos elementos estructurales u ornamentales, como hilos o glóbulos.
Para completar el estudio algunos objetos fueron revisados mediante microscopía electrónica de barrido (Scanning Electron Microscopy -SEM-), en combinación con microanálisis por energía dispersiva de rayos-X (Energy Dispersive X-ray Spectroscopy -EDX-).
Se empleó un SEM de presión variable Hitachi S3400n (Type II), provisto con detectores de electrones secundarios (Secondary Electrons -SE-), electrones retrodispersados (Backscattered Electrons -BSE-) y un espectrómetro EDX Bruker XFlash 4010 de tipo SDD.
Los espectros EDX se obtuvieron a voltajes de 20 y 30 KeV y los resultados se contrastaron mediante patrones virtuales de referencia, empleándose el software Bruker Sprit.
Hay que advertir que la aplicación de un producto de conservación no conductor a las piezas limitó a la inspección topográfica de las zonas menos afectadas por el consolidante las posibilidades de trabajar con ellas en el SEM.
En otros casos, el tamaño o la geometría de los objetos tampoco permitieron un correcto estudio con este procedimiento.
Los resultados analíticos que presentamos se apoyan en las informaciones obtenidas mediante pXRF y SEM-EDX pero es importante aclarar que, por factores como su resolución o su capacidad de penetración en la muestra, los valores cuantitativos recogidos con ambas técnicas no son directamente equiparables.
Teniendo esto en cuenta, debe considerarse como información básica la obtenida mediante pXRF, al aportar una mayor precisión cuantitativa y estar potencialmente menos afectada por fenómenos de alteración superficial (v. infra).
Las piezas se han organizado atendiendo a sus contextos de procedencia: excavaciones arqueológicas y hallazgos antiguos.
Piezas localizadas en excavaciones arqueológicas
Consisten en un fragmento de cadenilla, un pendiente y varios fragmentos laminares decorados.
La cadenilla, de oro, procede del castro de Chao Samartín, Grandas de Salime (MAA 03671).
Tiene sección rectangular y probablemente perteneció al sistema de suspensión de una arracada (Fig. 2: 1).
Corresponde a la variante "doble" del tipo denominado loop-in-loop (Reist y Reist 2007) y se elaboró mediante el entrelazado de eslabones de hilo que presentan sus extremos unidos por soldadura (Fig. 3: 1).
El fragmento se recuperó en 1994, en una calle abierta hacia la vía principal del castro.
Este tipo de cadenas de origen mediterráneo es conocido en la península ibérica desde el período orientalizante y cuenta con buenos paralelos en la orfebrería castreña.
El pendiente de oro fusiforme de extremos apuntados recuperado en el castro de Picu Castiellu, Moriyón, Villaviciosa (MAA 08025) está completo, aunque ligeramente deformado (Fig. 2: 2).
Integra un cuerpo macizo de sección romboidal con aristas marcadas de superficie redondeada y facetas ligeramente cóncavas (Fig. 3: 3-4).
Sus extremos actuaron probablemente como un sistema de cierre por pinzamiento.
Se ha asociado con la segunda fase de ocupación del castro (Camino 1995a: 119), fechándose entre los Fig. 2.
Objetos del Museo Arqueológico de Asturias recuperados en excavaciones arqueológicas: 1. cadenilla de Chao Samartín; 2. pendiente de Picu Castiellu; 3-4. fragmentos laminares de Llagú.
Fotos 1-2: Óscar García Vuelta; 3-4: Ángel Villa Valdés.
Se localizaron en el castro de Llagú, Latores, Oviedo, cuatro fragmentos de la misma pieza, conservados en el MAA, de los que estudiamos los dos de mayor tamaño (MAA 06670, Fig. 2: 3-4).
Corresponden a un elemento de revestimiento tubular cuya superficie se decoró con puntos en resalte estampados (Fig. 2: 3-4).
Uno presenta una zona sin decoración, ligeramente biselada (Fig. 2: 4, izquierda; Tab.
Incluimos con reservas en el inventario estos restos, recuperados en 1996 en un contexto arqueológico poco definido (Berrocal et al. 2002: 186-187, fig. 69-7)2, pero establecido en época romana a partir de su vinculación espacial con cerámicas comunes, por lo que no descartamos su datación en este período (Villa 2019: 31, 33) 3.
Los elementos laminares de revestimiento no son muy habituales en la orfebrería castreña.
Contamos con algunos ejemplos en Asturias como Fig. 3.
Cadenilla de Chao Samartín: 1. soldadura en los extremos de un eslabón; 2. huellas helicoidales en los eslabones.
Pendiente de Picu Castiellu: 3. huellas de trabajo en el aro; 4. detalle de las aristas del aro (imágenes de microscopía electrónica de barrido, SEM, de electrones secundarios): 1-2.
Este grupo comprende tres torques fragmentados y dos discos decorados.
El aro de torques (MAA 06643, Fig. 4: 1) está elaborado con una aleación de plata y cobre.
Presenta forma de "C" y sección circular, disminuyendo su grosor desde la zona central hacia los extremos, fracturados.
El ejemplar, que fue considerado como un torques de bronce (Maya 1988: 141) ha perdido su pátina original debido a su limpieza mediante tratamientos agresivos.
Ello no impide que tenga un interés especial, dado el bajo número referenciado de torques castreños de plata respecto al alto número de torques de oro.
El inventario de ejemplares de tipología castreña se limita a uno supuestamente procedente de Sobrado dos Monxes (A Coruña), conservado en el Museo Arqueológico Nacional (García-Vuelta 2007: 147-150), y a tres de procedencia incierta -un torques y dos brazaletes con forma de torques-ingresados en el Museo das Mariñas de Betanzos (Ladra et al. 2014).
A los anteriores pueden sumarse varios fragmentos de torques del castro de Santa Tecla (Pontevedra), conservados en el museo de este Fig. 4.
Objetos del Museo Arqueológico de Asturias correspondientes a hallazgos antiguos sin procedencia: 1.
Reverso de los discos.
4: 3-4 y 5) tiene aro en forma de C, adelgazado desde el centro a los extremos, rematados con terminales angulares huecos decorados con perfil "en doble escocia".
El aro tiene sección mixta, poligonal en el tercio central y circular en los laterales e incluye tres acanaladuras ornamentales paralelas con superficie cóncava en su parte central exterior (Fig. 5: 1).
Los terminales están constituidos por cuatro elementos básicos unidos por soldadura: dos cuerpos con perfil en escocia y dos placas circulares, que forman sus caras frontal y posterior (Fig. 5: 2).
Los dos cuerpos centrales presentan huellas de corte reparadas (v. infra), disimulándose su unión por el ecuador mediante la soldadura de tiras acintadas, posteriormente pulidas.
Las placas frontales de los terminales están decoradas con series de puntos en resalte estampados, que las bordean y forman un aspa rematada en el centro con un glóbulo soldado, actualmente perdido en un terminal (Fig. 5: 3).
La placa posterior del terminal mejor conservado incluye una anilla moldurada que rodea al orificio por el que se inserta el aro (Fig. 5: 4).
El ejemplar ha sufrido graves alteraciones.
Puede destacarse la recomposición moderna con aplicación de estaño de varios cortes en el aro y la restitución con el mismo procedimiento de uno de los terminales.
Igualmente, estos elementos están muy afectados por rubefacción, cortes y posibles adiciones de material (v. infra). servando únicamente parte de sus placas posteriores, que incorporan anillas de superficie lisa rodeando el orificio de entrada del aro.
La placa en mejor estado conserva su diámetro original de ca.
2,1 cm y presenta restos de material soldante en su plano posterior, que no permiten confirmar si incluyó otros elementos ornamentales hoy perdidos (Fig. 6: 3).
En la parte frontal, se aprecian restos de las paredes del cuerpo central posterior del terminal, así como una concreción metálica de composición Cu -Ag Ese material podría relacionarse con el proceso de elaboración del terminal (Fig. 6: 4), pero las manipulaciones que ha sufrido el ejemplar impiden verificarlo.
Como se ha señalado, sus similitudes con el torques n.o 03540 podrían indicar su relación de hallazgo (v. infra).
4: 5-6 y 7) se ase-mejan en su estructura y decoración, pero varían ligeramente en su tamaño.
Integran cuerpos de base laminares en forma de cuenco, decorados por el anverso con bandas concéntricas de filigrana combinadas con glóbulos soldados, dispuestas en torno a un apéndice central troncocónico con el mismo tipo de ornamentación.
Ambos ejemplares presentan graves deterioros y fueron recompuestos.
Sus cuerpos de base se elaboraron con una aleación argéntea, dorándose posteriormente.
Se fabricaron mediante embutido, apreciándose en la parte central de los reversos un rehundimiento de forma circular.
El correspondiente al disco MAA 03299, mejor conservado, incorpora una lámina de refuerzo en la zona próxima al borde superior (Fig. 7: 1), recubierto con un hilo moldurado de ca.
La decoración de los anversos incluye series de hilos lisos dispuestos "en espiga", de hilos lisos formando ondas sogueadas y meandros o bucles de hilos lisos rematados con glóbulos soldados, cuyos diámetros medios varían entre 1 y ca.
1,3 mm. Cada banda está delimitada a su vez por hilos de superficie lisa.
Los apéndices centrales son huecos y de estructura laminar.
Sus bases, soldadas a la superficie de los cuencos, están rodeadas por una anilla de hilo moldurado.
En la parte central, incorporan dos bandas de filigrana con meandros de hilos lisos rematados por glóbulos con un diámetro inferior que los antes descritos.
Sus extremos superiores se remataron con una anilla de hilo moldurado, sobre la que se dispone un glóbulo de ca.
A excepción de los moldurados, el resto de los hilos empleados en la ornamentación presenta sección circular y se elaboró a partir de la torsión de tiras laminares.
Como veremos, el recubrimiento áureo afecta tanto a los cuerpos de base como a los elementos ornamentales -hilos y glóbulos-algunos de los cuales lo han perdido parcialmente (Fig. 7: 3-4).
Estos discos no cuentan por el momento con paralelos formales en la orfebrería castreña, aunque las composiciones ornamentales que integran sí están bien documentadas en este ámbito.
Maya (1988: 141) los incluyó en su catálogo de orfebrería castreña asturiana, considerándolos parte de un adorno pectoral de tipo celtibérico.
Sin descartar esa opción, apoyamos su interpretación como elementos de revestimiento, ya sea formando parte de un adorno de vestuario o de otra pieza de estructura más compleja.
Los hallazgos antiguos: algunas notas documentales
La falta de información sobre el contexto arqueológico de las piezas, así como sobre su "biografía reciente" sigue constituyendo un importante factor limitador de la investigación sobre la orfebrería castreña.
Como es sabido, buena parte de los objetos conservados actualmente corresponde a hallazgos antiguos escasamente documentados, constituyendo en muchas ocasiones el estudio documental la única alternativa para aportar información sobre estas cuestiones (García-Vuelta 2017, 2018).
Sin embargo numerosos materiales carecen aún de este tipo revisiones, constituyendo las piezas del MAA un buen ejemplo de esa situación.
El estudio sistemático de la documentación antigua conservada en el museo sigue pendiente y la falta de datos sobre estas piezas ha contribuido a la publicación de información poco contrastable.
Esta propuesta se basa en un comentario aportado por el erudito gijonés J. Somoza sobre torques que a principios del siglo XX pertenecían al coleccionista asturiano Soto Cortés 4.
La procedencia de Aller de los ejemplares en poder de Soto Cortés también fue aceptada por algún investigador (Maya 1988: 141), pero hay que aclarar que el comentario de Somoza estaba inserto en su crítica a un estudio previo de E. Tuñón (1858).
Este autor se refirió a varios hallazgos arqueológicos producidos en este concejo, incluyendo uno que pudo estar integrado por piezas de oro 5.
Sin embargo, esta información no puede confirmarse.
Habrá que esperar que nuevos datos confirmen o descartan estas informaciones, pues tampoco otras noticias sobre posibles hallazgos de torques en Aller (García-Vuelta et al. 2016) pueden vincularse directamente con las piezas del MAA.
Sin esa información no podemos aventurar posibles relaciones de hallazgo entre estas piezas y los torques MAA 03300 y MAA 03540.
Cabe conectar sin embargo el ingreso de los tres torques con la actividad de los miembros de la "Comisión Provincial de Monumentos de Asturias" (Adán 1999), quizá a través de donaciones o de compras no documentadas (Maya 1988: 141).
Una fotografía hasta ahora inédita (Fig. 8) los sitúa ya en la institución en 1903.
El documento fue encargado por el ya mencionado Soto Cortés -vocal de la Comisión desde 1887 hasta 1915 (Garriga y Palau 1915: 6)-, que lo conservó en su archivo particular 6.
El aro de este último ya está reconstruido, pero parece que sin un fragmento que incorpora actualmente en uno de sus extremos (Fig. 4: 4 "Los objetos encontrados en Aller, debían ser muy apreciables, como lo son los de un reciente hallazgo (1901), del que formaban parte varios torques de oro macizo, algunos de los cuales posee hoy el aficionado Sr. Soto Cortés" (Somoza 1971(Somoza [1908]]: 36).
5 "Según me aseguraron, también en Aller hubo un hallazgo de un juego de instrumentos religiosos de sacrificios paganos que fueron traídos a Oviedo para ser enajenados, pero no pude averiguar su paradero a pesar de las diligencias que practiqué para el efecto" (Tuñón 1858: 10).
6 En el reverso Soto Cortés anota: "Museo Arqueológico -Oviedo-1 y 2.
Torques de oro de mala ley.
Restos de otro de plomo.
Agradecemos a los Sres.
Quirós, propietarios del palacio de los Soto (Labra, Cangas de Onís), las facilidades prestadas para la localización de este y otros documentos (García-Vuelta 2017, 2018).
Uno de los terminales hoy añadido a esta pieza figura desgajado y dispuesto junto al ejemplar MAA 03300, careciendo de su placa posterior, después recompuesta (v. infra).
El torques MAA 06643, anotado con el n.o 3, parece conservar su pátina original.
Soto Cortés volvió a aludir por esos años a los torques del MAA en su correspondencia con el investigador José Ramón Mélida (García-Vuelta 2007: 113-114, 2017), mencionando su origen asturiano, pero sin aportar datos sobre su procedencia o circunstancias de hallazgo 7.
7 "Encuéntranse en Asturias alguna que otra vez Torques, en el Museo Arqueológico de Oviedo hay dos de oro... de baja ley, y restos
Los primeros análisis de composición sobre las piezas del MAA se realizaron desde el proyecto alemán Studien zu den Anfängen der Metallurgie (SAM).
Los resultados se obtuvieron sobre muestras de las piezas, recurriéndose al análisis por vía húmeda o mediante gravedad específica para la cuantificación de la plata en porcentajes superiores a ca.
1 % y también a la de otro de plomo".
Borrador de carta dirigida a J. R. Mélida de abril de 1906 (García-Vuelta 2017: 177). espectroscopia óptica de emisión para la de valores inferiores de ese elemento y para la del estaño, el cobre y otros elementos traza.
Las aportaciones posteriores han empleado procedimientos no destructivos.
En 2010 vieron la luz los resultados de los estudios topográficos y de composición realizados en el Proyecto Au (IH, CSIC) mediante el uso combinado de microscopía electrónica de barrido y microanálisis por energía dispersiva de rayos-X (SEM-EDX).
La contribución más reciente ha afectado a la pareja de discos decorados de cronología campaniforme (MAA 03257 y MAA 03258), incluyendo su revisión topográfica y su análisis por XRF y microsonda electrónica de barrido -EPMA- (Fernández Moreno et al. 2018: 73-77) 10.
Los análisis pXRF de la cadenilla de Chao Samartín (Tab.
2: PA25135 A-B) indican que se elaboró con una aleación de base Au que tiene una tasa de plata relativamente alta (ca.
0,5 %) puede relacionarse con los procesos de copelación para obtener la plata.
Destacan las diferencias entre los resultados obtenidos.
Los análisis SEM-EDX previos (Tab.
3) distinguieron las composiciones de los hilos y las zonas de soldadura, apuntando al uso de un oro de elevada pureza.
En los hilos la plata no superó valores del 4 % y no se detectó cobre.
Estas variaciones pueden atribuirse a un proceso de enriquecimiento superficial del oro de apenas unas micras de espesor.
La diferente capacidad de penetra-ción en la superficie de las técnicas analíticas empleadas, sensiblemente menor en EDX que en XRF (p. ej. Troalen et al. 2014: 220 -221), hacen a la primera más sensible a este tipo de fenómenos.
Como consecuencia, estos resultados no son suficientemente representativos de la composición original del metal (Monge et al. 2017; Blet-Lemarquand et al. 2018).
Esto permite reconsiderar los datos de composición de esta cadenilla, e integrarlos en un rango más acorde con los documentados en otras manufacturas castreñas, caracterizadas por una mayor presencia de plata (v. infra).
La comparación de resultados entre pXRF y SEM-EDX pudo realizarse también con la arracada de Picu Castiellu de Moriyón.
Según los primeros (Tab.
2: PA25137 A-B) se elaboró con una aleación de base Au, que tiene una proporción de plata de ca.
22 %, valores bajos de cobre (<1 %) y trazas de plomo.
De nuevo los resultados promediados de los análisis SEM-EDX (Tab.
4) mostraron tasas de plata sensiblemente inferiores (ca.
10 %), atribuibles al enriquecimiento del contenido de oro en superficie, coincidiendo con los valores de cobre registrados.
Las dataciones publicadas para la fase de ocupación del castro de la que procede el ejemplar corresponden en buena medida a momentos previos a la conquista romana, con un contexto arqueológico característico de la Edad del Hierro que refrenda la atribución cultural y cronológica propuesta por su excavador (Camino 1995a: 119 y 125; Armada y García-Vuelta 2015: 373).
En ese sentido, cabe destacar que las composiciones documentadas por pXRF para el pendiente coinciden con las estimadas para los oros aluviales empleados en el noroeste en la etapa prerromana con valores de hasta ca.
Esos resultados difieren de los valores obtenidos con la misma técnica Los restos laminares de Llagú se han descrito como piezas de oro (Berrocal et al. 2002: 186).
Sin embargo, los análisis pXRF (Tab.
67 %) con un alto contenido de oro (ca.
30 %), una baja presencia de cobre (<2 %) y trazas de plomo.
En este caso, los espectros SEM-EDX (Tab.
4) muestran valores promediados algo más próximos a los recogidos con pXRF, pero pueden apreciarse diferencias de hasta ca.
Aunque algunos indican proporciones próximas de oro y plata, otros evidencian tasas de plata más variables, que superan entre un 5 % y un 30 % a los del oro.
Los valores de cobre se mantienen estables, no sobrepasando el 2 %.
La posibilidad de que esas variaciones se debieran a un dorado superficial irregularmente conservado no pudo verificarse por la abundante presencia de material de restauración.
2: PA25136 A-B) indican que se elaboró con una aleación de plata con alto contenido de cobre (>25 %).
Probablemente la corrosión de este elemento se hizo patente en el aspecto de la pátina original del ejemplar, hoy perdida, contribuyendo a que fuese interpretado como un objeto de bronce (Maya 1988: 141).
No se documentan evidencias de dorado, pudiendo asociarse los valores de oro recogidos (ca.
1-2 %) a la plata utilizada.
Se han identificado pequeñas cantidades de plomo, también asociadas a la plata.
Aunque esta pieza no pudo ser revisada en el SEM, su estudio topográfico aporta algunas cuestiones a valorar.
Las fracturas impiden verificar si incorporó terminales en los extremos, pero su morfología coincide con la de otros torques castreños que sí los incluyeron (Armbruster y Perea 2000; Perea 2003).
La parte central del aro, mejor conservada, está bien diferenciada de los tramos laterales, más delgados y de acabado irregular (Fig. 9: 1).
En estas zonas laterales se identifican series de marcas longitudinales paralelas (Fig. 9: 2) de interpretación dudosa.
Podrían relacionarse con la presencia original de tramos de "alambres enrollados", elementos de recubrimiento característicos de algunos grupos de torques castreños (López Cuevillas 1951; Monteagudo 1952).
La alteración del ejemplar impide aportar conclusiones definitivas, pero la práctica de recubrir con ese tipo de elementos la superficie de aros no áureos de torques está documentada en la orfebrería castreña.
Puede observarse por ejemplo en ejemplares que incluyen aros elaborados con aleaciones de base cobre, como uno de tipo "Ártabro" del castro lucense de Viladonga (Ladra y Martinón-Torres 2009: 33-34), o tres piezas con terminales vasiformes del castro de Lanhoso (Braga, Portugal) (Silva 2007(Silva [1986]]: 353-354, lám. CXI, 1-3).
Tanto el estudio topográfico como los análisis pXRF del torques MAA 03300 (Tab.
2: PA25143 A-C), confirman que su aro se elaboró con una aleación de plata-cobre, posteriormente dorada.
El tamaño del área mínima de muestreo del espectrómetro utilizado no ha permitido diferenciar con exactitud la composición del alma y de su recubrimiento áureo.
Los resultados correspondientes al aro muestran valores máximos de plata de ca.
54 %, pero este elemento aparece infra- Tab.
Resultados de los espectros mediante microscopía electrónica de barrido por energía dispersiva de rayos-X (SEM-EDX) correspondientes al pendiente de Picu Castiellu (superior) y a los restos laminares del castro de Llagú (inferior), considerando los elementos mayoritarios de la aleación.
Valores normalizados y expresados en % de peso.
Id. esp. Identificador de espectro.
Sucede lo contrario en la estimación del oro (ca.
29 %), pues los análisis afectan al alma interior de la pieza.
Como en ambos casos el cobre ofrece valores altos (>15 %), parece adecuado pensar que el alma presenta un porcentaje significativo de este metal.
Un dato muy relevante es la documentación de mercurio en el recubrimiento áureo del aro, aunque en una proporción que podemos considerar baja (< 3 %).
Su presencia puede relacionarse con la aplicación de un dorado por amalgama, procedimiento no identificado hasta fecha reciente en las producciones orfebres castreñas (v. infra).
El muestreo XRF de los restos metálicos localizados en la cara interior de la placa de terminal mejor conservada (Fig. 6: 4; Tab.
23 %) con baja presencia de oro (ca.
Podrían co-rresponder tanto a una degradación del material soldante empleado en esta zona, como a manipulaciones posteriores al hallazgo.
La parte posterior de las placas de los terminales no pudo ser analizada en el SEM debido a la geometría del ejemplar, que por su tamaño tampoco pudo ser revisado con esta herramienta.
El torques MAA 03540 presenta semejanzas formales y tecnológicas con la pieza anterior, pero también algunas diferencias.
Según los análisis pXRF (Tab.
2: PA 25142 B-D) su aro se elaboró con una aleación de plata y cobre, dorándose después.
En este caso, no ha podido determinarse con claridad una presencia de mercurio que confirmara el uso de un dorado por amalgama.
Los nuevos datos de composición obtenidos se aproximan al análisis publicado desde el proyecto SAM, que documenta una tasa de cobre más alta, pero no localizan la zona muestreada11.
Los resultados de ambos estudios no son directamente comparables, pero confirman que el alma interior se elaboró con una aleación de plata-cobre.
Como sucedió en la pieza MAA 03300, el área mínima de muestreo no permitió diferenciar las composiciones del material de base del aro y su recubrimiento.
El valor máximo de plata, obtenido en el fragmento desprendido, se sitúa en ca.
47 %, con una tasa de cobre de ca.
El valor mínimo (34 % Ag) se detecta en la parte central del aro con valores de cobre de ca.
No se documentan evidencias de dorado en el análisis correspondiente a la placa frontal de uno de los terminales, que aportó un valor de c.
La presencia de material de restauración impidió un adecuado estudio topográfico y analítico de esta pieza con SEM-EDX.
Solo algunas zonas del terminal desprendido pudieron ser analizadas, sin que por razones de geometría fuese posible la inspección del fragmento de aro asociado al terminal (Fig. 10: 1).
No se confirmó la aplicación de dorado y los resultados -que comentamos a nivel cualitativo-registraron valores de plata superiores a los obtenidos mediante pXRF en el aro, superando un 50 % en la composición de los cuerpos centrales del terminal y ca.
40 % en su anilla posterior.
Las alteraciones sufridas por la pieza no han impedido documentar evidencias antiguas de trabajo, como las perforaciones con rebabas suavizadas que los terminales incluyen en sus cuerpos centrales posteriores (Fig. 10: 2).
Pueden interpretarse como orificios de evacuación de los gases producidos durante la soldadura de los elementos constituyentes del ter- Trab.
Esa solución técnica se había identificado ya en torques castreños con terminales angulares huecos, entre ellos los de procedencia asturiana conservados en el Instituto Valencia de Don Juan o el Museo Arqueológico Nacional (Armbruster y Perea 2000: 104; García-Vuelta 2007: 90, 97, 107).
Otras evidencias ofrecen una interpretación más dudosa.
Por ejemplo, los cuerpos centrales de los terminales presentan huellas longitudinales de corte recubiertas con oro (Fig. 10: 3), que no afectan a las zonas de contacto entre los elementos del terminal, donde sí se documentan otras fracturas (Fig. 10: 4).
Una primera hipótesis los relacionaría con un proceso de elaboración de los cuerpos consistente en la deformación plástica de chapas de oro, cuyos bordes se soldarían después.
Sin embargo, este procedimiento no ha sido documentado en los ya numerosos torques castreños con terminales angulares estudiados (Armbruster y Perea 2000).
Una segunda interpretación, más probable, apunta a una reparación tras el hallazgo.
Esto implicaría que los elementos que recubren las uniones de las diferentes partes de los terminales -o al menos parte de ellos-se habrían añadido después.
Lo mismo sucede con la placa posterior del terminal reconstituido (Fig. 10: 4), que no figura en la documentación de 1903 (v. supra).
Los datos descartan que sus cuerpos de base se elaborasen con bronce (Maya 1988: 141) y confirman el uso de plata posteriormente dorada.
Los análisis de la capa de do-Fig.
10: Torques n.o 03540: 1. deterioros en la capa de dorado (en color claro) en un fragmento del aro (imagen de microscopía electrónica de barrido, SEM, de electrones retrodispersados); 2. detalle de orificios de evacuación de gases en los cuerpos de los terminales, 2. cortes longitudinales recubiertos con oro y fracturas en el terminal mejor conservado, 3. detalle de la reconstrucción de un terminal, fijado con estaño.
Fotos Microlab (IH, CSIC), Óscar García Vuelta.
1 %), valores que reflejan el metal de base.
Destaca una elevada tasa de mercurio, en una proporción superior a la observada en el torques MAA 03300.
Los valores máximos de este elemento se recogen en el reverso de los discos (Tab.
Para intentar contrastar esta información y profundizar en la caracterización del recubrimiento áureo de hilos y glóbulos -un procedimiento hasta la fecha no documentado en la orfebrería castreña-las piezas se revisaron de forma más pormenorizada en SEM-EDX.
Aunque la presencia de material de restauración limitó notablemente el trabajo, las zonas accesibles del disco n.o 03298 parecen confirmar estos datos (Tab.
Como se observó ya en otros objetos, los valores de plata recogidos con SEM-EDX en el dorado fueron inferiores a los aportados por los análisis pXRF.
Aunque extraña el alto porcentaje de mercurio conservado en las piezas, no fue posible verificar con los medios empleados posibles actuaciones modernas sobre este recubrimiento, muy deteriorado en las zonas accesibles del anverso de los cuerpos de base.
En resumen, los resultados apuntan al uso de un dorado al fuego, aplicado tanto a los cuencos como a los elementos ornamentales.
El que algunos de ellos hayan perdido hoy su recubrimiento probablemente llevó a indicar que los discos incluían glóbulos de oro y de plata (Escortell 1982: 84).
Tanto el interés de los datos obtenidos como las limitaciones del presente estudio hacen recomendable el planteamiento de una revisión arqueométrica más pormenorizada para profundizar en el conocimiento de los procedimientos de trabajo aplicados en estas piezas.
Id 1. fractura en la capa de dorado de la decoración de filigrana X55, 2. detalle de la misma zona, señalándose las áreas analizadas por energía dispersiva de rayos-X (EDX), X210.
Las zonas más oscuras corresponden a la presencia de material de restauración (imágenes de microscopía electrónica de barrido, SEM, de electrones retrodispersados).
La revisión realizada permite incidir en algunas cuestiones de interés a nivel metodológico y tecnológico.
Desde el punto de vista metodológico, la comparación de los resultados analíticos registrados sobre estos objetos mediante pXRF y SEM-EDX pone de manifiesto la necesidad de manejar con precaución los datos cuantitativos obtenidos en análisis de composición superficiales (Blakelock 2016) y la conveniencia de contrastarlos con unos muestreos pormenorizados y la aplicación de diferentes técnicas analíticas.
Hay que tener en cuenta que la capacidad de penetración de la técnica SEM-EDX se limita a unas pocas micras bajo la superficie del objeto.
Ello la hace más sensible que la técnica pXRF a alteraciones en los resultados producidas por fenómenos como el del enriquecimiento superficial del oro o la corrosión.
Además tiene menor resolución cuantitativa.
Otro factor a considerar es el tamaño del área estudiada en cada caso, que suele ser mucho más reducido en los análisis SEM-EDX y por lo tanto potencialmente más sensible a las heterogeneidades en la composición de la muestra.
En este sentido, el recurso a procedimientos no destructivos con mayor resolución analítica, capacidad de penetración en el metal y rango de escala -p. ej. micro XRF o micro PIXE (Particle Induced X ray Emission)-constituye una buena alternativa, aportando información más detallada para el estudio de aspectos como los procedimientos ornamentales -filigrana, granulado-, las técnicas de unión -soldadura-o la documentación de elementos traza (Guerra y Calligaro 2004; Troalen et al. 2014o Valério et al. 2019).
A la espera de poder aplicar estos estudios, el trabajo desarrollado sobre las piezas del MAA aporta nuevos datos para el estudio de la tecnología orfebre de la II Edad del Hierro en el territorio de Asturias.
El principal aspecto a destacar es la identificación de nuevos ejemplos de dorado por amalgama con mercurio.
Esta variante de la técnica de dorado (Drayman-Weisser 2000; Oddy 2000), también conocida como dorado al fuego, aprovecha la capacidad del mercurio de amalgamarse con otros materiales a temperaturas moderadas y la volatilidad de este elemento para obtener un recubrimiento de calidad con un ahorro de materia prima.
A grandes rasgos consiste en recubrir con oro la superficie del objeto, empleando una amalgama de oromercurio previamente preparada o aplicando láminas de "pan de oro" sobre una capa base de mercurio.
En ambos casos, la superficie debe calentarse para lograr la evaporación del mercurio, quedando recubierta por una fina capa de oro que por lo general recibe un tratamiento de acabado por bruñido.
Se suele emplear oro de ley muy alta, para aprovechar al máximo su maleabilidad.
Varios autores (p. ej. Northover y Anheuser 2000) han abordado ya las diferentes opciones de ejecución del procedimiento.
Actualmente se acepta que la técnica se extendió por Europa en especial a partir de la época romana tardía, aunque sus orígenes son aún objeto de debate.
Se ha considerado su surgimiento en China hacia el siglo V a. n. e. y su difusión posterior hacia occidente con posibles vías de transmisión mediterráneas -hipótesis predominante-o atlánticas.
También se han valorado varios orígenes independientes en Europa.
Su uso ha sido insuficientemente estudiado en la orfebrería antigua de la península ibérica (Perea et al. 2008;e. p.), donde al igual que en otras regiones está mejor documentado a partir de la época romana tardía y sobre todo durante el período medieval (Perea 2009; Barrio y Chamón 2010).
Sobre su llegada a este territorio se han planteado varias propuestas, predominando la de su difusión por vía mediterránea en época helenística, aproximadamente desde finales del siglo IV a. n. e.
Se ha valorado también una posible vía de transmisión atlántica desde las islas británicas, donde la técnica está documentada hacia el siglo I a. n. e.
(Northover y Anheuser 2000), considerando otros autores que su introducción no se produjo hasta la romanización (Oddy 2000).
Más recientemente se sugirió un posible foco de origen independiente en el sur de la península ibérica a partir de la identificación de dorados al fuego en fíbulas ibéricas fechadas entre los siglos III-I a. n. e.
Como las anteriores, esa propuesta se ha visto limitada por la escasez de estudios arqueométricos, que sigue afectando a estos estudios (Perea et al. e. p.).
Recordaremos que el uso de esta técnica en la orfebrería castreña pasó largo tiempo inadvertido, considerándose tradicionalmente como su característica básica la producción de piezas elaboradas con oro.
Desde los 2000 trabajos centrados en el estudio tecnológico del torques, su tipo material más representado, destacaron la importancia del uso en esta orfebrería de procedimientos como el chapado, destinados a dotar de una apariencia áurea a piezas elaboradas con otros metales.
Su aplicación se valoró, junto a otros elementos, como un posible rasgo indicador de piezas con una cronología tardía, probablemente desde mediados del siglo III a. n. e. y durante el proceso de romanización del noroeste (Perea 2003: 147-148).
El incremento de los estudios arqueométricos sobre piezas de orfebrería castreña permitió avanzar en la caracterización de este tipo de técnicas.
La identificación de mercurio en los análisis pXRF de un fragmento de torques del castro de Viladonga (Castro de Rei, Lugo), fechado entre los siglos I a. n. e -I d. n. e.
(Ladra y Martinón-Torres 2009: 35-36), y de un terminal de torques sin procedencia, también conservado en el museo de este castro, vino a confirmar la aplicación de dorados al fuego.
A estas piezas se sumó posteriormente un adorno espiraliforme con aro de plata dorada del castro de La Corona de Corporales (Truchas, León) (Cuesta et al. 2012: 55-56), cuyo contexto de recuperación se fechó en la primera mitad del siglo I a. n. e.
Las primeras identificaciones dieron lugar a varias hipótesis sobre la vía y el momento de llegada de la técnica a este ámbito, como la de su difusión desde la zona centro-sur de la península ibérica o por una ruta marítima atlántica desde las islas británicas.
Se consideró también su incorporación en época romana o incluso su posible transmisión desde el noroeste peninsular a las islas británicas (Martinón-Torres y Ladra 2011: 195).
Ninguna de estas propuestas puede verificarse con los escasos datos disponibles y recordemos que los problemas de información contextual siguen limitando la adecuada periodización de la orfebrería castreña.
En esta situación, el estudio de las piezas del MAA aumenta los argumentos a favor del uso de esta técnica en el noroeste peninsular en momentos previos al cambio de era (ca. siglo I a. n. e.).
A nuestro juicio, en tanto se publican nuevas evidencias, estos datos permiten apoyar una valoración de la aplicación de esta técnica como indicador de los cambios que afectaron tanto a los sistemas de producción indígenas, como al concepto de valor y al propio significado de su orfebrería (Perea 2003: 148).
Esto ocurrió principalmente partir del contacto de esas sociedades con Roma y concluyó hacia ca. finales del siglo I con la paulatina desaparición de los rasgos y tipos materiales que la caracterizaron.
La colección del Museo Arqueológico de Asturias incorpora materiales que ofrecen un especial interés para el estudio de la tecnología orfebre de la II Edad del Hierro en el norte y noroeste de la península ibérica y que constituyen a la vez buenos ejemplos de los problemas que todavía afectan a su investigación.
Los trabajos realizados aportan un nuevo conjunto de datos sobre unas piezas que permanecían insuficientemente estudiadas tanto a nivel formal como técnico, facilitando su mejor integración en los estudios sobre orfebrería castreña.
Como ya se ha señalado, algunas de las hipótesis sugeridas deberán ser contrastadas a la luz de nueva información arqueométrica.
Las dificultades encontradas en la investigación ponen de manifiesto la conveniencia de continuar avanzando en la aplicación de protocolos y técnicas de trabajo óptimas para una adecuada caracterización de estos materiales.
Recordemos también que otra parte importante de esas dificultades, especialmente desde el punto de vista interpretativo, deriva de la falta de información sobre los hallazgos.
Ello evidencia la necesidad de desarrollar líneas de actuación que aporten nuevos datos sobre aspectos fundamentales, como el contexto de recuperación, la procedencia, o la "biografía reciente" de los objetos, desde su descubrimiento hasta el momento actual, temas donde la información archivística se ha demostrado de gran ayuda.
Las cuestiones todavía abiertas para el estudio de las piezas del MAA constituyen buenas muestras de la labor por realizar en ese sentido, así como de la necesidad de establecer una convergencia entre todas estas actuaciones.
Al Museo Arqueológico de Asturias por las facilidades prestadas para el estudio de los materiales.
Camino 1995b: 247), pero no se han aportado datos detallados sobre su contexto de hallazgo.
Ha sido vinculado tipológicamente con el "morfotipo I" establecido por B. Pérez Outeiriño |
Las 637 páginas de la obra magníficamente editada por Ediciones Desperta Ferro, sin escatimar esfuerzos de ningún tipo no es moneda corriente en esta calidad y alarde editorial primorosamente ilustrada.
Tanto el autor como el tema lo merecen.
El primero es autoridad indiscutible en el mundo académico internacional.
El tema es tan ambicioso como sugerente e incita desde el primer momento a observar con cada página leída, si será capaz de alcanzar la meta que se propone con título tan amplio y genérico, máxime con la acotación cronológica que plantea en el subtítulo.
En él precisa y no es sencillo, estudiar que ocurre en el mundo antiguo conocido, desde la oscura prehistoria a los albores del siglo XVI.
El postrer límite cronológico da por concluido un largo periodo de balbuceos, incertidumbres y consolidación final con la apertura de nuevos horizontes.
Estos se abren en el momento en que las míticas columnas de Hércules dejan de ser testigos mudos del progreso de los grupos y sociedades, que las atravesaron con la finalidad de ir más allá de manera limitada a contemplar una nueva filosofía de conquista y control de nuevas tierras y horizontes.
El índice de la obra, está dividido en 14 epígrafes más un prefacio inicial y tres apéndices muy útiles.
El glosario de términos náuticos siempre es de agradecer.
Una guía de lecturas complementarias y fuentes de las ilustraciones, es el compendio ordenado de las fuentes bibliográficas que puede consultar el lector para complementar lo que se explica y verificar las fuentes bibliográficas utilizadas.
Todo estructurado de manera útil y práctica por quién ha sentido desde la cátedra universitaria la necesidad de conducir a alumnos e investigadores por aguas seguras.
Cada apartado tiene asignado su recetario de recomendaciones, fuentes bibliográficas, tanto obras de referencia como fuentes clásicas, que cuentan con un breve pero útil apartado ya que son privativas de los periodos para los que son fundamentales.
El complemento de referencias sobre las ilustraciones utilizadas, con abundancia de mapas y esquemas, correctamente elaborados, propios o adaptados, constituye una documentación útil y necesaria para no perderse en una obra tan prolija.
La selección de ilustraciones es una muestra clara de conocimiento y oportunidad ya que ni sobran ni escasean, son las justas y están donde deben.
El preceptivo índice analítico conducirá al lector por el camino recto sin riesgo de perderse en vericuetos estériles.
Lo primero que sorprenderá al lector no avisado sobre la obra del Prof. Cunliffe es la estructura de la misma, de gran complejidad por el periodo amplísimo que trata y condensa, acotado en cada uno de los catorce epígrafes aludidos con cierta precisión cronológica muy necesaria.
Estas referencias se complementan con otras a nuestro juicio de más utilidad, las reflexiones que inician cada uno de los apartados.
No se afronta cada uno de los momentos a la manera secuencial de indexación de hechos y acontecimientos, históricos, técnicos o culturales.
Se opta, apreciándose la maestría y el dilatado oficio de investigador y docente de su autor, por un planteamiento a modo de reflexiones, preguntas y respuestas, más las primeras que las segundas, para contextualizar el contenido.
Así se puede presentar la evolución pausada o los avances bruscos que se producen en la historia de la humanidad de manera sencilla, útil, didáctica, realmente entretenida y cautivadora.
Vemos con todo rigor que los fríos datos técnicos, geográficos, históricos, arqueológicos, sirven para establecer el hilo conductor de esta fascinante historia vista de manera dual desde mar y desde tierra, porque la una es indisoluble con la otra.
El autor al comienzo de la obra se plantea algo que el ser humano hizo desde sus comienzos.
La pregunta permanente delante de la masa de agua, el océano o el mar interior, que no es otra que el miedo a lo desconocido, el peligro latente ante un horizonte ignoto, encima de una frágil embarcación, un simple tronco de madera inestable bajo el que se escondían toda suerte de enigmas y peligros que se fueron controlando con el paso del tiempo.
Plantear la navegación como un combate contra el líquido elemento es en principio el gran reto que debe afrontar la humanidad que vive a orillas del mar.
El incipiente navegante conforme va dominando medio y técnicas para moverse, conocer la orientación astronó-RECENSIONES Y CRÓNICA CIENTÍFICA Trab.
En ese combate el mayor enemigo es el miedo, connatural al ser humano frente a lo que desconoce, entonces todo.
El horizonte cuando se alcanza y se echa una mirada atrás viendo tierra infunde seguridad, pero la noche, la niebla, la oscuridad, la falta de referencias y sobre todo la costa, provocan terror.
Si se atraviesa esa línea del horizonte y se pierde costa se entra en el mundo de la impunidad, de la inseguridad total, sensación que se mantendrá hasta tiempos muy avanzados en los que las técnicas permitan controlar posiciones, origen y destino de las singladuras, etc., pero eso llegará en fechas avanzadas en las que los navegantes han introducido el hecho de navegar en sus culturas y actividades como vemos por las fuentes de todo tipo, desde las literarias, iconográficas y materiales a través de los propios restos arqueológicos que en los últimos decenios se han multiplicado de manera notable que el autor conoce, presentándolos con fluidez y oficio.
El epígrafe cuarto es la síntesis de una realidad dúplice.
La confluencia de intereses en las culturas mediterráneas, para controlar ese espacio que en el quinto denomina el caldero del Mediterráneo oriental, verdadero crisol para la navegación por su propia configuración geográfica, costas, multiplicidad de islas y también el conocimiento de la existencia de grandes culturas del interior que se asoman al Mediterráneo.
Controladas las posibilidades de navegación y expansión de gentes, productos e ideas de uno al otro confín del mar interior, establecidas incluso rutas seguras y periodos para realizar los viajes, se produce la necesidad de asomarse al exterior como consecuencia lógica.
El hecho de que existiera toda una literatura mitológica sobre los peligros exteriores a las Columnas de Hércules, indicaba el conocimiento previo por algunos de lo que había más allá y la necesidad de conservar la primacía y hasta el monopolio del conocimiento que implicaba siempre ventajas nada desdeñables.
El epígrafe séptimo es una isla técnica en el que se hace balance de lo conseguido hasta entonces, el incipiente conocimiento astronómico, las ayudas a la navegación, la observación de corrientes y vientos y por fin la evolución tecnológica que produjo avances que ofrecieron ventaja a quienes poseyeron esas técnicas en unas aguas cada vez más frecuentadas.
El comercio de objetos suntuarios o utilitarios, el hecho comercial en sí, más que las veleidades militares de conquista, predominaron durante mucho tiempo.
Esto facilitó conocimiento y con el estudio de otras realidades políticas, económicas y sociales la tentación de pasar a un estadio nuevo, la conquista territorial apoyada en la supremacía naval.
En esto las fuentes, desde la mitología más remota a las evidencias arqueoló-gicas, son claras y apoyan lo que narran las fuentes literarias ofreciendo un panorama que se va haciendo más complejo conforme avanza el tiempo.
La salida al mar exterior a partir del epígrafe décimo indica que es conveniente analizar de manera unitaria los hechos terrestres de la historia con lo que ocurre en los movimientos por la costa.
Las diferentes áreas de influencia de culturas y tradiciones navales, estableciendo ya esa diferencia notable entre lo que en técnica de construcción naval denominamos la fabricación de barcos ligeros al estilo de los pueblos del norte atlántico europeo y los de tradición mediterránea que tanta importancia tendrán en el hecho de las navegaciones oceánicas por ser radicalmente distintos, vela latina frente a vela cuadra, construcción a tingladillo frente a construcción con cuadernas, que superaron la anterior de lengüetas y mortajas fruto de las primeras técnicas revolucionarias mediterráneas.
Las reflexiones del epígrafe décimo cuarto son imprescindibles para afrontar estudios posteriores.
La novedad más evidente la tenemos desde los inicios de las navegaciones con sus incertidumbres y miedos al mundo clásico en que se establecen los modelos de embarcaciones que durante mucho tiempo dominarán mares y puertos.
Para nosotros el descubrimiento de la embarcación a remos, con la galera como paradigma es el culmen por su perduración en el tiempo ya que nada menos que hasta el siglo XIX estuvieron operativas desde Algeciras para hostigar a los buques enemigos que atravesaban el Estrecho, pero esta es otra historia.
Aunque el Solutrense no tenga la significación de otros episodios paleolíticos, tanto por su reducido lapso temporal (algo menos de cuatro mil años) como por su dispersión geográfica (circunscrito a Francia y la península ibérica), hay loables intentos por aproximarse a su mismidad.
En los últimos tiempos se ha introducido un elemento de singular actualidad y potencia: el llamado Último Máximo Glaciar (en adelante UMG).
Así, se estudia la interacción entre clima/medio ambiente y los grupos humanos en un episodio "dramático" desde el punto de vista climático; además de la creación de modelos sobre la articulación de la población y sus circunstancias en las "áreas refugio" meridionales a raíz del singular aumento de los hielos polares y los glaciares en Europa.
El libro que nos ocupa, compuesto por la introducción y treinta y siete artículos, se organiza en cinco grandes apartados, si bien, el capítulo uno, escrito por el Dr. Lawrence G. Straus, es el introito de los siguientes.
En ese sentido, debe subrayarse la sesión temática dedicada a L. G. Straus por su importante contribución al conocimiento del Solutrense.
El apartado I, "El Solutrense y sus vecinos" (caps. 2 y 3), nos ilustra sobre las evidencias en ese tiempo en Italia y Marruecos.
Es notable la falta de información sobre Francia debido, muy probablemente, al desinterés por participar en el congreso de algunos investigadores de esta temática y procedencia.
El apartado II, "Datos de casos-yacimientos" (caps. 4 a 10), presenta información sobre las excavaciones, reexcavaciones y revisiones llevadas a cabo en diferentes yacimientos.
El apartado III, "Tecnología lítica en su contexto" (caps. 11-16), contiene análisis tecnológicos, tipológicos, funcionales, tafonómicos y experimentales sobre la singular industria lítica solutrense.
El apartado IV, "Interacción humanosmedio ambiente durante el UMG" (caps. 17-22), nos introduce a distintos niveles y a través de diferentes proxies en la relación humanos-biota-clima.
Finalmente, el apartado V, "Investigación de las expresiones artísticas y simbólicas" (caps. 23-27), despliega el análisis y presentación de novedades de grafías parietales, con una leve incursión en el arte mueble.
En este caso, tiene especial relevancia el yacimiento de Vale Boi, que durante el congreso fue presentado con todo detalle a la comunidad científica.
En relación con las contribuciones al congreso se observa, entendemos que por diferentes y lógicas razones, que algunas de ellas (en torno a diez) no están incluidas en el libro.
En ciertos casos es de lamentar su ausencia por el obvio interés que desplegaban.
El espíritu del congreso era la presentación de, digamos, big data y "modelos interpretativos sobre el comportamiento humano" (p. xi).
Todo apunta a que la primera parte se cumple en abundancia, mientras que la segunda sólo se percibe, desde nuestro punto de vista, en el capítulo 1 y en parte del 21.
No obstante, es casi seguro que la información aquí desplegada permitirá ir construyendo los modelos que la investigación desea fervientemente establecer; si bien, en más ocasiones de las deseadas, los inexorables e inmutables procesos tafonómicos se empeñan en aparecer con extraordinaria puntualidad impidiendo una aproximación más rigurosa al objeto de estudio.
Es más, dichos procesos suelen ser desatendidos o pasan desapercibidos, tornándose un punto arbitrario el modelo generalista y, como están demostrando otras disciplinas, padeciendo innumerables revisiones.
Numerosos artículos introducen información nueva; pero en otros, se resumen, con ligeras variaciones y eventualmente incorporando alguna novedad, datos ya conocidos.
Destacaremos algunos sin menoscabo del esfuerzo desarrollado por todos los investigadores intervinientes.
Straus aporta interesantes reflexiones, con un alto componente especulativo como él mismo comenta, en un intento por reconocer la densidad y cantidad de población solutrense en la zona cantábrica comparándolo con episodios posteriores.
Las sugestivas conclusiones ofrecidas deben tener también en consideración que las evidencias magdalenienses son las primeras al estar a techo de las secuencias estratigráficas, de modo que hay una merma en la información de las pertenecientes a etapas previas, si no se excava hasta la base, como por ejemplo sucede en las cuevas de Tito Bustillo o Los Azules.
Sólo hacer una pequeña y afectuosa apostilla a los listados de yacimientos expuestos por el citado autor (pp. 3 y 6): ¡Llonin también existe!, sobre todo por la memoria del Prof. Fortea.
Muy interesantes son las aportaciones sobre la distribución espacial en un yacimiento al aire libre francés (Les Bossats) porque suelen ser informaciones esquivas a la investigación arqueológica, así como las novedades en otro sitio al aire libre a considerable altura sito en el pirineo catalán (Montlleó) y las relaciones inter e intrapirenaicas.
Siempre son alentadores los datos, en esas cronologías y climas, procedentes de la zona interior peninsular (Peña Capón).
A ellos se unen los nuevos registros arqueológicos andaluces (Ardales) que complementan las grafías parietales de la cavidad; así como los de la amplia serie deposicional solutrense en la portuguesa Lapa do Picareiro.
Siempre es bienvenida cualquier experimentación que contribuya a demostrar qué -y cómo-hicieron nuestros Trab.
Intentar demostrar el uso, y por tanto fabricación, del arco supone un reto fantástico que mejorará la visión del Solutrense y su alta creatividad en la confección ciertos tipos líticos y óseos.
Y en ese intento, hay que profundizar en el estudio de las fracturas porque se cerraría definitivamente la propuesta.
La incorporación de resultados relacionados con la antracología (La Boja, Cendres), que han tenido menor entidad en los estudios prehistóricos hasta fechas relativamente recientes en comparación, por ejemplo, con la fauna (macro y micro), complementan el conocimiento del medio ambiente, máxime en el UGM.
Otro tanto sucede con los estudios ictiológicos que ahondan en el análisis medioambiental y económico.
Finalmente, cualquier agregación de representaciones parietales al significativo acervo rupestre peninsular es siempre bien recibida (Ambrosio, Malalmuerzo, Martin's), con el añadido de los sugerentes objetos mobiliares del yacimiento de Vale Boi.
Este libro, cuyo formato en papel es excesivamente pequeño (A5), supone una aportación notable a la investigación del solutrense, y nos permite sumarnos, sin dudarlo, al merecido homenaje que se le rindió a L. G. Straus en ese congreso.
Refleja los logros obtenidos por un equipo interdisciplinar, interuniversitario e internacional que contó, asimismo, con el apoyo y la financiación de instituciones del estado, autonómicas y locales.
Es decir, un trabajo a largo plazo y bien estructurado, que ha dado lugar al estudio integral de una de las cuevas realmente importantes del arte rupestre paleolítico europeo.
Durante su desarrollo se produjeron dos acontecimientos singulares: la celebración del centenario del descubrimiento de la Caverna de la Peña de Candamo en 1914 por E. Hernández Pacheco y su inclusión por la UNESCO en la lista de sitios Patrimonio de la Humanidad, en 2008.
El relieve de la cornisa cantábrica, y en especial de Asturias, está configurado por cuencas fluviales que discurren paralelas desde la cordillera hasta el mar Cantábrico.
Candamo se ubica en la cuenca del Nalón, la más occidental, no solamente del arte paleolítico, sino también de los numerosos sitios de habitación del Paleolítico cantábrico, salvo los restos recientemente descubiertos en Lugo (Cova Eirós).
Es decir, el río Nalón es el límite y su arte, por tanto, un arte de frontera.
Quizá por esta razón el arte paleolítico del Nalón es tan peculiar.
En su cuenca se contabilizan 14 yacimientos con arte rupestre, de los que 13 contienen esencialmente grabados profundos muy antiguos, destacando las bellas ciervas trilineales.
Solo Candamo muestra, con claridad, una larga pervivencia como santuario, lo que unido a sus dimensiones y visibilidad le confiere la categoría de sitio principal de este espacio bien delimitado.
Allí hallamos una gran variedad de pinturas y grabados, con la llamativa ausencia de las mencionadas ciervas y también de un yacimiento arqueológico acorde con su durabilidad e importancia.
Más de un siglo de investigaciones sobre la cueva ha generado una importante bibliografía científica.
Entre el excelente estudio inicial de Hernández Pacheco (1919) -apoyado con los admirables calcos de Cabré y los dibujos extraordinarios del pintor cordobés F. Benítez Mellado-y esta publicación integral de 2017 se han elaborado tres guías de la cueva (Hernández Pacheco 1929; Jordá 1960; Gómez-Tabanera 1975).
Ese protagonismo de la Cueva de la Peña de Candamo está vinculado, sobre todo, con el debate cronológico por las muchas posibilidades que ofrecía la enorme superposición de pinturas de diferentes colores y grabados de distinta técnica.
Además, sus dataciones radiocarbónicas con fechas inesperadamente antiguas, junto con las de otros yacimientos tan emble-Trab.
Esta presencia reiterada de Candamo en el debate arqueológico, su centenario y su candidatura a Patrimonio de la Humanidad hacían necesaria y oportuna una reflexión global e interdisciplinaria como la que este libro nos presenta.
La obra tiene doce aportaciones o capítulos interdisciplinares, agrupables en cuatro grandes temáticas.
La primera contextualiza la cueva desde el punto de vista historiográfico (Corchón, Ortega y Vicente) y territorial en relación con su posición de dominio sobre el valle (Fano y García-Moreno).
La apertura del foco territorial para incluir la relación de Candamo con yacimientos tan importantes como Viña, Lluera, Conde, Torneiros, etc. en busca de la interpretación global de un territorio homogéneo, sin duda desborda el objetivo del libro...pero queda pendiente por su interés.
La segunda temática es el estudio arqueológico de los materiales depositados en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (Madrid) y el Museo Arqueológico de Asturias (Corchón, Ortega y Vicente).
Unos proceden de las excavaciones de Hernández Pacheco (1916-17) y Jordá (1955), en la "Covacha", muy mal conocidos hasta la fecha y otros, seguramente conectados con ellos, se han localizado ahora en la "Galería de las Batiscias" de la cueva.
El análisis abunda en la adscripción solutrense ya conocida y añade una probable presencia magdaleniense.
Despiertan algunas dudas las deficientes condiciones de almacenaje que sufrieron estos conjuntos y el aspecto, quizá excesivamente arcaico, de algunos núcleos centrípetos y demasiado modernos de algunos fragmentos de hueso.
No obstante, la experiencia y el conocimiento de las industrias contemporáneas del área de la profesora Corchón y de su equipo resuelven antiguas incertidumbres sobre estos materiales ahora bien contextualizados.
El más esperado de los importantes objetivos del proyecto, sin duda, es el relativo a la investigación del arte parietal, francamente ambicioso.
Se articuló como una prospección sistemática de las paredes de la cueva y la descripción y representación gráfica de lo ya conocido de antiguo y lo nuevo (Corchón, Gárate, Rivero y Ortega).
El estudio de los grabados incluyó microscopía y macrofotografías y se analizaron los pigmentos con espectroscopía Raman y fluorescencia de rayos X (Castro, Murelaga y Olivares).
A partir de la composición química de los pigmentos y de su técnica de aplicación se agruparon por similitud de espectros y de oficio.
Finalmente, se dataron por dos sistemas físico-químicos, con resultados desiguales.
Los análisis C 14 de las pinturas con materia orgánica de este proyecto, se suman al muestreo de 1993 (Fortea 2000/01) y topan con los mismos inconvenientes: la enorme contaminación biológica de las pinturas.
Los resultados ratifican el largo uso de la cueva desde el Gravetiense hasta el Magdaleniense.
En fechas calibradas, desde 28 Ka hasta 13 Ka BP, si bien las dataciones de Fortea alcanzaban fechas auriñacienses: hasta 33 Ka BP (Valladas, Delque, Kaltnecker y Pons-Branchu).
La batería de dataciones U/Th (Pons-Branchu, Valladas, Drugat y Foliot) ofrece horquillas muy amplias, en general, con especial interés en las obtenidas para "Batiscias", que permiten entender mejor el uso del espacio disponible en la cueva durante el Pleistoceno.
Los paneles con arte conocidos desde el estudio de Hernández Pacheco (1919), limitados al muro de los grabados, la sala de los signos rojos y el camarín, siguen siendo los conjuntos más visibles y con mayor inventario de figuras y signos.
Sin embargo, como señalan Corchón, Gárate y Rivero, la descripción general del arte rupestre de la cueva, la recapitulación final del proceso decorativo y su comparación con otros grandes santuarios cantábricos muestran cómo la decoración de la Cueva de la Peña de Candamo ha sido un largo proceso de construcción del santuario y de apropiación del espacio.
La decoración conservada se distribuye por toda la cavidad, desbordando los mencionados paneles.
Este enorme volumen de representaciones ha sido ordenado en seis fases que ocupan todo el Paleolítico superior, desde el Auriñaciense al Magdaleniense final.
Se ordenan, con gran acierto y originalidad, en matrices de Harris, según las superposiciones y considerando igualmente los datos cronológicos y estilísticos.
Esto, sin duda, constituye un elemento comparativo de primer orden.
Lástima que la fase inicial, Auriñaciense, tan de actualidad en otras áreas cantábricas con los horizontes de pinturas rojas, no cuente con pruebas más sólidas.
Ya llegarán, pues este trabajo viene a demostrar que los grandes santuarios, como ha ocurrido con Tito Bustillo, Buxu, Pendo, Castillo, etc. siempre ofrecen nuevas informaciones cuando se mejora la tecnología de estudio y nuestros intentos de conocimiento están mejor diseñados.
Finalmente, el estudio sobre la conservación de la cueva confirma lo evidente, ahora con la prueba de cargo de una monitorización de los parámetros ambientales durante 5 años (Castro, Murelaga y Olivares).
El biodeterioro, ya subrayado por Hoyos et al (1993), Fortea (1993) y García Alonso (2014), amenaza seriamente a unas pinturas que han conseguido resistir un maltrato secular, nunca mejor dicho, que incluye conciertos, bailes y hasta misas en el interior de la cueva.
Un epílogo excelente para una obra de referencia en su contenido y su presentación.
¡Un brindis por el príncipe!: el vaso campaniforme en el interior de la Península Ibérica takes a broad European perspective to the Beaker culture.
Este librito, que acoge la excelente colección de Ediciones Bellaterra, es el último destilado de un largo proceso de investigación; y como tal, es breve, sintético y denso.
Para la mejor comprensión de su gestación y desarrollo es necesario remontarse unos años atrás.
Todo comienza en 1995 con una excavación de urgencia en la Sierra del Aljibe (Cáceres) donde se instalaba una estación base de telefonía móvil.
Se intentaba valorar el impacto de las obras sobre un yacimiento contemporáneo y cercano al lugar de hallazgo del tesoro de Aliseda.
Según los autores del trabajo (Rodríguez Díaz y Pavón Soldevilla 1999), además de constatar una amplia secuencia ocupacional en el sitio, desde el Bronce Final hasta la romanización -Aliseda I, II, III y IV-el lugar estuvo directamente relacionado con el tesoro a través de las redes interregionales que ponían en contacto Andalucía Occidental y la Penillanura Cacereña, que tenían como objetivo probable el comercio de metales, oro y estaño.
Aquella intervención finalizó con una idea de proyecto, la búsqueda de la contextualización del tesoro de Aliseda, el mítico hallazgo de la arqueología española de 1920, a lo que se añadió una indagación historiográfica que estaba pendiente desde el inicio.
Casi dos décadas después, y mucho trabajo de por medio, se publicó el primer volumen de El Tiempo del Tesoro de Aliseda (Rodríguez Díaz et al. 2015) que recoge la historia del hallazgo.
Este gran libro no es una revisión historiográfica al uso sino la profundización en la sociedad y la economía de principios del siglo XX y en su incipiente arqueología, como claves fundamentales para entender unos acontecimientos que se desmenuzan hasta el más mínimo detalle con el fin Trab.
Una segunda parte está dedicada al impacto del hallazgo en el devenir de la investigación sobre nuestra protohistoria.
Hay que destacar el gran trabajo de recuperación gráfica y fotográfica que nos devuelve la memoria de la época en una edición muy cuidada.
El segundo volumen se publica solo un año después (Rodríguez Díaz et al. 2015) con los resultados del proyecto de investigación dedicado a la recuperación del contexto arqueológico del hallazgo y a su interpretación, basándose en la excavación de Las Cortinas -arrabal de Aliseda y lugar contiguo a El Ejido donde apareció el tesoro-y en la restitución paleotopográfica del entorno del hallazgo, muy afectado por el crecimiento urbano de la población.
La suerte hizo que el único solar disponible para la realización de un primer sondeo de prospección en 2011, seguido de excavaciones entre 2012 y 2013, diera unos resultados inesperados.
El registro obtenido en Las Cortinas sacó a la luz los restos de un edificio rectangular, construido de forma semisoterrada sobre una loma, con suelo de arcilla roja, y estrecha entrada orientada hacia el orto de la estrella Arturo que marca el inicio de la primavera.
Las ampliaciones llevadas a cabo en el edificio a lo largo de su utilización son interpretadas por los autores como un "círculo ritual", lugar donde se efectuarían ritos de significado simbólico, fundamentalmente de comensalidad, aunque los elementos muebles recuperados no indicaran una actividad cultual de carácter formal.
Es el entorno el dato más significativo que apoya esta interpretación, remociones y ampliaciones continuadas respetando un lugar central, existencia de cursos de agua rodeando el sitio, y finalmente el hallazgo de una fosa ritual con restos de cenizas, carbones, semillas y huesos, además de otros materiales entre los que destaca un asador de bronce oculto mediante un sellado de piedra en el momento de su abandono.
La secuencia temporal se sitúa a lo largo del siglo VI y durante el VI-V a.C. Todos estos restos y contextos se ponen en relación con una estructura socioeconómica que desde la Antropología se ha denominado "sociedades de casa" tal como las definió en su momento Lévi-Strauss.
La relación entre las tres áreas arqueológicas, Las Cortinas, El Ejido -donde se produjo el hallazgo del tesoro-y la Sierra del Aljibe no sólo sería de carácter visual, sino que forman parte de una misma realidad fisiográfica, presidida por la Sierra del Aljibe, situada a 1,5 km y ubicada en una encrucijada de caminos, mientras que la distancia entre Las Cortinas y El Ejido es de escasamente 200 m.
Finalmente, según los autores, las circunstancias que están detrás del ocultamiento de joyas de Aliseda, y una vez descartada la hipótesis tradicionalmente manejada del ajuar funerario, sería la crisis de la "casa" de Aliseda y el abandono de su círculo ritual.
En este sentido, las joyas acumuladas no serían una propiedad personal, sino más bien el símbolo de estatus y riqueza de la casa, transmitida de generación en generación.
Cuatro años después de esta última publicación los mismos autores ofrecen el libro que nos ocupa, orientado hacia un público amplio, libre ya de tecnicismos y anexos arqueométricos, astronómicos y paleotopográficos en los que se abundaba en las publicaciones anteriores.
No se renuncia, sin embargo, a una amplia documentación gráfica, que mejora en ocasiones la calidad de las publicaciones anteriores debido a una impresión en formato más reducido.
Se organiza de forma simple en cuatro capítulos que no pueden ocultar la densidad de su contenido.
El primero está dedicado a las circunstancias del hallazgo y su impacto en la arqueología del momento.
El segundo capítulo se sale de la crónica oficial para ofrecernos una visión novedosa y poco complaciente de los acontecimientos y sus consecuencias sociales, administrativas y judiciales.
El tercero nos refiere al contexto arqueológico recuperado y la excavación de Las Cortinas.
El cuarto y último contiene la interpretación de los autores a partir de los nuevos datos que se manejan, una vez que el tiempo ha realizado su labor de decantación y maduración de las ideas iniciales.
La justificación de este libro no sólo está en su orientación divulgadora, sino en la perspectiva con la que se ha abordado este último capítulo, que intenta resolver algunas de las incoherencias interpretativas de las publicaciones iniciales.
Se redefine el conjunto, que no tesoro, de Aliseda como keimélion, concepto homérico referido a un conjunto acumulado de regalos políticos, bienes y objetos valiosos que guardan una biografía tan significativa como el propio bien, y que es transmitido entre generaciones e instituciones, como sería el linaje aristocrático o casa principal del poblado de Aliseda.
Como conclusión, y argumento a posteriori, en los apartados finales se relacionan los grandes edificios postorientalizantes del Guadiana medio (Rodríguez González 2018), interpretados como "grandes Casas" -Cancho Roano, La Mata y Turuñuelo-con el modelo sociopolítico heterárquico iniciado en Aliseda durante el periodo orientalizante anterior.
Los conceptos de heterarquía y sociedades de casa han sido incorporados al discurso arqueológico como una tabla de salvación lanzada al náufrago en medio del mar, sobre todo en aquellas regiones, como Extremadura, donde el registro material está poniendo a prueba el ingenio de los arqueólogos, recordemos las diversas fases interpretativas por las que ha pasado el conjunto arquitectónico de Cancho Roano (Celestino Trab.
Hasta tal punto que los autores del libro que estamos comentando sintieron la necesidad de poner en común las diversas, e incluso divergentes, opiniones de los investigadores en unas Jornadas celebradas en Cáceres en 2017, a cuya publicación (Rodríguez Díaz et al. 2018) y recensión (Junyent 2019) remito al lector interesado en ampliar la argumentación de los autores y en contrastarlas con otras perspectivas. |
La obtención por parte del Proyecto Pranemuru de cerca de una veintena de dataciones radiocarbónicas para una microregión en época nurágica, de las que aquí se recogen y discuten catorce, abre la posibilidad de revisar la cronología de la Edad del Bronce en Cerdeña, a la luz de las dataciones recogidas desde los años 90 por Trump (1990) y Tykot (1994) y, más recientemente, por Webster (2001), discutir la validez de las fechas en función de los criterios de recogida de muestra, contexto arqueológico, desviación estándar y forma en que ha sido publicada, así como contrastarla con la cronología propuesta recientemente para la Protohistoria sarda, de acuerdo con la Dendrocronología y Cronología Radiocarbónica para la Italia peninsular (Lo Schiavo 2002).
Entre los años 1999 y 2001 (1), uno de los cofirmantes del artículo (M.R-G), dirigió un proyecto arqueológico en el interior de la provincia de Nuoro (Cerdeña), encaminado a la formulación de un modelo teórico de la organización de un territorio nurágico, a lo largo de la Edad del Bronce.
Para ello fue preciso diseñar un sistema de prospección, y realizar un cierto número de sondeos para la obtención de muestras que permitieran la reconstrucción del paisaje nurágico y su evolución en el tiempo (Ruiz-Gálvez et al. 2001, 2002 y e.p.; Ruiz-Gálvez y López e.p.; López, Díaz y Torres e.p.).
Tales objetivos se han traducido en una amplia toma de muestras que incluyen polen, maderas para análisis antracológicos, silicofitolitos, fauna, análisis de pastas, así como una veintena de muestras de carbón, madera o colágeno para su datación radiocarbónica, ya publicadas o en vías de análisis.
Se trata del primer proyecto arqueológico en Cerdeña que persigue una reconstrucción del paisaje y la obtención de fechas absolutas para una variado número de sitios dentro de un territorio bien definido.
Las catorce dataciones que aquí publicamos se *(*) Instituto de Química Física Rocasolano.
(**) Dpto. de Prehistoria, Facultad de Geografía e Historia.
Universidad Complutense de Madrid.
(1) Proyecto titulado Territorio nurágico y paisaje antiguo en la meseta de Pranemuru. a meseta de Pranemuru.
Este proyecto ha sido financiado mediante un proyecto DGES PB98-0840, un proyecto PR269-98/196 de la Universidad Complutense de Madrid y por las convocatorias de 1999, 2000 vienen a unir al corpus de fechas radiocarbónicas para Cerdeña recogidas en 1994 por Tykot, de las que una cincuentena correspondían a la Edad del Bronce, y a las diez nuevas fechas para Duos Nuraghes recientemente publicadas por Webster (2001).
Este conjunto de dataciones, así como la sistematización de la cerámica nurágica por Campus y Leonelli (2000), permiten encarar la revisión del trabajo de Tykot, replantear la fiabilidad de las fechas en función de su contexto arqueológico y de los criterios de publicación, así como cotejarlas con la nueva cronología para la Protohistoria Sarda recientemente acordada, a partir de los datos radiocarbónicos y dendrocronológicos para el Egeo y la Italia Continental (Lo Schiavo 2002: tab.1; véase también Balmuth y Tykot 1998).
Se nos antoja ésta, la mejor manera de rendir un homenaje a la memoria de Fernán.
Aunque él, tan pudoroso, no se hubiera considerado merecedor de homenaje alguno, y tal vez se hubiera encogido de hombros y se hubiera limitado a hacer suyas las palabras que Antonio Machado dedicó a Francisco Giner de los Ríos: Lleva quien deja y vive el que ha vivido...
RECOPILACION DE LAS FECHAS C-14 DE CERDEÑA EN LA EDAD DEL BRONCE
Durante la recopilación de las fechas C-14 realizada en los yacimientos de Cerdeña se han encontrado diversos problemas.
En primer lugar, muchas de las excavaciones a las que se refieren estas dataciones no tienen una memoria de los trabajos arqueológicos completa, por lo que falta una detallada descripción de la estratigrafía donde se hallaron las muestras y los materiales asociados a las mismas.
Mediante la lectura de diferentes artículos y publicaciones relacionados con estos yacimientos, se ha procurado discernir, dentro de lo posible, la ubicación de aquellas, lo cual no ha resultado siempre posible.
Cabe indicar que esta situación no se ha dado en uno o dos yacimientos, sino que, por el contrario, es la mayoritaria.
Por otro lado, son muchas las dataciones de las que se desconocen los datos fundamentales: el código del laboratorio de medida no aparece en las dataciones de Grotta Sisaia, nuraghe Pizzinu y una de Duos Nuraghes; se desconoce el material en el que se realizaron casi todas las de Noeddos; e incluso se cita mal la edad C-14 convencional, bien por errores de trascripción, bien por utilizar la desusada opción de restar 1950 al valor de la edad C-14 convencional para obtener su valor en años antes/después de Cristo (Ugas 1998) Por último, se ha constatado que muchos arqueólogos siguen utilizando la edad C-14 convencional, sin tener en cuenta la obligada calibración que hay que hacer de ellas.
Este es el único medio posible para obtener cronologías reales, referidas a años de calendario (Rubinos 2003).
Por todo lo anteriormente citado, en algunos casos la realización de dataciones parece más un simple modo de no quedarse atrás en la utilización de las técnicas arqueométricas, de dar a la excavación un cierto barniz científico, más que una verdadera intención de generar nuevos datos que contrastar con la cronología tipológica, que sigue siendo considerada el punto de apoyo fundamental e inamovible.
Es nuestra intención repasar una a una las fechas existentes para el Bronce de Cerdeña, tomando aquellas superiores e inferiores que no encajen este periodo como un corsé cronológico, contrastándolas con los materiales asociados, cuando sea posible, para definir un conjunto de dataciones lo más homogéneo posible.
CONSIDERACIONES PREVIAS SOBRE LAS FECHAS C-14 RECOPILADAS
Las fechas C-14 del período en estudio se muestran en la Tabla 1, donde se ha identificado, cuando se conoce, la situación estratigráfica de la muestra, el material, el código de medida del laboratorio, la edad C-14 convencional, la edad calibrada a 2 sigma, utilizando el programa Oxcal versión 3.5 (curva INTCAL 98) y la referencia bibliográfica.
El límite superior, o fecha más antigua tomada, ha sido Q-3029 de Grotta Filiestru, puesto que según Tykot (1994) proporciona un terminus post quem de 2900 años cal BC a la cultura de Ozieri, interpretación que consideramos ajustada según se explica más adelante.
La fecha más moderna considerada es la muestra R-346 de Sa Mandra'e Sa Giua, bastante alejada del límite cronológico inferior fijado, pero que nos permite una adecuada interpretación de este yacimiento (vide infra no16).
En total se han considerado 77 dataciones procedentes de 25 yacimientos, donde Duos Nuraghes con 14 fechas es, con diferencia, el sitio más representado, existiendo en el otro extremo 12 yacimientos con una única fecha.
En el estudio de las fechas de distintos yacimientos, existe siempre la duda de qué dataciones son válidas a la luz del intervalo cronológico que pro-Tab.
Relación de los yacimientos sardos de la Edad del Bronce con dataciones C14.
T. P., 60, n. o 2, 2003 porcionan, los materiales asociados al estrato donde se halló la muestra, y la relación con otras fechas del mismo yacimiento o de otros semejantes.
Toda fecha debe cumplir dos requisitos necesarios (Mestres y Nicolás 1997): uno de orden técnico, que la fecha de C-14 posea las condiciones necesarias de exactitud (correspondencia con la fecha real de la muestra) y precisión (intervalo temporal en que existe probabilidad de que se halle la verdadera fecha); el segundo se refiere a que la datación sea representativa del contexto arqueológico que pretende datar, es decir, que el material mismo o su presencia en el contexto arqueológico sea producto de la actividad humana del grupo que creó el contexto (asociación), y que su formación sea contemporánea al contexto arqueológico (sincronía).
En nuestro trabajo hemos evaluado las fechas en función de su precisión y representatividad, dando por hecho que la exactitud es un requisito que ha sido controlado por los laboratorios que realizaron las dataciones.
A pesar de ello hay que precisar que, debido a que algunas fechas se realizaron en plena fase de desarrollo del método, poseen un tratamiento químico diferente al que ahora se recomienda.
Respecto a la precisión, se ha constatado que de las 77 fechas, 63 poseen una desviación estándar de la fecha C-14 convencional menor a 100 años; en otras 7 la desviación oscila entre 100 y 135 años, mientras que las siete restantes superan los 200 años.
Por ello, se ha considerado que aquellas fechas con una desviación estándar superior a 135 años están faltas de la precisión adecuada para que puedan ser consideradas válidas, y no se han tenido en cuenta en el análisis posterior.
Se ha tomado 135 años porque a partir de este valor existe un salto importante entre las desviaciones estándar de las fechas.
Podríamos tomar, por ejemplo, 100 años como valor tope para aceptar fechas, pero no podríamos justificar por qué se ha tomado este valor y no 90 o 110 años.
Sin embargo, la siguiente desviación estándar a 135 años es 200 años, un valor muy superior.
A pesar de ser rechazadas, no significa que estas fechas sean valores erróneos, si no que sus intervalos cronológicos son tan amplios que no aportan información detallada.
Estas fechas, que calibradas generan lapsos cronológicos de 1000 años o más, indican sólo que sus yacimientos están ubicados en algún momento de la Edad del Bronce, lo cual, con los datos de la excavación era perfectamente conocido.
Por último, la representatividad de la fecha será examinada en función de los datos recogidos en la excavación.
La datación por C-14 fecha la formación de los materiales analizados y ésta es más o menos próxima al evento arqueológico en función del material datado y de su utilización.
De este modo, huesos o semillas carbonizadas están mejor asociados que la madera o el carbón vegetal.
Hay que indicar que una fecha C-14 es un dato más dentro del conjunto de la excavación que debe ser incluído en la explicación global de la misma, y no simplemente eliminado cuando no se corresponde con los materiales hallados, sin más explicación que argumentar que están contaminados.
Hay que considerar las distintas fechas obtenidas en el yacimiento, cotejando su correlación entre sí y con los materiales y estratigrafía.
Si en nuestro caso no hemos considerado un número significativo de fechas, más de las que nos parece coherente, se debe a la falta de información sobre la misma en un porcentaje elevado, que nos impide con un mínimo de rigor poder considerarlas ajustadas o no al contexto arqueológico del que fueron extraídas.
ANÁLISIS Y DISCUSIÓN DE LAS FECHAS RADIOCARBÓNICAS
En la Tabla 1 se recogen todas las dataciones radiocarbónicas disponibles para la transición Edad Cobre/Edad del Bronce y Edad del Bronce/Edad del Hierro en Cerdeña.
Procederemos en primer lugar a comentarlas pormenorizadamente, para de ahí extraer conclusiones.
Para ello se seguirá el orden establecido en la mencionada tabla, en el que se agrupan las fechas de más antigua a más reciente.
Se recoge en primer lugar el nombre del yacimiento y en segundo, el del comune o pueblo en el que se emplaza.
El lugar es un hábitat en cueva con una larga secuencia de ocupación que se iniciaría en el Neo-lítico Antiguo, con las típicas cerámicas cardiales y se prolongaría hasta el Bronce Medio (fase Sa Turrícula), bien documentada, tanto estratigráficamente como mediante una serie de doce muestras radiocarbónicas.
El problema es, como el autor explica (ibidem 1983: 85), que apenas aparecen tres fragmentos de la característica cerámica Monte Claro, mientras que hay claramente, cerámica Campaniforme.
Estamos más de acuerdo con su apreciación de 1983, sobre todo porque la siguiente fecha de Grotta Filiestru Q-3030, procedente del nivel 3 del corte B, resulta arqueológica y radiocarbónicamente coherente con un contexto de Bronce Antiguo.
De todos modos, entre los niveles B4 y B3 aparece Monte Claro (poco definido), Campaniforme y Bonnanaro, y no parece fácil diferenciar unos de otros.
Ferrarese Ceruti (1981: LXII), ya señaló en su día la continuidad entre, al menos, las fases re-cientes de Monte Claro, el Campaniforme y Bonnanaro, y Trump (1984), la continuidad entre éste y Bonnanaro.
No es diferente de lo que ocurre en el resto de Europa, donde, grosso modo, el Campaniforme se sitúa radiocarbónicamente entre 2600-2250 cal BC., pero hay casos de campaniformes vallisoletanos y gallegos datados en el primer cuarto del II Milenio cal BC, y el Bronce Antiguo que se sitúa dendrocronológicamente y por C14, a partir de 2300 cal BC.
Es decir, hay solapamiento entre Calcolítico precampaniforme y Campaniforme y entre Campaniforme y Bronce Antiguo (Castro et al. 1996).
Habida cuenta las fechas para Ozieri, parece factible, como quiere Tykot (1994), que la muestra Q-3029 represente un momento de Calcolítico, sea éste Campaniforme o Monte Claro.
La tercera fecha, Q-3031, resulta coherente con su contexto de Bronce Medio (Sa Turrícula).
Además otras fechas, como la de nuraghe Noeddos (Q-3070), Sa Turrícula R-963a (aunque un poco alta), o nuraghe Pizzinnu (Gif?)
(Tabla 1, no3, 7 y 11), coinciden en contexto arqueológico y datación radiocarbónica.
Para fines del Bronce Medio se podrían situar por contexto arqueológico y radiocarbónico Oridda (R-1060), con materiales Bronce Medio y Sutta é Corongiu (Ua 19316), con escaso material, pero también de Bronce Medio (Tabla 1 no 9 y 14).
Como su topónimo indica, es un nuraghe de dos torres.
O mejor dicho, son dos nuraghes monotorres, construidos en distintos momentos y posteriormente enlazados mediante un muro nurágico.
La Torre A, de forma arcaica -cónica-y un solo piso interior, situada al Sur; y la Torre B, al Norte, con dos pisos internos.
En torno a ellas, en el Este y el Oeste, se sitúan viviendas y otras estructuras.
El monumento ha sido excavado por un equipo de la Universidad estatal de Pennsylvania, dirigido por Webster (2001).
En la Torre A se llevó a cabo uno de 2x1 m que reveló una estratigrafía de casi 2 m de potencia y 14 estratos.
En el área del poblado se hicieron 19 sondeos que arrojaron restos de cabañas.
(2) No da el código de laboratorio ni el número de muestra de éstas.
(3) O sea, Calcolítico y Bronce Antiguo -tercer milenio e inicios del segundo milenio a.C.)
(4) Bronce Antiguo -fines del tercer milenio-inicios del segundo milenio a.C.
(5) O sea, de Calcolítico más que de Bronce Antiguo.
cabañas, un edificio público, una cisterna y parte de la muralla.
Torre A (Fig. 1).-Los estratos XIV a XII inferior, son considerados los más antiguos.
El XIV y el XIII se consideran no de habitación sino de construcción y nivelación.
La fecha I-17872 tomada del estrato XIII y la I-17869, del estrato XII inferior son las más antiguas, como corresponde a su ubicación estratigráfica.
También del estrato XII inferior procede la fecha I-14774, obtenida en los sondeos del año 81 (ibidem 2001: 6), rechazada por su alta desviación estándar.
Las pocas formas cerámicas que publica del estrato XII inferior (Webster 2001: fig.3.8) son, asimismo, atribuibles a Bronce Medio (Campus & Leonelli 2000: tavs.
El estrato XII superior lo constituye un nivel grueso de cenizas, tierra y basura.
Webster (2001: 26), estima que representaría un segundo momento de Bronce Medio o (BM1B) y para él tendríamos la fecha ante quem del estrato XII inferior, (I-17869), cuyo intervalo cronológico lo sitúa en efecto, en Bronce Medio.
No obstante, apenas si publica cerámicas de ese estrato y tal vez, no sean las formas más significativas, por lo que, vista la coherencia de la fecha C-14, respecto a las demás, tanto de la torre A, como de las cabañas 2,5,6 y 9 (fig. 1), no nos parece ésta radicalmente rechazable.
Del estrato VII, que Wesbter Entre ellos, menciona (ibidem), la existencia de pequeñas cantidades de cerámica gris.
Si así fuera, estaríamos en una fase de Bronce Reciente, de la que la cerámica gris se considera fósil director (Campus & Leonelli 2000).
La fecha corresponde a Edad del Hierro, y asimismo los materiales como un asa askoide con decoración geométrica (Webster 2001: 4.53-8).
El problema es que hay intrusiones de cerámicas púnicas y romanas.
El estrato III es púnico-romano.
El II es romano, y el estrato I, medieval.
Torre B.-Se inicia en el estrato XI, un nivel de nivelación y construcción.
El estrato X es el nivel más antiguo de ocupación.
Se asocia a él la fecha I-(6) Señala fragmentos de posible cerámica micénica pero sólo publica una foto de escasa calidad.
Cabañas.-Del nivel 8 de la cabaña 6, de carbón procedente de un pavimento de derrumbe con adobe y madera proviene la fecha I-18585, que se mueve entre Bronce Reciente y Primera Edad del Hierro.
No se publican dibujos de los materiales.
Webster (2001: 54 y ss) quien sitúa esta cabaña en Bronce Final 2, afirma que se encontró in situ una olla con borde engrosado y decoración a pettine.
Ello indicaría un momento de Bronce Reciente, pero carecemos de información más precisa.
Sobre éste, se sitúan restos de una segunda ocupación, poco definida, y superpuesta, una tercera, ya de época púnico-romana.Del nivel 5 de la cabaña 5 procede la muestra I-18586 que se mueve entre Bronce Reciente y Primera Edad del Hierro.
Se obtuvo de carbón de un foso-hogar, abierto en una de las varias oquedades naturales rellenas de piedra que actuaban como drenaje, bajo el nivel de pavimento de la cabaña.
Daría pues una fecha ante quem para la construcción de la misma.
Del nivel 5 (Webster 2001: fig. 4.10) proceden cerámicas situables en Bronce Reciente/Bronce Final (Campus & Leonelli 2000: tav.183,1) y brocche askoide no dibujados, pero correspondientes al Bronce Final/ Primera Edad del Hierro (Campus & Leonelli 2000: pág 394 y ss), por lo que la fecha ante quem para la construcción de la cabaña debe ser Bronce Final/ Primera Edad del Hierro.
La fecha C-14 se asocia, pues, a materiales arqueológicos y ambas son consonantes.
Sobre este, un suelo de guijarros asociado a cenizas de un hogar y materiales (Webster 2001: 4.41) Bronce Final/Primera Edad del Hierro como scodelle (Campus & Leonelli 2000: tav.
Del nivel 8 de la cabaña 2 viene la fecha I-18587, Bronce Final/Primera Edad del Hierro.
Webster no indica de dónde procede la fecha.
Por el número de estrato hay que deducir que del inferior.
En la cabaña identificó tres series de suelos de adobe y madera quemada superpuestos.
La cabaña 9 no es un lugar de habitación, sino un centro cívico-religioso, una cabaña de reunión típica de Bronce Final/Primera Edad el Hierro.
Así que la fecha podría ser Primera Edad del Hierro.
Nuraghe simple asociado a un poblado con cabañas y diversas estructuras.
Trump (1990), cuadriculó toda el área arqueológica y realizó diversos sondeos identificados por mayúscula en ordenada, minúscula en abscisa, número de sondeo y corte.
En realidad la descripción es bastante confusa.
En los sondeos no se hace referencia a dónde se tomaron las muestras para C-14, ni sobre qué tipo de material.
Sólo se puede decir que las fechas que él (ibidem: 13) considera, representan las fases Noeddos III y IV, se corresponden con materiales Bronce Medio y Bronce Medio /Bronce Reciente (Trump 1990: figs 25,26,27,28,29 y 30), y que por tanto, es coherente equiparar Noeddos I con Campaniforme/ Monte Claro (Trump 1984) y Noeddos II con Bonnanaro Bronce Antiguo (ibidem).
Cueva de uso funerario.
La muestra se refiere a un enterramiento por inhumación, asociado a dos recipientes cerámicos y a un molino.
Entre la cerámica y el molino, se localizaron restos de un hogar, de donde se extrajo la muestra.
El enterramiento fue descubierto por espeleólogos del grupo "cuevas del Nuoro" en 1961.
En 1976 se procedió a la excavación del sitio por Ferrarese Ceruti (1997A), quién halló restos de otras posibles inhumaciones y algo de cerámica.
Para Ferrarese (ibidem: 234), Sisaia tiene una única ocupación de época Bonnanaro.
La datación C-14 coincide.
Sin embargo, Campus y Leonelli sitúan tipológicamente los materiales que acompañaban la inhumación, un tegame, (Campus & Leonelli 2000: tav.
Si así fuera, la fecha resultaría demasiado antigua.
No obstante, muchas formas cerámicas de Bronce Medio (Bonnanaro B o Sa Turricula), tienen precedentes en Bronce Antiguo o Bonnanaro A.
o Brunku Madugui 1 y 2, Gesturi
Generalmente se sitúa este tipo de nuraghe en el Bronce Medio.
Los materiales cerámicos publicados corresponden en su mayoría a Bronce Medio o Bronce Medio-Reciente (Campus & Leonelli 2000: tavs.
Ugas (1998: 262), quien ha estudiados sus materiales, señala que la cerámica de decoración metopada sitúa el nuraghe en el Bronce Medio.
La fecha radiocarbónica, aceptando el tramo de probabilidad más bajo, podría ser Bronce Medio, pero su desviación estándar es demasiado alta y resulta, por tanto, rechazable.
Cueva de uso funerario con una surgencia de agua, en la zona minera de Acqua Calda.
Estaba parcialmente revuelta por los clandestinos, especialmente la entrada.En la zona más profunda se conservaba un nivel arqueológico intacto.
Bajo una primera capa estéril Ferrarese (1997b), encontró un único nivel arqueológico consistente en una sepultura tipo Monte Claro, parcialmente quemada, descansando sobre un estrato de carbones.
Asociado al enterramiento, se localizó cerámica no decorada, en especial de tipo Monte Claro.
Al contrario que a Tykot (1994), a nosotros nos parece aceptable la fecha, a pesar de que sea muy baja, debido al escalonamiento Monte Claro/Campaniforme/Bonnanaro que ya se comentó (vide supra).
No obstante, se solapa con otras Bonnanaro como las de Filiestru o Noeddos (Tabla 1 no1 y 3).
El poblado de Sa Turricula y sus materiales sirvieron para tipificar las formas cerámicas características del Bronce Medio, fase Bonnanaro B o Sa Turricula.
De acuerdo con Ferrarese (1997A y C), la cabaña 1 de Sa Turricula forma parte de un amplio contexto habitacional, localizado en la vertiente meridional del monte Sa Turricula.
Según Alessio et al. (1976: 334), la muestra procede del nivel 2 de la excavación de la cabaña 1, pero de acuerdo con la autora, ella distinguió 3 estratos, el 1 con gran cantidad de material arqueológico que, a su vez, apoyaba en un estrato estéril (2), bajo el cual aparecía otro nivel arqueológico que fue dividido a su vez en estrato 3 superior y estrato 3 inferior, separados por un nivel de piedras que servía para nivelar el estrato rocoso.
Del nivel 3 inferior y de un hogar asociado a material arqueológico, procede la muestra de carbón remitida por Ferrarese en 1973 al laboratorio de Roma.
Por tanto, la datación radiocarbónica coincide con su adscripción tipológica, aunque resulta algo alta.
La muestra procede de una viga de madera de enebro situada en una pared de la cámara del piso bajo de la torre central (Tauber 1960: 10).De acuerdo con Ugas (1998: 264), de la misma viga se habría obtenido una segunda muestra más reciente (7), de 3220±200 años BP (calibrada a 2 sigmas: 2100-900 cal BC), y el material más antiguo del nuraghe no sería anterior al Bronce Reciente.Por el contrario según Murru (1995), quién en época reciente se ha hecho cargo de las excavaciones en Barumini y de la publicación de los diarios de excavación de Lilliu, el nuraghe nace en el Bronce Medio como una torre aislada y continúa su vida hasta la Edad del Hierro.
La fecha obviamente, puede indicar cualquier cosa.
Por tanto, debe ser descartada.
Muestra de carbón obtenida por los miembros del proyecto Pranemuru, durante los sondeos de otoño de 2001 en el nuraghe complejo de dicho nombre y datada por AMS.
El sondeo de 2 × 6 m se realizó en la plataforma adosada al nuraghe.
De él se individualizó un único momento claro de ocupación, caracterizado por un suelo compactado (UE3) del que procede la muestra de carbón analizada, infrapuesto a una plataforma de piedra, formada por varias capas de guijarros (UE1), delimitada por dos hiladas de grandes ortostatos (UE2).
El material arqueológico asociado era escaso y, en el caso de los aparecidos en la UE3, un fragmento de obsidiana y cerámica, carecían de evidencias de talla en el primer caso y de forma reconocible, en el segundo.
No obstante, todos los materiales de la UE1 corresponden al Bronce Medio y sólo un fragmento en superficie (UE0), podría adscribirse al Bronce Reciente.
Por tanto la datación radiocarbónica y arqueológica son plenamente concordantes (Ruiz-Gálvez et al. 2002).
Nuraghe complejo con estructura habitacional adosada.
Refleja cuatro fases de ocupación en época nurágica y púnica (8).
Se excavaron las torres S (central), y M (situada al oeste de la anterior), así como el área N, fuera del nuraghe.
Torre S.-La muestra P-2788 procede de carbón recogido en los niveles 9-10, pertenecientes a una fosa tallada en la roca virgen.
Corresponde a un momento de ocupación nurágica (niveles 8 a 12), sellado por un pavimento de época púnica.
Los escasos materiales publicados por Balmuth (1983Balmuth ( y 1987) ) Torre M.-Dio IV niveles de superficie a roca madre.
De acuerdo con los excavadores (Balmuth 1983), apareció material nurágico, griego y púnico, todo mezclado.
Área N.-Se excavó, por razones que no se explicitan (Phillips et al. 1987), por niveles artificiales de 10 cm. Se distinguieron 8 niveles de la superficie a la roca.
Los dos primeros, son superficiales y revueltos.
La muestra P-2400 se nos dice que proviene de los niveles 4 a 7, lo que puede indicar que se juntó carbón de distintas cotas.
Ambas poseen desviaciones estándar muy elevadas.
Los materiales publicados (Phillips et al. 1987: tav.1), son Bronce Medio/Bronce Reciente (Campus y Leonelli 2000: tav.64, 10;67,1) o Bronce Final (Campus y Leonelli 2000: tav.161,5 y 184,5), aunque no se especifica de qué "niveles" proceden.Así pues, la excavación aporta bastante poca luz sobre el contexto de su ocupación nurágica y tampoco del de procedencia de las muestras datadas.
Lamentablemente, ninguna de las cinco fechas sirve por unas u otras razones (9).
En primer lugar, las cita sin calibrar y sin sigla y código de laboratorio, 11. o Pizzinnu, Posada Nuraghe monotorre según Contu (1960), o compleja según el mismo autor (1966).
Un grupo de maestros "aficionados", llevaron a cabo una excavación en el interior de la cámara, durante la cual se localizaron treinta figuras de bronce.
En Junio de ese mismo año y por encargo de la Soprintendenza Archeologica, Contu realizó una excavación sistemática en la cella y nichos del interior de dicha torre.
De acuerdo con Contu (1960), el estrato superior es donde aparecieron las figuras de bronce (que son adscribibles al Bronce Final/Primera edad el Hierro).
Debajo, el excavador localizó un hogar con cenizas, de donde extrajo una muestra para datación por radiocarbono, que fue analizada en Francia por gestiones de Grosjean (Contu 1962: 296), aunque desconocemos la referencia correcta de esta medida realizada en el laboratorio de Gif sur Yvette.
Sobre dicho hogar descansaban manos de moler vueltas del revés y cerámica decorada a peine (a pettine), como tegami con asa a nastro y otra no decorada.
Debajo se localizó un tercer nivel con vasos con triple asa.
Por el contrario, Ugas (1998: 264), considera que las cerámicas más antiguas de Pizzinnu son Bronce Reciente y que la fecha tan alta se debe a que son carbones antiguos (10).
Fadda (1984: 685) y Webster (1996: 89), a cuyo juicio nos adherimos, consideran que las cerámicas a pettine, datan ese nivel intermedio en Bronce Medio y que, por tanto, son coherentes con la datación radiocarbónica.
Todas las muestras se tomaron durante la campaña de excavación de otoño de 2000 del proyecto Pranemuru (Ruiz-Gálvez et al. 2001).
Se realizaron dos sondeos.
El A, en la entrada de un nuraghe monotorre, que aún conservaba sedimento arqueológico.
Allí, bajo una remodelación de dicho espacio en época tardorromana, se localizó un estrato revuelto consecuencia de aquella y, por último un nivel intacto correspondiente al momento más antiguo de ocupación del nuraghe, caracteriza-do por la presencia de materiales cerámicos propios del Bronce Reciente.
De éste se obtuvo una datación AMS, (muestra Ua-17760), cuyo tramo de probabilidad más reciente es, en nuestra opinión, el más acorde con su contexto arqueológico.
Un segundo sondeo (B), se llevó a cabo en una cabaña próxima al nuraghe.
Reveló dos pavimentos de ocupación sucesivos, correspondientes a dos cabañas superpuestas.
Una cabaña inferior de pavimento de guijarro y materiales claramente Bronce Reciente, al que corresponde la segunda fecha AMS, Ua-17761 que, aunque con un tramo de probabilidad amplio, resultaría aceptable como Bronce Reciente.
Más complejo es el caso de la segunda cabaña, con pavimento de arcilla apisonado y superestructura de adobe y vigas de madera, que aparecían derrumbadas y parcialmente quemadas sobre el pavimento, fruto de la destrucción de una cabaña con banco corrido y un nicho de piedra.
Se recogieron muestras de madera para antracología pues conservaban bien visibles los anillos, y fueron identificadas por Paloma Uzquiano del CSIC como encina (Quercus illex) y aladierno (Rhamus alaternus).
En un principio, los materiales aparecidos en el contexto de esta segunda cabaña se identificaron mayoritariamente como Bronce Final, por lo que consideramos que la segunda cabaña se construyó en tal momento, a pesar de lo elevado de las fechas Beta-150719, de la base del pavimento, y Beta-148992, del derrumbe de vigas y paredes.
No obstante, posteriormente (Ruiz-Gálvez et al. 2002: 263 y 267) nos hemos replanteado esta interpretación, habida cuenta que dos de las tres fechas están más cerca de Bronce Tardío que de Bronce Final (Beta-150719 y 1489929), y que, si bien parte de los materiales son Bronce Final, otros tienen buena cronología en Bronce Reciente.
Por tanto y visto el elevado error del laboratorio Beta en tres fechas estándar, cabe pensar que las tres dataciones representen una segunda ocupación en un momento de transición Bronce Reciente a Bronce Final.
Nuraghe mixto, que combina un tipo antiguo, de corredor, con el de tholos (Fig. 2).
A inicios de y en segundo, la fecha que da de la Torre S (1460±50 a.c.), es errónea.
Cita una fecha 1220±60 a.c., como de la Torre S, que es inexistente y omite una de las fechas de la Torre M y otra del área N.
No sólo la publica sin calibrar y sin sigla y número de laboratorio, es que la fecha que da, 1441±50 a.
Gracias a la amabilidad de la Dra.
Fulvia Lo Schiavo, del C.N.R. de Roma, hemos podido acceder a un trabajo inédito de Ferrarese (11) redactado como guía de la visita al sitio, con motivo de la celebración de la XXII reunión del Instituto Italiano de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas donde aparecen siete dataciones, una procedente del laboratorio Gif sur Yvette, publicada en Radiocarbon (Delibrias et al. 1966), y las otras seis de Roma, donde, a pesar de que Ferrarese indique que se publicaron en 1978 en Radiocarbon, no aparecen en los listados de fechas editados por este laboratorio en ningún volumen de ese u otro año.
De nuevo debemos a la generosidad de la Dra Lo Schiavo el haber podido acceder a la publicación de Contu 1980 donde se recogen sólo seis fechas para el nuraghe.
Tykot (1994), toma de Contu las fechas sin ir a la fuente, citando además una de ellas incorrectamente (R-841-A, Ferrarese da una fecha de 2940 ± 50 años BP y Tykot de 2950 ± 50 años BP).Pero además, cita las muestras como procedentes de las interfases 5-6 y 6-7 de la cámara N, sin que Contu diga nada al respecto, por lo que, ignoramos de dónde ha sacado dicha información.
Según las tres publicaciones citadas de Ferrarese (1962 y 1997d y e), la autora realizó varias zanjas de sondeo al exterior del nuraghe, y otro sondeo en el interior de dos de las torres.
Asimismo se localizó un depósito de lingotes de bronce tipo piel de buey bajo el pavimento de la terraza.
Tanto las fechas C-14 del laboratorio de Roma, como la publicada por Radiocarbon 1966 (Delibrias et al. ), proceden de la estratigrafía individualizada en la mencionada cámara N. Esta se caracteriza como sigue:
Estrato 1, derrumbe; Estrato 2 corresponde al último momento de la construcción y se forma como consecuencia de una reocupación del nuraghe tras un aparente abandono temporal del mismo.
Entre los materiales publicados figuran boccale similares a los de nuraghe Palmavera, Santa Barbara de Macomer o Funtana Ittiredu, datables en Bronce Final/Primera Edad del Hierro (Campus y Leonelli 2002: 507 nota a pié de página), o ciotolone carenados con decoración à cerchielli, típicos de la Primera Edad del Hierro, aunque aún aparecen formas de tipología arcaica (Campus y Leonelli 2000: tav.
Estrato 4 muy rico en materiales.
Destaca entre ellos un puñal con mango en ã, similar al aparecido en la Grotta Pirossu Su Benatzu, datado en Bronce Final/Primera Edad del Hierro (Lo Schiavo & Usai 1995: 165-6),un asa acodada, según Campus y Leonelli (2000: 619), fósil guía del Bronce Final/Primera Edad del Hierro.
Estrato 5 en el que se localizaron dos hogares, uno en el centro de la cámara y el segundo bajo el nicho de la pared E. Las cerámicas más significativas parecen corresponder a un Bronce Reciente (Campus y Leonelli 2000: tav.
Este estrato tiene la fecha R-840: 2870 ± 80 años BP, sin que se cite el material del análisis aunque parece carbón.
El estrato 6 presentaba abundante material arqueológico correspondiente al primer momento de ocupación así como numerosas bellotas carbonizadas.
Los tipos cerámicos identificables parecen adscribirse a un Bronce Medio (Campus y Leonelli 2000: tav.1,11 y tav.
De acuerdo con los materiales, se puede situar el primer momento de ocupación en Bronce Medio o Bronce Reciente; el estrato 5 podría ser Bronce Reciente; y los estratos 4 y 2 Bronce Final y/o Primera Edad del Hierro.
El problema es que la memoria completa de los trabajos arqueológicos en nuraghe Albucciu está sin publicar.
287,7), datan en Bronce Medio los dos únicos fragmentos publicados del estrato 6 de la cámara N y, al menos, otro del nivel 2 de la trinchera F. Sin embargo la Dra Angela Antona (12), quien se ha hecho cargo del estudio de los materiales, considera que en Albucciu no hay cerámicas del Bronce Medio.
Ferrarese Ceruti (1997D: 42), señala la presencia en este estrato de vasos de borde engrosado (orlo ingrossato), que podrían indicar Bronce Reciente, pero no se ilustran, únicamente se cita como comparación las formas 65 a 69, procedentes del nivel 1 del corte G, que, ciertamente, parecen Bronce Reciente (Campus y Leonelli 2000: 490-1 y tav.
Nuestra adscripción del estrato 5 de la cámara N al Bronce Reciente, se basa en la única forma cerámica publicada por Ferrarese (ibidem: 57, no 76; Campus & Leonelli 2000: pág. 208 tav.
No se puede descartar que otros materiales no publicados, puedan ser posteriores.
A este estrato pertenecen una serie de cuentas de collar de pasta vítrea que, en la isla, comienzan a aparecer en San Cosimo (Gonnosfanadiga) y se atribuyen a importación micénica de HRIIIA (Re 1998: 288), es decir, en algún momento del s. XIV a.C., sin que se pueda precisar más acerca de la tipología y cronología de las de Albucciu.
Para la asignación cronológica de los demás estratos hemos seguido asimismo a Campus y Leonelli 2000 y 2002.
Las fechas obtenidas presentan un problema de contextualización y una de ellas, Gif-242, además una elevada desviación estándar que nos obliga a apartarla.
De las otras seis, las fechas obtenidas para el estrato 6 podemos dividirlas en dos grupos; uno el realizado con las muestras de bellotas carbonizadas, R-841-B y R-841-Ba, que son la misma muestra con tratamiento químico diferente como ya hemos comentado.
Las otras dos muestras, R-841-A y R-841-C, de las que no se cita el material aunque parece carbón, proporcionan un intervalo idéntico entre sí, 1300 -1000 cal BC, pero más antiguo que el de las bellotas, a pesar de ser el mismo estrato.
Una explicación sería que los carbones proceden de madera más antigua mientras que las bellotas están más próximas al evento arqueológico datado, con lo que la fecha que proporcionan éstas es más fiable.
Esto no concuerda con los materiales, que para este estrato se adscriben a Bron-ce Medio o tal vez Bronce Reciente, lo que se acerca más a las muestras de carbón que a las de bellotas.
Por otro lado, las fechas de los estratos 5 y 7 tampoco se ajustan a esta explicación, puesto que el intervalo de la muestra R-840 se sitúa entre los dos lapsos anteriores, cuando debería estar más próximo al de las bellotas por ser más moderno, y la fecha R-842a es tan moderna como las bellotas, cuando debería ser significativamente más antigua, primero por estar en un estrato inferior y segundo por ser de carbón, debiendo ser al menos tan antigua como las muestras de carbón del estrato 6.
Con este batiburrillo poco se puede hacer y debemos considerar que las fechas adolecen de representatividad, no teniéndolas en cuenta en nuestro análisis posterior.
Es un hipogeo excavado en la roca, aunque imita las tumbas megalíticas del Bronce sardo, conocidas como Tumbas de Gigante.
La muestra datada procede de colágeno de hueso humano recogida y enviada al laboratorio de Roma por Castaldi en 1966 (Alessio et al. 1976: 335).
Procede de la zona D, nivel 2 del depósito arqueológico.
De acuerdo con Castaldi (1969) la tumba se excavó por sectores de fuera adentro, denominados respectivamente A (de 0 a 2 m de longitud); B (de 2 a 3 m); C (de 3 a 4 m) y D (de 4 m al fondo de la tumba), de modo que la zona D corresponde al interior de la misma.
En la zona D entre los 4 y 4,5 m se detectó una estratigrafía vertical a 80 cm del plano del arranque de la bóveda de cubierta.
Esta consistía en un nivel superficial de 20 cm. de potencia, bajo el que aparecía el nivel I de arcilla grisácea y 25 cms de potencia y, por último, un nivel 2 de 40 cm de potencia.
Los huesos humanos aparecían en parte de los estratos 1 y 2.
De esa misma zona D procede un conjunto cerámico (Castaldi 1969; fig.48) característico del Bronce Medio (Campus y Leonelli 2000: tavs.
La datación radiocarbónica y arqueológica son pues concordantes.
Nuraghe simple o monotorre, con algunas cabañas adjuntas.
Las dos muestras sobre carbón y una tercera sobre hueso perteneciente a la cabaña superior (UE 5), en curso de medición por el laborato-(12) Comunicación personal, gracias a las gestiones de la Dra.
Lo Schiavo, que agradecemos vivamente. rio de Uppsala, se recogieron en el trascurso de la campaña de excavación de Otoño de 2001 del proyecto Pranemuru (Ruiz-Gálvez et al. 2002).
Ante el estado de derrumbe que hizo imposible sondear el nuraghe, se eligió una cabaña cercana que presentaba dos momentos de habitación sucesivos.
El superior consistía en una típica cabaña nurágica con nicho y banco corrido.
El material arqueológico asociado corresponde mayoritariamente a tipos Bronce Reciente/Bronce Final.
Obviamente ello colisiona con la fecha de la muestra de la UE4, claramente Bronce Medio y más antigua que la fecha obtenida para la ocupación precedente de la UE7.
Es por lo que se envió una nueva muestra de este momento (UE 5) y sobre colágeno para su datación por AMS.
Hasta que se tenga conocimiento de la nueva datación, la fecha de este estrato queda pendiente.
Bajo esta cabaña y separado por un nivel de derrumbe (UE 6), aparece un suelo de ocupación más antiguo (UE 7), acompañado de abundante y característico material Bronce Reciente.
En este caso, la datación arqueológica y la radiocarbónica sí son concordantes.
A la espera de los resultados de la medida de la muestra de colágeno, nuestra impresión es que la cabaña presenta dos momentos de ocupación sucesivos, el primero durante el Bronce Reciente y el segundo, asimismo en los últimos momentos del Bronce Reciente y transición hacia el Bronce final.
En tal sentido representa una situación muy similar a la de la cabaña adjunta al nuraghe Gasoru (vide supra).
Nuraghe con poblado adjunto.
Ferrarese Ceruti sondeó el nuraghe y excavó dos cabañas y un área abierta del poblado, a mediados de los años 60.
La excavación y sus materiales permanecen inéditos.
Hay descripciones generales de la excavación en el nuraghe y el poblado.
Según Ferrarese (1997F: 422), se trabajó en el patio y el torreón del nuraghe y se excavaron las cabañas A y B. De acuerdo con ello, la ocupación más antigua del sitio puede situarse en los últimos momentos de la cerámica a pettine (Transición Bronce Medio/Bronce Reciente-Bronce Reciente) Este tipo de cerámica decorada aparece en el nivel de base del nuraghe, a pocos centímetros de la roca y señalaría el momento de su construcción.
Posteriormente, se ampliaría la cons-trucción adjuntando dos torres con patio central, en un momento algo posterior, ya sin cerámica a pettine.
Ferrarese (ibidem) describe los materiales cerámicos correspondientes a esta fase de ampliación como ollas y ciotolone con borde engrosado con cordón, ollitas con cuello diferenciado, ciotole carenadas y vasos askoides sin decorar. formas que, de acuerdo con Campus y Leonelli (2000), corresponderían a Bronce Reciente y Bronce Final.
Posteriormente, el nuraghe y el poblado adjunto se abandonan de manera brusca y sólo se reocupan esporádicamente.
Lo Schiavo et al. (1987: 180), señalan la presencia en Ossi de un depósito de fundidor conteniendo lingotes planoconvexos y de tipo piel de buey, e indican que el poblado se abandona antes del periodo geométrico.
Es decir, durante el Bronce Final (Fig. 3).
Con respecto al poblado adjunto, que es de donde proceden las dataciones radiocarbónicas, en 1967, Ferrarese excavó dos cabañas de piedra de época nurágica (Alessio et al. 1969: 491).
La cabaña B presentaba la siguiente estratigrafía:
I nivel de tierra suelta; II nivel de derrumbe antiguo; III nivel arqueológico superior con abundante cerámica, incluida del tipo a pettine y dos amplios hogares.
El nivel IV es un suelo de arcilla estéril y el nivel V o inferior, similar al superior -o sea, tierra suelta-.
De acuerdo con ello, cabe deducir que la cabaña B presenta un único nivel de ocupación, el III que, por la presencia de cerámica a pettine hay que situar como muy tarde, en Bronce Reciente.
Para esta cabaña contamos con tres dataciones: R-1092á que, según Alessio et al (1978: 72-3), corresponde al nivel II, es decir, al momento de su derrumbe y abandono.
Las fecha nos situaría en Primera Edad del Hierro más que en Bronce Final.
Como la excavación no ha sido publicada, ignoramos si había material arqueológico asociado y de qué tipo.
La segunda fecha, R-247, corresponde de acuerdo con Alessio et al 1967: 491, a carbón del nivel arqueológico superior, esto es, al nivel III.
La fecha resulta incoherente, tanto por ser más moderna que la del nivel II, como porque radiocarbónicamente señala una Primera Edad del Hierro, cuando Ferrarese indica la presencia en este nivel de cerámica a pettine.
Finalmente, la tercera fecha R-346, nos parece aceptable, a pesar de que se sitúa en la Edad del Hierro y en la primera mitad del primer milenio a.C., porque representa un momento de frecuentación exterior a la cabaña que, perfectamente ha podido producirse en tales fechas.
(Ua-19319), para el sitio de Pranu Illixi (Escalaplano), con materiales de tradición Bronce Final nurágico, junto con otros claramente Primera Edad del Hierro como un asa en X, lucernas, una brocche askoide y galbos con decoración geométrica, así como, al menos un fragmento de cerámica a torno fenicia producida en Sant'Antiocho de Sulcis (13).
Por eso, a nuestro juicio, la fecha no desentonaría de ese momento de ocupación esporádica, caracterizado por las decoraciones stralucidas, los askoi o las decoraciones geométricas, que parecen propias de la Primera Edad del Hierro.
Para el área E que antecede a la cabaña A poseemos dos fechas.
De acuerdo con Alessio et al. (1978: 72-3), la muestra R-1093á procede del nivel de derrumbe -y por tanto de abandono-de dicho espacio, y R-1094á del nivel inmediatamente precedente al anterior, que representa el único momento culturalmente definido.
Esta última se mueve en un margen probabilístico amplio, entre fines del Bronce Medio y finales del Bronce Reciente.
Es por tanto, más antigua que la fecha obtenida en el nivel de abandono -final del Bronce o inicios de la Primera edad del Hierro-.
Aunque los materiales arqueológicos de dicho espacio no están publicados, a tenor de los datos que la excavadora da para la vida del nuraghe y poblado adjunto (vide supra), creemos aceptables ambas dataciones como representativas de un momento de actividad a lo largo del Bronce Reciente, y un derrumbe posterior a su abandono, hacia inicios de la Edad del Hierro.
Por último las fechas para la cabaña A son algo problemáticas como se señala en Alessio et al. 1978: 73.
De acuerdo con ello, la cabaña A se interpretó como más moderna que la cabaña B, pues está en parte construida sobre cenizas y carbón depositados en el suelo de la cabaña B ( 14).
Efectivamente, como también se señala en Alessio et al. (ibidem), las fechas no son internamente coherentes ni, significativamente más recientes que las de la cabaña B. Al contrario que en aquella, en la cabaña A no se nos reseña su posible estratigrafía, así que hay que deducirla de los datos de recogida de muestras.
R-1098 corresponde al nivel arqueológico más antiguo o nivel II.
La fecha, calibrada a dos sigma se sitúa entre fines del s. X e inicios del s. VIII a.C., es decir, ya en la Primera Edad del Hierro, mientras que R-1097α y1096α corresponden al nivel I, de derrumbe en el interior de la cabaña y, por lo tanto, tienen que ser posteriores al nivel II, pero dan una cronología más antigua que el nivel precedente.
Por último, una tercera muestra R-1095α, correspondiente asimismo a un momento de derrumbe junto a la entrada de la cabaña, es significativamente más moderna que las otras dos y se mueve, con las probabilidades muy repartidas, en la primera mitad del Primer Milenio a.C.
La fecha R-1092a podemos considerarla sincrónica con el nivel arqueológico del que procede.
A partir de ahí existen dos posibilidades: o bien que las fechas R-1096α y R-1097α sean correctas, aún con un intervalo que se extiende hacia edades más antiguas, puesto que solapan con las fechas del derrumbe de la cabaña B, indicando que el momento de utilización de la cabaña A estaría próximo al del derrumbe de la cabaña B, y las fechas C-14 no son capaces de distinguir ambos momentos.
Entonces no se puede considerar válida la fecha R-1098 porque data un momento de ocupación previo al derrumbe y abandono de la cabaña A, mientras que la fecha da un lapso más reciente a éste; o bien que la fecha R-1098 sea correcta, dando el momento de ocupación de la cabaña A, posterior a la ocupación de la B, en cuyo caso las fechas del derrumbe del hogar A son excesivamente antiguas.
A pesar de lo (13) Análisis de pastas realizados por el Dr Heras (CSIC) para el proyecto Pranemuru.
El trabajo está en preparación cofirmado por Gonzalez Ruibal/Torres/Ruiz-Gálvez/Heras y Dominguez Rodrigo.
(14) De lo que cabe deducir que no son dos cabañas diferentes, sino dos ocupaciones superpuestas de una única cabaña.
anterior, la falta de información arqueológica no permite optar por ninguna de las dos posibilidades, por lo que nos vemos en la obligación de rechazar las fechas R-1096α, R-1097α y R-1098.
Sondeado por Trump (1990), dentro del proyecto Noeddos, aunque la excavación no se hizo en el nuraghe sino en una de las cabañas del poblado adjunto.
Se realizó una trinchera de 6 × 1,5 m en el que se localizaron dos muros de época nurágica y se identificaron dos niveles.
Del nivel 2, el único claramente cultural y asociado a abundante material arqueológico, procede la muestra de carbón.
Las cerámicas, (ibidem, fig. 34 nou-h'), algunas decoradas a peine -a pettine-, son tazas, ollas y escudillas o scodelloni, típicas del Bronce Medio (Campus & Leonelli 2000: tav.
La datación radiocarbónica da un margen amplio entre Bronce Medio y Bronce Final.
Por tanto, aceptar una cronología de Bronce Reciente o de transición Bronce Medio a Bronce Reciente, parece factible.
Nuraghe complejo con recinto amurallado y poblado anexo.
Ante la imposibilidad de sondear el nuraghe, el proyecto Pranemuru (Ruiz-Gálvez et al. 2002), escogió en Otoño de 2001 una de las cabañas que se hallaban intactas, selladas por el derrumbe siguiente a su abandono.
La cabaña, bien conservada, presentaba nicho lateral y vano de entrada.
La estratigrafía y los materiales revelaron una única ocupación adscribible por sus materiales al Bronce Final.
Algunas de las formas cerámicas tienen similitudes con los de la cabaña de Su Putzu, Orroli, (Ruiz-Gálvez et al. 2001), sondeada por el proyecto Pranemuru en otoño de 2000 y con fechas muy de finales de la Edad del Bronce.
Las fechas son coherentes con los contextos de Bronce Final y, en especial la más reciente, Ua-19318, se acerca a las dataciones de Su Putzu.
Por el contrario, la fecha CSIC-1797 parece algo alta y sólo está en concordancia con las otras dos, en su tramo más reciente, por lo que su aceptación plantea dudas.
Globalmente sin embargo, nos sitúan en Bronce Final.
Hay que tener en cuenta que en Su Putzu, muy de fines del Bronce Final como en Pranu Illixi (vide supra nota 12) de la Primera Edad del Hierro, con cerámica fenicia y con una datación AMS dentro de la primera mitad del Primer Milenio a.C., o en Genna Maria, aparecen formas de Bronce Final como los scodellone lenticulare iguales a los de Perda Utzei.
Nuraghe con poblado adjunto formado por varias cámaras interconectadas entre sí.
Es en éste donde la Universidad de Pittsburg realizó una intervención arqueológica y recogió tres muestras de carbón del relleno de la cámara 10.
No se especifica si había o no estratigrafía, a qué profundidades se tomaron las muestras y si aparecía asociado a material arqueológico.
Según Balmuth (1992: 679), las muestras datarían el periodo inmediatamente posterior al abandono de la estructura.
Dada la falta de información sobre los contextos de recogida, consideramos escasamente útiles las tres muestras pues ignoramos si datan un solo momento o no. Si es verdad lo que afirma Balmuth, datarían un único momento, pero la primera fecha parece más antigua que las otras, y sólo coincide con ellas en su tramo final.
Viendo la Tabla 1, es posible que estemos en un momento de transición a la Primera Edad del Hierro, pero sin datos estratigráficos ni materiales, lo único que hacemos es aventurar posibilidades, por lo que parece adecuado no utilizar estas fechas por falta de asociación.
Nuraghe complejo, multitorre, con un poblado adjunto similar al de Serucci, formado por una serie de habitáculos interconnectados y abiertos a una especie de plaza central.
La fecha que aquí se recoge procede de carbón del umbral de la cabaña 17 datada en colaboración con Balmuth y la Universidad Tuffs.
Badas (1987: nota 6, pág.137), consideró que la madera era reutilizada pues la fecha le parecía muy antigua para su contexto de la Primera Edad del Hierro.
Los materiales de la habitación 17, bien publicados, son característicos del Bronce Final/ Primera Edad del Hierro, como los tegami (Campus & Leonelli 2000: tav.
133,1) o, claramente de la Primera Edad del Hierro, como las tapaderas (ibidem: tav.
Tal vez el tramo más reciente de la fecha sería aceptable.
No se especifica el tipo de muestra, de dónde procede, cual es su contexto ni la sigla de laboratorio y número de muestra.
Como el propio Ugas señala (ibidem), en ausencia de información contextual, las muestras sirven de muy poco.
Nuraghe complejo, con torre central y cinco perimetrales, además de un recinto amurallado con torres.
Posee la más antigua evidencia de presencia micénica en la isla, en la forma de varios fragmentos de alábastron localizados en el patio y torre central, datados por tipología en el Heládico Reciente IIIA-2 (1390/70-1320/00) (Wiener 1998).
Lo Schiavo y el Sr Sanges, está todavía en curso de publicación, aunque parece que el nuraghe comienza a construirse a fines del Bronce Medio, a tenor de la cronología del alábastron micénico y se abandonaría, al parecer, como consecuencia de un derrumbe imprevisto, entre fines de la Edad del Bronce y los inicios de la Edad del Hierro (Sanges 2002: 484-5; Lo Schiavo & Vilani e.p.).
Durante la primera campaña de campo del proyecto Pranemuru, entre octubre de 1999 y Febrero de 2000, el Sr Sanges confió a uno de nosotros (M.R-G.), una muestra de bellotas recogidas por él en el transcurso de las excavaciones de 1996 en la cámara interior de la torre D, una de las cinco torres perimetrales.
Dado que ni los resultados de esa campaña ni la memoria definitiva han sido aún publicados, la única información de que se dispone acerca del contexto en el que la muestra fue recogida, es la propia información del excavador, de acuerdo con el cual las bellotas se recogieron en un suelo de ocupación asociado a cerámicas Bronce Final típicas.
Su Foxi'e Abba es una cueva de uso cultual, considerada un posible templo hipogeo nurágico.
En una pequeña cavidad dentro de la cueva se depositaron vasos nurágicos y un pequeño recipiente de madera de encina (Quercus illex).
Las muestras fueron recogidas y enviadas al laboratorio de Roma por Maxia (Alessio et al. 1978: 92).
Las fechas parecen ser coherentes entre sí y señalar un contexto de Primera Edad del Hierro.
Kra (1998: 8), considera que la muestra R-1074á es coherente con las otras dos por ser, bien madera antigua, o bien un recipiente en uso durante mucho tiempo.
Posee un vestíbulo bien conservado de 3x3,5 m, que precedía a una cámara elipsoidal alargada con banco o altar lateral.
La muestra analizada procede de carbón recogido por Ferrarese en 1967 (Alessio et al. 1969: 490-1), en el interior de la cámara, donde localizó un hogar circular.
Aquí la excavadora diferenció dos estratos arqueológicos separados por un estrato estéril, una especie de preparación de pavimento que indicaría una parcial restauración del edificio.
El hogar de donde procede la muestra pertenece al estrato inferior.
La cerámica de ambos estratos arqueológicos es similar, vasos bicónicos decorados por bandas verticales de decoración plástica o ciotole carenadas (Campus y Leonelli 2000: tavs.
Evidentemente, la fecha radiocarbónica y la arqueológica no son coincidentes.
Webster (1996: 67), cree asimismo que la fecha es demasiado reciente para un contexto de Bronce Medio/Bronce Reciente y Ugas (1998: 263) opina que la fecha de Malchittu podría referirse a una frecuentación del sitio en el Bronce Final y no al momento de su construcción.
Parece difícil, con todo, aceptar esa última hipótesis, cuando se supone que la muestra datada procede del nivel inferior, sellado por un nivel estéril y separado claramente del nivel superior, por lo que consideramos que la fecha no es representativa.
Poblado asociado a un pozo sacro, localizado a 1km escaso de distancia del nuraghe Arrubiu.
En otoño de 2000, el proyecto Pranemuru sondeó el pozo y varias cabañas (Ruiz-Gálvez et al. 2001).
El pozo había sido excavado por Lilliu en los años 50, aunque los resultados son escasamente conocidos, por lo que se ignora su cronología.
Desgraciadamente nuestro sondeo en el pozo sólo proporcionó unos pocos materiales, romano tardíos o escasamente diagnósticos y, además, revueltos por los trabajos de Lilliu.
Se sondearon asimismo cuatro cabañas del poblado, en busca de datos cronológicos para el complejo religioso.
Tres de las cabañas, próximas al monumento, resultaron ser reocupaciones de época romana tardía.
Optamos finalmente por sondear una cuarta cabaña en la zona más alejada del pozo sacro, a unos 500 m de distancia del mismo y al otro lado del camino de acceso al poblado.
La cabaña estaba intacta, sellada por un colosal derrumbe de bloques de basalto.
La cabaña, típica nurágica, presentaba un solo momento de ocupación y diversas estructuras de compartimentación interna y externa, como un enlosado de acceso, un nicho con hogar delimitado por un murete de piedras, otro ambiente delimitado por un murete, gran acumulación de ladrillos de adobe procedentes del derrumbe, restos de madera de las vigas, todo ello reposando sobre un pavimento de cal blanca que rellenaba y nivelaba los huecos de la roca madre sobre el que se situaba.
Las muestras de madera fueron analizadas por P. Uzquiano del CSIC e identificadas como Olea europea, posiblemente acebuche, aún endémico en la zona.
Los materiales asociados son característicos del Bronce Final avanzado y alguno como los scodelloni lenticulari llegan, al menos en el interior de la isla, a la Primera Edad del Hierro, pues se asocian en Pranu Illixi a material fenicio de importación y a una fecha AMS de 2480±40 BP.
Las fechas obtenidas responden bien a las características cronológicas del yacimiento y presentan un intervalo común en 1125-820 cal BC, aproximadamente.
Es un santuario nurágico en el interior de una cueva con un largo periodo de frecuentación.
Fue descubierta por la Asociación Espeleológica de Iglesente, quien recogió las muestras de carbón.
De acuerdo con Lilliu 1982 (157-8), en la pared del fondo de la cueva existe una estalagmita que hace de altar, y al pié de esta un pozo de agua.
Hacia la pared derecha y junto al altar, el grupo de espeleólogos localizó un hogar sobreelevado, aproximadamente medio metro del pavimento.
Delante del mismo se localizaban abundantes carbones y cenizas, formando un depósito estratificado de medio metro de altura.
Semienterradas en las cenizas habían sido depositadas cerámicas y otros objetos, una de ellas conteniendo restos de animales.
Lo Schiavo y Usai (1995: nota 235), que publican el depósito arqueológico, relacionan las dataciones con un momento de uso esporádico del santuario durante la Primera Edad del Hierro.
El abundante material, tanto cerámico como metálico, parece indicar que el uso cultual de la cueva pudo iniciarse ya en el Bronce Medio, para alcanzar su apogeo durante el Bronce Reciente y el Bronce Final, momentos a los que pertenece tipológicamente la mayor parte del material arqueológico, y seguir siendo frecuentada durante la Edad el Hierro, como lo indica la presencia de lucernas (ibidem fig. 12).
Cabe asociar las dos dataciones radiocarbónicas a este momento.
No obstante, se desconocen los detalles e la excavación.
Como se ha indicado, estas dos fechas corresponden al mismo material con diferentes tratamientos químicos previos a su medida.
Aunque es ligeramente más moderna la muestra que fue tratada con álcali, ambas son estadísticamente semejantes.
DISCUSIÓN DE LOS DATOS
De las 77 fechas existentes (Fig. 4) para yacimientos sardos de la Edad del Bronce, se ha considerado que no cumplían los criterios de precisión 7 de ellas y el de representatividad otras 18, 6 por falta de asociación y 12 por carencia de sincronía, lo que significa un total de 25 dataciones.
Además, la fecha Q-3029 de Grotta Filiestru proporciona según Tykot (1994) un terminus post quem de 2900 cal BC para la cultura Ozieri, criterio que asumimos, por lo que esta fecha se reseña sólo para fijar el arranque del Calcolítico y a través de las dataciones Monte Claro/Campaniforme, el comienzo de la Edad del Bronce en Cerdeña.
Las 51 fechas consideradas válidas en el contexto arqueológico se representan en la figura 4.
Se debe destacar que, hasta ahora, muchas publicaciones sobre la cronología de este periodo en Cerdeña reseñaban únicamente las fechas C-14 (Tykot 1994; Manning 1998) sin proceder a su estudio pormenorizado para obtener una confirma-ción de la validez de las mismas.
La investigación de las dataciones ha permitido encontrar graves carencias en la publicación, cuando ésta existe, de los datos de las excavaciones de donde proceden.
Algunas veces se ha encontrado simplemente la escueta referencia del laboratorio al publicar su lista de fechas en la revista Radiocarbon (por ejemplo, Alessio et al. 1969Alessio et al. y 1978 para Sa Mandra'e Sa Giua), de donde no ha quedado más remedio que tomar los datos de la ubicación de cada muestra, al carecer de una memoria de excavación o publicaciones del yacimiento.
Por ello, algunos yacimientos no aportan ninguna fecha al análisis final del conjunto de dataciones para este periodo, como es el caso de Ortu Còmidu, Albucciu, Serucci y Malchittu, y en otros como Sa Madra'e Sa Giua no queda clara la cronología del yacimiento, no pu-diendo optar por las dos alternativas que se plantean según la disposición de muestras y fechas asociadas, porque la información que se proporciona en Radiocarbon es poca y confusa.
En general, cada fecha C-14 de las utilizadas se extiende en un intervalo de tiempo que ronda, en promedio, los 350 años.
Por ello, se hace difícil precisar cuándo una fecha está incluida dentro de los periodos prehistóricos desarrollados a partir de cronologías cruzadas.
Así, si tomamos la cronología publicada por Lo Schiavo (2002), observamos las distintas divisiones de la Edad del Bronce (Fig. a.C.); y otras tres para Bronce Final, FBA 1 (1200-1150 a.C.), FBA 2 (1150-1080 a.C.) y FBA 3 (1080-1020 a.C.), con una transición Bronce-Hierro situada en 1020 a.C. Estos datos de tanta precisión no proceden de dataciones radiocarbónicas o series dendrocronológicas, que afinan mucho menos, por lo que cabe deducir que proceden de extrapolar los datos de la cronología de la península Itálica y del área del Egeo a Cerdeña, sin que, con los datos arqueológicos obtenidos en la isla, podamos asegurar tales periodos.
La periodización para la secuencia de la Prehistoria Reciente de Cerdeña (Lo Schiavo 2002), recoge la propuesta de Peroni (1994) para Italia peninsular, adaptada a las peculiaridades del registro arqueológico sardo.
Sin embargo, también se ha tenido en cuenta otro tipo de información, como la presencia de comerciantes micénicos asentados en la isla desde el HRIIIA2 o la ulterior presencia chipriota que sustituye a la corriente comercial micénica, tras el colapso de este en torno al 1200 a.C. Y la presencia de importaciones orientales, así como de auténticas colonias fenicias en la costa sarda, ya en el Primer Milenio a.C. En concreto, el final del Bronce Medio y la transición al Bronce Reciente se correlaciona con la llegada de comerciantes micénicos a Cerdeña, la introducción de know how, como el torno del alfarero, tal vez olivo y vid, etc. y las transformaciones sociopolíticas que de ello se desprenden.
Como las más antiguas importaciones micénicas, en nuraghe Arrubiu, se sitúan en HRIIIA2 y Wiener (1998) sitúa por razones de cronología histórica y dendrocronológica el inicio de esta fase entre 1390/1370 o 1365 a.C. esta fecha sirve para situar la transición a Bronce Reciente.
Para situar el Bronce Reciente se ha tenido en cuenta la presencia de cerámicas a torno micénicas HRIIIB y HRIIIC importadas o fabricadas localmente y su asociación a cerámica local de muy buena factura, gris o gris-pizarra, casi grafito, en sitios como nuraghe Antigori, Domu S'Orku, Grotta Pirosu su Benatzu étc (Ferrarese Cerruti 1997k), lo que asegura similares cronologías para las que aparecen en otros sitios nurágicos.
Otro elemento que se usa para datar el Bronce Reciente es la presencia de recipientes de transporte nurágicos, si bien también kantaros, en el puerto comercial de Kommos en el sur de Creta (Watrous et al. 1998), en contextos de MRIIIA2 y IIIB2 (ca 1360-1225 cal BC).
El Bronce Final de sitúa en Cerdeña, a partir 1200 -es decir, por razones históricas, desde el colapso y cese del comercio Micénico-.
La presencia de cerámicas nurágicas en la acrópolis de Lípari en contextos de Ausónico II, ha servido de base para establecer una cronología cruzada (Ferrarese Ceruti 1997L).
La Primera Edad de Hierro se sitúa, también por razones históricas en 1020, coincidiendo con el inicio del período Protogeométrico Griego (Ferrarese Ceruti 1997G).
De esta fase son característicos los brocche askoide de decoración geométrica, que reproducen prototipos metálicos.
Con los datos arqueológicos y de dataciones por C-14 procedentes de Cerdeña podemos interpretar que un estrato definido en un yacimiento se sitúa aproximadamente en uno de los subperiodos definidos, pero sin descartar que no pertenezca a los más próximos.
Esta situación se hace más patente a medida que los períodos prehistóricos se van haciendo más pequeños, fundamentalmente en el Bronce Final.
Veamos ahora qué correspondencia podemos encontrar entre las fases arqueológicas (fig. 5) y las fechas C-14 (fig. 4) para la Prehistoria sarda.
Como se dijo (vide supra no1), la fecha Q-3029 para Filiestru, nos parace aceptable para el arranque de la Edad del Cobre, vistas las dataciones para Ozieri (Neolítico Reciente) en la propia Filiestru y otras cuevas de Cerdeña.
La fecha Q-3069 de Noeddos parece, tanto cronológica como estratigráfica y contextualmente, ajustada para un momento de Calcolítico.
Por el contrario, Q-3168 que Trump considera asociada a un contexto Noeddos I o Calcolítico, entra plenamente en la cronología de la Edad del Bronce.
Aquí de nuevo conviene recordar las dificultades para determinar dónde acaba Monte Claro y empieza Campaniforme o dónde finaliza este y se inicia el Bronce Antiguo, al que Trump y Ferrarese hacían alusión (vide supra no1).
Para el Bronce Antiguo poseemos las dataciones del nivel 3 corte B de Grotta Filiestru, Sisaia, Q-3167 de Noeddos y Grotta Acqua Calda, en la que contexto cronológico y arqueológico son plenamente coincidentes.
Por el contrario, hay toda una serie de fechas para contextos de Bronce Medio que, radiocarbónicamente parecen más Bronce Antiguo.
Los procedentes de Duos Nuraghes se asocian a material Bronce Medio y aparecerían por encima de otra fecha I-17872, que por su alta desviación estándar oscila entre fechas de Bronce Antiguo y finales del Bronce Medio.
Por asociación arqueológica hay que considerar que ambas corresponden al Bronce Medio sin que dicho método sea capaz de "afinar" si es la fase 1, 2 ó 3 de dicho periodo.
En cuanto a la de Sa Turricula, parece, asimismo más propia del Bronce Antiguo que Bronce Medio.
Dado que en la periodización sarda (fig. 5) las cerámicas "tipo Sa Turrícula" corresponden a las fases iniciales del Bronce Medio, cabe pensar que lo que la fecha nos está reflejando es las hondas raíces en el Bronce Antiguo de la fase Sa Turrícula.
Algo similar parece ocurrir con Q-3031 asociada al nivel 2 del corte B de Filiestru, con materiales Bronce Medio.
Debido a su elevada desviación estándar, oscilan en un arco temporal amplio entre Bronce Medio y Bronce Reciente.
Una tercera fecha para este mismo estrato, la I-15465, plantea un marco cronológico aún más amplio, entre Bronce Medio y los inicios del Bronce Final.
Como ya se dijo (vide supra no2), el material arqueológico asociado es aquí determinante para inclinarnos por una cronología de Bronce Medio 3 o Bronce Reciente.
En el extremo contrario, la fecha Q-3068 de Noeddos es considerada "sospechosa" por Trump (1990: 14), porque se sale de la secuencia.
Radiocarbónicamente entraría plenamente en Bronce Medio cuando Trump considera que su contexto tipológico es Bronce Antiguo.
De nuevo cabe pensar que ciertas formas cerámicas no son fácilmente adscribibles a uno u otro período por la convivencia en el tiempo de tradiciones Bronce Antiguo/inicios de Bronce Medio.
La fecha Ua-17760 procede del sondeo A, en el ingreso al nuraghe Gasoru y se mueve mucho más en Bronce Medio que en Bronce Reciente, a pesar que tipológicamente (Campus & Leonelli 2000), las cerámicas asociadas se identifiquen como Bronce Reciente.
Y ello plantea de nuevo el problema de discriminar por tipologia arqueológica entre Bronce Medio 1-2-3 o entre Bronce Medio y Reciente, cuando, a falta de formas típicas -fósiles directores-muchas de ellas presentan una gran continuidad.
Por el contrario, la fecha Ua-20337 de Martingiana, no sirve, no sólo por razones de tipología arqueológica sino, como se comentó (vide supra no15), por motivos de coherencia estratigráfica.
R-1060 de Oridda, corresponde a Bronce Medio e inicios de Bronce Reciente, si bien por material arqueológico hay que optar por Bronce Medio.
Las siguientes fechas oscilan entre Bronce Reciente/Bronce Final o Bronce Reciente/Primera Edad del Hierro sin que, sintomáticamente, sea posible separar períodos claros a partir de ellas.
Salvo la fecha CSIC-1606 de Arrubiu, una de las que podemos considerar más ajustada porque lo que se midieron fueron bellotas y, por tanto, su tiempo de consumo fue inmediato al de su recolección, el error de laboratorio es muy bajo y los materiales asociados son, según los excavadores, coherentes con la datación C-14, el margen de las fechas de otros yacimientos es por lo general muy amplio.
Si tenemos en cuenta que en el sitio de Primera Edad del Hierro de Pranu Illixi
Antonio Rubinos y Marisa Ruiz-Gálvez Tab.
Relación de los yacimientos sardos de la Edad del Bronce con dataciones C-14. |
Se trata del estudio de las estructuras sociopolíticas y las formas de organización de la producción en las formaciones sociales de la Edad del Hierro en el noroeste peninsular.
El fundamento es un exhaustivo análisis territorial que permite desarrollar modelos segmentarios para entender las formas de espacialidad y de interacción social.
El punto de partida es la región del Baixo Miño, enmarcada en una visión general de todo el cuadrante noroccidental de la península ibérica.
El estudio combina análisis arqueológico y reflexión teórica, y dedica también un capítulo a la integración en el Imperio Romano, que implica la aparición de nuevas relaciones sociales bajo parámetros imperialistas.
Una de las aportaciones más relevantes del libro es el anexo cartográfico, que constituye en sí mismo una síntesis del conocimiento actual sobre las relaciones espaciales de los castros y su registro material.
Por su carácter innovador, y por la calidad del estudio arqueológico, la obra está llamada a ser un referente de la Arqueología de la Edad del Hierro en la Península Ibérica, y sin duda constituye un hito en las aportaciones del grupo Estructura Social y Territorio.
Arqueología del Paisaje (IH, CSIC) al conocimiento de las sociedades antiguas del Occidente peninsular.
JSP Gornés Hachero, José Simón.
La naveta de Es Tudons.
Monumentos y ritos funerarios durante el Bronce Final en Menorca.
Colección Sitjot 2, Consell Insular de Menorca.
Este libro, coordinado por el Director del Instituto de Arqueología de la Academia Rusa de Ciencias (Moscú), es una contribución importante y atractiva al conocimiento del siglo de historia del Instituto y por extensión a la historia de la arqueología mundial.
Rusia, como otros grandes países europeos con los que interactuó, institucionalizó pronto la investigación nacional sobre la historia de la humanidad.
La particularidad en este caso reside en la amplitud territorial y temporal del proyecto: gran parte de Eurasia, Asia central y el Próximo Oriente desde el Paleolítico hasta rondar la Edad Contemporánea.
La obra consta de 58 ensayos cuya brevedad multiplica y enriquece la información presentada: 2 introductorios, 12 sobre los departamentos científicos del Instituto, 15 sobre las expediciones más significativas y 6 sobre las series editoriales publicadas.
Los 23 retratos dedicados a los hombres y mujeres del Instituto moscovita son un homenaje a su significativa contribución al desarrollo de la arqueología soviética y rusa en el siglo XX.
Un anexo incluye información básica sobre esas personalidades y otro enumera las monografías editadas y las fuentes bibliográficas manejadas.
La edición es original en su formato y composición y de una gran calidad.
El mayor acierto es el número de fotos (entre una y 4 por página) y la selección publicada: casi todas retratan la vida en la excavación, con los compañeros, en la academia y en familia.
Además de su gran eficacia como alternativa comunicativa a la probable incomprensión del texto en ruso son un magnífico documento, un reportaje, de un siglo de vida soviética y rusa y dan merecido reconocimiento a sus protagonistas.
MIMN Pimentel Siles, Manuel y Navarro Espinosa, Manuel.
Historias de la arqueología. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0
Esta contribución completa la entrevista con Antonio Gilman Guillén, cuya primera parte se publicó en Trabajos de Prehistoria 77 (1).
Gilman es Profesor Emérito de la California State University-Northridge (EE.
UU.), fue director de Trabajos de Prehistoria (2015Prehistoria ( -2018) ) y ha dedicado la mayor parte de su trabajo a la Prehistoria Reciente de la península ibérica.
Los temas tratados en esta segunda entrega se agrupan en dos bloques.
En el primero de ellos se plasman sus reflexiones sobre la experiencia de su relación con la Arqueología española.
Se repasan sus opiniones sobre la arqueología tradicional bajo el franquismo, el proceso de modernización, con sus rasgos específicos, y las tendencias recientes y los cambios más relevantes en el registro arqueológico.
Estas cuestiones se abordan desde su experiencia como investigador extranjero en España y sus propias contribuciones científicas.
También se presta atención a su actividad como recopilador crítico de la cronología radiocarbónica ibérica.
El segundo bloque se dedica al contexto intelectual de su práctica arqueológica.
Se discuten sus raíces en la segunda generación de la New Archaeology y las aportaciones del marxismo a la consolidación de un funcionalismo crítico con sentido histórico y sus referentes teóricos en la obra de autores como Childe, Adams o Wolf.
Se examinan en este contexto sus puntos de vista en relación con algunos de los temas que definen el campo de su trabajo como prehistoriador: los problemas del origen de la desigualdad social y el Estado, las formas políticas de las "sociedades intermedias" y la "Revolución del Paleolítico Superior".
Se hace referencia también a los desafíos que presenta el desarrollo de la "ciencia arqueológica" y particularmente la paleogenética, y su influencia en el retorno de la arqueología histórico-cultural y difusionista.
Finalmente, se valora la contraposición entre las tradiciones del historicismo europeo y la Arqueología antropológica norteamericana y el momento actual de esta última.
Trabajos de Prehistoria concluye con esta segunda entrega la publicación de la entrevista con Antonio Gilman, cuya primera parte abría este volumen 77 de la revista (Vicent et al. 2020).
En la introducción que precedía a aquélla se explicaron cumplidamente los motivos, antecedentes y oportunidad que movieron al Consejo de Redacción a proponer a tres de sus miembros para que llevaran a término la iniciativa.
También se daba cuenta de las circunstancias en las que se desarrolló la entrevista y los criterios editoriales que dirigieron la edición de las transcripciones de los registros sonoros originales, la selección y organización de los materiales y la inclusión de referencias bibliográficas, notas aclaratorias y el Curriculum Vitae detallado del entrevistado.
No obstante, quizá sea oportuno reiterar aquí que hemos tratado de intervenir lo mínimo posible en la edición del texto para la publicación, manteniendo la mayor fidelidad a la forma y estructura del diálogo original, preservando la oralidad de la conversación y la complejidad del diálogo.
La entrevista no consistió en un cuestionario que el entrevistado respondiera sin interactuar con los entrevistadores más allá de la formulación de las preguntas.
Por el contrario, fue una conversación abierta, aunque se ciñera a una planificación previa.
En consecuencia, como el lector podrá comprobar, los temas se entrelazan y a veces surgen o se remiten unos a otros de una forma natural.
La entrevista se ha dividido en dos entregas por motivos editoriales, aunque, obviamente, se trata de un único documento.
Sin embargo, sus partes tienen caracteres distintos.
En la primera se trató de presentar la trayectoria personal y profesional del entrevistado, siguiendo un orden biográfico.
En esta segunda, se reconsidera esa trayectoria desde una perspectiva más general, para indagar en sus contextos, tanto histórico como intelectual.
Los materiales seleccionados se han agrupado en dos bloques.
El tema del primero de ellos es la relación de Antonio Gilman con la Arqueología española.
El segundo se centra en el contexto intelectual de su práctica arqueológica.
La referencia a la historia de la Arqueología española es, indudablemente, un tema del máximo interés, por cuanto la experiencia de Gilman ofrece un testimonio de excepcional valor sobre la evolución de la disciplina en nuestro país durante el último medio siglo, vista por un investigador formado en una tradición distinta, radicalmente independiente del mundo académico y profesional español.
Pero además, su relación con el mundo arqueológico hispano no es la de un testigo externo, que se limita a observar lo que aquí sucedía, sino la de un "observador participante" que convierte en experiencia propia ese mundo en principio ajeno, y que contribuye a transformarlo como consecuencia de su propia acción.
Si en la primera parte de la entrevista quedó testimonio de los avatares concretos de esta interacción, y de la forma en la que las relaciones personales se entrelazan necesariamente con los aspectos científicos de la práctica arqueológica, en esta segunda se indaga sobre la manera en la que el entrevistado percibe el proceso mismo de dicha interacción.
Esta historia transcurre a lo largo de un período fundamental para nuestra disciplina, desde la arqueología que se hacía bajo el franquismo (expresión, posiblemente más ajustada que "arqueología franquista") hasta el presente, producto de la "transición" que experimentó la disciplina, como toda la realidad del país, después -bastante después, hay que decir-del final de la dictadura.
Nos hemos interesado por las opiniones del entrevistado sobre la Arqueología que encontró en España en los inicios de su trabajo aquí, sus características teóricas y metodológicas, sus influencias exteriores y las peculiaridades organizativas que, en aquel momento, replicaban, hasta cierto punto, el autoritarismo del sistema político que el país padecía, dando lugar a un ecosistema de "jefaturas" político-académicas, con el que era necesario relacionarse para poner en marcha un proyecto de investigación.
Otro aspecto sumamente interesante que hemos querido abordar, es la visión que puede aportar el entrevistado sobre el proceso de la "transición" arqueológica, en la que él mismo tuvo un papel, junto con otros colegas anglo-norteamericanos que iniciaron su trabajo en España por las mismas fechas, al mostrar caminos alternativos a la práctica arqueográfica dominante, tipológico-comparativa y empirista.
El proceso de modernización de la Arqueología española, sin embargo, presenta peculiaridades y aspectos paradójicos que nos ha parecido interesante discutir.
Así por ejemplo, el hecho de que la progresiva adopción de la práctica funcionalista por nuestros arqueólogos (el interés por los datos paleoeconómicos y paleoambientales, la tecnología, el territorio, etc.) no supuso, en términos generales, el abandono de la tradición histórico-cultural, que siempre ha constituido una especie de "radiación de fondo" en nuestra Arqueología.
El reciente retorno del difusionismo y de un cierto determinismo etno-cultural, aparente y paradójicamente propiciado por los progresos de la "ciencia arqueológica", parecen confirmar este extremo, que se discute igualmente en varios lugares de la entrevista.
El objetivo del segundo bloque es indagar sobre el contexto intelectual de la práctica arqueológica de Gilman.
La idea motriz no era tanto pedir al entrevistado tomas de posición sobre cuestiones teóricas generales, cuanto profundizar en el contexto intelectual de su práctica arqueológica.
Como él mismo se encarga de dejar claro a lo largo de la entrevista, siempre se ha mantenido fiel a la idea de que, al menos en Arqueología, la teoría es inseparable de la práctica, se muestra en la práctica.
Pero, para quien conozca esa práctica, resulta evidente que trasciende una gran riqueza teórica, formada por concepciones generales que se remiten a referentes claramente identificables.
Ponerlos de manifiesto era la ambición de los entrevistadores en esta sección de la conversación.
El primer foco de atención fue, de nuevo, puesto que se trató extensamente en la primera entrega, el contexto de formación de su pensamiento, como parte de la segunda generación después de la New Archaeology, y su interacción con algunos de sus integrantes, que contribuyeron a la crítica desde dentro del nuevo paradigma.
Esta crítica tuvo dos vertientes: por un lado una reacción a la epistemología ingenuamente cientificista de los primeros "nuevos arqueólogos"; por otro a las no menos ingenuas limitaciones del funcionalismo sistémico de la ecología cultural y su concepción de las sociedades humanas como meras máquinas termodinámicas, que excluye el conflicto y la contradicción interna.
En este contexto aparece "el espectro de Marx", al que Gilman (Fig. 1) y otros de sus compañeros de generación invocaron por primera vez en los EE.UU., dando continuidad al camino abierto por Childe, entonces poco transitado en el mundo anglo-norteamericano.
Sin embargo, esta referencia a la herencia de Marx no se produce, en el caso de Gilman, en forma de declaración programática ni de adhesión explícita sino, una vez más, a través de una práctica al margen de cualquiera de los diversos marxismos arqueológicos y antropológicos.
Esta práctica toma como referencia la del propio Marx como científico social, más que sus exposiciones teóricas, y utiliza sus categorías cuando sirven para resolver problemas.
Son útiles cuando permiten introducir sentido histórico en la interpretación de los problemas arqueológicos.
Podría decirse, por lo tanto, que el pensamiento arqueológico de Gilman, tal como se expresa en su trabajo, es doblemente disidente: en relación con el marxismo en cuanto cuerpo de doctrina rígidamente codificado, pero también en relación con el funcionalismo en cuanto materialismo mecanicista, desprovisto de sentido histórico.
Dicho en otros términos, no se trata de proponer una lectura funcionalista del marxismo sino, más bien, una lectura marxista del funcionalismo o, lo que viene a ser lo mismo, un funcionalismo crítico.
En el texto de la entrevista, todas estas cuestiones se abordan a partir de los problemas concretos de investigación que se repasan en la conversación.
Así, por ejemplo, los orígenes de la desigualdad social y del Estado no se consideran en cuanto problemas teóricos, sino como los fenómenos que definen la unidad de análisis en la que tiene sentido histórico encuadrar la formación y dinámica de las sociedades de la Edad del Bronce del Sureste de la península ibérica.
Creemos, en este sentido, que la discusión plasmada en la entrevista es muy esclarecedora del sentido en el que la teoría y la práctica se relacionan con la realidad en una dialéctica que, justamente, llamamos praxis.
Quizá la originalidad de los planteamientos de Gilman se apoye en su posición intermedia entre dos tradiciones: la de la Arqueología antropológica norteamericana y la historicista europea.
El contraste entre ambas ocupa también un lugar en la discusión.
Las opiniones de Gilman sobre estos temas, y otros, no se exponen en el diálogo en la forma de juicios dogmáticos, sino como reflexiones al hilo de la conversación, en ocasiones como réplica y refutación de los juicios aventurados por los entrevistadores.
Por consiguiente, el objetivo general del trabajo -presentar a los lectores la trayectoria de Antonio Gilman, el pensamiento que da sentido a su práctica arqueológica y sus aportaciones a la Arqueología contemporánea y la Prehistoria ibérica-se ha pretendido alcanzar a través de una conversación de la que esperamos que los lectores disfruten tanto como lo hicimos los entrevistadores.
Esto implica, por supuesto, omisiones, solapa- Trab.
A cambio, suma a lo que literalmente se dice el añadido valioso de lo que el discurso muestra sobre el talante del entrevistado, que es, por encima de sus otras cualidades, un maestro de prehistoriadores en el sentido profundamente socrático que esperamos que este diálogo ponga de manifiesto.
Medio siglo de Arqueología española
JMV (Juan Manuel Vicent García): En la primera parte de esta entrevista nos hemos centrado en tu trayectoria personal y profesional.
En esta segunda parte queremos detenernos en algunos aspectos de tu experiencia.
En primer lugar en lo que se refiere a tu relación con la Arqueología española, puesto que este país ha sido el principal escenario de tu trabajo.
Has asistido como observador "participante" al proceso de desarrollo de la Arqueología de nuestro país desde un momento tradicional, podríamos decir "premoderno", hasta la actualidad.
¿Cómo era la Arqueología española cuando empezaste a trabajar aquí?
AG (Antonio Gilman): Como tú mismo dices, era una arqueología fundamentalmente comparativa-descriptiva de artefactos.
La idea era hacer una especie de mapa de similitudes de las cosas que se parecían, fuese por motivos de difusión o por la transmisión de determinadas tradiciones.
Los mecanismos dependían un poco del caso, pero la idea era que las ideas fluyen de un lado a otro, de padres y madres a hijas e hijos y de vecino a vecino, como fuera.
Esta arqueología era sencilla: extraías los artefactos distintivos (¡nada de galbos!), objetos decorados y otros que mostrasen cierta elaboración, los describías, valorabas de una manera directa los niveles según los habías recuperado, y los comparabas con los registros de otros yacimientos.
Si las similitudes existían entre una época y otra se trataba de tradiciones, si se daban entre una región y otra, de influencias.
Cuando yo llegué a España, la Arqueología española tenía plenamente asimilada la visión de la primera mitad del siglo XX y todavía no había digerido por completo el método de excavación alemán.
En este sentido, los alemanes fueron muy influyentes con su programa de excavaciones en yacimientos emblemáticos, como Zambujal (Sangmeister y Schubart 1981), donde participaban jóvenes estudiantes que aprendían de forma práctica sus métodos de excavación y documentación arqueológica.
MIMN (M.a Isabel Martínez Navarrete): Sin embargo tú mismo excavaste en Cueva Morín con Gon-zález Echegaray (1971) y comentabas que no sucedía lo mismo en las excavaciones de Paleolítico...
Evidentemente, una persona inteligente y puesta al día como era don Joaquín estaba al tanto de cómo excavar razonablemente bien según las técnicas desarrolladas por los franceses en general y Bordes en particular.
A ese nivel las cosas se hacían bien.
Ya no eran los tiempos del padre Carballo.
Estos cambios metodológicos eran en sí una modernización de la práctica arqueológica, pero el enfoque seguía siendo clásicamente normativista.
La idea de pensar en las cadenas operativas todavía no se había establecido, por ejemplo.
Poco después surgieron investigadores con inquietudes funcionalistas, pero estos enfoques sólo se han implantado a medias.
Algunos pocos asumieron el programa funcionalista al completo, la mayor parte sólo hizo gestos en esa dirección.
JMV: Cuando preparabas el proyecto sobre el uso del suelo en el Sureste revisaste toda la bibliografía (Vicent et al. 2020: 20).
Te encontraste con un número reducido de yacimientos excavados, cuyo registro, por otra parte, estaba conformado por una práctica comparativa histórico-cultural.
AG: Sí, había unos pocos yacimientos, como el Cerro de la Virgen (Schüle 1967), en los que los alemanes habían introducido el programa de estudios de fauna de Angela von den Driesch (1972).
Yo empecé con esos porque me permitían contar con algunos datos paleoeconómicos.
JMV: En cualquier caso, el registro paleoeconómico era muy limitado.
AG: Sí, mi artículo de 1976 (Gilman 1976a) era completamente predictivo, una declaración programática sin ningún trabajo empírico previo.
Es a lo largo de los años 70 cuando se produce el cambio generacional durante el cual surgen toda una serie de jóvenes investigadores que se dan cuenta de la necesidad de cambiar el programa.
Este fenómeno surge de forma independiente en varias instituciones.
En este periodo inicial de transición se empiezan a implantar algunos aspectos del enfoque funcionalista, pero sus practicantes todavía no habían asimilado del todo este programa.
Estos gestos quedaban reflejados en las publicaciones como apéndices, como por ejemplo en el monográfico de Zambujal (Sangmeister y Schubart 1981: 18), en el que se indicaba que dichos análisis quedaban "fuera del trabajo propiamente arqueológico".
Es un buen ejemplo de esta aproximación.
JMV: En ese sentido tu trabajo tenía pocas posibilidades de interactuar con lo que aquí se hacía.
Pero, por otra parte, sí contabas con el hecho de que la organización secuencial del registro estaba, más o menos, consolidada.
AG: Exactamente, el armazón histórico-cultural estaba más o menos consolidado.
Hay puntos donde uno podía discutirlo, pero todo estaba ordenado de una manera coherente desde los Siret (Siret y Siret 1890) en un cierto sentido y desde luego desde la síntesis sobre los pueblos prehistóricos de la península de Bosch Gimpera (1932).
Se discutía la relación que podía haber entre las fases culturales peninsulares y las del Egeo y el Oriente Medio, pero la secuencia interna armada desde los años 30 estaba más o menos como está ahora.
Es verdad que se ha refinado un poco, pero sustancialmente no ha cambiado.
De hecho, había zonas de la península, como por ejemplo el norte de Portugal, donde uno no sabía exactamente cómo sería la secuencia y en ellas se ha demostrado que el armazón funcionaba.
JMV: El comienzo de tu trabajo sistemático en la península coincide con el de otros arqueólogos anglonorteamericanos como Harrison (Fig. 2) o Chapman.
Vosotros traéis un enfoque funcionalista que resulta extraño a los peninsulares.
AG: Yo creo que es una cuestión generacional.
Tanto Bob Chapman como yo llegamos entrenados en una escuela plenamente funcionalista (Vicent et al. 2020: 22).
La cuestión era aplicar su práctica a sitios donde no se hacía y la península ibérica ofrecía esa oportunidad.
Pero, más o menos al mismo tiempo, se le estaban ocurriendo aproximaciones similares a Vicente Lull (1983).
No conozco exactamente sus antecedentes intelectuales, pero es una persona inteligente y trabajadora que se dio cuenta de que las cosas se podían hacer de otra manera.
Quizás esta convergencia sea el resultado implícito de la lectura de Childe.
JMV: O sea que el cambio generacional facilitó de forma natural la recepción del funcionalismo, con lo que ello implicaba también de cambio en las prácticas con el registro arqueológico.
Como ya hemos dicho, una dificultad que encontrasteis Chapman o tu era que los materiales publicados de las excavaciones no daban mucho pie a hacer inferencias paleoeconómicas.
El que se estudiara la fauna como trabajo propiamente arqueológico, se hicieran análisis paleobotánicos y se prestara atención al territorio tardaría todavía 10 o 15 años en generalizarse.
Ahí sí que creo que vuestro trabajo tuvo influencia.
AG: Yo creo que algunos empezamos a hacer determinadas cosas, otros las leyeron y obtuvieron sus propias conclusiones.
Es, por ejemplo, vuestro caso.
MIMN: La lectura influye pero el mensaje no se recibe necesariamente de una manera positiva.
La lectura puede ser sesgada, interesada o entusiasta, asumiéndose como un programa de investigación o como el objetivo a abatir.
Pienso en la importancia del regadío en el Sureste, un tema polémico que ha dado lugar a interpretaciones contradictorias, reducidas, a veces, a meras acusaciones de que proponías un funcionalismo a la manera de Wittfogel (1957).
Es decir, simplificaban la cuestión.
Me gustaría aprovechar para que dieras una vuelta al tema del regadío y nos comentaras, si ha cambiado o no tu punto de vista sobre su importancia en el Sureste.
AG: Bueno yo empecé como un fiel lector de Childe y me di cuenta aún más de la importancia de sus ideas al enfrentarme de forma práctica al registro arqueológico del Sureste (Vicent et al. 2020: 20).
Pensé que debía existir algún tipo de conexión entre el desarrollo social inicial del Sureste y los sistemas de regadío, y mis lecturas me reafirmaron en la importancia del regadío como una forma de inversión, lo que a partir de Amartya Sen (1959) llegaría a ser llamado landesque capital1.
Es a principios de los años 70 cuando estructuro y formalizo todo este proceso de lecturas y reflexiones en el texto que publico en Dialectical Anthropology (Gilman 1976a).
Coincide además que llegué a Los Ángeles el mismo año que Tim Earle se incorporó a la UCLA (University of California, Los Angeles), con el que forjé una amistad duradera.
Tim y yo habíamos coincidido en un seminario en Harvard cuando él estaba en su último año de undergraduate y yo en mi primer año de graduate student.
El diálogo con Tim en esos años fue muy útil, pues él ya había adoptado una posición abiertamente crítica hacia las tesis de Wittfogel (1957) respecto a la significación del regadío en su trabajo de Hawái (Earle 1978).
Primero, durante todo el Holoceno la circulación atmosférica siempre habría creado un fuerte contraste entre las zonas áridas del Sureste y la Alta Andalucía a barlovento de las Sierras Béticas.
Eso habría implicado que, en cualquier momento, el cultivo de secano de la cebada o del trigo, principalmente de la cebada, fuera algo arriesgado y muy arriesgado para los cultivos de huerta, como por ejemplo las habas o el lino.
Esas condiciones generales podían ser más o menos difíciles en ciertos intervalos, como es el caso del evento 4.2k, que coincide con la transición de Los Millares a El Argar y habría sido un momento de mayor sequía.
Segundo, tenemos numerosos datos arqueológicos y etnográficos de que sociedades con una tecnología neolítica que operan bajo condiciones similares (e. g. el Southwest norteamericano) (Fig. 3) han desarrollado sistemas de irrigación y de aterrazamiento sencillos que mitigan el riesgo de la agricultura de secano (no es un misterio que el agua fluye colina abajo).
Esto se ha inventado en muchas partes del mundo y podría haberlo sido también en el Sureste español.
Además, durante la Prehistoria tardía el potencial para instituir tales sistemas sencillos sería mayor que en el presente.
Ríos como el Ándarax y el Almanzora y sus tributarios habrían tenido caudal durante todo el año y el nivel freático no habría quedado mermado por milenios de deforestación.
Como señalan los Siret, el manantial que da nombre a Fuente Álamo "era, hasta hace pocos años, el principal manantial de agua potable que proveía á (sic) las necesidades de la ciudad de Cuevas" (Siret y Siret 1890: 254).
Ya hace 50 años había evidencias importantes de que las culturas de Los Millares y El Argar explotaron de hecho ese potencial, como por ejemplo la serie de cultivos recuperados de los depósitos arqueológicos, por no hablar de la acequia fósil del Cerro de la Virgen (Schüle 1967).
Esa combinación de circunscripción medioambiental y landesque capital acumulado abriría la posibilidad de cierto grado de apropiación del excedente por las élites incipientes.
En lo que mi opinión ha cambiado ha sido respecto a la escala y las consecuencias sociales de esa apropiación.
Su escala sería insuficiente para crear las instituciones características de las sociedades de clases duraderas: una burocracia fiscal, un ejército permanente y una religión estatal.
MIMN: Creo que tus propuestas no generaron indiferencia entre los colegas peninsulares.
No conllevaron automáticamente una difusión del funcionalismo sino, al contrario, generaron una crítica generalizada entre los colegas que se definían explícitamente como marxistas.
JMV: Aquí nos podemos meter en un debate larguísimo, pero una parte muy activa de las corrientes de la renovación metodológica y teórica de la Arqueología española en ese momento estaban vinculadas a una cierta lectura de la tradición marxista, en la cual el funcionalismo no es más que "vulgar materialismo".
Esto dio lugar a algunas críticas sumarias del tipo "bueno, esto no es más que funcionalismo" o, como acabamos de comentar, despachar tu trabajo como una mera adaptación de la teoría de Wittfogel que, por otra parte, no está admitida dentro del corpus del materialismo histórico.
AG: Bueno, Wittfogel fue un renegado que denunció a sus compañeros2.
JMV: Por eso lo digo.
La cosa tiene matices e históricamente es muy interesante, porque explica bastantes cosas, entre otras, quizá, el escaso arraigo del funcionalismo en la Arqueología española.
La generación que tenía que haber hecho esa renovación, estaba criticando simultáneamente el paradigma tradicional y el alternativo...
MIMN: Precisamente por eso, fueron necesarias acciones positivas, actuaciones de construcción del registro que pudieran aceptar los arqueólogos histórico-culturales.
Las principales diferencias entre las nuevas actuaciones y las de estos arqueólogos consistían en que sus resultados se remitían a interpretaciones alternativas.
La práctica arqueológica concreta tuya y de Bob Chapman me parece que contribuyó a modificar la situación de la Arqueología por aquellos años más que la lectura de vuestros trabajos.
AG: Evidentemente como forasteros teníamos una forma de argumentar diferente.
Además Bob y yo te- níamos enfoques distintos, yo con inquietudes que Bob no tenía por entonces, pero fundamentalmente salimos de la misma cuna.
Cómo pensar sobre la Arqueología desde una lectura funcionalista en el sentido amplio de la palabra, ya se piense que todo funciona bien, menos bien o con contradicciones.
Yo creo que hay ciertos malentendidos cuando la gente que lee lo que he escrito piensa que digo lo mismo que Wittfogel, pero...
3 JMV: Ya hemos tratado del estado conceptual o metodológico de la Arqueología española.
También nos interesa comentar cómo estaba organizada y cuáles son las figuras con las que te encontraste y tuvieron algún papel relevante.
Estoy pensando especialmente en Almagro, puesto que entraste en el mundo arqueológico ibérico a través de los cursos de Ampurias.
Allí conociste a gente como Juan Zozaya, al que ya has mencionado (Vicent et al. 2020: 20).
En ese momento hay una serie de figuras predominantes que reproducen en todos los campos de la vida tanto política como académica la organización autoritaria del país.
Me imagino que el que viene de fuera y quiere comenzar un proyecto de investigación aquí tiene una cierta necesidad de ponerse en contacto con esta realidad organizativa.
Supongo que la experiencia es encontrarte con grandes personajes, big men, con los que tienes que relacionarte de alguna manera, ¡o quizá no!: tú llegabas con tu propio proyecto, tu propia financiación, y lo único que necesitabas era permiso para acceder al campo, ¿no?
AG: Como ya he comentado, me había iniciado en la Arqueología en Ampurias (Vicent et al. 2020: 12 y 13).
Llegué recomendado por Rafael Lapesa, para ser adjunto a la Escuela de Verano.
No era un alumno de los cursos, no me ponían nota, pero podía asistir.
Don Martin Almagro sabía reconocer la utilidad de las personas, así que nada más verme me asignó como tarea la traducción al inglés de la guía de las ruinas.
Esa traducción es, de hecho, mi primera publicación (Al-3 Pedro Díaz-del-Río: una revisión de la obra del autor llevaría a sugerir -como el propio entrevistado deja entrever con sus puntos suspensivos-que la etiqueta de "wittfogeliano" que se le asignó exclusivamente en España fue tanto fruto de la falta de compresión de sus textos como del uso interesado del estereotipo de "funcionalista" en la dinámica de competencia por posiciones académicas de la España de los 80.
Lo cierto es que Gilman cita a Wittfogel a la vez que a sus críticos, como Thomas F. Glick (1970), autor que invirtió la argumentación de Wittfogel para demostrar que el regadío islámico no fue resultado del papel director del Estado Omeya, sino que fue esta organización de la producción campesina la base sobre la que se construyó la riqueza de dicho Estado.
Es decir, la cita a Glick refuerza la crítica de Gilman hacia la posición mayoritaria del funcionalismo respecto al papel de los jefes como productores de un bien colectivo común (Gilman 1987b: 65) a la vez que converge con el argumento clave del autor respecto al papel de las inversiones en infraestructuras agrarias y la consecuente vulnerabilidad de los campesinos a la extorsión (Gilman 1981).
Algunos se fijaron en la cita a Wittfogel, pocos en la de Glick. magro 1968).
Don Martin me caía bien.
Yo siempre he estado a favor de la gente dispuesta a hacer lo necesario4.
Siempre que pasaba por España iba a saludarle.
Fui a visitarle cuando estaba en Cambridge y vine a Madrid a pasar las Navidades de 1965 con Rafael Lozano Guillén (Cruz 2008), primo carnal de mi madre, y su familia.
También recuerdo presentarle a Benedicte5, cuando pasamos por Madrid de vuelta de Marruecos.
Yo actuaba como alumno suyo y él siempre me recibía de una manera amable.
Me parecía que era una persona que sabía organizar las cosas.
JMV: Sí, siempre has valorado bastante positivamente el papel de Almagro en la profesionalización de la Arqueología española.
AG: Una de las grandes diferencias entre las arqueologías ibéricas del momento fue precisamente la presencia o ausencia de una gran y eficaz figura, como don Martin en España o, por contraste, Manuel Heleno en Portugal (1894Portugal ( -1970)), que no formó las instituciones y los discípulos que consolidarían una arqueología profesional6.
En fin, la cuestión es que yo hacía mi trabajo y procuraba mantener buenas relaciones con todos, así que cuando pasaba por Madrid intentaba saludarle.
Preparé una versión en castellano del trabajo de Marruecos que se publicó en Antiquity (Gilman 1974) y se lo presenté a don Martin, que lo publicó en Trabajos de Prehistoria (Gilman 1976b).
Como extranjero tenía interés en cultivar las relaciones locales.
También pasaba a saludar a Ripoll7, cuando sucedió a Almagro en la dirección del Museo.
Lo conocía de mis años en Ampurias.
De hecho, fue tras la conferencia que me invitó a dar en el MAN en 1984 cuando os conocí8.
JMV: Es decir que con estas grandes figuras tenías una relación básicamente de cortesía y reconocimiento, pero tu trabajo no dependía en absoluto de ellas.
AG: No. De hecho, todo el diseño del primer proyecto sobre el uso del suelo en el Sureste partía de que no hacía falta tener permisos.
Podía tener alguna interacción con estas figuras, pero mi financiación era independiente y sólo requería permiso de los propietarios locales.
Por entonces, los años 1978 a 1980, uno podía ir por cualquier parte, el campo no estaba vallado o cerrado, estaba completamente abandonado.
Podías hacer tus paseos sin que nadie te molestara.
Era un proyecto diseñado para hacerlo yo solo y ver si, a raíz de mi trabajo, alguien se interesaba, ¡y funcionó!
JMV: A partir de ese momento las cosas cambian bastante.
En ese periodo se produce un cambio generacional que permite obtener puestos académicos a personas que unos años antes habrían sido castigadas, como esa joven disidente y escéptica cuya tesis habría sido absolutamente impresentable en épocas anteriores 9.
MIMN: A partir de un cierto momento es raro que alguna universidad española deje de invitarte a dar una conferencia o a formar parte de un tribunal de tesis si la defensa coincide con tu estancia en España.
¿A qué lo atribuyes?, ¿fue a raíz de trabajar con Manuel Fernández-Miranda, con Germán Delibes...?
AG: Mi primer encuentro con Manolo fue en 1979, cuando estaba a cargo de la Subdirección General de Arqueología.
Yo había obtenido la financiación de mi proyecto (en parte con una ayuda de la Fundación Juan March) y, aunque no me hacía falta un permiso oficial para un trabajo fundamentalmente geográfico, me pareció prudente visitar al subdirector para que supiera de mí y para pedirle una carta que pudiera presentar a un propietario o un guardia civil rural que se preocupara por un forastero intruso.
Resultó que, habiendo sido asesor de mi solicitud a la Juan March, estaba completamente al tanto.
Me di cuenta de que, tanto por su generosidad personal como por su clout político, sería un colaborador ideal en un proyecto subsecuente.
Una de las características de Manolo era que estaba perfectamente dispuesto a patrocinar a cualquier persona que hiciese cosas interesantes.
Y vosotros, ¿cómo supisteis de mí?
JMV: Cuando asistimos a tu conferencia en el Museo Arqueológico Nacional, habíamos leído el librito editado por la Fundación March (Gilman y Thornes 1985).
Por eso eras un objetivo perfectamente marcado.
Hacías algo que contrastaba con todo lo que se hacía y encajaba muy bien con el tipo de demandas de conocimiento que, en ese momento, nos planteábamos.
MIMN: El que Antonio, Bob Chapman, Richard Harrison hablaran español fue también un factor fundamental para confiar en su interés por una investigación a largo plazo en la península y considerarles "de los nuestros".
AG: Por supuesto que para mí, como para Bob o Richard, trabajar con colegas locales es esencial a la larga.
9 En referencia a la entrevistadora (Martínez Navarrete 1985).
MIMN: Además de eso, vuestras publicaciones en español reconocen que no todo el mundo, sobre todo en aquella época, podía siquiera traducir el inglés y eso no lo tenían en cuenta todos los colegas extranjeros que investigaban en España.
Esta actitud ayudó mucho a la colaboración junto con la propia accesibilidad personal.
AG: Cualquier persona que venía a trabajar a la península ibérica en los años 70 tenía ya el antecedente del trabajo y la manera de ser de Hermanfrid Schubart (Risch 2013), una persona de una gran cortesía, que acogía a la gente y les ayudaba.
Uno llegaba aquí como invitado y debía aprender la lengua (en mi caso era mi primera lengua).
Todos lo hicieron, Bob, Don Hermanfrid, Richard, este último con la ventaja añadida de haberse casado con Gloria Moreno López, que ya estaba instalada en el gremio arqueológico aragonés, lo que de alguna forma facilitó su vinculación.
JMV: A partir de estas fases introductorias, las cosas cambian mucho.
Los estudiantes españoles de la siguiente generación empiezan a salir al extranjero.
Algunos, como ya hemos comentado, aprovechan tu patronazgo para situarse.
AG: Si uno puede ayudar a los amigos...
JMV: Desde ese momento de alguna manera se normaliza la internacionalización de la Arqueología española con esas particularidades que hemos venido comentando.
Es curioso, porque la Arqueología española nunca se vuelve funcionalista pero tampoco se "postmoderniza" del todo.
Es como si la tradición hubiese creado una especie de inmunización, porque cuando el mundo anglonorteamericano es devastado por el giro postprocesual, como aquí tampoco ha habido un giro procesual, realmente hay poca gente que se apunta al cambio.
AG: Recuerdo el comentario de Maribel al leer los primeros trabajos de Hodder (1986): "¡para ese viaje no hacían falta alforjas!".
En cierto sentido esa arqueología pre-procesual ha seguido y sigue siendo una corriente dominante.
Hay excepciones de algunos que trabajan de una forma plenamente postmoderna, como por ejemplo Alfredo González Ruibal o, hasta cierto punto, Felipe Criado.
También las hay con orientaciones plenamente funcionalistas como Gonzalo Aranda o Leonardo García Sanjuán.
Pero la gran mayoría de la gente combina de una manera quizás no del todo feliz una atención a aspectos funcionalistas con explicaciones que, al fin y al cabo, son de la antigua escuela.
Es el caso de muchos de los neolitistas, que han incorporado los procedimientos funcionalistas a la hora de realizar analíticas, pero que finalmente realizan interpretaciones histórico-culturales de libro: si la gente hace unas cerámicas que se parecen a las del Sahara es que las gentes vinieron del Sahara.
Entre las personas que han asimilado el programa funcionalista por completo está, por supuesto, Vicente Lull y su equipo, cuyo trabajo siempre ha sido ejemplar: han sabido integrar el trabajo de campo y sus ideas de una forma original.
MIMN: ¿Cuál sería, a tu juicio, el factor que ha favorecido el regreso de los movimientos a larga distancia como explicación del cambio cultural?
Nos interesa tu opinión sobre el papel de los estudios genéticos en esa vuelta a las flechas en los mapas y sobre el protagonismo concedido a los movimientos de población y a los remplazos de unas gentes por otras en la Historia.
AG: Por una parte, digamos que la arqueología funcionalista no se interesa por las coincidencias históricas.
Tomemos mi punto de vista sobre el Sureste.
Es innegable, en cierto sentido, que el Mediterráneo se comunica entre si y que hay indicadores arqueológicos de esa relación, como demuestra Schubart (1973) empíricamente en su artículo "Mediterrane Beziehungen der El Argar-Kultur".
Allí uno puede ver cosas que son parecidas a las micénicas que indudablemente indican que la gente sabe lo que se está haciendo en otros lugares.
Pero desde mi punto de vista eso no es lo importante en la explicación, lo importante es saber cómo las sociedades locales integran unas ideas que pueden venir de cualquier parte.
Es también posible que determinados individuos vinieran de otro lugar con sus propias ideas, pero si los locales no estuvieran dispuestos a recibirlas y adoptarlas a su manera jamás habrían cuajado.
Desde ese punto de vista, el portador no importa tanto como el receptor.
Este enfoque requiere de un elemento histórico que es, por ejemplo, una tensión constante en la obra de Childe entre la aproximación socio-cultural funcionalista y la comparativa.
La incorporación de las técnicas paleogenéticas ha permitido reavivar viejas teorías.
Estos nuevos datos han hecho posible que las interpretaciones vayan más allá del argumento de la difusión de ideas: ahora se puede documentar que un individuo específico no es del lugar donde se encontró o que su patrón genético se relaciona de alguna manera con estos otros, etc. El problema actual es que los arqueólogos tendrán tarde o temprano que involucrarse en conocer a fondo los procedimientos de la paleogenética para poder criticarla mejor.
Para ello se necesitan personas con una fuerte conciencia histórica crítica, por una parte, y que sean capaces de saber exactamente lo mismo que saben los genetistas para poder identificar con precisión cuáles son los problemas (por ejemplo de muestreo), cuáles nuestras razones para dudar.
Deberíamos saber más e, inevitablemente, tendremos que adiestrarnos para ello del mismo modo que ha sucedido en otros muchos casos: pienso por ejemplo en prehistoriadores expertos en metalurgia (Rovira y Montero 2018).
Los arqueólogos deberán tener esa misma capacidad de conocimiento y de crítica en relación con la genética.
JMV: Se han propuesto interpretaciones del registro paleogenético, como la que proclama la sustitución de los varones locales por intrusos de ascendencia yamnaya10, que no parecen del todo realistas desde el conocimiento que tenemos a día de hoy del registro arqueológico de la Edad del Bronce.
AG: Sería curioso que fuera así, dada la limitada capacidad de exterminio existente bajo las condiciones tecnológicas de la Edad del Bronce.
De hecho conocemos por la Etnografía qué es lo que sucede generalmente cuando hay guerras entre grupos de estas características: terminan asimilándose o formando parte de ellos.
El parentesco es algo que uno decide por sí mismo.
En ese sentido la propuesta no es realista.
Uno puede organizar por métodos industriales el exterminio masivo de un gran número de personas en poco tiempo, pero me parece difícil bajo las densidades de población y las armas disponibles en la Edad del Bronce peninsular.
Lo cual no impide que existieran grandes catástrofes detectables mediante análisis científicos.
Por ejemplo, sí es posible que hubiera una peste que vaciara gran parte de Europa central de población y que ese vacío se ocupara por recién llegados cuyo peso genético empezara a influir en las poblaciones supervivientes.
De hecho, en Norteamérica sucedió algo similar pero bajo otras condiciones político-económicas.
Es evidente que las pestes ocurren y pueden dejar rastros documentables.
Sin embargo, como ya he dicho, sigo manteniendo un cierto escepticismo, entre otros aspectos respecto a los posibles problemas de muestreo: me resulta sospechoso que un solo ejemplo baste para describir la ascendencia (ancestry) de toda una población...
JMV: Desde que empezaste a trabajar aquí, no sólo han cambiado los arqueólogos sino también el registro arqueológico.
¿Hay alguno de esos cambios que te parezca muy relevante o inesperado?
Ahí destacan quienes han llevado directamente la gestión de la arqueología en estos complicados lugares.
En Jaén personas competentes y conscientes, que entendieron desde el principio que la excavación de Marroquíes se debía hacer bien (Zafra de la Torre et al. 1999), ese simpático arqueólogo municipal de Valencina, José Manuel Vargas Jiménez (2003) que comprende lo que tiene en sus manos y trata de gestionarlo de una manera inteligente, o el propio Antonio Carlos Valera, a quien no conozco personalmente pero admiro a distancia.
Otro cambio es esa arqueología, digamos funcionalista, dedicada a comprender la cultura castreña.
Esos son cambios importantes que han ido acompañados del auge de varias generaciones de buenos arqueólogos de campo.
Tuve, por ejemplo, una muy buena impresión cuando el otro día fui a la presentación del yacimiento de Humanejos por Rafa Garrido y Raúl Flores, el excavador del yacimiento (Garrido-Pena et al. 2019) 11.
Es evidente que no ha tenido los recursos necesarios para afrontar todos los aspectos de un programa funcionalista por los propios apremios de la arqueología de gestión, pero lo hace bien.
Otro ejemplo de esta generación de buenos arqueólogos de campo es Asunción Martín Bañón, con la que tuve el gusto de participar en las campañas de prospección de la Serena (Mayoral et al. 2009: 9): sabe lo que hace, lo hace muy bien y es muy consciente de los problemas.
En este sentido el nivel de la arqueología española está ahora perfectamente equiparado o es superior a lo que se hace en otras partes del mundo.
Eso es, en parte, el resultado de una legislación que favorece una arqueología de gestión más eficiente.
Un progreso inmenso de los últimos cuarenta años (Fig. 4).
JMV: Nos gustaría comentar otro aspecto de tu relación con la Arqueología española (aunque habría que decir, más bien, ibérica): tu continuado y sistemático trabajo de compilador de dataciones radiocarbónicas.
AG: Mi coleccionismo radiocarbónico tuvo su inicio en 1981, cuando Robert Ehrich me invitó a que preparara un capítulo sobre la península ibérica para la segunda edición de su Chronologies in Old World Archaeology (Ehrich 1992).
Esencialmente la tarea consistió en poner al día el registro publicado pocos años antes por la Fundación Juan March (Almagro-Gorbea y Fernández-Miranda 1978).
Hacerlo resultó muy útil para mí.
Por una parte, requirió que ampliara mis conocimientos más allá de la Neolitización y el desarrollo de la secuencia clásica del Sureste, en la cual mi trabajo se había concentrado hasta ese momento.
Por otra, amplió mi conocimiento de quiénes eran los investigadores de la prehistoria peninsular y cómo trabajaban.
Y por eso seguí en ello durante las décadas siguientes.
Debo constatar que la publicación de la magnífica recopilación y síntesis de Castro Martínez et al. (1996) me animó al demostrar que mi colección era bastante completa.
Pero tanto esa obra como el excelente libro de Rafael Micó Pérez (2005) sobre Baleares demostraron que el aumento de datos era tal que la publicación de fechas en ese formato ya no era práctica.
Y de ahí la idea de presentar una recopilación on-line, utilizando el diseño georreferenciado coordinado por Juan para la presentación del Archivo de Arte Rupestre 'Martín Almagro Basch' y otros conjuntos de datos 12.
JMV: Un aspecto que también es interesante comentar sobre el carbono 14 son los usos no directamente cronométricos de las dataciones: el enfoque dates as data; en particular, pero no únicamente, las estimaciones demográficas.
AG: Es evidente que los datos radiocarbónicos reflejan lo que hacen los arqueólogos y también lo que ocurrió en la Prehistoria.
Por una parte, tiene un aspecto claramente historiográfico que es en sí interesante, como demostrasteis en vuestra ponencia durante mi homenaje (Vicent et al. 2020) y que también aparece de alguna manera en el artículo que escribí para Trabajos de Prehistoria en el número en homenaje a Ferrán Alonso (Gilman 2003).
Esto se debe a que la incidencia del trabajo queda reflejada época por época en la generación de datos primarios, de los cuales el radiocarbono es un valor comparable.
Hay enormes espacios vacíos que son muy interesantes, por ejemplo entre Ciudad Real occidental y Badajoz oriental ¡sin fechas durante diez mil años!
¿Es porque la gente no ha trabajado ahí o porque es, como se dice, la Siberia española?
Por otra parte están los usos, por decirlo así, demográficos de las dataciones.
La conexión "más gente más basura, más basura más fechas" es algo utilizable, y está muy de moda entre los colegas.
Evidentemente tiene problemas críticos que uno debe solventar.
Me parece que el artículo de Balsera et al. 2015 -en el cual yo participo como contribuyente de datos pero las ideas son de los autores principales-es un buen ejemplo de cómo hacerlo.
Otras veces verdaderamente falta el sustrato crítico necesario para que las conclusiones sean fidedignas.
En el caso del libro de Shennan (2018, recensión en Gilman 2019), estas sumas de fechas calibradas indican que la población de Inglaterra (no de Gran Bretaña como un todo), baja en torno al 95 % al final del Neolítico y principios de la Edad del Cobre.
Hay incluso un momento en el que cae en picado.
Además, si uno toma el número de muestras que son sobre cereal como un reflejo del cultivo llega a la conclusión de que no se cultiva ¡Hombre, por favor! un crash de este tipo no es creíble sin antes haber discutido todos los problemas que se puede suponer existen en el registro arqueológico.
No es imposible que cosas así puedan suceder, pero uno tiene que ver si hay problemas de muestreo evidentes: la visibilidad de los yacimientos, el interés de los arqueólogos, etc.
JMV: El asunto de los vacíos poblacionales, que aparece recurrentemente en la Prehistoria ibérica, tiene toda la pinta de...
AG:... de responder a cuestiones de muestreo, pero todo dato tiene que criticarse, no puede aceptarse inocentemente.
PDR (Pedro Díaz-del-Río): Como dices tú en esa frase que me gusta tanto, "la certeza de cualquier línea de razonamiento ha de juzgarse más por su realismo que por su empirismo" (Gilman 1987a: 31).
Entiendo que éste es uno de esos casos en los que la interpretación de los datos no resulta del todo realista...
AG: Bueno, es verdad que los vacíos poblacionales pudieron existir.
Una peste pudo arrasar a una pobla- Trab.
Estas cosas pudieron suceder en la Prehistoria.
Sin embargo, uno debe contar con datos críticos que lo demuestren.
Ante un crash poblacional como el defendido por Shennan y sin discusión crítica de los datos uno se escéptico.
JMV: En esta última sección vamos a tratar temas más generales y teóricos, vamos a indagar, hasta donde sea posible, sobre lo que Manuel Gándara (2011) llamaría tu "posición teórica".
No es tarea fácil, porque tú siempre has mantenido una actitud prudente con respecto a lo que podríamos llamar el "trabajo teorético" [AG: Consumo, no produzco].
Sin embargo, cuando uno mira tu bibliografía se da cuenta de la enorme cantidad de trabajos críticos que has hecho: recensiones, reseñas, críticas bibliográficas...
Ello no deja de ser una forma de hacer teoría desde la crítica.
Pero lo cierto es que nunca has querido, ni te ha parecido interesante, hacer una exposición doctrinal.
De hecho, siempre has defendido que la obra más brillante de Marx es El 18 Brumario de Luís Bonaparte y no otras piezas de mayor aliento teórico.
Recuerdo haberte oído decir "en Las luchas de clases en Francia y El 18 Brumario uno ve a Marx en su taller", digamos, haciendo lo que se supone que debe hacer un historiador o un científico social en la práctica.
JMV: Perteneces a la segunda generación posterior a la Nueva Arqueología.
Por lo que has contado hasta ahora, tu formación inicial fue básicamente históricocultural.
Sin embargo, en los años 60 ciertas variantes de funcionalismo ecológico estaban ya en ascenso hacia la posición de paradigma dominante.
No sé cómo se percibía esto, o si se percibía de alguna manera, desde el punto de vista del estudiante, del postgraduado que empezaba a trabajar.
AG: En el año de 1965, cuando empecé a estudiar Arqueología de forma seria, las obras importantes de la Nueva Arqueología todavía no se habían publicado.
Analytical Archaeology de David Clarke (1968) estaba en preparación y los Binford no habían formulado las declaraciones de su libro programático (Binford y Binford 1968).
La obra de Grahame Clark (p. ej. Clark 1939) había asentado la base de una arqueología funcionalista, pero el carácter polémico de los "nuevos" arqueólogos pusieron en evidencia los defectos de la práctica histórico-cultural vigente.
Como ya he comentado, siempre habían convivido esas dos facetas (e. g. en la obra de Childe): el difusionismo y la evolución social.
Para una persona como yo, cuyo punto de partida era Man Makes Himself y What Happened in History (Childe 1941(Childe, 1951)), el ecologismo radical de la Nueva Arqueología era algo mejor que lo contrario.
Sin embargo, este ecologismo no estaba a la altura de mis inquietudes, no contaba todo lo que quería saber.
JMV: Sin embargo, visto desde el presente, la impresión es que un grupo de personas de tu generación, que manteníais cierto contacto entre vosotros, terminasteis por producir una especie de crítica de la Nueva Arqueología.
¿Existía este grupo como tal? estoy pensando en Liz Brumfiel, Allen Zagarell, Phil Kohl, tú mismo...
¿Qué relación teníais entre vosotros?
AG: Phil y yo fuimos compañeros en la Graduate School en Harvard (Fig. 5).
Phil y Zagarell se conocían, porque ambos habían trabajado en Irán.
Yo llegué a conocer a Liz vía Tim Earle: estudiaron juntos en Michigan.
Tim mismo se había peleado con Sahlins por introducir la idea de la explotación en la prehistoria de Hawái, defendiendo que los jefes eran buenos pero para sí mismos.
Así que había toda una serie de gente que tenía las mismas inquietudes, pero no formábamos un grupo exactamente.
Yo, por ejemplo, trabajaba fundamentalmente solo.
Una vez cada par de meses, si pasaba por la biblioteca de la UCLA (University of California, Los Angeles) almorzaba con Tim.
JMV: Es decir no funcionabais como un grupo, como pudo funcionar el Grupo Oaxtepec en Latinoamérica (Bate Pedersen 2014: 16-17).
Íbamos cada uno por nuestra cuenta haciendo nuestro propio trabajo.
Además de por constituirse en grupo, la Arqueología Social latinoamericana se distingue del interés en el Marxismo de arqueólogas y arqueólogos norteamericanos como los ya mencionados y otros más (Bruce Trigger, Thomas Patterson, Mark Leone, Dean Saitta, Randall McGuire, Robert Rosenswig) en que pretende no tanto criticar el funcionalismo sistémico de la Nueva Arqueología como sustituirlo por un materialismo histórico derivado de las fuentes originales.
Es una corriente teórica independiente, a la cual los arqueólogos norteamericanos que trabajan en Latinoamérica han tenido que tomar en cuenta más que los que se dedican a otras arqueologías.
JMV: Entonces, este enfoque crítico que es común a todos vosotros expresa, más bien, el zeitgeist del momento.
AG: Lo que sucede es que si uno trata de pensar en la Prehistoria de una forma realista, el ecologismo termodinámico quizás pueda servir para explicar una parte importante de la variabilidad en, por ejemplo, sociedades de cazadores-recolectores, donde no hay clases sociales.
Pero esa perspectiva no puede funcio- AG: Exacto.
Por ponerte un caso, quien, como yo, enseña una clase de introducción a la Antropología depende necesariamente de un manual, porque el profesor ni lo sabe todo ni puede explicarlo todo.
Y si pudiera y lo hiciera, los pobres alumnos no tomarían apuntes lo suficientemente buenos para poder consultarlos después.
Es decir, el manual es esencial, pero todos te presentaban cosas que, cuando tratabas de explicarlas en clase, eran simplemente imposibles.
Inevitablemente, uno debía darle otra vuelta a las materias y en ese contexto convergimos.
JMV: A la crítica por el realismo, por decirlo así.
Te queremos preguntar ahora sobre la cuestión del marxismo, que ha aflorado en varias ocasiones a lo largo de la entrevista.
En 1974 Phil y tú organizáis lo que quizá fue la primera sesión sobre arqueología marxista en un congreso del ámbito anglonorteamericano 13.
Supongo que resultó bastante chocante en el contexto intelectual del momento.
¿Por qué y cómo surgió esta idea?
AG: Por nuestras lecturas nos parecía que todas estas críticas al funcionalismo estaban en algún sentido prefiguradas en el trabajo de Marx.
Evidentemente, Marx no tiene una elevada opinión de Auguste Comte y toda esta corriente arqueológica deriva de Comte.
Entonces a Phil y a mí nos pareció que podíamos pedir, no tanto una discusión o una exposición de puntos de vista marxistas, sino que la gente se enfrentara con el marxismo y respondiera a la cuestión de cómo se relacionaba con su trabajo.
Curiosamente algunas personas dijeron que sí.
Sorprendentemente otras, como Henry Wright, una persona de considerables luces y de gran trabajo de campo y teórico y uno de los más insignes de esa corriente ecologista, nos dijo que no sabía lo suficiente sobre Marx para poder participar desde un punto de vista crítico.
JMV: Además, los referentes que has citado (Wolf, McCormick Adams, Childe...) tienen algo que ver con Marx, de forma directa o indirecta, o sea que la sesión era un modo de hacer aflorar la tesis básica de tu artículo sobre el marxismo en la arqueología americana (Gilman 1989): mucha de la práctica arqueológica norteamericana del momento era compatible con el marxismo.
AG: Esta compatibilidad era evidente, además de contar con insignes ejemplos como el de Robert Mc- Cormick Adams (1926Adams ( -2018)) JMV: Es decir, que en Adams además hay una conexión soviética.
De hecho, cuando dirige de la Smithsonian organiza el Symposium of American and Soviet Archaeologists14 entre arqueólogos soviéticos y norteamericanos que compartían temas de investigación.
Entre los segundos había personas tanto del campo de la ecología cultural como del campo crítico, como eramos Phil, Mark Leone o yo mismo 15.
JMV: O sea, había una especie de izquierda funcionalista, como la izquierda hegeliana...
AG: Bueno, Adams invitó también a otros muchos colegas norteamericanos que podían ser del interés de los colegas soviéticos, en particular los especialistas o interesados en el Asia Central: Lamberg-Karlovsky, Henry Wright...
Adams, una persona muy leída y con una gran sabiduría, era perfectamente consciente de lo que hacía.
JMV: Adams investigó básicamente sobre los estados arcaicos y el surgimiento del Estado.
¿Hasta qué punto estos enfoques y tomas de posición se relacionan con el tipo de estudio que luego emprendiste?
Tú has abordado sociedades que no son equiparables a las grandes sociedades clasistas iniciales del Próximo Oriente o de Mesoamérica, pero la unidad de análisis viene a ser la misma.
AG: Sí, porque es una cuestión a la que uno debe enfrentarse inevitablemente en cualquier sociedad en la que existan ciertas tensiones clasistas.
Uno no tiene por qué ser marxista si se va a dedicar al Paleolítico, por supuesto que puede ayudar en su enfoque, pero no parece algo imprescindible.
Pero a partir del Neolítico empieza a ser posible acumular excedentes que pueden ser desviados en varias direcciones y hay gentes a la que se le ocurre hacerlo.
Se observa una cierta tenden-cia... se calienta el registro arqueológico, empiezan a salir pequeñas burbujas.
No hierve del todo, pero está llegando a su punto.
Son cosas como Göbekli Tepe16 con esa estatuaria realizada por cazadores y recolectores o grandes pueblos como el mismo Çatal Hüyük17.
¿Cómo se organiza eso?
Todo esto es parte del hervido y eso sí que existe, por ejemplo, en la península ibérica.
El que no lleguen a consolidarse estados hasta la Edad del Hierro, como ahora creo que está claro, convierte a la península ibérica en un buen caso de estudio de un fenómeno general que sucede en muchos lugares del mundo en distintos momentos.
La Revolución del Paleolítico Superior
JMV: Acabas de mencionar los estudios paleolíticos, y la posibilidad de que el marxismo "ayude en el enfoque".
Esto es, probablemente, lo que distingue a tu artículo "Explaining Upper Paleolithic Revolution" (Gilman 1984) ¿Por qué este artículo y por qué es el único sobre cuestiones relativas a cazadores-recolectores hasta mucho después, cuando vuelves sobre estos asuntos en el trabajo en el que colaboramos los dos (Vicent y Gilman 2011-2012)?
AG: Como ya hemos comentado, fui alumno del profesor Movius, un paleolitista distinguido (Vicent et al. 2020: 14 y 16).
En el verano de 1966, pasé dos meses, desde principios de agosto hasta finales de septiembre, como ayudante de campo de Henry Irwin, un paleolitista norteamericanista.
Había trabajado sobre el registro paleoindio pero el Paleolítico es un mundo, digamos, universal de la Arqueología, no está regionalizado.
Los problemas son un poco los mismos en Europa y en diferentes partes del mundo.
Los datos, fundamentalmente líticos y paleoambientales, tienen muchas cosas en común en todas partes.
Así que pasé dos meses con él, primero aprendiendo el sistema de clasificación de François Bordes y aplicándolo a las colecciones del Museo de Santander.
Después excavando con Henry en Morín, como parte del equipo que había montado el padre Joaquín González Echegaray antes de las excavaciones sistemáticas.
Echegaray por entonces estaba interesado en formar un equipo internacional con norteamericanos, lo que además le permitiría expandir la financiación de los trabajos.
Los dos contendientes eran Henry Irwin y Leslie Freeman.
El padre González Echegaray optó, con buen juicio, por Leslie Freeman (Straus 2000; Palacio Pérez 2013) Trab.
pues Henry era una persona genial pero de carácter problemático.
Yo, sin embargo, aprendí mucho con él.
Es decir, yo había excavado en Cueva de Morín y hecho mis prácticas de clasificación, había sido primero alumno y luego ayudante en las asignaturas de Movius, así que el Paleolítico era una de las cosas de las cuales sabía.
Por decirlo así, siempre ha sido uno de mis hobbies y, además, formaba parte de mi docencia.
Cada varios años daba un seminario sobre evolución social en Northridge.
En una de ellas, a finales de los años 70, estaba tratando de explicar la variabilidad que uno puede ver en la organización social de grupos cazadores-recolectores.
Digamos que hay una relación inversa entre, por un lado, el grado de cooperación y solidaridad y, por otro, la productividad del medioambiente que explotan.
La reciprocidad es mayor en medioambientes difíciles y menor en medioambientes abundantes.
Es, por ejemplo, el caso entre los Shoshone del desierto del Great Basin norteamericano y sus primos lingüísticos Gabrielinos de la costa de California.
Podemos decir que todos los cazadores y recolectores subactuales tienen tecnologías que son más o menos iguales en su grado de eficacia (véase Oswalt 1973).
Aunque tengan diferentes técnicas por distintas razones, tienen la capacidad de cazar o capturar todos los recursos que les rodean.
No hay nada que se les escape si les resulta útil.
Es decir, si uno mantiene la tecnología como constante y el medioambiente como variable, son las relaciones de producción las que cambian.
Me di cuenta, precisamente cuando estaba dando la clase, que en el Paleolítico es el medio ambiente el que es constante a la larga y la tecnología la que cambia, luego, debía haber una mayor solidaridad en los periodos con tecnologías más primitivas.
Fue un aperçu, por decirlo así, que podía explicar la uniformidad geográfica del Paleolítico inferior y en gran medida la del Paleolítico medio y la diferenciación y complejidad del Paleolítico superior, en cuyo desarrollo hay un punto de inflexión.
En 1981, el segundo año de mi beca Tinker, yo estaba trabajando en el proyecto de site catchment.
La Tinker exigía que fueras un postdoctoral pero que no usaras la beca en tu propia universidad, donde deberías hacerte cargo de otras cosas: querían tu tiempo completo.
Entonces recurrí a Harvard, donde me había formado.
Allí me acogieron como visiting scholar, me dieron un despachito y un permiso para acceder a la biblioteca.
En la primavera de ese año vino como profesor visitante Glynn Isaac18, cuyo trabajo yo siempre seguía como interesado en el Paleolítico.
En ese momento Harvard estaba buscando al que pudiera ser el sucesor de Movius, ya jubilado, y de hecho ficharon a Glynn poco después, pasando de Berkeley a Harvard.
No me imagino por qué decidió hacerlo, pues estaba perfectamente bien en Berkeley pero, en todo caso, lo hizo.
Isaac era una persona admirable que escribía con una claridad meridiana (e. g.
Durante ese semestre dio una clase sobre Paleolítico y yo le pedí permiso para asistir como oyente.
Fue la mejor clase de Arqueología de mi experiencia académica y aprendí mucho.
Glynn tenía también la costumbre de organizar una especie de seminario mensual allá donde diera clases.
En estos seminarios se reunían alumnos y colegas, comían algo juntos y después uno de los participantes presentaba el trabajo que tenía en curso.
Yo había hecho un pequeño esbozo de lo que me parecía una idea importante sobre cómo pensar en el Paleolítico medio y, como uno de esos participantes, pude exponer mi trabajo en una de esas sesiones.
A Glynn le pareció interesante y en consecuencia busqué un lugar en el que publicar ese trabajo.
Por entonces Matthew Spriggs me invitó a escribir algo para el volumen Marxist Perspectives in Archaeology que estaba organizando, por lo que le di otra vuelta al argumento y se lo envié (Gilman 1984).
JMV: Sin embargo no le has dado continuidad en mucho tiempo y la recepción del artículo quizá se ha resentido por la circunstancia de que el mundo del Paleolítico es bastante refractario a este tipo de aproximaciones no adaptacionistas.
AG: No, claro, yo me he dedicado a trabajar en otras cosas, pero las ideas están ahí publicadas y algunos las utilizan y se refieren positivamente a ellas, como por ejemplo mi amigo João Zilhão, una persona a la que siempre le ha gustado ese texto.
Creo que, cuando me encontré por primera vez con Zilhão, sería sobre el año 1994, él ya lo había leído y estaba perfectamente al tanto.
Es decir, ha tenido cierto y positivo impacto, pero evidentemente yo soy un "forastero" en la materia.
JMV: Desde otro punto de vista, aunque este artículo es excepcional en tu trayectoria, resulta muy coherente con tu visión de la Prehistoria.
Porque, al fin y al cabo, trata de poner en perspectiva la evolución social como un proceso unitario.
Además el artículo se reeditó en el Contemporary Archaeology in Theory de Preucel y Hodder (1986), lo que sugiere que a los compiladores les pareció relevante.
Realmente, que yo conozca, no hay muchas aproximaciones a la transición Trab.
AG: Además de eso, en ese artículo digo maldades sobre las corrientes que a día de hoy siguen siendo dominantes.
El racismo implícito de todo el discurso paleolitista sobre este asunto me resulta ofensivo.
Yo considero que soy algo neandertal.
Me ofende que la gente diga que somos tontos.
El origen del Estado y las sociedades intermedias
JMV: En cualquier caso, tu campo de trabajo ha sido siempre el de las transiciones a las sociedades clasistas.
Conectando con lo que decías a propósito de McCormick Adams y Childe, parte de tu trabajo en la península ibérica está involucrado en un debate dilatado en el tiempo sobre la posibilidad de que la unidad de análisis adecuada para comprender la Edad del Bronce en la península fuera el problema del origen del Estado.
En relación con esta cuestión siempre has mantenido una perspectiva minimalista.
AG: Creo que son cuestiones de escala.
Hay sistemas de organización a gran escala.
Es verdad que hay ciclos políticos, pero una de las características del estado es que para hacer el cambio político uno se tiene que organizar de tal manera que el estado siga [JMV: no derribas el estado si no el gobierno].
¿Cómo llamaban irónicamente los portugueses al COPCON, la organización policial de la Nueva Democracia?: Como Organizar a Pide Com Outro Nome20.
Cuando uno se pasea por Teotihuacan21 comprende que Valencina de la Concepción es grande, pero no es lo mismo.
Si lo haces por yacimientos minoicos y micénicos la diferencia no es tan sustancial, pero la escala es mucho menor que en Siria, Anatolia o Egipto, ¡y los egeos lo saben!
Uno de los beneficios de una formación antropológica es que te permite darte cuenta de la gama de esa escala general, de las diferencias que existen entre las sociedades de parentesco y las sociedades de clase cuando se organizan verdaderamente bien.
Se ven todos estos interesantes subsistemas intermedios, cuya escala es también mucho mayor que en la península ibérica.
JMV: Esta idea de las sociedades intermedias está conectada con tu interesante trabajo sobre el "modo germánico de producción" (Gilman 1995a).
AG: El artículo es más bien descriptivo de toda una serie de sociedades donde hay un cierto grado de inversión en landesque capital y una evidente diferenciación social pero cuya organización no es "funcionalista".
Es decir, aunque quizás ocurra puntualmente, nadie almacena para luego distribuir.
Si los campesinos de un señor feudal se están muriendo literalmente de hambre, el señor no podrá contar con ellos al año siguiente, con lo que debe hacer algo.
El que un patrón, si es prudente, proteja hasta cierto punto a su cliente, no es la redistribución concebida en el sentido funcionalista.
Para el enfoque funcionalista, sugerido por ejemplo por Sahlins, el sistema funciona para redistribuir y el jefe crea un bien común que suma más que la suma de sus partes.
A mí siempre me pareció que esto no era así y, en esta argumentación, la cuestión de la escala se convierte en un aspecto importante.
Una de las deficiencias de la educación que reciben los arqueólogos en Europa es la falta de una visión comparativa, consustancial a la arqueología antropológica.
PDR: En 1981 propusiste lo que vino a denominarse la "hipótesis de la mafia" para explicar los orígenes de las desigualdades sociales permanentes en la Prehistoria europea (Gilman 1981(Gilman, 1990)).
¿Hasta qué punto crees que esta hipótesis se mantiene en pie considerando los casi 40 años en los que el registro arqueológico se ha incrementado exponencialmente en cantidad y calidad?
AG: El interés que puede tener la mafia para nuestra comprensión de las sociedades pre-o para-estatales no depende del desarrollo de los datos empíricos.
Depende de la dificultad estructural de hacer cumplir obligaciones contractuales cuando uno no puede apelar a la fuerza de la ley.
La mafia existe para hacer cumplir contratos en cuestiones que por ser ilegales no pueden llevarse a los tribunales.
Algo similar ocurre en situaciones donde tales tribunales aún no existen.
En un mundo como el de la Prehistoria tardía de Europa, la única manera de garantizar que un prójimo cumpla con sus obligaciones es o bien ser uno mismo lo suficientemente peligroso para poder exigirlo con éxito o bien apelar a la ayuda de (y por lo tanto someterse a) uno que lo sea.
MIMN: Tengo una pregunta sobre el estado relacionada con la sociología del mundo académico.
¿Podría haber un factor de prestigio en estudiar un estado, en lugar de una sociedad de bandas u organizada en torno a los principios del parentesco?
AG: Yo creo que la llamada inflación de la complejidad (Yoffee 1993) tiene algo que ver con eso: ¿por qué trabajar con cazadores-recolectores cuando podrías trabajar con príncipes?
Quizás por eso el registro mesolítico se estudie menos.
También porque la Arqueología está en gran medida guiada por la inversión esta-
JMV: Aquí llegamos a otra cuestión interesante; la oposición entre una tradición historicista europea frente a la tradición antropológica norteamericana.
Eso es algo que se nota, ¿no?
AG: Se nota de varias maneras, como por ejemplo en la relación con el patrimonio.
La diferencia a este respecto era una de las cosas interesantes que se veía en esa reunión de 1986 en la Smithsonian.
Entre los invitados soviéticos había representantes de las Academias de Ciencias de las Repúblicas del Asia Central.
Había tayikos, kazajos, toda una serie de académicos de una parte del mundo incorporada al Imperio Ruso en la segunda mitad del siglo XIX, precisamente cuando los Estados Unidos se expanden al Oeste.
Uno no encuentra algo similar en los Estados Unidos.
Tras casi dos siglos, todavía se pueden contar con los dedos de una mano los nativos americanos que ocupan puestos de arqueología en la academia.
JMV: No hay una Academia de Ciencias... ¡navajo!
En la URSS alguien pensaba que las historias de estos países deberían ser estudiadas por miembros de sus sociedades 22.
Es un contraste interesante.
Ya hemos co- 22 Un excelente análisis de la incorporación del conocimiento etnográfico en la conformación de la Unión Soviética en Hirsch (2005). mentado cómo las secuencias arqueológicas están concebidas, básicamente, desde una perspectiva histórica, es decir, como trayectorias concretas de sociedades concretas, y donde los aspectos comparativos se reducen a la morfología de los elementos arqueológicos, etc. Sin embargo, cuando tú llegas aquí, la caracterización del registro arqueológico es básicamente histórico-cultural pero el aspecto comparativo está ausente, excepto en lo que pueda tener de apoyo a la organización crono-cultural del registro (como los paralelos egeos del material argárico).
Quizás por eso las cuestiones de escala para definir el Estado no se planteaban.
AG: Me parece que a mucha gente le hubiera ayudado apuntarse, como hice yo, a una clase de historia de la teoría del parentesco, kinship theory, empezando con Morgan y acabando con el análisis lingüístico de las categorías de parentesco.
Ahí te das cuenta de la importancia de aprender otros sistemas de organización.
También, claro, es importante en un trasfondo más profundo haber estudiado latín y griego para comprender cómo estas sociedades no son como las nuestras.
Tienen otros incentivos, funcionan de otra manera.
Esas particularidades históricas no se pueden ignorar, por lo que el materialismo directo y ecológico no es suficiente.
JMV: Es decir, además de tener en cuenta las particularidades culturales específicas de cada sociedad, habría que poner en cuestión la proyección de la racionalidad económica capitalista sobre las sociedades del pasado.
AG: Sí, pero con un matiz.
Como el pasado es mudo uno debe proceder primero por el economicismo para observar lo que éste no es capaz de explicar.
De otro modo no se observará la diferencia y todo termina siendo arbitrario, cultural o religioso.
Uno tiene que empezar con el hecho de que la racionalidad económica se practica, hasta cierto punto, en todas las sociedades.
Normalmente el campesino va paseando al campo por el sendero más rápido y directo y, si es posible, trata de tener sus campos cerca de casa para reducir los gastos energéticos.
Todo eso tiene un trasfondo darwinista que está ahí y que no lo explica todo, pero explica algo.
Si uno no empieza por ahí, no puede valorar lo que se sale de ese marco, las desviaciones, las arbitrariedades, los excesos, ¡la política!
JMV: O sea que la explicación funcional vendría a ser como la "hipótesis nula" del razonamiento arqueológico.
Sin embargo, como discutimos antes en relación con la Arqueología española, esta idea está en retroceso frente a la proliferación de explicaciones difusionistas y de una especie de determinismo etnocultural.
Esto parece ser un efecto paradójico del desarrollo de la llamada Archaeological Science.
Ha sido presentado, incluso, como la "tercera revolución" de la Arqueología (Kristiansen 2014).
AG: Sí, yo tengo esa impresión también y, además, está fomentada por personas como mi buen amigo Kristian Kristiansen ¡al que le gusta ser un enfant terrible!: ¡se atreve a resucitar a Kossinna!
Bueno, es cierto que la difusión ocurre en la Historia.
Tampoco hay duda que en el pasado la gente pudo haberse movido por aquí y por allá.
Lo que no se podía hacer era documentarlo bien con datos tipológicos porque, como todos sabemos, cualquiera puede beberse una Coca-Cola sin ser norteamericano.
Ahora bien, hay métodos (cuyo funcionamiento debemos entender) que dan pistas sobre cuestiones objetivas, como por ejemplo si una persona que murió en un lugar, nació o creció en otra parte.
Estoy pensando en esos estudios genéticos y de parentesco realizados en cementerios del valle de Lech, en el sur de Alemania, donde resulta que las mujeres vienen de otra parte y donde se puede demostrar la existencia de una determinada exogamia (Mittnik et al. 2019).
Además, comparando la composición de la dieta a partir de dientes y huesos se puede ver si la gente ha cambiado de posición social en el curso de su vida.
Hay una gran variedad de métodos que se pueden aplicar a los materiales arqueológicos.
Sin embargo, el hecho es que muchos de estos resultados son pan bendito para aquellos que siguieron practicando una arqueología histórico-cultural.
De hecho, la tendencia ha reavivado el uso de las tipologías para tratar ciertas cuestiones.
En último término, como ya he dicho antes, los profesionales de la Arqueología deberemos entender la genética como aprendimos a entender la geomorfología.
Uno tiene que saber lo que hacen estos científicos, cómo lo hacen y cuáles son, por ejemplo, los potenciales problemas de muestreo, pues no cabe duda de que te pueden vender la moto...
PDR: Volviendo a la contraposición entre la tradición historicista europea y la antropológica norteamericana ¿Hasta qué punto afecta que los arqueólogos formen parte de departamentos de Antropología en los EE.
AG: Bueno, en general son los prehistoriadores los que pertenecen a departamentos de Antropología.
En los Estados Unidos y Canadá creo que solo la Universidad de Calgary y la Boston University tienen programas universitarios de Arqueología como tal.
En el resto, si los arqueólogos son prehistoriadores forman parte de un departamento de Antropología y si se dedican a la Arqueología clásica se encontrarán en los departamentos de Historia del Arte o Historia Antigua.
En Cambridge la sección de Arqueología estaba en un departamento de Antropología y Arqueología donde, entre otros, había antropólogos físicos.
Yo creo que el que la educación se lleve por separado influye bastante en una cierta inocencia británica con respecto a lo que pueden ser las sociedades "primitivas".
Los arqueólogos que hacen Etnoarqueología, y lo hacen más o menos bien, tienen que suplir eso.
Este cambio sucederá también en Estados Unidos, dado que la Antropología cultural tradicional ha perdido su objeto de estudio, ya no existe.
Los departamentos de Antropología ya son irreconocibles respecto a lo que eran en mi juventud.
Los arqueólogos, como yo mismo, han abandonado en masa la American Anthropological Association.
PDR: ¿Puedes explicar en qué sentido los departamentos de Antropología han sido dinamitados desde dentro?
En el pasado existían ejemplos de sociedades 'primitivas' que se podían estudiar, sociedades más próximas a las formas originales.
Una persona como mi profesor Maybury-Lewis (1929-2007) 23 quizá fuera casi el último de los clásicos etnógrafos británicos que convivieron largos periodos con, en su caso, grupos del Amazonas.
Él convivió años con ellos, aprendió la lengua y fue capaz de reconocer exactamente lo que pasaba.
Esto lo hizo a finales de la década de los 50 del siglo pasado.
Ahora prácticamente todos esos grupos son refugiados.
El implacable mundo contemporáneo les ha alcanzado.
PDR: Tampoco es que viviesen en un mundo pa-ralelo...
En el Amazonas hasta los años 1960 había grupos que formaban parte de un mundo más amplio y se habían constituido como resistencia, en relación con estados o con invasores, pero esa gente estaba más o menos aislada, hablaban una lengua desconocida, se regían por reglas propias y, por decirlo así, nadie les mandaba.
En los años 50 si ibas al Amazonas o a Nueva Guinea o a sitios parecidos podías encontrar a yanomamis, shavantes, machiguengas, danis, pero estabas más allá de la frontera, por decirlo así.
El antropólogo era uno de los primeros blancos que había visto esta gente, con los riesgos correspondientes, como en el famoso caso de Michael Rockefeller en Nueva Guinea.
Los grupos existían y eran un objeto de estudio muy interesante por la perspectiva que ofrecían.
Es verdad que estas personas no estaban exentas de Historia, pero uno podía observar sociedades muy diferentes a las nuestras y tratar de entender cómo funcionaban.
Era parte de la misión colonial intentar comprender a estas gentes que se incorporan a los imperios para saber cómo explotarles mejor.
Había que saber para qué servían, lo que pensaban.
Ahí está ese proyecto colonialista de Malinowski y de todos los agentes del Colonial Office que van a estudiar a África, al Pacífico o a Sudamérica.
Estas AG: Por inercia las cosas siguen y la gente piensa que los departamentos debieran tener un poco de todo, pero sus miembros no comparten objetivos y estrategias disciplinares comunes.
Cuando yo era alumno de Antropología en Harvard entre 1965 y 1973 había profesores que representaban esa "vieja escuela" de la que hablaba: habían hecho trabajos de campo que se integraban en una visión más amplia de la historia de la humanidad.
Estaban Maybury-Lewis (1971) y Douglas Oliver (1952) que habían trabajado en el Amazonas y Melanesia respectivamente y que habían escrito obras clásicas sobre el asunto.
Estaba también Vogt que estudiaba a los campesinos maya como tales y representaban una visión normativista del asunto (Vicent et al. 2020: 13-14).
Todo esto ya ha pasado a la Historia.
Por supuesto, hay veteranos de mi generación que siguen haciendo trabajos interesantes en la línea de la Ethnohistory (p. ej., Wiessner 2019) o de la Economía Política (p. ej., Hansen y Le Zotte 2019), pero estos son islotes en un mar de Cultural Studies.
MIMN: En este panorama, ¿cómo encaja la reivindicación de los descendientes de los nativos americanos de su capacidad de reescribir su historia y de recuperar su patrimonio?
AG: Eso es todo un problema para mis colegas americanistas y una buena razón para no practicar esas arqueologías.
En California los nativos fueron más o menos sistemáticamente exterminados, pero sobrevivieron pequeños grupos que pueden decir ser descendientes de la población originaria.
Los chumash del sur de California son primero reducidos a las misiones franciscanas para acto seguido morir masivamente como consecuencia de las nuevas enfermedades introducidas por los occidentales.
Luego, cuando en los años 1830 el gobierno mejicano desamortiza los bienes eclesiásticos (como en la España de Mendizábal), los chumash pasan a ser peones en los múltiples ranchos que surgen.
Sus herederos pueden decir que descienden de grupos prehispánicos y presentar demandas sobre la arqueología local.
La calidad histórica de esta relación es la misma que la que habrá entre un judío postholocausto y las comunidades de Ucrania 180 años antes.
Pero las reclamaciones de los nativos americanos están ahí y deben ser gestionadas con delicadeza a pesar de que sus efectos sean en ocasiones negativos para la ciencia.
Estos grupos suelen insistir, por ejemplo, en la repatriación de los restos humanos (que a día de hoy es una fuente de información arqueológica muy importante) y que solo se puedan estudiar con un permiso de los grupos indígenas que, salvo excepciones, no suelen dar.
En último término, este sistema replica el del Nacionalismo clásico, cuya idea fundamental es que una persona que desciende de una corriente cultural está en mejor posición para interpretarla que un ajeno.
PDR: Al menos se presenta en términos de una cierta justicia hacia los grupos que fueron exterminados.
No les falta razón en ese sentido.
AG: No, tienes razón.
You can feel sorry for them, pero eso de feeling sorry es también una relación problemática.
MIMN: Además la contradicción no siempre se da entre los descendientes de los nativos americanos y de los que llegaron de cualquier otro lugar y les echaron.
Muchas veces, los conflictos se dan entre los primeros por acceso a territorios y recursos o por acceso al propio pasado, como la propiedad de ciertos lugares rituales.
AG: Sí, pero la Historia como la entendemos nosotros no entra en eso.
Por ejemplo, el National Museum of the American Indian, en el Mall de Washington, reúne toda una serie de colecciones privadas y gubernamentales cuya exposición se ha dejado organizar a los grupos indígenas.
El resultado es paradójico.
Tanto en Washington como en British Columbia, por ejemplo, hay comunidades que han sobrevivido y que continúan su tradición cultural.
Una de las cosas interesantes de la Northwest Coast es que al llegar los europeos eran grupos de cazadores y recolectores que tenían una sociedad jerarquizada con esclavos: eran jefaturas en las cuales la olla estaba burbujeando.
Esto no aparece en el museo, no se discute, no se enfrentan con ello pues no les interesa: no se informe al visitante de los aspectos económicos y cómo se organizaban para producir una cierta cantidad de excedentes.
El discurso expositivo está basado en una serie de mitos (muchos contemporáneos) sobre sus relaciones con la naturaleza y la existencia de una simbiosis entre los distintos grupos, algo que evidentemente no siempre sucedió en el pasado.
Cuando yo llegué a Northridge me pidieron que me hiciese cargo del club arqueológico de estudiantes que, entonces, tenía contratos de gestión.
Estos alumnos de mi universidad, por entonces el San Fernando Valley State College24, habían hecho, entre otros proyectos, las prospecciones previas a la construcción de la autopista que ahora conecta el norte del valle.
Caltrans, el Departamento de Transporte del Estado de California, les había contratado para hacer el seguimiento arqueológico.
El club necesitaba de un doctor que avalara el trabajo, que fuese un profesional y este era el norteamericanista del departamento, Roger Kelly, con quien yo compartía despacho.
Kelly no se llevaba bien con los alumnos que eran miembros del club.
El era un arqueólogo tradicional, conservador, y los alumnos eran una serie de hippies que se interesaban en la Arqueología25.
Había diferencias culturales y generacionales importantes.
Como consecuencia, durante un par de años tuve que ser el asesor del club.
Yo sí me llevé bien con los alumnos.
Y con ello tuve que aprender algo sobre la arqueología local.
Todo el panorama arqueológico de California me resultaba curiosísimo.
Esta arqueología de gestión todavía emergente estaba completamente divorciada de la arqueología académica.
Sus grandes figuras, Robert Heizer en Berkeley y Clement Meighan en la UCLA, curiosamente no pertenecían a la Society for California Archaeology.
Eso se debía en parte a que estos dos despreciaban a quienes reclamaban su pasado indígena, mientras que los jóvenes querían colaborar con ellos.
En el par de años que fui avalador aprendí algo y, en cuanto pude obtener fondos para mis proyectos propios, me excusé.
PDR: Sin embargo, según nos has dicho, CSUN formaba exitosamente a arqueólogos que se orientaban al trabajo en empresas (Cultural Resource Management).
Teníamos un programa de máster con tres funciones.
La primera era dar clases de postgrado a adultos interesados en estudiar, lo que era viable pues las matrículas eran baratísimas.
Ahora han subido bastante, pero cuando yo llegué, para matricularte en una asignatura solo debías ser un ciudadano con algunas calificaciones mínimas.
Pagabas por semestre unos $100 o $150, menos de lo que podría costarte fumar durante un mes.
Después estaban quienes querían reciclarse y ser profesores, o estudiar Antropología de una forma seria, pero que no podían entrar directamente en una Graduate School.
Habían estudiado otra carrera o sus notas no habían sido suficientes.
Por último, estaban las personas que querían orientarse hacia la arqueología de gestión.
Teníamos un programa diseñado para eso que eventualmente tuvo bastante éxito.
JMV: Para finalizar, ¿cuál es el propósito que te mueve a hacer Arqueología?
La Arqueología me produce placer.
No citaré la famosa frase de Flannery...
Beatriz Pablos Ochoa, Responsable de Prensa de la Residencia de Estudiantes (CSIC, Madrid) facilitó el lugar de la reunión para la entrevista.
Agradecemos a Bartolomé Ruiz González (Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, Junta de Andalucía), Javier Sánchez-Palencia y la familia Gilman el acceso y permiso para publicar las fotografías que acompañan a la entrevista.
La Bibliotea Tomás Navarro Tomás (CCHS, CSIC) incorporó a su Archivo los documentos de la grabación y transcripción de la entrevista. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0
Su objetivo era definir una argumentación ideológica utilizable como elemento de cohesión social por los gobiernos de la alternancia durante el primer cuarto de siglo de la Restauración (Peiró 1996a; Almagro Gorbea 2007; Maier 2008; Mederos 2013).
La necesidad de potenciar los conceptos de unidad administrativa, territorial y lingüística, junto al papel predominante de la religión cristiana y de la monarquía en la evolución del estadonación, confirieron especial importancia a la historia y la arqueología medievales.
El interés por articular el período de la reconquista como crisol formativo de una determinada idea de España coincidía con el modelo francés basado en la École des Chartes (Guyotjeannin 1993; AA.
El resultado será la escasa presencia de los temas de Prehistoria y Protohistoria en los temarios docentes, y en la documentación aportada por opositores y tribunales en los concursos de oposición a cátedras universitarias de Historia y Arqueología antes de 1916 (Ayarzagüena 1993; Berlanga 2001; García Santos 2017).
El reglamento de oposiciones vigente desde 1910 3, establecido por el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, reafirmaba los procedimientos de la Ley de 1857.
Según ellos, en el transcurso del acto de presentación ante el tribunal, los opositores debían entregar un programa detallado de la materia objeto del concurso.
A partir de los temarios aportados, los miembros del tribunal elaboraban uno propio que era entregado a los firmantes de la plaza.
Un sorteo establecía los temas de unos y otros que deberían ser expuestos en las pruebas por los opositores.
El análisis de los temarios de las plazas convocadas entre 1875 y 1916 muestra la disparidad en la formación de los opositores y su falta de especialización en una temática o cronología específica.
Ello era producto de una docencia generalista y, en muchos casos, prueba que los candidatos, en especial los que se habían beneficiado de pensiones de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en el extranjero, tenían un conocimiento más profundo y moderno de la materia que los integrantes de los tribunales.
Pugnarán quienes aportaban temarios renovadores con aquellos que se ajustaban al concepto de docencia que representaban los jueces para defender orgánico y Reglamento de la Escuela de Diplomática, dados por S. M. a 7 de octubre de 1856 y 11 de febrero de 1857.
La documentación sobre la docencia de la Prehistoria de las oposiciones a cátedras de Historia Universal antigua y media, Historia de España antigua y media, y Arqueología, Epigrafía y Numismática, muestra también las visiones enfrentadas entre el providencialismo y el evolucionismo, además del debate sobre su reconocimiento como ciencia que marcó el desarrollo de la investigación en España durante la segunda mitad del siglo XIX (Gracia en prensa) 4.
Un ejemplo es el temario del tribunal designado para cubrir la vacante de Historia Universal de las Edades Antigua y Media en la Universidad de Valencia en 1906 -que obtendría José Deleito y Piñuela-, presidido por Manuel del Valle Cárdenas.
En sus 134 temas la Historia era concebida como una estructura troncal a la que la Geografía, la Cronología, la Antropología y la Filología ayudaban en la generación del conocimiento.
En cambio la Arqueología no se nombraba, consecuencia de su vinculación con la Historia del Arte para la época clásica y con la Geología y la Paleontología para las estructuras sociales consideradas como no históricas5.
Cuatro temas cubrían el período comprendido entre el Paleolítico -nomenclatura que no se emplea-y la Edad de los Metales.
Los epígrafes mostraban el atraso en la incorporación del conocimiento científico al mantener ideas superadas como la raciología o la periodización antidarwinista de Jean Louis Armand de Quatrefages (1810-1892) expresada en sus obras Charles Darwin et ses précurseurs français: étude sur le transformisme (1870), L'espèce humaine (1877) y Histoire générale des races humaines (1887)(1888)(1889).
Además el tribunal hacía frecuentes alusiones a los textos bíblicos o a la religión como modelos interpretativos.
La protohistoria peninsular no se citaba y, en general, las referencias específicas correspondían a la Edad Media, muy sobredimensionada.
La estructura es muy similar a la planteada por el tribunal que había juzgado, en 1903, bajo la presidencia de Matías Barrio y Mier, las vacantes de Historia Universal en las universidades de Barcelona, Granada y Sevilla que obtendrían respectivamente Martiniano Martínez Ramírez, José Salarrullana de Dios y Feliciano Candau Pizarro.
Sólo cinco de ellos, dedicados a la concepción racial de la evolución humana, correspondían a la Prehistoria, un concepto que no se emplea pese a haberse publi- En 1911, Juan Catalina García-López presidió, hasta su fallecimiento el 18 de enero, el tribunal para la provisión de la vacante de la cátedra de Historia de España Antigua y Media en la Universidad de Sevilla7 con un amplísimo temario de 165 epígrafes 9.
Los arqueólogos Catalina García-López y el marqués de Cerralbo formaban parte del tribunal pero, aun así, en vez del concepto prehistoria, se empleó el de protohistoria para las cronologías más antiguas, entendidos todavía entonces por muchos historiadores como sinónimos.
Los ocho temas que se le dedicaron cubrían desde el "arqueolítico" inicial hasta la conquista romana (Tab.
La aportación más interesante fue que entre los dedicados a las colonizaciones fenicia y griega, había temas específicos sobre iberos, celtas y celtíberos, aunque tratados siempre a partir de informaciones aportadas por los textos clásicos y no por la investigación arqueológica.
Claudio Sanz Arizmendi, que obtendría la plaza, tras reafirmar las ideas de "Historia nacional" e "Historia patria" propias del discurso narrativo-político contemporáneo, diferenció en su programa los "Tiempos primitivos".
Su rechazo como parte de la Historia de cualquier período que no pudiera ser analizado a partir de textos escritos se reafirma en el enunciado de los primeros epígrafes como Tribunal.
Temas de "protohistoria" y colonización fenicia y griega 1911 "Concepto, origen y progresos de la protohistoria.
Estado actual de los estudios relativos a la protohistoria ibérica" "Protohistoria ibérica.
Los períodos arqueolítico y neolítico.
Conclusiones más probables acerca de la procedencia y caracteres de las primitivas razas que poblaron a España" "Protohistoria ibérica.
Edad de los metales" "Primeras fuentes literarias para el conocimiento de la Historia de España" "Juicio de las tradiciones y leyendas relativas a los primitivos tiempos de nuestra historia"
Claudio Sanz Arizmendi, ganador de la plaza La línea ideológica marcada en estos ejemplos se consolidará en la mayoría de los cuestionarios de las oposiciones a cátedras, tanto de Historia de España como de Historia Universal, incluyendo las especificadas como "antigua y medieval".
También hubo algun cambio como en las oposiciones para cubrir, en 1909, la vacante de Historia Universal en la Universidad de Valencia8.
El tribunal encargó a Germán Latorre Setién, catedrático de Geografía política y descriptiva en la Universidad de Sevilla, elaborar la parte del temario correspondiente a la Prehistoria.
El vencedor, Francisco de Paula Amat y Villalba, en su propuesta, otorgó a la Prehistoria una importancia residual además de definirla con términos periclitados9.
Por el contrario, el planteamiento de Latorre superaba los conceptos conservadores indicados con una visión más avanzada que primaba la "reconstrucción de las sociedades".
Reconocía el carácter científico de la Prehistoria; establecía las relaciones con la Historia; definía sus límites cronológicos, y enunciaba la existencia de una metodología específica de trabajo.
Recurría a una división clásica en tres etapas: Arqueolítico, Neolítico y Edad de los Metales, pero se distanciaba de la enunciación tipológica propia de la influencia de la escuela histórico-cultural francesa para proponer una interpretación histórica de los procesos.
Para ello, en los tres temas, dedicaba un apartado al "estado social del hombre", sin duda lo más próximo a una interpretación transversal, plural, ideológica y social, propuesta hasta el momento.
El posicionamiento de Latorre era el resultado de la influencia de Manuel Sales y Ferré, catedrático de Es evidente que la investigación no constituía una prioridad años antes de la promulgación de la Ley de Excavaciones de 191115 y su Reglamento de 1912 16.
Se precisaban funcionarios del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos (CFABA), responsables de la protección, conservación y catalogación del patrimonio histórico-arqueológico centrado en las artes industriales y religiosas medievales, de largo el núcleo de las colecciones de los museos.
Por ello es lógico que hubiese tres temas vinculados con la museología: "Principios sobre la organización de un Museo Arqueológico general.
Catalogación", "Idea de la clasificación y de las colecciones del Museo Arqueológico Nacional" y "Idea de los museos arqueológicos principales de Europa" 17.
Una década después ya no aparecerán en el temario elaborado para la oposición a la plaza de Barcelona, aunque la estructura de repartición temática, como se verá, fuera muy similar.
La razón obvia es que, en 1914, ya existía una legislación específica en el ámbito de la arqueología y la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades y la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, en Madrid, y la Sección Histórico-Arqueológica del Institut d'Estudis Catalans, en Barcelona, desarrollaban o financiaban con fondos públicos campañas de intervención programadas.
Por el mismo motivo, no hay temas dedicados a la arqueología de la península ibérica que sí caracterizarán, en mayor o menor media, las oposiciones posteriores, como resultado de la importancia que irán adquiriendo las intervenciones monumentales en Numancia, Mérida o Ampurias.
Las diferencias de criterio se aprecian también en la bibliografía empleada por los opositores para preparar los temas.
Solo Gonzalvo París cita publicaciones extranjeras y declara conocer los trabajos de Heinrich Schliemann sobre Troya y Tirinto18, además de los de Émile Cartailhac y Henri Breuil entre 1902 y 1905 sobre las pinturas rupestres de Altamira y los referidos a la península ibérica de Louis Siret y Cels, Les premiers ages du métal dans le sud-est de l'Espagne (1888) y L'Espagne préhistorique (1893) y Pierre Paris, Essai sur l 'art et l' industrie de l'Espagne primitive (1903)(1904).
En la Universidad Central, Catalina García-López y José Ramón Mélida y Alinari marcaron las décadas 1900-1930.
El primero ocupó la cátedra entre 1900 y 1911 tras la remodelación de los estudios universitarios y la supresión de la ESD 19.
La asignatura de Arqueología (una clase cada dos días) se daba en el plan de estudios de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras 20.
Tras su fallecimiento, Mélida cubrió la cátedra por designación directa del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y nombramiento de 1911 21, se-Trab.
Los informes de la Facultad de Filosofía y Letras, del Consejo de Instrucción Pública y de la Real Academia de la Historia destacaron la labor de Mélida como conservador del Museo Arqueológico Nacional y miembro del CFABA y, en especial, su implicación en las excavaciones de Numancia, la gran obra de arqueología patriótica iniciada pocos años antes.
La primera cátedra cubierta por concurso libre en la Universidad Central fue la de Arqueología arábiga correspondiente a los estudios de doctorado de la Facultad de Filosofía y Letras 23.
El tribunal, nombrado el 5 de diciembre de 1911 y presidido inicialmente por Eduardo Saavedra Moragas, sufriría dos cambios.
Primero se nombró al hebraísta Mariano Viscasillas y Urriza 24, substituido tras su fallecimiento, por José Joaquín Herrero y Sánchez 25.
Realizadas las pruebas, Manuel Gómez-Moreno Martínez sería nombrado catedrático el 19 de julio de 1913 26.
Ese año la asignatura de Arqueología arábiga pasaría a ser obligatoria para la obtención del doctorado en Historia en la reforma de los planes de estudio de la Facultad de Filosofía y Letras, asegurando alumnos a Gómez-Moreno 27.
José Vicente Amorós Barra obtuvo el nombramiento de catedrático de Arqueología, Epigrafía y Numismática en la Universidad de Barcelona en 1914 28 tras un dilatado proceso, puesto que la plaza fue convocada el 31 de agosto de 1911 29, a la vez que se nombró el tribunal presidido por Eduardo Hinojosa y Naveros.
Le sustituiría José Joaquín Herrero, quien aprovechaba su posición en el Consejo de Instrucción Pública para controlar las oposiciones.
Los miembros de la comisión elaboraron un temario integrado por 130 epígrafes 30.
Su estructura muestra la continuidad con la línea docente marcada por la ESD priorizando la Arqueolo-gía cristiana y la Edad Media como período esencial en la formación de la Historia de España.
Su concepción de la Arqueología se basaba en planteamientos positivistas de las tipologías, inmuebles y muebles.
Siguiendo el modelo de análisis definido por la Historia del Arte, se obviaba el estudio de las estructuras sociales, económicas, ideológicas o políticas correspondientes al material estudiado.
No se incluyó ninguna referencia a la concepción de la Arqueología como ciencia, ni a la metodología de investigación o docente.
Se resumía la arqueología prehistórica en tres temas que cubrían desde el Paleolítico a la Edad de los Metales.
En cambio la protohistoria de la península ibérica se explicaba en nueve que abordaban desde la colonización fenicia y púnica a la cultura castreña, incluyendo referencias a los resultados de las intervenciones en Ampurias y Numancia, así como el debate sobre la antigüedad de las murallas de Tarragona a partir de los trabajos de Luis Pons d'Icart, Emil Hübner y Buenaventura Hernández Sanahuja.
Amorós Barra presentó un programa de ciento catorce temas para el apartado de Arqueología, veintidós para la Numismática y ocho para la Epigrafía31.
Es muy similar al planteado por el tribunal por cuanto reserva más de la mitad de los temas a la Arqueología medieval.
En el resto enuncia los contenidos de Prehistoria; Egipto; Caldea; Asiria; Persia; Heteos; Frigia y Licia; Fenicia, Chipre y Cartago; Hebreos, Grecia, Etruria, Roma y la Arqueología de la península ibérica.
Los epígrafes dedicados a la arqueología protohistórica son significativos de ese concepto de docencia basado estrictamente en una descripción tipológica, sin referencias a las estructuras sociales estudiadas a partir de los objetos, como planteaba el tribunal.
3) son clara demostración de la concepción de la Arqueología no como parte integrante de la Historia sino como una enumeración descriptiva de materiales orientada a facilitar las clasificaciones museísticas.
Esta doble vía marcará la docencia del período comprendido entre 1915 y la Guerra Civil.
Los catedráticos continuadores del modelo erudito, conocedores de los fondos bibliográficos y de los textos clásicos y medievales, determinarán una forma de ejercer la docencia y la investigación basada en el discurso acrítico y el aprendizaje nemotécnico.
Los basados en el conocimiento de las corrientes teóricas europeas intentarán la renovación de la metodología y de los contenidos incorporando los resultados de las intervenciones arqueológicas.
Es lógico que la principal transformación proceda de la Escuela de Arqueología de Barce- terminante en el acceso de Bosch Gimpera a la cátedra, al conseguir en 1915 que la plaza de Historia Universal Antigua y Media quedara vacante, y apoyarle decisivamente en la repetición del concurso en 1916 (Gracia Alonso y Fullola Pericot 2016).
La razón era la compresión por Ballesteros de la importancia de la Prehistoria y la Arqueología en la docencia de la Historia.
En 1912, Ballesteros obtuvo por oposición la cátedra de Historia Universal Antigua y Media de la Universidad Central.
En su temario dedicó sólo tres temas a la Prehistoria de los ciento diecisiete que lo componían36, pero destacando la importancia de la Geología en el estudio de la Prehistoria; sus relaciones con la Paletnología; la diferenciación racial entre el Paleolítico y el Neolítico, o la evolución de la Humanidad durante las Edades de los Metales, para concluir con el empleo de los textos como elemento esencial del conocimiento de los períodos siguientes.
La concepción de la interpretación de la Historia de su temario difiere radicalmente de la usual en las oposiciones hasta entonces.
Separa las enunciaciones filosóficas y teológicas de las estrictamente científicas, situando el debate entre el positivismo y el materialismo, y la construcción del discurso narrativo, como el resultado de la interconexión entre los datos aportados por las diferentes ciencias auxiliares.
Entre ellas, por vez primera, la Arqueología se incluye como determinante.
Las ideas de Ballesteros toparon frontalmente con el pensamiento del tribunal presidido por Manuel María del Valle, que acabó proponiéndole para la plaza de Madrid.
El cuestionario propuesto por el tribunal 37Trab.
El Diluvio según las tradiciones de muchos pueblos antiguos" o "¿Son admisibles la relación del Génesis y las tradiciones de los pueblos que la confirman?".
Además era retrógrado, puesto que las nomenclaturas empleadas en los relativos a Prehistoria y Protohistoria ("Período del Mamut", "Períodos de transición y del Reno") estaban periclitadas.
Una experiencia que sin duda aplicó cuando, en su condición de juez, apoyó a Bosch Gimpera.
Ballesteros incidió durante el concurso en la necesidad de definir una metodología propia del trabajo histórico, situando en plano de igualdad los textos y el material procedente del registro arqueológico.
Además, en su exposición sobre la metodología docente, criticó el sistema de clases magistrales defendiendo los nuevos métodos de enseñanza de la Historia, entre ellos los trabajos de seminario de las universidades germanas.
Es lógico que viera en Bosch Gimpera, un arqueólogo formado en la Universidad de Berlín (Díaz Andreu 1996; Cortadella 2003) y defensor de sus ideas y metodología, el mejor candidato para intentar un cambio en la dinámica de las cátedras de Historia en una universidad española.
El acceso de Bosch Gimpera a la Universidad de Barcelona cambió radicalmente la concepción y los contenidos de la docencia de la Prehistoria y Protohistoria (Fig. 1) Se arrinconarán progresivamente las ideas creacionistas de otros catedráticos del centro como Martínez Ramírez, superando también los esquemas reductivistas de los miembros de la comisión que juzgó la oposición.
Presidida por Rafael Altamira y Crevea e integrada por Ballesteros, Deleito, Francisco Matiola y el conde de Cedillo como vocales 38, en el temario de 109 temas sometido a los opositores, sólo cuatro estaban dedicados específicamente a la Prehistoria.
Sus títulos indicaban la escasa importancia que se les confería: "Orígenes de la ciencia prehistórica y principales fuentes para su estudio"; "Las razas prehistóricas"; "El arte y la habitación humana en los tiempos prehistóricos" y "Sepulturas prehistóricas.
Origen del culto a los muertos".
De esta visión centrada en el arte rupestre y en la arquitectura megalítica quedaban fuera los debates sobre el proceso de hominización y los estudios paleontológicos; la importancia del darwinismo y la oposición del creacionismo, así como las aportaciones de las escuelas Escandinava e Histórico-cultural de Arqueología que habían definido las secuencias tipológicas y crono-regionales de la 38 AGA.
Oficio del Consejo de Instrucción Pública al Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes de 30 de julio de 1915. prehistoria europea durante un siglo.
Es decir, se excluía la casi totalidad de la ciencia prehistórica moderna para centrarse en elementos que podían vincularse con la Historia del Arte y se explicaba la problemática de la evolución aplicando las tesis raciales de Joseph Arthur de Gobineau, en su Essai sur l'inégalité des races humaines (1853-1855).
Determinantes en el siglo XIX eran ya muy cuestionadas en la fecha de la oposición dado el prolongado debate entre evolucionistas y creacionistas en España (Riera 1994; Pelayo y Gozalo 2012; Pelayo 2015).
El tribunal, además, mantenía temas ideológicos: "Carácter educativo de la Historia.
Cuestión crítica sobre su fin patriótico y moralizador", "La Historia como Arte" y "La formación de las leyendas.
El valor histórico de las mismas".
Una explicación amable sería que los miembros de la comisión vinculaban el estudio de la Prehistoria y la evolución humana con las facultades de Ciencias y no con la Historia como se concebía en las facultades de Filosofía y Letras tras los cambios introducidos en 1900 por el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Antonio García Alix.
La explicación más plausible debe vincularse con el concepto de la Historia y de su docencia en las universidades que defendían los miembros del tribunal que, no pudiendo evitar la inclusión de algunos aspectos esenciales como el arte, lo hacían desde una posición descriptiva, y no como un medio para explicar las estructuras sociales a las que estaba vinculado 39.
El claro negacionismo de la Prehistoria como ciencia se debía a que sus datos no podían emplearse como argumentos en la visión patriótica y nacional que se suponía debía construir la docencia en Historia.
En la oposición de 1916, Bosch Gimpera sabía por su decepcionante experiencia anterior que no podía incluir en el temario conceptos avanzados de investigación desconocidos en España.
Sin embargo no re-39 AGA.
Cuestionario de Historia Universal (antigua y media) para las oposiciones a la Cátedra de la Universidad de Barcelona.
Firmado por el presidente y el secretario del tribunal. nunció a estructurar, entre los 99 temas que presentó40, un apartado específico con 11 de "prehistoria", cuyos epígrafes muestran claramente la diferencia de conocimientos entre jueces y opositor (Gracia 2011: 149-159).
Las propuestas de Bosch son el resultado de la formación recibida en Alemania, y especialmente del conocimiento de las secuencias crono-tipológicas que definían la prehistoria europea desde el Paleolítico hasta la Edad del Hierro, como se demuestra en los epígrafes correspondientes a la Protohistoria (Tab.
Su visión será menos enunciativa y más interpretativa, enfatizando las características sociales, ideológicas y económicas de las comunidades estudiadas.
A la vez, introducía por primera vez en los temarios la problemática del proceso de hominización; la transición entre el Paleolítico y el Neolítico y sus facies regionales; las culturas eneolíticas y calcolíticas; la importancia de la Etnografía en el estudio de la Prehistoria y las secuencias regionales de las Edades del Bronce y del Hierro, con especial atención al área de los Balcanes y el Egeo (Tab.
4) por influencia de los trabajos de Montelius y Schmidt a los que añadirá las obras de Déchelette, Hoernes, Peet y Kossinna.
Unirá así las ideas vincula-Trab.
Durante décadas aplicará todo ello en sus estudios con independencia de los condicionantes políticos que implicaran (Grünert 2002; Fernández 2009).
Bosch implementará dichas ideas desde su primera clase (2 de octubre de 1916) y su primera síntesis, L'Edat de la Pedra.
En ella definirá su concepción de la Historia y la importancia de la investigación arqueológica: "el conocimiento científico puede obtenerse con monumentos escritos: es la Historia en sentido estricto (...) en ocasiones debe buscarse estudiando los monumentos no escritos, las construcciones, las esculturas, todo tipo de objetos utilizados por el hombre, hasta los más humildes y que parecen más insignificantes como los fragmentos de cerámica o las piezas más simples de utillaje: es la Arqueología (...) existe un periodo en el que necesariamente hemos de emplear únicamente el estudio de los monumentos: la prehistoria" (Boch Gimpera 1916: 3-4).
Pero Bosch no podrá sustraerse a las corrientes de la docencia de la época y mantendrá la importancia de los textos escritos sin cuestionar la forma de estudiar e interpretar las culturas del Próximo Oriente o las clásicas europeas.
Reducirá el papel de la Arqueología al estadio de ciencia auxiliar para conocer las tipologías materiales, defendiendo su importancia decisiva sólo cuando faltaran textos escritos.
La investigación en España mantendrá este planteamiento durante la mayor parte del siglo.
Bosch desarrollará una interpretación socio-cultural basada en la evolución cronológica de las tipologías materiales asociadas a las estructuras de poblamiento, siguiendo las pautas trazadas por el concepto de cultura enunciado por Montelius y continuado por Gordon Childe.
En el estudio de la significación del arte rupestre, introducirá ideas de Henri Breuil, vinculando las representaciones figuradas con elementos mágicos propiciadores de la caza y la fecundidad desde una perspectiva más narrativa que simbólica.
Los planteamientos docentes e investigadores de Bosch Gimpera cambiaron la investigación prehistórica en Cataluña desde el inicio de su seminario en la Universidad de Barcelona en el otoño de 1916, chocando con las rutinas anquilosadas de sus colegas en la Facultad de Filosofía y Letras.
EL CURSO MONOGRÁFICO SOBRE CULTURA IBÉRICA DE 1917
La forma como Bosch Gimpera comprendía los procesos históricos se aprecia sobre todo en el ámbito de la protohistoria peninsular.
La analizamos a partir de los apuntes tomados por Lluís Pericot 41 en 1917 (Fig. 2) en el monográfico sobre Cultura Ibérica que impartió dentro del Programa de Cursos complementarios y de investigación 42, organizado por diversos profesores de las facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias de la Universidad de Barcelona, como Antoni Rubió i Lluch, Telesforo de Aranzadi Unamuno y Jaume Serra Hunter, comprometidos con el proceso de renovación de la docencia universitaria.
Este se plasmará en 1918 en las conclusiones del Segundo Congreso Universitario Catalán, base del profundo desarrollo pedagógico que alcanzará la Universidad de Barcelona durante la Segunda República, uno de cuyos principales artífices será Bosch Gimpera, rector entre 1933 y 1939 (Gracia 2015b).
Bosch partió de los resultados de su tesis doctoral, El problema de la cerámica ibérica, redactada bajo la supervisión de Manuel Gómez Moreno y defendida el 11 de octubre de 1913 en la Universidad Central ante un tribunal formado por Eduardo Hinojosa, Antonio Ballesteros, Antonio Vives y José Ramón Mélida (Bosch Gimpera 1913).
En la misma, siguiendo la metodología de trabajo aprendida de Schmidt (Cortadella 2003: 41 LA CULTURA IBERICA.
Se ha mantenido la grafía original.
42 Archivo Histórico de la Universidad de Barcelona, Barcelona (AHUB).
Programa de los cursos complementarios y de investigación organizados por profesores de las facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias para el 1er semestre de 1917.
Guies d'assignatures històriques de la Universitat de Barcelona (consulta 8 de octubre de 2020) diposit.ub.edu/dspace/handle/2445/122957 1915) del que arrancarán dos de sus líneas de trabajo: la clasificación crono-tipológica de la cerámica ibérica, y la ausencia de una unidad política y cultural durante la protohistoria peninsular.
Trasladará estas ideas al ámbito político con repercusión antes, durante y después de la Guerra Civil.
Según los apuntes de Pericot el curso de Bosch Gimpera se dividió en cinco temas o clases (Tab.
5) que supusieron una ruptura por sus contenidos y por la metodología docente.
Alejado del concepto de busto parlante que peroraba contenidos incuestionables, incluyó proyecciones, fotografías, planimetrías y dibujos de materiales, además de emborronar con lápices de colores mapas de la península ibérica para mostrar la ubicación de los yacimientos (Fig. 3 arriba), la situación de las tribus citadas en los textos clásicos o las rutas de las migraciones (Fig. 3 maba a cuestionar las explicaciones, aplicando un modelo docente que había aprendido en Alemania, pero que resultaba totalmente novedoso en la Universidad de Barcelona.
No es de extrañar que un entusiasta grupo de estudiantes se incorporase a sus clases en 1916, configurando el núcleo de la futura Escuela de Arqueología de Barcelona (Gracia 2011).
Bosch Gimpera desarrollará el primer tema a partir del análisis etnográfico de los ligures, celtas e iberos que consideraba habitaban la península ibérica a finales del siglo VI a.
C. Su primera aproximación se basaba en los textos de Hesíodo, Estesícoro, Herodoto y Hecateo y para la diferenciación entre celtas y ligures en los de Éforo y Eratóstenes, pero cuestionará dichas informaciones cuando carezcan de corroboración arqueológica.
Cifró la entrada de los celtas en la península hacia el 600 a.
C. como resultado de una corriente migratoria centroeuropea analizada mediante las tipologías materiales de las necrópolis hallstátticas en Francia y España.
Concluyó que la expansión se produjo a través de los Pirineos occidentales hasta alcanzar las cuencas del Duero y Tajo y, posteriormente, el sur de Portugal.
Negará la extensión a Cataluña indicando que los iberos se asentarían en la región tras la presencia de los celtas en el interior, llegando hasta el sur de Francia, donde se mezclarían con los ligures.
El movimiento poblacional celta se habría producido hacia el 400 a.
C. Su expansión a la península itálica, Grecia y Asia Menor habría producido, siguiendo a Diodoro Sículo, el retroceso de los iberos al sur de los Pirineos y la entrada de los galos en el nordeste.
Timeo y Eratóstenes servirán de base para explicar la situación geográfica de los celtas, confinados en el Algarbe y Galicia (celtici); el área de Logroño (berones), y las estribaciones de Sierra Morena (germani).
Las poblaciones celtibéricas serían el resultado de la invasión por los iberos de la Meseta y la asimilación de las estructuras locales, dado que el nombre "celtíberos" significaría "iberos en tierra de celtas", y sus costumbres serían las de los iberos, llegando a definir a cántabros y astures como iberos, o incluso ligures.
El migracionismo propio de la corriente históricocultural dominante en la arqueología europea en el periodo entre siglos está presente en sus explicaciones.
No considera a iberos y ligures miembros del grupo cultural indo-germano; no admite las teorías sobre su origen caucásico; explica las tesis sobre su posible origen norteafricano y la vinculación con los camitas; admite una procedencia africana de los ligures, y afirma que habrían llegado a controlar todo el occidente de Europa.
C. a partir de los textos griegos, defendiendo también la problemática bíblica de las naves de Tarshish, aunque niega las tesis de Siret (1913) sobre una cronología anterior.
La relación con los iberos es pacífica hasta el siglo VIII a.
C. en que intentarían dominarlos pero, tras la caída de Tiro, los iberos se habrían impuesto y formado un imperio fuerte en el que destacaría la figura de Argantonio.
Es decir, Bosch incluye a Tarteso en la cultura Ibérica.
Explica la presencia cartaginesa para establecer la importancia de los tratados entre Roma y Cartago, la ocupación de las Baleares, la expansión Bárquida, el inicio de la Segunda Guerra Púnica y el inicio de la presencia romana, posibilitada por el apoyo de los colonos griegos.
Éstos se habrían establecido ya en el siglo VII a.
C. tras los primeros viajes samios descritos por Herodoto, y continuaron con la expansión focea desde Masalia y la fundación de las colonias de Emporion, Rhode y Mainake.
Fija el inicio de la decadencia colonial en las consecuencias de la batalla de Alalia -un tema que será recurrente en su bibliografía posterior (Bosch Gimpera 1932;1975)-, para concluir que la influencia comercial y cultural griega sobre los iberos fue mucho mayor que la ejercida por los cartagineses.
Para explicar las colonizaciones empleará exclusivamente la documentación arqueológica, detallando las excavaciones de Pelayo Quintero Atauri en los yacimientos gaditanos, con especial atención a sus informes sobre Punta de la Vaca (Quintero 1916).
Vinculará el sarcófago antropoide descubierto en 1887 con el arte sidonio y el asirio, extendiéndose en los elementos iconográficos de origen egipcio o griego de los materiales documentados.
Establece así otra de sus pautas docentes: la interrelación entre estructuras sociales mediterráneas aplicando el concepto de koiné que sus discípulos retendrán y trasladarán como un referente básico.
Criticará las tesis sobre la expansión de los púnicos a la Celtiberia y, al analizar el yacimiento de Baria (Villaricos) a partir de las intervenciones de Siret en 1908, propondrá interpretarlo como un asentamiento ibérico que aúna piezas de procedencia cartaginesa como los amuletos con representación de Bes y los huevos de avestruz decorados con importantes importaciones griegas de los siglos VI y V a.
Indica su similitud con las tipologías cerámicas halladas en otros poblados ibéricos en los que destacan las "espadas o sables curvos" -no emplea el concepto "falcata" acuñado por Fernando Fulgosio-y las "espadas celtas de antenas" que considera precedentes de las "espadas cortas de antenas", a su juicio, propias de la cultura ibérica.
Se basó en la monografía de Vives Escudero (1917) para describir la necrópolis de Puig des Molins y los yacimientos ibicencos de Isla Plana, Cueva d'Es Cuieram.
Asigna a esta última una cronología comprendida entre el siglo V a.
C. y época romana y la vincula con el culto a Astarté.
Describe la tipología de las tumbas y las características del material.
Considera las piezas de origen púnico idénticas a las distribui-Trab.
Obviamente, el grueso de la clase estuvo dedicado al análisis de los resultados de las intervenciones de la Junta de Museos de Barcelona y el Institut d'Estudis Catalans desde 1908 en la colonia focea de Ampurias bajo la dirección de Josep Puig i Cadafalch.
Detallaba las estructuras arquitectónicas, los hallazgos escultóricos -la estatua de Asklepio sería producto del arte provincial griego y la cabeza de Afrodita de tipo praxiteliano-, y las tipologías materiales griegas -siguiendo a Frickenhaus (1908)-y romanas con especial atención a las cerámicas de barniz negro de época republicana e imperial.
En la tercera clase analizó las estructuras poblacionales ibéricas a partir de las tribus para establecer sus diferencias, criticando la propuesta unificadora de Pierre Paris.
Argumentó el mayor desarrollo de las comunidades costeras por el impacto del contacto comercial y colonial.
Partiendo de su tesis doctoral, dividió el territorio en cuatro regiones: sudeste, Andalucía, cuenca del Ebro y Celtiberia, subdividida a su vez por la cuenca del Jalón.
Consideraba un modelo poblacional basado en acrópolis fortificadas "verdadero prodigio de arquitectura militar", que englobarían viviendas pluricelulares y estructuras de aprovisionamiento de agua como construcciones principales, describiendo los resultados de las intervenciones en El Castellar (Meca), El Amarejo (Bonete), San Antonio (Orihuela) y La Alcudia (Elche), primando los resultados de los trabajos de Paris (1903Paris ( -1904) ) en las tres primeras, y criticando las de Eugène Albertini (1906Albertini (, 1907) ) en la última, indicando que sólo se disponía de reducidas series cerámicas además del busto de la Dama de Elche.
No obstante, analiza la cultura material en su conjunto, estableciendo tipologías formales basadas en la funcionalidad, y en tres categorías decorativas: geométricas, florales y zoomorfas.
Los trabajos Engel y Paris (1906) fundamentarán su análisis de la región andaluza, primando las intervenciones en Osuna.
Describirá sus estructuras arquitectónicas, la tipología cerámica y, de forma extensa, los conjuntos escultóricos, con especial atención a las características del armamento representado.
Bosch Gimpera caracterizará después dos grupos de santuarios: sudeste y Andalucía, ejemplificando el primero en el Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo) -a partir de los trabajos de Juan de Dios de la Rada y Delgado (1875) y Julián Zuazo Palacios (1915)-y el segundo en el Castillar de Santisteban (Despeñaperros) a partir de los de Raymond Lantier (1917) y Juan Cabré.
Describe y organiza las categorías de exvotos, empleando los elementos iconográficos para explicar las características de las estructuras sociales, además de comentar la colección de exvotos donada al Museo Arqueológico Nacional por Antonio Vives Escudero.
Sin embargo, no recurrirá a los trabajos de Cabré e Ignacio Calvo (1916) en El Collado de los Jardines.
Centró el análisis de las necrópolis en las de Almedinilla, Fuente Tójar y Archena, señalando las características de los ajuares y la iconografía de la cerámica, las armas y la escultura -incluyendo también los materiales de los museos de Madrid y Barcelona-.
Basándose en los estudios de Juan Rubio de la Serna (1888), describió los tesoros de Jávea y Tivissa, y caracterizó la necrópolis de Cabrera de Mar y el poblado del Puig Castellar (Santa Coloma de Gramanet), como ejemplos representativos de la fase final de la cultura ibérica, Tras la enunciación de datos, Bosch incidió en que la falta de excavaciones metódicas impedía un correcto análisis de la cultura ibérica, pero concluyó que la cronología de los materiales presentados era posterior al siglo V a.
C. y anterior a la conquista romana.
Recalcó la importancia de las estratigrafías de Ampurias para la datación, por asociación, de las producciones ibéricas, y la necesidad de estudiar su evolución formal y estilística junto con la de la cerámica griega de los siglos V y IV a.
C. en el sudeste y el sur para analizar los yacimientos.
Descartó la influencia de la cerámica púnica en la ibérica, vinculando las figuras zoomorfas de la pintura sobre cerámica con los prototipos griegos y orientalizantes del siglo VI a.
C. Descartó que estuviera influida por las producciones micénicas o las del Geométrico, cuestionando las tesis de Paris y Mélida.
Definió el armamento ibérico a partir de los tipos de La Tène.
Descartaba un origen egeo de la espada curva -a la que consideraba como "el arma nacional"-, empleando el estudio de Horace Sandars (1913) para analizar sus vinculaciones con los cuchillos curvos y asignarle un origen hallstáttico.
Por último, aprovechó los movimientos célticos para explicar las tipologías de las fíbulas y las hebillas de cinturón del siglo III a.
C. Bosch (1923aBosch (, 1923b) ) reservó el cuarto tema para explicar sus propias intervenciones en los poblados ibéricos del Bajo Aragón (Bosch 1915(Bosch -1920)), cuyas características diferenció de los de la Meseta y el sudeste.
Los trabajos pioneros de Pablo Gil y Gil en La Zaida (Puebla de Híjar), describiendo los materiales conservados en los museos de Barcelona y Zaragoza, así como las exploraciones de Santiago Vidiella Jassà y Cabré en Calaceite precederían al interés y la extensión de las intervenciones desarrolladas por el IEC desde 1914 en la zona (Gracia 2019), en especial en los poblados de La Gessera (Casseres) y San Antonio el Pobre (Calaceite) que él mismo dirigió (Gracia 2011).
A ellos se sumaban el estudio del Tossal de les Tenalles (Sidamunt) a cargo de Josep Colominas Roca y Agustí Duran i Sanpere (1923).
Definía tres fases entre los siglos V al III a.
C. Los poblados de Les Escondines Altes, Les Escondines Baixes y San Cristóbal (Mazaleón) y Tossal Redó y El Vilallonc (Calaceite) ejemplifican la primera (siglo V y primera mitad del siglo IV a.
C.) con construcciones en piedras no desbastadas calificadas como "muy primitivas", cerámica a mano de factura tosca decorada con impresiones digitales e incisiones, y producciones metalúrgicas simples.
Destacó en Tossal Redó las primeras series de cerámica a torno sin decorar, el urbanismo avanzado basado en el modelo de calle central y viviendas seriadas adosadas al perímetro de la muralla, y las producciones metálicas en bronce y hierro, describiendo y clasificando los diferentes tipos de objetos, desde los botones a las fíbulas y los broches de cinturón.
La segunda fase (segunda mitad del siglo IV a.
C.) está representada por el poblado de La Gessera (Caseres).
Se caracterizaría por el desarrollo de las producciones a torno y la influencia, según Bosch, de las producciones griegas en sus tipos.
El tercer período (siglo III a.
Explicará especialmente Guissona a partir del primero, revisando las aportaciones de Josep Pijoan (1908), Julio Furgús (1909), Cabré (1908) y Vidiella (1908) junto a los miembros del Boletín de Historia y Geografía del Bajo Aragón, a las que sumará las realizadas por el IEC.
Describirá en detalle la topografía y la planimetría del yacimiento, las características constructivas y las tipologías materiales.
Amplió los datos con el estudio de los poblados de La Zaida y de Caspe, así como de piezas como la coraza y el thymiaterion de Les Ferreres (Calaceite), y las estelas de Palermo y San Marcos de Chiprán.
Prestó especial atención a las influencias hallstátticas partiendo de los trabajos Déchelette y a la distribución de las cerámicas helenísticas, para concluir que la cultura ibérica en el Bajo Aragón alcanzaría su apogeo en el siglo III a.
C., más tarde que en el área de la costa.
La quinta clase estuvo dedicada a los yacimientos del área de Guadalajara, Soria y Burgos, definiendo tres fases: las necrópolis de tipo hallstático que se prolongaban hasta la introducción de los materiales tipo La Tène C; los poblados ibéricos caracterizados con las producciones típicas de dicha cultura; y los yacimientos romanos con materiales que mostraban la continuidad de la etapa anterior ejemplificados en Tiermes y Osma.
Bosch criticará los trabajos del marqués de Cerralbo (1909Cerralbo (, 1913) ) en las necrópolis de Soria y Guadalajara negando su condición de ibéricas y argumentado que se trataba de yacimientos celtas con inclusión de materiales ibéricos a partir del siglo III a.
Hará lo mismo con las ideas de Mélida (1906) sobre la influencia de las cerámicas micénicas y las series del Dípilon en las producciones numantinas.
Las cifra por asociación con otros materiales entre los siglos III y II a.
C., antes de describir en detalle los resultados de las intervenciones de Schulten (1914) para demostrar las influencias ibéricas a partir del siglo III a.
C., y los de los trabajos de la comisión española para explicar el urbanismo y las tipologías materiales de las etapas celtibérica y romana (Mélida 1916).
Vincula las piezas metálicas en hierro y en bronce con las producciones de La Tène.
En cambio, siguiendo las conclusiones de su tesis, interpreta las cerámicas como ibéricas, si bien las decoraciones zoomorfas y antropomorfas serían propias de la zona donde "faltan las estilizaciones vegetales y los ornamentos mixtos.
Se trata pues de un arte regional con predominio de las decoraciones animales, humanas y geométricas.
Es un arte bárbaro mucho más degenerado que las formas parecidas de Aragón (y en esta región el arte no es ni con mucho lo que es en el sur y el este".
Tras explicar la campaña de Escipión Emiliano en el 133 a.
C., describió las intervenciones de Schulten en los campamentos de circunvalación.
Criticó las tesis de Manuel González Simancas sobre la posibilidad de que dichos recintos fuesen barrios numantinos, y las ideas de Santiago Gómez Santa Cruz (1914) sobre su finalidad, alineándose con las tesis de Schulten en la interpretación de las excavaciones en Renieblas.
Completará el análisis con el comentario de las intervenciones del marqués de Cerralbo en Arcóbriga (Monreal de Ariza) y de Ignacio Calvo (1916) en Clunia; los trabajos de Gómez-Moreno (1900-1901, 1901-1903, 1908) sobre posibles yacimientos ibéricos en Salamanca, Zamora y León; de Mélida afirmando la existencia de poblados ibéricos en Extremadura y de piezas cerámicas en Portugal, a las que considera de influencia o procedencia andaluza, y de Ignacio Calvo (1914) en Galicia.
Antes de dar por finalizada la docencia, Bosch Gimpera comentó a sus alumnos la publicación de Sandars (1914) sobre el tesoro de Mogón (Villacarrillo) cuyas piezas comparó con las de Tivissa, además de los resultados de las exploraciones de Colominas en la provincia de Castellón, que fijó en los siglos V y IV a.
LA INFLUENCIA DE LOS CONTENIDOS DOCENTES Y LA METODOLOGÍA DE BOSCH GIMPERA
El impacto de la docencia de Bosch Gimpera entre sus alumnos se muestra en el examen de grado realizado por Lluís Pericot el 7 de junio de 1918 ante un tribunal integrado por Martínez Ramírez, Eduardo Pérez Agudo y el propio Bosch (Gracia 2017: 55-57).
Desarrolló, por sorteo, el tema: Concepto de la Prehistoria, Estaciones prehistóricas43, viéndose obligado a dar una visión canónica para complacer al presidente de la comisión, según la cual "la prehistoria, llamada también protohistoria por algunos, no es más que una parte de la historia de la humanidad en la que el método arqueológico es sólo aplicable por la carencia de testimonios escritos de aquella época remota".
Sin embargo, citó en su exposición las obras de Lartet, Piette, Cartailhac, Evans, Ficher, Montelius, Reinecke, Schuchardt, Kossinna, Schmidt, Déchelette, Boule, Breuil y Obermaier.
Pericot demostraba así el peso alcanzado por la Prehistoria en la Universidad de Barcelona en sólo dos años gracias a Bosch Gimpera, quien en sus clases citaba también los trabajos de Vilanova y Piera, Rada y Delgado, Cazurro, Vidal Carreras, Mélida, Vives Escudero y Fita.
Los cambios serán lentos, pero sus ideas se irán extendiendo entre los sectores entonces más progresistas en la Universidad de Barcelona.
El medievalista Antonio de la Torre y del Cerro, en su programa de Historia de España para el curso 1926-192744 entregó una relación de 97 temas divididos en seis apartados claramente decantado hacia la Edad Media con treinta y siete, frente a dos para la Prehistoria y tres para la Protohistoria.
Su ortodoxia a partir de la romanización, contrasta con la importancia dada a la investigación arqueológica en los primeros, donde plantea las divisiones tipológicas del Paleolítico y los principales yacimientos y, a partir de ellos, la interpretación de las estructuras sociales para tratar de "la vida humana".
La importancia historiográfica de los textos escritos como base del discurso se muestra en los temas dedicados a la Protohistoria.
En el primero, las colonizaciones, la estructura es canónica: fenicios, griegos y púnicos, mientras que el segundo, centrado en "las instituciones y la cultura" de los pueblos prerromanos, el tratamiento es igual de canónico, basándose en los datos contenidos en los textos greco-latinos sobre los siglos II-I a.
C., para extrapolarlos a los diversos territorios a partir del siglo VI a.
C. Sin embargo, realiza una interesante distinción en el tercero, dedicado a los "pobladores de la península en el período prerromano", al dividir la explicación de la Edad del Hierro y la cultura Ibérica en dos bloques comparativos: los estudios derivados de la investigación arqueológica y del análisis de los textos, recurso propio de la metodología de Bosch Gimpera.
Que algunos catedráticos de la Universidad de Barcelona incluyeran cambios conceptuales no implica que todos lo hicieran.
Francisco Nabot Tomás, que abría y cerraba el programa de su asignatura Historia de España en el curso 1934-1935 con cristogramas (JHS y AMGJC en cada caso) 45, ignoraba totalmente la Prehistoria, iniciando las explicaciones con la colonización fenicia y una referencia a "los primeros pobladores de España y donde se establecieron" 46, antes de centrarse en la romanización.
Esta visión retrógrada de la concepción de la Prehistoria perdurará tras la Guerra Civil, cuando el catedrático de Historia Universal Moderna y Contemporánea entre 1941 y 1943, Joaquín José Baró Comas, explique a sus alumnos que la Historia empezaba con Adán, Eva y los hijos de Sem, Cam y Jafet, planteamiento ranciamente creacionista muy del agrado del nacionalcatolicismo dominante (Bosch Gimpera y Olivar 1978: 155, 183-184).
La comparativa más lógica es la docencia de Obermaier en la Universidad Central dada su influencia y prestigio (Mederos 2010(Mederos -2011;;Sánchez 2001).
En 1930, su programa de la asignatura "Historia primitiva del hombre" incluía cinco temas sobre la protohistoria peninsular (Tab.
La influencia de los trabajos de Bosch Gimpera sobre el planteamiento de Obermaier es clara puesto que define un sistema de análisis territorial ya presente en la tesis de Bosch defendida en 1913.
Sin embargo hay notables diferencias.
Obermaier continuaba calificando como ibéricas a las estructuras sociales y territoriales celtibéricas del centro y el occidente peninsular.
Este error que Bosch había cometido mientras realizaba su estudio y mantenía en el curso impartido en 1917, ya lo había subsanado.
Lo demuestra el contenido de la docencia sobre arqueología española impartida por Lantier en la École du Louvre, basada esencialmente en los trabajos de su amigo Bosch Gimpera (Gracia 2015a).
Obermaier, además, no integra la información arqueológica y la textual en un único discurso expositivo.
Diferencia la baja época de la cultura ibérica -a partir del siglo III-, y trata la problemática de las colonizaciones desde una perspectiva separada del proceso de conformación de las estructuras sociales protohistóricas para, en último término, explicar la investigación arqueológica a partir de los tipos de yacimientos.
Los prehistoriadores e historiadores de la antigüedad sostenían una visión, marcada por la diferenciación conceptual entre Prehistoria/Protohistoria e Historia.
45 En el primer caso se trata de la referencia a Jesucristo o bien "Jesús, Hijo y Señor".
En el segundo el significado es "A la Mayor Gloria de Jesucristo".
Programa de Historia de España.
1934 Propugnaban que el proceso colonial debía analizarse desde una perspectiva "histórica" como parte de un sistema general analizado en función de los textos escritos, y no desde una vertiente "prehistórica" que tuviera como eje fundamental la explicación del registro arqueológico.
Por el contrario, Bosch Gimpera ya optaba por definir las bases de la etnología protohistórica peninsular y analizaba la influencia de las colonizaciones en el proceso de formación de los sistemas socio-territoriales del Ibérico antiguo y el Ibérico pleno desde una perspectiva esencialmente arqueológica.
También era esencialmente arqueológico el análisis de las secuencias poblacionales ibéricas, por lo que puede afirmarse que los planteamientos de Obermaier estaban claramente desfasados.
En conclusión, los intentos de Bosch por conferir un peso esencial al resultado de las intervenciones arqueológicas en la docencia en Protohistoria sólo tendrán influencia entre sus discípulos directos.
En la mayoría de las cátedras universitarias españolas de Historia y Arqueología, la influencia de la docencia basada en los textos y las pautas de la Historia del Arte continuarán siendo preeminentes.
La Guerra Civil supondrá, sin embargo, la ruptura en la docencia sobre Protohistoria en la Universidad de Barcelona durante varias décadas, al menos de forma específica, por cuanto los contenidos de las asignaturas impartidas por Almagro Basch y Pericot serán esencialmente generalistas como correspondía a los programas de la época.
Hasta el retorno a Barcelona de Juan Maluquer de Motes en 1960 la docencia y la investigación sobre protohistoria peninsular y la cultura ibérica en particular no recuperan el rango de importancia que habían tenido durante la etapa de Bosch Gimpera.
LA CÁTEDRA DE HISTORIA UNIVERSAL ANTIGUA Y MEDIA DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA Para
Bosch Gimpera, Programa del Curso monográfico "Cultura ibèrica", Universidad de Barcelona, 1916 Hugo Obermaier, Programa de la asignatura "Historia primitiva del hombre" Universidad Central, Madrid, 1930 |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0
Los monumentos megalíticos de Antequera (Málaga) han sido objeto de numerosas excavaciones arqueológicas, trabajos de restauración y proyectos de "urbanización" desde que entre 1842 y 1847 se iniciara la excavación de Menga y en 1903 y 1904 la exploración de Viera y El Romeral.
El objetivo principal de estas intervenciones ha sido ampliar el conocimiento sobre las construcciones prehistóricas, mejorar su estado de conservación y facilitar su acceso al público.
Sin embargo, muchas de ellas han tenido consecuencias negativas para la conservación y el conocimiento científico de los monumentos.
Este artículo valora críticamente estas intervenciones a partir del análisis de la documentación disponible, consistente en proyectos previos, informes y memorias, planimetría, fotografías y publicaciones.
Además, planteamos un conjunto de criterios que todas las actividades futuras realizadas en los megalitos antequeranos y sus alrededores deberían cumplir para evitar el deterioro y la pérdida de registro arqueológico.
Los dólmenes de Antequera están enclavados en el norte de la provincia de Málaga, entre el valle del Guadalquivir y la cordillera bética (Fig. 1).
Este gran sitio megalítico ha despertado un excepcional interés científico, académico y público desde que Rafael Mitjana y Ardison (1847) publicara un breve resumen de sus excavaciones en el dolmen de Menga.
En 1886, el gran dolmen fue el primer sitio prehistórico español en lograr la declaración de Monumento Nacional, anticipándose en varias décadas a la cueva de Altamira.
El descubrimiento del dolmen de Viera y el tholos de El Romeral a comienzos del siglo XX aumen-Intervenciones en los Dólmenes de Antequera (1840-2020).
Una revisión crítica* Trab.
En la década de 1940 se hicieron las primeras grandes intervenciones de restauración y musealización in situ de los tres monumentos (Giménez Reyna 1946), pero las investigaciones arqueológicas escasearon en la segunda mitad de la centuria.
La revisión que aquí presentamos forma parte de las investigaciones que esta última viene desarrollando desde 2013.
Estos progresos, y la ampliación del marco epistemológico de investigación y de gestión del sitio que implican, fueron de gran importancia para su inclusión en la Lista de Patrimonio Mundial de UNESCO en julio de 2016.
La citada inclusión por UNESCO supuso la culminación de un largo proceso, hasta cierto punto iniciado por Mitjana y Ardison, y a la vez abrió una etapa nueva en la que la investigación y gestión patrimonial Fig. 1.
Ubicación de los dólmenes de Menga, Viera y El Romeral en la península ibérica y en la provincia de Málaga (diseño Manuel Eleazar Costa Caramé, a partir de cobertura de altimetría del Instituto Geográfico Nacional, en color en la edición electrónica).
Creemos de gran importancia abrir esta nueva etapa con una reflexión crítica sobre la trayectoria de actuaciones realizadas, valorando sus aciertos y errores.
A partir de esta reflexión se podrá ofrecer una visión propositiva de cara a su futuro, tanto desde el punto de vista de la investigación científica, como de las actuaciones orientadas a su mejor conservación y difusión pública, valorando sus efectos recíprocos.
Nuestra revisión se basa en el análisis de una ingente cantidad de documentos inéditos (sobre todo proyectos e informes de las actuaciones) y numerosas publicaciones disponibles en la actualidad.
De especial interés han resultado los planos y las fotografías que recogen de manera gráfica el estado de los monumentos a lo largo del tiempo.
La valoración de esta documentación es esencial para conocer las múltiples transformaciones y modificaciones que los mismos han experimentado en los últimos dos siglos.
Entender el impacto y las consecuencias de las intervenciones en las arquitecturas megalíticas es básica para su conservación y conocimiento futuros.
La imagen que ofrecen actualmente los monumentos no solo es resultado del genio creativo de las comunidades neolíticas y calcolíticas de Tierras de Antequera y de las sucesivas reutilizaciones que han conocido durante los últimos seis mil años, un tema que venimos investigando desde hace una década, sino que es también producto, en muy gran medida, como expondremos, de las decisiones tomadas por quienes han asumido la responsabilidad de su estudio y manejo como bienes culturales en los últimos doscientos años, y muy especialmente en las últimas cuatro décadas.
En este sentido, consideramos muy importante diferenciar entre las actividades arqueológicas que han conllevado una transformación material de los dólmenes de Antequera, de aquellas que no lo han hecho.
Nos centramos en las de naturaleza intrínsecamente destructiva, como la excavación, que generan un nuevo episodio (a menudo irreversible) dentro de la biografía del monumento, o del sitio, dejando de lado actividades no destructivas, numerosas entre 1985 y 2019, como prospecciones de superficie y geofísicas, estudios de materiales arqueológicos, análisis científicos, etc.
El organismo que tiene encomendada la responsabilidad administrativa de la gestión del sitio (Conjunto Arqueológico de los Dólmenes de Antequera, CADA) no ha publicado hasta la fecha la correspondiente, y muy necesaria, nomenclatura oficial de los elementos constructivos principales de los tres monumentos (incluyendo ortostatos, cobijas, pilares y jam-bas), por lo cual usaremos la que venimos aplicando nosotros mismos (García Sanjuán y Mora Molina 2018; García Sanjuán et al. 2019, etc.)
La primera alusión al dolmen de Menga aparece en una licencia ordinaria de 1530 concedida por César de Riarío, Obispo de Málaga, y Bernardino de Contreras, su Provisor y Vicario General, al clérigo presbítero Francisco Gavilán para la construcción de una ermita en honor a Nuestra Señora de Belén.
Menga, denominada antrum, se cita por estar a unos 750 m del sitio designado para la construcción, el actual Convento de Belén.
La primera obra que menciona la cueva de Menga es Discursos Históricos de Antequera de 1587 (Rallo Gruss 2005).
En el siglo XVII, el dolmen fue descrito o mencionado en cinco obras originales, tres de ellas inéditas y otras dos publicadas, y en siete copias inéditas posteriores.
Salvo en dos de ellas, se indicaba que la altura en el interior del monumento era de dos varas (1,66 m).
Esta sugerencia de que el espacio interno del dolmen estaba parcialmente colmatado se repetiría a principios del siglo XIX2.
En efecto, cuando Mitjana lo excavó en una fecha imprecisa entre 1842 y 1847, el interior del dolmen estaba en parte colmatado por un relleno de piedras y tierra.
El vaciado de ese relleno aumentó la altura del espacio interior algo más de 1 m, hasta alcanzar los 2,7-2,8 m (Mitjana 1847: 5-6, 17), dejando visible el tercio inferior de ortostatos y pilares.
Después intervendria en el centro de la cámara, bajo la última cobija (C-5).
Allí descubrió el pozo que se halla en el interior del dolmen, vaciando también su relleno hasta una profundidad que hemos estimado entre -5,4 y -7,02 m (discusión en García Sanjuán et al. 2018).
Estas actuaciones cambiaron la apariencia interior y exterior de Menga, no sólo por la apertura de un nuevo acceso al interior del monumento en el sector de la cabecera, sino también por la presumible acumulación de la masa tumular extraída en otra zona del túmulo.
Al finalizar los trabajos dispuso una verja a la entrada del monumento (Mitjana 1847: 6).
Paradójicamente, ello no impediría el acceso Trab.
Entre la excavación de Mitjana y Ardison y 1900 la arquitectura y entorno del monumento sufrió actuaciones incontroladas y no registradas, pero resumibles en cuatro aspectos.
La cubrición tumular de las cobijas había variado ligeramente.
La primera (C-1) no estaba cubierta por el túmulo, la segunda (C-2) estaba casi completamente descubierta, y en algunos puntos de las otras tres (C-3 a C-5) se veía su superficie externa (Harlé 1887: 81).
Por último, el pozo volvió a colmatarse, no quedando registrado en el croquis que del dolmen haría Manuel Gómez-Moreno en 1868 (García Sanjuán et al. 2018: 340).
Incluso si el pozo hubiera continuado abierto entonces, en la segunda En 1904, Mariano de Mazas realizó una nueva intervención en Menga sobre la que no se dispone de información.
Entre 1921 y 1922, Cayetano de Mergelina y Juan Cabré hicieron una nueva excavación, consistente en el vaciado parcial de las zanjas y alveolos de cimentación de ortostatos y pilares (Mergelina 1922: Lam.
IIIb y V), localizando una segunda hacha junto al primer ortostato del lateral izquierdo de la cámara (Mergelina 1922: 85-86).
Mergelina (1922: 77) apuntó que había tapiado "el enorme boquete de la cabecera" abierto por Mitjana y Ardison 80 años antes.
Sin embargo, a principios de los 1930 los Leisner aún lo encontraron abierto (Leisner y Leisner 1943: 178), lo que coincide con la descripción de Giménez Reyna (1946) (vide infra).
Varios autores indicaron que la primera, la segunda y la última cobija (C-1, C-2 y C-5) estaban parcialmente descubiertas (Amador de los Ríos [c.a.
Todas las cobijas asomaban en la parte superior del túmulo, según Paris (1921: 10), una apreciación similar a las de Mitjana y Ardison (1847) y Harlé (1887) en la segunda mitad del siglo XIX.
El túmulo tendría, al menos desde mediados del siglo XIX, muy poca potencia estratigráfica sobre las cobijas.
Esto parece coherente con lo descubierto en la excavación del equipo de la Universidad de Málaga (UMA en adelante) en 1991 (Ferrer Palma 1997a), que dejó al descubierto el trasdosado de varios ortostatos y los laterales de varias cobijas.
En el ortostato 8 (O-8) y la cobija 4 (C-4), según una fotografía publicada ese año, la potencia del relleno de tierra que recubría C-4 variaba entre 20 cm y 50 cm, pudiendo corresponder los últimos 10 cm al sedimento aportado en la restauración de 1940-1941(AA.
Al comparar la fotografía del acceso a Menga tomada por Juan Becerra en 1896 con las publicadas entre 1905 y 1943 (Fig. 3), en las segundas aparece un camino que corta fundamentalmente el lateral izquierdo o sureste del túmulo y que no se distingue en la primera.
El camino se abriría entre 1896 y 1905 rompiendo, al menos, el borde sureste del túmulo y la entrada que entonces presentaba el monumento.
A fecha de hoy se desconoce si ese murete fue construido entre 1921 y 1933, o es una estructura más antigua.
Entre 1940 y 1941 se produjo la primera gran actuación de restauración y puesta en valor de los megalitos antequeranos, incluyendo una intervención integral para posibilitar su acceso y visita en tanto que destacados monumentos nacionales.
La Junta de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional y la Delegación de Zona de Bellas Artes financiaron con un presupuesto de 3.000 y 2.000 pesetas las actuaciones en Menga y Viera, dirigidas por Francisco Prieto-Moreno y Pardo, arquitecto de Zona de Bellas Artes, y supervisadas por Simeón Giménez Reyna (1946: 37-43 y lám. XIII-XVII), Comisario Provincial de Excavaciones Arqueológicas.
En aquellos años el túmulo de Menga tenía grandes hoyos (probable resultado de los buscadores de tesoros a los que Trinidad de Rojas ya había hecho referencia) y seguía abierta la zanja de Mitjana y Ardison en el trasdosado de la losa de cabecera.
El interior estaba sucio, al menos con 60 cm de relleno respecto al suelo 'original', y muy deteriorado por filtraciones de agua (que alcanzaban el interior desde la cubierta).
Continuaba abierto el hueco que Mitjana y Ardison hizo en el lateral derecho de la losa de cabecera.
Se había fracturado también el ortostato 14 (O-14), desprendiéndose una lasca que sujetaba un puntal de madera apoyado en el pilar 3 (P-3), y los pilares 1 y 2 (P-1 y P-2) presentaban importantes pérdidas de materialidad en su tercio inferior (Giménez Reyna 1946: 38).
En estos años parece que Menga fue utilizado como vivienda por "una tribu de gitanos" (Giménez Reyna 1946: 37), presumiblemente desalojada antes de iniciarse la restauración.
En el túmulo se centraron en: i) tapar los hoyos y el hueco abierto tras el lateral derecho de la losa de cabecera; ii) disponer una capa de arcilla impermeable por toda su extensión; iii) ensancharlo "a su debido diámetro, que los labradores vecinos habían ido menguando"; y iv) abrir unas cunetas de desagüe a su alrededor (Giménez Reyna 1946: 38).
Para favorecer y facilitar su visita se dispuso a la entrada un poste indicativo, y se construyeron un camino para coches desde la carretera Antequera-Archidona hasta el dolmen y una plazoleta delante del monumento, delimitándose ambos elementos con cipreses y flores (Giménez Reyna 1946: 38-39), así como un camino hacia el dolmen de Viera que discurría por el lateral noroeste del túmulo (Giménez Reyna 1946: 43 y Lam.
Se abrió la entrada del lateral suroeste del conjunto, el camino que discurre desde dicho lateral hacia Viera, de 110 m de longitud y 6 m de anchura, la plaza central y el camino hacia Menga por el lateral noroeste de su túmulo, decorándose el recorrido con plantaciones de jardinería.
También en este momento se hizo la primera ampliación longitudinal hacia el este del corredor de Viera, que quedó con una longitud de 9 m en el lateral norte y 8 m en el lateral sur.
Se modificó por completo el acceso al mismo y se amplió su diámetro a 50 m en el eje este-oeste.
A partir de 1984 se transfirieron las competencias en materia de cultura desde el Estado a la Junta de Andalucía, quien las asumió y desarrolló a través de las Delegaciones Provinciales6.
El cambio de las figuras de protección de los bienes patrimoniales por la Disposición Adicional Primera de la Ley de Patrimonio Histórico Español 13/1985 inició una etapa totalmente nueva en la gestión de los dólmenes de Antequera.
Administrativamente pasaron a ser Bienes de Interés Cultural, conformando en 1986 una Unidad Administrativa dependiente de la Consejería de Cultura7, aunque el personal no se incorporaría de forma efectiva a dicha Unidad Administrativa hasta 2004.
Los tres monumentos pasaron a ser propiedad del Estado.
Con el cambio del contexto administrativo, la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía encargó a los arquitectos Enrique Haro Ruiz y Manuel Salado Ordoñez un "Proyecto de Ordenación General del Recinto Primero del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera", que sería aprobado en 1990 (Ruiz González 2011: 38-41 y 150).
El proyecto diseñado contemplaba por un lado el "estudio arqueológico, restauración y limpieza de los monumentos", y por otro "la restauración y la construcción del paisaje en torno a los monumentos" (Haro Ruiz 1990: 95).
Esta actuación se haría en estrecha colaboración con la UMA, que desde 1986 había iniciado el Proyecto General de Investigación (PGI) "Reconstrucción Arquitectónica y Paleoambiental en la Necrópolis Megalítica de Antequera" con el patrocinio y la financiación de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
Estas actuaciones perseguían dos objetivos fundamentales.
El primero era el estudio arquitectónico de los monumentos, incluyendo informes geológicos y excavaciones en el interior, en los túmulos y en su entorno, a cargo de un equipo dirigido por los profesores José Enrique Ferrer Palma e Ignacio Marqués Merelo (Ferrer Palma 1997a, 1997b).
El segundo era la restauración y limpieza de los monumentos, siguiendo las indicaciones que fueran formuladas por el equipo de arqueólogos de la UMA, y la eliminación de los caminos rodados al interior del conjunto y de la vegetación plantada en la intervención de 1983-1984(Haro Ruiz 1990: 95), trabajos que finalmente no se llevaron a cabo.
Además, se efectuaron excavaciones arqueológicas en Menga y Viera, consistentes en 58 cortes arqueológicos (Ferrer Palma 1997b; Ferrer Palma et al. 2004; Marqués Merelo et al. 2004b).
Se tapó la galería que discurre por el trasdosado de la losa de cabecera y los ortostatos del lateral norte de Viera en 1988, mediante la reconstrucción de la masa tumular (Ferrer Palma 1997a: 134).
Por último, se tomaron muestras para estudio palinológico en los cortes abiertos en los túmulos de Menga y Viera (Ferrer Palma 1997a, 1997b).
En el marco del citado PGI, aunque de manera diferenciada del resto de actuaciones arqueológicas, Rafael Atencia Páez dirigió en 1988 una excavación destinada a documentar la actividad de Edad Antigua en el entorno de los monumentos.
Se abrieron 10 cortes, 3 en la ladera noreste donde se erige Menga (8 x 1,5 m: 2 con ampliaciones de 2 x 1,5 m en su lateral norte hacia el oeste) (Anexo 1) y 7 (6 x 6 m) en el lateral sur del recinto de los dólmenes, entre Viera y la carretera Antequera-Archidona (Anexo 2).
Los resultados de esta intervención permanecieron inéditos hasta su publicación parcial, basada en el archivo fotográfico disponible y los materiales conservados en el Museo de Málaga (Aranda Jiménez et al. 2015).
Se localizaron 10 en el trasdosado de los ortostatos, 20 en otras zonas del túmulo y del entorno del dolmen, 2 en el atrio y 1 en el interior, cuyos límites fueron sobrepasados, excavándose amplias zonas del interior del monumento (Ferrer Palma et al. 2004: 186; Marqués Merelo et al. 2004b: 180) (Anexo 1).
La gran cantidad de cortes excavados en el túmulo de este dolmen (como en el de Viera) y su ulterior cubrición solo con placas de fibrocemento afectaron negativamente a su estado de conservación, pues los cortes permanecieron abiertos varios años, apareciendo humedades por filtración.
En 1995, tras la última campaña de excavación (en Viera), se rellenaron con tierra, aunque los problemas de filtración de agua de lluvia habrían de continuar.
Ya en 1997 hubo una actuación de emergencia en Menga y en Viera, dirigida por Pedro Lobato Vida8.
Como resultado de la misma, en primer lugar se impermeabilizaron ambos túmulos, rellenándose los socavones existentes en las catas abiertas por el equipo En octubre de 2005 se inició el proyecto "Intervención Arqueológica en el Conjunto Megalítico de Menga y Viera (Antequera, Málaga)", bajo la dirección de Francisco Carrión Méndez, de la Universidad de Granada, cuya ejecución se extendería hasta marzo de 2006.
Este proyecto supuso un amplio estudio geoarqueológico de los tres monumentos antequeranos y su entorno, bajo la dirección de José Antonio Lozano Rodríguez, y nuevas excavaciones en el dolmen de Menga 10.
La excavación se materializó en tres cortes arqueológicos, ubicados en el sector noroeste (1), en el cuadrante suroeste del túmulo (2) y en el lateral norte del cerro (3) donde se erige el dolmen.
En la actualidad está en preparación una monografía que recogerá los principles resultados de esta intervención.
Después de 2006 no ha habido intervenciones de importancia en el dolmen de Menga.
En 2019 fue retirada la cancela de entrada al monumento, que había quedado obsoleta como dispositivo de protección desde que el recinto fuese completamente vallado y se articulasen medidas de vigilancia a partir de la declaración por parte de UNESCO en 2016.
Las mismas obras de los siglos XVI y XVII que citan el dolmen de Menga mencionan de pasada otra "cueva" en sus inmediaciones, probablemente en referencia a Viera.
Sin embargo, el monumento no sería explorado hasta principios de 1903 cuando lo descubriesen los hermanos José y Antonio Viera, de los que el dolmen tomaría su nombre.
Lo publicado en las descripciones de la prensa del momento 11 sugiere cómo se realizó la excavación y cómo se accedió al interior del megalito.
La entrada al dolmen se encontraba oculta, por lo que los Viera excavaron una zanja en el túmulo para acceder al corredor y la cámara, que es-10 F. Carrión Méndez, T. Muñiz López, D. García González, J. A. Lozano Rodríguez, P. Feliz y C. F. López Rodríguez, "Intervención arqueológica en el Conjunto Megalítico de Menga y Viera (Antequera, Málaga)".
Delegación Provincial de Cultura de Málaga, 2006.
Es posible que la puerta perforada que separa ambos espacios (O-15) estuviera cegada.
Se alcanzó, o se excavó, la galería que recorre el trasdosado de la losa de cabecera y el lateral derecho o norte del corredor.
Es difícil precisar la fecha de apertura de esta galería, que permanecería abierta y transitable hasta 1988 (Ferrer Palma 1997a: 134): ello pudo ocurrir en la Antigüedad, el Medievo o la Edad Moderna y que los hermanos Viera la descubrieran, aunque tampoco es descartable que ellos mismos la excavaran.
Si la galería fue abierta de antiguo, pudo permanecer transitable varios siglos sin que colapsara el edificio, ya que las cobijas sobrepasan la anchura de los soportes ortostáticos entre 0,45 m y 1,38 m desde el trasdosado de los ortostatos, apoyando sobre el encachado construido en torno a la estructura ortostática (Ferrer Palma et al. 2004: 206).
Este solo estaba desmontado en parte por la excavación de la citada galería.
Creemos que los hermanos Viera pudieron excavar la fosa abierta en la zona central del suelo de la cámara en 1903.
El interior de Viera fue excavado por completo, y para su cerramiento se colocó una puerta de madera (Amador de los Ríos [c.a.
1907]: 36) sin que, al parecer, entre la fecha de su excavación y 1933 se llevaran a cabo tareas de mantenimiento en su interior.
Según Cayetano de Mergelina (1922: 81) la parte descubierta del corredor estaba colmatada por tierra procedente del exterior, algo que representa en su sección del monumento (Mergelina 1922: Lam.
Ello sugiere que entre 1903 y 1922 el tramo de corredor descubierto se fue volviendo a colmatar poco a poco, llegando en 1922 casi a la misma altura que los ortostatos en ciertos tramos.
Además, al menos desde esa fecha, la primera cobija conservada completa (C-4) se encontraba partida en dos (Mergelina 1922: Lam.
Viera fue declarado Monumento Nacional en 1923 sin que, al parecer, ello implicara a corto plazo una mejora en su estado de conservación.
Cuando Georg y Vera Leisner visitaron el sitio y estudiaron los tres monumentos, en febrero de 1933 o 1934, hallaron en Viera un relleno sedimentario de unos 0,6-0,8 m de espesor en el tramo descubierto del corredor y derrumbados en el interior del mismo varios de los ortostatos, incluyendo, al menos, los O-27, O-28, O-29 y O-30 y la cobija C-2 (Leisner y Leisner 1943, lám. 106.2).
El matrimonio alemán indicó también que, en ese momento, se estaba trabajando en una reconstrucción del corredor y en la estabilización del túmulo (Leisner y Leisner 1943: 182).
Las actuaciones debieron comple- tarse entre 1933 y 1934, ya que el corredor aparece ya despejado y los ortostatos y la cobija derrumbados restituidos a su posición original en las fotografías publicadas por Hemp (1934, lám. LIV, 1-2).
A finales de los años 1930 el dolmen de Viera estaba sucio, pero sin grandes desperfectos, aunque la cobija C-4 seguía rota en dos y permanecían abiertos el orificio realizado en la losa de cabecera y la galería que discurría por el trasdosado de la cabecera y del lateral derecho del dolmen (Giménez Reyna 1946: 40-41).
Los trabajos ejecutados en 1941 bajo la dirección de Francisco Prieto-Moreno y Pardo y Simeón Giménez Reyna afectaron principalmente al túmulo, al acceso y al tramo de corredor descubierto.
Después de eliminar la vegetación silvestre, el túmulo fue cubierto con una capa de arcilla para impermeabilizarlo, y se abrió una cuneta a su alrededor para facilitar la evacuación de las aguas de lluvia.
En el acceso al interior del monumento se construyeron tres escalones para salvar el desnivel del exterior con el corredor.
En el tramo descubierto del corredor se retiraron la vegetación, las piedras y la tierra que lo rellenaban parcialmente, despejándose el umbral de la segunda puerta perforada (O-3), se reconstruyeron las paredes de mampostería y se arregló la puerta que cerraba el paso al tramo cubierto del monumento (Giménez Reyna 1946: 43).
Durante las actuaciones llevadas a cabo en 1983-1984 en el entorno de Menga y Viera se hizo la primera ampliación longitudinal hacia el este del corredor de este último, 9 m en el lateral norte y 8 m en el lateral sur, modificándose por completo el acceso al mismo y ampliándose el diámetro del túmulo a los 50 m de diámetro en el eje este-oeste (Haro Ruiz 1990: 95).
También se excavó el suelo del espacio interior del dolmen (Ferrer Palma 1997b: 129-130) (Anexo 2) y Rafael Atencia Páez en la intervención ya mencionada de 1988 abrió 7 cortes (de 6 x 6 m) en el lateral sur del recinto de los dólmenes, entre Viera y la carretera Antequera-Archidona.
La situación de Viera tras acabar estas excavaciones reprodujo exactamente la de Menga.
Los cortes permanecieron abiertos durante varios años, provocando problemas de inundación que amenazaron la estabilidad de la construcción.
Una actuación de emergencia, encaminada a solventarlos, llevada a cabo en 1997, como en Menga, bajo la dirección de Pedro Lobato, produjo a su vez nuevas alteraciones en el monumento.
La intervención consistió en excavar una zanja de drenaje y una arqueta de desagüe para la evacuación de aguas desde el tramo de corredor descubierto hacia el exterior del monumento, y en la disposición de un nuevo suelo, de albero compactado, con pendiente ascendente desde el acceso al interior del megalito.
El resultado fue la rotura del firme original del dolmen y la del lateral izquierdo o sur del umbral de la primera puerta perforada (O-3).
Para impermeabilizar el túmulo, además del rellenado de las catas, se dispuso una capa de albero y cal que elevó la altura del túmulo unos 15-20 cm. En Viera, al contrario que en Menga, esta actuación resultó ser efectiva para evitar la entrada de agua en el monumento.
La intervención también fue diseñada y ejecutada por un arquitecto, Antonio Villalón Conejo13, sin contar con un equipo de arqueólogos especializados en intervenciones de este tipo en monumentos megalíticos.
Esta actuación buscaba atajar los daños que presentaban los ortostatos y las cobijas como consecuencia de las filtraciones de agua y las humedades a las que había estado sometido el monumento entre 1988 y 1997, antes del tapado definitivo de las catas del equipo de la UMA.
Se proponía solucionar los daños estructurales del monumento, sobre todo las fracturas en las cobijas C-3 y C-4 (incluyéndose posteriormente la C-5), y los desplomes hacia el interior del monumento de los ortostatos O-23 a O-26.
Ademas se intentaba subsanar deficiencias detectadas en el sistema de evacuación da aguas instalado en 1997, disponer un nuevo sistema de iluminación eléctrica y reparar la verja que cerraba el acceso al tramo cubierto del monumento.
Luis-Efrén Fernández Rodríguez dirigió el seguimiento arqueológico de los trabajos planteados en el proyecto de consolidación.
La excavación supuso la apertura y el posterior rellenado de un corte de 7,3 m en el eje longitudinal del dolmen (este-oeste), 6,5 m en el eje transversal (norte-sur) y unos 3,5 m de profundidad sobre las cobijas C-3, C-4 y C-5, que profundizaba otros 2 m en el trasdosado de los ortostatos O-23 a O-26 del lateral norte (Fernández Rodríguez et al. 2006).
Dicho sector estaba destruido en parte por la 'antigua' galería que recorría el trasdosado de los ortostatos del lateral norte.
Se abrieron tres series de zanjas en el túmulo, en su entorno y en el acceso al monumento: unas de drenaje conducirían el agua proveniente de la parte más alta del mismo hacia la acequia situada en el límite oeste del recinto y hacia la ladera este.
Las dos restantes eran zanjas de cimentación.
Unas zanjas de 17 m de longitud y 0,5 m de anchura se destinaban a unos nuevos muros de mampostería dispuestos en los laterales norte y sur del corredor de acceso.
Este se prolongaba 8 m en el lateral norte y 9 m en el lateral sur, extensiones que se añadían a las realizadas en 1983-1984.
Las otras zanjas, de 0,5 m de anchura y 0,5 m de profundidad, se abrieron entorno a los sectores noreste (28 m de longitud) y sureste del túmulo (40 m de longitud) para la construcción de muros de contención de los rellenos que iban a aumentar la altura del túmulo.
El túmulo fue ampliado en altura y en diámetro en esta intervención.
Entre los cambios efectuados en la estructura ortostática destacan: (i) la reparación in situ de las cobijas C-3, C-4 y C-5, que fueron cosidas mediante resina epoxi y varillas de acero inoxidable corrugadas, y reforzadas con pletinas metálicas (Fernández Rodríguez et al. 2006: 96; Fernández Rodríguez 2009: 70-71); ii) la basculación de los ortostatos O-23 a O-26 a su posición vertical y su anclaje mediante varillas metálicas a estructuras de fábricas de ladrillos construidas en el trasdosado de los ortostatos (Fernández Rodríguez et al. 2006: 96; Fernández Rodríguez 2009: 71); (iii) el anclaje de las cobijas C-3 y C-4 a los ortostatos del lateral derecho o norte mediante elementos metálicos angulares y tacos químicos, amarrando la cobija C-3 a los ortostatos O-25 y O-26 y la cobija C-4 a los ortostatos O-23 y O-24; (iv) la posible disposición de una capa de cal y arcilla con lajas de piedra entre las cabezas de los ortostatos O-7 a O-10 y O-26 a O-23, tal y como se preveía en el Proyecto de Consolidación, para respetar el sistema constructivo original; (v) la probable limpieza de la cara interna de los ortostatos y cobijas; (vi) la restauración de los ortostatos O-26 y O-24, la losa de cabecera (O-17) y la primera puerta perforada (O-3), mediante fábrica de ladrillo y mortero coloreado imitando la propia roca (Fernández Rodríguez et al. 2006: 98; Fernández Rodríguez 2009: 73); vii) la eliminación del suelo y los elementos de drenaje dispuestos en 1997; viii) la excavación de una nueva zanja de drenaje a todo lo largo del tramo de corredor descubierto, pasando bajo la primera puerta perforada (O-3), y tres arquetas (Fernández Rodríguez et al. 2006: 97-98; Fernández Rodríguez 2009: 72-73): una situada entre los ortostatos O-6 y O-27, otra entre los ortostatos O-2 y O-31, y la tercera al otro lado del camino de acceso al dolmen, en dirección sureste, que comunicaba con otra zanja que evacuaría las aguas al exterior del recinto; ix) la disposición del cableado de la nueva instalación eléctrica; y (x) la disposición de un nuevo pavimento.
Por último, los trabajos desarrollados en el entorno fueron: (i) la excavación con medios mecánicos de una zanja de 0,5 m de anchura y 1 m de profundidad desde la arqueta de recogida de aguas del túmulo y del corredor de Viera, situada al otro lado del acceso al dolmen, hasta el exterior del recinto en dirección sureste (Fernández Rodríguez et al. 2006: 98; Fernández Rodríguez 2009: 73); (ii) la excavación de zanjas para instalar la iluminación eléctrica exterior; y (iii) la limpieza de la vegetación y la disposición de una nueva capa de zahorra y albero en el camino de acceso que discurre desde el lateral oeste del recinto hasta el acceso a Viera.
El dolmen de Viera no ha vuelto a conocer ninguna intervención importante con posterioridad a 2004.
No obstante, sí se han hecho actuaciones en su entorno inmediato.
En 2004, Manuel Romero Pérez dirigió una actividad arqueológica en el lateral sur del recinto de los dólmenes, entre Viera y la carretera Antequera-Archidona, motivada por la ejecución de la 3a fase del vallado perimetral del conjunto Menga-Viera.
Durante esta intervención se abrieron tres nuevos cortes que depararon restos materiales de la Antigüedad (AA.
En 2007, como parte del "Proyecto Básico y de Ejecución de la Ordenación Paisajística del Campo de los Túmulos", dirigido por los arquitectos Jasone Ayerbe García y Francisco Javier Ruiz Recco (ver descripción más adelante) se ejecutó a la entrada de Viera una plazoleta con suelo de hormigón de unos 10 m de diámetro, conectada con el camino que conduce a los visitantes desde el edificio de Recepción inaugurado en diciembre de 2007.
En octubre de 2018 la dirección del CADA realizó un agujero de aproximadamente un metro de longitud, medio metro de anchura y otro tanto de profundidad en la parte posterior del túmulo del dolmen, al parecer para la instalación de una cabina de apoyo a las actividades didácticas para visitantes.
Según la información facilitada por el Servicio de Bienes Culturales de la Delegación de Málaga de la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico, en dicho servicio no consta ningún Proyecto de Actuación ni informe al respecto.
Los hermanos Viera llevaron a cabo la primera excavación en el tholos de El Romeral en 1904 (Gómez-Moreno 1905: 89) poco después del descubrimiento del dolmen que llevaría su nombre.
Como en Viera, la excavación en El Romeral debió consistir en una zanja realizada en la estructura tumular (Gómez-Moreno 1905: 90) para acceder al tramo de corredor descubierto y al resto de la estructura interior (Leisner y Leisner 1943: 174 y lám. 55).
En el tramo de corredor cubierto, cuatro de las diez cobijas conservadas estaban rotas (C-7, C-10, C-11, C-12), faltaba una entre las actuales cobijas segunda (C-2) y tercera (C-6), el relleno del suelo obstruía el acceso, y la mampostería de las paredes se encontraba muy deteriorada (Gómez-Moreno 1905: 92; Velázquez 1905, lám. XIX).
En el relleno de la primera cámara de 0,8 m de altura se identificaron dos capas sedimentarias y algunos restos materiales.
La mampostería de las paredes estaba también deteriorada en ciertas zonas, existiendo grandes huecos (Gómez-Moreno 1905: 92).
En la segunda cámara, la mampostería también estaba en mal estado y había dos grandes socavones (Gómez-Moreno 1905: 92).
El corredor y la primera cámara estaban pavimentados con "lajas en bruto y llenos sus intersticios con piedras menores" (Gómez-Moreno 1905: 91).
La segunda cámara tenía en su mitad norte una gran losa encastrada en el muro norte de la cámara circular.
En cambio, el pavimento original había desaparecido por completo en su mitad sur, no sabemos si en la excavación de los hermanos Viera o antes (Gómez-Moreno 1905: 92).
Pierre Paris (1921: 22-23) mencionó otra estructura en el túmulo de El Romeral, definiéndola como "un tipo de galería curva, excavada en una masa rocosa contra la que la Cueva del Romeral parece adosada".
Esta estructura no parece que fuera vista por ningún otro investigador.
En su visita, los Leisner fotografiaron los restos de un muro de mampostería perpendicular a las paredes del corredor que comunica las dos cámaras.
Este muro estaba dispuesto entre el tramo propiamente dicho de corredor de mampostería y la puerta de acceso a la segunda cámara, conformada por las dos jambas (Leisner y Leisner 1943, lám. 100.1).
Este muro, que no mencionaron en su descripción del monumento, sellaría e impediría el acceso a la segunda cámara en algún momento de la biografía del monumento (García Sanjuán et al. 2019: 103-104).
No sabemos si el muro estaba derribado ya en 1904 o se rompió durante la ex-cavación de los hermanos Viera.
Este dato es del mayor interés pues no siempre se pueden observar los dispositivos de cerramiento de los megalitos y sus cámaras.
Sin embargo, a corto plazo este reconocimiento no habría de conducir a su mejor protección y conservación.
A finales de los años 1930 su estado era lamentable.
La vegetación silvestre cubría el túmulo y el tramo de corredor descubierto.
Las paredes de mampostería del corredor (tanto del tramo descubierto como del tramo cubierto) estaban derruidas, como ciertos sectores de las cámaras, que presentaban socavones de hasta 2 m de profundidad cuyos restos se acumulaban sobre los suelos.
En la parte opuesta a la entrada, en el lateral norte-noreste del túmulo, había una zanja abierta de 2 m de longitud, 1 m de anchura y 1 m de profundidad (Giménez Reyna 1946: 32-33).
En 1940 Simeón Giménez Reyna dirigió, con la colaboración de la Delegación de Zona de Bellas Artes, una intervención en el tholos, que afectó al monumento y a su entorno.
Fue sufragada por el propietario del terreno, el señor García Berdoy, presidente de la Sociedad Azucarera Antequerana y académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo de Málaga (Giménez Reyna 1946: 32).
Los trabajos pretendían restaurar el túmulo y el interior del monumento y facilitar el acceso de vehículos mediante un camino delimitado por álamos (Giménez Reyna 1946: 33-34).
En el propio monumento se tapó la zanja ubicada en el lateral norte-noreste, se retiraron los rellenos que ocupaban el corredor y las cámaras, se repuso la mayor parte de la mampostería que faltaba tanto en el corredor como en las cámaras, y se dispusieron las actuales cobijas C-3, C-4 y C-5 en el hueco existente entre las cobijas C-2 y C-6.
Se instaló iluminación eléctrica, se arregló la cancela de hierro que cerraba el paso al interior del tholos y se colocaron a su entrada una losa que conmemoraba la restauración y un banco de piedra.
A esta actuación debe corresponder también la plantación de los cipreses que han rodeado el túmulo durante décadas, visibles en las fotografías aéreas del Vuelo Americano Serie B de 1956-1957, y recientemente talados.
Solo nos constan dos actuaciones desarrolladas en El Romeral con posterioridad, de ninguna de las cuales hay demasiada documentación.
La primera tuvo lugar a principios de 1996 14 y consistió en la apertura 14 Expediente de remoción no autorizada en terrenos del "Dolmen El Romeral", Antequera, Unidad de Protección del Patrimonio Histórico, expediente 81/95, Archivo Histórico Provincial de Málaga, legajo 17090.
Aunque esta zanja atravesó toda la finca por la mitad norte, no afectó directamente al tholos.
La segunda corresponde al "Proyecto Básico y de Ejecución en el Dolmen de El Romeral" redactado en 1994 y modificado en 1999 por Ciro de la Torre Fragoso.
Este proyecto fue ejecutado en 2002, pero no sabemos si total o parcialmente.
Solo tenemos certeza de tres actuaciones en relación con este proyecto.
La primera fue el desmonte del pavimento existente en el interior del monumento por parte de un equipo de arqueólogos coordinados por la Delegación de Cultura de Málaga.
Se dejó visible un testigo de la solería original de lajas de piedra en la cámara principal y es posible que se destruyera el resto del pavimento original del tholos, dado que éste había sido dejado al descubierto en 1940 y no consta que se hubiera tapado para su preservación con posterioridad.
La segunda fue una nueva instalación eléctrica y la tercera el traslado al exterior de un gran bloque pétreo ubicado en el corredor (Ruiz González 2011: 49 y 151).
Esta llamativa pieza no fue mencionada por ninguno de los investigadores de mediados del siglo XX.
No obstante, aparece en varias fotografías tomadas tras la restauración de 1940, por lo que puede que se hallara en las inmediaciones del monumento y se introdujera en el corredor en 1940.
En 2008 fue retirado del tholos por la dirección del CADA.
EL ENTORNO DE LOS MONUMENTOS
En los últimos cuatro decenios se han llevado a cabo numerosas actuaciones en el entorno de los tres monumentos propiamente dichos.
Varias de ellas tuvieron consecuencias muy significativas a efectos de investigación y conservación.
A este respecto, podemos distinguir tres ámbitos espaciales diferenciados: el entorno inmediato de Menga-Viera, el Llano de Rojas y el cerro de Marimacho.
El cerro de Marimacho no experimentó ningún cambio significativo en las décadas siguientes, pero el entorno de Menga-Viera y el Llano de Rojas sí sufrieron importantes modificaciones.
En el Llano de Rojas los principales cambios fueron la eliminación del olivar en la década de los 1970 y dos rebajes con maquinaria en su zona central y sur en los 1980.
En 1985 con el cambio del contexto administrativo, la Junta de Andalucía encargó sucesivos "Proyectos de Ordenación" y "Proyectos Básicos y de Ejecución" en el denominado "Recinto Primero" o "Recinto 1" del sitio, conformado por el entorno de Menga-Viera y el Llano de Rojas.
El "Recinto 2" correspondiente al tholos de El Romeral quedó generalmente al margen.
Los arquitectos Enrique Haro Ruiz y Manuel Salado Ordoñez desarrollaron el "Proyecto de Ordenación General del Recinto Primero del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera", aprobado por la Junta en 1990 (Ruiz González 2011: 38-41 y 150).
Estas actuaciones ya han sido descritas en las páginas precedentes.
Las otras actuaciones fueron adjudicadas a la empresa Ferrovial S.A., acometiéndose entre 1991 y 1993 la ordenación del recinto y los primeros trabajos en el edificio de recepción, investigación y aparcamientos del Llano de Rojas.
Este proyecto no fue ejecutado en su totalidad, quedando paralizado para su modificación en 1993.
Salado Ordoñez modificó el primer proyecto en 1993.
Destaca el cambio en el programa de usos del edificio parcialmente construido en el Llano de Rojas, que pasó a concebirse como Museo Arqueológico.
En cambio, el edificio concebido como Museo permaneció sin terminar y en estado de abandono hasta que en 2018 se retomó su reforma como parte de las exigencias planteadas por UNESCO para la declaración del sitio como Patrimonio Mundial.
En 2005, y en el marco de la actuación arqueológica dirigida por Verónica Navarrete Pendón en Menga, antes descrita, se desarrollaron varios trabajos en el entorno de Menga y Viera.
Por un lado, se retiró con retroexcavadora el arbolado plantado en las actuaciones de 1941 y 1983-1984, abriéndose para ello un número indeterminado de hoyos.
Por otro, se efectuaron rebajes de tierras con el objetivo de construir el camino que discurre desde el denominado 'Centro Solar Michael Hoskin' en dirección a Viera.
Estas actuaciones contaron con un seguimiento arqueológico, pero no existe documentación detallada del mismo (Mora Molina et al. 2018: 28 y 45).
Desde 2006, la Dirección General de Bienes Culturales, encargó la redacción de otros proyectos para ).
El proyecto tenía dos objetivos: la construcción del camino que conduce actualmente a los dólmenes de Menga y Viera desde el "Centro Solar Michael Hoskin" y la plantación de arbolado y matorral en el entorno de ambos monumentos (Ayerbe García y Ruiz Recco 2009).
Estos trabajos llevaron aparejadas una "Actividad Arqueológica Preventiva" del tipo "Control arqueológico de movimientos de tierras".
Esta actuación terminó con un rebaje de 0,4-0,8 m con máquina retro-excavadora para el trazado de tres tramos de un nuevo camino.
El Tramo 1 de 185 m de longitud y 3 m de anchura discurre desde el 'Centro Solar Michael Hoskin' en dirección al vallado del conjunto arqueológico.
El Tramo 2 continúa junto a la valla hasta situarse en paralelo al lateral sureste del dolmen de Viera.
El Tramo 3 gira en dirección a Menga y discurre en paralelo al lateral sur de Viera hasta conectar con el camino que conduce a Menga por su lateral oeste-noroeste15.
Para el segundo objetivo se abrieron 73 nuevos hoyos para la plantación de arbolado 16.
El segundo proyecto fue ejecutado en 2011, contemplando trabajos de eliminación de vertidos terrígenos, plantación de árboles, y apertura de nuevos caminos en el denominado Recinto Primero de los Dólmenes de Antequera.
Debido a la cercanía de los dólmenes de Menga y Viera y de los yacimientos Marimacho y Carnicería de los Moros, hubo un seguimiento denominado "Actividad Arqueológica Preventiva de Control de Movimientos de Tierras en el Proyecto de Ordenación del Conjunto Arqueológico de los Dólmenes de Antequera (Málaga)", dirigida por el arqueólogo David García González.
El objetivo era salvaguardar cualquier resto arqueológico hubo intervenciones que afectaron a la integridad física de los monumentos, y en gran número.
En este sentido, es posible distinguir varios problemas fundamentales: 1) Inadecuación de criterios: restauración y ordenación.
La gran mayoría de los llamados "Proyectos de Ordenación" y los "Proyectos Básicos y de Ejecución" realizados en el emplazamiento de Menga y Viera y en el Llano de Rojas desde 1990 hasta la actualidad fueron diseñados exclusivamente por arquitectos, y a partir de criterios funcionales y estéticos estrictamente contemporáneos.
No se tuvieron en cuenta la edad, el carácter o la morfología de los propios monumentos, ni el valor de sus relaciones paisajísticas con el entorno (de carácter esencial en el caso de Menga, como ha quedado demostrado en las investigaciones recientes), ni el del entorno natural donde se emplazaban.
En casi todos los casos, los arquitectos responsables de estas intervenciones carecían de experiencia previa de intervención en monumentos megalíticos (o sitios arqueológicos) y no contaron con el asesoramiento necesario por parte de equipos científicos poseedores de dicha experiencia.
Así se explica, por ejemplo, la brutal transformación del aspecto exterior del dolmen de Viera en la intervención de 2004.
La gran ampliación del tamaño de su túmulo, en extensión y en altura, además de la transformación del aspecto de su corredor lo convierten en un 'falso histórico' que ignora el principio de autenticidad exigible a las intervenciones en bienes culturales.
Otro caso es la actuación de 'limpieza' de paramentos interiores llevada a cabo en Menga en 2001 y 2003 por un equipo solo de restauradores, sin geólogos que conocieran las propiedades físicas de las rocas en la que estaban manufacturados los soportes pétreos, ni arqueólogos especialistas en los tratamientos pétreos de los soportes megalíticos.
2) Inadecuación de criterios: excavaciones arqueológicas.
Una tónica de las intervenciones en los monumentos antequeranos es el reiterado abuso de la excavación arqueológica como método.
La experiencia más reveladora se da a partir de 1985 con las actuaciones de la UMA: 33 cortes en Menga, 25 en Viera y otros 10 en el entorno de los monumentos en sucesivas campañas.
Estos cortes generaron problemas ulteriores para la propia integridad y sostenibilidad de los monumentos, como ya se ha detallado.
Además, nunca se publicaron los resultados de esta intervención, y a fecha de hoy no se han entregado los materiales recogidos y el registro documental obtenido durante la misma en el Museo de Málaga, la institución responsable de su custodia.
La posibilidad de su estudio por parte de otros equipos lleva así bloqueada más de veinte años.
Otro ejemplo es la intervención llevada a cabo en el interior del dolmen de Menga en la primavera de 2005.
Inicialmente prevista como de apoyo para la instalación de un nuevo sistema eléctrico, implicó la apertura de varios cortes en el exterior del monumento, sin que las necesidades de la obra eléctrica lo justificase.
3) Encarnizamiento urbanístico: como resultado de la trayectoria de actuaciones expuesta, el entorno de los monumentos es hoy un área intensamente urbanizada con diversos caminos y plazoletas con pavimentos hormigonados, aparcamientos, un Centro de Recepción de Visitantes y un llamativo edificio, originalmente concebido como Centro de Interpretación de la Prehistoria de Andalucía, ahora en proceso de transformación en Museo de Sitio.
El ensañamiento urbanístico en el entorno de los monumentos, conectado con el problema de inadecuación de criterios ya mencionado, ha generado una gradual cosificación de los megalitos, y la alienación de su original carácter de monumentos íntimamente relacionados con la naturaleza circundante (formaciones naturales, topografía, agua, perspectivas visuales, efectos de iluminación solar, etc.).
Los ejemplos de intervenciones en sitios megalíticos de análoga importancia como Stonehenge, Newgrange o los monumentos de las Islas Orcadas muestran el camino a seguir en la ordenación de los monumentos neolíticos y su entorno.
La vía es el alejamiento de las instalaciones modernas a varios kilómetros de los monumentos, su ocultación topográfica y visual, y el cumplimiento de un principio de mínima invasión de los bienes y mínimo impacto paisajístico.
Esto es exactamente lo contrario de lo que se ha hecho en Antequera (Carrera Ramírez 2011).
4) Falta de proporcionalidad: el común denominador de muchas de las intervenciones en el sitio de los dólmenes de Antequera es su falta de proporción entre los objetivos perseguidos y los medios utilizados.
El resultado es que la intervención arqueológica se convierte en sí misma en una fuente de problemas graves de conservación cuya solución exige sucesivas actuaciones, todas agresivas.
El intento de solucionar esos problemas no puede degenerar en la creación de falsos históricos que deforman monumentos megalíticos con 6000 años de antigüedad a criterio de una única persona carente de experiencia previa en la materia y/o criterios técnicos y científicos sólidos.
Tampoco la inclusión de los dólmenes de Antequera en la lista de Patrimonio Mundial de UNESCO puede convertirse en pretexto para una estrategia de sobreexplotación turística.
En los últimos dos años (básicamente, después de la declaración de la UNESCO), el CADA ha comenzado a ofrecer representaciones teatrales y musicales que concentran audiencias en el interior del dolmen de Menga durante prolongados periodos de tiempo.
Esta estrategia no guarda proporción con respecto al objetivo general de difusión de los bienes culturales en cuestión, y generará en el futuro sus pro-Trab.
Esta preocupante tendencia a la cosificación, masificación y banalización en la estrategia de difusión del sitio resulta tanto menos adecuada cuanto que, a fecha de hoy, y a la espera de que se inaugure el futuro Museo del Sitio, el visitante carece de herramientas cualificadas (p. ej., una cartelería in situ), que le sirvan para entender lo que está viendo.
Resulta de la mayor importancia reflexionar sobre las luces y las sombras de los últimos 180 años de intervenciones de los dólmenes de Antequera y extraer las necesarias conclusiones.
Sin duda, dicha trayectoria aúna el esfuerzo sincero, y muchas veces desinteresado, de decenas de personas que creyeron en la excepcional importancia patrimonial y científica del sitio y que, colectivamente, han logrado que el mismo adquiera el rango que merece a nivel nacional e internacional.
Podría parecer que la declaración por parte de UNESCO en 2016, por ser un innegable éxito en sí misma, condona y refrenda todo lo realizado hasta ese momento, o después.
Nada más lejos de la realidad.
Precisamente, la declaración de UNESCO obliga a aplicar los criterios más exigentes y cualificados en todo lo concerniente a la conservación, investigación y difusión del sitio, que además va a ser objeto de un mayor escrutinio por parte de la comunidad científica nacional e internacional, por no decir de la propia UNESCO.
En ese sentido, creemos que todas las actuaciones desarrolladas en los megalitos antequeranos y su entorno deben adherirse a un conjunto de criterios cuidadosamente establecidos por expertos, con base técnica y científica.
Es muy importante que la tarea de supervisar y revisar todas las intervenciones que se propongan en el sitio, evitando los problemas de inadecuación de criterios, falta de proporcionalidad y encarnizamiento urbanístico que se han dado en el pasado, recaiga sobre un órgano multidisciplinar de especialistas en patrimonio megalítico que cumpla su función de manera independiente.
El papel de este órgano es tanto más crucial cuanto que dicha tarea de supervisión técnica debe ser colegiada y fundamentada en el mérito, la capacidad y la experiencia, no pudiendo recaer en la dirección del órgano administrativo al que en cada caso y en cada momento le corresponda la gestión del sitio.
Como ejemplos de los criterios que deben regir dichas intervenciones, proponemos los siguientes:
1) Ser dirigidas por personal con contrastada experiencia en la investigación, excavación y conserva-ción de arquitecturas megalíticas y depósitos prehistóricos asociados.
2) Contar con el asesoramiento del equipo o los equipos que en cada momento sean responsables de su investigación, de manera que las intervenciones estén informadas por los datos y la experiencia científicos disponibles respecto al sitio y sus monumentos, y el conocimiento derivado pueda ser contrastado con el previamente existente.
3) Una planificación cuidadosa y racional con objetivos explícitos, proporcionados y justificados, de manera que la metodología aplicada durante cada intervención se ajuste a la consecución de los mismos.
4) Minimizar los trabajos invasivos o destructivos, evitando en todo caso ocasionar daños a las arquitecturas megalíticas, a sus depósitos estratigráficos y materiales asociados y a su entorno.
Ello incluye minimizar el uso de la excavación arqueológica como método, muy especialmente en los dólmenes de Menga y Viera, donde se ha practicado en exceso.
5) Las intervenciones arqueológicas deben incluir financiación suficiente tanto para el trabajo de campo en condiciones de máximas garantías técnicas como también para completar el trabajo post-excavación, incluyendo los estudios de materiales y pruebas científicas necesarias, así como su ulterior publicación.
6) Las restauraciones, obras de conservación y de tapado de cortes arqueológicos deben emplear materiales respetuosos con la naturaleza de estos bienes evitando los que sean anacrónicos y/o puedan generar ulteriores daños a los monumentos a corto o a largo plazo.
7) Contemplar la publicación de las actuaciones realizadas y los resultados obtenidos de la forma más exhaustiva en el plazo más breve posible tras su finalización.
Otra cosa dificulta la correcta tutela, protección y difusión, e imposibilita la ulterior investigación de los monumentos.
8) Contar con un equipo técnico y científico experimentado y multi-disciplinar que incluya especialistas de diversas disciplinas (arqueólogos, geólogos, restauradores y arquitectos), con trayectorias solventes y contrastadas en sitios con monumentos megalíticos.
Este equipo debe integrarse en un órgano colegiado responsable de la supervisión de las intervenciones en el sitio, y que produzca las necesarias directrices técnicas para todo tipo de actuaciones, desde trabajos de campo (criterios de registro, nomenclatura y publicación), hasta restauración y puesta en valor, dentro de un plan de acción que evalúe todos los problemas de conservación presentados por el sitio y proponga las soluciones más apropiadas.
9) Retomar la línea de publicaciones técnicas que, encabezada por la revista Menga, el CADA tuvo entre 2010 y 2017 y que, inexplicablemente, ha dejado de existir.
Las publicaciones científicas y técnicas aparecidas en ese periodo (ocho números de la revista Menga, y dos monográficos de la misma) fueron de enorme importancia en el proceso de selección de la candidatura del sitio por parte de UNESCO, y dieron un marco de solvencia a las actuaciones realizadas en ese periodo, a la vez que sirvieron para traer a la luz los resultados de intervenciones inéditas, estudios puntuales, reuniones científicas, etc.
Sería muy recomendable que estos criterios fueran tenidos en cuenta dentro de los proyectos de actuación arqueológica, conservación y musealización contemplados en el "Plan Director del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera (2018/2025)" aprobado por Orden de la Consejería de Cultura de 4 de mayo de 2018 (AA.
Pero con independencia de este punto, creemos que es de la mayor importancia que la tarea de gestión de este sitio se base en criterios técnicos, y ciertamente no políticos, emanados de una comisión técnica independiente y solvente, compuesta por especialistas de experiencia contrastada.
En la edición electrónica de este artículo, disponible en libre acceso en la página web de la revista, se incluyen las siguientes figuras:
Anexo 1: Planimetría de las intervenciones llevadas a cabo en el dolmen de Menga (Antequera, Málaga) en los últimos 40 años.
Anexo 2: Planimetría de las intervenciones llevadas a cabo en el dolmen de Viera (Antequera, Málaga) en los últimos 40 años. |
Los Millares necropolis (Santa Fé de Mondújar, Almería).
Calcite pendants are also described in Cueva del Toro ́s (Antequera, Málaga) Layer IIIb (Goñi et al. 2004: 206), in Cueva del Agua de Pradonegro (Iznalloz, Granada) and in Las Majólicas (Alfacar, Granada) (Navarrete 1976). |
* This research was funded by the proyects "Nuevas tecnologías aplicadas al estudio de la movilidad e intercambio: cuentas verdes y cerámica decorada con rellenos blancos del VI al II milenio ANE en la Península Ibérica desde una perspectiva multidisciplinar" (HAR2012-34620 Ministerio
Los minerales translúcidos fueron apreciados por las sociedades prehistóricas por su rareza, y fueron utilizados como elementos altamente simbólicos.
Este trabajo aborda el uso y la caracterización de las cuentas translúcidas de la península ibérica, mediante análisis químico (espectroscopía Raman, espectrómetro de fluorescencia de rayos X portátil, difracción de rayos X y espectroscopia en región visible y en infrarrojo cercano) y contextual, junto a una revisión de la bibliografía arqueológica sobre la producción y uso de adornos y elementos translúcidos durante la Prehistoria Reciente ibérica.
Un total de 54 cuentas de 47 yacimientos, mayoritariamente funerarios, han sido analizadas; 33 fueron trabajadas en fluorita, mientras que las restantes 21 fueron realizadas en distintos minerales translúcidos (calcita, cuarzo y varios silicatos).
La escasez de adornos translúcidos en el registro arqueológico, su escala regional y suprarregional de intercambio, y su asociación recurrente a otros elementos de prestigio en contextos singulares refuerzan la hipótesis del alto estatus de sus poseedores/portadores. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0
Exponemos los resultados de un estudio experimental dirigido a mejorar la interpretación sobre la primera tecnología de obtención de cobre en la península ibérica.
Según los datos de las mediciones y de los análisis de laboratorio, en el proceso metalúrgico es más determinante la ejecución de operaciones breves en estructuras pequeñas, abiertas y sencillas que otros elementos técnicos como el sistema de inyección de aire o el tipo de combustible.
El uso de carbón y del fuelle no es estrictamente necesario, bastando un simple hogar de leña y uno o dos tubos de soplado.
La experimentación con un alto grado de realismo sobre un caso concreto, la cuenca de Vera en Almería, ha permitido corroborar que la concentración de arsénico en los objetos de cobre es accidental: se debe a la transformación de minerales oxídicos polimetálicos.
Los resultados de este trabajo confirman la hipótesis que sostiene que la primera producción de metal en la península ibérica era de tipo doméstico con una organización simple.
Esta actividad pudo desarrollarse a partir de la base tecnológica de la producción cerámica sin necesidad de un gran salto cualitativo.
La primera tecnología de obtención de cobre en la península ibérica.
Aproximación experimental a la metalurgia calcolítica de la cuenca de Vera (Almería) *
Alberto Obón Zúñiga a, Abel Berdejo Arcéiz a y Víctor Berdejo Arcéiz b
En las últimas décadas, el conocimiento sobre los aspectos tecnológicos de la producción prehistórica de metal se ha incrementado de forma sustancial, gracias en gran parte al "Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica" que ha analizado miles de objetos, y en menor medida otros restos, mediante diferentes técnicas (Rovira y Montero 2018).
Esta base arqueométrica ha permitido identificar una producción de cobre de tipo doméstico, sencilla y bastante rudimentaria en sus inicios (Rovira 2004) 1.
La primera característica de la tecnología es la explotación de minerales polimetálicos propios de las zonas de oxidación, principalmente carbonatos de Cu acompañados frecuentemente por minerales de Fe, cuarzo, a veces arseniatos de Cu y otros.
Para reducir estos minerales no es necesario exponerlos a temperaturas demasiado elevadas.
El CO/CO 2 que genera la combustión de la leña o el carbón basta como agente reductor.
El diagrama de Ellingham muestra como los óxidos de Cu son bastante asequibles de reducir en cuanto a las condiciones redox y energéticas necesarias (Killick 2014: 30-31, fig. 2.3).
La segunda característica, a falta de otras evidencias, es la ejecución de las operaciones en estructuras abiertas y sencillas (Rovira y Ambert 2002: 106).
El hallazgo frecuente de fragmentos de cerámica con adherencias escoriáceas o metálicas indica que la transformación del mineral solía tener lugar en el interior de vasijas de cerámica de dimensiones variables pero de tipología siempre abierta y elaboradas sin tratamientos o materiales específicos.
Este tipo de estructuras no son un horno dotado de una cámara cerrada con condiciones homogéneas que faciliten la reducción del mineral.
En consecuencia, se forman pequeños conglomerados muy porosos y de formas redondeadas.
Están constituidos por gotas de metal de diverso tamaño asociadas a fragmentos de escoria, carbón y minerales más o menos alterados.
La escasa aparición de escoria se debe al uso de minerales de Cu bastante puros y a la ausencia de técnicas de escorificación intencional.
Probablemente también se explique por el carácter más bien esporádico de la metalurgia.
Por último, la aleación de Cu-As, detectada en un gran número de objetos de muchos yacimientos de la península ibérica (PI), es solo una consecuencia del polimetalismo de las mineralizaciones de Cu ricas en As (Rovira y Montero 2018: 239).
En el conjunto de la PI, el volumen total de restos arqueometalúrgicos prehistóricos que conocemos no es excesivamente grande.
Desde los primeros indicios, 1 P. Gómez Ramos, "La tecnología de fundición de metales en la pre y protohistoria de la Península Ibérica".
Tesis Doctoral inédita, Universidad Autónoma de Madrid, 1995, p.
823. a mediados del V milenio cal AC (Ruiz-Taboada y Montero 1999), hasta el período campaniforme, unos 150 yacimientos han proporcionado evidencias de algún tipo2, siendo más abundantes en la mitad meridional (Fig. 1).
Los hallazgos pertenecientes al IV milenio cal AC son muy escasos y la frecuencia de aparición aumenta a medida que avanza el III milenio cal AC.
Algunos aspectos concretos sobre la caracterización de la tecnología no han sido investigados, principalmente por la ausencia de un estudio experimental Fig. 1.
Localización en la península ibérica de los yacimientos del III milenio cal AC o anteriores con restos arqueometalúrgicos, mencionados en el texto: 1.
Puente Santa Bárbara; 5.
Valencina de la Concepción; 10.
X. Localización de la arcilla utilizada en la experimentación.
Mineralizaciones de Cu: A. Cerro Minado; B. El Pinar de Bédar; C. Mina de la Estrella; D. Cala del Oro (en color en la edición electrónica).
El gran potencial de la experimentación es la posibilidad de observar las circunstancias y el efecto de la intervención de algunos elementos técnicos indispensables en el proceso metalúrgico, como el sistema de inyección de aire, ausentes del registro arqueológico.
En nuestro caso, la experimentación ha sido concebida tras decenas de pruebas previas, que denominamos experiencias, donde adquirimos la habilidad técnica necesaria mediante ensayo-error (Obón y Berdejo 2013; Berdejo et al. 2017).
Partiendo de las hipótesis generales citadas, la modificación reiterada de los diferentes parámetros de los elementos y de los gestos técnicos que intervienen, nos ha permitido establecer un modelo de proceso técnico eficaz, incluso usando los elementos más simples: la leña como combustible y la técnica del soplado.
Dicho proceso tiene un alto grado de autenticidad o realismo respecto a las condiciones materiales, técnicas y productivas probablemente existentes en el pasado.
El recurso heurístico permite dar con soluciones lógicas o evidentes, en principio subjetivas, pero que pueden contribuir a mejorar la observación y la interpretación del registro arqueológico.
Posteriormente, tratamos de identificar estigmas del uso de un elemento concreto a través de analíticas sobre muestras experimentales para conocer su composición elemental y microestructural.
En la última parte del programa experimental establecemos la comparación con un conjunto arqueometalúrgico que ha sido bien estudiado, el de Almizaraque (Las Herrerías, Cuevas de Almanzora), un yacimiento del III milenio cal AC ampliamente excavado.
Se sitúa en la cuenca de Vera, donde se han descubierto un conjunto de poblados calcolíticos y argáricos próximos a mineralizaciones secundarias de Cu todavía reconocibles hoy en día (Fig. 1).
La experimentación comprende un total de 55 pruebas agrupadas en tres series (Anexo AC1, en la edición electrónica): 37 pruebas sin mineral (serie 1), 8 a partir de mineral de Cu de Bou Beker, Marruecos (serie 2) y 10 con materias primas y minerales del entorno de Almizaraque (serie 3).
En cada serie comparamos las mediciones de la temperatura (T), el caudal de aire (Q) y el tiempo (t), de los grupos de pruebas, repitiendo exactamente las mismas condiciones (parámetros fijos) con otros donde se ha modificado un 3 Véase n.
2. elemento (parámetro variable) como el tipo de combustible, el sistema de ventilación o el número de focos de inyección de aire.
Tratamos de observar diferencias significativas en dichas mediciones entre la intervención de los elementos más simples (leña y soplado) y los más complejos o que requieren mayor esfuerzo de preparación (carbón y fuelle).
Algunos parámetros fijos varían de una serie a otra, p. ej., la presencia o no de mineral, su procedencia, la materia prima para elaborar los elementos cerámicos, las dimensiones de la vasija o el peso de la carga de combustible.
Las pruebas con mineral también sirven para identificar diferencias en el rendimiento de cobre obtenido y en la composición de los materiales, desde el mineral a los productos de la reducción y de la fundición, mediante diversos análisis de laboratorio.
La serie 2 comprende tres grupos de dos reducciones modificando un único parámetro para evaluar las diferencias entre los medios de inyección de aire y los combustibles (Anexo AC1).
Otras dos pruebas de fundición nos han permitido observar el proceso de fijación de elementos metálicos (As, Fe u otros) en el cobre obtenido en la reducción y en la fundición.
La serie 3 consiste en tres grupos de pruebas con tres tipos de minerales del entorno de la cuenca de Vera.
Cada grupo incluye una reducción y una fundición de soplado-leña y de fuelle-carbón.
Para evaluar los aspectos tecnológicos, los resultados de los análisis son comparados con los datos arqueometalúrgicos de Almizaraque4 (Rovira y Ambert 2002; Müller et al. 2004) y de Las Pilas, Mojácar (Murillo-Barroso et al. 2017).
Son las características de los elementos y gestos técnicos que se repiten en cada prueba de una serie.
Todas las pruebas se hicieron al aire libre en la misma cubeta excavada en el suelo de pequeñas dimensiones.
Las vasijas, de 16,5-27 cm de diámetro y 5-11 cm de profundidad, se ajustan con tierra hasta que los bordes quedan sobresaliendo de la superficie (Fig. 2.1).
Las vasijas y los crisoles tienen formas abiertas, están elaborados a mano y en su primer uso están sin cocer (Fig. 2.3 y 2.4).
En la serie 1 usamos la misma vasija en las 37 pruebas.
En las series 2 y 3 se reutiliza solo cuando se procesa el mismo tipo de mineral.
En las series 1 y 2, las vasijas y los crisoles son de arcilla chamotada rica en cuarzo de procedencia comercial.
En la serie 3, los elementos cerámicos han sido elaborados a partir de arcilla recogida cerca de Almizaraque, según una propuesta de posibles lugares de abastecimiento5.
Además se emplean cuarzo y esquistos o filitas grafitosas de la zona, similares a los desgrasantes de la cerámica del yacimiento, principalmente mica, cuarzo y feldespato.
Dicha cerámica presenta en general pastas poco depuradas, desgrasantes gruesos, escasa cocción y superficies poco elaboradas.
Según el estudio mencionado, siempre se usaron materias primas de carácter local, sin que se apreciaran diferencias de composición entre los tipos, ni tampoco en las distintas fases de la secuencia del yacimiento.
Alrededor de la cubeta instalamos una estructura de madera para fijar las toberas o boquillas a pocos centímetros del hogar con una inclinación de 30o (Fig. 2.1 y 2.2).
Algunos restos de estructuras de combustión asociadas a la metalurgia que tienen anillos de barro pudieron tener esta función, p. ej. en yacimientos de Almería como Los Millares (Santa Fe de Mondújar) (Keesmann et al. 1991(Keesmann et al. -1992)), o los restos de adobe hallados en Las Pilas, Mojácar (Murillo-Barro-so et al. 2017), dando la impresión de que el hogar tenía mayor diámetro del real.
El tipo de medio de inyección de aire es uno de los principales parámetros variables.
Las toberas o boquillas para el fuelle y el soplado se elaboran momentos antes del comienzo de las pruebas, humedeciendo el tubo antes de aplicar arcilla fresca con algunas hebras de esparto, y dejando un orificio de 1 cm de diámetro con la ayuda de una ramita (Obón y Berdejo 2013: 413, fig. 6).
Esta técnica apenas dejaría evidencias en el registro arqueológico, porque el barro cuece solo parcialmente durante la operación.
Este tipo de restos, con ligeras vitrificaciones y una rebaba de arcilla en el orificio de salida del aire con improntas de hebras en su interior, han sido identificados entre los materiales de Las Pilas (Murillo-Barroso et al. 2017).
El esparto (Stipa tenacissima) está documentado en Almizaraque (Rivera et al. 1988: 322, Tab.
Estructura experimental y dos fuelles; 2.
Detalle de las toberas con la carga de combustible; 7.
Mineral de Cerro Minado; 8.
Muestra de conglomerado de reducción (CR) de la prueba 20; 11.
Gotas de Cu de fundiciones, A: Prueba 47; B: prueba 54 (en color en la edición electrónica).
Los tubos son ramas huecas de 1 m de longitud de caña común (Arundo donax), especie actualmente asociada a árboles de ribera en el entorno de Almizaraque, o el sauco (Sambucus sp.) atestiguado en yacimientos granadinos como Cerro de la Virgen y El Malagón (Cúllar) (Rodríguez Ariza 1992: 457-459, figs. 3 y 4).
Los fuelles de bolsa de cuero tienen un sistema manual de cierre en la parte superior y una capacidad de 8 l cada uno (Fig. 2.1).
La cadencia de inyección en la parte central y final de cada prueba ha sido de unas 20 inyecciones de aire por min. Con un solo foco utilizamos la misma tobera con el medidor del anemómetro y con dos la tobera adicional se sitúa en el punto diametralmente opuesto y la cadencia es alterna.
Con cuatro focos (serie 1-pruebas 22 y 50), se colocan separados de 90o y actúan por parejas.
La leña y el carbón, los tipos de combustibles utilizados, pertenecen a especies con un poder calorífico superior a 4000 Kcal/Kg.
Todas están identificadas y ampliamente representadas en yacimientos calcolíticos con restos arqueometalúrgicos: pino silvestre (Pinus sylvestris), pino negro (Pinus unciata), encina (Quercus ilex) y olivo (Olea europaea).
En la serie 3 optamos por pino carrasco (Pinus halepensis) debido a su predominio en el registro de Almizaraque, notablemente en la primera fase de ocupación (Delibes et al. 1996: 157).
La carga de combustible medida en brasas, entre 1 y 2 kg según la serie, siempre es suficiente para cubrir la vasija (Fig. 2.6).
Introducimos el mineral en fragmentos de entre 1 mm y 4 cm sobre un lecho de combustible en el fondo de la vasija, unos minutos antes del inicio de la inyección de aire (Fig. 2.5 y 2.9), y bajo grandes fragmentos de brasas que disponemos con espacios entre ellos.
Este último procedimiento permite la formación de canales de ventilación que favorecen un aumento del calor significativo.
Cuando los fragmentos de combustible obturan dichos canales los recolocamos para evitar bruscos descensos térmicos.
En las fundiciones, ponemos de la misma manera el crisol con el metal procedente de una prueba anterior.
Solo fundimos una muestra de alrededor de 30 g del metal recuperado en una reducción.
La temperatura se incrementa por el viento existente hasta alcanzar un valor estable que determina el final del calentamiento, entre 5 y 15 min. Esta fase es adecuada para la descomposición de los carbonatos de Cu en cuprita, liberando el CO 2 y el H 2 O. La inyección de aire dura en total entre 10 y 30 min. Siempre es menos intensa al principio porque la T se incrementa
En cada prueba, observamos las condiciones que tienen lugar en la estructura de combustión a través de mediciones efectuadas a T, Q y t.
También registramos las condiciones atmosféricas (ambiente, presión atmosférica, humedad, viento) para comprobar que las pruebas se desarrollan en condiciones similares.
El registro de T se lleva a cabo con un pirómetro Testo 735-2 conectado a una sonda Tipo S que colocamos en el centro de la carga.
Un anemómetro de hilo térmico nos permite medir la velocidad del aire (υ) en el centro de la caña, donde discurre el mismo Q que en el orificio de salida.
Según la sección del medidor (A) (rectangular de 5/7 mm con un área de 0,35 cm 2 ), calculamos el Q aproximado, sin tener en cuenta la compresión, siguiendo la siguiente ecuación: Q = υA Para el análisis de las gráficas de T hemos establecido unos criterios que permiten distinguir tres fases: ascenso térmico, parte central o meseta y descenso térmico (Fig. 3).
El t de ascenso térmico (t s ) comprende desde el inicio de la inyección de aire, cuando T aumenta de forma rápida, hasta que se produce una relativa estabilización formando una gráfica en meseta que oscila en ±100 oC (t m ).
Para la serie 1, consideramos el inicio de dichas mesetas cuando se alcanza un valor superior al 90 % de la T máxima (máx) que se logrará durante la prueba.
Con mineral o crisolmetal, el criterio de inicio es la superación de los 1000 oC ya que los materiales de la carga absorben calor hasta que se instaura un equilibrio térmico con el interior de la estructura, lo que hace que el valor de 90 % se alcance solo avanzado el proceso (Fig. 4D).
En las pruebas en las que se añade una carga de brasas suplementaria (entre 600 y 900 oC), se aprecia un enfriamiento hasta que se produce un nuevo equilibrio seguido de un nuevo aumento.
La tercera fase de descenso térmico (t b ) comprende el momento en que el combustible se agota y T disminuye bruscamente hasta que vuelve a estabilizarse.
La comparación entre las diferentes pruebas se establece con los promedios de t de cada fase, la T media de la meseta (T m ) y la Tmáx (Fig. 3).
Los perfiles de las gráficas de Q varían según las diferentes cadencias de inyección (Fig. 4A).
En todas las pruebas hay una fase inicial seguida por otra de desarrollo.
La ventilación es siempre más intensa en la parte final de la operación.
El principal parámetro para el análisis es el cálculo del valor medio total (Qt).
También analizamos separadamente la fase de ascenso térmico (Q a ) y la meseta (Q m ).
Un conjunto amplio de muestras de la experimentación, desde fragmentos de minerales de Cu a productos de la reducción y la fundición, han sido analizadas con diversas técnicas para conocer su composición elemental y mineralógica.
Nombraremos dichas técnicas por sus siglas en inglés para facilitar la comprensión a nivel internacional.
Los resultados nos permiten identificar las diferentes fases y determinar el tipo de reacciones químicas y de condiciones redox que han tenido lugar en las pruebas.
La preparación de probetas de muestras pulidas y preparadas con recubrimiento de carbono y el análisis en un microscopio electrónico de barrido (SEM) de emisión de campo (FE) Carl Zeiss Merlin fueron realizados en el Servicio de Apoyo a la investigación (SAI) de la Universidad de Zaragoza.
El aparato tiene una resolución espacial de hasta 0,8 nm, microanálisis de rayos X (INCA 350 X-Sight de Oxford Instruments con resolución en energía de 127 eV a 5.9 KeV) y detectores EDS/EBSD/CL.
Para todos los elementos, consideramos elementos traza los valores inferiores de 0,2 %.
El cálculo en óxidos se realiza por estequiometria.
Las probetas fueron previamente observadas y fotografiadas en un microscopio óptico.
Para conocer la composición por elementos del metal obtenido en la reducción y en la fundición, efectuamos análisis por fluorescencia de rayos X en un equipo portátil (pXRF) Innov-X Systems modelo Alpha del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, condiciones de medida 35 kV y 5μA.
Los límites de detección para Ag y Sb están en el 0,15 %, para Fe, Ni, As, Sn, Co, Bi y Pb es de 0,05 %.
El SAI de la Universidad de Zaragoza hizo parte de los análisis por difracción de rayos X (XRD) con un difractómetro Rigaku modelo D/max 2500 (40 kV y 80 mA, 2Theta 5o a 70o).
El Servicio de XRD de la Universidad del País Vasco empleó en sus análisis un difractómetro Panalytical Cubix 3 (40 kV y 40 mA, 2Theta 5o a 70o).
En todas las pruebas se han dado las condiciones tanto para extraer gran parte del metal de los minerales -reducción de Cu 2 O a Cu en condiciones poco reductoras a partir de 1100 oC aproximadamente (Hauptmann 2007: 222, fig. 7.2)-como para fundir el metal en las operaciones de fundición.
En estas últimas, los valores no suelen mantenerse mucho tiempo por encima de 1200 oC, aunque se pueden dar picos superiores a 1300 oC.
Los parámetros variables introducen algunas diferencias.
Como era previsible, la T m es superior utilizando carbón, ya que tiene un mayor poder calorífico que la leña de su misma especie (Tab.
1), aunque no en todas las pruebas (Fig. 4B).
En la encina la diferencia está en torno al 4 % (45 oC) y en el pino cerca del 2 % (20 oC).
La encina y el olivo son maderas duras y generan brasas duraderas debido a su densidad (940 Kg/m3).
La leña de pino, más porosa (510 Kg/ m3), se agota antes, pero su mayor velocidad de reacción aporta una mayor cantidad de energía calórica por unidad de t.
Según el medio de inyección, la mayor ventilación del fuelle produce ascensos térmicos muy rápidos y una T m ligeramente superior.
También consume más rápida e intensamente la carga de combustible y el t total suele ser menor (Fig. 4C).
Al final del proceso se alcanza una T elevada que a menudo supera los 1300 oC (Fig. 4B y 4D).
En las pruebas de soplado la duración de la misma cantidad de combustible es más prolongada y los gráficos presentan ascensos térmicos largos y discontinuos.
Este hecho no excluye una T m elevada, notablemente con leña de pino, combustible que llega a Tmáx de más de 1300 oC.
No se aprecian diferencias significativas de t o de T m entre fuelle o Fig. 3.
Temperatura y tiempo de las fases en la gráfica de la prueba 13: 1.
Inicio de la inyección; 2.
Inicio de la meseta; 3.
Final de la inyección; 4.
Final del descenso brusco de T. ts: tiempo de ascenso térmico; tm: tiempo de la meseta; tb: tiempo descenso; Tm: temperatura media de la meseta (en color en la edición electrónica).
Promedio de temperatura y tiempo del conjunto de las pruebas según el combustible y el medio de inyección utilizado.
Tini: temperatura al inicio de la inyección; Tm: temperatura media de la meseta; Tmáx: temperatura máxima; ts: tiempo de ascenso térmico en min; sopl: soplado.
A. Detalle del caudal de aire (Q) de la prueba 16-un soplador y prueba 14-un fuelle; B. Temperatura (T) de pruebas de la serie 1 con fuelle y diferentes combustibles; C. T de pruebas de la serie 1 con leña de encina y diferentes medios de inyección.
D. T de pruebas con carbón de pino: 9-sin mineral, 43-reducción y 52-fundición. soplado.
En algunas pruebas de la serie 3, la Tmáx es incluso más baja con fuelle y carbón.
Los datos registrados sobre el Q introducido indican que el fuelle sigue un patrón mucho más regular y fácil de adaptar a la cadencia fijada que la técnica del soplado, siempre mucho más irregular (Fig. 4A).
El Qt es superior en las pruebas con un fuelle (en torno a 168 l/min) que en las que interviene un soplador (54 l/min) (Tab.
En algunas pruebas con fuelle las mediciones han sido descartadas por una limitación del rango de medida en algunas inyecciones.
La menor cadencia al comienzo de la prueba, un parámetro fijo en todas las series, explica que los valores del Q m sean más elevados que los del Q a.
En la fase final, un solo soplador llega a insuflar hasta 85 l/min en la prueba 47 (Anexo AC1).
En las pruebas de reducción y fundición, el Q t de fuelle y de soplado es inferior a los respectivos de la serie 1.
En estas pruebas sin mineral, el t de inyección de aire es habitualmente inferior a 15 min (Fig. 4D).
Cuando interviene un solo foco de inyección, algunas zonas pueden quedar en la periferia del núcleo de calor, mientras que dos focos enfrentados con la misma inclinación calentarán un espacio más amplio.
Dos sopladores inyectan más de 100 l/min y dos fuelles más de 300 l/min (Tab.
El mineral de la serie 2 procede de las zonas de oxidación de Bou Beker-Distrito Touissit (Oujda-Angad), en el noreste Marruecos.
Los análisis por XRD muestran una composición de minerales de Cu bastante puros, principalmente azurita, malaquita, brochantita y ocasionalmente calcopirita, acompañados por minerales de Fe (hematites y goethita) y de Pb (cerusita y beaverita), algún grano de cuarzo y un silicato de Fe-Al (Figs.
El polimetalismo de estas menas (véase Berdejo et al. 2017: 194-195), queda constatado en los análisis por XRF por la abundancia de Cu junto con Fe, Pb, Sb, Zn y As, y algo de Ag (Anexo AC2).
Los minerales de la serie 3 proceden de tres mineralizaciones polimetálicas del entorno inmediato de la cuenca de Vera: 3a-Cerro Minado en la sierra de Almagro, 3b-El Pinar en la sierra de Bédar y 3c-varios puntos de la sierra Almagrera (Fig. 1).
Los minerales de Cerro Minado están constituidos por carbonatos de Cu acompañados principalmente por arseniatos de Cu (cornubita, olivenita, clinoclasa, zincolivenita, veselovskyita, conicalcita y un arseniato de Cu-Fe), minerales oxídicos de Fe y relictos de tennantita (Figs.
Por elementos, el Cu está acompañado por As y Fe, seguidos por Zn y en menor medida Co, Sb, Ag, Ni, Pb, Bi, Hg y Sn (Anexo AC2; Favreau et al. 2013).
La roca encajante identificada en las muestras es dolomía, cuarzo y mica compuesta por moscovita y otros minerales.
Hemos detectado principalmente MgO, Al 2 O 3 y SiO 2, y también CaO, SO 3, Cl, K 2 O y TiO 2.
El Pinar de Bédar se caracteriza por un polimetalismo de Cu-As-Zn-Pb y en menor cantidad Fe, Sb, Bi, Ni, Ag, Sn y Ti (Montero 1991: 140-147) (Anexo AC2).
Presentan malaquita y azurita con arseniatos de Cu y crisocola, acompañados por adamita, dolomita, moscovita, FeO y un mineral oxídico de Hg y Ag (Figs.
Las muestras de sierra Almagrera tienen una asociación de Cu-Fe-Pb, con algo de Zn, aunque la composición varía.
Las de Cala del Oro también tienen As y algo de Sb, y en una de la mina de la Estrella se detecta Ag 7.
En el SEM se observan minerales como FeO, baritina, yeso, cuarzo y moscovita procedente de las filitas, además de atacamita y kapellasita, un cloruro de Cu-Zn (Fig. 5B Tab.
Promedio de Q del total de las pruebas según el medio de inyección utilizado en l/min. Qa: durante el ascenso térmico; Qm: durante la meseta; Qt: caudal medio total; 1⁄2: interviene un soplador en la fase de ascenso térmico y 2 sopladores en la fase meseta.
Productos de la transformación del mineral
En todas las pruebas las condiciones redox han sido poco homogéneas, independientemente del combustible o del medio de inyección utilizado.
No obstante, la calidad de las menas y una T m superior a 1100 oC han permitido la formación de nódulos y gotas de Cu (ejemplos en Fig. 2.10 y 2.11).
El Cu metálico obtenido es bastante puro, aunque son frecuentes inclusiones de cuprita y de PbO, a veces junto a Sb y As (Anexo AC3).
En el SEM, hemos detectado algunas otras de CuS que indican la presencia puntual de calcopirita en los minerales.
Ocasionalmente, se producen condiciones menos oxidantes y el metal contiene algo de Fe, en menor medida As y trazas de Zn, Co y Ni.
El resto de elementos han pasado a fases de escoria o se han volatilizado (Anexo AC2).
Todas las muestras de conglomerados de reducción, bastante similares, se caracterizan por una fuerte presencia de óxidos, principalmente delafosita, cuprita y magnetita, procedentes de los minerales de Cu y de Fe (Anexo AC4).
Se han formado escasas matrices vítreas, a veces con gotas metálicas atrapadas.
Algunos análisis puntuales indican como principales constitu-yentes SiO 2, CaO, Fe 2 O 3, Al 2 O 3, algo de Cu 2 O y As 2 O 3 y en menor medida PbO, K 2 O y SO 3 (Anexo AC5).
La mayor parte de los óxidos de Fe han pasado a integrar fases de silicatos en condiciones reductoras y magnetita-delafosita en condiciones oxidantes.
Su elevado punto de fusión contribuye a la viscosidad de la escoria y a la pérdida de Cu.
1), la abundancia de óxidos de Cu y de Fe produce la cristalización de la cuprita en intercrecimiento con la delafosita durante el enfriamiento (Hauptmann 2007: 172).
Si la presencia de óxido de Fe es mayor, la delafosita se asocia con magnetita (Fig. 6C).
En ambos casos aparecen abundantes gotas de Cu, a veces fases de cobre dendrítico acompañado por algo de Fe o de CaO (Fig. 6A; Anexos AC6 y AC7).
No hemos detectado fayalita que requiere condiciones más reductoras.
Con frecuencia aparece CaO, a veces asociado a Mg, procedente de la calcinación a 700-900 oC de restos de roca encajante, calcita o dolomía (Anexo AC4).
En ocasiones, el cuarzo y la dolomía han reaccionado con los minerales de Fe y de Pb presentes en las menas, formando silicatos ricos en Fe y Ca o en Ca y Pb.
La presencia de PbO contribuye a disolver el SiO 2, mientras que la cantidad de FeO suele ser menor de la necesaria (Hauptmann 2007: 168).
En las tres pruebas (20, 39 con fuelle; 45 con dos sopladores) con la T m más alta aparecen silicatos complejos que han estado al menos en estado viscoso.
Este hecho podría indicar la formación de fases de minerales distintas debido a la diferencia de T, siendo en general mayor con fuelle.
En las muestras de soplado solo hemos detectado Si en la prueba 21 donde aparecen cuarzo sin transformar que indica simplemente una T m poco elevada (1120 oC) y también matrices y fases de silicatos de Al-Fe-Ca.
Las muestras de las series con carbón de encina y con leña de pino son muy heterogéneas en cuanto a los componentes citados.
Algunas diferencias mínimas se pueden atribuir a la inferior T m alcanzada por el soplado (entre 30 y 40 oC), que impidió la reducción de una parte del Cu 2 O.
En la serie con dos sopladores, Q y T fueron superiores en la prueba 45 con carbón de pino.
Abundan las inclusiones de cuprita en el metal que están ausentes en la muestra de la prueba 40 con leña de encina, donde hubo unas condiciones poco reductoras como atestiguan otras fases de cuprita e incluso de tenorita (Anexo AC4).
Esta última fase nos indica la baja T m alcanzada, inferior a 1026 oC, a partir de la cual la tenorita se descompone en Cu 2 O. Las diferencias son más grandes entre los grupos pino y encina que entre leña y carbón.
En las muestras de pruebas con pino se aprecian concentraciones ligeramente superiores de Fe, Pb y As en el metal (Anexo AC3), probablemente porque la T fue superior.
Las condiciones también han sido poco reductoras en la serie 3a.
El material recuperado consiste en nódulos y gotas metálicas y en fragmentos de conglomerados de reducción a veces adherido a la cerámica8 (Fig. 2.13 y 2-14).
Los análisis por pXRF sobre muestras de metal indican una composición de Cu acompañado por As, en menor medida Fe y Pb y trazas de Zn, Ni, Ag, Co, Bi, Sb (Anexo AC2).
Tanto el Q como la T m y Tmáx de la prueba 43-fuelle/carbón fueron bastante superiores a la prueba 41-soplado/leña, lo que explica que en la primera se produjo una mayor fijación elementos en el cobre.
En el SEM, en muestras de ambas pruebas se observan algunas gotas de Cu puro y numerosas de Cu-As bifásicas con entre 1,37 y 34,7 % de As, y en ocasiones algo de Fe (Fig. 6D y 6F; Anexo AC7).
El promedio de la composición de las gotas metálicas ana-lizadas muestra nuevamente una presencia de Fe Ni, Co y frecuentes inclusiones de Pb, As, Sb y Bi, a veces con Ni, Ag y Zn (Anexo AC3).
También detectamos inclusiones de sulfuros y un grano intermetálico de As-Cu-Ni.
El mineral no se ha reducido por completo, como indica la abundancia de cuprita, frecuentemente en estructura dendrítica, pero también en bandas separadas y en matrices vítreas, además de delafosita y magnetita (Fig. 6E; Anexo AC6).
La cantidad de cuprita es mayor en la prueba 41, con abundantes óxidos de Cu y de Fe.
Las matrices vítreas de ambas pruebas contienen elementos que proceden de la ganga, de las cenizas y de la cerámica, principalmente SiO 2, CaO, Fe 2 O 3, Al 2 O 3, K 2 O, MgO, P 2 O 5 (Anexo AC5).
Aparecen otras fases de silicatos, entre otros melilita, akermanita, olivino o augita, casi siempre con CaO como componente principal seguido por óxidos de Mg, Al y Fe (Anexo AC4).
También se observan fases de óxidos de Mg-Fe-Cu-Zn.
Parte del As, Cu y Zn ha quedado atrapado o ha pasado a formar parte de las matrices Trab.
La presencia de periclasa resulta de la descomposición de la dolomía.
Se aprecian granos de cuarzo sin transformar, arseniatos de Ca y Cu que procederían de la conicalcita y fases marginales de CuS.
Según los análisis por pXRF, las gotas metálicas de la serie 3b contienen As, Zn, Pb, Fe, Ag, Bi y algo Ni (Anexo AC2).
En el SEM también se aprecian algunas gotas bifásicas con estructura dendrítica de Cu 3 As e interdendrítica de Cu 8 As, y aparecen fases de Cu dendrítico con algo de Ag (Fig. 6B; Anexo AC7).
La media de los prills analizados indica, además de los elementos mencionados, Sb y frecuentes inclusiones de óxidos de Pb y Bi, cuprita, y CuS (Anexo AC3).
En esta serie, los registros de t y de T m son similares en todas las pruebas pero el rendimiento de obtención de Cu ha sido mayor en la prueba 44-fuelle/carbón.
En la prueba 42-soplado/leña se ha formado una torta con abundante cuprita y solo algunas gotas atrapadas, indicando que las condiciones han sido muy poco estables.
En ambas pruebas Zn, As, Bi, Pb, Fe y Ni han aumentado su concentración mientras que Sb ha disminuido (Anexo AC2).
El análisis puntual a algunas matrices vítreas detectadas en los fragmentos de conglomerado indican una composición con abundante CaO y en menor medida Al 2 O 3, Fe 2 O 3 K 2 O, SO 3 y MgO (Anexo AC5).
Aparecen abundantes óxidos, principalmente de Mg-Zn y de Ca-Fe, fases de arseniato de Ca y puntualmente Fe-Zn espinela (Fig. 6B; Anexo AC4 y AC6).
Habitualmente detectamos cuprita dendrítica y de modo esporádico delafosita.
Parte de los óxidos de Cu, As, Zn, Pb y Sb han pasado a fases de escoria (Anexos AC2 y AC5).
Es probable que la presencia de PbO y Sb 2 O 3 proceda de la tostación de restos de sulfuros.
También se detectan abundantes fases de silicatos de Ca-Al-Mg en ocasiones ricos en Zn-K-Ba-As-Fe.
Identificamos moscovita, gehlenita, y también cristales de un silicato de Mg-Zn.
En escorias de refundición aparece olivino, Zn-monticelita y piroxenos (augita) (Anexo AC4).
La dolomita y los granos de cuarzo del mineral, al descomponerse, han pasado a formar parte de diversos silicatos y óxidos, aportando CaO, MgO y SiO 2 que se asocian a los óxidos de As, Zn, Fe y Pb procedentes del mineral.
Por último, los datos de la serie 3c no son válidos por la heterogeneidad y la baja concentración de Cu.
El material resultante adherido a la cerámica consiste en mineral alterado y gotas de Cu-As atrapados en una escoria rica en SiO 2, Al 2 O 3, Fe 2 O 3, PbO, BaO y K 2 O (Anexo AC5).
Aparecen abundantes óxidos como delafosita, magnetita y cuprita dendrítica y gotas de Cu con Fe o con As-Fe, además de matrices vítreas y otros silicatos (Fig. 6C; Anexos AC3-AC7).
Productos de la fundición del metal
Las muestras de las fundiciones de la serie 2 tienen un Cu metálico muy puro salvo por algunas inclusiones de óxidos de Pb o de Sb-Pb-As (Fig. 7A y 7B; Anexo AC7) y presencia de Fe y As.
En el metal, la concentración de los elementos ha disminuido mucho respecto a la reducción, excepto Pb que se mantiene (Anexo AC2).
En relación con el mineral, el descenso es grande sin excepciones.
El metal de la prueba 47-so-plado/leña pino, probablemente por la mayor T alcanzada, presenta una mayor concentración de Fe y As, menor de Pb y abundantes inclusiones de cuprita, ausentes en la muestra de la prueba 54-fuelle/carbón encina (Fig. 7A).
En todas las fundiciones de la serie 3, las condiciones oxidantes han provocado una intensa disminución de la concentración de elementos en el Cu, abundantes inclusiones de cuprita y otras menos numerosas de otros óxidos y de CuS9.
Estas discretas inclusiones distribuyen el Cu 2 O y crean un metal un metal con una porosidad que puede eliminarse por martillado por martillado sin que suelan producirse fracturas (Northover 1989: 112).
En la serie 3a disminuyen mucho Fe, Ni, Zn y Sb, desaparece Co y se concentran Ag y Pb (Anexo AC2).
La concentración de As se había incrementado en la reducción pero decrece bastante con respecto al mineral en el último paso.
La concentración de Fe ha disminuido hasta alcanzar un porcentaje coherente con una metalurgia en estructura abierta.
El metal de la prueba 48-soplado/leña contiene inclusiones de Bi-Ag y de PbO con Bi o con As-Sb, además de algo de escoria marginal (Fig. 7D; Anexo AC7).
El nódulo metálico de 28,1 g, obtenido en la prueba 52-fuelle/ carbón a partir de una muestra de 29,7 g de metal de la prueba 43 (Fig. 2.15), presenta zonas de Cu y otras de Cu 8 As con inclusiones de Cu 3 As, de Bi-Ag y de óxido de As-Bi-Sb.
En los bordes de las muestras también se observa algo de escoria marginal adherida al metal (Fig. 7C y 7D; Anexo AC7).
La composición del metal de las fundiciones de la serie 3b incluye As, Zn, Fe, Ag y Pb (Anexo AC2).
En el SEM detectamos Cu puro, cobre arsenical, cuprita e inclusiones de CuS y de óxidos de Pb y Bi.
Desde el mineral, todos los elementos han reducido su concentración o están ausentes, excepto un descenso menos intenso de As y un aumento de Ag.
En la reducción, Zn y Fe se habían concentrado, pero sufren un gran descenso en la fundición.
Características de la tecnología
Los resultados de este estudio indican que el proceso técnico está determinado esencialmente por una ejecución de breve duración en una cubeta-hogar pequeña y abierta.
El contacto con el aire exterior pro-Trab.
En el material arqueológico y experimental encontramos fases propias de un ambiente oxidante, cuprita-delafosita-magnetita, al igual que indicadores de un ambiente reductor o de mayor T que favorece la formación de Cu, la concentración de Fe y As en el metal e incluso fases de silicatos que adquirieron menos viscosidad.
La enorme pérdida de calor y la abundante presencia de O condicionan dimensiones de la estructura inferiores a 30 cm de diámetro y 15 cm de profundidad.
Estos parámetros permiten alcanzar la T y la atmósfera reductora necesaria, aunque de forma variable e inconstante.
Un diámetro mayor dificulta el control térmico sobre todo el espacio, mientras que la incorporación de otros focos de inyección produce pérdidas de calor por una distribución del aire ineficaz.
Hay indicios del uso de este tipo de estructuras en la primera metalurgia de diversas regiones del mundo (Hauptmann 2007: 217-219).
Todo parece indicar que los primeros metalúrgicos eran capaces de realizar estas actividades en espacios reducidos y con pequeñas cargas de combustible, con independencia del resto de parámetros y de elementos técnicos.
A priori el uso de elementos más complejos facilita el éxito de las operaciones.
Mientras el carbón de cualquier especie tiene más poder calorífico y genera mayor cantidad de CO que la leña, el fuelle suministra un Q superior, más constante y con más cantidad de O 2 que el aire procedente del soplado, con más vapor de agua.
Además, cuanto mayor es T, la exigencia de ambiente reductor para extraer metal es menor.
No obstante, hemos comprobado la viabilidad de realizar el proceso metalúrgico sin perder eficacia aunque intervengan elementos más simples.
En esta experimentación, los parámetros variables no han producido diferencias significativas de T ni tampoco variaciones claras de composición química o microestructural.
Por lo tanto, la obtención de metal pudo desarrollarse con el uso de leña, sin la necesidad del salto tecnológico cualitativo que habría supuesto la producción de carbón (Roberts 2014: 431).
En general, el ambiente fue ligeramente más reductor con carbón, si bien las diferencias son mínimas y no se producen en todas las pruebas.
Dichas diferencias parecen deberse a que la T m y la Tmáx son ligeramente superiores con fuelle y carbón.
Un estigma claro sería la formación de cristobalita entre 1200 y 1400 oC, un rango difícil de mantener con el soplado, pero no hemos detectado indicios.
En el otro extremo, los granos de cuarzo sin transformar o con ligeras alteraciones podrían indicar la intervención de elementos más simples.
En la serie 3, únicamente han sido detectados en muestras de las pruebas 41 y 46, soplado/ leña, mientras que en las otras tres pruebas, dos con fuelle y una con soplado, se han formado silicatos complejos.
El indicio no es concluyente porque las matrices vítreas no han perdido su alta viscosidad, debido a la inestabilidad de T y al corto t de reacción.
En realidad, la probabilidad del uso de la técnica del soplado es mayor porque las operaciones son precisamente cortas, a tenor de las fases presentes en los materiales.
Este dato coincide con la dificultad de mantener mucho tiempo el esfuerzo de soplar a pulmón.
El proceso completo para elaborar una preforma de objeto a partir de minerales oxídicos con poca ganga puede efectuarse en 2 h, o incluso en menos tiempo, según la habilidad técnica puesta en juego.
La operación de reducción puede llevarse a cabo con gran eficiencia en 30-40 min de inyección de aire con una sola carga de 6 kg combustible en forma de pira, añadiendo 20 min previos para calentar el recipiente cerámico y el mineral.
A partir de 20 min de inyección ya se forman nódulos de cobre metálico, pero el rendimiento es parcial, tal y como ha sucedido en la experimentación descrita (Anexo AC1).
En otras pruebas realizadas con dos sopladores, una carga de 300 g de mineral de Bou Beker bastante puro y 6 kg de leña de pino, tras 40 min de inyección de aire, hemos llegado a obtener una torta de cobre de 150 g y 10 g de mineral alterado.
El combustible se agota casi por completo quedando visible el cobre fundido que puede ser vertido y moldeado directamente.
Prolongar más tiempo la operación es innecesario y requiere añadir nuevas cargas de combustible y un aumento de los restos de combustible y ceniza que van a dificultar su éxito.
Cuando el proceso requiere reducción y fundición, la recuperación y selección de los nódulos de metal es rápida utilizando un recipiente con agua.
Es habitual que solo quede alterada una parte del mineral, y también que se forme algo de escoria por la presencia de otros minerales y de roca encajante, más la ceniza y las paredes de la cerámica.
Los goterones más grandes se separan fácilmente del frágil conglomerado, pero las gotitas de tamaño microscópico suponen una pérdida de Cu.
Según la calidad de las menas, y con cierto dominio técnico, se puede obtener más del 40 % de metal del peso inicial del mineral.
Estimamos que con 10 kg de leña de pino y 1 kg de mineral muy puro se pueden extraer hasta 500 g de metal con algo de cuprita y algunas impurezas que generarán algo de escoria también en los productos de la fundición.
La cuprita puede reutilizarse en una nueva reducción o puede añadirse al cobre de la fundición en crisol.
La fundición necesita otros 20 min de calentamiento de crisol y metal, más 20-30 min de inyección de aire hasta el vertido del metal.
Un individuo con gran destreza podría ejecutar solo las operaciones sin ser por ello un artesano especializado.
En el proceso pueden intervenir varias personas, pero un diámetro tan reducido dificulta la participación simultánea de más de 5-6.
La preparación de las operaciones metalúrgicas puede ser mínima ya que las materias primas necesarias se situaban en las proximidades de los asentamientos salvo, en su caso, el mineral.
El combustible es necesario para la vida cotidiana como también las fibras vegetales, las ramas huecas y el cuero.
La elaboración de boquillas con barro fresco se hace en unos instantes.
Los elementos cerámicos no presentan tratamientos específicos y la cocción previa no es estrictamente necesaria.
Se pueden cocer durante la primera operación metalúrgica sin que afecte demasiado a su rendimiento.
Ahora bien, la capacidad de resistencia mecánica al choque térmico es menor por la presencia de agua que genera una mayor pérdida volumétrica.
Ni siquiera las vasijas son imprescindibles ya que se puede operar en simples cubetas-hogar, como hemos comprobado.
El uso de un recipiente cerámico mejora algo las condiciones térmicas, pero probablemente su función principal sea permitir una fácil recuperación de los nódulos metálicos.
Finalmente, la huella arqueológica es mínima cuando se procesan minerales muy puros.
La vasija se extrae en cada operación y puede reutilizarse durante varias pruebas, incluso con las primeras grietas por fractura térmica.
La mayor parte de las adherencias generadas son extraíbles limpiamente.
Cuando la pared cerámica comienza a vitrificarse, o incluso a fundirse, se pueden producir adherencias difíciles de separar sin romper el recipiente.
De seguir utilizándose, estos restos podrían aportar elementos a una nueva carga.
Comparación con el registro arqueometalúrgico de la cuenca de Vera
En la serie 3, las características de composición de las muestras experimentales de todo el proceso se parecen a las arqueológicas, en particular la serie 3a a Almizaraque y la serie 3b a Las Pilas.
El objetivo principal de este trabajo no es determinar la procedencia del mineral.
Con esta metodología solo podemos demostrar que el uso de minerales con una composición similar da lugar a productos similares.
Además, sería necesario repetir el número de pruebas con cada tipo de mineral y realizar series con otras menas de la zona (Montero 1991), e incluso con otras más alejadas (Escanilla 2017).
Lo más significativo de los resultados es que confirman el alto grado de realismo del proceso técnico aplicado, al tiempo que proporcionan indicios de la preferencia por las mineralizaciones referidas, aunque puntualmente se pudieran aprovechar otras.
Dichos indicios han sido corroborados por un reciente estudio de análisis de isótopos de plomo (Murillo-Barroso et al. 2020), que se complementa con el hallazgo de evidencias de explotaciones mineras prehistóricas en Cerro Minado (Escanilla y Delgado 2015: 85-86).
Los fragmentos de minerales recuperados en Almizaraque, como las muestras de Cerro Minado, corresponden a malaquita y azurita junto a arseniatos de Cu y de Cu-Zn, minerales de Fe y cuarzo10 (Rovira y Ambert 2002: 110-111).
También se identifican sulfuros de Cu (calcopirita, tennantita, covellina y calcosina), esfalerita y baritina.
Por elementos, la composición es Cu con As y Fe, seguidos por Ni, Sb, Zn y en algunos casos Ag y Sn (Montero 1991: 186-188) En el SEM se observan silicatos ricos en Ba-Al-K-Fe, FeO y cristales de cuarzo.
La cerámica asociada a la metalurgia de Las Pilas también tiene un alto porcentaje de Al 2 O 3, aunque las muestras presentan un con-tenido más bajo de FeO y BaO (Murillo-Barroso et al. 2017: tabs.
Solo las trazas de Sn detectadas en algunas muestras arqueológicas no aparecen en las experimentales.
En el SEM se han observado algunas gotas de Cu puro y numerosas gotas bifásicas de Cu-As con una media del 2-3 % de As y entre nd y 1 % de Fe.
También en ambos casos, las fases de escoria presentes en los conglomerados de reducción contienen matrices vítreas ricas en Fe 2 O 3, Al 2 O 3, MgO, CaO, K 2 O, ZnO y otros óxidos.
Se aprecian granos de cuarzo sin transformar, magnetita, óxidos de Mg-Fe-Cu-Zn, fases de silicatos como akermanita, monticellita o melilita, arseniatos de Ca y Cu y fases marginales de CuS.
Puntualmente, en las muestras de Almizaraque se han detectado algunas fases marginales como baritina procedente del mineral o de la cerámica, yeso y una fase intermetálica considerada speiss14 (Müller et al. 2004).
Los objetos metálicos de Almizaraque conservan elementos del mineral, principalmente As, seguido de Fe, algo de Ni, Sb y Zn, y en menor medida Pb, Sn, Ag y Bi.
El coeficiente de variación de las medias durante el proceso indica pérdidas considerables de Fe, Zn y Pb, en menor medida de Ni, Sb y As, y solo Sn y Ag se concentran15.
La cantidad de Fe es algo menor que en las gotas metálicas.
La composición del metal obtenido en la prueba 52 es muy similar al promedio de los análisis de un conjunto de 31 objetos metálicos pertenecientes a las diferentes fases de ocupación de Almizaraque (Anexo AC2) (Montero 1991: 192).
El polimetalismo de Cu-As-Zn-Pb, y en menor cantidad Fe, Sb, Bi, Ni, de la mineralización del Pinar de Bédar se asemeja a la composición de los minerales de Las Pilas (Murillo-Barroso et al. 2017, tab.
Ambos presentan malaquita y azurita con arseniatos de Cu y crisocola, acompañados por adamita, dolomita, moscovita, FeO y un mineral de Hg y Ag (Fig. 5B; Tab.
En las muestras de Bédar, la alta concentración de Pb-Zn, baja de Fe-Al y la presencia de silicatos de Cu no se corresponde con las de Almizaraque.
La composición es similar al metal de la serie 3b (Anexos AC2 y AC3), salvo por la presencia de Co en las gotas de una de las muestras del yacimiento y por las inclusiones de Bi 2 O 3 en las muestras experimentales.
En ambos conjuntos se aprecian algunas gotas bifásicas de Cu 3 As y Cu 8 As.
En los conglomerados de Las Pilas, las matrices vítreas tienen óxidos similares a los mencionados para esta serie, principalmente CaO, Fe 2 O 3, Al 2 O 3, MgO, ZnO, As 2 O 3, K 2 O, Cu 2 O, PbO (Murillo-Barroso et al. 2017: tabs.
Algunas semejanzas microestructurales son la abundancia de cuprita dendrítica, las fases de arseniato de Ca, de inclusiones de CuS y de cristales de silicato de Mg-Zn (Fig. 6B; Anexo AC6).
Otro elemento en común es la aparición solamente esporádica de delafosita.
Otros óxidos y silicatos también son similares (Anexo AC4).
En Las Pilas son abundantes ZnO, PbO y los óxidos del grupo de la espinela con diferente proporción de Fe, Zn, Al, Mg.
Se distinguen cristales de silicatos como la melilita, piroxenos, olivino y diópsido rico en Zn.
En ambos casos, la descomposición de dolomita y de granos de cuarzo presentes en el mineral han pasado a formar parte de diversos silicatos y óxidos, aportando Ca, Mg y Si que se asocian a los minerales de As, Zn, Fe y Pb.
Los elementos compartidos por los materiales de la serie 3b y los de Almizaraque son principalmente las fases de Cu dendrítico con algo de Ag, también los óxidos de Mg-Fe-Zn (Fig. 6B; Anexos AC6 y AC7), y la asociación de CaO con óxidos de As o de Fe procedentes del mineral.
El metal obtenido en las fundiciones de esta serie tiene una menor concentración de As y mayor de Ag, Pb, Fe y Zn que el de Almizaraque (Anexo AC2).
La composición se acerca más a un nódulo y dos objetos de Cu de Las Pilas, que contienen entre 1 y 2,3 % de As e inclusiones de Sb, Ag y Bi (Murillo-Barroso et al. 2017, tab.
También se habían identificado Fe y Ni en un nódulo y dos puntas palmela, una también con Zn y Pb (Montero 1991: 618).
Tradicionalmente se ha defendido la existencia de una producción intencional de cobre arsenicado (más del 8 % de As) que mejoraría las propiedades mecánicas de los objetos (Charles 1967).
La aleación se obtendría mediante la co-reducción deliberada de minerales de Cu con arseniatos o con sulfuros de As-Cu (Lechtman y Klein 1999).
Sin embargo, en los yaci-mientos de la PI no se han encontrado evidencias de co-reducción intencional con minerales de As o de producción de speiss.
Tampoco parece probable que los antiguos metalúrgicos seleccionasen los minerales ricos en As a través de la diferente cualidad de color 16.
Carbonatos y arseniatos de Cu tienen tonalidades verdes y azules próximas, asociadas en los mismos fragmentos (Fig. 2.5, 2.7 y 2.8).
Los resultados de la experimentación corroboran la hipótesis de una aleación accidental, ya que el metal resultante, procedente de minerales seleccionados con el único criterio de recoger malaquita y azurita, presenta una concentración de As próxima al arqueológico (Tab.
En Almizaraque la preferencia por Cerro Minado pudo deberse a que era la materia prima más accesible o a otros motivos no necesariamente relacionados con la presencia de As, ya que las mineralizaciones de Bédar y otros afloramientos de la zona también dan lugar a la aleación.
A una distancia de algo más de 20 km y a 300 m de desnivel un trayecto de ida y vuelta a pie supone entre 8 y 10 h.
Considerando que, al menos ocasionalmente, las actividades metalúrgicas se hacían en los poblados, el transporte de pequeñas cantidades de mineral no sería un gran inconveniente.
Es lógico pensar en una selección en el lugar de abastecimiento, dada la escasez de escoria y de restos de roca encajante que aparecen en los asentamientos (Rovira 2016: 58).
Otra posibilidad es la adquisición mediante comercio local, dada la cercanía entre el asentamiento de Puente Santa Bárbara y Cerro Minado (Fig. 1; Murillo-Barroso et al. 2020).
No habría que relacionar necesariamente esta alternativa con situaciones de control y distribución por parte de una élite o de un núcleo de población.
También se pudo transportar estas menas a varias decenas de km, como se ha sugerido para el yacimiento de Agua Amarga en La Fuensanta, Lorca, a 50 km de distancia, si bien la hipótesis de co-reducción con minerales locales sin As es poco probable (Escanilla et al. 2016).
El promedio de 2,5 % de As en los objetos de Agua Amarga es similar al de nuestras experimentaciones solo a partir de minerales de Cerro Minado.
La aleación no estaba controlada como muestra el alto y variable contenido de As de los conglomerados de Almizaraque y experimentales, así como la formación de abundantes arseniatos de Ca en ambos conjuntos.
Esto se debe a la rápida oxidación del As en As 2 O 3 en condiciones oxidantes, si bien las pérdidas son mucho más limitadas en condiciones reductoras a partir de 1150 oC (McKerrell y Tylecote 1972).
Como el equilibrio de las condiciones redox no es posible en una estructura abierta, la supervivencia del As también Trab.
Otra evidencia del carácter accidental de la aleación es que la mejora de las propiedades de dureza y de resistencia a la tracción solo se produce partir del 3 % de As, incrementando también la fragilidad de la pieza.
El número de objetos con un porcentaje mayor está mucho menos representado, tanto en el sureste, como en el conjunto de la PI (Rovira y Montero 2018: 239).
También hay que valorar la enorme variabilidad de la concentración de As en una misma pieza.
La aleación comienza a ser eutéctica a partir del 3 % de As y cuando tiene un 21,5 % el punto de fusión es tan solo de 689 oC.
En condiciones de equilibrio (Cu 8 As) el Cu puede disolver hasta el 8 % de As antes de la aparición de la siguiente fase (Cu 3 As), en la cual puede disolver más (Northover 1989: 111).
Sin embargo, al no ser una mezcla de solubilidad total en estado sólido, suele producirse una intensa segregación durante el enfriamiento que ocasiona grandes pérdidas de As (Budd 1991: 43).
El cobre arsenical presenta una estructura heterogénea de varias fases dendríticas y cristales con diferente porcentaje de As, incluyendo granos de compuesto eutéctico con hasta el 21 % de As.
Las dendritas son resultado de fases segregadas debido a la diferente T de solidificación en los constituyentes de la aleación.
Según la velocidad del enfriamiento se puede producir otro tipo de fases por segregación normal o inversa de la aleación hacia el exterior de la pieza moldeada (McKerrell y Tylecote 1972).
Cuando hay más As en la superficie que en el interior, concentrándose en inclusiones y en crecimientos interdendríticos de óxidos próximos a la superficie, la aleación pierde las supuestas mejoras de sus propiedades mecánicas (Northover 1989: 111).
Por otra parte, puede que el atributo deseado de la aleación fuera el aspecto estético del color y no las propiedades mecánicas, o incluso una combinación de ambos.
Según el tipo de objeto, tras la reducción, se podrían seleccionar los nódulos de Cu en función del color.
Sin embargo, en la PI no hay indicios de diferente cantidad de As por tipo de objeto en el Calcolítico y el Bronce Antiguo.
Además, los problemas del argumento son similares al de las propiedades mecánicas.
Estudios recientes indican que el color plateado solo aparece a partir de un contenido del 11 % de As, presentando tonos de rojo a rosa pálido con un contenido inferior (Radivojević et al. 2018: 117) y que el color blanquecino-grisáceo comenzaría a percibirse a partir del 2 % de As pero más claramente a partir del 5-7 % (Mödlinger et al. 2017: 19-20, figs. 6a y 7a).
Solo una gran maestría usando moldes fríos para producir la segregación inversa en condiciones de rápido enfriamiento podría proporcionar una superficie plateada al objeto fundido.
La metalurgia inicial en la península ibérica
La transformación de minerales oxídicos de Cu en estructuras pequeñas y abiertas son características comunes y reconocibles en el conjunto de materiales arqueometalúrgicos de la PI 17.
No hay indicios del uso de sulfuros, hornos o fundentes.
El conglomerado de reducción tampoco es el típico subproducto masivo que resulta de la aplicación de técnicas de escorificación intencional.
En relación con otras industrias, el escaso volumen de las evidencias arqueometalúrgicas indica que la actividad fue esporádica y con un alto rendimiento respecto al esfuerzo invertido en la preparación y la ejecución.
Este tipo de producción pudo estar destinada solamente al autoabastecimiento de herramientas metálicas.
También los rasgos de los restos arqueometalúrgicos de yacimientos del sureste como Los Millares y El Malagón coinciden con los de una tecnología simple y rudimentaria pero eficaz, pese a que se haya sugerido la existencia de una producción de metal intensa y especializada (Keesmann et al. 1991(Keesmann et al. -1992)).
La gran y diversa riqueza mineral de la PI en sus sistemas montañosos favoreció esta actividad, destacando en su conjunto como uno de los territorios más mineralizados de Europa (O ́Brien 2015: 77).
Muchas mineralizaciones son de poca entidad pero suficientes para cubrir las necesidades de las sociedades prehistóricas.
Para el suroeste peninsular se ha planteado una tecnología muy avanzada y propia de especialista con el uso de hornos y sistemas de inyección de aire más complejos (Nocete 2006; Nocete et al. 2008).
El hallazgo de 7 kg de escoria en Cabezo Juré (Huelva) con abundante Al, Mg y Ti, elementos que no formarían parte de la ganga, llevó a sugerir el uso de fundentes y técnicas de escorificación intencional (Sáez et al. 2003).
Sin embargo, los resultados analíticos no confirman dicha interpretación, pues muestran la típica composición de los conglomerados con gotas metálicas, óxidos de Cu y Fe, algunos silicatos e incluso granos de cuarzo sin alterar (Rovira 2016: 59-61).
Además, se ha sugerido que los elementos indicados fueran aportados por la ceniza y las paredes de la cubeta (Bourgarit 2007: 6-7).
Lejos de existir diversos modelos tecnológicos se aprecia cierta homogeneidad tecnológica en la península ibérica que no excluye particularidades técnicas a nivel local.
Esta tradición de producción de metal parece haber perdurado con rasgos como el uso de vasijas de reducción durante el II milenio cal AC.
Durante mucho tiempo la metalurgia no evoluciona tecnológicamente en lo esencial, aunque se dan algunos |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
ANEXO: CALIDAD DE RESPUESTA DEL MTD, TABLA A Y FIGURAS AC1-AC11
CALIDAD DE RESPUESTA DEL MTD
La calidad de modelo digital del terreno (MDT) debe ser evaluada.
El MDT utilizado fue elaborado a partir de los datos LiDAR PNOA1, cuya nube de puntos tiene una resolución media, para toda España, de 0,5 puntos por m2.
Para maximizar la cantidad de puntos y optimizar la representación topográfica, se combinaron distintas herramientas.
En primer lugar se utilizaron filtros de clasificación en el software LASTools, separando aquellos puntos que se corresponden a la vegetación del terreno en altura.
En segundo lugar, para detectar errores en la clasificación anterior, se obtuvieron perfiles altimétricos del MDT y del MDS, y se compararon con la realidad del terreno.
A partir de esta comparación se observó que había una cantidad considerable de puntos correspondientes al terreno clasificados como vegetación.
A partir de un análisis basado en valores atípicos (outliers) se recuperaron puntos correspondientes a la superficie del terreno, cuyo comportamiento estadístico de vecindad (pendiente, altitud) era compatible con la superficie topográfica.
Este trabajo fue especialmente minucioso en las murallas y su entorno inmediato por dos razones.
La primera porque la clasificación de la nube de puntos fallaba especialmente en estas zonas; y la segunda porque la precisión del modelo, en la medida que la simulación se basa en alterar la altura de las murallas, es especialmente importante en estas zonas para obtener buenos resultados.
Las diferencias altimétricas entre el valor real y valor estimado, en el caso del LiDAR PNOA para toda España, son inferiores a 20 cm (RMSE Z).
Sin embargo, a partir de estos datos de calidad altimétrica, hemos querido profundizar en la calidad de respuesta del modelo para calcular la visibilidad.
En adelante detallamos los resultados de esta segunda valoración.
Entre sistema real y modelo debe existir una respuesta análoga.
Representar en un MDT formas arquitectónicas es complejo, ya que exige una gran densidad de cotas.
Además, lo ideal sería hacerlo en una estructura de datos tridimensional y volumétrica, que presenta problemas de integración en un SIG, especialmente cuando desarrollamos rutinas de visibilidad automatizadas 2.
Por tanto, debemos validar si nuestro MDT (AC1.) tiene la suficiente calidad para dar una respuesta fiable definitiva, las respuestas de visibilidad entre el modelo y el terreno real coinciden en gran medida.
Si bien, las diferencias nos han permitido detectar imprecisiones que se han tenido en cuenta, tanto en la estrategia de cálculos como en la valoración de resultados.
La tabla A y las 11 figuras que aparecen a continuación apoyan las argumentaciones que pueden encontrarse en el texto del artículo.
Tabla A. Tendencia central de la altura de las murallas basada en la proyección de sus escaleras interiores medidas en cada tramo en la figura 2.
Estadísticas de la altura conservada, altura máxima perdida y altura máxima total (suma de las anteriores).
Arriba, cuatro fotografías empleadas para el registro de la visibilidad en campo (field visibility sampling) y situadas en los mapas de abajo.
Cada fotografía se registró como visibilidad desde el entorno sobre el R2 (foto 1 y 2), visibilidad incierta (uncertain) desde el entorno sobre el R2 (foto 3), invisibilidad desde el R2 sobre el R1 (foto 4).
En las fotografías 1, 2 y 3 se ha rodeado a una persona con el jalón subida a la muralla que marca el límite entre el entorno y el recinto habitacional (R2).
Abajo, mapas A y B de correlación espacial entre los puntos de observación en campo (field visibility sampling) y un modelo de visibilidad (spatial rendering of viewshed) obtenido por interpolación a partir de una malla regular de puntos, situados cada 5 m, desde donde fueron calculados las viewshed.
El modelo ha sido interpolado teniendo en cuenta el porcentaje de superficie visible desde cada punto sobre el recinto correspondiente: el mapa A representa la visibilidad del recinto habitacional (R2) desde el entorno del poblado (E), y el mapa B la visibilidad de la "croa" (R1) desde el recinto habitacional (R2) (Fábrega-Álvarez 2017: 228, figura 8.5). |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
Este trabajo discute la simulación como estrategia de análisis espacial en Arqueología.
A partir del uso combinado de tecnologías geoespaciales, se propone el estudio, a gran escala, de la estructura visual de un sitio arqueológico.
La propuesta se desarrolla en el oppidum de San Cibrán de Las (Ourense), en donde se analiza la permeabilidad visual de su estructura en el paisaje.
La metodología desarrollada usa distintos recursos para entender cómo la construcción del poblado pudo condicionar la percepción visual desde dentro y desde fuera.
Mediante la manipulación de un modelo digital del terreno (MDT) se construyen distintos escenarios que son analizados a partir de cálculos sistemáticos de visibilidad.
Los resultados se orientan a la interpretación de la visibilidad y ocultación de la acción social en los distintos espacios del poblado durante la Edad del Hierro.
La simulación como estrategia computacional es un procedimiento ampliamente conocido en disciplinas como la Física.
En Arqueología su uso no está extendido, aunque es conocido desde los años 70 (e. g.
Su aplicación no se reduce a un ámbito arqueológico, habiendo sido más relevante en campos como la evolución humana (Lake 2014: 277-278).
Aunque existen distintos tipos de simulación, en los últimos años han destacado los llamados ABM -agent based model- (Wurzer et al. 2015) basados en modelos construidos por agentes que interaccionan entre sí dentro de un entorno en el que se lleva a cabo experimentos virtuales (Gilbert 2008: 2).
A diferencia de otras aproximaciones a la simulación, los ABM permiten trabajar con sistemas sociales virtuales (e. g.
Barceló 2012), por lo que están teniendo cierto éxito en ciencias sociales, y más específicamente en Arqueología.
Según R. E. Shannon y J. Johannes (1976) la simulación es el proceso de diseñar un modelo de un Píxeles de piedra.
Visibilidad y ocultación en el oppidum de San Cibrán de Las (Ourense)
Pastor Fábrega-Álvarez a a Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit).
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
sistema real y llevar a término experiencias con él con el fin de comprender el comportamiento del sistema.
En el mismo sentido, Ariza et al. (2001) se refieren a la simulación espacial como un estudio del comportamiento del sistema real a partir de la observación del modelo digital (e. g.
Así la simulación vendría definida por el simple uso de un modelo digital con el objetivo de analizar un fenómeno.
Esa definición permitiría considerar como simulación espacial casi cualquier metodología desarrollada con Sistemas de Información Geográfica (SIG) para analizar un fenómeno arqueológico.
Por ejemplo, los llamados modelos predictivos han sido utilizados, desde hace décadas, para modelizar condiciones locacionales de un conjunto de yacimientos con el fin de detectar otros con condiciones locacionales análogas o de analizar su variabilidad locacional en una zona determinada (e. g.
Más específicamente, contamos con algunos desarrollos que se ajustarían más a un uso más consciente y paradigmático de simulación espacial en Arqueología, y que han recurrido a software-SIG para integrar variables geográficas (e. g.
Por tanto, el uso del concepto de simulación espacial puede ser confuso.
Para el propósito que nos ocupa hablar de simulación espacial como estrategia de análisis requiere la construcción de un modelo digital, la alteración de una de sus propiedades y la valoración de esa alteración.
Por ejemplo, el uso de un modelo 3D de un recipiente para analizar sus huellas de uso no sería simulación.
En cambio, lo sería si alteráramos su forma para analizar su desgaste con el uso y estudiáramos esas variaciones.
El ejemplo nos sirve también para ilustrar que nuestra propuesta parte de la capacidad de las tecnologías geoespaciales para manipular y alterar las dimensiones de un modelo.
En adelante, utilizaremos esta definición de simulación, no para negar cualquier otra, sino para evitar confusiones sobre la estrategia que proponemos.
A pesar del éxito en las dos últimas décadas de los SIG en el marco de la arqueología del paisaje, su uso, como herramienta de análisis, no ha sido dirigido hacia estrategias de simulación espacial.
La gran mayoría de los trabajos se han orientado hacia el análisis de patrones locacionales de sitios arqueológicos, caracterizados a partir de variables derivadas de modelos digitales del terreno (MDT) como la accesibilidad, la movilidad o la visibilidad (e. g.
Sin embargo estos trabajos parten de un modelo del terreno que hace referencia a una única realidad, o bien al terreno actual, o en casos excepcionales a modelos que tratan de reproducir el terreno prístino, normalemente eliminando las huellas digitales de infraestructuras recientes en la topografía.
En un caso o en otro, los análisis no se han dirigido a valorar el cambio que produce la alteración del terreno, sino a justificar que el modelo es válido para analizar el contexto de estudio.
Desde el marco de la arqueología del paisaje, la simulación puede ser una estrategia orientada a estudiar cómo los cambios de la materialidad pueden modificar aspectos como la movilidad o la percepción.
Las Tecnologías de Información Geográfica (TIG) nos ayudan a entender mejor estos cambios relacionados con la espacialidad de los sitios arqueológicos en el paisaje.
La obtención de MDT de alta resolución ha sido posible gracias a la introducción de tecnologías digitales como el LiDAR (Light Detection and Ranging o Laser Imaging Detection and Ranging) o la fotogrametría, ambas potenciadas con el desarrollo y la generalización de los vehículos aéreos no tripulados (VANT).
Además, las nuevas políticas1 de producción y distribución de información geográfica proporcionan datos masivos a gran escala con coberturas cada vez más amplias.
Los SIG, nutridos de estos modelos, ofrecen una capacidad de análisis que abren nuevas posibilidades para entender los restos arqueológicos en el paisaje.
Si en las dos últimas décadas los SIG fueron orientados para entender la localización de los sitios arqueológicos, ahora tenemos la posibilidad de analizar cómo la arquitectura condiciona la visibilidad o el acceso de un sitio arqueológico en el paisaje.
Estamos en disposición de abordar una nueva escala de integración espacial de las estructuras arqueológicas en los modelos digitales.
Obviamente el camino no está exento de problemas, tal y como veremos.
La potencialidad de la simulación espacial en Arqueología radica, en primer lugar, en la posibilidad de evaluar un sistema real ausente (pasado) a partir de un modelo reconstruido.
En segundo lugar, comprender las implicaciones de un elemento material en el paisaje, al margen de la intencionalidad de su concepción, exigiría analizarlo más allá de lo que es (en su estado actual) y de lo que fue (en su estado original).
Para una comprensión aun mayor, necesitaríamos analizar lo que pudo haber sido.
Es decir, alterar ese elemento fuera del alcance que ha tenido, por ejemplo, situándolo en otro lugar o alterando su forma y tamaño.
En este sentido, la simulación en arqueología del paisaje abre un abanico de posibilidades que deben ser exploradas, ya que supone una mayor comprensión de cómo la materialidad modifica la percepción o el movimiento del ser humano.
La fragmentación es una de las características que definen el registro arqueológico.
La representación del pasado parte de una materialidad incompleta y alterada.
Esta pérdida constituye un problema para definir con precisión la forma y el tamaño original de cualquier elemento arqueológico.
A menudo es posible abordar la recuperación de esa información.
Por ejemplo, a partir del volumen de derrumbe es posible aproximarse a la altura original de un muro.
Si bien debemos reconocer que las condiciones de conservación en muchos casos suponen pérdida de información.
Por tanto, la simulación en Arqueología debe lidiar continuamente con cierta imprecisión, tal y como veremos en el caso de estudio, que supone lo que hemos llamado incertidumbre.
Conviene, pues, diseñar la estrategia de análisis para que esta incertidumbre no suponga una enmienda a la totalidad de los resultados.
Dicha incertidumbre no solamente viene dada por la conservación de la materialidad o su estado de conocimiento, sino también por la calidad del modelo digital.
En este sentido, debemos diseñar estrategias para valorar la imprecisión.
Además, conviene establecer ciertos límites en la interpretación bajo los que se contengan estos niveles de incertidumbre.
Estas ideas se desarrollan a continuación en un caso de estudio concreto localizado en el oppidum de San Cibrán de Las (Ourense), en donde se valora la permeabilidad visual de los distintos espacios.
Para ello se exploran distintos recursos relacionados con la simulación espacial.
El primero consiste en variar la altura actual de las murallas, y el segundo en bloquear la visibilidad a partir de las murallas para analizar la permeabilidad visual a partir de las puertas y las calles.
Los resultados se discuten en relación a la incertidumbre sobre la altura original de las murallas en el contexto de la Edad del Hierro.
Parte del trabajo fue desarrollado en el marco de mi tesis doctoral (Fábrega-Álvarez 2017).
EL OPPIDUM DE SAN CIBRÁN DE LAS (OURENSE)
El oppidum de San Cibrán (Punxín-San Amaro, Ourense) es un poblado fortificado de la Edad del Hierro del noroeste de la península ibérica (Anexo AC3), objeto de investigación en varias campañas de excavación (e. g.
Podemos considerar el yacimiento como uno de los primeros centros urbanos del noroeste peninsular.
La monumentalidad de sus murallas y su gran extensión (10 ha) lo han convertido en un referente para el estudio de las sociedades del final de la Edad del Hierro y la primera época indígena-romana en Galicia.
San Cibrán presenta una arquitectura pétrea y se configura en dos recintos principales concéntricos, cada uno de ellos rodeado por una muralla (Fig. 1).
El primero (R1 en adelante), situado en la parte más alta ("croa" en gallego) y sin evidencias de estructuras habitacionales, ha sido interpretado como un espacio de uso comunitario, simbólico y ritual (Bernardo y García-Quintela 2008;Álvarez et al. 2009; García-Quintela et al. 2014;Álvarez et al. 2017a, 2017b), argumento que descansa, entre otras evidencias (Álvarez et al. 2009), en la existencia de inscripciones dedicadas a deidades locales o restos de prácticas rituales ancestrales y anteriores a la construcción del poblado (Álvarez et al. 2017a, 2017b).
El segundo recinto (R2 en adelante) tiene una gran densidad de estructuras habitacionales complejas, que incluyen viviendas, graneros y patios.
La movilidad en este recinto se organiza a partir de dos rondas: una superior, aneja y concéntrica a la muralla que forma la "croa" por su parte exterior; y otra inferior, aneja y concéntrica a la muralla principal por su parte interior.
Ambas rondas están conectadas a partir de calles principales que unen los accesos de las puertas, y calles secundarias.
Esta estructura parece haberse concebido ya a partir de un diseño previo, materializado en una primera fase en el siglo II a.
Los trabajos de excavación y conservación se han centrado, a grandes rasgos, en tres zonas donde se ha intervenido con distinta intensidad: zonas excavadas y consolidadas donde se observa el suelo prístino de ocupación, así como las distintas rondas y elementos arquitectónicos (construcciones domésticas, calzadas, aljibes, etc.); zonas no excavadas de pradera o monte bajo; y zonas de arbolado y matorral denso casi sin acceso ni visibilidad.
Mención aparte merecen los trabajos en las murallas que estructuran los recintos del poblado.
En algunos tramos han sido excavadas y consolidadas (sector O-S-E) y, en otros, están soterradas y cubiertas de vegetación (sector N).
En definitiva, el estado del sitio arqueológico permite valorar integralmente San Cibrán y su entorno desde el punto de vista perceptivo, pero la precisión de las valoraciones debe ajustarse a cada zona y a su estado de conocimiento.
En general, el eje E-O del poblado pertenece a esa primera zona, ampliamente excavada, consolidada y bien conocida.
Además, el estado de cada una de ellas se refleja en el modelo digital del terreno utilizado para realizar los cálculos de visibilidad, que reproduce mejor la morfología original del poblado precisamente en ese eje E-O.
A continuación, analizamos cómo esta estructuración arquitectónica dialoga con la topografía en el paisaje, configurando el acceso a distintos espacios y su percepción a partir de las murallas.
Dichos espacios, pautan la comunicación visual en el interior del po-Fig.
Localización (D) y estructura del oppidum de San Cibrán de Las (C), formado por la "croa" (R1) y el recinto habitacional (R2), con superficies próximas a 1 y 8 ha respectivamente.
Ortofotografía del PNOA (A).
MDT de 0,5 m de resolución, obtenido a partir de la nube de puntos LiDAR del PNOA y representado a intervalos de altitud cada 5 m (B).
A mayor altura puede que la percepción entre los distintos recintos se acotara mucho más.
A pesar de la dificultad que entraña, es posible aproximarse a la altura original de la muralla.
El volumen de los derrum-bes o la proyección de sus elementos constructivos son indicadores de su altura original.
En este sentido es posible hacer una primera valoración de la altura máxima de la muralla a partir de la proyección de las escaleras de acceso.
Estas escaleras, situadas al interior, Fig. 2.
Estimación de la altura máxima de la muralla del oppidum de San Cibrán de Las, basada en la proyección de sus escaleras interiores.
En la figura se representan la altura conservada (en blanco) y la altura desde lo alto de la muralla al punto de intersección de las rectas proyectadas a partir de la pendiente de las escaleras (en negro).
La proyección fue calculada a partir de las ortofotos que aparecen en la figura.
Las ortofotos fueron obtenidas a partir de pares fotográficos, utilizando dianas georreferenciadas con un GPS geodésico, y procesadas con el software Agisoft Metashape.
son numerosas y conservan los arranques formados por un número variable de peldaños.
Su construcción fue concebida en muchos casos a partir de pares en donde las escalares son enfrentadas y tendentes, geométricamente, a encontrarse a una altura determinada.
Esa altura puede ser interpretada como la altura máxima que podría alcanzar la muralla, ya que si se cruzaran las escaleras perderían funcionalidad como estructura de acceso al paseo de ronda (Álvarez 2020).
Otros elementos con función de parapetos, como empalizadas o almenas, podrían alcanzar cotas superiores respecto a esa altura máxima que marca, en realidad, la altura del paseo de ronda en la parte superior de la muralla.
En la figura 2 se muestra esta estimación de altura máxima y su distribución en diferentes tramos de las murallas.
La tendencia central de altura máxima es mayor en las murallas de acceso al poblado que en la que rodea el recinto interior (Anexo Tab.
Las magnitudes de esta primera estimación no se alejan de las realizadas por sus excavadores a partir de otros indicadores.
F. López Cuevillas calculaba una altura de 3 m para la muralla que rodea la "croa" (M1), según el cómputo de sus derrumbes (Álvarez 2020: 417).
Y. Álvarez (2020: 421) afirma, a partir de la información recabada en las últimas campañas de excavación, que las murallas exteriores (M2, M3) podrían alcanzar 4 o 5 m de altura, teniendo en cuenta que la muralla tendría 2,5 o 3 m a los que habría añadir 2 m más por existencia de un adarve.
La estrategia que proponemos a continuación, aunque tiene en cuenta estas estimaciones, maneja la incertidumbre de la altura de la muralla como parte del planteamiento metodológico.
Así pues, valoramos la propia existencia de la muralla, en la medida en la que ésta alteró perceptivamente el paisaje, tal vez incluso más allá de la voluntad para la que fue concebida.
Por tanto, proponemos el análisis de distintos modelos topográficos en donde la altura en toda la superficie que ocupan las murallas ha sido alterada para construir cinco escenarios: en el primero la muralla es desmantelada por completo (unwalled), en el segundo presenta su altura actual (present walls) y los restantes suman a esta altura 75, 150 y 300 cm. El criterio para establecer los distintos escenarios está determinado por una combinación entre la precisión del modelo topográfico, los cálculos de visibilidad y las estimaciones de la altura máxima que pudo alcanzar la muralla.
El modelo digital del terreno sobre el que pivota nuestro análisis fue elaborado a partir de datos LiDAR del Plan Nacional de Ortofotografía Aérea (PNOA) del Instituto Geográfico Nacional (IGN).
El procesamiento a partir de distintos algoritmos permite discriminar la información topográfica del terreno de la masa vegetal.
Combinando diferentes técnicas (véase ANEXO) fue posible elaborar un modelo que maximiza la can-tidad de puntos que representan el volumen de las murallas, lo cual es imprescindible en la medida que, espacialmente, dicho elemento limita las posibilidades perceptivas de los recintos del oppidum.
El resultado fue un modelo digital del terreno (MDT) de 50 cm de resolución que representa tanto el poblado como su entorno de hasta 2 km (Anexo AC1).
La calidad del MDT ha sido valorada a partir de un test de visibilidad en campo, que compara los resultados de respuesta entre modelo y sistema real (Anexo AC2).
Los resultados fueron satisfactorios y se detallan en el Anexo.
La muralla en toda su extensión fue delimitada en planta para, a partir de esta, definirla en altura configurando distintos MDT que referencian los distintos escenarios comentados en el párrafo anterior (unwalled, present walls, +75, +150 y +300 cm).
Conviene señalar que la anchura de la muralla se ajusta a la planta original en aquellos sectores en los que la muralla ha sido excavada (sector E-N-O), mientras se extiende en planta a la totalidad del derrumbe en aquellos sectores en la que no es visible y permanece soterrada (sector N).
Como decíamos, en estos sectores la valoración tiene en cuenta estas imprecisiones.
En definitiva, nos proponemos comprender mejor las implicaciones perceptivas que tuvo la construcción de las murallas en San Cibrán a partir de los escenarios posibles que hemos planteado, e independientemente de la altura concreta que alcanzara la muralla.
Nuestra intención ha sido evaluar las implicaciones del amurallamiento más allá de su función originaria de impedir el paso.
En este sentido, el planteamiento no está lejos de concebir la materialidad, en este caso la muralla, como agente, en un sentido disociado de la intencionalidad (Malafouris 2008).
Con este planteamiento es posible entender mejor algunas posibilidades que relacionan la agencia de la muralla en términos de accesibilidad y percepción visual.
Aunque como decíamos, nos hemos centrado en analizar la muralla como barrera visual desde el interior (ocultación del entorno) y exterior (ocultación) del poblado.
Las estrategias de visibilidad de los distintos elementos en San Cibrán interaccionan entre sí monumentalizando, exhibiendo, ocultando o inhibiendo de forma concatenada esos distintos espacios y elementos arquitectónicos que componen el poblado.
Cuando la muralla se levanta y se proyecta como monumento, las viviendas y estructuras interiores se ocultan, al menos desde el exterior del oppidum.
Esta articulación es compleja en San Cibrán debido a la existencia de distintos recintos amurallados, cuyos espacios parecen presentar diferencias significativas en su función y sentido.
En los apartados siguientes intentaremos desenredar algo más este juego.
ESTRATEGIA DE CÁLCULO Y RESULTADOS
El estudio de la visibilidad ha sido planteado a partir de una estrategia de muestreo, dado que el modelo del terreno (MDT) es muy pesado para un software (ArcGIS 10.4) que no está optimizado para utilizar todo el potencial de los procesadores actuales.
Hemos utilizado una malla regular de puntos que representan visores situados a 170 cm por encima del terreno, emulando la altura de un individuo.
La densidad de la malla es de 5 m en los recintos interiores del poblado (R1 y R2), de 25 m en el entorno inmediato (500 m desde la muralla exterior), y de 100 m en un entorno más alejado (hasta 2000 m).
Con esta estrategia, a partir de una rutina automatizada se han generado más de 100.000 cálculos de visibilidad (viewshed).
Para facilitar su comprensión, las figuras muestran el porcentaje de superficie visible de cada recinto desde cada visor de la malla.
En general, consideramos "residual" la visibilidad inferior al 3 % del espacio.
Frecuentemente corresponde bien a pequeños errores del modelo, bien a visibilidades puntuales sin la continuidad suficiente para percibir con claridad la acción social que se desarrollaría con cierta extensión en un cierto espacio.
Las visibilidades de los espacios superiores a ese 3 % las hemos denominado "efectivas".
Para facilitar su lectura, en algunas figuras solo hemos reflejado la visibilidad efectiva, indicándolo en la leyenda de la imagen.
De esta forma podemos analizar en qué medida visibilizamos desde la localización de cada recinto al otro.
Quedan así definidos tres espacios que son analizados de dos maneras complementarias: la posible visibilidad desde ellos de otros espacios y, a la inversa, en qué medida ellos son visibles desde esos espacios.
Los espacios manejados están definidos topológicamente por las murallas y son esencialmente el recinto superior o "croa" (R1), el recinto habitacional (R2) y el entorno del poblado (E).
Esta triple definición no es aleatoria sino que responde a la voluntad de acotarlos y separarlos mediante una muralla ya en una primera fase de construcción del poblado.
En este sentido, y a pesar de que el recinto habitacional (R2) estaría ocupado en gran parte por construcciones y patios techados, no hemos reducido los cálculos a espacios abiertos como rondas y calles.
La razón principal es que pretendemos una valoración de la estructura de San Cibrán en relación con su diseño de configuración del espacio basado fundamentalmente en la topografía y las murallas.
Como es obvio, consideraremos todos los elementos constructivos (casas, patios, techumbres, etc.) en la valoración final.
Visibilidad en el interior del poblado (entre el R1 y el R2)
En este apartado analizamos la visibilidad potencial entre los recintos interiores del oppidum: el superior o "croa" (R1) y el habitacional (R2) concéntrico al anterior.
El R1 sería un espacio, aun sin amurallar (unwalled), con un dominio visual generalizado sobre el espacio que ocupa el R2 (Fig. 3).
Solo quedarían excluidos los sectores más alejados y situados al S y, en menor medida, los situados al NNE.
En todo caso hay muchas interrupciones en la visibilidad, en parte por efecto de la topografía actual, que integra estructuras arqueológicas excavadas y enterradas.
La construcción de la muralla modificaría las posibilidades de visibilizar el R2 desde el R1.
En el estado actual de la muralla, las conexiones visuales desde el R1 se concentran hacia las zonas donde está derrumbada y soterrada (N y S), como se deduce de los valores más altos de visibilidad acumulada, siempre situados hacia estas zonas.
Más allá de lo anterior y en su estado actual (present walls), solo se puede superar la muralla como barrera visual desde zonas puntuales muy próximas o a través de la puerta.
Si elevamos la muralla (75 cm), estos puntos desaparecen y las escasas posibilidades de observación del R2 se sitúan en el derrumbe de la muralla.
Incrementando 150 cm a la altura de la muralla, el panorama ya no cambia.
Toda posibilidad de observación prácticamente se limita a los hilos visuales que, a través de la puerta E, se establecen sobre algún punto de la ronda superior en torno al recinto central.
A partir de +150 cm, la posibilidad de visibilizar cualquier construcción del recinto habitacional (R2) es casi nula, en especial por el E y el O, ya que las posibilidades de visibilizar parte de estas construcciones, con alturas entre 1 y 5 m, se reducen en la práctica a las localizadas en la ronda superior, un espacio caracterizado, precisamente, por la ausencia de estructuras en altura (Anexo AC4, AC5 y AC6).
Más allá de este espacio cualquier posibilidad de lograrlo pasaría porque las construcciones superaran como mínimo los 7 m, lo cual es muy improbable.
El R1 es un espacio que no sería visible desde la totalidad del R2, aún antes de haber sido amurallado (unwalled) (Fig. 4).
El R1 es casi invisible desde el O, y deja de serlo en las demás direcciones a medida Trab.
El R1 es muy vulnerable visualmente desde el S, y menos desde el E hacia donde se orienta, topográficamente, como un plano inclinado.
La construcción de la muralla configura un espacio infranqueable visualmente desde el R2.
En la actualidad (present walls) solamente es visible desde los sectores donde la muralla está totalmente derrumbada (N y S).
Desde ellos, aumentando apenas la altura de la muralla conservada, las conexiones visuales únicamente se mantienen a través de las puertas.
Visibilidad desde el poblado hacia su entorno (desde el R1 y el R2 hacia el E)
En este apartado analizamos los resultados de los análisis de visibilidad desde los distintos espacios in-teriores del poblado (R1y R2) hacia el exterior del oppidum.
Para ello haremos referencia a distintas distancias de su entorno inmediato.
La construcción de la muralla que rodea el R1 supone su aislamiento perceptivo, que se produce, en cualquier caso, respecto al entorno más próximo del oppidum.
Antes de la construcción de la muralla, gran parte de ese entorno era visible desde la croa (R1).
En un escenario con murallas algo más altas que las actuales, el R1 no tendría visibilidad sobre ningún punto del entorno, exceptuado zonas muy lejanas en dirección E.
Con ello pretendemos analizar cómo varía la percepción del entorno con la distancia y respecto a la altura de la muralla.
El emplazamiento del R2 permite una visibilidad general Fig. 3.
Simulación de la visibilidad desde el R1 hacia el R2 con cinco alturas de muralla (unwalled, present walls, +75, +150, +300 cm).
En el R2 aparece la visibilidad acumulada calculada desde los puntos anteriores.
El sector SE es el que ofrece una visibilidad menos destacada sobre su entorno.
La incidencia de las murallas sobre el panorama anterior es clara al modificar las posibilidades perceptivas previas a su construcción.
Esta modificación es más evidente en el entorno más próximo con menos altura de muralla, ya que en el entorno más alejado los cambios perceptivos dramáticos ocurren con alturas mayores.
Por ejemplo, la visibilidad desde cualquier sector sería residual alzando 75 cm la muralla en el primer anillo de distancia (0-50 m).
Para que eso ocurra en el tercero (100-150), necesitaríamos aumentar su altura 300 cm. Con alturas inferiores los cambios más dramáticos se sitúan en los sectores del R2 más próximos a la muralla, que quedan visualmente aisla-dos del exterior.
En otros puntos más alejados de las murallas disminuiría la proporción de superficie visible de una forma menos extrema (Anexo AC8).
Visibilidad desde el entorno hacia el poblado (desde el E hacia el R1 y el R2)
En este apartado analizamos los resultados de los análisis de visibilidad desde el entorno del poblado hacia los espacios interiores: la "croa" (R1) y el recinto habitacional (R2).
El R1 es, aun sin amurallar, un espacio prácticamente oculto desde su entorno inmediato (200 m) (Fig. 5).
Tendríamos que alejarnos más de 700 m para localizar algunos puntos con una visibilidad efectiva sobre el recinto, y casi 800 m para que cubriera más del 8 %.
Prácticamente en el entorno de 875 m de este recinto ningún punto tiene visibilidad sobre él, salvo visibilidades puntuales de pequeñas zonas que se aprecian por el desmantelamiento de las murallas (sector N y S del recinto) o a través de la apertura de las puertas.
La construcción de la muralla reafirma y consolida la invisibilidad del recinto desde un entorno ampliado.
La exposición visual del recinto queda reducida a posiciones elevadas del entorno como el castro de San Trocado (al S) o los altos del NE, desde donde se vería de forma parcial (+75,+150 cm) o residual (+300) -menos del 3 % del interior del recinto-.
Además, la distancia desde esas posiciones, situadas a más de un kilómetro, no posibilitaría la percepción de rasgos individuales.
A esa distancia solamente sería posible detectar, en ciertas condiciones, a seres humanos como puntos en movimiento en R1 (Fábrega-Álvarez y Parcero-Oubiña 2019).
Sin amurallar, el R2 es un espacio expuesto visualmente desde su entorno inmediato (E200), en especial por el O (Anexo AC9), y esta exposición, en términos de superficie visible, es aun mayor desde zonas más alejadas (Fig. 6).
En cualquier caso, el R2 es un espacio más expuesto desde su entorno que el R1.
A medida que incrementamos la altura de las murallas, esa exposición se ve reducida en diferentes zonas.
Resulta especialmente significativa en el entorno de 200 m a partir de una altura de murallas de +150 cm o +300 cm, escenarios en donde la visibilidad desde ese entorno sobre el R2 sería residual.
Hay que señalar que con una altura de muralla de +300 cm, la ocultación del recinto desde el entorno se ampliaría notablemente, especialmente, por el SO.
Las puertas: visibilidad y acceso entre los espacios (E, R1, R2)
En este apartado caracterizaremos en términos perceptivos, los accesos a los distintos recintos a través de las puertas de la muralla.
El siguiente análisis es válido en ambos sentidos; es decir, se puede interpretar tanto para entrar como para salir de cada espacio, si bien la narrativa se centra en un sola dirección, bien para simplificar, bien para enfatizar su sentido.
Dicho análisis es complementario con el que venimos manejando anteriormente, que pretendía valorar la incertidumbre de la altura de las murallas y su efecto en la percepción visual.
Por tanto, lo que pretendemos ahora es valorar la incidencia perceptiva de los accesos y las calles, partiendo de las murallas y muros que delimitan los bloques de unidades familiares como barreras visuales infranqueables (Fig. 7).
En este sentido no deja de ser parte de la estrategia de simulación, basándonos en la consideración previa de que la altura original de estos elementos (murallas y muros) sería suficiente para bloquear la visión.
Lo anterior, especialmente en el caso de los muros de los bloques de las unidades familiares, no es un hecho contrastado ni asumido en la investigación, sino un planteamiento para evaluar la percepción visual con independencia de la incertidumbre sobre la altura de estos elementos.
Dicho lo anterior, y teniendo en cuenta que muchos de estos muros son parte de una vivienda, granero u otra construcción techada, parece razonable plantear que tendrían una altura más que suficiente para bloquear la visión, especialmente desde la localizaciones que manejamos a continuación.
Simulación de la visibilidad efectiva desde el entorno del oppidum de San Cibrán de Las hacia el R2 con distintas alturas de muralla.
Comparativa de porcentaje visible del sitio sin amurallar (unwalled) con diferentes alturas de muralla (present walls, +75, +150, +300 cm).
La estructura del poblado pone en juego varios elementos que dificultan enormemente la visibilidad entre los diferentes espacios que delimitan las murallas, a través de los vanos de sus puertas.
Estos elementos son los siguientes (Figs.
7 y 8): en primer lugar, la anchura de la muralla, reforzada siempre en las puertas con diferentes estructuras (torreones, puestos de guardia, etc.), lo cual alarga el vano convirtiéndolo en un corredor cuya orientación define lo que es visible y lo que no. En segundo lugar, la estructura de las vías de acceso al poblado y de su interior, que no se alinean con la orientación de los vanos, lo cual dificulta la percepción del interior del poblado.
En tercer lugar, las puertas, que no son sucesivas; es decir, no están situadas a la menor distancia posible una de otra.
Esta lógica de estructuración de los accesos no contradice otras interpretaciones, como por ejemplo la que relaciona la orientación de la puerta O de la croa con el ocaso del sol en el solsticio de verano (Álvarez et al. 2017b: 231).
Si bien hay que decir que esa interpretación solamente explica una de las puertas, mientras nuestra lógica explica todas las puertas del poblado.
Estas características de las entradas configuran una lógica de acceso como la que describimos a continuación (Figs.
7 y 8): el acceso desde la puerta E al poblado se haría prácticamente a ciegas, si tenemos en Fig. 7.
Representación de la visibilidad a través de los vanos de las puertas entre el R1 y el R2.
Las zonas señaladas representan los espacios de cada recinto desde donde es posible visibilizar el interior del otro a través de los vanos de las puertas, considerando la muralla (wall) y los espacios cerrados habitacionales (block) como barreras visuales infranqueables.
La estructura del oppidum revela un alto grado de impermeabilidad visual, manifiesta por la imposibilidad de observar desde el entorno el espacio interior por el acceso principal situado al oeste.
Sin atravesar la puerta F no es posible ver el interior del R2, visible solo desde la inmediatez de la puerta C y desde el interior del espacio entre las murallas (M2 y M3).
Además, desde ningún punto de ese espacio entre las murallas es posible observar el interior del R1, que solamente es visible desde la ronda superior del R2 tanto por la puerta oeste (A) como por la puerta este (B).
La figura también posibilita una lectura inversa, aunque con matices, es decir, las zonas desde las que hay visibilidad desde el interior de los recintos hacia el exterior del poblado a través de los vanos de las puertas.
En color en la edición electrónica. cuenta que el espacio visible desde la puerta se reduce a un pequeño espacio de la ronda inferior.
Las calles principales que dan acceso a la ronda superior no están alineadas con la dirección del vano de esa puerta.
Esta configuración se repite en las puertas de acceso al recinto superior (R1).
Aquí, la visibilidad a través del vano de la puerta queda reducida al espacio inmediato de la ronda superior, lo cual, parece lograrse, con la misma estrategia arquitectónica; desalinear la puerta y dirección del vano con las calles que comunican ambas rondas (R1 y R2).
El acceso desde el entorno al interior del poblado (R2) por el O impedi-ría, aun con las puertas abiertas, la visibilidad del poblado desde la entrada principal de este recinto, o el exterior desde el poblado en sentido inverso.
Como vemos en las figuras 7 y 8, el ángulo y longitud de los vanos es suficiente para impedir la visibilidad entre los espacios (R2 y E) a través de las puertas principales.
El espacio de acceso conformado entre las murallas (M2 y M3 en la Fig. 7), las características y ubicación de las diferentes puertas (C, D, F y G en la Fig. 7) confieren a este sistema varias posibilidades de accesibilidad y percepción entre el exterior e interior del poblado.
Dicho espacio podría haber funcionado Fig. 8.
Representación de la visibilidad del oppidum de San Cibrán de Las a través de los vanos de las puertas.
Las fotografías y las puertas se localizan en la figura 7.
Las fotos 1 y 2 documentan la visibilidad desde la inmediatez de la puerta F hacia el interior.
En la foto 2 puede verse la puerta C, pero no el interior del R2 debido al muro interior del cuerpo de guardia que actúa como barrera.
La foto 3 muestra la visibilidad desde la inmediatez de la puerta C, el detalle del cierre de la proyección visual logrado a partir del muro interior del cuerpo de guardia (destacado en el dibujo) mencionado en la foto 2.
La foto 4 deja patente la visibilidad desde la proximidad de la puerta C. La proyección en altura del torreón (destacado en el dibujo) y de la esquina superior de la unidad doméstica situada en la ronda superior (señalada en el dibujo) cerrarían la visual sobre la puerta A, situada al fondo, desde cualquier punto de la calzada de acceso a la puerta (C).
En la foto 5 se advierte la relación visual entre el esquinal (en foto 4) y la puerta A. La foto 6 refleja la relación visual con la puerta E desde el interior del poblado.
Nótese que no hay visibilidad desde la calle principal hacia el exterior del mismo, si proyectamos el muro que delimita las unidades domésticas.
La foto 7 muestra la visibilidad desde el límite de apertura visual de R1 a partir del vano de la puerta B. De nuevo el muro interior del cuerpo de guardia (destacado en el dibujo) impide la visibilidad del interior del R1.
Este espacio es ciego, ya que una vez dentro las murallas que lo flanquean no permiten ver ni el interior del poblado ni el entorno, quedando la visibilidad reducida a dicho espacio.
En definitiva, este sistema de acceso posibilitaría realizar la entrada o salida del poblado a partir de diferentes recorridos que representan distintas condiciones de acceso, percepción y control.
Estas condiciones que denominamos como fast glory (gloria rápida) y checked access (acceso controlado) se describen a continuación.
Fast glory se caracteriza por el acceso al recinto por la puerta principal (F en la Fig. 7) e, inmediatamente, al poblado a través de la puerta más monumental (C en la Fig. 7).
La puerta da acceso a una de las calles transversales principales con acceso directo al recinto superior (R1).
Hay 30 m entre una y otra puerta (F y C en la Fig. 7).
Este recorrido, aunque más rápido, no está exento de las restricciones perceptivas para el visitante que, como recordaremos, no percibe el interior del poblado hasta que emboca el vano de la segunda puerta (C en la Fig. 7).
Checked access se caracteriza por el acceso al recinto por la misma puerta (F en la Fig. 7) y, una vez allí, recorriendo los más de 250 m que la separan de la puerta sur (D en la Fig. 7) que da acceso al poblado; pasando entre las dos grandes murallas (M2 y M3) que cerrarían un espacio ascendente que se va estrechando.
En algunas zonas la distancia entre murallas es inferior a 10 m.
Un recorrido alternativo similar sería acceder a este recinto desde la puerta secundaria (G en la Fig. 7), formada por un vano en codo y estrecho separado por más de 100 m de la puerta sur (D en la Fig. 7).
Los dos últimos recorridos conllevan cierta desorientación para un visitante novel por la falta de perspectiva visual durante un recorrido largo y en giro continuo.
A la vez, el recorrido está expuesto al control ejercido desde cada una de las murallas y torreones sobreelevados.
FUNCIÓN Y SENTIDO, OCULTACIÓN Y MONUMENTO
A continuación haremos una serie de valoraciones que tienen en cuenta los resultados del análisis, así como las estimaciones de la altura de la muralla que proponíamos al principio.
Estas valoraciones tienen en cuenta la mayor precisión y certidumbre de los resultados en el eje E-O del poblado, que como decíamos al principio, ha sido excavado en extensión y la arquitectura desnuda se refleja en el modelo digital del terreno (MDT).
En este sentido las valoraciones se ajustan más, en general, en escenarios en los que la muralla alcanza, al menos, entre los +75 y +150 cm de altura en la primera muralla (M1) y, entre los +150 y +300 cm en las restantes (M2 y M3); escenarios que se sostienen, habida cuenta de los máximos establecidos a partir de las proyecciones de las escaleras de acceso (Fig. 2 y Anexo Tab.
Estas proyecciones parecen apuntar, precisamente, una tendencia a máximos mayores en la M2 y la M3 que en la M1.
Como decíamos al principio, las estimaciones de sus excavadores sostienen estas alturas e incluso alturas superiores.
La lógica de San Cibrán de Las está caracterizada por una impermeabilidad perceptiva, en donde la visibilidad parece restringirse al interior de cada espacio (R1, R2, E).
El acceso visual a cada uno de estos espacios no se anticipa hasta la estricta inmediatez de la puerta debido a un patrón claro de localización y construcción de los vanos.
Lo anterior es, en general, válido en ambas direcciones: para los que salen y, más aun, para los que entran.
Las murallas, como principal elemento arquitectónico, invierten la lógica del paisaje previo, abierto y permeable desde el punto de vista perceptivo.
Esta lógica se aplica a la estructura general del sitio formada por los recintos amurallados y se refuerza más aun con la materialización de todos los elementos constructivos.
Así, por ejemplo, el R2 aparece como recinto habitacional densamente edificado con barreras visuales continuas (muros, tejados, etc.) que limitarían aun más, tanto la percepción dentro del recinto, como desde cualquier otro espacio.
A juzgar incluso por el análisis gamma de la estructuración espacial de las unidades domésticas del oppidum2, esta lógica de impermeabilidad perceptiva también está presente en los espacios privados.
La construcción del oppidum supuso pasar de un paisaje abierto a otro compartimentado en espacios cerrados en sí mismos.
La ocultación del interior del oppidum desde el entorno inmediato es muy notable para el R1 y el R2.
Lo anterior limitaría, en todo caso, las posibilidades de obtener información de cierto detalle acerca de aspectos como rasgos identitarios de los individuos o prácticas sociales llevadas a cabo en el interior del poblado.
La condición de la muralla como monumento emerge, en primer lugar, del análisis de visibilidad de los recintos, en cuanto su ocultación y configuración se deben fundamentalmente a ella.
En este sentido, a juzgar por su efectividad como barrera visual, las murallas alcanzarían gran proyección en el paisaje.
Hasta es posible que las murallas de ambos recintos, a la vez que ponen en juego una estrategia de invisibilización del espacio interior, estén creando desde el entorno un efecto de continuidad visual que evoca la escenografía de un poblado inexpugnable, lograda a partir de la percepción concatenada en vertical de los lienzos de muralla.
Es decir, visualmente, cuando acaba una muralla empieza la otra, proyectando verticalidad a la perspectiva (Anexo AC10).
Además la monumentalidad de las murallas está reforzada con otros recursos.
En primer lugar por el efecto skyline de la muralla superior (M1) desde el entorno del oppidum (Parcero-Oubiña 2005: 21; Bernardo y García-Quintela 2008).
En segundo lugar por el criterio selectivo del material lítico y la mampostería.
El granito de peor calidad se utilizó en las viviendas, mientras el de mayor calidad y tonalidad más clara se empleó en los tramos exteriores de la muralla a ambos lados de la puerta occidental (C en Figs.
1, 7 y 8) con técnicas arquitectónicas como el aparejo poligonal, inexistente en otros tramos 3.
De forma análoga, en el interior del poblado, la cimentación de la cara exterior de la muralla occidental (M1) consiste en bloques pétreos de grandes dimensiones con paramento helicoidal muy cuidado en su factura (Álvarez et al. 2009: 202).
La mampostería de la entrada al R1 y al R2 parece indicar que la monumentalidad de la muralla también se articula a corta distincia, como recurso complementario de la proyección de la visibilidad a kilómetros de distancia.
Pensando en San Cibrán como un espacio de comunicación determinado por el acceso efectivo y visual a los distintos espacios, surgen varias líneas interpretativas.
Las diferencias en las posibilidades de percepción, comunicación o participación podrían estar relacionadas con el acceso regulado a los espacios.
Esta visibilidad diferencial significa, en primera instancia, la imposibilidad de observar determinadas prácticas sociales relacionadas con un espacio y un momento determinado.
Por ejemplo, si pensamos en la "croa" (R1) como un espacio cultual, cualquier práctica ritual aquí desarrollada es prácticamente imperceptible desde cualquier otro espacio.
La "croa" excluye no solamente a los que están fuera del poblado, sino también a los que están en su recinto habitacional (R2).
Para simplificar esquematizaremos dos posibilidades que representan diferencias claras en las limitaciones de acceso y percepción del espacio, que denominamos como total access (acceso total) y limited access (acceso limitado).
Estas alternativas no presuponen limitaciones diferenciales dentro de la comunidad, sino que son meras descripciones de las posibilidades abiertas por la materialización de las estructuras del oppidum en términos de percepción visual y acceso.
Total access caracteriza el acceso a lo alto de las murallas a través de sus numerosas escaleras.
Supone la posibilidad de un control visual amplio, al menos de los 3 Véase nota 2, p.
658. espacios inmediatos (interiores y exteriores) y, en cualquier caso, del entorno.
El acceso a todos los recintos o la entrada y salida a través de lo que denominamos fast glory serían posibilidades alineadas con un acceso sin restricciones de ningún tipo.
Limited access caracteriza la inaccesibilidad a las murallas y el acceso limitado a ciertos espacios cuyas posibilidades perceptivas quedan circunscritas a los mismos.
El acceso al poblado, a través de los recorridos denominados checked access, estaría alineado con un acceso restringido y limitado.
La configuración y materialización de los recintos amurallados en San Cibrán de Las parece obedecer a la misma lógica defensiva que los castros del noroeste (Parcero-Oubiña 2013), sostenida por una mayor anchura de la muralla y acumulación de estructuras defensivas en aquellos sectores con pendientes más suaves, y por tanto más vulnerables (Anexo AC11).
La imponente anchura de las murallas, el acceso a su parte superior a través de escaleras interiores y la presencia de cuerpos de guardia y torreones son elementos presentes no solamente en los recintos de acceso al poblado sino también al recinto superior.
Podemos pensar que la imposición de una lógica perceptiva caracterizada por la ocultación y restricción visual de los recintos responde a una estrategia poliorcética que incluiría el recinto superior (R1) como un último reducto defensivo.
Así, estos recursos pueden comprenderse dentro de una sociedad guerrera con poblados fortificados protegidos ante la amenaza exterior.
Esto podría estar en consonancia con el aumento de la tensión intercomunitaria que podría haberse dado antes del siglo II a.
Sin embargo, también sería posible interpretarlos como un recurso de control interno de los espacios, con la finalidad de articular mecanismos de regulación de la diferencia, la fragmentación o la jerarquía de la población local, limitando el acceso a espacios (rituales, habitacionales, heroicos) a los que no es posible, ni siquiera, acceder visualmente desde fuera.
A ese respecto señalamos como el acceso a la primera muralla (M1) es clave para superar esta lógica, en la medida que supone el acceso a la "croa" (R1), el dominio visual sobre el R1 y el R2 y otras murallas (M2 al menos), así como una amplia perspectiva del entorno.
La lógica defensiva que parece presentar en origen el recinto superior (R1) no excluye su sentido cultual, sino más bien podría reafirmar la importancia de este ámbito en estas sociedades, situándolo como un espacio central, exclusivo, invisible e inaccesible desde fuera, y extremadamente protegido por sucesivas líneas de muralla.
Estos mecanismos de regulación también pudieron ser articulados en consonancia con los procesos de concentración poblacional que se dieron en Trab.
Además de articular estrategias de cohesión comunitaria, es posible que también se recurriese a estrategias de diferenciación del poder entre grupos, a partir de la construcción de espacios, y especialmente de su acceso a través de diferentes puertas cuyos valores pudieron estar representados en la coreografía escenográfica que representa el propio recorrido.
En definitiva, esta lógica privativa basada en la limitación perceptiva de los espacios interiores y exteriores pudo ser un recurso extendido en los poblados de la II Edad del Hierro, habida cuenta de la sucesión de recintos amurallados en muchos de ellos, y de la localización y los ángulos de los vanos de las puertas.
Estos recursos perceptivos en relación al dominio y el control pudieron ser materializados, tal vez por primera vez en este momento, a través de una arquitectura que tiende a la verticalidad (murallas, torreones, casas con techumbres apuntadas).
Precisamente en una sociedad guerrera, esta arquitectura, parece haber abierto la posibilidad de mantener dos tipos de perspectivas que definen dos posiciones relativas al poder: los que miran desde abajo hacia arriba (sometidos) y los que miran de arriba hacia abajo (poderosos).
Ambas perspectivas están definidas por la posición del individuo en una materialidad que las ampara y que, como hemos visto en San Cibrán, amplía y limita las posibilidades perceptivas del entorno.
En una sociedad heroica lo anterior se refleja también en otros ámbitos como la estatuaria de los guerreros, erguidos, con la mirada al frente, y localizados, tal y como se ha sugerido (Silva 2007(Silva, 2012)), en lo alto y próximos a las puertas de los poblados.
En este sentido, la escultura parece haber materializado una perspectiva visual (desde arriba) que ya estaba presente en lo alto de las estructuras defensivas.
De forma similar, la arquitectura obliga a adoptar una mirada sometida, desde abajo, hacia murallas y torreones que representarían el poder en ausencia de los guerreros.
Las Tecnologías de Información Geográfica nos permiten obtener modelos digitales de alta resolución, en donde las estructuras arqueológicas pueden ser integradas en un entorno geográfico amplio.
Esto nos posibilita abordar, por primera vez, paisajes digitales a gran escala, explorando cómo la arquitectura condiciona la percepción y la accesibilidad de los seres humanos.
La posibilidad de alterar y reconstruir digitalmente la geometría de los restos materiales nos facilita valorar la materialidad arqueológica más allá de su estado actual.
La simulación nos permite articular distintas estrategias para comprender cómo la alteración geométrica de estos restos materiales puede condicionar aspectos como la visibilidad o la accesibilidad en el paisaje. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
El arte parietal paleolítico de la cueva de Aitzbitarte V se descubre en 2015, en el marco de las labores de prospección desarrolladas en la última década en el oriente cantábrico.
Hemos documentado una decena de grabados situados en tres sectores profundos de la cavidad y compuestos por representaciones de bisontes y líneas.
Las características formales de los primeros son específicas del arte gravetiense en el caso de los sectores A, C y D, y del Magdaleniense en el sector B. En ambos casos las convenciones gráficas presentan paralelos continentales, con el S/SO francés en el primer caso, y con los conjuntos pirenaicos en el segundo.
De esta manera, en la cueva de Aitzbitarte V se identifican dos fases decorativas correspondientes a dos periodos distantes en el tiempo, siendo el primer caso de recurrencia gráfica reconocido en la Región Cantábrica oriental.
dar el desarrollo del arte parietal paleolítico por dos razones fundamentales: por un lado, el establecimiento de similitudes gráficas en diversas áreas geográficas a través de las convenciones gráficas presentes en diversos periodos (Fortea et al. 2004; Feruglio et al. 2011) y, por otro, para abordar la recurrencia gráfica en una misma cavidad durante diversos periodos (González-Sainz 2004; Fortea 2007).
Durante el transcurso de las prospecciones arqueológicas para la identificación de grafías parietales paleolíticas en el Cantábrico oriental, D. Garate y J. Rios-Garaizar, junto con J. Busselo, G. Studer, S. Orbegozo e I. Errazkin, miembros del Félix Ugarte Espeleologia Elkartea, descubren en septiembre de 2015 las primeras figuras de bisontes grabados en Aitzbitarte V. Una semana después J. Busselo y G. Studer localizan más representaciones grabadas en las cuevas de Aizbitarte III y IX (Garate et al. 2016).
El hallazgo se enmarca en la notable reactivación de las investigaciones sobre arte parietal paleolítico en el norte de la península ibérica, especialmente en el sector oriental de la Cordillera Cantábrica, producida durante la última década.
Tradicionalmente, este sector ha tenido una densidad de cuevas decoradas sensiblemente menor que en las regiones limítrofes -Región Cantábrica centro-occidental, Pirineos y Périgord-a pesar de su posición geoestratégica en el punto central de conexión entre estas, y de contacto con la península ibérica y el resto del continente europeo.
Las nuevas investigaciones han triplicado la cantidad de conjuntos parietales conocidos (Fig. 1), pasan-do de una decena escasa a más de una treintena, incluyendo grandes santuarios magdalenienses como Atxurra y Armintxe.
Además 14 de esas nuevas cuevas, una cantidad considerable, se decoraron con anterioridad al Magdaleniense, en periodos desconocidos en este área hasta el momento (Garate 2018).
LOCALIZACIÓN, DESCRIPCIÓN Y OCUPACIÓN HUMANA DE LA CAVIDAD
La colina de Aitzbitarte presenta una fuerte actividad kárstica, con una treintena de pequeñas oquedades, simas y cuevas documentadas hasta el momento (Manteca et al. 1997).
Las entradas de las cuevas con yacimiento arqueológico se localizan en la ladera oeste, a escasos 40 m de altura sobre el cauce actual del arroyo que discurre a sus pies, un afluente del río Urumea que actualmente desemboca en Donostia/San Sebastián a unos 12 km de distancia en línea recta.
La cuenca del Urumea se sitúa en el extremo oriental de la Cornisa Cantábrica, muy cerca de las estribaciones pirenaicas y a escasa distancia de la frontera actual entre España y Francia, es decir, entre la península ibérica y el resto del continente europeo.
El proceso de karstificación se desarrolla en las calcarenitas bioclásticas del Albiense Superior.
Allí el descenso del nivel freático y la variación en el aporte sedimentario a las cavidades han propiciado la formación de galerías horizontales mediante la paragénesis y un sistema de cavidades multinivel (Fig. 2.2).
La cueva V (Fig. 2.1) se sitúa unos 20 m por encima de las cavidades arqueológicas III, IV y IX, en la misma ladera occidental de la colina, pero su desarrollo es sensiblemente menor: 60 m desde la entrada hasta la sala final (Fig. 2.3).
Originalmente la cueva V se describió como un único conducto meandriforme de unos 25 m de desarrollo, unos 3 m de anchura y unos 2,20 de altura (Altuna et al. 1995), en cuyo fon-do se observaba lo que parecían unas gateras obstruidas.
Las distintas topografías realizadas dentro del sistema kárstico de Aitzbitarte mostraban que estas colmataciones quedaban a escasa distancia del final de la conocida como "Galería de los Osos", a la que se accedía desde la cueva IV a través de un conducto vertical ascendente de unos 25 m.
Localización de la cueva Aitzbitarte V en la colina: 1.
Corte vertical de la colina con los principales fenómenos espeleológicos indicados y los sectores decorados señalados con círculo (a partir del grupo de espeleología "Felix Ugarte Elkartea"), 3.
Topografía de la cueva indicando las áreas decoradas (a partir de Gim-Geomatics, S.L.): A) planta, B) alzado, C) planta en detalle del sector decorado indicando las grafías encontradas.
En color en la edición electrónica.
En 2015, las tareas de desobstrucción a cargo del grupo de espeleología "Felix Ugarte Elkartea" revelaron que efectivamente este conducto colmatado conectaba con la parte superior de la chimenea vertical que unía la cueva IV con la "Galería de los Osos" (Fig. 2.3).
También se pudo observar que la primera sala a la derecha de la "Galería de los Osos" conectaba mediante un conducto corto, actualmente colmatado, con la zona de la entrada de la cueva V. Dicha galería debe su nombre a la multitud de oseras que se conservan en el suelo de la cueva, probablemente atribuibles a la especie Ursus spelaeus extinta hace unos 26-24.000 años (Baca et al. 2016).
Estos osos además marcaron las paredes de la cueva con numerosos zarpazos.
Aparecen incluso en los paneles que contienen los grabados paleolíticos, los cuales siempre se les superponen.
Todas estas evidencias sugieren que los conductos principales de la cavidad apenas han sufrido aportes sedimentarios o erosiones importantes en los últimos 25.000 años.
Las dimensiones mínimas del primer tramo de la galería después del pozo son 2 m de anchura y 3 m de altura.
En los laterales del conducto principal se abren multitud de conductos y grietas, algunas totalmente colmatadas.
Tras pasar este conducto y superar un pequeño obstáculo vertical se accede al tramo final de la galería, donde se sitúan los tres sectores decorados de la cueva.
Todas las paredes de esta zona, incluyendo las superficies decoradas, están alteradas por numerosos grafitis y en los suelos hay acumulaciones recientes de carbones, debido a visitas incontroladas desde la chimenea que conecta con Aitzbitarte IV.
La ocupación humana de la colina de Aitzbitarte se prolonga a lo largo de todo el Paleolítico Superior de manera complementaria en las cavidades excavadas hasta día de hoy.
El erudito local Conde de Lerchundi inicia las intervenciones arqueológicas en 1892 en la cueva IV, que será además visitada por importantes prehistoriadores del momento como H. Breuil, É.
Las primeras excavaciones científicas se desarrollan entre 1960 y 1964 (Barandiaran et al. 1965) y en esa misma época se descubrirán también algunas evidencias arqueológicas en la cueva V (Altuna 2004).
En 2012 D. Garate y J. Rios-Garaizar (Garate et al. 2013) descubren las primeras evidencias de arte parietal paleolítico de las cuevas de Aitzbitarte en la IV.
En la cueva de Aitzbitarte, en 1961, V. A. Laburu, J. Louvelli e I. Sánchez, colaboradores de las excavaciones realizadas por J. M. Barandiarán en la década de los 60 en la cueva IV, dan noticia del hallazgo de restos arqueológicos en su entrada.
Entre ellos hay industria lítica, cerámica, macrofauna, moluscos y un fragmento de cráneo humano (Altuna et al. 1995).
Ya en 2015, en el marco de la desobstrucción ejecutada por el grupo espeleológico "Felix Ugarte Elkartea", origen del descubrimiento de arte rupestre en Aitzbitarte V, se han localizado abundantes fragmentos cerámicos prehistóricos, algunos probablemente de la Edad de Bronce, así como una lámina de sílex de gran tamaño obtenida mediante presión.
Es decir, hasta la actualidad no se ha desarrollado una investigación sistemática sobre su depósito sedimentario.
ESTUDIO DEL DISPOSITIVO GRÁFICO PARIETAL
Los motivos grabados en la cueva de Aitzbitarte V se concentran en el tramo final de la cavidad, que comienza a unos 50 m de la entrada y que tiene unos 25 m de desarrollo (Fig. 2).
Las grafías se agrupan en cuatro sectores con grabados de cronología paleolítica, tres de ellos atribuidos al Gravetiense -A, C y D-y otro al Magdaleniense Medio -B-.
Los resultados obtenidos en Aitzbitarte V son el producto de un proceso exhaustivo de prospección y documentación, realizado tras descubrirse los primeros grabados en el sector B. Para ello se adaptó la metodología de Sanchidrián y Medina-Alcaide (2017) a los condicionantes específicos de la cavidad y de sus grabados.
Durante el siglo XX las visitas incontroladas, ya mencionadas, cubrieron de grafitis y de frotados todas las paredes.
Como consecuencia de dichas acciones vandálicas no descartamos la pérdida de grafías paleolíticas, cuyo precario estado de conservación ha dificultado el estudio.
Ademas, los zarpazos de osos de las cavernas que recubren las paredes también dificultan las tareas de prospección.
La prospección sistemática de las paredes y de los techos implicó el reconocimiento detenido de todas las superficies rocosas accesibles directamente o mediante material espeleológico de progresión.
Los motivos grabados se definieron por observación directa, con lupa o con microscopio digital.
Los datos se registraron en fichas a nivel de grafía, panel y sector.
La documentación fotográfica y restitución infográfica de los motivos siguió el protocolo ya establecido (Rivero et al. 2019), usando la fotografía digital convencional y la fotogrametría de objeto cercano para la obtención de modelos tridimensionales.
Para la restitución gráfica recurrimos al tratamiento digital y a la infografía de las imágenes empleando dos tabletas gráficas profesionales.
Las restituciones gráficas se corrigieron in situ directamente en Trab.
La documentación y registro del espacio decorado se obtuvo mediante un escaneo tridimensional del conjunto de la cavidad.
El dispositivo gráfico de la cueva de Aitzbitarte V se divide en cuatro sectores distintos, todos ellos situados en su tramo final.
Este primer sector decorado se localiza justo antes del recodo a izquierda que conduce a la sala final.
Ascendiendo lateralmente por una banqueta inclinada se accede a una estrecha repisa a 3 m de altura que actúa como balcón al pasillo contiguo.
Allí se sitúa el siguiente sector con dos representaciones parciales de bisonte (cabeza, cuernos y arranque de la giba) A.I.1 y A.II.1 y una serie de líneas no figurativas A.I.2 (Fig. 3).
B.I.1-Justo encima del arco de acceso y aprovechando una convexidad se localiza el primer bisonte, orientado a derecha y muy detallado (Fig. 5).
Se observan los cuernos sinuosos en "S" y con doble línea, la frontonasal rectilínea, la giba con el pelaje indicado mediante trazos cortos verticales, el lomo y apoyándose sobre el límite del arco el tren trasero con la cola.
La barba, la pata delantera y el vientre se reconocen con más dificul-tad al estar parcialmente borrados.
Bajo su lomo se observan zarpazos de oso y un tizonazo negro se superpone a la cabeza.
La parte inferior del animal está deteriorada por un frotado recurrente al servir de apoyo para cruzar el arco de acceso.
B.I.2-Línea sinuosa compuesta por múltiples trazos situada bajo los cuernos del bisonte anterior.
B.I.3-A continuación de la grafía anterior pero enfrentada con ella, se observa otro bisonte parcial (Fig. 6).
Tiene dos cuernos en perspectiva hechos con trazo múltiple, unos trazos cortos perpendiculares anteceden a la línea frontal, que a su vez finaliza en una boca bien perfilada y con el pelaje de la barba abundante.
La giba se representa mediante trazos entrecruzados parece que sin continuación en el lomo ni en el tren trasero.
La parte inferior está afectada por el frotamiento de las arcillas depositadas sobre la roca soporte del pasadizo y sobre la cabeza y los cuernos se lee "SALIDA" escrito en carbón.
En la pared opuesta B.II se localiza otro panel con grabados.
La lectura es más complicada ya que los surcos son más finos y el grado de deterioro es todavía mayor, debido a grafitis, aportes recientes de arcilla y rozamientos.
Se identifican dos figuras de bisonte (Fig. 7) y una línea grabadas, además de una pequeña mancha en rojo.
B.II.1-Cabeza orientada a la izquierda.
Se observa con cierta dificultad por la superposición de grafitis.
Tiene ambos cuernos en perspectiva, dos trazos curvos conformando un ojo, una serie de trazos largos inclinados para la giba y otra serie más corta para la línea frontal.
La boca y la barba se han ejecutado mediante incisiones paralelas verticales.
B.II.2-Bisonte orientado a la derecha y afrontado al anterior.
Se distinguen los cuernos en perspectiva, trazos cortos verticales correspondientes a la giba del animal, la línea frontal y la oreja.
La alteración de la pared se debe sobre todo a la deposición de arcilla mediante los dedos, al ser un punto de apoyo.
B.II.3-Línea sinuosa cóncavo-convexa, ligeramente separada de las anteriores grafías (125 cm a la izquierda).
B.II.4-Mancha roja situada entre el bisonte B.II.2 y la línea B.II.3.
Al final del pasillo del sector B, superando un desnivel ascendente de 3 m se accede a una nueva galería sinuosa y estrecha muy alterada por grafitis y con el suelo repleto de carbones procedentes de hogueras encendidas por los visitantes de fines del siglo XX.
C.I.1-Parte superior de un bisonte orientado a la izquierda.
Presenta un solo cuerno con doble línea, el arranque de la giba, la línea frontal y los pelos de la barba.
Se reconoce también una pata delantera con pezuña y restos de la segunda.
Parte de la figura está destruida por grafitis modernos.
En el fondo de la cavidad se localiza la sala circular D de unos 4 x 5 m, con varias oseras en el suelo.
Se halla especialmente alterada por grafitis, hogueras y todo tipo de intervenciones vandálicas.
Cuenta con cuatro paneles decorados.
En el de la izquierda hay dos representaciones parciales de bisonte.
El par de la derecha tiene una cabeza de animal y dos de bisonte respectivamente.
El cuarto panel se sitúa en la pared derecha junto a la entrada y tiene líneas digitales.
En el panel izquierdo D, según se accede al sector, se observan dos bisontes parciales muy sumarios (Fig. 9).
D.I.1-Bisonte orientado a la izquierda y reducido a la parte superior.
Presenta dos cuernos separados y sin perspectiva (perfil absoluto), uno de ellos continuado en la línea frontal y el otro prolongado para la ejecución de la giba y el lomo.
D.I.2-Cabeza de bisonte orientada a la izquierda formada por la línea frontal unida a un cuerno, una serie de trazos desorganizados representando la testuz y otros más esporádicos para la barba.
En la pared situada al fondo desde la entrada D.II, en el lado derecho y frente al panel siguiente, se observa una cabeza animal grabada (Fig. 10).
D.II.1-Cabeza de animal indeterminado orientado a la izquierda.
Presenta una hilera de trazos largos, una línea a modo de frontal y otra inferior de trazos.
Se ha grabado con trazo único.
En el extremo derecho de la sala D.III se forma una pequeña hornacina o concavidad donde se identifican dos bisontes, uno con un solo cuerno y barba y el otro con los cuernos en perspectiva torcida y trazo múltiple (Fig. 10).
D.III.1-Bisonte orientado a la izquierda y reducido a la cabeza.
Únicamente se observa un cuerno, la línea fronto-nasal y el hocico.
Se ha grabado con tra-zo único muy fino.
D.III.2-Bisonte orientado a la izquierda y reducido a los cuernos sinuosos, ejecutados mediante trazo múltiple.
Por último, cerca del acceso al sector y todavía en la pared del lado, se ven una serie de trazos digitales fosilizados (Fig. 10): D.IV.1-Serie de líneas sinuosas verticales fosilizadas y recubiertas por grafitis.
Son cuatro trazos digitales de surco ancho y poco profundo que han desplazado la superficie limo-arcillosa original de la superficie de la pared.
La cueva de Aitzbitarte V presenta cuatro sectores decorados con representaciones mayoritariamente figurativas grabadas: 11 bisontes frente a 4 grupos de líneas o signos.
Los cuatro sectores decorados están en espacios angostos, con accesos condicionados por pendientes y estrecheces.
En los sectores A, B y C el aforo se limita a 2-3 personas como máximo.
El D permite un aforo de unas seis personas (Fig. 11).
Las intervenciones arqueológicas en la entrada no han documentado evidencias de asentamientos paleolíticos que sin embargo son muy intensos y continuados desde el Auriñaciense hasta el Aziliense en las cuevas de Aitzbitarte III y IV, cuyas bocas están situadas a escasos metros de la entrada de la V.
A pesar de compartir un mismo espacio topográfico, las representaciones descubiertas en el fondo de la cueva de Aitzbitarte V (Tab.
I), poseen unas características muy heterogéneas desde el punto de vista técnico y formal.
Ello permite enmarcarlas en dos momentos crono-culturales diferentes.
Técnicamente, excepto la mancha roja B.II.4, el grabado es el método empleado en esta cueva en variantes diferentes, probable consecuencia de la distinta dureza de los soportes calizos.
En los sectores A, C y D, donde la superficie es blanda fruto de la alteración de la matriz caliza, el grabado es algo más profundo y una sola pasada con el útil grabador basta para marcar las líneas.
En cambio, en el sector B, la superficie caliza de los soportes es de mayor dureza.
Los surcos son menos profundos, indicando que fueron necesarias varias pasadas con el útil para marcar las líneas.
En general, los grabados están relativamente bien conservados y sin pátina de alteración.
Su color gris destaca sobre el fondo pardo-rojizo de la pared caliza.
Los prótomos de bisonte localizados en los sectores A, C y D se caracterizan por su reducido tamaño: el bisonte A.II.01 no llega a los 10 cm de largo.
Solo podrían verse desde distancias muy cortas.
Su localización en lugares elevados y de acceso complejo dificultaría su visibilidad.
Convenciones como los cuernos unidos a línea fronto-nasal/giba, su unión a base de trazos sueltos representando (A.I.1 y A.II.1) o no pelaje (D.I.1) aparecen también en las cuevas Aitzbitarte III y IX (Garate et al. 2016), en la recientemente descubierta Alkerdi 2 (Garate et al. 2017), así como en los soportes muebles decorados en la cercana cueva de Isturitz (Rivero y Garate 2014).
De hecho, hasta los descubrimientos en las cuevas de Aitzbitarte, Trab.
El tamaño de las figuras localizadas en el Sector B es más común en las representaciones del Paleolítico Superior (media de un metro de largo) y suelen ubicarse a ambos lados de la estrecha galería final.
Además, se ven sin dificultad una vez traspasado el túnel que las separa de la parte anterior de la cueva.
Sin embargo, el Sector B se halla al fondo de la cavidad y no es fácilmente accesible por el pequeño desnivel previo a la entrada que la separa del resto de la "Galería de los Osos".
Los cuernos en perspectiva, la abundancia de detalles anatómicos, como el ojo en el bisonte B.I.3, la oreja en el bisonte B.II.2 1995).
Es difícil atribuir el conjunto a una fase concreta del Magdaleniense, puesto que las convenciones de representación de los bisontes en la región pirenáica son casi idénticas en las fases media y superior (Sauvet y Rivero 2016).
Sin embargo, su comparación con el arte mueble es muy clarificadora.
La convención de definir la línea fronto-nasal únicamente mediante series de trazos cortos -muy rara y escasa en las representaciones muebles y parietales-es exclusiva del arte mueble del Magdaleniense Medio y se Es decir, el arte parietal paleolítico de la cueva de Aitzbitarte V, tanto en su fase gravetiense como en su fase magdaleniense, tiene mayor afinidad con los contextos transpirenaicos que con los cantábricos (Fig. 12).
En general, esta vinculación con el mundo pirenaico se constata también en otros aspectos de las ocupaciones paleolíticas de Aitzbitarte como las características de las industrias líticas y óseas.
Seguramente está motivada por su cercanía al paso occidental de los Pirineos.
En particular, como sucede con las cuevas localizadas en el núcleo de Alkerdi-Berroberria, las del cerro de Aitzbitarte pudieron haber funcionado como yacimientos "satélites" del núcleo de la colina de Gaztelu -cuevas de Isturitz, Oxocelhaya y Erberua-, por las estrechas relaciones que se observan tanto a nivel de las ocupaciones paleolíticas (Altuna et al. 2011) como en el arte parietal gravetiense y magdaleniense.
DISCUSIÓN: LA RECURRENCIA GRÁFICA DURANTE EL PALEOLÍTICO SUPERIOR
La presencia de palimpsestos gráficos en el arte rupestre se observó desde el comienzo de la investigación (p. ej., Alcalde del Río et al. 1911).
Sin embargo, el uso recurrente de cuevas con fines simbólicos durante diferentes periodos es un tema sobre el que se ha investigado principalmente a partir de la incorporación de los análisis directos por C14-AMS (Valladas et al. 2013).
Se ha planteado la presencia de distintas fases de ejecución a partir de los resultados de las dataciones de radiocarbono en cuevas decoradas francesas como Cougnac (Lot) (Lorblanchet 1994), Cosquer (Bouches du Rhône) (Valladas et al. 2017), las pinturas del Salon Noir en Niaux (Ariège) (Clottes et al. 1992) o incluso en El Castillo (Cantabria, España), donde se ha propuesto la existencia de figuras retocadas en distintas épocas a partir de las dataciones de radiocarbono (Valladas et al. 2001).
Sin embargo, la validez de la mayoría de estas dataciones ha sido criticada por los posibles procesos de contaminación durante el muestreo y el tratamiento previo, que habrían podido rejuvenecer significativamente algunos de los resultados (Sauvet 2004).
Por otro lado, las superposiciones estratigráficas en paneles principales de varias cuevas han sugerido una recurrencia espacial de la actividad simbólica.
En la Región Cantábrica, este fenómeno se observó especialmente en las cuevas de Altamira y El Castillo, desde los primeros momentos de investigación (Alcalde del Río et al. 1911).
Mas tarde se han añadido las cuevas de Peña Candamo, Llonín, Tito Bustillo, La Pasiega y La Garma, cuyas superposiciones sugieren periodos de uso muy dilatados (González-Sainz 2004; González-Sainz y Ruiz-Redondo 2010).
A la vez se ha propuesto que hubiera un fenómeno de apropiación gráfica para las cuevas de Llonín, Tito Bustillo, Lloseta y Buxu en la Región Cantábrica occidental (Fortea 2007), según el cual, durante el Magdaleniense, se decorarían paneles que ya lo fueron durante el Paleolítico Superior Inicial.
Las figuras "nuevas" se superpondrían a las más "antiguas", creando así palimpsestos complejos.
Este mismo modelo parece aplicarse también en las cuevas de Altamira, La Pasiega, El Castillo y La Garma de la Región Cantábrica central (Corchón et al. 2012).
De hecho, algunas de estas cuevas fueron ocupadas durante varios períodos del Paleolítico Superior.
Por esta razón se interpretaron como "sitios de agregación" aquellos yacimientos donde el registro arqueológico es extremadamente rico durante uno o varios períodos como la cueva de Altamira (Cantabria, España) (Conkey 1980(Conkey, 1992) ) y también como "super sitios" algunas cuevas pirenaicas francesas como Isturitz (Pyrénées-Atlantiques) o Mas d'Azil (Ariège) (Bahn 1982).
Esta idea se ha desarrollado en la Región Cantábrica a través de las geografías sociales de los grupos paleolíticos (Moure 1994; Utrilla 1994; Utrilla y Martínez-Bea 2008; Rasilla y Duarte 2018), reinterpretándose, p. ej. Isturitz (Rivero 2014), como centro de producción de objetos decorados durante el Magdaleniense.
Recientemente, durante nuestra de investigación en el Cantábrico oriental y el Pirineo occidental, hemos identificado tres sitios donde se documenta esta recurrencia gráfica durante el Paleolítico Superior: Aitzbitarte IV y Aitzbitarte V, inéditos, y Erberua, ya conocido y reinterpretado en este sentido (Garate et al. 2020a).
El fenómeno de recurrencia gráfica parietal parece especialmente relevante en la Región Cantábrica (Fig. 13).
De hecho, para el Magdaleniense Medio y Superior de un total de 40 cuevas decoradas, 14 presentan fases previas.
Es decir, menos de 2/3 son decoradas ex novo en la región durante este período.
Sin embargo, las cuevas redecoradas son marginales en las demás regiones europeas con arte parietal paleolítico (Garate et al. 2020a).
Además, hay una polarización muy marcada entre los sectores central/occidental y oriental, separados por un vacío de 200 km, entre las cuencas del Asón y Oka, casi sin arte parietal magdaleniense.
En el sector central/occidental, el porcentaje de cuevas reutilizadas se eleva al 41 %, entre las cuencas de los ríos Nalón y Asón.
En el oriental, entre las cuencas de Asón y Bidasoa, solo podemos certificar la reutilización simbólica del espacio subterráneo en Aitzbitarte V -tal vez también en Aitzbitarte IV-, mientras que las 9 restantes se atribuyen únicamente a momentos avanzados del Magdaleniense.
Al mismo tiempo, se distinguen tipos de reutilización en relación con la distribución espacial de las fases de decoración en el interior de las cuevas (Garate et al. 2020a).
En el centro/oeste las fases antiguas del grupo de cuevas de Peña Candamo, Llonín, Tito Bustillo, Altamira y El Castillo se documentan por la mayoría de sus unidades topográficas.
En cambio las recientes tienden a concentrarse en paneles principales, donde varias fases se superponen.
En Pasiega A/B, Pasiega C/D y La Garma, El Buxu y Hornos de la Peña se dan esas superposiciones pero sin un espacio preferente.
Un tercer modelo de distribución, identificado en El Salitre, Chufín, Aitzbitarte IV y Aitzbitarte V, se caracteriza por la misma falta de estratigrafía parietal entre las diferentes fases que en la mayoría de los conjuntos pirenaicos con recurrencia gráfica (Garate et al. 2020a).
Es decir, el arte rupestre magdaleniense ocupa los espacios de la cueva que los artistas previos no seleccionaron.
La cueva de Aitzbitarte V presenta dos fases decorativas bien diferenciadas por la presencia de convencionalismos específicos del arte gravetiense continen-tal transpirenaico y del magdaleniense pirenaico.
Los conjuntos gráficos de ambas son modestos, compuestos por una docena de unidades gráficas figurativas situadas al fondo de una cavidad de reducidas dimensiones.
La diferenciación de dos fases decorativas en una misma cueva resulta toda una novedad para la Región Cantábrica oriental, donde no se conocía dicho fenómeno hasta el momento.
En todo caso, la distribución espacial segregada de ambos conjuntos dista del modelo cantábrico de palimpsesto y se aproxima más a cuevas pirenaicas como Erberua o Trois-Frères: fases gravetiense y magdaleniense medio con solapamiento espacial marginal o nulo.
Sin duda, la cueva de Aitzbitarte V aporta importantes novedades al escaso registro gráfico conocido en el oriente de la Región Cantábrica hasta los descubrimientos protagonizados en las dos últimas décadas en Atxurra, Armintxe o Aitzbitarte IV (Garate 2018).
En esta ocasión, las novedades también parecen indicar una fuerte influencia pirenaica en el área geográfica estudiada en distintos periodos del Paleolítico Superior, en lo que al comportamiento gráfico se refiere.
Queda pendiente evaluar si esa misma realidad se repite en todo el registro arqueológico y en todas las fases, o si por el contrario es un fenómeno reducido a ciertas manifestaciones arqueológicas o sólo Fig. 13.
Cuevas con recurrencia gráfica (círculos grandes en blanco) y cuevas decoradas ex novo (cuadrados pequeños grises) en la Cornisa Cantábrica durante el Magdaleniense, mostrando la ubicación de Aitzbitarte V con una estrella (mapa base: Bing Aerial ®) (en color en la edición electrónica). |
En este artículo damos a conocer los primeros trabajos realizados en la necrópolis de S'Alblegall (Ferreries, Menorca).
El hipogeo no 3 de esta necrópolis ha proporcionado interesantes indicios para el estudio de la agricultura cerealística en la isla de Menorca en un momento que situamos hacia mediados del siglo XV cal ANE.
Ello nos permite plantear nuevas hipótesis sobre la construcción de hipogeos en la isla, así como realizar un recorrido por los distintos yacimientos arqueológicos menorquines que han deparado evidencias del cultivo de cereales.
Durante una visita realizada a finales de 1998 por Pedro Arnau, se descubrieron un conjunto de hipogeos excavados en la pared de un barranco del término municipal de Ferreries.
Este hallazgo fue comunicado oficialmente al Consell Insular de Menorca, gracias al cual tuvimos conocimiento de este conjunto de hipogeos en la zona conocida como S'Alblegall (Ferreries).
El hallazgo en superficie de algunos restos de lo que parecían granos de cereal carbonizados, en uno de los hipogeos, nos animó a iniciar su estudio detallado (1).
El yacimiento arqueológico de S'Alblegall está emplazado en el barranco de Trebalúger (Ferreries) (1) En un primer momento el hipogeo que proporcionó los granos de cereal fue bautizado como Cova d'Es Blat o Cova de Sa Paret.
Debemos agradecer a Cristina Rita, Jefe del Servicio de Arqueología del Consell Insular de Menorca habernos facilitado la planimetría del conjunto arqueológico, y concretamente a sus autores, Josep Lluís Florit y Xavier Riudavets, por permitirnos publicar sus dibujos.
Una vez más, debemos agradecer a Josep Riera, conocido espeleólogo y amante de la arqueología de la isla, habernos ayudado en la escalada para visitar el yacimiento arqueológico.
También agradecemos los comentarios y aportaciones que han hecho del texto Rafael Micó, y muy especialmente a Roberto Risch, por haber traducido una parte del texto del alemán al castellano, y por sus valiosas aportaciones que hemos incluido en el texto.
El barranco de Trebalúger está excavado en las calcarenitas miocénicas, un tipo de roca caliza compuesta de sedimentos marinos que conforma la gran plataforma geológica del sur de la isla.
Hace unos 11 millones de años, durante una transgresión marina, el mar inundó más de la mitad de la tierra de lo que luego seria la isla de Menorca.
En esta zona se formaron arrecifes de coral poblados por abundante fauna, que con el tiempo y la erosión marina darían lugar a una arena calcárea de grano muy fino.
Hace unos 5,5 millones de años, se produjo una regresión marina, dejando al descubierto el sedimento anteriormente mencionado.
El proceso erosivo de la lluvia y las consecuentes escorrentías empezaron a dibujar lo que conocemos hoy como los barrancos de la costa sur de Menorca.
El mapa de suelos de la zona entorno a S'Alblegall, nos señala dos tipos de suelos principales: cambisol y leptosol.
Ambos son suelos poco desarrollados y superficiales o en etapa inicial de formación, limitados por la presencia de material con alto contenido de carbonato cálcico.
Según el mapa de aprovechamientos agrícolas del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (1988) en la zona se detectan áreas de labor intensiva de barbecho semillado (2) dedicadas a la obtención de forraje y pastizales, junto a matorrales y encinas.
También, sabemos que en la zona se cultivaban hortalizas y árboles frutales, hoy en día abandonados.
DESCRIPCIÓN DE LA NECRÓPOLIS: SITUACIÓN Y TIPOLOGÍA
Los hipogeos que conforman la necrópolis en la que se sitúa el hipogeo conocido por «Sa Cova d 'Es Blat», se excavaron en la zona central de un acantilado rocoso abierto por el cauce del barranco de Trebalúger, a unos 8 metros de altura sobre la plataforma fluvial del torrente (Lám.
Su acceso, por tanto, resulta difícil hoy en día, y precisa una mínima infraestructura de escalada.
La necrópolis está formada por, al menos, 4 tumbas, tres de ellas excavadas artificialmente en la roca por la mano del hombre, y una cuarta natural, poco retocada.
Todas ellas están orientadas hacia el este (Fig. 1).
Si bien es cierto que los hipogeos objeto de este artículo fueron excavados artificialmente en la roca, hay algunas evidencias que nos llevan a pensar que se excavaron a partir de una oquedad natural, ensanchando pequeñas galerías ya existentes.
Por sus características morfológicas, podríamos decir que se sitúan en una fase cultural que conocemos hoy como Naviforme (Lull et al. 1999), atribución que se ve reforzada por las características de los restos cerámicos que se observan en superficie, sobre todo en la terraza fluvial del barranco, puesto que la mayor parte de los sedimentos que estaban contenidos originalmente en el interior de las tumbas, han sido desplazados por la erosión hacia el fondo del barranco, esparciéndose a los pies de la necrópolis, lugar donde se entremezclan restos arqueológicos y distintos huesos humanos.
Hemos numerado las tumbas de izquierda a derecha para permitir su descripción y localización.
Hipogeo excavado en la roca, de 8,20 m de longitud máxima por 4,10 m de ancho, y una altura máxima de 2 m; planta de tendencia rectangular, aunque muy irregular, en el que se localizan hasta 4 nichos excavados a media altura del suelo de la cámara -de entre 0,80 y 0,50 m de profundidad-, y uno de ellos en el ábside, de unos 2,20 m de largo por 1,50 m de ancho.
El portal, algo destruido por la erosión, fue probablemente rectangular.
(2) La producción que se establece en la memoria que acompaña el Mapa de Cultivos y Aprovechamientos del Ministerio de Agricultura le otorga una producción media de entre 1200-1300 kgr de cebada por hectárea en todo el ámbito de la hoja 654 bis-646 Cala en Brut y Alayor.
I. Vista de la situación de la necrópolis de S'Alblegall.
Foto: José L. Florit. ba parece contener restos del sedimento original, aunque posiblemente de poca potencia.
En el fondo de este hipogeo hay un estrecho conducto con formaciones estalacmíticas, apreciándose arcillas rojas arrastradas por el agua que, mucho antes de la llegada de los humanos a la isla, fluía hacia el barranco.
Cueva natural ligeramente retocada.
Aprovecha una diaclasa natural abierta en el acantilado.
Se accede a esta por una fuerte pendiente de arcilla compacta que llega a taponar la galería.
Es de tendencia alargada, de unos 11 m de largo por 1,50 de ancho.
En su cámara principal se abren dos anexos, excavados por la mano del hombre, de tendencia irregular.
Estos habitáculos no parecen contener sedimentos fértiles desde el punto de vista arqueológico.
Hipogeo excavado en la roca, muy destruido por la erosión, a causa de la cual ha perdido toda su bóveda, fachada y parte de las paredes de la cámara.
Actualmente se conserva una cámara de unos 4,90 m de largo por 4,50 m de ancho.
Tiene una altura máxima de 1,40 m, teniendo en cuenta que una parte del techo ha desaparecido a causa de la erosión.
De la superficie original de la tumba sólo se conserva una pequeña parte en el ábside, aunque muy erosionada.
Es muy probable que para la excavación de este hipogeo se hubiera aprovechado una cueva natural preexistente de pequeñas dimensiones, puesto que en el fondo del hipogeo se ven los restos de un conducto colmatado de arcilla roja y algún pequeño canto rodado como prueba de la actividad hidrológica de este antiguo desagüe.
La cámara es de tendencia rectangular con las esquinas redondeadas, aunque muy irregular.
Parece que para acceder a la cámara debía franquearse una especie de patio de planta rectangular, también excavado en la roca.
En este lugar es donde se localizan los restos de cereal carbonizado, por debajo de una fina capa de sedimento de «marés» fruto de la erosión de las paredes de la tumba.
Cabe la posibilidad de que este patio formara parte de una especie de antecámara a la que se abriría el umbral, hoy perdido por el desplome de la fachada (Lám.
El contexto arqueológico del hipogeo no3 ha sufrido también los efectos devastadores de la erosión.
Así, del paquete sedimentario original sólo pueden observarse algunos restos en la cámara principal.
En la superficie del hipogeo pueden observarse numerosos fragmentos dispersos de restos humanos, la mayoría de ellos de aspecto negruzco o gris ceniciento, aunque también pueden localizarse algunos de ellos sin quemar.
Junto a ellos, algunos pequeños fragmentos de cerámicas hechas a mano, principalmente de color gris-negro.
Todo ello mezclado y/o cubierto por polvo de marès, procedente de la erosión de las paredes.
En lo que hemos denominado patio, aparece, en superficie y mezclado con el polvo de marés de la erosión de las paredes, el grano de cereal carbonizado en algunos puntos concretos, aunque suponemos que será toda la superficie de esta estructura la que estará ocupada por estos restos.
La explicación sobre el origen y formación de estos sedimentos no podrá ser precisada hasta la excavación de los mismos, aunque pueden plantearse, a modo de hipótesis, dos teorías.
La primera, que los granos de cereal fueran una ofrenda funeraria.
La segunda, que, antes de proceder a las primeras inhumaciones, se procediera a higienizar el recinto quemando rastrojos que incluían espigas de cebada.
Para describir el entorno arqueológico que rodea la necrópolis de S'Alblegall, hemos establecido un límite artificial, marcando un círculo de 1,5 km de diámetro entorno al cementerio, sobre un plano de dispersión de los yacimientos que ofrecen un cierto grado de contemporaneidad con el hipogeo no3 (Fig. 2).
Así, nos hemos basado en la tipología arquitectónica y en los restos de cultura material que pueden observarse en superficie -datos todos ellos recogidos de las cartas arqueológicas municipales y de un trabajo inédito (3) para situar una serie de puntos sobre un mapa.
La zona, por tanto, no ha sido prospectada de forma sistemática, por lo que trabajos futuros pueden documentar nuevos asentamientos.
Así, se puede observar la localización de 5 asentamientos con estructuras naviformes de hábitat (SMB-01, SMB-08, ABN-06, ABN-13, BAR-02), un asentamiento de hábitat de tipología indeterminada (SMD-03), restos estructurales no determinables (CFN-02), una cueva natural con restos cerámicos (BIC-01), un hipogeo de los conocidos como «planta de forn» (SMB-12), y un hipogeo de planta alargada (SMD-05).
Es decir, seis yacimientos de hábitat, dos funerarios (sin contar con la necrópolis de S'Alblegall), y otros dos de funcionalidad indeterminada.
Si pretendiéramos asociar la necrópolis de S'Alblegall con algún hábitat próximo, deberíamos contar con que el barranco y torrente de Trebalúger actúan como barrera natural: los yacimientos asociados por proximidad territorial con la necrópolis que nos ocupa serían los naviformes de BAR-02, el asentamiento indeterminado de CFN-02, y la cueva natural BIC-01; el resto de yacimientos están situados sobre el lado oriental del barranco, formando así otra unidad territorial.
Disponemos de algunos datos arqueológicos de los naviformes de Son Mercer de Baix, el único yacimiento que ha sido excavado científicamente en la zona.
Se trata de un pequeño poblado de hábitats naviformes excavado por Rita (1982) y cuya memoria completa no ha sido todavía publicada.
No contamos tampoco con dataciones radiocarbónicas de este yacimiento, aunque por la tipología de sus ajuares podemos situarlo entre el Naviforme Inicial y el Naviforme Medio (1600-1400 cal ANE).
El asentamiento estaba formado por cuatro o cinco naviformes, uno de ellos con la cubierta de piedra, que conformaban una pequeña granja.
A un kilómetro lineal hacia el norte de este yacimiento, encontramos un hipogeo de planta alargada, encuadrable entre el Naviforme Inicial y el Naviforme Medio y aunque no se conoce su contexto arqueológico, el tipo es bien conocido por paralelos documentados en la vecina isla de Mallorca.
Todos los yacimientos de hábitat identificados hasta el momento están situados, por tanto, por encima de los barrancos, o bien sobre el risco, dominando visualmente así un amplio segmento del cauce del torrente y del barranco, o bien situados más hacia el interior.
Algunas de las necrópolis, como esta que nos ocupa, están emplazadas en el mismo corte del acantilado.
Sin embargo, por ahora, no hemos podido detectar ningún tipo de asentamiento en el cauce del torrente.
A la vista de que estos terrenos, al menos desde época islámica están en explotación, incluso mediante irrigación artificial, resulta llamativo que no encontremos yacimientos prehistóricos sobre unos terrenos que, al menos desde el punto de vista de la agricultura tradicional de frutales y hortalizas, son potencialmente buenos para el cultivo.
Habrá que trabajar más sobre este tema para averiguar si esto resulta de una pauta cultural o se debe realmente a la ausencia de pruebas arqueológicas que demuestren el uso de estos terrenos por parte de las comunidades prehistóricas de Menorca.
En definitiva, la lectura que podemos obtener del modelo de asentamiento en este momento que nos ocupa, consiste en pequeños asentamientos de naviformes, constituidos por entre dos y cuatro estructuras, situados sobre los acantilados de los torrentes, con necrópolis situadas o bien excavadas en las paredes verticales de los barrancos, o bien en hipogeos de planta alargada emplazados no lejos de los asentamientos de hábitat.
Las muestras de granos de cereal procedentes de la tumba no 3 de la necrópolis de S'Alblegall fueron analizadas en el Laboratorio Hohenheim de Alemania para su estudio botánico por parte de Hans Stika (tabla 1).
Las muestras analizadas contienen sobre todo restos de cebada, que aparecen en una matriz de ceniza cuyo color varía del negro al gris claro.
Los fragmentos de madera sólo se registran de forma aislada.
En cambio, sí aparecen restos de ramitas pertenecientes a pequeños arbustos cuyas características son típicas de las lamiáceas del matorral o la maquia.
Identificación y cuantificación de elementos vegetales del Hipogeo 3.
Además de los granos enteros de cereal, se encontraron abundantes fragmentos de semillas, fragmentos de glumas y restos de aristas, también de cebada, que no se contabilizaron.
Los granos de este cereal están bien desarrollados y son de gran tamaño, sobre todo si se comparan con los materiales conocidos de la prehistoria del Sudeste y Noreste peninsular (véase Buxó 1997: 97 y ss).
La cebada vestida aparece tanto en forma de semillas centrales simétricas (Lám.
III, Fig. 3), como de abundantes semillas laterales asimétricas.
En consecuencia, se trata de cebada vestida de cuatro o seis carreras.
En el caso de la cebada desnuda no se ha podido distinguir entre formas de dos o cuatro y seis carreras, ya que sólo algunos granos estaban enteros y bien conservados.
IV, Fig. 4) su forma es simétrica.
Valores métricos de los granos (medidos sin embrión y primera raíz) del Hipogeo 3.
Los segmentos de raquis correspondientes a la cebada vestida (Lám.
V, Fig. 5) están mejor conservados que los de la cebada desnuda (Lám.
Diferentes vistas de una semilla de cebada vestida carbonizada (Hordeum vulgare).
La semilla tiene una forma simétrica y corresponde a un grano central de cebada de varias carreras.
La escala corresponde tanto en esta como en las siguientes figuras a 1 mm.
La cebada vestida y la desnuda se han conservado en forma de semillas y restos de trilla, en este caso como segmentos de raquis, glumas y aristas, lo cual hace pensar que en la cueva se depositaron espigas enteras.
Sin embargo, la falta de restos de nudos de caña indica que no se introdujeron los tallos.
Posiblemente, las espigas y los pequeños arbustos se quemaron conjuntamente.
La cebada vestida es un cereal muy robusto que puede crecer incluso bajo condiciones adversas.
Es resistente a la sequía y puede resistir cierto grado de salinidad, y también es menos propensa a verse afectada por parásitos y hongos que las variantes desnudas.
Incluso en suelos no profundos y expuestos al viento puede crecer.
La cebada vestida, el cereal prevalente en S'Alblegall, está mejor adaptada a las condiciones adversas para la agricultura, aspecto que debe tenerse en cuenta a la hora de valorar las implicaciones económicas sobre las comunidades prehistóricas, si bien es cierto que la substitución de la cebada desnuda por vestida se produce ya desde el Bronce Antiguo en la Península Ibérica.
Se trata, por tanto, de un fenómeno generalizado, independientemente de las condiciones climáticas.
LOS ANÁLISIS DE C-14 Y LA CRONOLOGÍA DEL HIPOGEO No 3
Contamos con dos muestras datadas, una realizada sobre granos carbonizados de cereal (KIA-16277), y otra sobre un hueso humano quemado Pedro Arnau Fernández et al.
La sorprendente antigüedad de esta primera datación nos planteó algunas reflexiones, puesto que, en una primera impresión, situamos el conjunto de la necrópolis en un momento avanzado del siglo IX-VIII ANE.
La segunda datación, se realizó sobre un hueso humano quemado recogido en la superficie del hipogeo no 3 y, por tanto, fuera de contexto.
A pesar de esa circunstancia, teníamos la esperanza de que el hueso fuera o anterior o, al menos, contemporáneo a los granos de cereal, puesto que dedujimos que quizá se quemó el cereal -con sus espigas y tallos de paja, naturalmente-después o junto a los restos óseos humanos.
Ello nos hubiera ayudado a contextualizar mejor el hallazgo de la cebada en el hipogeo.
Desafortunadamente la muestra de hueso no contenía suficiente colágeno, y el resultado obtenido, como indica el analista -Mark Van Strydonck-, debe considerarse como un terminus ante quem.
A raíz de estas fechas, podemos plantearnos una valoración cronológica, con la que exponer una hipótesis sobre el significado del contexto arqueológico de las semillas.
En el supuesto de que el nivel de semillas carbonizadas se formase como consecuencia de una combustión intencionada que, de alguna forma, clausurase el depósito funerario, podrían plantearse algunas cuestiones de interés:
Es muy poco frecuente hallar asociados huesos humanos y un gran número de semillas alimenticias, por lo que probablemente la asociación entre ambos debe ser intencional.
La conservación del potente nivel de semillas sólo es posible mediante carbonización.
Ello sugiere que se produjo una combustión intencional del depósito funerario en el que se introdujo una importante cantidad de cereales.
Diferentes vistas de un raquis carbonizado de cebada desnuda.
Las espigas laterales están con tallos, las glumas arrancan directamente del tallo.
La combustión explicaría por qué una parte de los huesos humanos superficiales aparecen quemados, cuando sabemos que la incineración de los cadáveres no fue una práctica ritual en el II milenio en las Baleares.
Por tanto, la fecha de C14 nos indica un momento final para el contexto funerario previo; es decir, que el hipogeo funcionó como tumba con anterioridad a c.
Curiosamente, es entonces cuando se documentan las primeras inhumaciones en Es Càrritx y, tal vez en Son Matge, en contextos de cuevas naturales con muro ciclópeo de cierre.
Así pues, la datación del hipogeo no 3 de S'Alblegall confirmaría la hipótesis de sucesión entre hipogeos de planta alargada y cuevas muradas c.
Además, la datación confirmaría indirectamente la hipótesis de que los hipogeos de planta alargada se hallaban en funcionamiento en el Naviforme Inicial (c.
Es verdad que por ahora no tenemos ninguna datación directa para colocar su inicio justo en 1600, pero puede considerarse buena esta fecha porque marca aproxi-Lám.
Foto Joan de Nicolás. madamente la frontera con la materialidad de los dólmenes y abre la materialidad asociada a los naviformes.
CONNOTACIONES ECONÓMICAS Y SOCIALES
Una de las dataciones absolutas conseguidas sobre granos de cereal de uno de los hipogeos de esta necrópolis nos señala su uso en un momento del siglo XV cal.
En este momento, en la isla de Menorca se desarrolla una fase cultural conocida actualmente como Naviforme Medio, que abrazaría aproximadamente un arco temporal comprendido entre 1450/1400-1200 cal ANE (Lull et al. 1999).
Es un momento de cambios importantes a nivel cultural, que se reflejan en tres campos: la cultura material, el aspecto funerario y el ámbito socioeconómico.
En el primero, se detecta un cambio tecnológico en la forma de elaborar las cerámicas, con la inclusión de desgrasante calizo en la arcilla, y la generalización de cerámicas de perfil toneliforme y labio engrosado interior, de grandes dimensiones, que probablemente reflejan un creciente interés por las grandes vasijas de almacenamiento.
Asimismo, en este momento se documenta un incremento de la producción metálica, con la aparición de crisoles en lugares de habitación y un mayor número de productos manufacturados.
Un segundo aspecto interesante a resaltar es la aparición de una nueva forma de enterramiento, consistente en la inhumación colectiva primaria en cuevas naturales en cuya entrada se construye un gran muro con técnica ciclópea.
Al mismo tiempo, se observa una reducción de las distintas formas funerarias anteriores (enterramientos en sepulcros megalíticos, cuevas naturales y probablemente hipogeos de planta alargada) que caen progresivamente en desuso a partir de esta fase.
En el aspecto socioeconómico, Lull et al. (1999) inciden en señalar que en este momento se uniformiza la materialidad social, por cuanto los naviformes y los enterramientos en cuevas naturales con muro son las formas comunes de hábitats y estructuras funerarias, respectivamente, más extendidas por la isla.
Algunos investigadores quisieron ver en la presencia de molinos manuales (Plantalamor y Rita: 1984) y la constatación de yacimientos situados próximos a zonas aptas para el cultivo (López 2001), que la agricultura tendría un mayor peso en los recursos alimenticios que en épocas anteriores, aunque sin olvidar que la ganadería seguiría jugando un papel principal como fuente alimenticia y de recursos económicos.
Todos estos planteamientos, especialmente el primero, no han pasado, hasta hoy, del ámbito de la pura suposición.
La primera de las hipótesis, surgió de la excavación de los yacimientos de naviformes de Son Mercer de Baix (Rita 1982) y de Clariana (Plantalamor 1991), en los cuales se localizaron algunos molinos barquiformes a partir de los cuales se supuso la práctica de la agricultura cerealística.
No se contaba por entonces con análisis de sedimentos ni con prueba empírica alguna que certificara el peso relativo de los cereales.
Igualmente, los molinos tampoco fueron publicados, ni se ha realizado un análisis funcional que confirme que se trata de artefactos dedicados al procesado de cereal.
Como es bien sabido, bajo el término «molino» se esconden instrumentos de trabajo de función muy diferente (p.e.
Risch 2002) Estas investigaciones llegaron a plantear un modelo teórico que dividía en dos zonas económicas la isla de Menorca (Plantalamor 1991) por la cual las comunidades humanas que habitaban en la zona oriental basarían su subsistencia en un mayor peso relativo de la ganadería, mientras que las comunidades que habitaban en la zona occidental basaban su economía en un mayor peso de la agricultura.
Todo ello inferido a partir de las tipologías constructivas -dólmenes y cabañas en la zona oriental, naviformes e hipogeos en la zona occidental-, sin que se presentaran datos empíricos sobre la importancia de una u otra forma de subsistencia económica salvo los argumentos antes mencionados.
Podrá deducirse, por tanto, que desde el punto de vista científico no puede hablarse de pruebas minimamente sólidas, ni siquiera indicios, que permitieran apoyar razonablemente esta hipótesis.
Posteriormente (Gornés et al. inédito (4); López 1998) esta hipótesis ha sido parcialmente desmontada a raíz del hallazgo y documentación de naviformes en la zona oriental de la isla.
Así, los yacimientos de naviformes de Puig Mal y Creu d'en Ramis en Mahón, y el poblado de naviformes de Biniac-L'Argentina y de Son Sintes en Alayor, han venido a confirmar que el poblamiento naviforme estaba extendido en toda la isla entre 1600-1050 cal ANE.
Una posible explicación sobre el reducido número de naviformes documentados en la zona oriental de la isla podríamos situarla en que las posteriores ocupaciones -talayótico, postalayótico-se hubieran realizado, en un alto porcentaje, sobre los antiguos asentamientos naviformes, destruyéndolos o reutilizándolos.
Este dato podría verse apoyado por el número de restos cerámicos del Naviforme Inicial y Medio que frecuentemente aparecen en los niveles inferiores de los hábitats talayóticos, como ocurre en el caso de Biniparratx Petit, Torre d'en Gaumés, Binissafuller, Sa Torreta, Trepucó, etc.
Los granos de cebada del hipogeo no3 de la necrópolis de S'Alblegall son, por ahora, las pruebas concretas más antiguas de la práctica cerealística en Menorca.
Otros yacimientos menorquines que han aportado restos de cereales son la Cova d'Es Càrritx (Lull et al. 1999), la cabaña circular de Torralba d'en Salord (Fernández-Miranda 1991), y finalmente el asentamiento de Sa Talaia de Torrepetxina (inédito).
Los resultados de las investigaciones arqueobotánicas en los sedimentos de la Cova d ́Es Càrritx en contextos naviformes, con cronologías comprendidas entre 1450/1400-800 cal ANE nos presentan los siguientes resultados (Stika 1999):
-Los análisis se realizaron en base a un pequeño número de restos de cereales (granos y raquis), cebada (Hordeum vulgare) y seguramente escanda (Triticum cf. dicoccum).
La mayoría de los restos son de higo (Ficus carica) y de oliva (Olea europea).
Algunos de ellos son carbonizados, pero en su mayoría no cumplen esta característica.
Los restos de frutos son de castaña (Castanea sativa), dátil (Phoenix dactylifera), vid (Vitis vinifera ssp. sylvestris), zarzamoras (Rubus fruticusus s.l.) y probablemente frambuesas (Rubus cf. idaeus).
-Adicionalmente a los restos de cereales y frutas hemos encontrado restos de hojas de romero (Rosmarinus officinalis), algunos de ellos carbonizados, pero en su mayoría sin carbonizar.
Estos los podemos hallar directamente en contacto con los restos humanos, con la posible función de preservar mejor los cuerpos, ya que la composición química del romero posibilita la conservación de estos.
Junto al romero se han detectado restos de lentisco (Pistacia lentiscus) que podrían cumplir el mismo uso.
Esta función la podemos detectar en otros períodos cronológicos y ámbitos geográficos de Europa.
-Otra planta que se ha localizado en estos contextos funerarios es la rubia brava (Rubia peregrina).
A esta planta se le ha atribuido la posible función de ser la base del tinte rojo, encontrado en cabellos humanos de algunos restos.
-Otros restos de plantas silvestres, que se han documentado, pueden haber sido introducidos posteriormente por otras razones, sin ningún tipo de intención ritual.
Somos de la opinión que podría haber más restos no carbonizados de cereales que no se han conservado al ser consumidos por pequeños roedores (Stika 1999: 521-531).
Las semillas carbonizadas localizadas en la zona de deposición de las inhumaciones, se atribuyen a la fase Càrritx II (1450/1400-800 cal ANE), puesto que en la siguiente fase de ocupación no se documentan hogares en la cueva.
El espectro de las especies de plantas localizadas en la Cova d ́Es Cárritx es mucho más amplio que el espectro localizado en los hipogeos de S ́Alblegall en Ferreries.
Ello puede ser debido a las diferentes condiciones de preservación de estos dos yacimientos.
Mientras en la Cova d ́Es Carritx fueron descubiertos tanto restos de plantas carbonizados como sin carbonizar, en los hipogeos de S ́Alblegall sólo se conservaron restos carbonizados.
En la Cova d ́Es Cárritx fueron analizados un mayor número de muestras, mientras que en S ́Alblegall sólo ha sido investigada una muestra.
El asentamiento de Torralba d'en Salord (Alayor) ha deparado algunos restos de cereales (Fernández-Miranda 1991: 40).
En concreto, en una estructura que se conoce como cabaña circular, posteriormente destruida por la construcción de un talayot -lo que nos ofrece una cronología ante quem muy interesante-se localizó un vaso de cerámica que contenía granos carbonizados de cereal, concretamente cebada.
Al contrario de lo que ocurre en el depósito de cereal de finales del II milenio cal ANE encontrado en Torralba d'en Salord (Moffet 1992), donde aparece la misma cantidad de cebada vestida que desnuda, en la tumba no3 de S'Alblegall predomina el primer tipo.
La escasa cebada desnuda, así como la semilla de escanda y los restos de cebada silvestre debieron crecer en los campos de cultivo de la cebada vestida como cereales añadidos o como malas hierbas.
Además de cereal silvestre, identificado también en el depósito de Torralba, en el hipogeo no3 de S'Alblegall se encontró una semilla de beleño (Hyoscyamus sp.) como mala hierba.
Otro de los yacimientos que ha aportado información sobre granos y semillas de cereal es el asentamiento de Torrepetxina.
Es un yacimiento situado sobre el corte del barranco de Algendar, justo encima de la conocida Cova d'Es Càrritx.
La identificación de los restos localizados resulta difícil por su alto grado de destrucción así como por el enmascaramiento de la vegetación, que lo ocultan.
Sin embargo, nos encontramos con lo que probablemente fue el cerramiento, mediante un muro ciclópeo, de una pequeña colina -más conocida como «tom», en menorquín-en cuya zona superior se construyó lo que a todas luces podría ser un horno de cocción de cerámica.
Este espectacular yacimiento fue expoliado entre los años 60-70, aunque la mayoría de las piezas cerámicas localizadas están depositadas en los museos de Es Bastió de Sa Font y el Museu d'Es Seminari, ambos en Ciutadella.
Entre los interesantes restos de este asentamiento cabe destacar el hallazgo de lo que parecen restos de toberas de arcilla, fabricadas recubriendo haces de espigas de cereales que, una vez carbonizados, dejaron su impronta en negativo sobre la arcilla (Lám.
En estas toberas se conservan improntas de paja y espigas de cereales, parte de las cuales pueden ser clasificadas como cebada.
Además, el adobe se preparó añadiéndole restos de paja y cáscaras de grano.
La cronología de estos restos es algo problemática, puesto que la única datación por radiocarbono realizada hace unos años sobre un hueso de fauna doméstica (KIK-513, UtC-4150: 2520 ± 50BP) se ubica en un tramo plano de la curva de calibración, que no permite precisar un momento más preciso dentro del amplio período comprendido entre el siglo VIII y el V cal ANE.
Sin embargo, por la tipología de algunas de las cerámicas expoliadas de este yacimiento y expuestas en los anteriormente mencionados museos, -en las que se documentan cerámicas globulares de perfil en S y sobre todo espectaculares vasos troncocónicos con mango vertical decorado-, podemos decir que es posible que se trate de un yacimiento plenamente talayótico, cuyo momento de uso pueda situarse entre el 850-650 cal ANE, bastante posterior, por tanto, al hipogeo no3 de S'Alblegall.
De esta forma, contamos ya con tres yacimientos prehistóricos, además de Torralba, en los que se documenta la presencia de cebada.
Según las muestras analizadas hasta el momento, la cebada vestida parece ser el cereal dominante en los cultivos entre el siglo XVI y el siglo VIII cal ANE, si bien a finales del II milenio cal ANE la cebada desnuda y la escanda todavía debieron tener cierta importancia.
En suma, los análisis arqueobotánicos realizados hasta el momento aportan evidencias de una producción agrícola que completó a la ganadera en el marco de las estrategias de subsistencia prehistóricas.
Otro de los aspectos a resaltar de esta investigación está en que por primera vez hemos podido situar en el tiempo, mediante cronología absoluta, el uso de hipogeos en Menorca entre los siglos XVI-XV cal ANE, compartiendo espacio y tiempo con la nueva forma de contenedor funerario, las cuevas naturales con muro ciclópeo de cierre, que se extenderán por toda la isla entre el 1450/1400 y el 800 cal ANE aproximadamente.
Si bien es cierto que el fenómeno hipogéico ya se conocía en Menorca al inicio del poblamiento insular (Plantalamor y Marqués 2001) hay que enmarcar las construcciones de Biniai Nou en un ambiente estrictamente dolménico y originalmente calcolítico -así, totalmente diferente en forma y tiempo del que nos ocupa-, por lo que podemos afirmar que los hipogeos de s'Alblegall confirman que durante el Naviforme Inicial, en Menorca se excavaban contenedores funerarios hipogéicos, lo que completa el panorama de nuestro conocimientos sobre los distintos tipos de contenedores funerarios conocidos hasta el momento en la isla de Menorca.
Estos contenedores se apartan, por cierto, del conocido hipogeo de planta alargada documentado sobre todo en la zona oriental de la isla (Torre del Ram, Son Vivó, Son Mercer de Baix), y abre un panorama interesantísimo sobre nuevos tipos de tumbas abiertos en los acantilados de los barrancos de Menorca. |
Las prácticas ganaderas han jugado un papel importante en la organización socioeconómica de las sociedades mineras.
Este trabajo presenta los resultados del análisis arqueozoológico y tafonómico de los restos de fauna recuperados en la Mina16 en Gavà (Barcelona).
Los análisis de los restos de fauna se utilizaron para determinar la importancia ganadera en las prácticas de subsistencia, el origen y la dinámica de depósito del conjunto faunístico en el relleno de la Mina16.
Las actividades mineras en Gavà no reemplazaron la producción especializada de subsistencia, sino que la complementaron.
Los resultados sugieren que los restos de fauna encontrados en las minas fueron residuos de producción y consumo, lo que proporciona evidencia nueva y complementaria del asentamiento asociado con las estructuras mineras.
Can Sadurní, Reina Amalia sites). |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) A Joan B. López Melcion, in memoriam
El Molí d'Espígol es el hábitat ibérico más destacado del territorio histórico del pueblo ilergete.
El estudio de los restos humanos ya anteriormente conocidos, sumado a la identificación de nuevas evidencias, ha permitido no solo aumentar el elenco de las inhumaciones perinatales del asentamiento, sino también confirmar la existencia de restos humanos de adulto.
A partir del estudio de síntesis sobre la presencia de restos humanos en contextos de hábitat hallados en el territorio histórico de los Ilergetes, se plantea la significación social de tales prácticas en el ámbito de dicho pueblo ibero.
La existencia de restos humanos en El Molí d'Espígol se conoció gracias al primer estudio sobre el hallazgo puntual de dos inhumaciones perinatales (Cura 1989; Mercadal 1989).
Tal noticia incluía el hábitat en la problemática general de esta práctica como el primero y único en presentar evidencias de este tipo en el área ibérica ilergete.
Las ulteriores campañas de excavación aumentaron esta cifra hasta cuatro (Cura 1989(Cura, 2006: 37;: 37; Escala et al. 2016: 276-278), aunque el avance de la investigación en la depresión central catalana, muy especialmente en la fortaleza de Els Vilars (Junyent y López Melcion 2016), ha sobrepasado cualquier expectativa en relación con dicha temática (cf. infra).
A partir de finales de los años 90 diferentes trabajos sobre prácticas rituales en el mundo ibérico catalán o sobre la problemática de las "cabezas cortadas" (cf. infra) reiteran la presencia en El Molí d'Espígol de Rituales con restos humanos en ámbito ilergete: reflexiones a partir de las evidencias de El Molí d'Espígol (Tornabous, Lérida)* Trab.
Su atribución o existencia se mantenía en suspenso ya que tales restos nunca fueron publicados ni tampoco información alguna sobre su contexto de aparición.
Ello no ha impedido incluir El Molí d'Espígol en el elenco de yacimientos con evidencias del ritual de exposición de "cabezas cortadas", detectado en el área layetano-indigete, trasladando su expresión física y sentido social también al mismo (cf. infra).
Sin embargo, la revisión de los datos antropológicos disponibles en la actualidad, procedentes de antiguas excavaciones y nuevas campañas, además de incrementar la cifra de las inhumaciones perinatales del yacimiento, ha confirmado la existencia de restos atribuibles a individuos adultos.
Todo ello resitúa El Molí d'Espígol en un espacio central en relación con el estudio de tales problemáticas y, sobre todo, en relación con su sentido y proyección en el área ibérica ilergete.
EL MOLÍ D'ESPÍGOL, DE FORTALEZA PREIBÉRICA A CIUDAD ILERGETE
Dispone, además, de la máxima protección legal en el ámbito patrimonial: Bien Cultural de Interés Nacional desde 2009 2.
El Molí d'Espígol es el asentamiento ibérico más extenso (c.
Destaca por: (a) su amplia cronología; (b) unas dimensiones que rebasan el patrón del área ilergete; (c) un urbanismo "ortogonal" con calles anchas y edificios "singulares"; (d) un espacio suburbano muy bien definido; y (e) la monumentalidad y complejidad de sus sistemas defensivos.
Se trata de un asentamiento de larga duración.
Se funda durante la Primera Edad del Hierro (finales del siglo VIII a. n. e.)
Su extensión y longevidad son factores decisivos a la hora de entender su organización, caracterizada por un urbanismo complejo en constante crecimiento (Fig. 2).
El Molí d'Espígol, en el momento de su fundación en la Primera Edad del Hierro, tiene unas potentes defensas, una sólida muralla torreada (MUR-1) con un posible foso, y un hipotético campo frisio (Principal et al. 2010;2019: 200-203), al estilo de lo documentado en la fortaleza de Els Vilars (Junyent y López Melcion 2016).
Los espacios y los equipamientos asociados son los típicos de este momento: estructuras rectangulares polifuncionales, domésticas y de trabajo con divisiones internas, banquetas y hogares, alguno en forma de lingote chipriota (Principal et al. 2019: 206-208).
Destaca un espacio religioso exterior diferenciado y con cierta monumentalidad, asociado a una de las torres (T-4) de la muralla, y formado por cuatro betilos (Principal et al. 2019: 203-206).
Durante el período Ibérico Antiguo se amplía el asentamiento con un nuevo sistema defensivo y una innovadora planificación urbanística.
Delimita su perímetro una muralla lisa (MUR-2) de aparejo en emplecton sin bastiones o torres, y muy probablemente con un foso.
Se constata la continuidad del hábitat y las estructuras de la Primera Edad del Hierro durante los estadios iniciales del período Ibérico Antiguo (Principal et al. 2019: 208-214).
El sitio alcanza su momento de máximo esplendor en el período Ibérico Pleno.
Se remodela y amplía otra vez mediante un nuevo y sofisticado perímetro defensivo (MUR-3) con un foso asociado, la monumentalización de accesos, un urbanismo complejo, unos espacios de uso colectivo bien delimitados, infraestructuras urbanas, barrios suburbanos manufactureros y espacios de almacenaje (Principal et al. 2012; Sala et al. 2013; Principal et al. 2019: 214-220).
El final de esta fase se dataría en torno al 200 a. n. e.
Por último, después de un hiato de casi 75 años, durante el período Ibérico Tardío, se localiza una ocupación en la zona norte y noreste con un hipotético nuevo plan- teamiento urbanístico.
El final de esta fase marca el abandono definitivo del sitio (Principal et al. 2019: 221).
Las evidencias detectadas hasta el momento pertenecen tanto a individuos adultos como a infantiles, mayoritarios estos últimos.
En conjunto, su cronología es tan amplia como la del mismo yacimiento (mediados del siglo VII-finales del III a. n. e.).
Tras su estudio morfológico (aspectos tafonómicos y patológicos), se ha calculado un índice de preservación basado en el cálculo establecido por Walker et al. (1988) que permite conocer la representatividad de las distintas regiones anatómicas en función del recuento de huesos largos, cinturas y cráneo.
Para el diagnóstico del sexo (mandíbula e ilion) se han utilizado los criterios de Schutkowski (1993).
En los dos únicos fragmentos de individuos adultos solo se ha realizado el estudio macroscópico y morfológico al no ser piezas diagnósticas.
Los restos de individuos adultos
El Individuo 1 (INDa-1): fue hallado en un sondeo de comprobación en el nivel de fundamentación de la cortina de la muralla MUR-1 (UE 11044), entre las torres T-1 y T-2.
Se trata de un relleno constructivo homogéneo y sin contaminaciones entre la muralla y la escarpa del foso.
Como no se excavó en extensión, cabe la posibilidad de que se hallen más restos en caso de continuar o completar la excavación del nivel, y que no sea un ítem aislado.
La cortina se edificó en una segunda fase constructiva del complejo de la muralla MUR-1 (Principal et al. 2019: 200-201), situable a mediados/segunda mitad del siglo VII a. n. e.
La datación radiocarbónica realizada sobre diferentes restos de fauna de dicha unidad estratigráfica dio como resultado una fecha imprecisa entre el 758-415 a. n. e.
Desgraciadamente, esta datación entre mediados del siglo VIII y finales del V a. n. e., enmarcada en la llamada "catástrofe de la Edad del Hierro", resulta demasiado amplia.
Con todo, es coherente con la datación arqueológica a partir del registro cerámico ya que el intervalo de tiempo de la cerámica representa tan solo una pequeña porción dentro del amplio intervalo de probabilidad de la verdadera fecha calibrada.
Así pues, la hipótesis de una cronología de mediados/segunda mitad del siglo VII a. n. e. para la formación del depósito resulta del todo factible.
Se conserva de este primer individuo un fragmento de diáfisis del tercio distal del fémur izquierdo.
Mide 112 mm de longitud, 90 mm de circunferencia y 32 y 23 mm de diámetro máximo transverso y anteroposterior respectivamente (Fig. 3).
Su extremo proximal fue cortado cuando el hueso todavía conservaba colágeno, tal y como se evidencia por la extracción de parte de la cortical del hueso y la morfología redondeada de los bordes del propio corte.
El impacto, perpendicular al hueso, afectó su parte posterior y levantó la lasca al alcanzar la región anterior.
En cambio, la sección del fragmento cercana a la epífisis distal se realizó sobre el hueso en estado seco, cuando ya no conservaba materia orgánica, tal como muestran los bordes de fractura lineal.
En su lado posterior se observa una fractura reciente que es la única zona del hueso sin pátina de rodamiento.
A lo largo de la diáfisis se observan marcas transversales de corte, en su mayoría paralelas entre sí realizadas hace tiempo.
Varía su longitud, profundidad y grado de desgaste a lo largo de la pieza menor en la región proximal.
Se hicieron desde un plano ligeramente inclinado, de abajo a arriba, por un elemento cortante al que se le imprimió una fuerza contundente, salvo en la región medial donde hay otras marcas más superficiales.
El Individuo 2 (INDa-2) fue hallado en el segundo nivel de ocupación (UE 20021) del sector 156 (complejo UH/M 16), datado durante la primera mitad/ mediados del siglo III a. n. e.
Todo parece indicar que corresponderían a este fragmento las noticias publicadas desde fines de los años 1990 (cf. supra) sobre la existencia de restos de cráneo humano en el yacimiento.
Las UH/M (unidades de habitación/almacén) de El Molí d'Espígol son complejos "domésticos" formados
Datación C 14 Fecha calibrada (2σ) por tres módulos rectangulares.
Dos conformarían una unidad con una puerta de acceso al exterior, mientras el tercero, mucho menor, sería independiente con su propia puerta de acceso al exterior y sin comunicación aparente con los otros dos.
La parte compartimentada correspondería al espacio de habitación, doméstico, y el módulo independiente sería un almacén cuyo registro de cultura material, en general, es mucho más rico que el del espacio mayor (Belarte 1997: 143; Cura 2006: 32).
El sector 156 habría actuado como "espacio de almacenaje", independiente del módulo formado por los sectores 157-158.
Este sector ocupa un lugar central respecto del espacio abierto, público, que se abre justo delante de él.
A partir de los pocos datos del registro de excavación conservados, sabemos que sufrió un incendio a finales del siglo III a. n. e.
Se conserva de este segundo individuo un fragmento de parietal izquierdo de 65 x 46 mm (Fig. 4).
Su límite, en la región posteroinferior, es el ángulo de la mastoides que articula con el temporal.
En su parte posterior conserva el borde de una porción de la sutura lambdoidea [L3] y parietotemporal.
En la región anterior y superior el límite es una fractura antigua y en la región inferior el borde de la escama del temporal y una fractura de carácter reciente.
La cara endocraneal muestra parte del surco transverso y del surco de las meníngeas medias y la exocraneal alteración térmica en la región anterior.
En esta región, el hueso está fracturado por lo que se aprecia que el fuego solo alcanzó la tabla externa del diploe.
Ello indica que fue un suceso ocasional y no intencional que no se prolongó en el tiempo y mucho menos afectó a todo el cráneo.
Los restos de individuos infantiles
Procede de un pequeño sondeo en un estrato, interpretado como un nivel de regularización constructiva del pavimento SL 24022 de la habitación HAB-8, asignado a la primera fase de ocupación de El Molí d'Espígol, durante la Primera Edad del Hierro.
Desconocemos la fisonomía completa de la HAB-8, pero podría haberse tratado de una estancia de dimensiones notables (c.
Durante el proceso de excavación no se detectó ninguna fosa ni estructura negativa que sugiriera la existencia de una inhumación infantil.
Como el sondeo no alcanzó la totalidad de la estancia hay que suponer que el resto pertenece a una inhumación ubicada más allá de alguno de los límites de la excavación.
Se nos antoja una hipótesis menos probable, en función de la misma dinámica del yacimiento, pero tampoco descartable, que fuera un resto aislado, vinculable a una acción precedente, y víctima del movimiento de tierras motivado por la regularización constructiva.
Incluso cabe pensar en algún tipo de desplazamiento de su lugar original por la acción de algún pequeño roedor: de hecho, la pieza está mordisqueada.
La secuencia estratigráfica indica que su datación es anterior a la construcción de la HAB-7 (cf. infra), lo cual nos llevaría a pensar en una cronología dentro del siglo VII a. n. e., quizá dentro de la primera mitad de la centuria.
Este individuo infantil INDi-1 está representado por una única tibia izquierda (índice de preservación del 4,54 %), con la epífisis distal mordisqueada y, posiblemente también, la proximal (Fig. 5).
Mide unos 63 mm de longitud.
Ello, junto a la comparación con tibias de diversos individuos perinatales de edades conocidas del Laboratori d'Antropologia Biològica de la Universitat Autònoma de Barcelona, permite aproxi- Trab.
La ausencia de otras piezas óseas no permite un diagnóstico de sexo del individuo.
El hueso presenta periostitis a lo largo de su cara medial.
Se situaba en el ángulo noreste de la pieza, seguramente en relación con la remodelación del espacio y el inicio de una nueva fase de ocupación que marca el pavimento: presenta un hogar en contacto con la pared norte de la pieza, y un par de agujeros de poste seguramente destinados a soportar un altillo.
La HAB-7 corresponde a la última fase de ocupación de la fortaleza de la Primera Edad del Hierro, la cual amortiza los restos de la HAB-8 (cf. supra) (Principal et al. 2019: 207-208).
La datación radiocarbónica realizada con las tibias de este individuo dio como resultado una fecha calibrada entre 799-543 a. n. e.
1.2), de nuevo en el espacio temporal de la "catástrofe de la Edad del Hierro".
Con todo, de forma preliminar y de manera coherente con el contexto arqueológico, pensamos que la acción podría situarse, grosso modo, durante el siglo VII a. n. e.
Armentano y Nociarová3 estudiaron al INDi-2.
En su trabajo describían los restos como pertenecientes a un individuo muy bien representado (86,4 % de índice de preservación).
En la actualidad la preservación es menor por la destrucción de las dos tibias para la datación (Fig. 6B).
Las autoras sugerían que fuera el depósito primario de un bebé a término si bien el grado de desarrollo del segundo incisivo deciduo inferior derecho permitiría asignarle una edad un poco mayor, siempre inferior a cuatro meses.
Se atribuía a un individuo de sexo femenino por la morfología del hueso coxal.
La revisión de los materiales para el presente trabajo permite reafirmar este diagnóstico a partir de la morfología de la mandíbula, y también su edad de muerte que oscilaría entre las 38-40 semanas de gestación y los 2 meses de vida y por tanto posterior al nacimiento (grado de desarrollo del incisivo y del resto de piezas esqueléticas, toma de distintas medidas del esqueleto craneal y postcraneal).
Ninguna evidencia en los huesos indica la causa de la muerte, aunque algunos presentan una periostitis generalizada, que algunos autores consideran propia del desarrollo del individuo y otros atribuyen a un proceso infeccioso que podría provocarla.
A nivel tafonómico, el antebrazo (Fig. 6B) y la clavícula derecha, así como ambos fémures presentan mordeduras, posiblemente de roe-dor.
Su presencia en la fosa justificaría los desplazamientos de algunas conexiones anatómicas observadas entre los huesos durante la excavación.
Los restos del INDi-3 proceden del relleno (UE 10104) de una trinchera de expolio para extraer piedra de la muralla MUR-1.
Por la secuencia contextual y el material asociado, el depósito se habría formado durante la segunda mitad del siglo VI a. n. e.
El relleno de las trincheras y fosas de expolio se realizó presumiblemente con tierra y restos procedentes de otras partes del yacimiento o de espacios cercanos con fases previas, ya amortizadas, del hábitat.
Ello parece indicar que los huesos procedían de sedimentos aportados y, en consecuencia, que su ubicación era secundaria y descontextualizada.
De ser cierta esta hipótesis, el material podría corresponder a una cronología primaria de Primera Edad del Hierro (siglo VII a. n. e.) o del inicio del Ibérico Antiguo (primera mitad del siglo VI a. n. e.).
El INDi-3 solo está representado por la extremidad inferior izquierda: 2/3 distales del fémur y 2/3 distales de la tibia (índice de preservación de 9,09 %) (Fig. 6D).
Los dos extremos del fémur están mordidos.
La rotura del borde proximal de la tibia es reciente mientras que la leve erosión del extremo distal también podría corresponder a mordeduras.
Las distintas dimensiones de las mordeduras del fémur y de la tibia sugieren la actuación de dos especies.
Los restos carecen de evidencias de patología ósea.
La ausencia de piezas diagnósticas impide la atribución de sexo y su estado incompleto no permite aproximar la edad de muerte más allá de su condición de individuo perinatal.
Los restos del INDi-4 proceden de la excavación de un pequeño sondeo practicado en el sector 38, siguiendo la pared de cierre occidental.
La UE 18160 en que apareció se ha identificado con un estrato de relleno/preparación para la construcción de un piso datado durante el período Ibérico Pleno (siglos IV-III a. n. e.).
Como en el caso del INDi-1 (cf. supra), durante la excavación no se distinguieron estructuras negativas que indicaran una pequeña fosa o agujero.
Es decir, los datos disponibles en la actualidad impiden determinar objetivamente si es una deposición primaria, aunque el contexto podría llevar a considerarlo un enterramiento en espacio doméstico.
Al ser un sondeo reducido no es descartable la aparición de más restos si se excavara toda la superficie del sector.
Al tratarse de la mitad norte del módulo dividido en dos (sectores 33 y 38) era una de las partes que configuraban el espacio de habitación/doméstico de la UH/M 11 (Cura 2006: 35).
El INDi-4 cuenta solo con un fémur izquierdo (índice de preservación del 4,54 %) cuya epífisis distal muestra evidencias de mordedura (Fig. 6A).
Al estar incompleto su longitud solo puede indicar el umbral inferior de su edad en el momento de la muerte: más de dos meses de vida postnatal.
Faltan elementos para realizar un diagnóstico del sexo, así como evidencia de patología ósea.
Ambos fueron practicados en el mismo pavimento SL 15214, junto a la pared norte.
El enterramiento EN 15212 (INDi-5)4 se encontró en el ángulo noroeste del sector, en muy mal estado, sin ajuar.
No se pudo determinar la morfología de la sepultura.
Su cabeza se orientaba al este, en decúbito prono.
Estaba depositado en una pequeña fosa ovalada sin material de acompañamiento o ajuar.
Tampoco se ha podido determinar si las deposiciones fueron simultáneas o sucesivas; sólo es posible concluir que los enterramientos se realizaron durante, o a lo largo de una misma fase de ocupación, que pudo haber durado unos 50 años.
El nivel en que fueron hallados corresponde a la fase III del ES-A, datada en la primera mitad del siglo III a. n. e.
En este momento, los sectores 65 al oeste y 64 al este formarían una misma unidad estructural, sin que se hayan detectado enterramientos en el 64.
El material recuperado en la excavación de esta estancia permite inferir que era un espacio peculiar, de cierta excepcionalidad y prestigio.
El registro cerámico era pobre pero aparecen restos de enlucido parietal policromado, cáscaras de huevo, utillaje metálico, un silbato de hueso, dos mandíbulas de ovicaprino y un maxilar Trab.
En conclusión, se ha propuesto que el espacio de los sectores 65/64, donde se hallaron los enterramientos, hubiera revestido un carácter ritual dentro del complejo del ES-A, interpretado como un espacio de reunión de las élites de la comunidad, así como de residencia de un grupo familiar destacado dentro del entramado social y económico de la ciudad ibérica, (Monrós 2010: 219).
El INDi-5 apareció como un depósito primario en posición fetal (Mercadal 1989).
La preservación de este individuo infantil es del 54,54 %.
Conserva básicamente las extremidades inferiores y superiores (Fig. 6C).
Se han recuperado dos fragmentos craneales y la hemimandíbula izquierda con las coronas dentales deciduas de los dos primeros incisivos (71 y 72), un tercio del canino y primer molar (73 y 74).
Ello correspondería a una edad dental estimada en unas 40 semanas de gestación que coincidiría con la calculada a partir de la longitud de los huesos largos (Mercadal 1989).
El reestudio actual de la morfología de la hemimandíbula parece indicar que era una niña.
Presenta evidencias de mordeduras, en este caso, en el cúbito izquierdo.
Según Mercadal (1989) el INDi-6 se dispuso en decúbito prono.
Conserva el cráneo, cintura escapular y tronco (índice de preservación del 31,82 %) (Fig. 7A).
La representatividad del esqueleto es baja pero es el que conserva mayor número de piezas dentales.
Gracias a ellas la atribución de su edad es mas precisa: el maxilar conserva las coronas enteras de las dos incisivas derechas (61, 62), media corona del primer molar (64) y un tercio del segundo (65); de la mandíbula se conservan las coronas enteras de las dos incisivas derechas (81, 82), media corona de ambos primeros molares (74, 84) y un tercio de la corona de los segundos molares (75, 85).
Mercadal estableció la edad de muerte entre las tres semanas y un mes postnatal sin hacer una atribución del sexo.
Este estudio, basándose en el desarrollo dental de las piezas, concreta la edad en unas 40 semanas de gestación.
La morfología de la hemimandíbula parece indicar que era de sexo masculino.
No hay evidencia de patología en los restos.
Se ignoran las circunstancias concretas del hallazgo, su ubicación en la estancia, la morfología del sepulcro o las características de la deposición.
El único detalle registrado es que el enterramiento apareció bajo una losa, resto de la pavimentación de la estancia durante la segunda mitad del siglo III a. n. e.
Hemos de suponer que la deposición ocurrió durante las obras de remodelación que marcaban el inicio de una nueva fase de ocupación, muy probablemente en una fosa practicada en el nivel de regularización del nuevo piso, que se culminó con un enlosado.
El sector 153 forma parte, junto con los sectores 151 y 152, de la UH/M 14 del barrio extramuros de la ciudad ibérica, construido durante la ampliación de la ciudad a inicios del período Ibérico Pleno.
Cabe inferir de las informaciones proporcionadas por Cura (2006: 37-38) que los sectores 153 y 152 fueran los módulos domésticos del complejo UH/M 14, mientras que el 151 podría identificarse con el espacio de almacén individualizado.
Así pues, proponemos como hipótesis que el enterramiento proceda de un contexto doméstico.
Los restos del INDi-7 pertenecen a un individuo perinatal ya estudiado por la coautora de este estudio (M.E.S.).
Tan solo se han preservado los procedentes de la fracción superior del esqueleto, cráneo, tórax y parte de la extremidad superior izquierda (húmero y cúbito con un índice de preservación del 36,36 %) (Fig. 7B).
La edad se estimó en unas 39 ± 2 semanas de gestación a partir de las medidas de los huesos y del grado de desarrollo de la única pieza conservada (segundo incisivo deciduo inferior derecho, pieza 82).
La morfología de la hemimandíbula conservada no permite la atribución de sexo.
No se advierten evidencias patológicas ni tafonómicas.
Los restos de individuos adultos son parciales y parecen responder a realidades distintas.
Del INDa-1 se conserva un fragmento de hueso largo, seccionado por un objeto cortante de manera perpendicular.
Es un corte intencionado ejecutado cuando el individuo aún estaba vivo, o poco después de su muerte, considerado como peri mortem.
Además, una vez descarnado y pulido el hueso, se le hicieron incisiones de manera premeditada ya que siguen un patrón concreto.
Su significado se nos escapa.
Muestra, pues, una cierta "personalización" intencionada, quizá relacionable con algún tipo de uso específico.
En cambio, la fractura del cráneo del INDa-2 seguramente es antigua.
Muestra claras evidencias de que su parte exterior estuvo expuesta al fuego, pero ni de forma prolongada ni a altas temperaturas, quizá accidentalmente, lo cual descarta una incineración de tipo funerario.
La afectación por fuego probaría que, en algún momento, el cráneo o parte de él habría estado expuesto a la intemperie o en el interior de algún recinto, voluntaria o involuntariamente.
En principio, ambos individuos parecen estar descontextualizados.
El INDa-1 fue hallado en un depósito de regularización asociado a la segunda fase de construcción de la MUR-1 de la Primera Edad del Hierro.
El espacio está fuera del perímetro estricto de la fortaleza, ubicado entre la cortina de las torres T-1 y T-3 y la escarpa del hipotético foso de la MUR-1.
No se registraron ni materiales ni estructuras asociadas que aportaran indicios de acciones singulares o rituales.
El INDa-2, en cambio, procede de un espacio doméstico del período Ibérico Pleno: la regularización constructiva del piso del sector 156, en su segunda fase.
Tampoco el contexto del hallazgo presenta evidencias de singularidad.
Ninguno de ellos muestra trazas de cremación intencionada, a la manera de una incineración ritual funeraria.
Así pues, no parece posible asociar los restos ni a espacios ni a prácticas rituales vinculadas a la exposición de partes del cuerpo humano, a la manera que se documenta en contextos ibéricos layetanos e indigetes del nordeste peninsular o de la Galia céltica (Rovira Hortalà 1998; Ciesielski et al. 2011; Gracia 2017: 109-156).
Destacamos que, a pesar de la diferencia cronológica de los contextos de aparición, ambos restos fueron recuperados en el área nordeste del yacimiento, en espacios relativamente cercanos.
Esta área, además, presenta una potente secuencia ocupacional, con importantes movimientos de tierra y una actividad constructiva intensa desde finales del siglo VIII hasta el III a. n. e.
Los siete individuos infantiles tienen una edad en torno a las 38-40 semanas de gestación y, por tanto, probablemente nacieron.
El sexo se ha podido establecer en tres casos: dos niñas y un niño.
Una de las niñas presentaba periostitis, así como también el INDi-1 de sexo desconocido.
Como no todos los individuos presentan periostitis se excluye una interpretación poblacional relacionada con la naturaleza del agua y su influencia en el desarrollo óseo.
La periostitis de ambos individuos pudo deberse a un proceso infeccioso crónico de transmisión materna a lo largo del crecimiento embrionario.
Ello no asegura que esta fuera la causa de su muerte.
En todo caso, la mortalidad del resto de individuos a tan temprana edad podría deberse a un proceso infeccioso agudo, o a las dificultades entorno del parto.
Los datos arqueológicos indican que INDi-2, INDi-5, INDi-6 y INDi-7 son deposiciones primarias.
Todos los individuos tienen un índice de preservación que supera el 30 %, aunque el mejor conservado, el INDi-2, es el excavado más recientemente.
La localización del INDi-3 no es primaria.
Se recuperó en un depósito alterado por remociones llevadas a cabo en su contexto original.
Las marcas de mordeduras se documentan en el INDi-2 pero en ninguna otra deposición primaria.
Ello indica el cuidado con que se enterraron los cuerpos, colmatados de tierra para dificultar el acceso de la microfauna.
Las marcas de mordedura en los INDi-1, INDi-3 y INDi-4 podría indicar un tipo de inhumación o de ritual de deposición ligeramente distinto: quizá los restos se depositasen en una fosa cubierta por una losa, lo cual mantuvo un espacio vacío; o el cuerpo no dispusiera de mortaja.
La horquilla cronológica del conjunto de individuos se sitúa entre la Primera Edad del Hierro y el período Ibérico Pleno.
Al menos uno es adscribible a cada gran período: dos a la Primera Edad del Hierro, uno al período Ibérico Antiguo y cuatro al Ibérico Pleno.
Siete infantes fallecidos a lo largo de unos 500 años, no se ajusta a los altos índices de mortalidad infantil que los estudios demográficos plantean para comunidades premodernas y prehistóricas (Livi-Bacci 1993: 165-173).
Es decir, si las inhumaciones perinatales de El Molí d'Espígol respondiesen a una dinámica funeraria que afectase a la totalidad de la población del sitio, cabría esperar un mayor número de enterramientos incluso a pesar de que el yacimiento no ha sido excavado en su totalidad.
Los identificados como deposiciones primarias responden al patrón ritual general que se documenta en Trab.
En ningún caso se han detectado enterramientos múltiples.
Tampoco se observa un área de concentración de restos, más allá de las dos inhumaciones halladas en el sector 64/65 del ES-A.
Aquí hay ciertos indicios de singularidad que le han otorgado un sentido "ideológico" dentro del conjunto del ES-A (cf. supra).
El contexto de aparición del INDi-1, de la Primera Edad del Hierro indica un ambiente, en principio, doméstico aunque existe un hogar en forma de lingote chipriota en el mismo espacio.
RESTOS HUMANOS EN ÁMBITO ILERGETE
El elenco de restos humanos, sin distinción, hallados en espacios de hábitat dentro del territorio histórico atribuido al pueblo ilergete es, a día de hoy, notable.
Notable si se considera que, en su mayoría, son inhumaciones infantiles y que las evidencias de individuos adultos son escasas.
Los estudios que han ido tratando ambos grupos de evidencias muestran claramente que responden a casuísticas distintas, sin conexión directa más allá del hecho que, en principio, ambos casos serían acciones rituales, siendo los restos humanos el vehículo del ritual.
Por un lado, las inhumaciones infantiles afectan a un grupo de edad muy concreto (individuos perinatales), se presentan de cuerpo entero, como una unidad (en deposiciones individuales o más raramente múltiples), sin selección de sus partes.
Son manifestaciones que se mantendrían mayoritariamente dentro de una esfera privada para unos (Dedet 2008: 132-134), mientras otros también sugieren alternativas en relación con un ritual colectivo (cf. Nieto 2013: 138).
La razón y causa de tales prácticas continúa generando controversia.
Unas hipótesis las consideran infanticidios rituales o sacrificios voluntarios.
En otras la muerte por causa natural a temprana edad, sin haber accedido plenamente aún al cuerpo social les habría negado o bien recibir sepultura en necrópolis a la manera reservada a los miembros adultos de la comunidad; o bien haber sido objeto de rituales propiciatorios con un sentido profiláctico por razón de su muerte, los cuales conllevaban la renovación/transformación de espacios domésticos, o incluso productivos (Belarte y Sanmartí 1997: 24-26; Gusi y Muriel 2008: 260-261 y 288-302; Belarte y de Chazelles 2011: 185).
Sea cual fuera la explicación de tal práctica, parece evidente que se trataría de acciones excepcionales, con una importante carga social diacrítica, que se escapan de la dinámica funeraria generada por los altos índices de mortalidad infantil supuestamente atribuibles a las sociedades protohistóricas (Guérin y Martínez Valle 1987-1988; Belarte y Sanmartí 1997: 25; Agustí et al. 2000: 319-321; Dedet 2008: 10-14 y 73; Gracia 2017: 133): solo algunos perinatales muertos, de manera específica, eran enterrados en espacios domésticos.
Su larga perduración en el tiempo podría haber comportado una evolución del ritual o de su mismo sentido, que se habría plasmado en la transformación, sustitución o combinación de tales prácticas con sacrificios de animales (Gusi y Muriel 2008: 308-309; Nieto 2013).
Por otra parte, los casos de concentración de enterramientos en determinadas estancias, ha llevado a otorgarlas algún tipo de significación excepcional, al menos en el círculo familiar donde tendría lugar el ritual (Belarte y Sanmartí 1997: 25).
Los restos de adultos corresponderían a individuos jóvenes o de mediana edad.
Hay una clara selección de las partes del cuerpo, por lo general, cabezas pero también, y de manera más excepcional, miembros que tradicionalmente se han venido a interpretar como trofeos de guerra, los restos de enemigos muertos durante alguna acción bélica.
Su espacio social sería el de la esfera pública.
La práctica ritual de las inhumaciones infantiles es un elemento recurrente y común a todas las comunidades ibéricas de la cuenca mediterránea occidental, desde Andalucía hasta el Languedoc.
Sin embargo, en relación con la cultura ibérica, el hallazgo de partes del cuerpo de individuos adultos es una característica propia de los pueblos septentrionales, de ámbito catalán y languedociense.
Dentro del ámbito catalán, quedan restringidos a las comunidades iberas de la costa central (Layetanos) y septentrional (Indigetes), cuyos vínculos culturales con el área gala parecen más estrechos (Sanmartí 1994; Belarte y Sanmartí 1997: 27).
El área histórica ilergete (cuencas Segre y Cinca, depresión central catalana grosso modo) es bastante prolija en inhumaciones infantiles.
A partir de la Primera Edad del Hierro el elenco se reduce a los restos de El Molí d'Espígol (cf. supra), a los hallazgos de perinatales en Els Vilars (Agustí et al. 2000; Moya et al. 2005: 41, n.
24; Alonso et al. 2020: 108), otro en La Serra del Calvari (La Granja d'Escarp, Lérida) (Vàzquez Falip et al. 2014: 216), así como a la sepultura múltiple de La Codera (Alcolea de Cinca, Huesca) en la transición hacia el período Ibérico Antiguo (Blasco y Montón 2019).
Las inhumaciones perinatales ya durante el período Ibérico Antiguo están representadas sólo en Els Vilars y El Molí d'Espígol (cf. supra), mientras que en período Ibérico Pleno de nuevo en El Molí d'Espígol (cf. supra), Els Vilars y en el poblado de Els Estinclells (Verdú, Lérida) (Muriel et al. 2006).
Por último, hay que mencionar el hallazgo de un perinatal para el período Ibérico Tardío/Tardorrepublicano (siglos II-I a. n. e.) en el yacimiento de La Rosella (Tárrega, Lérida) (Escala et al. 2011: 222; Armentano 2020: 289-292).
En conjunto, las inhumaciones son individuales de manera mayoritaria.
Los ejemplos de enterramientos múltiples se documentan, sobre todo, en cronologías preibéricas (e. g.
La Codera o Els Vilars) y, seguramente, son muertes simultáneas en un mismo contexto doméstico.
No se detecta presencia de ajuares, más allá de algún caso de probable ofrenda animal (e. g.
Tossal de les Tenalles o La Codera) o de pequeño mobiliario (e. g.
La Serra del Calvari o Els Vilars), todos relacionados con cronologías preibéricas.
De hecho, la primera inhumación de La Pedrera, la más antigua conocida en el valle del Ebro en contexto protourbano, se escapa del ritual generalizado y común para estas prácticas por haberse realizado en una urna cerámica y no directamente en fosa.
La elevada datación de esta inhumación, junto a las precedentes de la Edad del Bronce de Minferri (Juneda, Lérida) y Cantorella (Maldà, Lérida) (Alonso et al. 2020: 108), ha llevado incluso a proponer que fuera una práctica autóctona en la zona 5, dado que tradicionalmente la aparición de las inhumaciones infantiles en contextos de hábitat se asociaba al horizonte de los Campos de Urnas (Agustí et al. 2000: 317; Moya et al. 2005: 41-42).
El análisis de la localización de los yacimientos con inhumaciones perinatales por zona y período (Tab.
2) muestra su concentración, durante el Bronce Medio y Final en el área Segre-Cinca salvo el caso de El Tossal de les Tenalles.
En cambio, a partir de la Primera Edad del Hierro las evidencias se van desplazando hacia el este, con ejemplos tanto en el área Segre-Cinca como en la depresión central catalanallanura Urgell.
A lo largo del Bronce Medio y Final se detectan inhumaciones en seis yacimientos, ningu-5 J. B. López Melcion, "L' evolució del poblament protohistòric a la plana occidental catalana.
Comparación de las inhumaciones infantiles en el territorio considerado (yacimientos protourbanos/urbanos y períodos).
DCC-LU depresión central catalana-llanura Urgell.
no con más de tres individuos por sitio/período; en la Primera Edad del Hierro se identifican en cuatro con un índice de frecuencia ya superior.
A partir del período Ibérico, se limitan a la depresión central catalanallanura Urgell con un aumento notable del número de inhumaciones, concentradas en unos pocos yacimientos (máximo tres, durante el Ibérico Pleno).
Así pues, y en función de los mínimos datos disponibles hasta el momento procedentes de espacios protourbanos y urbanos, parece como si dicha práctica progresase, con el paso del tiempo, de un espacio "nuclear" centrado en las cuencas del Cinca-Segre hacia la llanura levantina, más allá del Segre.
Curiosamente, a partir del período ibérico no se detectan inhumaciones infantiles en los yacimientos del área Segre-Cinca ni en lo que vendría a ser el territorio occidental ilergete en general.
En las cronologías más antiguas, la presencia de inhumaciones por yacimiento es menor, pero están dispersas en diferentes sitios.
En cambio, durante el período ibérico parecen concentrarse a una zona y en unos pocos yacimientos.
Igualmente hay que señalar que la mayoría de los yacimientos con cronologías más antiguas y inhumaciones infantiles del área Cinca-Segre no llegan al período ibérico.
Els Vilars es el sitio en que se han detectado más inhumaciones hasta el momento con 25, casi la mitad en niveles del período Ibérico (Alonso et al. 2020: 108).
Ello lo sitúa como el yacimiento ibérico con mayor representación de enterramientos infantiles en el área ilergete durante dicho período.
Le sigue El Molí d'Espígol con siete, cuatro de ellas adscribibles al Ibérico Pleno, lo cual hace de este yacimiento el sitio con mayor número de inhumaciones perinatales del Ibérico Pleno en el área ilergete.
Sin embargo, tales datos deben ser matizados por las características de ambos sitios.
Els Vilars es una fortaleza de dimensiones modestas, fosilizada desde la Primera Edad del Hierro (se abandona a inicios del Ibérico Pleno), y completamente excavada (Junyent y López Melcion 2016).
Del Molí d'Espígol, un asentamiento más extenso y de mayor entidad, apenas se ha excavado un tercio.
Els Vilars y El Molí d'Espígol son yacimientos donde el ritual de las inhumaciones infantiles se practica durante todo su período de vida con ejemplos desde época preibérica, cuando se fundan ambos hábitats, hasta el período Ibérico.
Por último, son interesantes casos como el de La Rosella donde hay todavía inhumaciones infantiles en contextos del Ibérico Tardío.
O incluso más al norte, en el valle del Ebro, en torno al cambio de era, en la colonia romana de Celsa (Velilla de Ebro, Zaragoza) (Mínguez 1990).
Sin embargo, el ejemplo más contundente de la perduración de estas prácticas en la zona hasta avanzada la época imperial son las 10 inhumaciones infantiles excavadas en los niveles correspondientes a los siglos I-II d. n. e. del edificio del Antic Portal de Magdalena, en la Ilerda romana (Lorencio et al. 1998).
La observación diacrónica de las evidencias no parece mostrar un patrón de agrupación en contextos especiales dentro de los yacimientos, sino que las inhumaciones se dan en ámbitos domésticos de manera general.
Sin embargo, hay que destacar la singularidad y concentración de los depósitos de Els Vilars durante la Primera Edad del Hierro y el período Ibérico.
Su zonificación en el mismo yacimiento y su combinación complementaria con otros depósitos rituales de fauna ha llevado a proponer a Nieto (2013: 156-158) que se tratara de rituales específicos en función de la clase social que habitaba cada barrio, del valor simbólico y de los atributos económicos otorgados al muerto.
Según dicha autora, la originalidad de tales prácticas podría ser incluso un hecho diferencial por comparación a las poblaciones iberas de la costa catalana (Nieto 2013: 158).
Esta hipótesis harto atractiva, susceptible de mostrar un componente étnico distintivo del área ilergete (al cual incluso se podrían sumar las reflexiones sobre la exposición de restos de cadáveres de adultos, cf. infra), requiere contrastarse en otros hábitats del ámbito territorial ilergete.
Como se indicó, en El Molí d'Espígol, durante la Primera Edad del Hierro, se hallaron restos de un perinatal en la HAB-8, una estancia con un hogar en forma de lingote chipriota, elemento al que se atribuye un sentido ritual (Belarte e. p.), asociado, en algunos casos, a recintos de carácter cultual, como sucede en Els Vilars (Junyent y López Melcion 2016: 50 y 79).
Además, en El Molí d'Espígol había dos enterramientos reunidos, curiosamente de un niño y una niña, datados en el período Ibérico Pleno, en un espacio singular, el sector 64/65 del ES-A.
Los restos de individuos adultos no están registrados en contexto de hábitat en el territorio ilergete, salvo los documentados en El Molí d'Espígol6.
Ya hemos visto que hay indicios importantes para considerar que tales restos no se encontraron en su contexto primario.
Fueron trasladados a los emplazamientos donde fueron hallados (un relleno constructivo y un contexto doméstico), quizá de manera involuntaria, con motivo de alguna actividad constructiva llevada a cabo en su emplazamiento original (desconocido).
Pero entonces, ¿cómo entender su presencia?
Las hipótesis que actualmente se barajan para explicar la aparición "descontextualizada" de restos aislados de partes del cuerpo en espacios domésticos protohistóricos siguen dos líneas: una la despojaría de (Oliver 2004; Gracia 2017: 134-135).
Incluso, aunque es bastante difícil de sustentar, se han sugerido prácticas relacionados con el canibalismo (Dedet y Schwaller 1990: 149).
El Molí d'Espígol carece de evidencias que permitan decantarnos de manera inequívoca en una u otra dirección, ni a partir del estudio de los propios restos, ni de su contexto de aparición.
Faltan indicios de necrópolis en el lugar, si bien en el área de aparición de los restos, en conjunto, la actividad constructiva fue intensa con diversas remodelaciones ya desde fases muy tempranas de la Primera Edad del Hierro.
Desconocemos la fisonomía de los espacios extramuros de la fortaleza en su fase inicial.
Los únicos restos documentados son ya de la segunda fase de remodelación de la muralla MUR-1: un posible foso y un posible "santuario" con betilos delante de la torre T-4 (cf. supra), próximos a la zona de los hallazgos.
No es imposible que hubiera una necrópolis cercana al recinto de la fortaleza, dado que se conocen ejemplos de hábitat y necrópolis en el contexto cronocultural del Grupo Segre-Cinca durante la Primera Edad del Hierro 7 Una hipótesis en esta línea podría explicar la presencia de restos humanos descontextualizados aparecidos en los niveles correspondientes al Ibérico Tardío/época Tardorrepublicana (siglos II-I a. n. e.) del Antic Portal de Magdalena, en la ciudad de Lérida (Puig y Lázaro 1986: 84; Loriente y Oliver 1992: 27-28).
El ritual se relaciona con la cremación de los restos en ustrinum y su posterior selección antes de la deposición (Vàzquez Falip 2000: 93).
Tal ritual, propio de la Primera Edad del Hierro, es incompatible con los restos humanos de El Molí d'Espígol, cuyo análisis ha constatado la falta de cualquier rastro de cremación.
Así pues, su contexto primario no sería, en principio, funerario.
Si considerásemos la existencia de áreas de exposición de cadáveres, tal hipótesis podría ser plausible para el fragmento craneal, aún sin evidencias concluyentes.
El contexto de aparición de INDa-1 no resulta propicio a priori a la hipótesis de que se pudiera tratar de reliquias o talismanes al ser un nivel de relleno constructivo de la cortina de la MUR-1, en un espacio exterior a la muralla.
Sin embargo, la opción de una reliquia o talismán cobra fuerza si su presencia en solitario no responde ni a una "contaminación" habilitada por la cancelación de un conjunto funerario precedente, ni a su pertenencia a un conjunto más complejo de ofrendas o situable en un espacio ritual; de igual manera, los cortes post mortem que presenta, completamente intencionales y siguiendo un patrón evidente reforzarían esa idea.
Claramente se trata de un contexto secundario, difícil de evaluar, pero que podría relacionarse con algún tipo de desecho, desuso o incluso pérdida (intencional o impremeditada) de una reliquia o talismán.
El contexto de aparición del fragmento de cráneo INDa-2 apunta que no estaríamos ante un caso de exposición de "cabezas cortadas" del tipo documentado en el área layetano-indigete.
Tampoco parece plausible la idea de un espacio funerario precedente, tipo necrópolis de incineración, cancelado.
Los restos de alteración térmica en su superficie exterior vendrían a indicar su exposición fortuita al fuego.
¿Podría haber estado expuesto de manera ritual en un lugar afectado por un incendio y que, en la reestructuración posterior de la zona se produjese una cancelación y amortización del espacio con la pérdida, extravío o destrucción de los restos humanos expuestos?
Tal acción implicaría una desacralización del espacio y también de los restos, que habrían sido desechados.
Ello podría corresponderse bastante bien con la presencia de una pieza aislada, olvidada, en un depósito de regularización.
Las evidencias presentadas en este trabajo hacen emerger a El Molí d'Espígol como el asentamiento protohistórico con mayor combinación de restos humanos del área ilergete.
Es el único sitio en que se han documentado restos de adultos, aunque su significado no parece correspon-Trab.
Su hallazgo parece fruto de acciones involuntarias, de contaminaciones en contextos secundarios, que no revisten ningún tipo de significación ideológica.
Se nos escapa la que podrían haber tenido previamente en un contexto primario, relacionable con algún tipo de espacio ideológico (¿santuario?) o funerario.
No aparecen restos de adultos en contextos de hábitat protohistóricos de la Primera Edad del Hierro y del período Ibérico de la Cataluña occidental, ni en el área aragonesa oriental vinculada al territorio histórico de los Ilergetes.
Ello sumado a la nula entidad ideológica atribuible a los de El Molí d'Espígol a partir de sus contextos de aparición, nos lleva a plantear la hipótesis de que la exposición ritualizada de partes del cuerpo humano en espacios urbanos de alto significado simbólico podría no haberse dado en el mundo ibérico ilergete.
Cabe plantearlo al menos durante el período Ibérico Pleno, al contrario de lo que se observa en el área layetano-indigete, que parece mostrar vínculos culturales más estrechos con el área gala.
Posiblemente la ausencia de tal práctica debiera relacionarse con otras estrategias de afirmación de la aristocracia ilergete desconectadas del ascendiente galo.
Existen, en el ámbito histórico ilergete, indicios indirectos interpretables en clave de amputación/exposición de miembros o partes del cuerpo, vinculados a la exaltación de gestas guerreras como las manos cortadas representadas en la estela de La Vispesa (Tamarite de Litera, Huesca) (Marco y Baldellou 1976; Garcés 2007).
No obstante, no hay evidencias para pensar que tales manos estuviesen expuestas en espacios de hábitat (tampoco se han detectado restos de manos en espacios de hábitat ilergetes) y tampoco se representan cabezas cortadas en las estelas hasta el período Ibérico Tardío.
Así pues, no parece haber conexión entre esta representación iconográfica ya tardía, y la práctica de exposición de las "cabezas cortadas" en sentido general, como se presenta en las áreas layetano-indigete y languedociense.
En cualquier caso, la ausencia de esta práctica en el área ilergete vendría a reforzar la idea de una diferenciación cultural entre los pueblos iberos de la zona costera catalana (al menos central y nororiental) y del interior.
Las inhumaciones de los individuos infantiles de El Molí d'Espígol son las típicas en contextos domésticos o de trabajo.
Las evidencias parecen apuntar hacia diferentes tipos de rituales de deposición del cuerpo y a la indefinición de un patrón relativo a las características morfológicas o de relevancia social del lugar o contexto del enterramiento.
No se trataría de un ritual socialmente generalizado sino más bien con un cierto significado diacrítico que afectaría a determinadas familias.
Lo reducido de la muestra y la im-posibilidad de concretar el sexo de los restos impide sacar conclusiones sobre si hay una selección sexual de los individuos.
No contamos con datos del todo concluyentes pero la causa de la muerte de los infantes parece haber sido natural.
En este sentido, el mundo ilergete parece seguir las líneas generales apuntadas en otros hábitats de la zona desde prácticamente el Bronce Final hasta el período Ibérico Tardío, casi extensibles a todo el mundo ibérico septentrional. |
La difusión de la investigación arqueológica ha sido siempre deficiente en ámbitos no académicos, encontrándonos con una situación paradójica ya que, más allá del mundo de los especialistas y de las publicaciones especializadas, es difícil encontrar información sobre esta disciplina, la Arqueología, clave para el conocimiento de nuestros orígenes, no solo en términos históricos, antropológicos, artísticos y culturales, también de la evolución de la especie humana a lo largo de miles de años.
Dentro del espectro de la investigación o de la enseñanza, sobre todo universitaria, tampoco es fácil encontrar publicaciones que nos mantengan informados de manera puntual y en tiempo real.
Esto se debe a que el tiempo de la investigación tanto de campo como de laboratorio es necesariamente lento y a veces pueden pasar años entre ésta y su publicación completa.
A menudo tenemos que conformarnos con publicaciones parciales o incompletas en el mejor de los casos y, en muchos otros, entre la noticia periodística de un gran hallazgo y el conocimiento profundo de su significado pueden pasar lustros.
Pero esta carencia de información disponible en tiempo razonable no se puede achacar únicamente al necesariamente tempo lento del trabajo investigador, sino más bien a la escasez de recursos económicos en que se encuentra sumida la propia investigación y en consecuencia su difusión.
Este es un problema endémico de nuestra arqueología que no ha cambiado ni siquiera las altas cotas de calidad que ha conseguido en las últimas décadas en las que ha realizado un muy estimable proceso de cualificación en términos metodológicos y epistemológicos.
Nuestros arqueólogos, paleontólogos, antropólogos, especialistas de laboratorio o restauradores, por citar algunas especialidades concernidas en todo el proceso, son más en número y mejor formados que hace cuarenta años cuando se inició nuestra democracia, y sin embargo tenemos siempre la sensación de que es mucho más lo que queda por hacer que lo ya conseguido.
Es cierto que este sentimiento de no haber llegado hasta dónde hubiéramos debido llegar, viene provocado en gran parte por nuestro inmenso y difícilmente abarcable patrimonio arqueológico cuya magnitud no para de crecer exponencialmente.
Un factor clave en la difusión de los frutos de la ciencia arqueológica son nuestros museos que adolecen de los medios necesarios para ofrecer publicaciones de referencia de las colecciones que custodian, siendo las arqueológicas las más numerosas sin duda.
El problema de fondo sigue siendo la escasa dotación económica y de medios humanos que tiene la investigación también en los museos porque la difusión pública de sus resultados es el último paso de un proceso complejo y largo.
Siendo justo y razonable el lamento de los profesionales que comparto, quizá deberíamos plantear un cambio de estrategia para mejorar el resultado final con los pocos medios existentes.
Ese cambio debería contemplar que siempre incluyamos en cualquier proyecto de investigación o conservación, sean cuales sean los recursos asignados al mismo, la difusión.
Las nuevas tecnologías y las redes sociales permiten ahora, con muy pocos recursos, integrarla desde el principio.
Esta breve introducción a la problemática que la difusión de nuestro patrimonio arqueológico tiene en nuestro país, viene al caso ya que el libro que nos ocupa viene a poner a disposición del gran público información relevante sobre muchos de nuestros yacimientos y la labor investigadora de los profesionales de la Arqueología sobre los mismos.
Quiero destacar, en primer lugar, que el libro es la traslación al papel de una serie de programas realizados para la televisión y que he tenido oportunidad de seguir en algunos casos.
Si bien es cierto que los formatos y sus lenguajes son muy distintos, los autores han conseguido imprimir al libro la agilidad y el atractivo que tenía el formato televisivo.
El mero hecho de que nuestra televisión pública dedicara una serie extensa de programas a la arqueología con el mismo nombre de "Arqueomanía", constituye un hito en la difusión de esta materia y viene a cubrir un vacío que ha durado décadas en un medio tan masivo como la televisión.
Entrando en materia, lo primero que sorprende gratamente de este libro es la selección de yacimientos, ya que sin desdeñar algunos muy conocidos introduce otros muchos que, a pesar de su relevancia científica, no han tenido difusión más allá de los especialistas.
Esto en parte se debe a que los trabajos de investigación más fructíferos o relevantes se han producido en las últimas décadas y la valoración de su importancia
RECENSIONES Y CRÓNICA CIENTÍFICA
En otro sentido se detecta una especie de olfato o buen gusto de los autores para elegir momentos de nuestra pre y protohistoria especiales y que arrojan luz sobre todo el proceso de evolución de la especie humana desde sus orígenes conocidos, poniendo el énfasis en enclaves no esperados, al menos por el gran público.
Aciertan los autores comenzando su relato por Olduvai en Tanzania tomando como pretexto los trabajos de investigación de un equipo español encabezado por Manuel Domínguez Rodrigo y Enrique Baquedano.
En este yacimiento se han encontrado los fósiles más antiguos del origen de la especie humana para luego hilar esa línea de investigación con Atapuerca en Burgos, Orce en Granada o Pinilla del Valle en Madrid y cuya investigación también encabeza Enrique Baquedano.
Poner el énfasis en estos yacimientos no sólo tiene el interés de articular el inicio del relato en torno a los orígenes del hombre y la importancia de la península ibérica en ese relato siempre en construcción, sino poner de manifiesto el prestigio de los investigadores españoles en el contexto internacional, cuyo epítome representan Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell.
En la Sima de los Huesos se han encontrado, por ejemplo, la mitad de los fósiles humanos aparecidos hasta ahora en el planeta.
Especial interés tiene el recuerdo y la reivindicación de Marcelino Sanz de Sautuola descubridor de Altamira y valedor de una tesis, despreciada en vida del autor, de las capacidades artísticas del hombre prehistórico, para reivindicar a continuación el arte paleolítico de Andalucía con las Cuevas de la Pileta y Ardales en Málaga o los Tajos de las Abejeras y de las Figuras en Cádiz.
Esta reivindicación hace justicia a lugares, muy desconocidos por el gran público, de máxima importancia en el arte paleolítico mundial y cuya belleza e interés artístico o simbólico no se han puesto de manifiesto en el grado en que merecen.
Nos dicen, y se lo agradecemos como lectores, que el Sur también existe y de manera extraordinaria en la historia del arte paleolítico.
Los capítulos sobre la arqueología insular de Baleares y Canarias enmarcan las singularidades de ambos archipiélagos, desde la cultura talayótica balear, bastante conocida, hasta los impresionantes yacimientos canarios que recientemente han visto reconocida su importancia con la declaración de Risco Caído como Patrimonio Mundial por la Unesco.
Siguiendo por el Sur y el Sureste nos interesa de manera especial la parada en los yacimientos argáricos de La Bastida y la Almoloya en Murcia, por su extraordinaria riqueza material y arquitectónica y las novedades que aportan en la relación entre el Mediterráneo Oriental y Occidental, excavados de manera impecable por el equipo dirigido por Vicente Lull, discípulo de la extraordinaria María Eugenia Aubet que, tras sus investigaciones sobre los fenicios en la península ibérica, encabeza ahora la investigación internacional de la ciudad de Tiro, Líbano, cuna de los fenicios.
Resulta sin embargo chocante la ausencia de un capítulo específico sobre Los Millares, epicentro de la cultura argárica y antecedente de los yacimientos murcianos.
Los capítulos dedicados a los Íberos son también imprescindibles para reconocer los espectaculares avances de la investigación de esta cultura autóctona de la península en los últimos años, poniendo de manifiesto la importancia de esta civilización y la calidad artística de la escultura ibérica con las piezas halladas en Porcuna a la cabeza que, necesariamente han de dar lugar a un Museo Nacional Íbero en Jaén, provincia donde las investigaciones se han desarrollado en las últimas décadas de manera especialmente sistemática con Arturo Ruiz y Manuel Molinos, entre otros, de la Universidad de Jaén.
La importancia del legado íbero no es todavía lo bastante conocido en nuestro país y es imprescindible reconocer una cultura y un arte cuyos ecos llegan hasta Picasso.
Obras como la Dama Oferente que cubre la tumba de Picasso no serían entendibles sin los exvotos iberos.
No hay mirada al pasado remoto que no tenga lagunas y...mitos.
En el caso de Tartessos casi hay más fuentes griegas escritas que restos materiales que arrojen luz sobre esta civilización casi perdida en las brumas del tiempo.
Cancho Roano y El Turuñuelo de Guareña comienzan a dar pistas y evidencias de esta cultura del Suroeste peninsular y habrán de pasar aún muchos años para tener evidencias arqueológicas que nos permitan descifrar con mayor claridad todo, y es mucho, lo que desconocemos de Tartessos.
Son muchos los yacimientos, y algunos los periodos, que no podemos tratar en esta reseña por falta de espacio.
Hemos elegido aquellos que por afinidad personal, lo confieso, siento más cercanos, bien por el espacio geográfico en el que se enmarcan, bien por el conocimiento directo de los equipos de investigación que trabajan en ellos, pero todos y cada uno de ellos merecerían ser comentados.
Como decíamos al principio, este libro recoge algunos de los muchos yacimientos que aparecieron en las distintas temporadas del programa de televisión del mismo nombre y, como dejan entrever sus autores al final del libro, estamos seguros de que aparecerán otros volúmenes en los próximos años que vayan completando la extensa nómina de yacimientos que conforman el corpus de las distintas temporadas que ya se han emitido y de las que se emitirán en el futuro.
Mientras llega ese momento celebremos este volumen de Arqueomanía y felicitemos a sus autores por el esfuerzo Trab.
Prehist., 77, N.o 2, julio-diciembre 2020, pp. 365-373, ISSN: 0082-5638 y los magníficos resultados de su trabajo a la hora de poner a disposición del público información tan valiosa y, especialmente, por su entrega y amor a una disciplina, la Arqueología, tan necesitada de valoración y difusión en la sociedad española a la vez que sacan a la luz el magnífico trabajo de nuestros arqueólogos.
Este libro supone un trabajo ímprobo para ofrecer una visión de conjunto de la Prehistoria de Iberia, desde el primer poblamiento Paleolítico al Bronce Antiguo (ca.
Se intenta para ello cruzar tres narrativas, la historia de la investigación arqueológica, la presentación del registro y la relevancia de la Prehistoria para las sociedades actuales de España y Portugal (p.
La primera inaugura cada capítulo, la segunda es con mucho la más extensa y la tercera queda bastante diluida.
La obra de Lillios es la primera que, desde la síntesis ya lejana de H. N. Savory 1968) Spain and Portugal, ofrece un compendio de la Prehistoria de Iberia en inglés desde una sola mirada, como señala la autora en su prefacio.
Con un pequeño matiz, esta Prehistoria se cierra con el Bronce Antiguo, quedando fuera el Bronce Pleno y Final y la Edad del Hierro.
Se me antoja que la razón puede ser que el registro de esas etapas finales es demasiado extenso y complejo como para ser incluido aquí, lo que hubiera producido un libro muy voluminoso si se hubieran seguido los mismos estándares.
Y quizás también porque hubiera obligado a su autora a ampliar la lista bibliográfica -¡más de 1.550 títulos!-, y a moverse en territorios menos confortables para su especialidad.
En otro aspecto y a Trab.
Creo que una breve genealogía de las síntesis publicadas en castellano y portugués en las últimas décadas puede ayudar a comprender mejor la titánica empresa abordada por la Profa Lillios.
Las iniciativas de síntesis prehistóricas de Iberia han sido mayoritariamente obras colectivas, con desequilibrios más o menos acusados en extensión y enfoque de autores, y además bastante recientes.
Son los manuales de Ariel (Barandiarán et al. 1998), de Síntesis (Vega et al. 2003), de Istmo (Celestino 2016; López 2016), o la edición más singular en castellano-inglés de los volúmenes de la Universidad de Burgos y la Fundación Atapuerca que cubren toda la Prehistoria peninsular (Almagro 2014; Sala et al. 2014).
Ambos tienen enfoques diferentes pues el primero incluye numerosas contribuciones breves sobre yacimientos clave y el segundo síntesis generales por etapas protohistóricas.
Las autorías individuales han sido más escasas.
Al margen del libro de Fernández Castro (1993), versión en inglés Iberia in Prehistory (1995), algo engañoso porque trata desde el Calcolítico a la Edad del Hierro y "secuestra" el resto de la Prehistoria, solo queda la obra de Alianza Editorial (Menéndez 2019), bien organizada y con clara vocación de manual universitario.
De esta reflexión genealógica emergen tres conclusiones: 1) sí existe una tradición de síntesis de Prehistoria de España y Portugal, aunque a menudo con menor consideración de la segunda; 2) esas síntesis se hacen con ciertas dificultades como bien expresa la oscilación entre manuales más o menos sencillos y síntesis de mayor ambición pero más extensas y con autoría colectiva y 3) resulta casi imposible una mirada única, la visión de un solo autor, por el enorme registro arqueológico, la inmensa bibliografía existente y la dificultad añadida de una visión holística propia sobre un millón y medio de años.
Pero Katina Lillios, catedrática de Antropología en la Universidad de Iowa (EE.
UU.), con más de 30 años de experiencia en la arqueología peninsular -más centrada en la portuguesa-y muy notables publicaciones sobre Prehistoria tardía aceptó el reto de escribir este libro.
Con una formación y visión "desde fuera", una disposición valiente, consumidora de tiempo, y un esfuerzo titánico en el manejo de bibliografía -auténtico omnivorismo lector-el resultado merece todo reconocimiento, aunque las sombras de las experiencias previas citadas afecten al contenido, de forma superficial y distintas maneras.
Una síntesis como esta muestra, de alguna forma, el reflejo de la agenda investigadora, cómo se hace arqueología y, en definitiva, una tradición arqueológi-ca.
El libro es, en gran medida, un reflejo de la tradición arqueológica mayoritaria en las arqueologías portuguesa y española, es decir del paradigma histórico cultural, con su predilección por la descripción sobre la interpretación, de la atención a los detalles por encima de la generalización y, en fin, de las singularidades sobre una visión unitaria de conjunto.
Si a ello le unimos la diversidad de los "mundos prehistóricos" de Iberia -con la gran dificultad de construir narrativas "omniabarcadoras"-, y el recurso inevitable a una gran regionalización que resulta claramente asimétrica en función de la intensidad de la investigación, se comprende mejor el enfoque del libro: un relato descriptivo de los grandes fenómenos culturales y principales sitios organizado en marcos regionales variables según los periodos.
En compensación, se añaden reflexiones historiográficas, se destacan nuevas aproximaciones teórico-metodológicas e intentos de insertar las secuencias prehistóricas ibéricas en contextos más amplios, fundamentalmente europeos y mediterráneos y se resumen los grandes avances de las arqueologías portuguesa y española durante las tres o cuatro últimas décadas.
No es poco el bagaje.
El cambio más relevante de los últimos 40 años en las arqueologías peninsulares ha sido el impacto de la teoría arqueológica, primero en los años 1980 y 1990 con la arqueología "procesual" y más tarde la "postprocesual".
Y aunque el papel de los arqueólogos anglosajones ha sido muy relevante en la renovación de la Prehistoria ibérica, con autores más influyentes por un trabajo más intenso y prolongado en el tiempo como Harrison, Chapman, Strauss y Gilman y otros con presencia más discreta, todos han modelado, de una u otra manera, buena parte del pensamiento de los investigadores españoles y portugueses de las dos últimas generaciones; sin despreciar, por supuesto, la influencia de alemanes y franceses en otros aspectos.
El resultado no ha sido un simple mimetismo de lo anglosajón y ha cristalizado en desarrollos teóricos propios reconocidos por la propia tradición angloamericana.
Quizás esa producción junto a las crecientes publicaciones en inglés de los peninsulares ayuda a entender la decisión de Lillios de coger la Prehistoria de Iberia por "los cuernos", con el desafío y riesgo que conlleva tal empresa.
Sin mencionar que el vacío de una síntesis en inglés era muy real.
El libro está organizado, tras una buena introducción geográfica y una historiografía bien resumida, en cinco grandes capítulos y un epílogo que esboza los debates actuales y las futuras líneas de investigación.
Se adelanta que la información disponible respecto al tiempo total no deja de estar constituida por Trab.
Y así es: el número de palabras por cada milenio apenas es poco más de una, lógicamente por el "gran vacío" del primer millón de años.
El protagonismo lo ocupan sitios clave como Atapuerca, la pervivencia neandertal y la reciente posibilidad de que los primeros balbuceos del grafismo paleolítico fueran obra suya.
En todo caso junto a los grandes conjuntos pintados y grabados en cuevas del Paleolítico Superior es muy destacable el impresionante Valle del Côa, en el Norte de Portugal, un santuario paleolítico al aire libre, único en el mundo, con cientos de figuras grabadas en las peñas y rocas que bordean el río.
Sin olvidar el singular y fascinante mapa paleolítico de la cueva navarra de Abauntz.
Cuestiones como las estrategias venatorias (presas) se podían haber integrado en histogramas comparativos para aligerar las descripciones y la organización interna de los sitios paleolíticos podía haber apurado más datos que la referencia única de Lagar Velho.
La contextualización e interpretaciones del arte parietal paleolítico apenas quedan esbozadas.
El capítulo 4 analiza los cazadores-recolectores mesolíticos junto con la llegada de las primeras comunidades neolíticas en un proceso continuo que resulta acertado y bien enfocado, con el título de la "creación de nuevos mundos" (11000-3500 a.
Sobre el Neolítico antiguo el exceso de detalles de los sitios con información muy parcial se acumulan pero sin llegar a generar conclusiones de cierto calado.
En el caso de los enterramientos megalíticos su sugieren nuevas vías de aproximación pero no se evalúan, p. ej., las posibles relaciones entre megalitos y rutas ganaderas o las implicaciones arqueo-astronómicas de ciertas construcciones funerarias.
Los "recintos de fosos" del IV y III milenio a.
C. constituyen acaso la novedad más interesante por su creciente documentación no solo en el mediodía peninsular sino también en el Occidente y aún las tierras del interior meseteño.
Y efectivamente su funcionalidad no debe limitarse a sitios de habitación.
C.)", son los más sólidos y extensos del libro.
Se nota la competencia de la autora, sus numerosos trabajos y la familiaridad con el registro que, además, se beneficia de contar con muchas y buenas contribuciones de especialistas españoles y portugueses pero en un ambiente también con brillantes contribuciones anglosajonas.
Todo ello ha generado una suerte de "periodos de oro" en la Prehistoria tardía peninsular: Calcolítico precampaniforme, Campaniforme y Bronce Antiguo con la más antigua cultura peninsular, El Argar.
Un simple cálculo determina que de los casi 1,5 ma del registro arqueológico los dos mil años que median entre el 3500 y el 1500 a.
C. suponen más del 42 % de las páginas del libro, el Paleolítico se lleva poco más del 25 % y si se recuerda que está excluido el periodo desde el Bronce Medio a la Romanización, eso significa que en buena medida la síntesis se concentra en los dos últimos milenios del arco temporal considerado, casi la mitad del libro.
El breve capítulo final recoge líneas de investigación actuales y de futuro, como la movilidad, que deberá abordar ya un elemento clave relacionado: las estimaciones demográficas, de grupo, densidades de poblamiento locales y regionales y otras variables paleodemográficas fundamentales.
La demografía creo que es un factor crucial para muchos otros fenómenos de la Prehistoria que se citan, como los paisajes culturales, la violencia y las relaciones entre género, edad y poder.
Por último, sugiere muy acertadamente Lillios que el estudio de los materiales de museos -especialmente los proporcionados por la arqueología preventiva de las últimas décadas-, la creación de repertorios digitales y el impulso de proyectos que trasciendan los modernos límites político-administrativos, constituyen objetivos necesarios aunque llevaran tiempo.
El libro tiene 120 figuras, en su inmensa mayoría de gran calidad pero muy convencionales, que se reducen prácticamente a mapas con distribución de los yacimientos mencionados, dibujos a línea de materiales arqueológicos y algunas excavaciones y fotografías de objetos, sitios y monumentos.
Pero no hay tablas o cuadros crono-culturales de correlación regional, tampoco diagramas, ni mapas de distribución de elementos culturales significativos o de grupos/entidades arqueológicas de cada periodo, y apenas un par de dibujos de reconstrucción "artística".
El que no haya ilustración creativa al servicio del texto, en principio, queda dentro de las tendencias recientes de la ilustración arqueológica: tradicionalismo, predominio de la fotografía, abandono de cartografías creativas y de figuras complejas sintetizadoras.
Aunque pienso que no podemos renunciar al "poder de la imagen", ni en ciencia pura ni en arqueología, porque lo visual es determinante para presentar y dar sentido a nuestros datos.
Con todo, algunas figuras, como la 2.4 de los yacimientos de Atapuerca o la 5.10 de la estructura megalítica de Montelirio podrían incorporar o comprimir más datos para ser más informativas y, por qué no decirlo, más "estéticas".
Es el caso brillante de la figura 4.21 sobre los estilos rupestres del Holoceno, además acompañada con un excelente texto de resumen.
El "mapeado" bibliográfico es muy intenso y va desde un buen puñado de obras clásicas del siglo XIX a numerosas referencias muy recientes, mayoritariamente en español, portugués e inglés.
Resultaría mezquino en un libro de más de 1550 referencias señalar algunas ausencias.
Escribir un libro de síntesis como este no solo requiere una gran capacidad intelectual, que la autora Trab.
Esto último hay que agradecérselo profundamente a Katina Lillios.
Su libro es muy informativo -con un gran caudal de datos y referencias-pero no tanto interpretativo, muestra mucha prudencia (excesiva quizás en ocasiones) al discutir algunas hipótesis y un discreto posicionamiento personal en ciertas cuestiones debatidas y debatibles.
Pero por encima de todo, una síntesis es cada vez más necesaria en nuestra disciplina con un crecimiento exponencial de la información.
Y este es el principal valor del libro que quiero destacar.
La Prehistoria de Iberia, una suerte de "Cenicienta" en un confín del lejano occidente europeo, lleva ya bastante tiempo construyendo narrativas tan interesantes y atractivas como las de otras regiones del continente y generando desarrollos teóricos y metodológicos novedosos, por ejemplo en el rastreo de los procesos de difusión e hibridación cultural.
Este libro es un buen testimonio de ello.
Con este sugerente título se presentó una extraordinaria exposición en el Museo Arqueológico de Alicante (MARQ), fruto del esfuerzo de dos instituciones con gran prestigio en la organización de exposiciones de carácter arqueológico en el panorama nacional.
Esta colaboración entre el Museo Arqueológico de Alicante (MARQ) y el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid (MAR) ha permitido reunir un impresionante conjunto de 226 figuras antropomorfas procedentes de 20 museos y colecciones de España y Portugal en la exposición Ídolos.
La muestra se presenta en tres sedes diferentes iniciándose el recorrido en el Museo Arqueológico de Alicante (MARQ) entre enero y abril de 2020, posteriormente en el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid (MAR) -julio de 2020 y enero de 2021-y finalmente se expondrá en el Museu Nacional de Arqueologia de Portugal, permitiendo así alcanzar un amplio público en el territorio peninsular.
Las distintas ubicaciones han obligado a una adaptación de las unidades temáticas y museográficas a los espacios expositivos.
La exposición aúna un amplio conjunto de figuras antropomorfas, conocidas en la literatura como "ídolos", presentando los ejemplos más notables de la península ibérica y ofreciendo una visión actualizada de las investigaciones que aparecen recogidas en los catálogos publicados por ambos museos y editados por los comisarios de la exposición (Bueno Ramírez y Soler Díaz 2020a, 2020b).
Se muestra al visitante, en primer lugar, un recorrido por las evidencias de las representaciones antropomorfas mobiliares a lo largo de la Prehistoria en "Tradiciones artísticas milenarias" que abarca desde los primeros ejemplos, como el "hombre león" de Hodlenstein-Stadel (Alemania) o las "venus paleolíticas", documentadas mayoritariamente en yacimientos de Moravia y realizadas en distintas materias primas, hasta su generalización durante los momentos más recientes, eje fundamental del discurso expositivo de la muestra.
A partir de este bloque introductorio, la exposición se estructura en dos grandes ejes temáticos.
El primero de ellos, "Proceso de Investigación", se centra en las propias evidencias materiales, los ídolos.
Se abordan las distintas dinámicas y líneas de investigación centradas desde los tempranos trabajos de Luis Siret y las hipótesis orientalistas y occidentalistas sobre el origen de estas peculiares manifestaciones gráficas, a las recientes propuestas interpretativas.
A continuación, en "Precedentes neolíticos", se presentan las re-Trab.
Prehist., 77, N.o 2, julio-diciembre 2020, pp. 365-373, ISSN: 0082-5638 presentaciones documentadas en la península ibérica a través de los ejemplos más característicos realizados sobre soportes de cerámica, hueso, piedra, datados en el Neolítico.
Como ejemplo, se debe destacar la "Venus de Gavà" (Gavà, Barcelona) cuyas representaciones oculares se han relacionado con las grafías solares.
La generalización de estos ídolos se sitúa cronológicamente entre el IV y el III milenio cal BC observándose diferencias en su dispersión geográfica y en sus características tipológicas.
Las variaciones geográficas quedan visualmente plasmadas en una escenografía del territorio peninsular sobre la que se distribuyen pequeños tótems haciendo referencia a la tipología de los ídolos documentados.
Este recurso permite al visitante percibir la concentración de estas evidencias en el suroeste.
A continuación, se abordan todos los aspectos referentes a las distintas convenciones y morfologías documentadas en la representación del cuerpo y del rostro de las figurillas realizadas sobre distintas materias primas.
Se presenta un conjunto, sin precedentes, de piezas arqueológicas que permiten al visitante reconocer los aspectos tipológicos más representativos.
La exposición de los materiales arqueológicos de este bloque se combina con recursos audiovisuales y fotográficos que resaltan aquellos aspectos más relevantes.
Por último, se aborda una comparación entre estos objetos y sus similitudes estilísticas con las grafías sobre soporte rupestre.
Esta peculiaridad de la península ibérica dota a estas figuras de un valor añadido, ya que se observan marcados paralelismos en las grafías existentes en abrigos, e incluso, en las estructuras megalíticas.
Este primer eje temático finaliza con el audiovisual "Más humanos que divinos.
El culto a los ancestros" que recoge los principales aspectos expuestos, destacando un ejemplar en el que se observa un elevado grado de detalle en las representaciones faciales y corporales.
El segundo gran eje temático es el relativo a la contextualización arqueológica.
Los materiales arqueológicos, independientemente de su interés estilístico, adquieren verdadero valor en el marco de su contexto estratigráfico y arqueológico, y la exposición refleja este aspecto de manera muy ilustrativa.
Recoge los principales yacimientos arqueológicos de procedencia, ya sean contextos de cabaña, fosos o estructuras vinculados a asentamientos y lugares de habitación ("En las cabañas, en los fosos y en las murallas"), o contextos sepulcrales de distinta naturaleza ("En los cementerios.
Honrar a los difuntos").
Su mayor presencia en estos últimos marca una diferencia clara con el resto del marco europeo donde son mayoritarios en los lugares de habitación.
La riqueza de estas manifestaciones durante el Calcolítico tiene un ámbito específico dentro del discurso expositivo: "Al esplendor del Calcolítico", en el que se muestran las piezas en oro procedentes de Valencina de la Concepción-Castilleja de Guzmán.
Dentro de este conjunto arqueológico, destaca el tholos de Montelirio (Sevilla) que se presenta al visitante a través de una escenografía envolvente de su cámara funeraria, con la disposición de los inhumados y de las grafías en los ortostatos de delimitación.
Este eje temático finaliza con una muestra de 13 figurillas procedentes de contextos andaluces de mediados del III milenio cal BC, momento a partir del que se dejan de documentar estos objetos en el registro arqueológico.
Este núcleo temático, "La mirada del ancestro", reúne piezas realizadas en piedra, hueso y marfil en las que se pueden observar los detalles en su representación.
A modo de epílogo, una selección de materiales procedentes de La Carolina y La Calderona (Madrid) refleja la continuidad de algunos de estos motivos gráficos en la segunda mitad del III milenio cal BC.
El recorrido por la exposición combina el valor estético y arqueológico de los ídolos con un cuidado diseño dotado de medios gráficos y audiovisuales que ofrecen un discurso accesible para todas las audiencias.
Un discurso expositivo de estas características no es una tarea fácil, pues debe atraer el interés de distintos públicos.
En este caso, se ha resuelto con una gran calidad que no dejará impasibles a los visitantes.
Estos ejes temáticos han sido plasmados en dos libros publicados por el Museo Arqueológico de Alicante (MARQ) (Bueno Ramírez y Soler Díez 2020a) y por el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid (MAR) (Bueno Ramírez y Soler Díez 2020b).
El primero de ellos estructura en 26 artículos científicos el panorama actual de la investigación de estas representaciones antropomorfas en distintos ámbitos geográficos del continente europeo e incluso de territorios situados en el sudoeste de Asia.
También se recogen los últimos hallazgos relacionados con estas representaciones que hunden, sin ninguna duda, sus raíces en el Paleolítico y se generalizan a lo largo de la Prehistoria Reciente, en el IV milenio cal BC, cuando la figura antropomorfa se convierte en un aspecto recurrente reflejando una transformación en los códigos simbólicos.
El volumen actualiza así los enfoques historiográficos en el estudio de estas figurillas y revisa las representaciones antropomorfas tanto en la península ibérica como en otros entornos mediterráneos.
El mayor número de contribuciones se centra en las evidencias realizadas en soporte mobiliar de distinta naturaleza en el ámbito euroasiático y, más concretamente, en la península ibérica eje de la exposición sin olvidar aquéllas sobre soportes rupestres.
El volumen aúna, por tanto, los últimos hallazgos de este tipo de representaciones antropomorfas sobre distintos soportes, con los enfoques teóricos y metodológicos en la investigación de estas figurillas aportando una con-Trab.
Por su parte, la segunda obra es la guía catálogo de la exposición publicada por el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid (MAR).
En ella se describe de modo pormenorizado todas las piezas expuestas en la muestra, acompañadas de un aparato gráfico de gran calidad que permite al lector percibir todos los detalles de los elementos expuestos.
El esfuerzo de los comisarios y de las instituciones impulsoras se ha plasmado en una exposición sin precedentes en el territorio peninsular que recoge el testigo de la muestra Idols.
The power of images de la Fondazione Giancarlo Ligabue, celebrada en Venecia entre el 15 de septiembre y el 20 de enero de 2019 y materializada en la publicación de un catálogo específico (Caubet 2019).
En él, se presentaron los principales ejemplos de representaciones humanas entre el 4000 y el 2000 BC en una amplia extensión geográfica que abarcó desde la península ibérica al valle del Indo.
En esta línea, la muestra peninsular y los volúmenes publicados ofrecen al visitante y al lector la oportunidad de conocer los ejemplos más destacables de estos ídolos documentados en territorio peninsular, a la vez que se ofrece una visión de las investigaciones actualmente en curso sobre este tipo de hallazgos de indudable valor simbólico para las sociedades campesinas de la Prehistoria Reciente.
La exposición y los catálogos reflejan cómo se van abandonando los postulados más descriptivos y tipológicos en el estudio de estos objetos arqueológicos a favor de teorías y parámetros interpretativos más sociales que resaltan el valor de estas representaciones, independientemente de la naturaleza de su soporte, como elementos identitarios y reflejo de una transformación de los códigos simbólicos durante la Prehistoria Reciente.
Todo lo expuesto y recogido en la exposición y los catálogos correspondientes constituye una referencia fundamental y un punto de partida a partir del cual desarrollar nuevas líneas de investigación.
La muestra peninsular ha alcanzado un doble objetivo: por un lado, mostrar por primera vez, los ejemplos más notables de las representaciones antropomorfas documentadas en territorio peninsular; y, por otro, brindar una visión actualizada de las investigaciones sobre estos materiales ensalzando, no sólo su valor estilístico sino también contextual y social en el marco de las sociedades peninsulares durante la Prehistoria Reciente.
Por último, debemos resaltar el gran esfuerzo de las instituciones museísticas y de los comisarios de la exposición por presentar un discurso comprensible que hace accesible a una amplia audiencia una de las manifestaciones arqueológicas que más interés despierta en relación a la Prehistoria Reciente: la representación de la figura antropomorfa.
Bueno Ramírez, P. y Soler Díaz, J. A. (eds.) 2020a:
Museo Arqueológico de Alicante.
Bueno Ramírez, P. y Soler Díaz, J. A. (eds.) 2020b:
Ídolos, miradas milenarias: guía, catálogo de la exposición. |
Este catálogo de la exposición temporal Cinco vidas, una historia (tres sedes hasta la fecha), coordinado por Xosé-Lois Armada desde el Incipit-CSIC, pone el foco, con su atractivo diseño, en veintidós artefactos metálicos -hachas planas, hachas |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0)
En el presente artículo se realiza un estudio perceptual de diferentes estilos de cerámica prehistórica de Galicia (con cronología entre el 6000 y el 2000 BP) mediante la técnica de seguimiento de movimientos oculares.
Este análisis permite comprobar la relación de la mente con la materialidad y sugiere la existencia de una estrecha imbricación entre el diseñar, el ver y el hacer a lo largo de la historia.
El trabajo examina cómo las materializaciones de las prácticas humanas se correlacionan con la cognición y con el contexto sociocultural.
Las interrelaciones de la cultura material y el comportamiento perceptual, apuntan a una clara conexión entre la mente, los objetos y el mundo.
El trabajo aplica técnicas medibles y numéricas, que permiten hacer una aproximación arqueométrica a temas cognitivos mediante la combinación de las neurociencias con investigación interpretativa y reflexiva.
Esta investigación ofrece nuevas perspectivas sobre la cultura material y contribuye a comprender la interrelación entre la mente y el mundo material, así como la existencia de un vínculo transitivo entre formas de pensar, de mirar y de hacer cosas.
De este modo, el texto hace algunos aportes para entender las fuerzas materiales que guían la percepción y el pensamiento.
Dos ideas se han popularizado en el debate arqueológico de los últimos años.
Una es la capacidad de acción de los objetos.
La otra tiene que ver con lo que podríamos llamar una irrupción de la res extensa en los análisis sociales y culturales.
La arqueología ha asistido intensamente al reconocimiento de la importancia del cuerpo, el espacio y la materialidad en la acción social.
De hecho, la corporeización de las ideas permitió salir del exceso interpretativo al que se había llegado con el posprocesualismo y renovó un interés genuino por las cosas.
Cuando se repara algo más, estas ideas han estado ahí desde hace tiempo, bien explícitas en algunas elaboraciones filosóficas o implícitas en diferentes teorías arqueológicas.
Recientemente, los llamados "nuevos materialismos" han tratado de integrar ambas cuestiones desplazándolas al terreno de la ontología; la capacidad de acción o la afección de la materialidad en el sujeto se atribuyen al 'ser' de las cosas (Olsen 2011; Olsen et al. 2012; Witmore 2014).
Sin embargo, hasta el momento esta solución no ofrece evidencias contrastables que superen el carácter especulativo de sus planteamientos.
Ciertamente, la materialidad produce efectos que guardan relación con procesos socio-culturales más amplios, pero destacar esta correlación no basta, como tampoco basta oscurecer la cuestión con ideas más oscuras todavía.
En este trabajo adoptamos una perspectiva diferente para abordar el problema de reunir la acción de las cosas y los procesos de corporeización desde los avances aportados por las neurociencias y los estudios de cognición visual de la materialidad.
Pensamos que este enfoque abre una puerta para la investigación de la dimensión cognitiva de esos procesos y de paso ilumina aspectos esenciales de aquellas ideas.
Además, ofrecemos un método empírico capaz de mediar entre problemas que, desde este punto de vista, no se habían podido pensar conjuntamente: la percepción visual, la cognición y la materialidad.
La corporeización o embodiment (en este trabajo mantendremos el concepto inglés) ha sido planteada en forma de hipótesis: el cuerpo y sus facultades perceptivas realizan buena parte de los procesos cognitivos hasta incluso "reemplazar la necesidad de representaciones mentales complejas" (Wilson y Golonka 2013: 1).
Otras formulaciones de este fenómeno han sostenido conjeturas parecidas que además se han demostrado en diferentes ámbitos (Lakoff y Johnson 1980; Malafouris 2013).
Estos trabajos apuntan a que el procesamiento cognitivo no ocurre solo a instancias del cerebro, sino en relación con la estructura material de los estímulos perceptivos (Meteyard et al. 2012).
Esto supone que el antiguo dualismo entre mente y mundo no remite a dos entidades ontológicas distintas sobre las que a posteriori tuviéramos que decidir cuál de ellas reduce a la otra.
Por el contrario, dicha separación es una distinción estrictamente metodológica aplicada a una realidad integrada, en la que mente y mundo avanzan juntos y se retroalimentan mutuamente (Clark y Chalmers 1998; Clark 2011) 1.
La cognición ocurre dentro y fuera de la mente.
Existe un embodiment biológico mediante el cual el cerebro reacciona a las ondas electromagnéticas del mundo, como documentan ciertos procesos sinestésicos (Moos et al. 2013) o algunos experimentos bien conocidos como Takete-Maluma (Köhler 1929) o de fonosimbolismo (Hinton et al. 1994; Tsur 2006).
Además, también existe un embodiment de más alto nivel que sería el resultado evolutivo de un íntimo entramado entre mente y mundo que ha sido demostrado y es demostrable en muchos campos (Clark y Chalmers 1998; Smail 2008) 2.
Investigaciones cognitivas clásicas (Bergson), además de distintas tradiciones filosóficas (Merleau-Ponty 1945; Guattari 1990; Sohn-Rethel 2017), han planteado esta interrelación desde hace tiempo, pero el impulso de nuevas aproximaciones capaces de elaborar teóricamente los desarrollos más recientes de la neurociencia ha despejado definitivamente la posibilidad de estudiar este dominio en consonancia con los intereses de las ciencias humanas y sociales (Solms y Turnbull 2002; Malabou 2007Malabou, 2012;;Metzinger 2009; Brassier 2011; Malabou y Johnston 2013).
Al mismo tiempo, es cada vez más firme la idea de que la cultura material, no solo los instrumentos concretos sino todo el sistema de objetos que los humanos producen, sería un dispositivo 2013).
Nosotros volvemos sobre todo ello con datos e hipótesis sólidas gracias a la aplicación de una nueva metodología que hemos presentado recientemente (Criado-Boado et al. 2019).
Simultáneamente los trabajos que muestran que la tecnología es un factor importante para modelar la mente humana, y que 'la capacidad de acción de los objetos' tiene efectos específicos (Heidegger 1994b; Haraway 1995; Dobres y Robb 2000; Latour 2005; Lemonnier 2012; Lange-Berndt 2015; Robinson y Pallasmaa 2015; Stiegler et al. 2015), refuerzan la impresión de que los procesos cognitivos dependen en gran medida de la materialidad (Ingold 2007).
En consecuencia, existe un entramado de humanos, cosas y mundo (como por ejemplo postula el entanglement de Hodder 2012) que interrelacionan la cultura, la biología y la materia.
Sin embargo, a día de hoy, los procesos que explicarían esta interrelación apenas se entienden.
Los estudios desde las neurociencias y la ciencia cognitiva, aunque avanzan en este sentido, han prestado poca atención a la materialidad y ninguna a secuencias cronológicas con escalas inferiores a la totalidad de la evolución humana.
Además, como hemos apuntado más arriba para el caso de los nuevos materialismos, los trabajos realizados desde la arqueología cognitiva y las humanidades tienen fundamentalmente un sesgo especulativo y no dan pie a metodologías de estudio que permitan validar hipótesis con claridad.
Por ello sigue siendo muy cierto, como avanzaron Renfrew, Frith y Malafouris (2008), que ahondar en la relación mente-mundo requiere encontrar un tracer o proxy que permita documentar cómo las cosas configuran la razón.
Si consiguiéramos encontrar este tracer, se podría resolver la sapient paradox con la que Colin Renfrew se refería al hecho inequívoco, pero sorprendente, de que los aspectos conductuales más noveles del género sapiens hayan aparecido con claridad en una época relativamente tardía (hace 30.000 o 40.000 años), mientras que la base biológica de las especies humanas quedó establecida hace más de 200.000 años 3.
3 Renfrew ha vuelto en repetidas ocasiones desde 1996 a este argumento.
A partir de las implicaciones que se derivan de Criado-Boado et al. 2019, en este texto proponemos y, dentro de los términos estrictos de una investigación científica, demostramos que un buen traceador es la 'conducta visual' que, a través de gestos oculares, relaciona la mirada con la cognición visual, siendo por lo tanto un buen proxy que permite aproximarse a esta temática con hipótesis robustas y datos rigurosos.
Además, si analizamos la respuesta visual ante objetos de sociedades y periodos muy distintos, podemos acercarnos al tema de manera transversal, examinando qué huella cognitiva producen los objetos de diferentes contextos y momentos históricos y analizando si esta cambia a través del tiempo y el espacio.
Uno de los autores de este trabajo publicó en esta misma revista el artículo "Megalitos, espacio, pensamiento" (Criado-Boado 1989), que apuntaba hacia un modelo interpretativo de la arquitectura monumental y sus orígenes, distinto a los que se habían utilizado hasta la fecha.
Ese modelo ponía el énfasis en el megalitismo como forma concreta de materialización del concepto de espacio y en la emergencia de esta estrategia de materialización como expresión de un proceso de transformación del pensamiento que, en concreto, operaba el tránsito del "pensamiento salvaje" de Lévi-Strauss a una racionalidad que inaugura la "domesticación del mundo".
Esto abrió una rama de la arqueología del paisaje que en realidad contribuía a una arqueología del pensamiento y del concepto de espacio.
Desde entonces, diferentes trabajos han permitido comprobar cómo la concepción del espacio-tiempo propia de cada formación cultural, dio lugar a diferentes formas de arquitectura, paisaje e, incluso, cultural material (Criado-Boado y Villoch 1998; Prieto- Martínez et al. 2003; Gianotti et al. 2011; Troncoso et al. 2011; Santos-Estévez 2012; Criado-Boado 2014; Espinosa-Espinosa y González-García 2017; González-García et al. 2019; Troncoso 2019; Troncoso et al. 2019).
Sin embargo, ninguno de ellos demostró por qué ocurre eso.
Este texto, muchos años después y desde una perspectiva diferente, profundiza en esa línea de investigación y apunta a una nueva respuesta para resolver cómo se produce la relación del pensamiento con el mundo y el espacio a través de las materialidades.
Somos conscientes de las últimas investigaciones que apuntan a un esquema más complejo sobre el desarrollo de las capacidades simbólicas del Homo sapiens, pero creemos que estos nuevos hallazgos no invalidan la premisa general del problema presentado por Renfrew.
Lo que unifica todas las temáticas que hemos apuntado aquí, es 'la relación cognitiva entre sistema social y materialidad'.
Este estudio desarrolla una investigación que hemos anticipado recientemente (Criado-Boado et al. 2019) y en la que hemos sometido a 'análisis de eyetracking' varias piezas de cerámica prehistórica pertenecientes a diversos estilos cerámicos.
En este caso nos centraremos en las implicaciones teóricas, interpretativas y arqueológicas de esos resultados.
Creemos conveniente hacerlo así porque el carácter generalista de la revista en la que apareció el primer artículo, orientada a un público científico de amplio espectro y no versado esencialmente en arqueología, no solo puede hacer relativamente oscuro el texto al público arqueológico (sobre todo si además no dispone de conocimientos básicos sobre los mecanismos de la cognición visual), sino que además no permitió extenderse en las consecuencias de esta investigación y sus implicaciones teóricas para la arqueología.
Dado que Criado-Boado et al. 2019 detalla la metodología y los datos empíricos de nuestra investigación de partida, podríamos evitarlos enteramente, pero creemos preferible abordar la siguiente discusión, que es en sí muy teórica, a partir de su presentación sumaria.
En ese artículo intentábamos examinar 'dos hipótesis diferentes'.
La primera es que'la configuración material de la pieza (i. e., del estilo material que representa) impone una forma de mirar que produce reacciones perceptuales más allá de lo que uno esperaría', pues condiciona no solo qué lugares visitamos al explorarla visualmente sino también cómo lo hacemos de una forma homogénea con independencia de los observadores individuales.
Esto implica que la representación de la pieza no es algo estático para la mente del observador, sino un modelo dinámico que condiciona su patrón de percepción visual.
Dicho de otro modo, esto presupone que el sistema perceptual incluye también a la pieza de forma activa y, por lo tanto, muestra que la percepción es indisociable de la materialidad y su configuración.
Desde un punto de vista teórico y filosófico, esta hipótesis ataca un problema no banal que ha ocupado una parte importante de las teorías de la conciencia y la representación: supone plantear una superación del debate histórico sobre la representación que la ha entendido bien como forma material o bien como imagen mental.
Las consecuencias de este trabajo apuntan a una superación de esta dualidad.
Para que se siga mejor nuestro argumento podemos adelantar lo que veremos más abajo y decir que la estructura de la pieza impone una forma de mirar que no solo marca los lugares que nuestra mirada visita con más frecuencia (que es lo que principalmente se estudia en los análisis de la mirada y de eye-tracking, y lo que predicen la mayor parte de las metodologías de imagen artificial más actuales), sino que predetermina cómo lo hacemos, cómo miramos la pieza, en qué orden y con qué secuencia de gestos visuales.
La segunda hipótesis va un poco más allá de la anterior pues propone, siguiendo algunas conjeturas arqueológicas que hemos planteado en otros trabajos (Prieto Martínez et al. 2003; Bradley 2012; Criado-Boado 2014), que a través del tiempo se operó una 'transición gradual desde el predominio de una mirada horizontal a una mirada vertical'.
La transición se correlacionaría con otras características del tipo de sociedad a la que pertenece cada estilo material y, particularmente, con la complejidad social.
Esta hipótesis, a su vez, apunta a un problema de investigación más amplio, pues sugiere que la respuesta visual es análoga a la articulación espacial de cada estilo material, y que ambas a su vez siguen un patrón de cambio a través del tiempo y de tipos distintos de sociedades, que está adaptado a, o imbricado con, la evolución social.
Es decir, la versión extendida de la segunda hipótesis es que'formas de mirar, de hacer (estilo) y de vivir (sociedad), están relacionadas' inextricablemente entre sí.
Para entender bien las implicaciones de estas hipótesis y la posibilidad de estudiarlas mediante técnicas de eye-tracking, es necesario tener algunas 'nociones básicas de percepción visual'.
Nuestros ojos hacen continuas fijaciones y sacadas mediante movimientos súbitos para desplazar la vista de un punto a otro.
Hacemos una media de 4 sacadas por segundo, pero no somos conscientes de ello por el fenómeno que se denomina "continuidad perceptual": nuestros ojos se mueven sin parar, pero nosotros no vemos que nuestra vista se mueva ni tiemble ante el mundo.
Tendemos a pensar que miramos lo que queremos cuando en realidad la vista está haciendo múltiples movimientos.
Estos son en gran medida no intencionales, como mostramos en este estudio.
Fijamos la atención en un objetivo, que es lo que se nos representa nítidamente en nuestras imágenes, pero la vista está haciendo otras cosas.
Mediante los movimientos sacádicos constantes, nuestra inteligencia visual hace dos cosas importantes: selecciona los puntos en los que debemos fijarnos a continuación, y construye un modelo estadístico del mundo en nuestra mente.
Por eso precisamente los movimientos pupilares son tan informativos: nos permiten acceder a un comportamiento visual que no es intencional, pero es muy revelador de lo que hace la parte visual de nuestro cerebro y por ende de la relación de este con el mundo mediada por la vista.
Los movimientos pupilares se pueden registrar con un equipo espe- cial denominado eye-tracker (Fig. 1).
En nuestro caso utilizamos un Eyelink II (SR Research Ltd., Osgoode, Ontario, Canada) que registra independientemente los movimientos de cada ojo con una frecuencia de 500 Hz mediante dos pequeñas cámaras de video.
En este tipo de experimento, el sujeto se posiciona delante de una pantalla en la que se le presentan las imágenes que se quiere estudiar (Fig. 2).
Para testar nuestras hipótesis diseñamos un 'proceso experimental' en el que estudiamos 15 cacharros (Fig. 3) característicos de cuatro estilos materiales que pertenecen a cinco momentos crono-culturales distintivos de la misma zona geográfica (distribución en Criado-Boado et al. 2019: fig. ED7), que abarcan un abanico cronológico de 4000 años, y presentan grados distintos y crecientes de complejidad y jerarquización social.
Elegimos cerámicas procedentes de la Prehistoria de Galicia (NO de la península ibérica), pero que corresponden a estilos materiales más amplios y que, en líneas generales, comparten rasgos formales con la evolución cerámica del occidente europeo (Gibson 2002).
Incluyen ejemplares de cerámica simbólica del Neolítico Final-Calcolítico (Estilo 2 de este estudio), cerámica campaniforme (Estilo 3), y otros estilos que presentan claras concomitancias con cerámicas presentes en otros territorios.
El Estilo 1 presenta nítidas semejanzas con las cerámicas del Neolítico Medio del occidente europeo, y los Estilos 4 y 5 son en realidad variantes cronológicas del estilo cerámico perteneciente a la Edad del Hierro.
El diseño del proceso experimental de esta investigación incluyó siete experimentos distintos y sucesivos.
En el trabajo Criado-Boado et al. 2019 y en el actual, nos centramos en los resultados empíricos de los tres más significativos.
En total estos involucraron a 131 sujetos mayores de edad y en paridad de género.
En el experimento 1 (Exp1, código laboratorio EXP_14061) mostramos fotografías de cinco cacharros (Fig. 4), expresamente replicados (Criado-Boado et al. 2019: Supplementary Information SI 1 y SI 2), a partir de un proceso tecnológico que permitió obte-ner piezas con las mismas características formales y visuales que las originales.
La población implicada en este experimento conformaba cuatro grupos muestrales diferenciados.
Tres corresponden a diferentes tipos de "expertos": el grupo 1 (G1) estuvo formado por 13 personas familiarizadas con los materiales y que conocían a priori la metodología, las hipótesis de trabajo y los principales objetivos del experimento.
Era previsible por lo tanto que su comportamiento visual estuviese predeterminado en el sentido de confirmar las previsiones o de intentar evitarlo para no mostrar sesgo alguno o sentirse condicionado; el G2 incluyó 12 profesionales de la arqueología gallega que conocen y están familiarizados con este tipo de material pero que no disponían de ninguna información previa sobre el experimento, como tampoco los dos siguientes grupos; el G3 agrupó a 11 ceramistas, personas que trabajan cerámica bien como artesanos o artistas.
En este caso se suponía que su profesión y familiaridad con la manufactura del material afectarían a su conducta visual.
El G4 integró a 25 personas del público general, que eran por lo tanto no-expertos y que tenían niveles de formación muy distintos y procedían de ambientes tanto urbanos como rurales.
El experimento 2 (Exp2, código laboratorio EXP_14091) se hizo sobre 40 dibujos que incluían 15 cerámicas originales (Fig. 3, cinco de ellas de la Fig. 4), al lado de 5 grupos de variación distintos de estas piezas (Fig. 5).
Con ello se pretendía falsar los sesgos visuales, forzar artificialmente reacciones visuales provocando sorpresa y, de este modo, someter a control los resultados iniciales.
Intervinieron 36 sujetos, 25 de los cuales habían participado en Exp1.
Finalmente, el experimento 3 (Exp3, código laboratorio EXP_15011) se basó en 54 fotografías y dibujos de tipo distinto, entre las cuales se introdujeron las piezas de Exp1 junto a variaciones de estas y de otras imágenes que permitirían precisar las hipótesis de trabajo (Fig. 6).
Exp2 y Exp3 se hicieron después del análisis preliminar de los resultados de Exp1 y se diseñaron específicamente para testar o falsar sus consecuencias.
Así, por ejemplo, si habíamos visto que un estilo decorativo suele mirarse de forma horizontal, en Exp2 dimos la vuelta a la decoración o al cacharro para ver si la respuesta visual se alteraba de forma congruente.
Para analizar los resultados empíricos definimos dos parámetros que nos permitieran procesar la respuesta visual de los experimentos: el AR y el Vi.
El Aspect Ratio (AR) o relación de aspecto establece la proporción horizontal-vertical de cada pieza.
El Verti- La figura 8 resume de forma gráfica la preferencia por la exploración horizontal o vertical propia de cada cacharro; incluye un gráfico en el que se representa el porcentaje de sacadas de diferente dirección y se recoge una secuencia de fotografías que muestra, para el total de los sujetos, el lugar y sentido predominante de su mirada a lo largo de intervalos fijos de tiempo.
Esta información completa la información sobre el Vi de la figura 7 mostrándonos la interrelación entre los ángulos de las sacadas y la disposición topológica de la densidad de fijaciones.
Aquí queda claro que no solo la carga visual se centra en las franjas decoradas de Análisis más detallados mostraron que el Vi registra mucha información sobre la manera de mirar la pieza, un resultado (al igual que otros que derivan de estos experimentos) cuya aplicación e interés trasciende el ámbito disciplinar de la arqueología.
Un análisis discriminante linear del Vi permitió mostrar su capacidad para predecir qué pieza se está observando, algo que resalta la fuerza o sobredeterminación que la pieza ejerce en la percepción (Criado et al. 2019: fig. 2B).
Es decir, la decoración predetermina la orientación visual de una manera tan decisiva, que a partir de los movimientos visuales se puede identificar la pieza observada.
Esta fue una importante consecuencia empírica del trabajo porque ejemplifica de manera significativa la agencia del objeto en el proceso cognitivo.
Realmente el AR y la decoración de cada pieza contribuyen a orientar la exploración visual de un modo sinérgico pero cada uno lo hace de una forma distinta y con un mecanismo diferente.
La figura 10 refleja esto al mostrar las variaciones a las que sometimos la serie de piezas originales en Exp2 y Exp3 y al compararla con otras formas artificiales.
En condiciones neutras (es decir, sin decoración) el AR y el Vi se acoplan bastante bien (Criado et al. 2019: figs. 3a y ED17).
Lo mismo se puede decir al analizar el AR y la respuesta visual de la misma forma geométrica con diferentes proporciones H/V (Criado et al. 2019: fig. 3b).
En este caso el alargamiento horizontal o vertical de la forma reduce o amplía el Vi, lo que claramente indica la indeterminación entre el Vi y el AR.
Lo significativo es que, a pesar de ello, el efecto de la decoración modifica el potente impacto de la forma general (medido a través de su AR) en la orientación de la exploración visual, un efecto que confirma la figura 11 que, a partir de datos de Exp2, ejemplifica cómo el intercambio de formas y decoraciones entre cacharros hace que el Vi se modifique sustancialmente.
Exp1 y Exp2 confirmaron que la primera sacada tiende a ser a la izquierda y hacia arriba.
Cuando la decoración está en el centro del cacharro o abajo, la mirada se dirige a ella, pero el periodo de latencia es mayor.
Este sesgo plantea interesantes relaciones sobre la posibilidad de que la primera sacada esté condicionada por los hábitos de lectura.
Pero en el marco de la agencia material que estamos analizando en este trabajo es relevante ver cómo, a pesar de que pueda haber un comportamiento visual preprogramado por los hábitos de lectura, la configuración de la materialidad impone el ritmo del patrón de observación.
Exp3 mostró que, al introducir las cerámicas entre otras formas muy dis-tintas, se pierde este sesgo de la primera sacada y generalmente al inicio el observador mantiene la vista en el centro.
Esto muestra que, según la tarea, el observador cambia su atención y su disposición para mirar.
En un experimento solo con cerámicas, el observador adopta una actitud visual análoga a la de la lectura, como si se dispusiese inicialmente a "leer" la decoración.
Sin embargo, la fuerza material de la decoración termina alterando y haciendo irrelevante este sesgo.
En un experimento como Exp3 con muchas imágenes y de tipo muy distinto, el observador adopta una actitud más neutra, fijando a priori la mirada en el centro a la espera de lo que se vaya a encontrar en la figura que se le muestra.
Pero, nuevamente, lo relevante es que pese a ello el análisis del Vi de las imágenes cerámicas presentadas en Exp3 muestra un comportamiento igual al documentado en Exp1 y Exp2.
Estos resultados tienen implicaciones que van más allá de las consecuencias tratadas en el trabajo original.
Por un lado, dan lugar a interpretaciones arqueológicas y sociales sobre materialidad y cognición que completan las hipótesis de partida (enumeradas en la sección Alcance).
Por otro, abren nuevas perspectivas sobre los 'temas' que esbozamos en la primera sección de este texto.
Desde el punto de vista arqueológico y prehistórico, estos resultados confirman que'la estructura mate- Trab.
Es un importante hallazgo metodológico confirmar que, a través del Vi que compara el porcentaje de sacadas verticales y horizontales, podemos caracterizar la forma de mirar, esto es, el comportamiento visual que cada tipo de estilo cerámico genera.
Estos datos avalan la importancia e influencia de la decoración en el proceso visual, algo que resulta particularmente nítido cuando, para hacer el estudio, intercambiamos formas y decoraciones para desambiguar el efecto relativo de cada una de ellas.
De alguna forma se puede decir que el Vi sigue en primera instancia el AR de los cacharros, pero se diferencia de este último con el añadido de la decoración.
Dicho de otro modo, siempre se podría pensar que la forma de un vaso campaniforme es la que conduce la mirada verticalmente.
Pero si añadimos la decoración campaniforme en un cacharro tipo cazuela que tiene una decoración que conduce la mirada horizontalmente (Estilo 1), el sentido de observación preferente de este cacharro cambia.
Y si le ponemos esa decoración al vaso campaniforme, este pasa a ser contemplado de forma más horizontal.
La decoración conduce el Vi y hace de este una expresión certera del patrón de la mirada adaptado a cada objeto.
Hace, además, que el Vi se incremente a través del tiempo y lo hace, en nuestra serie analítica, mediante la sustitución de modelos formales horizontales (Estilos 1 y 2) por modelos verticales (Estilo 3) y de estos por modelos jerarquizados verticalmente (Estilo 4 y sobre todo Estilo 5).
Los resultados por lo tanto confirman las hipótesis de partida y muestran que cada pieza, es decir, cada estilo cerámico, contiene una información que condiciona por igual la forma de mirar de observadores muy distintos y a todos ellos del mismo modo, como muestra el hecho de que no se aprecien diferencias de género, grupo u otro tipo de sesgos como la lectura.
De aquí se sigue que 'el observador individual no produce patrones de mirada particulares', pues su carga subjetiva es menos importante para reconocer y para orientar el modo en el que explora la pieza que la carga que introduce la materialidad de las mismas.
En otras palabras, el patrón de exploración es el mismo independientemente del sesgo individual del observador.
Desde un elenco empírico totalmente distinto, estas consecuencias confirmarían los estudios sobre identidad e individualidad que Almudena Hernando (2012, p. ej.) viene planteando desde hace años, toda vez que la materialidad muestra patrones grupales sobre los que además repercute activamente.
En el experimento que presentamos abordamos esta cuestión cuando comprobamos que la respuesta visual es análoga al patrón formal de cada estilo material.
En efecto, detectamos un cambio simétrico en las formas materiales y las formas de mirarlas a lo largo del tiempo, que además está relacionado con el tipo de relación social de los grupos del pasado, sea esta más igualitaria o jerárquica.
En este sentido, si tenemos en cuenta el contexto arqueológico de las piezas de nuestro estudio, un registro que va del Neolítico Medio a la Edad del Hierro Final, comprobamos una tendencia hacia una mayor o menor verticalización de la mirada según el mayor o menor grado de jerarquización social.
La 'materialidad produce un efecto agente en la percepción visual' que se impone al observador indistintamente de su posición muestral.
Este efecto depende de la articulación interna de la forma material que organiza el campo visual en bandas donde las variaciones significativas se producen bien en el plano horizontal o en el vertical.
Por lo tanto, las observaciones de este trabajo nos conducen a un sustrato básico del proceso perceptivo que se mantiene al margen de las diferencias individuales, en parte porque está predeterminado por la propia biología del sistema visual (algo que la neurociencia admite como una constante dados los fuertes constreñimientos biológicos y energéticos del procesamiento visual), y en parte porque está sobredeterminado por la materialidad.
Esta sería la principal consecuencia de Criado-Boado et al. (2019), pues mientras está bien aceptado en los estudios de cognición visual que los determinantes biológicos son constantes en la especie humana, la mayor innovación de nuestra aproximación es remarcar que lo que los humanos hacemos, el mundo artificial que generamos, también determina la forma en que esa predeterminación biológica se pone en juego.
En este artículo podemos ir algo más lejos que en ese trabajo para remarcar que la incidencia de la biología y la materialidad en la percepción visual no debe confundirse con un supuesto determinismo mecanicista del proceso cognitivo.
No pensamos que pueda desprenderse algo parecido de esta investigación, a pesar de que parezca contradictorio señalar las determinaciones de la cognición y negar al mismo tiempo el determinismo como explicación del proceso cognitivo.
En realidad, esta contrariedad es una paradoja aparente que como tal solo se sostiene si pensamos dichas determinaciones en un único plano indiferenciado y excesivamente rígido -como si la mente fuera un circuito eléctrico cerrado-.
Por el contrario, el desarrollo de las neurociencias y de la inteligencia artificial señala que los automatismos del cerebro, lejos de parecerse a un mecanicismo rutinario, tienen contradicciones inmanentes que prueban su carácter indeterminado (David Bates, cit. Malabou 2017: 143).
La historicidad de la materialidad, tan ampliamente estudiada por la arqueología, refuerza de hecho esta indeterminación de la cognición visual a partir de sus variaciones, transformaciones y desapariciones a lo largo de la historia y, por extensión, este anclaje de la mente en el mundo y la historia.
Hay una forma sencilla de mostrar la indeterminación del proceso cognitivo.
Existe un experimento muy popular de ilusiones visuales con el que se identifica el efecto en la percepción visual del "punto ciego" de la retina o "papila", el área de la retina de la que surge el nervio óptico y en la que por lo tanto no hay conos ni bastones que permitan recoger sensaciones visuales.
Cuando colocamos dos dedos en la posición que recoge la figura 12, cerramos un ojo y con el otro observamos el dedo del lado contrario, al momento percibimos que el dedo que corresponde al ojo cerrado desaparece.
Eso ocurre porque en esta posición lo tenemos exactamente alineado con la papila.
Si bajamos el dedo, seguimos viendo lo mismo porque hemos dejado de ver el dedo.
Pero este experimento nos muestra además algo sorprendente: en cambio vemos lo que está detrás del dedo.
Lo que explica que no veamos el dedo y veamos lo que está detrás (y que en realidad no estamos viendo) es que el proceso de cognición visual rellena la imagen esperada haciendo una proyección de las estadísticas dominantes en su entorno (He y Davis 2001).
Como el dedo está solo, nuestra mente no lo puede sustituir, pero las formas y colores que están detrás del dedo y que son una extensión de lo que está a su alrededor, las reconstruimos en el proceso cognitivo visual a pesar de no registrar sensaciones visuales de esa parte del campo observado.
Esto se confirma cuando en lugar de un dedo ponemos varios (en realidad el experimento se hizo con barras dibujadas) En este caso el procesamiento visual interpola el dedo que no vemos.
Propiamente, vemos sin mirar porque el cerebro parte de probabilidades basadas en el contexto visual para reconstruir las imágenes procesadas.
El experimento del punto ciego evidencia que lo que llamamos percepción visual no es un resultado exclusivo del sentido de la vista, sino que pone en juego un proceso cognitivo atravesado de mediaciones (entre ellas la materialidad percibida) que condicionan nuestra mirada.
Podemos decir que el cerebro reserva un grado de incertidumbre sobre lo que ve indisociable de los automatismos del proceso cognitivo.
La filósofa Catherine Malabou (2017: 145) habla de una dialéctica interna entre el automatismo y la resistencia del automatismo consigo mismo.
Nosotros podemos decir con ella que la biología no resta ni cierra el paso a la historia, porque, añadimos, las condiciones biológicas de la mirada hacen de ella un proceso cognitivo abierto.
Conocer estos límites es de hecho una manera de poner rostro a viejos problemas epistemológicos.
Sobre esto podemos ahondar algo más.'Para ver no llega con percibir sensaciones, sino que hay que procesarlas cognitivamente'.
Esto de hecho es consecuencia de un sistema biológico desarrollado para reducir los costes energéticos del procesamiento visual: nuestra retina tiene una resolución equivalente a 105 megapíxeles, pero el nervio óptico transmite al cerebro imágenes comprimidas de un megapíxel.
De hecho, si el cerebro tuviese que procesar imágenes del tamaño original, los humanos precisarían un cerebro de las proporciones de un elefante que consumiría dos Tm de azúcar al día.
De ahí que para regenerar en la mente imágenes de calidad, haya que descomprimir las imágenes de baja resolución anteriores incrementando su resolución a partir de modelos estadísticos del mundo visual que la parte visual del cerebro ha generado con base en la memoria de la experiencia.
L. Martínez et al. (2014), que han estudiado este fenómeno, hacen una analogía entre el procesado cognitivo de imágenes en el cerebro y la forma cómo funciona la descompresión de imágenes en una cámara digital.
Esto, dicho de otro modo, quiere decir que podemos ver sin mirar porque tenemos 'memoria' (volvemos sobre este tema en la siguiente sección).
Una forma de aproximar la interacción sinérgica entre mundo y cognición y prever las implicaciones en términos de racionalidad que esto genera, es pensar que el embodiment es un proceso simétrico de la mente en el mundo y de este en la mente que se produce porque 'la percepción depende de las estadísticas del mundo', de la suma de rasgos materiales de este que son de un modo u otro medibles y expresables numéricamente (Field 1987; Ruderman 1994; Sigman et al 2001; Torralba y Oliva 2003).
Nuestra investigación corrobora cómo la percepción es la educación de la atención (Ingold 2007) mediante la materialidad.
Pero va más allá: la posibilidad de que la forma de la materia y la forma de mirar se relacionen con la complejidad social (más horizontal en sociedades menos complejas, más vertical en sociedades jerarquizadas), introduce una dimensión adicional a este entramado de interacciones entre mundo, percepción y cognición, que estamos tratando y añade una nueva lectura a los procesos de embodiment.
La justificación de esta correlación está implícita en el resultado principal que estos experimentos apuntalan.
Pues si hay una relación mundomateria-mente, esta incluye un mundo que no es solo natural (no engloba solo la luz, la geomorfología, el terreno, la fisiografía, la vegetación), sino que incorpora las modificaciones humanas: es decir, el mundo según está constituido por dominios físicos y sociales, por relaciones naturales y sociales, y por materialidades que están producidas natural y culturalmente.
Las estadísticas que reflejan el mundo visual incluyen el mundo construido, un mundo que no es solo natural sino también hecho y transformado por el ser humano.
Estas evidencias remiten a una relación activa y plural entre el vivir, el hacer y el pensar.
En este sentido, no debemos confundir este razonamiento sobre la inte-Trab.
Como vemos, esta investigación no se adentra en ninguna metafísica trascendental del ser y sus revelaciones.
En este trabajo mostramos en cambio que las formas de mirar son también formas de pensar, formas de racionalidad, que a su vez pueden distinguirse porque el comportamiento visual no es tanto un proceso guiado únicamente por los sentidos o las percepciones, sino un proceso cognitivo, que implica a la mente y por consiguiente la modela y construye sobre el suelo de la historia 4.
Podríamos entonces suponer que las personas, que fueron las hacedoras y usuarias originales de las cerámicas estudiadas, habrían mirado a los cacharros de una forma muy semejante a los sujetos actuales que se enfrentan a ellas, ya sea sin conocerlas de antemano o estando familiarizados con ellas.
Esto se objetará sin duda a las implicaciones de este trabajo dentro de los ámbitos de la arqueología y las humanidades, pues como buenas disciplinas sociales están obligadas ante todo a dar cuenta de la excepción humana y a pensar la realidad social en sí y para sí, no desde posiciones reduccionistas.
Pero creemos que 'nuestras consecuencias superan las visiones dicotómicas tradicionales' (i. e. modernas) entre individuo y sociedad, o biología y cultura.
Sin menospreciar la carga semántica e individual que las piezas tenían para los agentes que las hicieron y utilizaron, las conclusiones que alcanzamos aquí apuntan a un plano más basal de la percepción, que no descarta otras lecturas antropológicas y sociales de la materialidad, pero permite comprender la interacción de su configuración y agencia con el proceso cognitivo y la función activa que desempeña entre este y el mundo.
Por ello, podemos suponer que la respuesta visual de humanos actuales y de los sujetos originarios no habría variado mucho, ya que en definitiva esa respuesta está mediada por una indiscutible biología común y por una materialidad que es la misma.
4 Cabe aclarar que este estudio plantea un límite a la fenomenología tradicional al dirigirse a las constantes biológicas que condicionan la percepción.
El yo fenomenológico (el guiado por los sentidos) no correspondería con el proceso de cognición visual de la mirada, por cuanto dicho proceso no es analizable desde una perspectiva que parta de la primera persona como eje central del estudio.
El proceso de cognición visual no es perceptible por uno mismo ni reductible a la conducta o a la experiencia del sujeto, de ahí que para analizarlo se requiera de una terciarización del análisis (es decir, de un análisis en tercera persona).
Eso es lo que nos permite hacer la técnica de eye-tracking.
Ir más allá del yo fenomenológico abre el camino a una comprensión histórica de la percepción, ya que por un lado permite analizar la manera de mirar a los objetos independientemente del sujeto que mira (nos permite estudiar la mirada en el pasado), pero consolida la necesidad de la investigación histórica para dar cuenta de las relaciones y de las condiciones históricas que han determinado esa forma de mirar (nos permite estudiar la formación de la mirada).
Dicho de otro modo, una crítica oportuna de esta investigación es remarcar que la forma de ver la cerámica en los sujetos actuales no tiene por qué indicar nada sobre cómo la vieron los sujetos que fueron sus autores y usuarios originales.
Nuestra respuesta es que, excluido el sujeto individual de la ecuación, nos queda un proceso con tres actores: biología, materialidad y contexto socio-cultural.
Sabido que dos son constantes (la biología, que no ha cambiado, y la materialidad, que es la misma) y sabido que el tercero no solo cambia, sino que en gran medida es incognoscible en su totalidad por nosotros, podemos deducir que el comportamiento visual es el mismo (porque sobre todo depende de los dos primeros) aunque el sentido de lo que se ve haya variado culturalmente 5.
Nuestro trabajo confirma lo primero, pero respecto a lo segundo se precisan futuras investigaciones 6.
Esta investigación demuestra el interés de hacer estudios neuro-arqueológicos de épocas relativamente recientes, apunta a la existencia de cambios cognitivos importantes en pocos cientos de años o generaciones, y plantea varias cosas más.
En primer lugar, muestra que las formas de mirar cada pieza (el comportamiento visual) son constantes y regulares para todas las piezas de un mismo estilo.
Es decir,'el estilo guía la mirada' (materiality drives visual behaviour).
La forma de mirar está determinada por lo que antes hemos hecho, por el proceso de materialización.
Esto es, probablemente, la conclusión 5 Para resolver esta cuestión desde las limitaciones de una arqueología que no conoce el patrón de racionalidad implicado en la construcción de sentido por parte de sociedades e individuos a los que no podemos acceder por entero, tendríamos que ver si es posible que la fuerza de la materialidad transmita un sentido que se puede interpretar transculturalmente.
Esto requeriría hacer una "arqueología de la cosa" que mediante el estudio formal y contextual de las cosas permitiera acceder a la "cosa" misma, al asunto o argumento que está detrás de ella, a su sentido histórico en suma.
Este camino no es imposible, pero es otro camino, que requeriría la revisión de las bases epistemológicas de la disciplina y el ajuste de las conclusiones neurobiológicas a las indeterminaciones abiertas de la antropología humana.
A día de hoy, el filósofo Markus Gabriel (2016) está trabajando con más o menos éxito en esa línea que la citada Catherine Malabou (2016) está reelaborando desde otra posición, a partir del problema fundamental de la epigénesis.
6 Con posteridad a la presentación de este artículo, conocimos la aprobación de un proyecto que dos de los firmantes (FCB y LMM) presentamos conjuntamente con Andy Clark y Johannes Müller a la convocatoria Synergy Grant 2020 del ERC (European Research Council).
Este proyecto lleva por título Material minds, Exploring the interactions between predictive brains, cultural artefacts, and embodied visual search y explora en parte las cuestiones que abordamos en este texto.
Su acrónimo es XSCAPE, por las razones que se indican a continuación.
Sobre estos resultados fisiológicos y cognitivos (los movimientos oculares) seguramente podemos adquirir la prueba más objetiva hasta ahora de la vieja tesis arqueológica según la cual los cambios en la materialidad son acordes a los cambios de la estructura social.
Co-evolución aquí solo quiere decir que los cambios en uno de los factores van al lado de los cambios en el otro.
En segundo lugar, indica que, dado que el mundo exterior no es solo un mundo físico o natural sino un mundo artificial y producido por el trabajo y la acción humana,'el mundo que determina la conciencia es también el mundo creado por la conciencia'.
Es decir, no hay solo un embodiment del mundo físico, sino también del mundo social.
De un modo muy concreto, el mundo social está después del proceso cognitivo visual (porque lo construimos los humanos) y antes (porque lo incorporamos en nuestra mente), ya que una vez que el mundo social está constituido, ejerce una sobredeterminación formal sobre el proceso cognitivo.
Hay por tanto una pluralidad de mundos (Gabriel 2015), tantos como la diversidad de acciones y procesos humanos que puedan incidir en lo que aquí llamamos el mundo físico y que arqueológicamente recogemos como realidades históricas concretas.
En tercer lugar, este artículo señala que las formas de mirar a cada estilo también son una forma social.
Es decir,'la mirada y el estilo forman parte de las características de la formación socio-cultural'.
Esto ocurre, precisamente, porque el estilo es la materialización del sistema de poder (Prieto-Martínez 2009, 2017); esto es, de la forma social.
En cuarto lugar, el hecho de que nuestras representaciones visuales sean el resultado de un proceso cognitivo basado en sensaciones procesadas contra el modelo de estadísticas del mundo que realiza la parte visual de nuestro cerebro, apunta a otra perspectiva: tanto lo que sentimos como nuestra forma de mirar (comportamiento visual) son intrínsecos a nuestros procesos (y modelos) cognitivos.
Es decir,'la conciencia7 y el mundo están simétricamente entretejidos'.
La conciencia encarna al mundo, y el mundo emula a la conciencia.
Una implicación ulterior de estos resultados y que también merecería consideración, es que colateralmente permite matizar un aspecto de las aproximaciones antropológicas que parten de modelos ontológicos alternativos.
En el fondo, estos se basan en una conceptualización distinta del concepto de representación para defender que en determinadas sociedades no hay una separación entre la realidad y la imagen, sino que esta mantiene el estatus de una entidad activa (una presencia) en continuidad con el mundo.
La crisis de esta forma de representación es un proceso que adquiere peso en Occidente a partir del Barroco, cuando se inicia la objetivación del proceso epistemológico frente al mundo -Michel Foucault (1966) identificó este proceso en Las palabras y las cosas con el paso del Renacimiento a la Época Clásica-.
La relación con los ídolos, la imagen concebida no como representación abstracta del ser, sino como una extensión del mismo, es un ejemplo perdurable de esta concepción anterior a la representación moderna.
El giro ontológico, al concebir a los objetos como agentes activos o "actantes" en la terminología de Bruno Latour (2005), evoca a estas tradiciones ontológicas alternativas y, en parte, presta un revestimiento teórico ajustado al carácter activo que el avance tecnológico y digital ha intensificado en las cosas.
Desde un aspecto más general, estas elaboraciones teóricas y estos procesos son una muestra de los cambios que hoy día enfrenta una modernidad en la que se vuelven a movilizar sus rasgos constitutivos -la representación ontológica de las cosas es uno de ellos-.
Por eso, las nuevas concepciones sobre la representación que postulan las teorías más radicales sobre el embodiment en las ciencias cognitivas, comparten este giro de la representación como presencia al mostrar que la representación no es algo puramente abstracto, autónomo en la mente, sino que involucra la información sensorial y motora aportada por la misma realidad material.
De un modo u otro, estas ideas forman parte de un mismo aire de época.
Este trabajo corrobora esta conceptualización, pues muestra cómo los objetos, en vez de ser cosas inanimadas o representaciones de entes y valores que en arqueología prehistórica no nos es dado conocer habitualmente, son "actantes" que provocan reacciones, actúan sobre el comportamiento, lo predeterminan y orientan el proceso cognitivo de una u otra forma.
Sin embargo, nosotros rehuimos unos modelos que, desde nuestro punto de vista, tienden a ser excesivamente automáticos y efectistas en sus explicaciones (véase Reynoso 2015).
Asumir una noción de representación diferente, como defiende el giro ontológico, requiere de mediaciones capaces de regular las diferentes capacidades de acción reconocidas en los objetos, antes que una nueva formulación especulativa sobre el estatus ontológico del mundo -este es el programa en el que se ha embarcado una parte de la filosofía y de las ciencias sociales más atentas a los réditos de inmediatez académica que a los procelosos caminos de la investigación-.
Precisamente, este trabajo nos anima a tomarnos en serio a las cosas a partir de un método que permita echar luz sobre un aspecto fundamental del proceso histórico, como es el peso de la materialidad en las pautas de acción y en la cognición humanas.
Es también un modo de volver a pensar la vieja tesis de que la tecnología es un factor importante en el pensamiento humano, una idea sin la cual no se pueden entender los procesos de innovación ni de cambio tecnológico de cualquier fase histórica.
En quinto lugar, esta investigación muestra que la memoria desempeña una función básica en el proceso perceptual, y de paso amplía nuestra comprensión de este concepto clave para las ciencias sociales, históricas y cognitivas.
No está clara la'relación entre memoria social, memoria individual y memoria como proceso neuronal'.
La neurociencia estándar no se preocupa mucho por la memoria y tiende a considerar que todo lo que no sea memoria individual es falsa memoria.
Pero en realidad toda memoria es falsa.
En el momento que algo es rememorado, se produce una ventaja de plasticidad que introduce en el "recuerdo" otros efectos.
El estudio de los mecanismos de la percepción muestra que las representaciones que construimos con los sentidos del mundo dependen más de procesos cognitivos que de estímulos perceptuales directos.
Lo que vemos (igual que lo que escuchamos, que lo que sentimos con todos nuestros sentidos) es el resultado de un procesado cognitivo en el que los estímulos sensoriales son completados con base en un modelo del mundo creado previamente.
Esto quiere decir que en realidad lo percibido depende al menos tanto de la memoria como de la percepción.
Los estudios de cognición visual que glosamos en este trabajo, muestran que esa memoria es construida a partir de los estímulos externos del mundo, i. e. la experiencia.
Como este mundo no es un mundo natural, sino un mundo trabado por relaciones sociales, un espacio producido, un mundo material construido por los humanos, lo que los humanos hacen da lugar a esos modelos y a la memoria.
Dicho así, se unifican la memoria 'cerebral', la individual y la construcción social de ambas.
La memoria social sería por lo tanto afín, si no idéntica, a las otras dos.
Parece, pues, que armonizar las 'tres memorias' es más fácil de lo que podíamos prever.
Pero esto mismo explica por qué la memoria es tan incierta.
En vez de ser una constante, la memoria es el resultado de la actualización que en cada momento realizamos, social e individualmente, de nuestra tradición y experiencia previa en relación con las circunstancias del mundo en el que hacemos uso de ella.
El arqueólogo Laurent Olivier (2008) plantea conclusiones parecidas en sus reflexiones sobre la memoria material de los vestigios arqueológicos.
En este caso, desde una posición completamente distinta, la memoria también es el resultado de las alteraciones físicas que afectan al objeto arqueológico, las cuales terminan conformando una acumulación de huellas del pasado cuyo estudio es una especie de activación de la memoria fijada en ellas.
Nosotros hemos probado la literalidad de este fenómeno en los procesos de cognición visual de la materialidad.
En suma, este trabajo abre un camino de futuras investigaciones que tornan verosímil plantear que 'la forma social guía la conciencia y esta reconstruye la forma social'.
Considerada a la vista de estas observaciones, la frase de Marx "la conciencia no determina la existencia sino que esta determina a aquella" adquiere nuevo sentido, o más bien recupera el sentido que Marx le dio y que otras lecturas confundieron (Brown 2014: 110-111) 8.
Así, el viejo problema de la perseverancia de los modelos de racionalidad y la resistencia al cambio en las culturas humanas premodernas, alcanzaría de este modo un horizonte de inteligibilidad alternativo.
Un horizonte desde el que podemos entrever que tal vez dispongamos en los mecanismos de la cognición visual de una constante histórica que nos permita aproximarnos con viabilidad al estudio de la preprogramación biológica de los seres humanos y el modo cómo esta constituye la conciencia, sin incurrir en un reduccionismo naturalista porque esos procesos habrían incorporado siempre de forma activa a la formación socio-cultural.
Si es así, esto explica también por qué la tradición social, los estilos culturales y la cultura misma tienen tantas inercias y tienden tanto a la permanencia y a la continuidad.
El cambio ofrece resistencias que nacen de la necesidad de generar modelos de un mundo que todavía no existe.
La versión extendida de la segunda hipótesis de este trabajo fue, de hecho, el punto de partida de esta investigación.
Partimos de una conjetura que habíamos desarrollado como consecuencia de una serie de investigaciones en arqueología del paisaje que nos permitieron postular modelos concretos de concepción del espacio detrás de las formas de paisaje y, más en general, de las formas específicas de la materialidad en sociedades distintivas (e. g.
Entonces observamos que esos modelos parecían corresponderse con formas específicas de mirar (Prieto- Martínez et al. 2003: figs. 22 y 23).
La reiteración de esta estructura espacial en diferentes códigos 31).
Esto permitió definir un modelo teórico-conjetural para un programa de investigación en arqueología del paisaje más allá del estudio del medio, los usos y el simbolismo (concretada en Criado-Boado 2013).
Pero siempre quedaba pendiente la confirmación o aceptabilidad de la propuesta básica, que preconiza la compatibilidad estructural entre el concepto cultural del espacio, las formas del paisaje (incluidas la arquitectura, la cultura material y el espacio doméstico e individual), y las características de cada formación social; de ahí las suspicacias de algunos críticos.
Por ello, íntimamente convencidos de que si este modelo funcionaba tenía que dejar algún tipo de huella en la cognición, cuando uno de los autores (FCB) empezó a discutir esta aproximación, otro de ellos (LMM) apuntó que esta hipótesis se podría confirmar a través de una metodología de eye-tracking.
Tal fue el punto de inicio para validar empíricamente una vieja hipótesis.
Como se dijo al inicio, esa hipótesis ya estaba en el artículo "Megalitos, espacio, pensamiento" (Criado-Boado 1989).
La actual investigación nos permite ver que la relación estructural entre materialidades, pensamiento y mundo se basa en que el procesado cognitivo de la experiencia sensorial (la visión ante todo, pero no solo, pues lo mismo pasará con los restantes sentidos) crea una relación entre el sistema social y el mundo.
La cuestión no es que la forma influya el modo de mirar.
La cuestión clave es que lo hace de un modo que es homologable a las características del sistema social en el que es producida.
Dado que el modo de ver está relacionado con la mente, con la racionalidad, lo que esto muestra es que 'las formas sociales influyen activamente sobre las formas de la racionalidad a través de la percepción de las formas materiales que producen'.
Realmente lo que tenemos aquí es un lazo o pliegue (un loop) en el que todos estos procesos (pensar, hacer, ver) se retroalimentan activamente sobre unas bases que, siendo indeterminadas y contingentes (porque no están determinadas por la biología), incluyen los estratos de la historia.
Quizás, el hecho de que esto sea así confirme el error de haber sustanciado cada uno de los procesos como si fueran elementos distintos, en vez de basar su separación por una cuestión analítica que no disuelva la base de su relación.
De este modo, este trabajo mantiene la apuesta por construir una arqueología que sea capaz de elucidar problemas de investigación de interés general a partir de viejas tesis arqueológicas pensadas desde problemas y métodos nuevos que no son frecuentados por la investigación arqueológica más canónica.
La arqueología puede y debe acometer este camino para rendir mejor servicio al público al que nos debemos. |
Subsets and Splits
No community queries yet
The top public SQL queries from the community will appear here once available.